Kitabı oxu: «El baile de los demonios y el poeta»

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PRÓLOGO

El baile de los demonios y el poeta es una alegoría de intenciones artísticas-revolucionarias denominada como las alegorías del precursor, donde el autor nos narra la vida del poeta, en representación de ciertos personajes como Sócrates, Jesús de Nazaret, y otros grandes pensadores o líderes de buena conducta cuyos movimientos han cambiado al mundo. Personajes que se unen a través de las injusticias y de las controversias; y que se caracterizan por su tenacidad para entregar su propia vida, sin temor alguno, en defensa de sus ideales. De esta forma, el autor nos presenta a un poeta perseguido por los demonios, entidades que no celebran el arte ni la poesía. Y nos habla, durante la persecución y el viaje, de vida, de muerte, de amor y de Dios; y, por supuesto, de la poesía incomprendida y acechada por los demonios.

La virtud del poeta es el éxodo; y su convicción, cambiar el mundo. Y en el ínterin, aglutina a sus seguidores, dispuestos a acompañarlo y a no abandonarlo nunca. Es su guía. Y el motivo que los mueve, puesto que los ha cambiado y les ha cambiado la vida. El poeta es también acompañado de legiones de versos, muchos de ellos preparados, llenos de rima, admirables por su decadencia; otros tantos, con espíritus valientes e inquebrantables. Y su sabiduría comenzó a llenar la tierra. Nada podía detenerlo. Salvo que puedan hacerlo los demonios, enemigos acérrimos del arte y de su poesía. Y de la liberad de los hombres que eligen su propio camino… Si los demonios lo derriban, es probable (y deseable) que se levante con más fuerza.

Porque donde la palabra de las artes abunda, nace la esperanza; donde nace la esperanza, se vislumbran las obras; y donde están las obras, la prosperidad se abre paso. No es poca cosa lo que el poeta se propone: iluminar las sombras y alumbrar al mundo, lo que viene a ser un solo objetivo. Pero no es camino sin obstáculos ni objetivo sencillo, porque será perseguido, apresado y juzgado por los demonios que pueblan (y parece que dominan) el mundo. Al menos el suyo.

El castigo es excesivo y, por tanto, injusto. El poeta no se merece que lo persigan, aunque sea comprensible, para los demonios, pretenderlo. Pero los hombres valientes no se preocupan por los riesgos de la muerte sino por la honradez de sus acciones. El autor nos dice que no hay libertad (plena) para los que buscan construir sus propios caminos. Nietzsche lo dejó escrito: «El hombre libre es aquel que piensa de otro modo de lo que podría esperarse en razón de su origen, de su medio, de su estado o de su función; y de las opiniones reinantes en su tiempo». Y el poeta es minoría en la sociedad en la que sufre pero vive. Mark Twain nos puso sobre aviso: «Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar». Así el poeta continúa su odisea. La que nos narra el autor de esta obra.

El autor, a través de una incontenible y, por lo tanto, arriesgadísima prosa poética, nos azuza, nos aguijonea y nos pregunta: «¿Quién como el poeta, que a lo largo de su vida se ha entregado por amor al arte?». Y finalmente exclama: «¡Cuán hermosa es la canción del gran poeta! ¡Todos somos poesía!».

Como dijo André de Chénier, «el arte hace los versos, pero solo el corazón es el poeta». Y por ello es casi siempre incomprendido (y no solo por los dragones y los demonios).

TOMO I

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AL CANTOR DE AMORES

sublime bálsamo de valentía y fortaleza

líder inspirador de los más grandes pensadores

y refugio de los pobres.

NAASÓN JOAQUÍN GARCÍA.

Con un sentimiento de profunda gratitud

y ante las más grandes injusticias, dedico

LAS ALEGORÍAS DEL PRECURSOR.

No quiero insultar con mis torpes palabras a quienes han sido labrados en gloria. Sus obras se asientan en cielos eternos y su gente rebosa de gran emoción. Cuando cae la lluvia y se inundan las calles, con el favor de sus dones, de orgullo y victoria, detienen la historia que escribe sus nombres.

EXORDIO

AL HONORABLE

Eleva tu voz, dulce poeta. Vine presto para escuchar las melodías de tu boca que una vez me cautivaron. Permíteme contar tu historia como si fuera también mía y compartir lo que has sufrido, aunque muy pocos lo entiendan. Llámame una y otra vez y te escucharé mil veces. Encerrado en esta celda lúgubre y sombría donde solo los demonios bailan… ellos parece que festejan.

—¡A quién le importa el sentimiento! —dicen en su oscuro canto—. ¡Ni a la más humana de las artes! Dinos cuántos buscan compartir lo que han sufrido los poetas, cuántos gustan de las letras que han sangrado en su dolor; o si importará la forma con la que han pintado el mundo. ¿Quién los quiere?, ¿quién indaga?, ¿quién comprende sus colores y reconoce su valor? ¿A quién le importa el sentimiento? Ni a este mundo «tan humano» que ha cambiado los vestidos del que busca con el arte descubrir su corazón.

Mis rodillas han tocado el suelo juntamente con las tuyas, nuestra mente se ha fundido con el infinito en busca de la libertad. Pero yo te he abandonado, fiel poeta. Ahora reposo tranquilo mientras los demonios bailan mucho más fuerte en tu celda.

—¡Cuántos te tildan de bohemio! —vuelven a decir con crueles burlas—. Has dejado tu gozo en las alturas donde las palabras no llegan, donde los galardones quedan más allá de las riquezas y las riquezas duermen más allá de lo esperado. ¿Han de reclamar tus pensamientos un lugar entre la tumba?

Como un anónimo sin rostro derramas tus lágrimas mientras sonidos estremecedores me hacen llegar tus palabras. Eleva tu voz, dulce poeta, permíteme contar tu historia como si fuera también mía. Desde aquí, desde este horrendo lodazal con el que nos han vestido, escucho tu armoniosa y fuerte voz cual tierna melodía:

—¡Yo lo llamo sacrificio! Desde otrora los hombres han nacido para dar y lo último que entregan es la muerte, hasta entonces viviré para mi fe.

Cuán hermosas tus palabras, pueden trascender hasta el final del orbe, pero los demonios no descansan. Osan contener la eternidad de tu presencia con su boca que no alcanza a descifrar las simples cosas. ¿Una imagen guardaría el corazón de los guerreros y los versos del poeta? Si así fuera, ya ninguno buscaría preguntar. Lo real es más palpable que un reflejo y no se alumbra con antojos… ¡Deja tanto incontenible, deja tanto que ya voy! Interrumpiré su baile.

—Por las brumas del recuerdo has de vibrar con la razón que, sobre osados sentimientos, cabalgando, ya se yergue —me sugiere uno de ellos mientras caigo en su acechanza, utilizo sus palabras y me visto de desprecio.

—¡A vosotros os maldigo! —les entono con su canto—, generación incoherente y llena de veneno; os maldigo desde mis entrañas y sabré que prontamente la muerte os alcanzará. No lo digo con la sed de la venganza que podría sosegarme ni tampoco con el odio que en vosotros se ha formado; os lo digo con la fuerza que sostiene la verdad de la justicia de los cielos. Mirad pues que nunca más habrá perdón para vosotros, porque no sois ignorantes y sabéis lo que habéis hecho. Os maldigo fuertemente, no confío en vuestra ciencia ni tampoco en vuestra ley, pues jamás seréis perfectos como un griego lo creyó. Si me dejan esperar, esperaré vuestra condena, mucho después de ver la mía.

Los demonios bailan en tu celda. Allí… ellos parece que festejan. Pero tú no te distraes ni tampoco te lamentas. ¿Cómo puedes tener fuerzas para sostenerte en pie? No soy capaz de llevar tu nombre. Si para ser como tú eres, hay que adentrarse en lo profundo de la sensibilidad y entregarse por completo, no sé si pueda sentir tu amor. ¿Me atreveré a contar tu historia? Considero que hay preguntas que hasta ahora son inciertas y en afán de dar respuesta me lamento; pues me apremian otras cosas que me alejan de tu esencia, cerca de mi ambiente interno que, en lugar de disfrutar, algunas veces aborrezco… Esa mezcla entre lo que soy —que no será— y lo que quiero ser —que desconozco—. Un instinto y una razón que me han llevado al desconcierto con el mismo son que tocan.

Ahora yo estoy intranquilo mientras los demonios dicen, señalando:

—¡Pobres, pobres los poetas! ¿Es posible que en su muerte logren abrazar la fama y recibir un galardón?, ¿podrán comprender el cielo con alguna editorial?

No quisiera abandonarte. La música sigue sonando como quien quiere interrumpir la noche, ¿tus párpados podrán cerrarse para yo dormir tranquilo? Angustioso es no saberlo. Déjame llevar tu pena si no podré sentir tu amor. ¡Que vengan los demonios a mi celda! Seré algún poeta muerto que no encuentre su sentido; el oculto, rezagado y taciturno que no puede describir su soledad, ni mucho menos puede dibujar al mundo, porque nunca se ha entendido ni conocerá su voz. Si es necesario vivir para la posteridad o morir sin tan siquiera haberla visto, no me importa que descargues sobre mí tu pena y que enciendas mi boca con tu aliento. Eleva tu voz, dulce poeta. A ti te conjuro para que mis palabras hagan hueco entre la tierra y hablen lo que no has podido hablar. ¡Que callen los demonios mientras celebro tu presencia!

—No podrías ser poeta —con más fuerza se pronuncian—, ni sentir por cada cosa que en su gloria se presente —los escucho desde el fondo del abismo mientras busco comprender tu faz serena—. Mucho menos disfrutar de los placeres que del cielo rechazamos una vez.

¡¿Hasta cuándo sonarán esas palabras?! ¿Quién me diera poder regresar el tiempo y contemplarnos nuevamente? Levántate desde la majestad que has construido desde el suelo. Ilumina la oscuridad con tus palacios y tus piedras preciosas. ¡Cuánta maldad hemos encontrado en los que te juzgan!

—No hay motivos más allá de los que vemos en la tierra, pues la vida es un respiro —eso dicen, y se confabulan—. ¿Qué sentido encontrarás para tu fe? ¿Dónde puedes abrazar el resplandor? La oscuridad ha dominado tu sendero mientras esperas a la muerte —siguen siendo sus palabras.

Es allí cuando escucho tu voz. Por segunda vez derramas tiernos versos. Pones un poco de tu luz en mis cadenas y buscas llevar mi pena nuevamente. Vuelves a ser esclavo de la verdad. Te atribuyes mi condena porque en la vida hay poesía, y el que escribe es ese siervo que también pierde el encanto cuando pasan los momentos, para los que no lo ven. ¡Vale mucho el sentimiento!, pero aquellos no comprenden. Siguen todos insistiendo con su voz terrible y fuerte mientras logras soportarlo.

Ellos vuelven a empezar el baile. No han cambiado su canción desde tiempos remotos, pero ahora está más fuerte el estribillo. Simplemente nos desprecian, o nos tildan como locos. Desde el frío de su putrefacción se invocan mientras el mayor de ellos dice:

—¡Oh!, demonios, dulces acompañantes de todos los mortales, celebremos el festín de este buen hombre que a nosotros ha llegado. Devoremos todo el fondo de su espíritu para saciar nuestra boca, que del bien no puede atormentarse. Todos, todos, vengan todos. Si el dolor es abundante, con nosotros lo acostumbran. Escapamos de la esencia por crear nuestras maldades y aunque algunos se arrepientan no se pueden retractar. ¡Todos, todos, vengan todos! Todos, todos, vengan ya.

Quieren acabar con nuestras fuerzas. Se han buscado en su mentira y aparentan ser unidos, mas ninguna ley los rige. Desde el lugar de tu morada se levantan contra ti; y también contra los tuyos. Parecían tus amigos. Alimento les brindaste cuando estaban a tu lado, pero ahora te han mostrado sus verdaderos rostros. Aún deseas perdonarlos. Vienen en multitud. ¡Cuánto quieren ser oídos!

—Me presento con el nos… —dicen todas las legiones—, porque somos y yo soy. El que busca el dulce cuerpo para descansar un poco del cansancio que llevamos por los tiempos tan eternos. ¿Ya tenemos un donante?… ¡Por favor, que sean más!

Luego sigue, desde el fondo, ese que parece un ángel. Sus ojos se recubren de poder y el sol se muestra, puede consumir lo que a su paso se levante sin ninguna distinción. Subestiman la potencia de sus alas y lo esperan como a luz del mediodía, pero ya rodeó la vida como quién perdió el placer… Ahora quiere destruir. Enciende el fuego que reposa en las cenizas y nos mira dirigiendo su calor, las razones que ha perdido nos susurran… ¡Un momento! Quien no agache la cabeza, puede arder junto a sus ojos.

—Soy más verdad de lo que creen —eso dice—. Y soy menos cruel que la verdad. Me llaman ángel de la luz y vivo en sombras, no me apremia descubrir al fiel secreto. Soy un dios mejor que todos porque reino sobre el hombre, desde antaño yo jugaba por tomar su corazón, y ahora que ha llegado el tiempo se ha perdido; en prisión los he dejado y en su muerte voy a abandonarlos para jactarme de su bien, para aprovechar sus miedos con los cuales alimento los aspectos de mi siervo, que sale a correr al mediodía. ¡Devorados han de ser!, ¡sí!, devorados han de ser por el saurópsido reptil que con dolores di a luz.

»En caminos de mentira donde brilla la verdad, voy mirando lo difuso que oscurece lo que soy. Yo corono a mis pecados con vestidos inefables y distingo la silueta que no puedo reflejar. «Si aparentas, sobrevives», una vez un sabio dijo. Y ese sabio no era yo. —Se ríe malvadamente para luego revelarse—. No me crean, soy mentira; y eso sí que fue sincero… La verdad también gobierna, pero yo soy superior.

Así se expresan todos ellos, llenos de rencor y de malicia. Por sus poros elevan el aliento de su voluntad y cierran las puertas de las artes para que nadie entre, ellos tampoco entran y luego se lamentan. Son engaño y no lo dicen. Quieren manifestar lástima, y no esperan estar solos, pero la maldad brota de sus labios como si fueran ríos de agua pura. ¿Quién pudiera descubrir su ruin secreto? Ciertamente tú, dulce poeta, has sabido iluminarme para conocerlos. Tu sol ha llegado hasta lo profundo de mis tuétanos como la suave luz de la mañana y tu calor me ha cobijado como el amor de una madre a su recién nacido.

Una vez, ellos hablaron con el hombre, y quisieron convencerlo:

—¿Conque buscas algo más allá de lo que ves? —eso expresaron—. Abundantes son las penas de los hombres para que sigan sufriendo de esperanzas tan inciertas. ¡Imposible es, viandante, encontrar lo que no existe! Con exhortación abrimos tu carísimo entendimiento. ¿Qué haces tú por este sitio? Sus jardines son el paso de la vida y sus caminos son la muerte. ¿Quieres ser como los grandes? ¡Es absurda su existencia! Si legiones de nosotros hemos gustado de la tierra, no entendemos qué han buscado los mortales en el cielo. ¡El lenguaje limitó tu libertad! ¿Crees que el conocimiento más supremo se ha escondido con las artes? ¿En serio crees que, consideradas, te abrirían cualquier puerta en tus cadenas? ¡Tal vez debas buscarlo donde siempre lo encontraste! ¡Ve, regresa! Mira el fruto de aquel árbol que una vez se te negó cuando querías conocer más de la ciencia.

—¿Quiénes son todos ustedes? —respondió asustado el hombre—. ¿Por qué creen conocerme?

Mientras ellos replicaron:

—Somos ángeles caídos para conocer el suelo y disfrutar sus miedos, anhelamos cada cielo que se acerca; sentenciamos a la muerte y la muerte nos sentencia. Parecemos al poeta, criaturas especiales del dolor y el sufrimiento. Fuimos hechos por formar en tanto caos lo imperfecto, lo sensible de la vida, pero ahora estamos muertos. Somos seres condenados sin lugar a dónde ir.

Muchos creen que son dueños del infierno, pero dadas sus facciones han sufrido un gran tormento. Sin embargo, quieren arrastrar a su condena a todo aquel que pueda conocer la luz. Los llevan a las profundidades del océano donde solo reinan las tinieblas.

—Ciertamente te decimos lo que ayer atestiguamos —esto fue lo que expusieron—. ¡No es tan malo resbalarse desde el cielo! Antes éramos las sombras, pero ahora somos reinos. El Señor sostiene a todos los que caen y levanta a todos los oprimidos, déjate caer desde lo alto que aquellos que han lamido el polvo se levantarán desde las ruinas para gobernar sus propios cielos.

En esa ocasión, el hombre fue llevado junto a ellos… Sus palabras lo engañaron malinterpretando todo asunto y se cubrió con las sombras de sus perversidades. Luego se escuchó decir en su aflicción:

—Soy un ente que deambula sobre el infinito de la nada, no soy de aquí. Yo soy del limbo. Puedo morir, mas no lo siento, porque el que muere tuvo vida, pero yo soy un no nacido, sin sangre por las venas, sin cuerpo y sin espíritu; una milésima de segundo en la eternidad, un recuerdo infructuoso de lo atemporal en las memorias perdidas. Soy el vacío, vacío como el átomo, sin materia entre sus órbitas y también sin energía. La vida es muy absurda desde aquí. Soy insensible. Ni siquiera lo que digo sufrirá de algún sentido. Mis palabras son inexistentes, si acaso existirá el sonido, pero no hay significado para mí.

No obstante, tú, ¡oh, buen poeta! Descendiste para salvarlo de la simpleza en la que se vio sumido. Te humillaste hasta lo sumo con el fango de su ropa y le brindaste historias nuevas. Tu luz pudo traspasar la profundidad de los océanos hasta llegar a él, para sacarlo de la ruina.

Ahora estás allí, en su celda. Te hicieron responsable de su error, mientras los demonios llegan… Ellos siguen festejando. ¡Ah! ¡Quién pudiera ser tan fuerte! Tu amor se ha manifestado como ningún amor en esta era. Eleva tu voz, dulce poeta. Enséñame por tu bondad a dar misericordia y a seguir iluminando en las tinieblas, para proclamar el arte de los dones celestes. Enséñame una y otra vez… y mil veces estaré, si quieres.

Los demonios siguen celebrando. Todos ellos se congregan para atormentar al justo. Nos persiguen como a la madre que voló al desierto y se hacen dueños de la justicia eterna.

—¡Alegraos, siervos todos! —habla uno con engaño—, ya llegué con muchas ansias. Los que buscan la belleza, yo soy madre de Cleopatra, soy mejor que cualquier Venus y de Helena soy canción. Desde antaño a mis antojos se ha rendido todo hombre, porque soy la seducción que se levanta abiertamente para dominar al mundo. ¡Tiempo es ya de que agradezcan!, que no rindan pleitesía a aquellos dioses que han formado con su sangre la justicia. Si es que existe la justicia, ni el supremo la practica… A nosotros, creadores de los males que también son necesarios, nos olvidan sin piedad. Puede parecer injusto, mas no existe su verdad. ¡La justicia es solo nuestra, que ni Dios venga a juzgarla!

Mientras tanto, el mayor de ellos se levanta desde el cieno eterno, y los recibe con palabras fraternales por su misma perdición:

—¡Bienvenidos! ¡Bienvenidos! ¡Bienvenidos sean todos! Recordamos las historias de un pasado oscuro… ¡He ahí!, un buen señor, tan déspota y despiadado como siempre; cruel atormentador de las almas que sienten y respiran, esas almas que, por ello, también crean. ¡¿Qué condena es la que sufren?! Un amor entre las sombras o las sombras del amor. El demonio busca el cuerpo y solo en cuerpo se transforma mientras reine la materia; pues allí encontramos paz ante la ausencia del Señor. Y es ahora, hijos míos, que el buen Dios nos ha premiado, pueden descansar un poco. ¡Ese hombre es muy valioso!, ¡miren bien cómo tenerlo porque nunca sienta paz!

Así comienza tu martirio… Como quien diera su vida por un ideal, soportas el peso del mundo y sigues conservando la calma. ¡Cuántos vesen levantados contra ti! No reconocen el don que se te ha sido dado y quieren llenarte de terror. ¿Te podrán amedrantar alguna vez? ¡Ah! Dulce fulgor de los caídos que han de resurgir de las cenizas con la potencia del origen de las cosas. Se alzan en tu espalda las alas de la genialidad porque fuiste llamado para ser creador en los mortales, pero pocos reconocen. ¿Cuántos han creído a tus anuncios? Yo lo he comprendido desde aquella vez primera cuando conocí tu rostro. Juntos hemos sufrido, pero juntos también gozamos. Y aquí, desde esta celda sombría y estrecha, nadie puede aprisionar tu libertad. La faz de los cielos se abre y los demonios se espantan cuando escuchan la voz del que les dio una vez la vida. Como tú, él también fue traicionado. Se separaron de su esencia por la ambición de cosas vanas y se encontraron con sus propias cadenas, condenándose a sí mismos y echando la culpa al conocimiento. Ahora solo buscan corromper la historia y engañar a otros: ya los llaman «sus testigos». Los he visto como se pasean por las noches, revestidos de oscuridad y sin vergüenza. Su habitación es una cueva cimentada en los parajes de amargura, construida con envidias y rencor. En lo profundo de sus perversiones se camuflan porque no les interesa que los vean. Aun así, ellos se acercan al que escucha. ¡Son absurdos! Sin embargo, los he visto —no pretendan que les crea si reflejan falsedad—. Los he visto destruyendo muchas vidas, arruinando cada cosa que refriegan y por eso los descubro.

Se levantan en tu contra sin que les des una razón. Los inconformes necesitan enemigos, pero en ti la paz se anuncia. No podrías declararles una guerra. Tú no tienes enemigos. Ellos luchan con su propia esencia repleta de raíces de amargura. ¿Ya reclaman los demonios una batalla contra el cielo? ¿Quieren ser los redentores de su propia rebelión? ¡Ah! Si supieran… Del cielo no desciende fuego con el fin de consumirlos, no se siente amenazado el don supremo. Si buscaran redención la encontrarían. Pero ellos se destruyen con sus propios elementos y se hunden en el infierno de sus propias raíces. Mientras tú, ¡oh, fiel poeta!, solo puedes ver la luz que ha sido parte de tu esencia… Ellos fueron carcomidos por su propia malicia, y las palabras inocentes pueden ser algún motivo para compartir su repulsión. Sin embargo, tu silueta solo ha sido espectadora en esta épica batalla de lo malo contra el mal.

Eleva, pues, tu dulce voz, oh, buen poeta. ¡Pronto estaré listo para declamar tu historia!

Una vez te conocí. Pero dos veces he creído… ¡Que el ejército a caballos se presente!, la blancura es muy perfecta y en sus alas estará. Cabalgando por su esencia nos ha dado un nuevo nombre con la espada que forjaba, grata plenitud de gloria. Muchos más lo han recibido, otros tantos como yo; sin hablarme son testigos por un número compuesto divisible por el siete, que es primero a los demás. ¡Hoy resurge nueva ciencia que descubre el paso al cielo!

GRACIA Y LEY

¡Y tú!, ¡arte celeste!, ¡canta! Tras el anterior exordio pronuncio a ti mis palabras, para culminar la introducción de las alegorías del poeta, recurro a tu conocimiento con el fin de dar la iniciación al verso. ¿Quién se atreve a limitar tus pinceladas de fuego en vanos conceptos retóricos? ¿Quiénes son aquellos que se creen dueños de la historia inmortal y etérea? Pensarán que sus razones son dispuestas por los dioses para dejarnos en el sitio en donde miden su desprecio. Mas no pueden definir entre sus ojos el asilo de los valientes. ¡No han comido nuestras luchas ni sufrido nuestras ropas! Empieza a fluir desde la inmaterialidad la melodía de los hijos del supremo. ¡Canta, arte celeste, canta! Que si aquellos no te entienden, engendrados en la posteridad se encuentran las multitudes de los sabios que han de interpretar tus notas.

Allí estaba el gran dragón que quiso destruirte en tu primer momento, su veneno se derramó como el mar furioso sobre una débil barquilla para silenciar el arte. Quiso arrastrar con su cola las estrellas del cielo y establecer su reino sobre siete colinas. Nadie podía acercarse a su imperio y tuviste que escapar para salvarte de su horror. Dominó todo el orbe. ¿Quién podía detenerlo? Todavía no era el tiempo de acabarlo en su miseria y no estuviste para ver la destrucción que traería.

—¡Soy el dios que los gobierna! —declaró salvajemente—. ¡Abran paso a la gran época que hemos ansiado! ¡Rindan gloria! ¡Rindan honra! ¡Obedezcan desde hoy! Crearemos nuevas razas para la inmortalidad.

Cual tirano estableció sus crueles reglas, humillando a todo aquel que lo enfrentaba. ¡Ah! Tiempo terrible e insano. Los demonios reinaban sobre todo, como quieren hacerlo ahora, pero con más libertad para forjar su cruel engaño. Propiciadores del terror y la desgracia. Represores de los sueños que a los pobres han sumido en la miseria y han dejado reposando en el olvido, donde hasta ahora se camuflan como quien quiere salvarlos.

Solo el hombre atormentado se escuchó gritar con fuerza:

—¡Aléjense de mí que yo estoy cuerdo! ¡Déjenme morir en paz! No hay sudor, ya no hay sudor. ¡Aléjense de mi cabeza! ¡Se lo ruego! Si me diesen a elegir, elegiría aquella planta que se siembra en el cerebro con un plato de pólvora; sin sentir que mis entrañas se deshagan en el fondo y sin mirar que mis adentros se derramen como vómitos de sangre.

»¡Apártense de mi cabeza y de mis ojos! ¿No son estas voces los gusanos de mi conciencia?, ¿no son estas luces los delirios de mi recogimiento?

Mientras este moría infamemente, otros proclamaban con reverencia sus palabras insensibles:

—¡Oh, mi amada! Mi columna verdadera. ¡Tú, la fiel y la real!, mi baluarte y mi sostén. ¡Sé que me escuchas!

»Add life in each day, ¡add life! And restore the art, ¡the art!

»Salve, regina, mater misericordiae. Vita, dulcedo, et spes nostra, salve. Ad te clamamus, exsules filii Terra. Ad te suspiramus, gementes et flentes in hac lacrimarum valle. Eia, ergo, advocata nostra, illos tuos misericordes oculos ad nos converte. Et Terra, benedictum fructum ventris tui nobis post hoc exilium ostende. O clemens. O pia.

»Dulce gloria de los hombres que al vivir verán la muerte para proclamar el todo.

Sin embargo, aquel dragón que había usurpado un gran lugar, en aras de mostrar misericordia para las generaciones subyugadas, le declaraba desde el fondo de su engaño un falso reposo:

—¡Siervo mío! ¡Siervo mío! ¡Cuántas lágrimas derramo por tu muerte! No me dejas más remedio que mostrar mis cataclismos. ¿Hasta aquí te ha confortado el conocimiento y el saber? Unos han perdido el sueño en esperanzas ilusorias; y otros tantos, ya corruptos, han gastado sus sentidos en acciones maliciosas de su gran curiosidad.

»No contenderá mi espíritu contigo para siempre, porque ciertamente eres de carne y tus caminos son muy cortos. Pero si postrado me adorases, te daré todos los reinos que ninguno puede darte.

Al mismo tiempo, dirigía su mirada infernal a la multitud y preguntaba:

—¿Quién podrá crear las arcas por que mueran más poetas? ¿Habrá un justo entre mis brazos que se quiera arrepentir?

—¡Alabado sea Dios! ¡Ya no hay justos en la tierra, todo hombre es pecador! —exclamaban los demonios.

¡Ah! ¡Cuántos reptiles fueron engendrados desde entonces! Ascendieron como azufre anaranjado para atormentar el sueño de los miserables. Desde los coliseos llenos de fuego hasta los templos que expedían podredumbre, sus legiones dominaban cada costa y contagiaban de terror al mundo. Todo aquel que los buscaba era marcado con sus sellos de desprecio. Condenaron a la ciencia, enmudecieron a los dioses y cortaron cada lengua de los pobres políglotas. Quemaron el conocimiento de los sabios en los grados de su infierno y torturaron la enseñanza con sus viles herramientas.

Hoy los sueños reprimidos se levantan furiosos y su sed de venganza solo quiere destruir. Sin saber que, en ese tiempo, tú no estabas gobernando. ¡Qué limitado me parece medir a todos con la misma regla! Si por sus padres los marcaron con gran violencia y amargura, alimentando sus decepciones con una prohibición impuesta, que no se augure la venganza sobre los que se conservan inocentes. Sé que pretenden promover su variedad y que protestan contra aquel estereotipo. Si quieren diversificar al mundo, nunca, ¡nunca!, lo sometan a su antojo. Los salvajes desprecian a los que no piensan como ellos, y ¿han de cubrirse ahora con el cieno que desechan? Aunque la ira los consuma porque esa falsa salvación los condenó, hoy es tiempo inalterable de volver al todo sobre las alas de la libertad.

¡Canta, arte celeste, canta! Repara el duro caos que han causado los demonios y demuestra que la voluntad que se derrama de tu boca es más humana que todas las artes. Porque luego de llegar el tiempo, tu segundo tiempo, subiste del desierto como columna de humo para iluminar el orbe nuevamente. Mientras tanto, los que te conocieron alzaron voz de júbilo en medio de esta guerra, sin guardar ningún rencor, diciendo:

—¿Y quién es esta que desciende desde el monte, encumbrada sobre las ruinas del Olimpo? Su rostro brilla como la luna y sus ojos se levantan como la aurora imponente que anuncia lontananza para nuevos mundos. ¿Habéis visto sus portentos?

»Mirad, pues, su inmensa gloria. Imponente como ejércitos en orden; como luz que ante la luna se refleja. Tan brillante para el sol que se destruye. De la mano de su siervo trajo un don… Es la espada de dos filos que a vuestro ser descubrirá sin dejar rastro de sus cortes.

No obstante, mientras la majestad se mostraba como abundantes riquezas caídas de la bóveda inmortal, las serpientes expresaban su temor y se escurrían suavemente sobre los ríos de sangre que había dejado el dragón escarlata.

—¡Regresad, regresad! —anunciaban como si fueran a retirarse—. El camino es sin final. Si morir queréis ahora, os demando que busquéis alguna forma no tan cruel.

—Nos rendimos ante las aguas profundas, preferimos morir así que ser eternas en la presencia manifestada sobre el monte.

Justo allí, en ese espacio y ese tiempo, comprendí las palabras de la tierra que dio a luz la vida con la boca de tus enseñanzas. Yo, como mujer, pude comprobar el gran dolor de aquella madre cuando vio a sus hijos encerrados bajo el poder del dragón infernal. Y por tu amor, arte celeste, fui liberada con potencia y dispuse el corazón a socorrerlos desde entonces.

Me encontraba en el espíritu, al lado de tus aposentos; en un lugar entre la cámara secreta, lleno de tronos y cristales y coronas. Y allí llegaron tus voces anunciando tiempos de gracia. Desde las estaciones de Adán, en donde el hombre fue castigado con la muerte, hasta la era del Señor, en donde el hombre fue premiado por el favor de sus dones. Escuché la historia de la madre, que después se volvería mía:

—Sublime diosa de bellezas naturales, hija sagrada del supremo, dueña y esclava de los hombres. Madre tierra y madre agua ¡Gran divinidad!… Su majestad es proclamada reina para destruir el gran imperio fabril del hombre —le decían a la madre mientras derramaba sus lágrimas por el sufrimiento de sus hijos.

Seguidamente, el demonio de la seducción y la belleza, aproximándose con lisonjas en la boca, para celebrar el odio de todos los que lo siguieron, expresaba con insensibilidad:

—He notado en tus estrellas grande frío y desalojo, tu jardín que va muriendo ¿puede abrir las muchas puertas? ¡Muestra ya tu cataclismo!… Quiero ver llegar al hombre cuando la muerte esté presente.

La vi secando sus lágrimas por la destrucción manifiesta, mientras la voz de su amado resonaba en sus adentros como estruendo de tormenta en mar furioso. «Amar es la cuestión de un simple verbo y la razón de cualquier vida —eso le decía para consolarla—. No desesperes, hija de mis entrañas, que por el amor entregado al hombre podrás ver la paz eterna y dar a luz a nuestros hijos».

—Por ahora esperaré. —Aquella madre respondía con franqueza y el demonio replicaba insatisfecho.

—¡Pero el hombre te destruye y esperar no te ha servido! El néctar de los valles pasó por su boca y sus manos palparon la suave brisa que en tiempos de guerra valor le brindaba. Hiciste a la vida inclinarse a sus gestos y todo tu tiempo, tu vida y tu muerte, quisiste entregar. Gastó tus riquezas insensiblemente con razones absurdas sin valor ni sentido, y quedaste muy sola y perdiste a tus hijos… Esperabas que los aires de su reconocimiento volvieran a ti, pero nunca pasó. No sembró nuevas plantas, no lavó tus vestidos, no limpió aquellos ríos que habías labrado, las aguas sublimes quedaron inmundas y el azul del cielo perdió su color. ¡Que los dioses se apiaden de su ingratitud!

Observaba yo a la buena mujer, como esa madre abandonada, sufriendo las consecuencias de los pecados de sus hijos, pero guardando la esperanza de que volvieran arrepentidos a su grata presencia.

—La piedad cubrirá al hombre que no sabe lo que hace —amorosamente lo decía—. A lo bueno llaman malo y a lo malo llaman bueno. En un tiempo yo peleaba con ahínco mis riquezas, no juzguen mi modo de supervivencia, algunos tenemos un refugio con tonos agresivos para conservar la paz, pero ahora es diferente, no podría permitir cambiar por muerte a escasa vida. Además, si los domina el egoísmo, ¿para qué me cuidarán cuando al final van a morir? No mediarán por mis tesoros al buscar algún planeta. Es mi deseo duplicar la gran fortuna de la tierra por que la muerte no halle espacio para que puedan vivir siempre, sin alimentos restringidos y sin lugares limitados en donde puedan disfrutar. Pero en esto…, temo que rompan cualquier ciclo y que iniciar desde el principio se proclame un imposible…

—Yo te sugiero, santa madre —exclamaba un fiel querube—, que en tus poderes naturales no intervengas en la vida de los hombres. Alguna curva no funciona cuando te pueden destruir. Transformarás la corrupción en nuevos mundos sin mortales lujuriosos, pues la codicia los gobierna, ¡tú bien sabes! Las maldades que se forman los proclaman ya sin límites. ¡No es justicia darles más!… Quien en poco no ha sabido valorar lo que es la vida, en lo mucho seguiría malgastando tu virtud. Pero aquellos que conservan tus principios tan divinos, con la muerte habrán de ver que por amor tendrán más vida… una salvación perfecta que librarálos de sus cuerpos para reinar con tu energía. Solo el sincero lo verá. Mientras los otros, inhumanos, con la moral que contradicen, han de sufrir las consecuencias; auspiciando su codicia serán reos del engaño y abortivos de la historia.

—Tan inhumano te parece que en su inconsciencia destruyan la tierra pero ¿es benigno dar la muerte al hombre justo y al infame? ¿Quieres servir un plato amargo? ¡También te vistes como ellos! —sugería aquel demonio, como si quisiera defender a los que él mismo condenó.

—Solo los justos pueden ver la vida —fueron las palabras del querube—. Mientras tanto, los malignos… se destruyen entre ellos para sufrir sus consecuencias. Y se corrompen o suicidan de mil maneras indirectas, cuando consumen sin conciencia y sin mirar hacia la fuente. Pero si destruyen al justo, el justo toma la mejor parte; porque la muerte es mecanismo de defensa como el creador lo definió.

»Tú, divina madre, eres mutable y ya lo sabes, cuando se acaben tus tesoros habrás de armarte un nuevo plan; mas si de amor ellos conocen, se librarán del conformismo para ser justos con su madre, porque el amor los hace humanos. Y cuando al fin el sol se oculte, solo quien te ame y pague el precio será muy digno de volar a tus lugares más supremos, donde por siempre gustarán de la inefable luz del todo. Es el preciso galardón que los mortales se merecen.

»Ya no restaures tu jardín para que busquen al amor, si así prefieren, y verás metamorfosis en tu vientre cuando acaben los milenios… Será una raza superior por tu estructura más perfecta, donde los nobles se verán recompensados.

»La vida que les diste no es escasa, como ciencia evolutiva se aprovecha de la muerte. Cuando se destruye un mundo surge otro más complejo… Mira el lado bueno del apocalipsis.

De repente, desde lejos, vi que se acercaba un hombre vestido de angustia ante la puerta celestial. Parecía demacrado y sus llagas manifestaban el tormento que le causaban los demonios. Al llegar, dobló sus rodillas buscando la misericordia de su madre, mientras expresaba sus palabras con el corazón contrito y humillado:

—¡He pecado, madre mía! —Se notaba gran dolor en sus adentros—. Junto a mí, todos tus hijos. Tal vez fue nuestra ambición o nuestra vil necesidad, para no llamarlo vicio, pero todos cometimos un pecado de muerte, más que la fornicación o que la horrenda hechicería. Por sentirnos satisfechos destruimos cada templo y profanamos tus vestidos. ¡Desde siempre hemos pecado! Madre de la vida y de los mares, de la naturaleza y de los hombres. Santa madre, madre tierra, ruega ahora por nosotros que nos consume la desgracia y que se acerca nuestra muerte. Dios te salve y Dios nos salve, que se apiade de nosotros por no ser tan cuidadosos, desde el día en que nos dio todas las cosas sujetando a nuestro antojo tus tesoros terrenales.

—¡Dejen entrar a mis hijos! —expresó la madre con una sonrisa rebosante, manifestando el amor de quien la hizo luz en el principio—. ¡Abran la puerta y purguen ahora su espíritu inmundo, traigan las aguas que tienen salud! Sanen las almas que en duelo desean mi gran libertad. Limpien sus ropas y enséñenles pronto a sembrar nuevas plantas.

—¡Por supuesto, santa madre, por supuesto que lo haremos! —exclamaron cada una de tus voces, arte celeste, sirviendo el banquete del perdón, mientras yo miraba al hijo pródigo.

Los ángeles ponían su anillo y le cocían legumbres. Pude comprender, entonces, que aunque el dragón había transformado a los hijos de mi madre, jamás serían mis enemigos mientras tuvieran esperanza. Volvía mi mirada hacia los ángeles que se encontraban realizando la catarsis, en una dulce melodía, y escuchaba la canción de su limpieza que cantaban a buen ritmo:

—Es la confesión, es la confesión. Escribamos todo por mostrar su corazón. Es la confesión, es la confesión, su lengua es oscura, su mirada es codiciosa, su sonrisa es de tristeza, su pecado es abundante, sus razones no lo son. Es la confesión, es la confesión. Es un hombre arrepentido que le estorba la conciencia que al principio lo encerró, una historia más del mundo, un ladrón en su pecado…, un cazado y cazador.

No obstante, los demonios también se presentaron para buscar a sus esclavos. Y queriendo corromper el pensamiento de los hijos de la madre, por formar de nuevo al hombre, mencionaron con engaño sus palabras infecciosas… La envidia destilaba de sus labios:

—Cuando alguien fue a comprar algún cadáver por leer, asesinaron a un buen árbol para seguir escribiendo —su dicción se confundía con veneno y sus deseos con resentimiento—… ¿Y qué hacen? Tienen sucias las manos con la sangre de la tierra. Sin embargo, la defienden, siendo ellos los culpables. Para no sentir vergüenza van soltando cada pena en las deidades de los cielos o en potencias que gobiernan: «¡Ah, dolor! Que los ricos hoy destruyen a los pobres». Y los pobres siendo mayoría no hacen nada en su defensa, porque piensan que hay más grandes inquietudes… se destruyen a sí mismos y a los hijos que vendrán.

»¡¿Quién los puede perdonar si se les muere la conciencia?! ¡Dejen que sus libros se consuman por efecto invernadero! El sistema ya no es eco.

Nuevamente miré al hombre, por la manifestación. Era su semblante diferente y estaba vestido de libertad. Con vergüenza y valentía recordaba sus estados anteriores, entre tanto aparentaba calma y elevaba en testimonio la palabra de su voz:

—Si yo estuviera en esos días, dominado por las cosas, escuchando la armonía musical de mariposas en su vuelo y muy rendido ante el deseo, sin vivir de cada acorde, sucumbiendo ya estaría por la fuerza de la tierra… Pero ahora no me importa que la muerte me sorprenda, solo quiero celebrar por cada nota, componer esas canciones que descubren equilibrio, porque ya sé construir. La mentira que he traído por mi boca he de entregársela cautiva, entre muchos más secretos, con el fin de acrisolarme la conciencia. ¡Ruego entonces se me preste algún lugar en este asilo! Si la noche se vislumbra cuando el hombre ya se duele, una vez que llegue el día gozaré la libertad. Entre risas y silencios que presumen los mortales cantaremos nuevos aires que desplieguen nuestra fe… y veremos resurgir a nuestra madre con gran fuerza, para celebrar la vida en cumplimiento de su fin.

—Yo podría conservarte los secretos —expresó un demonio al escucharlo—. Siempre espero a que los hombres los descubran y por ellos me alimento; solo así pueden ser libres, a través de su dolor.

Mientras tanto, reclamaba insatisfecho aquel demonio seductor, pretendiendo que el perdón no hacía parte de las dádivas celestes:

—¿Quieren ver llegar al hombre? ¿Ya cambiaron nuestra ley? Con amor es imposible, ámenlo y los odiarán. Ellos solamente buscan el deseo incomprensible que no pueden alcanzar en los que saben seducir. ¿Sufrirán las consecuencias de algún hombre destructor, o dejarán abrir las puertas del imperio de la muerte para ver amor con miedo como se hace con los niños? Es mejor la seducción para atraparlos a un antojo; y en su vida, si es perpetua, prolongarles la condena. Yo podría reducirlos a la gracia de admirar mientras me añoran con gran fuerza, hay bastantes panteístas que escogieron mi jardín mucho antes que a su propia vida… Quizá quieran reencarnar para seguirlos cautivando, sin ofrecerles nada más. De reencarnar ya viven harto y sin descanso. Jamás recuerdan lo que aprenden por su falta de memoria y consideran que ante aquello que por siempre han olvidado pueden construirse los perfectos, ¿quién termina un edificio si padece de ese alzhéimer? La peor patología existencial… Inteligentes sin memoria que se van desaprendiendo, que invalidan la conciencia si se mueren con sus culpas, que se hunden en sus bucles infinitos sin saber en dónde están. Sus virtudes nunca han sido tan innatas, hacen parte de otra fuente, pero el egocentrismo no la ve. Además, sin ser injustos, todo mundo acabará y no habrá más ciclos para aquellos que comienzan. Los seres que por siempre se han devuelto sabrán que no han logrado el todo, ¿con qué fin reencarnarán los que al instante ven la muerte?, ¿se extraviaron del lugar? ¡Ah! Vivir entre lo eterno sin haber llegado al cielo, vano es… Asimismo es conformista; no saber graduar lo poco, por esperar más ocasiones de encontrar la perfección.

»¡Este hombre que ha pecado en su pecado morirá! Es injusto que le ofrezcan indulgencia.

¡Canta, arte celeste, canta! Que has subido del desierto y has bajado desde el monte para darles alimento a los caídos. En virtud de los hombres desgraciados, los que en su imaginación encantan los caminos. A merced del sufrimiento que consagran, ¡que en la historia se derramen como el verso! A los hombres que en su gloria se distraen y que sabiamente creen en la nada, hoy proclamas la canción de los que aman… Los que lloran no sabrán sin ojos hondos. Es la vida aquella imagen que los llena dentro de ese laberinto donde creen que existen, pero el todo claramente sobrepasa la inmortalidad de tu presencia… ¡Ya verán que en los pequeños cantarás tu gloria!

Cuando pude despertar de aquella manifestación gloriosa, en los brazos de los versos inmortales; supe del peso que cargaba por todas las naciones. Yo, como mujer, pude comprobar el gran dolor de aquella madre cuando vio a sus hijos encerrados bajo el poder del dragón infernal. Y ahora, como hombre, puedo ver al fiel testigo que valientemente arriesga su vida por buscar la libertad de los que duermen subyugados. ¡Canta, arte celeste, canta! La historia del poeta ya se mira comenzar a luz del verso.

Las sábanas del cielo se extendieron libremente y cubrieron con asombro los cimientos de la tierra. Las luciérnagas volaban en aquella noche oscura y adornaban la expansión del universo formado. De repente, cual corrientes de las aguas y relámpagos y truenos, los sonidos fueron hechos de la gloria del que hablaba y, a su hermoso y fiel deseo, un misterio declaró: la elección que había guardado desde antes de los tiempos para construir la historia con sus pasos invencibles y entregarles su motivo, ¡el precioso y gran motivo!, por el cual los preparó… ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian las proezas de las artes! Los celestes que, sin miedo, cual guerreros se levantan derramando sacrificios para restaurar al mundo; irrumpiendo ante el cautivo por su sed de libertad, sin temor ante el peligro de la noche que se impone con la lucha entre sus brazos, sin temor del cruel demonio, que, con todas sus cadenas, solo busca condenar a los que miran más allá del horizonte.

TRES TESTIGOS

¡Canta, arte celeste, canta! Deja resurgir la luz desde las sombras profundas. Enardece tu camino para reclamar el mundo. Que conozcan tu misión con algún nombre inconfundible y si de anónimos se trata, dales un título a las estrellas muertas. Yo te vi desde aquel día y hasta ahora me has alimentado con tu sensibilidad. Mi cuerpo fue tejido por el dulce sabor de tu boca y mi madre me dio a beber del néctar de tus raíces. Pero duro ha sido tu paso por la finitud humana y tus momentos, del primero hasta el segundo, se han manchado con el aroma de los que buscan estropear la libertad suprema… Los demonios siguen bailando y el dragón no cesa de matar.

Justo allí, en ese día, cuando decidiste vestirte de gloria para regresar a esta morada, aunque llegaste con poder para quedarte, muchos más se levantaron en tu contra sin ninguna causa digna. Tres han sido mis amores y tres han sido tus testigos. Todos ellos pudieron sufrir dolores de parto debido a la desobediencia de Adán y a causa del placer de aquel maligno. Recordemos al primero, lleno de colores y de poesía viva, como quien miraba la excelsitud de lo inalcanzable fue cubierto de diversos sentimientos que pintaron su existencia para la posteridad. Muchas estrellas escribieron su nombre. Sin embargo, entre las cosas prohibidas por su época se paseaba como el amor de los amantes que ponen en sus ojos la vida sobre el delgado hilo de la muerte. Allí estableció un origen lleno de ensueños y esperanzas que posteriormente se volvería universal para los mismos sentimientos que traen consigo pena y alegría. Como aquel poeta salido de su tierra, sin lugar adonde ir, decidió acercarse a los que lo recibieron, tras un largo recorrido labrado en incertidumbre. Al principio fueron pocos. Sin embargo, con los que lo aceptaron pudo construir el imperio del arte celeste que dio paso al segundo de tus testigos. Ahora recordemos al segundo, de este hay mucho más que hablar…

Vi descender desde la eternidad la fuerza que rodea la tierra, hizo inclinar su ángulo de forma tal que el sol no pudo ocultarse. Una columna de nubes definía la tranquilidad del orbe mientras que el segundo amor llegó rugiendo a voz potente… Siete truenos emitieron sus voces:

—¡No esperéis el intelecto de los grandes ni desgracias muy profundas por su gloria! ¡Sed vosotros y sed libres! Si la esclavitud de vuestra morada no disfruta en este lago un alimento para todas sus palabras, jamás morirán de hambre… pero sí lo haréis vosotros esperando referencias para proclamar las cosas que son vuestras solamente. ¿Qué sentido hay en luchar por el consentimiento insano? Si vuestro objeto no es universal y a muy pocos les importa, ¡vivid tan solo por la idea! Ya vertieron mucha sangre que no goza buen sentido. ¿Encerrarán entre sus sectas la verdad, o dejarán que el tiempo elija a los mejores?

Sus palabras hicieron eco en las historias de los valientes y lograron fortalecer el imperio ya formado. Desde los cuatro ángulos de la tierra salió su voz y hasta el extremo del mundo sus portentos. Allí nació la primavera, justo después surgieron el verano, el otoño y el invierno, como fragmentos filosóficos de los multitudinarios versos que se dignifican por ser leídos en cada uno de sus pasos.

¡Ah! ¡Gratos recuerdos vienen a mi mente! Los tiempos del universo inquieto se despliegan, y brilla para siempre la historia antigua. El gran amor de mi principio corre por los pastizales que trajeron libertad y mi pasado nace como estrellas blancas en la eternidad celeste. ¡Te recuerdo, fiel testigo! Nos encontraremos en el próximo milenio, a través de la promesa. Ya no es tiempo de sellar el libro. Los entendidos resplandecerán como la luz del mediodía, a perpetua eternidad y por sus frentes una piedra blanca será puesta para que el nombre de su gloria siga en alto.

Empero, los demonios nunca terminaron de bailar. Como perros rabiosos contagiaban a todo aquel que se acercaba a su pocilga.

—¡Los hijos de los dioses te desprecian! —le decían al segundo—, siempre buscan castigarte por tenerte como esclavo de sus obras, pero solo disimulan. ¿De qué sirve terminar cada renglón si te abandonan para luego reclamar? ¡¿Y cuál es tu inspiración?! —le cuestionaban—… Muestra ahora tu rechazo por aquellos que sellaron tu destino, cada vez que los invocas, manifiestan su desprecio. Abandona totalmente aquellas letras. ¿Cuál será su inspiración? —No lo sabían—. ¡Solo muestra lo que vives! ¡¿Tienes que vivir por fe?!

La profundidad del camino estaba oculta ante los ojos de los simples y no era útil ofrecer explicaciones. Sin embargo, él seguía sostenido en su esperanza. Iluminado por las interpretaciones de la eternidad que reposaba en su memoria. ¿Cuántas luchas tuvo que librar entonces? Hasta el último momento, luego de llegar el invierno, fue capaz de vislumbrar el horizonte de la historia sagrada que lo elevó a los cielos.

—¡Vuela alto donde la inmortalidad se alcanza! —exclamaba un verso que dejó—. ¡Tú, completamente libre para el mundo de las ideas! Yo he podido imaginar colores nuevos en mis tonos más oscuros, pero no podrán mirarlos porque han sido solo míos. Y si buscan condenarme por pensar que no estoy cuerdo, seguiría imaginando y les daría tu consejo: «¡Oh, mortales, mentes libres! Nunca habéis dejado huella sin morir en la aventura. Si la sangre se derrama en vuestras deudas por el arte, no dudéis pagar el precio que os conviene ser eternos… ¡Por las fibras de la tierra yacerán los inmortales!».

Hoy vislumbro la grandeza en la cima de los montes, aquellos que se encuentran fieles a su Dios. Respiran llamas de fuego y dibujan carbones en el cielo reflejando gran temor a todos los presentes que, deseosos, quieren alcanzarlos. Allí vislumbro el poderío del que sueña, tan lejano e imposible como tocar la extraña aurora y esperar que el sol renazca de las ruinas, cuando muera. ¿Algún día seré grande? En verdad, ya no me inquieta. Si las cúspides del cielo han de bajar por mi sutil presencia, esperaré pacientemente hasta que el volcán se apague, para subir y disfrutarlo sin calcinar allí mi alma… Con mi segundo amor lo comprendí, pero por sus enseñanzas lo he logrado.

¡Canta, arte celeste, canta! Resulta imposible callar sobre los beneficios que dejó el ocaso. Anuncian mis palabras esas cosas que jamás se han mencionado sobre versos. El hombre fue tomado desde el cieno y sus huesos secos fueron vestidos de carne. Yacía sin esperanza en los lugares apartados, propenso a la destrucción del gran dragón y sentenciado al tormento perenne. Sin embargo, le fue dada una razón que lo sacó del polvo y lo sentó con los cantores líricos y con los declamadores de epopeyas, quienes se mostraban inalcanzables. Fue acompañado hasta obtener su triunfo por un amor incondicional, que hoy agradece desde el fondo de sus inmensidades. A pesar de las cadenas, siempre tuvo fuerzas para derrotar al mundo. ¡Ah! Tiempos aquellos de refrigerio y de sosiego. Parecía que tu reaparición, arte celeste, había cambiado el horizonte de la vida.

¿Quién se indispone ante los recuerdos de la infancia, donde los campos son verdes y las cobijas se extienden sobre sábanas blancas en la inmensidad de lo innombrable? El sol salía como si hubiese rejuvenecido por la tarde. Las costras en los ojos no eran parte de los caídos y los acompañantes de las canciones de cuna se hacían eternos. La comida no tenía ningún enemigo y el reloj no presumía de su tiempo. ¿Quién quisiera sumergirse en los momentos más antiguos? No obstante, todo cambia para reflejar el pasado sobre las columnas del porvenir, augurando días mejores. Fue allí que mi segundo amor me dio su fruto como una virgen que se entrega con gran pasión a su amado, sin importar que los segundos se consuman como paja en los incendios inalterables. Asumiendo que la eternidad reposa sobre el espacio finito que hay entre una historia y otra, que hay entre un amor y dos…, que se espera en el tercero para completar los campos.

¡Oh, profundidad de las riquezas intangibles! ¿Quién ha sido lavado con el agua pura de las fuentes sempiternas? ¿Quién ha logrado comprender los misterios de la sensibilidad? Ciertamente, cuando mi comprensión estaba escasa, la inmaterialidad se reveló a mis ojos. Lo que una vez creí sin rostro era lo que deslumbraba a los espejos. En ese tiempo, la insatisfacción buscó hendiduras en la puerta y abrió el cerrojo del ensueño, quiso hacer algún bosquejo sostenido sobre nada; arrinconó lo que palpaba y dibujó sus mil figuras que al instante hicieron gracia; pero luego desperté…, desperté en alguna tarde y aquel rostro ya era viejo y los espejos fueron rotos, mas miré la libertad suprema. Mediante su esplendor se iluminó mi semblante vacío y pude soportar de buena gana los tormentos. Porque tú, arte celeste, perfecto consolador de las almas afligidas, eres verdadera luz y fuente de claridad para disipar toda tiniebla cuando el día finaliza.

¡Ha llegado el buen momento! ¡Recordemos al tercero!

Eleva tu voz, dulce poeta. Ya estoy listo para contar las melodías de tu boca que una vez me cautivaron. Fuiste elegido por el arte celeste para declamar los misterios de la inmaterialidad y ahora que ha llegado el tiempo se dispone mi semblante a descubrir tu rostro. En los días del fin fue consumido el oratorio que escribieron los mortales como grato recuerdo; paz, amor y salvación, que en esperanza y gloria proclamaban del supremo un reino inamovible, se escuchaban en la inmensa muchedumbre que te vio nacer. Era el ejército de los cielos desplegándose sobre la tierra donde nadie conocía la confianza y la victoria. Tu libertad fue manifiesta para que los desesperanzados entraran por ella y escucharan con asombro aquella voz de júbilo, desde el mismo día de su desesperanza; grato ministerio de consuelo que a los pueblos trajo paz… ¡Ah! Una vez te conocí, pero dos veces he creído. El cosmos en su propio caos se vislumbra sobre las costas de la eternidad que se sumerge en tu mirada. Aquellos no lo entienden porque no han sabido disfrutar tus tiernos campos, sin embargo, muchos son los que te escuchan y a su voz me uno.

Cuando llegó el tercer amor, arte celeste. Que en tu segundo tiempo fue manifestado. Los demonios también se escabulleron con el miedo de celebrar la libertad suprema.

—¡Dejadnos! —Eso fue lo que expresaron—. Que el espacio malgastado se hace grande y es difícil encontrar la soledad. Luego de asustar al polvo ilustraremos nuestras dudas, mas dejadnos. No esperamos conquistar a los antiguos ni extinguir abiertamente sus respuestas al porqué. Simplemente somos entes, ¿quedará absorbida nuestra inmaterialidad cuando la luz nos alcance? Nuestro pasado sigue vivo y formó el caos al morir como esa estrella blanca. ¿Hasta cuándo reinará la muerte lenta sobre los espíritus impacientes y sobre la carne de los hombres, que se aferra con voracidad a sus huesos? ¿Hasta cuándo, oh, supremacía de la posteridad? ¡¿Nos dejarás reinar un tiempo ameno?!

Agacharon sus cabezas como sapos absurdos para no ser vistos en la multitud. Incluso, muchos parecían rendirse. El dragón se refugió en la profundidad de las cavernas como queriendo dominar la paradoja del conocimiento etéreo. Todo aparentaba calma y los soberbios se humillaban con el corazón entre los dientes. Un olor a nardo se extendía desde el centro del mundo hasta las constelaciones de Dios, mientras otros, inconformes, se asomaban simuladamente con palabras necias en sus labios:

—¡Ah, esto sí que frustra! —extendían su lamento hasta los oídos de los simples—. ¿Algún día encontraremos guerra en tanta paz? ¡¿Y por qué evolucionamos para amar?! Si aquí o allá, si aquí o allá, confundimos el cuerpo cuando hablan y nos embelesan las horas. Sentimos carcomer nuestros tuétanos como en cadena alimenticia. Nos lamentamos del amor y de la ciencia, del sentimiento y la razón, del intelecto y de los dioses. ¡Nos lamentamos fuertemente! Si no podemos controlar aquellas cosas ¡¿Por qué nos dejan verlas?!

Infelices y desdichados quisieron calmar su pena en medio de la mesa. Participaron del alimento preparado y trataron de disimular su vil rencor. No obstante, los inconformes siempre buscan enemigos y en la profundidad de sus inconformidades logran formar la guerra interna donde lo de afuera sufre las consecuencias. Allí se vieron hundidos y lo estarán hasta el final de los días, mientras tú, arte celeste, has de llevar a tu tercer testigo al cielo.

Suenan las campanas de los que esperan anunciar la gracia plena sobre la roca de su morada. Las palabras del que escribe reflejan el odio del demonio, pero no el del escritor ni el del poeta. Se manifiestan como si fueran trompetas de guerra para los libertadores, pero exclaman la canción del buen amor que es el tercero… Comenzó su transitar en cada sitio de la tierra para confirmar el orden de las cosas y cuando llegó por ese mes, que fue el primero del segundo amor, le pude ver en su apogeo para después sentir la fuerza que no se puede contener en la materia. ¡Oh! Fueron sus pasos desde aquel extremo como bálsamo derramado en la multitud, dejaron una estela de colores y regalos celestes que inundaron al mundo que me dio la vida. Ya no fueron ríos de sangre, fueron ríos que surcaron la tierra y la volvieron fértil como a la primera madre de la raza humana, esa que inundó la historia con sus cantos de cuna.

Mi corazón galopa al recordar aquel momento, cuando enfrente de mi melodía tranquilizante y de los acompañantes de la infancia tuve que cerrar los ojos por la incandescencia que mostró la gloria del tercer amor. ¡Suenan las nubes con canciones a color y se pasean de arreboles!… Entre anagramas y dislexias, donde el odren ya no ipmotra, se escuchan los fragmentos de una nueva página que ha de surgir en la habitación de los nobles como la esencia de la idea, para quien no existe el tiempo ni el espacio y aun así se manifiesta:

—¡Mentelibre gritan las alturas! Anunciarán el placer de nuevos mundos, ayer, cuando nos encontramos en los aposentos de los dioses y descubrimos el fuego sereno que nos muestra la luz mañana… Emprenderemos nuevos viajes desde hace un momento hacia el horizonte. ¡Resuenen las canciones con el séptimo sello que no ha podido cerrarse!

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190 səh. 1 illustrasiya
ISBN:
9788411144087
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Bookwire
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