Kitabı oxu: «El regreso de Emaús»

Şrift:

JESÚS HIGUERAS

EL REGRESO DE EMAÚS

EDICIONES RIALP

MADRID

© 2020 by JESÚS HIGUERAS

© 2020 by EDICIONES RIALP, S.A.,

Colombia, 63, 8.º A, 28016 Madrid

(www.rialp.com)

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopias, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

ISBN (edición impresa): 978-84-321-5289-4

ISBN (edición digital): 978-84-321-5290-0

Realización ePub: produccioneditorial.com

ÍNDICE

PORTADA

PORTADA INTERIOR

CRÉDITOS

1. EMAÚS, PARADIGMA DE TU ALMA

2. ¡ÉL VIVE!

3. CUÁL ES TU CONVERSACIÓN

4. CUANDO VIENES CANSADO

5. NO CAMINES DISTRAÍDO

6. NO TEMAS

7. DALE UN SENTIDO AL TIEMPO

8. ÁMALE Y APASIÓNATE POR ÉL

9. LA CRUZ

10. DESPRENDIMIENTO

11. POR CAMINOS DE ORACIÓN

12. EN SU PASIÓN Y SU GLORIA

13. CON ANSIAS DE SERVIR

14. A LA ESCUCHA DE SU PALABRA

15. QUE SEAS EUCARISTÍA

16. EL CIELO

17. LA IGLESIA

18. RESURRECCIÓN Y SANTIDAD

19. NO TE RINDAS, SÉ VALIENTE, ANÚNCIALO

AUTOR

1. EMAÚS, PARADIGMA DE TU ALMA

Ese mismo día, dos de ellos se dirigían a una aldea llamada Emaús, que distaba de Jerusalén sesenta estadios.

DOS HOMBRES CAMINAN HACIA Emaús desde Jerusalén, recorriendo una cierta distancia —diez kilómetros aproximadamente— con el corazón lleno de oscuridad. Vuelven tristes y apesadumbrados. La vida les ha golpeado y ha interrumpido abruptamente sus sueños y esperanzas, hasta el punto de que solo encuentran una chispa de consuelo desahogándose entre sí.

En un recodo del camino alguien se les acerca y se interesa por su conversación, hasta acabar en pocas horas transformando completamente sus vidas. Ese misterioso personaje es alguien que ya conocían y por el que habrían dado la vida, pero en esos momentos sus ojos son incapaces de reconocerle. Te invito a contemplar, como marco para tu reflexión, este bello pasaje de un atardecer en Judea, que pone ante tus ojos el camino de tu propia alma hacia el encuentro con Jesús.

Te propongo que dejes al Señor que intervenga así en tu vida, pues Él siempre trata de aproximarse mientras caminamos. Pero sólo podrás lograrlo si haces una lectura creyente de tu historia y de tu situación personal, tal como eres hoy. Deja que Jesús provoque en ti el fenómeno de la conversión. Es un proceso que quizá empezaste hace muchos años, y que es ante todo obra de la gracia, no resultado de tu esfuerzo. Deseas convertirte, dejar atrás tantas cosas feas —¡ojalá nunca se hubieran producido!—, renovarte, recuperar paz dentro de ti..., sí, pero debes recordar que la conversión no es tanto hacer cuanto ser. Es un cambio de mentalidad, de forma de mirar la propia vida, que solo puede suceder mediante la intervención amorosa de Dios. No depende, por tanto, de tu sacrificio, como quien trata de aprobar una asignatura —aprendes, te esfuerzas, lo pones en práctica y te conviertes—. Nada más lejos de la realidad: el único protagonista de la conversión no es el hombre, sino el Señor. La conversión es la consecuencia necesaria de contemplar el amor de Cristo.

Podríamos decir que somos lo que contemplamos.

Pero “contemplar” requiere frenar, detenerse, observar sin prisa algo: y no tenemos tiempo para esas cosas. Preferimos correr, experimentar, sentir intensamente el rumor del mundo girando velozmente a nuestro alrededor. Y nos subimos al tiovivo del activismo, que mide todo en función de los sentidos, de los resultados, y deja tras de sí un poso de tensión, estrés, angustia y vacío interior.

No lo permitas. Acude a Dios y contempla su Ser. A la vez que te asomas a tu corazón, a tu historia personal, atrévete a dar un paso más y contempla el corazón de Dios.

Al hacerlo descubrirás el gran amor, que es Cristo. Descubrirás su verdadero rostro pues, aunque seguramente le tratas y le escuchas a diario, Él no deja de preguntarte, como a los primeros discípulos en Cesarea de Filipo: «¿Quién dices que soy Yo?»[1]. “¿Quién soy yo para ti, después de tantos años de trato cercano, de tantos ratos como has pasado conmigo?”. Porque puede ocurrir que desarrolles una actividad caritativa frenética, que participes en reuniones “apostólicas” que, en vez de acercarte a tu Señor, te estén distrayendo de Él. Quizá tanto compromiso personal esté provocando que vivas en un continuo agobio, sin saber al final por qué haces las cosas. ¿Tienes una experiencia personal y cotidiana de Jesucristo o le conoces solo de oídas? ¿Eres un cristiano apasionado por Cristo, o más bien tuviste una vivencia hace años y vives del recuerdo?

Para redescubrir el rostro de Dios, para volver a encontrarnos con Él, es necesario desprendernos de cierta mundanidad que, sin darnos cuenta o quizá a causa de nuestras omisiones y pecados, ha podido entrar en nuestro corazón. Mundanizar la vida interior significa aplicar patrones meramente humanos —empresariales, sociológicos— a nuestra vida de fe, desdibujando así el verdadero rostro de Cristo y el modo de relacionarnos con él.

El papa Francisco nos previene ante tantas actitudes que se introducen en el corazón, tras el contagio de las ideologías. Actitudes que nos enfrían, nos debilitan, hacen que perdamos el amor primero y entremos en una lógica que tiene más que ver con la vida de la carne que con la vida del espíritu.

Siempre ha ocurrido en la historia de la Iglesia la inclinación, por parte de unos cuantos, a dejarse arrastrar por las corrientes de pensamiento propias de cada momento histórico. También ahora. Chesterton dijo acertadamente que no queremos una Iglesia que se mueva con el mundo, sino una Iglesia que mueva al mundo. Pero Jesús insiste: «¿Quién dice la gente que soy Yo? Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo?»[2]. El Señor quiere avisarnos: “No vaya a ser que al final acabéis diciendo lo que dice la gente de Mí, o de mi Esposa, que es la Iglesia”. Por tanto, trata de detenerte. Para un poco, y encuentra unos momentos de soledad ante tu Señor, en el silencio, porque quizá estés tratando de vivir un amor del que todavía no te has empapado completamente. Y entonces, ¿qué puedes ofrecer a los demás? Si no frenas, si no te detienes, puede suceder que te estén viviendo la vida otras personas u otras cosas y no la estés viviendo tú. Puede ser que no estés viviendo tu vocación cristiana cristianamente, y estés dando palos de ciego, sin ordenar tus prioridades.

Jesús te pregunta hoy si quieres que Él sea el amor de tu vida. Quiere que recapacites y mires en tu interior para comprobar si el encuentro auténtico con Él es lo que realmente te sostiene y dirige. Hay una frase del Apocalipsis, en el mensaje a la iglesia de Éfeso, que puede servirte como comienzo para este viaje interior: «Conozco tu conducta, tu esfuerzo constante, has sufrido por mi causa y no has sucumbido al cansancio, pero tengo contra ti que se te ha enfriado el primer amor»[3]. No se te pide que hagas una regresión emocional a los años de la adolescencia o a la primera juventud, sino que recuerdes que la fuerza del primer amor es el motor que tiene que mover tu vida de fe. ¿Cómo piensas perseverar si no actualizas el encuentro que tuviste con el amor de Cristo?

Volver a ese primer amor es también dejar todo el protagonismo de tu vida cristiana al Espíritu Santo, que te unge y te transforma, que une lo que está roto, que limpia lo que está sucio, que renueva lo que está viejo. Decía Benedicto XVI:

En los sacramentos, el Señor nos toca por medio de los elementos de la creación. La unidad entre creación y redención se hace visible. Los sacramentos son expresión de la corporeidad de nuestra fe, que abraza cuerpo y alma, al hombre entero. El pan y el vino son frutos de la tierra y del trabajo del hombre. El Señor los ha elegido como portadores de su presencia. El aceite es símbolo del Espíritu Santo y, al mismo tiempo, nos recuerda a Cristo: la palabra “Cristo” (Mesías) significa “el Ungido”. La humanidad de Jesús está insertada, mediante la unidad del Hijo con el Padre, en la comunión con el Espíritu Santo y, así, es “ungida” de una manera única, y penetrada por el Espíritu Santo. Lo que había sucedido en los reyes y sacerdotes del Antiguo Testamento de modo simbólico en la unción con aceite, con la que se les establecía en su ministerio, sucede en Jesús en toda su realidad: su humanidad es penetrada por la fuerza del Espíritu Santo. Cuanto más nos unimos a Cristo, más somos colmados por su Espíritu, por el Espíritu Santo. Nos llamamos “cristianos”, “ungidos”, personas que pertenecen a Cristo y por eso participan en su unción, son tocadas por su Espíritu. No quiero sólo llamarme cristiano, sino que quiero serlo, decía san Ignacio de Antioquía[4].

El Espíritu Santo nos recuerda que en la vida cristiana es más importante ser que hacer, al contrario de lo que piensa el mundo. No son tan relevantes las cosas que has hecho. Es mucho más importante qué sucede en ti, quién eres tú. ¿Eres alguien que perdona, que busca los últimos puestos, que se goza dejándose amar por el amor de Dios, que no pisotea a los de su alrededor para quedar él por encima, que se entrega a una labor silenciosa y callada sin espectáculo?

¡Qué importante es dar prioridad al ser sobre el hacer! Recuerda esta regla filosófica: operare sequitur esse. El obrar sigue al ser. Podemos llegar hasta el fondo de nuestro ser y, con la luz del Espíritu Santo, encontrar ahí la presencia de la Trinidad. Porque dice el Señor: «Quien escuche mis palabras, mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él»[5].

No podemos conocer nuestra verdadera identidad si no advertimos la presencia de la Trinidad dentro de nosotros.

No es difícil rezar a un Dios que reconocemos en la Creación, pues son muy claras sus huellas.

Tampoco es difícil rezar a un Dios que se esconde en la imagen de un crucificado.

E incluso es muy reconfortante rezar a un Dios que está realmente presente en la Santísima Eucaristía.

Lo difícil es encontrarse con un Dios que, desde dentro de mí, me acompaña, me sostiene, me mira con cariño, me apoya, me comprende. Es como el cimiento inamovible que permanece en los gozos y en las penas, que me ayuda a llegar a ser verdaderamente humano aspirando a la santidad, que es la meta más importante.

El gran enemigo de la vida de fe no es tanto el pecado cuanto olvidar la santidad para la que fuimos creados. El enemigo es quedarse en la mediocridad, en la tibieza del que nada y guarda la ropa, viviendo en el fondo como auténticos burgueses.

No olvides que el Señor nos llamó a la vida no solo para ser buenos, sino para ser santos. Si no buscamos seriamente la santidad no se cumplirá en nosotros el proyecto que Dios tiene. Escribe san Pablo a los Efesios que Dios «nos eligió antes de la creación del mundo para que fuésemos santos y sin mancha en su presencia, por el amor (...). Nos dio a conocer el misterio de su voluntad»[6].

San Bernardo se lamentaba de no haber deseado mas intimidad en su relación con Dios, consciente de que si hubiese deseado más amor lo habría tenido. Hemos de ser personas de grandes deseos, que quizá no van a llevarse ahora a término pero que sostienen y alimentan el amor. Hay una frase muy consoladora que dice: «No me juzgues por la persona que he sido, júzgame por la persona que he deseado ser». ¡Qué importante es purificar los deseos, que tantas veces son torpes, interesados y tal vez turbios! Cuando te des cuenta de ello, no te agobies, y recuerda que si Dios te hace ver una fragilidad tal vez quiera ayudarte a salir de ella…

Por eso, pídele al Señor que te conceda la gracia para atreverte a mirar dentro de ti y descubrir las motivaciones últimas de tu obrar. Busca un rato más prolongado de soledad. Ponte a tiro. Dios está deseando que tenga lugar ese encuentro, que te renovará en su amor y producirá una auténtica conversión. Pide al Espíritu Santo que te de el fuego interior, para que la lectura de este libro mueva tu alma y desees sinceramente cambiar.

[1] Mt 16, 15.

[2] Ibid.

[3] Ap 2, 2-4.

[4] Benedicto XVI, Homilía en la Misa Crismal del Jueves Santo, 21 de abril de 2011.

[5] Jn 14, 23.

[6] Ef 1, 4-10.

2. ¡ÉL VIVE!

El propio Jesús se acercó y se puso a caminar con ellos.

COMENCEMOS POR PREGUNTARNOS qué sabemos de Jesús de Nazaret.

Aparentemente es un hombre normal, un judío del siglo I, nacido en la tierra de Israel. Su país, subyugado por varios imperios a lo largo de los siglos, tenía a sus espaldas una historia de esclavitud, derrota y fracaso, a la vez que una clara identidad nacional por su relación con Dios. Ahí, en ese cruce de caminos donde se encuentran África, Asia y lo que hoy es Europa, aparece un artesano, un hombre que trabajaba con sus manos, que lo mismo hacía un muro de ladrillos, que confeccionaba una puerta, arreglaba un tejado o elaboraba una mesa. Un hombre que parecía uno más entre los hombres, que vivía como sus coetáneos, que en nada se distinguía de sus paisanos. Sin embargo, ese hombre, con su vida ordinaria y normal estaba cambiando el curso de la historia. Ese hombre, que vivía en una ciudad prácticamente desconocida, en una familia sencilla, que ganaba el pan con el sudor de su frente y seguía las costumbres de sus compatriotas, estaba realizando la redención del género humano. Ese hombre corriente era Dios. Iba los sábados a la sinagoga, como un judío más, y venía a salvar al mundo. A salvarte a ti. A darle un sentido a la historia, y a tu historia.

Fíjate que de los treinta y tres años que Jesús pasa en la tierra de un modo visible, al menos treinta son de ocultamiento, de una existencia sin espectáculo ni espectadores. Hay algunos exégetas que aseguran que ni siquiera duró tres años su vida pública, en la que se dedicó a predicar y a hacer milagros. Lo que está claro es que necesitó poco tiempo para anunciar su mensaje y llevar a término su misión.

Y muere como un delincuente, junto a otros delincuentes. Sufre la pena máxima que entonces se podía imponer, que era la crucifixión. Acaba sus días en la tierra abandonado por sus amigos y por sus discípulos, como un fracasado que desilusiona a sus seguidores. Hasta aquí es fácil aceptar el relato, pues creyentes y no creyentes aceptan la historicidad de Jesús. Es un personaje histórico, eso nadie lo duda.

Pero a partir de aquí, empieza lo que nos distingue de los demás, porque nosotros creemos que Cristo ha resucitado. El que estaba muerto volvió a la vida. Aquellos discípulos suyos que habían huido en el peor momento vencidos por el temor empiezan a decir que ese Jesús con el que habían compartido intimidad, al que todos habían visto morir de forma tan cruel, ese mismo Jesús... ha resucitado.

Jesús vive ahora y es el mismo que fue detenido, condenado, azotado, coronado de espinas, torturado camino del Calvario, crucificado y sepultado. Es Jesús el que se acerca a los discípulos y los acompaña en su camino. Después asegurarán que ha vuelto a la vida, que por sus venas vuelve a correr la sangre, que su corazón vuelve a palpitar, que sus pulmones inspiran y expiran, que camina, habla, come, que se pueden tocar las llagas de sus manos y de su costado…

Lo aseguran porque le han visto, porque le han tocado y han comido con él. Jesús, para ellos, es un muerto que ha vuelto a la vida. Todo el mundo acepta que Jesucristo ha muerto en la cruz, pero solo nosotros, sus discípulos, afirmamos que ha vuelto de la muerte. El papa Francisco dedicó una bella exhortación apostólica a los jóvenes, que precisamente lleva por título Christus vivit, y es una referencia a lo central, a la esencia y fundamento de nuestra fe:

Vive Cristo, esperanza nuestra, y Él es la más hermosa juventud de este mundo. Todo lo que Él toca se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida (…). ¡Él vive y te quiere vivo! Él está en ti, Él está contigo y nunca se va. Por más que te alejes, allí está el Resucitado, llamándote y esperándote para volver a empezar. Cuando te sientas avejentado por la tristeza, los rencores, los miedos, las dudas o los fracasos, Él estará allí para devolverte la fuerza y la esperanza[1].

En momentos de dificultad, cuando tiembla el suelo que pisamos, cuando sobreviene la enfermedad o la pérdida de seres queridos, muchas personas dicen: «Tengo miedo al futuro, especialmente a la muerte, porque nadie ha vuelto de ahí para contarme qué hay después». Manifiestan así la natural inseguridad del ser humano cuando peligran o desaparecen todas las seguridades que le sostienen en la tierra. Pero no es verdad lo que dicen los incrédulos: hay uno que sí ha vuelto de la muerte, que murió y ahora vive.

Eso lo cambia todo.

Nada puede ser igual después de este acontecimiento decisivo para la historia de la humanidad... ¡La fuerza de la Resurrección de Cristo transforma los corazones!

Piensa en tanta gente que tienes cerca de ti, que ofrece día a día un claro ejemplo de cómo la fe en Cristo resucitado les hace capaces de lo imposible, les da fuerza, les inspira valor.

Considera cómo la Resurrección del Señor provocó un cambio radical en aquellos que, aún amándole, desertaron en el momento de la prueba. Simón Pedro, que niega conocer a Jesús por miedo a una criada, anuncia que ha resucitado, y estará dispuesto a derramar su sangre y a jugarse la vida por Él. Y de hecho se la juega, él y los demás discípulos, dando así cumplimiento a las palabras de Jesús: «Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en sus sinagogas, y seréis llevados ante los gobernadores y reyes por causa mía, para que deis testimonio ante ellos y los gentiles»[2]. Lo hacen porque experimentan la cercanía de aquel que les prometió estar siempre con ellos asistiéndoles, acompañándolos, transformando desde dentro sus vidas: «Pero cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué debéis decir; porque en aquel momento se os comunicará lo que vais a decir. Pues no sois vosotros los que vais a hablar, sino que será el Espíritu de vuestro Padre quien hable en vosotros»[3].

Esa presencia de Jesucristo, vencedor del pecado y de la muerte, se hace muy clara en la historia de la comunidad que él instituye, la Iglesia, que desde sus comienzos será perseguida con saña. Muchos de los cristianos de la primera hora derraman su sangre por afirmar la resurrección de Jesús el Nazareno. Muy pronto san Esteban muere apedreado y el apóstol Santiago es pasado a cuchillo por el rey Herodes.

Los inicios de la Iglesia también ponen de manifiesto la maldad humana, el odio que los cristianos despertaban en muchos poderosos. Ahí está el ejemplo de los protomártires romanos, a los que Nerón asesina con crueldad, adornando avenidas con cristianos colgados y atados a postes, untados de brea y prendidos hasta morir entre las llamas. Y las fieras. Y los descuartizamientos... El colmo del horror.

Son hechos históricos y no leyendas edificantes, que nos animan a la virtud. Imagina por un momento cuál sería tu actitud si te pidieran el martirio, si tuvieras que perder todo por confesar tu fe. Quizá te invadiera, como puede pasarme a mí, el miedo, y encontrarías mil excusas para rechazar la muerte: tus hijos, tu casa, tus planes de futuro, tus sueños no cumplidos… Si nos pasa esto, es que no hemos asumido con todas sus consecuencias que ser cristiano supone estar dispuesto a perder la vida, a derramar la sangre si fuera preciso, como los primeros cristianos. Porque la fe en Jesús el Nazareno es tan importante que sin ella la vida pierde todo el valor.

Esto no quiere decir que no amemos la vida. ¡Claro que queremos vivir! Tenemos ilusiones y alegrías, como los demás. Ningún mártir va buscando la muerte, pero hay algo más grande por lo que merece la pena sufrirla. El martirio ha sucedido y sigue sucediendo ahora. En estos momentos hay muchos cristianos que mueren en países donde ponen bombas en las iglesias, donde los matan por ir a misa, en pleno siglo XXI.

Podrías preguntarte, al ver tanta ira en los verdugos y tanta valentía en las víctimas, qué hay en el corazón de los mártires. ¿Sugestión, tozudez, locura? Miles de personas de todo tipo han dado la vida por afirmar que Cristo ha resucitado, que vive, que es el único que puede salvarnos, que sólo él puede llenar los deseos más hondos del corazón: niños, ancianos, jóvenes, personas casadas, pobres, ricos, gente culta o ignorante, todos consideran que morir por Cristo es un privilegio, un regalo de Dios.

El martirio no se puede explicar desde la pura razón o desde la psicología. Los mártires son testigos, personas que han vivido algo muy real, y dan fe de ello. Nosotros, como ellos, estamos también llamados a experimentar la resurrección de Cristo con la fuerza del Espíritu Santo, y dar testimonio de ella ante quien sea.

Muchos han muerto a lo largo de la historia por las más variadas razones, algunas muy meritorias. Sócrates, por ejemplo, aceptó perder la vida rodeado de sus amigos, como un héroe, por defender la coherencia y la verdad. Fue esa una muerte digna, que reflejó gran valor. Algo loable y noble.

Pero Cristo no hace eso. Muere abandonado, retorcido, asfixiado, insultado, por ser testigo del amor del Padre a la humanidad. Eso es lo que Jesús de Nazaret quiere manifestar con su vida y su muerte: que somos creados como hijos, y amados como hijos. Para convencernos, escoge el camino del sufrimiento por amor, y esto es lo que hace que su muerte sea distinta a cualquier otra muerte. Quiere revelarnos así que somos amados del Padre, no consecuencia de la evolución, del azar o la casualidad. Ante Dios, no hay seres humanos con más o menos suerte, o con mayor o menor categoría.

San Pablo decía: «En efecto, todos sois hijos de Dios por medio de la fe en Cristo Jesús. Porque todos los que fuisteis bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo. Ya no hay diferencia entre judío y griego, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer, porque todos vosotros sois uno solo en Cristo Jesús»[4]. Este es el núcleo del mensaje que Cristo trae a la tierra, un mensaje de amor, que da lugar a la fraternidad universal en la que todos nos necesitamos mutuamente. Ya no hay diferencias, porque todos somos hijos de Dios.

Ese es el título más valioso que posee cada ser humano.

Te podrías preguntar si Jesús de Nazaret era un loco, alguien que vivía fuera de la realidad. Si recuerdas algunos pasajes evangélicos, comprobarás que a Jesucristo le tomaron a menudo por loco. Hay un momento en el que declara: «En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán naciese, yo soy»[5]. Le quisieron apedrear, convencidos de su locura al hacerse igual a Dios.

Pero lo que sucede es que ese hombre al que calificaban de delincuente, loco e ignorante, saboteador y revolucionario..., ese hombre ha resucitado. Y esa fuerza que resucita a Jesucristo, que le devuelve a la vida para no morir más y derramar su Espíritu entre todos los hombres, es la misma que experimentan sus discípulos cuando dan testimonio del amor del Padre y de la fraternidad universal. La resurrección de Cristo sólo tiene sentido y explicación, no en la medida en que le afecta a él, sino a nosotros.

Porque por el Bautismo se nos regaló esa misma gracia, esa energía que devolvió la vida al cuerpo muerto de Cristo.

Es una realidad que ya está en nosotros y nos transforma radicalmente, nos posibilita la conversión en otro Cristo. Sí, gracias a este don puedes percibir que eres amado del Padre, y que los seres humanos son tus hermanos.

Cristo nos muestra con su vida y con su muerte, como también lo hacen los mártires, que sin sufrimiento no puede regalar la vida, y que la cruz solo tiene valor cuando es expresión de amor.

Hay un elemento común a la humanidad, que está presente en todas las culturas y en todos los tiempos: queremos evitar el mal, el sufrimiento, la muerte, la enfermedad, el abandono, el fracaso, todo aquello que consideramos una maldición. Pero Cristo transforma esa maldición, pues su resurrección ha abierto un nuevo camino, ya que desde que salió del sepulcro el sufrimiento se ha convertido en ocasión de amor, en camino de crecimiento.

Ese sufrimiento nos ayuda a identificarnos con Cristo y solo tiene sentido por amor. De lo contrario, puede convertirse en masoquismo, auto­complacencia, estoicismo, perfeccionismo o competitividad. Piensa, por ejemplo, en tanta gente que padece toda clase de incomodidades por lograr un cuerpo vigoroso, privándose de manjares o haciendo ejercicio físico a todas horas. Es bueno que te preguntes cuál es la razón de tu sufrimiento: si sufres por los demás, o más bien por ti. Porque tus hijos no son como esperabas, porque no te sientes correspondido, porque mucha gente te deja de lado, los amigos no son leales...

Estás llamado a sufrir, pero no de cualquier manera, sino purificando tu sufrimiento y convirtiéndolo en amor. Y esto es lo que hace el Nazareno. Pues solo Él es capaz de dar un sentido trascendente a tu vida, de forma que no te quedes anclado en las cosas de la tierra, sino que te eleves hacia las del cielo. Tu vida no es vulgar, no es indiferente o de poco valor. Es eterna, porque has empezado a existir y ya nunca dejarás de hacerlo. No terminarás nunca porque, aunque concluya la vida biológica, después viene la eterna, que ya puede comenzar en tu corazón mientras caminas por la tierra.

Jesús de Nazaret, además, te concede la verdadera libertad: no eres un esclavo de tus instintos y placeres, incapaz de frenar la pasión una vez que esta se enciende. Eres libre para gozar y para sufrir, y para tomar decisiones que vayan configurando tu personalidad. Esa libertad te hace capaz de aceptar la vida como viene, darle un nuevo sentido y unirte más a Dios y a los demás.

Otro aspecto decisivo es que Cristo te muestra la belleza, como un experto joyero muestra su obra maestra. No solo señala el cosmos, el orden del universo, sino que ante todo señala la propia alma humana. Esta posee una belleza que palidece cuando la persona se busca a sí misma (autoayuda, autosuperación, voluntarismo), y brilla con un fulgor maravilloso cuando ama a Dios y a los hombres.

Es la belleza del amor.

Si Cristo no hubiera resucitado, lo que acabo de contarte sería sólo una ideología moralista. Fíjate que con frecuencia podemos caer en la tentación de vivir la religión como un ideario más de los que han surgido a lo largo de la historia: «hay que ser bueno para ir al cielo», «hay que superarse», «hay que luchar con las propias fuerzas», «hay que cumplir, y dar la talla»... Esto es muy peligroso, porque para todo eso no te hace falta Cristo. Si sólo quieres ser buena persona, he de decirte que hay mucha gente que vive sin Cristo, que no le conoce o le rechaza, y que es muy buena.

Incluso más buena que tú.

Te invito a que mires en tu interior, hagas un examen serio y trates de comprender qué te aporta Cristo. No estás llamado a ser bueno: estás llamado a ser santo, que no es otra cosa que consentir que Jesús suceda en lo profundo de ti.

Cuando voy a los hospitales a visitar a algún enfermo y veo en la cama contigua a alguien sin fe, que vive su enfermedad con resignación y entereza pero con un fondo de tristeza y oscuridad, siento pena. Les falta Cristo, pues con Cristo, con su compañía, todo cambia.

Insisto, ser creyente no es ser bueno, resignarse y pasar por la vida sin hacer ruido, de puntillas. La fe, ese don que te hace Dios, da un sentido transcendente a todo lo que haces. Te concede la libertad interior para transformar el dolor en amor, para entregarte sin quejarte, para sacrificarte con una sonrisa. Así tu vida, con tus alegrías y tus penas, se convierte en una aventura preciosa, llena de belleza y amor.

Nuestra relación con Dios nos enriquece, nos hace más valiosos. Santa Catalina de Siena comparaba la Trinidad con un mar profundo en el que, cuanto más buscaba, más encontraba. Y cuanto más encontraba, más buscaba. Cristo es un océano, un cosmos por descubrir. Nunca podrás decir que ya lo has experimentado todo con Él, porque siempre podrás profundizar más. Él ha resucitado, lo hace todo nuevo, te muestra su intimidad y es capaz de saciar todos tus anhelos.

No es indiferente que Cristo haya resucitado, porque ese es el quicio del cristianismo. San Pablo decía que «si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe»[6]. Pero nuestra sociedad parece impermeable a este anuncio, ya que trata de acallar el sentido de eternidad que hay en lo más profundo del ser humano y nos invita al disfrute de los placeres mundanos: «Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos que mañana moriremos»[7]. Es lo que muchas veces hacen los jóvenes cuando salen por ahí, poniéndose hasta arriba de copas, viviendo la sexualidad sin freno alguno, derrochando para tener muchas cosas y presumir. ¡Cuántas fuerzas gastadas inútilmente!

Nadie es feliz actuando de esta forma, porque así no se llena el corazón, no se encuentra sentido a la vida. Es poco, muy poco. Son migajas, anestesia, nada que se acerque ni remotamente a la felicidad. Puede servir para pasarlo bien un rato, pero no para hacer feliz a las personas.

La propuesta de Cristo supone permitir que Dios suceda dentro de cada uno, con toda la fuerza de su resurrección. San Pablo era muy gráfico: «Sin embargo, cuanto era para mí ganancia, por Cristo lo considero como pérdida. Es más, considero que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él perdí todas las cosas, y las considero basura con tal de ganar a Cristo»[8].

13,85 ₼

Janr və etiketlər

Yaş həddi:
0+
Həcm:
130 səh. 1 illustrasiya
ISBN:
9788432152900
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
Yükləmə formatı:

Oxşar kitablar