Kitabı oxu: «Una cuestión de sangre»

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Título original: A Question of Blood

© John Rebus Limited, 2003.

© de la traducción: Francisco Martín Arribas, 2005.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO375

ISBN: 9788491872030

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

PRIMER DÍA. MARTES

1

2

3

SEGUNDO DÍA. MIÉRCOLES

4

5

6

7

TERCER DÍA. JUEVES

8

9

10

11

CUARTO DÍA. VIERNES

12

13

14

15

16

QUINTO DÍA. LUNES

17

18

SEXTO DÍA. MARTES

19

20

21

22

SÉPTIMO DÍA. MIÉRCOLES

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27

EPÍLOGO

IAN RANKIN. JOHN REBUS

IAN RANKIN. MALCOLM FOX

OTROS TÍTULOS DE IAN RANKIN EN RBA

NOTAS

EN MEMORIA DEL DEPARTAMENTO DE INVESTIGACIÓN CRIMINAL DE ST LEONARD’S

«Ita res accendent lumina rebus».

ANÓNIMO

«No se vislumbra el final».

JAMES HUTTON, científico, 1785

PRIMER DÍA

1

—No hay más misterio —dijo la sargento detective Siobhan Clarke—. Herdman perdió la chaveta.

Estaba sentada junto a una cama del recién inaugurado hospital Royal Infirmary de Edimburgo, un gran edificio al sur de la ciudad, en una zona llamada Little France. Había sido construido sobre un solar muy caro, pero ya había quejas por falta de espacio para servicios y aparcamiento. Siobhan había encontrado un hueco en un lugar prohibido, y fue lo primero que le comentó al inspector John Rebus al llegar. Rebus tenía las manos vendadas hasta las muñecas. Le sirvió un poco de agua tibia y él ahuecó las manos para llevarse el vaso de plástico a la boca con cuidado mientras ella le observaba.

—¿Has visto? No he derramado ni una sola gota —comentó bromeando.

Pero al intentar dejarlo en la mesilla lo estropeó todo. Le resbaló entre las manos, golpeó contra el suelo y Siobhan lo cazó al vuelo.

—Buena parada —añadió Rebus.

—Bah, estaba vacío; no habría caído nada.

A partir de aquel momento, Siobhan no dijo más que banalidades, eludiendo todas las preguntas que ansiaba plantearle, y explayándose, en su lugar, en los pormenores de la masacre de South Queensferry.

Tres muertos. Un herido. Una tranquila ciudad costera al norte de Edimburgo. Un colegio de pago mixto para alumnos entre cinco y dieciocho años. Seiscientos matriculados, ahora dos menos.

El tercer cadáver era el del asesino, que se había volado los sesos. Ningún misterio, como decía Siobhan.

Salvo el móvil.

—Era como tú —añadió—. Quiero decir que era un militar retirado. Creen que el móvil fue su resentimiento contra la sociedad.

Rebus advirtió que mantenía con firmeza las manos en los bolsillos de la chaqueta, y se imaginó que estaría apretando los puños inconscientemente.

—Los periódicos dicen que tenía un negocio —comentó él.

—Tenía una lancha motora. Llevaba a gente a hacer esquí acuático.

—¿Y era un resentido?

Ella se encogió de hombros. Rebus sabía que estaba deseando meter baza, cualquier pretexto con tal de apartar su mente de la otra investigación; interna esta vez, y con ella de protagonista.

Siobhan miraba a la pared por encima de la cabeza de Rebus, como si hubiera algo que le interesara, además de la pintura y el aparato de oxígeno.

—No me has preguntado qué tal estoy —se quejó Rebus.

—¿Cómo te encuentras? —dijo ella volviendo la vista hacia él.

—Estoy harto de estar aquí. Gracias por tu interés.

—Solo estás aquí desde ayer por la noche.

—A mí me parece más.

—¿Qué han dicho los médicos?

—Hoy todavía no me ha visto nadie. Me da igual lo que me digan, esta tarde me marcho.

—¿Y después qué?

—¿Qué quieres decir?

—No puedes volver a la comisaría —añadió. Observaba fijamente las manos vendadas—. ¿Cómo vas a conducir o escribir informes? ¿Y coger el teléfono?

—Me las arreglaré —repuso Rebus y miró a su alrededor para eludir su mirada.

Estaba rodeado de hombres mucho mayores que él, igual de pálidos. Era evidente que la dieta escocesa había hecho estragos en ellos. Un tipo tosía por un cigarrillo. Otro parecía tener problemas respiratorios. Obesos con el hígado hinchado, así eran la mayoría de sus paisanos. Rebus levantó el brazo para pasárselo por la mejilla izquierda y notó que la tenía rasposa. Su barba tendría el mismo color gris plateado que las paredes de la sala.

—Me las arreglaré —repitió rompiendo el silencio, mientras bajaba el brazo y se arrepentía de haberlo levantado. Los dedos chispeaban de dolor—. ¿Te han dicho algo? —preguntó.

—¿De qué?

—Vamos, Siobhan...

Ella le miró sin pestañear. Sacó las manos de los bolsillos y se inclinó hacia delante.

—Esta tarde tengo otra sesión.

—¿Con quién?

—Con la jefa.

Se refería a la comisaria jefe Gill Templer. Rebus asintió, alegrándose de que el asunto no hubiera llegado a las altas esferas.

—¿Qué piensas decirle? —preguntó.

—No hay nada que decir. Yo no tuve nada que ver con la muerte de Fairstone. —Hizo una pausa, dejando otra pregunta en el aire: «¿Y tú?». Parecía esperar a que él dijera algo, pero Rebus callaba—. Preguntará por ti, cómo has acabado aquí —añadió.

—Porque me escaldé —replicó Rebus—. Es absurdo, pero fue así.

—Ya sé que eso fue lo que dijiste...

—No, Siobhan, es lo que sucedió. Pregunta a los médicos si no me crees —añadió mirando de nuevo alrededor—. Si es que consigues ver a alguno.

—Seguro que estarán escarbando el suelo en busca de aparcamiento.

No tenía mucha gracia, pero Rebus sonrió. Comprendía que ella no iba a insistir y su sonrisa era de gratitud.

—¿Quién se encarga de lo de South Queensferry? —preguntó para cambiar de tema.

—Creo que el inspector Hogan.

—Bobby es un buen tipo. Si puede atar cabos rápido, lo hará.

—Será un circo mediático. Grant Hood llevará la prensa.

—¿Se lo han llevado de St Leonard’s? —dijo Rebus pensativo—. Razón de más para que yo vuelva.

—Sobre todo si a mí me suspenden.

—No lo harán, Siobhan. Como acabas de decir, no tuviste nada que ver con Fairstone. Para mí fue un accidente. Y ahora que hay un caso más importante, quizás el asunto muera de muerte natural, por así decirlo.

—«Un accidente» —repitió Siobhan.

Rebus asintió.

—No te preocupes. A menos, claro, que de verdad te cargaras a ese cabrón.

—John... —le advirtió ella.

Él sonrió y consiguió esbozar un guiño.

—Era una broma —añadió—. Sé de sobra a quién va a echarle la culpa Gill de lo de Fairstone.

—Murió en un incendio, John.

—¿Y eso quiere decir que yo lo maté? —replicó Rebus. Levantó las manos y las giró a un lado y a otro—. Quemaduras, Siobhan. Simplemente.

Ella se levantó.

—Si tú lo dices, John...

Se quedó clavada junto a la cama mientras él bajaba las manos, reprimiendo el fuerte dolor.

En ese momento llegó una enfermera comentando algo sobre un cambio de vendaje.

—Me voy ya —dijo Siobhan—. Me horroriza pensar que hicieras semejante tontería por mí —añadió.

Él comenzó a menear despacio la cabeza, mientras ella le daba la espalda y echaba a andar.

—¡No pierdas la fe, Siobhan! —añadió Rebus alzando la voz.

—¿Es su hija? —preguntó la enfermera por entablar conversación.

—Es una amiga; una compañera de trabajo.

—¿Tienen algo que ver con la Iglesia?

—¿Por qué lo pregunta? —replicó Rebus haciendo una mueca en cuanto ella comenzó a arrancarle las vendas.

—Como hablaba de la fe...

—Es que en mi trabajo es fundamental. —Hizo una pausa—. ¿No es lo mismo en el suyo?

—¿En el mío? —replicó la enfermera sonriendo sin ni siquiera levantar la vista. Era bajita, del montón, seria—. No puedo esperar a que la fe le cure. ¿Cómo se hizo esto? —inquirió al ver las ampollas.

—Con agua hirviendo —contestó él; notaba un lento reguero de sudor en las sienes. «Puedo controlar esta clase de dolor», pensó. Sus problemas eran otros—. ¿No puede ponerme algo más ligero que un vendaje?

—¿Tiene ganas de irse ya?

—Tengo ganas de coger una taza sin tirarla. —«O un teléfono», pensó—. Además, seguro que hay alguien en lista de espera que necesita la cama más que yo.

—Muy cívico, sí, señor. Habrá que esperar a ver qué dice el médico.

—¿Y qué médico será?

—Oiga, tenga un poco de paciencia.

Paciencia era lo único para lo que no tenía tiempo.

—A lo mejor viene alguien más a visitarle —añadió la enfermera.

Lo dudaba. Nadie excepto Siobhan sabía que estaba allí. Le había pedido a una enfermera que la llamara, para que le dijese a Templer que estaría uno o dos días de baja. Y Siobhan había acudido corriendo al hospital. Quizá lo supiera, quizá por eso había preferido llamarla a ella que hacerlo a comisaría.

Eso había sucedido la tarde anterior. Por la mañana, como el dolor era insoportable, había ido a ver a su médico de cabecera, pero le examinó un doctor interino, que le aconsejó que fuera al hospital. Se fue a urgencias en taxi y se vio en el apuro de tener que aguantar al taxista hurgando en sus pantalones para cobrarse.

—¿Se ha enterado del tiroteo en ese colegio? —preguntó el taxista.

—Probablemente alguna pistola de aire comprimido.

Pero el hombre negó con la cabeza.

—No, no, ha sido peor, según la radio.

En urgencias tuvo que esperar hasta que por fin le vendaron las manos, pues las heridas no revestían gravedad suficiente para ingresarle en la unidad de quemados de Livingston. Sin embargo, como tenía bastante fiebre, optaron por hospitalizarle y le trasladaron a Little France. Pensó que tal vez quisieran tenerle en observación por si sufría un colapso. O que temieran que fuese uno de esos individuos que se autolesionan. Pero nadie había ido a interrogarle; quedaba la posibilidad de que le retuvieran hasta que algún psiquiatra se ocupara de él.

Pensó en Jean Burchill, la única persona que podría echarle de menos, aunque últimamente las cosas se habían enfriado. Solo pasaban la noche juntos cada diez días más o menos. Hablaban a menudo por teléfono, y a veces se veían para tomar café por la tarde. Ya casi era algo rutinario. Recordó que hacía unos años había salido con una enfermera una temporada. No sabía si seguiría trabajando en Edimburgo; podía preguntarlo, el problema era que no recordaba su nombre, algo que le sucedía a veces con otras personas. Bah, no era tan importante, simplemente parte del proceso de envejecimiento. Aunque lo cierto era que, cuando acudía a los tribunales a testificar, cada vez tenía más necesidad de consultar sus apuntes. Diez años atrás no necesitaba notas ni verificaciones; actuaba muy seguro de sí mismo, circunstancia que impresionaba al jurado, según le comentaban los abogados.

—Ya está. —La enfermera se incorporó. Le había puesto crema y gasa en las manos y vendas nuevas—. ¿Se siente mejor?

Rebus asintió. Sentía cierto frescor en la piel, pero sabía que no duraría mucho.

—¿Tiene que tomar algún otro analgésico?

Era una pregunta retórica. La enfermera miró el gráfico clínico de los pies de la cama. Rebus lo había examinado al levantarse para ir al lavabo y comprobó que solo indicaba la temperatura y la medicación. No había ninguna anotación críptica para entendidos. Ningún registro de lo que contó al ser ingresado.

«Estaba preparando un baño caliente... y resbalé».

El médico había reaccionado con un carraspeo, lo cual le dio a entender que aceptaría cualquier explicación sin tener que creérsela forzosamente. Era un hombre con exceso de trabajo y falta de sueño, su cometido no era indagar. Era un médico, no un policía.

—¿Le doy paracetamol? —añadió la enfermera.

—¿No podría traerme una cerveza para tragarlo?

La mujer esgrimió otra vez su sonrisa profesional. En los años que llevaba trabajando en el Servicio Nacional de Salud, era la primera vez que oía algo semejante.

—Veré qué puede hacerse.

—Es usted un ángel —dijo Rebus sorprendido de sí mismo.

Era la clase de comentario que haría un paciente cualquiera, uno de esos confortables clichés. Como la enfermera ya se iba, pensó que quizá ni le habría oído. Quizá fuera el ambiente del hospital. Te afectaba aún sin estar enfermo, te disminuía el ritmo, te volvía sumiso: te institucionalizaba. Quizá fuese la influencia del color de las paredes, del murmullo de fondo. O puede que fuera la calefacción. En St Leonard’s tenían un calabozo especial para los «chalados» pintado de color rosa intenso, supuestamente para apaciguarlos. ¿No utilizarían en los hospitales la misma psicología? Lo último que les interesaba era un paciente borde y quejica que se levantara de la cama cada dos por tres. De ahí que hubiesen tantas mantas, tan bien remetidas por debajo de la colcha para entorpecer sus movimientos. Quedaos ahí tranquilos... la almohada bien mullida... disfrutad del calor y de la luz sin alborotar. Pensó que si aquella situación se prolongaba se olvidaría hasta de su nombre, le tendría sin cuidado todo lo demás, se olvidaría del trabajo y no habría ya Fairstone ni locos que disparasen a los alumnos de un colegio...

Se puso de lado e hizo fuerza con las piernas para librarse de las sábanas. Era un esfuerzo doble, como el de Houdini con una camisa de fuerza. El hombre de la cama de al lado había abierto los ojos y le observaba. Rebus le hizo un guiño en el momento en que conseguía liberar los pies.

—Siga cavando. Yo voy a dar un paseo para sacudirme la tierra del pantalón —le dijo.

El hombre no pareció captar la ironía.

Siobhan había vuelto a St Leonard’s y se estaba haciendo la remolona frente a la máquina de bebidas. Un par de policías uniformados comían un bocadillo y patatas fritas en una mesa de la cantina. Desde el pasillo donde estaba la máquina se veía el aparcamiento. Si fuera fumadora, tendría una excusa para salir afuera, donde había menos posibilidades de que Gill Templer diera con ella. Pero no fumaba. Podía camuflarse en el gimnasio mal ventilado al fondo del pasillo o ir hasta los calabozos, pero nada impediría que Templer la atrapara por megafonía, porque seguro que se enteraba de que había llegado a la comisaría. En St Leonard’s no había manera de esconderse. Pulsó el botón de las Coca-Colas sabiendo que los dos agentes de uniforme hablarían de lo mismo que todo el mundo: de los tres muertos del colegio.

Por la mañana Siobhan había hojeado los periódicos. Había fotos pixeladas de las víctimas, los dos eran chicos, diecisiete años. Todos los periodistas hablaban de «tragedia», «terrible pérdida», «conmoción» y «carnicería», y añadían abundante información sobre la efervescente cultura pistolera de Gran Bretaña, la inseguridad en las escuelas y anteriores casos de asesinos que se suicidaban. Observó las fotos del asesino. Por lo visto, la prensa solo había obtenido tres fotos. Una de ellas mostraba algo más parecido a un fantasma que a un ser de carne y hueso; en otra se veía a un tipo vestido con un mono, que agarraba un cabo para subir a bordo de una lancha, sonriente y mirando a la cámara. Siobhan pensó que sería un anuncio de su negocio de esquí acuático.

La tercera era una fotografía de carné de cuando el hombre hacía el servicio militar. Se llamaba Herdman: Lee Herdman, treinta y seis años, residente en South Queensferry y era propietario de una lancha fueraborda. Había también fotos del almacén donde tenía instalado el negocio. «A un kilómetro escaso del escenario de la tragedia», comentaba un periódico.

Como exmilitar, era muy posible que tuviera fácil acceso a un arma. Había conducido hasta el colegio, aparcó junto a los coches de los profesores. Dejó la puerta abierta, porque sin duda tenía prisa. Los testigos le vieron irrumpir en el edificio y, una vez dentro, fue directamente a la sala común donde en aquel momento había tres personas. Dos de ellas estaban ahora muertas, y la tercera, herida. A continuación se mató de un disparo en la sien. Eso era todo. Las críticas comenzaban a llover: ¿Cómo era posible, por Dios bendito, que después de lo de Dunblane, cualquier desconocido pudiera entrar por las buenas en un colegio? ¿Había dado señales Herdman de estar a punto de estallar? ¿Era culpa de los médicos o de los asistentes sociales? ¿Del Gobierno? De cualquiera. Tenía que ser culpa de alguien. Era absurdo echársela a Herdman, que estaba muerto. Hacía falta un chivo expiatorio. Siobhan estaba segura de que al día siguiente saldrían a colación los tópicos habituales: la violencia en la cultura actual, el cine y la televisión, el estrés de la vida moderna. Luego volvería la calma. Un dato le llamó la atención: tras el endurecimiento de las leyes sobre posesión de armas en el Reino Unido, a raíz de la matanza de Dunblane, las agresiones con armas habían aumentado. Seguro que los grupos de presión a favor de las armas sabrían arrimar el agua a su molino.

Uno de los motivos por los que en St Leonard’s todos hablaban del suceso era porque el padre del superviviente era miembro del Parlamento escocés, y no un diputado cualquiera. Seis meses atrás, Jack Bell había sido protagonista de un incidente con la policía, que le había detenido cuando paseaba en coche por la zona de prostitución de Leith. Los vecinos del barrio se habían manifestado varias veces exigiendo la intervención policial y la policía había respondido con una redada nocturna, en la que, entre otros, pescaron a Jack Bell.

Bell había reivindicado su inocencia, alegando que estaba allí exclusivamente por «motivos de investigación»; su esposa lo había corroborado, la mayoría de su partido también y la cúpula policial había optado por dar carpetazo al asunto. Pero entretanto los periódicos se habían cebado con Bell, y el diputado había acusado a la policía de actuar confabulada con la «prensa basura» y de acosarle por ser quien era.

El resentimiento de Bell se propagó de tal modo que denunció varias veces en el Parlamento la ineficacia de las fuerzas policiales y la necesidad de un cambio. Y ahora en los ambientes policiales todos opinaban que causaría problemas.

A Bell lo habían detenido agentes de la comisaría de Leith, encargada, precisamente, del crimen del colegio Port Edgar.

Además, South Queensferry era de su jurisdicción.

Y por si aquello fuera poco, una de las víctimas era hijo de un juez.

Todo lo cual conducía al segundo motivo por el que se había convertido en el tema del día en St Leonard’s. Se sentían excluidos. Siendo jurisdicción de Leith, no les quedaba otra opción que esperar a que pidieran refuerzos. Pero Siobhan lo dudaba. El caso estaba claro, asesino y víctimas yacían en el depósito. Aunque para que Gill Templer...

—¡Sargento Clarke, preséntese en el despacho de jefatura!

El imperioso graznido surgió de un altavoz en el techo justo encima de su cabeza. Los dos agentes de la cantina se volvieron para mirarla y ella dio un sorbo a la lata procurando no inmutarse, pero sintió un escalofrío que no tenía que ver con el frescor de la bebida.

—¡Sargento Clarke, preséntese en el despacho de Jefatura!

Estaba delante de la puerta de cristal. Fuera, en el aparcamiento, su coche ocupaba su hueco obedientemente. ¿Qué haría Rebus, marcharse o esconderse? No pudo contener una sonrisa al encontrar la respuesta: ni una cosa ni otra; seguramente subiría los escalones de dos en dos hasta el despacho de la jefa convencido de que él tenía razón y de que ella, dijera lo que dijera, estaba equivocada.

Tiró la lata y se dirigió a la escalera.

—¿Sabe por qué quería verla? —preguntó la comisaria Gill Templer.

Estaba sentada detrás de su escritorio, lleno de papeles con el trabajo del día. Templer era responsable de la División B, que comprendía tres comisarías del sur de Edimburgo cuya jefatura estaba en St Leonard’s. Su trabajo no era tan arduo como otros, aunque la situación cambiaría cuando finalmente trasladaran el Parlamento escocés a la nueva sede que estaban construyendo al pie de Holyrood Road. Templer dedicaba ya una desproporcionada cantidad de tiempo a reuniones sobre las necesidades del nuevo Parlamento, y Siobhan sabía cuánto lo detestaba. Nadie se hacía policía por amor al papeleo. Sin embargo, el presupuesto y los gastos ocupaban cada vez más su trabajo; los comisarios que resolvían sus investigaciones sin sobrepasar el presupuesto eran ejemplares raros, y los que lo rebajaban, seres de otro planeta.

Siobhan se daba cuenta de que a Templer aquello le pasaba factura. Siempre había tenido un aspecto hostil. Comenzaba a tener canas. O no lo había advertido o no tenía tiempo para teñírselas. Empezaba a perder la batalla contra el tiempo, y Siobhan se preguntó qué precio le harían pagar para ascender. Suponiendo que aún siguiera teniendo una carrera en la policía.

Templer parecía preocupada mientras rebuscaba en un cajón de su escritorio. Finalmente se dio por vencida y lo cerró para centrarse en Siobhan. Al mirarla, bajó la barbilla, lo que le endureció la mirada. Siobhan detectó los acentuados pliegues que le surcaban el cuello y la boca, y comprobó que había engordado cuando cambió de postura en la butaca y se estiró la chaqueta por debajo del pecho. Demasiada comida rápida o exceso de cenas oficiales con los jefazos. Siobhan, que aquella mañana había ido al gimnasio a las seis, se enderezó e irguió ligeramente la cabeza.

—Supongo que será por lo de Martin Fairstone —dijo anticipándose a Templer y dando el primer golpe del combate. Al ver que callaba, prosiguió—: Yo no tuve nada que ver...

—¿Dónde está John? —cortó, tajante, Templer.

Siobhan tragó saliva.

—No está en su casa —continuó Templer—. Envié a alguien para que lo comprobara. Y según dice usted se ha tomado dos días de baja por enfermedad. ¿Dónde está, Siobhan?

—Yo no...

—El caso es que hace dos días vieron a Martin Fairstone en un bar. Nada raro, salvo que le acompañaba un tipo muy parecido al inspector Rebus. Un par de horas después el tal Fairstone perece achicharrado en la cocina de su casa. —Hizo una pausa—. Eso suponiendo que aún viviera cuando se inició el fuego.

—Señora, de verdad que yo no...

—A John le gusta protegerla, ¿verdad, Siobhan? No hay nada malo en ello. John tiene algo de caballero medieval, ¿a que sí? Siempre anda buscando algún dragón con quien enfrentarse.

—Este caso no tiene nada que ver con el inspector Rebus, señora.

—Entonces ¿por qué se esconde?

—A mí no me consta que se haya escondido.

—¿Entonces le ha visto? —Una simple pregunta que Templer acompañó de una sonrisa—. Me apostaría algo.

—No está en condiciones de venir a comisaría —replicó Siobhan, consciente de que su defensa iba perdiendo fuerza.

—Si no puede venir aquí, estaré encantada de que me lleve hasta él.

Siobhan se vio desarmada.

—Antes tendré que decírselo.

Templer negó con la cabeza.

—Esto no es negociable, Siobhan. Por lo que me dijo, Fairstone la acosaba y le puso un ojo morado.

Siobhan se llevó involuntariamente la mano al pómulo izquierdo. Casi no quedaba marca. Apenas una sombra que podía disimular con maquillaje o apelando al cansancio, pero todavía se le notaba cuando se miraba en el espejo.

—Y ahora ha muerto —prosiguió Templer— en un incendio posiblemente provocado. Así que comprenderá que tengo que hablar con todos los que le vieron aquella noche. —Otra pausa—. ¿Cuándo le vio por última vez, Siobhan?

—¿A quién, a Fairstone o a Rebus?

—A los dos, ya que estamos.

Siobhan no contestó. Trató de agarrarse a los brazos metálicos de su asiento, pero no tenía. Era nuevo y más incómodo que el viejo. En ese momento advirtió que la poltrona de Templer era también nueva y que estaba ligeramente más elevada. Un truco para cobrar ventaja sobre las visitas... lo que significaba que la gran jefa necesitaba tales artificios.

—Con todo respeto —dijo Siobhan tras hacer una pausa—. Creo que no estoy preparada para contestar, señora.

Se levantó sin estar segura de volver a sentarse si Gill Templer se lo mandaba.

—Es muy decepcionante, sargento Clarke —dijo Templer con voz fría; prescindía de su nombre de pila—. ¿Le dirá a John que hemos hablado?

—Lo que usted diga.

—Espero que tengan una buena coartada por si abrimos una investigación.

Siobhan asintió a la amenaza. Bastaría con una petición de la jefa para que aparecieran los de expedientes con sus carteras llenas de preguntas y sospechas. El Departamento de Expedientes Disciplinarios.

—Gracias, señora —se limitó a decir antes de abrir la puerta y cerrarla al salir.

Había un lavabo en el pasillo; entró y fue a sentarse en el cubículo. Abrió una bolsa de papel que llevaba en el bolsillo y respiró dentro. La primera vez que tuvo un ataque de pánico temió hallarse al borde de un paro cardíaco: el corazón le latía con fuerza, no le respondían los pulmones y sentía una oleada de electricidad por todo el cuerpo. El médico le recomendó tomarse unos días de descanso. Ella había acudido a la consulta convencida de que la enviaría al hospital a hacerse pruebas, pero el médico le sugirió que comprara un libro sobre su enfermedad. Lo encontró en una farmacia. El primer capítulo describía todos sus síntomas y sugería algunas medidas. Cortar la cafeína y el alcohol, la sal y las grasas y, en caso de ataque, respirar dentro de una bolsa de papel.

El médico le dijo que tenía la tensión un poco alta y le sugirió hacer ejercicio. Había empezado a ir una hora antes a la comisaría para pasar por el gimnasio al final del día. Se había propuesto también ir a nadar a la piscina Commonwealth, que estaba muy cerca.

—Soy cuidadosa con las comidas —le había comentado al médico.

—Bien, haga una lista a lo largo de una semana —añadió él; pero de momento no se había molestado y seguía olvidándose el bañador.

Demasiado fácil echarle la culpa a Fairstone.

Fairstone había comparecido ante el tribunal con dos cargos: allanamiento de morada y agresión. Una vecina le desafió cuando escapaba y Fairstone le hundió la cabeza contra la pared de una patada. Fue tal el impacto que se le quedó marcada la suela de la zapatilla en la cara. Siobhan prestó declaración como mejor supo, pero no pudieron encontrar la zapatilla, ni tampoco nada de lo sustraído en casa de Fairstone. La vecina, por su parte, describió al agresor, reconoció su foto en las fichas policiales y lo identificó en una rueda de sospechosos. Pero había problemas y el fiscal los había detectado de inmediato: no había huellas en el lugar del crimen y nada que incriminara a Fairstone salvo por el hecho de que era un ladrón condenado en otras ocasiones por agresión.

—Habría estado bien encontrar la zapatilla —comentó el fiscal jefe mesándose la barba al tiempo que preguntaba si no convendría retirar los dos cargos a cambio de un arreglo.

—¿Y que le den un cachete y se vaya a su casa como si nada? —había replicado Siobhan.

En el juicio, la defensa arguyó ante Siobhan que la primera descripción de la vecina apenas se correspondía con el aspecto físico del imputado. La incertidumbre de la víctima tampoco ayudó, y la defensa lo explotó al máximo. Siobhan dio tantas pistas como pudo para probar los antecedentes del acusado, pero finalmente el juez no tuvo más remedio que atender a las protestas del defensor y amonestarla.

—Es el último aviso, sargento Clarke —le dijo—. Así que, si no tiene algún motivo para malmeter contra la Corona, le sugiero que a partir de ahora medite más cuidadosamente sus respuestas.

Fairstone le acababa de clavar la mirada deliberadamente, y después, tras el veredicto de inocencia, salió del tribunal a grandes zancadas, como si tuviese muelles en los talones de sus zapatillas nuevas, y la agarró del hombro.

—Esto es una agresión —dijo ella; trataba de disimular lo furiosa y frustrada que se sentía.

—Gracias por sacarme de ahí —replicó él—. Tal vez algún día te devuelva el favor. Ahora voy al pub a celebrarlo. ¿Cuál es tu veneno favorito?

—Desaparece por la alcantarilla más cercana, ¿me oyes?

—Creo que me he enamorado —añadió él.

Esbozó una amplia sonrisa en su rostro delgaducho mientras alguien le llamaba a gritos. Era su novia, una rubia teñida vestida con chándal. En una mano sostenía un paquete de cigarrillos, y en la otra el móvil, pegado a la oreja. Ella y otros dos amigos eran su coartada.

—Creo que te reclaman.

—Pero yo te quiero a ti, Siob.

—¿Me quieres? —replicó Siobhan y aguardó a que él asintiera—. Entonces avísame la próxima vez que le vayas a pegar a una desconocida.

—Dame tu número de teléfono.

—Búscalo en el listín, en la sección «Policía».

—¡Marty! —gruñó la novia.

—Nos veremos, Siob —añadió él, sin dejar de sonreír, caminando de espaldas unos pasos antes de darse la vuelta.

Siobhan fue directamente a St Leonard’s para repasar el expediente de Fairstone. Al cabo de una hora le pasaron una llamada de centralita. Era él, desde un bar. Colgó. Diez minutos más tarde volvía a insistir... y otra vez diez minutos después.

Y al día siguiente.

Y toda la semana siguiente.

Al principio no supo cómo reaccionar. Dudaba de que sus silencios funcionaran. Más bien parecían divertirle y animarle a insistir. Rezó por que se cansara, por que encontrara otra distracción. Entonces, un buen día, apareció por la comisaría, e intentó seguirla hasta casa. Ella se dio cuenta y le hizo caminar de un lado para otro mientras pedía ayuda por el móvil. Se lo llevó un coche patrulla. Al día siguiente volvió a verle, fuera del aparcamiento, en la parte trasera de la comisaría. Le esquivó saliendo a pie por la puerta principal y cogió un autobús.

Sin embargo, Fairstone no desistía. Siobhan comprendió que lo que había empezado como una broma pesada se estaba convirtiendo en algo más serio. Así que invocó a una de sus mejores piezas. Rebus, de todos modos, se había dado cuenta: las llamadas a las que no respondía, las veces que la sorprendía mirando por la ventana, su modo de mirar a un lado y a otro cuando salían de servicio. Finalmente se lo contó y ambos fueron a hacerle una visita al piso de protección oficial que tenía en Gracemount.

La cosa había empezado mal, y Siobhan comprendió enseguida que su «pieza» jugaba según sus reglas. Hubo un forcejeo en el que la pata de una mesa se quebró, y la chapa de pino dejó al descubierto el aglomerado. Siobhan se sintió peor que nunca; débil por haber embarcado a Rebus en aquello en vez de resolverlo sola; temblando, torturada, sabiendo de antemano lo que sucedería, dejó que sucediera. Era instigadora y cobarde.

En el camino de vuelta pararon a tomar una copa.

—¿Tú crees que hará algo? —preguntó ella.

—Fue culpa suya —contestó Rebus—. Si continúa acosándote ya sabe a qué atenerse.

—¿A desaparecer del mapa, te refieres?

—Yo no hice más que defenderme, Siobhan. Tú lo viste —replicó él mirándola a los ojos hasta que ella asintió.

Era cierto: Fairstone se había abalanzado sobre él y Rebus le había empujado hacia la mesita con intención de neutralizarle, pero se había roto la pata y cayeron al suelo durante el forcejeo. Todo había sucedido en un abrir y cerrar de ojos. Fairstone, con la voz temblorosa de rabia, masculló que se largaran. Rebus le amenazó repitiéndole que «no se acercara a la sargento Clarke».

—Lárguense los dos.

—Se acabó, vámonos —había dicho Siobhan agarrando a Rebus del brazo.

—No estés tan segura —farfulló Fairstone escupiendo saliva.

—Más vale que sí, amigo, si no quiere que empecemos con los fuegos artificiales —fue lo último que dijo Rebus.

Siobhan quiso preguntarle qué había querido decir, pero lo que hizo fue invitarle a la última copa. Aquella noche, en la cama, se quedó adormecida mirando fijamente el techo hasta que de pronto se despertó aterrorizada; se tiró al suelo invadida por una oleada de adrenalina y salió del dormitorio a gatas, convencida de que moriría si se incorporaba. Superado el ataque, se puso de pie apoyándose en la pared del pasillo y volvió despacio a la cama, donde se tumbó hecha un ovillo.

«Es más común de lo que piensa», le diría el médico más adelante, después del segundo ataque.

Entretanto, Martin Fairstone había presentado una denuncia de acoso que acabó retirando, pero no dejó de llamarla. Ella no le dijo nada a Rebus, prefería no saber lo que significaba «fuegos artificiales».

No había nadie en el Departamento de Investigación Criminal. Los agentes estaban de servicio o prestando declaración en los tribunales. A veces se perdían horas esperando a testificar y luego el juicio se eternizaba, el caso se sobreseía o el acusado presentaba recurso; otras veces alguien del jurado estaba en paradero desconocido o una persona crucial para el caso caía enferma. Pasaba el tiempo y al final se pronunciaba el veredicto de inocencia. Pero, incluso, cuando era de culpabilidad, en muchas ocasiones todo quedaba en una multa o el acusado quedaba en libertad condicional. Las cárceles estaban llenas y se veían cada vez más como el último recurso. Siobhan no creía haberse vuelto cínica, era puro realismo. Últimamente habían llovido las críticas. Se decía que en Edimburgo había más guardias de tráfico que policías, y cuando sucedía algo como lo de South Queensferry, la situación se agravaba. Permisos, bajas por enfermedad, papeleo y tribunales... el día se hacía demasiado corto; Siobhan sentía que se le acumulaban los problemas. Su trabajo se había resentido por culpa de Fairstone. Todavía podía sentir su presencia. Cuando sonaba el teléfono sentía escalofríos y se había encontrado un par de veces mirando por la ventana para ver si su coche estaba fuera. Era irracional pero no podía evitarlo. Y sabía, por supuesto, que no era un asunto del que pudiera hablar con cualquiera sin parecer débil.

Sonó el teléfono de Rebus. Si no contestaba, la centralita pasaría la llamada a otra extensión. Se dirigió a su escritorio deseando que dejase de sonar, pero no lo hizo. Y descolgó.

—¿Diga?

—¿Quién habla? —dijo una voz de hombre enérgica y formal.

—La sargento detective Clarke.

—¿Cómo estás, Siob? Soy Bobby Hogan.

Le había dicho al inspector Hogan que no la llamara Siob. Mucha gente lo prefería, para abreviar. Casi todo el mundo lo escribía mal. Recordó que Fairstone la había llamado Siob varias veces en un exceso de familiaridad. No le gustaba que la llamaran así y así debía decírselo a Hogan, pero no lo hizo.

—¿Mucho trabajo? —preguntó.

—¿Sabes que estoy llevando lo de Port Edgar? —contestó él—. Bueno, qué tontería, claro que lo sabes.

—Sí, ya he visto que sale muy bien en la tele, Bobby.

—Me encanta que me halaguen, Siob, pero la respuesta es «no».

—Yo ahora no tengo tanto trabajo —dijo ella sonriendo y mirando los montones de papeles que lo desmentían.

—Si necesito un par de manos extra te lo diré. ¿No está John ahí?

—¿Don Simpático? Está de baja. ¿Para qué lo quiere?

—¿Está en su casa?

—Yo podría darle el recado —añadió ella, intrigada por el tono de impaciencia en la voz de Hogan.

—¿Sabes dónde está?

—Sí.

—¿Dónde?

—No ha contestado a mi pregunta: ¿para qué lo quiere?

Hogan suspiró profundamente.

—Porque necesito una mano.

—¿Solo las suyas?

—Eso parece.

—Qué decepción.

—¿Cuánto puedes tardar en decírselo? —añadió Hogan sin hacer caso del comentario.

—Puede que no se encuentre bien del todo para ayudarle.

—Me sirve igual, a menos que esté con respiración asistida.

Siobhan se recostó en la mesa de Rebus.

—¿Qué es lo que pasa?

—Dile que me llame, ¿de acuerdo?

—¿Está en el colegio Port Edgar?

—Que me llame al móvil. Adiós, Siob.

—¡Un momento! —añadió Siobhan mirando hacia la puerta.

—¿Cómo dices? —masculló Hogan.

—Acaba de llegar. Se lo paso.

Le tendió el teléfono y le vio desaliñado. Pensó que se había emborrachado, pero enseguida lo comprendió: se había vestido como había podido, traía la camisa remetida de mala manera y la corbata simplemente colgando del cuello. En lugar de coger el auricular que le estaba tendiendo, Rebus se agachó y arrimó la oreja.

—Es Bobby Hogan —dijo Siobhan.

—¿Cómo estás, Bobby?

—John, no se oye bien...

—Acércamelo un poco —musitó Rebus mirando a Siobhan.

Ella le arrimó el auricular a la mejilla y advirtió que tenía el pelo sucio, aplastado por delante y de punta por detrás.

—¿Se oye ahora mejor, Bobby?

—Sí, ahora sí. John, tienes que hacerme un favor.

Rebus notó que el auricular se movía y miró a Siobhan, que dirigió la vista hacia la puerta. Él volvió la cabeza en esa dirección y vio que Gill Templer estaba en el umbral.

—¡A mi despacho! —exclamó—. ¡Inmediatamente!

Rebus se pasó la lengua por los labios.

—Bobby, te llamo dentro de un momento. La jefa quiere hablar conmigo.

Se incorporó, mientras la voz de Hogan sonaba cada vez más apagada y mecánica. Templer le hacía señas para que la siguiera. Él se encogió de hombros mirando a Siobhan y se dirigió a la puerta.

—Se ha marchado —le dijo ella por el auricular.

—¡Pues dile que vuelva!

—Me parece que no va a poder. Oiga... ¿por qué no me dice de qué se trata? A lo mejor yo podría ayudarle.

—Si no te importa dejaré la puerta abierta —dijo Rebus.

—Si quieres que se entere toda la comisaría, por mí no hay inconveniente.

—Es que me cuesta un poco cerrar picaportes —dijo Rebus dejándose caer en la silla de las visitas y levantando las manos para que Templer las viera. Las vio y cambió radicalmente de actitud.

—¡Por Dios bendito, John! ¿Qué te ha ocurrido?

—Me escaldé. No es tan grave como parece.

—¿Te escaldaste? —repitió ella reclinándose en la poltrona y apretando los dedos contra el borde de la mesa.

—Sí, eso es todo —asintió Rebus.

—¿A pesar de lo que yo crea?

—A pesar de lo que creas. Llené el fregadero para lavar los platos y metí las manos sin darme cuenta de que no había echado el agua fría.

—¿Cuánto tiempo exactamente?

—Lo suficiente para escaldarme, por lo visto —respondió, esbozó una sonrisa y pensó que la de los platos era una explicación más verosímil que la de la bañera.

Templer no parecía muy convencida.

Sonó el teléfono, pero Templer se limitó a descolgar y colgar.

—No eres el único con mala suerte. Martin Fairstone ha muerto en un incendio.

—Eso me ha dicho Siobhan.

—¿Y?

—Fue un accidente con una freidora. Cosas que pasan —añadió Rebus encogiéndose de hombros.

—Estuviste con él el domingo por la tarde.

—¿Ah, sí?

—Hay testigos que os vieron juntos en un bar.

—Tropecé con él de casualidad —dijo Rebus encogiéndose de hombros.

—¿Y saliste del bar con él?

—No.

—¿Fuiste con él a su casa?

—¿Quién lo dice?

—John...

—¿Quién dice que no ha sido un accidente? —preguntó él alzando la voz.

—Hay pendiente una investigación de los bomberos.

—Que tengan suerte —replicó Rebus. Trató inútilmente de cruzar los brazos, pero optó por dejarlos caer otra vez.

—Debe de dolerte —comentó Templer.

—Es soportable.

—¿Y fue el domingo por la noche?

Rebus asintió.

—Escucha, John... —añadió ella inclinándose hacia delante y apoyando los codos en la mesa—. Sabes que circularán rumores. Siobhan dijo que Fairstone la acosaba. Él lo negó, y además denunció que le habías amenazado.

—Pero retiró la denuncia.

—Y ahora Siobhan me dice que Fairstone la agredió. ¿Tú lo sabías?

Rebus negó con la cabeza.

—Ese incendio es una lamentable coincidencia.

—No tienes muy buen aspecto, ¿no? —añadió ella al tiempo que bajaba la vista.

—¿Desde cuándo tengo yo interés en tener buen aspecto? —replicó Rebus repasándose con parsimonia.

Muy a su pesar, Templer apenas pudo reprimir una sonrisa.

—Solo pretendo estar segura de que esto no tenga repercusiones.

—Ten plena seguridad, Gill.

—En ese caso, ¿te importa dejarlo oficialmente por escrito?

El teléfono volvió a sonar.

—¿Quiere que conteste yo? —dijo una voz.

Era Siobhan desde la puerta con los brazos cruzados. Templer la miró y cogió el teléfono.

—Comisaria Templer al habla.

Siobhan cruzó una mirada con Rebus y le hizo un guiño mientras Gill Templer escuchaba lo que le decían.

—Ya... sí... sí, ¿por qué no? ¿Puede decirme por qué precisamente él?

Rebus comprendió. Era Bobby Hogan. Quizá no era él quien llamaba; a lo mejor había hablado con el subdirector de la policía para que hiciera la llamada en su nombre. Necesitaba que Rebus le hiciera un favor. Hogan tenía ahora cierto poder, un poder conseguido gracias a su último caso. Se preguntaba qué clase de favor querría Bobby de él.

Templer colgó.

—Preséntate en South Queensferry. Por lo visto, el inspector Hogan necesita ayuda —dijo sin levantar la vista de la mesa.

—Gracias —contestó Rebus.

—Lo de Fairstone no termina aquí, John; no lo olvides. En cuanto Hogan acabe contigo, eres mío otra vez.

—Entendido.

Templer miró por encima de él a Siobhan, que seguía de pie en la puerta.

—Mientras tanto, tal vez la sargento Clarke pueda aclarar algo...

Rebus carraspeó.

—Hay un problema.

—¿Cuál?

Rebus alzó de nuevo las manos y giró despacio las muñecas.

—Podré echarle una mano a Bobby Hogan, pero necesitaré ayuda para todo lo demás. Así que si pudiera disponer durante cierto tiempo de la sargento Clarke... —añadió volviéndose a medias en la silla.

—Te conseguiré un conductor —replicó Templer.

—Pero para tomar notas, hacer llamadas y contestar al teléfono... necesito alguien del departamento y, ya que ella es la que está aquí... —Hizo una pausa—. Si me das permiso.

—Muy bien, vete con ella —contestó Templer; fingía que revisaba unos papeles—. Te diré algo en cuanto haya alguna novedad sobre el incendio.

—Muy encomiable, jefa —dijo Rebus y se levantó.

Volvieron al Departamento de Investigación Criminal y Rebus le pidió a Siobhan que le sacara del bolsillo de la chaqueta un frasquito de pastillas.

—Esos cabrones las racionan como si fueran oro. Dame un vaso de agua, haz el favor.

Ella cogió una botella de su mesa y le ayudó a tomarse dos comprimidos. Rebus le pidió otro y ella leyó la etiqueta.

—Aquí dice «tomar dos cada cuatro horas».

—Por uno más no pasa nada.

—A este ritmo los terminarás enseguida.

—Tengo una receta en el otro bolsillo. Pararemos en una farmacia por el camino.

—Gracias por pedirle a la jefa que te acompañara —dijo ella cerrando el frasquito.

—No hay de qué. ¿Quieres que hablemos de Fairstone? —añadió tras una pausa.

—No tengo mucho interés.

—Muy bien.

—Supongo que no somos responsables de nada —añadió ella clavando en Rebus la mirada.

—Exacto —dijo él—. Podemos concentrarnos en ayudar a Bobby Hogan. Pero antes quiero pedirte una cosa.

—¿Qué?

—¿Podrías anudarme bien la corbata? La enfermera no tenía ni idea.

—Estaba esperando la oportunidad de echarte las manos a la garganta —dijo ella sonriente.

—Si sigues por ese camino te mando con la jefa.

Pero no lo hizo, a pesar de que fue incapaz de anudarle la corbata incluso con sus indicaciones. Al final le ayudó la dependienta de la farmacia, mientras el farmacéutico buscaba el analgésico.

—Siempre se lo hacía a mi marido, que en paz descanse —comentó la mujer.

En la acera, Rebus miró la calle de arriba abajo.

—Necesito un cigarrillo —dijo.

—No esperes que yo te los encienda —replicó Siobhan cruzando los brazos. Él la miró—. Lo digo en serio —añadió ella—. Es la mejor oportunidad que vas a tener para dejar de fumar.

—Cómo disfrutas, ¿verdad? —replicó Rebus entrecerrando los ojos.

—Estoy empezando —admitió ella, y le abrió la puerta con una reverencia.

2

No había un itinerario rápido para llegar a South Queensferry. Cruzaron el centro de Edimburgo y enfilaron Queensferry Road y solo aumentaron la velocidad al entrar en la A90. La ciudad adonde iban estaba acurrucada entre los dos puentes —el viario y el del ferrocarril— que cruzan el Firth of Forth.

—Hacía siglos que no venía por aquí —dijo Siobhan por romper el silencio dentro del coche.

Rebus no se molestó en contestar. Se sentía como si cuanto le rodeaba estuviera vendado, acolchado. Debía de ser por las pastillas. Hacía un par de meses había llevado a Jean a South Queensferry, un fin de semana. Comieron en un bar, dieron una vuelta por el paseo marítimo y vieron zarpar la lancha de salvamento sin urgencia, seguramente en un simulacro. Luego habían ido en coche a Hopetoun House, donde contrataron una visita guiada por el majestuoso y recargado interior de la residencia. Sabía por las noticias que el colegio Port Edgar estaba cerca de Hopetoun House y creía recordar haber pasado en coche por delante de la verja, desde donde no se veía el edificio. Le dio indicaciones a Siobhan, pero acabaron metiéndose en un callejón sin salida. Ella dio media vuelta y encontró Hopetoun Road sin la ayuda del copiloto. En las inmediaciones del colegio tuvieron que sortear camionetas de equipos de televisión y los coches de los periodistas.

—Atropella a todos los que puedas —dijo Rebus antes de que un agente uniformado comprobara su placa y les abriera la puerta de hierro.

—Con un nombre como Port Edgar pensé que estaría a la orilla del mar —comentó Siobhan al cruzar la entrada.

—Hay un puerto deportivo llamado Port Edgar. No debe de estar lejos —dijo Rebus mirando hacia atrás cuando el coche superaba las curvas de una cuesta y se divisaba ya el agua de la que surgían mástiles como lanzas.

En ese momento, una arboleda volvió a ocultar la vista y cuando la volvieron a tener delante de ellos vio el edificio del colegio.

Era una típica construcción señorial escocesa: bloques de piedra oscura rematada por buhardillas y torreones. Una bandera con la cruz de san Andrés flameaba a media asta. El aparcamiento estaba lleno de vehículos oficiales y en torno a una caseta prefabricada se arremolinaba un grupo de gente. En aquella localidad no había más que una pequeña comisaría probablemente incapaz de hacer frente al caso. Cuando los neumáticos del coche hicieron crujir la grava, varias cabezas se volvieron y Rebus reconoció unas cuantas caras, pero nadie se molestó en sonreír o saludar. Cuando Siobhan detuvo el coche, el inspector intentó abrir la portezuela, pero tuvo que esperar a que ella bajara, diera la vuelta y le abriese.

—Gracias —dijo al apearse.

Se les acercó un policía uniformado que Rebus conocía de Leith, un australiano llamado Brendam Innes, a quien nunca preguntó por qué había ido a vivir a Escocia.

—Inspector Rebus —dijo Innes—, el inspector Hogan me ordenó que le dijera que está dentro del colegio.

Rebus asintió.

—¿Tiene un cigarrillo? —preguntó.

—No fumo.

Rebus miró a su alrededor buscando otra alternativa.

—Me dijo que fuera a verlo nada más llegar —añadió Innes, al tiempo que ambos se daban la vuelta al oír un ruido procedente de la caseta.

La puerta se abrió y un hombre bajó apresuradamente los tres peldaños. Iba vestido de funeral: traje negro, camisa blanca y corbata negra. Rebus le reconoció por el pelo plateado peinado hacia atrás. Era el diputado del Parlamento escocés Jack Bell, un hombre de cuarenta y tantos años, de mentón cuadrado y cara siempre bronceada. Era alto, ancho de hombros, y parecía un tipo que siempre se salía con la suya.

—¡Tengo todo el derecho! —gritó—. ¡Todo el derecho del mundo! ¡Pero no debería extrañarme que me pongan toda clase de impedimentos!

Grant Hood, portavoz del caso, había aparecido en la puerta.

—Tiene perfecto derecho a opinar lo que quiera, señor —dijo como única réplica.

—¡No es una opinión sino un hecho absolutamente irrefutable! Hace seis meses que se cubrieron de ridículo y no se les olvida, ¿verdad?

—Perdone usted... —dijo Rebus acercándosele.

—¿Sí? ¿Qué desea? —respondió Bell volviéndose.

—Se me ocurre que podría bajar un poco la voz... por respeto.

—¡No me venga con ese numerito! —replicó Bell alzando un dedo amenazador—. ¡Sepa que ese loco habría podido matar a mi hijo!

—Me consta, señor.

—He venido en representación de mis electores y exijo que me dejen entrar... —añadió Bell haciendo una pausa para respirar—. Por cierto, ¿quién es usted?

—El inspector Rebus.

—En ese caso, no me sirve de nada. Quiero ver a Hogan.

—El inspector Hogan está más que ocupado en este momento. Desea usted ver el aula, ¿verdad? —Bell asintió, mirando a su alrededor como si buscase a alguien más útil que Rebus—. ¿Podría explicarme por qué, señor?

—¿A usted qué le importa?

Rebus se encogió de hombros.

—Lo digo porque como voy a hablar ahora con el inspector Hogan —añadió Rebus dándose la vuelta y echando a andar— pensé que podría darle algún recado de su parte.

—Espere —dijo Bell en tono algo más tranquilo—. Tal vez usted mismo podría enseñarme...

—Será mejor que espere aquí —replicó Rebus negando con la cabeza—. Yo le informaré de lo que diga el inspector Hogan.

Bell asintió, pero no se mordió la lengua.

—Esto es un escándalo. ¿Cómo es posible que cualquiera entre en un colegio con un arma?

—Es lo que tratamos de averiguar, señor —contestó Rebus. Miró al diputado de arriba abajo—. ¿No tendría usted un cigarrillo?

—¿Cómo?

—Un cigarrillo.

Bell negó con la cabeza y Rebus volvió a encaminarse hacia el colegio.

—Estaré esperando, inspector. ¡No pienso moverme de aquí!

—Muy bien, señor. Es lo mejor que puede hacer.

Delante de la fachada del colegio se extendía un césped en leve pendiente con campos de juego a un lado. Los policías estaban ocupados expulsando a unos intrusos que habían saltado el perímetro. Rebus se preguntó si serían periodistas, aunque lo más probable era que fuesen los típicos morbosos que acuden al lugar del crimen. En ese momento vio que había un edificio moderno detrás de la escuela. Un helicóptero lo sobrevoló. No vio cámaras a bordo.

—Ha tenido gracia —dijo Siobhan dándole alcance.

—Siempre es un placer conocer a un político —dijo Rebus—. Sobre todo a uno que tiene en tanta estima a nuestra profesión.

La entrada principal del colegio era una puerta doble de madera tallada y cristaleras. Dentro había un vestíbulo con ventanas de guillotina que daba a una oficina, seguramente la secretaría. Allí estaba ella, protegida tras un gran pañuelo blanco, probablemente del policía que le tomaba declaración, un tipo que a Rebus le resultaba conocido, aunque no recordaba su nombre. Otra puerta doble —que habían dejado abierta— daba paso al colegio propiamente dicho. Se leía un letrero que decía: se ruega a las visitas pasar por secretaría y una flecha que señalaba hacia las ventanas corredizas.

Siobhan señaló un rincón del techo en que había una cámara. Rebus asintió mientras cruzaban la doble puerta y enfilaban un largo pasillo con una escalera a un lado y una vidriera de colores al fondo. El suelo de madera pulida crujió bajo sus pasos. En las paredes había retratos de antiguos profesores, sentados en su despacho o cogiendo un libro de una estantería. Más adelante había los listados con los nombres de los prefectos y los directores caídos en servicio a la patria.

—No debió de resultarle difícil entrar —comentó Siobhan pensativa. Sus palabras resonaron en el silencio y vieron asomar una cabeza por una puerta del pasillo.

—Sí que has tardado —tronó la voz del inspector Bobby Hogan—. Entra a echar un vistazo.

Era la sala de recreo del sexto curso. Medía unos seis metros por cuatro, y había unas ventanas altas que daban al exterior. Había unas diez sillas, un escritorio con un ordenador y una vieja cadena de alta fidelidad con cedés y casetes desparramados en un rincón. En algunas de las sillas había revistas: FHM, Heat, M8, y una novela abierta boca abajo. Se veían chaquetas de uniforme y mochilas que colgaban de unas perchas bajo las ventanas.

—Podéis entrar —dijo Hogan—. Los de la científica ya lo han examinado todo, milímetro a milímetro.

Entraron en el aula. Sí, los de la Policía Científica habían estado allí, porque allí era donde habían ocurrido los hechos. Había salpicaduras de sangre en una pared, un fino moteo de color rojo pálido. Había gotas más grandes en el suelo, y lo que parecían resbaladuras en un par de charcos. Los puntos en que la Policía Científica había recogido pruebas estaban señalados con tiza blanca y cinta adhesiva amarilla.

—Entró por una puerta lateral —dijo Hogan—. Era la hora de recreo y no estaba cerrada. Vino por el pasillo hasta aquí. Como hacía buen día, la mayoría de los chicos estaban afuera y solo encontró a tres —añadió Hogan señalando con la cabeza hacia el lugar que habían ocupado las víctimas— que estaban escuchando música y leyendo revistas.

Parecía hablar solo, como si esperara que encontraran las respuestas a fuerza de repetir la historia.

—¿Por qué aquí? —preguntó Siobhan.

Hogan alzó la vista como si reparara en ella por primera vez.

—Hola, Siob —dijo—. ¿Has venido a curiosear?

—Ha venido a ayudarme —terció Rebus alzando las manos.

—Dios, John, ¿qué te ha sucedido?

—Es una larga historia, Bobby. Lo que pregunta Siobhan es muy pertinente.

—¿Te refieres al colegio en concreto?

—No solo eso —respondió Siobhan—. Ha dicho que la mayoría de los chicos estaban afuera. ¿Por qué no empezó a disparar contra ellos?

—Espero averiguarlo —dijo Hogan encogiéndose de hombros.

—Bien, ¿en qué podemos ayudarte, Bobby? —preguntó Rebus.

Él se había quedado en el umbral, mientras Siobhan miraba los carteles de las paredes. En uno de ellos, Eminem hacía un corte de mangas al público y a su lado se veía un grupo de gente vestida con monos y máscaras de goma que parecían comparsas de una película de terror de bajo presupuesto.

—Había sido militar, John —dijo Hogan—. De los SAS más concretamente, y recordé que me dijiste que habías intentado alistarte en las Fuerzas Aéreas.

—De eso hace más de treinta años, Bobby.

—Y por lo visto era un tipo solitario —prosiguió Hogan sin escucharle.

—¿Un solitario rencoroso? —preguntó Siobhan.

—Quién sabe.

—¿Es eso lo que quieres que indague? —dijo Rebus.

Hogan le miró.

—Todos sus posibles amigos serán como él: desechos de las Fuerzas Armadas. Es posible que se sinceren con alguien que estuvo en su bando.

—De eso hace más de treinta años —repitió Rebus—. Y gracias por asociarme con los desechos.

—Bah, ya sabes a qué me refiero... Será solo un par de días, John. Es todo lo que te pido.

Rebus salió al pasillo y miró a su alrededor. Era un lugar tranquilo y apacible. Y, sin embargo, en dos segundos había cambiado todo. Ni el colegio ni la ciudad volverían a ser los mismos. Las víctimas quedarían marcadas para siempre. La pobre secretaria que habían visto en la entrada quizá nunca fuera capaz de prescindir de aquel pañuelo prestado; los familiares enterrarían a los muertos sin poder borrar de sus mentes el terror del momento final.

—¿Qué me dices, John? —añadió Hogan—. ¿Me ayudarás?

Algodón suave y calentito... te protege, amortigua... «Ningún misterio... perdió la chaveta», en palabras de Siobhan.

—Una pregunta, Bobby.

Bobby Hogan parecía cansado y ligeramente perdido. Las investigaciones en Leith solían ser por asuntos de droga, navajazos, prostitución. Casos que sabía resolver. Rebus creía que le había llamado porque necesitaba un amigo a su lado.

—Tú dirás —dijo Hogan.

—¿Tienes un cigarrillo?

Había tanta gente en la caseta prefabricada que casi no podían moverse. Hogan cargó a Siobhan con el papeleo acumulado sobre el caso, fotocopias recién salidas de la oficina del colegio. Afuera, en el césped, había unas gaviotas curioseando. Rebus les lanzó la colilla y las aves corrieron hacia ella.

—Podría denunciarte por crueldad —dijo Siobhan.

—Lo mismo digo —replicó Rebus mirando el montón de papeles. Vio que Grant Hood colgaba y guardaba el teléfono en el bolsillo—. ¿Dónde ha ido nuestro amigo? —le preguntó Rebus.

—¿Te refieres a Jack el Sucio?

Rebus sonrió por el epíteto con que un periódico sensacionalista había obsequiado en primera página a Jack Bell tras su detención.

—Sí, a ese.

Hood señaló con la cabeza hacia la entrada del recinto.

—Uno de la televisión le ha sugerido hacer una toma ante la verja y ha salido disparado.

—Y eso que me dijo que no se movería de aquí. ¿Se comportan los de la prensa?

—¿Tú qué crees?

Rebus respondió con una mueca. El teléfono de Hood sonó de nuevo. Se volvió de lado para responder. Rebus vio que Siobhan se agachaba a recoger unas hojas que se le habían caído al abrir el maletero.

—¿Está todo? —preguntó Rebus.

—De momento, sí —contestó ella, y cerró el maletero de golpe—. ¿Adónde nos lo llevamos?

Rebus miró el cielo lleno de nubes densas, moviéndose rápido. Probablemente el viento era demasiado fuerte para que lloviera. Le pareció oír en la lejanía un repicar metálico contra los mástiles.

—Podríamos ir a un pub. Hay uno que se llama Boatman’s junto al puente... —Ella lo miró fijamente—. En Edimburgo es tradición —añadió él encogiéndose de hombros—. Es desde donde se dirigían los negocios antiguamente.

—Y hay que respetar las tradiciones.

—Yo siempre he sido partidario de los viejos métodos.

Siobhan, sin replicar, abrió la portezuela del conductor, se sentó al volante e instintivamente cerró y giró la llave de contacto, pero, de pronto, al recordar, se inclinó y estiró el brazo para abrirle a Rebus.

—Muy amable —dijo él y se sentó sonriente.

No conocía South Queensferry muy bien, pero sí sus pubs. Se había criado al otro lado del fiordo y recordaba la vista desde North Queensferry, la forma en que los dos puentes se descolgaban vistos desde el sur. El mismo policía abrió la verja y vieron que Jack Bell estaba fuera, en medio del camino, hablando a cámara.

—Obséquiales con un buen bocinazo —dijo Rebus, y Siobhan así lo hizo.

El periodista bajó el micrófono y se dio la vuelta enfurecido, el cámara se puso los auriculares al cuello, y Rebus saludó con la mano al diputado con una especie de sonrisa de disculpa, mientras los curiosos invadían la mitad de la calzada para escrutar el interior del coche.

—Me siento como una repugnante pieza de exposición —musitó Siobhan.

Una caravana de coches circulaba despacio a su lado. Eran los curiosos, gente anodina con sus hijos y la cámara de vídeo. Cuando Siobhan iba a dejar atrás la modesta comisaría local, Rebus dijo que bajaría para desentumecer las piernas.

—Nos vemos en el pub.

—¿Adónde vas?

—Quiero respirar la atmósfera del sitio. —Hizo una pausa—. Una pinta para mí si llegas tú primero.

Miró cómo se alejaba incorporada a la caravana de coches, y se detuvo a contemplar el puente del Forth, el zumbido de sus coches y camiones, un murmullo parecido al oleaje, y distinguió en lo alto diminutas siluetas apoyadas en la barandilla, mirando hacia abajo. Sabía que en el lado opuesto, desde donde se veía mejor el colegio, habría más. Meneó la cabeza y siguió caminando.

Los comercios en South Queensferry se concentraban en una sola calle entre High Street y Hawes Inn. Pero el cambio se acercaba. No hacía mucho, al cruzar en coche para tomar el puente de la carretera, Rebus había descubierto un supermercado y un parque empresarial nuevos. Un gran anuncio invocaba a los atascados: ¿harto de desplazarse a diario al trabajo? Trabaje aquí. El mensaje decía que Edimburgo estaba superpoblada y que su tráfico era cada vez peor. South Queensferry pretendía incorporarse al movimiento antiurbanita. Pero, en la calle mayor, con sus tiendecitas, las aceras estrechas y la vieja oficina de información turística, no había indicio de ello. Rebus conocía algunas de las historias: un incendio en la destilería de VAT 69 que inundó las calles de whisky caliente, gente que se lo bebió y terminó en el hospital; la de un mono que degolló a un pinche de cocina; apariciones como la del legendario perro de Mowbray, y el Burry Man.

El Burry Man era una fiesta anual. Se adornaban las calles con guirnaldas y banderines y había una procesión que recorría el pueblo. Todavía faltaban meses, pero Rebus se preguntaba si aquel año celebrarían el desfile.

Pasó ante una torre con reloj. Las coronas de flores del día de los caídos estaban intactas. La calle era tan estrecha que la calzada se ensanchaba en algunos puntos invadiendo la acera para que los coches pudieran pasar. De vez en cuando atisbaba un trozo del fiordo por detrás de las casas del lado izquierdo. Las de la acera opuesta formaban un bloque continuo con tiendas de una sola planta y terraza, y tras ellas se levantaba otra hilera de viviendas. Dos viejas cruzadas de brazos cuchicheaban frente a la puerta abierta de una casa y le miraron de reojo, sabiendo que era forastero. Sus ceños fruncidos delataban que le habían tomado por otro morboso.

Continuó caminando y pasó por una tienda de periódicos. Había varias personas reunidas, comentando las noticias. Por la acera contraria desfiló un equipo de televisión, distinto del que había en las puertas del colegio. El operador, cámara en mano, cargaba el trípode al hombro, y el sonidista llevaba el equipo en bandolera, los auriculares al cuello y el micrófono enhiesto como un rifle. Iban a la búsqueda un buen decorado, capitaneados por una joven rubia que miraba en todos los soportales para localizar el escenario ideal. Rebus creyó reconocerla y pensó que debía de ser un equipo de Glasgow. Su reportaje arrancaría con: «Los habitantes de una pacífica localidad costera, consternados, tratan de sobreponerse al horror que irrumpió... todos se hacen interrogantes que nadie puede esclarecer de momento...». Bla, bla, bla. Él habría podido escribir el guion. Como la policía no daba información, los periodistas no tenían otro remedio que acosar a los lugareños para obtener detalles banales y sacarles el mayor jugo posible.

Les había visto hacerlo en Lockerbie y estaba seguro de que en Dunblane había sucedido lo mismo. Ahora le tocaba a South Queensferry. La calle giraba a un lado y desembocaba en el paseo marítimo. Se detuvo un instante y se dio la vuelta para mirar el centro de la ciudad, que quedaba oculto en su mayor parte por árboles, nuevos edificios y el arco que acababa de cruzar. Vio el rompeolas y pensó que era un lugar tan adecuado como otro cualquiera para encender el cigarrillo que le había dado Bobby Hogan y que llevaba en la oreja; quiso cogerlo pero se le escapó de la mano y cayó al suelo, donde una ráfaga de viento lo hizo rodar. Se agachó siguiendo su trayectoria y, al hacerlo, estuvo a punto de tropezar con unas piernas. El pitillo se había detenido ante la puntera de un zapato negro de tacón de aguja. Las piernas que continuaban los zapatos estaban enfundadas en unas medias negras de rejilla desgarradas. Rebus se enderezó. Era una chica de entre trece y diecinueve años, de pelo negro teñido y tieso, como de paja, al estilo de la cantante siniestra Siouxsie Sioux. Su rostro era de un blanco cadavérico, llevaba los ojos y los labios pintados de negro y vestía una cazadora de cuero negra sobre una especie de blusa de varias capas de gasa negra.

—¿Se ha cortado las venas? —preguntó al verle las manos vendadas.

—Si pisas ese cigarrillo es muy probable que lo haga.

La joven se agachó, lo recogió y se le acercó para ponérselo en la boca.

—Tengo un mechero en el bolsillo —dijo Rebus.

Ella lo sacó y le dio fuego ahuecando hábilmente las manos en torno a la llama y le clavó la mirada, como calibrando su reacción a la proximidad.

—Lo siento, pero es el único que me queda —dijo él.

Era difícil fumar y hablar al mismo tiempo. Ella debió de comprenderlo porque aguardó a que Rebus diera un par de caladas para quitarle el cigarrillo de la boca y llevárselo a la suya. Llevaba guantes negros de encaje que transparentaban las uñas pintadas de negro.

—No soy un experto en moda —dijo—, pero me parece que no vas de luto.

—No voy de luto, para nada —respondió ella abriendo la boca bastante para enseñar unos dientecitos blancos.

—Pero vas al colegio Port Edgar. —Ella le miró, sorprendida de que lo supiera—. Si no, seguramente estarías en clase. Solo los alumnos de Port Edgar tienen el día libre.

—¿Es usted periodista? —preguntó ella, y le volvió a poner el cigarrillo en la boca. Sabía a pintalabios.

—Soy poli —dijo Rebus—. Del Departamento de Investigación Criminal. —La chica no pareció impresionada—. ¿Conocías a las víctimas?

—Sí —replicó ella. Parecía ofendida, no quería quedarse fuera.

—Pero ya veo que te da igual.

La chica recordó sus propias palabras: «No voy de luto, para nada».

—Si acaso, me dan envidia —respondió clavando de nuevo los ojos en él.

A Rebus le intrigaba enormemente el aspecto que tendría sin maquillaje. Probablemente sería bonita, y hasta parecería frágil. El maquillaje era una máscara.

—¿Envidia?

—Han muerto, ¿no?

Aguardó a que él asintiera y luego se encogió de hombros. Rebus bajó la vista hacia el cigarrillo y ella se lo quitó y volvió a llevárselo a los labios.

—¿Quieres morirte?

—Siento simple curiosidad por saber qué se siente —dijo haciendo una O con los labios y lanzando un aro de humo—. Usted habrá visto muertos.

—Demasiados.

—¿Cuántos? ¿Ha visto morir a alguien?

—Tengo que irme —dijo Rebus decidido a no contestar, al tiempo que la chica hacía el gesto de devolverle prácticamente una colilla, pero él negó con la cabeza—. Por cierto, ¿cómo te llamas?

—Teri.

—¿Terry?

La joven le deletreó el nombre.

—Pero si quiere llámeme señorita Teri.

Rebus sonrió.

—Imagino que es un nombre inventado —replicó—. Tal vez nos veamos, señorita Teri.

—Puede verme siempre que le apetezca, señor investigador —dijo ella dándose la vuelta y echando a caminar en dirección al centro, muy decidida sobre sus tacones altos, atusándose el pelo hacia atrás y dirigiéndole un vaporoso saludo con la mano enguantada, sabiendo que la estaba mirando, disfrutando de su papel.

Rebus creía que la muchacha era una gótica. Había visto ejemplares en Edimburgo reunidos frente a tiendas de discos. Durante un tiempo un edicto municipal les prohibió la entrada a los jardines de Princes Street. Un parterre pisoteado y una papelera desparramada; la noticia le había hecho sonreír. El linaje se remontaba hasta los punks y los teddy boys, quinceañeros que pasaban sus ritos iniciáticos. Él también había sido un rebelde antes de alistarse en el Ejército. Era demasiado joven para unirse a la primera oleada de teddy boys, pero más adelante fue con una chaqueta de cuero cruzada y con un peine de metal afilado en el bolsillo. No era una cazadora auténtica de motero. La cortó con un cuchillo de cocina y le quedó deshilachada por abajo, dejando ver la costura.

Un rebelde.

La señorita Teri desapareció por la curva de la calle y Rebus se encaminó al Boatman’s, donde Siobhan le aguardaba en la mesa con las bebidas.

—Pensé que iba a tener que tomarme tu cerveza —le reprochó ella.

—Lo siento —replicó él, mientras cogía el vaso entre las manos y lo levantaba.

Siobhan había encontrado una mesa en un rincón y había desplegado los dos montones de papeles, su limonada y una bolsa de cacahuetes.

—¿Qué tal tus manos? —preguntó.

—Me preocupa no poder volver a tocar más el piano.

—Una trágica pérdida para la música.

—Siobhan, ¿tú no escuchas heavy metal?

—Si puedo evitarlo, no. —Hizo una pausa—. Quizás algo de Motorhead para animarme.

—Me refería a cosas actuales.

Ella negó con la cabeza.

—¿Crees que este es un buen sitio? —preguntó.

Rebus miró a su alrededor.

—La gente no nos mira y no vamos a repasar fotos repugnantes de autopsias ni nada por el estilo.

—Pero hay fotos del lugar del crimen.

—Déjalas de momento —dijo él dando otro sorbo de cerveza.

—¿Seguro que puedes beber alcohol con esas pastillas que estás tomando?

Rebus no contestó. En su lugar señaló con la cabeza hacia uno de los montones de papeles.

—Bien —dijo—, ¿qué es lo que tenemos y cuánto tiempo podemos alargar esta misión?

—¿No tienes ganas de otra charla con la jefa? —preguntó ella sonriendo.

—No me digas que tú sí...

Siobhan pareció reflexionar y luego se encogió de hombros.

—¿Te alegra que Fairstone haya muerto? —preguntó Rebus.

Ella le miró furiosa.

—Era simple curiosidad —añadió Rebus; pensaba en la señorita Teri.

Se esforzó en coger una de las hojas hasta que Siobhan se dio cuenta y se la entregó. Se sentaron uno al lado del otro sin percatarse de que la tarde avanzaba implacable hacia el crepúsculo.

Siobhan fue a la barra a por otra ronda. El camarero intentó entablar conversación con el pretexto del montón de papeles, pero ella cambió de tema y acabaron hablando de escritores. Siobhan ignoraba la relación del Boatman’s con Walter Scott y Robert Louis Stevenson.

—No crea que está tomando algo en cualquier pub —dijo el camarero—. El Boatman’s está cargado de historia.

Era una frase que habría repetido hasta la saciedad, y Siobhan se sintió como una turista. Estaba a quince kilómetros del centro, y todo parecía distinto. No solo por el crimen del colegio, del que, por cierto, el camarero no había dicho palabra. Los edimburgueses tendían a agruparse en las cercanías de la ciudad: Portobello, Musselburgh, Currie, South Queensferry, localidades consideradas «pedazos» de la capital. Sin embargo, todas se resistían a perder su identidad, incluso Leith, tan directamente conectada al centro por el horrible cordón umbilical de Leith Walk. Siobhan se preguntó por qué fuera de Edimburgo todo era distinto.

Algo había atraído a Lee Herdman hasta allí. Había nacido en Wishaw y se había incorporado al Ejército a los diecisiete años, había servido en Irlanda del Norte y en el extranjero; a continuación se había enrolado en los SAS. Ocho años en el regimiento hasta que regresó a lo que seguramente habría llamado la «vida civil». Abandonó a su mujer y a sus dos hijos en Hereford, sede de los SAS, y se fue a vivir al norte. Los datos anteriores sobre su vida eran deslavazados y no había información sobre qué había sido de la esposa y los hijos ni por qué los había dejado. Vivía en South Queensferry desde hacía seis años. Y allí había muerto a la edad de treinta y seis.

Siobhan miró a Rebus que estaba enfrascado leyendo otra hoja. Él también había estado en el Ejército y Siobhan había oído rumores de que había seguido el curso de entrenamiento de los SAS. ¿Qué sabía ella de los SAS? Lo que había leído en el informe: Servicios Especiales del Ejército del Aire, base en Hereford. Lema: «El audaz vence». Miembros seleccionados entre los mejores soldados del Ejército. El regimiento había sido creado durante la Segunda Guerra Mundial como unidad de reconocimiento de amplio radio de acción, pero debía su fama al secuestro de rehenes en la embajada de Irán en Londres en 1980 y a la campaña de las islas Malvinas. Una nota a lápiz al pie de una página informaba que había solicitado a los antiguos jefes de Herdman toda la información posible. Siobhan se lo comentó a Rebus, quien se limitó a soltar un bufido, no creía que fueran de mucha ayuda.

Poco después de su llegada a South Queensferry, Herdman había abierto su negocio de alquiler de fuerabordas para esquiadores acuáticos y actividades similares. Siobhan ignoraba el precio de una lancha rápida y escribió una nota, una de las muchas que había tomado en el bloc que tenía a mano.

—Se lo toman sin prisas, ¿eh? —dijo el camarero.

Siobhan no se había dado cuenta de que había vuelto.

—¿Cómo?

El joven bajó la vista hacia las bebidas que Siobhan tenía delante.

—Ah, pues sí —dijo ella intentando esbozar una sonrisa.

—No se preocupe. A veces es mejor estar en un sueño.

Siobhan asintió al reconocer el argot escocés del camarero. Ella rara vez utilizaba palabras escocesas porque se le notaba el acento inglés, aunque el hecho de pronunciarlas mal en ocasiones resultaba útil en los interrogatorios porque la gente, al pensar que era forastera, solía cometer descuidos en las respuestas.

—He adivinado quiénes son —añadió el camarero.

Siobhan le observó: tendría veintitantos años, era alto y ancho de espaldas, tenía pelo negro corto y su rostro conservaría unos años aquellos pómulos marcados a pesar de la bebida, la comida y el tabaco.

—¿Ah, sí? —dijo ella apoyándose en la barra.

—De entrada pensé que eran periodistas, pero veo que no preguntan nada.

—¿Han venido periodistas? —preguntó Siobhan.

Él puso los ojos en blanco.

—Por eso, al verles trabajar con esos papeles —añadió él señalando con la cabeza hacia la mesa—, me imaginé que eran policías.

—Muy listo.

—¿Sabe que venía por aquí? Lee, quiero decir.

—¿Le conocía?

—Ah, sí, hablaba con él... lo de siempre, fútbol y todo eso.

—¿Montó alguna vez en su lancha?

El camarero asintió.

—Fue fantástico. Deslizarse a toda velocidad por debajo de los dos puentes mirando hacia arriba —dijo ladeando la cabeza, repitiendo el gesto para ella—. Lee era único para la velocidad. Se detuvo de golpe. No me refiero a las drogas, sino puramente a ir deprisa.

—¿Cómo se llama usted, señor Camarero?

—Rod McAllister —contestó él tendiéndole la mano.

Siobhan se la estrechó. Estaba húmeda de fregar vasos.

—Encantada de conocerle, Rod —dijo retirando la mano para meterla en el bolsillo y sacar una tarjeta de visita—. Si se entera de algo que pueda sernos útil...

—De acuerdo. Muy bien —dijo él, y cogió la tarjeta—. Usted se llama Sio...

—Se pronuncia Shi-vawn.

—Dios, ¿y se escribe así?

—Pero puede llamarme sargento detective Clarke.

El chico asintió, se guardó la tarjeta en el bolsillo de la camisa y la miró con renovado interés.

—¿Van a estar mucho por aquí?

—Lo que haga falta. ¿Por qué?

—Porque hacemos un excelente asado de cordero con nabos y patatas fritas para almorzar.

—Lo tendré en cuenta —dijo ella cogiendo los vasos—. Hasta luego, Rod.

—Hasta luego.

Al llegar a la mesa posó la cerveza de Rebus junto al bloc abierto.

—Aquí tienes. Perdona por la demora, pero resulta que el camarero conocía a Herdman. Y a lo mejor... —añadió cuando se sentaba.

Rebus no le prestaba atención, no la escuchaba, seguía con los ojos fijos en la hoja que tenía delante.

—¿Qué sucede? —preguntó Siobhan. Al mirar el papel comprobó que ya lo había leído. Eran datos sobre la familia de una de las víctimas—. ¿John? —exclamó.

Él levantó la vista despacio.

—Creo que los conozco —dijo en voz baja.

—¿A quién? —preguntó ella cogiendo la hoja—. ¿A los padres?

Rebus asintió.

—¿De qué les conoces?

Rebus se llevó las manos a la cara.

—Son familiares —dijo, y vio que ella no entendía—. De la familia, Siobhan. Mi familia.

3

Era un semiadosado al final de un callejón sin salida en una urbanización moderna. Desde aquel punto de South Queensferry no se veían los puentes ni se podía imaginar que hubiera calles antiguas a menos de medio kilómetro. Coches de ejecutivos medios, Rover, BMW y Audi, ocupaban los caminos de entrada a las casas. No había vallas de separación, solo un amplio césped, surcado por los caminos que iban a cada una de las puertas. Siobhan había aparcado junto al bordillo. Aguardó unos pasos detrás de Rebus, que se las arregló para llamar al timbre. Les abrió una muchacha de aspecto aturdido, con el pelo sucio y despeinado y ojos enrojecidos.

—¿Está tu padre o tu madre en casa?

—No quieren hacer declaraciones —respondió ella e hizo ademán de cerrar la puerta.

—No somos periodistas —replicó Rebus mostrándole la identificación—. Soy el inspector Rebus.

La joven leyó la credencial y después le miró.

—¿Rebus? —dijo.

Él asintió.

—¿Te suena el nombre?

—Creo que sí.

De pronto apareció un hombre por detrás y le tendió la mano a Rebus.

—John, cuánto tiempo.

Rebus hizo una inclinación de cabeza a Allan Renshaw.

—Al menos treinta años, Allan —dijo.

Se miraron un instante tratando de encajar sus rostros con el recuerdo.

—Me llevaste al fútbol una vez —añadió Renshaw.

—A ver al Raith Rovers, ¿verdad? No recuerdo contra quién jugaba.

—En fin, será mejor que pases.

—Allan, entiende que vengo como inspector.

—Había oído que eres policía. Tiene gracia las vueltas que da la vida.

Mientras Rebus seguía a su primo por el pasillo Siobhan se presentó a la joven, quien a su vez dijo que era Kate, la hermana de Derek.

Siobhan recordó el nombre por la documentación del caso.

—¿Vas a la universidad, Kate?

—A St Andrews. Estudio filología inglesa.

Siobhan no sabía qué decir que no resultase trillado o forzado, de modo que la siguió por el pasillo, donde vio una mesa con cartas sin abrir, y pasaron al cuarto de estar. Había fotos por todas partes, no solo enmarcadas y adornando las paredes o en estanterías, sino sobresaliendo de cajas de zapatos, esparcidas por el suelo y encima de la mesa.

—A lo mejor tú puedes ayudarme —le decía Allan Renshaw a Rebus—. Hay caras a las que soy incapaz de poner nombre —añadió cogiendo unas fotos en blanco y negro.

En el sofá había también álbumes abiertos que mostraban el crecimiento de dos niños: Kate y Derek. Empezaban por el bautizo y llegaban hasta las vacaciones, fiestas de Navidad, excursiones y celebraciones. Siobhan sabía que Kate tenía diecinueve años, dos más que su hermano, y que el padre trabajaba de vendedor de coches en Seafield Road, en Edimburgo. Rebus le había explicado dos veces —una en el pub y otra por el camino— su parentesco: su madre tenía una hermana que se había casado con un tal Renshaw. Allan Renshaw era el hijo de aquel matrimonio.

—¿No tienes contacto con ellos? —preguntó ella.

—Nuestra familia no era así —contestó Rebus.

—Siento lo de Derek —dijo Rebus, que, al no encontrar sitio para sentarse, estaba de pie junto a la chimenea.

Allan Renshaw, que había tomado asiento en el brazo del sofá, asintió y, al ver que su hija apartaba fotos para hacer sitio a las visitas, dijo bruscamente:

—¡Esas aún no las hemos revisado!

—Pensé que... —respondió la joven con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Y si tomáramos un té en la cocina? —terció rápidamente Siobhan.

Había el sitio justo para los cuatro en la mesa; Siobhan llegó como pudo a la cocina, puso el hervidor al fuego y cogió las tazas. Kate se ofreció a ayudarla, pero ella le dijo cariñosamente que se sentara. La ventana de encima del fregadero daba a un jardín del tamaño de un pañuelo rodeado de una valla con estacas. Un paño de cocina colgaba en solitario de un tendedero giratorio y había dos franjas de césped segadas. La cortacésped reposaba olvidada en un rincón mientras la hierba crecía a su alrededor.

De repente se oyó un ruido en la trampilla de la gatera y entró un enorme gato blanco y negro que saltó sobre el regazo de Kate y miró a los desconocidos.

—Este es Boecio —dijo Kate.

—¿Un antiguo rey de Escocia? —preguntó Rebus.

—Esa era Boudicca —corrigió Siobhan.

—Boecio fue un filósofo medieval —dijo Kate mientras le acariciaba la cabeza.

A Rebus el dibujo de la cara le recordaba la máscara de Batman.

—¿Es uno de tus héroes? —añadió Siobhan.

—Fue torturado por sus creencias —dijo Kate— y después escribió un ensayo sobre el porqué del sufrimiento de los hombres nobles... —espetó mirando a su padre, quien no parecía escuchar.

—¿Y sobre por qué los malos prosperan? —insistió Siobhan.

Kate asintió.

—Interesante —comentó Rebus.

Siobhan sirvió el té y se sentó. Rebus no tocó la taza, quizá por no mostrar sus manos vendadas; Allan Renshaw, por el contrario, la cogió enseguida, pero no hizo ademán de llevársela a los labios.

—Me ha llamado Alice —dijo Renshaw—. ¿Te acuerdas de Alice? —Rebus asintió—. Es prima nuestra por parte de... Dios, ahora no me acuerdo.

—No tiene importancia, papá —dijo Kate con suavidad.

—Sí que la tiene, Kate —replicó él—. En un momento así, lo único que cuenta es la familia.

—¿No tenías una hermana, Allan? —preguntó Rebus.

—Tía Elspeth —contestó Kate—. Vive en Nueva Zelanda.

—¿La habéis avisado?

Kate asintió.

—¿Y tu madre?

—Antes vivía con nosotros —dijo Renshaw sin levantar la vista de la mesa.

—Se marchó hace un año —dijo Kate—. Vive con... Ahora vive en Fife.

Rebus asintió, consciente de que Kate había estado a punto de decir: «Vive con un hombre».

—John, ¿cómo se llamaba aquel parque al que me llevaste? —preguntó Renshaw—. Yo tendría siete u ocho años. Papá y mamá me habían llevado a Bowhill y tú dijiste que nosotros nos íbamos de paseo. ¿Te acuerdas?

Rebus lo recordaba. Le habían dado permiso en el Ejército y tenía ganas de divertirse. Entonces tenía veinte años y aún no había hecho el cursillo preparatorio para los SAS. La casa se le caía encima, su padre no salía de su rutina. Así que había salido con el pequeño Allan. Le compró un refresco y una pelota barata. Después fueron al parque a jugar a fútbol. Miró a Renshaw. Andaría por los cuarenta. El pelo se le estaba volviendo gris y tenía una incipiente calva en la coronilla. Su cara era flácida y estaba sin afeitar. Había sido un niño delgado, pero había engordado, sobre todo en la cintura. Rebus se esforzó en evocar algún vestigio de aquel niño con el que había jugado a fútbol, el niño al que llevó a Kirkcaldy para ver jugar al Raith contra un equipo que no recordaba. El hombre que tenía ante él envejecía con rapidez: su mujer le había dejado y su hijo había sido asesinado. Envejecía rápidamente y hacía esfuerzos para poder con todo.

—¿Viene alguien a echaros una mano? —preguntó Rebus; pensaba en amigos o vecinos.

Kate asintió y él se volvió hacia Renshaw.

—Allan, ya sé que ha sido un golpe duro, pero ¿podría hacerte unas preguntas?

—¿Cómo es ser policía, John? ¿Tienes que lidiar todos los días con cosas así?

—No, todos los días no.

—Yo sería incapaz. Ya me cuesta lo mío vender coches. Ves a los clientes marchar sonrientes al volante de sus flamantes vehículos, y luego, cuando vuelven para una revisión o una reparación, compruebas que el coche ha perdido el brillo que tuvo... y que ellos han perdido la sonrisa.

Rebus miró a Kate y, al ver que se encogía de hombros, pensó que estaba acostumbrada a escuchar las divagaciones de su padre.

—Ese hombre que disparó a Derek... —dijo Rebus despacio—. Estamos tratando de averiguar el motivo.

—Era un chalado.

—Pero ¿por qué fue a ese colegio precisamente? ¿Y ese día en concreto? ¿Entiendes lo que quiero decir?

—Me estás queriendo decir que lo vais a remover todo. Lo que queremos es que nos dejéis en paz.

—Tenemos que averiguarlo, Allan.

—¿Para qué? —replicó Renshaw alzando la voz—. ¿Qué cambiaría? ¿Vais a devolver la vida a Derek? Lo dudo. El malnacido que lo mató está muerto... Todo lo demás me da igual.

—Papá, tómate el té —dijo Kate tocando el brazo de su padre, que le cogió la mano y se la besó.

—Kate, ahora lo único que importa somos nosotros.

—Acabas de decir que lo que cuenta es la familia. El inspector es familia, ¿no es cierto?

Renshaw miró a Rebus de nuevo, con los ojos llenos de lágrimas. Luego se levantó y salió de la cocina. Ellos continuaron sentados y le oyeron subir las escaleras.

—Es mejor dejarle —dijo Kate, que parecía sentirse segura y cómoda en su papel, enderezándose en la silla y juntando las manos—. Yo no creo que Derek conociera a ese hombre. Bueno, South Queensferry es un pueblo y es posible que le conociera de vista e incluso supiera quién era, pero nada más.

Rebus asintió pero no dijo nada, con la esperanza de que continuara hablando. Era un recurso que Siobhan también dominaba.

—Herdman no iba a por ellos, ¿verdad? —preguntó Kate acariciando de nuevo a Boecio—. Fue mala suerte.

—Aún no lo sabemos —replicó Rebus—. Fue la primera sala en la que entró, pero pasó por otras hasta llegar allí.

—Papá me ha dicho que el otro chico era hijo de un juez —dijo Kate mirando a Rebus.

—¿No le conocías?

—No mucho —respondió negando con la cabeza.

—¿Tú no fuiste al Port Edgar?

—Sí, pero Derek era dos años más pequeño que yo.

—Creo que lo que Kate quiere decir —terció Siobhan— es que todos los compañeros de curso de Derek tenían dos años menos que ella y que casi no le interesaban.

—Exactamente —apostilló la joven.

—¿Y a Lee Herdman? ¿Le conocías?

Kate sostuvo la mirada de Rebus y asintió lentamente.

—Salí con él una vez. —Hizo una pausa—. Quiero decir que salí en su lancha. Fuimos un grupo. Creíamos que el esquí acuático sería maravilloso, pero resultó muy duro y a mí me entró pánico.

—¿Qué quieres decir?

—Pues que le gustaba asustar a la gente dirigiendo la lancha hacia los pilares del puente en Inch Garvie Island. ¿Sabe cuál es?

—¿La que parece una fortaleza? —preguntó Siobhan.

—Sí. Supongo que durante la guerra instalarían allí ametralladoras, cañones o lo que fuese para defender la entrada al fiordo.

—¿Así que Herdman intentó meterte miedo? —preguntó Rebus retomando el hilo de la conversación.

—Creo que era una especie de prueba, a ver si lo aguantaba. Nos pareció un enfermo. —De pronto hizo una pausa reconsiderando lo que había dicho, y su cara, pálida de por sí, perdió color—. Quiero decir, pero nunca pensé que...

—Nadie lo pensaba, Kate —dijo Siobhan para tranquilizarla.

La joven tardó unos segundos en sobreponerse.

—Dicen que estuvo en el Ejército y que incluso fue espía —añadió. Rebus no sabía adónde iría a parar, pero asintió, mientras ella miraba al gato, que ronroneaba plácidamente con los ojos cerrados—. Quizá le parezca una locura lo que voy a decir...

—¿Qué, Kate? —preguntó Rebus.

—Que lo primero que me vino a la cabeza cuando supe...

—¿Qué fue?

Miró a Rebus y a Siobhan sucesivamente.

—No, es una tontería.

—Entonces soy tu hombre —dijo Rebus sonriéndole.

Ella estuvo a punto de sonreír también, pero respiró hondo.

—Hace un año, Derek tuvo un accidente de coche. A él no le pasó nada, pero al otro chico, al que conducía...

—¿Murió? —preguntó Siobhan, y la joven asintió.

—Ninguno de los dos tenía carné y ambos estaban borrachos. A Derek no dejó nunca de remorderle la conciencia, aunque el caso no llegó a los tribunales...

—¿Qué tiene eso que ver con los disparos del colegio? —preguntó Rebus.

La joven se encogió de hombros.

—Nada. Pero cuando me enteré... Cuando papá me llamó, me acordé de pronto de algo que Derek me dijo unos meses después del accidente. Me contó que la familia del chico que había muerto le odiaba, y la palabra que me vino a la mente al recordarlo fue «venganza». —Kate se levantó con Boecio en brazos y lo dejó en la silla de al lado—. Voy a ver cómo está papá. Enseguida vuelvo.

—¿Y tú, Kate, cómo te encuentras? —preguntó Siobhan levantándose también.

—Yo estoy bien. No se preocupe.

—Siento lo de tu madre.

—No lo sienta. Ella y papá discutían constantemente. Al menos eso hemos ganado... —Y esbozando otra sonrisa forzada salió de la cocina.

Rebus miró a Siobhan enarcando ligeramente las cejas, única indicación de que no había oído nada de interés en los últimos diez minutos. Fueron ambos al salón. Ya había oscurecido y Rebus encendió una lámpara.

—¿Corro las cortinas? —preguntó ella.

—¿Crees que las descorrerá alguien por la mañana?

—Quizá no.

—Pues déjalas así —dijo Rebus encendiendo otra luz—. Esto está muy oscuro —añadió mirando unas cuantas fotos de rostros borrosos en parajes que reconocía.

Siobhan estudiaba los retratos de la familia que había por el cuarto.

—La madre ha sido eliminada de la historia —comentó.

—Y algo más —añadió Rebus como quien no quiere la cosa.

—¿Qué? —dijo Siobhan mirándole.

Él movió el brazo en dirección a una de las estanterías.

—Quizá sean imaginaciones mías, pero me parece que hay más fotos de Derek que de Kate.

—¿Y qué conclusión sacas? —dijo Siobhan comprobándolo con un vistazo.

—No lo sé.

—A lo mejor en algunas fotos de Kate estaba también su madre.

—Pero ya sabes que a veces el pequeño se convierte en el favorito de los padres.

—¿Hablas por experiencia?

—Tengo un hermano más joven, si te refieres a eso.

Siobhan reflexionó un instante.

—¿Crees que debes decírselo?

—¿A quién?

—A tu hermano.

—¿Decirle que era el favorito de mis padres?

—No, comunicarle la desgracia.

—Para eso tendría que averiguar dónde está.

—¿Ni siquiera sabes dónde está tu hermano?

—Así son las cosas, Siobhan —contestó Rebus encogiéndose de hombros.

Oyeron pasos en la escalera y Kate reapareció en el cuarto.

—Se ha quedado dormido —dijo—. Últimamente duerme mucho.

—Seguramente es lo mejor —dijo Siobhan, con ganas de morderse la lengua por haber caído en el tópico.

—Kate —interrumpió Rebus—, vamos a irnos, pero quiero hacerte una última pregunta, si te parece bien.

—No lo sabré si no me la hace.

—¿Podrías decirnos cuándo y dónde tuvo lugar exactamente el accidente de Derek?

La Jefatura de la División D era un venerable edificio en el centro de Leith. No tardaron mucho en llegar desde South Queensferry, pues había más tráfico de salida que de entrada. Las oficinas del DIC estaban vacías y Rebus supuso que habrían desplazado a todos los efectivos al colegio. Encontró a una funcionaria y le preguntó dónde estaba el archivo. Siobhan ya estaba tecleando en un ordenador para ver si encontraba algo. Finalmente dieron con el archivador que buscaban, pudriéndose entre otros muchos en un armario. Rebus dio las gracias a la empleada.

—Ha sido un placer ayudarles —dijo ella—. Esto ha estado todo el día como una tumba.

—Menos mal que los delincuentes no lo sabían —comentó Rebus con un guiño.

—Ya estamos bastante mal en nuestros mejores momentos —replicó ella con un resoplido aludiendo a la escasez de plantilla.

—Le debo una copa —añadió Rebus cuando ya se marchaba.

Siobhan vio que la mujer declinaba la invitación agitando la mano sin volverse.

—Pero si no sabes ni cómo se llama... —comentó Siobhan.

—Ni pienso invitarla a una copa —dijo Rebus mientras ponía el archivador en una mesa, se sentaba y le hacía sitio para que pudiera arrimar una silla.

—¿Sigues viendo a Jean? —preguntó Siobhan mientras él abría el archivo. Luego se le torció el semblante. En lo alto de la pila de papeles había una foto a todo color del accidente.

El fuerte impacto había expulsado al joven del asiento y la parte superior del cuerpo estaba tendida sobre el capó. Las demás fotos eran de la autopsia. Rebus las puso debajo del archivador y comenzó a leer.

En el vehículo viajaban dos amigos: Derek Renshaw, de dieciséis años, y Stuart Cotter, de diecisiete. Decidieron coger prestado un veloz Audi TT del padre de Stuart, que estaba en viaje de negocios y aterrizaba esa misma noche con intención de coger un taxi e ir directo a casa. Los chicos disponían de mucho tiempo y decidieron ir a Edimburgo. Se tomaron una copa en un bar del paseo marítimo de Leith y luego fueron a Salamander Street. Su plan era entrar en la A1, calentar el motor y volver a casa. Pero Salamander Street les pareció una formidable pista de competición. Según los cálculos, el coche debió de alcanzar más de doscientos kilómetros por hora cuando Stuart Cotter perdió el control. Al intentar frenar en un semáforo, el Audi hizo un trompo y fue a estrellarse de frente contra un muro. Derek llevaba puesto el cinturón de seguridad y salvó la vida, pero Stuart, a pesar del airbag, murió en el acto.

—¿Tú recuerdas este accidente? —preguntó Rebus.

Siobhan negó con la cabeza. Él tampoco lo recordaba. Quizás estuviera fuera de la ciudad u ocupado con algún caso, porque de haber visto el informe... En realidad, para él no eran novedad los casos de jóvenes que confunden la emoción con la idiotez y la adultez con el riesgo. El apellido de Renshaw podría haberle llamado la atención, pero también había muchos Renshaw. Buscó el nombre del policía que se había encargado del caso: sargento detective Calum McLeod. Rebus le conocía vagamente. Un buen policía. Eso significaba que el informe sería minucioso.

—Quiero que me digas una cosa —dijo Siobhan.

—¿Qué?

—¿Vamos a considerar en serio la tesis de que fue un asesinato por venganza?

—No.

—Quiero decir, ¿por qué esperar un año? Ni siquiera un año... trece meses. ¿Por qué tanto tiempo?

—Sí, es absurdo.

—Entonces no...

—Siobhan, es un móvil. Creo que ahora mismo es lo que Bobby Hogan espera de nosotros. Le gustaría poder decir que Lee Herdman perdió la chaveta y asesinó a dos alumnos de ese colegio. Lo que no quiere es que la prensa oriente el asunto hacia la teoría de una conspiración, o hacia cualquier otra teoría que cuestione la solvencia de la investigación. —Rebus suspiró—. La venganza es el móvil más viejo que hay. Si descartamos a la familia de Stuart Cotter, tendremos un problema menos en que pensar.

Siobhan asintió.

—El padre de Stuart es un hombre de negocios. Tiene un Audi TT. Tiene el dinero para pagar a alguien como Herdman.

—Muy bien, pero ¿por qué mató al hijo del juez? ¿Y el otro muchacho herido? Y además, ¿por qué se suicidó? Eso no es lo que hace un asesino a sueldo.

Siobhan se encogió de hombros.

—Tienes más experiencia al respecto —dijo mientras pasaba páginas—. Aquí no dice a qué clase de negocios se dedica el señor Cotter... Ah, sí: empresario. Eso dicen todos.

—¿Cuál es su nombre de pila?

Rebus tenía el bloc a mano pero era incapaz de sujetar el bolígrafo. Siobhan lo cogió.

—William Cotter —dijo ella anotándolo junto con la dirección—. Viven en Dalmeny. ¿Dónde está eso?

—Al lado de South Queensferry.

—Long Rib House, Dalmeny. Sin nombre de calle; debe de ser una zona de lujo.

—A los empresarios no deben de irles mal las cosas. —Rebus analizó la palabra—. No sé si sabría deletrearla. —Siguió leyendo—. Su pareja se llama Charlotte. Dirige dos salones de bronceado en Edimburgo.

—Yo estaba pensando en ir a uno —dijo Siobhan.

—Esta es tu oportunidad —añadió Rebus, que había llegado casi al final de la página—. Tienen una hija llamada Teri, que tenía catorce años en el momento del accidente. Es decir, que ahora tiene quince —añadió frunciendo el ceño pensativo y haciendo esfuerzos por pasar páginas.

—¿Qué buscas?

—Una foto de la familia.

Tuvo suerte. El minucioso sargento McLeod había incluido en el informe recortes de prensa. Un periódico sensacionalista había publicado una foto de la familia: papá y mamá en el sofá y detrás los dos vástagos a quienes solo se veía la cara. Rebus estaba seguro de que era la misma chica. Teri: la señorita Teri. ¿Qué le había dicho?

«Puede verme siempre que le apetezca».

¿Qué demonios habría querido decir?

—No me vengas ahora con que es alguien que también conoces —dijo Siobhan al advertir su expresión.

—Me tropecé con ella cuando iba al Boatman’s. Aunque ha cambiado algo. —Miró detenidamente aquel rostro resplandeciente sin maquillaje. Tenía el pelo de color castaño desvaído en vez de negro azabache—. Ahora lleva el pelo teñido, la cara empolvada y se pinta de negro los ojos y los labios y va toda vestida de negro.

—O sea ¿que es una gótica? ¿Por eso me preguntaste si escuchaba heavy metal?

Rebus asintió.

—¿Crees que tendrá algo que ver con la muerte de su hermano?

—Podría ser. Aún hay otra cosa.

—¿Qué?

—Dijo que no estaba triste porque hubiesen muerto.

Compraron comida para llevar en el restaurante indio favorito de Rebus. Mientras se la envolvían añadieron seis botellas de cerveza fría de una tienda de licores en la misma calle.

—Caramba con el abstemio —comentó Siobhan al tiempo que levantaba la bolsa del mostrador.

—No pienses que voy a compartirlas —dijo Rebus.

—Podría romperte el brazo.

Después fueron al piso de Rebus en Marchmont y tuvieron la suerte de encontrar sitio para aparcar. Subieron hasta el segundo piso. Rebus apenas lograba introducir la llave en el ojo de la cerradura.

—Déjame a mí —dijo Siobhan.

Dentro olía a cerrado; había un aire viciado que se podía embotellar con la etiqueta «perfume de soltero». Una mezcla de comida rancia, alcohol y sudor. En la alfombra del salón, los discos compactos desparramados por el suelo formaban un reguero que iba desde el equipo de música hasta el sillón predilecto de Rebus. Siobhan dejó la comida en la mesa y fue a la cocina a por platos y cubiertos. No parecía haber sido utilizada desde hacía días: había dos tazas en el fregadero, un envoltorio abierto de margarina mohosa en el escurreplatos. En la nevera había un pósit con una lista de la compra: pan/leche/margarina/tocino/entr./salsa/deterg./bombillas, que empezaba a retorcerse. Siobhan se preguntó cuánto tiempo llevaba allí.

Cuando regresó al salón, Rebus había conseguido poner un cedé que ella le había regalado: Violet Indiana.

—¿Te gusta? —preguntó Siobhan.

Él se encogió de hombros.

—Pensé que te gustaría a ti —contestó, dándole a entender que no lo había escuchado.

—Es mejor que esa música de dinosaurios que pones en el coche.

—No olvides que tratas con un dinosaurio.

Ella sonrió y comenzó a sacar la comida de la bolsa. Mientras echaba una ojeada al equipo de música vio que Rebus se mordía las vendas.

—¿Tanta hambre tienes?

—Comeré mejor sin ellas —dijo él mientras desenrollaba la venda de una mano y después de la otra.

Siobhan advirtió que lo hacía más despacio en los dedos y cuando dejó las manos al descubierto vio que las tenía rojas y llenas de ampollas. Rebus intentó flexionar los dedos.

—¿Quieres unas pastillas? —sugirió Siobhan.

Rebus asintió, se acercó a la mesa y se sentó. Ella abrió dos botellas de cerveza y se pusieron a comer. Rebus no conseguía sujetar bien el tenedor pero perseveraba. Derramó algo de salsa en la mesa, pero se las apañó para no mancharse la camisa. Comieron en silencio, salvo por algún comentario sobre la comida. Cuando terminaron, Siobhan quitó los platos y limpió la mesa.

—Más vale que añadas bayetas a tu lista de la compra —dijo.

—¿Qué lista de la compra? —replicó él sentándose en el sillón con una segunda botella de cerveza apoyada en el muslo—. ¿Miras a ver si hay crema?

—¿Vamos a tomar postre?

—Quiero decir crema antiséptica; en el cuarto de baño.

Siobhan, sin rechistar, fue a mirar en el armarito y vio que la bañera estaba llena hasta el borde. El agua estaba fría. Volvió al cuarto de estar con un tubo azul.

—«Para picaduras e infecciones» —leyó en la etiqueta.

—Servirá —dijo él cogiendo el tubo y aplicándose en las manos una gruesa capa de crema blanca.

Siobhan abrió una segunda botella de cerveza y se sentó en el brazo del sofá.

—¿Quieres que vacíe el agua? —preguntó.

—¿Qué agua?

—El agua de la bañera. Se te olvidó quitar el tapón. Supongo que es donde dices que caíste.

Rebus la miró.

—¿Con quién has estado?

—Con un médico del hospital, aunque parecía escéptico.

—Vaya manera de preservar la confidencialidad del paciente —musitó Rebus—. ¿Te dijo de paso que eran escaldaduras y no quemaduras? —Ella arrugó la nariz—. Gracias por comprobar mi versión.

—Simplemente pensé que no era muy verosímil que te ocurriera fregando los platos. Y el agua de la bañera...

—Ya la vaciaré yo luego —dijo él reclinándose y dando un sorbo de cerveza—. Entretanto, ¿qué vamos a hacer respecto a Martin Fairstone?

Siobhan se encogió de hombros y se sentó en el sofá.

—¿Qué se supone que tenemos que hacer? Parece ser que ni tú ni yo lo matamos.

—Si hablas con un bombero lo primero que te dirá es que si quieres librarte impunemente de alguien, basta con emborracharlo como una cuba y poner después una freidora al fuego.

—¿Y qué?

—Que es algo que cualquier policía sabe también.

—Eso no significa que no fuera un accidente.

—Somos policías, Siobhan: culpables hasta que se demuestre nuestra inocencia. ¿Cuándo te dejo Fairstone el ojo morado?

—¿Cómo sabes que fue él? —Rebus puso cara de sentirse insultado por la pregunta. Siobhan suspiró—. El jueves, antes de morir.

—¿Qué pasó?

—Debió de seguirme. Yo estaba descargando las bolsas de compra del coche y acercándolas al portal. Al darme la vuelta, me lo encontré mordisqueando una manzana. Sonreía desafiante. Me fui derecha a él... Estaba furiosa. Había dado con mi casa y le di una bofetada... —Sonrió al recordarlo—. La manzana salió disparada hasta la mitad de la calle.

—Podría haberte denunciado por agresión.

—No me denunció. Me pegó un puñetazo debajo del ojo. Me caí hacia atrás y tropecé con el escalón. Caí de culo y él recogió la manzana, cruzó la calle y se fue.

—¿No diste parte?

—No.

—¿Se lo contaste a alguien?

Ella negó con la cabeza y recordó haber hecho lo mismo cuando Rebus le preguntó la primera vez. Lo hizo sabiendo que él lo averiguaría.

—Solo cuando supe que había muerto fui a decírselo a la jefa —dijo.

Se hizo un silencio y se llevaron las cervezas a los labios mirándose. Siobhan dio un trago y se relamió.

—Yo no le maté —dijo pausadamente Rebus.

—Pero en tu caso, sí que presentó denuncia.

—Y la retiró enseguida.

—Bien, entonces ha sido un accidente.

Él se quedó callado un momento. Luego dijo:

—Somos culpables hasta que no se demuestre lo contrario.

—Por los culpables —añadió Siobhan alzando la botella.

Rebus se esforzó por sonreír.

—¿Fue esa la última vez que le viste? —preguntó.

Ella asintió.

—¿Y tú? —preguntó a su vez.

—¿No tenías miedo de que volviera? —insistió él, y al ver su expresión, añadió—: De acuerdo, «miedo» no, pero pensarías...

—Tomé mis precauciones.

—¿Qué clase de precauciones?

—Las habituales: vigilar que nadie me siguiera y no entrar ni salir de casa después del anochecer si no había gente en la calle.

Rebus apoyó la cabeza en el respaldo del sillón. Se había acabado el disco.

—¿Quieres oír algo más? —preguntó.

—Lo que quiero oír es que la última vez que viste a Fairstone fue el día del forcejeo.

—Te mentiría.

—Entonces ¿cuándo le viste por última vez?

Rebus ladeó la cabeza y la miró.

—La noche en que murió. —Hizo una pausa—. Pero tú ya lo sabías, ¿no?

—Me lo dijo Templer —contestó ella asintiendo.

—Salí a tomar una copa. Me lo encontré en un pub y estuvimos hablando.

—¿De mí?

—De tu ojo morado. Él alegó que había sido en defensa propia. —Rebus hizo una pausa—. Y por lo que me has contado, a lo mejor era verdad.

—¿En qué pub te lo encontraste?

—En uno de Gracemount —contestó Rebus encogiéndose de hombros.

—¿Desde cuándo vas a beber tan lejos del Oxford?

—Quizá quería hablar con él —respondió mirándola.

—¿Saliste a buscarle?

—¡Vaya con la señorita fiscal! —exclamó Rebus con la cara encendida.

—Seguro que en el pub todos se dieron cuenta de que eras policía —dijo ella—. Por eso se ha enterado Templer.

—¿No se le llama «coaccionar al testigo»?

—¡John, puedo defenderme sola!

—Y te habría dejado KO todas las veces que hubiera querido. Ese cabrón tenía antecedentes por agresiones brutales. Tú has visto la ficha.

—Pero eso a ti no te daba derecho a...

—Ahora no estamos hablando de derechos —replicó Rebus al tiempo que se levantaba y se acercaba a la mesa a coger otra cerveza—. ¿Quieres una?

—No, tengo que conducir.

—Como quieras.

—Exacto, John; como quiera yo, no lo que tú quieras.

—No le maté, Siobhan. Lo único que hice fue... —Se arrepintió en cuanto inició la frase.

—¿Qué? —preguntó ella y se volvió hacia él en el sofá—. ¿Qué? —insistió.

—Ir otra vez a su casa. —Siobhan le miró casi boquiabierta—. Él me invitó.

—¿Te «invitó»?

Rebus asintió. El abridor le temblaba en la mano. Dejó que Siobhan hiciera el trabajo y ella le devolvió la botella abierta.

—A ese cabrón le gustaban los juegos, Siobhan. Dijo que fuéramos a tomar una copa para enterrar el hacha de guerra.

—¿El hacha de guerra?

—Eso exactamente.

—¿Y lo hicisteis?

—Él tenía ganas de hablar... No de ti, empezó a hablar un poco de todo, de sus condenas, de historias de la cárcel, de su infancia... La clásica infancia triste de un niño con un padre que le pega y una madre indiferente...

—¿Y le escuchaste?

—Pensaba en cómo me gustaría darle un puñetazo.

—Pero no lo hiciste.

Rebus negó con la cabeza.

—Ya estaba muy pasado cuando le dejé.

—¿Le dejaste en la cocina?

—En el cuarto de estar.

—¿Entraste en la cocina?

Rebus volvió a negar con la cabeza.

—¿Se lo has contado a Templer?

Rebus alzó la mano para pasársela por la frente, pero recordó que el escozor sería insoportable.

—Márchate, Siobhan.

—Aquel día tuve que separaros. Ahora me cuentas que volviste a su casa para tomar una copa y charlar. ¿Piensas que voy a tragármelo?

—No te pido que creas nada. Márchate.

—Puedo... —dijo ella levantándose.

—Ya sé que puedes defenderte sola —espetó Rebus, sintiéndose de pronto harto.

—Iba a decirte que si quieres puedo fregar los platos.

—Déjalo. Los lavaré yo mañana. Vamos a descansar, ¿vale? —añadió acercándose a la ventana y mirando a la calle silenciosa.

—¿A qué hora quieres que te recoja?

—A las ocho.

—Bien, a las ocho. —Siobhan hizo una pausa—. Alguien como Fairstone debía de tener enemigos.

—No te quepa la menor duda.

—A lo mejor alguien te vio con él y aguardó a que te marcharas...

—Hasta mañana, Siobhan.

—Era un malnacido, John. Esperaba que tú lo dijeras. El mundo está mejor sin él —añadió con voz más grave.

—No recuerdo haber dicho eso.

—Lo habrás pensado, y no hace tanto —replicó ella camino del vestíbulo—. Hasta mañana.

Rebus aguardó a oír el clic de la puerta al cerrarse, pero lo que escuchó fue un tenue borboteo de agua. Dio un sorbo a la cerveza mirando por la ventana y no la vio salir a la calle. Al abrirse de nuevo la puerta del cuarto comprendió que era el ruido de la bañera llenándose.

—¿También vas a rascarme la espalda?

—Eso supera mi sentido del deber —replicó ella mirándole—. Pero no te vendría mal cambiarte; te ayudaré a preparar la ropa.

Él negó con la cabeza.

—Me las arreglaré.

—De todas maneras esperaré a que te hayas bañado... solo para estar segura de que puedes salir de la bañera.

—No te preocupes.

—De todos modos, me quedaré.

Se acercó a él, le cogió la cerveza que él sostenía sin firmeza y se la llevó a la boca.

—Comprueba que el agua esté tibia —dijo él.

Siobhan asintió y dio un trago.

—Hay algo que me intriga —añadió.

—¿Qué?

—¿Cómo te las arreglas en el váter?

—Hago lo que un hombre tiene que hacer —contestó él entrecerrando los ojos.

—Creo que no necesito más detalles —replicó Siobhan devolviéndole la botella a Rebus—. Voy a asegurarme de que el agua no esté demasiado caliente.

Después del baño, envuelto en el albornoz, la vio salir del portal y mirar a izquierda y a derecha antes de subir al coche, comprobando que no la seguían, aunque el ogro había muerto. Pero Rebus sabía que había muchos tipos como Martin Fairstone. Niños marginados en el colegio que se hacen pandilleros a costa de ser humillados por los líderes de todos los clanes por los que pasan. Pero poco a poco se envalentonan y pasan a la violencia y al hurto, la única vida que conocerán. Fairstone le había contado su vida y él había escuchado.

«¿No cree que debería ir al psiquiatra o algo así? ¿Sabe?, lo que a uno le ronda por la cabeza no tiene que ver con lo que sucede fuera de ella. ¿Le parece una chorrada? Será porque estoy borracho. Hay más whisky si quiere. No tiene más que pedirlo. No estoy acostumbrado a ser el anfitrión, ¿sabe? Me pongo a charlar y ya me da igual...».

Y más... mucho más, mientras él escuchaba dando pequeños sorbos de whisky, que empezaba a pesarle. Había pasado por cuatro pubs hasta encontrarle. Una vez agotado el monólogo, Rebus se había inclinado hacia delante. Estaban sentados en sendos sillones destartalados, frente a la mesita coja, ahora apuntalada con una caja de cartón. Había dos vasos, una botella y un cenicero lleno de colillas, y era la primera vez que Rebus hablaba en casi media hora:

—Marty, deja de una puta vez de hacer tonterías con la sargento Clarke, ¿vale? La verdad es que me importa una mierda, pero quería preguntarte una cosa.

—¿Qué? —dijo Fairstone, con los ojos medio cerrados y sosteniendo el cigarrillo entre el pulgar y el índice.

—Me han dicho que tú conoces a Johnson Pavo Real. ¿Qué puedes decirme de él?

Sin apartarse de la ventana, Rebus pensó en cuántas pastillas quedarían en el frasco y en dar una vuelta para tomar una copa de verdad. Se dio la vuelta y fue al dormitorio, abrió el primer cajón de la cómoda, sacó corbatas y calcetines y finalmente encontró lo que buscaba: unos guantes de invierno de cuero negro forrados de nailon. Estaban por estrenar.

SEGUNDO DÍA

4

Había veces en que Rebus habría jurado que olía el perfume de su esposa en la fría almohada. Era imposible. Tras veinte años de separación, ni siquiera había dormido o había apoyado la cabeza en la almohada. Otros perfumes, otras mujeres. Sabía que era una fantasía, pura imaginación. Lo que olía era su ausencia.

—¿En qué piensas? —dijo Siobhan cambiando de carril en un intento desesperado por avanzar todo lo posible en pleno atasco matutino.

—Estaba pensando en almohadas —contestó Rebus que sostenía entre las manos un vaso de café.

Siobhan había traído para los dos.

—Qué bonitos guantes —comentó Siobhan, y desde luego no era la primera vez—. Perfectos para esta época del año.

—Te advierto que puedo cambiar de chófer.

—¿Y quién te iba a traer el desayuno?

Siobhan pisó a fondo el acelerador en el momento en que el semáforo cambiaba de ámbar a rojo y Rebus sujetó el vaso a duras penas.

—¿Qué es lo que suena? —preguntó mirando el reproductor de compactos del coche.

—Fatboy Slim. Pensé que serviría para despertarte.

—¿Por qué le dice a Jimmy Boyle que no se vaya de Estados Unidos?

Siobhan sonrió.

—Debes de haberlo entendido mal. Si quieres pongo algo más suave. ¿Qué te parece Tempus?

—Adelante, ¿por qué no? —replicó Rebus.

La casa de Lee Herdman era un apartamento de un solo dormitorio encima de un bar en la calle principal de South Queensferry. El portal estaba al final de un sombrío pasadizo con un techo abovedado de piedra. Un agente de policía custodiaba la puerta principal y comprobaba el nombre de los vecinos en una lista que sujetaba en un portapapeles. Era Brendan Innes.

—¿Cuántos turnos le hacen trabajar? —preguntó Rebus.

—Termino dentro de una hora —contestó mirando el reloj.

—¿Alguna novedad?

—Solo gente que iba a su trabajo.

—¿Cuántas viviendas hay aparte de la de Herdman?

—Dos más. En una vive un profesor con su novia y en la otra un mecánico.

—¿Un profesor? —inquirió Siobhan.

Innes negó con la cabeza.

—No tiene nada que ver con Port Edgar. Da clases en una escuela de primaria. Su novia trabaja en una tienda.

Rebus sabía que habrían interrogado a los vecinos. Las notas estarían en alguna parte.

—¿Ha hablado con todos los vecinos? —preguntó.

—A medida que entraban y salían.

—¿Qué han dicho?

Innes se encogió de hombros.

—Lo de siempre: que era un hombre bastante tranquilo y que parecía buena persona.

—¿«Bastante» tranquilo, no tranquilo sin más?

Innes asintió.

—Por lo visto algunas noches el señor Herdman recibía a amigos hasta altas horas.

—¿Tantas como para irritar a los vecinos?

Innes volvió a encogerse de hombros y Rebus se volvió hacia Siobhan.

—¿Tenemos una lista de sus amistades? —preguntó.

Ella asintió.

—Aunque seguramente incompleta —apostilló.

—Querrán esto —dijo Innes tendiéndoles una llave.

Siobhan la cogió.

—¿Está muy revuelto el piso? —preguntó Rebus.

—Los que hicieron el registro sabían que no iba a volver —contestó Innes con una sonrisa, y después bajó la vista para apuntar sus nombres en la lista.

El portal era estrecho y en el buzón no había cartas. Subieron dos tramos de escalones de piedra hasta el primer descansillo, en el que había dos puertas; en el segundo había solo una sin identificación del inquilino. Siobhan abrió y entraron.

—Cuántas cerraduras —comentó Rebus observando los dos cerrojos interiores—. A Herdman le preocupaba la seguridad.

No era posible saber cómo estaba de desordenado el apartamento antes del registro de los hombres de Hogan. Rebus se abrió paso entre la ropa, los periódicos, los libros y los diversos objetos que llenaban el suelo. La vivienda era la antigua buhardilla de la casa y las habitaciones resultaban claustrofóbicas. Rebus tenía el techo a menos de medio metro de la cabeza. Las ventanas eran pequeñas y estaban sucias. Solo había un dormitorio: cama de matrimonio, armario y cómoda. En el suelo, un televisor portátil en blanco y negro y una botella de Bell’s vacía. La cocina tenía suelo de linóleo grasiento y la mesa plegable dejaba espacio justo para entrar. El estrecho cuarto de baño olía a humedad y los dos armarios del pasillo habían sido vaciados y reordenados a toda prisa por los hombres de Hogan. Solo quedaba el cuarto de estar, donde volvió Rebus.

—Acogedor, ¿no crees? —comentó Siobhan.

—En jerga de agencias de alquiler, sí —dijo Rebus cogiendo un par de compactos de Linkin Park y Sepultura—. Le gustaba el heavy metal —comentó volviéndolos a dejar.

—Y también los SAS —añadió Siobhan al tiempo que tendía unos libros a Rebus.

Eran historias del regimiento, libros sobre las guerras en los que había intervenido y relatos de supervivencia de sus comandos. Siobhan señaló con la cabeza un escritorio y Rebus vio lo que le señalaba: un álbum con más recortes. También eran de asuntos militares. Artículos enteros en los que se analizaba una aparente pauta: héroes de guerra norteamericanos que asesinaban a sus esposas. También había recortes sobre suicidios y desapariciones y uno titulado «Falta de espacio en el cementerio de los SAS», que llamó particularmente la atención de Rebus. Conocía a hombres que habían sido enterrados en una sección aparte del camposanto de la iglesia de Saint Martin, cerca del antiguo cuartel general del regimiento. Actualmente, se había trasladado el cementerio a Credenhill, cerca del nuevo cuartel. El artículo hablaba de la muerte de dos miembros de los SAS en «una operación de entrenamiento en Omán», lo que podía significar tanto un desastre como que hubieran sido asesinados durante una misión secreta.

Siobhan inspeccionó una bolsa de supermercado y Rebus oyó tintineo de botellas.

—Era un buen anfitrión —comentó ella.

—¿Vino o licores?

—Tequila y vino tinto.

—A juzgar por la botella vacía del dormitorio, a Herdman le iba el whisky.

—Por eso digo que era un buen anfitrión —replicó Siobhan, y sacó del bolsillo un papel que desdobló—. Aquí dice que los de la científica recogieron restos de porros y de algo que parecía cocaína. Se incautaron también del ordenador y cogieron unas fotos del vestidor.

—¿Qué clase de fotos?

—Armas. Un poco fetichista, parece, ¿no? Tener esa clase de fotos en la puerta del armario...

—¿Qué clase de armas?

—No lo dice.

—¿Cuál utilizó?

Siobhan consultó el informe.

—Una Brocock de aire comprimido. Para ser exactos, una Magnum ME38.

—O sea, como un revólver.

Siobhan asintió.

—Se puede comprar por algo más de cien libras. Accionada por cilindro de gas.

—¿La de Herdman estaba manipulada, verdad?

—Tenía la cámara revestida de acero para poder utilizar munición real del veintidós. Otra opción es brocar el cañón para adaptarlo al calibre treinta y ocho.

—¿Utilizó munición del veintidós? —Siobhan asintió de nuevo—. Alguien tuvo que hacer el trabajo.

—O él mismo. No me extrañaría que supiera.

—En primer lugar, ¿sabemos de dónde sacó el arma?

—Supongo que, como exsoldado, tendría sus contactos.

—Podría ser —dijo Rebus pensando en la década de 1960 y 1970, cuando armas y explosivos procedentes de las bases del Ejército circulaban por todas partes, sobre todo en manos de las dos facciones de Irlanda del Norte. Recordó los disturbios y que muchos soldados conservaban un «recuerdo» en alguna parte, algunos sabían dónde se podían comprar y vender armas sin que nadie hiciera preguntas.

—Por cierto —dijo Siobhan—. Tenía «armas», en plural.

—¿Llevaba más de una?

Ella negó con la cabeza.

—Se encontró en un registro en el cobertizo de la lancha —añadió consultando el informe—. Un Mac 10.

—Esa es una señora arma.

—¿La conoces?

—Un subfusil Ingram Mac 10... americano. Mil disparos por minuto. No se compra en una tienda.

—Los del laboratorio creen que en su día lo habían desactivado, lo que quiere decir exactamente que es posible hacerlo.

—¿También lo había manipulado?

—O lo compró ya manipulado.

—Gracias a Dios que no fue con esa al colegio. Habría sido una matanza.

Se quedaron en silencio pensativos y siguieron registrando.

—Mira qué interesante —dijo Siobhan enseñándole un libro—. Es la historia de un soldado que se volvió loco e intentó matar a su novia. —Siobhan leyó la solapa—. Y después se mató arrojándose desde un avión... Por lo visto es una historia real.

De entre las páginas cayó una foto. Siobhan la recogió y le dio la vuelta para que la viera Rebus.

—No me digas que es ella otra vez.

Lo era: Teri Cotter, en una instantánea reciente. Estaba en la calle. Se veía a más gente en los márgenes del encuadre, tal vez en Edimburgo. Parecía estar sentada en la acera y llevaba casi el mismo atuendo que cuando le ayudó a fumar el cigarrillo. Le estaba sacando la lengua al fotógrafo.

—Estaba contenta —comentó Siobhan.

Rebus examinó la foto antes de darle la vuelta, pero el reverso estaba en blanco.

—Me dijo que conocía a los chicos asesinados, pero no pensé que conociera al asesino.

—¿Y la teoría de Kate Renshaw de que Herdman podría estar relacionado con los Cotter?

Rebus se encogió de hombros.

—Valdría la pena mirar la cuenta bancaria de Herdman a ver si aparecen ingresos sospechosos. —Oyó cerrarse una puerta en el piso de abajo—. Ha vuelto uno de los vecinos. ¿Vamos a ver?

Siobhan asintió y salieron del piso tras asegurarse de que quedaba bien cerrado. En el rellano inferior, Rebus arrimó primero el oído a una puerta y luego a la otra. Siobhan llamó a la segunda con los nudillos y cuando abrieron ya tenía preparada la credencial.

—Soy la sargento Clarke y él es el inspector Rebus —dijo—. ¿Podemos hacerle unas preguntas?

La joven miró primero a uno y luego a otro.

—Ye les hemos contado a los otros policías lo que sabemos.

—Lo cual le agradecemos —terció Rebus, advirtiendo que ella clavaba la mirada en los guantes—. Usted vive aquí, ¿verdad?

—Sí.

—Tenemos entendido que se llevaba bien con el señor Herdman, a pesar de que a veces era ruidoso.

—Solo cuando hacía fiestas. Pero no tenía importancia; nosotros a veces también hacemos ruido.

—¿También le gusta el heavy metal?

Ella arrugó la nariz.

—Prefiero a Robbie —contestó.

—Se refiere a Robbie Williams —dijo Siobhan.

—Lo habría descifrado con un poco más de tiempo —replicó Rebus con desdén.

—Menos mal que solo ponía ese tipo de música en las fiestas.

—¿La invitó a usted alguna vez?

La joven negó con la cabeza.

—Enseña a la señorita... —dijo Rebus a Siobhan, pero se interrumpió, sonrió y preguntó—: Perdone, ¿cómo se llama?

—Hazel Sinclair.

Rebus asintió.

—Sargento Clarke, ¿quiere enseñar a la señorita Sinclair...?

Pero Siobhan ya había sacado la foto. Se la mostró a la joven.

—Es la señorita Teri —dijo ella.

—Ah, ¿la conoce?

—Naturalmente. Parece recién salida de La familia Adams. La veo muchas veces por la calle principal.

—¿Y por aquí la ha visto?

—¿Por aquí? —La joven reflexionó y negó con la cabeza—. Yo siempre había pensado que era gay.

—Herdman tenía hijos —dijo Siobhan recogiendo la foto.

—Eso no quiere decir nada, ¿no cree? Hay muchos casados. Y él estuvo en el Ejército; allí seguro que hay muchos gays.

Siobhan apenas contuvo una sonrisa y Rebus cambió el peso del cuerpo de un pie a otro.

—Además —añadió Hazel Sinclair—, por la escalera solo subían y bajaban chicos. Jovencitos —añadió tras una pausa efectista.

—¿Había alguno parecido a Robbie?

La joven negó teatralmente con la cabeza.

—Hubiera desayunado en su trasero todos los días.

—Bueno, trataremos de no incluir eso en el informe —comentó Rebus sin perder la compostura mientras ellas soltaban una carcajada.

En el coche, de camino al puerto deportivo Port Edgar, Rebus examinó unas fotos de Lee Herdman, casi todas fotocopiadas de periódicos. Era un tipo alto y fibrado con pelo rizado gris y arrugas en la cara y en torno a los ojos. Un tipo bronceado, o más bien curtido por la intemperie. Miró afuera y vio que las nubes cubrían el cielo como una sábana sucia. Eran fotos tomadas al aire libre: Herdman trabajando en la lancha o zarpando rumbo al fiordo. En una de ellas saludaba con la mano y una gran sonrisa a alguien en tierra, como si fuese el hombre más feliz del mundo. Rebus no le encontraba la gracia a navegar; los barcos le parecían encantadores vistos desde algún pub del paseo marítimo.

—¿Has ido en barco alguna vez? —preguntó a Siobhan.

—En transbordador, varias veces.

—Me refería a ir en yate, a subir la botavara y todo eso.

—¿Es eso lo que se hace con la botavara? —replicó ella mirándole.

—Y yo qué diablos sé —contestó Rebus alzando la vista.

Pasaban por debajo del puente y se atisbaba ya el pequeño puerto deportivo al final de una carretera estrecha, más allá de los enormes soportes de hormigón que elevaban el puente hacia el cielo. Aquello sí que era objeto de admiración para Rebus; el ingenio, no la naturaleza. Se decía a menudo que los mayores logros del hombre eran producto de su lucha contra la naturaleza: la naturaleza plantea los problemas y los seres humanos los resuelven.

—Ya estamos —dijo Siobhan cruzando una verja abierta.

El puerto estaba formado por varios edificios, unos más desvencijados que otros, y tenía dos embarcaderos que se adentraban en el Firth of Forth. En uno de ellos vieron amarrados varias decenas de barcos. Cruzaron por delante de la oficina y de un edificio con el letrero de «Consigna del contramaestre» y aparcaron junto a la cafetería.

—Según el informe, hay un club náutico, un taller de velas y otro para arreglar radares —dijo Siobhan mientras bajaba del coche y se dirigía hacia la otra portezuela, pero Rebus se le anticipó y logró abrirla.

—¿Has visto? —dijo—. Todavía no estoy para el desguace.

Pero los dedos le escocían bajo los guantes. Se estiró y miró a su alrededor. Tenían el puente sobre sus cabezas y sin embargo el zumbido de los coches no se oía tan fuerte como esperaba, llegaba casi amortiguado por un ruido metálico procedente de los barcos. Tal vez de las botavaras...

—¿Quién es el propietario del puerto? —preguntó.

—En el letrero de la entrada me ha parecido leer Servicio de Deportes, Edimburgo.

—O sea, que es del Ayuntamiento. Lo que significa que técnicamente es tuyo y mío.

—Técnicamente —asintió Siobhan. Examinaba con atención un plano dibujado a mano—. El cobertizo de Herdman queda a la derecha, pasados los lavabos —dijo señalando—. Allí, creo.

—Muy bien, allá voy —dijo Rebus señalando con la cabeza a la cafetería—. Pide café para llevar, que no esté muy caliente, y te reúnes conmigo.

—¿Que no escalde, quieres decir? —añadió ella dirigiéndose a la escalinata—. ¿Seguro que te las arreglas solo?

Rebus se quedó junto al coche mientras ella entraba. Se oyó un chirrido cuando cerró la puerta. Él sacó tranquilamente del bolsillo cigarrillos y encendedor, abrió la cajetilla y cogió un pitillo con los dientes. Era mucho más fácil utilizar el encendedor que las cerillas, una vez te habías protegido del viento. Recostado en el coche, saboreó el humo hasta que Siobhan volvió.

—Ten —dijo tendiéndole el vaso de plástico lleno a medias—. Con mucha leche.

—Gracias —dijo él mirando el líquido gris claro.

Echaron a andar y doblaron un par de esquinas sin ver un alma, a pesar de la media docena de coches aparcados donde habían dejado el suyo.

—Es allí —dijo ella señalando un lugar más cercano al puente.

Rebus advirtió que uno de los embarcaderos era un pantalán de madera con amarres.

—Debe de ser este —añadió Siobhan tirando el vaso medio vacío en una papelera.

Rebus hizo lo mismo a pesar de que apenas había dado dos sorbos al tibio brebaje lechoso. Si aquello tenía cafeína, no lo había notado. Gracias a Dios que tenía la nicotina.

El cobertizo hacía honor a su nombre, aunque era amplio. Tendría unos siete metros de ancho y estaba construido con una mezcla de tablas de madera y metal ondulado. Vieron dos cadenas en el suelo, prueba de que la policía había entrado con alicates. Las habían remplazado por cinta adhesiva azul y blanca, y habían colocado un cartel en la puerta prohibiendo la entrada. Un letrero escrito a mano rezaba: «Esquí y lancha, prop. L. Herdman».

—Un cartel con garra —comentó Rebus mientras Siobhan quitaba la cinta y abría la puerta.

—Dice justamente lo que es —añadió Siobhan.

Allí era donde Herdman tenía su negocio, enseñaba a navegantes novatos y daba sustos de muerte a los clientes de esquí acuático. Rebus vio una lancha neumática de unos siete metros enganchada a un remolque que tenía las ruedas algo desinfladas. Había un par de fuerabordas también enganchados a remolques con motores relucientes, y una moto acuática igualmente nueva. Estaba todo excesivamente ordenado, como cuidado por alguien obsesionado por la limpieza. Había también una mesa de trabajo con sus herramientas perfectamente colocadas encima de la pared. De no ser por un trapo manchado de aceite, única prueba de que allí se efectuaban trabajos de mecánica, el visitante desprevenido habría pensado que aquel cobertizo era un museo del puerto deportivo.

—¿Dónde encontraron el arma? —preguntó Rebus mientras cruzaba la puerta.

—En ese armario, debajo de la mesa de trabajo.

Rebus miró y vio que en el suelo había un candado limpiamente cortado. El armario estaba abierto y dentro había una serie de taladros y llaves para tuercas.

—Supongo que no encontraremos gran cosa —dijo Siobhan.

—Seguramente no —añadió Rebus.

Pero no por ello disminuía su interés y su curiosidad por descubrir lo que aquel lugar podía revelarle sobre Lee Herdman. De momento, el detalle de que Herdman era un trabajador limpio y escrupuloso. Su apartamento revelaba el desorden de su vida privada, pero, desde luego, profesionalmente, era concienzudo. Eso explicaba su pasado en el Ejército, donde, por muy descuidada que sea tu vida, no dejas que influya en el servicio. Rebus había conocido a militares que mantenían sus posesiones inmaculadas mientras sus matrimonios se derrumbaban. Quizá, como decía un sargento mayor, «el Ejército es el mejor polvo de tu triste vida».

—¿Tú qué crees? —preguntó Siobhan.

—Se diría que esperaba una inspección del Ministerio de Sanidad.

—Me parece que las barcas valen más que su piso.

—Ya lo creo.

—Signo de doble personalidad.

—¿Ah, sí?

—Vida íntima caótica y todo lo contrario en el trabajo. Un piso barato con cuatro trastos y lanchas caras...

—Cháchara de psiquiatra aficionada —exclamó una voz a sus espaldas.

Procedía de una mujer robusta, de unos cincuenta años, peinada con moño y con el pelo tan estirado hacia atrás que parecía una prolongación del rostro. Vestía traje chaqueta negro, zapatos negros sencillos, blusa color caqui y un collarcito de perlas. Llevaba una mochila de cuero colgando del hombro. La acompañaba un hombre alto y fornido que sería la mitad de joven, con el pelo negro cortado a cepillo, que se quedó quieto, con los brazos caídos y las manos juntas. Vestía traje oscuro, camisa blanca y corbata azul.

—Usted debe de ser el inspector Rebus —dijo la mujer adelantándose enérgicamente, dispuesta a darle la mano. No se inmutó cuando Rebus no la correspondió. Bajó un poco la voz—. Me llamo Whiteread y él es Simms —dijo clavando la mirada en Rebus—. Por lo que me comentó el inspector Hogan, vienen del apartamento...

No entendieron lo que dijo a continuación porque entró bruscamente en el cobertizo esquivando a Rebus, y dio una vuelta alrededor de la lancha neumática, examinándola con ojos expertos.

«Tiene acento inglés», pensó Rebus.

—Yo soy la sargento Clarke —saltó Siobhan.

Whiteread la miró fijamente y le dirigió una fugaz sonrisa.

—Sí, claro —dijo.

Mientras, Simms había entrado y, volviéndose hacia Siobhan, repitió la presentación acompañándola de un apretón de manos. Tenía también acento inglés y voz inexpresiva, su cortesía era pura formalidad.

—¿Dónde encontraron el arma? —preguntó Whiteread.

Acto seguido vio el candado cortado, asintió respondiendo a su propia pregunta, se acercó al armario y se acuclilló ágilmente, remangándose la falda por encima de las rodillas.

—Subfusil Mac 10. Un modelo famoso por lo mucho que se atasca—dijo levantándose y estirándose la falda.

—Mejor que muchos equipos del Ejército —comentó Simms, que después de presentarse se había situado entre Rebus y Siobhan, muy estirado, con las piernas levemente separadas y las manos juntas por delante del cuerpo.

—¿Les importaría mostrarnos su identificación? —les pidió Rebus.

—El inspector Hogan sabe que estamos aquí —contestó Whiteread displicente.

Estaba examinando la mesa de trabajo. Rebus se acercó a ella lentamente.

—Le he dicho que me muestre su identificación —dijo.

—Lo he oído perfectamente —replicó ella, desviando su atención hacia una pequeña oficina situada en la parte posterior del cobertizo. Fue hasta el cuarto con Rebus pegado a sus talones.

—Salga de aquí —dijo él—. Lárguese inmediatamente.

Ella no respondió. En la oficina había también un enorme candado que había sido forzado. La puerta estaba cerrada y precintada por la policía.

—Además, su compañero ha utilizado la palabra «equipo» —insistió Rebus mientras ella desprecintaba la puerta y miraba el interior de la oficina.

Era un pequeño despacho provisto de escritorio, silla y archivador. Tenía una estantería con un aparato que parecía una radio emisora y receptora. No se veía ningún ordenador, fotocopiadora ni fax. Los cajones de la mesa estaban abiertos y revueltos. Whiteread cogió un montón de papeles y comenzó a hojearlos.

—Ustedes son militares —dijo Rebus rompiendo el silencio—. Aunque vayan de paisano se nota que son militares. Que yo sepa, en los SAS no hay mujeres; así que ¿qué puede ser usted?

—Alguien que puede ayudar —replicó ella volviendo enérgicamente la cabeza hacia él.

—Ayudar, ¿en qué?

—En un asunto como este —respondió ella volviendo a interesarse en los papeles—. Para que no vuelva a suceder.

Rebus la miró. Siobhan y Simms seguían junto a la puerta.

—Siobhan, llama a Bobby Hogan de mi parte. Quiero que me diga qué sabe de estos dos.

—Sabe que hemos venido —dijo Whiteread sin levantar la cabeza—. Incluso me dijo que tal vez nos encontrásemos. ¿Cómo sabía si no su nombre?

—Llámale —repitió Rebus a Siobhan, que tenía el móvil en la mano.

Whiteread volvió a meter los papeles en un cajón y lo cerró.

—Usted no llegó a ingresar en el regimiento, ¿verdad, inspector Rebus? —dijo Whiteread volviéndose despacio hacia él—. Por lo que me han dicho, no pudo con el entrenamiento.

—¿Por qué no va de uniforme? —replicó Rebus.

—Porque a algunos les impresiona —contestó Whiteread.

—¿Solo por eso? ¿No será que quieren evitar publicidad negativa? —dijo Rebus con una sonrisa despectiva—. No queda muy bien tener a un asesino entre sus filas, ¿verdad? Y todavía menos que se sepa que perteneció al regimiento.

—Lo hecho, hecho está. Si podemos evitar que vuelva a ocurrir, tanto mejor —replicó ella. Hizo una pausa y se puso frente a él. Era treinta centímetros más baja, pero idéntica a él en todo lo demás—. ¿Qué hay de malo? —añadió devolviéndole la sonrisa. Si la de Rebus había sido fría, la de ella fue de hielo—. Usted se vino abajo y no lo logró. Aunque no tiene por qué frustrarle, inspector Rebus.

A Rebus le pareció entender «frustrado» en vez de «frustrarle». Quizá fuera su acento o tal vez hubiera intentado un juego de palabras.

Siobhan había llamado, pero Hogan tardaba en descolgar.

—Deberíamos echar un vistazo a la lancha —le dijo Whiteread a su compañero, deslizándose entre Rebus y la puerta.

—Ahí hay una escalera —dijo Simms.

Rebus trató de identificar su acento: Lancashire o Yorkshire quizás. Del de Whiteread no estaba seguro; le parecía de los Home Counties del sur de Inglaterra o algo así, una especie de inglés genérico como el de los colegios caros. Además, también advirtió que Simms no parecía a gusto en su atuendo ni en su papel. Quizás existiera un conflicto de clases de por medio. O quizá fuese que era la primera vez que se encontraba en una situación como aquella.

—Por cierto, yo me llamo John —dijo Rebus dirigiéndose a él—. ¿Y usted?

Simms miró a Whiteread, quien exclamó:

—¡Vamos, díselo!

—Gav... Gavin.

—¿Gav para los amigos y Gavin en la faena? —aventuró Rebus al coger el teléfono que le tendía Siobhan.

—Bobby, ¿por qué demonios permites que dos payasos de las Fuerzas Armadas de Su Majestad se entrometan en nuestro caso? —Hizo una pausa para escuchar—. He usado la palabra deliberadamente, Bobby, porque están metiendo la nariz en la lancha de Herdman. —Otra pausa—. No, no se trata de eso ni mucho menos... —Nueva pausa—. Bien, de acuerdo, vamos para allá.

Devolvió el teléfono a Siobhan y vio que Simms sujetaba una escalera por la que trepaba Whiteread.

—Nos vamos —dijo en voz alta para que ella lo oyera—. Si no volvemos a vernos... créame que será un placer.

Aguardó a ver si decía algo, pero Whiteread ya estaba encaramada a la lancha y no le prestaba el menor interés. Simms subía la escalera mirando de refilón a los detectives.

—Me dan ganas de empujar la escalera y echar a correr —le dijo Rebus a Siobhan.

—No creo que eso la detuviera, ¿no crees?

—Probablemente tengas razón —dijo él—. Whiteread, una cosa más antes de irnos —añadió alzando la voz—: ¡Gav le estaba mirando las bragas!

Se volvió para salir y se encogió de hombros ante Siobhan, admitiendo que había sido una gracia muy barata. Barata, pero merecida.

—Pero bueno, Bobby, ¿qué demonios pasa contigo? —dijo Rebus caminando por uno de los pasillos del colegio en dirección a lo que parecía una antigua cámara acorazada, con su rueda y sus engranajes. Estaba abierta, al igual que una puerta de acero que había en su interior. Hogan miraba hacia dentro—. Esos cabrones no tienen por qué entrometerse.

—John —dijo Hogan pausadamente—, creo que no conoces al director... —añadió señalando hacia la cámara, donde un hombre de mediana edad les miraba rodeado de un arsenal suficiente para iniciar una revolución—, el doctor Fogg... —dijo a modo de presentación.

Fogg cruzó la puerta de la cámara. Era un hombre fornido con mirada de antiguo boxeador; tenía una oreja hinchada, una enorme nariz y una cicatriz en una de sus pobladas cejas.

—Eric Fogg —dijo estrechando la mano a Rebus.

—Perdone usted mi vocabulario, soy el inspector John Rebus.

—En un colegio se oyen cosas peores —replicó Fogg como si hubiese repetido la frase cientos de veces.

Siobhan se había acercado y estaba a punto de presentarse cuando vio el contenido de la cámara.

—¡Dios mío! —exclamó.

—Eso he pensado yo —apostilló Rebus.

—Le estaba diciendo al inspector Hogan —dijo Fogg— que en casi todos los colegios privados hay algo similar.

—Para las FMC, ¿verdad, doctor Fogg? —dijo Hogan.

—Las fuerzas mixtas de cadetes —asintió Fogg— del Ejército, la Marina y la Aviación. Desfilan todos los viernes. —Hizo una pausa—. Creo que un buen incentivo para los chicos es que ese día cambian el uniforme del colegio.

—Por otro más paramilitar —comentó Rebus.

—Hay armas automáticas, semiautomáticas y de otros tipos —añadió Hogan.

—Probablemente disuadirían a un ladrón.

—Le estaba diciendo al inspector Hogan —continuó Fogg— que si se activa el sistema de alarma del colegio, la policía sabe de inmediato que hay que dirigirse, en primer lugar, a la armería. Es un sistema que instalamos cuando el IRA y otros grupos robaban armas.

—¿No me dirá que también guardan aquí la munición? —preguntó Siobhan.

Fogg negó con la cabeza.

—No, no hay munición en las instalaciones.

—Pero ¿las armas sí que son reales? ¿No están desactivadas?

—Sí, son del todo reales —dijo el hombre mirando el interior de la cámara con cierto gesto de disgusto.

—¿No son de su agrado? —preguntó Rebus.

—Mi opinión es que existe siempre cierto riesgo de que su empleo sobrepase su utilidad.

—Una respuesta muy diplomática —comentó Rebus, lo que suscitó una sonrisa en el director.

—Pero Herdman no sacó de aquí el arma —dijo Siobhan.

Hogan negó con la cabeza.

—Ese es otro aspecto en el que espero que los investigadores militares puedan ayudarnos. Siempre que no podáis vosotros —dijo mirando a Rebus.

—Bobby, ten paciencia. Solo llevamos aquí cinco minutos.

—¿Usted da clase? —preguntó Siobhan a Fogg para evitar que los dos inspectores se enzarzasen en una discusión.

Fogg negó con la cabeza.

—Las daba de RME: religión, moral y educación.

—Para infundir en los adolescentes sentido moral. Eso debe de ser difícil.

—Aún no conozco a ningún adolescente que haya iniciado una guerra —dijo con voz que sonaba falsa, otra respuesta preparada para una pregunta frecuente.

—Solo porque no es corriente entregarles armas de fuego —comentó Rebus volviendo a mirar aquella parafernalia bélica.

Fogg hizo ademán de cerrar la puerta de la cámara.

—¿No falta nada? —preguntó Rebus.

Hogan negó.

—Pero las dos víctimas pertenecían a las FMC —dijo.

Rebus miró a Fogg, quien asintió.

—Anthony era un entusiasta... Derek, no tanto.

Anthony Jarvies, el hijo de juez. Su padre, Roland Jarvies, era un magistrado muy conocido en Escocia. Rebus había declarado probablemente quince o veinte veces en casos en los que lord Jarvies había presidido el tribunal con agudeza y con lo que un abogado describió como «mirada taladradora». Rebus no sabía muy bien qué era una mirada taladradora, pero se lo imaginaba.

—¿Alguien ha comprobado las cuentas de Herdman? —preguntó Siobhan.

Hogan la miró detenidamente.

—Su contable ha cooperado mucho. El negocio no iba mal.

—¿No hay ningún ingreso que llame la atención? —preguntó Rebus.

—¿Por qué? —replicó Hogan entrecerrando los ojos.

Rebus miró al director. No pretendía que se enterara, pero lo hizo.

—Si les parece, yo... —empezó a decir Fogg.

—No hemos terminado, doctor Fogg, si no le importa —dijo Hogan mirando a Rebus—. Estoy seguro de que cuanto diga el inspector Rebus quedará entre nosotros.

—Naturalmente —asintió Fogg enfático.

Terminó de cerrar la puerta y giró la rueda de la combinación.

—El año pasado —prosiguió Rebus hablando con Hogan—, una de las víctimas tuvo un accidente de tráfico. El conductor murió. Nos preguntamos si ha pasado demasiado tiempo para considerar la venganza.

—No explica el suicidio de Herdman.

—Quizá fue una chapuza —dijo Siobhan cruzando los brazos—. Mató a los otros dos y le entró pánico.

—Cuando hablas de un ingreso en la cuenta de Herdman, ¿te refieres a una cantidad importante reciente?

Rebus asintió.

—Ordenaré que lo averigüen. Lo único que hemos averiguado a través de sus cuentas es que falta un ordenador.

—¿Ah, sí?

Siobhan preguntó si no lo habría confiscado Hacienda.

—Podría ser —contestó Hogan—. El caso es que hay una factura y hemos hablado con la tienda que se lo vendió. Un equipo de última generación.

—¿Crees que se deshizo de él? —preguntó Rebus.

—¿Por qué iba a hacerlo?

Rebus se encogió de hombros.

—¿Para ocultar algo? —sugirió Fogg, que al ver cómo le miraban bajó la vista—. Perdonen que me haya permitido...

—No se disculpe usted —dijo Hogan—. Buena observación —añadió frotándose los ojos y volviéndose otra vez hacia Rebus—. ¿Algo más?

—Esos cabrones del Ejército —dijo Rebus, pero Hogan levantó la mano.

—Tienes que aceptarlos.

—Bobby, esos no han venido a aclarar nada. Si acaso, todo lo contrario. Quieren ocultar el pasado de Herdman en los SAS, por eso van de paisano. Y esa Whiteread...

—Escucha, lamento que entorpezcan tu labor.

—O que nos pisoteen hasta enterrarnos —le interrumpió Rebus.

—John, esta investigación nos supera. ¡Es más grande que nosotros! —replicó Hogan alzando la voz, temblando imperceptiblemente—. ¡No necesito más putos problemas!

—Bobby, modera tu lenguaje —dijo Rebus muy serio mirando de reojo a Fogg.

Tal como esperaba, Hogan le recordó su reciente estallido de insultos, y sonrió.

—Sigue investigando, ¿vale?

—Estamos contigo, Bobby.

Siobhan dio un paso hacia ellos.

—Nos gustaría hacer una cosa —dijo sin hacer caso de la mirada de sorpresa de Rebus, que ignoraba lo que se traía entre manos—. Interrogar al superviviente.

—¿A James Bell? —replicó Hogan frunciendo el ceño—. ¿Para qué? —añadió mirando a Rebus, pero fue ella quien contestó.

—Porque es el único superviviente.

—Le hemos interrogado más de diez veces. Está en estado de shock. Y a saber lo que le queda.

—Lo haremos con delicadeza —insistió Siobhan sin alzar la voz.

—Tú sí, pero tú no eres quien me preocupa —añadió sin dejar de mirar a Rebus.

—Será interesante escuchar el relato de un testigo presencial —dijo él—. Que nos explique cómo actuó Herdman, si dijo algo... Parece ser que nadie le vio aquella mañana; ni los vecinos ni los del puerto deportivo. Hay que llenar lagunas.

Hogan lanzó un suspiro.

—Primero escuchad las cintas del interrogatorio y si después seguís creyendo que conviene hablar con él, ya veremos...

—Gracias, señor —dijo Siobhan solemnemente.

—He dicho «ya veremos». No he prometido nada —añadió Hogan alzando un dedo.

—¿Se hará otra verificación de las cuentas, por si acaso? —preguntó Rebus.

Hogan asintió con desgana.

—¡Ah, aquí están ustedes! —bramó una voz.

Era Jack Bell, que avanzaba por el pasillo.

—¡Dios mío! —musitó Hogan, pero vio que Bell se dirigía al director.

—Eric —exclamó—, ¿cómo demonios no has denunciado públicamente la falta de seguridad del colegio?

—La seguridad del colegio es la adecuada, Jack —replicó Fogg con un suspiro que daba a entender que ya había sostenido aquella discusión.

—Eso es una patraña, y tú lo sabes. Escucha, lo que intento es denunciar que la lección de Dunblane no ha servido de nada. Nuestras escuelas no son seguras —dijo esgrimiendo un dedo—. Y aparecen armas por todas partes —añadió alzando otro dedo y haciendo una pausa efectista—. Es evidente que hay que hacer algo. ¡Podría haber perdido a mi hijo! —añadió entrecerrando los ojos.

—Un colegio no es una fortaleza, Jack —replicó inútilmente el director.

—En 1997 —prosiguió Bell arrollador—, después de la tragedia de Dunblane, quedaron prohibidas las armas que excedieran del calibre veintidós, y sus propietarios legales las entregaron, pero ¿de qué ha servido? —añadió mirando a su alrededor sin obtener respuesta alguna—. Quienes no lo hicieron fueron los delincuentes, a quienes les resulta cada vez más fácil conseguir todo el armamento que quieran.

—Se ha equivocado de feligreses —comentó Rebus.

Bell lo miró impávido.

—Es muy posible —replicó—. Porque —añadió levantando el dedo— ustedes parecen totalmente incapaces de atajar el problema.

—Un momento, señor... —terció Hogan.

—Bobby, déjale que desbarre —le interrumpió Rebus—. A ver si caldea un poco el edificio.

—¿Cómo se atreve? —gruñó Bell—. ¿Cómo se permite hablarme de ese modo?

—Supongo que así lo he elegido —replicó Rebus para recordarle la efímera naturaleza de su cargo.

Se quedaron en silencio y sonó el móvil de Bell, quien hizo un gesto despectivo en dirección a Rebus y se dio la vuelta, alejándose hacia el pasillo para contestar la llamada.

—¿Diga? ¿Cómo? —añadió consultando el reloj—. ¿De la radio o de la televisión? —Hizo una pausa para escuchar la respuesta—. ¿Una emisora local o nacional? Solo concedo entrevistas a emisoras nacionales —añadió alejándose aún más del grupo que, más relajado, intercambió miradas y gestos.

—Bien —dijo el director—, creo que voy a...

—¿Le importa que hablemos en su despacho? —preguntó Hogan—. Quedan un par de cosas que quiero comentar. Volvamos al trabajo —añadió señalando con la cabeza a Rebus y Siobhan.

—Sí, señor —dijo Siobhan. De repente el pasillo estaba vacío. Respiró hondo y exhaló aire despacio—: Ese Bell es un número.

—Está dispuesto a explotar el caso cuanto pueda —dijo Rebus asintiendo.

—Si no, no sería un político.

—Instinto natural, ¿no? Es curioso el rumbo que toman las cosas, cuando su carrera podría haberse ido a pique después de su detención en Leith.

—¿Crees que actúa así por venganza?

—Desde luego, si puede, nos hundirá; así que no debemos darle pie.

—Exactamente lo que tú has hecho replicándole de mala manera.

—De vez en cuando hay que divertirse, Siobhan —contestó Rebus mirando al pasillo vacío—. ¿No crees que a Bobby Hogan le sucede algo?

—Sí. Parece agotado, la verdad. Por cierto, ¿no crees que deberías decírselo?

—¿Qué?

—Que los Renshaw son familia tuya.

Rebus la miró fijamente.

—Puede traer complicaciones. Y no creo que Bobby necesite más de momento.

—Tú sabrás.

—Exactamente. Y a los dos nos consta que nunca me equivoco.

—Lo había olvidado —apostilló Siobhan.

—Me alegra recordártelo, sargento Clarke. Siempre a tu servicio.

5

La comisaría de South Queensferry era un edificio achaparrado de una sola planta que quedaba frente a una iglesia episcopaliana. En el exterior, un letrero anunciaba que la comisaría permanecía abierta al público de nueve a cinco entre semana a cargo de un «ayudante civil». En otro cartel se añadía que, contrariamente a los rumores, en la localidad había presencia policial las veinticuatro horas del día. Era en aquel recinto desangelado donde habían interrogado a todos los testigos, salvo a James Bell.

—Qué acogedor, ¿verdad? —comentó Siobhan abriendo la puerta.

Entraron en una enana sala de espera donde un solitario agente uniformado dejó la revista de motos que leía y se levantó de la silla.

—Tranquilo —dijo Rebus al tiempo que Siobhan le enseñaba la identificación—. Necesitamos escuchar las cintas del interrogatorio de Bell.

El agente asintió, abrió una puerta y les hizo pasar a un cuartucho sin ventanas con una mesa y unas sillas destartaladas. En la pared había un calendario torcido del año anterior que promovía los méritos de un comercio local. Había un magnetófono encima de un archivador. El agente lo cogió, lo puso en la mesa y lo enchufó. Después abrió el archivador y sacó una cinta guardada en una funda de plástico.

—Esta es la primera de seis —dijo—. Tendrán que firmar.

Siobhan cumplió el requisito.

—¿No tienen ceniceros? —preguntó Rebus.

—No, señor. Está prohibido fumar.

—No le he preguntado eso.

—Sí, señor —dijo el agente que procuraba no mirar los guantes de Rebus.

—¿Tienen un hervidor eléctrico?

—No, señor. —El agente hizo una pausa—. Los vecinos nos traen a veces un termo de café o un trozo de pastel.

—¿Cabe la posibilidad de que lo hagan en diez minutos?

—Yo creo que no.

—Pues vaya a ver si nos consigue unos cafés y redactaré un informe positivo.

El agente estaba indeciso.

—No puedo salir de la comisaría.

—Protegeremos el fuerte en su ausencia, hijo —dijo Rebus quitándose la chaqueta y colgándola del respaldo de una silla—. Yo lo tomo con leche —añadió.

—Y yo también; sin azúcar —dijo Siobhan.

El agente se quedó un instante mirando cómo se instalaban lo mejor que podían, y a continuación salió, cerrando la puerta.

Rebus y Siobhan se miraron con sonrisa de complicidad. Siobhan tenía las anotaciones sobre James Bell y Rebus comenzó a repasarlas mientras ella sacaba la cinta y la introducía en el magnetófono.

Tenía dieciocho años, era hijo del diputado del Parlamento escocés Jack Bell y de su esposa Felicity, que trabajaba en la administración del teatro Traverse. Vivían en Barnton. James pensaba estudiar políticas y económicas en la universidad. Era un «alumno capaz», según el informe del colegio: «James es reservado y no siempre sociable, pero sabe ser encantador». Y prefería el ajedrez a los deportes.

—Probablemente inmune al proselitismo de las FMC —musitó Rebus.

Minutos después escuchaban la voz de James Bell.

Los interrogadores se identificaron: inspector Hogan y agente Hood. Muy astuto implicar a Grant Hood. Como jefe de prensa del caso, necesitaba conocer la versión del superviviente. Le procuraría bocados para los periodistas que podría intercambiar por favores. Convenía tener a la prensa de tu lado y al mismo tiempo, a raya. Y para alejarla de James Bell la harían pasar por Grant Hood.

La voz de Bobby Hogan mencionó la fecha y la hora, lunes por la tarde, y el lugar del interrogatorio: Urgencias del Royal Infirmary. Bell estaba herido en el hombro izquierdo. Era una herida limpia con entrada y salida sin tocar el hueso; la bala había ido a alojarse en la pared.

—¿Puedes hablar, James?

—Creo que sí... pero me duele mucho.

—Claro, no lo dudo. A efectos de la grabación eres James Elliot Bell, ¿correcto?

—Sí.

—¿Elliot? —preguntó Siobhan.

—Es el apellido de soltera de la madre —contestó Rebus consultando las notas.

No había mucho ruido de fondo; debía de ser una habitación privada del hospital. Se oyó carraspear a Grant Hood y el chirrido de una silla; probablemente porque Hood, micrófono en mano, la arrimaba a la cama lo más posible. Hogan y el muchacho se alternaban el micrófono, no siempre a tiempo, de forma que a veces una de las voces sonaba lejana.

—Jamie, ¿puedes contarnos qué sucedió?

—Me llamo James, por favor. ¿Pueden darme agua?

Ruido del micrófono rozando las sábanas y de agua vertiéndose en un vaso.

—Gracias.

Una pausa hasta que dejaron el vaso en la mesilla. Rebus se acordó de su torpeza en el hospital al dejar caer el vaso que Siobhan había recogido al vuelo. El lunes por la noche, igual que James Bell, él también estaba hospitalizado.

—Estábamos en el descanso de mediodía. Tenemos veinte minutos y estábamos en la sala común.

—¿Era allí donde solías ir?

—Sí, mejor que afuera.

—Pero no hacía mal día...

—Yo prefiero quedarme dentro. ¿Cree que podré tocar la guitarra cuando salga de aquí?

—No lo sé —dijo Hogan—. ¿Podías tocarla antes?

—Ha estropeado el chiste a un paciente. Debería darle vergüenza.

—Lo siento, James. Bien, ¿cuántos erais en la sala?

—Tres. Tony Jarvies, Derek Renshaw y yo.

—¿Y qué hacíais?

—Escuchábamos música... y creo que Jarvies hacía unos deberes y Renshaw leía el periódico.

—¿Así os llamabais entre vosotros? ¿Por los apellidos?

—Casi siempre.

—¿Erais amigos los tres?

—Amigos, amigos, no.

—Pero pasabais muchos ratos juntos en esa sala.

—La sala la usan más de doce alumnos. —Pausa—. ¿Trata de preguntarme si fue a por nosotros deliberadamente?

—Es algo que consideramos.

—¿Por qué?

—Porque era el momento del recreo y había muchos chicos fuera...

—¿Y sin embargo entró en el colegio y luego a la sala común antes de empezar a disparar?

—Serías un buen policía, James.

—No tengo ningún interés.

—¿Conocías al asesino?

—Sí.

—¿Sabías quién era?

—Sí, Lee Herdman. Muchos le conocíamos. Algunos habíamos ido a cursillos de esquí acuático con él. Era un tío interesante.

—¿Interesante?

—Por su pasado. A fin de cuentas estaba entrenado para matar.

—¿Eso te dijo él?

—Sí, que había estado en las Fuerzas Especiales.

—¿Conocía a Anthony y a Derek?

—Es muy posible.

—A ti sí que te conocía.

—Habíamos coincidido socialmente.

—En ese caso, tal vez te preguntes lo mismo que nosotros.

—¿Se refiere a por qué lo hizo?

—Sí.

—He oído que las personas que han tenido un pasado así muchas veces no se adaptan a la sociedad, ¿no es cierto? Algo les empuja hasta el precipicio.

—¿Tienes idea de qué fue lo que empujó a Lee Herdman?

—No.

Se hizo un largo silencio seguido del roce del micrófono en las sábanas y se oyó un murmullo, como si los dos policías intercambiaran impresiones. Luego sonó la voz de Hogan:

—Bien, James, cuéntanos... Estabais en la sala...

—Yo acababa de poner un cedé. Los tres teníamos gustos musicales distintos. Al abrirse la puerta creo que ni me molesté en volverme a mirar, oí una explosión tremenda y Jarvies cayó al suelo. Yo estaba en cuclillas delante del equipo de música, me incorporé y, al volverme, vi aquel pistolón. Quiero decir, no estoy diciendo que fuera enorme, pero me lo pareció al ver que apuntaba a Renshaw... Detrás del arma había una persona, pero en realidad no la veía...

—¿Por el humo?

—No... no recuerdo haber visto humo. No podía dejar de mirar al cañón... Estaba paralizado. Oí la segunda explosión y Renshaw se desmoronó como un muñeco y quedó hecho un ovillo en el suelo.

Rebus se percató de que acababa de cerrar los ojos. No era la primera vez que imaginaba la escena.

—A continuación me apuntó a mí.

—¿Y entonces viste quién era?

—Sí, supongo que sí.

—¿Dijiste algo?

—No lo sé... tal vez abriera la boca para decir algo. Creo que debí de hacer algún movimiento, porque cuando sentí el tiro... bueno, a mí no me mató, ya ven. Fue como un empujón muy fuerte que me tiró hacia atrás.

—¿Y él no había dicho nada hasta ese momento?

—Ni palabra. Pero tenga en cuenta que los oídos me silbaban.

—No me extraña, en una sala pequeña como esa. ¿Ya oyes bien?

—Todavía siento un zumbido, pero se me pasará.

—¿Así que él no dijo nada?

—Yo no le oí decir nada. Estaba en el suelo, esperando a que me matara. Y en ese momento sonó la cuarta detonación y por un segundo... creí que era mi tiro de gracia; pero al oír que un cuerpo se desplomaba, me di cuenta...

—¿Y qué hiciste?

—Abrí los ojos. Estaba en el suelo. Podía verle a través de las patas de la silla. Todavía empuñaba el arma. Comencé a levantarme; no sentía el hombro, aunque sabía que sangraba, pero no podía apartar la vista del arma. Ya sé que es absurdo, pero no hacía más que pensar en una de esas películas de terror, ¿me entiende?

La voz de Hood:

—En las que parece que el malo ha muerto...

—Y resucita; eso es. Y en ese momento vi que había gente en la puerta; me imagino que serían profesores. Debieron de quedarse horrorizados.

—¿Y tú cómo estás, James? ¿Qué tal de ánimo?

—Si le digo la verdad, aún no he asimilado el golpe. Perdón por el juego de palabras. Nos han ofrecido apoyo psicológico, supongo que eso ayudará.

—Has tenido una experiencia terrible.

—¿Verdad que sí? Algo para contar a mis nietos, supongo.

—Con qué frialdad habla —comentó Siobhan.

Rebus asintió.

—Te agradecemos mucho que hayas hablado con nosotros. ¿Te parece bien que te dejemos un bloc y un bolígrafo? Seguramente volverás a evocar la escena una y otra vez, y eso es positivo, es el modo de superarlo. Por eso quizá recuerdes algo que te interese anotar. Escribir los detalles es otra manera de superar la experiencia.

—Sí, lo entiendo.

—Y queremos hablar contigo otra vez.

La voz de Hood:

—Los periodistas también querrán. Tú verás si quieres hacer declaraciones, pero si prefieres yo puedo hacer de intermediario.

—No hablaré con nadie hasta dentro de un día o dos; pero no se preocupe, sé perfectamente cómo son los periodistas.

—Bien, gracias de nuevo, James. Creo que tus padres están esperando fuera.

—Oiga, estoy muy cansado. ¿No podrían decirles que me he dormido?

Era el final de la cinta. Siobhan aguardó unos segundos y apagó el magnetófono.

—Final del primer interrogatorio. ¿Quieres escuchar otra? —preguntó señalando el archivador, pero Rebus negó con la cabeza.

—De momento no, pero me gustaría hablar con el chico —dijo—. Ha dicho que conocía a Herdman, y eso tiene su importancia.

—También ha dicho que no sabe por qué Herdman lo hizo.

—En cualquier caso...

—Estaba muy sereno.

—Tal vez por la impresión. Como dice Hood, tarda tiempo en superarse.

Siobhan lo miró pensativa.

—¿Por qué crees que no querría ver a sus padres?

—¿Has olvidado quién es su padre?

—Ya, pero de todos modos... Cuando te sucede una cosa así, tengas la edad que tengas, quieres cariño.

—¿A ti te pasa eso? —replicó Rebus mirándola.

—A la mayoría de la gente... me refiero a la mayoría de la gente normal.

Llamaron a la puerta. Se entreabrió y el agente asomó la cabeza.

—No he podido conseguir los cafés —dijo.

—Ya hemos terminado. Gracias, de todos modos.

Entregaron la cinta al policía para que la guardara y salieron, deslumbrados por la luz del día.

—James no nos ha aclarado mucho, ¿verdad? —dijo Siobhan.

—No —contestó Rebus que repasaba mentalmente la conversación con la esperanza de encontrar algo útil.

El único destello era que conocía a Herdman. ¿Y qué? Mucha gente conocía a Lee Herdman.

—¿Vamos a la calle principal a ver si encontramos un café?

—Yo sé dónde podemos tomar uno —dijo Rebus.

—¿Dónde?

—En el mismo sitio que ayer.

Allan Renshaw no se había afeitado desde la víspera. Estaba solo en casa. Había mandado a Kate a que se fuera a ver a unos amigos.

—No le conviene estar aquí encerrada conmigo —dijo mientras les hacía pasar a la cocina.

El salón estaba igual. Las fotos seguían esperando a que alguien las mirase, las ordenase o las volviera a guardar en las cajas. Rebus vio más cartas de pésame encima de la repisa de la chimenea. Renshaw cogió un mando a distancia del brazo del sofá y apagó el televisor. Un vídeo casero de la familia de vacaciones. Rebus decidió no hacer comentarios. Renshaw tenía el pelo alborotado y Rebus se preguntó si habría dormido vestido. Renshaw se sentó desmadejado en una de las sillas de la cocina y dejó que Siobhan se ocupara del hervidor. Boecio estaba tumbado en la encimera, pero cuando fue a acariciarlo, el gato saltó al suelo y cruzó corriendo el cuarto de estar.

Rebus se sentó enfrente de su primo.

—Estaba preocupado por ti —dijo.

—No me despedí la otra noche, cuando os dejé con Kate.

—No tienes por qué disculparte. ¿Qué tal duermes?

—Duermo demasiado —contestó con una sonrisa desfallecida—. Supongo que es el modo de evadirme.

—¿Cómo van los preparativos del entierro?

—Todavía no nos entregan el cadáver.

—Lo harán pronto, Allan. Ya verás como todo terminará pronto.

Renshaw alzó la vista hacia él con los ojos enrojecidos.

—¿Lo prometes, John? —preguntó, y aguardó a que Rebus asintiera—. Entonces ¿por qué no dejan de llamar los periodistas? Es como si creyeran que esto no va a terminar enseguida.

—Todo lo contrario. Por eso te molestan. Ya verás cómo dentro de un par de días tienen otra cosa en qué pensar. ¿Hay alguno en concreto a quien deseas que espante?

—Hay uno que habló con Kate. La dejó muy triste.

—¿Cómo se llama?

—Kate lo apuntó no sé dónde... —contestó Renshaw mirando en derredor como si el nombre estuviera a mano.

—¿Junto al teléfono? —aventuró Rebus, se levantó y se fue al pasillo.

El teléfono estaba en una repisa junto a la puerta de entrada. Lo descolgó y, al no oír ningún sonido, vio que estaba desconectado. Kate. Al lado había un bolígrafo, pero ningún papel. Miró en la escalera y vio un cuaderno. Había nombres en la primera página.

Volvió a la cocina y puso el cuaderno en la mesa.

—Steve Holly —dijo.

—Ese es —asintió Renshaw.

Siobhan, que estaba sirviendo el té, se detuvo y miró a Rebus. Conocían a Holly. Trabajaba para un periódico sensacionalista de Glasgow y ya había sido muy molesto en otras ocasiones.

—Hablaré con él —dijo Rebus mientras sacaba del bolsillo el analgésico.

Siobhan colocó las tazas y se sentó.

—¿Te encuentras bien? —preguntó.

—Sí —mintió Rebus.

—John, ¿qué te ha pasado en las manos? —preguntó Renshaw, pero Rebus meneó la cabeza.

—Nada, Allan. ¿Qué tal está el té?

—Bien —contestó su primo sin probarlo, y Rebus le miró pensando en la grabación, en la serenidad de James Bell.

—Derek no sufrió —dijo de forma pausada—. Seguramente ni se enteró.

Renshaw asintió.

—Si no me crees... pronto podrás preguntárselo a James Bell. Él te lo confirmará.

—Creo que no lo conozco —replicó Renshaw negando con la cabeza.

—¿A James Bell?

—Derek tenía muchos amigos, pero creo que James no lo era.

—Pero de Anthony Jarvies sí que era amigo, ¿verdad? —preguntó Siobhan.

—Ah, de Tony sí, venía mucho por casa. Se ayudaban con los deberes y escuchaban música.

—¿Qué clase de música? —preguntó Rebus.

—Jazz sobre todo. Miles Davis, Coleman no-sé-cuántos... No recuerdo los nombres. Derek decía que iba a comprarse un saxo tenor para aprender a tocarlo en la universidad.

—Kate dijo que Derek no conocía al hombre que lo mató. ¿Tú lo conocías, Allan?

—Le había visto en el pub. Era algo... solitario no es la palabra, pero no estaba siempre con alguien. A veces desaparecía durante varios días. Iba a hacer montañismo o senderismo. O a lo mejor se iba en esa lancha que tenía.

—Allan... te voy a pedir una cosa, pero si no te parece bien me lo dices.

Renshaw le miró.

—¿Qué?

—¿Podría echar un vistazo al cuarto de Derek?

Renshaw les dirigió al primer piso y les abrió la puerta, pero se quedó fuera.

—No he tenido tiempo de... —dijo a modo de excusa.

Era un cuarto pequeño. Tenía las cortinas echadas.

—¿Te importa que descorra las cortinas?

Renshaw se encogió de hombros, sin intención de cruzar el umbral. Rebus descorrió las cortinas y vio que la ventana daba al jardín trasero. El trapo de cocina seguía tendido y la cortacésped en el mismo sitio. En las paredes había varias fotos en blanco y negro de intérpretes de jazz malcarados. También había páginas de revistas arrancadas con retratos de mujeres muy elegantes. Había estanterías con libros, un aparato de música, un televisor de catorce pulgadas con vídeo. Encima de una mesa había un portátil conectado a una impresora. Apenas quedaba sitio para la estrecha cama. Rebus miró el lomo de algunos compactos: Ornette Coleman, Coltrane, John Zorn, Archie Shepp, Thelonious Monk. Había también música clásica. Un chándal, pantalones cortos y una raqueta de tenis en su funda ocupaban una silla.

—¿A Derek le gustaba el deporte? —preguntó Rebus.

—Corría mucho y hacía cross.

—¿Y con quién jugaba al tenis?

—Con Tony y con otros amigos. En eso no salió a mí, desde luego.

Renshaw bajó los ojos hacia su panza y Siobhan le dirigió la sonrisa que suponía que él esperaba. Sabía que no había nada natural en él. Hablaba desde la única parte de su mente que no estaba invadida por el horror.

—También le gustaba disfrazarse —añadió Rebus cogiendo una foto enmarcada en la que se veía a Derek con Anthony Jarvies en uniforme de las FMC.

Renshaw la miró desde la seguridad de la puerta.

—Derek solo se apuntó por Tony —dijo, y Rebus recordó que el director del instituto había dicho lo mismo.

—¿Iban alguna vez juntos a navegar? —preguntó Siobhan.

—Puede ser. Kate probó con el esquí acuático —añadió Renshaw con voz apagada, abriendo un poco más los ojos—. Fue en la lancha de ese malnacido de Herdman... con otros amigos. Si me lo encuentro...

—Está muerto, Allan —dijo Rebus alargando la mano para tocarle en el brazo. Entonces le vino el recuerdo. Jugando a fútbol en el parque de Bowhill; el pequeño Allan se había rasguñado la rodilla y él le puso una hoja en la rodilla pelada...

«Tenía una familia, pero dejé que se fueran». Separado, su hija en Inglaterra, y su hermano Dios sabía dónde.

—Pues cuando lo entierren —añadió Renshaw—, pienso desenterrarlo y volverlo a matar.

Rebus le dio un apretón en el brazo y vio que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Vamos abajo —dijo llevándole hacia la escalera.

Cabían justo los dos en los escalones, uno al lado del otro: dos adultos sosteniéndose.

—Allan —dijo Rebus—, ¿podría llevarme el portátil de Derek?

—El portátil, ¿para qué? No sé, John.

—Solo un par de días —añadió Rebus—. Te lo devolveré.

Renshaw parecía desconcertado por la petición, como si le costara entenderla.

—Bueno... sí, si crees que...

—Gracias, Allan —dijo Rebus volviendo la cabeza hacia Siobhan, que volvió a subir la escalera.

Rebus llevó a Renshaw al cuarto de estar y lo sentó en el sofá. Su primo cogió un puñado de fotos.

—Tengo que ordenar estas —dijo.

—¿Y tu trabajo? ¿Cuántos días tienes de baja?

—Me dijeron que esperara hasta después del entierro. Esta época del año es muy tranquila.

—A lo mejor paso a verte. Ya va siendo hora de que cambie mi viejo coche —dijo Rebus.

—Te trataré bien, ya lo verás —contestó Renshaw mirándole.

Siobhan apareció en la puerta con el portátil bajo el brazo y los cables colgando.

—Tenemos que irnos, Allan —dijo Rebus—. Volveré otro día.

—Cuando quieras, John —contestó Renshaw haciendo un esfuerzo por levantarse y tendiéndole la mano, pero de repente se abrazó a Rebus, estrechando sus manos contra su espalda.

Rebus le correspondió, preguntándose si se le notaría tan raro como se sentía. Pero Siobhan había desviado la mirada, concentrada ahora en la punta de sus zapatos, como si considerara enlustrarlos. Camino del coche, Rebus se dio cuenta de que estaba sudando y tenía la camisa pegada al cuerpo.

—¿Hacía calor?

—No mucho —contestó ella—. ¿Aún tienes fiebre?

—Por lo visto —dijo él mientras se enjugaba la frente con el reverso del guante.

—¿Para qué quieres el portátil?

—Para nada en particular —replicó Rebus mirándola—. Quizá para ver si hay algo sobre el accidente. Cómo se sentía Derek y si alguien le había culpado.

—¿Aparte de los padres, quieres decir?

Rebus asintió.

—Tal vez. No lo sé —añadió con un suspiro.

—¿Qué?

—Solo quiero saber cómo era —contestó pensando en Allan, que quizás en aquellos momentos estaba de nuevo mirando el viejo vídeo para recuperar a su hijo en color con sonido y movimiento. Un sucedáneo atrapado en la reducida pantalla del televisor.

Siobhan asintió y se inclinó para dejar el portátil en el asiento trasero del coche.

—Lo entiendo —dijo.

Pero Rebus no estaba tan seguro de que lo entendiera.

—¿Tienes relación con tus padres? —preguntó.

—Les llamo cada dos semanas.

Rebus sabía que vivían en el sur. En su caso, su madre había muerto joven, y a los treinta y tantos perdió también a su padre.

—¿No echas de menos a veces un hermano o una hermana? —preguntó.

—Sí, puede que a veces —replicó ella haciendo una pausa—. A ti te habrá sucedido también, ¿no?

—¿Por qué lo dices?

—No lo sé exactamente —dijo ella pensando—. Parece que en algún momento decidiste que la familia era un peligro, algo que te podía debilitar.

—Supongo que ya te has dado cuenta de que nunca he sido muy dado a besos y abrazos.

—Tal vez, pero acabas de abrazar a tu primo.

Rebus se sentó en el asiento del copiloto y cerró la portezuela. El analgésico le envolvía el cerebro en burbujas.

—Arranca —dijo.

—¿Adónde vamos? —preguntó ella metiendo la llave de contacto.

Rebus se acordó de algo.

—Saca el móvil y llama a la caseta del colegio.

Siobhan marcó el número y le pasó el teléfono. Cuando contestaron, Rebus dijo que avisaran a Grant Hood.

—Grant, soy John Rebus. Oye, necesito el número de Steve Holly.

—¿Por algún motivo concreto?

—Está acosando a la familia de una de las víctimas. Quería darle un aviso.

Hood carraspeó. Rebus recordó el mismo sonido en la grabación y se preguntó si se estaba convirtiendo en una costumbre. Rebus repitió el número para que Siobhan fuera apuntándolo.

—Un momento, John. El jefe quiere hablar contigo —dijo Hood refiriéndose a Hogan.

—Bobby, ¿hay algo nuevo sobre las cuentas? —preguntó Rebus.

—¿Cómo?

—Las cuentas bancarias. Si hay algún ingreso importante. ¿Te recuerdo de quién?

—Ahora olvídate de eso —replicó Hogan circunspecto.

—¿Qué sucede? —inquirió Rebus.

—Parece ser que lord Jarvies metió en la cárcel a un viejo amigo de Herdman.

—¿Ah, sí? ¿Cuándo?

—El año pasado. Es un tal Robert Niles, ¿te suena de algo?

—¿Robert Niles? —repitió Rebus frunciendo el ceño. Siobhan asintió e hizo un gesto de cortar el cuello con la mano—. ¿El que degolló a su mujer?

—El mismo —contestó Hogan—. Recurrió el veredicto de culpabilidad y la sentencia de cadena perpetua del juez Jarvies. Bien, pues acabo de saber que Herdman visitó regularmente a Niles desde entonces.

—¿Eso fue hace... nueve o diez meses?

—Le encerraron en Barlinnie, pero se volvió loco, atacó a otro recluso y luego se intentó cortar las venas.

—¿Y dónde está ahora?

—En el hospital psiquiátrico de Carbrae.

—¿Crees que Herdman fue a por el hijo del juez? —preguntó Rebus pensativo.

—Cabe la posibilidad; venganza, ya sabes.

Sí, venganza. La palabra planeaba ya sobre los dos jóvenes muertos.

—Voy a ir a verle —añadió Hogan.

—¿A Niles? ¿Se puede hablar con él?

—Parece que sí. ¿Quieres acompañarme?

—Bobby, es un honor. ¿Por qué yo?

—Porque Niles es un ex SAS, John. Estuvo en el regimiento en la misma época que Herdman. Si alguien sabe lo que pensaba Herdman, es él.

—¿Vamos a visitar a un asesino encerrado en un manicomio? Qué suerte.

—John, la oferta está en pie.

—¿Cuándo vamos?

—He pensado en mañana a primera hora. Son dos horas en coche.

—Me apunto.

—Así me gusta. Quién sabe, a lo mejor tú le sacas algo... empatía y esas cosas.

—¿Por qué?

—Hombre, creo que al verte las manos se sentirá identificado con otro sufridor.

Rebus oyó cómo Hogan reía entre dientes y le pasó el teléfono a Siobhan, que colgó.

—Lo he oído casi todo —dijo, e inmediatamente el teléfono volvió a sonar.

Era Gill Templer.

—¿Por qué Rebus no contesta nunca el teléfono? —bramó Templer.

—Creo que lo ha desconectado. No puede pulsar las teclas —respondió Siobhan mirándole.

—Tiene gracia; a mí siempre me ha parecido que es lo que mejor se le da.

Siobhan sonrió, «especialmente las suyas», pensó.

—¿Quiere hablar con él? —preguntó.

—Quiero que volváis aquí los dos inmediatamente y sin excusas —dijo Templer.

—¿Qué ha sucedido?

—Tenéis problemas. Eso es lo que ha sucedido. Y de los gordos... —dijo Templer sin añadir nada más, aunque Siobhan se lo imaginó.

—¿La prensa?

—Bingo. Alguien se ha enterado del caso, pero con algunos elementos accesorios que quiero que John me aclare.

—¿Qué clase de elementos accesorios?

—Le vieron salir del pub en compañía de Martin Fairstone e irse con él a su casa. Y le vieron cuando salía de allí bastante más tarde, precisamente poco antes de que se declarara el incendio. El periódico que lo publica está dispuesto a continuar la historia.

—Vamos para allá.

—Aquí os espero.

Colgaron y Siobhan arrancó.

—Tenemos que volver a St Leonard’s —dijo, y le explicó a Rebus la conversación.

—¿Qué periódico es? —se limitó a preguntar al cabo de un largo silencio.

—No se lo pregunté.

—Vuelve a llamarla.

Siobhan le miró, pero marcó el número.

—Dame el teléfono, no vayamos a tener un accidente —dijo Rebus imperioso.

Cogió el móvil, se lo acercó al oído y dijo que le pusieran con la jefa suprema.

—Soy John —dijo cuando Templer contestó a la llamada—. ¿Quién firma el artículo?

—Ese tal Steve Holly, un reportero más tozudo que un perro de presa.

Pulsuz fraqment bitdi.

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