Kitabı oxu: «Tiempo de lobos (versión española)»

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TIEMPO DE LOBOS

Jen Williams

Traducción: Constanza Fantin Bellocq


“Espeluznante y convincente, Tiempo de lobos es una versión verdaderamente inquietante de las novelas de asesinos en serie. ¡Lo leí con el corazón en la boca!”

—Harriet Tyce, autora de

Naranja de sangre.

“Intenso y con una veta de humor negro, Williams nos presenta personajes complejos y un viaje fascinante al pasado y al futuro de una secuencia de crímenes terribles. Aterrador, divertido y revelador”.

—Nathan Ripley, autor de

Te encontraré en la oscuridad.

“No pude dejar de leer Tiempo de lobos. Necesité tomarme un descanso prolongado para almorzar, así lograba terminarlo y todavía no puedo expresarlo con palabras, excepto para decir: ¡Increíble!”

—Jennifer Saint,

autora de Ariadna.

“Hacía tiempo que un libro no lograba impresionarme y obligarme a pausar la lectura. Con unas descripciones tan visuales que me recordaron la serie de Hannibal y un asesino que me robaba el aliento, Tiempo de lobos es un thriller crudo, ideal para los fans acérrimos del género”.

—Lucila Quintana,

editora.

Título original: Dog Rose Dirt

Edición original: HarperCollins Publishers

© 2022 by Jen Williams

© 2022 Trini Vergara Ediciones

www.trinivergaraediciones.com

© 2022 Motus Thriller

www.motus-thriller.com

España · México · Argentina

ISBN: 978-84-18711-43-5

Índice de contenido

Portadilla

Citas elogiosas

Legales

Tiempo de lobos

Personajes en Tiempo de lobos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Agradecimientos

Si te ha gustado esta novela...

Jen Williams

Sinopsis

Manifiesto Motus

Para Juliet, el demonio sobre mi hombro que susurró: “Escribe un libro aterrador”.

Personajes en Tiempo de lobos

Heather Evans, reportera. Ha regresado a la casa familiar después del suicidio de su madre.

Michael Reave, asesino en serie conocido como el Lobo Rojo. Está encarcelado en una prisión de máxima seguridad.

Imitador, asesino en serie que emula los crímenes del Lobo Rojo.

Ben Parker, inspector de policía a cargo del caso del imitador del Lobo Rojo.

CAPÍTULO 1

Antes

LA LUZ DEL HUECO DE la puerta caía sobre el rostro del chico y, por primera vez, este no le dio la espalda. Sentía los brazos y las piernas demasiado pesados, el collar alrededor del cuello demasiado sólido, demasiado ajustado. Además, darle la espalda tampoco lo había salvado en ocasiones anteriores.

La figura recortada en la luz se detuvo, como si notara este cambio de hábito, luego se arrodilló para desatar la correa de cuero con movimientos potentes, abruptos. El collar cayó y ella sujetó la cabeza del chico cogiéndole un puñado de pelo negro cerca de las raíces.

Años más tarde, él no sabría decir qué fue distinto aquella ocasión. Estaba famélico y cansado, le pesaban los huesos y tenía la piel magullada; creía que cada centímetro de su cuerpo estaba resignado a la realidad de su existencia, pero en aquella ocasión, cuando los dedos de ella le retorcieron el pelo y las uñas se le clavaron en el cuero cabelludo, algo en él se despertó.

—Eres un animalito —dijo ella con tono distraído. Ocupaba la entrada del armario, bloqueando casi toda la luz—. Una bestia sucia. Apestas, ¿lo sabes? Mugriento de mierda.

Tal vez en el último momento ella llegó a darse cuenta de lo que había despertado, porque por una fracción de segundo un brillo de alguna emoción le dio vida a su rostro pálido y pastoso; vio algo en los ojos de él, quizá una expresión desconocida para ella, y el chico captó claramente la mirada de pánico que ella le dirigió al collar.

Pero fue demasiado tarde. Él se puso de pie de un salto, con la boca abierta y las manos como garras. Ella saltó hacia atrás gritando. La escalera estaba directamente a sus espaldas —él lo recordaba vagamente, de aquella vez anterior a lo del armario— y ambos rodaron hacia abajo; el chico aullaba y la mujer gritaba. Ese momento de caída fue muy breve, pero durante años él recordaría varias impresiones fuertes: el dolor ardiente cuando ella le arrancó un mechón de la sien, la sensación abismal de caer al vacío y el delirio salvaje de rasguñarle la piel con sus garras. Sus uñas.

Cayeron al suelo. Se hizo el silencio. No había, comprendió el chico, nadie más en la casa; nada de gritos, ni dedos largos, ni de alarmantes destellos rojos. La mujer, su madre, estaba tendida debajo de él hecha un conjunto de ángulos extraños, con el cuello extendido como si estuviera tratando de calmarlo. El brazo derecho se le había roto en la mitad del antebrazo y un hueso, asombrosamente blanco contra la piel grisácea, apuntaba hacia la ventana. La manga de la bata amarilla que vestía se le había enganchado en él.

—¿Meh?

Un delgado hilo de sangre le salía de la nariz y de la boca, y sus ojos —verdes, como los de él— estaban fijos en un punto sobre su cabeza. Con cuidado, le cubrió la boca y la nariz con la mano y presionó, observando fascinado como la piel se deslizaba y se arrugaba. Presionó con más fuerza, cargando todo el peso sobre el brazo y sintió que los labios de ella se aplastaban contra sus dientes, se rasgaban y...

Se detuvo. Necesitaba salir.

Era una mañana fría y gris, supuso que de otoño. La luz le dañaba los ojos, pero no tanto como esperaba. De hecho, sentía que la absorbía mientras observaba el paisaje inhóspito y el cielo con una creciente sensación de paz. Allí estaba el bosque; había jugado en él una vez, y las hojas se estaban coloreando de rojo y de marrón. Allí estaban los campos, oscuros en ese momento por la reciente lluvia, y también los viejos edificios anexos que su padre había dejado que se deteriorasen. En alguna parte más allá de ellos había un camino asfaltado, pero era una caminata larga desde donde se encontraba. El cuerpo de su madre, que había arrastrado hasta el césped cubierto de malezas, ya se veía más hermoso: fuera de la casa ella parecía distinta. La cogió de los tobillos y la arrastró unos metros más, cruzando el camino de tierra y hasta el campo en barbecho del otro lado.

—Aquí.

Abrió la boca para decir algo más, pero no pudo hacerlo. La hierba mojada enmarcaba el cuerpo de su madre y le hacía de colchón; podía sentir la vida que bullía allí dentro: pequeñas moscas y escarabajos, la viva curiosidad de las lombrices. El chico se puso de rodillas junto a ella y sintió que se le llenaba el cuerpo de una ira tan llana y tan enorme que era como un paisaje en su interior, una furia que llegaba a todos sus rincones. Por unos minutos, se disoció de sí mismo y solo pudo ver esa ira plana, roja y oír el ruido de truenos. No volvió en sí hasta que una tosecita cortés a sus espaldas le hizo dar un respingo sorprendido. Tenía los brazos ensangrentados hasta el codo y la boca pastosa con sabor a cobre. Tenía cosas entre los dientes.

—¿Qué es esto? ¿Qué tenemos aquí?

Había un hombre en la hierba, alto y anguloso. Llevaba sombrero y observaba al chico con una especie de curiosidad amable, como si se hubiera topado con alguien que estaba construyendo una cometa o jugando a golpear castañas. El chico se quedó completamente quieto. El hombre no era de la casa, pero eso no significaba que no le fuera a castigar. Claro que lo castigarían. Bajó la vista para ver lo que le había hecho a su madre y se le oscureció la visión periférica.

—Bueno, bueno. No te pongas así.

El hombre dio un paso adelante y por primera vez el chico vio que tenía un perro, un perro enorme, peludo, negro. El animal despedía vaho en el frío aire matinal y lo observaba con ojos castaño amarillento.

—¿Sabes?, había olvidado por completo que los Reave tenían un chico, pero aquí estás. Aquí estás, después de todo.

El chico abrió la boca y la volvió a cerrar. Los Reave, los Reave eran su familia y se enfadarían con él.

—Y qué pedazo de criatura eres. —El chico se estremeció recordando cómo su madre lo había llamado, animal, bestia e inmundo, pero el hombre parecía contento, y cuando el chico levantó la vista, estaba moviendo la cabeza suavemente—. Creo que debes venir conmigo, mi pequeño lobo. Mi pequeño barghest. (*)

El lobo abrió la boca y soltó una lengua larga y rosada. Al cabo de un instante, comenzó a lamer la sangre de la hierba.

* Criatura mítica del norte de Inglaterra, sobre todo en Yorkshire, que aparece en forma de perro monstruoso y es un presagio de muerte u otro infortunio. (N. de la T.)

CAPÍTULO 2

CANSADA, CON FRÍO Y SIN ánimo para trivialidades incómodas, Heather se obligó a sonreír con expresión cortés. Un instante después se arrepintió y cambió la expresión con la misma deliberación: sonreír demasiado en un momento así sería visto como inadecuado y ya era plenamente consciente de que era tan bienvenida como un excremento en una piscina.

—Gracias, señor Ramsey, por esperarme. Es muy amable de su parte.

El señor Ramsey la fulminó con la mirada.

—Pues si hubieras venido por aquí más a menudo, habrías tenido tu propio juego de llaves de la casa de tu madre. —Respiró ruidosamente, transmitiendo en un único sonido bronquial todo lo que opinaba sobre Heather Evans—. Tu pobre madre. Es... es todo muy triste, sin duda. Muy triste. Una situación terrible en todos los sentidos.

—Sí, lo es. —Heather hizo sonar las llaves en la mano y contempló los arbustos y los árboles altos que ocultaban la casa de su madre desde el camino—. No quiero entretenerlo más, señor Ramsey.

Él se puso rígido al escucharla y las bolsas debajo de sus ojos se tornaron de un gris un poco más oscuro. Heather no dijo nada, dejando que el silencio se desparramara por la mañana nublada, y enseguida vio que él trataba de decidir si decirle lo que pensaba. Pero al final, él se volvió y regresó a su propia casa.

Heather permaneció en el lugar unos instantes más, respirando hondo y escuchando el silencio. Balesford era un vecindario residencial amplio, con casas separadas y cercas altas, rostros extrañamente similares y el mismo acento por todas partes. Teóricamente, era parte de Londres, enclavado como estaba en el límite con Kent, pero una parte muy anémica: sin color, sin vida.

Suspiró y agitó las llaves antes de inspirar con fuerza y dirigirse a la cancela, semioculta por los frondosos arbustos perennes. Del otro lado había un pulcro jardín con macizos de flores demasiado grandes y un sendero de grava que llevaba a la casa. No tenía nada de especial ni de raro y, sin embargo, Heather sintió que se le contraía el estómago mientras subía por el sendero. No era una construcción cálida, nunca lo había sido; el yeso tosco, enguijarrado, sombrío, se fundía con las ventanas desnudas para sugerir un lugar cerrado, que siempre había estado así. La puerta estaba pintada de un color magnolia apagado y en el suelo, junto a ella, había una maceta de terracota redondeada. Estaba llena de tierra negra y en la superficie anaranjada, lisa, alguien había rayado un corazón con líneas irregulares y superpuestas. Heather miró la maceta con cierta sorpresa; su madre nunca le había parecido alguien a quien le gustase lo rústico; además, ¿por qué estaba vacía? Su madre nunca dejaba las cosas sin terminar, lo que, puestos a pensar en cómo había terminado todo, resultaba bastante curioso. Por un largo y tembloroso instante, Heather creyó que se echaría a llorar, allí, en el escalón de entrada, pero se pellizcó rápidamente el brazo y las lágrimas retrocedieron. “No hay tiempo para eso”. En el umbral había unas plumas, de alguna paloma, sin duda. Heather hizo una mueca y las alejó con la punta de la deportiva; cogió luego la llave correcta del manojo.

Entró en un vestíbulo cargado de silencio y polvo; cuando abrió la puerta, algunas cartas y un montón de correo basura se desparramaron por el suelo. Era media mañana, pero el cielo plomizo de septiembre y los árboles altos de fuera mantenían el lugar cargado de sombras. Se apresuró a encender todas las luces que vio, y parpadeó cuando una recargada pantalla cobró vida en tonos pastel.

La sala de estar estaba ordenada y polvorienta. No había tazas sucias ni libros a medio leer sobre el sofá. Sobre el respaldo de una silla se veía un viejo abrigo rojo de lana gruesa en cuyas mangas se habían formado bolitas. La cocina estaba en estado muy similar; todo limpio y en su lugar. Su madre, observó Heather, hasta había dado la vuelta a la hoja del calendario para que mostrara el mes de septiembre, aun sabiendo que no llegaría al resto del mes.

—¿Qué sentido tenía, mamá?

Dio suaves golpes con los dedos en las páginas satinadas, y se fijó en que no había nada escrito en las cuadrículas, ni una sola nota que dijera “cancelar lechero/suicidarme”.

Heather subió pesadamente las escaleras; la alfombra gruesa ahogaba el ruido de sus pasos. El dormitorio principal estaba pulcro como el resto de la pequeña casa. El tocador de su madre estaba ordenado y limpio, con tarros de crema y frascos de perfume en hileras como soldados. Junto a un espejo de mano antiguo había un par de cepillos. Heather se sentó y los contempló. Aquí su madre había mostrado más descuido, menos minuciosidad. Había pelos atrapados entre las cerdas, rubios con alguna cana hirsuta ocasional.

“Materia orgánica”, pensó Heather. No sabía por qué, pero la frase pareció asentársele en el pecho, pesada y venenosa. “Dejaste materia orgánica, mamá. ¿Fue intencionado?”.

El único objeto fuera de lugar sobre el tocador era una bola de papel algo amarillento, cubierto de una letra apretada. Para desviar su atención de los cepillos, Heather la cogió y la alisó, esperando encontrar uno de sus propios artículos; su madre no mantenía contacto frecuente en ella, pero estaba segura de que seguía con ojo crítico la carrera de su hija. Sin embargo, vio enseguida que era la página de un libro, posiblemente uno antiguo, a juzgar por la textura del papel y la tipografía. Había una anticuada xilografía que al principio no logró descifrar: mostraba lo que parecía ser una cabra, o tal vez un cordero, de pie encima de otro animal. ¿Un perro o un lobo, tal vez? El abdomen del lobo había sido abierto y cabras más pequeñas estaban introduciendo piedras grandes dentro de la abertura sospechosamente limpia. Los ojos de Heather se posaron sobre el texto, que le informó que cuando el lobo despertó, sintió sed y fue a la orilla del río a beber...

Era la página de un libro de cuentos de hadas, pero no tenía ni la menor idea de lo que había estado haciendo su madre con ella. A Colleen nunca le habían gustado los cuentos antiguos y macabros; la hora de los cuentos, cuando Heather había sido niña, había consistido en una dieta estricta de ponis felices y niñas en internados. La página la hizo sentir incómoda: la extraña ilustración, la forma en la que había sido arrugada y abandonada sobre la mesa. ¿Habría querido su madre que la viera?

—Quién sabe qué estabas pensando, ¿verdad? Debiste de haber... debiste de haber perdido la razón, no lo sé...

De pronto, la habitación le resultó demasiado cerrada y sofocante, el silencio, demasiado ensordecedor. Heather se puso de pie, se tropezó con el tocador y tiró un frasco de perfume, que se destapó y la sobresaltó aún más.

—Mierda.

La fragancia, floral y espesa, inundó la habitación. La hizo pensar en la sala mortuoria, específicamente en la sala de espera, en la que había habido varios arreglos florales de buen gusto, como si eso pudiera distraerla de lo que estaba por ver. Sacudió la cabeza. Era importante no concentrarse en eso, le había dicho su compañero de apartamento, Terry. No pienses en el olor, no pienses en el viento que golpea los acantilados desiertos y, por favor, no pienses en el efecto particular que una caída al vacío tendrá sobre la materia orgánica de un cuerpo...

—Mierda. Necesito aire.

Heather empujó la bola de papel dentro de un cajón donde no pudiera verlo y bajó las escaleras. Cuando se dirigía a la puerta trasera, el sonido del timbre resonó por la casa.

De inmediato, la sensación de opresión en el pecho fue reemplazada por fastidio. Seguro que era alguien que vendía algo, pedía contribuciones para alguna obra de caridad o quería hablar sobre Dios. O tal vez era el maldito señor Ramsey. Se dirigió a la puerta, saboreando de antemano la expresión en el rostro del vecino cuando le dijera “¿Pero no ve que estoy de duelo, con qué derecho viene a...?”, y se sorprendió al encontrarse en el umbral con una mujer mayor, alta, bien vestida. No llevaba carpeta ni hucha petitoria en las manos, sino una fuente de comida con tapa, y en el rostro, una expresión compasiva.

—Ejem..., ¿qué necesita?

—¿Heather? Pero claro que eres tú.

La mujer sonrió y Heather sintió que su fastidio se disolvía por completo. Llevaba el cabello canoso muy corto, en un estilo que no favorecería a la mayoría de las personas, pero tenía buenos pómulos y un rostro alargado y atractivo. Heather no podía adivinar su edad; claramente era bastante mayor, más que su madre, pero tenía pocas arrugas en la piel, y ojos grises enérgicos y límpidos. “Mary Poppins”, pensó Heather distraída. “Me recuerda a Mary Poppins”.

—Soy Lillian, vivo más arriba, querida. Solamente quería pasar y asegurarme de que estuvieras bien. —Levantó la fuente, por si Heather no la había visto—. ¿Puedo dejar esto en algún sitio?

Heather dio un salto hacia atrás para despejar la entrada.

—Disculpe. Claro que sí, pase.

La mujer avanzó con confianza por el corredor en dirección a la cocina; daba la impresión de que conocía la casa.

—Es solo un guiso —anunció mientras dejaba el recipiente sobre la encimera—. Cordero, zanahorias, cebollas y esas cosas. No eres vegetariana, ¿verdad, querida? No, eso pensaba. Simplemente caliéntalo en el horno suave. —Al ver la expresión en el rostro de Heather, volvió a sonreír—. Sé lo que pasa cuando tienes que enfrentarte con algo así. Es muy fácil olvidarse de comer bien y eso no ayuda para nada. No dejes de comer algo caliente todas las noches. Colleen era una amiga querida. Se tiraría de los pelos si supiera que podrías venirte abajo por todo esto.

Heather asintió, tratando de seguirle la conversación.

—Es muy amable por pensar en mí..., ejem..., Lillian. ¿Conocía bien a mi madre? A Colleen, digo. ¿Dijo que vivía por aquí? Se habrá mudado en los últimos años, ¿no es así? —Estaba tratando de recordar a Lillian de su infancia o de las pocas visitas que había hecho de adulta, pero no lograba ubicarla.

—Vivo la vuelta de la esquina. —Lillian estaba observando la cocina, como notando cada mota de polvo que hubiera mortificado a Colleen. Si bien a Heather el señor Ramsey le había inspirado desdén de inmediato, la idea de decepcionar a Lillian le resultaba extrañamente alarmante—. A veces Colleen y yo solíamos pasar la tarde juntas, tomando té y hablando de cosas de ancianas.

Heather asintió, aunque le resultaba raro pensar en su madre como una “anciana”.

—¿Qué impresión le dio? Quiero decir, en el último mes. —La pregunta pareció desconcertar a Lillian, de modo que Heather descruzó los brazos y trató de parecer más relajada—. No la veía tanto como hubiera debido hacerlo. Todo esto me ha impactado mucho.

—Tu madre era una mujer fuerte. Sorprendentemente fuerte. Pero es algo generacional, ¿sabes? La gente de mi edad, bueno, no hablamos sobre nuestros sentimientos. —Lillian esbozó una sonrisita—. No es algo que solamos hacer, y lo cierto es que si Colleen no estaba bien, yo no me enteré de nada.

Heather pensó en la bola de papel sobre el tocador y la expresión apenada del agente de policía cuando le entregó el anillo de boda de su madre.

—Entonces ¿nada de lo que decía le resultaba extraño? ¿No notó ningún comportamiento raro?

—Cielos... —Lillian bajó la mirada como si Heather acabara de decir una palabrota delante del párroco—. Colleen mencionó que eras periodista, pero...

—Perdón, no... —Heather apartó la mirada, esbozando una media sonrisa. “Soy incapaz de tener una conversación banal. Seguro que a mamá eso le hubiera resultado gracioso”.

—Puedo ofrecerle una taza de té.

—No, gracias, querida. —Lillian hizo un gesto con la mano en dirección a Heather—. Lo que menos quiero es entrometerme en este momento. Solamente quería dejar la comida y conocerte. Colleen hablaba de ti todo el tiempo, ¿sabes?

—¿En serio? —Heather volvió a sonreír, pero esta vez con esfuerzo—. No nos llevábamos siempre bien, la verdad. Fui una chica muy difícil, como seguramente le habrá contado.

—No, en absoluto. —Lillian se quitó una pelusa de la manga—. Solo tenía elogios para su niña preferida.

Heather tuvo la repentina impresión de que Lillian mentía, pero asintió de todos modos. La mujer se dispuso a marcharse y le apretó suavemente el brazo al pasar.

—Si necesitas algo, querida, no dejes de avisarme. Como te dije, estoy muy cerca y con mucho gusto puedo cocinar o hasta lavarte la ropa si te sientes abrumada... —Heather la siguió por el pasillo como una colegiala descarriada; tenía la sospecha de que a menudo la gente seguía a Lillian así, arrastrada por su estela.

—¡Ah, pero mira eso! —Lillian se había detenido junto a la consola del vestíbulo, donde Colleen solía amontonar la correspondencia y dejar las llaves todos los días. Había una fotografía enmarcada de Heather que la mostraba de adolescente, sentada sobre la cama de su antigua habitación. Alta y desgarbada, con el cabello oscuro sobre los ojos, sostenía un diploma al mérito que le habían dado en la escuela por un ensayo o un cuento corto, ya no lo recordaba. Al ver la fotografía, Heather volvió a sentir la opresión en el pecho; estaba hecha unas semanas antes de que su padre muriera y las cosas entre su madre y ella comenzaran a envenenarse.

—Es la fotografía tuya que más me gusta —dijo Lillian, y sonó complacida por motivos que Heather no podía adivinar—. ¿No es encantadora?

Heather abrió la boca, sin saber qué responder. En la foto estaba vestida con una camiseta negra de Expediente X que le quedaba enorme y tenía una expresión malhumorada. No tenía ni idea de por qué su madre la había enmarcado, y mucho menos qué le veía de encantadora esta desconocida.

—Bueno, me voy entonces. —La mujer ya estaba afuera y su calzado blanco hacía crujir la grava—. Recuerda, querida, si necesitas algo, me avisas.

Heather recogió la correspondencia de la alfombra del vestíbulo y la dejó caer sobre la encimera de la cocina. Muchos folletos satinados, algunas facturas, varios menús de comida para llevar. Con un gesto de concentración, separó lo que necesitaría resolver y luego arrojó el resto al cubo de la basura. Algo en el fondo del recipiente se había podrido —un resto de comida, probablemente, de la última cena de su madre— y el repentino olor a carne putrefacta le revolvió el estómago. Sintiéndose descompuesta, Heather se dirigió a la puerta trasera, segura de que el aire fresco la haría sentirse mejor.

Los altos árboles de hojas perennes ocultaban la vista de los vecinos. Cuando era niña —cuando vivía allí, cuando se enredaba en las piernas de su madre—, los árboles eran más bajos, incluso más acogedores. Entonces ensombrecían el jardín, ocultaban a Heather y mantenían el mundo exterior fuera. Junto a la puerta trasera había un pequeño cuadrado de hormigón con dos sillas de hierro, una mesita y otra maceta de arcilla que solamente contenía tierra. Vacía. Con el aire fresco se sintió mejor. Se preguntó por qué se habría puesto a vagar por la casa, recorriendo habitaciones y contemplando fotografías. Revisando el tocador. “Porque me estoy cerciorando de que ya no está aquí”, pensó, e hizo una mueca. “Una parte de mí todavía cree que la encontrará en el baño, limpiando el inodoro, o en la sala de estar, viendo la televisión. Estoy viendo si hay fantasmas”.

—Me cago en todo. —Respiró hondo y esperó a que las náuseas retrocedieran—. Qué desastre, mamá. En serio.

Su mente volvió a la página arrugada y pensó en el estado mental de su madre en los días antes de que se quitara la vida. ¿En qué habría estado pensando? Era difícil imaginar a su madre —una mujer con sentimientos cuasi religiosos sobre la utilización de posavasos y marcapáginas— arrancando una página de un libro, y ni que decir de hacerla una bola como si fuera basura. Pero allí estaba el oscuro meollo de todo, la aterradora verdad a la que Heather no quería mirar de frente: su madre no había estado en su sano juicio. Algo había sucedido que le había quitado la razón; un desconocido cruel y mortífero había tomado residencia dentro de la cabeza de su madre.

—Nada de esto tiene sentido para mí. Nada.

Muy poco tiempo después de llamarla para que se hiciera cargo del cuerpo de su madre, la policía la había puesto en contacto con un terapeuta, que había sido muy amable y había pasado mucho tiempo hablando sobre el estado de shock, sobre cómo las personas con depresión severa podían ser muy hábiles ocultándola, aun de sus seres más queridos. Heather había escuchado con paciencia, asintiendo, aturdida; aunque comprendía perfectamente bien lo que explicaba el terapeuta, le había resultado... raro. Los viejos instintos se le habían comenzado a despertar, los que le decían cuándo una historia era disparatada y cuándo era veraz.

—No seas ridícula —se dijo escuchando lo fría y débil que sonaba su voz—. Estás paranoica.

Fuera, en la calle delante de la casa, alguien hizo sonar el claxon y Heather dio un respingo. Lágrimas calientes le corrían por las mejillas y se las secó, molesta, con el dorso de la mano. Después de un instante, sacó el teléfono del bolsillo y vio que una notificación de mensaje de texto le hacía guiños.

Hola, cuánto tiempo. Oí que estás de vuelta por Balesford. ¿Quieres que nos veamos? Sentí mucho lo de tu madre, espero que estés bien. xxx

Nikki Appiah. Heather paseó la mirada por los árboles oscuros, preguntándose si los vecinos estarían observando e informando sobre ella de algún modo, desde detrás de sus cortinas de tul. Sorbió y parpadeó rápidamente para despejar los ojos antes de escribir una respuesta.

¿Estás de centinela del vecindario o qué? Sí, estoy de vuelta por un tiempo. ¿Estás por aquí? ¿Vamos al Spoons? Necesito una copa.

Hizo una pausa y luego agregó un emoticono con rostro verdoso de vómito.

La respuesta de Nikki apareció casi de inmediato.

Son las once de la mañana, Hev. Pero sí, encontrémonos en el centro. Ha pasado demasiado tiempo y me gustaría verte la cara (aun si está verdosa). ¿Nos vemos en una hora? xxx

Heather guardó el teléfono. Se estaba poniendo más oscuro y el aire comenzaba a oler a minerales: la lluvia llegaría pronto y era mejor alejarse de allí. Una ráfaga de viento agitó los arbustos y, por un instante, a Heather le pareció que había demasiado movimiento allí, como si algo estuviera moviéndose con el viento, para ocultar sus pasos. Escudriñó las sombras, tratando de divisar una figura, luego regresó a la puerta trasera, convenciéndose de que su imaginación buscaba cosas de las que asustarse. La casa seguía pareciéndole vacía y desconocida, una cajita de vulgaridad.

—¿Qué estabas pensando, mamá?

Su propia voz le sonaba triste y desconocida, de modo que se secó las últimas lágrimas de la mejilla y atravesó la casa para salir hacia el coche de alquiler.

CAPÍTULO 3

EL VIENTO SE HABÍA VUELTO fresco durante la mañana y había alejado los nubarrones, dejando el cielo limpio, frío, pero a la vez estimulante. Beverly se sentía complacida. Sus nietos, Tess y James, por lo menos podrían pasar unas horas fuera en el jardín. Como todos los niños, vivían obsesionados con sus teléfonos y sus dispositivos, pero Beverly se enorgullecía de que todavía fuera posible tentarlos para salir al jardín cuando el tiempo era agradable, y con eso en mente, se puso el abrigo —el de entretiempo, pues el otoño todavía era templado— y salió por la cancela trasera. Su jardín era hermoso, pero no tenía castaños de Indias, mientras que en el campo de atrás había dos bellos árboles de los que tal vez ya habrían empezado a caer los frutos.

Delante de ella estaba la hilera de árboles que rodeaba el campo, los dos castaños inmensos y una mezcla de robles, abedules y olmos. A la luz del sol, las hojas brillaban como vidrios pintados de verde, amarillo, rojo, dorado, y sí, allí estaban los frutos de los castaños de Indias sobre el césped, con sus espinosas cáscaras verdes que dejaban al descubierto las entrañas lechosas. Beverly comenzó a llenarse los bolsillos solamente con los que habían sobrevivido ilesos a la caída, buscando las que tenían una cara plana, que eran las mejores para jugar al conkers, el juego en el que se atraviesan con un bramante y se golpean las del adversario hasta romperlas. Vio una o dos cuyas cáscaras se habían abierto solo parcialmente. Las pisó en un lado con la bota y sonrió con satisfacción cuando la castaña quedó liberada, suave y recién nacida. Consiguió una con la cara bien plana.

—Creo que esta la guardaré para mí.

Beverly se la introdujo en el bolsillo interno del abrigo. Jugar al conkers no era divertido si no podía ganarle al menos a uno de sus nietos. La castaña que recogió inmediatamente después de esa, que estaba en la hierba junto a las raíces del viejo árbol, le resultó extraña al tacto. Haciendo una mueca, la elevó a la luz, sin notar la mancha roja en sus dedos hasta que sintió el olor: el de la puerta trasera de la carnicería en un día de calor.

Beverly dejó escapar un chillido y soltó la castaña. La hierba alrededor de sus pies estaba oscura, saturada de sangre, comprendió demasiado tarde.

—Ese maldito perro —refunfuñó alejando la mano del cuerpo como si se la hubiera quemado—. Otra vez ha vuelto a cazar algo.

Pero no se veía ninguna liebre destripada, ni siquiera un pájaro, cosas que había visto en el campo en el pasado. Por el contrario, cuando se acercó al tronco del viejo castaño de Indias, vio que la sangre brotaba de las raíces, como si el propio árbol estuviera sangrando. La hondonada enorme junto a la base, por lo general llena de barro y hojas secas, había sido rellenada con otra cosa.

—¡Ay, madre mía! ¡Ay, Dios mío, no, por Dios!

Los brazos de Beverly le colgaban a los lados del cuerpo, sus dedos estaban inertes. Había una cara en el hoyo, un rostro de mujer con los ojos cerrados y la boca abierta como si rezase. Tenía las mejillas cetrinas y salpicadas de materia oscura y le asomaban flores entre los dientes. “Flores rosadas”, observó Beverly, que nunca más pondría flores de ese color en su casa. “Rosas silvestres, por lo que parece”.

Aplastados debajo de la cabeza de la mujer había un par de pies, desnudos salvo por un anillo de plata alrededor del dedo gordo y el esmalte de uñas rosado pálido, y también había un brazo, con la palma de la mano hacia arriba, como si la mujer estuviera buscando ayuda o llamando a alguien. De manera completamente incongruente, Beverly vio también la manga de una chaqueta roja, con los botones anchos del puño perlados de gotas de humedad. Todo estaba tan apiñado que no podía ver el color del cabello de la mujer ni nada de su torso, si es que aún lo tenía, pero sí un lienzo suave de algo como cuerdas violáceas cayendo a cada lado del brazo. En la corteza del árbol encima de la hondonada, habían tallado un corazón: sin duda, el gesto romántico de algún amante.

Al borde del desmayo, Beverly se alejó tambaleándose del árbol y echó a correr hacia la casa, con el rostro empapado de lágrimas.

CAPÍTULO 4

—ESTE LUGAR SIEMPRE FUE UN tugurio.

Heather puso los dos vasos sobre la mesa y dejó caer tres bolsas de patatas fritas junto a ellos. Nikki tomó uno de ellos, con sabor a sal y vinagre, y lo observó con aire crítico.

—Lo elegiste tú —le apuntó Nikki con serenidad.

Para fastidio de Heather, estaba igual que siempre. Llevaba el pelo negro trenzado y gafas más finas y elegantes; ambas cosas eran versiones más modernas del peinado y las gafas que había usado en la escuela. Hasta llevaba puesto un grueso suéter de punto azul que a Heather le recordaba el uniforme escolar.

—Sé que Balesford no está lleno de lugares de moda, pero sospecho que podríamos haber elegido algo mejor que Wetherspoons.

—Bueno, por los viejos tiempos.

Heather bebió un sorbo e hizo una mueca. Al llegar al bar, había vuelto a las antiguas costumbres y terminó pidiendo ron con Coca-Cola, la bebida que más asociaba con la época escolar. Nikki había pedido vino blanco con soda, aunque parecía más interesada en las patatas fritas.

—Siento no haberte avisado antes de que había regresado, pero... todo ha sido tan complicado. ¿Cómo te enteraste de mi vuelta? ¿Tienes espías vigilando la casa? ¿Trabajas para el MI5 ahora, acaso?

Nikki negó con la cabeza y sonrió.

—Mi tía vive en tu calle, ya sabes. Y ella es básicamente el MI5 de Balesford. Todo el mundo estaba esperando que aparecieras, después de que el señor Ramsey contó que ni siquiera tenías llaves de la casa de tu madre. —La sonrisa de Nikki vaciló—. Lo siento, Hev. Lo siento muchísimo. Es terrible. ¿Cómo estás?

Heather se encogió de hombros y abrió una bolsa de patatas fritas, evitando mirar a su amiga a los ojos. Nikki siempre había sido la buena, la amable, y ver bondad y comprensión en el rostro de otro ser humano era demasiado para ese momento, sobre todo después de haber estado en la casa. Materia orgánica.

—Estoy todo lo bien que se puede esperar, supongo. Hace un rato, mientras estaba en la casa, todo el tiempo me parecía que ella estaría allí, ¿sabes? Como si todo fuera un..., no lo sé, un error burocrático. Es... —Algo se le movió dentro del pecho y el local le resultó endeble, como si el suelo estuviera a punto de desmoronarse—. Hacía mucho que no venía a la casa. Y..., bueno, ya sabes que ella no era admiradora mía, precisamente.

—Eso no es lo importante.

—Sí, ya lo sé. —Heather bebió un sorbo de ron con cocacola y parpadeó al sentir el ardor en la garganta. El dolor de cabeza que había estado avecinándose se disipó y parte de la tensión se le aflojó de los hombros—. ¿Por qué se habrá suicidado, Nikki? No lo puedo comprender. Hay algo... hay algo que no parece estar bien. No tiene sentido.

Nikki parecía algo incómoda y se movió en la silla. El pub comenzaba a llenarse de gente que iba a almorzar, aprovechando el menú de curry por cinco libras.

—Al principio la tía Shanice no se lo quería creer. Decía que el señor Ramsey estaba delirando... Heather, el suicidio es difícil de entender. Tu madre debe de haberse sentido muy infeliz, muy atormentada, durante mucho tiempo, y es posible que nadie supiera que estaba sufriendo. Las enfermedades mentales pueden ser muy destructivas.

—Sí. Y yo iba a ser la última persona en enterarme, claro. Es solo que... —Heather se encogió de hombros—. Sé que recuerdas cómo era mi madre. Nunca armaba jaleo, siempre quería que todo fuera lo más tranquilo posible. Parece un gesto, como si me estuviera diciendo algo o quisiera..., no lo sé..., castigarme, quizá. —Al ver la expresión de Nikki, suspiró—. Lo sé, soy un cliché ambulante, negándome a aceptar lo que tengo delante porque la verdad es demasiado incómoda. Y haciendo que todo gire alrededor de mí, joder. Pero no puedo quitarme de encima la sensación de que algo se me está escapando. ¿Tu tía notó algo raro en ella? ¿Últimamente, quiero decir?

—Mira... —Nikki le apretó la mano por un instante y, de nuevo, Heather no pudo mirar a su amiga a los ojos—. Algunas cosas..., algunas cosas no pueden comprenderse ni desmenuzarse a fuerza de razonamiento.

Heather asintió, con los ojos fijos en la superficie pegajosa de la mesa.

—De todos modos, no hablemos más de esto, ¿de acuerdo? Son tonterías. ¿Cómo estás tú? Hace tiempo que no nos juntábamos así, a tomar algo sin haberlo planeado. ¿En qué andas? Sigues en la enseñanza, supongo.

—Así es, y me doy cuenta por la cara que pones cuando lo digo que te horroriza. —Nikki sonrió y bebió un sorbo de vino—. Ahora estoy dando algunas clases en una universidad, cosa que sabrías si alguna vez prestaras atención a mis publicaciones de Facebook. Estoy cubriendo los departamentos de Lengua e Historia. ¿Tú sigues en el periódico?

Heather hizo una mueca de desagrado y trató de ocultarla metiéndose varias patatas fritas en la boca al mismo tiempo.

—No funcionó. Hace un tiempo que estoy trabajando por mi cuenta, y lo prefiero así. —Más malos recuerdos. Se bebió el resto del vaso y arqueó las cejas—. ¿Otro?

Pasaron el resto de la tarde en el pub, y se cambiaron a los refrescos cuando la vista comenzó a nublárseles. En algún momento, una de las dos propuso pedir comida y pronto la mesa se llenó de platos y de manchas de salsa con curry de un amarillo alarmantemente intenso y trozos del pan plano, característico de la cocina india. Hablaron de la escuela y recordaron todas las viejas historias que por tradición deben ser rememoradas en momentos como ese. Poco a poco comenzó a llegar el público de la tarde y convinieron que era momento de regresar a casa, pues pasar todo un día en un pub no era —señaló Nikki— el aspecto ideal que debía mostrar una docente.

—Como tú digas, profesora.

Fuera, el día se había puesto gris y frío, y mientras Nikki llamaba a un taxi, Heather descubrió que la moderada cantidad de alegría que había podido acumular durante la tarde se le estaba escurriendo entre las sombras. No regresaría a su casa en ese momento, a su desordenada pero acogedora habitación en una casa compartida con otras personas desordenadas; volvería a la casa vacía de su madre, sin duda, a pasar una noche de malos recuerdos y preguntas sin respuestas. Algo debió de reflejarse en su rostro, ya que después de guardar el teléfono en el bolsillo, Nikki le tocó el brazo con suavidad.

—El taxi tardará unos minutos. ¿Todo bien?

Heather se encogió de hombros. Los refrescos burbujeantes se le habían acidificado en el estómago y se sentía demasiado cansada como para fingir.

—La carta de despedida fue realmente extraña, ¿te lo conté? —Nikki negó con la cabeza; sus ojos castaños parecían sombríos—. Como dijiste, se ve que no estaba bien y supongo que no se puede esperar que una carta de despedida tenga sentido.

Heather trató de sonreír, pero solo logró hacer una mueca desagradable, de modo que no siguió. Abrió el bolso y cogió un trozo de papel de su libreta. Era de color lila claro, con un dibujo de un pajarillo junto a un encabezado que decía “notas para ti”. Por motivos en los que no deseaba ahondar, la había llevado consigo desde que la policía se la había entregado junto con las pertenencias de su madre. La letra apretada de su madre ocupaba el centro de la hoja. Se la pasó a Nikki, que frunció el ceño y la alisó cuidadosamente con los dedos.

—“Para vosotros dos. Sé que esto será un golpe, y lamento que tengáis que lidiar con todo este desastre, pero ya no puedo vivir con esto, sabiendo lo que sé, ni con las decisiones que tuve que tomar. Dicen que elegir este final es de cobardes; pues bien, los que lo dicen no saben con lo que he tenido que vivir, esta sombra terrible bajo la que he vivido desde siempre. Todos aquellos monstruos del bosque nunca se fueron, al menos no para mí. Y tal vez me lo merezca. Realmente lamento todo lo que vendrá, por si sirve de algo. A pesar de lo que podáis creer, os amo a ambos, siempre os amé”.

Nikki no dijo nada; se limitó a fruncir los labios y mirar hacia la calle. Después de un instante, se llevó un dedo a la comisura del ojo y dejó escapar un suspiro lloroso.

—Hev, qué terrible. Pobrecita tu madre.

—¿Pero no lo ves? —Heather tomó la nota de sus manos, la dobló y la volvió a guardar en el bolso. Tenerla fuera de vista le hacía bien—. “Para vosotros dos. Os amo a ambos”. ¿Qué significa? Solo soy yo. No le quedaba ningún otro familiar. ¿Y a qué se refiere con eso de las decisiones?

Nikki sacudió la cabeza lentamente.

—De acuerdo, es raro. Pero ¿tal vez se refería a ti y a tu padre? Si estaba muy mal, puede que hubiera olvidado que había muerto, o... o tal vez le hablaba al que fuera a encontrar su cuerpo.

—Pero ambos suena demasiado específico. Como si se estuviera refiriéndo a dos personas. ¿Y eso de los monstruos del bosque? ¿Qué diablos significa eso? —Heather suspiró—. Tienes razón, puede haber estado hablando de mi padre, pero me da rabia no saberlo. Pienso que voy a pasarme la vida preguntándome de qué hablaba; como si lidiar con toda esta mierda no fuera suficiente, tuvo que dejarme una carta de despedida vaga y misteriosa.

En algún lugar calle arriba, un perro ladraba; había comenzado a llover. La calle estaba casi desierta, pues la gente corría para escapar de la llovizna, pero cerca de la parada del autobús, una figura en la sombra se mantenía inmóvil. Un autobús pasó rugiendo, sin detenerse, y la figura apartó el rostro de la luz.

—Lo sé. Creo que te sentirás mejor después del funeral. Se supone que los funerales nos permiten pasar página, ¿no es así? —Nikki frunció los labios, como dudando de que fuera realmente así—. ¿Has comenzado a...?

—Ya está todo bastante encaminado. —Heather sonrió. Le hacía bien ver a Nikki, tener a alguien que la guiara de vuelta a las cuestiones prácticas—. Ya has visto cómo es de colaboradora la gente en este tipo de situaciones. El problema es que ella tenía el teléfono consigo, y... bueno, no sobrevivió. Así que necesito encontrar su libreta de direcciones, si es que la tenía. ¿La gente sigue anotando los números hoy en día? Supongo que si hay personas que lo hacen, mi madre sería una de ellas.

—Pues mi madre y la tía Shanice están más que dispuestas a ayudarte, así que cuenta con ellas para lo que necesites. Mira, allí está el taxi. —Nikki hizo un ademán con la cabeza en dirección a la acera.

***

Horas más tarde, Heather despertó en el dormitorio de invitados de la casa de su madre, y abrió los ojos a la oscuridad absoluta. Presa del pánico, cogió el teléfono de la mesilla de noche y la luz de la pantalla sumió la habitación en un conjunto de sombras grises. “Es solo el cuarto de invitados”, se dijo, “son solo las estúpidas cortinas gruesas”. La ventana del dormitorio de su propia casa daba a una farola de la calle, lo que hacía que nunca estuviera completamente a oscuras. Allí, con los árboles de fuera y las cortinas largas y pesadamente bordadas, se había despertado a una especie de ceguera. Temblando levemente, encendió la lámpara de la mesilla de noche y se incorporó, con el teléfono en las manos.

Oyó un ruido de movimientos directamente encima de su cabeza. Heather se frotó los ojos y se dijo que era una mujer adulta en una casa desconocida; era lógico que hubiera ruidos raros y que se sintiera asustada. El ruido se convirtió en una especie de aleteo y a Heather se le puso la piel de gallina.

—De acuerdo —dijo en voz alta—. Hay un pájaro en el desván. Se ha metido una paloma, o hay un nido de estorninos o algo así. —Su voz sonaba conocida, normal; asintió para darse ánimos—. Un pájaro no es más que un pájaro. No hay nada de qué preocuparse.

Permaneció en la cama unos minutos, escuchando los ruidos con creciente fastidio. Finalmente, hizo a un lado el edredón y salió del dormitorio al pasillo. Tal vez, pensó, el ruido de sus pasos asustaría al pájaro y lo haría irse. El pasillo le resultó particularmente oscuro después de la luminosidad de la luz de la lámpara, y Heather parpadeó varias veces, esperando que sus ojos se acostumbraran. Hacía frío y la alfombra debajo de sus pies estaba extrañamente helada.

—Puta casa.

La puerta del desván era una sombra casi invisible en el techo. Cuando Heather se detuvo debajo de ella, el ruido y el aleteo se detuvieron abruptamente, como si hubieran estado escuchando. Con curiosidad, y sintiéndose mucho más despierta que antes, permaneció allí unos instantes, escuchando y frotándose los brazos de tanto en tanto. Hacía tanto frío que le pareció que podía ver su aliento en el aire.

La casa estaba en completo silencio; hasta los golpeteos y crujidos de la estructura parecían haberse acallado.

Heather se volvió para regresar a la habitación y vio la ventana en el extremo del pasillo. Por un instante, captó un movimiento allí fuera, como si algo estuviera observando desde el espeso límite del bosque. Unos ojos, enormes, brillantes y absolutamente inhumanos escudriñaban desde el otro lado del cristal a oscuras.

—¿Qué...?

Un segundo después, una ráfaga de viento agitó los árboles y lo que fuera que hubiera causado esa ilusión se disolvió en la nada. “Porque era solamente eso”, se dijo Heather, “tus ojos jugándote una mala pasada, boba”. Aun así, se acercó a la ventana y miró fuera. No se veía nada salvo las luces de la calle filtrándose por entre las ramas de los árboles; el brillo de la luna creaba siluetas extrañas y a medio formar.

Enfadada consigo misma, volvió a la cama. Dejó la lámpara de noche encendida hasta la mañana. Y aunque no volvió a escuchar los ruidos esa noche, su mente seguía regresando a ellos, y cuando se durmió, soñó con plumas suaves y oscuras y con el rostro redondo de su padre, rojo de ira.

CAPÍTULO 5

LA MAÑANA SIGUIENTE NO FUE agradable para Heather.

Sabía que alojarse en casa de su madre le provocaría muchos sentimientos incómodos, por lo que no se sorprendió cuando, al despertarse en una cama desconocida, se sintió envuelta en una mortaja de tristeza.

En un tiempo, ese dormitorio había sido el trastero de su padre, y había estado lleno de bártulos de todo tipo: manuales viejos de coches, enormes cubos de plástico para hacer cerveza casera y un gran congelador que su madre solía llenar con comidas congeladas y envases de helado. De niña, a Heather le había encantado esa habitación; estaba convencida de que contenía todos los secretos de su padre. En ese momento, el dormitorio de invitados era pequeño, pulcro, carente de toda personalidad, pero, aun así, Heather no pudo evitar sentir la presencia de su madre allí, en las toallas apiladas sobre la banqueta, el pequeño tapete sobre el alféizar de la ventana, el florero vacío. Hacía frío y había demasiado silencio, de modo que se levantó, puso la calefacción al máximo y encendió la televisión y la radio a la vez. Cuando el nivel de ruido le resultó tranquilizador, se preparó un té bien cargado, se sentó a la mesa de la cocina y comenzó a escribir una lista de cosas que tenía que hacer.

Sorprendentemente, encontró la libreta de direcciones de su madre casi de inmediato; estaba olvidada en un revistero de madera en la sala de estar, así que lo más pronto que pudo, llamó a todos los que debían ser llamados, les transmitió las malas noticias y aceptó las condolencias. Cuando terminó con esa desagradable tarea, volvió arriba, casi sin darse cuenta, y apoyó la mano sobre el picaporte de la puerta de su antigua habitación. Conteniendo un suspiro, la abrió y entró. Todavía podía reconocerlo como su dormitorio: la funda del edredón sobre la cama, pulcramente doblada, era de un color que solamente una adolescente elegiría, y el papel de la pared aún tenía las pequeñas peladuras en los sitios donde la cinta adhesiva había sostenido los pósters que su madre había quitado, enrollado y guardado en tubos poco tiempo después de que ella se fuera. Durante sus visitas a través de los años, Heather se había acostumbrado al hecho de que esa ya no siguiera siendo su habitación, pero por primera vez notó que su madre, al parecer, la había comenzado a usar para otras cosas: había una pequeña mesa plegable en un rincón, cubierta de materiales para manualidades.

Con una media sonrisa dibujada en el rostro, Heather se sentó en la silla plegable y revolvió los objetos. Al parecer, su madre había rescatado un viejo regalo de cumpleaños que Heather había pedido una vez, unos caros botes de arcilla multicolor, y había estado haciendo alegres servilleteros decorados con muérdago y muñecos de nieve. Junto a las piezas terminadas había una nota autoadhesiva con la dirección de un asilo de ancianos cercano. ¿Habría tenido la intención de donarlos al asilo para el mercadillo de Navidad? Habían ido a ese mercadillo muchas veces cuando ella era niña, a comprar tartas y conversar con los ancianos. Heather tomó uno de los servilleteros redondos y se lo colocó en el dedo. Su madre les había dedicado mucho trabajo y había dejado uno a medio terminar.

¿Qué hacía que una persona dejara inconcluso su cálido proyecto artesanal y se pusiera a pensar en terminar con su vida?

La textura lisa de la arcilla contra el dedo le recordó las veces que había intentado crear objetos ella misma. Era difícil moldear la arcilla directamente del paquete; había que calentarla entre las manos, pero los deditos de Heather nunca habían sido habilidosos. De pronto, recordó estar sentada en esa misma habitación junto a su madre, con periódicos desparramados cuidadosamente sobre la alfombra y platos pequeños delante de ambas. Su madre había tomado cada trozo de arcilla colorida en las manos y lo había entibiado antes de pasárselo a Heather para que pudiera hacer algo con él.

Dejó el servilletero en su lugar con mano temblorosa. “Nikki tenía razón”, pensó. “No tengo forma de saber cómo se sentía mamá. Estoy viendo misterios donde no los hay”.

Aun así, cuando abandonó el dormitorio, al volverse a mirar por última vez la mesa de trabajo, no pudo deshacerse de la sensación de que había algo en alguna parte que no encajaba en absoluto.

Pasó el día siguiente recorriendo la casa, tomando notas y preguntándose cómo alguien podía acumular tantas cosas. A mediodía, calentó el guiso que Lillian le había dejado y lo comió en un bol delante de la televisión. Era sabroso y espeso, pero cuando terminó se sintió levemente descompuesta y se preguntó si habría esperado demasiado para calentarlo, si algún ingrediente se habría echado a perder. Lavó la fuente con cuidado, por si Lillian pasaba a buscarla.

En cada lugar de la casa había un sinnúmero de cosas en las que pensar: qué hacer con la ropa, los objetos, las fotografías, hasta lo más aburrido como la ropa de cama y las cortinas. Y con cada ambiente llegaba una nueva catarata de recuerdos, como si todos estuvieran repletos de fantasmas de su infancia. La mayoría de los recuerdos no eran tan agradables como modelar arcilla en el suelo de su habitación. De pie en la puerta del baño, mientras recordaba una pelea monumental que había dado como resultado que Heather pateara la bañera con tanta fuerza que tuvo que ir a urgencias, se preguntó por qué no había llevado a alguien para que la ayudara con todo lo que había que hacer. Terry, su compañero de piso, se había ofrecido para ir, pero ella lo había rechazado de manera automática. Nikki también, seguramente, se habría alegrado de quitarle un poco de esta desagradable carga de los hombros.

¿Qué había detrás de eso? ¿Le preocupaba acaso que Terry pensara mal de ella por esta infancia ordinaria de las afueras? ¿O temía que él la viera en estado de vulnerabilidad?

Revolver cosas y revisar papeles había levantado polvo, de modo que buscó la aspiradora y la pasó sin entusiasmo por la sala de estar. Cuando perseguía unos cabellos errantes, el extremo de la boca de succión golpeó contra algo sólido debajo del sofá. Heather se inclinó y extrajo lo que bloqueaba el paso de la máquina, sorprendiéndose al ver que se trataba de un libro, y muy antiguo, al parecer. Le quitó el polvo y la pelusa y contempló la cubierta con un gesto de preocupación. Era una recopilación de cuentos de hadas con la tapa blanda gastada; la ilustración de la cubierta mostraba un gran lobo negro, cuyas fauces abiertas dejaban al descubierto los dientes letales.

—Qué raro. —Lo dejó caer sobre una repisa y terminó de limpiar.

Dejó fuera, junto a la puerta de entrada, una bolsa de residuos para reciclar y respiró una bocanada del frío aire de otoño. Cuando tenía unos siete u ocho años, solía sentarse allí mismo con su lupa nueva para quemar haciendo agujeritos en hojas secas y trozos de papel, en todo lo que le caía entre las manos. Descubrió que las hormigas estallaban con un ruidito cuando las quemaba con la lupa, y pasó una tarde muy entretenida creando docenas de cuerpecitos chamuscados sobre el sendero hasta que su madre salió y la pescó.

Le prohibieron salir al jardín durante una semana, en medio del verano; recordaba con tanta claridad la furia que había experimentado que sintió calor en las mejillas. Atrapada en el dormitorio, se dedicó a otras formas mezquinas de destrucción: romper los platos en los que le llevaban sándwiches, tirar el perfume de su madre por el lavabo. Había estado terriblemente enfadada, y eso solo había empeorado las cosas.

“Por eso no quise que Terry viniese conmigo”. ¿Quién iba a querer que sus amigos adultos vieran la clase de niña que había sido en el pasado? En el aire frío, Heather sintió una oleada de angustia en el pecho.

—Los fantasmas hacen demasiado ruido. —Se limpió las manos en la parte delantera de los tejanos y volvió dentro.

Después de pasar unas horas ordenando y catalogando, recordó el desván. No había oído más ruidos extraños, pero al pasar por debajo con una taza de té en las manos, no pudo dejar de levantar la vista hacia allí. “El Hombre del Altillo”, pensó. “Cuando era pequeña, el abuelo siempre culpaba al Hombre del Altillo cuando algo se perdía”.

El recuerdo no le resultó reconfortante y comprendió que tendría que subir y revisar el lugar o estaría condenada a pasar la noche en la cama esperando escuchar al Hombre del Altillo, o aún peor, los suaves pasos de su madre.

—Pero por el amor de Dios, ¿qué me pasa? No hay monstruos en el desván. Dos días sola en la casa y me comporto como una niñita histérica de cinco años.

Una hora más tarde estaba sentada con las piernas cruzadas en el desván, sorprendida por lo acogedor que era el espacio, revisando una caja de viejos discos de vinilo.

Había muchas bandas y cantantes con ropa extraña que no conocía, pero unos cuantos resultaron prometedores: Led Zeppelin, Siouxsie Sioux, David Bowie. Seguramente habían sido de su padre. Él le había contado una vez que, cuando salía con su madre, había estado tratando de formar su propio grupo; estaba aprendiendo a tocar el bajo, pero nunca le había pillado el truco.

Con una leve sonrisa, dejó los discos a un lado, decidida a guardarlos o venderlos por eBay, y cuando volvió a la caja vio que los discos habían estado ocultando una vieja y maltratada lata de galletas. La sacó de la caja y, al abrir la tapa, arrugó la nariz por el polvo. Apiñados apretadamente adentro, había dos gruesos fajos de cartas sujetos con sendas gomas.

Todas las cartas estaban dirigidas a su madre, y las del primer fajo parecían muy viejas; los sobres estaban manchados y arrugados y la tinta se había desteñido hasta el punto de ser solamente una sombra. Las de más arriba del segundo fajo parecían recientes; hasta reconoció una serie de sellos con viejos villanos de Doctor Who. Sin poder resistirse, Heather extrajo una carta del segundo fajo y comenzó a leerla. El remitente tenía una caligrafía grande y descuidada, y los trazos irregulares se extendían de un extremo del papel al otro. La ortografía era sumamente errática.

Querida Colleen:

Hoy estuvo tranquilo. Muy tranquilo. Tengo muy poco que hacer aquí y cuando termino de hacer los trabajos que me ordenan, siento que el bacío se cierra a mi alrededor. Está en las luces amarillas y los pisos limpios, un bacío que es más que bacío, es la nada. Un sitio tan rancio de cosas hechas por el hombre no contiene vida verdadera, así que pienso en el tiempo que pasamos juntos. En el cespez y en los campos, allí donde mejor nos fue. Desde aquí no veo cespez, ni árboles.

Heather parpadeó. Interrumpió la lectura y sacó otra carta de un sobre; reconoció de inmediato la misma caligrafía descuidada.

Describes muy bien esos lugares. Que sigas aciendo esto por mí después de todos estos años me dice que desde el principio tuve razón contigo. Cuando te uniste a la comuna me camvió la vida.

—¿Comuna?

Abrió otra carta y encontró lo mismo. Eran todas de la misma persona. Y, por lo visto, su madre le había respondido. No era la caligrafía de su padre, de eso estaba segura; él siempre había escrito en pulcras letras mayúsculas de imprenta, como consecuencia de su trabajo en construcción y la necesidad de que los recibos fueran legibles. ¿Quién era esta persona con sentimientos tan fuertes por su madre?

—Nunca me hablaste de un amigo por correspondencia, mamá. —Las palabras sonaron insulsas y extrañas en el aire cálido del desván, como si ellas también estuvieran cubiertas de polvo. Porque debajo de la sorpresa, y la sensación levemente divertida, algo helado comenzaba a comprimirle el estómago—. Creo que nunca te oí hablar de escribirle cartas a nadie.

Hay mucho ruido aquí por las noches. ¿Recuerdas el silencio en el canpo, debajo de las estrellas? Cuando estávamos en el bosque. Como si fuéramos las únicas personas en el mundo, aunque no lo éramos. La otra gente que venía a vivir debajo de las estrellas no lo sentía como nosotros Colleen.

Heather bajó la vista al final de la página, para descifrar el nombre que aparecía. ¿Michael? Junto a una firma tosca había un sello verde y luego, escritas con otro bolígrafo y otra letra, aparecían las palabras “Reave” y “Aprobado”. Reave, pensó Heather. Michael Reave.

Hizo un gesto de preocupación. El nombre le resultaba extrañamente familiar, aunque no podía decir por qué. Heather se puso de pie, volvió a guardar las cartas en la lata de galletas y descendió con ella por la escalera. De nuevo en la cocina, se tomó el tiempo de prepararse un sándwich rápido y una jarra de café bien fuerte.

Les quitó las gomas a los dos fajos y durante la siguiente hora leyó unas veinte cartas. Cuando terminó, sentía la garganta caliente y le latían las sienes; el sándwich estaba abandonado sobre el plato. Con la mano ligeramente temblorosa, guardó las cartas en la lata y pensó en todas las cosas que sabía sobre su madre y en todo lo que no sabía.

Colleen Evans, callada, respetable y de buena posición económica, había estado escribiéndole a un hombre que estaba en prisión. Lo había hecho en vida del padre de Heather, desde los primeros años de su matrimonio. Aparentemente, su madre también había pertenecido a algún tipo de comuna hippy en algún sitio más al norte en los años setenta.

Heather se pasó una mano por los ojos, tratando de encontrarle sentido a esa nueva información. A su madre nunca le había dado por recordar y Heather nunca se lo había cuestionado. Entonces resultaba evidente que existía toda una parte de su vida que nunca había mencionado y de la que jamás había hecho insinuación alguna. Hasta donde ella sabía, su madre no había tenido relaciones serias con nadie que no fuera su padre. Y, sin embargo, allí estaba ese hombre de las cartas. Ese hombre que, por lo visto, estaba preso.

Y en ninguna de todas las cartas que Heather había leído, su madre había mencionado que tenía una hija. Ni una sola vez.

¿Quién era ese hombre? Sin quererlo, volvió a pensar en la carta de despedida, en las frases extrañas que había usado su madre, como si le estuviera hablando a alguien más además de a Heather.

—Ay, basta —murmuró para sí misma—. Ya estás poniéndote a sacar conclusiones.

Bebió lo que quedaba de café y sacó el portátil del bolso. A su madre nunca se le había dado bien la tecnología y se había negado hasta a tener internet por vía telefónica, de modo que Heather tuvo que compartir el internet móvil de su propio teléfono, pero al cabo de unos segundos, pudo abrir el navegador. Contempló el nombre, Michael Reave, en la barra del explorador.

Hizo una pausa antes de pulsar “buscar”.

—Puede que no encuentre nada, ¿verdad? —le preguntó a la cocina vacía.

La primera imagen que apareció fue la ficha policial, y por supuesto que le resultó conocida: le era tan familiar como los rostros horrendos y laxos de Myra Hindley e Ian Brady, familiar como la cara de elfo feroz de Fred West. Por un instante, sintió que el sabor amargo del café le subía otra vez a la garganta y temió vomitar sobre la mesa de la cocina, pero enseguida, con un gruñido, el estómago se le acomodó. En la fotografía, Michael Reave miraba directamente a la cámara; el desordenado cabello negro no alcanzaba a llegarle al cuello de la camisa. No había nada de esa confusión que se ve a menudo en ese tipo de fotografías; Michael Reave parecía ofendido, hasta algo compungido, como si los policías que lo habían arrestado hubieran cometido algún error tonto del que pronto se arrepentirían. Estaba sin afeitar, pero la sombra de barba le sentaba bien y el mechón canoso en la sien no hacía más que darle un toque atractivo peculiar. Para ser una fotografía de ficha policial, era aceptable.

Un asesino en serie.

—De puta madre, mamá. De putísima madre.

Había una página de Wikipedia que en el breve párrafo introductorio explicaba que Michael Reave era un asesino en serie del Reino Unido, conocido en la prensa sensacionalista como el “Destripador Rural”, “Jack del Prado” y más popularmente como el “Lobo Rojo”. Había sido arrestado por fin en 1992, pero no antes de que asesinara a cinco mujeres en Lancashire y Manchester, con otras diez posibles víctimas en otras partes. El artículo mencionaba que se creía que era responsable de la desaparición de muchas otras mujeres, pero que Reave siempre había defendido su inocencia y continuaba haciéndolo. La página aparecía extrañamente cortada; Heather conocía Wikipedia lo bastante bien como para saber que cualquier cosa que tuviera que ver con asesinatos sangrientos tendía a incluir párrafo tras párrafo de detalles investigados con minuciosidad apasionada, pero en este caso había poca información. Leyó todo lo que encontró, con los labios apretados formando una línea delgada de repugnancia. Michael Reave era conocido por dejar flores junto a sus víctimas; en ocasiones las plantaba dentro de las heridas —Heather apartó la vista por un instante, para tratar de no imaginarlo—, y en otras, las trenzaba entre el cabello de las mujeres o se las dejaba dentro de la boca. El apodo “Lobo Rojo”, al parecer, se lo había puesto él mismo cuando había dejado una nota junto a un cadáver que decía solamente “el Lobo Rojo caza”.

Heather volvió a la página de búsqueda. Debajo de la pestaña de imágenes había fotografías de algunas de sus víctimas. En su mayoría eran mujeres jóvenes, atrapadas en el tiempo como moscas en ámbar por sus cortes de pelo anticuados, conectadas para siempre a través de imágenes con el hombre que las había matado.

La casa estaba en silencio. Heather se quedó pensando en su madre, sentada en esa misma cocina, ante esa misma mesa, escribiéndole carta tras carta a un hombre que había asesinado mujeres. Escribiéndole cartas a un asesino mientras su hija miraba televisión en la habitación contigua y su marido estaba en el trabajo.

Pensó en su madre sentada a la mesa de la cocina, escribiendo su carta de despedida.

“Los monstruos del bosque”.

Sintiéndose descompuesta, Heather cogió el teléfono y su dedo vaciló sobre el número de Nikki. Tenía frío y se sentía desconectada, pero también era consciente de una cierta tensión en su interior, una especie de entusiasmo febril que le resultaba extrañamente conocido; era parecido a la sensación que tenía cuando le caía una historia gigante en el regazo. Se mordió el labio y pulsó el número. Cuando oyó la voz de su amiga en línea, de pronto tuvo dificultad para hablar, pero se esforzó por soltar las palabras.

—Nikki, ¿puedo ir a tu casa? Necesito hablar con alguien.

CAPÍTULO 6

FIONA DEJÓ POR FIN DE corregir trabajos y sonrió al ver el pequeño montón de tarjetas y obsequios sobre su escritorio. Sus alumnas de nivel avanzado habían estado trabajando sobre preguntas de exámenes anteriores y estaba bastante convencida de que el repentino interés que habían demostrado por su cumpleaños era una treta para ganarse su favor, pero esos objetos no eran lo peor que se podía encontrar sobre el escritorio al final del día; muchos profesores podían contar historias de terror al respecto. Además, Fiona estaba de humor generoso y dispuesta a perdonar el intento de soborno explícito; sentía tanto interés por leer ensayos sobre “Oportunidades de llevar una vida saludable y activa y sus efectos sobre la persona” como las alumnas por escribirlos.

Junto a ella, el radiador susurraba; acercó la silla un poco más hacia él. Seguramente haría más calor en su casa y el gato se ofendería porque tardaba en llegar, pero quería tener abiertas todas las tarjetas para no decepcionar a las chicas a la mañana siguiente.

Avanzó por el montón, sonriendo ante los mensajes de “Feliz cumpleaños, señorita Graham” y “¡Que tengas un gran día, Colo!”.. Ser maestra y tener cualquier característica distintiva podía ser desastroso —un lunar facial, un leve ceceo, cejas muy pobladas—, pero Fiona sentía que no había pagado demasiado caro el hecho de ser pelirroja. Había escuchado algunos apodos antipáticos como “cabeza de zanahoria”, un regalo de un grupo de desagradables niñas de octavo, pero a las chicas mayores parecía resultarles algo digno de admiración. Nada sorprendente, puesto que tenían la costumbre de teñirse el cabello de diferentes colores todas las semanas.

Los obsequios eran pequeños objetos: cajitas de bombones, un juego de protectores labiales de sabores. Una chica, Sarah, le había regalado una tarjeta de compras de la parafarmacia Boots, entre otras cosas.

—Cuando era niña, las maestras tenían suerte si les regalaban una manzana —murmuró al aula vacía.

Uno de los obsequios no tenía etiqueta ni estaba adherido a ninguna de las tarjetas. El papel de envoltorio era extraño: un estampado búlgaro anticuado, parecido al papel con olor a lavanda del guardarropa de su abuela, y había dos flores rosadas secas sobre el paquete.

Arrugando levemente el gesto, lo abrió; adentro solo había un guijarro grande y liso. Estaba frío y al tacto, y la hizo pensar en la playa. Alguien, con bastante torpeza, había rayado un corazón sobre una de las caras.

—Ajá. —Fiona arrugó más la frente, tratando de identificar quién podría haberlo hecho.

Cada cierto tiempo aparecía alguna chica artística, que disfrutaba de ser la que podía crear cosas osadas o distintas. Pero, sinceramente, muy pocas de ellas terminaban en una clase de Educación Física Avanzada. Todas optaban por Arte o Teatro.

Finalmente, puso todas las tarjetas en fila sobre la parte delantera del escritorio, y colocó la piedra junto a ellas, con el corazón hacia la clase. Luego se fue a su casa.

CAPÍTULO 7

Antes

EL HOMBRE LO LLEVÓ A su casa, aunque no era una casa en el sentido que el chico conocía. Era un sitio amplio, enorme, con pisos relucientes y muebles antiguos, oscuros, con lustre cálido. Estaba limpio, frío y silencioso, sin marcas en las paredes ni cubiertos sucios desparramados. El perro grande entró al trote y rompió el silencio con el ruido de las uñas sobre la madera, y el hombre entró detrás de ellos dos; se quitó el sombrero y lo colgó de un perchero.

—Puedes quedarte aquí ahora, Michael. Eres Michael, ¿no es así?

El chico no respondió. Observaba al perro, que había pasado delante de un espejo alto en la pared y por un instante hubo dos perros negros, con ojos como de fuego ambarino. El chico siguió al animal y vio otra criatura en el espejo: una figura delgada, mugrienta, con cabello negro. Una cosa oscura con manchas oscuras. De pronto, sintió el olor que despedía y la idea de estar en un lugar así de limpio y ensuciarlo le hizo brotar un ruido angustiado de la garganta. Sentía la piel caliente y como con espinas.

—Nah... Ahh...

—Ven, vamos. Te prepararé la bañera. —El hombre se acercó y bajó la vista hacia él y por primera vez el chico vio que había algo raro en uno de sus ojos: el blanco era demasiado blanco, y el color marrón del iris, demasiado liso—. Te sentirás mejor, muchacho.

El hombre lo dejó solo en el baño con una bañera llena de agua caliente y jabonosa. Estuvo dando vueltas durante unos minutos, nervioso por la cerámica blanca y resbaladiza y todo el espacio vacío. La luz potente y amarilla entraba por una ventana escarchada y se sintió expuesto. No se miró en el espejo que había encima del lavabo.

Al cabo de unos minutos, después de escuchar contra la puerta un buen rato, se quitó la camiseta y los pantalones cortos empapados; abandonados sobre el suelo, ni siquiera parecían prendas de vestir. Se sumergió en la bañera y permaneció allí hasta que el agua se enfrió por completo. Una película de suciedad gruesa y oscura se había adherido a la bañera.

Más tarde, se sentó a una mesa larga con un pijama que le quedaba grande, mientras el hombre le colocaba platos de comida adelante. Pan suave y blanco, beicon ahumado, crujiente y oscuro en los bordes; un trozo de mantequilla amarilla, un frasco de encurtidos, lleno hasta la mitad con sombras oscuras y misteriosas. Un vaso grande de leche.

—Cuando no estoy, la mujer que viene a limpiar trae a su hijo para que se quede —comentó el hombre—. Diría que es aproximadamente de tu edad, pero tiene más carne alrededor de los huesos. Supongo que no echará de menos un pijama, ¿no crees? —La voz del hombre era cálida y suave, despreocupada. El chico recordó cómo le había sonreído en la hierba, cómo había sonreído ante el cuerpo destrozado de su madre—. Puedes comerte la comida, muchacho. No te causará problemas.

¿No se los causaría, de verdad? El chico no lo sabía. Cerró una mano vacilante alrededor del vaso de leche, pero no lo levantó. La comida era una provocación, un castigo, un mito.

—¿Cómo te hiciste esas cicatrices en el cuello, Michael? ¿Y las marcas alrededor de las muñecas?

El chico levantó la vista. El hombre seguía sonriendo, pero la luz de los ventanales se acumulaba en el ojo de vidrio, convirtiéndolo en una pieza plana y opaca. Oyó el ruido de uñas contra la madera lustrada y supo que el perro negro estaba otra vez detrás de él.

—Siempre hay una familia de la que todos hablan en voz baja, en todos los pueblos —continuó el hombre. Sonaba ligeramente divertido—. Lo sé mejor que la mayoría. Una familia que guarda sus secretos y es reservada. De esas familias crecen rumores e historias, como hiedra en la pared de una casa, y muchas veces esos cuentos no son más que disparates malévolos de ancianas a las que les sobra el tiempo. Y de repente, a veces, las historias son ciertas, ¿no es así, Michael? Es algo sobre lo que sé bastante. —Inspiró lentamente por la nariz—. Ahora estás a salvo, muchacho.

—No puedo quedarme aquí. —Era la primera oración completa que decía en meses y le supo extraña, desconocida, en la boca—. Vendrán a buscarme. —No dijo quién.

La sonrisa del hombre se ensanchó.

—Solo haz lo que te digo, muchacho.

—Vendrán.

Transcurrieron tres días enteros hasta que llegaron.

En ese período, Michael se bañó cuatro veces más (el olor del armario prisión no se le iba) y durmió en un dormitorio anticuado con ventanales que daban a un cielo otoñal vacío y blanco. Por la noche dejaba la luz encendida y se levantaba de la cama varias veces para cerciorarse de que la puerta no estuviera cerrada con llave. No podía dejarla abierta, porque más allá se veía una parte de las escaleras. Durante el día tenía permiso para vagar por la casa; moviéndose en silencio, como era su costumbre, se dio cuenta muy pronto de que el hombre estaba solo, con excepción del perro, y que las habitaciones eran interminables. Algunas tenían la llave echada, lo que hacía que se le cerrara el estómago, pero Michael les daba la espalda y se dirigía a otras partes de la casa. En ocasiones veía al perro negro observándolo, una silueta borrosa en la cima de la escalera o al fondo del pasillo, y lo llamaba, pero el perro solo se limitaba a mirarlo con sonrisa babosa.

Cuando llegaron, Michael estaba en la habitación donde dormía, con las manos llenas de naipes de un mazo que le había dado el hombre. Se oyó un crujido de botas contra la grava y lo supo, comprendió inmediatamente quién era, y por unos peligrosos segundos los párpados se le cerraron y perdió sensibilidad en los dedos; se sintió al borde del desmayo. Pero un ladrido áspero del perro en alguna parte de la casa funcionó como una bofetada y lo hizo levantarse y correr a la ventana. Sonó el timbre.

Su padre, un hombre patizambo con cabello negro y ralo, estaba en el porche de entrada, pero a solas: no había abrigo rojo contra la grava, ni dedos blancos y afilados. Su hermana no estaba. Michael se apoyó pesadamente contra el alféizar, demasiado aliviado por un instante como para poder pensar o moverse, aunque sabía que si su padre lo veía en la ventana, estaría muerto. Luego su padre desapareció de vista y se oyó un portazo.

Hubo gritos. Michael pensó en el cuerpo de su madre. Lo habían dejado en la hierba e imaginó cómo se le llenaban los ojos de agua de lluvia y cómo los insectos le recorrían la bata amarilla en una danza delicada. Al cabo de unos minutos se dio cuenta de que el volumen de las voces había bajado y, sin pensar demasiado en lo que hacía, salió de puntillas al descansillo de la escalera y espió por entre las maderas de la barandilla. Allí estaba el hombre, con las manos entrelazadas detrás de la espalda como si estuviera admirando una obra de arte, y allí estaba su padre. Vestía un impermeable azul sucio y parecía extrañamente pequeño.

Trocitos de conversación le llegaban por la escalera. “Usted lo sabe tan bien como yo”, y “asunto sórdido” y “cosas de las que mejor no hablar”.

Michael pensó en otras palabras: “bestia, bestia inmunda, animal”, pero cuando levantó la vista, vio que el perro estaba allí, observándolo.

Pasaron varios minutos y la puerta se volvió a cerrar, y cuando volvió a mirar, su padre ya no estaba. El hombre habló sin moverse; sabía, de algún modo, que Michael lo escucharía.

—Ya no tienes nada de qué preocuparte, pequeño lobo.

CAPÍTULO 8

AL ENTRAR EN LA SALA de estar de Nikki, a Heather le gustó ver varias estanterías llenas de libros y una televisión tan grande que dominaba una pared. El mobiliario era agradable y reconfortante y claramente había sido elegido por alguien a quien no le interesaba demasiado la decoración de interiores. Heather se detuvo frente a una pequeña vitrina y sonrió.

—Las recuerdo de la casa de tu madre. ¿Es algo genético o qué?

Nikki hizo una mueca. La vitrina contenía una pequeña colección de figurillas de cerámica de colores pastel que incluía cisnes, pastores, lecheras y damas con vestidos de encaje.

—Ni lo menciones. Mamá me compra una para cada cumpleaños y cada Navidad. No sé qué hacer con ellas. ¿Quieres una taza de té?

—Sí, gracias. —Heather siguió a Nikki hasta la alargada cocina al fondo de la casa, que olía a alguna agradable comida reciente con especias—. ¿Qué tal la escuela?

—Todo bien, los melodramas de siempre. —Nikki echó agua caliente sobre las bolsitas de té y un vapor fragante invadió la cocina—. ¿Estás bien? Parecías rara por teléfono.

Heather abrió la mochila y extrajo la lata de galletas. Entonces que sabía lo que contenía, le pareció más pesada, como si estuviera acarreando una cabeza cortada más que un fajo de cartas. Abrió la tapa y miró con pavor la letra descuidada.

—Encontré estas cartas en el desván de mi madre, debajo de un montón de discos viejos.

—¿Cartas? ¿Qué clase de cartas?

—Bueno, yo... Creo que es mejor que les eches un vistazo.

Nikki tomó el fajo y comenzó a leer. Heather observó su rostro. Cuando Nikki hizo un gesto de desconcierto, Heather se puso de pie y terminó de preparar el té. Al volver donde estaba Nikki, vio que su amiga sostenía el papel como si pudiera morderla.

—¿Esto es lo que creo que es?

Heather lanzó una especie de risotada, aunque no estaba nada contenta.

—Tal cual. Puede que no haya estado muy en contacto con mi madre en los últimos años, ¿pero esto? Me ha dejado helada.

—Michael Reave. El Lobo Rojo. —Nikki sacudió la cabeza despacio, como para aclararse las ideas—. Heather, ¿no has escuchado las noticias?

—No. ¿A qué te refieres? —Parpadeó.

Por lo general, seguía de cerca las noticias; puesto que le gustaba seguir refiriéndose en broma a ella misma como periodista, tomaba como parte de su trabajo mantenerse al tanto de los acontecimientos, pero se dio cuenta entonces de que en los últimos días había estado evitando al mundo, escuchando los viejos CD de su madre y viendo películas antiguas. Era fácil hacerlo cuando no había internet en la casa.

Nikki dejó las cartas y regresó a la sala de estar. Volvió con un periódico y se lo alcanzó a Heather. El titular decía: “el lobo rojo ataca desde la cárcel” y la introducción debajo aclaraba: “La policía teme que se trate de un imitador”. Heather siguió leyendo, sintiendo la cabeza extrañamente ligera, como si fuera a elevarse flotando hasta el techo en cualquier momento.

—¡Estás de coña! —exclamó minutos después.

Mientras tanto, Nikki había ido en busca de su portátil y estaba leyendo rápidamente el mismo artículo de Wikipedia que había visto Heather. Tenía los ojos como platos.

—Oye, este tipo era un monstruo. Exhibía los cuerpos de esas pobres mujeres de manera elaborada, todos mezclados con plantas y..., no me jodas, creo que he visto un episodio de CSI basado en eso. Nunca encontraron algunas partes de los cuerpos. Creen que todavía hay víctimas que no han sido encontradas. Hev, ¿tu madre lo sabía? ¿Sabía lo que hacía este hombre antes de que lo arrestaran? ¿Crees que esto pudo haber tenido algo que ver con su..., bueno..., con...?

Heather negó con la cabeza.

—No he leído todas las cartas, pero en las que he visto, no hablan de que él haya matado a nadie. Pero, bueno..., yo qué sé. ¿Conocía acaso a mi madre? Este hombre, que cumple cadena perpetua por cortar mujeres en pedacitos, por lo visto conoce toda una faceta de mi madre que yo nunca he visto. —Heather tomó la taza caliente de té y la volvió a dejar—. Ella debió de conocerlo en el período en que mataba a esas mujeres, ¿pero sabía lo que estaba haciendo? No tengo idea. Además, no tengo ninguna de las cartas de ella. Quién sabe lo que le preguntaba. Quiero decir..., ¿sabía él que ella tenía familia? ¿Marido? ¿Sabía mi padre en qué estaba metida mi madre? —Lanzó una risa extraña y se volvió a sentir descompuesta—. De repente, me resulta una desconocida.

—Heather, no sé qué decir.

—Y también está esa nota que dejó. “Para vosotros dos. ¿Los monstruos del bosque?”. Quiero decir, que todo eso ya me parecía extraño antes de encontrar las cartas, y ahora...

Se hizo un segundo de silencio. Heather oyó el tictac de un reloj en el pasillo. Sacudió la cabeza. Contárselo todo a Nikki no hacía más que volverlo más inverosímil.

—¿Dices que ha salido en las noticias últimamente? ¿Qué ha pasado?

Nikki abrió en el portátil uno de los sitios más acreditados de noticias y empujó el dispositivo hacia Heather.

—“Una anciana encontró un cadáver en el campo en Lancashire, o al menos gran parte de un cuerpo. Había sido desmembrado y colocado en alcorque de un árbol. Es lo mismo que solía hacer el Lobo Rojo, excepto que el Lobo Rojo hace décadas que está encerrado en la cárcel”. —Nikki hizo una pausa y apretó los labios formando una delgada línea—. “Y no es la primera. ¿Recuerdan, hace unas semanas, esa joven que desapareció en Manchester? Todos la estaban buscando”.

Heather sintió frío.

—Sharon Barlow. La encontraron junto a un río, ¿verdad? Recuerdo que...

Pero lo horrible era que no recordaba demasiado. Una vez que la búsqueda terminó, la atención de los medios se disipó y Sharon Barlow se convirtió en otra mujer muerta a manos de un monstruo desconocido.

—La policía parece creer que fue el mismo tipo.

—Seguramente tienen información que no han dado a la prensa, cosas que conectan los dos casos. —Heather recordó sus días en el periódico, cuando husmeaba todos los pequeños detalles que la policía dejaba escapar—. Ay, Dios, no quiero ni pensarlo. —Levantó la vista del portátil, tratando de no imaginar lo que le había sucedido a Sharon Barlow—. Y entonces, ¿qué pasa? ¿Alguien le está rindiendo un homenaje?

—Desde el primer día dijo que no fue él, ¿sabes? —comentó Nikki—. Aun después de todos estos años, sigue diciendo que es inocente. ¿Y si tuvieran preso al hombre equivocado y tal vez... y tal vez tu madre lo sabía?

Heather cerró la mano alrededor de la taza caliente, buscando seguridad en ese contacto familiar. Un nuevo asesino en serie al acecho o una injusticia, un error judicial. ¿Sabría también ese hombre, que también había conocido una faceta de su madre que era completamente invisible para Heather, por qué ella se había suicidado? Lo supiera o no, necesitaba desesperadamente respuestas a esas preguntas.

—Oye —dijo Nikki al cabo de unos instantes—, tienes que entregar estas cartas a la policía. Pueden contener información que les resulte útil. Mira, hay un número aquí para que llame cualquiera que posea información.

Heather asintió lentamente. Pensó en el hombre de la fotografía de la ficha policial y se preguntó qué aspecto tendría entonces.

—Nikki —dijo—, ¿crees que me dejarían hablar con él?

—¿Qué?

—Este hombre sabe más sobre mi madre que cualquier otra persona en el planeta. ¡Por Dios, podrían haber estado hablando por teléfono, Nikki! Si ella lo hubiera visitado, yo no me habría enterado. Estoy segura de que si alguien sabe por qué se suicidó, tiene que ser él. Tal vez se refería a eso en su carta de despedida. Quiero hablar con él.

Nikki apoyó las manos abiertas sobre la mesa y suspiró.

—No lo sé, de verdad. Dudo que permitan que cualquiera se aparezca allí para hablar con esta gente.

—Bueno, pues no soy cualquiera, ¿no crees? —Heather cogió la tapa de la lata de galletas y la giró una y otra vez. Seguía con el estómago revuelto, pero entonces esa sensación se mezclaba con una tensa emoción en el pecho. Podía haber muchas respuestas allí—. Resulta que soy la única hija de la única amiga en el mundo que tenía. Nikki, necesito saber. Tengo que averiguar qué le sucedió a mi madre.

—Hev. —Nikki la miró a los ojos con firmeza y Heather volvió a ver en ellos esa expresión compasiva a la que costaba tanto enfrentarse—. A veces no hay respuestas. A veces la mierda simplemente sucede. Lo único que digo es... no te ilusiones demasiado, ¿de acuerdo?

Esa noche, Heather regresó a la casa como en trance. Había llamado a la policía desde el teléfono de Nikki y había logrado hablar con un hombre que se había presentado como el inspector Ben Parker. Al principio, había sonado impaciente, hasta molesto, pero a medida que ella comenzó a revelarle los detalles de lo que su madre tenía oculto en la buhardilla, la voz del policía se tornó más grave y pensativa. Heather había fotografiado varias cartas y se las envió, asegurándose de incluir las que habían sido escritas antes del arresto de Reave; él le agradeció su ayuda. Cuando Heather preguntó si podía ir a la cárcel a hablar con Reave, él descartó la sugerencia de inmediato, aunque con amabilidad. De pie en la puerta de la casa de su madre, peleando con llaves desconocidas, Heather se estremeció y miró con temor los árboles altos que la rodeaban.

—Como si esto no fuera ya lo suficientemente espeluznante.

Mientras travesaba el vestíbulo que daba a la sala de estar, se paró de pronto y sintió que una mano helada se le cerraba alrededor del corazón. El perfume de su madre colgaba en el aire, intenso e inconfundible, violetas y lirios, extraño y dulzón, el mismo aroma que cuando había volcado el frasco en el dormitorio de ella. Todas las Navidades, su padre le regalaba un frasco nuevo, y cuando él murió, su madre comenzó a comprárselos ella misma. Era el único perfume que había usado, a pesar de que era una fragancia que hacía pensar en ancianas.

Heather entro en la sala de estar olfateando el aire y, de pronto, el aroma desapareció.

“Debo de estar al borde de un derrame cerebral”, pensó; arrojó la mochila sobre el sofá e hizo una mueca al escuchar el tañido de la lata de galletas contra alguna otra cosa en el interior. Suspiró y se sentó junto a la mochila, sumergiéndose en los mullidos almohadones.

—Dicen que cuando tu mente comienza a desconectarse, hueles cosas extrañas.

Dado que el sofá de su madre estaba tapizado con una tela estampada, le llevó unos instantes ver las tres plumas de color pardo sobre la tela. Tres plumas, pequeñas y suaves, con los extremos salpicados de motas más oscuras. Heather se puso de pie de un salto y recorrió la sala con la mirada, aunque no podría haber dicho qué estaba buscando.

—¿Hay alguien aquí?

Salió de la habitación y recorrió rápidamente la casa, asomándose a la cocina, el baño de abajo, el lavadero..., nada. En el piso superior sucedió lo mismo: cada una de las habitaciones estaba sumida en su propio pozo de silencio, intacta. ¿Podía ser que no hubiera visto las plumas antes? Parecía poco probable. Sin su madre allí para regañarla, había comido casi siempre en el sofá, con un plato sobre las rodillas, viendo alguna antigua película en la televisión. Después de pensar unos momentos, recorrió la casa y revisó las ventanas, pero estaban cerradas. No había posibilidad de que hubiera entrado un pájaro, hubiera dejado algunas plumas sobre el sofá y hubiera vuelto a salir. Volvió a la sala de estar y se quedó mirando las plumas.

—No significa nada —dijo en voz alta.

La casa se mantenía en silencio; solamente se oía el suave zumbido del frigorífico. Pero eran plumas de color castaño. Con bordes redondeados moteados de negro. Tenía la sensación de que las había visto antes, hacía muchos años, que eran las mismas plumas...

Heather sacudió la cabeza. La imagen de su madre, con el cráneo hundido y arena mojada en la camisa, dejándole estas plumas allí para que las encontrara le vino a la mente con demasiada nitidez y claridad. Su madre, todavía con aroma a violetas y lirios aunque le chorreaban por el cuello trozos de masa cerebral, con las plumas aferradas con fuerza entre los dedos fracturados.

A Heather le sobrevino una arcada. Con las comisuras de la boca apretadas, fue a la cocina en busca de un paño. Lo utilizó para recoger las plumas, luego las arrojó por el inodoro y oprimió el botón de la cisterna. Cuando terminó, se lavó las manos y encendió todas las luces, para luego servirse un vaso grande de limonada con el que aplacar su estómago.

“Cálmate, Heather. No es más que tu imaginación y una tarde que pasaste buscando asesinos en serie en Google. Todo va bien. No existen los fantasmas”, se dijo.

Acababa de convencerse de que había reaccionado de manera exagerada cuando sonó su teléfono y se sobresaltó tanto que se derramó la bebida sobre la camisa. Mientras se dirigía a la pila de la cocina para dejar el vaso mojado, pulso el botón para recibir la llamada. No era de ningún número conocido.

—¿Sí?

—¿Señorita Evans? Soy el inspector Parker otra vez —carraspeó, incómodo—. Gracias por enviar las imágenes tan pronto.

—No hay de qué. —Heather se lamió una gota de limonada de la mano—. ¿Le resultaron útiles?

Nikki y ella habían pasado tiempo buscando más información en internet, y una mujer llamada Elizabeth Bunyon aparecía como la última víctima del supuesto imitador del Lobo Rojo. Habían visto la misma fotografía de la mujer en tantos sitios de noticias que Heather creía que nunca olvidaría ese rostro.

—Sí y no. Ya teníamos copias de algunas, desde luego, puesto que todo lo que Reave envía y recibe en prisión se supervisa.

—Me di cuenta, sí —interrumpió Heather—. Por los sellos.

—Pero las primeras cartas son interesantes. Señorita Evans, creo que la clave de esto no está en las cartas, sino más bien en la reacción de él a las cartas. No sabía que su madre había muerto.

Heather sintió que un escalofrío le bajaba desde la nuca.

—¿Se lo contaron? ¿Qué dijo?

Hubo un instante de silencio mientras el inspector Parker tomaba aire.

—Muy poco, la verdad. Michael Reave casi nunca dice nada, lo que siempre ha sido muy frustrante. Pero necesitamos que hable cuanto antes. Seguramente usted entiende por qué digo esto.

En la cocina, Heather hizo una mueca de preocupación, preguntándose adónde quería llegar el detective con eso.

—Me lo imagino.

—Tampoco estaba enterado de su existencia, de que Colleen Evans tenía una hija. Ante la mención de su nombre, el comportamiento de Reave cambió. Yo... —El inspector Parker volvió a carraspear—. Sé que ya lo mencionamos antes, pero ¿usted estaría realmente dispuesta a ir a hablar con él? No es algo que solicitemos a la ligera, se lo aseguro.

Heather parpadeó. Esto era exactamente lo que había querido cuando se lo había mencionado a Nikki, pero entonces que se lo servían en bandeja, le parecía un tanto descabellado.

—¿Dice que él hablaría conmigo?

—Quiere hablar con usted. —Parker dejó escapar un gruñido entre divertido e irónico—. Solo acepta hablar con usted. Y como le dije, señorita Evans, necesitamos con urgencia averiguar qué sabe de estos nuevos... incidentes. Si es que sabe algo.

Heather levantó la vista hacia la ventana de la cocina y vio su propio reflejo. Estaba pálida y con los ojos perdidos dentro de oscuras ojeras. Recordó el último día en el periódico y la fuerza y furia que había sentido antes de que todo se hubiera ido a la mierda. Aquella Heather ni siquiera lo habría dudado.

—¿Puedo ver las otras cartas? ¿Las que le envió mi madre?

Hubo una pausa del otro lado.

—... Podría ser.

Heather asintió. Era un punto de partida.

—¿Cuándo puedo ir?

CAPÍTULO 9

EL PRIMER INDICIO DE QUE algo no andaba bien fue el gato.

Por lo general, cuando Fiona entraba en su casa después de un día largo de convencer a adolescentes malhumoradas de que se pasaran la pelota unas a otras, Byron de inmediato pasaba a custodiarle los tobillos y se le enredaba con entusiasmo alrededor de las zapatillas hasta no dejarle otra opción que abrir una lata de comida para gatos. Pero cuando dejó caer la bolsa de la compra sobre la alfombra del vestíbulo —haciendo que un repollo saliera disparado—, el diablillo perezoso no apareció por ningún lado. La casa estaba en silencio. No se oía el ruido de arena para gatos en la cocina ni los golpes culpables de cuando salía de los armarios.

—¿Byron?

Mascullando por lo bajo, Fiona llevó la bolsa de la compra a la cocina y encendió las luces a su paso. Byron era un gato hogareño, demasiado sofisticado, caro y —había que admitirlo— estúpido como para estar afuera sin supervisión, pero cada poco tiempo encontraba algún escondite nuevo dentro de la casa y desaparecía durante unas horas. En una ocasión se había metido dentro de una maleta abierta debajo de la cama. Sin embargo, no solía hacerse el travieso a la hora de la cena.

Fiona comenzó a hacer más ruido de lo necesario en los armarios, mucho más de lo que se necesitaba para coger una lata de paté de pollo y vaciarla dentro de un recipiente de plástico. Por lo general, estos ruidos precisos hacían que Byron saliera de su escondite a la velocidad de un rayo, pero la casa permaneció en silencio. Dejó el recipiente en el suelo y esperó. Nada.

—¿Byron? Pequeña bestia.

En ese momento, recordó la ventana descolgada que había tenido intención de reparar en las últimas semanas. No era probable que Byron hubiera podido escabullirse por allí, ¿pero y si lo había hecho? Decidida a alejar la idea de su mente, se dirigió al piso superior. Lo mejor sería buscar por todas partes antes de ser presa del pánico.

El segundo indicio fue el olor. La golpeó en la escalera, un olor salvaje y desconcertante, como de jaulas en un zoológico. Puso cara de preocupación al llegar al descansillo, pensando que tal vez Byron se había sentido mal y había vomitado en alguna parte, aunque el vómito de gato nunca tenía ese olor tan fuerte.

—Byron, criatura del demonio, ¿estás bien? Tu comida es bastante cara, te lo advierto; te agradecería que no anduvieras vomitándolo por toda...

Las palabras se frenaron, devoradas por el silencio y el hedor.

—¿Byron?

Se detuvo junto a la puerta del dormitorio, sintiendo que se le comprimía el estómago en las sombras de la noche. El olor era peor allí. Era demasiado fácil imaginar que todo tipo de cosas horrendas aguardaban en la oscuridad: Byron muerto sobre la cama, cubierto de vómito, con su cerebro de gatito destruido por la fiebre. O tal vez otra cosa, algo peor. Una figura en la oscuridad, quizá, observándola.

Enfadada consigo misma, Fiona encendió la luz y vio con alivio cómo se le revelaba la habitación amplia y desordenada: las puertas del armario semiocultas debajo de prendas colgadas; la enorme cama, demasiado grande para ella, cubierta de almohadones. La mesilla de noche con el montón de novelas románticas con las puntas de las hojas dobladas por el uso. Fue hasta la cama y se sentó para desatarse los cordones de las zapatillas deportivas.

—Has encontrado un ratón, seguro —dijo a la habitación—. Lo has matado y has hecho un desastre y ahora te sientes demasiado culpable como para aparecer. Eso explicaría el olor.

Libre ya de las zapatillas, se inclinó para recogerlas... justo a tiempo para ver que una mano asomaba desde debajo de la cama y se cerraba alrededor de su tobillo.

El susto y el impacto fueron como un martillazo en todo el cuerpo. Fiona emitió un extraño sonido sibilante —fue como si el terror le hubiera cerrado los pulmones en un momento— y trató de desprenderse de un salto, pero la mano alrededor del tobillo tenía fuerza y tiró hacia atrás con violencia, haciéndole perder el equilibrio y caer pesadamente al suelo.

Cayó boca abajo y la gruesa alfombra no pudo mitigar el golpe del mentón contra el suelo. Cuando abría la boca para gritar, sintió un gran peso sobre la parte trasera de las piernas. Quienquiera que fuese el que había estado oculto debajo de la cama había salido y se estaba colocando rápidamente encima de ella. Fiona se retorció frenéticamente, intentando liberarse, pero la persona era más grande y más fuerte. Se volvió y tuvo un atisbo de un rostro oculto por una máscara negra de lana; enseguida le sobrevino otro golpe a la cabeza, lo que le nubló la vista.

—¡No, no no...!

Levantó los brazos y lo golpeó una y otra vez, horrorizada ante la extraña debilidad de sus hombros. El miedo le había quitado toda la fuerza; el hombre la empujaba contra la alfombra y la inmovilizaba con su peso. Durante un instante extraño y frágil, Fiona recordó cómo había guardado todos los bancos con sus alumnas de séptimo: lo hacían en grupos de tres, pero Fiona podía levantar uno ella sola, porque era fuerte, muy fuerte a pesar de su estatura, todos lo decían, todos decían que... Con otro espasmo de terror y vergüenza, se dio cuenta que se había orinado encima.

—¡Suéltame!

Por fin logró asestar un golpe y la cara del hombre retrocedió, pero volvió a abalanzarse sobre ella y la mordió, hundiéndole los dientes en la mano como si fuera un perro rabioso. El hedor, que no se había disipado, se intensificó hasta el punto de cortarle la respiración.

—¡Suéltame, socorro, socorro!

Con desesperación, Fiona se arrastró hacia atrás por la alfombra, sintiendo que las muñecas y la parte baja de la espalda le quemaban. Si lograba liberarse y bajar las escaleras, tal vez hubiera alguien en la calle. Le sangraba la mano y el corazón parecía salírsele del pecho. El hombre volvió a lanzarse sobre ella y, esa vez, Fiona vio que tenía un paño blanco en la mano enguantada que oprimió contra su cara. La agredió una mezcla de olores y sintió agujas de dolor en los ojos.

—Escúchame —dijo él en voz baja, como si estuvieran hablando en una biblioteca. Presionó el rostro contra la oreja de Fiona—. Escúchame. He venido a llevarte a casa.

Más tarde, cuando los dos humanos habían desaparecido, Byron salió del zapatero, arrastrando el abdomen contra el suelo. La casa seguía invadida por el olor que lo había asustado al principio, por lo que bajó sigilosamente a la puerta de entrada, que solamente olía a sangre.

CAPÍTULO 10

—¿ESTÁS SEGURA DE QUE QUIERES seguir adelante con esto? Todavía estás a tiempo de arrepentirte.

—Sí, estoy segura —respondió Heather enseguida.

Si había podido levantarse de la cama con esa nube de malos presagios sobre la cabeza, si había podido vestirse e ir hasta allí, hasta esta prisión y hasta este cuartito anónimo sin mirar atrás, de ninguna manera iba a acobardarse entonces.

El inspector Ben Parker la miró con expresión seria, como intentado identificar sus temores. Era un par de centímetros más alto que ella, más bien fornido, de pelo claro y ojos de color avellana; no era su tipo en absoluto en general, pero su aspecto desaliñado resultaba ligeramente atractivo: el nudo de la corbata estaba algo torcido y parecía haber querido peinarse de manera llamativa pero luego haber abandonado el intento debido a que tenía cosas más importantes en las que pensar.

—¿Tiene algún consejo para darme? ¿Alguna regla? ¿Tengo que evitar mirarlo a los ojos, o algo así?

—Es un asesino en serie, no Tom Cruise. No somos monstruos. —Le dedicó una sonrisa más con las cejas que con la boca—. Solamente recuerde que puede irse cuando lo desee. Él no la puede tocar y no está sola. Veamos, trate de hacerle hablar. Pero no lo provoque. No lo lleve de manera intencional hacia conversaciones que no pueda manejar. Y si le digo que se levante y se marche, hágalo inmediatamente.

—Bien. Perfecto. ¿Algo más?

—Todo va a salir bien. Si está lista...

Heather asintió para no soltar ninguna respuesta sarcástica. El inspector Parker la guio hasta una sala pequeña con paredes de un color amarillo pastel. Dentro había un par de fornidos agentes penitenciarios que la observaron con interés. Y sentado ante una ancha mesa gris estaba Jack del Prado, el Lobo Rojo. Michael Reave.

Heather se había preparado mentalmente para que le resultara patético, pequeño en la vida real y, de algún modo, digno de compasión, o al menos, eso era lo que había esperado. Pero en vivo parecía aún más vital y amenazador. Era alto y ancho de espaldas; el cabello negro estaba salpicado de gris, pero seguía siendo grueso y abundante, y aunque el hombre estaba pálido, tenía aspecto saludable. Vestía una sencilla camiseta blanca y un par de pantalones negros de deporte y calcetines, pero no zapatos. Tenía esposas alrededor de las muñecas.

—Michael, le hemos traído una visita.

Reave había estado contemplando la mesa, y cuando levantó la cabeza, Heather tuvo la extraña sensación de que se estaba preparando para un golpe. Y ciertamente, cuando sus miradas se encontraron, una expresión que ella no pudo identificar le cruzó por el rostro sin afeitar. Lo vio parpadear varias veces mientras se sentaba frente a él. El inspector Parker estaba cerca, con los brazos cruzados sobre el pecho. Había una pequeña caja negra sobre la mesa que Heather supuso que era algún dispositivo de grabación.

—Señor Reave, gracias por hablar conmigo hoy.

Llevaba un sobre con copias de las cartas, que colocó sobre la mesa.

—Eres la hija de Colleen. —No era una pregunta. Hablaba con un suave acento del norte que en una situación normal a Heather le habría resultado atractivo—. Tuvo una niña.

—Así es. Soy Heather, señor Reave, y mi madre...

Hizo una mueca, como si ella lo hubiera abofeteado.

—Soy Michael. Para ti, soy Michael.

Por motivos que no podía descifrar, Heather sintió que se le erizaban los pelos de la nuca y bajó la vista hacia las manos de él; manos grandes, fuertes, con cicatrices en los nudillos. A pesar de sus bravuconadas y la confianza de que pasaría esta prueba como una periodista eximia, la idea de tutearse con un asesino en serie le helaba la sangre y no pudo responder nada. Extrañamente, fue Michael Reave el que la rescató.

—Lo siento, muchacha —dijo—. Quiero decir, siento haberme enterado de lo de tu madre.

Heather asintió mientras reflexionaba en lo extraño de recibir condolencias de un asesino en serie. Todo parecía demasiado estrafalario para ser real: el cuerpo de su madre aplastado contra las rocas, décadas de correspondencia con un asesino convicto. Esta sala amarilla y el hombre sentado allí. Heather carraspeó y se movió en la silla, tratando de no temblar.

—Gracias —repuso—. No la había visto demasiado en los últimos años, pero ha sido un golpe.

Estaba al tanto de que el inspector Parker no le había contado a Reave cómo había muerto su madre; Parker pensaba que oírlo de boca de Heather provocaría alguna reacción.

—Se suicidó.

Michael Reave asintió lentamente, sin apartar la mirada. No había un ápice de sorpresa en su rostro y, de pronto, Heather se alegró de haber tenido el valor de enfrentarse a él. Tenía que estar relacionado con todo el asunto. Allí podría descubrir las respuestas.

—No parece sorprendido. —Al ver que él no respondía, continuó—: ¿Le contó ella que tenía intención de hacerlo? ¿En las cartas?

—No, muchacha. —Reave le sostenía la mirada, sin apartar los ojos en ningún momento—. Pero la vida es dura, y a algunas personas las... las destroza.

—“Destrozar” es una forma interesante de decirlo. —Heather sintió, más que ver, el movimiento del inspector Parker a sus espaldas—. Señor Reave, ¿puede decirme algo sobre por qué se suicidó? A juzgar por las cartas, usted la conocía bastante bien.

La idea de que pudiera conocer esa respuesta, de que pudiera de algún modo hacer parecer lógica y comprensible la muerte de su madre y, sin embargo, decidiera negarle la información le resultaba insoportable. Respiró lentamente, concentrándose en lo que tenía delante. ¿Qué le había dicho su jefa, la editora Diane, años atrás, cuando Heather había sido asistente en el periódico y repartía cafés y tomaba pedidos para el almuerzo? “Oídos y ojos abiertos, siempre, Heather. Es la primera parte de tu trabajo”.

Michael Reave ladeó la cabeza ligeramente y la miró con algo en los ojos que se parecía sospechosamente a la lástima.

—Eres su hija. Diría que deberías tener más idea que yo de lo que pasaba por la cabeza de tu madre.

Heather asintió despacio, dándole la razón.

—Es cierto. Pero es difícil perder a alguien de esa manera, con tantas preguntas sin respuesta en el aire. Creo que no hay pérdida más difícil que esa.

Michael Reave no respondió. Heather observó que sus ojos eran de un color verde oscuro, como el de agujas de pino contra la nieve.

—¿Por qué le escribía mi madre?

—Era una amiga. Una buena amiga.

—¿Se conocían desde hace mucho tiempo?

Él se encogió de hombros.

—Diría que sí.

—No tenía ni idea. —Heather esbozó una sonrisa forzada, que sintió pequeña y extraña en los labios—. Tantos años de correspondencia y jamás me lo mencionó. Tal vez podría ayudarme a comprender el motivo.

—Todos tienen secretos, muchacha. —La observaba con tanta intensidad que Heather sintió que se le ponía la piel de gallina—. Supongo que es difícil para los hijos comprenderlo, pero hasta los padres ocultan cosas a veces. Tu madre tenía una vida antes de que nacieras, Heather.

Su nombre en boca de Reave le sonó como una amenaza. Heather se miró las manos, con una repentina desesperación por alejar la conversación de sí misma.

—Entonces, ¿usted le contaba sus cosas a mi madre? ¿Tan amigos eran? Verá, la madre que conocí nunca tuvo el menor interés por crímenes ni asesinatos. Ni siquiera quería ver las noticias porque le resultaban demasiado deprimentes. ¿Por qué hablaba con usted, entonces?

—Era mi amiga. Una vieja amiga. Y aquí no tengo nadie más con quien hablar, muchacha.

—Me cuesta creerle. —Una expresión de sorpresa cruzó por el rostro de Reave rápidamente y Heather sintió que había obtenido una pequeña victoria—. Ahora que su nombre está de nuevo en los medios, seguramente mucha gente querrá hablar con usted sobre los asesinatos que han sucedido más al norte.

El esbozó una sonrisita y tironeó suavemente de la cadena que unía las esposas, haciéndolas tintinear.

—No sé nada de eso. ¿Cómo podría saberlo? He estado en la cárcel desde antes de que nacieras, creo. ¿Cuántos años tienes? Todos me parecéis jóvenes últimamente. —Asintió en dirección al inspector Parker—. Como aquel. Todavía ni se afeita y allí está, echándome el mal de ojo.

—Cuando empiece a afeitarme, le pediré consejo —ironizó Parker.

—Bien, entonces... —Heather se inclinó hacia adelante y volvió a captar la atención de Reave. Él esbozó una media sonrisa y ella reprimió un escalofrío. Había algo en la forma en que la miraba: como una urraca que ha visto algo brillante entre la hierba. Parecía complacido con ella y Heather no sabía por qué.

—¿Qué hay de su pasado? ¿Puede decirme algo de los antiguos crímenes?

Él se echó hacia atrás en la silla y extendió los brazos delante del cuerpo.

—¿Quieres que te cuente una historia?

Heather se enderezó en la silla. ¿Dónde quería ir a parar?

—Si lo desea, señor Reave.

—Llámame Michael, por favor. —Se llevó la mano a la boca, ocultando la expresión por un instante—. Había una vez un hermano y una hermana cuya madre murió, dejándolos a cargo de su madrastra, que era una bruja. Ella les pegaba y los mataba de hambre, por lo que ambos huyeron lejos, al campo, donde esperaban encontrar la felicidad. Pero el viaje fue arduo y no habían llevado nada, así que pronto sintieron hambre y sed y no podían pensar con claridad. Después de un tiempo llegaron a un arroyo y se inclinaron para beber de él, pero justo antes de hacerlo, la chica oyó en el ruido del agua una voz que decía: “El que beba de mí se convertirá en un tigre. El que beba de mí se convertirá en un tigre”.

Heather parpadeó. Lo extraño de la situación y las palabras de él la hacían sentir que estaba dormida, en medio de un sueño particularmente perturbador.

—Señor Reave..., creo que no...

—Verás, la bruja había echado un maleficio sobre todos los arroyos. La hermanita dijo: “Hermano, no bebas de ese arroyo o te convertirás en un tigre y me comerás”. El hermano accedió a esperar, pero cuando llegaron al siguiente arroyo, ella volvió a escuchar la voz del agua, que cantaba: “El que beba de mí se convertirá en un oso. El que beba de mí se convertirá en un oso”. De nuevo, la hermana le pidió al hermano que no bebiera, y esa vez, él accedió de mala gana. “Tendremos que beber pronto”, le dijo, “o moriremos”. Tiempo después llegaron a un tercer arroyo, uno muy ancho y acogedor rebosante de agua clara, y cayeron de rodillas, desesperados por la sed, con los labios agrietados y la boca seca. Esa vez, la niña escuchó: “El que beba de mí se convertirá en un lobo, el que beba de mí se convertirá en un lobo”. Le suplicó a su hermano, con lágrimas en los ojos, pero esa vez no pudo detenerlo. El chico bebió el agua, se convirtió en un lobo y despedazó a su hermana.

Hubo unos segundos de silencio, en los que uno de los agentes tosió. Detrás de Heather, el inspector Parker suspiró levemente.

—Ajá. Qué historia tan encantadora. —Heather carraspeó—. Señor Reave, voy a ser franca: contar historias sobre chicas a las que se las comen no es la mejor forma de convencer a nadie de su inocencia.

Michael Reave rio por lo bajo y su rostro se iluminó con una diversión aparentemente genuina.

—Lo sé. La mayoría de los cuentos antiguos, los que coleccionaban los hermanos Grimm, parecen haber sido escritos por asesinos. Esa historia se llamaba “Hermano y hermana” y era una de las que coleccionaba tu madre. Tenía montones de cuentos, copiados de viejos libros o escritos de memoria.

—¿Mi madre? —Heather esbozó una media sonrisa de incredulidad—. Imposible. A mi madre no le gustaba que viese la tele después de las nueve de la noche. Todos los libros que me compraba cuando era niña eran de hadas del bosque y unicornios. Debe de estar confundido con otra persona.

Pero mientras hablaba, pensó en la página arrancada de un libro y hecha una bola que estaba sobre el tocador de su madre. Y en el libro viejo que había rescatado de debajo del sofá y dejado a un lado.

Michael Reave negó con la cabeza despacio, sin dejar de sonreír.

—Querías que te hablase sobre tu madre, ¿no es así? Le encantaban esos cuentos. En aquel entonces, amaba el campo igual que yo, no quería hacer otra cosa que estar bajo el cielo y caminar por los bosques. Esos cuentos eran para ella una conexión con aquel tiempo en el que vivíamos así. Un tiempo en el que le temíamos al bosque y conocíamos los ritmos del mundo. Lo que quiero decir es que seguramente hay muchas cosas que no sabías sobre tu madre, muchacha. La gente es así. Muchas capas, algunas más oscuras que otras. A tu madre se le daba bien ocultar las cosas. Mejor que a cualquier otro.

Heather cayó en la cuenta de que tenía las manos entrelazadas con fuerza debajo de la mesa, tan fuerte como para que se le estuvieran poniendo blancos los dedos. Las separó con algo de dificultad. Los recuerdos del día en la morgue seguían muy nítidos, cercanos, como si fuera a volverse hacia la derecha y ver una mesa blanca y fría, los rostros de los empleados funerarios blancos y fríos. Cerró los puños debajo de la mesa, concentrándose en el dolor sordo de las uñas contra la palma de la mano.

—La campiña, sí. En las cartas, usted habla de un lugar donde ambos vivieron durante un tiempo, una especie de comuna hippy en el norte. Creía que todo eso había desaparecido en los años sesenta, pero, al parecer, siguió durante algún tiempo. ¿Fue allí donde se conocieron? ¿Me puede contar algo sobre eso?

Michael Reave bajó la mirada a la mesa. La expresión animada que había tenido en el rostro mientras contaba el cuento macabro se había disipado.

—No hay razón para hablar de eso. Es agua pasada.

—¿Por qué? Todo eso de volver a la naturaleza, escapar de la lucha por la supervivencia y demás. En las cartas usted hablaba de un lugar llamado Fiddler’s Mill. ¿Cómo era?

El hombre giró la cabeza hacia la pared, como si hubiera una ventana por la cual mirar hacia fuera.

—Creo que he terminado —dijo en voz baja—. Creo que quiero volver a mi celda ya. Basta de hablar. —Heather parpadeó, sorprendida por el repentino cambio de actitud. Cuando el inspector Parker le tocó el hombro, invitándola a retirarse, Michael Reave la miró a los ojos por última vez—. ¿Has entendido la historia, Heather? ¿Comprendes lo que debería haber hecho la hermana?

Heather no respondió.

—Debería haber bebido el agua ella también —dijo Reave.

El inspector Parker le ofreció llevarla en su coche, puesto que iba en la misma dirección, y Heather aceptó de buen grado, contenta de no tener que coger autobuses con esas nubes oscuras que anunciaban lluvia. El interior del coche estaba más desordenado de lo que hubiera esperado de un miembro de la policía: vasos aplastados del McDonald’s, táperes vacíos, envoltorios de chocolatinas arrugados. Vio que Parker se ruborizaba ligeramente cuando ella quitó una tapa de plástico del asiento. Le pareció algo adorable.

—Disculpe el desorden —dijo él con una mueca mientras salían hacia las calles mojadas.

—No se preocupe, debería ver mi casa. —Heather hizo una pausa, divertida y horrorizada a la vez por la forma en la que la frase pareció quedar colgando en el aire entre ellos. “Joder, no puedo creer que ya lo esté invitando a mi casa”—. ¿Tiene una sirena escondida por aquí en algún sitio? Volver a casa como si estuviera en Policía de barrio significaría que no he perdido todo el día.

—Las sirenas son para emergencias, señorita Evans —masculló el inspector Parker—. Oiga, no se lo tome tan a la tremenda. Hizo un buen trabajo.

—¿En serio?

Parker levantó un hombro.

—Por algo se empieza. Debo decir que nunca le oí hablar tanto con alguien. Le interesa hablar con usted y puede que eso abra algunas vías de investigación nuevas. Tal vez deje escapar alguna información. Me gustaría que volviera a intentarlo, si no le parece mal.

Heather miraba por la ventanilla. Las gotas de lluvia habían convertido el mundo exterior en algo difuso, manchado de luces rojas y amarillas. A pesar de que había descrito la sesión como una pérdida de tiempo, tenía que admitir que le había resultado fascinante: tanto por Reave en sí, con su confianza perturbadora, como por las pizcas de información que había revelado sobre su madre.

—Fue algo increíble, hablar con... con alguien así. Si lo viera en un pub, no lo miraría dos veces, pero, aun así, tengo la sensación de que se está guardando cosas. Cosas sobre mi madre. —Miró brevemente a Parker, sintiéndose avergonzada—. Por Dios, una entrevista y ya me creo Miss Marple, ¿no?

El inspector Parker sonrió divertido.

—En fin, ese hombre me da miedo, inspector Parker, pero que haya estado hablando con mi madre durante tantos años, que exista toda esa faceta de ella sobre la cual no tengo la menor idea y que luego ella, sin venir a cuento, se suicide... —Sacudió ligeramente la cabeza—. Y encima este asesino nuevo... ¿Investigaron Fiddler’s Mill? En el pasado, quiero decir.

—Se investigó cuando Reave fue arrestado. Al menos hasta donde pudo investigarse, es un terreno enorme. Y el Departamento de Investigaciones Criminales de Lancashire le volvió a echar un vistazo cuando detectaron la conexión con estas desapariciones recientes. Ahora está muy cambiado, sería difícil darse cuenta de que allí hubo una comuna. —Parker apretó el volante—. Tenemos muy poca información sobre el pasado de Reave. Todos aquellos que pudieron haberlo conocido de niño ya han muerto y casi no hay registros sobre él de aquella época, y nada de su vida adulta. Existe un certificado de nacimiento, una matrícula para preescolar y primaria y luego parece haber desaparecido de la faz de la tierra.

Heather frunció los labios mientras asimilaba la información.

—Reave tiene que saber algo. ¿Cuándo quiere usted que vuelva?

—Démosle un día o dos para que lo piense, pero lo antes posible.

—¿De verdad cree que podría servir? Para los crímenes recientes, digo.

—Hay muchas probabilidades de que Reave tenga información vital. —Parker tamborileó sobre el volante durante unos segundos—. Sea quien fuere esta nueva persona, creemos que tiene alguna conexión personal con Reave. Los asesinatos son demasiado parecidos.

—¿Se refiere a cosas que solo el asesino podría saber?

Parker resopló suavemente y se pasó la mano por el pelo. De pronto, Heather se dio cuenta de lo cansado que estaba.

—No puedo hablar de eso, pero sí. Los asesinatos originales del Lobo Rojo eran, bueno, singularmente raros, muy particulares. Michael Reave es un monstruo especialmente extraño y es muy positivo que esté preso. Pero sea quien sea este nuevo asesino, le ha estudiado, y mucho. —Carraspeó, como si se hubiera dado cuenta de que estaba siendo poco profesional—. De todos modos, ni a Elizabeth Bunyon ni a Sharon Barlow las encontraron en Londres, claro, pero nuestra mejor fuente de información hasta el momento está en una celda en Belmarsh. Estoy trabajando con el Departamento de Investigaciones Criminales de Lancashire en esto, dándoles toda la asistencia posible, pero... —Fuera, un semáforo se puso en verde y, por un instante, el coche se llenó del ruido de motores que aceleraban. El inspector Parker aparentemente conducía a más velocidad cuando estaba nervioso—. Los asesinos en serie son totalmente impredecibles.

—¿Están seguros de que se trata de un asesino en serie? ¿Se lleva recuerdos de las víctimas?

—¿A qué se dedica exactamente, señorita Evans?

—Hum..., bueno, soy escritora.

—Ah.

Heather se rio.

—Cositas aquí y allá. Por cuenta propia, por lo general. Redacto textos publicitarios, esas cosas... —Sonrió—. A veces escribo críticas de películas. De momento estoy haciendo mucha corrección de textos.

—Bien. —Tenía expresión pensativa y Heather tuvo la impresión de que estaba ordenando sus pensamientos en voz alta, casi como si ella no estuviera presente—. Les dedicaba mucho tiempo a los cadáveres y hay ciertas cosas, información que no fue revelada a la prensa sobre los crímenes originales del Lobo Rojo, que indican claramente que piensa seguir matando. —Carraspeo de nuevo, como si estuviese incómodo—. Estudié psicología criminal. Escribí algunos artículos sobre asesinos en serie. El asesino de Green River, Shipman. Cositas aquí y allá, como dijo usted.

—Si hay cosas en la forma de actuar de este nuevo asesino, y de las que el público nunca se enteró, que encajan con los asesinatos originales, ¿es posible que se haya tratado de otra persona desde un principio?

Durante varios segundos, Parker no dijo nada. Cuando volvió a hablar, parecía muy convencido.

—No. En última instancia, las pruebas contra Reave fueron contundentes, y mientras estuvo preso, no hubo más asesinatos como esos.

—Hasta ahora.

Parker hizo una mueca.

—Hasta ahora.

—Me encantaría saber más al respecto si tiene tiempo.

El tráfico se había ralentizado y el inspector pudo mirarla un instante.

—Por lo general no es un tema de conversación agradable, señorita Evans.

—Se nota que no conoces a demasiados escritores. Mejor nos tuteamos, ¿de acuerdo? A ese monstruo de Michael Reave le parece bien llamarme por mi nombre, así que supongo que tú también puedes hacerlo.

Parker no pudo contener una carcajada.

—De acuerdo.

Cuando llegaron a las afueras de Balesford, Heather le pidió que la dejara cerca de las tiendas. Por motivos que no comprendía del todo, no quería que la asociara con la casa de su madre. Al inclinarse para cerrar la puerta del coche, lo miró directamente a los ojos.

—Lo dije en serio, ¿sabes?, lo de tener una charla. Balesford es una mierda, pero hay un buen restaurante chino a pocos minutos de aquí. Tiene buenas costillitas Pekín.

—Pues... —Para sorpresa de Heather, él sonrió—. No sé si es lo adecuado, Heather. —Ella notó que no era ni un sí ni un no, técnicamente, así que le devolvió la sonrisa.

—Tienes mi número, inspector Parker.

De regreso a casa de su madre, Heather fue a la sala de estar y cogió el libro que había encontrado antes, el de cuentos de hadas con un lobo en la portada. Pensó en el tétrico cuento que le había contado Michael Reave del niño que se había convertido en lobo tras beber agua de un arroyo embrujado.

Así que Reave tenía razón. Su madre se había interesado por esos temas. ¿Pero por qué estaría el libro allí, debajo del sofá? Como si alguien le hubiera dado un puntapié.

Al recordar la página arrancada que había encontrado en el tocador de su madre, Heather se puso a hojear el libro, buscando el cuento que correspondía a esa página. Pero enseguida se dio cuenta de que iba a ser más difícil de lo que parecía: al libro le habían arrancado muchas páginas, que, por lo visto, habían ido a parar a la basura. Seguía habiendo ilustraciones de niños y niñas de mejillas regordetas, de osos, castillos y soldados, de hadas y duendes y espíritus malignos cada dos o tres páginas.

Pero no había lobos. No quedaba ni un solo lobo.

CAPÍTULO 11

—JODER, NIKKI, FUE TAN ESPELUZNANTE que no te lo puedes ni imaginar.

—Sí, eso parece.

Estaban otra vez en la sala de estar de Nikki, con restos de comida china para llevar desparramados por la mesa baja, que antes había estado prístina. Era tarde, y las ventanas estaban demasiado oscuras para Heather. Se alegraba de que su amiga hubiera encendido todas las luces; hasta la televisión sin volumen era una presencia reconfortante.

—Él no era para nada lo que me esperaba. Pero ¿qué es lo que uno espera? No lo sé. Algunos, como Fred West, parecen haber salido de debajo de un puente. Ian Brady tiene una cara que te dan ganas de darle un puñetazo. Bueno, al menos la tenía. Jeffrey Dahmer parece tener la palabra “degenerado” escrita en la frente. Pero Michael Reave parecía... No lo sé. El dueño de un pub del norte que cuida su aspecto. O... —emitió una risotada— ... ácida el típico personaje turbio y atormentado de una novela de Mills & Boon.

—Piensas que todos esos tienen aspecto malévolo o desagradable porque sabes lo que hicieron —señaló Nikki. Estaba sentada en el sofá con los pies debajo del cuerpo. Se había quitado la camisa y puesto un suéter largo y amplio morado, pero seguía con las medias que usaba para trabajar. Se le habían corrido unos puntos en una rodilla—. Piensa en Bundy, o en Harold Shipman. Tenían un aspecto normal. Shipman parecía un anciano bondadoso y es nuestro asesino en serie más activo.

—Ajá. —En las últimas horas, tanto ella como Nikki habían hecho un curso acelerado de asesinos en serie—. Bundy. Qué hijo de puta.

—Mi madre te mataría con sus propias manos si oyera el lenguaje que usas delante de mis figuritas de porcelana. Pero esa historia, por favor...

—¡Tal cual! —Heather cogió un pan de gambas y se puso a comérselo—. Qué cosa más rara eso que me dijo. Que mi madre era una gran aficionada a esos cuentos. —Se calló, pensando si debía contarle a Nikki lo del libro, pero decidió no hacerlo.

—La verdad es que cuesta imaginar a tu madre interesada en cuentos de hadas truculentos.

—Sí. El caso es que se trata de una historia real. Quiero decir, un cuento de hadas que existe. Bueno, más o menos.

Nikki se estaba llevando un pan de gambas a la boca, pero se paró en seco.

—¿En serio? ¿Cómo lo sabes?

Heather frunció los labios.

—He estado leyendo sobre el tema, hay mucha gente en internet que se pasa la vida analizando esas cosas. En fin, que los cuentos de los hermanos Grimm últimamente han sido pasados por el filtro de Disney, les han puesto almíbar y encaje para hacerlos más amigables, pero, al parecer, en un tiempo eran tan desagradables como el que me contó Michael Reave. Resulta que la historia “Hermano y hermana” existe, excepto que él le cambió el final. En la historia verdadera, en el tercer arroyo el hermano se convierte en un ciervo. Y luego viene todo un lío con reyes y una princesa y finalmente a la bruja la despedazan fieras salvajes. Debo decir que su versión era mucho más concisa y potente.

—Ah. —Nikki mojó otro pan de gambas en la salsa agridulce—. ¿Por qué piensas que la cambió?

—Muchas de estas historias cambiaron, como te dije, aunque algunas las hicieron todavía más violentas. Tal vez él no la recordaba bien o puede que haya estado tratando de decirme algo. —Al ver las cejas arqueadas de Nikki, Heather se encogió de hombros—. Dijo que me había contado esa historia para demostrar que había muchas cosas que yo no sabía sobre mi madre. Pero tal vez también hubiera otro mensaje.

—Ese mensaje podía muy bien ser: “Quiero ponerte los pelos de punta”. ¿Piensas volver?

Heather asintió.

—Él sabe algo, Nikki. No se mostró nada sorprendido cuando le conté lo que le había sucedido a mi madre. Tal vez tenían un pacto o algo así, o las cartas estaban escritas en código. —Contempló la oscuridad del otro lado de las ventanas—. Sea lo que fuere, necesito averiguarlo.

Al volver a casa de su madre más tarde, Heather se descubrió pensando otra vez en el desagradable cuento de hadas de Michael Reave. Era cierto que su madre había sido estricta con respecto a la televisión y los hábitos de lectura de Heather, hasta tal punto que ella a menudo se quedaba en casa de alguna amiga para ver todo tipo de películas de terror en vídeo (el hecho de que su madre se las prohibiera solamente la había vuelto más rebelde), y en su armario había escondido debajo de los zapatos viejos una caja llena de libros y cómics que su madre no hubiera aprobado. La idea de que ella hubiera coleccionado historias macabras y las hubiera compartido con un futuro asesino en serie le resultaba inverosímil, una pieza del rompecabezas que no encajaba. Aun así, había algo que le resultaba familiar en el cuento.

“No es otra cosa que Caperucita Roja”, se dijo. “Hayan tenido o no una madre sobreprotectora, todos los niños entran en contacto con historias sobre chiquillos a los que se los come el lobo, y tal vez nunca olvidan esa primera emoción de terror que sintieron tras comprender que el Lobo Feroz se ha comido a la abuela y tiene puesto su camisón. Esa sensación lobuna, ese miedo creciente a la bestia, hunde los colmillos en todos los cuentos antiguos”.

—Es siempre la misma historia —masculló—. Témele a la bestia, pues la bestia está hambrienta.

Ya adentro de la cancela, Heather se detuvo. Había dejado la luz de la sala de estar encendida para no tener miedo al volver, pero de algún modo, ese cuadrado ardiente de luz amarilla, borrosa y desdibujada por las cortinas de encaje solo la hacía sentirse peor, como si fuera un portal hacia algo que no quería ver: quizá los trozos de una de las víctimas de Michael Reave desparramados en un campo lejano, o a su madre, sentada a la mesa de la cocina con el cráneo destrozado por las rocas, escribiendo diligentemente otra carta a un asesino mientras le chorreaba masa encefálica sobre el papel.

Sacudiendo la cabeza, Heather caminó hasta la puerta y entró. La casa estaba en silencio y se dijo que tenía que dejar la radio encendida la próxima vez que saliera; el silencio se le antojaba demasiado expectante, demasiado ansioso de que ella lo llenara. Se dirigió a la habitación de invitados del piso superior, se puso el pijama y luego cruzó el pasillo hacia el baño.

En los segundos antes de abrir la puerta, con la mano sobre el picaporte, intuyó que algo no iba bien —un olor, un sonido leve—, pero fue demasiado tarde. La puerta se abrió y algo veloz y oscuro voló en dirección a su rostro.

Con un grito, Heather saltó hacia atrás, pero la cosa ya estaba en el rellano, volando en círculos frenéticos alrededor de la luz y chocando una y otra vez contra las paredes. Era un pájaro. Heather tragó el grito que pugnaba por salir de su pecho y golpeó el puño contra la barandilla.

—¡Pájaro de mierda!

Con el corazón todavía acelerado, Heather fue al armario de las cosas de limpieza y cogió una de las escobas viejas de su madre. Con cierta dificultad, intentó empujar el pájaro hacia uno de los dormitorios o de nuevo al baño, pero este se puso a volar con más desesperación, lanzando chillidos agudos de terror cuando golpeaba contra el techo, la lámpara, las paredes. Heather lo maldijo repetidas veces, sintiendo que el miedo en su interior se encendía y se convertía en furia. El pájaro se movía demasiado rápido como para poder verlo con claridad, pero era color marrón, con alas moteadas y un brillo levemente aceitoso.

“Un estornino”, pensó con amargura. “Por supuesto, tenía que ser un puto estornino”.

Al cabo de unos minutos, presa de la frustración y la impaciencia, golpeó al pájaro de lleno con la escoba y lo hizo caer a la alfombra con un ruido sordo.

—Ay. Ay, mierda.

Heather soltó la escoba y se acercó al pájaro, con una mueca de desagrado. El pequeño pecho se inflaba y desinflaba y el pico estaba entreabierto, lo que dejaba ver la afilada lengua negra. Estaba aturdido. Rápidamente, Heather volvió al armario y cogió una toalla con la que envolvió al pájaro. Era liviano, no pesaba casi nada, y cuando lo acercó a su pecho, una oleada de recuerdos amenazó con sepultarla: un pájaro envuelto en una de sus viejas camisetas, con el corazón latiendo contra el de ella; el rostro de su padre sonrojado, nervioso, de algún modo asustado. Y luego, las manos de su madre blancas contra un vestido negro, los puños cerrados.

Sacudió la cabeza y bajó corriendo las escaleras hasta la puerta de entrada. Fuera, sintió el impacto del aire frío contra el rostro acalorado y, de pronto, estuvo a punto de echarse a llorar.

—Pajarraco de mierda —masculló cruzando por el césped hacia los árboles. Los calcetines se le empaparon y se le congelaron de inmediato—. Maldito pajarraco de mierda.

Se agazapó junto a los arbustos y abrió la toalla. El pájaro seguía aturdido, pero movía las patas, y a Heather le pareció que se recuperaría pronto. “Mejor dejarlo en el suelo”, pensó. “Debajo de un arbusto para que no se lo coma un gato”.

Pero en lugar de hacerlo, se quedó mirándolo y recordando. Volvía de la escuela caminando y se había detenido a pasar un rato en el parque con los de siempre. Volver a casa no le apetecía en aquel entonces, ya que cada conversación con su madre parecía descarrilarse hacia una pelea; peleas por la ropa, por lo que estaba estudiando, si estaba realmente “dando lo mejor de sí” o haciendo solo lo mínimo. Nikki y los otros, Kirsty, Aaron y Purdeep —sonrió al recordar los nombres— habían estado hablando sobre un grupo de música que a ella no le interesaba, de modo que se alejó hacia el límite del bosque. Había silencio allí y se había sentido muy a gusto; más que en su casa, con su madre al acecho por las habitaciones.

Fue allí donde había encontrado el pájaro. Una cosilla rota en la hierba. Había tomado una camiseta del bolso y lo había recogido, sintiendo el aleteo de vida bajo los dedos. De pronto, la invadieron la vergüenza y la culpa, dolorosas e inesperadas como un puñetazo en el estómago. De pronto, estancarse en viejos recuerdos se le antojó una estupidez. Heather se puso de pie, deseando lavarse las manos, y vio que una figura oscura se cernía sobre ella. Por segunda vez esa noche, gritó y dio un salto hacia atrás; resbaló sobre el césped mojado, pero cuando volvió a mirar, la figura había desaparecido..., si es que había estado allí realmente. Cansada y furiosa, dejó el pájaro debajo del arbusto, sobre la toalla, y volvió a entrar en la casa.

CAPÍTULO 12

Antes

UNA NOCHE, MICHAEL DESPERTÓ EN una oscuridad tan completa que zumbaba. La luz eléctrica segura y cálida que ardía en la lámpara del techo había desaparecido, arrojándolo a la negrura, enviándolo, en un instante, de nuevo al armario. De pronto ya no sabía dónde estaba, quién era, qué era arriba y qué abajo. Inspiró con desesperación bocanadas de aire caliente y fétido, aire que sabía a ropa húmeda, a comida vieja y mierda fresca, al abrigo rojo, al abrigo rojo, al abrigo rojo...

Extendió los brazos, y cuando las uñas se toparon con viejos paneles astillados, comenzó a gritar. Pronto su madre subiría como una tromba para ver qué era todo ese ruido, con los brazos carnosos temblando de furia, o su padre, tal vez ya quitándose el cinturón, o peor aún, tal vez iría ella, sonriendo, amable, buscando su piel con las manos afiladas..., pero los ruidos que provenían de su garganta no se detenían; era un animal herido atrapado en una trampa, despedazándose a sí mismo. De pronto, sintió un hocico cálido en la mano, un soplido de aliento húmedo entre los dedos y la sensación lo sorprendió tanto que cerró la boca, mordiéndose la punta de la lengua al hacerlo.

Un segundo más tarde, el hombre estaba en la puerta y el haz de luz de una vieja linterna eléctrica alejó los confines del armario y reveló el dormitorio, que seguía igual. El perro no estaba.

—Es solo un corte de luz, muchacho. —Deslumbrado por la linterna, el chico no podía ver la cara del hombre, pero su silueta era tan distinta de todo lo que había en su propia casa (el abrigo rojo, el abrigo rojo, el abrigo rojo) que sintió que el aire se transformaba, se aclaraba y quedaba limpio y libre de terror—. Ven abajo si vas a ponerte así, he encendido todas las velas. ¿Te está sangrando la boca?

Al día siguiente llovía y soplaba viento, pero el hombre le hizo ponerse un abrigo —otra vez demasiado grande para él, le llegaba hasta las rodillas— y salieron a caminar. La zona alrededor de la casa era verde y estaba aislada; Michael podía ver campos y cercos de plantas, también un bosque oscuro. El hombre lo llevó hacia allí y muy pronto se les empaparon los pantalones con el agua de la hierba crecida; cuando caminaban debajo de los árboles oscuros y retorcidos, Michael se estremeció y parpadeó, sintiéndose más despierto de lo que se había sentido en días.

—Este es el bosque Fiddler —dijo el hombre—. Es muy antiguo. —Había una clara nota de orgullo en su voz—. Prímulas, anémonas del bosque, sonajeros amarillos, rosas silvestres, campanillas en primavera. Flores que significan que un sitio es antiquísimo, un vestigio de la Edad de Hielo. —Bajó la mirada hacia Michael con el ojo de vidrio apagado—. Supongo que no te interesan las flores, pero no es eso lo que voy a mostrarte.

No muy lejos del extremo del bosque, llegaron a una pequeña construcción abovedada, hundida en la tierra negra. Había sido construida originariamente con ladrillos rojos, pero los colores del bosque se habían adherido a ella. Estaba cubierta de musgo verde y líquenes amarillos hasta tal punto que parecía parte de la naturaleza, algo que había crecido del suelo. En la parte delantera había una puerta baja con candado.

—Es una cámara para almacenar hielo —explicó el hombre—. Muchas casas antiguas las tienen. Quiero que pienses en tu madre, muchacho. —Apoyó una mano sobre el hombro de Michael y él sintió que el miedo le caía encima como una lluvia de piedras.

—¿Qué hay allí adentro?

—Tu madre no era una buena mujer, pero imagino que lo sabes mejor que nadie. Toda tu familia es... —Se interrumpió y empujó al chico ligeramente hacia adelante—. Pero no quiero que recuerdes eso, muchacho. Quiero que recuerdes la última vez que la viste. ¿Lo recuerdas? ¿Me estás escuchando, niño?

Dio un paso adelante, sacó una llave del bolsillo y abrió el candado. El aire frío golpeó el rostro del chico. Olía salobre y extraño, como el agua que se deja en un balde durante semanas.

—¿Estás pensando en eso, muchacho? ¿En la última vez que la viste?

El chico no se movió. Recordaba la sensación extraña de ingravidez en el estómago mientras caían por las escaleras, la sensación deliciosa de dañar a aquello que le había hecho daño.

—Recuerda el momento en el que tenías todo el poder sobre ella —prosiguió el hombre.

Volvió a apoyar las manos sobre los hombros de Michael y lo empujó suavemente por la puerta de la cámara de hielo. El suelo se inclinaba delante de ellos y Michael sintió que las botas holgadas que llevaba se movían por el barro pedregoso. La luz de la puerta iluminaba una habitación húmeda, con moho en las paredes; hacía frío allí, mucho más frío que fuera. Delante de ellos había una figura tendida sobre un banco de piedra bajo. Michael la miró. El hombre le apretó los hombros.

—Recuerda el poder que tenías en ese momento, muchacho. Recuérdalo.

La figura era su madre. Se la veía pequeña, como acurrucada sobre sí misma. Sus extremidades estaban oscuras, como si la piel fuera un solo gran hematoma y todavía se veía el brillo del hueso blanco asomando por el brazo donde se había roto. La bata amarilla ya no era amarilla. El rostro de su madre miraba hacia el otro lado, pero pudo ver las líneas de la mandíbula y del pómulo, que parecían más grandes que antes. La imaginó mirando la pared, la imaginó susurrando en la oscuridad: animal mugriento, bestia sucia. Un ruidito extraño brotó de la garganta de Michael.

—No —dijo el hombre con firmeza—. Mira lo que es ahora. No es nada. ¿Lo ves?

Empujó al chico hacia adelante con fuerza, y casi lo hizo caer sobre el cadáver. De pronto, Michael se encontró a centímetros de la carne desgarrada de su madre; sus dedos descompuestos parecían palillos oscuros.

Y entonces, lo vio.

Vio que ella era algo digno de lástima, una figura rota en el paisaje de su furia.

—Eso es, mi muchacho. Eso es. Cuando eres un lobo, las que son como ella son solo carne. Carne putrefacta.

CAPÍTULO 13

TRAS LLEGAR A BELMARSH CON una hora de anticipación, Heather se había instalado en una cafetería barata de Thamesmead. Sentía una especie de afecto por Thamesmead, aunque no quería admitirlo; al igual que Balesford, se adhería al fondo de Londres como una especie de costra, pero al menos tenía el sentido común como para estar repleto de edificios de arquitectura brutalista de los años setenta: moles de hormigón gris por todas partes daban la vaga sensación de que alguna vez ese paisaje urbano había existido solo en las hojas de diseño de un arquitecto sumamente optimista.

Pidió un sándwich de huevo y beicon ahumado y una taza de té, y se sentó cerca de la ventana que daba a una calle principal llena de locales de apuestas y de pollo frito. Después de varios minutos, sacó una carpeta con cartas escaneadas. Ben Parker le había dado algunas copias de las cartas que había enviado su madre y Heather las leyó con febril concentración sintiéndose indignada, pero al final, no le brindaron demasiada información. En su mayoría, las cartas eran breves y amables y hablaban de temas intrascendentes como el cambio de estaciones, el clima o los planes que tenía para la cena. Heather no les encontraba pies ni cabeza; nadie diría que le estaba escribiendo a un asesino en serie condenado. De tanto en tanto, su madre se dejaba llevar brevemente a la deriva y mencionaba algún lugar que había visitado en la juventud, pero siempre volvía a encarrilarse enseguida. Heather le había preguntado a Parker por qué no le mostraba todas las cartas y él le explicó que hasta los asesinos tenían derechos: si bien la correspondencia de Reave se monitoreaba, solamente hacían copias de las cartas cuando creían que contenían algo que podía resultar útil. Por lo general, no lo hacían. Eso podía cambiar con el avance de la investigación, pero por el momento, querían tener a Reave de su lado.

De manera inevitable, Heather terminó concentrándose en las cartas del propio Michael Reave, esas misivas que, por lo visto, habían sido tan preciosas para su madre que las había escondido en el desván.

[...] Sé que no podías estar conmigo, Colleen. Me siento más feliz aquí bajo el cielo. Estaría más feliz con tigo, pero no puedo tener todo. Siempre lo supe. [...]

[...] en toda mi bida, no me he sentido cercano a nadie, solo a ti [...]

Heather dejó la carta. Sentía que los cimientos de su vida eran débiles, espectrales, algo que podía desaparecer del todo según la luz de la luna que los iluminara. Pensó en el pájaro que había quedado atrapado en el baño. Aun en una cafetería llena de gente, que olía a beicon ahumado y café, era difícil no considerarlo un presagio... En ese instante, la camarera le llevó el sándwich y el té y Heather se aferró a esa relación cotidiana con desesperación, sonriendo y asintiendo con tanta vehemencia que la camarera pareció molestarse. Cuando la mujer volvió a refugiarse detrás del mostrador, Heather se concentró nuevamente en las cartas.

[...] Nunca vi una tormenta así. Dijeron por televisión que pasaría sin causar daños, pero ¡cómo se equivocaron! Deberías aber estado aquí, Colleen, donde se pone realmente oscuro. El aullido del viento era tan fuerte que era como una voz. Y cayeron muchísimos árboles. Me apena ver el bosque tan destruido [...]

[...] Se vende la casona de Fiddler’s Mill. Va a ser un sitio de descanso para ricachones ¿puedes creerlo? Hombres y mujeres que quieren salir de la ciudad y estar en el verde, pero no saben por qué, así que se ponen albornozes y pagan para que les agan masages.

Heather dejó las cartas y sacó el portátil del bolso. No había wifi en el café, lo que era de esperar, de modo que de nuevo tuvo que compartir datos de su teléfono. Buscó en Google unos instantes y averiguó varias cosas: que una gran extensión de tierra conocida como Fiddler’s Mill había alojado realmente —durante más tiempo de lo esperado— una comuna en los años setenta, que perseguía los ideales de paz, amor libre y abundante consumo de drogas. En ese momento, parte de la casona ubicada en Fiddler’s Mill era un elegante complejo de spa, creado en la década de los noventa. La tierra y el spa pertenecían a una organización benéfica medioambiental llamada Oak Leaf y era cierto que se dedicaban al cuidado del medioambiente, la vida saludable, tratamientos de desintoxicación y otras cosas que, a Heather le resultaban indignantes por naturaleza. Para una mujer que acababa de perder un trabajo de periodista con un salario modesto, todo era impúdicamente costoso.

Abrió una página nueva e investigó un poco más sobre la Fiddler’s Mill del pasado, la que había existido antes del spa lujoso. Muy pronto se perdió por un laberinto subterráneo de blogs mal escritos y páginas web mal diseñadas por gente demasiado mayor como para sentirse cómoda online, pero que no se daba por vencida porque quería compartir sus recuerdos. Al principio, todo le pareció bastante inofensivo: la mayoría de las personas recordaba mucha música, mucho alcohol y mucha juventud pasándolo bien. Había algunas fotografías que mostraban gente con pelo largo y aspecto desaliñado, más guitarras acústicas de las que Heather pensaba que eran saludables y mucha comida cocinada al aire libre. Se veía el edificio principal, una casona del siglo xviii bastante señorial, los jardines, muchas tiendas de campaña y caravanas, algunos cobertizos construidos de forma temporal y gran cantidad de coches.

Sin embargo, había cierta tensión en todo eso. Tal vez se debiera a que los años sesenta habían pasado y estaban hundidos en la hostilidad de la década de los setenta, pero en las fotografías Heather observó muchas miradas duras, mucha gente que estaba demasiado delgada. Vio la imagen de una mujer embarazada sentada junto a una fogata con una mano sobre el dilatado vientre; en lugar de reflejar una satisfacción maternal en el rostro, su expresión era rígida y distante, como si estuviera tallada en piedra. Heather se preguntó, al ver las fotografías, si la única droga que se habría consumido en Fiddler’s Mill sería marihuana y tuvo serias dudas. Y en los blogs, diarios personales y artículos, descubrió un hilo de disconformidad que hablaba de malas instalaciones, maltratos y también fraude.

—Mi madre estuvo allí —murmuró. Decirlo en voz alta lo acercaba un poco a la realidad—. Mi madre. Debió de haber sido muy distinta en aquel entonces.

Después de leer algunos de los relatos más críticos, encontró varias publicaciones subidas por una mujer que se hacía llamar brujablanca59, que alegaba que habían ocurrido todo tipo de cosas turbias en Fiddler’s Mill en los años setenta y ochenta, aunque en ningún momento las detallaba. En la esquina superior derecha de la página web había una foto de la mujer, que mostraba un rostro de roedor debajo de un gorro de lana que solamente podía haber sido tejido a mano. Heather leyó los relatos, buscando detalles sobre los cuales construir una historia, pero terminó con la impresión de que la mujer seguramente había estado buscando un lugar donde entablar amistades y relaciones, pero en lugar de eso, había consumido muchas drogas y había terminado más sola que antes.

Eso sí, sus fotografías eran dignas de atención. Al pulsar sobre una pestaña que decía “galería” en la parte superior, se encontró con una larga página de fotografías y dibujos, todos de lo que parecía ser la campiña y en algunos casos, específicamente, la propiedad llamada Fiddler’s Mill. Heather reconoció la mansión del siglo xviii que dominaba la escena en algunas imágenes y que en otras ocupaba el fondo en la distancia. Todas las fotografías eran en blanco y negro, lo que les daba un aspecto sombrío; había algo perturbador en ellas. Campos de trigo debajo de un cielo vacío, de aspecto opaco, y primeros planos de la hierba, con piedras y palitos dispuestos en diseños extraños, concéntricos. También había varias fotografías de árboles, muchas de ellas oscuras y en sombras, como tomadas al final del día, cuando caía el crepúsculo, o dentro de un bosque muy cerrado. Las fotografías causaban una sensación claustrofóbica y Heather se descubrió estudiándolas con la frente arrugada.

También había dibujos con una paleta igualmente limitada de negros y grises, verdes y amarillos. Árboles que parecían dedos curvos desgarraban un cielo amarillento, figuras blancas y sombreadas se movían por un campo iluminado desde dentro con luz verdosa. En uno de los dibujos, Heather reconoció la forma sólida de la casona de Fiddler’s Mill, agazapada, solitaria, en la cima de una colina; muy a la derecha, saliendo del bosque, había una figura vestida con una prenda roja sin forma.

Heather estudió este último dibujo durante varios minutos hasta que la camarera fue a retirarle el plato. El té se le había enfriado.

Heather marcó el sitio web de brujablanca59 como favorito solo porque sentía que iba a querer volver a estudiar esas imágenes. Siguiendo un impulso, fue a la página de “Contacto” y le envió un mensaje rápido:

Hola, me llamo Heather Evans, ¿cómo está? Me encanta su trabajo y me gustaría conversar con usted sobre él y sobre el tiempo que pasó en Fiddler’s Mill. Puedo conectarme con usted online, o si vive en Londres, me gustaría invitarla a tomar un café.

Agregó su dirección de correo electrónico y pulsó “enviar”.

Una vez hecho, se le ocurrió otra idea. Sacó un viejo lápiz de memoria USB del bolso y pasó unos minutos copiando algunas de las fotografías y dibujos al dispositivo. Un poco más allá había un cibercafé que hacía impresiones; lo había visto durante el trayecto de ida. Tal vez Reave se mostrara más dispuesto a hablar de Fiddler’s Mill si lo veía en fotografías.

Desde fuera, la Prisión de Su Majestad de Belmarsh parecía una planta industrial, pero de cerca era una impresionante monstruosidad de ladrillos oscuros. Esa vez no estaba el inspector Parker esperándola; se encontró, en cambio, con un hombre bajo con un bronceado anaranjado falso que se presentó como el agente Turner y le dedicó unos tres segundos de atención antes de volver a concentrarse en el teléfono. Parker, explicó con expresión ausente, estaba otra vez en el norte. Heather se sorprendió ante la oleada de desilusión que sintió.

—¿Qué sucedió? ¿Hubo otro asesinato?

Él levantó la cabeza y la miró, como si se acabara de dar cuenta de su presencia.

—No estoy autorizado a hablar de eso, bonita.

—Muy bien. No me llame bonita, ¿vale? Gracias.

El hombre se volvió, dejando escapar un suspiro de impaciencia y Heather supo de inmediato que jamás forjaría amistad duradera con el agente Turner. La verdad era que, por lo general, no le molestaba que los hombres le dijeran bonita, querida o hasta bombón si no tenían el aspecto de idiotas con obsesión por los rayos UVA. “Inspector Parker, con tu atractivo cabello despeinado y tus ojos castaños, vuelve, te lo perdono todo”.

—¿Hay algo especial sobre lo que quieren que intente hacerle hablar? Estaban fuera de la sala de interrogatorios y Heather pudo ver a Michael Reave ya sentado, con las manos esposadas delante de él sobre la mesa. El agente Turner la miró con las cejas levantadas.

—Haga lo que pueda... —abrió la boca y Heather sintió que el “bonita” colgaba allí, a medio formar—, señorita Evans.

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13 noyabr 2024
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9788418711435
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