Kitabı oxu: «La música del adiós»
Título original: Exit Music
© John Rebus Limited, 2007.
© de la traducción: Francisco Martín Arribas, 2008.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO062
ISBN: 9788490568279
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
CITAS
PRIMER DÍA. MIÉRCOLES 15 DE NOVIEMBRE DE 2006
1
2
SEGUNDO DÍA. JUEVES 16 DE NOVIEMBRE DE 2006
3
4
5
6
TERCER DÍA. VIERNES 17 DE NOVIEMBRE DE 2006
7
8
9
10
CUARTO DÍA. LUNES 20 DE NOVIEMBRE DE 2006
11
12
13
14
15
QUINTO DÍA. MARTES 21 DE NOVIEMBRE DE 2006
16
17
18
19
20
SEXTO DÍA. MIÉRCOLES 22 DE NOVIEMBRE DE 2006
21
22
23
24
25
26
SÉPTIMO DÍA. JUEVES 23 DE NOVIEMBRE DE 2006
27
28
29
30
31
32
33
34
OCTAVO DÍA. VIERNES 24 DE NOVIEMBRE DE 2006
35
36
37
38
39
40
41
42
NOVENO DÍA. SÁBADO 25 DE NOVIEMBRE DE 2006
43
44
45
LUNES 27 DE NOVIEMBRE DE 2006
EPÍLOGO
NOTAS
La frontera nunca está más allá.
Ni hay vallas que impidan la medianoche.
NORMAN MACCAIG,
Hotel Room, 12th Floor
Mi padre decía que es inconfundible la llamada de un policía, y, en efecto, el golpe de los nudillos en la madera es como una orden que se aprovecha de la capacidad de culpabilidad de quien lo oye.
ANDREW O’HAGAN, Be Near Me
PRIMER DÍA
1
La muchacha dio un grito, uno solo; no hacía falta más, y cuando el matrimonio de mediana edad llegó al pie de Raeburn Wynd, se la encontró de rodillas, tapándose la cara con las manos, y agitando los hombros por los sollozos. El hombre miró el cadáver un instante e hizo ademán de tapar los ojos a su esposa, pero ella ya se había dado la vuelta, sacó el móvil y marcó el número de emergencias. En los diez minutos que tardó en llegar el coche de policía, la joven quiso marcharse pero el hombre le explicó con dulces palabras, acariciándole el hombro, que debía esperar. La esposa se había sentado en el bordillo, a pesar del frío nocturno. Era un noviembre de Edimburgo que ya anunciaba heladas. En King’s Stables Road no había tráfico. Un cartel de «prohibido el paso» impedía el tránsito desde Grassmarket hasta Lothian Road. De noche era un paraje solitario con un aparcamiento de varias plantas en una acera y el castillo y el cementerio enfrente. La iluminación era débil y quienes pasaban por allí lo hacían alerta. Aquel matrimonio de mediana edad volvía de un concierto de villancicos en la iglesia de St. Cuthbert para recaudar dinero para el hospital infantil de Edimburgo. La mujer había comprado una corona de acebo, que ahora estaba tirada en el suelo, a la izquierda del cadáver. Su marido no dejaba de pensar: «Un minuto más tarde y no habríamos oído nada, ya estaríamos camino de casa en el coche, con la corona en el asiento de atrás y música clásica en la emisora de FM».
—Quiero irme a casa —protestaba la joven entre sollozos. Estaba de pie y tenía las rodillas arañadas. Llevaba una falda muy corta, en opinión del hombre, y su cazadora vaquera poco debía de protegerla del frío. Él había pensado —no mucho— en prestarle su chaqueta, y volvió a insistir en que debía esperar. De pronto las luces intermitentes del coche de policía que se aproximaba tiñeron de azul sus caras.
—Ahí están —dijo el hombre, pasándole el brazo por los hombros como para confortarla y apartándolo al ver que su esposa miraba.
El coche patrulla se detuvo sin apagar el motor ni las luces reflectantes y de él bajaron dos agentes de uniforme y sin gorra. Uno de ellos llevaba una linterna grande negra. Raeburn Wynd era una cuesta con una serie de antiguas caballerizas remodeladas como viviendas, con garajes en las plantas bajas que antaño albergaban a los caballos y carruajes del monarca. Era una cuesta peligrosa cuando el pavimento estaba helado.
—Tal vez resbaló y se golpeó en la cabeza —dijo el hombre—. O dormía al aire libre, o tomó unas cuantas...
—Gracias, señor —dijo uno de los agentes, por no contrariarle. Su compañero encendió la linterna y el hombre de mediana edad vio que había sangre en el suelo, sangre en las manos y en las ropas del muerto. Sangre que empapaba su pelo.
—O alguien le machacó de lo lindo —comentó el primer agente—. A menos, claro, que resbalara repetidas veces sobre un rallador de queso.
Su joven compañero hizo una mueca. Se había puesto en cuclillas para iluminar mejor el cadáver, pero volvió a levantarse.
—¿De quién es esa corona? —preguntó.
—De mi esposa —contestó el hombre, pensando inmediatamente por qué no había dicho «mío» simplemente.
—Jack Palance —dijo el inspector John Rebus.
—Ya te he dicho que no lo conozco.
—Es un famoso actor de cine.
—Dime una película suya.
—Su necrológica sale en el Scotsman.
—Entonces, podrás decirme de sobra en cuál lo he visto. —La sargento Siobhan Clarke salió del coche cerrando de golpe la portezuela.
—Hacía de malo en muchas del Oeste —insistió Rebus.
Clarke mostró su carnet a uno de los agentes de uniforme y cogió la linterna que le ofrecía el más joven. La Unidad de Escenario del Crimen estaba de camino. Ya comenzaban a rezagarse algunos curiosos atraídos por las luces azules del coche patrulla. Rebus y Clarke habían estado trabajando hasta tarde en la comisaría de Gayfield Square, machacando una hipótesis —sin sospechoso principal— en un caso no resuelto, y ambos se alegraron del respiro que suponía aquella llamada. Fueron hasta allí en el destartalado Saab 900 de Rebus, quien ahora sacaba chanclas de polietileno y guantes de goma del maletero, que solo logró cerrar tras varios golpetazos.
—Tengo que venderlo —musitó.
—¿Y quién te lo va a comprar? —replicó Clarke, poniéndose los guantes, y añadió al ver que no respondía—: ¿Eso que he visto eran unas botas de montaña?
—Tan viejas como el coche —contestó Rebus acercándose al cadáver. Ambos guardaron silencio y examinaron el cuerpo y el lugar.
—Le han hecho cisco —comentó Rebus finalmente. Se volvió hacia el agente más joven—. ¿Cómo te llamas, hijo?
—Goodyear, señor... Todd Goodyear.
—¿Todd?
—El apellido de soltera de mi madre, señor —añadió Goodyear.
—Todd, ¿has oído hablar de Jack Palance?
—¿El que trabajaba en Raíces profundas?
—Estás perdiendo el tiempo en la policía.
El compañero de Goodyear contuvo la risa.
—Si le dejan, el joven Todd es capaz de interrogarle a usted en vez de a un sospechoso.
—¿Ah, sí? —terció Clarke.
El agente —por lo menos quince años mayor que su compañero y quizá con el triple de cintura— asintió con la cabeza señalando a Goodyear.
—Yo al lado de Todd soy una nulidad. Él tiene sus miras puestas en el Departamento de Investigación Criminal.
Goodyear, libreta en mano, permaneció impertérrito.
—¿Quiere que empecemos a anotar datos? —preguntó. Rebus miró al suelo. Había una pareja de mediana edad sentada en el bordillo cogida de las manos. Y estaba la jovencita, abrigándose con los brazos y temblando, apoyada en un muro. Más allá, el grupo de curiosos comenzaba de nuevo a aproximarse sin preocuparse de los agentes.
—Lo mejor que puedes hacer —dijo Rebus— es apartar a esos hasta que acordonemos la zona. El médico llegará dentro de dos minutos.
—No tiene pulsaciones —añadió Goodyear—. Lo he comprobado.
Rebus le miró furioso.
—Ya te dije que eso no les gustaría —apostilló el otro agente conteniendo la risa.
—Contamina el locus —dijo Clarke al agente joven, mostrándole sus manos enguantadas y los cubrezapatos de plástico. El joven puso cara de apuro.
—Primero el médico tiene que confirmar la muerte —añadió Rebus—. Entre tanto, vayan convenciendo a esa gente para que se largue a casa.
—Somos simples gorilas con ínfulas —comentó el otro agente mayor a su compañero mientras se encaminaban hacia los curiosos.
—Y esto, territorio de los VIP —añadió Clarke en voz baja, mirando de nuevo al cadáver—. No viste mal; posiblemente no es un sin techo.
—¿Comprobamos si lleva documentación?
Clarke se acercó dos pasos más y se agachó junto al cadáver, palpando con la mano enguantada los bolsillos del pantalón y de la chaqueta.
—No noto nada —dijo.
—¿Ni siquiera compasión?
—¿Te quitarás tu armadura cuando te jubiles? —replicó ella, alzando la vista hacia él.
Rebus musitó un «¡Qué dolor!». Su jubilación era el motivo por el que habían estado trabajando hasta tarde con cierta frecuencia: le faltaban diez días para jubilarse y no quería dejar casos con cabos sueltos.
—¿Será un atraco frustrado? —dejó caer Clarke.
Rebus se encogió de hombros, dando a entender que no se lo parecía. Le dijo a Siobhan que iluminara el cadáver con la linterna: chaqueta negra, de cuero, camisa estampada sin corbata, probablemente azul en origen, vaqueros desgastados con cinturón de cuero negro y zapatos de ante negros. Rebus comprobó que era un rostro con arrugas y tenía el pelo canoso. ¿Cincuentón? Su estatura oscilaba entre uno setenta y tres o uno setenta y cinco. No llevaba anillos ni reloj. Para Rebus era el cadáver número... ¿cuál? Treinta o cuarenta durante sus más de treinta años en el Cuerpo. Diez días más y aquel pobre despojo sería asunto de otro; quizás antes. Hacía semanas que notaba la tensión de Siobhan Clarke: parte de ella, quizá la mejor parte, deseaba verle marcharse. Era la única manera de poder comenzar a demostrar su valía. Ahora lo miraba, como si supiera lo que estaba pensando. Él sonrió taimado.
—Aún no estoy muerto —dijo al tiempo que la furgoneta de la Unidad de Escenario del Crimen se detenía en la calzada.
El médico de guardia certificó la defunción. El equipo de la policía científica acordonó la cuesta de Raeburn Wynd por ambos extremos. Instalaron proyectores y una sábana para tapar la escena, de modo que los curiosos no vieran más que sombras de agentes moviéndose. Rebus y Clarke se pusieron los monos blancos desechables de la policía científica; llegó un equipo de fotógrafos después del furgón mortuorio y se materializaron vasos de té humeantes mientras a lo lejos se oían sirenas camino de otro lugar, gritos de borrachos cerca de Princes Street; quizás incluso un chillido de lechuza en el cementerio. Habían tomado declaración previa a la jovencita y al matrimonio de mediana edad y Rebus se puso a hojear los datos flanqueado por los dos agentes; ahora sabía que el mayor se llamaba Bill Dyson.
—Dicen que ya está cerca del examen final —dijo Dyson.
—A finales de la semana que viene —confirmó Rebus—. A ti no debe de faltarte mucho.
—Siete meses, y no puedo esperar . Ya tengo un buen empleo de taxista. No sé cómo se las arreglará Todd sin mí.
—Trataré de sobreponerme —replicó Goodyear alargando las palabras.
—Eso se te da bien —replicó Dyson, mientras Rebus reanudaba la lectura. La joven que había encontrado el cadáver se llamaba Nancy Sievewright, tenía diecisiete años y volvía a casa después de visitar a una amiga que vivía en Great Stuart Street; Nancy vivía en Blair Street, junto a Cowgate. Había acabado los estudios y estaba sin trabajo, aunque esperaba ir algún día a la universidad y estudiar para ser auxiliar de odontología. La había interrogado Goodyear, y a Rebus le dio muy buena impresión: letra clara y abundancia de datos; comparadas con las anotaciones de Dyson era como pasar de la esperanza a la desesperación, una maraña de jeroglíficos. «A ver si pasan pronto estos siete meses», pensó Rebus, tratando de dilucidar si la pareja de mediana edad vivía en Frogston Road West, en el extremo sur de Edimburgo. Había un número de teléfono, pero nada acerca de su edad y profesión. Rebus logró descifrar un «pasaban por allí» y un «ellos llamaron». Devolvió las libretas sin comentarios. A los tres volverían a interrogarles. Miró el reloj y se preguntó cuándo llegaría el forense. Entre tanto, no había mucho que hacer.
—Díganles que pueden irse.
—La chica está temblando —comentó Goodyear—. ¿La acompañamos a casa?
Rebus asintió con la cabeza y miró a Dyson.
—¿Y la pareja? —preguntó.
—Tienen el coche aparcado en Grassmarket.
—¿Habían salido a hacer compras tarde?
Dyson negó con la cabeza.
—Venían de un concierto de villancicos en St. Cuthbert.
—Nos podríamos haber ahorrado esta conversación —dijo Rebus— si se hubiera molestado en ponerlo por escrito. Mientras clavaba la mirada en el agente supo la pregunta que Dyson tenía en la punta de la lengua: «¿Para qué?». Afortunadamente, el veterano se guardó mucho de decirlo en voz alta... hasta que el otro veterano se hubo alejado suficientemente.
Rebus llegó hasta Clarke, que estaba junto a la furgoneta de la científica haciéndole preguntas al jefe del equipo, Thomas Banks, Tam para los amigos, quien lo saludó con la cabeza y preguntó si figuraba su nombre en la lista de invitados de su fiesta de despedida.
—¿Por qué todo el mundo quiere venir a mi despedida?
—No le extrañe —añadió Tam— que vengan hasta los peces gordos de Jefatura con estacas y martillos para estar seguros de que desaparece —añadió con un guiño a Clarke—. Me ha dicho Siobhan que se las ha arreglado para que su último servicio caiga en sábado, cuando todos estemos en casa viendo la tele mientras usted se larga.
—Es pura coincidencia, Tam —replicó Rebus—. ¿Queda té?
—Antes le hizo ascos —le reconvino Tam.
—De eso hace media hora.
—No hay segundas oportunidades, John.
—Le estaba preguntado a Tam —interrumpió Siobhan— si su equipo podía avanzarnos algún indicio.
—Me imagino que te habrá dicho que tengas paciencia.
—Más o menos —añadió Tam, mientras comprobaba un mensaje de texto en el móvil—. Una puñalada frente a un pub de Haymarket —les leyó.
—Vaya noche —comentó Clarke, y añadió dirigiéndose a Rebus—: El doctor dice que al difunto le golpearon con fuerza y tal vez murió a consecuencia de los puntapiés; supone que el dictamen de la autopsia será trauma causado por objeto romo.
—No seré yo quien le contradiga —comentó Rebus.
—Ni yo —añadió Tam pasándose el dedo por el puente de la nariz y volviéndose hacia Rebus—. ¿Sabe quién es ese agente joven? —preguntó señalando con la cabeza al coche patrulla, donde Goodyear ayudaba a subir a Nancy Sievewright, mientras Bill Dyson tamborileaba con los dedos sobre el volante.
—No lo conozco —contestó Rebus.
—A lo mejor conoció a su abuelo... —añadió Tam para hacer pensar a Rebus, quien no tardó en caer en la cuenta.
—¿Harry Goodyear?
Tam asintió y Clarke preguntó quién era Harry Goodyear.
—Es ya historia antigua —contestó Rebus.
Lo que, como de costumbre, le despertó la curiosidad.
2
Rebus llevaba a casa a Siobhan Clarke cuando sonó el móvil de la sargento.
Dieron media vuelta y se dirigieron al depósito de cadáveres de Edimburgo en Cowgate, donde vieron una furgoneta blanca sin distintivos junto al muelle de descarga. Rebus aparcó junto a esta y entró en el edificio. El turno de noche lo formaban dos hombres: uno de unos cuarenta años y, a juicio de Rebus, con aspecto de expresidiario, por el cuello de cuyo mono asomaba un tatuaje azul desdibujado hasta media garganta que Rebus tardó un instante en comprender que era algún tipo de serpiente. El otro hombre era mucho más joven, desgarbado y con gafas.
—Me imagino que tú eres el poeta —aventuró Rebus.
—Lord Byron, lo llamamos —dijo el otro con voz áspera.
—Por eso le reconocí —añadió el joven—. Estuve en un recital que dio ayer... —Miró el reloj—. Anteayer, en realidad. —Esto recordó a Rebus que era más de media noche—. Y vestía tal cual.
—Por el rostro no resulta fácil identificarle —terció Clarke, haciendo de abogada del diablo.
El joven asintió con la cabeza.
—De todos modos... El pelo, la chaqueta y el cinturón...
—¿Cómo se llama? —preguntó Rebus.
—Todorov, Alexander Todorov. Es ruso. Tengo un libro suyo en la sala de personal. Me lo firmó él.
—Te costaría unas cuantas libras —comentó el compañero, inopinadamente interesado.
—¿Puede enseñárnoslo? —preguntó Rebus. El joven asintió con la cabeza y se dirigió remiso al pasillo. Rebus miró las filas de puertas de refrigeradores—. ¿En cuál está?
—En el número tres —contestó el ayudante dando unos golpecitos con los nudillos sobre la puerta en cuestión con una etiqueta sin nombre—. Seguro que Lord Byron no se equivoca... es listo.
—¿Cuánto tiempo hace que trabaja aquí?
—Un par de meses. Se llama Chris Simpson.
Rebus cogió un ejemplar del Evening News.
—La cosa está fea para el Hearts —comentó el ayudante—. Pressley ya no es capitán y hay un entrenador provisional.
—La sargento Clarke estará encantada —comentó Rebus, alzando el periódico para que Siobhan viese la primera página: una agresión a un adolescente sij en Pilrig Park, al que habían rapado.
—Gracias a Dios que no es de nuestro distrito —comentó ella.
Al oír pasos se volvieron los tres; era Chris Simpson que regresaba con un libro fino de tapas duras. Rebus lo cogió y miró la contraportada. El rostro serio del poeta parecía mirarle. Se lo mostró a Clarke, quien se encogió de hombros.
—Sí que parece la misma chaqueta —comentó Rebus— pero lleva una especie de cadena al cuello.
—En el recital la llevaba —asintió Simpson.
—¿Y el cadáver que ha ingresado esta noche?
—Ya advertí de que no. Tal vez se la quitaron... me refiero al asesino.
—O tal vez no sea él. ¿Cuántos días hacía que Todorov estaba en Edimburgo?
—Vino con una especie de beca. Hacía mucho tiempo que no vivía en Rusia. Él se consideraba un exiliado.
Rebus hojeó el libro. Se titulaba Astapovo Blues, y los poemas en inglés llevaban títulos como «Raskólnikov», «Leonide» y «Mind Gulag».
—¿Qué significa el título? —preguntó Rebus a Simpson.
—Es el pueblo en que murió Tolstói.
El otro celador infló los carrillos.
—Ya le dije que era listo.
Rebus tendió el libro a Clarke, quien miró la guarda donde Todorov había escrito la dedicatoria: «Al apreciado Chris, para que conserve la fe como yo he hecho y he dejado de hacer».
—¿Qué quiso decir con esto? —preguntó.
—Yo le dije que quería ser poeta y él me aseguró que eso quería decir que ya lo era. Creo que quiere decir mantener la fe en la poesía, pero no en Rusia —contestó el joven ruborizándose.
—¿Dónde fue el recital? —preguntó Rebus.
—En la Biblioteca de la Poesía Escocesa... cerca de Canongate.
—¿Le acompañaba alguien? ¿Su esposa o alguien de la editorial?
Simpson contestó que no lo sabía.
—Es famoso, ¿saben? Se habló de su candidatura al premio Nobel.
Clarke cerró el libro.
—Bueno, podemos preguntar en el consulado ruso —comentó, y Rebus asintió con la cabeza. Oyeron llegar un coche.
—Al menos ya está aquí uno de los dos forenses —dijo el otro celador—. Lord Byron, prepara el laboratorio.
Simpson tendió la mano reclamando el libro, pero Clarke lo agitó en el aire.
—¿Le importa dejármelo, señor Simpson? Le prometo que no irá a parar a eBay.
El joven parecía reacio, pero su compañero le animó para que cediera y Clarke puso fin a su indecisión guardándose el libro en el bolsillo del abrigo. Rebus volvió la cabeza hacia la puerta de entrada, que se abrió de golpe para dar paso al profesor Gates con ojos de sueño. Casi detrás de él entró el doctor Curt; los dos patólogos trabajaban juntos con tanta frecuencia que a Rebus llegaban a parecerle una sola persona. Costaba imaginar que al margen de su trabajo llevaran vidas distintas e independientes.
—Ah, John —dijo Gates tendiendo una mano tan fría como la sala—. Empieza a apretar el frío. Y también está la sargento Clarke... deseando, qué duda cabe, perder la sombra de su mentor.
Clarke se sintió mortificada, pero no dijo nada; no valía la pena discutir el asunto, pues por lo que a ella respectaba hacía tiempo que había salido de la sombra de Rebus. Este le dirigió una sonrisa comprensiva antes de estrechar la mano del pálido Curt, quien había sufrido un amago de cáncer hacía casi un año que le había robado parte de su energía; aunque había dejado de fumar.
—¿Cómo está, John? —dijo Curt.
Rebus pensó que más bien era él quien habría debido preguntárselo, pero le contestó con una inclinación de cabeza.
—Yo digo que está en el dos —dijo Gates volviéndose hacia su colega—. ¿Apuesta o no?
—En realidad está en el número tres —dijo Clarke—. Creemos que puede ser un poeta ruso.
—¿No será Todorov? —inquirió Curt enarcando una ceja. Clarke le enseñó el libro y el doctor elevó aún más la ceja.
—No se me había ocurrido que fuese amante de la poesía, doctor —comentó Rebus.
—¿Se trata de un incidente diplomático? —preguntó Gates con un resoplido—. ¿Hay que buscar puntas de paraguas envenenadas?
—Se diría que le agredió un loco —añadió Rebus—. A no ser que haya un veneno que despelleje el rostro.
—Fascitis necrotizante —musitó Curt.
—Causada por Streptococcus pyogenes —añadió Gates—. Pero no creo que hayamos visto un solo caso.
Esto decepcionó profundamente a Rebus.
Trauma causado por objeto romo: el médico de guardia de la policía no se había equivocado. Rebus estaba sentado en su sala de estar con las luces apagadas, fumando un pitillo. Después de la prohibición de fumar en los lugares de trabajo y en los pubs, el gobierno se proponía prohibirlo también en casa. Rebus se preguntaba cómo se las arreglaría para hacer cumplir la ley. En el reproductor de CD tenía puesto un álbum de John Hiatt a bajo volumen, del que sonaba la canción «Lift Up Every Stone». Levantar todas las piedras: eso era lo que había hecho él todos aquellos años en el Cuerpo, si bien Hiatt construía un muro con las piedras y él solo miraba los bichitos negros que echaban a correr al levantarlas. Se preguntó si la letra sería un poema, y qué habría hecho el poeta ruso con la versión que él hacía. Habían llamado al consulado pero no obtuvieron respuesta alguna, ni siquiera de un contestador automático, y decidieron dejarlo. Siobhan estuvo dando cabezadas durante la autopsia, para gran irritación de Gates. La culpa era de Rebus por haberla retenido hasta tarde en la comisaría, intentando que se interesara por aquellos casos no cerrados que a él aún le reconcomían, como si esperara que eso sirviera para conservar su recuerdo.
Rebus dejó a Siobhan en casa y cruzó en coche las calles silenciosas casi al alba hasta Marchmont: un feliz hueco para aparcar, y a su piso en el segundo. En la sala de estar había un mirador donde tenía su sillón. Se había prometido llegar hasta el dormitorio, pero debajo del sofá tenía un edredón extra por si acaso. Y también una botella de whisky —Highland Park de dieciocho años— comprada el último fin de semana, en la que quedaban un par de vasos. Tabaco, priva y suave música nocturna. En otro tiempo le habrían servido de buen consuelo, pero ahora se preguntaba si le bastarían cuando dejase el trabajo. ¿Qué otra cosa tenía?
Una hija en Inglaterra que vivía con un profesor universitario. Una exmujer que se había ido a vivir a Italia. El pub.
No se veía conduciendo un taxi o haciendo indagaciones previas para abogados defensores. No concebía «empezar de cero» como otros, retirándose a vivir en Marbella, Florida o Bulgaria. Algunos habían invertido la pensión en propiedades y alquilaban pisos a estudiantes; un inspector jefe conocido suyo había hecho así un dineral, pero a él no le apetecía por el engorro: tendría que estar dando constantemente la tabarra a los estudiantes por quemaduras de cigarrillo en la moqueta o por tener el fregadero repleto.
¿Deportes? Ninguno.
¿Aficiones y pasatiempos? Lo que había hecho hasta ahora.
«Estás un poco depre esta noche, ¿eh, John?», dijo en voz alta. A continuación contuvo la risa, consciente de que podía estar depre por ganar para Escocia la medalla de oro olímpica de gruñones. Al menos a él no iban a recoserle después de una autopsia para meterle en el cajón número tres. Había repasado mentalmente una lista de malhechores que, según le constaba, se habían excedido al dar una paliza; la mayoría cumplía condena o estaban sedados en el departamento de psicópatas. Ya lo había dicho el propio Gates: «Auténtica furia». «O furias, en plural», había añadido Curt.
Cierto; podía haber más de un agresor. La víctima había recibido un golpe tan fuerte en la nuca que le había fracturado el cráneo, con un martillo, porra o bate de béisbol, o algo similar. Rebus pensaba que habría sido el primer golpe. La víctima debió de quedar desnucada, de modo que no suponía ninguna amenaza para el agresor. ¿Por qué, entonces, tantos golpes en la cara? Tal como especulaba Gates, un atracador corriente no hace eso. Le habría vaciado los bolsillos y habría huido. Le habían quitado un anillo y en la muñeca izquierda había una marca alargada, señal de que usaba reloj de pulsera. En la parte de atrás del cuello, un rasguño era indicio de que probablemente le habían quitado la cadena de un tirón.
—¿No ha quedado nada en el escenario del crimen? —preguntó Curt cogiendo el serrucho torácico.
Rebus negó con la cabeza.
—Supongamos que la víctima hubiera opuesto alguna resistencia... tal vez demasiada. O hubiera una connotación racista; ¿le habría delatado su acento?
—La víctima cenó copiosamente —señaló finalmente Gates, al abrir el estómago—. Gambas buhna, si no me equivoco, regadas con cerveza. ¿Y... no nota un olorcillo a coñac o whisky, doctor Curt?
—Sin lugar a dudas.
La autopsia siguió su curso mientras Siobhan Clarke hacía esfuerzos por no dormirse y Rebus, a su lado, observaba la labor de los patólogos.
No había rasguños en los nudillos ni restos de piel en las uñas; nada que apuntase a que la víctima había opuesto resistencia. La ropa, de grandes almacenes, sería enviada al laboratorio forense. Una vez limpio de sangre, el rostro era ya más parecido al del libro de poemas. Durante una de las breves cabezadas de Siobhan, Rebus se lo sacó del bolsillo y leyó en la solapa el resumen biográfico de Todorov: nacido en 1960 en el barrio moscovita de Zhdanov, exprofesor de literatura, galardonado con numerosos premios y autor de seis poemarios para adultos y uno para niños.
Sentado en el sillón junto al mirador, Rebus intentó recordar qué restaurantes indios había cerca de King’s Stables Road. Por la mañana lo consultaría en el listín telefónico.
—No, John —dijo—, ya es mañana.
En la gasolinera que estaba de servicio toda la noche cogió un Evening Post para repasar los titulares. Continuaba el juicio de Marmion en la Audiencia; tiroteo en un pub de Gracemount, con un muerto y un afortunado vivo. El adolescente sij se había librado con golpes y rasguños, pero el pelo era sagrado en su religión; eso debían de saberlo o imaginarlo los agresores.
Y había muerto Jack Palance. No sabía cómo era en la vida real, pero en las películas siempre hacía papeles de duro. Se sirvió otro Highland Park y alzó el vaso en gesto de brindis.
—Por los tipos duros —dijo apurándolo de un trago.
Siobhan Clarke llegó al final de la lista de restaurantes del listín telefónico. Había subrayado media docena de posibilidades, aunque realmente todos los restaurantes indios eran posibles... Edimburgo era una ciudad pequeña y fácil de recorrer. Ellos comenzarían a partir de los más cercanos al lugar del crimen. Enchufó el portátil y buscó en Internet las entradas del nombre Todorov; había miles e incluso aparecía en Wikipedia. Parte de la información figuraba en ruso; algunos artículos eran de Estados Unidos, donde el poeta había impartido cursillos universitarios. Encontró también reseñas de Astapovo Blues y por ellas supo que los poemas versaban sobre autores rusos clásicos, pero eran también críticas a la actual política de su propio país, a pesar de que él no residía en Rusia desde hacía diez años. No era de extrañar que se autodenominara exiliado, y que con sus opiniones sobre la Rusia de después de la glasnost se hubiese ganado las iras y el desprecio del Politburó. En una entrevista le preguntaron si se consideraba disidente y contestó: «Un disidente constructivo».
Siobhan dio otro sorbo de café tibio. «Aquí tienes tu caso, chica», pensó. Pronto Rebus no estaría, aunque trataba de no pensar mucho en ello; habían trabajado tantos años juntos que casi podían saber los dos lo que pensaba el otro. Le echaría de menos, pero era evidente que tenía que empezar a planificar su futuro sin él. Sí, claro, se verían para tomar una copa, para cenar alguna vez; le contaría chismes y anécdotas. Él seguramente le daría la lata con aquellos casos sin cerrar que ahora le quería endosar...
En la tele aparecieron las Noticias 24 horas de la BBC sin sonido. Había hecho un par de llamadas para comprobar si alguien había denunciado la desaparición del poeta. No había gran cosa que hacer y finalmente apagó la televisión y el ordenador y fue al baño. Tenía que cambiar la bombilla; se desnudó a oscuras, se cepilló los dientes y se dio cuenta de que enjuagaba el cepillo bajo el grifo del agua caliente. Con la luz de la mesilla tapada con un pañuelo rosa, mulló las almohadas y alzó las rodillas para apoyar sobre ellas Astapovo Blues. Eran cuarenta y tantas páginas, pero a Chris Simpson le habían costado sus buenas diez libras.
Mantiene la fe como yo he hecho y no he hecho...
El primer poema del libro terminaba diciendo:
Mientras el país sangraba y lloraba, sangraba y lloraba
Él apartó la mirada,
Para no verse obligado a testimoniar.
Volvió a la página del título y vio que estaba traducido del ruso por el propio Todorov «con ayuda de Scarlett Colwell». Se recostó en la almohada y pasó página hasta el segundo poema. A la tercera de las cuatro estrofas ya se había dormido.
SEGUNDO DÍA
3
La Biblioteca de Poesía Escocesa estaba en una de las innumerables costanillas y callejuelas que desembocan en Canongate. Rebus y Clarke no la encontraron y acabaron en el Parlamento y el Palacio de Holyrood. Rodaron cuesta arriba más despacio y tampoco la encontraron.
—De todos modos, no hay donde aparcar —protestó Clarke. Iban en su coche y era a Rebus a quien correspondía avistar el callejón Crighton’s.
—Creo que lo hemos pasado —dijo él estirando el cuello—. Para el coche y echaremos un vistazo.
Siobhan dejó puestas las luces de emergencia, cerró el coche y dobló prudentemente el retrovisor.
—Si me ponen una multa, la pagas tú —dijo.
—Shiv, es un servicio policial. La recurriremos.
La Biblioteca de Poesía era un edificio moderno muy bien escondido entre bloques de pisos. En el mostrador, una empleada les dirigió una amplia sonrisa que se desvaneció cuando Rebus mostró el carnet de policía.
—Se trata de un recital de poesía, hace dos días: de Alexander Todorov.
—Ah, sí —dijo la mujer—, una maravilla. Tenemos ejemplares a la venta.
—¿Estaba solo en Edimburgo? ¿Tenía familia o algo parecido...?
La mujer entrecerró los ojos y apretó la mano contra la rebeca.
—¿Ha ocurrido algo?
Fue Clarke quien contestó.
—Lamentablemente, el señor Todorov sufrió anoche una agresión.
—¡Santo cielo! —exclamó la bibliotecaria conteniendo la respiración—. ¿Está...?
—Más muerto que mi abuela —añadió Rebus—. Tenemos que hablar con alguien de su familia, o al menos con una persona que le identifique.
—Alexander era invitado del PEN y de la universidad. Llevaba un par de meses en Edimburgo... —dijo la mujer temblorosa, con voz quebrada.
—¿El PEN?
—Es una asociación de escritores... muy activa en derechos humanos.
—¿Dónde residía?
—La universidad le procuró un piso en Buccleuch Place.
—¿Tenía familia? ¿Estaba casado...?
La mujer negó con la cabeza.
—Creo que era viudo. Y sin hijos, me parece, por suerte... en este caso.
Rebus pensó un instante.
—¿Quién organizó aquí el acto? ¿La universidad, el consulado...?
—Scarlett Colwell.
—¿Su traductora? —preguntó Clarke, recibiendo el asentimiento de la mujer.
—Scarlett es miembro del departamento de Ruso —dijo la bibliotecaria removiendo papeles en la mesa—. Tengo su número de teléfono por aquí... Qué cosa tan horrible. No saben qué disgusto...
—¿No hubo ningún incidente durante el recital? —preguntó Rebus como quien no quiere la cosa.
—¿Incidente? —La mujer, al ver que el policía no daba ninguna explicación, negó con la cabeza—. Fue todo sobre ruedas. Un alarde en la metáfora y en el ritmo... incluso cuando recitaba en ruso se sentía la pasión —dijo, rememorándolo un instante, antes de añadir con un suspiro—: Después Alexander firmó complacido unos ejemplares de su libro.
—Tal como lo dice —comentó Clarke—, no parece que siempre lo hiciera.
—Alexander Todorov era un poeta, un gran poeta —añadió como si aquello lo explicase todo—. Ah, aquí lo tengo —dijo mostrando un trozo de papel, aunque reacia al parecer a entregárselo. Clarke apuntó el número en su móvil y dio las gracias a la bibliotecaria.
Rebus examinó el lugar.
—¿Dónde se celebró exactamente el acto?
—Arriba. Tenemos un salón de actos para más de setenta personas.
—Me imagino que no lo filmarían.
—¿Filmarlo?
—Para la posteridad.
—¿Por qué lo pregunta?
Rebus se limitó a encogerse de hombros.
—Un técnico de un estudio de música hizo una grabación sonora —dijo la mujer.
—¿Su nombre? —preguntó Clarke sacando la libreta.
—Abigail Thomas —contestó la bibliotecaria, e inmediatamente se dio cuenta de su error—. Ah, ¿se refiere al nombre de quien hizo la grabación? Charlie... no recuerdo qué más. —Abigail Thomas cerró los ojos esforzándose por recordar y los abrió de pronto—. Charlie Riordan. Tiene el estudio en Leith.
—Gracias, señorita Thomas —dijo Rebus, y añadió—: ¿Se le ocurre alguien con quien podamos contactar?
—Pueden hablar con el PEN.
—¿No asistió al recital alguien del consulado?
—No creo.
—¿Ah, no?
—Alexander no ocultaba su oposición a la actual situación política rusa. Hace unas semanas intervino en el debate de Question Time.
—¿El programa de televisión? —preguntó Clarke—. Yo lo veo a veces.
—En ese caso, debía de hablar inglés bastante bien —observó Rebus.
—Cuando quería, sí —respondió la bibliotecaria con sonrisa taimada—. Si lo que decía su interlocutor no le gustaba, su fluidez parecía traicionarle.
—Debía de ser todo un personaje —comentó Rebus. Vio que junto a la escalera había expuesto un montón de los libros de Todorov en una mesa—. ¿Están a la venta? —preguntó.
—Por supuesto. ¿Quiere comprar uno?
—¿Están firmados? —Vio que la mujer asentía con la cabeza—. Entonces me llevo seis —dijo sacando la cartera mientras la bibliotecaria se levantaba para servírselos. Al notar que Siobhan le miraba, vocalizó algo hacia ella.
—Algo muy parecido a eBay.
En el coche no había multa pero fueron objeto de la mirada airada de otros automovilistas por entorpecer el tráfico. Rebus tiró la bolsa con los libros en el asiento de atrás.
—¿Le avisamos de nuestra visita?
—Sería lo mejor —contestó Clarke marcando el número en su móvil y acercándoselo al oído—. Dime una cosa, ¿tú tienes idea de cómo se vende algo a través de eBay?
—Puedo aprender —contestó Rebus—. Dile que nos encontraremos en casa del poeta, no vaya a ser que esté allí borracho y ese del depósito sea uno que se le parece —añadió llevándose el puño a la boca para cortar un bostezo.
—¿Has dormido poco? —preguntó Siobhan.
—Probablemente igual que tú —respondió él.
A la llamada de Siobhan respondió la centralita de la universidad. Preguntó por Scarlett Colwell y pasaron la llamada.
—¿Señorita Colwell? —Hizo una pausa—. Perdón, doctora Colwell —dijo poniendo los ojos en blanco para regocijo de Rebus.
—Pregúntale si puede curarme la gota —musitó él. Siobhan le propinó un puñetazo en el hombro mientras daba a la doctora Scarlett Colwell la mala noticia.
Dos minutos más tarde iban camino de Buccleuch Place, un edificio de estilo georgiano de seis plantas que estaba enfrente de los más modernos (y más feos) de la universidad. Uno muy alto, en concreto, se había ganado la mayor parte de los votos de los habitantes de Edimburgo para ser derribado. Y el caso es que el propio edificio, tal vez sintiendo la hostilidad, comenzaba a deteriorarse y había perdido varios trozos de revestimiento.
—Tú no estudiaste aquí, ¿a que no? —preguntó Rebus mientras el coche de Siobhan cruzaba entre la edificaciones.
—No —contestó ella aparcando en un espacio libre—. ¿Y tú?
Rebus lanzó un resoplido.
—Shiv, yo soy un dinosaurio... en la Edad de Bronce te admitían en la policía sin título ni birrete.
—En la Edad de Bronce, ¿no se habían extinguido los dinosaurios?
—Como no he ido a la universidad eso es una de las cosas que ignoro. ¿Tú crees que podremos pillar un café?
—¿En el piso? —preguntó ella y Rebus asintió con la cabeza—. ¿Beberías café de un muerto?
—He bebido cosas peores.
—No lo dudo —replicó Siobhan ya fuera del coche—. Esa debe de ser.
Estaba en lo alto de una escalinata, con la puerta de entrada abierta. Les dirigió un saludo con la mano al que ambos correspondieron; Clarke porque era lo correcto y Rebus porque Scarlett Colwell era guapa. Tenía una melena ondulada de un castaño rojizo, ojos oscuros y buenas curvas. Llevaba una minifalda verde ceñida, leotardos negros y botas marrones de media caña. Su chaqueta de Caperucita Roja le llegaba a la cintura. Una racha de viento le hizo apartarse el pelo de los ojos y a Rebus le pareció que entraban en el anuncio del chocolate Cadbury’s. Vio que tenía algo corrido el maquillaje; prueba de que había llorado al recibir la noticia, pero les saludó sin gazmoñerías al hacer las presentaciones.
La siguieron a lo largo de cuatro tramos de escalera hasta el último piso, donde Colwell sacó la llave de la puerta del alojamiento de Alexander Todorov, y adonde llegó Rebus después de recobrar el aliento en el tercer descansillo en el momento en que la estaba abriendo. El apartamento no era gran cosa: un pequeño recibidor que comunicaba con el cuarto de estar con una cocinita anexa; una ducha reducida y el váter aparte, más un dormitorio con vistas a los Meadows. Al ser la buhardilla del edificio, el techo era muy inclinado, y Rebus pensó si el poeta en alguna ocasión, al incorporarse de golpe en la cama, no se habría dado un cabezazo. El lugar presentaba un aspecto vacío y desolado, como marcado por la desaparición de su último inquilino.
—Lo sentimos profundamente —dijo Siobhan Clarke cuando pasaron al cuarto de estar.
Rebus miró en derredor: una papelera llena de poemas arrugados, una botella de coñac vacía junto al destartalado sofá, un plano de los autobuses de Edimburgo sujeto con chinchetas a la pared encima de una mesa de comer plegable en la que había una máquina de escribir eléctrica. No se veía ningún ordenador, televisor ni aparato de música; solo una radio portátil a la que le faltaba la antena. Libros por todas partes, ingleses, rusos y de otros idiomas. En el sofá había un diccionario de griego y latas de cerveza vacías en un estante para bibelots. En la repisa de la chimenea, invitaciones a fiestas del último mes. En el recibidor había un teléfono en el suelo conectado fuera. Rebus preguntó si acaso el poeta tenía un móvil. Al ver a Colwell negar con la cabeza, sacudiendo su melena, se dijo que la otra pregunta que se le ocurría la contestaría de igual modo. Un carraspeo de Siobhan Clarke le disuadió de hacerlo y su pregunta fue:
—¿Tampoco tenía ordenador?
—Le ofrecí el de mi despacho para que lo usara —respondió Colwell—, pero Alexander repudiaba la tecnología.
—¿Lo conocía usted bastante?
—Era su traductora. Cuando anunciaron la beca, yo hice cuanto pude para que se la concedieran.
—¿Dónde vivía antes de venir a Edimburgo?
—Vivió un tiempo en París, y antes en Colonia, en Stanford, Melbourne, Ottawa... —contestó ella esbozando una sonrisa—. Estaba muy orgulloso de los sellos en su pasaporte.
—Por cierto —interrumpió Clarke—, le habían vaciado los bolsillos... ¿sabe qué solía llevar encima?
—Una libreta y un bolígrafo... y algo de dinero, supongo.
—¿Y tarjetas de crédito?
—Tenía la tarjeta de un banco. Creo que abrió una cuenta en el First Albannach. Por aquí tiene que haber extractos en algún sitio —añadió mirando a su alrededor—. ¿Dice que le atracaron?
—Desde luego, sufrió una agresión.
—¿Qué clase de hombre era, doctora Colwell? —preguntó Rebus—. Si alguien le agredía en la calle, ¿se habría peleado para defenderse?
—Ah, yo creo que sí. Era fuerte. Le gustaba el vino y las discusiones interesantes.
—¿Tenía mal genio?
—No especialmente.
—Pero dice que le gustaba discutir.
—En el sentido de que disfrutaba con el debate —puntualizó Colwell.
—¿Cuándo lo vio por última vez?
—En la Biblioteca de Poesía. Después fue al pub, pero yo tenía que volver a casa... debía corregir unos ejercicios antes de las vacaciones de Navidad.
—¿Quién le acompañó al pub?
—Algunos poetas escoceses que había entre el público: Ron Butlin, Andrew Greig... Creo que estaba también Abigail Thomas, aunque solo fuese para pagar las bebidas... Alexander era un desastre con el dinero.
Rebus y Clarke cruzaron una mirada: tendrían que hablar otra vez con la bibliotecaria. Rebus emitió una tosecilla previa a su siguiente pregunta.
—¿Querría identificar el cadáver, doctora Colwell?
Scarlett Colwell se puso pálida.
—Usted parece ser la persona más allegada —arguyó Rebus—, a menos que haya algún familiar al que podamos localizar.
Pero Colwell ya lo había decidido.
—De acuerdo. Lo haré yo.
—Podemos llevarla ahora, si no le importa —añadió Clarke.
Colwell asintió despacio con la cabeza mirando al vacío. Rebus hizo un gesto a Clarke.
—Ve a la comisaría a ver si Hawes y Tibbet pueden venir aquí a echar un vistazo, por si aparecen el pasaporte, dinero, la tarjeta, la libreta... Si no están, alguien los habrá cogido o tirado.
—Y las llaves —añadió Clarke.
—Correcto —Rebus recorrió de nuevo el cuarto con la mirada—. Es difícil saber si ya han registrado el piso... a menos que usted afirme lo contrario, doctora Colwell.
Colwell negó con la cabeza otra vez y se apartó un mechón de pelo del ojo.
—Siempre ha estado así —dijo.
—Entonces, no es necesario avisar a la Científica —dijo Rebus a Clarke—. Solo Hawes y Tibbet.
Clarke asintió con la cabeza mientras sacaba el móvil. Rebus no había oído algo que había dicho Colwell.
—Dentro de una hora tengo clase —repitió ella.
—Estará de vuelta con tiempo de sobra —dijo él, sin tomarlo realmente en consideración. Estiró el brazo hacia Clarke con la mano abierta—. Las llaves.
—¿Cómo dices?
—Tú te quedas aquí para recibir a Hawes y Tibbet. Yo acompaño a la doctora Colwell al depósito.
Clarke le miró fijamente un instante hasta que al final cedió.
—Que uno de los dos te lleve después a Cowgate —añadió Rebus para endulzarle la píldora.
4
La identificación fue instantánea, a pesar de que el sudario ocultaba casi todo el cuerpo y tapaba la labor de los patólogos. Colwell apoyó la frente un instante en el hombro de Rebus y dejó escapar dos lágrimas. Rebus lamentó no tener un pañuelo limpio, pero ella buscó uno en su bolso en bandolera, se enjugó los ojos y se sonó. Asistía a la identificación el profesor Gates, que, vestido con un terno que le habría sentado de maravilla cuatro o cinco años atrás, con la cabeza gacha, siguiendo el protocolo, extendió las manos con actitud expectante.
—Sí, es Alexander —dijo finalmente Colwell.
—¿Está segura? —insistió Rebus.
—Completamente.
—Doctora Colwell —dijo Gates alzando la cabeza— ¿le apetece tal vez una taza de té antes de abordar el papeleo?
—Son dos simples formularios —añadió Rebus en voz baja. Colwell asintió despacio con la cabeza y pasaron los tres al despacho del patólogo, un cuarto claustrofóbico sin luz natural y con olor a la humedad que llegaba del cubículo de la ducha de una puerta contigua. Acababa de entrar el turno de día y Rebus no conocía al hombre que trajo el té. Gates lo llamó Kevin, diciéndole que cerrara la puerta al salir, y luego abrió la carpeta de encima de la mesa.
—Por cierto —dijo—, ¿era aficionado el señor Todorov a los automóviles?
—No creo que supiera diferenciar el motor del maletero —respondió Colwell esbozando una sonrisa—. En cierta ocasión me pidió que le cambiara la bombilla de la lámpara de su escritorio.
Gates correspondió con otra sonrisa y dirigió su atención a Rebus.
—El equipo de la Científica preguntó si tal vez trabajaba de mecánico, porque había restos de aceite en el dobladillo de la chaqueta y en las rodilleras del pantalón.
Rebus rememoró el escenario del crimen.
—Quizás había aceite en el suelo —comentó.
—En King’s Stables Road —añadió el patólogo— transformaron muchas caballerizas en cocheras, ¿verdad?
Rebus asintió con la cabeza y miró a Colwell para observar su reacción.
—Estoy bien —dijo ella—. Ya no voy a lloriquear más.
—¿Quién se lo comentó? —preguntó Rebus a Gates.
—Ray Duff.
—Ray es competente —dijo Rebus. Sabía de sobra que Ray Duff era el mejor elemento del equipo de Escenario del Crimen.
—¿Qué se apuesta a que ahora está en el escenario del crimen comprobando si hay aceite? —añadió Gates.
Rebus asintió con la cabeza y se llevó el vaso de té a los labios.
—Ahora que sabemos que la víctima es realmente Alexander — dijo Colwell rompiendo el silencio—, ¿tengo que guardarlo en secreto? Me refiero a si es algo que no quieren que divulgue la prensa.
Gates lanzó un fuerte resoplido.
—Doctora Colwell, es imposible que el cuarto poder no se entere. En la policía de Lothian y Borders hay más filtraciones que en un colador, igual que en este edificio —añadió alzando la cabeza hacia la puerta—. ¿No es cierto, Kevin?
Al otro lado oyeron los pasos del interpelado alejándose por el pasillo. Gates sonrió satisfecho y cogió el teléfono que comenzó a sonar.
Rebus sabía que sería Siobhan Clarke que esperaba en recepción.
Tras dejar a Colwell en la universidad, Rebus invitó a Clarke a comer. Al hacer el ofrecimiento ella lo miró y le preguntó si le pasaba algo. Él negó con la cabeza y Clarke añadió que sería porque quería pedirle algún favor.
—Quién sabe si una vez me jubile podré hacerlo muchas veces —dijo él.
Fueron a la planta de arriba de un bistró de West Nicholson Street, donde el plato del día era pastel de venado con patatas fritas y guisantes, que Rebus regó con un cuarto de la botella de salsa HP. Se contentó con media pinta de Deuchar’s y cuatro caladas a un cigarrillo antes de entrar, y entre bocado y bocado le comentó la observación de Ray Duff y le preguntó si no había nada sospechoso en el piso de Todorov.
—¿Crees que el joven Colin está enamorado de Phyllida? —preguntó ella pensativa.
Phyllida Hawes y Colin Tibbet eran agentes de Homicidios de la comisaría de Gayfield Square a las órdenes de Rebus y Clarke. Los cuatro habían trabajado hasta hacía poco bajo la torva mirada del inspector Derek Starr, pero este, en puertas de un futuro ascenso que consideraba un derecho, estaba trasladado temporalmente a la jefatura de Fettes Avenue. Corría el rumor de que, cuando Rebus se jubilara, Clarke sería la nueva inspectora. Era un rumor al que la propia Clarke trataba de no hacer caso.
—¿Por qué lo preguntas? —replicó Rebus, alzando el vaso y viendo que estaba casi vacío.
—Parecen encontrarse muy a gusto los dos juntos.
—¿Y nosotros no? —dijo Rebus, mirándola con cara de sorpresa y pena.
—Estamos bien —replicó ella con una sonrisa—. Es que yo creo que han salido los dos solos un par de veces y no lo dicen a nadie.
—¿Y piensas que ahora estarán arrullándose en la cama del muerto?
Clarke arrugó la nariz al pensarlo. Y medio minuto más tarde añadió:
—Estoy pensando en cómo enfocarlo.
—¿Te refieres a cuando yo esté fuera de juego y la jefa seas tú? —dijo Rebus, dejando el tenedor, con mirada feroz.
—Eres tú quien dice que no deje cabos sueltos —protestó ella.
—Puede que sí, pero no me tengo por columnista de consultorio sentimental. —Levantó de nuevo el vaso y se dio cuenta de que estaba vacío.
—¿Quieres café? —preguntó ella como si fuera una oferta de paz. Él negó con la cabeza y comenzó a palparse los bolsillos.
—Lo que necesito es un buen cigarrillo. —Encontró el paquete y se levantó de la mesa—. Mientras tú tomas el café yo espero fuera.
—¿Qué haremos esta tarde?
Rebus reflexionó un instante.
—Avanzaremos más si nos separamos. Tú ve a ver a la bibliotecaria y yo iré a King’s Stables Road.
—Muy bien —dijo ella, sin molestarse en ocultar que realmente no se lo parecía. Rebus se detuvo un instante como si fuera a decir algo y a continuación balanceó el cigarrillo hacia ella y salió a la calle.
—Y gracias por la comida —dijo ella cuando él ya estaba lejos para oírlo.
Rebus pensó que sabía el motivo por el que no podían mantener cinco minutos de conversación sin enzarzarse. Vivían momentos de tensión ahora que él estaba a punto de dejar el campo de batalla y ella iba camino del ascenso. Eran muchos años trabajando juntos y siendo amigos casi desde el principio... Era lógico que fueran momentos de tensión.
Todos daban por supuesto que ellos dos se habían acostado en algún momento dado, pero lo cierto era que ninguno de los dos habría dejado que pasara. ¿Cómo iban a trabajar como compañeros si sucedía tal cosa? Habría tenido que ser todo o nada, y a los dos les gustaba demasiado su trabajo como para consentir el menor obstáculo. Él le había hecho prometer que no habría una fiesta en su última semana de servicio en el DIC. Su jefe en Gayfield Square había incluso ofrecido organizar algo en la oficina, pero él se había negado diciendo que no con la cabeza.
—Eres el que más tiempo lleva de servicio en el DIC —insistió el inspector jefe Macrae.
—Entonces son los compañeros que han trabajado conmigo quienes merecen el festejo —replicó Rebus.
Aunque el extremo de Raeburn Wynd seguía acordonado, un curioso se agachó y cruzó la cinta azul y blanca, reacio a aceptar que alguien pudiera imponerle restricciones de peatón en Edimburgo; o eso pensó Rebus por el gesto displicente que hizo con la mano cuando Ray Duff le dijo que estaba contaminando el escenario del crimen. Duff meneó la cabeza, más compungido que otra cosa cuando Rebus se acercó a él.
—Gates dijo que te encontraría aquí —dijo, y Duff puso los ojos en blanco.
—Y ahora tú me pisas el locus.
Rebus hizo una mueca. Duff estaba en cuclillas junto a su instrumental, una caja de herramientas de plástico rojo reforzado comprada en B&Q con innumerables cajones que se abrían como un acordeón; pero Duff ya los cerraba.
—Sabía que te dejarías caer por aquí —comentó Duff.
—No me digas.
—De verdad —replicó Duff riendo.
—¿Hay algo interesante? —preguntó Rebus.
Duff cerró la caja de herramientas y se puso en pie con ella en la mano.
—He recorrido la cuesta hasta el final y he comprobado todas las cocheras. Si le agredieron arriba, habría rastros de sangre —añadió con una pisada fuerte para reforzar su argumentación.
—¿Y?
—Hay restos de sangre en otro sitio, John —respondió haciendo un gesto para que le siguiera, caminando por King’s Stables Road—. ¿Ves algo?
Rebus escrutó la acera y advirtió un rastro de salpicaduras con intervalos. Estaba casi descolorida pero se veía.
—¿Cómo no advertimos esto anoche?
Duff se encogió de hombros. Tenía el coche aparcado junto a la acera; lo abrió y guardó su caja de instrumental.
—¿Cuánto trecho has examinado? —preguntó Rebus.
—Me disponía a hacerlo cuando llegaste tú.
—Pues vamos a comprobarlo.
Comenzaron a caminar escrutando señales esporádicas de gotas.
—¿Vas a incorporarte a la SCRU? —preguntó Duff.
—¿Tú crees que me querrían en la SCRU?
La SCRU era la Unidad de Revisión de Crímenes Graves formada por agentes jubilados cuya misión era examinar los casos no cerrados.
—¿Te has enterado de lo que resolvimos la semana pasada? —preguntó Duff—. Obtuvimos ADN de una huella dactilar sudada. Ese tipo de detección puede ser útil en casos no resueltos; con una ampliación del ADN se pueden comparar muchos ADN.
—Lástima que yo no pueda descifrar lo que dices.
Duff contuvo la risa.
—El mundo cambia, John. Y más rápido de lo que muchos podemos asumir.
—¿Quieres decir que me una al basurero?
Duff se encogió de hombros. Habían recorrido unos cien metros y se encontraban en la entrada de un aparcamiento de varias plantas con dos barreras, a elección de los automovilistas. Tras pagar la tarifa, se introducía el recibo en la ranura y se alzaba la barrera.
—¿Habéis identificado a la víctima? —preguntó Duff mirando el suelo para detectar el rastro.
—Era un poeta ruso.
—¿Llevaba coche?
—Era incapaz de cambiar una bombilla, Ray.
—En los aparcamientos siempre quedan restos de aceite.
Rebus advirtió que había intercomunicadores junto a ambas barreras. Pulsó un botón y aguardó. Transcurrido un instante se oyó crepitar el altavoz.
—¿Qué desea?
—¿Podría ayudarme...?
—¿Busca alguna calle? Mire, amigo, esto es un aparcamiento. Lo único que aceptamos son coches.
Rebus tardó un instante en hacerse cargo de la situación.
—¿Puede verme? —Claro: había una cámara de videovigilancia en un rincón elevado enfocada hacia la salida. La señaló con un gesto.
—¿Tiene algún problema con el coche? —preguntó la voz.
—Soy policía —contestó Rebus—. Quiero hablar con usted.
—¿De qué?
—¿Dónde está?
—En la primera planta —respondió finalmente la voz—. ¿Es por el accidente que tuve?
—Depende... ¿atropelló a alguien y lo mató?
—Dios, no.
—Entonces no se preocupe. Subimos dentro de un minuto — dijo Rebus acercándose a donde Ray Duff estaba a cuatro patas mirando debajo de un BMW dentro del aparcamiento.
—No me gustan estos BMW nuevos —comentó Duff al advertir la presencia de Rebus a su espalda.
—¿Has descubierto algo?
—Creo que hay sangre debajo... y bastante. Creo incluso que el rastro acaba aquí.
Rebus dio la vuelta alrededor del vehículo. El resguardo del parabrisas indicaba que había entrado a las once de la mañana.
—¿Hay algo debajo del coche de al lado? —añadió Duff.
Rebus dio la vuelta alrededor del gran Lexus pero no vio nada; no había más remedio que arrodillarse. Sí, había un trozo de cordel o de alambre. Estiró el brazo para agarrarlo hasta que lo consiguió. Se puso en pie con ello colgando entre el pulgar y el índice: una cadenita de plata.
—Ray, trae tu instrumental —dijo.
5
Clarke decidió que no valía la pena ir a ver a la bibliotecaria y la llamó desde el piso de Todorov mientras Hawes y Tibbet hacían el registro. Acababa de marcar el número cuando Hawes salió del dormitorio enarbolando el pasaporte del muerto.
—Estaba debajo del colchón —dijo—. Lo encontré a la primera.
Clarke asintió con la cabeza y salió al pasillo para que no oyera lo que hablaba.
—¿Señorita Thomas? —preguntó—. Soy la sargento Clarke. Perdone que vuelva a molestarla...
Tres minutos más tarde regresaba al cuarto de estar con un par de nombres: efectivamente, Abigail Thomas había acompañado a Todorov al pub después del recital, pero ella solo había tomado una copa y decía que el poeta no se habría dado por satisfecho sin antes pasar por otros cuatro o cinco pubs.
—Sé que estaba en buenas manos con el señor Riordan —añadió.
—¿El ingeniero de sonido?
—Sí.
—¿No había otras personas? ¿Ningún otro poeta?
—Solo nosotros tres, y ya le digo que yo no me quedé mucho tiempo...
Colin Tibbet había terminado de registrar los cajones del escritorio y de la cocina y comenzó a inclinar el sofá para comprobar si había algo más que polvo. Clarke cogió un libro del suelo. Era otro ejemplar de Astapovo Blues. Había leído un par de minutos en Internet la biografía del conde Tolstói y sabía que su vida había concluido en la vía muerta de una estación, rechazado por una esposa que se negaba a adaptarse a su vida austera. Esta información le había ayudado a entender mejor el sentido del último poema del libro «Codex Coda» y el verso «una muerte fría y limpia». Comprobó que Todorov no había acabado los poemas del libro porque en todos había enmiendas a lápiz. Recogió las hojas tiradas en la papelera.
La ciudad es invisible
El aire clama estragos
Cargado como un
El resto de la hoja era una serie de signos de puntuación. En la mesa había una carpeta vacía; un libro de sudokus difíciles, todos acabados; bolígrafos y lápices y un estuche de grafista con instrucciones. Se acercó a la pared, miró el plano de autobuses de Edimburgo y vio un trazo desde King’s Stables Road hasta Buccleuch Place. Podía haber optado por una docena de itinerarios y quizá fuera una ruta de pubs o que deambuló sin saber adónde ir. No podía realmente interpretarse como el itinerario hacia la residencia, porque podía haber salido de casa, cruzar George Square, dirigirse a Candelmaker Row y bajar por la empinada costanilla hasta Grassmarket. Allí había muchos pubs y King’s Stables Road quedaba cerca a mano derecha... Sonó su móvil: era el inspector Rebus.
—Phyl ha encontrado el pasaporte —dijo ella.
—Y yo acabo de encontrar en el suelo del aparcamiento la cadenita que llevaba al cuello.
—¿Entonces le mataron allí y dejaron el cadáver en la calle?
—A juzgar por el rastro de sangre...
—O fue tambaleándose hasta derrumbarse allí.
—Es otra posibilidad —comentó Rebus—. Pero, entonces, ¿qué hacía en el aparcamiento? ¿Estás en el piso?
—Iba ya a marcharme.
—Antes incluye en la lista de registro las llaves de un coche y el permiso de conducir. Y pregunta a Scarlett Colwell si Todorov disponía de un vehículo. Estoy seguro de que dirá que no, pero es igual.
—¿No hay ningún coche abandonado en el aparcamiento?
—Buena idea, Shiv. Haré que lo comprueben. Te llamo más tarde. —Concluida la comunicación, ella esbozó una sonrisa; hacía meses que no veía a Rebus tan animado. Y volvió a preguntarse qué demonios haría después de jubilarse. Respuesta: lo más probable, fastidiarla llamándola a diario para saber si tenía muchos casos.
Clarke localizó desde el móvil a la doctora Colwell, que no había desconectado el suyo.
—Lo siento si he interrumpido su clase —dijo excusándose.
—He mandado a los alumnos a casa.
—Es comprensible. Tal vez debería de tomarse el día libre. Ha debido de afectarle la noticia.
—¿Y para qué? Mi novio está en Londres y me vería yo sola en casa.
—Siempre puede llamar a una amiga —replicó Clarke levantando la vista al advertir que Hawes volvía a entrar, pero esta vez no hizo más que encogerse de hombros: ninguna agenda, llaves ni tarjeta bancaria. Tibbet tampoco había encontrado nada y se había sentado en un sillón leyendo con el ceño fruncido un poema de Astapovo Blues—. Bien —añadió Clarke—, llamo para preguntarle si Alexander tenía coche.
—No.
—¿Sabía conducir?
—No tengo ni idea. Desde luego, yo seguro que no habría subido a un vehículo con él al volante.
Clarke señaló con la cabeza el plano marcado; era lógico que Todorov tomara autobuses.
—Gracias, de todos modos —dijo.
—¿Ha hablado con Abi Thomas? —preguntó Colwell de pronto.
—Ella le acompañó al pub.
—Cómo no.
—Pero solo se tomó una copa.
—¿Ah, sí?
—Se diría que no se lo cree, doctora Colwell.
—Abi Thomas se ruborizaba con solo leer algún poema de Alexander... imagínese cómo se sentiría arrimada a él en la mesa de un rincón de un pub con poca luz.
—Bien, gracias por la información... —Pero Clarke hablaba a un aparato mudo. Lo miró y advirtió dos pares de ojos clavados en ella: Hawes y Tibbet.
—Creo que no vamos a encontrar nada aquí, Siobhan —dijo Hawes mientras su compañero cloqueaba su asentimiento. Era dos centímetros más bajo que ella y varios centímetros menos listo, pero sabía avenirse a que ella se explicara por los dos.
—¿Volvemos a la comisaría? —preguntó Clarke, recibiendo entusiastas asentimientos de cabeza—. De acuerdo —añadió— pero antes haremos otro registro para buscar las llaves de un coche o cualquier otra cosa que apunte a que el difunto utilizara un aparcamiento de pago.
Dicho lo cual cogió el libro de Tibbet, ocupó su sitio y volvió a mirar si había pasado algo por alto en «Codex Coda».
El equipo de la policía científica intentó inútilmente desplazar a un lado el BMW. Se plantearon levantarlo con gatos o alzarlo con una grúa. El aparcamiento rebosaba de actividad y una fila de agentes con mono blanco se desplazaba en formación, de rodillas, examinando el suelo por si localizaban alguna otra pista. Todd Goodyear, que era uno de ellos, saludó a Rebus con una inclinación de cabeza. Hacían una grabación de vídeo y tomaban fotos, y fuera había otro equipo examinando el itinerario desde el aparcamiento hasta la cuesta. Todos procuraban disimular su azoramiento por no haber descubierto el rastro la noche del crimen y dirigían miradas airadas a Ray Duff cuando este les daba la espalda.
Con esa escena se encontró la propietaria del BMW a su regreso, cartera y bolsas de compra en mano. A Todd Goodyear le ordenaron levantarse y tomarle una breve declaración.
—Muy breve —comentó Tam Banks, que estaba deseando que su equipo comenzase a examinar si había algo debajo del coche.
Rebus estaba junto al vigilante de seguridad del aparcamiento que acababa de hacer una ronda en las otras plantas. Se llamaba Joe Wills y no parecía ser el dueño del uniforme que vestía. Le dijo que no resultaría fácil distinguir un coche abandonado entre tantos otros.
—¿Tienen abierto las veinticuatro horas? —preguntó Rebus.
Wills negó con la cabeza.
—Cerramos a las once.
—¿Y no comprueban si queda algún coche?
Wills se encogió de hombros de un modo displicente. Rebus se imaginó que no estaba muy satisfecho con el trabajo. El vigilante añadió que ni siquiera podía asegurarle que alguno de los espacios hubiera quedado ocupado toda la noche.
—Hacemos una comprobación de matrículas cada quince días —dijo.
—Así que un coche robado, por poner un ejemplo, ¿puede estar ahí dos semanas sin que sospechen nada?
—Esa es la política de la casa. —A Rebus le pareció que aquel hombre era un bebedor empedernido: barba grisácea, pelo sucio y ojos enrojecidos. Seguramente tendría una botella de algo escondida en la cabina de control para echar un chorro en los tés y cafés de la jornada.
—¿Qué turnos hacen?
—De siete a tres y de tres a once. Yo prefiero el de la mañana. Cinco días seguidos y dos libres. Los fines de semana los suele hacer otro.
Rebus miró el reloj; quedaban veinte minutos para el cambio de turno.
—Su compañero no tardará en entrar. ¿Es él quien estaba de turno de noche?
—Gary —contestó Wills asintiendo con la cabeza.
—¿No ha hablado con él desde ayer?
Wills se encogió de hombros.
—Yo lo único que sé de Gary es que vive en Shandon, es del Hearts y su mujer es una preciosidad, una «fuera de serie».
—Bueno, algo es algo —musitó Rebus—. Enséñeme el control de las cámaras de videovigilancia.
—¿Para qué? —inquirió el hombre con ojos vidriosos.
—Para ver si se ha grabado algo. —Por la cara que puso Wills, supo lo que iba a replicar.
—¿Grabado...?
Se dirigieron a la rampa de salida. La guarida de Wills era una garita con ventanas grasientas en la que sonaba una radio. Cinco pantallas en blanco y negro, parpadeantes, y una sexta apagada.
—La de la planta de arriba funciona mal —dijo Wills.
Rebus miró las otras cinco. Las imágenes eran borrosas y no se leían las matrículas. Las de la planta inferior tampoco eran nítidas.
—¿Para qué demonios sirven? —dijo sin poderlo evitar.
—Los jefes creen que a los clientes les da cierta seguridad.
—Pues es bien falso, como lo prueba ese pobre desgraciado que ha acabado en el depósito —replicó Rebus dando la espalda a las cámaras.
—Una de ellas enfocaba precisamente a ese sitio, pero las mueven —dijo Wills.
—¿Y no hay grabaciones?
—Se cargan una vez al mes —respondió Wills señalando con la cabeza un espacio polvoriento debajo de los monitores—. No nos preocupa demasiado. Lo único que les interesa a los jefes es que nadie se vaya sin pagar. Es un buen sistema; sucede pocas veces. —Wills hizo un gesto pensativo—. Hay una escalera que va de la planta superior hasta la calle. Allí atracaron a un cliente el año pasado.
—¿Ah, sí?
—Yo dije en su momento que debían poner una cámara en la escalera, pero no hicieron nada.
—Al menos se lo advirtió...
—No sé para qué me molesto... Nos queda poco en este empleo. Van a sustituirnos por uno que él solo hace la ronda en moto en seis aparcamientos.
Rebus miró en la reducida cabina. El hervidor, tazas, novelas y revistas manoseadas y la radio en una mesa frente a los monitores. Se imaginó que los vigilantes pasarían la mayor parte del tiempo de espaldas a ellos. ¿Por qué no iban a hacerlo? Sueldo mínimo, sin seguro y jefes absentistas; una o dos llamadas por el intercomunicador al día de algún cliente que había perdido el resguardo o que no tenía cambio. Había una estantería con discos compactos de grupos que a Rebus casi no le sonaban: Kaiser Chiefs, Razorlight, Killers, Strokes, White Stripes...
—No tiene reproductor de CD —comentó.
—Son de Gary —respondió Wills—. Él trae uno pequeño.
—¿Con auriculares? —dijo Rebus; Wills asintió—. Estupendo —musitó—. ¿Trabajaba aquí el año pasado, señor Wills?
—El mes que viene hará tres años que trabajo aquí.
—¿Y su compañero?
—Ocho o nueve meses. Yo probé su turno pero no me adaptaba. Me gusta tener la tarde y la noche libres.
—¿Es preferible para tomar unas copas? —dijo Rebus para tirarle de la lengua, pero el rostro de Wills se endureció y ello animó a Rebus a insistir—. ¿Ha tenido algún lío, señor Wills?
—¿A qué se refiere?
—Con la policía.
Wills se rascó morosamente la caspa.
—Hace mucho tiempo —dijo finalmente—. Los jefes están al corriente.
—¿Por una pelea?
—Por robo —replicó Wills—. Hace ya veinte años.
—¿Y su coche? Me dijo que tuvo un golpe.
Wills miraba a través del cristal.
—Ahí llega Gary —dijo.
Un coche de color claro se detuvo ante la cabina; el conductor se bajó y lo cerró.
La puerta se abrió de golpe.
—¿Qué demonios sucede ahí abajo, Joe?
El vigilante Gary no vestía el uniforme y Rebus pensó que llevaría la chaqueta en la bolsa junto con un bocadillo. Era más joven que Wills, mucho más delgado y quince centímetros más alto. Dejó los periódicos en la mesa pero no pudo entrar por falta de espacio. Se quitó el abrigo, descubriendo una camisa blanca impecable sin corbata, que probablemente llevaba guardada en el bolsillo.
—Soy el inspector Rebus. Anoche apalearon gravemente a un hombre.
—En el nivel cero —añadió Wills.
—¿Ha muerto? —preguntó el recién llegado con ojos de sorpresa. Wills se pasó el dedo por la garganta con un sonido elocuente—. Maldita sea. ¿Lo sabe la Muerte?
Wills negó con la cabeza y vio que Rebus necesitaba una explicación.
—Llamamos así a una jefa —dijo—. Es a la única que vemos, y lleva un abrigo largo con una capucha puntiaguda.
Ahora lo entendía. Asintió con la cabeza.
—Tengo que tomarle declaración —dijo al recién llegado. Wills mostró de pronto intención de marcharse, recogió sus cosas y las guardó en la bolsa de supermercado.
—Ocurrió en tu turno, Gary —dijo con un chasquido de reproche—. No le va a gustar a la Muerte.
—Vaya novedad —replicó Gary apartándose para dejar paso a Wills. Rebus también salió para respirar.
—Ya hablaremos —dijo al vigilante que se alejaba.
Wills saludó con la mano sin volverse y Rebus centró su atención en Gary. Se le podía calificar de larguirucho, con hombros caídos como consciente de su estatura; rostro largo con maxilar cuadrado y pómulos marcados y pelo oscuro espeso. A Rebus casi se le escapó: «Tendrías que estar en un escenario con un grupo de música, no en este empleo sin futuro». Pero quizá Gary no pensaba lo mismo. Era guapo, lo que explicaba lo de la mujer «fuera de serie». De todas maneras, Rebus no podía juzgar los parámetros de Wills.
En veinte minutos de interrogatorio no obtuvo más que repeticiones: nombre, Gary Walsh; una casita en Shandon; trabajaba allí hacía nueve meses; antes había intentado ser taxista, pero no le gustaba el turno de noche; y no había oído ni visto nada raro aquella noche.
—¿Qué hace cuando llegan las once? —preguntó Rebus.
—Cerramos las persianas metálicas de la entrada y la salida.
—¿Y nadie puede salir ni entrar? —Walsh negó con la cabeza—. ¿Comprueban si queda alguien dentro? —El hombre asintió con la cabeza—. ¿Había algún coche en el nivel cero?
—No lo recuerdo.
—¿Siempre aparca junto a la cabina?
—Sí.
—Pero cuando se marcha, ¿sale por el nivel cero? —El vigilante asintió con la cabeza—. ¿Y no vio nada?
—Ni oí nada.
—¿No habría sangre en el suelo?
El vigilante se encogió de hombros.
—Veo que le gusta la música, señor Walsh.
—Me encanta.
—Para escucharla reclinado en la silla, con los pies en alto, auriculares y ojos cerrados... Vaya vigilante de seguridad.
Rebus miró de nuevo los monitores sin hacer caso del ceño fruncido de Walsh. Había dos cámaras en el nivel cero: una en las barreras de salida y la otra dirigida hacia el fondo. Con la cámara de un móvil se vería mejor.
—Siento no poder ayudarle más —dijo Walsh en tono antipático—. ¿Quién era el difunto?
—Un poeta ruso llamado Todorov.
Walsh permaneció un instante pensativo.
—Yo no leo poesía.
—Pues anímese —replicó Rebus—. Aunque hay una buena lista de espera.
6
Los Estudios CR ocupaban la primera planta de un almacén reconvertido de Constitution Street. Clarke notó al estrechar la mano regordeta de Charles Riordan una especie de residuo húmedo perenne en la palma. Llevaba anillos en la derecha, pero no en la izquierda, y un grueso reloj de oro adornaba su muñeca. Observó también sudor en los sobacos de su camisa malva. Se había subido las mangas, dejando a la vista sus brazos cubiertos de vello negro ensortijado. Su manera de moverse le dio a entender que le gustaba parecer constantemente ocupado. Había una mesa de recepción a la entrada y una especie de técnico pulsando botones en un cuadro de control, con los ojos clavados en una pantalla en la que se veían lo que ella imaginó que serían ondas acústicas.
—El Reino del Ruido —dijo Riordan.
—Impresionante —comentó Clarke. A través de un cristal veía dos cabinas vacías—. Pero no hay mucho sitio para una banda.
—Podemos grabar a cantautores —replicó Riordan—. Un intérprete con su guitarra... y poco más. Pero trabajamos sobre todo la alocución: anuncios radiofónicos, audiolibros, superposición hablada en televisión...
«Un reino muy especializado», pensó Clarke. Preguntó si había un despacho donde hablar, pero Riordan abrió los brazos. El reducido reino de un especialista.
—Bien, como le dije por teléfono...
—¡Ah, sí, claro! —exclamó Riordan—. ¡No puedo creer que haya muerto!
Ni la recepcionista ni el técnico se inmutaron; Riordan se lo habría dicho nada más colgar el teléfono.
—Intentamos reconstruir los últimos movimientos del señor Todorov —añadió Clarke abriendo la libreta para impresionar—. Creo que usted tomó anoche unas copas con él.
—No fue la única vez que estuve con él, cielo —dijo Riordan casi como jactándose. Se quitó las gafas de sol, descubriendo unos ojos grandes con ojeras—. Yo le invité a cenar.
—¿Anoche? —Clarke vio que asentía con la cabeza—. ¿Dónde?
—En West Maitland Street. Nos tomamos un par de cervezas cerca de Haymarket. Él había pasado el día en Glasgow.
—¿Sabe por qué motivo?
—Porque quería conocer la ciudad. Quería palpar la diferencia entre las dos ciudades por si encontraba una explicación del país. ¡Que la suerte le asistiera! Yo, que llevo viviendo casi toda mi vida aquí, aún no lo entiendo —añadió Riordan meneando despacio la cabeza—. Él se dedicó a explicarme su teoría sobre los escoceses, pero me entró por un oído y me salió por el otro.
Clarke advirtió que la recepcionista y el técnico intercambiaban una mirada y supuso que no era la primera vez que oían aquello.
—Así que pasó el día en Glasgow —repitió—. ¿A qué hora se vieron?
—Hacia las ocho. Dejó que pasase la hora punta para sacar un billete más barato. Le esperé en la estación y fuimos a un par de pubs. No eran las primeras copas que se tomaba.
—¿Estaba bebido?
—Estaba voluble. Alex, cuando bebía, se volvía más intelectual, lo que era una lata porque no se le podía seguir en la conversación.
—¿Qué hicieron después de cenar?
—Poca cosa. Yo me fui a casa y él dijo que tenía más sed. Conociéndole, seguro que iría a Mather’s.
—¿En Queensferry Street?
—Pero pudo muy bien seguir hasta el hotel Caledonian.
O sea que Todorov se habría dirigido a la derecha de Princes Street, a tiro de piedra de King’s Stables Road.
—¿A qué hora fue eso?
—Sería hacia las diez.
—Tengo entendido que en la Biblioteca de Poesía Escocesa grabó el recital del señor Todorov la tarde anterior.
—Exacto. He grabado a muchos poetas.
—Charlie ha grabado mucho de todo —añadió el técnico, y Riordan rio nervioso.
—Se refiere a mi proyecto... Estoy haciendo una especie de panorama sonoro de Edimburgo. Desde recitales de poesía hasta conversaciones en pubs, ruidos callejeros, el canal de Leith al salir el sol, muchedumbres en el fútbol, el tráfico en Princes Street, la playa de Portobello, gente paseando con perros por Hermitage... Cientos de horas de grabación.
—Miles de horas, más bien —terció el técnico.
Clarke trató de centrarse en el asunto.
—¿Conocía de antes al señor Todorov?
—Grabé un recital suyo en un café.
—¿En cuál?
Riordan se encogió de hombros.
—Era para una librería llamada Word Power.
Clarke la había visto aquella misma tarde enfrente del pub en el que había comido con Rebus. Recordó un verso de uno de los poemas de Todorov —«Nada cuadra»— y volvió a pensar qué equivocado estaba.
—¿Cuánto tiempo hace de eso?
—Tres semanas. Esa noche tomamos también una copa.
Clarke dio unos golpecitos en la libreta con el bolígrafo.
—¿Tiene el recibo del restaurante?
—Es posible —respondió Riordan sacando la cartera del bolsillo.
—Es la primera vez que la veo este año —comentó el técnico, motivando una carcajada de la recepcionista, que jugueteaba con un bolígrafo entre los dientes. Clarke se imaginó que eran pareja, tal vez sin que lo supiera el jefe. Riordan sacó unos cuantos recibos.
—Por cierto —musitó—, tengo que entregar algunos al contable... Ah, aquí está —añadió tendiéndoselo—. ¿Puede decirme para qué lo quiere?
—Para ver la hora, señor. Las nueve cuarenta y ocho... tal como dijo —Clarke guardó el papel en la parte de atrás de su libreta.
—No me ha preguntado —añadió Riordan risueño— por qué nos vimos.
—Muy bien. ¿Por qué?
—Alex quería una copia de su actuación. Pensaba que había estado bien.
Clarke pensó en el piso del poeta.
—¿Le pidió un formato determinado?
—La guardé en un CD.
—Él no tenía reproductor de CD.
Riordan se encogió de hombros.
—Pero hay mucha gente que sí tiene —replicó.
Cierto, pero el CD en cuestión no había aparecido; se lo habrían robado con el resto de pertenencias...
—¿Podría hacerme una copia, señor Riordan? —preguntó Clarke.
—¿De qué va a servirle?
—No lo sé, pero me gustaría oírle en acción, por así decirlo.
—Tengo el disco maestro en el estudio de casa. Se lo puedo grabar mañana.
—Mi comisaría está en Gayfield Square... ¿podría enviármelo allí?
—Se lo llevará uno de los chicos —dijo Riordan mirando al técnico y a la recepcionista.
—Gracias por su ayuda —dijo Clarke.
Cuando en marzo prohibieron fumar, Rebus pensó en el desastre que aquello iba a suponer para locales que, como el bar Oxford, eran pubs tradicionales que ofrecían servicio de necesidades básicas al corredor de apuestas, tal como una pinta de cerveza, un cigarrillo y las carreras de caballos en la tele. No obstante, la mayoría de sus guaridas predilectas habían sobrevivido, aunque con menos clientela. Los fumadores empedernidos habían formado un grupo irreductible que se juntaba en la acera para hablar y contar chismes. Aquella noche la charla era tan variada como era habitual: uno daba su opinión sobre un bar de tapas recién inaugurado, la mujer que estaba a su lado preguntaba cuál era la hora menos agobiante para ir a Ikea, uno que fumaba en pipa argumentaba sobre la plena independencia y su interlocutor inglés replicaba en broma que al sur ya le alegraría que se separaran «¡y se acabaron las limosnas!».
—La única limosna que necesitamos es el petróleo del Mar del Norte —dijo el fumador de pipa.
—No durará veinte años. Dentro de veinte años estarán otra vez pidiendo limosna.
—Dentro de veinte años seremos Noruega.
—O Albania.
—Pero si los laboristas pierden los escaños escoceses en Westminster —terció otro fumador— no volverán a votarles al sur de la frontera.
—Tiene razón —comentó el inglés.
—¿Nada más abrir o antes de que cierren? —preguntó la mujer de Ikea.
—Trocitos de calamar con tomate —decía su vecino—. No está mal si le coges el gusto.
Rebus aplastó la colilla y entró al bar. Le esperaba la ronda de bebidas con el cambio. Colin Tibbet llegó para ayudarle.
—Puedes quitarte la corbata, ¿sabes? —dijo Rebus en broma—. No estamos en la comisaría.
Tibbet sonrió sin decir nada. Rebus se guardó el cambio y cogió los dos vasos. Le agradaba que Phyllida Hawes bebiera cerveza. Tibbet tomaba un zumo de naranja y Clarke un vaso de vino blanco. Estaban en la mesa del fondo y Clarke había puesto encima su libreta. Hawes, sin decir nada, alzó el vaso hacia Rebus al sentarse él en la silla.
—Han tardado bastante en servirme —dijo a modo de disculpa.
—Habrás aprovechado para fumarte un pitillo —le recriminó Clarke, sin que él se inmutara.
—Bien, ¿qué tenemos? —preguntó.
Lo único que tenían era el detalle de las dos o tres últimas horas de la vida de Todorov, una lista más amplia de las cosas que faltaban —presuntamente robadas al muerto— y un nuevo escenario del crimen: el aparcamiento.
—¿Hay algún dato que apunte —dijo Colin Tibbet— a que realmente nos enfrentamos con algo que no sea un atraco particularmente brutal?
—Pues no —respondió Clarke, cruzando la mirada con Rebus, quien asintió con un lento parpadeo. Pero no acababa de estar claro; Clarke lo advertía también. El móvil de Rebus, que estaba en la mesa, comenzó a vibrar haciendo temblar el vaso próximo a él. Lo cogió y se apartó para tener más cobertura o evitar el barullo del local. En el salón de atrás había más gente: tres turistas desconcertados en un rincón que miraban con exagerado interés los diversos objetos y anuncios de la pared, y dos hombres con traje inclinados sobre otra mesa, discutiendo algo en voz muy baja. En la televisión se emitía un concurso.
—Podríamos formar un grupo los cuatro —dijo Tibbet, y Hawes manifestó su sorpresa—. En Jefatura, una semana antes de Navidad, van a formar uno para un concurso en un pub —añadió él.
—Para entonces —terció Clarke— seremos un equipo de tres.
—¿Sabes algo del ascenso? —preguntó Hawes. Clarke negó con la cabeza—. Se lo toman con tranquilidad —añadió pinchándola más.
Rebus regresó.
—¿A que no sabéis una cosa? —dijo sentándose—. Era Howdenhall, con novedades. Los análisis demuestran que el poeta ruso eyaculó en algún momento durante el día. Por lo visto han descubierto manchas en los calzoncillos.
—Tal vez ligó en Glasgow —aventuró Clarke.
—Quizá —dijo Rebus.
—¿Él y ese especialista en sonido? —sugirió Hawes.
—Todorov estaba casado —dijo Clarke.
—Pero con los poetas nunca se sabe —añadió Rebus—. Pudo ser bastante después de la cena, desde luego.
—En cualquier momento antes de que lo atracasen —Clarke y Rebus intercambiaron otra mirada.
Tibbet se rebulló en la silla.
—O tal vez fue... Bueno, ya sabéis —añadió con un carraspeo, ruborizándose.
—¿Qué? —preguntó Clarke.
—Ya sabe... —repitió Tibbet.
—Creo que Colin se refiere a la masturbación —exclamó Hawes. La mirada de agradecimiento que Tibbet le dirigió fue de antología.
—¿John? —dijo el camarero, y Rebus se volvió—. ¿Ha visto esto? —preguntó, mostrándole un ejemplar del Evening News con un titular que decía MUERTE DE UN POETA y un subtítulo en negrita: «¡El disidente que osó decir nyet!». Había una foto de archivo de Alexander Todorov; seguramente tomada en el parque de Princes Street porque se veía el castillo al fondo. Llevaba una bufanda escocesa y era probablemente su primera jornada en el país. Un hombre con solo dos meses de vida.
—Se fue de la lengua —comentó Rebus cogiendo el diario—. ¿Vale como metáfora? —añadió para la concurrencia.
TERCER DÍA
7
En el Departamento de Investigación Criminal de la comisaría de Gayfield Square había un olor extraño. Solía notarse en pleno verano, pero aquel año era como si no fuera a desaparecer. Pasaban días o semanas sin que se notara y de pronto, una mañana, reaparecía solapadamente. Habían dirigido diversas protestas a Jefatura y la Federación de la Policía Escocesa presentó una amenaza de paro. Se procedió a levantar los suelos, revisar las cañerías y a echar insecticida, pero todo resultaba inútil.
«Huele a muerto», comentaban los veteranos. Rebus sabía a qué se referían: de vez en cuando aparecía un cadáver en descomposición en un sillón de algún adosado de los años sesenta, o sacaban un cuerpo flotando del canal de Leith. Había un cuarto especial para ellos en el depósito, en el que los celadores habían puesto una radio en el suelo que podía enchufarse a voluntad: «Ayuda a olvidar la peste».
En Gayfield Square la solución consistía en abrir todas las ventanas, lo que producía un descenso de la temperatura. El despacho del inspector jefe James Macrae —separado por una puerta de cristal de las oficinas del DIC— era como una nevera. Aquella mañana el previsor Macrae se había traído una estufa eléctrica de su casa de Blackhall. Rebus había leído que Blackhall era la zona residencial de los ricos de Edimburgo. Le parecía inverosímil... chalets y más chalets. Las casas en Barnton y en la Ciudad Nueva valían millones. Pero tal vez eso explicara por qué la gente que vivía allí no era tan rica como la de Chaletilandia.
Macrae enchufó la estufa orientada hacia su mesa. Phyllida Hawes se había arrimado tanto que estaba sentada en el regazo de Macrae, como quien dice, lo que hizo fruncir el ceño al inspector jefe.
—Bien —exclamó juntando las manos como si fuera a rezar enfadado—, el informe de la investigación. —Pero antes de que Rebus tomara la palabra Macrae advirtió una anomalía—. Colin, cierre la puerta, por favor. Aprovechemos nosotros el poco calor de que disponemos.
—No tengo sitio, señor —respondió Tibbet, que estaba en el umbral. Era cierto; con Macrae, Rebus, Clarke y Hawes el despacho se quedaba pequeño.
—Pues váyase a su mesa —replicó Macrae—. Seguro que Phyllida puede suplir su información.
Pero a Tibbet no le apetecía eso; si a Clarke la ascendían a inspectora, quedaría una plaza de sargento por la que competirían Hawes y él. Encogió el estómago y logró cerrar la puerta.
—Informe de investigación —repitió Macrae, pero en ese momento sonó el teléfono y lo cogió con un gruñido. Rebus pensó en la tensión arterial de su jefe. No es que pudiera presumir de la suya, pero Macrae tenía el rostro enrojecido y, aunque era un par de años más joven, casi no tenía pelo. Tal como le había comentado el médico a Rebus en la última revisión: «Tiene una racha de suerte, John, pero la suerte siempre se acaba».
Macrae emitió unos gruñidos antes de colgar y fijó la vista en Rebus.
—En recepción hay alguien del consulado ruso —dijo.
—Ya me preguntaba yo cuándo vendrían —comentó Rebus—. Le atenderemos Siobhan y yo, señor. Phyl y Colin pueden hacerle el informe; anoche tuvimos asamblea.
Macrae asintió con la cabeza y Rebus se volvió hacia Clarke.
—¿Lo recibimos en una de las salas de interrogatorios? —preguntó ella.
—Es lo que estaba pensando.
Salieron del despacho y cruzaron el DIC. Los tableros de las paredes estaban aún vacíos; aquel mismo día, más tarde, se llenarían de fotos del escenario del crimen, listas de nombres, tareas a realizar y horarios de turnos. En algunos casos de homicidio se organizaba un cuartel general provisional a partir del cual se iniciaba la investigación, pero Rebus no veía la necesidad en este caso. Pondrían carteles en la salida del aparcamiento pidiendo información y quizás Hawes y Tibbet o unos cuantos uniformados repartirían octavillas por los parabrisas. Aquella sala larga y fría sería el cuartel general. Clarke miró por encima del hombro hacia el despacho de Macrae. Hawes y Tibbet parecían disputarse quién daba mejor información al jefe.
—Cualquiera pensaría que hay una vacante de sargento. ¿Tú por quién apuestas?
—Phyl lleva más años —respondió Clarke—. Tiene que ser la favorita. Si el ascenso es para Colin, creo que abandonará el Cuerpo.
Rebus asintió con la cabeza.
—¿En qué sala de interrogatorios? —preguntó.
—Me gusta la tres.
—¿Por qué?
—La mesa es mugrienta y rayada y hay grafitis en las paredes... Es donde conducen a la gente cuando ha hecho algo.
Rebus sonrió por su manera de razonar. Incluso para un inocente, la sala de interrogatorios número 3 era una experiencia desagradable.
—Eso es —dijo.
El empleado consular llamado Nikolai Stahov se presentó con una humilde sonrisa. Joven y de rostro infantil, lucía pelo castaño claro con raya, lo que le hacía aún más infantil. Pero medía un metro ochenta y era ancho de hombros, y llevaba un chaquetón tres cuartos de lana, negro, con cinturón y el cuello subido. De un bolsillo asomaba un par de guantes; mitones, en realidad —advirtió Rebus—, sobados y abiertos por la parte de los dedos. Al darle la mano, a Rebus le dieron ganas de preguntar: «¿Te viste tu mamá?».
—Lamentamos lo del señor Todorov —dijo Clarke estrechando la mano al ruso, quien lo complementó con una leve reverencia.
—El consulado —dijo Stahov— quiere asegurarse de que harán todo lo posible por capturar y llevar al criminal ante los tribunales.
Rebus asintió despacio con la cabeza.
—Estaríamos más cómodos en una sala de interrogatorios...
Condujeron al joven ruso a través del pasillo y se detuvieron ante la tercera puerta. Estaba abierta; Rebus empujó la puerta, haciendo una señal a Clarke y Stahov para que pasaran y dio la vuelta al cartel de fuera por el lado de «Ocupado».
—Siéntese —dijo. Stahov así lo hizo mirando a su alrededor. Iba a poner las manos en la mesa, pero se arrepintió y las recogió en el regazo. Clarke se sentó frente a él y Rebus se recostó en la pared con los brazos cruzados—. Bien, ¿qué puede decirnos de Alexander Todorov? —preguntó.
—Inspector, he venido para mayor tranquilidad y más bien por una cuestión de protocolo. Comprenderá que como diplomático no estoy obligado a contestar a sus preguntas.
—Porque goza de inmunidad —asintió Rebus—. Dábamos por sentado que quería ayudarnos en lo que pudiera. Se trata de un compatriota suyo que ha sido asesinado, y de un personaje bastante relevante —añadió como en tono ofendido.
—Por supuesto, por supuesto, qué duda cabe —contestó Stahov sin dejar de volver la cabeza hacia uno y otro.
—Muy bien —terció Clarke—. Entonces, ¿querrá decirnos hasta qué punto era molesto Todorov?
—¿Molesto? —No estaba claro si Stahov había captado el matiz.
—Molesto para el consulado, por ser un poeta disidente que residía en Edimburgo —añadió Clarke.
—No era molesto en absoluto.
—¿Le hicieron un recibimiento oficial? —preguntó Clarke—. ¿Algún tipo de fiesta en el consulado? Había sido candidato al Nobel... una circunstancia muy satisfactoria.
—En la Rusia actual no se le da mucha importancia al premio Nobel.
—El señor Todorov había realizado hace poco un par de lecturas públicas... ¿Asistió usted a ellas?
—Tenía otras ocupaciones.
—¿Asistió alguien del consulado?
Stahov creyó oportuno interrumpir.
—No veo qué importancia puede tener esto para sus indagaciones. En realidad, sus preguntas podrían ser una cortina de humo. Que nos agradara o no la presencia de Todorov es irrelevante. Le han asesinado en este país, en esta ciudad. En Edimburgo existen problemas de raza y religión; ha habido agresiones a trabajadores polacos y vestir una camiseta de cierto equipo de fútbol puede crear bastante animosidad.
Rebus miró a Clarke.
—Hablando de cortina de humo...
—Lo que digo es cierto —añadió Stahov con cierto temblor en la voz, procurando calmarse—. Lo que desea el consulado, inspector, es estar al corriente de las indagaciones. De ese modo podremos garantizar a Moscú que se lleva a cabo una investigación rigurosa y como es debido, de modo que ellos, a su vez, puedan por su parte expresar satisfacción a su gobierno.
Rebus y Clarke reflexionaron un instante. Rebus metió las manos en los bolsillos.
—Cabe la posibilidad —dijo en voz baja— de que al señor Todorov le agredieran por venganza. Esa persona podría ser un residente ruso de Edimburgo. Supongo que su consulado tendrá una lista de los ciudadanos rusos que viven y trabajan aquí.
—Inspector, en mi opinión, Alexander Todorov fue una de tantas víctimas del crimen callejero de esta ciudad.
—Sería absurdo descartar posibilidades en esta fase de la investigación, señor.
—Y esa lista sería útil —añadió Clarke.
Stahov miró a uno y otro. Rebus esperaba que se decidiera pronto. Había sido un error hablar con él en la sala número tres, porque hacía un frío tremendo. El chaquetón del ruso parecía confortable, pero sabía que Siobhan no tardaría en tiritar. Le extrañaba que no se condensara el hálito de las respiraciones.
—Ya veré lo que puedo hacer —dijo finalmente Stahov—. A cambio, ¿me tendrán al corriente de la investigación?
—Déjenos su número de teléfono —dijo Clarke. El joven ruso pareció aceptar el compromiso.
Pero Rebus sabía que no era así.
En el mostrador de recepción había un paquete para Siobhan Clarke. Rebus había salido de la comisaría a fumar un cigarrillo y a ver si Stahov tenía chófer. Clarke abrió el sobre y vio que era un CD con la anotación «Riordan» escrita con rotulador grueso, detalle elocuente sobre Charles Riordan, que ponía su nombre en vez del de Todorov. Se llevó el compacto arriba, pero no había reproductor, por lo que se dirigió al aparcamiento, pasando junto a Rebus.
—Le esperaba un gran Mercedes negro —dijo él— y el chófer llevaba gafas de sol y guantes. ¿Adónde vas?
Siobhan se lo explicó y él dijo que no le importaba acompañarla, aunque la previno de que quizá «no podría seguir su ritmo de marcha». Al final, se sentaron los dos en el coche de ella durante una hora y cuarto, con el motor en marcha para mantener la calefacción. Riordan lo había grabado todo: conversaciones entre los asistentes, la presentación de Abigail Thomas, la media hora de Todorov y las preguntas y respuestas del final, casi todas relacionadas con la política. Al apagarse los aplausos y mientras el público abandonaba la sala, el micrófono de Riordan continuaba grabando voces.
—Es un obseso —comentó Clarke.
—Y que lo digas —asintió Rebus. Casi lo último que oyeron fue una frase en ruso en voz baja—. Seguro que dicen —bromeó Rebus— «Gracias a Jruschov que ha terminado».
—¿Quién es Jruschov? —preguntó Clarke—. ¿Un amigo de Jack Palance?
La grabación del recital era extraordinaria, con aquella voz del poeta, sonora, ronca, elegíaca y estentórea. Algunos poemas los recitó en inglés y otros en ruso, si bien, casi todos, en ambos idiomas, ruso primero e inglés a continuación.
—Suena a escocés, ¿verdad? —comentó Clarke en un momento dado.
—Para una inglesa, tal vez —replicó Rebus.
«Vaya, ya estamos con eso», pensó Siobhan. Como tantas otras veces desde que la conocía, Rebus se mofaba de su acento «del sur». Pero esta vez no entró al trapo.
—Este se llama Raskólnikov —dijo en otro momento—. Lo recuerdo del libro. Es un personaje de Crimen y castigo.
—Yo lo leí probablemente antes de que tú nacieras.
—¿Has leído a Dostoievski?
—¿Crees que iba a mentir en una cosa así?
—¿Cuál es el argumento?
—La culpabilidad. Una de las grandes novelas rusas, a mi entender.
—¿Qué otras has leído?
—Eso da igual.
Al terminar el CD, él se volvió hacia ella.
—Tú que has escuchado el recital y has leído el libro, ¿has advertido alguna motivación para que le asesinaran?
—No —respondió Siobhan—. Y ya sé lo que piensas... Que Macrae va a tratar el caso como un atraco que salió mal.
—Que es también más o menos como el consulado quiere que se proceda.
Ella asintió despacio con la cabeza, pensativa.
—¿Con quién tuvo relaciones sexuales? —preguntó finalmente.
—¿Eso es relevante?
—No lo sabremos hasta que lo descubramos. La candidata más probable es Scarlett Colwell.
—¿Por ser tan guapa? —inquirió Rebus dubitativo.
—¿No soportas imaginarla con otro? —replicó Siobhan en broma.
—¿Y la señorita Thomas de la Biblioteca de Poesía?
Siobhan dio un resoplido como respuesta.
—No creo que sea una rival —añadió.
—La doctora Colwell no parecía tan segura.
—Lo que probablemente explica más sobre la doctora Colwell que sobre la señorita Thomas.
—Tal vez el joven Colin tenía razón —aventuró Rebus—. O lo más probable es que nuestro ardoroso poeta estuviera con una puta en Glasgow. —Al observar el gesto de Clarke, añadió—: Perdona, una «trabajadora del sexo». ¿O ha cambiado la terminología desde que me diste con la vara?
—Tú sigue así y te volveré a dar —dijo ella haciendo una pausa sin dejar de mirarle—. Tiene gracia que tú leyeras Crimen y castigo. He hecho una búsqueda sobre Harry Goodyear —añadió con un profundo suspiro.
—Ya me lo imaginé —dijo él centrando su atención en el parabrisas y el coche claro aparcado más allá. Clarke sabía que deseaba bajar el cristal de la ventanilla para fumar, pero fuera persistía aquel olor como pegado al asfalto.
—Era dueño de un pub en Rose Street a mediados de los años ochenta —dijo ella—. Tú eras sargento y testificaste para que le encarcelaran.
—Vendía droga en su local.
—Murió en la cárcel un año o dos después, ¿verdad? De un ataque al corazón, me parece... Tood Goodyear sería un bebé. — Hizo una pausa antes de continuar por si él añadía algo—. ¿Sabías que Todd tiene un hermano? Se llama Sol y ha estado vigilado varias veces; ahora vive en Dalkeith, por lo que es asunto de la División E. ¿En qué líos estará metido?
—Drogas.
—Así pues, ¿lo conoces?
—Deducción lógica.
—¿Y no sabías que Todd Goodyear era agente de policía?
—Lo creas o no, Shiv, no sigo la pista a los nietos de los delincuentes que he metido en la cárcel hace veinte años.
—El caso es que a Sol no se le detuvo por posesión de drogas, sino que se le imputó también tráfico, pero el tribunal le concedió el beneficio de la duda.
—¿Cómo te has enterado de todo eso? —preguntó Rebus volviéndose hacia ella.
—Fui a la oficina antes que tú esta mañana, estuve unos minutos trabajando con el ordenador e hice una llamada al DIC de Dalkeith. En su momento corrió el rumor de que Sol Goodyear traficaba por cuenta de Big Ger Cafferty.
Siobhan advirtió de inmediato que había tocado una fibra: Cafferty era un asunto pendiente —un gran asunto pendiente— y su nombre figuraba en el primer puesto de la lista de Rebus. Cafferty se las había arreglado para fingir que se había retirado, pero Rebus y Clarke sabían que no. Cafferty seguía mandando en Edimburgo. Y también ocupaba un puesto en su propia lista.
—¿Nos lleva algo de todo eso a alguna parte? —preguntó Rebus volviendo a fijar la atención en el parabrisas.
—Realmente, no —contestó ella mientras pulsaba la tecla para extraer el compacto, haciendo que de pronto sonara la radio: «Forth 1» y el DJ hablando sin parar. Siobhan la apagó. Rebus acababa de advertir algo.
—No sabía que había una cámara ahí —dijo, refiriéndose a un rincón del edificio entre la segunda y la tercera planta. La cámara enfocaba al aparcamiento.
—Es para reprimir el vandalismo. Por cierto, ¿crees que serviría de algo revisar en el centro de control del Ayuntamiento el metraje de la noche en que mataron a Todorov? Debe de haber cámaras en el extremo oeste de Princes Street y quizás en Lothian Road. Si alguien le seguía... —añadió Siobhan sin terminar la frase.
—Es una idea —dijo él.
—Será una aguja en un pajar —comentó ella. Como el silencio de Rebus equivalía a una confirmación, reclinó la cabeza en el respaldo. Ninguno de los dos tenía ganas de volver a entrar—. Recuerdo que leí en el periódico que tenemos el sistema de vigilancia más grande del mundo. En Londres hay más cámaras de vídeo que en todo Estados Unidos... ¿será cierto?
—Lo que es cierto es que no han disminuido los índices de delincuencia —replicó Rebus entrecerrando los ojos—. ¿Qué es ese ruido?
Clarke vio que Tibbet les hacía señas desde una ventana.
—Creo que nos llaman.
—A lo mejor se ha entregado el asesino impulsado por los remordimientos.
—Puede ser —añadió Clarke poco convencida.
8
—¿Has estado aquí alguna vez? —preguntó Rebus al pasar el detector de metales, recogiendo la calderilla y guardándosela en el bolsillo.
—Hice una visita guiada poco después de la inauguración —asintió Clarke.
Configuraban el techo unas formas esculpidas que Rebus no sabía si se trataba de cruces de la época de los cruzados. El vestíbulo de entrada bullía de actividad. Habían colocado unas mesas para los grupos de visita con montones de pases de identificación y el listado de los diversos grupos, y había personal por todas partes para dirigir a los visitantes hacia el mostrador de recepción. Al fondo del vestíbulo, un grupo de escolares de uniforme se disponía a sentarse a comer un bocadillo.
—Es mi primera vez —dijo Rebus—. Estaba intrigado por ver cómo era un edificio que ha costado cuatro millones de libras.
El Parlamento de Escocia había dividido a la opinión pública desde que los medios de comunicación airearon el proyecto. Había quien lo consideraba audaz y revolucionario, y quien cuestionaba sus rarezas y elevado precio. Antes de que la obra hubiera concluido habían muerto el arquitecto y la persona que la había encargado. Pero ahora, el edificio estaba terminado y en pleno funcionamiento. Rebus, desde luego, seguía pensando que la Cámara de los Diputados, que él había visto en la tele, era un poco rara.
Cuando dijeron a la mujer del mostrador de recepción que querían ver a Megan MacFarlane, esta imprimió dos pases de visitante, hizo una llamada a la oficina del Parlamento desde donde confirmaron que les esperaban, y otro empleado se acercó a decirles que lo siguieran. Era un hombre alto de paso rápido y, como la recepcionista, tenía más de sesenta y cinco años. Le siguieron a través de pasillos hasta un ascensor y recorrieron más pasillos a continuación.
—Hay mucho cemento y madera —comentó Rebus.
—Y cristal —añadió Clarke.
—Todo de lo más caro, por supuesto —dijo Rebus.
Su guía no dijo palabra y finalmente doblaron una última esquina, donde les aguardaba un joven.
—Gracias, Sandy. Yo los acompaño —dijo.
Cuando el guía se retiraba por donde habían venido, Clarke le dio las gracias, recibiendo un leve gruñido por respuesta. Quizás el hombre había quedado sin aliento.
—Me llamo Roddy Liddle. Megan es mi jefa —dijo el joven.
—¿Y quién es esa Megan? —inquirió Rebus—. Lo único que nos ha dicho el jefe es que viniéramos a hablar con alguien que se llama así, que, por lo visto, llamó.
—Fui yo quien llamó —respondió Liddle en un tono que daba a entender que era una más de las arduas tareas que se tomaba con calma.
—Hizo muy bien, hijo —comentó Rebus. El «hijo» se mostró visiblemente dolido. Liddle, con poco más de veinte años y consciente de ocupar un buen puesto en la política, miró a Rebus de arriba abajo antes de decidir no dar importancia al epíteto.
—Seguro que Megan se lo explicará —respondió.
Dicho lo cual, se volvió de espaldas y les condujo pasillo adelante.
Los despachos de los diputados del Parlamento de Escocia eran de dimensiones bien proporcionadas, con mesas para el personal y los propios políticos. Era la primera vez que Rebus veía una de las infames «células de reflexión», cubículos con ventanas curvadas y mullidos asientos destinados supuestamente a los diputados para elucubrar sus leyes sobre emisiones medioambientales. Y allí era donde los esperaba Megan MacFarlane, que se levantó a saludarlos.
—Me alegra que hayan venido tan pronto —dijo—. Sé que están ocupados con la investigación y no les entretendré mucho. —Era baja, delgada y de aspecto impecable, perfectamente arreglada con el maquillaje justo. Llevaba gafas de media luna caídas sobre la nariz y miró por encima de ellas a los dos policías—. Soy Megan MacFarlane —añadió, dándoles pie para que se presentaran. Liddle se sentó a su mesa para leer unos mensajes en el ordenador.
Rebus y Clarke dijeron sus nombres y la diputada del Parlamento de Escocia miró a su alrededor buscando donde sentarse, pero se le ocurrió otra cosa.
—Bajamos a tomar café, Roddy. ¿Te traigo uno?
—No, gracias, Megan. Tengo bastante con una taza al día.
—Ajá. ¿No tengo sesión después en la cámara? —preguntó, aguardando hasta que él negó con la cabeza, antes de dirigirse a Clarke—. Es por los efectos diuréticos, ¿saben? No esta bien tener que salir al váter en medio de un punto del orden del día...
Siguieron el mismo camino por donde habían venido y descendieron por una escalinata impresionante, mientras MacFarlane comentaba que los «nacionalistas escoceses» esperaban mucho de las elecciones de mayo.
—Los últimos sondeos nos dan cinco puntos por delante de los laboristas. Blair ha perdido popularidad y Gordon Brown también, por la guerra de Irak y el asunto de los títulos de nobleza. Fue un compañero mío quien inició la investigación. Entre los laboristas cunde el pánico porque Scotland Yard dice que ha descubierto «documentación importante y valiosa» —añadió con sonrisa de satisfacción—. El escándalo es la marca de fábrica de nuestros adversarios.
—O sea que, ¿esperan ustedes el voto de protesta? —preguntó Rebus.
MacFarlane consideró que el comentario no merecía respuesta.
—Si ganan en mayo —continuó Rebus—, ¿habrá un referéndum sobre la independencia?
—Se lo aseguro.
—¿Y nos convertiremos en el tigre celta?
—El partido laborista lleva decepcionando a los escoceses desde hace cincuenta años, inspector. Es hora de que haya un cambio.
Mientras hacían cola en el mostrador dijo que ella «invitaba». Rebus pidió un expreso, Clarke, un capuchino pequeño y la propia MacFarlane optó por un café solo en el que echó tres sobrecitos de azúcar. Había mesas cerca y se acomodaron en una vacía, apartando los servicios no recogidos.
—No sabemos de qué asunto se trata —dijo Rebus, alzando su taza—. Espero que no le importe ir al grano, pues, como usted misma ha dicho, tenemos una investigación pendiente en la comisaría.
—Naturalmente —dijo MacFarlane, haciendo una pausa como para ordenar sus pensamientos—. ¿Qué saben ustedes de mí?
Rebus y Clarke intercambiaron una mirada.
—Hasta que nos ordenaron venir a verla —contestó Rebus— ninguno de los dos habíamos oído su nombre.
La diputada, sin perder su aplomo, sopló sobre la superficie del café antes de dar un sorbo.
—Yo soy escocesa nacionalista —dijo.
—Nos lo habíamos imaginado.
—Y eso significa que me apasiona mi país. Si Escocia ha de prosperar este siglo, y hacerlo fuera de los lindes del Reino Unido, necesitamos ser emprendedores, tener iniciativa e inversiones —dijo apoyando su afirmación con tres dedos sucesivamente—. Por eso soy miembro activo del CRU, el Comité de Rehabilitación Urbana. Pero entiéndase que nuestro cometido no es exclusivamente urbano; en realidad, ya he propuesto un cambio de nombre para que quede claro.
—Perdone que la interrumpa —terció Clarke al advertir el nerviosismo de Rebus—, pero ¿puede decirme qué tiene esto que ver con nosotros?
MacFarlane bajó la mirada y esbozó una leve sonrisa de disculpa.
—Es que cuando algo me apasiona tengo tendencia a enrollarme.
La mirada que Rebus dirigió a Clarke fue harto elocuente.
—Ese lamentable incidente con el poeta ruso... —añadió MacFarlane.
—¿Por qué lo dice? —dijo Rebus, al quite.
—En este momento visita Escocia un grupo de hombres de negocios..., un grupo de rusos muy acaudalados pertenecientes a los sectores del petróleo, el gas y el acero y a diversas industrias que están trabajando para el futuro, inspector. El futuro de Escocia. Tenemos que garantizar que nada obstaculice las relaciones que con tanto esfuerzo hemos incentivado en los últimos años. Y lo que desde luego no deseamos es que haya alguien que piense que no somos un país hospitalario, un país que acoge culturas y etnias. Por ejemplo, lo que ha sucedido con ese pobre sij...
—¿Nos está preguntando —interrumpió Clarke— si se trata de una agresión racista?
—Un miembro del grupo ruso ha manifestado su preocupación en ese sentido —asintió MacFarlane mirando hacia Rebus, que de nuevo observaba el techo sin acabar de entender el concepto. Le habían comentado que las formas cóncavas representaban barcas, y volvió el rostro hacia la diputada con gesto afligido como esperando la confirmación.
—No podemos descartar nada —comentó, prescindiendo de su cuita—. Pudo haber un móvil racista. Esta mañana el consulado ruso nos comentó que unos trabajadores emigrantes del este de Europa habían sufrido agresiones. Así que, desde luego, es una de las líneas de investigación que seguiremos.
Ella lo miró sorprendida por la frase, tal como él esperaba. Clarke ocultó su sonrisa con la taza. Rebus decidió divertirse un poco más.
—¿Hubo alguno de esos hombres de negocios que estuviera hace poco con el señor Todorov? Si es el caso, convendría hablar con ellos.
MacFarlane eludió la réplica gracias a la presencia de un nuevo personaje que, como Rebus y Clarke, llevaba pase de identificación de visitante.
—Megan —dijo—, te he visto desde recepción. ¿No estaré interrumpiendo?
—En absoluto, Stuart —respondió la diputada, apenas ocultando su alivio—. Te invito a un café. —Y les dijo a Rebus y Clarke—: Les presento a Stuart Janney, del First Albannach Bank. Stuart, estos son los policías encargados del caso Todorov.
Janney les estrechó la mano antes de sentarse.
—Espero que los dos sean clientes del banco —comentó con una sonrisa.
—Dada mi situación económica —replicó Rebus— le alegrará saber que tengo cuenta en la competencia.
Janney hizo una mueca exagerada. Llevaba la gabardina en el brazo y la dobló en su regazo.
—Qué macabro, ese asesinato —dijo mientras MacFarlane se unía a la cola del bar.
—Macabro —repitió Rebus.
—Por lo que ha dicho la señorita MacFarlane —terció Clarke—, creo que ya habló de ello con usted.
—Surgió en la conversación esta mañana —contestó Janney, pasándose una mano por su pelo rubio. Tenía un rostro pecoso de piel rosada que a Rebus le recordaba a Colin Montgomerie de joven, y el azul de sus ojos era como el de la corbata. Janney consideró que debía añadir una explicación—: Estuvimos hablando por teléfono.
—¿Tiene usted algo que ver con los visitantes rusos? —preguntó Rebus, y Janney asintió con la cabeza.
—El FAB no desdeña nunca a posibles clientes, inspector.
El FAB era el nombre con que la gente se refería al First Albannach Bank. Era un término afectuoso emblemático de una de las grandes empresas de Escocia, y probablemente la más rentable. En los anuncios de la tele el FAB se presentaba como una gran familia, casi como de telenovela, y la nueva central del banco —construida en el cinturón verde a pesar de las protestas— era una ciudad en miniatura con centro comercial y cafés. El personal podía ir a la peluquería o comprar lo necesario para la cena, utilizar el gimnasio o jugar al golf en el propio campo de nueve hoyos de la empresa.
—Aquí tienen, si desean que alguien les administre el saldo deudor... —dijo Janney sacando tarjetas de visita. MacFarlane se rio al verlo antes de tenderle el café solo. Rebus pensó que era curioso que él tomase lo mismo que ella; pero casi apostó algo mentalmente a que, si acompañaba a un cliente importante, Janney tomaba lo mismo que pidiera este. En la Academia de Policía en Tulliallan habían hecho un cursillo un par de años atrás sobre técnicas empáticas de interrogatorio, según las cuales cuando se interroga a un testigo o a un sospechoso debe intentarse descubrir cosas en común aun a base de mentir. Rebus nunca había sabido aplicarlas, pero estaba seguro de que a Janney le resultaría algo natural.
—Stuart es incorregible —dijo la diputada—. ¿Qué les decía yo sobre fomentar negocios? No es ético —añadió sonriendo, mientras Janney, conteniendo la risa, acercaba las tarjetas a Rebus y Clarke.
—El señor Janney —dijo Clarke— nos ha dicho que estuvieron hablando de Alexander Todorov.
Megan MacFarlane asintió despacio con la cabeza.
—Stuart actúa de asesor del CRU.
—No sabía yo que el FAB era pronacionalista, señor Janney —dijo Rebus.
—El banco es totalmente neutral —replicó Janney—. En el Comité de Rehabilitación Urbana hay doce miembros que representan a cinco partidos políticos, inspector.
—¿Y con cuántos de ellos habló hoy por teléfono?
—Hasta ahora solo con Megan —contestó el banquero—, pero aún falta bastante para la hora de comer —añadió, consultando el reloj.
—Stuart es asesor de nuestras tres «I» —añadió MacFarlane—. Iniciativas de inversión interior.
Rebus hizo caso omiso de la explicación.
—¿Le pidió la señorita MacFarlane que viniera aquí, señor Janney? —Obtuvo la contestación al ver que el banquero miraba a la diputada—. ¿Qué hombre de negocios fue? —añadió, dirigiéndose a ella.
—¿Cómo dice? —replicó ella parpadeando.
—¿Quién fue el que mostró preocupación por Alexander Todorov?
—¿Por qué quiere saberlo?
—¿Hay alguna razón que impida que lo sepa? —replicó Rebus enarcando una ceja para impresionar.
—El inspector te tiene acorralada, Megan —dijo Janney con una sonrisa torcida que obtuvo una mirada torva, desvanecida cuando la diputada miró a Rebus.
—Fue Sergei Andropov —dijo.
—Hubo un presidente ruso llamado Andropov —comentó Clarke.
—No son parientes —puntualizó Janney dando un sorbo al café—. En la sede central del banco le llaman Svengali.
—¿Puede decirme por qué? —preguntó Clarke con auténtica curiosidad.
—Por las empresas que ha absorbido y el modo en que ha logrado, de paso, protagonismo internacional para su negocio; por cómo sabe hacer cambiar de idea a los consejos de administración, por sus estrategias y su astucia... —dijo Janney, dejando la frase en el aire—. Estoy seguro —añadió— de que es un apelativo cariñoso.
—En cualquier vaso, usted sí que parece tenerle cariño —comentó Rebus—. Me imagino que su banco estaría encantado de hacer negocios con esos personajes.
—Ya los hacemos.
Rebus decidió borrar la sonrisa del rostro del banquero.
—Pues Alexander Todorov también era cliente de su banco, señor, y ya ve qué ha sido de él.
—Lo que dice el inspector Rebus da que pensar —terció Clarke—. ¿Nos podría facilitar datos sobre las cuentas del señor Todorov y sus últimos movimientos?
—Hay un protocolo...
—Lo comprendo, señor, pero eso nos ayudaría a encontrar al asesino, y de paso a tranquilizar a sus clientes.
Janney reflexionó un instante haciendo un mohín.
—¿Hay un albacea? —preguntó.
—No nos consta.
—¿En qué sucursal tenía la cuenta?
Clarke estiró los brazos y se encogió de hombros, sonriendo esperanzada.
—Veré lo que puedo hacer.
—Se lo agradecemos, señor —dijo Rebus—. Nuestra comisaría está en Gayfield Square —añadió mirando a su alrededor ostensiblemente—. No es tan grande como esto, pero tampoco exprime al contribuyente.
9
Fue un breve trayecto desde el Parlamento hasta el Ayuntamiento. Rebus dijo en recepción que tenían una cita a las dos con la alcaldesa y, como llegaban con mucha anticipación, preguntó si podrían dejar el coche aparcado fuera. Los empleados no hicieron objeciones y Rebus, con una amplia sonrisa, inquirió si entre tanto podían saludar a Graeme MacLeod. Les hicieron de nuevo unos pases, pasaron otro control de seguridad y entraron. Mientras esperaban el ascensor, Clarke se volvió hacia Rebus.
—Quería decirte que has interrogado muy bien a MacFarlane y a Janney.
—Ya me lo he imaginado al ver que me has dejado a mí casi todo el trabajo.
—¿Estoy a tiempo de retirar el cumplido? —Sonrieron los dos—. ¿Cuánto tardarán en descubrir que has ocupado un espacio de aparcamiento con falsos pretextos?
—Depende de que pregunten o no a la secretaria de la alcaldesa.
El ascensor los llevó dos pisos más abajo, al sótano, donde les aguardaba un hombre. Rebus se lo presentó a Clarke como Graeme MacLeod y él los condujo a la sala UCV o Unidad Central de Vigilancia. Rebus ya la conocía, pero Clarke no, por lo que se quedó algo sorprendida al ver el despliegue de docenas de monitores de circuito cerrado de tres al fondo, atendidos por personal con ordenador en sus respectivas mesas.
A MacLeod le gustaba ver la reacción de sorpresa de los visitantes y comenzó a dar explicaciones encantado.
—En Edimburgo existe videovigilancia desde hace diez años —dijo—. Comenzamos con doce cámaras en el centro, en la actualidad tenemos más de ciento treinta, y dentro de poco tendremos más. Mantenemos conexión directa con el Centro de Control de la Policía en Bilston, y unas mil doscientas detenciones al año son el resultado de lo que observamos en esta agobiante unidad.
Era cierto que en la sala hacía calor a causa de las pantallas, y Clarke se quitó el abrigo.
—Trabajamos 24 horas todos los días de la semana —prosiguió MacLeod— y podemos localizar a un sospechoso y dar a la policía su localización. —Los monitores estaban numerados y MacLeod señaló uno de ellos—. Ahí se ve Grassmarket, y si Jenny —añadió apuntando hacia una mujer sentada a una mesa— acciona el teclado, la cámara se desplaza y enfoca a una persona que esté aparcando el coche o que salga de una tienda o de un pub.
Jenny hizo una demostración y Clarke asintió despacio con la cabeza.
—La imagen es muy clara —comentó—. Y en color... Yo pensaba que era en blanco y negro. Me imagino que en King’s Stables Road no habrá cámaras.
MacLeod contuvo la risa.
—Ya me figuraba que venían por eso —dijo cogiendo un libro de registro y pasando un par de páginas—. Por la noche estaba Martin de controlador y captó coches de policía y una ambulancia. —MacLeod señaló con el dedo la línea de registro—. Incluso verificó cierto metraje anterior, pero no descubrió nada concluyente.
—Eso no quiere decir que no haya algo.
—Por supuesto.
—Siobhan me ha comentado que en Reino Unido existen más cámaras de vigilancia que en ningún otro país —dijo Rebus.
—El veinte por ciento de todas las cámaras de circuito cerrado de todo el mundo; una por cada doce habitantes.
—Sí que son muchas —musitó Rebus.
—¿Conservan todo el metraje grabado? —preguntó Clarke.
—Hacemos lo que podemos. Lo pasamos a disco duro y a vídeo, pero tenemos instrucciones...
—Lo que quiere decir Graeme —terció Rebus— es que no nos puede entregar el material en virtud de la Ley de protección de datos de 1997.
MacLeod asintió con la cabeza.
—De 1998, John. Podemos entregárselo pero hay que seguir unos cauces.
—Motivo por el cual sé que hay que confiar en el criterio de Graeme —dijo Rebus, volviéndose hacia MacLeod—. Me imagino que habrá examinado las grabaciones con el equivalente digital de un peine fino.
MacLeod sonrió y asintió con la cabeza.
—Jenny me echó una mano. Teníamos la foto de la víctima de diversas agencias de noticias. Creo que lo captamos en Shandwick Place; iba a pie y solo. Eran las diez pasadas. Una hora más tarde aparecía en Lothian Road, pero, como muy bien han pensado, en King’s Stables Road no tenemos cámaras.
—¿Tiene la impresión de que alguien lo seguía? —preguntó Rebus.
MacLeod negó con la cabeza.
—Y Jenny tampoco.
Clarke volvió a mirar los monitores.
—Unos años más de avance tecnológico y me quedaré sin trabajo —comentó.
MacLeod se echó a reír.
—Lo dudo. La vigilancia es un asunto muy delicado. Siempre existe el riesgo de violación de la intimidad, y los defensores de los derechos civiles no cesan de plantear obstáculos.
—Vaya novedad —musitó Rebus.
—No me dirá que le gustaría que una cámara enfocase su ventana —añadió MacLeod en broma.
Clarke reflexionó un instante.
—Charles Riordan se hizo cargo de la cuenta del restaurante a las 21:48. Todorov salió de allí en dirección al centro, pasando por Shandwick Place. ¿Cómo tardó media hora en recorrer cuatrocientos metros hasta Lothian Road?
—¿Tomaría una copa en algún bar? —aventuró Rebus.
—Riordan mencionó el Mather’s y el hotel Caledonian. Entrara donde entrase, estaba de nuevo en la calle a las 22:40, lo cual significa que pasó por el aparcamiento cinco minutos después —añadió ella, esperando a que Rebus asintiera con la cabeza.
—El aparcamiento lo cierran a las once —comentó él—. Sería una agresión rápida —añadió para MacLeod—: ¿Y después, Graeme?
MacLeod estaba al quite.
—El peatón que encontró el cadáver llamó a las 23:12. Nosotros examinamos el metraje de Grassmarket y Lothian Road de los diez minutos anteriores y posteriores —añadió encogiéndose de hombros— y solo se observa la habitual clientela de pubs, oficinistas de juerga y gente que sale a comprar tarde... Nada de atracadores furibundos martillo en mano.
—No nos vendría mal echar un vistazo —dijo Rebus—. Podría haber caras que nosotros conocemos.
—Muy bien.
—Pero ¿tenemos que seguir los cauces?
MacLeod se cruzó de brazos como respuesta.
Volvieron a recepción y cuando Rebus estaba abriendo una cajetilla, un ayudante con uniforme les cortó el paso. Rebus tardó un instante en darse cuenta de que la alcaldesa estaba allí, luciendo al cuello la cadena de oro del cargo y con cara de pocos amigos.
—Tengo entendido que tenemos una cita —dijo—. El caso es que no le constaba a nadie salvo a ustedes dos.
—Ha sido una confusión —alegó Rebus.
—¿Y no será una argucia para ocupar un espacio de aparcamiento?
—Ni mucho menos.
La alcaldesa le dirigió una mirada de odio.
—En cualquier caso, déjenlo libre —replicó—. Ese espacio es para visitas más importantes.
Rebus advirtió que estaba apretando el paquete de cigarrillos.
—¿Qué puede haber más urgente que una investigación por homicidio? —añadió.
La alcaldesa comprendió a qué se refería.
—¿Del poeta ruso? Ese caso requiere una solución rápida.
—¿Para aplacar a los adinerados del Volga? —aventuró Rebus. Y añadió tras pensar un instante—: ¿Hasta qué punto tiene relación con ellos el Ayuntamiento? Megan MacFarlane nos ha dicho que el Comité de Rehabilitación Urbana sí que la tiene.
La alcaldesa asintió con la cabeza.
—Y también el Ayuntamiento —dijo.
—Es decir que ¿estrechan la mano a esos ricachos con entusiasmo fingido? Me alegra comprobar el buen uso que se da a mis impuestos.
La alcaldesa dio un paso al frente mirándolo con odio más intenso. Estaba dispuesta a darle una buena réplica cuando su ayudante emitió un carraspeo. A través de los cristales vieron una limusina negra que cruzaba la arcada del edificio. La alcaldesa no habló, dio media vuelta y se alejó. Rebus aguardó unos segundos antes de salir él también con Clarke.
—Es estupendo hacer nuevos amigos —dijo ella.
—Shiv, me queda una semana para jubilarme, ¿qué más me da?
Caminaron unos metros por la acera e hicieron un alto para que Rebus encendiera el cigarrillo.
—¿Has leído hoy el periódico? —preguntó Clarke—. Ayer nombraron a Andy Kerr político del año.
—Muy conocido en su casa.
—Es el promotor de la ley antitabaco.
Rebus lanzó un resoplido. Unos peatones se detuvieron a ver cómo aquel coche de aspecto oficial se detenía junto a la alcaldesa. Su ayudante de librea se adelantó a abrirle la portezuela de atrás. Los cristales tintados no permitían ver al ocupante, pero nada más apearse este Rebus se imaginó que era uno de los rusos por su enorme abrigo, guantes negros y rostro adusto. Tendría unos cuarenta años, el pelo corto y unos ojos grises que no se perdían detalle de nada. Ni tampoco de Rebus y Clarke, a pesar de estar dando la mano a la alcaldesa y contestando a algo que ella le decía. Rebus aspiró humo con fuerza y los vio subir al coche.
—Por lo visto el consulado ruso piensa dedicarse al negocio del taxi —comentó Rebus, escrutando el Mercedes negro.
—¿Es el mismo coche en que vino Stahov? —aventuró Clarke.
—Creo que sí.
—¿Y el chófer?
—No sabría decirte.
Llegó otro empleado gesticulando para que se llevaran el coche y dejaran libre el aparcamiento para el Mercedes. Rebus alzó un dedo para darle a entender que esperara un minuto y en ese momento advirtió que Clarke no se había despojado de la tarjeta de visitante.
—Es mejor devolverlas —dijo—. Ten —añadió tendiéndole el cigarrillo a medias, pero al ver que no le hacía mucha gracia, lo dejó en el alféizar de una ventana—. Vigila que no se vuele —añadió cogiendo el pase de ella y quitándose el suyo.
—Seguro que no los quieren para nada —comentó ella, pero Rebus se limitó a sonreír y volvió a recepción.
—Aquí tienen las tarjetas —dijo a la mujer del mostrador—. Pueden aprovecharse, ¿no? Todos debemos aportar nuestro granito de arena —comentó con una sonrisa, que fue correspondida por otra de la recepcionista—. Por cierto —añadió, inclinándose sobre el mostrador—, ese hombre que iba con la alcaldesa, ¿es quien yo pienso?
—Es un potentado industrial —contestó la mujer. Efectivamente, allí sobre el mostrador estaba la tarjeta de visitante, y el apellido era el mismo que pronunció—: Sergei Andropov.
—¿Adónde vamos? —preguntó Clarke.
—A un pub.
—¿A cuál en concreto?
—A Mather’s, naturalmente.
Pero por el camino hacia Johnston Terrace, Rebus indicó a Clarke que se desviara, y una serie de giros a la izquierda los llevó desde el extremo de Grassmarket hasta King’s Stables Road, donde estacionaron frente al aparcamiento de varias plantas y comprobaron que Hawes y Tibbet estaban ocupados. Clarke tocó el claxon después de apagar el contacto. Tibbet se volvió y saludó con la mano. Se dedicaba a poner en los parabrisas una octavilla con el texo: ASUNTO POLICIAL: SE AGRADECE INFORMACIÓN. Hawes colocaba en la acera, junto a las barreras de salida, un cartel de caballete con una foto granulada de Todorov y más información: «Hacia las 11 de la noche del viernes 15 de noviembre, en este aparcamiento agredieron a un hombre que murió a consecuencia de las heridas. ¿Han visto algo? ¿Algún conocido suyo había aparcado aquí esa noche? Llamen, por favor, a la policía...» y se indicaba el número de una centralita.
—Menos mal —comentó Rebus señalando hacia los dos agentes—, porque en Homicidios no queda nadie.
—Macrae comentó lo mismo —añadió Hawes examinando su trabajo en el cartel—, y quería saber cuántos agentes íbamos a necesitar.
—A mí me gustan los equipos pequeños y bien organizados —replicó Rebus.
—Se nota que no es del Hearst —espetó Tibbet en voz baja.
—Ah, Colin, ¿tú eres del Hibs, igual que Siobhan?
—Del Livingston —replicó Tibbet.
—El dueño del Hearts es ruso, ¿no?
—Lituano —dijo Clarke.
Hawes interrumpió para preguntar adónde iban Rebus y Clarke.
—A un pub —respondió Clarke.
—Qué afortunados.
—Es más bien asunto de trabajo.
—¿Y qué hacemos Colin y yo después? —preguntó Hawes mirando a Rebus.
—Volved a comisaría a esperar el alud de llamadas —contestó él.
—Necesito que llaméis a la BBC —añadió Clarke acordándose de pronto— y preguntéis si pueden enviarnos una copia del programa Question Time en el que participó Todorov. Quiero comprobar hasta qué punto era disidente.
—En el noticiario de anoche emitieron un fragmento —dijo Colin Tibbet— entre otras informaciones sobre el caso. Por lo visto no tenían más imágenes de él.
—Gracias por informarme —dijo Clarke—. ¿Puedes pedírselo a la BBC?
Tibbet se encogió de hombros como señal de que aceptaba el encargo. Clarke advirtió que el montón de octavillas que aún le quedaban, aunque de diversos colores, eran en su mayor parte de un rosa escandaloso.
—Las encargamos a toda prisa —dijo Tibbet— y solo había esos colores.
—Vámonos —dijo Rebus dirigiéndose al coche, pero Hawes intervino.
—Habría que hacer el seguimiento con los testigos —dijo—. Podemos encargarnos Colin y yo.
Rebus fingió reflexionar cinco segundos antes de decir «no».
Una vez en el coche advirtió el letrero de «prohibido el paso» que les impedía llegar directamente a Lothian Road.
—¿Qué hago, me arriesgo? —preguntó Clarke.
—Tu verás, Shiv.
Ella se mordió el labio inferior y giró en redondo. Diez minutos más tarde estaban en Lothian Road, en el otro extremo de King’s Stables Road.
—Deberíamos habernos arriesgado —comentó Rebus. Dos minutos después aparcaban en raya amarilla frente a Mather’s, sin hacer caso de un indicador que advertía que la entrada a Queensferry Street era solo para autobuses o taxis. Una furgoneta blanca había estacionado allí igual que ellos y un coche grande hizo lo propio detrás.
—Un auténtico convoy infractor de la ley —se limitó a comentar Rebus.
—Me desespera esta ciudad —dijo Clarke apretando los dientes—. ¿Quién planifica el tráfico?
—Necesitas una copa —añadió Rebus. Él no iba mucho a Mather’s pero le gustaba el local. Era anticuado, con pocas sillas, casi todas ocupadas por hombres de aspecto serio. Era primera hora de la tarde y en la tele se veían reportajes de deportes de la cadena Sky. Clarke había cogido unas octavillas (amarillas tras haber eliminado las rosas) que repartió por las mesas mientras Rebus esgrimía otra frente al camarero de la barra.
—Anteanoche —dijo—, hacia las once o un poco después.
—No era mi turno —contestó el hombre.
—¿Quién hacía el turno?
—Terry.
—¿Y dónde está Terry?
—Muy probablemente, durmiendo.
—¿Estará de turno esta noche? —El camarero asintió con la cabeza y Rebus le acercó más la octavilla—. Quiero que me llame y me diga si sirvió o no a este hombre. Suya es la responsabilidad si no me llama.
El camarero hizo una mueca. Clarke se había acercado a Rebus.
—Creo que ese hombre del rincón te conoce —dijo. Rebus miró hacia donde decía, asintió con la cabeza y se acercó a la mesa seguido por ella.
—¿Qué tal, Big? —saludó Rebus.
El tal Big, que estaba solo con media pinta de cerveza mezclada con tres centímetros de whisky, parecía hallarse cómodo en su apoltronamiento con un pie sobre la silla de al lado y una mano rascándose el pecho. Llevaba una camisa vaquera descolorida abierta hasta el esternón. Haría unos siete u ocho años que Rebus no le había visto. Se hacía llamar Podeen, Big Podeen, y era un veterano de la Marina, exgorila, ya avejentado, con un rostro curtido y chupado y una boca de labios carnosos y casi sin dientes.
—Vamos tirando, señor Rebus.
No se dieron la mano; simples inclinaciones de cabeza y unas miradas.
—¿Es tuyo este pub? —preguntó Rebus.
—Depende de a lo que se refiera.
—Creí que vivías en la costa.
—De eso hace años. La gente cambia y se mueve.
Tenía en la mesa una petaca junto a un encendedor y papel de fumar. La cogió y comenzó a juguetear con ella.
—¿Puedes darnos alguna información?
Podeen hinchó los mofletes y lanzó un resoplido.
—Yo estaba aquí anteanoche y no vi a ese hombre —contestó señalando la octavilla con la cabeza—. Pero sé quién es; se le suele ver hacia la hora del cierre. Creo que es un noctámbulo.
—¿Igual que tú, Big?
—Y usted, si no recuerdo mal.
—Ahora más bien soy de sillón y zapatillas, Big —replicó Rebus—. Un cacao, y a las diez en la cama.
—Sí, me lo imagino. ¿Sabe con quién me tropecé el otro día? Con nuestro viejo amigo Cafferty. ¿Cómo es que no ha logrado encerrarle?
—Lo enchironé un par de veces, Big.
Podeen arrugó la nariz.
—Unos pocos años, de vez en cuando. Pero siempre salía, ¿no es cierto? Parece que sigue sin meterse en líos. —Podeen volvió a mirar a Rebus—. Dicen que va a jubilarse. Ha tenido una buena carrera de peso pesado, señor Rebus. Eso es lo que siempre se ha dicho de usted, aunque...
—¿Qué?
—Que le faltaba el golpe de KO —contestó Podeen—. Bueno, por la vejez —añadió, alzando su vaso de whisky—. A lo mejor le vemos por aquí más a menudo, aunque en la mayoría de los pubs de Edimburgo tendrá que arrimar la espalda a la pared. Hay mucho resentido, señor Rebus, y usted ya no será la ley... —espetó el hombre encogiéndose de hombros.
—Gracias por darme ánimos, Big. ¿Hablaste alguna vez con él? —preguntó Rebus mirando la octavilla. Podeen hizo una mueca y negó con la cabeza—. ¿Hay aquí alguien más a quien podamos preguntar?
—Ese hombre solía beber en la barra, lo más cerca posible de la puerta. Le gustaba la bebida, no la compañía. —Hizo una pausa—. No me ha preguntado por Cafferty —añadió.
—Bien, ¿qué me dices de él?
—Me dijo que le saludara.
—¿Es cierto? —replicó Rebus mirándole fijamente.
—De verdad.
—¿Y dónde tuvo lugar tan trascendental encuentro?
—Pues curiosamente en la acera de enfrente. Nos tropezamos cuando él salía del hotel Caledonian.
Ese fue el siguiente sitio adonde fueron. El gran edificio rosa claro tenía dos entradas: una con portero, que daba paso a la recepción, y otra de acceso directo al bar, que servía tanto para los clientes como para las almas solitarias. A Rebus le entró sed y pidió una pinta de cerveza. Clarke optó por un zumo de tomate.
—Habría sido más barato ahí enfrente —comentó.
—Por consiguiente, tú pagas —dijo Rebus, pero cuando trajeron la cuenta dejó encima de la nota un billete de cinco libras, con esperanzas de recibir algunas monedas de vuelta.
—Lo que dijo ese amigo tuyo del Mather’s es cierto, ¿no crees? —aventuró Clarke—. Yo, cuando salgo de noche, me fijo siempre en quién entra y sale de un local, por si aparece alguna cara conocida.
Rebus asintió con la cabeza.
—Con tantos malhechores como hemos encerrado es lógico que algunos anden libres. Procura frecuentar un tipo de pub de más categoría.
—¿Un bar como este, por ejemplo? —dijo Clarke mirando a su alrededor—. ¿Tú qué crees que le atraería a Todorov de este bar?
Rebus reflexionó un instante.
—No sé —contestó—. Tal vez un rollo distinto.
—¿Rollo? —repitió Clarke con una sonrisa.
—Se me debe de haber pegado de ti.
—Me extraña.
—Pues será de Tibbet. De todos modos, ¿qué tiene de malo la palabra? Es perfectamente adecuada.
—Suena rara dicha por ti.
—Tendrías que haberme oído en los años sesenta.
—Yo aún no había nacido.
—No te empeñes en repetírmelo.
—Había consumido la mitad de su bebida e hizo una señal al camarero con la octavilla preparada. El camarero era bajo, delgaducho, tenía la cabeza rapada y llevaba chaleco de cuadros escoceses y corbata; apenas miró unos segundos la foto de la octavilla y asintió con su reluciente cabeza.
—Últimamente ha venido varias veces.
—¿Estuvo aquí anteanoche? —preguntó Clarke.
—Creo que sí —contestó el camarero concentrándose, con el ceño fruncido. Rebus sabía que a veces la gente se concentraba para decir una mentira convincente. En la tarjeta identificatoria del hombre ponía «Freddie».
—Poco después de las diez —insistió Rebus—. Y ya llevaba algunas copas.
Freddie volvió a asentir con la cabeza.
—Pidió un coñac doble.
—¿Solo tomó uno?
—Creo que sí.
—¿Habló con él?
Freddie negó con la cabeza.
—Pero ahora sé quién es. Lo vi en la tele. Qué barbaridad.
—Una barbaridad —repitió Rebus.
—¿Lo tomó en la barra o sentado a una mesa? —preguntó Clarke.
—En la barra... siempre en la barra. Yo sabía que era extranjero, pero no actuaba como un poeta.
—¿Y cómo actúan los poetas, según usted?
—Lo que quiero decir es que se quedaba sentado con cara de indignación. Pero lo cierto es que sí le vi anotar algo.
—¿La última vez?
—No, antes. Llevaba un cuadernito y lo sacaba de vez en cuando del bolsillo. Una de las camareras pensó que tal vez era un inspector o que escribía una reseña para una revista. Yo le dije que a mí no me lo parecía.
—La última vez que estuvo aquí, ¿vio el cuadernito?
—Estuvo hablando con alguien.
—¿Con quién? —preguntó Rebus.
Freddie se encogió de hombros.
—Con otro cliente. Estaban casi en el mismo sitio donde están ustedes.
Rebus y Clarke intercambiaron una mirada.
—¿De qué hablaban?
—No me interesa escuchar.
—Es muy raro que a un camarero no le interese escuchar las conversaciones de los clientes.
—Puede que no hablaran en inglés.
—¿En qué hablaban?, ¿en ruso? —preguntó Rebus entrecerrando los ojos.
—Podría ser —contestó el camarero.
—¿Aquí hay cámaras de seguridad? —inquirió Rebus mirando a su alrededor. Freddie negó con la cabeza.
—¿Su acompañante era hombre o mujer? —preguntó Clarke.
—Hombre —contestó Freddie tras una pausa.
—Descríbalo.
El camarero hizo otra pausa.
—Mayor que él... más robusto. Por la noche bajamos la intensidad de las luces y había mucho trabajo... —añadió encogiéndose de hombros para excusarse.
—Gracias por su ayuda —dijo Clarke—. ¿Duró mucho la conversación? —Freddie volvió a encogerse de hombros—. ¿Se marcharon juntos?
—El poeta se fue solo —respondió el camarero sin dudarlo.
—Me imagino que aquí el coñac no es barato —comentó Rebus mirando el local.
—No hay límite —asintió el camarero—. Pero si se cargan las copas a la cuenta no se nota tanto.
—Hasta que te la presentan al marcharte del hotel —añadió Rebus—. Pero se da el caso, Freddie, de que nuestro amigo ruso no estaba alojado aquí. —Hizo una pausa para mayor énfasis—. Así pues, ¿de qué cuenta estamos hablando?
El camarero comprendió que había cometido un error.
—Escuche —dijo—, yo no quiero líos...
—Y menos conmigo —añadió Rebus—. ¿El otro hombre se alojaba aquí?
Freddie miró a uno y a otro.
—Supongo —contestó el hombre como dándose por rendido.
Rebus y Clarke intercambiaron una mirada.
—Si hicieras un viaje de negocios desde Moscú —dijo ella despacio— en una especie de delegación... ¿en qué hotel te alojarías?
Solo había un modo de comprobarlo, pero el personal de recepción dijo que no sabían nada, llamaron al director y Rebus repitió la pregunta.
—¿Hay alojados en el hotel hombres de negocios rusos?
El director examinó el carnet de policía de Rebus y al devolvérselo le preguntó si había algún problema.
—Únicamente si el hotel se empeña en obstaculizar la investigación que hago sobre un homicidio —replicó Rebus.
—¿Homicidio? —repitió el director, que se había presentado como Richard Browning. Vestía un elegante traje marengo con camisa a cuadros y corbata lavanda. Sus mejillas enrojecieron al repetir la palabra.
—Hace dos noches un hombre salió de este bar y al llegar a King’s Stables Road fue asesinado a golpes, lo que quiere decir que los últimos que lo vieron eran los que tomaban copas en este hotel. —Rebus se acercó un paso a Richard Browning—. Así que puedo echar mano del libro de registro para interrogar a los clientes, tal vez con una mesa auxiliar junto al conserje para que lo vean todos... —Hizo una pausa—. Puedo hacer eso, que llevaría tiempo y es un engorro... o bien... —Nueva pausa—. Me habla sobre los rusos que se alojan aquí.
—Puede también repasar las cuentas del bar y comprobar el nombre de la persona que pagó un coñac doble poco después de las diez hace dos noches —añadió Clarke.
—Nuestros clientes tienen derecho a la intimidad —alegó el director.
—Solo queremos nombres —replicó Rebus—, no la lista de las películas porno que hayan visto por la televisión por cable.
Browning irguió la espalda.
—Bueno, no es esa clase de hotel —se disculpó Rebus—. Pero ¿hay rusos alojados aquí, sí o no?
Browning asintió con una inclinación de cabeza.
—¿Sabe que hay una delegación que visita Edimburgo? —Rebus asintió con la cabeza—. En realidad, solo tenemos tres huéspedes; el resto se aloja en el Balmoral, el George, el Sheraton, el Prestonfield...
—¿No se llevan bien entre sí? —preguntó Clarke.
—Es que no disponemos de suficientes suites presidenciales —respondió Browning con un resoplido.
—¿Cuánto tiempo llevan alojados?
—Llevan unos días... Tienen previsto un viaje a Gleneagles, pero reservan las habitaciones para no tener que pagar la cuenta y registrarse luego otra vez.
—Qué alegría poder hacer eso —comentó Rebus—. ¿Cuándo dispondremos de los nombres?
—Primero tengo que consultarlo con el gerente.
—¿Cuánto tiempo tardará? —insistió Rebus.
—Pues no puedo decirle... —farfulló Browning.
Clarke le tendió una tarjeta con su número de móvil.
—Cuanto antes mejor —añadió con un codazo.
—En caso contrario, me pondré con una mesa junto al conserje —apostilló Rebus.
Dejaron a Browning asintiendo con la cabeza y mirando al suelo. El portero los vio llegar y abrió la puerta. Rebus le tendió una de las llamativas octavillas como propina. Mientras se dirigían al coche de Clarke —que ella había aparcado en un hueco libre en el espacio reservado para taxis— vieron llegar una limusina que se detenía ante el hotel; del Mercedes negro visto en el Ayuntamiento se bajó el mismo individuo: Sergei Andropov, quien de nuevo debió de barruntar que lo miraban y clavó los ojos en Rebus un instante antes de acceder al hotel. El coche dio la vuelta a la esquina y entró en el aparcamiento de clientes.
—¿Es el mismo chófer que llevaba Stahov? —preguntó Clarke.
—No he podido verlo bien —respondió Rebus—. Pero eso me recuerda algo que se me olvidó preguntar: ¿por qué demonios un hotel respetable como el Caledonian permite la entrada a Big Ger Cafferty?
10
Aguardaron hasta las seis de la tarde para iniciar el interrogatorio de testigos, sabiendo que sería la mejor hora para encontrarlos en casa. Roger y Elizabeth Anderson vivían en un chalet de los años treinta en el extremo sur de Edimburgo con vistas a los montes Pentland. El camino que iba del jardín a la puerta estaba iluminado y pudieron ver unas impresionantes rocallas y un espacioso césped que parecía cortado con tijeras de uñas.
—¿El pasatiempo de la señora Anderson? —aventuró Clarke.
—Quién sabe, a lo mejor ella es la que sale de juerga y él se queda en casa.
Pero cuando Roger Anderson les abrió la puerta vieron que vestía traje, con la corbata aflojada y el primer botón de la camisa desabrochado. Llevaba en la mano el periódico y alzó sus gafas de leer hasta la cabeza.
—Ah, son ustedes. Me imaginaba que vendrían. —Entró en la casa dando por supuesto que seguirían sus pasos sin más—. Es la policía —dijo en voz alta a su esposa, a quien Rebus dirigió una sonrisa al ver que salía de la cocina.
—Veo que no han colgado la corona de acebo —comentó señalando hacia la puerta.
—Mi esposa se ha empeñado en tirarla a la basura —explicó Roger Anderson, mientras apagaba la tele con el mando a distancia.
—En este momento íbamos a cenar —dijo ella.
—Seremos breves —afirmó Clarke. Llevaba una carpeta con las notas provisionales a máquina de los agentes Todd Goodyear y Bill Dyson. Impecables las de Goodyear y llenas de faltas de ortografía las de Dyson—. No fueron ustedes quienes encontraron el cadáver, ¿verdad? —inquirió.
Elizabeth Anderson dio unos pasos en la habitación hasta detrás del sillón de su esposo, en el que él estaba bien acomodado, sin invitarles a sentarse. Pero Rebus se encontraba mejor de pie, pues de ese modo podía moverse por el cuarto y escrutarlo todo. El señor Anderson había dejado el periódico en la mesita de centro, junto a un vaso de cristal fino con un líquido que olía a ginebra con tónica.
—Nosotros oímos gritar a la muchacha —dijo— y nos acercamos a ver qué sucedía. Pensamos que la habían agredido o algo así.
—Tenían el coche aparcado... —añadió Clarke fingiendo que consultaba las notas.
—En Grassmarket —dijo el señor Anderson.
—¿Por qué allí, señor? —terció Rebus.
—¿Y por qué no?
—Parece un poco lejos de la iglesia. Asistieron a un concierto de villancicos, ¿no es cierto?
—Efectivamente.
—¿No es un poco pronto?
—La semana que viene ya estará montada la iluminación de Navidad.
—El acto acabó bastante tarde, al parecer.
—Tomamos un bocado al salir —replicó Anderson como indignado por verse asediado con tantas preguntas.
—¿No se les ocurrió dejar el coche en ese aparcamiento de varias plantas?
—Cierra a las once y no estábamos seguros de si terminaríamos a esa hora.
Rebus asintió con la cabeza.
—Así que conoce el lugar. ¿Y también el horario?
—He aparcado allí alguna vez. Pero en Grassmarket es gratis a partir de las seis y media.
—Claro, no hay que derrochar, señor —apostilló Rebus examinando el bien amueblado cuarto—. Las notas dicen que usted trabaja...
—Trabajo en el First Albannach Bank.
Rebus asintió otra vez con la cabeza sin mostrar sorpresa. En realidad, Dyson no se había molestado en anotar la profesión de Anderson.
—Han tenido mucha suerte de encontrarme en casa tan pronto —añadió Anderson—, porque últimamente he tenido mucho trabajo.
—¿Conoce por casualidad a un tal Stuart Janney?
—Lo veo a menudo... Escuche, ¿qué tiene todo esto que ver con ese desgraciado difunto?
—Probablemente nada, señor —dijo Rebus—. Solo tratamos de hacer una reconstrucción lo más detallada posible.
—Otra razón por la que aparcamos en Grassmarket —dijo Elizabeth Anderson casi en un suspiro— es porque allí hay mucha luz y siempre pasa gente. Prestamos mucha atención a eso.
—Lo que no les impidió recorrer un camino solitario —señaló Clarke—. A esa hora de la noche King’s Stables Road está bien desierto.
Rebus contemplaba una serie de fotografías enmarcadas de una vitrina.
—Es su boda —musitó.
—Hace veintisiete años —asintió la señora Anderson.
—¿Esta es su hija? —preguntó Rebus, sabiendo de antemano la respuesta, ya que veía media docena de fotos de la niña en edades sucesivas.
—Sí, Deborah. La semana que viene estará en casa porque tiene vacaciones en la universidad.
Rebus asintió despacio con la cabeza. Le parecía que las fotos más recientes estaban medio escondidas detrás de otras enmarcadas de una niña pequeña mellada y vestida de colegiala.
—Veo que ha pasado por la fase gótica —comentó al ver unas en las que aparecía con el pelo teñido de negro y ojos exageradamente pintados.
—Inspector —terció Roger Anderson—, insisto en que no veo en qué puede esto...
Rebus descartó la objeción con un ademán y Clarke alzó la vista de las notas que fingía leer.
—Ya sé que es una pregunta tonta —dijo con una sonrisa—, pero han tenido tiempo de pensarlo bien todo. ¿Hay algo que tengan que añadir? ¿Vieron a alguien u oyeron algo?
—Nada —contestó el señor Anderson.
—Nada —repitió su esposa. Y tras una pausa añadió—: Es un poeta muy famoso, ¿verdad? Nos han llamado algunos periodistas.
—Mejor será que no les digan nada —avisó Rebus.
—Me encantaría saber cómo demonios se enteraron de nuestro teléfono —gruñó el marido—. ¿Creen que con esto bastará?
—Perdone; no le entiendo.
—¿Van a seguir viniendo a pesar de que no tengo nada que decirles?
—En realidad, tendrán que personarse en Gayfield Square para prestar declaración —dijo Clarke, sacando otra tarjeta de la carpeta—. Llamen primero a este número y pregunten por el agente Tibbet.
—¿Puede saberse por qué? —inquirió Roger Anderson.
—Se trata de una investigación por homicidio, señor —respondió Rebus tajante—. Golpearon salvajemente a un hombre y el asesino anda suelto. Nuestro cometido es dar con él... Lamento los inconvenientes que les pueda acarrear.
—Pues no lo parece —refunfuñó Anderson.
—Pues en realidad, señor Anderson, lo siento de corazón. Perdone si a veces no se nota —añadió volviéndose de espaldas como si fuera a marcharse, pero se detuvo—. Por cierto, ¿qué coche es ese que tiene que dejar aparcado donde hay mucha luz?
—Un Bentley Continental GT.
—De lo que deduzco que no trabaja en el departamento de correo del FAB.
—No quiere decir que no empezara allí, inspector. Bien, si me disculpa... Me parece que la cena se está chamuscando.
La señora Anderson se llevó una mano a la boca en gesto de horror y salió disparada hacia la cocina.
—Si se ha quemado —dijo Rebus—, puede consolarse con un par más de copas de ginebra.
Anderson optó por no replicar y se puso en pie para acompañarlos hasta la puerta.
—¿Cenaron bien? —preguntó Clarke como quien no quiere la cosa—. Me refiero a después de los villancicos, por supuesto.
—Muy bien. Gracias.
—Siempre tengo interés por enterarme de un buen restaurante.
—Claro, seguro que está dentro de sus posibilidades —comentó Anderson con una sonrisa irónica que daba a entender lo contrario—. Se llama el Pompadour.
—Ya me las arreglaré para que pague él —comentó ella señalando con la cabeza a Rebus.
—Muy acertado —replicó Anderson riendo.
Aún contenía la risa cuando cerró la puerta.
—No me extraña que a su mujer le guste el jardín, así puede pasar algún rato sin tener que aguantar a este pretencioso —murmuró Rebus camino adelante metiendo la mano en el bolsillo para sacar el tabaco.
—Si te digo algo interesante —dijo Clarke en broma—, ¿me invitas a cenar en el Pompadour?
Rebus, mientras manipulaba el encendedor, asintió con la cabeza.
—En la recepción del hotel estaba el menú sobre el mostrador.
—¿Cómo? —replicó Rebus expulsando humo.
—El Pompadour es el restaurante del hotel Caledonian.
Él la miró un instante y a continuación volvió hacia la puerta y llamó dos veces con el puño. Roger Anderson abrió con cara de pocos amigos, pero Rebus no le dio tiempo a quejarse.
—Antes de la agresión —dijo— Alexander Todorov estuvo tomando una copa en el bar del Caledonian...
—¿Y qué?
—Que ustedes estuvieron en el restaurante. ¿No lo vieron por causalidad?
—Nosotros no nos acercamos al bar. Es un hotel grande, inspector...
Anderson hizo gesto de volver a cerrar la puerta, y Rebus pensó en interponer el pie. Probablemente hacía años que no lo había hecho; pero como no se le ocurría ninguna pregunta, se contentó con clavar los ojos en Roger Anderson hasta que la sólida puerta se cerró del todo. Incluso así siguió mirando intensamente unos segundos, como deseando que volviera a abrirse. Pero Anderson no reapareció. Rebus volvió sobre sus pasos por el camino de entrada.
—¿Has sacado alguna conclusión? —preguntó Clarke.
—Vamos a interrogar al otro testigo y después te diré lo que pienso.
El piso de Nancy Sievewright estaba en la tercera planta de un edificio de apartamentos de alquiler de Blair Street. En la acera opuesta, un cartel luminoso anunciaba una sauna en un sótano; más adelante, en la pronunciada cuesta, había un grupo de fumadores fuera de un bar y de más allá, en Hunter Square, donde habitualmente se reunían vagabundos hasta que los echaba la policía, llegaban chillidos y gritos.
Como no había mucha luz en la entrada, Rebus alumbró con el encendedor el portero automático para que Clarke leyera los nombres. Al ser pisos de alquiler, y dados los movimientos de población, en algunos botones aparecían varios nombres con enmiendas garabateadas y restos de cinta adhesiva. El nombre de Sievewright era legible y cuando Clarke pulsó el botón la puerta se abrió con un clic sin que nadie preguntara quién llamaba. En la escalera había bastante luz y montones de guías telefónicas de varios años.
—Alguien tiene un gato —dijo Rebus olfateando.
—O un problema de incontinencia urinaria —añadió Clarke.
Subieron la escalera de piedra; Rebus se detuvo en los descansillos simulando leer los nombres de las puertas, pero en realidad era para recobrar aliento. Cuando llegó al tercer piso Clarke ya había llamado al timbre, y abrió un joven de pelo despeinado y barba negra de una semana. Tenía los ojos pintados y una banda deportiva roja.
—Ah, no es Kelly —dijo.
—Sentimos decepcionarte —dijo Clarke mostrando el carnet de policía—. Queremos ver a Nancy.
—No está —respondió él en un tono claramente a la defensiva.
—¿Te ha contado que encontró un cadáver?
—¿Qué? —exclamó el joven quedándose un buen instante con la boca abierta.
—¿Eres amigo de ella?
—Compañero de piso.
—¿No te lo contó? —insistió Clarke esperando una respuesta que no obtuvo—. Bueno, de todos modos, se trata de una visita rutinaria. Ella no ha hecho nada malo...
—Así que si eres tan amable de dejarnos pasar —terció Rebus— procuraremos olvidar ese remedo de Bob Hope —añadió con una sonrisa alentadora.
—Naturalmente —dijo el joven abriendo un poco más la puerta. Vieron a Nancy Sievewright saliendo de su dormitorio.
—Hola, Nancy —dijo Clarke entrando en el vestíbulo. Había cajas por todas partes con cosas para reutilizar y cosas para tirar, trastos que no cabían en los modestos armarios del piso—. Queremos comprobar algunos datos contigo.
Nancy cerró desde el pasillo la puerta del dormitorio. Vestía una falda corta ceñida con leotardos negros y un exiguo body que dejaba ver su estómago y un ombligo con piercing.
—Iba a salir en este momento —dijo.
—Yo me pondría algo más —comentó Rebus—. Hace un frío que pela.
—Será cosa rápida —añadió Clarke—. ¿Dónde prefieres que hablemos?
—En la cocina —respondió Nancy. Efectivamente, a través de otra puerta cerrada, probablemente el cuarto de estar, llegaba el olor dulzón a droga y música farragosa y electrónica que, aunque Rebus no conocía, le recordaba a Tangerine Dream.
La cocina era estrecha y estaba abarrotada; parecía que los ocupantes del piso se alimentaran de comida preparada para llevar. La ventana estaba abierta unos centímetros sin que ello contribuyese a paliar el mal olor del fregadero.
—A alguien se le ha olvidado fregar —comentó Rebus.
Nancy, sin hacer caso del comentario, aguardaba con los brazos cruzados a que le hicieran preguntas. Clarke volvió a abrir su carpeta y sacó el impecable informe de Todd Goodyear y otra tarjeta de visita.
—Queremos que pases por Gayfield Square lo antes posible —comenzó diciendo— para hacer una declaración firmada. Pregunta por uno de estos agentes —añadió tendiéndole la tarjeta—. Mientras, quisiéramos comprobar un par de cosas. ¿Volvías a este piso cuando encontraste a la víctima?
—Exacto.
—Venías de casa de una amiga en... —prosiguió Clarke, fingiendo consultar el informe y esperando que Nancy completara la frase, pero la joven no parecía recordarlo bien—. Great Stuart Street —apostilló. La joven asintió con la cabeza—. ¿Cómo se llama esa amiga, Nancy?
—¿Para qué quieren saberlo?
—Es la manera de investigar: recabamos la mayor cantidad de datos posibles.
—Se llama Gill.
Clarke anotó el nombre.
—¿Apellido? —inquirió.
—Morgan.
—¿En qué número de la calle vive?
—En el dieciséis.
—Estupendo —dijo Clarke anotándolo—. Gracias.
Se abrió la puerta del cuarto de estar y asomó una cabeza de mujer que desapareció al ver la mirada ceñuda de Rebus.
—¿Quién es vuestro casero? —optó por preguntar Rebus. Nancy se encogió de hombros.
—Yo le pago el alquiler a Eddie.
—¿Eddie es quien nos abrió la puerta?
La joven asintió con la cabeza y Rebus dio unos pasos para volver al recibidor. Encima de una de las cajas de cartón había un montón de correo y, mientras Clarke hacía otra pregunta, lo examinó y le llamó la atención uno de los sobres. En lugar de sello llevaba la estampilla de franquicia comercial con el nombre de una empresa: Alquileres MGC. Dejó el sobre y escuchó la respuesta de Nancy.
—No sé si estaba cerrado el aparcamiento, ¿eso qué importancia tiene?
—No mucha —admitió Clarke.
—Creemos que la agresión a la víctima se produjo allí —añadió Rebus—. El hombre debió de seguir tambaleándose hasta donde tú le encontraste o lo arrastraron hasta allí.
—¡Yo no vi nada! —chilló la joven con lágrimas en los ojos, estrechando más los brazos en torno a su cuerpo. Volvió a abrirse la puerta del cuarto de estar y Eddie salió al vestíbulo.
—Dejen de molestarla —dijo.
—No estamos molestándola, Eddie —replicó Rebus. El joven palideció al ver que Rebus sabía su nombre. Se quedó mirándole un instante para recordar la cara y volvió a entrar en el cuarto de estar—. ¿Por qué no le contaste a él lo que sucedió? —preguntó Rebus a Nancy.
La joven meneó despacio la cabeza después de parpadear para dispersar sus lágrimas.
—Yo solo quiero olvidarlo todo.
—No me extraña —terció Clarke comprensiva—, pero si recuerdas algo... —Señaló la tarjeta de visita.
—Llamaré —asintió Nancy.
—Y tienes que venir a la comisaría —añadió Clarke— el lunes, cuando te venga bien.
Nancy Sievewright asintió con la cabeza, abatida. Clarke dirigió una mirada a Rebus por si tenía alguna pregunta más y él decidió hacerla.
—Nancy —dijo despacio—, ¿has estado alguna vez en el hotel Caledonian?
—Sí, claro —replicó la joven con desdén—, me paso el día allí.
—Lo pregunto en serio.
—¿Usted qué cree?
—Supongo que quieres decir que no.
Rebus hizo un movimiento seco de cabeza a Clarke para indicarle que habían terminado, pero antes de salir abrió la puerta del cuarto de estar. Estaba lleno de humo. No había lámpara de techo, sino dos lamparitas con bombilla roja y una fila de velas gruesas en la repisa de la chimenea. Vio la mesita de centro llena de papeles de fumar, trocitos de cartón y restos de tabaco. Además de Eddie había tres figuras repantigadas en los sillones y en el suelo. Rebus los saludó con una inclinación de cabeza y volvió a cerrar.
—¿Tú tomas algo? —preguntó a Nancy, que ya les abría la puerta—. ¿Fumas hachís?
—Alguna vez —reconoció la chica.
—Gracias por decir la verdad —dijo Rebus. En el escalón de entrada había una joven; Kelly, seguramente. Probablemente era de la misma edad que Nancy, pero con aquel maquillaje exagerado habría podido entrar en casi todos los locales nocturnos para mayores de veintiún años.
—Adiós —dijo Nancy, despidiéndose. Al cerrarse la puerta oyeron que Kelly preguntaba a Nancy quiénes eran y la respuesta amortiguada de esta: «Empleados del casero». Rebus lanzó un resoplido.
—¿Sabes quién es ese casero? —espetó hasta que vio que Clarke se encogía de hombros—. Morris Gerald Cafferty... el de Alquileres MGC.
—Me constaba que era dueño de diversos pisos —comentó Clarke.
—No se puede dar un paso en esta ciudad sin tropezarse con las huellas de las garras de Cafferty —añadió Rebus, pensativo un instante.
—Nos ha mentido —aseguró Clarke.
—¿Sobre esa amiga a quien fue a visitar? —preguntó Rebus asintiendo con la cabeza.
—¿Por qué lo haría?
—Probablemente por mil razones.
—Sus amigos fumetas, por ejemplo —sugirió Clarke bajando la escalinata—. ¿Merece la pena hablar con esa tal Gill Morgan del 16 de Great Stuart Street?
—Tú verás —contestó Rebus, mirando por encima del hombro hacia el portal de Nancy Sievewright—. Desde luego, es una anomalía.
—¿En qué sentido?
—En este maldito caso parece que todos entran y salen del Caledonian como Pedro por su casa.
Clarke esbozó una sonrisita y en ese momento se abrió la puerta a sus espaldas y Nancy Sievewright bajó la escalinata para ir a su encuentro.
—Podrían hacerme un favor... —dijo en voz baja.
—¿Qué favor, Nancy?
—Mantengan a ese tipo lejos de mí.
Siobhan y Rebus intercambiaron una mirada.
—¿De qué tipo hablas? —preguntó ella.
—El que iba con su mujer, el que llamó a la policía...
—¿Roger Anderson? —inquirió Rebus entrecerrando los ojos.
Nancy asintió nerviosa con la cabeza.
—Vino ayer cuando yo no estaba en casa, pero se ve que me esperó porque estaba aparcado enfrente cuando volví.
—¿Qué quería?
—Dijo que estaba preocupado por mí y que venía a ver si me encontraba bien —dijo, volviendo a subir la escalinata—. Me tiene harta.
—¿Harta de qué? —preguntó Rebus, pero ella, sin contestar, cerró la puerta despacio.
—Maldita sea —exclamó Clarke—. ¿Qué habrá querido decir?
—Algo que podemos preguntar al señor Anderson. Es curioso, yo estaba precisamente pensando que Nancy se parece un poco a su hija.
—¿Y él cómo supo su dirección?
Rebus se encogió de hombros.
—Eso puede esperar —dijo al cabo de un instante de reflexión—. Tengo otra misión para ti esta tarde...
Otra misión. Es decir: que estaría sola cuando entró al despacho de Macrae. El inspector jefe había asistido a algún acto y vestía esmoquin con pajarita. En la calle, aguardaba un coche con chófer para llevarle a casa. Se sentó en el escritorio quitándose la pajarita y se desabrochó el primer botón. Tenía un vaso con agua que acababa de servirse y esperó a que Clarke comenzara a hablar. Ella se aclaró la garganta, maldiciendo a Rebus, que había asegurado que Macrae le haría caso. Esa era la misión.
—Bien, señor, se trata de Alexander Todorov.
—¿Hay ya algún sospechoso? —preguntó Macrae con ojos brillantes hasta que ella negó con la cabeza.
—Creemos que puede ser algo más que un simple atraco.
—¿Ah, sí?
—De momento no tenemos pruebas, pero hay muchas... —«Muchas, ¿qué?». No se le ocurría un modo convincente de exponerlo—. Hay muchas pistas que debemos seguir y casi todas apuntan a una agresión al azar.
Macrae se arrellanó en su sillón.
—Esto me suena a Rebus —dijo—. Seguro que le ha delegado como portavoz.
—Pero no quiere decir que no esté de acuerdo con él, señor.
—Cuanto antes se libre de su influencia mejor. —Clarke hizo una mueca de repulsa y Macrae añadió un gesto de conciliación—. Ya sabe a qué me refiero, Siobhan. ¿Cuánto le falta a Rebus para jubilarse? Una semana... y después, ¿qué? ¿Estará resuelto el caso cuando se largue?
—Lo dudo —respondió Clarke.
—Lo que significa que usted lo heredará, Siobhan.
—No me importa, señor.
Macrae la miró.
—¿Cree que vale la pena seguir unos días más con esa corazonada de Rebus?
—Es algo más que una corazonada —insistió Clarke—. Todorov aparece relacionado con una serie de personas y es cuestión de descartarlas más que de establecer una hipótesis.
—¿Y si al final es menos de lo que parece? No es la primera vez que esto ocurre con John.
—John ha resuelto muchos casos durante su carrera —replicó Clarke.
—Interpreta muy bien su papel de testigo favorable, Siobhan —comentó Macrae con una sonrisa cansina—. Ya sé que Rebus es su superior, pero quiero que se encargue usted del homicidio de Todorov. Eso simplifica las cosas, como él mismo tendrá que admitir.
Clarke asintió despacio con la cabeza, en silencio.
—Tiene dos o tres días... a ver qué averigua. Dispone de Hawes y Tibbet... ¿A quién más piensa incorporar?
—Ya se lo comunicaré.
Macrae volvió a hacer un gesto reflexivo.
—La embajada rusa ha llamado a Scotland Yard... concretamente a nuestro querido jefe de Policía —añadió con un suspiro—. Si él se enterara de que consiento que John Rebus intervenga en el caso, le daría un ataque de nervios. Por eso la hago responsable a usted, Siobhan, y no a John. ¿Está claro?
—Sí, señor.
—Me imagino que estará al acecho en cualquier parte esperando que usted le dé noticias.
—Le conoce bien, señor.
Macrae puso fin a la entrevista con un leve gesto de la mano. Ella cruzó la sala del DIC y bajó a recepción, donde vio una cara conocida. Todd Goodyear había acabado su servicio o trabajaba de secreta, pues iba vestido con vaqueros negros y una cazadora negra acolchonada. Clarke puso cara de intrigada.
—¿Viene del escenario del crimen de Todorov, agente Goodyear?
Él asintió con la cabeza y miró la carpeta que llevaba ella.
—¿Leyó mi informe? —preguntó.
—En efecto... —respondió ella haciendo tiempo para intentar entender la presencia de su compañero allí.
—¿Le pareció bien?
—Muy bien
—Él parecía esperar una calificación mejor, pero ella repitió «bien» y le preguntó qué hacía allí.
—La esperaba a usted —dijo—. Me dijeron que se quedaba a trabajar hasta tarde.
—En realidad, he llegado hace veinte minutos.
Goodyear asintió con la cabeza.
—Estaba fuera, en el coche —añadió, mirando por encima del hombro—. ¿No está con usted el inspector Rebus?
—Escuche, Todd, ¿qué demonios quiere?
Goodyear se humedeció los labios.
—Pensaba que se lo habría dicho el agente Dyson... Quiero un período de prueba en el DIC.
—Me parece muy bien.
—Y había pensado que quizás usted necesitaba a alguien...
—¿En el caso Todorov?
—Así tendría oportunidad de aprender. Ha sido el primer escenario de un crimen para mí... Me encantaría ver cómo se hacen las pesquisas.
—La investigación consiste en mucho trabajo que básicamente no sirve para nada.
—Fantástico —replicó él con una sonrisa triste—. He hecho un buen informe, sargento Clarke... Se me escapan pocos detalles y creo que podría desarrollar más trabajo.
—Es perseverante, ¿verdad?
—Déjeme convencerla invitándola a una copa.
—He quedado con una persona.
—En ese caso, ¿mañana? La invito a un café.
—Mañana es sábado y el inspector jefe Macrae no ha establecido aún el presupuesto del caso.
—¿Quiere decir que no hay horas extra? —Goodyear asintió comprensivo con la cabeza.
Clarke reflexionó un instante.
—¿Por qué me lo pide a mí en vez de a Rebus? Él es mi superior.
—Tal vez porque pensé que usted me haría más caso.
—¿Quiere decir que sería más crédula?
—Quiero decir lo que he dicho.
Clarke se concedió otro momento de reflexión.
—En realidad, la encargada del caso soy yo; así que tomemos ese café el lunes por la mañana. En Broughton Street hay un lugar al que voy a veces.
Clarke le dijo el nombre y le citó a una hora.
—Gracias, sargento Clarke —dijo Goodyear—. No se arrepentirá —añadió tendiéndole la mano que ella estrechó.
Pulsuz fraqment bitdi.