Kitabı oxu: «Empatías urbanas y geosemiótica»


Agudelo Castañeda, Jairo Humberto
Empatías urbanas y geosemiótica : el sistema geográfico de los signos urbanos / Jairo Humberto Agudelo Castañeda. - Primera edición. - Bogotá : Ediciones Unisalle ; Valladolid : Universidad de Valladolid, 2021.
226 páginas : gráficas, fotografías, mapas ; 24 cm
Incluye lista de fotografías, figuras y mapas
Incluye referencias bibliográficas
Libro estructurado a partir de la tesis doctoral Cum laude: “Empatías urbanas. La lectura semiótica del espacio y la construcción de sentido urbano”
ISBN 978-958-5148-97-0 (impreso)
ISBN 978-84-1320-151-1 (impreso)
ISBN 978-958-5148-98-7 (digital)
1. Semiótica y arquitectura 2. Simbolismo en arquitectura 3. Arquitectura – Aspectos
sociales I. Título
CDD: 720.4 ed.22
CEP-Universidad de La Salle. Dirección de Bibliotecas
ISBN Ediciones Unisalle
Impreso: 978-958-5148-97-0
e-Pub: 978-958-5148-98-7
PDF: 978-628-7510-02-9
ISBN U. de Valladolid
Impreso: 978-84-1320-151-1
Primera edición: Bogotá D. C., agosto del 2021
© Jairo Humberto Agudelo Castañeda
© Universidad de La Salle
© Universidad de Valladolid
Universidad de La Salle
Ediciones Unisalle
Carrera 5 n.º 59A-44, Ed. Administrativo,
3.er piso, Bogotá, D. C.
Tel.: (571) 348 8000, Exts.: 1224 - 1226
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Universidad de Valladolid
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47003 Valladolid (España)
pbx: 34 98318-7810
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Edición
Dirección editorial
Alfredo Morales Roa
Coordinación editorial
Andrea del Pilar Sierra Gómez
Corrección de estilo
Carlos Guillermo Casanova
Diagramación
Denka Pachón
Fotografías: todas le pertenecen al autor, a menos que se indique lo contrario.
Mapas y figuras
Ángela Aguedita Sánchez Arciniegas
Juan José Flórez Fonseca
Collage base de carátula
Álvaro Eduardo García Riveros
Composición de carátula
Andrés Alejandro Negrete Granados
Libro estructurado a partir de la tesis doctoral cum laude titulada: “Empatías urbanas. La lectura semiótica del espacio y la construcción de sentido urbano”
La paz se construye compartiendo el espacio de forma distinta.
Diana Uribe
Dedicado
A Francy, mi madre, quien me enseñó su mundo,
el que maravillosamente ha inspirado el mío.
A Miguel, Gladys, Néstor y Óscar.
A mis estudiantes.
A Asdrúbal y a Frido.
Agradecimientos
A mi director de tesis, el Dr. Basilio Calderón Calderón, por su confianza y fe en este proyecto, por su orientación, por enseñarme que el conocimiento expande sus propios límites y que lo más valioso de la ciudad está en su gente y en su historia.
Al Dr. Enrique Serrano y todo el equipo del Departamento de Geografía y de la Facultad de Filosofía, de la Universidad de Valladolid, por su colaboración en la gestión de este proceso.
Al tribunal de tesis de doctorado integrado por el Dr. Fernando Manero Miguel, el Dr. José Luis Sánchez Hernández y el Dr. Gabino Ponce Herrero, quienes con su cuidadoso estudio de mi tesis y su calificación me animaron a proponer este proyecto editorial.
A mis monitores de práctica profesional, estudiantes de pregrado y maestría de la Facultad de Ciencias del Hábitat, de la Universidad de La Salle, Bogotá, por su interés en la investigación de la semiología urbana.
A todos aquellos que han impulsado mi carrera como investigador. A mis colegas, Juan Carlos Pérgolis, Álvaro Forero, Darío Sánchez, Mauricio Largacha, Elkin Vargas y Giovanni Cornelio. A mis amigos, Martha Liliana Moreno, Diego Vega y William Arenas, por su invaluable compañía y cariño.
Contenido
Prólogo
Introducción. De la semiología modélica a la emergencia semiótica
Capítulo 1. La investigación: el espacio como información y sus dimensiones
1. La apropiación del espacio, las empatías urbanas y el espacio semiótico
1.1 Espacio y vida urbana: tema
1.2 Apropiación y representación espacial: problema
1.3 Empatías urbanas: hipótesis
1.4 Lectura semiótica del espacio: objetivos
1.4.1 Objetivos teórico-conceptuales
1.4.2 Objetivos prácticos
1.5 Instrumentos metodológicos
1.5.1 Recorridos semióticos
1.5.2 Coremas abstractos
2. Dimensiones del espacio: la imagen estética y el sentido social del espacio
2.1 Presente: espacio-tiempo
2.2 La imagen poética del espacio: el espacio-cuerpo
2.3 Intangible: el espacio social, apropiación e identidad
2.3.1 Describir: sobre la dimensión de lo físico
2.3.2 Relatar: sobre la dimensión de lo cultural
2.3.3 Meditar: sobre la dimensión de lo mítico
3. El espacio como información: el espacio-texto
3.1 Sistemas de información de la geografía urbana
3.1.1. Sistema de información espacial: topológico y estructural
3.1.2 Sistema de información estética: en lo arquitectónico y en el strip artificial
3.1.3 Sistema de información social: usos, comportamientos y acontecimientos
3.1.4 Sedimentación semiótica
Capítulo 2. Sobre la construcción teórica y conceptual
1. Del imaginario estético al imaginario social urbano: de la percepción estética y psicológica a la lectura semiótica del espacio
1.1 La imagen
1.2 Lo semiótico
1.3 La lectura del espacio
1.4 El imaginario social
2. De la empatía estética a la geografía simbólica: marco teórico
2.1 La empatía estética y el objeto expresionista: el alma y el sentimiento
2.2 Empatía psicológica y social: la empatía afectiva
2.3 Geografía y psicología: la geografía de la percepción
2.4 Teoría de la comunicación: información, comunicación y signo
2.5 Psicología ambiental e interaccionismo simbólico: signo y sociedad
2.6 Giro lingüístico y la construcción de sentido: la liberación del significante
2.7 Semiología y espacio: el sentido del espacio
2.8 La ciudad como signo y la geografía simbólica: el lugar de lo simbólico
3. La dimensión semiótica de lo urbano: marco conceptual
3.1 Territorios urbanos heteroempáticos
3.2 Denotación y connotación: objetividades y subjetividades urbanas
3.3 Las sintaxis construidas y leídas: cualidades del sintagma urbano en territorios heteroempáticos
3.4 El imaginario urbano: la otra cara de la realidad
4. El lenguaje urbano: la localización simbólica de lo simbólico y el sentido urbano
4.1 El signo urbano: la unidad comunicante y contenedora de información
4.2 Clasificación de los signos urbanos: sistemas, aspectos y tipos de signos
4.2.1 Sistema de signos topológicos
4.2.2 Sistema de signos estéticos
4.2.3 Sistema de signos estéticos
4.3 Signos polisémicos y simultaneidad simbólica
4.4 Signo urbano, abierto y cerrado: la primera dimensión del signo urbano
5. Sintaxis y texto urbano: estructuras de signos y estructuras de sentido
5.1 Sintaxis urbana: estructuras simbólicas
5.2 El texto, el discurso y el código: poder interpretante del código y la hipercodificación
5.3 Macrodiscurso, microdiscurso e hiperdiscurso urbanos
5.4 La hipertextualidad de la heteroempatía urbana: la desaparición del centro, comienzo y final
Capítulo 3. Geosemiótica en Chapinero Central
1. Chapinero Central: territorio objeto de estudio
1.1 Lourdes
1.2 Carrera 13
1.3 Parque de los Hippies
1.4 Carrera Séptima
1.5 Carrera Novena
2. Geosemiótica urbana: el sistema geográfico de los signos urbanos
2.1 Geografía toposemiótica: sistema simbólico profundo
2.1.1 Evolución urbana de Chapinero Central
2.1.2 Variables de una geografía toposemiótica
2.1.3 Microsistemas toposemióticos en Chapinero Central
2.2 Geografía esteticosemiótica: sistema simbólico del zócalo urbano
2.2.1 Variables de una geografía estético-semiótica
2.2.2. Microsistemas estético-semióticos en Chapinero Central
2.3 Geografía sociosemiótica: sistema simbólico del comportamiento social
2.3.1 Variables de una geografía sociosemiótica
2.3.2. Microsistemas sociosemióticos
3. Diagnóstico semiótico urbano: Chapinero Central
Conclusión
Referencias
Lista de fotografías
Capítulo 1. La investigación: el espacio como información y sus dimensiones
Fotografía 1. Información topológica de las relaciones espaciales
Fotografía 2. Información objetual, edificio y strip
Fotografía 3. El uso, la apropiación, el acontecimiento urbano
Fotografía 4. Sedimentación semiótica, Parque de los Hippies, Chapinero Central
Capítulo 2. Sobre la construcción teórica y conceptual
Fotografía 1. Paisaje urbano heterogéneo, Chapinero Centro, Bogotá
Fotografía 2. Proyecto de resignificación urbana, Chapinero Centro (proyecto de la Oficina para la Resignificación, Alcaldía de Bogotá)
Fotografía 3. Lenguaje urbano
Fotografía 4. Sintaxis y texto urbano
Fotografía 5. Sintagma urbano
Capítulo 3. Geosemiótica en Chapinero Central
Fotografía 1. Parque e iglesia de Lourdes
Fotografía 2. Carrera 13
Fotografía 3. Parque de los Hippies
Fotografía 4. Carrera Séptima
Fotografía 5. Carrera Novena
Fotografía 6. Strip: collage de Chapinero Centro
Fotografía 7. Objeto: signo autónomo
Fotografía 8. Objeto: signo emblema
Fotografía 9. Strip artificial, Las Vegas, Estados Unidos
Fotografía 10. Strip artificial, Chapinero Centro
Fotografía 11. Edificio dominante
Fotografía 12. Strip dominante
Fotografía 13. Clases de strip
Fotografía 14. Imagen sociosemiótica, abstracción
Fotografía 15. Cultura vintage
Fotografía 16. Emblemas LGTBIA+
Fotografía 17. Snob
Fotografía 18. Estilo fitness
Fotografía 19. Popular
Lista de figuras
Capítulo 1. La investigación: el espacio como información y sus dimensiones
Figura 1. Ficha de los recorridos semióticos
Figura 2. Corema urbano y obra de arte, Broadway Boogie-Woogie, 1942, Piet Mondrian
Figura 3. Recorrido urbano semiótico y corema de análisis
Figura 4. Recorrido semiótico en Chapinero Centro
Figura 5. Compilación de recorridos semióticos, en Chapinero Centro
Figura 6. Coremas de análisis en Chapinero Centro
Figura 7. Presente: espacio y evento
Figura 8. El espacio, como la imagen, es lo no existente
Figura 9. Mitificar, relatar, describir
Figura 10. Acontecimiento urbano: descrito, relatado, meditado
Figura 11. Espacio, objeto y acontecimiento
Figura 12. Información espacial topológica
Capítulo 2. Sobre la construcción teórica y conceptual
Figura 1. Del imaginario estético al imaginario social
Figura 2. De la empatía estética a la geografía simbólica
Figura 3. Denotación y connotación urbanas
Figura 4. Estructura semiótica compleja
Capítulo 3. Geosemiótica en Chapinero Central
Figura 1. Chapinero, abstracción de topologías complejas
Figura 2. Atmósferas socioestéticas en Chapinero Centro
Lista de mapas
Mapa 1. Plano de Bogotá, localización de Chapinero
Mapa 2. Chapinero Central
Mapa 3. Bogotá, 1890-1938
Mapa 4. Chapinero, 1900
Mapa 5. Evolución de la estructura urbana de Chapinero Centro
Mapa 6. Estructura urbana de Chapinero Central, 2020
Mapa 7. Datos de relaciones y visibilidad
Mapa 8. Corema de relaciones y visibilidad
Mapa 9. Datos de convergencia y accesibilidad
Mapa 10. Corema de convergencia y accesibilidad
Mapa 11. Microsistemas toposemióticos en Chapinero Central
Mapa 12. Localización de datos: objeto-strip
Mapa 13. Corema. Objetos símbolos y objeto emblema
Mapa 14. Localización de datos: rivalidad objeto-strip
Mapa 15. Corema: objeto y strip dominantes
Mapa 16. Datos: localización de los tipos de strip
Mapa 17. Corema: áreas de grafiti, fachadismo, escaparatismo y publicidad
Mapa 18. Datos: localización, dinámicas peatonales
Mapa 19. Corema: dinámicas diurnas y nocturnas
Mapa 20. Datos: localización, atmósferas urbanas
Mapa 21. Corema: atmósferas urbanas
Prólogo
La obra que se prologa no es resultado de una investigación convencional, atrapada dentro de los límites que impone la ortodoxia académica y las exigencias administrativas inherentes a la obtención del título de doctor. Las reflexiones y conclusiones que el Dr. Jairo Humberto Agudelo Castañeda nos brinda no son solo un trasunto del proceso de indagación y redacción de sus tesis doctoral, sino que lo que ahora se presenta es producto de la combinación de unas cualidades personales excepcionales, puestas al servicio del conocimiento del espacio elegido para documentar y demostrar la capacidad social de imprimir carácter a un lugar. Entre ellas, sobresale una notable sensibilidad para detectar e interpretar los problemas e inquietudes desarrollados en una porción de la ciudad tradicional, transformada al compás del cambio social, hasta convertir esta facultad de mutación en parte esencial de su ser. Se muestra también una alta capacidad para percibir, casi para intuir, las interacciones entre la sociedad y el espacio, base del quehacer geográfico, y para desentrañar al tiempo las formas a partir de las cuales se imprimime carácter y se producen sentimientos de arraigo o pertenencia, de los que toda la población de un determinado territorio participa; un territorio en el que se anclan, con el paso del tiempo, algunos atributos que mantienen incólume su identidad pese a los cambios funcionales y materiales experimentados.
Todo territorio, también el territorio de la ciudad, se configura a partir de rutinas (educativas, laborales o convivenciales) consolidadas en el tiempo mediante una suerte de responsabilidad social distribuida e implícita. Gracias a esa estrategia, cualquier lugar de la ciudad se ocupa, se explota y se ordena hasta que, por una concatenación causal, tales rutinas sociales decaen e inician un proceso de deconstrucción, vinculado al envejecimiento, en el que son comunes la pérdida de población, la carencia de actividad y el consiguiente abandono de aquellas costumbres y elementos materiales que vertebraron dicho territorio.
Tras estas dos primeras fases, se acentúa el olvido, el cual permea las funciones históricas del territorio como al patrimonio material, de escaso o nulo valor monumental. Este valor queda privado del guión histórico articulador en el que todas ellas estaban ancladas. Para finalizar, también se acentúa la deconstrucción, un periodo iniciado en aquellos territorios en los que el paisaje se degrada y pierde consistencia y sus calidades otorgadas a nivel social, hasta desaparecer cuando otros grupos y otras actividades comienzan a colonizar o a recuperar el espacio perdido.
Este proceso es, en esencia, destructivo y reviste un sentido traumático y afecta a la memoria del territorio; pero si se logra contener esta perniciosa inercia, la ciudad se modela como una suma de pasajes históricos, de cambios y permanencias materiales o funcionales. Alcanzará, entonces, la luminosa consideración de una ciudad con éxito, en palabras de Deyan Sudjic (2017), en El lenguaje de las ciudades: “una entidad que se está reconfigurando continuamente, cambiando su estructura y su sentido social, aunque sus contornos no parezcan muy distintos. Y cuando adopta nuevas formas dramáticas, la medida del éxito es el grado en el cual mantiene su esencia” (p. 252). En otros términos, es lo que denominamos su momento creador.
Cada ciclo vital de una ciudad, o porción de ella, no depende de la recuperación del uso original, sino del acomodo justificado y creíble de nuevas actividades que aprovechen parte del patrimonio endógeno olvidado o que sepan convertir y hacer atractivo al territorio como patrimonio. En este caso, lo relevante no es el valor objetivo de cada componente del patrimonio —un monumento, una calle, unas costumbres—, sino la irrepetible suma de los elementos de menor valor aparente que forman, como en Chapinero, una combinación exclusiva y excepcional. Esto es lo que da valor a los territorios sin valor, es decir, a aquellas combinaciones de materia y actividad, cuya resultante geográfica, como articulación de una cadena de recursos, constituye su esencia y es coherente pese a su cambiante percepción social.
Basilio Calderón Calderón
Catedrático de Geografía Humana
Universidad de Valladolid, España, otoño del 2019
Introducción. De la semiología modélica a la emergencia semiótica

Parque de los Hippies, Chapinero Central, Bogotá
El espacio urbano, cualquiera que sea su cualidad funcional, estética o simbólica, es decodificado por sus habitantes a partir de expectativas instauradas en los imaginarios o códigos individuales y colectivos. Esta interpretación es diferente en las culturas, las regiones y las épocas. De esta manera, la ciudad propone realidades físico-espaciales que generan una idea de la vida. Como el campesino, el citadino también construye valores propios y un estilo de vida, producto de la correlación con su entorno cotidiano espacial y cultural.
Entender cómo se producen las relaciones simbólicas con y en el paisaje urbano, cómo se lee la ciudad, mientras se desarrollan empatías y apatías, expresas en relatos urbanos simbólicos, en representaciones o en apropiaciones geográfico-semióticas, es el objetivo de esta investigación. Para lograrlo, se establecen tres dimensiones que la ciudad propone: (1) la espacial o topológica, (2) la objetual o plástica y (3) la social o del comportamiento humano. Todas son estructuras simbólicas y geográficas que se implican y se determinan de forma recíproca en un proceso de construcción de identidades sociales de los habitantes con sus espacios y, a partir de estas, con ellos mismos. El espacio, entonces, es mediador de lazos sociales que consolidan el paisaje y la realidad social urbana.
Cuando Barthes (1993) afirma que “Lynch tiene de la ciudad una concepción que sigue siendo más gestáltica que estructural” (p. 259), se entiende que el panorama de los estudios modernos sobre la relación del habitante con el espacio urbano se influencia más de las teorías de la percepción, que hacían énfasis en la experiencia visual del espacio, y menos por su dimensión semiótica o sus efectos en las formas de apropiación social del espacio.
La modernidad, al establecer en la arquitectura y en la ciudad modelos estéticos, funcionales y semióticos, no propició el estudio de fenómenos emergentes en ciudades o sectores de ciudad, debido a una evolución orgánica y a transformaciones físico-funcionales, estéticas y semióticas, que no fueron el producto de la reproducción de un modelo, sino de territorios que dieron lugar a realidades únicas y en donde la naturaleza de lo urbano se evidenció de manera original y compleja. Sin embargo, diversos autores trabajaron en la relación del habitante con el espacio y en el concepto de lugar, el cual, gracias a Aristóteles, fue determinante para definirlo de modo cultural o simbólico; a la par, este concepto se mantuvo vigente, aunque deteriorado e interpretado a conveniencia por las vanguardias del siglo XX.
Los movimientos posmodernistas y posestructuralistas responden a los nuevos problemas sociales y ecológicos que propone el hábitat humano. En las últimas décadas, los discursos sobre el espacio y sus dimensiones sociales, culturales y simbólicas cobran protagonismo en el diseño de ciudades más habitables. La humanización de lo urbano, una reacción a la deshumanización que produjo el positivismo del siglo XX, es de interés en saberes como la sociología urbana, la geografía de la percepción y la geografía social o radical, cuando aportan reflexiones e investigaciones científicas sobre lo urbano.
En torno a la idea de la producción del espacio, Henri Lefebvre (1974) afirma que “se pasa de la producción en el espacio a la producción del espacio” (p. 219). Como resultado de una profunda reflexión ideológica, política y económica, se evidencia la cualidad instrumental del espacio moderno: “Este espacio tiene varias propiedades bien definidas, especialmente la de ser el espacio de la propiedad. Estas propiedades —que le son particulares, en tanto que espacio— consisten en ser óptico y ser visual” (p. 223). En consecuencia, es un producto más, que se comercializa y se define a partir de su cualidad física o visual. Este espacio producto no considera su naturaleza social y cultural (Lefebvre, 1974).
Lefebvre (2013) también elabora “una tríada conceptual compuesta por las prácticas espaciales, las representaciones del espacio y los espacios de representación. A cada una de estas dimensiones le corresponde, respectivamente un tipo de espacio; el espacio percibido, el espacio conceptual, el espacio vivido” (p. 15). Su cualidad moderna se reconoce en la primera y segunda categoría. Sin embargo, este autor propone una tercera, en la cual la vivencia y no la percepción del espacio es protagonista. Con este tercer espacio, se visibiliza a la gente, al usuario, al habitante, quien vive en y con el espacio; además, enfrenta a quienes producen el espacio, intelectuales académicos que lo conciben y lo diseñan desde lo abstracto.
El espacio vivido de Lefebvre no solo es aquel experimentado de modo físico, sino que también garantiza una vivencia cultural y simbólica, a partir de la cual se entiende la manera de ser de una comunidad, su madurez y su riqueza cultural. La cualidad físico-funcional del espacio es solo un requisito con el cual se construye la otra dimensión, la trascendente de lo habitado dentro del relato. Este tipo de espacio tendrá la facultad de provocar sentido y exigirá que, además de su pertinencia física, ofrezca libertad simbólica.
El tercer espacio, el de la representación, donde se construyen las vidas, es el “espacio de los signos, de los códigos de ordenación, fragmentación y restricción” (Lefebvre, 2013, p. 15). También es el de la gente del común, el que está a la escala de sus vidas y el que se forma con el tiempo y con la evolución natural de la ciudad o de sectores de la ciudad. Es el espacio de lo contenido, al cual se refiere Manuel Delgado (2013), cuando habla de la diferencia entre la ciudad como el contenedor, lo urbano como su contenido, además de la aparición del concepto de espacio público en la obra de Lefebvre (2013):
En el contexto de una ciudad, la práctica espacial remite a lo que ocurre en las calles y en las plazas, los usos que estas reciben por parte de habitantes y viandantes. Por su parte, los espacios de representación son los espacios vividos, los que envuelven los espacios físicos y les sobreponen sistemas simbólicos complejos que los codifican y los convierten en albergue de imágenes e imaginarios. (p. 2)
La comparación que hace Delgado (2013) entre la práctica espacial y los espacios de representación en Lefebvre (2013) es fundamental. Si se observa el mensaje que emiten ambos tipos, se afirma que el espacio de la práctica espacial generaría una noticia, mientras que el espacio de representación crea una narración o un relato. Esto implica la construcción social y cultural de la vivencia, sostenida por sus estructuras simbólicas.
La cualidad fundamental de los espacios de representación, además de reconocer al habitante como actor principal, es la de instaurarse como un sistema simbólico que se gesta en la relación del habitante con el espacio, desde múltiples disciplinas. Estos espacios son definitivos en el devenir histórico y en la consolidación de la dimensión simbólica de una comunidad. En este punto, se encuentra la esencia del habitar, aquella que define el sentido de lo urbano.
Esta ventana conceptual, que permite a Delgado ver en la obra de Lefebvre la rivalidad entre las semióticas establecidas, enseñadas, heredadas, y las semióticas emergentes, que aseguran la vitalidad de lo urbano, se explica en los siguientes términos:
En los espacios de representación puede encontrar uno expresiones de sumisión a códigos impuestos desde los poderes, pero también las expresiones del lado clandestino o subterráneo de la vida social. Es el espacio cualitativo de los sometimientos a las representaciones dominantes del espacio, pero también en el que beben y se inspiran las deserciones y desobediencias. (Delgado, 2013, p. 2)
En el espacio, es claro cómo se enfrentan los signos de representación simbólica y los signos emergentes elaborados por el habitante, mediante la vivencia cotidiana de lo urbano. Por eso, es común la aparición de sistemas sociales en sectores degradados o deteriorados en su aspecto físico y funcional, en donde es fácil apreciar estructuras simbólicas emergentes, producto de la apropiación física y social del espacio, y en donde la migración urbana, la gentrificación, la movilidad funcional y social, la migración virtual de códigos culturales causan emergencias simbólicas en territorios urbanos ahora resignificados e interconectados.
Esta dimensión del espacio es el objeto de esta investigación; cuestión que implica el estudio de los fenómenos de representación y la lectura semiótica del espacio, a partir de la cual se desarrollan empatías urbanas y sociales, que proponen la estructuración del hábitat urbano como un sistema semiótico complejo. Es protagonista el espacio donde la apropiación físico-semiótica emergente reinterpreta y recrea los códigos semióticos diseñados, pero que, con el tiempo, acumula símbolos propios que lo hacen valioso a nivel cultural y social, porque representa la historia de una comunidad, a medida que sus integrantes se identifican.
Este espacio funda “la ciudad reconstruida semiológicamente, terreno fértil para la subjetividad, para la creación de sentido, para la configuración de lugares, entendidos como las apropiaciones del espacio en el tiempo: la ciudad sujeto” (Cenci, 2013, p. 95). En ella, se establece una forma de reconocer la dimensión trascendente de la vida urbana y cómo es el alimento de la historia, porque la sedimentación semiótica, como la define Cenci (2013), es la verdadera riqueza de los lugares urbanos.
En la actualidad, las redes sociales y el espacio virtual tienden a deslegitimizar las relaciones sociales en el espacio físico y sirven como modelo en la construcción de escenarios que pretenden una realidad ficticia o una hiperrealidad, definida en La época neobarroca, de Calabrese (1999). También sería el espacio sobreexpuesto de Virilio (2009):
Donde una vez la polis inauguró un teatro político, con su ágora y su fórum, ahora sólo hay una pantalla de rayos catódicos, donde las sombras y los espectros de un baile comunitario se mezclan con sus procesos de desaparición, donde el cinematismo transmite la última aparición del urbanismo, la última imagen de un urbanismo sin urbanidad. Allí es donde el tacto y el contacto dan lugar al impacto televisual. (p. 8)
El problema es la aparición de un urbanismo sin lo urbano, aquel componente que define Delgado (2013). Por otra parte, además de esta proliferación neobarroca, extremo de la proyección ideal y utópica de lo moderno, está la heterotopía, que Foucault (2008) define así:
Pues bien, yo sueño con una ciencia —y sí, digo una ciencia— cuyo objeto serían esos espacios diferentes, esos otros lugares, esas impugnaciones míticas y reales del espacio en el que vivimos. Esa ciencia no estudiaría las utopías —puesto que hay que reservar ese nombre a aquello que verdaderamente carece de todo lugar— sino las heterotopías, los espacios absolutamente otros. Y, necesariamente, la ciencia en cuestión se llamaría, ya se llama, la heterotopología. Pues bien, hay que dar los primeros rudimentos de esta ciencia cuyo alumbramiento está aconteciendo. (p. 42)
Estos espacios, donde la realidad de una sociedad se presenta de forma única y extrema, son fruto de su historia más íntima, así como de su manera de entender y representar la vida. En medio de estas miradas extremas entre lo hiperreal y lo heterotópico, Michel de Certeau (2000) deja clara la importancia de la pequeña escala del espacio y del tiempo. En La invención de lo cotidiano, propone la búsqueda de respuestas en las pequeñas escalas, desde los microdiscursos, contenidos en lo cotidiano, al igual que Jane Jacobs (2011), cuando busca un lugar más humano en medio de ambos extremos, donde se pretende una resignificación de la vivencia urbana del espacio cotidiano para hacerlo más real y, al mismo tiempo, más simbólico y trascendente. Es una mirada a la revitalización de lo cotidiano.
Encontrar maneras para que la ciudad recobre valor o, mejor, recobre sentido, es una preocupación de diversas disciplinas. Construir con los espacios urbanos un vínculo más trascendente y valioso es una inquietud de Juan Carlos Pérgolis (2005), cuando afirma que la imagen urbana “no pertenece a la ciudad sino a sus habitantes, ya que es el modo como los ciudadanos la representan en su mente; por eso, la imagen identifica a la ciudad, no por como es, sino por cómo es vista” (p. 7). El habitante se reconoce en lo urbano, la ciudad es su representación y, mediante dicha representación, él se lee y se reconoce como algo real. Frente a la nueva imagen global de lo urbano, gracias a las tecnologías de comunicación física y virtual:
Es importante una lectura inteligente, capaz no sólo de comprender que cualquier decisión espacial de un grupo social actúa sobre su paisaje vivencial, transformándolo y recreándolo, sino que también los resultados de estas acciones van a tener una incidencia directa sobre la calidad de vida de las personas. Por ello sustentar cualquier intervención en el territorio sobre una buena lectura de los componentes presentes en la configuración del paisaje parece una tarea fundamental. (Delgado y García, 2009, s. p.)
A través de la simbolización espontánea 1, se encuentra el lugar esencial de la relación entre el espacio físico y las formas de apropiación social. Ahora bien, ¿gracias a esta simbolización, la lectura semiótica del espacio despierta empatías urbanas que dan sentido a lo urbano?
La competencia por la apropiación del espacio se pierde cuando su dimensión simbólica se produce desde el diseño o la concepción del urbanista y el espacio se carga de un discurso semiótico que el habitante debe asumir y nunca desvirtuar o contradecir. Cuando los estudiantes de la Universidad Nacional de Colombia, en Bogotá, decidieron que la plaza principal de su universidad debía representarlos, desterraron el busto del prócer de la patria Santander y pintaron la imagen del Che Guevara en la fachada del Auditorio León de Greiff. En términos políticos y sociales, el discurso de este fenómeno es importante; sin embargo, lo que interesa en esta investigación es el fenómeno de la sustitución físico-semiótica de un espacio en el que ellos buscaron ser representados.
Diferente es el caso de Detroit, donde los discursos semióticos de la ciudad moderna se deterioraron con la urbe. Ya en ruinas, fue apropiada por otro tipo de ciudadano, más consciente del valor de lo social y de lo ecológico. Ahora, la ciudad resurge con lentitud de su ruina física y simbólica, a medida que diseña otra imagen de sí, gracias a las formas de vida de sus nuevos habitantes.
Estos dos lugares mencionados, donde el espacio representa la realidad, están construidos por otras personas, pero fueron apropiados por sus habitantes para ser reconstruidos y resignificados. Allí, lo simbólico no es ficción, sino la verdadera realización de la comunidad. Desde esta perspectiva, la intimidad de cualquier rincón cotidiano guarda la semilla de una heterotopía y la transformación físico-simbólica es el resultado de dinámicas sociales cotidianas. Los microdiscursos semióticos emergentes se enfrentan con los macrodiscursos impuestos, heredados o preestablecidos. Otros casos como Castro, Checa o Chapinero transformaron, de forma orgánica, su dimensión simbólica y forjaron identidades sociales urbanas, que ahora participan en la estructuración social, política y económica de sus habitantes.
Pretender que la dimensión semiótica de lo urbano se condense en una fórmula simple, práctica y fácil para ser consumida, a partir de la cual se califique lo urbano, alimenta los macrodiscursos urbanos modernos y descuida, de manera sistemática, los microdiscursos que emergen con naturalidad desde las costumbres, las cosmogonías y las vidas cotidianas de los habitantes urbanos.
La ciudad contemporánea, erigida por la evolución histórica y orgánica de sus realidades sociales y físicas, exige una reflexión que se centre en las evidencias, en los fenómenos que produce, de los cuales deberá entenderse su naturaleza implícita. La formación del sentido urbano es inherente a sus procesos simbólicos. Lo importante es que el habitante participe en esa construcción emergente, a partir de sus necesidades y sus deseos. Esta práctica legitima los microdiscursos y revisa los macrodiscursos urbanos que, aunque se reconocen como educadores y socializadores, desconocen la naturaleza orgánica real de lo urbano en lo cotidiano.
En función de este marco explicativo, la investigación de este libro se desarrolla en tres capítulos: el primero, con tres apartados, determina los fundamentos conceptuales a partir de los cuales surge la relación con el espacio urbano como fenómeno comunicacional; de tal manera que sea el contenedor y el emisor de todo tipo de información. El segundo capítulo, compuesto en cinco apartados, presenta el enfrentamiento entre imaginario estético e imaginario social urbano, con la finalidad de exaltar lo simbólico en los procesos de fortalecimiento del sentido de lo urbano. A través de este enfrentamiento, se hace un recorrido por la historia de las reflexiones sobre este tema, desde la empatía estética hasta la geografía simbólica, para definir la dimensión semiótica de lo urbano, mediante conceptos como el lenguaje urbano, la sintaxis y el texto urbano. La tercera parte se despliega en tres apartados que sitúan la investigación de campo en Chapinero Central, Bogotá, donde se consolidan las geografías toposemiótica, estético-semiótica y sociosemiótica, con las cuales se establece la cualidad geográfica del comportamiento semiótico del espacio urbano. La investigación concluye con la definición de geosemiótica o el sistema geográfico de los signos urbanos. De esta manera, se supera lo estético por lo semiótico, como mirada que reconoce la dimensión social de la persona común en el paisaje urbano, quien construye, por medio de su empatía espacial, el sentido de lo urbano.
1 “Así, la estructura del espacio se manifiesta en los contextos más diversos, bajo la forma de oposiciones espaciales donde el espacio habitado (o apropiado) funciona como una especie de simbolización espontánea del espacio social” (Bourdieu, 2002, p. 28).
Capítulo 1. La investigación: el espacio como información y sus dimensiones
1. La apropiación del espacio, las empatías urbanas y el espacio semiótico
Para comenzar con el análisis, se definen los aspectos fundamentales que orientaron el desarrollo de la investigación, desde la definición del tema específico hasta la hipótesis de trabajo. Estos aspectos proponen las cualidades del estudio y lo que se espera de él. El tema se centra en el espacio y en la vida urbana de Chapinero Central, populoso territorio urbano de la ciudad de Bogotá, Colombia. También se definen objetivos, hipótesis e instrumentos metodológicos.
1.1 Espacio y vida urbana: tema
El espacio es una construcción física. Aunque real, no es más real que los otros espacios que se erigen en simultáneo con él. Esos otros espacios no medibles estructuran su dimensión subjetiva y se definen como el espacio social, el espacio perceptual, el espacio sensorial, el espacio emocional, el espacio imaginado y el espacio semiótico (el que interesa a esta investigación).
Todos ellos representan una variedad de disciplinas desde las cuales se estudia su cualidad subjetiva. De allí que se hable de un tema interdisciplinario, porque el espacio se estudia desde perspectivas como la arquitectura, el urbanismo, la estética, la psicología, la geografía humana y de la percepción, la antropología o la sociología. Por tal motivo, es necesario diseñar una estructura que jerarquice la relevancia del espacio simbólico en función de la búsqueda de las empatías urbanas y la construcción del sentido urbano.
En la búsqueda de un razonamiento que haga al espacio, y no al tiempo, protagonista en las reflexiones sobre lo social en el mundo contemporáneo, Francisco Javier Tirado y Martín Mora (2002) afirman: “La discusión foucaultiana quiere repensar lo social a la luz del espacio […] nuestra lectura recoge aportaciones de autores como Deleuze, Serres, Harvey y Soja, para problematizar lo social desde una óptica espacial” (p. 11). Asimismo, este fenómeno, que hace del espacio y del habitante protagonistas en los estudios de geografía, lo presenta Peter Jackson (1999) en los siguientes términos:
Este artículo da cuenta de las nuevas direcciones tomadas en el seno de la geografía humana a consecuencia del ‘giro cultural’. Ofrece, además, una breve cronología de hechos recientes emprende una caracterización del ‘giro cultural’ y evalúa hasta qué punto se ha producido un ‘giro espacial’ concomitante en los estudios culturales. (p. 41)
Desde esta perspectiva, se entiende que el giro espacial, social y cultural de los estudios geográficos propone una geografía de la percepción. José Luis Vara Muñoz (2008) retoma la definición de Vila Valenti para afirmar que es “un enfoque geográfico que entiende el espacio, no como una concepción objetiva y abstracta, sino en función de su valor subjetivo, como espacio conocido, aprehendido individualmente; es el espacio vivido” (p. 372).
La geografía de la percepción es el marco referencial directo de este estudio que se centra en la lectura semiótica de la realidad urbana o la geografía de lo semiótico en lo urbano. Sin embargo, el énfasis semiótico es determinante, así que el camino en el que se desarrolla esta investigación es el propuesto por Roland Barthes (1993):
amo la ciudad y los signos. Y este doble amor (que probablemente es un solo amor) me impulsa a creer, quizá con cierta presunción, en la posibilidad de una semiótica de la ciudad […] el espacio humano en general (y no el espacio humano solamente) ha sido significante. La geografía científica y sobre todo la cartografía moderna pueden ser consideradas como una especie de obliteración, de censura, que la objetualidad ha impuesto a la significación. (p. 257)
Al seguir la misma búsqueda de Barthes (1993), el tema principal de esta investigación se centra en el estudio de esa dimensión del espacio habitado que se desdibuja con apelativo de subjetivo gracias a la geografía científica. Se proponen la geografía semiótica y su rol en los fenómenos de apropiación y consumo cultural del espacio urbano, como los intereses temáticos del análisis.
1.2 Apropiación y representación espacial: problema
La ciudad contemporánea suele presentar dos extremos en la cualidad simbólica de sus territorios. Por exceso o por defecto, es difícil tener un equilibrio entre heterogeneidad y homogeneidad social, estética y simbólica. Por una parte, se encuentra la racionalización funcional, la cual fomenta estéticas homogéneas, en territorios aislados de la estructura urbana y en donde conjuntos cerrados, suburbios o ciudadelas crean realidades hiperdiseñadas (Weir, 1998), que el habitante entiende, acepta y consume de manera pasiva; esto le impide su apropiación simbólica y la construcción de sentido urbano original y participativo. Por otra parte, están los territorios urbanos complejos, donde la heterogeneidad funcional y social provocan rivalidades y fraccionamientos, luchas por el territorio, gentrificación y marginalidad espaciotemporal.
Estos extremos, aunque opuestos, comparten un problema no resuelto: la construcción de sentido urbano. Los primeros, porque el sentido ya viene diseñado desde la conceptualización diseño y construcción de la estructura urbana y, los segundos, porque su naturaleza compleja en lo social y en lo legal no permite algún control que equilibre o administre los procesos de apropiación y representación.
En el primer caso, los recursos semióticos se agotan con rapidez y es imposible la renovación semiótica de lo urbano, pues hay una realidad hiperdiseñada y estática, con cualidades de la ciudadela o el reality. En el segundo caso, la versatilidad, la fragmentación, la marginalidad, el espacio temporal y las diversidades no resueltas configuran habitantes ajenos, desconfiados y temerosos de vivir el espacio urbano. En ambos, la dificultad para construir sentido urbano causa los problemas que implican la falta de identidad urbana, la falta de apropiación e identidad personal, la imposibilidad de crear un relato urbano y participar en la construcción histórica de lo urbano. Sectores con este tipo de problemas tienden a colapsar y perder su vitalidad urbana, donde la permanencia de residentes es inestable y la vida no es una experiencia positiva, creativa o feliz.
Respecto a Chapinero Centro, más cercano al segundo caso propuesto, la guerra por los territorios es su constante y esta lucha cuenta con una historia que deja huellas. Los cambios de usos frecuentes, que demuestran vocación por el encuentro, evidencian la disposición social del sector. Sin embargo, su evolución consolidó su imagen como un sector de estilos de vida heterogéneos, los cuales maduraron y aún conviven de manera creativa. Estos estilos hoy están en riesgo de desaparecer gracias a las inversiones en nuevos desarrollos de vivienda (el negocio inmobiliario) que, al aprovechar la localización estratégica del sector dentro de la ciudad, iniciaron una gentrificación. La valoración de la expresión simbólica, generada por los habitantes cotidianos, establece su comportamiento en el espacio y la visibilidad de su colonización simbólica. Esto los representa, los identifica y se debe respetar, si se desea obtener una enriquecedora sedimentación semiótica, en vez de una banalización simbólica del territorio.
1.3 Empatías urbanas: hipótesis
La dimensión semiótica de las cualidades topológicas, estéticas y sociales de un territorio urbano tiene su génesis en la interpretación o decodificación de la información espacial, información convertida en signo por el habitante que la interpreta. Estos sistemas semióticos, en el territorio urbano, son capas o estructuras simbólicas simultáneas, que el habitante individual y colectivo, de acuerdo con sus necesidades y zonas de apropiación y representación, teje mientras establece relaciones intersimbólicas entre las diferentes capas de sistemas de información simbólica del territorio urbano.
Existen los sistemas semióticos simples y los sistemas semióticos complejos, los cuales se definen a partir de variables determinadas. Se habla de la multidimensionalidad semiótica del espacio urbano en territorios que manifiestan expresiones estéticas espontáneas y múltiples. En estos lugares, el habitante individual y colectivo crea su sistema semiótico y, en esa creación, radica el sentido que otorga a lo urbano.
La empatía urbana se define como el reconocimiento de signos contenidos en el espacio; el sentido urbano se construye en la medida en que el habitante elabora su propio sistema semiótico, a partir de la decodificación de signos en los diferentes sistemas de sentido.
Cuando la lectura semiótica de la información espacial es plana, horizontal o bidimensional, se interpretan signos de un solo sistema; lo que produce un sentido urbano que se agota con rapidez y se congela, pues no es recreable. No obstante, existe un tipo de lectura más espacial, vertical o tridimensional, producto del deseo de descubrir otras realidades urbanas, el cual relaciona signos que pertenecen a diferentes sistemas semíticos, que coexisten en el territorio. De esta manera, el sistema semiótico personal se recrea. Gracias a la empatía y al deseo, el signo se reconoce e incorpora en una estructura semiótica compleja. El sentido de lo urbano, entonces, aparece cuando se crea un tejido semiótico propio.
Las variables de un sistema semiótico complejo son la heterogeneidad de los signos, la flexibilidad de las sintaxis y la versatilidad de las hermenéuticas urbanas. Existe la posibilidad de plantear una teoría de los sistemas semióticos urbanos.
1.4 Lectura semiótica del espacio: objetivos
En primera instancia, se definen los objetivos teóricos y, en segundo lugar, los objetivos prácticos, a partir de las metodologías y tipo de información. Los primeros son producto de un marco teórico-conceptual y los segundos, de un trabajo de campo.
1.4.1 Objetivos teórico-conceptuales
1.Diferenciar entre percepción y lectura del espacio, para consolidar el carácter del espacio urbano como un texto.
2.Delimitar los tipos de texto urbano y cuál propicia la construcción de sentido urbano.
3.Revisar los elementos constituyentes de la geografía de la percepción y conceptualizar la propuesta de una geografía semiótica de lo urbano.
4.Determinar la existencia de sistemas semióticos simples o complejos.
5.Establecer cómo la migración del deseo es un fenómeno fundamental en el desarrollo de empatías urbanas vivas y en la construcción de sistemas semióticos complejos.
1.4.2 Objetivos prácticos
El trabajo de campo se despliega en tres frentes, para responder a los objetivos trazados y determinar la geografía semiótica del territorio:
1. Estudio toposemiótico: análisis de la cualidad simbólica del espacio, de acuerdo con su localización y relaciones.
2. Estudio estético-semiótico: análisis de la ubicación y las expresiones físico-estéticas.
3. Estudio sociosemiótico: análisis de los comportamientos sociales en el territorio.
1.5 Instrumentos metodológicos
Al tener en cuenta el tipo de trabajo en campo, se diseñaron dos instrumentos que sirven en la recolección de datos. En el primero, denominado recorridos semióticos, se diseñó una ficha donde se consigna el trabajo de campo y, en el segundo, llamado corema abstracto, se presenta la clasificación, análisis y abstracción de la información.
1.5.1 Recorridos semióticos
Durante la observación y estudio del territorio, en primera instancia, se usan los recorridos semióticos (figura 1). Este ejercicio consigna la información de campo en una ficha informativa. El habitante realiza recorridos espontáneos y graba un audio donde registra sus percepciones y decisiones a partir de su contacto con el espacio urbano. El audio se transcribe en la ficha y se realiza su análisis. Estos recorridos semióticos se estudian mediante variables basadas en las relaciones físico-espaciales, estéticas y sociales del territorio y generan la información geográfica que luego se analiza con el uso de los coremas abstractos (figura 2). Al ser un ejercicio libre, en que el habitante habla y recorre a su voluntad, el espacio es interpretado con libertad y la ficha, además de registrar el documento literario, también resguarda los datos geográficos. Este instrumento permite el análisis del relato urbano y su representación geográfica (figuras 1 y 2).
Figura 1. Ficha de los recorridos semióticos
Figura 2. Corema urbano y obra de arte, Broadway Boogie-Woogie, 1942, Piet Mondrian
1.5.2 Coremas abstractos
El estudio del comportamiento semiótico en el territorio urbano es complejo y, para responder a la naturaleza de los datos y objetivos de la investigación, se plantea el corema abstracto como instrumento metodológico en el tratamiento de los datos obtenidos durante los recorridos semióticos.
Con el uso de coremas se relacionan los datos del comportamiento de los signos urbanos, porque hacen posible la espacialización de los datos semióticos en el territorio. A diferencia de la obra de arte abstracta (figura 2), el corema trabaja con las proporciones y las escalas reales del mapa urbano; de tal suerte que, aunque su expresión sea plástica y abstracta, su dimensión topológica es real. Esta cualidad propicia una reflexión geográfica exacta sobre los datos consignados en el mapa base de la ficha informativa.
Los recorridos semióticos se realizan con el propósito de captar los datos urbanos que el territorio brinda en el análisis semiótico. Para alcanzar esta meta, cuentan con herramientas en la captación de datos, como videos, fotografías, cartografías y cualquier medio que apoye la finalidad de comprender y adjuntar datos suficientes. Los tesistas de la carrera de Arquitectura, de la Universidad de la Salle, realizaron un ejercicio académico basado en el trazado y el análisis de recorridos semióticos del barrio Chapinero Central. Con este ejercicio, se depuró la metodología y se demostraron los alcances y posibilidades de esta herramienta (figuras 3-5).
Figura 3. Recorrido urbano semiótico y corema de análisis Fuente: Juan Sebastián Ortiz y Erika Marín, estudiantes de la materia Modalidad de Grado, Universidad de La Salle, Bogotá.
Figura 4. Recorrido semiótico en Chapinero Centro Fuente: Juan Diego Cortes, Sebastián Viviel y Nicolás Herrera, estudiantes de Modalidad de Grado, Universidad de La Salle, Bogotá.
Figura 5. Compilación de recorridos semióticos, en Chapinero Centro Fuente: Juan Diego Cortes, Sebastián Viviel y Nicolás Herrera, estudiantes de Modalidad de Grado, Universidad de La Salle, Bogotá.
El cruce de la información de los recorridos semióticos produjo cartografías semióticas en el territorio. En el caso de Chapinero Centro, se elaboraron mapas o coremas abstractos y geográficos que identifican el comportamiento espacial de las variables escogidas.
En el siguiente ejemplo (figura 6), los estudiantes Juan Diego Cortés y Nicolás Herrera tomaron el cruce de los recorridos semióticos de Chapinero Centro y, a partir de esta cartografía simbólica, llevaron a cabo diagnósticos semióticos y geográficos del territorio. La reflexión aporta elementos que determinan el comportamiento estético y funcional de un proyecto arquitectónico propuesto en el sector.
Figura 6. Coremas de análisis en Chapinero Centro Fuente: Juan Diego Cortes y Nicolás Herrera, estudiantes de Modalidad de Grado, Universidad de La Salle, Bogotá.
En búsqueda de la dimensión semiótica del paisaje urbano, esta investigación determinó tres dimensiones fundamentales: la topológica, la estética y la social. El tipo de variables y la cualidad de los datos, junto con la elaboración de fichas de los recorridos semióticos y coremas, permitieron delimitar el comportamiento geográfico de cada una de ellas y así generar un diagnóstico semiótico del paisaje urbano.
Centrarse en la dimensión simbólica de la realidad físico-espacial urbana implicó la revisión conceptual de la relación entre habitante y su espacio, por lo que fue necesario redefinir los conceptos fundamentales que explican dicha relación. El segundo apartado de este primer capítulo se centra en la revisión del concepto de espacio habitado, mientras se reconoce su naturaleza existencial, simbólica y cultural. La cualidad comunicativa del espacio es clave en la búsqueda de su dimensión simbólica.
2. Dimensiones del espacio: la imagen estética y el sentido social del espacio *
Entender las dimensiones social y simbólica del espacio, como un objeto de estudio científico, es producto de innumerables reflexiones que revisaron los fundamentos conceptuales con los que se miró la relación entre el habitante y el espacio durante el siglo XX. Esta estructura básica de conocimiento establece variaciones en los paradigmas de esta dimensión del conocimiento y permite la participación de otras disciplinas involucradas en los fenómenos de apropiación espacial e interpretación del paisaje urbano. Al espacio se le otorga toda clase de particularidades. Los énfasis de los estudios modernos lo clasifican de acuerdo con la manera en que se produce, al enfrentar el concepto de paisaje natural con el de paisaje cultural. Al respecto de estas clasificaciones y miradas del espacio, Paul Claval (2002) asegura que, desde la geografía:
las epistemologías naturalista y funcionalista no dejaban ningún lugar para el individuo y sus iniciativas. El enfoque cultural corrige estas orientaciones: al concebir el espacio como una escena donde los seres humanos se ofrecen al espectáculo, representan papeles que los valorizan, los enriquecen o les aseguran ciertos poderes, tiene en cuenta al individuo y las iniciativas de que es autor. Nos hace descubrir el sentido que le dan los seres humanos a los decorados que los rodean y que, en gran medida, han construido. Nos hace entrar en el universo de sus valores y creencias, y aclara las estrategias que retienen en su vida social, política o cultural. (p. 38)
El autor exalta el enfoque cultural de la geografía contemporánea, la cual enseña a otras disciplinas entender el asunto urbano de una manera más amplia, hasta sobrepasar la mirada funcionalista y naturalista. La dimensión cultural del espacio es protagonista en el estudio de su impacto social y simbólico:
El enfoque cultural lleva a los geógrafos a atarse a procesos que habían ignorado durante mucho tiempo. Exploran, atentamente, los diferentes aspectos de la comunicación. Los contenidos transmitidos de individuo a individuo y de generación en generación no siempre son los mismos: en los grupos donde dominan el componente oral y la imitación, los gestos y las prácticas, las actitudes se copian fácilmente. Los mensajes abstractos pasan con mayor dificultad. (Claval, 2002, p. 37)
Las geografías cultural, humana y de la percepción postulan conocimiento importante para entender diferentes dimensiones del espacio. Otras disciplinas, como la sociología y la antropología urbana, además, participan hoy en la creación de un discurso urbano complejo y no modélico, que reconoce su apropiación y naturaleza cultural y simbólica intrínseca.
En la búsqueda de nuevas dimensiones del espacio se presentan, a continuación, tres tipos: el espacio-tiempo, el espacio-cuerpo y el espacio-social. A partir de la reconstrucción de estas relaciones, se identifica al espacio como texto y, con ello, la dimensión semiótica del espacio habitado.
En primera instancia, la relación espacio-tiempo, titulada presente, establece cómo el espacio interviene en la percepción de la realidad cotidiana. El espacio promueve o limita el desarrollo del acontecimiento y, de la misma forma, influye en la construcción del sentido del presente como el tiempo del evento. En segunda instancia, la relación espacio-cuerpo, designada la imagen poética del espacio, define cómo el cuerpo y la imaginación del habitante se estimulan por el espacio, mientras hace memorable la experiencia sensorial. A partir de ella, se da la construcción de un sentido personal de la experiencia espacial. En tercera instancia, la relación espacio-social, titulada intangible, demuestra cómo la actividad de la comunidad otorga al espacio su cualidad social, lo cual se refleja en las huellas estéticas que alimentan el paisaje urbano. Estas dimensiones otorgan al espacio su valor simbólico y sociocultural.
2.1 Presente: espacio-tiempo
La reflexión sobre el habitante y su espacio implica poner atención al tiempo en el que esta relación se produce y se consolida. Frente a la tensión entre pasado y futuro en la tradición moderna, el tiempo presente es una temporalidad invisible y se debe estudiar y redefinir, por su valor en la construcción del sentido de lo habitado.
El tiempo es oro fue el eslogan que caracterizó a la modernidad. Gracias a la absoluta devoción por la velocidad, el tiempo logró ser algo comercializable como cualquier otro producto. Este fenómeno produjo cambios trascendentales en la manera de entender la realidad y la vida. El futuro prediseñado ideal y utópico se convertiría en el parámetro a partir del cual se calificarían las acciones, las decisiones y las vivencias; es decir, toda acción no productiva se descalificó, pues no generó ganancia cuantificable a futuro. A esta inercia, que desacreditó cualquier actividad no productiva, se sumaron los efectos nocivos, en términos de la percepción de la realidad, que los medios de comunicación instalaron en la conciencia colectiva, con lo cual la realidad se hizo cada vez menos convincente y el presente vital, entre habitante y espacio, fue poco reconocido. En medio de la tensión entre pasado y futuro en un mundo virtualizado, la experiencia del espacio real físico urbano se reduce a un instante indefinible e inexistente en términos matemáticos y simbólicos.
La relación con lo urbano se sustituyó por la relación con los medios de comunicación. La ciudad real cedió terreno frente a la proliferación de centros comerciales, colonias vacacionales y suburbios ciudadela, que dibujaron realidades físicas ficticias desconectadas entre sí; hiperrealidades urbanas donde:
la discontinuidad de la experiencia temporal y la deslocalización de las coordenadas espaciales comenzarán a constituir los ejes del debate internacional, donde la modernidad en su fase tardía expresará una fractura respecto de su narrativa tradicional; experiencia radical que será conceptualizada en términos de Posmodernidad. (Carrasco, 2010, p. 77)
Se declaró el descrédito del discurso que dejó sentir sus efectos secundarios: la realidad físico-espacial y el tiempo presente desaparecían en medio de hiperrealidades espaciales, simulaciones de realidad atemporal. En 1990, Octavio Paz ganó el Premio Nobel de Literatura y pronunció un discurso revelador respecto a la importancia del tiempo presente en un mundo que proclamó la posmodernidad:
Decir que hemos sido expulsados del presente puede parecer una paradoja. No: es una experiencia que todos hemos sentido alguna vez; algunos la hemos vivido primero como una condena y después transformada en conciencia y acción. La búsqueda del presente no es la búsqueda del edén terrestre ni de la eternidad sin fechas: es la búsqueda de la realidad real. (s. p.)
Perder el presente significa perder el sentido de la realidad, porque el valor de la vivencia cotidiana desaparece y lo cotidiano no es motivo de atención. De esta manera, se disipa la noción de lo real, que ahora se recupera, porque solo ella nos acerca al presente. Realidades hay muchas, pero la realidad real es la que se vive, se experimenta y la cual es determinante para el espacio, pues este último es contenedor y condición inherente de dicha realidad:
Alternativamente luminoso y sombrío, el presente es una esfera donde se unen las dos mitades, la acción y la contemplación. Así como hemos tenido filosofías del pasado y del futuro, de la eternidad y de la nada, mañana tendremos una filosofía del presente. La experiencia poética puede ser una de sus bases. ¿Qué sabemos del presente? Nada o casi nada. Pero los poetas saben algo: el presente es el manantial de las presencias. (Paz, 1990, s. p.)
Al parafrasear a Cavafis, Paz (1990) propone la acción y la contemplación como los ingredientes constituyentes del presente. Estos sustantivos son el vehículo a la realidad real. El primero se preocupa por la exaltación de las actuaciones humanas y el segundo se relaciona con el entendimiento, la interpretación y la percepción de un espacio que sustenta la acción. Contemplación y acción, dos sustantivos, evidencian la magnitud del tiempo presente y su profundidad. Dos dimensiones con las que surge la realidad real, gracias al espacio del presente. Por ello, la receta de la realidad es acción, contemplación y espacio.
Esta reflexión garantiza una correlación diferente entre habitante y espacio. Este último es cualificado de acuerdo con las actividades que se generan en él y que no solo dependen de su función predeterminada. Hoy el acontecimiento abierto y espontáneo reemplaza al concepto de función, que determinó, jerarquizó y estructuró las actividades en el espacio. Por otra parte, la contemplación no es un acto de percepción visual de lo físico con efectos psicológicos, sino que propicia la representación de la realidad completa y compleja. Observar es más que percibir, es interpretar, leer, depurar y consolidar una lógica amplia de la realidad. De esta manera, el espacio participa en la formación del presente, en el que la realidad real es el encuentro de la acción libre en el espacio y su contemplación profunda.
Toda acción es individual o colectiva, la cual cobra importancia cuando se consolida en una unidad que se reconoce, representa y nombra. Esta unidad se denomina evento. Además, la unidad de la contemplación, que es lectura profunda de la realidad, es el relato o imagen de la vivencia. Así el evento y su relato en el espacio son los componentes de la realidad real propuesta por Paz y, por lo tanto, es la esencia del presente. El evento manifiesta la realidad del presente y la contemplación lee esa realidad cuando explica su relato o imagen y escribe la historicidad del presente. De este modo, se habla de la dimensión del presente, la cual, al no competir con la duración, tiene que ser medida en términos de su magnitud y de su profundidad.
Esta es la afirmación que resume el concepto de lo infinito, el cual no debe ser buscado en el futuro o en el pasado, sino en la profundidad del presente. El presente es la instancia en la cual el evento y el espacio generan el relato, mientras construyen su sentido mutuo y la historicidad de lo urbano. ¿Cuál es la responsabilidad, la verdadera función del espacio en la profundidad del presente? El espacio no es solo el contenedor de funciones predeterminadas o la escena estética de la historia, sino el estructurador del relato que figura el tiempo en la historicidad de lo urbano y, desde esta perspectiva, su responsabilidad también será propiciar el evento espontáneo, un espacio que asimile y exalte las actividades orgánicas de una comunidad.
Esta visión permitirá entender que el espacio urbano, antes de ser la representación de macrodiscursos de poder, empoderaría a la comunidad para apropiarlo y construir su historicidad a partir de relatos urbanos que reflejen su cotidianidad simbólica: el espacio del presente, donde se erija el sentido de lo urbano.
La dimensión temporal del espacio se encarna en el evento que redimensiona al presente, el cual, a partir del relato, se estructura con la cadena temporal e histórica de lo urbano. El cuerpo percibe el espacio; por ello, la experiencia de los sentidos también se interpreta de forma simbólica, cuando hace memorable, en el cuerpo, la experiencia del espacio. Esta es una relación con el espacio que, desde el Barroco, se considera fundamental en el bienestar del habitante. Esta estimulación sensorial, por los efectos del espacio en el cuerpo, de acuerdo con algunos autores, es poética. Sin ahondar en el conocimiento de esta condición, a continuación, se desarrolla este concepto, en la búsqueda de su definición y racionalización (figura 7).
Figura 7. Presente: espacio y evento
2.2 La imagen poética del espacio: el espacio-cuerpo
En los ámbitos académicos latinoamericanos, durante los años 90, se difundió la idea de que la cualidad poética de lo arquitectónico o urbano dependía del alto contenido estético del espacio, cuya capacidad para estimular los sentidos fue el propósito de algunos de los proyectos de arquitectos como Luis Barragán y Rogelio Salmona.
Sin embargo, esta designación, más que enriquecer la reflexión teórica sobre el espacio, cimentó una distancia epistemológica entre la obra y la reflexión sobre ella. Por esta razón, el presente apartado se adentra en los fundamentos sobre el espacio, en su capacidad para estimular los sentidos y construir una recordación físico-simbólica de la experiencia espacial que aporta en la formación de un presente más intenso o profundo; lo cual sucede en el encuentro entre evento y espacio, tratado con anterioridad.
La concepción del espacio, en la tradición clásica oriental, es la base de una reflexión profunda sobre el mismo y su cualidad poética, pues concibe su origen tan representativo y simbólico como el objeto. Esta visión, manifiesta en el poema número 11 del Tao-Te-Ching. El libro del recto camino, da al espacio un valor original en la construcción de conocimiento sobre un presente dimensionado y profundo:
Treinta radios se unen en el centro;
Gracias al agujero podemos usar la rueda.
El barro se modela en forma de vasija;
Gracias al hueco puede usarse la copa.
Se levantan muros en toda la tierra;
Gracias a las puertas se puede usar la casa.
Así pues, la riqueza proviene de lo que existe,
Pero lo valioso proviene de lo que no existe. (Lao-Tse, 2003, p. 11)
Lo que no existe tiene más valor que lo existente. Esta concepción se refiere a que el tao se representa en el mundo real en dos dimensiones: lo existente y lo no existente. La filosofía china taoísta postula un origen simbólico relevante para el espacio, porque es la condición de lo objetual, es protagonista en la construcción de la realidad.
El espacio, como lo no existente, encarna la otra dimensión del objeto, el antiobjeto, una realidad inmaterial, a partir de la cual se construye el sentido de lo tangible. El espacio es el estado intermedio entre el tao y la realidad objetiva. El poema de Lao-Tse (2003) propone que si la copa no se usa perdería su sentido, porque su espacio le permite su construcción. Esto también ocurre con el muro. ¿Podría decirse lo mismo de la casa, de la ciudad? El espacio otorga significado o se afirma que la relación con el espacio otorga discernimiento a la realidad objetual. Pero, ¿cuál es el sentido simbólico real del espacio? De acuerdo con el poema, el espacio adquiere valor en su experimentación.
Como afirmó Barragán (1980), “La función de la arquitectura debe resolver el problema material sin olvidarse de las necesidades espirituales del hombre” (s. p.). Son estas necesidades humanas las que alimentan lo cotidiano, con imaginación y sentido. Algunos arquitectos latinoamericanos de finales del siglo XX, como Barragán y Salmona, presentaron arquitecturas que buscan más que cumplir con el modelo moderno, al retornar los valores del lugar, el paisaje y la cultura. Plantearon espacios que pretenden exaltar el espíritu del habitante, a partir del enriquecimiento de esta vivencia con valores estéticos más figurativos, por lo que se designan arquitecturas poéticas.
Desde esta perspectiva, la experimentación del espacio da significado a la realidad y adquiere valor simbólico cuando sus cualidades estéticas de color, luz, materiales y formas refieren a una historicidad cultural determinada. La experiencia del espacio adquiere, además de sentido existencial, un sentido histórico, cultural, estético y simbólico. A la manera del realismo mágico, este tipo de espacio se establece como una realidad exaltada, puesto que su imagen es tan fuerte que gana su designación de espacio poético. De acuerdo con Paz (1972), la imagen del poema está más allá de las palabras:
la piedra de la estatua, el rojo del cuadro, la palabra del poema, no son pura y simplemente, piedra, color, palabra; encarnan algo que los trasciende y traspasa. Sin perder sus valores primarios, su peso original, son también como puentes que nos llevan a otra orilla, puertas que se abren a otro mundo de significados indecibles por el mero lenguaje. Ser ambivalente, la palabra poética es plenamente lo que es: ritmo, color, significado y, así mismo, es otra cosa: imagen. La poesía convierte la piedra, el color, la palabra y el sonido en imágenes, y por el extraño poder que tiene para suscitar en el oyente o en el espectador constelaciones de imágenes, vuelve poemas todas las cosas de artes. (p. 22)
Esta afirmación debe trabajarse por partes. En primera instancia, Paz (1972) propone que los elementos tangibles, objetuales, incluso las palabras, producen la imagen, pues son más de lo que son. Esta información contenida se revela a partir del vínculo entre ellos. En segunda instancia, los elementos o las palabras son algo más de lo que vemos en ellos y aquello que contienen los trasciende; es el puente que los llevan a otra orilla, a un mundo indecible de significados con las palabras, porque ya son un signo. Ese mundo es inducido por los elementos o las palabras signo. De esta manera, aparece la contemplación e impulsa este viaje que se inicia en los elementos y lleva al mundo de los significados.
El poeta organiza las palabras, de tal manera que van más allá de sí mismas, cuando forman parte de una estructura sintáctica original mayor y escriben el verso que se eleva sobre el mundo pragmático de la frase. El poeta rompe el límite de la significación, genera la imagen del poema y estimula, de manera extraordinaria, la imaginación del lector.
Los arquitectos poetas ensamblan, en específico, los elementos que conforman el espacio, alcanzan un fuerte impacto sensorial mediante texturas, colores, luz, mientras ejercen su poder estético en el espacio. Esta hiperestetización estimula los sentidos y la imaginación, como evocaciones que enriquecen la experiencia espacial. Se afirma que los elementos arquitectónicos y urbanos, como las palabras, son lo existente, y el espacio, como la imagen, es lo no existente. En esta fórmula cualitativa, se encuentra la explicación del poder espacial fundamentado en la imagen estética generada por la estimulación sensorial (figura 8).
Figura 8. El espacio, como la imagen, es lo no existente
Cabe preguntarse dónde queda la acción propuesta por Paz como la otra mitad para fabricar el presente. Pareciera que la imagen se vislumbra a partir del juego compositivo de los elementos que se organizan y estructuran, como las palabras en el verso. La frase representaría, entonces, la realidad pragmática y el verso es la otra orilla donde la imagen poética habita. De tal suerte que el manejo de los elementos, su organización y su estructuración marcan la diferencia entre un espacio funcional y uno poético.
Es claro que la imagen que estimula la imaginación del habitante se produce por una combinación de los elementos tangibles y, en el espacio, su información se consolida. De esta forma, se explica la fuerza de los espacios de Barragán, Salmona y otros. Este espacio poético se fortalece a partir de las cualidades físico-simbólicas de los elementos que los configuran, pues es una imagen que tiene su origen en lo plástico, es una fuerza estética que estimula los sentidos y que, si se inspira en el lugar, en el paisaje o en las herencias, causa efectos evocadores que propician una vivencia más fuerte del espacio. Se trata de un juego de lo físico sobre los sentidos para estimularlos con experiencias sobre las cuales surge lo simbólico y lo espiritual.
Así lo creyeron muchos que persiguieron esta hiperestetización del espacio urbano y arquitectónico, donde la estimulación de los sentidos, gracias a efectos de luz, color, formas, texturas o relaciones, estimuló el cuerpo y el espíritu, de tal manera que la experiencia del espacio resultara extraordinaria y, por lo mismo, memorable. No se pude dejar de pensar en el salón de los espejos y todo el mundo sensualista cortesano y barroco, como un fenómeno neobarroco propuesto por Calabrese (1999).
Algunas arquitecturas de finales de la modernidad en Latinoamérica se consideraron poéticas, por su capacidad para estimular los sentidos y evocar la imaginación a partir de la experiencia físico-estética del espacio. En 1965, se publicó La poética del espacio, de Gastón Bachelard. En esta obra pilar en la historia de la semiología espacial, la localización otorga al espacio su cualidad simbólica. La buhardilla, al estar en lo alto de la casa, evoca libertad, ensoñación; el sótano, al estar debajo, corresponde a lo oscuro, lo oculto. La experiencia plástica es fundamental, pero no es suficiente. Su ubicación dentro de una estructura mayor garantiza trascendencia al espacio. La contemplación tampoco es suficiente, porque la localización no se entiende solo con los sentidos. Esta cualidad topológica del espacio, por ejemplo, en los egipcios, arropó de simbolismo a su paisaje y su cosmos; por ello, la interpretación de la experiencia espacial no es un asunto estético, sino también topológico.
Al volver a Paz y su búsqueda del presente, este encuentro se lograría con espacios poéticos producto de su riqueza plástica y su cualidad topológica. La experiencia del espacio es más fuerte y, de alguna manera memorable, debido a que este tiene el poder de construir el presente en la experiencia espacial. Sin embargo, hace falta encontrar el tercer elemento en consideración: la acción. En este punto, el acontecimiento o el evento aparecen como unidad básica del presente, el cual definirá la cualidad social del espacio, pues no se hablaría de la función de uso del espacio, sino de su capacidad para contener un evento, que es sociopolítico.
De esta manera, el discurso posmoderno en Latinoamérica proyectó arquitecturas del lugar y del espacio, en las cuales la experiencia estética sobreestimuló los sentidos. Algunos arquitectos y urbanistas se reconocen por su contribución a la historia de la arquitectura y de la ciudad; contribuciones que reelaboran el lugar, su paisaje y su historia, cuando estetizan todo cuanto pueden. En otros términos, traducen en experimentación de los sentidos los datos plásticos culturales y simbólicos, como color, texturas, materiales, relaciones espaciales únicas y memorables, mientras viven experiencias espaciales estimulantes, más en lo arquitectónico que en lo urbano. Esta actitud poetizante del espacio y de su experimentación marcó una época en Latinoamérica, pero dejó sin resolver el problema del espacio social y político en lo urbano, porque hizo énfasis en lo estético y lo topológico como actos del cuerpo y descuidó el evento colectivo o las apropiaciones simbólicas.
Es claro que esta búsqueda de un espacio lleno de estimulaciones a la imaginación del habitante tiene mayor impacto en lo arquitectónico que en lo urbano. Algunos proyectos, como el Eje Ambiental, sobre la Calle 13 o la Avenida Jiménez, en el centro de Bogotá, representan la intención de llevar a la calle estas ideas. Sin embargo, la ciudad da cuenta de un choque grotesco entre la intención y la realidad. La dimensión social, el comportamiento de habitantes residentes o flotantes y los formatos de gestión del espacio urbano son realidades que abordan el proyecto y desvirtúan su profunda intensión.
El presente es, entonces, el tiempo hecho de percepciones memorables, gracias al poder estimulante de la imagen estética. El espacio refuerza la profundidad del presente, en la medida que una impresión físico-simbólica de los sentidos acompaña al acontecimiento o al evento, unidad de acción humana. El presente recobra vida en el cuerpo del habitante y la profundidad del presente se hace infinita, pero la vivencia, además de ser estética, implica lo social. De esta manera, lo estético y lo social son contenidos por el espacio que, de acuerdo con sus cualidades y relaciones, potencializa al presente, como la acción y la contemplación que propone Paz (1990).
Se busca, en consecuencia, el valor de la acción. Las formas de relación cotidiana con el espacio proponen otras significaciones, a partir de las cuales se genera el relato urbano. Al respecto, se estudian dos obras, La invención de lo cotidiano (de Certeau, 2000), que otorga valor a la pequeña escala, y El andar como práctica estética (Careri, 2014), la cual, al acercarse al dadaísmo y al situacionismo, presenta el acto de caminar como una manera de descubrir la verdadera naturaleza del habitar urbano.
2.3 Intangible: el espacio social, apropiación e identidad
La dimensión social del espacio es un capítulo que debe intervenir en la construcción de un presente más profundo y le debe otorgar una capacidad más amplia que la funcional. Las formas de apropiación del espacio urbano se generan por fenómenos sociales que les dan vida. El uso emergente del espacio y su apropiación espontánea, en lo urbano, son cualidades y valores sin los cuales la relación con el espacio se propone solo como un acto de uso en lo individual y en lo colectivo, o como una contemplación de lo plástico que, aunque proponga dimensiones semióticas e integre al habitante con el espacio, no integra al habitante con los otros. Por esta razón, cobra importancia la consideración del evento como unidad de acción del presente. Un concierto, un desfile, una fiesta, un paseo, son unidades de acción que ocurren en el espacio y, junto con las cualidades topológicas (relaciones y valores de localización espacial) y estéticas, reafirman el valor simbólico del espacio desde lo social. En estos términos se refiere Noguera de Echeverry (1989):
Y fue esta visión positivista de la ciudad, la que llevó a que los planificadores urbanos se preocuparan de la ciudad física y no de la ciudad poiesis, como acontecimiento cultural, como expresión simbólica, o como una alteridad que nos habla. (p. 10)
Esta reflexión expresa el interés por entender mejor los otros fenómenos de la ciudad, esos que tienen que ver con su vitalidad, con el suceso que evidencia su cultura y con su expresión simbólica. El acontecimiento en el espacio público, al congregar a la comunidad con libertad, es simbólico, social y expresa la cualidad cultural de una comunidad.
Al no formar parte del programa arquitectónico o urbano, los acontecimientos urbanos, causados por fenómenos sociales emergentes durante el siglo XX, no se consideraron ingredientes del diseño urbanístico. El uso leve del espacio no se tomó en cuenta. Aunque en el espacio arquitectónico este fenómeno es menos evidente, en el urbano es fundamental, porque asegura la originalidad, la vitalidad y la estructuración de una realidad social compleja, la cual define la vida cotidiana de una comunidad y la creación de un relato urbano símbolo de identidad cultural.
En las últimas décadas, el interés por la ciudad invisible o intangible es multidisciplinar, mientras el proceso para estructurar este conocimiento es constante. Manuel Delgado Ruiz (1999) afirma que “de un lado tenemos la ciudad geométrica, hecha de construcciones visuales, planificada, legible. De otro lado la ciudad-otra, poética, ciega y opaca, trashumante, metafórica, que mantiene con el usuario una relación parecida a la del cuerpo a cuerpo amoroso” (p. 14). Esta ciudad-otra es reconocida por la literatura, pero también por la geografía urbana, la sociología y la antropología urbana. Cada disciplina aporta conocimientos valiosos que deben ser contrastados para diagnosticar, con precisión, esa otra dimensión de la ciudad. El énfasis en el estudio del espacio es propuesto por Delgado Ruiz (1999), al afirmar:
En cierto modo la antropología de lo urbano se colocará en la misma tesitura que pretende ocupar la antropología del espacio: una visión cualitativa de éste, de sus texturas, de sus accidentes y regularidades, de las energías que en él actúan, de sus problemáticas, de sus lógicas organizativas […] un objeto de conocimiento que puede ser considerado, con respecto a las prácticas sociales que alberga y que en su seno de despliegan como una presencia pasiva: decorado telón de fondo, marco […] pero también como un agente activo, ámbito de acción de dispositivos que las determina y las orienta, al que los contenidos de la vida social se pliegan dócilmente: el espacio algo que las sociedades organizan y algo que las somete. (p. 11)
El espacio social y el espacio antropológico presentan dimensiones de la realidad que las disciplinas de lo físico poco entienden. Un primer acercamiento a lo social consiste en entender de qué manera ocurren los acontecimientos urbanos y cómo su cualidad empatiza con la cualidad física o estructural. Esta relación se detecta si se estudia el acontecimiento urbano, pues, al ser social y espontáneo, tiene valor cultural intrínseco, mientras implica temporalidad, cuando hace una lectura del espacio urbano y logra que las cualidades del espacio y del acontecimiento se posibiliten de forma recíproca.
El acontecimiento urbano, al ser intangible, es efímero y fluctuante. En consecuencia, se revisa bajo las tres ópticas propuestas por Ítalo Calvino, en su libro Palomar (1997). La descripción, el relato y la meditación son tres modos de observación, que se enfocan en una cualidad específica de la realidad. La primera se refiere a lo físico, la segunda a lo cultural y la tercera a las dimensiones trascendentes. Con estos tipos de experiencia, se determinan las cualidades físicas, culturales y míticas del acontecimiento urbano. De esta manera, con la participación espontánea del habitante colectivo, cada acontecimiento urbano se consolida en el tiempo y se explica cuándo y por qué es simbólico y se le declara mítico o patrimonial.
2.3.1 Describir: sobre la dimensión de lo físico
Este acontecimiento urbano es causado por un evento que se mide en términos de su coordenada espaciotemporal. Cuando Delgado Ruiz (1999) define los fenómenos urbanos como una hidrostática urbana les concede una habilidad física que implica lo estático, lo móvil, la gravedad y la tensión del movimiento: “Las metáforas hidrostáticas de los cuerpos fluidos, una variable más en la comprensión de la complejidad que configuran esos lugares y territorios a veces fluidos, a veces sólidos, a veces cenagosos, a veces desérticos, de la hidrostática urbana” (p. 10). En el prólogo de la obra de Delgado, se induce a buscar mayor conocimiento sobre la definición de lo físico entre el espacio y el acontecimiento. Delgado Ruiz (1999) define el trabajo del antropólogo urbano en los siguientes términos:
Decididamente una antropología urbana no podía, por ello, sino aparecer condenada a atender estructuras líquidas, ejes que organizan la vida social en torno suyo, pero que no son casi nunca instituciones estables, sino una pauta de instantes, ondas, situaciones, ritmos, confluencias, encontronazos, fluctuaciones. (p. 5)
El estudio de lo urbano es el estudio de lo líquido (Delgado Ruiz, 1999). Por su movilidad e inestabilidad, cada fenómeno urbano contiene una cualidad física de comportamiento y en la cual existe una condición espacial inherente. Diseñar objetos y espacios arquitectónicos es diseñar lo estático y lo perenne. Sin embargo, cuando se crea un fragmento de ciudad se crea también lo móvil y lo inestable (la ciudad-otra de Delgado Ruiz, 1999). Las cualidades físicas del objeto y del espacio motivan comportamientos en la ciudad líquida, la de los acontecimientos.
Si la corriente del cauce urbano es fuerte y veloz, con un simple gesto se producen transformaciones de movilidad; pero, si el panorama es desolador, la estrategia consistiría en ejercer movimiento, mediante la reciprocidad entre la cualidad del espacio y el acontecimiento. Sucede que un acontecimiento fuerte determina la forma del espacio, porque, al desarrollarse, el espacio se erige de manera consecuente, pero cuando el espacio se diseña y edifica, el acontecimiento tal vez ocurre. A su vez, un acontecimiento, cuando está sin hogar, de alguna manera, se adapta a las condiciones físicas establecidas por un espacio preexistente.
La cualidad física del espacio (geometría, localización) y la del acontecimiento siempre se determinarán en simultáneo; tanto que, en general, espacio y acontecimiento se comportan como reflejo del otro. Debido a que el fenómeno es recíproco, lo importante es el resultado que se proyecta como realidades urbanas.
Mientras un espacio cóncavo reúne y mantiene aquellos comportamientos humanos móviles e inestables, todo espacio convexo diluye lo estable. Según Cornelis van de Ven (1981), Sitte defiende esta cualidad espacial como generadora de habitabilidad:
Sitte rechazó de plano la existencia de masas escultóricas exentas como elementos que dominasen espacios urbanos, pues el efecto de espacio rodeando un volumen podría destruir la unidad del espacio urbano, de este modo el centro de las plazas debería dejarse libre y los monumentos deberían ser llevados hacia los muros o paredes del contorno. Su gran ideal era un espacio rodeado de volúmenes y experimentado como un conjunto ininterrumpido. (p. 141)
De esta manera, el espacio cóncavo y el espacio convexo son habitados por acontecimientos propios. Cada plaza es el fin de toda romería, visita o diligencia; es la presea por conquistar, el final de cualquier recorrido. Parece que al llegar a ella se iniciará un nuevo recorrido. La plaza es comienzo y fin de caminos. Su concavidad le otorga ese poder para congregar y detener el movimiento, propicia acontecimientos que la habitan de manera permanente. En muchos casos, ella es espacio de fenómenos simultáneos, mientras que la relación con los caminos que llegan o salen de ella, le ofrece la posibilidad de recibir el movimiento de gentes; de allí que su cualidad cóncava contiene el acontecimiento. En este caso, dicha cualidad determina lo controlable, lo previsible y lo programable de sus acontecimientos.
Sin embargo, la plaza es génesis. El acontecimiento busca un espacio para establecerse y, al no encontrar una plaza preexistente, funda un lugar que consolide su naturaleza como un cruce de caminos a partir del cual se desarrollan poblaciones. Al respecto, Delgado Ruiz (1999) señala cómo la antropología urbana tiene una variante específica dedicada al espacio urbano:
En cierto modo la antropología de lo urbano se colocaría en la misma tesitura que pretende ocupar la antropología del espacio: una visión cualitativa de éste, de sus texturas, de sus accidentes y regularidades, de las energías que en él actúan, de sus problemáticas, de sus lógicas organizativas [...] un objeto de conocimiento que puede ser considerado, con respecto de las prácticas sociales que alberga y que en su seno se despliegan como una presencia pasiva: decorado telón de fondo, marco; pero también como un agente activo, ámbito de acción de dispositivos que las determina y las orienta, al que los contenidos de la vida social se pliegan dócilmente. El espacio: algo que las sociedades organizan y algo que las somete. (p. 11)
El espacio se estudia como telón de fondo de la vida urbana y como una escenografía que enmarca la acción. No obstante, Delgado Ruiz (1999) lo propone como ente participante en la cualidad de lo urbano. Es claro que la relación es recíproca y, como el espacio contribuye en la consolidación del acontecimiento, el acontecimiento participa en la transformación o afianzamiento de las cualidades físicas y forja las dimensiones simbólicas del espacio.
Existen varios casos de acontecimientos huérfanos, que encuentran un espacio apropiado, se acomodan a él o lo construyen de acuerdo con su necesidad. El Mercado de las Pulgas, en el centro de Bogotá, es uno de esos acontecimientos, porque busca un lugar adecuado. Después de estar en la Tercera, pasó por el Parque de los Periodistas y, durante varios años, se ubica en el parqueadero de la 24 con Séptima. Por su carácter nómada, este fenómeno urbano tal vez nunca halle su lugar apropiado, aunque construya identidad o apropiación en el lugar. La dimensión física del espacio implica una cualidad de acomodación del acontecimiento al espacio prestado. En las calles aledañas, se reconoce un flujo humano que se ajusta a las cualidades físicas del espacio. El Mercado de las Pulgas es un acontecimiento que usa el espacio y genera otros sucesos menos jerárquicos en el sector, los cuales se acomodan a la forma y relaciones del espacio físico. En este caso, las transformaciones en el sector son artificiales y temporales.
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