Kitabı oxu: «Null Island»
Javier Moreno

Javier Moreno (Murcia, 1972), ha cursado estudios de Matemáticas, de Filosofía y de Teoría de la literatura y literatura comparada. Es autor de las novelas Buscando Batería (1999) La Hermogeníada (2006), Click (Candaya, 2008; Nuevo Talento FNAC), Renacimiento (2009), Alma (2011), 2020 (2013) y Acontecimiento (2015). En poesía ha publicado «Cortes publicitarios (2006)» y el poemario Acabado en diamante (2009).
Ha sido incluido en las antologías La luz nueva (2007), La casa del poeta (2007) y La imagen y su semejanza (2015). Es autor de la obra de teatro La balsa de Medusa (2007), y del libro de relatos Un paseo por la desgracia ajena (2018). Null Island es su segunda novela en Candaya.
Candaya Narrativa, 63
NULL ISLAND
© Javier Moreno
Primera edición impresa en la Editorial Candaya: octubre de 2019
© Editorial Candaya S.L.
Camí de l’Arboçar, 4 - Les Gunyoles
08793 Avinyonet del Penedès (Barcelona)
www.candaya.com
facebook.com/edcandaya
Diseño de la colección:
Francesc Fernández
Maquetación y composición epub
Miquel Robles
BIC: FA
ISBN: 978-84-15934-14-1
Depósito Legal:B 22603-2019
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier procedimiento, sin la previa autorización del editor.
Índice
Portada
Autor
Créditos
Índice
FALACIA
Houdinize
Delectatio morosa
Licantropía
Redundancias
La secta del Fénix
Mío Cid
Buenas noticias
Líneas paralelas
Rastro
Una visita al museo
Las Termópilas
El silencio de Bayreuth
El discreto encanto del secreto
SORIA
Transparencia©
Mesa redonda
La hora de la mentira
Extrañas señales desde el espacio
NULL ISLAND
FALACIA
Se señala con razón la indócil libertad de este miembro, que se injiere de modo tan importuno cuando no nos hace falta, y nos falla de modo tan importuno cuando más lo necesitamos.
Montaigne
There are some secrets wich don’t permit themselves to be told.
E. A. Poe
HOUDINIZE
El bailarín se contorsiona sobre la escena como si hubiese decidido convertir su cuerpo en un sonajero de carne y hueso. El programa de mano y la crítica lo dejaban claro. El coreógrafo había sido fiel a los pocos documentos fílmicos que constaban de Harry Houdini, los había visionado cientos de veces (Houdini arrojándose esposado del puente de Rochester, Houdini colgado por los pies de una grúa, embutido en una camisa de fuerza); había interiorizado aquella vibración animal y errática cuyo final, por previsible no menos sorprendente, era la liberación de un cuerpo aherrojado por cadenas y grilletes. Houdini había conseguido encontrar un método en el espasmo, había mostrado a sus contemporáneos cómo la libertad podía ser la conclusión natural de una agitación errática y compulsiva. Houdinize (liberarse o librarse de algo retorciendo el cuerpo) era la aportación de aquel hombre a la lengua inglesa. Añadir un verbo a un idioma no era sino otro modo de inmortalidad. Houdini era el abanderado de los que amaban la libertad, el hombre capaz de evadirse de los instrumentos de opresión de la policía y el manicomio. Houdini como precursor de la deriva beatnik y de los espasmos del Rock and Roll. Nada menos. Y sí, en algún momento, de manera artísticamente deliberada, los movimientos convulsos del bailarín recuerdan a Elvis o al Iggy Pop de los Stooges. A imagen y semejanza del escapista, el bailarín había logrado desprenderse sucesivamente de las cadenas, de la chaqueta, de la camisa y los pantalones (había salido a escena vestido como un ejecutivo, esposado a un maletín), y todo sin usar las manos, convirtiendo el estilo de Houdini en una coreografía, transformando la magia en danza, sumando al asombro del milagro la fruición estética.
El bailarín acaba liberándose de sus ataduras. El final es previsible, casi bisoño, pero ello no hace que nuestro goce sea menor. Al fin y al cabo el espectáculo obedecía desde su inicio al esquema mil veces repetido del escapista. El público de Houdini sabía que acabaría librándose de sus cadenas y respondía a esa expectativa satisfecha con el aplauso. Nosotros hacemos lo mismo.
Salimos del teatro enardecidos como siempre que acontece el milagro de que el espectáculo desemboque en placer. Cenamos en un restaurante mejicano próximo a la sala de teatro. Yo propongo tomar una copa a continuación pero Marta prefiere regresar a casa.
Marta está bella esta noche, tanto o más deseable que cualquier otra noche, pero por algún motivo, cuando nos metemos a la cama, siento que me abandonan las fuerzas. Lo intento una vez tras otra. Penetrarla. Me había convertido en espectador de mis propios actos y me sentía incapaz de seguir representando aquel papel para el que, sin saber por qué ni cómo, ya no estaba dotado. Marta, solícita, tratando de ayudarme, introduciéndome en su boca, lamiendo y succionando hasta la desesperación sin ningún resultado. El presente mudándose en gerundio, un tiempo indefinido donde resulta imposible la consumación de cualquier acto. Me agito bajo las sábanas pero, al contrario de lo que había ocurrido durante el espectáculo, la conclusión no es la liberación del deseo sino una pasmosa desolación. En ese momento, desprovisto de la coraza protectora de la literatura, confrontado a aquella flaccidez a la que no socorrería ninguna metáfora, solo acuden a mi cabeza una sucesión de palabras que golpean como neones vergonzantes y patibularios: maldición, impotencia, gatillazo.
El color azul del envoltorio del preservativo y la cabeza abombada de la funda de látex hacen que irremediablemente me venga a la cabeza la imagen de un pitufo defenestrado sobre la mesilla de noche.
Espero a que Marta duerma para salir de la cama y plantarme frente al teclado. Abro algunas webs de pornografía. Jovencitas. Anal. Bondage. Intento masturbarme viendo esas escenas, no por la necesidad de experimentar placer sino para cerciorarme de que soy capaz de lograr aquello que hasta hacía tan solo una hora se me había concedido de manera gratuita, como respirar o hablar.
No lo consigo. Mi sexo sigue sin responder, encerrado en sí mismo, empeñado en una idiocia negligente. Cierro el ordenador y regreso al dormitorio. Marta duerme o finge que duerme. Me tumbo de espaldas a ella sin poder conciliar el sueño. Continúo masajeando mi miembro sin esperar ya nada de él, como se acaricia a un niño enfermo o a un moribundo. Me pregunto si alguien sigue masturbándose a oscuras, bajo las sábanas, fantaseando con escenas sexuales en lugar de recurrir a cualquiera de las miles de páginas porno que pueblan la web. La escena se me antoja inverosímil, pero quiero suponer que debe de quedar algún hombre o mujer que prefiere hacerlo así, recurriendo solo al material que le suministra la imaginación. Llego a la convicción de que las páginas de contenido pornográfico deberían, de hecho, incorporar un apartado dentro de su catálogo donde apareciesen personas masturbándose sin el auxilio de ninguna imagen (solo primeros planos de labios entreabiertos y pupilas dilatadas bajo las que se agitan las fantasías como peces tras la superficie de un lago helado). Se me antoja que ese apartado sería algo así como la poesía del porno, destinado a unos pocos pero selectos degustadores de pornografía entre los cuales me gustaría incluirme. Trato de fantasear, de imitar a uno de esos poetas del onanismo, pero mi imaginación solo me ofrece estándares pornográficos ineficaces, clichés manidos. Tal vez mi imaginación, en lo referente al sexo, esté agotada o saturada, y lo que corresponda sea un régimen de adelgazamiento, un Ramadán de abstinencia.
Del mismo modo en que el ayuno es una llave para hacer regresar el apetito, quizás la privación de imágenes sexuales infunda nuevos deseos. Tal vez.
Cubro mi glande con su capuchón de piel, con la amargura de quien echa el telón tras una representación fallida. Interrumpido el inútil diálogo con mi cuerpo me quedo a solas con mi conciencia. Monologo. Me abandono al ritual previo al sueño. Pongo a circular mis pensamientos, a entrechocarlos en busca de una idea fulgurante, como un acelerador de partículas que persigue a la desesperada un componente fundamental de la materia, antes de la parada definitiva. No pretendo llegar a ningún lugar por medio de la especulación. Simplemente recurro a ella como una costumbre, y esta noche no es una excepción. Especular había sido desde que tengo uso de razón una manera de conciliar el sueño. Hay quien necesita contar ovejas o respirar de manera pautada. Yo pongo a mi pensamiento en una barquita a la deriva, y así, gradualmente, pasando de la lógica a la analogía y de la analogía a la metáfora, me precipito infaliblemente al ilimitado delirio del sueño.
La pornografía es el simulacro de la infidelidad. Es el último pensamiento que recuerdo antes de caer rendido por el sueño. El output final de la jornada. O tal vez esa frase ya pertenezca del todo a mi sueño. O quizás sea esa frase un hijo cuya custodia deban disputarse la vigilia y el sueño. En ese caso no sabría muy bien por quién optar, si por uno o por la otra, el sueño o la vigilia. Papá o mamá. Me rindo. Todos nos hallamos divididos, con un cabo de cada pensamiento y de cada gesto en ambos extremos.
DELECTATIO MOROSA
A la mañana siguiente nos damos un beso de buenos días. Preparamos el desayuno juntos sin hacer mención a nada de lo que había ocurrido la noche anterior, como si se tratase de un mal sueño que ninguno de los dos desease recordar. A esas horas de la mañana, y en lo que a mí respecta, la realidad carece de la gravedad suficiente como para merecer ese nombre, de modo que sueño y vigilia todavía caminan de la mano, y la tostada y el café son solo un convenio, un Tratado de Tordesillas que señala la separación del uno respecto de la otra, una hita por otra parte absolutamente convencional pero igualmente respetable como cualquiera de los objetos encerrados en el Museo de Pesas y Medidas de París. Bromeamos. Hundo mi nariz en su larga cabellera que huele a sueño y regaliz. Pongo mis manos en sus hombros estrechos y las deslizo por su espalda hasta su culo mientras intenta sacar algo (leche, mermelada…) del frigorífico. Le digo, adoptando un tono premeditadamente fanfarrón, que es una pena que tenga que marcharse al trabajo tan temprano. Siento una promisoria presión bajo los calzoncillos. Sí, probablemente aquello no había sido más que un accidente. No merece la pena darle más importancia de la que tiene. Nos deseamos una buena mañana antes de despedirnos con un beso en la puerta de casa.
Más bien era la despedida de Marta la que señalaba la diferencia entre sueño y vigilia, el momento en el que me quedaba solo en casa y la realidad llamaba a mi puerta de modo perentorio reclamando su impuesto en forma de palabras, la concreción de ese animal mitológico que era mi talento. Debería ponerme a escribir. Para eso pedí excedencia en mi cómodo trabajo de funcionario, para no tener ninguna coartada, para no reprocharme no haberlo intentado, aun a costa de sacrificar la estabilidad económica. Vivir de la literatura, ese unicornio con el que todos los escritores fantasean.
Antes de dejar el trabajo podían pasar días sin escribir una sola línea. La escritura era un apéndice compensatorio de mi vida laboral, un órgano que aportaba excitación de manera regular, poco más que eso. Ahora una hora sin escribir pesa sobre mi conciencia como una losa, no digamos un día. Trato de acomodarme a un horario (de nueve a once, una parada para hacer compras y tomar un café, y un segundo turno de doce a dos), pero termino incumpliéndolo con el menor de los motivos. Siempre he sido un escritor de enviones, de raptos creativos más bien efímeros. Mi literatura es básicamente un cúmulo de intensidades, incompatible con un horario de oficina.
Soy un escritor de esfuerzos breves e intensos, un esprínter que llega derrotado a la línea de meta del fin de párrafo.
De hecho ocurre que en los momentos de mayor efusividad literaria, cuando uno sabe que lo está haciendo bien, el instante en el que el artesano encuentra a un tiempo el mayor placer y la máxima disolución en su trabajo, en esos momentos algo me incita sin lógica alguna a abandonar la escritura para dedicarme a no se sabe qué actividad, buscar una factura o mirar zapatos en internet o abrir mi cuenta de Facebook o afilar lapiceros. Es un gesto incomprensible, falto de explicación. Como un equilibrista que decide detenerse a contemplar el paisaje antes de dar el último paso sobre el abismo. Se trata, tal vez, de la delectatio morosa, esa dilación de la satisfacción del deseo, de postergarlo precisamente para que no llegue a su cumplimiento y, con él, la vuelta al anhelo, la línea de salida del círculo del deseo. Somos una flecha encaminada a la diana. Sabemos que llevamos la dirección correcta y que no erraremos nuestro objetivo. Y entonces, por qué no tratar de dilatar el tiempo que nos queda hasta el momento del impacto, como una de esas paradojas que tanto gustaban al de Elea.
Tras echar un vistazo a mis dedos extendidos decido cortarme las uñas.
A pesar de ser diestro, la uña del pulgar de mi mano derecha crece más rápido que la del izquierdo. No pasa lo mismo con el resto de uñas. Solo con la del pulgar. Tal vez sea un mensaje cifrado en mi código genético. Quizás he dejado de lado una vocación como guitarrista. Luego recuerdo que graphein es la palabra que los griegos reservan para escribir y que esta procede por vía directa del indoeuropeo gerbh: arañar, rascar. Que escribir consiste en arañar una superficie (arena, cera, piedra, arcilla) para inscribir signos en ella; pero, también, que hay que arañar lo que nos rodea para descascarillarlo y asomarse al magma que se esconde tras la superficie pulida de las cosas, y que ese, tal vez, sea el sentido más profundo que se esconde tras la escritura. O simplemente arañar (escribir) para defendernos, para sobrevivir a la amenaza que se cierne sobre nosotros. Que escribir puede ser un ejercicio activo y/o pasivo, un ataque pero también una defensa.
El anterior es un razonamiento hermoso, carente de realidad como la mayoría de los pensamientos, pero hermoso. Una hermosa justificación para recluirme en la pereza y no cortarme las uñas. Las palabras tal vez no alcancen la verdad, pero son un lenitivo ideal para acomodarse a la mera facticidad de lo que sucede.
Aunque al final acabo haciéndolo. Cortarme las uñas. Todo antes que enfrentarme a la historia, al documento que me reclama en la pantalla, a los personajes y la trama. Luego pienso que las uñas también merecen su literatura. De hecho grabo un vídeo cortándomelas. Un primer plano de mis manos y la pequeña tijera de punta curva sajando lúnulas perfectas. Después lo cuelgo en mi perfil de Facebook. Alguien dijo de Goethe que era fino hasta cortándose las uñas. Me parece un elogio fastuoso. Quiero comprobar si alguno de mis amigos opina lo mismo al contemplar mi escena de manicura.
Debería ponerme a escribir (ya acumulo una hora de retraso) pero no me apetece. En realidad me encuentro en uno de esos momentos de desamor por mi propia obra. Siempre me ocurre, pero ello no impide que una vez tras otra me invada la sensación de ser un mediocre, de que lo que tengo entre manos es un fiasco, una pérdida de tiempo, un auténtico bodrio. Luego pasa el tiempo y todo se ordena. Pero ese plazo de tiempo es siempre demasiado largo y lleno de incertidumbres. Hay que atarse al mástil y resistir la tentación de tirarlo todo por la borda. Mi personaje me sigue pareciendo endeble. Sé que es normal, que los personajes son gérmenes, que necesitan tiempo para ganar músculo y psicología, pero soy por naturaleza impaciente. He acabado con la vida de muchas plantas escarbando en la tierra para comprobar si había germinado la semilla. He abandonado la construcción de muchos personajes apenas balbucieron su primera palabra. La propia palabra, personaje, me resulta fastidiosa, como un doble degradado de la palabra persona. Esa je sufijada que suena a broma de mal gusto. Más que un sufijo, una nariz de payaso o un cáncer.
Uno tarda un año o dos, a veces hasta cinco u ocho en escribir un libro. Hay obras estacionales y obras generacionales. Una novela puede crecer como una plantación de trigo o como un arbusto que se aferra a la tierra, demasiado lento en cualquier caso para que este crecimiento se convierta en espectáculo. Quién tiene paciencia para espiar el movimiento de un glaciar o el espigamiento del tallo. La literatura es como ese árbol del que solo nos acordamos cuando da su fruto.
Opto por fregar las tazas y los platos del desayuno. Fregar está bien. Es relajante. Con las manos mojadas y llenas de espuma uno puede dejar volar la imaginación. Es lo que tiene la rutina, realizar una actividad que ocupa una parte infinitesimal de tu cerebro. No hay nada como dominar una técnica para que la parte creativa del cerebro se sienta a sus anchas. Solo el dominio exhaustivo de la técnica puede propiciar que aflore esa gracia que llamamos talento. Creo que al menos un tercio de mi literatura (de lo bueno que pueda haber en ella) ha brotado en esos momentos en apariencia intrascendentes: fregando, tomando una ducha, recortándome la barba o pelando patatas. Esa es la razón por la que uno debería escribir como se afeita o friega un plato, con esa despreocupación, para que el noventa y nueve por ciento restante de tu cerebro pueda abrirse al mundo y conectar con cosas realmente importantes.
El hombre ha logrado la verticalidad al caminar, y la horizontalidad a través de la erección. En esa sujeción al ángulo recto se cifra parte de su anatómica perfección.
He dejado el plato en el escurridor y he regresado corriendo a mi puesto frente al ordenador para anotar ese pensamiento, antes de que regrese a la inconsciencia de donde provino.
Xavier de Maistre creía que era en esos momentos en apariencia intrascendentes cuando el alma se alejaba de la bestia que somos para sobrevolar el mundo y dialogar con las potencias angelicales. Thomas Alba Edison decía que su trabajo consistía en un uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de transpiración. Yo creo que, al menos en el caso de la creación, se trata de todo lo contrario, un minúsculo porcentaje rutinario y mecánico (teclear, pretender un uso estándar del lenguaje, respirar, imaginar que alguien algún día leerá lo que estás escribiendo) y un profundo iceberg indeterminado, un bosque donde perderse para encontrar (o no) el camino.
Soy un hombre que friega, que cocina y que escribe. También follo, aunque esa actividad figure en este momento entre paréntesis. Me pregunto cuántas cosas puede hacer un hombre y que se le siga considerando como tal. O, por el contrario, cuántas puede dejar de hacer. Es como el chiste de la araña a la que le van cortando patas.
Recibo una llamada de Giulia, mi agente literaria. Me pregunta cómo va todo. Le digo que bien. Que cómo va lo suyo (acaba de ser madre por segunda vez). Sé que quiere que hablemos de mi proyecto de novela pero a mí no me apetece. Pronto me saca de mi error. Me llama para recomendarme una exposición estupenda de Borges en La Casa de América. Estuvo la semana pasada. Por qué no me llamó, le digo. Me responde que fue una visita relámpago. Las agentes literarias tienen algo de agentes de inteligencia (en realidad son verdaderas agentes de inteligencia en el sentido de que no dejan de hablar con hombres y mujeres inteligentes, de tratar de llevar esa inteligencia a otros idiomas), siempre en tránsito de un país a otro, de una mesa de café a otra. En esa exposición (conoce mi debilidad por el autor argentino) hay material de primera, dice. Una foto, por ejemplo, en la que Borges aparece disfrazado de Hombre Lobo. Borges y el Lobo Feroz. Una metáfora que tardo unos instantes en digerir, como uno de esos platos desconcertantes cuya fusión de ingredientes parece sospechosa a la inteligencia pero a la que sin embargo nuestro paladar se rinde sin paliativos. Sí, iré a verla, le respondo. Parece contenta ante la aceptación de su propuesta. Tal vez Giulia sea más inteligente todavía de lo que supongo y se proponga de manera sibilina ir introduciendo variables en mi cabeza que solo quedarán despejadas en una novela o en un poema. Nos despedimos hasta la próxima.
Consulto mi perfil de Facebook. A propósito del vídeo hay un solitario ‘me gusta’ junto a numerosos emoticonos que expresan asombro, tristeza y, sobre todo, asco.
Aún estoy muy lejos de convertirme en Goethe.
Es febrero y cuento piscinas. Navego con Google Earth por la geografía de Cabo de Palos y cuento piscinas. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete… hasta perder la cuenta. Examino sus formas (curvas, rectilíneas, mixtas), sus tonalidades de azul. Baño mis pupilas en cada una de ellas. Me relaja, me refresca, me hace sentir de vacaciones aunque aquí haga frío. Google Earth ha hecho posible un nuevo turismo del siglo XXI. Creo que podría tirarme horas (de hecho lo hago a menudo) paseando sobre la superficie de La Tierra. Google Earth nos ha dotado de la perspectiva de un astronauta, de un flaneur espacial. Es mejor que ser multipropietario. Es mejor, incluso, que ser dios.
Casi todas las piscinas están vacías, pero si me acerco lo suficiente puedo entrever objetos flotando en las aguas de algunas de ellas. Un flotador amarillo. La figura de alguien que toma un baño... Y un barco. Un pequeño barco de vela que flota en una piscina. Por qué razón alguien decidirá meter un barco en una piscina. Imagino a los dueños pescando, sentados en la cubierta, esperando a que pique alguno de los peces que ellos mismos han criado en sus aguas. Regreso a la figura humana. Un señor con barriga (ser señor es, sobre todo, tener barriga), una adolescente... Me acerco más. Es una mujer. Soy dios y le pongo nombre: Eva. No sabe que la observo. Me gusta su piscina. Me gusta su bikini. Me enamoro del puñado de píxeles que dibujan su figura. Sé dónde vives, Eva. Podría ir a hacerte una visita. Podría comprar un apartamento en tu urbanización y, por tanto, convertirme en tu vecino. Aunque, en realidad, no puedo. No tengo dinero para eso. Me entran unas ganas horribles de robar un banco para poder comprar ese apartamento y bajar a esa piscina cuando tú estés dentro y nadar hacia ti y abrazarte. Tú me hablarías de tu marido que ya no te ama como antes, del jaloque que abrasa el césped y convierte la piscina en una de esas calderas donde penan los condenados del infierno. Para volverse loca. Y yo te entendería. Te contaría la historia de un hombre que monta un mueble de IKEA y durante la noche da vueltas en la cama incapaz de conciliar el sueño porque sabe que algo ha ido mal, alguno de los pasos del montaje, y entonces se levanta sigilosamente de madrugada intentando no despertar a su familia y revisa las instrucciones con una linterna y consigue enmendar el error y regresa a la cama al fin tranquilo, en paz con el dios del bricolaje. Te reirías y eso me haría feliz. Quiero saber más de ese hombre, me dirías. Y te respondería que su historia es triste. No más que la mía, diría. Y me hablaría de esos días en los que nadie responde a su estado de Facebook y entonces realiza una compra, un vino, un libro que ni siquiera le interesa demasiado y aguarda impaciente la llegada del mensaje de confirmación para sentir, por primera vez durante ese día, que no está sola en el mundo. Qué locura tan contemporánea, le respondería. Piensa en una playa convexa, le diría, una playa que fuese como la proa de un barco adentrándose mar adentro. Imposible, respondería. Y qué más dan las leyes de la naturaleza. Vivimos rodeados de lo imposible. Lo imposible es lo que existe. Es solo cuestión de tiempo que lo imposible devenga rutina y ruina (acaso las dos cosas acaben siendo lo mismo). El hombre camina sobre lo imposible pero respira gracias a lo posible. El sueño es la literatura de la especie hecha hardware. Antes de que supiésemos hablar o escribir, el sueño nos ponía frente a lo posible. Tenemos suerte. Solo los animales pueden conformarse con lo imposible. Para ellos (los animales) todo, de hecho, es imposible. Ahora debo marcharme. Solo puedo comparecer durante breves instantes. No es que sea un narrador omnisciente, no te confundas. Es solo que debo regresar a la realidad, a lo imposible. Porque yo, a mi pesar, también soy imposible. Es mi naturaleza. Soy yo, tu creador, quien ha de marcharse mientras tú permaneces en el paraíso de la posibilidad.
A continuación vuelo a Benidorm y recorro la playa de Levante. Veo las sombrillas, a los bañistas tendidos sobre sus toallas (parecen cadáveres, cuerpos bronceados a los que sorprendió un apocalipsis repentino), a los niños que construyen castillos de arena. Veo a un joven que mira hacia arriba. Escruta el cielo. Observa una gaviota o tal vez intuye que alguien le vigila. Soy yo (saludo). Imagino las primeras filas ocupadas por ancianos, como si el mar fuese una metáfora oscura de la muerte y ellos aguardasen ahí su turno. Imagino la línea multicolor que forman dichas sombrillas, recorriendo los miles de kilómetros de costa de la península, desde Girona hasta Euskadi. Esa línea forma parte de una topología del deseo. Ese disputado primer metro de playa que lamen las olas, como un río sembrado de pepitas de oro. Imagino que todos esos sexagenarios constituyen una línea de protección, que si no fuese por ellos el mar invadiría la tierra, asolaría la Torre de Hércules, La Manga del Mar Menor, Las Ramblas, La Gran Vía, La Giralda, la meseta castellana y ese fastuoso vacío que es Soria, incluido el olmo machadiano; que son ellos los que nos protegen y nos guardan de la furia del mar. En efecto, todas esas sombrillas coloridas son las células de la piel (frágil y ulcerosa) de un cuerpo que semeja una piel extendida de toro. Un cuerpo que refresca su fiebre en el mar, un cuerpo que implosionaría sin la envoltura terapéutica del mar.

Sigo imaginando que alguien, haciendo uso de Google Earth, descubre una extraña mancha en un parque. La amplía y descubre que es un hombre tumbado sobre el césped. Junto a él puede ver un charco de sangre. Se trata por tanto de un cadáver. A unos pocos metros se divisa la figura de otro hombre, a punto de desaparecer entre los árboles. Probablemente su asesino. No lejos de la escena hay un parque infantil. Los niños juegan, ajenos al suceso que acaba de ocurrir. Solo la imagen del satélite ha sido capaz de capturar el crimen.
Las cámaras pueden ver cosas que el ojo humano no es capaz de percibir. La lente de la cámara es la metáfora favorita con la que Lacan gustaba de referirse al gran Otro. Esa es la idea que subyace en la manera de concebir el cine de Dziga Vertov. Eso es lo que Barthes llama el inconsciente óptico, la misma idea sobre la que se estructura Las babas del diablo de Cortázar (y su trasunto cinematográfico Blow Up, de Antonioni), así como el relato El velo de encaje negro de Fleur Jaeggy. Es la obsesión de Pedro en Arrebato, la película de Iván Zulueta.
La fotógrafa-niñera Vivian Maier grabó el supermercado y el exterior de la casa donde trabajaba y vivía una mujer que fue asesinada junto a su hijo, tras leer la noticia del crimen en la sección de sucesos de un periódico. Vivian Maier actuó guiada inconscientemente por la misma idea, la de que la cámara sería capaz de delatar al culpable de aquel crimen. Es un absurdo, casi una superstición, equiparar el objetivo de una lente con la visión privilegiada de un dios. El síntoma de una religión que gana día a día nuevos adeptos. La cámara que mira, de Marcel Broodthaers, podría ser el tótem alrededor del cual ejecutamos nuestra danza de aborígenes tardomodernos.

A continuación busco la foto de Borges en la que el escritor aparece disfrazado con una máscara de Lobo Feroz. La encuentro sin dificultad. Borges aparenta ser un auténtico monstruo. La máscara es tan realista que quien la contempla tiene la impresión de encontrarse ante un verdadero Hombre Lobo. Un Hombre Lobo vestido con traje y corbata, algo que lo hace todavía más desconcertante. Mi impresión es que no estoy ante Borges disfrazado de Hombre Lobo sino que esa imagen ha capturado al Hombre Lobo disfrazado de Borges, una manera de poder comerse a las caperucitas de la poesía, a los cerditos de la literatura.
Siempre he sido reticente a disfrazarme. Podría dar mil argumentos intelectuales pero no me apetece buscar coartadas. Un exacerbado sentido del ridículo, tal vez sea eso. Aunque ahora que lo pienso, y cambiando de idea (como no soy río me doy la vuelta cuando quiero, decía una maestra de mi infancia a la que bastaría el haberme inculcado esa escueta sabiduría para recordarla con cariño), creo que no me gusta disfrazarme porque no tengo nada que ocultar de puro exhibicionista y entonces para qué calzarme una máscara si lo que conseguiría sería tan solo zafarme de la mirada de los otros, violentar mi naturaleza. Sin embargo hay algo fascinante en la máscara de Borges. La obra de Borges siempre me resultó fascinante y ahora me sorprendo dejándome engatusar por su máscara. Borges es una especie de brujo que me tiene hechizado, aun después de muerto (aunque los escritores, sobre todo los buenos, están siempre un poco muertos). Para alguien tan poco mitómano como yo resulta todo un misterio. Toda regla admite su excepción, sin embargo. Me sorprendo buscando en internet máscaras de Hombre Lobo. No una cualquiera, sino la que Borges lleva puesta en la fotografía que le hicieron en su casa de la calle Tucumán. Mi mirada se pasea por cientos de imágenes de máscaras de Hombre Lobo. Según parece la primera vez que Borges usó esa máscara fue en una fiesta de Halloween durante una residencia en Estados Unidos. Deduzco que la máscara debe de proceder de algún lugar de Norteamérica. Tras una hora de intensa búsqueda creo dar al fin con ella. El sentimiento que me embarga mientras realizo la compra online es el de euforia, sin paliativos. La compro. Estoy deseando ponerme esa máscara y sentarme a escribir y pasear por el bosque de la literatura con mi flamante máscara de Hombre Lobo para ver a quién me tropiezo, para asustarlo y, tal vez, zampármelo.
Mientras espero a que llegue pienso en qué voy a escribir. No hablo de este preciso momento sino de ahora en adelante. Se trata de una pregunta que indaga no tanto el próximo movimiento sino la naturaleza del propio juego. Sobre personas (me respondo a mí mismo) pero, sobre todo, sobre las cosas. Se trata de ecología, de respeto por toda esa materia que nos rodea. Ya nos preocupamos bastante por las personas y los animales, pero qué ocurre con las cosas. Las acumulamos en estantes de súper y grandes almacenes como presos alineados frente a los barrotes de su celda. Las usamos como si fueran personas y las arrojamos a la basura. No es justo. No es democrático. Por qué limitarse a las personas cuando uno puede narrar el mundo en toda su multiplicidad. Este mundo no será justo ni democrático mientras no liberemos a las cosas del yugo que nosotros mismos les imponemos. Es preciso ponerlas frente a nosotros y meditar sobre ellas, revelar el potencial que esconden en su interior.
Miro a mi alrededor, indago en la soledad del salón en busca de comprensión por parte de los objetos que me rodean. La encuentro en la mesita nazarí, en el cenicero colmado de colillas y en la diminuta telaraña del cielo raso. Corre entre nosotros una solidaria corriente de contingencia y al mismo tiempo de gozo por la existencia, de ridiculez ante la ingente dimensión de las estrellas. Nuestros vacíos se asoman a su abismo en una perfecta reciprocidad. Aprecio el deseo de cada uno de ellos de ser otro, de estar a punto de serlo. Si no mudan es por vergüenza y por respeto a la domesticidad que acordamos hace tiempo. Como yo con esa máscara de Hombre Lobo. La rescataré de un almacén de Amazon y la haré sentir importante, la encarnaré en un cuento, en esto que cuento.
La materia es energía, de acuerdo, pero también poesía. Es cuestión de saber usar la herramienta adecuada.
Entonces recuerdo que Lobo es precisamente el heterónimo que usa Cortázar (y que adopta su compañera de viaje y esposa Carol Dunlop) para referirse a sí mismo durante el viaje que les llevó a lo largo de la autopista París-Marsella, y que tuvo lugar del 23 de mayo al 23 de junio de 1982. Recorrido que fue plasmado a cuatro manos en las páginas de ese libro absolutamente singular que es Los autonautas de la cosmopista.
El mundial de fútbol en España transcurrió del 13 de junio al 12 de julio de 1982. Ni Julio Cortázar ni Carol Dunlop mencionan una sola palabra en relación al fútbol en su libro. El 20 de junio España vence a Yugoslavia por 2 a 1. Yo estaba cenando en la terraza de mi casa, rodeado de jazmines y nísperos, celebrando el gol de Juanito mientras Julio y Carol hacían el amor en su autocaravana aparcada en un paradero de Murieres, cerca de Avignon. El hecho de saber lo que hacíamos en ese preciso momento, Carol, Julio y yo, hace que me sienta más cerca de ellos, que nuestros destinos intersequen de alguna manera, como si Julio y Carol fuesen unos parientes lejanos y excéntricos cuya historia reaparece periódicamente en las reuniones familiares.
Sentarse a escribir es algo así como concertar una cita con uno mismo, para contarse usando la propia máscara o la de un repertorio más o menos extenso. Puede resultar paradójico eso de darse cita frente al teclado, mirarse en la pantalla como en un espejo deformante. Pero a veces uno queda consigo mismo y comparece otro, y entonces es cuando la cosa se pone interesante y una chispa venida de no se sabe dónde acude a las yemas de los dedos.
Las cosas están continuamente aconteciendo. No son, actúan. Mantienen un diálogo hecho de colores, de energía y texturas. El guión carece de restricciones, salvo las que impone el propio escenario. Están la actriz (blancura relumbrante) taza de café, la actriz (lección de geometría) mesita nazarí, el actor (adicción fototrópica) poto, el actor (enterrador de alientos) cenicero, el actor (Aleph anonadante) PC, el actor (mansa chaladura) lector… Estoy unido a cada una de ellas por diferentes grados de afecto. Guardo por todas idéntico respeto. Me gusta pensar que yo formo parte del espectáculo, que no representan su papel para mí sino que soy parte de la escena. Y el papel que me ha tocado en suerte es el de acompañarlas durante el tiempo que dure mi vida, testimoniar su mudanza. Antes de marcharme espero haber dejado algo en ellas. Las cosas (la gran mayoría de ellas, al menos) nos sobrevivirán. Ellas forman parte de nuestro legado. Son nuestras herederas. En las cosas se cifra el paraíso donde salvarnos o el infierno al que seremos condenados.
LICANTROPÍA
Recién ahora recuerdo el sueño de anoche. Fue un sueño etimológico. Alguien me explicaba el origen de la palabra gallo (el pescado, no el ave). Según mi informante onírico, todo viene de los antiguos censos medievales. A veces los siervos estaban obligados por enfiteusis a entregar un gallo (el ave) mensualmente al señor a cambio de trabajar su tierra. En las zonas costeras, sin embargo, era más fácil para algunos siervos disponer de ciertos peces que de animales de corral para dar satisfacción al censo impuesto por su señor. De ahí que muchos señores toleraran e incluso aprobaran con gusto la sustitución del animal de corral por el marino. Y así, por elemental metáfora trófica, los señores empezaron a reclamar ‘el gallo’ (pescado) a sus siervos dedicados a la pesca. Y de ahí en adelante.
Consigno mis sueños a pesar de que soy consciente de ese lugar común según el cual los sueños carecen de todo interés narrativo. Incluso en la narrativa cotidiana, sin pretensiones literarias. Yo opino distinto. Los sueños son la baliza, la estación meteorológica que aporta los datos a partir de los cuales se puede predecir ese sistema caótico que es el imaginario colectivo.
Imagino una web donde cualquier ser humano pudiese transcribir sus sueños. Cada día el Big Data crecería alimentado por millones y millones de sueños procedentes de todos los lugares del planeta. Los analistas estudiarían los datos, tratando de extraer patrones reconocibles, los miedos y deseos que mueven el mundo, usando las armas de la estadística y la poesía. Esa web acabaría siendo muy importante, la más importante, de hecho; mucho más que Facebook o Twitter.
Escribir bien no tiene mérito. Escribir bien es un asunto estadístico. Hay un porcentaje de la población dotado para escribir (más o menos el mismo porcentaje que el que hace puzles o malabares o tiene una enfermedad rara), y punto. El canto del mirlo es hermoso, pero nadie lo soporta demasiado tiempo sin caer en el aburrimiento. Lo extraordinario sería que un pájaro que no está especialmente dotado para el canto sintiese la necesidad de inventarse uno, con sus ritmos, sus cadencias, su trémolo, sus modos de seducción, sus estrategias para desorientar a los depredadores. Un ave así haría enrojecer de envidia al más virtuoso de los ruiseñores.
La escritura no es en mi caso instintiva, como tampoco lo fue la afición al tabaco. No escribí nada hasta los veinte años. Empecé a fumar y a escribir a esa edad porque pensé que ambas acciones podrían suponer una especie de llave mágica para abandonar el callejón sin salida en el que preveía que podía convertirse mi vida. La literatura y el tabaco son por tanto vicios adquiridos. Como todo aquello que depende de la cultura y no del instinto, pienso que podría dejarlos a ambos, incluso simultáneamente, del mismo modo en el que llegaron, siempre que pudiera superar el síndrome de abstinencia. Me pregunto cuál de ambos síndromes sería mayor, si el de la literatura o el del tabaco. Ambas, la escritura y el tabaco, constituyen una adicción y, como tal, pueden manejar nuestra voluntad con un ímpetu todavía más incoercible que el que emana del código genético.
La impotencia es solo una cara de la moneda, la imposibilidad de satisfacer a la persona que se ama. Pero hay otra cara, tanto o más inquietante, y es la incapacidad de darse satisfacción a uno mismo. ¿Acabaría convirtiéndose –me pregunto– el orgasmo en un recuerdo más, candidato al olvido? Tarda uno años en encontrar el camino del orgasmo, en aislarlo, en dotarlo de intensidad, en convertirlo en un elemento puro desprovisto de azar y de confusión. Con el transcurrir del tiempo aprendemos a buscarlo, ejecutamos los pasos de un ritual, una mecánica que creemos infalible; seguimos un rastro que no sabemos si es un largo ascenso o un costoso descenso, en persecución de algo precioso agazapado en las entrañas, una maravilla que dura apenas lo que tarda en escurrirse un puñado de arena de entre las manos.
El timbre me saca de mis pensamientos. Probablemente sea el mensajero. Abro la puerta y, en efecto, ahí está, con el paquete entre las manos. Amazon es la encarnación del mal. Al igual que el mal, es rápido, omnipresente e imposible de derrotar. Abro la caja de cartón. Es mi máscara. Me la pongo frente al espejo. Tenemos un aspecto espeluznante. Juntos formamos una combinación explosiva. Regresamos, mi máscara y yo, junto al teclado. Aullamos y siento cómo a mi alrededor se estremecen la telaraña, la mesa nazarí y el cenicero. Sé lo que piensan. Si yo puedo ser otra cosa entonces ellos también, parecen decir. Traman la mudanza de sus actos. La mesa acrecienta su brillo respondiendo a la luz que penetra por los ventanales. La telaraña siente deseos de ser arpa. La ceniza ya no es una masa indistinta de polvo sino un acúmulo de polillas desecadas. Mis pulmones custodian el polvo de sus alas.
Poco a poco las cosas se remansan. Me deshago de la máscara para ver cómo los objetos sestean a mi alrededor, emitiendo pulsos de ondas, cifrando un mensaje imperceptible, como mudas chicharras bajo la solana.
Aunque no son solo los objetos. En realidad las emociones pueden ser tan objetivas como las cosas que nos rodean. Consiste en colocarse al otro lado de la piel y contemplar desde allí el paisaje de nuestros sentimientos, el germen del que brotan nuestros (aunque tal vez resulte inadecuado llamarlos nuestros, del mismo modo en el que no son nuestros los árboles, ni los pájaros, ni los edificios que asoman al otro lado de la ventana) pensamientos.
Si busco al protagonista de la historia de mi vida, entonces no veo sino una sucesión inconexa de cosas y de personas. La historia de mi vida es absolutamente democrática y por tanto, supongo, deja de poder considerarse como una historia sino que más bien es un cajón de sastre (una frase hecha que, por cierto, carece en lo que a mí concierne de referente –nunca en mi vida intimé con un sastre hasta el punto de que me mostrara su cajón–, aunque supongo que debe ser así, que la imagen que resume la historia de mi vida debe ser algo que quede excluido de la propia historia, pues de otro modo esa imagen estaría dotada de un protagonismo inmerecido o al menos tan merecido como el resto de seres que habían transitado por ella, y todo ello haría de mi vida una paradoja en la que lo definido entraba dentro de la definición, menudo lío) donde todos los objetos en ella contenidos están dotados del mismo valor, como una de esas tiendas de chinos donde uno puede hacerse indistintamente con cualquier mercadería usando la misma moneda. Es una historia, por tanto, desprovista de acontecimientos, y es posible que los demás, aquellas personas de las que me rodeo, algo intuyan y que me guarden por tanto un prevenido rencor pues a nadie le gusta que le equiparen con un jarrón o una hoja de roble. Pero ese resquemor carece desde cualquier punto de vista de fundamento en el momento en el que yo, el narrador de mi existencia, doto de un desmesurado interés a ese jarrón o a esa hoja. El problema radica más bien en las personas y en su instinto de superioridad en relación al resto de seres (y esto incluye a las personas que no son ellos mismos), pero ese es su problema, no el mío, ni el del jarrón ni el de la hoja; y si algún asombro motiva este modo de ver las cosas es el de asistir a un acto de verdadera democracia. Pues la democracia, como todos los absolutos, asusta. A todo el mundo le apetece formar parte de ese minuto de gloria que uno se llevaría gustosamente al otro mundo y, en efecto, todos lo tuvieron, ese minuto. Lo que pasa es que ese minuto deberán compartirlo con la taza de café que llevaban en la mano o los pendientes o el vestido (ah, aquel vestido), pues en realidad ellos tampoco resultaban los exclusivos protagonistas de la escena y a veces era su voz o su torpeza o su fama (sí, a veces me dejaba encandilar por el oropel), pero de igual modo me dejaba embaucar por la insignificancia y la nadería y la frivolidad más absolutas y todo con una falta supina de criterio o más bien dejándome llevar por el único criterio de que todo en este mundo podía resultar igualmente maravilloso y desde luego excepcional, y cuando se es un auténtico demócrata con los seres, entonces uno puede dormir tranquilo. Así la insignificancia no deja de ser el polvo que levanta el jinete de la épica, la mosca posada en la pistola que aparece en escena y que nadie dispara. Tras mi conciencia se agazapa un cineasta, un documentalista franciscano especializado en la minucia que piensa que el encuadre y la producción lo son todo a la hora de lograr la gloria poética.
Una vez vi a una gaviota atacando a un dron. Fue en la playa de Benidorm.
Por la noche lo intentamos de nuevo, hacer el amor. Con idéntico resultado. No hablamos del tema. Tal vez ambos intuyamos (mejor dicho, confiamos) que se trata de algo pasajero, como un esguince o un grano en la mejilla. No aclares que oscurece, dicen que dicen los argentinos, esos doctorados en psicología. Luego le enseño mi máscara de Hombre Lobo. Le digo que con esa máscara me convertiré en el mejor escritor del mundo. Que la literatura es un bosque encantado y que yo he decidido desempeñar el papel de Lobo. Me cito a mí mismo y le digo que con ella me merendaré a las caperucitas de la poesía y a los cerditos de la novela. Marta se ríe sobre la cama. Me coloco la máscara y me abalanzo sobre su cuerpo desnudo. La masturbo con mis garras y escucho sus gemidos con mis orejas de lobo. Lamo su clítoris con mi palpitante lengua de lobo. Cuando llega el momento aullamos al unísono.
El aullido es una grieta del lenguaje donde caben todas las palabras. O por donde huyen despavoridas.
Tumbado de espaldas acaricio mi miembro inerte y descubro una protuberancia en la base del pene. Un garbanzo bajo la piel, la inquietante señal de una metamorfosis.
REDUNDANCIAS
Al día siguiente decido pedir cita con el urólogo. Parece fácil, pero pronto empiezo a darme cuenta de que la urología es una ciencia compleja; que el pene, ese ser proteico y polifuncional exige condignas especialidades, a cual más bizantina. Existen los urólogos, pero también los urólogos andrólogos, y yo, al parecer, tengo necesidad de lo segundo. Tras media hora de indagaciones y malentendidos, consigo una cita con un verdadero urólogo andrólogo. Una redundancia esdrújula que lo convierte en un ser casi mitológico.
Me preparo un café, una manera de procrastinar como cualquier otra. Llamo a Bruno. Necesito hablar con alguien de mi problema y Bruno es el amigo idóneo. Quedamos en vernos por la noche.
Me encuentro con un montón de tiempo sin saber muy bien qué hacer con él. Me coloco la máscara de Hombre Lobo a modo de exorcismo. Los rituales son importantes. La repetición y la redundancia es la manera que tienen las cosas de revestirse de un sentido. Su balbuceo. Qué es el mar acaso sino la insistencia de la ola. Es una buena idea, válida para un aforismo pero también para un poema. Abro mi archivo de poesía y esbozo un poema a modo de tentativa:
Se repite el mar en la ola como
todo aquello que quiere decirnos algo
Millones de años de redundancia
desgastando rocas, pieles y castillos
de arena, y todavía
no hallamos su significado.
Hay cosas que ocurren una única vez en la vida (una aventura amorosa, un viaje…) y que, por tanto, a diferencia de lo que se repite, aportan a la memoria un material insuficiente. Algunas admiten la categoría de accidente y por nada del mundo desearíamos volver a revivirlas. Sin embargo hay otras cuya excepcionalidad resulta dolorosa por el placer que recibimos y cuyo carácter irrepetible nos golpea como el nevermore del cuervo de Poe. La memoria trata de rastrear, cava como un arqueólogo enloquecido en busca del resto deseado, sin ser consciente del todo de que aquello que busca ya penetró en las capas más profundas del olvido, que la experiencia ya solo puede figurarse usando los materiales de la ficción.
Podríamos catalogar, de hecho, los sucesos de nuestra vida en sucesos que se repiten (con leves diferencias) y sucesos que solo ocurren una vez. Hay verbos rotundos y definitivos como nacer o morir que no admiten segundas partes. Los sueños y la mayoría de nuestras lecturas resultan irrepetibles. Al igual que algunos amores. Lo que no se repite pareciera condenado al olvido pero, al mismo tiempo, es el material idóneo del que se abastece la ficción.
Me doy cuenta de que los dos párrafos anteriores repiten su final y que en esa repetición encuentran precisamente su sentido.
Imagino la historia de un hombre de una sensibilidad enfermiza en lo referente a la memoria. Ese hombre experimenta una melancolía infinita al rememorar escenas de su pasado en compañía de personas que ya no están, personas cuya amistad o cuyo amor se extinguió. Cree ese hombre que si consiguiera regresar a esos lugares donde fue dichoso en compañía de los nuevos amigos o los nuevos amores conseguiría mitigar ese dolor, como si la memoria pudiese reescribirse o, al menos, adecuar su naturaleza a la de un palimpsesto. Así se dedica a viajar por todos aquellos lugares que forman parte de su pasado. Se aloja en los mismos hoteles y apartamentos. Come en los mismos restaurantes. Visita los mismos museos. Posa en un fotomatón con la pose desconcertada de sus dieciocho años con la intención de confundir a aquel otro de su pasado y arrebatarle la soberanía estéril de su juventud. Solo cambian los amigos y amantes que le acompañan en su extraño periplo. Trata de vivir intensamente el presente y, a veces, lo consigue. Sin embargo ni siquiera en esos raros momentos logra eclipsar por completo el recuerdo. Más bien ocurre lo contrario: las impresiones del presente remueven el pasado, avivándolo. Es –piensa– como si a la actualidad le brotase una sombra para teñirla de ridículo, como si cada gesto interpretase la parodia de una intensidad ya extinguida. ¿Acaso regiría para la experiencia –se preguntaría ese hombre– una ley similar a la de la termodinámica? ¿Amenazaba a la experiencia un declive semejante al que afectaba al cuerpo físico? ¿Era imposible sentir como la vez primera? ¿Se acartonaban de consuno la piel, los sentidos y la memoria? ¿Y si no fuera así? No había que descartar la hipótesis de que la ausencia fuese en realidad un efecto de postproducción de la película del yo, un filtro que la hacía parecer más interesante, más emocionante y, desde luego, más lacrimógena. Pero, y esta era en definitiva la pregunta crucial, ¿era posible extirpar ese filtro o más bien venía incrustado en el código genético como las instrucciones para que nos creciesen dos ojos y dos manos con un pulgar oponible? ¿Era necesariamente la película de su vida, de todas las vidas, una historia condenada a la melancolía?
Como solo. Luego me echo una siesta. El de la última noche fue un sueño inquieto, de los que no procuran verdadero descanso. Me tumbo en el sofá con Muerte de un apicultor entre las manos. La novela me gusta pero aun así el sueño me doblega antes de acabar la lectura de la página.
Sueño con un camino en medio del bosque. La sensación que me envuelve es apacible. Cantan invisibles los pájaros mientras camino entre los árboles. El sonido de los pájaros es reemplazado por el entrechocar de las hojas de los árboles, o tal vez sea agua. Ambos ruidos se confunden, como si los árboles hubiesen decidido en algún momento de la evolución del planeta imitar el canto de las aguas, o quizás fuera a la inversa. La naturaleza tiende a deleitarnos por medio de una red de analogías de las que es posible extraer un puñado de leyes y, sobre todo, de belleza. El sendero se estrecha y ahora camino entre rocas. Atisbo sin embargo el final del recorrido que, en efecto, desemboca en una impresionante cascada. El fragor del agua es tan intenso que se confunde con el ruido blanco. Miro la cortina de agua como miraría una pantalla de televisión a la espera de que regrese la señal. Poco a poco centro mi atención en el agua y, resignado a la insignificancia, dejo de esperar nada más.
Despierto con la convicción de que el significado está sobrevalorado. Esta certeza, lejos de incomodarme, me produce una enorme sensación de bienestar.
El lenguaje resulta inútil para describir los sueños. Por eso nos aburren los sueños de los demás, como asistir al esfuerzo de alguien que intenta poner en órbita un cohete usando un tirachinas. En el sueño uno es al mismo tiempo el actor, el espectador, el director, el cámara, el guionista y el escenógrafo. Y cómo contar toda esa mezcla de tareas usando la mera posición de un narrador. Imposible. El lenguaje fracasa normalmente al describir la realidad. En el caso del sueño ese fracaso es doble o quíntuple.
El de la cascada es un sueño recurrente, como las olas del mar. Es un sueño que, por tanto, quiere decirme algo.
Paso la tarde frente al teclado, tratando de atraer a unas cuantas palabras que, sin embargo, me rehúyen.
Bruno me dice que tal vez necesito probar con otras mujeres, que Marta está muy bien pero que posiblemente mi polla necesite más estimulación. He quedado con él en un bar de Malasaña aprovechando que Marta se había citado con unas amigas. Nuestros gin-tónics se vacían al unísono. Bebemos, hablamos, bebemos, hablamos, completamos un ciclo que se repite siguiendo una precisa y espontánea sincronía. Los ciclos y las repeticiones son el leitmotiv (valga la redundancia) del día. Su idea es que la polla es una especie de aparato que funciona solo a partir de cierto voltaje. Luego me pide que piense en mi polla como en un electrón atrapado en un orbital (el de la flaccidez), ansioso de recibir la suficiente energía como para pasar al siguiente (el de la erección). Bruno me obliga a imaginar mi miembro viril a través de oscuras metáforas científicas. Está claro (eso opina él) que Marta no me excita lo suficiente. Es normal, continúa, lleváis mucho tiempo juntos; os queréis pero habéis perdido tensión sexual; os conocéis demasiado bien, y para que haya atracción se necesita cierta distancia, diferencia de potencial, eso es; y lo dice como si en verdad estuviese convencido de ello y yo fuese un alumno de bachillerato que atiende las explicaciones de su profesor de física. Puede que en el fondo tenga razón. Fumo tabaco sin boquilla. Me gusta el picante y las especias. Necesito estímulos fuertes para reaccionar, para sacarme de la insensibilidad en la que a veces me adormezco. Si fuera un aparato eléctrico supongo que necesitaría una corriente de 400V. No sería un microondas sino una nevera industrial o un láser. Tal vez podríais recurrir a la lencería, prosigue Bruno, o echar mano de un juguete sexual, algo que rompa la monotonía de vuestros encuentros. O las páginas de contactos, añado yo de manera casi inconsciente, dejándome llevar por el lugar común, que es el responsable de las charlas de ascensor y de las malas novelas. Eso es. Puedo inscribirme en Ashley Madison o en Meetic. No es necesario consumar, aunque eso tampoco hay que descartarlo. A Bruno le brillan los ojos, en un claro efecto de transferencia emocional. Bruno piensa que el hecho de chatear y lanzar flechazos a mujeres que no conozco y muy probablemente indeseables será suficiente para elevar mi nivel de testosterona y recuperar la frescura y el cachondeo de los inicios. Yo no me siento con fuerzas de refutar su tesis que intuyo convencional y confusa, así que me dedico a asentir como si en realidad tuviese que meditar sobre el asunto y le invito a otra ronda como recompensa por sus esfuerzos. En realidad, insiste, no es distinto a entrar a un bar lleno de mujeres, más o menos guapas, más o menos listas. La única diferencia es que ahí todas quieren ligar, sobre todo las que tienen una lucecita verde prendida encima de la cabeza. La cosa, tal y como la cuenta Bruno, tiene su gracia. Lo cierto es que ya estuve abonado a uno de esos sitios antes de conocer a Marta, en parte por curiosidad y en parte para documentarme si en algún momento tenía que hablar del tema en alguna de mis novelas. Recuerdo las estériles sesiones de chat y los mensajes de preciosidades anglosajonas o eslavas, en realidad programas virtuales, robots diseñados para satisfacer nuestra infantil fantasía de hombres seductores. Éramos 31 millones de hombres en una dura competición para atraer a 5,5 millones de mujeres, de las cuales solo 12.000 eran reales. Intentaba contactar con mujeres muy jóvenes que se burlaban (con toda lógica) de mis pretensiones, y puedo decir que llegué a tomarle el gusto a aquel papel de cuarentón patético despreciado (no mames, huevón) por procaces bellezas de veinte años. El patetismo es un rasgo del carácter asequible para cualquiera. Le cuento todo eso a Bruno y sonríe y me dice que pasaba lo mismo en los scouts. El qué, indago. La desproporción de chicos y chicas, responde. Y nos reímos con ganas.
Tras agotar la tercera ronda me despido de Bruno. La noche es fría pero aun así decido regresar dando un paseo para despejarme. Cruzo la plaza de Callao, dejándome bombardear por los luminosos que anuncian obras de teatro y zapatillas deportivas y compañías eléctricas. Llego hasta Sol y paso junto a la inscripción del kilómetro cero, el monumento más abstracto de la Capital. Subo por Carretas hasta Jacinto Benavente, luego Tirso de Molina… Caminar por la ciudad es enhebrar plazas. Finalmente llego a casa. Marta no ha regresado todavía. Aprovecho para sentarme frente al ordenador y echar un vistazo al correo. Ignoro la publicidad y me detengo en uno de los mensajes que lleva como asunto Invitación I Congreso de Literatura Duques de Soria. Abro el mensaje. Como el propio asunto anticipa, se trata de una invitación a participar en el primer congreso Duques de Soria que tendrá lugar en dicha ciudad dentro de un par de meses, en concreto durante la segunda semana de abril. Se me anima a hablar de mi obra en el contexto de la literatura actual en España. El tema me resulta interesante y los honorarios son más que aceptables. Además, nunca he estado en Soria y creo que este congreso puede resultar una oportunidad inmejorable para conocer la ciudad y, de paso, para dar a conocer mi propia obra, en particular mi hipótesis sobre la prescindencia de los personajes (acabo de bautizarla así). ¿Es que no conoce la obra de Georges Perec? Adivino la intervención capciosa de algún miembro del público. Precisamente porque la conozco reivindico su herencia, respondería. ¿Acaso la historia de las marinas que son enviadas desde Australia a Francia, convertidas en puzle y (una vez recompuestas sus piezas) devueltas por procesos químicos a su naturaleza original de cuadros, y remitidas de nuevo al pintor de cuyas manos salieron, no es tanto o más emocionante que esa otra historia de muerte y resurrección que es la de Madeleine en Vértigo? La conferencia llevaría por título Tomar partido por las cosas, un homenaje más que evidente a la poesía de Francis Ponge. Y así, fabulando un coloquio con una audiencia imaginaria, dejo pasar el tiempo hasta que oigo abrirse la puerta de casa. Debe de ser Marta. En efecto, Marta hace su aparición en el salón. Nos besamos. Nuestro alientos viciados de alcohol se entremezclan y confunden. Me ofrezco a prepararle algo de cena pero ella me dice que ya ha cenado, que si no me he dado cuenta de la hora que es. Miro mi reloj y compruebo que son casi las doce. Espero que me diga algo, de dónde viene, con quién ha quedado. Normalmente solemos comentar nuestros encuentros con los amigos con la única condición de que el otro esté sobrio, y hoy ambos lo estamos. Pero hoy se pierde en el baño para quitarse los restos de maquillaje. Aprovecho para entrar a la cocina y prepararme un sándwich. Cuando sale, cubierta con su camiseta de dormir, le doy un beso y ella responde con frialdad. La abrazo e intento dar más intensidad a mis besos pero ella se limita a escabullirse y decirme que está cansada. Ni siquiera me concede la oportunidad de un nuevo fracaso. Tal vez quiera ahorrarse una nueva escena de patetismo. Y es entonces, cuando la veo desaparecer en la habitación, cuando siento miedo por vez primera. Marta está siendo muy paciente conmigo. No me presiona. Se muestra comprensiva, pero sé que sufre tanto o más que yo por esta circunstancia. Pese a todo, me asalta el temor ante la mera posibilidad de que la paciencia de Marta tenga un límite. Ella es todavía una mujer joven y bella. Tal vez en este momento esté en la cama masturbándose, pensando en otro hombre. El miedo deja de ser abstracto. Siento cómo se acumula hasta conformar un objeto palpable, duro como una piedra, dispuesto a hacerme daño. Regreso a mi puesto frente al ordenador y entro en la carpeta de spam, ese inconsciente de la mensajería. El spam es el lumpenproletariat de la comunicación, incapaz de acceder al club selecto de la bandeja de correo. Hurgar en el spam y rescatar un mensaje es equiparable a un acto de caridad para con los más pobres. Junto a los mensajes de publicidad, de phishing y de exsoldados de la guerra de Irak que piden un número de cuenta para compartir su botín de guerra conmigo, encuentro el consabido anuncio de venta de Viagra. Hasta hace solo unas semanas aquellos mensajes me parecían venidos de un mundo sórdido y ajeno. Ahora me permito abrir el mensaje para averiguar las condiciones y el precio. Sé que la Viagra no es una solución a mi problema, pero sí, tal vez, un paliativo que me permitiría disfrutar de cierto simulacro de normalidad. Estoy a punto de pagar a alguien en la India para que me envíe una caja de Viagra seguramente adulterada. Al final resisto la tentación. Después abro el archivo de texto y lo miro como quien mira un paisaje a través de la ventanilla del tren, sin ganas de detenerme a contemplarlo. No obstante se hace necesario armarlo, llenarlo de árboles y nubes y vacas, muchísimas vacas. No conviene olvidar que se escribe –en parte– para los lectores y que, por tanto, conviene echar mano de la prosa circunstancial. El color de pelo. El estampado de las alfombras. La uniformidad militar del corte de césped. La luz del porche que alguien deja encendida y que despierta el instinto suicida de las polillas.
La prosa circunstancial es como el nabo Daikon del sushi. Nadie se lo come, pero resalta el corte del pescado.
LA SECTA DEL FÉNIX
En el interior del centro médico observo que el mostrador de recepción está situado en la propia sala de espera. La estrechez de la sala me hace temer que el resto de pacientes puedan escuchar (a pesar de que uso un tono de voz casi imperceptible) mis palabras cuando digo que vengo a la consulta del urólogo. Siempre he sido muy pudoroso, no tanto en aquello que tiene que ver con mis ideas y mis pensamientos sino con mi cuerpo. En realidad siempre he experimentado el cuerpo como una especie de molestia y mal necesario para que encarnen en él las ideas y las palabras que consiguen expresarlas. Me siento en uno de los sillones libres de la sala y espero mi turno escondiendo mi cabeza en un ensayo de Nicolas Bourriaud. Bourriaud habla de la locura de Althusser, de signos y objetos excluidos del sistema, ligados a un imaginario del residuo. Lo llama exforma. Yo pienso en mi polla como en un ejemplo más de exforma, en todos los sentidos. Imagino (dramáticamente) que nunca recupere del todo su forma ni su funcionalidad. En ese caso mi polla no deja de ser un órgano prescindible, como el apéndice o la muela del juicio, un puro residuo. Inmerso en estas consideraciones apenas reparo en que el urólogo (un hombre circunspecto) está plantado en medio de la salita de espera pronunciando mi nombre. Me levanto y marcho tras él, siguiendo su indicación. Entro a la sala de consulta y cierro la puerta a mi espalda. Bien, qué le ocurre, me pregunta. Yo le pongo en antedecentes (dificultad para conseguir la erección, dureza en el tallo del pene –intento usar un lenguaje que aúne lo técnico y lo florido–, y una ligera curvatura del mismo) y, sin dejarme acabar, me dice que me tumbe. Embute su mano en un guante de látex. No me dice que me baje los pantalones, pero yo lo hago. Imagino que es lo que hay que hacer y que el hecho de que no lo diga supone una tácita muestra de pudor y de camaradería masculina. Coge mi miembro entre sus dedos y lo estruja como quien comprueba la madurez de una fruta. Yo miro al techo. Doy por supuesto que lo correcto es no mirarlo a los ojos ya que eso podría crear una relación de complicidad indeseada seguramente para ambos. Voy a decir algo, pero antes de poder hacerlo me ha dicho que me vista. Cuando regreso a mi asiento ya me ha extendido un volante solicitando una ecografía. En el diagnóstico leo enfermedad de Peyronie. No pregunto porque no tengo tiempo, porque ya se ha levantado para decirme que pida una próxima cita para la realización de la prueba. Pienso que la relación con mi carnicero es infinitamente más íntima y satisfactoria que con la de este urólogo.
Jacques Lacan inventa un concepto extraño: el sinthome. Este objeto mental se presenta como una pieza suelta, una pieza que se separa del resto de nuestro cerebro, funciona mal y no cumple otro rol más allá de poner trabas a las funciones del individuo. Mi polla es una exforma y un sinthome, al mismo tiempo. Los teóricos franceses son gente estupenda (siempre lo fueron) para relativizar las tribulaciones de índole sexual.
La curvatura de un pene es un asunto de vital importancia. Un pene puede ser enhiesto como una cucaña o curvo como una playa convexa.
Síndrome de Peyronie. Ese es el diagnóstico. Suena sofisticado, a enfermedad rara, de esas que amadrina nuestra reina vestida de Hugo Voss; a haber sido agraciado con la lotería de la desgracia. Resulta que mi polla puede sorprenderme, que la idea mental que me había hecho de ella (mi polla en cuanto concepto) resulta a partir de este momento perfectamente inútil. Mi polla se ha convertido en un objeto poético en el sentido de que ha roto la expectativa que tenía de ella. Ha pasado de ser el motor de mis actos a un objeto pasible, solicitante de cuidados y ternezas. Soy, a partir de ahora, un hombre herido en lo más profundo. Mi sistema de coordenadas flota por mi anatomía sin un asidero claro, desnortado. Debí haberlo sospechado, pues antes que los síntomas físicos había apreciado otro tipo de indicios que en su momento me parecieron baladíes pero que ahora, bajo la perspectiva de un diagnóstico médico, se me tornan acuciantes. Había adquirido la costumbre, al ver pasar por la calle a una mujer hermosa, de detener el paso. A una distancia prudencial, sin interferir su trayectoria, me quedaba mirándola, sin deseo en realidad, admirándola como se admira una obra de arte en un museo o como se contempla una aparición repentina en el cielo, un meteorito, una estrella fugaz que dejaba un rastro de aire incendiado, dominado por la conciencia un tanto romántica (mono no aware, dirían los japoneses) de que había una belleza intensa y dolorosa en lo efímero y, ya en adelante, irrenunciable.
Es un hecho. Las mujeres singularmente hermosas caminan más rápido. Electrones acelerados por esos fotones que son las miradas ajenas, se mueven con una prisa desmesurada, como si quisiesen escapar, desaparecer de esa escena de laboratorio arquetípica que representa el objeto sometido al escrutinio de la admiración o el deseo. La mirada busca detener ese resplandor fulgurante; esfuerzo inútil, porque la belleza, dramáticamente condenada a la atención de los que la rodean, solo encuentra su libertad en el movimiento.
De vuelta a casa pienso que la flaccidez de mi polla tiene que ver con la tesitura en la que me encuentro en relación a la escritura. En mi dimisión de los personajes. Se me aparece con toda claridad que un protagonista es una polla, del mismo modo en que la polla es el gran personaje que se esconde en todas y cada una de las peripecias de una trama y, por ende, de la gran trama que es la Historia. La púa gobierna el mundo, me decía muy cachazudamente un amigo; y el tiempo me ha hecho comprender que la púa es el motor de todas las historias. Pues del mismo modo en el que el deseo sexual resulta ser la gran motivación de muchos de nosotros a la hora de dar coherencia y continuidad a nuestros actos y costumbres, el sexo, o más bien la metáfora del mismo, es el motor de buena parte de las narraciones. Una metáfora en un sentido (tal vez más de uno) que se me antoja nítido, y es la aplazada expectativa del lector de lograr el clímax a través de la resolución de un misterio o del hallazgo del último eslabón de una cadena causal. Así cabría concebir la novela sexual (en el sentido metafórico recién enunciado) como generalidad, contrapunteada por sus dos posibles excepciones: 1.- La novela onanista, autosuficiente, aquella que no necesita un prójimo sino que se satisface a sí misma a través de una sucesión ininterrumpida de intensidades, y 2.- La novela fláccida, la novela que es una sucesión de tentativas, que quiere y no puede y que precisamente hace de su no poder su justificación y su nobleza; del mismo modo, por cierto, en el que hay sucesiones que convergen a un único punto, otras que lo hacen a varios (potencialmente infinitos) y otras que divergen o que simplemente se muestran erráticas; y sin embargo es ese errar y esa deriva la que puede definir un nuevo territorio antes no explorado al igual que los imprevisibles dígitos del número pi encierran el secreto de la circularidad.
Falo y fallo, descubro con sorpresa, tienen la misma etimología. Proceden de la raíz indoeuropea bhel, de cuyo significado derivan flor, inflar y falacia. La etimología, por tanto, viene a darme la razón. El falo está en la raíz misma de la ficción. O, dicho de otra manera, lo que se infla es falaz y, además, propenso a la falencia.
Resulta llamativo que mi sexo deje de funcionar en el justo momento en el que he decidido prescindir de los personajes (aunque desconozco cuál sea la causa y cuál el efecto, a este respecto mi miopía metafísica tiende a fusionarlos), en el instante en el que he decidido optar por la más absoluta de las democracias. He sustituido el sexo por el erotismo. Ya no deseo un plano fijo sino una sucesión de encuadres, de pequeñas intensidades como estrellas que constituyen una nebulosa, como una casa construida al borde de un acantilado por cuyas hendijas se cuela el chiflido del viento, como esas manchas de gotelé que disparan la imaginación y entablan una relación biunívoca con la fantasía. Una frase tras otra, una perspectiva tras otra, un objeto tras otro, aguantando la respiración bajo la superficie del lenguaje. La hipotaxis es, al fin y al cabo, la apnea del pensamiento.
Trato de averiguar si mi aversión (la palabra no es aversión, tal vez sea desamor o, mejor, desesperanza) por los personajes se traduce en la lectura. Tomo un volumen de Pérez Reverte que un familiar despistado me regaló por mi último cumpleaños y lo abro por la primera página. No tardo en constatar que la escritura, a pesar de su sencillez y evidente corrección, me parece ilegible. Creo estar leyendo un idioma extraterrestre cuyas circunstancias y motivaciones carecen de sentido. Luego cojo una Biblia. Me ocurre otro tanto. La Biblia está escrita en un lenguaje encriptado que –ya– me es imposible descifrar. Sé perfectamente que soy yo quien constituye una excepción (mi incapacidad para la épica y la religión). Siempre lo supe, pero mi reluctancia (esa era la palabra) ya no se basa en prejuicios intelectuales sino en el modo en el que mis ideas han acabado dando forma a mi lenguaje, aunque tal vez ocurra lo contrario y sea mi lenguaje el que haya acabado cerrándome las puertas de cierta realidad, asequible por otra parte al común de los mortales. En verdad no sé muy bien cuál haya de ser la causa y el efecto. En el fondo estoy convencido de que en toda circunstancia todo procede de un juego del azar, un azar que divide el tiempo en dos partes (antes y después de la jugada de dados) y es por mera convención que llamemos a cada una de esas partes causa y efecto, huevo o gallina. Decantarse por uno u otro solo depende de las cartas que uno tenga en la mano, de qué lado de la balanza hayamos hecho nuestra apuesta. En lo que a mí respecta, se acabaron las apuestas, más bien me adjudico el papel del azar. Hasta tal punto llegó mi grado de pereza (¿flaccidez?) ontológica.
Un día más jadeo bajo mi máscara de Hombre Lobo. Me siento iniciado en un misterio hasta ahora desconocido. Me viene a la cabeza aquel relato de Borges titulado La Secta del Fénix. Sus miembros solo se reconocen a través de un ritual secreto. Sin un libro sagrado que los congregue como la Escritura a Israel, sin una memoria común, sin esa otra memoria que es un idioma, desparramados por la faz de la tierra, diversos de color y de rasgos, una sola cosa –el Secreto– los une y los unirá hasta el fin de sus días. El autor no llega a decir en qué consiste dicho secreto pero estoy convencido de que tiene que ver con la escritura enmascarada, con una raza letrada de Hombres Lobo. Unas líneas más abajo dice el narrador que El Secreto es sagrado pero no deja de ser un poco ridículo; su ejercicio es furtivo y aun clandestino y los adeptos no hablan de él. Sin duda Borges está hablando del ejercicio de la escritura. La escritura es furtiva y, sobre todo, ridícula. La Secta del Fénix está formada por escritores, esa me parece la clave indudable del relato.
Busco en internet y encuentro sin dificultad escritores cubiertos con una máscara. Cortázar enmascarado junto a García Márquez, Joan Perucho... Me viene a la memoria el Mishima de Confesiones de una máscara. Ser escritor es, en definitiva, habituarse a una máscara. O mejor, no a una sino a muchas. Por qué conformarse con un solo narrador, cuando todos llevamos dentro docenas y docenas de narradores: un narrador solemne que disfruta siendo lapidario, uno jocoso capaz de reírse de cualquier cosa, uno cínico que no cree en nada, y menos que nada en su escritura; incluso un narrador cursi que pergeña páginas que resplandecen saturadas de brillo como esas imágenes que sirven para ilustrar las bodas y algunos perfiles de Facebook. Y teniendo en cuenta que todos esos narradores están desconectados entre sí, incomunicados el uno con el otro, del mismo modo en el que dos máscaras carecen de intersección, al igual que esos criminales que acaparan momentáneamente los noticiarios resultan incomprensibles para sus vecinos (era tan educado cuando lo tropezábamos en el ascensor o en la escalera, me ayudaba a acarrear las bolsas de la compra), para su familia (siempre fue un hijo ejemplar, no bebía ni tomaba drogas), ni siquiera para sí mismos (tenía que hacerlo aunque no sé muy bien por qué, si me condenan condenarán a la parte culpable pero también encerrarán a la inocente).

La palabra que los griegos usaban para designar la máscara es prosopon, de ahí el latino persona. Per-sonare: lo que resuena tras la máscara. Así que, por una de esas carambolas etimológicas, resulta que los escritores, los miembros de la Secta del Fénix, son aquellos que se enmascaran y que por tanto son las auténticas personas, o más personas que las personas, o metapersonas, es decir, personas elevadas al cuadrado o al cubo, la potencia indeterminada de una persona.
Ahora entiendo, de hecho, por qué los escritores abusan de esa pose en la que aparecen sujetándose el mentón, como si en realidad cubriesen su rostro con una máscara.
Decido darme unos minutos de tregua para poner orden en la casa. Recojo la ropa del tendedero, hago la cama, doblo un par de camisetas siguiendo el plegado origami de Marie Kondo, esa civilizadora de espacios interiores. En el salón echo un vistazo a la esquina donde una araña ha decidido construir su tela. Arthur Koestler afirmaba que una araña jamás apoyaba su tela en más de doce puntos. Ignoro si existen excepciones como en el caso del trébol, si hay arañas cuyos conocimientos geométricos van más allá del dodecágono. Tras unos instantes de duda, respeto la telaraña del cielo raso.
Marta dejó olvidado uno de sus bolsos sobre el sofá. Al cogerlo para colgarlo del perchero atisbo una carpeta con un logo que me resulta conocido. Sin poder resistir la curiosidad saco la carpeta. Es parte del material de un taller literario impartido en una importante escuela de escritores. Tardo en recuperarme de la impresión. Revolviendo entre los papeles descubro que Marta ha decidido matricularse en un taller de prácticas narrativas del yo. No termino de entender por qué Marta, que nunca manifestó ninguna veleidad literaria, se ha matriculado en un curso como este. Y mucho menos por qué ha decidido mantenerlo en secreto. Además, el curso tiene como finalidad (eso leo en el folleto explicativo) el aprendizaje de un compendio de técnicas cuyo objetivo es el dominio del relato autobiográfico. Me pregunto si la necesidad de Marta de adquirir estas técnicas está relacionada con el asunto de mi impotencia sobrevenida o simplemente ambas coincidieron en el tiempo. Y si se trata de lo primero… Me espanta que Marta pueda usarme como material para su relato. Nunca antes había sentido tan cerca la amenaza de convertirme en literatura en manos de otro, que sea un extraño (aunque este extraño sea la persona a la que amo y con la que comparto mi vida) quien maneje el encuadre y el tiempo de mi existencia. Sigo buscando entre los papeles pero no encuentro más que unas cuantas notas manuscritas y unas fotocopias con contenido teórico seguramente proporcionadas por el profesor del taller. El curso debe de estar en sus comienzos y todavía no hay ningún esbozo narrativo. Lo dejo todo en su sitio y regreso a mi puesto de trabajo.
Dejo a un lado el archivo de texto y me dedico a explorar algunos sites pornográficos. Tras un somero repaso de las novedades solo experimento indiferencia. Mujeres hermosas y atléticas cubiertas de maquillaje y lencería satisfaciendo un guión rutinario que consiste en mamada/penetración vaginal/penetración anal/recepción de semen en el rostro. Una estructura cuaternaria, la tetraktis del porno que acaba aburriendo como cualquier esquema cerrado e ideal. Busco algo de imaginación en los vídeos amateurs. Y la encuentro. No hay sexo técnicamente impecable sino ganas de sorprender, torpeza, error, el naturalismo al que siempre va ligada la improvisación y la imperfección. Gente corriente follando en probadores de ropa, en parkings y supermercados o en una habitación de estudiante; cosplayers de Leia practicando garganta profunda, Pikachus teniendo sexo anal... Es un sexo pobre pero plagado de matices. La sección amateur es el equivalente pornográfico del object trouvé en el campo del arte. En realidad ya solo me excita la honestidad, la mirada de verdadero deseo, ese imponderable que escapa a toda representación, a la mecánica brutal de los gestos.
Hay vídeos que se han reproducido ciento cincuenta millones de veces. La cifra me parece vertiginosa. No sé qué se sentirá cuando ciento cincuenta millones de personas te han visto follar. Ningún libro ha vendido tantos ejemplares, salvo la Biblia y las obras de Paulo Coelho. Ciento cincuenta millones de personas que te han deseado, que se han inclinado sobre tu imagen ejecutando esa oración desacralizada que consiste en masturbarse y eyacular mirando tu cuerpo. Una Kaaba virtual hacia la que apuntan los sexos de medio mundo.
Tanto semen derramado en tu nombre, Lindseylove, diosa de los orgasmos.
Siempre son chicas. Los consumidores de porno somos fundamentalmente hombres. Apenas puedo ver el rostro de los chicos que la penetran, solo su sexo entrando y saliendo de su boca, de su coño o de su culo. No sé cómo son, cuál es su expresión mientras graban con su móvil o sus cámaras caseras a sus compañeras. Suelen ser quienes manejan el encuadre, los narradores de la escena. Solo vemos su miembro erecto. El resto de su anatomía resulta obsceno. Qué puede hacer una mujer con todo esto, pienso. Tal vez miren a la chica y se proyecten en ella. Entonces su placer provendrá, a diferencia de lo que ocurre en los hombres, no tanto de la visión de la desnudez del otro sexo sino de su identificación con la mujer que goza. Tendrá que ver con el hecho de que muchas mujeres cierren los ojos cuando hacen el amor, como si el placer fuese algo que buscar en sus entrañas, mientras que los hombres deseamos mirar y que nos miren, arrastrados por un placer que necesita adherirse a una imagen siempre externa.
Mi sexo, renuente a la f(r)icción estandarizada de la producción comercial, responde ante esta variante pornográfica de la autoficción literaria con una erección considerable ante la cual soy el primer sorprendido. Sin embargo, apenas centro mi atención en ella, como si fuese capaz de transmitirle mi incredulidad, se viene abajo. No desmerezco del todo el logro. Experimento la reacción del convaleciente que consigue dar de nuevo sus primeros pasos, la misma esperanza, la ilusión de que no todo está perdido.
Un niño ve una película y quiere imitar a sus personajes protagonistas. Saltará, hará esgrima, se disfrazará, replicará gestos, palabras y expresiones. Una disposición natural que vamos perdiendo con el paso de los años. La única excepción, en el caso de los adultos, tal vez sea el porno.
Ya no existen en realidad grandes estrellas del porno, como tampoco las hay de la literatura. Salvo consabidas excepciones. Solo hay una competición descontrolada por exhibirse. Un amateurismo generalizado. Nada hay que aprender de nadie. Somos tan buenos como cualquiera: follando y escribiendo. Acabaremos masturbándonos y leyéndonos a nosotros mismos. Las dos cosas, al fin y al cabo, vienen a ser lo mismo.
En realidad siempre sorteé sin excesivo dolor los reveses de la vida. Hay quien se arroja en manos de las drogas o de psicoanalistas. Yo tenía la literatura. Ser escritor me habilitaba una segunda existencia donde podía vengarme de la primera, de la vida supuestamente real, o acomodarla a mi gusto o, como poco, matizarla. Así una desgracia era en realidad una excusa para hablar de ella, una oportunidad para la literatura. Yo era un extraño animal dotado de dos vidas paralelas aunque con indiscutibles puntos de unión. Cuando las circunstancias me lo permitían, me decantaba por una de ellas en una búsqueda permanente de optimización del placer o de disminución del dolor. Era parecido a cambiar de videojuego cuando las cosas se ponían mal en uno de ellos, como hacer zapping en el momento de los anuncios, como jugar con un as escondido en la manga o, mejor, creerse una especie de faraón que se fabricaba una pirámide en el más acá para permanecer a resguardo de los males de ese más allá que era la vida.
Recibo una llamada de Marta. Me pregunta por la cita con el urólogo. Le digo que bien, ahorrándole los detalles. Le informo de que el diagnóstico probable es síndrome de Peyronie, un nombre que merecía mejor causa que una fibrosis de la túnica albugínea de los cuerpos cavernosos. Se ríe. Las risas a través del teléfono tienen un encanto especial. Desprovista de la imagen del rostro, la risa se convierte en una corriente poderosa que se transmite sin interferencias. Realmente siento el aliento de Marta y eso me reconforta. Mi pene se está volviendo barroco, aprovecho para seguir bromeando, mi polla ha decidido ella solita recorrer toda la historia del arte. Solo espero que no cumpla la funesta profecía hegeliana y todo acabe en su defunción. Marta ya no sonríe. Guarda silencio. Todo el mundo dice que el arte ha muerto, añado, con el patetismo urgente de quien se ve obligado a explicar un chiste con el que nadie se ríe. Durante un instante llego a pensar que la comunicación se ha interrumpido o, peor todavía, que Marta haya podido colgar, molesta por lo inoportuno de mi ingenio. El arte no ha muerto, mi vida, escucho aliviado sus palabras; y tu polla tampoco, añade antes de despedirse con un beso.
Paso el resto de la tarde buscando información sobre el síndrome de Peyronie. La información acerca de cualquier enfermedad puede ser desoladora, y en este caso particular lo es en grado sumo. En los casos más graves, el síndrome puede abocar a la impotencia definitiva. Salto de una página a otra y visualizo mi navegación cuajando en un historial útil para alguna compañía farmacéutica. Tal vez en breve empiece a recibir información de fármacos contra la impotencia o sobre cirugías peneanas o sobre rituales ancestrales o incluso sobre implantes de microchips capaces no solo de devolverle a mi miembro sus prestaciones habituales sino otras nuevas, inimaginables.
El dios precolombino Tezcatlipoca, deidad de la noche y de la oscuridad, portaba colgada del cuello una piedra de obsidiana a la que sus fieles llamaban ‘espejo humeante’. En ella (creían los pueblos mexicas) se reflejaban las acciones y los pensamientos de los hombres. Ese espejo negro me recuerda a “El Aleph” de Borges, pero también a la nube donde se deposita nuestra información, donde van a parar nuestras fotografías, nuestros mensajes de correo y nuestros archivos literarios. Todas estas palabras.
Tezcatlipoca: espejo negro: black mirror. La pantalla apagada de un dispositivo conectado a la red. Una vez encendido se llenará de signos, de señales que fulguran y desaparecen. Que son humo.
Llegados a un tiempo en el que hemos agotado la insignificancia de la naturaleza, pues qué cosa es la naturaleza sino un significante desprovisto de significado o, más bien, una multiplicidad de significantes dotados de un mismo significado (la lucha por la supervivencia), ha llegado el momento histórico en el que nos vemos abocados a una nueva naturaleza, es decir a una nueva insignificancia. Se trata esta vez del Big Data, una multiplicidad de significantes para un un único significado que es la lucha por la supervivencia empresarial. Vivimos todavía en la época de los pioneros, y muy bien podemos imaginar idéntica emoción y asombro en Lope de Aguirre ante el descubrimiento del Orinoco que en el analista que rastrea el historial de navegación de las páginas de incógnito. Del mismo modo en que clasificamos la insignificancia de la naturaleza en géneros y especies, acabaremos ideando categorías y conceptuando la selva de datos, roturándola, es decir, domesticándola. E igual que nos apropiamos del único significado de la naturaleza, es decir, del ímpetu por la supervivencia, nos acabaremos apropiando del único significado del capital que es la ganancia óptima, y así cultivaremos nuestro huerto de datos, nos rodearemos de mascotas de datos que harán más leve nuestra soledad y guardarán nuestra puerta y tomarán decisiones por nosotros. Imagino de hecho una aplicación que haga acopio de todos nuestros datos, de nuestras búsquedas, de nuestros correos; una aplicación que, en función del análisis de esos datos, elija nuestro partido político, nuestra mujer ideal o qué debemos comer hoy. Qué liberación dejarse llevar por el determinismo de nuestros datos. Una aplicación por otra parte paradójica, ya que en el momento en el que ninguna decisión debe ser tomada la aplicación quedaría huérfana de nuevos datos, y qué tragedia sería esa. En realidad esa aplicación siempre ha existido, si se quiere en una versión atenuada. Se llama tradición. Se llama hábito. Se llama costumbre.
La he llamado miembro. Sin querer o, mejor dicho, sin ser consciente de ello. Esta es una de esas raras ocasiones en las que tomo conciencia de que es el lenguaje el que nos habla, el lenguaje de nuestros padres, el de las revistas y los libros que hemos leído, el de los anuncios y las películas que hemos visto, el de las conversaciones que hemos tenido. El lenguaje responde al mismo esquema de estímulo-respuesta de un acto reflejo. Lo llevamos dentro, pero no nos pertenece. Llamar miembro a la polla se me antoja como poco problemático. Al fin y al cabo es una parte del organismo que guarda cierta autonomía, cuyas reacciones son a menudo imprevisibles. Yo soy tan miembro de mi polla como ella de mí. En cualquier caso nuestra relación es más federal que centralista. La impotencia no es solo terrible por el hecho de no poder satisfacer a la persona amada sino también porque sin esa alteridad que nos acompaña a los hombres desde nuestro nacimiento nos quedamos más solos, hijos únicos de nuestra anatomía.
Del duunvirato a la monarquía.
Sé que me hago trampas, pues qué otra cosa es tratar de distanciarme de mis problemas de impotencia recurriendo al pensamiento. ¿No será, acaso, un nuevo síntoma de mi impotencia (esta vez mental) el no ser capaz de confrontarme con los hechos a través de los actos sino solamente recurriendo al pensamiento? La filosofía siempre ha resultado una consolación cuando los acontecimientos de la vida se torcían. Pienso, por ejemplo, que puesto que ninguna cosa lleva en sí misma su fundamento, lo que ocurre es que mi polla ha revelado un atributo inesperado que ha hecho que en parte deje de ser mi polla para convertirse en otras cosas que sin duda formaban parte de su coseidad pero que habían permanecido latentes hasta entonces. Mi sexo se ha convertido en materia para la experimentación y la inquisición médica, ha ampliado su mundo, un mundo que hasta entonces se había reducido a la intimidad de mis parejas sexuales. Su inesperada flaccidez la ha transmutado en objeto de estudio. Ya no son las manos amantes las que tienen la exclusiva potestad para manipularla sino que a partir de este momento se encuentra a disposición de un cuerpo médico que manifiesta a través de ella su celo profesional y las casi infinitas posibilidades de la ciencia.
Aunque puestos a dar explicaciones, también pudiera ser que mi impotencia tenga su causa en mi falta de éxito literario, si por éxito se entendía agotar varias ediciones y que los suplementos de cultura nacionales me dedicasen algo más que una columna encargada al crítico de turno. Dejando a un lado la bendición de la crítica especializada, yo deseaba en el fondo de mi alma ganarme una masa considerable de lectores, y mi repetido fracaso en este sentido (aquí va la hipótesis) no es sino una metáfora de mi falta de apetito sexual en franca correspondencia con la frigidez de mi masa receptora. Yo no me sentía deseado (como escritor), no al menos hasta las cotas con las que siempre había fantaseado, y por tanto (simbólicamente, al menos) respondía a ese rechazo con una apatía rayana en la depresión. Tal vez no desease a ninguna mujer de carne y hueso tanto como aquella imagen ideal que yo me había forjado de la lectora de mis novelas (porque si había que darle una forma a aquellos que se mostraban receptivos a mis palabras yo la imaginaba como una mujer inteligente y probablemente hermosa, una mujer de piel clorada, capaz de mimetizarse con la blancura de la página en blanco), y al fin y al cabo no era otra cosa más que la desilusión por mis lectores (la escasez de ellos) lo que había causado mi falta de deseo y, por ende, mi impotencia.
Como teoría, tengo que reconocerlo, no tiene precio.
Espero la llegada de Marta ojeando algunos de los libros que acumulo, pendientes aún de lectura. Cojo uno de ellos y lo abro por la primera página. Me quedo observando el papel y la tinta. Pasan los segundos hasta que reparo en que la tinta compone signos que forman parte de un lenguaje en el que he sido instruido. Me fijo en la frase inaugural que dice A partir de aquel día empezaron a ocurrir cosas insospechadas y mi cerebro empieza a lucubrar un sentido a dicha frase. Pero no puedo dejar de pensar en el árbol cuya madera estuvo en el origen de la pasta de celulosa de este papel. Y en los pájaros que anidaron en ese árbol. Y pienso que lo insospechado es que ese árbol creciera durante más de un siglo para convertirse en esta página sobre la que se imprimió esta frase. Y por tanto que el sentido es una corriente que transita de un lugar a otro, una nada que se mueve y se ancla transitoriamente a la materia, a los átomos de carbono de la madera, a los átomos de plomo de la tinta, y de ahí salta a las neuronas de mi cerebro; y de ahí, tal vez, con suerte, a las de cientos o miles de lectores; para regresar de nuevo a cualquier parte, a un lugar insospechado, a la cola de un lagarto o al vacío de una pompa de jabón.
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