Kitabı oxu: «La luna de Gathelic»
LA LUNA DE
GATHELIC
Inés Galiano
LA LUNA DE
GATHELIC

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© Inés Galiano (2021)
© Bunker Books S.L.
Cardenal Cisneros, 39 ―2º
15007 A Coruña
info@malasarteseditorial.com
www. malasarteseditorial.com
ISBN 978-84-18377-97-6
Diseño de cubierta: © Malas Artes
Ilustraciones del interior: © Inés Galiano
Ilustración de cubierta: © Inés Galiano
Diseño y maquetación: © Malas Artes/ Yésica Lopez
Para Toni,
por ser el primero en creer en esta historia.


I
LA MINA
Ya no sentía los dedos de las manos. Los de los pies tampoco. Primero vino el cosquilleo, después el picor y los pinchazos, y luego nada, oscuridad absoluta, como si no los tuviera. Lo mismo había ocurrido con los dientes. Las primeras horas le habían castañeteado sin cesar. Ahora no creía que pudiera abrir la boca nunca más. La cabeza le dolía si se movía, aunque fuera para intentar estirar los dedos. Pero ya no sentía el frío.
Llevaba horas encerrada en aquel frigorífico. Horas sin poder sentarse, con apenas el suficiente espacio para mantenerse en el centro y evitar que su espalda rozara el hielo. Dolía cuando lo rozaba, como si le estuvieran empujando con una antorcha encendida. Las botas no parecían aislar nada; sentía los pies pegados al suelo ardiendo, sentía los latidos del corazón en las plantas. A su alrededor, el cubículo cubierto de hielo, a menos diez grados. No creía que pudiera aguantar mucho más.
Oyó un fuerte ruido al otro lado de la puerta del frigorífico. Habían venido a la sala. Oyó risas amortiguadas por el recubrimiento de la cámara. Apretó los ojos. No estaba preparada. Pero era ahora o nunca. Con gran esfuerzo intentó mover los dedos y desentumecer las piernas. Dolía, dolía mucho. Un golpe metálico al otro lado, como si hubieran tirado una herramienta metálica al suelo. Más risas amortiguadas. Notó una lágrima cayéndole por la nariz, mientras movía los dedos. Parecía que se le fueran a romper. Las risas se acercaron, ruido de botellas chocando, un brindis. Se preparó, no quedaba mucho. Impaciente, movió un pie y el hielo crujió bajo sus pies. Al otro lado, una voz hizo una pregunta con tono de alarma. La otra persona le contestó algo en un tono mucho más relajado. Ambas rieron. Silencio. Golpes secos de unas botas al caer el suelo. Una botella rompiéndose. Más risas. Parpadeó, intentando mantener la energía y la concentración en lo que tendría que hacer de un momento a otro. Se le estaba haciendo eterno.
Por fin, el crujido de las bisagras abriéndose, el hielo rompiéndose al ser despegado de la puerta, una rendija de luz cegadora entrando en el frigorífico, el sonido amplificado de las risas, una mano agarrada a la puerta, tatuada con un pequeño escorpión negro. Ahora.
Con una bocanada de aire que le heló los pulmones, apretó los puños y dio una patada hacia delante lo más fuerte que sus entumecidos músculos le permitieron. Gritó de dolor y se abalanzó hacia delante. La puerta se abrió con fuerza, golpeando directamente en la nariz a la persona que, agachado, en calzoncillos, y con una sonrisa bobalicona, había intentado abrir el frigorífico equivocado para coger otra botella. El golpe lo mandó hacía atrás. Su cabeza se golpeó contra la pared y cayó al suelo, inconsciente. Uno menos del que preocuparse.
Medio cegada por la luz, pero consciente de que tenía muy pocos segundos para actuar, buscó rápidamente algo con lo que atacar. Encontró una pala. Otro chico en ropa interior miraba asombrado la escena desde el suelo, donde estaba sentado con otra botella en la mano. Reaccionó tarde y, cuando lo hizo, tomó una mala decisión: intentar alcanzar sus pantalones. Antes de que pudiera llegar a cogerlos, ella ya le había dado un golpe contundente en la cabeza con la pala.
Miró hacia el túnel que conectaba esta sala con el resto. No se oía ningún ruido ni había luz. No parecían haber oído los golpes, o al menos no sospechaban que fuera nada diferente a lo habitual. Analizó la sala en busca de cosas útiles. Se puso los pantalones y la capa de uno de los mineros por encima de su ropa. Tiritando, disfrutó por unos segundos del calor de la capa. Fue entonces cuando oyó los golpecitos. Hielo crujiendo. Se volvió hacia el túnel, pero no había nada. Desconcertada, miró hacia el frigorífico, y solo entonces se dio cuenta de que había otros dos junto al que ella había ocupado.
¿Habían traído a más gente? No le habían dicho que podría haber nadie más. Volvió a oír el hielo crujiendo en el interior del segundo frigorífico. Debería irse cuanto antes, ahora que estaba a tiempo. Unos golpecitos, unos susurros. Había más de una persona allí dentro. Sintió un pinchazo en los dedos de los pies, que estaban recuperando la circulación, al abrigo del calor de la mina. Con la sangre volvía el dolor. Otro crujido. Pensó en la muerte en el interior del cubículo: lenta y dolorosa. De pie, encerrada, aislada y en la oscuridad. No había nada más horrible que morir en la oscuridad en la cultura de los Sertis. Otro golpe, otro susurro. Se decidió.
Volvió a coger la pala que había dejado en el suelo y se acercó al primer frigorífico. Probablemente intentarían hacer lo mismo que había hecho ella. Inclinó el cuerpo hacia atrás, estirando el brazo lo más posible y se situó en el lado contrario al que la puerta abriría. Con un golpe rápido le dobló el manillar y abrió la puerta. Esperó el golpe, pero el golpe no llegó. Dentro solo había botellas.
Cerró la puerta y se dirigió al segundo. Repitió el procedimiento. Se asomó con cuidado a la abertura, esperando ser atacada de un momento a otro. Pero no había nadie dispuesto a atacar. Al otro lado de la puerta, en el cubículo helado, había una joven y un niño. La chica tenía los ojos cerrados y parecía estar hipotérmica. El niño la miraba con ojos expectantes. Levantó el brazo y la señaló con el dedo, cubierto de hielo, con el que había estado rascando la puerta. Estaba bien cubierto con dos capas: la suya y la de la chica.
Kiru maldijo en un susurro. No podía llevarlos consigo en ese estado y tampoco podía dejarlos donde estaban. Con un movimiento rápido, aprovechó el brazo levantado del niño y tiró de él para sacarlo del cubículo. Después, con más esfuerzo, sacó a la chica casi arrastrándola. Le puso la capa del otro minero inconsciente por encima y empezó a darle golpecitos en la cara. No se despertaba. El niño la miraba sin decir nada. Por el túnel seguía sin escucharse ningún ruido. Podría hacerlo, pero tendría que ser rápido.
Tumbó a la chica en el suelo y colocó las manos sobre ella, en una pierna y en un brazo. Cerró los ojos y se concentró. Necesitaba energía, su cuerpo también estaba débil por el frío y no había comido nada. Empezó a escuchar, buscando su Eco. Oía el silencio de la habitación sin muebles al fondo de la mina. Oía la vibración de los frigoríficos. Oía la respiración automática de los mineros. Estaban inconscientes, débiles e intoxicados por el alcohol. Tardaría demasiado. Escuchó más lejos, por el túnel. Un túnel vacío, excavado en la montaña rica en minerales, pero pobre en vida. No encontraría lo que buscaba si no iba más lejos. Siguió escuchando, ampliando la onda y buscando la vibración. Al fondo del túnel había una sala llena de gente. Los mineros estaban durmiendo. Necesitaba energía, pero de un lugar que no supusiera una amenaza. Si tiraba de la energía de un minero, se despertarían. Escuchó hacia la entrada de la cueva, y lo encontró.
El pájaro enjaulado que tenían los mineros para avisar cuando se quedaban sin aire estaba adiestrado para permanecer silencioso. Solo piaría si notaba una falta de oxígeno. No tenía otra opción. Focalizó la escucha en el pájaro. Podía oír sus latidos, su respiración. Encontró su Eco. Suspiró. Era necesario. Se concentró en la mente del pájaro y le dio las gracias al estilo de los Sertis. Gracias por una vida de servidumbre, gracias por ayudar tantas noches bajo la montaña. Gracias por su vida. Y entonces lo hizo. El pájaro cayó al suelo de la jaula.
Y la chica abrió los ojos. Kiru la zarandeó y esta empezó a mover los brazos y las piernas, tratando de sensibilizarlos de nuevo. El niño la señaló.
―Levántate. Hay que correr ―le susurró Kiru a la chica.
Está la miró confusa y miró a su alrededor, buscando al niño. Cuando lo encontró, se calmó. El niño seguía señalando a Kiru.
―Levántate, no hay tiempo ―repitió.
Kiru se levantó y le mostró los mineros inconscientes que aún yacían en el suelo, cerca de los frigoríficos. La chica los vio y pareció recordar por qué estaba allí. Se levantó.
―Ponte esta capa ―Kiru le tendió la capa del otro minero― y sígueme.
No estaba segura de si entendían o hablaban su idioma, pero la siguieron. Avanzaron por el túnel lentamente hacia la salida. Tendrían que pasar por la sala en la que el resto de los mineros dormían.
Kiru volvió a escuchar, buscando signos de alguna persona despierta que pudiera verlos. No parecía haber ninguna. Avanzaron un poco más, hasta que llegaron a la abertura de la cueva que servía de acceso a la sala dormitorio. Respiraciones, latidos, sudor, olor a humedad, ronquidos. Pasaron por delante sin despertar a nadie. Llegaron a la cueva principal en la que se encontraba la jaula del pájaro. Kiru se acercó.
―Gracias.
La chica le tiró de la capa, y Kiru se volvió, justo a tiempo para ver a un minero en el túnel por el que acaban de pasar darse la vuelta y correr hacia el dormitorio.
―¡Corred! ―dijo, mientras hacía gestos hacia la salida de la mina, que quedaba a escasos metros de donde estaban.
No esperó a comprobar que la seguían y cruzó corriendo la cueva hacia la salida. Llegó hasta ella en unas pocas zancadas para encontrarse con una estructura de madera que la bloqueaba. Una puerta para que ni entraran animales ni curiosos.
Oyó ruidos a su espalda. Eran las voces de los mineros. Alguien había dado la voz de alarma. La chica y el niño llegaron junto a ella y le miraron expectantes. El niño le señaló de nuevo, como si supiera lo que Kiru podía hacer, y le estuviera pidiendo que lo repitiera.
Llegó el primero de los mineros, a medio vestir y con una pistola en la mano. Lo siguieron un par de mineros más con palas. Kiru se dio la vuelta.
―No quiero haceros nada, solo queremos salir ―dijo Kiru en pargui.
Desconocía si los mineros eran conscientes de que había estado escondida en su frigorífico durante tanto tiempo y de si estarían tan sorprendidos como ella de encontrarse aquí. Como no respondieron, Kiru señaló hacia la puerta.
―Abrid ―les pidió.
Los mineros la miraron y en sus caras pudo ver que entendían lo que les pedía perfectamente. Una carcajada. El minero que sujetaba la pistola se reía, mirando a los demás. Los otros lo imitaron. Kiru permaneció en silencio. Vale, lo había intentado. El minero de la pistola dio un paso hacia delante, manteniendo una sonrisa burlona. Más mineros aparecieron en el túnel atraídos por las risas.
―Bueno, vosotros mismos ―Kiru se encogió de hombros.
El primer minero disparó. Kiru buscó su Eco. Escuchó. La vibración del arma, el viento que la bala producía a su paso, las risas de los mineros, los músculos tensándose, la respiración agitada del niño. La bala estaba a tan solo un metro de su pecho. Habían ido a matar.
Con un movimiento brusco, Kiru se abalanzó sobre la chica y el niño, obligándolos a retirarse de la puerta. La bala estalló en una llamarada justo antes de impactar contra la puerta de madera. La puerta explotó. Astilla, madera, en todas direcciones. Gritos de los mineros que fueron a cubrirse en el túnel. El dolor de algunas tablas cayendo en su espalda. Humo. Silencio.
―¡Vamos! ―gritó a la chica y al niño poniéndose en pie.
Kiru cogió al niño del brazo y saltó por encima de lo que antes había sido la puerta, pisando rápidamente algunos trozos todavía intactos. El fuego se había extinguido igual de rápidamente que había aparecido. Salieron. Era de noche, pero estaba despejado y la luz rojiza de la luna iluminaba sus pasos. Corrieron.
Llegaron a un campo de altas espigas de maíz, que las ocultaban si se mantenían agachadas. Kiru se giró y echó un vistazo rápido a la puerta por la que habían salido. Era una pequeña hendidura en la ladera de la montaña, apuntalada con algunas maderas, con aspecto improvisado. La montaña, sin ser muy alta, se extendía en la oscuridad hacia donde se perdía la vista. No era una mina común.
Vio salir al primer minero, apartando algunas tablas rotas. Había que moverse. La chica y el niño estaban agazapados detrás de ella, esperando instrucciones. Kiru suspiró. No le gustaba depender de nadie. Les hizo señas en una dirección y echó a correr. Tendrían que seguirla a su ritmo.
Correr entre las espigas no era fácil, sentía como le arañaban la cara y los tobillos al pasar corriendo. Por suerte, los brazos los tenía protegidos bajo la capa. Oyó gritos a su espalda. Las estaban buscando. ¿Sabían acaso los mineros quiénes eran? ¿O tenían instrucciones de no dejar escapar a nadie que hubiera visto la mina? ¿Qué estaban excavando?
Oía los gritos cada vez más lejos. Sonrió. Giró la cabeza hacia atrás. No vio a los mineros. Frenó en seco. La chica y el niño tampoco la seguían. Había ido demasiado rápida. Probablemente los encontraran, lo que le daría margen a ella para despistarlos. ¿Los matarían? Habían sido bastante agresivos en la mina. De nuevo la duda en su cabeza. Arriesgarse por alguien del que no sabía ni su nombre. Cerró los ojos, y escuchó.
Las espigas meciéndose en el aire nocturno. La luz rojiza de la luna buscando el camino hasta tocar la tierra. El barro crujiendo, aplastándose bajo las botas de los mineros. Las capas enganchándose en las espigas. Un llanto contenido. Allí estaban. Estaban quietos, agazapados, esperando no ser encontrados. La chica apretaba la boca del niño para que no le oyeran llorar. A escasos metros, los mineros, que avanzaban en silencio. La vibración de una linterna, que de un momento a otro los enfocaría y dejaría al descubierto.
Se concentró en la linterna. La cubierta de hierro, ardiendo. El movimiento oscilante del asa de metal en la mano del minero. En su interior, el gas, quemándose, iluminando. Los rayos de luz expulsados desde el interior, atravesando el cristal, calentando todo a su alrededor. Demasiado calor. Kiru apretó los puños sin darse cuenta, algo que siempre había intentado no hacer para no delatarse. Nadie la vería ahora. Estaba lejos del objetivo y necesitaba toda la concentración necesaria. Apretó más fuerte. Escuchó su Eco.
La linterna metálica se calentó. El calor se extendió por el metal hacia el asa, ardiendo, llegando a la mano del minero. Un grito del minero. Un golpe metálico en el suelo. Una pequeña explosión. La oscuridad de nuevo. Gritos. Mineros corriendo en dirección opuesta.
―¡Están armados! ―gritó uno de ellos.
Mineros reagrupándose hacia la entrada de la cueva, buscando refuerzos, preparando más armas y linternas. La chica y el niño aún agazapados temblando. ¿Es que lo tenía que hacer todo? Corrió hasta ellos, que se sobresaltaron al verla llegar.
―¡Vamos! ¿Por qué no os movéis?
La chica salió de su trance al reconocerla, y con alegría salió corriendo detrás de ella, casi arrastrando al niño. Kiru volvió a seguir su camino, esta vez un poco más despacio, permitiéndoles seguirla. A lo lejos, los mineros disparaban balas al aire para asustarlas, pero sin atreverse a introducirse entre las espigas. No eran soldados y no se arriesgarían contra alguien armado, y esta era la única explicación que sabían dar a la rotura de la linterna.
Continuaron el camino a trompicones durante lo que pareció una eternidad hasta que por fin lo tuvieron ante sus ojos: la silueta de las torres de los edificios más altos recortada contra la esfera de la luna rojiza en el firmamento. Habían llegado a Gathelic.
II
EL ACANTILADO
Gathelic se erigía a veces majestuoso y a veces decadente, construido sobre una gran masa rocosa junto al gran puerto marítimo. Se decía que lo habían construido con fuerzas tenebrosas, mediante oscuros rituales y sacrificios humanos, ya que ninguno imaginaba que una obra de ingeniería semejante fuese posible hace más de trescientos años.
«Tal vez, tuvieran razón en parte», pensó Taras, contemplando la silueta recortada de Gathelic contra el cielo, bajo la luz rojiza de la luna de octavo mes. Si la gente común supiera o entendiera los poderes de la tierra que posiblemente hubieran sido utilizados para construir aquella obra maestra, tal vez no querrían vivir en ella.
La ciudad de Gathelic se erguía en la oscuridad, roja e imponente, observándote y juzgándote desde lo alto de la gran roca cuando te aventurabas a acercarte demasiado. Taras sabía que eran supersticiones. Los Ecos de la tierra no juzgaban ni observaban, simplemente estaban allí, listos para ser tomados o intercambiados.
Desde el mirador en el acantilado en el que se encontraba podía reconocer las siluetas de algunos pescadores en la orilla. Las olas azotaban sus tobillos y, aunque el atardecer les hubiera encontrado en el mar, regresaban alegres por tener las redes llenas.
«La luna está llegando cada vez más pronto en los últimos días», pensó Taras, «no es ni la sexta hora todavía».
Sin embargo, eso no frenaba a los habitantes de Gathelic. La luna roja brillaba con intensidad entre las nubes, iluminando la oscuridad y permitiéndoles continuar con sus tareas. Estaba, por otro lado, el problema del barrio oeste, tan estrecho y laberíntico que apenas llegaba ni la azulada luz del sol ni la rojiza luz de la luna. Había un problema en ese barrio que Taras se había prometido resolver, aunque todavía no sabía cómo.
Desde los últimos meses en el Consejo, apenas había encontrado el más mínimo interés en el barrio oeste por parte de cada consejero con el que había hablado. Lo había intentado directa e indirectamente, agresiva y diplomáticamente, sin éxito. Nadie quería escucharlo. El barrio no tenía recursos suficientes para resultar un aliciente para el Consejo y reconstruirlo supondría un gasto excesivo.
«Si tan solo la gente de Gathelic supiera lo que los poderes de la tierra podrían hacer», pensó. «Podrían reconstruirlo en cuestión de días, sin marchitar más que algunos árboles de la lejanía. Merecería la pena. Si los Ecos de la tierra no tuvieran que ocultarse…».
Nora le había pedido paciencia, especialmente tras el problema que hubo con el consejero que ocupó su lugar anteriormente, y Taras sabía que era lo correcto, pero le estaba costando mucho. Cansado, buscó el lugar donde reposaba la luz rojiza en el reloj de piedra del mirador. Había pasado media hora y todavía no había aparecido. Sethor siempre llegaba tarde, haciéndole esperar, como si él no tuviera cosas que hacer y no le fueran a echar de menos en el Consejo.
En ese momento oyó un ruido a su espalda. Taras se dio la vuelta, para ver una mano aparecer y agarrarse al borde de piedra del mirador. Preocupado, se apresuró hacia el acantilado. Una chica colgaba del borde, a muchísimos metros de altura, con un fondo rocoso que haría marearse a cualquiera.
―¡¿Pero qué haces?! ―gritó Taras, sobresaltado―. Rápido, ¡dame la mano!
La chica soltó su otra mano de la roca para hacerle un ademán relajado, indicándole que estaba perfectamente. Enseguida trepó el trozo que le faltaba y subió al mirador, junto a Taras, que estaba completamente pálido. Ella recuperó un poco la respiración, se alisó la túnica, y lo miró. Taras seguía con la boca abierta.
―¿Qué pasa? ¿Nunca has visto a alguien escalar?
Taras se dio cuenta de que no estaba tragando saliva y cerró la boca.
―Sí, la escalada es un deporte muy noble, pero es preferible practicarlo a menos altura y con una cuerda de seguridad…
―Uf, en serio, ya sé que ahora estás en el Consejo y tal, pero no hace falta que me sueltes el discurso aquí.
Taras se recompuso y se acordó de lo que había venido a hacer.
―Eh, bien, ¿vienes en lugar de Sethor? ¿Por qué no ha venido él? ¿Te han seguido?
La chica se encogió de hombros.
―A ver, a la primera pregunta: sí, obviamente vengo en lugar de Sethor. Sería muy raro encontrarse a alguien de casualidad en este mirador tan alejado, en la oscuridad y encima a la hora acordada.
―No es la hora acordada, llegas media hora tarde, Vila.
Ella lo miró con fastidio.
―Oye, no es culpa mía que hayáis elegido veros en un despeñadero. ¿Te crees que es fácil subir por ahí?
―Lo eligió Sethor. Además, ¡hay un camino que lleva desde Gathelic hasta aquí! ―se defendió Taras.
―Nah, demasiado aburrido y seguro que me siguen o algo ―sonrió al ver la expresión de pánico de Taras―. ¡Tranquilo, que me he asegurado antes y no hay nadie! Bueno, a ver, Taras, ya conoces a Sethor y sabes que vengo yo en su lugar porque él está ocupado, y obviamente no te voy a decir lo que está haciendo. Esto, ¿contesta, o no a tus siguientes preguntas?
Vila se encogió de hombros y añadió:
―En el Consejo, ¿también eres tan preguntón?
―Eh, no. Quiero decir, tal vez… ―respondió Taras, confuso.
―Ya, eso lo explica ―dijo Vila.
―¿El qué explica?
―Nada, nada. Vamos, siéntate. ―Vila se sentó de piernas cruzadas en el suelo de piedra del mirador, doblando la túnica y la capa, como si no las llevara―. Venga, siéntate aquí. ―Vila hizo unos golpes en la piedra, delante de ella.
―Uhm, prefiero estar de pie.
―¿En serio? Estoy un poco cansada y vas a hacer que me rompa el cuello.
―Ehm, bueno, no pretendía…
―Siempre tan estirado, Taras…
Vila siempre conseguía sacarlo de sus casillas. La chica volvió a hacer un gesto impaciente hacia el espacio enfrente de ella y Taras se agachó. Resignado, pasó una mano por la piedra del suelo para limpiarlo un poco, se arrodilló hasta quedar en una postura extraña, intentando no arrugarse la capa demasiado, y la miró expectante. Vila reprimió una sonrisa e intentó concentrarse en lo que había venido a decir.
―Vale, ya estoy sentando ―dijo Taras.
―Ya lo veo… más o menos ―respondió Vila.
Taras intentó disimular lo incómodo que se sentía delante de Vila. Había pasado demasiado tiempo sin verla.
―Bueno, entonces, ¿no puedes decirme por qué no ha venido Sethor? ―dijo, incómodo.
―¿Otra vez? ―preguntó Vila, aburrida―. Si tanto te molesta que venga yo, me podrías haber empujado perfectamente por el precipicio. Un golpecito y adiós, mensajera. Seguro que después viene Sethor, aunque no sé con qué intenciones.
―No, yo no te haría…
―Ya, ya, pero eso no se lo diremos a nuestros enemigos, mejor que piensen que eres temible y valeroso.
―¿Qué enemigos? ―Taras enseguida se ponía nervioso, pensando que algunos miembros del Consejo lo sabían todo sobre él y que estaban esperando el momento exacto para atacar.
―¡Qué es una broma! ―dijo Vila riéndose―. A ver, en serio, que sepamos no tenemos ningún motivo para preocuparnos por ahora. No hemos recibido ningún indicio de que nadie de Gathelic sospeche de ti, ni siquiera los de los gremios, que están siempre metiendo las narices en todo. Y, aunque sospecharan, ya sabes, no tienes nada que ocultar.
Taras sintió el pinchazo de dolor, pero prefirió ignorar el tema. Inspiró profundamente y trató de relajarse,
―Vale, eso es bueno.
―¡Claro que sí! Nadie quiere matarte todavía.
―¿Todavía?
Vila lo miró incrédula, y le dijo:
―Bueno en algún momento se destapará, ¿no? No podemos continuar en la sombra para siempre, ¿no crees? La profecía dice que un día podremos, ya sabes…
Taras reconoció la emoción de Vila y suspiró. Vila, como tantos otros, eran de los que odiaban esconderse y ocultarse y creían ciegamente en la profecía. Esta decía que llegaría un día en la era roja en el que los conocedores de los Ecos de la Tierra dejarían de ocultarse y retomarían su lugar en el mundo. Taras no recordaba las palabras exactas, pero algo así era.
Desde luego, nada decía la profecía acerca de cuál era el supuesto lugar que les pertenecía y cada uno tenía una idea y una versión. Los maestros traspasaban esa y otras muchas historias a sus alumnos y dejaban que cada uno interpretase lo que quisiera. Por otro lado, era imposible saber qué quería decir la profecía cuando mencionaba la Era Roja. Podía tener muchos significados, aunque la mayoría argumentaba que se trataba de una referencia a la época de la luz rojiza de la luna. Esa teoría tenía muchos adeptos, ya que la luna rojiza brillaba con intensidad desde hacía años.
Taras, en cambio, no creía en ninguna profecía. Conocía las leyendas y de niño había pedido a su abuela que se las contara una y otra vez, como hacían todos los otros niños, atraídos por el misterio. Sin embargo, poco a poco había ido dándose cuenta de que esperar destinos y profecías no llevaba a ningún sitio. Se había vuelto mucho más práctico. Le gustaba tener objetivos tangibles y realistas y poder solucionar cosas, paso a paso. En este momento su objetivo era mejorar las condiciones de vida en el barrio oeste. Allí se escondían la mayoría de los exiliados que poseían conexión con los Ecos de la Tierra y que habían tenido que huir de otras ciudades menos tolerantes y Taras deseaba poder acogerlos en unas mejores condiciones.
―¿Me estás escuchando? ―lo sobresaltó Vila.
―Ehm, sí, sí, la profecía. Sí, algún día ―intentó aparentar Taras, que no tenía ni idea de lo que había dicho.
―Espero que en el Consejo prestes más atención, porque si no vamos apañados ―dijo ella.
―En el Consejo se debate durante largas horas, y aunque intento estar siempre pendiente de todo y apuntar cada detalle, es cierto que en algunas ocasiones me he perdido un poco. Pero nunca en lo que respecta al barrio Oeste, obviamente.
Vila se rio.
―En fin, supongo que eres lo único que tenemos ahora mismo.
―Eh… ―quiso replicar Taras, ofendido, pero Vila continuó enseguida.
―Vale, entonces vamos al grano antes de que te echen de menos. Hemos conseguido dar un par de cambiazos más en los transportes hacia Gathelic. Lo que pasa es que ha habido un pequeño… problemilla.
―¿El qué? ¿Qué cambiazos eran?
―Esa es la cosa, que no estamos muy seguros de que fuera buena idea. Pero no te preocupes.
―Me estoy preocupando.
―Es que nos enteramos de que llegaba un cargamento de frigoríficos nuevos, ¿vale? ¡Desde la misma capital, desde Nixandría! Imagina. Era ideal, unos cuantos camiones saldrían de allí y pasarían por decenas de pueblos. Podíamos conseguir muchísimo. Así que mandamos a alguien a Sertis y a Rothand…
―Vale…
―Entonces nos enteramos de que los frigoríficos eran inmensos. De verdad, eran cubículos gigantescos en los que cabría hasta una persona de pie. ¿Te imaginas? ¿Has visto alguna vez algo así? ¿Para qué querrán frigoríficos tan grandes?
―¿Frigoríficos en los que caben personas? Pero ¿no se os habrá ocurrido…? ―preguntó alarmado Taras. Sethor era muy buena persona, pero en ocasiones un poco inconsciente.
―Sí, era una idea genial. Por primera vez podíamos olvidarnos de saltar encima del camión o atarnos. ¿Sabes lo fácil que ha sido? Esperamos simplemente a que los conductores hicieran sus paradas de servicio y, tachán, tan fácil como meterse dentro de uno. Nadie iba a mirar allí.
―Pero ¿no es peligroso?
―Claro que no, están apagados durante el transporte.
―Ah, claro ―contestó Taras, pensando en las miles de maneras en las que le resultaba peligroso meterse en un cubículo sellado del que no se podía salir si no te abrían―. Apagados.
―Hasta ahí todo bien. El problema es que hemos perdido algunos.
―¿Perdido? ¿Cómo que habéis perdido algunos? ¿Algunos qué?
―Algunos frigoríficos.
―¿Con gente dentro?
―Hmm sí, eso creemos.
―¡¿Habéis perdido algunos frigoríficos con gente dentro?! ―exclamó Taras.
―Bueno, a ver, tranquilízate, seguro que los encontramos rápidamente. El caso es que el camión transporte parece que ha realizado un par de paradas clandestinas. Para que luego nos digan a nosotros, creo que algunos consejeros del líder están metidos hasta el fondo en algo sucio…
―¡¿Pero dónde están esos frigoríficos?! ¡¿Y la gente?!
―A ver, que los vamos a encontrar, no te preocupes. Tienen que estar en algún sitio. Deben de haberlos dejado por el camino en alguna parada fuera de la ruta establecida. Tampoco pueden estar muy lejos. La cosa es encontrarlos antes de que los encuentren otros.
―¿Y la gente que hay dentro? ¿Quiénes son?
―Ay, eso no lo sé. Ya sabes que la identidad es una cosa de cada uno…
―Pero esa gente puede morir congelada si se les ocurre encender los frigoríficos… ―Taras estaba completamente horrorizado con el estúpido plan de Sethor―, ¡¿cómo se os ocurre meter a gente en cámaras frigoríficas en las que…?!
―Pues la verdad es que ha sido muy buen plan; hemos conseguido traer a bastantes refugiados, que lo sepas. La mayoría de los frigoríficos llegaron ayer a Gathelic en buen estado. Mientras el transportista pasaba la documentación en la muralla, les abrimos las puertas a todos y están sanos y salvos en el barrio Oeste. Solo hemos perdido tres o cuatro.
―¡¿Tres o cuatro?!
―Sí, debe de haber bastantes localizaciones clandestinas, ¿verdad? Para que necesiten tantos…
―Tres o cuatro personas atrapadas en localizaciones desconocidas que pueden ser descubiertas de un momento a otro. La escuela puede desmoronarse por completo, ¿no lo ves? Empezarán a hacer redadas y…
―No, no creo que sea para tanto. Probablemente se encargarán de mantenerlo en secreto y los refugiados sabrán encontrar la escuela. Pero nos vendría bien tu ayuda.
Taras volvió a inspirar profundamente, ignorando sus sentimientos y tratando de pensar en la parte práctica del problema.
―¿Qué puedo hacer? ―dijo.
―Necesitamos tu ayuda en el Consejo: hay que descubrir dónde han ido a parar esos frigoríficos. Obviamente tenemos a un par de personas peinando localizaciones cercanas a la ruta del camión, pero acabaríamos mucho antes si pudieras darnos alguna pista.
―¡No puedo ir al Consejo y preguntar dónde tienen campamentos clandestinos ilegales!
―No en voz alta, claro ―dijo Vila, suavemente, como si Taras fuera demasiado lento―. Pero puedes hacer más amigos en el Consejo, y preguntarlo en voz baja…
―Hacer amigos… ―Taras estaba muy enfadado, ¿es qué no veían lo difícil y peligroso que sería? El Consejo no era precisamente amigable, y menos con alguien como él: alguien que venía de la zona más pobre de Gathelic. Tenía suerte si algunos todavía le saludaban al pasar.
¿Cómo habían hecho tal estupidez? Meter a gente en cubículos con destinación desconocida solo podía ocurrírsele a Sethor. Sabía que saltar a los camiones era una tarea arriesgada y que solo les permitía traer gente en grupos muy pequeños, pero era lo más seguro hasta el momento. Debían mantenerse en secreto hasta que fuese el momento adecuado para… Se sorprendió a sí mismo pensando todavía en términos de la profecía: el momento adecuado para atacar. ¿A quién quería engañar? ¿Quién quería una guerra? Taras desde luego que no.
―¿Te has ido otra vez? ―Vila chasqueó los dedos delante de su nariz. Taras se sobresaltó y la vio levantarse ágilmente―. Bueno, me tengo que ir, ¿vale? Y tú deberías irte también pronto. Ya sabes lo que tienes que hacer. Busca esos frigoríficos, teje tus redes políticas, susúrrale cosas al oído al Gran Líder. Esas cosas que hacéis los consejeros.
Vila se encogió de hombros.
―Sí, sí, vale ―respondió Taras―. Lo haré.
―Perfecto ―dijo Vila―. Ya te volveremos a contactar, me piro.
A continuación, Vila desapareció entre los árboles junto al camino, dejándolo solo en la oscuridad, en esa extraña posición en la que había podido colocarse para no arrugarse la túnica. ¿Cómo conseguía siempre hacerlo sentir tan estúpido? Con un suspiro se puso de nuevo de pie, sintiendo un terrible cosquilleo en las piernas: se le habían dormido, ahora tendría que ir cojeando de vuelta a Gathelic.
III
PORTADORA DE MALA FORTUNA
Kiru aprovechó la multitud que se agolpaba en la entrada al pueblo para camuflarse un poco entre la gente. Era la hora en que los comerciantes que habían salido más tarde y a zonas más lejanas volvían cargados de cosas. La luna rojiza iluminaba lo suficiente como para no encender la luz de las calles. Desde que se había vuelto roja y brillante, la vida se había extendido pasado el atardecer.
No había apenas vigilancia en las puertas de la ciudad, más allá de un par de guardias que escaneaban por encima desde su garita en los torreones. Llevaban años de paz, y no había porqué sospechar de ningún ataque. Entre la gente era difícil saber en qué dirección debían ir. Kiru intentaba reconocer algo en las calles o leer algunos letreros, pero le era imposible; no estaba escrito en el alfabeto de los Sertis, que era el que ella conocía. Sin que se le notara la inquietud, siguió empujando a los caminantes para hacerse paso. La chica y el niño la seguían sin decir nada, mirando a su alrededor y parecían igual de perdidos que ella.
Después de la carrera entre los campos y el contacto con la temperatura exterior, sus cuerpos habían por fin entrado en calor. Ahora, entre la gente, Kiru se sentía sofocada. Además, tenía bastante hambre. En la siguiente esquina que doblaron, Kiru vio un puesto de comida callejero y se acercó. El dueño del puesto las miró, arqueando las cejas al fijarse en las capas de los mineros que aún llevaban puestas.
―¿Qué tienes de comer? ―preguntó Kiru, tratando de recordar parghi, la lengua franca de la zona.
El tendero pareció entenderla y señaló hacia una gran olla de barro. Con una mano abrió la tapa y con la otra movió el cucharón para que Kiru viera lo que había dentro. Era una especie de potaje que no tenía muy buena pinta, pero desde luego era potente. Les iría bien. Kiru buscó en sus bolsillos alguna moneda de las pocas que aún le quedaban. No había salido preparada de Sertis; no había tenido muchas opciones. Sacó una moneda plateada de Sertis y la colocó en la mesa del tenderete. El tendero la cogió y la miró de cerca, intentando descubrir de cuál se trataba. Durante el buen rato la estuvo observando y manipulando, asegurándose de que era real. Apareció un joven, que lo saludó y se sentó en la silla del tenderete.
Kiru los observó a ambos y no tuvo duda de que eran familia. El joven, a su vez, también la observó a ella, muy interesado en la capa que llevaba puesta. El padre le pasó la moneda a su hijo y le preguntó algo en un idioma que Kiru no entendió. No era pargui. A esto siguió una discusión, en la que el hijo no dejó de señalarla. Kiru esperó pacientemente a que terminaran, evaluando las opciones de salir corriendo de un momento a otro. Por fin, el hijo miró a Kiru y le habló en parghi.
―¿De dónde habéis sacado esas capas? ―preguntó.
Kiru, encogiéndose de hombros, contestó:
―Las encontramos y nos las pusimos.
―¿Dónde? ―volvió a preguntar el hijo del tendero.
Kiru volvió a encogerse de hombros, sin querer dar importancia a la capa.
―Por ahí.
El chico asintió con la cabeza, comprendiendo que no sacaría nada en claro de ella. Hizo un gesto hacia delante, como para ir a agarrar algo de debajo del tenderete. Kiru tensó los músculos, dispuesta a dar un salto de nuevo hacia la multitud en el momento en que sacara el arma. Con la mano derecha, buscó el brazo de la chica para avisarla de lo que pasaría a continuación. Esta se giró para mirarla, sin entender. Parecía muy cansada y muy poco dispuesta a correr. Kiru apretó los dientes; se iría sola, si hacía falta, no podía dejar que la atraparan allí solo por una desconocida…
El chico sacó lo que había ido a buscar debajo de la mesa del tenderete: unos cuencos de hoja de palma. Kiru respiró hondo. El chico comenzó a servir el potaje en los cuencos y volvió a preguntar bajo la mirada atenta de su padre, que parecía no hablar parghi:
―¿Nos cambias la comida por las capas?
Kiru se sorprendió y se miró la capa, sucia y muy gastada. No parecían tener gran valor. Además, probablemente les convenía deshacerse de ellas lo antes posible, cuando llegaran noticias de los mineros y las empezaran a buscar en Gathelic. Kiru asintió con la cabeza. Se quitó la capa y le dijo a la chica que se la quitara también. Se las pasó al padre del chico, que las tomó casi con reverencia, y las colocó lo más estiradamente que pudo en el suelo, tras el tenderete, para que no se arrugaran. Mala señal, pensó Kiru.
―Añade un pan de arroz ―dijo Kiru, dispuesta a sacar el mayor provecho de la situación―. Por cabeza.
El chico asintió con la cabeza, sin discutir, y envolvió tres panecillos en un trozo de tela. Kiru se guardó el paquete en el bolsillo de su chaqueta. Después tomaron los cuencos del potaje.
―¿De dónde venís? ―preguntó el chico.
Kiru se encogió de hombros, sin decir nada.
―Cada vez llega más gente de fuera ―añadió con una expresión ambigua. Kiru no estaba seguro de si estaba molesto o le gustaba la situación. Al fin y al cabo, el idioma que hablaban no parecía de la zona. Se preguntó si todos aquellos nuevos habitantes serían como ella y habrían llegado en cámaras frigoríficas. Lo dudaba mucho; aquel era un plan que evidentemente no había sido el mejor que el grupo había tenido.
―¿Dónde? ―preguntó Kiru, esperando que el chico entendiera su pregunta. La chica y el niño, mientras tanto, comían su comida a toda velocidad.
―Yo solo los veo entrar. Las personas que vuelven a pasar por delante ya no se parecen en nada a las que entraron. A veces ni las reconoces.
―¿A veces?
―Sí, hay caras que sí que recuerdo ―el chico la miró fijamente, pero con la expresión en blanco, y de nuevo Kiru no supo si se trataba de una amenaza o no.
―Buena memoria, sin duda ―dijo, optando por la expresión amable y alejándose en dirección contraria por un callejón que ascendía hacia la parte alta de Gathelic. Los otros dos la siguieron.
Llegaron a una especie de mirador y se sentaron en el muro que hacía de barandilla, junto a una fuente. Kiru terminó su cuenco y sacó los panecillos. Comieron en silencio, mirando hacia abajo. Kiru estaba maravillada las vistas del acantilado de Gathelic, las olas y el viento. En Sertis era diferente, el mar entraba en el puerto con un delta y la ciudad estaba casi al mismo nivel del mar. Aquí era diferente. Cerró los ojos. Escuchó. Buscó su Eco.
El ruido de las calles, la gente corriendo, caminando. Las ruedas de los carros, chirriando, crujiendo contra la piedra del suelo. Puertas que se abren, un llanto, una carcajada. Las risas de un grupo, los gritos de otro, hasta por fin, llegar al mar. El agua azotando contra la roca, cada gota separándose, yendo en una dirección, fragmentándose. Cada gota llena de vida. Llena de Eco.
Kiru abrió los ojos rápidamente, miró al mar. Había tanto Eco allí. ¿Sería posible que…? Se volvió a inspeccionar el mirador, la maravillosa construcción colgante de piedra contra la montaña. Las casas, casi colgantes en el precipicio, como si hubieran nacido de la piedra. Había Eco en ellas. Gathelic... estaba hecho de Eco. Sin duda. Lo observó de manera distinta, sorprendida, dándose cuenta por primera vez de cada marca, cada hendidura, cada huella de Eco. Era la mayor obra de ingeniería mediante el uso del Eco que había visto nunca. Habrían hecho falta millones de… gotas. Miró al mar de nuevo. Tenían tantas… Unas gotas le salpicaron, sacándola de sus pensamientos. La chica estaba lavándose la cara en la fuente, y el niño la había salpicado jugando. Kiru sonrió.
―¿Cuál es vuestro nombre? ―les preguntó por primera vez en parghi, dándose cuenta de que no había llegado nunca a hacerlo.
La chica levantó la cabeza, con la cara mojada y limpia, sin la tierra que le tapaba la expresión hasta entonces. Kiru se dio cuenta de que era mucho más joven de lo que pensaba, poco mayor que ella misma.
―Mi nombre es Leah, y este es mi hermano Sam ―le respondió, en el idioma de los pueblos del sur, tarhi. El idioma natal de Kiru.
Kiru negó rápidamente con la cabeza e hizo un gesto de silencio.
―¿Sabes hablar parghi?
Ella asintió.
―Úsalo entonces mientras estés aquí. Es mejor que no sepan de dónde eres.
Leah volvió a asentir, entendiendo.
―¿Y tú? ―preguntó en parghi.
―Llámame Kiru.
Kiru vio la expresión sorprendida de Leah al escuchar su nombre, como si no pudiera creérselo. Kiru se encogió de hombros y sonrió.
―Siempre ha sido mi diosa favorita.
La expresión de Leah se relajó, dispuesta a creerse que no era un nombre real, aliviada de no haber acabado escapando con la verdadera Kiru, conocida en los pueblos del norte como la portadora de la mala fortuna. Kiru suspiró y volvió a mirar al mar. A ella, en cambio, siempre le había traído buena fortuna ese nombre. Hasta ahora, claro.
En ese momento oyó unos pasos en la distancia que venían corriendo por el callejón de subida al mirador. Kiru se levantó como un resorte y les hizo gestos a Leah y a Sam para que la siguieran por el otro callejón que daba al otro lado del mirador. Se escondieron en silencio detrás de una casa. Escuchó los pasos acelerados de un grupo de personas llegando al mirador. Frenando en seco.
―Estaban aquí las dos chicas y el niño. Vestían como nos ha dicho el tendero ―decía una voz grave.
―No pueden estar muy lejos entonces.
Kiru se dio la vuelta rápidamente hacia Leah.
―Volvemos a correr.
Corrieron calle abajo, de vuelta a la muchedumbre de las calles comerciales, esperando encontrar un escondite mejor. Cascos de caballo se oyeron a su espalda, golpeando el suelo de piedra y haciendo saltar a la gente a su paso. Empujando a la multitud, Kiru y Leah se apresuraron, arrastrando a Sam. Les alcanzarían pronto. Allá donde pasaban, la gente les señalaba. Eran demasiado visibles. Con un giro brusco, tiró de Leah y Sam hacia un callejón perpendicular. Cerró los ojos un momento y escuchó. Eco.
Los cortes de la fruta siendo preparada en el puesto de al lado. Los pasos acelerados de la gente hacia su objetivo. Ciudadanos frenéticos apartándose del camino. Los cascos del caballo acercándose, seguido de unos cuantos guardias a pie corriendo tras él. Buscó más abajo. Alcantarillas. Agua. Suciedad. Chapoteo. Ratas corriendo. Se concentró en una de ellas. La rata se paralizó y empezó a emitir un sonido parecido a un chillido. El resto de las ratas entraron en pánico, chocaron unas contra otras, intentaron huir. Se agolparon contra la salida de la alcantarilla, al pie de la calle, y salieron a montones.
La multitud empezó a chillar cuando vio las ratas aparecer y correr despavoridas. Gritos, caídas, el caballo cada vez más cerca. Corría, pero quería parar. Un relincho. Frenesí. Kiru abrió los ojos y le dijo a Leah:
―Buscad al Maestro del Eco, en el Barrio Oeste ―le dijo a Leah, que la miró implorante, no quería quedarse sola―. Cambiaos la ropa en cuanto podáis.
Sin decir nada más, corrió hasta la calle principal y se tiró al suelo, justo en el momento en el que el caballo levantaba las dos patas delanteras, intentando tirar a su jinete, asustado por la multitud de ratas que corrían bajo sus pezuñas. Kiru rodó bajó el caballo y cruzó la calle, arrastrando a unas cuantas ratas con ella. Se levantó y miró hacia el callejón del que había salido. Vio a Leah y Sam alejándose, corriendo.
Delante de ella el caballo consiguió tirar a su jinete. Kiru salió corriendo en dirección contraria. A su espalda, escuchó el ruido atronador de los huesos del jinete rompiéndose. Los guardias que llegaban corriendo a socorrerlo. La rata chillando cada vez más fuerte. El resto corriendo de un lado a otro, provocando el caos. Kiru comenzó a alejarse, pero no dejó de escuchar y sentir el Eco. La rata calló, por fin, y volvió a adentrarse en las alcantarillas. Kiru se refugió tras un saliente de la piedra, en un callejón lejano. Se hizo el silencio.
IV
EL CONSEJO
Taras se desperezó en su cama, molesto con la luz del sol que se filtraba a través de las cortinas. Su nuevo mayordomo lo había llamado, como cada mañana desde que había llegado, y le había traído una bandeja con el desayuno. Bostezando, se incorporó un poco y cogió una uva del montón de frutas. El mayordomo, Feris, abría las cortinas y preparaba el baño y la ropa para que Taras acudiera al Consejo.
Al principio, a Taras, que provenía del barrio Oeste, no le había gustado tener a alguien que lo ayudara en su habitación y había intentado hacer las cosas él solo. Feris, que, aunque no era del barrio Oeste, también era de un barrio humilde, le había contestado que nadie lo tomaría en serio en el Consejo si hacía eso.
―Además ―le dijo―, para mí es un trabajo. Otros van a la mina y estropean sus pulmones. Yo abro las cortinas y preparo el agua caliente, usted trabaja para que la ciudad mejore. Haga su parte.
Ante ese argumento, Taras no había podido decir nada y había tenido que prometerse a sí mismo que cuando pudiera, aprobaría una subida de sueldo para los mayordomos del Consejo. Después de mejorar las condiciones del barrio Oeste. Si es que alguna vez le escuchaban en el Consejo. Tampoco les había contado a Nora y Sethor que le habían asignado un mayordomo, y mucho menos se lo iba a decir a Vila. Aunque probablemente Sethor lo supiera y no se lo había dicho a los demás.
Despertándose del todo, tomó un poco más de queso y fruta y llamó a Feris. Este acudió a llevarse la bandeja y miró con desaprobación la cantidad de comida que aún quedaba en ella.
―Dáselo a la gente de la puerta, como siempre.
―Señor, se ha corrido la voz. Cada vez hay más gente en la puerta de las cocinas, esperando que les des las sobras de tu comida. Esto no puede seguir así...
―Perfecto, tendré que dejar más comida pues.
―¡No me refería a eso! Además, apenas ha comido hoy.
―No tengo mucha hambre. Tengo que intentar conseguir una información en el Consejo y no sé cómo lo voy a hacer… ―comentó Taras, incómodo, mientras se iba hacia el baño y cerraba la puerta.
Desde el otro lado de la puerta, Feris continuó hablándole:
―Podemos repasar las estrategias de negociación y comunicación básicas. Puedo traer los libros de dialéctica de la biblioteca de…
Taras cerró los ojos, intentando concentrarse.
―O tal vez prefiere alguno de presión política. Nunca se sabe cómo puede salir la situación en ocasiones…
Taras volvió a abrir los ojos y le dijo:
―Feris.
―¿Sí?
―Dame un minuto, ¿quieres?
―Sí, claro, perdone.
El minuto se convirtió en casi media hora y, cuando salió, ya estaba vestido, duchado y peinado. Volvió a la habitación y se encontró a Feris muy sonriente, junto a una pila de libros de política y dialéctica que, apoyados en el suelo, llegaba hasta su hombro.
―He traído unos cuantos y los he ordenado por temática.
Taras, sorprendido, respondió:
―¿Unos cuantos? ¿Cómo has podido cargar con tantos tú solo?
―Bueno, no se preocupe, he hecho un par de viajes. ¿Por cuál quiere empezar? ¿Cuál es la naturaleza de la información que busca?
Feris estaba dispuesto a resultar útil a toda costa, tal vez sintiendo el inicial rechazo de Taras a tener un ayudante de cámara. Taras, en cambio, estaba ya convencido de que Feris era tan útil para él y para todos como cualquier otro miembro del Consejo. Tal vez mereciera ser miembro del Consejo más que él, que había llegado al puesto después de que Nora tirara de bastantes hilos.
―¿Información sobre presupuestos tal vez? ¿Sobre gestión? Sé que el tema puede resultar complicado; a la gente no le gusta hablar de dinero ―le acercó un libro.
Taras negó con la cabeza.
―No es dinero, no…
―¿Políticas sociales tal vez? ¿Educación? Ese es otro tema peliagudo. Nadie quiere un pueblo inútil, pero tampoco un pueblo erudito que cuestione todo…
Taras rio, pensando en el análisis de Feris. Tenía bastante razón.
―Tampoco es eso, ¿verdad?
―No…
―¿Qué información necesita, señor?
Taras inspiró, pensando lo que decir. Creía que podía fiarse de Feris, estaba seguro. «Casi seguro». Pero necesitaba hablar con alguien. Desde que había llegado al Consejo había tenido que disminuir mucho la comunicación con Nora para evitar sospechas, comunicándose solo con Sethor en mensajes y quedadas escuetas. La verdad es que necesitaba hablar con alguien y Feris parecía tan dispuesto, tan animado siempre… y tan leal. A pesar de que lo había conocido solamente hacía pocos meses al llegar al Consejo cuando se lo habían asignado. Pero para Feris, era su primer trabajo en el Consejo y estaba dispuesto a ser un ayudante tan leal y honrado como lo había sido su padre, que había trabajado allí toda su vida, pasando de consejero en consejero hasta que había llegado a ayudante del propio líder.
―Vale ―dijo Taras, dispuesto a revelar parte de lo que necesitaba―. ¿Sabes algo de una ruta clandestina? ¿Algún poblado oculto? ¿Qué libro necesito para eso?
―Ay, señor, ninguno de estos libros nos va a servir ―respondió Feris, mirando la pila, preocupado―. Sabía que tenía que haber cogido uno de geografía.
Taras soltó una carcajada. Feris, tras dudar un poco, finalmente se unió y se relajó un poco.
―No creo que la ruta clandestina esté cartografiada… y la verdad es que no sé cómo abordar a otros consejeros para esto ―se sinceró Taras.
―Vale ―contestó Feris, de nuevo con entusiasmo―. Empiece por acercarse poco a poco.
Feris hacia gestos, mientras sacaba algunos libros de la pila, probablemente de negociación.
―Invítelos a comer al salir del Consejo ―apartó el libro de etiqueta y se los pasó junto a los otros. Taras los tomó a regañadientes.
―¿Deberíamos pedir pescado o potaje? ―bromeó Taras, pero Feris le hizo caso omiso y continuó:
―Pescado, por supuesto ―respondió Feris, como si fuera evidente y continuó―. Después tantee el terreno, descubra en qué están interesados…
―Probablemente en nada de lo que lo estoy yo…―replicó en voz baja Taras.
―Entonces proponga votar a favor de aquello que quieren en la próxima votación…
―¿Sea lo que sea? Un poco arriesgado, ¿no?
―… y cuando estén contentos comente lo que le preocupa a usted y diga que ha oído unos rumores, pero que no está seguro de si son ciertos o no.
―Efectivamente, no estoy seguro… ―suspiró Taras.
―Échelo a broma, que no noten su interés real, que no vean su necesidad y no sientan que le están haciendo un favor. Entonces le dirán lo que saben sobre el tema.
Feris se quedó en silencio por fin y Taras lo miró sonriendo.
―¿Por qué no estás tú en el Consejo? Lo harías mejor que yo.
―¡Qué tontería! ―inmediatamente Feris se sonrojó, y comenzó a disculparse―. No pretendía decir eso, lo que quería decir es que cada uno…
―… hace su parte ―completó Taras la frase que le había oído decir con antelación.
―Exactamente. Lo hará bien, señor Taras ―Feris pareció calmarse un poco―. Solo tiene que leerse un par de estos. Me llevaré los de política social y economía, que no le van a hacer falta ahora mismo.
Taras asintió con la cabeza y colocó los libros que le había apartado Feris en su mesilla de noche, completamente consciente de que no iba a abrirlos ni una vez. Realmente el Consejo no era lo que había esperado en un principio, pero desde luego no creía que un montón de estrategias absurdas de manipulación psicológica fuera el modo de mejorar la vida de la gente. Tantearía el terreno, sí, pero lo intentaría a su manera. Se despidió de Feris, que le ayudó a ajustarse la capa, y salió de su cámara al pasillo de los dormitorios.
Todos los consejeros recibían unas cámaras propias en las que alojarse, para evitar desplazamientos. Sin embargo, a pesar de ser vecinos, no estaba bien visto llamar a la puerta de la cámara de ningún otro consejero sin tener concertada una cita previamente, así que tendría que abordarlos directamente en el salón del Consejo. Se dirigió hacía allí media hora antes de la hora a la que debían presentarse cada mañana con esta idea en mente. Cuando llegó, encontró el salón casi vacío, a excepción de un par de consejeros que hablaban en voz baja en una de las filas delanteras. Con su mejor sonrisa, se acercó a ellos y los saludó:
―Buenos días, ilustres ―les dijo, dirigiéndose a ellos con la fórmula de cortesía con las que se dirigían a ellos los ciudadanos de Gathelic cuando venían a hacer peticiones. ¿Tal vez estaba yendo muy deprisa?
Los consejeros se giraron sorprendidos. Se trataba de la consejera Regina y del consejero Ankar, ambos provenientes del barrio alto y con más dinero del que podían gastar. Lo miraron con desdén y volvieron a su conversación en voz baja. Taras, en cambio, no estaba dispuesto a darse por vencido. Bajó los escalones hasta situarse en la primera fila junto a ellos y los miró. Tenía las manos en los bolsillos de su capa e intentaba aparentar tranquilidad.
―He oído que un cargamento ha desaparecido.
Ambos consejeros levantaron la mirada, sorprendidos.
―¿Qué cargamento? ―respondió Regina, evidentemente interesada.
―Pues no estoy seguro, pero no es muy agradable despertarse con esas noticias. Seguro que muchos en el Consejo estarán preocupados ―dijo Taras, tratando de hacer como que no sabía nada.
―Seguro que son rumores y habladurías. Siempre están con lo mismo ―respondió Ankar, tajante. Parecía deseoso de acabar la conversación y volver a lo que estaban haciendo antes de que llegara.
―Ankar, ¿y si es cierto? ―Regina, que no tenía tanta prisa por volver a su negociación, se giró hacia su compañero―. Esto lo cambiaría todo.
―¿Cómo? ¿Porque venga el novato este y nos cuente cualquier tontería te lo vas a creer?
―Cálmate, no he dicho eso ―le espetó ella, molesta―, pero desde luego, es una opción que debemos considerar antes de seguir adelante.
―Regina, ¡seguro que se lo ha inventado!
Taras se sintió un poco cohibido al verlos discutir delante de él abiertamente sobre si estaba o no mintiendo.
―Ankar, voy a ir a hacer algunas comprobaciones antes de que comience la reunión.
―¿Qué? ―dijo enfadado Ankar, mientras Regina se levantaba y salía deprisa de la sala del Consejo y añadió lo suficientemente alto para que Taras lo oyera―. ¡¿Me vas a dejar aquí con este tarado?!
Se quedaron solos, Taras carraspeó, sin atreverse a decir nada. No estabas seguro de si ofenderse o no tras el comentario. Si se ofendía, no podría sacarle nada a Ankar, y probablemente se ganaría un enemigo; pero si hacía como si no lo hubiera oído desde luego que quedaría como un tarado… Ankar se levantó del asiento refunfuñando. Antes de que se fuera, Taras optó por la opción de tarado y lo alcanzó con una sonrisa, que pretendía ser amable, pero sabía que no se le daba muy bien.
―Ankar, quédese a hablar conmigo. No hace falta que se vaya.
―¿Pero has visto la que me has liado? Has espantado a Regina.
―Tal vez yo pueda ayudarle a conseguir lo que necesita ―dijo rápidamente Taras, tratando de recordar los Consejos de Feris: «ofrecer algo primero…».
―¿Tú? ¿Qué vas a conseguir tú? Llevas meses aquí en el Consejo y no has conseguido ni una mísera alianza con nadie.
Aunque Taras ya lo sabía, se sintió algo dolido de todas formas con la acusación. La verdad es que no le había ido muy bien hasta ahora, pero eso iba a tener que cambiar.
―Nunca es tarde, dice el dicho ―contestó, volviendo a intentar la sonrisa de antes.
Ankar resopló, subiendo los escalones con esfuerzo hasta la fila superior donde debía sentarse. Era un hombre mayor, con el pelo canoso y una forma redondeada que mostraba años de ingesta de licor de hierbas, y decían que no se movía del edificio del Consejo nunca. A pesar de ello, estaba metido en miles de ventas sobre terrenos a las afueras de Gathelic. Podía trabajar a distancia, mientras vaciaba la botella de licor desde su sillón. Taras volvió a probar:
―Déjeme intentarlo. Tal vez pueda conseguirle lo que necesita. ¡No perdemos nada!
Ankar se acomodó en su tribuna en la fila superior, hasta la que Taras lo había seguido, con gesto de aburrimiento.
―Está bien ―dijo Ankar―. Consígueme dos kilos de explosivos.
―¿Explosivos? ―preguntó Taras perplejo―. ¿No se venden en el pueblo?
―Están todos agotados aquí ―refunfuñó de nuevo Ankar―. Y solo Regina puede traernos más con su compañía de transporte.
―Hmm, de acuerdo, veré cómo puedo…
Ankar se rió:
―¿Cómo los vas a traer? ¿Tienes contactos fuera?
―Eh, no, claro que no, pero tal vez pueda convencer a Regina por usted.
Ankar volvió a reírse, cada vez más fuerte, atrayendo la atención de otros consejeros que empezaban a acudir a la sala. Se acercaba la hora del comienzo de la reunión. Taras volvió a sonreírle a Ankar y le prometió otra vez intentar hablar con Regina. Lo dejó riéndose en su tribuna y se fue hacia la suya. Mientras el Consejo se reunía, pensó en que tal vez su encuentro no había ido del todo bien, pero había descubierto algo interesante. La reacción de Regina a la desaparición del cargamento había sido de esperar, ya que la preocupación por el transporte de mercancías era algo que preocupaba a muchos consejeros… Pero tal vez sabía algo más. Algo satisfecho y con un objetivo en mente, pensó en abordar a Regina de nuevo después de la reunión.
Se dirigió a su tribuna, y vio que la de al lado estaba ya ocupada por la consejera del barrio Este, otro barrio humilde de Gathelic. Anthea era una mujer de mediana edad con cara de pocos amigos y nada sociable. Siempre que intentaba hablar con ella, le respondía con monosílabos, y nunca decía nada en el Consejo. Taras no estaba seguro de qué le pasaba por la cabeza, y qué estrategia tenía en mente, si es que tenía alguna. Normalmente se abstenía en las votaciones y permanecía en silencio con expresión concentrada durante toda la reunión.
Cuando Taras llegó hasta su asiento, se dio cuenta de que había un papelito arrugado sobre el cojín de terciopelo. Sorprendido, lo tomó y lo abrió mientras se sentaba. Había algo escrito: «Pregunta por la mina. S».
Asombrado, Taras miró a su alrededor, buscando quién podía haberle dejado el mensaje. Anthea, a su lado, miraba al frente con su expresión habitual y no parecía haberse percatado de nada. Se preguntó si habría sido ella capaz de escribirle la nota, pero enseguida lo descartó. Si fuera ella, podría haberle hablado directamente, no necesitaba escribirle. Aunque era una mujer tan rara…
Miró de nuevo el mensaje, y se fijó en la letra S. Tenía que ser un mensaje de Sethor. ¿Habrían encontrado algún frigorífico en la mina? Y, en ese caso, ¿cómo se le ocurría a Sethor enviarle un mensaje al mismo salón del Consejo? ¿Estaba mal de la cabeza? Pensó en la mina y se le ocurrió que quizás habría alguna noticia interesante en relación con alguna mina hoy entre los anuncios del Consejo. Se decidió a esperar a que llegara el momento adecuado y después abordar a un par de consejeros para saber más detalles. Probablemente nadie supiera nada. Las minas estaban regentadas por el líder y salvo en raras ocasiones, no se hablaba de ellas nunca…
El sonido de un martillazo lo devolvió al presente. La presidenta del Consejo pedía el silencio, mientras aparecía el Gran Líder Harr III por la puerta de la sala. Quedaron todos en silencio y Harr cruzó la sala de forma solemne y se sentó en la butaca principal de la zona inferior, frente al resto del Consejo. La presidenta procedió a leer el orden del día:
―Punto número 1. Ataque a las minas ―dijo en voz alta. Se armó un gran revuelo instantáneo.
―¿Ataque? ¿Cómo que ataque? ―susurraban los consejeros a su alrededor.
Taras, sorprendido, volvió a leer el mensaje que tenía entre las manos. Al parecer no iba a tener que esforzarse en preguntar mucho; le iban a responder a su pregunta ahora mismo. El Gran Líder murmuró algo a su mayordomo y este se levantó y caminó hasta la presidenta para entregarle un papel. La presidenta lo tomó y leyó en voz alta las palabras del líder.
―Estimado Consejo, la pasada noche, las minas de Gathelic fueron atacadas ―comenzó, a la vez que se hacía el silencio en la sala―. Según los mineros que han testificado, dos personas entraron por la noche en uno de los emplazamientos mineros mientras estos dormían. Fueron sorprendidos en el acto y perseguidos hasta la salida, por lo que no pudieron llevarse nada ni hacer lo que vinieran a hacer. Causaron destrozos en la puerta, pero no hubo heridos.
Más murmullos se sucedieron en la sala.
―Por el momento no estamos seguros de quiénes son ni del motivo, pero se están llevando a cabo investigaciones. Se trata de una zona estratégica, y como saben, una fuente de recursos necesarios para nuestra economía. Es una situación grave, ya que acciones como estas vulneran nuestra autonomía y posición con respecto al continente.
Los consejeros se giraban y se lanzaban miradas entre ellos, parecía que más de uno tenía algo en mente. La mención al continente servía para darle la relevancia necesaria a la noticia. Gathelic, que había conseguido ser independiente del continente tras un largo período de guerra y desacuerdos, valoraba por encima de todo su autosuficiencia y autoabastecimiento. Sin embargo, tras décadas de independencia efectiva, la relación con el continente seguía siendo tensa y a la vez necesaria. Cualquier situación que hiciera peligrar la frágil estabilidad del sistema se convertía inmediatamente en un asunto de máxima prioridad. Si las minas de Gathelic habían sido atacadas, podía significar muchas cosas, y desde luego, ninguna era buena para Gathelic.
La presidenta terminó de leer y dobló el papel, pero continuó hablando:
―Creo que no tengo que recordárselo, pero es de vital importancia que colaboren lo máximo posible los próximos días con la investigación. Se llevarán a cabo algunas entrevistas con los consejeros. No se preocupen, cualquier información nos puede ser útil. Se les notificará en sus cámaras de la hora y fecha convenida para la entrevista.
Los consejeros elevaban la voz y hablaban entre ellos agitados. Hacía mucho tiempo que se les interrogaba por última vez y, por la expresión de sus caras, muchos no estaban contentos. La presidenta volvió a hablar para hacer callar a la sala y pasar al siguiente punto del día. Sin embargo, encontró muy poco entusiasmo y las intervenciones fueron mínimas y muy escasas. En menos de media hora, la reunión se disolvió y los consejeros salieron a gran velocidad. Nadie quería quedarse a hablar o negociar después de la noticia. Taras salió también sin decir nada a nadie, arrugando el papelito en la palma de su mano, como si quisiera hacerlo desaparecer.
V
LA MUERTE ES LA ÚLTIMA SOLUCIÓN
Kiru sabía que había sido buena idea separarse de Leah y Sam para despistar a sus perseguidores. Buscaban a dos mujeres y un niño, y sería mucho más fácil pasar desapercibidas por separado. Efectivamente, un par de veces había pasado cerca de un guardia de seguridad que la había ignorado por completo. No encajaba en el perfil que buscaban. A veces era tan fácil…
Aun así, se preocupaba por Leah y Sam y esperaba que les estuviera yendo bien. No se los había encontrado en ningún momento desde que se separaron, lo que le parecía algo extraño. Llevaba todo el día deambulando por las calles de Gathelic entre la multitud. Había cambiado su chaqueta por otra más sucia, más rota y que le estaba más apretada en cuanto había encontrado a alguien lo bastante iluso para aceptar. Había cambiado una moneda por otro panecillo e incluso había robado un poco de fruta en un puesto de la plaza. Caía la noche y la luz rojiza de la luna empezaba a bañar las calles del barrio Oeste. No se había atrevido más que a pasar brevemente por una de las calles principales del barrio hasta ahora. No estaba segura de qué hacer. Por un lado, había evitado el barrio a plena luz del día, temerosa de que los guardias supieran donde se dirigía y la esperaran allí; pero, por otro lado, una parte de ella no estaba segura de si acudir a la cita o no.
A Kiru le habían dado un mensaje claro cuando la habían convencido para esconderse en ese frigorífico: tenía un destino pactado y una persona de contacto, pero hasta ahora no había sido consciente de lo que hacía realmente. Había huido de la cultura de su ciudad natal, Sertis, para unirse a los liberales de Gathelic. Y no solo eso, sino también para buscar al Maestro del Eco. Todavía no se lo creía, ni estaba preparada para dar el paso. Si bien era cierto que llevaba mucho tiempo usando sus habilidades en secreto en Sertis, especialmente en momentos de necesidad, nunca se había considerado parte del Eco. Sin embargo, cuando conociera al gran Maestro, no habría marcha atrás.
Con el anochecer, en cambio, sus pasos la habían llevado de manera casi inconsciente al barrio Oeste. Aunque podría encontrar un lugar donde dormir, no estaba segura de que pudiera posponerlo mucho más tiempo. Tarde o temprano la encontrarían. Su única opción después de haber llegado tan lejos era buscar al Maestro. Y todavía se resistía.
En una calle cercana, oyó a unos muchachos hablar pargui mientras bebían licor de arroz y se dio cuenta por la conversación de que uno de ellos debía de vivir cerca del lugar que estaba buscando. La localización que acababa de mencionar coincidía exactamente con la que le habían descrito. Debía buscar la casa en la que el consejero proveniente del barrio Oeste había vivido. Junto a ella, estaba la escuela del maestro, escondida a ojos de la gente normal. Solo los aprendices del Eco, se decía, podían ver el lugar y encontrar la puerta de la escuela.
El chico se quejaba de que el nuevo consejero llevaba ya meses en el Consejo y todavía no había hecho nada por el barrio. Mientras tanto, su abuela, que vivía enfrente de él, había empezado a recibir hogazas de pan cada mañana. «Qué derroche,» decía el chico, «hogazas enteras para ella sola». Kiru estaba segura de que se refería al lugar que buscaba, y decidió acercarse. Para hacer tiempo, se acercó al puesto y gastó su última moneda en un vaso de licor de arroz. Los chicos le hicieron espacio entre sonrisas y pasados unos minutos volvieron a hablar de la abuela del consejero en parghi. Kiru, fingiendo desinterés, preguntó sobre la abuela para saber más acerca del sitio que tenía que encontrar más adelante: la puerta escondida del Maestro.
―No sé qué hace con una hogaza entera la señora, cada día ―insistía el chico que vivía enfrente de ella, que se había presentado como Jink.
―¿Igual vive con alguien más? ―dijo otro de los chicos.
―No, no hay nadie más que salga de esa casa ―dijo otro.
―¿No se la da a algún vecino? ―preguntó Kiru, integrándose en la conversación.
―No vive nadie allí más que yo. Tan solo hay una casa abandonada y al otro lado la antigua escuela que se quemó ―respondió Jink―. Te digo que la anciana lo tira. Desde que su nieto está en el Consejo se le ha subido a la cabeza, ya no se da cuenta de nada…
―¿Y cómo es la casa abandonada? ―preguntó Kiru con una sonrisa―. ¿Hay fantasmas?
Los chicos se rieron, excepto Jink, al que parecía asustarle un poco el tema.
―No, ¡claro que no hay fantasmas! ―dijo Jink, con la voz algo alterada.
―Bueno, Jink ―dijo otro chico―. Cuéntale lo que has escuchado y visto allí alguna vez. Si eso no parecen fantasmas…
―No, pero eso no… ―comenzó a excusarse Jink.
―¿Qué escuchaste? ―preguntó Kiru, mirándolo fijamente.
―Nada, probablemente fuese algún animal o alguien buscando cobijo de la lluvia, no hay que darle más importancia…
―¡Pero si viniste aquí corriendo muerto de miedo! ―se rio otro de sus amigos.
―Me encantan las historias de fantasmas. ―Kiru le sonrió, buscando la complicidad para sonsacarle.
―Pues me pareció oír unos ruidos, como de madera crujiendo, pero bueno, que esto es muy normal cuando llueve…
―Y viste la casa mutando ―añadió otro de sus amigos, burlándose también―. Dijiste que la ventana del piso de arriba se había derretido y caído al suelo, ¡para después volver a aparecer!
―¿La ventana del piso de arriba? ―repitió Kiru, pensativa. Se le estaba ocurriendo la manera de entrar a la casa.
―Probablemente lo soñé, ¿vale? ―insistió Jink, enfadado y tratando de cambiar de tema―. Lo importante es que, si la abuela del consejero está derrochando comida, podíamos hacer algo. Podíamos comer los cuatro con esa hogaza; ella ya tiene bastante comida ahora que vive de las rentas de su nieto.
―¡Y será como recibir lo que nos debería de estar dando el consejero a estas alturas! ―se sumó otro.
―¡Eso! ―dijo el tercero levantando el vaso―. ¡A por la hogaza!
Kiru brindó con los demás, abstraída, trazando un plan. Pasado un rato, decidió que era momento de despedirse y se inventó una excusa. Prometió volver otro día y se marchó doblando la esquina del callejón. Ahí se escondió pegándose a la pared y escuchó su Eco:
La vibración de la luz rojiza de la luna iluminando las piedras del suelo. El murmullo de los vecinos que cenaban en sus casas. Los últimos carros que pasaban a varias calles de distancia, haciendo crujir la madera de las ruedas. El sonido de los vasos entrechocando en el puesto de comida. El dueño limpiando algunos que le devolvían. Las risas del grupo hablando de ella con palabras lascivas. Kiru apretó los dientes. Pasaron unos quince minutos hasta que los chicos se cansaron de beber y se despidieron por fin. Kiru seguía escuchando. Eco. Bromas sobre los fantasmas de la casa embrujada. Los pasos de Jink alejarse.
Kiru se puso la capucha de su nueva chaqueta, que no le cubría del todo bien, y comenzó a seguir a Jink por el callejón paralelo, sin dejar de sentir su trayectoria. Lo siguió durante una decena de calles hasta que llegaron a la calle en la que vivía. Kiru reconoció enseguida la escuela quemada. Un edificio enorme, que en otros tiempos había sido un lugar importante para el barrio, que había albergado a cientos de niños. Claramente construido en otra época más lujosa, quedaba ahora destartalado, mugriento y ennegrecido por el humo, con la maleza creciendo entre las paredes y cubriéndolo entero. Kiru se preguntó por qué no habrían construido otra escuela para sustituirla.
Más adelante estaba Jink, parado frente a la puerta de su casa, buscando una llave que parecía no encontrar. Kiru giró la cabeza hacia el otro lado de la calle y vio una pequeña casa cuidada, recién pintada de azul, con las luces encendidas. Era seguramente la casa de la abuela del consejero. A su lado derecho, estaba la casa abandonada que había mencionado Jink, tan triste como el colegio quemado, o incluso más. La casa parecía haber sufrido un derrumbamiento: las columnas yacían tumbadas entre muchos escombros y suciedad, bloqueando el acceso. El sitio no parecía muy alentador, si de verdad era el correcto. Kiru dudó. Tal vez se había equivocado después de todo.
Esperó a que Jink entrase a su casa y cerrase la puerta antes de adentrarse en la calle. En silencio, pasó por delante de la escuela y se situó de espaldas a la casa de Jink. Observó la casa de enfrente, abandonada, pero imponente de todas formas. Derrumbada y en la oscuridad, nada parecía moverse en su interior. Las hojas de los árbustos que se habían comido el jardín delantero se movían con el viento. Miró la ventana del piso superior, la que Jink había mencionado en su historia, y escuchó. Eco.
Los ruidos de la noche la invadieron. Unos transeúntes que pasaban por una calle cercana, las hojas de los árboles y entrechocando, la vibración de la luz en la casa azul de la abuela del consejero. Ruido de platos. Alguien comiendo. El entrechocar de sus dientes. Unos golpes que parecían de las botas de Jink al ser tiradas al suelo sin cuidado. Sus pasos arrastrando los pies hacia la escalera que conducía al piso superior. Los peldaños crujiendo. Kiru sacudió la cabeza. No le interesaba Jink. Trató de concentrarse en la casa derruida que tenía delante. Se esforzó más.
Silencio. Nada. No oía absolutamente nada. Estaba completamente vacía. Nada se movía dentro, ni siquiera la madera crujía. Pensó, preocupada: «¿Se habría equivocado de lugar? ¿No debería haber algún sonido?». No podía ser… hasta las casas vacías emitían sonidos.
Un maullido la sobresaltó. Giró la cabeza y buscó en las sombras. Un gato entró de un salto en su línea de visión. No lo había visto venir. ¿Lo había pasado por alto en la oscuridad? Pero lo debería haber oído llegar. El gato, con el pelaje negro, se estiraba entre los arbustos de la casa. Su silueta se vislumbraba con dificultad, recortada contra la oscuridad de la casa, ligeramente iluminado por la luna rojiza. Kiru recordó las historias de supersticiones absurdas relacionadas con gatos negros que se contaban en su tierra natal. Esbozó una sonrisa; para ella era una buena señal.
Se decidió a dar un paso hacia el gato, que paró inmediatamente de rascarse. El gato la miró, con sus enormes ojos amarillos. Kiru dio otro paso, tratando de acercarse, pero el gato dio un salto hacia atrás y desapareció. Kiru escudriñó las sombras. No veía nada. ¿Dónde se había metido? Escuchó. Buscó el Eco. Pero no oía nada otra vez. Absolutamente nada.
Parecía que el gato había vuelto por donde había venido. Recordó la historia de la ventana que se derretía que había contado Jink. ¿Era real el gato o lo habría imaginado?
Se quedó mirando a la oscuridad por la que había desaparecido el gato, confusa. La dirección era correcta, y probablemente sería algo relacionado con los poderes de la tierra. Pero ¿una ilusión permanente? ¿Una casa que se mantuviera oculta durante décadas? Desde luego, era el ejemplo de poder más impresionante que había visto. ¿Cómo se entraba? No le habían dado instrucciones, ninguna contraseña ni ningún Consejo para entrar. Si intentaba entrar ahora mismo, encontraría ruinas solamente. Necesitaba encontrar la manera de pasar a través de la ilusión, de hacerle ver a quien hubiera dentro que podía bajar la barrera.
Un crujido sonó a su espalda. Kiru se dio la vuelta, maldiciendo en voz baja. Un sorprendido Jink abría la puerta de su casa.
―¿Tú…? ¿Eres la chica del bar?
Kiru suspiró.
―Sí, hola, es que pasaba por aquí…
―¿Me has seguido?
―No, no, es que… ―buscó una excusa―. Me he quedado intrigada con la historia de la casa abandonada y…
―¿La casa? ―Jink esbozó una sonrisa, de pronto muy seguro de sí mismo―. No hacía falta que me siguieras, te hubiera traído yo mismo. Pasa, te puedo contar lo que quieras de la casa de enfrente.
―Ehm, no, yo solo…
―No seas tímida, venga…
Jink la agarró del brazo, tirando de ella hacia dentro de la casa, demasiado feliz. Kiru lo miró a los ojos y se dio cuenta de que estaba borracho. Se resistió.
―No, de verdad que no.
―Venga ―repitió este―. Que no muerdo.
Jink tiraba con más fuerza de su brazo y su sonrisa desaparecía. De manera agresiva, la agarró con la otra mano también y le clavó las uñas.
―Pasa ahora mismo. Has venido hasta aquí, y ahora te voy a dar lo que buscabas, maldita…
El corazón de Kiru se aceleró e instintivamente volvió a buscar su Eco. Se concentró mientras las uñas de Jink se clavaban en su piel. Escuchó.
El crujir de la madera de la casa de Jink. El agua hirviendo en una olla que se había empezado a preparar. El eco de sus palabras en la calle solitaria. La fricción de sus zapatos contra el suelo de madera. Las uñas de Jink, arrancando con más fuerza su piel. La saliva de Jink, escupiendo insultos. Sus facciones crispándose. Kiru cediendo a la presión en sus brazos y dando un paso adelante, adentrándose en la casa en contra de su voluntad. No. NO.
El corazón de Jink, latiendo, deprisa. Se concentró en él, a la vez que Jink le escupía en la cara. Insultos resonando en la distancia. Jink estaba gritando algo que Kiru no podía oír. Su corazón comenzaba a pararse. Jadeos. La presión sobre los brazos de Kiru relajándose. Dolor en el pecho. Los ojos de Jink abriéndose, notando lo que estaba sucediendo. Un grito, respiración entrecortada. Su corazón, cada vez más lento. Jink la soltó y cayó de rodillas. Kiru se cayó hacia atrás. El ruido de ambos contra el suelo. El sufrimiento de Jink... Ya casi estaba.
De pronto, una explosión dentro de la casa de Jink la hizo perder la concentración. Todo el resto de los sonidos volvieron a ella de golpe, abrumándola. Jink gritaba mientras se recuperaba en el suelo. Una olla en la cocina ardía en el interior de la casa. Jink salió corriendo a apagar el fuego y escapar de ella. Su corazón volvió a latir más deprisa. Los gritos de Jink, los pasos de gente que se acercaba, alertada por el ruido de la detonación.
Varias personas pasaron por encima de Kiru, casi pisándola. Estaba aturdida. ¿Qué había estado a punto de hacer? Alguien se situó a su lado y le habló:
―Levanta, rápido, mejor que salgamos de aquí.
Kiru miró a la persona y se encontró a una señora mayor bien vestida, con cara de enfado mirándola desde arriba.
―Venga, ¡vamos! ―repitió, como si estuviera a punto de regañarla.
Kiru obedeció y se incorporó. Siguió a la señora hacia la casa de enfrente, la casa del consejero. Sin decir nada, la señora la invitó a pasar con la mano. Después entró a su casa y cerró la puerta detrás de ella. Se dio la vuelta y la miró, fulminándola con la mirada.
―Siempre es mejor un objeto que una vida.
Kiru tardó unos segundos en reaccionar y asintió cohibida. ¿Quién era esta mujer? ¿Era también una Maldita como ella? ¿La había ayudado con la olla?
―El fuego se apaga, pero las vidas no vuelven. ¿Lo entiendes?
Kiru volvió a asentir.
―Además, si matáramos a todos los imbéciles no tardaríamos ni dos segundos en encontrarnos con la policía en la puerta de la escuela.
Kiru se sorprendió. «¿La escuela?», pensó, pero no le dio tiempo a formular la pregunta.
―Repítelo. La muerte es la última solución.
¿Qué repitiera? ¿Por qué? Kiru no entendía nada.
―Venga, repítelo, no vamos a quedarnos aquí toda la noche.
La señora la volvió a fulminar con la mirada, como si se tratara de su alumna más díscola, y con un gesto de impaciencia, la animó a hablar. Kiru sintió que desobedecer a la señora podría costarle muy caro, así que repitió con voz algo entrecortada:
―La muerte… ―comenzó Kiru, pero la señora le hizo gestos de que alzara más la voz―. Es la última solución.
―Bien ―la señora sonrió―, primera lección aprendida. Espero no tener que volver a repetírtela, ¿entendido? Nosotros no matamos.
Kiru asintió, todavía confusa, pero sintiendo que había llegado a donde quería llegar. Por fin.
La señora se dirigió al interior de la vivienda, mientras le decía:
―Pasa, te estábamos esperando.
VI
EXPEDICIÓN LUNAR
El resto del día Taras lo había pasado intentando concertar alguna cita con los consejeros desde el sillón de su escritorio, en vano. Feris, que había estado llevando los mensajes de invitación y trayendo las cartas de rechazo, se había acabado sentando con él.
―Y con este mensaje, señor, no nos queda nadie con quien hablar ―decía Feris―. A no ser que reconsidere la opción de hablar con la consejera Anthea.
―Nunca me ha saludado siquiera y ocupa la tribuna junto a la mía. ¿Qué te hace pensar que va a acceder a hablar conmigo a estas horas? ―respondió Taras.
―No hay que perder la esperanza, señor ―decía Feris, disimulando un bostezo.
―Se han cerrado en banda. ¿Por qué no quieren hablar conmigo?
―No es por usted, señor. He oído por los otros mayordomos que nadie está reuniéndose. Parece que ha elegido el peor día…
―Pero seguro que tienen cosas de las que hablar, ¿no? Alguien tiene que saber algo de las minas esas… ―decía Taras―. ¿Te has encontrado en una situación similar?
―Yo no señor, pero creo que mi padre sí, en la época de las Guerras del Norte… ―respondió Feris―. Me contó que el Consejo estuvo una semana entera sin reunirse. Imagínese, todos encerrados en sus cuartos…
―Pero ¿de qué le sirve eso a Gathelic? Consejeros que cancelan las reuniones cuando hay algún problema…
―Parece lógico, señor. Estarán pensando una estrategia y puede que haya algunas comunicaciones secretas, claro...
―Una estrategia ―repitió Taras―. ¿Crees que necesito una estrategia?
―Sí, qué buena idea ―repitió Feris, suprimiendo otro bostezo―. Hmm, sí, probablemente la necesite, pero tal vez la podamos idear mañana.
Taras se dio cuenta de que debía dejar a su mayordomo marcharse a descansar y así lo hizo. Lo observó marcharse y suspiró, pensando que había perdido todo el día. No sabía nada de las minas, ni de las personas desaparecidas en frigoríficos, ni había conseguido hablar con nadie, sin contar la conversación con Ankar en la que lo había llamado tarado, que no había sido muy productiva. Resignado, se quitó la túnica de consejero para ponerse otra ropa más cómoda para dormir y, al hacerlo, un papelito arrugado cayó a sus pies. Lo cogió y lo desdobló. Ya casi no se acordaba del mensaje que había encontrado en su silla del Consejo. No es que hubiera sido muy útil tampoco… Enfadado, lo arrojó a la chimenea y siguió poniéndose la túnica de dormir. Por último, se sentó en la cama, a desabrocharse las botas. Qué día tan desaprovechado…
Una luz verdosa iluminó el dormitorio de repente. Taras, extrañado, buscó la fuente de aquella luz. Parecía salir de la chimenea. No sería… Sí, era. Del papelito en llamas salía un chorro de luz que se proyectaba en la pared. Con una palabrota al ver la muestra de Eco esparciéndose libremente por su habitación, Taras se dio la vuelta y leyó el mensaje sobre el papel. En letras mayúsculas, el mensaje decía: «Medianoche, mismo sitio».
A Taras le dio un vuelco el corazón. ¿Una reunión con Sethor? Miró la hora: once y cuarenta. Tenía menos de veinte minutos para llegar al mirador del acantilado en el que se había reunido con Vila la última vez. Segunda palabrota. Se echó rápidamente la capa de abrigo por encima de la túnica pijama, cogió la bolsa con un poco de agua y la linterna y se marchó corriendo de la habitación. Nada más cerrar la puerta de su cuarto de dio cuenta de que había dejado el papelito ardiendo con la luz verdosa esparciéndose por su cuarto. Tercera palabrota.
Una vez hubo entrado de nuevo y apagado el fuego y la luz, emprendió el camino por la oscuridad de los pasillos del Consejo en dirección a la salida. Los pasillos, al ser interiores, no disponían de ninguna ventana y cuando las linternas que iluminaban se apagaban, era como caminar por una cueva. ¿Por qué las habían apagado tan pronto? No solían hacerlo hasta pasada la medianoche...
Encendió la linterna y continuó andando. Iba a matar a Sethor, ya era la segunda vez que le dejaba un mensaje tan oculto que no lo descubría hasta que era casi demasiado tarde. «Tal vez debería comprobar mejor los mensajes», pensó enfadado. Aunque esta vez no había estado oculto, simplemente se había olvidado de comprobarlo…
Estaba muy cerca de la puerta de salida del edificio del Consejo cuando oyó unos pasos corriendo en dirección contraria. No había luz, quien fuera no estaba utilizando linterna. Y probablemente él tampoco debería estar utilizándola… La apagó y ralentizó el paso para no hacer ruido y alertar de su posición a la otra persona. Los pasos se acercaron. Taras se detuvo y se pegó a la pared. Oyó unos susurros. Pudo distinguir algunas palabras sueltas.
―Si Ankar se entera…
―No se enterará… no… ―la voz se interrumpió―. ¿Has oído eso?
Otro grupo de pasos. Se acercaban por donde Taras había venido en la oscuridad.
―Pégate a la pared ―dijo una de las voces a la otra.
Taras oyó movimiento de túnicas y unos pasos apresurados hacia la pared. Por un momento tuvo miedo de que fueran a chocarse con él, pero se fueron hacia la pared contraria.
―Contén la respiración ―le dijo un consejero al otro. Taras la contuvo también.
El otro grupo de pasos se acercó casi corriendo y pasó por delante de ellos a toda velocidad. Los pasos se alejaron hacia la puerta lateral del edificio. Se oyó la cerradura y el crujir de la puerta al abrirse y cerrarse de nuevo.
―Ya está, vamos ―volvió a susurrar el consejero y los consejeros escondidos se alejaron en dirección contraria.
Taras se volvió a poner en marcha por fin. Llegó hasta la puerta lateral y la abrió. La luz rojiza de la luna lo cegó momentáneamente. Salió a la calle, al jardín del edificio. Dio unos pasos y miró la hora, le quedaban solo diez minutos. Tendría que correr y estaba ya sudando tras el momento de tensión en el pasillo. Iba a matar a Sethor.
Corrió durante cinco minutos por las calles que aún estaban abarrotadas de gente hasta que llegó a las puertas de Gathelic. Los ciudadanos conservaban la energía a altas horas de la noche sin ser conscientes de que se avecinaba una gran crisis. Los trabajadores habían terminado sus turnos y tomaban unas copas en los puestos de las calles. La luz rojiza brillaba con más intensidad que nunca. Parecía casi de día.
Nadie se fijó en Taras, o eso le pareció. No era extraño que los consejeros fueran a atender asuntos por la noche, aunque sí que era un poco menos común atenderlos en un acantilado recóndito, a las afueras y en pijama. Se cerró bien la capa y llegó hasta la muralla, donde se encontró con una cola de gente.
Los guardias de las puertas, que siempre las mantenían abiertas y normalmente no hacían preguntas, se habían apostado delante, y estaban interrogando a todos los que querían salir o entrar. Nervioso, Taras esperó su turno, pensando una excusa, pero ninguna excusa sería creíble a estas horas… Un grupo, delante de él en la fila estaba siendo interrogado por el guardia.
―Sí, ya le digo. El ritual va a empezar enseguida porque la luna está casi a punto y como no se den prisa nos lo vamos a perder ―oyó que decía una señora al frente del grupo.
El guardia parecía perplejo. Miró a su compañero con gesto de preocupación como si quisiera confirmar algo con él, pero el otro guardia estaba absorto registrando las bolsas de unos granjeros que entraban.
―Chico ―lo llamó la señora al frente del grupo―. ¡Qué es para hoy!
―Señora, es que no estoy seguro si la realización de rituales lunares está permitida a estas horas… ―miró nervioso a su compañero de nuevo, que no le hizo ningún caso.
―¿Cuándo quieres que hagamos los rituales lunares? ¡¿De día?! ―exclamó la señora, poniéndose nerviosa.
El guardia miró a la señora acobardado, y al resto del grupo, que asentía detrás de ella.
―¿Pero tú eres nuevo, o qué? ―le gritó alguien desde el fondo del grupo, muy cerca de Taras.
El guardia miró en su dirección, susurrando un pequeño:
―Sí…
Entonces reparó en Taras. Una expresión de alivio le pasó por el rostro.
―¡Consejero! ―exclamó―. No sabía que formaba usted parte de la expedición… esta… lunar.
Taras no tuvo tiempo ni de responder cuando la señora al frente del grupo gritó:
―¡Pues claro que forma parte! Además, es de nuestros miembros lunares más antiguos.
―Yo… ―tartamudeó Taras.
―Venga al frente, ¡señor consejero! ―dijo la señora.
Y como si hubiera sido una orden, los demás miembros del grupo empujaron y arrastraron a Taras al frente. Se encontró con el guardia cara a cara mientras la señora lo agarraba de un brazo.
―¿Usted va entonces a la expedición lunar? ―preguntó el guardia, y bajó la voz para que solo lo oyera Taras (y la señora, que había pegado la oreja) y añadió―. Es que, verá, esta noche tenemos órdenes de registrar todos los movimientos de entrada y salida y dar información al Consejo. Las salidas que no tengan una motivación relevante no se permitirán…
El guardia pareció preocupado mirando la fila de gente detrás del grupo que seguía aumentando. Taras lo pensó un momento y se dio cuenta de que no tenía ninguna justificación que darle al guardia. Salir con el grupo de ritualistas de la luna era quizá la mejor excusa que podía dar. La religión no estaba prohibida en Gathelic y los ritualistas lunares tenían una larga tradición. Nadie se sorprendería si un consejero se volvía ritualista…
―¡Llegamos tarde! ―gritó la señora en su oído, casi dejándolo sordo, a la vez que le apretaba el brazo―. Señor guardia, ¡que se nos hace la hora y se nos cae la luna! ―añadió, con el dicho popular.
―Sí, eso… Llegamos tarde, por favor ―añadió Taras, mirando al guardia.
―De acuerdo, señor consejero ―dijo el guardia―. La verdad es que me alegra que esté usted aquí. Es un honor verle ―dijo, haciéndose a un lado.
«Es un honor verme y traspasarme la responsabilidad», pensó Taras mientras cruzaba la muralla, empujado por el grupo de ritualistas.
VII
LA MAESTRA NORA
Kiru acompañó a la señora por un pasillo muy adornado con molduras de madera llenas de relieves hasta la puerta de otra sala, cubierta con grandes cortinajes de color azul amarillento algo desgastados. Observó a la señora, pensativa. Era difícil saber su edad; tenía el pelo completamente blanco, pero se movía con mucha agilidad. La señora colocó la mano en el picaporte y la abrió muy lentamente como si no quisiera hacer ruido. Kiru se fijó en que tenía unos arañazos recientes en el dorso de la mano.
La puerta cedió y la señora entró. Kiru la siguió, expectante. Dio un paso adelante y se quedó parada. Había alrededor de quince personas en la sala, de diferentes edades y aspectos, distribuidos en círculo, algunos sentados en sillones, otros en el suelo, otros de pie. Todos la miraban. Kiru dio un paso atrás sorprendida, pero la señora la tomó del brazo y la obligó amablemente a acercarse.
―Bueno, ya la hemos encontrado.
―Un poco más y fríes al de enfrente, ¿eh? ―le dijo uno del grupo, sonriendo.
―Jink se lo hubiera merecido ―dijo otra persona.
―Sí, me hubiera gustado verle la cara…
―Jink es una molestia ―dijo carraspeando la señora―. Pero os recuerdo que es necesario. Manteneos alejados de él, ¿de acuerdo?
La señora miró a Kiru, esperando que contestara. Ella asintió con la cabeza. No tenía intención de acercarse a Jink, pero antes de aceptar más órdenes y aprender más lecciones quería saber dónde se estaba metiendo.
―Enseguida empezamos ―volvió a decir la señora y se marchó de la sala, dejándola sola, de pie, sin saber qué hacer.
El grupo comenzó a hablar y a susurrar en pequeños grupos, y Kiru intentó apartarse y fundirse con la pared sin mucho éxito.
―¿Acabas de llegar a Gathelic entonces? ―le dijo un hombre, con atuendo de pescador.
―¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Eres una de las refugiadas de las cámaras frigoríficas? ―le dijo otra mujer vestida con lo que parecía un pijama de flores.
―Ehmm ―balbuceó Kiru, sin saber qué responder.
―Por la cara de susto, seguramente sí ―respondió el pescador, riéndose a carcajadas.
―Pobrecita, creo que ha sido la peor estrategia hasta la fecha ―dijo la mujer del pijama.
―¿Pero qué dices? ―exclamó el pescador, y empezó a enumerar una lista de nombres que seguramente habían sido peores.
En ese momento volvió la señora con un hombre vestido de negro, con unas gafas azuladas y porte elegante. La señora dio unas palmadas y se hizo el silencio. Todos se incorporaron y se volvieron hacia ella.
―Vale, vamos a empezar ―dijo la señora, que evidentemente parecía ser la líder del grupo―. Sethor tiene noticias.
Le hizo un gesto a Sethor para que hablara. Este asintió y dio un paso adelante solemne.
―Bueno, como sabéis la estrategia de los frigoríficos no está resultando ser la mejor que hemos tenido hasta ahora…
Hubo algún carraspeo entre el grupo y la mujer que llevaba el pijama chasqueó la lengua.
―Lamentablemente, algunos de los camiones que transportaban los frigoríficos se desviaron de la ruta planeada. No sabemos por qué ―hubo susurros―, pero el principal problema es que uno de los camiones acabó en una mina del Gran Líder.
Se hizo el silencio. Kiru miró a su alrededor y vio a la gente con expresión de asombro. Sethor continuó hablando.
―El Consejo no se lo ha tomado bien y, aunque los intrusos consiguieron escapar sin causar muchos daños en la mina, parece que el Consejo se prepara para un conflicto y están planeando hacer registros.
―¡¿Qué?! ―dijo alguien por delante de Kiru.
―¡¿Registros?! ¿Qué vamos a hacer? ―dijo otro.
―Todo por unos frigoríficos…
―¿Qué había en la mina? ―la señora del pijama había alzado la voz por encima de todos los demás. Los que estaban delante se giraron a mirarla. Sethor asintió.
―No lo sabemos todavía. ―Sethor se quitó las gafas como si de pronto le molestaran. Kiru se fijó en una cicatriz que le cubría el ojo izquierdo y que le impedía abrirlo del todo―. Aún no hemos encontrado a las personas que escaparon de la mina.
―Bueno, eso no es del todo cierto ―carraspeó la dueña de la casa, con una media sonrisa, mirando directamente a Kiru.
A Kiru le dio un vuelco el corazón. No quería hablar de la mina. No quería hablar de nada. Ni siquiera sabía el nombre de la señora que la había rescatado de la casa de Jink ni si había venido al lugar correcto…
La señora volvió a carraspear forzadamente pero como Kiru no se dio por aludida, se rindió.
―Ven aquí ―le dijo.
Todos la miraron.
―Lo sabía ―dijo el pescador que había hablado con ella al principio.
―¿Has salido de la mina? ―susurró la mujer del pijama haciéndole un gesto al pescador.
―Ven ―repitió la dueña de la casa.
Kiru dio un par de pasos al frente hacia ella de mala gana.
―Viniste en un frigorífico, ¿verdad? ―le preguntó. Todos callaron, expectantes.
Kiru asintió.
―Escapaste de una de las minas, ¿cierto? ―le volvió a preguntar la señora.
―Sí… ―dijo Kiru.
Una exclamación se escapó entre los asistentes de la sala.
―¡Magnífico! ¡Os dije que los encontraríamos! ―exclamó Sethor triunfante y comenzó un aplauso al que el resto del grupo se unió titubeante.
―Esto nos da algo de ventaja, desde luego. ¿Tu nombre? ―le dijo la señora.
―Kiru ―contestó ella.
―Ah, sí, escapaste de los Sertis ―asintió la señora, como si supiera ya la historia―. Lástima que tu camión se desviara.
―¡Perfecto! ―volvió a exclamar Sethor, entusiasmado―. ¡Tenemos alguien que sabe dónde está la mina secreta y que ha estado dentro!
Sethor volvió a aplaudir, pero la señora lo miró con una mirada desaprobadora y nadie se le unió.
―Ya hablaremos de esto más tarde. Ahora continúa con las noticias.
―Ah, sí, claro ―Sethor de contuvo, y volvió a ponerse serio―. Bueno, como os decía, el Consejo ha empezado a hacer registros en casas de la ciudadanía. Por el momento creo que no saben nada y que son registros aleatorios para asustarnos. Ninguno de los que han registrado tiene conexión con nosotros.
La gente en el salón contenía la respiración.
―Sin embargo, estad preparados, por si acaso.
―Podéis traer aquí todo lo que temáis que encuentren ―dijo la dueña de la casa, muy calmada.
―¿Y si registran aquí? ―dijo el pescador en voz baja.
La dueña de la casa, sin embargo, lo escuchó.
―No se atreverán a registrarme ―dijo, muy seria―. Y si lo hacen, ya sabéis lo que haré.
A juzgar por las miradas del grupo, a Kiru le pareció que eso no les calmaba. «¿Qué haría?». Probablemente usar el Eco durante un registro sería algo contraproducente.
―También ―continuó Sethor―, han empezado a controlar los accesos a Gathelic. Los guardias de las puertas están vigilando quién entra y quién sale. ―Más miradas preocupadas―. Por ahora no hay problema, siempre y cuando justifiques la salida. Simplemente tendremos que prepararnos mejor.
―¡Vila ha salido antes! ―dijo un chico, con un gorro amarillo de paja que le ocultaba casi toda la cara.
―Lo sé ―respondió Sethor―, ha salido bajo mis órdenes y os aseguro que ha salido preparada.
―¿Y Taras? ―preguntó la mujer del pijama―. ¿Registrarán el Consejo también?
―Por el momento no sabemos nada del Consejo, pero seguro que Taras está también preparado ―le dijo Sethor, volviéndose a poner las gafas.
―Bueno ―dijo la señora, esbozando una sonrisa como si no hubieran dicho nada preocupante―. Eso es todo, ¿verdad, Sethor? Ya nos seguirás informando cuando haya noticias, ¿sí?
Sethor asintió y se marchó sin despedirse. A nadie le pareció extraño.
―Creo que es hora de retirarse ―la señora dio unas palmadas, y todos empezaron a recoger. Algunos salieron y otros se adentraron en la casa, susurrando.
―Un placer conocerte, Kiru ―oyó que alguien le decía, a la vez que le daban un toque en el hombro. Se giró y se encontró con el chico del sombrero amarillo―. Yo soy Rib.
Kiru no se atrevió a decir nada y simplemente asintió.
―Kiru ―la llamó la dueña de la casa―. Ven conmigo.
Volvió a salir al pasillo y Kiru la siguió hacia el interior de la casa. El pasillo zigzagueaba continuamente y parecía que descendía. Pronto, Kiru se dio cuenta de que no estaba segura de en qué parte de la casa se encontraban. La señora, en cambio, no se detuvo. Continuaron girando esquinas del pasillo y descendiendo durante otro par de minutos. «¿Dónde iban?». Kiru escuchó.
Los suelos de madera crujiendo debajo de sus pies y por encima de su cabeza. Había varios pisos más por encima y un par por debajo. Pasos lejanos, correteando de un lado al otro. Agua salpicando contra el suelo. Botes de cristal. Risas. Sonidos de sábanas. Gente yéndose a dormir. Luz, vibrando. Una cocina. Alguien masticando. Susurros. Casi podía entender lo que decían…
―Ya vale ―dijo la señora, que se había detenido de pronto y se había girado a mirarla―. En la casa no espiamos, ¿de acuerdo?
Kiru enrojeció. ¿Cómo lo sabía? Nunca nadie antes había podido distinguir cuando estaba escuchando.
―Que podamos hacer cosas, no quiere decir que las hagamos continuamente. Aquí en la casa nos respetamos, ¿entendido?
Kiru asintió. La señora dejó caer la mueca de enfado y volvió a sonreír.
―Ya hemos llegado a tu cuarto. Lo compartirás con Vila, ¿te parece bien? Cada vez llega más gente y no hemos podido empezar las obras de ampliación.
La señora abrió la puerta y la invitó a pasar. Kiru se sorprendió al encontrar una habitación enorme, más grande que la que había tenido nunca en Sertis. Había una cama en cada esquina. Un lado estaba completamente vacío mientras que el otro tenía multitud de objetos y decoración sobre las estanterías. Supuso que era el lado de Vila.
―Cómo sabes, Vila ha salido, pero no creo que tarde…
Kiru entró y se fijó en una ventana al fondo, que daba al exterior. Se podía ver la casa de Jink, algo ennegrecida, pero sin rastro de llamas.
―Las llamas ya no están… ―susurró Kiru.
―Ah, sí, claro ―le respondió la señora―. Las llamas que provoqué eran de corto alcance. Lo suficiente para distraerlo un poco, pero no causan más que un poco de humo.
Kiru se quedó mirando la casa de enfrente, sin atreverse a preguntar…
―Jink estará bien, pero mejor que no te dejes ver hasta que se le olvide. Es bastante molesto y no necesitamos más gente detrás de nosotros.
Un gato saltó fuera de la ventana y se apoyó en el alféizar. Kiru abrió los ojos. Era el mismo gato que había visto saltar al principio de la noche delante de la casa abandonada… ¿Dónde estaba exactamente? Se giró a preguntarle, pero no encontró las palabras.
―Sí, sí, es la casa abandonada ―sonrió―. Que no es otra cosa que un anexo a la mía y que mantenemos oculta. Ya te explicaré como funciona ―parecía orgullosa―. El gato es de la casa, se llama Eme.
―¿Y usted…? ―se atrevió a decir Kiru.
―Ah, ¿no me he presentado? ¡Qué despiste! Yo soy Nora, aunque he oído que me llaman Maestra a veces, así que igual te suena más ―parecía hacerle mucha gracia el apodo, como si aún no lo tuviera asumido.
―¿El Maestro…? ―se corrigió, dándose cuenta del error―. ¿La Gran Maestra del Eco?
Kiru no pudo contener la expresión de asombro. Estaba en casa de la legendaria Maestra del Eco que, según las historias de los Sertis, había conseguido vencer los elementos y había creado una academia en la que los Malditos aprendían a dominarse a ellos. Las leyendas no decían que fuese una maestra, pero eso no le sorprendía; las leyendas siempre ocultaban a las mujeres. De todas formas, los Sertis hablaban de esta persona como la más poderosa del continente, solamente después del emperador de Nixandría, y aunque había venido precisamente a encontrarla, no podía creérselo. Sin embargo, ahí estaba, delante de ella, con una sonrisa afable y divertida, viendo todo lo que le pasaba por la cabeza en unos segundos. Kiru había embarcado en las cámaras frigoríficas, huyendo de su tierra natal para conocerla y ahora que la tenía delante... Kiru comenzó a temblar.
―Tranquila, tranquila ―se rio Nora―. Ay, me temo que las historias cada vez exageran más.
Kiru intentó calmarse y le sonrió de vuelta.
―Bueno, ahora intenta descansar, ¿vale? Mañana hablaremos de Sertis, de las minas, de la escuela… ―volvió a su semblante serio―. Tenemos mucho que hacer, así que duerme un poco. Vila te despertará por la mañana.
Nora se giró para marcharse y pareció pensárselo mejor:
―Ah, bienvenida, Kiru ―le dijo por último antes de marcharse y dejarla sola en la habitación.
VIII
PLEGARIAS
Taras avanzó un tramo de camino, agarrado todavía de la ritualista porque sabía que el guardia de la puerta lo estaría observando, y porque ella no parecía querer soltarlo.
―Me llamo Seyla ―le dijo ella―, y es maravilloso que haya decidido usted unirse a la expedición lunar esta noche. La luna está esplendida…
―Bueno, verá ―comenzó Taras, intentando soltarse suavemente del abrazo de Seyla―. Con todo el respeto, yo es que iba a…
―Alzar una plegaria a la luna rojiza, ¿verdad? ―otra persona lo había cogido por el otro brazo.
Taras intentó zafarse y giró la cabeza para decirle a su nuevo acompañante que no pretendía hacer tal cosa cuando vio quien era. Vila. Empezó a sofocarse.
―Creo que sería una muy buena idea alzar la plegaria, señor consejero ―repitió Vila―. Desde luego que no nos vendría mal un poco de ayuda, ¿no cree?
Sin esperar a que Taras respondiera, Seyla apretó más fuerte su brazo al otro lado.
―Efectivamente, con ese asunto del ataque a la mina estamos bastante preocupados. Yo sé que ustedes los consejeros lo tienen todo solucionado ―añadió Seyla, acariciándole el brazo―, pero una no puede evitar preocuparse.
―Pero no hay nada de lo que preocuparse, ¿verdad, consejero? ―dijo Vila, apretándole el otro brazo.
―No, bueno… ―llego a decir Taras confuso.
―En cualquier caso, la luna rojiza nos ayudará ―dijo Vila.
―Efectivamente ―añadió Seyla.
Taras se dejó llevar por el camino del bosque entre las dos algo nervioso, pero ya no tan apurado. Si tenía que reunirse con Vila, desde luego la había encontrado. Taras suponía que Vila había necesitado también una excusa para salir de la ciudad con el cierre de puertas y se había unido a la expedición lunar de la misma manera que él. Sin embargo, no estaba muy seguro de cómo iba a hablar con ella de lo que debía, delante de toda esa gente…
Llegaron al claro del bosque junto al acantilado, el lugar en el que Taras había quedado con Sethor, o Vila. No había nadie más que el grupo de lunáticos. Por fin lo soltaron y Taras sintió que la sangre volvía a circular por sus brazos. Agitándolos un poco, miró el acantilado y se preguntó cómo iban a reunirse a partir de ahora. En la distancia, veía el mar y la playa, completamente vacías. Al parecer las noticias sobre el toque de queda se había extendido con velocidad.
Se dio la vuelta y vio al grupo de personas haciendo estiramientos. Confuso buscó la mirada de Vila, que imitaba al resto, como si siempre hubiera formado parte del grupo. Vila alzó la ceja y le indicó a Taras que los imitara. Sin ganas, Taras copió los últimos estiramientos e intentó hacerlos al ritmo de los demás, lo que le resultó totalmente imposible.
Al acabar los estiramientos, todos se tumbaron en el suelo boca arriba. Vila aprovechó y, fingiendo que buscaba sitio, se acercó a Taras para situarse a su lado. Vila se tumbó a sus pies y le hizo gestos para que hiciera lo mismo. Con un gemido apenas audible, Taras se agachó también al suelo, y se tumbó junto a ella. Su capa quedaría para el arrastre, y su pijama también. Iba a matar a Sethor y sus malditas ideas.
A la altura de sus ojos podía ver la luna rojiza brillando con más fuerza que nunca. Oyó la voz de Seyla algo más lejos, que comenzó a entonar una canción dedicada a la luna. La mayoría del grupo la siguieron a distintos pulsos, formando un canon musical. Entre el sonido y la imagen de la luna, parecía realmente una experiencia mística hasta que Vila susurró en su oído, rompiendo la magia.
―¿Qué has oído de las minas?
Taras tuvo que hacer casi un esfuerzo para recordar por qué motivo había salido casi corriendo del Consejo. Giró el rostro hacia Vila y encontró el suyo bastante cerca. Se sintió incómodo y apartó la mirada. Volvió a mirar a la luna, mientras susurraba:
―El Gran Líder ha pedido colaboración de los consejeros, pero no ha dicho mucho más. Había intrusos. ¿Eran…?
―Sí ―respondió Vila.
―¿Y dónde…?
―Llegaron a la ciudad. Han sido vistos por unos guardias.
Taras cerró los ojos. Si atrapaban a estas personas, probablemente les sonsacarían el paradero de la escuela…
―Tranquilo, los encontraremos antes. El resto han ido apareciendo.
Taras abrió los ojos. El grupo cantaba a la luna con cada vez más intensidad.
―¿Han sobrevivido a los frigoríficos?
―Claro ―dijo Vila, sonriendo, como si la respuesta fuera obvia.
―¿Y no odian a Sethor? ―comentó Taras.
―¿Y quién no? ―dijo Vila, reprimiendo una carcajada.
―Parece que la vigilancia en la ciudad se ha extremado. En el Consejo hablaron de peligro para la autonomía de Gathelic.
―Ya ―respondió Vila―. No podremos andar tan libremente. Necesitaremos una excusa para poder vernos.
―Me pregunto qué…
―La luna es preciosa. Creo que me apetece unirme a los ritualistas… ―dijo Vila, mirando al frente.
―¿Qué? No lo dirás en serio…
A modo de respuesta, Vila comenzó a cantar con los demás, repitiendo el estribillo que llevaban un rato oyendo. Taras suspiró y miró a la luna. La verdad es que la religión lunática podía ser una buena tapadera… Nadie le haría preguntas y entenderían que se marchara del Consejo con frecuencia. Muchos consejeros tenían fe en alguna religión del continente; no sería tan raro. Vila volvió a susurrar a su lado:
―Creemos que podemos encontrar la mina.
Taras volvió a mirarla, sobresaltado.
―¿La mina? ―no entendía. ¿Qué importaba ya la mina si los refugiados habían escapado?
―Hay que descubrir qué hay en ella y por qué tanto revuelo.
Taras la miró con asombro. ¿Pretendían volver a adentrarse en la mina? ¿Querían causar un conflicto?
―Es solo una mina del líder, una fuente de recursos importante para Gathelic ―dijo Taras, repitiendo las palabras de la presidenta.
―¿Sí? Entonces, ¿por qué tienen tanto miedo? ―preguntó Vila.
―Porque amenaza nuestra autonomía en el continente… ―dijo Taras, repitiendo las palabras que había oído en el Consejo. Se quedó callado, dándose cuenta de que ese no podía ser el único motivo. Giró la cabeza y vio que Vila lo miraba sonriendo.
―Hay que investigar más.
IX
OSCURIDAD
Kiru se despertó sobresaltada. Había soñado que tenía mucho frío, le castañeteaban los dientes y no podía sentir los dedos. Había sido un sueño muy real. «Como si lo hubiera vivido», pensó esbozando una sonrisa. Se incorporó en la cama, mirando a su alrededor. Estaba en la habitación que le habían asignado y entraba mucha luz por la ventana. Parecía casi mediodía. El gato que había visto las otras veces estaba apoyado en el alféizar, durmiendo.
Puso los pies en el frío suelo y se dio cuenta de que había otra persona con ella en la habitación durmiendo en la cama contigua. Era una chica joven, más o menos de su edad. Nora le había dicho que se llamaba Vila. ¿Cuándo había llegado? No se había despertado ni la había oído llegar. Eso era muy extraño en Kiru…
Se incorporó y la madera crujió bajo de sus pies. Vila abrió un ojo, después el otro, y una expresión de pánico acudió a su rostro. Dio un salto de la cama y se puso de pie rapidísimo. Kiru se asustó y adoptó una postura defensiva, esperando el golpe. No vino.
―Madre mía, madre mía ―decía la chica―. Pero ¡¿qué hora es?!
Vila se quitó la camisa con la que había dormido, abrió el armario y comenzó a vestirse rápidamente. Kiru la miró asombrada. Vila se detuvo en seco y la miró también como reparando en ella por primera vez.
―Ah, perdona ―le dijo en parghi, sonriendo―. Soy Vila, tu nueva compañera de cuarto, y tú eres Kiru, la chica del frigorífico. Ahora, hechas las presentaciones, yo que tú me vestiría, o nos van a echar la bronca.
―¿La bronca? ―preguntó Kiru, sin comprender la expresión de Gathelic.
―¡Casi mediodía! Bronca aseguradísima, vaya.
Vila terminó de vestirse y se agachó a atarse las botas. Llevaba un pantalón ancho negro y una especie de poncho verde.
―¡¿Pero por qué no te vistes?!
―Ah, sí ―contestó Kiru y comenzó a ponerse rápidamente la ropa de ayer, que incluía la chaqueta diminuta del tendero. No tenía otra.
―¿Viniste con eso? ―le preguntó Vila.
―Sí… bueno, lo intercambié en la calle por…
Una masa de tela le cayó en la cabeza.
―Ponte esto, al menos está limpio ―oyó la voz de Vila amortiguada por la tela.
―Hmm, vale ―Kiru se lo apartó de la cara para verlo, era un poncho verde, como el que se acababa de poner Vila. Y olía bien. Sin pensárselo se lo pasó por la cabeza y se ató los zapatos también, intentando disimular los agujeros.
Vila se dirigió hacia la puerta y desapareció sin decir nada. Kiru se quedó sola, pensando si seguirla. Oyó la voz a lo lejos de Vila.
―¡Venga, vamos!
Kiru se puso en pie y salió corriendo al pasillo detrás de Vila hasta que la alcanzó.
―No voy a esperarte cada mañana, ¿eh? Si tardas mucho, vas sola a clase y te las ves tú sola con Nora.
Kiru asintió, sin comprender exactamente.
―Aunque reconozco que esta vez me vas a ser útil… ―Vila le sonrió, antes de echar a correr escaleras abajo.
Bajaron varios pisos y se adentraron en un sótano. Allí había otro pasillo kilométrico casi en la penumbra. Lo atravesaron al trote. Llegaron a una gran puerta negra. Jadeando, Vila se giró a decirle:
―Ya casi estamos.
Con un giro de muñeca, Vila pareció hacer encajar algo en la puerta, haciendo que esta se hundiera hacia dentro. La mano de Vila pareció hundirse en la madera. Sonó un ligero click y la puerta cedió. Vila sacó la mano de la puerta que volvía a tener un aspecto sólido. Vila empujó, y una luz verdosa muy intensa cegó a Kiru. Vila atravesó la puerta y tiró de Kiru.
Cuando los ojos de Kiru se acostumbraron, pudo ver una sala enorme de paredes brillantes con un tono verdoso. Parecía piedra, pero Kiru nunca había visto ese material. En el centro de la sala había una escalera de caracol construida del mismo material. No había ventanas; seguían estando bajo tierra. Kiru se dio cuenta de que la luz provenía de las paredes. Vila tomó las escaleras y empezó a subir.
―Sígueme la corriente, ¿vale? Como eres nueva creo que no dirá nada.
―¿Quién? ¿Por qué?
―A Nora no le gusta que nadie llegue tarde, se lo toma muy mal ―hizo un gesto con los ojos como imitándola―. Pero claro, luego me mandan a hacer excursiones nocturnas y esperan que no duerma nada…
―Puedes dormir antes de las excursiones, Vila ―se oyó la voz de Nora como un estruendo, haciendo eco desde algún puso superior―. Esto ya lo hemos hablado.
Kiru se sobresaltó. Vila maldijo en un susurro.
―Te he oído ―volvió a decir la voz de Nora.
Esta vez Vila movió la boca sin emitir sonido y Nora no la oyó. Continuaron ascendiendo. Kiru estaba asombrada; nunca había conocido a nadie que pudiera escuchar como lo hacía ella misma. Siempre le había parecido algo propio, un secreto que guardar. En cambio, para Nora era fácil hablar abiertamente de sus habilidades.
Llegaron por fin al equivalente a la segunda planta del edificio, donde la luz del sol azulado entraba por las ventanas y se mezclaba con la del mármol verde, creando un reflejo en las paredes de piedra del todo inusual. Kiru se quedó mirándolo maravillada, y tardó un poco en darse cuenta de que Nora estaba en la misma habitación, mirándolas con cara de pocos amigos, acompañada de Sethor.
―Es que Kiru no tenía ropa… ―comenzó Vila.
Nora le hizo un gesto con la mano para que se interrumpiera y Vila dejó de hablar al instante:
―¿Taras?
―Todo bien ―respondió Vila―, nos hemos inscrito en la sociedad de ritualistas de la luna para poder salir de Gathelic por la noche con frecuencia.
Nora sonrió por fin. Sethor se ajustó las gafas y dijo entusiasmado:
―¿Ritualistas? ¡Qué buena idea!
¿Ritualistas de la luna?, pensó Kiru. Fuera lo que fuera eso, no parecía agradable. En la cultura de los Sertis, adorar algo que no fuera el dios Sert era una abominación. Sin embargo, había abandonado su cultura para venir aquí…
―Vale, ve a contarle a Sethor y te quiero de vuelta en cinco minutos.
Vila asintió y se marchó con Sethor por una de las puertas de la sala. Nora entonces miró a Kiru de arriba abajo.
―Te mandaré ropa luego a la habitación. No hace falta que vistas igual que Vila. ―Nora sonrió―. Al fin y al cabo, aquí ya no hace falta uniforme.
La invitó a pasar por la puerta contraria en la habitación. Kiru hizo caso y entró en la sala para encontrarse un grupo de personas sentadas en el suelo. Reconoció algunas caras que había visto en la reunión de la noche anterior, como el chico del sombrero amarillo que había preguntado por Vila.
No sabía muy bien qué hacer, así que imitó a los demás y se sentó en el suelo junto a una ventana. Apoyó la espalda contra la pared, sintiendo la fría piedra. No había ningún mueble en la sala; estaba completamente vacía. Kiru miró por la ventana y se sorprendió al ver la casa de Nora al otro lado de la calle así como la casa abandonada en la que al parecer había dormido. ¿Estaba al otro lado? El largo pasillo hasta la puerta verde era un túnel que cruzaba la calle. «Entonces, estaban… en el colegio abandonado», pensó Kiru, dándose cuenta. Desde fuera, lo había visto completamente estropeado y destruido, pero por dentro era un precioso edificio de piedra verdes brillantes veteada. Parecía más bien un palacio. Parecía… se dio cuenta de inmediato. Estaba en la academia. Con la Gran Maestra del Eco. El shock le impidió escuchar que la llamaban. Unas risas a su lado la sacaron de su ensimismamiento.
―Desde luego, no tendrá el Eco de la Escucha ―se reía el chico del sombrero amarillo.
Kiru miró a su alrededor y vio que Nora la miraba atentamente.
―Bienvenida de vuelta, Kiru ―dijo con paciencia―. Te preguntaba que si has tenido algún entrenamiento previo en Sertis.
¿Sertis? Oyó que susurraban algunos miembros del grupo asombrados. No parecían haber nunca conocido a alguien de Sertis. Kiru negó con la cabeza.
―Bueno, lo suponía, pero quería asegurarme.
―¿En Sertis no queman a los Hilos? ―volvió a preguntar el chico del sombrero amarillo.
―¿Los Hilos? ―preguntó Kiru.
―Los que podemos encontrar el Eco ―aclaró Nora.
―Los Malditos… ―susurró Kiru, recordando como les llamaban en Sertis.
―Aquí evitamos esa palabra ―dijo Nora―. Preferimos usar Hilos ya que pertenecemos a la misma red del Eco.
―Pero ¿los queman o no? ―repitió Rib algo más alto, insistente.
―Rib ―lo llamó Nora, como reprimiéndolo.
―Sí, son ajusticiados ―contestó Kiru y no dijo nada más. Se hizo el silencio. Probablemente Rib no esperaba que el rumor fuera cierto.
―Os recuerdo que Gathelic es de los lugares más tolerantes del continente en cuestión a las habilidades del Eco ―respondió Nora―, y aun así sabéis que no podemos hablar de ellas abiertamente, así que no os sorprendáis tanto.
La puerta de la sala se abrió en ese momento con un gran crujido. Vila entró y se acomodó al lado del chico del sombrero amarillo. Este la abrazó.
―Ah, perfecto, ya estamos todos ―dijo Nora―. Por fin. Vamos a comenzar.
Nora cerró los ojos y todo el mundo la imitó. Kiru miró a su alrededor. Todos estaban concentrados en algo, pero no entendía en qué. No vio que sucediera nada. Kiru cerró también los ojos y escuchó buscando su Eco. Escuchó el silencio de la piedra verde a su alrededor. Los pasos de alguien en el edificio en otra sala contigua, probablemente, Sethor. En la calle, silencio. Escuchó más. Llegó a la casa de Jink. Oyó unos martillazos. La madera crujir. Clavos. Estaban arreglando una puerta.
«Vuelve aquí», escuchó en su cabeza.
Asombrada, Kiru abrió los ojos. Nora los tenía abiertos también y la miraba atentamente. Nora asintió y cerró los ojos de nuevo. Había sido ella, le había hablado dentro de su mente. ¿Como lo había hecho? ¿Había escuchado lo que pensaba?
«Concéntrate»,volvió a escucharla.
Kiru asintió y volvió a escuchar. Esta vez se concentró en la sala en la que estaba. Latidos. Muchos latidos, de todas las personas que había en la sala. Respiraciones. Algún movimiento. El falso silencio de la sala. ¿Qué estaban haciendo? Los latidos crecían. Apenas podía escuchar otra cosa. Intentó centrarse en la piedra, las ventanas, cualquier otra cosa para alejarse de los latidos, que comenzaban a retumbar en su cabeza. Buscó. No había nada más en la sala en lo que centrarse. Los latidos seguían en su cabeza martilleándole. ¿Cuántos minutos habían pasado?
Sonido de pasos a lo lejos. Gritos. Abrió los ojos. Miró por la ventana y vio alguien que entraba en la calle corriendo, seguido de un grupo. Llevaban palos. ¿Palos? Se acercaban a la casa abandonada de enfrente. Uno de ellos se separó del grupo y cruzó la calle hacia la casa de Jink. Kiru oyó un timbre. El crujido de la puerta. La voz de Jink.
―Es la hora ―dijo el que lo había llamado y, solo entonces, Kiru se dio cuenta de que reconocía la otra voz. Era uno de los amigos de Jink que habían bebido con él la noche anterior.
―A por la vieja―dijo Jink, riéndose.
Kiru giró la cabeza hacia el grupo de la clase, sintiendo el pánico. Tenía que avisar a Nora. Sin embargo, Nora seguía con los ojos cerrados como el resto del grupo, ajenos a todo. Kiru carraspeó y susurró:
―Nora.
«Tranquila», volvió a oír la voz de Nora en su cabeza, mientras la miraba. Están vez estaba segura de que no había movido los labios.
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