Kitabı oxu: «La Biblia de las Tinieblas»
Título original inglés: Saints of the Shadow Bible
© John Rebus Ltd., 2013.
© de la traducción: Eduardo Iriarte Goñi, 2014.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
ISBN: 9788490563878
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
Cita
PRÓLOGO
DÍA 1
1
2
DÍA 2
3
4
DÍA 3
5
6
DÍA 4
7
8
DÍA 5
9
10
DÍA 6
11
12
DÍA 7
13
DÍA 8
14
15
DÍA 9
16
17
DÍA 10
18
19
DÍA 11
20
21
DÍA 12
22
23
DÍA 13
24
25
DÍA 14
26
EPÍLOGO
«Los Santos de la Biblia de las Tinieblas me
siguen de bar en bar hacia la eternidad...».
JACKIE LEVEN, One Man, One Guitar
PRÓLOGO
—¿Adónde vamos?
—Solo estamos dando una vuelta en coche.
—Pero dando una vuelta ¿adónde?
Rebus volvió la cabeza para ver a su acompañante. Se llamaba Peter Meikle. El hombre había pasado casi la mitad de su vida adulta cumpliendo condena en diversas cárceles y tenía la palidez y la actitud propias de los expresidiarios. Necesitaba un afeitado y sus ojos hundidos eran como agujeritos negros y recelosos. Re-bus lo había recogido a la puerta de una casa de apuestas en Clerk Street. Unas cuantas hileras de luces y empezaron a dejar atrás Commonwealth Pool en dirección a Holyrood Park.
—Hacía una buena temporada —comentó Rebus—. ¿Qué te traes entre manos ahora?
—Nada de lo que la poli tenga que preocuparse.
—¿Te parezco preocupado?
—Tiene la misma pinta que cuando me puso a la sombra en 1989.
—¿Tanto hace? —Rebus hizo alarde de menear la cabeza en un gesto de sorpresa—. Pero, a decir verdad, Peter, opusiste resistencia a la detención... y por aquel entonces tenías muy mal talante.
—¿Acaso no lo tenía usted?
Al no responder Rebus, Meikle siguió mirando por la ventanilla. A estas alturas, el Saab había llegado a Queen’s Drive, las escarpaduras de Salisbury Crags camino de St. Margaret’s Loch. Algún que otro turista intentaba dar pan a los patos y los cisnes, aunque toda una tropa de acechantes gaviotas parecían estar llevándose bastante más de lo que les correspondía. Rebus puso el intermitente derecho para iniciar el sinuoso ascenso por la ladera de Arthur’s Seat. Adelantaron a corredores y paseantes mientras la ciudad se perdía de vista.
—Podría estar en medio de las Highlands —comentó Rebus—. Cuesta trabajo creer que Edimburgo quede ahí abajo. —Se volvió de nuevo hacia su acompañante—. ¿No vivías tú antes por aquí?
—Ya sabe que sí.
—En Norhtfield, me parece a mí. —El coche fue perdiendo velocidad hasta que Rebus salió al arcén y se detuvo. Asintió en dirección a un muro con una verja abierta—. Ese es el atajo, ¿verdad? ¿Si entraras en el parque a pie? ¿Desde Northfield?
Meikle se limitó a encogerse de hombros. Llevaba una cazadora de nilón acolchada. Hacía ruido con sus movimientos nerviosos. Vio a Rebus abrir un paquete de tabaco y encender un cigarrillo con una cerilla. Rebus expulsó una columna de humo antes de ofrecerle el paquete a Meikle.
—Lo dejé el año pasado.
—Qué novedad, Peter.
—Sí, seguro que sí.
—Bueno, si no puedo tentarte, vamos a bajarnos un momento. —Rebus apagó el motor, se desabrochó el cinturón de seguridad y abrió la portezuela.
—¿Para qué? —Meikle no cedía.
Rebus se retrepó en el asiento.
—Tengo que enseñarte una cosa.
—¿Y si no me interesa?
Pero Rebus le guiñó un ojo y cerró la puerta, rodeó el coche y se fue por la hierba hacia la cancela. Las llaves seguían en el contacto y Meikle las contempló durante sus buenos veinte o treinta segundos antes de maldecir entre dientes, recuperar la serenidad y abrir la portezuela del lado del acompañante.
Rebus estaba al otro lado del muro que señalaba el perímetro del parque, con el trazado de los barrios residenciales del este de la ciudad a sus pies.
—Hay una buena subida —dijo, haciendo visera sobre los ojos con la mano libre—. Pero entonces eras más joven. O igual no venías a pie: seguro que había algún colega que te pudiera dejar el coche. Bastaba con que dijeras que tenías que llevar algo a alguna parte.
—Esto tiene que ver con Dorothy —aseguró Meikle.
—¿Qué si no? —Rebus le ofreció una tenue sonrisa—. Casi dos semanas antes de que se denunciara su desaparición.
—Eso fue hace once años.
—Dos semanas —repitió Rebus—. Tu versión fue que creías que se había ido a casa de su hermana. Un pequeño desacuerdo entre vosotros. Bueno, eso sí que no tenías manera de negarlo: los vecinos estaban hartos de oíros discutir a gritos. Así que más te valía usarlo a tu favor. —Solo entonces se volvió Rebus hacia el hombre—. Dos semanas, e incluso entonces tuvo que ser su hermana la que se puso en contacto con nosotros. Nunca se encontró el menor indicio de que Dorothy se marchara de la ciudad: preguntamos en estaciones de tren y de autobús. Fue como si fueras un mago y la hubieras metido en una caja de esas. La abres y ya no está. —Se interrumpió y dio medio paso hacia Meikle—. Pero está aquí, Peter. Está por alguna parte en esta ciudad. —Descargó un taconazo con el pie izquierdo—. Muerta y enterrada.
—Ya me interrogaron entonces, ¿recuerda?
—Sospechoso principal —añadió Rebus, que asintió lentamente con la cabeza.
—Igual salió por ahí de copas, se topó con quien no debía...
—Fuimos a cientos de pubs, Peter, enseñamos su foto, preguntamos a los clientes habituales.
—Quizá se fue haciendo autoestop; uno se puede perder en Londres.
—¿Donde no tenía amigos? ¿Sin tocar el dinero de su cuenta bancaria? —Ahora Rebus negaba con la cabeza.
—Yo no la maté.
Rebus se estremeció de manera ostentosa.
—Solo estamos nosotros dos, Peter. No llevo micrófono ni nada por el estilo; esto es para quedarme tranquilo, nada más. Una vez que me hayas contado que la trajiste aquí y la enterraste, no hay más que hablar.
—Creía que ya no se ocupaba de casos pendientes.
—¿Dónde oíste eso?
—Están dando carpetazo a Edimburgo, lo van a transferir.
—Eso es verdad. Pero no todo el mundo está tan bien informado como pareces estarlo tú.
Meikle se encogió de hombros.
—Leo el periódico.
—¿Prestas especial atención a los artículos sobre la policía?
—Sé que están llevando a cabo una reorganización.
—¿Cómo es que estás tan interesado?
—Olvida que tengo un pasado con la poli, ¿verdad? Si a eso vamos, ¿cómo es que no está jubilado? Ya debería de estar cobrando la pensión completa, ¿no?
—Estuve jubilado: eso era la Unidad de Casos Pendientes, un montón de vejestorios muertos de ganas de obtener respuestas. Y tienes razón en lo de que han trasladado a otra parte nuestra carga de trabajo. —Ahora Rebus tenía la cara a cuatro o cinco centímetros de la de Meikle—. Pero no me he ido, Peter. Estoy aquí mismo, y justo me disponía a reabrir tu caso cuando me lo quitaron de las manos. Bueno, ya me conoces, me gusta terminar lo que empiezo.
—No tengo nada que decir.
—¿Estás seguro?
—¿Va a estamparme contra una pared y dejarme sin sentido otra vez? Así es como las gastan usted y los suyos...
Pero Rebus no escuchaba. Había centrado la atención en el teléfono móvil que tenía aferrado Meikle con la mano derecha. Se lo arrebató y vio que tenía en marcha la función de grabación. Con una sonrisa torcida, lo tiró contra un matorral de aulaga. Meikle emitió un chillido a modo de queja.
—¿Quieres seguir así, Peter? —preguntó Rebus, al tiempo que aplastaba la colilla contra el muro—. ¿Mirando siempre por encima del hombro por si aparece alguien como yo? ¿Esperando el día en que un perro vaya a husmear donde no debe y empiece a escarbar?
—No tiene nada y no es nada —le espetó Meikle.
—No podrías estar más equivocado. El caso es que te tengo a ti. —Hundió un dedo en el pecho de Meikle—. Y mientras seas un asunto pendiente, eso me convierte en un motivo de preocupación para ti.
Dio media vuelta y volvió a cruzar la verja. Meikle lo vio montarse en el Saab y poner el motor en marcha. El coche arrancó con una nube de humo del tubo de escape. Maldiciendo entre dientes, Meikle se puso a hurgar entre la aulaga en busca del móvil.
La fiesta de despedida del jefe de policía se celebraba en la cantina de la Jefatura de Lothian y las Fronteras, en Fettes Avenue. Lo habían destinado a un nuevo puesto al sur de la frontera y nadie parecía saber si alguien pasaría a desempeñar su papel. Las ocho fuerzas regionales escocesas estaban a punto de ser agrupadas en algo llamado Policía de Escocia. Al jefe de policía de Strathclyde le habían dado el puesto de mayor responsabilidad, dejando a siete de sus colegas en la situación de tener que rastrear nuevas oportunidades.
Habían hecho un intento superficial de convertir la cantina en un marco festivo, lo que suponía un par de pancartas, unas serpentinas y una docena o así de globos. En las mesas habían puesto manteles de papel. Había cuencos de patatas fritas y frutos secos, y botellas de vino y cerveza.
—Traerán la tarta dentro de media hora —le dijo Siobhan Clarke a Rebus.
—Entonces me largo de aquí dentro de veinte minutos.
—¿No te gusta la tarta?
—Es por los discursos que sin duda la acompañarán.
Clarke sonrió y tomó un sorbo de zumo de naranja. Rebus tenía en la mano un botellín abierto de cerveza, pero no pensaba terminársela: tenía mucho gas y no estaba lo bastante fría.
—Bueno, sargento detective Rebus —dijo ella—, ¿qué ha estado haciendo esta tarde?
La miró de hito en hito.
—¿Cuánto tiempo piensas seguir con esas? —Se refería a continuar dirigiéndose a él por su rango: sargento detective, mientras que ella era inspectora. Una década atrás, era a la inversa. Pero cuando Rebus presentó la solicitud de readmisión, le advirtieron que había demasiados inspectores, por lo que él tendría que pasar a ser sargento detective.
«Lo tomas o lo dejas», le dijeron.
Así que lo tomó.
—Me parece que puedo seguir exprimiéndolo un poco más —decía Clarke ahora, con una sonrisa de oreja a oreja—. Y no has contestado mi pregunta.
—He ido a ver a un viejo amigo.
—No tienes ninguno.
—Podría señalar una docena en esta misma sala.
Clarke escudriñó los rostros.
—Y probablemente otros tantos enemigos.
Rebus pareció sopesarlo.
—Sí, tal vez —convino. Y de todos modos mentía. ¿Una docena de amigos? Ni de lejos. Siobhan era una amiga, quizá la más íntima que había tenido, pese a la diferencia de edad y a que no le gustaba la mayor parte de la música que él escuchaba. Veía a la gente con la que había trabajado, pero casi nadie lo habría invitado a su casa a tomar unos whiskies y charlar. Luego estaban esos pocos a los que les hubiera dado una buena tunda: como los tres agentes de Asuntos Internos. Estaban al margen del resto de la concurrencia, su estatus de parias confirmado. Aun así tenían un aire de angustia; sus puestos correrían la misma suerte que la Unidad de Casos Pendientes: irían a parar a otra parte de resultas de la reorganización. Pero un rostro del pasado se estaba abriendo paso entre el gentío en dirección a Rebus. Tendió una mano, que Rebus estrechó.
—Demonios, casi no te reconozco —confesó Rebus.
Eamonn Paterson se palmeó la tripa que le quedaba.
—Dieta y ejercicio —explicó.
—Gracias a Dios: creía que ibas a decirme que tenías alguna enfermedad grave. —Rebus se volvió hacia Clarke—. Siobhan, te presento a Eamonn Paterson. Era sargento detective cuando yo era detective raso.
Mientras los dos se daban la mano, Rebus continuó con las presentaciones.
—Siobhan es inspectora, lo que le provoca el cruel espejismo de que es mi jefa.
—Buena suerte —dijo Paterson—. Cuando este aún estaba verde, yo no conseguía hacerle entrar en vereda, por mucho que le zurrara la badana.
—Hay cosas que no cambian —convino Clarke.
—A Eamonn antes se le conocía como Tocino —dijo Rebus—. Volvió de unas vacaciones en Estados Unidos contando que había comido tanto beicon en un restaurante que le regalaron una camiseta.
—Sigo teniéndola —reconoció Paterson, que levantó el vaso para brindar.
—¿Cuánto hace que ya no te dedicas a esto? —preguntó Clarke. Paterson era alto y esbelto, con una buena mata de pelo; no le habría echado ni un solo día más que a Rebus.
—Casi quince años. Es un detalle por su parte que sigan enviándome invitaciones. —Hizo oscilar el vaso de vino en dirección a la fiesta.
—Igual te quieren como modelo para el póster de la jubilación.
—Podría ser —convino, con una risotada—. Así que estamos ante los funerales de la Policía de Lothian y las Fronteras, ¿eh?
—Al menos esto es lo que parece. —Rebus se volvió hacia Clarke—: ¿Cómo va a llamarse ahora?
—Habrá dos divisiones: Edimburgo, además de Lothian y las Fronteras Escocesas.
—Qué chorrada —masculló Paterson—. Habrá que cambiar las placas de identificación, además de los rótulos de los coches, ¿cómo demonios van a ahorrar así? —Luego, a Rebus—: ¿Piensas ir a casa de Dod?
Rebus se encogió de hombros.
—¿Y tú?
—Podría ser otro caso de funerales. —Paterson se volvió hacia Clarke—. Trabajamos todos juntos en Summerhall.
—¿Summerhall?
—Una comisaría al lado de la Escuela de Veterinaria, en Summerhall Place —explicó Rebus—. La derribaron y construyeron encima St. Leonard’s.
—Anterior a mi época —reconoció ella.
—Prácticamente la Edad de Piedra —coincidió Paterson—. No quedamos muchos cavernícolas, ¿eh, John?
—He aprendido a hacer fuego —replicó Rebus, que sacó del bolsillo la caja de cerillas y la agitó.
—¿Sigues fumando?
—Alguien tiene que hacerlo.
—También le gusta echar un trago de vez en cuando —comentó Clarke en confianza.
—Qué sorpresa. —Paterson fingió observar el físico de Rebus con atención.
—No sabía que me estaba presentando a míster Universo.
—No —comentó Clarke—, pero has encogido el estómago, de todos modos.
—Te hemos pillado —comentó Paterson con otra risotada, al tiempo que le daba una palmada en el hombro a Rebus—. Bueno, ¿vas a ir a casa de Dod o no? Lo más seguro es que vaya Stefan.
—Me parece un poco morboso —dijo Rebus, antes de explicar a Clarke que Dod Blantyre había sufrido un derrame cerebral poco tiempo atrás.
—Quiere que nos reunamos por última vez los de la vieja guardia —añadió Paterson, que agitó un dedo en dirección a Rebus—. No querrás decepcionarlo, ¿verdad? Ni a Maggie...
—Ya veré cómo me va.
Paterson intentó sostener la mirada a Rebus hasta que el otro la desvió, luego asintió con ademán lento y volvió a palmearle el hombro.
—Muy bien —dijo, y se fue a saludar a otro viejo conocido.
Cinco minutos después, Rebus estaba perfilando la excusa que necesitaba para salir a fumar cuando entró en la cantina un grupo de recién llegados. Parecían abogados porque eso es lo que eran: invitados de la Fiscalía. Bien vestidos, con cara brillante y llena de confianza, y encabezados por la subfiscal de la Corona en Escocia, Elinor Macari.
—¿Tenemos que hacer una reverencia o algo así? —murmuró Rebus a Clarke, que se estaba arreglando el flequillo. Macari besaba al jefe de policía en ambas mejillas.
—No digas algo de lo que te vayas a arrepentir.
—Tú mandas.
Macari tenía todo el aspecto de haber pasado por varios sitios de camino a la fiesta: la peluquería, el mostrador de productos cosméticos y la boutique. Las gafas grandes de montura negra acentuaban su mirada penetrante. Tras haber barrido la sala con los ojos en un instante, ya sabía a quién saludar y a quién pasar por alto. El concejal encargado del comité de asuntos policiales se mereció el mismo beso que el jefe de policía. Otros invitados cercanos tuvieron que contentarse con apretones de manos o simples cabeceos. Llevaba en la mano una copa de vino blanco, pero Rebus dudaba que fuera poco más que atrezo. Cayó en la cuenta también de que su botellín de cerveza estaba vacío, aunque prefirió guardarse la sed para algo más digno.
—¿Tienes unas palabras pensadas por si se acerca? —le preguntó a Clarke.
—Me parece que estamos muy lejos de su órbita.
—No te falta razón. Pero ahora que ha llegado, no puede faltar mucho para que empiece la ceremonia. —Rebus levantó el paquete de tabaco e hizo un gesto en dirección al mundo exterior.
—¿Vas a volver? —Clarke vio su expresión y frunció la boca, reconociendo que era una pregunta estúpida. Pero cuando salía de la cantina, Macari se percató de la presencia de alguien y fue directa hacia allí, de modo que Rebus tuvo que sortearla. Ella frunció el ceño, como si intentara ubicarlo, llegando al extremo de seguir con la vista su figura en retirada. Pero para entonces ya se hallaba junto a su presa. Siobhan Clarke vio cómo la abogada más poderosa de Escocia tomaba a Malcolm Fox por el brazo y lo alejaba de su cohorte de Asuntos Internos. Lo que se estaba a punto de tratar, fuera lo que fuese, requería un mínimo de intimidad. Una empleada de la cantina había llegado al umbral con la tarta entre las manos, pero un gesto del jefe de policía le dio a entender que la ceremonia tendría que esperar a que la subfiscal estuviese preparada.
DÍA 1
1
Había llegado una grúa remolque con el nombre de un desguace de coches local estampado en las portezuelas. La víspera por la noche se había montado un endeble cordón policial que consistía en una cinta de ocho centímetros de anchura con la palabra POLICÍA. La cinta iba de un árbol indemne al poste de una cerca y de allí hasta otro árbol. El conductor de la grúa la había atravesado y se disponía a remolcar cuesta arriba por medio de un cabrestante el Golf accidentado hasta la camilla de la camioneta.
—No hace mala tarde —comentó Rebus, al tiempo que encendía un cigarrillo y echaba un vistazo a su alrededor. Un tramo estrecho de carretera rural a las afueras de Kirkliston. El aeropuerto de Edimburgo no quedaba muy lejos, y el bramido de los aviones de pasajeros que aterrizaban y despegaban interrumpía la escena campestre. Habían venido en el Vauxhall Astra de Clarke. Estaba aparcado en el arcén contrario, con las luces de emergencia encendidas como advertencia a cualquier conductor que se acercara. Aunque no es que pareciera haber ninguno.
—Es una recta —decía Clarke—. La superficie no estaba helada ni cubierta de aceite. Debía de ir a toda pastilla, a juzgar por los daños...
Era cierto: el morro del Golf había quedado hecho un acordeón al chocar con el venerable roble. Atravesaron la valla destrozada y bajaron la cuesta. El conductor de la grúa levantó la barbilla a guisa de saludo, pero por lo demás no tenía intención de preguntar quiénes eran o qué hacían allí. Clarke llevaba una carpeta de anillas, lo que para él ya era indicio suficiente: quería decir que eran funcionarios, y por lo tanto más le valía mantenerse al margen.
—¿Está bien el conductor? —indagó Rebus.
—Es una conductora —le corrigió Clarke—. El coche está registrado a nombre de Jessica Traynor, con domicilio en el suroeste de Londres. Está en el hospital.
Rebus estaba rodeando el coche. Tenía menos de un año y era de color perla. Por lo que se veía de los neumáticos, tenían dibujo más que suficiente. El parabrisas había desaparecido, la portezuela del conductor y la del maletero estaban abiertas de par en par y los dos airbags habían saltado.
—¿Y estamos aquí porque...?
Clarke abrió la carpeta.
—Sobre todo porque parece ser que su padre tiene contactos. La orden ha llegado de muy arriba: hay que asegurarse de no pasar nada por alto.
—¿Qué se puede pasar por alto aquí?
—Espero que nada. Pero esta zona es conocida porque la frecuentan los locos del volante.
—Será loca, en todo caso.
—Conduce un coche de los que les gustan a esos que se dedican a las carreras ilegales.
—No sabría decir.
—Creo que el Golf sigue siendo un «coche guay».
Rebus se llegó hasta la grúa remolque. El tipo del desguace estaba recogiendo un cable con un gancho de gran tamaño al final. Rebus le preguntó cuántos Golf acababan en la trituradora.
—Unos cuantos —reconoció. Llevaba un mono azul con manchas de grasa debajo de una cazadora de cuero con rozaduras, y tenía mugre incrustada en las manos y bajo las uñas. La gorra de béisbol que lucía estaba tan sucia que las letras eran indescifrables, y tenía la barbilla y el cuello cubiertos por una tupida barba entrecana. Rebus le ofreció un pitillo, pero el hombre negó con la cabeza.
—¿Estas carreteras se utilizan como circuitos de carreras? —continuó Rebus.
—A veces.
—¿Está a dieta o algo así? —El hombre se quedó mirándole—. Lo digo porque parece que hace ascos hasta a las palabras —le explicó Rebus.
—Yo solo he venido a hacer un trabajo.
—Pero no es el primer accidente así que ve, ¿verdad?
—No.
—¿Con qué frecuencia ocurren?
El hombre se lo pensó.
—Cada dos meses o así. Aunque la semana pasada hubo uno en la otra punta de Broxburn.
—¿Y son coches que compiten entre sí? ¿Tiene idea de cómo se organiza el asunto?
—No —aseguró el hombre.
—Bueno, gracias por la información. —Rebus se dirigió de nuevo hacia el Golf.
Clarke miraba por la portezuela abierta, examinando el interior.
—Echa un vistazo —le dijo, al tiempo que entregaba a Rebus una fotografía. Se veía una bota de gamuza marrón de lo que parecía un número de zapato de mujer, enmarcada por el suelo del coche.
—No veo ningún pedal.
—Eso es porque estaba en el lado del acompañante.
—De acuerdo. —Rebus le devolvió la foto—. O sea que, según tú, ¿había una acompañante?
Clarke negó con la cabeza.
—Es una del par de botas Ugg de Jessica Traynor. La otra la llevaba en el pie izquierdo.
—¿Ugg?
—Así se llaman.
—¿De modo que la bota salió despedida al chocar? ¿O se le cayó cuando la sacaron los de Urgencias?
—Cuando llegó el primer coche patrulla al escenario, el agente hizo unas fotos con su teléfono, incluida la de la bota. Jessica seguía en el coche entonces. La ambulancia llegó unos minutos después.
Rebus pensó en ello.
—¿Quién la encontró?
—Una mujer que volvía a casa de Livingston. Trabaja allí en un supermercado. —Clarke consultaba una hoja mecanografiada de la carpeta—. La puerta del lado del conductor estaba abierta. Es posible que fuera por el impacto.
—O que la conductora intentara salir.
—Estaba inconsciente. La cabeza apoyada en el airbag. No llevaba cinturón.
Rebus le cogió las fotografías a Clarke y las observó mientras esta hablaba.
—La empleada del supermercado llamó a urgencias justo después de las ocho de la tarde, cuando ya no había luz en el cielo. Tampoco había farolas, solo el lejano resplandor de la propia Edimburgo.
—El maletero está cerrado —dijo Rebus, que le devolvió las fotos.
—Sí, es verdad —convino ella.
—Pero ya no. —Rebus rodeó la parte de atrás del coche—. ¿Lo ha abierto usted? —le preguntó al de la grúa, que negó con la cabeza como respuesta. El maletero estaba vacío, salvo por un rudimentario juego de herramientas.
—¿Saqueadores, tal vez? —sugirió Clarke—. El coche ha estado aquí toda la noche.
—¿Y por qué no se llevaron las herramientas?
—Supongo que no valen gran cosa. Podría haberlo abierto cualquiera, John: un conductor de ambulancia, nuestro agente...
—Puede ser. —Probó a cerrar el maletero. Estaba intacto y permaneció cerrado. La llave estaba en el contacto, y apretó el botón para volver a abrir el maletero. Un chasquido metálico le indicó que lo había logrado.
—Parece que el sistema eléctrico funciona —dijo.
—Señal de que el coche está bien hecho. —Clarke estaba hojeando el papeleo—. Bueno, ¿qué pensamos?
—Pensamos que el coche iba demasiado rápido y se salió de la carretera. No hay indicios de una colisión previa. ¿Igual iba hablando por el móvil? Más de una vez ha ocurrido.
—Merece la pena comprobarlo —asintió Clarke—. ¿Y la Ugg?
—A veces —repuso Rebus— una bota solo es una bota.
Clarke estaba comprobando un mensaje en su móvil.
—Parece que la propietaria está de nuevo entre los vivos.
—¿Queremos hablar con ella? —preguntó Rebus.
La mirada que le lanzó Clarke era toda la respuesta que necesitaba.
Jessica Traynor disponía de una habitación individual en la Royal Infirmary. La enfermera explicó que había tenido suerte: tenía fracturado un tobillo, unas costillas contusionadas y otras heridas leves que sugerían un traumatismo cervical.
—Tiene inmovilizados el cuello y la cabeza.
—Pero ¿puede hablar? —preguntó Clarke.
—Un poco.
—¿Algún indicio de alcohol o droga en sangre?
—A mí me parece de las que llevan una vida sana. Ahora está tomando analgésicos, así que estará confusa. —La enfermera hizo una pausa—. ¿Quieren hablar primero con su padre?
—¿Está aquí?
La enfermera asintió de nuevo.
—Llegó en plena noche. Ella aún estaba en Urgencias entonces...
Se había detenido delante de una ventana por la que se veía la habitación de Jessica Traynor. Su padre estaba sentado a su lado, tenía la mano de su hija en la suya y le acariciaba la muñeca. Ella tenía los ojos cerrados. El dispositivo de sujeción parecía hecho de gruesos pedazos cuadrados de poliestireno unidos por un entramado de grapas de metal. Al levantar la mirada, su padre vio las caras en la ventana. Comprobó que su hija estaba dormida y luego apoyó una mano con suavidad en la cama y se puso en pie.
Mientras salía de la habitación en silencio, se pasó los dedos por la mata de cabello moreno y plateado. Llevaba los pantalones de un traje de raya diplomática; la chaqueta estaba sobre el respaldo de la silla junto a la cama de su hija. Su camisa blanca se veía arrugada, y se había desprendido de los gemelos para remangarse. Rebus dudó que el reloj de aspecto caro que llevaba en la muñeca fuera de imitación. Se había quitado la corbata en algún momento y desabrochado los dos botones de arriba de la camisa, dejando asomar un mechón entrecano de pelo del pecho.
—Señor Traynor —dijo Clarke—, somos de la policía. ¿Cómo está Jessica?
La falta de sueño había hecho aflorar ojeras bajo los grandes ojos, y cuando resopló percibieron en su aliento olor a café de máquina.
—Está bien —dijo, al cabo—. Gracias.
Rebus se preguntó si el bronceado de Traynor sería de rayos uva o de unas vacaciones de invierno. Probablemente lo último.
—¿Se sabe algo más sobre lo ocurrido? —estaba preguntándole a Clarke.
—No creemos que hubiera ningún otro vehículo implicado, si a eso se refiere. Es posible que fuese un simple caso de exceso de velocidad...
—Jessica nunca conduce rápido. Siempre ha sido sumamente cauta.
—Es un coche potente —matizó Rebus.
Pero Traynor negaba con la cabeza.
—Seguro que no iba más deprisa de lo debido, así que eso ya lo podemos descartar.
Rebus miró el calzado de su interlocutor. Gruesos zapatos de cuero negro. Un empresario de éxito hasta el último detalle. Su acento era inglés, pero no de la clase social más acomodada. Rebus recordó la edad de Jessica anotada en las notas de la carpeta de Clarke: veintiún años.
—¿Su hija es estudiante? —dedujo. Traynor asintió—. ¿En la Universidad de Edimburgo? —Otro asentimiento.
—¿Qué estudia? —añadió Clarke.
—Historia del arte.
—¿En qué curso está?
—Segundo. —Traynor parecía estar impacientándose. Miraba a su hija por el cristal. Su pecho subía y bajaba de manera casi imperceptible—. Tengo que volver a entrar...
—Queremos preguntarle a Jessica un par de cosas —le advirtió Clarke.
La miró.
—¿Como qué?
—Solo para asegurarnos de tener toda la información.
—Está dormida.
—Tal vez podría despertarla.
—Está dolorida de la cabeza a los pies.
—¿Qué le ha dicho acerca del accidente?
—Que lamentaba lo que le había pasado al Golf. —Traynor había vuelto a dirigir la atención hacia la ventana—. Fue un regalo de cumpleaños. El seguro costó casi tanto como el coche...
—¿Ha dicho algo sobre el accidente en sí?
Traynor negó con la cabeza.
—Tengo que volver, de veras.
—¿Le importa decirme de dónde es usted, señor Traynor? —La pregunta la planteó Rebus.
—Wimbledon.
—¿En el suroeste de Londres?
—Sí.
—Y para cuando se enteró de que su hija había tenido un accidente, ya no debía de haber vuelos a Escocia. ¿Vino en tren?
—Tengo acceso a un avión privado.
—¿Así que ha estado despierto toda la noche y lo que llevamos de hoy? Tal vez le vendría bien descabezar un sueño.
—He dormido una o dos horas en esa butaca.
—Aun así... ¿Su esposa no ha podido acompañarle?
—Estamos divorciados. Vive en Florida con un tipo que tiene la mitad de años que ella y se considera su «preparador físico personal».
—Pero le ha contado lo de Jessica, ¿verdad? —comprobó Clarke.
—Aún no.
—¿No cree que debería saberlo?
—Nos abandonó hace ocho años. Jessica no recibe ni siquiera una llamada por Navidad. —Las palabras estaban impregnadas de bilis. Traynor estaba agotado, sí, pero no estaba de humor para perdonar. Se volvió hacia los dos detectives—. ¿Todo esto viene a que pedí que me devolvieran un favor?