Kitabı oxu: «Devenir perra»

© Itziar Ziga, 2009
© Del prólogo: Virginie Despentes y Beatriz Preciado
© Editorial Melusina, s.l.
www.melusina.com
Diseño gráfico: Iván Lozano
Fotografía de cubierta: Mònika Barrero
Créditos de las fotografías: © Mònika Barrer y © Erika Gasparini: Begoña
Primera edición, 2009
Primera edición digital, 2020
Reservados todos los derechos.
Fotocomposición: Víctor Igual, s.l.
eisbn: 978-84-15373-94-0
A mi madre, que venía a buscarme al colegio
erguida en sus tacones nueve centímetros parabellum.
contenido
Prólogo
Advertencias
Me gusta ser una zorra: la construcción desde el placer
Ésa no soy yo: impostando el feminismo y la feminidad
Perlas ensangrentadas:manada frente a la violencia
La boa de plumas como resistencia
Con P de puta (perra)
Como la falsa moneda… estafa al patriarcado
Hijabs y minifaldas: tanto escándalo por tan poca tela
Oda al coño de Annie Sprinkle
Glosario de perras
Contra-agradecimientos
Agradecimientos
Bibliografía
Pliego de fotos
Prólogo
Chubasquero rosa. Vestido escotado de muselina negra con un descosido en el hombro. Uñas cortas pero pintadas. Pelo largo, extensiones, pelo corto. Pelo oscuro. Teñido de rojo, de rubio. Peluca fucsia. Una inteligencia sólo comparable a su capacidad de seducción. Una resistencia frente al abuso sólo comparable a su capacidad de montar orgías. Un bolso-caniche, donde están los rizos se abre una cremallera de la que sale un monedero de lunares y el último folleto de las jornadas transmaricaputabollo. Purpurina azul sobre los párpados. Sortijas con diamantes de plástico. Recuperación. Acumulación. Resignificación. Un programa para devenir-perra.
Itziar Ziga conoce la ciudad como la conocen los que viven siempre fuera. Pasa por las calles como si le pertenecieran. Zapatos de princesita, pero con las suelas desgastadas. Se nota que ha hecho todos los trayectos de noche como de día, alerta como colocada, con los ojos llenos de lágrimas o de rabia, en grupo, en pareja, en trío, sola, pero siempre parte de la manada. Mujer de exterior, chica de bar, buscona de librerías y corredora de manifestaciones. Itziar Ziga es un turmo-mix político-cultural: el campo y la ciudad, su madre y sus colegas, Euskalerria y Catalunya, la copla y el feminismo iraquí, Judith Butler y Manuela Trasobares, la teoría queer y los talleres de pantojismo, la cultura trans y las abuelas putas, Alaska y Benedetti, santa Águeda y la Dulce Neus.
Itziar Ziga es una drag-bitch, una perra travesti, una bio-mujer capaz de producir una versión putón de la feminidad no ya como artificio teatral (¡bastante caro les cuesta el teatrillo a otras!) sino como estrategia de lucha guerrillera. Pero no se nace perra, se llega a serlo. Se trata de una feminidad reciclada donde no queda nada ni bio ni crudo, donde todo ha sido ya cocido por no decir vomitado, una feminidad hecha con los detritus de género que quedan en el basurero de la heterosexualidad normativa o con los invendibles del merchandising del todo a un euro del kiosko del patriarcado.
Aquellos que siempre han afirmado que no había ni políticas ni estéticas camp que vinieran de la cultura feminista o lesbiana (excepto de la subversión de género que proponen las marimachos y las drag kings) deberán recoger sus caducas etiquetas y crear un nuevo concepto si quieren entender el desafío que Devenir Perra propone.
En la basura del hetero-capital recupera Itziar Ziga la boa de plumas radioactivas, el vestido roto de flamenca que recuerda al que un día llevaba Ocaña para caminar por las Ramblas, el tacón alto pero ancho de puta corredora de calles e incluso el polvo de lujo y las botellas de Xibeca. Itziar Ziga inventa un modo a través del que las ratas de barrio bajo y gustos perversos, esas que han sido históricamente excluidas de los circuitos de poder (al que sólo se accede desde la heterosexualidad blanca de clase media), intervienen en los procesos de producción de significado introduciendo sus propios códigos. El glamour basurero de las perras sin trabajo y sin perspectivas de tenerlo se revela contra las nuevas formas de sumisión social que derivan del imperativo del mercado. Itziar Ziga y sus colegas perras afirman que hay vida inteligente más allá del hetero-planeta de la dieta milagro y del lavavajillas que deja impecable el tupperware, pero también más allá de la mujer liberada y de la igualdad de género, más allá del gay reconvertido en jefe de sección y de la lesbiana discreta y laboriosa. Las perras se ríen de los códigos de los ricos (¿ahora nuevos pobres?), de sus bolsos de Prada medio vacíos y de sus caras de susto frente a la crisis. Las perras se lo montan con la crisis, porque la crisis es el único modo de vida que conocen.
Lo que singulariza la escritura de Itziar Ziga, al mismo tiempo colectiva y radicalmente personal, no tiene que ver con haber nacido mujer u hombre, sino con provenir de los ámbitos en los que tradicionalmente no se escribe. Escritura-perra: lengua precisa formada por la práctica del periodismo, al mismo tiempo que lengua política, pero también lengua lasciva. Este libro se revela frente a la tradición que hace que el poder de la publicación escrita siga estando detentado por una clase privilegiada, una comunidad cerrada que está autorizada a expresarse. Pero también frente al proceso de producción de hegemonías a través de la exclusión discursiva que se operó dentro del propio movimiento feminista. La escritura de Itziar Ziga surge de la periferia de la gran ciudad, de los bloques de Rentería, de la periferia del lenguaje universitario, pero también de la periferia del feminismo.
De las periferias vienen las manadas. Cuando la feminidad se construye en manada, se convierte en una feminidad subversiva. Una perra sola es una perra muerta, una manada es un comando político. Las perras no se ocupan de la cocina ni de vigilar a los niños de la patria. En manada, cada perra es capaz de morder, de organizarse para vivir fuera del hogar. Las perras de Itziar Ziga son animales fronterizos, zorras transnacionales o bollos sin papeles para los que el glamour de basurero es una forma de resistir frente a las construcciones normativas de género, clase, sexualidad o pertenencia nacional. La manada no es ni la comunidad, ni el gueto, ni el partido político. En la manada de perras no hay ley de género ni de identidad sexual, no valen más los tacones que los bigotes (ni bio ni pegados con cola). Y como la manada es una máquina colectiva de follar que sirve para resistir y para inventar otras formas de placer también entran en ella los chicos trans y las camioneras más austeras.
Escritura-perra. Pero también escritura-manada. Como si se tratara de un album de hip-hop, Itziar Ziga se marca un solo entrecortado por las voces de perras-estrella, desplazando los géneros de la sociología y de la antropología para inventar un feminismo chucho y sin collar. Palabras metralleta que abren un pasillo por el que corren, por no decir saltan, todas las figuras de feminidad que habitualmente han sido designadas como víctimas: mujeres con velo, con cabezas rapadas, violadas, mujeres transexuales, mujeres cubiertas de moratones, trabajadoras sexuales, ninfómanas... Las que aquí hablan son perras sabias: a diferencia de los pioneros del activismo travesti y marica-basurero del inmediato posfranquismo para quienes la precariedad económica se veía incrementada por una fuerte exclusión cultural, las perras de Itziar Ziga coleccionan diplomas universitarios (inútiles para el mercado de trabajo, pero eficaces como forma de acceso a formas de poder que derivan del conocimiento), hablan varios idiomas y han penetrado (en todos los sentidos del término) las comunidades queer de varios continentes.
Para todos aquellos que todavía no hayan tenido la suerte de encontrar a Itziar Ziga en su camino, este libro les aproximará a la vena más licántropa del activismo feminista contemporáneo. Y quizás mordidos por sus palabras ustedes mismos devendrán perras.
Virginie Despentes y Beatriz Preciado
(Setter Francés y Bulldog Sin Tierra)
«...y con la Fusta en la mano, pidió a sus Cachorrillas
que la siguieran por el Camino del Destino
hasta que crecieran y se convirtieran en Perras de Pura Sangre, Perras de Caza con la seguridad en la Punta del Rabo.»
El almanaque de las mujeres
Djuna Barnes
Advertencias
Antes de nada quiero advertirlo. A pesar de que mi madre y el Ministerio de Educación creyeron en mí y me pagaron la carrera de periodismo, esté donde esté me expreso como un camionero atascado en la M-30. Es superior a mí. Como excusa, argumento que me crié en un barrio de bloques, en una época en la que las criaturas campábamos a nuestro aire por las calles sin actividades extraescolares y sin miedo a los pederastas.
Nunca he pasado por buena. Ésa ha sido una batalla perdida de antemano que jamás me interesó librar. Ya de canija era demasiado contestona y me gustaba decir la mía más de lo aconsejable para las buenas chicas. Mi padre me lo repetía mil veces: desde que me vio recién nacida supo que iba a darle problemas. Y vaya si se los di. Aunque no tuve otro remedio que aguantarla, nunca acepté su violencia contra nosotras.
Ya nací en guerra con el orden patriarcal que amenazaba mi vida y la de todas las mujeres: sólo podía ser feminista.
Cuando mis tetas empezaron a despuntar en aquella masa de carne inocente y caté las mieles del pecado, tampoco quise conformarme con el roce de un solo cuerpo. Siempre me ha gustado cómo suena la palabra puta. Así que mis novios también me llamaban mala. Después descubrí los cuerpos de mis amigas. Y todavía fui peor.
Esta precoz tendencia mía a no encajar en lo que se esperaba de una buena chica supuso una revelación. Nunca iba a ser feliz conformándome a los límites de la feminidad. Tenía que reventarlos. Como no se me dan bien las líneas rectas, me he perdido mucho para llegar a donde estoy. Pero ahora publico un libro sobre putas feministas; y ya nadie me va a mandar callar. (Otra ventaja de ganarse la vida como camarera, además del alcohol gratis, es que no necesito prostituirme cuando escribo.)
Me interesa desde dónde y para qué muchas mujeres feministas nos calzamos el disfraz de puta (desarrollemos o no un trabajo sexual remunerado). Desde la poderosa reapropiación del insulto. Desde la asunción de que a todas las mujeres se nos trata en algún o muchos momentos como a parias abordables sexualmente. Desde la resistencia diaria a deshacernos de minifaldas y corsés para ser tomadas en serio o para pasar desapercibidas. Desde la construcción placentera de nuestro personaje social.
«He aceptado la pureza como la peor de las perversiones.» Estas palabras de Marguerite Yourcenar me persiguen, se repiten en mi cabeza como un rezo. La verdad objetiva siempre es la versión del poder. Y yo escribo desde los márgenes, desde las alcantarillas del sexo. Desde el activismo y desde la rabia de género y de clase, como mujer mala y como pobre.
Éste es un tratado de amor. Y también de revancha. Las perras de las que hablo son mis amigas. Hubo infinitas horas de charla previas a las entrevistas de este libro. Las adoro y voy a retratarlas como las siento. Para mí son diosas lúbricas. Mi voz se confundirá con las suyas y con las de tantas otras que llegaron a mí a través del activismo, de mis reportajes periodísticos, de los trabajos, de las noches de ronda, de los libros, de los recuerdos ajenos que hago míos, de las pantallas, de los vientos extraños. No creo en el sujeto, no creo en la persona, no creo en mi voz.
Abogo desde aquí por la discordancia de género como mecanismo de sabotaje sexual y lingüístico. Nunca me ha salido del coño generalizar en masculino, pero tampoco quiero entorpecer mi narración con tediosas as/os o arrobas o estrellitas. La segregación biológico-social de género es para mí cada vez más turbia. Ya no sé lo que es una mujer, ni me interesa. A mi abuela Susana Goikoetxea, que tiene ahora noventa y ocho años, lo primero que le patinó cuando empezó a perder las conexiones con su entorno fue el concepto establecido de género. Nos hablaba a nosotras en masculino y lo mezclaba todo. Aupa, amona, por fin te has librado del lenguaje simbólico que te destinó a ti y a todas las mujeres a servir en la casta inferior.
Pues lo dicho, seguiré la rebeldía senil de mi amona Susana y no suscribiré la lógica semántico-sexual que nos ha puteado a ella, a mí, a ellos, a todas. Como anunciaba al principio, por supervivencia no me quedó otro camino que ser feminista. Además descubrí que se estaba muy bien merodeando por estos parajes de la feminidad proscrita. Y mientras autonombrarse feminista siga teniendo tan mala prensa, insistiré en ello. Lo digo tanto por los cortos de mente alérgicos a todo lo que huela a denuncia del sexismo como por las feministas decentes que se ofenden cuando una zorra como yo se confiesa como tal.
También recuerdo a un novio estilo talibán que tuve —los mentecatos no sólo salen con las otras—. Cuando vio claro que ya me había cansado de nuestra asfixiante burbuja, acusó a mi amiga perra Bego de ser una feminista radical y de estar malmetiendo contra él. No pude reprimir la carcajada: feminista radical, y lo dices como insulto. Ella y yo todavía nos morimos de risa al recordar aquel episodio y lo bobo que era el pobre.
Por cierto, ésta es otra advertencia: soy radical. Radical se dice de quien busca la raíz de las cosas. Así que no ser radical es ser, como poco, superficial y, en realidad, estúpida. A pesar de lo que digan los telediarios.
Una de las acusaciones más habituales con las que se nos suele menospreciar a las feministas es la cantinela de que odiamos a los hombres. En mi caso, nada más lejos de la realidad. A mí me encantan los hombres. A quien no soporto es a los machos. Tengo muchos más amigos hombres que la mayor parte de imbéciles que me han señalado a lo largo de mi vida como antihombres. Y el feminismo ha sido precisamente el discurso vital que ha permitido que me cure las heridas abiertas por la brutalidad de los machos y me alíe con los hombres. Transformar esta pesadilla en mi mundo habitable.
Respecto a los machos, a los hombres que se creyeron el cuento de ser hombres, nunca me cansaré de repetir las palabras de mi perra amiga Virginie Despentes en su explosiva Teoría King Kong. «Cuando defendéis vuestros derechos masculinos, sois como los empleados de un gran hotel que se creen los propietarios de la finca… siervos arrogantes, eso es lo que sois.»
Ah, se me olvidaba. Ya sea por temperamento, por las hormonas endógenas y sintéticas que me revolucionan a cada rato, por mi afición al gin-tonic, por mi horóscopo maya o por haber transitado mi infancia en aquella Rentería de los años ochenta que llamaban Beirut, soy exaltada, incendiaria y majara.
Por tanto y recapitulando: soy una zorra vasca feminista radical malhablada panfletaria. Antes de que lo escupa nadie, ya lo he dicho yo.
Me gusta ser una zorra: la construcción desde el placer
Dama, dama que hace lo que le viene en gana…
Cecilia
La mañana del sábado 16 de abril de 1983, cuatro chicas vascas de estética punk se retuercen en las pantallas domésticas de Televisión Española, la emisora estatal y única que había entonces. El programa musical Caja de ritmos, dirigido por Carlos Tena, emite varios vídeos de la creciente escena punk rock bilbaína, entre ellos «Me gusta ser una zorra», del grupo Las Vulpess. «Si tú me vienes hablando de amor, qué dura es la vida, cual caballo me guía, permíteme que te dé mi opinión, mira imbécil, que te den por culo. Me gusta ser una zorra… Prefiero masturbarme sola en la cama, antes que acostarme con quien me hable del mañana, prefiero joder con ejecutivos, que te dan la pasta y luego vas al olvido. Me gusta ser una zorra…»
Quince días después, el diario ABC publica la letra y clama castigo para las zorras y quienes han osado mostrarlas. Carlos Tena dimite, el programa recibe una querella del fiscal general del Estado por escándalo público y Las Vulpess no salen de su asombro. Loles Vázquez, la autora de la mítica letra, asegura que en la redacción de ABC debieron pegarse horas visionando la cinta para desentrañar las palabras de una grabación tan ruidosa. Son muy morbosos los guardianes de la moral y las buenas costumbres.
De todas las canciones punk e indecentes de aquellos años de explosión pos-franquista, «Me gusta ser una zorra» fue, sin duda, la más perseguida y castigada. «Era un país muy machista, la Polla Records cantaban también con tacos y no estaban tan mal vistos», afirma Loles, la fundadora de la banda. En sus conciertos, recibían los insultos y los gritos guarros del público masculino, ya fueran bien vestidos o macarras, y ellas respondían sin tregua. La de Las Vulpess fue una corta carrera llena de sobresaltos, una noche fueron a Burgos de concierto y se encontraron con una audiencia exclusiva de militares que esperaban un striptease.
Han pasado veinticinco años desde entonces, pero yo sigo echando de menos a zorras que se autonombren en espacios normativos. Para la opinión publicada, sólo se puede ser puta, perra o zorra cuando otro lo dice, no cuando una lo exclama. Por eso molestaron tanto Las Vulpess. Ellas cantaban en primera persona: me gusta ser una zorra. No «me gusta ser tu zorra» o «me gusta ser una zorra porque a ti te gusta». Este libro podría llamarse como la canción de Las Vulpess. Yo tenía nueve años cuando a ellas las insultaban y perseguían por declararse zorras pero algo debió de calarme dentro porque jamás he pretendido hacerme pasar por buena y decente. Y me desato por dentro cuando berreo con ellas: me gusta ser una zorra.
Alaska y las perras: el origen
Tras la lectura voraz de Transgresoras, las mujeres que cambiaron su mundo, de Alaska, una tarde desolada de noviembre en 2003, empecé a darle vueltas a la idea de investigar sobre la feminidad que otras amigas mías y yo encarnábamos, sobre si existía la fórmula de una feminidad extrema y antipatriarcal. Alaska dice: «Si no se nace mujer, ¿cómo se llega a serlo? ¿Cómo es el mecanismo a través del cual construimos el género? La hiperfeminidad exhibida por travestis y transexuales ha permitido analizar la construcción del hecho que supone representar una mujer».
Para mí Transgresoras es todo un tratado de empoderamiento y es el origen de Devenir perra. Una lucecita se me encendió aquella tarde oscura. En la primera página tenía todavía los ojos inundados por la tristeza de un abandono; al concluir el libro, ya ni recordaba el nombre de mi amor perdido y nada podía borrarme la sonrisa.
Me decidí: quería investigar la feminidad exaltada que se reproducía en mi entorno de feministas, maricas, bolleras, transexuales, travestis, heteroinsumisas y demás, aquí en esta Barcelona bastarda a la que pertenezco desde hace nueve años. Recuerdo perfectamente el día en que hablé de mi proyecto con Beatriz Preciado. Me animó muchísimo, me dijo que el fotógrafo y activista trans Del Volcano estaba retratando a high femmes.1 Y yo pensé: coño, si Del, que es un genio, que es pionero en nuestras representaciones torcidas, considera que existen feminidades subversivas, entonces no ando tan desencaminada.
Digo esto porque yo, como todas las perras a las que he entrevistado para este libro, tengo una segunda madre que se llama feminismo. Y en mi caso, os aseguro que es más exigente que la madre biológica; las feministas, no sin razón, tenemos alergia a la palabra feminidad. Pero yo pensaba: no vale, a mí me pierde la purpurina, el color fucsia, las plumas, las tiaras de miss de plástico… Lo he intentado, hermanas, lo sabéis, he intentado ser un poquito más camión, menos petarda, más discreta, pero no puedo, es superior a mí. Yo soy como la gran Manuela Trasobares (artista, soprano y primera concejala transexual de nuestra historia) y grito con ella: «¿Por qué no vestirse una mujer con toda su lujuria, por qué no?».
A lo largo de la escritura de este libro, he dudado mucho. Supongo que eso es inevitable. Escribir, y más en primera persona, es un ejercicio de striptease íntimo a veces autocomplaciente y a menudo torturador. Pero creo que hay que interrogar a las dudas e inquietudes acerca de su origen. ¿De dónde vienes a importunarme esta noche, bonita? He sentido en varios tramos del proceso creativo que deseaba justificar ante mí misma la elección de un tema de estudio tan minusvalorado y aparentemente trivial. El disfraz de puta, vaya asunto. (Alguien me dijo: ¿por qué no investigas la masculinidad, que está más de moda? No te jode. ¿Por qué no la investigas tú?)
He comprendido que la misoginia habita latente, muy adentro. Más incrustada de lo que yo me atrevía a vislumbrar. Incluso en mis entrañas de feminista que le gusta vestirse como una puta. Al final este libro se ha convertido en un ejercicio de anclaje en mí misma. Cuatro años después de empezar la transcripción del ladrido de las perras, cuando los infames discursos abolicionistas de la prostitución de las feministas liberales y decentes se vociferan más que nunca, siento nuestra feminidad exaltada, paródica y sucia más ligera, más potente, más necesaria.
Casting de perras
Sabía que quería escribir sobre feminidades de rimel corrido y que me apetecía un retrato colectivo. Desde el principio pensé en varias amigas mías a las que quería entrevistar, todas ellas exaltadamente femeninas y feministas. A medida que empezaba las entrevistas, me emocionaba más, pensaba en nuevas candidatas y veía más claro que, de alguna manera, esto tenía que salir, tenía que explicarse. Éste es un tratado de amor, como advertía al principio. Mis perras son mis amigas, ya las conocía de antes, las adoro, las idealizo, comparto sus luchas, creo que he llorado de emoción y de risa transcribiendo cada una de sus entrevistas. No pretendo legitimarme con la más mínima validez sociológica ni antropológica y me ofendería que alguien lo hiciera. Mi metodología es la pasión, la euforia y la rabia. Este libro es un ejercicio de visibilización lúdica y política, punto.
Algo que tenía claro desde el principio es que no iba a reducirme a la feminidad exhibida por lo que se entiende biosocialmente como mujer. Me perdería mucho, y además, para mí ya no tiene ningún sentido ese doloroso corte en dos mitades que tanto necesita el patriarcado capitalista para seguir reproduciéndose y esclavizándonos (a todos, a todas). Las que ladramos en este libro, podemos tener coño, hecho carne en el vientre de nuestra madre o en una mesa de operaciones. No nos faltan pollas, algunas de plástico aguardan su momento siempre empalmadas en la mesilla de noche. Pero no hay duda de que sea lo que sea lo que palpite entre nuestras piernas, ni nos aglutina ni nos separa.
Quiero reflexionar sobre feminidades espectaculares, paródicas, radicales, insurgentes, pero no adscribo irremisiblemente esas mutaciones de la feminidad al concepto biopolítico mujer. Algunas de las que hablo fuimos identificadas en el paritorio por la autoridad médica —tras echar un fugaz vistazo a los pliegues de nuestra entrepierna— como mujeres. Otras, cuyos precoces bultitos fueron certificados varoniles al nacer, iniciaron desde niñas toda una guerra contra su entorno para que las dejaran desarrollarse como lo que sabían que eran: mujeres. Otras se nombran indistintamente en masculino y femenino; salen un día a la calle con vaqueros, gorra y barba incipiente y otro día con pelucón, taconazos y denso maquillaje. Todas sabemos de la artificialidad del sexo y del género, por eso jugamos con la feminidad. Y aquí concluyo con unas palabras de Alaska que completan la imprescindible sentencia que Simone de Beauvoir formuló en El segundo sexo hace sesenta años: «No sólo no se nace mujer, sino que, de alguna manera nunca se llega a serlo».
Deliberadamente he decidido no acompañar sus nombres de las etiquetas con las que socialmente se necesita comprendernos. Hace pocas semanas al calor de unos gin-tonics, una de ellas me pidió que no la identificara como trans. Me dijo que estaba harta de que las miradas ajenas —incluso las de sus compañeras, ellas más que nadie— la resituasen continuamente como transexual. Que lo primero que aclarasen de ella es que no nació con lo que se supone que tiene que nacer una mujer. Que esta circunstancia de su trayectoria vital se anticipara a todas las demás y eclipsara otras luchas que ella considera más suyas.
Sin embargo, por convención social a Majo, otra de mis perras, la identidad de mujer le corresponde legítimamente por diagnóstico médico, por tener entre las piernas exactamente lo que debe tener una hembra humana. Pero ella asegura que en su adolescencia comenzó a transexualizarse como mujer porque eligió voluntariamente representar la feminidad impuesta, aunque en versión pervertida, socavando toda la decencia y la sumisión que nos cuelan con el lote de la feminidad.
Por tanto, mis perras son mujeres trans y bio; son bolleras, heteras insumisas, omnívoras; son chicas todo el rato, travestis, maricas; la más joven tiene veinte años y la mayor sesenta y tres; son trabajadoras sexuales, estudiantes, jubiladas, camareras, profesoras, supervagas… Y yo, a cada rato, tengo más ganas de ponerme en manada a ladrar con ellas por las esquinas.
Aclaro que no estoy hablando de comunidad perra alguna, compartimos espacios y afectos pero no estamos ni deseamos estar aglutinadas en torno a nuestra hiperfeminidad. En nuestro zoológico hay otros muchos animalillos de distinto pelaje con los que jugar. Tampoco ninguna de nosotras va día y noche por ahí eternamente maquillada y divina. Aquel espacio fantasmal que hace diez años me parecía inhabitable hoy es mi hermosa pecera en Barcelona.
Aquí y ahora
El pasado 23 de mayo estuvo la teórica y activista drag king Judith Halberstam en el macba para presentar la edición castellana de Masculinidad femenina. Yo no pude asistir porque a las camareras tienen la mala costumbre de hacernos trabajar los viernes por la noche. De eso hablaré más tarde, de la construcción de nuestras feminidades espectaculares desde la precariedad. Cuando terminé mi trabajo, corrí a La bata de Boatiné —nuestro antro de perversión— a encontrarme con mis amigas para escuchar sus relatos. Estaban sobreexcitadas, fuera de sí. De lo que no pude oír de Halberstam pero me contaron me emocionan muchas cosas. Una de ellas es la certeza de pertenecer a una comunidad de extraviadas que ayer y hoy nos hemos hecho, no sólo posibles sino hasta felices, a pesar de toda la represión, toda la violencia, todo el ocultamiento que el orden heteropatriarcal nos viene dispensando. En esa comunidad me siento aquí y ahora.
Algo debe de quedar en Barcelona de tanta insurgencia anticlerical, obrera, anarquista y cabaretera impregnado en sus calles, latente. Aquí nos hemos encontrado las perras (excepto Begoña que es mi amiga y hermana desde los trece años y que vive ahora en Madrid). A pesar de que esta ciudad cada día se parece más a un gran parque de atracciones panóptico para turistas y gente fashion, a pesar de que las que no encajamos en ese modelo de consumidoras de elite lo tenemos cada vez más crudo para vivir aquí. Algo debe de prevalecer de la Barcelona rebelde, porque en sus antros y arrabales hemos fundado nuestra manada. Algunas de mis perras son catalanas, otras llegamos aquí desde Argentina, Canadá, Portugal, Galicia, Madrid y Navarra con parecidas ansias emancipatorias.
Clase y género
Me sitúo deliberadamente desde el género y desde la clase, las dos rebeliones que me atraviesan. Tan sólo dos veces me ha sucedido adentrarme en una sala y escuchar allí algo que consiguiera anclar mi vida en una encrucijada política sin marcha atrás. La primera ocurrió durante mi carrera de periodismo, tenía diecinueve años y acudía sin excepción a las clases de un profesor de economía marxista e incendiario que mantuvo nuestras mentes espongiarias cautivadas durante todo el curso. Aquella mañana, Antxon Mendizabal desentrañó en una sola hora los entresijos del perverso imperialismo de la estructura económica mundial ante mis ojos.
Todo lo que alcanzo a entender de la destrucción y el genocidio permanentes en que está sumido este planeta se lo debo a la claridad y la rabia de aquel agitador en aquella hora. Desde entonces, cuando me hablan de hambre, de emigración, de narcotráfico, de prostitución, de lo que sea, reconozco el marco de relaciones de poder económicas en el que debo encajarlo para no caer en las trampas de los discursos hegemónicos. Sé situar las controversias feministas en un lugar que no sólo atienda al género y condene mi análisis a un cómodo callejón sin salida. Y discrimino mis alianzas políticas. Sin esta furia de clase, el aguerrido activista marica Eugeni Rodríguez no sería mi imprescindible compañero de lucha.
La otra hora bruja en la que sufrí una revelación se la debo a Beatriz Preciado. La primera vez que escuché su arrebatado discurso dinamitando todas las verdades del sexo y del género, me sentí explotar por dentro. Casi todo lo que siempre había aceptado como bueno, reventó. Fui más allá de donde el feminismo mamado hasta entonces me había llevado nunca. Ya no podía creer que existiesen ni mujeres ni hombres, ni xx, ni xy, ni pollas, ni coños, ni naturaleza, ni ciencia. Fue un exorcismo: me liberé de seguir asumiendo todos los discursos que me habían domesticado por ser identificada como ejemplar del sexo femenino. Desde entonces, ya sólo afirmo que soy mujer por diagnóstico médico y por estrategia política.