Kitabı oxu: «Rebeldes, románticos y profetas»

IVÁN GARZÓN VALLEJO
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Diseño y diagramación: Juan Galvis
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Primera edición en el sello Ariel: junio de 2020
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ISBN 13: 978-958-42-8715-1
ISBN 10: 958-42-8715-X
ISBN: 978-958-42-8716-8 (epub)
DOI: 10.5294/978-958-42-8715-1
Hecho en Colombia - Made in Colombia
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Para Marcelo y Esteban,
luceros de un nuevo amanecer.
ÍNDICE
Prólogo
Por Eduardo Pizarro Leongómez
Agradecimientos
Introducción
La revolución que no fue y la emulación de la que sí fue
¿Violencia o no violencia? Una tipología
Guerras justas e injustas
I. La Iglesia católica al banquillo
La Iglesia católica en la sacristía de las ciencias sociales
¿Aggiornamento o asedio del secularismo?
¿Silencio, complicidad o desconcierto?
Responsabilidad: no es un juego de roles
¿Debe la Iglesia católica pedir perdón?
II. Rebeldes: al cielo por las armas
Camilo y la guerrilla de las sotanas
Las razones del rebelde
Oídos sordos, la soledad como destino
El mito de Camilo y sus émulos
Plumas incendiarias
Radicalización vs. intransigencia
III. Románticos: a la revolución por la candidez
Paz maximalista, máxima decepción
Báculos comprometidos y Walt Disney
Una revolución de fe
Fe en la revolución
IV. Profetas: el valor cívico de un No a la violencia
Profetas trágicos
¿Una tercera vía?
El Vaticano y los obispos cierran filas
V. ¿Cuándo es justo tomar las armas?
La negación de la fuerza
La amplificación de la violencia
Fe en la causa
La revolución es la del proletariado
Las teorías de la guerra justa o la racionalización de los medios de la política
Del ius ad bellum al peacebuilding
Epílogo: Catolicismo + democracia = violencia. La paradoja colombiana
Del partidismo a la legitimación del statu quo
De la confesionalidad y la intransigencia al pluralismo y el diálogo
La banalización de la violencia
Referencias
El autor: Iván Garzón Vallejo
Escribí sin odio contra el lenguaje del odio y contra la desmemoria y el olvido tramado por quienes tratan de inventarse una historia al servicio de su proyecto y sus convicciones totalitarias.
Fernando Aramburu (2016, p. 552)
PRÓLOGO
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En la madrugada del 1 de enero de 1959 hacen su entrada triunfal a La Habana las tropas del comandante Eloy Gutiérrez del Segundo Frente Nacional del Escambray y, horas más tarde, dos de los máximos líderes del Movimiento 26 de Julio, Camilo Cienfuegos y Ernesto ‘Che’ Guevara. El dictador Fulgencio Batista se había escapado de Cuba esa misma madrugada en una avioneta con dirección a República Dominicana para buscar la protección de su socio, el cruel Rafael Leónidas Trujillo. Había nacido el mito guerrillero en América Latina.
Para miles y miles de jóvenes latinoamericanos la Revolución cubana, a escasas noventa millas de los Estados Unidos, demostraba que era posible alcanzar el poder por la vía de las armas, que la utopía era realizable y que Cuba era una confirmación de que “la violencia es la partera de toda sociedad vieja preñada de una nueva”, como planteó Marx en el primer tomo de El Capital.
Uno de los jóvenes, arrastrado por la ola revolucionaria que sacudió a América Latina, fue un sacerdote ligado a las familias de la élite bogotana, Camilo Torres Restrepo. En 2019 se conmemoraron los noventa años del nacimiento de este joven, quien en 1965 colgó la sotana para unirse a la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional, ELN. El sacerdote-guerrillero, quien había nacido el 3 de febrero de 1929 en Bogotá, murió en un enfrentamiento con tropas del Ejército Nacional el 15 de febrero de 1966 en San Vicente de Chucurí (Santander). Tenía, escasamente, treinta y siete años.
Si “el deber de todo revolucionario es hacer la revolución”, como dijo en un célebre discurso pronunciado por Fidel Castro el 2 de enero de 1963 en La Habana para conmemorar el IV aniversario de la Revolución, este llamamiento no caería en el vacío. En efecto, tras el triunfo de la insurgencia cubana, la ola guerrillera se fue extendiendo como una mancha de aceite, abarcando toda América Latina (con excepción de Costa Rica), Estados Unidos, Canadá, Europa Occidental e, incluso, Japón.
En América Latina, el mito revolucionario se fortaleció en aquellos años gracias al respaldo de las teorías sociales en boga en los medios universitarios. En efecto, la teoría de la dependencia afirmaba que el desarrollo económico en los países del Tercer Mundo no era posible sin una ruptura radical con el mercado mundial capitalista, dado el intercambio desigual que condenaba a nuestras naciones a ser simples proveedoras de materias primas.
En los años sesenta, sorpresivamente, todas las fichas del ajedrez a favor de la lucha armada se habían alineado en el tablero: Cuba había probado que era viable la revolución en el patio trasero de la mayor potencia global, la teoría marxista sobre el papel de la violencia en la revolución se había confirmado y la teoría social sostenía que solo la revolución hacía posible el desarrollo.
Solamente faltaba que hubiese una figura mítica: Argentina ofrendó en el altar de la revolución la figura del ‘Che’ Guevara para los marxistas, mientras Colombia ofrendó a Camilo Torres para los creyentes (el “Che Guevara de los cristianos”, como lo denominó su biógrafo, Walter Broderick). Un profeta laico y un profeta religioso permitieron unir, no sin duras tensiones, la hoz y el crucifijo. En este contexto miles y miles de jóvenes en toda América Latina partieron para la guerra. Eran generosos, idealistas, ingenuos. En el discurso dominante de la época se diferenciaba al revolucionario auténtico —es decir, aquel que estaba dispuesto a empuñar las armas y sacrificar su vida— del revolucionario de cafetería —o sea, aquel que defendía una inútil lucha reformista—. El fusil era la prueba del fuego del compromiso genuino. La magnífica novela de Antonio Caballero, Sin remedio (1984), muestra los dramáticos dilemas morales de los intelectuales de izquierda en aquellos años. Al final, su personaje principal, el poeta Ignacio Escobar, dice con inmensa tristeza: “No se escoge la muerte: a ella se llega acorralado por la propia vida”.
Los jóvenes que se lanzaron al monte creían, con mucha ingenuidad, que la revolución estaba a la vuelta de la esquina. Tanto el ‘Che’ Guevara como el intelectual francés Régis Debray afirmaban en sus escritos y discursos que la revolución era inminente, que había ya madurado una “situación revolucionaria” en toda América Latina y que solo bastaba que un pequeño núcleo de revolucionarios decididos se lanzara al monte para despertar con su ejemplo heroico la rebeldía popular. No es de extrañar, entonces, que el propio Camilo Torres hubiese afirmado en una entrevista en el diario La Patria (1964), que “la revolución es inevitable y a mi juicio ocurrirá antes de cinco o siete años”.
No fue así. El modelo del foco rural insurgente que defendieron el ‘Che’ Guevara y Régis Debray se hundió en el desprestigio tras el fracaso del ‘Che’ en la República Democrática del Congo en 1965 y su propia muerte en Bolivia, dos años más tarde, en 1967. Ante ese fiasco, en el Cono Sur y en Brasil se planteó que el error había sido haber escogido el campo como el principal teatro de la guerra y no las ciudades, donde vivía la mayor parte de la población y en donde se podían afectar los centros de poder. Por ello, tomando como modelo a los Tupamaros de Uruguay, se desató la guerra de guerrillas urbana que fue exterminada, también, sin mayores consideraciones.
Sin embargo, el golpe militar contra Salvador Allende en 1973 y el triunfo del Frente Sandinista para la Liberación Nacional (FSLN) en Nicaragua en 1979, volvieron a despertar el mito guerrillero en América Latina, en la denominada “segunda ola guerrillera”. El Chile de Pinochet era la prueba de la imposibilidad de la izquierda de acceder al gobierno por la vía electoral y sostenerse en el poder; Nicaragua, por su parte, reafirmaba que era viable un triunfo mediante las armas. Nuevamente, el desastre fue generalizado. Las dos olas guerrilleras solo dejaron como herencia dolor y lágrimas. Y también asombro: ¿cómo era posible que el comandante de la revolución sandinista, Daniel Ortega, se hubiese convertido años después en una versión caricaturesca de su mayor enemigo, Anastasio Somoza?
Este libro de Iván Garzón tiene como trasfondo esta historia trágica de la experiencia guerrillera en América Latina. Su objetivo fundamental es estudiar el papel que jugaron en el debate público en torno a la legitimidad o no de la lucha armada en Colombia tres grupos de actores: los rebeldes, ante todo, quienes empuñaron las armas desde un compromiso religioso; los románticos, es decir, los que miraron con simpatía y respeto esa decisión así no se hubiesen lanzado al monte, y, finalmente, los profetas que se opusieron a la lucha armada y, finalmente, tuvieron toda la razón: fue una lucha inútil, costosa y sin gloria, como lo son, en general, los conflictos entre connacionales, tal como ha planteado recientemente Armando Borrero en su libro De Marquetalia a Las Delicias (Planeta, 2018).
El libro de Iván Garzón constituye una sólida reflexión en torno a la responsabilidad política, moral e intelectual que tuvieron miembros de la intelectualidad y, en particular, de la Iglesia católica, en el uso de las armas para lograr un cambio social en Colombia. Responsabilidad, no culpabilidad, pues la Iglesia en Colombia, a diferencia de sus pares en Irlanda del Norte y el País Vasco, no se comprometió institucionalmente con la lucha armada. La condenó, pero, como argumenta el autor, de manera ambigua y no siempre contundente. De ahí su responsabilidad.
Es importante señalar que la obra del profesor Garzón se inscribe en un novedoso terreno de investigación y reflexión que abrió el profesor de EAFIT, Jorge Giraldo, con su libro pionero, Las ideas en la guerra. Justificación y crítica en la Colombia contemporánea (Debate, 2015). Ambos autores cuestionan el discurso que buscó justificar la lucha armada en América Latina y en Colombia, a partir de la existencia de factores objetivos que hacían inevitable una alta conflictividad social y, por tanto, hacían inexorable un enfrentamiento a través de las armas. Se trata, argumentan ambos, de una correlación falsa. No todo conflicto social forzosamente se traduce en violencia. Existen muchas formas de resolver tensiones en una sociedad por otras vías distintas y pacíficas. Salvo, y ese fue el papel de los rebeldes y los románticos, que los ideólogos justifiquen la lucha armada con el argumento de que es inviable construir una sociedad más justa sin empuñar las armas. Como dice Garzón, “las ideas son cualquier cosa, menos intrascendentes”.
Además de los mal llamados “factores objetivos”, la otra forma para justificar la lucha armada ha sido la de afirmar que no fue una decisión de los propios movimientos armados, sino que les fue impuesta por la represión estatal. Que fue una lucha de resistencia. En 1992, finalmente, tras muchas reticencias, un amplio grupo de intelectuales, periodistas y artistas, encabezados por Gabriel García Márquez, Fernando Botero, Antonio Caballero y Enrique Santos le enviaron una enérgica carta a la Coordinadora Guerrillera Simón Bolivar (CGSB), compuesta en aquel momento por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y la pequeña disidencia del Ejército Popular de Liberación (EPL) que no se acogió a los acuerdos de paz de 1990 y 1991, en la cual le planteaban que ya era claro que la lucha armada no solamente era inconducente y, fundamentalmente, desfavorable para los intereses populares (El Tiempo, 29 de noviembre de 1992). En la “Respuesta de la CGSB a los intelectuales colombianos”, los mandos de la Coordinadora sostuvieron que “es importante destacar que la lucha guerrillera revolucionaria en Colombia nació, se desarrolló y continúa creciendo como respuesta popular a la permanente violencia del Estado que impide a sangre y fuego la existencia de una oposición al establecimiento. No ha sido, pues, ni un fin ni un objetivo. Ha sido simplemente un medio para resistir la agresión y luchar por la democracia y la dignidad” (Nueva Sociedad, n.º 125, mayo-junio de 1993).
El libro de Iván Garzón es, ante todo, una dura interpelación en torno al papel de religiosos e intelectuales en la justificación de la lucha armada en Colombia. Hubo, según el autor, como ya mencionamos, una condena de la lucha armada en el seno de la Iglesia católica, pero se trataba de una condena ambigua, pues, al mismo tiempo, había una comprensión hacia quienes decidían tomar las armas en sociedades injustas y desiguales. La teología de la liberación y su discurso en torno a la Iglesia de los pobres reafirmaba el carácter sagrado de la vida humana, pero, al mismo tiempo, no cerraba totalmente las puertas para justificar el uso de las armas para combatir la violencia estructural que le negaba los mínimos vitales a la inmensa mayoría de la población.
El discurso de algunos sectores en la Iglesia se veía reforzado por los discursos académicos que hablaban, refiriéndose a Colombia, de una democracia restringida, un sistema político cerrado, una violencia institucional y un sistema capitalista dependiente que bloqueaba las posibilidades para alcanzar el desarrollo y la democracia. Un discurso que permitió, según Garzón, “la banalización de la violencia”. El quinto mandamiento, “No matarás”, cayó en el olvido.
Tal vez el peor error de los intelectuales de izquierda en Colombia —incluso de aquellos que no apoyaban la lucha armada—, fue la descalificación radical de las instituciones democráticas en Colombia. Una democracia calificada como formal y restringida (o democracia burguesa, en la jerga de la época), que debía ser barrida del mapa. “El que escruta, elige”, decía Camilo Torres. Por ello, hubo oídos sordos a un consejo muy sabio del ‘Che’ Guevara en su ensayo más famoso La guerra de guerrillas (1960): “Donde un gobierno haya subido al poder por alguna forma de consulta popular, fraudulenta o no, y se mantenga al menos una apariencia de legalidad constitucional, el brote guerrillero es imposible de producir por no haberse agotado las posibilidades de la lucha cívica”. Esta frase del ‘Che’ fue escrita pensando, fundamentalmente, en Uruguay. Pero era, igualmente, válida para nuestro país.
En Colombia no se ha escrito una historia integral de los intelectuales y su papel en la sociedad. Daniel Pécaut, el gran colombianista francés, escribió una magnífica historia de los intelectuales brasileños (Entre el Pueblo y la Nación. Las intelectuales y la política en Brasil, 1989), pero nos quedó debiendo una sobre los de su país de adopción. Jorge Giraldo e Iván Garzón han comenzado a llenar este vacío.
El libro de Iván Garzón interpela y desafía a los miembros de la Iglesia, a los académicos y a los intelectuales a repensar cuál fue en el pasado su papel en el conflicto armado, pero, igualmente, cuál debe ser su papel hoy y mañana para construir una nueva sociedad.
Es un libro valiente. Garzón no teme enfrentar los discursos almibarados que todavía no se atreven a criticar de manera radical la opción de las armas o, incluso, lo que es aún más grave, los que todavía justifican la persistencia de la lucha armada con base en un discurso arcaico en torno al “derecho a la rebelión”. Este fue el caso, por ejemplo, del padre Javier Giraldo en su documento para la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas (Contribución al entendimiento del conflicto armado en Colombia, 2015), elaborado en el marco de las negociaciones de La Habana entre el gobierno y las FARC.
Y es tambien un libro bien escrito, bien documentado y con argumentos sólidos y consistentes. Mi generación se va a ver duramente cuestionada. De igual manera la Iglesia. Se trata, sin duda, de un libro destinado a abrir un amplio y necesario debate sobre el pasado, el presente y, sobre todo, el futuro del rol de los intelectuales y de la religión en la sociedad. Como dice el autor, con base en el pensamiento de Michael Walzer, se trata de “un ejercicio crítico que mira hacia el pasado con la intención de que la discusión acerca de ese pasado tenga una resonancia futura”.
Eduardo Pizarro Leongómez,
12 de agosto de 2019
AGRADECIMIENTOS
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Durante los tres años en que estuve escribiendo este libro adquirí muchas deudas intelectuales y personales. Trataré de mencionarlas todas para empezar a saldarlas.
En primer lugar, este libro tiene dos deudas intelectuales impagables: la inspiración del trabajo de Jorge Giraldo Las ideas en la guerra y el interés que Andrés Felipe Agudelo me contagió por la historia de la violencia en Colombia. Las luces y la motivación que ambos me brindaron en las decenas de conversaciones que tuvimos, así como el material que me recomendaron, fueron esenciales para que este barco llegara a puerto.
Estoy muy agradecido también con la hospitalidad y las conversaciones tan estimulantes que sostuve con José Casanova en la Universidad de Georgetown, así como con los fellows del Berkley Center for Religion, Peace & World Affairs durante el semestre de 2017 que estuve allí y durante el Congreso que organizaron en 2018 con RESET Dialogues on Civilizations. Las discusiones del primer avance del trabajo con mi amigo Barnett Koven y sus colegas de la Universidad de Maryland fueron muy oportunas.
Luego están los colegas y amigos que leyeron apartados del libro y me hicieron oportunas críticas y sugerencias: Eduardo Pizarro Leongómez, Juan Gabriel Gómez Albarello, Jorge Aurelio Díaz, Euclides Eslava, Carmen Ruiz, Andrés Felipe Agudelo y Hugo Quintero. Milton Sánchez y su esposa Elizabeth, Juan Manuel Nieves, Diana María Ramírez, Diego Cediel, Geraldine Bustos, José Miguel Rueda, Ricardo Vargas, Juan Carlos Guerrero y Luz Marina Medina me facilitaron asuntos puntuales, pero fundamentales.
Las personas que entrevisté fueron, sin excepción, muy generosas conmigo con su tiempo, su memoria y sus conocimientos: Walter Broderick, Fernando Cepeda Ulloa, Vicente Durán Casas, Fernán González, Mons. Héctor Fabio Henao, Salud Hernández-Mora, Mark Juergensmeyer, Michael J. LaRosa, Jorge Orlando Melo, Mons. Pedro Mercado, Gustavo Morello, Marco Palacios, Javier Darío Restrepo, Enrique Santos Calderón, Álvaro Tirado Mejía y Alexander Wilde.
Finalmente, esta investigación no habría sido posible sin el apoyo en la Universidad de La Sabana del rector, Obdulio Velásquez; la vicerrectora de profesores y estudiantes, Liliana Ospina; la anterior directora general de investigación, Leonor Botero; la directora de desarrollo profesoral, Luz Ángela Vanegas, y la directora de publicaciones, Elsa Cristina Robayo. A ellos, a mis colegas y amigos de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas y a la gente de Editorial Planeta, toda mi gratitud. No está demás decir que la responsabilidad por lo que está escrito acá es solo mía.
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Introducción
En 2019 se cumplieron noventa años del nacimiento de Camilo Torres Restrepo, el sacerdote que en 1965 colgó su sotana y se unió a la guerrilla del ELN. El balance sobre su obra y su legado no puede ser más contradictorio, pues, de un lado, una decena de personas que lo conocieron con las que conversé coincidieron en que se equivocó al tomar las armas, opinión compartida por su principal biógrafo, para quien Camilo “fracasó” (Broderick, 2013, p. 12). Asimismo, un connotado historiador advierte que “su legado simbólico es devastador”, pues alimentó “cierto destino de falsa fatalidad para la nación: esa supuesta imposibilidad del reformismo que le da entonces luz verde a la revuelta armada” (Posada Carbó, 2006, p. 241).
Pero de otro lado, al hacer un balance sobre su vida, un reconocido sacerdote e intelectual público sostenía que Camilo se embarcó en una “guerra justa” (Giraldo, 2016) y el arzobispo de la tercera ciudad del país interpretaba su ingreso a la guerrilla más como “una obra de misericordia […] que [como] una acción de guerra con un adversario” (Monsalve, 2016). Y a propósito de los cincuenta años de su muerte, en 2016 se exhibió en Bogotá la obra “Camilo”, del Teatro La Candelaria, que presentaba al cura guerrillero como un bienintencionado revolucionario sojuzgado por las autoridades eclesiásticas. Era, sin duda, un buen resumen de su mito y una prueba más de que este sigue vigente.
¿Qué explica este juicio tan dispar acerca de la vida del primer sacerdote latinoamericano que se volvió guerrillero? ¿Qué influencia tuvo la fe cristiana en él y en otros que tomaron un camino similar? ¿Qué ideas motivaron a quienes sin empuñar un fusil justificaron la violencia y a quienes, por el contrario, se opusieron a hacer un pacto con el diablo —como llama Weber el uso de la violencia—?
Las lecturas antagónicas que he citado son un buen pretexto para abordar las narrativas históricas sobre el papel que la violencia política ha jugado en nuestra vida colectiva, una cuestión que ha dejado de ser asunto de violentólogos e historiadores y se ha vuelto, cada vez más, parte de nuestra cultura política.
Así, mientras unas atribuyen a la violencia la principal causa de nuestra tragedia como nación, otras, por el contrario, asumen que ha habido una violencia —como la violencia insurgente político-religiosa— que no merece reproche moral o intelectual, pues estaba guiada por un sincero deseo de cambio y buenas intenciones. Daniel Pécaut ha escrito que uno de los ingredientes de la longevidad del conflicto armado “es que durante un largo período el recurso a la lucha armada había sido considerado como ‘normal’ por amplios sectores de la izquierda colombiana” (Pécaut, 2017, p. 281), algo a lo que, por lo demás, no escapaban amplios sectores de la población latinoamericana, al punto que el historiador inglés Eric Hobsbawm advertía que el uso de la acción armada es aceptado “por todos” en un continente donde incluso los cambios ordinarios de gobierno eran asegurados por el uso de la fuerza (Hobsbawm, 2018, p. 307).
Y es que, ciertamente, la década del sesenta marcó un punto de inflexión en la historia reciente de Colombia. El surgimiento de las guerrillas de las FARC en 1964 y del ELN en 1965 constituyó un factor de violencia política de las últimas décadas que se recrudeció en los años ochenta con la aparición de los grupos paramilitares y generó a su vez un espiral de violencia en el que las fuerzas estatales traicionaron su legitimidad institucional al recurrir a mecanismos de guerra sucia. Dicha década es excepcional también, pues al tiempo que se multiplicaron las fuentes de violencia, las tradiciones liberales y democráticas perdieron defensores intelectuales (Posada Carbó, 2006).
También en este aspecto sucedía algo similar en América Latina. El mexicano Octavio Paz explicaba que hasta la segunda mitad del siglo XX nadie se atrevió a poner en duda que la democracia fuese la legitimidad histórica y constitucional de América Latina, toda vez que con ella habíamos nacido y, a pesar de los crímenes y las tiranías, la democracia era una suerte de acta de bautismo histórico de nuestros pueblos (Paz, 1987, p. 476).
Que la tradición democrática y liberal tenga tantos detractores no es, sin embargo, cosa del pasado. En 2018 el Latinobarómetro registró un notable aumento de la insatisfacción con la democracia que llegó a un 71 % de los encuestados en dieciocho países, mientras que la satisfacción con la misma se ubicaba en un 24 %. Aunque la cifra estaba muy cerca de la de 1996, lo preocupante es que desde 2009 ha mantenido una caída sostenida en casi veinte puntos en los últimos diez años, los mismos que se registraban en el índice de satisfacción en igual período. La buena noticia, sin embargo, era que Colombia se situó en la cima del apoyo a la “democracia churchilliana”, esto es, la idea según la cual la democracia puede tener problemas, pero es la mejor forma de gobierno, con un 81 %, y en la cola de los países que preferirían un gobierno autoritario: el 10 % de encuestados (Latinobarómetro, 2018).
LA REVOLUCIÓN QUE NO FUE
Y LA EMULACIÓN DE LA QUE SÍ FUE
La violencia que alumbraría cambios sociales y trasformaciones estructurales, lo sabemos bien cinco décadas después que se ponen de lado juveniles nostalgias revolucionarias, justificó ideológicamente una revolución que no fue, pero cuya posibilidad, sueño o tentativa explica parte de la tragedia del país tanto de las últimas décadas —guerrillas y paramilitares— como de la que la precedió —violencia política partidista—. La violencia se convirtió en un significante vacío, la empleaban los críticos del sistema —grupos pequeños, pero influyentes— (Melo, 2017) para denunciar una violencia estructural o institucionalizada, y a ella también aludían los críticos de la utopía armada. De allí que “de todas las palabras en boga a finales de los años sesenta —decía un historiador inglés—, ‘violencia’ es casi la que más está en la avanzadilla de la moda y, a la vez, la más carente de significado” (Hobsbawm, 2017, p. 294).
Tan omnipresente en el debate público como la palabra violencia era el término revolución. En este libro utilizaré este concepto en dos sentidos. En sentido duro, la revolución significa “un cambio rápido, fundamental y violento en los valores y mitos dominantes de una sociedad, en sus instituciones políticas, su estructura social, su liderazgo y la actividad y normas de su gobierno” (Huntington, 2016, p. 236). Esta definición permite diferenciar la revolución de las insurrecciones, las rebeliones, los alzamientos, los golpes de Estado y las guerras de independencia, pero, sobre todo, de su acepción como transformación social no violenta y la implementación progresiva de políticas sociales por parte del Estado, esto es, su sentido blando.
La revolución la invocaban no solo los admiradores de la Cuba castrista, un modelo recién estrenado que aún no había mostrado completamente su rostro de pobreza, fusilamientos y dogmatismo[1], sino también quienes creían que la revolución era el destino inevitable del continente, pero que debía ser una empresa paulatina e incruenta. Así lo sostenían dos sociólogos franceses, para quienes si bien la revolución o una transformación radical era la una única opción, el continente podía elegir entre una revolución marxista o el desarrollo a través de la participación de las masas populares, la economía planificada, la iniciativa voluntaria de grupos intermedios y la efectiva ayuda extranjera. Y aunque el cambio en América Latina demandaba una revolución, eran enfáticos al advertir que se trataba de una revolución que no implicaba necesariamente el uso de la violencia (Houtart & Pin, 1965).
Ahora bien, para ir a las raíces intelectuales del fervor por la lucha armada de aquellos años hay que mirar a la isla de Cuba. La Revolución cubana, la revolución “que lo tenía todo: espíritu romántico, heroísmo en las montañas, antiguos líderes estudiantiles con la desinteresada generosidad de su juventud […], un pueblo jubiloso en un paraíso turístico tropical que latía a ritmo de rumba” extendió un aura sobre sus émulos y sus compañeros de ruta en “un continente de gatillo fácil y donde el valor altruista, especialmente cuando se manifiesta en gestos heroicos, es bien recibido” (Hobsbawm, 2003, p. 439). Pero, además, la Revolución cubana apareció como la heredera de las grandes tradiciones de nuestros pueblos: la independencia y la unidad de América Latina, el antimperialismo, un programa de reformas sociales radicales y la restauración de la democracia (Paz, 1987).
Colombia, a pesar de su relativo aislamiento, no era una excepción al clima intelectual y cultural de rebeldía, y, ciertamente, los sindicalistas y los universitarios sentían un gran atractivo por la insurrección armada y reclamaban cambios rápidos y profundos en un contexto de bipartidismo —que, a pesar del cese de la violencia (se pasó de 10 000-15 000 a 5000 muertos por año) incumplía las promesas sociales del Frente Nacional— y de clericalismo decimonónico (Melo, 2017). William Mauricio Beltrán describe cómo en la Universidad Nacional muchas prácticas juveniles no respondían solamente a una crisis política nacional, sino que eran parte de un fenómeno que trascendía las fronteras, la inconformidad que la juventud occidental manifestaba a través de la irreverencia, la rebeldía política y social y la revolución sexual (Beltrán, 2002).
La rebeldía frente a los paradigmas vigentes venía acompañada, paradójicamente, de una confianza casi mítica en sus sustitutos, en una época en la que la imagen del guerrillero no evocaba la de un bandolero, un delincuente y menos la de un terrorista, sino la de alguien que comprometía su vida en la lucha por una sociedad más justa (Santos Calderón, 2018). Así, la lucha armada, vista como sofisticada y representativa del honor, la valentía y la entrega, convivía con creencias tan peregrinas como el augurio formulado en un libro sobre la economía colombiana, según el cual en 1970 “caería el capitalismo” (Beltrán, 2002, p. 176). Las boinas, los fusiles al hombro y los camuflados estaban tan idealizados que en la guerrilla tenían identificados a los “oportunistas”: gente que subía al monte y después bajaba para darse ínfulas, para que la apreciaran y la respetaran porque había ido a la guerrilla y podía decir que estaba en el ELN (Claux Carriquiry, 2011).
En aquel contexto, la opción por las armas o por la ley y las instituciones republicanas representaba un dilema para quienes se debatían entre la vía revolucionaria o la vía reformista, un dilema personificado en la realidad latinoamericana en las figuras de Salvador Allende y del ‘Che’ Guevara[2], íconos a su vez de las dos izquierdas latinoamericanas que después de la Revolución cubana se abrirían camino. La primera, una izquierda “blanda”, cuyos orígenes racionalistas estaban en la teoría marxista y el comunismo, que devendría en moderada, globalizada y democrática —llamada también hace unos años “vegetariana”— y que adquirió forma institucional en partidos socialdemócratas de Chile, Brasil, Uruguay y El Salvador.
Y de otro lado, una izquierda “dura”, cuyos orígenes románticos y reaccionarios estarían en el catolicismo, el populismo y la Revolución cubana (Castañeda, 2019) y cuyos epifenómenos serían, entre otras, las guerrillas —sandinistas, montoneros, elenos— que pretendieron conciliar la cruz con la hoz. Mientras aquellos, más pragmáticos, depondrían las armas y optarían pronto por la vía institucional —llegando al poder en varios países—, estos, por el contrario, más contestatarios, hoy solo exhiben como trofeo la revolución sandinista de 1979.
En Colombia, el debate entre la vía armada y la vía institucional se saldó con un empate, para decirlo deportivamente. O quizás, de manera más precisa, los revolucionarios lo ganaron en lo ideológico, pero lo perdieron en lo práctico. Digo lo ganaron, pues por un lado, como explica Jorge Orlando Melo, “los que criticaron en los sesenta la lucha armada porque alejaba a las masas de la política y llevaba, en una democracia limitada, a que el sistema se hiciera cada vez más reaccionario y militarista, perdieron la discusión, al menos en las primeras décadas. Entre 1966 y 1986 el grueso de los marxistas creyeron que la revolución era posible, que podían tomar el poder por las armas porque el sistema estaba condenado, por sus contradicciones, a desaparecer, de modo que la lucha en el campo era la preparación para cuando la crisis inevitable ofreciera la oportunidad de llegar al poder y cambiar la sociedad” (Melo, 2017, pp. 235-236).
Sin embargo, al abandonar el reformismo y la lucha por ampliar la democracia, los revolucionarios colombianos se alejaron del modelo seguido por la izquierda en otras partes de América Latina durante la segunda mitad del siglo XX: donde había dictadura, los revolucionarios defendieron la democracia y muchas veces llegaron al poder apoyados por los votos del pueblo, mientras que acá, donde la democracia, con defectos y limitaciones existía, los socialistas denunciaban sus imperfecciones, invitaban a la abstención electoral y proclamaban la lucha armada, mientras el pueblo era atraído por los partidos tradicionales, que le prometían menos reformas, pero cercanas (Melo, 2017).
Como consecuencia de ello, la izquierda quedó asociada entre no pocos a un coqueteo vergonzante con la lucha armada, lo cual se evidencia todavía hoy cada vez que sus líderes evitan tomar distancia de los actos violentos de los insurgentes o lo hacen tímidamente. Y, de otro lado, devino en que los partidos tradicionales hicieron énfasis en un discurso social que le disputó a la izquierda las banderas de la justicia social. Paradójicamente, el radicalismo de la izquierda hizo que los partidos tradicionales se corrieran hacia el centro, lo cual volvió porosa la frontera entre liberales y conservadores en el campo de las políticas sociales.
Aunque en los sesenta se debatía si había o no una situación revolucionaria y, en ese caso, si lo pertinente era la lucha armada o “la combinación de todas las formas de lucha”, la paradoja es que “aun cuando se hablaba mucho de masas, las discusiones eran académicas, cerradas, abstractas” (Palacios, 2012, p. 69), dicho de otro modo: una discusión que solo importaba a unos cuantos. El país estaba en otra cosa.
No obstante, Carlo Tognato (2017) explica que desde la década del sesenta el discurso revolucionario militante empezó a competir en la esfera pública por la definición de lo legítimo en la vida pública del país, y en el orden social imaginado por este, unos militantes legítimos celebran lo colectivo y desechan lo individual, privilegian el sometimiento a la causa sobre la autonomía, insisten en el sacrificio en lugar del interés personal, resaltan el valor de la fe sobre la duda, enfatizan la lealtad más que la crítica, la unidad más que la fragmentación, la cohesión más que el pluralismo, la utopía más que la realidad, la solidaridad comunitaria más que el universalismo, el secreto más que la apertura y la transparencia, la igualdad más que la libertad, justifican las vías de hecho para lograr los objetivos de su lucha y renuncian al respeto de las reglas existentes, favorecen la jerarquía y se distancian de una democracia agónica, aspiran al socialismo y odian el capitalismo, luchan por el pueblo, del cual se dicen sus verdaderos representantes, y se oponen a la burguesía, a la que consideran demasiado egocentrista como para que pueda interpretar el interés general de la sociedad, buscan la autodeterminación contra el imperialismo, condonan la violencia como un acto de generosidad por parte del militante en nombre de los oprimidos y rechazan el compromiso con la no violencia como un signo de pasividad, de falta de compromiso, y hasta de insensibilidad hacia el sufrimiento del pueblo y la injusticia.
Luego, aunque las discusiones teóricas e ideológicas son oficio de unos pocos e interesa a otros tantos, suelen llegar, tarde que temprano, a las masas, inspirando lugares comunes, imaginarios, ideas, creencias y, por supuesto, comportamientos. Las ideas son cualquier cosa, menos intrascedentes.
¿VIOLENCIA O NO VIOLENCIA?
UNA TIPOLOGÍA
Para discutir la responsabilidad política, moral e intelectual de los sacerdotes, políticos e intelectuales en los orígenes del conflicto armado propondré, en el capítulo 1, un análisis de ciertos acontecimientos y declaraciones representativos del espíritu de los debates de los sesenta y los setenta desde la óptica de la responsabilidad de sus actores y, en especial, de la Iglesia católica. Luego, en los capítulos 2, 3 y 4, propondré una tipología que identifica tres grupos de actores del debate público sobre la legitimidad de la violencia político-religiosa: los rebeldes —que harían parte de la primera categoría—, los románticos —que encajarían en la segunda— y los profetas —que corresponderían a la tercera—[3]. En el capítulo 5 planteo cómo se dio en la Iglesia el tránsito de las teorías de la guerra justa al peacebuilding, para arribar al epílogo, donde se intenta dar respuesta al problema de la paradoja colombiana de ser un país mayoritariamente religioso y altamente violento.
Los rebeldes de los que me ocuparé no son aquellos que rompieron todo vínculo con la trascendencia —marxismo dixit— y su militancia se inspiró en un materialismo radical que consideraba la religión como opio del pueblo. Tampoco me ocuparé de los rebeldes que hicieron la revolución en nombre de Sandino —la segunda y última revolución victoriosa de las decenas que en nuestra América se intentaron— cuyo triunfo en 1979 llevó al poder a una variopinta coalición de marxistas, teólogos de la liberación, nacionalistas y socialdemócratas (Reid, 2017), un movimiento religioso conducido no solo por el celo religioso, sino también por imágenes cristianas y en la cual se involucraron socialistas y sacerdotes como en un acto religioso (Juergensmeyer, 2008). Los rebeldes de este texto no son los triunfantes nicaragüenses. Los rebeldes de este libro son los guerreros de una revolución fallida.
Los rebeldes aparecen a mediados de los años sesenta cuando algunos sacerdotes —Camilo Torres, Manuel Pérez, Domingo Laín y Juan Antonio Jiménez fueron los más conocidos pero no los únicos— decidieron empuñar un fusil e incorporarse a la naciente guerrilla del ELN con la motivación de darle eficacia a la fe cristiana y ponerse radicalmente del lado de los pobres. El caso de Camilo es paradigmático, no solo por su carácter precursor, sino porque asume la violencia revolucionaria como una consecuencia necesaria de la fe cristiana e incluso “eleva la revolución política a mandato cristiano. Es el primero que, del mandato central del cristianismo de amar al prójimo, deriva de manera inmediata la obligación para los cristianos de colaborar activamente en un cambio radical, rápido y profundo de las estructuras políticas, económicas, culturales, sociales y eclesiales. Es el primer sacerdote, en el nuevo movimiento revolucionario latinoamericano, que asume hasta la muerte su decisión de conciencia” (Lüning, 2016, pp. 162-163).
En efecto, muchos sacerdotes, según un cronista de aquella época, “habían llegado a la conclusión de que la única solución viable para el cambio radical que necesitaba el continente era la lucha armada” (Restrepo, 1995, p. 87). El caso de Camilo Torres conmocionó los cimientos de una sociedad mayoritariamente católica que atravesaba un acelerado proceso de secularización, pero, además, su vida y obra muestran cómo las ideas dominantes de la época legitimaron la violencia (Posada Carbó, 2006).
Ahora bien, más allá del “efecto Camilo” en América Latina y de los pormenores de una vida profundamente contradictoria como la suya (Broderick, 2013; Lüning, 2016) cuya narrativa memorística está enmarcada más en el mito que en la historiografía, el caso de los rebeldes evidenció una paradoja: que la violencia tuviera influyentes justificaciones teóricas en un país que vivía en democracia, y que la lucha armada se justificara con argumentos religiosos en un país donde la religión mayoritaria tenía una especial protección constitucional (Prieto, 2009) en función de su tradicional rol moralizador y social.
En un contexto de secularización de la vida pública y privatización de la fe como el actual, puede parecer exagerado hacer una lectura del clima intelectual de los sesenta y setenta acentuando el influjo del factor religioso. Más aún si tomamos en serio la pregunta de un reconocido latinoamericanista francés: “¿Cómo aclarar dónde termina y dónde empieza la dimensión religiosa de la acción revolucionaria y política en un continente donde la secularización como erradicación de la religión es una problemática poco evidente y donde la religiosidad es difusa?” (Bastian, 2012, p. 18).
Sin embargo, parece apenas lógico si advertimos que en América Latina el trasfondo religioso de la cultura católica ha permeado la realidad política con sus categorías mentales y sus paradigmas morales (Krauze, 2012). Y si se tiene en cuenta que el marxismo es una religión política y que el diálogo entre el cristianismo y el marxismo fue uno de los propósitos en que convergieron no pocos sacerdotes, religiosos e intelectuales, se entiende bien por qué la revolución misma era un ideal con visos religiosos.
Y es que, ciertamente, el elemento religioso no es ajeno al fenómeno revolucionario. Huntington explica que las revoluciones crean nuevas fuentes de moralidad, autoridad y disciplina mucho más exigentes que las que derogan. De hecho, la disciplina protestante del primer gran movimiento revolucionario de la sociedad occidental asombró a la Europa del siglo XVII y marcó la estela de que toda revolución es una revolución puritana (Huntington, 2016). Por eso no es accidental que los movimientos estudiantiles de izquierda de aquella época adoptaran rituales, modos de adoctrinamiento, textos y militancia de modo religioso (Beltrán, 2002). Dicho de otro modo, las transferencias mutuas entre el cristianismo y el marxismo explican no solo las ideas de entonces, sino también las formas de acción política y compromiso cívico.
Los románticos, por su parte, fueron aquellos sacerdotes, políticos e intelectuales que, aunque no tomaron partido abiertamente por la lucha armada, intervinieron en el debate público alrededor de la misma con ambigüedad moral e intelectual, contribuyendo a legitimar las razones de la insurgencia revolucionaria, una actitud ya entonces descrita por Weber al atribuir la fascinación de los intelectuales alemanes con la revolución a un “romanticismo de lo intelectualmente interesante” (Weber, 2012, p. 151). Y, en efecto, así pueden ser leídas algunas declaraciones de Pablo VI, de la Conferencia General del Episcopado en Medellín, del grupo Golconda y de la revista Alternativa. Bienintencionados e idealistas si se quiere, los románticos producen el desconcierto que transmitía Hannah Arendt al señalar a los compañeros de ruta del régimen nacionalsocialista: “Lo que nos trastornó no fue el comportamiento de nuestros enemigos, sino el de nuestros amigos, que no habían hecho nada para que se llegara a esa situación” (Arendt, 2014, pp. 54-55).
Finalmente, otro grupo de sacerdotes, políticos e intelectuales consideraron que el recurso a la violencia suponía un maridaje inaceptable entre religión y política y se opusieron abiertamente a una interpretación del marxismo o del catolicismo que justificara la lucha armada. A quienes se rehusaron a hacer un pacto con el diablo los llamaré profetas. Jaime Arenas, Cayetano Betancur, Alberto Zalamea, Belisario Betancur, y monseñor Gerardo Valencia Cano fueron algunos de ellos. El escritor Eduardo Caballero Calderón advirtió sobre la inconveniencia de la simbiosis entre religión y política al llamar la atención de que millones de hombres ven en la Iglesia el testimonio de que no solo de pan vive el hombre, pero lo cierto, advertía, es que ella le está dando mayor importancia al pan que al “no solo de pan”, como si estuviera resuelta a meterse de lleno en los problemas de este mundo (Restrepo, 2015).
GUERRAS JUSTAS E INJUSTAS
El telón de fondo teórico del debate público sobre la legitimidad del recurso a la violencia insurgente fue la exégesis del marxismo y del catolicismo —que contenía al neotomismo[4]—, específicamente las consecuencias prácticas —esto es, sociales y políticas— de cada uno. Así, tanto los rebeldes como los románticos encontraron en ambas cosmovisiones una justificación de la violencia, pues concibieron la lucha por la justicia social como una derivación de las teorías de la guerra justa, mientras que los profetas interpretaron ambas cosmovisiones y tales teorías de modo que aquellas circunstancias históricas y el régimen político vigente en el país no validaban tal recurso.
De este modo, mientras los rebeldes y los románticos sacralizaron la violencia al considerarla una derivación sociopolítica de la fe cristiana, los profetas la criticaron haciendo énfasis en su carácter secularizado e inmanente. Es decir, mientras para aquellos la violencia política inspirada por razones religiosas era justificable en función del fin al que servía —la justicia social—; para estos, el contexto democrático vigente invalidaba el recurso a la violencia como medio político, toda vez que se podían realizar los fines —la justicia social, la igualdad, entre ellos— pacíficamente a través de las instituciones. Mientras aquellos pregonaron ruptura, estos, a su vez, predicaron reformismo, dos vías que aún tienen defensores intelectuales en la batalla que se libra actualmente por las narrativas del conflicto armado (Garzón Vallejo y Agudelo, 2019).
Este debate sobre la legitimidad o ilegitimidad de la violencia como medio político anticipó un problema característico de las actuales sociedades postseculares: la tensión, acaso irresoluble, entre sacralización y secularización, esto es, entre formas políticas cuya legitimidad reside en fuentes o autoridades sagradas —los rebeldes y los románticos invocaron exégesis del Evangelio que validaban la violencia, aún cuando fuera excepcionalmente— y entre proyectos políticos cuya legitimidad reside en fuentes y autoridades seculares o laicas —los profetas, por su parte, insistieron en los mecanismos democráticos como vías hacia el reformismo social, en el carácter laico de la política y trascendente de la religión—.
De cualquier forma, la tensión entre sacralización y secularización no resuelve la paradoja de que la violencia político-religiosa haya encontrado una legitimación pública en una sociedad mayoritariamente católica, regida a su vez por instituciones democráticas. Ello hace pertinente indagar por la peculiaridad —si la hubiera— de la violencia político-religiosa en un país sociológicamente católico en proceso de secularización, a fin de explicar lo que llamaré la paradoja colombiana.
Así las cosas, ¿la sacralización de la violencia en un contexto mayoritariamente católico se explica como una coartada de la política, como una anomalía o perversión de las enseñanzas religiosas fundamentales, o como una simbiosis intrínseca entre religión y violencia, es decir, que está en su mismo núcleo? Más aún, cuando la religión actúa como factor de violencia, ¿es claramente distinguible de otros factores? (Juergensmeyer, Kitts & Jerryson, 2013). ¿Tienen aún vigencia las teorías de la guerra justa —ius ad bellum— en sociedades democráticas y en la prédica de una Iglesia que se declara sistemáticamente en favor de la paz?
Aunque mi foco son las décadas del sesenta y setenta, la perspectiva del trabajo no es historiográfica. Propondré un diálogo entre la historia y la teoría política, esto es, entre los hechos y la interpretación crítica de los mismos, no —como advierte Walzer (1993)— con el ánimo de atribuir una suerte de castigo retributivo por los crímenes pasados, sino más bien como un ejercicio crítico que mira hacia el pasado con la intención de que la discusión acerca de ese pasado tenga una resonancia futura y que el problema de la responsabilidad moral, política e intelectual (Judt, 2014) haga parte de las narrativas sobre el conflicto armado que el país está elaborando. Para ello recurrí no solo a libros, artículos, documentos y archivos, sino también a la memoria de algunos protagonistas y estudiosos de aquella época con quienes conversé largamente.
Parte de nuestra tragedia como nación se explica porque ante la innegable y dramática ausencia de Estado en tantos rincones del territorio que hemos padecido y, por consiguiente, la fragilidad del contrato social entre los ciudadanos y sus autoridades e instituciones, con mucha frecuencia sectores de derecha han invocado el “sagrado derecho a defenderse” mientras que sectores de izquierda han apelado al “derecho a la rebelión” para tomar las armas. Es decir, unos y otros han encontrado en tales fórmulas la justificación moral e intelectual para la violencia política. Y siguen haciéndolo, aunque quizás de modo menos explícito y organizado, pero, no por ello, menos inquietante.
Por eso, al poner sobre la mesa el debate sobre la crítica y justificación de la violencia alrededor de uno de los actores institucionales más relevantes de la vida pública nacional como es la Iglesia católica, entendida esta funcionalmente como una empresa ideológica o una institución cuyas legitimidades carismática y tradicional coexisten con las formas de legitimidad racional propias de una sociedad moderna, y haciendo especial énfasis en las tribunas privilegiadas que suelen tener los sacerdotes, los políticos y los intelectuales, este libro pretende ayudar a fortalecer una cultura política cívica fundada en el rechazo incondicional de la violencia como medio de confrontación política y ofrecer razones para valorar nuestras instituciones democráticas como canales de reforma social y agenciamiento de los conflictos sociales.
Hace más de dos décadas, en el marco de la Comisión de Sabios, Gabriel García Márquez hacía notar que “somos conscientes de nuestros males, pero nos hemos desgastado luchando contra los síntomas mientras las causas se eternizan” (García Márquez, 1996). Este libro es una modesta contribución para ayudar a identificar una de las principales causas de nuestros males: que la violencia política siempre ha creído tener buenas razones para justificarse.
[1]. Un pequeño grupo de intelectuales latinoamericanos han revaluado su inicial simpatía hacia la Revolución cubana y se han atrevido a hacer un balance crítico de sus efectos en la cultura política del continente.
[2]. Ambas vías, su decisión política fundamental y sus últimos momentos fueron recreadas por la pluma de Kapuściński (2017) en un texto publicado en 1975.
[3]. En el mismo sentido, Ana María Bidegaín distingue cuatro sectores en la Iglesia latinoamericana de los sesenta: un sector conservador que rechazó los cambios del Concilio Vaticano II y de la conferencia de Medellín. Un sector de promarxistas que terminarían comprometidos con el activismo político. Un tercer sector, de los llamados liberacionistas, que incorporaron elementos marxistas en sus análisis pero no se comprometieron políticamente. Y un cuarto sector, de progresistas moderados, receptivos de las propuestas conciliares y comprometidos con los derechos humanos (Bidegaín, 2018). Gustavo Morello también ha propuesto una tipología para clasificar las actitudes de la Iglesia en la Argentina por aquella época: los católicos comprometidos, los católicos revolucionarios y los católicos antiseculares (Morello en Wilde, 2015).
[4]. En 1879 la encíclica Aeterni Patris de León XIII había exhortado a estudiar, renovar y propagar la doctrina de Tomás de Aquino desde sus mismas fuentes y especialmente en las universidades católicas, como forma segura de combatir los errores doctrinales de la época. Así, el Doctor Angélico, enaltecido en aquel documento pontificio como ejemplo de virtudes morales e intelectuales, se convirtió en el teólogo por imitar y su filosofía en la guía teórica que los católicos debían seguir.
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Capítulo I
¡Si es que en este país la sangre
chorrea de los púlpitos!
Tomás González (2017, p. 30)
Michael LaRosa, autor de uno de los mejores —y de los pocos— libros sobre el papel político de la Iglesia católica en Colombia en el siglo XX, termina su trabajo aseverando que los radicales de la derecha a principios del siglo xx en Colombia, aquellos que denunciaban al liberalismo como pecaminoso, serían reemplazados por radicales de izquierda a finales de la década de 1960, quienes adhirieron a la idea del uso de la violencia y la lucha revolucionaria como medios para conseguir cambios sociales significativos. Los miembros de estas organizaciones eran sacerdotes católicos, en un lugar que con frecuencia es identificado como el país católico más jerárquico y conservador de América Latina (LaRosa, 2000). Donde termina LaRosa, empieza este libro.
LA IGLESIA CATÓLICA
EN LA SACRISTÍA DE LAS
CIENCIAS SOCIALES
En este capítulo sostendré que es pertinente enfocarse en la Iglesia católica como actor político e institucional por tres razones. Primero, porque en los estudios más sobresalientes de las ciencias sociales —excluyo ex profeso a la teología y a la historia eclesiástica, que solo barruntaré— sobre el conflicto armado se ha soslayado el papel de la Iglesia católica. Un dato ilustrativo permite corroborarlo: en los tres trabajos colectivos más ambiciosos que se han publicado en el país sobre el conflicto armado, apenas si se menciona a esta institución. En orden cronológico de publicación, son ellos, el Informe El conflicto, callejón con salida, del PNUD (2003), ¡Basta ya! Colombia: memorias de guerra y dignidad, del Grupo de Memoria Histórica (2013) y el Informe final de la Comisión Histórica del Conflicto Armado y sus Víctimas (2015). Así, mientras que en el Informe del PNUD no aparece la voz Iglesia en la descripción que el mismo hace de los orígenes del conflicto (PNUD 2003), en el informe ¡Basta ya! aparece cuatro veces (GMH, 2013), y en el Informe final de la CHCV hay cuarenta y dos referencias, ninguna de las cuales sobrepasa el párrafo de extensión. El vacío bibliográfico es, pues, más que notorio.
Estos datos ratifican dos tendencias que han prevalecido en las lecturas canónicas sobre el conflicto armado: la primera, una interpretación en la que sobresalen dos actores fundamentales, el Estado y las guerrillas, más que otras instituciones, comunidades o grupos sociales. La segunda, una interpretación que hace más énfasis en las condiciones materiales: desigualdad, ausencia de control estatal, economías ilegales y fallas del sistema político, más que en las condiciones intelectuales y en las empresas ideológicas. Aunque es difícil encontrar un hilo conductor en referencias tan someras, se puede otear una tendencia a considerar a la Iglesia católica —sobre todo a la jerarquía— como responsable —más por acción que por omisión— de la prolongación —más que del origen— de la violencia partidista y del conflicto armado. Sin embargo, no es fácil hallar soportes que sustenten y documenten tal aseveración, con lo cual ha devenido casi en un lugar común.
Los estudios políticos y sociales en Colombia no han sido reticentes a adoptar la tendencia del mainstream de las ciencias sociales en el cual la teoría de la secularización ha ocupado un estatus paradigmático (Casanova, 1994), aunque cada vez más cuestionado (Garzón Vallejo, 2014a). Según dicha teoría, la religión es un asunto privado en progresivo declive a medida que aumenta la industrialización, racionalización y modernización de las sociedades. Ello podría explicar el relativo silencio de los estudios colectivos recientes sobre la violencia y el conflicto que se han publicado en los últimos años y de la religión en general como elementos explicativos de las causas, razones de persistencia y efectos del conflicto armado.
Sin embargo, más allá de la discusión epistemológica sobre la aplicabilidad de la teoría de la secularización a los estudios sobre la violencia en Colombia, fue un hecho extrañamente invisibilizado por el proceso de paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) que la Iglesia católica ha sido una víctima estadísticamente relevante del conflicto armado. La evidencia recolectada por la Oficina de Comunicaciones de la Conferencia Episcopal da cuenta de que entre 1984 y 2019 fueron asesinados dos obispos, noventa y tres sacerdotes, cinco religiosas, tres religiosos, dos misioneros y tres seminaristas; que fueron secuestrados cinco obispos, veintisiete sacerdotes, un misionero y un diácono, y fueron víctimas de amenazas diecisiete obispos, tres religiosas, cinco religiosos y cincuenta y dos sacerdotes. Luego, si el total de asesinados asciende a ciento seis, los secuestrados a treinta y cuatro y los amenazados a setenta y siete, se obtiene un promedio de 3.02 asesinatos, 1.0 secuestros, 2.26 amenazas por año contra representantes de la Iglesia en el país motivados por su posición —léase oposición o apoyo— frente a los actores del conflicto.
A pesar de tal evidencia empírica, algunos jerarcas consideran que el papel de la Iglesia católica no es victimizarse o tomar partido, sino mantenerse en una posición en la que pueda acompañar a todos los actores. Además de la notoria división interna que el proceso de paz produjo entre obispos y sacerdotes, esta habría sido una de las razones por las cuales no levantaron la mano durante los años de las negociaciones en La Habana, ni participaron en ninguna organización colectiva de víctimas del conflicto.
La segunda razón es porque dicho vacío epistemológico se ha llenado con mitos —los más notorios son los que se refieren a los curas guerrilleros del ELN— y silencios —varios románticos y profetas son unos célebres desconocidos—. Y con los mitos y los silencios han venido los lugares comunes —que los curas rebeldes fueron unos progresistas incomprendidos, que la Iglesia católica persiguió a los liberales y después a los comunistas—, formas simplistas de explicar un pasado no solo complejo, sino además representativo de lo que somos como país y cuya comprensión ponderada y matizada podría ser profiláctica.
El problema de que en nuestras narrativas sobre el pasado prevalezcan los lugares comunes es que estos reemplazan el saber, pues dejan de lado los contextos en los que surgen los sucesos históricos. Y así, ni el desarrollo económico, la urbanización, la secularización o la atenuación de la autoridad de la Iglesia y la competencia de nuevas iglesias evangélicas, parecen dignos de ser incluidos en esta trama del conflicto (Pécaut, 2017).
Y por si fuera poco, hay una brecha entre la irrelevancia que le atribuyen los estudios sobre el conflicto a la Iglesia católica y el rol que la misma juega en el terreno, sobre todo en los lugares más periféricos, donde el cura es el paño de lágrimas de todo el mundo y donde los religiosos —sobre todo las religiosas— han cumplido un importante papel de apoyo a la comunidad. Así lo advierte, aunque de manera crítica, el Grupo de Memoria Histórica: “Ante lo inexplicable y dramático de las situaciones vividas, sin una oportuna atención psicosocial y sin los apoyos requeridos, muchas víctimas encontraron en las iglesias católicas y cristianas un lugar relevante donde fueron escuchadas y que además les han brindado fe, consuelo y esperanza para sobreponerse. Las iglesias constituyen un espacio privilegiado para la palabra y la escucha, y algunas, de carácter más liberal, ofrecen no solo el reconocimiento en el dolor, sino que intentan explicaciones ante los hechos que superen la resignación cristiana. Sin embargo, la mayoría trasciende las responsabilidades humanas y apelan a designios divinos a fin de atribuir sentidos y hacer más soportable la existencia. Esto en detrimento de una lectura política y estructural de lo sucedido” (GMH, 2013, p. 326).
Y tercero, porque como advierte Jorge Giraldo (2017, p. 62), “si algo se conserva aún de la teoría de Clausewitz sobre la guerra es el hecho de que su realidad no se limita a los bordes de las organizaciones militares; que hay estadistas, jefes políticos, comisarios, empresarios, profetas, sacerdotes, y las instituciones en las que todos ellos suelen anidarse, que jugaron un papel decisivo en su despliegue”. Desde hace décadas, la Iglesia católica es, al lado de las Fuerzas Armadas, la institución con mayor favorabilidad entre los ciudadanos, y un observador extranjero de aquella época apunta que desde finales de los sesenta y a través de los ochenta, la Iglesia católica fue el mayor actor público en muchos países latinoamericanos (Wilde, 2015). Como empresa ideológica, parte de su labor se traduce en una conexión privilegiada con sus fieles y su soporte doctrinal ha jugado un influyente papel en el debate público sobre la justificación y crítica de la violencia política. Y, como veremos en el caso de los rebeldes, en algunos momentos tomó partido por uno de los bandos en disputa. Este papel le asegura un lugar en las narrativas sobre el conflicto, aunque el mismo esté aún por definir.
Acá tomaré a la Iglesia en su sentido estructural funcionalista, esto es, en su relación como institución con el Estado y la sociedad civil y no en sentido sociológico ideal-típico como comunidad de creyentes ni en sentido fenomenológico-doctrinal tal y como se define a sí misma (Casanova, 2011). Desde esta perspectiva asumiré que la interacción con el mundo no la realiza solo la jerarquía o sus miembros consagrados (obispos, sacerdotes y religiosos), sino tanto aquellos como los laicos, especialmente aquellos que se definen públicamente como católicos. Y también que una lectura de los acontecimientos de la época debe trascender la letra de los documentos y las declaraciones oficiales.
¿AGGIORNAMENTO O ASEDIO DEL SECULARISMO?
La década del sesenta fue una época de profundo desconcierto para la Iglesia colombiana. A nivel interno, el más sobresaliente fue el fenómeno de los curas rebeldes que trajo consigo una brecha entre la Iglesia institucional y la carismática en la cual, mientras aquellos denunciaban el maridaje de la Iglesia con el Estado, la jerarquía a su vez veía con malos ojos las alianzas de cualquier tipo entre el cristianismo y el marxismo. Asimismo, había poderosos factores externos, esto es, sociales y políticos: una acelerada secularización de las costumbres que llevaría a una respuesta reactiva de la jerarquía en la cual los asuntos morales y sexuales ocuparán un lugar cada vez más determinante, la ruptura de la hegemonía de la moral cristiana que se vería amenazada en un contexto de pluralismo religioso así como de redefinición de los privilegios institucionales que había consagrado el Concordato de 1887 que se reformularía y entraría en vigencia en 1974, y un proceso de urbanización que incrementaría los cinturones de miseria de las ciudades capitales y que traerían consigo un fuerte reclamo social (González, 1997).
La Iglesia, estandarte institucional de una sociedad moralista y clerical que empezaba a dejar de serlo, fue uno de los protagonistas de aquellos tiempos convulsos: el Concilio Vaticano II y la Conferencia de los obispos latinoamericanos en Medellín plantearon un proceso de aggiornamento, esto es, de “puesta al día” de la institución al mundo moderno. Dicho proceso generó una profunda fractura que políticamente se evidenciaría en que unos sectores abrazaron la utopía armada, mientras que otros encontrarían refugio seguro en su intransigencia doctrinal y la defensa del statu quo. “Se vivió una época de transformaciones profundas, al lado de cambios superficiales. Posiciones dogmáticas sostenidas como artículos de fe desde el Concilio de Trento hace cuatrocientos años se encontraban amenazadas, aunque coexistían aún bajo el mismo techo con nuevas actitudes irreverentes. En la vida eclesiástica se cuestionaba todo, desde lo fundamental hasta lo accesorio. Algunos ponían en duda la divinidad misma de Cristo y la infalibilidad del Papa, mientras otros se contentaban con que los curas se despojaran de sus sotanas y que anduvieran por la calle vestidos de civil” (Broderick, 2017, p. 33). Se estima que en aquellos años un 5 % de los 6000 sacerdotes que trabajaban en el país abandonaron la sotana (Botero Restrepo, 1983).
Los cambios en la Iglesia se dieron no solo en sus bases, sino también en la jerarquía, entre otras cosas porque tras el fin de La Violencia, tanto la Iglesia como el Ejército debieron asumir nuevos roles políticos (Wilde, 1984). Ante la notoria desigualdad y pobreza en el continente, “la Iglesia católica tuvo un ataque de conciencia” que la llevó a preocuparse por ayudar en primer lugar a los pobres (Reid, 2017, p. 100). Desde 1966 comenzó el proceso de modificación del Concordato que culminaría con la Ley 20 de 1974, que traería, entre otras cosas, la posibilidad de contraer matrimonio civil sin necesidad de abjurar de la fe, así como la tramitación de la separación de cuerpos por los jueces civiles (Botero Restrepo, 1983).
Dicho brevemente, el país vivió en un par de décadas y de forma pacífica un proceso de secularización y desconfesionalización que en otros países tomó uno o dos siglos e incluso se dio de manera cruenta. Por ello, Malcolm Deas sostiene que esta secularización tan acelerada durante las décadas del sesenta y setenta, debida fundamentalmente al cambio del papel de la Iglesia, fue el mayor cambio ocurrido en la sociedad colombiana (González, 1997).
Los obispos colombianos habían hecho una autocrítica muy severa en 1953 señalando la incoherencia de buena parte de los católicos del país, en quienes el catolicismo estaba más en los labios que en el fondo de su corazón (Wilde, 1984). Sin embargo, el plebiscito de 1957 tuvo un efecto ambivalente en la Iglesia: formalmente, fue una vuelta a la confesionalidad, toda vez que la reforma constitucional introdujo la idea de Dios como garante último del orden moral y a la Iglesia como “elemento esencial del orden social”. Sin embargo, al sumarse la Iglesia al Frente Nacional y, de este modo, hacer las paces con el Partido Liberal, resolviendo así el problema institucional de la defensa de sus prerrogativas, quedó de cara ante la situación social del país y se vio obligada a dar respuestas creativas ante la misma. Las estructuras eclesiásticas estaban pensadas para la defensa del statu quo tradicional y conservador frente al liberalismo laicizante y secularizante, pero no para una presencia activa en la sociedad que estaba moviéndose hacia concepciones más pluralistas y seculares (González, 1997). En esta hábil jugada política que, no obstante, traería efectos no previstos en lo social, puede situarse el origen del desconcierto que la institución experimentaría en las dos décadas siguientes.
Así las cosas, la confesionalidad que traería consigo el plebiscito de 1957 fue la recompensa al apoyo de los jerarcas a la caída de Rojas Pinilla. Sin embargo, el cesaropapismo que enfatizó la consulta popular comprometió a la Iglesia con el régimen político bipartidista de tal modo que no tuvo distancia para criticarlo moralmente cuando hizo falta y su vinculación institucional con el poder político la llevó a considerar los reclamos sociales como un asunto de orden público y de seguridad más que de justicia social (Wilde, 1984).
La jerarquía tardaría muchos años en darse cuenta de que tales reclamos eran legítimos y que gravitaban sobre todo el continente, pero, además, menos de diez años después del plebiscito el Vaticano II promovería un proceso de desconfesionalización de los Estados occidentales. En síntesis, la decisión política de 1957 resolvió un problema interno, pero fue a contramano del profundo cambio que estaba operando en los signos de los tiempos y, por ello, a la larga, sería contraproducente.
Por ello, como consecuencia de esta alianza con el régimen, la Iglesia católica perdería relevancia social y la resistencia de la jerarquía a tratar de entender el fenómeno de los curas “rebeldes” perjudicó, según Wilde, tanto la causa de la Iglesia como la de la democracia en general (González, 1997). No hay duda de que la jerarquía colombiana era muy conservadora: según The New York Times, en 1968 solo cuatro de los cincuenta y siete obispos del país eran progresistas (Montgomery, 1968b). Pero, además, su espíritu monolítico conspiró contra la posibilidad de un mayor debate interno y la formulación de soluciones más creativas a la crisis social y cultural.
En consecuencia, la incapacidad de la jerarquía para manejar creativamente los problemas de la falta de consenso interno en materias socioeconómicas y políticas mostró la carencia de respuestas nuevas a problemas nuevos. Esto no sería extraño, si se tienen en cuenta las categorías escolásticas —defensivas y apologéticas— con las que desde Roma se había afrontado la modernidad y el liberalismo a fines del XIX. El modelo de Iglesia que controlaba y legitimaba desde arriba a las instituciones necesitaba la imagen de una Iglesia monolítica, sin fisuras ni divisiones internas. No obstante, el enfrentamiento con la realidad de miseria en los sesenta quebró de manera insólita la unanimidad de la Iglesia colombiana en materias políticas, sociales y económicas (González, 1997) e incubaron una crisis que llevaría, a la postre, a redefinir su papel en la sociedad colombiana en un contexto en que ello estaba ocurriendo también en el resto del mundo.
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