Kitabı oxu: «Tiempo de espera»

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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Jessica Hart
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Tiempo de espera, n.º 1452 - febrero 2021
Título original: Married for a Month
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1375-220-4
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
TE ACUERDAS de Rosalind, ¿no?
Michael se quedó paralizado. Estaba agotado después de llevar horas metido en el avión, pero se había levantado cuando Emma fue a abrir la puerta; se hallaba junto a la ventana, frotándose el cuello con gesto de cansancio. Al sonar el timbre no había tenido ninguna advertencia previa, ninguna premonición de que la vida que había levantado con tanto cuidado durante los últimos cinco años estaba a punto de desmoronarse a su alrededor.
Muy despacio bajó la mano y se volvió con la absurda esperanza de haber oído mal el nombre, pero ahí estaba, entrando en la habitación como si fuera su dueña.
Rosalind, con el cabello largo del color de las hojas de la haya. Rosalind, con los hechiceros ojos verdes y la sonrisa que aún acosaba sus sueños. Rosalind, a quien se había esforzado en olvidar.
—Hola, Michael –dijo ella.
Sólo Rosalind había sido capaz de erguirse de esa manera, tan segura de su belleza, de conseguir lo que quisiera. Daba la impresión de que esperaba que él se postrara a sus pies.
«Si es así, ya puede esperar», se dijo. Ya había estado a sus pies, y había sido una experiencia amarga y humillante, que no tenía intención de repetir.
—Rosalind –replicó con voz impasible.
Se sentía sacudido, como si hubiera chocado contra una pared en la oscuridad, pero cuando miró con expresión acusadora a su hermana, ésta sonreía, mirándolos con satisfacción, anticipación y un creciente desconcierto por la respuesta apagada de él ante la sorpresa que le había preparado.
—Deben haber pasado muchos años desde la última vez que os visteis –decía Emma—. ¿Por qué no os ponéis al corriente mientras preparo café?
Rosalind observó a Michael con consternación. Se había sentido tan nerviosa por volver a verlo que experimentó un absurdo alivio cuando entró y descubrió que seguía igual. Mostraba la misma cara sosegada e inteligente de ojos grises y alertas. El mismo cuerpo compacto. El mismo aire de quietud e independencia que resultaba fascinante e intimidante al mismo tiempo.
Pero entonces pudo percibir que había cambiado. Tenía los ojos velados, la expresión reservada, la boca dura.
—Emma, no creo que sea una buena idea –comentó.
—Michael aún no me ha decepcionado nunca –sonrió desde la puerta—. Lo único que debes hacer es explicárselo. Y no te preocupes por Jamie, lo vigilaré –cerró la puerta a su espalda y Rosalind y Michael se quedaron mirándose.
Costaba creer que alguna vez habían reído juntos, se habían amado. Rosalind podía sentir la hostilidad erigida a su alrededor como una barrera invisible. En el pasado se habría sentido segura de su capacidad para hechizarlo en contra de su voluntad. Lo único que habría necesitado era una sonrisa, una mirada o un simple contacto para que Michael se dejara cautivar. Pero, al contemplar la figura quieta y atenta junto a la ventana, sabía que en ese momento no lo permitiría, que estaba en guardia contra ella.
Sin embargo, debía intentarlo.
—¿Cómo te ha ido, Michael? –preguntó al fin.
—Bien.
Ella suprimió un destello de irritación ante el tono sarcástico de su voz. Quizá hubiera sido una pregunta tonta, pero tenía que empezar en alguna parte.
—Bien –titubeó y se mordió el labio con incertidumbre. Se suponía que era su turno para preguntarle cómo estaba y brindarle la apertura que necesitaba, pero era evidente que no tenía intención de seguir los convencionalismos de una conversación agradable—. Y tu investigación –perseveró—. ¿Trabajas en algún emplazamiento interesante?
—Para mí sí –metió las manos en los bolsillos y la observó con creciente suspicacia—.Para ti lo dudo.
Rosalind reconoció para sí misma que antes no había mostrado ningún interés. Jamás había sido capaz de entender qué veía Michael en la arqueología, del mismo modo que él no había comprendido cómo podía ser feliz sin una carrera. Era otro ejemplo de lo distintas que habían sido sus vidas, de lo diferentes que aún eran. A veces pensaba que lo único que habían compartido era una intensa atracción física. «Algo que ni siquiera tenemos ya», pensó con melancolía. Michael mantenía las distancias.
Él no decía ni hacía nada, pero la atmósfera vibraba de tensión. Con la esperanza de mitigarla algo si se mostraba más relajada, Rosalind se dirigió al sofá y se sentó. Luego deseó no haberlo hecho. Michael ignoró la invitación a imitarla.
Lo observó con disimulo. Era un hombre de aspecto tranquilo, no mucho más alto que ella, pero con una cualidad de dureza y contención que resultaba extrañamente perturbadora. En una ocasión habían sido amantes, pero en ese momento a Rosalind no se le ocurría qué decir.
—¿Has tenido un buen vuelo? –fue lo mejor que se le ocurrió.
—En realidad, no –de pronto perdió la paciencia—. Fue largo, con retraso y muy incómodo, y me vi obligado a dejar el emplazamiento en el peor de los momentos posibles, de modo que no estoy con ganas de mantener una conversación social. ¿Por qué no dejas de fingir que somos desconocidos educados y expones lo que tienes que decir?
—Somos desconocidos ahora –lo miró y luego apartó la vista. Jamás debió dejar que Emma la convenciera; con gesto nervioso se puso a darle vueltas al anillo de compromiso. Era inútil tratar de hablar con él. Entre ellos había un abismo—. Has cambiado –añadió con tristeza.
—Tú no –soltó con voz dura—. Vamos, Rosalind, será mejor que me cuentes qué es lo que quieres. Porque supongo que quieres algo, ¿no? Siempre ha sido así.
Ella reculó interiormente ante su tono, pero alzó la barbilla y se volvió para mirarlo a los ojos. Tampoco tenía muchas ganas de mantener una conversación social.
—De acuerdo –reconoció—. Quiero algo.
—¿Y de qué se trata esta vez? ¿Alguien que vaya corriendo ante tu más mínimo capricho? ¿O alguien que se eche para ser un felpudo sobre el que puedas limpiarte los pies?
Con pesar, se dio cuenta de que no la había perdonado. No tenía ni idea de la amargura con la que lamentaba haberlo tratado como lo hizo, pero sin duda ya debería haber comprendido que, si hubieran estado juntos, todo habría sido un desastre. Pero no tenía sentido tratar eso. No podía permitirse el lujo de involucrarse con el pasado. Lo que importaba en ese momento era el presente… y Jamie.
—Nada semejante –se obligó a reponer con naturalidad—. Necesito tu ayuda. Es importante.
—Si no recuerdo mal, para ti todo siempre fue importante —indicó él—. La gente dedica todo su tiempo a ayudarte. Si no logras manipularla para que haga lo que quieres, la compras. ¿Se te ha ocurrido alguna vez, Rosalind, que si alzaras uno de esos dedos tan cuidados podrías ayudarte a ti misma?
—Esto es diferente –se sonrojó y cerró los dedos sobre su regazo.
Pasándose una mano por la cara en gesto de agotada resignación, Michael se apartó de la ventana y se sentó en el sofá frente a ella,
—¿Qué es exactamente lo que quieres que es tan diferente? –inquirió.
De pronto, Rosalind se dio cuenta de que parecía extenuado. Había viajado dos días y resultaba evidente que ella era la última persona que había querido ver al final de su viaje. ¿Sería mejor dejarlo?
Y entonces, ¿qué? ¿Continuar como estaba, con la esperanza de que el problema desapareciera? La perspectiva la dejaba helada. Ya no podía proseguir de esa manera. También ella estaba cansada de mirar por encima del hombro, de ponerse tensa cada vez que el teléfono sonaba o la puerta se abría, de preocuparse de dónde y con quién estaba Jamie en cuanto no lo tenía a la vista. No quería solicitar la ayuda de Michael, pero por Jamie tendría que hacerlo.
—Emma me ha contado que vas a Yorkshire a visitar a una tía abuela a la que no has visto en años.
—¿Y eso qué tiene que ver contigo? –preguntó con cautela.
—Quiero acompañarte.
—¿Que quieres qué? –habló tras un largo silencio.
Rosalind respiró hondo. Lo había empezado, y ya tenía que terminarlo.
—No sólo yo. También irá Jamie.
La contempló con incredulidad, en busca de alguna señal de que se trataba de una broma.
—¿Y quién es Jamie? –quiso saber con tono tranquilo y peligroso.
—Es mi hermano.
—¿Tu hermano? –evidentemente era lo último que había esperado. Frunció el ceño—. No sabía que tuvieras un hermano.
—En realidad, es mi hermanastro –se obligó a mirarlo—. Mi padre volvió a casarse después… después de que te fueras al extranjero.
«Después de que me pidieras que me casara contigo y yo te rechazara», corrigió mentalmente. Eso tendría que haber dicho. Por su expresión, supo que Michael pensaba lo mismo.
—Papá murió el noviembre pasado –continuó ella—. Es probable que lo leyeras en los diarios –Gerald Leigh había sido famoso tanto por su extravagante estilo de vida como por sus inversiones financieras globales, y durante un tiempo su inesperada muerte había aparecido en las noticias internacionales. Michael asintió—. Natasha, su esposa, iba con él cuando el helicóptero cayó. Volvían para celebrar el cumpleaños de Jamie. Cumplía tres años –bajó la vista a las manos al recordar ese frío día de noviembre. Estaba de compras cuando sonó su teléfono móvil—. Creo que Jamie no ha terminado de entenderlo. Tenía a su niñera, de modo que por fuera la vida no cambió mucho para él –había sido diferente para ella. Una llamada, y toda su vida se había vuelto del revés.
Se preguntó si sería capaz de explicarle cómo se sentía; lo miró y vio que la observaba con algo que casi podría haber sido comprensión, pero, en cuanto sus ojos se encontraron, él los apartó.
—Mira, siento lo de tu padre, desde luego –expuso Michael con sequedad—, pero, ¿qué tiene que ver esto conmigo?
—No tardarás en descubrirlo –hizo caso omiso de la impaciencia de él y ordenó sus pensamientos—. Al ser la más próxima en parentesco, de pronto me vi tutora de Jamie. Natasha y yo nunca nos llevamos bien, de modo que apenas pasaba tiempo con él, y entonces no pensé que tuviera que cambiar mucho mi vida. Me trasladé a vivir a la casa Belgravia, pero imaginé que lo único que tendría que hacer era ocuparme de que tuviera una niñera que lo cuidara.
—Ser responsable de un niño requiere algo más que contratar a una niñera –espetó Michael sin molestarse en ocultar su desprecio—. No puedes entregárselo a un ejército de sirvientes sólo porque te quita parte del tiempo que dedicas a hacer compras.
—Eso he averiguado –a Rosalind le costó mantener la voz impasible. Con un deje de desesperación, se recordó que necesitaba a Michael. No podía permitir que su sarcasmo y el evidente desagrado que sentía por ella la irritaran—. Si me hubieras dejado acabar, iba a decir que no tardé mucho en darme cuenta de que me equivocaba. Jamie ahora forma parte de mi vida, y es muy importante para mí. No estaría aquí si no fuera por él.
—De acuerdo, así que cuidas de tu hermano –resumió él sin mostrarse impresionado—. Aún no has explicado por qué quieres ir a Yorkshire o por qué de repente se espera que yo haga de chófer.
—Jamie corre peligro –en vez de sobresaltarse horrorizado o de tomarla en brazos con promesas de protegerla, se mostró profundamente irritado.
—¿Qué tipo de peligro?
—No lo sé exactamente –repuso despacio—, pero tengo miedo –lo vio iniciar un gesto de impaciencia y se adelantó para interrumpirlo antes de que pudiera pronunciar algo devastador—. Por favor, ¿puedo contártelo? –sus ojos verdes se lo rogaron—. Jamás he tenido que suplicar por nada –continuó con una honestidad que pareció sobresaltarlo—, pero te lo suplico ahora. Deja que te lo explique.
—Muy bien –aceptó él mesándose el pelo, entre molesto y resignado.
No era la reacción de simpatía que había esperado ella, pero al menos escuchaba.
—He estado recibiendo cartas y llamadas anónimas —comenzó Rosalind—. Empezaron con la muerte de mi padre. Al principio, pensé que se trataba de un chiflado, alguien que había visto mi foto en una revista. Ni siquiera eran especialmente amenazadoras, sólo parecía alguien que quería que supiera que me había visto y que sabía dónde había estado y qué ropa llevaba puesta. Pensé que resultaba inquietante, pero nada más, y me olvidé de las cartas.
Hablar de ello la ponía tensa. Nerviosa, se puso de pie y se acercó a la chimenea, como si quisiera recibir calor, aunque no estaba encendida. Cruzó los brazos y se volvió hacia Michael.
—Entonces comenzaron las llamadas telefónicas. No puedo decirte cómo era la voz… –tembló al recordar su malevolencia—. Ni siquiera sé si es un hombre o una mujer. Lo que de verdad me asustó es que se puso a hablar de Jamie. No para de decir cosas como «Era una chaqueta azul muy bonita la que llevaba Jamie hoy, ¿verdad?», por lo que sé que nos vigila –respiró hondo para tranquilizarse. No iba a ponerse a llorar para que Michael tuviera la excusa de acusarla de histérica—. Y ha empezado a amenazarlo. «Sería terrible si Jamie se perdiera, ¿no?» «No querrás que nadie lo lastime, ¿verdad?», cosas de ese tipo –tragó saliva y juntó más los brazos—. Cuelgo el teléfono, desde luego, pero me aterra pensar que ese… ese loco… planee secuestrar a Jamie.
—¿Ha intentado alguien acercarse a ti?
—Nunca he visto a nadie, pero sé que nos vigila allá a donde vamos.
—Suena muy desagradable –comentó Michael pasados unos momentos—, pero, ¿no crees que es un asunto para la policía?
—He hablado con ellos –indicó con cierta impaciencia—. Hacen lo que pueden, pero hay un límite para su capacidad de acción cuando se trata de llamadas telefónicas y cartas, y ni siquiera se han producido amenazas específicas. Mi número no figura en la guía, pero de todos modos lo he cambiado, y todo continúa igual.
Michael frunció el ceño, como si estuviera irritado consigo mismo por haberse involucrado.
—¿Por qué no te marchas una temporada –sugirió—. Te lo puedes permitir.
—¿No crees que he pensado en ello? En febrero me llevé a Jamie y a su niñera a ver a su abuela en Los Ángeles. Fue maravilloso los tres primeros días, pero entonces llegó una carta –recordó que había empezado a relajarse cuando la doncella le entregó la carta aparecida en el buzón. Miró a Michael con la cara pálida—. No se trata de un extraño. Es alguien que me conoce, que conoce a mis amigos y que puede subirse a un avión y seguirme a donde vaya —¿entendería su temor? ¿Sería capaz de imaginar qué se sentía al no poder confiar en nadie, al pasar todo el tiempo mirando una y otra cara y preguntándote si sería ésa?
—¿Qué hiciste entonces? –inquirió él.
—Volvimos a casa –alzó las manos en un gesto desvalido—. Al menos aquí nos encontramos en un terreno conocido. Por desgracia, la niñera ya estaba tan asustada que se marchó, y no me he atrevido a sustituirla. No puedo dejar a Jamie con una desconocida cuando hay alguien ahí afuera listo para hacer cualquier cosa para lastimarlo.
—Entonces, ¿quién se ocupa de él en este momento?
—Yo –repuso con un ligero desafío. Michael no dijo nada. Contempló su traje verde pálido con la falda corta, las medias y los tacones de las poco prácticas sandalias, el maquillaje impecable, las uñas inmaculadamente pintadas. Enarcó una ceja y Rosalind se sonrojó—. Por lo general, no voy vestida así –se contuvo de añadir que se lo había puesto porque sabía que le quedaba bien y quería impresionarlo. Aunque no tendría que haberse molestado. Tarde, recordó que hacía falta mucho para impresionar a Michael.
Éste se reclinó en el sillón y juntó las manos detrás de la cabeza, disfrutando de la visión de Rosalind.
—Me gustaría ver cómo te ocupas de un niño revoltoso –comentó divertido.
—Puedes hacerlo –indicó un poco agitada.
La diversión que brillaba en sus ojos grises había transformado al distante extraño en el Michael que recordaba, el hombre fascinante e inaccesible con la sonrisa que resultaba devastadora al tiempo que inesperada. Sólo pensar en esa sonrisa logró resecarle la garganta, y deseó no haberla recordado. Eso significaba recordar otras cosas sobre él, como el contacto de su boca fresca y sus manos cálidas, la expresión en sus ojos al abrazarla… cosas que era mejor olvidar.
—No lo creo —con una mezcla de alivio y decepción, Rosalind vio que la sonrisa se desvanecía de su rostro cuando bajó las manos y se incorporó de repente—. Sé que esperas mi simpatía, y no me importa afirmar que lo siento por ti si eso es lo que quieres, pero no entiendo qué pretendes que haga al respecto, ni lo que esperas lograr acompañándome a Askerby. Si esa persona que te está acosando puede llegar a Los Ángeles, Yorkshire no le planteará muchos problemas.
—Por eso necesito disfrazarme –expuso Rosalind con ansiedad, viendo al fin una oportunidad.
—¿En qué pensabas? –la miró con sarcasmo—. ¿En una nariz y un mostacho falsos?
—No. Algo mucho más sencillo.
—¿Sí? –se mofó—. ¿Y de qué pensabas disfrazarte?
Ella respiró hondo y rezó para mantener la voz firme.
—De tu esposa –soltó—. Y Jamie podría ser tu hijo.
—Lo siento, creo que debo tener el oído mal –fingió destaparlo—. ¿Podrías repetirlo? ¡Por un minuto pensé que habías sugerido acompañarme a Yorkshire fingiendo ser mi esposa! Desde luego, de inmediato me di cuenta de que no te podía haber escuchado bien. Ni siquiera tú, Rosalind, podrías ser tan arrogante como para rechazar una propuesta de matrimonio y suponer que, cinco años después, el mismo hombre al que rechazaste con tanta indiferencia seguiría lo bastante enamorado para aceptar tomar parte en semejante farsa.
Rosalind se ruborizó, pero apretó los dientes y continuó.
—No te lo pido por eso. Sé muy bien que no estás enamorado de mí. Te lo pido porque puedes ofrecerme el disfraz perfecto –intentó explicar—. Ese hombre, mujer, o quienquiera que me esté haciendo la vida miserable, va a buscarnos a Jamie y a mí allá donde vayamos. No va a buscar a la esposa e hijo de un hombre del que jamás ha oído hablar. Por eso debes ser tú –las palabras no cesaron de salir de su boca en su afán por convencerlo—. Esa persona me conoce, puede que incluso muy bien, pero no te conoce a ti. Emma es la única que sabe de la conexión existente entre nosotros, y confío en ella absolutamente.
—¿Por qué? ¿Porque no es lo bastante rica como para relacionarse con tus otros amigos? ¡Supongo que lo que la descarta como sospechosa es el hecho de que no pueda seguirte a los Estados Unidos!
—No –empezaba a sentirse tan enfadada como él. ¿Es que pensaba que le resultaba fácil pedirle si podía fingir ser su esposa, sabiendo que ya había rechazado su propuesta real de matrimonio en el pasado? ¿Percibía acaso lo humillante que eso le resultaba?— No tiene nada que ver con el dinero. Tú nunca entendiste nuestra amistad, pero Emma y yo hemos sido íntimas desde la escuela, ¡y me atrevería a decir que la conozco mejor que tú! Confío en ella ciegamente.
Como si ésa fuera su entrada, Emma apareció con una bandeja en la que llevaba una cafetera, tres tazas, un vaso de plástico y un plato con galletitas. Mantuvo la puerta con la cadera mientras un pequeño de aspecto angelical trotaba a su lado. Tenía el pelo rubio y enormes ojos castaños con unas pestañas muy largas; en una mano sostenía un tren de juguete y en la otra una galletita. Al ver a Michael, se paró en seco y lo observó con la inquietante franqueza de los niños.
—Éste es Jamie –dijo Emma al dejar la bandeja sobre la mesita de centro—. Todavía no lo conoces, ¿verdad?
—No –Michael hizo un esfuerzo por dominarse y esbozar una sonrisa—. Hola, Jamie.
—Hola –saludó al rato, al parecer aceptándolo después de observarlo con cuidado—. Tengo un tren.
—Eso veo –corroboró Michael—. Yo tenía uno igual de pequeño.
—Míralo –Jamie no era un niño muy abierto, pero para sorpresa de Rosalind, se acercó a Michael y le enseñó el tren. Michael se agachó junto a él e inspeccionó el juguete con seriedad, dándole la vuelta en sus dedos largos.
Rosalind observó el rostro de Jamie mientras los dos compartían una conversación en apariencia intensa, y volvió a sentir que el corazón se le encogía. Costaba creer que no lo había amado siempre. Posó los ojos en Michael con cierto desconcierto. Era una persona tan distante e independiente que no había esperado que se llevara bien con los niños, aunque ya daba la impresión de haber cautivado a Jamie. Algo se retorció en su interior.
—¿Y bien? –preguntó Emma en voz baja al arrodillarse junto a la mesita para servir el café—. ¿Habéis llegado a un acuerdo?
—En realidad, no –Rosalind se obligó a concentrarse en el problema al regresar al sofá.
Michael había captado el intercambio. Devolvió el tren a las manos pegajosas de Jamie y lo dejó en cuclillas, la atención dividida entre el juguete y la galletita.
—Llegamos hasta el punto en que Rosalind sugiere que me cargue con una esposa y un hijo para mi viaje a Yorkshire –le informó a su hermana mientras aceptaba una taza.
—Como ya habrás deducido por su tono, Michael no cree que sea una buena idea –suspiró Rosalind.
—¿Por qué no? –Emma miró a su hermano con sincera sorpresa.
—En realidad, creo que es una buena idea que desaparezcas durante unas semanas –miró con frialdad a Rosalind—. Lo que no entiendo es por qué ha de ser conmigo –se volvió hacia su hermana, esperando que al menos ella pudiera ver el sentido común—. Rosalind puede permitirse el lujo de ir a cualquier parte del mundo –señaló.
—¡Exacto! –exclamó su hermana—. Razón por la que un tranquilo poblado de Yorkshire sería el último sitio en el que buscaría alguien que quisiera encontrarla.
—Bien, que vaya a Yorkshire si es lo que desea, pero, ¿por qué involucrarme a mí?
—¡Oh, Michael, sólo tienes que mirarla! —como una sola persona, los hermanos se volvieron a estudiar a Rosalind, que parecía terriblemente fuera de lugar en el viejo sofá. Irradiaba un destello indefinible, un aura de riqueza y sofisticación que sólo en parte se debía a la ropa cara que lucía—. Sobresaldría a un kilómetro de distancia a cualquier parte que fuera –señaló Emma innecesariamente—. Roz no es el tipo de chica que pasa desapercibida. Puede que no sea una celebridad, pero mucha gente conoce su nombre, o reconocería su foto de la sección de sociedad. Si Jamie y ella van con sus nombres, no tardarían en rastrearlos. Han de adoptar una nueva identidad, por unas pocas semanas, hasta que la policía logre dar con la persona que le está haciendo esto.
»En realidad, fue la misma policía la que lo sugirió –continuó Emma—. Y ahí pensé en ti. Acababa de recibir tu mensaje en el que decías que vendrías por un mes para arreglar el problema de la tía Maud, y de pronto comprendí que serías la tapadera perfecta. Nadie te asocia con Rosalind y, lo que es más importante, irás a un sitio donde nadie te conoce ni espera que seas otra persona que quien afirmes que eres. Si presentas a Rosalind y a Jamie como tu esposa e hijo, ¿quién va a cuestionarlo?»
—¿La tía Maud? –sugirió él con ironía, pero Emma lo descartó con un gesto.
—No ha mantenido contacto con la familia durante más de veinte años, de modo que no sabrá si estás casado o no, ¿verdad?
—Puede que no –dijo con una de sus miradas implacables—, pero es una mujer mayor, y parece confusa y necesitada de ayuda. No sé por qué debemos imponerles a una mujer y un niño desconocidos bajo falsos pretextos.
—¡Michael! –exclamó Emma, decepcionada—. ¡No te puedes negar! Rosalind y Jamie están en peligro, ¡y tú eres el único que puede ayudarlos!
—Tonterías, Emma, y tú lo sabes –apretó los labios. Miró a Rosalind, que hacía girar de forma inconsciente un espectacular anillo de diamantes que llevaba en el dedo anular de la mano izquierda—. No hace falta que sigas jugando con el anillo –soltó con aspereza—. En cuanto vi lo ostentoso que era, recibí el mensaje de que encontraste a alguien lo bastante bueno para ti.
Emma se mostró desconcertada por el tono de Michael, y Rosalind se apresuró a hablar antes de que su amiga pudiera darse cuenta de que su relación con su hermano había sido algo más que una amistad. No había querido hablar de lo sucedido cinco años atrás, y era evidente que Michael tampoco.
—No intentaba enviarte ningún mensaje –explicó con mirada gélida—. Tengo la costumbre de girar el anillo siempre que pienso, eso es todo.
—Pero se trata de un anillo de compromiso, ¿no?
—Sí, lo es –repuso tras titubear unos instantes. Podría habérselo quitado antes de ir. El compromiso sólo complicaba las cosas.
—En ese caso, te sugiero que le pidas a quienquiera que te lo dio que te lleve lejos de aquí –dijo con voz llana.
—No puedo –se mordió el labio. No quería hablar de Simon, cuya rotunda negativa a verse involucrado en el asunto dolía mucho más que lo que le gustaba reconocer.
—¿No? ¿Por qué? –Michael indicó el anillo que centelleaba en su mano—. Seguro que alguien preparado para comprar semejante joya debería quererte lo suficiente como para ir de un lugar a otro del país, si eso es lo que tú deseas.
—No es tan fácil –protestó Rosalind.
—Roz está comprometida con Simon Hungerford –explicó Emma—. Habrás oído hablar de él.
—¿Hungerford? ¿El político?
—El mismo –corroboró su hermana.
Michael observó el rostro súbitamente acalorado de Rosalind.
—¿Simon Hungerford y tú? –preguntó despacio—. Sí, tiene sentido. Sólo alguien como él te bastaría. Los Hungerford son una de las pocas familias que pueden rivalizar con la tuya en riqueza, y he leído que en este momento Simon persigue el poder con la misma ambición implacable que el resto de su familia persigue el dinero. ¡Hacéis una buena pareja!
Rosalind se encogió interiormente ante el desprecio que notó en su voz, pero alzó la barbilla y se esforzó por no prestarle atención.
—Es muy difícil para Simon marcharse –intentó disculparlo—. Aunque no tuviera tantos compromisos, es demasiado conocido. Alguien terminaría por reconocerlo y entonces tendríamos a los periódicos encima, lo cual sería como poner un anuncio diciéndole a ese desconocido dónde estábamos.
—¿Lo ves? Debes ser tú, Michael –insistió Emma, ofreciendo el plato con las galletitas, pero él no estaba por la labor de sucumbir.
—Lo siento, Emma –ignoró las pastas—, pero en este momento ya tengo suficientes problemas como para actuar de guardaespaldas. Rosalind tiene un novio para protegerla, y si no está preparado para cuidarla por sí mismo, puede permitirse pagar a alguien para que lo haga por él. Yo tengo cosas más importantes que hacer.
Capítulo 2
HABÍA dicho que no.
Entonces, se preguntó con furia a la mañana siguiente, ¿por qué demonios iba por la M1 con Rosalind a su lado y Jamie dormido en el asiento de atrás del coche?
De no haber sido por esa maldita llamada telefónica, estaría solo, concentrado en volver a meter todos los recuerdos de ella en el cajón mental de «Gran Error». Cinco minutos más tarde y Rosalind se habría marchado y él habría podido continuar con su vida. Pero bebían café cuando sonó el teléfono móvil de ella.
Al principio, él no había prestado mucha atención. Jamie había derramado parte del zumo sobre la falda de Rosalind, y Emma y ella se habían incorporado en busca de un trapo para limpiar la tela y las manos del pequeño. El imperativo sonido del teléfono hizo que Rosalind se pusiera a buscar con nerviosismo el bolso, que había dejado en la mesa junto a la entrada.
—Debe ser Simon –le indicó a Emma—. Dijo que llamaría.
Irritado por tanto alboroto, Michael daba vueltas por el salón con la taza en la mano, preguntándose cómo podía esperar ocuparse de un niño cuando casi ni siquiera era capaz de ocuparse de un poco de zumo derramado. Pero algo en la cualidad del silencio reinante hizo que se volviera; dejó la taza sobre el televisor con tanta brusquedad que cayó por el borde.
Rosalind estaba inmóvil junto a la puerta, con el teléfono pegado al oído; miraba al frente con una expresión de tan absoluto terror que Michael sintió un nudo en la garganta.
Luego no tuvo recuerdo de haber cruzado la estancia para quitarle el teléfono de su mano floja.
—… sería una pena que le sucediera algo a un niño tan bonito, ¿verdad? –oyó, y comprendió lo que había querido decir Rosalind sobre la voz. Era curiosamente asexuada, y tan llena de maldad que se le puso la piel de gallina—. Verás, sé dónde estás. Sé que se encuentra contigo…
Michael había oído suficiente. Cortó la conexión y depositó el teléfono sobre la mesita con una mueca de desagrado. Emma parecía consternada, Jamie desconcertado y un poco ansioso, como si temiera que la atmósfera tensa fuera consecuencia del zumo que había tirado. Rosalind seguía con la vista clavada al frente, con los labios tan apretados que Michael pudo ver el esfuerzo que le costaba impedir que le temblaran.
Le tomó el brazo y la llevó de vuelta al sofá para que se sentara. Tenía rígido el cuerpo esbelto y, percibiendo su angustia, Jamie se apoyó en su rodilla. Ella lo abrazó con fuerza.
—Está bien, cariño, no tienes que preocuparte por nada –dijo con un poco de inseguridad, y entonces alzó los ojos y Michael se encontró mirando en sus titilantes y verdes profundidades.
—De acuerdo –se oyó decir él—. Mañana podéis venir conmigo a Yorkshire.
¿Por qué lo había dicho? Se recordó que no era asunto suyo. Se trataba de Rosalind, la reina de hielo en persona, y si alguien había aprendido a desconfiar de esos enormes ojos verdes, ése era él. Entonces, ¿por qué tuvo que mirarlo de esa manera para que se diera cuenta de que incluso después de todos esos años la idea de que ella pudiera estar herida o asustada le resultaba insoportable? No supo si quería conocer la respuesta.
«Al menos tuve el sentido común de establecer algunas condiciones», pensó mientras adelantaba un coche. Era evidente que Rosalind no había pensado más allá del hecho de convencerlo para que la llevara con él, y se quedó pasmada cuando le informó de que iba a tener que hacer algo sobre su aspecto.
—Deberás cambiar esa imagen –había afirmado—. En un pueblo de Yorkshire llamarías mucho la atención así. Nadie va a creer que eres la esposa de un arqueólogo si vas por ahí llevando ropa que, seguramente, cuesta la mitad de lo que gano al año.
Había esperado que protestara, pero dio la impresión de que Rosalind había decidido no tentar demasiado su suerte. Sin embargo, su expresión cuando Emma expuso la ropa que Michael la había enviado a comprar, resultó elocuente.
—¿No podría llevarme algunas de mis cosas? –rogó al levantar una falda de pana y mirarla con una mezcla de incredulidad y desagrado.
—Puedes llevarte los vaqueros y tu ropa interior, pero cualquier otra cosa que luzcas en público ha de salir de aquí –recalcó Michael, que aún seguía furioso consigo mismo.
—¡Pero pareceré tan anticuada!
—¡Eso es lo que buscamos, Rosalind! –exclamó con los dientes apretados—. Le pedí a Emma que te comprara ropa práctica que fuera adecuada para una madre corriente. Si quieres encajar con tu entorno para que nadie note tu presencia, tendrás que vestirte como todos los demás.
—Pensé que bastaría con que me presentaras como tu esposa –suspiró y dejó la falda sobre la mesa, con el resto de la ropa que había comprado Emma.
—Pues no. Si quieres llamar la atención, aparece como vas ahora. ¡Pero no esperes que le diga a nadie que tienes algo que ver conmigo! Y no es sólo cuestión de lo que te pongas. Será mejor que también hagas algo con tu pelo.
—¿Qué tiene mi pelo? –instintivamente se llevó las manos a la cabeza.
—Córtatelo –ordenó, sintiendo una perversa satisfacción al pensar en ella sin ese cabello glorioso, sedoso y brillante.
—¿Y si no lo hago? –se rebeló.
—No te llevaré conmigo –repuso.
—¡Eso es chantaje!
—Depende de ti –se encogió de hombros.
—Me temo que tiene razón, Roz –se disculpó Emma cuando su amiga recurrió a ella en busca de apoyo—. Tu pelo es tan hermoso y de un color tan inusual, que alguien terminará por hacer algún comentario sobre él. Puede que incluso te reconozcan. Recuerda todas las fotos que aparecieron de Simon y de ti en los periódicos cuando anunciasteis vuestro compromiso. Entonces se hicieron muchos comentarios sobre tu cabello.
Michael casi había esperado que Rosalind se negara a aceptar su ultimátum y le proporcionara la excusa para cancelarlo todo. Pero cuando la vio aquella mañana, el pelo apenas le llegaba hasta la línea de la mandíbula, teñido de un castaño apagado y ratonil. De lejos, apenas la reconoció.
Mirándola de reojo a su lado, con el cabello mal cortado y un jersey azul abultado encima de los vaqueros, parecía una desconocida. Había querido que fuera una desconocida con el fin de mantener a raya los amargos recuerdos, pero no resultaba tan fácil. Nada podía cambiar las líneas puras de su perfil o el torrente de pestañas sobre sus resplandecientes ojos verdes.
Era la misma Rosalind. Entre ellos flotaba la tenue, cautivadora y amargamente familiar fragancia. La misma boca, el mismo hueco tentador en el cuello. Apretó con fuerza el volante. «El mismo egoísmo», se recordó con un deje de desesperación. «La misma vanidad y arrogancia».
A su lado, Rosalind se volvió por enésima vez para ver a Jamie. Dormía en el asiento infantil que Michael había alquilado con el coche, con la cabecita rubia ladeada. Estaba a salvo; eso era lo único que importaba. Por su seguridad, valía la pena perder el pelo y llevar la espantosa ropa que llenaba su maleta, incluso soportar la hostilidad de Michael.
Aún no estaba segura de qué era lo que lo había hecho cambiar de idea. Hubo un momento después de la horrible llamada en que habría jurado que vio preocupación en sus ojos; pero, si ése era el caso, él no lo reconocía. Desde entonces había sido brusco con ella, y, cuando intentó darle las gracias, descartó su gratitud con un gesto de la mano.
—Lo hago por Jamie, no por ti –le había dicho.
—Y yo también –fue su respuesta.
Suspiró y volvió a mirar hacia la carretera; se llevó una mano al cuello. Era extraño no sentir la densa cascada de pelo caerle por la espalda. Liberado de su propio peso, se ondulaba con suavidad en torno a su cara.
—Deja de jugar con el pelo –pidió irritado Michael.
—No puedo evitarlo –protestó ella—. No siento que sea yo.
—Querías un disfraz –señaló él.
—Lo sé –miró por la ventanilla—. No comprendí que parecer diferente me haría sentir diferente.
—Espero que haga que te comportes de forma diferente –dijo él sin apartar la vista del frente.
—¡No pensé que las mujeres de los arqueólogos se comportaban de distinta manera que nosotras! –lo miró con resentimiento.
—¿El resto de nosotras? –enarcó una ceja con expresión cáustica—. ¿Cuántas mujeres crees que se comportan como tú?
—Supongo que muchas –repuso, empezando a irritarse—. Puede que tenga más dinero que la mayoría, pero eso no significa que no piense y sienta como cualquier otra persona.
—Bajo ningún concepto te comportas como el tipo de mujer con el que es probable que me casara –la miró de reojo con desagrado.
—Te habrías casado conmigo en una ocasión si te hubiera aceptado –le recordó, picada, al tiempo que giraba para mirarlo con ojos peligrosamente entrecerrados—. ¿O lo has olvidado?
—No, no lo he olvidado –contestó tras una leve pausa—. Pero ahora buscaría algo más que simple belleza en una esposa.
—¿Como qué?
—Amor. Claro está que tú no sabes lo que es eso, ¿verdad, Rosalind? El amor jamás figuró en tu agenda.
Su voz sonó fría, y Rosalind se clavó las uñas en las palmas de las manos, decidida a no permitir que supiera que la había herido.
—Puede que entonces haya sido mejor que no me casara contigo –sonrió con expresión frágil.
—Es posible –coincidió él.
—Espero que estés agradecido por haberme negado.
—Desde luego no lo estuve en aquel momento, pero no te equivocaste al decir que no encajábamos juntos.
Rosalind sabía que había hecho lo correcto, pero, de algún modo, eso no la consoló después de que Michael se fuera, y seguía sucediéndole lo mismo. La súbita y vigorizadora oleada de furia desapareció casi al instante, dejándola cansada e inexplicablemente deprimida.
—Debe ser la primera vez que coincides conmigo en algo –había querido que sonara como una broma, pero sonó como algo triste.
—¿Sí?
Su voz sonó extraña, y Rosalind se preguntó si también él pensaba en las veces que habían discutido y peleado, para luego besarse y reconciliarse. Al menos en la cama siempre habían coincidido. Aún podía sentir el tembloroso deleite de su boca sobre su piel, de sus manos lentas y seguras explorándole el cuerpo.
El silencio, cargado de recuerdos, se estiró entre ellos. Rosalind se encontró recordando el vigésimo primer cumpleaños de Emma. Se había puesto un vestido verde mar que mostraba sus largas piernas y casi toda su espalda; reía mientras alguien volvía a llenarle la copa con champán cuando su vista se posó en Michael en el otro lado del salón. Los ojos de él estaban particularmente vivos en su austero rostro, y, sobresaltada, tuvo que apartar la vista y beber un sorbo de champán.
Cuando volvió a alzar los ojos, no estaba. Un poco irritada por su propio interés, había circulado por la fiesta con la esperanza de verlo de nuevo, pero daba la impresión de haber desaparecido. Y entonces, justo cuando se había rendido, Emma la había llevado a un lado para presentarle a su hermano.
—Éste es Michael.
Rosalind había vuelto a mirar los mismos ojos grises y sosegados y el corazón le dio un vuelco.
Si Michael la había reconocido por la breve y ardiente mirada que intercambiaron, no dio señal de ello. Se mostró educado pero nada impresionado, y Rosalind, que había aprendido a aceptar sin cuestionar una admiración universal y absoluta, se había sentido molesta. Él había irradiado un leve aire de desaprobación, un ligero deje de burla en su voz, que la irritó. ¿Quién era Michael Brooke para mostrar desaprobación? No era atractivo; no era encantador. Sólo era el hermano de una amiga del colegio. Entonces, ¿por qué le resultaba tan fascinante?
Por supuesto, su relación había estado predestinada desde el principio. Michael no pertenecía a su ingenioso y superficial mundo social; ella era una criatura extraña y exótica en el suyo. Cuando llegó el momento, descubrieron que no tenían absolutamente nada en común. Sin embargo… Rosalind no pudo evitar recordar cómo las diferencias existentes entre ellos se habían disuelto en cuanto se tocaron. Cinco años después, aún podía sentir el cosquilleo de excitación que le había recorrido la espalda cada vez que Michael apenas la rozaba.
Casi contra su voluntad, miró de reojo las manos de él, controladas y competentes sobre el volante, y el recuerdo hirvió en su interior al pensar en esas mismas manos recorriendo con gesto posesivo su cuerpo, derritiéndole los huesos con su dura promesa, despacio…
Apartó los ojos para encontrarse con su boca, y contuvo el aliento. En ese momento se veía comprimida en una línea fina, pero ella sabía cómo podía relajarse y exhibir una rara e inesperada sonrisa que jamás había fracasado en marearla de placer, como si de la nada hubiera recibido un regalo maravilloso. Y esos labios en el pasado se habían demorado tentadoramente sobre su piel.
Respiró entrecortadamente y se obligó a desviar la vista. Era estúpido sentirse tan nerviosa. Otras parejas rompían y lograban volver a verse sin experimentar una tensión aguda. Acomodó los hombros en el respaldo y se esforzó por relajarse. Quizá no pudieran olvidar el pasado, pero al menos podían fingirlo.
—¿Tuviste la oportunidad de llamar a tu tía? –preguntó en un intento por mitigar la atmósfera.
—Le dije que llegaría un poco más tarde –repuso sin mirarla—, y que conmigo llevaría a mi esposa e hijo –puso énfasis con cierto desagrado al anunciar el papel que desempeñaría ella.
—¿Le importó? –prosiguió Rosalind, decidida a mantener la conversación lo más neutral posible.
—No lo sé –se encogió de hombros—. Por teléfono se mostró brusca, aunque quizá sea así todo el tiempo.
—Emma me ha dicho que es más bien excéntrica –se sintió animada por el hecho de que Michael al fin le hablara.
—Eso nos han comentado siempre, pero ninguno de nosotros sabe mucho sobre ella. No la veo desde los nueve años. Recuerdo que me llevaron a tomar el té a su casa. Resultaba un poco intimidante, pero me cayó bien de un modo algo peculiar. A los niños nos hablaba del mismo modo que a los adultos.
—Pero si tenías nueve años la última vez que la viste, eso significa que han pasado veinte años desde entonces.
—Veintidós –corrigió Michael—. Maud se casó con el hermano de mi abuelo, y hubo una especie de separación con mi abuela. No sé a qué se debió… probablemente a algo trivial, pero se dijeron algunas palabras y ambos lados se ofendieron, y la tía Maud rompió todo contacto con la familia. Mi tío abuelo murió hace unos cinco o seis años, y he de reconocer que también la di por muerta a ella hasta que de repente me escribió una carta hace unos meses.
—¿Una carta? ¿Qué ponía?
—Que ya no podía ocuparse de los asuntos de mi tío, y prácticamente me ordenaba, al ser el último varón de la familia, que fuera y asumiera esa responsabilidad.
—No es normal que te dejes ordenar –la tía Maud debía ser una mujer valiente. Por recompensa recibió una leve sonrisa, más un esbozo que algo real, pero Rosalind sintió como si hubiera ascendido una montaña.
—No puedo decir que me gustara –reconoció Michael, ajeno al efecto que había tenido sobre ella—. Mi primer impulso fue escribirle y recomendarle que contratara a un buen abogado, pero su carta me inquietó. Al leer entre líneas me pareció que pedía ayuda, pero que era demasiado orgullosa para hacerlo de forma clara. Ahora es una mujer mayor; no tiene hijos y está sola –calló unos instantes al meterse en el carril veloz—. Me dio la impresión de que los asuntos de mi tío eran una excusa para reconstruir algunos puentes, así que le escribí y le expliqué que me hallaba en el extranjero, pero que iría a verla en cuanto tuviera unas semanas libres. Ésta ha sido la primera oportunidad que se me ha presentado de venir.
—De modo que has regresado al Reino Unido por el bien de una anciana tía que no has visto en veintidós años.
—Emma y yo somos la única familia que tiene –repuso un poco a la defensiva—, y como mi padre murió, supongo que también es la última familia que nos queda. No puedo ignorarla.
—No –miró por encima del hombro al pequeño, que aún dormía—. No, sé a qué te refieres. Yo pensé que podría hacerlo con Jamie, pero cuando llegó el momento, no fui capaz.
—¿Por qué querrías ignorar a tu hermano pequeño? –la miró con incredulidad.
Rosalind no respondió de inmediato. Juntó las manos en el regazo y contempló sus dedos.
—Supongo que estaba celosa –repuso despacio—. Sé que es terrible decirlo. No me gustaba Natasha, ni yo a ella, y cuando se casó con mi padre me sentí tan excluida que me marché y me compré mi propia casa. Empeoró cuando nació Jamie. Estaba acostumbrada a ser la única niña de papá, y de pronto apareció un bebé…
—¿Y encima un niño? No me extraña que estuvieras furiosa.
—Sí –se sonrojó un poco—. No me siento muy orgullosa de mí misma. Papá se mostró encantado de tener un hijo –le tembló un poco el labio inferior—. Debí sentirme complacida por él. Ojalá hubiera sido así –añadió en voz baja—. Me gustaría que ahora pudiera verme con Jamie.
—¿Es por eso que te tomas tantas molestias por el pequeño? ¿Porque te sientes culpable?
—No –miró al frente—. Lo hago por lo que Jamie significa para mí. Todo ha sido tan complicado desde que murió mi padre –intentó explicar—. Sus negocios eran extremadamente complejos, y ha habido problemas interminables para arreglarlo todo. Heredé acciones de control en muchas compañías de las que no sé nada, y todos los días se me pide que autorice documentos y acepte decisiones que para mí no significan nada.
»Al principio Jamie era otra cosa de la que ocuparse –prosiguió—. Otra persona que necesitaba que tomaran decisiones por él. Sin embargo, un día fui a ver a su niñera para hablar de su sueldo y vi a Jamie sentado en el suelo del cuarto de juegos. No hacía nada, sólo estaba sentado, con un osito de peluche en la mano, pero parecía tan pequeño y solitario».
Posó la vista en el cristal trasero del coche que tenían delante, aunque se vio a sí misma subiendo las escaleras, mirando por la puerta y deteniéndose en seco dominada por una ternura que resultaba igual de aterradora e intensa como inesperada. Rosalind había aprendido temprano que no se podía confiar en el amor, y pensaba que estaba blindada contra él, pero al final sólo había hecho falta la visión de un niño pequeño aferrado a su osito para atravesar todas sus defensas.
—Me recordó a mí misma –musitó, y Michael la miró.
—¿A ti?
—Sé lo que es crecer sin madre –respondió—. Pasé gran parte de mi infancia en ese cuarto de juegos mientras una interminable sucesión de niñeras hablaba de lo que tenían que cobrar por cuidar de mí. Al contemplar a Jamie aquel día, fue como si nunca antes lo hubiera visto. De pronto comprendí que era mi hermano y que sólo me tenía a mí para cuidar de él —tragó saliva—. Quise explicarle por qué no lo había querido antes y prometerle que le compensaría los días solitarios que había pasado allí, pero no pude. Sólo tenía tres años, no lo habría entendido.
—Pensé que no creías en el amor –comentó Michael con aspereza.
Eso es lo que ella le había dicho. Pudo oír sus indiferentes palabras a lo largo de los años y se movió incómoda en el asiento al recordar la expresión en la cara de Michael.
—No creía y no creo –repuso.
—Quieres a Jamie –señaló él con un tono de voz que en otra persona podría haber sonado casi como celos.
—A veces me gustaría que no fuera así –suspiró—. Es aterrador tener que pensar en él en todo momento.
—Comprendo que pensar en otra persona debió representar un impacto para ti –comentó Michael con una de sus miradas sarcásticas.
—No es eso. Es pensar en tener que cuidar bien de él. Has de mostrar tanto cuidado con los niños. Debes alimentarlo bien, bañarlo bien, enseñarle cómo comportarse bien… Quizá surja de forma natural si tienes un bebé propio, pero nunca supe lo que eran los niños y desconocía por dónde empezar.
—¿No crees que es una cuestión de sentido común? –preguntó poco impresionado.
—Lo que sea, no soy buena en ello –dijo Rosalind, desanimada—. Emma se ríe de mí, pero compré un libro sobre cuidados infantiles. Me pone tan nerviosa la posibilidad de hacerlo mal, que si Jamie estornuda, de inmediato consulto la sección de constipados –lo miró—. Es patético, ¿no?
Michael la observó de forma rara, y Rosalind de pronto deseó no haberle contado tanto. Esperó que él se burlara de su ignorancia, pero sólo fruncía el ceño.
—¿Jamie no tiene otros parientes con más experiencia con los niños que puedan ayudarte?
—La madre de Natasha vive en Los Ángeles. Vino para el funeral y sugirió la posibilidad de llevarse a Jamie con ella, pero tiene una vida social tan intensa que sé que lo pondría en manos de una niñera –la línea de su boca se endureció—. No pienso dejar que crezca como lo hice yo.
—¿No eras la pequeña que lo tenía todo?
—Salvo una madre –miró por la ventanilla—. Se marchó cuando yo tenía cuatro años.
—¿Te dejó? –pareció aturdido—. ¿Por qué?
—Era actriz –Rosalind mantuvo la voz ligera—. No especialmente buena, pero era tan hermosa que no importaba. Cuando recibió una oferta para irse a Hollywood, quedó convencida de que llegaría a ser una gran estrella. Pero un marido y una hija pequeña no eran adecuados para su imagen, así que se fue.
—¿Por qué no me contaste lo de tu madre cuando estábamos juntos? –preguntó él tras una pausa.
—Supongo que teníamos mejores cosas de qué hablar –se encogió de hombros—. En cualquier caso, por ese entonces no era una gran tragedia. Tenía a mi padre. Él trabajaba la mayor parte del tiempo, y lo veía poco, pero al menos sabía que estaba ahí. Jamie ni siquiera tiene eso –lo estudió con ojos intensos—. No pienso ponerlo en manos de niñeras para sacarlo los días señalados –afirmó con determinación—. No puedo ser su madre, pero puedo hacerle ver que estaré allí mientras me necesite.
—¿Y dónde encaja Simon Hungerford? –inquirió Michael—. ¿Su papel es el de ser una figura paternal para Jamie?
Rosalind titubeó un poco. Simon exhibía muy poco interés por Jamie, e incluso le costaba recordar su nombre. La mayor parte del tiempo lo llamaba «el niño». Esperaba que cambiara de parecer cuando llegara a conocerlo, igual que ella.
—Eso espero.
—¿Por eso te vas a casar con él? –las palabras sonaron como si se las hubieran sacado a la fuerza, y ella lo miró unos momentos antes de girar la cabeza.
—Es uno de los motivos.
—¿Cuáles son los otros? –preguntó con tono abrasivo.
Rosalind no respondió en el acto. Se preguntó qué diría Michael si le contaba que había abandonado la esperanza de encontrar a otro hombre que le hiciera sentir del modo que él lo había conseguido, y que había decidido conformarse con la segunda mejor opción.
—Nos entendemos –comentó al final, recordándose todas las razones por las que tenía sentido casarse con Simon—. Procede de un entorno similar al mío. Nos gusta hacer las mismas cosas –alzó los hombros en un gesto desvalido—. Formaremos un buen equipo.
—No me extraña que no te casaras conmigo –indicó con leve amargura—. No podrías haber afirmado ninguna de esas cosas de nosotros, ¿verdad?
—No –juntó las manos en el regazo y esperó sonar sosegada—. Tú y yo no teníamos nada en común.
Salvo el fuego que surgía entre ellos cada vez que se tocaban, la risa cuando él la tiraba en la cama después de una discusión, el breve e intenso júbilo al descubrirse mutuamente.
—Y, desde luego, no sucede lo mismo con Simon y tú –se burló Michael—. Debí haber supuesto que esperarías a alguien del entorno adecuado. ¡Sólo alguien tan rico como Simon Hungerford podría bastarte!
—No es por el dinero –protestó ella.
—¿No? ¿Sabe él que no crees en el amor?
Rosalind apretó tanto las manos que los nudillos se le pusieron blancos. ¿Por qué su compromiso, que había tenido tanto sentido, de pronto le parecía triste? ¿Y por qué le importaba lo que pensaba Michael?
—Sabe que no lo amo –repuso con voz firme.
—¿Y él te ama?
—No –respiró hondo—. No, pero me respeta. Nos llevamos bien. Nos sentimos… cómodos juntos.
—¿Cómodos? –Michael rió—. ¿Qué te ha sucedido, Rosalind? –inquirió con voz burlona—. Solías ser tan apasionada. ¡Resulta que lo único que deseas ahora es una taza de chocolate caliente y unas pantuflas!
—Quizá he crecido –contestó con frialdad.
—¿Crecido? ¡Es como si hubieras pasado de la adolescencia a la vejez!
—¡Al menos he superado la fase en que era lo bastante estúpida como para involucrarme con alguien como tú! –espetó—. La pasión está muy bien, pero no dura.
—No –coincidió él—. Tú me enseñaste eso.
—Tú sabes que jamás habría durado –comentó a la defensiva, deseando que no hubieran iniciado esa conversación—. Para empezar, los dos éramos muy jóvenes. Nunca quise tener una relación tan intensa. Sólo quería divertirme un poco. Pensé que sabías que eso era lo único que estaba preparada para ofrecer.
—Es evidente que no te conocía tan bien como Simon –manifestó Michael—. ¿Recibe él diversión al igual que respeto y comodidad?
—¡No es asunto tuyo!
Pulsuz fraqment bitdi.