Kitabı oxu: «La gracia transformadora»

Şrift:

“En el típico estilo de Bridges, este libro es una guía afectuosa, alentadora y perspicaz hacia una vida piadosa. Llega al centro mismo del significado bíblico de la gracia”.

—R.C. Sproul, presidente de los Ministerios Ligonier.

“Sin duda, otra obra inspiradora y poderosa de Jerry Bridges. Jerry nos pone cara a cara con una realidad que acostumbramos olvidar: nuestra constante necesidad de la gracia de Dios”.

—Chuck Colson, fundador de Prison Fellowship.

Publicado por:

Publicaciones Faro de Gracia

P.O. Box 1043

Graham, NC 27253

www.farodegracia.org

ISBN: 978-1-629461-67-0

Agradecemos el permiso y la ayuda brindada por Tyndale House Publishers, Inc., 351 Executive Drive, Carol Stream, IL 60188, y NavPress, 3820 N 30th Street, Colorado Springs, CO 80904 para traducir e imprimir este libro, Transforming Grace al español.

Originally published in English in the U.S.A. under the title: Transforming Grace, by Jerry Bridges Copyright © 1991, 2008 by Jerry Bridges

Spanish edition © 2016 by Publicaciones Faro de Gracia with permission of NavPress. All rights reserved.

Represented by Tyndale House Publishers, Inc.

Traducción al español por Publicaciones Faro de Gracia, con agradecimiento a Giancarlo Montemayor por la traducción y Armando Molino por la revisión. El diseño gráfico fue por Benjamín Hernandez de Enjoy Media.

© 2017 Todos los Derechos Reservados.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada en un sistema de recuperación de datos o transmitida en cualquier forma o por cualquier medio – electrónico, mecánico, fotocopiado, grabación o cualquier otro – excepto por breves citas en revistas impresas, sin permiso previo del editor.

© Las citas bíblicas son tomadas de la Versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. © renovada 1988, Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.

GRACIA TRANSFORMADORA

Viviendo confiadamente en el amor infalible de Dios

Jerry Bridges


Para la señora Roger “Mamá” Noyes a quien Dios utilizó para ayudarme a aprender más sobre su gracia

Contenido

Prefacio

Capítulo 1 EL DESEMPEÑO INTERMINABLE

Capítulo 2 GRACIA, ¿QUIÉN LA NECESITA?

Capítulo 3 LA GRACIA: ES EN VERDAD SUBLIME

Capítulo 4 EL TERRATENIENTE GENEROSO

Capítulo 5 ¿TIENE DIOS EL DERECHO?

Capítulo 6 OBLIGADOS POR AMOR

Capítulo 7 LA PRUEBA DEL AMOR

Capítulo 8 SANTIDAD: UN REGALO DE LA GRACIA DE DIOS

Capítulo 9 LLAMADOS A SER LIBRES

Capítulo 10 LA SUFICIENCIA DE LA GRACIA

Capítulo 11 EL MÁS PEQUEÑO DE TODOS LOS SANTOS

Capítulo 12 APROPIÁNDONOS DE LA GRACIA DE DIOS

Capítulo 13 VESTIDOS DE GRACIA

SOBRE EL AUTOR

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Prefacio

La gracia de Dios es uno de los temas más importantes de toda la Escritura. Al mismo tiempo, es uno de los menos comprendidos.

Todos los cristianos, por definición, creen en la gracia. Muchos de nosotros citamos las conocidas palabras de Pablo en Efesios 2:8-9: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”. Y se dice que el amado himno de John Newton, “Sublime gracia”, es el himno favorito de todos los tiempos en los Estados Unidos. ¿Por qué digo entonces que la gracia de Dios es uno de los temas menos comprendidos de la Biblia?

Cuando pensamos en la gracia, casi siempre pensamos en ser salvos por gracia. Es por ello que Efesios 2:8-9 nos es tan familiar. Incluso la literatura cristiana disponible sobre la gracia parece tratar exclusivamente con la salvación. Pero la Biblia nos enseña que no solo somos salvos por gracia, sino que también vivimos por gracia cada día de nuestras vidas. Es este aspecto importante de la gracia el que parece ser tan poco comprendido o practicado por los cristianos.

Mi observación de la cristiandad es que la mayoría de nosotros acostumbramos a basar nuestra relación con Dios en nuestro desempeño, en lugar de en su gracia. Si nos desempeñamos bien, sin importar qué consideramos nosotros un buen desempeño, entonces esperamos que Dios nos bendiga. Si no nos hemos desempeñado tan bien, nuestras expectativas se reducen. En este sentido, vivimos por obras en lugar de por gracia. Somos salvos por gracia, pero vivimos por el “sudor” de nuestro propio desempeño.

Además, siempre nos estamos desafiando, a nosotros mismos y unos a otros, a intentarlo con mayor ímpetu. Parece que creemos que el éxito en la vida cristiana (sea como sea que definamos el éxito) depende básicamente de nosotros: nuestro compromiso, nuestra disciplina, nuestro celo, quizá con algo de ayuda de parte de Dios durante el camino. Asentimos hipócritamente a las palabras del apóstol Pablo, “Por la gracia de Dios soy lo que soy”, ya que nuestra actitud dice, “Dios ayuda a los que se ayudan”.

El percatarme que mi relación diaria con Dios está basada en los méritos infinitos de Cristo en lugar de en mi desempeño, es una experiencia liberadora y llena de gozo. Pero no debe ser una experiencia única en la vida; la verdad debe ser reafirmada diariamente. De eso trata este libro.

Frecuentemente estudio algunos temas de las Escrituras utilizando lo que llamo el método de la cocción lenta. Es decir, permito que se “cocine” lentamente en mi mente por meses, incluso años. Esto ha sido verdad con el tema de la gracia de Dios. Ha estado cociéndose lentamente en mi mente por más de diez años. He escrito otros tres libros durante ese tiempo, pero mi mente y mi corazón han regresado continuamente a la gracia de Dios.

Al estudiar este tema, y más particularmente en estos últimos meses mientras he enfocado mis pensamientos en el material para este libro, frecuentemente me he sentido como un niño tratando de sacar toda el agua del océano. La gracia de Dios es tan inagotable y, en ocasiones, abrumante. Confío en que he sido capaz de expresar algo de ese sentimiento en el mensaje de este libro y que tú también aprecies más las vastas riquezas de la gracia de Dios dada a nosotros a través de Cristo.

Algunas personas han desempeñado un papel importante al escribir este libro. Mi pastor, Rick Fite, leyó el manuscrito completo y me reafirmó y alentó en este énfasis de la gracia. Otro amigo, Don Simpson, también leyó el manuscrito y me dio retroalimentación valiosa y sugerencias. Jon Stine, un editor muy entusiasta, constantemente me desafió a aclarar mis pensamientos y a presentar un mensaje bíblicamente balanceado. Un número de amigos, de diferentes partes del país, han orado constantemente por esta obra, pero Grace Peterson ha sido mi Moisés en lo alto del monte, mientras yo luchaba con los “amalecitas” de los conceptos y pensamientos, los cuales frecuentemente no coinciden (referirse a Éxodo 17:8-13 si no estás familiarizado con la analogía bíblica que estoy utilizando).

Jessie Newton, mi asistente administrativa, ha puesto mi manuscrito en una computadora, listo para editarse. Este es el segundo libro que Jessie ha transcrito por mí y ha hecho un trabajo maravilloso.

Mi querida esposa, Jane, ha sido de constante aliento y nunca se ha quejado, ni en palabras ni en actitud, por casi convertirse en una viuda durante los meses que he dedicado mi tiempo libre a escribir este libro.

Sobre todo, Dios mismo ha derramado su misericordia y gracia sobre mí. Confío en que mis esfuerzos no serán en vano y que, a través del mensaje de este libro, muchos crezcan “en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén” (2 Pedro 3:18).

Capítulo 1
EL DESEMPEÑO INTERMINABLE

¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne? Gálatas 3:3

¡Bancarrota! La palabra tiene un sonido horrible. De hecho, es más que una palabra, es una expresión. Significa fracaso, falta de solvencia, incapacidad de pagar las deudas, quizás la ruina financiera. Incluso en nuestra sociedad laxa y permisiva, estar en la bancarrota conlleva cierto grado de desgracia y vergüenza. ¿Puedes imaginarte a un hijo presumiéndole a sus amigos que su papá se ha declarado en bancarrota?

En la esfera moral, la palabra bancarrota tiene una connotación aún más despectiva. Decir que una persona está en la bancarrota moral es decir que él o ella carecen de toda cualidad moral. Es como comparar a esa persona con Adolfo Hitler. Es casi la peor cosa que puedes decir sobre una persona.

Ahora bien, quizá nunca lo hayas pensado de esta manera, pero tú estás en la bancarrota. No me refiero a tu condición financiera o a tus cualidades morales. Puedes estar financieramente tan sólido como el Peñón de Gibraltar y puedes ser la persona más distinguida de tu comunidad, pero aun así estás en bancarrota.

Tú y yo, y todas las personas en el mundo, estamos espiritualmente en la bancarrota. De hecho, toda persona que ha vivido en el mundo, excepto Jesucristo (sin importar su estado moral o religioso) ha estado en la bancarrota espiritual. Lee esta declaración escrita por el apóstol Pablo sobre nuestra bancarrota:

Como está escrito:No hay justo, ni aun uno;No hay quien entienda,No hay quien busque a Dios.Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles;No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. (Romanos 3:10-12)

No hay justo, no hay quien busque a Dios, no hay quien haga lo bueno, ni siquiera uno. Esto es bancarrota espiritual en su estado más absoluto. Usualmente, en un negocio en bancarrota, la compañía aún posee algunos recursos que pueden ser vendidos para pagar parcialmente sus deudas. Pero nosotros no tenemos recursos, nada que le podamos entregar a Dios como pago parcial de nuestra deuda. Incluso “nuestras justicias [son] como trapo de inmundicia” a sus ojos (Isaías 64:6). Éramos indigentes espirituales. Teníamos una deuda que no podíamos pagar.

Entonces aprendimos que la salvación es un regalo de Dios; es completamente por gracia a través de la fe—no por obras, para que nadie se gloríe (Romanos 6:23; Efesios 2:8-9). Renunciamos a la confianza en cualquier justicia propia y nos volvimos en fe a Jesucristo para nuestra salvación. En ese acto esencialmente nos declaramos en bancarrota espiritual.

¿Pero en qué clase de bancarrota nos declaramos? En el mundo de los negocios, las compañías en problemas financieros forzadas a la bancarrota tienen dos opciones, conocidas como capítulo 7 y capítulo 11, de acuerdo a los respectivos capítulos en la reglamentación federal sobre bancarrota. El capítulo 11 trata con lo que podríamos llamar una bancarrota temporal. Esta opción es elegida por una compañía básicamente sana que, dándole tiempo, puede salir de sus problemas financieros.

El capítulo 7 es para la compañía que ha llegado al final de su cuerda financiera. No solo está sumergida en deudas, sino que tampoco tiene futuro como un negocio viable. Se le obliga a liquidar sus recursos y pagarles a sus acreedores, frecuentemente en una proporción muy baja como la de diez centavos por cada dólar. La compañía está acabada. Los dueños o los inversores pierden todo lo que han puesto en el negocio. A nadie le gusta la bancarrota del capítulo 7.

¿Bancarrota temporal o permanente?

Así que, ¿qué tipo de bancarrota declaramos? Para utilizar la analogía de los negocios, ¿caímos bajo el capítulo 7 o bajo el capítulo 11? ¿Fue permanente o temporal? Sospecho que la mayoría de nosotros diría que declaramos la bancarrota permanente. Al confiar solamente en Jesucristo para nuestra salvación, nos percatamos de que no podemos añadir ninguna medida de buenas obras a lo que él ya hizo. Creemos que él pagó completamente nuestra deuda por el pecado y nos aseguró el regalo de la vida eterna. No hay nada más que podamos hacer para ganarnos nuestra salvación, así que, utilizando la analogía de los negocios, diríamos que nos hemos declarado en bancarrota permanente.

Sin embargo, creo que la mayoría de nosotros realmente nos declaramos en bancarrota temporal. Habiendo confiado solamente en Cristo para nuestra salvación, hemos regresado sutil e inconscientemente a una relación de obras con Dios en nuestras vidas cristianas. Reconocemos que incluso mediante nuestros mejores esfuerzos no podemos obtener el cielo, pero creemos que mediante ellos sí podemos obtener la bendición de Dios en nuestra vida diaria.

Después de convertirnos en cristianos comenzamos a hacer a un lado nuestros pecados más evidentes. También comenzamos a asistir a la iglesia, ponemos dinero en el plato de la ofrenda y quizá nos unimos a un pequeño grupo de estudio bíblico, Vemos algunos cambios positivos en nuestro estilo de vida y comenzamos a sentirnos bien con nosotros mismos. Ahora estamos listos para emerger de la bancarrota y pagar con nuestros méritos la vida cristiana.

Entonces viene un día cuando caemos espiritualmente. Regresamos a un antiguo pecado o fallamos en hacer lo que debemos. Debido a que pensamos que ahora estamos por nuestra cuenta, labrando nuestro propio camino, asumimos que hemos perdido todas las bendiciones de Dios por algún periodo indeterminado de tiempo. Nuestra expectativa de la bendición de Dios depende de cuán bien sentimos que estamos viviendo la vida cristiana. Declaramos una bancarrota temporal para entrar en su reino, así que ahora podemos y debemos labrar nuestro propio camino con Dios. Fuimos salvados por gracia, pero vivimos dependiendo de cuán bien nos comportamos.

Si piensas que estoy exagerando, haz esta prueba. Piensa en alguna ocasión reciente en que hayas fallado espiritualmente. A continuación, imagina que inmediatamente después te encontraste en una magnífica oportunidad de compartir el evangelio con un amigo no creyente. ¿Podrías haberlo hecho con la completa confianza en la ayuda de Dios?

Somos legalistas por naturaleza; es decir, naturalmente pensamos que cierta cantidad de desempeño nuestro nos hace acreedores a cierta cantidad de bendiciones de Dios. El apóstol Pedro pensó de esta manera. Después de escuchar la conversación de Jesús con el joven rico, le dijo a Jesús, “Nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido; ¿qué, pues, tendremos?” (Mateo 19:27). Pedro ya había calculado sus méritos y quería saber cuánta recompensa obtendría.

No solo somos personas legalistas por naturaleza, nuestra cultura cristiana refuerza esta actitud en nosotros. Somos exhortados a asistir a la iglesia regularmente, a tener un tiempo devocional para estudiar nuestras Biblias, orar y memorizar las Escrituras, somos exhortados a testificar a nuestros vecinos y a ofrendar para las misiones, todas son actividades cristianas importantes. Aunque nadie lo dice de esta forma, de alguna manera se crea en nuestra mente la vaga impresión de que es mejor hacer esas cosas, o de lo contrario Dios no nos bendecirá.

Después nos volvemos a la Biblia y leemos que debemos trabajar en nuestra salvación, buscar la santidad y ser diligentes para añadir a nuestra fe virtudes como la bondad, conocimiento, dominio propio y amor. De hecho, encontramos que la Biblia está llena de exhortaciones a hacer buenas obras y seguir las disciplinas del crecimiento espiritual. Insisto, debido a que somos legalistas por naturaleza, asumimos que nuestro comportamiento o desempeño en estas áreas nos otorgan las bendiciones de Dios en nuestras vidas.

Lucho contra estas tendencias legalistas incluso a pesar de saber que no debo pensar así. Algunos años atrás, estaba designado para dar una conferencia en una gran iglesia en la costa oeste. Llegué quince minutos antes del servicio dominical y me enteré de que un miembro del personal de la iglesia había fallecido un día antes. La iglesia estaba conmocionada y de luto.

Contemplando la situación, me percaté de que mi mensaje “desafío a discipular” era totalmente inapropiado. Ese día, la congregación necesitaba ser consolada y animada, no desafiada. Sabía que necesitaba un nuevo mensaje, así que comencé a orar en silencio, pidiéndole a Dios que trajera a mi mente un mensaje adecuado a esta situación. Entonces comencé a calcular mis méritos y deméritos de ese día: ¿Tuve un tiempo devocional en la mañana? ¿Albergué pensamientos lujuriosos o dije alguna mentira? Había caído en la trampa del desempeño.

Rápidamente reconocí lo que estaba haciendo, así que dije, “Señor, no conozco la respuesta a ninguna de estas preguntas, pero eso no importa. Vengo a ti en el nombre de Jesús y, en base a sus méritos solamente, pido que me ayudes”. Un versículo de la Biblia vino a mi mente y con él, un breve bosquejo de un mensaje que sabía sería apropiado.

Me dirigí al púlpito y literalmente preparé el mensaje mientras hablaba. Dios contestó mi oración.

¿Por qué contestó Dios mi oración? ¿Fue porque tuve un tiempo devocional esa mañana o cumplí ciertas disciplinas espirituales? ¿Fue porque no albergué pensamientos pecaminosos ese día? No, Dios contestó mi oración por una sola razón: Jesucristo ya había comprado esa respuesta dos mil años atrás en una cruz romana. Dios contestó en base a su gracia solamente, no por mis méritos o mis deméritos.

Uno de los secretos mejor guardados de los cristianos en la actualidad es este: Jesús pagó todo. Me refiero a todo. No solo compró tu perdón de pecados y tu entrada al cielo. Él compró toda bendición y cada respuesta a la oración que recibirás. Cada una de ellas, sin excepción.

¿Por qué es un secreto tan bien guardado? Por una razón, tenemos miedo de esta verdad. Tenemos miedo de decirnos, incluso a nosotros mismos, que no tenemos que hacer nada más, que todo el trabajo ha sido hecho. Tenemos miedo de que si realmente creemos esto, seremos perezosos en nuestros deberes cristianos. Pero el asunto central es que realmente no creemos que estemos todavía en bancarrota. Ya que hemos entrado al reino de Dios solamente por gracia y solo por el mérito de Otro, ahora intentamos pagar nuestro andar mediante nuestro comportamiento. Nos declaramos solamente en bancarrota temporal e intentamos ahora vivir por las buenas obras en lugar de por gracia.

Toda la experiencia cristiana frecuentemente se describe en tres fases distintas: justificación, santificación y glorificación.

Justificación, es decir, ser declarado justo ante Dios mediante la fe en Jesucristo, es un evento que ocurre una vez en la vida. Es esa ocasión en nuestras vidas cuando fuimos salvados. Es la experiencia de Efesios 2:8: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe”.

Santificación, es decir, crecer en semejanza a Cristo, es una experiencia progresiva durante toda nuestra vida cristiana, desde la salvación hasta la glorificación. La glorificación ocurre en el momento en que partimos de esta vida para estar con Cristo. (Claro está que la glorificación realmente tiene su cumplimiento total en la resurrección, pero incluso aquellos que ahora están con Cristo son descritos como “los espíritus de los justos hechos perfectos” [Hebreos 12:23].)

Todos los cristianos concuerdan que la justificación es por gracia a través de la fe en Cristo. Y si pensamos en ello, estamos de acuerdo en que la glorificación también es solamente por la gracia de Dios. Jesús compró para nosotros no solo el perdón de pecados (justificación), sino también la vida eterna (glorificación). Pero la santificación, toda la experiencia cristiana entre la justificación y la glorificación, es otra historia. En el mejor de los casos, se mira la vida cristiana como una mezcla de desempeño personal y la gracia de Dios. No es que conscientemente hayamos pensado todo esto y concluido por ejemplo que nuestra relación con Dios este basada en un 50% en el desempeño y un 50% en la gracia. Más bien lo asumimos inconscientemente y este pensamiento emerge de nuestro legalismo innato, reforzado y alentado por la cultura cristiana en la que vivimos.

De acuerdo a esto, nuestra perspectiva de la vida cristiana puede ser ilustrada por la siguiente secuencia:


De acuerdo a esta ilustración, nuestro concepto de la vida cristiana es una secuencia que va de la gracia a las obras y regresa a la gracia. Sin embargo, la principal tesis de este libro y la verdad que espero demostrar es que esa ilustración debe verse así:


Es decir, que toda la vida cristiana, desde el inicio hasta su final, es vivida en base a la gracia que Dios nos da a través de Cristo.

Regresemos a la analogía de la bancarrota. Si bien es cierto la bancarrota permanente es tan devastadora, existe un lado positivo. El asediado hombre de negocios por fin es libre. Ya no le debe nada a nadie. Sus deudas no fueron completamente pagadas, pero al menos fueron canceladas. Ya no recaen sobre su cabeza; ha sido liberado de las llamadas telefónicas, las demandas y las amenazas de sus acreedores. No pueden acosarlo más. Este hombre de negocios puede estar humillado, pero al menos es libre.

Mientras tanto, el hombre de negocios que se declaró en bancarrota temporal aun lucha para salir adelante. Ha conseguido un respiro de sus acreedores por un periodo de tiempo, pero debe trabajar a marchas forzadas para sacar su negocio a flote. Eventualmente debe pagarle a sus acreedores. Este hombre de negocios no ha sido liberado. En lugar de ello, se encuentra en la banda sin fin del desempeño.

Sin embargo, todas las analogías humanas de la verdad espiritual finalmente se quedan cortas. Nunca podrán reflejar la historia completa, como podemos observar en la analogía de la bancarrota. El hombre de negocios que se declaró en bancarrota permanente no está completamente liberado. Es libre de sus deudas anteriores, pero no de las que incurra en el futuro. Han borrado el pasado de su pizarra, pero debe empezar de nuevo y tratar de mantener su futuro limpio. En el mundo de los negocios, por tanto, no existe realmente una bancarrota permanente en el sentido de tener libertad en cuanto al comportamiento futuro.

Pero las buenas noticias de la Biblia son que, en la esfera espiritual, sí existe una bancarrota total y permanente. No funciona como la bancarrota comercial; es mucho mejor en dos maneras muy significativas.

Primero que todo, en el mundo de los negocios las deudas de la bancarrota permanente nunca se pagan por completo. Los acreedores aceptan una cantidad menor, la cual reciben de los recursos que la empresa liquida. Ni el hombre de negocios en bancarrota ni los acreedores quedan satisfechos. El hombre de negocios, si tiene consciencia, se siente culpable por las deudas que no pagó; y los acreedores no están contentos debido al pago total que no recibieron.

En contraste, la deuda total del cristiano ha sido pagada por la muerte de Cristo. La ley de Dios y la justicia de Dios han sido completamente satisfechas. La deuda de nuestros pecados ha sido marcada con un “¡Pagada por completo!”. Dios está satisfecho y nosotros también. Tenemos paz con Dios y somos librados de la consciencia culpable (ver Romanos 5:1; Hebreos 10:22).

En segundo lugar, no solo la deuda ha sido completamente pagada, no existe la posibilidad de caer nuevamente en deuda. Jesús pagó la deuda de todos nuestros pecados: pasados, presentes y futuros. Como dijo Pablo en Colosenses 2:13, “perdonándoos todos los pecados”. No tenemos que comenzar de nuevo y tratar de mantener nuestra cuenta en cero. La cuenta ya no existe. Tal como lo escribió Stephen Brown: “Dios tomó nuestra cuenta, la rompió en pedazos y se deshizo de ella”.1 Esto es verdad no solo para nuestra justificación, sino también para nuestras vidas cristianas. Dios no registra el marcador, dándonos o reteniéndonos las bendiciones en base a nuestro desempeño. La cuenta ya ha sido cerrada completamente por Cristo. ¡Cuán frecuentemente perdemos de vista esta dimensión del evangelio!

Se nos da entrada al reino de Dios por gracia; somos santificados por gracia; recibimos por gracia bendiciones espirituales y temporales; somos motivados por gracia a obedecer; somos llamados a servir y capacitados para servir por gracia; recibimos por gracia la fortaleza para soportar la prueba; y finalmente, somos glorificados por gracia. Toda la vida cristiana es vivida bajo el reino de la gracia de Dios.

¿Qué es la gracia?

¿Qué es, entonces, la gracia por la que somos salvados y por la que vivimos? La gracia es el favor gratuito e inmerecido que Dios muestra a los pecadores que merecen solamente el juicio. Es el amor de Dios mostrado a los impíos. Es Dios acercándose a las personas que son rebeldes a él.

La gracia se opone directamente a cualquier supuesta dignidad nuestra. Para decirlo de otra manera: La gracia y las obras son mutuamente excluyentes. Como dijo Pablo en Romanos 11:6, “Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia”. Nuestra relación con Dios está basada ya sea en obras o en la gracia. Con él nunca hay una relación basada en las obras más la gracia.

Lo que es más, la gracia no nos rescata primero del castigo de nuestros pecados, nos da nuevas habilidades espirituales solo para después abandonarnos para crecer en madurez espiritual. En lugar de ello, Pablo dijo, “el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará [también por gracia] hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6), John newton capturó esta idea de la obra continua de la gracia en nuestras vidas cuando escribió el himno “Sublime gracia”, “Su gracia siempre me libró y me guiará feliz al hogar”.

El apóstol Pablo nos pregunta hoy, como le preguntó a los gálatas, “¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?” (Gálatas 3:3). Aunque el asunto de la circuncisión era el problema específico que Pablo estaba abordando, notemos que no dice, “¿Ahora vais a acabar por la circuncisión?”. Él generalizó el asunto y trató, no con el asunto específico de la circuncisión, sino con el problema de tratar de complacer a Dios con las obras de la carne, el esfuerzo humano, incluso las buenas actividades cristianas y las disciplinas llevadas a cabo con un espíritu legalista.

El mérito de Cristo

El apóstol Pablo, en algunas ocasiones, utilizó la gracia de Dios y los méritos de Cristo como conceptos intercambiables, y yo también lo hago en este libro. Por ejemplo, Pablo dijo,

He aquí, yo Pablo os digo que si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo. Y otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar toda la ley. De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído (Gálatas 5:2-4).

Notemos el paralelismo que Pablo utilizó, “de nada os aprovechará Cristo”; “De Cristo os desligasteis… de la gracia habéis caído”.

En Efesios 2:4-7, Pablo escribió,

Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.

Nuevamente, notemos la cercana conexión entre Cristo y la gracia. Se “nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)”. Y Dios quiere “mostrar… las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús”.

Aunque la gracia de Dios y el mérito de Cristo no son lo mismo, siempre van juntos en nuestra relación con Dios. No podemos experimentar el uno sin el otro. Al referirse al orden, la gracia de Dios viene primero. Fue debido a su gracia que Dios el Padre envió a su único Hijo para morir en lugar nuestro. Expresándolo de otra forma, la muerte de Cristo fue el resultado de la gracia de Dios; la gracia no es el resultado de la muerte de Cristo.

Pero también es cierto que nuestra experiencia de la gracia de Dios es posible solo mediante la muerte de Cristo. Dios es un Dios de gracia, pero él también es justo en un sentido absoluto; es decir, su justicia no puede pasar por alto la menor infracción a su santa ley. Debido a que Cristo satisfizo completamente la justicia de Dios, ahora podemos experimentar la gracia de Dios. La gracia significa poder recibir las riquezas de Dios por causa de Cristo. Por ello he establecido en este capítulo, y continuaré repitiéndolo una y otra vez en el libro, que Jesucristo ya ha pagado todas las bendiciones que tú y yo recibiremos de Dios el Padre.

Existe una hermosa historia en la vida del rey David que ilustra la gracia de Dios a través de Cristo. Mefiboset era el hijo del entrañable amigo de David, Jonatán, hijo de Saúl. Él quedó paralítico de ambas piernas a la edad de cinco años. Después de que David fue proclamado rey de Israel, quiso mostrar bondad a cualquiera que quedara de la casa de Saúl por causa de Jonatán. Así que Mefiboset (paralítico y pobre, incapaz de cuidarse a sí mismo y sin una casa propia) fue traído a la casa de David y comía a la mesa de David “como uno de los hijos del rey” (2 Samuel 9:11).

¿Por qué fue Mefiboset tratado como uno de los hijos de David? Por causa de Jonatán. Podríamos decir que la amistad fiel de Jonatán con David le “ganó” un asiento a Mefiboset en la mesa de David. Mefiboset, en su estado paralítico y de pobreza, incapaz de mejorar su vida y totalmente dependiente de la benevolencia de otros, es una ilustración de ti y de mí, paralíticos por el pecado e incapaces de ayudarnos a nosotros mismos. David, en su gracia, ilustra a Dios el Padre y Jonatán ilustra a Cristo.

Tal como Mefiboset fue elevado a un lugar en la mesa del rey por causa de Jonatán, así tú y yo somos elevados al estatus de hijos de Dios por causa de Cristo. Y así como sentarse a la mesa del rey implicaba no solo comida diaria sino también otros privilegios, así la salvación de Dios por causa de Cristo conlleva todas las provisiones que necesitamos, no solo para la eternidad sino también para esta vida.

Como para enfatizar el especial privilegio de Mefiboset, el escritor menciona cuatro veces en un corto capítulo que Mefiboset comía a la mesa del rey (ver 2 Samuel 9:7, 10, 11, 13). Tres de esas ocasiones dice que siempre comía a la mesa del rey. Pero el relato comienza y termina mencionando que Mefiboset era lisiado de ambos pies (ver versículos 3, 13). Mefiboset nunca superó su condición de paralítico. Nunca llegó al punto en que pudiera dejar la mesa del rey y valerse por sí mismo. Y tampoco nosotros podemos hacerlo.

Capítulo 2
GRACIA, ¿QUIÉN LA NECESITA?

La justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús. Romanos 3:22-24

Samuel y Pamela, dos amigos, llegaron a los Estados Unidos como inmigrantes del país de Quadora. Ellos querían comprar una casa y aconteció que cada uno encontró una que un hombre rico estaba vendiendo. Ambas casas estaban anunciadas en $100,000 dólares. Samuel llegó con 500,000 quadros, la moneda de Quadora, y Pamela llegó con 1,000,000 quadros. Ellos sabían que un quadro no valía lo mismo que un dólar, pero asumieron que serían capaces de cambiar los quadros por al menos la cantidad suficiente para comprar una casa. Sin embargo, Quadora había sido azotado por la inflación y los quadros se habían devaluado hasta casi quedar sin valor. El banco no les aceptaba intercambiar sus quadros por dólares.

Para complicar aún más las cosas, Samuel y Pamela han descubierto que el hombre rico, al que esperaban comprarle la casa, no es un desconocido. Ellos ya habían realizado negocios con él cuando aún estaban en Quadora y tenían una gran deuda con él. Samuel le debía alrededor de un millón de dólares y Pamela le debía $500,000 dólares. Debido a que sus quadros no valen nada, ninguno de ellos podía comenzar a pagar su deuda, mucho menos comprarle una casa.

Después sucedió algo muy extraño. El hombre rico, al escuchar que Pamela y Samuel estaban en su país y sabiendo que llegaron con sus quadros que no valían nada, los buscó. A pesar de que tenían una deuda muy grande con él, les canceló esas deudas, les dio a cada uno la casa que deseaban, completamente amueblada, con utensilios y mantenimiento pagado de por vida.

Esa es la imagen de cómo opera la gracia de Dios. La “moneda” de nuestra moralidad y buenas obras no tiene valor para Dios. Además, todos estamos tan en deuda con él debido a nuestro pecado que no podemos ni siquiera pensar en pagarle parcialmente.

Una perspectiva bíblica de la gracia

En una ocasión escuché una definición de la gracia, en donde la explicaban como cuando Dios complementa la diferencia entre los requisitos de su ley justa y lo que a nosotros nos falta para cumplirla. Nadie es lo suficientemente bueno para ganarse la salvación por sí mismo, decía esta definición, así que la gracia de Dios simplemente cubre lo que a nosotros nos falta. Algunos reciben más gracia que otros; pero todos reciben lo que necesitan para obtener la salvación. Nadie debe perderse porque cualquier cantidad de gracia que requiere está disponible para él.

Esta definición de la gracia parece muy generosa de parte de Dios, ¿no es así? Dios provee lo que a nosotros nos falta. El problema con esta definición es que no es real. Representa una grave incomprensión de la gracia de Dios y una perspectiva muy inadecuada de nuestra situación como pecadores delante de Dios. Debemos asegurarnos de que tenemos una perspectiva bíblica de la gracia, ya que ella es el centro del evangelio. Ciertamente no es necesario que alguien comprenda toda la teología de la gracia para ser salvo, pero si una persona tiene una falsa noción de la gracia, probablemente signifique que él o ella no entiende realmente el evangelio.

Aunque este libro trata sobre vivir por la gracia, necesitamos asegurarnos de que primero entendemos la gracia salvadora, por dos razones. Primero, todo lo que diga de la gracia de Dios en los capítulos subsecuentes asume que has experimentado la gracia salvadora de Dios: que has confiado solamente en Jesucristo para tu salvación eterna. Sería una fatal injusticia si yo permitiera que creyeras que todas las maravillosas provisiones de la gracia de Dios que veremos en los siguientes capítulos son tuyas fuera de la salvación a través de Jesucristo.

En segundo lugar, aunque este libro es sobre vivir por la gracia, la gracia es siempre la misma, ya sea que Dios la ejerza en salvarnos o al tratar con nosotros como creyentes. De cualquier manera que la Biblia defina la gracia salvadora, esa misma definición aplica para el área de la vida cristiana cotidiana.

Dios nos ofrece gracia

Dios nos dice,

A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche (Isaías 55:1).

El evangelio es ofrecido a aquellos que no tienen dinero o buenas obras. Nos invita a venir y “comprar” salvación sin dinero y sin costo. Pero notemos que la invitación a venir está dirigida a aquellos que no tienen dinero, no a aquellos que no tienen suficiente. La gracia no consiste es que Dios ponga la diferencia, sino que Dios provea todo el “costo” de la salvación a través de su Hijo, Jesucristo.

El apóstol Pablo abordó este asunto en Romanos 3:22 cuando dijo, “no hay diferencia”. No hay diferencia entre judíos y gentiles, entre religiosos e irreligiosos, entre personas morales y degeneradas. No hay diferencia entre nosotros porque todos hemos pecado y estamos destituidos de la gloria de Dios.

Decir que Dios compensa la diferencia entre lo que él requiere y lo que nos falta, es como comparar los intentos de dos personas por saltar el Gran Cañón. El cañón tiene en promedio de catorce kilómetros de ancho. Supongamos que una persona pudiera saltar ocho metros desde la orilla y otra persona pudiera saltar solo dos metros. ¿Qué diferencia hay? Por supuesto, una persona puede saltar cuatro veces más que la otra, pero comparado a los catorce kilómetros (¡14,000 metros!), no representa ninguna diferencia. Como los quadros en mi parábola, ambos intentos carecen de valor para saltar el cañón. Y cuando Dios construyó un puente a través del “Gran Cañón” de nuestro pecado, él no se detuvo a 8 metros, ni siquiera a 2 metros, de nuestro lado. Él construyó el puente de extremo a extremo.

Incluso la comparación de tratar de saltar el Gran Cañón fracasa en representar adecuadamente nuestra condición desesperada. Para utilizar esa ilustración deberíamos asumir que las personas intentan saltar el cañón; es decir, muchas personas están intentando ganarse su entrada al cielo y, a pesar de sus mejores esfuerzos, se quedan cortos al intentar cruzar el terrible precipicio del pecado que los separa de Dios.

Nada podría estar más alejado de la verdad. Casi nadie intenta ganarse su entrada al cielo (Martín Lutero, antes de su conversión, fue una notable excepción). En lugar de ello, la mayoría asume que lo que ya están haciendo es suficiente para merecer el cielo. Casi nadie está haciendo un esfuerzo sincero para incrementar la longitud de su “salto” a través del cañón. En lugar de ello, en nuestras mentes, hemos acortado la anchura del cañón a una distancia que podemos cruzar cómodamente sin ningún esfuerzo adicional de lo que ya estamos haciendo. La persona cuya vida moral puede ser equivalente a los 8 metros, en su mente acorta la distancia a unos cómodos siete metros; y la persona que solo puede saltar dos metros ha acortado su cañón a uno. Todos esperan que Dios acepte lo que ya están haciendo como una “moneda” suficiente para “comprar” una casa en el cielo.

Tal como el primer grupo que escuchó la famosa parábola que Jesús relató sobre el fariseo y el recaudador de impuestos, muchas personas tienen la confianza en su propia justicia (Lucas 18:9-14). Quizá podrían, en cierto momento de gran reflexión, conceder que no son perfectos, pero se consideran a sí mismos esencialmente buenos.

Un gran problema en la actualidad es que muchos de nosotros creemos que no somos tan malos. De hecho, asumimos que somos buenos. En 1981, fue publicado un libro que abordaba el difícil tema del dolor y la angustia, convirtiéndose rápidamente en uno de los más vendidos. Su título era: Cuando a la gente buena le pasan cosas malas. El libro, como su título revela, asume que la mayoría de las personas son “buenas”. La definición que el autor, Harold Kushner, ofrece sobre una buena persona es, “personas ordinarias, buenos vecinos, ni extraordinariamente buenas ni extraordinariamente malas”.2

En contraste, el apóstol Pablo dice que todos somos malos. Considera nuevamente Romanos 3:10-12, observando cuidadosamente las palabras que he enfatizado:

No hay justo, ni aun uno;No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.

Estas palabras fueron escritas para apoyar la respuesta de Pablo a esta pregunta, “¿Somos nosotros [judíos] mejores que ellos [gentiles paganos]?”. A lo que él respondió, “En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado” (Romanos 3:9).

La diferencia entre la apreciación de Harold Kushner, de que la mayoría de las personas son esencialmente “buenas”, y la del apóstol Pablo, que todas las personas son esencialmente “malas”, surge de una orientación totalmente diferente. Para el rabí Kushner, eres bueno si eres un vecino amigable. Para el apóstol Pablo (y los demás escritores de la Biblia), todas las personas son malas debido a que están alejadas de Dios y en rebelión contra él.

Cuando seguimos nuestro propio camino

Una de las acusaciones más condenatorias de la humanidad se encuentra en Isaías 53:6: “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino”. Todos nosotros hemos seguido nuestro propio camino. Esa es la esencia del pecado, el corazón del mismo, seguir nuestro propio camino. Tu camino puede ser donar dinero a la caridad, mientras que el camino de otra persona puede ser robar un banco. Pero ninguno de los actos se realiza en referencia a Dios; cada uno de ustedes ha seguido su propio camino. Y en un mundo gobernado por un Creador soberano, esa es rebeldía, eso es pecado.

Haz de cuenta que un territorio particular de tu país se rebela contra el gobierno central de la nación. Los ciudadanos de ese territorio pueden ser personas decentes, esencialmente correctas y cuidadosas en su trato con los demás. Pero toda su bondad entre ellos es irrelevante para el gobierno central. Para esas autoridades solo existe un asunto: el estado de rebeldía. Hasta que ese asunto sea resuelto, nada más importa.

Esta ilustración está en peligro de perder su fuerza si la consideramos a la vista de las realidades del día presente. Algunos gobiernos centrales son tan corruptos e injustos que podemos aplaudirle a un territorio rebelde. Podríamos, en algunos casos, considerar que su rebeldía es el camino correcto.

Pero el gobierno de Dios es perfecto y justo. Su ley moral es santa, justa y buena (Romanos 7:12). Nadie nunca ha tenido, tiene, o tendrá una buena razón para rebelarse contra el gobierno de Dios. Nos rebelamos solo por una razón: nacimos rebeldes. Nacimos con una perversa inclinación de seguir nuestro propio camino, de establecer nuestro gobierno interno en lugar de someternos a Dios.

No es que algunos de nosotros nos hayamos hecho pecaminosos debido a una infancia desafortunada, mientras que otros fueron bendecidos con una educación moral. En lugar de ello, todos nacimos pecadores con una naturaleza corrupta, una inclinación natural de seguir nuestro propio camino. Tal como David escribió, “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (Salmos 51:5). Aquí encontramos una declaración asombrosa de David, reconociendo que él era pecador aun estando en el vientre de su madre, incluso durante el periodo de embarazo, cuando no había llevado a cabo ninguna acción, buena o mala.

Una escritora cristiana, en un artículo de una revista, preguntó lo siguiente: “¿Cómo puedo seguir creyendo en un Dios que fastidia a niños inocentes?”. Haciendo a un lado su problema entre la relación de un Dios justo con nuestro sufrimiento, notemos su referencia a niños inocentes. Menciono la pregunta de esta escritora, no para criticar, sino para ilustrar, porque creo que ella expresa la perspectiva de una vasta mayoría de personas, tanto creyentes como incrédulos: que los niños nacen inocentes y son corrompidos por su ambiente.

Pero esta no es la perspectiva de las Escrituras. De acuerdo al Salmo 51:5, no hay niños inocentes. En lugar de ello, todos nosotros nacimos en pecado, incluso desde la concepción somos pecaminosos. Debido a la rebeldía de Adán, todos nacimos con una respondió, “En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado” (Romanos 3:9).

La diferencia entre la apreciación de Harold Kushner, de que la mayoría de las personas son esencialmente “buenas”, y la del apóstol Pablo, que todas las personas son esencialmente “malas”, surge de una orientación totalmente diferente. Para el rabí Kushner, eres bueno si eres un vecino amigable. Para el apóstol Pablo (y los demás escritores de la Biblia), todas las personas son malas debido a que están alejadas de Dios y en rebelión contra él.

Cuando seguimos nuestro propio camino

Una de las acusaciones más condenatorias de la humanidad se encuentra en Isaías 53:6: “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino”. Todos nosotros hemos seguido nuestro propio camino. Esa es la esencia del pecado, el corazón del mismo, seguir nuestro propio camino. Tu camino puede ser donar dinero a la caridad, mientras que el camino de otra persona puede ser robar un banco. Pero ninguno de los actos se realiza en referencia a Dios; cada uno de ustedes ha seguido su propio camino. Y en un mundo gobernado por un Creador soberano, esa es rebeldía, eso es pecado.

Haz de cuenta que un territorio particular de tu país se rebela contra el gobierno central de la nación. Los ciudadanos de ese territorio pueden ser personas decentes, esencialmente correctas y cuidadosas en su trato con los demás. Pero toda su bondad entre ellos es irrelevante para el gobierno central. Para esas autoridades solo existe un asunto: el estado de rebeldía. Hasta que ese asunto sea resuelto, nada más importa.

Esta ilustración está en peligro de perder su fuerza si la consideramos a la vista de las realidades del día presente. Algunos gobiernos centrales son tan corruptos e injustos que podemos aplaudirle a un territorio rebelde. Podríamos, en algunos casos, considerar que su rebeldía es el camino correcto.

Pero el gobierno de Dios es perfecto y justo. Su ley moral es santa, justa y buena (Romanos 7:12). Nadie nunca ha tenido, tiene, o tendrá una buena razón para rebelarse contra el gobierno de Dios. Nos rebelamos solo por una razón: nacimos rebeldes. Nacimos con una perversa inclinación de seguir nuestro propio camino, de establecer nuestro gobierno interno en lugar de someternos a Dios.

No es que algunos de nosotros nos hayamos hecho pecaminosos debido a una infancia desafortunada, mientras que otros fueron bendecidos con una educación moral. En lugar de ello, todos nacimos pecadores con una naturaleza corrupta, una inclinación natural de seguir nuestro propio camino. Tal como David escribió, “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (Salmos 51:5). Aquí encontramos una declaración asombrosa de David, reconociendo que él era pecador aun estando en el vientre de su madre, incluso durante el periodo de embarazo, cuando no había llevado a cabo ninguna acción, buena o mala.

Una escritora cristiana, en un artículo de una revista, preguntó lo siguiente: “¿Cómo puedo seguir creyendo en un Dios que fastidia a niños inocentes?”. Haciendo a un lado su problema entre la relación de un Dios justo con nuestro sufrimiento, notemos su referencia a niños inocentes. Menciono la pregunta de esta escritora, no para criticar, sino para ilustrar, porque creo que ella expresa la perspectiva de una vasta mayoría de personas, tanto creyentes como incrédulos: que los niños nacen inocentes y son corrompidos por su ambiente.

Pero esta no es la perspectiva de las Escrituras. De acuerdo al Salmo 51:5, no hay niños inocentes. En lugar de ello, todos nosotros nacimos en pecado, incluso desde la concepción somos pecaminosos. Debido a la rebeldía de Adán, todos nacimos con una naturaleza pecaminosa y perversa, una inclinación a seguir nuestro propio camino. Tomar el camino del individuo decente o el camino del transgresor descarado no representa ninguna diferencia. Todos nacimos en un estado de rebeldía contra Dios.

La Biblia dice que todos hemos pecado y casi todos concuerdan con esa declaración. El problema es que vemos el pecado de una manera muy superficial. Cualquier hombre en la calle simplemente encogería sus hombros y diría, “Claro, nadie es perfecto”. Incluso nosotros los cristianos hablamos de fracasos y derrotas, pero la Biblia utiliza otros términos. Habla de iniquidad y rebelión (Levítico 16:21). La Biblia dice que el rey David despreció a Dios (2 Samuel 12:9-10). También acusa a otro hombre de Dios de haber desafiado a la Palabra del Señor cuando todo lo que hizo fue comer y beber en un lugar que Dios le había prohibido (1 Reyes 13:21). Es evidente por estos sinónimos descriptivos del pecado (rebelión, desprecio, desafío) que Dios toma mucho más en serio el pecado que el hombre promedio o incluso que la mayoría de los cristianos.

El pecado, al final de cuentas, es una rebelión en contra del soberano Creador, Gobernador y Juez del universo. Es una resistencia a la correcta prerrogativa de que un Gobernador soberano exija obediencia de sus súbditos. Le dice a un Dios absolutamente santo y justo que su ley moral, que es un reflejo de su propia naturaleza, no es digna de nuestra completa obediencia.

El pecado no es solo una serie de acciones, es también una actitud que ignora la ley de Dios. Pero es incluso más que una actitud rebelde. El pecado es un estado del corazón, una condición de nuestro ser interno. Es un estado de corrupción, vileza y, sí, incluso inmundicia a los ojos de Dios.

Esta perspectiva del pecado como corrupción, vileza e inmundicia es simbólicamente presentada en Zacarías 3:1-4:

Me mostró al sumo sacerdote Josué, el cual estaba delante del ángel de Jehová, y Satanás estaba a su mano derecha para acusarle. Y dijo Jehová a Satanás: Jehová te reprenda, oh Satanás; Jehová que ha escogido a Jerusalén te reprenda. ¿No es éste un tizón arrebatado del incendio?

Y Josué estaba vestido de vestiduras viles, y estaba delante del ángel. Y habló el ángel, y mandó a los que estaban delante de él, diciendo: Quitadle esas vestiduras viles.

Y a él le dijo: Mira que he quitado de ti tu pecado, y te he hecho vestir de ropas de gala.

Notemos a quién se describe aquí. No es una imagen del hijo pródigo, sino de Josué el sumo sacerdote, la persona que ejercía el puesto religioso más alto en Israel. Sin embargo, es mostrado en vestiduras viles, una representación de sus pecados y los pecados del pueblo que representaba como sumo sacerdote. La vileza de sus vestiduras no representa la culpa por sus pecados, sino su contaminación. Como Josué, todos estamos, en un sentido espiritual, vestidos con vestiduras viles. No solo somos culpables delante de Dios; también estamos corrompidos en nuestra naturaleza, contaminados y viles delante de él. Necesitamos ser perdonados y limpiados.

Por esta razón, la Biblia nunca dice que la gracia de Dios simplemente compensa nuestras deficiencias, como si la salvación consistiera en muchas buenas obras (o incluso una cantidad variable de buenas obras) más otro tanto de la gracia de Dios. En lugar de ello, la Biblia habla de un Dios que “justifica al impío” (Romanos 4:5), que es encontrado por aquellos que no lo buscan y que se revela a sí mismo a quienes no preguntan por él (ver Romanos 10:20).

El recolector de impuestos en la parábola de Jesús no le pidió a Dios que simplemente compensara sus deficiencias. En lugar de ello, golpeaba su pecho (que es una señal de angustia profunda) y decía, “Dios, se propicio a mí, pecador” (Lucas 18:13). Él se declaró en total bancarrota espiritual y, en base a ello, experimentó la gracia de Dios. Jesús dijo que ese hombre descendió a su casa justificado, fue declarado justo por Dios (ver Lucas 18:9-14). Como el recaudador de impuestos, nosotros no necesitamos que la gracia de Dios tan solo compense nuestras deficiencias; necesitamos que su gracia provea un remedio para nuestra culpa, limpieza para nuestra contaminación. Necesitamos que su gracia provea la satisfacción de su justicia, que cancele una deuda que no podemos pagar.

Podría parecer que estoy sobreabundando en el tema de nuestra culpa y nuestra vileza delante de Dios. Pero nunca podremos comprender correctamente la gracia de Dios hasta que entendamos la situación de aquellos que la necesitamos. Como el Dr. C. Samuel Storms ha dicho,

La primera y posiblemente la más fundamental característica de la gracia divina es que presupone el pecado y la culpa.

La gracia solo tiene significado cuando se mira a los hombres en un estado caído, indignos de la salvación y sujetos a la ira eterna…

La gracia no contempla a los pecadores simplemente como indignos, sino como merecedores de maldad… No es simplemente que no merezcamos la gracia; sino que sí merecemos el infierno.3

Respondiendo a la gracia

Anteriormente en este capítulo, mencioné un incidente en donde un individuo otorgó una muy inadecuada, quizá hasta fatalmente incorrecta, definición de la gracia. Sospecho que la mayoría de los lectores respondieron negativamente a la sugerencia de que la gracia de Dios simplemente compensa lo que nos falta para ser aceptos ante Dios. Probablemente respondiste como lo hizo una persona, “No, eso no es correcto. Incluso nuestras buenas obras son trapos de inmundicia a los ojos de Dios”.

No mencioné ese incidente simplemente para refutar una postura mal planteada de forma intencional. Utilicé ese incidente porque creo que es la manera en que la mayoría de los cristianos viven la vida cristiana. Actuamos como si la gracia de Dios solo compensara lo que le falta a nuestras buenas obras. Creemos que las bendiciones de Dios son al menos parcialmente ganadas por nuestra obediencia y nuestras disciplinas espirituales. Sabemos que somos salvos por gracia, pero pensamos que debemos de vivir por nuestro “sudor” espiritual.

Así que, ¿quién necesita la gracia? Todos nosotros, tanto el santo como el pecador. El cristiano más dedicado y trabajador necesita la gracia de Dios tanto como el pecador más disoluto y testarudo. Todos necesitamos la misma gracia. El pecador no necesita más gracia que el santo, tampoco el creyente inmaduro e indisciplinado necesita más gracia que el piadoso y celoso misionero. Todos necesitamos la misma cantidad de gracia porque la “moneda” de nuestras buenas obras está devaluada y no tiene valor para Dios.

Tampoco nuestros méritos, ni nuestros deméritos, determinan cuánta gracia requerimos, porque la gracia no proporciona méritos ni compensa los deméritos. La gracia no toma en cuenta los méritos o deméritos. En lugar de ello, la gracia considera a todos los hombres y mujeres como totalmente no merecedores e incapaces de hacer nada para ganar la bendición de Dios. Nuevamente, como C. Samuel Storms ha escrito,

La gracia deja de ser gracia si Dios está obligado a otorgarla en presencia del mérito humano… La gracia deja de ser gracia si Dios está obligado a quitarla en presencia del demérito humano… [La gracia] es tratar a una persona sin esperar nada a cambio, sino solo de acuerdo a la infinita bondad y al propósito soberano de Dios.4

Notemos que la descripción del Dr. Storms de la gracia de Dios tiene dos aspectos: no puede ganarse por tus méritos ni puede perderse por tus deméritos. Si en ocasiones sientes que merecemos una respuesta a tu oración o una bendición particular de Dios debido a tu arduo trabajo o sacrificio, estás viviendo por obras, no por gracia. Pero también es cierto que si pierdes la esperanza de recibir la bendición de Dios debido a tus deméritos, lo que debías hacer, pero no hiciste y lo que hiciste, pero no debías hacer, también estás haciendo a un lado la gracia de Dios.

Francamente, la segunda declaración del Dr. Storm es de más ayuda para mí. Rara vez pienso en mis méritos, pero frecuentemente soy muy consciente de mis deméritos. Por tanto, me deben recordar frecuentemente que mis deméritos no obligan a que Dios retire su gracia de mí, sino que él no me trata conforme a mi maldad. Preferiría mil veces depositar mi esperanza de obtener su bendición en su infinita bondad que en mis buenas obras.

John Newton, el comerciante de esclavos descarado y disoluto, después de su conversión escribió el maravilloso himno “Sublime gracia”. Él nunca cesó de maravillarse al contemplar la hermosura de la gracia que lo alcanzaba incluso a él. Pero la persona que creció en una familia cristiana piadosa, que confió en Cristo a una temprana edad y nunca ha caído en los llamados pecados “horrendos”, debería estar tan maravillado con la gracia de Dios como lo estaba John Newton.

He aquí un principio concerniente a la gracia de Dios: en la medida en que te aferres a cualquier vestigio de justicia propia o pongas cualquier confianza en tus logros espirituales, en esa misma medida no estás viviendo por la gracia de Dios en tu vida. Este principio aplica tanto en la salvación como en la vida cristiana. Permíteme repetir algo que dije en el capítulo 1. La gracia y las buenas obras (es decir, las obras hechas para ganarse el favor de Dios) son mutuamente excluyentes. No podemos pararnos con un pie en la gracia y el otro en nuestros méritos.

Si estas confiando en cualquier medida en tu propia moralidad o logros espirituales, o si crees que Dios reconocerá de alguna forma tus buenas obras como meritorias para tu salvación, entonces debes considerar seriamente si eres un verdadero cristiano. Entiendo que algunos pueden sentirse ofendidos por esto, pero debemos ser absolutamente claros sobre la verdad del evangelio de la salvación.

Hace cerca de doscientos años, Abraham Booth (1734-1806), un pastor bautista en Inglaterra, escribió,

Los actos más brillantes y las cualidades más valiosas que pueden ser encontradas entre los hombres, aunque pueden ser muy útiles y verdaderamente excelentes, cuando son puestas en su lugar adecuado y se utilizan para fines correctos, son, para el tema de la justificación, tratadas como insignificancias…

La divina gracia desdeña ser ayudada por el pobre e imperfecto desempleo de los hombres en la realización de esa tarea que particularmente le pertenece. Los intentos por completar lo que la gracia comienza, traicionan nuestro orgullo y ofenden al Señor; pero no pueden promover nuestro interés espiritual. Que el lector, por tanto, recuerde cuidadosamente que la gracia es absolutamente gratis, o no es gracia: y que aquel que profesa buscar la salvación por gracia, o cree en su corazón que es completamente salvo por ella, o actúa inconsistentemente en los asuntos de suma importancia.5

Los pensamientos de Abraham Booth son tan válidos y necesarios como lo eran doscientos años atrás. Aquellos que son verdaderamente salvos son aquellos que han venido a Jesús con la actitud expresada en las palabras de un antiguo himno, “Nada traigo en mis manos, solo a tu cruz me aferro”.6

Capítulo 3
LA GRACIA: ES EN VERDAD SUBLIME

Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro. Romanos 5:20-21

Un estudio de la gracia de Dios es un estudio del contraste entre la situación desesperada de la humanidad y el abundante remedio que, mediante la gracia, Dios provee para nosotros a través de Jesucristo. Este contraste es hermosamente descrito en las palabras de un antiguo himno:

Somos Culpables, viles e indefensos,

Él es el Cordero sin mancha de Dios;

¡Expiación completa! ¡Aleluya, qué Salvador!7

En el capítulo 2, vimos que todos somos realmente culpables, viles e incapaces de ayudarnos. Reconocimos que todos estamos igualmente necesitados de la gracia de Dios. En este capítulo, consideraremos la divina provisión de gracia para nuestra desesperada situación.

Cuando una pareja comprometida acude a una tienda de joyería para comprar ese diamante especial, el joyero a menudo coloca una almohadilla oscura de terciopelo y sobre ella pone cuidadosamente cada diamante. El contraste del terciopelo oscuro provee el fondo que realza el brillo y la belleza de cada diamante.

Nuestra condición pecaminosa difícilmente califica como una carpeta de terciopelo, pero en contraste con la oscura culpa y la corrupción moral, la gracia de Dios en la salvación resplandece como un diamante hermoso y puro.

Nuestra ruina, el remedio de Dios

El apóstol Pablo utilizó un fondo contrastante cuando describió el remedio de Dios para nuestra ruina en una serie de textos de la Escritura, a los que me gusta llamar los hermosos “peros” de Dios.

Ya hemos visto el oscuro trasfondo que Pablo presentó en su crítica contra la humanidad, tanto de los religiosos como de los irreligiosos, en Romanos 3:10-12. En los versículos 13-20 ahondó en esa crítica, concluyendo finalmente en el versículo 20, “ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado”.

Habiendo presentado el oscuro trasfondo de nuestra ruina, Pablo procede a mostrarnos el brillante diamante del remedio de Dios. Notemos como inicia: “Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas” (versículo 21). Todos nos encontramos en la ruina, pero ahora Dios ha provisto un remedio: una justicia que viene de parte de Dios por medio de la fe en Jesucristo. Esta justicia es “aparte de la ley”, es decir, no considera qué tan bien o qué tan mal hemos obedecido la ley de Dios.

Bajo la gracia de Dios, la extensión o calidad de nuestra obediencia a la ley no es relevante. En lugar de ello, aquellos que tienen fe en Jesucristo son “justificados gratuitamente por su gracia” (versículo 24). Ser justificados significa más que el solo ser declarados “no culpables”. Realmente significa ser declarado justo delante de Dios. Significa que Dios ha imputado la culpa de nuestro pecado en su Hijo, Jesucristo, y nos ha imputado o acreditado la justicia de Dios.

Notemos, sin embargo, que somos justificados por su gracia. Es por la gracia de Dios que somos declarados justos delante de él. Todos somos culpables delante de Dios, condenados, viles e incapaces de ayudarnos. No tenemos argumentos ante Dios; el desenlace de nuestro caso estaba completamente de su lado. Él podía, con total justicia, habernos sentenciado como culpables, porque eso es lo que éramos, y consignarnos a la condenación eterna. Eso es lo que hizo a los ángeles que pecaron (ver 2 Pedro 2:4) y él pudo haber hecho eso con nosotros y habría sido perfectamente justo. Él no nos debía nada; nosotros le debíamos todo.

Pero, debido a su gracia, Dios no nos envió a todos al infierno; en lugar de ello, proveyó un remedio para nosotros a través de Jesucristo. Romanos 3:25 dice, “a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia”. ¿Qué es un sacrificio de propiciación? Una nota al pie de página de la NIV proporciona una traducción alternativa a este texto: “aquel que desviaría su ira, quitando el pecado”.

El significado de Cristo como el sacrificio de expiación, entonces, es que Jesús, mediante su muerte, desvió la ira de Dios al ponerla sobre sí mismo. Mientras colgaba de la cruz, él cargó nuestros pecados en su cuerpo y recibió toda la ira de Dios en lugar nuestro. Como dijo Pedro, “Él mismo, en su cuerpo, llevó al madero nuestros pecados”, y sufrió, “el justo por los injustos” (1 Pedro 2:24; 3:18). En su muerte, Jesús satisfizo por completo la justicia de Dios, que requería muerte eterna como la paga del pecado.

Es importante que notemos quién presentó a Cristo como este sacrificio de expiación. Romanos 3:25 dice que Dios lo presentó. El plan de redención era el plan de Dios y fue llevado a cabo por iniciativa de él. ¿Por qué hizo esto? Solo hay una respuesta: por su gracia. La expiación fue el favor de Dios extendido a las personas que solo merecían su ira. La expiación de Dios fue poner un puente sobre el terrible “Gran Cañón” del pecado, para llegar a las personas que estaban en rebeldía contra él. Y él hizo esto a un costo infinito para él, enviando a Jesús a morir en lugar nuestro.

Otro de los maravillosos “peros” de Dios se encuentra en Efesios 2:1-5:

Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.

Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos).

Nuevamente vemos el contraste entre nuestra ruina y el remedio de Dios. En los versículos 1-3, Pablo nos describió como muertos en nuestros pecados, bajo la influencia de Satanás, cautivados por el mundo, prisioneros de nuestros deseos pecaminosos y objetos de la ira de Dios. ¿Podría presentársenos una imagen más oscura, un trasfondo más contrastante? Pero contra este oscuro trasfondo, Pablo, una vez más, presenta el diamante de la gracia de Dios.

¡Pero Dios intervino! Estábamos muertos en nuestras transgresiones, pero Dios intervino. Éramos esclavos del pecado, pero Dios intervino. Éramos objetos de la ira, pero Dios intervino. Dios, que es rico en misericordia, intervino. Por su gran amor a nosotros, Dios intervino y nos dio vida en Cristo, incluso cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados. Todo esto se resume en una breve declaración: “Por gracia sois salvos”. Nuestra condición era devastadora, no teníamos esperanza, pero Dios intervino por gracia.

Una tercera instancia de los maravillosos “peros” de Dios se presenta en Tito 3:3-5:

Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros.

Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo.

Nuevamente Pablo establece un contraste entre nuestra ruina y el remedio de Dios. El contraste no podría ser más audaz y completo. Nuestra necedad, desobediencia y esclavitud hacia toda clase de deseos pecaminosos son contrastadas con la bondad, la misericordia y el amor de Dios. Los injustos son declarados justos (justificados) por su gracia (ver Tito 3:7). ¡La gracia de Dios es realmente sublime!

Por tanto, la gracia de Dios no complementa nuestras buenas obras. En lugar de ello, su gracia vence nuestras malas obras, que son nuestros pecados. Dios hizo esto al poner nuestros pecados sobre Cristo y al dejar caer sobre él la ira que nosotros merecíamos. Debido a que Jesús pagó completamente el terrible castigo de nuestros pecados, Dios pudo extender su gracia a nosotros mediante el perdón total de nuestros pecados. La extensión de su perdón se presenta vívidamente en cuatro pintorescas expresiones en el Antiguo Testamento.

Cuanto está lejos el oriente del occidente

El Salmo 103:12 dice, “Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones”. ¿Cuán lejos está el oriente del occidente? Si te diriges hacia el norte desde cualquier punto de la tierra, eventualmente cruzarás sobre el polo norte y después comenzarás a viajar hacia el sur, pero eso no sucede cuando vas de oriente a occidente. Si te diriges hacia el oriente y continúas en esa dirección, siempre te estarás dirigiendo hacia el oriente. El norte y el sur se encuentran en el polo norte, pero el oriente y el occidente nunca coinciden. En cierto sentido, están a una distancia infinita uno del otro.

Así que cuando Dios dice que él aleja nuestras rebeliones tan lejos como el occidente del oriente, está diciendo que se han puesto a una distancia infinita de nosotros. Pero, ¿cómo podemos comprender esta verdad abstracta de tal manera que sea significativa en nuestras vidas?

Cuando Dios utiliza esta expresión metafórica, describiendo la extensión del perdón de nuestros pecados, está diciendo que su perdón es total, completo e incondicional. Él no lleva la cuenta de nuestros pecados. El salmista clarifica esta idea: “No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados” (Salmos 103:10). Sí, ¡Dios dice eso! Sé que parece demasiado bueno para ser cierto. Confieso que luché para escribir esas palabras porque son tan extrañas a nuestros conceptos innatos de recompensa y castigo.

Pero esas palabras están en la Biblia y son las palabras de Dios. ¿Cómo puede Dios hacer esto? ¿Cómo puede desechar completamente nuestras transgresiones y decir que las ha alejado a una distancia infinita de nosotros? La respuesta es, por su gracia a través de Jesucristo. Como vimos anteriormente en este capítulo, Dios puso nuestros pecados en Cristo y él cargó con el castigo que nosotros debíamos sufrir. Debido a la muerte de Cristo en lugar nuestro, la justicia de Dios está completamente satisfecha. Dios puede ahora, sin violar su justicia o su ley moral, perdonarnos libre, completa y absolutamente. Puede ahora extendernos su gracia; puede mostrar favor hacia a aquellos que, en sí mismos, solo merecen su ira.

Tras tus espaldas

Isaías 38:17 nos da otra expresión pintoresca para describir la extensión del perdón de Dios sobre nuestros pecados. El profeta dijo de Dios, “echaste tras tus espaldas todos mis pecados”. Cuando algo está tras nuestras espaldas, está fuera de nuestra vista. No podemos verlo. Dios dice que él ha hecho eso con nuestros pecados. No es que no hayamos pecado o que, como cristianos, no continuemos pecando. Sabemos que pecamos diariamente, de hecho, muchas veces al día. Incluso como cristianos, nuestros mejores esfuerzos están manchados con un desempeño imperfecto y con motivos impuros. Pero Dios ya no “ve” nuestra desobediencia deliberada o nuestros malos desempeños. En lugar de ello, él “ve” la justicia de Cristo que ya nos ha atribuido.

¿Significa esto que Dios ignora nuestros pecados como un padre indulgente y permisivo que permite que sus hijos crezcan sin disciplina y con mal comportamiento? ¡Para nada! En su relación con nosotros como nuestro Padre celestial, Dios sí trata con nuestros pecados, pero solo para nuestro bien. No trata con nosotros como merecemos, que sería castigo, sino por lo que su gracia provee, que es para nuestro bien.

En su relación con nosotros como el Gobernador moral y el Juez de la humanidad, Dios ha puesto nuestros pecados tras sus espaldas. En su relación con nosotros como el Supremo Soberano que lidia con sus rebeldes súbditos, él ya no “ve” nuestros pecados. Y notemos que nuestros pecados no están a las espaldas de Dios por casualidad. La Escritura nos dice que él los ha puesto ahí. ¿Cómo puede hacer esto y ser un Dios justo y santo? Nuevamente, la respuesta es que Jesucristo pagó el castigo que nosotros debimos pagar. Como lo dice otro himno, “¿Qué me puede dar perdón? Solo de Jesús la sangre”.8

En lo profundo del mar

Otra impactante metáfora que expresa la plenitud del perdón de Dios se nos presenta en Miqueas 7:19. Aquí, el profeta Miqueas dice de Dios, “sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados”. Cuando era un oficial naval, tuve una experiencia en donde cierto equipo se perdió en las profundidades del mar debido a un pequeño accidente de un bote. Sé lo que es lanzar ganchos al fondo del mar en vano, intentando recuperar el equipo perdido. Ese equipo se perdió para siempre.

Así es con nuestros pecados. Dios los ha echado al fondo del mar para que se pierdan por siempre, nunca serán encontrados, nunca se nos reclamarán. Nuevamente, como Dios dice que puso nuestros pecados tras sus espaldas, aquí se nos dice que los echará en lo profundo del mar. No se caerán por la borda; Dios los echará en lo profundo. Él quiere que se pierdan por siempre, porque ya ha lidiado con ellos en su Hijo, Jesucristo.

¿Comienzas a entender la idea? ¿Te das cuenta que el perdón de Dios es completo e irreversible? ¿Has comenzado a comprender que no importa cuán “malo” has sido o cuántas veces has cometido el mismo pecado, Dios te perdona completa y libremente debido a Cristo? ¿Has visto que, debido a que Dios ya ha lidiado con tus pecados en Cristo, no tienes que hacer penitencia o cumplir ciertas condiciones antes de que Dios te bendiga o te use?

En una ocasión escuché que alguien dijo que ya no podía aferrarse a la promesa de perdón de Dios en 1 Juan 1:9: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. Él razonó que había pecado tantas veces que ya había utilizado todo su “crédito” con Dios. Pienso que muchos cristianos creen eso porque no comprendemos completamente la plenitud del perdón de Dios en Cristo. Pero si insistimos en pensar en términos de “crédito” delante de Dios, debemos pensar solo en el “crédito” de Cristo, ya que nosotros no tenemos ninguno en nosotros mismos. ¿Y cuánto crédito tiene él? Una cantidad infinita. Por eso Pablo podía decir, “cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Romanos 5:20).

Borrados del registro

El cuarto pasaje que enfatiza el completo y absoluto perdón de nuestros pecados es Isaías 43:25:

Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.

Aquí Dios utiliza dos expresiones: Él borra nuestras rebeliones (es decir, las quita del registro) y ya no se acuerda de ellas.

Un amigo, debido a una “broma” de adolescentes, fue encarcelado en Canadá. Más adelante, recibió lo que se llama El perdón de la Reina. Ahora, si su pasado fuese investigado en busca de actividad criminal, la respuesta seria: “No tenemos registro de esta persona”. Su registro no solo ha sido marcado como “perdonado”, sino que ha sido completamente borrado y destruido. Nunca más será visto. Esto es lo que Dios hace con nuestros pecados. Cuando confías en Jesucristo como tu Salvador, Dios remueve tu registro del archivo. Ya no lo guarda ni le añade diariamente la larga lista de los pecados que continuas cometiendo incluso como cristiano.

Dios no solo borra nuestros pecados de sus registros, él tampoco se acuerda de ellos. Esta expresión significa que ya no nos los reclama. El que borre nuestros pecados es un acto legal. Es un perdón oficial del Supremo Gobernador. El no acordarse de ellos es un acto relacional. Es la parte afectada renunciando a cualquier ofensa. Es una promesa de nunca volver a mencionar tus pecados.

Jay Adams, en su libro From Forgiven to Forgiving [De perdonado a perdonador], señala la diferencia entre no recordar y olvidar.

El olvidar es algo pasivo y es algo que nosotros como seres humanos, al no ser omniscientes, hacemos. El “no acordarse” es activo; es una promesa en donde una persona (Dios, en este caso) determina no recordar los pecados de otros en contra suya. “No recordar” es simplemente una forma gráfica de decir, “No te reclamaré, ni le mencionaré a otros, estos asuntos en un futuro”.9

Considera a un estudiante rebelde. Sus actos de desafío hacia el maestro pueden tener consecuencias legales y relacionales. Legalmente, puede ser expulsado de la escuela. Relacionalmente, el maestro puede albergar un profundo sentimiento de hostilidad hacia el estudiante. Incluso si al estudiante se le permite regresar a la escuela (equivalente a un perdón), el maestro puede continuar albergando el sentimiento de hostilidad hacia el estudiante, “recordando” su rebeldía y el desafío a su autoridad. Para poder tener una buena posición en el salón de clases, el estudiante rebelde necesita tanto el perdón de las autoridades de la escuela, como el perdón del maestro. Necesita que el maestro renuncie a cualquier sentimiento de ofensa y convenga en “no acordarse” (no reclamarle) su mal comportamiento. (Obviamente, para que esto suceda, la actitud y la futura conducta del estudiante deben cambiar. Pero, aun así, el maestro debe decidir olvidar el pasado.)

Esto, por tanto, es similar a lo que Dios hace cuando borra nuestras rebeliones y no se acuerdo más de nuestros pecados. Como el Gobernador Supremo y Juez, él nos indulta. Como la parte ofendida, él nos perdona y promete no reclamarnos nunca más nuestros pecados. Mediante su muerte, Jesús no solo aseguró nuestro perdón, también nos reconcilió con Dios. Pero, como Pablo dice, “Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo” (2 Corintios 5:18, énfasis añadido). Dios, actuando en la gracia, al enviar a su Hijo a morir por nosotros, fue el iniciador de la reconciliación.

Si has confiado solamente en Jesucristo para tu salvación, eres justificado (un acto legal) y reconciliado (un acto relacional). Ya no eres condenado por Dios. Como Pablo dijo, “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1, énfasis añadido). Adicionalmente, Dios ya no está en contra tuya; ahora está a favor tuyo. Nuevamente, como Pablo dijo, “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (8:31). Estos dos maravillosos cambios sucedieron debido a la gracia de Dios y a pesar de nuestro pecado y nuestra culpa: “Más cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (5:20).

Irreprensibles

El Nuevo Testamento está repleto con textos que aseguran el perdón de Dios a aquellos que han confiado en Jesucristo. Solo un texto de la Escritura sería suficiente para mostrar nuevamente el contraste entre nuestra condición moribunda y el amor, la misericordia y la gracia de Dios al alcanzarnos. Es, incidentalmente, otra instancia de los maravillosos “peros” de Dios.

Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él (Colosenses 1:21-22).

Quiero dirigir tu atención a una de las últimas palabras de este pasaje, “irreprensibles”. ¿Describe esta palabra la manera en que piensas de ti mismo? ¿O frecuentemente, en tu mente, te encuentras a ti mismo en la sala de juicio de Dios escuchando su declaración, “culpable”? Si lo segundo es verdad, no estás viviendo por gracia.

Si nunca has recibido el regalo de la salvación al confiar en Jesucristo, entonces, por supuesto que eres culpable. Ciertamente no estás viviendo por gracia; en lugar de ello, estás bajo la ira de Dios y experimentarás, eventualmente, toda la fuerza de su ira. Esta ira no es aquella de un tirano temperamental que ha perdido el control de sus emociones; en lugar de ello, es la ira calmada, objetiva y legal del Juez que está dictando la más rígida sentencia posible al más violento y recalcitrante criminal. Tu mayor necesidad es confiar en Jesucristo para tu salvación, para el perdón de tus pecados y para el regalo de la vida eterna.

Por otro lado, si has confiado en Cristo como tu Salvador, entonces todas las expresiones del perdón de Dios son verdad en ti. Él ha alejado tus pecados tan lejos está el oriente del occidente. Él los ha puesto tras sus espaldas y los ha echado al fondo del mar. Él los ha borrado de su registro y ha prometido nunca más acordarse de ellos. Eres irreprensible, no porque haya algo en ti, sino solamente por su gracia mediante Jesucristo.

¿Estás dispuesto a creer esta maravillosa verdad y vivir por ella? Probablemente respondas, “Sí creo en ella. Sí creo que mis pecados son perdonados e iré al cielo cuando muera”. Pero, ¿estás dispuesto a vivir por ella hoy, en esta vida? ¿Aceptarás que Dios no solo te salva por su gracia mediante Cristo, sino que también lidia contigo día a día por su gracia? ¿Aceptas el hecho de que la definición bíblica de la gracia (favor inmerecido de Dios mostrado a personas que no lo merecen) aplica para ti no solo en la salvación sino también en tu vida diaria? Este significado de la gracia nunca cambia. Como he dicho anteriormente, la gracia siempre es la misma, ya sea que Dios la ejerza en la salvación o en su trato con nosotros como sus hijos.

Jesús dijo, “yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” ( Juan 10:10). ¿Tienes vida, es decir, vida eterna? ¿Has renunciado a toda confianza en tus esfuerzos morales o religiosos y te has vuelto en fe a Jesús para ser vestido con su justicia? Si es así, entonces tienes vida eterna. ¿Pero la vives a plenitud? ¿Estás experimentando la paz de Dios que viene con la salvación y el gozo de Dios que viene al vivir por su gracia diariamente? Si no es así, entonces quizá eres salvo por gracia, pero estás viviendo por obras.

Gracia para otros

La gracia no debe ser solamente recibida por nosotros, sino que es, en cierto sentido, para ser extendida a otros. Digo “en cierto sentido” porque nuestra relación con otras personas es diferente de la relación que Dios tiene con nosotros. Él es un Juez infinitamente superior y el Gobernador moral del universo. Nosotros somos pecadores y estamos en un mismo nivel unos con otros. Así que no podemos ejercer la gracia como Dios lo hace, pero podemos relacionarnos unos con otros como aquellos que han recibido la gracia y que desean operar mediante sus principios.

De hecho, no experimentaremos paz con Dios ni el gozo de Dios si no estamos dispuestos a extender la gracia a los demás. Este es el punto de la parábola que Jesús relató sobre el siervo infiel en Mateo 18:23-24. Él relató la historia de un hombre a quien le fue perdonada una deuda de diez mil talentos (millones de dólares), pero que no estuvo dispuesto a perdonarle a un prójimo que le debía cien denarios (unos pocos dólares). La verdad que no se menciona en la parábola, por supuesto, es que nuestra deuda del pecado con Dios es de “millones de dólares”, mientras que la deuda de los demás hacia nosotros, en comparación, es solamente de unos pocos dólares.

La persona que está viviendo por gracia ve este vasto contraste entre sus pecados contra Dios y las ofensas de los otros contra él. Perdona a otros porque él mismo se percata de que ha sido perdonado por gracia. Se da cuenta que, al recibir el perdón de Dios mediante Cristo, ha renunciado al derecho de ofenderse cuando otros lo lastiman. Él practica la amonestación de Pablo en Efesios 4:32: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”.

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