Kitabı oxu: «Fotografía de naturaleza»
A Neo, por ser la luz de todo.
Agradecimientos:
A Pere Vila, Manel Subirats y Santi Palacio.
A Carles Santana y Roger Sanmartí, de Photo Logistics.
A Ana Bru y a todo su equipo, especialmente a Esther Moreno, Marta Tudela y Javi Clavijo.
“Cuando toco la guitarra todo lo que siento tiene que pasar a través de un instrumento. Tienes que dominar la técnica y olvidarte de tus dedos de tal manera que los sentimientos fluyan hacia fuera sin que la guitarra y la técnica se noten”.
Paco de Lucía

FOTOGRAFÍA DE NATURALEZA
Iñaki Relanzón
© JdeJ Editores, 2017
© Juan Carlos González Pozuelo, 2017
© de los textos y fotografías, Iñaki Relanzón
Editor:
Javier de Juan y Peñalosa
Diseño y maquetación:
Juan Carlos González Pozuelo
www.juancarlosgonzalez.es
Coordinación editorial:
María Dolores Bagudá
JdeJ Editores
Sauces 7, Chalet 8. Montepríncipe
28660 - Boadilla del Monte (Madrid)
www.jdejeditores.com
Más información de la Colección FotoRuta:
www.FotoRuta.com
Impresión: Monterreina, S.A.
Distribución: Logintegral
ISBN: 978-84-15131-95-3
eISBN: 978-84-12227-74-1
Reservados todos los derechos. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)
FOTOGRAFÍA DE
NATURALEZA
CONSIGUE REALIZAR 50 IMÁGENES ESPECTACULARES
Iñaki Relanzón

Índice
La naturaleza, como inspiración vital
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La naturaleza, como inspiración vital
PRESENTACIÓN
He escrito este libro en primera persona. Todos los fotógrafos tenemos algo de egocéntricos, nos gusta hablar de nosotros y recibir reconocimiento por nuestro trabajo. Estas páginas no pretenden ser un manual de fotografía; he intentado, más bien, mostrar mi manera de ver y fotografiar la naturaleza, lo que siento al hacerlo, mis recursos técnicos y visuales. Para mi la técnica no es la finalidad de la fotografía, sino únicamente el instrumento para conseguir imágenes que comuniquen: por eso escribir sobre técnica fotográfica ha presentado un reto personal. No es que no conozca la técnica, porque después de 25 años trabajando en situaciones límites con multitud de equipos fotográficos, los protocolos, mecanismos y controles de la cámara se interiorizan de tal manera que se utilizan sin apenas pensar. La cámara es casi una prolongación de mis manos, de mis dedos, de mi ojo y, a veces, de mis pensamientos.
Siempre me ha preocupado e interesado mucho más el qué, que el cómo. Me apasiona invertir mis energías en descubrir historias y narrarlas al espectador a través de mis imágenes. La técnica es sólo el vehículo para contar cómo veo la realidad natural, pero ni mucho menos la finalidad última.
Debo agradecerle a Javier de Juan, el editor de este libro, que un día decidiera descolgar el teléfono y me propusiera lanzarme a esta aventura, a este nuevo reto. ¿Qué sería de la vida sin desafíos? Escribir sobre técnica, pero también acerca de los sujetos fotografiados y de cómo los percibo es un nuevo ejercicio de comunicación, y la travesía ha sido emocionante. He tratado modestamente de escoger y desmenuzar 50 imágenes variadas, representativas de mi trabajo y en las que aparecieran situaciones fotográficas muy diversas y temas de todo tipo. En estas páginas escribo sobre esas 50 fotografías, lo que muestran y qué técnicas utilicé para su realización.
Siempre he pensado que soy afortunado por poder dedicar mi vida a fotografiar el patrimonio natural del planeta, aunque la suerte no tiene nada que ver en ello. En mi trabajo apenas hay suerte; todo se basa en el esfuerzo, la entrega y una pasión sin medida.
A ti que me lees, espero que este libro cumpla tus mejores expectativas.

Fotografiando bajo la lluvia en el Pirineo.
LA FOTOGRAFÍA, HOY
En sus inicios la fotografía tenía una función documental sin la renuncia a sus aspectos estéticos, por supuesto. De algún modo la fotografía fue la evolución lógica de la pintura realista en su afán por mostrar paisajes y otros motivos con la máxima fidelidad posible. Muchas décadas más tarde, a finales del siglo XX, con los equipos fotográficos analógicos ya muy sofisticados, había una gran distancia entre la fotografía profesional —o, más concretamente, la fotografía consciente como proceso creativo— y la fotografía familiar o de usuario —aquella realizada con la única intención de preservar recuerdos sin mayor intencionalidad técnica o creativa—. Dicho de otro modo: las fotografías realizadas por fotógrafos o aficionados eran infinitamente mejor técnica y estéticamente que las fotografías cotidianas realizadas por la mayoría de usuarios con cámaras sencillas. Con el nuevo siglo, sin embargo, y a una velocidad vertiginosa, dos inventos revolucionarios han convulsionado —y lo siguen haciendo— el mundo de la fotografía y el de la comunicación en general: internet y la fotografía digital.
Más allá de las evoluciones tecnológicas que han llegado con la fotografía digital, como el hecho de poder trabajar a sensibilidades terriblemente superiores a las de la fotografía analógica y, por lo tanto, captar escenas impensables hace apenas 20 años, la esencia de la fotografía digital radica en su inmediatez. Ver los resultados en tiempo real permite mejorar el aprendizaje, experimentar, y que los esfuerzos creativos y de comprensión técnica tengan un retorno inmediato y una evolución instantánea por parte del fotógrafo. Eso ha animado a miles y miles de personas a aficionarse y profundizar en el aprendizaje y la maduración técnica y creativa. La fotografía, antes mucho más limitada a una tipología concreta de público y dispuesto a invertir dinero y tiempo sin un retorno en forma de satisfacción tan inmediato, se ha democratizado y, ahora, muchos aficionados se atreven con técnicas complejas y resultados increíblemente buenos.
Por su parte, internet ha provocado —para bien y para mal— un flujo de miles de millones de fotografías que son accesibles a un número de espectadores exponencialmente superior al de la era analógica. Parece que me esté refiriendo a la prehistoria, pero recuerdo que mi primera cámara digital profesional la compré en el año 2006 e internet se popularizó en la década de los 90 (Google por ejemplo nació en 1998). ¿Alguien se puede imaginar cómo mostraba sus imágenes un fotógrafo profesional hace apenas veinte años? Publicar en revistas o libros, organizar alguna exposición o realizar charlas con proyectores de diapositivas eran las únicas maneras y, en el mejor de los casos, las imágenes llegaban a unos cuantos miles de personas en el intervalo de varios años.
Actualmente, ese flujo masivo de imágenes hace que la repercusión y el alcance de una fotografía sea potencialmente infinito pero, al mismo tiempo, el exceso de estímulos visuales desvirtúan una escena y provocan desinformación. Es mucho más difícil destacar entre millones de imágenes y, a menudo, es imposible discriminar las buenas fotografías, que ahora están perdidas en un torrente desbordado de escenas visuales que nada tienen que ver con la fotografía.
FOTOGRAFÍA DE NATURALEZA
Cuando la fotografía se vive de un modo lúdico, como una afición a desarrollar —tanto desde el punto de vista técnico o tecnológico como desde los aspectos más creativos y estéticos— , algunas especialidades fotográficas son más atractivas que otras. El retrato, la fotografía deportiva, el paisaje y la naturaleza son algunos de los campos fotográficos que más adeptos atraen. No hay muchos usuarios que por afición, sin embargo, se dediquen a fotografiar ruedas de prensa o interiorismo, por ejemplo.
La fotografía de naturaleza permite combinar dos aspectos que ya por sí solos son atractivos, como la técnica fotográfica y las actividades al aire libre, como el excursionismo o la observación de aves. De hecho, hay aficionados que llegan a la naturaleza desde la fotografía —al descubrir la fotografía de paisaje, por ejemplo— y otros que recorren el camino inverso. Muchos fotógrafos de esta especialidad fueron antes excursionistas y naturalistas, y la necesidad de capturar las escenas que observaban fue el camino más lógico para comenzar a utilizar la cámara y convertirse en fotógrafos. No en vano la naturaleza ha sido desde siempre una de las mayores fuentes de inspiración para artistas de diferentes disciplinas. Pintores, fotógrafos y poetas han encontrado en los paisajes naturales motivos clásicos de expresión.

Oleaje en la costa de Menorca, Islas Baleares.
Fotografiar la naturaleza no es fácil ya que, a menudo, precisa de una gran inversión en tiempo y conocimiento, no solo de la técnica fotográfica sino también de los sujetos a fotografiar. En el caso de la fauna suele ser habitual tardar días, semanas o incluso años en conseguir una instantánea, y para ello hay que adquirir un profundo conocimiento de la especie en cuestión a base de observación y muchas frustraciones. En otras ocasiones hay que pasar frío, caminar durante horas cargado con kilos y kilos de material a la espalda y, a menudo, los resultados son nulos.
Por ese motivo la fotografía de naturaleza suele ser casi siempre vocacional. En un mundo tan inmediato como el actual, si no hay una recompensa con resultados de forma temprana, el esfuerzo no suele compensar a la mayoría. Así que, frecuentemente, la recompensa no es sólo la fotografía conseguida, sino también el camino recorrido. Disfrutar de las excursiones, de la sensación de frío o de la emoción de la espera, aún cuando los resultados no lleguen, serán una buena manera de vencer frustraciones. A menudo, la fotografía es solo la excusa.
UN UNIVERSO DE MOTIVOS
El concepto naturaleza es muy amplio y genéricamente se refiere a todo aquello que no ha sido creado por el hombre. La variedad de ambientes que conforman el planeta Tierra es extraordinaria y, por lo tanto, también lo son sus paisajes. La vida ha evolucionado y se ha diversificado en millones de seres vivos con formas y colores inimaginables y tamaños que van desde los pocos milímetros de algunos peces australianos o de los mares de Indonesia —si nos referimos sólo a animales vertebrados— hasta los treinta metros de longitud y más de cien toneladas de peso de la imponente ballena azul.
Los fotógrafos utilizan diferentes técnicas y materiales para adaptarse a motivos tan dispares. Hablar de fotografía de naturaleza de manera tan genérica es algo ambiguo, ya que no es lo mismo un fotógrafo submarino que un paisajista.
Yo siempre he trabajado la fotografía de naturaleza de manera transversal, adaptándome a las diferentes situaciones y motivos para mostrar prismas muy diversos de un mismo lugar; me considero un fotógrafo generalista y algo todo terreno. Hay otro perfil de fotógrafo de la naturaleza que trabaja de forma mucho más especializada y, por lo cual, puede profundizar más en su temática correspondiente: fotógrafos submarinos, especializados en paisaje, macrofotografía o, incluso, fotografía aérea, son algunos ejemplos.
El paisaje
La fotografía de paisaje tiene mucho de contemplativa y nos asegura la obtención de imágenes técnicamente correctas. A diferencia de otros sujetos como los animales, con los que la consecución de una fotografía no está ni mucho menos asegurada, con los paisajes tenemos tiempo de corregir y perfeccionar los parámetros técnicos, incluyendo los compositivos durante la toma. Por ese motivo mucha gente que comienza se acerca al paisajismo y este es su primer contacto con la fotografía de naturaleza. Explorar, pasear y presenciar preciosas escenas con la mejor luz posible son algunos de los recursos que un fotógrafo de paisaje debe utilizar, disfrutando no sólo de la escena final, sino también de todo el proceso.
La fauna
La fotografía de fauna requiere de una intencionalidad mucho más explícita y profunda. Es cierto que dando un paseo por algún espacio natural podemos conseguir alguna fotografía de un animal sin casi buscarla si tenemos paciencia, somos silenciosos y disponemos de las ópticas adecuadas, pero no es lo habitual. Lo más normal es que, para conseguir una imagen de una especie concreta, debamos invertir mucho tiempo en adquirir los conocimientos acerca del animal en cuestión y sus costumbres y en esperar a que se sitúe al alcance de nuestra cámara.

Escondite para fotografiar avutarda.


Lechuza común fotografiada con una barrera de infrarrojos.
Hay muchas técnicas distintas para fotografiar animales dependiendo de la especie en cuestión, sus hábitos y el tipo de imagen que queramos conseguir. Las tres técnicas más habituales son la del rececho, los escondites y las trampas fotográficas.
El rececho consiste en acercarse prudentemente a un animal sobre el terreno hasta obtener una buena imagen y manteniendo siempre la distancia de confort del propio animal. Tradicionalmente se ha conocido esta técnica como caza fotográfica, pero en este texto prefiero evitar esa expresión. Gran parte de las fotografías de fauna se realizan desde escondites. Existen muchos tipos distintos de escondites o hides, pero todos consisten en poder pasar inadvertidos durante horas o días hasta lograr que el animal se aproxime lo suficiente. Habitualmente, los escondites se instalan en algún lugar al que sabemos que el animal acudirá: una charca con agua o un posadero son buenos ejemplos de ello. Cuando el animal es excesivamente receloso, nocturno o rápido se utilizan trampas fotográficas. Existen trampas de muchos tipos, pero básicamente consiste en colocar algún sensor que detecte la presencia del animal y dispare la cámara sin la presencia física del fotógrafo. Son montajes complejos y muy técnicos que, a menudo, precisan de varios elementos como flashes o barreras de infrarrojos. Los resultados con éxito son escasos, pero espectaculares.
Macrofotografía
La macrofotografía nos permite descubrir un universo de pequeños motivos en apenas un metro cuadrado. Se trata de acercarse a sujetos de pequeño tamaño, y no tanto en la utilización de potentes objetivos para fotografiarlos de lejos. Es una fotografía muy técnica, que requiere de accesorios y métodos específicos. Una de las grandes virtudes de esta especialidad es que la podemos practicar en cualquier jardín o en las afueras de nuestra aldea o ciudad donde, con paciencia, encontraremos sujetos espectaculares sin tener que desplazarnos muy lejos o invertir demasiado tiempo ni dinero.

La macrofotografía nos permite acercarnos a un mundo diminuto y muy rico en imágenes.

Fotografía subacuática
Si la macrofotografía es una especialidad técnicamente compleja, la fotografía subacuática no se queda atrás. A las dificultades técnicas implícitas en trabajar con la cámara en una caja estanca con sus correspondientes frontales y cúpulas, hay que añadir el hecho de que nos movemos en un entorno completamente hostil y peligroso. Sin querer ser alarmista y dado que practico el buceo desde hace años, hay que tener presente que bajo el agua cualquier accidente suele ser fatal. En este medio, más que en cualquier otro, hay que priorizar la técnica, el confort y la seguridad antes de comenzar a tomar fotografías. Si no dominamos bien las técnicas de buceo —control del aire, flotabilidad o profundidad, por ejemplo— no disfrutaremos de una buena sesión fotográfica. Bajo el agua hay un universo de vida y de imágenes inacabable. Esta es, tal vez, la técnica fotográfica que requiere de mayor especialización por parte del fotógrafo.


Fotografiar bajo el agua requiere de una buena formación y mucha práctica para conseguir escenas espectaculares de forma segura y confortable.
Fotografía aérea
Esta especialidad puede sonar inaccesible para el fotógrafo novel. Sin embargo, sin precisar de técnicas ni de cámaras distintas a las empleadas en situaciones más normales, fotografiar desde el aire puede proporcionarnos una visión completamente distinta y fresca de un mismo lugar.
Siempre que puedo intento completar mis proyectos con imágenes aéreas. A menudo no es sencillo, porque volar en determinados lugares y con condiciones apropiadas puede ser muy caro y requerir de autorizaciones complejas. Avionetas y helicópteros son los mejores sistemas, pero pueden suponer precios desorbitados. Volar con un globo aerostático, sin embargo, es una forma muy sencilla y económica de probar la fotografía aérea y experimentar nuevos puntos de vista.

Hay varias maneras de fotografiar desde el aire. La avioneta es tal vez la más razonable en cuanto a posibilidades y precio.
Fotografía astronómica, nocturna y pintar con luz
La evolución tecnológica de las cámaras fotográficas permite, desde hace unos pocos años, la realización de fotografías con sensibilidades (ISO) impensables hace una década. Esa es la clave para la toma de imágenes nocturnas, captando tantas estrellas en el cielo como jamás se había hecho antes con cámaras convencionales, por citar solo un ejemplo. Las técnicas de iluminar con luces artificiales, ya sean focos, flashes u otros sistemas, permiten una dosis extra de creatividad al modelar espacios oscuros —como cuevas o grutas— o paisajes nocturnos, con la única limitación de la imaginación del fotógrafo.

Mientras que las técnicas que consisten en pintar con luz se han utilizado desde siempre, las cámaras actuales permiten captar escenas sorprendentes, como los cielos estrellados, gracias a los sensores de alta sensibilidad.
MI EQUIPO FOTOGRÁFICO
Es imposible comenzar con un equipo fotográfico completo y equilibrado desde el primer día. Los precios elevados de los materiales de gama alta y la falta de criterio por parte del fotógrafo no iniciado, hacen que lo habitual suele ser realizar la compra de una cámara réflex con algún objetivo sencillo para, posteriormente, ir ampliando ese equipo.
También es habitual que más tarde se acabe sustituyendo aquel primer objetivo e incluso la cámara por otro modelo superior, pero hay un tópico que todos los fotógrafos conocemos y es el de que una cámara de gama alta no te asegura buenas fotografías. El equipo debe ir creciendo en objetivos, accesorios y calidad en función de nuestras necesidades reales y no sobre expectativas infundadas. La mayoría de cámaras fotográficas avanzadas —podemos considerar las cámaras réflex y las cámaras sin espejo o mirrorless dentro de esta tipología— poseen la calidad y las opciones suficientes para comenzar una gran aventura sin limitaciones técnicas. Sólo es necesario cambiar de cámara cuando realmente necesitemos dar un paso más porque la propia cámara nos está limitando en el aprendizaje o en la obtención de fotografías algo más complejas.
Mi caso es un claro ejemplo de un equipo que ha ido evolucionando con los años. He adquirido objetivos para realizar trabajos por encargo, una cámara nueva porque la anterior se inundó en el mar o un equipo de iluminación más moderno para poder realizar una fotografía imposible. He tardado unos 20 años en tener un equipo compensado y completo, que es con el que trabajo en la actualidad. Eso no significa que sea el equipo definitivo, porque el material —y más trabajando en la naturaleza— se estropea, se rompe o se pierde, o incluso se queda obsoleto. Pero no me obsesiona adquirir el último modelo de cámara si las que tengo no me limitan realmente.
Cámaras
Mi primera cámara réflex fue una Minolta X300 que adquirí a los 13 años. Era una cámara sencilla, sin funciones automáticas a excepción de un fotómetro. Me acompañó durante años en exploraciones subterráneas, cuando me dedicaba a fotografiar cuevas y simas e inventaba mis propios sistemas de iluminación. Le saqué un inmenso partido.
En una segunda etapa, cuando comencé a interesarme por la fauna y a publicar en revistas de naturaleza de un modo más continuado, di el salto a las réflex electrónicas de la mano de Nikon. Una F801 primero, seguida por una F4 y posteriormente una F5 fueron mis compañeras. A este equipo se le sumó otro de medio formato o 6 x 4’5, una Bronica ETRSi. Tanto el cuerpo de cámara como los objetivos eran bastante más aparatosos que las réflex de formato universal, pero la calidad de sus negativos o diapositivas enamoraba a cualquier editor de revista. Durante años viajé con ambos sistemas: utilizaba el medio formato, de mayor calidad pero mucho más lento, para los paisajes y mi equipo Nikon para la fauna y los motivos que requerían de mayor rapidez de respuesta.
En la nueva era digital han pasado por mis manos cámaras como la Nikon D2x, la Nikon D70 —que acabó siendo devorada por un oso polar en el ártico canadiense— la Nikon D700 y la extraordinaria Nikon D3.

Trabajando en situaciones límite es habitual perder material por diversas causas, como caídas, inundaciones u otros incidentes. En esta fotografía, tomada con una cámara sencilla, se ve un oso polar mordiendo mi Nikon durante una expedición al ártico canadiense.
Actualmente, trabajo con equipos full frame o de sensor completo (la D2x y la D70 no lo eran) y toda la combinación de objetivos que he conseguido durante este tiempo responde a este formato. Durante los últimos años mis cámaras han tenido una resolución de entre 13 y 18 megapíxeles, tamaño suficiente como para cubrir las necesidades de un fotógrafo profesional en situaciones habituales. En alguna ocasión, incluso, he realizado ampliaciones para exposiciones de más de 2 metros a partir de un archivo de 13 megapíxeles con un excelente resultado. El número de megapíxeles no es algo de lo que debamos preocuparnos en exceso. Las dos cámaras con las que trabajo en estos momentos son la Nikon D4, de 16,2 megapíxeles y una D800, de 36’3 megapíxeles. La primera es una cámara rápida, robusta y muy fiable. La segunda es capaz de competir con las cámaras de medio formato, extraordinaria para fotografía estática como la de paisaje, aunque algo lenta y con un exceso evidente de megapíxeles para mis necesidades.
Objetivos
La lista de ópticas que han pasado por mis manos es muy larga, sobre todo teniendo en cuenta que he combinado varios formatos fotográficos. Además, el hecho de trabajar en casi todas las especialidades fotográficas en la naturaleza, me obliga a disponer de objetivos muy distintos y variados. Cuando salgo al campo escojo la combinación que más se adapta al trabajo que voy a realizar aunque, en algún caso, cuando viajo por períodos largos de tiempo o realizo expediciones en las que puedo tratar casi cualquier motivo fotográfico, el equipaje compuesto por cámaras, ópticas y complementos puede llegar a pesar más de 60 kilos.
Mi objetivo más polivalente, el que llevo montado en una de mis cámaras por defecto, es el 24-70 mm f/2.8. Es versátil, lo suficientemente angular como para fotografiar paisajes y lo bastante tele como para realizar algún retrato o fotografiar algún detalle. Cuando necesito una óptica más abierta recurro a mi 14-24 mm f/2.8; este ultra gran angular es excelente para fotografía de interiores y para paisajes más amplios, aunque su lente frontal esférica complica enormemente la utilización de filtros. Ya existen hoy día filtros y portafiltros para este tipo de ópticas, pero cualquier fotógrafo que base su trabajo en viajar a lugares tan remotos y hostiles como yo sabrá que su uso y transporte es incómodo y que el riesgo de rotura es demasiado alto. Este zoom ultra gran angular es muy adecuado en fotografía nocturna y del firmamento.
Capítulo aparte se merece una óptica de gama paralela a las anteriores que durante muchos años utilicé para fotografiar paisaje, pero que ahora uso bajo el agua, en mi carcasa subacuática, debido a su versatilidad: el 17-35 mm f/2.8.
En ocasiones, pero de manera esporádica, echo mano de mi ojo de pez, un 15 mm f/2.8. En realidad hay que ser muy comedido en el empleo de esta óptica y donde más la utilizo es bajo el mar, para fotografiar grandes animales como tortugas, delfines o ballenas, pero de vez en cuando me permito su utilización en fotografía de paisaje.
Aunque no soy un especialista en retratos, cuando viajo a lugares remotos durante largas temporadas y puedo relacionarme con poblaciones locales me siento lo suficientemente cómodo como para afrontar la fotografía de personas y sujetos en su entorno. En esas situaciones me gusta hacer uso del 50 mm f/1’4. Este objetivo tiene un bokeh o desenfoque delicioso debido a su gran apertura de diafragma y, aunque su focal es corta, resulta muy adecuado para retratos.

Fotografié estos sarrios acercándome a ellos con respeto y muy lentamente, con un superteleobjetivo y un monopie.
En cuanto a focales algo más largas, un teleobjetivo corto, versátil y que complementa a la perfección al 24-70 mm es el 70-200 mm. Utilizo este zoom tanto a pulso para fotografiar fauna o realizar retratos como montado en el trípode para fotografiar paisajes.
Para fotografiar fauna necesito emplear potentes ópticas que se conocen como superteleobjetivos. En este grupo trabajé durante años con un 300 mm f/2.8, de una calidad óptica extraordinaria, pero muy poco versátil para fotografía de acción: cuando estaba con un sujeto móvil —como un lémur en las selvas de Madagascar— que se me acercaba y alejaba constantemente moviéndose por los árboles, este teleobjetivo se me quedaba corto o largo con mucha frecuencia. Fue un acierto cambiarlo por el excelente 200-400 mm f/4, menos luminoso —algo que compenso subiendo un punto el ISO— pero tremendamente superior en cuanto a versatilidad. Completo mis ópticas largas con el 600 mm f/4, un potentísimo teleobjetivo de más de 4 kilos de peso imposible de utilizar a pulso. Aunque este teleobjetivo es muy adecuado para fotografía desde escondite, donde no hay que transportarlo ni sostenerlo, confieso que en una ocasión lo llevé conmigo durante una travesía de varios días por los Pirineos. Fue un lastre terrible —más todavía si consideramos que llevaba en mi mochila otras ópticas, agua, saco de dormir, tienda de campaña y equipo de acampada— pero me permitió conseguir la fotografía de sarrios que necesitaba para uno de mis últimos libros.


Un fotógrafo que cubre tantas temáticas naturales, acaba necesitando material fotográfico muy diverso.
Con estas dos últimas ópticas suelo combinar dos multiplicadores, el x 1’4 y el x 2 (o duplicador). Estas lentes se colocan entre la óptica principal y el cuerpo de la cámara y, como su propio nombre indica, multiplican la distancia focal de aquella. El primero de los dos, el x 1,4, tiene una calidad extraordinaria y lo utilizo muy a menudo, aunque me hace perder un punto de luz. El segundo, el duplicador, ya conlleva una pérdida de calidad más considerable y dos puntos de luz, así que sólo lo uso en casos realmente extremos.
Para fotografía macro empleo el extraordinario Micro Nikkor 105 mm f/2.8, capaz de proporcionar por sí solo un ratio de ampliación de 1 o tamaño real. También, en ocasiones, combino este objetivo con el multiplicador x 1’4 o con otros elementos como los tubos de extensión.
Elementos de soporte
Actualmente trabajo con un par de trípodes, uno más grande, robusto y de fibra de carbono y otro más pequeño y portátil para viajes rápidos. Tan o más importante para mí es la rótula: he probado infinidad de ellas, pero para fotografía de paisaje ninguna sustituye a una rótula micrométrica de 3 ejes, que me permite encuadrar y realizar pequeñas correcciones con una precisión extrema. Para fauna en movimiento y combinándola con los teleobjetivos mencionados, sin embargo, la rótula perfecta es la del tipo gimbal, que permite movimientos rápidos y suaves en todas direcciones.

La rótula de tres ejes es ideal para fotografiar paisajes.
Soy un gran defensor de los monopies. Para fauna en acción o fotografía rápida, un monopie sencillo con una rótula basculante me permite evitar trepidaciones y fotografías movidas sin tener que recurrir a mi trípode, que en ocasiones es demasiado lento de montar.
Cuando fotografío desde un vehículo —en África es muy habitual— utilizo un sencillo saco de tela relleno de arroz, alubias o arena que me posibilita apoyar la cámara y el teleobjetivo en el filo de la ventanilla. A veces también uso un soporte casero que consiste en una pequeña plataforma apoyada en el vehículo en la que enrosco la rótula gimbal.