Kitabı oxu: «La feliz y violenta vida de Maribel Ziga»

Şrift:


© Itizar Ziga, 2020

© De la presente edición: Editorial Melusina, s.l.

www.melusina.com

Primera edición: octubre de 2020

Primera edición digital: octubre de 2020

Reservados todos los derechos.

Diseño de cubierta: Araceli Segura

eisbn: 978-84-18403-20-0

contenido

Contenido

1. Amor y muerte. Jimmy Somerville canta en nuestra despedida

2. Plenitud y violencia. La feliz y violenta vida de Maribel Ziga

3. Pobreza y supervivencia. El obrero es el dueño de los medios de producción o mis cojones 33. La plusvalía del patriarcado

4. Revolución Al final, era el patriarcado el opio del pueblo

Agradecimientos

Contra-agradecimientos

A mi hermana Ainhoa,

por nuestra jovial supervivencia junticas.

A María Jiménez, a Tina Turner,

a Emma Gutiérrez Vallejos,

a Hilaria del Bosque Hermoso, a Moni Nahia,

a todas las valerosas mujeres que,

como mi amatxo,

sobrevivieron al amor patriarcal

con toda su luz intacta.

Y,

por supuesto,

a las que no sobrevivieron...

¡Vengaremos vuestra muerte destruyendo el patriarcado!

A Beatriu Massià, a las mujeres de Tamaia,

al feminismo.

Y a Madonna Louise Veronica Ciccone, siempre...

1. Amor y muerte. Jimmy Somerville canta en nuestra despedida


La única anormalidad

es la incapacidad de amar.

Anaïs Nin

Me bordo en cicatrices...

La cicatriz como lugar de reconocimiento,

como afectación creativa de la supervivencia

y punto de fuga hacia una alianza de frágiles.

Bárbara Muriel

Si puedes entregarte al viento, puedes cabalgarlo.

Toni Morrison

Mientras mi madre entró en coma irreversible en el hospital, Jimmy Somerville me cantaba en sueños. You may break the skin but you can’t kill the soul I’ve had all I can take. I’m leaving tomorrow… Me despertó el fatal mensaje de mi hermana, esa noche la acompañaba ella. Ha vuelto a la uci, crisis cardio-respiratoria. Supe que era el final. Al salir de casa hacia el hospital con María, enero desplegaba un amanecer rosa brillante y los acordes épicos de la canción todavía me sonaban dentro. Ya no volví a verla consciente.

A mi amatxo y a mí nos encantaba The Communards, su música disco combativa. Y a ella le hacía muchísima gracia cómo se movía Jimmy Somerville, le recordaba a una lagartija. Siento que ese maricón alzado con voz de contratenor que cantaba contra la homofobia, contra la crueldad y contra la Thatcher, le puso música a la despedida más difícil de mi vida, y le estaré siempre agradecida por ello. Eso sí: seis años después me sigue costando escuchar Tomorrow y es una de mis canciones favoritas desde niña, aunque a menudo me suena y me enaltece dentro.

Murió a las pocas semanas, a finales de enero. Yo le dije que podía irse, que Ainhoa y yo estaríamos bien, que no iba a dejar a Ainhoa sola, que su amor precioso y no asfixiante de madre nos había predispuesto a buscar la dicha… Apoyé mi frente en su frente, miré sus ojos de miel velados por el coma, y le hablé de aquella tarde. Verano, 1987. De repente, se nos ocurrió tumbarnos en la angosta terraza, nunca lo habíamos hecho, así que corrimos a por mi colchón. Era una de esas madres gamberras que hacen cosas consideradas de crías, las más divertidas. No podíamos parar de reír. Espiábamos a los transeúntes por un agujerito entre los ladrillos y les gritábamos cosas absurdas. La Ari se nos unió eufórica y ahí permanecimos las tres, la madre, la hija y la perra, flotando en felicidad absoluta. Recordé aquella radiante tarde casi treinta años después y le dije que podía irse.

Las dos estábamos en paz con nuestros demonios y con la violencia de mi padre.

...

Las enfermeras acababan de retirar toda la cacharrería médica que la sostuvo mientras su vida se apagaba. Eran tres o cuatro, nos habían acompañado en las últimas semanas con ese saber hacer, tan animoso como delicado, por el que amaré siempre al gremio de las enfermeras. Al verme, salieron ellas sin decir palabra. Acompañaron sigilosas y presentes el dolor y el amor inmensos del momento: jamás olvidaré su coreográfica retirada. Nos dejaron a María y a mí con mi amatxo.

Estaba desnuda y espléndida, ya sin tubos ni cables ni agujas ni esparadrapos, en paz. Es verdad que nos enfriamos rápido al morir. La acaricié, la besé, me deleité mirándola. Aquellos párpados de actriz del Hollywood dorado. Providencialmente, llevábamos licor de mandrágora en una petaca, así que rociamos su piel sedosa para lamerla. Sus tetas, su tripa, su ombligo. Besé aquella loma de carne de la que había salido 39 años atrás. María dijo: ¡hasta tenéis el coño igual!

A mi ama le hubiera encantado este ritual tan improvisado como ancestral de brujas. Honrar el cuerpo de mi madre y despedirme de ella así es de las cosas más bellas que he vivido. Soy adoratriz porque mi amatxo me enseñó a amar.

En junio de 2008 estuvo a un suspiro de la muerte. Regresó, y yo regresé a su lado. Llevaba viviendo plena y feliz en Barcelona desde el 2000, nunca me había planteado marcharme, no dudé ni un segundo en volver a Iruñea para disfrutar de mi maravillosa progenitora cuando la vida nos dio una prórroga. Otra más.

Aunque perderla me dolió en lugares de mí que ni sabía que existían y la evocaré hasta mi último aliento, sé que murió en un momento crítico para ella: no le hubiera gustado continuar con mayor nivel de dependencia. Antes de ser ingresada en el hospital por insuficiencia respiratoria a finales del 2013, ya le costaba demasiado atravesar nuestro pasillo para ir al baño sola. No quería morir, pero tampoco disfrutaba tanto de la vida perdiendo movilidad inexorablemente. Ella, que había surcado las mil escaleras y los alocados terraplenes de Rentería sobre sus tacones de aguja de nueve centímetros parabellum.

Cada noche la acompañaba a acostarse, como ella hacía con nosotras cuando éramos pequeñas. La arropaba y besaba, a veces también charlábamos. Yo sentía su desesperación entonces, cuando encogía su maravilloso metro cincuenta bajo las mantas al apagar la luz, aunque por la mañana se despertaba contenta.

Mi amatxo murió en 2014. Temía los años bisiestos porque le habían traído catástrofes, la muerte de una hija recién nacida entre las más terribles. 2014 no fue bisiesto, y así acabamos con la maldición. Aunque nada es invivible cuando lo estás viviendo, me sobrecoge recordar mis primeros meses sin ella, aquel dolor tan nítido. Desde hacía muchos meses, tenía pensado cómo reorganizar nuestra casa cuando se fuera: hubo algo en mí que se fue preparando para la gran pérdida que parecía inminente. Y lo fue. Algunas madrugadas, dejaba de oírla respirar durante instantes infinitos asomada a su cuarto, y el mundo se me detenía. Hasta que resucitaba con un ronquido. Yo me quedé con su dormitorio y, desde entonces, tengo una habitación propia para escribir.

Una noche, al acostarme en la alcoba de mi madre a los pocos días de su muerte, me asaltó un llanto tremebundo. Mi hermana salió de su habitación al rescate, y se tumbó a mi vera. ¿Nos tomamos otra birra de huerfanitas? Venga, va. Al mirarnos allí, recostadas en su cama, cada una con una lata de cerveza apoyada sobre las mesillas redondas de nuestra recién difunta madre, nos echamos a reír. De vernos la ama, diría: ay, estas mis dos hijas, borrachas como siempre.

Los primeros sanfermines sin ella los celebré, por supuesto, y fueron tragicómicos. Lo que lleva anudado mi amatxo, que os guiña el ojo en estas páginas, es un pañuelo rojo. Yo llevaba un vestido carmesí de licra y mis manguitos de volantes blancos, rojos y plateados. Iba con el rímel corrido por el llanto.


Salí de un antro en la calle Jarauta, el sol estaba en lo alto. De pronto, vi al final de la calle bailar a una giganta y corrí hacia ella. Las gigantas de Iruñea con sus txistus nos hacen seguirlas danzando como si estuviésemos poseídas por una diosa ancestral y caprichosa. Era la procesión, 7 de julio. Me abrí paso entre la marabunta inmaculada y apretujada que llevaba horas esperando. Mi mamarracho dolor me infundió superpoderes, llegué a la primera fila. Una mujer que estaba con sus críos se me quejó, con toda la razón del mundo. Yo la fulminé con mis ojos de loca y le dije: ¡no me digas na-da! Pues no te lo digo, respondió ella. Llevaba mechas rubias y pendientes de perla, no podíamos ser más distintas. Si pudiera, la abrazaría ahora mismo.

Cuando yo tenía catorce años, mi ama desmontó nuestra vida familiar en Rentería para intentar apartarse de mi padre. No pudo hacerlo aquella vez. Ainhoa y yo estábamos ya en Iruñea, con mi abuela y mi tía, con la familia de mi amatxo. Ella permanecía al lado de mi padre tratando de vender nuestro piso. Y seguían siendo pareja. Yo oía a diario que mi madre estaba anulada por mi padre y me revolvía por dentro. Pero entonces no tenía respuestas: ahora sí las tengo. Me las dio el feminismo en forma de conocimiento, de lucha, de comunidad y de terapia.

Mi madre y yo siempre hablamos abierta y animadamente de todo. Nunca, ni en plena tontería adolescente, cuando necesitas separarte existencialmente de tus progenitores, en mi caso solo de ella porque solo a ella estaba unida, erigí ningún tema de conversación como muro entre nosotras. Siempre supimos que éramos dos, y que éramos cómplices en este mundo.

Con trece años, me abrió la puerta y proclamó al mirarme: tú has chingado. Acertó, por supuesto. A un novio mío le advirtió, riendo: ¿te ha dicho que es bisexual, puta y drogadicta?

El maltrato de mi padre no iba a ser tabú entre nosotras. Sobre todo cuando ya nos habíamos librado definitivamente de él, tuvimos algunas conversaciones desdramatizadas sobre nuestra historia compartida de violencia. Una tarde le pregunté cuándo le había pegado por primera vez. Hizo memoria: «Supongo que al poco tiempo de estar casados. Espera, espera, ¡si me metió una hostia antes de la boda, ahora que me acuerdo! Me pidió perdón, me dijo que era por los nervios y que no lo haría nunca más. ¡Ya ves!». Y nos reímos. Alguna vez me dijo, irónicamente: «Al principio, después de cada paliza, me juraba que no lo iba a hacer nunca más. Con el tiempo agradecí que al menos ya no tratara de engañarme».

Mi aita a veces nos miraba y decía: ¿creéis que no me doy cuenta de que estáis todo el día descojonándoos de mí?

Poco antes de morir, en una de esas charlas que manteníamos cuando yo la acompañaba a acostarse, me dijo: «¿Sabes? Ya no necesito pensar que estuve tan enamorada del aita, ya no lo pienso». Ella completó su proceso de liberación, ella era la dueña de su historia. Sabía que yo escribiría este libro, porque es también mi historia. Y porque me late el deseo revolucionario de aclarar que no solo fuimos mujeres violentadas, y que muy a menudo, fuimos tremendamente felices.

2. Plenitud y violencia.

La feliz y violenta vida de Maribel Ziga


En la medida en que realmente pueda llegarse a superar el pasado,

esa superación consistiría en narrar lo que sucedió.

Hannah Arendt

La vida es un borrador que no se puede pasar a limpio.

Carmen Canet

El pánico que sentimos cada vez que algo amenaza al amor

es una buena pista para comprender su importancia política.

Shulamith Firestone

Mi madre nació el 1 de junio de 1939, en un país abismado por la guerra y por la victoria de Franco. Como en tantos otros hogares bajo la dictadura, no le hablaron de política. Ya se encargaban las dominicas de alabar al Generalísimo. Solo una vez mi amona tuvo que aclararle: no nos gusta Franco. Ella entendió. Fue la primera hija, la primera nieta, la primera sobrina, una bendición después de tanta muerte, y un auténtico trasto. Nacemos con carácter, todo el mundo lo sabe, y mi amatxo nació con una alegría de vivir inquebrantable.

Fue alumbrada en la calle Eslava, en la parte vieja de Iruñea. Muy cerca, en la Jarauta, tenía su herrería ese aitona que no conocí y al que mi amatxo adoraba, que se da un aire a Federico García Lorca si el fascismo no nos hubiera privado de su gloriosa madurez. Se llamaba José, José Ziga. No hace falta que aclare que llevo el apellido de mi madre. Tenía veinte años más que mi amona y murió a principios de los sesenta. Mi amatxo me hablaba mucho de él, con admiración, amor y nostalgia. Me describió varias veces lo durísimo que fue perderle, saber que nunca lo volvería a ver. De alguna manera, mi madre hablándome del duelo por la muerte de su padre me ayudó a mí a transitar muchos años después mi propio duelo cuando ella murió.

Tecleando, acabo de descubrir que duelo viene de dolor. Nunca lo había pensado, es exactamente eso. Hay que llorar a los seres queridos cuando se van, para que no se nos queden agarrotados dentro. Y se pasa, y entonces se te quedan dentro, pero con luz, y con amor. Con mucha penica también porque siempre los echarás de menos. Todos los putos días. Pero es una pena rica, gustosa, porque los has tenido y los recuerdas. Tratar de hacerle trampas al duelo para no llorar, enfadándote por ejemplo, nunca da buen resultado. Hay que pasar la pena más grande y entonces, se pasa.

A los dos días de la muerte de mi amatxo le dije a María: ¿volveré a ser tan feliz como he sido? Sabía que sí, pero necesitaba decirlo. Y sí, claro que sí. Como mi madre volvió a ser feliz tras la muerte de ese buen padre suyo al que no conocí pero que también me ilumina por dentro. Y que anima, eterno y enmarcado, varios rincones de mi casa.

Mi ama tuvo como padre a un hombre bueno y como marido a un macho maltratador. No hay buen padre que nos libre a las mujeres del patriarcado. Pero siempre me he preguntado si ese macho que fue mi padre se hubiera achantado ante José Ziga, un poquito al menos. Mi aitona murió en 1963 y mi amatxo conoció a esa joya de hombre que era mi progenitor en 1964. Aunque como dice mi izeba, la hermana de mi madre: tu padre era igual de fanfarrón y de problemático con los hombres que con las mujeres. Es verdad.

Pero esa misma pregunta se la hacía mi amona. La madre de mi madre se llamaba Susana y era una mujer con arrestos, nunca había utilizado esta expresión pero me gusta para ella. Matriarca, hermana mayor de las aguerridas Goikoetxea, hiper-sociable, hiper-activa, resolutiva, amortajadora, tan divertida como renegona. Muchas veces nos recitó a mi hermana y a mí, con cierta rotundidad dramática de quien te revela un secreto que podría salvarte la vida: «No te fíes de un hombre, cuando lo veas llorar, que con lágrimas te dice, vaya palo te voy a dar».

Las mujeres hemos crecido durante siglos en un mundo construido contra nosotras, sobre todo desde que ardieron nuestras hermanas en las hogueras de la cristiandad. Aquel feminicidio fundacional que fue la caza de brujas nos partió en dos comunitariamente; para someter al pueblo nos arrebataron a las mujeres nuestro poder social y sexual. Pero lo de que somos tontas solo se lo han creído los patriarcas, ninguna acepta de verdad ser sometida. En todo caso, lo aguantamos. Mientras tanto vamos desarrollando estrategias de apoyo mutuo y de autodefensa, como ese dicho trasmitido entre mujeres desde quién sabe cuándo, y que nos repetía mi amona.

Nunca olvidaré su llanto y su rabia cuando le confirmamos el maltrato de mi padre. Eran las lágrimas atávicas, desgarradoras, uterinas, de una mujer nacida en 1910 que no había podido evitarle a una de sus hijas ser alcanzada por esa violencia de los machos que nos asedia a todas. Le vi llorar la misma impotencia por la condición femenina un año después, la apacible tarde de un domingo de verano en que subí a su casa, rota y aterrada. Yo tenía dieciséis años y un desconocido acababa de asaltarme sexualmente en su ascensor.

Mi amona se había casado durante la guerra, que en Navarra fue solo represión desde que el golpe de estado militar triunfara a la primera. Fueron a pasar la noche de bodas en una pensión de la parte vieja de Donostia. Ella llevaba un camisón hecho a medida, color hueso, con un encaje precioso sobre los hombros que se adentra tímidamente en el escote y sus iniciales bordadas: sg, Susana Goikoetxea. Pero le dio vergüenza ponérselo, nunca lo estrenó. Una tarde, cuando rondaba ya los ochenta años, me lo enseñó: cuando me muera, será para ti. Aquí lo tengo, como el tesoro que es, colgando de la pared roja de mi pasillo. Las mujeres, la única educación sexual que recibían era: vergüenza, peligro, pecado. Sin embargo, le encantaba bailar. Y siendo adolescente se escapaba por la ventana las noches de verbena, ¡locos años veinte! La imagino como una flapper en alpargatas.

Eso sí, pertenecía a una estirpe de mujeres mandonas y encima era la mayor: gobernaba la casa como si fuera un cuartel femenino. Y le salió una hija endemoniadamente traviesa. Hay una foto de la comunión de mi madre en que parece escapar del marco. Y así fue, porque antes de la comida su vestido inmaculado estaba cuajadito de barro. Mi aitona era un hombre amable que no necesitaba elevar la voz para mostrar su carácter, y mucho menos liarse a golpes. Solo una vez llegó a casa hecho unos zorros, con pinta de haberse pegado. Mi amona le preguntó sorprendida qué había pasado. Estaba tomándose un vino en una de las tabernas que frecuentaban los hombres de la época por la parte vieja de Iruñea y que ahora frecuentamos animadamente también las mujeres, incluidas sus nietas, cuando alguno le llamó germanófilo. Y qué significa, le dijo mi amona. No lo sé, pero me ha parecido que era para pegarse. ¡Cómo se insultaban en la posguerra!

Frente al colegio de las dominicas estaba entonces el hospital militar. En medio, la estrecha calleja por la que todavía suben a lo loco los desahuciados toros en los encierros. Encaramadas al retrete y a través de una ventana alta, a escondidas de las monjas, mi amatxo y otras compañeras niñatas se cortejaban con los soldados enfermos. Ellos preguntaban: y cómo eres. Pelirroja con los ojos verdes, igualita a Rita Hayworth. Supongo que ellos eran también bellísimos: lo de tener un avatar canónico y sublime no nació con internet. Y lo de soñar con el amor como paraíso futuro en medio de la dominación, tampoco. Aunque sea un paraíso trampa.

Mi ama era muy buena estudiante, quería llegar a la universidad para cursar Filosofía y Letras y ser profesora. Pero tendría que haberse matriculado en Valladolid, y a mediados de los cincuenta no se contemplaba que una chica pudiera vivir lejos de su familia. Así que se puso a trabajar en el ultramarinos de una tía, de una Goikoetxea. Me lo contaba sin rabia, lo de que por ser mujer se frustraron sus estudios superiores y su futuro profesional. A la que le daba rabia era a mí, sobre todo por agravio patriarcal comparativo. A mi padre su familia sí que le dio la oportunidad de estudiar la carrera que quería. Estuvo varios años en Madrid, nos contaba historias de su juventud loca y mujeriega. Pero nunca terminó sus estudios de perito mercantil. Un día tengo que ir en busca de su expediente académico, por curiosidad. Decía ese típico «me falta una asignatura para terminar» de los que no pasaron de primero de carrera. Eso sí, a mí trataba de sentenciarme: eres una gran emprendedora pero nunca terminas lo que empiezas. Menos mal que jamás traté de demostrarle nada, ni siquiera que se equivocaba. Hoy me daría risa, incluso ternura, mirar sus notas.

De holidays con la Sección Femenina

Mi ama tenía un grupo de amigas con las que paseaba, se reía y se encandilaba de los chicos, incluso iban a veces a los guateques clandestinos que organizaban unos hermanos muy molones en Iruñea. Pura diversión juvenil en una dictadura católica y militar a principios de los sesenta, vaya. Mi ama estaba muy unida a su amiga Pili, y en algún momento las dos se echaron unos novios gallegos que eran amigos entre ellos. Hay una historia fascinante para mí que es cuando un verano se fueron a verlos… en un viaje organizado por la Sección Femenina. Supongo que la misión era santiguarse ante al apóstol Santiago, pero a ellas el peregrinaje les llevaba en dirección a sus novios. Yo le pregunté mil veces a mi amatxo, intrigadísima, cómo se les había ocurrido apuntarse a un plan con ese tentáculo falangista especializado en adoctrinar a las mujeres en la subordinación. Y ella me contestaba, quitándole importancia: era la única manera de poder viajar solas. Porque, ya en tierras gallegas, se escabulleron de casi todas las actividades para estar con sus novios, y también para pasar el día las dos en la Playa de las Catedrales. Entonar otro Cara al Sol mañanero no debía de ser tanto drama a cambio de unas vacaciones a su aire.

Mi ama tenía una costumbre muy divertida: cortaba de una fotografía a alguien por el motivo que fuera, a sí misma si se veía gorda, pero luego se le olvidaba tirar el cachito censurado, que reaparecía una y otra vez en el montón de fotos. Así conocí yo a Octavio, el novio gallego de mi madre. Era moreno, muy guapo, y me maravillaba. Yo le decía, en broma: ama, a que soy hija de Octavio. Y ella me respondía: sabes que no. Y yo: ¡por qué te quedaste con este cabrón! Ella zanjaba nuestra charla con una verdad existencialmente irrefutable: si no, no estaríais vosotras.

Muchos años después de extraviarse nuestro cachito de Octavio en alguna mudanza, regresó él encarnado. Y nos demostró lo buen tipo que yo siempre supe que era: mis fantasías infantiles sobre el antagonista de mi jodido padre no erraban. Él quería reencontrarse con aquella novia navarra a la que siempre recordó con cariño, cuarenta años después. Quedaron en la Plaza del Castillo, mi ama me lo contó por teléfono, yo quería saberlo todo desde Barcelona. En eso debo de parecerme a mi no-padre gallego, soy igual de novelesca y de sentimental. Porque nada más verse, él pidió que se sentaran en un banco. Y lloró. A mi ama le dio ternura, un poco de vergüenza y otro tanto de risa, así me lo contó. Yo también me emocioné, entonces todavía estaba revuelta con nuestra historia compartida de violencia: he tardado bastantes fructíferos años en que ni un instante de dolor en la vida de mi madre, de mi hermana y mía pueda malograrme. Pensé si a Octavio le había impresionado no solo el paso del tiempo a través de mi amatxo, sino que las décadas hubieran conllevado para ella ser dañada por el hombre del que se enamoró y con quien había compartido su vida. Por supuesto, él no sabía hasta qué punto mi padre fue un mal marido. En 2007 la violencia machista era todavía un secreto a voces, a gritos, y ninguna mujer resumía: me casé, me separé, tuvimos dos hijas y casi no lo cuento. De todas maneras, mi amatxo solo hablaba de la brutalidad en su vida con mi hermana y conmigo. Como todas las personas que han sufrido de verdad, lo último que quería despertar es lástima.

Mantuvieron un contacto telefónico y amistoso hasta el final, mi ama también solía hablar con la mujer de él. Conservo como un tesoro nacarado la enorme concha rosada que Octavio le trajo a mi madre aquella tarde mitificada en mi memoria en que se confirmó lo que desde pequeña necesité saber: que siempre hubo hombres amables que no dañaron a las mujeres, aunque pudieran hacerlo y salir patriarcalmente impunes.

Y el cabrón de mi padre aparece en escena

Tanto en mi casa como en la casa de mi amona, entre la abuela, la madre, la tía y las hijas, mi progenitor siempre fue conocido como «ese cabrón» o «el cabrón de vuestro padre». Mi amatxo le llamaba directamente a él Caifás, que debe de ser un capullo bíblico, y Mameluco. No sé quiénes son los mamelucos. También nos referimos a él como el aita, claro. Murió en junio de 2004. Hacía doce años que no teníamos contacto alguno con él, era imposible. Mi madre le dijo el se acabó definitivo cuando pudo, tras casi tres décadas de relación. Me hiere y me sulfura que se cuestione a las mujeres por seguir al lado de los hombres que las maltratan: no hay nada más difícil en este mundo que ser mujer y dejar a un maltratador. Así funciona el patriarcado, y no lo hemos inventado precisamente nosotras.

El instante que más me sigue impresionando de toda mi azarosa vida, aquel que todavía me hiela la sangre, fue asomarme al abisal desgarro en los ojos de mi madre cuando supo que iba a separarse para siempre de mi padre. Fueron unos segundos, enseguida recuperó su fuerza, su alegría, su dolor, su cansancio, su ligereza... pero yo vi aquel quebranto, y me sobrecogió hasta el rechazo. El rechazo que a veces nos producen los espejos inesperados: lo comprendería con el tiempo y con mi vida. Pero volvamos treinta años atrás, hasta 1964.

Mi aita regresó a Iruñea de sus alocados años madrileños, sin título universitario y henchido de su proverbial fanfarronería. Se lucía en los bares, hablando a gritos, invitando a rondas. Era bromista y tenía momentos brillantes, aunque a su lado la bronca estaba casi asegurada. Siempre fue lo que parecía: un macho violento y bravucón. En algún momento, mi madre y él se cruzaron. Empezaron a salir, a ella le fascinaban sus ojos grises cuando iba a buscarla: creía que le brillaban de amor, pero era el colirio. Él se había pegado la noche de jarana, ¿cómo lo hacían sin drogas? Ella se enamoró locamente, y él empezó a controlar su mundo. Si ahora las chavalas a menudo les dan las claves de sus redes sociales a sus novios como prueba de amor, ¡cómo sería en plena dictadura militar católica!

Mi amatxo dejó de relacionarse con sus amigas, bajo presión: no podía ni saludarlas. Pili le recordaría a mi ama, siendo ya dos mujeres maduras separadas y ante mi maravillada presencia, cómo nunca dejó de gritarle al cruzarse por la calle: «adiós, Maribel». Porque cuando volvió a Iruñea, tras poner distancia por penúltima vez con mi padre, mi ama retomó el contacto con ellas, para siempre. No había rencor, no había reproches. Las mujeres siempre han comprendido de qué va el patriarcado, aunque no lo llamasen así. Advertimos lo que nos cerca, lo que nos asfixia, a nosotras y a las nuestras. Y, cuando a una amiga le sale malo el marido, a menudo significa perderla: eso lo hemos sabido siempre. Los maridos son como los melones, solo que históricamente obligatorios en la vida de las mujeres: hay indicios previos antes de abrirlos, pero no siempre se sabe cómo saldrán. Por eso hemos luchado siempre, solas y en muchedumbre feminista, para poder elegir las frutas que queramos y comérnoslas cuando nos apetezca.

Yo las conocía por las fotos, y porque mi amatxo me había contado mil historias de sus amigas de juventud. A María Ángeles le salió el melón buenísimo. Recuerdo su irresistible ternura hacia mi amatxo cuando venía a verla al hospital en sus últimos días: hay hombres que parecen haber nacido para embellecer una txapela. Ya en el cementerio nos contó el tremendo disgusto que se llevó al enterarse de que una joya como Maribel había empezado a salir con un capullo como mi padre. Sigo sin tener claro si es preferible o no avisar a una enamorada de que su príncipe va a darle mala vida. Ángel se había encontrado en la misma eterna disyuntiva medio siglo antes. Si lo haces, acaso ella se alejará de ti y no de él, pero algo le resonará dentro cuando se vayan torciendo las cosas, porque nadie empieza a maltratar desde el primer día.

El amor romántico es el pegamento mágico del patriarcado, de qué si no íbamos a tragar las mujeres con tanta desventaja estructural. A nosotras se nos educa socialmente en la empatía, en el cuidado del otro por encima de nuestro propio cuidado y en el mantenimiento del vínculo. También en la violencia: en ser violentadas, vaya. Esa amenaza perpetua que en cualquier momento puede impactar, y a menudo impacta, contra cada una de nosotras. Nuestro género es un thriller romántico. Ninguna mujer elige ser maltratada, pero todo está montado para que nos cueste horrores, incluso la vida, dejar de serlo. ¿Por qué iba una chica como mi madre, tan lista, tan chispeante, tan cautivadora, tan bien rodeada, tan querida, tan amorosa, tan gamberra, tan fantástica, tan luminosa, a aguantar todo esto?

Fue durísimo

Sobrevuelo los recuerdos de la violencia de mi padre a hurtadillas, fue terrible. No sé cuántas veces presencié cómo golpeaba brutalmente a mi amatxo, ¿cien?, ¿doscientas? Imposible contabilizar. Pero haré aquí un resumen antológico. Nunca en mi vida escribir unas líneas me costará tanto. Lo hago solo porque debo. Porque me debo a las mujeres, a los hombres, a la humanidad que quiere pasar la página del patriarcado. Ahí va: siento hacerte esto, quien seas que me estás leyendo.

En cualquier momento y sin ningún motivo real, estallaba contra mi amatxo. La golpeaba con sus puños en la cabeza y en el cuerpo. Nunca sabíamos cuándo iba a parar y eso era terrible. Yo me quedaba mirando siempre, vigilante, sin poder hacer nada. Cuidándola, aunque no pudiera protegerla. Ainhoa se escondía aterrorizada en otra habitación. Fue espantoso para las dos. Mi aita me dijo muchas veces que desde que me vio recién nacida, supo que iba a darle problemas. Recuerdo una noche en que llegaron, él revuelto, y me soltó: a veces no quiero ni volver a casa por no verte. Yo no era capaz de sonreír cuando empezaba a ponerse chungo. Aprendí a llorar sin lágrimas, pero mis ojos lo decían todo. Y él no lo soportaba, porque no se soportaba sí mismo.

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