Kitabı oxu: «Cómo ser feliz a martillazos»

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© Iñaki Domínguez, 2018

© De la presente edición: Editorial Melusina, s.l.

www.melusina.com

Primera edición: noviembre de 2018

Primera edición digital: agosto de 2020

Reservados todos los derechos de esta edición.

Corrección de galeradas: Albert Fuentes

eisbn: 978-84-18403-17-0

Contenido

1. Mi filosofía de la acción

2. Precedentes clásicos de la autoayuda: los estoicos

3. El coach como sofista: dos entidades paralelas

4. Autoayuda: narcisismo recalcitrante e introversión

5. ¿Cómo escapar de un círculo vicioso? Superar el falso amor narcisista

6. ¿Qué son las ideas? ¿En qué medida nos condicionan nuestras ideas?

7. El racionalismo como ideología dominante

8. Una acción dirigida en el mundo

9. Relación entre el miedo a la acción y el dolor

10. Dos formas de conocimiento: intelectual y experiencial

11. La acción metamorfoseada en trabajo

12. Conclusiones

¿Por qué tan duro? —dijo cierta vez el carbón al diamante—;

¿acaso no somos parientes cercanos?

«Habla el martillo»

Friedrich Nietzsche

1. Mi filosofía de la acción

La autoayuda es un concepto en sí mismo imposible. La ayuda real no puede nunca ser autoabastecida. Que nadie se engañe, somos animales sociales y los bienes de los que queremos disfrutar, de algún modo, han de ser provistos desde el exterior. Auto-ayudarse es como obtener satisfacción afectivo-sexual a través de la masturbación. No es la mente consciente la que debe salvarnos de nosotros mismos, sino la acción que transforma el mundo y que nos permite, a su vez, gozar de él. No es ayudándonos a nosotros mismos como podemos revertir una situación difícil, sino transformando el mundo.

Este no es un libro de autoayuda sino, como reza el título, de antiayuda. La autoayuda que encontramos por doquier —en librerías, en entrevistas televisadas y en carteles publicitarios omnipresentes— parece sostenerse en un enfoque cognitivista que hace de los pensamientos la fuente del cambio y la mejora. Mi libro, sin embargo, aboga por la acción, su opuesto natural. De ahí que represente la antítesis de la autoayuda: busca la transformación del yo a través del no-pensamiento, de la impulsividad dirigida hacia el mundo (y en el mundo). Solo anulando el recalcitrante, narcisista y obsesivo pensamiento autorreferencial, y apostando por modificar la realidad, podremos, en el proceso, transformarnos a nosotros mismos.

La vida cuenta con inconvenientes y con los años parece que la cosa llega incluso a empeorar. Como dice el periodista Sergio C. Fanjul: «La juventud es esa droga cuya resaca es el resto de la existencia». Sin embargo, la juventud cuenta también con innumerables discordias, inseguridades y cuestionamientos, aspectos que, en muchos casos, olvidamos con los años. La memoria humana es selectiva y reprime muchos recuerdos desagradables. La verdad es que, si uno no sufre y anda siempre contento, existe la posibilidad de que tenga alguna tara. Solo los locos tienen una fe inquebrantable en sí mismos y en sus delirios. Cuando uno sufre, es buena indicación de que uno vive, de que se halla en la senda correcta: la senda del aprendizaje. Cada fase de desarrollo individual es como un embudo que parecemos incapaces de atravesar. Una vez se lleva a cabo la transición con valor y coraje integramos aquello que considerábamos imposible de superar como parte cotidiana de nuestras vidas. En cada una de estas fases sufrimos, sentimos angustia y dolor. La existencia es una interminable carrera de obstáculos, de superación de malos tragos y termina, en el caso de haber sido vivida con plenitud, con la última transición: la muerte.

A medida que maduramos, interpretamos la realidad de nuevas maneras, nos hacemos más tolerantes, menos caprichosos, y los problemas que nos aquejaban en nuestra juventud se disipan; surgen otros nuevos, eso sí, quizás más relevantes y trágicos.

La felicidad, como tal, no existe. Parte esencial del proceso de maduración es esa: aceptar que la felicidad es, en realidad, una mera ilusión. Y que cuando hablamos de salud mental, de bienestar, nos referimos esencialmente a saber madurar, a saber aceptar, pero también a saber desempeñar. Madurar es el remedio a toda neurosis, ese infierno psicológico que devora a tantas personas en los tiempos que corren.

La supuesta felicidad sería un estado de quietud, cuya esencia estaría en total contradicción con el devenir que subyace a la vida; un devenir que es la vida misma. Si acaso, uno puede alcanzar cierta comodidad con la que se encuentre relativamente satisfecho. Pero la felicidad, en mayúsculas, es mejor olvidarla. Decía mi profesor de Metafísica en la universidad que mientras uno vive, debe habituarse a experimentar siempre cierta incomodidad, un malestar perpetuo, por pequeño que sea. Parece que es ley de vida sentirse, en parte, desajustado con respecto al entorno; lo cual no podría ser de otra manera: aquel que está por completo adaptado al cosmos es, por necesidad, un enajenado. Existen transiciones felices, momentos y épocas de bonanza emocional, pero no una felicidad como tal.

Esta incomodidad constituye, en parte, el motor de la vida y de la historia, y no solo eso, sino también del desarrollo personal. Anular dicha inquietud sería un suicidio, o una narcotización y embotamiento de la conciencia, propio de especímenes vegetales más que de humanos.

Es en los momentos en los que uno logra sintonizar su vida personal y material con sus ideas y gustos, cuando cierta expansión anímica —siempre asociada a una determinada actividad, y no a un pensamiento— se adueña de nosotros. Es de dicha realidad material de donde emana el bienestar verdadero, junto a ideas y sentimientos agradables. Por muchos pensamientos «positivos» que tengas, si tu situación vital es mala, tu conciencia reflejará ese malestar. La auto-ayuda tradicional, esa floreciente literatura que domina las listas de ventas, tiene como función hacer del pensamiento la herramienta decisiva a la hora de lograr la «felicidad». Sin embargo, la verdad es que todos perdemos en la vida, en una medida u otra, y el pensamiento poco puede hacer al respecto. El común de los mortales necesita siempre de los demás para sentirse verdaderamente satisfecho, por mucho que digan algunos psicólogos.

A pesar de no creer en la autoayuda convencional, pensé, llegado el momento, que debía escribir un libro de este género, aunque desde una posición inversa a la dominante. ¿Quién sabe? A lo mejor así me ayudaba a mí mismo. Y quise lograr esto mismo precisamente a través de una acción: escribiendo un texto que pueda servir a otros para comprender su propia situación vital. En ese sentido, el mecanismo que aquí promulgo seguiría funcionando, sin contradicción lógica. No me ayudo a mí mismo desde mí mismo, sino desde mi acción en el mundo.

Dicho esto, este libro no es realmente un libro de autoayuda sino más bien, como reza el subtítulo, un manual de antiayuda. Para empezar, hay que tener muy claro que no necesitamos ayuda, que lo necesario es sincronizar nuestros intereses con los del devenir objetivo (externo) y sentir, así, un flujo de energía revitalizador que, en el fondo, somos nosotros mismos, y que es antagónico al mundo fijo y elaborado de las ideas. No se trataría de adaptarse al mundo exterior, sino de crear una sintonía entre nuestra vocación y las dinámicas del mundo, encontrar ese elusivo punto de enlace entre el sujeto y el objeto, entre universo interior y exterior, que solo la acción puede proporcionar.

Mi libro es un manual de antiayuda también en otro sentido. Los libros de autoayuda muchas veces nos dicen lo que queremos oír y es, precisamente, a través de la adulación que nos vemos debilitados, puesto que no afrontamos nuestras carencias. Uno no crece al alimentar sus propias ficciones sino al enfrentar ciertas verdades. Como dijo Sigmund Freud, un sabio cuya influencia se hará notar en este libro: «Las multitudes no han conocido jamás la sed de verdad. Demandan ilusiones, a las cuales no pueden renunciar. Dan siempre preferencia a lo irreal sobre lo real, y lo irreal actúa sobre ellas con la misma fuerza que lo real».1 Sería conveniente, pues, a guisa de apoyo, dotar a las personas, no de ficciones, sino de altas dosis de realidad.

1. Sigmund Freud, Psicología de las masas y análisis del yo, Santiago Rueda Editor, 1953 (1921), p. 19.

2. Precedentes clásicos de la autoayuda: los estoicos

Ya que hablamos de autoayuda, no está de más hacer una pequeña relación histórica del fenómeno, cuyas raíces encontramos en los primeros albores de la llamada cultura occidental.

Para empezar, debemos decir que la obra maestra de la autoayuda es la Ética a Nicómaco (siglo iv a. de C.), del gran Aristóteles de Estagira. La ética es la disciplina que analiza las buenas y malas conductas con relación a la moral. La moral es, a su vez, una estructura simbólico-afectiva que regula y determina las relaciones sociales entre personas para que en una determinada comunidad reine el orden y el concierto. Cuando Aristóteles afirmaba que el hombre es «un animal político», quería decir que es un animal de la polis, de la comunidad, es decir, un animal social, gregario. Para los griegos de la época la polis lo era todo. Al margen de la misma, uno estaba perdido. De ahí que uno de los más terribles castigos consistiera en ser desterrado. El ostracismo implicaba una cierta muerte de la identidad, del yo consciente. La identidad individual es, en un altísimo grado, el producto de nuestro entorno. Vernos desconectados del medio es algo extremadamente doloroso, además de fuente de innumerables patologías psicológicas. Es por todo esto que el bienestar entre los griegos estaba asociado a lo social y, por tanto, a lo moral, como columna vertebral de toda sociedad. De acuerdo con este patrón, solo podemos gozar de bienestar cuando nos conducimos moralmente, es decir, cuando estamos adecuadamente adaptados a nuestro hábitat.

En su Ética a Nicómaco, el célebre filósofo ofrece enseñanzas sobre el justo medio, incluyendo una aportación que, a mi parecer, es de lo más interesante: la idea del buen hábito. De acuerdo con ella, todo en la vida es cuestión de hábitos. Si nos esforzamos por conducirnos del mejor modo, a pesar de que al principio nos cueste, tras algo de práctica dichos hábitos pasarán a ser como una segunda naturaleza. Una vez adquirida la costumbre, la realización de actos antes considerados complejos se llevará a cabo de modo inmediato, irreflexivamente. Lo cierto es que el poder del hábito es verdaderamente eficaz. Según el célebre escritor japonés Yukio Mishima, paladín de la acción como medio de vida: «La experiencia nos enseña que ninguna técnica de acción puede resultar efectiva hasta que la práctica reiterada ha logrado inculcarla en las zonas inconscientes de la mente».1

Algunas teorías afirman que el instinto es, en el fondo, tan solo un hábito tan reiterado que se ha convertido, no ya en una segunda naturaleza, sino en esa primera naturaleza que nos condiciona de modo decisivo. Como el perro de Pavlov al que se le condiciona para que salive al oír una campanita, los instintos serían hábitos que, replicados innumerables veces desde las profundidades inmemoriales de la prehistoria humana, determinan gran parte de nuestra vida. Sea o no cierta esta teoría, es evidente que los hábitos son parte ineludible de nuestra identidad, pues sirven para cimentarla; y que la madurez y la existencia adulta —en muchos sentidos, más saludable que la niñez o la juventud—, consiste, básicamente, en adquirir unos hábitos adecuados que nos permitan afrontar nuestra vida cotidiana.

En este sentido, la obra ética de Aristóteles representa una filosofía de la acción. A través de nuestra acción en el mundo moldeamos nuestro carácter en direcciones favorables. No es a través del mero pensamiento que nos sentimos mejor, sino que son nuestras acciones, repetidas de modo constante, las que nos hacen mejores y, por tanto, más felices.

No obstante, es la filosofía estoica, surgida en el decaer de la Antigüedad, la que de veras sirve de predecesora a los tan abundantes libros de autoayuda actuales. La importancia del estoicismo en el mundo antiguo comienza tras las conquistas de Alejandro Magno y la instauración de su reino helenista ecuménico. Gracias a la colonización helena, la ciudad estado o polis perdió su posición, disolviéndose en favor de una forma de organización sociopolítica más amplia y universal. La falta de unas directrices adecuadas de conducta, antes mejor fijadas en la pequeña comunidad de la polis, hizo que las filosofías éticas y prácticas cobrasen un enorme protagonismo. El ciudadano de un imperio más vasto se sentía confuso ante unos nuevos e inabarcables horizontes, que eran la fuente de una ansiedad antes inexistente.

Podemos afirmar que algo similar ocurre a día de hoy. En una sociedad globalizada, en la que los patrones culturales tradicionales, más rígidos y estrechos, pierden su eficacia, las personas se sienten desorientadas y necesitan nuevas directrices que pauten el comportamiento. Es a causa de esa desorientación que los libros de autoayuda son cada vez más demandados. Tanto en el caso del estoicismo tradicional como en el de la autoayuda contemporánea, la lección esencial consiste en aprender a «lidiar favorablemente con el dolor».2 En ambos casos se trata, no de transformar la realidad a través de la acción, sino de aceptar una realidad dolorosa de la mejor manera posible.3

La cultura puede ejercer como sustitutivo del instinto natural, pues impone ciertas normas que han sido somatizadas por todos nosotros: asimiladas tan profundamente que tienen un peso incluso en la fisiología del sujeto social. Por eso hablo más arriba de la moral como una «estructura simbólico-afectiva». Pensemos, por ejemplo, en cuando transgredimos cierta norma moral. En esos casos es posible que sintamos culpa o vergüenza por nuestros propios actos, algo que tiene consecuencias en nuestro organismo: nuestro ritmo cardíaco aumenta, nos sonrojamos o nos sentimos físicamente abatidos. La transgresión moral puede incluso desembocar en efectos físicos más graves como los que retrata Fiódor Dostoyevski en su inmortal obra Crimen y castigo (1866). En cuanto el protagonista de la novela, Raskólnikov, comete un asesinato para poner a prueba su independencia con respecto a la moral dominante, es presa de todo tipo de trastornos físicos y psicológicos que terminan por obligarle a redimir su acto de violencia entregándose a las autoridades para expiar sus pecados en un presidio siberiano.

Dicho esto, vemos que los antiguos vinculaban el bienestar de cada persona a una existencia en armonía con las leyes culturales del entorno social. La adecuación a ese instinto moral era esencial. En este sentido, los mejores pensadores estoicos sabían muy bien que el hombre debía esforzarse, a través de toda una serie de ritos y actividades, para sentirse bien consigo mismo y así conducirse moralmente. Al vivir en una cultura que se extendía más allá de la polis, era importante, por tanto, fijar unas normas de conducta aplicables a todos. Tales imperativos hacían las veces de estrella Polar que había de orientar a los navegantes en un nuevo magma social que trascendía la comunidad local a la que cada cual pertenecía.

Dichos ritos e imperativos eran lo que Foucault llamó —como siempre con un alto grado de pedantería— «tecnologías del yo». No obstante, estas «tecnologías», que bien podríamos llamar «técnicas», son también fundamentales en la actualidad. Por nombrar unas pocas, tenemos el yoga, la meditación, las terapias alternativas o la lectura de libros de autoayuda, entre otras muchas disciplinas. Todas estas técnicas sirven para otorgar al sujeto un centro sobre el cual afianzar una identidad sólida e independiente.

Gracias al estoicismo, uno habrá de aprender a juzgar el valor de las verdaderas desgracias. Al igual que ocurre a día de hoy en el caso de la autoayuda, es necesario interpretar mentalmente aquello que nos acontece. El modo en que algo nos afecte dependerá, principalmente, no de su valor negativo intrínseco, sino de nuestro modo de calibrar la desgracia.4

Las enseñanzas más abyectas de los estoicos acusaban explícitamente a cada cual de los males que le afectaban. Precisamente, eso mismo es lo que fomenta la autoayuda contemporánea. Este último género surge en Estados Unidos, una sociedad en la que el Estado desempeña un papel menor en la vida de las personas y donde la conciencia como elemento constitutivo del individuo ha sido hipertrofiada para ser equiparada al sujeto como un todo. Curiosamente, conciencia y voluntad han sido identificadas en ese país como una y la misma cosa. Como si la voluntad brotase del pensamiento consciente, como si pudiésemos elegir nuestros deseos, como si el carro tirase de los caballos.

La falta de una red de apoyo social en el seno de la sociedad norteamericana ha hecho que la responsabilidad con respecto a los males que afectan a cada cual recaiga sobre el individuo. En el fondo, se invierten las responsabilidades creando una monstruosidad epistemológica según la cual son las ideas las que determinan la realidad, y no a la inversa.

Según muchos pensadores estoicos, «vivir bien y ser felices depende de nosotros no de las cosas exteriores»,5 una idea muy halagüeña pero poco realista. De acuerdo con las enseñanzas de Epicteto, ilustre pensador estoico del primer siglo i d. de C., «nuestro bien y nuestro mal no existe más que en nuestra voluntad» y «dependen de nosotros nuestros juicios y opiniones, nuestros movimientos, nuestros deseos, nuestras inclinaciones y nuestras aversiones: en una palabra, todos nuestros actos».6 Desde los tiempos actuales, ya post-marxistas y post-freudianos, tales aseveraciones nos parecen sencillamente ridículas. Es más, cualquier persona carente por completo de instrucción filosófica sabe bien que lo que Epicteto afirma es un puro embuste. ¿De veras elegimos «nuestros deseos, nuestras inclinaciones y nuestras aversiones»? Si analizamos nuestra vida despierta, veremos que esto es inaceptable. Si así fuera, la vida sería mucho más sencilla y, por cierto, mucho más aburrida. Nuestras inclinaciones, nuestros deseos y, en definitiva, nuestro carácter nos vienen dados. Por otra parte, todo aquello que deseamos tiene múltiples orígenes: biológicos, culturales, anímicos, circunstanciales.

Este discurso burdo, ingenuo y falaz es perpetuado en la actualidad por psicólogos y gurús de la autoayuda por doquier. Este es el caso de Rafael Santandreu, psicólogo cognitivista que ha vendido millones de ejemplares de sus libros. Según dice en un artículo de prensa, «para ser feliz hace falta muy poco, simplemente la comida y la bebida del día»;7 un enfoque muy estoico, como cualquiera puede comprobar. Santandreu es, de acuerdo con el mismo artículo, el «autor de no ficción que más libros vende en España». Este reconocido admirador de Epicteto afirma que todo depende del prisma con que se mire. De hecho, uno de sus libros más conocidos se llama Las gafas de la felicidad (2014). En el programa «Para todos La 2» afirma que hacer deporte es básicamente lo mismo que realizar trabajos forzados en la cuneta de una carretera. Que lo importante no es tanto la actividad en sí, sino la manera en que nuestro cerebro filtra dicha información empírica. Según afirma: «lo que yo me digo es cómo me afecta». Su visión consiste en actuar de conformidad con la realidad. En sus propias palabras: «Los seres humanos podemos disfrutar prácticamente en cualquier circunstancia. ¿Por qué? Porque hay mil oportunidades de disfrutar de la vida, si no te quejas, si no te dices “tendría que estar en esta situación” o “sería mejor la otra”, o “no lo puedo soportar”... Si no te dices eso, y te acomodas a lo que hay, en seguida descubres posibilidades para disfrutar de la vida... Si dispongo de comodidades, las disfrutaré, pero si no dispongo, me olvido. Hay mil cosas maravillosas que hacer».8 Su psicología trata de crear personas con «alta tolerancia a la frustración», algo que, sin duda, tiene bien poco que ver con la felicidad, si entendemos esta como un sentimiento positivo.

Aparte de lo delirante de algunas de sus ideas, tal posicionamiento sirve descaradamente a los intereses de élites que se lucran y nutren de las carencias económicas de otros. Naturalmente, a quien más le interesa una adaptación incondicional a la jerarquía de lo real es a aquel que ocupa un lugar privilegiado en la misma. Se estima que las empresas estadounidenses pierden medio billón de dólares al año a causa de la infelicidad de sus empleados.9 No es de extrañar que el mundo financiero quiera acabar con toda infelicidad, especialmente promoviendo el uso de técnicas cognitivas —meramente mentales— entre sus empleados, y así no verse obligado a realizar grandes cambios económicos o estructurales. Si resulta que «todo está en la mente», nada ha de cambiar en la esfera de lo material.

Curiosamente, las simplonas ideas de Santandreu chocan precisamente con el auge de la literatura de autoayuda. La cosa no es tan simple como decidirnos a contar con un estado de ánimo deseado. Parece que si realmente tanta gente compra libros de autoayuda es que «ni los deseos, ni las inclinaciones, ni nuestras aversiones» son cosa nuestra y que, si algo demuestra el éxito comercial de la auto-ayuda, es que muy felices no somos. La enormidad de las ventas de este tipo de libros sirve a modo de índice de felicidad no reconocido. Una cosa es lo que la gente dice y otra lo que hace. Hablemos de las encuestas realizadas en nuestro país con relación al índice de felicidad nacional. En estos engañosos sondeos, los españoles hablan, desde la crisis, de una situación económica y política lastimosa. Sin embargo, cuando se les pregunta si son felices, dicen que mucho. Estas encuestas, generalmente, no valen nada. Lograr que un español reconozca públicamente que es infeliz o que tiene una vida sexual insatisfactoria es misión imposible, por lo que los datos negativos en referencia a la autoimagen quedarán siempre soterrados.

Pero volvamos de nuevo a los estoicos. Epicteto hace depender de cada cual ese índice de felicidad, pase lo que pase, sean las circunstancias las que sean: «Ninguna de las desgracias presagiadas por ese [mal] augurio me atañe; si acaso, a este mi débil cuerpo o a mi menguada hacienda; tal vez a mi reputación o a mi mujer o a mis hijos, que para mí no hay, si me lo propongo, sino presagios felices, ya que, suceda lo que suceda, de mí depende sacar en todo el mayor bien y provecho».10

La filosofía de este pensador parece abogar por una independencia de criterio en relación con el mundo exterior. Defiende la responsabilidad de cada cual a la hora de guiarse en el mundo. Algo loable, solo que su pasión por la independencia parece excesiva, y poco realista. Los eventos que acontecen en el mundo nos afectan, y mucho. Y, la verdad, eso es inevitable.

Esta independencia con respecto a las desgracias o avatares que defiende Epicteto es lo que hoy en día ha venido a llamarse resiliencia: una habilidad para recomponernos en situaciones adversas. La resiliencia es un concepto absurdo por varias razones. La primera de ellas es que los seres humanos, generalmente, al afrontar situaciones verdaderamente adversas, nos recomponemos de modo automático, es decir, que contamos con una habilidad congénita para adaptarnos a esas circunstancias y, cuando algo de veras nos hace daño, de modo inmediato e instintivamente —no a través de un esfuerzo consciente— hallamos la salida más ventajosa. Es decir, tenemos una capacidad extraordinaria para adaptarnos a todo tipo de circunstancia, algo que queda demostrado cuando analizamos los aspectos más terribles de la historia universal. Si la humanidad no fuese resiliente por naturaleza, ninguno de nosotros estaríamos aquí ahora mismo. Invitar a alguien a ser resiliente ante circunstancias trágicas es como animar a ir al baño a un borracho que se ha bebido cinco litros de cerveza.

Cuando se nos habla de resiliencia no se nos anima a esa adaptación por la supervivencia, sino a adaptarnos a situaciones incómodas para nosotros que se traducen en beneficiosas para otros. William Davies emplea una buena analogía en su libro sobre la industria de la felicidad: «Si levantar pesas se torna demasiado doloroso, uno se enfrenta a un dilema: o reduce el peso, o trata de prestar menos atención al dolor. A principios del siglo xxi existe un creciente número de expertos instructores en “resiliencia”, “mindfulness” y terapia cognitiva conductual que aconsejan adoptar la segunda opción».11 En vez de cambiar las cosas, uno ha de realizar los esfuerzos cognitivos necesarios para adaptarse a una situación negativa. Yo emplearía un ejemplo análogo, pero mejor. Si calzas unos zapatos que no son de tu talla, que te incomodan, o incluso te hacen llagas, ¿qué sería mejor? ¿Tratar de imaginar que no te duelen o cambiar de zapatos? Creo que la respuesta a esta pregunta es más que evidente.

Esto no solo puede producirse en el marco de una economía de mercado, sino que la resiliencia, entendida de este modo, es sencillamente insana: seguir en una relación insatisfactoria, en un trabajo que atenta contra nuestro bienestar psicológico, o cualquier otro escenario de este tipo. Lo que yo propongo es, sencillamente, deshacernos de dicha relación perjudicial, abandonar ese trabajo que está minando tu salud. Mejor será que el mundo sea resiliente con nosotros que a la inversa. Esa capacidad para adaptarnos a las contingencias de la vida no conlleva necesariamente felicidad alguna. «Ir con los golpes», como diría Donald Trump, puede ser necesario en algunos casos, pero no es nunca fuente de felicidad, sino un modo de sufrir el mínimo impacto. Sin embargo, el impacto sigue ahí.12 ¿No sería mejor deshacerse del impacto en caso de que existiera dicha posibilidad?

Ofreceré un ejemplo personal que sirva para ilustrar este principio. Diría que soy una persona resiliente por naturaleza. Muchas veces he preferido adaptarme a situaciones difíciles antes que pasar por ciertos trámites, especialmente los burocráticos. Cuando tenía quince años, casi todas las mañanas, a primera hora, tenía la misma clase de Historia. Al entrar en el recinto de mi instituto me encontraba a menudo con mi amigo Buba, que siempre me animaba a bajarme con él a unas canchas de baloncesto para fumarnos un porro. Digamos que, por su culpa y por la mía, siempre me perdía la primera hora de clase. Era el primer trimestre del curso 1997-1998. Un día en que sí asistí a clase, la profesora me hizo un gesto con la mano para que me acercase y me dijo que estaba suspendido por hacer tantas pellas. No me suspendía solamente ese primer trimestre, sino el curso completo. Sin previo aviso, ni nada, solo me quedaba presentarme en septiembre. Yo, con gesto despreocupado, le dije que vale. Como aconsejan los instructores motivacionales, vi el lado bueno del asunto: no tendría que ir a Historia en todo el curso y a primera hora podría irme con mi amigo Buba, o con quien me diese la gana. Curiosamente, fui tan resiliente que no supe defender mis derechos. Técnicamente, suspender el curso entero a un chico por hacer pellas el primer trimestre es ilegal. De hecho la enseñanza secundaria de entonces funcionaba a base de la llamada evaluación continua: si aprobabas el segundo trimestre aprobabas el primero de modo automático. Yo, sin embargo, acepté lo sucedido y aprobé su asignatura después del verano, sin grandes esfuerzos. No obstante, si hubiese sido menos flexible y más combativo, habría sabido defenderme de una manifiesta injusticia y habría impedido que me suspendiesen un curso entero de modo ilegítimo. No solo eso, sino que podría haber asistido a clase el resto del curso, y quizás haber aprendido mucho más; en especial, si hubiese sido avisado por la profesora de que no estaba dispuesta a tolerar faltas a clase, algo que otros profesores pasaban por alto.

Muchos años después, compré un sótano a modo de inversión de poca monta. Nada más comprarlo, un empresario rumano se hizo con el local adyacente. Este señor me dijo, poco después, que según el catastro, 15 metros cuadrados de mi sótano eran en realidad suyos. En principio me pidió que se lo vendiese. Luego dijo que me pagaría la mitad en negro y, finalmente, decidió hacer un agujero en la pared y apropiarse de esos 15 metros tapiando una de las puertas de mi local (dejando el baño e interruptores eléctricos en «su lado» del muro). Yo, en un principio, pensé ante tal situación que debía ser resiliente, que lo suyo era ver el lado bueno de esta dolorosa contingencia.

Sin embargo, siendo yo pobre, a causa de los excesos de este señor estaba perdiendo unos quinientos euros mensuales después de haber gastado todos mis ahorros en la compra de la propiedad. El proceso judicial para dirimir el asunto sigue ahora su curso. No obstante, a pesar de mi buena actitud, me despertaba en mitad de la noche y sentía un profundo agobio.

Si este señor hubiese adoptado un enfoque civilizado ante el dilema que nos afectaba a ambos, me habría ahorrado penurias varias y cualquier necesidad de recurrir a esa supuesta resiliencia. No solo eso, la resiliencia que yo, por mi propia naturaleza, supe adoptar, en el fondo no era más que una fachada superficial de indiferencia que se hallaba atravesada de una angustia real, propiciada por unas condiciones materiales concretas.

El concepto de resiliencia, de hecho, es en realidad un moderno reciclaje de la ataraxia de los antiguos estoicos, epicúreos y escépticos. La ataraxia entre los estoicos, como la resiliencia actual, representa una ausencia de trastornos del alma que nos permite mostrarnos serenos ante las inevitables adversidades que entraña la vida. La ataraxia consiste en liberarse del sufrimiento a través de lo que bien podríamos calificar como una indiferencia primordial que nos permite adaptarnos al medio que nos rodea.

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