Kitabı oxu: «Edición secreta»
Breves y sugerentes, con fuerza, estos poemas: la memoria que es también olvido, los anhelos y su dosis de vacío, el amor y el deseo, los días a veces esquivos y a veces felices. Páginas que nos dicen cómo una flor, cómo los sueños se resisten a la violencia, o cómo se mezclan con ella para hacerla tolerable. La voz de la fiesta y de la pesadilla, donde el poeta nos da razón de la dicha y la tiniebla.
Gustavo Adolfo Garcés
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Me gustan la coherencia de los contenidos y los ritmos. La brevedad de los textos defiende una intensidad que se mantiene en casi todas sus páginas. Se complementan la unidad y la variedad. Es sobrio y fluye de principio a fin. (...) Festejo la frugalidad de este libro.
Alberto Rodríguez Tosca
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Sorprende la voz reposada de estos textos; no denuncian, no lamentan, no se quejan. Se asoman, con prudencia, casi con osada timidez, para recordarnos la injusticia, los atropellos que marcan los días de quienes detentan el poder. El poeta, sabio pendejo, presencia y padece, indefenso, los hechos, pero no se cura de la ironía para desenmascarar, casi con sarcasmo, la condición de los poderosos:
«Con la misma habilidad
con que manejan sus puñales
toman la pluma
y firman sus decretos».
Sería un olvido injusto, no decir que también se escucha la voz fraterna de quien sabe y siente que entre los suyos encuentra reposo, momentos de paz, algo parecido a la felicidad. Entonces el poeta, o alguno de los que suplanta, fluye, navega en ríos íntimos, familiares, se abandona a la corriente de la ternura y el amor para escribir. (...) Las mujeres, sus mujeres, como gusta decir, habitan su poesía, porque si una no bastaba para mantenerlo vivo, la vida le regaló una legión: las de la dedicatoria, aparte de otras que no aparecen pero asisten, con asombro, al festín, esta vez sí, del poeta.
Henry Benjumea Yepes

Título original: Edición secreta
Dirección editorial: Jaime Fernández Molano
Coordinación: Orlando Peña Rodríguez
Asistente de producción: Santiago Molina, Esmeralda Rodríguez
Diseño y diagramación: Diego Torres
Diseño portada: Diego Torres, Luis Miguel Ortiz
Ilustración portada: Luis Miguel Ortiz
Primera edición: mayo de 2014
© Jaime Fernández Molano
© Para la presente edición
Corporación Cultural Entreletras
Villavicencio, Meta, Colombia, S.A.
310 333 4801 - (8)662 1091
ISBN 978-958-58407-3-7
Hecho el depósito legal
Se autoriza la reproducción —únicamente parcial— de este libro, siempre y cuando se citen la fuente, el autor y el editor.
Preprensa digital e impresión:
Entreletras
Para
Mariajosé
Sofía
y Valentina
Para
Anamaría
Laura
Ángela
y Nicole
Presentación
Curioso. Algunos poetas habitan seres extraños, por lo general anodinos. Borges y Pessoa, por citar dos. Bibliotecario y empleado bancario. Anidan, se acomodan, se dejan vivir mientras el otro asume los riesgos de la vida.
Menos curioso: tienen una compañera que los ama: al empleado lo comprenden y lo apoyan; al poeta lo admiran y le exigen: María Kodama y Meiga dos Ventos.
Más curioso: Jaime Fernández, empleado de sí mismo. Siempre atareado, siempre de afán, con algún proyecto entre manos. Su compañera: Gogui, a secas. Lo acompaña, lo comprende, lo ve correr de un lado a otro, siempre al borde del colapso. De pronto le dice: ¿Qué ha pasado con la poesía? El jefe, o el empleado, o el poeta, la mira, deja asomar una sonrisa socarrona, pero calla. Al poco tiempo manda todo al carajo y se encierra, con el otro, (famosa la declaración del bibliotecario: «Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas»), a trabajar un poemario que ha venido fraguando, no se sabe a qué horas.
Entonces, son los amigos los que padecen al poeta, como escribe en uno de sus poemas de Edición secreta, el libro que nos ocupa:
«Cuando sonaba el teléfono en la madrugada
mis amigos sabían
que no estaba llamando la tragedia
que a nadie habían matado
que no iban a tener una mala noticia.
Era yo de madrugada
a las dos o a las tres de la mañana
que quería compartirles
uno de mis poemas».
Mientras asiste a su cotidianidad, observa, recoge, reflexiona, anota, va atesorando momentos de vida, recuerdos, vivencias, para que el poeta, parapetado detrás de alguno de los personajes que lo habita, los transforme, los instale en un tiempo de piedra. Es consciente de la multiplicidad de seres que lo asedian, pero no reniega de ellos: maníacos, diferentes, indiferentes algunos, pasan incontables por el alma del poeta, quien sabe que, como él, los otros también son múltiples:
«No eres una
Eres la suma de incontables mujeres
que llevas dentro
y se entregan
a todos los hombres
que soy yo».
En ese trasegar por un mundo inconocido, refleja sus angustias, sus temores. Va registrando, fotógrafo como es, los momentos, los seres y las vivencias que lo marcan, en instantáneas, fugaces pero luminosas:
«Los que bailan
patalean
como el ahorcado.
Y mueren
de la dicha».
***
«En secreto
el cuervo
abandona
sus crías.
Se diría que conoce mucho
de historia
y de leyendas».
Los amigos, seres que miran desde otra acera, o que cayeron, abatidos por la violencia, ocupan un lugar importante en su poesía, como en Juan Pablo Castel, Ante el cristal, Como una sombra, o este:
«*Julio Daniel, Melco, Francisco...
Que alguien me cuente de qué color fue el relámpago que les escupió el arma en sus rostros; si después pudieron ver sus propios cuerpos tirados sobre el piso.
Si alcanzaron a sentir esa espesa bruma y ese frío y ese dolor sembrados para siempre entre los suyos...»
*Creadores asesinados en Colombia
Sorprende la voz reposada de estos textos; no denuncian, no lamentan, no se quejan. Se asoman, con prudencia, casi con osada timidez, para recordarnos la injusticia, los atropellos que marcan los días de quienes detentan el poder. El poeta, sabio pendejo, presencia y padece, indefenso, los hechos, pero no se cura de la ironía para desenmascarar, casi con sarcasmo, la condición de los poderosos:
«Con la misma habilidad
con que manejan sus puñales
toman la pluma
y firman sus decretos».
Sería un olvido injusto, no decir que también se escucha la voz fraterna de quien sabe y siente que entre los suyos encuentra reposo, momentos de paz, algo parecido a la felicidad. Entonces el poeta, o alguno de los que suplanta, fluye, navega en ríos íntimos, familiares, se abandona a la corriente de la ternura y el amor para escribir textos como Abuelo Ernesto, Exposición, Esos días, Por la corona.
Las mujeres, sus mujeres, como gusta decir, habitan su poesía, porque si una no bastaba para mantenerlo vivo, la vida le regaló una legión: las de la dedicatoria, aparte de otras que no aparecen, pero asisten, con asombro, al festín, esta vez sí, del poeta.
Henry Benjumea Yepes
Esos días
Abuelo Ernesto
Que murió de melancolía
dicen los vecinos.
Me resisto a creerlo.
Hace solo unos días
se veía feliz
trasteando el pequeño carruaje
de tablas, latas y otros cachivaches
Recordaba los juegos de niño
sus primos, el hermano
que se batió en la guerra de los mil días,
los cuentos de su padre
el olor a papa fresca
a tierra
a cebolla.
Bajo su ruana florecía el amor
simple, sin pretensiones.
Volvían los días de largas caminatas
por los caminos de herradura
tras el eco del telégrafo
o de la bosta fresca del ganado.
Las muchachas que batían sus faldas
ondeando las montañas.
La conquista certera
la iglesia
el casorio
los hijos
el tiempo implacable
que trajo a los hijos de los hijos
con nuevas historias
y una nueva vida
exiliada del campo.
Entonces, una especie de celdas
en lugar de su amplia casa en la colina.
Unos zapatos que aprietan
y dificultan el paso libre
de sus huellas sobre la tierra húmeda
de la parcela.
Ahora pasa sus días
en el estrecho patio de ropas
de la casa de alguno de sus hijos
donde solo entran esquivos rayos de sol
y algo de nostalgia.
El abuelo habla solo
en voz alta
Saluda a sus primos,
a su hermano antes de partir para la guerra
a su padre
que regresa de largas jornadas
con azadón, hacha y machete.
Al atardecer
levantan todos sus vasijas
de barro, de vidrio o de totumo
y celebran con buena chicha
cerveza y aguardiente
hasta la pérdida total
del juicio y del conocimiento.
Su memoria
Transforma el patio de ropas
en bosques infinitos
en recurrentes sembradíos
En paso de bestias
en camino de muchachas en flor
acechadas desde los matorrales.
Una chupada profunda
a su chicote
le devuelve la imagen de la hermosa joven
con sonrisa de oro
que conquistó con una amorosa zancadilla
cerca del riachuelo.
La misma
que regresó con el tiempo
a abonar su tierra
luego de largos años
y muchos hijos compartidos.
El abuelo no pudo
haber muerto de melancolía.
Bajo el ala de su sombrero
la ruana
la arrugada cajetilla de pielroja
el tiempo intacto
y todos sus recuerdos
que le acompañan
de nuevo
y para siempre.
Para Ernesto Molano Celis
La casa
Ver crecer el anturio
en las heridas de la tierra
que ahora nos da un retazo
de sol propio.
El jardín es solo un pretexto
para vivir de nuevo
para retoñar en el otro
para florecer
entre la húmeda piel
que alegra el camino.
Los ojos del firmamento
se abren como ventanas
y unen la luz
a nuestra esperanza.
Volvemos a nacer cada día
en los brazos
que nos esperan
igual que la primera vez
con la fuerza de esa leve herida
que abrió la tierra
para festejar la nueva semilla
de los anturios
y el aroma
del girasol
que aún crece
en medio del recuerdo.
Para Doris
Por la corona
Un día
mi hija de trece años me dijo:
«el problema de los dos
es de poder, no de dinero».
Y sí
desde pequeña
traía entre sus genes
las plácidas maneras de los reyes
Y el ejemplo que le di desde esos tiempos
alimentó el reflejo fiel para su espejo
Como si no cupiésemos
en la amplia casa que habitamos
no le bastan su cuarto y su baño propios
ni los generosos espacios compartidos
No.
Ella busca, más allá de esos lugares,
un espacio para su propio cetro
Un cielo exclusivo
Un reino independiente
Yo
solo atino a abrazarla
y a imponerle la corona de laureles
que mi amor ha tejido para ella
mientras guardo con sigilo
mi cetro
en el cofre secreto
que heredé de mi padre.
Para Nicole, desde su reino
Pulsuz fraqment bitdi.