Kitabı oxu: «El rey perdido»

Esta es una obra de ficción y, excepto el hecho histórico
de los disturbios de Brixton de 1981, cualquier parecido
con personajes reales, vivos o muertos, es pura coincidencia.
Título original inglés: Slow Motion Ghosts.
Autor: Jeff Noon.
Publicado originalmente en inglés con el título Slow Motion Ghosts
por Transworld Publishers, un sello editorial del grupo
Penguin Random House.
© Jeff Noon, 2019.
© de la traducción: V. M. García de Isusi, 2020.
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2020.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
rbalibros.com
Primera edición: abril de 2020.
REF.: ODBO707
ISBN: 978-84-9187-644-1
FOTOCOMPOSICIÓN: GAMA SL
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito
del editor cualquier forma de reproducción, distribución,
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CONTENIDO
Sábado, 11 de abril de 1981
SANGRE Y GASOLINA
Domingo, 23 de agosto de 1981
EL EXAMEN DE UNA MÁSCARA
SENDAS VERDES Y RETORCIDAS
LA CARA ILUMINADA
Lunes, 24 de agosto de 1981
X DE DESCONOCIDO
FIGURITAS Y MALDICIONES
LA LÁGRIMA
LAS SEIS HERIDAS
EL BLUES DEL TERCERO EN DISCORDIA
LA MUJER DEL COCHE
GRABADO EN LA CINTA
DIBUJADA CON TINTA AZUL
EL SILHOUETTE
ATADO
Martes, 25 de agosto de 1981
LUZ AMBIENTAL
LA GALERÍA
UNA CAMPIÑA EN INGLATERRA
LOS PERSEGUIDOS
FAIR HARBOUR
Miércoles, 26 de agosto de 1981
EN BRAZOS DEL MAR
VIVIR A OSCURAS
POR CALLES IRREALES
UNA CHARLA EN LA A229
UN BAÚL LLENO DE CURIOSIDADES
Jueves, 27 de agosto de 1981
VIDAS SECRETAS
SIETE AÑOS DESPUÉS
EL DIARIO DE UNA MUJER
LA HABITACIÓN CERRADA
NOMBRES EN UNA LISTA
LAS HABITUALES DEBILIDADES HUMANAS
CICATRIZ DE PINTALABIOS
Viernes, 28 de agosto de 1981
LA HISTORIA DE LA MÁSCARA
UN ROSTRO ENTRE LA MULTITUD
LA PROFESIONAL
UN ENCUENTRO JUNTO AL RÍO
POSIBLES REYES
UNA PUERTA QUE DA AL PARAÍSO
UNA NOCHE LEJANA
LA CIUDAD DEL EDÉN
Lunes, 31 de agosto de 1981
LA LLAMADA
AGRADECIMIENTOS
PARA STEVE
SÁBADO
11 DE ABRIL DE 1981
SANGRE Y GASOLINA
Aquella noche, Hobbes llegó a la comisaría de Brixton a eso de las ocho y media. Fue hasta allí en un coche patrulla con otros cuatro oficiales, uno de los cuales no dejaba de despotricar por todo lo que veía por las ventanillas: «¡Por amor de Dios!, ¿es que no podemos dejar que se maten unos a otros?». En un momento dado, Charlie Jenkes le pidió que se callara de una puta vez. Bastante mal estaba ya la cosa. El inspector Hobbes viajaba en el asiento de atrás, pegado al respaldo. Estaba tan nervioso que no se sentía bien.
Una vez en la comisaría, enseguida los organizaron y les dieron órdenes. Hobbes se hizo cargo de un equipo de nueve agentes de uniforme. ¡Por Dios, pero si habían pasado años desde que hacía algo así!
Una furgoneta los llevó a gran velocidad a un punto de despliegue y los escupió en medio del caos. El grupo solo contaba con seis escudos de plástico, su única defensa contra lo que fuera que los esperaba en el frente. Ni cascos ni equipo antidisturbios adecuado. A Hobbes le habían asignado la tarea de expulsar de Shakespeare Road a los alborotadores para que por la calle pudieran pasar una ambulancia y un coche de bomberos. El inspector organizó una línea y ordenó a los agentes que marcharan al paso, pero la línea se rompió nada más entrar en la refriega. Había gente joven calle abajo, cortando el paso; había un coche patrulla volcado. Uno de los alborotadores se agachó para prender un charco de gasolina y el coche patrulla no tardó en quedar envuelto por las llamas. Los alborotadores, hombres y mujeres jóvenes, empezaron a vitorear y a bailar alrededor del vehículo. Parecían quinceañeros. Niños. Nada más. La mayoría de ellos eran de raza negra, pero había algún que otro blanco.
Hobbes empezó a gritar órdenes para que su escuadra volviera a situarse en línea, para que se mantuviera firme, con los escudos entrelazados por delante de ellos, como las legiones romanas, como si él fuera un centurión. Después, empezaron a moverse despacio hacia delante, un paso, otro paso. Nada de heroicidades.
—No quiero putos héroes, ¿me habéis oído?
Sus palabras se las llevó la locura en la que se había sumido la noche.
En una calle cercana, un camión de bomberos esperaba para actuar, y detrás de él había aparcada una ambulancia. Al camión de bomberos le habían roto el parabrisas. Hobbes tenía su objetivo a la vista y apremió a los agentes para que siguieran avanzando. Lo estaban haciendo bien, incluso habían conseguido que algunos de los alborotadores se retiraran a una calle que cortaba Shakespeare Road, pero, entonces, les cayó encima una salva de objetos. Contra los escudos se estrellaron con gran estrépito piedras, ladrillos y botellas. Hobbes intentó que los agentes se mantuvieran unidos, pero no lo consiguió; les cayó otra salva de proyectiles y la línea se resquebrajó. Uno de los agentes tropezó y dos de los escudos se rompieron. Una botella de cerveza impactó de lleno en la cara de uno de los policías, que se cayó al suelo. Los demás agentes rodearon al herido.
Hobbes se acercó a toda prisa al agente accidentado y lo apartó de la melé de policías. Al hombre le habían roto la nariz. Tenía los ojos vidriosos, acuosos. Parecía que no lo reconociera.
—¡Atrás! ¡Atrás!
Por pura fuerza de voluntad, Hobbes consiguió que los nueve agentes volvieran a la furgoneta, dos de ellos arrastrando al compañero herido. A lo lejos, Hobbes veía más coches ardiendo y, más allá, un edificio en llamas, un pub.
—¡Matad a los cerdos! ¡Matad a los cerdos! —gritaban los alborotadores.
El humo hacía que a Hobbes le picaran los ojos. Estaba sin respiración y le dolían los costados. En los más de veinte años que llevaba en el cuerpo, jamás se había enfrentado a algo así, ni siquiera durante el tiempo que había pasado patrullando las calles, calles tan pobres y deprimidas como las de Brixton. Algo había cambiado durante aquellos años.
Hobbes gritó a los agentes para que se reagruparan, y así lo hicieron, aunque ya solo eran ocho. De nuevo, los apremió para que avanzaran. En esta ocasión, él también estaba en primera línea, contento de compartir el escudo con el agente de al lado, un policía al que no había visto nunca.
Los proyectiles golpeaban los escudos con una fuerza divina, peor que antes, sin descanso.
Hobbes oía los vítores. Los niños corrían hacia ellos para recuperar las piedras y las botellas que les habían lanzado y volvían corriendo con los suyos. Aquello era una guerra, lisa y llanamente. En cualquier caso, los policías estaban consiguiendo abrirse camino y que los alborotadores retrocedieran.
Pero, de pronto, una botella impactó en uno de los escudos que había a la izquierda de Hobbes y explotó acompañada de una llamarada. La gasolina en llamas resbaló por el escudo y lo convirtió en una lámina de fuego amarillo. Aquella mierda ni siquiera era ignífuga. El plástico del escudo empezó a fundirse. El calor era muy intenso.
La línea policial se rompió y sus integrantes se retiraron, y Hobbes se quedó solo.
Tumbada en la calle, medio oculta entre las sombras, había una persona que no paraba de gemir. Desde donde estaba, a Hobbes le quedaba claro que no era un policía, sino un civil. Una mujer de raza negra que había recibido un golpe en el fuego cruzado. Tenía que ayudarla, así que se agachó y corrió hasta ella. El inspector sintió como si el tiempo se ralentizara, como si las sirenas se oyeran muy lejos de allí. Miró hacia atrás. Los agentes de su escuadra se habían dispersado hasta otras posiciones y él se había quedado expuesto. No tenía protección, no tenía defensa. Estaba solo.
La mujer estaba inconsciente y el inspector no podía con ella. Una botella cayó cerca de donde estaban y se hizo añicos. A continuación, oyó un grito de rabia. Hobbes levantó la vista y vio a un joven que corría hacia él. El muchacho iba encapuchado, así que el inspector no era capaz de determinar su raza, su identidad. Eso sí, en la mano llevaba un arma, una piedra o un ladrillo. Hobbes se puso de pie como pudo y empezó a retirarse, pero, justo en ese momento, sintió un golpe sordo en la cabeza.
Al principio, no sintió dolor, pero se llevó la mano a la sien y la retiró pegajosa, roja. ¿Qué coño era aquello? Se tambaleó, casi se cayó. Sentía débiles las piernas. El instinto le decía que tenía al alborotador prácticamente encima, listo para un segundo ataque. El inspector cerró los ojos y se llevó las manos a la cara para protegerse.
De súbito, sintió que tiraban de él, que lo apartaban de los problemas. Alguien lo estaba agarrando, lo sacaba de la calle, mientras dos líneas de agentes con escudo corrían a una, directos a la vorágine. El estrépito era ensordecedor.
Al inspector lo llevaron a una calle lateral. Allí, la situación estaba más tranquila porque el lugar estaba aislado. Sintió una pared justo detrás de él, se apoyó en ella y se deslizó para acuclillarse. Charlie Jenkes estaba allí. Su amigo lo había salvado.
—Charlie... —susurró, aunque se sentía como si no le salieran las palabras.
—Estate tranquilo, que te han dado.
Sí, ahora veía la sangre y tenía la visión borrosa.
—La mujer...
—Está a salvo, no te preocupes.
Jenkes le puso la mano en la cabeza para presionar el corte y se acuclilló a su lado. Nunca habían estado tan cerca el uno del otro. Aquel no era sino un sencillo acto de camaradería, pero cuando miró al inspector Jenkes a la cara —sucia por el hollín y el sudor, apretados los dientes— no vio sino locura en ella, un odio que ardía con tanta fuerza, con tanto fervor, como el de cualquiera de los alborotadores a los que se estaban enfrentando.
Hobbes tendría que haberse dado cuenta en aquel mismo instante de que algo malo iba a ocurrir, pero no lo hizo. No podía, porque pasarían varios días antes de que aquel odio alcanzase su punto álgido y, para entonces, sería demasiado tarde.
DOMINGO
23 DE AGOSTO DE 1981
EL EXAMEN DE UNA MÁSCARA
Se quedó frente a la verja del adosado, mirando el corto camino que recorría el jardín y llevaba hasta la puerta principal, fijándose en las ventanas de la planta baja, en la del piso de arriba, detrás de la que sabía que había dormido el ahora cadáver, que lo esperaba allí mismo. Estaban a punto de dar las nueve de la noche y el cielo permanecía nuboso, pero justo al lado había una farola que lo sumergía en un pozo de luz amarillenta. Los demás miembros del despliegue policial se encontraban a su alrededor, hablando, apoyados en los coches patrulla o encargándose de alejar al pequeño grupo de mirones que se habían acercado hasta allí, esperando a que el inspector Hobbes acabara lo que fuera que tenía que hacer. También oía risas; alguno de los veteranos, que se mofaba de él, sin duda. Le daba igual, él tenía que estar solo para hacer su trabajo. Apenas había pasado una semana desde el traslado y, antes de eso, había estado otras cuatro de baja por su propio bien, y de repente aquello.
Hobbes no podía creer que, con cuarenta y cuatro años encima, todavía tuviera que demostrar su valía una y otra vez, pero allí estaba.
El inspector no dejaba de mirar, de examinar. Aquella era una casa normal y corriente de las afueras, ubicada en una avenida bien cuidada y con árboles a ambos lados. El jardín estaba un poco abandonado en comparación con el de los vecinos de su izquierda y su derecha; puede que el residente hubiera sigo vago o, sencillamente, que pasara mucho tiempo fuera de casa. Puede que a los vecinos no les gustase justo por eso, porque actitudes de este tipo abaratan el coste de las propiedades colindantes. Hobbes era de los que van analizando las posibilidades una después de la otra.
Abrió la verja y recorrió el camino hasta la puerta principal. Sabía que la mujer que había encontrado el cadáver había llamado al timbre un par de veces y que, después, había ido hasta la parte de atrás de la casa. Se preguntó si habría mirado por entre las cortinas medio abiertas de la ventana delantera. Hizo lo mismo que suponía que habría hecho ella y vio una sala de estar con pocos muebles, parte de una mesita de café y una mesa auxiliar con un televisor.
El inspector siguió la ruta de la mujer por el lateral de la casa. Quería dar los mismos pasos que ella había dado, entender el momento del descubrimiento.
Por las ventanas salía luz suficiente como para que se viera el jardín trasero, que se encontraba peor que el de delante. La hierba estaba muy crecida, y aquí y allí había zonas de tierra y plantas mustias, además de un viejo sillón que se caía a pedazos. El jardín estaba delimitado por una valla de madera y, detrás, se divisaba una línea de árboles y el cielo nocturno del sudoeste de Londres.
La puerta de atrás, que daba a la cocina, estaba entreabierta. El inspector la empujó con cuidado y entró en la casa. En el fregadero había cacerolas sin fregar, en la mesa y en la encimera descansaban bandejas de comida precocinada a medio comer, y el cubo de la basura estaba hasta los topes. Apestaba a comida podrida. Una vez más, el estado de la cocina contrastaba con el aspecto de la calle, con los valores que se esperaban de la clase media. El inspector recorrió el pasillo hasta la sala de estar. Las paredes y el techo estaban pintados de blanco. Un sillón, un sofá y la mesita de café. Aquel era el nuevo estilo de decoración, minimalista —lo había visto en los suplementos dominicales de los periódicos—, excepto por una de las paredes, en la que había baldas llenas de discos que iban del suelo al techo y, entre ellas, un equipo de alta fidelidad que parecía carísimo. El único detalle personal era una fotografía enmarcada en la que se veía a un joven con una pareja más mayor: el hijo con los padres, sonrientes. En la mesa había dos tazas hasta la mitad de té frío. Entre ambas, diseminados, varios papeles. Algunos de ellos estaban escritos a máquina y tenían anotaciones a mano, otros estaban escritos por completo a mano y tenían numerosos tachones. Parecían poesía o letras de canciones. La firma «Lucas Bell» podía observarse en la parte inferior de cada hoja. A Hobbes, aquel nombre le resultaba ligeramente familiar.
El inspector volvió al pasillo y se detuvo al pie de la escalera. Se oía un ruido en el piso de arriba. Era una voz. Sonaba muy bajito, por lo que tuvo que concentrarse para oírla. Empezó a subir los escalones, despacio, de uno en uno y, cuando llegó arriba, se dio cuenta de que estaba conteniendo el aliento. Caminaba ojo avizor. A la izquierda dejó una puerta abierta que daba a una habitación llena de instrumentos musicales: guitarras, teclados, amplificadores, una batería. Se le pasó por la cabeza que era extraño que un músico de rock viviera en aquella zona de Londres, en la tranquila y arbolada Richmond. Hobbes estaba seguro de que allí había una historia.
Dio unos pocos pasos más por el descansillo y se detuvo. Ahora lo oía con toda claridad, la voz era música sonando bajito que salía por una puerta abierta que había más adelante. Se trataba del mismo verso de una canción, repetido una y otra vez por la voz de un joven. Siguió la música, que lo llevó al dormitorio de delante. Se quedó en el umbral y empezó a estudiar el escenario.
«El momento. Hazlo tuyo. Concéntrate».
En la habitación no había más luz que la de la farola, que entraba por entre las cortinas, un poco abiertas, y que dejaba ver las paredes, azules y las sábanas, blancas. En la cama yacía un hombre. La víctima. Estaba vestido con una camisa azul y unos pantalones negros. Tenía el cuerpo retorcido de forma aterradora.
Brendan Clarke, veintiséis años.
Aquello era lo que sabía Hobbes: el nombre y la edad de la víctima. El inspector resistió el deseo de examinar el cadáver y se dedicó a investigar el dormitorio con detenimiento. Saltaba a la vista que hacía un tiempo que no lo limpiaban, porque por todos lados había una ligera capa de polvo. Vio un teléfono en una mesita pegada a la pared del fondo. En el cenicero que se encontraba junto al teléfono había una colilla larga con el filtro blanco y manchado de carmín. Hobbes se detuvo en el cigarrillo y se fijó en que la marca estaba escrita alrededor del filtro.
La música sonaba en un aparato estereofónico que había cerca de la ventana. Unos pocos discos estaban apoyados contra la pared, y la carátula de uno de los álbumes descansaba en el suelo, junto a la máquina: Backstreet Harlequin, de Lucas Bell. A Hobbes le sonaba el nombre del cantante de principios de la década anterior, la era del glam rock. La tapa del tocadiscos estaba levantada y el disco no dejaba de girar. En el vinilo, cerca del final de la primera canción, había un poco de masilla azul, de esa que se utiliza para pegar los pósteres a la pared. Aquella era la razón de que el brazo del tocadiscos no se moviera y de que la aguja estuviera todo el rato en el mismo sitio. La misma frase se repetía una y otra vez, acompañada de un clic al final. Un poco de música y media frase de la canción: «... Nada que perder...». Clic. «... Nada que perder...». Clic. «... Nada que perder...». Clic.
Hobbes examinó con detenimiento la superficie del disco mientras giraba para ver si descubría algunas huellas. Pero no fue así. Entonces, miró la masilla y abrió los ojos como platos, porque en el material blando de color azul se apreciaba una huella dactilar.
Miró por la ventana. Westbrook Avenue estaba iluminada de parte a parte. Había empezado a llover. Eso complicaría la situación de los agentes que esperaban abajo. Todos ellos lo odiaban. Lo odiaban por la manera tan rara en la que trabajaba y por su actitud, pero, sobre todo, por lo que le había sucedido al inspector Jenkes. Las habladurías lo acompañaban. Se volvió y miró la habitación. Al hacerlo, se fijó en que en la capa uniforme de polvo que se distinguía en la cómoda había un círculo limpio de unos pocos centímetros de diámetro. Algo se habían llevado de allí. Almacenó con cuidado aquella imagen.
Ya era hora de centrarse en el cadáver.
El inspector fue hasta la cama y se quedó mirando la cara de la víctima. Hacía tiempo que la sangre se había secado. El forense había estimado que el joven había muerto bien la noche anterior, a última hora, bien a primera hora de aquella misma mañana. A medianoche, ni para ti ni para mí. Dios..., ¡cuántas horas esperando! Veintipico horas allí tumbado, solo, y con la música sonando todo el tiempo, sin que nadie la oyera excepto la pobre mujer que había llegado hacía una hora y que había encontrado el cadáver.
Estudió las heridas una a una.
Uno de los ojos, el izquierdo, no era sino un pozo oscuro. Le habían cortado la comisura de la boca algo así como dos centímetros y medio a cada lado, lo que daba lugar a una sonrisa cruel. En la frente le habían marcado una X. En las mejillas y en la frente se apreciaban otras heridas más pequeñas. La sangre había manado de un corte serrado que el joven tenía en el lado derecho del cuello; probablemente, la herida que había acabado con su vida. Aquella sangre había dejado una gran mancha de color grana en la almohada.
La boca de la víctima estaba abierta de par en par y había algo en ella, aunque el inspector era incapaz de determinar de qué se trataba por culpa de la sangre. Desde luego, parecía una bola de papel. Supuso que se la habrían introducido después de que hubiera muerto y sintió un deseo irrefrenable de coger aquel objeto, fuera lo que fuera. La impaciencia lo llevó a mover los dedos involuntariamente. Se obligó a respirar hondo para calmarse.
La camisa de la víctima estaba manchada de sangre en el cuello y en el pecho. El inspector se inclinó lentamente para observar la prenda más de cerca. Había algo en el bolsillo delantero, sobresalía el filo. Con las uñas, lo sacó y lo dejó encima de la camisa con cuidado. Era un naipe, una figura, pero Hobbes jamás había visto ninguna como aquella: un joven que caminaba despreocupadamente con un perro, pero que, si daba un paso más, se caería por un barranco. La carta estaba marcada con un cero en la parte superior y abajo ponía: «El Loco».
El inspector se enderezó. Había otra razón por la que le gustaba estar solo en aquellos momentos iniciales de la investigación, no solo para concentrarse, sino porque necesitaba hacer la promesa sin que nadie lo observara o se preguntara qué es lo que hacía. Así, empezó entre susurros:
—Señor Clarke, voy a descubrir por qué le han hecho esto. Cuando lo sepa, averiguaré quién se lo ha hecho. Daré caza a su asesino y lo llevaré ante la justicia. —Hizo una pausa—. Lo prometo.
Luego, se retiró unos pasos.
Había visto muchas escenas de crímenes a lo largo de los años, algunas de ellas tan horribles como aquella o incluso peores, pero, aun a pesar de las circunstancias y del estado del cadáver, había algo en aquella habitación, en aquella situación en concreto, que no estaba como debía, como tenía que estar.
Algo se le escapaba.
Aquello hizo que se abstrajera.
La sargento Latimer lo encontró allí cinco minutos después. El inspector no se había movido y permanecía en silencio, mirando a la víctima.
SENDAS VERDES Y RETORCIDAS
La sala de interrogatorios de la comisaría era pequeña y no tenía ventanas, y ya estaba llena de humo de cigarrillo. Una agente vigilaba la puerta en posición de firmes. Dentro había una mesa de madera con tres sillas de plástico rayadas y poco más.
Allí era donde esperaba la mujer.
El inspector Hobbes la observó a través del cristal. Treinta y pocos; el pelo rubio y salvaje con mechones rojos, todo él domesticado a duras penas con algún tipo de gomina brillante. Ninguna de las prendas de ropa que vestía combinaba, diferentes colores y texturas: escarlata, dorado, negro y un cuello de lunares por encima de un chaleco a rayas. En su rostro, estupor.
El inspector ojeó las páginas de la declaración de la mujer por segunda vez. Había una serie de puntos interesantes. Luego, se volvió hacia el detective Fairfax, que estaba a su lado.
—Aquí no hay gran cosa.
—No, bueno..., es que es un poco estirada.
Hobbes miró al policía y le dijo:
—La mujer está conmocionada.
—Sí..., supongo.
—Maldita sea. Búsqueme un despacho en el que trabajar, que esto parece una celda del KGB.
—No es que tengamos mucho más sitio, señor.
En esa ocasión, el inspector lo miró serio. El detective Fairfax mantuvo aquella sonrisa hosca unos instantes más y, después, negó con la cabeza, molesto, y abandonó la estancia.
El inspector entró en la sala de interrogatorios. Saludó a la policía con un asentimiento y, a continuación, le dijo a la mujer que había sentada a la mesa:
—Disculpe la espera.
La mujer apartó la mirada.
Hobbes tomó asiento y se presentó.
—La llevaría a mi despacho, pero... es que no tengo. Todavía. Llevo poco tiempo en esta comisaría. —Tosió—. Enseguida nos pondremos más cómodos, en una sala más amplia, me refiero, y allí hablaremos.
La mujer permanecía en silencio. Se miraba la punta de los dedos, que aún tenía manchadas de gris por el polvo para tomar huellas. El inspector sacó un par de cigarrillos Embassy Red del bolsillo.
—¿Quiere uno?
La mujer negó la cabeza, pero echó mano a su paquete de Consulate, que estaba sobre la mesa. El inspector le encendió el cigarrillo. A la mujer le temblaba la mano. Hobbes miró el cenicero: cada una de las colillas estaba marcada con pintalabios.
—¿Fuma usted mentolados?
La mujer asintió levemente.
—Yo estoy intentando fumar menos, pero... ya sabe usted cómo es esto.
—Simone Paige. Me llamo Simone Paige.
Ahora, la mujer lo miraba a los ojos.
Hobbes le dio una calada profunda al cigarrillo.
—¿Ha vomitado usted ya? No. Pues debería intentarlo. Ayuda. —El inspector esbozó una mueca—. Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que vi un cadáver. —Hizo una pausa—. Tenía diecisiete años.
La mujer parpadeó.
—No tengo intención de...
—¿De qué?
—De ver ningún cadáver más. Al menos, en mucho tiempo.
—No, claro que no.
El inspector analizó la cara de la mujer e intentó quedarse con tantos detalles como pudo. Era evidente que estaba muy cómoda con su edad, aunque en sus rasgos empezaban a aparecer las primerísimas arrugas. Tenía los pómulos más bien hundidos, no sobresalientes. Aún le quedaban rastros palpables de maquillaje. Tenía los ojos muy separados y eran alargados y afilados. Tanto sus modales como su apariencia indicaban un férreo autocontrol. El inspector consideró que debía de ser un hueso duro de roer.
Entonces, de pronto, fue consciente, muy consciente, de cómo lo miraba ella.
Ambos se estaban analizando.
Hobbes no estaba acostumbrado a aquello, pero no apartó la mirada.
No se quitaron ojo hasta que, en un momento dado, el detective Fairfax regresó. El inspector apagó su cigarro y llevó a la mujer al pasillo. De camino, le preguntó:
—Es usted escritora, ¿verdad?
—Periodista. Crítica musical.
El inspector recordó el vinilo y el mensaje que repetía una y otra vez.
Entraron en una habitación mucho más pequeña, un despacho. En ella había un agente de policía que estudiaba un grueso libro de bolsillo.
—Salga.
El novato agente de policía intentó explicarse:
—Señor, estaba intentando dar con un apartado en el manual de policía.
Hobbes se mofó.
—¿En el manual? Nada de lo que pone ahí lo ayudará cuando empiecen los puñetazos. Venga, salga, que necesito el despacho.
El agente de uniforme salió. El inspector se sentó y le hizo un gesto a la mujer para que se sentara también.
—Tendremos que conformarnos con esto.
Luego, cogió una grabadora y la puso en el escritorio.
—Supongo que, debido a su trabajo, usted también habrá hecho unas cuantas entrevistas, ¿no es así?
—Cientos. Demasiadas.
El inspector sopló en el micrófono.
—Por favor, diga su nombre completo una vez más para que quede recogido en la cinta.
—Simone Paige.
El inspector esbozó una sonrisita, poca cosa, una ligera curva en las comisuras. Se puso de pie.
—Discúlpeme un momento.
Sin más explicación, abandonó el despacho y cerró la puerta.
—¿Ya ha terminado, señor?
Era el joven agente de policía que había estado estudiando en aquella salita. Se había quedado en el pasillo, con el grueso Manual de policía de Blackstone en la mano.
—Aún no.
El agente no le aguantó la mirada. Era probable que hubiera oído los rumores de los veteranos.
—¿Cómo se llama?
—Soy el agente de policía Barlow, señor.
El joven tendría veintipocos años, era alto y delgado como un palo, y llevaba el pelo extraordinariamente pulcro. Su piel parecía tan suave que daba la sensación de que una cuchilla fuera a resbalar con facilidad por ella.
—Muy bien, agente Barlow, esta va a ser la lección de esta noche. Un pequeño truco de mi propia cosecha. —Miró la puerta del despacho—. He dejado a la señora Paige ahí dentro. Sola.
—¿La mujer que ha encontrado el cadáver de esta noche? —El joven se mostró muy emocionado—. ¿Sospecha usted de ella?
Hobbes suspiró.
—Aún no lo sé, pero está claro que algo raro hay.
—¿Qué le lleva a pensar eso?
—Que ha fumado un cigarrillo en el dormitorio.
—¿En serio?
—Junto al teléfono.
—Y eso significa...
—Piense en ello, Barlow. ¡Vamos! ¡Vamos!
—Estoy en ello, señor. Estoy en ello.
El joven policía sacó un bloc de notas y un bolígrafo, y anotó algo. Tenía que lidiar con el manual de policía mientras lo hacía y la operación resultó un poco torpe.
—Da igual. Lo que he hecho... Y no vaya contando esto por ahí...
—No, señor —respondió Barlow entre susurros.
—... Es dejar la grabadora en marcha. En el despacho.
El inspector hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta.
—¿Y lo sabe ella?
—Puede que acabe dándose cuenta.
El agente contuvo el aliento.
—Pero, señor..., ¿es eso legal?
—Es un mero error por mi parte.
—¿Y cree usted que podría decir algo? ¿Que va a hablar sola?
—Eso espero.
—¿Y si apaga la grabadora?
—Significará que es culpable. Estará clarísimo.
El agente frunció el ceño.
—No creo que...
—Segunda lección. No crea usted todas las chorradas que oiga decir a sus superiores.
El agente se quedó pensando en algo que responder. Abrió la boca, pero volvió a cerrarla. Hobbes sonrió para sacar al joven de aquella situación comprometida y le preguntó:
—¿Entiende usted de música rock?
—Un poco, señor.
—Estupendo. Descubra todo lo que pueda acerca de un cantante llamado Lucas Bell, que fue famoso en los años setenta.
—Conozco sus discos. Bueno, algunos...
—Para mañana.
—De acuerdo, señor. ¿Por alguna razón en particular?
—Siento curiosidad.
El agente de policía ladeó la cabeza mientras miraba su bloc de notas. El inspector casi alcanzaba a ver su proceso de reflexión. Entonces, los ojos del joven se iluminaron.
—¡Ah, claro! —Señaló la puerta—. ¿Quiere usted saber si ha llamado a emergencias desde el dormitorio?
—Eso es. Y si, después, ha encendido un cigarrillo.
—Supongo que sería un poco raro.
El inspector se frotó la frente con los dedos y murmuró algo para el cuello de su camisa.
—Lo sería... porque, además, el teléfono no está junto a la cama, sino al otro lado de la habitación.
—Disculpe, señor, no le he entendido.
—No es nada, solo estoy pensando en alto. Intento que todo encaje.
El agente Barlow guardó el bloc de notas.
—Hay una cosa que no me gusta, señor.
—¿El qué?
—Que no haya signos de violencia. Porque no los hay, ¿verdad?
—No los hay.
El agente negó con la cabeza.
—Es que... yo forcejearía. Si alguien viniera hacia mí con un cuchillo, señor, me defendería con todas mis fuerzas, joder.
—Normal, sí.
El inspector volvió a entrar en el despacho. La mujer había encendido otro cigarrillo y miraba un calendario que había en la pared, uno de esos que publican los ayuntamientos; en este caso, uno que mostraba los encantos de Richmond upon Thames. En la imagen de agosto de 1981 se veía el laberinto de Hampton Court fotografiado desde arriba. Hobbes se sentó y comprobó si la cinta aún giraba. Así era.
—Sé que ya nos ha ofrecido usted una declaración, señora Paige. —Buscó en los papeles y recitó con tono apagado—: Ha llegado a la casa a tal hora, ha subido al piso de arriba y ha encontrado el cadáver de Brendan Clarke en la cama, ha llamado a la policía y blablablá. —De pronto, regresó a su tono de voz habitual—: Sí, todo eso es muy útil, pero lo que quiero es que responda a algunas de mis preguntas. ¿Tiene algún inconveniente?
La mujer negó con la cabeza.
—Hábleme de su relación con el fallecido.
—¿Mi relación?
—Eso es. ¿Lo conocía mucho?
—Éramos...
—¿Sí?
—Amigos.
El inspector mantenía una expresión fría.
—Dice usted en su declaración que conoció al fallecido anoche. ¿Es así?
La mujer asintió.
—Pero considera que eran amigos.
—Sí, así es.
El inspector volvió a referirse a la declaración:
—Aquí pone que conoció usted al señor Clarke en un concierto. Veamos... Llega usted a casa de la víctima un día después de conocerla, entra sin la llave, sin que nadie le abra la puerta, y sube al piso de arriba y entra en el dormitorio. Y, entonces...
La mujer permaneció en silencio. El inspector se inclinó hacia delante.
—Necesito que se concentre, señora Paige. Esto es muy importante. Han asesinado a una persona. La han asesinado en su propia cama y usted ha sido la primera persona que ha llegado a la escena del crimen.
La mujer apagó el cigarrillo en la papelera metálica y habló con tranquilidad, sin que le temblara la voz ni un ápice:
—La puerta estaba abierta.
—Ah, ¿sí?
—La puerta de atrás estaba abierta.
—¿Del todo?
—No, solo un poco. Por eso he entrado. Pensaba que Brendan estaría dentro.
—Así que ha ido usted hasta la parte de atrás de la casa, de una vivienda que no había visitado antes..., ¿y por qué lo ha hecho?
—He pensado... He pensado que Brendan quizás estuviera en el jardín de atrás, que por eso no habría oído el timbre.
—Entiendo...
Hobbes se dio cuenta de que su tono la estaba poniendo nerviosa, aunque la mujer no perdía el control.
—Me había citado con Brendan en su casa a las ocho en punto. La cita era importante para él, así que me ha sorprendido que no respondiera a la puerta. Algo no encajaba.
—Por lo cual usted ha decidido investigar.
—A ver...
—Continúe, continúe.
—A ver, menos mal que he entrado, ¿no?
Se miraron a los ojos.
Hobbes sonrió y habló calmado:
—¿Qué es lo que le ha hecho pensar que el señor Clarke podía tener algún problema?
—La televisión estaba encendida. Lo he visto por la ventana de delante.
—Bueno, pero eso tampoco es que indique que hay algún peligro, ¿no?
Ella lo miró.
—Para mí ha sido suficiente.
Hobbes asintió y comentó:
—Pues yo diría que la televisión no estaba encendida cuando ha llegado la policía.
—No, porque la he apagado yo.
—Y, eso, ¿por qué?
—Estaba muy caliente. Debía de llevar muchísimo tiempo encendida.
El inspector se frotó los ojos. Aquella mujer había contaminado el escenario del crimen y la odió por ello. ¿Por qué no puede la gente dejar las cosas como las encuentra?
—Ha sido entonces, cuando he apagado la televisión, cuando he oído la voz.
—¿La voz?
—Sí, en la planta de arriba.
—¿Se refiere a la canción?, ¿a la que sonaba en el dormitorio?
—Sí. Estaba muy alta.
—Ah, ¿sí? A mí no me lo ha parecido.
—Es que he bajado el volumen cuando he encontrado el cadáver.
—¿Por qué?
—Estaba demasiado alta. Me estaba poniendo nerviosa y...
—¿Y?
—Le molestaba a Brendan.
El inspector se quedó mirándola. Los ojos. Su actitud. Pero ¿de qué planeta había llegado aquella mujer?
—¿Y qué me dice de la canción que sonaba?
—¿Qué quiere que le diga?
—¿Significa algo para usted?
—Nada en absoluto. Solo es una canción.
De nuevo aquel tono frío. Hobbes sabía que la mujer estaba mintiendo.
—Pues yo creo que tiene algún significado.
Aunque lo intentaba, el inspector no conseguía tirarle de la lengua. Silencio. Se recostó en la silla.
—Cuénteme la historia, por favor. Desde el principio.
—No hay nada que contar. Conocí a Brendan en el Pleasure Palace hace un par de días. Lo típico: chico conoce chica. La chica va a verlo al día siguiente y el chico está muerto. ¿Qué más quiere que le cuente?
—¿Es allí, en el Pleasure Palace, donde tuvo lugar el concierto? Me temo que no lo conozco. —El inspector se fijó en que la mujer se rendía, aunque no del todo—. Tiene que estar usted cansada, señora Paige.
La mujer negó con la cabeza a modo de respuesta y echó mano al paquete de cigarrillos. Se detuvo. Tamborileó con los dedos en una de las patas de la silla, que era metálica.
—Hábleme del concierto.
La mujer se obligó a hablar.
—El Pleasure Palace es un garito que hay en Covent Garden. Brendan era el vocalista de los cabezas de cartel de la otra noche. Monsoon Monsoon.
—¿Monsoon?
—No, Monsoon Monsoon. Así es como se hacen llamar. Después del bolo, Brendan y yo nos pusimos a hablar. Fuimos a los camerinos.
—¿Y qué pasó allí?
—Hablamos, ya se lo he dicho.
—¿De qué?
—De música. Del concierto. De esto y de aquello. Lo de siempre. Me dio su número de teléfono y me pidió que lo llamara cuando me apeteciera, que podíamos vernos. No obstante, en vez de tanto aquí te pillo, aquí te mato, preferí concertar una cita con él en su casa a las ocho de esta noche. Y ya está.
—Así que se sintieron atraídos el uno por el otro.
—A decir verdad, no estoy segura. Yo me notaba confusa acerca de lo que sentía, pero...
—¿Pero?
—Compartíamos un interés.
—¿En qué?
—En Lucas Bell.
El inspector se quedó callado.
—¿Le suena?
—Un poco. Hábleme de él.
—Es un cantante de rock..., bueno, lo era. Ya ha muerto. Tuvo un par de sencillos que llegaron al número uno y también un álbum que estuvo en lo más alto de las listas en todo el mundo.
—¿Era la música de Lucas Bell lo que sonaba en el dormitorio de la víctima?
La mujer asintió sin dejar de mirar al inspector y este se dio cuenta de que la señora Paige sentía tanta curiosidad como él al respecto.
—¿Qué ha pensado cuando se ha percatado de que sonaba una canción de Lucas Bell?
—Tenía otras cosas en la cabeza.
—¿Y ahora que ha tenido tiempo para pensar?
—No, no lo he tenido. Desde luego, no para pensar en eso... ni por un segundo.
El inspector tosió.
—Así que Brendan Clarke y usted compartían el interés por ese cantante.
—Un interés no, una pasión. Compartíamos una pasión. Ambos amábamos a Lucas Bell con intensidad. Su trabajo, su vida... Lo que representaba. Su música, su compromiso. Por eso fuimos ambos allí.
—¿Se refiere al club?
La mujer asintió.
—Era un concierto tributo. Brendan y su banda tocaron muchas de las viejas canciones de Lucas Bell. Versiones, ya sabe. El sitio estaba hasta la bandera... porque, ¿sabe?, mucha gente piensa igual que nosotros. Mucha gente adora a Lucas. De hecho, tiene más seguidores ahora que en su día. ¡Es increíble!
—Se refiere a admiradores, ¿no?
Una sombra apareció en el rostro de la mujer.
—Lucas se mató por el rock and roll. Es un mártir. Por eso la gente lo quiere tantísimo.
El inspector sintió como si algo le sonase de todo aquello, como si lo hubiera leído en los periódicos, como si lo hubiera visto en las noticias de las nueve. Un suicidio. Hacía algunos años. Mediados de los setenta.
—¿Señora Paige?
La mujer lo miró y el inspector se fijó en que tenía los ojos llorosos.
—¿Tiene usted alguna idea de quién podría haber matado a Brendan Clarke?, ¿alguna teoría?
La mujer se quedó pensando unos instantes y, entonces, respondió:
—Quería enseñarme una cosa. Algo que tenía en su casa. Un recuerdo.
—¿Algo que tenía que ver con Lucas Bell?
La mujer asintió. Exhaló y se relajó un poco.
—Algunos de los seguidores de Lucas Bell... Bueno, algunos de ellos llevan su admiración por él más allá de la adoración.
—¿Se refiere a que son peligrosos?
—Sí, unos pocos..., pero son muy peligrosos. Vengativos. Crueles.
El inspector frunció los labios. Era evidente que la mujer pronunciaba aquellas palabras desde lo más profundo de su ser. Había algo por la que la habían herido. ¿Qué era lo que estaba queriendo decirle?
—¿Qué era ese recuerdo del que me ha hablado?
La mujer fue incapaz de mirarlo a los ojos mientras respondía.
—No lo sé..., pero no sabe cuánto me gustaría saberlo.
El inspector ojeó la declaración de la mujer y cambió de táctica.
—Dígame, ¿en qué estado estaba Brendan Clarke cuando lo ha encontrado?
—¿En qué estado? Disculpe, pero no le...
—Bueno, usted ha apagado la televisión y ha bajado el volumen de la música, así que me pregunto si... ¿ha llegado a tocar el cadáver?
—He intentado salvarlo...
—¿Cómo dice?
—Pensaba que quizás estuviera vivo. Me ha parecido que se movía. Le he quitado la sábana de la cara, pero... no lo estaba. Estaba muerto.
De pronto, el inspector estaba muy alerta, como si lo recorriera una corriente eléctrica.
—¿Dice que le ha quitado la sábana de la cara a la víctima?
—Sí, así es...
—Así que tenía la cara cubierta...
—Sí, con la sábana.
—Eso no lo ha dicho en la declaración.
—Se me ha pasado. No pensaba que fuera importante.
—¡Oh, pues lo es, y mucho!
—¿Por qué?
El inspector ignoró la pregunta.
—¿Qué ha hecho con la carta que la víctima tenía en el bolsillo de la camisa?
—No he visto ninguna carta.
El inspector sacó una bolsa de pruebas de la carpeta del caso y la dejó en la mesa. El extraño naipe estaba dentro y se veía a la perfección a través del plástico transparente. La mujer lo miró un momento y comentó:
—Es el Loco, una de las cartas del tarot.
—Ilumíneme.
La mujer estudió al inspector de policía.
—La mayoría de la gente piensa que las cartas del tarot se utilizan para adivinar el futuro, pero, en realidad, son un sistema de sabiduría medieval.
—¿Y qué representa esta carta?
—Un joven emprende un viaje por la vida, confiado, tanto que no se da cuenta de que hay un abismo a sus pies.
El inspector asintió.
—¿Y significa eso algo para usted?
—No, para mí no, pero Lucas Bell estaba obsesionado con el tarot.
—Entiendo.
—Y siempre dijo que este... —La mujer tocó la bolsa de pruebas con cuidado—. Que el Loco era su carta preferida del tarot.
—¿Y por qué iba a aparecer en el bolsillo del señor Clarke?
—No lo sé. —Le tembló un poco la voz—. Puede que el propio Brendan se la hubiera guardado en el bolsillo. Puede que la llevara desde el principio.
—No, está manchada de sangre. Alguien la ha puesto ahí después de asesinarlo.
La mujer hizo un ruidito, como un gritito de dolor. Hobbes la miró. Se estaba mordiendo el labio inferior.
—¿Me está ocultando información?
—No. —La mujer lo miró a los ojos. Su mirada era feroz, oscura—. Por supuesto que no.
—Hábleme del teléfono.
—¿Cómo dice?
—En ese momento, ha llamado usted a la policía, ¿no?
—Sí, sí, he llamado.
—¿Desde el dormitorio?
La mujer dudó, así que él la hostigó:
—Había hablado usted con esta persona, ¿cuánto?, ¿una hora como mucho?, y se muestra usted cómoda llamando por teléfono a un par de metros de su cadáver. Un cadáver mutilado, lleno de sangre. No me lo creo. Me resulta imposible. Lo lógico es que hubiera bajado usted a la planta baja y que hubiera llamado desde la sala. —Se encogió de hombros y añadió—: Es lo que habría hecho una persona normal.
—¿Me está insultando?
—Es que tengo dudas, eso es todo. ¿Qué es lo que pasaba por su cabeza, señora Paige, allí sentada, fumando?
La mujer respondió con sencillez:
—No quería dejarlo solo.
Por fin, el inspector se dio cuenta de que Simone Paige le estaba diciendo la verdad. Se la imaginó en el dormitorio de Brendan Clarke, haciendo compañía al cadáver, con la música sonando, con el humo azulado del cigarrillo a la deriva por la habitación en penumbra.
Apagó la grabadora.
—Muchas gracias. Me pondré en contacto con usted si necesito algo más.
La mujer asintió, se levantó y se dirigió a la puerta. Allí, se detuvo y se dio la vuelta. El inspector la miró.
—¿Quiere decirme algo?
—Había un pedazo de papel en la boca de Brendan.
Estaba claro que la mujer había estudiado el cadáver con tanto detenimiento como él. Hobbes era incapaz de catalogar a aquella mujer. ¿Cuál era su motivación?
—No puedo hablar de eso con usted —le contestó el policía.
Simone Paige salió del despacho.
El inspector se quedó pensando. Cerró los ojos unos momentos para darles vueltas a los hechos. Luego, rebobinó la cinta hasta el principio y escuchó los primeros minutos de la grabación, el momento en que la testigo decía su nombre, cómo respiraba él, cómo se marchaba del despacho, cómo cerraba la puerta. Luego, silencio. La mujer removiéndose en la silla, tamborileando en la mesa. Su respiración.
El inspector se acercó al pequeño amplificador del aparato.
Un cigarrillo saliendo de un paquete, el chasquido de un mechero. El humo saliendo de sus pulmones y un suspiro de placer. Silencio de nuevo. El tiempo transcurriendo. Pero, de repente, la voz de la mujer salió por la rejilla del altavoz.
El inspector Hobbes era incapaz de creer lo que acababa de oír.
LA CARA ILUMINADA
Hobbes vio la palabra en cuanto entró en el pasaje lateral que daba a la puerta de su apartamento. Siete letras escritas con pintura roja en los paneles de la puerta: ESCORIA. Enseguida entró en escena su mentalidad de policía. La pintura estaba pegajosa, pero no húmeda. Era muy probable que no hubiera pasado ni una hora desde que habían pintado aquello. Analizó el suelo. Era de cemento, así que no había pisadas, pero sí unas gotitas de pintura roja. Supuso que a quien hubiera pintado aquello se le habrían manchado los zapatos con aquellas mismas gotas. Era probable. No le gustaba la palabra «probable» porque le coartaba sus pensamientos. Como si fuera un nudo doloroso. Puede que fuera cosa de Fairfax. Ya desde el principio, el joven detective le había dejado claro lo mal que le caía. Pero también era posible que lo hubiera hecho alguno de sus antiguos colegas de Charing Cross; de hecho, era más probable, si tenía en cuenta cuánto lo odiaban en su antigua comisaría. Se obligó a seguir trabajando. Los bordes de las letras estaban bien marcados, no eran difusos. La persona que hubiera pintado aquello había utilizado un bote y una brocha, no un espray. Le pareció inusual, le sorprendió. ¿Habría sido alguien mayor? Desde luego, aquello explicaría que hubiera tantas gotas en el suelo. Entró en la casa y fue en busca de la única pintura que tenía: un pequeño aerosol de pintura acrílica de color azul que había comprado para ocultar unos arañazos que tenía en el coche. Tapó la pintada.
De vuelta en el apartamento, intentó tranquilizarse. Todo estaba en silencio y a oscuras. Las sombras se agazapaban en las esquinas, ignoraban cuantas luces encendía el inspector. Había un animal rascando las paredes. Lo hacía cada noche.
Aquel apartamento era lo mejor que había logrado encontrar con tan poco tiempo de antelación. En realidad, se había alegrado de dejar la casa familiar, si es que aún se la podía llamar así. El amor que pudiera quedar entre su esposa y él se había convertido en hielo cuando empezó el problema. Y también estaba lo de su hijo, lo de Martin, que seguía desaparecido. Un problema detrás de otro, y todo iba en aumento desde Brixton y sus terribles repercusiones en aquel sótano del Soho.
Se sirvió un whisky y se sentó a ver la televisión. Estuvo cinco minutos, o algo más, escuchando a un hombre con una chaqueta de pana de color malva que explicaba una larga división polinómica, hasta que se dio cuenta de que estaba viendo Universidad abierta. Se inclinó hacia delante y cogió un libro de una estantería, una recopilación de poesía inglesa que había pertenecido a su madre. Dentro había un pedazo de papel descolorido con unas palabras escritas en él, unas palabras también descoloridas, casi perdidas. Perdidas, igual que su significado. Aquel era el único misterio que nunca había podido resolver. A veces, aquello lo llevaba a fruncir el ceño, a veces, a sonreír. En ese momento, sin embargo, no podía dejar de pensar en otra cosa. No podía dejar de pensar en Brendan Clarke y en que le habían puesto la sábana sobre la cara. Le gustaría haberlo sabido antes, cuando había examinado el cadáver...
Se irguió. Se le cayó el libro de las manos.
¡El asesino había ocultado el rostro! El asesino había mutilado el rostro de Brendan Clarke, había hecho una horripilante obra de arte con él, una muestra elaborada y, después, la había cubierto. Tanto trabajo, tanto tiempo, el jaleo que conllevaba, la sangre, los detalles de los diferentes y muchos cortes.
Los pensamientos acababan de establecerse. Las preguntas. Chispas en el cerebro, demasiadas.
¿En qué estaría pensando el asesino?
Hobbes se terminó el whisky y se fue a la cama. Se desvistió, se ató la cuerda alrededor del tobillo y se acostó. Era una precaución necesaria, lo de la cuerda. Contra todo pronóstico, no tardó en quedarse dormido. Charlie Jenkes fue lo último en lo que pensó, en cómo era de joven, en cómo se reía, bebía y contaba chistes. Un fantasma. La oscuridad del dormitorio se reunió, se asentó. Pasó una hora, otra, y otra más. Entonces, Hobbes se despertó de súbito con una imagen en la cabeza, una imagen a la que había dado forma a la perfección.
La farola.
Se levantó de inmediato, tan deprisa que se olvidó de la cuerda. Como el otro cabo estaba atado a una de las patas de la cama, sintió que algo tiraba de él cuando intentó alejarse. Se quitó el lazo por el pie, se puso ropa limpia y fue al coche. Condujo la escasa distancia que había hasta la comisaría de Richmond, en Kew Road, y cogió las llaves de la casa de Brendan Clarke. Westbrook Avenue estaba en silencio cuando llegó. Consultó su reloj. Eran más de las cuatro de la madrugada. Todo seguía a oscuras. Bien. Le venía bien que así fuera. Un coche patrulla pasó por su lado muy despacio y ambos agentes se lo quedaron mirando. Los saludó con la mano y con un asentimiento de cabeza.
Hobbes entró en la casa y subió al piso de arriba. Poco había cambiado en el dormitorio de delante. El cadáver no estaba y alguien le había quitado las sábanas a la cama.
Fue hasta la ventana y se fijó en las cortinas. Eran de color verde y beis, con un patrón abstracto. En su opinión, los hombres nunca cambiaban las cortinas, o casi nunca, y, desde luego, no las limpiaban jamás. Y, claro, Brendan Clarke vivía solo. Mientras las analizaba, las cerró. No se encontraron en el centro, lo que empeoraba su apariencia. Se fijó en que en una de ellas había una pinza para la ropa. Clarke la había utilizado para mantener las cortinas unidas. Aquello parecía sacado de un poema de T. S. Eliot o de Philip Larkin, de alguien solitario. Sintió pena. Volvió a unir las cortinas con la pinza, pero la luz de la farola seguía entrando y daba justo en la cama. ¡Joder! ¿Cómo se le había pasado por alto? ¡Joder! Recordó lo que le decía el inspector Collingworth, que había sido su primer maestro de verdad: «Mira siempre más allá, Henry. Aléjate del cadáver».
Encendió la luz de la habitación y miró el teléfono, que seguía en la cómoda, al otro lado de la estancia. Entornó los ojos. Qué sitio tan curioso para tener el teléfono, tan lejos de la cama que para cogerlo había que levantarse. Aquello no le encajaba, no le encajaba en absoluto. Estudió el armazón de la cama primero y el suelo después, y no tardó en encontrar cuatro hendiduras en la moqueta.
Aquello sí que era extraño.
LUNES
24 DE AGOSTO DE 1981
X DE DESCONOCIDO
Hobbes sabía que ya no iba a conciliar el sueño, así que se dirigió de vuelta a la comisaría a leer el archivo del caso: las breves entrevistas que les habían hecho a los vecinos con los que habían conseguido dar, ahora mecanografiadas; la declaración inicial de Simone Paige a Fairfax, y las notas del médico. El informe del forense aún tardaría en llegar, pero había pedido que comprobaran con urgencia una de las pruebas —la huella que había encontrado en la masilla azul del tocadiscos— para ver si coincidía con alguna de las de la víctima. Coincidía. Aquello hizo que se pusiera a pensar. Desde luego, encajaba con lo que había descubierto durante su visita a la casa.
Ojeó los folios que había encontrado en el salón y el que estaba en la boca de la víctima, que algún agente había alisado con cuidado y había metido en una bolsita de plástico transparente. El papel estaba arrugado y manchado de sangre por la parte de atrás, pero lo que había escrito en él se leía claramente. Era la letra de una canción llamada «Terminal Paradise». Estaba mecanografiada y había una serie de adiciones escritas con bolígrafo. Su compositor había firmado en la parte inferior de la hoja.
«Lucas Bell».
A las seis y cuarto, Hobbes desayunó unos huevos fritos con tostadas en la cafetería de la comisaría y, después, fue a la sala para preparar el tablón para la reunión de la mañana. Por un instante se quedó inmóvil y apartó de su pensamiento todo aquello que no fuera la tarea que tenía por delante. Debía demostrar su valía y, en aquel momento, más que nunca.
El agente Barlow fue el primero en llegar. Parecía que estuviera incluso más fresco que el día anterior. Meg Latimer llegó a las siete en punto, como si acabase de caerse de la cama, pero con su habitual sonrisa. Era la única de la comisaría que le había dado la bienvenida a Hobbes. Ella también había tenido problemas a lo largo de los dos últimos años, en especial, con la cantidad de alcohol que ingería. Por lo visto, había recibido una advertencia escrita, así que cabía la posibilidad de que la sargento no se sintiera unida a Hobbes sino por desesperación.
El detective Fairfax entró de lo más tranquilo diez minutos tarde. Llevaba el pelo recién lavado, peinado hacia atrás y pringoso por alguno de esos geles que dan aspecto de mojado. Vestía una americana elegante, una camisa con el cuello abierto y unos pantalones desgastados. Llevaba las mangas de la americana dobladas para que se vieran sus antebrazos morenos. No cabía duda de que iba camino de un ascenso temprano a sargento, o puede que a más; al parecer, los de arriba preferían estos profesionales jóvenes. El detective se disculpó por lo bajo y se sentó a su escritorio. Sacó un sándwich de beicon y empezó a comérselo con sumo cuidado para no mancharse la ropa.
Aquel era su equipo.
—Alrededor de la medianoche del sábado —empezó el inspector Hobbes—, un joven murió asesinado en su casa, en su cama. Se llamaba Brendan Clarke. —Señaló una fotografía de la víctima que había en el tablón y en la que aparecía con los rasgos intactos—. El señor Clarke había cumplido veintiséis años. Por lo que sabemos, vivía solo. Meg, ¿consiguió usted hablar con los padres anoche?
Latimer asintió.
—Poco rato. Querían ver el cadáver.
—¿Lo identificaron?
—El padre. Estaba conmocionado.
—¿Qué les sacó? ¿Cuáles fueron sus primeras impresiones?
—Tienen pasta. Viven en Maidstone. Amaban a su hijo con locura, eso me quedó clarísimo. Era hijo único. Brendan nunca les dio problemas, o eso dicen.
—Para lo que le ha servido... —comentó Fairfax con la boca llena.
Hobbes se quedó mirando al detective.
—¿Qué? Es la verdad —se defendió el detective.
El inspector negó con la cabeza.
—Hoy hablaremos con ellos como es debido. Ahora... —Se volvió hacia el tablón—. A la víctima le mutilaron la cara con un cuchillo. Le hicieron varios cortes: en uno de los ojos, en ambas comisuras de la boca, en la frente.
—Pero no hay ni rastro del cuchillo —observó Fairfax.
—No, se lo llevaron del escenario del crimen. Meg, ¿puede asegurarse de que busquen el arma por la zona?
—Ya estamos en ello.
—Muy bien. Seguimos esperando la autopsia, pero me inclino por aceptar la suposición del forense de que lo mató la cuchillada del cuello. —Miró a su equipo—. Me parece que en este caso el rostro es una pieza clave.
—¿Por qué el asesino dejó el resto del cuerpo sin tocar? —preguntó Latimer.
—Buena pregunta. Solo hay una zona de ataque. Se centró en ella. —Hobbes pasó a otro tema de inmediato—. Brendan era músico, cantante en una banda que se llamaba Monsoon Monsoon. No es que fueran famosos, pero, en este caso, su música es un elemento clave.
Fairfax sonrió y soltó:
—¿La música? ¿De verdad?
—Sí, de verdad.
—Estoy de acuerdo, señor.
La nueva voz provenía de la parte de atrás de la sala. Era lo primero que pronunciaba el agente Barlow.
—¿Qué hace aquí ese poli? —preguntó Fairfax.
—El agente Barlow nos está ayudando.
—¿Ayudando? ¿Es que ahora el tráfico se dirige solo?
Fairfax miró a su alrededor en busca de risas de apoyo, pero nadie le rio la gracia y decidió sonreír con insolencia.
Barlow se atrevió a dar un paso adelante y añadió:
—De hecho, la música es muy importante, como la cara.
—Sí que lo tiene bien aleccionado, señor —soltó Fairfax—. Repite todo lo que usted dice. ¡Guau, guau!
Barlow llevaba una bolsa de plástico de supermercado, lo que incrementaba su aspecto cómico, y Hobbes no pudo sino sentir compasión por él. No obstante, así era la vida en el pozo de las serpientes, y lo mejor era que fuera acostumbrándose.
Latimer, con una gran sonrisa, dijo:
—Pasa de él, cariño, y preocúpate por ti.
El joven se ruborizó.
Fairfax, por otra parte, eructó sin complejos y puso los pies encima del escritorio.
—Lo siento, señor.
Pero sonrió.
Cada vez que el detective pronunciaba la palabra «señor», esta sonaba como un insulto.
Hobbes dio un paso adelante y suprimió de su voz cualquier tipo de emoción.
—No sé si será capaz, Fairfax, pero me gustaría que utilizara un tono más educado.
Por fin, le hacían caso los allí presentes.
—¿Me ha oído? ¿Lo ha oído? ¿Me han oído todos?
Todos se pusieron a murmurar, incluido Fairfax.
—Y ya, de paso, detective, la próxima vez llegue a tiempo.
—Me ha retrasado...
—¡Y baje los pies de la puta mesa!
Fairfax bajó los pies.
—Gracias. —Hobbes respiró hondo—. Me gustaría que repasáramos lo que aconteció a lo largo del día para ver hasta dónde podemos reconstruir lo sucedido.
Empezó la sargento Latimer.
—Los vecinos no han aportado gran cosa. Nadie vio nada que le pareciera sospechoso, al menos, hacia la medianoche. Ahora bien, tenemos una declaración de la vecina de la derecha, la señora Newley, que vio a una mujer abandonar la casa de la víctima por el jardín trasero a eso de las ocho de la mañana.
—¿Sabemos de quién se trata?
—No. La mujer en cuestión iba en dirección a la verja de atrás.
—¿Descripción?
—Joven. Vestida de oscuro. Nada más.
Hobbes ojeó la declaración de la testigo.
—Aquí pone que la vecina le vio la cara.
—Pero solo un instante. La joven miró hacia atrás y, en cuanto se dio cuenta de que la habían visto, corrió hacia la verja.
—¿Algún rasgo de su rostro? Lo que sea. ¿Tenía algo que destacara?
—Eso es todo, jefe. No pude sacarle más.
Hobbes lo dejó estar.
—Entonces, ¿quién es esa joven? ¿Alguna idea? Vamos. ¡Rápido!
—La asesina —respondió Fairfax—. Quién si no.
—Pero se fue por la mañana, eso es muchísimo después de la hora de la muerte de Brendan Clarke.
Fairfax se encogió de hombros y añadió a su teoría:
—Bueno, pues... la joven, llamémosla «señorita X» de momento, se quedó a pasar la noche.
La sargento Latimer negó con la cabeza.
—¿La asesina se queda a pasar la noche?
—Claro, ¿por qué no?
—¿Es lo que harías tú? —le preguntó ella.
—¡Oye, que yo no soy ningún asesino! Vete tú a saber lo que le pasa por la cabeza a una enferma.
—Muy loca tendría que estar...
—Meg, cariño, le cortó la cara a un tipo. ¿Acaso no te parece una locura suficiente?
Latimer se quedó mirando fijamente a Fairfax.
—No creo...
—Que no cree, dice.
—No creo que esto lo haya hecho una mujer.
Fairfax levantó las manos y soltó con sarcasmo:
—Vaya, ya empezamos.
—¿Qué pasa? Es que no creo que...
—Ah, que no crees. Dónde queda entonces el feminismo, ¿eh? Mismas oportunidades para asesinos, hombres y mujeres.
Latimer se echó a reír.
—Eres un mierda, Tommy. Un mierda de categoría.
Fairfax abrió la boca para responder, pero Hobbes les gritó a ambos:
—¡Ya basta!
La sargento apeló a él:
—De verdad, señor, no hay muchos casos, al menos, que yo sepa, en los que una asesina llegue tan lejos.
—Eso es cierto —convino el inspector.
—Lo es, claro. Podemos ser tan crueles como los hombres si es necesario, pero ¿acuchillar los ojos? No. ¿Mutilación facial? ¡No!
Lo dijo como si no hubiera más que añadir y todos se quedaron callados un momento.
—Lo tendremos en cuenta —dijo el inspector—. De hecho, tendremos todas las posibilidades en cuenta hasta que solo quede una. —Miró a Latimer—. ¿Qué quiso decir la vecina con eso de «joven»?
—No lo sé.
—¿Quinceañera? ¿Veinteañera?
—Es que solo la vio un instante, nada más.
Hobbes se mordió el labio. Dios..., a pesar de todos los problemas que había dejado allí, ojalá continuara en la comisaría de Charing Cross. Por lo menos, en aquel lugar a los polis no había que decirles cada dos por tres por dónde seguir.
—¿Cómo entró en la casa la joven esa? ¿Alguna idea?
—Supongo que la víctima dejaría entrar a la señorita X —respondió Fairfax.
Latimer soltó una risa.
Hobbes estudió el tablón unos momentos y, entonces, dijo:
—Creo que, a este respecto, estoy de acuerdo con Fairfax. —Miró a ambos detectives—. La víctima dejó entrar al asesino por voluntad propia. Brendan Clarke conocía al asesino o estaba esperando su visita.
Respiró hondo e imaginó el escenario.
—Todo empieza en la sala de estar. Los dos están bebiendo té. Uno de ellos le está enseñando algo al otro. Una de las hojas con letras de canciones. Si se trata de una mujer, cabe la posibilidad de que la cosa empezara a calentarse. Puede que... puede que se besaran.
Fairfax resopló, pero, al instante, pareció que se lo pensara mejor.
Hobbes continuó:
—Por ahora, digamos que Brendan Clarke invitó a nuestra señorita X a subir. Ella dice que sí y saca el cuchillo, o lo que fuera que utilizara, del bolso, del abrigo. —Hizo una pausa—. Lo sigue arriba. Brendan está tumbado en la cama, la está esperando...
Hobbes estaba allí mismo, en la habitación, por la noche. La víctima estaba tumbada delante de él.
—¿Qué sucede a continuación? —preguntó el inspector.
—Se mete en la cama también —contestó Fairfax.
Hobbes murmuró algo. Cerró la mano alrededor del mango de un cuchillo imaginario.
—Sí, Clarke se muestra completamente sumiso para ese momento. No lo ve venir. —El inspector hizo un movimiento sin darse cuenta, como si empujara poco a poco el cuchillo por el lateral del cuello de la víctima imaginada, como si copiara a la asesina—. Y entonces..., y entonces lo ataca. Lo mata.
Lo dijo entre susurros. La habitación se quedó en silencio.
—Ya lo ven, no hubo lucha.
Pasaron unos momentos. Fue como si Hobbes saliera de un trance. Se dirigió al fondo de la estancia para aliviar la tensión:
—¿Qué opina, Barlow?
—Estoy de acuerdo, señor. No hubo lucha.
—No, no la hubo. Fue una seducción.
La sargento negó con la cabeza, incrédula.
—¿De verdad piensa que lo asesinó una mujer?
—Es una posibilidad. Da la sensación de que Clarke se rindiera.
Latimer suspiró.
—Ya, claro, claro...
El inspector se volvió hacia ella.
—¿Tiene alguna otra idea, Meg?
—Estoy pensando en la visitante de la primera hora de la mañana. Digamos que la señorita X no es ninguna asesina. Entra en la casa más tarde, por la mañana. Puede que no sea sino una ladrona o una seguidora de la banda... ¿Cómo ha dicho que se llamaba?
—Monsoon Monsoon.
—Eso es. La cuestión es que entra y encuentra el cuerpo sin vida de Brendan Clarke. Se asusta, como le pasaría a cualquiera, y se da el piro por la puerta de atrás. La deja abierta. En ese momento, la vecina, la señora Newley, la ve.
—Pero no hay nada que indique que el asesino entró por la fuerza —soltó Fairfax.
—No sé... ¿Y si abrió la puerta con una horquilla? Puede que hubiera alguna ventana abierta...
La sargento se quedó callada, pero seguía pensando.
El inspector asintió.
—De una u otra manera, seguimos sabiendo muy poco de nuestro asesino; de la persona, ya fuera hombre o mujer, que asesinó a Brendan Clarke a eso de la medianoche. Por lo tanto, tenemos que encontrar a la señorita X. Puede que ella viera algo que a nosotros se nos ha pasado, que moviera algo o que se llevara algo. —El inspector se quedó pensando en el círculo limpio que había en la cómoda polvorienta del dormitorio—. Y si la teoría de Meg es la correcta, en la casa tenemos dos tipos de pistas: las de la víctima y las del asesino. —Frunció el ceño—. Eso va a complicar el asunto.
Nadie dijo nada.
—Y hay otra cosa. —Hobbes dudó. No sabía cómo decirlo de la manera adecuada, sin que sonase raro—. Da la impresión de que la víctima estaba por completo bajo el control del asesino.
Dejó que la idea calara. Los tres policías estaban esperando a que la desarrollara. El inspector los miró uno a uno y sintió una sensación de poder, una descarga de adrenalina.
—Este es un tipo de seducción muy diferente. No es sexual o, por lo menos, no lo creo. —Tomó aire—. Para empezar, el pedacito de masilla azul que había en el disco.
—Se llama Blu-Tack —le explicó Latimer.
—Sí, gracias. La cuestión es que tiene una huella, una huella muy clara, y sabemos que pertenece a la víctima.
Fairfax se echó hacia delante y preguntó:
—Qué quiere decir eso, ¿que él mismo puso en marcha el tocadiscos?
—Eso parece. O él mismo eligió el punto justo del disco, o el asesino lo obligó a hacerlo.
Daba la sensación de que la sargento estuviera confusa.
—¿Qué es lo que quiere decir?
—Quiero decir que da la impresión de que el asesino dirigía a la víctima. Clarke pone el tocadiscos en funcionamiento y el propio Clarke pone la masilla. En este caso, la víctima está disponiendo su propio escenario del crimen. Después..., después mueve la cama.
De nuevo, silencio. Todos lo miraban. Fairfax fue el primero en hablar:
—¿Que qué?
—La víctima empujó la cama de donde la tenía habitualmente hasta la pared de enfrente, donde la encontramos.
—¿Cómo coño sabe eso?
—Me pareció extraño, porque la luz de la farola que hay justo frente a la ventana le daba de lleno. Incluso con las cortinas cerradas, la luz entra y da en la almohada. No puedo creer que nadie quiera dormir de esa manera, ¿no les parece?
Nadie se atrevió a responder.
—Además, el teléfono no estaba junto a la cama, que es donde lo pondría la mayoría de la gente, no me cabe duda, en un dormitorio. Así que me fijé en la estructura de la cama y descubrí huellas de dedos y de palmas. Los de dactilares dieron con ellas. Aquí..., allí... —Puso las manos en el aire, frente a él, e hizo como si empujara la cama—. Además, hay cuatro marcas en la moqueta que, sin lugar a dudas, ha dejado la cama después de llevar años en el mismo sitio. Y también hay unos rastros que aún se ven en el pelo de la moqueta, rastros que demuestran que han empujado la cama y que lo han hecho hace poco; según creo, justo antes del asesinato.
Se quedó callado unos instantes.
—Cabe la posibilidad de que las huellas que hay en el cabecero de la cama sean de la asesina, aún no lo sé, pero yo diría que la asesina obligó a Brendan Clarke a hacer todo esto. Había que mover la cama. Era parte de la seducción, del ritual.
—Pero ¿por qué? ¿Cuál era el propósito? —preguntó el detective Fairfax.
—A mí se me ocurren dos razones. ¿A alguien se le ocurre alguna?
Nadie respondió, así que Hobbes prosiguió:
—Una: para imitar algún otro escenario, un dormitorio del pasado, por ejemplo... de la infancia, o de una relación anterior. Sería un escenario que tendría importancia psicológica.
—Demasiado freudiano para mí, joder —dijo Latimer.
—Y dos, y esta es la más probable, me parece a mí: para jactarse de su obra. La asesina quería presentar la cara de una manera concreta, el corte, que estuviera a la luz.
—Como un escenario.
Fue Barlow quien hizo el comentario. Hobbes se había olvidado de que el agente estaba allí.
—Exacto, como un escenario. Estamos en un teatro. Sin embargo, es aquí cuando la cosa se pone rara..., porque la cara de la víctima está cubierta con la sábana.
—Eso no lo sabía —dijo la sargento.
—No. Simone Paige admitió que bajó la sábana, que se la quitó de la cara a la víctima cuando la descubrió.
—Fairfax, esto no estaba en el informe que he leído —comentó Latimer, molesta.
—No... —Era evidente que el detective estaba contrariado—. Paige no me dijo nada al respecto.
—¡Joder, podrías esforzarte un poco más!, ¿no?
El detective se puso de pie y se encaró a la sargento. Tenía la cara roja de ira.
—¡No me jodas, Meg, que yo hice mi trabajo!
—A medias, como siempre.
El detective se acercó a Latimer con un puño por delante.
—¡Vale, vale! —El inspector se interpuso entre ambos—. No estamos aquí para pelear. Fairfax, siéntese.
El detective seguía hecho una furia, pero volvió a su escritorio y se sentó en el borde.
Antes de continuar, Hobbes esperó a que las aguas volvieran a su cauce.
—Pues ya ven cuál es el problema. ¿Por qué tomarse tantas molestias con la cama, con lo de cortarle la cara... y, después, tapar su obra? ¿A alguien le parece que tenga sentido?
Nadie dijo nada.
Fairfax movió la cabeza, desesperado.
—Esto es un caos. No llegamos a ninguna parte —comentó acto seguido el detective
—No, no, sigan pensando. ¿Qué me dicen de la cara? ¿Por qué esas heridas en concreto? Han de significar algo. ¡Vamos!
—Creo que ya lo tengo, señor —dijo Barlow desde el fondo de la estancia.
Todos se dieron la vuelta para mirarlo.
—A ver, adelante.
El agente decidió avanzar hacia el inspector y habló a toda prisa, antes de que los nervios se apoderaran de él.
—Creo que la asesina dio forma a un retrato.
El equipo se quedó observando al agente mientras este llegaba a la parte delantera de la sala con aquella bolsa cutre de plástico. Latimer hizo lo imposible por no sonreír, mientras que Fairfax se rio por lo bajo. Sin embargo, Barlow se comportó como si no se diera cuenta de todo aquello. Se puso firme y empezó a hablar:
—El disco que sonaba en el dormitorio era de la estrella del pop Lucas Bell.
—¿No fue ese el que se suicidó? —preguntó Fairfax.
El agente asintió.
—Así es, en 1974. De hecho, justo mañana harán siete años. Se pegó un tiro en la sien.
La sala de reuniones se quedó en silencio.
—Aquello fue impactante —comentó la sargento—. A mí solo me gustaba el soul por aquel entonces pero, aun así, lo recuerdo.
—A lo largo de los años, sin embargo —continuó Barlow—, su popularidad ha ido en aumento, en especial entre los adolescentes, que lo ven como una especie de héroe.
—La noche en que asesinaron a Brendan Clarke, él y su banda habían dado un concierto en honor de Bell —añadió Hobbes.
Fairfax encendió un cigarrillo y dijo:
—No lo pillo. ¿De verdad es importante para este caso esa estrella del pop que se suicidó?
—Bueno, la asesina, desde luego, quería que ese disco estuviera sonando cuando encontráramos el cadáver —explicó Hobbes—. Lucas Bell significaba algo para ellos.
—¿Se refiere a que eran fans?
—Sí, eso, fans. Es posible, sí.
—Entonces, ¿quiere usted decir que a Brendan Clarke lo asesinó una fan de esa antigua estrella del pop?
—No lo sé, pero, desde luego, es un comienzo.
Mientras pronunciaba aquellas palabras, el inspector sintió cómo la idea se alejaba aleteando, cómo se perdía casi.
—Podría haber sido cualquiera —apuntó Fairfax—. Un conocido, un pariente, un amante..., incluso alguien de su banda.
—Y estudiaremos todas las posibilidades, créame.
—Le creo, le creo, porque vamos a ser Meg y yo quienes nos encarguemos del trabajo de campo mientras usted y el señor polizonte, sin ánimo de ofender —se dirigió al agente Barlow—, se quedan aquí, escuchando esos putos discos y, en definitiva, perdiendo el tiempo, señor.
El inspector Hobbes cerró los ojos. Agarró el borde de la mesa con fuerza y se inclinó hacia delante. La expresión de su cara fue suficiente para que todos decidieran permanecer en silencio.
Aun así, se quedó esperando. Siguió apretando el borde de la mesa hasta que le dolieron los dedos. Aquella era la única manera que conocía para no perder el control. Entonces empezó a hablar, todavía con los ojos cerrados. Su voz era fría y calmada. Ignoró a Fairfax.
—Agente Barlow.
—¿Señor?
—Vaya usted al grano con lo de la cara de la víctima.
El agente hizo una ligera pausa antes de empezar a hablar. Entretanto, el inspector abrió los ojos y se fijó en su equipo. Latimer estaba muy concentrada en el relato, pero Fairfax miraba a Hobbes con una expresión muy neutra, si bien por detrás de aquella máscara el odio y el resentimiento eran evidentes. A Hobbes no le costaba percibirlos. Sentía como si el joven detective lo culpara a él por lo que le había sucedido al inspector Jenkes.
¿Es que aquello no iba a acabar nunca?
En un momento dado, el agente Barlow metió la mano en la bolsa de plástico y sacó un disco. Lo levantó para que el equipo entero pudiera ver bien la portada, que era de color púrpura y tenía las palabras «King Lost» escritas en amarillo en la parte de arriba, con el nombre del cantante en pequeñito en la parte de abajo.
—Este es el tercer y último disco de Lucas Bell, King Lost. Como pueden apreciar, la portada es muy sencilla. —Se peleó con el disco para sacar la funda interior—. Pero, en la funda, el cantante ha cambiado de apariencia: lleva una máscara.
Barlow desplegó la funda y Hobbes se unió a Fairfax y a Latimer para comprobar la imagen.
En la funda, el púrpura de la portada se convertía en un vibrante cielo nocturno en el que se divisaba la luna. Un cartel de neón dominaba la parte superior izquierda de la funda. En él aparecía, con la misma tipografía que la del King Lost de la portada, el nombre de un restaurante de fish and chips: el Duffy’s. Por debajo se veía el torso de Lucas Bell delante de una de las ventanas del establecimiento, de la que salía una luz muy brillante. El joven estaba desnudo y tenía la cara oculta con una máscara de pintura: la piel maquillada de blanco y la boca mal pintada de rojo, con las comisuras extendidas, como si pretendiera representar la sonrisa de un payaso, una sonrisa cruel. Debajo del ojo izquierdo tenía pintada una gran lágrima de color negro y, en la frente, una X de color azul. Era una imagen impactante. El inspector Hobbes no tardó más que unos segundos en darse cuenta de lo que estaba viendo: los cortes en la cara de Brendan Clarke eran la manera en que la asesina había querido representar aquel elemento de la máscara del famoso Lucas Bell. Era, tal y como había afirmado el agente Barlow, un retrato. Un retrato hecho con sangre.
Entonces, el agente señaló otro de los detalles de la funda. En la imagen también se veía una de las manos del cantante, extremidad con la que sujetaba un objeto pequeño y rectangular contra el pecho. Se trataba de una carta del tarot. La carta del Loco.
FIGURITAS Y MALDICIONES
El detective Fairfax fue el primero que abandonó la sala. El inspector Hobbes hizo el esfuerzo de seguirlo al pasillo, pero, a medio camino, pensó: «¿Por qué coño voy a hacerlo?». Puto pedazo de mierda presumido.
La sargento Latimer se le acercó.
—Tampoco es para tanto, ¿no?
El inspector negó con la cabeza, sorprendido.
—Ya volverá.
—¿Así lo cree?
—Eso es cosa suya, jefe, pero Tommy es un buen policía, se lo aseguro. Es joven y terco, sí, pero le pido que le dé una oportunidad.
—Me culpa, Meg. Sé muy bien lo que sucede.
Latimer inclinó la cabeza. Era un par de años más joven que el inspector, una morena muy atractiva, divorciada. Hobbes había oído historias sobre ella en los vestuarios, acerca de su vida social, pero, a decir verdad, no se creía de la misa la mitad o, mejor dicho, no se la quería creer. La miró. La mujer tenía los ojos vivos, agudos, y era evidente que su cerebro estaba en funcionamiento sin descanso.
—No le negaré que lo de Charlie Jenkes llegó incluso hasta aquí. Era una leyenda en la metropolitana.
—Lo era.
El inspector no podía sino admitirlo.
—¿Sabe que Fairfax y él se conocían? El padre de Fairfax y Jenkes crecieron en la misma urbanización.
—Eso no lo sabía, no.
Aquello inquietó a Hobbes.
—Por este motivo se ha mostrado tan a disgusto con usted. Charlie era amigo de la familia. Al parecer, jugaba al caballito con Tommy en sus rodillas cuando este era muy pequeño.
El inspector cogió el cigarrillo que le ofrecía la sargento.
—Me da igual. Fairfax tiene que superarlo.
—A decir verdad, jefe, creo que lo mejor es que le deje hacer lo que quiera. Yo diría que le sorprenderá.
—Me toca los huevos ese chaval.
—Bueno, señor..., usted nos los tocó a nosotros, así que están empatados.
El inspector se quedó mirando a la sargento. Su tono de voz iba cargado de sarcasmo.
—¿Cómo ha dicho?
Latimer se aproximó más todavía.
—No piense, ni por un instante, que me gusta por lo que está teniendo que pasar usted. —Entornó los ojos—. No me agrada. Ahora bien, creo que lo que le hizo usted al inspector Jenkes estuvo mal. Muy mal.
Hobbes no podía creer lo que estaba oyendo, pero dejó que la sargento continuara:
—Ninguno lo queríamos aquí a usted, pero eso ya lo sabe. Nos impusieron su presencia.
—¿Acaso cree que yo quiero estar aquí?
Latimer no cambiaba de expresión.
—Haré lo que me pida, señor, porque soy una buena policía, pero la verdad... —sonrió— es que me importa usted una mierda.
La última parte de aquella frase iba directa al corazón y, en efecto, lo alcanzó. Aun así, el inspector le mantuvo la mirada, una mirada dura.
—¿Ya ha acabado, sargento Latimer?
—Ya he acabado.
—Esta va a ser la última vez que me hable usted así, se lo juro.
La sargento asintió ligeramente, nada más.
—Y, ahora, quiero que me ayude a interrogar a los padres de la víctima.
—¿Un toque femenino?
—Llámelo como quiera.
—Claro. Lo espero fuera.
La sargento Latimer se fue de la sala de reuniones.
La situación era peor de lo que había creído. Trabajar en solitario siempre había sido parte de su naturaleza, desde que lo habían ascendido a inspector, pero aquello era diferente. Su mujer y su hijo no le hablaban, y tampoco le quedaban muchos amigos en el cuerpo. ¡Joder, pero si ni siquiera tenía despacho! Esa misma mañana, temprano, nada más llegar, hasta el conserje de la comisaría lo había mirado con mala cara.
Fue a su coche sin molestarse en esperar a Latimer. Estaba a punto de marcharse cuando el agente Barlow tocó con los nudillos la ventanilla. El inspector la bajó con la manivela.
—¿Sí? ¿Qué quiere?
Se fijó en que el joven se encogía ante su tono.
—Es que... me preguntaba si me necesita para algo más, señor.
—No.
El inspector arrancó y se quedó mirando a Barlow por el espejo retrovisor. Antes de llegar a la salida se sintió culpable e incluso durante un par de segundos se planteó dar media vuelta. No lo hizo.
El hotel Carlton estaba en el centro de la ciudad. Encontró un hueco en el que aparcar y estaba a punto de abrir la puerta cuando sintió, con la mano en la manija, que no se podía mover.
Era incapaz de moverse.
No paraba de temblar. No podía evitarlo.
Era un ataque de pánico. Maldijo en voz alta a sus compañeros, al cuerpo de policía en general, a su familia, la época que le estaba tocando vivir. A Inglaterra. A Thatcher. Al mundo. A él mismo. A toda aquella mierda en general. A la asesina. A los elementos que faltaban y que no era capaz de ver, que se escapaban de su alcance...
Y de nuevo estaba en el sótano del Soho, aquella noche en que todo se fue al garete. La sangre de aquel hombre salpicaba la pared...
Golpeó el volante con las manos tan fuerte como pudo. Una dosis de dolor para concentrarse, para liberar su cuerpo del encantamiento.
«Sigue adelante. Sigue buscando. Recuerda tu promesa».
«A Brendan Clarke».
«Daré caza a su asesino y lo llevaré ante la justicia».
«Se lo prometo».
Sin embargo, en esos instantes parecía una oración sin significado, vacía.
Caminó el corto trecho que había hasta el hotel, enseñó la placa en recepción y, a continuación, subió en ascensor al tercer piso. Fue el padre de la víctima quien le abrió la puerta y lo invitó a entrar. Su esposa estaba sentada en la cama, con un pañuelo arrugado en las manos, que había convertido en un gurruño largo y fino.
—Soy el inspector Hobbes. Lamento enormemente la pérdida de su hijo.
El señor Clarke no tenía tiempo para sentimentalismos.
—¿Cuándo nos entregarán su cadáver?
—Me temo que todavía no.
El hombre se acercó a la ventana y allí se quedó, en silencio, mirando a la calle. El cielo estaba gris y había algo de niebla.
A Hobbes le dio la impresión de que iba a ser a la madre a la que más iba a sonsacarle.
—Señora Clarke...
La mujer murmuró algo y se inclinó hacia delante.
—Disculpe, ¿cómo ha dicho?
—Me llamo Annabelle. ¿Tiene noticias?
—Nada que merezca la pena.
—Queremos saber quién le ha hecho esto a nuestro niño.
—Sí, sí, lo comprendo, pero, para eso, tengo que hacerles unas cuantas preguntas.
El señor Clarke se acercó y sentenció:
—No se preocupe, que haremos todo lo que esté en nuestras manos para ayudarlo.
—Me alegro. Gracias. Para empezar, ¿quién creen que podría querer hacerle daño a su hijo? ¿Saben si lo habían amenazado?
—No, por supuesto que no lo estaba —respondió él.
Hobbes se pasó los dedos por los labios.
—Bueno, pues está claro que alguien lo odiaba.
Annabelle Clarke contuvo el aliento. Luego, soltó un grito desgarrador.
El padre de la víctima se quedó mirando al inspector fijamente. Abrió la boca para decir algo, pero se quedó callado y la cerró. Hobbes se fijó en cómo la furia iba abandonándolo y en cómo se apoderaba de él una sensación de desesperación infinita. El hombre se quebró.
—Voy a tener que hacerles todas las preguntas que sean pertinentes.
El hombre se volvió hacia su esposa, que levantó la mirada y dijo con voz temblorosa:
—Ayudémoslo, Gerald. Es lo único que podemos hacer.
Hobbes era consciente de que tenía que aprovechar el momento. Se sentó en una silla y preguntó:
—¿Cuándo fue la última vez que vieron a Brendan?
—La semana pasada —respondió ella—. Solía venir a casa cada cierto tiempo. Una vez al mes, más o menos.
—Y eso, ¿qué día fue exactamente?
La mujer hizo memoria.
—El martes pasado... Sí, el martes pasado. Se marchó el jueves por la mañana.
—¿De vuelta a Londres?
—Eso creo.
—¿Sabían lo del concierto que iba a dar con su banda?
—No. No nos mantenía al día respecto a esas cosas. Nosotros..., a ver, que siempre lo apoyamos, pero...
Se le quebró la voz. Su marido dio un paso adelante.
—Nosotros teníamos otros planes para Brendan. Yo quería que estudiara abogacía, como yo. Tengo mi propia firma. Empezó a estudiar derecho, pero lo dejó a los seis meses. Siempre había tenido una faceta artística.
Negó con la cabeza, como si el arte fuera lo peor a lo que pudiera dedicarse uno.
—Estaba buscando su sitio en el mundo —añadió ella—. Pasó un tiempo estudiando teatro.
—¿Eso tampoco funcionó? —preguntó el inspector.
—Le ofrecíamos ayuda a cada paso que daba —aseguró el señor Clarke—. Dinero, educación, apoyo en cada uno de sus descabellados proyectos... Aun así...
El padre se quedó callado y se sentó junto a su esposa en la cama.
Hobbes empezaba a ver otra faceta de la vida de los Clarke.
—¿Era Brendan una persona taciturna?
La señora Clarke miró su pañuelo.
—Nuestro hijo era una persona muy apasionada —contestó la mujer.
—¿A qué se refiere con eso?
—Amaba la música. La adoraba. Me atrevería a decir que vivía para ella.
Las palabras, aunque se rompían a medida que la mujer hablaba, estaban muy bien expresadas, lo que dejaba claro sus orígenes. El inspector consideró que lo más probable era que la mujer hubiera recibido clases de oratoria.
El señor Clarke le puso una mano en el hombro a su esposa.
A Hobbes le pareció que veía algo en aquel gesto. No había sido un gesto especialmente natural, sino que parecía que hubiera nacido de la necesidad que les provocaba aquel momento. El inspector se preguntó cuánto amor se tendrían aquellas dos personas, incluso cuánto amor le tendrían a su hijo. De pronto, por unos instantes, se encontró pensando en Martin, que estaría en algún sitio, si bien él no sabía dónde, si bien él lo consideraba perdido.
—¿Dirían ustedes que Brendan estaba obsesionado con la música?
—Es una manera de decirlo, sí —respondió ella—. Su colección es muy extensa.
—¿Su colección?
—Estaba loco por Lucas Bell. ¿Sabe quién es? El cantante de música pop.
El inspector asintió.
—Brendan gastó mucho dinero en objetos que habían pertenecido a Bell o que habían tenido relación con él. Incluso nosotros lo ayudamos a obtener algunos de los más caros.
—¿Y dónde los guardaba?
—Unos pocos en su casa de Londres pero la mayoría en nuestra residencia.
Hobbes tomó nota mental de ello.
—Y también está lo de la revistilla esa.
—¿Disculpe?
—No era sino un fanzine o, bueno, al menos así es como lo llamaba él. Una revista dedicada a Lucas Bell, a su música, a sus canciones... y a su muerte. No paraba de escribir al respecto, de hablar de este tema. Ya sabe, de lo del suicidio. Eso nos preocupaba, ¿no es así, Gerald?
El marido asintió. Parecía que estuviera incómodo.
—¿Tenía Brendan algún interés en las cartas del tarot?
Tanto el padre como la madre miraron al inspector como si no supieran de qué les hablaba, hasta que ella dijo:
—Me temo que sus intereses cambiaban cada dos por tres. Solo lo de Lucas Bell se mantenía.
—Brendan era su único hijo, ¿verdad?
—Sí.
Fue el señor Clarke quien respondió a aquello.
—Lo siento, pero tengo que preguntarlo: ¿dónde estaban ustedes en el momento del asesinato de su hijo?
La señora Clarke no dejaba de retorcer el pañuelo, pero su marido respondió a la pregunta sin aspavientos:
—En casa, con unos amigos.
—Por favor, ¿podrían escribir los nombres de esos amigos y sus números de teléfono?
El señor Clarke asintió, se levantó y fue hasta el escritorio, donde se puso a apuntar en una de esas libretitas de los hoteles lo que acababa de pedirle el inspector.
Hobbes, que seguía sentado, se inclinó hacia delante. Se dirigió a la madre, una mujer que estaba sufriendo, así que lo hizo en voz baja, con suavidad:
—Annabelle...
Ella lo miró de inmediato y el inspector percibió expectación, esperanza, en su mirada.
—Tengo que saberlo todo sobre su hijo, sobre su vida, sobre sus amigos, sobre sus amoríos, sobre los enemigos o rivales que pudiera tener.
La mujer miró a su marido.
—Hable con Nikki. —Apenas un susurro.
—¿Con quién?
—Con Nikki Hauser. Es la teclista del grupo de mi hijo.
—¿De Monsoon Monsoon?
La mujer asintió a toda prisa.
—Llegaron a estar prometidos...
—Pero cortaron.
—Sí.
Gerald Clarke volvió a la cama y le tendió una hojita de papel al inspector Hobbes.
—¿De qué estáis hablando?
—Le estoy hablando de Nikki.
—¿Crees que eso tiene alguna relevancia?
—Podría tenerla —respondió el inspector—. Además, antes o después, voy a tener que hablar con ella.
—Bien —soltó Annabelle, que había subido el tono—, pues pregúntele por qué le hizo tanto daño a mi hijo y por qué seguía haciéndoselo a pesar de que ya se hubiera acostado con ese otro hombre.
Fue como si aquella explosión la hubiera agotado porque, en cuanto acabó de hablar, bajó la cabeza y escondió los ojos.
—¿Qué otro hombre?
—Me temo que desconocemos su nombre, pero Brendan se enteró de lo sucedido. Me lo contó.
—Sé que es difícil...
Tanto el padre como la madre se quedaron a la espera de lo que iba a decir el inspector, pero tampoco es que Hobbes pudiera añadir nada beneficioso a aquella situación, así que se puso de pie. La señora Clarke lo imitó.
—No sé qué le pasaría a Brendan —dijo la mujer—, pero estoy segura de que Nikki tuvo algo que ver.
Hobbes asintió y se le ocurrió una idea.
—¿Les importaría visitar la casa de su hijo conmigo?
Annabelle Clarke lo miró con la boca ligeramente abierta.
—Me resultaría útil que me dijeran si falta algo.
—No he estado muchas veces.
—Aun así, me resultaría de utilidad.
—En realidad...
—¿Es imprescindible, inspector? —preguntó el señor Clarke, que se había acercado a su esposa.
—Creo que sí.
—En realidad, me gustaría ver su casa —concluyó ella.
—Pues hecho.
Hobbes los llevó en el coche. Ambos fueron en los asientos de atrás y no se hablaron, ni hablaron con él, en todo el viaje.
Era algo más del mediodía cuando llegaron a Westbrook Avenue. La habitual vida urbana había regresado a aquella calle: un hombre con un perro, una pareja de jovencitos despreocupados... Cuando aparcó, el inspector pensó en cómo, después de lo que había pasado en el Soho, el comité disciplinario del cuerpo había recomendado que lo trasladaran a una nueva comisaría. Era normal, dado que, tras unas pocas semanas en la central de Londres, sus compañeros se habían vuelto contra él hasta tal punto que tenía la sensación de que su vida corría peligro. Por eso lo habían enviado a Richmond upon Thames, para apartarlo, porque creían que en aquellas calles arboladas no se podían dar muchas situaciones interesantes. Poca sangre se iba a derramar en aquel sitio, ¿verdad?
Salió del coche. Al principio, la señora Clarke no se atrevía ni a mirar la casa de su hijo; miraba al suelo. Fue el inspector quien los guio hasta allí. En cambio, una vez dentro, se limitó a seguir a los padres de habitación en habitación. Aquella era la tercera vez que visitaba la casa en las últimas veinticuatro horas. Por suerte, el olor a muerte se había disipado. La mujer chasqueó la lengua y se retorció las manos cuando comprobó lo sucia que estaba la cocina, lo mugrienta que estaba la moqueta, que había ropa manchada por el suelo.
—Brendan había sido un chico muy limpio, por lo general. Fue el año pasado cuando las cosas empezaron a írsele de las manos... Cuando su historia de amor con Nikki terminó.
Llegaron a la sala de estar. La señora Clarke cogió la fotografía enmarcada en la que aparecían su hijo, su marido y ella. Se quedó quieta, como si fuera incapaz de apartar la mirada de la fotografía, y murmuró algo.
—Annabelle... —Su marido le puso la mano en el brazo—. Cariño, ¿estás segura de que estás preparada para esto?
Ella apartó el brazo, molesta, y siguió caminando por la casa, esta vez por el pasillo. Se detuvo junto a la escalera y miró el piso de arriba. Empezó a subir. El inspector y su marido la siguieron hasta el rellano. Continuaron adelante. Se frenaron en la estancia donde se encontraban todos los instrumentos musicales.
—Fuimos nosotros quienes le compramos la mayoría de estos instrumentos —explicó ella mientras entraba.
Hobbes la siguió al interior y le preguntó:
—¿Le ha parecido que falte algo?, ¿que algo no esté en su sitio? Lo que sea.
—No, pero, como ya le he dicho, nosotros apenas vinimos por aquí. Esta es la revistilla de la que le hemos hablado —respondió mientras señalaba varios montones de revistas apiladas contra la pared.
—Su hijo había contado que poseía algo aquí, algo de gran importancia que había pertenecido a Lucas Bell o que tenía relación con él. ¿Sabe a lo que se refería?
La mujer se quedó pensando unos instantes.
—Disponía de muchas cosas que consideraba preciosas, tesoros, pero esas las guardaba en nuestra casa, no aquí.
Salieron al pasillo y se dirigieron a la parte delantera de la casa.
—Me gustaría visitar su residencia, dentro de poco. Quiero ver la colección de Brendan.
Annabelle Clarke se había detenido en el umbral de la puerta que daba al dormitorio principal y miraba al interior.
—¿Es aquí donde...?
El inspector Hobbes asintió y ella esbozó una mueca.
—¿Hay sangre?
—No. Bueno..., puede que un poco.
Entraron. La señora Clarke abrió los ojos de par en par cuando miró la cama, el colchón desnudo. Contuvo el aliento y se llevó una mano a la garganta.
—Han movido la cama —musitó. Lo miraba todo con avidez—. Y falta una cosa...
Hobbes sintió que se le aceleraba el pulso.
La mujer se acercó a la cómoda y se quedó mirando el círculo limpio que había en medio del polvo y que también le había llamado la atención al inspector el día anterior. La mujer pasó el dedo por el polvo.
—¿Qué ocurre, señora Clarke?
—Una figurita.
El inspector se sintió confundido.
—¿Cómo dice?
Ella se volvió y lo miró a los ojos.
—Ya sabe, una figurita, como una escultura.
—¿De qué?
—Del cantante, de Lucas Bell. Del hombre al que amaba.
El señor Clarke, que estaba al lado de la cama, refunfuñó. Su esposa lo miró.
—¿Pasa algo?
—Ya sabes...
—¿Qué, Gerald? ¿Quieres decir algo?
—Que no deberías utilizar esa palabra. Es asqueroso.
—¡Pero es que lo amaba! ¡Brendan amaba a Lucas Bell! ¡Lo amaba!
Su marido y el inspector se quedaron mirándola.
LA LÁGRIMA
Se quedaron en silencio frente a la casa. Cada uno de ellos estaba completamente solo o, al menos, así es como se sentía el inspector Hobbes. Los minutos transcurrían muy despacio, hasta que, por fin, llegó un coche patrulla y aparcó junto a la acera. El agente Barlow salió del vehículo y fue directo hasta donde se encontraba la señora Clarke, a quien se dirigió de inmediato. Hablaba bajito y el inspector era incapaz de oír bien lo que le decía, pero se fijó en que la apesadumbrada mujer respondía cortésmente al agente. Barlow la acompañó al coche patrulla y la ayudó a entrar en los asientos traseros. El marido lo hizo después de ella. Ambos se mostraron agradecidos al agente.
—Llévelos de vuelta al hotel Carlton.
—Sí, señor.
—Barlow, quiero que siga trabajando en el caso.
El agente sonrió al oír aquello.
—Cuando llegue a comisaría, continúe con su investigación: Lucas Bell, su muerte, sus novias, sus colegas, sus canciones. Lo que sea que le parezca relevante. ¡Ah!, e investigue también a Monsoon Monsoon, ya sabe, la banda de la víctima. Quiero saber qué tal los trataba la prensa, cuánto vendían, cuántos seguidores tenían...; ese tipo de datos.
Barlow asintió y subió al coche. El inspector se quedó mirando cómo se alejaban y, entonces, volvió a la casa y fue directo a la estancia donde se encontraban los instrumentos. Quería llevarse algunas de aquellas revistas. Cogió la de arriba del todo de uno de los montones. La revista de Brendan Clarke se llamaba 100 Splinters. En la cubierta aparecía un boceto en blanco y negro de Lucas Bell y debajo ponía: «Siete años desde que murió. Revelaciones, recuerdos, entrevistas». También había muchos de los números anteriores, ejemplares que Brendan Clarke había ido publicando a lo largo de los años. El inspector eligió unos cuantos y se los llevó. Introdujo las revistas en su coche y, después, se dirigió a la casa contigua, el número 49, y llamó al timbre. Era lunes por la mañana, pero esperaba encontrar a los vecinos. Aunque ya había leído el informe de la sargento Latimer, con los años había descubierto que los vecinos suelen estar muy sorprendidos y que tienden a ocultar información por variadas razones personales. Volvió a oír la voz del inspector Collingworth en su cabeza:
«Comprueba, comprueba y vuelve a comprobarlo. Y ni se te ocurra pensar que con tres veces es suficiente».
Collingworth había tomado a Hobbes bajo sus alas cuando a este último lo nombraron detective. Se trataba de un policía duro, inteligente, que fumaba un cigarrillo detrás de otro, que olía a Old Spice y que, en la mayoría de las ocasiones, le gritaba en vez de hablarle. «¡Haz esto! ¡Haz lo otro! ¡No pares! ¡No te rindas!». Luego, ponía una mueca y empezaba a toser con tal fuerza que parecía que iba a echar los bofes. Ahora bien, Hobbes había aprendido el oficio a toda velocidad, de forma brutal a veces. Recordaba un incidente en particular, cuando lo había encerrado en una habitación con un cadáver que llevaba allí una semana y le había ordenado que diera con lo que no encajaba del escenario del crimen. El hedor era insoportable y el estado del cadáver casi le hace vomitar. Era pleno verano. Había moscas. Carne muerta llena de vida. Hobbes tardó diez minutos en dar con ello: unas pocas virutas de lápiz sobre la mesa. La cuestión es que no había ni rastro de lápices y que, por lo demás, la habitación estaba limpia y ordenada. Se había sentado a la mesa. Sin necesidad de moverse, desde allí veía el cadáver, que estaba en el sillón. Aquel detalle resultaba insignificante, parecía ridículo. Lo más probable era que no tuviera nada que ver con el asesinato. Aun así, se imaginó afilando un lápiz, preparándose para..., ¿para dibujar un retrato de la víctima quizá?
«Comprueba, comprueba y vuelve a comprobarlo».
Un anciano abrió la puerta del número 49. Era delgado, no muy alto, con la nariz aguileña y el pelo canoso con la raya baja. Sus ojos los agrandaban ligeramente los cristales de uno de aquellos pares de gafas subvencionados por el Ministerio de Salud.
Hobbes le mostró la placa.
—¿El señor Newley?
—Sí...
El anciano se mostraba receloso.
—Soy el inspector Hobbes. Me gustaría hablar con su esposa.
El hombre dejó al policía en la puerta y, un minuto después, llegó la testigo. Debía de tener la misma edad que su marido e iba vestida con un traje pantalón de color verde esmeralda. Su pelo era castaño, teñido con fruición y recogido con un pañuelo a juego con el traje. Una vez más, Hobbes volvió a presentarse. La mujer dudó unos segundos.
—Por favor, pase.
El inspector entró en la casa y la mujer lo llevó a la sala y le ofreció una taza de té. Hobbes declinó la oferta.
—Me gustaría que me hablara de lo que vio ayer por la mañana con la mayor cantidad posible de detalles.
—Es terrible... Brendan era un muchacho adorable. A pesar de...
Fue su marido quien acabó la frase:
—A pesar de todo el ruido que hacía, con todos esos rockeros apareciendo casi cada semana para tocar el chimpún ese. Y el estado de la casa... Y todas esas chicas, claro.
—Sí, era muy popular.
Hobbes asintió.
—El señor Clarke dio un concierto el sábado por la noche en el centro de Londres. ¿Lo vieron regresar a casa? Supongo que tendría que ser muy tarde.
—No, me temo que no. Nos acostamos a las diez y media, ¿no es así, Robert?
Su marido asintió.
—Sí, a esa hora siempre estamos en la cama.
El inspector los miró a ambos, a uno primero y al otro después.
—¿No oyeron nada esa noche? ¿Algo que les resultara extraño?
—¿A qué se refiere? —le preguntó ella.
—Gritos. Discusiones. Algo así.
Ambos negaron con la cabeza.
—Estamos separados —respondió el señor Newley.
El inspector tardó un momento en darse cuenta de que se refería a las casas.
—No pasa nada, no se preocupen. Háblenme de lo que pasó por la mañana.
—Me levanté a las ocho —empezó a decir ella—, que es lo habitual en mi caso, y bajé a la cocina para comenzar a preparar el desayuno, que es cuando vi a aquella joven por la ventana. Una muchacha.
—¿Me enseña la ventana, por favor?
Los tres fueron por el pasillo hasta la cocina, que estaba en la parte trasera de la casa.
—Yo estaba aquí, junto al fregadero, llenando la tetera, cuando vi movimiento en el jardín de al lado. Al principio pensé que se trataba de Brendan, pero él nunca se levanta tan temprano. Fue entonces cuando me di cuenta de que era una mujer y de que...
—¿De qué?
—De que se movía de manera extraña.
—¿Qué quiere decir con eso?
—Que se tambaleaba un poquito.
—¿Como si estuviera borracha o drogada? ¿Como si estuviera herida?
—No, no.
—Pues, ¿cómo?
Esa insistencia por parte del inspector preocupó un poco a la señora Newley.
—Pues que se movía despacio... Se balanceaba.
—¿Le dio la impresión de que estuviera asustada? ¿Nerviosa? ¿Estaba conmocionada?
—¡Sí, sí, estaba asustada! Eso me quedó claro más tarde.
—¿Cuando salió?
—Sí.
La anciana abrió la puerta de atrás de la cocina y salió al jardín. El inspector y su marido la siguieron. El jardín estaba muy bien cuidado, con macizos de flores y el césped recién cortado.
—Por lo normal, salgo aquí temprano para dar de comer a los pájaros.
En medio del jardín había un comedero de madera. Hobbes se acercó a la valla que separaba ambos jardines, que era lo bastante baja como para ver por encima de ella con claridad.
—Dígame, ¿dónde vio a la joven?
—Se dirigía a la puerta de atrás, pero se detuvo en un momento dado. Supongo que me oiría.
—¿Fue entonces cuando se dio la vuelta?
—Sí. —La señora Newley puso cara de preocupación mientras recordaba los detalles—. De pronto, me asusté.
Su marido la cogió de la mano y se la apretó.
—¿Por qué? ¿Por alguna cosa en particular?
La anciana se quedó pensativa.
—Lo cierto es que no. La cuestión es que allí estaba ella... y aquí estaba yo..., y me miraba fijamente... y, como le he dicho, la joven tenía cara de miedo.
—¿La reconoció?
—La verdad es que no, pero es que Brendan traía a mucha gente a su casa. Organizaba fiestas y así, ¿sabe? La cuestión es que casi siempre acababan en este jardín.
—A veces, armaban mucho jaleo —añadió el marido.
Hobbes asintió.
—¿Llevaba algo la joven?
—No estoy segura. Puede que llevara un bolso.
—¿De qué tipo?
La anciana no sabía qué responder. Parpadeó en varias ocasiones.
El inspector hizo una pausa, esperó a que la mujer se relajase antes de plantearle la pregunta crucial.
—Señora Newley, usted vio la cara de la joven. Dígame, ¿qué aspecto tenía?
La anciana se quedó pensando.
—Era de estatura media... —Frunció las cejas—. No sé qué más decirle.
—¿Cómo iba vestida?
—Con un abrigo negro.
—¿Qué tipo de abrigo?
—Uno negro.
El inspector se puso un poco tenso. La señora Newley continuó:
—Un abrigo negro y un sombrero negro. Por la radio habían dicho que iba a llover, así que me pareció normal.
—¿Llegó a verle el pelo?
—Unos pocos mechones, nada más.
—¿De qué color lo tenía?
La señora Newley negó con la cabeza.
—¿Qué edad tendría?
—Ay, cariño, tengo sesenta y ocho años, así que todas me parecen jóvenes. No sé, una quinceañera, diría yo.
—¿Y su cara? ¿Algún rasgo destacable? Lo que sea. ¡De algo tiene que acordarse!
—Por favor, no le hable así a mi esposa —dijo el señor Newley mientras se acercaba—. Estamos intentando ayudarlo.
A Hobbes se le apareció la cara cortada de Brendan Clarke, aquella máscara de sangre... Se había convertido en un sueño diurno recurrente.
—Esto es muy serio —les dijo—. Es un crimen muy grave. Se trata de un asesinato.
Los ancianos no dijeron nada. Los tres seguían de pie al lado del comedero para pájaros. Parecía absurdo, como si fuera una escena sacada de una obra de teatro.
La señora Newley cedió.
—Solo la vi un instante, ya se lo he dicho. Segundos.
Hobbes suspiró. Puede que de verdad no supiera nada, o nada relevante al menos. Fue entonces cuando oyó que la señora Newley susurraba algo. Se acercó a ella.
—Disculpe, ¿cómo ha dicho?
—Tenía una marca.
—¿A qué se refiere?
—Estoy pensando en cómo describirla.
Cerró los ojos mientras se concentraba.
—Dígamelo. Lo que sea —la presionó el policía.
La anciana intentó relajarse.
—Tenía una marca en la cara.
El inspector sintió una puñalada de esperanza.
—¿Qué quiere decir? ¿Qué tipo de marca? ¿De qué color?
—No lo sé. Oscura, puede.
—¿Sangre?
Pensar en que podía ser sangre asustó a la señora Newley, que movió la cabeza.
—Muéstreme en su cara dónde tenía la marca la joven.
La mujer levantó poco a poco la mano y se tocó la mejilla izquierda, justo debajo del ojo.
A Hobbes lo invadió una nueva oleada de esperanza.
—¿Cree que era una marca de nacimiento? ¿Un tatuaje? ¿Maquillaje?
La anciana asintió con cada una de las opciones.
—¿Podría ser una lágrima? ¿Una lágrima pintada? Señora Newley...
La mujer respondió con claridad:
—Sí. Ahora que lo pienso, podría ser.
Hobbes se quedó callado. Su cerebro fue recuperando el ritmo y la máquina volvió a activarse.
Gotas. Empezó a llover sobre aquel jardín tan bien cuidado.
LAS SEIS HERIDAS
La sargento Latimer lo cogió por banda en cuanto llegó a la comisaría.
—Lo he estado esperando.
El inspector Hobbes se encogió de hombros.
—Lo prefiero. Trabajar solo.
Antes de que la sargento respondiera, el inspector le tendió la hojita con los nombres y los teléfonos de los amigos con los que habían cenado los padres de Brendan Clarke y le pidió que confirmara la coartada. Luego, miró por toda la sala de reuniones.
—¿Dónde está Fairfax?
—Intentando dar con la banda de la víctima.
—Bien, porque quiero hablar con ellos.
—¿Tiene alguna pista?
—La madre de Brendan ha mencionado a la teclista de Monsoon Monsoon y ha señalado que podría tener algo que ver. Nikki Hauser.
—¿Con qué fundamento?
—Con el del odio que siente hacia ella.
Latimer chasqueó los labios.
—Madres e hijos. Lo de siempre.
—Por lo visto, estuvieron prometidos.
—¿La víctima y la teclista?
—Sí, pero la cosa acabó como el rosario de la aurora. Y cabe la posibilidad de que haya otra persona implicada. Otro hombre, un amante.
Hobbes miró el tablón y la sargento asintió.
—Yo me encargo de contarle a Fairfax lo de Nikki Hauser. Le pediré que traiga a ambos a la comisaría.
—¿A ambos?
—La banda era un trío. Cantante, teclista y batería.
—También he hablado con los vecinos. Con el señor y la señora Newley.
—Ah, vaya, ¿está usted comprobando cómo trabajo?
—Pues se le pasó algo.
—¡Por Dios, está usted haciendo lo imposible por caernos bien!, ¿eh?
—Se le pasó algo, Meg. Tan solo lo constataba.
La sargento suspiró.
—A ver, ¿el qué?
—La joven a la que la anciana vio en el jardín trasero tenía una marca debajo del ojo izquierdo y es posible que se tratara de una lágrima negra.
—¿Como en la máscara? Me refiero a la del cantante.
Latimer estaba emocionada.
—Eso es, como la de Lucas Bell.
—Bueno, está claro que esa muchacha no es una ladrona corriente, si es que es eso lo que es. Es una fan.
Hobbes pensó en ello.
—Le apuesto el sueldo de un mes a que la señorita X estaba en el concierto de Monsoon Monsoon de aquella misma noche —dijo el inspector.
Latimer lo valoró.
—¿Cree que podría ser Nikki Hauser la que abandonaba la casa por la mañana?
—Es posible, pero, si tan próxima era a Clarke, ¿no cree que los Newley la conocerían de vista?
—Podría llevarles una foto para ver si confirman que se trataba de ella.
—Se lo agradezco, sargento.
—El agente Barlow ha traído material de la banda.
Latimer le enseñó unas cuantas fotografías de los tres integrantes de Monsoon Monsoon posando en un cementerio. Parecía que Nikki Hauser fuera mayor que los otros dos. La joven iba vestida de negro y portaba gran cantidad de anillos, broches y collares de plata. Llevaba el pelo corto, con volumen, a lo chico, y sus ojos estaban realzados con gran cantidad de maquillaje. La joven resultaba muy misteriosa, casi fantasmagórica, como si fuera una figura sobreimpresa en la imagen. Un chico delgadito, el batería tenía que ser, estaba encorvado junto a ella. Brendan Clarke se situaba a un lado, rodeando una lápida con un brazo. Iba vestido como un poeta beat: chaqueta estilo años cincuenta, camisa blanca y una estrecha corbata negra. Era el único que miraba a cámara. Su rostro carecía de emoción, una pose muy estudiada para mantener a la gente alejada. Entonces, Hobbes se fijó en el nombre de la lápida y en las fechas que salían en ella: LUCAS BELL – 1948-1974. Debajo había una inscripción que rezaba: «Deja de tenerle miedo al calor del sol».
—¿Qué más tenemos? —preguntó el inspector—. ¿Alguna novedad?
—No hay rastro de armas. Hemos buscado en las papeleras, en los callejones, donde siempre.
—Así que la asesina se las llevó consigo.
—Eso parece. Y aquí tiene el informe de la autopsia. Acaba de llegar.
El inspector cogió la carpeta gris que le tendía la sargento y ojeó su interior. Latimer se lo resumió:
—Una hoja serrada, bastante pequeña. Podría ser un cuchillo de carne. La herida del cuello le produjo la muerte. Le cortó la yugular. No fue, no obstante, un trabajo profesional. Se trató de un golpe de suerte.
—¿Y los cortes de la cara?
—Justo después, por lo que parece; antes de que el corazón dejara de bombear.
—¿Algo más?
—Poca cosa. La asesina es diestra.
—¿En qué orden hizo los cortes?
—Página cinco.
Hobbes dio con el párrafo en cuestión.
«Ojo izquierdo, lado izquierdo de la boca, lado derecho de la boca, los dos cortes de la frente en forma de cruz».
Era consciente de que, en realidad, se trataba de una estimación.
Seis heridas, incluida la del cuello. La máscara. Ahora bien, ¿por qué? ¿Cuál era el propósito?
—La del ojo es la herida crítica —murmuró el inspector—. El objetivo principal.
—La asesina quería que llorara de verdad. Joder, es que, fíjese, menuda lágrima, ¿no?
Hobbes leyó por encima el resto del informe. La hora de la muerte quedaba confirmada entre la medianoche y las dos de la madrugada.
—¿Alguna cosa más?
—Huellas dactilares —respondió Latimer mientras levantaba un manojo de papeles—. De la víctima, unas cuantas de Simone Paige y multitud de ellas desconocidas. Supongo que, en su mayoría, de los miembros de la banda.
Hobbes negó con la cabeza. Estaba preocupado.
—¿Y las de la estructura de la cama?
—Únicamente de la víctima.
—Así que fue él quien la empujó.
—Sí. Parece que tenía usted razón al respecto, jefe.
El inspector asintió. Le gustó que se confirmara su teoría.
—Así que fue Clarke quien dispuso la cama y el disco con el Blu-Tack... y todo lo demás. Fue él quien preparó el fragmento de la canción para que sonara una y otra vez.
Latimer asintió.
—¿Qué coño pretendería?
Ambos se quedaron callados un momento.
Hobbes le devolvió el archivo con las huellas a la sargento y se acercó al tablón, en el que había numerosas fotografías del cadáver y del escenario del crimen clavadas con chinchetas. En la mesa que había junto al tablón se encontraba un tocadiscos de esos baratos con un montón de elepés y de sencillos al lado.
—El agente Barlow ha estado estudiando las canciones —comentó seca la sargento.
Hobbes miró las carátulas. En la mayoría de ellas aparecía la cara real de Lucas Bell, que salía en diferentes localizaciones. En la funda del primero de los álbumes aparecía Bell en lo que simulaba ser un cuarto de alquiler diminuto. Estaba leyendo el Ulises de James Joyce.
—Da que pensar, ¿no le parece? —preguntó Latimer.
—¿A qué se refiere?
—¿Cómo es que un muchacho tan guapo tiene que esconderse tras una máscara?
El inspector se encogió de hombros. Desde luego, el cantante tenía un aspecto único.
—Bueno, yo no diría que era guapo, Meg. Es decir, si no fuera famoso, ¿se fijaría usted en él?
—¿Qué quiere decir?
—Intento determinar por qué tanta gente idolatra a este tipo años después de su muerte y por qué una de esas personas ha decidido cometer ahora un asesinato.
—¿La teoría del seguidor loco?
La frente del inspector se arrugó mientras estudiaba la cara del cantante.
—Hay algo en el señor Bell, en su aspecto, en su actitud, en sus ojos... Es fácil pensar que abusaron de él cuando era pequeño. Que le pegaban. ¿Será eso parte de su atractivo?
—Yo diría que ha dado usted en la diana.
—Puede que a eso se deba que algún tipo de seguidor en concreto se vuelva loco por él. Se identifican con su debilidad, no con su fortaleza..., y...
—Y, si conseguimos identificar esa debilidad en el seguidor, ¿tendremos al asesino?
—Más o menos, sí.
El inspector sonrió. El ambiente se había relajado un poco.
—Dígame, Meg, ¿recuerda haber visto una estatuilla o una figurita en la casa de Brendan Clarke? Representaba a Lucas Bell, ya sabe, uno de esos recuerdos de cantantes. La señora Clarke me ha dicho que no estaba.
—No, no vi nada parecido siquiera.
Hobbes se frotó los ojos y se quedó en silencio. Al rato, entre murmullos, para sí, dijo:
—No sé..., no sé...
—¿Está usted bien?
El inspector la miró.
—Meg, mire, respecto a lo de antes...
—Déjelo. Tenemos que llevarnos bien, nos guste o no.
—Así es, y soy consciente de ello, pero lo que sucedió en el Soho...
La mujer lo miraba fijamente y él sintió que las palabras se le atragantaban en la boca.
—Meg, sé que ha oído usted una historia...
—Así es. —Latimer lo miraba de manera implacable—. Un poli se suicidó.
—Yo no lo animé.
—No, solo le tendió la cuerda.
—¿Y qué significa eso?
—Significa que usted acabó con el inspector Jenkes, que hizo que lo despidieran.
—Mire, no tengo que justificarme ni ante usted ni ante nadie.
Hobbes había levantado la voz y algunos policías se lo quedaron mirando.
—Me duele decirlo, pero Jenkes era un racista y pagó por ello —añadió en voz baja.
—No me joda —le susurró la sargento—. Acababa de pasar lo de Brixton. En aquel momento, todos éramos racistas. Al menos, lo fuimos durante un par de días.
El inspector no sabía qué responder a aquellas palabras. No le gustaba pensar en ello, pero lo que la sargento acababa de decir era verdad. Recordó la ira que él mismo había sentido.
—Eso no excusa lo que hizo Jenkes. Ni lo que hicieron los otros dos policías.
La sargento lo miraba con los ojos abiertos de par en par.
—En aquella habitación había cuatro policías, ¿no es así?
Hobbes sintió como una cuchillada fría en la sien izquierda, allí donde había recibido el ladrillazo durante los disturbios. Aún seguía notando la herida cuando lo presionaban.
—Cuatro personas..., y usted se unió.
—¡Yo no me uní!
—Pues es lo que dicen los demás... Es sabido por todos.
—¿Sabido por todos? ¡Joder! ¿Y usted se considera detective?
—Así es.
—Mintieron.
—Usted se unió a ellos, pero se asustó y los echó a los leones. Lo mire por donde lo mire, su comportamiento apesta.
La sargento lo observaba fijamente y el inspector prefirió mantenerse callado un momento. Entonces, dijo:
—Era yo quien estaba allí y sé lo que vi.
—¿Y no hizo nada?
Hobbes no podía hablar. Latimer dio un paso atrás. La sargento tenía claro que algo le pasaba.
—Inspector..., lo siento, pero es su palabra contra la de otros tres policías. Los atacaron. Tuvieron que defenderse. ¡Los cuatro!
Hobbes la miró. ¿Qué podía decir contra un argumento tan contundente? Nada la convencería. Habían cerrado filas para apoyarse. Solo se le ocurrió una cosa, algo que aún lo angustiaba, incluso después de todos los meses que habían pasado. Habló despacio:
—Charlie Jenkes era mi amigo. Mi mejor amigo.
Y ya estaba. Una declaración sencilla. Mientras la pronunciaba, sin embargo, se preguntó qué era lo que sabía de verdad de aquel hombre. ¿Por qué no había intuido cómo era realmente Jenkes? Aunque cabía la posibilidad de que se hubiera dado cuenta y hubiera decidido ignorarlo.
Su voz era más suave.
—Ahora mismo, no puedo confiar en nadie.
Tras una breve pausa, Latimer dijo:
—La cuestión, señor, es que delegaron a un grupo de nuestros agentes a Brixton por lo de la revuelta.
—Eso ya me lo imagino. Pidieron refuerzos a todas las comisarías de Londres.
—Pues un joven agente resultó herido. De gravedad. Pete Gregson. El pobre aún no ha vuelto al trabajo y puede que nunca lo haga, todavía no se sabe.
El inspector frunció el ceño. Empezaba a entender por qué había tal resentimiento hacia él en la comisaría de Kew Road.
—¿Qué está queriendo decir, Meg?, ¿que el ojo por ojo está bien?
—Era una guerra —respondió entre suspiros—. Desde luego, es lo que parecía.
—Yo también me sentía así por la noche, pero, ahora, cuando pienso en ello...
La frustración se apoderó de Latimer.
—Están en contra de nosotros. La prensa, la gente..., incluso nuestros jefazos. Todos nos odian.
Muchos policías los miraban. Hobbes estaba a punto de darles la orden de que volvieran al trabajo, pero dejó que la situación se encauzara por sí misma, que la incomodidad se pasase sola. Unos instantes después, habló alto y claro para que todos lo oyeran:
—Solo hay una manera de seguir adelante, contando la verdad. Por eso es por lo que lo hice. Es doloroso, sí, pero ¿qué otra cosa podemos hacer?
—Ahora mismo, la verdad, dejaría el cuerpo.
—Ni se le ocurra, Meg. Por favor, este es su trabajo, su vida.
La sargento se calmó.
—Venga, pongámonos con este caso, demos con el asesino.
—Y ¿después?
—Y, después, ya veremos cómo nos sentimos.
—¿Y Fairfax?
—A Fairfax nunca lo tendrá de su lado, eso métaselo en la cabeza. El asunto es demasiado personal.
El inspector apartó la mirada un momento, pensativo. Entonces, volvió a mirar a la sargento y le preguntó:
—¿Dónde está la funda de ese disco? La del último.
Latimer le tendió la carátula de King Lost y Hobbes sacó la funda y se quedó mirando la cara pintada. La lágrima, la X, los labios agrandados.
—¿Qué es lo que recuerda de esto? —le preguntó a Latimer—. ¿Qué es lo que recuerda de lo que pensó en aquel momento?
—Como ya le he dicho, no es que yo fuera una gran seguidora, pero recuerdo lo de la máscara, lo del personaje que inventó. De hecho, Lucas Bell adoptó el nombre de ese disco y empezó a llamarse Rey Perdido en las entrevistas, de eso sí que me acuerdo.
—Pero ¿qué significa eso en lo que respecta al asesinato?, ¿a la profanación de la cara de la víctima? ¿Qué está haciendo el asesino? ¿Qué siente?
Al ver el informe de la autopsia, Hobbes había vuelto a considerar que el asesino fuera un hombre. La naturaleza de las heridas lo dejaba claro.
Latimer pensó en la pregunta.
—Esa cara, la máscara... significan algo para el asesino.
El inspector intentó darle la vuelta a la cuestión.
—Puede que no se trate de un acto realizado por odio.
—¿Y qué otra cosa iba a ser?
—No lo sé. ¿Un acto de amor?
—No le sigo.
—El crimen es meticuloso. Es el trabajo de un artista. —Hobbes volvió a fruncir el ceño—. No dejo de pensar en ello. La naturaleza deliberada del trabajo. La disposición del dormitorio. La luz a través de la ventana.
—El escenario.
—Exacto. No se trata de un loco. No es un sádico.
—Vale, eso se lo compro. Primero mató a Brendan.
—Un sádico habría mantenido a la víctima con vida mientras le hacía la máscara. Por eso pienso que esto tiene algo que ver con el amor; aunque con un amor retorcido, claro está. —Respiró hondo—. Me asusta. Me asusta y mucho.
EL BLUES DEL TERCERO EN DISCORDIA
El detective Fairfax llamó por teléfono para ponerlos al día respecto a los integrantes de Monsoon Monsoon.
—He dado con el batería, pero me está costando encontrar a la teclista.
—¿A Nikki Hauser?
—A esa, sí. No estaba en su apartamento. Tiene una compañera de piso, pero dice que Nikki no ha pasado por casa desde el concierto del sábado. Resulta sospechoso, ¿no le parece?
—En efecto.
—Seguiré buscándola.
—Al menos, tiene al batería.
—Sí, menudo personaje. Es uno de esos pavos reales que está chalado. Voy a llevarlo a comisaría.
—No, prefiero que no. Veámonos fuera de aquí.
—¿En dónde?
—En el Pleasure Palace.
Hobbes condujo hasta Covent Garden. Encontró un hueco para aparcar y, después, se abrió paso entre la multitud hasta que llegó a la callejuela en la que estaba situado el club. No es que pareciera gran cosa: una puerta verde con arañazos, un cartel y unos cuantos pósteres que anunciaban los conciertos del mes. Desde luego, un palacio no era, y lo del placer... no parecía que nadie fuera a encontrarlo en su interior. Aun así, y aunque fuera de día, había un grupo de jovencitas cerca de la puerta, algunas de ellas con peinados punkis y con la ropa rota, otras vestidas con colores y estilos estrafalarios. Fairfax estaba allí, junto a un joven con aspecto enfermizo. El detective lo sujetaba por detrás, por el cuello de la camisa.
—Es este —le dijo el detective—. Se llama Matthew Tate.
—Sputnik —farfulló el joven—. Llamadme Sputnik. Es como me llama todo dios.
Hobbes lo reconoció por la fotografía de grupo del disco.
—Toca usted la batería en Monsoon Monsoon, ¿no es así?
—Sí, así es, ¿y qué?
—Tenemos que hablar con usted.
—Sí, vale, pero dile al señor Cerdito que me quite las pezuñas de encima. Esto es acoso policial, ¿sabes?
El batería tendría veintipocos años y su pelo era negro, largo por arriba y rapado por los lados, y engominado de manera tan extraña que parecía que el muchacho acabara de salir de una película de ciencia ficción. Vestía una camiseta lila, un pañuelo de cachemira y unos pantalones ajustados de color púrpura; tonalidades brillantes que destacaban con el gris mate de su rostro. Estaba nervioso, alterado, y tenía los ojos fijos en un punto que parecía estar en movimiento constante a una distancia entre uno y dos metros de él.
—¡Saco de mierda! —le gritó Fairfax—. Me pones enfermo. Me das ganas de vomitar.
—Que me quites las manos de encima, tío. Te lo advierto.
Tate farfullaba y Hobbes era consciente de que poco iba a poder sonsacarle.
—¿Podemos entrar? —preguntó el inspector haciendo referencia al club.
—El dueño está aquí —respondió Fairfax—. El señor Carlisle.
—Bien.
El inspector examinó los pósteres que había junto a la puerta y distinguió el del concierto de Monsoon Monsoon. Decía: «¡El espíritu del Rey Perdido, resucitado en el escenario!».
Fairfax entró el primero. Pasaron por delante de un guardarropa y enseguida llegaron a la pista de baile. Se trataba de un sitio de tamaño mediano con el techo bajo y una serie de reservados a los lados. Había un par de limpiadoras fregando la pista y una camarera secaba y almacenaba vasos detrás de la barra. Hobbes olió la peste a cerveza rancia y a humo de cigarrillo por encima del intenso aroma a pino del líquido friegasuelos. A pesar de eso, el sitio tenía cierto aire de opulencia, de grandeza. De los techos colgaban telas de terciopelo y lámparas de latón, y por el suelo, aquí y allí, descansaban enormes almohadones.
El señor Carlisle los esperaba cerca del escenario. Era un hombre con aspecto animado, vestido con unos pantalones negros y una camiseta blanca que parecía que fuera a estallarle a la altura del pecho. No era mayor, andaría por la treintena. Llevaba un flequillo que le tapaba los ojos y un bigote como el de Freddie Mercury que diluía los demás rasgos de su cara.
El inspector Hobbes ignoró la mano que le tendía.
—¿Es usted el propietario?
—El propietario, el director, el burro de carga, el friegaplatos. —Se rio—. Andy Carlisle, a su servicio.
—¿Estuvo en el concierto del sábado por la noche?
—Fue una velada extraordinaria, el sitio estaba a reventar. Tuvimos que impedir la entrada a muchos clientes, situación que no me gusta nada.
—¿Me estoy perdiendo algo?
—¿Qué es lo que quiere decir?
— Monsoon Monsoon no son famosos.
—No, no, para nada, no lo son. Si le soy sincero, no es que me esperara gran cosa, pero resulta que sacamos las entradas a la venta y empezaron a venderse a un ritmo endiablado en cuanto la gente corrió el rumor.
—¿El rumor?
—Sobre lo que iba a hacer la banda. Sobre lo que tenía planeado el cantante.
—¿Y qué tenía planeado?
—Iba a conjurar al fantasma. Como en una sesión espiritista.
—¿Se refiere al fantasma de Lucas Bell?
—No, al fantasma del Rey Perdido. Lucas Bell y el Rey Perdido son dos personas diferentes. Muy diferentes. Por mucho que vivieran en el mismo cuerpo.
El dueño estaba hablando completamente en serio.
Hobbes examinó el lugar y se imaginó el club lleno de gente. Se fijó en Matthew Tate sentado en uno de los almohadones, con la espalda pegada a la pared. Estaba fumando un cigarrillo de liar.
—¿Qué es lo que quieren de mí? —le preguntó Carlisle.
—¿Se ha enterado de que el cantante de Monsoon Monsoon ha muerto? ¿Que lo han asesinado?
—Sí, algo he oído. Qué mierda.
—¿Qué recuerda del concierto de aquella noche?
Carlisle se quedó pensando unos instantes.
—Poca cosa. Me refiero a los detalles. Suelo estar trabajando, haciendo de todo un poco, moviéndome, comprobando esto y aquello. Ahora bien, el punto álgido del concierto fue una pasada. No me quedó otra que pararme a mirar. Fue una de esas noches en las que uno piensa: «Cómo acabará esto, como una orgía o en una revuelta».
—¡Ya te digo, tío! —Era Tate—. ¡Fue como un puto conjuro! ¡Llenamos el garito de fantasmas, os lo aseguro!
—Tú ahí calladito, cariño, que enseguida nos ponemos contigo —le soltó Fairfax.
Hobbes siguió hablando con Carlisle.
—¿Hay alguna fotografía?
—Lo cierto es que vinieron varios periodistas musicales y unos cuantos fotógrafos.
—¿Alguno destacable?
—El más famoso de ellos es Neville Briggs.
Fairfax anotó el nombre. Carlisle sonrió.
—Es que no sé si lo saben, pero, sin Lucas Bell, no existiría el Pleasure Palace.
—¿Qué quiere decir?
El dueño se quedó pensando unos instantes, como si estuviera rememorando algo.
—Mis amigos y yo odiábamos el punk. Odiábamos esa política de izquierdas caduca y su supuesta «autenticidad». Menuda pandilla de hipócritas. Para nosotros, la música pop tenía que ver con el glamur, con el romance. Era una fantasía. Era la manera de escapar del jodido día a día. Además, teníamos edad suficiente para acordarnos de los tiempos del glam rock, así que pinchábamos discos de Bowie, de T. Rex, de Roxy Music, de Sparks... y de Lucas Bell, claro. Le estoy hablando de finales de 1979, que es cuando empezamos en un cuchitril de Wardour Street. Aquello era más pequeño que un armario. La cosa es que empezó a correrse la voz y enseguida nos vimos rodeados de gente que pensaba como nosotros, mucha de ella más joven. Los chavales empezaron a vestirse con ropa sofisticada, como los músicos glam. De hecho, solo dejábamos pasar a aquellos que vistieran de una manera en concreto. Nada de punkis, ni hippies, ni gente aburrida. Ya sabe, únicamente dejábamos pasar a los «brotes del linde», como los llamaba Lucas Bell.
—¿Qué quiere decir eso?
—Ya sabe, a los incomprendidos, a la gente que está en el linde de la sociedad. Las preciosas flores que brotan en las zanjas, en las grietas del cemento.
El inspector Hobbes cambió de tercio.
—¿Sabe si alguien amenazó a Brendan Clarke aquella noche?
—Creo que hubo una especie de incidente fuera.
—¿Después del concierto?
Carlisle asintió.
—Yo no lo presencié, pero, al parecer, uno de los seguidores de Lucas Bell lo increpó e intentó pegarle.
—¿Y no sabe quién fue?
—No; la verdad es que me enteré más tarde.
El inspector le dio las gracias al dueño por su ayuda y le hizo un gesto a Matthew Tate para que se pusiera de pie y se acercara. Se quedó sorprendido al darse cuenta de que el joven batería estaba llorando. Las lágrimas le corrían por aquella cara cenicienta suya.
—¿Qué cojones...? —soltó Fairfax—. ¿Qué le pasa a este ahora?
—Está consternado —respondió el inspector.
—Así es... —convino el propio Tate, que miró a Hobbes y esbozó un gesto de gratitud—. Así es, ¿te enteras? Estoy consternado. Esto es demasiado... No puedo con ello. ¿Qué voy a hacer? ¡Está muerto! ¡Brendan está muerto! —Se volvió, llorando, y abrió los brazos hacia la sala—. Es que... Me refiero a que..., a que... ¿Quién va a cantar ahora? Esa es la cuestión, ¿sabéis? Esa es la cuestión.
Hobbes intentó que el joven recuperara el control.
—Le caía bien Brendan, ¿no es así?
—Por supuesto. El tío era la leche. A ver, un poco pijo y todo eso, pero no lo llevaba mal. ¿Sabes?, yo estaba convencido de que llegaría a algún lado. En serio.
El inspector se fijó en que el detective Fairfax se estaba poniendo nervioso, en que no dejaba de moverse a medida que él hacía las preguntas. Intentó ignorarlo, para lo que concentró la vista en Matthew Tate.
—Así que Brendan era ambicioso, ¿eh? ¿Quería tener éxito?
El batería se rascó la cara como ido y el inspector se fijó en que llevaba pintadas las uñas de un color púrpura brillante.
—¿Éxito? No, tío, él amaba la música, ¿sabes? Las canciones. El tipo estaba forrado..., bueno, sus padres. Nunca tuvo que esforzarse por nada. No como yo...
Dio la impresión de que el joven hubiera olvidado el resto de la frase.
Fairfax, por su lado, no dejaba de dar vueltas a la pista de baile.
—Ya me he cansado de tonterías —exclamó el detective mientras se acercaba a Tate—. ¿Qué es lo que quieres decir con eso, joder?
Tate siguió en otra dirección.
—Tienes que seguir tocando, ¿no es así? Tienes que seguir con el ritmo. —Movió las manos como si estuviera tocando la batería y en la sala se sintió una especie de energía—. Allá vamos. ¡Dale! Sí, señor. Muy bonito.
Fairfax cogió al batería por las muñecas para que se estuviera quieto.
—¡Eh! ¡Persecución policial! —gritó el músico.
El detective se echó a reír.
—Todos los críos sois iguales. Rebeldes con la cara blanca y vestidos con una blusa de vuestra madre.
Hobbes decidió dejar que fuera el detective quien siguiera un rato, aunque solo para ver si un acercamiento más duro los llevaba a alguna parte.
—¿Cuándo fue la última vez que viste a Brendan Clarke?
—Fue aquí, tío, ¿dónde si no? En el concierto. Él era el cantante, ¿sabes?
—¿No fuiste a su casa después?
—Lo llevamos a casa.
—¿Después del concierto? ¿Lo llevasteis a casa?
—Conducía Nikki, sí. Nikki es la que conduce siempre. Porque no bebe, ¿sabes?
—Pero ¿visteis cómo entraba en casa?
—Claro, tío.
—¿Estaba solo?
Tate se humedeció los labios.
—¿Estaba solo?
—Sí, claro que estaba solo. ¿Con quién iba a estar? —Abrió los ojos de par en par—. Oye, tío, ¿qué quieres decir? ¿Que yo lo maté? ¡Yo no lo maté! Yo no fui.
Hobbes dio un paso adelante.
—¿Qué tal fue el concierto? —le preguntó al batería.
—Ah, tío, fue una locura. ¡Una explosión de cojones! Al público le encantó. Estuvo entregado desde el principio.
Fairfax refunfuñó:
—Esto es una pérdida de tiempo. Este es un gilipollas.
—Pues márchese —le dijo Hobbes—. Vaya a buscar al fotógrafo.
El inspector y el detective se miraron. Hobbes esperaba que le soltara alguna fresca, pero no fue el caso.
—De acuerdo. Vale. Pero..., mire... —Fairfax se llevó al inspector a un aparte—. Esta mañana... mi comportamiento ha estado fuera de lugar. Durante la reunión. He sido un cretino.
Aquello sorprendió a Hobbes, que miró interesado a su colega.
—No se preocupe, a mí también me pasa a veces.
—Sí, a todos nos pasa.
El detective se alejó despacio hacia la salida. Sonrió de camino a la camarera y esta le devolvió la sonrisa.
Las limpiadoras y el dueño se habían marchado. El inspector se sentó a una mesa y apartó una silla para Tate a modo de invitación. Se sentaron el uno al lado del otro.
—Tome, pruebe uno de estos —dijo Hobbes mientras dejaba su paquete de Embassy en la mesa.
—Ah, gracias. Estos molan.
Tate cogió el paquete. Le temblaban las manos. Encendió el cigarrillo con el mechero del inspector y le dio una calada como si no fuera a dar otra en la vida. Su respiración sonó aguda como un silbido.
—Ese otro poli es un poco bruto, ¿no?
—A veces sí.
Tate asintió.
—Ya. Alguna gente, gente normal, no se entera de lo que está en juego, ¿sabes? Es importante cómo hace las cosas uno, el aspecto que tiene y que sepa calmarse, joder. ¿Sabes a qué me refiero?
Hobbes asintió.
—A su ritmo, pero cuénteme todo lo que recuerde de la noche del sábado.
El batería sonrió. Era el primer gesto que le salía de dentro, en vez de ser algo producido por las drogas.
—No eres un mal tío, ya sabes, para ser poli. —Soltó el humo y se rehízo lo mejor que pudo—. Se suponía que era para Lucas. Para Lucas Bell. El concierto. Era un tributo.
—¿Fue idea de Brendan?
—Sí, claro, tú lo has dicho. Amaba al puto Lucas. Perdona... por los tacos y todo eso.
—No pasa nada.
El batería le dio dos caladas casi seguidas al cigarrillo y el inspector se percató de que el joven empezaba a relajarse.
—A Brendan le flipaba la idea, y a Nikki... A Nikki también le parecía bien.
—¿A qué se refiere?
—Tío, un día empezaron a hablar unas chorradas... Decían que iban a conjurar el espíritu de Lucas.
—¿Es eso lo que dijeron?
Tate asintió y siguió así un rato, como si una vez en marcha no tuviera muy claro cómo detener el movimiento de su cabeza. Parecía un pajarillo que intentara picotear una semilla pero que fuera incapaz de conseguirlo. Los ojos del joven se llenaron de lágrimas mientras recordaba el concierto. De súbito, se puso de pie y fue hasta la pista de baile. Saltó al escenario y empezó a hablar. Tenía los ojos abiertos de par en par.
—Baja la luz, ¿vale? Todo está iluminado de carmesí y dorado, fantasmagórico. Entonces, Brendan sale con la máscara, ya sabes, con la máscara del Rey Perdido.
Se quedó mirando al inspector, que se había puesto de pie.
—¿Se refiere a que se pintó la cara?
Tate asintió.
—Tío, daba miedo. La cara blanca, los labios extendidos y pintados de rubí, la lágrima justo aquí. —Se tocó la mejilla izquierda—. La cruz en la frente. Todo ese tinglado.
—¿Cuál fue la reacción del público?
—¡Se volvió loco! —El batería empezó a balancearse de lado a lado—. Al principio fue porque estaban sorprendidos, pero, entonces, Nikki empezó a tocar los acordes de la primera canción en su sintetizador y yo comencé con un ritmo... —Sus manos volvían a tocar la batería—. Los capturé. ¡Conseguí que se movieran! Fue entonces cuando Brendan empezó a cantar. Tío, pero si es que parecía que fuera el propio Lucas Bell. ¡Te lo juro!
—Así que la cosa iba bien.
—Iba de la hostia. La hostia de bien. Estaba siendo nuestro mejor concierto.
El batería se quedó en silencio. Su cuerpo necesitaba un descanso. Parecía que, ahora, le resultase más sencillo concentrarse. Hobbes lo presionó.
—¿Qué pasó a continuación?
—La cosa no dejaba de ir a más. Después de unas pocas canciones, la gente se dio cuenta de que estábamos tocando, tema por tema, la lista que Lucas interpretó en el Rainbow, en su último concierto. Las mismas canciones y en el mismo orden. Ya te he dicho que fue como invocar a los fantasmas. Era nuestra noche y, te lo aseguro, el fantasma de Lucas Bell se unió a nosotros en el escenario. Entonces, la cosa se desmadró.
—Ah, ¿sí?
Tate miraba al inspector desde el escenario.
—Era la última canción. La última canción del último álbum de Lucas Bell, en la que el Rey Perdido se mete una sobredosis y asciende al cielo del rock and roll, donde unos ángeles con guitarras eléctricas y alas fluorescentes lo aceptan.
El batería se quedó callado de golpe. Parecía que estuviera aterrado.
—¿Qué le sucede?
Tate empezó a temblar.
—Al final de esa canción... Brendan sacó un cuchillo.
—¿Un cuchillo?
—Se lo vi en la mano, pero no sé de dónde lo había sacado.
El batería tenía el brazo derecho extendido, como si sujetase un cuchillo. El inspector sintió que ya no hacía falta que lo presionara para que hablara.
—Dejamos de tocar. Nikki y yo. Hasta ella parecía que estuviera sorprendida... y un poco asustada. El garito se quedó en silencio. Todo el mundo de pie, mirando... y, entonces... Brendan se hizo un corte en la cara. —El batería empezó a parpadear, con el cuchillo en la mano—. Se cortó la máscara. —Hizo una pausa para coger aliento y, a partir de ahí, no pudo sino hablar como si le costase respirar—. Había mucha luz..., mucha... Me cegaba... La máscara... Su cara... Toda la luz era de color rojo...
Y se calló. Su cuerpo se había quedado sin energía.
El inspector se subió al escenario como pudo.
—¿Lo hizo de verdad?
—No, no, fue un truco. Era un cuchillo de pega y la sangre también lo era. No sé cómo lo hizo, pero, cuando lo vi en el camerino, estaba bien.
—¿Cómo reaccionó el público cuando hizo eso?
Tate miró a los ojos a Hobbes.
—Esa es la cuestión, que la gente se volvió loca. Brendan había hecho justo lo mismo que hizo Lucas Bell hacía siete años, cuando destruyó la máscara del Rey Perdido delante de sus seguidores, en el Rainbow. En aquel momento, nadie se lo imaginaba, pero lo que hizo Lucas fue matar su propia imagen semanas antes de suicidarse. —Un espasmo sacudió el cuerpo del batería—. Brendan hizo lo mismo, exactamente lo mismo. Y ahora...
—Ya, y ahora está muerto.
El batería negó con la cabeza, como si no se lo pudiera creer. Le había cambiado el humor. Parecía una persona frágil, alguien a quien de verdad le apenara la pérdida de un amigo.
—¿Cómo es posible? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Cómo es posible? No tiene sentido.
—Al final lo tendrá, se lo aseguro. Yo lo descubriré.
Tate se sentó en el borde del escenario y Hobbes se acuclilló a su lado.
—¿Qué pasó después del concierto? ¿Lo vio usted hablando con Simone Paige?
—¿Con quién?
—Una periodista.
—Ah, vale, sí. La conozco, sí. La vi más tarde, fuera. A Brendan, a Simone y a la otra chiquita. Me pareció que estaban discutiendo.
—¿Simone y Brendan?
—No, Brendan y la chiquita esa.
—¿Una chica joven?
—Sí, mucho. No paraba de gritarle a Brendan. Decía que era un impostor.
—¿Por qué le diría eso?
—Yo qué sé. Puede que estuviera loca. No paraba de gritar: «¡Solo hay un Lucas Bell!». Chillaba a voz en cuello, tío, todo el mundo la oía. Entonces, dio un paso adelante y le soltó una bofetada a Brendan. ¡Una bofetada, tío! En la puta cara.
El batería negó con la cabeza mientras recordaba la situación, como si no pudiera creerlo.
—¿Cómo respondió Brendan?
—Con indiferencia, como siempre.
—¿Sabe quién era la joven?
—Creo que la periodista la conocía. Es lo único que te puedo decir, tío.
El inspector se quedó pensando.
—¿Estuvieron juntos Brendan y Simone Paige esa noche?
—Sí. Los vi juntos más tarde, en el camerino. Pasé por delante, la puerta estaba abierta, y los vi juntos. Muy cerquita el uno del otro.
—¿Cerquita?
—Ya sabes, joder, muy cerquita. Ya sabes.
—No, no sé.
—Pues que se estaban besando.
Aquel era un detalle que la señora Paige había olvidado mencionar la noche anterior.
—¿Oyó de qué hablaban?
El batería se frotó los ojos.
—No, tío, yo iba a lo mío.
—¿Sabe dónde puedo encontrar a Nikki Hauser?
—Claro, tío. Lo más probable es que ya esté en Hastings, ya sabes, para lo de mañana. Nunca se lo pierde. Va todos los años.
—¿Qué sucede mañana?
—Es el aniversario del suicidio de Lucas Bell. La gente se reúne en Witch Haven. Así es como se llama el sitio en el que se mató Lucas. La gente va allí cada año.
El inspector procesó aquella información.
—¿Por qué lo llaman Sputnik?
—Porque me paso casi todo el rato flotando por el espacio.
—¿Y qué hace cuando no está flotando?
—Toco la batería. Joder, cuando pienso en ello...
—¿En qué?
—En los principios. Éramos Brendan, Nikki y yo contra el mundo. Los tres. De hecho, fue Brendan quien me rescató.
—¿De qué?
—De la calle, tío. Tuve que hacer algunas cosas horribles, de lo más feas, para salir adelante. ¿Sabes a qué me refiero?
—Me hago una idea, sí.
—Así que, cuando Brendan empezó a hablar conmigo de música... le conté que tocaba la batería en la brigada juvenil antes de que todo se me torciera y, entonces... Fue entonces cuando mi vida comenzó de nuevo.
El inspector también se sentó en el borde del escenario.
—Dime, Sputnik, que tú sepas, ¿estaba trabajando Brendan en algo especial?
—¿Especial? ¿A qué te refieres?
—A algo que tuviera que ver con Lucas Bell. Además de lo del concierto, claro. ¿Estaba con algo más?
Tate pensó un momento.
—No sé. Tenía el fanzine. Eso le ocupaba gran parte del tiempo.
—¿100 Splinters?
—Sí, ese. Deberías leerlo. Ahí era donde Brendan dejaba aflorar su verdadero yo.
El inspector Hobbes se quedó con la idea.
—¿Algo más destacable en la vida de Brendan?
El batería gruñó a modo de negación.
—Estaba preocupado.
—¿Por qué?
—¿Quién sabe? Puede que por lo de Nikki, por el problema que estaban teniendo.
—Entendido. —Le ofreció el paquete de cigarrillos—. Toma. Quédatelo.
—¿Me estás untando?
El inspector sonrió.
—No, estoy intentando dejarlo. ¿Tenía Brendan muchas novias?
—¿Brendan? No, yo no diría eso.
—¿Cómo era la relación entre Brendan y Nikki?
El batería miró al inspector a los ojos.
—Al principio eran como dos tortolitos, pero después... el odio se apoderó de todo. Se odiaban a muerte.
—Pero habían estado prometidos, ¿no?
—Sí, pero eso no duró mucho. Fue una pesadilla. De pronto estaban el uno encima del otro, besándose como locos, casi montándoselo delante de mí..., del palo: «¡Siento mucho estar vivo!», y, de pronto, se escupían veneno y discutían con acritud. Y ahí estaba yo, escondiéndome en un rincón de la furgoneta.
—Me lo imagino.
—El blues del tercero en discordia. No hay nada peor.
—¿Quién canceló la boda?
—Brendan.
El inspector se inclinó hacia delante.
—¿Por qué lo hizo?
—Me contó que se había enterado de una cosa de Nikki. De algo malo. Muy malo.
—¿Sabes de qué podía tratarse?
El batería negó con la cabeza.
—Tenía que ver con Lucas, creo. —Parecía que Tate estuviera decepcionado—. Nikki tocó unos arreglos en King Lost. Arreglillos de teclado para dar más textura a las canciones. Sale en los créditos. Incluso se fue de gira durante un tiempo con Lucas. Al parecer, tuvieron un lío.
—Lucas y ella.
—Eso es, tío. Por eso Brendan le pidió que formaran el grupo Monsoon Monsoon, por esa conexión. Y, claro...
—¿Claro?
—Ya sabes a qué me refiero, señor Detective. Pon de tu parte.
—¿Por eso se enamoró de ella?
—¡En el clavo! Nikki es una línea directa con la fuente. Ella habló con Bell, cosa que Brendan nunca hizo. Ella compartió el escenario con él, el autocar de la gira, los hoteles baratos, lo otro. Ya sabes, lo de darle. El ñaca-ñaca. Así que besar a Nikki es, en cierto modo, como besar a Lucas. Qué locura, ¿eh?
—Sí, mucho.
—Así que, cuando lo vi hablando con la tal Simone, con la periodista esa, pensé: «Ya estamos de nuevo, Brendan y sus trucos».
—¿A qué te refieres?
—Simone Paige fue otra de las chicas de Lucas Bell. De hecho, lo más probable es que ella fuera la más importante de todas.
—Eso no lo sabía.
—La gran pasión de su vida, al parecer. No me extraña que Brendan se enamorara de ella.
El inspector asintió.
—Me has ayudado mucho, Sputnik.
—Sí, sí, claro. Lo que tú digas, tío.
—¿Crees que Nikki podría haber matado a Brendan?
Tate se quedó mirando al vacío y Hobbes pensó que no iba a responder.
—Tendría que haberla cabreado —dijo entonces en voz baja.
—¿Te refieres a que tendría que estar enfadada?
—Mucho. Enfadada de la hostia.
—¿Crees que, en ese caso, habría sido capaz?
El batería asintió.
—No me cabe duda, tío, y le habría resultado todo un placer.
LA MUJER DEL COCHE
De vuelta en la comisaría de Kew Road, el inspector Hobbes pasó una hora leyendo los números de 100 Splinters que había cogido de la casa de Brendan Clarke. Aquella revista casera tenía formato DIN-A4 y dieciséis páginas escritas a máquina. Estaba fotocopiada y encuadernada con dos grapas. El hilo conductor de la publicación era la vida y la obra de Lucas Bell y no había un solo tema que resultara lo bastante trivial como para no ser digno de análisis. A Simone Paige se la mencionaba en varios números. En uno de los artículos se analizaba con detalle su relación con Lucas Bell: su primer encuentro, cómo se habían enamorado, se imaginaba la vida sexual que habían tenido, se contaba cómo habían roto la relación... Brendan decía de ella que era «la última gran pasión de Bell». Aunque el articulista no opinaba al respecto, sacaba a colación que «muchos habían visto el rechazo cruel y egoísta de Simone al amor de Lucas Bell como el factor determinante para que el joven se quitara la vida». El artículo acababa con un relato de los problemas que Paige había tenido con las drogas y hablaba del tiempo que la mujer había pasado en una clínica de desintoxicación después del suicidio de Bell.
Mientras leía todo aquello, el inspector no pudo evitar preguntarse por el mensaje que Simone había dejado en la cinta, cuando pensaba que estaba sola, hablando para sí misma. Ya lo comentaría con ella más adelante, a lo largo del día, si es que tenía oportunidad de hacerlo.
Hobbes centró su atención en el número más reciente de 100 Splinters, el especial que conmemoraba el séptimo aniversario de la muerte de Lucas Bell, y enseguida le llamó la atención un artículo titulado: «Las últimas horas de Lucas Bell: ¿Quién era la mujer misteriosa?». En el escrito, Brendan Clarke aseguraba que había localizado y entrevistado a un testigo que había visto a Bell la noche en que este se había suicidado. El testigo se llamaba Danny Webster, un fontanero autónomo de unos treinta y cinco años que vivía en Hastings y que había conocido a Lucas cuando eran quinceañeros. El artículo adoptaba la forma de una entrevista que empezaba con Brendan Clarke preguntando a Webster qué sabía de la vida y de la música de Lucas Bell:
DANNY WEBSTER: Nunca fui un gran fan ni nada por el estilo. A mí me va más el heavy metal. Aunque el último álbum, el famoso, sí que lo compré.
100 SPLINTERS: ¿King Lost?
DW: Sí, ese. Lo escuché bastante. Estaba bien. Tenía buenas canciones, aunque era un poco denso para mí. Ya sabes, las letras y todo eso.
100 S: Es un álbum conceptual. Cuenta una historia, la de un personaje llamado el Rey Perdido.
DW: Sí, ya. Pillé algunas de las referencias a Hastings de las letras, los sitios y todo eso. O lo de la portada. ¿Sabes el restaurante de fish and chips que sale, el Duffy’s? Ese garito está en Hastings.
100 S: ¿Has vivido en Hastings toda la vida?
DW: Toda la vida, sí.
100 S: ¿Conociste a Lucas Bell cuando era pequeño?
DW: Sí, lo conocí cuando era pequeño. En el colegio. Teníamos la misma edad y estábamos en el mismo curso.
100 S: ¿Cómo era Lucas en el colegio?
DW: Siempre me pareció un poco raro, pero puede que esté equivocado, que lo piense por lo que sé ahora de él, ¿entiendes? Para ser sinceros, no era de mi pandilla. Él siempre iba con los que no encajaban. Ya sabes, con los perdedores. Lo siento, pero era lo que pensábamos de ellos.
100 S: Eso me trae a la memoria alguna de las letras de Bell, como lo de que King Lost no solo es un rey perdido, sino que es el rey de los perdidos.
DW: Sí, claro, me lo imagino.
100 S: Hablemos de la noche en la que Lucas se suicidó, el 25 de agosto de 1974. Era domingo. Aseguras que viste a Lucas esa noche.
DW: Sí, lo vi.
100 S: Háblame de ello.
DW: Bueno, pues yo estaba en Sedlescombe Road, al norte de la ciudad, esperando para cruzar esa vía. Acababa de salir de un pub. Un coche se detuvo cerca de donde yo estaba y del asiento del copiloto salió un hombre. Parecía que estuviera mareado, borracho o algo así, ya me entiendes. Dio unos pasos hacia mí y, entonces, se detuvo. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que se trataba de Lucas Bell.
100 S: ¿Estás seguro de que era él?
DW: Completamente seguro.
100 S: ¿Quién conducía?
DW: Una mujer.
100 S: ¿Qué sucedió a continuación?
DW: Bueno, pues, como ya he dicho, Lucas se me acercó y, entonces, se quedó quieto. Me miró. El coche avanzó un poco para aproximarse a él y la conductora le gritó por la ventanilla, que llevaba bajada.
100 S: ¿Qué le gritó?
DW: Le gritó que volviera al coche.
100 S: ¿Cómo respondió Lucas?
DW: Al principio, me dio la sensación de que no la había oído, pero, de pronto... fue como si acabara de salir de un trance o de un coma, no sé, y reaccionó. Debía de haber oído el grito, porque volvió a meterse en el coche.
100 S: ¿Y luego?
DW: El coche siguió por Sedlescombe Road. Y ya está.
100 S: ¿En qué dirección iban?
DW: Salían de la ciudad, en dirección norte.
100 S: ¿Hacia campo abierto?
DW: Sí, hacia..., ya sabes, hacia donde encontraron su cadáver.
100 S: ¿Recuerdas de qué coche se trataba?
DW: Sí, perfectamente, de un Ford Capri. Entiendo de coches. Es una de mis aficiones. Era un Ford Capri de color azul. Un coche muy bonito.
100 S: ¿Qué hora de la noche sería?
DW: Pasadas las once, sin duda. Espera, has dicho que era domingo, ¿verdad? En ese caso, el pub habría cerrado antes. Sí, puede que fuera algo antes.
100 S: ¿Por qué no le contó todo esto a la policía en su momento?
DW: Lo hice o, al menos, lo intenté, pero me dio la sensación de que no tenían ningún interés en lo que pudiera contarles.
100 S: ¿En serio? Qué raro.
DW: Durante un tiempo, ni siquiera me lo planteé. Para cuando empecé a darle vueltas, a Lucas ya lo habían enterrado. Para serte sincero, no estaba cien por cien seguro de lo que había visto porque iba un poco borracho, ¿sabes? Sin embargo, más tarde, cuando el funeral salió en las noticias y todo eso, cuando vi las multitudes que se concentraban..., fue cuando comencé a atar cabos. Fue cuando me di cuenta de que era él, de que era Lucas Bell. Porque me miró a los ojos, ¿sabes?
100 S: ¿Qué más puedes contarnos de la conductora?
DW: No la vi bien, pero me fijé un poco cuando el coche pasó.
100 S: ¿Te pareció que tuviera algún rasgo destacable? ¿Edad? No sé, el color de su pelo... ¿No la reconociste?
DW: No, lo siento.
100 S: ¿No llegaste a verle la cara?
DW: No, no con claridad.
100 S: Voy a volver a preguntártelo para asegurarme. ¿Hasta qué punto estás seguro de que la persona que viste era Lucas Bell?
DW: Se detuvo debajo de una farola cuando salió del coche y lo vi con claridad. Es decir, si resulta que no era él, me quedaría muy sorprendido. Patidifuso.
100 S: Y, para cuando te pusiste en contacto con la policía, qué crees, ¿que esta consideraba que ya sabía todos los detalles de su muerte?
DW: Sí. Ya le habían hecho la autopsia. Se había suicidado, ya sabes. Lo leí en The Sun. Todos estaban convencidísimos de que había actuado por su cuenta. Al fin y al cabo, ya lo había intentado antes, ¿no?
100 S: Te refieres al anterior intento de suicidio de Lucas Bell, ¿verdad?
DW: Sí. Esa vez también había actuado por su cuenta, ¿no?
100 S: Eso se cree, sí.
DW: Pues ahí lo tienes. Visto para sentencia. Supongo que fui el único que avistó a la mujer. ¿Qué más quieres que te diga?
100 S: Una última pregunta. Has dicho que parecía que Lucas estuviera «mareado». Dime, ¿a qué te referías?
DW: Tenía los ojos vidriosos y se balanceaba un poco.
100 S: ¿Puede que estuviera drogado?
DW: Eso creo.
100 S: ¿Quieres añadir algo más?
DW: Nunca olvidaré aquella cara, y menos ahora que sé de quién se trataba y de lo que estaba a punto de hacer. Nunca la olvidaré. Me va a perseguir el resto de la vida.
100 S: Gracias por tu ayuda.
La entrevista acababa ahí. En una fotografía borrosa se distinguía un hombre en un cruce, junto a un semáforo. En el pie de foto se leía: «Danny Webster en Sedlescombe Road, Hastings». Brendan Clarke le preguntaba al lector: «¿Quién era esa mujer? ¿Sería una vieja amiga o alguien que acababa de entrar en su vida? ¿Una seguidora? ¿Una amante? ¿Algún familiar? ¿Qué papel desempeñó en su suicidio, si es que desempeñó alguno?». El artículo acababa con la siguiente afirmación: «Solo cuando encontremos a esa mujer misteriosa, a la conductora del coche, podremos reconstruir las últimas horas del cantante. Aún podríamos llegar a conocer la verdad acerca de lo que pasó aquella noche y las razones que llevaron a Lucas a poner fin a su vida». Para acabar, Clarke dejaba una lista de las candidatas más probables a «mujer misteriosa», nueve en total, junto con los detalles de la relación que tenían con Bell; guitarrista, publicista, estilista, amiga, etc. El inspector Hobbes solo había oído hablar de dos de ellas: Nikki Hauser (teclista, amante) y Simone Paige (periodista, amante).
En las últimas páginas del fanzine, Clarke hablaba de su próximo concierto con Monsoon Monsoon, en el que esperaba invocar el espíritu del Rey Perdido. El párrafo final decía:
El fantasma de Lucas Bell nos sobrevuela y está listo para responder a nuestra llamada cuando lo necesitemos, y está claro que, ahora, lo necesitamos más que nunca. Estos son tiempos oscuros en los que nuestro país está dividido entre huelgas y revueltas porque nuestros gobernantes no dejan de tirar de la cadena que nos han puesto alrededor del cuello. El año 1981 está hecho astillas, roto en pedazos, pero Lucas era y será siempre la antorcha que nos guíe hacia delante. Rezo para que el Rey Perdido me dé la bienvenida, para que se apodere de mi cuerpo. La máscara espera. ¡El paraíso aguarda!
El inspector no pudo evitar que le viniera a la memoria la cara de Clarke después de su asesinato: cortada, ensangrentada, transformada.
Era la máscara lo que lo había matado.
GRABADO EN LA CINTA
El agente Barlow hablaba mientras conducía. Contaba lo que había descubierto sobre Lucas Bell, sobre la corta vida del cantante, sobre su breve carrera, sobre su trágico fallecimiento. Se había suicidado a la edad de veintiséis años. El inspector Hobbes se dio cuenta de que era la misma edad que tenía Brendan Clarke.
La historia de Bell era un misterio. Había sacado dos álbumes de larga duración que habían tenido cierto éxito en los años setenta y entonces, para su tercer disco, se había convertido en un personaje, en el Rey Perdido. Su aparición en el programa musical Top of the Pops en octubre de 1973, en el que había cantado disfrazado con la máscara el primer sencillo de este último álbum, había sacudido las salas de estar de Gran Bretaña, había dejado impactada a la audiencia. Aquella representación ambigua y libertina de su sexualidad supuso un nuevo atractivo para la nueva generación. Los padres estaban furiosos y los hijos, encantados.
—El Rey Perdido era un payaso trágico del pop, un pierrot. De ahí lo de la cara blanca y lo de la lágrima. El disco habla de sus aventuras en la vida, en el amor..., de todo en general. La última canción, en la cara B, habla de su muerte.
—¿Suicidio?
—No está claro, pero es lo que la gente ha querido creer, debido a lo que sucedió después.
Barlow seguía conduciendo. La noche caía sobre Londres, lo que suavizaba los perfiles de las casas, de las paradas de autobús, de las tiendas, de las cabinas de teléfono...
—Entonces, en la cima de su éxito mundial, se quita la vida. Qué desperdicio.
El inspector encendió un cigarrillo.
—¿Tenemos alguna pista de por qué pudo ser? —preguntó después.
—Se dice que Bell inventó el personaje del Rey Perdido como una máscara tras la que esconderse, pero que se refugió detrás de ella por culpa de las drogas, del alcohol, de las interminables giras..., vamos, la maldición de las estrellas del pop. Ya sabe cómo es eso, señor: adorado por millones, pero solo en la vida una vez que se apagan las luces del escenario.
Hobbes consultó el reloj del salpicadero. Eran las ocho pasadas. La visita mañanera a la casa de la víctima empezaba a pasarle factura. Sintió que le picaban los ojos y se prometió que iba a dormir largo y tendido en cuanto llegara a casa. Había sido un día larguísimo y tampoco es que hubiera sido muy productivo. La sargento Latimer había confirmado la coartada de los Clarke; en efecto, estaban en Maidstone a la hora en la que habían asesinado a su hijo. La sargento también le había enseñado una fotografía de Nikki Hauser a la señora Newley, pero la anciana no tenía claro que fuera a ella a quien había visto por la mañana. Bueno, aún existía la posibilidad de que Hauser fuera la señorita X. Mientras tanto, el detective Fairfax había dado con la dirección del fotógrafo, Neville Briggs, pero no lo había encontrado en casa.
El agente se paró en un paso de cebra para que una pareja de jóvenes cogidos del brazo cruzara. Hobbes se quedó mirándolos y sintió un pinchazo de envidia. Daba la impresión de que estuvieran enamoradísimos. Aquello le hizo pensar en su esposa y en su hijo, en la vieja casa familiar de Willesden. Quizás aún hubiera una oportunidad. Sí, quizás. En cualquier caso, primero tenía que poner su carrera en orden.
El agente retomó la marcha por Camden High. El cálido viento de la tarde había sacado a todo el mundo a la calle: a los raros, a los maravillosos, a los dañados, a los perdidos, a los soñadores... Punkis con peinado de mohicano, rastafaris, drogadictos, camellos, chicos y chicas con ropas extravagantes... Todos ellos luchando por obtener la atención en una batalla de colores y estilos. Las aceras, sucias, estaban abarrotadas de puestecillos callejeros. Las paredes estaban cubiertas con carteles: Steel Pulse en el Dingwalls, Visage en el Electric Ballroom, Soft Cell en el Music Machine... En lo personal, Hobbes disfrutaba de lo que veía, de lo que oía, pero, como policía, lo interpretaba bajo un prisma completamente diferente. De hecho, la presencia de policías de uniforme era cuantiosa aquella noche. Paraban a los transeúntes y los cacheaban.
—Fíjese en eso —le dijo al agente Barlow mientras pasaban al lado de un grupo de gente—. Esos idiotas han parado a un grupo de jóvenes negros.
—¿Acaso no son ellos los que más crímenes cometen?
—¡Dios! No habrá estado usted hablando con Fairfax y con los demás, ¿verdad? No, no son ellos quienes más crímenes cometen.
—¡Pero si los pillamos una vez tras otra con las manos en la masa! De lo contrario, ¿cómo es posible que haya tantos en la cárcel?
—Porque no dejamos de centrarnos en ellos. Ese es el problema, ¿entiende? Eso es lo que hace que la gente esté resentida. —Apretó los dientes—. ¡Y es que no aprendemos, joder! Hace cuatro meses ardió Brixton, la gente se rebeló. —Se quedó callado un momento, mientras recordaba los terribles acontecimientos de aquella noche y su participación en ellos—. Desde entonces ha habido disturbios en Handsworth, en Chapeltown y en Toxteth.
—E hirieron a policías en todos ellos.
—Bienvenido al frente, agente Barlow.
—La verdad, señor, es que no es lo que esperaba cuando me presenté al puesto.
—No, claro que no. —Hobbes pensó en aquello un rato y añadió—: Volverá a suceder, se lo aseguro.
Barlow quiso responder, pero el inspector estaba lanzado:
—Entretanto, los nuestros tienen órdenes de proteger al Frente Nacional en sus marchas. ¡Al puto Frente Nacional! Eso no está bien, joder.
—No sé, señor...
—¿Qué no sabe?
—¿Qué hay de la libertad de expresión?
—¿Se refiere a la libertad para odiar?
El agente no respondió. El inspector sabía que, en los tiempos que corrían, lo mejor era mantener la boca cerrada, la cabeza gacha, responder a todo con estas palabras: «Sí, señor. Por supuesto, señor», y seguir con lo que uno tuviera entre manos. La policía estaba bajo asedio, eso era lo que pensaban todos en el cuerpo. Hobbes odiaba esa actitud, pero también odiaba lo que creía la gente: que todos los policías eran matones y racistas. El partido de los conservadores, pero de uniforme, eso es lo que decían de ellos últimamente: que eran el ejército de Maggie.
—Puta Thatcher —murmuró.
Se dio cuenta de que Barlow contenía el aliento.
—¿Qué sucede? ¿Acaso lo he sorprendido?
El agente tardó unos instantes en responder.
—Así que... ¿usted está en contra de Maggie? Nunca lo habría dicho.
—Es la comidilla del vestuario, ¿no es así?
Barlow volvió a quedarse en silencio. El que calla, otorga.
—¿Es así?
—Sí, señor, eso es lo que se dice.
Ya estaban en Camden Lock e iban en dirección a una parte más tranquila de la ciudad. Barlow estaba inquieto, abría y cerraba las manos alrededor del volante.
—Estese tranquilo, no vayamos a tener un accidente.
—Es que..., bueno..., Maggie fue quien nos subió tanto el sueldo, ¿no es así?
—Así es, sí, y que Dios la bendiga por eso.
—¿Entonces?
—Pero eso no quiere decir que estemos en deuda con ella y que tengamos que hacer todo lo que se le antoja. ¿Por qué tiene que utilizar ese maldito martillo para dar forma a las personas?
El agente negó con la cabeza.
—No pensaba que fuera usted socialista, señor.
El inspector sintió que le hervía la sangre.
—¡No soy un puto socialista!
—Pero el detective Fairfax dice...
—¿Sí?
—Que es usted un rojo, señor. Un comunista. —Barlow estaba cada vez más nervioso—. Por favor, no le diga que se lo he contado yo.
—No se preocupe, ya sé que no caigo bien.
Siguieron en silencio un rato. Casi habían llegado.
Hobbes sabía que el agente tenía buen corazón, saltaba a la vista. Pero como Fairfax y sus amigotes le echaran las zarpas, conseguirían que se perdiese por el mismo camino que habían seguido muchos otros: los tratos en la zona de uso privado, los asentimientos y los guiños, el mirar hacia otro lado en momentos puntuales..., todo eso. ¡Dios, pero si hasta él había sucumbido a la tentación en una o dos ocasiones, cuando era más joven! ¿Qué podía hacer uno? ¿Cómo podía enfrentarse a ello?
—Barlow.
—Señor.
Acababa de decidir que iba a explicárselo todo al joven agente. Su versión de lo que había sucedido en el Soho, lo que de verdad había acontecido en la bodega de aquel club. Lo iba a soltar todo. No obstante, cuando estaba a punto de hablar, le falló el valor o puede que lo superara lo absurdo de la situación. Aquello había sido tan atroz.
Aquel gilipollas de Charlie Jenkes, colgando de una viga en su garaje.
Y que lo culparan a él por ello.
—¿Qué quería decirme, señor?
—¿Cómo dice? Oh, nada, no importa. No es nada.
—Esta es la calle. ¿Cuál era el número?
—El treinta y uno.
El agente redujo la velocidad para buscar la casa por una calle con forma de media luna.
—No sé si llegaré a llevarme bien con el detective Fairfax —admitió en un momento dado el agente Barlow—. Esos chistes, su actitud en general, la manera en que le habla a la sargento Latimer...
Hobbes sonrió.
—A decir verdad, yo diría que el detective tiene otras cosas en la cabeza. Por cierto, ¿está usted de servicio mañana?
—Es mi día libre.
—Bien. ¿Qué le parecería pasarlo junto al mar?
El agente estaba confundido.
—Ah, claro, se refiere a Hastings, ¿verdad?, por lo del aniversario de Lucas Bell.
—Exacto. Sé de buena tinta que una de las principales sospechosas va a estar allí: Nikki Hauser. Junto con una miríada de seguidores fanáticos, claro. Estoy convencido de que, de alguna manera, el asesinato de Brendan Clarke está relacionado con el de Lucas Bell y quiero estar en el meollo. Quiero sentirlo desde dentro. —Hizo una pausa—. ¿Qué me dice? Un día fuera. Lo invitaré a un fish and chips. Se pasará usted el día realizando labores de detective. Profundizando.
—¿Sin uniforme?
—Como es evidente. De lo contrario, destacaría usted como un puto pedo.
—Sí, señor, me parece bien —respondió el agente de inmediato.
—Excelente.
Barlow detuvo el coche y el inspector comentó:
—Bueno, y, ahora, veamos qué tiene que decir la señora Simone Paige.
Salieron del vehículo y se encaminaron a la casa de la mujer, que vivía en un apartamento de la planta baja de un soberbio edificio eduardiano. Hobbes llamó al timbre. No tuvieron que esperar mucho a que les abriera la puerta. Allí estaba ella, vestida de forma muy parecida a como iba la noche anterior, pero más desaliñada, más desarreglada. El pelo lo llevaba más cardado de lo que el inspector recordaba.
Pulsuz fraqment bitdi.