Kitabı oxu: «Historia. Libros VIII-IX»

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La Biblioteca Clásica Gredos, fundada en 1977 y sin duda una de las más ambiciosas empresas culturales de nuestro país, surgió con el objetivo de poner a disposición de los lectores hispanohablantes el rico legado de la literatura grecolatina, bajo la atenta dirección de Carlos García Gual, para la sección griega, y de José Luis Moralejo y José Javier Iso, para la sección latina. Con 415 títulos publicados, constituye, con diferencia, la más extensa colección de versiones castellanas de autores clásicos.

Publicado originalmente en la BCG con el número 130, este volumen contiene los dos últimos libros de la Historia de Heródoto traducidos por Carlos Schrader. Carmen Sánchez-Mañas (Universidad Pompeu Fabra, Barcelona) ha revisado las notas para esta edición.

Asesor de la colección: Luis Unceta Gómez.

La traducción de este volumen ha sido revisada

por Beatriz Cabellos Álvarez.

© de la traducción: Carlos Schrader.

© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2021.

Avda. Diagonal 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

Primera edición en la Biblioteca Clásica Gredos: 1989.

Primera edición en este formato: mayo de 2021.

RBA • GREDOS

REF.: GEBO552

ISBN: 978-84-249-3979-3

Realización de la versión digital: El Taller del Llibre, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Todos los derechos reservados.

LIBRO VIII

SINOPSIS

SEGUNDA GUERRA MÉDICA: FIN DE LAS OPERACIONES MILITARES DEL AÑO 480/479 A. C. (1-144)

Batalla naval de Artemisio (1-25).

Enumeración de los efectivos griegos. La cuestión del generalato (1-3).

Intervención de Temístocles para evitar la retirada de la flota griega (4-5).

Maniobra envolvente de la escuadra persa mediante el envío de un contingente a circunnavegar Eubea (6-7).

Escilias de Escione informa a los griegos del plan persa (8).

Primer enfrentamiento naval, con victoria griega (9-11).

Violenta tempestad que destruye el contingente persa destacado para rodear a los griegos (12-13).

Segundo enfrentamiento naval, con victoria griega (14).

Tercer enfrentamiento naval, que termina con resultado indeciso (15-17).

Retirada de la flota griega, informada del triunfo persa en las Termópilas. Artimaña de Temístocles para intentar conseguir que jonios y carios abandonen a Jerjes (18-22).

La flota persa alcanza Eubea (23).

Jerjes exhibe los cadáveres de los griegos caídos en las Termópilas, ocultando a la flota la magnitud de sus propias bajas (24-25).

Avance persa por Grecia Central (26-39).

Nuevo ejemplo del talante de los griegos (26).

Excurso sobre la ancestral enemistad entre tesalios y focenses (27-30).

Los persas conquistan Dóride y Fócide, penetrando en Beocia (31-34).

Delfos se salva milagrosamente del ataque persa (35-39).

La flota griega fondea en Salamina (40).

Evacuación del Ática (41).

Enumeración de las fuerzas navales griegas, con datos étnicos sobre los diversos contingentes (42-48).

Los generales griegos celebran consejo, decidiendo, inicialmente, abandonar Salamina y dirigirse al Istmo de Corinto (49).

Jerjes ocupa Atenas, donde solo la Acrópolis resiste por un tiempo (50-55).

Pánico en la flota griega (56).

Temístocles, a instancias de Mnesífilo, persuade a Euribíades para que convoque una nueva reunión de los generales griegos (57-58).

Pese a la oposición de Adimanto, Temístocles convence a los aliados para librar batalla naval en aguas de Salamina (59-63).

Batalla de Salamina (64-96).

Antecedentes inmediatos de la batalla (64-82).

Los griegos se encomiendan a los dioses (64).

Prodigio, favorable a los helenos, acaecido en Eleusis (65).

La flota persa llega a Falero (66).

Jerjes celebra consejo con sus almirantes y, pese a la oposición de Artemisia, decide presentar batalla en Salamina (67-69).

Primeros movimientos de la flota persa (70).

Los peloponesios fortifican el Istmo de Corinto ante un posible ataque del ejército persa (71-73).

Digresión etnológica sobre el Peloponeso (73).

Descontento entre parte de la flota griega por la decisión de librar batalla en Salamina (74).

Estratagema de Temístocles para evitar que la flota aliada se retire al Istmo (75).

La flota persa inicia una maniobra envolvente y ocupa Psitalea (76).

Oráculo de Bacis favorable a los helenos (77).

Arístides informa a los generales griegos de la maniobra persa (78-82).

Desarrollo de la batalla (83-96).

Temístocles arenga a las dotaciones (83).

Maniobra griega para romper la formación enemiga (84).

Bravo comportamiento de los jonios (85).

Victoria griega (86).

Artemisia sobrevive al acoso adversario (87-88).

Desorden entre las naves persas (89).

Calumnias de los fenicios contra los jonios (90).

Huida persa (91).

Incidente entre Polícrito y Temístocles (92).

Los griegos más destacados (93).

Comportamiento de los corintios (94).

Arístides, al frente de hoplitas atenienses, aniquila a los persas desembarcados en Psitalea (95).

Los griegos, vencedores, regresan a Salamina (96).

Jerjes proyecta huir de Grecia (97).

Excurso sobre el sistema de correos empleado en Persia (98).

Impresión causada en Susa por la derrota (99).

Jerjes, ante los consejos de Mardonio y Artemisia, decide retirarse dejando al primero en Grecia al frente de parte de las tropas (100-103).

Digresión sobre el eunuco Hermotimo (104-106).

La escuadra persa zarpa de Falero (107).

La flota griega en persecución de la persa. Campaña de los aliados en las Cícladas (108-112).

Mardonio decide invernar en Tesalia. Retirada de Jerjes (113-120).

Los griegos se reparten el botín obtenido en Salamina. Temístocles es homenajeado en Esparta (121-125).

Ante la sublevación de Palene, Artabazo toma Olinto y asedia Potidea (126-129).

Preparativos persas y griegos para proseguir la guerra: la flota persa apareja en Samos y la griega en Egina (130-132).

Mardonio, desde Tesalia, manda consultar los oráculos (133-135).

Mardonio envía a Atenas, en calidad de embajador, a Alejandro de Macedonia para entablar negociaciones de paz (136).

Origen de los reyes de Macedonia (137-139).

Atenas rechaza la oferta de Mardonio (140-144).

VARIANTES RESPECTO A LA EDICIÓN OXONIENSIS DE HUDE


PASAJETEXTO DE HUDELECTURA ADOPTADA
3, 1mšga pepoihmšnoi mšga te poieÚmenoi (con. Stein).
15, 1t¦j aÙt¦j taÚtaj ¹mšrajt¦j aÙt¦j [taÚtaj] ¹mšraj (secl. Stein).
24, 2t¾n t£xin [kaˆ] ™lqÒnta t¾n t£xin kaˆ ™lqÒnta (A B C P).
25, 2™fa…nonto nekroˆ ke…menoi™fa…nonto [nekroˆ] ke…menoi (secl. Stein).
32, 2ped…ou o„keomšnhnped…ou o„khmšnhn (con. Stein).
36, 1qeÒj sfeajqeÒj sfea (con. Stein).
41, 3aÛth d’ ¹ aÛth d¾ ¹ (con. Stein).
53, 1tij œsodoj tij œxodoj (con. Gomperz. Vide quae ad versionem adnotavi).
60, g™qšlei g…nesqai™qšlei 〈eá〉 g…nesqai (add. Krüger).
63toÝj ‘Aqhna…ouj [¢nedid£sketo]toÝj ‘Aqhna…ouj ¢nedid£sketo
67, 2Ð Sidènioj [basileÚj]Ð Sidènioj basileÚj
68 a, 1t¾n d ™oüsant¾n ge ™oüsan (con. Legrand).
68 b, 1prÕj gÉ mšnwnprÕj gÉ, mšnwn (interpunxit Powell).
70, 1par»ggelle ¢naplšein parhggšlqh ¢naplšein (con. Legrand).
77, 1¢n¦ p£nta piqšsqai¢n¦ p£nta p…esqai (con. versionem adnotavi).
81mÒgij ™kplasaimÒgij diekplasai (con. versionem adnotavi).
83, 1ºèj te di šfaineºèj te d¾ dišfaine (con. Wesseling coll. VII 217, 1).
90, 2¤te d¾ ™Òntej¤te d ™Òntej (P marg.).
95™j t¾n Yutt£leian nbson ¢pšbhse™j t¾n Yutt£leian [nbson] ¢pšbhse (secl. Cobet).
99, 1Ñsan ™n qus…Æs… teÑsan ™n qal…Æs… te (con. quae ad versionem adnotavi).
100, 1prosšfere tÕn lÒgonprosšfere 〈oƒ〉 tÕn lÒgon (add. Stein).
100, 2™k tbj ºpe…rou tbsde™k tbj ºpe…rou tbsde 〈oÙde…〉 (add. Powell).
113, 1¢nwr…h eÏnai¢nwr…hn eÏnai (P R S V D2).
120prÜton ™lÚsatoprÜton 〈aÙtoc〉 ™lÚsato (add. van Herwerden).
123, 2oƒ strathgoˆ dišferonoƒ strathgoˆ œferon (d. Vide quae ad versionem italicam adnotavit Masaracchia).
123, 2kr…nontej ™k p£ntwnkrinšontej ™k p£ntwn (con. van Herwerden).
126, 2oÙdšn kw katepe…gwn aÙtÕjoÙdšn kw katepe…gontoj (codd. pl.).
138, 1poi»seie Ð païjpoi»seie [Ð païj] (secl. Stein).
140 b, 3™xa…reton meta…cmiÒn te™xa…retÒn ti meta…cmion (con. Aldus).
142, 2oßte ge ¢lloisi ‘Ell»nwnoßte [ge] ¢lloisi ‘Ell»nwn (om. D R S V).
144, 1oßte cèrh k£lleŽoßte cèrh 〈oßtw〉 k£lleŽ (add. Legrand).

Batalla naval de Artemisio. Enumeración de los efectivos griegos. La cuestión del generalato

Los 1 griegos que integraban la flota eran los siguientes: ante todo, los atenienses, que aportaban ciento veintisiete naves (pese a su inexperiencia marinera, los plateos, haciendo gala de su valor y de su entusiasmo, figuraban entre las dotaciones de los navíos atenienses). Los corintios, por su parte, aportaban cuarenta naves, y los megareos, veinte. Los 2 calcideos también equipaban veinte (quienes les facilitaban las naves eran los atenienses); los eginetas, dieciocho; los sicionios, doce; los lacedemonios, diez; los epidaurios, ocho; los eretrieos, siete; los trecenios, cinco; los estireos, dos; y los de Ceos, dos trirremes y dos penteconteros. Además, los locros opuntios acudieron en su ayuda con siete penteconteros.

Estas 2 eran, en definitiva, las fuerzas presentes en Artemisio (ya he indicado la cantidad de naves que aportaba cada Estado), siendo el número de los navíos allí reunidos, sin contar los penteconteros, doscientos setenta 2 y uno. Por otra parte, fueron los espartiatas quienes proporcionaron el general que poseía la autoridad suprema (se trataba de Euribíades, hijo de Euriclides), pues los aliados habían manifestado que, si los laconios no ejercían el mando, no obedecerían las órdenes de los atenienses, sino que renunciarían a la expedición que iba a organizarse.

Resulta 3 que, en un principio, antes incluso de enviar emisarios a Sicilia para conseguir apoyo militar, se había hablado de que convendría confiar la dirección de la flota a los atenienses. Pero, ante la disconformidad de los aliados, los atenienses transigieron, porque su principal deseo era que Grecia se salvase y porque comprendían —siendo su apreciación correcta— que, si se producía un altercado a propósito del mando, la Hélade sucumbiría, pues una disensión intestina es peor que una guerra que responda a un común objetivo, de la misma manera que la guerra es peor que la paz.

Pues bien, en ese firme convencimiento, transigieron sin 2 oponerse, al menos —como luego demostraron— mientras necesitaron imperiosamente a los aliados; de hecho, después de rechazar al Persa —cuando, a partir de entonces, pasaron a luchar por el control de sus dominios—, privaron a los lacedemonios de la hegemonía so pretexto de los excesos de Pausanias1. Pero eso ocurrió posteriormente.

Intervención de Temístocles para evitar la retirada de la flota griega

Entretanto, 4 en aquellos momentos, cuando los efectivos griegos que, a la sazón, habían acudido hasta Artemisio vieron que, en Áfetas2, habían atracado numerosas naves, y que todo estaba lleno de soldados, se aterrorizaron (dado que la situación de los bárbaros se les antojaba bien distinta de lo que esperaban) y proyectaron huir del Artemisio rumbo a Grecia Central. Entonces los eubeos, al tener conocimiento 2 de lo que proyectaban, rogaron a Euribíades que aguardase cierto tiempo, hasta que ellos pudiesen evacuar a sus hijos y a sus familiares. Pero, en vista de que no lograban persuadirlo, recurrieron a Temístocles, el general de los atenienses, y, mediante el pago de treinta talentos3, lo convencieron para que permaneciesen donde estaban y libraran la batalla naval al norte de Eubea.

Por 5 su parte, Temístocles consiguió retener a los griegos de la siguiente manera: de la citada suma entregó a Euribíades cinco talentos4, como si, en realidad, se los diese de su propio peculio.

Una vez que Euribíades quedó convencido por su gesto, como quiera que Adimanto (hijo de Ocito), el general corintio, era el único estratego que se resistía, afirmando que iba a zarpar del Artemisio y que no se quedaría, Temístocles, en esa tesitura, le dijo solemnemente: «Tú, desde 2 luego, no nos vas a abandonar, porque yo te daré más presentes de los que te podría enviar el rey de los medos si abandonaras a los aliados». Y, al tiempo que pronunciaba esas palabras, hizo que llevaran a la nave de Adimanto tres talentos de plata. Ambos, en 3 suma, se dejaron convencer, seducidos por sus regalos, y los eubeos quedaron satisfechos, pero fue Temístocles quien, personalmente, salió ganando, pues, sin que se supiera, tenía en su poder el resto del dinero; es más, quienes recibieron parte de esa suma creían que [el dinero] había llegado, procedente de Atenas, con esa finalidad.

Maniobra envolvente de la escuadra persa, mediante el envío de un contingente a circunnavegar Eubea

Así 6 fue, en definitiva, como los griegos se quedaron en Eubea y presentaron batalla naval, que se desarrolló de la siguiente manera: tras haber arribado a Áfetas a primera hora de la tarde, los bárbaros, que ya se hallaban informados de antemano de que, en las inmediaciones del Artemisio, montaba guardia un pequeño contingente de naves griegas, y que en aquellos instantes pudieron divisarlas con sus propios ojos, estaban ansiosos por pasar al ataque, para intentar capturarlas.

Ahora 2 bien, consideraban que, en aquellos momentos, no convenía abordarlas frontalmente, pues, en concreto, temían que, si los griegos advertían su maniobra, consiguieran darse a la fuga, y que la noche encubriese su retirada —con lo que, indefectiblemente, lograrían escapar—, cuando, según sus palabras, ni siquiera el portador del fuego debía escapar con vida5.

De 7 ahí que, a tal efecto, tomaran las siguientes medidas: del total de la flota escogieron doscientas naves y, a fin de que no pudiesen ser avistadas por el enemigo mientras costeaban Cafareo y doblaban Geresto, circunnavegando Eubea, las enviaron a rodear Escíatos por el Norte, rumbo al Euripo, al objeto de cercar a los griegos: los navíos llegados por esa ruta les cortarían la retirada, en tanto que ellos se lanzarían en su persecución, hostigándolos de frente.

Tras 2 haberse decidido por ese plan, hicieron que las naves encargadas de esa cuestión zarpasen, pues el grueso de la flota no tenía el propósito de atacar a los griegos ese día, ni antes de que los expedicionarios estuviesen en condiciones de transmitirles la señal de su llegada. Así pues, enviaron esas naves a rodear Eubea; y, en Áfetas, procedieron al recuento del resto de la flota.

Escilias de Escione informa a los griegos del plan persa

Entretanto, 8 mientras los persas procedían al recuento de sus naves, se encontraba en su campamento Escilias de Escione, a la sazón el mejor buzo del mundo (este personaje, con ocasión del naufragio que se produjo a la altura del Pelión, ya había rescatado para los persas numerosos tesoros, aunque, personalmente, se había apropiado de otros muchos), quien, por lo visto, tenía el propósito, desde hacía ya tiempo, de pasarse a los griegos, pero resulta que, hasta aquel momento, le había sido imposible.

Pues 2 bien, no puedo indicar con exactitud cómo acabó llegando finalmente al bando griego, pero me pregunto, lleno de perplejidad, si lo que se cuenta es cierto, porque, según dicen, se zambulló en el mar en Áfetas y no emergió hasta que llegó al Artemisio, tras haber recorrido bajo el agua los ochenta estadios6, poco más o menos, que hay de distancia. Con 3 respecto a ese sujeto, se cuentan, asimismo, otras hazañas que parecen falsas, y algunas que son ciertas; acerca de este episodio, sin embargo, he de manifestar que, en mi opinión, Escilias llegó al Artemisio en una barca. Y, a su llegada, informó inmediatamente a los estrategos sobre el alcance del naufragio y sobre las naves enviadas a circunnavegar Eubea.

Primer enfrentamiento naval, con victoria griega

Al 9 oír su declaración, los griegos mantuvieron un cambio de impresiones. Las intervenciones fueron numerosas, pero prevaleció la tesis de permanecer aquel día donde estaban anclados, para, acto seguido —pasada la medianoche—, zarpar a fin de salir al encuentro de las naves que estaban rodeando la isla. Pero, posteriormente, en vista de que nadie arrumbaba contra ellos, aguardaron hasta bien entrada la tarde y se hicieron a la mar para atacar a los bárbaros, con ánimo de poner a prueba su manera de combatir y de maniobrar.

Al 10 verlos lanzarse al ataque con pocas naves, los soldados de Jerjes, incluidos sus generales, pensaron que se habían vuelto completamente locos, y, por su parte, también hicieron que sus naves ganaran mar abierto, considerando —consideración perfectamente lógica— que iban a derrotarlas con facilidad, pues veían que los navíos griegos eran realmente escasos, mientras que los suyos eran mucho más numerosos y más veleros. En ese convencimiento, intentaron rodearlos formando un círculo.

Pues bien, todos los jonios que abrigaban simpatía hacia 2 los griegos, y que figuraban a la fuerza entre los expedicionarios, se sentían sumamente apenados al verlos a punto de ser cercados, convencidos de que ninguno de ellos lograría regresar a sus bases (tan precaria se les antojaba la 3 situación de los griegos). En cambio, todos y cada uno de quienes se alegraban por lo que estaba sucediendo rivalizaban por ser los primeros en capturar personalmente una nave ática, para recibir del rey una recompensa; pues, entre la flota persa, el prestigio de los atenienses era enorme.

Cuando 11 los griegos recibieron la señal, lo primero que hicieron fue orientar sus proas hacia los bárbaros y, con las popas reunidas, formar un círculo. Posteriormente, al recibir una segunda señal, entraron en acción, a pesar de que habían sido encerrados en un reducido espacio y 2 tenían que atacar de frente. Acto seguido, apresaron treinta naves [de los bárbaros], así como a Filaón, hijo de Quersis, que era hermano de Gorgo, rey de los salaminios7, y que en la flota persa gozaba de prestigio. El primer griego que capturó un navío enemigo fue Licomedes de Atenas, hijo de Escreo, por lo que este personaje recibió 3 el premio al valor. Finalmente, la caída de la noche hizo que quienes libraban esta indecisa batalla naval se retiraran; así que los griegos pusieron rumbo al Artemisio, y los bárbaros a Áfetas tras haberse batido con un desenlace totalmente imprevisto.

En el transcurso de esta batalla naval, Antidoro de Lemnos fue el único griego al servicio del rey que se pasó a los helenos; de ahí que, por esa acción, los atenienses le concedieran una propiedad en Salamina.

Violenta tempestad que destruye el contingente persa destacado para rodear a los griegos

Había ya 12 oscurecido cuando, pese a que era pleno verano, se desencadenó una lluvia torrencial, que duró toda la noche, acompañada de estruendosos truenos procedentes del Pelión. Los cadáveres y los pecios eran arrastrados a Áfetas, de manera que se amontonaban en las proas de los navíos e inmovilizaban las palas de los remos. Por su parte, los 2 soldados que allí se encontraban, al oír todo esto, eran presa del pánico, pensando, ante la gravedad de su situación, que iban a morir irremediablemente; pues, antes de haberse podido recuperar de los efectos del naufragio y de la tempestad desatada en las inmediaciones del Pellón, se habían visto inmersos en una encarnizada batalla naval, y, concluida la misma, los había sorprendido un tremendo diluvio, acompañado de torrentes, que afluían al mar con una furia incontenible, y de estruendosos truenos.

Así 13 transcurrió la noche para esos contingentes persas; pero, para los efectivos encargados de circunnavegar Eubea, esa misma noche resultó todavía mucho más terrible, por cuanto los sorprendió mientras navegaban por alta mar, y tuvieron un fatal desenlace: al desencadenarse el temporal y la lluvia cuando, en plena travesía, se encontraban a la altura de las «Ensenadas» de Eubea8, se vieron arrastrados por el viento y, como no conocían la zona a la que eran empujados, acabaron chocando contra los escollos. Todo esto sucedía por voluntad divina, para que la flota persa se equilibrara con la griega y no gozase de una neta superioridad numérica.

Segundo enfrentamiento naval, con victoria griega

Así 14 pues, esos efectivos persas resultaron aniquilados en las inmediaciones de las «Ensenadas» de Eubea. Por su parte, los bárbaros que se encontraban en Áfetas, cuando —para su satisfacción— rayó el día, mantuvieron sus navíos inactivos, ya que, en medio de sus desgracias, se contentaban con mantenerse de momento a la expectativa.

Entretanto, arribaron en socorro de los griegos cincuenta y 2 tres naves áticas. Su presencia, entonces, aunada a la noticia —que coincidió con su llegada— de que todos los bárbaros que estaban circunnavegando Eubea habían resultado aniquilados a consecuencia de la tempestad que se había desencadenado, elevó la moral de los helenos. En consecuencia, aguardaron hasta la misma hora que la víspera y zarparon para atacar a unos navíos cilicios. Y, tras haberlos destruido, en vista de que estaba oscureciendo, pusieron de nuevo rumbo al Artemisio.

Tercer enfrentamiento naval, que termina con resultado indeciso

Al 15 tercer día, sin embargo, los almirantes bárbaros consideraron algo inadmisible que un número tan exiguo de naves les creara problemas y, temerosos al mismo tiempo de la reacción de Jerjes, no esperaron ya a que los griegos iniciaran las hostilidades, sino que realizaron los oportunos preparativos y, hacia el mediodía, hicieron que sus naves ganaran mar abierto.

Y se dio la coincidencia de que estos enfrentamientos navales, y los librados por tierra en las Termópilas, tuvieron lugar 2 en las mismas fechas. (El supremo objetivo de las fuerzas navales lo constituía la defensa del Euripo, al igual que la salvaguardia del desfiladero lo era para Leónidas y sus hombres.) Los griegos, en definitiva, se daban mutuos ánimos para impedir que los bárbaros penetrasen en la Hélade, y estos, por su parte, lo hacían para destrozar a la flota griega y adueñarse del control del Estrecho.

Cuando 16 los efectivos de Jerjes arrumbaron contra ellos en formación de combate, los griegos se mantuvieron a la expectativa en los aledaños del Artemisio. Pero los bárbaros desplegaron sus naves en forma de media luna y trataron de efectuar una maniobra envolvente para rodearlos, por lo que, en esa tesitura, los griegos zarparon a su encuentro y trabaron combate.

En esa batalla naval ambos bandos se batieron con pareja fortuna, 2 pues la flota de Jerjes se veía perjudicada por el importante número de sus propios navíos, que se estorbaban y chocaban entre sí. No obstante —y pese a ello—, los persas resistían sin retroceder, ya que consideraban una afrenta darse a la fuga ante unas pocas naves. Pues bien, los griegos sufrieron numerosas bajas en naves y hombres, pero todavía mucho mayores fueron las bajas entre los bárbaros. Finalmente, ante el resultado del combate, ambas flotas se retiraron a sus posiciones.

En 17 esa batalla naval destacaron, entre los efectivos de Jerjes, los egipcios, quienes, entre otras proezas que llevaron a cabo, capturaron cinco navíos griegos con dotaciones y todo. Por parte griega ese día destacaron los atenienses, especialmente Clinias, hijo de Alcibíades, que tomaba parte en la contienda con un navío de su propiedad, incluida una tripulación de doscientos hombres, cuyos gastos sufragaba de su propio peculio.

Retirada de la flota griega, informada del triunfo persa en las Termópilas. Artimaña de Temístocles para intentar conseguir que jonios y carios abandonen a Jerjes

Al 18 retirarse, ambos bandos se apresuraron, jovialmente, a regresar a sus bases. Entonces los griegos, al alejarse del escenario de la batalla, lo hicieron en formación abierta y fueron apoderándose de los cadáveres y los pecios; pero, como habían sufrido un serio revés (sobre todo los atenienses, la mitad de cuyas naves se encontraban averiadas), decidieron finalmente replegarse con rumbo a Grecia Central.

No 19 obstante, Temístocles se había percatado de que, si al Bárbaro se le sustraían los contingentes de raza jonia y de raza caria, los griegos estarían en condiciones de imponerse al resto de sus adversarios; y, mientras los eubeos arreaban sus rebaños a la orilla del mar, reunió en dicho paraje a los generales y les dijo que creía tener un plan que, en su opinión, propiciaría la defección de los mejores aliados del rey.

Lo cierto 2 es que no les reveló más detalles del plan, pero añadió que, en aquellos momentos, lo que debían hacer era sacrificar, del ganado de los eubeos, todas las cabezas que quisiesen (pues era preferible que las disfrutaran sus tropas a que lo hiciesen los enemigos), e instó a cada general a que ordenara a sus hombres que encendiesen hogueras; respecto a la retirada de la flota —concluyó—, él personalmente se encargaría de fijar la hora, de manera que pudiesen regresar sanos y salvos a Grecia. Los generales decidieron seguir sus indicaciones y, sin pérdida de tiempo, mandaron a sus hombres encender hogueras y ocuparse del ganado.

Resulta 20 que los eubeos habían hecho caso omiso del oráculo de Bacis9, como si careciera de importancia, y no habían evacuado nada de nada, ni se habían pertrechado ante una guerra que se les avecinaba, por lo que 2 se labraron su propia ruina. El oráculo de Bacis al respecto reza así:

Mira, cuando un hombre de extraño idioma al mar arroje un yugo de papiro10, aleja de Eubea a tus cabras de constantes balidos.

Al no haber sacado partido alguno de estos versos, tuvieron que sufrir las mayores desdichas en las calamidades que a la sazón se cernían sobre ellos y en las que les aguardaban.

Pues 21 bien, mientras los integrantes de la flota procedían a realizar esas operaciones, se presentó el vigía procedente de Traquis. Resulta que, en Artemisio, se hallaba destacado un vigía (se trataba de Polias, un natural de Anticira), quien, si la flota se veía derrotada, había recibido la orden —para lo cual disponía de una embarcación preparada a tal efecto— de notificárselo a los que se encontraban en las Termópilas. Asimismo, entre las fuerzas de Leónidas, se hallaba destacado el ateniense Abrónico, hijo de Lisicles, quien, si al ejército de tierra le ocurría algún contratiempo, también estaba preparado para, a bordo de un triecontero, informar a los que se encontraban en Artemisio.

Como es natural, a su llegada, el tal Abrónico les notificó 2 la suerte que habían corrido Leónidas y sus tropas. Al tener noticia de lo ocurrido, los griegos no pospusieron más la retirada y se hicieron a la mar conservando su posición respectiva: los corintios iban a la cabeza y cerraban la formación los atenienses.

Entonces 22 Temístocles escogió las naves atenienses más veleras y recorrió los lu gares donde había agua potable, haciendo grabar en las piedras unas inscripciones que pudieron leer los jonios cuando, al día siguiente, arribaron al Artemisio. Las inscripciones decían lo siguiente: «Jonios, no estáis actuando con rectitud al atacar a vuestros antepasados y pretender sumir a Grecia en la esclavitud. 2 Así pues, poneos decididamente de nuestra parte; y, si os resulta imposible hacerlo, en lo sucesivo manteneos al margen y, de paso, pedidles personalmente a los carios que os imiten. Ahora bien, si no podéis hacer ni lo uno ni lo otro, por estar sometidos a una coacción demasiado grande como para poder rebelaros, cuando trabemos combate mostraos en plena acción deliberadamente remisos, teniendo presente que descendéis de nosotros y que nuestro antagonismo con el Bárbaro se originó por vuestra causa.

En 3 mi opinión, Temístocles mandó redactar esas inscripciones con un doble propósito: para que las mismas indujeran a los jonios a cambiar de actitud y a ponerse de parte de los griegos, si el rey no se enteraba de su existencia, o a fin de que su contenido —cuando, con calumniosos comentarios, llegase a oídos de Jerjes— hiciera sospechar de los jonios y propiciase su exclusión de los enfrentamientos navales.

La flota persa alcanza Eubea

Eso 23 fue lo que Temístocles mandó inscribir. Poco después se presentó a los bárbordo, a bordo de una embarcación, un natural de Histiea con la noticia de que los griegos habían huido de Artemisio. Entonces los bárbaros, incrédulos, mantuvieron al informador bajo vigilancia y enviaron unas naves ligeras para cerciorarse. Una vez que los tripulantes de las mismas confirmaron lo que sucedía fue cuando, al rayar el sol, toda la flota zarpó en masa rumbo al Artemisio. En 2 dicho paraje hicieron escala hasta mediodía y, acto seguido, zarparon con destino a Histiea. A su llegada, tomaron la citada ciudad y efectuaron correrías por todas las aldeas costeras de la comarca de Elopia, concretamente por las del territorio de Histiea.

Jerjes exhibe los cadáveres de los griegos caídos en las Termópilas, ocultando a la flota la magnitud de sus propias bajas

Mientras 24 sus efectivos navales estaban en esa zona, Jerjes, tras tomar una serie de medidas relativas a los caídos, envió un heraldo a la flota. Y las medidas que, previamente, había tomado fueron las siguientes: dejó sin enterrar unos mil cadáveres de entre todas las bajas de su ejército habidas en las Termópilas (que, en concreto, ascendían a veinte mil), e hizo sepultar a los demás en unas fosas que mandó cavar, y luego cubrir de tierra y tapar con hojas, para que los soldados de la fuerza naval no pudiesen verlas.

Cuando el heraldo hubo cruzado a Histiea, convocó a 2 todos los integrantes de la flota y les dijo lo siguiente: «Aliados, el rey Jerjes autoriza a todo el que lo desee a que abandone su puesto y vaya a ver cómo pelea contra las insensatas criaturas que creyeron poder imponerse a sus fuerzas».

Tras 25 esta proclama, nada escaseó acto seguido tanto como las embarcaciones; tan numerosos eran los que deseaban contemplar el espectáculo. Transportados a la otra orilla, pasaron por entre los cadáveres y los estuvieron contemplando; y todos creían que la totalidad de los caídos eran lacedemonios y tespieos, aunque 2 también estaban viendo a los hilotas. Sin embargo, los que habían cruzado el estrecho no dejaron de advertir, ni mucho menos, lo que Jerjes había hecho con los cadáveres de sus soldados. Es más, el panorama resultaba realmente cómico: por parte persa se veían mil cadáveres, mientras que los griegos —en número de cuatro mil— se encontraban todos juntos, al haber sido reunidos en el mismo 3 lugar. Durante aquel día los persas se dedicaron a contemplar el espectáculo; y, al día siguiente, los unos zarparon en dirección a Histiea para embarcarse, en tanto que Jerjes y sus tropas se dispusieron a emprender la marcha.

Avance persa por Grecia Central. Nuevo ejemplo del talante de los griegos

Entonces 26 salieron a su encuentro unos desertores; se trataba de unos pocos arcadios que carecían de medios de vida y que deseaban que les diesen trabajo. Los persas, por su parte, los condujeron a presencia del rey y les preguntaron qué era lo que estaban haciendo los griegos (un único portavoz persa fue quien les 2 formuló esa pregunta). Los arcadios les dijeron que los griegos estaban celebrando los Juegos Olímpicos; es decir, que debían de estar asistiendo a unos certámenes atléticos y ecuestres. Y, al preguntar acto seguido el persa que cuál era el premio que tenían establecido en sus competiciones, los arcadios le respondieron que al vencedor se le concedía una corona de olivo.

Fue en aquellos momentos cuando Tritantecmes, hijo de Artábano11, fue tachado de cobarde por el monarca al expresar una 3 opinión que denotaba gran nobleza. Resulta que, al enterarse de que el premio consistía en una corona y no en dinero, no pudo guardar silencio y exclamó delante de todos: «¡Ay, Mardonio, contra qué clase de gente nos has traído a combatir! ¡No compiten por dinero, sino por amor propio!».

Excurso sobre la ancestral enemistad existente entre tesalios y focenses

Eso 27 fue, en definitiva, lo que manifestó Tritantecmes.

En el ínterin —inmediatamente después del desastre acaecido en las Termópilas—, los tesalios enviaron un heraldo a los focenses, ya que abrigaban hacia ellos un odio inveterado, que se había visto particularmente acrecentado a raíz de su último desastre. Resulta que, no muchos años antes 2 de la expedición de Jerjes que nos ocupa, los tesalios, en unión de sus aliados, habían invadido Fócide con todos sus efectivos y habían sido derrotados por los focenses, sufriendo un serio revés.

Los 3 focenses, que tenían consigo al adivino Telias de Élide, habían sido bloqueados en el Parnaso, cuando, en esa tesitura, el tal Telias los salvó con la siguiente estratagema: hizo que los seiscientos soldados focenses más valerosos se embadurnasen el cuerpo, así como las armas, con yeso, y los lanzó de noche contra los tesalios después de haberles ordenado que matasen a todo el que no 4 vieran pintado de blanco. Pues bien, los centinelas tesalios, que fueron los primeros en verlos, creyeron que se trataba de un extraordinario prodigio y huyeron aterrorizados; y, tras los centinelas, hizo lo propio el ejército, de manera que los focenses se apoderaron de cuatro mil cadáveres y otros tantos escudos, la mitad de los cuales los consagraron en Abas, y la otra mitad en Delfos. (Por 5 cierto que la décima parte del botín obtenido en esa batalla sirvió para esculpir las grandes estatuas que, delante del templo de Delfos, están agrupadas alrededor del trípode, así como otras similares que se hallan consagradas en Abas.)

Esto 28 fue, en suma, lo que hicieron los focenses con la infantería de los tesalios mientras esta última los estaba asediando. Por lo que se refiere a la caballería tesalia (que había invadido su territorio), le infligieron una terrible derrota: justo en el desfiladero que se halla en las inmediaciones de Hiámpolis abrieron una gran zanja, depositaron en su interior unas ánforas vacías y, tras recubrirlas de tierra y nivelar la excavación a la altura del terreno circundante, aguardaron el ataque del enemigo. Y, cuando los tesalios se lanzaron a la carga, convencidos de que iban a aniquilar a los focenses, cayeron en las ánforas, donde los caballos se rompieron las patas.

Como 29 es lógico, los tesalios estaban resentidos con ellos debido a esas dos estratagemas; así que enviaron un heraldo y les dijeron lo siguiente: «Focenses, reconoced de una vez por todas que no podéis compararos 2 con nosotros: hasta ahora, mientras los intereses de la Hélade nos resultaban atractivos, en Grecia hemos sido superiores a vosotros absolutamente siempre; y, en estos momentos, tenemos tanta influencia ante el Bárbaro que está a nuestro alcance que os veáis despojados de vuestra tierra y reducidos, incluso, a la condición de esclavos. Todo depende de nosotros, pero, no obstante, no os guardamos rencor; mirad, como desagravio, facilitadnos cincuenta talentos de plata12 y nos comprometemos a alejar la amenaza que se cierne sobre vuestro país».

Esto 30 fue lo que les exigieron los tesalios. Resulta que los focenses eran el único pueblo de la zona13 que no había abrazado la causa de los medos, sin más razón para ello (de acuerdo con los resultados a que me han llevado mis deducciones) que su odio hacia los tesalios. En 2 mi opinión, si los tesalios se hubiesen alineado con los griegos, los focenses habrían abrazado la causa de los medos.

Ante esa exigencia de los tesalios, los focenses respondieron que no iban a entregarles dinero, ya que, si sus intenciones fuesen otras, también ellos podían abrazar —como habían hecho los tesalios— la causa de los medos; sin embargo, no iban a traicionar a Grecia por propia iniciativa.

Los persas conquistan Dóride y Fócide, penetrando en Beocia

Al 31 serles transmitida esa respuesta, los tesalios, indignados con los focenses, decidieron guiar al Bárbaro en su avance.

Desde la región de Traquis, pues, irrumpieron en Dóride (por esa zona se extiende una estrecha franja de tierra de la Dóride —de unos treinta estadios de anchura14, poco más o menos—, que, situada entre Mélide y Fócide, constituía antaño la Driópide; y por cierto que esa región es la patria originaria de los dorios del Peloponeso). Pues bien, al irrumpir en Dóride, los bárbaros no saquearon su territorio, pues los habitantes habían abrazado la causa de los medos y, además, a los tesalios no les pareció oportuno.

Desde 32 Dóride irrumpieron acto seguido en Fócide, pero no pudieron capturar a los focenses propiamente dichos: parte de ellos había ascendido a las zonas altas del Parnaso (la cima del Parnaso, que se alza en solitario en las inmediaciones de la ciudad de Neón, y que recibe el nombre de Titórea, es particularmente apropiada para albergar a mucha gente; de ahí que los focenses subieran a ella sus pertenencias y luego ascendieran ellos), 2 mientras que la mayoría se habían trasladado a la ciudad de Anfisa15, en territorio de los locros ózolas, que se halla emplazada al norte de la llanura de Crisa.

Los bárbaros realizaron correrías por toda la Fócide, pues los tesalios guiaban a las tropas con ese propósito; y todas las zonas que fueron ocupando las incendiaron y las talaron, haciendo que tanto las ciudades como los santuarios fuesen pasto de las llamas.

En 33 su avance por Fócide siguieron el curso del río Cefiso y lo devastaron todo, reduciendo a cenizas la ciudad de Drimo, así como las de Caradra, Eroco, Tetronio, Anficea, Neón, Pediea, Tritea, Elatea, Hiámpolis, Parapotamio y Abas, donde había un rico santuario de Apolo provisto de tesoros y de abundantes ofrendas (por cierto que allí había entonces —y lo sigue habiendo todavía— un oráculo). También saquearon ese santuario y luego lo quemaron. Asimismo, persiguieron a algunos focenses, capturándolos cerca de las montañas, y causaron la muerte de algunas mujeres al violarlas en masa.

Después 34 de pasar por Parapotamio, los bárbaros llegaron a Panopea. A partir de allí, el ejército persa se dividió en dos grupos que, en lo sucesivo, siguieron rutas diferentes. El grueso de las tropas, incluidos los mejores efectivos, se dirigió hacia Atenas, en unión del propio Jerjes, e irrumpió en Beocia, concretamente en territorio de Orcómeno. Y por cierto que toda la población de Beocia abrazaba la causa de los medos16; de ahí que soldados macedonios, enviados por Alejandro, se hubiesen distribuido por sus ciudades para protegerlas: su protección consistía en demostrarle expresamente a Jerjes que los beocios eran partidarios de los medos.

Delfos se salva milagrosamente del ataque persa

Mientras 35 esos efectivos del ejército bárbaro avanzaban, pues, por esa ruta, los demás contingentes, dejando a la derecha el Parnaso, se dirigieron contra el santuario de Delfos acompañados de unos guías. Y también ellos devastaron todas las zonas de Fócide que fueron ocupando (concretamente, incendiaron las ciudades de Panopea, Daulis y Eólida).

La 2 razón de que siguieran esa ruta, tras haberse separado del resto del ejército, se debía a que querían saquear el santuario de Delfos para mostrarle sus tesoros al rey Jerjes, porque, según tengo entendido, el monarca, debido a los incesantes comentarios que le hacía mucha gente, estaba mejor informado de todos los objetos destacables existentes en el santuario —y, especialmente, de las ofrendas de Creso, hijo de Aliates— que de lo que había dejado en su palacio.

Al 36 enterarse de sus intenciones, los delfios fueron víctimas del pánico más absoluto y, presas de un terror cerval, formularon al oráculo una consulta relativa a los tesoros sagrados, para saber si debían sepultarlos bajo tierra o trasladarlos a otro país. Sin embargo, el dios les prohibió cambiarlos de sitio, indicándoles que él, personalmente, se 2 bastaba para proteger sus bienes. Entonces los delfios, al oír esta respuesta, se preocuparon de su propia seguridad, por lo que enviaron a sus hijos y a sus mujeres a la otra orilla del golfo —a diferentes puntos de Acaya—, mientras que la mayoría de ellos ascendieron a las cumbres del Parnaso, subiendo sus enseres a la gruta Coricio17, y los demás buscaron asilo en la ciudad locra de Anfisa. Todos los delfios, en suma, abandonaron su ciudad a excepción de sesenta hombres y del profeta.

Cuando 37 los bárbaros, en el curso de su avance, se encontraban cerca (en concreto, podían divisar el santuario), justo entonces el profeta, cuyo nombre era Acérato, vio depositadas delante del templo las armas sagradas, que ningún ser humano podía tocar sin incurrir en sacrilegio y que habían sido trasladadas allí desde el interior 2 del mégaron. El sacerdote fue, pues, a informar del prodigio a los delfios que se habían quedado con él; y, entretanto, cuando los bárbaros, que avanzaban a marchas forzadas, se hallaban a la altura del santuario de Atenea Pronaya18, les sucedieron una serie de prodigios aún más formidables que el que acababa de producirse. Realmente lo ocurrido (que unas armas de combate aparezcan por sí solas depositadas fuera del templo) ya constituye algo sumamente sorprendente. Pero no hay duda de que los fenómenos que se produjeron inmediatamente después son susceptibles de provocar una admiración superior, incluso, a la de cualquier otro portento. Resulta que, cuando en el 3 curso de su avance, los bárbaros se encontraban ya a la altura del santuario de [Atenea] Pronaya, de repente unos rayos procedentes del cielo cayeron sobre ellos, mientras que del Parnaso se desprendieron dos peñascos, que, en medio de un gran estruendo, se precipitaron sobre ellos, aplastando a gran cantidad de soldados, y del santuario de la Pronaya surgió un clamor acompañado de un grito de guerra.

La 38 concurrencia de todos esos prodigios había hecho que el terror se apoderara de los bárbaros. Además, los delfios, al percatarse de que sus enemigos se daban a la fuga, bajaron en su persecución y mataron a un buen número de adversarios, en tanto que los supervivientes huyeron en dirección a Beocia.

Esos efectivos bárbaros que lograron regresar de esta misión relataron, según tengo entendido, que, además de los citados, pudieron observar, asimismo, otros fenómenos sobrenaturales; concretamente, que dos hoplitas de una estatura sobrehumana se lanzaron a por ellos y estuvieron matándolos y persiguiéndolos.

Por 39 cierto que, al decir de los delfios, esos dos hoplitas eran Fílaco y Autónoo, unos héroes de la región, cuyos recintos sagrados se hallan en las inmediaciones del santuario; el de Fílaco al lado mismo del camino, encima del santuario de la Pronaya, y el de Autónoo 2 cerca de Castalia19, al pie de la peña Hiampea. Por su parte, los bloques de piedra que cayeron del Parnaso todavía en mi época se conservaban intactos: se hallaban en el recinto sagrado de [Atenea] Pronaya, a donde fueron a parar al precipitarse por entre los bárbaros. Así fue, en definitiva, como esos contingentes se alejaron del santuario.

La flota griega fondea en Salamina

Entretanto 40 la flota griega, que había abandonado el Artemisio20, arrumbó sus naves a Salamina a petición de los atenienses. La razón por la que los atenienses solicitaron a los aliados que fondeasen en Salamina tenía por finalidad poder evacuar personalmente a sus hijos y a sus mujeres del Ática, y, de paso, planear la estrategia a seguir, pues, dado que sus previsiones habían resultado erróneas, tenían la intención de mantener, en aquellos momentos, un cambio de impresiones sobre la situación. Resulta que creían que iban a encontrar 2 a los peloponesios apostados en Beocia con todos sus efectivos a la espera del Bárbaro, pero se encontraron con que no había el menor contingente; más aún tenían noticias de que estos últimos, preocupados sobre todo por la salvación del Peloponeso —y con ánimo de mantenerlo a buen recaudo—, estaban construyendo un muro en el Istmo, sin cuidarse del resto de Grecia. Al tener noticias de ello fue por lo que solicitaron a los aliados que fondeasen en Salamina.

Evacuación del Ática

Todos 41 los aliados, pues, pusieron rumbo a Salamina, en tanto que los atenienses se dirigieron a su propia ciudad. Y, a su llegada, lanzaron un bando según el cual cada ateniense debía poner a salvo a sus hijos y a sus familiares donde pudiera; de ahí que la mayoría los enviasen a Trecén, otros a Egina y 2 otros a Salamina. Y por cierto que se apresuraron a evacuarlos al objeto de obedecer al oráculo21 y, muy en especial, por el siguiente motivo: los atenienses aseguran que, en el interior del santuario, vive una gran serpiente en calidad de guardiana de la Acrópolis; eso es lo que aseguran y, es más, todos los meses le hacen entrega de una ofrenda, como si realmente existiese (la ofrenda mensual consiste en una torta de miel). Pues bien, esa torta 3 de miel, que hasta entonces había sido consumida siempre, quedó a la sazón intacta. Cuando la sacerdotisa informó de lo ocurrido, los atenienses abandonaron la ciudad con mucho mayor empeño todavía, convencidos de que también la diosa había dejado la Acrópolis. Y, tras haberlo puesto todo a salvo, zarparon para reunirse con la flota.

Enumeración de las fuerzas navales griegas, con datos étnicos sobre los diversos contingentes

Cuando 42 los efectivos procedentes de Artemisio hubieron arrumbado sus naves a Salamina, el resto de la flota griega, al tener noticias de ello, hizo lo propio, acudiendo en bloque desde Trecén (pues, con antelación, había recibido la orden de reunirse en Pogón, el puerto de Trecén). Así se reunió un número de naves muy superior al que había combatido en Artemisio, procedentes, además, de un número superior de ciudades.

Por 2 cierto que el navarca que estaba al mando de la flota era el mismo que en Artemisio: Euribíades, hijo de Euriclides, un espartiata que, sin embargo, no era de sangre real; no obstante, eran los atenienses quienes, con mucho, aportaban las naves más numerosas y veleras.

La flota 43 la integraban los siguientes efectivos: del Peloponeso figuraban los lacedemonios, que aportaban dieciséis naves, mientras que los corintios aportaban la misma cifra que en Artemisio22.

Los sicionios aportaban quince naves; los epidaurios, diez; los trecenios, cinco; y los hermioneos, tres (estos pueblos, a excepción de los hermioneos, son de raza doria y macedna, y, en última instancia, habían emigrado desde Eríneo, Pindo y la Driópide; los hermioneos, por su parte, son dríopes que fueron expulsados, por Heracles y por los melieos, de la región que en la actualidad se denomina Dóride).

Estos 44 eran, en definitiva, los peloponesios que figuraban en la flota, mientras que los expedicionarios procedentes del continente, al norte del Peloponeso, eran los siguientes: ante todo, los atenienses, que aportaban ciento ochenta naves, un número equivalente al de todos los demás griegos juntos; y ello por sí solos, pues los plateos no combatieron en Salamina al lado de los atenienses debido, poco más o menos, al siguiente motivo: cuando los griegos, al retirarse del Artemisio, se encontraban a la altura de Calcis, los plateos desembarcaron en la otra orilla —en Beocia— y se dedicaron a evacuar a sus familiares; de ahí que, por ponerlos a salvo, se quedaran rezagados.

Y por 2 cierto que, en la época en que los pelasgos ocupaban el país que hoy en día se denomina Grecia, los atenienses eran pelasgos y recibían el gentilicio de cránaos; en el reinado de Cécrope recibieron el apelativo de cecrópidas; cuando Erecteo heredó el trono, pasaron a llamarse atenienses; y, cuando Ión, hijo de Juto, se convirtió en su caudillo, recibieron, en su memoria, el nombre de jonios.

Los 45 megareos aportaban el mismo número de navíos que en Artemisio23, en tanto que los ampraciotas acudieron en auxilio de los griegos con siete naves, y los leucadios con tres (estos tres pueblos son de raza doria y originarios de Corinto).

Por 46 lo que a los isleños se refiere, los eginetas aportaban treinta navíos (los de Egina contaban con más naves equipadas, pero con ellas custodiaban su propio territorio, y en Salamina combatieron con las treinta más veleras). Por cierto que los eginetas son dorios originarios de Epidauro, y su isla antaño se llamaba Enone.

Después de los eginetas figuraban los calcideos, que aportaban 2 sus veinte naves de Artemisio, y los eretrieos, con sus siete navíos (ambos pueblos son jonios).

Inmediatamente después figuraban los de Ceos, un pueblo de raza jonia, originario de Atenas, que aportaban los mismos 3 navíos que en Artemisio24. Los naxios, por su parte, aportaban cuatro naves, pues, pese a que —al igual que los demás isleños— habían sido comisionados por sus compatriotas para unirse a los medos, hicieron caso omiso de sus órdenes y, a instancias de Demócrito, un personaje que gozaba de prestigio entre sus conciudadanos y que, a la sazón, capitaneaba un trirreme, se pasaron a los griegos (los naxios, por cierto, son jonios originarios de 4 Atenas). Los de Estira aportaban las mismas naves que en Artemisio25, y los de Citnos un trirreme y un pentecontero (estos dos pueblos son dríopes26). En la flota también figuraban los de Serifos, Sifnos y Melos, pues eran los únicos isleños que no le habían entregado al Bárbaro la tierra y el agua.

Todos 47 estos pueblos que integraban la flota residen al este de Tesprotia y del río Aqueronte, pues los tesprotos son vecinos de los ambraciotas y de los leucadios, que constituían los aliados procedentes de las regiones más occidentales. Por lo que a los pueblos residentes al oeste de esos límites respecta, los crotoniatas fueron los únicos que, ante el peligro que corría, acudieron en socorro de la Hélade, y lo hicieron con un solo navío que capitaneaba Faílo, un personaje que obtuvo tres veces la victoria en los Juegos Píticos (por cierto que los crotoniatas son de raza aquea).

Todos 48 los pueblos que integraban la flota aportaban, en definitiva, trirremes, a excepción de los melios, los sifnios y los serifios, que proporcionaban penteconteros. Los melios (que son de origen lacedemonio) aportaban dos, en tanto que los sifnios y los serifios (que son jonios originarios de Atenas) aportaban uno cada uno.

La cifra total de navíos, sin contar los penteconteros, ascendía a trescientos setenta y ocho.

Los generales griegos celebran consejo, decidiendo, inicialmente, abandonar Salamina y dirigirse al Istmo de Corinto

Cuando 49 se reunieron en Salamina, los generales de las ciudades que he citado estudiaron la situación, pues Euribíades había propuesto que el que quisiera manifestase su opinión sobre qué lugar, que estuviera en su poder, parecía más idóneo para presentar batalla naval (como quiera que el Ática había sido ya abandonada, su proposición se refería a las demás 2 zonas de Grecia). Entonces la mayoría de las opiniones de quienes intervinieron coincidieron en que había que zarpar con rumbo al Istmo y librar batalla ante el Peloponeso, aduciendo la siguiente observación: que, en el caso de resultar derrotados en la batalla, si se encontraban en Salamina, se verían bloqueados en una isla, donde no se les presentaría oportunidad alguna de recibir socorros, mientras que, en las inmediaciones del Istmo, podrían alcanzar territorios bajo su control.

Jerjes ocupa Atenas, donde solo la Acrópolis resiste por un tiempo

Mientras 50 los generales naturales del Peloponeso aducían esas consideraciones, se presentó un ateniense con la noticia de que el Bárbaro había llegado al Ática y de que toda la zona estaba siendo pasto de las llamas.

Resulta 2 que Jerjes y sus tropas, después de haber atravesado Beocia, donde habían incendiado la ciudad de Tespias (cuyos habitantes la habían abandonado, refugiándose en el Peloponeso), así como la de Platea, habían llegado a Atenas y lo estaban devastando todo. Y por cierto que incendiaron Tespias y Platea al saber, gracias a los tebanos, que dichas ciudades no habían abrazado la causa de los medos.

A 51 partir del cruce del Helesponto, desde donde los bárbaros, después de haber permanecido en la zona por espacio de un mes —que emplearon en pasar a Europa—, comenzaron su avance, los persas llegaron al Ática en el plazo de otros tres meses, durante el arcontado de Calíades en Atenas.

El 2 caso es que se apoderaron de la ciudad, que se hallaba desierta, si bien se encontraron, refugiados en el santuario, con unos cuantos atenienses (se trataba de tesoreros del santuario y de personas pobres), que habían fortificado la Acrópolis con una barricada de planchas y troncos de madera para intentar rechazar a los invasores. No se habían trasladado a Salamina tanto por su falta de recursos como porque creían que solo ellos habían comprendido el significado del oráculo que les había vaticinado la Pitia (que el muro de madera sería inexpugnable); es decir, consideraban que, según el oráculo, el refugio lo constituía justamente la empalizada, y no las naves.

Por 52 su parte, los persas tomaron posiciones en la colina que se encuentra frente a la Acrópolis, y a la que los atenienses denominan Areópago, y llevaron a cabo el asedio de la siguiente manera: por lo regular, envolvían sus flechas con copos de estopa, les prendían fuego y las lanzaban hacia la barricada. Con todo —y en esa tesitura—, los atenienses que se hallaban sitiados se iban defendiendo, a pesar de que se encontraban en una situación desesperada y de que la barricada no les había dado resultado. Es 2 más, se negaron a aceptar las ofertas de capitulación que les hicieron los Pisistrátidas, y, entre otros medios que urdieron para defenderse de los asaltantes, se dedicaron a arrojar bloques de piedra cada vez que los bárbaros se acercaban a las puertas, de manera que Jerjes se vio sumido en un aprieto durante largo tiempo, pues no conseguía reducirlos.

Pero, 53 al cabo de cierto tiempo, los bárbaros descubrieron finalmente un medio para salir del atolladero, pues, de acuerdo con el vaticinio27, todo el Ática continental debía caer en manos de los persas.

Por la parte frontal de la Acrópolis (concretamente, detrás de las puertas y de la rampa de acceso), justo en una zona en la que nadie montaba guardia, ni se hubiera pensado que por allí —por las proximidades del santuario de Aglauro, hija de Cécrope— pudiese subir alguna vez un ser humano, fue precisamente por donde subieron algunos soldados, a pesar de lo escarpado del terreno. Cuando los atenienses vieron que los enemigos habían subido 2 [hasta la Acrópolis], unos se arrojaron muralla abajo, pereciendo, y otros se refugiaron en el templo. Entonces los persas que habían subido se dirigieron ante todo hacia las puertas, las abrieron y mataron a los suplicantes; y, tras haber acabado con todos, saquearon el santuario e incendiaron toda la Acrópolis.

Una 54 vez dueño absoluto de Atenas, Jerjes despachó a Susa a un emisario a caballo para que notificara a Artábano su éxito de entonces. Y, un día después de haber enviado al heraldo, convocó a los exilados atenienses que lo acompañaban y les mandó que subieran a la Acrópolis y que realizasen sacrificios con arreglo a sus ritos (ya fuera porque había tenido alguna visión en sueños, o porque sintió remordimientos por haber hecho incendiar el santuario, lo cierto es que esa fue la orden que dio). Los exilados atenienses, pues, cumplieron su orden.

Y voy 55 a explicar por qué he hecho alusión a estos pormenores. En la Acrópolis de Atenas hay un templo dedicado a Erecteo (quien, según dicen, nació de la tierra), donde se encuentran un olivo y un pozo de agua salada, que, de acuerdo con una tradición de origen ateniense, dejaron Posidón y Atenea en testimonio de su disputa por el patronazgo de la región. Pues bien, resulta que dicho olivo fue presa, con el resto del santuario, del incendio provocado por los bárbaros. Sin embargo, un día después del incendio, cuando los atenienses comisionados por el monarca para ofrecer sacrificios subieron al santuario, comprobaron que del tronco había brotado un retoño de cerca de un codo28. Eso es, en definitiva, lo que contaron esos sujetos.

Pánico en la flota griega

Entretanto, 56 los griegos que se encontraban en Salamina se quedaron tan desconcertados, cuando recibieron la noticia de la suerte que había corrido la Acrópolis de Atenas, que algunos generales ni siquiera esperaron a que se resolviese la cuestión objeto del debate, sino que se lanzaron hacia sus naves y mandaron izar velas con ánimo de escapar de allí. Por su parte, los generales que se quedaron decidieron presentar batalla ante el Istmo.

El caso es que cayó la noche y levantaron la sesión, embarcándose en sus respectivas naves.

Temístocles, a instancias de Mnesífilo, persuade a Euribíades para que convoque una nueva reunión de los generales griegos

Pues 57 bien, en el preciso momento en que Temístocles llegó a su nave, Mnesífilo, un natural de Atenas, le preguntó que cuál era la decisión que habían tomado. Y, al saber por Temístocles que se había acordado trasladar la flota al Istmo y presentar batalla ante 2 el Peloponeso, exclamó: «A fe que, si los griegos hacen zarpar sus naves de Salamina, ya no podrás librar batalla naval por patria alguna, pues todos ellos se dirigirán a sus respectivas ciudades, y ni Euribíades, ni ninguna otra persona, conseguirá detenerlos e impedir que la flota se disperse, de manera que, por su errónea decisión, Grecia se verá abocada al desastre. Ahora bien, si existe alguna posibilidad, ve y trata de revocar la decisión adoptada, a ver si logras convencer a Euribíades para que cambie de opinión y permanezca aquí».


A 58 Temístocles le pareció perfecta la sugerencia y, sin responder nada a sus palabras, se dirigió hacia el navío de Euribíades. Y, a su llegada, manifestó que deseaba conferenciar con él de cierto asunto de interés general. Euribíades, por su parte, le invitó a subir a bordo para que dijese 2 lo que quería. Entonces Temístocles se sentó a su lado y, haciéndolas suyas, le repitió todas las consideraciones que le había oído a Mnesífilo (a las que añadió otras muchas), hasta que, a fuerza de insistir, lo convenció para que abandonara la nave y convocase a junta a los generales.

Pese a la oposición de Adimanto, Temístocles convence a los aliados para librar batalla naval en aguas de Salamina

El 59 caso es que, cuando se reunieron, Temístocles, antes de que Euribíades explicara el motivo por el que había citado a los generales, comenzó a hablar largamente, dada la entidad de su demanda. Y, durante su intervención, el general corintio Adimanto, hijo de Ocito, exclamó: «Temístocles, en las pruebas atléticas quienes toman la salida antes de la señal son apaleados». «En efecto —contestó Temístocles, excusándose—, pero quienes se quedan rezagados no se llevan la corona.»

Temístocles, 60 en aquellos momentos, respondió al corintio en un tono sosegado, y, por lo que a Euribíades se refiere, no volvió a repetirle nada de lo que hacía poco le había manifestado —es decir que, en cuanto zarparan de Salamina, los griegos se darían a la fuga, dispersándose—, pues, en presencia de los aliados, se le antojaba de todo punto improcedente ponerse a acusarlos; así que hizo hincapié en otras consideraciones, expresándose como sigue:

«En tus α manos está en estos instantes salvar a la Hélade, si me haces caso y, a fin de presentar batalla, permaneces donde estamos, en lugar de hacer que las naves pongan proa al Istmo cediendo a los argumentos de los aquí presentes. Mira, escúchame y coteja ambos planes: si trabas combate en las inmediaciones del Istmo, librarás la batalla en mar abierto, cosa que no nos conviene en absoluto, dado que contamos con navíos más pesados e inferiores en número; además, aun suponiendo que, en líneas generales, nos acompañe la fortuna, causarás la perdición de Salamina, Mégara y Egina. Por otra parte, las fuerzas terrestres del enemigo avanzarán a la par que su flota, y, en consecuencia, tú personalmente los conducirás contra el Peloponeso y pondrás en peligro a toda Grecia.

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