Kitabı oxu: «Los planes de Dios para su vida»
Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —afirma el SEÑOR —, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza.
JEREMÍAS 29.II

Los planes de Dios para su vida
© 2021 por Editorial Patmos
Publicado por Editorial Patmos,
Miami, FL 33166.
Todos los derechos reservados.
Publicado originalmente en inglés por Crossway, 1300
Crescent Street Wheaton, Illinois 60187, con el título God’s
Plans for You. © 2001 por J. I. Packer.
Traducido por Silvia Cudich
Diseño de portada por Adrián Romano
Diagramación por Josias Finamore
e-ISBN: 978-1-64691-114-1
Categoría: Vida cristiana
Conversión a epub: Cumbuca Studio
CONTENIDO
PREFACIO
1. ¡PELIGRO! TEÓLOGO TRABAJANDO
La intención de estos capítulos
2. EL PLAN DE DIOS
La tendencia cristiana básica
3. EL ENCUENTRO CON DIOS
La relación cristiana básica
4. LA RELIGIÓN DEL JACUZZI
Hacia una teología del placer
5. UN ESTILO DE VIDA CRISTIANO
Cómo regir nuestro trabajo, ocio, placer y tesoro
6. LA GUÍA
Cómo nos guía Dios
7. LA ALEGRÍA
Una disciplina desatendida
8. LAS ESCRITURAS Y LA SANTIFICACIÓN
Cómo la Biblia nos ayuda a ser santos
9. EL CAMINO DE LA TRANSFORMACIÓN
Qué significa seguir a Cristo
10. LA MALA SALUD
Los remedios y los tratamientos físicos
11. LA DESILUSIÓN, LA DESESPERACIÓN, LA DEPRESIÓN
Cómo toca el Gran Médico las mentes atribuladas
12. EL CONOCIMIENTO PROPIO
La identidad y la imagen de sí mismo
13. EL SENDERO DE PODER
Cómo tomar al Espíritu Santo en serio
14. REFLEXIONES SOBRE LA VIDA DE FE
El doble ánimo, la seriedad, el equilibrio, la muerte
15. LA REFORMA DE LA IGLESIA
La reorganización exterior y la renovación interior
NOTAS
PREFACIO
Espero que el título de este libro no los inquiete. Puedo entender que quizás les parezca demasiado atrevido, como si yo estuviera haciendo afirmaciones semejantes a las predicciones que ofrecen los astrólogos y adivinos y que los cristianos enfáticamente no poseen. Sin embargo, así como lo demuestra el epígrafe de la página anterior, mi título no es más que un simple eco de las palabras mismas de Dios dirigidas a los judíos exiliados en Babilonia, transmitidas por medio de la carta de Jeremías; y mi propósito al elegirlo es sencillamente proponerles la certeza de que Dios, quien es Señor tanto de su propio futuro como del nuestro, lleva a su pueblo a algo maravilloso.
La nota en el texto de una de las traducciones bíblicas al inglés declara correctamente: “Mientras que Dios, quien conoce el futuro, proporcione los planes y vaya con nosotros mientras cumplimos su misión, podemos tener una esperanza sin límites. Esto no significa que no experimentaremos dolor, sufrimientos, o penurias, pero sí significa que Dios nos mantendrá a flote hasta que lleguemos a un glorioso final”.
De modo que la letra escrita por John Ryland está totalmente justificada:
Regidor soberano de los cielos,
Siempre sabio y misericordioso,
Mi vida está en tus manos,
Los acontecimientos sujetos a tu voluntad.
Su decreto que formó la tierra
Mi primer y segundo nacimiento determinó;
Padres, pueblo nativo, y tiempo,
Todos designados por Él.
Aquel que en el vientre me formó,
Hasta la tumba me guiará;
Todos mis días ordenados serán Mediante su sabio decreto.
Tiempos de enfermedad, tiempos de salud,
Tiempos de penurias, y riqueza;
Tiempos de prueba y de dolor,
Tiempos de triunfo y alivio.
Tiempos de comprobar el poder del tentador,
Tiempos de probar el amor del Salvador;
Todo habrá de llegar, y perdurar, y finalizar
Como le plazca a mi Amigo celestial.
Plagas y muertes revolotean a mí alrededor;
Hasta que El lo pida, no podré morir.
Ni un solo rayo puede caer
Hasta que el amor de Dios lo quiera así.
(Versión libre)
Los capítulos a continuación buscan aclarar y aplicar todo esto en una variedad de diferentes conexiones. El objetivo a lo largo del libro es mostrar cómo percibimos y sentimos la vida cuando vivimos con fe en el Dios soberano de la Biblia, y ayudar a formar actitudes, enfocar valores, y tomar decisiones en el medio de desconcertantes contracorrientes de decadencia en la cultura y la iglesia. Primero y fundamentalmente, los planes de Dios en los cuales nos resguardaremos, sus propósitos de llevarnos del lugar donde nos encontramos a la plenitud de la comunión y perfección de vida con él, y dentro de este marco, segundo y específicamente, sus propósitos para extraer de nuestro interior —lo cual implica su obra en nosotros— la cooperación con aquel que posee un corazón humilde, una mano extendida, y una esperanza santa que es esencial a este proceso. Mis lectores ideales, el “ustedes” de mi título, son aquellos que comparten mi certeza de que en la vida, en la muerte, y por toda la eternidad, nuestra relación con Dios es lo que más importa, y por lo tanto, debería ser nuestra principal preocupación aquí y ahora. ¿Están de acuerdo conmigo? Así lo espero.
De modo que pongamos juntos manos a la obra.
1
¡PELIGRO! TEÓLOGO TRABAJANDO
La intención de estos capítulos
Un libro favorito con ilustraciones para niños de tres años: Soy un conejito, observa la vida desde el punto de vista de un conejo. Sobre esa base, este libro bien podría llamarse Soy un teólogo. Dicho título nos sonaría como presuntuoso, elitista, y prepotente al máximo. Al igual que una plomada, hundiría al libro y su autor directamente en el olvido. Sin embargo, como una declaración de compromiso más que una afirmación de aptitudes, no sería del todo inexacto. Mi objetivo es señalar algunos problemas que un teólogo no puede evitar ver y satisfacer en relación con ellos, lo mejor posible, el rol apropiado y característico del teólogo.
¿Qué es eso? Bueno, ¿qué es la teología? (¡Siempre debemos comenzar por el principio!) La teología es uno de esos términos (de los cuales no hay muchos) cuyo significado lo aclaran sus orígenes. La teología viene de dos palabras griegas: theos (Dios) y logos (discurso, alocución, argumento), y significa sencillamente hablar de Dios o, más completamente, pensamientos acerca de Dios expresados en declaraciones sobre Dios. Los pensamientos acerca de Dios son únicamente correctos cuando cuadran con los pensamientos propios de Dios sobre sí mismo; la teología es únicamente positiva cuando permitimos que la verdad revelada de Dios, o sea, la enseñanza de la Biblia, penetre nuestra mente. De modo que la teología es un ejercicio auditivo antes que vocal. Es el intento de escuchar lo que la Confesión de Westminster I.x denomina “lo que habla el Espíritu Santo en las Escrituras” y luego aplicar lo que dicen las Escrituras para corregir y dirigir nuestra vida. Nosotros traemos nuestras dudas y preguntas a la enseñanza de la Biblia para encontrar soluciones, y permitimos que Dios nos haga preguntas, en esa misma enseñanza y por medio de ella, sobre la forma en que pensamos y vivimos. Se le da el nombre de teólogo a todos aquellos que nos ayudan con este proceso.
Existe un sentido en el cual todos los cristianos son teólogos. Por el simple hecho de hablar de Dios, digamos lo que digamos, nos convertimos en teólogos, así como al oprimir las teclas de un piano, suene como suene, nos convertimos en pianistas. (Mientras yo escribía el primer borrador de este libro, mi nieto de veintitrés meses estaba cumpliendo con el rol de pianista.) La cuestión es si somos buenos o malos. Sin embargo, así como en el discurso secular, la palabra pianista se reserva para los intérpretes competentes, así en la alocución cristiana, la palabra teólogo se reserva para aquellos que en cierto sentido se especializan en el estudio de la verdad de Dios.
¿Qué utilidad tienen dichas personas? ¿Existe alguna tarea en particular en la cual deberíamos solicitar su ayuda? Sí, la hay. Junto al lago, en un centro turístico que conozco, se erige un edificio rotulado grandiosamente Centro de Control del Medio Ambiente. Es una planta de tratamiento de aguas residuales que se encuentra allí para asegurarse de que nada contamine el agua; su personal está compuesto por ingenieros y especialistas en el tratamiento de las aguas cloacales. Piense que los teólogos son los especialistas en el tratamiento de las aguas residuales de la iglesia. Su rol es detectar y eliminar la contaminación intelectual y asegurarse, en lo posible, de que la verdad vivificante de Dios fluya pura y sin veneno a los corazones cristianos.
Su llamado los obliga a actuar como los ingenieros del agua, que intentan lograr mediante su predicación, enseñanza, y exposición bíblica que el flujo de la verdad sea fuerte y constante; pero deseo retratarlos en particular como los que están a cargo de eliminar las aguas residuales espirituales. Ellos deben analizar el agua y filtrar todo lo que confunda la mente, corrompa el juicio, y distorsione la forma en que los cristianos perciben su propia vida. Si ven que los cristianos van por el mal camino, deben encauzarlos nuevamente en la senda correcta; si los ven titubeantes, les deben dar certeza; si los encuentran confundidos, los deben ayudar a aclarar las cosas. Es por esa razón que este libro podría llamarse Soy un teólogo, porque eso es precisamente lo que estoy tratando de hacer.
Los capítulos que siguen tratan sobre algunas preguntas cruciales con respecto a las cuales los cristianos se sienten a menudo titubeantes y vacilantes. Todas estas preguntas tienen un giro directamente personal. ¿Qué desea hacer Dios en su mundo a menudo tan desconcertante y agonizante? ¿Quién tiene derecho a afirmar que lo conoce? ¿Qué requerirá de mí la santidad? ¿Cómo me guiará Dios? ¿Acaso me guiará? ¿Existe algo semejante como la sanidad divina? ¿Qué debería esperar de Dios cuando estoy enfermo o cuando me siento roto en mil pedacitos? ¿Cómo debería reaccionar a mis propias reacciones frente a las cosas, y a la condición actual de la iglesia? Estas son algunas de las preguntas sobre las cuales agrego mi pequeña contribución al caudal de debates cristianos. Son preguntas importantes que a menudo reciben respuestas incorrectas, y yo deseo poder decir lo que puedo acerca de ellas.
EL TRAZADO DE UN MAPA
¿Qué tendría que hacer un teólogo cuando se enfrenta a preguntas de esta naturaleza? Imagínenselo de esta manera: Tendría que trazar un mapa de cada situación problemática de vida, con todos los factores humanos involucrados, y luego superponer todas las enseñanzas bíblicas relevantes y las consideraciones basadas en la Biblia. La escala del mapa tendría que ser bastante grande. El mapa es para ser utilizado cuando caminamos a campo traviesa, así que es importante que los detalles sean correctos.
La vida cristiana es como un viaje a campo traviesa, con cercos y zanjas, subidas y bajadas, lugares agrestes y lugares tersos, desiertos y pantanos. Periódicamente hay tormentas y neblinas salpicadas por los rayos del sol. El propósito del mapa es permitir que el caminante encuentre en todo momento su camino, no importa cuál sea el terreno o el clima. Con un buen mapa, él podrá reconocer el terreno a su alrededor, relacionar las características que observe con el paisaje más amplio, y ver en cada etapa hacia dónde enfilar. El objetivo apropiado de la teología es capacitar a los discípulos de Jesucristo para la obediencia. Los mapas que trazan los teólogos no son simplemente para poseerlos, como tantas de las riquezas intelectuales, sino para que el creyente los utilice para encontrar la ruta de su peregrinaje personal en pos de su Señor.
Recurriremos a detalles técnicos (a veces imposibles de evitar tanto en la teología como en todo campo de estudio científico) sólo con el fin de obtener simplicidad. La simplicidad de principio, una vez que se la alcanza, permite la sencillez de la práctica. Los mejores mapas teológicos son claros y poseen siete cualidades básicas.
Primero, son exactos en su presentación del material, tanto humano como bíblico. Nada puede compensar aquí al fracaso.
Segundo, están centrados en Dios, reconociendo la soberanía divina en el centro de todo y mostrando el control de Dios de los acontecimientos problemáticos, tanto reales como imaginarios.
Tercero, son doxológicos, dando gloria a Dios por sus gloriosos logros en la creación, providencia, y gracia, y estimulando un espíritu de adoración y fervor con júbilo y confianza en todas las circunstancias.
Cuarto, están orientados al futuro, porque el cristianismo es una religión de esperanza. Con frecuencia, el único sentido que la teología puede encontrarle a las tendencias, condiciones, y patrones de conducta presentes, ya que tanto marcan a la sociedad como afectan a los individuos, es diagnosticarlos como frutos del pecado y plantear la promesa de que un día Dios los exterminará y revelará algo mejor.
Quinto, están relacionados con Cristo de dos maneras. Por un lado, ellos proclaman la importancia de Jesús nuestro mediador, profeta, sacerdote, y rey, en todas las relaciones presentes de Dios con la raza humana y sus planes futuros para ella. Por otro lado, ellos vuelven a formular nuestras dudas abstractas convirtiéndolas en un asunto práctico de seguir fielmente al Salvador que amamos a lo largo del sendero de la abnegación y el sacrificio en la cruz, de acuerdo con su propio llamado explícito (véase Lucas 9.23). Ellos nos muestran cómo caminar pacientemente con Él a través de experiencias que abaten nuestra mente y que nos parecen la muerte, hacia una realidad percibida como resurrección personal interior. Ésta es la forma bíblica de vivir la vida cristiana, y los buenos mapas teológicos nos conducen directamente a ella.
Sexto, dichos mapas se centran en la iglesia. El Nuevo Testamento presenta a la iglesia como algo esencial en el plan de Dios. Los cristianos no deben marchar por la vida en aislamiento sino en la compañía de otros creyentes, apoyándolos y siendo apoyado por ellos.
Séptimo, los buenos mapas teológicos se concentran en la libertad. Están sintonizados con los procesos para tomar decisiones de los hombres y mujeres auténticamente cristianos, o sea, las personas que saben que no están sujetas a la ley como sistema de salvación, y sin embargo desean vivir según ella, primero, por amor a su Señor que así lo desea; segundo, por amor a la ley misma, que ahora los deleita con su visión de justicia; y tercero, por amor a sí mismos, ya que saben que no existe verdadera felicidad para ellos aquí o en el más allá sin santidad. La libertad de lo que nos restringe y esclaviza es el aspecto negativo de la libertad para la satisfacción y el contento que constituyen la verdadera felicidad, y es esta realidad positiva de la libertad santa y feliz en Cristo que la teología debe tratar de promover siempre.
La buena teología convoca constantemente decisiones deliberadas y responsables sobre cómo vamos a vivir, y nunca se olvida de que las decisiones cristianas son compromisos a actuar en base a principios (no acorde a un conformismo ciego), contraídos en libertad (no como resultado de presiones externas o intimidación), y motivados principalmente por nuestro amor a Dios y a la justicia (no por temor). Por ende, la buena teología moldea el carácter cristiano, sin degradarnos ni disminuirnos sino más bien realzando la dignidad que nos ha dado Dios.
¿Es la teología peligrosa, como mi título para este capítulo parece indicar? No en sí misma, a menos que se la ejecute basándose en principios falsos—sin embargo, existen ciertamente peligros para aquellos que toman a la teología en serio, aunque los peligros sean mayores para aquellos que no lo hacen. Si descuidamos la teología, tarde o temprano, no importa cuán buen intencionados podamos ser, cometeremos errores garrafales que quizás nunca reconozcamos como errores. El resultado puede ser triste, quizás lo más triste que nos podamos imaginar.
Sin embargo si le ponemos atención a la teología nos encontraremos atraídos hacia la perdición farisaica del arrogante sabelotodo que les dice a los demás lo que tienen que hacer mientras que él se olvida que tiene que hacer lo mismo. Aquellos que trabajan arduamente teologizando, ya sea como profesionales o a partir de un interés general, tienen que luchar en contra de estas dos tentaciones gemelas. La primera es verse a sí mismos como cristianos superiores porque saben más que los demás, y la segunda es eximirse de las obligaciones que comprometen a los demás, como si su pericia los colocara en una clase exclusiva en la cual no se aplican las reglas generales.
Cada miembro de nuestra raza caída se ve tentado a satisfacer el orgullo en alguna forma, porque el orgullo es de la esencia de nuestra herencia de pecado original; y ésta es la forma repetida en la que los aspirantes a teólogos, clérigos y laicos, académicos y pastores por igual, tienen que toparse con esa tentación. Sin embargo, el ideal de Dios para nosotros es que siempre pensemos y hablemos y vivamos en la manera expuesta en los párrafos anteriores, y la honestidad humilde con la que tratamos de conformarnos a ese ideal es la única forma piadosa de hacerlo. La discusión teológica de las preguntas involucradas en el conocimiento de los planes de Dios para nosotros debe siempre tratar de llevarnos por ese camino.
Es innegable que muchos tratamientos teológicos de las áreas de problemas no están a la altura de estos criterios. El autoritarismo dentro de la iglesia, el secularismo de afuera, y una agitada mentalidad ateniense en universidades y seminarios, se han combinado constantemente para contaminar la teología, tanto la pasada como la presente. Pero no es necesario que nos preocupemos ahora de eso. He escrito este capítulo sólo para que ustedes sepan cuáles son los modelos que trato de alcanzar. Puede ser que fracase; ustedes serán los que decidan eso. Pero si lo hago, por favor recuerden que, como el pianista a quien planeaban dispararle los vaqueros del lejano oeste en una famosa historieta, yo trato de hacer lo mejor.
Los párrafos anteriores fueron escritos en borrador en 1987, y ahora estamos en 2001. Con frecuencia me preguntan si a través de los años he cambiado mi forma de pensar en relación con algunas cosas del cristianismo. La respuesta es no, por lo menos en forma conciente; si hay alguna diferencia, es en la manera que respondo a los enfoques que difieren de los míos. Cuando le preguntaron al pianista chileno Claudio Arrau cómo había afectado el envejecimiento a su interpretación, él respondió: “Los dedos se ponen más sabios”. Yo espero que digan algo semejante acerca de los temas que aparecen en este libro, cuidadosamente revisado y a veces expandido, que hayan aparecido anteriormente.
Ahora sigamos adelante.
2
EL PLAN DE DIOS
La tendencia cristiana básica
¿EXISTE UN PLAN?
Hoy día, la gente se siente perdida y a la deriva. El arte moderno, la poesía, y las novelas, o una conversación de cinco minutos con cualquier persona sensible nos lo asegurarán. Puede parecernos extraño que así sea en una época en la que tenemos más control sobre las fuerzas de la naturaleza que nunca. Pero en realidad no es así. Es la sentencia de Dios, la cual nos hemos echado encima tratando de sentirnos demasiado en casa en este mundo.
Porque eso es lo que hemos hecho. Nos negamos a creer que uno debería vivir para algo más que la vida presente. Aun cuando sospechamos que los materialistas están equivocados en negar que Dios y el otro mundo existan, no hemos permitido que nuestras creencias nos impidan vivir basados en principios materialistas. Hemos tratado este mundo como si fuera el único hogar que jamás poseeremos y nos hemos concentrado exclusivamente en arreglarlo para nuestra comodidad. Pensamos que podíamos construir el cielo en la tierra.
Ahora Dios nos ha juzgado por nuestra impiedad. Durante el siglo pasado tuvimos dos guerras “calientes” y una “fría”, y esta última, en cierto sentido, aún continúa. Hoy día nos encontramos en la era de la guerra nuclear, el racismo, el tribalismo, el crimen organizado global, las torturas, el terrorismo, y toda clase de lavados de cerebro. En semejante mundo es imposible sentirse en casa. Es un mundo que nos ha decepcionado. Esperábamos que la vida fuera amigable. En cambio, se ha burlado de nuestras esperanzas y nos ha dejado desilusionados y frustrados. Pensábamos que comprendíamos la vida. Ahora estamos desconcertados y no sabemos si alguna vez le encontraremos algún sentido a todo esto. Nos creíamos sabios. Ahora nos damos cuenta de que somos como niños ignorantes, perdidos en la oscuridad.
Tarde o temprano, esto tenía que ocurrir. El mundo de Dios no es nunca amigable con aquellos que olvidan a su Hacedor. Los budistas, quienes vinculan su ateismo con un absoluto pesimismo sobre la vida, están en ese sentido en lo cierto. Sin Dios, el hombre pierde su relevancia en este mundo. Él no la puede hallar nuevamente hasta no haber encontrado a Aquel a quien le pertenece el mundo. Es natural que los no creyentes sientan que su existencia es inútil y miserable. No nos debería sorprender cuando estas almas amargadas y frustradas se vuelcan al alcohol y las drogas o cuando los adolescentes responden al caos traumático que los rodea suicidándose. Dios creó la vida, y Dios solamente puede explicarnos su significado. Si deseamos comprender el sentido de la vida en este mundo, entonces tendremos que saber acerca de Dios. Y si deseamos saber acerca de Dios, debemos recurrir a la Biblia.
LEAMOS LA BIBLIA
De modo que leamos la Biblia, si podemos. Porque, ¿acaso podemos? Muchos de nosotros hemos perdido la capacidad de hacerlo. Cuando abrimos nuestra Biblia, lo hacemos con una actitud que crea una barrera indestructible que nos impide leer. Esto les puede sonar asombroso, pero es verdad. Permítanme explicarles.
Cuando leemos un libro, lo tratamos como una unidad. Buscamos el tema o la trama principal del argumento y la seguimos hasta el final. Permitimos que la mente del autor dirija a la nuestra. Ya sea que nos permitamos o no “hojear” el libro antes de instalarnos cómodamente para absorberlo, sabemos que no lo comprenderemos hasta que no lo hayamos leído de principio a fin. Si se trata de un libro que deseamos dominar, apartaremos tiempo para poder leerlo cuidadosamente y sin apuro.
Pero cuando se trata de las Sagradas Escrituras, nuestra conducta es diferente. Para comenzar, no tenemos jamás la costumbre de tratarlas como un libro, o sea, una unidad; las encaramos simplemente como una colección de historias y refranes separados. Damos por sentado que estos artículos representan consejos morales o consuelo para los que están en problemas. De modo que leemos la Biblia en pequeñas dosis, unos pocos versículos a la vez. No leemos los libros individuales, menos aún los dos Testamentos, como un todo. Hojeamos los ricos períodos antiguos jacobinos en traducciones bíblicas antiguas o en traducciones más informales tales como las versiones populares, esperando que algo nos golpee. Cuando las palabras aportan un pensamiento reconfortante o una imagen placentera, creemos que la Biblia ha cumplido su labor. Hemos llegado al punto en que percibimos a la Biblia no como un libro, sino como una colección de fragmentos hermosos que nos llaman a la reflexión, y es así como la utilizamos. El resultado es que, en el sentido usual de “leer”, nunca jamás leemos la Biblia. Damos por sentado que nos estamos ocupando de las Sagradas Escrituras en una forma verdaderamente religiosa, pero no obstante este uso de ellas es en realidad algo meramente supersticioso. Es, les aseguro, el camino de la religiosidad natural. Pero no es el camino de la verdadera religión.
Dios no desea que la lectura de la Biblia funcione simplemente como una droga para mentes atormentadas. La lectura de las Escrituras sirve para despertar nuestra mente, no para hacernos dormir. Dios nos pide que nos acerquemos a las Escrituras como su Palabra: un mensaje dirigido a criaturas racionales, gente con pensamientos; un mensaje que no podemos esperar comprender sin pensar sobre Él. “Vengan, pongamos las cosas en claro”, le dice Dios a Judá por medio de Isaías (Isaías 1.18), y cada vez que tomamos su libro, nos dice lo mismo a nosotros. Él nos ha enseñado a orar para recibir claridad cuando leemos. “Ábreme los ojos para que contemple las maravillas de tu ley” (Salmo 119.18). Ésta es una oración para que Dios nos dé entendimiento cuando pensamos acerca de su Palabra. Sin embargo, si después de orar, nos borramos y no pensamos más al leer, impedimos de manera efectiva que Dios responda a esta oración.
Dios desea que leamos la Biblia como un libro: una historia sola con un solo tema. No estoy olvidando que la Biblia consiste en muchas unidades separadas (sesenta y seis para ser exacto) y que algunas de esas unidades son combinaciones (tal como el Salterio, que está compuesto por 150 oraciones e himnos separados). Sin embargo, a pesar de todo eso, la Biblia nos llega a nosotros como el producto de una mente individual: la mente de Dios. Comprueba su unidad una y otra vez por medio de la forma asombrosa en que se vincula todo, una parte le da luz a la otra. De modo que la debemos leer como una unidad. Y cuando la leemos, debemos preguntar: ¿Cuál es el argumento de este libro? ¿Cuál es su tema? ¿De qué se trata? A menos que respondamos a estas preguntas, nunca veremos lo que nos dice sobre nuestra vida.
Cuando llegamos a este punto, encontraremos que el mensaje de Dios para nosotros es más drástico y al mismo tiempo más alentador que cualquier mensaje que la religiosidad humana pudiera concebir jamás.
EL TEMA PRINCIPAL
¿Qué hallamos cuando leemos la Biblia como una unidad integrada y consolidada, con nuestra mente alerta para observar su verdadero centro?
Lo que encontramos es simplemente esto: La Biblia no trata principalmente sobre el hombre. Su sujeto es Dios. Él (si me permiten la frase) es el principal actor en el drama, el héroe de la historia. La Biblia es un estudio descriptivo de su obra pasada, presente y futura en este mundo con comentarios aclaratorios de profetas, salmistas, hombres sabios y apóstoles. Su tema principal no es la salvación del hombre, sino la obra de Dios para vindicar sus propósitos y glorificarse a sí mismo en un cosmos pecador y caótico. Esto lo hace mediante el establecimiento de su reino y la exaltación de su Hijo, creando un pueblo que lo adore y lo sirva, y por último, desmantelando y armando nuevamente este orden de cosas, arrancando así de raíz el pecado de su mundo.
Es en esta perspectiva más amplia donde cabe la Biblia en la obra de Dios para la salvación de hombres y mujeres. Describe a Dios como más que un arquitecto cósmico distante, o un tío celestial omnipresente, o una fuerza vital impersonal. Dios es más que cualquiera de las insignificantes deidades sustitutas que habitan nuestras mentes del siglo veintiuno. Él es el Dios vivo, presente y activo en todas partes, “magnífico en santidad, terrible en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios” (Éxodo 15.11 RVR60). Él se da a sí mismo un nombre: Jehová (véase Éxodo 3.14-15; 6.23), el cual, ya sea que se lo traduzca como “Yo soy el que soy” o “Yo seré el que seré” (el hebreo significa ambos), es una proclamación de su autoexistencia y autosuficiencia, su omnipotencia y su libertad sin límites.
El mundo le pertenece, Él lo creó, y Él lo controla. Él hace “todas las cosas conforme al designio de su voluntad” (Efesios 1.11). Su conocimiento y dominio se extienden incluso a las cosas más pequeñas: “Él les tiene contados a ustedes aun los cabellos de la cabeza” (Mateo 10.30). “El SEÑOR reina”—los salmistas hacen que esta verdad permanente sea una y otra vez el punto de partida para sus alabanzas (véanse los Salmos 93.1; 96.10; 97.1; 99.1). A pesar de que las fuerzas rugen con estruendo y amenaza el caos, Dios es Rey. Por lo tanto, su pueblo está seguro.
Tal es el Dios de la Biblia. Y la convicción predominante de la Biblia sobre Él, una convicción proclamada desde Génesis a Apocalipsis, es que por detrás y por debajo de toda la aparente confusión de este mundo yace su plan. Ese plan atañe a la perfección de un pueblo y la restauración de un mundo por medio de la acción mediadora de Jesucristo. Dios gobierna los asuntos humanos con este fin en vista. La historia humana es un registro del cumplimiento de sus propósitos. La historia es en verdad su historia.
La Biblia detalla las etapas en el plan de Dios. Dios visitó a Abraham, lo llevó a Canaán, y establece una relación de pacto con Él y sus descendientes: “Estableceré mi pacto contigo y con tu descendencia, como pacto perpetuo, por todas las generaciones. Yo seré tu Dios, y el Dios de tus descendientes... yo seré su Dios” (Génesis 17.7). Le dio a Abraham un hijo. Convirtió a la familia de Abraham en una nación y los guió fuera de Egipto a una tierra propia. A través de los siglos, Él los preparó a ellos y al mundo de los gentiles para la venida de un Salvador-Rey, “Cristo, a quien Dios escogió antes de la creación del mundo, se ha manifestado en estos últimos tiempos en beneficio de ustedes. Por medio de él ustedes creen en Dios” (1 Pedro 1.20 y sig.).
Por fin, “cuando se cumplió el plazo, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, a fin de que fuéramos adoptados como hijos” (Gálatas 4.4 y sig.). La promesa de pacto al linaje de Abraham se cumple ahora para todos aquellos que depositan su fe en Cristo: “Y si ustedes pertenecen a Cristo, son la descendencia de Abraham y herederos según la promesa” (Gálatas 3.29).
El plan para este tiempo es que este evangelio sea conocido en todo el mundo, y que “una multitud tomada de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas” (Apocalipsis 7.9) ponga su fe en Cristo; después de lo cual, cuando regrese Cristo, el cielo y la tierra serán recreados de una manera imposible de imaginar. Luego, allí donde está “el trono de Dios y del Cordero”, allí “sus siervos lo adorarán; lo verán cara a cara... y reinarán por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 22.3-5).
Este es el plan de Dios, dice la Biblia. No puede ser desbaratado por el pecado humano, porque Dios abrió el paso para que el propio pecado humano fuera parte del plan, y todo acto de rebeldía en contra de la expresa voluntad de Dios es utilizado por Él para la promoción de su voluntad. Por ejemplo, los hermanos de José lo vendieron a Egipto. “Es verdad que ustedes pensaron hacerme mal”, acotó José más tarde, “pero Dios transformó ese mal en bien para lograr lo que hoy estamos viendo: salvar la vida de mucha gente” (Génesis 50.20); “Fue Dios que me envió aquí, y no ustedes” (Génesis 45.8). La misma cruz de Cristo es la ilustración suprema de este principio. “Éste fue entregado según el determinado propósito y el previo conocimiento de Dios”, dijo Pedro en el sermón de Pentecostés, “y por medio de gente malvada, ustedes lo mataron, clavándolo en la cruz” (Hechos 2.23). En el Calvario, Dios anuló el pecado de Israel, del cual tenía conocimiento previo, como un medio para la salvación del mundo. Por lo tanto, parece que la anarquía humana no frustra el plan de Dios para la redención de su pueblo; más bien, por medio de la sabiduría de su omnipotencia, se ha convertido en el medio para cumplir ese plan.
CÓMO ACEPTAR EL PLAN
Éste, pues, es el Dios de la Biblia: un Dios que reina, que rige los acontecimientos, y que, a través del servicio tambaleante de su pueblo y el descaro de sus enemigos, lleva a cabo su propósito eterno para su mundo. Ahora comenzamos a ver lo que la Biblia tiene para decirle a nuestra generación que se siente tan perdida y plagada en un orden de eventos inescrutablemente hostil. Existe un plan, dice la Biblia. Las circunstancias tienen sentido, pero ustedes no lo han sabido encontrar.
Vuélvanse a Dios. Busquen a Dios. Entréguense al cumplimiento de su plan, y habrán encontrado la clave sutil para vivir. “El que me sigue”, promete Cristo, “no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8.12). Ustedes tendrán un motivo: la gloria de Dios. Tendrán una regla: la ley de Dios. Tendrán un amigo en la vida y en la muerte: el Hijo de Dios. Habrán encontrado la respuesta a la duda y la desazón que han sido provocadas por la falta aparente de sentido, aun la maldad, de las circunstancias: Sabrán que “el Señor reina” y que “Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito” (Romanos 8.28). Y tendrán paz.
¿La alternativa? Podemos desafiar y rechazar el plan de Dios, pero no podemos escaparnos de él. Porque un elemento en su plan es la sentencia de pecado. Aquellos que rechazan la oferta de vida del evangelio por medio de Cristo se buscan una sombría eternidad. Aquellos que eligen estar sin Dios, tendrán lo que eligen: Dios respeta nuestras elecciones. Esto forma parte también de su plan. La voluntad de Dios se lleva a cabo tanto en la condena de los incrédulos como en la salvación de aquellos que depositan su fe en el Señor Jesús.
Dicho es el resumen del plan de Dios, el mensaje central acerca de Dios que nos trae la Biblia. Su exhortación es la de Elifaz a Job: “Vuelve ahora en amistad con él, y tendrás paz; y por ello te vendrá bien” (Job 22.21 RVR60). Gracias a que sabemos que “el Señor reina”, desarrollando su plan para este mundo sin ningún obstáculo, podemos comenzar a apreciar tanto la sabiduría de este consejo como la gloria que yace escondida en esta promesa.
¿“TODAS LA COSAS PARA EL BIEN”?
“El Señor reina”. Ahora vemos que ésta es la primera verdad fundamental que debemos encarar. El Creador es Rey en su universo. Dios “hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad” (Efesios 1.11). El factor decisivo en la historia del mundo, el propósito que lo controla y la clave que lo interpreta, es el plan eterno de Dios. El señorío soberano de Dios es la base de su mensaje bíblico y el hecho fundamental de la fe cristiana, y hemos notado que sobre él se construye la gran convicción que “Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman”. Si esto es así, las buenas nuevas son maravillosas.
Pero entonces, ¿puede esta seguridad mantenerse de pie? La afirmación que ella hace le causa problemas a las almas sensibles y cuidadosas en muchos aspectos. No admite una demostración racional y de vez en cuando las circunstancias suscitan incertidumbres dolorosas. Algunas de las cosas que les suceden a los cristianos en particular nos duelen y nos desconciertan. ¿Cómo pueden estas desgracias, estas frustraciones, estos contratiempos aparentes a la causa de Dios, ser parte de su voluntad? En respuesta a estas cosas, nos vemos inclinados a negar la realidad del gobierno de Dios o la perfecta bondad del Dios que gobierna. Sería fácil sacar cualquiera de estas dos conclusiones, pero sería también falso. Cuando nos veamos tentados a hacerlo, deberíamos detenernos y hacernos ciertas preguntas a nosotros mismos.
LAS COSAS SECRETAS
¿Nos deberíamos acaso sorprender cuando nos vemos desconcertados ante lo que Dios está haciendo? ¡No! No debemos olvidar quiénes somos. No somos dioses; somos criaturas, y nada más que criaturas. Como criaturas, no tenemos derecho ni razón alguna para pretender entender en todo momento la sabiduría de nuestro Creador. Él mismo nos ha recordado: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos... Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55.8-9 RVR60). Es más, el Rey nos ha puesto en claro que no le complace revelar todos los detalles de su política a sus sujetos humanos. Como declaró Moisés cuando había terminado de exponer a Israel lo que Dios le había revelado sobre su voluntad para ellos: “Lo secreto le pertenece al SEÑOR nuestro Dios, pero lo revelado nos pertenece a nosotros... para que obedezcamos todas las palabras de esta ley” (Deuteronomio 29.29).
El principio aquí ilustrado es que Dios ha revelado su mente y voluntad, en la medida en que necesitamos conocerlas con fines prácticos, y que debemos considerar lo que Él ha revelado como una regla completa y adecuada para nuestra vida y nuestra fe. Pero aún quedan “cosas secretas” que Él no nos ha dado a conocer y que, por lo menos en esta vida, no tiene la intención de que descubramos. Y las razones detrás del trato providencial de Dios caen a veces en esta categoría.
El caso de Job ilustra lo anterior. A Job nunca se le dijo nada sobre el desafío que encontró Dios al permitir a Satanás que plagara a su siervo. Todo lo que Job sabía era que el Dios omnipotente era moralmente perfecto y que sería una falsa blasfemia negar su bondad bajo cualquier circunstancia. Se negó a “maldecir a Dios” aun cuando le habían quitado su trabajo, sus hijos, y su salud (Job 2.910). Fundamentalmente, Él mantuvo esta negativa hasta el final, a pesar de que casi se vuelve loco con las perogrulladas bien intencionadas que sus petulantes amigos le repetían hasta el cansancio, las cuales extrajeron a veces de él palabras absurdas acerca de Dios (por las cuales se arrepintió más tarde). Aunque con mucho esfuerzo, Job se aferró a su integridad a lo largo del período de prueba y mantuvo su confianza en la bondad de Dios.
La confianza de Job fue reivindicada. Porque cuando se terminó el período de prueba, después que Dios se había acercado a Job en misericordia para renovar su humildad (40.1-5; 42.1-6) y Job había orado obedientemente por su tres amigos enloquecedores, “el SEÑOR lo hizo prosperar de nuevo y le dio dos veces más de lo que antes tenía” (42.10). “Ustedes han oído hablar de la perseverancia de Job”, escribe Santiago, “y han visto lo que al final le dio el Señor. Es que el Señor es muy compasivo y misericordioso” (Santiago 5.11). ¿Es que acaso toda esa serie apabullante de catástrofes que le sobrevinieron a Job significaba que Dios había abdicado su trono y abandonado a su siervo? Para nada, como Job comprobó por experiencia. Sin embargo, la razón por la cual Dios lo sumergió en la oscuridad no le fue nunca revelada. Entonces, ¿no puede acaso Dios, debido a sus propios fines sabios, tratar a sus demás seguidores en la forma en que trató a Job?
Pero hay más para añadir a todo esto. Existe una segunda pregunta que debemos hacer.
¿Nos ha dejado Dios sumidos en la ignorancia de lo que está haciendo en el gobierno providencial de este mundo? ¡No! Nos ha dado una completa información sobre el propósito central de lo que está llevando a cabo y una lógica positiva para explicar las duras experiencias de los cristianos.
¿Qué está haciendo Dios? Él está llevando “a muchos hijos a la gloria” (Hebreos 2.10). Está salvando una gran compañía de pecadores. Él se ha dedicado a esta tarea desde el comienzo de la historia. Pasó muchos siglos preparando a un pueblo y un escenario de la historia del mundo para la venida de su Hijo. Luego envió a su Hijo al mundo para que pudiera existir un evangelio, y ahora Él envía su evangelio por todo el mundo para que pueda existir una iglesia. Él ha exaltado a su Hijo al trono del universo, y Cristo desde su trono invita ahora a los pecadores, los cuida, los guía, y por último los trae para que estén con Él en su gloria.
Dios salva a hombres y mujeres por medio de su Hijo. Primero, no bien creen, los justifica y adopta en su familia por el bien de Cristo, y así restaura su relación con ellos que el pecado había quebrantado. Luego, dentro de esa relación restaurada, Dios obra continuamente en y sobre ellos para renovarlos en la imagen de Cristo, de manera que el parecido de familia (si se puede decir así) asome cada vez más en ellos. Es esta renovación de nosotros mismos, paulatina aquí y perfeccionada en el más allá, la que Pablo identifica como el “bien”: “Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito” (Romanos 8.28). El propósito de Dios, como explica Pablo, es que aquellos a quienes Dios ha elegido y llamado en amor puedan “ser transformados según la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8.28-29). Pablo nos dice que Dios ordena todas las circunstancias para el cumplimiento de este propósito. El “bien” para el cual obran todas las cosas no es el alivio inmediato y el confort de los hijos de Dios (como lo suponemos demasiado a menudo, me temo), sino su máxima santidad y conformidad a la semejanza de Cristo.
¿Nos ayuda esto a entender cómo es posible que las circunstancias adversas hallen un lugar en el plan de Dios para su pueblo? ¡Por cierto! Inunda de luz el problema, como lo demuestra el autor de Hebreos. A los cristianos que estaban cada vez más descorazonados y apáticos bajo la presión de los constantes inconvenientes y victimizaciones, les escribe: “Y ya han olvidado por completo las palabras de aliento que como a hijos se les dirige: ‘Hijo mío, no tomes a la ligera la disciplina del Señor ni te desanimes cuando te reprenda, porque el Señor disciplina a los que ama, y azota a todo el que recibe como hijo.’ Lo que soportan es para su disciplina, pues Dios los está tratando como a hijos. ¿Qué hijo hay a quien el padre no disciplina?... Después de todo, aunque nuestros padres humanos nos disciplinaban, los respetábamos. ¿No hemos de someternos, con mayor razón, al Padre de los espíritus, para que vivamos?... Dios lo hace para nuestro bien, a fin de que participemos de su santidad. Ciertamente, ninguna disciplina, en el momento de recibirla, parece agradable, sino más bien penosa; sin embargo, después produce una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados por ella” (Hebreos 12.5-11, citando el Proverbio 3.11-12, énfasis añadido).
Es sorprendente ver cómo este escritor, al igual que Pablo, equipara el “bien” del cristiano, no con la comodidad y la tranquilidad, sino con la santificación. El pasaje es tan claro que no necesita comentario alguno, sólo una frecuente lectura cada vez que nos resulte difícil creer que el duro trato de las circunstancias (o de nuestros hermanos cristianos) pueda ser la voluntad de Dios.
EL PROPÓSITO DE TODO ELLO
Sin embargo, tenemos más cosas que decir. Una tercera pregunta que nos deberíamos hacer es: ¿Cuál es el propósito esencial de Dios en el trato con sus hijos? ¿Es sencillamente su felicidad, o es algo más que eso? La Biblia indica que es la gloria de Dios.
La intención de Dios en todos sus actos es de última Él mismo. No hay nada moralmente dudoso acerca de esto. Si decimos que el hombre no puede tener propósito más alto que la gloria de Dios, ¿cómo podremos decir algo diferente sobre Dios mismo? La idea de que es en cierta forma indigno representar a Dios como apuntando a su propia gloria en todo lo que hace refleja que no recordamos que Dios y el hombre no se encuentran a un mismo nivel. Demuestra la falta de conciencia de que mientras que el hombre pecador tiene como su máximo propósito su propio bienestar a expensas de sus congéneres, nuestro Dios ha determinado glorificarse por medio de la bendición de su pueblo. Se nos dice que la razón por la cual Dios redime al hombre es “para alabanza de su gloriosa gracia” (Efesios 1.6, 12, 14). Él desea exhibir sus recursos de misericordia (las “riquezas” de su gracia y de su gloria, siendo “gloria” la suma de sus atributos y poderes según los revela: Efesios 2.17; 3.16) haciendo que sus santos experimenten su máxima felicidad cuando se regocijan en Dios mismo.
Sin embargo, ¿cómo afecta esta verdad de que Dios busca su propia gloria en su trato con nosotros al problema de la providencia? De la siguiente forma: Nos da una idea de cómo Dios nos salva, sugiriéndonos la razón por la cual Él no nos lleva al cielo en el instante mismo en que creemos. Ahora vemos que nos deja en un mundo de pecado para que seamos probados, examinados, fustigados por problemas que amenazan aplastarnos, con el fin de que podamos glorificarlo por medio de nuestra paciencia bajo el sufrimiento y para que Él pueda desplegar las riquezas de su gracia y convocar nuevas alabanzas de nuestra boca al sostenernos y liberarnos una y otra vez. El Salmo 197 es una declaración majestuosa de esta verdad.
¿Acaso les suena como algo muy severo? No a aquellos que han aprendido que su propósito principal en este mundo es “glorificar a Dios y [al hacerlo] disfrutarlo para siempre”. El corazón de la verdadera religión es glorificar a Dios mediante una paciente entereza y alabarlo por su liberación llena de gracia. Es vivir la vida atravesando sitios llanos y escarpados por igual sin dejar de obedecer ni dar gracias por la misericordia recibida. Es buscar y encontrar el gozo más profundo, no con indolencia espiritual, sino descubriendo, a medida que atravesamos las sucesivas tormentas y conflictos, que Cristo es más que suficiente para salvarnos. Es el conocimiento cierto de que los caminos de Dios son los mejores, tanto para nuestro propio bienestar como para su gloria. Ningún problema de providencia sacudirá la fe de aquel que haya verdaderamente aprendido esto.
LA GLORIA DE DIOS
El hecho crucial que debemos entender, entonces, es que Dios el Creador gobierna su mundo para su propia gloria. “Porque todas las cosas proceden de él, y existen por él y para él” (Romanos 11.36); él mismo es el objetivo de todas sus obras. Él no existe por nosotros, pero nosotros sí existimos por Él. La naturaleza y prerrogativa de Dios es complacerse a sí mismo, y su placer revelado es magnificarse ante nosotros. Él nos dice: “Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios. ¡Yo seré exaltado entre las naciones! ¡Yo seré enaltecido en la tierra!” (Salmo 46.10). El objetivo absoluto de Dios es glorificarse a sí mismo.
¿O acaso no? Debido al hecho de que esta afirmación sea tan crucial y que tan a menudo se la encuentre ofensiva y se la rechace, deseo ahora centrar mi atención en ella y describirla en más detalle. Una vez que este concepto nos quede en claro más allá de toda duda, todo lo relativo al cristianismo cobrará sentido. Sin embargo, hasta que no tengamos esa certeza, el resto de la fe bíblica nos planteará constantes problemas. Miremos nuevamente, entonces, a lo que estamos diciendo aquí acerca de nuestro Creador.
Su sensatez. La afirmación de que Dios apunta siempre a glorificarse a sí mismo es al principio difícil de creer. Nuestra reacción inmediata es una sensación incómoda de que semejante idea no es digna de Dios, que toda clase de preocupación de uno mismo es incompatible con la perfección moral y en particular con la naturaleza de Dios como amor. Muchas personas sensibles y moralmente cultas se espantan ante el simple pensamiento de que el fin absoluto de Dios sea su propia gloria, y se oponen enérgicamente a tal concepto. ¡Para ellos, semejante cosa describe a Dios como alguien que no se diferencia esencialmente de un hombre malvado o aun del diablo mismo! Para ellos es una doctrina inmoral y escandalosa, y si la Biblia la enseña, ¡tanto peor para ella! A menudo extraen esta conclusión explícitamente en relación con el Antiguo Testamento. Ellos acotan que un volumen que describe a Dios tan persistentemente como un Ser “celoso”, preocupado sobre todo de su “honor”, no puede ser contemplado como una verdad divina. Dios no es así. ¡Pensar que sí lo es no es más que una blasfemia real aunque no intencionada! Dado que éstas son opiniones que algunos sostienen en forma vasta y firme, es importante que consideremos qué validez realmente tienen.
Comenzamos con la pregunta: ¿Por qué se afirman estas convicciones con tanta energía? Cuando se trata de otros asuntos teológicos, la gente puede disentir, pero con bastante calma. Pero las protestas en contra de la doctrina de que el principal fin de Dios sea su gloria están llenas de pasión y con frecuencia, de una airada retórica. La respuesta es fácil de ver, y le da crédito a la seriedad moral de los que hablan. Esas personas son sensibles al pecado de la búsqueda continua de uno mismo. Ellos saben que el deseo de gratificarse a uno mismo se encuentra en la raíz misma de las debilidades y los defectos. Ellos mismos tratan lo mejor posible de encarar y luchar en contra de ese deseo. Por lo tanto, ellos deducen que el hecho de que Dios sea egocéntrico sería algo igualmente equivocado. La vehemencia con la cual rechazan la idea de que el Dios santo se exalte a sí mismo refleja su agudo sentido de culpa del ensimismamiento humano.
¿Es su conclusión válida? Repetimos: Es una completa aberración. Si lo correcto para el hombre es que su meta sea la gloria de Dios, ¿cómo puede ser equivocado para Dios tener esa misma meta? Si el hombre no puede tener propósito más elevado que la gloria de Dios, ¿cómo podría tener Dios otro propósito sino ese mismo? Si es erróneo que el hombre busque un objetivo menor que éste, lo sería también para Dios. La razón por la que no sería correcto que el hombre viviera para sí mismo, como si fuera Dios, es porque no es Dios. Sin embargo, no puede ser equivocado que Dios busque su propia gloria, simplemente porque es Dios. Aquellos que insisten en que Dios no debería buscar su gloria en todas las cosas están realmente pidiendo que Él deje de ser Dios. Y no existe mayor blasfemia que desear eso.
Si el razonamiento de los que ponen objeciones es tan evidentemente falso, ¿por qué existen hoy tantas personas que lo creen? La credibilidad del argumento proviene de nuestra costumbre de hacer a Dios a nuestra imagen y pensar que Él y nosotros estamos a un mismo nivel. En otras palabras, sus obligaciones con nosotros y las nuestras con Él se corresponden, como si Él estuviera obligado a servirnos y a promover nuestro bienestar con el mismo altruismo con el que estamos obligados nosotros a servirlo a Él. Esto es, en realidad, pensar en Dios como si fuera un hombre, aunque uno magnífico. Si esta forma de pensar fuera cierta, entonces el hecho de que Dios busque su propia gloria en todo lo haría sin duda comparable al peor de los hombres y a Satanás en persona.
Pero nuestro Creador no es un hombre, ni siquiera un superhombre omnipotente, y esta forma de pensar es una terrible idolatría. (Para ser idólatras no hace falta que nos hagamos una imagen esculpida que retrate a Dios como un hombre; para quebrantar el segundo mandamiento, todo lo que necesitamos es una imagen mental falsa.) No debemos por consiguiente imaginarnos que las obligaciones que nos sujetan como criaturas a Él, lo sujeten a Él como Creador a nosotros. La dependencia es una relación unilateral y posee obligaciones unilaterales. Los niños, por ejemplo, deben obedecer a sus padres, ¡y no al revés! Nuestra dependencia de nuestro Creador nos obliga a buscar su gloria sin que lo obligue a Él a buscar la nuestra. Para nosotros, glorificarlo es un deber; para Él, bendecirnos es gracia. Lo único que Dios está obligado a hacer es lo mismísimo que requiere de nosotros: glorificarse a sí mismo.
Entonces nuestra conclusión es que hablar de Dios como egocéntrico es lo inverso de la blasfemia; al contrario, el no hacerlo sería algo irreligioso. La gloria de Dios es hacer todas las cosas para sí mismo y utilizarlas como medios para su exaltación. El cristiano lúcido insistirá en esto. Insistirá también en que la gloria del hombre es tener el privilegio de funcionar como un medio para este fin. No puede existir mayor gloria para el hombre que glorificar a Dios. “El propósito principal del hombre es glorificarlo a Dios” Y cuando lo hace, el hombre halla su verdadera dignidad.
El humanista, que cree que cuando el hombre rompe las ataduras de la religión llega a su punto más noble y divino, dirá que cuando afirmamos que el hombre no es más que un medio para la gloria de Dios, le robamos a la vida humana todo su verdadero valor. Sin embargo, la verdad es exactamente lo opuesto. La vida sin Dios no tiene ningún valor real; es una mera monstruosidad. Cuando decimos que los seres humanos no son más que un medio para la gloria de Dios, decimos también que ellos no son menos que eso, demostrando por lo tanto cómo la vida puede tener significado y valor. La única persona en este mundo que disfruta de una total satisfacción es aquella que sabe que la única vida digna es ser un medio, no importa cuán humilde, para el fin primordial de Dios: su propia gloria y alabanza. La única forma de ser verdaderamente felices es siendo verdaderamente humanos, y la única forma de ser verdaderamente humanos es siendo verdaderamente piadosos.
Su significado. ¿Pero qué quiere decir que el fin principal de Dios sea su gloria? Para muchos de nosotros la frase “la gloria de Dios” suena vacía. ¿Qué importancia le dan las Escrituras?
En el Antiguo Testamento, la palabra que se traduce como “gloria” expresaba originalmente la idea de peso. La gloria se aplicaba a toda aquella característica de una persona que la hace “importante” a los ojos de los demás y que los impulsa a honrarla y respetarla. La riqueza y el prestigio de Jacob son denominados “gloria” (Génesis 31.1; 45.13). Luego la palabra pasó a tener el significado de honor y respeto mismo.
Por consiguiente, la Biblia utiliza la palabra gloria en referencia a Dios en un enlace doble. Por un lado, habla de la gloria que le pertenece a Dios: el esplendor y la majestuosidad divina que se adhieren a todas las revelaciones propias de Dios. Por otro lado, habla de la gloria que se le da a Dios: el honor y la bendición, alabanza y adoración que Dios tiene derecho a recibir, la única respuesta adecuada a su santa presencia. Ezequiel 43.2 y siguientes refleja el vínculo aquí: “Y vi que la gloria del Dios de Israel venía... me incliné rostro en tierra”. Por tanto, el término gloria conecta los pensamientos del mérito de Dios: la majestuosidad de su poder y presencia, y de su alabanza, que es la respuesta correcta cuando Dios está frente a nosotros y nosotros estamos frente a él.
Tomemos por un momento cada pensamiento por separado.
Por medio de su revelación, Dios nos muestra su gloria. Gloria significa la deidad que se manifiesta. La creación lo revela a Él. “Los cielos cuentan la gloria de Dios” (Salmo 19.1). “Toda la tierra está llena de su gloria” (Isaías 6.3). En la época bíblica, Dios revelaba su presencia por medio de teofanías, denominadas su “gloria” (la nube brillante en el tabernáculo y templo, Éxodo 40.34, 1 Reyes 8.10 y sig.; la visión de Ezequiel del trono y las ruedas, Ezequiel 1.28; etc.). Los creyentes contemplan ahora su gloria que resplandece por completo y por último “en el rostro de Cristo” (2 Corintios 4.6). Allí donde veamos a Dios en acción, veremos también su gloria. Él se presenta a sí mismo ante nosotros como santo y adorable, convocándonos a que nos inclinemos delante de Él para adorarlo.
Le damos gloria a Dios. Esto lo hacemos mediante todas nuestras respuestas a su revelación de gracia:
1. Mediante alabanza y adoración: “Quien me ofrece su gratitud, me honra” (Salmo 50.23); “Tributen al SEÑOR la gloria que merece su nombre” (Salmo 96.8); “Glorifiquen a Dios por su compasión” (Romanos 15.9).
2. Mediante fe en su palabra. “La suma de tus palabras es la verdad” (Salmo 119.160); “Tus promesas son fieles” (2 Samuel 7.28).
3. Mediante confianza en sus promesas (así es como Abraham le dio gloria a Dios, Romanos 4.20 y sig.).
4. Mediante la confesión de Cristo como Señor, “para gloria de Dios Padre” (Filipenses 1.11).
5. Mediante la obediencia a la ley de Dios. “El fruto de justicia” es “para gloria y alabanza de Dios” (Filipenses 1.11).
6. Mediante el sometimiento a la justa condena de nuestros pecados (así le dio Acán gloria a Dios, Josué 7.19 y sig.).
7. Mediante su engrandecimiento (lo cual significa nuestro empequeñecimiento) en nuestra vida diaria.
Ahora podemos ver el significado de la declaración que dice que el fin principal de Dios es su gloria. Esto significa que su propósito firme es exhibir a sus criaturas racionales la gloria de su sabiduría, poder, verdad, justicia y amor de modo que ellos lo puedan conocer, y conociéndolo, le den gloria por toda la eternidad mediante su amor y lealtad, alabanza y adoración, confianza y obediencia. La clase de comunión que Él tiene la intención de crear entre nosotros y Él es una relación en la cual nos da sus mayores riquezas, y nosotros le damos nuestras más sinceras gracias: ambas en su más alto nivel. Cuando Él declara que es un Dios “celoso” y proclama: “No entrego a otros mi gloria” (Isaías 42.8; 48.11), su preocupación es salvaguardar la pureza y riqueza de esta relación. Tal es la meta de Dios.
Todas las obras de Dios son un medio para esta finalidad. La única respuesta que la Biblia le da a la pregunta que comienza: “¿Por qué Dios...?” es: “Para su gloria”. Es para esto que Dios decretó la creación y para esto que decidió permitir el pecado. Él podría haber prevenido la transgresión del hombre. Él podría haber excluido a Satanás del jardín o confirmado a Adán de manera que fuera incapaz de pecar (como lo hará con los redimidos en el cielo). Pero no lo hizo. ¿Por qué? Por su gloria. Se dice a menudo que nada es tan glorioso en Dios como su amor redentor: la misericordia que recupera a los transgresores por medio de la sangre derramada del propio Hijo de Dios. Sin embargo, no habría ninguna revelación de su amor redentor si no se hubiera permitido desde un principio el pecado.
De nuevo, ¿por qué eligió Dios redimirnos? No tenía por qué hacerlo. Él no estaba obligado a tomar ninguna acción para salvarnos. Su amor por los pecadores, su resolución de dar a su Hijo por ellos, fue una elección libre que no tenía la obligación de hacer. ¿Por qué eligió amar y redimir al que nadie ama? La Biblia nos dice: “Para alabanza de su gloriosa gracia... para alabanza de su gloria” (Efesios 1.6, 12, 14).
En el plan de salvación vemos el mismo propósito determinando punto tras punto. Él elige a algunos para que vivan; a otros los deja bajo sentencia merecida, “queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder... para dar a conocer sus gloriosas riquezas a los que eran objeto de su misericordia...” (Romanos 9.22 y sig.). Él escoge la gran mayoría de su iglesia de entre la gentuza del mundo: personas que son lo “insensato... débil... más bajo... despreciado”. ¿Por qué? “A fin de que en su presencia nadie pueda jactarse... para que, como está escrito: ‘Si alguien ha de gloriarse, que se gloríe en el Señor’” (1 Corintios 1.29-31). ¿Por qué no extirpa Dios el pecado que habita en sus santos en el primer instante de su vida cristiana, como lo hace en el momento en que morimos? ¿Por qué, en cambio, lleva adelante la santificación de ellos con una lentitud dolorosa de modo que se pasan toda la vida atormentados por el pecado y nunca alcanzan la perfección que tanto desean? ¿Por qué es su costumbre darles una travesía difícil a través de este mundo?
Una vez más, la respuesta es que Él hace todo esto para su gloria, para exponer en nosotros nuestra propia debilidad e impotencia de modo que podamos aprender a depender de su gracia y los recursos ilimitados de su poder redentor. “Pero tenemos este tesoro en vasijas de barro”, escribió Pablo, “para que se vea que tan sublime poder viene de Dios y no de nosotros” (2 Corintios 4.7). De una buena vez quitemos de nuestra mente la idea de que las cosas son como son porque Dios no lo puede evitar. Dios “hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad” (Efesios 1.11), y todas las cosas son lo que son porque Dios así lo ha determinado, y la razón para su elección es siempre su gloria.
EL HOMBRE PIADOSO
Definamos ahora lo que es la piedad. De entrada podemos decir que no se trata simplemente de un asunto de apariencias sino que es un asunto del corazón; y no es el crecimiento natural, sino un don sobrenatural; y se encuentra únicamente en aquellos que han admitido su pecado, que han buscado y encontrado a Cristo, que han vuelto a nacer, que se han arrepentido. Sin embargo esto no hace más que circunscribir y ubicar a la piedad. Nuestra pregunta es: ¿Qué es en esencia la piedad? Aquí está la respuesta: Es la calidad de vida que existe en todos aquellos que buscan glorificar a Dios.
La persona piadosa no pone objeciones al pensamiento de que la más alta vocación que podemos tener es la de ser un medio para la gloria de Dios. Más bien, Él o ella descubren que eso mismo es una fuente de gran satisfacción y contento. Su ambición es obedecer la magnífica fórmula en la cual resumió Pablo la práctica del cristianismo: “glorificad pues, a Dios en vuestro cuerpo... ya sea que coman o beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 6.20 RVR60; 10.31). El deseo más ferviente de los piadosos es exaltar a Dios con todo lo que son, en todo lo que hacen. Ellos siguen los pasos de Jesús su Señor, quien le afirmó a su Padre al final de su vida aquí: “Yo te he glorificado en la tierra” (Juan 17.4), y quien les dijo a los judíos: “Tan sólo honro a mi Padre... Yo no busco mi propia gloria” (Juan 8.49 y sig.). Ellos se consideran a sí mismos en la misma forma en que lo hizo George Whitefield el evangelista, quien afirmó: “Que perezca el nombre de Whitefield, siempre y cuando Dios sea glorificado”.
Como Dios mismo, los piadosos son extremadamente celosos de que Dios, y solamente Dios, sea honrado. Estos celos son una parte de la imagen de Dios en la cual han sido renovados. Existe ahora una doxología escrita en sus corazones, y nunca son más verdaderamente ellos mismos que cuando están alabando a Dios por las cosas gloriosas que Dios ya ha hecho y suplicándole que se glorifique aún más. Podemos decir que Dios, si no los hombres, los conocen por sus oraciones. “Lo que un hombre es cuando está a solas de rodillas delante de Dios”, dice Robert Murray M’Cheney, “eso es, y nada más”.
Sin embargo, en este caso deberíamos decir: “y nada menos”. Porque la oración en secreto es el verdadero motivo de la vida de la persona piadosa. Cuando hablamos de oración, no nos referimos a las formalidades correctas y formales, estereotipadas, engreídas, que muchas veces aparentan ser lo verdadero. Los piadosos no juegan a la oración. Sus corazones están inmersos en ella. La oración es para ellos su principal obra. Sus oraciones son coherentemente la expresión de sus deseos más intensos y constantes: «Enaltécete, SEÑOR, con tu poder, y con salmos celebraremos tus proezas... Pero tú, oh Dios, estás sobre los cielos, ¡tu gloria cubre toda la tierra!... ¡Padre, glorifica tu nombre!... santificado sea tu nombre» (Salmo 21.13; Salmo 57.5; Juan 12.28; Mateo 6.9). Por medio de esto, Dios conoce a sus santos, y por medio de esto, nos conocemos a nosotros mismos.
3
EL ENCUENTRO CON DIOS
La relación cristiana básica
Una joven le preguntó a un amigo mío: — ¿Ha conocido usted alguna vez a C. S. Lewis?
—Sí —respondió mi amigo—. En realidad, tuve bastante que ver con él.
La joven permaneció en silencio durante un momento y luego, tímidamente, dijo: “¿Me permite que lo toque?”
Como le dijo uno de los personajes de “Alicia en el país de las maravillas” a Alicia: “¡Hay gloria para ti!” El haber conocido a C. S. Lewis, ¡qué fantástico! Sin embargo, como lo hubiera señalado Lewis primero y luego mi amigo, algo muchísimo mejor que conocer a C. S. Lewis es conocer a Dios.
Algún día, todos conoceremos a Dios. Nos encontraremos de pie delante de Él aguardando la sentencia. Si abandonamos este mundo sin haber sido perdonados, será un acontecimiento terrible. Sin embargo, existe una forma de conocer a Dios en la tierra que quita todo el terror de la perspectiva de ese encuentro futuro. Es posible que los seres imperfectos como nosotros vivamos y muramos sabiendo que nuestra culpa se ha ido y que el amor, tanto el amor de Dios por nosotros como nuestro amor por Él, ha establecido ya una unión jubilosa e imposible de destruir. No obstante, el modo de reunirnos que nos introduce a esta enorme gracia tiene a menudo un comienzo algo traumático. Así lo fue para Isaías, como veremos en breve.
¿Quién puede afirmar que ha conocido a Dios? Por cierto, no habrán de ser aquellos que firmemente niegan su realidad o su capacidad de ser conocido, ni tampoco aquellos que no van más allá de reconocer que existe “Alguien allá arriba”. La simple respuesta es que conocemos a Dios como un Padre celestial amoroso a través de nuestro reconocimiento de que su Hijo, Jesucristo, es el Camino, la Verdad, y la Vida. Al ingresar en una relación tanto de dependencia de Jesús como nuestro Salvador y Amigo como de discipulado de Él como nuestro Señor y Maestro, conocemos a Dios.
La exposición de esta respuesta nos obliga a decir que no conocemos a Dios, ni conocemos a Cristo, hasta el momento en que la experiencia crucial de Isaías comienza a convertirse en una realidad de nuestra vida. Por tanto, Isaías 6 no posee únicamente un interés histórico como el relato de un gran hombre de qué fue lo que estableció la dirección de su propio ministerio. El pasaje es importante para todos. Su contenido sirve como lista de control de las percepciones conscientes que indican si nos hemos encontrado verdaderamente con Dios o no. Es necesario que entendamos lo que Isaías aprendió por medio de su visión.
Él vio la visión en el templo. ¿Qué estaba haciendo allí? La frase de apertura del primer versículo del capítulo 6 nos da la respuesta: “El año de la muerte del rey Uzías”. Uzías había reinado durante cincuenta y dos años, pero ahora se acababa de morir o estaba por morirse, y éste era un acontecimiento traumático, aun para Judá. Judá se encontraba bajo presión política. Poderosos enemigos, concretamente los asirios renacientes, vivían justo al otro lado de la frontera. Había mucha ansiedad con respecto al futuro. Traumas de todo tipo impulsan a la gente a orar, y es natural suponer que Isaías se encontraba en el templo para orar sobre el futuro de su pueblo.
El hecho de que éste es el capítulo 6 de la profecía, no el capítulo 1 donde Isaías nos cuenta que la palabra del Señor le vino durante el reinado de Uzías así como de los reinados siguientes (véase 1.1), sugiere que él ya era un profeta activo. Es posible que la razón que lo condujo al templo en esta ocasión fuera el deseo de saber lo que sería ahora su mensaje al pueblo. A pesar de que no es posible comprobarlo, parece probable y lo supondremos en lo que sigue.
Uzías, como lo enfatiza 2 Crónicas (véase 26.8, 15-16), había sido un rey poderoso, bajo cuyo reinado Judá había disfrutado seguridad y prosperidad. Ahora su reino pasaría a su hijo Jotam, quien tenía alrededor de veinticinco años. Nadie sabía qué clase de rey sería Jotam. Por esa razón, todo Judá, incluyendo a Isaías, debe haberse sentido ansioso en cuanto al bienestar de la nación. Cuando Isaías entró en el templo, eso es lo que imperaba en su mente. Pero Dios se mostró a Isaías de tal manera que obligó al profeta a pensar sobre sí mismo y su propia relación con Dios en una forma nueva.
Demasiado a menudo pensamos que Dios está simplemente allí para ayudarnos. Buscamos que nos otorgue dones y fortaleza para poder soportar las presiones externas cuando la verdadera necesidad es enderezar nuestra relación distorsionada con Él. Es gracias a su misericordia que Él toma medidas enérgicas contra nuestros intentos de utilizarlo para nuestros propósitos y nos impulsa a poner lo primordial primero. Sin embargo, dicha misericordia puede tener un aspecto temible, como lo descubrió Isaías.
En una visión, Isaías vio la santidad de Dios. Vio al Señor en su trono, así nos dice, y los ángeles que lo adoraban mientras volaban delante del trono. Se decían el uno al otro: “Santo, santo, santo es el SEÑOR Todopoderoso; toda la tierra está llena de su gloria” (6.3). Como todas las repeticiones en la Biblia, el triple “santo” es para darle un énfasis creciente.
¿Qué se le estaba comunicando a Isaías por medio de lo que vio y escuchó? Si buscamos la palabra santo en un diccionario de teología, encontraremos que en ambos Testamentos es una palabra que se aplica principalmente a Dios y que expresa algo que lo sitúa por encima de nosotros, haciendo que sea imponente y digno de adoración; y todo lo que lo pone en contra de nosotros, convirtiéndolo en un objeto de verdadero terror. El pensamiento básico que conlleva la palabra es la separación de Dios de nosotros y el contraste entre lo que Él es y lo que somos nosotros. Si pensamos que la santidad es como un círculo que abraza todo lo pertinente a Dios que se diferencia de nosotros, el centro del círculo es la pureza moral y espiritual de Dios, la cual contrasta dolorosamente con nuestra retorcida pecaminosidad. Fue exactamente este contraste lo que percibió Isaías.
Un mal himno (escrito por el obispo anglicano Mant) comienza así:
Luminosa la visión que deleitó
Al profeta de Judá
Dulce la unión de las miles de voces
Que penetraron en sus oídos.
(Versión libre)
¡Como si Isaías hubiera estado asistiendo a un gran concierto de música popular! La verdad es que Isaías descubrió que es terrible contemplar la santidad de Dios. El tener que enfrentarse a ella lo convenció de que no tenía ninguna esperanza con Dios debido a su pecado. Pero mientras tanto, los ángeles celebraban la santidad de Dios en el sentido más amplio de esa palabra, colocando delante de Isaías la conciencia de “la infinita sabiduría y poder sin límites” de Dios, así como de su “atroz pureza” (cito estas palabras del himno de Frederick W. Faber: “Mi Dios, qué maravilloso eres”).
Concentrémonos ahora en la santidad de Dios en su sentido más pleno e inclusivo. Así como el espectro de colores constituye la luz, un espectro de distintas cualidades se combina para constituir la santidad. La narración de Isaías nos destaca cinco realidades sobre Dios en una mezcla cuyo nombre adecuado es la santidad.
Señorío, o para utilizar una palabra más extensa que aman los teólogos, soberanía, es la primera de esas realidades. Isaías percibió un símbolo visual del señorío: Dios sentado en un trono. En las Escrituras hay otras personas que nos consta que han visto el mismo símbolo. Ezequiel, por ejemplo, vio al trono de Dios que venía hacia él de una nube de tormenta, con criaturas vivientes que actuaban como un tipo de carruaje animado para ello y ruedas que giraban en toda clase de ángulos en relación con las demás debajo del asiento, allí donde uno hubiera esperado que estarían las patas del trono. Las criaturas vivientes y las ruedas eran ambas emblemas de energía infinita; Dios en el trono es infinita y eternamente poderoso. Ezequiel nos dice que el trono estaba por encima de él, y era imponente, y su impresión fue que una figura de aspecto humano estaba sentada en él. (Véase Ezequiel 1.) Así también, el trono que vio Isaías era excelso y sublime; “las orlas de su manto [de Dios] llenaban el templo”, nos dice, y el “lugar santo” del templo tenía aproximadamente sesenta pies por treinta pies y cuarenta y cinco pies de altura.
La visión de Dios como Rey, ya sea percibida visualmente o sólo con los ojos de la mente, se repite con frecuencia en la Biblia. Salmo tras salmo proclama que Dios reina. Juan vio “un trono en el cielo, y a alguien sentado en el trono” (Apocalipsis 4.2). Y 1 Reyes 22 nos relata acerca de Micaías, el fiel profeta a quien Acab había puesto prisionero porque lo había amenazado con el juicio de Dios. Ante el pedido de Josafat, traen a Micaías de la prisión para que responda la pregunta que presentaban ambos reyes en conjunto: ¿Debería Acab, con la ayuda de Josafat, tratar de volver a capturar Ramot de Galaad de manos de los sirios?
El escenario al cual entra Micaías era impresionante: “El rey de Israel, y Josafat, rey de Judá, vestidos con su ropaje real y sentados en sus respectivos tronos... con todos los que profetizaban [alrededor de 400] en presencia de ellos” (versículo 10). Era una gran ocasión oficial. Sin duda, una multitud de admiradores se encontraría de pie a su alrededor, observando todo lo que ocurría. Sin embargo, Micaías no se sintió intimidado. Primero se burló de Acab por medio de la imitación de los profetas de la corte (versículo 15), y luego le dijo lo que realmente era cierto, que si él iba a Ramot de Galaad, moriría. El secreto de la audacia de Micaías está en el versículo 19, donde declara: “Vi al SEÑOR sentado en su trono”. Por lo tanto, Micaías no se dejó acobardar cuando vio a Acab y Josafat en sus tronos a la entrada de Samaria. ¡La visión de Dios en el trono del cielo puso bien en claro quién estaba a cargo!
Esta comprensión de la providencia soberana de Dios (porque eso es lo que realmente es) es enormemente fortalecedora. Fortaleció a Micaías; fortaleció a Juan; sin duda fortaleció también a Isaías. El saber que nada ocurre en el mundo de Dios aparte de la voluntad de Dios puede atemorizar a los impíos, pero estabiliza a los santos. Les asegura que Dios tiene ya todo resuelto y que todo lo que ocurre tiene un significado, podamos o no verlo en ese momento.
En el primer sermón evangelizador cristiano, el cual fue predicado la mañana de Pentecostés, Pedro razonó sobre la cruz de esta manera: “Éste [Jesús] fue entregado según el determinado propósito y el previo conocimiento de Dios; y por medio de gente malvada, ustedes lo mataron...” (Hechos 2.23, énfasis añadido). Ustedes lo hicieron por voluntad propia, dice Pedro. Ustedes son culpables de hacerlo y necesitan arrepentirse, pero no se imaginen que esto ocurrió sin la expresa voluntad de Dios. El saber que Dios está en el trono nos sostiene cuando estamos bajo presión o frente a desconcierto, dolor, hostilidad, y acontecimientos que aparentemente carecen de sentido. Es una verdad que apoya a los creyentes, y es el primer elemento o ingrediente de la santidad de Dios.
El segundo elemento es la grandeza. La visión era de Dios excelso y sublime, con los serafines con seis alas volando delante de Él en adoración. Notemos su postura; la descripción tiene algo que enseñarnos. Las dos alas que cubrían el rostro son un gesto que expresa una compostura reverente en la presencia de Dios. No deberíamos entrometernos en sus secretos. Debemos contentarnos con vivir con lo que nos ha dicho. La reverencia excluye la especulación sobre las cosas que Dios no ha mencionado en su Palabra. La respuesta de Agustín de Hipona al hombre que le preguntó: “¿Qué estaba haciendo Dios antes de crear el mundo?” fue: “Creando el infierno para la gente que hace esta clase de preguntas”—un uso agudo de tácticas de shock para que la persona que hace la pregunta se dé cuenta de la irreverencia oculta detrás de su curiosidad.
Una de las cosas atractivas de Juan Calvino (por lo menos para mí) es su sensibilidad ante el misterio de Dios—o sea, la realidad de lo que no ha sido revelado—y su reticencia a ir un paso más allá de lo que digan las Escrituras. Agustín y Calvino se combinaron para asegurarnos que debemos estar contentos de ignorar lo que las Escrituras no nos dicen. Cuando alcanzamos los límites distantes de lo que dicen las Escrituras, sabemos que es el momento de dejar de discutir y comenzar a adorar. Esto es lo que nos enseñan los rostros cubiertos de los ángeles.
Dos alas cubrían también los pies de los ángeles. Eso expresa el espíritu de modestia en la presencia de Dios, otro aspecto propio de la verdadera adoración. Los adoradores genuinos quieren borrarse de la escena, sin atraer ninguna atención para sí, de modo que todo pueda concentrase en Dios únicamente, sin ninguna distracción. El orador cristiano tiene que aprender que no se puede presentar a sí mismo como un gran predicador y maestro si desea al mismo tiempo presentar a Dios como un gran Dios y a Cristo como un gran Salvador. Aquí hay un efecto de doble balanza. Sólo cuando nuestra afirmación propia desciende, será Dios exaltado y se convertirá en algo grandioso para nosotros. La modesta humildad ante Dios es la única manera de elevarlo, y esa es la enseñanza de los pies cubiertos de los ángeles.
Otro aspecto de la postura de los ángeles era que cada uno volaba con dos alas, como se mantienen volando los colibríes, preparados para salir como una flecha volando—para ir con Dios, hacer sus mandados tan pronto como se dé la orden de hacerlo. Tal disposición pertenece también al espíritu de la verdadera adoración, la adoración que reconoce el señorío y la grandeza de Dios.
Nuestra adoración, como la adoración de los ángeles, debe incluir los elementos de compostura reverente, modestia, y presteza para servir, de lo contrario estaremos verdaderamente empequeñeciendo a Dios, perdiendo de vista su grandeza y reduciéndolo a nuestro nivel. Debemos examinarnos: la irreverencia, afirmación propia, y parálisis espiritual desfiguran a menudo nuestra así llamada adoración. Debemos recuperar el sentido de la grandeza de Dios que expresaban los ángeles. Necesitamos aprender de nuevo que la grandeza se encuentra en el segundo lugar en el espectro de cualidades que conforman la santidad de Dios.
El tercer elemento de la santidad de Dios es la cercanía, o para decirlo con una palabra más extensa, la omnipresencia en manifestación. “Toda la tierra está llena de su gloria” (versículo 3). Gloria significa la presencia de Dios puesta de manifiesto de modo que su naturaleza y su poder sean evidentes. No existe lugar alguno donde ocultarse de la presencia de Dios, y nosotros, como Isaías, debemos tener en cuenta este hecho. Para aquellos que aman estar en la presencia de Dios, éstas son buenas noticias. Sin embargo, son malas noticias para aquellos que desearían que Dios no pudiera ver lo que hacen.
El Salmo 139 celebra la cercanía de Dios y su total conocimiento de quién y qué es cada creyente. Termina con una plegaria que Dios, el que examina los corazones, le muestre al salmista cualquier pecado que esté presente en él, de manera que pueda eliminarlo. “Examíname, o Dios, y sondea mi corazón; ponme a prueba y sondea mis pensamientos. Fíjate si voy por mal camino, y guíame por el camino eterno” (versículos 23-24). Nada le pasa desapercibido a Dios; todos nuestros “malos caminos” le son evidentes, aunque tratemos por todos los medios de esconderlos, ignorarlos, u olvidarnos de ellos. Este tercer aspecto de la santidad de Dios será una verdad muy incómoda para todos aquellos que no deseen orar la oración del salmista.
La cuarta cualidad que contribuye a la santidad de Dios es la pureza. “Son tan puros tus ojos que no puedes ver el mal; no te es posible contemplar el sufrimiento” le dice Habacuc a Dios (1.13). La mayoría de las personas, cuando escuchan hablar de la santidad de Dios, piensan primero en la pureza. Lo que se dijo anteriormente sobre la pureza como el centro del círculo, demuestra que tienen razón en hacerlo. Isaías percibió esa pureza sin que se dijera una sola palabra. Lo abrumó la sensación de impureza e ineptitud que sentía ante la posibilidad de comunión con Dios. “¡Ay de mí!” gritó Isaías. “¡Estoy perdido! Soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios blasfemos, ¡y no obstante mis ojos han visto al Rey, al SEÑOR Todopoderoso” (Isaías 6.5). Tal como el pecado es la rebelión contra la autoridad de Dios y trae culpa en relación con Dios como legislador y juez, así el pecado es también inmundicia en relación con la pureza de Dios. Cuando reconoció su pecado, Isaías se sintió sucio delante de Dios, tal como le ocurre a toda persona centrada en Dios. La sensación de corrupción ante Dios no es algo morboso, neurótico o malsano. Es algo natural, realista, saludable, y la verdadera percepción de nuestra condición. Somos realmente pecadores. El admitirlo es sabiduría.
“Soy un hombre de labios impuros”, dijo Isaías. Él está pensando particularmente en los pecados del habla. La Biblia tiene mucho para decir sobre tales pecados, ya que ellos reflejan lo que se encuentra en el corazón de la persona. “De lo que abunda en el corazón habla la boca” (Lucas 6.45). Podemos utilizar el don del habla de Dios para expresar maldades y lastimar a otros. Algunas personas chismorrean (una práctica que ha sido definida como el arte de confesar los pecados ajenos). Otros engañan, explotan, o traicionan a la gente con zalamerías y mentiras. Denigramos la vida por medio de palabras vergonzosas, obscenas, degradantes; arruinamos relaciones por medio de chácharas desconsideradas e irresponsables. Cuando Isaías habla de los labios impuros, dice algo que nos atañe a todos.
(Quizás haya aquí también, en estas palabras, una alusión al ministerio profético de Isaías. Al expresar los mensajes de Dios, puede haber estado más preocupado de su reputación como predicador que de la gloria de Dios. Por desgracia, esta actitud, y la corrupción que ella engendra, aún existe. Los oradores cristianos con motivos algo turbios tienen labios impuros.)
“Y vivo en medio de un pueblo de labios blasfemos”, continúa Isaías. Es posible que esté reconociendo que él estaba unido a las multitudes, que seguía su ejemplo, que hablaba como ellas, que era malhablado con los malhablados, y que por lo tanto había sido arrastrado por los malos ejemplos. Sin embargo, él no ofrece esto como una excusa. Hacer lo que hacen los demás cuando, en lo profundo, sabemos que está mal es cobardía moral, lo cual no reduce la culpa sino que la aumenta aún más. Quizás, como profeta y predicador, él se había considerado hasta este momento como perteneciente a una categoría diferente a la de sus compatriotas, como si el acto mismo de denunciar sus pecados lo hubiera excluido de la culpa, aun cuando él también se había comportado de la misma manera. Ahora él sabía. Por primera vez, quizás, se vio a sí mismo como el conformista hipócrita que realmente era, y expresó su vergüenza al respecto. La pureza de Dios lo había convertido en un realista moral.
El quinto elemento en la santidad de Dios es la misericordia: la misericordia purificante y purgante que experimentó Isaías cuando confesó su pecado. Voló hacia él un serafín, enviado por Dios para tocar sus labios con una brasa ardiendo del altar y para traerle el mensaje de Dios: “Mira, esto ha tocado tus labios; tu maldad ha sido borrada, y tu pecado, perdonado” (versículo 7). El altar era el lugar de sacrificio. La brasa ilustra la aplicación del sacrificio—en función del nuevo pacto, la aplicación a la conciencia culpable de la sangre derramada de Jesucristo. La aplicación inicial es en el lugar de la culpa consciente. Isaías sintió más profundamente su pecado del habla; por lo tanto, le tocaron los labios. Sin embargo, así como la verdadera convicción de pecado es la convicción de nuestra pecaminosidad tanto en todo, como en cada transgresión en particular, así las palabras del ángel significaban que todos los pecados de Isaías, conocidos y desconocidos, eran perdonados (literalmente hablando, quitados de delante de la vista de Dios). La iniciativa aquí fue de Dios, como lo es cada vez que las personas descubren su gracia. P. T. Forsyth solía insistir que la noción más simple, más verdadera, más profunda de la naturaleza de Dios es amor santo, la misericordia que nos salva de nuestro pecado, no ignorándolo, sino juzgándolo en la persona de Jesucristo y justificándolo así de manera justa. Sin duda alguna, Isaías hubiera estado de acuerdo.
Hoy día, la iglesia y la sociedad juegan juegos. No reconocemos la verdadera naturaleza de Dios. No lo encontramos y lo tratamos como Él es. Incluso es posible que los obreros cristianos no entiendan, o pierdan de vista, la santidad de Dios, así como aparentemente le sucedió a Isaías hace mucho tiempo atrás. Cuando esto ocurre, nosotros también debemos someternos al ajuste traumático que la experiencia de Isaías en el templo le aportó a él. Cuando leemos la historia desde el punto de vista de Isaías, vemos que comete por lo menos cuatro errores. Prestemos atención; podrían ser los nuestros también.
El error número uno, cometido cuando entró al templo, fue pensar que Dios es manso, que con sólo pedirlo lo podía manejar y controlar e incitar a la acción, como el genio de la lámpara maravillosa de Aladino. Es justo suponer que Dios le dio a Isaías la visión de la adoración angélica porque él necesitaba aprender a adorar. Todo aquel que crea que Dios es como Papá Noel, está sólo para dar regalos; o como una póliza de seguros o red de seguridad, está simplemente para prevenir que nos lastimemos demasiado, tiene que aprender todavía a adorar. Se supone que Isaías había acudido al templo para orar en la forma en que aún hoy muchos parecen hacerlo: “Dios, necesitamos que seas nuevamente nuestra red de seguridad. ¿Está bien?” A una deidad domesticada que no le reclama nada a la gente, puede que tenga sentido decirlo de esta manera: “Hágase mi voluntad”, pero Isaías tenía que aprender que no tiene ningún sentido hablar de esa manera al poderoso Dios de Israel.
El error número dos fue pensar que era aceptado, que como profeta no podía haber problema alguno con su propia relación personal con Dios. Después de todo, él era un joven distinguido, de alcurnia y muy talentoso, en una nación que tenía un pacto oficial con Dios. Además, él tenía una inclinación religiosa, era un fiel que acudía regularmente al templo, y estaba involucrado en el ministerio. ¿Acaso no le estaba haciendo un favor a Dios ejerciendo de esa manera sus intereses religiosos? ¿Qué problema podía tener Dios con él? Muchas personas en nuestra sociedad piensan de esa manera. Ellos creen que al interesarse por Él en un mundo donde tan pocos se preocupan de Él, le están haciendo un favor a Dios. De ese modo esperan convertirse en un grupo selecto espiritual que puede contar con el favor de Dios. Isaías tuvo que aprender que algo le tenía que ocurrir antes de ser aceptado en la comunión y el favor de Dios. Hoy necesitamos aprender la misma lección.
El error número tres fue que Isaías pensara, cuando llegó a comprender algo acerca de la santidad de Dios, a saber, que no sólo se encontraba fuera del campo de la amistad de Dios debido a su pecado (eso era cierto), sino que también estaba eternamente perdido. “¡Ay de mí! Que soy muerto” Al darse cuenta de que su rectitud era como trapos sucios, se desesperó. Pero estaba otra vez equivocado; había misericordia para él. A pesar de su gran pecado (no existen pecados pequeños en contra de un Dios grande), la gracia de Dios era aún mayor. Dios limpió su pecado, tanto aquél que conocía es ese momento como aquel otro que se pasaría toda la vida descubriendo. De la misma manera, para los cristianos, todos sus pecados, tanto conocidos como desconocidos, todos los actos y hábitos pecaminosos, y todas las ramificaciones del pecado en nuestro sistema espiritual, son expiados por la muerte de nuestro Señor Jesucristo. El amor santo vence al poder del pecado que condena y arruina nuestras almas.
Isaías apreció lo que le había acontecido. Su actitud cambió con la limpieza de su conciencia. En gratitud y gozo, como los ángeles, se ofreció a ir en nombre de Dios, ya que así lo había hecho el ángel que le trajo la palabra de perdón. Todos aquellos que saben que son pecadores absueltos, personas encontradas por la gracia cuando ellas se daban ya por perdidas, sienten la misma gratitud. El “Aquí estoy. ¡Envíame a mí!” de Isaías resuena como un eco en nuestros corazones.
El cuarto error de Isaías fue dar por un hecho que tendría éxito en el servicio de Dios. Supongo que él sabía lo maravilloso de su don natural de elocuencia. Él tenía alguna noción del poder de su posición como un joven de la alta sociedad de Israel. Sin duda, cuando resumió su posición de influencia—un hombre nuevo con un nuevo gozo caminando en el poder de una nueva experiencia de Dios— dio por descontado que los demás se fijarían en él y lo admirarían, y que su ministerio produciría mucho fruto.
Yo deduzco que Isaías estaba pensando así, ya que las primeras palabras divinas que escucha después de su ofrecimiento como voluntario son la advertencia de que su misión no sería exitosa en forma manifiesta. Dios le dijo: “Ve y dile a este pueblo: ‘Oigan bien, pero no entiendan; miren bien, pero no perciban’... Haz insensible el corazón de este pueblo; embota sus oídos y cierra sus ojos” (versículos 9-10). Aquí hay pena divina como también ironía. Dios no se complace con la muerte del malvado, y la tarea que le estaba encomendando a Isaías era llamar a los israelitas para que volvieran a Él. Pero ahora Dios le estaba advirtiendo a Isaías que su mensaje iba a ser rechazado, de manera que el efecto de su ministerio sería dejar a la gente con una menor sensibilidad a las cosas espirituales que antes (porque los corazones siempre se encallecen cuando le dicen que no a Dios).
De la misma manera, nosotros, que hablamos en nombre de Cristo, debemos estar preparados a descubrir que los demás no toman en cuenta lo que decimos, y que en realidad nos esforzamos para alcanzar muy poco éxito o quizás ninguno. Al igual que Isaías, nuestro llamado es a ser fieles, no necesariamente fructíferos. Nuestra tarea es la fidelidad; la capacidad de producir fruto es un asunto que debemos contentarnos de poner en manos de Dios. Sabemos que la Palabra de Dios no volverá vacía, mas debemos estar preparados para no ver los frutos, a lo menos de inmediato. En el ministerio cristiano, nadie nos garantiza el éxito visible bajo la forma de resultados instantáneos, ni a ustedes ni a mí.
¿Cuál es entonces la conclusión del asunto? Primero, debido a que Dios es santo, nadie puede tener jamás comunión con Él excepto sobre la base de la expiación que Dios mismo proporciona y aplica. Segundo, nadie habla por Dios como debería, excepto como resultado de la conciencia personal de la santidad de Dios, de la pecaminosidad de nuestras propias faltas, de la objetividad de la expiación de Cristo, y de la gracia de Dios que nos lleva a la fe y nos asegura su perdón. Tercero, nadie debería suponer que su corazón o mensaje o ministerio no son como deberían ser debido al hecho de que no ven ningún éxito presente. Tal situación es un llamado a regresar a Dios para preguntarle si algo está mal (y algo podría estarlo). Pero la falta de éxito presente no significa necesariamente que algo en particular esté mal. El camino correcto puede ser simplemente perseverar en fidelidad, esperando que venga el momento en que Dios nos dé su bendición. Cuarto, la adoración personal: alabanza y devoción, debe ser el pilar de la vida y el ministerio cristianos. Estos pensamientos me son preciosos; me mantienen en oración, y por lo tanto me dan la fuerza para seguir adelante. Espero que sean preciosos para ustedes también, y que funcionen en ustedes de la misma manera.
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LA RELIGIÓN DEL JACUZZI
Hacia una teología del placer
¿Qué considerarían que es un símbolo adecuado de la cultura contemporánea occidental? ¿Una hamburguesa? ¿Un estéreo? ¿Un automóvil? ¿Un avión? ¿Una televisión? ¿Una computadora? Mi elección es un jacuzzi. ¿Por qué? ¡Porque el jacuzzi es algo divertidísimo! El relajarse en compañía de otras personas, sumergido en un agua de una temperatura de 36 grados con un chorro de aire a propulsión propio es una de las experiencias de vida más exquisitas. Los baños turcos y saunas son para nuestra salud, pero la única razón por la cual nos sentamos en el jacuzzi es porque es una manera deliciosa de relajarnos y pasar el tiempo. Esa es la razón por la cual yo lo hago cada vez que tengo la oportunidad de hacerlo (quizás una vez cada dos o tres años). Así como la imagen de un perro con su rostro vuelto hacia una bocina en la etiqueta de HMV comunica perfectamente la idea del deleite fascinado ante lo que se escucha, así el emblema del jacuzzi expresa perfectamente la pasión obsesiva del occidente moderno por encontrar formas placenteras de relajación. Nuestros antepasados descansaban para estar en condiciones de trabajar; nosotros trabajamos para poder estar libres para descansar. Dedicamos interminable ingenio para poder encontrar nuevas maneras de divertirnos y de sentir gozo. Vacaciones, feriados, viajes, deportes, entretenimientos públicos, pasatiempos—todo lo que de una manera u otra representa el jacuzzi— son lo que nuestra era materialista supone que es la vida.
Esto tiene consecuencias inquietantes para el cristianismo occidental. El hedonismo (el síndrome de la búsqueda del placer) distorsiona a la santidad, y el hedonismo hoy día está aferrado a nuestras prioridades. ¿Corremos peligro de perder de vista la esencia moral del discipulado cristiano? Es posible. Mi primera experiencia de la dulzura del jacuzzi me impulsó a pensar sobre esto, lo cual me llevó a escribir el siguiente artículo:
LA VISTA DESDE UN JACUZZI
El otro día formé parte de un grupo que pasó gran parte de una húmeda tarde de sábado en un jacuzzi. Mis alumnos y asesorados, quienes eran parte del grupo, me habían recomendado que lo probara: “Le va a gustar”, me dijeron. Previamente, yo había pensado que los jacuzzis estaban reservados para los hedonistas de Hollywood y los sibaritas de San Francisco, pero ahora sé que bajo ciertas circunstancias, los miembros del cuerpo docente de Regent College pueden también usarlo. Parece que cada día uno aprende algo nuevo.
Mientras estaba allí sentado disfrutando el jacuzzi, haciendo pequeños chistes, y adaptándome a la sensación de ser atacado por burbujas de todos los ángulos, me golpeó la idea de que el jacuzzi es el símbolo perfecto del camino moderno en religión. La experiencia del jacuzzi es sensual, relajante, mullida, tranquila, sin ninguna exigencia tanto intelectual como de otra naturaleza, sino que muy, muy agradable, aun al punto de ser muy divertida (especialmente con un grupo de asesorados como el mío). Hoy día, muchos quieren que el cristianismo sea así, y se esfuerzan por lograrlo. El último paso, por supuesto, sería quitar los asientos de las iglesias y colocar jacuzzis en su lugar; entonces, nunca habría problemas de asistencia. Entretanto, muchas iglesias, evangelizadores, y religiosos electrónicos están ya ofreciendo oportunidades para que nosotros podamos sentir que son lo mejor después del jacuzzi, o sea, reuniones felices sin problemas, momentos divertidos para todos. La felicidad ha sido definida como un cachorrito muy cariñoso. Esta clase de religión proyecta a la felicidad como si fUera una cálida bienvenida a todos los que sintonizan o vienen de pasada; un coro cálido con un ritmo sentimentaloide; un uso de las palabras en la oración y la predicación similar a una rascada de espalda cariñosa; y una cálida y alegre luminiscencia posterior (otro toque de jacuzzi). Ante la pregunta: ¿dónde se encuentra Dios?, la respuesta que en realidad proyectan estas ocasiones, y no se preocupen de lo que se diga, es: En el bolsillo del predicador. Sin duda, eso nos calma, ¿pero es eso fe, o adoración, o servicio a Dios? ¿Es la piedad el nombre verdadero de este juego?
Mientras continué en el jacuzzi, sumiéndome más y más en un aflojamiento sin inhibiciones, pude entender por qué la religión popular cromada a la que me estoy refiriendo se ha apoderado tanto de nosotros. La vida moderna nos tensiona. Se nos estimula hasta marearnos. Las relaciones son frágiles; los matrimonios se quebrantan; las familias se separan; los negocios son una feroz competitividad, y los que no están en la cima se sienten como meras piezas en el engranaje de los demás. La automatización y la tecnología de las computadoras han hecho que la vida sea más rápida y tensa, dado que ya no tenemos que realizar las tareas de rutina que llevaban tanto tiempo con las que nuestros abuelos solían relajar sus mentes. Tenemos que correr más rápido que cualquier otra generación anterior a la nuestra con el solo fin de quedarnos allí donde estamos.
No debería pues sorprendernos que cuando el hombre occidental moderno se vuelca a la religión (si lo hace, ya que muchos no lo hacen), lo que él desea es una relajación agradable, la sensación de ser al mismo tiempo calmado, apoyado, y fortalecido sin ningún esfuerzo, o sea que, en pocas palabras, la religión del jacuzzi. Él lo pide, y la gente salta para proporcionárselo. Lo que la religión del jacuzzi ilustra más claramente es la ley de la oferta y la demanda.
Entonces, ¿qué deberíamos decir de la religión del jacuzzi? Por cierto, un ritmo de vida que incluya la relajación es correcto; el cuarto mandamiento lo demuestra. El alternar el trabajo arduo con momentos de esparcimiento es también lo correcto; puro trabajo sin diversión no sirve, y Jesús concurrió tan a menudo a banquetes, los momentos de diversión propios de la antigüedad, que lo llamaron glotón y ebrio.
El disfrutar nuestros cuerpos mientras podamos, en vez de despreciarlos (lo cual en el mejor de los casos es platonismo y en el peor de los casos es maniqueísmo, y de una u otra forma es presunción súper espiritual), es parte de la disciplina de gratitud a nuestro Creador. Y las exhuberancias sin inhibiciones como aplaudir, bailar, cantar alabanzas, y clamar en oración pueden ser también aprobadas, siempre y cuando no sean piedra de tropiezo para los demás. Sin esos factores de jacuzzi, como podríamos llamarlos, nuestro cristianismo sería menos piadoso y menos animado, porque sería menos humano.
Pero si lo único que hubiera en nuestro cristianismo son los factores de jacuzzi, o sea, si nosotros abrasáramos un hedonismo ensimismado de relajación y pensamientos felices mientras evitamos las tareas difíciles, las posturas poco populares, y las relaciones extenuantes, no lograríamos la vida bíblica centrada en Dios y de sacrificio a la cual nos llama Jesús, y por tanto le promulgaríamos al mundo nada más que nuestra propia decadencia. Sin embargo, por favor Dios, no permitas que aceptemos eso.
Y yo podría vivir sin ver nunca jamás un jacuzzi, pero espero no tener que...
Lo que estaba expresando en ese artículo puede ser establecido con certeza en las tres propuestas siguientes:
1. La religión del jacuzzi es casi correcta. Estoy de acuerdo con que es psicológicamente inexacta, ya que la verdad paradójica es que buscar placer, confort, y felicidad es garantizar que no lograremos ninguna de estas cosas. Al nivel tanto espiritual como natural, estos estados subjetivos se convierten en realidades del corazón sólo como productos derivados que provienen de concentrarse en otra cosa, algo percibido como valioso, vigorizante y dominante. Se ha dicho verdaderamente que las semillas de la felicidad crecen con mayor fuerza en el suelo del servicio.
A menudo, esa “otra cosa” que gana nuestra alianza es otro, una persona y no un concepto abstracto, en especial en el caso de la felicidad espiritual. Esta felicidad proviene de deleitarnos en el conocimiento del amor redentor del Padre y del Hijo y de la demostración de una activa y leal gratitud por todo ello. Amamos a Dios y eso nos hace felices. Nuestros intentos de complacer a Dios concentran el placer de su paz en nuestro corazón. Es así. Sin embargo, cuando la religión del jacuzzi resalta el hecho de que el verdadero gozo es una parte integral de la verdadera piedad, hace alusión a una profunda y dulce verdad teológica.
Necesitamos enfatizar la herencia cristiana del placer. La falta de fe nos hace temer que Dios sea un tirano severo y poco amistoso a quien le duele proporcionarnos placer y que nos exige hacer lo que no queremos hacer y no podemos disfrutar. Sin embargo, las Escrituras nos demuestran que lo opuesto es lo cierto. “En tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre” (Salmo 16.11 RVR60). “Les das a beber de tu río de deleites” (Salmo 36.8). “Dios de mi alegría y mi deleite” (Salmo 43.4). “Quiero alegrarme y regocijarme en ti” (Salmo 9.2). “El reino de Dios no es cuestión de comidas o bebidas sino de justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo” (Romanos 14.17). “Que el Dios de la esperanza los llene de toda alegría y paz a ustedes que creen en él, para que rebosen de esperanza por el poder del Espíritu Santo” (Romanos 15.13). Un maravilloso himno popular escrito por el antiguo calvinista Isaac Watts, el rapsoda del puritanismo, expresa el sentimiento cristiano de exultante gozo con asombroso brío:
Vengan, los que aman al Señor,
Nuestro gozo a revelar;
Unidos en canto con dulce armonía,
El trono así rodear.
Las penas de la mente ¡
Desaparezcan de aquí!
La religión no ha deseado nunca
Nuestro deleite amenazar.
Que se nieguen a cantar
Los que desconocen a nuestro Dios,
Mas los hijos del Rey celestial
Canten sus deleites por doquier.
El Dios que gobierna en lo alto,
Que truena a voluntad,
Que cabalga sobre el cielo tormentoso
Y controla los mares—
Este tremendo Dios es nuestro,
Nuestro Padre y nuestro amor;
Nos enviará sus poderes celestiales
Para llevarnos con Él.
Allí su rostro veremos,
Y nunca, nunca pecado habrá;
Allí de los ríos de su gracia
Nos saciaremos de deleites sin fin.
Los hijos de gracia hallaron
La gloria que comienza aquí;
Los frutos celestiales sobre la tierra
De fe y esperanza crecerán.
El monte de Sión produce
Sagrados deleites por mil
Antes de alcanzar los campos celestes,
O por calles de oro marchar.
Así que abunden nuestras canciones,
¡Ycada lágrima seca esté!
Por suelo sagrado marchamos
A mejores mundos allá.
(Versión libre)
¡Amén! Watts tenía razón. El cristianismo, que algunos creen que produce abatimiento, en realidad lo expulsa. El pecado trae tristeza, pero la piedad produce placer. La religión del jacuzzi tiene un verdadero instinto en su corazón.
Es triste descubrir que ni el Diccionario Evangélico de Teología (1984) ni ningún otro diccionario de teología que yo conozca tienen artículos sobre el placer. Claro está, sus artículos sobre el gozo hacen de vez en cuando referencias perspicaces al placer. Miremos a este artículo, por ejemplo, del diccionario mencionado anteriormente:
Gozo. Un deleite en la vida que va más profundo que el dolor o el placer... que no está limitado o sujeto únicamente a circunstancias externas... un don de Dios... una calidad de vida y no simplemente una emoción pasajera... La plenitud del gozo proviene de una sensación profunda de la presencia de Dios en nuestra vida... Jesús dejó bien en claro que el gozo está conectado de manera inseparable al amor y la obediencia (Juan 15.9-14)... Puede también existir gozo en el sufrimiento o en la debilidad cuando se percibe que el sufrimiento tiene un propósito redentor y la debilidad como algo que nos lleva a una total dependencia de Dios (Mateo 5.12; 2 Corintios 12.9).1
Lo primero que necesitamos decir es que ese gozo es más profundo que el placer y no depende de él. Hasta que no se establezca esa distinción, la discusión sobre el placer en la vida cristiana será prematura. Pero una vez que se haya establecido que ese gozo no depende del placer, entonces será posible tener una teología del placer. Y tal teología es necesaria si vamos a hablarle a una generación que ha aprendido de Freud (para no mencionar el conocimiento personal de uno mismo) que el “principio del placer” es una de las motivaciones más fuertes de la vida.
¿Cómo podríamos formular una teología del placer? Tendría en ella por lo menos estos puntos:
El placer es (cito el Diccionario de la Real Academia Española): “Goce, disfrute espiritual; satisfacción, sensación agradable producida por la realización o suscepción de algo que gusta o complace; voluntad, consentimiento, beneplácito; diversión, entretenimiento”). El placer, como el gozo, es un don de Dios, pero mientras que el gozo es activo (uno se regocija), el placer es pasivo (uno es complacido). Los placeres son sentimientos, ya sea por estímulo o por las tensiones que se liberan y relajan en el cuerpo, o por la realización, recuerdo, o reconocimiento en la mente.
El placer es parte de la condición humana ideal. Antes de pecar, el estado de Adán era puro placer (el Edén, el jardín placentero de Dios, del cual fue expulsado Adán, tipifica lo anterior). Cuando nuestra redención sea completa, el placer, total y constante, se convertirá en nuestro estado para siempre. “Ya no sufrirán hambre ni sed. No los abatirá el sol ni ningún calor abrasador. Porque el Cordero que está en el trono los pastoreará y los guiará a fuentes de agua viva. Y Dios les enjugará toda lágrima de sus ojos” (Apocalipsis 7.16-17). Así como Dios nos creó para placer, así también nos redime para su deleite, tanto el nuestro como el suyo. Escrutopo, el tentador de más edad en el libro “Cartas a un diablo novato” de C. S. Lewis se queja de Dios, en forma justificada desde su propio punto de vista: “Él es un hedonista de corazón. Todos esos ayunos y vigilias y estacas y cruces son únicamente una fachada. O sólo como la espuma a las orillas del mar. Allá fuera en el mar, en su mar, hay placer, y mucho placer. Él no lo guarda en secreto; a su diestra hay ‘delicias para siempre’. ¡Puaj!” (Versión libre del traductor).2
El placer (goce consciente) no tiene ninguna cualidad moral intrínseca. Lo que hace que los placeres sean correctos, buenos, y valiosos o incorrectos, malos y pecaminosos es lo que los acompaña. Miremos la motivación y el resultado de nuestros placeres. ¿Con cuánto esfuerzo los perseguimos? ¿Qué clase de conducta producen? ¿Cuál es nuestra respuesta cuando llegan? Si el placer nos llega sin que lo busquemos, o como parte de nuestra aceptación agradecida de un obsequio providencial, y si el placer no nos causa ningún daño a nosotros o a otros, y si el deleite del mismo despierta nuevas acciones de gracias a Dios, entonces es santo. Pero si la adquisición de nuestro placer es el resultado de un capricho, que nos complace sin que nos importe si complace o no a Dios, entonces, aunque la acción sea o no un derroche o algo dañino, hemos sido atrapados por lo que la Biblia considera como los placeres de este mundo y del pecado (Lucas 8.14; Hebreos 11.25; comparen con Isaías 58.13; 1 Timoteo 5.6; 2 Timoteo 3.4; Tito 3.3; Santiago 4.3; 5.5; 2 Pedro 2.13). La misma experiencia placentera: comer, beber, hacer el amor, jugar juegos, escuchar música, bañarse en un jacuzzi, o lo que sea, será buena o mala, santa o pecaminosa, según como se la maneje.
En el orden de la creación, los placeres actúan como indicadores de Dios. La búsqueda de placer, en sí misma, produce tarde o temprano aburrimiento y disgusto (Eclesiastés 2.1-11). Sin embargo, en la misma autoridad encontramos que “nada hay mejor para el hombre que comer y beber, y llegar a disfrutar de sus afanes. He visto que también esto proviene de Dios, porque ¿quién puede comer y alegrarse, si no es por Dios?” (versículo 24 y sig.). De modo que “celebro la alegría” (8.15; comparen con 9.9).
Un rabino judío sugirió que el día del juicio final, Dios tomará en cuenta si hemos disfrutado o no de los placeres que nos ha concedido. Los maestros cristianos han insistido justamente que el desprecio del placer, tan alejado del argüir espiritualidad superior, es en realidad la herejía del maniqueísmo y del pecado de orgullo. El placer está designado divinamente a acrecentar nuestro sentido de la bondad de Dios, profundizar nuestra gratitud hacia Él, y fortalecer nuestra esperanza de placeres más ricos en el mundo venidero. El austero moralista anglo-católico C. S. Lewis declara que en el cielo, el éxtasis mayor de los amantes en la tierra será como leche y agua comparado con los deleites de conocer a Dios. Todos los placeres son santificados y acrecentados cuando los recibimos y respondemos a ellos en esta manera.
La religión del jacuzzi corre en pos de todo esto, y es lo correcto. No obstante, por desdicha, algunas veces entiende todo al revés y los resultados son catastróficos, como lo veremos a continuación.
2. La religión del jacuzzi es radicalmente incorrecta. ¿Por qué? Porque expresa egocentrismo, por el cual no aceptamos negarnos a nosotros mismos, y también eudemonismo, por el cual rechazamos el programa disciplinario de Dios para nosotros. Por tanto, se convierte en algo irreligioso por partida doble.
Cuando digo “egocentrismo” me refiero el núcleo central de la imagen de Satanás en la humanidad caída. Esto puede ser descrito como la aversión a vernos como algo que existe para el placer de nuestro Creador y el establecernos en cambio como el centro de todo. La búsqueda de toda clase de placeres es la regla y el almamáter de la vida egocéntrica. El orgullo es el nombre cristiano clásico para este síndrome de afirmación y adoración propia, del cual, la frase “hágase mi voluntad” es el lema. A pesar de que el orgullo egocéntrico puede adoptar la forma del cristianismo, corrompe la sustancia y el espíritu del mismo. Trata de manejar a Dios y utilizarlo para nuestras propias metas. Esto, como lo mencioné de pasada anteriormente, convierte a la religión en magia, y trata al Dios que nos creó como si fuera el genio de la lámpara de Aladino.
El teocentrismo que repudia al egocentrismo, reconociendo que en el sentido fundamental, nosotros existimos para Dios y no al revés y que debemos, por consiguiente, adorarlo, es básico para la verdadera piedad. Sin este cambio radical del egocentrismo a centrarnos en Dios, toda demostración de religión será en mayor o menor grado falsa.
Jesucristo exige abnegación, o sea, la negación de uno mismo (Mateo 16.24; Marcos 8.34; Lucas 9.23), como la condición necesaria del discipulado. La abnegación es un llamado a someternos a la autoridad de Dios como Padre y a Jesús como Señor y declarar guerra durante toda la vida en contra de nuestro egoísmo instintivo. Lo que debemos sacrificar no es nuestro yo o nuestra existencia como seres humanos racionales y responsables. Jesús no planea convertirnos en zombis, ni tampoco nos pide que nos ofrezcamos como voluntarios para un papel de robot. La negación que se requiere es del yo carnal, la necesidad egocéntrica, autodeificante con la cual nacemos, que nos domina tan destructivamente en nuestro estado natural.
Jesús vincula la autonegación con tomar la cruz. Tomar la cruz es mucho más que soportar esta dificultad o aquella. En la época de Jesús, tomar la cruz, según lo aprendemos de la historia de la propia crucifixión de Jesús, era lo que se le exigía a los condenados por la sociedad, quienes habían perdido sus derechos, y a quienes se los conducía ahora a su ejecución. La cruz que llevaban era el instrumento de muerte. Jesús representa el discipulado como un asunto de seguirlo a Él, y seguirlo a Él es algo basado en tomar la cruz como negación de uno mismo. El yo carnal no aceptaría jamás ese rol. “Cuando Cristo llama a un hombre, le pide que venga y muera”, escribió Dietrich Bonhoeffer ocho años antes de que los nazis lo colgaran de la horca. Bonhoeffer tenía razón: El llamado de Cristo al sacrificio es la aceptación de morir a todo lo que el yo carnal desearía poseer.
La religión del jacuzzi no encara este asunto y trata de aprovechar el poder de Dios para las prioridades del egocentrismo. Las sensaciones de placer y comodidad que surgen de las circunstancias placenteras y las experiencias tranquilizantes, son los principales objetivos del presente. Gran parte del cristianismo popular a ambos lados del Atlántico trata de complacernos por medio de su fabricación. A veces, como un medio para alcanzar este fin, invoca la idea de que las promesas de Dios son como los hechizos de un mago: Si los usamos correctamente, podremos extraer de Dios todas las cosas legítimamente placenteras que deseemos.
Cuando era estudiante, me inquietó el título de un libro de sermones por un famoso evangelizador: Cómo escribir hoy su propio cheque con Dios. Cincuenta años más tarde, el “evangelio de la salud y la prosperidad”, que le promete sanidades milagrosas a los enfermos y riquezas materiales a los necesitados, siempre y cuando actúen con audacia según la fórmula del “nómbrelo y exíjalo” (o “platíquelo y agárrelo”, como se lo ha parafraseado en forma burlona pero reveladora), tiene muchos admiradores que lo siguen fascinados. Existen muchos que, a pesar de que no son fieles devotos del evangelio de la salud y la prosperidad, tratan a Santiago 5.15 (“la oración de fe sanará al enfermo”) como una fórmula mágica garantizada para la sanidad milagrosa toda vez que se alcance esa clase de “fe”. Cuando hablo sobre la religión del jacuzzi, pienso en este tipo de posturas mentales.
La confianza en los recursos ilimitados de Dios y las altas expectativas de ser liberados del mal es algo correcto y bueno. Pero pensar que la oración petitoria es una técnica para que Dios baile a nuestro son y obedezca nuestras órdenes no es correcto ni bueno. Cuando pedimos, debemos tratar de discernir el propósito de Dios en nuestra vida o situación de vida que le ponemos delante. Tenemos que poder cristalizar nuestro pedido específico como un “Hágase tu voluntad”, lo cual debe ser siempre nuestra plegaria básica. La religión del jacuzzi no alcanza el punto donde pueda entender esto. El egocentrismo que lo ha generado es abrumante; de ahí que la oración como nuestro medio para poder manejar y dirigir las energías de Dios de modo que nos sirva a nosotros en vez de nosotros servirlo a Él no está nunca alejada del corazón del mismo. ¡Eso es malo!
Eudemonismo es una palabra poco común, por la cual deberían disculparme. La utilizo porque es la única palabra que sé que calza. No tiene nada que ver con demonios. Proviene del griego, de eudaimon, que quiere decir “feliz”, y el diccionario lo define como “el sistema de filosofía cuyo máximo objetivo es la felicidad del hombre”. Utilizo la palabra como un rótulo para destacar el punto de vista de que la felicidad implica la presencia del placer y la libertad de todo lo que no sea placentero. El eudemonismo dice que dado que la felicidad es el valor supremo, podemos esperar con confianza que Dios, aquí y ahora, nos protegerá de todo lo que no sea placentero. Si lo insatisfactorio nos alcanza, esperamos que Dios nos libre de ello al instante, porque no es nunca su voluntad para nosotros. Ése es el principio básico de la religión del jacuzzi. Sin embargo, por desdicha, este principio es falso. No contempla el lugar que ocupa el dolor en la santificación, por medio del cual Dios capacita a sus hijos para que compartan su santidad (véase Hebreos 12.5-11). Tal descuido puede ser trágico.
La felicidad, en el sentido descrito, la disfrutaremos en el cielo. Apocalipsis 7.16-17 lo demuestra. Cuando seamos glorificados con Cristo, tendremos un gozo consciente y un deleite profundo en todo lo que nos rodea (la felicidad en su máximo exponente), no simplemente la tranquila satisfacción con las cosas como están (la felicidad en su mínimo exponente). Pero hay una trampa. El cielo es un estado de santidad que únicamente las personas con un gusto santo podrán apreciar, y al cual únicamente las personas con carácter santo podrán ingresar (Apocalipsis 21.27; 22.14 y sig.). Por lo tanto, el propósito presente de Dios es producir santidad, que significa semejanza a Cristo, en nosotros para prepararnos para el cielo. La preocupación de Dios por nuestra felicidad futura es precisamente lo que lo lleva a concentrarse aquí y ahora en nuestra santificación, porque “sin la [santidad] nadie verá al Señor” (Hebreos 12.14).
La santidad no es un precio que pagamos por la salvación final, sino que más bien es el camino por el cual la alcanzamos. La santificación es, por lo tanto, el proceso por el cual Dios nos lleva por ese camino. El Nuevo Testamento nos muestra que en la escuela de la santificación encontramos diversas clases de dolor: molestias y presiones físicas y mentales, desilusiones personales, restricciones, heridas, y angustias. Dios utiliza estas cosas para activar el poder sobrenatural que actúa en los creyentes (2 Corintios 4.7-11), para reemplazar nuestra independencia por la confianza absoluta en el Señor que nos fortalece (1.8 y sig.; 12.9 y sig.), y para llevar adelante su obra santa de transformarnos de lo que naturalmente somos a la semejanza moral de Jesús “con más y más gloria” (2 Corintios 3.18). De esa manera, Él nos prepara para aquello que ha preparado para nosotros, confirmando así la afirmación de Pablo de que “Dios los escogió para ser salvos, mediante la obra santificadora del Espíritu y la fe que tienen en la verdad... a fin de que tengan parte en la gloria de nuestro Señor Jesucristo” (2 Tesalonicenses 2.13 y sig.; comparen con Efesios 5.25-27; Tito 2.11-14; 3.4-7).
Cuando se les permite a los niños hacer lo que quieran y se los protege constantemente de toda situación que pueda dañar sus sentimientos, decimos que son malcriados. Cuando decimos eso, estamos diciendo que cuando los padres son demasiado permisivos, los niños no sólo serán poco atractivos en el presente, sino que tampoco estarán preparados para las exigencias morales de la vida adulta en el futuro: dos males al precio de uno. Sin embargo, Dios, que siempre tiene su vista puesta en el futuro cuando se ocupa de nosotros en el presente, nunca malcría a sus hijos. La larga capacitación para alcanzar la vida santa en la cual nos inscribe, nos desafía y prueba al máximo una y otra vez. Las costumbres a imagen de las de Cristo de acción y reacción, o sea, dicho en otras palabras, el fruto del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio (Gálatas 5.22 y sig.), estarán más arraigadas cuando aprendamos a mantenerlas durante las experiencias dolorosas y poco placenteras de nuestra vida, las cuales, en retrospectiva, parecen como el cincel de Dios para esculpir nuestras almas.
Hay más sobre la santificación que esto, pero no menos. “Lo que soportan es para su disciplina, pues Dios los está tratando como a hijos”, escribe el autor de Hebreos. “¿Qué hijo hay a quien el padre no disciplina? Si a ustedes se les deja sin la disciplina que todos reciben, entonces son bastardos y no hijos legítimos” (Hebreos 12.7 y sig.). El escritor dice que a los hijos bastardos no se los cuida, no obstante, no ocurrirá lo mismo con los que creen. Nuestro Padre celestial nos ama lo suficiente como para educarnos en la vida santa. Entonces, debemos apreciar lo que Él hace y estar preparados para las cosas difíciles que conforman su programa para nosotros.
De manera que no debemos pensar que debido a que Dios nos ama, nos mantendrá protegidos o nos liberará al instante de todos los problemas que nos amenacen: mala salud, aislamiento, problemas de familia, falta de dinero, hostilidades, crueldad, o lo que sea. Eso es totalmente erróneo. Cuando tengan problemas, los cristianos fieles experimentarán una y otra vez su ayuda y liberación. Sin embargo, nuestra vida no es tranquilidad, confort y placer. Abundarán los abrojos debajo de nuestras monturas y las espinas en nuestro lecho. ¡Pobres de los adherentes a la religión del jacuzzi que pasen por alto este hecho!
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