Kitabı oxu: «Torbellino de emociones»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1999 Jennifer Taylor

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Torbellino de emociones, n.º 1088 - octubre 2020

Título original: Marrying Her Partner

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-889-9

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

ESPERO que no estés esperando mucho para lo de esta noche –dijo la doctora Elizabeth Allen, sirviéndose una taza de café–. Un vaso de vino, queso, unos biscotes…

–Eso vale, Liz. Nadie estaba esperando que te tomaras muchas molestias –respondió David Ross, su compañero de la consulta–. Me pareció que sería una buena idea que nos reuniéramos todos para dar la bienvenida a James a su nuevo trabajo. Después de trabajar en Londres, ejercer aquí será un gran cambio para él.

–No me cabe duda de que lo será –afirmó Elizabeth, mientras se apartaba las ondas de pelo castaño rojizo de la cara.

Los ojos, de color avellana, se le ensombrecieron al acercarse a la ventana. La fina lluvia oscurecía la visión de las cercanas colinas, aunque la vista le resultaba tan familiar que no necesitaba verla para imaginarse como las verdes llanuras se extendían más allá de la ciudad.

Ella había vivido en la ciudad de Yewdale toda su vida y la adoraba con una pasión más allá de lo que ella creía posible. Elizabeth sabía que la gente la veía como una mujer fría, tranquila y segura de sí misma y a ella no le desagradaba esa imagen. Siempre prefería guardar sus sentimientos que mostrarlos abiertamente.

–¿De verdad crees que Sinclair encajará entre nosotros? Él nunca ha trabajado en una consulta en el campo, así que no tiene experiencia en la clase de problemas con los que probablemente se va a encontrar. Ya sé que está muy cualificado, pero… ¿No te preocupa el hecho de que se vaya a encontrar con situaciones aquí con las que nunca se hubiera encontrado en una consulta de Londres?

–No, no me preocupa. Estoy convencido de que James Sinclair no sólo se adaptará al trabajo sino que demostrará que es una pieza fundamental en la consulta –replicó David–. Espero que no estés teniendo dudas, Liz, ya que es un poco tarde para eso. Lo deberías haber pensado antes si no querías ofrecerle a James ser socio en la consulta, aunque, si te digo la verdad, no entiendo por qué te preocupas tanto.

¡Claro que Elizabeth tenía dudas! Sin embargo, no podía entender el por qué. Tenía una preparación y experiencia que no tenían nada que envidiar a las de otros candidatos. David se había alegrado mucho por encontrar a alguien de esa valía tan rápidamente. Los dos habían estado sufriendo mucha presión desde que el padre de Elizabeth se retiró y en el momento en que ofrecieron a Sinclair ser parte de la sociedad, resultaba evidente que ningún otro podía hacerle sombra. Pero ella había estado preocupada desde el momento que firmaron los contratos.

¿Por qué? ¿Acaso ella no estaba convencida de que él se adaptara al papel de médico rural? No tenía nada que le sirviera de base para aquel pensamiento y resultaba poco profesional basar un juicio en la intuición femenina.

–Estoy segura de que tienes razón –dijo ella, al ver la preocupación que había en la cara de David–. Creo que me estoy preocupando innecesariamente. Estoy segura de que James Sinclair será sin duda la respuesta a todas nuestras plegarias.

–Bueno, yo no iría tan lejos, pero espero que las consulta se hará mucho más fácil.

El tono de voz de David, algo bromista, hizo que Elizabeth se diera la vuelta ya que se dio cuenta de que James Sinclair estaba en la puerta. Ella se preguntó cuánto habría oído de aquella conversación, ya que había algo en la expresión de los ojos azules de él que manifestaba un desafío a pesar de la amable sonrisa de sus labios.

–¡James! Me alegro de verte –dijo David, dándole la mano–. ¿Cuándo has llegado? No estábamos seguros de cuándo vendrías.

–Llegué anoche, algo tarde –respondió James Sinclair, mirando a su alrededor antes de dirigirse a Elizabeth de nuevo–. Debo daros las gracias por reservarme una habitación en el hotel. Llegué más tarde de lo que esperaba. Así que me alegré de no tener que buscar un lugar para alojarme.

–David lo organizó todo, así que es a él a quien debes darle las gracias, no a mí –le espetó Elizabeth.

Evitando mirarle a los ojos, tomó nota rápidamente del impecable traje azul marino, a juego con una camisa azul pálida y una corbata color granate, que él llevaba puesto y que realzaba aún más su musculatura, al igual que su bronceado, que no podía haber conseguido en Inglaterra en aquella época del año. Tenía el pelo claro, cuidadosamente peinado hacia atrás, dejando completamente al descubierto un rostro que hubiera resultado casi demasiado atractivo a no ser por una ligera curvatura de la nariz.

James Sinclair parecía lo que era: sofisticado y refinado. Era definitivamente un hombre de ciudad. Tal vez por eso no creía que él fuera feliz viviendo y trabajando en una pequeña ciudad como Yewdale.

Cuando Elizabeth se dio cuenta de que él la estaba analizando de la misma manera que ella a él, se dio la vuelta, con el corazón latiéndole a toda velocidad sin que ella pudiera entender por qué.

–Entonces, gracias David –dijo James, volviéndose a mirar al hombre, algo más mayor que él, con una sonrisa.

–De nada. Así tendrás tiempo de empezar a buscar un sitio propio. De hecho, creo que sería una buena idea si hablaras con Harry Shaw, el dueño del hotel. Normalmente tiene sus contactos sobre las propiedades que van a salir al mercado. Por así decirlo, es uno de sus muchos negocios.

–Esa es una de las muchas bendiciones de una ciudad pequeña –replicó James, sonriendo–. Al contrario que en las grandes ciudades, la gente sabe lo que pasa a su alrededor. Yo viví en mi último piso durante tres años y nunca me enteré de quién eran mis vecinos. Creo que me va a gustar conocer a todo el mundo en esta ciudad y llegar a ser parte de la comunidad.

–Tal vez –dijo Elizabeth con frialdad, sentándose en su escritorio–. ¿Pero te gustará tanto que la gente sepa quién eres tú? Ése es un aspecto de este trabajo que muchos encuentran muy difícil. No puedes desconectar cuando vives en una pequeña ciudad como Yewdale. La gente te para en la calle, en las tiendas e incluso en el pub para pedirte consejo o comentar algo sobre su tratamiento. ¿Crees que te resultará fácil aguantar eso? ¿O lo encontrarás demasiado sofocante, como les pasa a la mayoría de los forasteros?

–Me imagino que sólo el tiempo te puede contestar a eso –respondió él con voz amable, aunque le saltaban chispas de los ojos–. Yo estoy dispuesto a esperar y ver qué pasa, pero ¿y tú, Elizabeth? Me parece que ya has decidido que no soy apto para este trabajo.

–¡Tonterías! Liz sólo está siendo… realista –intervino David, mirando a Elizabeth para que ella confirmara sus palabras.

Ella se mantuvo en silencio, por lo que fue un alivio que el intercomunicador sonara y se pudo dar por terminada la reunión, aunque todos sabían que aquello sólo era el principio.

–Me parece que ha llegado mi primer paciente –dijo ella, evitando mirarle a los ojos–. ¿Te importa enseñarle a James su consulta, David?

–Claro que no –respondió David, saliendo de la habitación para que él le siguiera. Pero James no lo hizo.

–No sé porque tienes dudas sobre mí, Liz –dijo James, poniendo un delicado énfasis al pronunciar su nombre–, pero espero que intentes tener una mentalidad abierta. Este trabajo es lo que quiero y tengo la intención de llevarlo a cabo con éxito. Créeme. Me parece que una persona es inocente hasta que se demuestra lo contrario. Tal vez deberías tener eso en cuenta.

Elizabeth respiró profundamente cuando él hubo salido de la habitación Entonces apretó el botón del intercomunicador para informarle a la recepcionista, Eileen Pierce que estaba lista para recibir a su primer paciente. En ese momento se dio cuenta de que le temblaba la mano, pero no quiso pensar en lo que había sido la causa: un metro ochenta de elegancia en estilo puro llamado James Sinclair.

–De acuerdo, señor Shepherd, ya puede vestirse. ¿Puede hacerlo solo o quiere que lo ayude?

–¡No necesito que ninguna mujer me ayude! –le espetó Isaac Shepherd, demasiado orgulloso y testarudo como para aceptar ayuda.

–Entonces, ¿cómo está, doctora? El muy tonto debería darse cuenta de que no debería hacerlo todo solo –dijo Frank, el hijo de Isaac, mirando la pantalla que ocultaba a su padre de su vista y levantando la voz para que el viejo le oyera–. Le dije que vendría este fin de semana para ayudarle a recoger las ovejas, pero ¡iba él a esperar! Las cosas se hacen cuando él quiere que se hagan. ¡Desde que mi madre murió, es imposible razonar con él!

–Entiendo que tiene que ser difícil, Frank –dijo Elizabeth, sentándose a su escritorio y mirando las notas del expediente. Hacía más de tres meses desde la última vez que Isaac había estado en la consulta. Desde su angina, había tenido que todos los meses, pero había ignorado todas las citas para la consulta. Si no hubieran estado tan ocupados, Elizabeth hubiera ido a visitarlo a su granja–. Tu padre es un hombre muy independiente, Frank.

–¡Demasiado independiente! Le he dicho mil veces que Jeannie y yo estaríamos encantados de que viniera a vivir con nosotros, pero ¿cree que me ha escuchado?

–¿Y para qué me voy a ir a vivir con vosotros? Desde allí no puedo cuidar de mi granja –exclamó Isaac, surgiendo desde detrás del biombo–. Yo nací en esa granja, y allí será donde moriré. Así es como debe ser. La pena es que una vez que yo me muera, no habrá nadie que se encargue de ella…

–Siéntese, señor Shepherd –le interrumpió Elizabeth rápidamente, para que la conversación no degenerara por otros derroteros y se hiciera interminable. Sabía que aquello había sido un punto de roce entre padre e hijo desde que Frank se mudó a la ciudad para trabajar en una fábrica de cerámica–. Mire, señor Shepherd, no me resulta fácil decirle lo que tengo que decir, así que iré al grano. No puede seguir dirigiendo esa granja usted solo. Físicamente, es demasiado para usted.

–¡Lo he hecho toda mi vida! ¡No hay nada que yo no sea capaz de hacer! –le espetó el hombre.

–Sería demasiado para un hombre de su edad aunque se encontrara perfectamente de salud, pero éste no es su caso. Tanto si lo quiere como si no, su angina de pecho tiene que tenerse en cuenta –continuó Elizabeth, sin apartar la vista del hombre–. Ya se lo expliqué todo la última vez que lo vi. Las arterias que van al corazón se le han estrechado tanto que no pasa suficiente sangre. El exceso de ejercicio físico, incluso fumar, acrecienta el problema y ocasiona los ataques. El ir por las colinas para buscar a las ovejas fue una locura.

–¿Y qué se suponía que tenía yo que hacer? ¿Esperar que volvieran ellas solas? ¿Cree que me puedo permitir que se pierdan? –replicó Isaac, empezando a levantarse de la silla.

–Sé que no, así que debería pedirle a alguien que le ayude. Ya no puede hacerlo usted solo –le dijo Elizabeth, obligándole a que se sentara–. Frank me ha dicho que ni siquiera tenía sus medicinas con usted cuando le encontró esta mañana. Si hubiera tenido sus pastillas, hubiera podido controlar el ataque.

–¿Por cuánto tiempo? ¿Veinte… treinta minutos antes de que me vuelva a dar? Además, me dan dolor de cabeza –replicó Isaac Shepherd en tono beligerante–. ¡Menuda medicina es ésa!

–Entonces, ya va siendo hora de que hagamos otra cosa –respondió Elizabeth, al darse cuenta de que los ataques se iban haciendo más frecuentes–. Está claro de que la medicina ya no le hace efecto, así que tendremos que buscar otra alternativa. Creo que una angioplastia sería la solución.

–¿Qué es eso, doctora? –preguntó Frank–. ¿Se trata de una operación?

–Hoy en día se trata de algo rutinario. Explicado sencillamente, se trata de alargar la sección de la arteria afectada por medio de un globo, por lo que se consigue que la sangre fluya mejor hacia el corazón. Creo que sería lo mejor para su padre, así que me gustaría que le viera un especialista en el hospital.

–¿En el hospital? ¡Yo no voy a ir al hospital! –exclamó el anciano, poniéndose de pie–. Es una pena que su padre ya no esté aquí, jovencita. ¡A él no se le hubiera ocurrido sugerirme eso! –añadió, antes de salir de la consulta.

–Lo siento mucho, doctora –se disculpó Frank, poniéndose de pie, bastante avergonzado–. Algunas veces es imposible hacerle razonar, pero haré lo que pueda. Se lo prometo.

–Gracias, Frank. Sé lo testarudo que puede llegar a ser, pero intenta hacerle ver que, al fin y al cabo, es por su bien –le dijo Elizabeth sonriendo. Estaba acostumbrada a tratar con las actitudes intransigentes de los viejos granjeros.–. De lo que estoy dispuesta a asegurarme es que no vuelve a perder sus chequeos. Hablaré con Abbie Fraser para que lo apunte en su lista.

–Adviértala que no le avise cuando vaya a ir a visitarle, porque si no el viejo zorro se irá al campo –le sugirió Frank, mientras salía de la habitación.

Elizabeth sonrió de nuevo. A pesar de todo, no podía dejar de admirar la determinación del viejo granjero…

–Tal vez no sea yo el único que ha comprobado lo afilado de su lengua, doctora Allen. ¿O es que acaso salen muchos de sus pacientes de esa manera de su consulta?

Capítulo 2

LA SONRISA se heló en los labios de Elizabeth. Al levantar la vista, vio a James Sinclair apoyado en la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión divertida en los ojos.

Aunque no tenía frío, Elizabeth sintió que un escalofrío le recorría la espalda y se echó a temblar. A pesar de eso, el corazón le latía más rápidamente que lo que debería. Aquella broma le había molestado tanto que su voz se tornó gélida cuando le respondió.

–No a menudo, pero sí me pasa de vez en cuando. Los pacientes con los que tratamos aquí no son de la clase tan refinada a la que tú estás acostumbrado, doctor Sinclair. Están demasiado ocupados ganándose la vida como para andarse con cortesías sociales.

–Eso les hace parecer personas muy tristes, pero no ha sido ésa la impresión que yo he sacado de los pacientes que he visto esta mañana –replicó él, con una sonrisa aún más amplia–. Vaya, vaya. Espero que no estés intentando quitarme las ganas tan pronto. Sé que hemos accedido a un periodo de prueba de tres meses, pero tengo que confesarte que eso es para mí una formalidad. He venido para quedarme, créeme.

Él la miró durante un instante, para luego mirar a su consulta, que estaba enfrente de la de ella. Hasta que se retiró, aquella había sido la consulta del padre de Elizabeth y ella lamentaba no haberse cambiado para utilizarla. La idea de James Sinclair utilizando la misma habitación que Charles Allen para ver a sus pacientes le hizo sentir un nudo en la garganta.

¿Qué sabría él sobre el trabajo y la dedicación que había costado levantar aquella consulta? Con su actitud de hombre de ciudad, James Sinclair nunca podría apreciar los valores de comunidad que todos ellos tenían en tanta estima. Él sólo podría considerar a Yewdale un lugar para trabajar hasta que se cansara y jugar al médico rural… ¡Y así sería!

Él miró a su alrededor, mientras ella bajaba los ojos para que James no pudiera ver su enojo. Le sorprendía tremendamente que le costara tanto controlar su genio, tal y como ocurría normalmente. ¿Qué tenía James Sinclair? Elizabeth no lo sabía, pero prefería que él no lo supiera hasta que ella misma no lo averiguara.

–En cualquier caso, la razón por la que quería hablar contigo, Elizabeth, es que me gustaría que me dieras tu opinión sobre uno de mis pacientes. Supongo que conocerás a la familia. Se trata de los Jackson y es sobre la niña más pequeña, Chloe, que ha venido hoy a la consulta –dijo él en un tono muy profesional, cosa que ella le agradeció.

–Sí, los conozco. Vienen con bastante frecuencia, es especial la pequeña Chloe. Ha tenido varias infecciones respiratorias últimamente. ¿Qué le pasa hoy?

–No estoy seguro. Me parece que no tiene congestionado el pecho, así que no creo que ese sea el problema. Lleva con fiebre varios días y tiene inflamadas las glándulas linfáticas y el bazo. También tiene un sarpullido al que me gustaría que tú echaras un vistazo y me dieras tu opinión.

–Por supuesto –dijo Elizabeth, levantándose de la silla.

Él se apartó de la puerta para dejarle paso. Cuando él le abrió la puerta de la consulta, le rozó el hombro y aquella sensación hizo que ella se estremeciera.

Al entrar en la consulta, Elizabeth intentó olvidarlo todo y concentrarse en la joven mujer que estaba sentada con una niña en las rodillas. Todo el mundo de la ciudad conocía a los Jackson, y no siempre por cosas buenas.

Barry Jackson se presentaba con regularidad delante del juez por delitos menores como la caza furtiva. Corría el rumor que también era dado a robar a los turistas que dejaban los coches abiertos, aunque jamás le habían detenido por esa causa.

Normalmente se presentaba en los tribunales, pagaba sus multas y luego seguía intentando ganarse la vida para él y su familia con trabajos ocasionales. Tenían cinco hijos. La mayor, Sophie, tenía dieciséis años y la menor, Chloe, era la que estaba acurrucada contra su madre.

–Hola, señora Jackson –dijo Elizabeth, inclinándose sobre ellas. Se dio cuenta enseguida de que la niña estaba muy pálida y apática–. Hola Chloe, me han dicho que no te encuentras muy bien.

–Como le decía al doctor Sinclair, lleva varios días con fiebre –explicó la madre, echándole una mirada llena de coquetería a James, mientras se apartaba el pelo de la cara.

–Ya se lo he explicado yo a la doctora Allen. ¿Le importaría si ella examina a Chloe para que nos dé su opinión sobre ese sarpullido? –preguntó él, con tanto encanto, que la mujer se sonrojó.

–Claro que no. Venga, Chloe, ponte de pie para que la doctora pueda examinarte – dijo la mujer, poniendo a la niña en el suelo sin ninguna ceremonia e ignorando las quejas de la niña–. No ha dejado de lloriquear en toda la semana –le explicó a James–. Ya estoy harta de oírla. Por eso se me ocurrió que sería una buena idea traerla para ver si le dan algo que la haga callarse.

–Ya veremos lo que podemos hacer –respondió él tranquilamente, pero Elizabeth captó un tono cortante en su voz–. ¿Qué te parece si vas a tumbarte en mi camilla especial para que te podamos mirar otra vez la barriguita? –le dijo con dulzura a la niña–. Si eres buena chica, estoy seguro de que encontraremos algo que darte de recompensa.

La niña asintió y le dio la mano para que la llevara a la camilla. Él la ayudó a sentarse y le dijo algo que hizo que la niña sonriera. Entonces, él se volvió a Elizabeth y le preguntó con voz neutra:

–¿Quieres examinarla?

Elizabeth cruzó la habitación, preguntándose lo que tenía que ver aquellos tonos tan diferentes de voz con la imagen sofisticada y fría que se había hecho de él el día de la entrevista y le resultó imposible. Aquello le hizo pensar si el doctor Sinclair sería otra cosa de lo que parecía a simple vista.

–¿Ves? El sarpullido ha cambiado de color –dijo él, colocando a la niña sobre el costado para luego señalar una zona encima de la cintura–. ¿Elizabeth? –añadió él, al ver que ella no respondía.

–Sí, lo veo.

Al estudiar la zona en cuestión, Elizabeth vio que la mayor parte del tronco y de las extremidades de la niña estaban cubiertos de puntos rojos, pero en algunas zonas, los puntos habían adquirido un color púrpura y se habían hecho mayores. Al mirarle la espalda, vio que ocurría lo mismo.

–Ya veo lo que querías decir. ¿Crees que se trata de algún tipo de infección o será una reacción a algo que ha comido o con lo que ha estado en contacto? Algunas veces, eso es lo que produce este tipo tan virulento de sarpullidos.

–Ya había pensado en eso, pero no explica la prolongada fiebre ni la inflamación de las glándulas linfáticas y del bazo –respondió James–. Lo más probable es que sea algún tipo de infección, pero tengo el presentimiento de que es algo más que eso.

–¿Qué te parece que hagamos? –preguntó Elizabeth–. ¿Un análisis de sangre?

–Creo que sí. Necesitamos saber qué es lo que está causando esa erupción para que podamos tratarla eficazmente. No me gustaría dejar ningún cabo suelto, especialmente en mi primer día de trabajo –añadió él, sonriendo a Elizabeth.

–¿Qué le parece que es, doctor Sinclair? –preguntó Annie–. Espero que no sea nada contagioso. Le dije a la profesora de Chloe que sólo se trataba de un sarpullido, pero ella no me permitió que la dejara en el colegio. ¡Vaya con los niños! ¿Quién los entiende? Si no es una cosa, es otra, especialmente con ésta…

–No sé exactamente lo que le pasa, señora Jackson, por eso nos gustaría hacerle un análisis de sangre. Sin embargo, no creo que Chloe debiera ir al colegio, ya que, aunque no fuera contagioso, no se encuentra bien. Si quiere sentarse a Chloe en las rodillas –añadió él, tomando una jeringuilla–, voy a tomarle una muestra de sangre.

–¡Oh! No estoy segura de eso, doctor –exclamó Annie, mirando aterrada a la jeringuilla–. Nunca me han gustado las agujas. Sólo con mirarlas, me pongo mala.

–Entonces –suspiró James–, tal vez sea mejor que usted se siente para que la doctora Allen y yo nos encarguemos de todo.

No tardaron nada en conseguir la muestra de sangre. Chloe se portó como un ángel, sin protestar siquiera cuando James le extrajo la sangre. Cuando acabaron, él levantó a la niña de la camilla.

–Ojalá todos mis pacientes fueran tan buenos como tú, Chloe. Has sido realmente valiente –le dijo a la niña mientras le acariciaba el pelo.

Chloe lo miraba con adoración, por lo que Elizabeth tuvo que sonreír mientras le ponía una tirita en el brazo. Resultaba evidente que a James se le daban bien los niños, y se dio cuenta de que tampoco se había esperado aquello, lo que confirmó sus sospechas de que su primera impresión sobre él no había sido todo lo exacta que ella había creído.

–Vale, le daré una receta para penicilina, que Chloe debe tomar como se le indica. Veo que ella lo ha tomado antes y no le dio ninguna reacción –dijo James.

–No, pero, ¿cuándo puedo mandarla al colegio? –preguntó la mujer, poniéndole a la niña el abrigo bruscamente–. ¡Me sigue a todas partes, por lo que no puedo tener ni un minuto de paz en todo el día!

–Téngala en casa hasta que la erupción desaparezca. Hasta que estemos seguros de que no es contagioso, es lo más sensato –replicó James secamente–. Pasarán entre cinco días y una semana antes de que tengamos los resultados del análisis, pero le llamaremos en cuanto los recibamos. Mientras tanto, asegúrese de que Chloe descansa mucho y si le sube la fiebre, mójele la frente y dele muchos líquidos. Sin embargo, si ocurre algo, no deje de llamarme e iré al verla enseguida.

–De acuerdo, doctor Sinclair, aunque sigo creyendo que es una exageración no llevarla al colegio –le espetó la mujer, mientras salía por la puerta arrastrando a la niña, que miró a James como pidiendo ayuda, pero no dijo nada.

–Un momento, señora Jackson –le gritó James, dirigiéndose hacia la puerta y arrodillándose delante de Chloe–. Casi se me olvidaba que te había prometido una recompensa por ser tan buena chica. Eso es por ser mi paciente estrella.

–Gracias –susurró la niña tímidamente, acariciando suavemente la brillante estrella que él le había prendido en el viejo abrigo.

–De nada, Chloe –dijo él, despidiéndose cariñosamente de la niña–. ¡Qué mujer! –exclamó con exasperación al cerrar la puerta.

–Sé lo que quieres decir –sonrió Elizabeth, aliviada de estar de acuerdo con él en algo–. Annie nunca va a ganar el título de «Madre del Año». Sin embargo, para ser justos, hace lo que puede y no tengo ninguna duda de que ama a sus hijos, pero a su manera. El problema es que ella era poco más de una niña cuando tuvo el primero y luego vinieron cuatro más.

–Eso pasa a menudo. Los que menos preparados están, tienen más –dijo él, mirándola con curiosidad–. ¿Y tú Elizabeth? ¿Tienes familia? ¿Estás casada? Nunca llegamos a hablar de eso en las entrevistas, recuerdo que alguien mencionó que la esposa de David había muerto hacía poco, pero no se mencionó nada de ti.

–No, no tengo hijos ni estoy casada –respondió ella, algo tímida por revelar algo personal.

–¿Divorciada?

–¡Claro que no! –exclamó Elizabeth, intentando, a duras penas, mantener la sonrisa.

–Entonces, tal vez estás comprometida –continuó él, mirándole la mano–. Pero no veo anillo, aunque muchas personas no se preocupan de eso hoy en día. La mayoría de las parejas prefieren vivir juntas hasta que les surge la necesidad de fijar el «gran día» y entonces empiezan a pensar en comprar los anillos.

Elizabeth lo miró, preguntándose por qué le estaba molestando tanto aquel interrogatorio. Era la extraña manera en la que James la miraba… como si su respuesta realmente le importara.

–Yo no estoy comprometida y tampoco estoy viviendo con nadie –le espetó ella–. No creo que ése fuera un comportamiento adecuado para mi posición.

–¿Crees que las buenas gentes de esta ciudad se escandalizarían? –preguntó James, riendo, aunque parecía haber cierto tono de satisfacción en su voz–. Venga ya, Elizabeth, a nadie le importaría eso hoy en día.

–Tal vez en Londres no, pero las cosas son muy diferentes por aquí –replicó ella–. Tal vez lo deberías tener en cuenta.

–No te preocupes. Trataré de no darle mala reputación a la consulta con mi disoluto comportamiento –observó él con ironía–. Sólo estaba bromeando. Lo que realmente estoy intentando decir es que me sorprende que alguien no te haya conquistado hasta ahora.

El corazón de Elizabeth empezó a latir un poco más fuerte por aquel cumplido, aunque le parecía que él no lo había dicho en serio. Ella se dirigió a la puerta, dando aquella conversación por finalizada. Sin embargo, en aquel momento, David entró en la consulta.

–Ah, estáis los dos aquí. Me preguntaba a qué hora quieres que vayamos esta noche, Liz –dijo él, mirando a James–. Supongo que Liz te habrá mencionado que estamos todos invitados a su casa esta noche. Pensamos que sería una manera agradable de darte la bienvenida a tu nuevo trabajo. Seremos sólo nosotros tres, Sam O´Neill, que ha sido nuestro médico suplente este año y Abbie Fraser, la enfermera del distrito. Sam está en Londres hoy para hacer una entrevista para un trabajo en ultramar, así que esta noche cuando vuelva nos dirá qué tal le ha ido. Tal vez será una celebración doble, aunque será triste que se vaya.

–Suena fantástico, gracias. Tengo muchas ganas de ir. ¿A qué hora quieres que vaya? –le preguntó James a Elizabeth.

–Sobre… sobre las ocho estará bien. Así nos dará tiempo a descansar un poco después de la consulta –replicó ella, algo nerviosa por la conversación que los dos acababan de tener–. ¿Podrás conseguir una canguro para Emily? –le preguntó a David con dulzura–. Se me olvidó preguntártelo.

–Mike me ha dicho que él lo hará –respondió David, sonriendo–. ¡Pero tiene su precio! Creo que hemos acordado cinco libras por cuidar de una hermana…

–Mike y Emily son los hijos de David –le explicó Elizabeth a James, por encima del hombro, después de reírle la broma a David.

–Mmm, me lo había imaginado, pero pensé que tenías tres hijos, David. ¿Estoy equivocado?

–No, en absoluto –respondió David con expresión triste–. Holly es mi hija mayor, pero en este momento no está con nosotros. Sólo están Mike y Emily.

David sonrió, pero Elizabeth vio que estaba muy disgustado. Suspiró cuando él salió de la consulta, dándose cuenta de que debía explicarle la situación a James.

–Holly tomó muy mal la muerte de su madre. Nunca se pudo hacer a la idea de que no se podía hacer nada por ella. Ella estaba en la facultad de Medicina de Liverpool, pero lo dejó cuando Kate murió. Lo último que supe de ella era que estaba en Brasil, pero no estoy segura de que ni siquiera David sepa donde está en estos momentos.

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