Kitabı oxu: «Para una refundación del Marxismo»

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Para una refundación del marxismo

Reflexiones sobre El Capital, el Estado-mundo y el régimen neoliberal

Jacques Bidet (Edición e introducción de Ricardo Bernal Lugo)


2020 Primera edición electrónica

© Jacques Bidet, © Ricardo Bernal Lugo

© Ricardo Bernal Lugo y María Álvarez, por la traducción

© Contraste Editorial S. A. de C. V.

I. Ramírez 4, Chilpancingo, Guerrero, 39000

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Contacto: contrasteeditorial@hotmail.com

Diseño de la portada: © Arq. Juan Carlos Rendón Alarcón

Imagen de la portada: © Contraste Editorial S. A. de C. V.

eISBN 978-607-97617-7-6

Reservados todos los derechos conforme a la ley

Hecho en México

Tabla de contenido

Introducción. Jacques Bidet, enmendar una ausencia

El Capital, ¿una teoría crítica?

El Estado-mundo

Pensar a Marx con Foucault y a Foucault con Marx

El Neoliberalismo frente a sus Sujetos, aproximación metaestructural

Sobre Jacques Bidet

Sobre el editor

Introducción. Jacques Bidet, enmendar una ausencia

Ricardo Bernal Lugo

El siguiente libro presenta cuatro textos de Jacques Bidet hasta ahora inéditos en español. Las líneas que componen estos trabajos dan testimonio de los aportes teóricos desarrollados por el pensador francés en las últimas tres décadas. Como director de la revista francesa Actuel Marx durante más de 20 años, Bidet entabló un diálogo permanente con los más diversos intérpretes de la obra del alemán, conformando así una propuesta teórica sólida y original. A pesar de que su obra principal, Refundación del marxismo. Explicación y reconstrucción de El Capital (2007), se encuentra traducida al español, al igual que el libro Altermarxismo (2007), escrito en colaboración con Gérard Duménil, buena parte de los trabajos de Bidet no son accesibles para el público hispanohablante; en particular, sus libros más recientes L´État-monde (2011), Foucault avec Marx (2014), Le néolibéralisme, une autre grande récit (2016), pero también Théorie générale (1999), una de sus obras más ambiciosas. Aunque de forma parcial, este libro intenta llenar el hueco que en nuestro panorama intelectual ha provocado la ausencia de una de las reflexiones más lúcidas sobre la actualidad de Marx. De esta manera, si se nos permite la expresión, este libro tiene el propósito de enmendar una ausencia.1

En esta introducción nos limitaremos a señalar algunas ideas claves desarrolladas por Bidet a lo largo de los textos aquí reunidos. No buscamos profundizar en los planteamientos del francés, sino facilitar la lectura de algunos pasajes que pueden resultar complicados para el lector menos familiarizado con su aparato conceptual. Quien tenga un contacto cercano con la obra de Marx, con su influencia en disciplinas como la sociología, la filosofía o la economía, puede prescindir de estas páginas e ir directo a los textos del autor. En todo caso, los siguientes párrafos pueden servir como hilo conductor de algunas de las reflexiones que, con matices distintos, reaparecen en los artículos de Bidet aquí reunidos. Veamos.

En línea de continuidad con el trabajo realizado por Althusser en la década de 1960, Bidet dirige su atención al Marx de El Capital, poniendo especial énfasis en la reescritura constante de cada una de las ediciones de esta obra. Como él mismo afirma en la introducción de su primer libro, Que faire du Capital? (1985), Marx no se limitó a perfeccionar una misma intuición durante toda su trayectoria intelectual, sino que procedió como normalmente lo hace el científico: corrigiéndose a sí mismo una y otra vez hasta definir mejor sus objetos y controlar plenamente sus conceptos. En ese sentido, el francés se opone a aquellas lecturas de corte filosófico que tratan de encontrar la esencia de El Capital en los Grundisse.

Ahora bien, Bidet se interesa particularmente en la Sección 1 del primer tomo de El Capital, motivo de infinitas discusiones en la historia del marxismo. Ciertamente, en las primeras ediciones de esta obra Marx le abre la puerta a un tipo de lectura que interpretaría la Sección 3 como el desarrollo dialéctico de los elementos presentados en la Sección 1; sin embargo, el análisis detallado de las últimas ediciones -sobre todo de la edición francesa, enteramente revisada por Marx- desautoriza esta lectura. El pasaje de la Sección 1 a la Sección 3 no puede ser comprendido en términos dialécticos, pero tampoco como si se tratara del paso de un momento “fenoménico” a uno “esencial”, tal como suelen interpretarlo algunos filósofos que ignoran las implicaciones jurídico-políticas de la primera Sección.

En efecto, según Bidet, la Sección 1 no tiene como objeto la circulación, entendida como la superficie del capitalismo, sino la lógica de la producción mercantil. Los conceptos que ahí se ponen en juego no describen una realidad fenoménica cuya esencia se expresaría en la producción, sino la racionalidad que subyace al intercambio de mercancías efectuado por productores independientes. Es verdad que Marx nunca termina de controlar los conceptos de esta parte de la exposición, sin embargo, una aproximación teórica no debe elevar las inconsistencias al rango de dogma, sino seguir el hilo de la exposición para mostrar las consecuencias lógicas de las categorías que ahí se ponen en juego.

Así, a pesar de su título, la Sección 1 no tendría por objeto la “mercancía” sino la racionalidad interna a la dinámica de concurrencia entre productores independientes, quienes son incitados a producir las mercancías demandadas en el mercado en el menor tiempo posible. La teoría del valor, por tanto, nos permite dar cuenta de las exigencias que la concurrencia mercantil le impone al proceso productivo, a saber: los productores se ven obligados a elevar la productividad hasta igualar el tiempo de trabajo socialmente necesario para la realización de una misma mercancía. Como se puede observar, los conceptos implicados en esta Sección no sólo hacen referencia a la circulación, sino que aluden a la relación entre el mercado y el proceso productivo.

Pero eso no es todo, la explicación de la lógica de producción mercantil también implica una serie de conceptos de carácter jurídico-político. En efecto, el intercambio de mercancías descrito en la Sección 1 presupone condiciones de igualdad jurídica y libertad de compra-venta, las cuales son correlativas a la consolidación de una instancia organizativa de carácter más o menos centralizado. Así, si atendemos las exigencias conceptuales de la Sección 1, la “infraestructura” económica y la “superestructura” jurídico-política se encuentran indisociablemente ligadas desde el comienzo. De esta forma, el inicio de El Capital tendría como objeto este entramado económico, jurídico y político, en el que supuestamente la libertad y la igualdad se encuentran ligadas a la racionalidad de la lógica mercantil. Sin embargo, aún queda por aclarar cuál es el estatuto de aquello que se describe en este momento de la exposición.

A partir de la Sección 3 Marx pasa de la descripción de la lógica de producción mercantil al análisis de la estructura del modo de producción capitalista, un objeto de estudio que sólo puede ser clarificado si se toma en cuenta la mercantilización de la fuerza de trabajo. Solamente cuando llegamos a esta parte de la exposición descubrimos que el “plusvalor” es el resultado de un excedente producido por los trabajadores, del cual, sin embargo, se apropian los dueños de los medios de producción. Así, lo que hasta entonces había sido considerado en términos de relaciones entre individuos deberá ser considerado en función de las relaciones entre clases. Pero una vez que pasamos al análisis teórico de la estructura de clase capitalista y, por ende, del “plusvalor”, la libertad, la igualdad y la racionalidad implicadas en la lógica de producción mercantil se invierten: la explotación de la fuerza de trabajo pone de manifiesto que las sociedades capitalistas se sostienen en una división de clases que hace prevalecer condiciones de desigualdad, sujeción e irracionalidad.

En términos teóricos, el tránsito que nos lleva del valor al plusvalor no debe pasar desapercibido. Mientras que en el primer caso estamos ante el análisis de la racionalidad subyacente a la lógica de producción e intercambio mercantil entre productores independientes; en el segundo nos encontramos ante la explicación de la acumulación capitalista como resultado de la apropiación del trabajo ajeno. Por lo mismo, Bidet insiste en el error de aquellos análisis que buscan hacer de la teoría del valor un instrumento cuantitativo para explicar los precios en el mercado capitalista. Después de constatar que el capitalismo depende de la mercantilización de la fuerza de trabajo resulta imposible seguir afirmando que los productos se intercambian “a su valor”. En realidad, como afirma el propio Marx en el Libro 3, éstos se intercambian en virtud del costo de producción (en el que va incluido el costo del salario) más el beneficio medio, atendiendo a las fluctuaciones del mercado. Así, contrario a lo que afirman algunos de sus críticos, el análisis de Marx no nos obliga a realizar “imposibles cálculos del valor”.

En cualquier caso, la explicación de la estructura capitalista no se produce cuando salimos del dominio “aparente” de la circulación y entramos en el dominio “esencial” de la producción, sino cuando logramos conceptualizar la instrumentalización que la mercantilización de la fuerza de trabajo produce sobre la lógica de producción mercantil. O, en otras palabras, cuando constatamos que en las sociedades capitalistas la lógica de producción mercantil no busca realizar valores de uso, sino que ha sido convertida en un “instrumento” para obtener plusvalor.

De igual forma Bidet subraya que el paso de la forma valor M-D-M a la forma capital D-M-D´, expuesto en la Sección 3, no se puede explicar en términos dialécticos, es decir, como si la primera forma sólo pudiera ser comprendida plenamente a partir de su desarrollo en la segunda. Ciertamente, la secuencia D-M-D´ implica una “transformación” respecto a M-D-M, pero no se trata de un desarrollo dialéctico que terminaría por colocarnos frente a la “forma” (social) del capitalismo. Lo que se juega en la figura D-M-D´ es, más precisamente, una “formula” (ideológica) de la consciencia ordinaria. En efecto, el incremento (“´”) de valor en D-M-D´ se le presenta al capitalista como el resultado del adelanto de dinero; sin embargo, Marx muestra que el excedente de valor sólo puede ser resultado de la explotación de la fuerza de trabajo. De esta forma, más que una “contradicción real”, la “formula” D-M-D´ es una “contradicción en los términos” (de la relación entre equivalentes no puede surgir un incremento) cuya resolución sólo es posible si se toma en cuenta un elemento nuevo: la mercantilización de la fuerza de trabajo.

Así, para Bidet, entre la Sección 1 y la Sección 3 no habría ni un pasaje que nos llevaría de la “superficie” a la “esencia”, ni una “superación dialéctica”. En todo caso, nos encontraríamos con una elaboración teórico-conceptual que comienza por lo “más abstracto” o lo “más general” y nos conduce a lo “más particular”, a su “determinación concreta”. Del análisis “más general” de la lógica de producción mercantil, pasamos al estudio del capitalismo como su “determinación concreta”, resultado de la instrumentalización de la lógica mercantil a través de la mercantilización de la fuerza de trabajo.

Ahora bien, Bidet señala que El Capital no sólo nos ofrece un análisis del modo de producción capitalista, sino el esbozo de una teoría de la modernidad que es preciso complementar. En ese sentido, el francés señala que en la medida en que los procesos sociales se vuelven más complejos, las relaciones más inmediatas, establecidas a través del discurso comunicativo, tienden a ser relevadas por dos relaciones de mediación que fungen como instancias de coordinación social: el mercado y la organización. En palabras del francés, la modernidad puede caracterizarse como “el periodo abierto cuando emerge un Estado cuya tarea es hacer colaborar las fuerzas y los procesos de mercado y organización sobre su territorio”.

De esta forma, aunque el inicio de El Capital nos coloca de lleno en el análisis de la modernidad, para Bidet, Marx explica de manera deficiente la relación existente entre estas dos mediaciones. En efecto, el §4 del capítulo 1 del libro 1 de El Capital nos ofrece un “relato” cuya narrativa nos lleva de la abolición del mercado a la consolidación de un orden social libre fundado en la organización. Así, Marx plantea una secuencia lineal donde la emancipación podría materializarse al sustituir el mercado por la organización, o, en otros términos, al reemplazar las relaciones mercantiles por la planificación concertada entre todos.

Bidet no deja de insistir en que el socialismo real ha terminado por evidenciar los problemas de esta narrativa. Si el siglo XX nos ha enseñado algo es que los procesos que tienen lugar en la organización también son susceptibles de reproducir privilegios. En efecto, si la instrumentalización del mercado a través de la mercantilización de la fuerza de trabajo produce una forma de poder basada en la propiedad del capital, la instrumentalización de la organización puede dar lugar a “otro poder” igualmente pernicioso. Ya no el poder de los capitalistas sobre el mercado, sino el poder de definir las normas, trazar el espacio y el tiempo, dirigir los cuerpos y las almas, decidir los ritmos de la producción, dibujar las casillas de lo permitido y lo prohibido, etc. Bidet lo define como un poder de “competencia-y-dirigencia”, no tanto en el sentido de que sus detentores sean más hábiles, más sabios o más capaces que los demás, sino en el sentido de que han recibido la facultad de dirigir tal o cual aspecto en el ámbito de la organización social.

Sin duda, Marx nos dio la clave para entender el poder del capital sobre el mercado, pero nos dice muy poco sobre el funcionamiento de ese “otro poder”, el poder de “competencia-y-dirigencia” en la organización. Para Bidet, es precisamente sobre este punto donde gente como Foucault y Bourdieu pueden ayudarnos a complementar la teoría crítica de la modernidad abierta por Marx. En efecto, Bourdieu nos ha explicado cómo es que el poder jerárquico de la organización es reproducido socialmente, mientras que Foucault ha analizado cómo es que el poder para gobernar las conductas de otros se ejerce coherentemente en el marco de dispositivos de saber-poder. De esta forma, una teoría crítica de la modernidad puede ser pensada ahí donde se entrecruzan Marx y Foucault.

Pero regresemos un instante a la Sección 1 del primer tomo de El Capital. Como se recordará, el estatuto del objeto analizado en ese momento de la exposición no resultaba del todo claro. Aunque Marx analiza la lógica de producción mercantil como un entramado económico, jurídico y político donde la racionalidad del mercado nos coloca ante unos sujetos supuestamente libres e iguales, esta realidad no parece corresponder ni a la superficie del capitalismo, ni, propiamente hablando, a su estructura. Cabe preguntarse, entonces, ¿a qué hace referencia esta parte de la exposición? Bidet afirma que la Sección 1 nos coloca ante la “metaestructura” del modo de producción capitalista, ante su “presupuesto” “puesto”. En efecto, sin la lógica de producción mercantil, la estructura capitalista no podría existir (en ese sentido la presupone), pero, al mismo tiempo, es sólo en el capitalismo donde esta lógica se generaliza (en ese sentido la pone, la produce). De ahí que, en sentido estricto, la Sección 1 no haga referencia ni a la infraestructura, ni a la superestructura del modo de producción capitalista, sino a su “metaestructura”, a aquello que estando “más allá” de la estructura capitalista, sin embargo le resulta indispensable.

No obstante, Bidet cree que es necesario ampliar y corregir este planteamiento tomando en cuenta el papel de la organización en la configuración de las sociedades modernas. De entrada, la teoría de la modernidad abierta por Marx se amplía al mostrar que el mercado y la organización forman parte de la “metaestructura”, no sólo del modo de producción capitalista, sino de las sociedades modernas como tales. En efecto, en la medida en que los procesos sociales se vuelven más complejos, el mercado y la organización se presentan como las dos únicas formas de coordinación social capaces de relevar los acuerdos discursivos inmediatos. Ciertamente, en El Capital Marx acertó al describir la modernidad como el lugar en el que ambas mediaciones entran en contacto, sin embargo, como vimos, lo hizo apelando a una secuencia que nos llevaría de la sujeción mercantil a la emancipación en la organización planificada. En realidad, la modernidad sólo puede ser pensada en términos teóricos como la co-imbricación, en el dominio económico, y la co-implicación, en la esfera política, del mercado y la organización. Aunque de formas distintas, el mercado siempre está imbricado en procesos de organización jurídico-políticos y la organización política siempre está implicada en procesos mercantiles donde se distribuyen los recursos económicos. De manera que el “presupuesto” “puesto” de la estructura social moderna no se agota en la lógica de producción mercantil, sino en la articulación del mercado y la organización como las dos formas de coordinación social que supuestamente prolongan los acuerdos discursivos inmediatos entre personas libres e iguales.

Sin embargo, la “metaestructura” no expresa la constitución real de las sociedades modernas, sino su referencia, la declaración de aquello que pretenden ser, su ficción de Razón. El acierto de Marx consistió en mostrarnos que en las sociedades capitalistas esta Razón se encuentra instrumentalizada por la lógica del capital. No obstante, habría que mostrar que no sólo es el mercado el que se vuelve un instrumento para la obtención del plusvalor, sino también la organización. De ahí que en el capitalismo ambas mediaciones se vean transformadas en “factores de clase”. En ese sentido, la representación de la sociedad moderna como una sociedad dividida en clases sigue siendo esencial para el análisis de la modernidad. Sin embargo, la constatación del poder de “competencia-y-dirigencia” en la organización nos lleva a concluir que la clase dominante o, en otras palabras, la clase de los que “están arriba” en la jerarquía social, se compone de dos polos definidos por el tipo de privilegio al que tienen acceso sus representantes: el polo del poder del capital y el polo del poder de “competencia-y-dirigencia”.

Del otro lado, la clase fundamental o la clase de los “sin privilegio”, tampoco es homogénea, se divide en distintos grupos y en estratos que se definen según la posición ocupada en las adquisiciones sociales, los derechos obtenidos, etc., o de acuerdo a factores como el género o la raza, los cuales no dejan de establecer diferencias significativas. Sin embargo, si se puede hablar de una clase fundamental es porque, a pesar de sus enormes diferencias, sus miembros carecen de los privilegios que provienen del control del poder del capital o el poder de dirigencia.

Todavía más, por paradójico que pueda parecer, las clases no participan en la lucha de clase, quienes lo hacen son grupos que se desarrollan en su interior (la patronal del sector minero, los obreros de la gran industria, etc.). En realidad, las clases no son identidades políticas en sí mismas, sino escisiones definidas por la capacidad o incapacidad de acceder a los privilegios del capital y la “competencia”. De tal forma que la clase fundamental no es un sujeto político, la constitución de grupos con mayor o menor fuerza para intervenir en la lucha de clase depende de la elaboración de estrategias, de la consolidación de formas de organización más o menos efectivas, de la construcción de hegemonía, etc.

Con todo, la ficción de Razón moderna opera como el plano de fondo de las luchas sociales modernas. De un lado, la clase dominante afirma que, tal como se estructuran actualmente, el mercado y la organización materializan las aspiraciones de libertad e igualdad. Del otro lado, la clase fundamental o, mejor dicho, los grupos que se organizan en su interior, suelen compartir esta referencia a la igualdad y la libertad, pero como aquello que “debería ser” y “no es”, aquello por lo que hay que luchar. Bidet denomina a esto la “anfibología de las sociedades modernas”, pues la “metaestructura” opera como una referencia compartida por ambas clases, aunque su significado se encuentra en una disputa permanente.

De esta forma, el proyecto de la clase dominante consiste en mostrar que la instrumentalización del mercado y la organización expresa los ideales de libertad, igualdad y racionalidad, propios de la modernidad. En cambio, el proyecto de la clase fundamental no sólo consiste en evidenciar la falsedad de esta posición, sino en proponer un régimen social distinto. Este régimen ya no puede imaginarse como el resultado de la sustitución del mercado por la organización, sino como el gobierno del mercado por la organización y de la organización por la palabra democrática compartida entre todos, con la finalidad de establecer condiciones de libertad e igualdad reales.

Ahora bien, Bidet señala que la aproximación “metaestructural” debe ser complementada con una aproximación sistémica. Esto es así porque la estructura de las sociedades modernas no puede dejar de entrelazarse con la dimensión del Sistema-Mundo. Analíticamente, la estructura y el sistema hacen referencia a realidades distintas: el análisis de la estructura moderna de clase nos remite a un tipo de apropiación privada de los medios de producción, mientras que el análisis sistémico nos dirige a una forma de apropiación privativa del territorio por comunidades nacionales o de otro tipo. De hecho, en el plano del sistema no existe ninguna referencia “metaestructural” a los supuestos de libertad e igualdad, sino una lógica de guerra permanente; tampoco hay lugar para un relato que nos plantee la abolición de las relaciones de clase, sino la búsqueda simple y llana de un optimum, de un equilibrio más o menos racional entre las distintas fuerzas.

Con todo, Bidet señala que en las últimas décadas hemos asistido a una transformación de época donde la estructura y el sistema se nos presentan como las dos dimensiones de un mismo proceso. Se trata de la tesis del Estado-mundo, una tesis que no alude a ninguna utopía (o, más bien, a ninguna distopía), sino a una realidad que actualmente se encuentra en curso. El Estado-mundo se constata en la emergencia de una institucionalidad supranacional entrelazada con un mercado global en un proceso que tiende a extenderse a todo el planeta. Como ocurre con los Estados-nación capitalistas, este Estado-mundo también se encuentra dividido en una clase dominante y una clase fundamental de carácter mundial. De esta forma, las mediaciones del mercado y la organización, instrumentalizadas como factores de clase, se hallan implicadas en la última escala territorial posible: el planeta entero. Nos encontramos, por tanto, en la era de la Ultimodernidad.

Ahora bien, este Estado-mundo también debe ser pensado como una condición de posibilidad para la emergencia del régimen neoliberal. De hecho, lo que distingue al neoliberalismo del liberalismo tiene menos que ver con una diferencia de postulados teóricos que con su carácter mundial. En efecto, a partir de las décadas de 1970 y 1980, la crisis del keynesianismo, el ascenso de figuras como Reagan y Thatcher, la debacle de la clase obrera, y, sobre todo, la revolución informática, apuntalaron las condiciones para el cumplimiento del sueño liberal: la dictadura del capital como principio del orden mundial. De ahí que, para Bidet, la constitución del nuevo Estado-mundo sea una constitución neoliberal que se impone de a poco en los Estados-nación, los cuales se ven obligados a someterse a las normas de las instituciones supranacionales y a las exigencias del mercado global.

Pero, al pasar del dominio nacional al mundial, tanto la capacidad organizativa de los grupos que constituyen la clase fundamental, como su fuerza para influir en la toma de decisiones se ven seriamente debilitadas. Lo mismo ocurre con el polo de los “dirigentes-y-competentes”, quienes, en el régimen del Estado social, habían logrado ejercer su poder de organización en una alianza siempre frágil y contradictoria con la clase fundamental (establecimiento de derechos sociales, regulación de los mercados financieros, limitación de los grandes capitales); sin embargo, ahora se encuentran supeditados casi absolutamente a las directrices del capital global.

Con todo, en el Estado-mundo también se vislumbra la posibilidad de construir procesos locales que tengan resonancias globales. Las protestas contra la clase dominante de una nación repercuten al otro lado del mundo en una vinculación de clase que aún hace falta construir. En cualquier caso, la clase fundamental no sólo habrá de enfrentar a una clase dominante mundial, sino a un hecho nunca antes imaginado: el ecocidio planetario. La idea de la Ultimodernidad no sólo hace referencia al hecho de que más allá del planeta no hay más territorio que conquistar, sino a la terrible constatación de que el planeta mismo se encuentra en riesgo de muerte. De esta forma, la lucha por la emancipación de la clase fundamental es también la lucha por la conservación de nuestro mundo.

Estas son sólo algunas de las ideas que Bidet desarrolla en los siguientes textos. En ellos, como hemos señalado, el lector encontrará el resultado de más de tres décadas de un riguroso trabajo intelectual. Un trabajo que intenta actualizar la teoría de Marx para hacer frente a los retos de nuestro tiempo. No queremos terminar estas líneas sin agradecer el apoyo del propio Jacques Bidet para la realización de este libro, las conversaciones que sostuvimos con él durante nuestra estancia en París y los textos de su autoría que nos facilitó fueron de gran ayuda para llevar a buen término este proyecto.

Ciudad de México, junio 2016

1 La investigación de Jacques Bidet debe entenderse como una refundación del marxismo, si entendemos este último en su triple vertiente de teoría de la sociedad moderna, teoría de la historia moderna y política de emancipación. Su obra más reciente, aún por aparecer, titulada Le Peuple comme classe, et le question du Tiers-parti, da testimonio de ello.

El Capital, ¿una teoría crítica?*

Presuntamente El Capital plantea una teoría del modo de producción capitalista. Y tiene como subtítulo “Crítica de la economía política”. Sin embargo, ¿qué debemos entender bajo los términos de “teoría” y de “crítica”?, y, ¿qué relaciones debemos establecer entre una y otra? Podríamos pensar que la teoría corresponde a los investigadores de las ciencias sociales, en primer lugar a los economistas, y la crítica a los filósofos, juristas, etc. No obstante, esta división del trabajo parece algo problemática. Porque en El Capital la crítica pretende fundarse sobre la teoría, admitiendo que aquella sólo tiene valor si la teoría lo tiene como tal; mientras que desde el principio la teoría se presenta como crítica, es decir, como si no tuviera un objeto propio más que desde el punto de vista de la crítica. Esta dificultad se traduce en relaciones ambiguas entre las pretensiones teóricas y las pretensiones críticas, y, por lo mismo, entre quienes asumen la carga de cada una de ellas. Además, tiende a resolverse en confusiones dialécticas o en arreglos eclécticos que neutralizan a la vez la teoría y la crítica. Por lo tanto, parece requerirse una coherencia de pensamiento si aspiramos a una práctica colectiva orientada hacia la emancipación de las relaciones de clase.2

I. ¿Qué clase de teoría expone El Capital?

En El Capital, Marx propone una obra de “ciencia” (social, histórica) en el sentido moderno del término. Realismo científico constructivista: construye un aparato conceptual porque la complejidad de lo real no puede ser conocida más que bajo esta condición. Desde mi punto de vista, sería un error suponer que el proyecto de teoría de la “ciencia” (social) presentado en El Capital se limita al de una teoría económica. En realidad, Marx define la economía capitalista en el cuadro de un programa teórico más amplio, el cual domina la exposición económica a la que consagra su obra mayor. Esto se explica muy particularmente en el célebre prefacio a la Contribución a la Crítica de la Economía Política, de 1859. Ahí, Marx presenta el “hilo conductor” que lo guía y que no cesará de guiarlo.3 Un “hilo de Ariadna” que se le propone a quien quiera seguir el hilo de la historia. Sin embargo, esta metáfora lineal está vinculada a una metáfora espacial, esto es, a la representación de la sociedad como edificio, como estructura articulada en infra y super.4 Como sabemos, la infraestructura económica es comprendida como la articulación de lo tecnológico (“fuerzas productivas”) y lo social (“relaciones sociales de producción”: propiedad, control de la producción, repartición de lo producido, etc.). La superestructura jurídico-política designa, por su parte, la articulación de instituciones y de representaciones, ideológicas y culturales, implicadas en esas relaciones de producción.

La metáfora arquitectónica sugiere que la política descansa sobre la economía (que “la determina en última instancia”, pero entonces debemos saber qué puede significar esto y valorar semejante enunciado). Sin embargo, dicha metáfora también permite entender que las tecnologías son ininteligibles fuera de sus vínculos con las relaciones sociales de producción, de la misma manera que éstas los son fuera de sus vínculos con la superestructura jurídico-política, piedra angular que sostiene todo el edificio. La “teoría”, en el sentido fuerte del término, tiene por objeto la relación entre todos estos términos: es decir, el “fenómeno social total” (si se me permite retomar en este sentido tal expresión) en todas sus interrelaciones y a partir del cual podría ser afrontada una “práctica”, esto es, un proyecto estratégico de emancipación de las relaciones de clase. Así comprendida, la teoría no tiene la pretensión de sustituir a las ciencias sociales particulares. Su propósito es ponerlas en relación entre sí y vincularlas con una crítica orientada hacia una perspectiva política. Es en este sentido que hablamos de una “teoría crítica”. No obstante, falta saber bajo qué condiciones puede ser concebida.

En sí misma esta cuestión presenta dos aspectos: el de la “ciencia” y el de la “crítica”. Plantearé entonces dos tesis.

En primer lugar, del lado de la “ciencia”. Si nos remitimos al “hilo conductor” planteado por Marx debemos reconocer que El Capital no sólo tiene por objeto una “teoría del modo de producción capitalista”, comprendida como una ciencia de la infraestructura económica, sino que ésta última se despliega en el cuadro de una teoría general (infra-super-estructural) de la sociedad moderna. Sociedad que, a lo largo del Postfacio a la segunda edición del Libro I, Marx designa de forma alternada como “capitalista”, “burguesa” o “moderna”, vinculando fuertemente estos tres términos (pp. 23-25, 29[6-8]).5 De tal forma que en El Capital encontramos una teoría general de la sociedad moderna (en tanto burguesa-capitalista) y una teoría particular (infraestructural) de su economía, ambas incluidas en el registro de la ciencia social. Esto significa que una y otra deben responder a las mismas exigencias epistemológicas y deben ser discutidas sobre el terreno de la cientificidad (social): confrontadas, por lo tanto, a la cuestión de lo verdadero y lo falso.

De manera correlativa afirmamos que sólo a partir de esta construcción teórica infra-super-estructural podemos aprehender El Capital como discurso crítico. El científico-teórico [savant-théoricien] no se desdobla en un filósofo-crítico cuya tarea consistiría en juzgar un orden económico previamente descrito. La crítica que el “Marx de madurez” pone en marcha no está por encima del discurso de la “ciencia” y tampoco viene de su exterior. La crítica es inmanente a la teoría en la medida en que es planteada como inmanente al orden social moderno que la propia teoría define. La teoría marxiana define una sociedad de clase a la que le es inmanente un potencial de autocrítica. Pero esto sólo es posible porque dicha teoría tiene por objeto la relación entre el orden político, que contiene semejante pretensión crítica, y el orden económico. Es aquí donde surgirán los problemas entre el economista y el filósofo.

II. El Capital para los economistas

Marx escribe en un tiempo en el que diversas ciencias sociales han entrado en auge —sociología, economía, historia, psicología, antropología—, a partir de ese tronco común que durante mucho tiempo fue la “filosofía” y del cual ellas se están separando. En la economía, el paso ya ha sido dado con Ricardo y Marx no retrocederá. Sin embargo, hará las cosas de tal modo que, en esta separación, la relación con la filosofía no terminará de romperse y las diversas ciencias sociales no se perderán de vista entre sí —haciendo que la explicación mantenga contacto con la comprensión. En ese sentido, la ciencia económica de Marx no es “positivista”.

Como sabemos, El Capital no tiene la ambición de producir un “tratado de economía” válido para “la sociedad” en general, sino una “teoría” de la economía capitalista, la cual prevalece durante un periodo histórico determinado. No obstante, esta preocupación económica se coloca desde el principio en el contexto del conjunto “infra-super-estructural”. Y sólo se autonomiza (relativamente) de forma paulatina en el desarrollo de la exposición hasta volverse puramente “técnica” y terminar por concentrarse en la “infraestructura”. No es azaroso que los filósofos, los juristas e incluso los sociólogos y los historiadores estén principalmente interesados en las primeras secciones del Libro I, aun cuando luego de formas diversas hayan trabajado otras partes de El Capital y otras obras de Marx. Esos enunciados primordiales los interrogan más inmediatamente ya que, en el preámbulo, la matriz infra-super-estructural está presente en su unidad constitutiva. Eso es lo que debemos mostrar.

De hecho, Marx no comienza su exposición por los conceptos más generales (transhistóricos) del nivel que designaremos como N1, es decir, el del trabajo en general — este planteamiento sólo aparece en el primer parágrafo del capítulo 7 del Libro 1: “El trabajo productor de valor de uso”.6 Más bien se dirige inmediatamente a su objeto específico “el modo de producción capitalista”, cuya existencia depende de un tipo particular de sociedad. Sin embargo, en el comienzo Marx se sitúa en el nivel N2 que, aunque es constitutivo del capitalismo, no le es enteramente propio, ya que la relación social que define el nivel N2 preexiste al capitalismo desde hace milenios, aquí y allá, ejerciendo una influencia usualmente limitada aunque a veces decisiva sobre el proceso productivo en su conjunto. Nos referimos a la relación mercantil de producción.7 Es verdad que en el nivel N2 se aborda, en principio, la cuestión del capitalismo; sin embargo, éste es presentado en su cuadro más “general”, en su momento más “abstracto” (para decirlo en la terminología de Marx), a saber: la forma mercantil en la que el capitalismo se hallará inscrito. Posteriormente Marx va a mostrar cómo es que la forma mercantil se vuelve el objeto de una “transformación” específica, es decir, de una determinación (“concreta”) mediante la cual se define propiamente el capitalismo, nivel N3 de la exposición. Esto es lo que se juega en las tres primeras secciones del Libro I. El desafío de esta secuencia es la articulación entre los niveles N2 del valor, objeto de la Sección 1, y N3 del plus-valor (o sobrevalor), objeto de la Sección 3, mediante la transformación, expuesta en la Sección 2, del primero en el segundo. Sin embargo, los economistas y los filósofos no comparten la misma visión sobre esta secuencia.

Incluso aquellos economistas que no juzgan pertinente esta teoría pueden seguir fácilmente el camino lógico (no histórico) que se propone en ella yendo de lo simple a lo complejo. En la Sección 1, Marx parte de la hipótesis de una lógica de producción puramente mercantil, donde la concurrencia8 se organiza entre productores independientes, incitados a producir en el menor tiempo los productos demandados en el mercado. En este nivel abstracto, la concurrencia se establece alrededor del valor, definido por el “trabajo socialmente necesario” en condiciones técnicas y sociales determinadas. Después, en la Sección 3, Marx toma en consideración que hay quienes poseen los medios de producción y, por lo mismo, la situación se vuelve más compleja: los constreñimientos del mercado subsisten, pero la concurrencia ya no se establece alrededor del valor sino alrededor del plus-valor en una lucha donde sólo prevalecen quienes llegan a acumular el máximo beneficio. En este cuadro analítico, la coherencia entre la teoría del valor-trabajo y la del plus-valor se debe a que la plusvalía sólo puede provenir del hecho de que el asalariado trabaja más tiempo del necesario para producir los bienes que puede adquirir mediante su salario.

Sin embargo, se puede observar que esta coherencia de la teoría marxiana del “valor-trabajo” no autoriza convertirla en un principio de cálculo empírico. Marx explica esto en las Secciones 1 y 2 del Libro III. Por un lado, los capitalistas no tienen ninguna necesidad de ello para sus cálculos racionales. Lo que les interesa en términos prácticos no es la tasa de explotación o tasa de plus-valor, PL/V, relación entre trabajo “no pagado” y trabajo “pagado”, sino, al contrario, la tasa de ganancia, PL/C+V,9 relación entre la ganancia y el capital comprometido, cuya expresión no necesita los conceptos (marxianos) de valor y de plus-valor implicados en PL/V. “Es indiferente para el capitalista considerar que él adelanta el capital constante para obtener beneficio del capital variable o que él adelanta ese capital variable para poner en valor el capital constante”,10 escribe Marx al principio del capítulo 2 del Libro III.

Por el otro lado, las mercancías capitalistas no se intercambian “a su valor”, sino en función de eso que Ricardo ya había denominado como los “precios de producción” determinados, según los mecanismos de la concurrencia, por “los costos de producción + el beneficio medio”. En consecuencia, los economistas que se remiten al marxismo no se ven conducidos a proponer imposibles “cálculos del valor”. Ellos utilizan los datos estándar de la economía, pero tomando como “hilo conductor” el análisis socio-económico de Marx, según el cual los capitalistas no tienen otra lógica que la ganancia y su acumulación -con las contradicciones sociales que de ello se desprenden. Ellos pretenden describir las consecuencias sobre la reproducción del capital, sobre las crisis, sobre las relaciones entre ganancia, renta e interés, etc.11

Ciertamente, el economista va a encontrarse confrontado con categorías jurídico-políticas ya que las categorías económicas se encuentran insertas en ellas inextricablemente. Esto es así debido a que la infraestructura presupone siempre la superestructura. Sin embargo, la elaboración que le es propia al economista va a exigir que haga un trabajo de abstracción en la conformación de figuras ulteriores como las de la reproducción, la acumulación (Libro I), la circulación (Libro II), la división del plus-valor en beneficio, interés y renta, la crisis (Libro III). El trabajo de la “ciencia económica” consiste en volverse autónoma sin que ello quiera decir que no hayan vasos comunicantes entre las cuestiones económicas y sociopolíticas. Sin embargo, la construcción económica sigue un camino propio, analizando progresivamente la estructura capitalista, las condiciones de su emergencia y sus tendencias históricas. Así, el economista tendrá derecho a leer El Capital como una teoría del capitalismo que se desarrolla lógicamente, del comienzo al final, por determinaciones sucesivas, en un discurso económico.

III. El Capital para los filósofos

Frente a este comienzo “mercantil” de El Capital los filósofos se encuentran confrontados a otros problemas. En efecto, ellos descubren allí un número de conceptos que exceden el campo de la “economía”, y que no pueden considerarse como evidentes o como si estuvieran ahí como un simple apoyo –sobre todo si comprendemos que todo lo que se plantea en ese comienzo concierne al capitalismo y no solamente a alguna sociedad anterior. El concepto económico de producción mercantil N2 se inscribe, de una forma muy clara, en el contexto de un supuesto de relaciones jurídico-políticas entre socios productoresintercambistas [producteurs-échangistes], que, al menos bajo esta relación, se consideran como “libres”, “iguales” y “racionales”. Al respecto véase la burla de Marx al final del capítulo 6: “Libertad, Igualdad, Propiedad y Bentham”. Sin embargo, el pasaje a N3 invierte la situación pues nos introduce en una relación de explotación y de dominación por parte de una clase sobre otra. Así, eso que para los economistas es una simple complejización del modelo, para la filosofía constituye una triple inversión de la que debe dar cuenta: la de la igualdad en desigualdad, la de la libertad en sujeción, la de lo racional en irracional.

Como se puede prever, explicar la relación entre N2 y N3 (esto es, entre la Sección 1 y la Sección 3) es un verdadero reto. Aunque el comentario filosófico siempre se halla envuelto en esta cuestión, opera según dos vías que desde mi punto de vista siguen siendo, la una y la otra, fundamentalmente inadecuadas.

Según la primera —llamémosla solución “ecléctica”— que prevalece en la presentación habitual de El Capital, especialmente cuando está a cargo de los filósofos, Marx comenzaría por la “superficie”, por el “fenómeno”, en el sentido de aquello que es inmediatamente visible. A la Sección 1 entonces solamente le concerniría el “proceso de circulación”: ella analizaría las normas del intercambio sobre el mercado y las relaciones entre las mercancías y el dinero, conforme a la figura M-D-M. Ahora bien, a través de la Sección 2 accederíamos al “proceso de producción” expuesto en la Sección 3: la secuencia D-M-D´ en la que emerge un plus-valor a partir del intercambio. Es decir, el plus “´” de D´, no sería inteligible más que a condición de que entre en juego una mercancía M particular, la “fuerza de trabajo”, la cual es comprada para ser puesta a trabajar en un proceso de producción P del que surge un plus de valor (porque el tiempo de trabajo efectuado en el periodo considerado es más largo que el necesario para la producción de los bienes que procura el salario correspondiente). Así, llegaríamos a una secuencia D-M-P-D´ donde “P” representa el proceso de producción propiamente capitalista en tanto que genera un proceso de sobrevalor en forma de plusvalía. Es verdad que, formulada así, semejante aproximación conduce, al igual que la de los economistas, a identificar la explotación con la fuerza de trabajo, comprendida como principio de acumulación de capital. Sin embargo, lo hace sugiriendo que la Sección 1 tendría por objeto la circulación (mercantil) y la Sección 3 la producción (capitalista), y que pasaríamos así del fenómeno, es decir, de las relaciones de intercambio (que existen antes del capitalismo pero se generalizan en él), a la esencia, es decir, a la relación de clase. Esta lectura produce una suerte de trivialización del propósito de Marx que termina por vaciar una parte de su potencial (como se verá, esto vale especialmente para el concepto de “fetichismo”, el cual va a hallarse estrechamente vinculado a este orden “fenoménico”).

En realidad, no es así como podemos comprender la teoría de Marx. La Sección 1 no sólo tiene por objeto la “circulación” mercantil, sino también, y en principio, aquello de lo cual ella es el correlato: la producción mercantil. La relación mercantil de producción (N2) es aquella que vincula en un mercado a los productores autónomos en concurrencia. En el inicio de El Capital se trata efectivamente del capitalismo, pero considerado en la lógica de producción N2 que le es inherente, aun si, como se descubre enseguida, el capitalismo la reconfigura, la “transforma”, la desvía hacia otra lógica de producción N3, vinculada al uso de una mercancía específica: la fuerza de trabajo. En resumen, este primer momento de la exposición, el de la Sección 1, referido a N2 y correspondiente al valor (llamado valor trabajo), no presenta una simple teoría de la “circulación”, sino una teoría de la producción (mercantil), entendida como la lógica social racional que funge como plano de fondo del capitalismo.

Esta primera lectura12 es esencialmente inadecuada debido a que devalúa la Sección 1: al desaparecer el concepto abstracto de producción mercantil condena a una cierta evanescencia el complejo jurídico-político ahí entrelazado. Dicha lectura es ecléctica en el sentido de que depende de un bricolaje que sólo retiene una lógica de intercambio en la relación mercantil, sin implicarla en una lógica de producción (de valores de uso), con lo cual otorga una visión sumamente miope de su relación, compleja y socialmente contradictoria, con la lógica capitalista de acumulación (de plus-valor). Para salir de este tranquilo eclecticismo no es suficiente reconocer que en dicha Sección se trata de la lógica mercantil de producción, la cual precede al capital aunque sólo se verifica plenamente en él. Es necesario entrar a la compleja serie de problemas teóricos que se derivan de la contradictoria relación económico-política entre lógica social mercantil y lógica social capitalista. Desde mi punto de vista, esto sólo puede hacerse a través de eso que designo como aproximación metaestructural.13

Ahora bien, al contrario de lo que ocurre con la primera solución, la segunda sobrevalora la Sección 1. Llamémosla solución “dialéctica”.14 Se presenta con agrado como una novedad, consiste en hacer de la teoría del valor localizada en la Sección 1 —y no de la teoría del plusvalor localizada en la Sección 3— el eje de la crítica a la “economía política” y a la sociedad capitalista. En un tiempo en el que tememos más “no ser explotados” (no encontrar empleo asalariado), que “ser explotados”, la crítica tiende a dirigirse hacia la precariedad del trabajador, la mercantilización universal (de los cuerpos en el trabajo, de los saberes humanos y de todo el ambiente natural), la disolución de todos los valores de uso, los valores de la vida, la cultura, las ocupaciones, en las frías abstracciones del cálculo financiero y la pérdida de sentido que deriva de ello. Aunque el tema de la explotación no se olvida por completo, termina por inscribirse en el registro de una mercantilización-abstracción generalizada. En esta solución, la teoría del valor es retomada en términos dialécticos tales que las relaciones de producción capitalistas se presentan como la realización de eso que ya se encontraba en germen en la relación social mercantil. La exégesis de Moishe Postone15 lleva al extremo esta tendencia observable en diversos títulos y en numerosas presentaciones recientes de El Capital, especialmente las que se reclaman de una “nueva dialéctica” (New Dialectic, véase Christopher Arthur), o de una “crítica del valor” (Wertkritik, véase Robert Kurz). Aquí, el argumento principal se sostiene en la idea de que, en la mercancía, el valor, como dato abstracto [donnée abstraite] referido al “trabajo abstracto”, prevalecería sobre el valor de uso, referido al “trabajo concreto”. Por lo mismo, el capital ya habría hallado su expresión verdadera en el dinero. Este retorno hacia el valor, que evoca toda una tradición capaz de hacernos remontar hasta Lukács (traductor de temas weberianos en lenguaje marxiano), se presenta como la crítica a un presunto viejo discurso productivista y se reivindica como el alpha y el omega de una ecología marxista.

Pero los textos referidos no se pueden leer así. En realidad, en El Capital Marx abandona los temas “dialécticos” explorados en sus trabajos anteriores. Renuncia a la idea, adoptada por él en un principio, de una dialéctica que conduciría de una “forma valor” M-D-M a una “forma capital” D-M-D´. Es decir, a la idea de que se puede comprender la “forma valor”, inherente a la relación social mercantil, a partir de su desarrollo en la “forma capital”, inherente a la relación social capitalista. Ciertamente, la figura D-M-D´ implica una “transformación” respecto a M-D-M, pero es imposible seguir suponiendo que expresa una “forma” (Form), es decir, una relación social: ella no es más que una “fórmula” (Formel) que nos dirige a una representación de la consciencia ordinaria.16 La contradicción que ella contiene (como secuencia de equivalentes engendrando un excedente) no designa una contradicción real, sino una simple contradicción en los términos que hace falta resolver [lever]17 para llegar al concepto de capital como relación de explotación.18 Del registro N2 al registro N3, no hay entonces continuidad dialéctica, sino una ruptura cuyo estatuto, sin embargo, hace falta precisar. Cabe señalar que en la última formulación de la teoría del valor —la de la segunda edición alemana y la de la versión francesa “enteramente revisada por el autor”, como se lee en la página de cubierta del libro—, en ese momento último de su investigación, Marx abandona la idea de que habría “contradicción” (Widerspruch) entre el valor de uso y el valor, esas dos “caras” de la mercancía, “contrapartes” (Gegenteile) la una de la otra. Esta idea de una contradicción inmanente al registro N2 de la lógica de la producción mercantil, que impulsaría una marcha hacia adelante del valor al capital, no tiene cabida en la exposición “positiva” ofrecida por Marx.19

La confusión —gravísima— de las lecturas “dialécticas” tiene lugar al superponer dos tipos de abstracción que Marx expresamente se propone distinguir. Por un lado, la abstracción propia del valor N2, correspondiente al “trabajo abstracto”: ella concierne al trabajo porque hace abstracción de todo su contenido concreto particular, otorgándonos aquello que asemeja todos los trabajos, a saber, el gasto de fuerza de trabajo (de “cerebro”, de “músculos”, de “nervios”,…).Y, por otro lado, la abstracción propia del plus-valor N3: ella consiste en mostrar que la lógica del capitalista, en tanto propietario (ahora lo llamamos más habitualmente “accionista” o “financiero”) no es la producción de mercancías comprendidas como valores de uso, sino, estrictamente hablando, de plusvalor, o, como dice Marx en francés, de plus-value, es decir, la producción y la apropiación de una riqueza abstracta. En el análisis de Marx, la abstracción del trabajo abstracto se traduce en el valor. Una vez que ha expuesto la “relación del valor” en los apartados 1 y 2 del primer capítulo, deduce un análisis del dinero: tal es el objeto del parágrafo 3 titulado “Forma de valor”. En resumen, el alemán plantea el mercado, relación mercantil de producción, como un dispositivo racional en el que el dinero funciona como la piedra angular. El dinero es esa mercancía universal que permite la circulación de mercancías particulares entre aquellos que las producen o las poseen: esta “abstracción real” [el dinero] hace posible que sus poseedores dispongan de bienes concretos para el consumo. En cambio, la abstracción del plus-valor es una “abstracción real” de un género muy distinto. El capital, plus-valor acumulado, es una entidad abstracta que permite a quien la posee disponer de otros humanos, de su fuerza de trabajo, para un objetivo que necesariamente consiste en obtener más plusvalía que la del competidor (quien debe desaparecer frente a él), cualesquiera que sean las consecuencias sobre los seres humanos, las culturas y la naturaleza. Es aquí, en el momento N3 de la producción capitalista, y no en el N2 de la relación mercantil de producción, que se sitúa el axioma ecológico de Marx (el capital, no el valor, destruye la naturaleza). Y, de una manera más general, es aquí donde se localiza la cuestión de las relaciones entre lo racional y lo irracional, entre el sentido y el sinsentido, etc.

Tales son, desde mi punto de vista, los dos contextos de interpretación que, a partir de los años sesenta, gobernaron el trasfondo del trabajo filosófico sobre la teoría de El Capital. Sus deficiencias, desiguales, es verdad, nos llevan a retomar la exposición de Marx desde el comienzo, al menos si esperamos que esta obra nos abra el camino para una “teoría crítica”.

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