Kitabı oxu: «Marido de conveniencia»

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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Jacqueline Baird
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Marido de conveniencia, n.º 1082 - septiembre 2020
Título original: A Husband of Convenience
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-687-1
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
LO SIENTO, Josie, pero Charles ha muerto.
–¡No puede ser…! ¡Si estoy embarazada! –exclamó Josie, recorriendo la habitación con frenética mirada, ajena al estupefacto silencio originado por su declaración.
Su padre estaba sentado en un sofá, el Mayor Zarcourt tras su escritorio, pero no había rastro alguno de Charles Zarcourt. Al cabo de unos instantes, su cerebro registró la mirada de sorpresa de su padre y comprendió horrorizada lo que acababa de decir en voz alta. En ese momento, una carcajada sardónica quebró el silencio de la habitación.
Josie volvió sus ojos violetas hacia el hombre alto y moreno que permanecía al lado del mueble bar. Por supuesto, Conan Zarcourt era el autor de la carcajada. Debería habérselo imaginado. Conan tenía una especial propensión a reaccionar de forma irritante, se dijo la joven con enfado. Impecablemente vestido, con un traje oscuro y una camisa de seda, estaba apoyado contra el mueble con un vaso de whisky en la mano. Mientras Josie lo observaba, se llevó el vaso a la boca para dejarlo después sobre la barra con una fuerza innecesaria. La expresión de su atractivo rostro era difícil de definir. Más que enfadado, parecía definitivamente venenoso. Por un segundo, a la joven le pareció notar cierta angustia en su mirada, pero debió de tratarse de un error.
–Déjame prepararte una copa. La necesitas –dijo Conan de pronto.
–No, nada de alcohol. Ponme un zumo de naranja.
–Como tú quieras –replicó Conan con una sombría mueca. Llenó un vaso de zumo y se lo acercó.
Mientras le tendía el refresco, Josie posó la mirada en su mano y la alzó a continuación hasta su rostro. No habían pasado ni dos minutos desde que había entrado en aquella casa y se había encontrado con la inesperada respuesta de Conan cuando le había preguntado por Charles.
Sus dedos rozaron los de Conan mientras tomaba el vaso, y la mano le tembló ligeramente. ¿Qué tendría aquel hombre que incluso cuando acababa de demostrar su vileza con la más estúpida de las bromas sobre su hermanastro, era capaz de despertar aquel tipo de respuesta en su cuerpo?
Josie miró atentamente a Conan. Con su pelo negro y sus marcadas facciones, no podía decirse que fuera un hombre convencionalmente atractivo. Tenía un rostro demasiado duro. Pero aun así, resultaba extrañamente seductor. Por lo que Josie sabía, durante el tiempo que ella llevaba viviendo en aquella zona Conan sólo había estado en la casa familiar en un par de ocasiones.
La primera vez que se habían visto, había sido en una de las tómbolas benéficas que celebraba la iglesia en verano. Se suponía que Charles tenía que estar ayudándola, pero llevaba ya un buen rato en busca de una copa cuando había aparecido frente a Josie un hombre elegantemente vestido.
–Lo único de aquí que me gusta… eres tú –había dicho con voz grave mientras deslizaba la mirada por el cuerpo de Josie, sometiéndola a un patente escrutinio–. Dime, ¿a ti también te sortean? –Josie había estado a punto de contestarle con una bofetada, pero justo en ese momento había regresado Charles.
–Está prohibido hablar con las chicas del lugar –había exclamado Charles nada más llegar. Para sorpresa de Josie, había deslizado un brazo por su cintura y había añadido–: Y especialmente con la mía.
–Debería habérmelo imaginado –había murmurado el extraño, y se había alejado de allí.
–¿Lo conoces? –le había preguntado Josie a Charles.
–Podría decirse que sí. Pero eso no importa. ¿Qué te parece si cenamos juntos esta noche?
Josie llevaba años enamorada de Charles Zarcourt y la perspectiva de tener una cita con él le había hecho olvidar inmediatamente al desconocido.
Olvidarlo hasta la segunda vez que había vuelto a verlo. En la que, por cierto, había estado a punto de morir de vergüenza. Intentó apartar aquel molesto recuerdo con un movimiento de cabeza. Aquél no era momento para pensar en ello. Tenía que descubrir el motivo por el que Conan estaba allí. ¿Aunque por qué no iba a estar? Se suponía que aquélla era su casa. En cualquier caso, tenía razón al decir que necesitaba beber algo. Aquel había sido, con mucho, el peor día de su vida y la desagradable angustia que sentía en el pecho y en el estómago no tenía visos de desaparecer.
Aquella tarde, había pedido permiso en el trabajo para acercarse a Oxford y asistir a la cita que tenía con el médico. Allí se habían confirmado sus peores temores: estaba embarazada. Al llegar a su casa, se había encontrado un mensaje en el contestador diciéndole que fuera rápidamente a casa de los Zarcourt y había dado por sentado que su todavía no oficial prometido, Charles, estaba libre de servicio durante algunos días . Pero al ver los sombríos rostros con los que la habían recibido, había comenzado a sospechar que no era ésa la razón por la que le habían hecho ir hasta allí.
Josie dio un sorbo al zumo y estuvo a punto de atragantarse al oír las palabras de su padre:
–Tienes que ser valiente, Josie.
–Valiente –murmuró ella. Miró nuevamente a su alrededor, pero Charles continuaba sin aparecer. Josie pestañeó y se frotó la palma sudorosa de la mano contra el muslo. No había comido nada en todo el día y estaba un poco mareada. Deslizó la mirada hacia Conan. Parecía enfadado, y muy serio también, pero no, aquello no podía ser… –. Si ésta es otra de esas payasadas que tú consideras bromas, puedes estar seguro de que no tiene ninguna gracia –le dijo cortante.
–No es ninguna broma. Es verdad. Ha habido un accidente. Charles está muerto –afirmó.
Josie se quedó mirándolo fijamente mientras desaparecía el color de su rostro.
–¿Un accidente? –se humedeció nerviosa los labios resecos. ¡Charles muerto! No era capaz de imaginárselo. Se llevó el vaso a la boca, terminó el zumo y, por vez primera en toda su vida, se desmayó.
Abrió los ojos minutos después. No estaba segura de dónde estaba ni de lo que había pasado. Sólo era consciente del fuerte brazo que la sujetaba y de lo agradable que le resultaba tener apoyada la cabeza contra aquel musculoso pecho.
Pero no tardó en recobrar la memoria. Alguien había dicho que Charles estaba muerto. Pero era imposible: estaba embarazada de él. Horrorizada por su egoísmo, alzó la cabeza y se desembarazó del brazo de Conan para sentarse en el borde del sofá. Miró a su padre, que estaba a su lado con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza hundida entre las manos. Se volvió hacia Conan. No necesitaba repetir la pregunta. La respuesta estaba en la compasión que reflejaba su mirada.
–¿Es verdad? –preguntó con voz temblorosa.
Conan le tomó las manos y se las estrechó suavemente.
–Lo siento, Josie. Lo siento mucho, pero es verdad.
Josie quería llorar. Debería llorar. Pero las lágrimas se negaban a acudir.
–¿Cómo ha sido? –consiguió preguntar, casi con normalidad.
–No pienses ahora en ello. ¿Te encuentras bien? Ahora eso es lo único que importa –contestó Conan.
–Sí, sí, estoy bien. Pero, por favor, quiero saber lo que ha pasado –exigió mirando alternativamente a los hombres que la rodeaban.
–Creo que debería dejar que mi padre te lo explicara. Estoy seguro de que podrá hacerlo mejor que yo –contestó Conan con una cínica sonrisa mientras se reclinaba en el sofá y deslizaba lentamente la mirada sobre ella.
Josie sintió que el color retornaba a sus mejillas y, por un segundo, recordó la última vez que había visto a Conan. Pero aquél no era momento para pensar en esas cosas, así que decidió prestar atención al Mayor y lo escuchó horrorizada mientras éste confirmaba sus peores temores.
Dos días atrás, mientras conducía un jeep, Charles había pisado una mina antipersonas. Había muerto al instante. La familia había sido avisada ese mismo día, pero como Josie no estaba esa tarde en el trabajo, les había resultado imposible ponerse en contacto con ella.
El nudo que comenzaba a formarse en su garganta amenazaba con ahogarla cuando el Mayor concluyó con estas palabras:
–Así quiso morir siempre. En acto de servicio, al lado de su regimiento. Charles ha sido un auténtico héroe.
Mientras lo escuchaba, en lo único en lo que Josie podía pensar era en el pobre Charles. Dejó a un lado todas sus dudas sobre él para enfrentarse al dolor de su muerte. Charles, aquel atractivo joven rubio de ojos azules, estaba muerto. Era increíble.
–Dime, Josie, ¿es cierto que llevas un hijo de Charles en tus entrañas? –le preguntó el Mayor–. ¿Estás segura?
–Sí, he estado esta misma tarde en el médico; por eso no me habéis localizado en casa –explicó, mientras las lágrimas comenzaban a rodar lentamente por sus mejillas.
–¡Dios mío! Papá, ¿es que no te das cuenta de que esta pobre mujer todavía está en estado de shock? –lo interrumpió Conan con severidad–. ¿Tan desesperado estás que no puedes esperar un momento más adecuado para hacerle ese tipo de preguntas?
El comentario de Conan fue justo lo que Josie necesitaba para dejar de hundirse en un lamentable estado de autocompasión. Podía haber perdido a su novio y estar embarazada, pero no estaba dispuesta a dejar que nadie la llamara «pobre mujer», y menos un demonio arrogante como Conan.
–Yo la llevaré a su casa –la voz de Conan penetró en sus pensamientos. Alzó la cabeza y advirtió la firmeza con la que estaba mirando a su padre–. Es su hija, señor Jamieson. En vez de continuar sentado como si todo el peso del mundo descansara sobre sus hombros, debería intentar cuidarla. Estoy seguro de que en este momento necesita el apoyo de alguien.
–No, no –Josie por fin consiguió reunir fuerzas para hablar. Se levantó de un salto y se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
No era muy alta, medía un metro sesenta aproximadamente, pero tenía un cuerpo perfectamente proporcionado. Su pelo negro azabache caía en una cascada de rizos por su espalda, tenía los ojos violetas y rodeados de largas y espesas pestañas, una nariz perfecta y unos labios delicadamente llenos. Aquel día iba vestida con un sencillo jersey azul, una falda a juego y unos mocasines azul marino, y no parecía tener idea de lo adorable y valiente que se mostraba ante aquellos tres hombres que tenían los ojos fijos sobre ella.
–Estás muy afectada, Josie –dijo Conan mientras se levantaba–. Déjame llevarte a tu casa; tu padre no está en condiciones de conducir.
Posiblemente, pero Josie recordaba demasiado bien lo que había ocurrido la última vez que Conan la había llevado a su casa.
–No, gracias. Yo sí que puedo conducir. Vamos, papá, te llevaré a casa.
–No seas tonta, Josie –repuso Conan agarrándola del brazo–. Estás muy afectada, déjame…
–¡Suéltame! –gritó liberando su brazo bruscamente–. No necesito tu ayuda –se volvió nuevamente hacia su padre–. Vamos papá, quiero marcharme de aquí –estaba a punto de derrumbarse y lo último que le apetecía era hacerlo delante de Conan.
Afortunadamente, su padre por fin comprendió que necesitaba marcharse de allí y decidió irse con ella.
Josie jamás sabría cómo consiguió conducir hasta su casa. Las lágrimas nublaban continuamente sus ojos, aunque no estaba segura de si lloraba por Charles o por sí misma.
Más tarde, esa misma noche, era incapaz de dormir. Los acontecimientos de las últimas semanas pasaban una y otra vez ante sus ojos, concluyendo siempre con la trágica muerte de Charles. Se suponía que su compromiso iba a hacerse público esa misma semana. Pero si era sincera consigo misma, Josie sabía que su intención era cancelar ese compromiso. Pocos días después de que Charles se marchara, se había dado cuenta de que en realidad no lo amaba. Al igual que miles de jóvenes antes que ella, se había dejado cegar por el ideal del amor romántico y había cometido un estúpido error. Sólo cuando había comenzado a sospechar que podía estar embarazada, había sido consciente de la enormidad del error que había cometido. Pero incluso entonces, había decidido que no tenía por qué casarse con Charles. Pensaba explicárselo personalmente en cuanto volvieran a verse, y esperaba que la comprendiera. Pero ya no lo vería nunca más, estaba muerto… En lo más profundo de su subconsciente, sentía un cierto alivio. Al fin y al cabo, se había ahorrado todas las discusiones que una decisión como aquella le habría costado. Sobre todo teniendo en cuenta que su padre y el Mayor habían sido amigos durante años.
Charles y su padre vivían en Beeches Manor House, no lejos de Beeches, el pueblo que daba nombre a la casa. Tras la muerte de la madre de Josie, el padre de ésta había alquilado una granja muy cerca de la vivienda de los Zarcourt. Josie conocía a Charles desde hacía diez años y había estado locamente enamorada de él durante todo ese tiempo. Él no pasaba mucho tiempo en casa, pero antes de ser destinado al extranjero, había regresado durante un mes a Beeches. Había salido con ella unas tres veces durante aquel verano y se suponía que se gustaban, aunque poco más que eso. Hasta la fatal noche de la fiesta de despedida de Charles…
Josie gimió inquieta al recordar lo ocurrido. Había sido la experiencia más humillante de toda su vida.
Aquella noche estaba triste pensando en la marcha de Charles, pero no podía decirse que tuviera el corazón destrozado. Sin embargo, todo había cambiado cuando éste le había pedido que bailara con él, le había hecho beber unas cuantas copas y le había jurado que la amaba y quería casarse con ella, para a continuación llevarla a su dormitorio y finalmente a su cama.
Minutos después, le había palmeado el trasero y se había levantado diciendo:
–Necesito una copa. Espérame aquí, regreso dentro de un minuto.
Era la primera vez que Josie hacía el amor, y si no hubiera bebido tanto, jamás habría accedido a acostarse con Charles. La experiencia no había resultado como esperaba. De hecho, había sido terriblemente decepcionante. Pero lo peor había ocurrido después.
De pronto, se había abierto la puerta. Josie se había sentado precipitadamente en la cama, cubriéndose todo lo posible con la sábana y deseando haberse vestido y marchado. Al mirar hacia la puerta, se había quedado muda de asombro.
–Muy bonito… una broma de Charles, sin duda, pero esta noche no estoy de humor –sonrió cínicamente.
No se trataba de Charles, sino de un completo desconocido. Con la luz apagada, no era capaz de distinguir su rostro, aunque la voz le resultaba vagamente familiar. Pero Josie no tenía tiempo para averiguar quién era. Se había levantado rápidamente, envuelta en la sábana. En ese momento, se había encendido la luz.
–¡Tú! –había exclamado Conan–. ¿Qué diablos estás haciendo aquí?
Josie había gemido al verlo. Era el hombre que había conocido el día de la tómbola. Justo lo que necesitaba: un sofisticado extraño siendo testigo de su caída. Desesperada, se había agachado para recoger sus ropa, pero el entonces desconocido la había agarrado de la muñeca.
–No tan rápido. Creo que me debes una explicación. Después de todo, no todas las noches entra uno en su habitación y se encuentra con una joven en su cama…
–¿Tu habitación? No seas ridículo. Este es el dormitorio de Charles Zarcourt. ¿Quién demonios te crees que eres? –le había preguntado, transformando su miedo en enfado. Se sentía como si estuviera en medio de una pesadilla y fuera a despertarse de un momento a otro.
–Charles no te lo ha dicho. Pero no me sorprende –había inclinado ligeramente la cabeza y había añadido–: Permíteme presentarme: soy Conan Zarcourt, el hermanastro de Charles. ¿Y tú quién eres? –arqueó la ceja con expresión interrogante y esperó.
–Josie… Josie Jamieson –inmediatamente, se había preguntado qué diablos hacía hablando con él. No se había sentido tan pequeña y tan humillada en toda su vida, pero no iba a demostrarlo.
–Bueno, Josie Jamieson. Estoy esperando una explicación… ¿o quizá debería pedírsela a Charles?
–Charles y yo estamos comprometidos y vamos a casarnos, aunque no creo que esto sea asunto tuyo –se había obligado a mirarlo a los ojos–. Es perfectamente normal que una pareja… –le había fallado la voz, estupefacta por la sombría expresión de aquel atractivo rostro.
–¿Pero por qué aquí? ¿En mi cama?
Josie estaba completamente confundida. Charles le había dicho que aquél era su dormitorio, pero no pensaba confesárselo a aquel hombre.
–Y qué más da que sea tu habitación, no la estabas usando…
–Pero quiero hacerlo ahora, jovencita, y sé que mi hermanastro está siempre dispuesto a gastarme todo tipo de bromas –había contestado secamente–. Pero dejemos eso ahora, prefiero que hablemos de tu compromiso. Supongo que no hablas en serio cuando dices que vas a casarte con Charles. ¿Cuántos años tienes? ¿Dieciocho?
–Veinte –había contestado Josie indignada.
–¡Dios mío! ¿Y tienes idea de los que tiene él? Casi cuarenta. Podría ser tu padre.
–Charles me ama y vamos a casarnos. La edad no importa cuando dos personas se quieren –había contestado ella, sin creerse demasiado lo que decía. Se había dirigido al baño. Pero la sábana que la cubría se había enganchado con algo, dejándola parcialmente desnuda.
–Muy bonita –la profunda voz de Conan la había seguido durante su apurado trayecto hasta el baño.
Una vez allí, había cerrado la puerta de golpe. Mientras se vestía, se había dedicado a sí misma todo tipo de insultos, preguntándose al mismo tiempo por qué Charles no le habría presentado a su hermanastro el día que los tres habían coincidido.
–Conan Zarcourt –había pronunciado suavemente su nombre, pensando en lo bien que le sentaba y esperando al mismo tiempo que se desvaneciera tan rápidamente como lo había hecho la vez anterior. No podía pasarse la noche escondida en el baño.
Al cabo de un rato, había salido, rezando para que Conan se hubiera marchado, pero no había habido suerte.
Conan había cambiado el traje con el que había llegado por una camiseta blanca que dejaba al descubierto la firmeza de sus músculos y unos vaqueros ajustados.
Josie inmediatamente había pensado que era mucho más atractivo que Charles.
–¿Estás bien? –le había preguntado Conan bruscamente–. He visto la cama. Ya sé que ésta ha sido tu primera vez. Si ese cana…
–Vaya, vaya, esto sí que es divertido –lo interrumpió una suave voz–. Así que has conocido a mi hermanastro. Siento haber tardado tanto, Josie –llegaba con una botella en la mano.
Josie se había vuelto al oír la voz de Charles y había corrido rápidamente hacia él. Charles la había agarrado por la cintura y le había dado un húmedo beso en los labios.
–Bien, Charles, supongo que debería felicitarte. Josie me ha dicho que vais a casaros. ¿Para cuándo es la boda? –había preguntado Conan con voz sedosa.
–¿Por qué se lo has dicho? –le había preguntado Charles a Josie con evidente enfado.
–No la culpes –había replicado Conan, arrastrando las palabras–. La he obligado a decírmelo. Ya me conoces, Charles, al final siempre lo averiguo todo, y estoy seguro de que en el fondo estabas deseando que lo supiera. No tienes por qué avergonzarte. Al fin y al cabo, somos hermanos, como amablemente me recuerdas a menudo, y papá estará encantado al enterarse de que su hijo mayor se casa.
Y antes de que nadie pudiera poner objeción alguna, Conan los había conducido hasta el estudio de su padre para que Charles anunciara su compromiso.
El Mayor se había mostrado encantado. Charles parecía igualmente complacido y Josie, que en el fondo no se había tomado en serio lo del compromiso, estaba sencillamente confundida. Tanto que cuando Conan había insistido en llevarla a casa porque Charles había bebido demasiado, no se le había ocurrido protestar.
Mientras Conan conducía, Josie iba en el asiento de pasajeros preguntándose cómo diablos habría podido meterse en un lío como aquél. Había mirado a su acompañante de soslayo. Todo había sido culpa suya: si no los hubiera sorprendido y hubiera insistido en anunciarle a su padre su compromiso, aquella noche sólo habría llegado a ser algo digno de olvidar. Pero estaba segura de que el Mayor hablaría con su padre y pronto iba a encontrarse con serios problemas para justificar su conducta.
–Creo que ésta es tu casa –le había dicho Conan fríamente tras detener el coche frente a la granja.
Josie se había quitado precipitadamente el cinturón y se había dispuesto a abrir la puerta.
–¡Espera! –le había ordenado Conan, se había inclinado hacia delante y había tomado su mano.
–¿Por qué? Creo que esta noche ya has hecho suficiente –estaba agotada. Cuando Conan había deslizado la mano por su brazo desnudo, su piel había reaccionado como si la hubiera tocado con un hierro al rojo vivo.
–No tan rápido. Al fin y al cabo, pronto vamos a ser parientes. ¿No me merezco al menos un beso de hermanos?
Y antes de que Josie pudiera darse cuenta de lo que pretendía, Conan había deslizado un brazo por su cintura mientras apartaba los rizos de su rostro con la otra mano. Y de pronto, la había besado con una pasión tan intensa, que inmediatamente había despertado la respuesta de la joven. Josie estaba demasiado asombrada por su audacia para hacer algo que no fuera someterse a las expertas demandas de su boca.
–Sólo quería que tuvieras algo con lo que comparar, Josie. No tengas demasiada prisa en casarte. No tienes por qué hacerlo con el primer hombre con el que has hecho el amor.
–¿Cómo…?
–No importa, pero recuerda que hay muchos otros peces en el mar. Y créeme, no tienes una sola posibilidad de ser feliz con Charles –la había acompañado hasta la puerta de su casa y se había marchado.
Al recordar lo ocurrido, Josie suspiró pesadamente. Conan se equivocaba, pensó, mientras la luz del amanecer comenzaba a inundar su dormitorio. No había muchos peces en el mar, al menos para ella. Estaba embarazada, destinada a ser una madre soltera. Pero por primera vez desde que lo había descubierto, se dio cuenta de que no le importaba. La idea de tener un hijo le resultaba de hecho tan reconfortante que pensando en ello se quedó dormida.
Al cabo de unas horas, abrió nuevamente los ojos.
–Papá –musitó al ver a su padre sentado al lado de la cama.
–¿Cómo te encuentras, Josephine? –preguntó su padre preocupado, fijando la mirada en el pálido rostro de su hija.
–Estoy bien –contestó sonriente. Su padre era la única persona que la llamaba «Josephine». Pero la sonrisa desapareció de su rostro al recordar las noticias del día anterior–. ¿Qué hora es? –preguntó, intentando ocultar su tristeza tras una pregunta intrascendente.
–Cerca de las diez y media.
–¡Oh, Dios mío, llegaré tarde al trabajo!
–No, ya he llamado a la oficina y les he dicho que tienes una terrible jaqueca.
–Pero si yo nunca tengo jaquecas.
–Oh, Josephine, ¿y eso qué importa? –su padre suspiró y se levantó de la silla para sentarse en la cama. Le tomó la mano–. Lo siento, sé lo difícil que tiene que ser para ti haber perdido a Charles tan trágicamente. Recuerdo el dolor que sentí cuando murió tu madre. Todo esto es culpa mía. Si hubiera sido un padre mejor, si te hubiera dado el apoyo que necesitabas, esto jamás habría pasado.
Las palabras de su padre hicieron que Josie se sintiera infinitamente peor. No podía soportar que se culpara a sí mismo por lo ocurrido. Las lágrimas inundaron sus ojos.
–Oh, papá –suspiró, con los ojos llenos de lágrimas.
–Chss, Josephine, no llores –musitó su padre, secándole la lágrima con el pañuelo–. Conseguiremos que todo salga bien.
–Eso espero –contestó con un susurro. Lloraba más por su padre que por ella misma. Josie sabía que podría salir adelante. Pero su padre era un hombre chapado a la antigua que consideraba toda una desgracia que una mujer fuera madre soltera.
–Confía en mí, Josephine. Todo saldrá bien. Tómate el tiempo que necesites, lávate la cara, vístete y baja. Conan está aquí y quiera hablar contigo… supongo que sobre los arreglos del funeral –le estrechó cariñosamente la mano y salió.
¡Conan! ¿Qué diablos querría? Josie no era capaz de imaginarse por qué querría hablar con ella de nada referente al funeral. Pero al menos fue un aliciente para levantarse de la cama. Se lavó rápidamente, se puso unos pantalones grises y un jersey negro y bajó dispuesta a encontrarse con Conan.
Capítulo 2
CUANDO llegó al final de las escaleras, se interrumpió bruscamente, tomó aire y, con un gesto decidido, abrió la puerta del salón.
–¡Josie! ¿Qué tal te encuentras hoy? –Conan deslizó la mirada sobre ella, deteniéndose durante una fracción de segundo en sus senos.
Su convencional y amable recibimiento no confundió a Josie ni por un instante. Dudaba además seriamente de que hubiera ido hasta allí para expresarle sus condolencias. Conan nunca había aprobado su relación con Charles y estaba segura de que jamás habría perdido el tiempo con una joven como ella si no hubiera sido porque el Mayor lo había enviado.
Conan estaba de pie en medio de la habitación. Iba vestido con un jersey de lana blanca y unos vaqueros negros, una combinación de colores que realzaba la fuerza de su ya de por sí seductora imagen. Josie sintió al verlo un estremecimiento que poco tenía que ver con el miedo.
–Muy bien, gracias –contestó, luchando contra la extraña sensación provocada por aquel hombre. Al reparar en la cínica sonrisa que curvaba sus labios, se dio cuenta de lo insensible que debía haber parecido su respuesta–. Bueno, evidentemente, no tan bien –se corrigió–. Quiero decir que… Charles ha muerto, y… Bueno… Supongo que quieres que hablemos del funeral…
–Chss. Te comprendo… –caminó hacia ella. Josie intentó retroceder, pero el armario se lo impedía.
Conan advirtió su reacción. Su dura boca se curvó débilmente mientras se acercaba al sillón más cercano y tomaba asiento. Miró a Josie y señaló el sofá que había frente a él.
–Por favor, Josie, siéntate. No tienes nada que temer. Sólo quiero hablar contigo –Josie lo miró con recelo–. Aparte del funeral, hay algo más de lo que me gustará hablar contigo, y creo que te interesará escucharlo.
Josie enderezó los hombros y se sentó en el sofá.
–No sé de qué puedes querer hablar conmigo, pero te escucho.
–Sé que esto va a ser difícil para ti cuando acabas de enterarte de la muerte de Charles. Pero he estado hablando con mi padre y los dos estamos de acuerdo en que, en las presentes circunstancias, lo mejor es que nos casemos lo antes posible.
Josie se quedó boquiabierta. No daba crédito a lo que acababa de oír.
–¿Casarme contigo? ¡Debes de estar loco! –exclamó. Tenía que tratarse de una broma. Pero ni siquiera Conan podía ser tan cruel. Además, la frialdad de su mirada era la mejor muestra de que estaba hablando completamente en serio.
–No estoy loco, Josie. Simplemente soy un hombre práctico.
Josie inclinó la cabeza, eludiendo la determinación de su mirada. ¿Qué demonios pretendería? ¿Por qué iba a querer casarse con ella?
–¿Por qué? –se oyó preguntar a sí misma, e inmediatamente se corrigió–. No, definitivamente no. Charles era el… –no pudo continuar porque Conan la interrumpió.
–Ya sé que Charles era el hombre al que amabas –en realidad lo que Josie había estado a punto de decir era que era el padre de su hijo–. Pero tenemos que pensar en la vida, no en la muerte. Vas a tener un hijo. Un Zarcourt. Seguramente eres consciente de que al confesar delante de mi padre que estabas embarazada perdiste toda posibilidad de tomar alguna decisión sobre tu embarazo.
–¿A qué te refieres exactamente?
–A la posibilidad de abortar. Al fin y al cabo, sólo puedes estar embarazada de unas cuantas semanas.
–Seis, exactamente –replicó furiosa–. Y si el Mayor quiere que aborte, por mí puede irse al infierno.
–Lo que mi padre quiere, Josie, es a ese niño. Y supongo que a estas alturas ya sabes que mi padre consigue todo lo que desea. El dolor por la muerte de su hijo sólo se le está haciendo soportable por el hecho de que llevas en tu vientre a su nieto. Y mi padre no va a consentir que ese niño crezca siendo el hijo de una madre soltera.
Josie estaba un tanto sorprendida por sus palabras, pero conociendo al Mayor, sabía que era verdad. Lo que no podía comprender era por qué Conan se había mostrado de acuerdo con su padre. Era evidente, incluso para ella, que apenas lo conocía, que Conan no se llevaba bien con él. Aquel verano Josie había visto a Conan por vez primera, lo que indicaba que tenía poco contacto con su familia.
–Pero supongo que tú no estarás de acuerdo con él, ¿no? Al fin y al cabo, todo esto no es asunto tuyo. Tú ni siquiera vives aquí.
–No, no vivo aquí, pero debería hacerlo –respondió con amargura y preguntó sorpresivamente–: ¿A ti te gusta vivir en esta casa, Josie?
–Sí, claro que me gusta –contestó Josie, incapaz de adivinar el sentido que podía tener aquella pregunta.
–Esta granja era la casa familiar del Mayor. Él vivió aquí con su primera esposa. Charles nació aquí. Supongo que no te lo contó, ¿verdad? –le preguntó con una lúgubre sonrisa.
–No, él no lo hizo –replicó Josie, confusa.
–No me sorprende. A pesar de que le encanta que la gente lo crea, mi padre no siempre fue el dueño de Beeches Manor. Consiguió hacerse con la propiedad al casarse con mi madre. Quizá, si te explico la historia de la familia, puedas llegar a comprender por qué quiero casarme contigo.
Josie deseaba que lo hiciera. No podía comprender qué podía obtener él de todo aquello.
–Mi nombre completo es Conan Devine Zarcourt –continuó explicándole–. Conan es un nombre celta, significa sabiduría, y Devine era el apellido de soltera de mi madre. Durante siglos, los Devine fueron los propietarios de Beeches Manor, pero mi abuelo y mi madre fueron los últimos descendientes de ese apellido. Cuando mi madre se casó con el Mayor, éste y Charles se fueron a vivir con mi madre y mi abuelo y alquilaron la casa en la que ahora vives. Yo nací un año después de la boda, y creo que poco tiempo después mi madre se dio cuenta de que había cometido un error.
–Cuando era niño –prosiguió–, no era consciente de que había algo raro en la relación de mis padres. Entonces mi abuelo todavía vivía, y la frialdad que mostraba mi padre hacia mí era sustituida con creces por el amor que él me prodigaba. Además, mi madre me envió a un internado cuanto tenía siete años.
–Debió de ser terrible para ti –se compadeció Josie.
–Siento desilusionarte, pero te equivocas –contestó Conan, rechazando su compasión–. Mis padres y yo nunca estuvimos muy unidos. Era a mi abuelo a quien echaba de menos. Durante años, crecí con la seguridad de que la casa algún día sería mía. Mi abuelo nunca dejaba de decírmelo. Murió cuando yo tenía once años, pero, desgraciadamente, hacía años que había cedido la propiedad de la casa a mi madre para evitar problemas legales cuando muriera, aunque había dejado muy claro que la vivienda siempre debería pertenecer a un Devine. Pero mi madre tenía otras ideas en la cabeza. En cuanto mi abuelo murió, huyó con su amante. Al parecer, en su desesperación por obtener un divorcio rápido, se mostró de acuerdo en romper la promesa que le había hecho a mi abuelo y en dejarle la casa al Mayor. Ahora creo que vive en Nueva Zelanda.
–¿Pero cómo pudo hacer algo así?
–Muy fácilmente. Cuando cumplí dieciocho años, mi padre me contó toda la historia. Me explicó que se había casado con mi madre para conseguir la casa y que yo fui un error, una complicación que no necesitaba. Llegó incluso a cuestionar mi paternidad. Evidentemente, pensaba legar la casa a su hijo mayor.
–Me cuesta creer que tu madre o el Mayor se hayan comportado así.
–Ah, Josie. Siempre tiendes a pensar lo mejor de los demás. Ése es uno de tus múltiples encantos –contestó Conan con una irónica sonrisa, antes de añadir–: Pero créeme, todo lo que te he contado es absolutamente cierto. Ahora, con tu ayuda, tengo la oportunidad de recuperar mi herencia, y pretendo hacerlo…
–Pero si Charles ha muerto, ahora eres tú el único heredero –comentó Josie prudentemente. Debía de estar todavía muy afectada por todo lo sucedido, porque tenía la sensación de que había perdido el hilo de la argumentación en alguna parte. Pero no quería embrollar más las cosas. Ya tenía suficiente con sus problemas–. Todo esto me parece muy interesante, pero no tiene nada que ver conmigo.
Con un rápido movimiento, Conan se sentó a su lado. Su cercanía la ponía nerviosa. Su cuerpo se tensó cuando Conan la tomó por la barbilla y le hizo volverse hacia él para escrutar su rostro.
–Todo esto tiene que ver contigo. Sé lo mal que lo estás pasando, Josie, y haría cualquier cosa para evitarte más sufrimiento, puedes creerme. Pero sólo estoy reclamando algo que me pertenece y tú eres el medio que tengo para conseguirlo.
Un escalofrío recorrió la espalda de Josie.
–Además, tenemos que actuar rápidamente –continuó diciendo Conan–. Desgraciadamente, en tu estado el paso del tiempo no lo tenemos a nuestro favor.
Josie hizo una mueca ante aquella observación.
–Déjame explicártelo detenidamente. El Mayor y yo tuvimos anoche una larga conversación e hicimos un trato. Si me caso contigo y le doy a tu hijo el apellido Zarcourt, él me devolverá inmediatamente la herencia. Si decides permanecer soltera, tú serás su heredera, siempre y cuando tengas un hijo varón. En caso contrario, lo cederá todo a la iglesia…
Josie no era capaz de decir una sola palabra. Se limitaba a mirar a Conan completamente asombrada. ¡No podía estar hablando en serio!
–¿Entonces estás de acuerdo? ¿Te casarás conmigo? –preguntó Conan, agarrándola por los hombros–. O quizá tu alma de mercenaria prefiera tener la oportunidad de dar a luz un hijo y así poder quedártelo todo –añadió con cinismo.
–¡No tengo absolutamente nada de mercenaria! –la indignación la ayudó a recuperar la voz.
–En ese caso, Josie, ¿qué diferencia puede haber? Un Zarcourt puede ser tan buen padre de tu hijo como cualquier otro, y por lo menos de esa forma ese pobre niño podrá seguir formando parte de la familia.
Josie apenas podía respirar ante la brutalidad de aquel comentario.
–Todo esto es una completa estupidez. No puedes presentarte en mi casa y decirme que quieres casarte conmigo para recuperar tu herencia. En cualquier caso, lo que ha sugerido el Mayor no es justo. Tú eres su hijo y como tal tienes derecho a esa casa. No deberías verte forzado a casarte conmigo para conseguirla.
–En este mundo hay muchas cosas que no son justas, Josie, como creo que pronto comenzarás a averiguar –replicó secamente antes de añadir–: Pero puedes estar segura de que no me siento en absoluto forzado. Quiero casarme contigo. Eres una joven adorable y encuentro más de un centenar de razones para desear que seas mi esposa.
Josie cerró los ojos durante un segundo. Sus palabras le habían hecho recordar lo desesperado de su situación. Cuando abrió los ojos, descubrió a Conan observándola. En la expresión de sus ojos, había algo que no acertaba a nombrar, pero que estuvo a punto de impulsarla a aceptar su ofrecimiento. Casándose con él resolvería todos sus problemas. Pero el recuerdo de la noche que había pasado con Charles irrumpió en ese momento en su mente. No quería repetir la experiencia, no podía…
–¿Qué dices Josie? Ayúdame y te prometo que os cuidaré lo mejor que pueda a ti y a tu hijo.
–No podría. Apenas te conozco. Yo… Bueno… El caso es….
–Si lo que te preocupa es tener que acostarte conmigo, olvídalo. No puedo decir que no me gustaría que lo hicieras –sonrió con descaro–, pero te prometo que jamás soñaría en hacer contigo nada que no quisieras. Te doy mi palabra.
Josie no estaba segura de si debía creerle. No creía que Conan fuera un hombre capaz de mantenerse célibe durante mucho tiempo. De modo que si estaba dispuesto a un matrimonio sin sexo, eso sólo podía significar que tenía una amante en alguna parte.
–Pero un hombre de tu edad debe de tener alguna mujer en su vida. Una mujer a la que no le gustaría que te casaras con una completa desconocida –Josie era consciente de las limitaciones de su experiencia, pero no era ninguna estúpida. Dudaba seriamente que Conan viviera como un monje.
–No, no hay nadie realmente importante, pero si lo que estás haciendo es preguntar por mi vida sexual, digamos que he tenido dos relaciones algo duraderas, y en ninguno de los dos casos he vivido con la mujer en cuestión –tenía la mirada fija en el sonrojado rostro de la joven–. Tú, por tu parte, vivirías conmigo cuando estuviéramos casados, y podrías contar con mi fidelidad de la misma manera que yo con la tuya. ¿Satisfecha?
–Siempre y cuando compartir tu casa no signifique tener que compartir también tu cama.
–Estupendo. Ya sabía yo que al final te mostrarías razonable. Y ahora, si no tienes más preguntas que hacerme, yo me ocuparé de arreglarlo todo.
–Espera un minuto. Todavía no he dicho que esté dispuesta a casarme contigo. Necesito tiempo para pensar.
–Tómate todo el tiempo que quieras –miró el reloj de oro que llevaba en la muñeca–. Siempre y cuando no sean más de sesenta segundos.
Qué hombre tan endiabladamente arrogante, pensó Josie. Pero también pensó en su padre y en las preocupaciones que le estaba causando. Y en el niño que estaba a punto de nacer. Qué fácil habría sido trasladar a otro todos sus problemas. Y Conan parecía suficientemente fuerte como para soportarlos. Pero, y era un gran pero, no estaba enamorada de Conan y Conan no estaba enamorada de ella. Sin embargo, había creído estar enamorada de Charles, y ése había sido el origen de todos sus problemas.
Lo verdaderamente preocupante era que no parecía tener escapatoria. Si se negaba a casarse con Conan y al final tenía un hijo, la propiedad estaría en sus manos, y parecería la más calculadora de las cazafortunas. Pero si se casaba con Conan sólo por el bien del bebé, tampoco iba a convertirse en un modelo de moralidad.
Ella quería lo mejor para su hijo, y si eso significaba tener que vivir con Conan durante un año estaba dispuesta a hacerlo. Recordó a su padre culpándose por lo sucedido y comprendió que éste se quedaría mucho más tranquilo si se casaba. El Mayor y Conan también quedarían satisfechos y, siendo realista, su primera experiencia sexual no le había dejado muchas ganas de repetir. No se veía a sí misma enamorándose y casándose con nadie…
–Si, y digo si, me mostrara de acuerdo, necesitaría conocer muchos más detalles del acuerdo. Por ejemplo, yo trabajo.
Conan le tomó la mano y se la apretó con entusiasmo.
–Josie, ya sé que trabajas y jamás pondría ninguna dificultad a tu carrera profesional. Estás viendo inconvenientes donde no los hay. Nuestro matrimonio sería un matrimonio de conveniencia.
–Un matrimonio de conveniencia –musitó Josie. Le gustaba como sonaba–. Sería como una especie de acuerdo de negocios –alzó la mirada hacia él.
–Por supuesto –le confirmó con mirada chispeante.
–En ese caso, de acuerdo –sería capaz de soportarlo, aunque sólo fuera por el bien del bebé.
–Estupendo. Me alegro de que al final hayamos estado de acuerdo. Ahora, por el bien del Mayor y de tu propio padre, evidentemente, será mejor que te vengas a vivir a mi casa de Londres hasta que nazca el bebé.
–Espera un minuto. Pensaba que querías vivir en la casa de tu padre, y que yo no tendría ningún problema en conservar mi trabajo.
Conan se reclinó en el sofá.
–Quiero la casa, ¿pero te has fijado en qué estado se encuentra? Mi padre no ha invertido un solo penique en ella desde hace años. Necesita una revisión completa y hasta que se haya llevado a cabo, Londres es el lugar más indicado para vivir. En cuanto a tu trabajo, lo que yo he dicho ha sido que jamás pondría inconvenientes al desarrollo de tu carrera profesional. En cualquier caso, tendrías que dejar tu actual trabajo dentro de unos meses, y no necesito decirte los rumores que podría haber por los alrededores.
En eso tenía razón y aunque Josie era inmune a los rumores, era consciente de que a su padre y a Conan sí podrían importarles.
–¿Y tú en qué trabajas? –preguntó, repentinamente consciente de lo poco que sabía sobre su futuro marido.
–Vamos, Josie, seguro que lo sabes.
–No, no lo sé.
–Trabajo en un banco. Un banco comercial.
–Oh, mi padre también estuvo trabajando en un banco comercial hasta que se retiró –y algo le decía que Conan y su padre compartían algo más que su trabajo.
–El banco es mío.
–¿Qué? –exclamó Josie asombrada.
–Mi abuelo me dejó un buen paquete de acciones. A los veintiún años me fui a Londres, trabajé duramente, tuve oportunidad de comprar la mayor parte de las acciones del banco y lo hice. Abrí sucursales en Chicago, Nueva York y Los Ángeles. Ésa es la razón por la que he pasado los últimos años de mi vida en los Estados Unidos.
–Debes de ser muy rico… No lo sabía.
Conan sonrió ante su asombro.
–Supongo que no tenías ningún motivo para saberlo. El Mayor parece creer que trabajar en Londres es poco menos que un descrédito –se burló–. Pero supongo que alguno de nuestra familia tiene que ganar dinero.
–¿Tú mantenías a Charles y a tu…? –Conan la interrumpió antes de que hubiera terminado de formular la pregunta.
–Por el amor de Dios, Josie, ¿no podemos centrarnos en nuestro tema de conversación? –se levantó bruscamente y tras dar un corto paseo por la habitación, se detuvo frente a Josie con una expresión indescifrable–. ¿Cuánta gente estaba enterada de tu compromiso con Charles?
–Nadie –contestó.
–¿Nadie? –preguntó Conan con cinismo–. ¿Ni siquiera tus compañeros de trabajo o tus amigos?
–No –Josie se sonrojó e intentó justificar rápidamente su reticencia a anunciar el compromiso–. Tú estabas presente la noche en que Charles anunció el compromiso a tu padre… Bueno, se suponía que volvía hoy y que… –bajó los ojos, evitando la mirada de Conan.
–Me sorprendes. ¡Una mujer capaz de guardar un secreto sobre su vida privada! Pensaba que habrías anunciado a bombo y platillo que habías atrapado al soltero más codiciado del condado.
–Siento desilusionarte, pero no lo hice –ni por un millón de libras habría admitido que además pretendía anular el compromiso.
–Entonces, sólo tu padre y el Mayor sabían que estabas comprometida con Charles. ¿Estás completamente segura?
–Sí –repitió.
–Magnífico –asomó a sus ojos un brillo triunfal–. Y como apostaría cualquier cosa a que Charles no se lo mencionó a nadie, todo va a resultar mucho más fácil –se metió la mano en el bolsillo y buscó algo en su interior.
¿Por qué estaría tan seguro de que Charles había mantenido el secreto?, se preguntó Josie, pero se distrajo al seguir involuntariamente el curso de la mano de Conan y advertir cómo se dibujaba su sexo contra la tela del pantalón. Pasmada por la dirección que estaban tomando sus pensamientos, se levantó y pasó por delante de él con el rostro rojo como la grana.
–¿Por qué va a resultar mucho más fácil?
Conan sacó una cajita del bolsillo del pantalón.
–Es muy sencillo, Josie –abrió la caja, le tomó la mano y deslizó en ella un exquisito solitario.
Josie miró la sortija, alzó la mirada hacia Conan y volvió a mirar la sortija.
–Pero…
–Nada de peros, Josie. Estamos comprometidos. Si alguien pregunta, nos conocimos en agosto, en la tómbola de caridad. Ayer comiste conmigo y nos comprometimos. Después, ya puedes imaginarte nuestro horror cuando regresamos a casa y nos enteramos de que Charles había muerto. Todo encaja perfectamente. El martes asistiremos al funeral convertidos ya en pareja y tendremos la excusa perfecta para organizar una ceremonia sencilla. Se supone que estaremos de duelo por Charles.
Hasta ese momento, Josie había pensado que Conan era un hombre cruel, pero tras oírlo, tenía la plena seguridad de que era un auténtico diablo.
–¿Y el médico al que he ido?
–No creo que eso importe. ¿Cuánto tiempo estuviste en la clínica? ¿Una hora, dos? ¿Le dijiste al médico el nombre del padre? Algo me dice que no.
Y volvía a tener razón. Josie había ido a Oxford, donde nadie la conocía, y había pasado la mayor parte de la tarde en un café, intentando decidir lo que debía hacer.
–No, no se lo dije –admitió, y cerró los ojos, entristecida por el recuerdo de la muerte de Charles. Cuando volvió a abrirlos, Conan, que estaba estudiando atentamente su rostro, le tomó la mano y se la llevó a los labios.
–No te preocupes, Josie. No te arrepentirás de casarte conmigo, y es lo mejor para todos. Créeme.
Josie apartó la mano; el contacto de sus labios sobre su piel la había afectado más de lo que quería admitir.
–Oh, te creo. Conseguirás que todo salga maravillosamente bien –contestó con sarcasmo–. Y además, siempre podremos divorciarnos cuando… –se interrumpió bruscamente; le parecía demasiado cruel hablar en ese momento de la muerte del Mayor, o de su herencia.
–Tienes razón –confirmó Conan con sarcasmo–, pero antes tendremos que casarnos, ¿no te parece?
–Sí.
–Magnífico. No sabes cuánto me alegro de que nos hayamos entendido. Ahora tengo que dejarte, pero vendré a buscarte para que vayamos a cenar el lunes por la noche. Como te he dicho, el funeral es el martes e iremos juntos.
Josie no tuvo oportunidad de contestar porque su padre entró en ese momento en el salón.
–¿Cuándo es el funeral? ¿Ya está todo organizado?
–Sí, señor Jamieson. El martes a las dos. Pero ahora tenemos que hablarle de algo –la tomó por la cintura–. Su hija ha tenido la amabilidad de aceptar ser mi esposa y quisiera contar con su bendición.
–¿Es eso cierto, Josephine? ¿Te has comprometido con Conan? –su padre la miraba estupefacto–. ¿Estás segura de que sabes lo que estás haciendo?
–Sí, claro que sí papá –dijo, forzando una sonrisa.
–Quiero a su hija, señor Jamieson –miró a Josie a los ojos–, y hoy me ha convertido en el hombre más feliz de la tierra.
Josie miró a su padre, convencida de que Conan no habría conseguido engañarle, pero pronto comprendió lo equivocada que estaba.
–¿De verdad crees que podrás ser feliz casándote con Conan? No tienes por qué precipitar una boda en un momento como éste…
–Pero quiero hacerlo. No tengo ninguna duda, papá: adoro a Conan.
–Bueno, si estás tan segura. Y parece que tienes mejor aspecto. El color ha vuelto a tu rostro.
El color era el resultado de la combinación de su enfado y la cercanía de Conan, pero, por supuesto, no iba a desilusionar a su padre.
–En ese caso, Conan, claro que cuentas con mi bendición.
Josie miró el rostro sonriente de su padre, cada vez más sorprendida por su ceguera.
–Me alegro mucho por vosotros. La muerte de Charles ha sido una tragedia, pero no tiene ningún sentido añadir una tragedia más a la desgracia. Josephine es una chica afortunada –se acercó a su hija para darle un abrazo–. Es un milagro, Josephine. Ya te dije yo que todo saldría bien. Por cierto, hija, ¿has visto dónde he dejado el periódico?
Josephine se acercó a la mesa en la que su padre solía dejar el diario pensando en cuánto le gustaría pegarle en la cabeza con él. Por mucho que adorara a su padre, éste no dejaba de ser un machista; su opinión no importaba en absoluto al lado de la de Conan. Le dirigió a su padre una mirada cargada de exasperación, advirtiendo de paso el brillo de humor que iluminaba los ojos de Conan.
–Déjame acompañarte a la puerta –le dijo a Conan, deseando que se marchara cuanto antes.
–Cuando me dirigía esta mañana hacia aquí, dudaba que quisieras siquiera escucharme –le confió Conan cuando estaban en la puerta–. Me ha sorprendido descubrir que tienes más sentido común del que pensaba, y estoy encantado de que te hayas mostrado de acuerdo en ser mi esposa.
–Bueno, al fin y al cabo, se trata únicamente de una especie de negocio.
–Por supuesto. En cualquier caso, ten cuidado con la sortija, era de mi abuela –y le dirigió una mirada tan posesiva, que la joven se estremeció en su interior, preguntándose si sus intenciones serían realmente platónicas. En ese momento, Conan la agarró por la muñeca, le colocó el brazo en la espalda y la obligó a acercarse a él.
–¿Qué…? –comenzó a preguntar mientras intentaba liberarse.
–No te asustes, Josie. Sólo quiero sellar nuestro acuerdo con un beso –inclinó la cabeza y buscó sus labios.
Para vergüenza de Josie, su traicionero cuerpo reaccionó al instante, pero sobreponiéndose a la sorpresa, apartó la cabeza y posó las manos en su pecho para empujarlo.
–Recuerda, el nuestro sólo será un matrimonio de conveniencia. Tú mismo lo has dicho.
–Es cierto, pero deberemos dar la imagen de una pareja de enamorados. Por lo menos hasta que nazca el bebé. Los besos serán inevitables, y me parece que necesitas algo de práctica –replicó riendo–. Te veré el lunes –y sin más se marchó.
Josie se quedó observándolo mientras se alejaba con la terrible sensación de haber cometido el error más grande de toda su vida.
Pulsuz fraqment bitdi.