Kitabı oxu: «Fascismo y franquismo»

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FASCISMO

Y

FRANQUISMO

FASCISMO

Y

FRANQUISMO

Ismael Saz Campos

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

2004


Esta publicación no puede ser reproducida, ni totalmente ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.

© Ismael Saz Campos

© De la presente edición: Publicacions de la Universitat de València, 2004

Fotografia de la cubierta: Franco y sus obispos

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publicacions@uv.es

Fotocomposición y maquetación: Addenda, 08010 Barcelona

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Impresión: GUADA Impressors, SL

ISBN: 978-84-370-9418-2

Depósito legal: V-1776-2004

A Amparo. A Víctor.

ÍNDICE

Introducción: ¿Qué hacemos con el franquismo?

Nota del autor

FASCISTAS, FASCISMOS Y FRANQUISMO

TRES ACOTACIONES A PROPÓSITO DE LOS ORÍGENES, DESARROLLO Y CRISIS DEL FASCISMO ESPAÑOL

Un precursor y un discípulo consecuente

Fascismo de «derecha», fascismo de «izquierda». La confusión de una crisis

Dos fascismos y un fracaso

JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA Y EL FASCISMO ESPAÑOL

¿RÉGIMEN AUTORITARIO O DICTADURA FASCISTA?

Sobre el concepto de fascistización

Un régimen fascistizado por excelencia: el franquismo

REPENSAR EL FASCISMO

La crisis de las grandes teorías

La renovación de los estudios: un proceso de demolición

La Alltagsgeschichte y la caída del último baluarte

Recomponiendo el puzle

EL RÉGIMEN FRANQUISTA. POLÍTICA Y SOCIEDAD

SALAMANCA, 1937: LOS FUNDAMENTOS DE UN RÉGIMEN

La configuración del bando nacionalista: fuerzas políticas

La configuración del bando nacionalista: Iglesia y Ejército

Hacia la unificación política

Un documento clarificador

Algo de tragedia y bastante de farsa: la unificación

Epílogo: los fundamentos de un régimen

EL PRIMER FRANQUISMO

«Revolución nacional», parafascismo y fascistización

Fascistización y fascismo en la II República

La guerra que «generó» el partido fascista

La guerra mundial: ascenso y caída de la Falange fascista

A modo de conclusión

ENTRE LA HOSTILIDAD Y EL CONSENTIMIENTO. VALENCIA EN LA POSGUERRA

El problema del consenso

Consenso activo y consenso pasivo

¿Represión vs. consenso?

La historia de la vida cotidiana

El proyecto Valencia

Los resultados

TRABAJADORES CORRIENTES

La entrevista

El relato

Los silencios y los tiempos

Un discurso de clase

Rojos, derrotados y humillados

Una hostilidad unánime y absoluta

¿Una hostilidad abierta? La extraña coincidencia de todas las fuentes

La construcción de una normalidad

Las dos caras de Juno: capital y paternalismo empresarial

Entre el apoliticismo y la antipolítica

El efecto Girón y el colaboracionismo

A modo de conclusión

FRANQUISMO E HISTORIA

ALGUNAS CONSIDERACIONES A PROPÓSITO DEL DEBATE SOBRE LA NATURALEZA DEL FRANQUISMO Y EL LUGAR HISTÓRICO DE LA DICTADURA

El debate sobre la naturaleza del franquismo

El lugar histórico de la dictadura

El franquismo en su siglo

LOS NACIONALISMOS FRANQUISTAS

EL PASADO QUE AÚN NO PUEDE PASAR

INTRODUCCIÓN: ¿QUÉ HACEMOS CON EL FRANQUISMO?

Una encuesta publicada por el diario El Mundo el 20 de noviembre de 2000 reflejaba que la imagen de Franco era «mala» o «muy mala» para el 38,1% de los encuestados, «regular» para el 33,1%, «buena o muy buena» para el 22,5%, mientras que un 6,2% se refugiaba en el «no sabe/no contesta». Otras encuestas nos hablan de la escasa, por no decir mala, consideración que merece en el imaginario de los españoles la experiencia de la Segunda República.1 Un libro que retoma las más rancias tesis franquistas parece hacer estragos. Y ni siquiera falta quien se permite el lujo de arremeter contra una historia «políticamente correcta», por antifranquista –supuestamente la del gremio de los historiadores.2 Parece claro que algo pasa en un país democrático que parece valorar mejor, o menos mal, una experiencia dictatorial que su más directo precedente democrático, la Segunda República; o que, peor aún, contempla impávido un auténtico proceso de demolición de la práctica totalidad de sus experiencias y actores democráticos anteriores a 1975.

Nos guste o no, parece perdurar en el imaginario de los españoles la asociación República –Guerra Civil– Franquismo como una concatenación de hechos según la cual la primera habría conducido a la segunda y ésta se habría resuelto con la imposición del tercero. Durante este último, además, se habrían producido las grandes transformaciones económicas y sociales que habrían hecho posible al fin el triunfo de la democracia en España. Por supuesto, esta cadencia de imágenes parte más o menos correctamente de la percepción de que la Segunda República fue muy conflictiva, con graves errores por parte de su izquierda –la democrática y la revolucionaria–, con procesos violentos, etc. Pero reduce la experiencia republicana a sus episodios más conflictivos y, sobre todo, obvia el contexto europeo. Esto es, que las turbulencias en la República se producían en el marco de una Europa turbulenta, en lo que se ha venido en denominar, desde perspectivas muy distintas, la guerra civil europea de los treinta o treinta y un años.3 La nota general, dominante, en este proceso es que la democracia fue sometida a un asalto formidable. En 1936 habían caído las democracias en Italia, Portugal, Polonia, Alemania, Austria, Yugoslavia, Grecia y la práctica totalidad de la Europa centro-oriental –la acechada Checoslovaquia era la excepción. En ningún sitio cayeron solas. En todos hubo errores de la izquierda y de los demócratas, crisis, turbulencias y episodios violentos. Pero en todos hubo enemigos de la democracia y ejecutores de la misma.

También en España. Aquí la República resistió tres años. Esa es la singularidad española. En esos tres años se desató una violencia inusitada en la zona republicana, el Estado se descompuso por efecto del Golpe de Estado, los conflictos y crisis entre los partidos de gobierno y en el interior de los mismos se multiplicaron, la vida cotidiana de los ciudadanos, en el frente y en la retaguardia, sufrió el impacto brutal, la democracia acusó severas distorsiones. Pero también es verdad que hubo una paulatina recomposición del Estado republicano y que ésta tuvo como uno de sus efectos más claros la drástica, casi fulminante, disminución de la violencia indiscriminada. Sobre todo, y a pesar de todo –es lamentable que todavía haya que recordarlo–, la Segunda República siguió siendo, en plena Guerra Civil, una democracia pluripartidista. Pero vencieron los otros, los que querían destruir la democracia a cualquier precio, el franquismo: éste y quienes le apoyaban fueron los ejecutores de la democracia en España.

Todo esto en el marco de una represión salvaje, iniciada con el golpe mismo y que creció exponencialmente adoptando sus perfiles más siniestros conforme se avanzaba en el proceso de construcción del nuevo Estado. Fue una represión más salvaje incluso que la fascista italiana o la nazi. Tan salvaje como para que un fascista radical como Farinacci o un genocida todavía no estrenado como tal, Himmler, quedasen sencillamente horrorizados. Conviene reiterarlo. El genocidio nazi fue inmensamente superior al franquista, aunque no lo fuera como represión por motivos políticos. Y fue posterior: a la altura de 1940 el régimen franquista poseía el récord criminal absoluto entre las dictaduras europeas de derechas. Por supuesto, la destrucción no fue solamente física. El régimen se planteó y llevó a término con una determinación inflexible la tarea de erradicar la tradición y la cultura liberales, todo rastro de los valores de la Ilustración, de la democracia, el socialismo, el comunismo o el anarquismo, toda sombra o residuo de la pluralidad nacional española. En el plano económico, se experimentó a lo largo de los años cuarenta un retroceso sin precedentes en toda la España contemporánea y en ningún otro país europeo. La involución social fue paralela.

En los años cincuenta la economía retomó una línea de crecimiento en absoluto despreciable; pero sin recuperar el terreno perdido respecto de los países de su entorno en la década precedente. Mucho mayor, casi revolucionario, fue el crecimiento económico en la década de los sesenta y primer tercio de los setenta. Ahora sí, se recuperaron distancias a un ritmo acelerado, pero para dejarlas más o menos donde estaban en 1935-36, después de varias décadas –las primeras del siglo XX– de lenta pero sostenida dinámica de convergencia con otras sociedades europeas. Y sin embargo, esto es lo que se recuerda como el «milagro español». El «lado bueno» del franquismo, lo que éste tuvo de «positivo».

Socialmente, los cambios fueron en la misma dirección. El proceso de urbanización fue extraordinario, la industria y los servicios experimentaron cambios estructurales, crecieron unas clases medias más numerosas y formadas, así como una «nueva clase obrera», también más numerosa y cualificada. Una vez más, conviene recordar, sin embargo, que todas esas transformaciones tienen un directo precedente en términos relativos en las experimentadas en el primer tercio del siglo XX y que, por lo tanto, tenían bastante de recuperación de un proceso, de una línea, que el propio franquismo se había ocupado de quebrar.

Algo similar puede decirse desde el punto de vista de la Administración del Estado. Tomada como botín por los vencedores, destruida de raíz su vieja pluralidad, tras décadas de ruptura, enchufismo y corrupción la Administración empezó a racionalizarse, a mejorar, a ser más operativa, aunque no menos corrupta. Muchos de los nuevos funcionarios que trabajaban para ella pudieron verse como servidores del Estado y no del régimen franquista. Los tecnócratas del Opus Dei se atribuyeron el mérito; y así les ha sido reconocido posteriormente. Sin embargo –hay que recordarlo de nuevo– la distinción entre Estado y régimen no era nueva en España. Funcionarios y burócratas de derechas, centro o izquierdas los había habido en la España de la Restauración y en la Segunda República. También aquí se recuperaba por tanto, aunque de forma muy limitada, un proceso que el régimen había quebrado brutalmente. Poner todo esto en el haber de los tecnócratas y proyectarlo, además, hacia el futuro de la transición y la democracia no deja de constituir una ironía. Aunque sólo sea porque estos eran reaccionarios políticos e integristas religiosos. Y porque su proyecto no difería en lo sustancial del de sus más directos antecesores, los reaccionarios de Acción Española de los años treinta: una sociedad sin política, un país económicamente modernizado, un régimen institucionalizado como Monarquía y opuesto por definición a la democracia liberal.

Que haya que recordar todo esto es casi sangrante. Es revelador, como apuntaba, de que algo pasa en este país. En su cultura política, en el trabajo de los partidos políticos democráticos, en muchos más ámbitos. También seguramente en el historiográfico. O al menos, esto deberíamos preguntarnos los historiadores. Es decir, si hemos sido capaces de transmitir a la sociedad el resultado de nuestras investigaciones. Si hemos sabido conectar con sus inquietudes. O si por el contrario, nos hemos mirado en exceso el ombligo. Y todo esto tiene mucho que ver, especialmente, con lo relativo al franquismo.

Nos hemos enredado con frecuencia, en efecto, en nuestras querellas historiográficas. Una de ellas ha sido precisamente la relativa a la normalidad o no de la historia de la España contemporánea en relación con la trayectoria histórica de otras sociedades europeas. Entiendo que estos debates eran –son– necesarios y han sido con frecuencia fecundos. De ellos se ocupan varios capítulos de este libro. Sostengo ahí, sustancialmente, que, para lo bueno y para lo malo, nuestra historia contemporánea es a la vez tan normal como cualquier otra y tan peculiar como cualquier otra. Hasta el punto de que incluso cuando se defiende la existencia de una peculiaridad española, por supuesto negativa, se hace utilizando argumentos similares a los que han utilizado con el mismo objetivo negativo las distintas historiografías. En este sentido podríamos decir que somos más normales de lo que a menudo pensamos. También en el plano historiográfico. Los historiadores españoles, en efecto, nos planteamos los mismos problemas, las mismas preguntas que nuestros colegas de allende los Pirineos. Estamos por completo al tanto de las grandes líneas de renovación historiográfica. Estudiamos los aspectos traumáticos de nuestro pasado de modo similar a como lo hacen franceses, italianos o alemanes.

Entiendo sin embargo que, con frecuencia, este tipo de debates suelen enmascarar problemas del presente –de nuestros sucesivos presentes-remitiéndolos a supuestas taras del pasado. O, dicho de otro modo, que lo que puede haber de singular y problemático en dichos presentes se remite a las tinieblas del pasado para desdibujarse en ellas. Es lo que sucedía con la II República, cuyos problemas tendían a remitirse a los fracasos del siglo XIX, o con la tendencia a achacar los eventuales problemas de nuestra democracia a las debilidades y concesiones de la transición. Creo que es lo que ha venido sucediendo también desde hace mucho tiempo y sigue aún sucediendo con el franquismo y su lugar histórico. Hasta el extremo de que la peor experiencia de la historia contemporánea de España ha podido quedar diluida, y hasta brillar, contra el trasfondo de una irreconocible contemporaneidad española hecha de una no menos inverosímil cadena de peculiaridades, atrasos y fracasos.

Algo similar puede decirse, en mi opinión, respecto del problema actual, presente, de las relaciones entre la historiografía y la cultura política de los españoles. Es posible, en efecto, que hayamos tomado como un dato de hecho algo que estaba lejos de serlo: la existencia de una cultura democrática que en tanto que tal no podía no ser antifranquista. Sin embargo, la actual democracia española no tiene como referente legitimador el antifranquismo, como en cambio lo tienen –o tenían– las democracias italiana, alemana o francesa en el antifascismo. Sobre esta base, o desde este contexto, las historiografías de los mencionados países han desarrollado su labor, superado paulatinamente sus complejos y abordado progresivamente cuantos aspectos o procesos de sus historias respectivas merecían la atención de la crítica historiográfica.

También nosotros lo hemos hecho. Es verdad que no han faltado ejemplos de lo que podría llamarse una historiografía resistencial y simplificadora. Pero la nota dominante ha sido seguramente la contraria. Lo hemos hecho, podría decirse, cada vez mejor: ninguna benevolencia acrítica ha presidido los enfoques de nuestra historiografía acerca de los movimientos políticos y sociales de izquierda de los últimos cien años; nada se ha obviado en el análisis de la experiencia republicana; las debilidades y carencias del socialismo español desde Pablo Iglesias a la actualidad han sido estudiadas y desmenuzadas sin compasión; lo mismo ha sucedido con nuestros republicanos; del que fue el partido de referencia de la resistencia antifranquista –el comunista– disponemos de todo menos de una historiografía complaciente. Para nada se han ocultado los cambios y transformaciones de la sociedad española a lo largo de los cuarenta años de franquismo. Nada nos ha frenado a la hora de someter a la discusión más feroz los grandes o menos grandes mitos de la historiografía democrática, radical o marxista.

Así ha procedido a grandes rasgos nuestra historiografía y, podíamos añadir, así es como debía proceder y debe seguir haciéndolo. Con todo esto, sin embargo, parecemos haber olvidado que una tarea crítica y de demolición de viejos mitos historiográficos debe ir acompañada de otra de creación, de reconstrucción, de elaboración de nuevas propuestas interpretativas de conjunto que intenten trazar un mapa en el que el lector no profesional pueda situar las nuevas adquisiciones, los nuevos logros historiográficos. Y es aquí donde la especificidad española se hace presente. Ese marco o contexto general que era en otros países el referente legitimador del antifascismo no lo ha sido en España el antifranquismo; y por esta razón, en España, hemos operado sobre un marco de referencia inexistente –como cultura política generalizada– sin acertar a construir otro.

A esto debe añadirse que los últimos años han conocido en la historiografía europea una auténtica espiral revisionista que debe identificarse claramente como conservadora o, por utilizar el término que va imponiéndose, neoconservadora. En Italia han sido el antifascismo y la memoria de la Resistencia los que se han situado en el punto de mira.4 Desde Alemania, Ernst Nolte lanzaba una andanada revisionista que no excluía una cierta comprensión de algunos aspectos de la Alemania nazi.5 En Francia era François Furet el que ponía en cuestión los referentes históricos del antifascismo europeo, presentándolo como una especie de compañero de viaje del comunismo.6 Ahora bien, eran desafíos respecto a una cultura política hegemónica, la del antifascismo, y a unas historiografías que habían operado siempre sobre la base de ese trasfondo cultural. Por eso, han encontrado en dichas historiografías las oportunas resistencias o han podido servir, como reto, para una renovación que, sin romper el marco original, ha contribuido a limpiarlo de algunos de sus aspectos míticos o menos críticamente percibidos. Para devolver, en suma, a la historia la complejidad que le es inherente sin dejarse ganar por simplificaciones alternativas, y peores.7

Es precisamente la inexistencia de este marco lo que hace a la historiografía española, y especialmente a su proyección sobre la ciudadanía, más vulnerable. El asalto revisionista en España, al que no le faltan apoyos mediáticos e institucionales, no es a una cultura hegemónica antifranquista, sino a una cultura democrática escasamente fundamentada desde el punto de vista histórico y que nunca ha tenido en el antifranquismo su mito fundacional y legitimador. Por si fuera poco, este asalto revisionista coincide en España con una cierta tendencia a la reivindicación, pretendidamente neutra y objetiva, aunque en realidad, esta sí, acrítica y benovelente, de la derecha histórica española, de sus personajes, de sus actores sociales, políticos y culturales, y en la que el franquismo aparece como un extraño y molesto paréntesis a obviar. La paradoja que se dibuja así es particularmente llamativa: la derecha historiográfica reivindica a la derecha histórica y con ella toda una historia de España de la que, eso sí, es convenientemente expelida la izquierda; la izquierda historiográfica reacciona en cambio arremetiendo contra toda la historia de España; esa historia hecha de carencias y fracasos. Un regalo extraordinario que, por supuesto, la primera nunca agradecerá.

Es evidente que todo esto plantea un reto que, en lo que atañe a los historiadores, no podemos dejar de asumir. Debemos ser conscientes del problema, plantearnos la necesidad de proceder en esa tarea de recomposición o reconstrucción a la que aludía antes. Paradójica y afortunadamente, es la misma sociedad, sectores cada vez más amplios de la misma los que están reclamando este esfuerzo a través de esa extraordinaria demanda social de memoria que caracteriza nuestro tiempo presente.8 Tal vez en esta exigencia esté implícita la idea de que algo ha fallado en el proceso de construcción social de la memoria, de que de algún modo no hemos sido capaces de transmitir a la sociedad una visión de conjunto de la historia de España y de la historia de la España franquista.

Todo esto no quiere decir, naturalmente, que nuestra historiografía deba lanzarse a alguna suerte de antifranquismo retrospectivo, abandonar o distorsionar la agenda de las investigaciones que le es propia o limitar estas últimas para evitar su utilización por falsificadores interesados. Tampoco es cuestión de ignorar o rechazar frontalmente todo lo que nos puede llegar de la historiografía revisionista italiana, francesa o alemana: es mucho lo que hay que aprender de estos historiadores. Pero no se puede tampoco importar acríticamente y en bloque, e ignorar que ninguna innovación es neutra, que todas ellas se sitúan en unos contextos culturales y políticos específicos. Se trata por tanto de asumir críticamente las mejores innovaciones pero sin olvidar que eso mismo exige abordar con mayor intensidad y rigor otros retos que también son propios del oficio de historiador, como son el de proporcionar a la sociedad marcos interpretativos globales y análisis de conjunto de los grandes procesos históricos. Unos retos que, en la medida en que se hacen más apremiantes por todo lo que llevamos dicho, podían ser como un aldabonazo sobre lo que de ensimismamiento complaciente puede haber en nuestra historiografía.

El volumen que aquí se presenta no pretende resolver estos problemas. Su objetivo es más modesto: se trata de una sencilla recopilación de trabajos del autor, algunos de ellos difíciles de localizar, sobre fascismo y franquismo ordenados cronológicamente por fecha de aparición. En la medida, sin embargo, en que intenta recomponer una trayectoria investigadora e historiográfica sobre temas bien definidos, obedece a una lógica que marca perceptiblemente la evolución en el tratamiento de determinados problemas en relación con los sucesivos contextos historiográficos. Por esta razón tiene una función reflexiva relativa a la trayectoria del propio autor, pero que puede entenderse también como una contribución a esa reflexión general sobre nuestras prácticas historiográficas que se demandaba más arriba.

La propia división del volumen en tres partes apunta en la dirección mencionada. La primera de ellas despliega, por así decirlo, el abanico de las cuestiones fundamentales. Aborda en el primer capítulo el problema de los orígenes del fascismo español, su pluralidad y relaciones con la cultura española del primer tercio del siglo, su fracaso final durante la Segunda República. El segundo capítulo –único que altera el orden cronológico– se ocupa de la figura más prominente del fascismo español, mostrando la evolución –de fascistizado a fascista– de ese mito en que se convertiría la figura de un José Antonio que terminaría por volver en los últimos días de su vida a las posiciones más reaccionarias. El tercer capítulo trata ya del régimen franquista desde una perspectiva crítica respecto de las interpretaciones del franquismo como régimen autoritario o dictadura fascista para plantear por primera vez de forma explícita su caracterización como régimen fascistizado. El cuarto capítulo, relativo a la historiografía sobre el fascismo, constituye al mismo tiempo un punto de llegada y un punto de partida. En él se hacen explícitos muchos de los conocimientos que habían orientado algunas de las investigaciones anteriores, pero también se procede a una sistematización de los mismos al incorporar las grandes líneas de renovación historiográfica y señalar, más implícita que explícitamente, líneas de investigación futuras. Por estas razones, creo que sigue constituyendo un estado de la cuestión sobre el fascismo que hace perfectamente inteligibles las últimas aportaciones de la historiografía internacional al respecto.

La segunda parte aúna, por así decirlo, los problemas teóricos y la investigación empírica centrándose en el estudio del régimen franquista en sus relaciones con la sociedad y desde una perspectiva crecientemente comparativa. El primero de sus capítulos, el quinto, se centra en el problema de la unificación política de las fuerzas nacionalistas durante la Guerra Civil en lo que fue una auténtica captura política del partido fascista por parte del Estado y el inicio de lo que sería su definitiva subordinación. Pero presta especial atención al juego de los distintos actores, constata lo que hubo de contingente y nada predeterminado en el proceso y subraya lo que todavía permanecía abierto y por definir. Esto último era básicamente –como se observa en el capítulo sexto– la contraposición existente entre un partido subordinado pero todavía fascista y un régimen crecientemente fascistizado pero con fuerzas poderosísimas, como el Ejército y la Iglesia, dispuestas a frenar el empuje fascista del partido. Un empuje que se produjo como ofensiva, y como ofensiva fascista fracasada, en la crisis de mayo de 1941, dando así pie a la sedimentación de los equilibrios del compromiso autoritario. La definitiva subordinación del partido, él mismo ahora fascistizado del revés –es decir, privado por imposición de algunos de los elementos fuertes y decisivos de toda ideología fascista–, permite constatar que el régimen franquista fue el régimen fascistizado por excelencia, mucho más que la Francia de Vichy, por ejemplo, que buscó más inspiración en el ejemplo español que no a la inversa.

Los capítulos séptimo y octavo introducen un relativo cambio de perspectiva. Si los anteriores podrían considerarse como de historia política desde arriba, estos podrían ser de historia política desde abajo, historia social o historia de la vida cotidiana. Pero hablan de lo mismo, en la medida en que se considera que un régimen no se caracteriza sólo desde la perspectiva de la alta política o de sus relaciones con los principales grupos de poder. Se caracteriza también por su relación con la sociedad en su sentido más amplio y no únicamente en la dirección de abajo arriba cuanto también en la inversa. No otro en el fondo es el elemento esencial de la problemática del consenso. De esto se ocupa el capítulo siete en el que se da cuenta de los resultados de un proyecto de investigación colectivo y se subraya la importancia de aquella noción de consenso en el sentido de lo que pueden ser las ofertas del régimen, su voluntad o no de movilizar a la población, su capacidad para hacer ofertas simbólicas de integración. El mayor potencial en todas estas direcciones de los regímenes fascistas, el italiano y el alemán, respecto del franquismo, encontró su justa correspondencia en el carácter mucho más ferozmente represivo de este último en tanto que represión política. Pero el tipo de consenso –activo o pasivo– que busca un régimen no se corresponde necesariamente con la receptividad de la población, con las actitudes sociales de la misma. De ahí las insuficiencias de la noción de consenso y de ahí la necesidad de indagar en estas últimas. Del mismo modo, el hecho de que el franquismo tuviera una menor voluntad movilizadora o sus ofertas, simbólicas o no, de integración fueran menores no se deduce que no existieran en absoluto, que no se dieran de forma parcial y selectiva. De todos estos extremos se ocupa el capítulo octavo, en el cual se indaga en el problema de las actitudes sociales de aquellos trabajadores a los que se dirigieron dichas ofertas y la extraordinaria complejidad que mostró su respuesta. Sin conseguir quebrar su discurso de clase anticapitalista y político en un sentido antifranquista, aquellas ofertas consiguieron abrir líneas de aceptación parcial, bien de la figura del empresario disociándolo de la del capitalista, bien de la figura de tal o cual ministro por contraposición a la imagen del régimen. De este modo los discursos de clase y antifranquista quedaban a salvo, no sin mostrar sin embargo la gran capacidad corruptora y la potencialidad generadora de asentimiento que contenían aquellas ofertas de integración que el régimen, por su propia naturaleza y equilibrios de poder, sólo practicó selectivamente. La complejidad de las actitudes sociales de los españoles, la existencia de una inmensa zona gris, la amplitud de un asentimiento más negativo y resignado que simplemente pasivo son otras de las conclusiones del conjunto de trabajos a que se refieren estos capítulos.

Aunque derivada ya en parte hacia problemas relacionados con la memoria histórica y las percepciones de la dictadura, el conjunto de las investigaciones anteriores se mantenía en un plano estrictamente académico alejado, por así decirlo, de toda preocupación por la dimensión social relativamente directa de los logros alcanzados. Podrá decirse, entonces, que adolecían de ese mismo ensimismamiento al que se aludía más arriba. O, mejor, se movían en el supuesto de lo que parecía un sólido terreno de fundamentación inequívocamente democrático de todos los sectores fundamentales, sociales, políticos y culturales de nuestra sociedad. El historiador escribe siempre, lo sepa o no, desde algún sitio, que no es otro que su propia sociedad. Algo estaba cambiando en ésta, sin embargo, en los últimos años de la década de los noventa, al menos desde el punto de vista de la aparición de los primeros síntomas de una ofensiva revisionista neoconservadora. Esto dibujaba el tipo de reto al que hacíamos referencia más arriba. Obligaba a plantearse lo que era en sí mismo una necesidad, pero que ahora se hacía más apremiante. De eso se ocupa el capítulo noveno en el cual se analizan los cortes y, en opinión del autor, desenfoques de una línea de interpretación de la historia de España, que podríamos llamar radical-democrática, que separaba el problema del franquismo del conjunto de la historia de España o que, peor aún, lo situaba como la culminación casi necesaria o inevitable de una cadena de debilidades, taras y fracasos históricos. Pero se alertaba también contra una normalización de la historia de España, que no era otra que la de su derecha histórica política y social, radical y acríticamente absuelta de cualquier responsabilidad en el advenimiento del franquismo. Este venía a presentarse como una especie de paréntesis sin responsables que en el mejor de los casos se saltaba y al que en el peor se le atribuían insospechados elementos benéficos para el advenimiento de la posterior democracia.

La otra cara de la ofensiva neoconservadora y revisionista era la que, expresamente o no, parecía no reconocer más nacionalismo en la España del siglo XX que el de los nacionalistas alternativos, los llamados periféricos para volver a situar el nacionalismo franquista dentro del tantas veces citado paréntesis, esto es, sin precedentes y sin efectos posteriores. No es que el capítulo décimo fuese concebido en modo alguno como respuesta a estos nuevos planteamientos. Se trata en realidad de una síntesis de una investigación más amplia acerca de los nacionalismos franquistas.9 Con todo, sin embargo, al localizar la existencia de dos nacionalismos franquistas y por tanto de dos ideologías nacionalistas en el franquismo, la de origen fascista y la nacionalcatólica finalmente dominante, no sólo se daba respuesta al viejo problema acerca de si en el franquismo había una ideología o una mentalidad. Se venía a poner también de manifiesto, casi involuntariamente y con el pudor del profesional de la historia, que muchas de las actitudes nacionalistas del presente, de los nacionalismos periféricos democráticos, en casos limitados, pero también y sobre todo del más agresivo y dominante nacionalismo español actual tienen más puntos de contacto con los nacionalismos franquistas de cuanto imaginan o están dispuestos a reconocer.

El capítulo que cierra el volumen se sitúa claramente en la problemática estrictamente actual de la memoria y el olvido del franquismo. Se incide en él en lo que puede haber de positivo en la actual demanda social de memoria, en tanto que demanda de una sociedad que quiere saber y que quiere saber más sobre el franquismo de cuanto hasta el momento hemos sido capaces de transmitir los historiadores y otros generadores de memoria. La nota más distintiva de todo esto sería seguramente el hecho de que el franquismo, su memoria, estaría beneficiándose de su propio legado. No hay una conciencia nítida, general y, en el plano institucional, absoluta de rechazo de la dictadura. Pero es difícil imaginar que una conciencia democrática, una cultura democrática pueda coexistir sin daño con una relativa ambigüedad respecto de un pasado dictatorial. Ambos aspectos se condicionan mutuamente. Y parece obvio que en ambos terrenos hay todavía mucho trabajo por delante.

Se apuntaba más arriba que no se trataba de que la historiografía se orientase en dirección antifranquista o renunciase a la agenda que le es propia. Espero que este volumen contribuya a centrar esa idea. Las más puras preocupaciones académicas muestran que el franquismo constituye el episodio más negro de nuestra historia contemporánea, al igual que los procesos que lo generaron, los actores sociales y políticos que lo apoyaron, los mecanismos y discursos de que se sirvió. No hay, por tanto, necesidad alguna de forzar las investigaciones o distorsionar los conceptos. La agenda del historiador se basta para ello. Falta sólo que éste sepa hacer frente también a la dimensión pública, en beneficio de la ciudadanía y de una cultura política democrática, de su propio trabajo.

1 Véase para todo esto E. Moradiellos, «Un incómodo espectro del pasado: Franco en la memoria de los españoles», y P. Águilar, «La presencia de la guerra civil y del franquismo en la democracia española». Ambos en Pasajes, 11 (2003), respectivamente, pp. 5-11 y 13-25.

2 P. Moa, Los mitos de la guerra civil, Madrid, La Esfera de los libros, 2003. Véase también la reseña de Stanley G. Payne a esta publicación en Revista de libros, 79-80 (2003); así como las contestaciones del mismo Payne, Pío Moa y César Vidal a la encuesta de El Cultural, 17-23 de julio de 2003.

3 A. Mayer, La persistencia del Antiguo Régimen: Europa hasta la Gran Guerra, Madrid, Alianza, 1984; E. Hobsbawm, Historia del siglo XX, 1914-1991, Barcelona, Crítica, 1994; E. Nolte, La guerra civil europea, 1917-1945: nacionalsocialismo y bolchevismo, México, Fondo de Cultura Económica, 1996.

4 Véase por ejemplo, R. De Felice, Rojo y negro, Barcelona, Ariel, 1996.

5 E. Nolte, La guerra civil europea...; íd, Después del comunismo: aportaciones a la interpretación de la historia del siglo XX, Barcelona, Ariel, 1995.

6 F. Furet, El pasado de una ilusión: ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX, México, Fondo de Cultura Económica, 1994.

7 Quizás el ejemplo más afortunado sea C. Pavone, Una guerra civile: saggio storico sulla moralità nella Resistenza, Turín, Bollati Boringhieri, 1995.

8 Véase para todo esto Pasajes, 11 (2003).

9 I. Saz Campos, España contra España. Los nacionalismos franquistas, Madrid, Marcial Pons, 2003.

NOTA DEL AUTOR

Casi todos los estudios reunidos en este volumen han sido escritos y publicados entre 1986 y 2003. Dos de ellos, el quinto y el undécimo, se publican aquí por primera vez; algunos de los restantes tuvieron su origen en contribuciones a congresos y reuniones científicas; otros fueron concebidos directamente para su publicación como artículo; y otros, en fin, constituyen la aportación del autor a proyectos de investigación colectivos. Todos ellos responden en cualquier caso a una misma investigación unitaria dirigida a profundizar en el conocimiento del fascismo español y el franquismo desde una perspectiva siempre comparativa. De hecho, el criterio de selección seguido ha sido, precisamente, el de mostrar la unidad de dicha línea, y no el de la exhaustividad de las publicaciones del autor en estas dos décadas.

Capítulo primero. «Tres acotaciones a propósito de los orígenes, desarrollo y crisis del fascismo español», en Revista de Estudios Políticos, 50 (1986), pp. 179-211.

Capítulo segundo. «José Antonio Primo de Rivera y el fascismo español». Texto inédito de la conferencia impartida en el curso Los protagonistas de la Guerra Civil (1936-1939): Entre la ética y el extremismo, Universidad Complutense de Madrid, El Escorial, 2-6 de julio de 2001.

Capítulo tercero. «El franquismo. ¿Régimen autoritario o dictadura fascista?», en J. Tusell, S. Sueiro, J.M. Marín, M. Casanova, (eds.), El régimen de Franco (1936-1975). Política y Relaciones Exteriores, Madrid, UNED, 1993, 2 vols., I, pp. 189-201.

Capítulo cuarto. «Repensar el feixisme», en Afers, 25 (1996) pp. 443-473. Publicado posteriormente en Brasil con el título «Repensar o fascismo», en Perspectivas, 22 (1999), pp. 241-272.

Capítulo quinto. «Salamanca, 1937: Los fundamentos de un régimen», en Revista de Extremadura, 21 (1996), pp. 81-107.

Capítulo sexto. «El primer franquismo», en J.C. Gay Armenteros (ed.), Italia-España. Viejos y nuevos problemas históricos, Ayer, 36 (1999), pp. 201-221.

Capítulo séptimo. «Entre la hostilidad y el consentimiento: Valencia en la posguerra», en I. Saz y A. Gómez Roda, El franquismo en Valencia. Formas de vida y actitudes sociales en la posguerra, Valencia, Episteme, 1999, pp. 9-36.

Capítulo octavo. «Trabajadores corrientes. Obreros de fábrica en la Valencia de la posguerra», en I. Saz y A. Gómez Roda, El franquismo en Valencia. Formas de vida y actitudes sociales en la posguerra, Valencia, Episteme, 1999, pp. 187-233.

Capítulo noveno. Publicado originalmente como «Hi hagué franquisme a Espanya? Reflexions impertinents sobre el lloc històric de la dictadura», en L’Espill, 3 (1999), pp. 120-132. Posteriormente se publicó en Argentina con el título «¿Franquismo en España? Reflexiones impertinentes sobre el lugar histórico de la dictadura», en J. Casali y M.V.a Grillo (comps.), Fascismo y antifascismo. En Europa y Argentina – Siglo XX, Tucumán, Facultad de Filosofía y Letras U.N.T., 2002, pp. 39-56. La versión que aquí se presenta, corregida y muy ampliada, se publicó, ya como «Algunas consideraciones a propósito del debate sobre el franquismo y el lugar histórico de la dictadura», en J.M.a Thomàs, (ed.), Franquismo/Fascismo, Tarragona, Fundació d’Estudis Socials i Nacionals Josep Recasens i Mercadé, 2001, pp. 29-51.

Capítulo décimo. «Los nacionalismos franquistas». Texto inédito de la ponencia presentada en el congreso Nación y nacionalismo en la España contemporánea, Valencia, Biblioteca Valenciana, 2-5 de diciembre de 2002.

Capítulo undécimo. «Franquismo, el pasado que aún no puede pasar», en Pasajes, 11 (2003), pp. 53-59.

Todos los capítulos se han mantenido, salvo corrección de erratas o pequeños errores, tal y como aparecieron en su momento, lo que incluye también las referencias bibliográficas que, más allá de su unificación en términos de presentación formal, son siempre las del texto original sin ampliación ni actualización de ningún tipo. Entiendo que ello es esencial porque este volumen es en buena parte una reconstrucción de la trayectoria investigadora del autor y debe reflejar por ello tanto el contexto en que aquella fue avanzando como el modo en que los problemas abordados han podido ir ganando en complejidad, asumiendo nuevos retos, formulando nuevas preguntas, alejándose de viejos enfoques y abriéndose a nuevas perspectivas historiográficas; el proceso en suma a través del cual se ha ido articulando una interpretación propia del franquismo. La fidelidad al texto originario permitirá al lector, por otra parte, apreciar lo que ha habido de original en los enfoques del autor y cuales han sido sus contribuciones a la renovación de los estudios sobre el fascismo español y el franquismo en las diversas vertientes, interpretativas y de investigación, que en el volumen se abordan.

Quisiera agradecer a los editores de los textos originales su amabilidad por permitir su publicación en este volumen. A lo largo de estos años de investigación he contado con diversas ayudas universitarias e institucionales; los trabajos de los últimos cuatro años en particular se han beneficiado de las concedidas a los proyectos de investigación PB98-1503 y BHA2002-01703.

FASCISTAS, FASCISMOS Y FRANQUISMO

TRES ACOTACIONES A PROPÓSITO DE LOS ORÍGENES, DESARROLLO Y CRISIS DEL FASCISMO ESPAÑOL
UN PRECURSOR Y UN DISCÍPULO CONSECUENTE

Tarea harto frecuente y a menudo ingrata es la de rastrear los orígenes del fascismo español. Problema que, obviamente, no se plantea para aquellos que, desde posiciones interesadas, comienzan por negar que tal cosa existiera nunca en España. No es éste el caso de quienes, desde una aceptación clara y rotunda de la existencia de un fascismo español propio y verdadero durante la década de los treinta, han debido interrogarse acerca de lo que de autóctono y de foráneo había en las diversas organizaciones fascistas hispanas; o, más exactamente, acerca de sus antecedentes y «precursores».

Existen, a nuestro juicio, dos excelentes estudios que, desde presupuestos ciertamente divergentes, vienen a constituirse en las más fructíferas de las indagaciones que hasta la fecha se han realizado. Nos referimos, evidentemente, a las obras de Jiménez Campo y Manuel Pastor.10 El primero ha sabido poner adecuadamente de manifiesto la existencia de todo un «temario para el fascismo» en la «cultura política española del primer tercio del siglo». La ajustada aproximación que realiza desde esta perspectiva a Costa y el maurismo, al surgimiento de un nuevo nacionalismo español, a los elementos de populismo y tendencias corporativas existentes en la sociedad y pensamiento españoles de la época constituyen, sin lugar a dudas, una aportación de la que no es posible prescindir a la hora de reconstruir la prehistoria del fascismo español. Sorprendentemente, este autor olvida casi completamente la figura de Ernesto Giménez Caballero, un personaje cuya importancia en la introducción del fascismo en España es, como veremos, todo menos desdeñable. Tal vez por eso, Jiménez Campo haya llegado a una subvaloración de la importancia de lo exógeno en la configuración misma del fascismo español.11

No es éste el caso, desde luego, del otro trabajo al que nos referíamos, el de Manuel Pastor. Aquí encontramos, en efecto, una de las más acertadas aproximaciones a la figura del propietario de La Gaceta Literaria y un brillante análisis del proceso que habría de conducirlo a abrazar el fascismo. Sucede, sin embargo, que el autor parece establecer la existencia de una solución de continuidad entre la introducción de la «idea» fascista y el hecho mismo del surgimiento del fascismo en nuestro país. Una solución de continuidad que, en todo caso, contribuye a que tras la localización de un pretendido «eslabón perdido» en el Partido Nacionalista Español, del doctor Albiñana, el autor pueda interrogarse acerca que quién fue el verdadero precursor.12

Lo que nos proponemos demostrar aquí es que en la introducción del fascismo en España, como idea y como hecho, existe un nombre propio cuya importancia va mucho más lejos de cuanto hasta el momento se haya podido apreciar: Giménez Caballero. Dicho de otra manera: intentaremos poner de manifiesto el proceso que conduce directamente de Giménez Caballero a Ramiro Ledesma, de La Gaceta Literaria a La Conquista del Estado.

En esta dirección, comenzaremos por enunciar una hipótesis de difícil demostración en la brevedad de estas líneas, aunque confiamos en que al final de ellas quede lo suficientemente reforzada. Tal es que la distancia que separaba al pensamiento español de la época del pensamiento reaccionario o prefascista europeo era lo suficientemente amplia como para que sólo pudiera salvarse mediante una inyección «brutal» de los elementos de una ideología cuyos antecedentes europeos tenían una larga historia. De Costa –aun del «peor»– y Maura, o incluso de los más ambiguos escritos de Ortega, por no hablar de Unamuno, había hasta el fascismo un largo trayecto que nadie se había mostrado interesado en recorrer y que con las simples bases que aquéllos proporcionaron tal vez no se hubiese recorrido jamás.13

Por otra parte –sirva para concluir este pequeño inciso–, cabe señalar aquí cómo la dictadura de Primo de Rivera en lo que pudo tener de pretendida «revolución desde arriba», o la no menos pretenciosa identificación con el «cirujano de hierro» no hicieron sino, en cierta medida, bloquear el camino al nacimiento del fascismo hispano. Y esto a pesar de que –o precisamente por ello mismo– el dictador fue posiblemente el primer gran fascistizado de nuestro país y la dictadura misma la primera manifestación de la incoherencia y dificultades que la introducción del fascismo habría de arrostrar en España. Como experiencia, en lo que tuvo de desafortunado intento por copiar algunos de los aspectos de la experiencia italiana, la dictadura abrió el paso, facilitó el camino, para la sucesiva fascistización de amplios sectores de la derecha conservadora española. Pero al fascismo mismo le hizo un flaco servicio. No es casualidad, desde este punto de vista, que los primeros fascistas españoles –Giménez Caballero y Ledesma Ramos– procedieran de sectores especialmente críticos hacia la dictadura. Y que en la crítica a la dictadura empezaran a asentar sus primeros criterios.

El precursor...

En efecto, a diferencia del doctor Albiñana para quien la dictadura de Primo de Rivera habría solucionado los tres grandes problemas de España –el terrorismo, el separatismo y Marruecos–, Giménez Caballero estaba dispuesto a mostrarse menos condescendiente y, por supuesto, a negar que todo ello tuviera mucho que ver con el fascismo. Ya en 1928, en lo que puede considerarse su primera aproximación pública a la nueva doctrina, el director de La Gaceta había opuesto la España del dictador, que «descansa, engorda y se abanica», a la Italia de Mussolini, que consideraría como únicos pecados, «la quietud, la falta de ardor, el silencio, la ironía y la panza». En la primera habría una situación, por liberal, burguesa; el fascismo, por el contrario, «movimiento de nuevas valoraciones», sería auténticamente revolucionario y, por su «vejamen violento de lo burgués», claramente antiliberal.14

La primera característica que merece destacarse en el proceso que conduce a Giménez Caballero al fascismo es su carácter genuino, en el sentido de que la suya no es una búsqueda de nuevos métodos políticos o formas de gobierno al objeto de salvaguardar o proteger viejas instituciones, como la Monarquía y la Iglesia, o privilegios; práctica que, por el contrario, sería habitual en los fascistizados españoles. Es el suyo, por el contrario, y de ahí que pudiera aportar una síntesis fascista de elementos culturales preexistentes, un intento de dar respuesta a una problemática específicamente nacional, reiteradamente abordada por la intelectualidad española: el «problema de España».15

No es éste, desde luego, el lugar para proceder a una reconstrucción de las relaciones entre «Gecé» y los hombres de generaciones anteriores. Bastará subrayar, por ahora, el hecho de que la problemática inicial que se plantea Giménez Caballero es exactamente la misma que Ortega, e incluso, en un primer momento, lo es también la respuesta. Él mismo lo recordará en más de una ocasión. Especialmente cuando rememoraba que España invertebrada había sido para él como «un devocionario de ideas, como una intangibilidad de puntos de vista, como una especie de dogma intelectual».16 Problemática común, pues, pero que no compromete necesariamente al maestro en la evolución del discípulo. Este último se distanciaría ya de aquél, antes aún de aproximarse al fascismo, pero ya en el camino que le llevaría a él, en dos cuestiones fundamentales: la no aceptación del planteamiento orteguiano sobre la naturaleza casi congénita de los males de España y el rechazo de la germanofilia de Ortega. Por otra parte, no es necesario insistir en lo que de unamunesco habría en la propia concepción fascista de Giménez Caballero. Algo que, en buena parte, hubo de contribuir a la aproximación de éste al fascismo antimodernista de Malaparte.17

¿Qué fascismo era entonces el que Giménez Caballero introdujo en España? Si tomamos en consideración sus dos primeros escritos en los que la nueva doctrina venía expuesta -Circuito imperial y En torno al casticismo de Italia- se observa cómo el punto de partida es el que hasta aquí hemos venido considerando: España y Europa, Italia y Europa. Y, en este contexto, viene dada inmediatamente una respuesta que quiere ser a la vez europeista y antieuropeísta, nacionalista e internacionalista:

El mejor modo de ser europeo es ponerse frente a esa tradicional Europa y dar una nota original: comunismo, fascismo. En el fondo, dos fórmulas fascinadoras de una nueva Europa, de otra Europa. Quizá, de otra cosa que Europa. Si por Europa la vieja se entiende lo que entendieron rusos e italianos: reformismo, criticismo, democracia, liberalismo, laisser faire del individuo.18

Rusia e Italia marcarían, en consecuencia, el camino que debía seguir España, el otro país de la periferia que habría sufrido el peso de una Europa nórdica, victoriosa en los últimos siglos y que habría impuesto, precipitándolos en la decadencia, sus propias ideas a los pueblos del sur y del este. Eran, como puede apreciarse, las tesis de Malaparte, bastante similares, por lo demás, a los enunciados de la ideología alemana del volk.19 Venia dado así el primer elemento, el esencial, en el proceso que conduciría a Giménez Caballero del nacionalismo al fascismo: el rechazo del liberalismo y de los valores culturales propios de las culturas «nórdicas». Naturalmente, para llegar ahí, se ponía el acento en lo que de «eslavófilo» habría en la Rusia bolchevique y en lo que de strapaesismo habría en el fascismo italiano. Que esa visión no correspondía exactamente a la realidad es de todo punto evidente y ahí radicará, en buena parte, el hecho de que nuestro autor fuera a acogerse al fascismo y no, precisamente, al comunismo.

Lo que hacía, de hecho, Giménez Caballero no era sino asumir lo esencial del fascismo para proyectarlo, como si de un elemento común se tratara, también hacia el comunismo:

Y así se ha dado en esos dos países el admirable caso de la generación joven, que saliendo derrotista, ácrata, pacifista y desconcertada de la guerra, se rehace y construye una revolución, un higiénico entusiasmo destructor y afirmativo.20

Desde este punto de vista, el fascismo sería, como el bolchevismo, una vuelta de los países hacia sí mismos, hacia sus propias esencias, tradiciones o, como diría más adelante, su «genio». A partir de ahí, podía afirmar que «todo gran movimiento nacional ha sido siempre fascista». Pero, por la misma razón, el fascismo italiano, en tanto que movimiento nacional específico de Italia, no sería exportable. España debería, en consecuencia, descubrir su propio fascismo concreto, ya que, decía, «el pueblo que no encuentra en sí su propia fórmula de fascismo es un pueblo influido, sin carácter, sin médula».21

Naturalmente, aunque estuviera dispuesto a conceder el carácter de fascista a todo «gran movimiento nacional», no parecía abrigar Giménez Caballero muchas dudas acerca del hecho de que la «fórmula española» habría de parecerse bastante a la italiana. Ya hemos visto cómo el nacionalismo (fascismo) de los países de la periferia debía ser antiliberal y antidemocrático, así como las comparaciones que establecía entre Unamuno y Malaparte. Por aquí iba a venir, precisamente, una de las líneas maestras en la búsqueda de la «fórmula española». ¿Cómo localizar, en efecto, las verdaderas tradiciones, lo auténticamente específico, del ser español? Evidentemente en aquellos lugares y sectores menos permeabilizados por la influencia extranjera: en el pueblo mismo. Y, efectivamente, el fascismo italiano venía presentado como un «movimiento de pueblo, de masas». Aunque para Giménez Caballero tales conceptos adquirían una connotación muy específica:

Si el fascismo es aristárquico por su estructura de partido y monárquico por su representación de poder ejecutivo, es, en el fondo, archidemocrático: el pueblo mismo. ¿Archidemocrático? No: popular. La palabra democracia huele a burguesía, a ciudad, a cosa mediocre. Mientras popular es lo del campo, lo de la taberna, y el mercado, y la plaza, y la fiesta. Popular no es el hombre como obrero, ni como ciudadano, ni como funcionario. Sino simplemente como hombre elemental. Como campesino. Como hombre eterno. De ahí el fervor del fascismo por la política agrícola, del agro. Y toda su propaganda que huele a trigo, a pan. A pan, a vino, a garrote.22

La segunda línea fundamental iba a venir dada, lógicamente, por la fijación del momento de máximo esplendor para el propio país, su momento «fascista». Que Giménez Caballero situará en el siglo XV:

Nudo y haz, Fascio: o sea, nuestro siglo XV, sin mezclas de Austrias ni Borbones, de Alemanias, Inglaterras ni Francias; con Cortes, pero sin parlamentarismos; con libertades, pero sin liberalismos; con santas hermandades, pero sin somatenismos.23

Dos líneas fundamentales que serían en buena parte recogidas por el posterior fascismo español, pero que apuntan claramente en una dirección en la que la componente tradicional(ista) parece sobreponerse en forma contradictoria al pretendido carácter revolucionario, moderno, del fascismo. Lo que no implica que tal proyección de modernidad fuera abandonada. La mirada retrospectiva hacia siglos precedentes no será óbice, en efecto, para que se afirme: «... son sorprendentes las relaciones del fascismo con el clero, la religión, las costumbres y el pasado. Los aprovecha en lo que tienen de fuerza motriz. Como saltos de agua. No como estanques. De ahí que muy pocos fascistas sean católicos de corazón, ni morales, ni pacatos». Del mismo modo, la reivindicación de lo popular-agrario, del hombre eterno y del anti-industrialismo no le impedirá hacer el elogio de la Barcelona industrial y moderna, a la que augura un papel semejante al desempeñado por Milán en Italia.24

En realidad, estas contradicciones reflejan un momento en la evolución de Giménez Caballero. Cuando piensa todavía en una unidad nacional más real y profunda que la existente, hecha a partir del reconocimiento de los hechos diferenciales; cuando, siguiendo aún a Ortega, afirma que «son precisas todas las divergencias previas, todos los regionalismos preliminares, todos los separatismos –sin asustarnos de esta palabra– para poder tener un verdadero día el nodo central, un motivo de hacinamiento, de fascismo hispánico». Es el momento en que todavía identifica a la auténtica tradición española en los comuneros, a los que describe como comunistas y antieuropeos, casticistas y universalistas, en definitiva, como «nuestros primeros fascistas».25

En 1932 no serán ya los comuneros quienes representen el «Genio de España», sino «un César para el servicio de un Dios»;26 ni frente a la Cataluña separatista se adoptará postura tolerante alguna; ni se glosará, tampoco, la modernización industrial y técnica. No es el momento de explicar las razones de la evolución del personaje, pero acaso valga la pena recordar que Giménez Caballero, nacionalista desde 1923, era el director y propietario del órgano de expresión más importante del vanguardismo español. Y era desde aquí desde donde se había ido produciendo también su aproximación, al fascismo, «en un proceso de interacción –ha señalado J. C. Mainer– tan significativo como el que unió en su día al futurismo con la ideología mussoliniana o el surrealismo francés y el comunismo». El mencionado estudioso ha sintetizado muy bien el proceso por el que la «alegre despreocupación de la vanguardia –respuesta a un estado de inadaptación en una sociedad tensional– se refugiará complacida en un programa que, de algún modo, sublima y regula la rebeldía».27 Por nuestra parte, sólo nos queda añadir que ese mismo proceso es el que, muy probablemente, lleva a Giménez Caballero de Marinetti –su primer contacto directo con el fascismo– a Malaparte, de Milán a Roma, de la modernidad al agrarismo, de los comuneros al César. Un proceso que, por lo demás, el propio Giménez Caballero quiso ver seguido por el mismo Mussolini, quien sólo al «romanizarse» habría llegado a comprender la verdadera misión universal del fascismo.28

En 1929 creía Giménez Caballero que el fascismo español, la «fórmula española», podía ser una síntesis propia, que como tal lo sería, a la vez, de lo que de «cristianismo» habría en el bolchevismo y de «casticismo» en el fascismo italiano; en 1932 era ya éste, en sí mismo, el que constituía la síntesis entre el «Genio de Oriente» y el «Genio de Occidente». En 1933, al fascismo, definido ya como «una nueva catolicidad sobre Europa, sobre el mundo», se le asignaría la tarea que siglos atrás habrían desarrollado Roma y España, el catolicismo. Como tal idea y factor de universalidad (catolicidad), la fascista sería, junto con la capitalista de Ginebra, y la «oriental, bárbara y de masas absolutas», la comunista de Moscú, una de las tres internacionales existentes en el mundo. Sólo la internacional fascista, la de Roma, podría aportar al mundo el triunfo del sentimiento de justicia, constituyendo la necesaria síntesis entre capital y trabajo, entre el materialismo y la razón pura, entre el individuo y el Estado. La vieja síntesis augurada en 1929 para la «fórmula española» estaba ya, pues, dada en la romana. ¿Qué papel había de jugar, entonces, el fascismo español? No ya definir una fórmula específica, sino ser el más perfecto ejecutor de la existente:

Y España deberá ser otra vez en la historia, tras realizar su propia unidad interior, el brazo diestro de este ideal humano... Esa es la misión que puede otra vez asumir una España unida y fuerte. Una misión que realizará mejor que Italia y Alemania, que el fascio y que la svástica, como en otros tiempos de gloria la realizó...29

Giménez Caballero era ya plenamente fascista, pero su fascismo, en lo que quería tener de españolismo y universalismo, y a la vez, y por ello mismo, de romanidad, parecía aproximarse cada vez más a una suerte de fascismo de «derecha» en la que la componente tradicional(ista) adquiría cada vez mayor peso. Sería este Giménez Caballero el que desempeñaría una influencia notable sobre el José Antonio Primo de Rivera de los primeros momentos de la Falange. Pero antes, el de 1929 y en 1929, había ejercido una influencia mucho más importante y decisiva sobre el fundador de la primera organización fascista en España.

... y el héroe

En efecto, si Giménez Caballero fue el primer fascista, Ramiro Ledesma fue el fundador del primer grupo organizado estable de dicho carácter: el de La conquista del Estado. Un grupo y una empresa, la de la revista, que venía a constituir, al mismo tiempo, una proyección de la anterior labor de La Gaceta Literaria y una fractura con la misma. En cierto sentido, la traducción política de la experiencia precedente.

Tal relación puede ejemplificarse en el papel desempeñado en cada una de esas experiencias por los dos hombres mencionados. Ambos colaboraron en las dos, pero mientras Giménez Caballero fue el responsable máximo de La Gaceta, Ledesma lo sería, como es ampliamente conocido, de La conquista del Estado. No era, naturalmente, el único factor «personal» de continuidad, y entre los nombres de los firmantes del manifiesto de La conquista del Estado se descubre el de algunos colaboradores habituales de la otra publicación.

Más interesante, sin embargo, que constatar la existencia de estos lazos personales de continuidad es discernir lo que de ésta, y de ruptura, había en el terreno político-ideológico. Lo que nos conduce nuevamente a la problemática inicialmente planteada: ¿De dónde venía el fascismo de Ramiro Ledesma? ¿Qué peso tuvo la influencia de Giménez Caballero en su formación como tal?

No hay ninguna duda acerca de la influencia que en la formación de Ledesma, y en su futura visión del fascismo, tuvieron determinados intelectuales o corrientes culturales españolas preexistentes. En tal sentido se ha subrayado, siempre con justicia, el influjo que sobre él pudieron ejercer Costa, Unamuno y Ortega, por citar a los más importantes y significativos, y el propio Ledesma reconocerá con frecuencia tales deudas. Cabe preguntarse, no obstante, si estas influencias pudieron conducir por sí mismas al fascismo al joven Ledesma o si, por el contrario y con todos los matices que se quiera, la síntesis que realiza del pensamiento de aquellos intelectuales y su desarrollo en sentido fascista le llega ya dada a partir, precisamente, de Giménez Caballero.

Esta última es, como hemos señalado, nuestra opinión, fundada esencialmente en la comprobación de dos órdenes de elementos. A saber: los testimonios del propio Ledesma en el período inmediatamente anterior a su «conversión» y, lógicamente, su propia evolución ideológica durante este período.

Fue Ledesma, en efecto, uno de los redactores de La Gaceta que prosiguió –y aun acentuó– su colaboración en ella tras la primera declaración de fe fascista de Giménez Caballero. Y fue también en el transcurso de un homenaje al director de La Gaceta Literaria, en el conocido incidente del Pombo, cuando Ramiro Ledesma se manifestó por primera vez como fascista. Cinco meses antes, en agosto de 1929, Ledesma había calificado de «heroico» y de «providencial figura» de la historia española a Giménez Caballero.30 Y, en julio de 1930, lo salvaba de la rotunda condena que hacía del vanguardismo español, presentando al «clarividente y magnífico» director de La Gaceta como el único, «auténtico y superior vanguardista».31 Recuérdese, en fin, que Ledesma reconocería como único antecedente, aunque fuera de –«índole exclusivamente literaria», de La conquista del Estado a la campaña desarrollada por Giménez Caballero a partir de 1929.32

En lo que al segundo aspecto apuntado se refiere, sería absurdo, obviamente, presentar al Ledesma anterior a 1928 como absolutamente ayuno de ideas susceptibles de evolucionar en sentido fascista. Su novela El sello de la Muerte, publicada en 1924, dedicada, por cierto, a Unamuno, es claramente nietzscheana y con una cita del pensador alemán se inicia; conocía a Heidegger y admiraba a Ortega; en sus concepciones históricas podía apreciarse con claridad la existencia de «resonancias nietzscheanas y atentas lecturas de Burckhardt», de donde vendría su admiración por Maquiavelo y por las «épocas de gran estilo», tales como el mundo griego y el Renacimiento.33 Pero todas esas influencias y lecturas no conducirán a Ledesma directamente al fascismo, aunque podrán facilitar su tránsito hacia él y contribuir posteriormente a la orientación futura de su propio fascismo. Los interrogantes –que sus más próximos colaboradores y biógrafos se pondrán a la hora de explicar la rapidez y radicalidad de su proceso en tal dirección– constituyen la mejor demostración de ello.34

Pues bien, creemos que la influencia más clara y determinante en ese proceso iba a ser, como hemos anunciado reiteradamente, la de Giménez Caballero. Y no sólo en cuanto a la toma de contacto con la nueva ideología, sino también en cuanto a la misma determinación del abrazar sin reservas la militancia política se refiere. Ello se podrá apreciar con toda nitidez en una rápida lectura de dos de los artículos más importantes de la etapa «prefascista» de Ledesma.35

Desde agosto de 1928, el director de la más importante revista de «la vanguardia» había comenzado a distanciarse críticamente de tal movimiento, reivindicando para una determinada forma de militancia política la más auténtica y real manifestación de vanguardismo: «Hoy los solos auténticos “vanguardistas” son esas juventudes de la milicia itálica que nada tienen que ver con la literatura».36 Poco después localizaría al movimiento, para negarle toda validez posterior, en un momento histórico bien determinado: «El vanguardismo como escuela literaria fue un producto de la guerra y de la inmediata posguerra... Pero tales “incendiarias” posturas han sido reemplazadas hoy por otras de un orden frío, heráclida, dominador... Como el maximalismo en Rusia fue seguido por el orden soviético y el comunismo itálico por el fascismo, así ha ocurrido en la literatura».37 Ya en junio de 1930, en la encuesta realizada por La Gaceta sobre la vanguardia, la respuesta de Giménez Caballero se hacía más explícita y contundente, aunque siempre en la misma dirección. La vanguardia, decía,

ya no existe. El momento actual es la llegada de todas las retaguardias. En España sólo queda el sector específicamente político, donde la vanguardia (audacia, juventud, subversión)... La vanguardia fue un término bélico, nacido de la gran guerra. Primero adoptó un aire subvertidor, irracional, literario (dadaísmo, futurismo, maximalismo, cubismo... Todos los ismos). Después un aire constructor, ordenador (tomismo, clasicismo, bolchevismo, fascismo, gongorismo... Todos los demás ismos).

Hoy lo literario del primer grupo fecunda el movimiento llamado superrealista, príncipe heredero de la vanguardia demoledora.

En política, la vanguardia del grupo segundo (el disciplinador) se injerta en el fenómeno juvenil de «lo universitario», de «lo estudiante». Misticismo irracional, por un lado. Disciplina federada, por otro. Esos dos cabos son el fin de “la vanguardia” y el principio de un nuevo movimiento de «adelantados».

Todo lo demás, basura. Reservismo. Jóvenes españoles: ojo con todos los reservistas del país. ¡Alerta a todas la madureces emplastadas!38 (s.o.)

La respuesta de Ledesma a la misma encuesta iba a ser, un mes después, sensiblemente parecida, incluso en muchas de las expresiones utilizadas. Consideraba éste, en efecto, que el movimiento vanguardista era de una «angustiosa opacidad». De una «esencial frivolidad», no se habría interesado por la «cosa política». Carente de toda validez, no habría significado «para la vida española la llegada de una juventud bien dotada y animosa, que guerrease en todos los frentes». No habría dado a España «una sola idea nueva», ni logrado «recoger y atrapar las innovaciones europeas más prometedoras». Tras reconocer al propio Giménez Caballero el mérito de «declarar liquidada la vanguardia» y situarlo al margen de las derrotas, concluía:

¿Y los escarceos políticos –finales– de la vanguardia? Bien poca cosa: algún grupito quiso ser liberal y demócrata, esto es, retaguardista, y se afilió a doctrinas políticas del más viejo ochocientos. Ni siquiera se han hecho socialistas. ¡Son liberales y revolucionarios de Ateneo! Otros, quizá más avisados, parece que no quieren mezclar la política con la literatura. Son los irresponsables y los puros. ¡Dios los bendiga! Otros, catolicísimos, y no sé si monarquísimos, se dice también que ejercitan unos ademanes...

Desde luego, decimos nosotros, a todos se les escapa el secreto de la España actual, afirmadora de sí misma, nacionalista y con «voluntad de poderío».39

La condena de Ledesma era más radical y omnicomprensiva que la de Giménez Caballero, pero las razones de fondo eran idénticas. Eran las mismas apelaciones a lo nuevo e innovador, a la intervención política, a la juventud, la audacia y la subversión; el mismo rechazo frontal del liberalismo supuestamente caduco y superado. Pero lo que interesa subrayar ahora es la violenta condena que hace Ledesma del apoliticismo de los intelectuales. Algo que prefigura claramente su vocación política. Ya Giménez Caballero lo había hecho –además de en los párrafos transcritos–, con no menor violencia, unos meses atrás, al acometer contra los intelectuales, «los divorciados, los ausentes de la vida cotidiana y hundida de la nación española».40

Y lo había hecho, precisamente, en un contexto en el que la crítica de la «vieja» intelectualidad enlazaba con la del elitismo liberal, para defender, reivindicar, la actuación de las masas. Unas posiciones que ya había defendido, pero que se expresaban ahora, tal vez, con mayor fuerza y coherencia. Así, en diciembre de 1929 Giménez Caballero se declaraba «demoliberal», pero para exponer a continuación las limitaciones de ese liberalismo en el que fingía reconocerse: «Nos sobrecoge la violencia. Tenemos horror de la acción directa y de fuerzas sociales formadas en nuevas jerarquías. Aunque sea magnífico el fenómeno de un mundo nuevo llamado sindicalismo. O más bien la conquista del Estado por una violencia disciplinada. La conquista del Estado por el hombre masa».41 Ramiro Ledesma no dirá más.

No se rechazaba, obviamente, la existencia de jerarquías o minorías rectoras. Sólo que la relación entre éstas y las masas debía producirse de una forma muy distinta a como se habría dado en el liberalismo. Los estudiantes –y a ellos se dirigía «Gecé»– debían alumbrar una minoría que tendría que «distinguirse de las anteriores históricas de España en única y sublime cosa: en no desdeñar a las masas, sino en enfervorizarlas, entrañarse a ellas, dirigirlas, fecundarlas». Y añadía: «Nada de ser más listos, ni más potentes, ni más santos que los demás. Lo fundamental no es la táctica ni el programa, sino el entusiasmo. La política del entusiasmo, del fervor, de la abnegación, del sacrificio, del heroísmo, única que ha faltado en España desde el Cid y el Quijote».42 Era la apelación al irracionalismo, a lo poético, de la que más adelante daría abundantes muestras Primo de Rivera.

Pero era también una lúcida exposición de lo que en la relación masasminorías separaba al liberalismo del fascismo. En ello iba a insistir, precisamente, Ramiro Ledesma en el segundo artículo al que nos referíamos; en el que, por cierto, se adoptaba una visión sobre el catolicismo no en exceso diferente de la que predicaba Giménez Caballero:43

El viraje decisivo que han efectuado las masas para su entrada en el mundo actual constituye quizá su primera intervención con signo y caracteres positivos. Hasta aquí la corriente humana de estirpe inferior ha venido consagrándose bien a negar –por influjo demagógico– bien a acatar pasivamente –por influjo de pastores– las obtenciones valiosas que hacían las minorías sobresalientes y aristocráticas. Hoy, no. Hemos entrado en un tipo de vida en el que cabe la acción positiva de la gran masa. Y véase, en la política ello supone no la exaltación de la cadaverina liberal y democrática, que descompone pueblos y destinos, sino la franca colaboración activa, jerárquica, en las empresas de alto porte que el Estado inicie. Ahí están los magníficos ejemplos de Italia y Rusia, los dos únicos pueblos que hoy viven una auténtica política y un auténtico destino (todos los demás, vejez y escombros).

Condena de la intelectualidad políticamente abstencionista y preconización de una nueva relación entre masas y minorías, eran dos elementos fundamentales que tenían que llevar a Ledesma, siguiendo y desbordando las huellas de Giménez Caballero, a la militancia fascista. Buena parte del camino estaba ya recorrido y pronto se llegaría a su concreción práctica y pública: el manifiesto de La conquista del Estado y la subsiguiente aparición de la revista del mismo nombre.

Poco habrá en la nueva publicación, como en las posteriores experiencias fascistas españolas, que no haya sido ya planteado por Giménez Caballero; de los dos aspectos señalados, a la reivindicación de la violencia o la de ese magnífico nuevo mundo que sería el sindicalismo; de la simultaneización de populismo agrarista y exaltación de la técnica y lo nuevo, al culto a la juventud; del rechazo del liberalismo al exaltado nacionalismo; del revolucionarismo a lo «Rusia e Italia» a la denuncia del comunismo como enemigo fundamental.

Tras el recorrido que acabamos de realizar por los escritos de ambos personajes en un momento crucial, no será difícil convenir en que el brusco cambio producido en la trayectoria política y existencias de Ramiro Ledesma debe bastante más a la guía de Giménez Caballero que a sus anteriores experiencias literarias y filosóficas. Lo que no implica, ni mucho menos, negar la importancia de éstas. Si las primeras demostraban la existencia de un excelente campo de cultivo, otras, como por ejemplo el contacto intelectual con Heidegger,44 le situaban en un terreno desde el que el «salto» al fascismo era, si no altamente probable, sí al menos perfectamente posible.

Giménez Caballero «llevó», pues, a Ledesma al fascismo. Pero una vez aquí fue precisamente cuando sus caminos comenzaron a diverger. Por una parte, las diferencias culturales entre ambos dejaron sentir todo su peso, determinando, por ejemplo, la escasa propensión de Ledesma por seguir a Giménez Caballero por las rutas de la «romanidad». Por otra parte, el discípulo se aprestó a llevar a la práctica aquello que el maestro estaba predicando pero que se mostraba sustancialmente incapaz de realizar.

Al reivindicar la esencia nacional que el fascismo español había de tener –por lo que, en consecuencia, no se le designará con tal nombre–, Ledesma acertaba a deslindar con mayor claridad lo que de general había en el fascismo de lo que en él había de específicamente italiano. Pero ello no dejaba de ser una aplicación –eso sí, más consecuente– de lo que Giménez Caballero había preconizado ya en 1929. Es decir, la necesidad de hallar una «fórmula española».

Cuando Giménez Caballero abandonó La conquista del Estado, se le reprochó su «exclusivo sentido literario ».45 La crítica, aun cuando pudiera eludir las posibles divergencias en torno al problema de la «romanidad», era esencialmente justa. La retórica «literaria» de Giménez Caballero le convertía, sin duda, en un buen propagandista del fascismo, pero en ella existían excesivos elementos poco acordes con las necesidades de propaganda y acción política de una fuerza que se definía por su acentuada radicalidad. Por otra parte, seguía siendo, al fin y la cabo, un «intelectual», en cierto modo un representante de aquella actitud que él mismo había anatematizado y que su otrora discípulo parecía dispuesto a combatir hasta sus últimas consecuencias.

Tampoco parece que Giménez Caballero se resintiese demasiado de su salida. Más preocupado por asegurar la difusión del fascismo en España que de figurar en cualquiera de sus concreciones organizativas, el «poeta» parecía satisfecho con su labor:

Nosotros los poetas –escribía en 1933– hemos creado la atmósfera densa y apta que el fascismo encuentra en nuestra nación... Somos nosotros los que hoy debemos vigilar y exigir el que las posibles masas fascistas de España encuentren su cauce heroico en un héroe.46

FASCISMO DE «DERECHA», FASCISMO DE «IZQUIERDA».
LA CONFUSIÓN DE UNA CRISIS

Hacia 1933 el «héroe» que tenía en la cabeza Giménez Caballero no era ya su viejo discípulo, sino el joven hijo del ex dictador, José Antonio, a quien el antiguo «Robinson» no dudaba en aconsejar que en su camino hacia el liderazgo de la nueva España no dejase de seguir la táctica de... Augusto.47 A lo largo del año que vio la subida de Hitler al poder, José Antonio Primo de Rivera había conseguido, en efecto, aparecer como el primer abanderado de la idea fascista en España; o, al menos, como el más prestigioso de sus posibles líderes. Y es verdad que durante dicho año no había perdido, ciertamente, el tiempo. Con una participación más destacada de la que generalmente se admite en la preparación misma de la experiencia de El fascio, la rentabilizó mejor que cualquier otro, merced en buena medida a su polémica con Luca de Tena.48 Entró pronto en contacto con Ruiz de Alda y Valdecasas para constituir el Movimiento Español Sindicalista-Fascio Español. Aún tuvo tiempo, a lo largo del verano-otoño de 1933, para pactar con los monárquicos alfonsinos en el famoso –aunque generalmente mal fechado– Pacto del Escorial y para viajar a Roma, donde pudo pedir consejo a Mussolini y hacer instructivas visitas al partido y organizaciones fascistas.49

Falange nace a derecha

Cuando el nuevo partido apareció a la luz pública el 29 de octubre de 1933 –para adoptar en seguida el nombre de Falange Española–, puede decirse que lo hizo perfectamente arropado. Contaba con el apoyo, previamente concertado, de los monárquicos alfonsinos; recibió el espaldarazo de los más importantes órganos de expresión de la derecha -Informaciones, La Nación, Época...–; y entre sus más cualificados miembros había una nómina prácticamente intercambiable con la de la derecha monárquica fascistizada y antiguos «upetistas»: Tarduchi, Rada, Arredondo, Alvargonzález, marqués de la Eliseda, Sánchez Mazas, Eugenio Montes... A mayor abundamiento, el propio acto de La Comedia se había inscrito en el contexto de la campaña electoral para las elecciones de noviembre de 1933 y los dos miembros del nuevo partido que en tales elecciones resultarían elegidos lo fueron por las listas de la derecha y no por su calidad de fascistas.

Pero en ese casi perfecto arropamiento iban a radicar precisamente buena parte de las limitaciones de Falange Española. El partido nacía claramente situado a la derecha y prácticamente confundido con ella. Pero esa misma derecha había ganado «sus» elecciones, lo que le hacía automáticamente menos necesario.

Tampoco el ideario o programa tomaba demasiado las distancias respecto de otros partidos de la derecha. Se declaraba explícitamente fascista, pero además de faltar en su discurso elementos fundamentales de la retórica fascista, se hacía lo posible por presentarlo en la forma más semejante posible al de otras fuerzas de la derecha.

Así, polemizando a su regreso de Italia con unas declaraciones de Gil Robles en las que se calificaba al fascismo de «moda extranjera», Primo de Rivera empezaba por lamentarse de que en unos momentos de «unión sagrada» para la lucha contra «marxistas y masones», el líder de la CEDA criticase a los fascistas, «gentes llenas de amor a la patria y a sus tradiciones». Gil Robles había opuesto al fascismo la tradición católica. Pues bien, decía Primo de Rivera, ¿qué cosa más católica y más tradicionalista que el fascismo mismo? El fascismo, escribía, en lo que tenía de universal, era una «revitalización de los pueblos todos», una «actitud de excavación enérgica en sus propias entrañas». Del mismo modo, pues, que «con espíritu fascista los italianos han encontrado Italia», los españoles habrían de encontrar a España. El fascismo, además, a diferencia del hitlerismo, sería esencialmente católico:

Nadie puede con razón confundir el movimiento alemán «racista» (y, por tanto, «antiuniversal») con el movimiento mussoliniano, que es, como Roma –como la Roma imperial y como la Roma pontificia–, universal por esencia; es decir, «católico».

Tras esta argumentación, en la que la influencia de Giménez Caballero es más que evidente, José Antonio hacía una exposición de lo que era el fascismo, tal que no se diferenciaría en nada del pensamiento de... Gil Robles:

Porque es fascismo, llámesele como se quiera, la decisión de no seguir creyendo en la aptitud de las formas liberales para el descubrimiento de las venas genuinas. Ante un Estado liberal, mero espectador policíaco, la nación se escinde en pugnas de partidos y guerra de clases. Sólo se logra la unidad fuerte y emprendedora si se pone fin a todas esas luchas con mano enérgica al servicio de un alto pensamiento y un entrañable amor. Pero esa manera fuerte y amorosa de pilotar a los pueblos se llama hoy, en todas partes, «fascismo». Así, pues, cuando el señor Gil Robles, en contradicción consigo propio, dice que la democracia habrá de someterse o morir, que una fuerte disciplina social regirá para todos y otras bellas verdades, proclama principios «fascistas». Podrá rechazar el nombre; pero el nombre no hace a la cosa.50

Curiosa forma de buscar un espacio político ésta de presentarse identificado con el principal partido de la derecha. Y si alguna necesidad tenía Falange Española ella no podía ser otra que la de presentarse como fuerza independiente y diferente de las formaciones ya existentes. Una necesidad que vendría acrecentada por el hecho, que venimos señalando, de que la forma en que había salido a la luz contribuía, precisamente, a velar ese carácter diferenciado y autónomo. Más aún, si se considera que la inmediata victoria de la derecha podía paralizar el proceso de radicalización de algunos sectores que pudieran sentirse atraídos por una alternativa inequívocamente fascista. Y no solamente potenciales simpatizantes del fascismo. El propio embajador italiano, que acababa de organizar la visita a Roma de Primo de Rivera, se preguntaba inmediatamente después de las elecciones si el llamado a encabezar una alternativa de este tipo no sería el prestigioso exiliado de París, Calvo Sotelo.51

Fuera o no consciente de tal problemática, Primo de Rivera iba a encontrar una vía de solución en el proceso que conduciría a la fusión con las JONS. Si el triunfo de las derechas había venido en cierto modo a coartar las posibilidades de expansión de Falange, otro tanto había sucedido con la organización de Ledesma, notablemente afectada ya por la simple aparición del nuevo partido. Ambas organizaciones tenían problemas de desarrollo y financiación, perseguían fines similares y se disputaban el mismo espacio político. La unificación parecía, en consecuencia, una necesidad casi insoslayable. Con la fusión, el grupo de Ledesma y Redondo ganaba en proyección pública y capacidad de incidencia, además de una posible solución a sus endémicos problemas de financiación. Falange, por su parte, además de beneficiarse de la infraestructura, cuadros y experiencia que ya poseían las JONS, adoptaría su simbologia y signos externos, así como, progresivamente, buena parte del temario ideológico desarrollado por la otra organización.52

Todo ello no sirvió, sin embargo, para que FE de las JONS consiguiese progresos sustanciales. Atrapada entre la necesidad de ganarse las simpatías de los campesinos y la de obtener fondos de los terratenientes, sus actividades de organización no eran especialmente brillantes; Ledesma y Primo de Rivera discutían acerca de la necesidad de prestar mayor atención a la capital y grandes ciudades, como sostenía el primero, o a las zonas agrarias, como defendía el segundo; la utilización de la violencia era, en ocasiones, «insuficiente» y, en otras, desmedida y contraproducente; los sindicatos fascistas de Sotomayor tocaron rápidamente techo entre la indiferencia general y la hostilidad de las organizaciones obreras.53

Tras la fusión, la crisis

Nada de particular, pues, que en estas condiciones las contradicciones internas en el seno de Falange se agudizasen. Apenas concluido su primer Consejo Nacional y pasada la efervescencia de octubre, el partido iba a verse sometido a una situación límite: en el breve espacio de dos meses fue abandonado por buena parte de sus más destacados dirigentes, tales como Eliseda y Ansaldo, Ledesma y Sotomayor.

Pues bien, de este proceso se ha dado siempre una explicación de una lógica aplastante y, por tanto, en apariencia, absolutamente satisfactoria. Dicha en forma lapidario, ésta sería la siguiente: la derecha se fue por la derecha y la izquierda por la izquierda. Sin embargo, la documentación italiana existente al respecto y una más atenta lectura de las fuentes básicas nos demostrará que tal explicación, más que insuficiente, es, en lo fundamental, errónea. Veamos por qué.

A la altura de septiembre de 1934, la existencia de un progresivo «giro a la izquierda» de la organización fascista era ya claramente apreciable. Al menos para el encargado de negocios italiano en Madrid, ante el que habría sido explicado, ilustrado y defendido nada menos que por el marqués de Eliseda:

Me ha expresado su sentimiento por la ceguera e incomprensión de los monárquicos y me ha expuesto las ideas más optimistas ante la lucha política que, casi con seguridad, se desarrollará en el otoño próximo. Según el marqués de Eliseda, el alejamiento de los nobles y la orientación popular de Falange Española había coincidido con un notable aumento de las inscripciones; las provincias se encontrarían preparadas para los próximos acontecimientos y las escuadras armadas de acción contarían con unos 6.000 organizados, aunque existiría, por otra parte, una grave ausencia de fondos.54

La situación no era, no obstante, tan dramática como parece desprenderse de la conversación. No tanto, al menos, como para impedir que Primo de Rivera y Goicoechea firmaran el pacto del 20 de agosto de 1934, por el que unos contribuían a la financiación de Falange y los otros se comprometían a no cuestionar la restauración de la monarquía. Dos meses más tarde, sin embargo, las subvenciones se suspendieron55 y el propio Eliseda abandonaba el partido.

Desde luego, parece poco creíble que la enérgica defensa realizada por el marqués de Eliseda del giro a la izquierda de Falange fuera abandonado por el supuesto carácter no católico del famoso «punto 25». Sobre todo porque tal punto era, en lo sustancial, idéntico al aprobado un año atrás en los «puntos iniciales», sin que entonces planteara problema alguno de conciencia al referido marqués.56 Descartado el problema del «izquierdismo» y el de la supuesta falta de catolicidad, ¿dónde radicaba el problema que había de llevar a Eliseda fuera de la organización? En nuestra opinión, en un solo y exclusivo punto: en la negativa de José Antonio a incorporarse al «Bloque Nacional». El 28 de noviembre, en efecto, Primo de Rivera publicaba en ABC una nota encabezada con el siguiente titular: «Falange Española no se fundirá con ningún otro partido». Dos días más tarde, la prensa publicaba la nota en la que el marqués de Eliseda anunciaba su salida del partido.57

La segunda cuestión de importancia se refiere a la actitud de Álvarez de Sotomayor e, indirectamente, a la de Ramiro Ledesma. El primero había mostrado, en efecto, ya con anterioridad al 29 de noviembre, su voluntad de incorporarse al «Bloque Nacional» de Calvo Sotelo, con lo que llegamos a la paradójica conclusión de que la razón concreta de la salida de FE de las JONS de Sotomayor –la «izquierda»– y Eliseda –la «derecha»– fue prácticamente la misma, aunque no lo fueran, necesariamente, las razones de fondo. Es posible, en efecto, que más que un acuerdo político total con la iniciativa del «Bloque», la actitud del antiguo miembro de la CNT viniera determinada por la convicción de que la colaboración en aquella iniciativa era un precio político que bien valía la pena pagar a cambio del mantenimiento de una ayuda económica vital para el sostén de «sus» sindicatos.

Que ésta era la verdadera razón lo demuestra indirectamente el testimonio de Ledesma cuando, rememorando el inicio del intento de desplazar a Primo, señalaba:

La casualidad quiso que a la salida de la junta tomen el mismo rumbo tres de sus miembros: Ledesma, Onésimo Redondo y Sotomayor. Con este último iba, además, uno de los dirigentes sindicales, Mateo, antiguo comunista... Todos coincidieron en que si no se hacía algo con rapidez para evitar la descomposición total del movimiento, ésta era inevitable. Sotomayor y Mateo informaron acerca de la situación lamentable de los sindicatos, que en los últimos cuatro meses, en vez de acrecentar la captación de los trabajadores, se habían desnutrido, hasta el punto de que de los 15.000 obreros inscritos en septiembre no quedaban ni 2.000. Afirmaron, asimismo, que los motivos de la enclenquez sindical eran de origen político, procedían de la palidez política del Partido. Y dijeron más, y es que ellos dos venían ya desde hace algunos días estudiando el medio de alzar la independencia de los sindicatos, a cuyo efecto habían gestionado algunos medios económicos58 (La cursiva es nuestra).

Desde esta perspectiva, la actitud del propio Ledesma puede ser analizada de un modo distinto al habitual. Es decir, aquél que permitiría apreciar su radicalidad formal como algo no reñido con la posibilidad de mantener relaciones privilegiadas con la derecha, con tal, naturalmente, de que ésta le proporcionase recursos económicos. Su poco clara actitud, en mayo de 1934, a propósito del ingreso de Calvo Sotelo en Falange59 y su confesada intención en los meses siguientes de mediar en el conflicto entre Ansaldo y Primo de Rivera con el propósito de salvar la permanencia del primero en la organización y desplazar al segundo de su situación preeminente apuntan claramente en dicha dirección.60

El mismo pacto suscrito el 20 de agosto de 1934 entre José Antonio y Goicoechea cobra, a la luz de lo expuesto, una nueva significación. Se establecían en él, como se recordará, tras la reafirmación de los «diez puntos de El Escorial» y el compromiso por parte de FE de las JONS de no obstaculizar una posible restauración de la Monarquía ni atacar a Renovación Española, una serie de cláusulas referentes a la ayuda económica del partido monárquico y el destino que a tales fondos debería darse. Que en ellas se estableciese que un porcentaje de tal ayuda, a partir de una determinada cantidad, debiera destinarse a las milicias y otra a los sindicatos, junto con el establecimiento de una serie de mecanismos que permitían a Renovación el control sobre el fiel cumplimiento de tales cláusulas, admite varias lecturas aparentemente distintas pero que responderían a una misma problemática de fondo.61

Podría ser una de ellas que la ayuda económica de Renovación Española viniera ahora condicionada a que Primo de Rivera diera satisfacción a las dos alas de su partido –a tal fin, posiblemente coordinadas-; otra, que Primo de Rivera intentara anticiparse, mediante la firma del pacto, a las iniciativas existentes en ese sentido en su propio partido, evitando de este modo que pudieran resolverse al margen de él o en su contra; no debe descartase, finalmente, que el acuerdo firmado tuviera una doble significación: de pacto entre las dos organizaciones y de compromiso entre las diversas tendencias existentes en el seno de la organización fascista.62

En lo que respecta a Ledesma, las actitudes anotadas y otras posteriores, no la menos importante entre ellas el hecho de que conspirase con Sotomayor, constituyen una ulterior confirmación de lo expuesto. Como lo constituirá, también, la no despreciable «anécdota» de que en los meses sucesivos pudiera seguir beneficiándose de la ayuda económica de algunos sectores monárquicos y de financieros vascos.63

Pero si éstas pudieron ser las razones últimas de la actitud de sus rivales, ¿cómo explicar la firmeza de Primo de Rivera manteniendo unas posiciones que terminarían por privar a su organización de los más destacados jefes de las milicias, del principal organizador de los sindicatos y del propio Ledesma, hombre, como se sabe, con un nada despreciable prestigio entre un sector de las bases del partido?

La evolución de Primo de Rivera

En nuestra opinión, dos procesos simultáneos y entrelazados explican la evolución de Primo de Rivera durante el período comprendido entre octubre de 1933 y diciembre de 1934. El primero se refiere a la progresiva toma de conciencia de que la alternativa fascista, para tener alguna virtualidad de éxito, debía presentarse con unos contornos definidos y propios que la diferenciaran claramente de las otras fuerzas de la derecha. El segundo concierne al proceso de radicalización, real, de Primo de Rivera. Es decir, a aquél que daría un contenido efectivo y plenamente asumido a la aludida necesidad política de diferenciación. Ambos procesos pueden seguirse con facilidad en los distintos escritos y discursos públicos del hijo del dictador. Del primero, sobre el que no es necesario extenderse en demasía, bastará recordar sus crecientes críticas a las fuerzas de la derecha, acusadas frecuentemente de caducas, conservadoras y «egoístas», así como su afán de presentar los rasgos fascistas de la propaganda o actuación de dichas fuerzas como una mano de pintura superficial que no afectaba al contenido real de sus discursos.64 La evidente continuidad existente entre la oposición de Primo al ingreso de Calvo Sotelo en FE de las JONS y la posterior a la incorporación de Falange al «Bloque Nacional» constituirían la más neta plasmación práctica de lo expuesto.

Eran, como decíamos anteriormente, respuestas a las exigencias de diferenciación de una organización fascista que, con una peculiar «marca» de nacimiento, aspirara a conquistar un espacio político propio. Pero era también la consecuencia directa de la evolución real del pensamiento de Primo de Rivera. No hay más que seguir cronológicamente su trayectoria para apreciarlo claramente. Antes ya de su fusión con las JONS, puede advertirse una cierta acentuación de los matices anticapitalistas, junto con una aún muy relativa pérdida de los tonos paternalistas al referirse a los trabajadores. Así, por ejemplo, en Cáceres, el 4 de febrero de 1934, los objetivos de Falange venían enunciados ya de un modo fascista «clásico». La Falange Española, decía, quiere dos cosas: «Primero, una justicia social que no se nos conceda como regateo; una justicia social que alcance a todos..., y, en segundo lugar, queremos tener una nación, puesto que hoy no la tenemos. Y una de dos: o imperamos a languidecemos...».65

Será, sin duda, con la fusión cuando estos todavía tímidos matices respecto de posiciones anteriores se incorporen plenamente a su discurso. El propio Primo de Rivera así lo reconocerá en el artículo en que se daba cuenta de la fusión con la organización de Ledesma: «El movimiento de las JONS había, sobre todo, insistido en una cierta crudeza de afirmaciones sindicales, que en nosotros habían quizá retardado su virtud operante y expresiva, aunque estuviesen bien dibujadas en nuestras entrañas».66 Y ciertamente, como reiteradamente se ha puesto de manifiesto, la mencionada fusión iba a imprimir un giro esencial en el pensamiento y actitud de Primo de Rivera. Toda la temática «sindicalista», el rechazo del capitalismo, empobrecedor de las masas y «usurero», la necesidad de cambios revolucionarios, el reconocimiento de la llegada del proletariado a la vida pública y su necesaria participación en el poder67 serán en lo sucesivo elementos esenciales en el discurso de Primo de Rivera.

Hay, junto a todo ello, un aspecto nuevo que creemos debe subrayarse. Y es la adopción de los contenidos laicos y modernizantes presentes en el fascismo. Algo que vendrá claramente puesto de manifiesto con relación a la proclamación de la República misma, presentada como la gran ocasión perdida para la realización de la revolución nacional. Así, en junio de 1934, comparando dos fechas históricas, el 13 de septiembre de 1923 y el 14 de abril, Primo de Rivera quería ver en ambas un punto de arranque frustrado de dicha revolución. En ambas fechas se habría producido la misma «alegría popular», la misma ilusión de ruptura con un orden social y político viejo y caduco que haría que España llevara «... una vida chata, una vida pobre, una vida triste, oprimida entre dos losas que todavía no ha conseguido romper: por arriba, la falta de todo interés histórico; por abajo, la falta de toda justicia social».

Su discurso quería enlazar así con la «música» de la revolución del 14 de abril –la que le habría puesto la Agrupación al Servicio de la República–a la que iba a dar un contenido y posibilidades muy próximas a los que les diera Ortega. La revolución del 14 de abril habría llegado, en efecto, por la sana vía del patriotismo crítico y, «en cuanto al fondo social», habría traído su «aportación más profunda e interesante»: «La incorporación de los socialistas a una obra de gobierno no exclusivamente proletaria... Los socialistas, por una vez, interrumpían su rumbo de movimiento exclusivamente proletario y se matriculaban en un movimiento que tenía todo un aire nacional».68 Apreciaciones de este tipo, que no podían resultar, ciertamente, gratas a oídos monárquicos, constituirían en lo sucesivo un eje básico de la actitud y programas del fascismo español.

En todo ello era evidente la recepción del pensamiento de Ortega. Pero, a la vez, tomado en su conjunto, el discurso era ya netamente fascista: la necesaria revolución había de ser, a la vez, nacional y social; se rechazaba el capitalismo –que no la propiedad privada– y del comunismo se admitía su fondo «solidario», para rechazar sus contenidos «antipatrióticos» y «materialistas». La reforma agraria, de contenidos claramente regeneracionistas, pero no sin una punta revolucionaria, «moderna», pasaría a constituir, también, pieza básica del discurso falangista. La Monarquía, finalmente, estaba camino de ser declarada «gloriosamente fenecida».69

La asunción de una problemática plenamente fascista, lejana ya de aquellos tonos derechistas que caracterizaron los primeros momentos de la actuación política de Falange, no suponía, obviamente, que esta organización se «abriese» efectivamente a la izquierda. Además de asumir el conjunto de aspectos de la ideología fascista que la alejaban de toda concepción política progresista –elitismo, agrarismo, irracionalismo...–, su hostilidad era implacable no ya sólo hacia el comunismo o el socialismo, sino hacia las mismas formaciones republicanas. Las últimas eran condenadas por burguesas y, por tanto, por no revolucionarias cuando parecían oponerse al socialismo revolucionario, pero serían consideradas antinacionales si se aproximaban a aquél; los socialistas, si revolucionarios, eran «masas rencorosas», si reformistas, como Prieto, defensores de la burguesía y el capitalismo y, por tanto, anti-revolucionarios. Un triunfo de los socialistas era equiparado a una «invasión extranjera», lo que por encima de cualquier supuesto rechazo de la violencia bien valía el recurso a todas las violencias.70

Enemigo por definición de todas las fuerzas progresistas y revolucionarias, el fascismo español y su jefe tenían en común con todos los partidos derechistas su temor a la revolución; se diferenciaban de ellos por auspiciar, como única posibilidad para frenarla, su propia revolución. Pero lo que les diferenciaba de otras fuerzas derechistas no era únicamente esto o su incidencia en el carácter nacional y social de la revolución que preconizaban. La diferencia radical y fundamental estribaba en la forma de Estado que habría de sustituir al denostado Estado liberal. Ello es claramente apreciable en algunas de las aparentes críticas de Primo de Rivera al «totalitarismo» y al «corporativismo». Críticas que, en realidad, lejos de ir dirigidas contra tales conceptos, lo iban contra la utilización que de los mismos hacían las fuerzas derechistas. Así, reprochará a pretendidos defensores del totalitarismo que enarbolen esta bandera sin asumir la necesidad de la existencia de un dictador genial, como Mussolini. O, a «otros bloques de esos» que hacían profesión de corporativismo, espetaba que éste sólo tenía sentido como «una pieza adjunta de una perfecta maquinaria política», como en Italia.71

Creemos, en definitiva, que este doble proceso de Primo de Rivera aquí reconstruido –necesidad de diferenciación respecto de las otras fuerzas de la derecha y progresiva y plena asunción de los elementos diferenciales del fascismo– explica suficientemente la negativa de aquél a una nueva disolución de los contornos de su organización en otra de carácter suprapartidista e inequívoco signo derechista, cual era el «Bloque Nacional».

DOS FASCISMOS Y UN FRACASO

A partir de lo expuesto, será más fácil identificar las razones de fondo de las divergencias entre Primo de Rivera y Ledesma. Diferencias que no estriban en el mayor o menor «izquierdismo» o «derechismo» de uno de ellos, pues, como se ha visto, es difícil trazar una línea divisoria a partir de esos criterios. Sí podría afirmarse, en cambio, que de algún modo ambos dirigentes fascistas portaron siempre con ellos el «sello» de la forma en que se produjo su respectiva conversión al fascismo.

Ledesma, desde presupuestos radicales, descubriría en el fascismo unos valores igualmente radicales, con ese antiburguesismo «anómico» del que ha hablado Jiménez Campo.72 Era la suya, desde este punto de vista, una revuelta contra los valores «caducos», contra la presunta decrepitud de las generaciones que los encarnaban y contra los supuestos racionales, «intelectuales», que estarían en su base. El fascismo de Ledesma sería, en consecuencia, violentamente antiliberal, con una defensa no menos vehemente de lo «nuevo», de la juventud y del irracionalismo. Su antisocialismo y anticomunismo –que respondían, en el fondo, a motivaciones conservadoras– asumía también tonos de «rivalidad revolucionaria»; es decir, defendiendo frente a una revolución «materialista» y «antipatriótica» otra «nacional» e idealista. Hasta aquí, Ledesma habría sido más o menos «llevado» por su maestro Giménez Caballero; a partir de aquí, seguiría profundizando en dicha dirección en busca de su plasmación real. Ya no seguiría a «Gecé» en lo que, en cierto modo, podría considerarse una «involución». Este último, en efecto, «capturado» por Roma, abandonaría progresivamente sus esfuerzos por profundizar en la búsqueda de un fascismo hispano, propio, y asumirá plenamente, sin sombra de crítica, como modelo y guía indiscutible el fascismo mussoliniano.

Primo de Rivera, por su parte, llegaba al fascismo por la vía de la fascistización desde una perspectiva de derecha conservadora.73 Su camino, mucho más largo que el de Ledesma, fue, en cierto modo, inverso al de Giménez Caballero. No sería casual, por ello, que ambos se encontraran a lo largo de 1933, período en el que el influjo del último sobre el hijo del dictador es más que evidente. Pero el fundador de Falange prosiguió su evolución hasta convertirse –como el propio Ledesma reconocería-74 en un auténtico fascista. Pero no por ello perdió su «marca de origen», como se aprecia claramente en algunas de sus diferencias con Ledesma: la sistemática apelación a la razón, la búsqueda de la elegancia en pretendida oposición a la demagogia, el menosprecio sistemático de las masas y el rechazo casi visceral de la revolución en lo que tenía de ruptura del orden.75

No quiere decirse, entiéndase bien, que las diferencias entre ambos fueran, en los puntos mencionados, abismales. El irracionalismo de Primo de Rivera no era muy inferior al de Ledesma. Sus apelaciones a lo «poético» escondían una sublimación del irracionalismo76 y otro tanto puede decirse de su naturalismo, definido siempre en oposición al «naturalismo» de «nefastas» consecuencias revolucionarias del abominado Rousseau.77 Tampoco la demagogia estaba ausente del discurso joseantoniano y de ella se pueden encontrar en sus discursos abundantes muestras. La diferencia radicaba en que, a pesar de todo ello, Primo de Rivera gustaba de presentarse como defensor de la razón y la elegancia intelectual. En cualquier caso, no eran sólo diferencias de matiz. Sin llegar a afectar al fondo de la ideología, podían condicionar seriamente la eficacia del producto.

Consecuencia en buena parte de lo anterior sería la forma respectiva de situarse ante la problemática de la «revolución». No, evidentemente, ante la socialista, frente a la que la posición de ambos era prácticamente idéntica, sino ante la «revolución pendiente». Era la de Primo de Rivera, en efecto, una revolución que debería resolverse sin grandes convulsiones y a la mayor brevedad en un orden «clásico», una sociedad perfectamente jerarquizada con un «César» en la cúpula.78 Una revolución, en definitiva, muy diferente de aquella con cierto sabor de revuelta imaginada por Ledesma. No sería de extrañar, en este sentido, que en las frecuentes alusiones de Primo de Rivera al carácter «romántico» y de heredero de la Revolución Francesa del nazismo hubiera una crítica larvada a las concepciones de Ledesma.

Eran, con todo, dos concepciones del fascismo que, con mayores o menores contradicciones, hubieran podido, tal vez, coexistir en una misma organización en condiciones más favorables. Sucedía, sin embargo, que las de la España republicana no lo eran. Y ante las evidentes dificultades que el fascismo español encontraba en su desarrollo, las posiciones respectivas se radicalizaron hasta conducir a la escisión.

De alguna manera, tal radicalización de las respectivas posiciones indicaba una toma de conciencia de la naturaleza de las resistencias encontradas: Primo de Rivera pareció advertir que las clases medias sintonizaban con los contenidos renovadores y anti-Antiguo Régimen de la República y buscó su espacio político en la adopción de tales elementos; completándolos con una propaganda machacona –a la que se suponía que tales sectores sociales debían ser muy sensibles– sobre la inevitabilidad de la revolución socialista; y asumiendo la necesidad de la realización de una reforma agraria al objeto de ganarse la adhesión de amplios sectores del campesinado. Que tal política pudiera favorecer, más que contrarrestar, a corto plazo el aislamiento político de la organización y dificultar –por falta de medios económicos–la acción del partido de cara a las masas es algo que, por lo demás, resultaba congenial a la concepción elitista de Primo de Rivera.

Ledesma, por el contrario, quiso ver en la insuficiente aplicación de sus presupuestos esenciales –apelación a las masas, obrerismo, irracionalismo y violencia– la razón del fracaso. Y estaba dispuesto, en consecuencia, a pagar en términos de supeditación política el apoyo económico que precisaba para realizar aquella política.

La crisis de la organización falangista en los momentos finales de 1934 implicaba, a la vez, a las tres tendencias fundamentales existentes en su seno y a las organizaciones derechistas, que hasta entonces habían tenido una influencia externa –a través de pactos y subvenciones económicas– e interna –militantes reaccionarios de fidelidad predominantemente monárquica. Lo que en dicha crisis se planteaba era, pues, en buena parte, un problema de relación entre el grupo fascista y uno de los más importantes grupos «fascistizados» del país.

Descomponiéndolo en sus dos elementos fundamentales, tal problema se manifestaba, por una parte, en la exasperación de significados militantes falangistas por el escaso desarrollo alcanzado por la organización y, por otra, en el intento por parte de los monárquicos de conseguir una supeditación absoluta de FE de las JONS a sus iniciativas políticas.

En lo que se refiere a las causas del fracaso –tal y como se presentaba a finales de 1934– del partido fascista español, es conveniente hacer, para mejor determinarlas, dos precisiones: en primer lugar, el hecho de que hasta el momento de su fusión con Falange, Ledesma había dispuesto de casi tres años, el último de ellos coincidiendo con las grandes perspectivas que para el desarrollo del fascismo abrió la subida de Hitler al poder, sin que los resultados obtenidos pudieran calificarse sino de mediocres. Es más, las JONS hicieron ostentosa demostración de incapacidad para utilizar la violencia en forma sistemática y rentable, así como para penetrar en los medios obreros. Es decir, de las dos deficiencias esenciales que luego reprocharían al liderazgo de Primo de Rivera.79

Por otra parte, no puede hablarse de la ausencia de un entorno político adecuado. Un proceso de fascistización de cierta envergadura se dio en la España de los años treinta. No había prácticamente ninguna fuerza de la derecha que no estuviera, en mayor o menor grado, fascistizada; y entre esas mismas fuerzas no faltaron las que estuvieron dispuestas durante un período de tiempo relativamente amplio a apoyar y asistir al partido fascista español. Otro tanto puede decirse, pero es en buena parte lo mismo, de los sectores industriales y financieros del país. Jiménez Campo ha diferenciado entre dos momentos en la actitud política de dichos sectores económicos: uno en el que se pretendería «instrumentar el fascismo como punta de lanza en el conflicto de hegemonía, al margen del aprovechamiento de sus virtualidades contrarrevolucionarias», y otro, en el contexto ya de un abierto «conflicto de dominación», en el que las preocupaciones de la burguesía española serían estrictamente defensivas, que dejaba poco lugar para una política diferenciada y en muchos aspectos «radical» como la del fascismo español.80

Tal análisis se resiente, en nuestra opinión, de una visión del fascismo en la que prima su carácter «instrumental» respecto de determinados sectores de la burguesía sobre el carácter autónomo de ese mismo fascismo. Antes, en efecto, que instrumento de un sector de la burguesía en los conflictos de hegemonía y/o dominación, el fascismo es una fuerza autónoma que cuenta con bases sociales propias: la pequeña burguesía. A partir de ahí, su colusión con los sectores industriales y financieros del país en cuestión es necesaria, hasta el punto de que sin su colaboración es imposible el acceso al poder. Pero esa colaboración es siempre contradictoria. Una cosa es que el fascismo en el poder tenga que defender necesariamente los intereses de una fracción de la burguesía y, a través de ella, de la sociedad burguesa en su conjunto, y otra muy distinta que esté dispuesto a aceptar la sumisión política a esos sectores. La historia de los movimientos fascistas antes y después de su llegada al poder está llena de incidencias que demuestran cabalmente lo expuesto. En la fase previa a encaramarse en el poder, el fascismo necesita del apoyo –en la forma en que lo explica Kühnl– de la clase dominante, y ésta, a su vez, necesita del fascismo, bien para asegurar su dominación destruyendo la organización democrática en beneficio de una alternativa autoritaria, bien para defenderse o atacar a las organizaciones obreras, bien para ambas cosas a la vez. Lo que en realidad determinará el mayor o menor peso de uno u otro de los amigos-enemigos en la alianza será, en definitiva, la fuerza propia de que cada uno de ellos disponga.

En la España republicana lo que fracasa no es el proceso de fascistización, si como tal entendemos una creciente receptividad por parte de amplios sectores sociales de buena parte del ideario fascista y el apoyo a una solución de este tipo, siempre en función de sus propios intereses, por parte de sectores fundamentales del capital. Lo que fracasa en realidad es el partido fascista mismo. Y es ello lo que le colocará en unas condiciones de neta inferioridad respecto de sus aliados naturales. Una inferioridad que le situaría, a finales de 1934, ante la necesidad de optar entre dos soluciones igualmente dramáticas: o la supeditación casi absoluta o la ruptura. Tan es así, que los suministros económicos a FE de las JONS no se cortan porque sus antiguos financiadores hayan perdido todo tipo de interés en la existencia de una organización fascista, sino porque ésta se niega a integrarse en el «Bloque Nacional». En efecto, nadie pidió que cesase el discurso radical y obrerizante de los fascistas españoles. Como lo demuestra, sin más, el sobreentendido que parece estar en la base de la actitud del más radical e izquierdista de ellos, Sotomayor.

Pasada la crisis, Ledesma intentó infructuosamente poner en marcha nuevas aventuras; mientras que Primo de Rivera, líder indiscutido ya de la única organización fascista, concebía para ésta planes más o menos ambiciosos e irrealizables. Para su financiación recurriría ahora a Roma; para sus proyectos «insurreccionales», a los militares.81 A pesar de sus esfuerzos por desmarcarse de los monárquicos o por amagar una aparente neutralidad en las elecciones de febrero de 1936, Falange acabó siendo, sin más, en los meses sucesivos, la fuerza de choque de la reacción.82 Su suerte con Franco no sería mucho mejor.

Más oportunista y realista, o simplemente perspicaz, quien había sido el gran profeta del fascismo en nuestro país, Giménez Caballero, andaba ya preparándose para cantar las excelencias del nuevo «Caudillo». Tal vez porque, quien supo acompañar a Ledesma primero y a Primo de Rivera después, fue también el primero en descubrir sus límites. Quien supo, por fin, descubrir que para que hubiese fascismo en España, aunque sólo fuera una apariencia de tal, había que apostar por un «gran fascistizado».

10 J. Jiménez Campo, El fascismo en la crisis de la II República, Madrid, CIS, 1979; M. Pastor, Los orígenes del fascismo en España, Madrid, Tucar, 1975.

11 «Casi estamos tentados de afirmar que, en nuestro país, el fascismo no hizo sino sintetizar una serie de direcciones ideológicas preexistentes (...) prestándoles la retórica y la simbologia peculiares a las “nuevas derechas” europeas de los años veinte y treinta». Cf., El fascismo en la crisis..., op. cit., p. 89.

12 Cf., M. Pastor, Los orígenes..., op. cit., pp. 36 y 63. Sobre el supuesto carácter fascista del partido de Albiñana, coincidimos con la tesis de Jiménez Campo -op. cit., p. 79-en el sentido de que el pensamiento de dicho grupo fue a inscribirse en los «circuitos ideológicos tradicionales del conservadurismo». Convenimos, igualmente, con H. Southworth cuando señala la ausencia de imperialismo en la ideología albiñanista. Cf., Antifalange. Estudio crítico de «Falange en la guerra de España», de M. García Venero, París, Ruedo Ibérico, 1967, pp. 29-30. Vale la pena señalar al respecto que incluso en las «españolistas»polémicas mexicanos del doctor Albiñana parece estar más presente el odio al México revolucionario que la defensa de eventuales intereses españoles. No parece muy propio de un imperialismo fascista, en efecto, abogar por la acción del imperialismo americano sobre una ex colonia española. En este sentido, resulta clarificador lo que sobre el propio México escribiría Giménez Caballero, éste sí, auténtico fascista: «Si México va significando algo frente a Yankilandia es porque en México no hacen caso ya de meridianos, y potencian por vía rusa o india la esencia cristiana, humana, universal de la sangre hispana de sus venas». Cf. «En torno al casticismo de Italia. Carta a un compañero de la joven España», en La Gaceta Literaria, 15 de febrero de 1929.

13 Sobre la larga trayectoria ideológica que conduce al fascismo, véase, a título de ejemplo, el excelente trabajo de Zeev Sternhell, La droite révolutionaire, 1885-1914. Les origines français du fascisme, París, Seuil, 1978. Acerca del Ortega «político» resulta ya imprescindible el estudio de Antonio Elorza, La razón y la sombra. Una lectura política de Ortega y Gasset, Barcelona, Anagrama, 1984.

14 Cf, E. Giménez Caballero, Circuito imperial, Madrid, 1929, p. 52.

15 En este sentido cabe apuntar que las comparaciones que el propio Giménez Caballero establecía en 1929 entre Costa y Oriani, entre Rajna o D’Ovidio y Menéndez y Pidal, entre Croce o Missiroli y Ortega -o entre La Voce y España-, entre D’Annunzio o Marinetti y Gómez de la Serna, entre Pirandello y Azorín o Baroja, entre Gentile y Maeztu o Araquistáin, entre Unamuno y Malaparte, señalaban -con independencia del carácter más o menos afortunado de algunas de las comparaciones- un camino para la investigación de determinados antecedentes culturales del fascismo español. Cf. «En torno al casticismo...», op. cit. Naturalmente, al margen de las coincidencias existentes entre los respectivos emparejamientos, existen también esenciales diferencias. Aquellas que, precisamente, señalan el mayor o menor grado de proximidad existente respecto del fascismo.

16 E. Giménez Caballero, Genio de España. Exaltaciones a una resurrección nacional.Y del mundo, Madrid, Jerarquía, 1939 (1932), p. 50.

17 Cf., «En torno...», op. cit. Sobre Curzio Suckert (Malaparte) puede verse E. Gentile, Le origini dell’ideologia fascista, Bari, Laterza, 1975, pp. 279 y ss.

18 Cf., Circuito..., op. cit., pp. 17 y 18.

19 Cf., G.L. Mosse, The Crisis of German Ideology, Nueva York, Grosset and Dunlap,1968.

20 Cf., Circuito..., op. cit., p. 18.

21 Ibidem, p. 55.

22 Ibidem, p. 56.

23 Cf., «En torno...», op. cit.

24 Cf., Circuito..., op. cit., p. 42.

25 «En torno....», op. cit.

26 Cf., Genio de España..., op. cit., p. 31.

27 J.C. Mainer, Falange y literatura, Barcelona, Labor, 1971, pp. 24-26.

28 Cf, Genio de España..., op. cit., pp. 135-136.

29 E. Giménez Caballero, La nueva catolicidad. Teoría general sobre el fascismo en Europa: en España, Madrid, Ediciones de La Gaceta Literaria, 1933, pp. 180-181.

30 Cf., H.R. Southworth, Antifalange..., op. cit., p. 65.

31 La Gaceta Literaria, 1 de julio de 1930.

32 R. Lanzas (Ramiro Ledesma), ¿Fascismo en España? (Sus orígenes, su desarrollo, sus hombres), Madrid, Ediciones «La Conquista del Estado», 1935, p. 52.

33 Véase el «Estudio preliminar» de Santiago Montero Díaz a R. Ledesma Ramos, La filosofía. Disciplina imperial, Madrid, Tecnos, 1983, pp. XIII-XXX; también, G. Sobejano, Nietzsche en España, Madrid, Gredos, 1967, pp. 654-655.

34 Así, por ejemplo, Santiago Montero, tras reconocer el «fuerte viraje» que conduce a Ledesma a la actividad política, señala que «en esa transición, en apariencia tan brusca, no existe nada que se parezca a la improvisación». Y añade: «Su vocación política es una profunda determinación de todo su ser. No llega por imitación, por deslumbramiento o por influencias externas a sentirse elegido para iniciar un movimiento nacional». «Estudio preliminar», cit., p. XXXI.

35 Nos referimos, fundamentalmente, a «El concepto católico de la vida», en La Gaceta Literaria, 15 de septiembre de 1930 y 15 de octubre de 1930, y a su contestación a la encuesta de dicha revista sobre «la vanguardia», publicada el 1 de julio de 1930.

36 Cf., La Gaceta Literaria, 1 de agosto de 1928.

37 Ibidem, 1 de febrero de 1929.

38 Ibidem, 1 de junio de 1930.

39 Ibidem, 1 de julio de 1930.

40 Citado en D.W. Foard, Ernesto Giménez Caballero (o la revolución del poeta), Madrid, 1975, p. 161.

41 Ibidem, p. 154.

42 Ibidem, p. 161.

43 Cf. «El concepto católico...», op. cit. Sostenía Ledesma, en efecto, que el catolicismo no sólo había sido la religión de varias naciones «prepotentes» e «imperiales», sino que, además, el espíritu real de los nuevos tiempos sería «auténticamente católico, universal, que aparece no en este o en aquellos pueblos, sino en todo el orbe humano, forjando sus ilusiones y sus mitos» (subrayado en el original).

44 Véanse sus «Notas sobre Heidegger», ahora en R. Ledesma Ramos, La filosofía..., op. cit., pp. 15-34; así como las excelentes reflexiones al respecto de Manuel Pastor, op. cit., pp. 70-73.

45 Cf., La conquista del Estado, n. 6.

46 E. Giménez Caballero, La nueva catolicidad..., op. cit., pp. 210-211.

47 Ibidem, pp. 206-210.

48 Sobre el papel de Primo de Rivera en la génesis de El fascio, véase nuestro trabajo«Falange e Italia. Aspectos poco conocidos del fascismo español», en Estudis d’Història Contemporània del País Valencià, 4 (1983), pp. 242-243.

49 Ibidem, pp. 246-253.

50 «Al volver. ¿Moda extranjera el fascismo?», La Nación, 23 de octubre de 1933.

51 Cf., I. Saz, «Falange e...», op. cit., pp. 254-255.

52 Cf. S. Ellwood, Prietas las filas. Historia de la Falange española, 1933-1983, Barcelona, Crítica, 1984, pp. 42-44. Sobre la distinta forma en la que los dirigentes de las dos organizaciones enfrentaron la unificación pueden verse, para un enfoque favorable a Primo de Rivera, F. Bravo, Historia de la Falange Española de las JONS, Madrid, Editora Nacional, 1940, pp. 13-24; F. Ximénez de Sandoval, José Antonio (Biografía apasionada), Madrid, Fuerza Nueva, 1980, pp. 150 y ss.; Ledesma explicó su propia posición en ¿Fascismo en..., op. cit., pp. 145-157. Véase también J.M.a Sánchez Diana, Ramiro Ledesma Ramos. Biografía política, Madrid, Editora Nacional, 1982, pp. 181 y ss.

53 Cf., S. Ellwood, Prietas..., op. cit., pp. 46-47; I. Saz, «Falange e...», op. cit., pp. 256-257.

54 Citado en I. Saz, «Falange e...», op. cit., p. 267.

55 Según Gil Robles, el acuerdo fue mantenido por Falange, mientras que Renovación hubo de suspender su ayuda hacia finales de año por dificultades financieras. Cf., No fue posible la paz, Barcelona, Planeta, 1978, p. 443n. Como se verá, la tesis que sustentamos es que la ayuda cesó por motivos políticos y no económicos.

56 Véanse tales «Puntos iniciales» en J.A. Primo de Rivera, Textos de doctrina política, Madrid, Delegación Nacional de la Sección Femenina del Movimiento, 1971, pp.85-93.

57 Para la comunicación de Primo de Rivera, véase I. Gibson, En busca de José Antonio, Barcelona, Planeta, 1980, pp. 109-110; la del marqués de Eliseda en X. Ximénez de Sandoval, José Antonio..., op. cit., p. 243.

58 Cf., ¿Fascismo en..., op. cit., pp. 218-219.

59 Nótese, en efecto, la radical ambigüedad con que Ledesma explicaba la diversa actitud de Ruiz de Alda y Primo de Rivera a propósito de la adhesión de Calvo Sotelo: «Primo, que se iba radicalizando, tenía, sin duda, razón. Ruiz de Alda se inclinaba más bien a la admisión, guiado por la proximidad de la revolución socialista y la necesidad en que se encontraba el Partido, si quería intervenir en ella con éxito, de vigorizarse y aumentar, como fuese, sus efectivos reales. No carecía de solidez esa actitud de Ruiz de Alda; pero Primo se mantuvo firme». ¿Fascismo en..., op. cit., p. 167; subrayados nuestros. Como ha hecho notar justamente Ricardo de la Cierva, a «Lanzas» se le olvida en esta ocasión explicar cuál fue la actitud de Ledesma. Cf. Historia de la guerra civil española. 1. Perspectivas y antecedentes, Madrid, Librería editorial San Martín, 1969, p. 561.

60 Cf. R. Lanzas, ¿Fascismo..., op. cit., pp. 185-189. Parece ser que Ruiz de Alda, que según Ledesma «vaciló ante ciertas proposiciones suyas», no fue del todo ajeno a las conversaciones que se produjeron al objeto de desplazar a Primo, aunque finalmente se inclinara por este último. De cuáles pudieron ser tales proposiciones no sabemos sino lo que Ledesma dice en las páginas referidas. Pero, por un informe de Cesare A. Gullino –fiduziarío para España de los CAUR- fechado en julio de 1934, pueden intuirse algunos de los puntos fundamentales de la solución de Ledesma. En tal escrito, en efecto, se afirma que, en el curso de una previsible escisión, Primo de Rivera, junto con Eliseda, serían seguidos por un 25 % de los afiliados, mientras que «el movimiento típicamente español, jonsista..., quedaría confiado a Julio Ruiz de Alda, Ramiro Ledesma y Juan Antonio Ansaldo». Cf. Relazione n.° 2. Organizazzione “FE de las JONS”, julio de 1934, Archivio Centrale dello Stato, Ministero della Cultura Popolare, busta 423.

61 Como se recordará, la cláusula 4a del acuerdo establecía que hasta 10.000 pesetas de la ayuda percibida podían ser libremente utilizadas por FE de las JONS; pero, a partir de tal cantidad, el 45 % debería destinarse a los «gastos de organización de las milicias» y otro 45 % alos de la «organización sindical obrera anti-marxista». En la 5a se establecía que Goicoechea podía designar «un elemento técnico», con el «fin concreto y fijo de comprobar el incremento que Falange Española de las JONS pueda alcanzar merced a estas ayudas». Tal elemento, que debía actuar en contacto permanente con el mando de Falange, «principalmente en su aspecto militar y de choque», no debe confundirse con el «agente de enlace» del que se habla en la cláusula 7. El papel del último, que desempeñaría Pedro Sainz Rodríguez, era fundamentalmente político, mientras que el del anterior era más técnico y militar. Véase el texto del acuerdo en I. Gibson, En busca..., op. cit., pp. 103-105.

62 Véanse las dos notas anteriores. Como se habrá observado, las mencionadas cláusulas del «control» establecidas en el acuerdo parecían denotar una falta de confianza por parte de los alfonsinos en el destino que pudiera darse a los fondos. Tal voluntad de fiscalización venía a incidir, curiosamente, en uno de los motivos básicos de enfrentamiento en el seno de Falange. Por otra parte, la proximidad en el tiempo entre la crisis de julio -recuérdese la información de Gullino- y el pacto del mes siguiente parece indicar también la existencia de una relación entre ambos hechos.

63 Tras su ruptura con Primo de Rivera, Ledesma fue a Bilbao a informar de lo ocurrido a Areilza, a quien puso al corriente de sus intenciones de sacar un nuevo semanario, La Patria Libre, y de publicar dos libros; lo que, teniendo en cuenta la anterior financiación a Ledesma de los «amigos bilbaínos» de Areilza, resulta bastante significativo. Cf. J.M.a Areilza, Así los he visto, Barcelona, Planeta, 1974, p. 94. Sainz Rodríguez, por otra parte, tras afirmar que leyó «en pruebas» el Discurso a las juventudes de España, señala que «de vez en cuando Ledesma recibía alguna ayuda para su organización, le regalamos una motocicleta para sus desplazamientos propagandísticos». P. Sainz Rodríguez, Testimonio y recuerdos, Barcelona, Planeta, 1978, p. 220. Ricardo de la Cierva ha llamado también la atención sobre el hecho significativo de que en el número 2 de La Patria Libre se hicieran grandes elogios de Gil Robles y Goicoechea. Op. cit., pp. 563-564. Primo de Rivera fue posiblemente el primero en acusar a Ledesma de estar financiado por «millonarios archiconservadores», en su duro artículo polémico «Arte de identificar revolucionarios», en Textos..., op. cit., pp. 441-442.

64 Cf., Textos..., op. cit., pp. 437-438.

65 Ibidem, pp. 151-154.

66 Ibidem, pp. 171-173.

67 Ibidem, p. 161.

68 Ibidem, pp. 239 y ss.

69 Ibidem, pp. 557 y ss.

70 Ibidem, pp. 585-587, 706-708, 311, 852-853, 299.

71 Ibidem, pp. 424-425.

72 Cf., J. Jiménez Campo, El fascismo en..., op. cit., p. 126.

73 Recuérdese su pertenencia en 1930 a la Unión Monárquica Nacional. El mismo 14 de abril de 1931 le veía reunido, en lo que parecía «un velatorio de la Monarquía», con personajes tan significativos como el marqués de Quintanar, Maeztu, Yanguas, Vegas Latapie y el conde de Guadalhorce, entre otros. Cf. E. Vegas Latapie, Memorias políticas. El suicidio de la Monarquía y la II República, Barcelona, Planeta, 1983, p. 106.

74 Cf., ¿Fascismo en..., op. cit., pp. 223-226.

75 Cf. Textos..., op. cit., pp. 105, 117, 266, 423 y 915.

76 Al recurrir a la «poética de la revolución», Primo no hacía sino seguir un camino ya trazado por un D’Annunzio, un Mussolini o un Brasillach. Como ha señalado Mosse, «la política de la belleza se basa no sólo en la liturgia, sino también en la asunción como algo propio por parte de todos los fascismos de la necesidad de vitalismo, de élan, que hacia finales del ochocientos encontramos en Bergson, en Nietzsche y en tantos otros». Cf. G.L. Mosse, Intervista sul nazismo, Bari, Laterza, 1977, p. 126.

77 Cf., Textos..., op. cit., p. 189.

78 Ibidem, pp. 229, 421-422, 669.

79 Un informe del embajador italiano de mayo de 1933, referido a las JONS, es bastante explícito al respecto: por ahora la acción de las «JONS, aparte de la propaganda intelectual, se desarrolla en los numerosos conflictos estudiantiles... No toma parte activa en los conflictos sociales, no osa hacer frente a las organizaciones obreras socialistas y comunistas, ni emprender ninguna contraofensiva frente a las organizaciones terroristas anarquistas o comunistas-libertarias». Citado en I. Saz, «Falange e...», op. cit., p. 245.

80 Cf., El fascismo en la..., op. cit., pp. 195 y ss.

81 Cf. S. Ellwood, Prietas las filas..., op. cit., pp. 54-58.

82 Cf. I. Saz, «De la conspiración a la intervención. Mussolini y el Alzamiento Nacional», en Cuadernos de Trabajo de la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma, 15 (1981), pp. 334-339.

JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA Y EL FASCISMO ESPAÑOL

¿Quién fue José Antonio Primo de Rivera? La pregunta parece sencilla y sin embargo la respuesta podría merecer casi un tratado. Basta recordar algunos de los conceptos que aparecen en las múltiples biografías, completas o parciales, del personaje para reparar en ello. «El hombre, el jefe, el camarada» dice una de ellas.83 De su «pensamiento» en sus diversas vertientes, nos hablan varias.84 Al «jurista» o al «pensador» se refieren otras aproximaciones.85 No faltan referencias a su «ética» y aun a su «personalidad religiosa».86 El autor de la más clásica de sus biografías no pudo evitar el calificativo de «apasionada».87 Pero no faltan tampoco biografías «polémicas» o «no autorizadas».88 Algunos aluden explícitamente al enigma y nos hablan de «ese desconocido» y otros parecen partir «en busca» de nuestro personaje.89 Casi todos parecen coincidir en lo que nuestro hombre tenía de idealista y uno de sus últimos biógrafos traza el «retrato de un visionario».90

Se comprenderá que tras esta simple muestra de referencias –en realidad casi infinitesimal en relación con el volumen de las existentes– renuncie yo aquí a todo intento de trazar una especie de perfil biográfico del personaje, de su vida o del conjunto de su obra, de su psicología o aptitudes. Mi propósito es más sencillo y tratará de ajustarse tanto al título de mi conferencia, esto es, a la relación entre José Antonio Primo de Rivera y el fascismo español, como al propósito general del curso, es decir al problema del lugar del personaje en relación con la guerra civil española.

Pero esta, si se quiere, «pequeña triquiñuela» no es suficiente para eludir la complejidad del problema. Porque de todas formas nos enfrentamos aquí a un personaje que fue un hombre, un dirigente fascista y un mito. Y es ésta última dimensión la que se proyecta sobre las dos anteriores sobreponiéndose al propio personaje hasta el punto de hacerlo en ocasiones irreconocible. Un mito, como se sabe, puede cumplir múltiples funciones. Puede ser movilizador y puede ser legitimador. Puede ser utilizado para justificar permanencias e inmovilismo o para impulsar evoluciones y cambios. Pero puede ser también revisitado periódicamente en función de las necesidades políticas o de todo tipo del presente, de los sucesivos presentes.

Tenemos pruebas más que suficientes de todo ello. El gigantesco y formidable espectáculo del traslado de sus restos mortales de Alicante a El Escorial en noviembre de 1939 reunió casi todas las facetas del mito: la propiamente mística del componente religioso y culto a los caídos de todos los fascismos; la, a la vez, movilizadora y legitimadora de una Falange que aún confiaba en ver hecho realidad el sueño del Estado totalitario; la propiamente legitimadora de un régimen, el franquista, y su máximo exponente, Franco, bastante distantes del revolucionarismo falangista. Mito y culto de José Antonio, pues, como legitimadores de una dictadura y de sus cambios. Si el fundador de Falange sirvió para fundamentar la retórica totalitaria y fascista del régimen hasta 1941-42, pronto iba a servir para lo contrario. Y a partir de estas fechas, como se sabe, algunas manifestaciones del dirigente falangista serán utilizadas para negar el carácter fascista y totalitario de su movimiento y, por supuesto, del régimen que decía inspirarse en él. Sucesivamente, el mito siguió cumpliendo sus funciones entre los distintos sectores del régimen y aun entre sus oponentes. Por supuesto, Franco nunca renunció a su utilización y lo mismo hicieron los falangistas «franquistas»; pero el José Antonio «revolucionario» siguió alimentando a las sucesivas «falanges auténticas» más o menos antifranquistas; y hasta un José Antonio cuasi liberal y omnicomprensivo pudo acompañar la evolución hacia el antifranquismo, o el a-franquismo, de hombres como Ridruejo, Tovar, Laín y un largo etcétera. Ni faltó, en fin, como de todos es sabido, un intento de pseudoapropiación-distorsión de su figura por parte de hombres de la oposición que, como Prieto, creyeron encontrar en el fun dador de la Falange un elemento deslegitimador de la propia dictadura franquista.

Luego volveremos sobre algunas de estas cuestiones. Pero por el momento nos concentraremos en la pregunta y los aspectos que anunciábamos, es decir «¿Quién fue José Antonio Primo de Rivera en su relación con el fascismo español?». A tal fin seguiremos la trayectoria política de nuestro hombre en tres fases o momentos. La primera abarcaría desde 1930 hasta los primeros meses de 1934; la segunda se extendería desde aquí hasta julio de 1936; y la tercera desde esta fecha hasta su muerte.

Podríamos decir que nuestro personaje inició su vida política en las filas de la derecha monárquica reaccionaria y contrarrevolucionaria –en la Unión Monárquica Nacional- que agrupaba a muchos de los hombres de la que había sido el régimen de su padre, la dictadura de Primo de Rivera. Una derecha reaccionaria y contrarrevolucionaria que en términos generales le acompañaría y arroparía en su proceso de creciente fascistización hasta la fundación misma de Falange Española en octubre de 1933 y los primeros pasos de la nueva formación.

No hay, en efecto, ninguna duda de ese proceso de acompañamiento y arropamiento: estos derechistas son los patrocinadores de la primera candidatura de José Antonio al Parlamento allá por 1931, cuando presentado por Madrid como único candidato de todas las derechas obtendrá 28.560 votos, poco más del 31%. Este es el tipo de apoyos con el que se cuenta cuando en marzo de 1933 se lanza el semanario El Fascio, primer intento frustrado de creación de una plataforma conjunta de todos los fascistas españoles –de José Antonio Primo de Rivera a Ramiro Ledesma, de Sánchez Mazas a Giménez Caballero. Los monárquicos alfonsinos apoyaron económicamente y pactaron políticamente en agosto de 1933, en el llamado «Pacto de El Escorial» con el Movimiento Español Sindicalista-Fascismo Español, precedente inmediato de la Falange joseantoniana. El famoso mitin de la Comedia del 28 de octubre de 1933, considerado como el referente fundacional de Falange Española, se anunció como un «acto de afirmación españolista» enmarcado en el conjunto de los actos electorales de la coalición derechista. Con esta coalición, en la que ni siquiera se presentaba como candidato de Falange, alcanzaría su escaño parlamentario por la circunscripción de Cádiz. Hasta su salida en el verano-otoño de 1934, hombres de absoluta fidelidad monárquica, como el marqués de la Eliseda o el aviador Ansaldo ocuparon lugares de privilegio en el aparato político y militar del nuevo partido.

Pero debe incidirse también en que este acompañamiento y arropamiento no implicaba identidad. En cierto modo José Antonio Primo de Rivera partía de una formación liberal conservadora, con elementos regeneracionistas y fundamentos laicos, no obstante sus convicciones religiosas inequívocamente católicas. No era tampoco un fiel absoluto de la Monarquía y si en su campaña de 1931 aceptó su condición de derechista no quiso hacer lo propio respecto de la de monárquico. Sobre estas bases pudo proseguir además un proceso de fascistización en el que jugaría un papel importante su fascinación por Mussolini, a quien visitó en búsqueda de apoyo y consejo unos días antes del mitin de la Comedia. Estudioso ya del fascismo italiano, recibe en esta época la influencia de Giménez Caballero, introductor y primer propagandista en España de la idea de fascismo. A retener también que en este proceso de fascistización iba a entrar en contacto con hombres que estaban realizando el mismo trayecto desde posiciones mucho más laicas y modernas como los orteguianos García Valdecasas, García del Moral o Bouthelier. El mismo Ortega ejercía una creciente influencia sobre él y lo mismo puede decirse de su admirado Unamuno. Estos dos últimos configuraban la necesaria conexión con el discurso de la decadencia y la regeneración propio del 98 y décadas sucesivas.

El segundo periodo, el comprendido entre febrero de 1934 aproximadamente y julio de 1936 es el que contempla, por igual, la conquista del liderazgo de José Antonio en el fascismo español; su radicalización en un sentido genuinamente fascista y la conquista de su autonomía respecto de los aliados derechistas. La fusión con las JONS, en febrero de 1934, y aun la salida de Ramiro Ledesma de FE de las JONS, casi un año después, constituyen hitos fundamentales en este proceso.

Lo primero, la fusión con las JONS de Ledesma y Redondo, coadyuvó a la radicalización del discurso y actitudes de Primo de Rivera en un sentido revolucionario tanto desde el punto de vista mítico –esto es, el mito de la revolución en tanto que tal– como del social y nacional. Lo dirá claramente en su discurso de proclamación de FE de las JONS pronunciado en Valladolid el 4 de marzo de 1934: «... Hemos preferido salirnos de ese camino cómodo e irnos, como nos ha dicho nuestro camarada Ledesma, por el camino de la verdadera revolución. Porque todas las revoluciones han sido incompletas hasta ahora en cuanto ninguna sirvió, juntas, a la idea nacional de la Patria y a la idea de la Justicia social. Nosotros integramos estas dos cosas: la Patria y la Justicia social, y resueltamente, categóricamente, sobre estos dos principios inconmovibles queremos hacer nuestra revolución».91

Lo segundo, la salida de Ramiro Ledesma, confirmó definitivamente el liderazgo de José Antonio. No fue un proceso fácil, ni faltaron en él las más terribles y crueles descalificaciones. Pero fueron pocos los que siguieron a Ledesma y las diversas iniciativas impulsadas por éste en los meses sucesivos se cerraron con el más rotundo de los fracasos. En lo sucesivo nadie discutiría ya la jefatura absoluta de nuestro hombre. Puede decirse, pues, que a la altura de 1935 un José Antonio ya plenamente fascista era el líder indiscutible de la única organización fascista existente en España.

Bajo este liderazgo, además, FE de las JONS había reafirmado el carácter nacional-sindicalista de su revolución, había roto abiertamente con los hombres del Bloque Nacional, se había distanciado ostentosamente de la Monarquía «gloriosamente fenecida» e incluso había pretendido conectar, de modo retrospectivo, claro es, con «la alegría del 14 de abril». En uno de sus más famosos discursos, el pronunciado en el cine Madrid el 19 de mayo de 1935,92 abundaba en estos conceptos, reafirmaba el anticapitalismo del movimiento, reivindicaba los derechos de obreros y campesinos y proclamaba ostentosamente su independencia frente a antiguos acompañantes y patrocinadores: «Tenemos en contra a todos: a los revolucionarios..., y de otra parte, a los contrarrevolucionarios, porque esperaron al principio, que nosotros viniéramos a ser la avanzada de sus intereses en juego, y entonces se ofrecían a protegernos y a asistirnos, y hasta darnos alguna moneda, y ahora se vuelven locos de desesperación al ver que lo que creían la vanguardia se ha convertido en el Ejército entero independiente».93 Reafirmación de independencia sincera, sin duda, pero que seguramente se vería extraordinariamente facilitada por la subvención de 50.000 liras mensuales que había conseguido en Roma apenas quince días antes.

Pero ¿qué fascismo era el de José Antonio Primo de Rivera? Era, por supuesto, un fascismo pleno, basado en una concepción mítica de una revolución regeneradora, populista y ultranacionalista, orientada a la construcción de un Estado totalitario como base y cimiento de una comunidad nacional ordenada y entusiasta, jerárquica y conquistadora. Este es el mínimo común denominador de todos los fascismos, y el de Primo de Rivera lo cubría más que suficientemente. No hay que hacer caso por tanto de las protestas de no-fascismo contemporáneas o posteriores. Primero, porque casi ningún movimiento fascista se definía a sí mismo como fascista, aunque se afirmara, como hiciera el propio Primo de Rivera, que se compartían con el fascismo los valores generales y universales. Segundo, porque cuando se criticaba el totalitarismo o el corporativismo se hacía con el objeto de denunciar la utilización interesada por la derecha de estos conceptos. Así, cuando rechazaba el totalitarismo si éste carecía de un «genio de mente clásica» al frente (Mussolini), o el corporativismo si éste no era, como en Italia, «una pieza adjunta a una perfecta maquinaria política».94 Tercero, porque ese fascismo que se negaba era automáticamente reivindicado frente a cualquier posible usurpador de la idea, como se hacía en el ya mencionado discurso del cine Madrid: «Surge en el mundo el fascismo con su valor de lucha, de alzamiento, de protesta de pueblos oprimidos contra circunstancias adversas y con su cortejo de mártires y con su esperanza de gloria, y en seguida sale el partido populista y se va, supongámoslo, para que nadie se dé por aludido, a El Escorial, y organiza un desfile de jóvenes con banderas, con viajes pagados, con todo lo que se quiera, menos con el valor juvenil revolucionario y fuerte que han tenido las juventudes fascistas».95 Y, cuarto, porque como fascista y único representante del fascismo español se definía en los contactos con la Italia fascista: «La Falange Española de las JONS –decía en el informe remitido a los italianos en el verano de 1935– ha logrado convertirse en el único movimiento fascista en España».96

Dicho esto, conviene precisar las características específicas del fascismo joseantoniano. Y, aquí sí, hay que mencionar sus contradicciones, dudas y vacilaciones. Aspiraba a la construcción de un Estado totalitario, pero éste habría de ser fundamentalmente ordenado; aspiraba a integrar a las masas en el Estado y su populismo hacía del pueblo la referencia ineludible, pero las masas le repelían y nunca abandonó su prevención un tanto aristocratizante respecto de las mismas; tenía una concepción estética de la política, pero le disgustaba la apelación irracional y demagógica; reivindicaba la violencia, pero mantenía respecto de ella posiciones ambivalentes; su propia condición de «señorito», de la que nunca consiguió distanciarse por completo, le alejaba de uno de los mayores elementos de fuerza de los fascismos: el plebeyismo. Y conviene decir que una de las personas más conscientes de esta limitación era el propio dirigente falangista. Así, por ejemplo, cuando confesaba sus dudas a Ximénez de Sandoval: «Para dirigir un movimiento fascista no se puede ser un señorito. Hay que haber sido, como Mussolini o Hitler, obrero, socialista y simple soldado de las trincheras. Es preciso conocer la mordedura del hambre y el amargor de la injusticia social. Es menester conocer lo que el pueblo quiere por habérselo oído gritar al mismo pueblo».97

Paradójicamente, o precisamente por todo ello, el máximo dirigente de Falange parecía confiar más en la capacidad de convicción de su discurso que en unas prácticas fascistas que, por otra parte, constituían lo esencial de la actividad de su partido. En suma, podríamos hablar de una especie de fascismo naif basado en la convicción de que, al final, los españoles serían ganados por la claridad benéfica de su mensaje.

Pero los españoles, como lo demostraron las elecciones de febrero de 1936 en las que FE-JONS apenas alcanzó el 0,4% de los votos (unos 45.000, poco más de la mitad de los 80.000 militantes que afirmaba tener el partido) estaban bastante lejos de dejarse seducir por los cantos de sirena del fascismo. Nadie fue más consciente de ello que José Antonio Primo de Rivera, quien amagó en poco tiempo todas las estrategias imaginables: se desmarcó de las derechas e hizo finta de conceder un margen de confianza a Azaña. Pero pronto dio por cancelado dicho margen y convirtió a su partido en una organización terrorista al servicio de lo que llamaríamos hoy «la estrategia de la tensión». Falange declaró, en efecto, «una santa cruzada de violencias»98 que aunque le costó alrededor de 40 muertes propias causó en el enemigo muchas más. Según el biógrafo de José Antonio, Ximénez de Sandoval: «El Depósito judicial acogió por cada uno de los nuestros a diez de los contrarios».99 De creer, además, en un Rapport enviado por Goicoechea a Mussolini el 14 de junio de 1936 en el que se pedía ayuda para el inminente pronunciamiento, tal espiral de violencia formaría parte de una estrategia de conjunto:

El ambiente de violencia y la necesidad ineludible de organizaría ha hecho nacer en el seno de los partidos nacionales pequeños grupos de acción directa que por atentados personales, asaltos a edificios, etc., etc., han actuado contra la revolución. Muchos de estos grupos se denominan fascistas y es notorio un gran aumento en las inscripciones de los jóvenes en las organizaciones de Falange Española. El presente escrito está hecho previo acuerdo y autorización con los jefes de Falange Española y los partidos similares del Frente Nacional.100

Sobre todo, y en línea con lo anterior, José Antonio Primo de Rivera apostó decididamente por la guerra civil. Y aquí se halla sin duda el mayor testimonio de la conciencia de un fracaso. Dos años antes, en noviembre de 1934, en su Carta a un militar español, el dirigente falangista había solicitado la colaboración del ejército en una eventual insurrección que habría de dar el poder a Falange101 y esa misma estrategia, en sus líneas generales, inspiró la reunión en el Parador de Gredos de junio de 1935 o el ya mencionado informe remitido a los italianos poco más tarde. Pero las cosas ahora eran distintas. En su carta «A los militares de España» del 4 de mayo de 1936, José Antonio llama ya simplemente a los militares a pronunciarse, renunciando por tanto a toda tutela o protagonismo por parte de la Falange. Un mes más tarde, hacia el 29 de mayo, aún parecía albergar alguna esperanza de que los militares cediesen, tras conquistarlo, el poder a Falange, pero el General Mola a quien visitaba un emisario de Primo de Rivera fue rotundo al respecto. A finales de junio ya no se trataba de reivindicar ninguna dirección para Falange sino de, mucho más modestamente, prevenirse frente a una previsible hegemonía política de monárquicos y carlistas. Motivo por el que con fecha 24 de junio se prevenía a los militantes contra toda posible participación en la conspiración sin orden expresa de la jefatura. Pero incluso estas reservas desparecieron en los días sucesivos. El 1 de julio la «inteligencia» entre Falange y el «director» (Mola) de la conspiración era plena. Y a la altura del 14 de julio, lo único que parecía importarle al líder falangista es que la sublevación fuese inmediata y a cualquier precio.

Por supuesto, todo este proceso confirma la existencia de fuertes recelos en José Antonio frente a la capacidad política de los militares y una prevención aun mayor a que estos se enfeudaran con la derecha de siempre. Pero demuestra también que en el momento decisivo ninguna instancia pudo más en él que la puramente contrarrevolucionaria. En cierto modo, la suerte de Falange había quedado sellada.

La última fase de la vida de nuestro personaje transcurre en prisión donde había ingresado ya en el mes de marzo y donde pasaría los primeros meses de la Guerra Civil hasta su fusilamiento en Alicante el 20 de noviembre de 1936. Unos meses, los que van de julio a noviembre, que son para nosotros sumamente interesantes porque de algún modo nos revelan las múltiples caras del personaje, sus dudas y vacilaciones, su idealismo y su realismo, su vertiente «heroica» y su vertiente «humana». Veamos algunas de las cuestiones más relevantes.

José Antonio Primo de Rivera y su Falange han apoyado el golpe de Estado. En la medida que pueden, testimonia su hermano Miguel, siguen con entusiasmo los avances de las tropas nacionalistas. Pero poco después, hacia la primera quincena de agosto, veremos a nuestro protagonista hacer propuestas de mediación al gobierno republicano. Intenta una entrevista con Martínez Barrio y, en su defecto, es visitado en la cárcel por Martín Echevarría (subsecretario del Ministerio de Agricultura y secretario de la Junta Delegada por Levante) a quien se ofrece para negociar con Mola el cese de las hostilidades. En un escrito redactado por esas fechas se hace un análisis de la guerra que hoy llamaríamos equidistante: «Si gana el gobierno –afirma– 1.°) fusilamientos; 2.°) predominio de los partidos obreros... 3.°) consolidación de las castas de españoles». Pero si ganan los sublevados, continúa, «Un grupo de militares de honrada intención; pero de desoladora mediocridad política»; y detrás de ellos «1) el viejo carlismo intransigente, cerril, antipático; 2) las clases conservadoras, interesadas, cortas de vista, perezosas; 3) el capitalismo agrario y financiero, es decir: la clausura en unos años de toda posibilidad de edificación de la España moderna. La falta de todo sentido nacional de largo alcance». ¿La solución? Cese de las hostilidades, amnistía general, reposición de funcionarios, desarme de las milicias... y formación de un gobierno presidido por Martínez Barrio del que formarían parte entre otros Maura, Portela, Ventosa, Melquiades Álvarez, Ortega y Gasset, Marañón y Prieto.102

Más tarde, en su defensa ante el tribunal popular, Primo de Rivera llegará todavía más lejos, hasta el punto de insinuar que el fracaso de la sublevación en la zona en que estaba preso no era en absoluto accidental o que sus fuerzas, «medio engañadas», estaban siendo lanzadas «detrás de un confuso movimiento de líneas políticas e históricas indescifrables».103

¿Equidistancia, arrepentimiento, estrategia de supervivencia en previsión del juicio que habría de condenarlo a muerte? Tal vez un poco de todo ello. El propio José Antonio reconoció en su testamento que posiblemente había ido demasiado lejos en su defensa, que sus sospechas acerca de que le habían dejado aislado «adrede en medio de una región que a tal fin se mantuvo sumisa» carecían de fundamento, o que nunca había afeado «a mis camaradas de Falange el cooperar en el movimiento insurreccional con «mercenarios traídos de fuera».104 Todo esto pudo suceder, pero es cierto también, como hemos tenido ocasión de ver reiteradamente, que sus temores ante un triunfo de la contrarrevolución militar y reaccionaria eran genuinos.

Si un hilo de coherencia puede hallarse en todo ello es precisamente el revolucionarismo fascista: aquél que pretende superar las divisiones de izquierdas y derechas, aquél que apuesta por una alternativa distinta por igual de la «derecha reaccionaria» y la «izquierda antinacional». Sin embargo, fascistas y reaccionarios tenían en común su voluntad de destruir antes que nada a esa izquierda, a toda la izquierda, y ese, y no otro, era el objetivo común de todos los alzados contra la República. Las diferencias vendrían después y buena parte de la impaciencia y desesperación de José Antonio provenía posiblemente de ahí: de la conciencia de que en la segunda fase, aquella en que se dirimiría la evolución del nuevo Estado, su proyecto fascista y revolucionario tenía todas las de perder.

Sin embargo, sorprendentemente, el último José Antonio, no sabemos si por pesimismo o desesperación, parece alejarse del fascismo para volver sobre supuestos aristocratizantes, católicos y neotradicionalistas. Así, en su Cuaderno de notas de un estudiante europeo105 dirá del fascismo que «es fundamentalmente falso», porque «acierta al barruntar que se trata de un fenómeno religioso, pero quiere sustituir la religión por una idolatría»;106 o porque lleva a «la absorción del individuo en la colectividad» y a una «exterioridad religiosa sin religión»107 (p. 174). En esta dirección renunciará incluso a la raza y la patria si no es como instrumentos de un orden universal superior, religioso y cristiano.108

Por supuesto, el máximo enemigo seguía siendo el bolchevismo, mientras que del fascismo, especialmente del alemán, aun podría esperarse una evolución salvadora: la que le apartaría de la tradición nacionalista y romántica, para devolverlo al «destino imperial de la casa de Austria». Estamos lejos, pues, de todo fascismo radical y mucho más cerca, si acaso de un fascismo «neotradicionalista» en el que van entrando en juego las concepciones más conservadoras, reaccionarias y aristocratizantes del personaje.

Nos hallaremos así súbitamente ante un perfil de la historia de España -España: germanos contra beréberes, lo titula-109 que parece la peor de las versiones o desarrollos imaginables de la España invertebrada de Ortega. Aquí, la noción de unidad de destino se utilizará ahora contra la de territorio, pero sólo para reivindicar la raza gótico-católica que constituye frente al «fondo popular indígena (celtibérico, semítico en gran parte, norteafricano por afinidad...)» la verdadera esencia de España. Son esos godosarios los que conquistan la Hispania romana y los que la reconquistan frente a los árabes mientras «aborígenes y bereberes» profusamente mezclados contemplan el combate entre dos razas superiores.

No es esto lo peor, sin embargo. La lucha entre la constante germánica y la bereber, dominada y resentida explicarían el resto de la historia de España. Y nuestro hombre no tiene el más mínimo empacho en identificar con la primera a Monarquía, aristocracia, Iglesia y milicia. Y con la segunda, a toda la intelectualidad de izquierda, desde Larra cuanto menos en adelante. En suma, lo liberal, lo popular y lo bereber formarían un todo histórico en contraposición a lo conservador, aristocrático y germánico».110 Y la República de 1936 no sería sino «el desquite de la Reconquista», «la nueva invasión bereber».111

No es de extrañar por tanto que en otro escrito, cuando de la «Aristocracia y la Aristofobia»112 se trata, José Antonio Primo de Rivera constate y lamente la decadencia de la aristocracia. Ciertamente, no deja de reconocer que buena parte de la responsabilidad de esa caída recae sobre los propios aristócratas. Y que frente a la «confusión y ordinariez imperantes» y el «callejón sin salida» en el que se sitúan las masas, nuestro ensayista apuesta por la acción de las minorías selectas. Pero no deja de sorprender su apelación a la aristocracia de sangre: «Por ahora, y por bastante tiempo, si es que la ola turbia no nos anega del todo, la más llamada entre esas minorías a recobrar las condiciones de mando es la aristocracia de la sangre»113 (p. 183). Y, por supuesto, no hace falta decir que José Antonio Primo de Rivera se consideraba miembro de pleno derecho de ella.

José Antonio Primo de Rivera fue fusilado en la prisión de Alicante el 20 de noviembre de 1936. A partir de aquí empezó a construirse el mito. Posiblemente uno de los más resistentes en la España contemporánea. Un mito que, además, parece «gozar de buena salud». Como el Che, tuvo la fortuna de morir pronto y alcanzar la condición de mártir. Esto le mantuvo a salvo de la responsabilidad o múltiples responsabilidades de lo que hicieran después los falangistas o de lo que fuera el propio régimen franquista. Su legado, como decíamos al principio, pudo ser aprovechado prácticamente por todos. En el más elemental de los niveles, muchos españoles pudieron decir siempre aquello de que «con José Antonio habría sido distinto». Curiosamente, muchos antifranquistas de base, incluso los que volcaban su odio sobre la denostada «Falange», suscribieron juicios similares que podrían sintetizarse en el «Franco y Falange, el régimen, fueron los enemigos del pueblo, pero había uno que lo mataron pronto y que era un verdadero idealista, con él hubiera sido distinto».

No vamos a entrar en el análisis del cómo y el por qué se construyó este mito ni en el de las razones por las que se mostró tan resistente. De hecho, el tratamiento de esto exigiría otra –u otras– conferencias. Sí nos interesa, en cambio, decir algo, casi a título de recapitulación, de la relación del personaje real, el de carne y hueso, con la Guerra Civil. Y en este sentido no se puede abrigar duda alguna: como líder de un movimiento extremista José Antonio Primo de Rivera hizo cuanto pudo por propiciar la Guerra Civil. Lo hizo con el recurso a la «estrategia de la tensión» en la primavera de 1936 y lo hizo apremiando, siempre que pudo y cuanto pudo, al ejército para que se pronunciase.

Otra cosa es que la Guerra Civil real fuese la soñada y deseada por los fascistas españoles. Desde luego, ésta no dio todo el poder a Falange y su revolución quedaría definitivamente pendiente. ¿Existía, por otra parte, algún ánimo de reconciliación en Falange y en su Jefe? Seguramente sí, pero en un sentido específicamente fascista. Esto es, en el de un ideario que pretende lograr la síntesis entre izquierda y derecha, entre la revolución social y la nacional; que pretende integrar a las masas en el Estado; que aspira a superar las fracturas de clase y regionales. Pero ese mismo ideario exige como procedimientos la guerra civil, la violencia extrema, la destrucción completa de la democracia liberal, de los partidos obreros y de los sindicatos de clase. Sobre esa base, y la de una represión brutal, habrían de levantarse las futuras promesas de integración y ofertas de reconciliación con unos vencidos a los que se podría ofrecer entonces la «auténtica y completa revolución nacional y social». Objetivo utópico que, como revelan los casos de Italia y Alemania, sólo puede conducir a la barbarie y la catástrofe. Objetivo doblemente utópico en el caso español porque la forma subordinada en la que los fascistas concurrieron a la Guerra Civil hacía prever que su revolución tenía muy pocas posibilidades de materializarse. De modo que todo quedó en la destrucción de la democracia y la represión brutal del enemigo. Lo de la integración y la reconciliación quedaría para siempre en pura retórica. Pero, ciertamente, para entonces, José Antonio Primo de Rivera «ya no estaba».

83 F. Bravo Martínez, José Antonio, El hombre, el jefe, el camarada, Madrid, Ediciones Españolas, 1939.

84 A. del Río Cisneros, El pensamiento de José Antonio, Madrid, Ediciones del Movimiento, 1973; J. Díez Clavero, El pensamiento jurídico de José Antonio, Madrid, Ediciones y Publicaciones populares, 1965; M. Fuentes Irurozqui, El pensamiento económico de José Antonio Primo de Rivera, Madrid, José Capel y Cía, 1957.

85 A. del Río Cisneros, y E. Pavón Pereyra, José Antonio, abogado, Madrid, Ediciones del Movimiento, 1969 (2a ); A. Muñoz Alonso, Un pensador para un pueblo, Madrid, Almena, 1974.

86 M. Argaya Roca, Entre lo espontáneo y lo difícil (Apuntes para una revisión de lo ético en el pensamiento de José Antonio Primo de Rivera), Oviedo, Tarfe, 1996; C. de Miguel Medina, La personalidad religiosa de José Antonio, Madrid, Almena, 1975.

87 F. Ximénez de Sandoval, José Antonio (Biografía apasionada), Madrid, Fuerza Nueva, 1980 (8a ).

88 A. Gibello, José Antonio. Apuntes para una biografía polémica, Madrid, Doncel, 1974;C. Vidal, José Antonio. La biografía no autorizada, Madrid, Anaya y Mario Muchnik, 1996.

89 A. Gibello, José Antonio, ese desconocido, Madrid, Dyrsa, 1985; I. Gibson, En busca de José Antonio, Barcelona, Planeta, 1980.

90 J. Gil Pecharromán, José Antonio Primo de Rivera. Retrato de un visionario, Madrid, Temas de hoy, 1996.

91 J.A. Primo de Rivera, Textos de doctrina política, Madrid, Delegación Nacional de la Sección Femenina del Movimiento, 1971, p. 194.

92 Ibidem, pp. 557-570.

93 Ibidem, p. 569.

94 Conferencia pronunciada en el Teatro Calderón de Valladolid, 3 de marzo de 1935, en J.A. Primo de Rivera, Textos..., op. cit., p. 425.

95 J.A. Primo de Rivera, Textos..., op. cit., p. 568.

96 A. Viñas, La Alemania nazi y el 18 de julio, Madrid, Alianza, 1977, p. 423.

97 F. Ximénez de Sandoval, José Antonio..., op. cit., pp. 123-125.

98 No importa, 2 (6 de junio de 1936).

99 F. Ximénez de Sandoval, José Antonio..., op. cit., p. 483.

100 I. Saz, Mussolini contra la II República, Valencia, IVEI, 1986, p. 168.

101 J.A. Primo de Rivera, Textos..., op. cit., p. 317.

102 I. Prieto, Convulsiones de España, México, Oasis, 1967, 3 vols., I, pp. 138-142.

103 Primo de Rivera y M. Urquijo, Papeles postumos de José Antonio, Barcelona, Plaza y Janés, p. 188.

104 J.A. Primo de Rivera, Textos..., op. cit., pp. 954-955. Lo de la conducta «afeada»hace referencia a la entrevista con el periodista norteamericano Joy Alien el 3 de octubre.

105 Primo de Rivera y M. Urquijo, Papeles..., op. cit., pp. 168-175.

106 Ibidem, p. 171

107 Ibidem, p. 175

108 Ibidem, p. 176

109 Fechado el 13 de agosto de 1936, Ibidem, pp. 160-166.

110 Ibidem, p. 164.

111 Ibidem, p. 166.

112 En ibidem, pp. 180-183.

113 Ibidem, p. 183.

¿RÉGIMEN AUTORITARIO O DICTADURA FASCISTA?

Como es perfectamente conocido, dos son los grandes modelos desde los cuales se han estudiado las dictaduras europeas del siglo XX: el del totalitarismo y el que –marxista o no– estudia el fenómeno desde la perspectiva de la lucha de clases.114 En un caso, el primero, el núcleo de la aproximación viene constituido por el grado de cercanía o lejanía respecto al paradigma de la democracia liberal. En el otro caso, el énfasis viene puesto en lo que podríamos denominar la función social de las dictaduras. Desde el primer punto de vista, tendríamos unas pautas taxonómicas para la clasificación de los distintos regímenes las cuales irían del máximo grado de totalitarismo (la URSS de Stalin) a otros progresivamente menores (nacionalsocialismo, fascismo), para llegar finalmente a los autoritarios (franquismo y otros). Enfocado el problema desde la perspectiva de la lucha de clases y la función social de las dictaduras, la tendencia dominante ha sido durante mucho tiempo la de una generalización indiferenciada del concepto de fascismo para caracterizar a todo tipo de dictaduras antimarxistas y antiliberales del siglo XX.115

Es verdad que por debajo, o más allá, de estos modelos se han ido perfilando progresivamente determinados elementos de consenso, hasta el punto de que podría decirse que desde conceptos distintos todos nos referimos a lo mismo o, más aún, todos sabemos que aquello a lo que nos referimos es lo mismo. Así, por una parte, existe un consenso cada vez mayor en la identificación de los regímenes italiano y alemán como las dos únicas experiencias específicamente fascistas del periodo de entreguerras. Por otra, muchos de cuantos siguen instalados en un concepto amplio de fascismo tienden a recoger con cada vez mayor énfasis los elementos distintivos de unas dictaduras fascistas respecto de otras. Dicho de otro modo, al concepto de fascismo se le añaden toda una serie de matizaciones acerca del peso de los sectores tradicionales, las ideologías conservadoras u otra serie de consideraciones que permiten diferenciar con claridad los prototipos italiano y alemán de otros como, por ejemplo, el español. Citaré, en este sentido, dos casos. Uno el de N. Tranfaglia, quien define el franquismo del primer decenio como una de las variedades de fascismo, pero que señala también las diferencias ideológicas, institucionales e incluso de base social, que separan al ejemplo italiano del español.116 Otro, una de las últimas caracterizaciones del fenómeno que nos vino de la ex RDA, en la que se diferenciaba la forma excepcional de fascismo, aquella basada en un partido de masas (Italia y Alemania únicamente), de la forma normal, generalmente basada en una dictadura militar (la práctica totalidad de las dictaduras de derecha del siglo XX).117 Finalmente, no han faltado los estudiosos que han logrado la ecléctica cuadratura del círculo al diferenciar entre fascismos totalitarios y fascismos autoritarios.118

También desde la otra perspectiva teórica se ha empezado a reconocer que los regímenes autoritarios pueden pasar o haber pasado por fases o periodos totalitarios o quasi, fascistas o quasi. El ejemplo clásico en este sentido lo encontramos –y no por casualidad, por las razones que se apuntarán más adelante– en el caso de España. En efecto, Linz, Payne o Tusell, reconocen ya con bastante claridad la existencia de dicha fase o subperiodo en el franquismo.119

Creo, sin embargo, que estos avances inequívocos en la dirección de una mayor precisión en la utilización de los conceptos, con todo lo que tienen de incuestionablemente positivo, no han conseguido superar, si se me permite la expresión, las taras de origen de cada uno de los modelos.

Por decirlo claramente, creo que el modelo del totalitarismo puede explicar –o ha explicado hasta ahora– mucho del qué –desde una perspectiva formalista-funcionalista– y poco o nada del por qué –desde una perspectiva histórica que es precisamente la que nos interesa.120 Dicho de otro modo, describe bien algunos aspectos del objeto de estudio, pero explica poco del mismo. Añadiré para evitar posibles equívocos que esto no debería ser necesariamente así, que existe una potencial complejidad en el modelo, la cual es apreciable en estudios como los de H. Arendt o J. Talmon.121 Sin embargo esta línea se ha visto por lo general desatendida en las aplicaciones posteriores del modelo, que, o bien lo han reducido a una mera función taxonómica,122 o bien a un expediente descalificador de los antecedentes ideológicos y tradiciones de la izquierda democrática y socialista.123

Opino que, frente a dichas limitaciones, la potencialidad explicativa del marxismo es muy superior. Y ello porque, a fin de cuentas, desde el marxismo se explica bien una de las facetas fundamentales constituyentes del fenómeno fascista: los elementos que lo hicieron históricamente posible, aquellos sin los cuales ningún movimiento fascista habría llegado nunca al poder –me refiero, claro es, al apoyo de las clases dominantes y dirigentes tradicionales. El problema de este tipo de aproximación radica, sin embargo, en que toma la parte –por mucho que ésta sea decisiva– por el todo. Reduce, por así decirlo, el fenómeno a su función histórica. Digamos que, también en este caso, se han dado desde el marxismo aportaciones esenciales que permiten una ruptura con estas limitaciones: Aquellas que incidieron en la línea del bonapar-tismo.124 Pero también aquí tropezamos con una limitación o tara de origen. Cuando se abre el espacio al tercero entre dos litigantes,125 llámese este Bonaparte, pequeña burguesía o fascismo, aparecen todas las dificultades imaginables para explicar el por qué del surgimiento, desarrollo y ascenso de este tercer contendiente. Anotaré sin embargo que algunas observaciones de O. Bauer –sobre el papel histórico de la pequeña burguesía-126 y, sobre todo, de A. Gramsci –las referidas a la problemática de la hegemonía y la nacionalización de las masas– admiten un desarrollo que podría contribuir decisivamente a solventar este problema.127

Todas estas consideraciones me han llevado quizás excesivamente lejos para lo que es el objeto de esta comunicación. Pero creo que eran necesarias para enmarcar lo que me propongo señalar: la existencia de un agujero negro que ninguna de las aproximaciones dominantes consigue explicar satisfactoriamente. El que se refiere a las dictaduras europeas del siglo XX que no son totalitarias, pero que no son meramente autoritarias, que no son fascistas, pero que no son meramente conservadoras. Y de entre ellas, por supuesto, una paradigmática: la dictadura franquista.

Antes de desarrollar este punto, creo conveniente enfatizar que precisamente el franquismo constituye una experiencia esencial, única, que hace de él un rompiente para las distintas teorías. El mismo éxito del modelo de Linz de Estado autoritario construido a partir de la experiencia franquista, o la centralidad que el franquismo adquiere en el modelo de Gino Germani, lo demuestran suficientemente. Pero esa centralidad entraña, por otra parte, un reconocimiento tanto de la especificidad como de la dificultad del problema. En este sentido, podría decirse que, al igual que sucedía respecto del fascismo, un cierto consenso se está delineando en torno al franquismo. Así, una definición por aproximación nos hablaría del franquismo como el menos fascista de los regímenes fascistas o el más próximo al fascismo de entre los no fascistas; o, desde otra perspectiva, el más totalitario de los regímenes autoritarios, o el menos totalitario de entre los de esta categoría.

Y, sin embargo, parece evidente que tampoco así habríamos avanzado mucho. Seguiríamos avanzando en aquel punto de encuentro al que nos referíamos más arriba. Pero nada más. Creo que el problema estriba en que tanto desde una perspectiva como desde la otra, desde la que describe sin explicar y desde la que explica sólo parcialmente, queda fuera un fenómeno que desde mi punto de vista es esencial en el proceso. Tal es el de la fascistización. Un fenómeno que sólo puede entenderse a partir de lo que Nolte llamó la época del fascismo.128

Ahí aparecía planteado, aunque en mi opinión, no bien resuelto, el núcleo del problema. Como señala Nolte, el fascismo definió un época; pero a diferencia de Nolte considero que no todo lo que hubo en esa época fue fascismo.129 ¿Qué quiere decir esto? En mi opinión, que el fascismo constituyó en el periodo de entreguerras un punto de referencia inexcusable tanto para las fuerzas de la izquierda como de las de derecha. Por supuesto, desde ópticas diversas. Desde la izquierda, naturalmente, para combatirlo. Desde la derecha, bien para asumir algunas aportaciones del mismo, bien para utilizarlo, bien para, en su caso, si esto era posible, evitarlo.

Pero de aquí surge un aspecto del problema que no puede ignorarse: el de los elementos dinámicos del proceso. Una primera pregunta parece esencial desde este punto de vista. ¿Era la derecha, las diferentes fuerzas de la derecha en los distintos países europeos, igual en, pongamos, 1933 que en 1918? Si había experimentado algunos cambios significativos ¿en qué medida eran estos debidos al ejemplo fascista? Creo que ese es el problema central, desde la perspectiva que nos ocupa, del periodo de entreguerras. Podemos hablar de derecha conservadora, tradicional, autoritaria y fascismo. Pero estaremos ignorando la dinámica de los procesos –y sus consecuencias– si prescindimos del hecho de que todas y cada una de esas fuerzas de la derecha fueron susceptibles de fascistizarse en mayor o menor grado.130

En mi opinión, esto añade una nueva dimensión al problema. Una dimensión que además suele ignorarse. Tal es, que la relación entre las diversas fuerzas de la derecha, de aquella coalición o alianza contrarrevolucionaria de la que hablábamos antes, no se daba sólo entre las fuerzas clásicas de la derecha y los fascistas, sino que en ese conjunto hay que incluir como un elemento esencial a las fuerzas de la derecha fascistizada.

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