Kitabı oxu: «Dimelo cantando»
Dímelo cantando
Inma Rubiales

Contenido
Página de créditos
Sinopsis
Parte uno
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Parte dos
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Parte tres
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Epílogo
Parte cuatro
Extra
Agradecimientos
Sobre la autora
Página de créditos
Dímelo cantando
V.1: diciembre de 2021
© Inma Rubiales, 2021
© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2021
Todos los derechos reservados.
Diseño de cubierta: Taller de los Libros
Publicado por Wonderbooks
C/ Aragó, 287, 2.º 1.ª
08009, Barcelona
www.wonderbooks.es
ISBN: 978-84-18509-31-5
THEMA: YFM
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.
Dímelo cantando
Mi corazón todavía late al ritmo de tu voz
Tras romper con su pasado, Holland comienza una nueva vida en la Universidad de Bellas Artes de Londres, pero su camino no tardará en cruzarse con el de sus viejos amigos, y, entre ellos, con el de su exnovio, Alex, que está pasando por una mala racha: no es capaz de componer ninguna canción y, por si fuera poco, la tensión en su grupo, 3 A. M., está a flor de piel.
Además, Holland tiene que lidiar con las duras críticas de sus padres, que no aceptan que quiera hacer realidad sus sueños. Sin embargo, esta vez quiere ser valiente. Está decidida a tomar las riendas de su vida y volver a escuchar la música de su corazón.
De la autora de Un amigo gratis y Mi conquista tiene una lista
«Inma se supera con cada historia que escribe. Tiene un don y crea personajes especiales que te marcan y a los que es imposible no adorar desde el primer minuto.»
Books and cauldrons
«Inma Rubiales tiene un gran talento y en cada título lo vemos más claro […]. Una autora relevante en la literatura juvenil nacional.»
Vorágine Interna
«Quiero leer todo lo que escribe Inma Rubiales.»
Sintiendo tus letras
«La pluma de Inma Rubiales es muy ágil, sencilla y divertida.»
En un mundo de sueños
«Inma Rubiales es una joven escritora que tiene una gran proyección en las letras.»
Laura Rodríguez, FanFan
A quienes hayan renunciado a un sueño que creían imposible,
id a por él. Este libro también lo era antes.
A mi hermana, Laura,
que me contagió su amor por la música.
Siempre serás mi compañera de aventuras.
Y a ti, lector,
gracias por acoger a mis chicos con los brazos abiertos.
Parte uno
Creo que estoy empezando a perderme
y todavía me quedan mil y una veces por delante.
No sabía que estaba perdido hasta que me encontraste.
¿Vendrás a por mí cuando no vea el camino de vuelta a casa?
«Mil y una veces» – 3 A. M.
1. 3. A.M.
Holland
Una de las cosas que me gustan de este lugar es que está cerca de la facultad.
Alzo la mirada hacia el edificio. La residencia de estudiantes en la que me alojo tiene todo lo necesario para que una persona como mamá la deteste. Las paredes son de ladrillo, de forma que se integra con el resto de bloques de apartamentos, y las puertas son pesadas y de madera desgastada. Mi parte favorita es el interior, que está pintarrajeado con colores extravagantes.
Este lugar no se parece en nada a nuestra vivienda en Newcastle y, sin embargo, me siento como en casa.
Antes de mudarme a Londres, tuve que negociar con mis padres una serie de condiciones. Que viviese en una residencia era su segunda prioridad, inmediatamente después de que me «comportara como una Owen». La idea no me entusiasmaba al principio y quizá habrían cedido si me hubiera negado, teniendo en cuenta cómo estaban las cosas por entonces, pero no quise tentar a la suerte.
Cualquier estudiante de clase media habría optado por alquilar una habitación en las afueras. Es la opción más barata y por la que se decanta la mayoría. Y era también lo que estaba en mis planes, pero mis padres tenían una opinión muy clara al respecto. Pueden permitirse pagar cualquier residencia. Supongo que, cuando me pidieron que escogiese la que más me gustaba, que mencionase esta era lo último que esperaban.
—Has vuelto a buena hora del paseo. Muy bien.
Dolly me recibe sentada en el mostrador, como todos los días, mientras hojea distraída una revista. Tiene el pelo corto y cano y la cara llena de arrugas. Junto a su marido regentan el establecimiento desde sus inicios. Alojan a más de doscientos estudiantes, así que tienen que ser bastante estrictos para que no se desate el caos.
—Tengo clase mañana —respondo y canto victoria cuando la veo sonreír con aprobación. Que me considere una alumna responsable hará que, a la hora de la verdad, me tenga menos vigilada.
Subo por las escaleras hasta el tercer piso. Las paredes están cubiertas de pintura de pizarra y los estudiantes podemos escribir lo que queramos, así que están llenas de frases, dibujos y colores. Tomo el primer desvío a la derecha y, en un recoveco, encuentro la habitación trescientos seis.
Abro de golpe y sin llamar.
—De acuerdo. Nueva regla: vuelve a darme un susto así y te meto una percha por el culo.
—Hola a ti también, Chloe.
Sonrío y cierro la puerta con más cuidado esta vez. Solo llevo unos días aquí, pero hemos hablado tanto porWhatsApp durante las últimas semanas que ya estoy más que acostumbrada a las constantes amenazas de mi compañera de habitación.
Si tuviera que definir a Chloe en una palabra diría que es explosiva. Me mudé a la residencia con la esperanza de estar rodeada de artistas y no podría haber elegido mejor. Chloe estudia Diseño, se pasa el día haciendo bocetos y combinando estampados que me dan dolor de cabeza. Aunque no compartamos horario, vamos a la misma facultad, lo que es toda una suerte. Hemos intimado mucho desde que llegamos, básicamente porque es incapaz de aguantar callada más de treinta segundos.
—¿Lo has terminado? —Señalo el vestido que cuelga de la puerta del armario.
Se levanta de un salto y esboza una gran sonrisa.
—Aún le faltan unos retoques. ¿Te gusta?
Se trata de un vestido de encaje negro con un escote muy pronunciado. No me veo capaz de ponerme algo tan atrevido, pero encaja con la personalidad de Chloe. Lleva el pelo oscuro recogido en una coleta alta y se sobrepone la prenda para que pueda hacerme una idea.
—Es superbonito.
Asiente, orgullosa, mientras se mira al espejo.
—Podría negarlo, pero, vamos, las dos sabemos que soy alucinante.
Sonrío y me dejo caer en mi cama. A diferencia de la mía, su parte del cuarto está muy desordenada; tiene trastos y trozos de tela tirados por el suelo. Yo ordené mis útiles de dibujo sobre el escritorio nada más llegar y no los he tocado desde entonces.
—Me apetece salir esta noche. —La apunto para dejar claro que está incluida en el plan—. Así podrías estrenar tu nueva obra de arte.
Cuelga el vestido de la percha, no muy convencida.
—Depende. ¿A dónde vamos a ir?
—No lo sé. ¿Qué tal el pub de la última vez?
—Paso. Demasiados niños con dinero y sin cerebro. He descubierto que me dan alergia.
—Vale, pues tú eliges. Seguro que conoces algún sitio que merezca la pena. —Me doy la vuelta sobre el colchón y hago un puchero—. Por favor —insisto.
Finge pensárselo, aunque estoy convencida de que aceptará. No solo porque le encanta salir a bailar, sino porque adora tener cualquier excusa para arreglarse. Es una persona tan abierta y espontánea que me intimidó un poco cuando nos conocimos, pero ahora creo que su amistad es justo lo que necesito.
Me ayuda a olvidar lo que llevo a cuestas. Por eso tengo que salir esta noche.
—Regla número uno. —Alza un dedo y la interrumpo porque ya me la conozco.
—Llegamos juntas y nos vamos juntas.
—Bien. Y número dos. —Arqueo las cejas, expectante, y esboza una sonrisa burlona—. Vas a dejar que te busque un tío esta noche.
Pongo los ojos en blanco, aunque no puedo evitar sonreír. Tan considerada como siempre.
—Sus deseos son órdenes.
—Así me gusta.
Decido dejarme el pelo suelto. Me lo corté hace unos meses y ahora me cae en ondas rojizas hasta los hombros. Chloe, que también es una fanática del maquillaje, insiste en experimentar conmigo. No me aplica base para no cubrirme las pecas, pero me ahúma los ojos y me pinta los labios de color granate porque, según dice, me ayudará a sentirme poderosa. Me enfundo unos vaqueros y un top ajustado negro y sin mangas y, después de ponerme los tacones, me miro al espejo.
La Holland que me devuelve la mirada no se parece a la chica que era en el instituto. Ahora parece más fuerte. Más segura de sí misma. Verme de ese modo me recuerda la época que pasé en Mánchester y lo que ocurrió allí, pero enseguida borro esos pensamientos de mi mente. Estoy segura de que, si los ignoro lo suficiente, desaparecerán.
He intentado hacer lo mismo con él desde hace más de un año y no ha funcionado.
Llamamos a un taxi que nos deja en la puerta del pub que Chloe ha escogido. Está guapísima. Lleva ese vestido de marca propia que se ajusta a sus curvas y el pelo echado sobre un hombro. Va mucho más maquillada que yo, pero le sienta bien. De todas formas, es Chloe. Con esa actitud podría darle estilo a cualquier cosa.
Nos adentramos en un local de música en directo que está a rebosar porque es sábado por la noche. Chloe me agarra del brazo para evitar que nos separemos y la sigo tambaleándome sobre los tacones. Hace calor y la música suena a todo volumen. Nos abrimos paso sorteando a la gente y dando algún que otro empujón. Aunque este sitio es asfixiante, me gusta. No puedo pensar cuando hay tanto ruido. Es precisamente lo que busco.
Encontramos una mesa libre delante del escenario. Un poco más atrás se encuentra la barra y bajando unas escaleras llegaríamos a la pista de baile. Echo un vistazo a los músicos que tocan esta noche mientras Chloe rebusca en su bolso. El vocalista es un chico rubio con una voz ronca que le pondría a cualquiera la piel de gallina.
No funciona conmigo, pero sí con Chloe, a la que le falta poco para hiperventilar.
—Me lo pido —anuncia, sin dejar lugar a discusiones.
—Todo tuyo. —Miro hacia otra parte con desinterés—. Los músicos no me van.
—En ese caso, me los pido todos.
Sonrío y los cuento mentalmente. Cinco en total.
—No tienes tantas manos —discrepo.
—Si piensas que es un inconveniente, es porque aún me queda mucho por enseñarte. —Pongo los ojos en blanco, riéndome, y me guiña un ojo—. Voy a por algo de beber. Invito yo. Espérame aquí, ¿vale?
Asiento y se marcha. Me quedo en la mesa y tamborileo distraída con los dedos siguiendo el ritmo de la canción. Miro de nuevo a la banda. No han tocado nada especialmente bueno, aunque tampoco son un desastre. Además, físicamente no están nada mal. Ahora entiendo por qué Chloe parecía tan entusiasmada.
De pronto, la mirada del vocalista se cruza con la mía. Esboza una sonrisa coquetona y me guiña un ojo. Genial.
Solo espero que este no me escriba canciones.
Cuando Chloe regresa unos minutos después, acepto la copa que me ofrece y señalo el escenario con la cabeza.
—El rubio no dejaba de mirar en esta dirección. Creo que estaba esperando a que volvieras.
Mi amiga parece encantada. Se vuelve hacia el chico, le dedica una sonrisa sugerente y él pronuncia los últimos versos de la canción sin apartar los ojos de ella. Me doy mentalmente una palmadita en la espalda. Todos contentos.
—¿Crees que me presentará a sus amigos?
—No pierdes nada por intentarlo.
—¿Por qué dices que los músicos no te van?
La escucho con claridad porque ya no suena la música. De repente, noto una presión en el pecho. Cojo mi vaso y doy un trago. Hago una mueca cuando el alcohol me quema la garganta. A mi lado, Chloe suelta un silbido.
—Vale, lo pillo, mejor no pregunto.
—No es nada —miento—. He oído que los músicos son muy intensos. No me gusta el drama.
Quería que dejásemos el tema, pero ahora siente más curiosidad. Espera a que añada algo más y, como no lo hago, se encoge de hombros.
—No me importaría soportar un poco de drama con tal de que me escriban canciones.
—Yo no quiero que me escriban canciones.
Debo sonar muy seca, ya que no insiste. Todavía no hemos sacado el tema de los exnovios, pero me prometo que se lo contaré algún día. He aprendido que guardarme las cosas que duelen no me hace ningún bien.
—Mientras sean intensos en todos los ámbitos, estaré conforme —añade y, de pronto, me estoy riendo.
Me gusta Chloe. Como he mencionado antes, creo que podría convertirse en la amiga que necesito.
Mientras intercambia miraditas con el vocalista, echo otro vistazo al local. Hay varios grupos de amigos riéndose en las mesas de alrededor, pero no les presto mucha atención. Miro hacia la barra y, como si el destino supiera que necesito dejar la mente en blanco, por fin encuentro a mi distracción de esta noche.
No tendrá más de veinte años. Tiene el pelo oscuro y corto y la mandíbula marcada, y lleva una camiseta que se le ajusta a los bíceps. Es atractivo y, a juzgar por cómo se apoya remolonamente contra la barra, lo sabe. Me gusta. De hecho, me recuerda a uno de los novios que tuve en el instituto.
En concreto, al único con el que mantengo un mínimo de contacto.
Este chico podría llamarse Gale Fullman sin ningún problema. Seguro que fue capitán de equipo en el instituto. Es un cliché andante, pero eso no le resta atractivo. Desde luego, es mi tipo. O, al menos, como quiero que sea mi tipo: buen cuerpo, alto, guapo. Con suerte no hablará mucho. Apuesto a que tiene demasiadas pretendientes detrás como para querer algo serio. Nada de compromisos.
Es justamente lo que busco.
Dejo que nuestras miradas se encuentren. Me hace un repaso descarado. Sin embargo, no me hace sentir incómoda porque sé que le gusta lo que ve. Después, me lanza una de esas sonrisas irresistibles que seguro que cree que funcionan. Hago esfuerzos por no rodar los ojos. En definitiva, es un chico de manual.
—Te espero aquí —canturrea Chloe, que ha notado nuestro intercambio de miradas.
Me acabo de un trago lo que me quedaba en la copa y la levanto.
—Voy a por otra —anuncio.
—Claro. A por una con sabor a lengua.
No contesto porque ya me estoy alejando. Camino hacia él y me apoyo en la barra, a su lado, antes de llamar al camarero. Noto su mirada sobre mí mientras espero.
Sé cómo funciona esto. En Mánchester lo hice muchas veces. Descubrí que el secreto no está en el físico, sino en la actitud. Otros te verán guapa si tú crees que lo eres. Tardé bastante en darme cuenta, pero, desde entonces, me veo de otra manera. La experiencia me ha demostrado que le gusto a los chicos. A la mayoría, y ellos me gustan a mí, siempre que sea para rollos casuales. No pienso volver a arriesgarme tanto como la última vez.
—¿Qué te sirvo? —El camarero me saca de mis pensamientos. Míster Musculitos se acerca hasta que nuestros brazos se rozan.
—Dos chupitos de tequila. —Me mira de reojo—. Yo invito.
—Paso —respondo. Me vuelvo hacia el camarero y el chico añade:
—Algo más suave para ella, entonces.
Asiento para dar mi aprobación y no pierdo de vista mi bebida mientras la preparan. La cojo rápidamente cuando el barman la coloca sobre la barra. Doy un trago y el alcohol me raspa la garganta. Cuando dejo la copa, me aseguro de taparla con la mano, por si acaso. He aprendido que es mejor ser precavida. El desconocido aprovecha que parezco desatenta para mirarme con descaro. Se bebe su chupito en un abrir y cerrar de ojos.
—No tenías pinta de ser de las que se acobardan —comenta para atraer mi atención.
Juego con mi vaso, distraída, sin mirarlo.
—No lo soy.
—Ya. —Sonríe de forma engreída y me mira de arriba abajo—. Esperaba que me ayudaras a comprobar mi teoría. He oído que las chicas sois aburridas hasta que estáis borrachas.
Menuda estupidez.
—No debes haber conocido a muchas chicas, entonces.
—¿Cómo te llamas, guapa? —Me pone una mano en la cintura para girarme hacia él. No me gusta su exceso de confianza y me aparto para demostrárselo, aunque no retrocedo.
—Holland. —No paso por alto que no me mira a los ojos, precisamente—. ¿Tú?
—Sean.
Su sonrisa decae ante mi desinterés. Busco a Chloe con la mirada. Sean pierde su atractivo en cuanto abre la boca. No hemos hablado demasiado, pero sí lo suficiente como para darme cuenta de que su personalidad deja mucho que desear. Pensándolo bien, no sé por qué diablos sigo aquí.
Sin embargo, una voz diminuta en mi cabeza me recuerda que no me importa que los chicos sean unos imbéciles. De hecho, lo prefiero. Podría enrollarme con él, olvidarme de todo durante una noche y jamás volver a verlo. Lo he hecho varias veces, siempre con un mismo propósito. El problema es que nunca lo he conseguido. Sé que esto no vale para nada y que solo procuro engañarme a mí misma.
Debería dejar de buscarlo en otras personas.
Aun así, a estas alturas, no voy a echarme atrás.
—He venido con una amiga —continúo la conversación—. Me apetecía salir a divertirme.
—Has encontrado al chico adecuado.
Se acerca con una sonrisa. Señala la pista de baile y levanto mi copa.
—Deja que me la termine.
Me la arrebata y se la bebe de un trago. Pestañeo, incrédula. Dios santo.
—Debería denunciarte por eso —le digo, y él amplía su sonrisa y da una palmada.
—A bailar, nena.
No me gusta ese apodo ni ese tono autoritario. De todas formas, dejo que me guíe entre la multitud. No me sorprende que me señale con disimulo y guiñe el ojo a sus amigos cuando pasamos junto a ellos. Bajamos las escaleras que conducen a la pista de baile, donde hay tanta gente que apenas podemos movernos.
Sean me pone las manos en la cintura. Huele a una mezcla de colonia y alcohol. Comenzamos a bailar y me doy cuenta de que no se le da nada mal, lo que le hace ganar puntos. Podrá ser un imbécil de manual, pero es atractivo y tampoco es que vaya a verlo después de esta noche. Así que le sonrío cuando pega su cuerpo al mío y simplemente me dejo llevar.
—Parece que sí sabes cómo divertirte —comenta, con voz sugerente, aprovechando que el local se ha quedado en silencio.
La banda del vocalista macizo que ha intercambiado miraditas con Chloe ha dejado de tocar. Estoy demasiado concentrada en Sean como para mirar hacia ninguna otra parte, hasta que, de pronto, una voz conocida y nostálgica suena por los altavoces.
—Hola. Eh, buenas noches a todos.
El corazón me salta con tanta fuerza que casi se me sale del pecho.
No puede ser.
—¿A dónde vas? —me pregunta Sean a gritos cuando me zafo de su agarre y me pierdo entre la multitud. No puedo ver el escenario desde la pista de baile.
—Siempre me dan el micrófono, así que supongo que me toca presentar. Otra vez. Estos son Blake, Mason yFinn. Decid hola, chicos. —Hace una pausa—. El del fondo es Sam. Para las y los interesados, sigue soltero y dispuesto a lanzarse a los brazos de cualquiera que le dé una oportunidad. —Se oye un gruñido, seguramente de parte de Sam, y el público se ríe. Cuando Alex vuelve a hablar, su voz suena más profunda—. Somos 3 A. M. y esto es «Mil y una veces».
No puedo respirar.
Subo las escaleras tropezándome con los tacones. Cuando reconozco la melodía, noto una dolorosa presión en el pecho. Su voz entona los primeros versos de la canción que escribió para mí cuando estábamos en el instituto. Es una versión nueva, con más ritmo. Me abro paso entre la multitud hasta que alcanzo la valla que nos separa del escenario y me apoyo contra ella, jadeando.
Aunque he subido solo para esto, no estoy preparada cuando alzo la cabeza y los veo.
Después de tanto tiempo, están aquí.
Alex está aquí.
Su presencia me deja sin oxígeno. No ha cambiado nada y, a la vez, parece una persona completamente diferente. Se mueve con soltura sobre el escenario con una guitarra en las manos. Su voz atraviesa mi pecho, se cuela entre mis pulmones y pone en funcionamiento unos engranajes que llevaban congelados tanto tiempo que ya se estaban oxidando. Me he pasado quince meses intentando sacármelo de la cabeza y, de repente, aquí está. Desequilibrando todo.
No es justo.
He buscado esto en otras personas. En Mánchester estuve con varios chicos. No pretendía que me quisieran. Solo sentirme llena. Eran una distracción. Siempre tuve cuidado, me aseguraba de acordar con ellos previamente ciertos términos. No quería nada serio y dejaba claras mis intenciones para ahorrarme problemas. Nada de sentimientos ni compromisos.
Ahora todas mis defensas se han venido abajo.
No puedo dejar de mirarlo. Alex sonríe mientras canta y se pasa una mano por el pelo, que está más corto que antes. Sus ojos brillantes se pasean por la multitud, pero no llegan a verme. A sus espaldas, Mason y Finnsaltan sobre el escenario con el bajo y la guitarra. Blake toca la melodía en el piano y Sam aporrea la batería para marcar el ritmo. El corazón se me aprieta dentro del pecho.
Me mudé a Londres con la esperanza de volver a verlos, aun sabiendo que era posible que ya no quisieran saber nada de mí. Durante estos últimos quince meses, lo único que han recibido de mi parte ha sido silencio. Ni una llamada. Ni un mísero mensaje. Cometí errores en el pasado que solo podían arreglarse en persona. Por eso no me atreví a decirles que vendría.
La canción termina y pestañeo para luchar contra las lágrimas. Los chicos dan las gracias al público y Masonrecuerda que pueden seguir a 3 A. M. en sus redes sociales y en su canal de YouTube. Cuando se bajan del escenario, tengo un nudo en la garganta que no me deja respirar. Necesito salir de aquí.
Un rostro se cuela entonces en mi campo de visión.
—Eh, nena, ¿ocurre algo?
Menos mal que estamos a oscuras, porque no quiero que Sean vea que estoy a punto de echarme a llorar. Asiento con rapidez y lo rodeo para dirigirme a la barra. Si quiero encontrar a Chloe, tengo que alejarme de la multitud. No soy tan egoísta como para obligarla a volver conmigo a la residencia, pero no puedo irme sin avisarla.
—¿Qué pasa? —Sean viene pisándome los talones. Hago oídos sordos y sigo buscando a mi amiga—. ¡Eh! —insiste, impaciente, y me agarra para que lo mire a los ojos.
—Me voy a casa.
Rehúyo su mirada e intento zafarme de su agarre, pero no me lo permite. Suelta una risotada amarga que me manda un mal presentimiento.
—¿Me estás jodiendo?
Lo miro confundida.
—¿Qué?
—¿Esto es lo que te va? ¿Calentar a los tíos y después dejarlos tirados? No pensé que fueras tan zorra.
Cuando vuelvo sacudir el brazo para que me deje ir, sus dedos se me clavan con más fuerza en la piel.
—Suéltame —ordeno, sin dejar de moverme—. He dicho que me voy a casa.
—Te he invitado a una copa, así que de eso nada.
Intenta atraerme hacia sí y le pongo las manos en el pecho para mantener las distancias. Mala idea. Las agarra y tira de ellas para pegar mi cuerpo al suyo.
—Déjame en paz —mascullo, y muevo la cara para que no me bese. Me hace retroceder hasta que nos escondemos junto a la pared, donde es más difícil que nos vean.
—Vamos, no te hagas la difícil.
Me va a estallar la cabeza. Parece que la habitación entera da vueltas y no puedo respirar. Soy perfectamente consciente de que estoy a punto de sufrir otro ataque de ansiedad y eso tan solo empeora la situación.
—Suéltame —le exijo, pero mi voz suena débil.
—Calla.
Intenta presionar su boca contra la mía. Me resisto tanto como puedo y, recurriendo a mi última esperanza, lo piso con todas mis fuerzas y subo la rodilla para darle en la entrepierna. Sean se aparta con un chillido estrangulado. No siento ni una pizca de lástima. Mi mente trabaja a tanta velocidad que no sé qué hacer. No puedo lidiar con esto yo sola. Necesito encontrar a Chloe. Me alejo lo más rápido posible, pero no he reaccionado a tiempo.
Una mano me agarra del brazo y casi me echo a llorar.
—Déjame en paz —le suplico, pero Sean no me escucha.
—¿De qué coño vas?
—Si una chica te dice que la dejes tranquila, tú le haces caso y te largas. Adiós, campeón.
El corazón me da un vuelco. Si bien no puedo verlo porque está detrás de mí, no me hace falta. Reconocería su voz en cualquier parte.
Alex.
—Fuera —exige otra persona, a la que enseguida identifico como Blake.
Sean afianza su agarre en torno a mi muñeca.
—Meteos en vuestros putos asuntos —les espeta.
—Vete antes de meterte en problemas, tío.
Se me rompe el corazón. Sam.
Frente a mí, Sean mira a los chicos con la mandíbula apretada. Cuando por fin me suelta, me toco la muñeca de inmediato. Arde. Me ha agarrado con tanta fuerza que estoy convencida de que me habrá dejado una marca. Aunque eso es lo que menos me importa ahora mismo. Les lanza una última mirada de odio antes de volverse hacia mí.
—De todas formas, tampoco estabas tan buena.
Se marcha sin decir nada más y me deja sola con ellos. Con él.
—Por cosas como estas me gustaría ser lesbiana —comenta Blake con un suspiro.
—No todos los tíos somos así —se queja Mason.
—Algunos, como Mason, son un poco más imbéciles que otros —canturrea Finn.
—Cierra la puta boca —responde él.
Sam resopla con impaciencia.
—¿Es que no podéis pasaros tres minutos sin discutir?
Sus voces cada vez se oyen menos porque ya me estoy alejando. Tendré que enfrentarme a ellos tarde o temprano, pero no será ahora, cuando me cuesta respirar. Necesito salir y tranquilizarme para que mi corazón lata de nuevo con normalidad. Me cuesta incluso mantener el equilibrio sobre los tacones. Encuentro la puerta trasera y salgo a la calle. No me doy cuenta hasta entonces de que alguien me sigue.
—¿Necesitas ayuda? Puedo prestarte mi móvil si… —Su voz rompe el silencio y hace que se me detenga el pulso. Intento seguir andando, pero me agarra del brazo para impedirlo.
En cuanto me toca, doy un respingo. Alex lo nota y se aparta enseguida. Me vuelvo a mirarlo sin pensar en las consecuencias y parece que todo se detiene a nuestro alrededor cuando me ve.
—¿Owen? —pregunta, como si no se lo creyera.
No me detengo a pensar en lo mucho que extrañaba oír mi nombre en su boca. Me giro y desaparezco en la parte trasera del edificio. Me escondo en un recoveco a oscuras, apoyo la frente contra la pared y me concentro en respirar profundamente. Cuento en voz baja. Hasta veinte, treinta y cuarenta, y sigo hasta que el corazón se me ralentiza y el mundo deja de dar vueltas.
No esperaba que Alex me siguiese. Por eso siento tanto alivio cuando transcurren unos minutos y compruebo que, en efecto, no lo ha hecho.
2. Enmendar los errores
Holland
Chloe me despierta a la mañana siguiente con su máquina de coser. Gruño y me cubro con las sábanas; siento los músculos tan pesados que me cuesta horrores moverme. Además, me palpitan las sienes por culpa del ruido.
—Apaga ese chisme de una vez —gimoteo.
—Ayer me vomitaste en los zapatos. Púdrete.
De pronto, la habitación empieza a dar vueltas y me entran náuseas. Las sábanas se me enredan en las piernas cuando me levanto a toda prisa para correr hasta el baño. Me dejo caer de rodillas frente al retrete y vomito hasta que me quedo con el estómago vacío.
Alguien me sujeta el pelo para que no se ensucie. Chloe. Me entran ganas de llorar. Soy patética. Me siento en el suelo y apoyo la cabeza contra la pared fría. Procuro no hacer movimientos bruscos, pues lo que menos me apetece en este momento es volver a vomitar. Es un desastre. Yo estoy hecha un desastre.
—Si hubiera sabido esto, no te habría dejado beber tanto. —Aunque está en todo su derecho de enfadarse, más bien parece preocupada por mí. Me tiende un trozo de papel higiénico para que me limpie la boca.
Así que anoche bebí. Eso explica por qué mis recuerdos están borrosos. Ni siquiera sé cómo conseguí volver a la residencia. ¿Chloe me trajo? Cierro los ojos e intento recrear lo que pasó cuando nos marchamos del pub, pero no puedo pensar con claridad cuando me duele tanto la cabeza.
—¿Tienes una aspirina? —carraspeo. Tengo la boca pastosa y estoy sedienta.
Ella asiente y vuelve unos segundos después con una pastilla y un vaso de agua.
—Bebe —me ordena con seriedad.
—Eres demasiado buena conmigo.
Obedezco y me seco la boca con la mano. Si es verdad eso de que anoche vomité en sus zapatos, debería estar muy cabreada. Chloe suspira mientras se pone de pie.
—En otras circunstancias te habría cantado las cuarenta, pero ayer no dejabas de llorar.
En cuanto termina de hablar, me asaltan todos los recuerdos de la noche anterior. Me veo parada frente al escenario y escucho una melodía. Una voz. Su voz. Alguien intenta besarme sin mi consentimiento y un grupo de personas interviene. Salgo corriendo del bar a punto de sufrir un ataque de ansiedad. Chloe me encuentra poco después en el exterior del local. Le prometo que estoy bien y nos vamos a otro sitio.
No recuerdo nada más. Solo que la cabeza me daba vueltas. Porque los vi. A Alex y a los chicos.
Él me vio a mí.
Me apoyo sobre el retrete y vomito otra vez.
—Por el amor de Dios, Holland —gimotea Chloe—. Muy bien. Vas directa a la ducha. Levántate.
No tengo fuerzas como para discutir. Sale del baño y cierra la puerta. Necesito un instante para coger aire y secarme las lágrimas. Odio que me haya visto así. Anoche perdí el control. De no ser por ella, no sé cómo habría acabado. O dónde. Se supone que tendría que haber aprendido la lección después de lo que pasó en Mánchester, pero ayer tiré todas mis convicciones por tierra y ahora doy vergüenza.
Me desnudo con lentitud porque me duele el cuerpo entero. Cuando me meto en la ducha, el agua fría me congela las venas. Me enjabono el cuerpo y también me lavo el pelo. Acto seguido, me paso unos dolorosos segundos frotándome los labios para borrar cualquier rastro de lo que ocurrió anoche.
Cuando unos minutos después salgo del baño envuelta en una toalla, Chloe está terminando de arreglarse. Me siento en la cama y cojo un cepillo.
—Menos mal. Empezaba a pensar que esa cara de zombi te duraría para siempre —comenta al verme.
Para variar, mi pelo también está hecho un desastre. Decido desenredarlo por partes para que duela menos.
—¿Te vas? —pregunto.
—Organizan un mercadillo benéfico por aquí cerca los domingos. Tenía planeado ir a echarle un vistazo a la ropa. ¿Te importa? ¿Estarás bien?
Como decía, es demasiado buena conmigo. No soporto la idea de quedarme a solas con mis pensamientos, pero tampoco quiero ser una carga para ella.
—Sí —miento—. No te preocupes por mí.
—¿Seguro? Puedo quedarme, si quieres.
—Estoy muerta de sueño. Estaba a punto de regresar a la cama. —Tras estudiarme durante unos segundos, asiente, aunque no parece muy convencida. Se gira para coger su bolso y yo me muerdo el labio—. Siento mucho lo de anoche. No sé en qué estaba pensando.
Fue nuestra primera fiesta juntas y acabó de este modo. Prefiero no pensar en qué estado me trajo a la residencia. Se portó muy bien conmigo, a pesar de la mala impresión que seguramente le di. Solo llevo aquí unos días y ya he metido la pata. ¿Es que no pienso cambiar nunca?
Sin embargo, Chloe me mira con seriedad y niega con la cabeza.
—El tío de anoche era un capullo. No fue culpa tuya.
Mi estabilidad se tambalea. No recuerdo habérselo contado.
—¿Así que lo sabes? —pregunto con la voz temblorosa.
—Hablas mucho cuando estás borracha. Lo único que hiciste mal fue no darle una patada más fuerte en las pelotas.
Eso me hace reír entre lágrimas. No sé cuándo he empezado a llorar. Sorbo por la nariz y se acerca a darme un abrazo. Cuando se aleja, me seca los ojos con los pulgares.
—Yo también he tenido el corazón roto. Te prometo que, aunque ahora pienses que no hay salida, acabarás superándolo.
Siento una punzada en el pecho. Parece que es más obvio de lo que creía.
—Es una larga historia —contesto, incómoda.
—Lo sé. Espero que me la cuentes algún día, porque pienso patearle el culo al imbécil que te haya hecho esto.
Me obligo a sonreír. Ella me abraza una última vez antes de dejar la habitación.
Ahora que estoy sola, mi sonrisa se desvanece. Me recojo el pelo mojado en una coleta y me enfundo unos vaqueros y una sudadera ancha y cómoda. He mentido a Chloe. Es imposible que vuelva a pegar ojo. En busca de una distracción, me tumbo en la cama y enciendo el móvil. Da igual que no haya revisado mis mensajes desde anoche; no tengo ninguna notificación. El número de personas a las que les importo actualmente se reduce a cero. O a una, si consideramos a Chloe. A tres, si tenemos en cuenta a mamá y a papá.
Vamos a dejarlo en una.
En Mánchester tampoco era muy popular. Aunque tuve amigos, no me abrí lo suficiente. No tenía la intención de conectar con nadie. Ahora miro atrás y me alegro de no haberles dado una oportunidad, pese a que en ese entonces no sabía el tipo de persona que eran y lo que me harían. No han vuelto a ponerse en contacto conmigo desde entonces, y menos mal. Me pregunto si Alex y los chicos también se habrán topado con personas a las que desearían no haber conocido.
La curiosidad me puede. Entro en Instagram y busco 3 A. M. Antes ni siquiera tenían una cuenta oficial para la banda y ahora cuentan con casi medio millón de seguidores. ¡Guau! Echo un vistazo a las publicaciones. En la más reciente aparecen Alex y Mason riéndose en un ascensor. Tiene miles de «me gusta» y de comentarios de fans que no pueden decidir cuál de los dos les mola más. Siento un pinchazo de celos e inmediatamente me lo reprocho, porque está fuera de lugar.
Alex ha contestado a algunos comentarios desde su cuenta personal. Me muerdo el labio y entro en su perfil. Los bloqueé a todos cuando nos despedimos en el aeropuerto hace un año y medio, por lo que solo puedo ver que tiene miles de seguidores y su descripción. «Vivo para la música. Vocalista en @3AM_oficial».
No me lo pienso dos veces. Lo desbloqueo.
De pronto, todas sus publicaciones e historias destacadas comienzan a estar visibles. Lo último que ha compartido es un retrato hecho por un fan en el que aparece riéndose, con el pelo revuelto cayéndole sobre la frente. Alex etiqueta al artista y le da las gracias en la descripción. Sin duda, está mucho mejor que los que hice yo.
Miro el resto de sus fotografías con un nudo en la garganta. Conforme encuentro los perfiles de los demás, también los desbloqueo. Alex es el vocalista, pero Sam tiene muchos más seguidores, seguramente porque es bastante más activo en las redes sociales. No paso demasiado tiempo revisando sus cuentas para no torturarme. En su lugar, busco de nuevo la de la banda y le doy a «seguir».
Dejo el móvil y lo tiro sobre la cama, con el corazón acelerado. No sé qué pretendo con todo esto. No me he atrevido a seguirlos en sus perfiles personales porque sería más probable que lo vieran. Sé que tarde o temprano tendré que enfrentarlos, pero aún no estoy lista.
Fue un error no ponerme en contacto con ellos durante el verano. No soportaba pensar que estaban aquí, cumpliendo sus sueños, mientras yo me apagaba. Puede sonar egoísta, sin embargo, ver sus fotografías solo hacía que los extrañara todavía más. Me convencí de que necesitaba pasar página y los saqué completamente de mi vida: me dolía demasiado tenerlos solo a medias.
Cuando me di cuenta de que mi error, ya era demasiado tarde. No podía pretender recuperar el contacto después de haberlos ignorado durante tanto tiempo. Necesitaba hablar con ellos en persona. Ayer tuve la oportunidad, pero no me atreví. Espero que, cuando los llame en unos días, una vez me sienta preparada, no me cuelguen el teléfono.
Vuelvo a coger el móvil y entro en YouTube. Hace mucho que no lanzan nuevas canciones. La más reciente se llama «Encontrarte». La publicaron hace cuatro meses y tiene menos reproducciones de lo normal. Solo la he escuchado una vez porque no es de mis favoritas. Después del videoclip, únicamentehan subido un vídeo titulado «¿Quién es más probable que…?». En la miniatura aparecen los cinco apretujados en un sofá.
Estoy a punto de verlo, pero de pronto mi móvil se pone a sonar. Llamada entrante, número desconocido. El corazón me salta con tanta fuerza que me mareo.
Es imposible que sean ellos porque sigo teniendo sus números bloqueados.
Es imposible, ¿verdad?
—¿Hola? —mascullo cuando me llevo el teléfono a la oreja.
—¿Cuándo pensabas decirnos que estás en Londres?
No sé a quién esperaba escuchar, pero me cuesta horrores encontrar algo que decir. Abro y cierro la boca, bloqueada. Como no rompo el silencio, decide seguir hablando:
—Estabas guapa anoche. Nuevo estilo, ¿eh? No te habría reconocido de no ser porque Alex volvió más pálido que un frigorífico y eso solo podía tener una explicación. En efecto, parece que HollandOwen vuelve a las andadas. —Chasquea la lengua y por su tono deduzco que sonríe—. Mándame un mensaje con tu dirección. Te recojo en diez minutos.
¿Quiere que nos veamos ahora? ¿Va a fingir que no ha ocurrido nada o tiene intenciones de arreglar las cosas? Porque no estoy lista, mucho menos si ello implica ver de nuevo a Alex. O a Sam. Primero tengo que pensar en lo que voy a decirles. Dudo que un «lo siento» sirva de mucho a estas alturas.
—No creo que sea una buena idea —contesto, y la línea se queda en silencio. Estoy dispuesta a inventarme una buena excusa, cuando lo escucho suspirar.
—¿Así que vas a seguir ignorándome ahora que estás en la ciudad?
Eso me sienta como un puñetazo en el estómago. Tiene razón; no dejo de cometer los mismos errores. ¿Y si esta es la única oportunidad que tengo de solucionarlo?
—Ahora te mando mi dirección —cedo y, otra vez, me da la impresión de que sonríe.
—Genial. Te recojo en diez minutos.
Finn cuelga el teléfono.
Suelto el aire que retenía en los pulmones. Dios santo. Vale.
Agendo su número nuevo y le envío mi ubicación por WhatsApp. Responde con un sticker de un perro bailando que me habría hecho gracia en cualquier otra ocasión, pero ahora mismo lo único que puedo pensar es que dentro de diez minutos tendré que enfrentarme a ellos, cara a cara, tras haberlos ignorado durante año y medio. Quizá tenga suerte y Finn venga solo. Por mi bien, espero que así sea.
Me calzo unas deportivas y me seco el pelo. Cojo las llaves, el móvil y algo de dinero, por si acaso, y envío un mensaje a Chloe para avisarla que voy a salir. Después me siento en la cama y espero, inquieta, hasta que un claxon suena en la calle. Bajo al vestíbulo, me despido de Dolly con una sonrisa y salgo de la residencia.
No había pensado en que para recoger a alguien se necesita un vehículo y que eso significa que Finnsabe conducir. Cuando bajo los escalones del porche, me encuentro con una camioneta negra aparcada frente al edificio. Parece que va a caerse a pedazos. La pintura está desgastada y, en un lateral, el logo de 3 A. M. destaca en letras mayúsculas de color rojo, rodeado de notas musicales. Es tan poco discreto que no puedo evitar preguntarme si no es un poco peligroso que sus fans sepan que esta camioneta pertenece a su banda favorita.
Alguien abre la puerta del copiloto desde dentro, sacándome de mis pensamientos. Finn está sentado frente al volante. Lleva unos vaqueros, una camiseta con un logo en el pecho y unas gafas de sol. Me hace un gesto con la cabeza para invitarme a entrar.
—Súbete a mi Volvo, nena.
Esto no va a salir bien.
La camioneta es bastante alta, de forma que tengo que impulsarme para alcanzar el asiento. Cuando compruebo que estamos solos, se me escapa un suspiro de alivio que Finn no pasa por alto. Agarra con fuerza el volante. Me pongo el cinturón y me dedico a rehuir su mirada mientras espero a que arranquemos, pero no enciende el motor.
Me vuelvo hacia él y descubro que me observa. Lleva el flequillo, que antes solía ser muy rebelde, peinado hacia arriba. Este último año y medio le ha sentado bien. Tenía la cara llena de imperfecciones en el instituto, pero ahora tiene la piel lisa y los hombros más anchos.
—¿Qué? —demando, claramente a la defensiva.
Se encoge ante mi tono, como un niño pequeño.
—No tenías por qué venir, ¿sabes? Nadie te obliga a estar aquí.
Trago saliva e intento relajarme, aunque me resulta muy difícil.
—Quiero estar aquí, pero la situación me parece un poco incómoda. Nada más.
—Es incómoda porque te empeñas en fingir que no me conoces. Llevo esperando a que me des un abrazo desde que subiste a la camioneta.
No me lo pienso dos veces y aprovecho que el vehículo es espacioso para lanzarme a sus brazos. Finnme estrecha contra sí y noto que me tiembla la respiración cuando suspira en mi cuello. Acabo de darme cuenta de lo mucho que lo he echado de menos. De pronto, tengo unas ganas asfixiantes de echarme a llorar.
Hay personas que nunca dejan de formar parte de ti; incluso aunque os separe la distancia, siempre encuentran la forma de seguir contigo. Finn era uno de mis mejores amigos en el instituto. Era el que siempre tenía algo bueno que decir, el que conseguía hacernos sonreír aun en los momentos más tensos. El del corazón noble. Quizá no me merezco este recibimiento después de cómo lo he tratado, pero quiere darme la oportunidad de hablar. Y puede que también esté dispuesto a perdonarme.
Tal vez no esté todo tan perdido como creía.
—Gracias por llamarme —digo con sinceridad.
Cuando me ve a punto de llorar, el muy desgraciado se echa a reír. Gruño para mostrarle mi descontento, aunque no puedo enfadarme con él. Todavía se ríe cuando tira de mí para volver a abrazarme. Acto seguido, me empuja para mandarme de nuevo a mi asiento.
—Más te vale haber traído dinero, porque llevas casi dos años sin hablarme y vas a recompensarme invitándome a desayunar. —Arranca el motor y maniobra para salir a la vía. Me mira de reojo y sonríe—. Bienvenida a Londres, Hollie.
Conduce durante lo que parecen horas. Enciendo la radio en busca de una distracción y una canción pegadiza comienza a sonar por los altavoces. Enseguida reconozco la voz de Alex cantando «Mil y una veces». Finn cambia rápidamente de emisora.
Aparcamos junto a una cafetería en la que nunca antes había estado. No he comido desde anoche, así que estoy famélica. Ahora que la aspirina ha hecho efecto, no me duele la cabeza. Cuando nos bajamos de la camioneta, Finn echa el seguro y me guía al interior. Huele tan bien que me rugen las tripas. Nos sentamos en una mesa escondida en un rincón y ojeamos la carta en silencio hasta que se acerca el camarero. Es un chico con el pelo castaño que no tendrá más de veinte años. Me dispongo a pedir primero, pero no me está mirando.
Su atención está centrada exclusivamente en Finn, que todavía no se decide. Se aclara la garganta, nervioso.
—Tío, espero que no te moleste, pero me encanta vuestra música. Llevo mucho escuchándoos.
Finn alza la mirada, sorprendido, pero se recompone enseguida y sonríe. Le da las gracias y bromean cuando el chico le cuenta que le dedicó «Mil y una veces» a su actual novia para declararse. Aunque no se conocen de nada, Finn se muestra cercano con él, como si fueran amigos desde hace años. Todavía no he salido de mi asombro cuando me dan un teléfono para que saque una foto. Hago varias por si acaso y después se lo devuelvo al camarero, que, emocionado, nos lo agradece. Finalmente, apunta nuestra comanda y se marcha sin dejar de sonreír.
Mi asombro debe de ser muy evidente, porque Finn comienza a reírse en cuanto nos quedamos a solas.
—¿Qué, tú también quieres un autógrafo?
—¿Estás de broma? Ha sido alucinante. —Señalo al fan con el dedo, sin disimular—. Ese chico sabía quién eras, Finn. Es una pasada.
Sonríe al verme tan emocionada. Se encoge de hombros para restarle importancia.
—Tenemos muchos seguidores en Instagram y casi un millón de suscriptores en YouTube. Me habrá reconocido de alguno de nuestros vídeos. Aquí entre nosotros, me extrañaría no ser el favorito de la mayoría de nuestros fans.
—Me alegro de que os vaya bien con la banda —admito. Si las circunstancias fueran otras, le habría soltado un buen «¡te lo dije!».
—Ahora tenemos representante, ¿sabes? Se llama Jeff. No somos su prioridad porque lleva a bandas mucho más famosas, pero siempre saca tiempo para tocarnos las narices. —Otro camarero nos trae nuestros cafés y un par de dulces y Finn espera a que se marche para continuar—: Hay una discográfica que podría estar interesada en firmar con nosotros. Jeff quiere que les presentemos un nuevo álbum antes de marzo.
Estoy a punto de escupir el café. Demasiada información de golpe. Abro los ojos de par en par y Finnvuelve a reírse.
—Júrame que no me estás tomando el pelo —exclamo en un susurro. No responde, así que me dejo llevar por la emoción—. ¡Eso es increíble! Todo es increíble. Dios santo, Finn, ahora sí quiero que me firmes un autógrafo.
Que perdiésemos el contacto no significa que no me sienta orgullosa de ellos. Hace dos años estaban tocando el «Himno de la alegría» en el sótano del instituto sin coordinación y dentro de nada podrían firmar con una discográfica. Viví con ellos su primer concierto, escuché los acordes de su primera canción antes que nadie y celebramos juntos el primer medio millón de reproducciones que «Mil y una veces» obtuvo en YouTube. Siempre supe que llegarían lejos y ahora están a las puertas de algo grande.
Sé que conseguirán todo lo que se propongan y me alegro inmensamente por ellos, aunque no haya estado ahí para verlos crecer.
Mi sonrisa decae con lentitud. Puede que hayamos pensado en lo mismo, porque de pronto él también parece incómodo. Se aclara la garganta y busca una forma de continuar la conversación.
—¿Qué hay de ti? ¿Qué haces en Londres?
—Estudio aquí. Bellas Artes. Conseguí una plaza en la universidad.
Hablar de esto con él, con alguien que conoce mi pasado, hace que me sienta un tanto avergonzada.Finn sabe que he perdido un año de mi vida porque no me enfrenté a mis padres a tiempo. Sin embargo, no hace ningún comentario al respecto. Solo amplía su sonrisa.
—Tenía más que claro que lo conseguirías.
—No es para tanto. Cualquiera habría pasado las pruebas de admisión.
—Sabes que eso no es verdad. Más te vale estar preparada porque dentro de poco serás tú la que firme autógrafos.
Esbozo una sonrisa tímida y bajo la mirada hasta mi café. Aunque es evidente que exagera, es reconfortante que piense eso de mí. La realidad es que no me veo llevando una vida como esa. La fama es para ellos. Yo me conformaría con tener un estudio pequeño y acogedor en el que encerrarme a dibujar. No me haría falta mucho más.
Pensar en autógrafos y en famosos hace que me acuerde de algo. Miro dramáticamente a nuestro alrededor.
—¿Debería preocuparme por si aparece algún paparazzi y piensa que estamos saliendo? —pregunto de broma.
—No te ofendas, pero nuestros fans nunca se creerían que salgo con una pelirroja.
—¿Qué problema tienes con las pelirrojas? —Arqueo las cejas.
—Si te vistes de verde, parecerás un semáforo.
—Muy gracioso.
—Gracias. Después de ser extremadamente guapo, ser gracioso es lo que mejor se me da.
Pongo los ojos en blanco y se echa a reír.
Desayunamos entre risas y anécdotas. Hablamos sobre la universidad y me entero de que estudia Diseño y Programación de Videojuegos. Yo le explico cómo es la vida en la residencia. También me cuenta que trabajó durante varios meses para comprarse la camioneta, que es de segunda mano, y que lo primero que hizo nada más recogerla fue personalizarla con el logo de la banda. Se nos da tan bien esquivar el tema que casi parece que no llevamos un año y medio sin vernos.
Cuando terminamos, una camarera acude para limpiar la mesa y nos sumergimos en un silencio incómodo. Me distraigo mirando lo que nos rodea, nerviosa, mientras espero a que sea el primero en hablar. Nos guste o no, ha llegado el momento de enfrentarnos a la realidad.
—Casi dos años —dice, y es más que suficiente. La culpabilidad me oprime los pulmones.
—Lo siento mucho.
—Sam y yo discutimos con Alex cuando nos bloqueaste. Pensamos que había sido culpa suya.
—No tuvo nada que ver —le aseguro, aunque no sea del todo cierto. No soporto pensar en que se pelearon por mi culpa—. Ha dejado de escribir, ¿verdad?
Finn clava sus ojos en los míos, como si buscase entender cómo he llegado a esa conclusión, pero no tiene mucho misterio. Conozco a Alex. No puede dejar de lado la música y, si 3 A. M. lleva tanto tiempo sin lanzar nuevas canciones, tiene que haber una buena razón.
—Todo es un desastre, Holland —confiesa finalmente—. Jeff lleva meses esperando a que le entreguemos algo que no tenemos. No entiendo por qué no es capaz de sentarse en una silla y componer. Los demás lo hemos intentado, pero no somos tan buenos como él.
—¿No podéis presentar vuestras antiguas canciones? A mí me gustaban.
—Lo haríamos si nuestro vocalista estuviera dispuesto a cantarlas. Alex está convencido de que no son lo suficientemente buenas. Anoche tocamos «Mil y una veces» por primera vez en meses y solo porque el dueño del pub nos amenazó con echarnos si volvíamos a tocar «Insomnio». Llevábamos dos semanas con la misma canción.
Las escribió para mí y ahora no solamente se niega a tocarlas en público, sino que, además, piensa que no están a la altura.
—¿Cómo está? —pregunto, aunque no estoy segura de querer saber la respuesta.
—En general, creo que bien. Si quieres saber cómo se quedó después de verte ayer, no tengo ni idea. No hemos hablado esta mañana.
—¿Así que no sabe que estás aquí?
—No, he venido por mi cuenta. Soy quien lleva las redes sociales de la banda. Me tomé que nos siguieras como una indirecta. Di por hecho que querías solucionar las cosas.
—Y quiero —aclaro rápidamente.
—Que Alex no pueda escribir no es el mayor de nuestros problemas. Cada vez vamos a peor. A este paso nunca firmaremos con la discográfica y no será por falta de canciones, sino porque no tendremos banda. —Posa sus ojos sobre los míos—. Te he llamado porque necesito que me ayudes a arreglarlo.
—¿A qué te refieres con que no tendréis banda? —pregunto, mientras siento que el pánico me invade las entrañas.
Me pasé un año en Mánchester creyendo que tenían una vida perfecta, ¿y ahora resulta que no es así? ¿Cómo de insostenible debe de ser la situación para que Finn crea que este podría ser el final de 3 A. M.?
Necesito que me dé explicaciones, pero se limita a negar, sin dejar de mirarme.
—¿Me ayudarás? —insiste.
—No creo que sea buena idea. No sé si los demás querrán volver a verme.
—Unos amigos dan una fiesta esta noche. Los chicos estarán allí. Creo que deberías venir. —Más que como una sugerencia, suena como una súplica—. Fuiste la primera en creer en nosotros. Necesito que me ayudes. Por favor. Prometo no dejarte sola.
Me muerdo el interior de la mejilla. No tengo ni idea de qué ha ocurrido entre ellos y dudo mucho que mi presencia sea de ayuda, pero no puedo dejarlos tirados otra vez. No cuando Finn parece tan desesperado.
—Está bien. Pensaremos en algo. Los dos.
Al escucharme, suelta un suspiro de alivio y se apresura a asentir. Después, esboza una sonrisa triste.
—Bienvenida de nuevo a nuestras vidas. Por el bien de todos, vamos a intentar no cagarla esta vez.
Aunque me cuesta, también sonrío. Decido tomármelo como una promesa. Ha llegado la hora de recuperar a mis amigos.
3. Prender la mecha
Alex
Todavía no me acostumbro a componer con la guitarra.
Me echo hacia atrás en el sofá y pruebo unos acordes con la mirada perdida en el techo, pero no doy con nada que suene bien. Normalmente, cuando me siento a escribir ya tengo una idea de cómo será la canción. A pesar de que a veces la música toma el control y termino creando algo muy diferente a lo que esperaba, por lo general, la inspiración está presente desde el principio.
Ahora no, ya no queda rastro de ella.
Resoplo frustrado. Tumbado en el sofá contiguo, Mason aparta los ojos de su móvil para mirarme. Se ha pasado las últimas dos horas criticando todas mis ideas. Su sinceridad no me molestaría si al menos pusiese algo de su parte, pero ni siquiera ha cogido la guitarra. Como siempre, soy quien se ocupa de la parte más complicada de estar en una banda.
Charlar con los fans, firmar autógrafos y recorrer escenarios le gusta a todo el mundo, pero ¿estrujarse los sesos para componer? Eso ya es otra historia.
—Suena como «Insomnio» —comenta, sin dejar de mirar su teléfono, cuando por fin doy con una combinación que me gusta.
—Son imaginaciones tuyas.
—Son los mismos putos acordes, Alex.
Lo peor es que tiene razón.
Gruño y dejo de presionar las cuerdas. Si no le tuviera tanto aprecio a la guitarra, la lanzaría a la otra punta del sofá. Los chicos me la regalaron por mi cumpleaños. Mason estaba empeñado en comprarme una eléctrica, pero Blake sabía que la acústica me gustaría más. Se pasaron una semana discutiendo y, evidentemente, ganó ella.
Intento concentrarme para pensar en un comienzo. Estoy convencido de que, una vez que tenga algo, aunque solo sean unos versos, lo demás saldrá solo. Sin embargo, todo lo que se me ocurre ya existe. Todas nuestras canciones suenan igual. Transmiten lo mismo. No consigo encontrar algo diferente y eso me frustra porque sé lo que significa.
He perdido la chispa.
No sabría decidir cuál de nuestras composiciones me gusta menos. «Mil y una veces» me parece básica ahora que la veo con perspectiva. «Es tuyo» podría ser catalogada como una tortura auditiva. ¿«Insomnio»? Pasable. La tocamos a menudo porque hace bailar al público. No sé por qué «Sigue latiendo» y «Cántame al oído» entusiasman tanto a la gente. Se han escrito miles de baladas sobre corazones rotos. No hacen falta más.
Necesito innovar y crear una melodía radical que cale en quien la escuche. Ahora tenemos fans que nos mandan cartas y se saben de memoria nuestras canciones. Cada día me da más miedo no ser lo suficientemente bueno. Decepcionarlos. De algún modo, tengo que demostrarles que estoy a la altura.
Los chicos no saben lo mucho que me preocupa el tema. Suficientes problemas tenemos ya como para que ahora descubran que su vocalista tiene crisis existenciales. A veces me pregunto si de verdad sirvo para esto. Puede que solo tuviera suerte en el instituto. Quizá escribí todas esas canciones porque las llevaba dentro y ahora me he quedado vacío.
¿Y si soy una de esas promesas que se hunden después de sus quince minutos de fama? ¿Y si estoy destinado a caer en el olvido? ¿Y si, después de todo, la música no es lo mío?
Porque si lo es, ¿por qué no puedo componer?
—Tómate un descanso, ¿quieres?
Me apetece contestarle que cierre la boca, pero me callo por no discutir. En el fondo, sé que cuando me presiono no me sale nada bien. La última canción que escribí así fue «Encontrarte» y fue un gran fracaso. Tres minutos de ruido que nadie soporta. Otro golpe más para mi autoestima, supongo.
Dejo la guitarra en el suelo y me estiro al levantarme. Llevo tanto tiempo sentado que tengo los músculos engarrotados. Cojo el móvil para ver mis mensajes.
—Hazme un favor y no le respondas a Jeff —me pide Mason. Se refiere a nuestro representante, que nos presiona continuamente para que le mandemos nuevas canciones.
—Soy un experto en ignorar a Jeff.
En efecto, aunque me ha mandado varios mensajes, ni siquiera los leo. Paso directo a los que me interesan. Cuando entro en nuestro chat, veo que me ha enviado una fotografía en la que aparece ella sujetando una cámara de fotos.
Megan
Ocupada. Otro día.
—Megan no vendrá esta noche —digo tras bloquear la pantalla.
—Qué pena.
—Al menos podrías fingir que te cae bien.
—¿Para qué? Todos sabemos que no es así. Ella incluida.
—Puede que por eso no quiera venir.
Suelta una risita irónica que me saca de mis casillas.
—Si pensar eso te hace sentir mejor…
Pongo los ojos en blanco.
Mason la detesta desde que se la presenté. No creo que tenga ningún problema con Megan en sí, sino que, más bien, está en contra de la relación que tengo con ella. A mí me gustaría que por lo menos intentaran tolerarse, pero se ve que es mucho pedir. Él no puede mirarla sin poner mala cara y, con el tiempo, Megan ha acabado tratándolo de la misma forma.
Cuando vuelvo a desbloquear el móvil, Mason resopla. Lo ignoro y le escribo un mensaje a Meganpara decirle que no me importa que no venga esta noche, aunque es mentira. Después le pregunto si le apetece que nos veamos mañana. Se pone en línea sin contestar.
—Podríamos escribir una canción sobre todos los peces que hay en el mar. Así dejarías de empeñarte en perseguir a una lombriz.
—No empieces. —Suspiro con cansancio, pero no se rinde.
—Vamos, Alex, cualquier chica se volvería loca por salir contigo.
—Ya, claro.
—¿No has leído los comentarios que te dejan en Instagram?
—No me conocen de verdad —le recuerdo, dejándome caer en el sofá.
—¿Y Megan sí? No me jodas. No se sabe ninguna de nuestras canciones.
—Perdóname por querer salir con alguien que me trata como una persona normal. No es mi problema que tú seas un egocéntrico.
Lo que más me molesta es que tiene razón. No me muestro como soy en las redes sociales. Interpreto un papel y me guardo todo aquello que prefiero que nuestros fans no sepan. No me conocen realmente y creo que estoy con Megan por lo mismo. Al igual que ellos, no tiene interés en saber mucho sobre mí. Se conforma con lo que decido contarle.
El ambiente se ha vuelto opresivo. Ya no estoy de humor para coger la guitarra, de forma que entro en Twitter y en Instagram para responder algunos comentarios. Tras unos minutos en silencio, Mason se levanta.
—Está bien, haz lo que quieras. Solo asegúrate de tener un cuaderno a mano cuando vuelvan a romperte el corazón. Así al menos tendremos nuevas canciones.
Pongo los ojos en blanco. Gilipollas.
—Megan no va a romperme el corazón.
—Si tú lo dices…
—Me gusta, ¿vale? Y yo le gusto a ella. Métete en tus asuntos.
Me pongo de pie. Quiero largarme antes de perder los estribos, pero Mason me detiene estampándome una mano en el pecho.
—No eres capaz de enrollarte con una chica sin sentir nada por ella. Megan solo quiere usarte para pasárselo bien. No va en serio contigo porque quiere tirarse a otros. No estáis en la misma onda y, como sigas engañándote, acabarás jodido. Soy el único que es sincero contigo y, si quieres cabrearte por eso, adelante.
Me sacudo para que me suelte, molesto.
—No soy yo quien está jodido por una chica, Mason.
No tiene ningún derecho a opinar sobre mi vida. No después del daño que le hizo a mi hermana. Ahora la situación de la banda es un completo desastre y es culpa suya. Actúo como si las cosas fueran bien entre nosotros para ahorrarnos problemas, pero no lo aguanto más. Me saca de quicio. No sabe cómo funcionamos Megan y yo porque ya no hablamos sobre ello.
Ni sobre nada, en realidad.
Por eso no sabe que Megan es justo lo que necesito. Puede que al principio me molestase que saliera con otros chicos, pero acabé acostumbrándome; a fin de cuentas, fue lo que acordamos. Técnicamente, yo también podría liarme con cualquier otra chica, pero no quiero estar con nadie más. Sería demasiado arriesgado. Megan es simpática y no muestra demasiado interés por mi vida o mi música. Me va bien con ella. Punto.
Al escucharme, Mason me taladra con la mirada, aunque, como siempre, se achanta al ver que no rompo el contacto visual. Cuando se deja caer en el sofá, no distingo si está dolido o cabreado. Seguramente ambas. De todas formas, me da igual. Cojo la guitarra y, como si no hubiera pasado nada, de nuevo intento componer.
Media hora después, se abre la puerta. Sam está en Newcastle y Blake se ha ido a trabajar, por lo que no me sorprende que sea Finn quien entra en el salón.
—Eh —saluda, quitándose la chaqueta.
Mason se concentra en su teléfono. A mí hacer el vacío no se me da tan bien.
—Hola —respondo.
—¿No vais a preguntarme dónde he estado?
—¿Y a nosotros qué coño nos importa? —gruñe Mason.
Si a Finn le afecta su tono hostil, lo disimula bien. Suspira dramáticamente.
—Una pena. Holland os envía saludos.
Me da un vuelco el corazón.
Mason parece tan sorprendido como yo. Pestañea y, como si creyera que poseo todas las respuestas, se vuelve hacia mí.
—¿Holland?
—Holland —confirma Finn alegremente. Señala a Mason con la cabeza, mirándome—. Vamos, no me digas que no se lo has contado.
—¿Contarme qué?
—Anoche vio a Holland. En el pub. Era la chica a la que libramos de ese capullo. —Alterna la mirada entre nosotros y hace una mueca—. Vaya, ¿en serio no sabía nada? Qué incómodo.
Así que no fueron imaginaciones mías. Realmente, era ella.
—¿Está hablando de esa Holland? —demanda Mason, mirándome—. ¿De tu ex?
—La misma que le rompió el corazón y lo hizo escribir un álbum entero. Holland Owen, en carne y hueso. Qué chica, ¿verdad? —Finn sigue sonriendo, entretenido con la situación.
Mientras tanto, yo todavía intento procesarlo.
Anoche no quise darle importancia porque creía que era imposible que, después de tanto tiempo, estuviera ahí. Estoy seguro de que habría sido capaz de reconocerla en cualquier parte, pero temía que mi mente estuviera jugándome una mala pasada. De forma que me pasé el resto de la noche intentando convencerme de que no había sido real.
Pero lo fue. Holland está en Londres. Y ayer se marchó sin dirigirnos la palabra.
—¿Por qué has ido a hablar con ella? —le espeto a Finn, que se sobresalta ante mi tono.
Dejo la guitarra en el sofá y me levanto. Que haya sido el primero en recuperar el contacto me molesta más de lo que debería. Si está en la ciudad, ¿por qué no nos avisó? Ni una sola llamada. Ni un mísero mensaje.
Nada desde que me monté en el avión.
—Es mi amiga —argumenta, encogiéndose de hombros—. Está guapa, ¿sabes? Se ha cortado el pelo.
—No me interesa —contesto, aunque evidentemente no es verdad.
—Estudia Bellas Artes. La aceptaron en la universidad. Ahora vive en una residencia de estudiantes cerca de allí. Dice que superó las pruebas de admisión porque eran muy fáciles, pero todos sabemos que…
—¿Es que no te cansas de intentar jodernos a todos? —lo interrumpe Mason.
Entonces, Finn parece darse cuenta de que esto no me está sentando nada bien. Vuelvo a acomodarme en el sofá y trago saliva. Siento la boca seca. Casi parece que vaya a echarse atrás, pero me mira y dice:
—La he invitado a venir esta noche.
Mason reacciona antes que yo. Se pone de pie, hecho una furia.
—¿Cuándo coño vas a darte cuenta de que está estropeándolo todo? —me espeta y señala a Finn, que se encoge ante su tono—. Él y su egoísmo van a acabar con la banda y tú tendrás parte de culpa por no abrir los ojos a tiempo.
—Mason… —empiezo a decir. Me interrumpe con un resoplido.
—Bien. Iros a la mierda.
Se marcha sin decir nada más.
Miro a Finn, que observa la puerta en silencio. Por mucho que intente esconderlo, sé cuánto le duele la situación. Antes eran inseparables. Desde que discutieron, Mason arremete contra él siempre que puede. Todos estamos más tensos ahora que no se ríen ni bromean juntos. Tengo la sensación de que, en cualquier momento, alguien prenderá la mecha que nos hará saltar por los aires.
Holland podría ser esa chispa y no me gusta nada.
—¿Por qué lo has hecho? —pregunto.
Espero que se arrepienta o que me dé una buena explicación, que me demuestre que aún es ese buen amigo que tuve en el instituto. Que solo hace lo que cree que es mejor para nosotros. Que tiene buenas intenciones.
Sin embargo, vuelve a mostrarse como esa persona petulante que últimamente me saca de mis casillas. Me mira con desinterés.
—Me apetece pasar tiempo con Holland. Pensé que no te haría gracia que nos fuéramos a mi habitación.
—¿Estás tonteando con ella? —Sueno mucho más molesto de lo que me gustaría.
Finn junta las cejas.
—Tú estás con Megan, ¿no? ¿Qué más te da?
—No me extraña que Mason crea que eres un capullo.
Esto sigue afectándome y ser consciente de ello me enfada aún más. Me levanto y lo rodeo para irme a mi habitación. Mientras antes lo pierda de vista, mejor.
—Asegúrate de coger un cuaderno. Tienes canciones que escribir —canturrea, burlón.
No respondo. Subo las escaleras y me encierro en mi dormitorio con un portazo. Mason tiene razón en una cosa más. No sé por qué sigo negándome a admitirlo. Finn está destruyendo la banda.
4. Sigue latiendo
Holland
—Con que esta noche voy a conocer a tu ex —comenta Chloe a mis espaldas.
Intento aplicarme otra capa de rímel, pero es imposible con lo que me tiemblan las manos. Al final me rindo y cierro el neceser.
—No sé si estará allí —me limito a contestar.
«O si me atreveré a acercarme a él».
No tengo muy claro por qué he aceptado ir a la fiesta. Finn no ha querido contarme su plan y, a estas alturas, comienzo a dudar de que tenga uno. Por muy decidida que esté a ayudarlo a reparar la banda, no creo que una casa llena de gente y música sea el lugar más adecuado para mantener una conversación. Además, todavía no he conseguido que me cuente qué es lo que ha pasado entre ellos.
Me trajo a la residencia hace un par de horas. Estaba tan angustiada que, cuando me encontré con Chloe en la habitación, tuve que contárselo todo. Hice especial hincapié en lo mucho que me aterraba ver nuevamente a mi exnovio y a mis ex mejores amigos después de más de un año y medio.
En cuanto comprendió hasta qué punto me afecta el tema, me dijo que de ninguna manera iría a la fiesta sin ella.
—Sinceramente, espero que esté allí —dice, sacándome de mis pensamientos—. Me muero por darle una buena patada en las pelotas.
Vale. Tengo que contarle lo que pasó entre nosotros. Pronto.
Doy varios pasos hacia atrás para mirarme al espejo. Voy más sencilla que anoche, con unos vaqueros anchos y una camiseta. Mientras más desapercibida pase, mejor. He acompañado el atuendo con unas zapatillas por si tengo que salir corriendo otra vez. Ha sido un consejo de Chloe. Desde luego, la chica sabe lo que hace.
Al verme tan nerviosa, se acerca para ponerme las manos sobre los hombros.
—Relájate, ¿sí? Todo saldrá bien. Y estás guapísima. —Sonríe y me obligo a asentir, aunque no esté muy convencida—. ¿A qué hora dices que viene tu amigo?
—Debería estar a punto de llegar. ¿Seguro que no prefieres quedarte? No quiero ser una carga.
—¿De verdad crees que voy a perderme la oportunidad de meterme con tu ex? ¡Venga ya!
—No me hizo nada malo, Chloe.
Con toda seguridad, era lo último que esperaba. Se queda callada y leo las preguntas en sus ojos. Antes de que pueda decir nada, comienzan a aporrear la puerta.
—¡Holland, aquí estoy! —canturrea alegremente Finn desde el otro lado.
Intercambio una mirada con Chloe. Dolly no permite entrar a nadie ajeno a la residencia. ¿Cómo diablos se ha colado?
—¡Déjame entrar! —añade, poniendo voz grave esta vez.
—Menudo imbécil —gruñe Chloe.
Cruza la habitación para abrir la puerta. Mientras tanto, aprovecho para echarme un último vistazo frente al espejo, inquieta. Puedo con esto.
—Vaya. Hola. ¿Y tú quién eres?
—Alguien que no soporta tu actitud —le espeta Chloe. Me lanza una mirada por encima del hombro—. Te espero abajo.
Rodea a Finn para salir, cargada de irritación. Él se lleva una mano al pecho, afectado.
—¿Qué hay de malo en mi actitud? —cuestiona, mirando el pasillo por el que Chloe se ha marchado.
—No te preocupes. Es mi compañera de habitación. Ya te acostumbrarás.
Asiente, aunque todavía parece preocupado. Como si necesitara pensar en otra cosa, me mira de arriba abajo y suelta un silbido.
—Estás guapa —dice, tan amable como de costumbre.
—Gracias. Tú también.
—Yo siempre.
—Pues vale.
Comienza a reírse y logra sacarme una sonrisa. Lleva unos vaqueros ajustados y una camisa negra y, como he dicho, le sienta bastante bien. Me invita a salir primero haciendo una reverencia.
—Adelante —dramatiza y, al verme tragar saliva, añade—: Estamos juntos en esto.
Me sigue fuera del dormitorio.
En definitiva, he subestimado sus habilidades. Cuando bajamos al primer piso, Finn no solo no intenta esconderse, sino que intercambia una sonrisa con Dolly al pasar junto al mostrador. Intento no mostrarme muy sorprendida. Chloe nos espera en el exterior.
—¿Tu amiga está libre? —me pregunta Finn, aprovechando que no nos escucha.
—De momento, sí.
—Buenas noticias. —Se frota las manos y me sonríe. Después, alza la voz para incluirla en la conversación—: Vaya, Holland, no sabía que teníamos una acoplada esta noche.
—Soy su amiga, friki —se defiende Chloe, malhumorada.
—Que utilices friki como insulto dice bastante de ti. No hay nada de malo en ser fanático de algo. Lástima que tu vida sea tan aburrida. —Chasquea la lengua y la mira de arriba abajo—. Intenta no ensuciar mi camioneta, ¿quieres?
Muy bien. ¿En qué momento se me ocurrió dejar que estos dos se conocieran?
Chloe me mira.
—No será este tu ex, ¿no?
—No —contesto rápidamente.
—Bien. Eso me da vía libre para darle una patada en los huevos.
—Vale, todos a la camioneta —ordeno. Agarro a Finn del brazo para que se monte en el vehículo de una vez.
Chloe y yo vamos en la parte de atrás. Aprecio que haya querido acompañarme, pero espero que no se pase toda la noche discutiendo. Cuando él nos pide que nos pongamos el cinturón, lanzo una mirada fulminante a mi amiga para que no rechiste. Obedece de mala gana.
Nos pasamos los siguientes minutos en silencio. Ha oscurecido y solo las farolas iluminan las calles de Londres. Pese a que había oído en boca de turistas que es una ciudad triste, mi concepción cambió cuando me mudé aquí. Puede que sea porque la veo con los ojos de un artista. Todo en este sitio hace que me entren ganas de dibujar.
Intento concentrarme en las vistas para no pensar en que dentro de poco llegaremos a la fiesta, pero no funciona.
—¿Cuál es el plan? —La voz de Chloe rompe el silencio.
Finn intercambia una mirada conmigo a través del espejo retrovisor. Asiento para confirmarle que puede confiar en ella. No parece muy entusiasmado con la idea.
—Los demás no saben que Holland está en Londres, así que el primer paso es que se enteren —explica de todas formas.
—Habría sido más fácil subir una foto a Instagram —comenta Chloe con ironía.
—Es mejor en persona. Además, habrá mucha gente en la fiesta, por lo que no tendrás que quedarte a solas con ellos si no quieres —prosigue Finn—. Estaría bien que acordásemos con quiénes quieres hablar primero.
Enarco las cejas. ¿Es una broma?
—¿De verdad pretendes que hable con todos esta noche?
—¿En una fiesta? Mala idea —me apoya Chloe.
Finn nos mira con cara de pocos amigos. Al parecer, no le hace gracia que nos hayamos unido en su contra.
—Necesito que te reconcilies con cada uno lo antes posible para que me ayudes a lidiar con lo demás. Que estés allí no puede empeorar las cosas, créeme.
—¿Cómo quieres que te ayude «con lo demás» si no me has contado nada?
—Lo haré cuando hayas hablado con todos —insiste.
Dudo. Eso implicaría a cuatro personas y todavía no estoy preparada para enfrentarme a una de ellas. Al notar el cambio en mi actitud, Finn suspira y giramos a la derecha.
—Y cuando digo todos también me refiero a Alex —añade para que me quede claro.
Tengo intenciones de replicar, pero Chloe se me adelanta.
—¿Alex? ¿Ese es tu ex? ¿Al que tengo que patearle el culo?
—¿Por qué le has pedido que le patee el culo? —inquiere Finn, confundido.
—No lo he hecho. —Lanzo una mirada de reproche a Chloe—. Quedamos en que nos saltaríamos esa parte.
—Qué aburrimiento —grazna ella. Me parece ver a Finn sonreír. Chloe apoya la barbilla en el asiento del conductor para dirigirse a él—: ¿Puedes contarme por qué rompieron? Necesito ponerme en contexto. ¿Le puso los cuernos?
—¿Estás de coña? Alex jamás habría sido capaz de hacer eso. Estaba tan colado por ella que daba asco.
—¿Entonces? —añade Chloe, solo que esta vez la pregunta va dirigida a mí.
Se me forma un nudo en la garganta. No he hablado con nadie del tema, excepto con Martha, mi psicóloga. En Mánchester no tuve amigos como Chloe. La mayoría se limitaban a vivir el presente y olvidar el resto. Creía que eso era lo que necesitaba. Sin embargo, me he dado cuenta de que ignorar el pasado solamente nos lleva a cometer los mismos errores.
—Fue culpa mía. Tomé una decisión estúpida creyendo que hacía lo correcto. Aunque me perdonó, no quiso que volviéramos. Alex pensaba que no éramos buenos el uno para el otro. Me dejó porque decía que quería que fuera feliz.
«Porque era la persona, pero no el momento».
Nos sumimos en un silencio que me satura de incomodidad. No tendría que haber hablado tanto. Ahora no puedo sacarme esa noche de la cabeza. Nuestra historia se cerró de la peor forma posible. Ni siquiera pudo despedirse de mí al día siguiente, en el aeropuerto. Se marchó sin decir adiós.
—Joder —susurra Chloe y Finn asiente, tenso.
—Alex no nos lo había contado —dice.
Entonces, ¿por qué creen que rompimos?
—Diría que es bonito, aunque la verdad es que me parece una muy mala excusa —añade mi amiga—. Lo siento, pero todavía me cae mal.
Estoy de acuerdo con ella. Aunque tuviera buenas intenciones, esa noche acabó conmigo. Me pasé sola todo el verano. Empecé a pensar que no valía la pena, que el problema estaba en mi interior y no en mi físico, como había creído siempre. Que era mala para quienes me rodean. Traté de buscarlo en otros chicos porque necesitaba encontrar a alguien que me hiciera sentir bien, y eso, claramente, no pasó.
Así que decidí que yo misma tendría que ser esa persona.
Pero no fue «bonito». Ni por asomo. Me destrozó.
La conversación se extingue cuando Finn aparca frente al edificio. Se trata de un bloque de pisos situado en una calle poco transitada. Las luces del ático parpadean y cambian de color. Parece que hemos encontrado nuestra fiesta.
—¿Preparadas?
Es una suerte que Chloe responda por mí, ya que no puedo hablar.
—Preparadas y dispuestas a patear traseros.
Salimos y Finn nos conduce al interior. Cuando nos montamos en el ascensor, me miro al espejo una vez más, nerviosa. Me clavo las uñas en las palmas con tanta fuerza que me hago daño. Finn se da cuenta y me da un empujón suave para relajarme.
—Todo irá bien —me asegura.
—Mason, Blake, Sam, Alex —pronuncio de sopetón—. Hablaré con ellos en ese orden.
Frunce los labios con consecuencia.
—Es mejor que dejemos a Mason para la fase tres.
—No tengo ningún problema con él.
—Le rompiste el corazón a su mejor amigo y lo ignoraste durante un año y medio mientras se comía la cabeza por ti. Créeme, Holland, sí lo tienes.
Sus palabras me habrían dolido si no tuviera la sensación de que hay cosas que no me está contando. Cuando llegamos a la planta superior, Finn se asegura de que salga antes que él, como si temiera que en cualquier momento pudiera salir corriendo. Solo habla una vez más antes de llamar a la puerta del apartamento:
—Primero hablarás con Blake. Fase uno.
Aun cuando dudo que a ella no le importe el daño que le hice a su hermano, no lo menciono.
Nos recibe un chico fortachón que debe de conocer a Finn, porque sonríe y chocan puños. No me pasa inadvertida la mirada descarada que nos lanza a Chloe y a mí. Dentro la música suena a todo volumen y parece que han instalado una bola de discoteca en medio del salón. Al verme tan sorprendida, el chico esboza una sonrisa burlona.
Se apoya contra la puerta, mirándome.
—¿Cuál de las dos viene contigo? —le pregunta a Finn, como diciendo «¿con cuál puedo quedarme?».
Chloe interviene antes de que él pueda contestar:
—Holland, ¿crees que tenemos cara de no saber hablar? Parece que este individuo piensa que no puede preguntárnoslo directamente a nosotras.
Finn se sorprende con su respuesta y a mí no me cabe la sonrisa en la cara. Me encanta esta chica. Antes de que el susodicho diga nada, me agarra del brazo y entramos juntas en el apartamento.
Estoy acostumbrada a estos ambientes, pero no estoy de humor para fiestas y no tardo en agobiarme. Hay demasiada gente. Nos abrimos paso entre la multitud, aunque ninguna sabe muy bien a dónde vamos. No deberíamos habernos separado de Finn. Siempre que me cruzo con un chico, temo que se dé la vuelta y sea Mason. O Alex. O Sam.
Ni siquiera he pensado en lo que voy a decirle a Sam.
Puede que Mason me odie por haber hecho daño a Alex, pero ¿y Sam? Era mi mejor amigo. Me esfumé después de prometer que seguiríamos en contacto. Su madre fue varias veces a casa para preguntar por mí, pero la mía daba largas. Y nunca se lo impedí.
Sé que estos últimos meses han sido duros para su familia. Todavía no sé por qué, pues no me atreví a preguntárselo a mamá, pero seguramente me necesitaba y no estuve ahí. Fui una amiga terrible. Aunque no me merezco que me perdone, tampoco puedo rendirme sin intentarlo. Ahora soy más madura y valiente. Puedo enmendar mis errores.
Tiro de Chloe para que paremos de andar sin rumbo. Cuando compruebo que Finn nos pisa los talones, se me escapa un suspiro de alivio.
—Id con cuidado. —Echa un vistazo al salón, como si buscara a alguien, y me agarra del brazo—. Vamos a por algo de beber.
En la cocina hay menos gente. Finn saluda a unos chicos que nos ofrecen cerveza, que rechazo sin pensármelo dos veces. Después del espectáculo de anoche, no probaré el alcohol en una temporada. Además, mañana empiezo la universidad y sería contraproducente no estar al cien por cien.
—¿Vamos a buscar a Blake? —le pregunto a Finn, que baila distraídamente a mi lado para no desentonar. Mientras antes acabemos con esto, mejor.
Sin embargo, niega y da un trago a su cerveza.
—De momento, basta con que nos quedemos justo aquí. Ten un poco de paciencia.
Parpadeo. Espero que me tome el pelo.
—¿Tienes un plan y no me lo has contado?
—Pues sí. Consiste en improvisar. Y está yendo sobre ruedas. —Entonces sonríe y, como si todo estuviera planeado, se acerca y me susurra—: ¿Te parece que pasemos directamente a la fase cuatro?
Sigo su mirada y me da un vuelco el corazón.
Alex está aquí.
Nuestras miradas se cruzan entre la multitud. Aunque sus amigos continúan hablando, parece que no los escucha. Se encuentra a varios metros de distancia, pero noto su presencia como si estuviera a mi lado. ¿Era así cuando salíamos? Acabo de darme cuenta de que no me acuerdo de cómo se sentía tenerlo cerca. Ni del sonido de su risa. Solo me quedan recuerdos borrosos.
He imaginado tantas veces este momento, en el que volveríamos a estar en la misma habitación, que me cuesta reaccionar. Mis sentidos olvidan la música y las luces, y parece que la voz de Finn suena lejana cuando se dirige a Chloe.
—Sé que no me soportas, pero es un buen momento para que tú y yo nos larguemos.
—¿Qué? —mascullo. Cuando me giro, descubro que han desaparecido.
Genial.
Mientras tanto, Alex también se aleja entre la multitud.
La experiencia me ha enseñado a no posponer las cosas importantes. Confiamos en que después tendremos tiempo para pronunciar todos los «te quiero» que callamos en su día y dar todos los abrazos que nos guardamos, cuando no es así. El tiempo se te escurre entre los dedos antes de lo que esperas. De pronto, ya no puedes volver atrás y hacer aquello que un día te prometiste que harías.
No puedo desperdiciar esta oportunidad. Y a pesar de que sé que no es una buena idea, me abro paso entre la gente para seguirlo.
Es una suerte que su estatura lo haga destacar, porque camina tan rápido que parece que intente despistarme. Avanzo entre empujones y procuro no perderlo de vista. Me conduce a unas escaleras que dan a un pasillo a oscuras. No ha mirado atrás, por lo que supongo que no sabe que estoy aquí. Subo a toda prisa y cuando llego arriba ya ha desaparecido.
¿Habrá entrado en alguna habitación? Es imposible que haya alcanzado la puerta del fondo en tan poco tiempo, así que me decanto por la más cercana. La abro esperando no encontrarme con algo que hubiera preferido no ver. No obstante, no lleva a una habitación, sino a un estrecho pasillo con más escaleras. Arriba hay una puerta entreabierta y distingo luz al otro lado. Subo con cuidado de no tropezarme y salgo a una especie de terraza.
Hace frío aquí fuera. Aunque ha anochecido, hay tanta contaminación lumínica que parece que en el cielo no queden estrellas. El corazón me va muy deprisa y no es porque haya venido corriendo. Alex se encuentra apoyado contra la valla, de espaldas a mí, y creo que aún no se ha percatado de mi presencia.
No me atrevo a cerrar la puerta por si necesito escapar. La terraza no tendrá más de cinco metros cuadrados, por lo que me sorprende que no me haya oído llegar. Estamos a tanta altura que vemos los tejados de los edificios contiguos. Nunca había tenido la oportunidad de ver Londres desde arriba, pero, desde luego, no estoy en condiciones de ponerme a apreciar las vistas.
Pienso en echarme atrás y volver a la fiesta. Justo entonces, su voz rompe el silencio:
—¿No vas a decir nada?
—Hola —respondo inmediatamente.
—Hola.
No pienso dejar que se dé cuenta de lo mucho que me afecta su presencia, así que me esfuerzo en actuar con normalidad. Me acerco y me apoyo en la barandilla, a su lado.
—Estabas en el pub anoche —dice—. Te fuiste sin decir adiós.
—Tenía prisa —miento.
Teniendo en cuenta lo que pasó hace quince meses, no creo que sea el indicado como para recriminarme que no me despidiera.
—Pensé que era imposible que fueras tú. Di por hecho que, cuando volviésemos a vernos, al menos te dignarías a saludar.
Vaya, empezamos pronto con los reproches.
—No esperaba veros allí.
—Que yo recuerde, somos nosotros los que llevamos un año y medio viviendo en la ciudad.
No respondo y nos miramos en silencio.
Es extraño que parezca tan diferente y que, a la vez, no haya cambiado nada. Aún conserva ese aspecto rebelde; ahora, incluso, tiene el flequillo más largo. Lleva una camiseta negra y unos vaqueros oscuros. Estudio su rostro, como recuperando y memorizando de nuevo los detalles y, cuando mi repaso recae sobre su boca entreabierta, me obligo a apartar la mirada.
Me envuelven los recuerdos. Pienso en cuando cantó «Es tuyo» y me di cuenta de que la había escrito para mí. Dormimos juntos en mi jardín esa noche y me burlé de que todavía no había dado su primer beso. Y acabé siendo yo. Hubo una época en la que mi única preocupación era que me invitase a salir. Después vino su cumpleaños y me pasé semanas planeando cómo terminar el piano que su madre comenzó a pintar en su habitación. Me pregunto si acaso seguirá allí.
La noche que rompimos, le hice creer que no lo quería. Le rompí el corazón presumiendo que tomaba la decisión correcta. Supongo que nunca me perdonó del todo, porque entonces habría vuelto conmigo. O al menos se habría despedido antes de mudarse a la otra punta del país. Alex fue el único que creyó en mi cuando ni yo misma lo hacía y ahora parecemos desconocidos.
Intento librarme del nudo que tengo en la garganta. Él aparta la mirada.
—¿Qué haces aquí? —pregunta. No había pensado en cuánto extrañaba su voz.
—¿En Londres o en la fiesta?
—En ambas.
—Finn me invitó. Pensó que sería buena idea.
—Vaya, me alegro de que con él sí que hayas mantenido el contacto.
—No tienes por qué portarte como un gilipollas conmigo, ¿sabes? —estallo—. No he venido a discutir.
Alex me taladra con la mirada.
—¿Así que soy yo el que se porta como un gilipollas?
—No paras de echarme cosas en cara. Para tu información, llevo sin hablar con Finn desde que os fuisteis. No habría venido si no me hubiera llamado esta mañana. He arreglado las cosas con él y pensaba hacer lo mismo con los demás, incluido tú, pero si piensas guardarme rencor para siempre, dímelo y te dejaré en paz.
Aun cuando entiendo que esté enfadado, no pienso tolerar esa actitud. No espero a que conteste y me giro para marcharme. Buscaré a Finn para que nos larguemos. Ya he tenido suficientes fracasos en una noche. Lo único que me apetece ahora mismo es encerrarme en mi habitación y no volver a salir.
Sin embargo, en el fondo, sé que es solo una fachada y que no quiero dejarlo en paz, por eso siento un torrente de alivio cuando escucho su voz a mis espaldas:
—Creo que tengo derecho a estar molesto, Holland.
Me he pasado el último año y medio fingiendo que no existían. Claro que no esperaba que me recibiera con los brazos abiertos.
—Lo tienes —concuerdo, volviéndome hacia él—. Pero eso no significa que puedas hablarme mal.
—No pretendía hablarte mal.
Nuestras miradas se encuentran y veo que es sincero. Si bien dudo, al final me acerco y vuelvo a apoyarme en la valla junto a él. Intento ponerme en su lugar. Esto no es fácil para mí, y seguramente para Alex tampoco lo sea.
Guardamos silencio durante unos instantes, hasta que dice:
—Finn me contó que estudias aquí. Bellas Artes.
—Supongo que es mejor tarde que nunca. —Fuerzo una sonrisa, aunque se asemeja mucho más a una mueca.
—Pensaba que seguirías en Mánchester hasta que terminaras la carrera de Derecho.
—La abandoné. Es una larga historia.
—¿Vuelves a tener prisa o es que simplemente no quieres contármela?
Ahora usa un tono más suave, como si no quisiera que volviera a sentirme atacada.
—No —respondo, sin romper el contacto visual—. Ninguna de las dos.
—En ese caso, te escucho.
Trago saliva. Por mucho tiempo que haya pasado, aún conserva ese «algo» que me hace sentir que puedo confiar en él. Y es muy peligroso.
—Me perdí a mí misma cuando llegué a la ciudad —confieso, sin rodeos. No tiene sentido maquillar la realidad—. Arrastraba problemas de ansiedad desde el instituto que empeoraron cuando os marchasteis. Quise buscar ayuda profesional, pero mis padres no me dejaron. Acabé yéndome a Mánchester y, cuando pasaron unos meses y me di cuenta de lo sola que estaba, decidí tirar la toalla. Mi vida empezó a consistir en salir con chicos, ir a fiestas y beber. No estudié para los exámenes y suspendí todas las asignaturas. También dejé de dibujar. Cuando mis padres me llamaron para averiguar qué diablos pasaba, les dije que quería dejar la universidad.
—¿Por eso ahora estás aquí? —inquiere y asiento con un nudo en la garganta.
No he querido dar más detalles ya que no soportaría que supiera lo ingenua que fui. Y tampoco que confié en quien no debía porque estaba desesperada por olvidarlo y que, aunque las consecuencias podrían haber sido mucho peores, ahora me cuesta horrores salir de noche sin pensar en que podría pasarme lo mismo.
—Me dijeron que, si lo hacía, a partir de entonces no se ocuparían de mí. Me dejarían completamente sola. Y estuve de acuerdo —continúo—. Volví a Newcastle y busqué trabajo, pero nadie quería contratar a una chica joven sin experiencia. Acabé de camarera en un bar bastante denigrante. Odiaba trabajar allí. Una noche, mi madre fue a recogerme y vio con sus propios ojos cómo era ese lugar. Arremetió contra mi jefe y me sacó de ese antro de inmediato. En ese momento supe que había ganado.
De nuevo, hay cosas que decido guardarme. Mientras que la familia de papá suele ir a casa en Navidad y otros festivos, no mantengo ninguna relación con la de mamá. Es hija única y su padre falleció hace unos años. Desde entonces, fue mi abuela materna quien dirigió el bufete de abogados que da reconocimiento a nuestro apellido. Su relación con mi madre estaba tan rota que juraría que nunca las había visto juntas. De hecho, la única vez que mamá me habló de ella fue el verano pasado, para comunicarme que había fallecido y que ahora el bufete estaría en sus manos.
Por supuesto, yo tampoco estaba muy unida a mi abuela, pero, aun así, me dolió perderla. Y también me hizo replantearme muchas cosas. Escuché a mamá llorar varias noches en su habitación durante esa época. Que se mostrara más permisiva conmigo puede que, en parte, tuviera que ver con la muerte de su madre. Pasaron los últimos años de su vida distanciadas porque no se soportaban.
Y nosotras íbamos por el mismo camino.
No se lo cuento a Alex puesto que me parece retorcido e inapropiado. Cuando lo miro de reojo, está completamente tenso.
—Bill te habría contratado —dice.
Supongo que ambos sabemos por qué no acudí a él. Siempre he sido una cobarde.
—Esa noche mis padres me ofrecieron un trato —prosigo, ignorando su comentario—. Estudiaría Bellas Artes durante un año, en una especie de periodo de prueba. Si mis notas no eran excepcionales, tendría que volver a casa y retomar la carrera de Derecho. De alguna forma, creo que esperaban que no pasara la prueba de admisión.
—Pero la pasaste.
Sus ojos conectan con los míos. Intento no pensar en lo rápido que me late el corazón.
—Sí. —Necesito más justificaciones, así que añado—: Londres tiene el mejor programa de Bellas Artes del país. Por eso vine aquí. Era una buena oportunidad.
Silencio.
Hay otra cosa que no le he contado. Me arrepiento profundamente de las decisiones que tomé. Si hubiera enfrentado a mis padres en su día, no me habría ido a Mánchester, sino que me habría mudado a Londres con ellos. No habría tenido que despedirme de mis amigos. No le habría roto el corazón.
Y, por consiguiente, tampoco a mí misma.
Pensarlo hace que me entren ganas de llorar. Eso no ocurrió y ahora debo asumir las consecuencias, y son que los he perdido. A todos.
—Me alegro de que hayas decidido dedicarte a lo que te hace feliz, Holland —admite, tras unos minutos en silencio.
Holland. Es imposible que no me resulte extraño como suena ese nombre en su boca.
Pestañeo para contener las lágrimas.
—No tienes por qué hacerlo.
—¿Qué?
—No tienes por qué fingir que te alegras por mí.
—Me alegro por ti. Sabes que siempre he pensado que valías para esto.
Evito mirarlo para no derrumbarme.
—Sé que hubieras preferido no volver a verme. Me pediste que saliera de tu vida y lo hice. Esto no ha sido cosa mía. Lo último que esperaba era que ayer nos encontráramos.
Aún recuerdo esa noche, cuando rompió conmigo con la excusa de que no era buena para él. Creía que estaríamos mucho mejor separados. Por eso, no entiendo por qué me reprocha que rompiese el contacto, si es lo que esperaba de mí. Es muy injusto, porque con toda seguridad ya ha pasado página mientras yo sigo atascada en los recuerdos.
—No te pedí que salieras de mi vida.
—No, solo me dejaste porque creías que te merecías a alguien mejor. Y después te fuiste sin más. Ni siquiera te despediste. Supongo que es mucho más fácil escribir una canción ocho meses más tarde para parecer arrepentido y sentirte mejor contigo mismo, ¿no?
—Si esperas que te diga que me arrepiento de haber terminado lo nuestro, Holland, creo que te vas a llevar una decepción —declara, con firmeza—. Lo que teníamos no era sano ni bueno para ninguno de los dos. Teníamos que madurar mucho. Y creo que, en el fondo, tú también eres consciente de ello.
Tiene razón. Lo soy. Pero eso no significa que su sinceridad no me siente como un puñetazo en el estómago.
—Al menos podrías haber dicho adiós —insisto.
—Tú también, y no lo hiciste.
—¿Así que toda la culpa es mía? Vaya, ¿por qué no me sorprende? —De pronto, estoy molesta. Me dejo guiar por el orgullo y añado—: Repito que no estaba en mis planes que nos cruzáramos anoche. De hecho, estaba pasándomelo bien hasta que llegasteis.
—¡Venga ya! Cuando te vi con ese tío, parecías de todo menos entretenida. ¿De verdad vas a decirme que no era un capullo?
Por mucho que intente mentirle, no servirá de nada; Alex me conoce demasiado bien. Además, será imposible que me crea, considerando cómo nos encontraron.
—No tendríais que haber intervenido —respondo finalmente—. Sé cuidar de mí misma.
—Nadie ha dicho lo contrario.
Que sea tan amable conmigo me saca por completo de mis casillas.
—¿Qué te hace pensar que no estamos juntos? —le espeto.
—Honestamente, que parecía un gilipollas.
—No sé por qué te sorprende, teniendo en cuenta mi historial.
Capta la indirecta enseguida y esboza una sonrisa burlona.
—Esté donde esté, seguro que Gale se ha sentido ofendido.
—Me refería a ti.
—Faltaría más. —Pone los ojos en blanco, divertido. Tras unos segundos, su sonrisa decae y analiza mi expresión con detenimiento—. ¿Por qué saliste corriendo?
Desvío la mirada, incómoda. No puedo seguir enfadada si suena tan preocupado.
—Estuve a punto de sufrir mi primer ataque de ansiedad en meses. —Suena muy dramático, así que intento restarle importancia—: La situación me superó, pero conseguí reaccionar a tiempo. Podría haber sido peor. Aun así, estoy bien. Ha pasado mucho desde la última vez que tuve uno. Es buena señal.
—Lo es. —Lo miro de reojo y sonríe, esta vez con sinceridad—. Me alegro de que te esté yendo bien,Holland.
Sus palabras inciden directamente sobre mi corazón, que se pone a latir con fuerza. Al parecer, había olvidado lo mucho que sufrí por su culpa. Era fácil mantener mis sentimientos a raya cuando estaba a cientos de kilómetros. Ahora que está aquí, solo puedo pensar en las ganas que tengo de que se acerque y me estreche entre sus brazos.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —añade, tras unos segundos—. Dices que no esperabas encontrarnos en el pub anoche, pero si hubieras sabido que estaríamos allí, ¿habrías ido?
Me quedo bloqueada. Pese a que intento decir algo, no lo consigo, ya que ni siquiera yo conozco la respuesta. Aunque me alegro de haber recuperado mi amistad con Finn, no quiero ni imaginarme lo duro que será enfrentarme a los demás.
Y luego están Alex y todos esos sentimientos que me tienen aterrorizada. Se suponía que lo nuestro ya estaba superado, pero al verlo he tirado todas mis convicciones por tierra. Nunca tuvimos un final. No nos dijimos adiós. Se marchó dejando miles de temas pendientes y creyendo que no era el momento para estar conmigo, pero ha pasado bastante tiempo desde entonces y ahora me muero de ganas por saber si piensa que ese momento podría haber llegado ya.
¿Todavía cree que soy la indicada o ha vuelto a enamorarse? ¿Alguien habrá ocupado mi lugar? ¿Sería capaz de volver a quererme? ¿Podría yo volver a quererlo?
Puede que, en realidad, Alex tampoco esté preparado para descubrir la respuesta. Interpreta mi silencio como un no porque nos dará menos problemas. Me mira y sacude la cabeza, como si estuviera dándose una reprimenda por haber hecho una pregunta estúpida.
—Parece que no ha cambiado nada, ¿eh? Sigues huyendo de tus problemas en lugar de hacerles frente. —Suspira y se gira para marcharse—. Olvídalo. Estoy cansado de esto.
El pánico me invade contra reloj. ¿Qué?
—Alex… —intento detenerlo, pero no me escucha.
—Está bien. No debería haber preguntado. —Me mira por encima del hombro—. Que disfrutes de la fiesta, Holland.
Baja las escaleras y me deja sola en la azotea.
5. Siempre de tu parte
Alex
Una vez lo tuve todo de ti
y ahora me he quedado con las manos vacías.
Marco el ritmo con el pie mientras pruebo acordes con la guitarra. Cuando encuentro los adecuados, los toco una vez más antes de tomar nota. Compongo al son de una melodía que ya suena dentro de mi cabeza. Intento no prestar atención a los versos que se me ocurren, aunque es imposible.
Es de madrugada y soy demasiado cobarde para pedirte que
te quedes.
Tus palabras no dejan de repetirse en mi cabeza.
¿No prometimos que volveríamos a vernos?
Resoplo, aparto la guitarra y me tumbo bocarriba en la cama. Clavo la mirada en el techo. Llevo dos horas encerrado en mi cuarto porque el silencio suele ayudarme a componer, pero ahora mismo solo necesito acallar esta dichosa canción. ¿Por qué no puedo inspirarme y ya? Sería mucho más fácil poder escribir sobre cosas que no me hicieran sentir.
Compuse «Mil y una veces» y «Es tuyo» cuando conocí a Holland porque necesitaba expresar lo que sentía por ella. «Insomnio» se me ocurrió al darme cuenta de que mis amigos eran mi segunda familia. Mudarnos a Londres, lejos de Owen, y dejar todo lo que teníamos atrás me afectó tanto que compuse dos canciones más.
«Cántame al oído» y «Sigue latiendo» fueron como dos gritos al vacío. Si no respondía a mis mensajes, esperaba que al menos reaccionara a mis canciones.
No funcionó. Por eso no tendría que haber hablado con ella anoche.
No hacía falta que respondiera a la pregunta que le hice. Sé que no quería volver a verme. De otra manera, habría contestado a mis llamadas o, como mínimo, habría intentado ponerse en contacto conmigo. Ayer se refirió a Finn como su amigo mientras que a mí me trata como un desconocido. Sin embargo, no puedo culparla. Y tampoco a Finn, aunque ese lado celoso que no sabía que tengo lo odie hasta por respirar.
Todo es culpa mía.
No es que me arrepienta de haber roto con ella. Sigo creyendo que ambos necesitábamos tiempo para aprender a valorarnos y madurar. No obstante, si pudiera volver atrás, tomaría decisiones muy diferentes. En primer lugar, no me habría ido sin despedirme. Y me habría asegurado de hacerle entender que no la dejaba porque fuera mala para mí. Al contrario, siempre fui yo el que se sintió insuficiente. Ahí estaba el problema.
No esperaba que anoche me contara cómo fue su vida en Mánchester. Escucharlo me partió en pedazos, sobre todo porque la conozco y sé que hay cosas que se guardó. Me gusta que sepa que puede confiar en mí, aunque sea un poco. Le dije que me alegraba mucho por ella y es completamente cierto.
Me pregunto cómo se sintió Finn cuando Owen vino a hablar conmigo. Parecían muy entretenidos en la cocina. En su momento me lo tomé como una victoria, pero ahora me parece una tontería. No pienso competir contra nadie. Holland puede hacer lo que quiera. Es su vida y, me guste o no, ya no formo parte de ella.
Tengo que sacármela de la cabeza cuanto antes. Me incorporo y cojo la guitarra. Estoy tocando la melodía desde el principio cuando llaman a la puerta.
—Seguro que no te sorprende, pero Mason no quería dejarme pasar.
Megan entra en la habitación y cierra la puerta sin dejar de mirarme. Llevamos sin hablar desde anoche y que haya venido por sorpresa me genera sentimientos contradictorios. A pesar de ello, me obligo a sonreír. Tiene la piel oscura, el rostro almendrado y el pelo le cae en ondas sobre los hombros.
Se acerca con una sonrisa y me quita el instrumento de las manos.
—¿Qué haces aquí? —pregunto, mientras lo deja sobre la cama.
—Me apetecía verte.
Se sienta a horcajadas en mi regazo y me besa. Espero que el corazón se me acelere, como anoche, y me molesta que no reaccione. Su lengua se cuela en mi boca y me agarra las manos para que las coloque en sus caderas. Mientras tanto, las suyas exploran por debajo de mi camiseta.
La pellizco con suavidad y da un respingo.
—¿Tienes prisa? —me burlo sobre su boca. Sonríe y vuelve a besarme.
—Siento no haber podido ir a la fiesta.
Acaricio la franja de piel que deja al descubierto su camiseta. Prefiero no pensar en lo que habría pasado si hubiera estado presente.
—¿Qué tal la sesión? —me intereso, dejando de lado ese tema.
—Fue genial. Esperé al atardecer y sacamos algunas fotos. Han quedado bastante bien.
—¿Puedo verlas?
No sé para qué me molesto en preguntar. Como esperaba, Megan niega.
—No he traído la cámara —responde antes de besarme otra vez.
Así es cómo funcionan las cosas entre nosotros. No hablamos sobre nada y, hasta ahora, eso nunca me había molestado.
Sin embargo, hoy algo es diferente. Necesito contarle a alguien que mis amigos no paran de discutir. Que por fin he vuelto a componer y que podría estar a punto de crear algo bueno. Que la pieza que llevo semanas ensayando en el conservatorio cada vez me sale mejor. Que Mason y Finn volvieron a pelearse anoche y que cada día estoy más harto de la situación.
Lo que hago en su lugar es profundizar el beso y tirar de ella para tumbarnos sobre la cama. Se coloca sobre mí, con una rodilla a cada lado de mi cuerpo, y sonríe cuando se me escapa un suspiro. Intento dejar la mente en blanco, hasta que solo se escuchan nuestros besos y nuestras respiraciones agitadas.
Y, en mi mente, el murmullo de una canción.
No puedo hacerlo.
—¿Sabes dónde está Blake? —Le pongo las manos en los hombros para separarla de mí. Megan junta las cejas.
—Creo que estaba a punto de irse. ¿Por qué?
La aparto con cuidado para levantarme.
—Genial. Ahora vuelvo.
—¿Alex? —demanda, sentada en la cama.
—Solo será un momento.
La beso rápidamente en los labios y salgo del dormitorio. En cuanto cierro la puerta a mis espaldas, suelto un resuello de alivio. ¿Qué demonios me pasa?
En realidad, sí que necesito hablar con mi hermana. Cruzo el pasillo y la encuentro en la cocina. Se ha recogido el pelo y lleva el uniforme del trabajo. Echó el currículum en un teatro cercano hace unos meses y ahora trabaja allí a media jornada. Se dedica a vender entradas, ayudar a transportar el decorado y cerrar cuando todos se marchan.
No lo hace porque necesitemos el dinero. Ambos somos becados y, además, las cosas nos van bastante bien desde que Bill, mi antiguo jefe, y mi padre se hicieron socios para dirigir juntos el Brandom, el bar que albergó nuestro primer concierto.
Blake tiene una razón de peso para trabajar: quiere pasar tanto tiempo lejos de nosotros como pueda.
—¿Ya te vas?
Al escucharme, se sobresalta y se vuelve hacia mí.
—Me has asustado. Y sí, entro en media hora. ¿Querías algo?
—Necesito hablar contigo.
—Espero que sea rápido. Has dejado a Megan ahí dentro con ganas de meterte la lengua hasta la garganta —repone, señalando el pasillo.
Pongo los ojos en blanco. Siempre igual.
—Qué graciosa.
Esboza una sonrisa burlona. Para que vea que voy en serio, cojo una silla y la arrastro para acomodarme frente a ella. Se guarda el móvil en el bolsillo y mira, expectante.
—Ayer Mason y Finn volvieron a discutir —digo—. Los escuché desde mi habitación y…
—No me interesa.
Como siempre que oye sus nombres en una misma frase, su primer instinto es huir. Pasa deprisa por mi lado y resopla cuando me estiro para agarrarla del brazo.
—Tienes que hablar con Mason. No podemos seguir así.
—Siempre dices lo mismo. Que yo tengo que intentar solucionar las cosas, cuando él ha sido el único que ha metido la pata.
Aunque se zafa bruscamente de mi agarre, al menos no intenta irse.
—Tienes razón —coincido—, pero creo que…
—No es capaz de renunciar a su orgullo y hablar conmigo, así que prefiere culpar a los demás de sus problemas. Es un cobarde. La próxima vez que lo veas, díselo de mi parte. Finn no tiene nada que ver con esto.
—Finn no es un santo, precisamente —replico. Me mira con mala cara y añado—: No deja de portarse como un imbécil.
—Porque sois sus amigos y le hacéis el vacío. ¿Es que acaso no lo conoces? ¿Alguna vez has visto triste a Finn? Siempre finge que todo va bien y hace bromas, incluso cuando las cosas se tuercen. Es su mecanismo de defensa. Está pasándolo tan mal como todos o, incluso peor, y tratándolo así no ayudas,Alex.
Trago saliva. Tiene razón, en parte. Cuando Mason y Finn discuten, siempre intervengo para evitar que el conflicto llegue a más. Me he peleado con Mason en muchas ocasiones porque su actitud agresiva solo empeora la situación. Finn será un idiota, pero me pongo de su lado la mayoría de las veces.
Puede que ayer perdiese la paciencia con él, sin embargo, nadie podría decir que no se lo buscó.
—Pensaremos en algo —insisto—. Podemos intentar explicarle que…
—No va a funcionar.
—Ponte en su lugar, ¿vale? Esto no es fácil para él.
No debería haber dicho eso. Lo sé en cuanto se vuelve hacia mí con los ojos enrojecidos y llena de rabia.
—¿Crees que no lo hago? ¿Que no pienso constantemente en cómo debió de sentirse? ¿Que no lo echo de menos? Sé que discutís por mi culpa. No hace falta que me defiendas. Puedo cuidarme sola.
—Pero eres mi hermana y eso significa que nos cuidamos mutuamente. —Ahora sí, deja que nuestros ojos se encuentren. No soporto verla llorar—. Se nos ocurrirá algo. De verdad.
—Está bien —cede, dejando caer los hombros.
Suspiro y la estrecho entre mis brazos. Blake esconde la nariz en mi hombro. Nos quedamos así hasta que se tranquiliza. Cuando Finn y ella discutieron con Mason, intenté mantener una posición neutral, pero después entendí que eso no es lo que mi hermana habría hecho por mí, así que me puse de su parte. No solo porque tuviese razón, sino porque siempre me ha apoyado en todo y se merecía que hiciera lo mismo.
Las consecuencias fueron perder a Mason, mi mejor amigo. O al que era mi mejor amigo. Ahora nuestra relación está hecha polvo.
—También quería contarte otra cosa —añado cuando nos separamos.
Asiente y se seca los ojos una vez más.
—Sé que ayer hablaste con Holland. Finn me lo contó.
—Quiere arreglar las cosas. Con todos.
Se había girado para rebuscar algo en su bolso y, al escucharme, se tensa y me mira por encima del hombro.
—Es un poco tarde para eso, ¿no?
—No. —Parece sorprendida con mi respuesta. Enarca las cejas—. Creo que deberías darle una oportunidad. Antes erais muy amigas.
—Hasta que decidió bloquearme en todas las redes para no saber nada de mí.
Se echa el bolso al hombro sin mirarme.
—Eso fue un error. Estoy seguro de que está arrepentida. No le fue bien en Mánchester, Blake. Seguro que le vendría bien tener una amiga. —No la veo convencida, así que añado—: Y a ti también.
Me preocupo mucho por mi hermana y, aunque deteste admitirlo, también por Owen. Una parte de mí teme que se sienta sola en Londres y decida volver a casa con sus padres, a más de trescientos kilómetros de nosotros. Ahora que estamos de nuevo en la misma ciudad, no me gustaría tener que volver a despedirnos.
Blake y ella tenían una amistad muy fuerte en el instituto. Se necesitan la una a la otra.
—Piénsatelo —reitero. Sin duda, sabe que no me rendiré, de modo que suspira y asiente.
—Está bien. —Escondo una sonrisa. Genial. Justo cuando empiezo a cantar victoria, me señala con un dedo—. Vamos a dejar clara una cosa: ni de coña vas a utilizarme para sacar información. Si quieres saber algo sobre ella, pregúntaselo tú.
Pestañeo, aturdido. ¿Qué?
—¿Información? —repito.
—A mí no me engañas, Alex. Te encantaría saber si está saliendo con alguien. Admítelo.
Honestamente, no me lo había planteado. Supongo que es probable, ¿no? A cualquiera le gustaría salir con Owen. No solo es guapa, sino que tiene una personalidad increíble. Sería normal que hubiera pasado página. Con toda la gente que conoció en Mánchester, me extrañaría que no me hubiese olvidado. Que yo esté con Megan, involucrado en una relación que no implica sentimientos, no significa que ella haya hecho lo mismo.
Hasta que recuerdo por qué discutimos con Finn.
—Lo dudo. Finn no iría detrás de una chica con novio.
Aunque se suponía que tampoco iría detrás de la ex de alguno de nosotros y, sin embargo, aquí estamos.
Reconozco que el tema me molesta más de lo que me gustaría. Blake deja inmediatamente lo que estaba haciendo y se gira hacia mí.
—¿Qué acabas de decir?
—Finn quiere intentar algo con ella. Por eso la invitó a la fiesta. —Para que no se dé cuenta de lo mucho que me irrita, trato de restarle importancia—: De todas formas, me da igual. Yo había avisado aMegan.
Solo que no vino y lo que hice en su lugar fue hablar con Owen en la azotea.
Ajena a mis pensamientos, Blake frunce el ceño.
—¿Por eso os peleasteis ayer?
—No —contesto de inmediato—. Ya te he dicho que no me importa con quién salga Holland.
Levanta las cejas, como si no me creyera. Para ser sincero, yo tampoco me lo creo.
—¿Entonces?
—Finn se lo tomó a broma y me sacó de mis casillas. Nada más.
Cuanto antes zanjemos el tema, mejor. No soporto que me moleste tanto. Me levanto para volver a mi habitación con Megan y entonces Blake hace lo último que me esperaba. Se echa a reír.
—Siempre va un paso por delante de ti, ¿eh?
Arrugo la frente, repentinamente enfadado.
—¿Que quiera salir con ella significa que va un paso por delante de mí?
—¿Eres idiota? No. Te recuerdo que estamos hablando de la persona que despistó a tu pareja del baile en el instituto para que Holland pudiera hablar contigo.
—¿Y? —Arqueo una ceja.
Analiza mi rostro, como si pensara que finjo no entenderlo. Cuando se da cuenta de que lo pregunto en serio, pone los ojos en blanco. Parece que tenga ganas de insultarme en diez idiomas distintos.
—Finn está jugando contigo, Alex. Claro que no quiere salir con Holland. Solo intentaba saber si seguías sintiendo algo por ella y, viendo lo poco que has tardado en caer en su trampa, está claro que así es. —Me lanza una mirada burlona y me palmea la espalda—. Supongo que hay cosas que nunca cambian, ¿no? Ve planteándote hablar con Megan, hermanito.
Sale de la cocina antes de que pueda replicar.
Pues vale.
Me he puesto de mal humor. Solamente me apetece encerrarme en mi habitación y escuchar música a todo volumen, pero Megan sigue esperándome. Se supone que ya había superado a Owen. Me he pasado un año y medio intentando sacármela de la cabeza y, cuando todo me va bien y conozco a otra chica, aparece. Sin más. Y lo pone todo del revés.
Blake no tiene razón y me paso los siguientes días intentando convencerme de ello. Es más fácil estar con Megan. Lo único que siento por ella es atracción, lo que es mutuo y, por tanto, es imposible que nos hagamos daño. En cambio, estar cerca de Owen sería como cruzar la línea de peligro.
Pretendo creerme que mis canciones ya no suenan a ella y que todo lo que sentía se ha quedado en el pasado, y tardo menos de lo que esperaba en darme cuenta de que es mentira.
6. Por miedo o por orgullo
Holland
La Facultad de Bellas Artes es un edificio moderno con ventanales inmensos. Las escaleras de hormigón que conducen a la entrada están repletas de estudiantes. Algunos visten de forma extravagante, otros tienen el pelo teñido de muchos colores y también hay quienes tienen piercings y tatuajes en lugares en los que no pensé que pudieran llevarse. Es como si me hubiera teletransportado a un mundo paralelo, donde nadie juzga a los demás por ser como quieren ser.
Me siento fuera de lugar, pero, me lo crea o no, mi sitio es este. Por fin voy a dedicarme a lo que realmente me apasiona.
Chloe tenía clases antes que yo, por lo que tendré que enfrentarme sola a mi primer día. Aunque estoy un poco nerviosa, me obligo a subir las escaleras. La facultad es aún más bonita por dentro. El techo parece estar a kilómetros de distancia y las paredes están recubiertas de cuadros. Leí en internet que los cambian todos los años porque son obras de los alumnos de último curso. Me detengo frente a uno formado por figuras abstractas de colores oscuros que hace que me recorra un escalofrío y, después, miro con detalle lo que me rodea.
¿De verdad pertenezco a este sitio?
Apenas dibujé durante el año que pasé en Mánchester. Me consumí tanto que dejé de verle sentido. En consecuencia, he perdido mucha práctica y no tardaré en quedarme atrás si no me esfuerzo lo suficiente, sobre todo porque apuesto a que muchos de mis compañeros se habrán formado en arte con antelación. Hay asignaturas en las que no tengo nada de experiencia. ¿Escultura? ¿Desnudos?
Mi primera clase del día es Historia del Arte. Según mi horario, se imparte en el aula 101. Como la facultad es enorme y no quiero perderme, busco directamente el mostrador de recepción. Sin embargo, hay tanta gente esperando que llegaré tarde si me quedo.
—Cualquiera diría que estás un poco perdida.
Al girarme, veo a un chico menudo, con gafas metálicas y el pelo teñido de blanco. Echo un vistazo a mi horario y fuerzo una sonrisa.
—Sí, soy de primer año.
—Vaya. Siento decirte que no es tu día de suerte, porque yo también y estoy tan perdido como tú —contesta, lo que me hace reír. Me estrecha la mano—. Soy Harry.
—Holland Owen. Pero todo el mundo me llama Holland —añado a toda prisa. Si Harry nota que me muestro reticente a que me llamen por mi apellido, no dice nada al respecto.
—¿Qué clase tienes, Holland?
—Historia del Arte, ¿y tú?
—La misma. Genial. Así no seré el único que llegue tarde. —Sonrío y él señala hacia las escaleras—. He visto a gente despistada yendo por allí. Si la intuición no me falla, hay un noventa y nueve por ciento de probabilidades de que sean de nuestra clase.
Hace una reverencia exagerada para invitarme a pasar primero. Arqueo una ceja, pero me cuesta no reírme. Es un chico un poco raro, aunque debo reconocer que tiene estilo. Lleva una camiseta extragrande de una banda de rock y unos vaqueros anchos con cadenas. Las gafas redondas le ocupan gran parte de la cara.
—¿Qué es lo tuyo? —me pregunta mientras subimos al segundo piso. Tardo un segundo en darme cuenta de a qué se refiere.
—Me gusta dibujar. De todo, en general, aunque me encantan los retratos. ¿Tú?
—Soy escultor. O lo intento, al menos.
—¿En serio?
Me muestra sus manos grandes y llenas de durezas.
—Me gustaría dedicarme a ello profesionalmente. Por eso estoy aquí. Aunque me costará aprobar el resto de las asignaturas.
—Si te sirve de consuelo, yo no sé nada sobre escultura.
Harry frunce el ceño. Entonces, se le ilumina la mirada, como si acabase de tener la mejor idea del mundo.
—Creo que tú y yo podríamos formar un buen equipo.
—¿Me echarás una mano con Escultura si te ayudo con lo demás? —me adelanto.
—Hecho. Vas a salvarme la vida y el curso. —Cuando alcanzamos la segunda planta, giramos a la derecha. No paro de mirar alrededor, fascinada—. Por cierto, ¿alguna vez has pintado desnudos?
Resoplo con amargura.
—¿Es completamente necesario?
—¿Bromeas? No hay razones para quejarse. He oído que los modelos están muy bien dotados.
Se me escapa la risa al verlo tan entusiasmado.
—No es que me interese, la verdad.
—Mejor. Más para mí. —Se encoge de hombros y me guiña un ojo—. Espero que nunca tengamos que pelearnos por quedarnos con el que esté más bueno.
Alzo las manos en señal de inocencia.
—Son todos tuyos.
—Perfecto. Creo que vamos a llevarnos muy bien.
Encontramos el aula 101 al fondo del pasillo. En efecto, cuando entramos la mayoría de nuestros compañeros ya están sentados. Nos ponemos juntos en la última fila. La profesora llega unos minutos después e intento concentrarme en las explicaciones. De vez en cuando, Harry suelta un comentario en voz baja y tengo que aguantarme las ganas de reír.
Historia del Arte es una asignatura que nunca pude cursar en el instituto. Por tanto, aprovecho al máximo cada minuto de la clase. Es una sesión introductoria; de todas formas, la encuentro interesante. Apunto lo que me parece importante y también el nombre de la profesora por si me resulta útil en el futuro.
Harry y yo tenemos el mismo horario, así que vamos juntos a todas las clases. Volvemos a sentarnos juntos en Fundamentos del Arte, que me resulta aburrida a causa del profesor. A la hora de salir, me pide mi número de teléfono para que mantengamos el contacto.
—Necesitaré a alguien con quien llorar cuando me ponga a estudiar —argumenta y me río mientras lo apunto en su móvil.
Nos despedimos en la puerta porque tomamos caminos distintos. Cuando se marcha, no puedo evitar sonreír. Primer día superado y no ha ido nada mal. Incluso he hecho un amigo. Puede que, después de todo, este sí que sea mi sitio.
Chloe no volverá hasta la noche y no me apetece pasar el resto del día sola, por lo que pienso en llamar a Finn y proponerle ir a tomar algo. Sin embargo, justo entonces miro hacia la calle y me quedo helada.
¿Qué hace Blake aquí?
No solo se encuentra parada frente a mi facultad, sino que, además, a juzgar por cómo mira el reloj, espera a alguien. ¿Tendrá amigos que estudien Bellas Artes? Es imposible que haya venido a hablar conmigo por iniciativa propia. Se supone que éramos muy amigas y una no desaparece de la vida de sus amigas sin dar explicaciones.
De pronto, nuestras miradas se cruzan entre la multitud. Sus ojos grandes y oscuros nunca me habían parecido tan intimidantes. Sostiene el contacto visual y entonces lo sé. Ha venido a verme. A mí.
Parece que me toca ser valiente otra vez.
Camino hacia ella. Está muy cambiada. Mientras que antes tenía el pelo a la altura de los hombros, ahora apenas le cubre las orejas. Además, se ha hecho un piercing en el labio. Lleva unos vaqueros holgados, un top sin mangas y una bandana roja como diadema. Me detengo frente a ella. A nuestro alrededor, la gente se dispersa.
Blake me mira de arriba abajo antes de romper el silencio.
—Bienvenida a la ciudad, supongo.
Quiero abrazarla y decirle cuánto la he echado de menos. Y también que fue un error distanciarme, que no se lo merecía. Que durante estos últimos meses he necesitado a una amiga como ella. Si pudiera volver atrás y enmendar mis errores, lo haría.
—¿Te apetece tomar algo? ¿Un café? —propongo en su lugar.
Estoy nerviosa. Tras considerarlo un momento, Blake acepta.
Vamos a una cafetería cercana a la facultad que suele ser frecuentada por estudiantes. Tiene un aire ochentero que me cautivó cuando vine por primera vez. Imagino que Blake ya la conocía, dado que no presta mucha atención a la decoración. Ocupamos una mesa que está junto a la pared, lo suficientemente apartada como para mantener una conversación en privado.
La camarera acude enseguida. Blake pide un batido y, para mis adentros, me doy una reprimenda. Juraría que estaba obsesionada con el café.
—Solo me permito una taza al día. Me pone histérica —comenta, como si pudiera leerme la mente.
Asiento, inquieta. Las consecuencias de la cafeína pueden ser un tema interesante, pero no es de lo que hemos venido a hablar.
Si ha dado el primer paso, quizá tenga una oportunidad de arreglar nuestra relación. Así podría compensar el desastre de anoche. La conversación con Alex no pudo ir peor. Se marchó después de que me sincerase, ¿y todo por qué? ¿Porque no fui capaz de contestar? ¿Qué esperaba que dijera? ¿Que estaba deseando encontrármelos por sorpresa en ese estúpido pub?
Tengo que sacármelo de la cabeza. Como sea. Ahora que ya no formo parte de su vida, debería centrarme en lo verdaderamente importante: arreglar la mía.
—Supongo que tendrás muchas preguntas —comienzo. Blake no se inmuta—. Antes de nada, quiero que sepas que lo siento mucho. Por todo. No hay nada que justifique lo que os hice.
—Sí, bastantes.
—Antes de nada, quiero que sepas que lo siento mucho. Por todo. No hay nada que justifique lo que os hice.
—Parece que en eso estamos de acuerdo —responde, tensa—. No tenías razones.
—Fui una egoísta. No soportaba pensar que estabais aquí, cumpliendo vuestros sueños sin mí, mientras yo me pudría en esa ciudad. Sola. Sin vosotros. Sin mis amigos. Estudiando algo que jamás me haría feliz. Os echaba de menos y pensé que, si no sabía nada de vosotros, os olvidaría y por fin aceptaría mi nueva realidad. Me di cuenta demasiado tarde de que estaba cometiendo un error. Entonces ya no podía mandaros un simple mensaje para disculparme. Tenía que hacerlo en persona.
Es la primera vez que lo digo en voz alta y no sé si tiene sentido. O si sirve como excusa. ¿Qué habría hecho yo si hubiera sido al revés? ¿Habría perdonado a Blake o la habría dejado fuera de mi vida?
—He cambiado durante este último año. También he aprendido muchas cosas —continúo—. No sirve de nada huir de los problemas. Hay que armarse de valentía y hacerles frente, aunque cueste, porque así es como se consiguen las cosas: dando la cara, no esperando a que lo hagan por ti.
Enarca las cejas. No me extraña que parezca tan sorprendida. Hace apenas un año, jamás habría imaginado que un día estas palabras saldrían de mi boca.
—¿Así que ahora haces frente a tus problemas?
—Estoy aquí, ¿no? En Londres. Estudiando lo que me gusta. A más de trescientos kilómetros de Mánchester y de ese futuro como abogada que, para ser honesta, siempre me pareció una mierda.
No sé qué reacción esperaba, pero cuando sonríe, me da un vuelco el corazón.
—Yo también te he echado de menos.
Se me escapa un suspiro de alivio. Veo en su mirada algo que me resulta conmovedoramente reconfortante: está orgullosa de mí y de lo que he conseguido. De hasta dónde he llegado. De la persona en la que me he convertido, quizá.
—Entonces, ¿me perdonas? —pregunto antes de hacerme ilusiones—. Pensé en llamarte mientras estaba en Mánchester. Muchas veces. Sobre todo cuando necesitaba que alguien me recordase que soy valiosa y que tengo que confiar en mí misma. Eres esa clase de persona, Blake. Inspiras a los demás. No sabes cuánto he echado de menos que seas mi mejor amiga. —Hago una pausa y bajo la voz—: Por favor. Lo siento mucho.
Me clavo las uñas en las palmas de las manos, nerviosa. A veces ser valiente consiste en decir a quienes te rodean lo buenos que son para ti, aunque creas que ya lo saben. Blake me mira en silencio y, al final, esboza una sonrisa cargada de cariño.
—¿A cuántos dónuts de chocolate vas a invitarme si digo que sí?
Empiezo a levantarme.
—¿Cuántos quieres? Voy ahora mismo.
Me empuja para volver a sentarme, riéndose.
—Está bien. Te perdono, pero solo por esta vez. —Me señala con un dedo—. Vuelve a hacerme algo así y te las verás conmigo.
—Hecho. Gracias. En serio. ¡Gracias!
Al verme tan emocionada, también sonríe.
Nos pasamos la tarde poniéndonos al día. Me cuenta que cursa Educación Social y que le gustaría trabajar en un instituto cuando se gradúe, si no puede dedicarse a la música a tiempo completo para entonces. Creo que no hay una carrera universitaria que le vaya mejor. Soy perfectamente capaz de imaginármela dando charlas de concienciación a los alumnos. Por mi parte, le hablo sobre mi primer día y Harry.
—¿Hablarás pronto con los demás? —me pregunta, dando un sorbo a su batido.
—Sí. Quería probar a hablar con Mason, pero creo que lo intentaré con Sam primero.
Se tensa al escuchar su nombre. Hace todo lo posible por desviar mi atención.
—Supongo que podrías llamarlo cuando vuelva a la ciudad.
Y lo consigue.
—¿No está en Londres?
—No, está en Newcastle, con sus padres. —Me mira, expectante. Como no reacciono, añade—: Su padre está muy enfermo. Lleva unos meses ingresado. Sam va a menudo para visitarlo. ¿No lo sabías?
Me quedo helada. ¿Qué?
¿Así que era eso? ¿A esto se refería mamá cuando me dijo que estaban pasando por una situación difícil? ¿El padre de Sam está en el hospital? ¿Por qué? ¿Y desde cuándo? Unos meses es mucho tiempo. No quiero ni imaginarme lo difícil que habrá sido para Sam compaginarlo con sus estudios en Medicina.
Debería haber estado ahí para él.
—Está bien, ¿verdad? —pregunto rápidamente—. Quiero decir, está ingresado y todo esto, pero ¿se va a recuperar?
Blake lleva sus ojos a los míos y con eso ya me lo dice todo.
—Según nos ha contado Sam… —Deja la frase en el aire, como si no pudiera pronunciarlo en voz alta, y a mí se me forma un nudo en la garganta—. Prefiero no perder la esperanza.
Un doloroso sentimiento de culpabilidad me apretuja los pulmones. El padre de Sam está en una situación muy crítica y no lo sabía. He sido tan egoísta, me he centrado tanto en mí misma y en mis problemas, que ni siquiera quise preguntar por él en su día. No llamé a Sam para decirle que podía contar conmigo y ofrecerle mi apoyo. Me necesitaba y no estuve.
—Soy una persona horrible.
Hablo en voz alta sin darme cuenta. Blake me mira con tristeza.
—Tampoco habla mucho con nosotros. Va a Newcastle casi todas las semanas y, cuando vuelve, suele estar pendiente del teléfono. Supongo que Finn te ha contado que el ambiente en casa ahora es un poco… tenso. Sam prefiere evitar los conflictos, así que se pasa el día entero en su habitación. La verdad es que no lo culpo. Yo también lo haría si estuviera en su lugar.
¿Cómo he podido dejar que se enfrente solo a todo esto? No me lo pienso y saco el móvil.
—¿Puedes pasarme su número? ¿Tiene uno nuevo? Voy a llamarlo ahora mismo.
Lo busco entre mis contactos. Necesito decirle que no me importa el tiempo que haya pasado, puede seguir contando conmigo si me necesita. Blake me agarra del brazo para detenerme.
—Ni siquiera sabe que estás en Londres. Volverá en unos días. Creo que será mejor que esperes y hables con él en persona.
En el fondo, sé que sería lo más coherente. Si no hablé con ellos durante el verano fue justo por esa razón. Se merecían una buena explicación. Y Sam, el que más.
Nuestra relación no se parecía a la que tenía con los otros. Sam era mi mejor amigo. Llevábamos toda la vida juntos. Lo ayudé a superar su primer corazón roto y él se quedó a dormir conmigo todas las noches que mis padres discutieron. Estuvo conmigo en mis peores momentos y le prometí que haría lo mismo por él. Cuando rompí con Alex, fue el único que nunca se apartó de mi lado.
Durante mucho tiempo, ha sido una persona tan importante en mi vida que no podría darle apenas unas disculpas por teléfono. De todas formas, si lo llamase ahora mismo, ¿quién dice que contestaría?
—Tienes razón. —Muy a mi pesar, vuelvo a guardarme el móvil en el bolso. Como si quisiera hacerme sentir mejor, Blake se inclina sobre la mesa y me aprieta la mano.
—Sé positiva, ¿vale? Solo llevas unos días en la ciudad y ya has arreglado las cosas con Finn y conmigo. Cuando quieras darte cuenta, todo será como antes.
—No estuve con Sam cuando más me necesitaba, Mason me odia por una razón que no entiendo yAlex se comporta como un gilipollas conmigo. Sinceramente, no tengo muchas esperanzas.
—En primer lugar, Mason odia a todo el mundo, así que no te creas especial —rebate, en broma, y yo fuerzo una sonrisa—. Sam te perdonará con el tiempo. Y no creo que tengas que preocuparte por mi hermano.
Sin embargo, sí que me preocupa porque, aunque la conversación incluya a tres personas, toda mi atención recae sobre una de ellas. ¿Alex le habrá hablado sobre mí? ¿Le habrá contado lo que dije en la azotea? No es que me importe que Blake se entere de lo que ocurrió en Mánchester, pero preferiría que lo supiera por mí, no por otra persona.
—¿Qué te ha dicho? —pregunto sin pensar. Al verla alzar las cejas, reculo y le quito importancia—: De cualquier modo, me da igual. Me quedó claro anoche. No quiere saber nada de mí.
Claro que ni siquiera yo estoy convencida. Me escuchó con mucha atención y después me dijo que se alegraba de que estuviera en Londres cumpliendo mi sueño. Y también que estaba orgulloso de mí. Uno no le dice esas cosas a alguien a quien no quiere volver a ver.
—Sinceramente, creo que la situación le pasa factura. No solo por las discusiones que hay en casa, sino también por nuestro agente. Nos presiona de forma constante para que le enviemos nuevas canciones y Alex se pasa horas componiendo, o intentándolo, porque cree que es responsabilidad suya. Que hayas vuelto nada más lo ha tomado un poco por sorpresa.
Arqueo las cejas con incredulidad. Alex es su hermano y ocupa el primer puesto en su lista de prioridades, así que es comprensible que lo defienda.
—Puede que tengas razón —respondo al fin, ya que no tiene sentido discutir.
—Además, está de mal humor desde que Finn le dijo que quería liarse contigo.
Casi me atraganto. ¿Que Finn quiere hacer qué?
—¿Tú tampoco lo sabías? —pregunta al ver mi reacción. Cuando niego, sonríe, asombrada—. Vaya, este chico me sorprende cada día más. No le des más vueltas. En realidad, no quiere salir contigo.
—Lo sé. Va detrás de mi compañera de habitación.
Junta las cejas.
—Guau, eso es nuevo. ¿Desde cuándo?
—Desde ayer.
—Típico de Finn.
—¿De verdad le dijo eso a Alex? Lo voy a matar.
¿Así que este era ese magnífico plan que no quería contarme? ¿Qué pretende exactamente? ¿Poner celoso a mi ex y ver qué ocurre después? No me extraña que Alex esté molesto. Es absurdo.
—Confío en que tiene un plan perfecto que solucionará todos nuestros problemas —dice Blake—. Al fin y al cabo, es Finn. Siempre tiene buenas ideas.
—No hay nada que «solucionar» entre Alex y yo.
Quizá he sonado muy brusca, pero, vamos, es la realidad. Blake me observa en silencio y, tras unos segundos, admite:
—Estoy aquí gracias a él, ¿sabes?
Alzo la mirada.
—¿En serio?
—No tenía pensado hablar contigo, pero me dijo esta mañana que creía que merecías otra oportunidad. No es tan malo como crees. Sigue preocupándose por ti. No quería que te sintieras sola en la ciudad. Me animó a hablar contigo porque sabía que me necesitabas. Y yo a ti.
¿Cuánta gente hay que se preocupe por mí a estas alturas? Además de Chloe, Finn y quizá Blake, no se me ocurre nadie más. Mis padres están obsesionados con mi reputación y con la imagen que los otros se forman de mi persona, pero ¿y lo que yo pienso? ¿Lo que siento?
—Gracias por hacerle caso —contesto. No sé qué más decir.
—Mira, no sé lo que pasó anoche, pero creo que al menos deberíais intentar llevaros bien. Ahora que has regresado a nuestras vidas, tendréis que veros a menudo, os guste o no.
Asiento y fuerzo una sonrisa cuando por fin cambiamos de tema. Comienza a contarme algo sobre un examen, pero, aunque lo intento, no soy capaz de prestarle mucha atención. No paro de pensar en lo que ha dicho. Alex todavía se preocupa por mí y, gracias a él, ahora Blake vuelve a ser mi amiga. De no haber intervenido, probablemente su hermana no me hubiera dado una oportunidad.
Es frustrante que me cueste tanto estar enfadada con él.
Blake tiene que volver al trabajo, así que pagamos la cuenta a medias y, después de invitarme a cenar con ellos esta noche, nos despedimos en la puerta. Al parecer, cocina lasaña todos los lunes y está deseando demostrarme sus dotes culinarias. Parece muy entusiasmada, por lo que no dudo en aceptar.
Media hora más tarde, la camioneta de 3 A. M. aparca frente a la cafetería. He avisado a Finn de que tengo la tarde entera libre y ha insistido en venir a recogerme. Cuando me subo, me lo encuentro sentado frente al volante, con una camiseta rosa fucsia terriblemente fea que quemaré en cuanto se despiste.
—Hola, Hollie. ¿Qué tal tu primer día?
—¿Le has dicho a Alex que quieres liarte conmigo?
Directo y sin rodeos. Se le borra la sonrisa.
—Vaya, ¿se me olvidó comentártelo?
—¿O sea que era verdad? —le espeto de manera brusca. Finn da un respingo—. ¿Quieres liarte conmigo? Porque te aprecio muchísimo, pero…
—Para el carro, guapa. No eres el centro del mundo. Me reservo para mi próxima conquista, que, por si aún no te ha quedado claro, me gustaría que fuera tu amiga Chloe. Por cierto, ¿estará en la residencia?
—Entonces, ¿se puede saber por qué diablos le has dicho eso a Alex?
Aunque sigo molesta, es un alivio que parezca tan sincero. No quiero volver a romperle el corazón a nadie. Mucho menos a él.
Ajeno a mis pensamientos, el muy imbécil pone los ojos en blanco.
—De nada por ponerte las cosas fáciles.
Pestañeo. Será una broma.
—¿Perdón?
—Venga ya, ¿no te diste cuenta de cómo nos miraba ayer?
—¿Esperas que te dé las gracias por cabrear a mi exnovio?
—Por cabrearlo, no. Por hacer que se dé cuenta de que sigue sintiendo algo por ti. Como veo que es correspondido, me complace informarte de que mi plan va maravillosamente bien.
—No tienes ni idea de lo que dices.
—Está bien. Seré más directo. Primera pregunta: ¿sigues sintiendo algo por Alex?
—No. —Solo que enseguida me retracto—: No lo sé.
—Exacto. —Me apunta con un dedo, sonriendo—. Eso significa que sí. Como decía, si os gustáis, pues liaros.
—No he dicho que sí. He dicho que no lo sé.
Finn resopla, impaciente.
—¿Quieres que vayamos aún más lento? Está bien. Todo sea porque el amor triunfe —expresa con dramatismo. Hace una pausa y me mira de reojo—. ¿Todavía sientes algo por Gale?
—No —respondo con el ceño fruncido. ¿A qué ha venido eso?
Asiente y vuelve a señalarme.
—¿Ves? Así es como respondes cuando ya no sientes nada por tu ex. Cuando sigues estando loca por él y eres demasiado orgullosa para admitirlo, te excusas detrás de un «no lo sé». Puedes mentirte a ti misma todo lo que quieras, pero no puedes engañar al tío Finn. Te he calado.
Pongo los ojos en blanco. No sé si me molesta más su tono de superioridad o el que sea muy probable que tenga razón.
—No pienso liarme con Alex —protesto de todas formas. De hecho, no me permito ni pensar en ello. Solo serviría para torturarme. Prefiero no acordarme de cómo me sentía al estar con él. De sus besos. O de su voz. O de su risa.
—Dame unos días y mi magia de Gurú del amor te hará cambiar de opinión. Cuando menos te lo esperes, le habrás metido la lengua hasta la garganta —prosigue con alegría.
Supongo que espera que vuelva a replicar, sin embargo, tengo la mente en otra parte. Más concretamente, en aquello en lo que no debería estar pensando. Maldigo para mis adentros. Tengo que sacarme a Alex de la cabeza como sea.
—He hablado con Blake. Ha venido a verme al terminar las clases —le suelto. Necesito cambiar de tema con desesperación.
Finn se tensa, pero no tarda en recomponerse y sonreír.
—¿Cómo ha ido?
Alterna la mirada entre la pista y yo, expectante. Si no insisto en que me cuente lo que pasó, estoy segura de que nunca lo hará. No podemos seguir dejando pasar el tema.
—Quiero que me expliques por qué habéis discutido. No voy a poder ayudarte si no lo haces. —Sus ojos conectan con los míos—. Por favor, Finn. Sabes que puedes hablar conmigo.
Vuelve a mirar hacia adelante, apretando con fuerza el volante. Tras considerarlo durante unos largos segundos, suspira y responde:
—Está bien.
Doy un salto en el asiento. No esperaba que fuera tan fácil.
—¿Y bien? —insisto.
—Fue un cúmulo de cosas. Por un lado, Alex y su frustración por el tema de las canciones. Por otro,Sam apenas pasaba tiempo en casa, imagino que ya sabes por qué. Y después estaba el asunto de Masony Blake. Se peleaban a menudo, ocurrieron ciertas… cosas y tuvieron una discusión fuerte de verdad. Tanto que creo que se formaron dos bandos. Alex se puso de parte de su hermana y se enfadó conMason. Sam nos mandó a la mierda porque estaba harto de todos. Yo intenté quedarme al margen. Sabía que, si me involucraba, empeoraría las cosas. Se me da muy bien cabrear a la gente.
—Pero ahora estás involucrado —lo interrumpo con cautela. Hay algo que no me está contando y me da un mal presentimiento—. Más bien, estás intentando arreglarlo.
—Sí, porque fue culpa mía. —Mi rostro debe de reflejar que no entiendo nada. Finn me mira un momento y frunce el ceño—. Holland, ¿no sabes por qué discutieron Blake y Mason?
Niego con la cabeza, aunque no entiendo por qué parece tan sorprendido. He estado fuera durante casi dos años. ¿Cómo iba a saberlo?
—No, claro que no.
—¿Tampoco sabes por qué se pelearon la noche del baile en el instituto? —Lee la respuesta en mis ojos y traga saliva, tenso—. Blake no te lo contó —añade como para sí mismo.
—¿Contarme el qué?
En realidad, no recuerdo qué hicieron los demás esa noche. Únicamente que me escondí con Alex en el sótano y fui su primer beso. Y el segundo y el tercero.
Suficiente. Fuera de mi cabeza.
—Digamos que esas dos discusiones están relacionadas —continúa—. Ambas fueron culpa mía.
—¿Por qué? —insisto, con curiosidad y algo confundida.
Finn se toma un momento para contestar, como si le costara demasiado pronunciarlo en voz alta.
—Fueron las dos veces que le dije a Blake que estaba enamorado de ella.
7. Lo que cuesta ser valiente
Holland
Cuando entro en nuestra habitación esa tarde, Chloe tiene el pelo de color azul. Enarco las cejas. La he dejado sola, ¿cuánto, dos horas?
—¿Te gusta? —Gira sobre sí misma—. Necesitaba un cambio de estilo.
—Te queda bien.
Tardaré en acostumbrarme, pero es difícil que algo le siente mal. Se ha teñido de un tono azul oscuro, tirando a negro, y también se ha cortado las puntas. La última vez que necesité un cambio de estilo fue porque me acababan de romper el corazón, aunque algo me dice que Chloe hace este tipo de cosas a menudo.
Dejo el bolso sobre la cama y me quedo en ropa interior. Abro el armario para buscar algo que ponerme. No me preocupa que Chloe me vea así. Tenemos confianza. Además, día tras día intento convencerme de que no tengo por qué sentirme insegura con mi cuerpo.
No soy perfecta, pero siendo así, tal como soy, es suficiente. No necesito cambiar para gustarle a nadie porque me gusto a mí misma.
—Gracias —responde con una sonrisa—. ¿Qué tal el primer día?
—Bastante bien. —La miro por encima del hombro—. Por cierto, no me has contado cómo te fue ayer con Finn.
—¿Por qué lo preguntas? ¿Qué te ha dicho?
—¿Qué tendría que haberme dicho? —inquiero, juntando las cejas.
—Nada —contesta a toda prisa—. Quiero decir… no sé cómo pudiste dejarme a solas con él. Eso no se le hace a una amiga. Fue desagradable.
Escondo una sonrisa.
—Ya.
—Hablo en serio. Es un tío insoportable. Y prepotente.
—También es simpático y guapo.
—Pues tíratelo.
—¿Y no dejar que lo hagas tú? ¿Por quién me tomas?
Pone los ojos en blanco. Yo no paro de sonreír. Si quiere que me crea que está molesta, va a tener que esforzarse más. Me pongo un vestido sencillo y una chaqueta vaquera, y lo combino con unas zapatillas.
Chloe me mira de reojo.
—¿Tienes planes?
—Finn está abajo. Vamos a ir a cenar a su casa. ¿Quieres venir?
—Paso. No voy a ser un sujetavelas.
—Finn es como un hermano para mí. No estoy interesada en él en ese sentido. Además, Blaketambién estará. Quiero que la conozcas. Me recuerda mucho a ti. —Se muerde el labio, indecisa, y la empujo con suavidad para animarla—. Vamos, nos lo pasaremos bien.
Lo considera unos instantes y, por fin, suspira y asiente. Al levantarse para cambiarse de ropa, me señala acusatoriamente con un dedo.
—Si Finn pregunta, no me apetecía verlo de nuevo y has tenido que obligarme a ir —me advierte.
Alzo las manos en son de paz.
—Tus técnicas para tirar la caña son un poco raras, pero no las voy a cuestionar.
—Que te jodan.
No tarda mucho en arreglarse. Se enfunda unos vaqueros y un top sin mangas y salimos al pasillo justo cuando Finn me escribe para saber dónde estoy. Ha aparcado la camioneta en frente de la residencia, como ya es habitual. Cuando nos ve por la ventanilla y se da cuenta de que Chloe viene conmigo, abre los ojos como platos. Se peina el flequillo y se recoloca el cuello de esa camiseta rosa fucsia tan horrenda.
—¿De qué vas disfrazado? ¿De tarta de fresa? —le suelta Chloe apenas se sube al vehículo.
Contengo una sonrisa. Finn resopla, como si no se hubiera pasado la tarde entera haciéndome preguntas sobre ella.
—¿Sabes, Holland? La próxima vez que la vayas a invitar, podrías avisar con antelación. No me vendría mal comprarme un par de tapones para los oídos.
Dejo que discutan porque no pinto nada en la conversación.
Me acomodo en el asiento de atrás y Chloe va en el del copiloto. Se pasan hablando —o peleándose— todo el camino, mientras yo miro distraída por la ventanilla. No paro de pensar en la conversación de antes. Sé que en el instituto estaba muy centrada en mis cosas, sobre todo después de romper con Gale, pero nunca imaginé hasta qué punto.
¿Cómo es que no me di cuenta de que Finn estaba colado por Blake?
Ha utilizado una palabra incluso más fuerte. Ha dicho que estaba enamorado de ella y, además, prácticamente desde que la conoció. Blake tonteó con Mason durante todo el curso y Finn no le confesó nada para evitar problemas. Al menos, hasta la noche del baile, cuando ella intentó emparejarlo con una chica llamada Amanda. Finn se pasó semanas de bajón y di por sentado que era porque Amanda no le respondía los mensajes.
Blake nunca me contó lo que había pasado esa noche. Recuerdo que discutimos días después porque se negaba, en mi opinión sin ninguna razón aparente, a darle una oportunidad a Mason. Ahora entiendo por qué lo hizo. Sentía algo por él y, aun así, lo rechazó una y otra vez para no lastimar a Finn. Masonsiguió insistiendo, claro, porque tenía ojos en la cara y veía lo que era incuestionable. Supongo que, cuando descubrió que todo era a raíz de Finn, su primer impulso fue arremeter contra él.
Ahora no se hablan. Mason se peleó con Blake una noche y desde entonces tampoco quieren saber nada el uno del otro. Alex se puso de parte de su hermana. He ahí los dos bandos que Finn mencionó. La tensión, sumada a la enfermedad del padre de Sam y a que tienen que componer nuevas canciones, provocó que la situación se tornara insostenible.
He estado fuera un año y medio y por poco disuelven la banda. No se les puede dejar solos, es un hecho.
Supongo que tendré que ponerme manos a la obra y solucionarlo.
Finn aparca frente a un edificio amplio que, como mínimo, tendrá unos cuatro pisos. Pertenece íntegramente a la familia de Sam, que obtiene beneficios alquilando los apartamentos. Según tengo entendido, hacen un descuento considerable a los chicos y es el motivo por el que pueden permitirse vivir aquí.
Me clavo las uñas en las palmas, nerviosa. Finn me mira de reojo.
—¿De verdad vas a hacerlo?
—Es la única forma de solucionar el lío que habéis montado, así que sí.
Intento que no note que estoy muerta de miedo. Sonríe, sincero.
—Gracias —responde mirándome a los ojos.
Bajamos y nos conduce hasta el ascensor, que nos deja en la tercera planta. Cruzamos el pasillo hasta el apartamento 304. Llamamos a la puerta, se oyen pasos al otro lado y una chica pelinegra nos recibe con impaciencia.
—Llegáis tarde. Se ha enfriado la lasaña.
Finn alza las manos.
—Cúlpalas a ellas. Sabes que la comida siempre es mi prioridad.
—Ve a poner la mesa —le ordena Blake y él obedece sin rechistar.
Ahora no puedo evitar prestar mucha más atención a cómo se miran e interactúan entre sí. Finn me contó que estaba enamorado de ella, pero la verdadera pregunta es: ¿lo sigue estando? ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que discutió con Mason? Si la situación sigue tan tensa, imagino que no habrá sido hace mucho. A mí me cuesta horrores dejar de pensar en Alex y han pasado quince meses desde que rompimos. ¿Por qué iba a ser más fácil para Finn?
—Vaya, hola. Soy Blake. Adoro tu pelo.
Junto a mí, Chloe y Blake acaban de darse cuenta de que podrían ser almas gemelas.
—Chloe. A mí me encanta tu ropa. Tienes mucho estilo.
La pelinegra se mira a sí misma, sonriendo.
—¿Tú crees?
—Totalmente. —Chloe me mira y la apunta—. ¿Ella es quien te recordaba a mí?
—También soy la hermana de su ex —añade Blake para ponerla en contexto.
Chloe pestañea, sorprendida.
—¿Eres la hermana del tío bueno con el que habló ayer?
Blake arquea las cejas y se vuelve hacia mí.
—¿Ayer hablaste con otro chico aparte de mi hermano y no me lo has dicho?
Comienzo a reírme. Chloe se une y le estrecha la mano a Blake.
—Creo que vamos a llevarnos bien —dice, y ambas me miran. Sonrío. Yo también lo creo.
Cenamos entre risas y conversaciones sin sentido. Chloe y Blake conectan muy rápido y, de pronto,Finn tiene a dos enemigas que se han unido en su contra. Sin embargo, es Chloe quien lleva la voz cantante, mientras que Blake se limita a reír y soltar algún comentario. No me pasa desapercibido cómo los observa. Parece tranquila y conforme. No quiero emocionarme antes de tiempo, pero puede que hayamos encontrado a alguien bueno para Finn.
Según me han contado, Mason ha salido con unos amigos, Sam sigue fuera de la ciudad y Alextendría que llegar de un momento a otro. Oímos la puerta cuando terminamos de recoger la mesa. Finny yo estamos fregando los platos y, cuando Alex entra y nos ve, se queda helado durante un segundo.
Se recompone de inmediato y nos saluda secamente con la cabeza antes de encerrarse en su habitación. Me tiemblan las manos. A mis espaldas, Chloe suspira con dramatismo.
—¿Crees que podríamos imprimir su cara en un póster y empapelar nuestra habitación?
—Debería ir a hablar con él —me dirijo a Finn, que asiente con la mirada clavada en Chloe.
Aunque ignora cuáles son mis intenciones, Blake sonríe para darme ánimos. De momento, es mejor que no le contemos nada o haría lo que fuera por impedirlo. Los dejo en la cocina y me adentro en el pasillo. Solo espero que la situación no se vuelva incómoda ahora que no estoy. Mientras avanzo, repaso mentalmente nuestro plan. Blake y Mason tienen que reconciliarse antes de que acaben con la banda. Y él tiene que dar el primer paso. Blake se ha arrastrado demasiadas veces. Se merece una disculpa sincera.
Pese a eso, no creo que Mason sea el único culpable. Ha cometido errores, como todos, y también su versión de la historia merece ser escuchada. Lo único que necesita es entrar en razón y mostrarse abierto a solucionarlo. Aquí es donde entro yo. O Alex, más bien. Si hay alguien que puede convencer a Mason, es él.
Antes era su mejor amigo. Alex me ha ayudado a recuperar una amistad y voy a hacer todo lo que esté en mi mano para devolverle el favor.
El apartamento está organizando de forma sencilla. Las paredes están pintadas de blanco y no hay muchos muebles. Hay tres puertas a cada lado del pasillo y una más al fondo, que imagino conduce al baño. No tardo en oír la música que proviene de una de las habitaciones. Bien. Parece que he encontrado el sitio correcto.
Allá vamos. Llamo a la puerta con el corazón latiéndome en los oídos.
La música se detiene. Se oyen pasos y me balanceo sobre los talones, nerviosa. Quizá se está vistiendo. ¿Lo habré pillado sin camiseta? ¿O, aún peor, en ropa interior? La imagen se me viene a la cabeza y trago saliva. De pronto, estoy sintiendo cosas que ahora mismo están muy fuera de lugar. Me obligo a apartar todos esos pensamientos de mi mente.
Hablar con Harry sobre desnudos esta mañana me ha alterado.
La puerta se abre.
—¿Tienes un momento? —pregunto a toda prisa.
Alex pestañea. Necesita un instante para recuperarse de la impresión que le produce verme aquí, frente a su puerta. En efecto, parece que acaba de vestirse, porque tiene la camiseta arrugada y el pelo revuelto. Son más de las once de la noche. ¿Dónde habrá estado hasta estas horas?
Pasea la mirada por mi cuerpo, con lentitud, y se hace a un lado.
—Claro —responde, con la voz un tanto ronca.
Mierda, esperaba que habláramos en el pasillo. Dudo que pueda concentrarme estando a solas con él en su cuarto. Se sienta en la cama, pero yo prefiero quedarme junto a la puerta. Procuro no cerrarla del todo, por si acaso. Entre nosotros no hay más que unos metros de distancia y no sé si eso me alivia o si preferiría que estuviese más cerca. Echo un vistazo a lo que me rodea, todavía nerviosa.
A diferencia de la de su casa en Newcastle, esta habitación no grita su nombre en ningún sentido.
Las paredes apenas tienen decoración. Los muebles son básicos y están distribuidos de manera estratégica para ahorrar espacio. La cama se encuentra junto al armario y a la mesita de noche. No hay más, aparte de un escritorio, la guitarra al fondo y el teclado en una esquina. No veo pósteres ni fotos. Ni tampoco recuerdos. Nada.
—Yo también quería hablar contigo —dice, tras unos segundos.
—¿De verdad?
Lo miro, confusa. Alex parece inquieto.
—Siento lo de anoche. Puede que al principio fuera demasiado duro contigo. Sé que te costó mucho contarme todo lo que pasó en Mánchester y no debería haberme ido así. Lo siento, Owen… Quiero decir, Holland —se corrige, pero ya es demasiado tarde.
Vuelvo a sentir esa calidez en el pecho, como cuando estábamos en el instituto, y no me gusta nada. Recorro su rostro con la mirada. Me fijo en sus ojos oscuros, en su nariz recta y en su boca. Y después continúo bajando por su cuello y miro sus hombros y sus brazos. La camiseta se ajusta a sus músculos de una forma que no debería estar permitida.
En resumen, que está muy bueno, por desgracia.
—No creo que te hayas portado como un imbécil —respondo, retomando lo importante—. Entiendo que no esperabas que volviera sin más. No es que pretendiese que me recibieras con los brazos abiertos. Sé que he hecho muchas cosas mal y…
—No tienes que disculparte por algo que pasó hace tanto tiempo —me interrumpe.
—Os he ignorado durante meses. He sido egoísta.
—Pero estás arrepentida, ¿no?
Lo miro, recelosa. ¿A qué viene todo esto?
—Sí. Mucho.
—Está bien. Te perdono.
—No hablas en serio.
Los nervios me revolucionan el estómago. ¿Acaso se está riendo de mí?
—Estoy cansado de guardar rencor. Lo único que hago en esta casa es discutir. Lo que hiciste fue una putada, honestamente, te odié en su día y me enfadé conmigo, porque intentaba justificarte y no era capaz. Pero eso fue hace mucho. Ahora estás aquí y lo que pasó me da igual. Es tu vida. Haz lo que quieras. Estoy harto de malos rollos.
Arqueo las cejas. Tengo sentimientos encontrados. Si ya no está enfadado, ¿a qué viene ese tono de reproche?
—Veo que has cambiado de opinión —respondo, sin contenerme—. Anoche sí parecías dispuesto a echarme cosas en cara.
—Te he dicho que lo siento. ¿Qué más quieres?
—Nada. Déjalo.
—Estaba cabreado. Había discutido con Mason y con Finn y, cuando viniste a hablar conmigo, la situación me sobrepasó. No supe cómo reaccionar. Si hubiera estado más… tranquilo, habría sido muy distinto.
—De acuerdo, Alex. Lo que tú digas.
¿Por qué estoy tan molesta? ¿No se supone que es esto lo que quería, que arreglásemos lo que pasó entre nosotros? ¿Por qué no dejo de ponerle obstáculos en el camino?
No aguanto aquí ni un segundo más. Estoy a punto de marcharme cuando, de pronto, su voz suena a mis espaldas:
—Estaba celoso.
Se me corta la respiración.
Me vuelvo hacia él. Está sentado en la cama, con el pelo revuelto cubriéndole la frente. Mando callar a mi corazón e intento que mi voz funcione correctamente.
—No te pega estar celoso.
—No es como crees. No eran celos como para querer pegarle una paliza a cualquier tío que se acerque a ti. Era envidia, ¿vale? Porque si hubiera tomado las decisiones adecuadas, ahora estarías conmigo en lugar de con cualquier otro.
Ahora sí, creo que se me para el pulso. Las emociones me invaden repentinamente y me quedo bloqueada. No sé qué decir. Alex alza la mirada y, al notar que no respondo, suspira y niega.
—Perdona —añade—, no tendría que haber dicho eso. No quiero que pienses que no me alegro de que salgas con Finn.
—No estoy saliendo con Finn —aclaro, pero no me escucha.
—Creo que te mereces estar con alguien que te haga feliz. Sea quien sea esa persona.
No me extraña que suene tan sincero. Siempre ha pensado en los demás más que en sí mismo. De hecho, estuvo a punto de renunciar a su sueño y quedarse en Newcastle cuidando a quienes lo necesitaban. Da igual cuánto tiempo haya pasado. Todavía quiere lo mejor para mí. Y es un sentimiento correspondido. No he podido sacármelo de la cabeza desde que se fue y ha empeorado ahora que está aquí.
¿Cómo no voy a arriesgarme por una persona como él?
—Finn y yo somos amigos. Es como un hermano para mí
—explico por segunda vez en un día. Alex vuelve a mirarme y niega.
—No tienes por qué darme explicaciones. Repito: es tu vida.
—¿Por qué diablos no te callas y me escuchas?
—Porque no tenemos nada más que hablar. Si quieres salir con Finn, me parece bien. Si no, también. Haz lo que quieras. Eso no evitará que seamos amigos.
¿Amigos? ¡Venga ya!
—¿Quieres saber por qué no habría ido al pub si hubiera sabido que estabais allí?
Al escucharme, todo su cuerpo entra en tensión. De nuevo, siento un escozor en el pecho. Puede que esto lo afecte más de lo que pensaba.
—No necesito explicaciones —reitera.
—Estaba muerta de miedo, ¿vale? Ni siquiera me imaginaba cómo ibais a reaccionar. Hubiera preferido estar preparada antes de volver a veros, lo que no significa que no pensara hablar con vosotros un poco más adelante. Finn me llamó al día siguiente para pedirme que lo ayudara a solucionar lo que sea que haya pasado entre vosotros. No quiere nada conmigo, aunque todos os empeñéis en pensar lo contrario. Es Finn, por el amor de Dios.
No entiendo por qué estoy tan irritada. Quiero que vea en mis ojos que soy sincera, pero no me mira.
—En ese caso, espero que encuentres a otra persona que te haga feliz.
—Conocí a varios chicos en Mánchester y no salí con ninguno. ¿Quieres escuchar por qué?
Ahora sí, sus ojos conectan con los míos. El corazón me late a toda velocidad.
—¿Por qué?
—Porque no eran como tú.
El mundo parece detenerse cuando pronuncio esas palabras. Alex tarda un instante en procesarlo y pienso en todo aquello que no he dicho. ¿Desde cuándo me dejo llevar por el miedo? Si todavía siento algo por él, ¿qué sentido tiene fingir lo contrario? No tengo razones para engañarme a mí misma.
He cambiado. Tal y como le dije a Blake, ahora soy una persona valiente y eso implica que, a pesar de estar aterrada, voy a correr el riesgo.
—Te parecerá una estupidez, pero no he olvidado lo que sentía por ti —continúo, sin pensar—. En Mánchester te busqué en otros chicos porque necesitaba sacarte de mi cabeza o encontrar a alguien que me hiciera sentir lo mismo, y no conseguí ninguna de las dos cosas. Puede que fuera el karma. Te hice creer que no te quería y, cuando te fuiste, me di cuenta de que me iba a costar demasiado dejar de hacerlo. Sé que ha pasado mucho tiempo y que es probable que hayas conocido a otras y… no pretendo que me digas que quieres estar conmigo, ¿vale? No sé si sigues sintiendo algo por mí. Pero yo sí lo siento. Y necesitaba decírtelo. Porque si por algún casual quisieras intentarlo o… o si estuvieras dispuesto a que nos diéramos otra oportunidad, yo…
No termino la frase. De pronto, ya no puedo respirar.
Alex se levanta de la cama, me pone las manos en las mejillas y me besa.
8. No más secretos
Holland
MMe está besando.
Alex me está besando.
En cuanto sus labios rozan los míos, juraría que mi corazón deja de latir. Los nervios que sentía hace un momento desaparecen y es como si me quedara sin fuerzas. Presiona su boca contra la mía con firmeza, aunque no se atreve a hacer nada más. Es un beso tan efímero que, cuando quiero darme cuenta, mis labios se quedan fríos porque los suyos ya no están.
Sin embargo, se queda cerca, con su rostro a unos centímetros del mío y la respiración entrecortada. Abro los ojos y me encuentro con los suyos, oscuros y brillantes. Veo ese ápice de inseguridad en ellos y no dejo que se torture más.
Tiro de su camiseta para besarlo otra vez.
Casi puedo sentir lo fuerte que va su corazón. Al principio el contacto es lento y suave; es un gesto cargado de anhelo que no tarda en convertirse en algo más. Alex se inclina sobre mí, profundiza el beso y entonces todo se sale de control. De pronto, ya no puedo pensar y lo único que quiero es que no haya distancia entre nosotros.
Me quito la chaqueta a tirones y la dejo caer al suelo. Sus manos descienden hasta la parte trasera de mis muslos, me levanta en volandas y enredo las piernas en sus caderas por instinto. Nos movemos, no sé a dónde, perdemos el equilibrio y aterrizo de espaldas sobre la cama. Se coloca sobre mí y su risa se ahoga en mi boca. Me embriaga notar ese cosquilleo en el estómago que tanto echaba de menos.
Es una sensación abrumadora, como si todos los sentimientos que he estado conteniendo salieran a la vez y me envolvieran como un huracán.
—Quítate la camisa —ordeno mientras lucho por desabotonársela. Me sorprende lo urgente y ronca que suena mi voz.
Sus manos acarician mis piernas y se cuelan bajo mi vestido para colocarse en mis caderas. Están tan frías que doy un respingo. Sonríe, burlón, y yo comienzo a desesperarme. Es difícil maniobrar si está encima de mí.
—Alex —insisto. Hago uso de toda mi fuerza para empujarlo y que deje de besarme.
Él no parece muy conforme con la idea.
—No seas impaciente.
—Púdrete.
—Me gusta hacerme de rogar.
—Estabas deseando que pasara esto. No te hagas el digno ahora.
Se ríe y un torrente de emociones se me cuela en el estómago. Me besa de nuevo y después se aparta para deshacerse de la camisa. Me quedo tumbada, con el corazón a mil y la respiración acelerada, observándolo. Decide no quitársela; solo la deja abierta y regresa conmigo.
—¿Mejor? —pregunta, con una sonrisa.
En lugar de besarme, se toma unos instantes para memorizar cada detalle de mi rostro. Hago lo mismo. Presto especial atención a esos ojos oscuros, que me miran como si no se creyeran que, en efecto, estoy aquí, y también a su mandíbula y a su nariz, que tantas veces quise dibujar en el instituto. Me gusta que esté tan cerca, aunque no hagamos más que observarnos en silencio.
Alargo la mano para echarle el flequillo hacia atrás. No se resiste a volver a besarme y no me aguanto las ganas de reír.
—Echaba de menos tu risa —confiesa contra mi boca.
—Yo echaba de menos tu voz.
—¿Eso significa que quieres que hablemos? Porque me apetece bastante besarte otra vez.
—¿No puedes hacer las dos cosas al mismo tiempo? Menudo inútil.
Creo que extrañaba incluso nuestras discusiones. Sonríe con mi broma, no me resisto y vuelvo a presionar mi boca contra la suya. Este momento me hace muy feliz. No me lo pienso; lo empujo para que se tumbe y poder sentarme a horcajadas sobre su regazo. Esta posición me gusta mucho más.
Me tomo mi tiempo para repasar las líneas de sus abdominales con las yemas de los dedos. Está ardiendo y todo su cuerpo se tensa bajo mi toque. Seguramente habrá hecho deporte, porque ahora tiene los músculos más definidos. Me muero de ganas de quitarle la camisa del todo y verle los hombros. O la espalda. Me acaricia las piernas, distraído, y como sé que no se atreverá a hacerlo en mi lugar, cojo el dobladillo de mi vestido y me lo saco por la cabeza.
Lo lanzo al suelo. Mientras tanto, Alex me mira sin pestañear. ¿Me había visto antes en ropa interior? Parece nervioso. Intento no preocuparme por lo que otros piensen de mí, pero con él es diferente, quiero gustarle. De repente, me siento tan incómoda que tengo que hacer esfuerzos sobrehumanos por no cubrirme.
Me preparo para soltar una broma que suavice el ambiente, cuando traga con fuerza y por fin rompe el silencio:
—Avísame antes de hacer estas cosas. Por favor. No por ti, sino por mí. A este paso me vas a matar.
Comienzo a reírme, deshaciéndome de todos los nervios. Alex vuelve a poner sus labios sobre los míos y después me besa la frente, los párpados y la nariz mientras sonrío tanto que me duelen las mejillas. Cuando lo noto repartiendo besos por mi cuello, suspiro sin darme cuenta. Su mano asciende lentamente por mi columna vertebral, provocándome escalofríos.
—Debería ser ilegal que seas tan guapa —susurra.
Succiona en el lateral del cuello y me doy cuenta de que el muy desgraciado me está haciendo un chupetón. Me quejaría, pero no tengo suficiente fuerza de voluntad. Vuelve a besarme, de forma más profunda esta vez, y se me escapa un quejido que solo hace que se aferre a mí con más fuerza.
Tiro de su camisa para quitársela por fin. Acaba en algún rincón del dormitorio al que no presto nada de atención. Me recreo tocando sus hombros y sus brazos mientras me besa, incapaz de pensar en nada más. Voy completamente a ciegas. Por eso, en cuanto abro los ojos y lo veo, me quedo de piedra.
Tiene que ser una broma.
—¿Desde cuándo tienes un tatuaje?
Alex sonríe y deja un camino de besos en dirección a mi oído.
—Tengo tres —responde en un susurro.
—¡¿Tres?! —Me pongo seria y lo empujo para mirarlo fijamente—. Enséñamelos.
Se ríe entre dientes e intenta besarme otra vez. Como me aparto, presiona los labios contra mi mandíbula y me cuesta horrores no ceder.
—Owen —se queja cuando me alejo. Mi corazón reacciona ante ese nombre.
—Quiero verlos. Por favor.
Suspira, a sabiendas de que no voy a rendirme.
—Está bien.
Tengo que contenerme para no dar un saltito de emoción. Se echa hacia atrás para mostrarme el primero. Es un piano que le cubre la clavícula y la parte izquierda del pecho. De él parte un camino de notas que sube hasta el hombro. Es exactamente el mismo que su madre dibujó en su habitación y que terminé para darle una sorpresa por su cumpleaños.
Está ubicado sobre el corazón. En la parte superior, en mayúsculas y con una caligrafía preciosa pone: «nacido para crear».
—Me lo hice para tenerla siempre presente. Es una forma de llevarla conmigo ahora que no estoy en casa.
Estoy tan absorta en el tatuaje que me sobresalto al oírlo hablar. Quiero tocarlo con los dedos, pero me contengo. Solo alzo la mirada hacia él.
—¿Y los demás?
Me enseña el del antebrazo, que está justo bajo el codo. Son números romanos. Representan una fecha: 26 de marzo de 2002, el día que nació.
—Este es por mi hermana —continúa—. Tenía pensado tatuarme su nombre, pero no me dejó. Decía que no me ayudaría a ligar.
Se me escapa una sonrisa. Imagino que, de primeras, la gente podría pensar que se trata del nombre de su ex. Nada que no se arregle con diálogo, pero la verdad es que los números romanos me gustan más.
—Siempre tan considerada —bromeo, y me sonríe.
—Este es el último que me hice.
Cuando me da la espalda, me entran tantas ganas de tocarlo que me cuesta localizar el tatuaje. Está en el brazo derecho, bajo el hombro. Es una onda de sonido que crece y decrece como los latidos de un corazón. Doy por hecho que representa la música, que siempre ha estado presente en su vida y de la que nunca querrá desprenderse.
Hasta que dice:
—Es el estribillo de «Mil y una veces». Así se veía cuando la grabamos en el estudio. —Traga saliva—. Fue la primera canción que escribí.
Y también la primera que me dedicó.
Ahora la lleva tatuada en la piel. Representa el comienzo de un sueño y la superación de un miedo. La escribió la primera vez que dejó que la música tomara el control y se entregó a la melodía que sonaba en su cabeza. En verdad, no creo que se lo hiciera pensando en mí, sino que, más bien, es un recordatorio de todo lo que ha conseguido. Aun así, decido que es mi favorito de los tres.
—Me gustan, Alex. Mucho.
Se vuelve hacia mí y sonríe.
—Quiero hacerme algunos más. Es muy adictivo. Una vez que empiezas, no puedes parar.
—A mí también me gustaría hacerme uno, aunque todavía no he pensado cuál.
No menciono que a mis padres con toda seguridad les daría un infarto ya que, por supuesto, cuando se enterasen sería demasiado tarde.
—Puedo ir contigo. Te llevaré al local de Dave. Es mi tatuador de confianza.
A pesar de que no le da mucha importancia, yo siento una oleada de calidez en el pecho. Es una especie de plan de futuro, ¿verdad? Me genera mucha tranquilidad la idea de que no volverá a tratarme como a una desconocida después de esto.
Me muerdo el interior de la mejilla.
—¿Sabes? Nunca pensé que me pondría tanto ver a un chico con tatuajes.
Enarca las cejas.
—¿Quieres ligarte a Dave? Pues vaya.
—Me refería a ti, cabezón.
Sonríe y se mueve tan rápido que no me da tiempo a reaccionar. De pronto, vuelvo a estar tumbada sobre la cama con su rostro a unos centímetros, riéndome. Presiona sus labios contra los míos y me besa hasta que me quedo sin aire.
—¿Así que te ponen los tíos con tatuajes? —cuestiona, con esa sonrisa que me derrite.
—Y también las estrellas de rock.
—¿Eso significa que te pongo el doble?
—Ya te gustaría.
—Pues sí, me gustaría.
—¿Por qué sigues llevando tanta ropa?
Engancho un dedo en la cinturilla de sus vaqueros y Alex me agarra la mano para detenerme.
—Owen… Lo siento, pero tengo que preguntarlo. ¿Tú has…? Ya sabes, ¿eres…?
Me cuesta horrores no sonreír al verlo tan nervioso. Por muchos tatuajes que se haya hecho y aunque actúe con más seguridad, sigue siendo el Alex de siempre. Y eso me gusta tanto.
—¿Que si soy qué? —Me hago la desentendida.
—Vamos, sabes a lo que me refiero.
—No, la verdad es que no.
—Owen —me advierte.
—¿Te refieres a si soy vegetariana? Porque no, puedo comer de todo.
Al escucharme, cierra los ojos con fuerza.
—Por lo que más quieras, deja de decir cosas con doble sentido.
—¿Qué? —Finjo sorpresa, como si lo último que esperara fuera que lo malinterpretase—. Alex —le reprocho, y ya no puedo aguantarme la risa.
Él pone los ojos en blanco, aunque también le cuesta no sonreír.
—Había olvidado lo insoportable que eres.
Me río y tiro de él para besarlo otra vez.
—No, no soy virgen —respondo finalmente—. ¿Y tú?
Estuve con un chico en Mánchester. Se llamaba Evan. Tonteamos un par de meses y no vi razones para retrasarlo. Si no me acosté con Gale en su día fue porque no me transmitía ningún tipo de seguridad, cosa que Evan sí hacía. Por eso no me arrepiento de nada. Nos atraíamos y me trataba bien. Que lo nuestro no llegase a nada más no quiere decir que fuera un error.
Sin embargo, no puedo evitar sentirme un poco incómoda al mencionarlo. La gente es muy crítica con estos temas. Hay quienes piensan que tienes que esperar al amor de tu vida antes de acostarte por primera vez y, aunque lo respeto, no lo comparto. Sin duda, Evan no era el amor de mi vida. Tampoco era un chico cualquiera, tuvimos nuestra historia, e hizo que me sintiera cómoda cuando llegó el momento. Y eso es más que suficiente.
Pulsuz fraqment bitdi.