Kitabı oxu: «El eco de las mentiras»
Título original: In a House of Lies
© John Rebus Limited, 2018.
© de la traducción: Efrén del Valle Peñamil, 2019.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2019.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO600
ISBN: 9788491874843
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
MARTES
1
2
3
MIÉRCOLES
4
5
6
7
JUEVES
8
9
10
11
12
13
VIERNES
14
15
16
17
18
19
20
21
22
SÁBADO Y DOMINGO
23
24
LUNES
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26
27
MARTES
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29
30
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MIÉRCOLES
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JUEVES
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VIERNES
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SÁBADO
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56
57
58
59
EPÍLOGO
IAN RANKIN. JOHN REBUS
IAN RANKIN. MALCOLM FOX
OTROS TÍTULOS DE IAN RANKIN
Notas
MARTES
1
El coche fue hallado porque Ginger sentía envidia de su amigo Jimmy.
Aquella mañana había cuatro personas en el bosque. Eran las vacaciones de febrero y las clases no se retomaban hasta varios días después. Llevaron las bicicletas lo más lejos que pudieron y las dejaron en un punto del camino cubierto de vegetación, en el que las raíces y las ramas caídas formaban una pista de entrenamiento improvisada. Los cuatro, Ginger, Alan, Rick y Jimmy, tenían once años e iban a la misma clase. La bicicleta de Jimmy era la más cara, al igual que la ropa y la mochila que llevaba. Sus padres siempre le compraban lo mejor. El dormitorio del muchacho estaba atestado de consolas de videojuegos y poseía las últimas novedades. Por eso Ginger esperó a que Jimmy, empapado en sudor y jadeante después de tanto correr y saltar, se encontrara justo al borde del profundo barranco para darle un empujón. No fue muy fuerte. Ginger solo pretendía asustarlo o que se deslizara unos metros por la pendiente y que luego pudiera trepar de vuelta sin ayuda mientras los demás se reían, lo observaban y grababan. Pero los laterales eran pronunciados e inestables y Jimmy cayó rodando hasta el fondo, donde había una masa de helechos, zarzas y ortigas.
—Yo no he sido —dijo Ginger.
Esa sería la versión oficial en clase, en el patio y en la casa que compartía con sus padres y sus dos hermanas. Alan maldijo entre dientes al mirar desde el borde y Rick lo agarró de la sudadera, como si temiera que Ginger no hubiera terminado aún.
—¡Yo no he sido! —repitió Ginger elevando el tono.
Los tres vieron a Jimmy ponerse en pie. Se buscó picaduras de ortiga en el dorso de las manos y la cara, y luego se agachó a coger una rama caída.
—Va a por ti —le dijo Alan a Ginger en tono burlón.
Pero Jimmy estaba utilizando la rama para apartar los helechos e intentar ver lo que ocultaban.
—Alguien ha abandonado un coche —gritó Jimmy.
—La gente abandona coches continuamente —respondió Rick—. ¿Serás capaz de salir de ahí?
Pero Jimmy lo ignoró. Estaba bordeando el coche y tratando de destaparlo. Las ventanas seguían intactas, pero se hallaban cubiertas por una película mohosa, así que se tapó la mano con la manga y se puso a limpiarlas.
Los otros chicos se miraron los unos a los otros. Alan fue el primero en bajar por la pendiente, seguido de Rick y de Ginger.
—¿Hay algo que valga la pena coger? —preguntó Alan.
Jimmy tenía la cara pegada al cristal e intentó abrir la puerta del conductor, pero estaba atorada.
—Creo que es un Polo —murmuró Ginger—. El coche. Es un Volkswagen Polo —añadió para que quedara claro.
Rick estaba frotándose las palmas de las manos con musgo.
—Me han picado las ortigas —protestó.
Alan se encontraba en el lado del acompañante y abrió la puerta con un chirrido de bisagras.
—Parece que está vacío —dijo al montarse en el coche. La llave seguía puesta en el contacto y la giró, pero no ocurrió nada—. Está muerto —anunció.
—Seguro que alguien lo mangó y decidió abandonarlo —concluyó Ginger, que ya se mostraba aburrido y dio una patada a un faldón.
Rick se había bajado la cremallera y estaba orinando en unos helechos.
—El pis es bueno para las picaduras de ortiga —le dijo Alan, que obtuvo por respuesta un dedo levantado.
Jimmy se había dirigido a la parte trasera del coche y estaba pulsando la cerradura del maletero, que se abrió un par de centímetros y quedó trabado.
—Ayúdame —le ordenó a Ginger.
Ambos se sobresaltaron cuando se rompió la ventana trasera. Al volverse, vieron que Rick había arrojado una piedra y estaba sonriendo y desempolvándose las manos.
—¡Joder! —gritó Jimmy.
—Larguémonos de aquí —contestó Rick.
Ginger oteaba por el agujero del cristal.
—Aquí hay algo —anunció, y esperó a que los demás se acercaran.
—Parece un esqueleto —aventuró Alan.
—Será una broma o algo así —dijo Rick—. No parece de verdad. ¿A vosotros os lo parece?
—¿Y cómo es uno de verdad, profesor? —repuso Jimmy mientras tomaba fotos con su teléfono.
Los demás sacaron sus móviles para poder hacer lo mismo.
—Tiene pelo —dijo Ginger—. Pelo y una camisa.
—Deberíamos irnos y que lo encuentre otro —propuso Rick, que dio media vuelta y echó a andar pendiente arriba—. ¿A qué estáis esperando? —dijo a los demás.
Ginger y Alan se miraron indecisos. Entonces oyeron la voz de Jimmy y se volvieron hacia él. Tenía el teléfono pegado a la oreja y estaba pidiendo que lo pasaran con la policía.
2
Siobhan Clarke aparcó en el camino de acceso detrás de varios vehículos oficiales. Un agente uniformado examinó su placa y le indicó la ruta que debía seguir bosque adentro. Luego, Clarke abrió el maletero del Vauxhall Astra y se cambió los zapatos por unas botas de agua.
—Muy inteligente —comentó el policía, que miró sus zapatos manchados de barro.
—No es mi primera vez —respondió Clarke.
Las puertas traseras de la furgoneta de la policía científica estaban abiertas y un técnico buscaba algo que necesitaban.
—¿Haj está al mando? —preguntó Clarke, y el técnico asintió.
Ella hizo lo propio y siguió adelante.
Haj Atwal era el mejor jefe de la científica con que contaba la Policía de Escocia. El teléfono de Clarke empezó a vibrar. Era un 0131 y había cobertura suficiente, así que contestó.
—¿Sí?
Al otro lado, solo hubo silencio. Miró la pantalla. «Llamada finalizada». Clarke no reconoció el número, lo cual no era ninguna sorpresa. El día anterior y el anterior a ese había ocurrido lo mismo en tres ocasiones. Al principio, pensó que alguien se había equivocado, pero empezaba a tener sus dudas. Pasó junto a cuatro bicicletas. Los chicos habían sido trasladados a una comisaría para que prestaran declaración. Les devolverían las bicicletas más tarde. Si alguien se acordaba.
Clarke tardó más de cinco minutos en llegar al barranco. Primero oyó las voces y luego empezó a distinguir las figuras humanas. Habían atado un par de cuerdas gruesas a unos árboles situados cerca de allí. Con gran esfuerzo, un agente de la científica estaba subiendo por la pendiente mientras otro utilizaba la segunda cuerda para relevarlo.
—Sobrevivirán los más fuertes —comentó un agente situado junto a Clarke.
Desde el borde del precipicio, Clarke divisó el coche. Habían retirado buena parte del camuflaje, y ahora tomaban fotos y examinaban la zona de alrededor del vehículo, mientras montaban unas lámparas de arco voltaico conectadas a un generador portátil. Era primera hora de la tarde, pero ya empezaba a oscurecer.
—Deduzco que no fue necesario un médico.
—No como tal —comentó el agente—. Pero la patóloga está ahí abajo.
Al fondo del barranco, todos llevaban monos blancos con capucha, pero Clarke identificó a Deborah Quant, que también la vio a ella y la saludó con la mano. La figura que tenía a su lado pareció preguntarle quién era y, cuando Quant respondió, él también levantó la mano. Un minuto después, el tipo asomaba por el barranco como si fuera la tarea más fácil del mundo. Una vez arriba, se quitó la capucha y le tendió una mano a Clarke.
—Soy el inspector jefe Sutherland —dijo—, pero puede llamarme Graham. ¿Es usted la inspectora Clarke?
—Siobhan —respondió ella.
—Y conoce usted a nuestra patóloga local.
Clarke asintió.
—¿Qué sabemos de la víctima?
—Varón. Deborah no se atreve a asegurar cuánto lleva muerto. Parece que ha sufrido daños en el cráneo.
Clarke estudió el lugar.
—No es fácil llegar aquí en coche.
—Supongo que antes era más accesible. No sabemos si seguía vivo cuando se metió en el barranco o si ya estaba atado en el maletero.
—¿De qué año es el coche?
—Aún no estamos seguros. Han quitado las matrículas. No hay rastro de la pegatina de la inspección técnica y no había nada en la guantera ni en la ropa. Lo llevaremos al laboratorio a ver qué dicen.
—¿No puede tratarse de un suicidio extraño?
Sutherland se encogió de hombros.
—Deborah no cree que la lesión del cráneo fuera causada por un choque. Está en la parte posterior de la cabeza, y todo apunta más a un arma que a otro tipo de impacto.
—¿Dice que iba atado?
—Bueno, no exactamente.
Sutherland cogió su teléfono móvil y giró la pantalla para mostrársela a Clarke. En la foto aparecía el interior del maletero, un primer plano de unas piernas con sus pies. El hombre llevaba unos vaqueros mugrientos y desgastados por el paso del tiempo y unas zapatillas de deporte blancas que habían empezado a pudrirse. Tenía los tobillos esposados. Clarke miró a Sutherland como buscando una explicación, pero él se limitó a encogerse de hombros.
El Equipo de Delitos Graves tenía su oficina en la comisaría de Leith y Sutherland le dijo a Clarke que se reuniría con ella allí.
—¿Conoce el lugar? —preguntó.
—Lo conozco, sí.
Clarke llamó a su oficina de Gayfield Square para informar de que estaría en otro sitio.
—Transferida al Equipo de Delitos Graves —comentó la agente Christine Esson—. No creas que no estoy celosa.
—Ya te contaré cómo ha ido.
—Probablemente solo necesitan que les expliques dónde pueden conseguir comida caliente y bebida.
—Gracias por el voto de confianza, Christine.
Clarke esperaba que Esson pudiera percibir su sonrisa. Después de colgar, entró en la sala del EDG, que estaba vacía, y en donde solo había unas cuantas mesas y sillas. Así habían quedado las cosas, gracias a los cambios acaecidos en la Policía de Escocia. El Departamento de Investigación Criminal local, el DIC, había sido relegado a un segundo plano tras enviar a un equipo para que tomara las riendas y reservarles un par de salas. Clarke no conocía a Graham Sutherland, pero había oído hablar de él y se preguntaba por qué ahora estaba ella bajo su radar.
Entonces oyó un ruido detrás y se dio la vuelta. Sutherland entró en la sala mirándola fijamente. Era alto y de constitución atlética y debía de rondar los cincuenta años. Tenía el pelo rubio y corto, una tez que había tomado el sol no hacía mucho y una mirada que revelaba que no se le escapaban demasiadas cosas. Su traje gris oscuro parecía casi nuevo y vestía una camisa blanca almidonada y corbata azul marino.
—Lo de siempre —comentó mientras estudiaba el entorno—. Seguro que las ventanas están cerradas a cal y canto y la mitad de los enchufes no funcionan.
—Además, algunos cajones pueden dar problemas.
Sutherland sonrió fugazmente.
—El resto del equipo no tardará en llegar. No sé si conocerá a alguno.
—Lo cual plantea una pregunta, señor...
—Le dije que me llamara Graham.
—Si no conoce la ciudad, hay guías más cualificados que yo.
Clarke se cruzó de brazos y Sutherland la miró a los ojos.
—He oído cosas buenas sobre usted, Siobhan. Sé orientarme en Edimburgo, pero espero que usted pueda orientarme en este caso. Y, además...
Sutherland se interrumpió, dejando en el aire lo que estaba a punto de añadir.
—¿Además...? —dijo Clarke.
—Sé que tuvo un encontronazo con la Unidad Anticorrupción. No es usted la primera ni tampoco será la última. —Sutherland dio un paso adelante y ladeó ligeramente la cabeza—. Para mí, la policía es como una familia. Alguien tendría que recordárselo a la UAC.
—No necesito que me compadezcan, Graham.
Este asintió lentamente. Se oyeron voces subiendo las escaleras.
—Quienes sí necesitan compasión son los que están a punto de entrar por esa puerta. Haremos las presentaciones rápidamente y nos pondremos a trabajar, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
Clarke cerró la puerta del lavabo y se sentó a anotar los nombres en su teléfono móvil para recordarlos. Había otro inspector, Callum Reid. Era pelirrojo y pecoso y, por la edad que aparentaba, podría incluso pasar por hijo de Clarke. Había entrado en la sala con un mapa en la mano, que desplegó y colgó en la pared. En él aparecían los bosques, pueblos y ciudades que los rodeaban.
—Tendremos que conformarnos con esto mientras no consigamos una pizarra —anunció.
Sutherland miró a Clarke para indicarle que era algo normal en Reid. «Sr. Eficacia», escribió junto a su nombre. Los dos sargentos recordaban un poco a un dúo cómico de la televisión de los años setenta. George Gamble era un hombre corpulento que vestía un traje a cuadros, todo él coronado por una tez rubicunda y una mata de pelo alborotada. Tess Leighton era al menos ocho centímetros más alta y tan delgada que Clarke se preguntó si podría sufrir anorexia. Tenía la piel blanca como la leche y lucía ojeras. Por su parte, los dos agentes rasos parecían hermanos. Ambos tenían el cabello rubio y una altura y edad similares, probablemente unos veinticinco años. Phil Yeats se presentó especifican do que su apellido era «como el del poeta, no la bodega de vinos».
—Nunca se cansa de explicarlo —añadió la agente Emily Crowther al estrechar la mano de Clarke.
El equipo había sido seleccionado recientemente por Sutherland, quien había dirigido muy pocas investigaciones de envergadura. Así se lo explicó a Clarke, que había captado el subtexto: «No me decepciones». Luego, se reunieron todos en torno al mapa y Callum Reid rodeó los bosques con un grueso rotulador negro.
Cuando hubo acabado de anotar los nombres de sus nuevos compañeros sentada en el retrete, Clarke se dio unos golpecitos con el teléfono en la barbilla. Al menos, ahora sabía por qué la habían llevado allí: para demostrar a los de Anticorrupción que la policía estaba unida. La Unidad Anticorrupción de la Policía de Escocia se había pasado casi medio año intentando acusar a Clarke de algo. Por ahora, habían terminado, pero ella creía que volverían a la carga. Sabía que los desesperaba no conseguir el resultado deseado. «No es usted la primera ni tampoco será la última». Sutherland le contó que él también había tenido sus más y sus menos con la UAC en el pasado. ¿El traslado de Clarke era la manera que escogía Sutherland para hacerles un corte de mangas a sus antiguos torturadores? Clarke esperaba que no. Le dijo que había oído cosas buenas sobre ella, y era cierto. Siendo buena policía y detective, lo había aprendido casi todo con gran esfuerzo.
Su teléfono empezó a vibrar. Esta vez apareció en la pantalla un nombre en lugar de un número y Clarke esbozó una media sonrisa al responder.
—Justamente estaba pensando en ti —dijo.
—¿Era un Polo?
John Rebus parecía inquieto.
—¿El qué?
—El coche que había en el bosque. Tienes que averiguar si era un Volkswagen Polo rojo.
—¿Cómo lo sabes?
—En la radio han dicho que había un cuerpo dentro.
Clarke entornó los ojos.
—¿Me estás diciendo que sabes quién es?
—No digo que lo sea; digo que podría serlo.
—¿Y piensas decírmelo?
Hubo un momento de silencio.
—¿Te han adjudicado el caso?
—Soy adjunta del Equipo de Delitos Graves.
—Bien por ti. Entonces ¿estás en Leith? —Clarke no pudo evitar sonreír y Rebus pareció notarlo—. Puede que lleve mucho tiempo jubilado, pero el cerebro sigue activo.
—Puede que el cerebro siga activo pero tú, no.
—¿Qué significa eso?
—Que solo uno de los dos es policía ahora mismo, así que dame un nombre y lo comprobaré.
—Yo le echo la culpa a la tecnología moderna.
—¿De qué?
—De la poca memoria que los de tu generación tenéis. Habéis olvidado cómo se almacena la información.
—John... —respondió Clarke con un suspiro—. Dame el nombre.
—Ni siquiera me has preguntado qué tal estoy.
—Te vi el mes pasado.
—A lo mejor, la situación ha empeorado.
—¿Es así?
—No tanto como para que tú lo notes.
—Me alegro. —Clarke hizo una pausa—. John, ¿sigues ahí?
—Estoy en camino.
—Esto no funciona así.
Pero Rebus había colgado.
Clarke se levantó, abrió la puerta del cubículo y se lavó las manos antes de volver a la oficina. El equipo intentaba mostrarse ocupado mientras esperaba la llegada de material y del personal auxiliar. Reid insistía en la necesidad de una televisión o un monitor para poder estar atentos al tratamiento que dieran los medios a la noticia. Leighton añadió que alguien debería seguir las redes sociales como fuente de información y rumores. Les faltaba una mesa, así que Yeats y Crowther compartían una, pero no parecía importarles y estuvieron charlando hasta que Graham Sutherland hubo finalizado la llamada.
—Deborah Quant dice que necesitamos a un antropólogo forense. Contactará... —consultó una anotación— con Aubrey Hamilton. Por lo visto, es de Dundee.
—Pero ¿habrá autopsia? —preguntó Callum Reid, situado junto a su mapa como si pretendiera evitar que se lo robaran.
Sutherland asintió.
—Y Hamilton ayudará a la profesora Quant. Mientras tanto, han tomado las huellas a los niños para el proceso de descarte. Creo que Haj tiene ganas de cargárselos; pisotearon toda la escena del crimen y dejaron cristales rotos por todas partes.
—¿Qué opináis de las esposas? —dijo George Gamble, que se quitó la americana y se sentó con los pulgares metidos en los bolsillos del chaleco.
—Buena pregunta. —Sutherland los miró uno a uno—. ¿Alguna idea?
—Parecen de buena calidad —respondió Tess Leighton arrastrando las palabras. Estaba sentada muy erguida, como si fuera una Jean Brodie hastiada.
—Son auténticas —coincidió Sutherland.
—¿Se refiere a que son de la policía?
—Aún no lo sabemos.
—Pero las llevaba en los tobillos —dijo Callum Reid negando con la cabeza—. No tiene sentido.
—A menos que quieras impedir que alguien salga corriendo —añadió Phil Yeats.
Pensativo, Sutherland se pasó el dedo por el tabique nasal.
—¿Algo que añadir, Siobhan?
Clarke se aclaró la garganta.
—Una de mis fuentes podría tener un nombre para nosotros.
De repente, la sala se llenó de energía. Reid se olvidó del mapa y se acercó a Clarke.
—Adelante —dijo.
—No me lo ha dicho.
—¡Entonces, vamos a hablar con él!
Reid se volvió hacia Sutherland esperando a que asintiera o dijera algo, pero su jefe estaba mirando fijamente a Clarke.
—¿Con quién ha estado hablando exactamente, Siobhan?
—Es un expolicía. Lleva años jubilado. Y, si lo conozco bien, aparecerá por aquí en los próximos diez o quince minutos.
—¿Le gustaría hablarnos un poco de él antes de que eso ocurra?
—¿En apenas diez o quince minutos? —dijo Clarke con un resoplido—. Dudo que eso le haga justicia.
Sutherland se recostó en la silla y se cruzó de brazos.
—Inténtelo de todos modos.
—No me dejaban pasar de recepción —protestó Rebus cuando Clarke lo acompañó al piso de arriba—. Qué tiempos aquellos...
Clarke se volvió hacia él.
—¿En serio estás bien, John?
—Todavía padezco una enfermedad obstructiva pulmonar crónica, si es a eso a lo que te refieres. No va a desaparecer.
—Lo sé. Irá a peor.
—Pero, por alguna razón, aquí sigo. —Rebus extendió los brazos—. Como el proverbial...
—¿Bicho malo? ¿Elefante en una cacharrería?
—Creo que iba a decir «fantasma en la máquina», hasta que me he dado cuenta de que no es exactamente un proverbio. —Hizo una pausa y estudió el lugar—. Como en los viejos tiempos.
—No queda ya nada como en los viejos tiempos, John —dijo Clarke, que empezó a subir de nuevo las escaleras.
Cuando llegaron al descansillo, Rebus tenía dificultades para respirar. Tardó un momento en recuperarse y se palpó el bolsillo para comprobar que llevaba consigo el inhalador.
—He dejado el tabaco de una vez por todas —informó a Clarke.
—¿Y el alcohol?
—Solo una especie de solución acuosa de vez en cuando, señoría.
Echando los hombros hacia atrás y adoptando una mirada que Clarke reconoció de antaño, Rebus pasó junto a ella y entró. Sutherland ya estaba de pie, y recibió a Rebus en el centro de la sala estrechándole la mano.
—No se conoce a una leyenda todos los días —dijo.
—¿Usted o yo? —respondió Rebus.
Sutherland sonrió y acompañó a Rebus hasta una silla. Phil Yeats estaba apoyado en la pared; la silla que ocupaba Rebus era la suya. Sutherland se sentó a su mesa y juntó las manos.
—Siobhan nos ha contado que podría tener información, John. Le agradecemos que haya venido.
—Quizá no me lo agradezcan tanto cuando oigan el nombre. Fue en 2006. —Rebus señaló a Callum Reid—. Usted aún debía de llevar pantalones cortos. —Luego se volvió hacia Sutherland—. ¿Esta semana les dejan traer al trabajo a sus hijos o qué?
—El inspector Reid es mayor de lo que aparenta.
Sutherland intentaba mantener una actitud distendida, pero Clarke notó que no duraría mucho. Su tono alertó a Rebus, que volvió a echar un vistazo a la sala.
—Memoria corta, como le comentaba a Siobhan. Si no me equivoco, el coche probablemente pertenezca a Stuart Bloom.
Rebus hizo una pausa y vio que Sutherland fruncía el ceño.
—En 2006 yo aún estaba en Inverness —respondió finalmente el inspector jefe.
—¿Y tú, Siobhan? —Rebus levantó un dedo—. Ya respondo yo por ti: te habían destinado a Fife. Tres meses, diría, que coincidieron casi de manera exacta con el caso.
—¿El detective privado? —Clarke asintió—. Recuerdo que hablamos de ello. Desapareció.
—Exacto —dijo Rebus—. ¿Les suena de algo?
Luego miró a los allí presentes, pero solo vio rostros inexpresivos. Sin embargo, Callum Reid ya estaba utilizando su teléfono móvil para buscar el nombre en Internet. Los otros lo vieron y siguieron su ejemplo, todos excepto Sutherland, cuyo móvil había empezado a vibrar.
—Inspector jefe Sutherland —dijo al cogerlo.
Mientras escuchaba, miró fijamente a Rebus y, después de dar las gracias a su interlocutor, agitó el teléfono en dirección al exagente.
—Han contactado con nosotros algunos ciudadanos. Otros ciudadanos, debería decir. Tres de ellos han dado el mismo nombre que usted.
—Detective privado de Edimburgo —dijo Reid leyendo la pantalla—. Desapareció en marzo de 2006. Su compañero fue interrogado...
—¿Compañero de trabajo? —interrumpió Sutherland.
—Su amante —precisó Rebus—. Stuart Bloom era homosexual. Su novio era el hijo de un agente de la Brigada de Homicidios de Glasgow llamado Alex Shankley.
—¿El novio era sospechoso? —preguntó Sutherland.
—No escasean esos tipos —zanjó Rebus—. Pero cuando no hay rastro de juego sucio y no aparece un cuerpo...
Sutherland se levantó a estudiar el mapa y Rebus se acercó.
—¿Habrán rastreado esos bosques?
Rebus asintió lentamente.
—Creo que más de una vez.
Sutherland se volvió hacia él.
—Y eso, ¿por qué motivo?
—Por el propietario de esas tierras.
—Suéltelo ya, John —le espetó Sutherland, a quien se le estaba agotando la paciencia.
—El hombre para el que trabajaba Stuart Bloom, un productor de cine llamado Jackie Ness. La casa de Ness se encuentra en el lado opuesto del bosque desde la carretera. —Rebus miró el mapa y finalmente señaló un punto con el dedo—. Ahí, más o menos —dijo—. Y «casa» no sería la palabra adecuada; más bien se trata de una mansión.
—¿Ness sigue viviendo allí? —Sutherland vio que Rebus se encogía de hombros y se dio la vuelta—. Consíganme esa información —ordenó a nadie y a todos.
—Nos vendría bien un ordenador —dijo Phil Yeats—. Tengo el portátil en el coche. Voy a por él.
Sutherland asintió y dijo a Rebus:
—Es como llaman hoy en día a los ordenadores portátiles.
—Ya lo sé —respondió—. Y ahora, ¿qué?
Sutherland se puso pensativo.
—Trabajó usted en la investigación original. Nos sería útil conocer la información de la que dispone.
—Suponiendo —añadió Tess Leighton— que realmente se trate del coche de Bloom y que el sujeto del maletero sea él.
—Debemos mantener la mente abierta —coincidió Sutherland—. Pero, mientras tanto, John podría informarnos para llevar cierto orden. Imagino que la documentación estará almacenada en algún lugar.
—Probablemente la CCU se la llevara casi toda —dijo Rebus fingiendo que estudiaba el mapa.
—¿La CCU?
—Ya sé que ahora se llama UAC, pero en 2006 era la CCU. Unos cuantos necesitaríais recibir una pequeña clase de historia. Fue mucho antes de la Policía de Escocia. En aquel momento, aún teníamos los ocho cuerpos regionales...
—¿Y por qué intervino la CCU, John? —interrumpió Sutherland.
Rebus dudó unos instantes.
—Bueno —respondió al fin—, la cagamos a base de bien. La CCU fue solo la guinda del pastel, por así decirlo.
—No se equivoca —terció Callum Reid, que estaba mirando fijamente su teléfono y tecleando con el pulgar—. La familia de Bloom presentó más de una docena de reclamaciones durante y después de la investigación. El año pasado, volvieron a la carga.
Rebus asintió lentamente con la mirada clavada en Sutherland.
—Todo sería mucho más sencillo si quien estaba en ese coche fuese cualquiera menos Stuart Bloom. ¿Cabe alguna posibilidad de que fuera un suicidio?
—Creo que podemos descartarlo casi por completo. Alguien tapó el coche con ramas y helechos.
—Pudo hacerlo él antes de meterse en el maletero si verdaderamente no quería que lo encontraran.
George Gamble soltó una risotada áspera.
—¿Alguna vez ha visto a un suicida con esposas en los tobillos?
—¿Esposas?
Rebus miró a Sutherland, a Siobhan Clarke y, de nuevo, a Sutherland.
—Todavía no queremos que ese detalle se haga público —dijo Sutherland, que miró a Gamble con cara de pocos amigos.
—¿Esposas de la policía? —insistió Rebus.
Sutherland levantó la mano con la palma mirando hacia Rebus.
—No nos precipitemos. Deberíamos sentarnos para que nos cuente la historia.
—No me vendría mal una taza de té.
Sutherland asintió y se volvió hacia Clarke.
—Siobhan, es usted quien conoce la zona...
—Hay una cafetería en la otra acera. Probablemente sea la mejor opción.
Sutherland sacó del bolsillo un billete de veinte libras y se lo ofreció.
—Un momento —protestó ella—. ¿Quiere que vaya yo?
—Estoy delegando —respondió Sutherland con una mirada pícara.
Clarke cogió el billete y se acercó a Emily Crowther.
—Le toca, agente Crowther.
Esta frunció el ceño y parecía reacia a coger el dinero, así que Clarke se lo dejó encima de la mesa y lo deslizó en su dirección.
—Bien delegado —comentó Rebus con una tímida sonrisa—. ¿Por dónde quiere que empiece? —preguntó a Graham Sutherland.
3
Una calle con casas adosadas en Blackhall, una zona residencial bastante tranquila de no ser por los conductores que querían evitar Queensferry Road, la calle adyacente más transitada. Rebus abrió la puerta de hierro forjado. Las bisagras no emitieron sonido alguno y el jardín que se extendía a ambos lados del camino de baldosas parecía bien cuidado. En la acera había ya dos cubos, uno lleno de basura y el otro con tierra y plantas de jardín. Ningún otro vecino había sacado aún la basura. Rebus llamó al timbre y esperó. Finalmente abrió la puerta un hombre de su misma edad, aunque pareciera un lustro más joven. Bill Rawlston seguía estando delgado después de la jubilación y los ojos que se ocultaban tras las gafas de media luna conservaban su sagacidad.
—John Rebus —dijo con seriedad mientras estudiaba al visitante de arriba abajo.
—¿Te has enterado?
Rawlston torció el gesto.
—Pues claro que me he enterado, pero nadie ha dicho todavía que sea él.
—Es cuestión de tiempo.
—Sí, supongo. —Rawlston suspiró y entró en el vestíbulo—. Será mejor que pases. ¿Te apetece un té o prefieres algo más fuerte?
—Un té está bien.
Rawlston miró hacia atrás cuando se dirigía a la cocina.
—Es la primera vez que te veo rechazar una copa.
—Al parecer, he cogido una pequeña dosis de enfermedad obstructiva pulmonar crónica.
—¿Y qué es eso exactamente?
—En los viejos tiempos, se conocía como «enfisema». Parece que he comprado un boleto ganador.
—Bueno, lo siento de todos modos. Ni «crónica» ni «obstructiva» suena a premio gordo.
—¿Y tú, Bill? —preguntó Rebus.
—Beth murió el año pasado. Fumó un paquete diario durante toda su vida adulta y va un día y tropieza, se da un golpe en la cabeza y la mata un coágulo de sangre. ¿Te lo puedes creer?
La cocina estaba inmaculada. Rawlston había lavado el cuenco de sopa y el plato del almuerzo y los había dejado en el escurridor. También había enjuagado el envase de plástico de la sopa. Debía de haber un contenedor de reciclaje esperándolo frente a la puerta trasera.
—¿Azúcar? —preguntó Rawlston—. Ya no me acuerdo.
—Solo leche, gracias.
Pero Rebus no tenía planeado beberse el té. Se había hartado de él después de su visita a Leith. Sin embargo, mientras preparaban las bebidas tuvo tiempo de estudiar a Bill Rawlston, y sabía que él también habría estado aprovechando la ocasión para pensar.
—Por aquí —dijo Rawlston a su invitado, y luego le ofreció una taza y lo guio hacia el salón, una estancia pequeña con un comedor al lado. Había fotografías familiares, objetos decorativos, y una librería llena de ediciones en rústica y DVD. Rebus estudió las estanterías con gran afectación.
—Últimamente casi no se oye hablar de Alistair MacLean —comentó.
—Es probable que haya una buena razón para ello. Siéntate y cuéntame qué te ronda por la cabeza.
Al lado de la butaca favorita de Rawlston, había una mesa auxiliar con dos mandos a distancia, un teléfono y unas gafas de repuesto. Los coloridos cuadros de las paredes probablemente reflejaran más el gusto de Beth que el de su marido. Rebus se sentó al borde del sofá con la taza entre las manos.
—Si es él, es posible que se trate de un asesinato. Por la descripción del cuerpo, seguramente ya estuviera muerto cuando nosotros lo buscamos.
—¿Encontraron el cuerpo en Poretoun Woods? —Rebus asintió—. Peinamos ese bosque, John. Lo sabes. Teníamos a docenas de hombres... Invertimos cientos de horas...
—Lo recuerdo.
Stuart Bloom vivía en Comely Bank, al norte del centro urbano. La comisaría más próxima a su casa era Lothian y Borders, situada en Fettes Avenue y coloquialmente conocida como «la Casa Grande», así que instalaron al equipo de investigación en dos salas normalmente utilizadas para reuniones de los altos mandos. El inspector jefe Bill Rawlston estaba al cargo, con Rebus y media docena de agentes del DIC a sus órdenes. En la primera sesión informativa, Rawlston había anunciado que aquel era su último año antes de jubilarse.
—Para ambos —le dijo Rebus, y Rawlston lo miró fijamente.
—Pues quiero resultados. Nada de holgazanear, ni de hablar con la prensa ni tampoco de asestar puñaladas por la espalda. Si quieren jugar a la política, hay un Parlamento esperándolos al final de la calle. ¿Entendido?
Pero hubo holgazanería, cuchicheos a amigos periodistas y hasta puñaladas en el pecho cuando la espalda no estaba libre. El equipo no había llegado a congeniar; nunca fueron una familia.
Rawlston dejó la taza encima de la mesita.
—Supongamos que es él...
—Abrirán una investigación por asesinato —afirmó Rebus—. Y los medios de comunicación desenterrarán las viejas noticias, que los nuestros ya estarán repasando de nuevo. También hay que tener en cuenta a la familia.
—El año pasado fueron a por mí otra vez. ¿Te enteraste? —Rebus asintió—. Para ellos fue todo una conspiración desde el principio y nosotros estábamos justo en medio. Finalmente recibieron una disculpa oficial del gran jefe.
—Justo antes de que le dieran la patada.
—Dijo que nos habíamos comportado con «arrogancia institucional» al gestionar las puñeteras reclamaciones. Hay que ser caradura...
—Pero nadie demostró que la investigación fuera negligente —precisó Rebus y, al ver que Rawlston no decía nada, añadió—: Creo recordar que la madre era descrita como una luchadora.
Rawlston soltó una carcajada.
—Nos dejamos la piel y ni siquiera nos dieron las gracias.
—Más bien todo lo contrario.
—Me encantaba mi trabajo, John, pero al final fue un gran alivio dejarlo, —Rawlston hizo una pausa—. ¿Y tú?
—Tuvieron que sacarme a rastras. Aun así, volví a trabajar una temporada en casos sin resolver.
—¿Y ahora?
Rebus espiró.
—Por lo visto, el consenso general cree que he perdido eficacia.
—Entonces ¿qué te trae por aquí?
—Pensé que debías saberlo. Ya hay un equipo trabajando. He hablado antes con ellos para que, al menos, conozcan un poco la historia. Pero desempolvarán los archivos del caso y, en algún momento, hablarán con la familia... y con el equipo de investigación original.
La voz de Rebus se apagó.
—Tendremos que defendernos otra vez. —Rawlston parecía estar contemplando algo que se encontraba al otro lado de las paredes del salón—. Creo que, desde el comienzo, supe que iba a ser una de esas investigaciones que te llevas contigo a la tumba. En mi caso, más pronto que tarde.
Rebus esperó un momento antes de responder.
—¿Cuánto tiempo te queda?
—De seis meses a un año. Me dicen que tengo mejor aspecto que nunca. Sigo haciendo ejercicio y como verdura... Me tomo todas las pastillas. —Rawlston forzó una sonrisa irónica—. No he fumado en la vida, pero me pasé treinta años casado con una persona que sí lo hacía. ¿No te parece increíble? Y mira qué me espera al final: toda esa mierda persiguiéndome de nuevo. —Observó a Rebus—. John, ¿podrías mantener los oídos abiertos y contarme cómo avanza todo?
Rebus asintió.
—Creo que sí.
—Intentarán enterrarnos. No nos quieren aquí. Olemos a los viejos tiempos y las viejas costumbres.
—Antes has hablado de una conspiración con nosotros en medio... —Rebus dejó la taza, todavía llena, sobre la alfombra y se puso en pie—. ¿Qué me dirías si te contara que el cuerpo que encontraron en el coche llevaba esposas?
—¿Esposas?
—Los forenses pronto sabrán si eran de la policía. Eso no significa que pertenecieran a un agente, por supuesto.
—¿Los Chuggabugs?
Rebus se encogió de hombros.
—¿Tienes noticias de ellos?
—Vinieron al entierro de Beth, pero no se quedaron a tomar algo después.
—¿Siguen en la policía?
—La verdad es que no hablamos. —Rawlston se levantó, enderezó los hombros y echó la cabeza hacia atrás, pero Rebus sabía que estaba actuando. Aquel hombre sentía dolor, y el dolor no iba a desaparecer—. Yo era escrupuloso, John —dijo en voz baja—. Hice todo lo que estaba en mi mano. Es posible que a algunos no les pareciera suficiente, pero si puedes hacer algo para impedir que mi reputación se vaya por el retrete...
Rebus asintió y ambos cruzaron sus miradas sabiendo que ninguno de los dos había sido del todo sincero con el otro en aquel encuentro.
—No se trata solo de tu reputación, Bill —dijo Rebus, mientras veía cómo Rawlston se acercaba tanto que, por un momento, temió que fuera a darle un abrazo, aunque al cabo se limitó a propinarle una palmada en el antebrazo.
—Te acompaño a la salida —dijo Bill Rawlston pausadamente.
En el instante en que finalmente encontró aparcamiento para el Saab, Rebus se encontraba a pocos pasos de su edificio de Arden Street cuando oyó la puerta de un coche abrirse detrás de él.
—Me preguntaba cuándo te vería —le dijo a Siobhan Clarke.
—¿Puedo subir?
—Brillo necesita dar un paseo.
—Pues en ese caso te acompaño.
Rebus extendió el brazo hacia ella con las llaves colgando de un dedo.
—La correa está suspendida en la pared y las bolsas para las heces, en el cajón que hay debajo de la tetera.
Clarke cogió las llaves.
—¿Qué pasa, veterano? ¿Las escaleras son demasiado para ti?
—No tiene sentido subir cuando hay piernas más jóvenes disponibles.
Clarke abrió la puerta principal y entró. Tenía razón: los dos tramos de implacables escaleras de Edimburgo estaban convirtiéndose en un problema. Cada vez con más frecuencia, Rebus tenía que detenerse en el primer descansillo y, en ocasiones, debía utilizar el inhalador. Había barajado la posibilidad de vender y comprar una planta baja, ya se tratara de un piso, ya de una casa adosada. Puede que acabara haciéndolo.
Brillo estaba ladrando de alegría cuando Clarke lo bajó al mundo exterior, donde una plétora de imágenes y olores lo estaba esperando.
—¿Vamos al parque de Meadows? —aventuró al mismo tiempo que intentaba pasarle la correa a Rebus.
—Efectivamente —respondió él, que se metió las manos en los bolsillos y echó a andar.
—No se me dan muy bien los perros —le advirtió Clarke mientras Brillo tiraba de la correa.
—No lo haces nada mal —dijo Rebus para tranquilizarla.
El cielo estaba despejado y la temperatura no superaba por mucho los cero grados. Un grupo de estudiantes pasó junto a ellos con bolsas de la compra cargadas de botellas.
—A tu piso le vendría bien un poco de orden —dijo Clarke.
—Se suponía que solo debías entrar en la cocina.
—A tu cocina le vendría bien un poco de orden —corrigió.
—¿Te estás ofreciendo?
—Ando un poco liada últimamente. Pero pensaba que quizá con Deborah...
—La profesora Quant y yo nos hemos dado un respiro.
—Oh.
—No nos hemos peleado ni nada. De hecho, probablemente debería echarte la culpa a ti.
—¿Por qué?
—Por tenerla tan ocupada. —Rebus hizo una pausa—. Tu hombre, Sutherland, parece bastante preparado.
—De momento, no puedo quejarme.
—Es el primer día, Siobhan. Hay un montón de cagadas por delante. ¿Y el resto del equipo?
—Parecen majos.
—¿No deberías estar tomando unas copas con ellos después del trabajo?
—Ya sabes a qué he venido, John.
—Cuéntame.
—Quiero oír toda la historia.
—¿No crees que es la misma que le he explicado a Sutherland?
—Hay una primera vez para todo, supongo.
—Pero no mentí, eso tienes que reconocérmelo. ¿Ha habido progresos en mi ausencia?
—La verdad es que no. —Clarke respiró hondo—. Así pues, Stuart Bloom era un detective privado al servicio de un hombre llamado Jackie Ness para que investigara un contrato de tierras. Ness mantenía una vieja rivalidad con otro empresario, Adrian Brand...
—Ahora, sir Adrian Brand.
—Brand quería unas tierras situadas en una zona no edificable para construir un campo de golf y Ness opinaba que esas mismas tierras serían perfectas para levantar unos estudios cinematográficos. Consideraba que Brand podía estar sobornando a diversa gente para cerrar el trato, pero necesitaba pruebas...
—Y ahí es donde interviene Stuart Bloom.
—Licenciado en Periodismo. Estudió Informática y aprendió a piratear ordenadores. Mantenía una relación bastante abierta con un profesor universitario que se llama...
—Derek Shankley.
—Alex, el padre de Shankley, trabajaba en el DIC de Glasgow...
—En la Brigada de Homicidios, para ser más exactos.
Habían llegado a Melville Drive y el parque de Meadows se extendía ante ellos como un gran campo de juegos rodeado de árboles con la antigua clínica y la universidad al otro lado. Rebus se agachó para quitarle la correa a Brillo, y el pequeño y nervudo perro salió corriendo. Clarke y Rebus se quedaron donde estaban, observando de soslayo a Brillo cuando este aminoró la marcha y se puso a olisquear el territorio.
—La noche en que Bloom desapareció —prosiguió Clarke— acababa de reunirse con Jackie Ness en su casa.
—La palaciega Poretoun House —confirmó Rebus.
—Que resulta que está al lado de Poretoun Woods. En cuyos bosques, al parecer, ha yacido el cuerpo de Bloom todos estos años.
—Si se trata de él.
—Si se trata de él —repitió Clarke—. Tess Leighton se queda hoy hasta tarde para comprobar si existen otras personas desa parecidas por aquella época. —Volvió la cabeza hacia Rebus—. ¿Y por qué intervino la CCU?
—Para empezar, la familia se quejó de que no pusiéramos demasiado empeño. El amante había sido señalado como sospechoso y pensaban que estábamos siendo muy indulgentes con él.
—¿Por ser hijo de quien era?
—El agente Alex Shankley era un tipo duro de Glasgow, el típico macho de pies a cabeza. Fútbol los sábados y asado para cenar los domingos. Se pasaba el día persiguiendo a bandas callejeras y demás escoria.
—¿Y se avergonzaba de su hijo?
—Es posible, no lo sé. Pero corría el rumor de que prefería que mencionáramos a Derek lo menos posible. Ahora no sería tan sencillo, pero en aquel momento teníamos bastantes amigos en la prensa.
—Un momento. Bloom era periodista. ¿La prensa no quería averiguar qué le había ocurrido a uno de los suyos?
Rebus se encogió de hombros.
—No estuvo en la profesión el tiempo suficiente para hacer amigos.
—De acuerdo. ¿Y qué hay de la reunión con Jackie Ness?
—Una puesta al día rutinaria en la mansión. Las instrucciones para Bloom fueron que siguiera con lo que estaba haciendo.
—¿Y qué estaba haciendo?
—Preguntar aquí y allí, invitar a unas cuantas copas, acceder a varios ordenadores...
—¿Mirasteis en su ordenador cuando desapareció?
—Yo no, pero el equipo sí lo hizo. No tenía una oficina co mo tal; trabajaba en casa. Pero nunca encontramos su portátil. ¿O debería decir laptop? Tampoco encontramos su teléfono. Solo sabíamos que en las semanas posteriores a su desaparición no abrió ningún correo electrónico, ni tampoco hizo llamadas ni sacó dinero del cajero automático.
—¿Creíais que estaba muerto?
Rebus asintió.
—Una pelea con su amante; se fue de una discoteca con un desconocido que no debía; acabó en el lugar equivocado en el momento equivocado...
—Supongamos que intentara entrar en casa de Adrian Brand o en su oficina —especuló Clarke.
—Interrogamos a toda la gente que pudimos, a muchos de ellos más de una vez. En aquella época no había tantas cámaras de seguridad, pero aun así era difícil esfumarse como si nada. Estábamos esperando a que alguien hablara; nadie lo hizo.
—Sus padres vienen de camino —dijo Clarke con un suspiro.
—¿De dónde?
—Ahora viven cerca de Dumfries.
—¿Crees que podrán identificarlo?
—Probablemente haya que recurrir al ADN. Pero Graham pedirá a Jackie Ness que mire la ropa. Al parecer, fue la última persona que vio a Bloom. A Derek Shankley también se lo pedirán. ¿Recuerdas cómo vestía Bloom la noche de su desaparición? —Rebus negó con la cabeza—. Según los periódicos, una camisa de cuadros roja, una chaqueta y unos pantalones vaqueros, las mismas prendas que llevaba el cuerpo que encontramos en el Polo. —Clarke se lo quedó mirando—. Necesito saber lo que no me estás contando, John.
—Más o menos es eso.
—Lo dudo.
—Me alegro de verte, Shiv. Ojalá no tuviera que acabar así.
Clarke abrió un poco más los ojos.
—Así, ¿cómo?
Rebus asintió hacia donde Brillo se había detenido para ponerse en cuclillas.
—Siendo tú la que lleve la bolsa.
El teléfono de Clarke empezó a vibrar y miró a Rebus con fingida decepción antes de devolverle la pequeña bolsa negra de polietileno.
—Tengo que cogerlo —dijo.
Cuando Rebus volvió, acompañado de Brillo, que ya llevaba puesta la correa, preguntó quién la había llamado.
—No es nada —dijo sin conseguir ocultar su exasperación.
—Pues no lo parece.
—He recibido varias llamadas de un 0131, pero cuando contesto, cuelgan.
—¿No reconoces el número? —Clarke negó con la cabeza—. ¿Has devuelto las llamadas?
—Una vez, pero no lo cogieron.
—¿No saltó el contestador? —preguntó Rebus señalando el teléfono—. Prueba otra vez. Así te entretienes mientras voy a la papelera.
Cuando hubo tirado la bolsa, vio que Clarke se dirigía hacia él.
—Lo han cogido —dijo—. Es una cabina de Canongate.
—¿Y quién era?
—Parecía un turista. Dijo que solo pasaba por allí.
—Es un misterio, entonces. ¿Cuántas dices que has recibido?
—No lo sé. Diez, doce, algo así.
—¿Todas del mismo número?
Clarke comprobó las llamadas recientes.
—Son dos números distintos.
—Inténtalo con el otro. A lo mejor, eso te da la respuesta. Es lo que haría un detective, inspectora Clarke.
Ambos sonrieron momentáneamente, pero Rebus empezó a toser.
—El frío es una mierda —dijo.
—¿Te encuentras bien?
—Parece que he sobrevivido a otro invierno. La semana pasada me hicieron la espirometría anual y tengo los pulmones al setenta por ciento.
—El invierno aún no ha terminado. Dicen que va a descargar nieve procedente de Rusia; tal vez, mucha.
—Una buena razón para quedarse en casa.
—Has perdido un poco de peso. Supongo que te irá bien.
—¿Quién puede permitirse comer con la pensión de un policía? Pero tiene sus ventajas.
—¿Por ejemplo?
—Si cojo una infección, podría morir. Es la excusa perfecta para no ser sociable. Además, no puedo visitar grandes ciudades contaminadas como Londres.
—¿Pensabas ir?
—No en esta vida. —Rebus miró a Brillo—. Sé lo de Anticorrupción, por cierto.
—¿Cómo?
—No eres el único policía con el que hablo. ¿Por qué no me lo contaste?
—¿Qué había que contar?
—Por el amor de Dios, Shiv, me expedientaron tantas veces que soy una enciclopedia ambulante en lo que se refiere a cómo tratar con esos gilipollas.
—A lo mejor, quería hacerlo a mi manera y no a la tuya. Además, no pasó nada. Estaban intentando pescar, eso es todo. Al igual que la CCU con el caso de Stuart Bloom. —Clarke hizo una pequeña pausa—. A menos que tú y los tuyos realmente ocultarais algo.
—No haré comentarios, señoría.
Ambos guardaron silencio durante medio minuto. Por la calle pasó un solitario corredor nocturno. Había poco tráfico y dos perros habían iniciado un concurso de ladridos en el cercano Bruntsfield Links, lo cual hizo que Brillo alzara las orejas.
—Si no te asustan demasiado los gérmenes —dijo Rebus finalmente—, podemos volver a mi casa a tomar un café.
Pero Clarke negó con la cabeza.
—Tengo que irme a casa. Probablemente vea a Deborah mañana. ¿Quieres que le diga algo?
—Nada que no pueda decirle yo mismo. —Rebus hizo una pausa—. Sobre todo, no le menciones lo de la cocina.
A Clarke se le ocurrió que Canongate le iba de paso, así que giró a la derecha en North Bridge y buscó unas cabinas telefónicas. Delante de una tienda de faldas escocesas situada cerca de la casa de John Knox, había varias. Aún estaba en la zona turística. Siguió avanzando al mismo tiempo que la calle se quedaba cada vez más tranquila —y, por lo visto, silenciosa— a medida que se aproximaba al final, donde la arquitectura contemporánea del Parlamen to escocés miraba de frente al ancestral Palacio de Holyrood, situado justo delante. Luego se metió en una rotonda y desanduvo el camino. Las cabinas de la tienda de faldas eran las únicas que había visto, así que aparcó enfrente y se bajó del coche. Ninguna resultaba especialmente tentadora; en los cristales había salpicaduras y restos de carteles a medio arrancar.
Clarke sacó el teléfono y llamó al número desconocido. La cabina de al lado empezó a sonar, así que colgó y abrió la puerta. El aroma a orina era muy tenue, pero aun así le saturó las fosas nasales. Echó un buen vistazo al interior, incluyendo el suelo, pero no vio nada de interés. Al cerrar de nuevo la puerta, marcó el segundo número desconocido. Como era de esperar, en esta ocasión el sonido llegó desde la cabina contigua. Clarke registró la calle arriba y abajo, y estiró el cuello para escudriñar todas las ventanas que había por encima del nivel de la calle. Su teléfono móvil mostraba la fecha y la hora de las diversas llamadas que había recibido. Dos a primera hora de la tarde, la mayoría entre las siete y las nueve de la noche y una a medianoche. ¿Sería alguien de la zona que utilizaba una cabina para resultar ilocalizable? Le pareció una solución anticuada. Si se quiere conservar el anonimato, puede hacerse con un móvil; solo hay que ocultar el número de teléfono. Pero había maneras de sortear ese obstáculo. Cualquier policía lo sabía. ¿Alguien estaba en apuros? ¿Habían facilitado el número de Clarke por error? Quizás esperaran oír una voz masculina o se tratara de una broma aleatoria. Incluso había oído hablar de llamadas automáticas para comprobar si las líneas y los equipos funcionaban. Podría ser cualquier cosa.
En la otra acera había un pub llamado McKenzie’s y estuvo tentada a entrar, pero tenía ginebra de sobra en casa, además de la tónica y el limón necesarios. Del oscuro interior había salido un hombre a fumar un cigarrillo, y Clarke se acercó a él y lo saludó.
—¿Es suyo el local? —preguntó.
—Sí.
—¿Alguna vez ha visto a alguien utilizando esas cabinas? —dijo señalándolas.
El hombre dio una calada y retuvo el humo antes de exhalarlo.
—¿Quién coño utiliza una cabina en los tiempos que corren?
—No todo el mundo tiene móvil.
—Ha estado a punto de engañarme. ¿Es policía?
—Podría ser.
—¿Y qué pasa?
—Unas llamadas molestas.
—¿Se oye a alguien respirando fuerte? Dios, eso me trae recuerdos. A mi mujer le pasó una vez. Hace años, eso sí.
—¿Y el pub? ¿Ha aparecido alguna cara nueva recientemente?
—Casi todo son estadounidenses y chinos que quieren café y algo para comer. Estos últimos días el local gana más dinero con las comidas que con la bebida. ¿Desea que esté atento?
—Se lo agradecería —dijo Clarke, que buscó una tarjeta de visita en el bolsillo—. Trabajo en Gayfield Square. Siempre pueden hacerme llegar un mensaje.
—Siobhan es un nombre bonito —dijo el hombre leyendo la tarjeta.
—Eso pensaron mis padres.
—¿Puedo invitarla a tomar algo, Siobhan?
Clarke frunció el ceño visiblemente.
—¿Qué diría su mujer?
—Diría: «Robbie, no sabía que aún se te levantaba».
El hombre seguía riéndose cuando Clarke volvió a su coche.
Clarke recorrió toda la calle pero no encontró aparcamiento, así que dobló la esquina y dejó el coche en zona prohibida. Había un cartel de «POLICÍA» que podía colocar en el salpicadero, si bien sabía por experiencia que era una invitación a los gamberros, de modo que decidió acordarse de mover el Astra antes de que los guardias comenzaran su turno de mañana. Unos juerguistas trasnochadores bajaban por Broughton Street con envases de comida rápida, riéndose a carcajadas. Desde una ventana se oía música, pero afortunadamente provenía del edificio de enfrente. Había alguien en un coche estacionado. La pantalla del móvil le iluminó el rostro, aunque el interior del vehículo estuviera a oscuras cuando Clarke encontró su llave, abrió la puerta y se cercioró de cerrar bien tras de sí.
La escalera estaba iluminada y despejada, y no la esperaba más correo que los habituales folletos publicitarios. Cuando llegó al descansillo, abrió la puerta del piso y encendió la luz del recibidor. Se preguntó cómo sería eso de que la esperara Brillo u otro perro. Quizá fuera agradable tener a alguien en casa. En la cocina llenó la tetera. Al ver sus platos en el fregadero, llegó a la conclusión de que la de Rebus no estaba en tan mal estado. Mientras hervía el agua, fue al comedor y se acercó a la ventana. Solo distinguía el coche y la ventanilla del conductor, que volvió a iluminarse. Entonces, la ventanilla empezó a bajar y por ella asomó una mano con un teléfono apuntando en dirección a la puerta del edificio. El flash saltó en cuanto el desconocido tomó una fotografía.
—¿Qué coño...? —murmuró Clarke, que siguió observando unos instantes, antes de volver al recibidor, coger las llaves y salir a la escalera.
El motor del coche estaba en marcha cuando abrió la puerta principal. Luego se encendieron los faros y las ruedas empezaron a girar. Clarke no consiguió ver al conductor ni tampoco distinguir si era un hombre o una mujer. Cuando se hubo alejado, salió a la acera y se tomó un minuto para tranquilizarse, momento en el que el coche enfiló Broughton Street y desapareció. Ni marca del automóvil ni número de matrícula. Clarke observó el hueco que había dejado el coche y decidió aparcar el suyo allí.
—Mira el lado positivo, Siobhan —se dijo para sí mientras se dirigía hacia la esquina.
MIÉRCOLES
4
El aparcamiento del depósito de cadáveres estaba casi lleno cuando llegó Clarke. Había comprado un café en el bar del barrio y lo llevaba en la mano mientras se dirigía a la entrada de personal. La mayoría de los allí presentes la conocían y le dieron la bienvenida asintiendo con la cabeza mientras recorría el pasillo. La sala de autopsias se encontraba un piso más arriba, así que subió las escaleras y abrió la última puerta, la que conducía a la sala de visitantes. Dos hileras de bancos y una vidriera separaban a los espectadores de la sala en donde se llevaba a cabo el trabajo. El equipo de Sutherland ya estaba allí, concentrado en el altavoz del techo mientras las profesoras Deborah Quant y Aubrey Hamilton comentaban el procedimiento. Ambas vestían el mono reglamentario, junto con protectores para los pies, mascarillas, gorros y gafas. Quant era la más alta, lo que resultaba útil cuando se hallaban de espaldas a la sala de visitas. El personal del depósito de cadáveres se movía a su alrededor con utensilios de acero inoxidable, cuencos y bolsas de muestras de diferentes tamaños. Tenían varias básculas, aunque Clarke dudase de que hubiera órganos vitales que pesar. Graham Sutherland no fue el único que miró con envidia el café de Clarke.
—¿Qué me he perdido? —preguntó.
—Están quitándole la ropa.
Sutherland le alcanzó unas fotografías. Un técnico estaba examinando varias copias de las mismas imágenes, en las cuales aparecía Stuart Bloom en distintos momentos de su vida en diversas posturas. En una de las últimas, parecía llevar la misma chaqueta y camisa que la noche de su desaparición. Al acercarse más al cristal, Clarke vio que la cazadora vaquera y la camisa de cuadros habían sido separadas limpiamente del cadáver por secciones, aunque no pudieran evitar arrancar parte de la piel. Lo que quedaba sobre la mesa de autopsias parecía el atrezo de una película de terror. Con ayuda de unas pinzas, tomaron muestras de cabello, cejas y una uña, además de algunos fragmentos de vidrio de la ventanilla rota.
—Al parecer, los animales lo estuvieron atacando a lo largo de estos años —comentó Sutherland.
—Yo creía que el maletero estaba cerrado y las ventanillas intactas.
Sutherland se la quedó mirando.
—Me refiero a los insectos y demás. Huelen la putrefacción y siempre encuentran una vía de acceso.
La patóloga y la antropóloga estaban estudiando el cráneo, y Quant describió un círculo con el dedo alrededor de la zona dañada. Después, examinaron la mandíbula y los dientes.
—Archivos odontológicos —dijo Clarke.
Sutherland asintió y se volvió hacia George Gamble. Los demás agentes estaban de pie, pero Gamble había decidido quedarse sentado, con las manos rechonchas apoyadas en sus gruesas rodillas.
—Están en camino —dijo.
Sutherland miró a Clarke a los ojos.
—La CCU ha autorizado el acceso a los archivos del caso. Son unas veinticinco cajas y otros tantos discos duros. Nos lo enviarán del almacén.
—Alegría de alegrías —dijo Tess Leighton con desgana.
—Un poco de material de lectura para ti, Tess —terció Callum Reid con una sonrisa.
—Para todos ustedes —precisó Sutherland—. Es un trabajo en equipo, ¿recuerdan?
Leighton agitó un dedo en dirección a Reid, que resopló y volvió a centrar su atención en la autopsia. En ese momento se abrió la puerta y apareció un ayudante del depósito de cadáveres vestido con un mono y relucientes botas de goma.
—Me vendría bien que uno de ustedes fuera a recepción —dijo—. Amenazan con entrar sin permiso.
—¿Quiénes? —preguntó Sutherland.
Clarke creía saberlo.
—¿La familia?
El ayudante asintió.
—Y traen a un periodista con ellos —añadió.
—Haga los honores, Siobhan —dijo Sutherland—. Igualmente, necesitamos a uno para la prueba de ADN.
—¿Y qué les digo?
Sutherland se encogió de hombros con escasa empatía y observó de nuevo la autopsia, sobre todo ahora que los tobillos, aún con las esposas, estaban siendo fotografiados, inspeccionados y comentados.
Clarke intentó no mostrar sus emociones cuando salió detrás del ayudante hacia recepción, donde había otra empleada con blusa blanca y pantalones negros. Se había levantado y tenía los brazos extendidos, como si pretendiera formar con su cuerpo una barrera entre los visitantes y las escaleras y pasillos que tenía justo detrás. El ayudante se había esfumado y Clarke se quedó sola junto a la recepcionista.
—Soy la inspectora Clarke —anunció mostrando la placa, lo cual tuvo el efecto deseado. A veces ocurría y a veces, no. Los visitantes desviaron su atención hacia ella y reconoció a los padres de Stuart Bloom por las fotografías que había visto en Internet. Aparentaban poco más de sesenta años. La madre, Catherine, llevaba un abrigo negro de buen corte. Tenía el pelo gris y corto, y le sentaba bien con arreglo a la forma de su cara. La vida no había sido tan generosa con su marido. En las fotografías mostraba una mirada afligida y casi siempre dejaba los discursos en manos de su mujer. Martin Bloom había sido contable y probablemente siguiera siéndolo. El traje parecía de uso diario, combinado con la misma corbata apretada. Necesitaba un buen corte de pelo y le asomaban cabellos grises por las orejas.
—La familia merece una explicación, inspectora Clarke. Después de tantos años de incompetencia policial y cortinas de humo...
Clarke levantó una mano y estudió al hombre que acababa de hablar. Probablemente no llegara a los treinta años y se parecía un poco a Stuart, el hijo de los Bloom. Pero Clarke sabía que Stuart era hijo único. El hombre se dio cuenta de que la agente quería que se identificara.
—Soy Dougal Kelly, un amigo de la familia.
—¿Y, por casualidad, también es periodista, señor Kelly?
—Estoy escribiendo un libro —respondió—, pero eso no viene al caso.
Sin decirlo, Clarke pareció coincidir con esa apreciación y se volvió hacia los padres.
—Señor y señora Bloom, sé que esto es duro, pero ahora mismo no tenemos nada concreto que podamos comentar.
—Podrían empezar por dejarnos verlo —dijo Catherine Bloom con voz temblorosa.
—Eso no será posible hasta que confirmemos la identificación.
—¿Está diciendo que podría no ser él? —preguntó Martin Bloom tímidamente.
—Ahora mismo no sabemos gran cosa.
—¡Pero saben algo!
Su mujer estaba levantando de nuevo la voz.
—Imaginen que no es Stuart y dejamos que vean el cuerpo antes que la familia de verdad. Se harán cargo de la angustia que ello ocasionaría.
—¿Cuánto tardarán en saberlo con seguridad? —preguntó Dougal Kelly.
—No mucho, espero. —Clarke seguía mirando fijamente a los padres—. Si pudiéramos extraerles una muestra de ADN o, quizás, un cabello o dos...
—¿Pueden hacerlo aquí mismo? —preguntó el padre.
—Creo que sí. —Clarke se volvió hacia la recepcionista, que había regresado a su puesto para intentar hacerse invisible—. ¿Le importa que utilicemos la sala de espera mientras lo compruebo?
—En absoluto.
—¿Y podría conseguir una taza de té?
La recepcionista asintió y cogió el teléfono.
—Vengan —dijo Clarke, que los acompañó hasta una puerta situada a unos metros de distancia.
—Parece conocer bien este lugar —dijo Kelly en un tono distendido.
Clarke les indicó que entraran. Dentro tenían sillas de plástico y una mesa cubierta de viejas revistas y, en las paredes, había varios carteles en los que aparecían un campo de girasoles, una cascada y una puesta de sol. Clarke fue la primera en acomodarse y observó a los demás mientras tomaban asiento.
—¿Participó usted en la investigación original? —preguntó Kelly, y Clarke negó con la cabeza.
—Mejor que no intervenga nadie de aquella época en todo esto —dijo Catherine Bloom.
—La mayoría se jubiló hace mucho —añadió su marido, que le dio unas palmadas en el dorso de la mano—. El inspector Rawlston y todos esos.
—¡Los Chuggabugs siguen aquí! —replicó su mujer.
A Clarke le pareció haber oído mal.
—¿Chuggabugs?
Dougal Kelly se inclinó hacia delante.
—¿Es demasiado joven para Los autos locos? Yo, también. En 2006 ya eran una reliquia, pero ese es el nombre que recibían.
—¿Quiénes?
Fue Catherine Bloom quien respondió.
—Los policías que trabajaban para Adrian Brand.
—No descubrimos que sus compañeros los llamaban así hasta mucho después —explicó Kelly—. Aunque seguro que no se lo decían a la cara. —Vio que todavía tenía explicaciones que dar—. ¿Pierre Nodoyuna y Patán? Era una serie de dibujos animados, los mismos coches compitiendo una semana tras otra. Pierre Nodoyuna hacía trampas, aunque nunca le sirviera de nada.
—He oído hablar de ella.
—Uno de los coches era el Arkansas Chuggabug. Lo conducía un granjero y su copiloto era un oso.
—De acuerdo...
—Y, por alguna razón, a Steele y Edwards los apodaban así.
Clarke notó una subida de adrenalina, pero intentó disimularlo.
—¿A Steele y Edwards?
—Estaban en la nómina de Adrian Brand —terció Catherine Bloom—. ¿Y a nadie le pareció eso sospechoso? ¿Nadie pensó que eso formara parte de la conspiración?
Su marido había dejado de darle palmadas en la muñeca y empezó a frotársela, pero ella apartó la mano.
—¡Estoy bien! —gritó justo cuando la recepcionista asomaba por la puerta.
—Necesito saber quién de ustedes desea leche y azúcar —anunció con la sonrisa más falsa que se pueda imaginar.
Clarke se puso de pie y fue hacia la puerta.
—Será solo un minuto —dijo—. He olvidado preguntar si podemos extraer el ADN aquí.
Luego volvió al aparcamiento y se quedó allí un rato, pasándose la mano por el pelo, mientras que en la otra sostenía el teléfono, así que hizo una llamada. Rebus lo cogió casi al instante.
—¿El apodo se te ocurrió a ti? —preguntó.
—Buenos días a ti también, Siobhan. ¿Qué apodo?
—El de los Chuggalugs.
Hubo un momento de silencio.
—Chuggabugs —corrigió Rebus.
—Dos policías llamados Steele y Edwards.
—Eran uña y carne, como suele decirse. ¿Con quién has estado hablando?
—Con los padres de Stuart Bloom.
—Me pregunto quién se lo diría.
—Están con un escritor llamado Dougal Kelly.
—Nunca he oído hablar de él. ¿Ha salido a relucir mi nombre?
—No, pero el de Bill Rawlston, sí. Cuando quise darme cuenta, ya estaban hablando de Steele y Edwards y de que recibían dinero de Adrian Brand. —Clarke esperó una respuesta, pero no llegó—. Y bien, ¿es cierto, John?
—Quizá fuera mejor hablarlo cara a cara.
—Sabes que Steele y Edwards siguen en el cuerpo de policía, ¿verdad?
—Hace años que no sé nada de ellos.
—Están en Anticorrupción, John. Son los que fueron a por mí.
—Joder. Por aquella época iban de uniforme y difícilmente hubieran superado un test de inteligencia. Deben de saber dónde están enterrados los cuerpos.
—No es la expresión más sutil dadas las circunstancias.
—Mis disculpas. ¿Así que los Chuggabugs se pasaron al lado oscuro? Supongo que, en los tiempos que corren, tiene todo el sentido del mundo. ¿Estás en el depósito?
—Sí.
—¿Has visto a Deborah?
—Sí, pero no hemos hablado. Audrey Hamilton está con ella.
—¿La antropóloga forense?
—Sí.
—Buen equipo. Quizá convendría que le hablaras a tu jefe de Steele y Edwards.
—¿Para qué?
—Para que él pueda interrogarlos y tú divertirte un poco a su costa.
—¿Tan vengativa me consideras?
—Si no es así, poco te enseñé.
Clarke estuvo a punto de sonreír.
—Me lo pensaré.
—¿Quieres venir luego a pasear al perro y soltar un poco de lastre?
—¿Te refieres a que te mantenga informado? Eso no sería demasiado ético, ¿no te parece?
—Lánzame un hueso. Tennos contentos a Brillo y a mí.
—Hablamos luego, John.
—Que así sea.
Cuando colgó, Clarke se dio cuenta de que había salido del aparcamiento y se encontraba en Cowgate. Al darse la vuelta, vio a Graham Sutherland indicándole que subiera desde una ventana del piso superior. Clarke intentó no ruborizarse mientras desandaba el camino.
Sutherland salió a recibirla frente a la sala de autopsias.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó.
—Tenía que coger una llamada —respondió Clarke—. Además, los Bloom quieren saber si podemos extraer el ADN aquí.
—La profesora Quant ya está en ello. Ha terminado el examen preliminar. La profesora Hamilton tiene trabajo pendiente y quiere ver el lugar donde encontraron el coche.
—¿Por qué?
—Algo relacionado con el modo en que el cuerpo humano altera un entorno determinado. La jerga se me escapa. —La seriedad de su mirada empezaba a remitir—. ¿Cómo están los padres?
—Ella, histérica; él, más resignado. Por lo visto, han contado su historia a un escritor llamado Dougal.
—Pues que tengan suerte. —Sutherland metió las manos en los bolsillos—. Estaremos en el limbo hasta que se confirme la identificación.
—Eso no nos impide seguir adelante. Hay un noventa por ciento de posibilidades de que sea él. Ningún otro desaparecido por esas fechas encaja en la descripción.
Sutherland asintió.
—Supongo que mientras esperamos, podemos repasar las notas del caso y hablar con algunas personas.
—Hay algo que probablemente debería contarle, señor. Dos agentes de la investigación original trabajan ahora en Anticorrupción. Son los mismos a los que me enfrenté recientemente.
Sutherland se quedó pensativo unos instantes.
—Eso no supone un problema, ¿no?
—Solo creí que debía saberlo.
—¿De eso trataba la llamada?
—Más o menos.
—Nada de secretos, Siobhan. Me parece que ese fue el origen de los problemas de la investigación original.
—Sí, señor.
—Vuelva a llamarme Graham, ¿de acuerdo?
—Señor —dijo Clarke con una reverencia y una sonrisa.
5
Un visitante estaba esperando en la recepción de la comisaría de Leith. Era bajo y fornido, tenía el pelo rizado y llevaba unas gafas redondas al estilo de John Lennon, americana de tweed, pantalones de pinzas y una camisa rosa.
—Me llamo Glenn Hazard —dijo mientras sacaba unas tarjetas de visita—. Estoy aquí en representación de sir Adrian Brand.
—Es usted relaciones públicas, señor Hazard —dijo Sutherland al leer la tarjeta—. ¿Sir Adrian es uno de sus clientes?
Hazard asintió.
—Mi cliente más importante —especificó.
—¿Y qué le trae hoy por aquí?
—La noticia ya se ha hecho viral. Han encontrado a Stuart Bloom —dijo, mirando a los allí presentes en busca de confirmación.
—Eso no es estrictamente cierto.
—Bueno, la comunidad de Internet lo da por hecho, así que no importa demasiado que lo hayan encontrado o no. —Vio la mirada clavada en él y se retractó—. Bueno, claro que importa, pero mi trabajo consiste en limitar daños posibles. Sir Adrian ya tuvo que soportar los efectos colaterales de la desaparición de Bloom. Estaría bien... controlar el caudal de información y acallar los rumores antes de que empiecen.
—¿Qué intenta decirnos, señor Hazard?
—Poretoun Woods es propiedad de mi cliente.
—¿Jackie Ness se los vendió a sir Adrian? —preguntó Clarke.
Hazard negó con la cabeza, y estaba a punto de contestar cuando Sutherland lo interrumpió.
—Será mejor que suba, señor Hazard. Sería provechoso aclarar todo esto. Beneficioso para su cliente, quiero decir.
La sala del DIC todavía no se había ventilado y olía a humedad. Uno de los radiadores siseaba permanentemente y Callum Reid intentó abrir una ventana sin éxito. Sin embargo, habían desembalado el material —ordenadores, un monitor de televisión y una pizarra blanca montada en un caballete—, y ya se parecía más a un centro de investigación. Junto al mapa, habían clavado fotografías de Stuart Bloom y de su pareja, Derek Shankley. En todas las mesas había fotocopias dispersas de artículos de prensa sobre la investigación de 2006, y habían aparecido tazas y una tetera. Clarke miró a Tess Leighton.
—Sí estuviste atareada ayer por la noche —le dijo.
—Me ayudó George, la verdad —respondió Leighton.
Hazard se sentó en la silla que había ocupado Rebus el día anterior. Parecía imperturbable, probablemente fuera el requisito mínimo para trabajar en el mundo de las relaciones públicas.
—En aquella época, ¿representaba usted a sir Adrian? —preguntó Sutherland al sentarse cómodamente a su mesa.
—En aquel momento, no —respondió Hazard.
—Un trabajo interesante, ¿verdad?
—Cada día, un nuevo desafío.
—Un poco como el trabajo de policía, entonces. —Ahí concluyó la conversación banal—. De modo que Poretoun Woods es ahora propiedad de sir Adrian Brand. ¿Desde cuándo?
—Hace solo un par de años. El bosque venía con Poretoun House. Se la compró a un hotelero llamado Jeff Sellers, que había planeado convertirla en otro hotel. De lujo, cinco estrellas, ya sabe. Creo que se le acabó el dinero, y ahí entró sir Adrian. Yo diría que fue una ganga.
—Tanto la casa como el bosque habían pertenecido a Jackie Ness —dijo Clarke.
—Ness se lo vendió a Sellers.
—¿Y ya sabe que su cliente es el nuevo propietario?
Hazard esbozó una sonrisa casi imperceptible.
—Imagino que sí, aunque el verdadero dueño sea una de las empresas de sir Adrian, no el propio sir Adrian.
—¿Piensa desempolvar el plan para el campo de golf?
—Que yo sepa, no. Eso quedaba al otro lado de la ciudad desde Poretoun. Ya sabe, en el oeste más que al sudeste.
—Pero ¿todavía se guardan rencor?
—Quizá fuera más exacto decir que ambos caballeros tienen buena memoria. Pero ese es el verdadero motivo por el que estoy aquí. Para los medios de comunicación, esto será un pícnic. Stuart Bloom estaba husmeando en los asuntos de sir Adrian. Doce años después, acaba muerto en unos terrenos de sir Adrian. Ya se imaginarán qué ocurrirá, a menos que manejemos la historia con sumo cuidado.
—Nosotros no nos dedicamos a manejar historias, señor Hazard —zanjó Sutherland—. En su día, las cosas quizás hubieran sido mucho más amigables, pero eso ya es pasado.
—No querrán ver sufrir a un hombre inocente y que su reputación salga perjudicada. Yo solo digo que cuando preparen sus comunicados de prensa y hablen ante los medios...
—¿Se refiere a que protejamos el nombre de su cliente?
—En la medida de lo posible, sí, para salvaguardar a un inocente. Estaría encantado de ayudar a su Departamento de Prensa a redactar los...
—Puede que tengamos que hablar con sir Adrian —interrumpió Clarke, que se situó junto a la mesa de Sutherland mirando a Hazard—. ¿La mejor opción es, pues, Poretoun House?
—En realidad, no vive allí.
—Entonces ¿quién lo hace?
—Creo que está vacía. Sir Adrian posee una casa en Murrayfield.
—¿Y qué planes alberga para Poretoun House?
Hazard se encogió de hombros.
—Volviendo al asunto que nos ocupa —terció Sutherland—, ¿por qué cree que el cuerpo estaba en ese bosque? —Hazard volvió a encogerse de hombros—. ¿Su cliente tiene alguna teoría?
—Por lo que he hablado con él, diría que siempre ha creído que Jackie Ness tuvo un encontronazo con el detective y se lo cargó. El bosque debía de ser un buen lugar para esconder el cuerpo. Ochocientos metros de pista de tierra y nadie alrededor. No cabe duda de que Ness tenía carácter. Corren infinidad de historias sobre él. Pueden encontrar la mayoría en Internet. —Hazard hizo una pausa y miró fijamente a Clarke—. Si tienen pensado interrogar a sir Adrian, deben prometerme que harán lo mismo con Ness. No hacerlo daría mala imagen.
—Gracias por el consejo —dijo Sutherland con frialdad. Justo en ese momento le llegó un mensaje, lo leyó y dejó el teléfono encima de la mesa—. Le agradecemos que nos haya resuelto algunas dudas, señor Hazard. Phil, ¿puedes acompañar al señor Hazard a la salida?
Hazard parecía reacio, pero Sutherland ya estaba de pie tendiéndole una mano.
—Si me necesitan para cualquier cosa, lo que sea...
—Todos tenemos su tarjeta —respondió Sutherland asintiendo con brusquedad, y se quedó allí quieto mientras Yeats y Hazard se marchaban. Luego buscó a Emily Crowther—. Emily, ¿puede cerrar la puerta, por favor? Deberíamos esperar a Phil, pero podemos ponerlo al día en cuanto vuelva. Será mejor que hagamos esto ahora mismo.
Sutherland estaba toqueteando la pantalla de su móvil. Cuando empezó a sonar, activó el altavoz.
—Inspector Sutherland —Clarke reconoció la voz de Deborah Quant—, gracias por llamar.
—El equipo al completo está aquí, profesora —dijo Sutherland—. Estamos listos para escuchar lo que tenga que decirnos.
—Quienquiera que fuese la canguro de los Bloom, debería haber procurado echar un vistazo en el bolso de la madre. Había metido media vida de su hijo en él, incluida una copia de su historial dental.
Sutherland se volvió hacia Clarke, pero ella estaba mirando a la pared opuesta a la vez que intentaba no sonrojarse.
—Parece que coincide —dijo Quant—. Aun así, haremos la prueba del ADN. Hay que adoptar todas las precauciones, pero los padres creen que la muestra de pelo que les enseñamos pertenecía a Stuart. Lo mismo sucede con las fotos de su ropa. No presenta rasgos distintivos ni tatuajes, así que eso es más o menos todo lo que tenemos.
—¿Les mencionaron las esposas?
—Por supuesto que no.
—¿Y cuál es la causa de la muerte?
—Aubrey y yo coincidimos bastante. Traumatismo por objeto contundente. El agujero de la parte trasera del cráneo tiene un par de centímetros. Un martillo, quizás. O una barra de hierro. Hemos tomado muestras para comprobar si dejó algún resto. Después de tanto tiempo, no albergo muchas esperanzas.
—Gracias, profesora. ¿Hay algo más que debamos saber?
—Aubrey quiere ver el lugar donde encontraron el coche. Pregunta si su equipo forense sigue allí trabajando.
—El coche ha sido trasladado al laboratorio.
—Manténgame informada de sus progresos. El suelo del maletero nos dirá si fue asesinado in situ. La profesora Hamilton dice que actualmente se están realizando trabajos interesantes en pedología. Una persona de Aberdeen podría sernos útil.
—¿A qué se refiere?
—Barro en la carrocería y el interior del coche, fragmentos de tierra incrustados en los neumáticos, ese tipo de cosas. Podría ayudarlos a ustedes a saber dónde estuvo antes de que acabara en el barranco.
—Lo tendré en cuenta.
—Ah...
—¿Qué?
—Se lo noto en la voz. ¿El caso aún no tiene presupuesto?
—No, todavía no.
—Bueno, no tengo ni idea de cuánto cuesta ahora mismo una pedóloga, pero sé que hay poco dinero. Dicho lo cual, la víctima era Stuart Bloom, así que los jefes no querrán dar la imagen de que escatiman esfuerzos.
—¿Estás cien por cien segura, Deborah? —preguntó Clarke.
—Hola, Siobhan. Me pareció verte en la sala de visitas. Digamos que al noventa y nueve coma nueve por ciento. —El teléfono de Sutherland empezó a sonar—. Parece que tiene otra llamada —dijo Deborah Quant—. Debería atenderla. Probablemente sea el comisario de esta semana.
—Las noticias vuelan —dijo Sutherland.
—¿No le parece?
Sutherland cogió el teléfono, finalizó la llamada con Quant y se llevó el dispositivo a la oreja.
—¿Sí, señor? —dijo mientras se dirigía al pasillo.
Cuando él salía, entró Yeats.
—¿Qué me he perdido? —preguntó.
—Enciende la tetera y te lo contamos —respondió Tess Leighton.
6
El inspector Malcolm Fox estaba sentado a su mesa mordisqueando un bolígrafo. Tenía la impresión de que le hacía parecer atareado, como si estuviera cavilando grandes ideas o resolviendo un problema complejo. Su pantalla de ordenador mostraba la redacción a medias de un informe sobre la reasignación de recursos para el Equipo de Delitos Graves de la Policía de Escocia. Todo cuanto lo rodeaba seguía pareciéndole nuevo. Gartcosh era la sede del flamante Campus de la Justicia Escocesa, el centro neurálgi co de la policía. Un lugar situado a sesenta y cinco kilómetros al oeste de la capital siempre sería otro país para Fox, oriundo de Edimburgo.
El suave runrún de actividad revelaba que la Policía de Escocia estaba en apuros, aunque, bien mirado, nunca había que buscar demasiado lejos para encontrar una crisis de un tipo u otro. Como el comisario y uno de sus ayudantes habían sido suspendidos mientras eran investigados por varios delitos, Jennifer Lyon, la ayudante del comisario y jefa de Fox, se sentía agobiada por una carga adicional de preocupaciones y trabajo. Pese a ello, Fox no tenía demasiado con qué entretenerse. Había soltado varias indirectas sobre su deseo de desempeñar una función más amplia, pero Lyon le había aconsejado que fuese paciente. A decir verdad, aún estaba en período de adaptación. Había tiempo de sobra.
—Además —añadió Lyon—, si ahora asciende demasiado deprisa, la caída podría ser terrible.
Lyon consideraba que las actuales tareas de Fox constituían una especie de ascenso. Si lo hacía bien, los de arriba podrían fijarse en él. Todo el mundo parecía coincidir en que la política era su punto fuerte. En otras palabras, Fox era un buen oficinista, habi lidoso en las reuniones, presentable y más feliz con las oraciones subordinadas que con los subordinados propiamente dichos. A Fox le daban ganas de contestar: «Yo ya he entrado en acción, me he manchado las manos en el pasado». Incluso había intentado que lo trasladaran de Delitos Graves a Crimen Organizado y Antiterrorismo, pero Lyon ni siquiera se lo planteó. A falta de comisario, el subcomisario, que había estado a punto de jubilarse, había tomado las riendas, si bien se apoyaba mucho en Lyon, lo cual significaba que a menudo ella estaba ilocalizable. Fox sabía que los casos importantes habían quedado en suspenso, a la espera de futuras tomas de decisiones. Sus compañeros de Delitos Graves se mostraban ansiosos, al borde del motín, mientras hacían cola para conseguir la autorización de Lyon en tal o cual procedimiento.
Ese era el motivo por el que un par de ellos se puso de pie en cuanto Lyon entró en la amplia oficina diáfana. Un gesto con la mano les indicó que no era un buen momento y Lyon se situó justo detrás de Fox. El pelo de la mujer, teñido de rubio, era quebradizo y se curvaba por los lados como si quisiera enmarcar su rostro. Cuando Lyon se inclinaba hacia delante durante una reunión, su melena le tapaba los ojos, cosa que la volvía indescifrable. Esta vez, mientras su jefa se agachaba para hablarle al oído izquierdo, Fox se concentró en sus labios rosa pálido.
—Me gustaría hablar con usted fuera, Malcolm.
Cuando este se irguió, Lyon ya estaba en el umbral. Mientras él hacía amago de seguirla, vio las miradas de sus compañeros, que querían que intercediera por ellos. Fox negó con la cabeza, se enderezó la corbata y se abrochó la americana.
Una de las peculiaridades de Gartcosh eran sus «zonas de descanso», rincones tranquilos y confortables en donde las varias disciplinas existentes, tales como Delitos Graves, Ciencia Forense y Fiscalía, podían intercambiar información mientras tomaban un café con relativa calma. El interior del edificio parecía un centro de educación superior con grandes medidas de seguridad. Lyon no había conseguido llegar a su destino sin ser interceptada. Alguien de la Unidad de Fraudes Fiscales estaba soltándole una perorata, mientras ella asentía desganada con la esperanza de que el hombre captara la indirecta.
—Siento interrumpir —dijo Fox al acercarse—. Me comentaba que era un tema urgente, señora.
Lyon intentó adoptar un semblante de decepción.
—¿En otro rato, Owen? Lo lamento.
El hombre de Hacienda se fue mirando a Fox con cara de pocos amigos.
—Le enviaré un correo electrónico —le dijo Lyon para que se quedara tranquilo. Luego, bajando la voz para que solo pudiera oírla Fox—: Se lo agradezco. Sentémonos.
Cuando se hubieron acomodado, observaron el ir y venir de los agentes, algunos de los cuales se los quedaron mirando al reconocer a Lyon, mientras se preguntaban con quién se había sentado. Lyon estaba jugando con los cordeles que llevaba al cuello: los de una foto identificativa y una tarjeta de acceso a las zonas más seguras del edificio.
—¿Tiene que ver con el informe? —preguntó Fox.
Lyon negó con la cabeza.
—Es por el caso de Stuart Bloom. —Vio que Fox la miraba inexpresivamente—. Creo que en aquella época estaba usted en Asuntos Internos.
—¿De cuándo estamos hablando?
—Del año 2006.
—Me incorporé al año siguiente.
—La familia de Bloom aún armaba escándalo, y siguió haciéndolo después.
Fox asintió.
—¿El detective privado que desapareció? ¿Su queja original no fue desestimada?
—Y todas las que presentaron después, pero, por lo visto, su cuerpo ha aparecido. Nos preguntarán por qué se nos escapó la primera vez. Según me han dicho, algunos miembros del primer equipo no se cubrieron de gloria, precisamente. —Hizo una pausa y por fin miró a Fox a los ojos—. Quiero que eche un vistazo. Usted trabajaba en Reclamaciones, así que tal vez pueda averiguar qué atajos tomaron, desde las chapuzas cometidas hasta si se produjo una conspiración delictiva. Siempre hubo rumores y me gustaría acallarlos.
—¿Esto no se solaparía con la nueva investigación?
—¿Le quitará a usted el sueño?
—En absoluto. —Fox reaccionó al tono gélido de Lyon irguiéndose un poco—. Yo repasaría los informes originales...
—Hay algo más ahí, Malcolm. La familia siempre aseguró que existía una conspiración, que los nuestros se habían confabula do con los ricos y poderosos, y habían filtrado información a la prensa para que la ciudadanía solo viera una parte de la historia. —Lyon miró a izquierda y derecha para cerciorarse de que no pudieran oírla. Aun así, bajó un poco el tono de voz—. Todavía no vamos a hacerlo público, pero la víctima iba esposada.
—¿Las esposas eran de la policía? —Vio que Lyon se encogía de hombros casi imperceptiblemente—. ¿Cree que hay agentes involucrados?
—Es una de las cosas en las que quiero que piense. Infórmeme directamente a mí. Yo hablaré con quien esté al mando. Lo último que necesitamos ahora mismo es que nos echen más mierda encima. La prensa y los políticos andan pisándonos los talones.
Cuando dejó de hablar, Fox reconoció de pronto en sus ojos la fatiga de haber librado excesivas batallas, la esperanza de que alguien se ocupara de aquello y lo hiciera desaparecer.
—Déjelo en mis manos —dijo Fox.
Sin asentir ni sonreír en señal de agradecimiento, Lyon se levantó y fue a su despacho, un lugar relativamente seguro. Fox se quedó allí sentado un momento y luego sacó el teléfono para leer la prensa. El cuerpo había sido hallado en Poretoun Woods, al sudeste de Edimburgo. Eso significaba que la base del Equipo de Delitos Graves probablemente fuera Leith. En el país no había demasiadas salas dedicadas a esas operaciones. Fox leyó la noticia y memorizó nombres y detalles. Si Reclamaciones se vio implicado, tuvo que ser bajo la tutela de su antecesor, Ray Hungerford. Ray seguía vivo y Fox se lo encontraba cuando se festejaba alguna jubilación y en los funerales. Al comprobar su lista de contactos, vio que no tenía su número.
Tras dejar el teléfono, miró fijamente la puerta de la oficina de Delitos Graves. Debían de estar esperándolo para que les contara de qué había hablado con la jefa, pero Fox se levantó, guardó el móvil en el bolsillo y salió al mundo exterior.
Fox no necesitó hacer demasiadas llamadas para localizar a Ray Hungerford. Al parecer, en aquel momento era taxista y la compañía le indicó que se encontraba en una parada de Lothian Road. El trayecto de vuelta a Edimburgo se vio ralentizado por unas obras en la M8 y un accidente en la intersección con una vía de acceso. Fox tenía puestas las noticias en la radio, pero la prensa aún no disponía de mucha información. Escuchó una entrevista con la madre de Stuart Bloom, que imploró a quien supiera algo que lo manifestara. Fox no dudaba que muchos responderían a sus ruegos; en su mayoría, gente rara o con ganas de llamar la atención. Algunos lo harían con las mejores intenciones, obstaculizando momentáneamente la investigación. Fox imaginaba que el equipo de Delitos Graves lo encajaría con impaciencia y fastidio.
—Como en los viejos tiempos en Reclamaciones —murmuró para sí mismo cuando el atasco de tráfico empezó a despe jarse.
Más allá se extendía Edimburgo, y el castillo, situado sobre su plataforma volcánica elevada, era visible desde varios kilómetros a la redonda. Fox se relajó un poco; entendía mejor la ciudad que Gartcosh. Sabía cómo funcionaba.
Había tres taxis delante del hotel Sheraton, pero uno había retrocedido hacia el final de la cola con los intermitentes puestos y la luz de «libre» apagada. Fox aparcó delante y bajó del coche. Al acercarse al taxi, la ventanilla del acompañante se abrió.
—¿Andas ocupado, Ray?
—Has cogido peso, Malcolm.
—¿Te va bien que hablemos?
—¿De qué?
—¿Nos sentamos atrás?
Hungerford dejó el motor en marcha para disfrutar de la calefacción. Se sentó al lado de Fox y los dos hombres se estrecharon la mano.
—He rechazado tres carreras, que lo sepas —protestó.
—Te lo agradezco. ¿La pensión no te mantiene a flote?
—El taxi es de mi hijo. Solo me ocupo de él cuando está de vacaciones por ahí. Así salgo de casa. No seguirás en Reclamaciones, ¿verdad?
—Ahora estoy en Gartcosh. Delitos Graves.
—La Casa Grande, ¿eh?
—Me han pedido que investigue el caso de Stuart Bloom —dijo Fox.
—Agua pasada. ¿Conque es él a quien han encontrado en el bosque?
—Eso parece. La investigación original no estuvo libre de dificultades.
Hungerford puso mala cara.
—¿Ahora eres diplomático o algo similar? A mí siempre me ha gustado hablar claro.
—De acuerdo. El caso original fue una cagada desde el principio.
—Estaba al mando un buen hombre —repuso Hungerford—. Nunca oí una mala palabra sobre Bill Rawlston.
—¿Y los agentes que tenía a sus órdenes?
Hungerford frunció los labios.
—Una bonita colección de gilipollas, incompetentes y oportunistas.
—Imagino que incluiste esa valoración en tu informe.
—No hubo un informe propiamente dicho; todo eran habladurías. Es probable que unos cuantos agentes fueran homófobos. Solía ser casi inevitable. Interrogaron a algunos amigos de Bloom pertenecientes a la escena gay y no los trataron precisamente con guantes de seda. Al mismo tiempo, había un buen policía de Glasgow que no quería que involucraran a su hijo, aunque ese hijo tuviera que ser tratado como sospechoso. —Hungerford hinchó las mejillas y espiró—. Por su parte, los dos magnates...
—¿Jackie Ness y Adrian Brand?
Hungerford asintió.
—Competían por ver quién de los dos la tenía más larga. Sus abogados protestaban a la mínima y los periodistas invitaban a una copa a cualquiera que tuviese una historia que contar...
—¿Incluidos algunos agentes que participaban en la investigación?
—Sin duda. Me atrevería a decir que tú hiciste algo parecido cuando trabajabas. Yo desde luego, lo hice. Un tío te invita a un buen whisky, empieza a caerte bien y consideras que merece algo a cambio. A algunos policías les chiflaba ver publicado un artículo de prensa al que habían contribuido.
—¿Algún nombre en particular?
Hungerford se quedó pensativo unos segundos.
—¿Toda esta arqueología solo porque han encontrado el cuerpo?
—Los mandamases quieren cerciorarse de que no vayan a aparecer zombis entre los esqueletos.
—¿Y te lo han encargado a ti porque estabas en Reclamaciones?
—Sí, más o menos.
Hungerford asintió pensativo.
—Lo único que hicimos fue leer los informes del caso y hacer unas cuantas preguntas. Era obvio que se habían cometido errores. Nuestra gente fue negligente u obstructiva. No era la primera vez que pasaba y, desde luego, tampoco fue la última.
—¿Hicisteis alguna recomendación?
—A un par de agentes podría haberles caído una buena si hubiéramos querido. Uno de ellos se llamaba Steele.
—Déjame adivinar: el otro era Edwards.
—¿Los conoces?
—Actualmente trabajan para Anticorrupción en Gartcosh.
—En aquel momento eran agentes uniformados, pero se andaban con jueguecitos.
—¿Por ejemplo?
—Tenían otros trabajos a tiempo parcial, sobre todo en seguridad. Incluso habían formado parte del servicio de guardaespaldas de Adrian Brand.
—¿Necesitaba guardaespaldas?
—Corrían rumores de que había robado dinero a un gánster irlandés que mantenía vínculos con los paramilitares. Hubo un enfrentamiento.
—¿Finalmente no salió nada a la luz?
—Que yo sepa, no. Pero, desde luego, había algo raro en Steele y Edwards. Tenían coches de lujo y hacían viajes caros. Siempre llevaban la mejor ropa, relojes de diseño...
—Todo, con un salario de poli.
—Pero, como te decía, nunca llegamos a desenmascararlos.
—¿Contaban con protección?
Hungerford se encogió de hombros.
—Brand reservaba mesas en un montón de cenas benéficas e invitaba a muchos mandamases y parlamentarios.
Fox se puso pensativo.
—¿Y cuando acabasteis con los informes...?
—Los enviamos a la CCU para que les echaran un vistazo. No se averiguó nada, así que los archivaron. Quienes lleven ahora las riendas probablemente estén leyéndolos con mucha atención, ¿no crees?
—Siempre que estén alertas.
—No siempre es así, ¿verdad? —dijo Hungerford entre carcajadas.
—Aparte de Steele y Edwards, ¿alguien más digno de mención?
—Joder, Malc, mi memoria ya no es lo que era. —Hungerford se frotó la barbilla—. Mary Skelton, aunque no diera problemas; era guapa y muy agradable. De Doug Newsome podría decirse que era un vago; no siempre redactaba informes rigurosos. —Hizo una pausa y sonrió—. Y luego estaba John Rebus, claro.
Fox torció el gesto.
—¿Por qué dices «claro»?
—En mi época en Asuntos Internos, Rebus nunca andaba muy lejos de recibir un rapapolvo o una suspensión. ¿Nunca entrasteis en conflicto?
—Rebus se jubiló a finales de 2006. Bueno, más o menos.
—Suena como si te hubieras cruzado con él, ¿no?
—John Rebus siempre se las arregla para reaparecer. ¿Algo en particular que manchara su reputación en el caso Bloom?
—Era amigo del padre del novio, un policía de Glasgow. Decían que quedaban de vez en cuando para tomar algo.
—Lo cual podría no tener la menor importancia.
—A menos que se produjera un intercambio de información. No pudimos demostrar nada.
Fox se quedó pensativo unos instantes y asintió.
—Gracias por tu tiempo, Ray. Te lo agradezco mucho. Me alegro de que nos hayamos puesto al día.
—Si me necesitas, ya sabes dónde estoy.
Hungerford extendió el brazo, pero no para encajar el apretón de manos que le ofrecía Fox. Tenía la palma hacia arriba y ladeó la cabeza en dirección al taxímetro, que había estado en marcha en todo momento.
—Veinticinco con cincuenta —dijo—. No te preocupes —añadió guiñando un ojo—, te haré una factura por treinta.
7
Los demás se habían excusado después de tomar una copa, pero Clarke y Sutherland se quedaron un rato. Él fue a buscar una tónica para Clarke y media IPA para sí con el fin de añadirla a la pinta que casi se había terminado. El bar era de los más caros de aquella zona de Leith, lo cual significaba que la policía podía sentirse relativamente segura. Aun así, estaban sentados a una mesa esquinera desde la cual pudieran ver la puerta.
—¿Seguro que no quiere ginebra con eso? —preguntó Sutherland.
—Prefiero no causar una mala impresión.
—Dos gin-tonics después del trabajo difícilmente constituyen una falta disciplinaria. —Sutherland hizo un brindis—. Hablando del tema...
—¿Qué sabe?
—Solo que Anticorrupción creía que estaba pasando usted información a una amiga suya periodista.
—No es cierto.
—Y también que utilizó un ordenador del trabajo para intentar facilitar información a esa misma periodista.
—Quedé absuelta.
—Desde luego, y está resentida por la acusación.
—Me hicieron sentir como si fuera un mal policía, y no lo soy.
—Esos dos agentes de Anticorrupción...
—Steele y Edwards.
Sutherland asintió.
—¿Les guarda rencor acaso?
—No.
—Me parece que no acaba de decirme la verdad.
—Depende de cómo defina «rencor». ¿Les haría un favor en el futuro? No. ¿Querría que alguien les atacara en un callejón oscuro? No.
—¿Y si los viera tomando una copa y poniéndose luego al volante?
—Los denunciaría pitando.
Ambos sonrieron y miraron sus respectivos vasos. Clarke se recostó, haciendo girar la cabeza, sintiendo la tensión allí.
—Recuerdo que en Inverness había un trepa que no caía bien a nadie —dijo Sutherland—. Tenía un problema con la bebida, pero le cubríamos las espaldas cuando era necesario. Cuando se jubiló, hubo una fiesta en la cafetería con algo más que tentempiés. Todos aplaudimos, le dimos el regalo que habíamos comprado y salimos a despedirlo cuando se iba a casa en coche. Alguien informó a Tráfico, lo pararon y perdió el carné.
—Supongo que es justo. —Clarke dio un sorbo—. ¿Se crio usted en Inverness?
Sutherland asintió.
—No me queda mucho acento, excepto cuando visito a la familia. Veo que es usted inglesa.
Clarke negó con la cabeza.
—Nací y me crie aquí. Es culpa de mis padres. ¿Y en dónde más ha estado aparte de en Inverness?
—En Aberdeen, Glasgow e incluso en Skye una temporada.
—¿Hay Departamento de Crímenes en Skye?
—Me gusta pensar que yo lo erradiqué. —Sutherland brindó consigo mismo—. ¿Alguna vez ha trabajado fuera de Edimburgo?
—Me destinaron a Glenrothes cuando desapareció Stuart Bloom.
—Qué suerte. Si hubiera participado en el caso, ahora no podría formar parte de mi equipo por un conflicto de intereses.
Clarke asintió distraída.
—Entonces ¿dónde vive ahora? —preguntó cuando hubo pasado un rato.
—En Shettleston, en Glasgow.
—¿Se ve Barlinnie desde allí?
—Más o menos. ¿Y usted?
—A cinco minutos de aquí. Cerca de Broughton Street.
—¿Sola? —Vio cómo Clarke asentía—. Yo también. No siempre ha sido así, pero ya sabe cómo funciona. Decidí casarme con mis palos de golf. Imagino que usted no juega, ¿verdad?
—¿Tengo pinta de golfista?
—No lo sé. ¿Qué pinta tienen?
—Mi idea del aire libre y del ejercicio son la cafetería y el quiosco del barrio.
En aquel momento empezó a vibrar el teléfono de Clarke, que tenía al lado del vaso por si volvían a llamar desde la cabina.
—¿No lo coge? —preguntó Sutherland.
—No es importante.
Ambos esperaron a que finalizara la llamada.
—Tengo la sensación de que es usted más compleja de lo que parece, inspectora Clarke.
—No lo soy, créame.
Sutherland se quedó pensativo un momento, levantó el vaso y la observó a través del vidrio alzado. Cuando volvió a dejarlo sobre la mesa frunció los labios.
—Sé que Tess ha echado un primer vistazo al informe del caso Bloom, pero me gustaría leerlo.
—¿Por qué?
—Es posible que mencione a nuestros amigos Steele y Edwards. A lo mejor, puede guardarse algo para utilizarlo en el futuro.
Clarke lo miró fijamente.
—Fue usted quien avisó a Tráfico, ¿verdad? —La ceja izquierda fue lo único que movió Sutherland—. Si me responde, se lleva un premio.
—De acuerdo, estoy intrigado.
—Una partida de pitch and put en Bruntsfield Links.
—Es una oferta difícil de rechazar. Pero a lo mejor lleva usted micrófono, así que...
Sutherland le sostuvo la mirada y luego asintió de manera lenta y clara.
—Pero tendrá que ser en un día templado, eso sí —advirtió Clarke.
—¿Y cuántos de esos hay en Edimburgo?
—Hace un par de años, tuvimos uno.
Ambos se echaron a reír.
En el parque de Meadows una vez más, iluminados por las farolas de Melville Drive.
Había dejado de llover, pero la hierba estaba mojada y el frío les calaba los zapatos y les enfriaba los dedos de los pies. Rebus llevaba las manos en los bolsillos y el cuello del abrigo levantado, y Clarke se había puesto la capucha de la chaqueta impermeable. Más adelante, Brillo estaba olisqueando un rastro invisible. Era como ver a un niño trazar una línea en una hoja de papel.
—Es un tipo obstinado —dijo Clarke.
—Por no hablar de incansable. No sé a quién me recuerda.
—Quería preguntarte por Steele y Edwards. ¿Hasta qué punto crees que fueron corruptos en su día?
—Ya conoces el dicho: hay que saber nadar y guardar la ropa.
—Yo pensaba que eso era con la gente de Fife.
—También. Lo único que necesitas conocer es que eran así. Se lo guardaban todo para ellos. Siempre se sentaban muy juntos a otra mesa. Si hubo un cerebro, este fue cien por cien propiedad de Brian Steele. Grant Edwards tenía fuerza y poco más.
—No ha cambiado mucho.
—Bueno, tú has tratado más con ellos últimamente, pero entonces nadie creía que fueran a durar mucho en la policía. Más bien, que acabarían denunciados por algo o se irían a algún sitio donde calentara más el sol.
—¿Y eso qué significa?
—Steele tenía un par de coches de lujo y se dedicaba a llevar peces gordos de un lado a otro. Probablemente fuera así como empezó a relacionarse con Adrian Brand. Siempre decía que el trabajo de policía era aburrido.
—¿Y Edwards?
—A veces, conducía. Muchas noches libres trabajaba de portero en una discoteca. Decían que había invertido dinero en un lavado de coches cerca de Forth Bridge.
—¿Intentaron influir en la investigación?
—¿Por orden de Brand, quieres decir? —Rebus se quedó pensativo unos instantes—. Sí, es posible. Probablemente no le hicieran ascos a un puñado de billetes. Brand querría que lo mantuvieran informado o asegurarse de que no le causaban demasiados problemas.
—Hoy nos ha visitado el relaciones públicas de Brand. Quiere más o menos lo mismo.
—No me atrevería a decir que esté cobrando menos por sus servicios. —Rebus sacó un encendedor del abrigo e hizo girar la rueda hasta que apareció una llama—. Joder, ojalá fumara todavía.
—No creo que tus pulmones estén de acuerdo con eso.
—Mi especialista pretendía que me comprara una bicicleta estática. ¿Te lo imaginas?
—No, la verdad es que no.
—Yo, en el piso, pedaleando para no ir a ninguna parte.
En Melville Drive se había detenido un coche. Oyeron cómo se cerraba la puerta y, al darse la vuelta, vieron a una figura oscura que se aproximaba.
—Vuelve el hijo pródigo —anunció Rebus—. ¿O es un cerdo el que regresa? Estoy un poco oxidado.
—Hola a ti también, John. —Malcolm Fox señaló el encendedor—. Creía que lo habías dejado.
—Es por si decido palmarla con un destello de gloria.
Fox se acercó a Clarke para darle un beso en la mejilla.
—Tranquila, esto no es Francia —bromeó Rebus.
—¿Cómo estás, Siobhan?
Clarke asintió.
—¿Y tú, Malcolm?
Fox también asintió y se volvió hacia Rebus.
—Lo primero que hice fue ir al Oxford Bar, pero me dijeron que ya apenas te ven por allí. A mi edad debería estar curado de espantos, pero reconozco que me ha sorprendido.
—Sí, han tenido que rebajar las previsiones de ingresos. El mercado bursátil no está contento. Y hablando de ambientes agradables, ¿qué tal por Gartcosh? ¿Habéis perdido a más jefazos últimamente?
—No es un remanso de paz, que digamos.
—De un tiempo a esta parte, solo se habla de acoso. Espero que no lo hayas sufrido a la hora del recreo, Malc. Todos sabemos que eres un alma sensible. En mi época, aguantábamos los golpes sin protestar.
—Quizás eso explique por qué acabaste con tantos moratones.
Rebus abrió los brazos.
—¿Tú ves alguno?
Fox se dio unos golpecitos con el dedo en la frente.
—Me refería más bien a esto.
Rebus cerró los ojos.
—Bueno, pese a los daños cerebrales, veamos si todavía puedo leer al menos la mente. Veo un esqueleto en el coche, mucho revuelo de periodistas y a los jefazos ansiosos por un viejo caso y por quienes trabajaron en él. —Abrió de nuevo los ojos—. Y aquí estás tú.
—No has perdido tus habilidades —dijo Fox fingiendo que aplaudía.
—Estás trabajando en la Casa Grande y antes estabas en Reclamaciones. ¿A quién iban a mandar a husmear, si no?
Rebus miró a Brillo, que estaba dando vueltas alrededor del recién llegado. Fox se agachó y le dio una palmadita.
—Mencionaron tu nombre de pasada —reconoció enderezándose de nuevo.
—¿Y a Brian Steele y Grant Edwards? —preguntó Clarke.
—A ellos, también. —Fox se la quedó mirando—. ¿Qué andas buscando, Siobhan?
—Trabajo en el Equipo de Delitos Graves.
—¿Estás al mando?
Clarke negó con la cabeza.
—El inspector jefe Sutherland.
—Siobhan también tuvo un encontronazo con Anticorrupción —dijo Rebus.
—¿Te refieres a Steele y Edwards?
—Antes los llamábamos los Chuggabugs —comentó Rebus.
Fox seguía mirando a Clarke.
—¿Has solicitado las notas del caso de 2006?
—Sí.
—Necesito echarles un vistazo.
—Eso es asunto del inspector jefe Sutherland.
—En realidad, es asunto de la ayudante Lyon, y estoy seguro de que ya le ha mandado el mensaje correspondiente a tu jefe.
—¿No es bonito, Siobhan? —dijo Rebus arrastrando las palabras—. Una vez más, tú y Malcolm trabajando juntos en un caso.
—A decir verdad, lo que yo estoy haciendo es investigar un asesinato —replicó Clarke.
—Eso es cierto, Malcolm —dijo Rebus—. Tú, en cambio, has vuelto a tu antigua especialidad, que consiste en remover la mierda para echársela por encima a tus compañeros, ya estén en activo, jubilados o enterrados hace mucho. Estarás satisfecho. —Hizo una pausa—. Vives en un adosado, ¿no es cierto?
Fox frunció el ceño por el cambio de tema.
—Sí —respondió al fin.
Rebus asintió para sí mismo.
—Por eso nunca pude vivir en uno. —Le vino una idea repentina y desvió su atención hacia Clarke—. Ojo, si Malcolm descubre algo sucio sobre los Chuggabugs, a lo mejor no se trata de un mal resultado.
—Alguien tendrá que explicarme lo de ese apodo —dijo Fox.
—Son unos personajes de unos dibujos animados —respondió Clarke.
—Que recientemente fueron a por Siobhan —añadió Rebus—. De ahí ese apetito por sus trapos sucios.
—John, no olvides que la suciedad tiene la habilidad de propagarse —advirtió Fox.
—Los meados, también —contestó Rebus señalando a Brillo, que tenía la pata ladeada hacia el tobillo de Malcolm Fox.
Había aparcamiento justo delante del edificio de Clarke. «Qué suerte», pensó. Entonces se preguntó si estaba ocupado justo antes de que ella llegara y recordó el coche de la noche anterior. Era exactamente el mismo lugar. Cuando cerró el Astra, miró a un lado y otro de la calle, aunque todos los coches parecían vacíos. Tampoco había nadie merodeando por la acera. Pero en el momento en que se acercó al edificio, vio algo pintarrajeado en la puerta, unas letras plateadas grandes que resaltaban sobre la pintura azul oscuro. Clarke sacó el teléfono y activó la linterna pese a que ya había podido leer el mensaje. Pero solo quería asegurarse de que ponía lo que ella pensaba.
«¡¡¡AQUÍ VIVE UNA CERDA!!!».
«¡¡¡LÁRGATE, ESCORIA!!!».
Clarke examinó el resto de la puerta, que estaba impoluta. Pero entonces se fijó en el interfono. Habían utilizado el mismo rotulador plateado para tapar su nombre. Sacó un pañuelo de papel del bolsillo y lo pasó por encima de la tinta, que no estaba del todo seca. Volvió a mirar a ambos lados de la calle y metió la llave en la cerradura. Una vez dentro, apoyó la espalda en la puerta y esperó, pero no había nadie escondido ni bajando las escaleras. Cuando llegó a su descansillo y miró la puerta del piso, le latía el corazón a toda velocidad. El grafitero no había llegado hasta allí. O, si había...
Clarke abrió la puerta y estudió el recibidor antes de entrar. Una vez que hubo cerrado, se acercó a la ventana del comedor y observó la calle y las ventanas de enfrente antes de bajar las persianas y encender las luces.
JUEVES
8
Había cámaras de televisión frente a la comisaría de Queen Charlotte Street. Al acercarse, Siobhan Clarke vio a Catherine Bloom concediendo una entrevista. A la altura del pecho sostenía una fotografía ampliada de su hijo. Junto a ella, se encontraba Dougal Kelly, asegurándose de que su cartel de JUSTICIA PARA STUART fuera bien visible. El padre de Stuart se mantenía apartado de la escena, observando a su mujer con lo que a Clarke le pareció una mezcla de orgullo y resignación. La campaña había sido larga y aparentemente incesante, pero había pasado factura. Media docena de periodistas de medios impresos estaban escuchando la entrevista para la televisión y grabándola con sus teléfonos móviles. Uno de ellos miró esperanzado a Clarke, pero ella negó con la cabeza. Apenas hubo entrado en el edificio, le llegó el mensaje de texto: «¿Nos vemos luego?». Pero las cafeterías y las vinotecas habían supuesto el comienzo de las rencillas de Clarke con Anticorrupción. Smith era la única especialista en sucesos que quedaba en el Scotsman, y la relación había sido fructífera. La periodista nunca sobrepasaba los límites establecidos ni publicaba nada sin el consentimiento previo de Clarke. Pero cuando escribió sobre la suspensión de varios agentes situados en lo alto de la jerarquía de la Policía de Escocia, Anticorrupción empezó a preguntar quién estaba filtrando información.
Lo cierto era que Smith ni siquiera se lo contó a su buena amiga Siobhan Clarke, que ignoró el mensaje y subió las escaleras. Estaba un poco adormilada, ya que la noche anterior se había pasado media hora borrando la pintada de la puerta principal lo mejor que pudo. La había vuelto a mirar aquella mañana y aún podía leerse, incluso cuando las letras apenas fueran visibles. ¿Qué pensarían sus vecinos? Algunos sabían que era policía pero otros, no. En cuanto pudiera dejar de bostezar, buscaría un pintor que le diera un par de capas. Porque había algo más: hacia la una de la madrugada, justo cuando iba a acostarse, recibió otra llamada de la cabina de Canongate. «¿Qué quieres?», respondió malhumorada, y oyó que colgaban.
—Me alegra que nos acompañe, inspectora Clarke.
La atronadora voz con acento de Glasgow pertenecía al comisario Mark Mollison, jefe de división en Edimburgo. Clarke sabía que debería haber esperado una visita, sobre todo cuando la prensa andaba por la zona.
—Acabamos de debatir cuándo y dónde celebrar la primera rueda de prensa. ¿Se le ocurre algo?
Clarke observó la sala. Estaban todos allí, así que había sido la última en llegar. Sutherland y Reid se encontraban junto a la pared, con su extensa muestra de mapas, fotos y recortes. Habían recibido el último ordenador y una impresora. Entonces se dio cuenta de que los ruidos que había oído en la habitación contigua procedían de los últimos miembros del personal de apoyo instalándose.
—Lo cierto es que no, señor —respondió.
Mollison se encontraba en el centro de la sala, con las manos a la espalda y balanceándose sobre los talones. Medía más de un metro ochenta y tenía la cara llena de venas rotas que desembocaban en una nariz que no habría deshonrado a Rudolf el reno.
—En principio, esta mañana examinarán de nuevo el lugar donde fue hallado el coche y un equipo rastreará exhaustivamente el bosque...
—El señor Mollison quiere saber si Poretoun Woods podría funcionar como un telón de fondo evocador —interrumpió Sutherland.
Clarke captó el tono de su jefe.
—No sé si tenemos mucho que decir a los medios en este punto concreto de la investigación —aventuró.
Sutherland asintió.
—Desde luego, disponemos de información que no queremos que ellos tengan —añadió Callum Reid.
—¿Las esposas? —preguntó Mollison—. ¿Alguna novedad al respecto?
—Los forenses se hallan estudiándolas con detalle —respondió Sutherland—. Por ahora, lo único que sabemos es que son un modelo antiguo. En otras palabras, no eran de uso policial cuando desapareció Bloom.
—Acabará saliendo a la luz. Necesitamos una estrategia para gestionarlo.
—Por supuesto.
—¿Hoy, entonces, no habrá rueda de prensa?
—Podríamos replantearnos la idea esta tarde, señor.
Mollison intentó ocultar su decepción.
—Entonces puedo volver a St. Leonard’s. No me gustaría pensar que estoy entreteniéndolos.
Mientras hablaba, miró de soslayo a Clarke. Con un gesto de despedida al resto del equipo, salió de la oficina emitiendo un repiqueteo con las suelas de cuero, y los allí presentes empezaron a relajar los hombros y a espirar.
—Podría haberme avisado alguien —protestó Clarke.
—No nos has dado tu número —respondió Emily Crow ther.
—Entonces, eso es lo primero que debemos hacer —dijo Sutherland—. La información de contacto de todo el mundo clavada en una hoja de papel a la pared y copiada en sus respectivos teléfonos.
—También podríamos crear un grupo de WhatsApp —propuso Crowther.
—Si lo consideran útil... —Sutherland vio que Phil Yeats se dirigía a la cafetera—. El café puede esperar, Phil —le advirtió.
—En el caso de Siobhan, no lo tengo muy claro —comentó George Gamble—. Debió de entretenerla hasta muy tarde, Graham.
Hubo sonrisas detrás de las mesas. Sutherland no participó en ellas pero Clarke, sí. Lo último que quería era que el equipo se dividiera en facciones. Mientras iban pasándose una hoja para anotar sus datos, Clarke se acercó a Sutherland, que había vuelto a su silla y había empezado a teclear.
—¿Ha tenido noticias de Gartcosh? —preguntó.
—¿Cómo lo sabe?
—Malcolm Fox y yo nos conocemos desde hace mucho y me lo encontré ayer por la noche.
—¿Salieron los dos hasta tarde, entonces?
—Decidí que sería mejor echar un vistazo al campo de pitch and putt para ver en qué lío me había metido.
Sutherland esbozó una media sonrisa.
—Fox no tardará en llegar. He informado a todo el mundo esta mañana y le he ordenado a Tess que le haga de canguro. Si cree que hay algo que debería saber ella de antemano...
Clarke asintió y fue hacia la mesa de Tess Leighton.
—He trabajado con Fox anteriormente —dijo—. Es bueno con los detalles; antes estaba en Reclamaciones. Es meticuloso, puede que un poco minucioso incluso.
—Pero ¿está soltero? —terció George Gamble—. Eso es lo que le interesa a Tess.
—Que te den, George —repuso Leighton con aspereza. Después, a Clarke—: ¿Olores corporales o mal aliento? ¿Pedos y eructos?
—Creo que pasará la nota de corte.
—Entonces ponlo un escalafón por encima de George.
—¿No te olvidas de algo, Tess? —respondió Gamble—. Trabajaba en Reclamaciones, lo cual significa que disfruta siendo cruel con gente como tú y como yo. Quizá no huela mal, pero eso no significa que no apeste.
La productora de Jackie Ness tenía sus oficinas en un reluciente edificio de cristal en Fountainbridge. Clarke y Emily Crowther habían sido enviadas allí a interrogarlo. Durante el trayecto, Crowther le contó que había estudiado Literatura inglesa en la universidad y que la policía distaba mucho de ser su primera opción profesional. Se había criado en Fife y su novio regentaba una tienda de bicicletas cerca de Dunfermline. Compartían casa en la ciudad y planeaban casarse. Cuando se disponía a preguntar por la vida de Clarke, esta anunció que habían llegado.
Crowther era esbelta y rubia, y probablemente quince años más joven que su compañera. Llevaba una falda hasta las rodillas, medias negras finas y tacones de tres centímetros. No parecía ni actuaba como una agente de la ley y Clarke empezó a intuir por qué la había elegido Sutherland para aquella tarea.
El nombre de la productora era Locke Ness. En la pared que había detrás del mostrador de recepción se veía el logo sobresaliendo de las profundidades de una extensión de agua.
—Qué ingenioso —dijo Crowther, lo cual pareció complacer a la joven recepcionista.
—El señor Ness estará con ustedes en breve —anunció.
—Habíamos quedado a una hora —respondió Clarke con firmeza—. Si quiere hacernos perder el tiempo, podemos acabar esto en la comisaría.
La sonrisa de la recepcionista se desvaneció.
—Preguntaré —dijo, y desapareció detrás de una puerta.
Crowther se acomodó en el sofá de piel mientras Clarke examinaba una estantería con premios baratos y una pared cubierta con carteles de películas como Zombies vs. Bravehearts y Los asesinatos del comedor de opio. Había leído un poco acerca del productor. El tipo había empezado como propietario de una cadena de videoclubes pero, luego, invirtió en películas de terror de bajo presupuesto antes de pasarse al cine más comercial. Clarke no recordaba haber visto ninguna de sus producciones.
La recepcionista volvió acompañada por un hombre que estaba poniéndose la americana.
—Hay un restaurante aquí al lado —dijo—. No he desayunado. ¿Qué les parece si vamos? Soy Jackie Ness, por cierto. —Se fijó en Emily Crowther y agitó un dedo hacia ella—. La luz la ama, ¿lo sabía? Capta su rostro a la perfección. —Se volvió hacia la recepcionista—. Estás de acuerdo, ¿verdad, Estelle? —Después, a Clarke—: No habrá mucha gente en el restaurante. Aún no es la hora de comer. Suelen reservarme una mesa esquinera. No es como si estuviéramos grabando todo esto o algo parecido, ¿verdad? Se trata solo de los antecedentes.
—Una palabra más adecuada podría ser los «preliminares» —dijo Clarke—. No ha sido usted todavía apercibido ni tampoco va a necesitar un abogado.
—Con lo que cuestan, me alegro. ¿Y usted es...?
—La inspectora Clarke. Esta es la agente Crowther.
Ness desvió nuevamente su atención hacia Crowther.
—¿Solo agente o es que no existe agente de primera? —Levantó una mano de inmediato—. Lo sé, no debería haberlo dicho. No he podido evitarlo. Discúlpenme.
—Veo que sigue viviendo usted en la época del Betamax.
Ness decidió ignorar el reproche de Clarke.
—Media hora —indicó a la recepcionista a medio camino de la salida.
—O más si es necesario, Estelle —apostilló Clarke.
El restaurante ofrecía mayoritariamente hamburguesas, y eso fue lo que pidió Ness, aunque vegetariana, y una Irn-Bru, mientras que las dos agentes se decantaron por un café. Pero el hombre tenía razón: eran los únicos clientes y los ubicaron en el lugar favorito de Ness. Clarke y Crowther se sentaron delante de él y lo observaron mientras se quitaba la americana.
—Menopausia masculina —les dijo—. O estoy sudando o estoy helado.
—Un poco mayor para la menopausia, ¿no? —comentó Clarke.
—A mí me habían dicho que eras tan joven como la mujer que tenías al lado —repuso Ness entre carcajadas.
A Clarke no dejaba de asombrarla que aún existieran personajes como aquel, y pensó en el monstruo del lago Ness, el último de su especie.
—Aparte de Ness, ¿existe un Locke? —preguntó.
—Es un antiguo socio. Discutimos porque intentó evadir impuestos. Pero a la gente le hace gracia el nombre, así que no me molesté en cambiarlo.
—¿Algún proyecto en ciernes?
—Siempre hay algo a la vista. De hecho, estamos saturados de propuestas y guiones fantásticos que probablemente no lleguen a rodarse. La mayoría de las veces, el dinero no se materializa.
—¿No es usted el que proporciona el dinero?
—Yo encuentro el dinero, y eso es una habilidad totalmente diferente. La portería se ha movido de sitio, como si dijéramos. Cuando empecé, todo se comercializaba directamente en vídeo. Ahora, en cambio, todo es digital. Hay chavales rodando películas con su teléfono móvil, editándolas en el ordenador y colgándolas en Internet. Están Amazon y Netflix. Todo el mundo ve las películas en streaming. Las ventas de DVD y Blu-Ray están desplomándose. En realidad, no es que la portería se haya movido, sino que se trata de un deporte completamente distinto.
—Pero usted, ¿puede sobrevivir?
—¿Qué otra cosa voy a hacer si no?
Clarke le calculó poco más de sesenta años. Tenía el cabello blanco pero abundante y lucía un bronceado cortesía de un crucero de invierno o, más bien, de una cabina de rayos uva. Llevaba un buen corte de pelo, aunque en el último afeitado se hubiera dejado un poco de vello en su cara redonda y brillante. Se había arreglado la dentadura y conservaba la presuntuosidad necesaria propia de su trabajo, si bien no llevaba la camisa planchada, y la llamativa corbata carmesí no lograba ocultar que le faltaba un botón.
Al igual que la industria a la que pertenecía, Jackie Ness había vivido tiempos mejores.
—Hemos venido a hacerle unas preguntas sobre Stuart Bloom —dijo Clarke ahora que habían roto el hielo—. Trabajaba para usted cuando desapareció.
—Es terrible. Lo primero que pensé fue lo que todo el mundo: una pelea entre amantes.
—¿Y cuando no volvió a aparecer?
—A veces, la gente solo quiere esfumarse. Hice una película sobre este mismo asunto: un discreto director de banco abandona a su familia y se convierte en justiciero.
—¿Cómo era su relación con el señor Bloom?
—No teníamos ningún problema. No era caro, parecía conseguir información interesante...
—¿Información sobre Adrian Brand?
—Alias el Cabronazo. —Ness miró a ambas agentes—. Con perdón.
—¿Alguna vez sospechó usted que Brand pudiera saber lo que estaba pasando?
—¿Se refiere a si hizo que liquidaran a Stuart? —Ness frunció el ceño—. Siempre fue una posibilidad. Brand se juntaba con mala gente y Stuart estaba a punto de demostrarlo.
—¿Algo que hubiera podido ponerlo en peligro?
—En aquel momento, la policía investigó, pero no fue muy lejos. —Ness dejó de hablar en cuanto llegó su hamburguesa. La cogió y le dio un mordisco. Seguía masticando cuando aparecieron las bebidas—. Sírvanse un poco de boniato frito.
—¿Qué pensó cuando encontraron el coche en Poretoun Woods? —preguntó Clarke.
Ness negó vigorosamente con la cabeza.
—No pudo haber estado allí todo ese tiempo.
—¿Por qué?
Clarke esperó a que Ness tragara y le diera un sorbo a la Irn-Bru.
—Yo solía rodar allí. Puede que no fuera en ese lugar exacto, pero siempre estábamos por esos bosques. Cualquier cosa vagamente medieval o relacionada con zombis o niños asustados se grababa allí.
—El coche se encontraba bien camuflado en una hondonada bastante profunda.
—Le estoy diciendo que lo habría visto. A lo que debo añadir que esos bosques fueron resultado de un proyecto personal mío. El bosque y la casa. Me gasté una fortuna restaurándolos.
—¿Cómo se restaura una zona boscosa? —preguntó Crowther con lo que parecía auténtica curiosidad.
—Plantando especies raras y autóctonas en lugar de árboles para cultivo. Consulté a varios expertos en silvicultura y tuve en cuenta todo cuanto dijeron.
—Está usted diciendo, entonces, que gozaba de un conocimiento pormenorizado de Poretoun Woods —comentó Clarke, y Ness la miró a los ojos por encima de la hamburguesa.
—Ya sé adónde quiere llegar. Insinúa que yo conocía el barranco y sabía que era un buen escondite. Pero ¿por qué iba yo a matar a Stuart? Era una persona fantástica que se limitaba a hacer su trabajo y a disfrutar del fin de semana.
—¿Los fines de semana eran especiales para él?
—Había una discoteca en la Ciudad Nueva que le gustaba, cerca de Leith Street. Creo que se llamaba Rogues. Él y Derek eran clientes habituales.
—¿Se refiere a Derek Shankley? ¿Llegó a conocerlo?
—Lo vi un par de veces. No mencionó nunca que su padre fuera policía. Por lo visto, no estaba muy contento con lo de su hijo y Stuart.
—¿Y usted, señor Ness?
—No tengo ningún problema con los homosexuales. Algunos de los mayores talentos de mis películas lo eran. En aquella época, puede que no todos hubieran salido del armario, pero las cosas funcionaban así. Incluso ahora, muchos nombres conocidos son reacios a declararse homosexuales. Podría decirle unos cuantos que la sorprenderían.
—¿Por qué vendió Poretoun House?
La expresión de Ness se volvió un poco sombría.
—Invertí demasiado dinero de mi bolsillo en una película que creía que triunfaría. Entonces, Billy... Billy Locke... tuvo ese encontronazo con Hacienda y a la empresa, de repente, se le acumularon las multas que pagar.
Ness se encogió de hombros y dejó los restos de hamburguesa encima de la tabla de madera en la que se la habían servido. El pequeño cubo de estaño que contenía las patatas seguía intacto. Ness contuvo un eructo.
—¿Por qué cree que eligieron ese sitio en particular? —preguntó Clarke.
—A lo mejor, para intentar involucrarme. Parece lógico que se trató de alguien que conocía mi relación con el bosque.
—Pero actualmente es propiedad de su antiguo rival.
Ness puso mala cara.
—Aquello fue una puñalada por la espalda. Creí que hacía bien en vendérselo a Jeff Sellers, y luego él va y cierra un acuerdo precisamente con Brand. ¿Y sabe por qué lo hizo Brand?
—¿Por qué?
—Para putearme. Disculpen la expresión una vez más. Por lo que he oído, está dejando que la casa se pudra. Y el bosque, también. Permite que crezcan especies invasivas. Eso es exactamente lo que son él y los de su calaña: especies invasivas.
—¿Qué quiere decir con eso?
—Los hombres como él son poco más que saqueadores y timadores. Dice y hace lo que sea necesario para conseguir las tierras que quiere, y luego construye cualquier porquería en ellas. Yo quería esa zona verde para erigir el primer estudio cinematográfico de Escocia. Habría significado puestos de trabajo y prestigio. Brand quería un campo de golf para sus amigos ricos y, aun así, habría reducido sus dimensiones para meter más casas chabacanas de las suyas.
—¿Todavía andan ustedes a la greña?
—Me cansé de pagar las facturas de los abogados. Quería recuperar mi vida. Además, cuanto más tiempo pasaba Stuart desaparecido, más fácil era interpretarlo como un mensaje en la línea de «déjanos en paz a mí y a mi negocio».
Clarke sacó su cuaderno y hojeó varias páginas, buscando su siguiente pregunta con gran afectación.
—¿Alguna vez ha tenido trato con dos hombres llamados Steele y Edwards?
Ness soltó un resoplido.
—Me pararon un par de veces para decirme que iba a más velocidad de la permitida, pero yo sabía qué estaba ocurriendo. Stuart ya me había advertido de que Brand los tenía en nómina.
—¿Stuart contaba con pruebas de ello?
—¿Por qué iba a mentir?
—¿Fue algo que Stuart descubrió en el transcurso de su investigación?
—Sí.
—¿Alguna vez presentó usted una queja formal?
Ness se la quedó mirando fijamente.
—¿Insinúa que habría servido de algo?
—¿Stuart Bloom también tuvo algún encontronazo con ellos?
—Nunca lo mencionó, pero hubo alguna redada en la discoteca, policías buscando drogas, menores de edad, prácticas corruptas y depravadas... ¿Recuerda que por aquella época se produjo una avalancha de sobredosis en la ciudad? Eso les dio a los suyos la excusa perfecta.
—¿Y el señor Bloom nunca fue arrestado en esas redadas?
Ness se dio unos golpecitos a un lado de la nariz.
—Decía que era lo bastante inteligente como para no pasarse por allí durante aquellas noches.
—¿Está diciendo que recibía chivatazos?
—El padre de su novio era poli. Dos y dos son cuatro. —Ness apuró el contenido de su vaso y sonrió—. ¿Sabe que aparecieron en una de mis películas?
—¿Quiénes?
—Había una escena con muchos extras que no podía permitirme, así que le pregunté a Stuart. Él y Derek reunieron a gente que conocían de Rogues. Ahora que lo pienso, rodamos en el bosque.
—¿Cómo se titulaba la película?
—Zombies vs. Bravehearts. ¿Alguna vez ha intentado que cuatro zombis parezcan una horda?
—¿Ese fue el papel que interpretaron Stuart y Derek?
Ness negó con la cabeza.
—Hacían cola para ponerse una falda escocesa e ir con el torso desnudo y pintado de azul. Aquel día hizo mucho frío. Podría haberme ahorrado el coste del maquillaje.
—¿La película está disponible en algún sitio?
—Me han dicho que se vende por pequeñas fortunas en Internet. Cuando la estrenamos, fue un fracaso. Hay algunos vídeos en YouTube.
—Pero imagino que usted guardará una copia en su despacho.
—Es la única que conservo.
—Se la devolveremos, se lo prometo.
El sol estaba bajo y volvió a iluminar parte del rostro de Emily Crowther.
—Debería plantearse seriamente lo de la interpretación —le dijo Ness—. ¿Le importa si...?
Sacó un teléfono del bolsillo y lo sostuvo en alto para hacerle una foto, pero Clarke tapó la cámara con la mano.
—Nada de publicidad —dijo.
Alicaído, Ness volvió a guardar el móvil.
Cuando se marchaban, le dijo al camarero que saldaría cuentas con él a finales de semana. La mirada del camarero dejaba traslucir a las claras que tampoco esperaba otra cosa. Una vez recogido el DVD, que iba guardado en una caja de plástico negro sin distintivos, ambas volvieron al coche de Clarke.
—Podría hacer de ti una estrella —comentó.
—Menudo ruin de mierda —repuso Crowther, y Clarke la miró de soslayo.
La agente Emily Crowther acababa de ganar muchos, muchos puntos, y el inspector jefe Graham Sutherland, también. Había sido capaz de intuir cómo podía reaccionar alguien del mundo del cine ante una cara bonita y había acertado de lleno.
—¿A qué viene ese interés repentino en Steele y Edwards? —preguntó Crowther cuando Clarke se disponía a incorporarse al tráfico.
—Ahora trabajan en la Unidad Anticorrupción.
—Y tú acabas de escapar de sus garras —dijo Crowther asintiendo.
—¿Te lo ha contado Graham?
Crowther asintió de nuevo.
—Pero ¿te han exonerado?
—Estoy limpia como una patena —respondió Clarke, y puso el intermitente para girar a la altura del semáforo.
9
El primer encuentro entre Malcolm Fox y Tess Leighton se convirtió en una inevitable batalla de voluntades que él acabó perdiendo. Los informes de 2006 habían sido trasladados a una pequeña y fría sala situada al fondo del pasillo y Fox adujo que debían volver al Equipo de Delitos Graves.
—Con el debido respeto, Malcolm —le dijo Leighton—, ahí dentro estamos dirigiendo una investigación por asesinato.
—No molestaría.
Leighton desvió la mirada hacia las montañas de cajas.
—Probablemente sí lo hicieras. Es más fácil concentrarse cuando tienes una habitación para ti solo. Estoy siempre por aquí si me necesitas.
Dicho lo cual, retrocedió y cerró la puerta al salir. Una hora después, volvió a asomar la cabeza en la sala.
—Vamos a por un té —le dijo—. ¿Cómo lo tomas?
—Con leche, gracias.
—¿Qué tal por aquí?
—Me estoy congelando.
—Pues te vendrá bien una taza de té.
Cuando se fue, Fox decidió seguirla hasta la oficina del EDG, se acercó a un radiador y puso las manos encima. Leighton estaba sentada a su mesa y Phil Yeats ocupándose de la tetera.
—Solo hasta que me descongele —explicó Fox a los allí presentes.
Graham Sutherland apartó la mirada del ordenador.
—¿Algún avance?
—Hay mucho que procesar.
—Si averigua algo que crea que pueda sernos de utilidad...
Fox asintió.
—Será el primero en saberlo.
—Mientras tanto —dijo Sutherland a su equipo—, Aubrey Hamilton irá a Poretoun Woods. ¿Quién quiere acompañarla? ¿Tú, George?
—Tendría que conseguir unas botas.
Sutherland miró a Callum Reid.
—¿No sería más útil aquí? —dijo este.
—Puedo ir yo, si quiere —intervino Fox—. No me importaría ver el barranco.
—Pero usted no participa oficialmente en la investigación, Malcolm.
—Ya voy yo —dijo Leighton—. Malcolm puede acompañarme si así lo desea —añadió, y se encogió de hombros como diciendo: «¿Qué hay de malo en ello?».
—No me tenga en vilo, Tess —dijo Sutherland—. Si Hamilton averigua algo, quiero saberlo de inmediato.
Leighton asintió para indicar que había captado el mensaje. Había llevado una bolsa de la compra a su mesa y sacó de ella unas botas de agua.
—¿Tú tienes? —preguntó a Fox.
—Ya me las arreglaré —respondió él.
Cinco minutos después, estaban en el Corsa de Leighton, quien enseguida preguntó a Fox por su labor en Gartcosh y por si había descubierto algo en los viejos informes.
—Los leíste antes que yo —contestó—. ¿Qué te parecieron?
—No me gustó que dos agentes hubieran trabajado para Brand.
—¿Te refieres a Steele y Edwards?
—Además, la investigación procuró minimizar cualquier mención a Derek Shankley para centrarse en la homosexualidad de la víctima. Interrogaron, de hecho, a muchos hombres gais y los retuvieron más tiempo del que parecía estrictamente necesario.
—¿Y las quejas de la familia?
—Hay que recordar que había una persona desaparecida. Existían motivos para sospechar que sucedía algo turbio, pero ninguna prueba, lo cual no impidió que los padres esperaran milagros.
Fox asintió.
—Mi jefa me dijo que las protestas de la familia habían sido desestimadas, pero no es cierto. La Policía de Escocia acabó disculpándose por el trato que les había dispensado.
—Sin reconocer que nos habíamos equivocado.
—Ya estoy viendo algunos indicios de negligencia, Tess. Tardaron más de una semana en interrogar a Brand, por ejemplo. Y nadie parece haberse molestado en ver las imágenes de las cámaras instaladas en el barrio de Bloom o la ruta de vuelta a la ciudad desde Poretoun House.
Leighton lo miró inquisitivamente.
—¿Y todo eso leyendo solo una hora? Estoy impresionada.
—Me vino bien que consultaras los informes tú primero. Lo interesante se hallaba en la parte de arriba de la primera caja. Te lo agradezco.
Leighton miró el GPS.
—Al final no te tomaste el té —dijo—. Podríamos detenernos a comprar uno para llevar.
—En el camino de vuelta, quizás. Pero gracias de todos modos por pensar en ello.
Durante el resto del trayecto, hablaron de la Policía de Escocia, de política y de la situación general del mundo. Ninguno de los dos parecía especialmente inclinado a desvelar su vida personal, pero Fox pensaba que acabaría ocurriendo. Empezaban a llevarse bien. La profesora Hamilton iba acompañada de un ayudante. Fox no conocía a la antropóloga forense, pero sí su reputación. Era de estatura baja, castaña y llevaba flequillo y unas gafas que ocultaban unos ojos sumamente vivos. Una cinta perimetral azul y blanca rodea ba la hondonada. La tierra estaba removida tras la búsqueda de huellas realizada el día anterior. Habían intentado desbrozar el viejo camino por el que probablemente circuló el coche, y tuvieron cierto éxito, aunque en muchos tramos había sido repoblado por árboles jóvenes y zarzas.
—¿Quién iba a saber que existía un camino de acceso? —comentó Fox cuando se adentraron en el bosque.
—Los agricultores de la zona —dijo Leighton—. Además de los agentes forestales, el propietario del bosque...
—Y cualquiera que comprase un mapa del servicio de cartografía —añadió Hamilton—. Yo me hice con uno y aún aparece.
—Es bueno reducir las posibilidades —farfulló Fox mientras sus zapatos se hundían en el manto de hojas.
Un agente aburrido y aparentemente aterido de frío estaba custodiando la escena del crimen. Llevaba una chaqueta acolchada y guantes negros, pero parecía anhelar que se produjera un cambio de turno. Anotó los datos de los cuatro en un sujetapapeles y señaló con la cabeza las cuerdas que les permitirían bajar por la pendiente.
—Tampoco hay nada que ver.
No, porque habían utilizado un tractor para remolcar el VW Polo y el lateral del barranco estaba removido. Hamilton ya había pasado por debajo de la cinta perimetral e, ignorando las cuerdas, buscó el agarre necesario con sus botas.
—No será usted escaladora, por casualidad —le dijo Leighton.
—Senderista —respondió Hamilton—. Pero en Escocia viene a ser lo mismo.
Leighton miró a Fox, que se encogió de hombros para indicarle que estaba bien donde se encontraba. Sin embargo, para demostrar cierta voluntad, Fox rodeó el barranco y observó otros vestigios de la exhaustiva búsqueda. El ayudante de Hamilton se había reunido con su jefa después de realizar casi todo el descenso sobre su trasero. Ambos empezaron a estudiar el montón de material que había encima del coche.
—Lo arrancaron en lugar de cortarlo con un cuchillo —dijo finalmente Hamilton mientras su ayudante fotografiaba todo lo que sostenía delante de él.
Hamilton abrió la carpeta que había llevado consigo. En su interior, había docenas de fotografías de la escena del crimen y estudió algunas con atención, levantando de vez en cuando la mirada para visualizar el Polo. La policía forense había embolsado colillas, latas de bebida oxidadas y envoltorios de chocolate, en los cuales buscarían huellas y otros rastros identificadores. Hamilton cogió un puñado de tierra fértil y oscura y la desmigajó entre sus dedos.
—Se pueden aprender muchas cosas de los insectos —dijo con parsimonia—. Algunos frecuentan ciertos entornos, y cuando se trata de objetos fabricados por el hombre, estos son proclives a deteriorarse a ritmos diferentes, afectados de nuevo por su entorno. —Levantó una foto del Polo para que la vieran—. No estoy convencida de que el coche pasara doce años en esta quebrada.
—Entonces ¿cuánto tiempo estuvo aquí? —preguntó Fox.
—No el suficiente para el grado de corrosión que esperaba encontrarme.
—¿Dónde estuvo antes?
—Quizá nos lo digan los insectos. Sigo queriendo que lo examine un pedólogo. Imagino que ahora contamos con presupuesto, ¿no? —Leighton asintió—. Entonces ¿puedo hablar con el inspector jefe Sutherland?
—Seguro que estará abierto a sugerencias.
—En ese caso, ojalá esté disponible la persona que quiero.
Una vez finalizado su recorrido, Fox se acercó de nuevo a Leighton.
—¿Qué opinas? —le preguntó ella.
—Te diré lo más importante que tengo ahora mismo en la cabeza, Tess.
—¿El qué?
Fox levantó una pierna.
—Necesito unos zapatos nuevos.
10
Sir Adrian Brand dirigía su imperio desde una gran casa victoriana situada en Kinellan Road, en Murrayfield. Los jardines que rodeaban la propiedad habrían pasado por un parque en zonas menos atractivas de la ciudad. Protegidos en un garaje, había un Bentley y un Tesla, este último conectado a su cable de carga. Cuando Clarke y Crowther llamaron al timbre, abrió la puerta Glenn Hazard.
—Me alegro de verle otra vez —dijo Clarke, cuyo tono desmentía el contenido de sus palabras.
—Sir Adrian está en el invernadero —respondió Hazard—. Aunque, al igual que yo, no entiende por qué le hacen perder el tiempo.
—¿Porque nos chifla?
Hazard emitió un chasquido de exasperación y las condujo a lo largo del pasillo, con su lámpara de araña y su suelo de parqué pulido, hasta alcanzar la puerta de un salón que había junto a lo que parecía un comedor adyacente. Luego llegaron a unas puertas de cristal que daban a un espacioso invernadero lleno de plantas y muebles de mimbre. Brand estaba allí sentado fingiendo que leía el Financial Times. Lucía unas gafas sin montura y tenía cara de búho. El pelo que le quedaba lo llevaba peinado hacia atrás. La camisa amarillo pálido con los dos primeros botones desabrochados dejaba a la vista unos mechones de vello grisáceo en el pecho. A diferencia del Rolex de Jackie Ness, el modelo dorado que colgaba de la gruesa muñeca de Brand parecía auténtico.
Brand cerró y dobló el periódico con aparatosidad. Su relaciones públicas se había sentado en la silla ubicada a su derecha, de modo que solo quedaba disponible un estrecho sofá para Clarke y Crowther, que se hicieron hueco en él. Sobre la mesita de cristal que mediaba entre ellas y Brand había una copa con restos de zumo de naranja natural, un pequeño montón de revistas de actualidad y un iPod en el que un canal sin volumen retransmitía imágenes de la serie televisiva Mammon.
—Gracias por recibirnos habiéndolo avisado con tan poco margen —dijo Clarke.
Brand la miró por primera vez.
—Lo dice como si hubiera tenido alguna posibilidad de elección en el asunto.
—Imagino que no debe de resultar nada fácil obligarlo a hacer algo que no desea, sir Adrian.
La sonrisa de Brand era tan delgada como la cadena de platino que llevaba colgada del cuello.
—Supongo que sentía curiosidad. No aparece cada día un cadáver en mitad de unas tierras de tu propiedad.
—Especialmente si se trata del cadáver de alguien que usted conocía.
—Sir Adrian no conocía a Stuart Bloom —terció Hazard.
Clarke no apartó la mirada de Brand.
—Pero ¿sabía, al menos, quién era, el tipo de trabajo que hacía para Jackie Ness?
—Esto ya se habló en su momento, inspectora. —Brand aleteó una mano en el aire—. Me enteré de que Ness había contratado a una especie de detective. Mi gente estaba al corriente de que alguien había intentado acceder a mi ordenador.
—¿Y no pudieron demostrar quién era?
—Yo sabía que Ness andaba detrás, de modo que pedí a mis abogados que enviaran una carta de cese y desistimiento.
—¿No acudió a la policía?
—Siempre que puedo, intento resolver mis asuntos yo mismo. Y, como usted ha dicho, no tenía pruebas de la participación de Ness.
—¿No se planteó hablar directamente con Stuart Bloom?
—No.
—¿Ni enviar a un emisario que lo hiciera por usted?
Brand cambió un poco de postura.
—De nuevo, no.
—Como parte de nuestra investigación sobre el asesinato del señor Bloom, revisaremos las declaraciones e interrogatorios originales. ¿Dijo algo entonces que quiera modificar?
—Dije la verdad, inspectora, al igual que estoy haciendo ahora.
—Como usted acaba de mencionar, el cuerpo fue hallado en unas tierras de su propiedad. ¿Qué opina al respecto?
—Adquirí Poretoun Woods recientemente.
—Aun así...
Brand se encogió de hombros y el cuello de la camisa se le subió hasta las orejas.
—Lo lamento por su familia, desde luego, aunque en el pasado dijeran cosas terribles sobre mí.
—Difamaciones —precisó Hazard—, ante las cuales el señor Adrian no tomó siquiera medidas.
—Eso es algo inusual, ¿no? —Ambos se quedaron mirando a Clarke—. Bueno, me refiero a que usted nunca ha rehuido el trato de abogados y pleitos.
—Un hombre necesita un hobby, inspectora.
La sonrisa de Brand dejó a la vista una dentadura perfecta.
—La familia Bloom creía que contaba usted con protección policial por tratarse de quien era.
—Lanzaron toda clase de acusaciones absurdas: que esto era un complot de los francmasones, que estaba sobornando al comisario... Un despropósito absoluto.
—¿Sigue teniendo chófer, señor?
El cambio de tema no desconcertó a Brand.
—No como tal.
—¿Y guardaespaldas?
—Yo suelo acompañar a sir Adrian —intervino Hazard, y Brand se volvió hacia él.
—Se refiere a un guardaespaldas propiamente dicho, Glenn. A un exmilitar formado en kravmagá. —Después, se dirigió a Clarke—: En ocasiones, he recurrido a los servicios de una agencia, sobre todo en relación con los viajes al extranjero.
Clarke asintió lentamente, fingiendo digerir la respuesta.
—¿Sigue tratando con Brian Steele y Grant Edwards?
Brand frunció el ceño.
—¿Deberían sonarme esos nombres?
—Trabajaban para usted cuando desapareció Stuart Bloom. Solo lo hacían en su tiempo libre. En su trabajo diario, eran agentes de policía.
—Ha trabajado mucha gente para mí, inspectora.
—Solían hacer de chóferes y guardaespaldas. Estoy convencida de que, con un poco de esfuerzo, conseguirá recordarlos.
Brand acabó asintiendo.
—Steele y Edwards, sí. Estuvieron poco tiempo conmigo.
—Incluso fueron uno de los motivos de queja de la familia Bloom.
—¡Ah!, ¿sí?
—Teniendo en cuenta que ambos participaban en la investigación por desaparición... Según Catherine Bloom, había un posible conflicto de intereses.
—Vino por aquí. Más de una vez, de hecho. La puerta estaba cerrada, pero le gritaba a mi mujer por el interfono.
—¿Y tampoco contactó con nosotros?
—Al final, dejó de hacerlo. Aunque nunca haya tenido hijos y no sepa lo que es perder uno, me daba lástima.
—¿Su mujer no está en casa?
—No tendría nada que añadir. A Cordelia nunca le ha interesado mi negocio.
Hazard se inclinó hacia delante con los codos apoyados en las rodillas y los puños cerrados.
—Imagino que también le harán preguntas a Jackie Ness para que haya paridad, ¿no?
—Acabamos de hablar con el señor Ness —dijo Clarke mirando fijamente a Brand, que estaba pendiente de las cotizaciones en bolsa que emitía un canal de la televisión—. ¿Ha habido hostilidades recientes entre ustedes dos?
—Jackie Ness vive de glorias pasadas, las que fuese que un día tuvo —respondió Brand sin levantar la cabeza—. Me han dicho que está a un paso de la bancarrota, y no es la primera vez.
—¿Está diciendo que ya no es un rival?
—Ese capullo no es lo bastante importante —murmuró Glenn Hazard.
Brand apartó la vista de la pantalla y miró fijamente a Clarke.
—Jackie Ness es historia —dijo.
—¿Por qué compró Poretoun House, señor Adrian?
—Como inversión.
—¿Y en qué incrementa su valor dejar que se pudra?
Los ojos de Brand casi resplandecían.
—Le molestó, ¿verdad? ¿Se lo contó? Sabía que lo haría.
—Lo hizo por eso, ¿no?
—Era una ganga. —Brand pareció ver a Crowther por primera vez—. ¿Usted habla o solo está de adorno?
—Hablo cuando tengo algo que decir —contestó Crowther—. Y resulta que ahora sí lo tengo.
—¿En serio?
Crowther señaló las plantas.
—Tiene pulgones. Y bastantes, por cierto.
Cuando llegó el momento de irse, Hazard se quedó en el umbral, observando a Clarke abrir el Astra y sentarse al volante mientras Crowther se montaba en el sitio del acompañante. Una vez que cerraron las puertas y el coche estuvo en marcha, Clarke preguntó a Crowther qué opinaba.
—Miente. Tú también te has dado cuenta.
Clarke asintió.
—En lo de enviar a alguien para hablar con Stuart Bloom. Me pregunto quién fue su relaciones públicas por aquel entonces.
—¿Un abogado no sería la opción más lógica?
—Es posible.
—Estás pensando en aquellos dos policías, ¿verdad? Steele y Edwards.
—Jackie Ness ya nos ha dicho que lo acosaban. A Brand no le habría resultado difícil pedirles que incordiaran a Stuart Bloom.
—Bloom conocía la relación que mantenían con Brand. Fue él quien advirtió a Ness.
Clarke asintió lentamente.
—Quizá Fox encuentre algo en los archivos.
—¿Algo que pueda intercambiar por un trago?
Clarke se la quedó mirando.
—¿Qué insinúas?
—Solo por cómo hablas de él, es obvio que estuvisteis unidos en el pasado.
—No tanto. —Clarke hizo una pausa—. ¿Y cuándo he hablado yo de él? —Entonces lo recordó—. ¿Es por el resumen que le hice a Tess?
—¿Puedo decírselo, entonces?
—¿Decirle qué?
Crowther ondeó su teléfono de un lado a otro.
—Tess me ha mandado un mensaje desde Poretoun Woods. Está allí con Fox y tengo la sensación de que le gusta.
—Es libre de abalanzarse sobre él cuando quiera. —Clarke vio que Crowther había empezado a escribir un mensaje—. Mejor díselo de una manera más diplomática, ¿vale? —Quitó el freno de mano y vio cómo se empequeñecía la figura de Hazard en el retrovisor—. Lo de los pulgones, por cierto, ha tenido gracia. ¿Te gusta la jardinería?
—¿Estás cambiando de tema?
—En absoluto. Es mera curiosidad.
—El caso es que probablemente no reconocería un pulgón ni aunque lo tuviera delante de las narices, pero creo que he sembrado unas cuantas dudas en él.
—Dudas y puede que incluso preocupación —coincidió Clarke.
Las dos policías se estaban riendo cuando se abrieron las puertas automáticas de enfrente.
11
El inspector jefe Sutherland había convocado una reunión con su equipo. Fox estaba junto a la puerta, esperando a que le pidie ra que se largase, pero Sutherland parecía conforme con su presencia.
—Necesitamos nuevas entrevistas con todos los que participaron en la investigación la vez anterior —anunció Sutherland—. Sabemos que no siempre cooperarán. Algunos amigos y socios de Stuart Bloom creen que no los trataron con el debido respeto, así que tal vez sea necesario pedir disculpas, entonar un poco de mea culpa, pero también dosis de insistencia benigna. —Miró los rostros de los allí presentes—. Debemos hablar con todos y cada uno de ellos. Han pasado doce años, de modo que la información de contacto probablemente haya cambiado. He solicitado más personal para que la carga sea menor, pero tenemos que empezar ahora mismo. ¿Me está escuchando, Siobhan?
—Sí, señor.
Fox vio que Clarke estaba pendiente de su ordenador. Había conectado los auriculares, pero solo llevaba uno puesto. Fox bordeó la sala y fue hacia ella. Lo que estaba reproduciendo en la pantalla parecía una película.
—Tess —continuó Sutherland—, ¿tenemos noticias acerca de la profesora?
—Todavía no sabe a ciencia cierta cuánto tiempo pasó el coche en el bosque, pero duda que estuviera siempre allí.
—Los de Patología dicen que Stuart Bloom probablemente muriera hace diez años o más. ¿Dónde nos sitúa eso?
—¿Seguro que era su coche? —preguntó George Gamble.
—El número de bastidor lo confirma. No es seguro que lo mataran in situ. Según la forense, no había suficiente sangre ni ma teria cerebral en el suelo del maletero. Resulta un milagro que estén tan seguras de ello después de todos estos años, pero es así. Las dos profesoras parecen coincidir debido a la posición del cuerpo en el maletero y porque la lesión craneal apuntaba hacia el suelo. Físicamente resulta casi imposible golpear a alguien cuando se encuentra tumbado en esa postura y causarle daños en esa zona en particular. Además, ¿para qué meterlo en un maletero y luego golpearlo? Es más probable que lo hicieran cuando estaba de pie. Le pegaron desde atrás con un objeto aún por determinar.
—¿Y las esposas? —preguntó Phil Yeats.
—En Escocia, la policía las utilizó hasta el nuevo milenio. Dos eslabones metálicos que unen una esposa a la otra. En 2006 fueron sustituidas por el modelo Hiatt, con un molde de plástico macizo en lugar de los eslabones. Las Hiatt llevaban número de serie, lo cual significa que existe un registro de sus propietarios, pero no ocurría lo mismo con las antiguas. Tengan en cuenta que podrían haber sido adquiridas de otras fuentes. Así pues, no estamos afirmando que pertenecieran a la policía.
—Rogues, ese lugar que frecuentaba Bloom... —Callum Reid asintió mirando a Clarke, que había informado sobre los encuentros con Ness y Brand—. No tendría una mazmorra o algo parecido, ¿verdad?
—Lo dudo, pero vale la pena comprobarlo —dijo Sutherland—. De hecho, es un buen argumento. ¿Había clubes sadomasoquistas en Edimburgo por aquel entonces? ¿O prostitutas especializadas en bondage? Es algo que debemos añadir a la lista. El comisario Mollison quiere celebrar una rueda de prensa más pronto que tarde. Estaría bien poder contar con algunos progresos sobre los que informar. —Vio que Gamble había levantado la mano—. ¿Sí, George?
—¿Todavía no haremos público lo de las esposas?
—¿Por qué lo pregunta?
—Cuando salga a la luz, y lo hará, la familia empezará a acusarnos de encubrimiento policial.
—En cuyo caso, será mejor que encontremos pruebas en un sentido u otro. —Sutherland observó a su equipo para cerciorarse de que sus palabras habían calado hondo—. Ahora, manos a la obra.
Clarke se dio cuenta de que tenía a Fox detrás de ella. Puso la película en pausa y se volvió hacia él.
—¿Es de Jackie Ness? —preguntó Fox.
—Al parecer, Bloom y su novio hicieron de figurantes.
Fox ladeó la cabeza hacia la pantalla.
—Me suena.
—Es Poretoun Woods y se rodó poco antes de la muerte de Stuart.
—Interesante. ¿Es buena?
—Tan acartonada como su entorno.
—¿Y la trama?
—Escoceses e ingleses se preparan para la batalla, pero entonces aparecen los zombis. Los enemigos deben aunar fuerzas o ser aniquilados.
—Me gusta bastante cómo suena.
—Probablemente estuviera bien sobre el papel —coincidió Clarke, que vio que Crowther y Leighton se mostraban interesadas por la conversación y las miró con cara de pocos amigos—. ¿Ha habido grandes revelaciones en el bosque? ¿Tú y Tess os lleváis bien?
Fox la miró confuso antes de responder.
—La profesora Hamilton cree que el coche y el cuerpo podrían haber estado en otro lugar durante los primeros años. Si podemos averiguar dónde y por qué...
—¿Te refieres a por qué lo cambiaron de sitio? —preguntó Clarke asintiendo—. Pero, entre tanto, debemos concentrarnos en repasar la investigación original.
—Es decir, en entrevistar a agentes y testigos.
—¿Interrogaremos a John?
—Tenemos que ser exhaustivos, Siobhan.
Clarke asintió de nuevo. En el umbral apareció una administrativa.
—¿Inspector Fox? —dijo.
—Yo mismo —respondió él al darse la vuelta.
—Tiene una visita abajo.
Fox le dio las gracias y fue a recepción, donde no vio a nadie. Entonces, el agente del mostrador señaló la puerta.
—Está ahí —dijo.
Fox salió y miró a izquierda y derecha. Las cámaras y reporteros de televisión habían desaparecido. En la esquina reconoció a un hombre fumando un cigarrillo y respiró hondo antes de dirigirse hacia él.
—Eh, Malc —le dijo el sargento Brian Steele—. ¿Qué tal va todo?
—No nos han presentado formalmente —respondió Fox.
—Puede, pero usted me ha visto en Gartcosh y yo le he visto a usted. En mi opinión, Delitos Graves gana y Anticorrupción sale perdiendo. Con la experiencia que tiene, podrían haberle sacado más partido.
Steele expulsó el humo por la nariz mirando la punta del ci garrillo.
—¿Qué le trae por aquí? —preguntó Fox.
—Ah, andaba por el barrio. Me dijeron que lo habían incorporado al caso Bloom, así que pensé en pasar a saludar.
—¿Sin entrar en el edificio?
—Eso ocurrirá pronto, ¿eh? Recibiré una pequeña invitación para contar mi versión de los hechos. Grant, yo y todos los que trabajamos en el caso.
—Podemos empezar ahora mismo, si quiere. El equipo está arriba y puedo conseguir un aparato de grabación.
Steele exhaló más humo procurando que no alcanzara a Fox. Era alto y ancho, con una cara poco común y el pelo oscuro y corto peinado hacia arriba con gel.
—Ya habrá tiempo para eso, Malc. Yo quería verle a usted.
—¿Por qué?
—Porque estamos en el mismo bando. Usted trabajaba en Reclamaciones y yo lo hago en Anticorrupción. A ninguno de los dos nos gustan los polis corruptos. Sé que habrá oído ciertas historias sobre mí, que si he incumplido las normas y he tramado alguna artimaña, y estoy convencido de que decían cosas parecidas sobre usted cuando se hallaba en Reclamaciones. No le caemos bien a nadie, no confían en nosotros, así que necesitan mentiras y rumores.
—Sigo sin tener claro qué hace usted aquí.
Steele dio un paso al frente.
—Reabrir un viejo caso es una oportunidad para que haya más mentiras y difamaciones. Le agradecería que, de vez en cuando, me pusiera al día confidencialmente. A cambio, le deberé una. Puede preguntar por ahí. Soy un buen amigo. —Apuró el cigarrillo y lo lanzó al centro de la calzada—. Y si necesita chivos expiatorios, también puedo proporcionárselos. Skelton, Newsome, Rebus. Usted elige.
—Ninguno de ellos trabajaba para Adrian Brand en aquel momento, ¿no?
—Muchos policías estaban pluriempleados, Malc. Aún ocurre, y usted lo sabe. Pero cuando ejercía de agente daba el cien por cien, y sigo haciéndolo. Muchos no hacían ni la mitad.
—¿Rebus?
—Resultaba más fácil encontrarlo en un pub que en cualquier otro sitio. Medio borracho o resacoso. Le cubríamos las espaldas, y a Mary Skelton, también.
—¿Qué hizo?
—Su madre estaba enferma y se escapaba continuamente a visitarla. Pero todo el mundo sabía que a quien iba a ver era a un tipo. Sexo sin compromiso, ya sabe. Nunca he visto a una tía tan cachonda.
—¿Y Newsome?
—Doug Newsome era un inútil. La mitad de las entrevistas que aseguraba hacer no se habían producido nunca, y cuando se dignaba hacerlas, se inventaba cosas al transcribirlas.
Fox miró fijamente a Steele.
—Por aquel entonces, era usted un policía raso. Me parece raro que un agente uniformado sepa tantas cosas sobre el DIC.
—Fui meticuloso. E hice amigos. Así se progresa, Malc. He llegado hasta aquí, ¿no? —Steele esbozó una sonrisa—. ¿Qué me dice, pues? ¿Una pinta rápida y una charla tranquila de vez en cuando? —Hizo una pausa—. Pero ¿qué estoy diciendo? Si todavía es un alcohólico en desintoxicación. A usted le sienta mejor el zumo de piña, ¿no? Cuando se muestra sociable, quiero decir. Suelen gustarle las noches tranquilas en su casa de Oxgangs. Eso cuando no está vigilando a su hermana para que su adicción al juego no se descontrole.
Steele seguía sonriendo, pero sus ojos eran duros como canicas.
—Veo que ha investigado a fondo —observó Fox.
—Así funciona el mundo.
—Pues dígame una cosa: ¿qué pensó cuando se enteró de que habían encontrado a Stuart Bloom?
—El sitio me pareció un lugar interesante, sobre todo por si alguien pretendía que nos centrásemos en Jackie Ness o en Adrian Brand.
—¿Formó parte del equipo de búsqueda original?
—¿En el bosque? —Steele asintió—. Pero solo tardamos día y medio en peinarlo: el bosque, la casa y el terreno en torno. Pensamos que se habría topado con unos matones y se lo habrían cargado.
—¿Visitaron Rogues?
—No; en aquel momento, no.
—¿Y en otros?
—Fuimos una o dos veces por chivatazos. Drogas, menores de edad...
—¿Descubrieron algo?
—Eso no significa que no ocurriera nada.
—Entiendo que los chivatazos eran anónimos...
—No todos los ciudadanos comprometidos quieren dar la cara. —Steele empezaba a impacientarse—. Parece como si ya hubiera hecho mi entrevista, ¿no cree?
—Dudo que hayamos escarbado la superficie siquiera.
—Mis oídos no están captando el cálido sonido de una amistad en ciernes.
—Entonces no tiene problemas de audición.
Steele miró el tramo de acera que los separaba.
—Todo el mundo sabe que se junta con John Rebus, Malc. ¿Es amigo suyo? Porque probablemente tenga más que perder que la mayoría.
—¿A qué se refiere?
—El alcohol era lo de menos. Considérelo cuando lo traiga aquí para interrogarlo. Los casos antiguos pueden suponer algo así como arrancar papel de la pared: no sabes qué problemas encontrarás debajo, escondidos bajo una capa muy fina. —Steele levantó el pulgar y el índice y los separó solo un milímetro—. Soy muy amigo de mis amigos, Malc, pero también puedo ser todo lo contrario. No lo olvide. —Iba a darse la vuelta, pero cambió de idea—. Ah, y no se le ocurra ir corriendo a hablar con su jefa de Delitos Graves. Jen Lyon ya tiene de qué preocuparse si las historias que he oído son ciertas.
—¿Qué historias?
—Se avecina una suspensión. Al paso que vamos, usted o yo mismo podríamos estar dirigiendo el cotarro en breve.
Steele cruzó la calle y, por primera vez, Fox vio el gran Audi negro. La ventana del lado del conductor bajó y pudo distinguir claramente a Grant Edwards, conocido por su sonrisa perpetua. Tenía cara de niño grande, casi angelical. A Fox le dio la sensación de que el tipo exhibiría el mismo semblante tanto si le tocara ayudar a una anciana con la compra como si necesitara darle una paliza a alguien en medio de una trifulca de bar. Pero le pareció interesante que se hubiera quedado en el coche. Steele no quería intimidar a Fox, sino hacerse amigo suyo; ese era el plan. Además, Edwards no destacaba precisamente por su intelecto o sutileza. Que esperara en el coche debió de ser decisión de Steele. Fox se despidió de los ocupantes del Audi con la mano y entró en el edificio.
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