Kitabı oxu: «Sobre su tumba»

Şrift:

Título original inglés: Standing in Another Man’s Grave

© John Rebus Ltd, 2012.

© de la traducción: Efrén del Valle, 2013.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

CÓDIGO SAP: OEBO543

ISBN: 9788490560853

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Créditos

Prólogo

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Primera Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Segunda parte

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Tercera parte

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Cuarta parte

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Quinta parte

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Sexta parte

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Notas

PRÓLOGO

I

Se había cerciorado de que no se hallaba demasiado cerca de la tumba abierta.

Entre el hueco y él mediaban prietas filas de dolientes. A los portadores del féretro no los habían llamado por sus nombres, sino por sus números. Eran seis, comenzando por el hijo del difunto. La lluvia no había empezado a caer todavía, pero había pedido cita. El cementerio era bastante nuevo y estaba situado al sudeste de la ciudad. Se había saltado el oficio eclesiástico, al igual que se saltaría también las bebidas y los bocadillos posteriores. Estaba estudiando las nucas de los allí presentes: hombros encogidos, sacudidas, estornudos y carrasperas. Había gente a la que conocía, pero probablemente no demasiada. Se hizo un hueco entre dos asistentes y atisbó el pie de la sepultura. A los lados habían extendido unas telas verdes, como si pretendieran enmascarar la realidad. La gente hablaba, pero no alcanzaba a oírlos a todos. No se mencionó el cáncer. Jimmy Wallace había sido «cruelmente arrebatado», y dejaba viuda, tres hijos y cinco nietos. Los niños debían de estar delante; la mayoría eran lo bastante mayores como para saber qué estaba ocurriendo. Su abuela había emitido un penetrante alarido y le estaban infundiendo ánimos.

Por Dios, necesitaba un cigarrillo.

¿Conocía bien a Jimmy Wallace? Llevaba cuatro o cinco años sin verlo, pero habían trabajado en la misma comisaría hacía una década o más. Wallace era un agente uniformado y no pertenecía al Departamento de Investigación Criminal, pero se podía hablar con él de todos modos: bromas, cotilleos y algún que otro dato útil. Se había jubilado hacía seis años, y fue más o menos entonces cuando llegó el diagnóstico, junto con la quimioterapia y la pérdida de cabello.

Pertrechado de su humor característico...

Puede, pero mejor ser un desgraciado y estar vivo. Notó el paquete de tabaco en el bolsillo y supo que retrocedería unos metros y que tal vez se escondería detrás de un árbol a fumar. Aquella idea le recordó a sus días de colegial, cuando unos almacenes de bicicletas impedían ver nada desde la ventana del director. De vez en cuando llegaba algún profesor pidiendo fuego, un cigarrillo o el maldito paquete entero.

Era una figura muy conocida en la comunidad local...

También lo era entre los delincuentes a quienes ayudó a meter entre rejas. Puede que algunos veteranos hubieran acudido a presentar sus respetos. Estaban bajando el ataúd a la tumba y la viuda lloraba otra vez, o tal vez fuera una de sus hijas. Un par de minutos después, todo había terminado. Sabía que había una excavadora oculta cerca de allí. Había hecho el agujero y la utilizarían para llenarlo de nuevo. Habían cubierto el montón de tierra con aquella tela verde. Todo era muy elegante. La mayoría de los dolientes se marcharon. Un hombre con la cara muy arrugada y la boca permanentemente inclinada se metió las manos en los bolsillos de su abrigo de lana negro y se acercó con un leve gesto de reconocimiento.

—John —dijo.

—Tommy —contestó Rebus, quien asintió también.

—Cualquier día de estos nos tocará a nosotros, ¿eh?

—Bueno, todavía no.

Ambos echaron a andar hacia las puertas del cementerio.

—¿Quieres que te lleve?

Rebus meneó la cabeza.

—Tengo el coche fuera.

—El tráfico es una pesadilla, como de costumbre.

Rebus le ofreció un cigarrillo, pero Tommy Beamish le dijo que lo había dejado hacía un par de años.

—El médico me advirtió que cortaba el crecimiento.

Rebus encendió el pitillo y dio una calada.

—¿Cuánto tiempo llevas fuera del negocio? —preguntó.

—Doce años y subiendo. Fui uno de los afortunados. Ha habido muchos como Jimmy. Les regalan el reloj de oro y poco después están en el hoyo.

—Bonita perspectiva.

—¿Por eso sigues trabajando? Me dijeron que estabas en Casos Pendientes.

Rebus asintió lentamente. Ya casi habían llegado a la salida. El primer vehículo pasó junto a ellos con los familiares a la zaga y la mirada fija en la carretera. No sabía qué más decirle a Beamish. No pertenecían ni al mismo rango ni al mismo departamento. Intentó recordar los nombres de algunos colegas a quienes pudieran haber conocido ambos.

—En fin... —Tal vez Beamish estuviese tan cohibido como él, de modo que le tendió la mano y Rebus se la estrechó—. Hasta la próxima.

—Mientras el del traje de pino no sea uno de nosotros...

Con un resoplido, Beamish se fue, y se levantó el cuello del abrigo para protegerse de la lluvia. Rebus apagó el cigarrillo en el tacón del zapato, aguardó unos instantes y se dirigió a su coche.

En efecto, el tráfico de Edimburgo era una pesadilla. Semáforos provisionales, carreteras cortadas y desvíos. Había largos atascos por todas partes, en su mayoría para dar cabida a la construcción de una única línea de tranvías que unirían el aeropuerto y el centro de la ciudad. Aprovechó que estaba detenido para comprobar si tenía algún mensaje, y no se sorprendió al ver que no había recibido ninguno. Ningún caso urgente requería su atención: trabajaba con gente que llevaba mucho tiempo muerta, con víctimas de asesinatos de quienes se había olvidado casi todo el mundo. En los libros de la Unidad de Evaluación de Delitos Graves había once investigaciones, que se remontaban a 1966. La más reciente era de 2002. Cuando había tumbas que visitar, Rebus las visitaba. Los familiares y amigos todavía depositaban flores en algunas de ellas. Había anotado en su libreta los nombres que aparecían en las tarjetas y los había incorporado al archivo. ¿Con qué finalidad? No lo sabía a ciencia cierta. Cuando encendió el reproductor de CD del coche emanó de los altavoces la voz de Jackie Leven, profunda y visceral. Hablaba de alguien que se hallaba junto a la tumba de otro hombre. Rebus entrecerró los ojos. Por un momento estaba de nuevo en el cementerio, y le satisfacía contemplar cabezas y hombros. Extendió la mano hacia el asiento del acompañante y consiguió sacar el libreto de la caja. La canción se titulaba «Another Man’s Rain». Sobre eso cantaba Jackie, sobre encontrarse bajo la lluvia de otro hombre.*

—Ha llegado el momento de pasar por el otorrino —murmuró Rebus para sus adentros.

Jackie Leven también estaba muerto. Era más o menos un año más joven que Rebus. Ambos provenían de Fife. Rebus se preguntaba si la escuela había puesto alguna vez la música del cantante en los partidos de fútbol, que prácticamente era la única ocasión en que coincidían los niños de diferentes centros. Tampoco habría importado: a Rebus nunca lo seleccionaron para el primer equipo y quedó relegado a animar desde las gélidas bandas mientras se sucedían los placajes y los goles y se intercambiaban insultos.

—Bajo la lluvia de todos los cabrones —dijo en voz alta.

En ese momento sonó la bocina del coche de atrás. El conductor tenía prisa. Le esperaban reuniones importantes, gente de renombre a la que estaba dejando plantada. El mundo estallaría y lo devorarían las llamas si el tráfico no empezaba a avanzar. Rebus se preguntaba cuántas horas de su vida habría malgastado de aquella manera, o sentado durante una operación de vigilancia, o rellenando formularios, requerimientos y hojas de servicio. Había llegado un mensaje, y vio que era de su jefe.

«¡Creí que habías dicho a las tres!».

Rebus consultó el reloj. Pasaban cinco minutos de la hora. Llegaría en unos veinte minutos. En otros tiempos tal vez habría llevado sirena. Podría haber invadido el carril contrario, y haberle confiado a la suerte no acabar en urgencias. Pero ni siquiera llevaba placa, porque no era policía. Era un agente retirado que trabajaba para la policía de Lothian y Borders en calidad de civil. Su jefe era el único miembro de la unidad que seguía siendo un agente en activo. Un agente en activo que no estaba nada contento cuidando de los ancianos. Tampoco estaba contento ni con la reunión de las tres ni con el retraso de Rebus.

—¿Qué prisa tienes? —respondió Rebus solo por molestar. Luego subió el volumen de la música y repitió la misma canción. Jackie Leven parecía encontrarse aún junto a la tumba de otro hombre.

Como si la lluvia no fuese lo bastante molesta...

II

Rebus se quitó el abrigo y lo lanzó a la percha situada en la pared opuesta de la oficina.

—Gracias por tomarte la molestia —dijo Cowan.

—Disculpa, Danny.

—Daniel —corrigió Cowan.

—Lo siento, Dan.

Cowan estaba sentado a una de las mesas. No le llegaban los pies al suelo y se adivinaban unos calcetines rojos de cachemira y unos relucientes zapatos de piel negra. En el último cajón guardaba abrillantador y cepillos. Rebus lo sabía porque lo había abierto un día en que Cowan se había ausentado, no sin antes husmear en los dos cajones de arriba.

—¿Qué es lo que andas buscando? —le había preguntado Elaine Robison.

—Pistas —repuso Rebus.

Ahora Robison se encontraba frente a él, y le tendía una taza de café.

—¿Qué tal ha ido? —preguntó.

—Era un funeral —respondió Rebus mientras se llevaba la taza a los labios.

—¿Podemos empezar? —espetó Cowan.

El traje gris no le sentaba bien. Las hombreras eran excesivas, y las solapas demasiado anchas. Se pasó una mano por el cabello con gesto desafiante.

Rebus y Robison tomaron asiento junto a Peter Bliss, a quien parecía que le costaba respirar incluso en reposo. Pero hacía veinte años ya tenía aquel jadeo, y puede que hace cuarenta también. Solo era un poco mayor que Rebus, y llevaba en la unidad más tiempo que todos ellos. Estaba sentado con las manos cruzadas sobre su prodigiosa barriga, como si retara al universo a que le mostrara algo que no hubiera visto ya. Desde luego había visto a muchos como el sargento Daniel Cowan. Así se lo había dicho a Rebus en su primer día en la unidad: «Se cree que su comisaría está por encima de la nuestra, que es demasiado bueno, y los jefes lo saben y lo han mandado aquí para bajarle un poco los humos».

Antes de jubilarse, Bliss había ascendido a inspector, al igual que Rebus. Elaine Robison era agente y atribuía el no haber cosechado mayores logros a que siempre había antepuesto la familia a su carrera profesional.

—Lo cual está muy bien —le dijo Rebus, y añadió, unas semanas después, cuando ya la conocía mejor, que su matrimonio había perdido la batalla con el trabajo de buen comienzo.

Robison acababa de cumplir cincuenta años. Su hijo y su hija se habían ido de casa, se habían licenciado y se habían trasladado al sur para trabajar. Había fotos enmarcadas de ellos sobre la mesa, junto a otras en las que aparecía Robison posando sobre el puente de la bahía de Sídney y sentada a los mandos de una avioneta. Recientemente había empezado a teñirse el pelo, aunque Rebus no tenía nada que objetar al respecto. Aun con canas habría parecido diez años más joven, e incluso podía pasar por una mujer de treinta y cinco, al igual que Cowan.

Este había situado las sillas en línea recta delante de su mesa, de modo que todos tuvieran que mirarlo.

—¿Llevas esos calcetines por alguna apuesta, Danny? —preguntó Rebus mientras sorbía de la taza.

Cowan obvió el comentario con una leve sonrisa.

—¿He oído bien, John? ¿Has presentado una solicitud para reincorporarte?

El sargento esperó a que Rebus reconociese que era cierto. Habían retrasado la edad de jubilación, lo cual significaba que los de la quinta de Rebus podían tratar de reingresar en el cuerpo.

—La cuestión —prosiguió Cowan, quien se inclinó un poco hacia delante— es que vendrán a pedirme referencias y, tal como van las cosas, no será lo que se dice una carta elogiosa.

—Si quieres, te puedo firmar un autógrafo de todos modos —replicó Rebus.

Era difícil saber si el jadeo de Peter Bliss había adoptado un timbre distinto o si estaba conteniendo una carcajada. Robison bajó la mirada y sonrió. Cowan meneó la cabeza lentamente.

—¿Puedo recordaros a todos que esta unidad está en peligro? —dijo de manera pausada—. Y, si cierra, solo aceptarán a uno de nosotros en el clero. —Se señaló el pecho con un dedo—. Sería de agradecer algún resultado o algún progreso.

Todos sabían de qué hablaba. La Fiscalía estaba creando una Unidad de Casos Pendientes para toda Escocia. Si pasaban a encargarse de sus tareas, su trabajo sería historia. La UCP contaría con una base de datos de noventa y tres casos que se remontaban a los años cuarenta, incluidos todos los de la autoridad policial de Lothian y Borders. Una vez que la UCP estuviera en marcha sería inevitable que se formularan preguntas sobre la utilidad del equipo de Edimburgo, más reducido. El dinero escaseaba. Ya se rumoreaba que desempolvar viejos casos sin resolver solo servía para consumir recursos de investigaciones actuales (y más urgentes) dentro y fuera de la ciudad.

—Sería de agradecer algún resultado —insistió Cowan.

Se levantó de la mesa, la rodeó y arrancó de la pared un recorte de prensa, que agitó para causar mayor efecto.

—Unidad de Casos Pendientes de Inglaterra —recitó—. Sospechoso acusado del asesinato de un adolescente, cometido hace casi cincuenta años. —Les paseó el recorte por delante de la cara—. ADN..., análisis de la escena del crimen..., testigos a los que les remordía la conciencia... Ya sabemos cómo funciona esto, así que ¿por qué no hacemos que funcione?

Parecía exigir una respuesta, pero no llegó ninguna. El silencio se prolongó hasta la interrupción de Robison.

—No siempre disponemos de los recursos necesarios —dijo—, por muchas pruebas que haya. Es difícil practicar pruebas de ADN cuando la ropa de la víctima se ha perdido en algún momento de la investigación.

—Pero hay muchos casos en los que sí tenemos la ropa, ¿no es cierto?

—¿Y podemos pedirles a todos los varones de una ciudad una muestra de ADN para cotejarlas? —apostilló Bliss—. ¿Y los que han muerto o se han mudado mientras tanto?

—Ese optimismo tuyo es la razón por la que me caes tan bien, Peter. —Cowan dejó el recorte sobre la mesa y cruzó los brazos—. Es por vosotros —añadió—. Yo estaré estupendamente. Lo digo por vosotros. —Hizo una pausa efectista—. Por vosotros, tenemos que lograr que esto funcione.

De nuevo reinó el silencio en la sala, roto tan solo por la respiración de Bliss y un suspiro de Robison. Cowan tenía la mirada clavada en Rebus, pero este estaba ocupado apurando el café.

III

Bert Jansch también estaba muerto. Rebus lo había visto dar algunos conciertos en solitario en Edimburgo a lo largo de los años. Jansch había nacido en la ciudad, pero se había hecho un nombre en Londres. Aquella noche, después de trabajar, y solo ya en su piso, Rebus puso un par de discos de Pentangle. No era un experto, pero podía distinguir el sonido de Jansch del de John Renbourn, el otro guitarrista del grupo. Por lo que sabía, Renbourn seguía vivo, y tal vez residiera en Borders. ¿O era Robin Williamson? En una ocasión había llevado a su compañera Siobhan Clarke a un concierto de Renbourn y Williamson, y la había conducido al Biggar Folk Club sin decirle por qué. Cuando los dos músicos subieron al escenario —con semblante de acabar de levantarse de una butaca junto a una hoguera—, se había inclinado hacia ella.

—Uno de ellos tocó en Woodstock, ¿lo sabías? —susurró.

Todavía tenía la entrada del Biggar guardada en alguna parte. Solía conservarlas, aunque sabía que era una cosa más que habría que tirar a la basura cuando él ya no estuviese. Junto al tocadiscos había una púa de plástico. La había comprado hacía años, después de pasearse por una tienda de instrumentos y decirle al joven cajero que tal vez volvería más tarde a comprar una guitarra de verdad. El dependiente mencionó que la púa la había fabricado un escocés llamado Jim Dunlop, quien también se dedicaba a los pedales de efectos. Desde entonces, Rebus había desgastado la inscripción de la púa, pero jamás la había utilizado con una guitarra.

—Tampoco he aprendido a pilotar un avión —se dijo a sí mismo.

Estudió el cigarrillo que sostenía. Meses atrás se había sometido a una revisión médica, y había recibido las advertencias habituales. Su dentista también buscaba siempre los primeros indicios de algo desagradable. Pero todo estaba en orden, por el momento.

—Todas las rachas de suerte se acaban, John —le dijo el odontólogo—. Créame.

—¿Puedo apostar al caballo ganador? —respondió Rebus.

Apagó el pitillo en un cenicero y contó cuántos quedaban en el paquete. Ocho, lo cual significaba que se había fumado unos doce aquel día. No estaba mal, ¿verdad? En su día se habría terminado un paquete y ya habría abierto otro. Tampoco bebía tanto: un par de cervezas por la noche, y uno o dos tragos de whisky antes de acostarse. Ahora tenía una cerveza abierta, la primera del día. Ni a Bliss ni a Robison les apetecía tomar una copa después del trabajo, y no se planteó preguntarle a Cowan. Este solía quedarse en la oficina hasta tarde. Trabajaban en la comisaría de Fettes Avenue, lo cual le brindaba a Cowan la posibilidad de toparse con altos mandos, gente potencialmente útil para él que repararía en el lustre de sus zapatos y a quienes siempre se dirigía con educación.

—Eso se llama acoso —le dijo Rebus una vez cuando lo descubrió riéndose con demasiado entusiasmo de un viejo chiste que había contado uno de los subcomisarios—. Y me he dado cuenta de que no le paras los pies cuando te llama Dan...

Sin embargo, en cierto modo Rebus se compadecía de Cowan. A buen seguro, había agentes menos cualificados que habían logrado ascender a lo más alto. Cowan era consciente de ello, y lo corroía por dentro, al punto de que estaba casi vacío. El equipo había sufrido a causa de ello, lo cual era una lástima. A Rebus le gustaban muchos aspectos del trabajo. Sentía un pequeño temblor de excitación cada vez que abría la carpeta de un viejo caso. Podía haber cajas y más cajas, cada una de ellas dispuesta a embarcarlo en un viaje en el tiempo. Los periódicos amarillentos no solo contenían noticias sobre el crimen, sino también artículos sobre acontecimientos nacionales e internacionales, además de deportes y anuncios. Le pedía a Elaine Robison que calculara cuánto costaban un coche o una casa en 1974, y le leía la clasificación de la liga de fútbol a Peter Bliss, que tenía maña para recordar nombres de jugadores y entrenadores. Pero, a la postre, Rebus volvía al crimen, a los detalles, las entrevistas, las pruebas y los testimonios familiares: «Alguien cree que se ha salido con la suya... sabe que se ha salido con la suya». Albergaba la esperanza de que todos aquellos asesinos estuviesen en alguna parte, inquietándose cada vez más al leer sobre los avances en materia de detección y tecnología con el paso de los años. Puede que cuando sus nietos quisieran ver CSI o Caso cerrado tuviesen que marcharse del salón y sentarse en la cocina. Tal vez no pudiesen soportar leer la prensa o escuchar en paz las noticias en la radio o la televisión por temor a enterarse de que se había reabierto el caso.

Rebus le había propuesto a Cowan asegurarse de que los medios de comunicación informaran sobre cualquier avance de forma periódica, fuese real o no, solo para asustar a los culpables.

«Quizá detectaríamos algún movimiento».

Pero a Cowan no le había interesado. ¿No tenían ya suficientes problemas los medios por inventar historias?

«No lo harían ellos —había insistido Rebus—, seríamos nosotros». Pero Cowan siguió meneando la cabeza.

El disco terminó y Rebus levantó la aguja del vinilo. Todavía no eran las nueve: demasiado temprano como para plantearse ir a la cama. Ya había cenado; también había llegado a la conclusión de que en la televisión no daban nada que mereciera la pena. La botella de cerveza estaba vacía. Se acercó a la ventana y contempló el edificio de apartamentos de enfrente. Un par de niños en pijama lo observaban desde un piso de la primera planta. Al saludarlos, pusieron pies en polvorosa. Ahora daban vueltas el uno alrededor del otro en medio de su habitación, saltando de puntillas, sin atisbo alguno de sueño, y él había sido desterrado de su universo.

Sin embargo, sabía lo que le estaban diciendo: había otro mundo ahí fuera. Y eso solo podía significar una cosa.

—Pub —dijo Rebus en voz alta, y cogió el teléfono y las llaves. Luego apagó el tocadiscos y el amplificador y, al ver de nuevo la púa, decidió que lo acompañaría.

19,72 ₼

Janr və etiketlər

Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
01 avqust 2024
Həcm:
400 səh. 1 illustrasiya
ISBN:
9788490560853
Naşir:
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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