Kitabı oxu: «Manual de escritura para científicos sociales»
Índice
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Portada
Copyright
Dedicatoria
Prólogo a la nueva edición
1. Rudimentos de escritura para estudiantes de posgrado
2. Persona y autoridad
3. La Única Manera Correcta
4. Editar de oído
Voz activa/voz pasiva
Pocas palabras
Repetición
Estructura/contenido
Concreto/abstracto
Metáforas
5. Aprender a escribir como un profesional
6. Riesgo (por Pamela Richards)
7. “Sacarlo a la calle”
8. Abrumado por la bibliografía
9. Escribir con computadora, antes y ahora
Los comienzos
Cambios en las tareas rutinarias
10. Una última palabra
Referencias bibliográficas
Howard Becker
MANUAL DE ESCRITURA PARA CIENTÍFICOS SOCIALES
Cómo empezar y terminar una tesis, un libro o un artículo
EDICIÓN REVISADA Y ACTUALIZADA
con un capítulo escrito por
Pamela Richards
Traducción de
Teresa Arijón

Becker, Howard
Manual de escritura para científicos sociales / Howard Becker.- 1ª ed.- Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2022.
Libro digital, EPUB.- (Sociología y Política)
Archivo Digital: descarga
Traducido por Teresa Arijón // ISBN 978-987-801-153-0
1. Ciencias Sociales. I. Arijón, Teresa, trad. II. Título
CDD 301.01
Título original: Writing for Social Scientists. How to Start and Finish your Thesis, Book, or Article (3ª ed., The University of Chicago Press, Chicago, Illinois, Estados Unidos)
© 1986, 2007, 2020, The University of Chicago
© 2011, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.
<www.sigloxxieditores.com.ar>
1ª edición en papel: 2011
2ª edición en papel revisada y actualizada: 2022
Diseño de cubierta: Peter Tjebbes
Los dibujos reproducidos en la cubierta y al comienzo de cada capítulo de este libro son de Claire Bretécher y fueron publicados por primera vez en libro, con el título de “Création”, en Les Frustrés 3, © Le Nouvel Observateur
El capítulo 1 retoma, con ligeras modificaciones, la versión publicada en The Sociological Quarterly, vol. 24 (otoño de 1983) y se incluye en este libro con autorización de la Sociedad Sociológica del Oeste Medio
Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina
Primera edición en formato digital: abril de 2022
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-153-0
Dedico este libro a la memoria del muy querido y admirado Douglas Mitchell, quien durante largos años fue editor de sociología en University of Chicago Press y tenía una especial percepción del buen pensamiento y de la buena escritura.
Prólogo a la nueva edición
Escribí la primera versión de este libro a comienzos de los años ochenta. Me resultó muy fácil. Hacía ya bastante tiempo que dictaba un taller de escritura para estudiantes de posgrado, y esa experiencia me había dado mucho que pensar y varias anécdotas que contar. Las anécdotas casi siempre traían aparejada una moraleja, una pequeña lección sobre por qué tenemos los problemas que tenemos para escribir, o una posibilidad de evitarlos, o bien una manera de enfocarlos que los volviera menos dificultosos. Cuando la publicación del primer capítulo en una revista originó debates, supe que tenía el comienzo. El resto del libro se escribió casi solo y fue publicado poco después.
Pese al título del capítulo 1, no he reescrito un libro de prácticas del lenguaje, inicialmente destinado a estudiantes de los primeros años de grado, para que lo usen estudiantes de posgrado. No puedo competir con los textos clásicos sobre composición en lengua inglesa –cuyos autores saben mucho más de lo que yo sé o alguna vez llegaré a saber sobre gramática, sintaxis y otros temas pertinentes– ni pienso intentarlo. Algunos de esos temas figuran de manera sumaria en mi texto, en gran parte porque estoy 100% seguro de que los estudiantes de posgrado y los jóvenes profesionales de la sociología y otras disciplinas afines no buscarán ni prestarán atención a consejo alguno proveniente de otro campo que no sea el suyo (deberían hacerlo, sin embargo). Sea como fuere, permítanme agregar que, si hace falta que los sociólogos estudien gramática y sintaxis para que la escritura sobre la sociedad mejore, entonces jamás mejorará.
Además, los problemas de estilo y dicción por lo general implican cuestiones sustanciales. Como argumentaré más adelante, la mala escritura sociológica no puede separarse de los problemas teóricos de la disciplina. A fin de cuentas, la manera de escribir de una persona depende de la situación social en la que escribe. Por lo tanto, necesitamos tener en cuenta (y esto resume la perspectiva general del libro) cómo la organización social genera los problemas clásicos de la escritura académica: estilo, organización y demás. Por eso, en vez de intentar escribir ese libro de uso del lenguaje para quienes se inician en la carrera, algo que excedería mis posibilidades, he intentado dar forma a un análisis que encare los problemas peculiares de escribir sobre la sociedad, y hacerlo con un enfoque sociológico de las dificultades técnicas (aquellas sobre las cuales escriben otros autores). Me ocupo, de manera específica, de la escritura académica –y sociológica en particular– y sitúo sus problemas en el contexto del trabajo académico. (Gran parte del excelente libro Umberto Eco sobre cómo escribir una tesis, publicado en inglés en 2015, trata más de la política y de la logística de ese proceso –por ejemplo, la elección de los directores de tesis o cuáles bibliotecas consultar en busca de fuentes– que de la escritura misma).
Sin falsa modestia, escribo de manera personal y autobiográfica porque pienso que a los estudiantes les resulta difícil imaginar la escritura como una actividad real llevada adelante por personas de carne y hueso. Los estudiantes no piensan que los libros son resultado directo del trabajo de alguien. Incluso quienes asisten a cursos de posgrado y están mucho más cerca de sus docentes rara vez ven a alguien escribiendo, rara vez ven borradores que todavía no están en condiciones de ser publicados. La escritura era y sigue siendo un misterio para ellos. Mi intención es develar el misterio y hacerles ver que los textos que leen son obra de personas que tienen las mismas dificultades que ellos. Mi prosa no es ejemplar, pero, como sé lo que conllevó redactarla, puedo explicar por qué escribí de esa manera, cuáles fueron los problemas que tuve que afrontar y cómo elegí las soluciones. No puedo hacer lo mismo con el trabajo de otros. Dado que hace muchos años que produzco escritura sociológica, numerosos estudiantes y profesionales han leído parte de mi obra, y los lectores de este libro me han dicho que para ellos fue un alivio saber que los capítulos que lo integran me preocuparon y confundieron tal como su propio trabajo los preocupa y confunde. Por esa razón, he dedicado un capítulo completo a mis propias experiencias como escritor.
Este libro les ha resultado útil a muchísimas personas. Departamentos de varias universidades más de una vez compraron ejemplares para los estudiantes de posgrado que recién ingresaban (supongo que las adquisiciones se debieron a que los profesores confiaban en que el libro contrarrestaría los miedos y ansiedades de los novatos). Por otra parte, los estudiantes que sentían que los había ayudado lo recomendaban o incluso lo regalaban a sus compañeros.
Pero nada me preparó para el constante flujo de correspondencia de lectores agradecidos porque el libro los había ayudado a resolver sus problemas de escritura. Varios de ellos incluso me confesaron que les había salvado la vida. Pero eso, antes que un testimonio de su valor terapéutico, era una reflexión sobre la gravedad de la cuestión de no poder escribir. Muchos me contaron que les habían regalado mi libro a los amigos que padecían dificultades serias. No es sorprendente, dado que nuestro destino en los ámbitos académicos –donde escribimos como estudiantes, docentes e investigadores– depende en gran medida de nuestra habilidad para escribir un texto decente a pedido. Cuando no podemos hacerlo, nuestra confianza cae en picada, lo que su vez entorpece nuestra próxima tarea de escritura, y así, casi sin darnos cuenta, de pronto nos encontramos en un callejón sin salida. Quizás por eso este libro, al sugerir nuevas maneras de afrontar esos dilemas, infundió esperanzas al prójimo y en algunos casos lo ayudó a lograr que la espiral girara en la dirección contraria.
Tampoco estaba preparado para las muestras de gratitud que recibí de personas provenientes de campos muy alejados de la disciplina de la sociología. La mayoría de los análisis que componen el libro son franca e indiscutiblemente sociológicos, dado que encuentran las raíces de los problemas de escritura –y sus posibles soluciones– en la organización social. En aquel entonces me parecía que muchos de los problemas específicos que son producto de esa prosa retorcida y casi ilegible que los lectores tildan de “académica” provenían de preocupaciones específicamente sociológicas, como, entre otras, la necesidad de evitar los postulados causales cuando sabemos que no contamos con las pruebas que esa clase de afirmaciones requiere (véase el capítulo 1). Así descubrí que los expertos en muchos otros campos –historia del arte, comunicaciones, literatura, etc.: es una lista por demás larga y sorprendente– tenían dificultades similares. Si bien no había pensado en ellos mientras escribía, el zapato parecía hecho (también) a su medida.
Desde la última vez que revisé este libro, el ámbito donde viven y trabajan los estudiantes y los profesores ha cambiado muchísimo. Pero los estudiantes siguen siendo principiantes que no saben cómo escribir lo que tienen que escribir.
Las computadoras personales empezaron a llegar a las universidades casi en el mismo momento en que yo iniciaba mis experimentos de enseñanza de escritura y cambiaron ese entorno en maneras en que jamás imaginé que pudieran hacerlo. Y como seguramente habría anticipado C. Wright Mills, los cambios que produjeron en la academia modificaron las cosas que son problemáticas para quienes trabajan allí y agregaron posibilidades que nadie había previsto, pero que varios actores del ecosistema universitario pudieron aprovechar en maneras inesperadas. Los problemas básicos que analizo en este libro siguen vigentes, pero los nuevos peligros y posibilidades han sumado nuevas especulaciones a los cálculos que deben realizar los escritores (y por lo tanto, a aquello sobre lo cual yo tenía que escribir).
Hace tiempo que dejé atrás la costumbre de redactar una lista donde menciono a todas las personas cuyos consejos, críticas y estímulo me ayudaron a mejorar y finalizar un libro. Son demasiadas, y la cantidad diluye el significado del agradecimiento. Estoy particularmente agradecido con Rosanna Hertz, por haber escrito la carta que inspiró el capítulo “Persona y autoridad” y por haberme permitido citarla en detalle. La carta que me escribió Pamela Richards acerca del riesgo era tan completa y certera que le pregunté si podía incluirla en este volumen y con su firma. Me alegra que haya aceptado. Yo jamás habría podido expresarlo tan bien. Y además quiero expresar mi gratitud por la inclusión del capítulo 1 (publicado por primera vez, con algunas diferencias, como Becker, 1983) con la autorización de la Sociedad Sociológica del Oeste Medio. Asimismo, el breve artículo titulado “Cambios a largo plazo en el carácter de la disciplina sociológica: una nota sobre la extensión de los títulos de los artículos remitidos a la American Sociological Review durante 2002”, publicado por primera vez (Becker, 2003a) en, precisamente, la American Sociological Review (ASR), se reedita ahora en el capítulo 10 con permiso de la Asociación Sociológica de los Estados Unidos.
Sé que los manuscritos no se transforman por arte de magia en libros impresos y encuadernados. Y por eso quiero expresar mi gratitud al equipo de la University of Chicago Press, por todo lo que hicieron para que la magia sucediera. Douglas Mitchell, el primer editor que vio algún mérito en el libro, fue también el primero en poner en marcha este tren, que mantuvo rodando todos estos años. Mary Laur, editora de la colección de la que forma parte, supervisó esta última versión. Susan Karani se ocupó de la corrección final. Y otras personas, cuyos nombres ni siquiera conocía en la mayoría de los casos, eligieron la tipografía y el diseño de página, dos cosas que facilitan enormemente la lectura. Vaya mi más profundo agradecimiento para todos ellos.
Por último, Dianne Hagaman me acompañó a lo largo de esta revisión, como lo ha hecho en todo lo demás durante todos estos años. Me ha brindado el beneficio de su experiencia y su buen juicio, que se reflejan en todo lo que leerán a continuación.
Howard S. Becker
San Francisco, 2019
1. Rudimentos de escritura para estudiantes de posgrado

En el transcurso de mi carrera profesional, varias veces he dictado seminarios de escritura para estudiantes de posgrado (y otros). Eso requirió una buena dosis de audacia. Después de todo, cuando enseñamos un tema se supone que sabemos algo al respecto. Haber escrito profesionalmente como sociólogo durante muchos años me confiere ese conocimiento. Además, varios maestros y colegas no solo han criticado mi prosa sino que me han dado innumerables lecciones para mejorarla. Por otra parte, “todo el mundo sabía” que los sociólogos escribían muy mal; tanto es así que cuando un crítico o un aficionado literario quería hacer un chiste sobre el “arte de escribir mal” le bastaba con mencionar la palabra “sociología”, así como los comediantes de otros tiempos provocaban las risas del público con solo decir “Peoria” o “Cucamonga”[1] (véanse, por ejemplo, el ataque de Cowley, 1956, y la respuesta de Merton, 1972). Pero la experiencia y las lecciones no me han puesto a salvo de cometer los errores que todavía comparto con aquellos colegas.
Sin embargo, impulsado por los constantes relatos de los problemas crónicos que los estudiantes y mis colegas en el campo sociólogo tenían con la escritura, en algún momento de los años setenta afronté el desafío. Anuncié el curso en la cartelera. El número de asistentes a la primera clase me sorprendió. No solo se anotaron diez o doce estudiantes de posgrado, sino también un par de investigadores de posdoctorado e incluso algunos de mis colegas docentes más jóvenes, patrón de matrícula que se repitió en años posteriores. Sus preocupaciones y sus problemas con la escritura superaban el temor de quedar en ridículo por tener que volver a las aulas.
Mi audacia fue más allá de dictar un curso cuyo tema no dominaba. Ni siquiera me preparé para la clase, porque (al ser sociólogo, no profesor de composición ni de retórica) no tenía la menor idea de cómo dictarla. De modo que, ese primer día, entré al salón sin saber qué haría. Después de unas pocas y balbucientes observaciones preliminares, tuve una revelación. Hacía ya varios años que venía leyendo las “Entrevistas con escritores” que publicaba The Paris Review, y siempre había sentido un interés levemente obsceno en aquello que los autores entrevistados revelaban sin pudor acerca de sus hábitos de escritura. De modo que me dirigí a una exestudiante de posgrado y vieja amiga, que estaba sentada a mi izquierda, y le dije: “Louise, ¿cómo escribes?”. Le expliqué que no estaba interesado en ninguna observación ad hoc sobre su preparación académica sino, por el contrario, en los detalles materiales, concretos: si escribía a máquina o a mano (aún no existían las computadoras personales), si utilizaba alguna clase especial de papel o trabajaba a alguna hora del día en particular. No sabía cuál sería su respuesta.
La corazonada dio resultado. Casi sin darse cuenta, Louise relató en detalle una compleja rutina que debía cumplir paso a paso. Aunque su relato no le causaba la mínima vergüenza, algunos de los presentes se mostraron un tanto incómodos mientras ella explicaba que solo podía escribir en páginas amarillas de tamaño oficio, con renglones, y utilizando una pluma estilográfica verde; que primero debía limpiar toda la casa (esta resultó ser una actividad preliminar común a casi todas las mujeres pero no a los hombres, quienes en cambio tenían mayor propensión a sacarles punta a veinte lápices); que solo podía escribir entre tal y cual hora, etc.
Supe que había dado en el clavo y proseguí con la siguiente víctima, quien, con un poco más de renuencia, describió sus hábitos igual de peculiares. El tercero dijo que lo lamentaba, pero que prefería no responder. No se lo permití. Resultó que tenía un buen motivo para no querer contestar. Todos lo tenían; para entonces ya habían advertido que lo que sus compañeros relataban era algo sumamente vergonzoso, algo que nadie querría compartir con otras veinte personas. Pero me mostré implacable: hice que todos contaran todo y no di el brazo a torcer.
El ejercicio produjo mucha tensión pero también muchas bromas, un enorme interés y, en última instancia, una sorprendente distensión. Señalé que todos se sentían aliviados, y que lógicamente debían estarlo porque, si bien sus peores miedos eran una locura –y doy fe de que lo eran–, los miedos ajenos no les iban en zaga. Era un malestar común a todos. Así como algunas personas se sienten aliviadas al descubrir que los aterradores síntomas físicos que han estado ocultando son “algo que les ocurre a muchos”, saber que otros tenían hábitos de escritura extravagantes debía ser (y, evidentemente, era) bueno.
Proseguí con mi interpretación. Desde cierto punto de vista, mis discípulos estaban describiendo síntomas neuróticos. Sin embargo, desde una perspectiva sociológica esos síntomas eran rituales mágicos. Según el antropólogo Bronislaw Malinowski (1948: 25-36), las personas realizan esa clase de rituales para influir sobre el resultado de algún proceso que no creen poder controlar racionalmente. Describió así el fenómeno, tras observarlo entre los isleños de Trobriand:
Para la construcción de canoas, el conocimiento empírico del material, de la tecnología y de ciertos principios de estabilidad e hidrodinámica funciona conjunta y estrechamente asociado con la magia, sin que ninguno de estos dos ámbitos se deje contaminar por el otro.
Por ejemplo, [los isleños] comprenden perfectamente bien que cuanto más ancha sea la apertura de la escora, mayor será la estabilidad y menor la resistencia al esfuerzo. Pueden explicar con precisión por qué deben darle un ancho tradicional a esa apertura, medido en fracciones de la longitud total de la canoa. También pueden explicar, en términos rudimentarios pero claramente mecánicos, qué deben hacer si se levanta un temporal, por qué la escora debe estar siempre del lado del tiempo, por qué cierto tipo de canoa funciona y otro no. De hecho, poseen un sistema completo de principios de navegación, con una terminología compleja y rica, transmitido por tradición y obedecido con tanta racionalidad y coherencia como los marineros modernos obedecen la ciencia moderna.
Pero más allá de todo conocimiento sistemático y metódicamente aplicado, [los isleños] todavía están a merced de mareas poderosas e incalculables, de ventarrones súbitos durante la estación de los monzones, y de arrecifes desconocidos. Y es entonces cuando aparece la magia, realizada por primera vez durante la construcción de la canoa, repetida al comienzo y durante el transcurso de las expediciones, y convocada nuevamente en momentos de verdadero peligro (1948: 30-31).
Al igual que los marineros de Trobriand, los sociólogos que no podían encarar de modo racional los peligros de la escritura utilizaban encantamientos mágicos para contrarrestar la angustia, sin afectar realmente el resultado.
De modo que les pregunté a mis alumnos: “¿Qué es lo que tienen tanto miedo de no poder controlar racionalmente para verse obligados a utilizar todos estos hechizos y rituales mágicos?”. No soy freudiano, pero estaba convencido de que se resistirían a responder la pregunta. No se resistieron. Por el contrario, contestaron sin prejuicios y exhaustivamente. Para resumir el prolongado debate que siguió a mi pregunta, temían dos cosas. Tenían miedo de no poder organizar sus pensamientos, de que escribir fuera un gigantesco y confuso caos que los llevara a la locura. Y hablaron sentidamente de un segundo resquemor: temían escribir algo que estuviera “mal” y que los otros (sin especificar quiénes) se rieran de ellos. Esa parecía la justificación principal del ritual. Otra persona, que también escribía sobre papel amarillo de tamaño carta, siempre comenzaba en la segunda página. Le pregunté por qué. “Bueno –respondió–, porque si alguien aparece de repente, siempre puedo cubrir lo que he escrito con la página en blanco para que el otro no lo vea” (de haber estado escribiendo en una computadora, habría podido obtener el mismo resultado cambiando de pantalla).
Muchos de los rituales garantizaban que lo escrito no pudiera tomarse por un producto “terminado”, de modo que nadie pudiera reírse del resultado. Era un pretexto muy arraigado. Creo que, precisamente por eso, incluso los escritores que pueden escribir sin dificultad en la computadora todavía emplean, a veces, métodos que implican una enorme pérdida de tiempo (entre ellos, el recurso al manuscrito). Se da por sentado que cualquier cosa escrita a mano no está terminada, y por lo tanto no es pasible de ser criticada como si efectivamente lo estuviera. Sin embargo, la mejor manera de impedir que el prójimo considere nuestra escritura como una expresión seria y confiable de nuestras capacidades es no escribir absolutamente cosa alguna. Es imposible leer lo que jamás se ha trazado en una forma accesible a la vista.
Algo importante había ocurrido en esa clase. Como les advertí aquel primer día, todos los estudiantes habían dicho algo que en cierto modo los avergonzaba y nadie se había muerto por eso. (Lo ocurrido se parecía mucho a lo que podría haber ocurrido en ciertos tipos de terapia grupal basados en que las personas desnudaran su psique o su cuerpo en público y descubrieran que la desnudez no mata). Me sorprendió que los integrantes de la clase –muchos de los cuales se conocían bastante bien– no tuvieran siquiera un atisbo sobre los hábitos de trabajo de sus compañeros y, de hecho, jamás hubieran visto sus escritos. Y decidí hacer algo al respecto.
En un principio les había anunciado a los futuros integrantes de la clase que, antes que en la escritura, pensaba concentrarme en la edición y la reescritura. Por lo tanto, establecí que, para ser admitidos en la clase, debían presentar un artículo ya escrito sobre el cual practicarían técnicas de reescritura. Pero antes de arremeter con los mencionados artículos, decidí mostrarles qué significaba reescribir y editar. Una colega me prestó el segundo borrador de un texto que estaba redactando. Distribuí su apartado sobre “Métodos”, de tres o cuatro páginas, al comienzo de la segunda clase, y dedicamos tres horas a reescribirlo.
Dado que los sociólogos tienen la mala costumbre de emplear veinte palabras allí donde bastaría emplear dos, pasamos la mayor parte de la tarde eliminando las palabras que estaban de más. Para orientarlos, recurrí a un truco que solía utilizar en mis clases particulares. Apoyaba la punta del lápiz sobre una palabra o una oración y preguntaba: “¿Es necesario que esto esté aquí? En caso de que no, voy a eliminarlo”. Insistí en que, al hacer un cambio, bajo ningún concepto debíamos perder los matices –por levísimos que fueran– del pensamiento del autor. (Tenía en mente las reglas que siguió C. Wright Mills en su magistral “traducción” de fragmentos de Talcott Parsons; me refiero a Mills, 1959: 27-31). Cuando nadie defendía la palabra o la frase, yo las eliminaba. Cambié las construcciones pasivas por construcciones activas, combiné oraciones, dividí oraciones largas… En fin, hice todas las cosas que esos estudiantes bien podrían haber aprendido a hacer en primer año de composición. Al cabo de tres horas, habíamos reducido las cuatro páginas a tres cuartos de página sin perder matices ni tampoco ningún detalle esencial.
Trabajamos sobre una sola oración larga –que abarcaba las posibles implicaciones de lo expresado hasta el momento– durante un buen rato; eliminamos palabras y frases hasta que el artículo quedó reducido a una cuarta parte de su extensión original. Por último, sugerí (con malicia; pero mis alumnos no estaban seguros de que así fuera) que elimináramos toda la oración y la remplazáramos por un parco y escueto “¿Y qué?”. Por fin, alguien se atrevió a romper el perplejo silencio. “Usted podría arreglárselas así, pero nosotros no”. Entonces hablamos del tono y llegamos a la conclusión de que yo tampoco podría “arreglármelas así”, a menos que hubiera preparado adecuadamente al lector para ese tipo de tono y que el tono fuera, además, apropiado para la ocasión.
Los estudiantes sintieron mucha lástima por mi colega, que generosamente había donado las páginas que sometimos a intervención quirúrgica. Pensaban que la habíamos humillado, y que era una suerte que no estuviera presente pues de lo contrario podría haberse muerto de vergüenza. Esa clase de empatía era una clara expresión de sus sentimientos no profesionales; no se daban cuenta de que quienes escriben de manera profesional –y además escriben mucho– siempre reescriben sus textos… tal como nosotros acabábamos de hacer. Yo quería que creyeran que esa práctica era habitual y que debían estar preparados para reescribir muchísimo, de modo que les dije (con absoluta sinceridad) que por lo general reescribo mis manuscritos entre ocho y diez veces antes de que sean publicados (pero no antes de dárselos a leer a mis amigos). Dado que, como explicaré más adelante, mis discípulos pensaban que a los “buenos escritores” (es decir, a sus profesores) las cosas les salían bien en el primer intento, mi confesión los dejó atónitos.
El ejercicio tuvo varios resultados. Los estudiantes quedaron exhaustos; jamás habían dedicado tanto tiempo ni tanta atención a un texto escrito, jamás habían imaginado que alguien pudiera ocupar tantas horas con esa tarea. Habían visto y experimentado una cantidad de artificios comunes de edición. El trofeo llegó a mis manos al final de la tarde cuando, exhausto, un estudiante –ese estudiante maravilloso que dice lo que todos están pensando pero saben que no les conviene decir– comentó: “Pero, Howie, si dice las cosas de esa manera, da la impresión de que cualquiera podría decir lo que usted dice”. Por supuesto que sí.
Hablamos sobre eso. ¿Lo que yo había dicho era sociológico per se, o lo sociológico era mi manera de decirlo? Téngase en cuenta que no habíamos reemplazado ningún término técnico sociológico. El problema no era ese (casi nunca lo es). Habíamos reemplazado las redundancias, la “escritura caprichosa”, las frases pomposas (entre otras mi bête noire personal, “la manera en que”, usualmente fácil de sustituir por un sencillo “como” sin perder otra cosa que la pretenciosidad)… en fin, todo lo que pudiera simplificarse sin perjudicar las ideas. Llegamos a la conclusión de que los autores intentaban dar sustancia y peso a lo que escribían sonando académicos, incluso a expensas de lo que en realidad querían decir.
Descubrimos varias otras cosas en aquella tarde interminable. Algunas de esas expresiones largas y redundantes eran irreemplazables porque no ocupaban el lugar de ningún sentido subyacente. Eran marcadores de posición: indicaban el lugar donde el autor tendría que haber dicho algo más sencillo, aunque en su momento no había tenido nada más sencillo que decir. Sin embargo, esos huecos debían ser llenados porque, de lo contrario, el autor se quedaba con una oración a medias. Los escritores no utilizaban al azar aquellas frases y oraciones carentes de sentido, ni tampoco por sus malos hábitos de escritura. Algunas situaciones evocaban marcadores de posición sin sentido.
Los escritores suelen usar esas expresiones sin sentido para encubrir dos clases de problemas, que reflejan serios dilemas de la teoría sociológica. Un problema está relacionado con lo que usualmente llamamos “agentividad”: ¿quién lo hizo? ¿Quién hizo las cosas que, según alega el texto, se hicieron? Los sociólogos a menudo prefieren los enunciados que dejan en una nebulosa la respuesta a esa pregunta, principalmente porque muchas de sus teorías no informan quién está haciendo qué. En muchas teorías sociológicas, las cosas simplemente ocurren sin que nadie las haga. Es difícil encontrar un sujeto para la oración cuando están en marcha “fuerzas sociales más grandes” o “procesos sociales inexorables”. Evitar decir quién hizo algo produce dos fallas características de la escritura sociológica: el uso habitual de construcciones pasivas y de sustantivos abstractos.
Si decimos, por ejemplo, que “los desviados fueron etiquetados como tales”, no tenemos necesidad de decir quién los calificó. Eso es un error teórico, no solo producto de la mala escritura. Uno de los hitos de la teoría del etiquetado de la desviación (Becker, 2018 [1963]) es, precisamente, que alguien etiqueta a la persona desviada; alguien con el poder de hacerlo y con buenos motivos para querer hacerlo. Si dejamos afuera a estos actores, malinterpretamos la teoría, tanto en la letra como en su espíritu. Sin embargo, es un postulado común. Los sociólogos cometen errores teóricos similares cuando dicen que la sociedad hace esto o aquello, o que la cultura obliga a hacer cosas a la gente… y los sociólogos escriben así todo el tiempo.