Kitabı oxu: «Vinos naturales en España»
© Joan Gómez Pallarès, 2018.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO874
ISBN: 9788416267552
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
PRÓLOGO
PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN
REFLEXIÓN PREVIA, A MODO DE AFORISMOS
INTRODUCCIÓN
INTRODUCCIÓN A LA SEGUNDA EDICIÓN
PRIMERA PARTE
QUÉ ES UN VINO NATURAL
VITICULTURA NATURAL. LA TIERRA EN EL UNIVERSO
BIODINÁMICA EN EL VIÑEDO Y EN LA BODEGA
VENDIMIA Y VINIFICACIÓN
¿DEFECTOS EN EL VINO NATURAL?
ARQUITECTURA NATURAL
COMUNICACIÓN DEL VINO NATURAL:
LOS SELLOS DE CERTIFICACIÓN
SESENTA Y UN APUNTES PARA UN VINO MÁS NATURAL EN ESPAÑA
SEGUNDA PARTE
QUIÉN HACE VINOS NATURALES EN ESPAÑA
LEVANTE Y SUDESTE
ANDALUCÍA ORIENTAL
ANDALUCÍA OCCIDENTAL
ISLAS CANARIAS
HACIA EL CENTRO, CENTRO-CENTRO, CENTRO-OESTE Y CENTRO-NORTE
NOROESTE
LA RIOJA Y NAVARRA
ISLAS BALEARES
CATALUÑA
SOBRE ALGUNOS RESTAURANTES
EPÍLOGO
EPÍLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN
AGRADECIMIENTOS
AGRADECIMIENTOS DE LA SEGUNDA EDICIÓN
BIBLIOGRAFÍA
NOTAS
Este libro está dedicado a quienes empeñan su vida en un proceso artesanal de embotellado de paisajes con viñedo. Ellos viven en y para la tierra y sus cepas, y gracias a su trabajo nosotros vemos, olemos y bebemos paisajes, también en casa. Va por todos vosotros, los que estáis en este libro y también por todos los que trabajáis con esa misma idea pero por distintas razones no habéis podido hoy entrar en él. Vosotros y vuestros vinos hacéis que mi vida sepa mejor. Sois como islas —que he ido visitando y en las que he ido reposando— en el mar de confusión y de ruido en que se ha convertido buena parte del mundo del vino. Que este libro pueda servir para que tendamos puentes los unos hacia los otros. Con sinceridad, pasión y generosidad.
Las puertas de mi casa están siempre abiertas para vosotros, como las vuestras lo han estado para mí.
PRÓLOGO
por
XAVIER PIÉ
Escribir las palabras que dan entrada a un libro escrito por alguien a quien admiras y envidias (por lo bien que come y lo mejor que bebe) resulta difícil. Los libros —como los vinos— los hacen las personas y todo aquello que las envuelve y enriquece: entorno, paisaje, cultura, tradición y experiencias vitales. Así, en este punto, trataré de explicar quién es Joan para mí.
Conocí a Joan cuando ganó la primera edición de BlogDOCat, el primer concurso de blogs vitivinícolas que organizamos desde la Denominación de Origen (DO) Catalunya en el año 2008 —ahora a punto de arrancar su cuarta edición (2014)—. Nuestra intención era reconocer la labor de todo un colectivo a favor de la difusión de la cultura del vino que, hasta entonces, quizás estaba poco reconocida por parte del sector. El blog es un formato muy bien recibido por el consumidor, que deposita su confianza en personas que, en la mayoría de los casos, crean y mantienen sus bitácoras de forma desinteresada. El primer BlogDOCat resultó ser una acción muy gratificante y llena de gratas sorpresas, entre otras, el descubrimiento de Joan Gómez Pallarès, que formaría parte del jurado en la segunda edición. La primera impresión que recuerdo de él fue la de un académico sumergiéndose en el universo del vino, preguntándose el quién, el cómo y el por qué de todo, pero a su manera, casi sin hacer ruido, como si susurrara.
«Quisiera saber algo de la tierra y sus gentes», dice Muñoz Rojas en Las cosas del campo. Joan hace suyas esas palabras: «quisiera saber algo de los viñedos y sus gentes», y esta, creo, es la divisa del libro que está a punto de descubrir. Con sinceridad y autenticidad, sin apriorismos ni endiosamientos.
En un mundo en el que reina la inmediatez, en el que el sentido de todo parece ser únicamente ser consumido y que la reflexión parece a menudo desterrada de nuestras vidas, Joan busca comprender, busca razones y verdades. Solo este objetivo se me antoja ya todo un valor que reconocer y que celebrar.
Sigo el blog de Joan desde hace años y ya hace tiempo que creo haber estado presenciando la construcción de un libro: un libro en el que se habla de vinos (y buenas comidas) y en el que se describe, con la precisión minuciosa de un orfebre, los paisajes y las personas que velan por ellos. En muchos párrafos me he emocionado al sentir nuestros vinos como parte del paisaje, como si la cepa solo condensara su esencia. Como viticultor, muchos textos de Joan han puesto palabras a muchas de las emociones que uno experimenta cuando trabaja la tierra y los viñedos.
Estoy convencido de que este libro se convertirá en un ejemplar imprescindible para todas aquellas personas que deseen adentrarse e introducirse en el mundo del vino, especialmente para las que tengan interés en los vinos naturales, una visión hacia la que Joan se ha ido escorando.
En este punto, sin duda, nuestro papel es coincidente, y es que uno de los principales objetivos de la DO Catalunya —además de garantizar el origen y la calidad de nuestros productos al consumidor— es la divulgación no solo de nuestros vinos, sino también, de una manera más amplia, de la cultura del vino. Desde que fenicios y romanos llegaron a nuestras costas, el vino ha estado siempre presente en nuestra cultura, nuestros paisajes, nuestras tradiciones, nuestras celebraciones y nuestras mesas de cada día. No podemos entender la cultura mediterránea y nuestro apego a la tierra y al paisaje sin una pieza clave e imprescindible en este puzle: el vino y la viña. Dentro de una botella de vino, usted encontrará mucho más que un caldo: encontrará una manera de entender la tierra y el paisaje, la historia de una región y sus tradiciones, y el esfuerzo y la emoción de un viticultor que se entrega en cuerpo y alma a la creación de su vino, perfeccionándolo con esmero y dedicación cosecha tras cosecha.
Joan descubrió el secreto que se oculta en cada botella de vino hace ya mucho tiempo. Afortunadamente, ahora desde el sector vitivinícola podemos contar con la destreza y sensibilidad de un embajador de la cultura del vino como él.
XAVIER PIÉ
Presidente del Consejo Regulador
Denominación de Origen Catalunya
PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN
por
JOSEP ROCA FONTANÉ
Para la mente apagada, toda naturaleza es aburrida. Para la mente iluminada, el mundo entero fulgura y destella con su luz.
RALPH WALDO EMERSON
El mundo del vino vivo está de suerte con la mirada cristalina y desacomplejada de este catedrático de Filología Latina que vive entre la filología clásica, la historia y la vida dedicada a Baco.
Después del poso bebido copeando entre viñedos y la historia que le llena la vida, Joan Gómez Pallarès nos regala su sabiduría y contemplación holística a través de las personas del vino y sus gestos en la naturaleza. Estáis abriendo unas páginas deliciosas dedicadas a personas que viven y desviven por una idea, una actitud, por una convicción. Renunciando a la conformidad, transgrediendo por su libertad conceptual, cautivando por su vitalidad, despojándose de prejuicios para la búsqueda más esencial a partir del vino, la guía es un documento de vinos, de fermentación espontánea, de movimiento libre, de equilibristas sin red. Un narrador culto, profundo, sabio y sensible, acompaña a las personas del vino con una narración fluida, de deliciosa lectura, con singular belleza contemplativa, donde el pasado histórico que Gómez Pallarès domina en profundidad es inspiración y donde los vinos son un regreso al pasado. Letras aladas como las personas escogidas tras las viñas, pasadas por el tamiz erudito, de alma vieja y vigor juvenil de Joan Gómez Pallarès.
Este libro, como si fueran las enseñanzas del Tao Te Ching o Libro del camino y la virtud, recopilación atribuida a Lao Tse (hacia el siglo V a.C.), nos transmite un sistema de pensamiento, la forma de Joan Gómez Pallarès para mantenerse en equilibrio en este mundo. Si el vino se parece a quien lo produce, el libro también se asemeja a quien lo escribe. Las joyas del pensamiento que nutren su sabiduría en forma de aforismos, con las personas del vino, es un viaje de vida existencial, para degustar contemplativamente. Como Lao Tse, el autor preconiza un regreso a la elementalidad, a la sencillez, al vacío, al equilibrio de lo complementario. Será oportuno abrir este libro por cualquier página y procurar, como nos recomendaría Lao Tse, con el espíritu abierto, no leerlo y dejarse impregnar por la poderosa serenidad que emana.
El vino no es un producto de la naturaleza, sino de la cultura, la agricultura y la civilización, así lo vive el autor y nos seduce con su pasión y estilo únicos. Los elaboradores de vino se encuentran en una encrucijada, entre la intervención excesiva de una industria que tiende a la homogeneización y la necesidad de viajar a lo auténtico y al recuerdo melancólico de una copa de vino sencilla, sincera, digestiva, alejada de rankings y de la voracidad mercantilista y pomposa de nuestra sociedad. «Participamos de una sociedad en la que sabemos más, tenemos más información, pero eso no nos hace más libres ni éticamente mejores», nos recuerda la filósofa Marina Garcés. Detrás de los vinos presentados en este libro, hay un baño de pensamiento radical heroico. En un mundo de «ángeles y robots», donde la amplitud de miras nos puede perder en la realidad aumentada por la hiperinformación y la ciencia ficción, debemos protegernos del humanismo tecnológico al que estamos abocados como sociedad. El vino no es un mundo excluido, al contrario. Los vinos y las personas que están aquí representan una puerta de esperanza y de revolución sensible, necesaria, que grita por la diversidad, la autenticidad, la simplicidad. Indagan y renuncian por una verdad. Estamos en un momento transcendente como sociedad. Vivimos abrumados por el poder de la homogeneización. La industria alimentaria nos ahoga y nos condiciona, con el implacable peso del marketing y el poder insultante, dominando un estilo de vida viciado, conducido y agresivo con nuestra libertad más sabrosa. Los vinos mostrados en esta guía son un estímulo para un mundo mejor. Las personas representadas inspiran y sus proyectos de vida admirables son para contar y aplaudir. Actitud revolucionaria, de necesaria reivindicación de una nueva ilustración radical. Las personas del vino aquí presentes quizás intuyeran lo que escribió el filósofo Jordi Pigem en su libro La nueva realidad (Kairós, 2013): «El curso de la aventura humana sobre la Tierra también vive ahora un kairós, un enorme momento de transformación del que forman parte nuestras múltiples crisis: las que afectan a la ecología planetaria (alimentaria, agraria y del cambio climático), a la economía global, a nuestras instituciones obsoletas, a nuestras relaciones sociales y al sentido de nuestro estar en el mundo. Crecen las tensiones y la sombra del colapso aparece donde no se esperaba». La conciencia ecológica emocional que emana desde este libro simboliza la necesidad de caminar hacia un mundo posmaterialista también desde el mundo del vino. Un reducto de pensamiento a veces turbador, a veces de paz interior o de regazo inspirador, a partir de personas diferentes, abiertas de corazón y dominadas por su tripa. Son viñateros movidos por la intuición. La razón callada, el sentimiento removido en sus testas y en sus vinos dinámicos.
Intuición por encima de la razón. Vinifican creativamente, más que de modo calculable. Hoy en el vino, como también en el mundo de la cocina y en la gastronomía en general, se expande el código ético. Comprender los límites entre el buen gusto y la intervención excesiva. Ahondar en la transparencia. Hoy ya no es necesaria la transparencia límpida, física en un vino; sí lo es la transparencia filosófica. Comprender que detrás de cada gesto, hay un pensamiento, que en el vino también existe la textura de lo intangible.
En la Grecia antigua, Gaia era la diosa de la Tierra, la más venerada y que más hace reflexionar a un mundo del vino que se abre a la ecosofía. Hay más armonía hoy en la naturaleza que en la mano del hombre. «Si hay más vida en el viñedo, hay más vida en la copa, así de sencillo», cuenta John Wurdeman, líder de los vinos naturales en Georgia. Este libro destila sabiduría, tozudez, inspiración, atrevimiento, austeridad, energía y verdades tan naturales como sus vinos. Un libro que interpelará a cualquier viñatero y enólogo sobre la ética en la viticultura moderna.
Es un libro para sedientos, ávidos de curiosidad por conocer el vino a través de las personas y sus entornos de convivencia natural. Un libro de historias de vida, entre el cielo y la Tierra, entre la influencia de la luna y las constelaciones, un guiño constante a la antroposofía de Rudolf Steiner. Un libro de agricultura, la vieja cultura, y la naturaleza, que pide a gritos sentirse escuchada, donde nada se pierde, nada se crea, donde todo se transforma como dijo el padre de la química moderna del siglo XVIII, Antoine Lavoisier. Antes de llegar a la profundidad del libro, disfrutará de varias capas de velos entre materia y vinos con alma, de un espíritu sediento. Sed por el amor al vino. Sed por una vida más plena. Sed de un corazón que investiga la génesis del conocimiento verdadero.
Este libro sacia la sed del buscador de vinos auténticos españoles. Una obra impregnada de espiritualidad y también lirismo, bello como los códices, para leer, contemplar y evocar un códice renacentista en el reducto de la cultura del vino en acústico, cada vez más ilusionante.
El libro es una mirada sabia, un pensamiento de coherencia natural en la selección escogida. Transmite una vida lenta, económica, ecuménica y ecológica. Penetrar en cada relato es un viaje armónico acompañados por un ángel de la guarda.
Joan Gómez Pallarès acompaña a personas y sus vinos, respirando en cada página la cotidianidad de tantos paisajes humanos sentidos. Vinos que te ponen el corazón en los labios. Vinos que se abren en un ambiente de fiesta familiar, jocunda, franca, algo alborotada, como diría Néstor Luján, pero tremendamente bella. Con la mirada clara, el ánimo generoso y la risa, siempre pronta, del corazón a los labios. Un libro optimista para saborear agradecido como una sonrisa fresca, bebiéndonos el tiempo que nos bebe, naturalmente.
JOSEP ROCA FONTANÉ
Camarero de vinos
Copropietario del Celler de Can Roca
VINOS NATURALES EN ESPAÑA
REFLEXIÓN PREVIA, A MODO DE AFORISMOS
Johann Wolfgang von Goethe: «Cuando el hombre, inducido a una viva observación, comienza a mantener una lucha con la Naturaleza, siente ante todo el impulso irrefrenable de someter a sí mismo los objetos. Sin embargo, muy pronto estos se le imponen con tal fuerza que siente cuán razonable es reconocer su poder y respetar su acción».
Jules Chauvet: «El vino cuanto menos lo toques, mejor».
Pierre Masson: «Una uva perfecta es la condición de un vino auténtico».
Kliment Timiriázev citado por Stefano Mancuso y Alessandra Viola: «La planta —escribía Timiriázev— es el eslabón que une la Tierra con el Sol». «De hecho» (añaden Mancuso y Viola) «casi todo lo que el ser humano ha usado como fuente de energía desde el principio de los tiempos proviene de ella». La uva más sana y el vino que nace de ella son, también, fuente que transporta la energía y belleza de los viñedos y de quienes los cuidan hacia quienes los vemos y bebemos.
George Bernard Shaw: «No hay amor más sincero que el amor por la comida». Tenemos que incluir el vino en el concepto «comida». Alimento es, para el cuerpo y para el espíritu.
Henry David Thoreau: «Me complace pensar que el sentido del gusto, por lo general grosero, me ha provisto de una percepción intelectual, que la inspiración me llegaba desde el paladar... “si el alma no es dueña de sí misma —dice Tseng-tse—, miramos sin ver, escuchamos sin oír, comemos sin distinguir los sabores de los alimentos”. Quien distingue el verdadero sabor de sus alimentos nunca será un glotón». Este libro aspira a proponer un momento de pausa y de reflexión a partir de algunos ejemplos de inspiración y de sabor verdadero en el mundo del vino.
Jules Chauvet: «Algunos vinos no solo tienen caracteres precisos, tienen también siluetas ideales. Pueden evocar las mañanas fragantes de primavera y los emotivos atardeceres de septiembre». Ahí me gustaría llegar a mí... Para que luego digan que Chauvet era frío.
Henry David Thoreau: «Mi vida forma parte del infinito. El aire es tan profundo como nuestra propia naturaleza. Me muevo para pedirle cosas nuevas a la existencia. Quiero empezar bien este verano y hacer algo que sea digno de él y de mí; quiero trascender mi rutina diaria y la de mis convecinos; quiero alcanzar ahora mi inmortalidad y que posea las cualidades de mi vida diaria... y que mi canto no desmerezca de las estaciones. Y ojalá pueda obligarme a ser un cazador de lo bello y nunca se me escape nada». Quiero que tú, lector, aceptes ser mi vecino durante tu estancia en este libro y quiero ser capaz de transmitirte en él la emoción que he sentido con las personas y paisajes de donde salen los vinos que rompen mi rutina diaria.
Marc Forbes, viticultor de Yarra Valley (Australia): «Cualquiera que piense que tiene todas las respuestas, está muy lejos de hacer un vino interesante». (Leído en el prefacio del libro de Jamie Goode y Sam Harrop MW.)
Annie Dillard: «Si analizas una molécula de clorofila, obtienes ciento treinta y seis átomos de hidrógeno, carbono, oxígeno y nitrógeno relacionados de un modo preciso y complejo alrededor de un anillo central. En el centro del anillo hay un único átomo de magnesio. Ahora bien, si quitas ese átomo de magnesio y en su lugar exacto colocas un átomo de hierro, obtienes una molécula de hemoglobina». La clorofila permite que la cepa convierta en fruto aquello que recibe de la tierra y del sol. En este sentido, el vino es la «sangre» de la tierra. Conviene entenderlo para ser conscientes de dónde nace su poder y dónde reside su simbología a lo largo de la historia de la civilización.
Stefano Mancuso y Alessandra Viola: «Todos los olores producidos por los vegetales, como por ejemplo el del romero, la albahaca, el limón o el regaliz, equivalen a un mensaje concreto: son las “palabras” de las plantas, su vocabulario». Los olores que producen las cepas, concentrados en sus uvas, pueden llegar al vino. Cuando esto sucede, y te aseguro que sucede a veces, estamos en disposición de escuchar un lenguaje que parece nuevo (por distinto) pero que, en realidad, viene de nuestra relación ancestral con la naturaleza. No siempre lo entendemos, pero existe y cuando podemos reconocerlo, sabe distinto y suena muy bien.
Sue Hubbell: «Puede que este año se siegue, puede que no. Mis ojos han dejado de ver belleza en la uniformidad». Es una bonita manera de definir cómo percibo los vinos de los que habla este libro.
Wendell Berry: «No existe diferencia alguna entre el destino de la tierra y el destino de la gente. Cuando se maltrata a una, la otra sufre también».
Marco Aurelio: «Todo lo que entra en los planes de la naturaleza, y que tiende a conservarla en buen estado, es bueno para cada una de sus partes integrantes».
Alfredo lo pintó en la pared de su osteria, Alfredo e Ada (Via dei Banchi Nuovi, 14, en Roma), a finales de la década de 1950: «un pasto senza vino è come un giorno senza sole» («una comida sin vino es como un día sin sol»). No sé si sabía que la frase era una traducción de Brillat-Savarin, pero qué más da... en un local como Alfredo e Ada, vino y comida son sinónimo de vida, de vida buena y hermosa.
Pues eso.
INTRODUCCIÓN
Me gustaría explicarte por qué un filólogo clásico (ya sabes, latín y griego, esas piedras con las que tantas generaciones de estudiantes han topado) escribe un libro sobre la cultura del vino natural, con ejemplos concretos de bodegas y vinos en España. Me gustaría explicarte por qué considero importante que las personas nos acerquemos a los viñedos, a las cepas y a su vino con el menor número de interferencias posible. Quisiera compartir años de experiencia, de conocimiento autodidacta, de viajes, de lecturas y de amistades para que tú, lector, llegues a una conclusión parecida a la que yo llegué: merece la pena conocer el vino auténtico (¡más adelante intentaré una definición!, aunque ya te avanzo que, en este libro, «auténtico» y «natural» son sinónimos), merece la pena saber quiénes lo hacen, merece la pena conocerlo sobre todo cuando se hace cerca de tu casa y, claro, merece mucho la pena beberlo y disfrutarlo, tanto o más que entenderlo.
Este libro ofrece explicaciones, pero no quiere ni puede ser un libro científico al uso, con notas a pie de página y una prolija bibliografía al final. Al contrario: aunque haya leído algunas cosas sobre el tema a lo largo de los últimos años, quiero intentar que estas páginas tengan el tono y las maneras del desenfado, de la explicación que nace fruto de una experiencia continuada y de la necesidad de contarla y compartirla. En él no quiero demostrar nada, quizá no necesite demostrar nada. Tampoco pretendo hacer el libro que haría un profesional de la materia, porque no lo soy. Soy un amante de los vinos y de su compleja cultura, y lo que busco es compartir y, en la medida de lo posible, llamar la atención sobre cómo entiendo mi relación con la naturaleza a través de la viña y el vino. Convencer me parece casi sencundario.
DEL BLOG AL LIBRO
Es un libro, además, que surge de mi vida como bloguero. Y aunque sé que la relación contigo no tendrá la inmediatez que tiene en el blog, me gustaría conseguir que el tono y la forma de contar las cosas fueran parecidos. El blog De vinis (www.devinis.org) significó un cambio importante en mi vida y ha tenido un efecto positivo en ella. Decidí pasar del anonimato de un apasionado por el vino y sus comidas —que practica en casa, con sus amigos, en los restaurantes y en los viajes— a la luz pública. Y con las herramientas de la crónica en primera persona, intenté explicar los vinos, restaurantes y recetas con los que iba disfrutando.
Desde junio de 2006 hasta julio de 2018, en que finalizo la revisión de esta introducción para una segunda edición, han sido más de 1.300 posts en el blog, casi 14.000 comentarios publicados y contestados y casi dos millones de lectores en el mundo entero. Más importante: ha sido una manera de contar las cosas, que es la que ahora vas a encontrar en este libro. En los primeros siete años pasé de ser mi único lector (bien, sí, a ratos mi mujer también, y dos o tres amigos) a tener un promedio de veintitantos mil lectores mensuales. Ahí toqué techo. Mi punto de vista, en relación con el viñedo y el vino, no cambió, es cierto, y no hubo gran diferencia de planteamientos. Fuera cual fuese el número de lectores. Pero sí sentí la necesidad de dar otro tipo de forma escrita a esa compenetración con la naturaleza que, con los años, he ido consiguiendo. Por eso hoy, lector, estamos aquí tú y yo, frente a frente. Por eso decidí escribir Vinos naturales en España.
LA CULTURA DE LA TIERRA
La palabra «cultura» procede del latín. Es una lengua y una civilización con las que me he familiarizado desde joven. Aunque no lo parezca, procede del verbo colere, que significa «habitar un lugar». Los romanos tenían claro que si no existía una buena relación con los dioses protectores del lugar que habitabas, la cosa no funcionaría... Y de ahí que este verbo pasara a significar, también, colere deum, «habitar con un dios, complacerse con él» y, al final, «honrar a ese dios». Si vives en una tierra y tienes buena relación con los dioses que la protegen, lo tercero es cultivarla, ¿verdad? Aunque las películas de romanos (los péplums) nos den una imagen parcial, desde sus inicios, Roma era una sociedad profundamente agrícola y ligada al ciclo anual de la naturaleza. Es así, pues, que la tercera acepción del verbo fue colere agrum, «cultivar la tierra». Y la cuarta, por supuesto, nació de la reflexión moral sobre ese trabajo físico, que siempre acaba llegando. De esta última evolución surgen expresiones como colere mores, uirtutes, artes, «cultivar, honrar, preservar las costumbres, las virtudes, las artes». En esta familia de palabras nacerán, después, cultio y cultura, que tienen significados muy parecidos a los de su verbo de origen. La cultura de la tierra es, pues, su cultivo material y, al mismo tiempo, es el respeto y comprensión que deberíamos mostrar hacia ella. Cuando sentimos eso, cultivamos también una forma espiritual de relacionarnos con ella. Cultivamos la tierra y, al mismo tiempo, cultivamos nuestro espíritu. Nos demos cuenta de ello o no, es así. No tienes más que acercarte a alguna persona de tu entorno que tenga una relación profunda con su tierra a través del trabajo en ella. Me darás la razón. Quien hace este trabajo de forma artesanal y consciente, no mecánica ni mecanizada, es una persona distinta, con sensibilidad y actitudes atentas hacia su entorno, se trate de personas, de paisajes o de animales.
Aunque los avances tecnológicos y el ritmo de vida de la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos de XXI nos lo hayan hecho olvidar casi por completo, de ahí venimos, esas son nuestras raíces: de haber encontrado cierta paz y armonía en cualquier lugar del campo; de haber decidido que allí nos instalábamos; de haber encontrado «dioses» con los que acordar un intercambio amistoso («tú me proteges y yo, a cambio, te honro y te dedico mi trabajo y mis cosechas»), y de haber observado la tierra y haberla empezado a cultivar para vivir. Pero también para ser y para estar.
EL RITMO DE LAS CUATRO ESTACIONES
Como filólogo clásico, me preocupa explicar los textos en su contexto y he dedicado muchas horas a intentar entender cómo y por qué los romanos establecen, explican y, después, transmiten su contacto con la naturaleza. Permíteme: con la Naturaleza y con esa diosa que la simboliza, la Tierra, Tellus. Las cuatro estaciones juegan un papel fundamental en esta comprensión. Se las representa a través de muchos formatos: en textos, por supuesto, pero también a través de pinturas al fresco, mosaicos, esculturas, relieves, sarcófagos... Están presentes en todas las manifestaciones de la vida romana. ¿Por qué eran tan importantes para ellos? Encontré una explicación cuando empecé a estudiar con calma los sarcófagos y su decoración. En sus paredes, los artistas mostraban con frecuencia historias de la mitología romana, pero pocas veces las relacionaban con la vida del difunto. Se trataba, más bien, de obras genéricas, casi de encargo, que se compraban como hoy se compran los ataúdes: para sepultar y honrar al muerto, de una forma bastante «industrial», aunque siempre con la mayor dignidad. Pero no todos los sarcófagos eran así... Había un tema decorativo recurrente que aparecía sobre todo cuando el muerto era joven, y que solía tener relación con un encargo personalizado de ese sarcófago. No eran de serie, para entendernos, sino que habían sido encargados expresamente, con nombres y apellidos, para futano o zutano. Su decoración era, en efecto, la de las cuatro estaciones.
Las cuatro estaciones representaban, para nuestros antepasados (¡eso son, en parte, los romanos de Hispania!), la línea del tiempo, la continuidad de las cosas que permanecen. La representación de las cuatro estaciones les recordaba la necesidad de que todas ellas se comportaran como es debido. De que a un invierno frío, que adormece todo en la Naturaleza (pero no mata: la vida futura reposa...), le suceda una primavera con lluvias y temperatura en aumento que haga que todo vuelva a nacer; y que a un verano donde el calor del día, con el fresco de la noche, da el grado óptimo para la maduración de los frutos, suceda un otoño donde se materializa la cosecha y el trabajo de todo un año. Y de ahí, vuelta a empezar. Desde que el mundo es mundo y alguien elige un lugar para vivir, buscar protección y cultivar, es así. Los romanos tenían tan interiorizada esa relación con la Naturaleza y la Tierra que las cuatro estaciones llegan a representar, precisamente en los sarcófagos decorados con ellas, ese deseo íntimo de inmortalidad que cualquier ser vivo tiene. Así, la perpetuación del recuerdo al difunto, en forma de ofrendas anuales (de ahí nace nuestra tradición floral de Todos los Santos) propias de cada estación, garantiza su inmortalidad. Mientras alguien le recuerde, él no morirá del todo. La muerte verdadera, para un romano, llegaba con el olvido...
Y cada estación tenía, en consecuencia, sus símbolos y sus iconos. El invierno llega en forma de hombre encapuchado, que se protege del frío y lleva entre sus manos el fruto de la estación: la caza. La primavera llega con vestimenta ligera y flores. El verano anda todavía más ligero de ropa y lleva entre sus manos el trigo recién cosechado. ¿Y el otoño? ¡El otoño es un chaval que vendimia la uva y la pisa con alegría para producir el primer mosto! Cuando vi que esa imagen (y los textos que la explican) tiene tanta fuerza para un romano que cree en Júpiter y en Tellus (la madre Tierra) como para otro que cree que Jesús nació en un pesebre (esa convivencia de creencias sucede en el siglo III d.C.), me di cuenta de que había llegado al centro de la cuestión. Entonces comprendí el porqué de la presencia de las cepas, de la uva y del mosto en la iconografía de los muertos en Roma. Son el símbolo del otoño, sí, pero sobre todo son el producto de la Tierra que más les acerca a esa idea de continuidad ininterrumpida, a ese concepto de «inmortalidad», a esa vinculación con un trabajo que, en cada estación, requiere cuidados concretos y específicos en el viñedo, y que nunca cesa. Ese producto es el vino, por supuesto. Beber el vino, en Roma, sobre todo en una ceremonia funeraria y en honor al difunto, era el mayor símbolo de conexión con la Tierra. Bebes aquello que eres, bebes aquello con lo que estás íntimamente ligado, te bebes la tierra en la que has elegido vivir y que, a lo largo de las cuatro estaciones, acaba produciendo esa uva que será vino. Beber vino, en este sentido, siempre ha sido, y es, una de las formas más naturales, espontáneas y lúcidas de volver a un paisaje, a un territorio, a una cultura. A una tradición de la que procedemos y que llevamos grabada en nuestro ADN, pero que hemos olvidado casi por completo.
En un tiempo en que las cerezas pueden llegar en invierno. En un tiempo en que las vendimias se confunden y las añadas se mezclan porque llegan los vinos del Cono Sur antes, casi, de que haya fermentado el vino de ese mismo año en España. En un tiempo en que (¡anuncio visto en la tele, aunque no diré de quién!) una abuela pasea con su nieto por el «campo» y en un mismo paseo recoge aceitunas maduras, en sazón, y tomates bien rojos. En un tiempo en que nuestros hijos apenas saben poner nombre a árboles, pájaros y animales. En este tiempo, es más necesario que nunca detenerse un momento, reflexionar y girar la cabeza hacia el lugar y las tradiciones de las que venimos. Más que nunca, estoy convencido de que dos pasos atrás acabarán significando un paso adelante.
ALGO MÁS QUE UNA COPA DE VINO
Mi pasión por el vino creció. Porque comprendí de dónde veníamos y dónde estamos. Porque entendí que corremos un peligro serio y real de no saber hacia dónde vamos. Por eso decidí que esa acción, tantas veces mecánica, de tomar una copa de vino, era más, mucho más, que el mero hecho de beberla o de tomar alcohol. Por eso acabé pensando que si mi relación con la Naturaleza (a través del vino) tenía que seguir creciendo, cuanta más armonía y menos interferencias hubiera, mejor.
Este libro, pues, no nace de una moda verde-ecológica (que, en cualquier caso, ha venido para quedarse y dejar de ser moda para convertirse en actitud) ni pretende ampararse en ella. Nace fruto de mi necesidad, y de la de mucha otra gente (algunos saldrán en estas páginas, ¡pero somos muchos más!), de mostrar respeto y amor hacia la Tierra que nos da de comer y, en esa misma acción, mostrar respeto hacia nosotros mismos y hacia nuestros hijos. Cuanto más y mejor la cuidemos, mejor nos sentiremos nosotros, física y espiritualmente. No tengo formación técnica en enología o viticultura y con estas páginas solo quiero ayudar a difundir una idea: acercarse a la Naturaleza, defenderla y conservarla también se puede hacer a través del mundo del vino y de su consumo.
Conociendo los sistemas más respetuosos de trabajo en el viñedo y en la bodega (no hablaré de certificaciones hasta el final, aunque a veces sean importantes), e identificando a quienes hacen vino con ellos, ayudaremos a preservar una manera más natural de relación con la cepa, su fruta y su producto emblemático, el vino. Y difundiendo los nombres, actividades y actitudes de algunas de las personas que, en España, practican una vinicultura lo más natural posible, ayudaremos a que la gente beba vino (¡con moderación, por supuesto!) y descubra otra manera, más auténtica, de relacionarse con el paisaje del que este vino nace. Conocer, además, a las personas que lo hacen, nos hará mejores personas. Y, quizá, más felices también.
En este libro encontrarás dos partes claramente diferenciadas. En la primera, describo los elementos fundamentales para entender qué es un vino natural, dónde y cómo se hace. Propondré una definición, claro, pero también podrás leer información y comentarios sobre los tipos de tierra y su relación con las cepas (qué va mejor para qué variedades de uva); sobre cultivo sostenible; sobre biodinámica; sobre el proceso completo que nos puede llevar a un vino natural (ese cultivo, el momento de la vendimia, el porqué del uso del raspón, las distintas intervenciones de la mano humana en la confección del vino hasta llegar al embotellado); sobre los posibles defectos (y sus mitos) en un vino natural; sobre la arquitectura: dónde se hacen los vinos me parece importante; sobre la comunicación, que tiene que transmitir los valores y aptitudes de un vino de este tipo... Y las conclusiones.
COMPROMISO PERSONAL
¿Conclusiones? ¡¿Pero no habías dicho que este no era un libro teórico?! De acuerdo, de acuerdo, no las consideremos conclusiones. Hablemos de que una descripción teórica, por más ligera que intente ser, de poco sirve sin unas cuantas concreciones prácticas, sin unos ejemplos en los que apoyarse. La segunda parte estará enteramente dedicada al compromiso, ¡a mi compromiso! En ella encontrarás ejemplos concretos, con nombres, apellidos, direcciones y vinos, de personas y bodegas que practican una vinicultura como la que yo defiendo en estas páginas. Más todavía: no encontrarás una guía exhaustiva de bodegas con este o aquel sello, no. Tampoco encontrarás todos los vinos de esa bodega, sus puntuaciones y valoraciones. Encontrarás la historia de un recorrido por España: un recorrido por las bodegas y las personas que, en mi opinión, más se pueden identificar con el concepto de vino natural, le llamen así o no. Leerás sus historias porque cada una de esas personas, en su relación con su tierra y sus cepas, tiene una historia que contarnos. Yo he estado en sus casas, en sus viñedos y en sus bodegas para escucharlas y traértelas. Y, por supuesto, «beberás» conmigo alguno de sus mejores vinos, los que ellos mismos hayan elegido como símbolo del trabajo que hacen y de cómo embotellan su tierra. Porque todas las bodegas y vinos de los que hablo en la segunda parte del libro tienen que haberme podido mostrar complicidad con la zona donde viven ellos y sus cepas. Y porque, sin más, son algunos de los vinos y bodegas que, en los términos que defiendo aquí, más me gustan en España.
Dicho de otra forma. Quiero hablar en este libro de personas y vinos que tienen un «ikigai»: «la responsabilidad del creador de alguna cosa, ya sea artista, ingeniero o cocinero, es utilizar a la naturaleza para ‘darle vida’ respetándola en todo momento. Mientras hace su trabajo, el artesano se une al objeto y fluye con él. Un herrero diría que el ‘hierro tiene vida’, lo mismo que diría un ceramista en relación a la tierra. Los japoneses son buenos uniendo naturaleza y tecnología: no estamos ante el hombre contra la naturaleza, sino ante su unión». (P.101, en mi traducción, de H. García —Kirai— & Francesc Miralles, Ikigai. Els secrets del Japó per a una vida llarga i feliç, entramat, Barcelona, 2016.) El ser humano con la naturaleza, no ante ella o frente a ella. Aquí está la clave de lo que quiero contarte. Con ella para dar vida nueva al fruto de las cepas cuidadas de una forma lo menos intervencionista posible. La vida que se bebe. Estas personas y sus vinos, lo sepan o no, tienen aquí un «ikigai», un objetivo: hacer que la vida de la naturaleza con la que trabajan fluya en las copas y penetre en los cuerpos y corazones de quienes las bebemos. Son vinos con vida porque nacen de esta actitud y aunque trabajen de distintas maneras y con técnicas variadas, son estas las personas, con sus vinos, de las que quiero hablar aquí. Hacerlo forma parte, también, de mi «ikigai».
Para ir acabando este apartado, confieso. Confieso que sin la lectura de dos libros quizá no hubiera escrito yo el mío. Son dos libros que me han inspirado, dos libros escritos por gente que admiro y que, en parte (mi suerte), me es cercana. En primer lugar, el de Jesús Barquín, Luis Gutiérrez y Víctor de la Serna, The Finest Wines of Rioja and Northwestern Spain. A Regional Guide to the Best Producers and Their Wines. Tres de las personas que más saben de vino en España (artífices, por lo demás y con otros amigos, del portal en la red que más, mejor y de forma más independiente informa en España sobre vinos: Elmundovino.es) ponen a nuestra disposición su experiencia de decenas de años en las bodegas y restaurantes del norte de España y nos descubren (con extraordinarias y reveladoras fotografías de Jon Wyand) sus preferencias. Y, detrás de ellas, a las personas que hacen los vinos y las historias de las bodegas. Tiene el libro la ventaja añadida de que uno de sus escritores es, además, propietario de una bodega en la Manchuela: Finca Sandoval, de Víctor de la Serna. Un libro inspirador, sin duda, y con valiosa información.
El segundo libro que me ha parecido relevante por varios motivos es el de Jamie Goode y Sam Harrop MW: Authentic Wine. Toward Natural and Sustainable Winemaking. Sus dos autores son gente de prestigio en el mundo anglosajón. Jamie Goode hace, con un éxito tremendo, algo parecido a lo mío (aunque mi impacto sea a muy pequeña escala...): anima un blog de resonancia mundial llamado Wine Anorak. Sam Harrop no solo tiene ese codiciado título de Master of Wine (MW). Es, sobre todo, un hombre que hace vino y que conoce como pocos todos sus secretos, en la Vieja Europa y en los Nuevos Mundos. No es hombre solo de teoría enológica: fundó, junto con los Lubbe, Tom y Nathalie, una bodega, Matassa, en Calce, que hace vinos muy interesantes y que representa bien aquello que quiero defender en este libro. Qué pena que no puedan entrar en la segunda parte del libro porque están al pie de las Corbières, en la llanura del LanguedocRosellón... ¡francés! El primer libro citado ha proporcionado, sin duda, un modelo para mi segunda parte; mientras que la primera debe no poco al segundo libro. A cada cual, pues, lo suyo.
Quiero terminar esta introducción con una afirmación: lo he pasado en grande escribiendo el libro, ha sido un período intenso y agradecido de esta reencarnación, conociendo, viajando, charlando, viendo, probando, bebiendo, comiendo, reconociendo, recordando... Me gustaría pensar que he sido capaz de transmitir a estas páginas una mínima porción de los buenos ratos que he pasado mientras trabajaba en ellas. Si es así, amigo lector, puede que no consideres que has perdido del todo tu tiempo. Como siempre, tú tienes, ahora, la palabra: ¿nos reencontramos al final y echamos cuentas?
INTRODUCCIÓN A LA SEGUNDA EDICIÓN
De octubre de 2013 a julio de 2018 han pasado muchas cosas en mi vida que han hecho que, hoy, cuando escribo esta segunda introducción, sea yo una persona distinta a la que era cuando empezó la aventura del libro. Una de las cosas que ha sucedido es que se agotó la primera edición. ¡Pasmo! Jamás hubiera pensado que pasara y cuando lo supe, sentí un enorme agradecimiento hacia las personas que habéis leído y comentado, conmigo y con otros, esa primera lectura. El objetivo fundamental de estas páginas era, y es, compartir una experiencia de vida y de sentimientos alrededor de la naturaleza en la que crecen las cepas, con las personas que las observan y cuidan de una forma respetuosa y bebiendo el fruto de su trabajo, que es el vino. Creo que entre todos, y gracias también (es evidente pero conviene decirlo) al esfuerzo de otra mucha gente que trabaja en la misma dirección, hemos conseguido que el tipo de vitivinicultor que es aquí protagonista tenga una presencia en tiendas, bares, restaurantes, tabernas, bistrós y casas, muy superior a la realidad que conocíamos cuando empezaba a redactar la primera edición. Sigue creciendo el interés por algo que en la primera introducción llamaba «actitud», porque no es una «moda». Y crece también el número de personas y bodegas que se acerca al viñedo para proponer vinos en sintonía con la filosofía que anima a estas páginas.
¿Todo ello era suficiente para pensar, sin más, en una segunda edición? Creo que no. No, por lo menos, tal y como por convención se concibe una segunda edición: corrección de errores detectados y a la calle de nuevo. Puesto que yo no había previsto nada de todo esto (de hecho, ni que el libro saliera por primera vez, ni que se leyera ni, por supuesto, que se vendiera), propuse a la editorial que si trabajábamos en una segunda edición, tenía que ser, por lo menos, «corregida, revisada y ampliada» en relación con la primera. Me explico. Como filólogo clásico y amante de los libros, siempre he seguido uno de los consejos que Joan Fuster propuso en sus Consells, proverbis i insolències, Barcelona, Edicions, 62, 1992: «només hi ha una manera seriosa de llegir, que és rellegir» («solo hay una manera seria de leer, que es releer»). Releer con el lápiz en la mano mi propio libro, dedicarle horas, días, meses (desde julio de 2017 a julio de 2018) a la tarea de corregir errores que detecté o detectaron por mí; de revisar palabras y puntuaciones; de ampliar contenidos (con todo lo que eso significa), ha sido un regalo añadido que, por inesperado (de nuevo Fuster), he disfrutado doblemente. No he dejado de viajar ni de visitar bodegas, no he dejado de descubrir nuevas miradas sobre tierras que parecían ya exhaustas, ni de sorprenderme ante la energía y vitalidad de tanta gente que sigue aportando valores, sabores y aromas con sus vinos, cada vez más apegados al viñedo y a la cultura de su entorno.
Vosotros, lectores, me habéis dado pues la posibilidad de una lectura seria de mi propio libro, es decir, una relectura. Pero quiero ser sincero: no es un libro estrictamente nuevo el que tenéis en las manos porque hay muchas cosas de las que escribí (sobre todo en la primera parte) con las que me sigo identificando. Sí es, en cambio, un libro renovado porque yo he seguido cambiando y evolucionando. No pocos autores a lo largo de estos años me han hecho profundizar y, en este sentido, radicalizarme (etimológicamente hablando, es decir, enraizarme) en mi aproximación a la naturaleza. Goethe, Von Humboldt, Schopenhauer, Nietszche, Steiner, Thoreau, Wilamowitz-Möllendorf, Dillard, Hubbell, Mancuso, etc., han reflexionado, investigado y escrito para proponer una comprensión pausada e integradora de las cosas que observaban. No había hechos aislados en la naturaleza sino una realidad a la que aproximarse con ojos cautos para entenderla como unidad de sentido y de acciones, ya se tratara del clima en el siglo XVIII, de la laguna de Walden y su entorno en el XIX, de la historia social de Roma en el siglo I d.C., de las reflexiones para un nuevo amanecer de la civilización o de la complicidad entre los árboles de un bosque en el siglo XXI. El único límite tenía que ser nuestra capacidad de trabajo y de comprensión, no nuestro punto de vista. En estos años, las visitas y estancias, las charlas, las reflexiones y los descubrimientos de personas y nuevas bodegas me han afianzado en esta manera de entender las cosas. Así, he podido describir cómo la naturaleza se relaciona con el ser humano, y viceversa, a través de múltiples manifestaciones entre las cuales, una tierra con viñedos. ¿Podría llamarse a esto, como en otros casos, «escribir naturaleza» («nature writing»)? Me gustaría pensar que esta nueva edición da a la pregunta, clave en mi radicalización de los últimos años, una respuesta positiva.
La primera parte del libro bebía ya, en sustancia, de ese estado de cosas y en ella he introducido, además de correcciones, algunas reflexiones de los autores citados que ayudan a contextualizar mejor mis páginas y objetivos. La segunda era mi compromiso y la consecuencia lógica de la primera: yo creo en un diálogo respetuoso, en la viña y en la bodega, entre personas y cepas. Y tú, lector amigo, tienes que poder hacer tus comprobaciones personalmente a través de los ejemplos que propongo. Aquí el libro se renueva con mayor energía y ambición aunque, como siempre, jamás podrán estar todos aquellos que, creo, comparten este punto de vista. El límite físico de un número razonable de páginas existe y mi capacidad para estar en todas partes, también. Porque la condición que me impuse en la primera edición sigue vigente hoy: sólo salen en este libro bodegas y viñedos que haya podido pisar y conocer personalmente. Esta segunda parte práctica ha crecido y se ha modificado, han entrado en ella más bodegas y personas que no pudieron hacerlo en la primera edición y que he ido conociendo in situ entre 2013 y 2018. Permanecen no pocas con las que he intentado estar al día de sus nuevos vinos. Pero advierto: son tan activos y prolíficos los vinicultores, que no siempre me ha sido posible conocer y beber todo. Llegados al punto de conciencia de que uno no puede ni debe llegar solo a todo, me he decantado por los ejemplos que son síntoma antes que por la exhaustividad: esta segunda parte no es una guía o un catálogo, es un diario razonable de aquello que más me sigue llamando la atención.
Dejan de estar algunas bodegas también, y no quisiera que nadie se sintiera molesto por ello, aunque sé que una vez publicado el libro, este será libre, irá donde queráis quienes lo leáis y la gente interpretará y transmitirá lo que crea oportuno. Cuento con ello y lo acepto, por supuesto. Solo digo, para ser honesto conmigo y con quien lo lee, que he intentado buscar la congruencia a la hora de describir, en la segunda parte, a un grupo de personas, bodegas, vinos y, también, algunos restaurantes, más en sintonía (como imagen de conjunto) con lo que siento cada vez con mayor intensidad: que en la botella y en la copa tienen que poder escucharse las uvas y el paisaje, la tierra y el clima, la persona que hace el vino y sus circunstancias. Todo ello, además, tiene que suceder con la menor intervención posible, tanto en el viñedo como en la bodega, para que del diálogo entre ser humano y naturaleza surja de nuevo ese antiguo lenguaje. Cuando lo pronunciamos u oímos, nos hace sentir mejores personas porque convierte en aromas, sabores y emociones el respeto atávico hacia el entorno del que formamos parte como seres vivos y conscientes. Propongo ser de una forma natural, también en el mundo del vino.
Asumo con todas sus consecuencias uno de los consejos de Marco Aurelio, que no siempre supe o pude atender. Lo escribió en sus Pensamientos para mí mismo (3, 12): «si te limitas a actuar conforme a la naturaleza de tu ser y a decir sencillamente la verdad en todos tus discursos y en todas tus palabras, vivirás feliz. Y nadie puede impedir que te conduzcas de este modo». Sea.
¿Te parece si mantenemos tú y yo el compromiso de reencontrarnos al final del libro para echar cuentas?
PRIMERA PARTE
QUÉ ES UN VINO NATURAL
Conviene resolver una probable paradoja. Si hablo aquí de «vino natural», ¿es porque existe un vino antinatural? La respuesta es sencilla: no. Cualquier vino que nazca de la fermentación alcohólica de un mosto es un vino natural, hecho como se hacen todos los vinos. ¿Por qué, entonces, insisto en hablar de vino natural? Quizá sería más correcto decir algo que, por demasiado largo, no cabe en el título de un libro. Aquí entiendo que hay vinos que son más naturales que otros. Hablamos de vinos, personas y bodegas que se dedican a cultivar viñedos en una dimensión que, ¿otra paradoja?, me atrevo a llamar humana. Hablamos de personas que cultivan tierras de una dimensión razonable, de una dimensión que les permite controlar o en primera persona o con un equipo bien coordinado y compacto los procesos de laboreo en el campo, los trabajos que hay que hacer con las cepas, la aplicación de los tratamientos que toquen en cada momento, la vendimia, el proceso de vinificación, el reposo del vino en bodega y el embotellado. De una manera ideal (no siempre sucederá así con todas las bodegas de las que hable, porque no todo el mundo se siente capacitado para realizar en condiciones esta última parte del trabajo, por otra parte, clave, ya que es la que te permite vivir...), esas personas tienen que poder controlar también el proceso de etiquetado (incluyendo el diseño y la información que las etiquetas llevan, textual y gráfica) y el de difusión y venta de sus vinos. Tienen que tener, por lo menos, la preocupación por saber con cierta claridad, si no venden ellos mismos el vino, quiénes lo hacen, qué explican de él y a qué destinatarios va ese vino.
Me gustaría comentarte un par de viñetas de un libro escrito en formato de cómic, que explica la historia de amistad entre un vigneron del Loire al que admiro como persona y como viticultor, Richard Leroy, y un dibujante de prestigio en Francia, Étienne Davodeau. Se trata de Los ignorantes. Relato de una iniciación cruzada. Me parece un libro delicioso y con él he aprendido mucho. Resulta que, en un momento del libro, Richard y Étienne se encuentran con un amigo dibujante de este último, Marc-Antoine Mathieu, que también es socio de un taller de escenografía en Angers, llamado Lucie Lom. Richard, que no pierde ocasión para «hacer amigos», le suelta a Marc-Antoine un «he leído tus libros y no puedo decir que me hayan gustado». Aunque la sinceridad sea, en general, una cualidad sobrevalorada, Richard lo es a machamartillo y al final de ese capítulo hablan de la dimensión de sus trabajos. Y Marc-Antoine le suelta otro categórico e impresionante «somos tres —en la empresa de escenografía— contando a Isabelle, que se encarga de la administración. Podríamos haber crecido, pero preferimos permanecer pequeños para poder rechazar trabajos que no nos interesan». Y Richard contesta: «¡Ah, estoy completamente de acuerdo contigo! Mantenerse pequeño permite mantener el control sobre la calidad de nuestro trabajo. Hay que negarse a crecer». De esta manera de ver las cosas nace buena parte de los vinos que más me gustan.
Hablamos, en cualquier caso, de un proceso natural, porque de la naturaleza y de la mínima intervención en ella me gusta que procedan las uvas con las que se hacen los vinos que quiero beber. Pero el hecho de hacer vino no es un hecho natural por definición. Casi al contrario: es claramente artificial. Esta es la segunda paradoja. De tu viñedo no saldrás con el vino hecho. Hacer vino es un proceso que depende de un montón de decisiones que toma un ser humano, no el viñedo o la cepa. El objetivo, al final, tendría que ser que lo que aquí llamo «vino natural» proceda de la reducción máxima pero reflexionada (no al tuntún) de la intervención en el proceso de su elaboración.
A ESCALA HUMANA
Resueltas las dos paradojas que suelen pulular alrededor del concepto de «vino natural», mi primera condición (¡ponle todas las comillas que quieras!) para que pueda considerar un vino como natural es que haya sido hecho a escala de la persona que toma las decisiones, no de las máquinas o de una industrialización que despersonaliza los procesos, los homogeneiza y los diluye. El hombre es la medida de todas las cosas, también en el viñedo y en el vino. Creo firmemente en la aplicación de la máxima de Protágoras por Leonardo da Vinci (que nace en sus estudios de la arquitectura de Vitrubio: recuerda el famoso dibujo del Homo Vitrubianus) al mundo del campo, al cultivo y a la producción y comercialización del vino. La gente quiere crecer demasiado, industrializa y mecaniza sus procesos, compra tierras y uvas que no controla, pierde pues el control personal, después delega y acaba perdiendo el contacto con esa tierra y sus cepas... Y terminamos bebiendo vinos que tienen poco que ver con el territorio en el que han nacido. Hablan poco de él y de las personas que lo han hecho.
Esa es la segunda condición que tiene que tener para mí un vino natural. Para un vitivinicultor que trabaja sus tierras de forma personal (es decir, tiene una superficie abordable desde una perspectiva de trabajo en grupo o individual, pero en cualquier caso con un control personal de lo que sucede en el campo), hacer vino tiene que basarse en los principios de máxima sencillez y de menor intervención posible. No hablaré aquí de certificaciones, homologaciones ni de nada por el estilo. Más adelante propondré unos conceptos básicos para la lectura y comprensión de las etiquetas de vino en España, donde saldrá, inevitablemente, información de este tipo. Cada cual sabe cómo tiene que cuidar su tierra y parto del principio (llámame naíf) de que nadie va a dañarla de forma voluntaria y preconcebida. Por ello creo que quien hace vino tiene que ser tan espectador de lo que sucede en su viñedo como las circunstancias de cada añada le permitan en su entorno. Capacidad de trabajo y de control a una dimensión humana, máxima sencillez en aquello que haces, mínima intervención en el campo... ¡y máxima expectación! Cuanto más espectador consigas ser de lo que sucede en tu viñedo, mejor. Deja que la naturaleza haga su trabajo, deja que tu terruño se exprese por sí mismo y con la menor ayuda externa posible. Deja que todos los eslabones de la cadena trófica de tu entorno encuentren su equilibrio, y que cada insecto y cada animal hallen a quién tienen que comerse y, con perdón, por quién tienen que ser comidos. Deja que tus plantas desarrollen sistemas de protección contra las plagas con ayuda de la vegetación propia de su entorno y de los animales que viven en ella. Observa qué crece mejor, qué se defiende mejor, qué se adapta mejor. Aprende y, entonces, actuarás menos. Con tu técnica de artesano, es decir, de quien trabaja las cosas con las manos y con ese trabajo produce algún tipo de metamorfosis artística (¿acaso es otra cosa el vino?), intenta cuidar lo mejor de tus cepas y convocar a lo más expresivo de tu tierra en una botella.
EL VINO-NO
Como muy gráficamente definía un amigo mío, Rafa Bernabé (al que encontrarás en la segunda parte del libro), un vino natural, además, tiene que ser un vino-NO. Todo esto forma parte de la tercera condición que yo busco en un vino de este tipo: un vino natural es el que te habla, desde la copa, del artesano que lo ha hecho, de la tierra donde han crecido y se han alimentado sus cepas, del clima, las lluvias, el frío y la sequía que ha pasado este o aquel año, etcétera. Es el vino que te habla de todo esto con la máxima sencillez posible, con el menor número de interferencias en todo el proceso. Por eso, un vino natural puede ser definido también por todas aquellas cosas que no es y, por lo tanto y en palabras de Rafa, como un vino-NO. Vaya por delante que algunas de ellas están permitidas y son legales en no pocas zonas del mundo. No hablo de ilegalidades, pues. Hablo de «ruidos», de procesos externos al vino y sobrevenidos que distorsionan la percepción espontánea que debiéramos tener de él.
Un vino natural es un vino al que no han subido ni regulado la acidez de forma artificial. Es un vino al que no han rebajado el grado de alcohol. Es un vino al que no han añadido azúcar de forma artificial. Es un vino que no ha sufrido ningún proceso químico que modifique la expresión natural del fruto de una añada concreta en un terruño concreto. Es un vino que no ha sufrido ósmosis inversa. Es un vino que no ha pasado por técnicas muy agresivas de extracción de los taninos y fenoles de las pieles de la uva. Es un vino que no ha sido hecho a través de un proceso distorsionador y universalizante (en cuanto a la homogeneización de gustos se refiere) de la madera, que hace que nos sea imposible reconocer la uva y el territorio del que esta procede. Es un vino cuya uva no ha pasado por un proceso de riego masivo e indiscriminado, cuyo único objetivo no es salvar a la cepa de una deshidratación cierta, sino asegurar una producción masiva... Todos los vinos que no han sufrido procesos de este tipo son más naturales que los que han pasado por ellos.
Un vino natural, además, es un vino que no procede de campos que han sido tratados con productos de síntesis química. Un vino natural es un vino que ha sido hecho en bodegas en las que la gravedad es la principal «herramienta» mecánica. Es un vino que ha sufrido tan poco como sea posible el efecto de las bombas centrifugadoras en la bodega. Es un vino que no ha sido pasteurizado. Es un vino que ha fermentado con las levaduras propias del viñedo donde crecen sus uvas o de la bodega donde se hace. Es un vino que, si ha hecho la fermentación maloláctica, la ha hecho con la ayuda de bacterias indígenas también, y de forma espontánea. Es un vino que ha sido tratado con las dosis (¡sigo sin hablar de cantidades ni de normas!) mínimas de dióxido de azufre, SO2, las necesarias para su conservación y, si es necesario, para asegurar un transporte sin sobresaltos. En muchos casos, esas dosis serán las que produce la propia fermentación alcohólica con lo que la uva trae del campo y, por lo tanto, no será inverosímil que puedas leer en una etiqueta «No lleva sulfitos añadidos». Incluso puede ser que no encuentres cifra alguna porque la que contiene ese vino esté por debajo de la cifra para la que la legislación vigente te obliga a poner «Contiene sulfitos» en varios idiomas.
La mínima intervención
Con este bagaje de prácticas que el vitivinicultor debiera no realizar, encontraremos un vino natural en la copa, es decir, un vino hecho de la forma más natural y menos intervencionista posible, un vino que, de forma clara, habla mucho mejor y con mayor intensidad de la tierra de la que procede, de las personas que lo han hecho y de las uvas que forman parte de él. Estos son los vinos que más me gustan, los que ofrecen con sus matices el espíritu del más puro y natural estilo del vino de verdad, del vino, en este sentido, auténtico, de un lugar, una tierra, unas personas y unas añadas concretas e irrepetibles por únicas y distintas las unas de las otras.
Estos vinos son los protagonistas de este libro. Son los vinos-río: vinos que por más veces que los bebas, por más añadas que conozcas, jamás te sabrán igual, porque cada botella, en cada añada, tiene una historia distinta que contarte. Hablamos de los vinos que no son perfectos en su homogeneidad, los vinos que nunca se repiten ni son iguales en sus distintas cosechas, como no lo son las personas que se bañan en un mismo río: nunca te bañarás en las aguas de un mismo río, ¿verdad?, pero porque cada vez que lo hagas serás una persona distinta en aguas que se habrán renovado. Pues este libro habla de los vinos que nunca bebes dos veces de la misma forma porque están vivos, se mueven, evolucionan, crecen, maduran y, al final, aunque estén muriendo, siempre tienen algo que contarte. Y tú sigues un proceso parecido con ellos. Podría parecer que hay muchos vinos así en España y que estoy describiendo un proceso habitual. Pero no es así, no por lo menos en mi experiencia.
El arte de envejecer
Asistía a una charla-debate con algunos de los mejores productores de vinos ecológicos de España. Algunos aparecerán, también, en la segunda parte del libro. Uno de ellos era Josep M. Pujol-Busquets, alma mater de la bodega Alta Alella (DO Alella) y, dentro de ella, de una pequeña instalación excavada en la tierra y dedicada solo a los vinos naturales, a la que llamó «El Celler de les Aus» (la bodega de los pájaros, de la que hablo más en concreto en esta segunda edición). Es defensor acérrimo de la investigación y el conocimiento de la técnica para, precisamente, intervenir lo menos posible en el viñedo y en la bodega. Afirmaba: «Un gran vino se expresa profundamente solo con el envejecimiento». Y más adelante: «El discurso de las variedades autóctonas tiene fuerza en la juventud de los vinos. Con los años, este discurso se convierte en algo mínimo». Dos frases en las que pensar, en el marco en el que nos movemos ahora, dichas por un hombre que ha hecho vinos en todo el mundo y que conoce en profundidad el proceso completo, en el campo, en la bodega y en la degustación y venta: la mayor parte de vinos, también los naturales (dicho sea de paso: que un vino sea natural no es garantía, ni mucho menos, de que esté bien hecho), envejece mal y está casi diseñado para un disfrute más inmediato que lejano. Grave error: la grandeza de los vinos está en que sepan envejecer bien. Quedarse en el efectismo de la fuerza de la juventud es bonito, incluso agradable, pero dice poco del poder real de un buen vino.
HACIA LOS VINOS NATURALES: QUIÉN, CÓMO, DÓNDE, POR QUÉ
Hay un nombre a tener en cuenta: Jules Chauvet. Casi nadie le conoce, pero, seguimos con las paradojas, le debemos mucho y es la persona clave para entender qué es la vinicultura natural hoy. Me gusta su perfil de hombre-orquesta, completo, humanista dedicado a todos los quehaceres del vino de manera exacta y casi puntillosa. Además, siempre con éxito, callado y discreto, sí, pero éxito al fin y al cabo. El mundo del vino de verdad es un mundo de pocos ruidos y muchos susurros. Quiero dedicar este apartado a la reivindicación de su figura.
Jules Chauvet
Chauvet vivió solo toda su vida porque consideraba su dedicación al mundo del vino como de voto monacal. ¡Él mismo se llamaba «sacerdote del vino»! y su celibato formal (que se sepa) fue tajante. Nació en 1907 y murió en 1989, a los ochenta y dos años. Siempre vivió y trabajó en la zona del Beaujolais, en el pueblo de La Chapelle-de-Guinchay, hijo de una familia de tradición comercial (négociant en francés indica la profesión del que se dedica a localizar los mejores mostos y vinos, y a comercializarlos, a veces con su propia marca). Y siempre tuvo a la uva gamay en su horizonte. Era la de su zona, era la que conocía mejor y algunas de sus mejores páginas están precisamente dedicadas a las maceraciones carbónica y semicarbónica, los procesos más populares para la vinificación de la gamay en las appellations d’origine que se encuentran en el Beaujolais. Él se encargó de estudiarlas a fondo y de proponer mejoras que, por supuesto, aplicó a sus propios vinos. Por desgracia, nunca he tenido la suerte de probar un «vino Chauvet». Alguno de sus discípulos (fue otra de sus pasiones: compartir con quien quisiera escucharle el profundo conocimiento que tenía) ya se encargarían después de aplicar sus ideas sobre todo en su zona, pero también en la Borgoña, en el Loire, en Burdeos, y en Alemania y Suiza. Y los discípulos de sus discípulos, hoy, ya han llegado a todo el mundo, España incluida. Lo sepan ellos o no, hayan oído hablar de él o no, hay vignerons que practican la maceración semicarbónica tal y como la describiera Chauvet.
Los cambios producidos por la industria química
Jules Chauvet tenía claro que «on a tellement touché le fond de l’abîme qu’on ne peut que remonter» («hemos tocado fondo de una manera tal que no nos queda más que remontar»). Él vivió el crecimiento de la industria química en el período de entreguerras y el boom final (perdón por el juego tonto de palabras) tras la Segunda Guerra Mundial. Cada enfermedad en la viña, cada problema en la bodega obtenían rápida respuesta en la industria química. El campo se abandonó a las soluciones fáciles que, no obstante, mataban su vida natural y contaminaban, por supuesto siempre a niveles legales, los vinos que se bebían entonces. Chauvet pensaba de otra manera: «le vin, moins on le touche, mieux ça vaut» («el vino, cuanto menos lo toques, mejor»), por una parte; y «en vins naturels, les terroirs s’expriment et les meilleurs terroirs se distinguent» («en vinos naturales, los buenos terruños se expresan y los mejores, sobresalen»).
La mecanización del campo
Chauvet vivió en primera persona (era comerciante, sí, pero también la cuarta generación de viticultores en su familia, producía uva y hacía vino) la mecanización del campo del Beaujolais y la introducción de la química de síntesis en él. Era por completo contrario a ambas. Sabía bien que el único objetivo de la industria y de la mayor parte de productores era tener uvas cuanto mayores mejor, y las cosechas, cuanto más abundantes, mejor también. Se abandonó la calidad y se olvidó el cultivo que los abuelos habían practicado. Chauvet luchó toda su vida por devolver los animales al campo, por erradicar los productos químicos usados de forma indiscriminada (él era también químico y había estudiado en Lyon y en Berlín), trabajó para que los vinos volvieran a ser finos y fragantes y supieran a aquello que su tierra y su cepa producían: ligeros y aromáticos. Supeditó todo a un cultivo respetuoso con el terruño y a una vinificación que resaltara sus valores.
Levaduras indígenas y sulfitos
Dos herramientas estudió Chauvet a fondo, las desarrolló en su uso y las defendió a ultranza (era un caballero, pero muy apasionado y convencido de sus ideas), y las dos se han convertido en el mejor (y más difícil de usar) legado para los vinos naturales hoy. Por una parte, el uso de las levaduras del viñedo, llamadas indígenas. El auge de la industria química y de la biología vinculada a ella llevó a las bodegas levaduras para solucionar cualquier tipo de problema y para compensar cualquier déficit gustativo o aromático en un vino. Las levaduras son la pieza clave en el arranque y mantenimiento de la fermentación alcohólica del mosto. Una parada de la fermentación, un arranque tardío... comprometían los resultados en opinión de la mayor parte de productores. Chauvet aboga por el retorno al uso de las levaduras que el hollejo de las uvas trae del campo: en su opinión son, siempre, las que mejor resultado dan. Hablaremos de ello en un próximo capítulo.
La segunda herramienta es, de nuevo, una no-herramienta: el SO2, dióxido de azufre (los famosos sulfitos de las etiquetas), usado en la vinificación para prevenir la oxidación, sobre todo, tanto en el momento en que el mosto inicia su fermentación alcohólica como cuando hay algún trasvase y, por supuesto, cuando el vino ya hecho se embotella. El SO2 siempre está presente en todos los procesos de la confección de un vino. Y Chauvet era contrario a él porque lo consideraba directamente un veneno que, además, en su evolución posterior (ya integrado), enmascaraba el sabor real del vino. Si las cosas iban bien durante la cosecha y en el inicio de la fermentación del mosto, Chauvet siempre consideró que el SO2 natural que la fermentación liberaba por su propio proceso químico (normalmente hasta los 10 mg/l, en la parte baja de una analítica; y hasta más o menos 20 mg/l, en la alta) bastaba para proteger al vino que se estaba haciendo. Por otro lado, la poca presencia de SO2 favorecía la arrancada de la fermentación maloláctica, cuando no la propiciaba casi en el mismo momento en que la alcohólica tenía lugar. De una forma natural, claro, y gracias al proceso que la disposición de racimos enteros de uva en la maceración carbónica favorecía. «Si el vino es el reflejo de tu tierra», añadía, «tienes que aplicar la mínima química posible tanto en esa tierra como en el vino». No era radical: «la mínima química posible», la imprescindible por necesaria.
Las investigaciones de Jules Chauvet en papel
Chauvet publicó de forma dispersa sus notas y artículos y no ha sido casi hasta después de su muerte que hemos podido leer sus trabajos en volúmenes en forma de libro, bien preparados y editados. Merece la pena que el lector inquieto (sea vitivinicultor o no) profundice en ellos y los lea con atención. Creo que una parte del futuro del vino sigue pasando por ellos. Recomiendo en especial un libro que es una especie de conversación de Jules Chauvet con su «abogado del diablo», el suizo Hans-Ulrich Kesselring, que le llevaba la contraria y cuestionaba sus ideas con frecuencia, aunque con gran respeto y cariño. Dos puntos de vista unidos por la amistad y reunidos en una conversación a lo largo de los años: Le vin en question. Entretiens de Jules Chauvet avec H.U. Kesselring (traducción al francés del original alemán). Mi segunda recomendación es otra recopilación, en este caso ya solo de trabajos de Chauvet. Es especial porque contiene lo que podría considerarse manifiesto fundacional de lo que yo llamaría «espíritu Chauvet», que no es otra cosa que el espíritu del vino natural: una conferencia que pronunció en 1950 en la feria de vinos de Mâcon, titulada «L’ârome des vins fins». Originalmente publicada en el Bulletin de l’Institut National des Appellations d’Origine de vins et eaux-de-vie, hoy se puede encontrar como capítulo en el libro de Jules Chauvet, L’Esthétique du vin.
Discípulos de Chauvet
De poco serviría que finalizara este capítulo de una forma solo teórica. A muchos de vosotros quizás os interesa más conocer a qué sabe un vino del más puro estilo «Chauvet», ¿verdad? Por desgracia, sus propios vinos, aquellos que el general De Gaulle tomaba a diario por sanos, frescos, aromáticos y sencillos, ya no están a nuestro alcance. Como os decía, no he podido probar uno en mi vida... Nos quedan, para nuestro consuelo y alegría, los vinos de sus discípulos más próximos, aquellos viticultores que tuvieron la suerte de aprender de él y que, todavía hoy, siguen produciendo excelentes vinos, en la zona o cerca de ella. Te doy solo mis nombres de referencia: Jacques Néauport en Beaujolais, en cierta manera el eslabón necesario; Pierre Overnoy, en Arbois (Jura), ya jubilado, pero que ha encontrado en Emmanuel Houillon a uno de los nietos que Chauvet no tuvo (tercera generación de adictos a Chauvet, ¡sí!); Jean-Paul Thévenet, en Morgon, y su hijo Charly, en Regnié (ambos Beaujolais); Marcel Lapierre (uno de los favoritos y más cercanos), ya fallecido, pero que tiene en su hijo Mathieu a la mejor esperanza de continuidad; Jean-Claude Lapalu; Christophe Pacalet; Jean-Michel Stéphane; Guy Breton; Jean-Paul Brun; Christian Ducroux; Jean Foillard, Yvon Métras... Si encuentras una botella con alguno de estos nombres, cómprala y sabrás a qué sabe lo que Chauvet pretendía. En esa copa, además, empezarás un camino por el vino natural de calidad que, honestamente, no creo que abandones.
Termino este apartado con una última cita que me afecta directamente. Quiero decir que, también en esto, me veo muy reflejado en la manera de hacer y, claro, de escribir y de describir vinos de nuestro personaje. Chauvet ha quedado en la memoria de quienes le conocieron como uno de los mejores catadores de la historia de Francia. Amaba la precisión y el detalle. Por ejemplo, no le bastaba decir «frutillos de bosque, silvestres». Siempre defendió la idea (por otra parte, bien cierta) de que una fresa silvestre no sabe igual que una mora o que un arándano rojo o una grosella negra. Uno tenía que concentrarse y sacar con la máxima precisión posible las notas aromáticas y gustativas de un vino. Y aunque hay quien defienda que Chauvet prefería las notas de cata desprovistas de impresiones personales, yo me quedo con una cita suya que identifica aquello que, también yo, intento hacer. Precisión, sí, pero con mis sensaciones y recuerdos personales al servicio de la descripción de un vino: «certains vins ont non seulement des caractères précis mais encore des silhouettes idéales. Ils peuvent évoquer les matins de printemps embaumés et les soirs troublants de septembre» («algunos vinos no solo tienen caracteres precisos, tienen también siluetas ideales. Pueden evocar las mañanas fragantes de primavera y los emotivos atardeceres de septiembre»). En eso estamos.
VITICULTURA NATURAL. LA TIERRA EN EL UNIVERSO
Como anunciara, casi apocalíptico, Jules Chauvet hace más de cuarenta años, en muchos sentidos hemos vuelto a tocar fondo y no podemos hacer ya otra cosa que ir hacia arriba. No me refiero tan solo, como hacía Chauvet, al mundo de la vitivinicultura, sino también al tipo de relación que el hombre contemporáneo mantiene con la naturaleza. La mayor parte de nosotros hemos perdido la capacidad de nombrar a los pájaros y a los árboles de nuestro entorno, a las estrellas del firmamento, a las constelaciones...: si vives en la gran ciudad, ni siquiera los ves, y si no los ves, ¿cómo los vas a conocer? ¿Dejan de existir por ello? No, claro, pero para la mayoría de ciudadanos pertenecen ya a una dimensión de lo que existe pero no se ve. No es, por lo tanto, la suya. Es triste, pero es así. Venimos de muy lejos y de una sensibilidad muy distinta como para que, viendo lo que pasa, nos conformemos sin más. Nuestros antepasados vivían y se movían en función de su relación con la naturaleza. Y todos los tratados que hablan de las labores del campo aluden a ello. Te propongo un momento de reflexión sobre unas líneas del tratado más precioso que yo conozco (a ratos, también de los más precisos), porque es de uno de los grandes poetas de Roma. Son versos de Virgilio, y forman parte de la presentación de sus libros sobre las cosas del campo, las Geórgicas:
Quid faciat laetas segetes, quo sidere terram
uertere, Maecenas, ulmisque adiungere uitis
conueniat, quae cura boum, qui cultus habendo
sit pecori, apibus quanta experientia parcis,
hinc canere incipiam. Vos, o clarissima mundi
lumina, labentem caelo quae ducitis annum;
Liber et alma Ceres...
Empezaré a cantar ahora qué hace que las mieses sean abundantes, Mecenas, y bajo qué estrella conviene arar la tierra, y cuándo es necesario que la cepa se apoye en una estaca de olmo, cómo hay que cuidar a los bueyes, cuál es el trabajo necesario para el rebaño, la gran experiencia que hace falta con las parcas abejas. Vosotros, brillantes luceros del mundo que guiáis al año en su recorrido por el cielo, Baco y Ceres que nos alimentas... [La traducción es mía.]
Pocas palabras bastan, ¿verdad?, para situar las cosas en su sitio. Y las hemos olvidado por completo: hay que saber mirar al cielo, hay que saber qué toca hacer en la tierra en cada estación del año y hay que ser conscientes de que la Tierra no está aislada en el universo, sino que forma parte de un conjunto casi inabarcable de cosas que, por más que ignoremos, no dejarán de existir ni de ejercer su influencia sobre ella... ¡y sobre nosotros!
Ludwig Wittgenstein lo apuntaba en su Tractatus Logico-Philosophicus, proposición 6.522: «Lo inexpresable ciertamente existe. Se muestra, es lo místico». No hace falta, quizás, recurrir a lo místico (al menos todavía; cuando hable de ciertos aspectos de la práctica biodinámica, tal vez pienses que lo hago) para entender que las fuerzas de la naturaleza en la Tierra, en su relación con las fuerzas del resto del universo, interactúan e intercambian influencias determinantes. Lo sepamos o no. Seamos conscientes de ello o no. Podamos demostrarlo o no (piensa en cómo y cuándo supimos que existía la ley de la gravedad...). En otro capítulo hablaré de la parte científica de todo esto, porque existe, algunas personas han dedicado su vida a demostrarla y, además, una de las bodegas que es protagonista en este libro nos ayudará con su ejemplo a entenderla mejor.
Johann Wolfgang von Goethe, en la introducción a su Teoría de la naturaleza, nos pone en la misma senda por la que empezó a andar Virgilio. Dice que «cuando el hombre, inducido a una viva observación, comienza a mantener una lucha con la naturaleza, siente ante todo el impulso irrefrenable de someter a sí mismo los objetos. Sin embargo, muy pronto estos se le imponen con tal fuerza que siente cuán razonable es reconocer su poder y respetar su acción. Apenas se convenza de este influjo recíproco, caerá en la cuenta de un doble infinito: por parte de los objetos, la multiplicidad del ser, del devenir y de las relaciones que se entrecruzan de un modo viviente; por parte de él mismo, la posibilidad de un perfeccionamiento ilimitado en la medida en que sea capaz de adaptar, tanto su sensibilidad como su juicio, a formas siempre nuevas de recepción y de reacción». Goethe me impresiona por muchas cosas, pero esta sensibilidad suya de abrirse por completo a la comprensión más adecuada de su entorno físico y emocional, es uno de los mejores ejemplos que podemos seguir de él. No es casualidad que Alexander von Humboldt se convirtiera en uno de sus mejores amigos porque, como tan bien explica Andrea Wulf, «tanto el personaje de Fausto como Humboldt pensaban que el trabajo y el estudio constantes producían el conocimiento, y tanto uno como otro encontraban su fuerza en el mundo natural y creían en la unidad de la naturaleza. Como Humboldt, Fausto —de Goethe— estaba intentando descubrir las fuerzas de la naturaleza». Por la misma senda caminaron, años más tarde, Thoreau y Steiner.
UN AVANCE SOBRE BIODINÁMICA
Por esta razón, y aunque no sea todavía el momento de hablar de la biodinámica (¡siguiente capítulo!), no quiero dejar de citar aquí a su fundador, Rudolf Steiner. En las conferencias que dio en Dornach en junio de 1924, que son consideradas la base fundacional de su filosofía de cultivo y de relación con la tierra, afirmó (segunda conferencia, del 10 de junio, titulada «Las fuerzas de la Tierra y del Cosmos») que «hay que considerar ciertamente cómo se origina lo producido en la agricultura y cómo vive en el seno del universo entero (...). Se es consciente de que la luz solar y el calor solar y todo lo que desde el punto de vista meteorológico se relaciona con la luz y el calor del sol, tiene cierta relación con determinada conformación del suelo cubierto de plantas. Pero las concepciones actuales —¡estamos en 1924 y ante un auditorio de agricultores y grandes propietarios rurales!— son incapaces de elucidar realmente de un modo más exacto cómo son las cosas, debido a que no penetran en la realidad de los hechos».
¿A qué se refiere Steiner? Muy sencillo: todavía somos capaces de entender que la luz solar y los meteoros (viento, agua, nieve, granizo...) tienen una influencia precisa y decisiva sobre nuestros cultivos, pero al haber olvidado la realidad profunda, que afecta a todo, de que la Tierra forma parte del universo y las fuerzas que actúan en este la afectan también, nos perdemos y, por lo tanto, no utilizamos lo fundamental.
Los planetas en relación con los cultivos
Steiner de nuevo: «tenemos una interacción constante, completamente llena de vida, entre lo supraterrestre y lo infraterrestre, los procesos que tienen lugar sobre la Tierra dependen, al mismo tiempo y en forma inmediata, de la Luna, Mercurio y Venus que apoyan y modifican al Sol en su obrar... Los planetas, cuya trayectoria es exterior a la del Sol, actúan sobre todo lo que está debajo de la Tierra» y apoyan al Sol en los aspectos que tienen que ver con el subsuelo. Por decirlo en dos palabras: las fuerzas que existen en el universo no pueden dejar de actuar sobre la Tierra. Y de la misma forma que la gravedad y los ciclos de la Luna lo hacen sobre las mareas y sobre cualquier ser vivo que tenga agua en su composición, las radiaciones y las fuerzas gravitacionales de los planetas, en su interacción y movimiento conjunto entre ellos mismos y con el Sol, actúan también en la Tierra y en cuanto sucede en sus cultivos, tanto en la parte que vemos, encima del suelo, como en el subsuelo, las raíces. No es una cuestión de creencias, sino de física. La posición de la Tierra en relación con su satélite, la Luna, en relación con el Sol y con el resto de planetas del sistema solar nos dice (si sabemos observar correctamente) qué hay que hacer en cada momento. Qué fuerzas dominan en cada estación del año nuestro viñedo, qué labores hay que hacer durante cada estación y en sus distintos momentos, en qué momento de la influencia cierta que la posición del Sol y la Luna ejercen sobre nosotros hay que hacer según qué trabajos, etcétera.
Conexión con el universo
Admito que algunas de estas cosas no se pueden demostrar todavía (por lo menos en relación a lo que sucede en un viñedo) y hay que hablar de ellas con la «boca pequeña». Pero hay que ser conscientes de que la Tierra no es un ente aislado en el universo. Busquemos e intentemos comprender cómo funciona esta relación a través de la simple observación de las cosas que suceden en el campo mirando al cielo (como ya aconsejaba Virgilio) y, muy importante, en la conversación con las personas que llevan muchos más años que nosotros trabajándolo y observándolo. Entendamos qué sucede y apliquémoslo. Veamos sus efectos, aprendamos. Modifiquemos. Compartamos. Intentemos, además, entre todos, que este estado de cosas, mezcla de ignorancia, comodidad y pasividad, no se apodere de nuestros hijos. En nuestras manos está despertar en ellos otro tipo de sensibilidad para que busquen la información adecuada: que su relación con la Tierra dentro del universo sea distinta a la que nosotros, de forma mayoritaria, hemos recibido. En el fondo no se trata de un debate filosófico ni son necesarias grandes lecturas. Nuestra mejor «biblioteca» está en la observación de la naturaleza y en el saber acumulado por nuestros predecesores antes de que el desarrollo de la industria química y la consecuente sobreexplotación de los viñedos (tras la Segunda Guerra Mundial) acabaran con la sensibilidad adecuada y con un estado de cosas más empático con nuestro medio ambiente.
TIPOS DE TIERRA Y SU RELACIÓN CON LA CEPA
A veces, casi siempre, una imagen vale más que mil palabras. Te propongo que por un momento dejes la lectura y veas un pequeño vídeo que los propietarios de la bodega de Felanitx (Mallorca), 4Kilos Vinícola, Xesc Grimalt y Sergio Caballero, grabaron en agosto de 2010 para poner de manifiesto el tipo de cultivo que defendían en su relación con el viñedo. Son listos, además de divertidos, estos dos, y más que hablar ellos o sus vinos (¡que también lo hacen!), hicieron hablar a sus amigos payeses. No te pierdas las explicaciones de Simó Abril, Toni Verdura, Jaume de Son Rosselló, Biel Nadal y Joan de Son Suau. Merece mucho la pena.1
Simó Abril y Jaume de Son Rosselló hablan de un tipo muy concreto de tierra de esa zona de Mallorca, entre Felanitx, Manacor y Porreres (hacia el centro-sudeste de la isla). La tierra se llama call vermell y Simó muestra especial empeño en distinguirla de la arcilla roja. A simple vista podrían parecer lo mismo (cuando paseas por esos campos ya ves que no), pero él tiene claro qué tipo de esfuerzo exige esa tierra al payés y qué tipo de recompensas le da. Y no es casualidad, claro, que una de las uvas autóctonas que, entre otros, Grimalt y Caballero han puesto de nuevo en el mapa vinícola balear se llame precisamente «callet». La variedad de uva callet es la que, sin más e históricamente, se ha dado mejor en la tierra call vermell. La ampelografía (la ciencia que estudia los tipos de uva) se confunde a veces porque la sinonimia, mezclada con las tradiciones locales, es traidora. Pero no aquí...
Hay mucha gente que ha ignorado este tipo de historias o, conociéndolas, las ha tenido en poca consideración. Han pagado las consecuencias... Otros han entendido que era un tipo de tierra buena para la uva y en vez de callet han plantado syrah o cabernet sauvignon. No digo que se hayan equivocado, pero sí que han desatendido uno de los consejos más evidentes que la experiencia de quien conoce bien una tierra y las cepas que han nacido en ella siempre ofrece: no todas las tierras buenas sirven para todas las variedades de uva. Tampoco en esto todo vale. Como tampoco todas las uvas se adaptan y sirven para cualquier tipo de clima.
Tierra, pues, y su composición; variedad de la uva y los condicionantes que su ciclo vegetativo como planta y su genética imponen; clima, sol, lluvia, temperatura, diferencias térmicas entre el día y la noche; posición del viñedo en la orografía de la zona (más, menos sol; más, menos agua; mejor, menor retención de la misma)... Todos estos son vectores de información que puedes tener en cuenta a la hora de decidir qué vino tomas y de qué tierra procede. Por supuesto, también qué vino haces, con qué uvas y procedentes de qué tierra. Y, todavía más claro, qué cepas plantas y en qué tierra las plantas para obtener el tipo de vino que deseas. Hacer oídos sordos a la experiencia de las personas que han estado en contacto más directo con la historia de un territorio y de sus cepas más propias indica temeridad, en mi opinión, y poca sensibilidad.
EJEMPLOS CONCRETOS PARA PROPONER UNA DEFINICIÓN
No es mi objetivo en este apartado presentar y resolver el debate sobre las variedades de uva autóctonas de un lugar concreto frente a las variedades que han viajado con mayor éxito desde sus tierras de origen a todo el mundo. Pero creo necesario proponer cuatro pinceladas sobre el tema, con nombres y apellidos, para desembocar en aquello que me parece más relevante: una definición, en toda su complejidad, de qué es el «terruño».
La uva chardonnay
No es porque sí o por azares de la historia que la uva chardonnay se hiciera fuerte y creara una tradición vitivinícola de siglos en la Borgoña y la Champaña. Como tampoco lo es que la moscatel (la que sea, de Alejandría, de Frontignan...), o la monastrell, o la cariñena sean variedades eminentemente mediterráneas. O que la riesling sea una variedad, sobre todo, de clima, tierras, ríos y afluentes alemanes. O que la nebbiolo dé sus mejores resultados en el Piamonte. La cepa, lleve el nombre que lleve, es el resultado de un largo proceso de adaptación de la uitis uinifera (nombre científico que recibe nuestra planta estrella) a un territorio. Es cierto que desde que tenemos documentación científica (arqueológica, iconográfica y textual sobre todo) sabemos que las cepas viajaron, pero no lo es menos que las grandes variedades que acabo de nombrar (y algunas otras) son fruto del trabajo de selección de muchas generaciones de viticultores, así como del proceso de adaptación natural de la uitis uinifera a un clima y a una tierra concretos y con unas características determinadas. Dos grandes maestros de este tema, Claude y Lydia Bourguignon, lo explican mucho mejor que yo en su libro Le sol, la terre et les champs. Traduzco aquí un párrafo de las páginas 177-178 del original: «Esta adaptación [de la uitis uinifera] se traduce por estadios de desarrollo adaptados al terruño. En los terruños septentrionales, las variedades florecen más tarde, lo que les permite escapar de las heladas; y su ciclo es corto, lo que les permite madurar antes de que lleguen las heladas de otoño. Al revés, en los terruños del sur, la vendimia tendrá lugar más tarde para aprovechar las noches frescas de octubre, que facilitan las maduraciones fenólicas».
Así pues, a nadie tiene que sorprender que las chardonnays de mayor calidad se den, por regla general, en terruños septentrionales, que son los que han modelado la cepa y su fruto a lo largo de cientos de años. Sin duda, estos son los de la Champaña, los de Chablis y los del centro y norte de la Borgoña (Auxerrois). Tampoco tendría que sorprender mucho que cuando esta uva es obligada a adaptarse a tierras y climas propios de ciclos vegetativos más largos (acompañados de mayor temperatura, sequedad y menos humedad, además de mayores diferencias térmicas entre el día y la noche), por mucho prestigio que conlleve su nombre, la fruta será necesariamente distinta a la septentrional. Tendrá quizá menos acidez, un grado alcohólico mayor y las propiedades aromáticas y gustativas de la fruta serán otras. En consecuencia, y para dar consistencia al vino, la vinificación tendrá que ser también distinta a la del norte y se adaptará a esas otras necesidades. Las fermentaciones en madera serán más intensas; para mantener la acidez inicial del vino, se buscará menos la fermentación maloláctica (la que convierte al ácido málico de las uvas en ácido láctico) y el envejecimiento y puesta a punto del vino en madera será, también, más prolongado. El producto final, además, será utilizado con frecuencia más que como vino monovarietal (aunque también, por supuesto), como complemento adecuado para los ensamblajes con uvas, normalmente más propias de la tierra donde la chardonnay ha sido adaptada. ¿Resultados? Ya sabéis el dicho: sobre gustos no hay que discutir porque cada cual tiene los suyos. Pero en este libro me he propuesto decir lo que pienso... Y confieso mi dificultad para encontrar una chardonnay monovarietal en el sur de Europa que me guste tanto como me gustan las del Auxerrois, Chablis, la Côte des Blancs de la Champaña o el Jura, todas ellas regiones del centro-norte de Francia.
La moscatel
He hablado también de la moscatel. Con ella sucede lo mismo que con la chardonnay, pero al revés. Es una uva que necesita calor, largas horas de insolación y el fresco de la noche como compensación. Sus mejores frutos son los que maduran tardíos en la planta o, incluso, aquellos que son secados al sol de septiembre y octubre, en la planta o tras la vendimia, con variados sistemas (sobre paja; colgados como si fueran embutido...). Los moscateles que más me gustan (hablo ahora de vinos no fortificados) son los de las tierras del sur de España y los de las islas italianas o griegas. Por el contrario, conozco pocos casos de grandes moscateles que vengan de viñedos septentrionales. En España, por supuesto, algún navarro. Existen también, pero todavía son más excepcionales en relación con su entorno natural, los que proceden de tierras más septentrionales todavía, como los del Mosela (en Alemania), donde precisamente el sol de ese sur (¡del alemán!) llega con mayor nitidez.
La pinot noir
También hay que saber que hay variedades de uva que son más camaleónicas que otras, que se adaptan mejor y con mayor rapidez a distintos climas y terruños, incluso de continente a continente. Y no hablo tanto de encontrar ese lugar que, a miles de kilómetros de distancia, reproduzca tipo de suelo, clima y condiciones, no. Hablo de cepas y de clones de estas que han viajado con mayor éxito que otras. Es el caso de la pinot noir y de la garnacha (ver el apartado siguiente).
La pinot noir es una de las uvas más internacionales que conozco. Es una uva de gran prestigio que nace y se hace en sus mejores condiciones en la Borgoña, cierto. Los grandes crus (viñedos con nombre propio en los municipios catalogados como de mejor calidad) son, en este sentido, casi imbatibles en cuanto a tipicidad, finura y características únicas de sus vinos; aunque esto es siempre que tengas la botella y la etiqueta delante... porque a la que empiezas a catar a ciegas, el edificio tiembla un poco, hay pinot noir muy buenas fuera de la Borgoña. Que yo sepa, no ha habido aquí ningún «Juicio de París» (a mí me gusta más llamarle «de Paris», por aquello del inicio de la guerra de Troya después de la más dura decisión: ¿a quién eliges como la más hermosa?), esa famosa cata a ciegas que organizó en mayo de 1976 Steven Spurrier en la capital francesa. En ella puso, frente a frente, a los cabernets sauvignon de California y a los ensamblajes con mayor presencia de esa uva procedentes de la zona de los grandes crus clasificados de Burdeos. Ganó un vino californiano... Creo que con la pinot noir no se ha hecho nunca una prueba parecida, pero en mi experiencia de cata cotidiana la he visto docenas de veces. Si alguien quiere sorprenderte, con frecuencia te pone una pinot noir a ciegas. Es una uva de aromas y sabores, coloración y tonalidad muy características, fragante y de suave extracción. Y gusta mucho. Casi todos nos sentimos cómodos con ella y no es raro que la calidad se encuentre, no solo en la Côte d’Or borgoñona, sino también en viñedos de la Patagonia argentina, de Nueva Zelanda o incluso de España.
Hace ya cierto tiempo, los implacables y muy experimentados catadores de Elmundovino (Premio Nacional de Gastronomía 2011) bebieron casi 20 pinot noirs españoles. No eran cualesquiera, sino tres de las personas que más saben aquí de esta variedad. Víctor de la Serna, Luis Gutiérrez e Ignacio Villalgordo cataron rigurosamente a ciegas el 12 de octubre de 2012 esas botellas y algunas de ellas salieron bien airosas en sus puntuaciones.2
La garnacha
La contrapareja meridional de la pinot noir podría ser la garnacha. Se trata de una variedad de uva muy popular, aunque algo infravalorada (no todos ven en ella la calidad y la finura que suele acompañar a otros vinos monovarietales de algunas de las zonas de producción de esta uva, por ejemplo los hechos con cariñena. Yo me confieso garnachero), presente en Aragón, en Cataluña y en el sur de Francia sobre todo. Es una cepa sobre la que hay que estar encima en el campo, pues es muy sensible al mildiu, al oídio y a la botritis (enfermedades producidas en la cepa por hongos parásitos). Digamos que eso la inhabilita bastante para viajar hacia el norte hiperbóreo, cierto. Algunas de las garnachas que más me gustan son del Priorat, la Terra Alta (la última edición del concurso más importante de garnachas, «Grenaches du Monde», se ha celebrado en Gandesa en abril de 2018), La Rioja y Calatayud, donde esta cepa es fuerte y se cultiva desde hace muchos años. Pero confieso que he probado, en los últimos años, garnachas muy interesantes del centro-norte de España, de la sierra de Gredos y de Ávila. Y proclamo que una de las garnachas que más me ha impactado últimamente es la de Ron Laughton, en Jasper Hill, ¡Australia!
Uvas poco viajeras
Hay un tercer grupo de variedades de uva, en mi opinión. Son aquellas que han nacido en una zona concreta y, sean mayoritarias o minoritarias, poco se han movido de ellas. Uvas que no se entienden fuera de ese contexto, por mucho que alguno se empeñe en plantarlas en otras partes. Hablo de cepas como la teroldego o la foja tonda en la Lombardía y el Piamonte italianos; de la nebbiolo en el Piamonte; de la palomino fino en Jerez (aunque fuera grande su presencia en Galicia y en el Bierzo, por ejemplo, y en las Canarias); del trepat en la Conca de Barberà; del brancellao, sousón o caíño en Galicia (el bastardo o trousseau, parece que también está en el Jura, ¿no?); de la groilleau en Loire; de la petite arvine en el Valais suizo; de la furmint en los Balcanes; de la grüner Veltliner en Austria. Y un larguísimo etcétera que se nos comería el resto del capítulo.
No se debe derivar de cuanto acabo de decir, y lo afirmo con toda claridad para que nadie manipule después mis palabras, que defiendo una postura política mezclada con aquello que los vinos me dicen. En absoluto. Cada tierra tiene sus cepas y lo normal es que las que han evolucionado en ella a lo largo de mucho tiempo den mejores frutos y, por lo tanto, vinos, que las que han llegado de lejos y necesitan adaptarse. No se trata de defender el chauvinismo vitivinícola. Se trata de defender la calidad. Por lo menos, esa es mi intención. Y a mí me da mayor calidad y placer una chardonnay septentrional que una meridional, como me da mayor placer una cariñena meridional que una septentrional (si la hubiera, que no la conozco...).
A cada tierra una uva
Yo no defiendo a ultranza que en un terruño determinado solo se cultiven y vinifiquen las cepas más propias del lugar. Defiendo que se hagan las que ofrezcan mejor la tipicidad y características de esa tierra, y den un mejor vino, claro. Aunque aquí ya entramos con la mano del ser humano y sus habilidades y capacidades... Si entre estas se da alguna cepa viajera, que se ha adaptado de maravilla, me parecerá tan bien consumir el vino que dé como consumiría el de cualquier variedad más local. Sirva un ejemplo que suelo poner con frecuencia: en la Denominació d’Origen Qualificada (DOQ) Priorat se dan muy bien, por historia, tradición y adaptación, la garnacha y la cariñena. Propia del Priorat, nacida allí, no lo es ninguna de las dos. Pero son las más características de la zona, tanto en monovarietal como en ensamblaje (más habitual). Pues bien: una de las mejores cabernet sauvignon que yo conozco y he bebido se da, también, en el Priorat: en la finca La Planeta, de Pasanau Germans, plantada por Ricard Pasanau a los pies del macizo del Montsant, a más de 700 metros de altitud. ¿Casualidad? No. Pasanau sabía perfectamente que, aunque con un clima y altitud bien distintas, el suelo de su viñedo era muy parecido al de Graves (en Burdeos), zona donde se hacen algunas de las mejores cabernet sauvignon del mundo. ¿Es una excepción? Sí, pero es un vino atractivo y no dejaré de beberlo.
DEFINICIÓN DE TERRUÑO
No hay secretos aquí. Se trata del «terruño», amigo. Uno de los temas sobre los que más y peor se ha escrito en los últimos años en el mundo del vino, manoseado, manipulado y tergiversado por la sencilla razón de que se utiliza como «sinónimo» de calidad. Nada que ver con la realidad porque, en primer lugar, los vinos de un terruño X, Y o Z pueden ser muy buenos, no tan buenos o, directamente, malos (a veces en el margen que va de una hilera de cepas a la siguiente), y eso siempre acabará dependiendo de quién trabaje esa tierra y de cómo haga su vino.
Según los diccionarios
Lo importante, pues, es proponer una definición precisa y completa de qué es terruño y de cómo propongo entender lo que se esconde tras esta palabra. ¡La palabra! ¿Qué nos dicen los diccionarios de ella? El de la Real Academia de la Lengua define «terruño» como «1. m. terrón ( masa de tierra compacta). 2. m. Comarca o tierra, especialmente el país natal. 3. m. coloq. terreno ( sitio o espacio de tierra)». Aunque a los señores académicos les guste mucho el vino, demasiada atención a la definición de la palabra en el ámbito vinícola no han puesto...
En el Diccionari de l’Institut d’Estudis Catalans, las acepciones para terrer («terruño») no van mucho más allá: se habla de trozo de suelo más o menos pisado, del lugar del que se extrae la tierra para hacer cerámica, del trabajo de las hormigas... De viñedos, ni asomo. La tradición y la historia de la viticultura, como podéis comprobar, tienen poco peso en la lexicografía hispana.
Veamos qué pasa en Francia... Mi diccionario de referencia es el Petit Robert, que consulto en su edición de 2006. Palabra «terroir»: «1. Étendue limitée de terre considerée du point de vue de ses aptitudes agricoles... SPECIALT. Sol apte à la culture d’un vin... 2. Région rurale, provinciale, considerée comme influant sur ses habitants». Mucho mejor, ¿verdad? Ya la primera acepción da en el clavo: «superficie limitada de tierra considerada desde el punto de vista de sus aptitudes agrícolas», y añade un uso de la palabra más técnico, especializado: «tierra adecuada para la elaboración de un vino». Nota, por favor, la dificultad que tengo para traducir culture por «cultura». Sería lo más fácil, sin duda, pero no existe esa tradición en español: «cultura» es palabra que no se suele usar ya para hablar de la tierra o del vino. Recuerda lo que comentaba en la introducción de este libro sobre la palabra «cultura», que es clave para entender qué tipo de relación quiero establecer con el vino. Esta es la gran diferencia entre un país que tiene una tradición de cientos de años en el mundo del vino (Francia) y otro, el nuestro, que se ha puesto en serio a trabajar en el asunto hace apenas cincuenta años. Por supuesto, con honrosas e históricas excepciones, como son las del Marco de Jerez y La Rioja, y algunas otras trazas de cierta discontinuidad, como ha sucedido con el Priorat, por ejemplo, o en Ribeiro.
Miremos, pues, hacia Francia y veamos qué se entiende allí por terroir. La palabra tiene un origen francés, es obvio, y una difícil traducción a otras lenguas. Hemos convenido, aunque solo sea por el uso frecuente, que la palabra se puede traducir por «terruño» en español, y por «terrer», en catalán. Y la mejor y más completa definición de la palabra en francés es la que dan los mencionados Bourguignon, cuyo libro (Le sol, la terre et les champs) tomo como guía.
¿Se pueden plantar cepas en cualquier terruño?
Un terruño es, por supuesto, una superficie limitada de tierra de uso agrícola, que aquí nos interesa por su relación con el cultivo de la vid, pero cuyas características no tienen por qué ser las mismas si lo que se quiere es sembrar cereal para hacer harina de la que se elabore pan; o cereal para usar en la producción de cerveza; u otros vegetales para alimentar ganado que usaremos para hacer embutido; o para alimentar ganado de cuya leche vayamos a hacer queso. Esta es una gran lección de la historia agrícola de las zonas que mejor conozco, pero que los que plantaron cepas en la contemporaneidad no atendieron siempre: allí donde generaciones de agricultores han plantado cereal, no plantes cepas. Probablemente no funcionarán. O no lo harán tan bien como debieran. No todas las tierras sirven para todo. Por supuesto, hay excepciones. Las hemos visto en el vídeo que os citaba antes de 4Kilos Vinícola: los payeses del sudeste mallorquín saben muy bien que la tierra llamada call vermell es tan buena para las ovejas y su leche como para las cepas y sus uvas.
Terruño es, además, una conjunción de condiciones climáticas, topográficas y geológicas que no se puede entender, claro, sin la influencia del ser humano a través de su relación con esa superficie concreta de tierra. Si un terruño determinado no ha cambiado de coordenadas, su geología debiera ser la misma, aunque el clima, se diga lo que se diga, sí ha empezado a cambiar. Pero lo que hace más característico a un terruño es que hay personas que lo modelan, que lo observan, que trabajan con él y, hasta hace bien poco, lo adaptaban a sus necesidades. Las cosas están cambiando y este libro, aunque en una expresión mínima, también quiere contribuir a ello.
Antes se obligaba a la tierra a escuchar. Ahora la gente está empezando a entender que el proceso es el contrario: es la tierra la que nos habla y nosotros tenemos que callar más, mirar y entender. Después, cuando haga falta y sea necesario, hay que actuar.
La importancia del clima
He hablado un poco del clima cuando describía las características de algunas variedades de uva en función del territorio en el que han nacido y se han desarrollado. La uitis uinifera se ha adaptado a muy diferentes climas y ha dado paso a evoluciones marcadamente distintas, aunque siempre se trate de la misma planta: las uvas que lo han hecho en un clima frío no son ni saben igual que las que lo han hecho en un clima cálido. A pesar de ello, todas necesitan algunas cosas comunes: la sintonía de su ciclo vegetativo con el ciclo de las heladas y la llegada de las temperaturas más templadas a su zona; la necesidad de una cierta cantidad de agua (ni demasiada ni muy escasa); la presencia de inicios de verano con un clima más cálido que permita un buen envero (el cambio de color en la piel de la uva), y más calor, después, para la maduración de la fruta; y unas semanas previas a la vendimia, con días cálidos todavía y noches más frescas, que den origen a una buena presencia de azúcares en la uva y a su correcta maduración fenólica. Si no hay azúcares en cantidad suficiente, tienen que añadirse (lo cual está prohibido en muchas zonas vinícolas del mundo) o no habrá posibilidad de que se dé una fermentación alcohólica completa porque no hay suficiente materia que transformar.
El cambio climático ha llegado también a los viñedos del mundo, pero no es cierto que perjudique a todas las zonas vitivinícolas por igual. Hay que matizar: en muchos casos, lo que el cambio climático está provocando es una ampliación de las zonas propicias para el cultivo de la vid. Hace treinta años era muy difícil encontrar cepas y vinos de calidad en Inglaterra. Hacía demasiado frío... Hoy, ya podemos beber buenos métodos tradicionales espumosos de Kent o Surrey. En otros casos, el cambio climático está provocando que zonas que hace muchos siglos habían tenido cepas y producido vino, y ahora estaban abandonadas, hayan visto repobladas sus laderas y renacidas algunas bodegas. El ejemplo que mejor conozco es el del Pirineo catalán, donde ya los monjes del siglo XII habían construido lagares excavados directamente en la piedra en los que vinificaban sus uvas. Y donde, ahora mismo, enólogos de prestigio buscan unas temperaturas y una frescura que solo la altura de las montañas puede darles. Es el caso de la bodega Castell d’Encús, en Talarn (DO Costers del Segre), con Raül Bobet a la cabeza.
Por otra parte, las zonas que se encuentran más al sur de los territorios templados sí están sufriendo sequías más persistentes y cambios «sospechosos» en el régimen de lluvias (cantidades y momentos en que caen). Conozco más o menos bien el Mediterráneo, que me es más cercano (desde el Empordà hasta Alicante), y aquí sabemos que nuestro clima es propenso a esta variedad de matices y de toboganes meteóricos. Pero la tendencia estadística parece ser la de un aumento de las temperaturas medias, la de una menor precipitación de lluvia y, por lo tanto, la de un acortamiento de los ciclos vegetativos de las cepas.
De mi experiencia en los últimos veinte años, parece claro que, en términos generales, las vendimias en el sur mediterráneo están llegando un poco antes. Puesto que el daño que la actividad humana provoca en el clima no puede ser modulado ni manipulado por el agricultor (aunque en su trabajo diario puede hacer cosas que contribuyan a un impacto menor de su presencia), y estamos en manos de grandes acuerdos sobre emisiones de gases que los países son incapaces de cumplir, la única propuesta razonable es la de adaptar el cultivo a aquello que se nos viene encima. Por supuesto, una de las formas es la que he apuntado: irse a zonas más frescas para seguir haciendo lo mismo pero sin los estragos de la sequía y las temperaturas extremas.
Pero la emigración no suele ser solución para el común de una población. Y no es menos cierto que la vitivinicultura de alta montaña tampoco es un chollo: plantea graves problemas contra los que hay que luchar, entre ellos los de las tormentas y el granizo, los de los animales salvajes que hay que controlar (ciervos, corzos, etc.) y, también, los de las temperaturas extremas ciertos días del verano vinculadas a una relación distinta de las plantas y su masa foliar con la luz del sol. Por eso, y desde la experiencia de algunos amigos viticultores (cuyas bodegas saldrán en la segunda parte del libro), describiré más adelante algunos métodos de cultivo que permiten afrontar el cambio climático con una perspectiva algo más optimista y con herramientas y decisiones que dependen algo más de uno mismo y no tanto de san Pedro y el cielo...
Tipos de suelo
En cuanto a los tipos de suelo, algo se ha apuntado antes, pero conviene resaltar que no todos los suelos sirven para hacer buenos vinos. Los Bourguignon, de cuyo libro hablaba hace un momento, destacan que las rocas metamórficas representan en nuestro planeta el 90% del total. Y de este 90%, el 75% son esquistos y el 15% es granito. Las rocas volcánicas suman otro 3% al total y las rocas sedimentarias son el 7% restante. Estas últimas son las que se encuentran bajo las primeras cepas de uitis uinifera que nacieron en el Cáucaso. Y de ese 7% del total, un 80% lo representan las rocas sedimentarias calcáreas. Los que hemos tenido la suerte de ir bebiendo vinos de todas las zonas vinícolas importantes del mundo sabemos que hay grandes vinos que proceden de suelos de esquisto, menos que se alimenten de suelos volcánicos, aún menos que crezcan en suelos de granito y, sin duda, muchos que se han desarrollado en suelos de tipo calcáreo.
Los grandes vinos, tanto tintos como blancos, que han forjado la tradición vínica de Francia, Italia y Alemania (que nos llevan unos pocos siglos de adelanto, si exceptuamos nuestro Marco de Jerez, donde la tierra albariza, puro suelo calcáreo, es la reina; y La Rioja, donde hay mayor dispersión geomórfica) nacen, sobre todo, de distintas marnas calcáreas (Borgoña, Barolo, Barbaresco, Chablis, Champaña) o de esquistos (los rieslings del Mosela o de las zonas del Rin, Rheingau o Rheinhessen; o los renacidos priorats y montsants de la DOQ Priorat y la DO Montsant).
La química de los suelos también es importante para la definición de un terruño. Entramos en un terreno más espinoso y en el que, como ahora ya sabes, no puedo ni debo considerarme un especialista. Pero quiero dar mi opinión y mostrar qué me dice mi «nariz». Me parece lógico pensar que cada tipo de roca, en función de su composición, libera al suelo en el que se encuentra unos elementos u otros. Los análisis de los especialistas así lo confirman: el suelo calcáreo de la Borgoña es rico en manganeso, mientras que el granítico de Lantinié lo es en bario y flúor, y el de Broully, en cinc y cobre, según nos explican los Bourguignon. Es cierto: no se ha demostrado científicamente (como con tantas otras cosas en enología) que la composición mineral de un terruño concreto influya en el sabor de un vino. Las raíces de la planta absorben su alimento (por supuesto, hay otros elementos que influyen, como las micorrizas) de ese suelo y lo transmiten a través de la savia a todo el organismo vivo, que es la cepa, desde lo más profundo de la raíz hasta la hoja más alta. Y, en mi opinión, ese alimento tiene que llegar de alguna manera al fruto de la planta, que es la uva.
La fotosíntesis juega otro papel fundamental en los sabores, estoy seguro. Pero... ¡también es cierto!: nadie ha demostrado científicamente que las moléculas aromáticas que nos transmiten a qué huele un vino en la copa estén relacionadas con los oligoelementos que se encuentran en los minerales del suelo. Y a pesar de todo, ¿quién puede negar que dos uvas nacidas de dos cepas cuyo origen es un mismo «padre», si están plantadas en terruños geológicamente distintos, saben distinto? Por supuesto, se puede alegar que los sistemas de vinificación no son siempre iguales y que ello produce sabores distintos en un vino. No digo que no. Pero sigo pensando que una misma pinot noir de la misma madera, del mismo tipo de cepa (de clon), plantado en la Borgoña o en las Rías Baixas tiene sabores esencialmente parecidos, pero al mismo tiempo muestra diferencias de matiz, organolépticas, es decir, tiene moléculas aromáticas distintas que hacen que, a simple golpe de nariz, digamos «son distintos, proceden de tierras distintas». Eso es, también, terruño. Y dos suelos químicamente distintos, tienen que aportar a los vinos que proceden de ellos sabores y aromas, en esencia, distintos.
Aunque las moléculas aromáticas no contengan los oligoelementos del suelo (sabemos que una molécula aromática no tiene manganeso), son sintetizadas por enzimas, que son proteínas con un cofactor metálico (Bourguignon). Una garnacha del Priorat sabe también al terruño en que está plantada. Y no es lo mismo si lo está en un suelo de gravas y cantos rodados de lecho de río a 700 metros de altitud o en uno de llicorella (esquisto) compactada a 400 metros. Tampoco es lo mismo si sus raíces se hunden 50 centímetros en la tierra hasta encontrar la roca madre o si lo hacen a 20 centímetros. Los vinos no saben igual, aunque la fruta sea la misma. Y eso forma parte, igualmente, del terruño.
Creo que algún día se demostrará, gracias al avance en los estudios sobre la fisiología de las cepas, que estas son capaces de asimilar los minerales del suelo que las alimenta en parte y, por lo tanto, capaces también de transformar los nutrientes de esos suelos en moléculas aromáticas que, con muchas otras moléculas procedentes de otras fuentes, acaban conformando un buqué, es decir, el conjunto de aromas de un vino. Es cierto que la última investigación científica que conozco (la tesis doctoral de la doctora Elvira Zaldívar dirigida por el doctor Antonio Palacios en la Universidad de la Rioja y defendida el 30 de junio de 2017, Caracterización químico-sensorial en vinos blancos y tintos del atributo mineralidad) concluye: «los resultados obtenidos muestran que la relación entre la composición química de los vinos y la identificación como mineral en cata no tiene un vínculo directo asociado a los minerales que componen el suelo del viñedo». Podríamos deducir, pues, de esta conclusión que no se puede probar científicamente por qué una misma garnacha tinta vinificada de forma parecida en una misma cosecha pero procedente de tres tipos de suelo distinto (en el Priorat, por ejemplo: más adelante hablo del caso de Scala Dei) huele y sabe de forma diferenciada. No podemos explicarlo a través del modelo que plantean los doctores Palacios (director de la tesis) y Zaldívar, cierto. Pero a pesar de todo, las tres garnachas saben distinto… Me viene a la cabeza la famosa frase atribuida a Galileo cuando se le obligó a abjurar de su visión heliocéntrica ante la Santa Inquisión: «eppur si muove», «a pesar de todo, se mueve», contestó. Dijeran lo que dijeran los jueces, la tierra se movía alrededor del Sol. O lo que es lo mismo, a pesar de todos los pesares y, claro, en mi experiencia personal de bebedor, esas tres garnachas saben y huelen distinto. Y podría poner algunos otros ejemplos... ¿Será porqué uno de los factores más distintivo en un vino es la composición del suelo que alimenta a la planta? Como muy bien apunta la doctora Zaldívar, existen otros elementos que influyen en el sabor y aromas que podemos, organolépticamente, percibir: compuestos químicos volátiles procedentes de las fermentaciones, las levaduras y las bacterias que intervienen en ellas; moléculas de olor que el viento o las circunstancias medioambientales llevan al hollejo que fermentará: ¡las uvas, por ejemplo, que proceden de viñedos cercanos a incendios antes de la vendimia huelen a barrica de roble francés de tostado medio plus!; trasiegas y embotellados; máquinas y productos químicos exógenos que se combinan de formas muy variadas, etc. Y otro factor clave que, se mire como se mire, es una de las patas fundamentales en que se basa este apasionante estudio: el ser humano que huele, mira, bebe y percibe cosas a través de miles de inputs distintos. Hoy en día tenemos que concluir (la ciencia es la ciencia y hay que respetarla en todos sus procedimientos, también los que algún día nos lleven a la revisión de lo demostrado) que no existe una correlación entre la composición química del suelo de un viñedo y la de un vino que se hace con su uva; que los minerales que se encuentran en ese vino están muy escasamente representados en ese suelo; y que la percepción sensorial de «mineralidad» que percibimos y describimos los bebedores poco tiene que ver con la realidad mineral de ese suelo. Hay que admitirlo junto con el resto de conclusiones que expone la doctora Zaldívar, que muestran que esa percepción llega a un bebedor a través de otros muchos factores, fisicoquímicos, ambientales, de trabajo en bodega, culturales, psicológicos e, incluso, grupales (cuando el bebedor actúa en una cata grupal y dirigida para obtener unos u otros resultados) antes que a la relación del suelo con la cepa y la uva a las que alimenta. Soy de los que cree (así me lo enseñaron mis maestros) que jamás se tiene que pedir a una tesis doctoral que hable de aquello que no formaba parte de su plan de trabajo. Pero las conclusiones finales de la doctora Zaldívar, en las que habla de qué hacer para potenciar la mineralidad en los vinos (ese parecer ser el objetivo porque la mineralidad se asocia a calidad) a partir del momento de la vendimia y en la bodega, se quedan justo al borde de la frontera que hay que cruzar, que apuntaba ya antes y que está en los estudios de Mancuso (podrás encontrar un apunte de ellos en la bibliografía final): la respuesta no está aquí, en el trabajo de laboratorio y bodega, sino en saber mejor qué sucede a nivel de fisiología vegetal, entre las raíces de la cepa, su estructura «corporal» y la expresión de la relación entre el suelo, la madera de la planta, las hojas y la luz de la vid. Esa expresión se llama uva. Porque a pesar de todo, las tres garnachas, procedentes de tres suelos distintos en una misma cosecha pero bebidas antes del proceso de vinificación final, que sin duda distorsiona y aporta otro tipo de elementos a la reflexión, saben y huelen distinto. Con un añadido final: la garnacha que, en mi opinión, huele y sabe más fielmente a aquello que yo siento y percibo cuando estoy en el viñedo (junto a la ermita de Sant Antoni, en Escaladei), es la que se trabaja de forma más respetuosa con la tradición de la zona. Y sí: yo soy de los que huelen y lamen plantas, suelos y minerales. Aunque me aseguran que estos últimos no saben a nada…
Cultivo en pendiente
No menos importante, y también relacionado con el suelo, es dónde se encuentran las plantas. Es evidente que cepas y vino se pueden dar casi en cualquier parte del mundo, pero si buscamos calidad y condiciones naturales óptimas, la conclusión es sencilla: tampoco todo vale. Si pienso en la mayoría (hablo siempre de tendencias) de vinos que más me gustan, una característica común los une: los viñedos en los que nacen se encuentran, bien en colinas, bien en montes con buenas pendientes. Aquí generalizar es especialmente peligroso y enseguida os propondré algún contraejemplo. ¡Me gusta ser mi propio «abogado del diablo»! Pero por dar algunos nombres: los grandes priorats nacen en lo que en la comarca llamamos costers, laderas con una pendiente pronunciada que permiten un buen drenaje de la lluvia que cae (poca y bastante desigual en los últimos años) y, así, un aprovechamiento mayor del sol, del que la planta se beneficia más y mejor en los suelos bien drenados antes que en los suelos húmedos y encharcados. Los grandes rieslings proceden también de suelos en pendientes muy parecidas. En estos terrenos se prefigura aquello que en la Ribeira Sacra (otra zona de privilegio) se llama viticultura heroica: cualquier trabajo en estos viñedos supone la presencia inexcusable del ser humano y el uso de poca o nula maquinaria. Es en este tipo de laderas donde la naturaleza suele hablar con mayor claridad por la sencilla razón de que se la deja más tranquila.
Algo parecido, aunque sobre laderas más suaves, pero buenas laderas al fin y al cabo, sucede con los vinos de la Champaña, la Borgoña, el Chablis, el Bierzo, la sierra de Gredos, algunas zonas de La Rioja y un larguísimo etcétera.
Sobre la orientación habitual de estas laderas de preferencia no creo que se pueda, tampoco, generalizar, al menos yo no me atrevo. Los Bourguignon hablan de que la que más se aprovecha es la orientación sudeste, pero eso sirve y es bueno solo para los ejemplos de viñedos más septentrionales y para tipos de uva de ciclo vegetativo más largo que necesitan más horas de sol cuando ya hace un buen frío por las noches (en Francia, Austria, Alemania, Suiza). La realidad es que eso depende de la zona donde esté esa pendiente, del régimen de vientos que tenga (tema clave en no pocas zonas de viñedos y vinos de gran prestigio como, por poner un caso, demostró mi amigo Juancho Asenjo para Brunello di Montalcino) y, lo más importante, del tipo de uva de que se trate. Por mucha ladera que tengas con la deseada orientación sudeste, si tu zona y tu uva necesitan más frescor para madurar más lentamente, busca una orientación noroeste. Porque viñedos que estén orientados al sur y tengan, además, una parte de sus cepas mirando al este y otra parte, más fresca, mirando al oeste, hay pocos. Quienes los tienen saben lo afortunados que son: a la hora de vendimiar, siempre lo harán en función del mejor momento de la uva en cada orientación y aquello que una añada cálida quizá comprometa en cuanto a calidad, la parte fresca del viñedo puede compensarlo.
Viñedos en llano
Ya avanzaba que ejemplos de grandes vinos nacidos de viñedos en llano también los hay. Pero habrá que conocer bien las características de la uva y qué necesita realmente para no hacer tonterías. Que algunos de los mejores albariños nacen en llanura cercana al mar, está claro (en la zona de Castrelo-Cambados). Pero no se te ocurra plantar allí cabernet sauvignon, por ejemplo... Algunos de los mejores tintos franceses proceden de Châteauneuf-du-Pape y los que más me gustan nacen de viñedos en llano también (Château Rayas). Y en La Rioja sucede lo mismo. Y en Graves (Burdeos). Y en otros sitios, aunque quizá la lista no sea tan larga como para las laderas y las pendientes.
El hombre, su peor enemigo
Nos falta un último elemento para definir al terruño. Hemos repasado la importancia del clima, la del tipo de suelo (con sus elementos minerales) y la de la orientación e inclinación del lugar donde se encuentra el viñedo. Falta algo sin lo que no se puede entender todo lo anterior y que, por suerte o por desgracia, ha modificado por completo el mapa de los elementos naturales que acabo de describir: la presencia e influencia del hombre a través de su trabajo en una superficie concreta de tierra.
Plauto fue un escritor de comedias, a caballo de los siglos III y II a.C., en Roma, que supo retratar como pocos las grandezas y miserias del ser humano. Un fragmento de su comedia Asinaria se popularizó en el siglo XVII (Thomas Hobbes) y nos ayuda, hoy, a describir con precisión lo que el hombre ha hecho en su relación con el viñedo en los últimos cincuenta años: lupus est homo homini, «el hombre es un lobo para el hombre», es decir, el hombre puede llegar a ser su peor enemigo.
Cuando la industria química entró en el mundo del vino, los tres pilares sobre los que se había asentado la vinicultura tradicional se vinieron abajo: el azufre (natural), el oxígeno (natural, por supuesto) y la madera (natural, claro está, aunque necesariamente trabajada de forma artesana). Cada problema (entre mil comillas, por favor) que surgía en el campo y que, antes, la propia naturaleza ayudaba a resolver, tenía ahora una respuesta química. El hombre la aplicaba y el suelo iba empobreciéndose y perdiendo la vida que le había sido propia. Más se empobrecía el suelo, menos nutrientes naturales tenía la cepa. Así es. Y esa actuación, provocada por la acción del hombre, no encontraba otra respuesta que la del abono químico y sintético, creado por otros hombres: si el suelo no me da lo que mi cepa necesita (¡pero no lo daba porque lo habían matado!), se lo doy yo. Así se completó la muerte de un buen número de terruños, cuya mayor virtud era, ni más ni menos, la de ser distintos los unos de los otros. Más importante: ofrecían vinos que eran distinguibles los unos de los otros. El ser humano, de nuevo, se estaba convirtiendo en su peor enemigo porque estaba destruyendo aquello que es su mejor aliado para hacer un buen vino: la calidad natural de su tierra.
Sin duda, la acción directa del hombre y sus decisiones pueden cambiar de forma radical, y no precisamente para bien, las características que un terruño había sabido transmitir a la botella. Un suelo homogeneizado por la química, un vino desnaturalizado por sistemas de vinificación similares en todo el planeta, acaba produciendo botellas que, aunque procedan de distintas partes del mundo, somos ya incapaces de distinguir las unas de las otras.
El ejemplo de Scala Dei
Te voy a explicar un caso concreto que pude conocer de primera mano en una cata histórica que tuvo lugar en diciembre de 2012 en Barcelona. El enólogo de la bodega Cellers de Scala Dei, DOQ Priorat, Ricard Rofes, convocó a profesionales y algunos aficionados amigos (ahí estaba yo) a una cata vertical de su vino emblemático, el Cartoixa Scala Dei. Nos proponía catar los mismos vinos pero en distintas añadas. No era una vertical cualquiera, porque esa bodega fue una de las primeras en embotellar con etiqueta propia en la, por aquel entonces, DO Priorat. Antes, los vinos se vendían a través de las cooperativas en botellas o a granel, o iban directos a la exportación, para mejorar la calidad de los vinos con los que se iban a ensamblar (sobre todo, en Burdeos). Cartoixa Scala Dei 1974 (fíjate si es reciente esta parte de nuestra tradición vinícola) es una de las primeras botellas etiquetadas, numeradas y comercializadas en el Priorat.
Fue una cata histórica porque de alguno de los vinos probados, la bodega no tiene ya ninguna botella... Las añadas 1974-1975-1976 se probaron en primer lugar. Las de 1978-1982-1991, a continuación. Y las garnachas de finca (léase terruño) 2010, Artigots, Sant Antoni y La Creueta para el final. Te cuento esto porque es un buen ejemplo conscientemente explicado por Ricard Rofes, de cómo las decisiones de las personas que hacen el vino pueden modificar por completo la percepción en botella de tres terruños concretos. Creo, además, que abunda en las conclusiones de la tesis de la doctora Zaldívar que, sin duda, demuestran cómo el trabajo en bodega y, en el futuro, en laboratorio, modifican la «mineralidad» de un vino. A mí lo que me interesa, a estas alturas, es que alguien se interrogue, analítica y sensorialmente hablando, sobre la presencia de los minerales del suelo en los mostos de un mismo tipo de uva plantada en terruños distintos de una misma zona. Antes de la vinificación, claro.
Pero volvamos a la cata: los vinos 74-75-76, y si me apuráis 78, eran vinos que, en copa, además de estar perfectamente conservados y mostrarse íntegros, tenían características comunes. La fruta, mayoritariamente garnacha, procedía de los viñedos (tres terruños distintos por morfología de su suelo y altitud) de Artigots, Sant Antoni y La Creueta (y de otros, por supuesto, porque estos no dejan de ser pequeños), aunque en esa época jamás se identificaban nombres en la etiqueta. Esos vinos habían sido hechos tal y como se hacían los vinos en el Priorat tras la guerra civil, pisados con el raspón entero, fermentados en lagares de cemento y criados en grandes tinos de madera (por lo menos, que se tenga constancia documentada, de 25.000 litros). No era por casualidad, por supuesto: la garnacha era, y es, una variedad poco tánica. Si el vinicultor quería hacer un vino que sobreviviera algún tiempo, necesitaba aumentar esa tanicidad. Y en una época en la que (¡por suerte!) la industria química todavía no daba respuesta a ese «problema», la solución era la más natural posible: si la estructura del racimo había madurado bien, el tanino lo aportaba la madera del raspón. Los racimos iban enteros a la confección del mosto, se rompía la uva (no había maceración carbónica tal y como la entendemos hoy) y la fermentación empezaba con ellos bien presentes. Las fermentaciones, además, se realizaban a temperatura ambiente. El raspón facilitaba por otro lado que el grado alcohólico fuera, al final, algo menor, y que el prensado y filtrado del vino fuera más fluido y, por lo tanto, diera mayor rendimiento en mosto. La conservación en grandes tinos de madera permitía que la polimerización en el vino fuera más intensa y, por lo tanto, viviera más y mejor. Cuanto más larga es la cadena de polímeros (el vino empieza su vida con moléculas de bajo peso que, en el proceso de crianza, se van agrupando dando paso a moléculas de mayor peso que hacen que sobreviva más años y en mejores condiciones: eso es la polimerización), mejor para la conservación del vino. El vino resultante, al final de ese proceso, era un vino más fino y que soportaba mejor el paso de los años. Exactamente así salieron los vinos del 74 al 78. La persona que tomaba las decisiones conocía las características de su fruta, sabía qué había que darle en ese territorio. Y lo hacía.
A partir de finales de la década de 1970 y principios de 1980, llega la moda bordelesa al Priorat bajo la forma de uvas hasta ese momento casi desconocidas en la comarca (cabernet sauvignon, sobre todo y, después, petit verdot y merlot; más adelante llegaría la syrah del Ródano), con un proceso de vinificación también distinto, que «olvidó» aquello que se había estado haciendo en la zona, insisto, no por capricho o casualidad... Se empezó con la selección de la uva, por una parte, y con la eliminación del raspón, por la otra. Este deja de formar parte del proceso de vinificación. En la década de 1980 se buscan mayores extracciones durante la fermentación, para intentar conseguir esos polifenoles que la garnacha daba de forma limitada. En los ensamblajes también hay mayor presencia de las uvas «francesas». Las fermentaciones son a temperatura controlada y las barricas para el envejecimiento pasan a ser las bordelesas de 225 litros, con abundancia de madera nueva y tostados medios o medios elevados. ¿Resultado concreto y práctico en este caso que os cuento? Los vinos que probamos de los años 1982 y 1991 eran claramente inferiores a los más viejos. Habían sobrevivido peor, estaban sucios, con acideces volátiles (ácido acético) altas. Y no era una cuestión solo de añada, por supuesto. Era una cuestión de cómo el hombre había reinterpretado las características de su terruño: con unas claves y unos parámetros que eran propios de otras tierras y para otras uvas. Vinos que no han sobrevivido bien el paso de los años, vinos con alteraciones bacterianas (malos sabores y olores). Vinos desnaturalizados.
En los últimos años, Ricard entra en Cellers de Scala Dei. Buen conocedor de cómo se hacía la vinificación de las primeras botellas de la bodega, constata una realidad que impacta: puede llegar a tener a su disposición las mismas garnachas de los tres viñedos con los que fueron hechos los vinos de 1974. Los tres viñedos siguen ahí. Y decide algo arriesgado, pero que está dando unos resultados espectaculares, además de emocionantes: en la añada 2010 (más fresca que 2009 y muy apta para hacer buenas cosas con la garnacha), decide vinificar por separado y con tres sistemas distintos cada uno de los viñedos. Insisto: donde escribo «viñedo», lee terruño, por favor, porque aunque se trate en los tres casos de la misma garnacha, los tres están a distintas alturas sobre el nivel del mar y los tres tienen una composición geológica distinta.
Fue emocionante comprobar que el viñedo cercano a la ermita de Sant Antoni, vinificado con un 80% de raspón, fermentado en lagar y envejecido en barricas de segundo año (el siguiente paso serán ya las maderas de mayor capacidad), tenía unas características (con la evidente juventud, por supuesto) muy parecidas a los vinos del 76 y del 78 sobre todo. ¿Qué cambió? La presencia y las decisiones de una persona nueva fueron claves para devolver la identidad y, muy probablemente, la longevidad a los vinos de unos terruños concretos que, en una fase intermedia (la bordelesa), habían perdido por completo su «norte». El factor humano, también cuando hablamos de terruño, es clave para entender qué sucede en los vinos que bebemos.
Terruño significa complejidad
Una conclusión se hace necesaria para terminar este apartado. La noción de terruño ha sido banalizada en los últimos años de forma grosera y casi dramática. Ha sido semánticamente vaciada de contenido. Todo parece ser ahora «vino de terruño». Se le ha arrancado, con ejemplos concretos y múltiples, el valor que en mi opinión tiene. Y ese valor es el de la complejidad. Un terruño no puede ser definido solo por unas coordenadas geográficas, o por un clima, o por un tipo de uva, o por este o aquel tipo de suelo, o por quién hace vino en él. O porque alguien lo diga...
La percepción de que existe un vino de terruño nace de la suma, siempre variable, distinta y perceptible en cada añada, de todos estos elementos juntos. Esa es la enorme riqueza del concepto, la suma compleja de todos los elementos descritos, que nunca van a reaccionar de la misma manera ante las circunstancias que, año tras año, la naturaleza le plantee. Monotonía industrial frente a polisemia artesanal. Ese es el concepto.
BIODINÁMICA EN EL VIÑEDO Y EN LA BODEGA
En mi casa bebemos vinos espumosos de Recaredo (DO Cava) desde hace cuatro generaciones. Quien empezó fue mi padre allá por el año 1973, pero su padre, mi abuelo, todavía vivía y, por supuesto, bebía. Yo empecé a brindar incluso un poco antes del 73 y mis hijos han bebido ya este cava que es, para mí, el mejor ejemplo de lo que representa la conversión de una bodega tradicional al cultivo biodinámico. Recaredo va ya por la tercera generación de vitivinicultores dedicados a la elaboración de vino espumoso siguiendo el método tradicional, «champenoise» (segunda fermentación en botella). Y la cuarta generación está ya creciendo para tomar, espero, algún día el relevo. Tienen sus viñedos plantados con las variedades más habituales en la DO Cava, xarel·lo, parellada y macabeo, en los alrededores de Sant Sadurní d’Anoia, y su bodega, donde el espumoso envejece en rima (en posición horizontal y al abrigo de ruidos, luz y malos aromas), domina las entrañas de la ciudad.
Son un buen ejemplo a seguir por una razón muy sencilla. Los responsables, con Ton Mata a la cabeza (la tercera generación, pero la primera que estudió en una facultad de enología) y Joan Rubió (responsable durante muchos años de los trabajos en el campo, enólogo también y mano derecha de Ton; Joan lleva ahora dos cosechas ya con su propia bodega, que encontrarás en la segunda parte del libro: cal Tiques), le han quitado a la palabra «biodinámica» cualquier atisbo sectario, filosófico, heterodoxo o marginal que pudiera tener. Es habitual que la gente, sobre todo los profesionales, miren con cierto recelo, mal comprendan por culpa de alguna idea preconcebida, incluso beban con dudas, cualquier vino biodinámico. Por lo menos, esa es mi experiencia en España. Recaredo, Ton Mata y Joan Rubió, con su trabajo científico y documentado, callado, consciente, de ensayo-error y ensayo-acierto, dando pequeños pasos uno tras otro, han conseguido romper todos los moldes y torpes ideas y comentarios que circulan sobre la biodinámica. Tiene mucho mérito lo que hacen y su trabajo y mis conversaciones con ellos, tanto como sus vinos, han inspirado las páginas de este capítulo. Sus espumosos son apreciados por la crítica mundial, se venden y beben en todas partes, solo saben a buen vino y, además, viven muchos años.
¿Por qué? Porque, más allá de la parte filosófico-esotérica con la que muchos anatematizan la biodinámica, ellos han querido investigar y comprender que la agricultura hecha según esos principios les está llevando, en plena comarca del Penedès (por mucho que el cultivo ecológico haya avanzado de forma impresionante en la zona, están rodeados de viñedos que no son biodinámicos ni ecológicos, y el viento es un elemento clave para el transporte de lo bueno pero también para la propagación de lo malo), a tener una tierra mejor, cada año mejor, más viva, con una flora y una fauna más ricas y con una capacidad, cada vez mayor también, de protegerse sola frente a los ataques que le llegan del exterior. Este es el gran «secreto» de los mejores vinos: siempre salen de las tierras más sanas porque estas dan las mejores uvas.
LA MEJOR EXPRESIÓN DE UN CULTIVO SOSTENIBLE
No tengo demasiadas dudas sobre dos cosas: 1. La biodinámica no tiene reglas fijas escritas en un manual para ser seguidas por todos los que quieran practicarla. Lo más importante para ella es que hay que saber entender la tierra en la que viven tus cepas y hay que aplicar en ella aquello que va a mejorar su calidad. 2. Tras muchos años observando qué se hace en los viñedos y cómo reaccionan estos, tras hundir mis manos en tierras, sobre todo de España, pero también de Francia y de Italia, tras palpar el anverso y el reverso de las hojas de la vid en cepas trabajadas con los más variados sistemas (viendo cómo se dibujan sus nervios y cómo fluye la savia a través de ellos), he llegado a la conclusión de que el humus más rico y las plantas más vivas y, llámame loco, atentas a su entorno, se encuentran en las tierras donde se practica la agricultura biodinámica. O, por lo menos, la biodinámica aunque sea parcial y no la llamen así, combinada con otras ideas más personales (mira el ejemplo de Bernardo Estévez, en la segunda parte del libro). Esto no tiene más valor que el que se quiera dar a una afirmación mía, pero no quiero dejar de escribirlo.
Te confesaré un pequeño secreto. En el primer plan de trabajo para este libro, era más tibio y pretendía hablar de «cultivo sostenible» y cosas por el estilo. Pero precisamente en el año entero que he dedicado a su preparación, más los muchos que llevo en esto del vino bebiendo, viajando, hablando, observando y, claro, comparando y aprendiendo, he llegado a la íntima convicción de que la mejor agricultura posible para una viña es la biodinámica. Y ahora hablo de agricultura, no de trabajo en la bodega. Porque es bastante sencillo destruir en bodega lo que se ha trabajado en el campo. De la misma forma, también quiero dejar claro que me gustan muchos otros vinos que no son biodinámicos, sino hechos con uvas de agricultura ecológica (ya hablaremos de las diferencias en el apartado en el que leeremos etiquetas conjuntamente) y, por supuesto, también disfruto de algunos vinos llamémosles convencionales en lo que al cultivo de sus cepas se refiere y de otros en los que el viticultor trabaja con el máximo respeto por la tierra y sus uvas, no aplicando (permíteme la licencia) adjetivo alguno a su trabajo: tan solo el sentido común, la observación y aquello que aprendió de sus padres y abuelos.
No todos los vinos y bodegas de los que hablaré en la segunda parte del libro son biodinámicos, pues. No quiero establecer una identificación entre vino natural y vino biodinámico. Pero de la misma forma en que antes defendía que los vinos tienen que ser lo más naturales posible, ahora afirmo que la forma más natural de tratar la tierra es la que tiende a la agricultura biodinámica.
EL NACIMIENTO DE LA BIODINÁMICA
¿Y qué es la biodinámica? Rudolf Steiner fue su creador o, mejor dicho, su inspirador. Ahora me explico. No tienes más que ir a las grandes enciclopedias en línea para encontrar buena información sobre la biografía de este hombre polifacético, filósofo, pedagogo, artista, escritor y varios etcéteras. Steiner fundamentó y desarrolló sus ideas sobre la lectura profunda de Goethe y de Nietszche. El primero había publicado diversos ensayos sobre su relación con la naturaleza. Quedan recogidos en un libro imprescindible para entender el «caldo de cultivo» en que crecerían, intelectualmente hablando, Steiner y, también, Nietszche y Schopenhauer. Se trata de la Teoría de la naturaleza, donde Goethe investiga los procesos de formación y de transformación de la materia orgánica y donde expone el concepto fundamental que, después, desarrollará Steiner: de la misma manera que el hombre, a través de sus oídos y sus ojos, percibe sonidos y formas, percibe también ideas a través de su pensamiento. Encontrar el sentido profundo de la relación entre hombre y naturaleza, entre mente y entorno, es el objetivo. Llevarlo a cabo a través de las sensaciones físicas que nos llegan de lo que hacemos, de lo que comemos y bebemos, para alcanzar una percepción espiritual, más trascendente, es, también, el objetivo.
Rudolf Steiner crea la antroposofía, una escuela de pensamiento que considera esencial sensibilizar al ser humano en su relación con la naturaleza (la agricultura, aquí, se convierte en lenguaje) para poder alcanzar un conocimiento más profundo de su parte espiritual. La naturaleza física y espiritual del hombre y de todo lo que le rodea, a su vez, no pueden dejar de entenderse sin la percepción de que estamos en un universo del que recibimos y al que ofrecemos influencias. Lo he comentado en un apartado anterior («Un avance sobre biodinámica»). Un sentido amplio de la filosofía de la naturaleza le une también a Nietzsche y su idea del eterno retorno y del Übermensch: la persona tiene que aprender (y entender) a través de qué habilidades captará su mundo espiritual, el personal y el de las cosas que le rodean, en la Tierra y en relación al conjunto del universo. Tiene que utilizar su dimensión corpórea como antena para, precisamente, superarla y para alcanzar una dimensión espiritual de la comprensión de su entorno.
Las instituciones, físicas (el edificio Goetheanum, en Dornach, donde Steiner desarrollaba sus actividades) o filosóficas (la Sociedad Teosófica, la Sociedad Antroposófica, las escuelas Waldorf, que practicaban su método pedagógico...), no hubieran sido más que otro peldaño en la historia de las ideas antes y durante el período de entreguerras en Europa (período, por otra parte, de una extraordinaria y quizá nunca vista fecundidad intelectual), si no hubiera existido una machacona perseverancia por parte de un grupo de agricultores de Breslau, liderados por el conde Keyserlingk. Eran miembros de la Sociedad Antroposófica e insistieron a Rudolf Steiner para que les diera unas charlas prácticas de agricultura, guiadas por los principios de la antroposofía. Estas charlas, que Keyserlingk estuvo persiguiendo largamente (llegó a poner a su sobrino en la puerta de la casa de Steiner con la orden de que no se moviera hasta conseguir un sí a las conferencias), tuvieron lugar por fin durante diez días del mes de junio de 1924 en el castillo del conde, en Koberwitz, centro neurálgico de una finca de 7.500 hectáreas.
Las enseñanzas de Steiner
En el «curso» (en palabras del propio Steiner) trató de desarrollar cuáles eran las condiciones en las que podían prosperar los distintos aspectos de la agricultura, desde el crecimiento vegetal, la silvicultura y la horticultura, la ganadería, la apicultura... hasta llegar a lo que él consideraba más importante: los secretos de la alimentación de la tierra a través del abono. No todos los asistentes podían dormir en el castillo, así que las sesiones empezaban sobre las once de la mañana (los agricultores asistentes se desplazaban desde Breslau), duraban unas dos horas y tras una pausa empezaba la sesión de preguntas y comentarios que se alargaba hasta las tres de la tarde. Las conferencias de Steiner y las sesiones de preguntas y respuestas (casi más interesantes que el cuerpo doctrinal) fueron recogidas en un libro que se tituló Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft. Landwirtschaftlicher Kurs. La traducción más o menos literal sería «Fundamentos científico-espirituales para el buen desarrollo (dinamización) del cultivo de la tierra. Curso para agricultores». La traducción española se concretó en el libro Curso sobre agricultura biológico-dinámica. La agricultura biológico-dinámica, y de aquí biodinámica (aunque el nombre nunca lo pusiera Steiner), había nacido con el círculo de sus primeros practicantes conscientes.
Rudolf Steiner era un filósofo, él y sus seguidores se consideraban esotéricos, y sus objetivos y aproximación a la agricultura han sido tradicionalmente considerados por la ortodoxa y química academia enológica como excéntricos y heterodoxos. Yo quiero huir de todo eso y busco ofrecerte aquí una perspectiva que entre a través de la razón, no de la fe. Un principio fundamental de Steiner que, en el fondo, está en la base de todas sus actuaciones, no puede ser rebatido por quienes observan atentamente la tierra y su calidad, tanto si hablamos del período de antes y después de la Primera Guerra Mundial como si lo hacemos del que hemos conocido más directamente, tras la Segunda Guerra Mundial. Los métodos para eliminar las malas hierbas, combatir las plagas dañinas y abonar la tierra o completar sus carencias han hecho que esta tierra haya degenerado de forma acelerada, y con ella, los alimentos que produce: aquello con que vegetales, animales y personas nos alimentamos. Esto era lo que más preocupaba a Steiner: la salud espiritual, en el fondo, empieza con una buena y sana alimentación física.
Objetivo final: la autosuficiencia
Al margen, pues, de filosofías o de creencias, ¿qué es lo que pretende la agricultura biodinámica? Algo muy sencillo con lo que, de nuevo, creo que los que amamos la tierra no podemos estar en desacuerdo: devolver a esta el equilibrio, hacer que recupere su fauna y su flora autóctonas, permitir que cada elemento del ecosistema encuentre su lugar y actúe según aquello que la naturaleza le pide. Observar más que intervenir, potenciar y desarrollar más que obligar, volver (en el fondo) a una agricultura que, en cada entorno concreto, según sus necesidades reales y con todos los elementos a su alcance (personas, suelos, plantas, animales, clima), sea cada vez más autosuficiente, más sostenible. Al final de este camino, en fin, hacer que la calidad del humus sea el que la planta necesita, con la menor ayuda del exterior posible.
Ese es el concepto fundamental de la agricultura biodinámica, que no es sencillo encontrar: la autosuficiencia. En un sistema biodinámico ideal, la granja en su entorno y con sus cultivos, tendría que poder abastecerse de todo lo necesario para el buen desarrollo de su vida: estaríamos hablando de los vegetales que alimentarían a animales y personas; de los animales que alimentarían, con sus excrementos, a vegetales y, con su carne, a personas; de las plantas que estarían tan adaptadas al medio que incluso podrían convivir razonablemente bien con plagas y otros eventuales males; de las otras plantas del entorno que, sabiamente utilizadas, ayudarían a combatir males procedentes del exterior; y de las personas que encontrarían, en esta forma de relacionarse con la tierra y con los elementos de su granja, el equilibrio necesario para comprenderse a sí mismas y a la tierra de la que forman parte. Este entorno complejo, este ecosistema autónomo es el que, de una forma ideal, completaría el círculo de la vida con la mínima ayuda procedente del exterior.
Este es sin duda un mundo ideal, en general, pero sobre todo en aquello que yo conozco relacionado con la vid. Para empezar, el propio Steiner apenas dedicó unas palabras a la uva en sus conferencias de 1924, y lo hizo más para hablar de los abonos y de los distintos remedios curativos con plantas, que no de su cultivo propiamente dicho. Ha sido alguno de sus discípulos directos y, sobre todo, la práctica y desarrollo de las enseñanzas generales de Steiner por parte de los viticultores interesados, lo que ha ido marcando un camino, especialmente a partir de la década de 1960. Los libros de Ehrenfried E. Pfeiffer (Introducción al método agrícola biodinámico), de Pierre Masson (Biodinámica: Guía práctica para uso de agricultores y aficionados) y los de Nicolas Joly (El vino, del cielo a la tierra. La viticultura en biodinámica y Comprender el vino, la viña y la biodinámica) son en mi opinión los más interesantes y, por qué no decirlo, instructivos, junto con todos los que ha ido publicando la editorial madrileña Rudolf Steiner, más técnicos y dedicados al compostaje y a los preparados biodinámicos. He aprendido mucho de todos ellos y son la base de las páginas que siguen.
Con algo de retraso (en relación a la primera redacción de este libro) conocí la traducción al español del libro que cito de Pierre Masson, hecha, además, por una de las personas que más sabe del tema en España, Jordi Querol (es un claro valor añadido, porque Jordi trabaja en el viñedo cada día a través de su empresa Dreiskel), en colaboración con Yago Mellado. Me paro en ella porque me ha ayudado mucho a repasar conceptos y porque, por primera vez desde una posición biodinámica genérica, alguien tan preparado como Masson dedica un capítulo concreto, muy específico y, sí, práctico, al trabajo en el viñedo: el 14, «Algunas indicaciones para la gestión de la viña en biodinámica».
La preparación y uso del estiércol, del compost que resulta de él y de las infusiones con hierbas, junto con el conocimiento del calendario solar-lunar y de qué actividades hay que hacer en cada momento del año, son los pilares sobre los que se asienta la biodinámica.
Todos son importantes y voy a dedicar las páginas que siguen a su descripción. Pero no olvides que lo que estás leyendo no es un manual de viticultura, en primer lugar. Y recuerda también, antes de empezar, que el método biodinámico no tiene nada que ver con el esoterismo o la religión, por más que su inspirador sea conocido por algunas de las cosas que antes he indicado. El método fue desarrollado por agricultores y gente de ciencia (químicos, sobre todo) que solo tenían un «dios»: los resultados y su demostración científica. Parece de Perogrullo decirlo porque estoy cansado de ver cómo la gente daña sus propias tierras echándoles productos sistémicos que acaban matando la fauna microbiana y la riqueza natural de su humus. Pero nadie debería querer dañar conscientemente sus tierras y la productividad de las mismas. Los biodinámicos tampoco. Sus trabajos y progresos se basan en la observación y en la constatación empírica y analítica, aunque no se sepa o algunos no quieran creérselo. Las cosas no suceden porque sí y hay que conocer razones y datos. Como uno de los más estrechos colaboradores de Steiner dejó escrito (E. E. Pfeiffer, al que sigo en este punto, junto con lo que he aprendido de Joan Rubió y Ton Mata de Recaredo), «no existe el menor asunto religioso en relación con el método biodinámico y la preparación de los preparados. El hecho de que Rudolf Steiner fuera también el fundador de la filosofía antroposófica no preocupa a las personas que desean utilizar el método biodinámico, no más que importa saber si el automóvil, la carretilla o la penicilina las han inventado un católico, un judío, un masón o cualquier otra persona». Me parece un buen punto de partida.
CULTIVO BIODINÁMICO DE LA VIÑA
La agricultura biodinámica quiere restituir a la tierra, en forma de humus, la materia orgánica que le es imprescindible. El factor básico para que esta tierra esté viva y vea restablecido su equilibrio es el uso razonable, casi diría científico, de esa materia orgánica. Hay que saber cómo recogerla y tratarla en bruto para poder devolverla, con las propiedades necesarias y de la forma adecuada, a la tierra. Pero el método biodinámico no es solo una manera de tratar el abono para la tierra. Implica también la comprensión de que, además de las moléculas orgánicas e inorgánicas, hay otras fuentes de energía que se relacionan con la materia: las más importantes, por supuesto, son la luz y el calor, sin las cuales la planta no podría realizar la fotosíntesis ni, por lo tanto, convertir en energía el resto de elementos con los que se relaciona.
El problema de la rotación del cultivo en los campos
La biodinámica sirve para cualquier tipo de cultivo y ningún agricultor tiene que sentirse excluido de ella a priori, pero es cierto que precisamente los viticultores no pueden seguir uno de sus principios básicos: los campos tienen que rotar sus cultivos para que aquello que se exige a la tierra no sea siempre lo mismo ni con la misma intensidad. Ello incluye el descanso, por supuesto. Y los viñedos no descansan, aunque en invierno lo parezca; se preparan... Tampoco puedes decidir que ahora tienes un viñedo y dentro de dos años lo arrancarás para que la tierra descanse porque plantas patatas o un maizal.
Dicho esto, mi experiencia me dice que hay dos maneras (por lo menos) de que la tierra entre cepas descanse un poco. La primera la aprendí en Mallorca, en los viñedos de 4Kilos Vinícola (Vino de la Tierra de Mallorca, en Felanitx, no en todos sus campos, que conste, sino allí donde la tierra lo permite), aunque hay más gente que la practica en España (verbigracia Jordi y Agustí en Los Comuns del Molar, en la segunda parte de libro): hace varios años que Xesc Grimalt no labra su tierra. Y ha comprobado de forma fehaciente que la calidad de la vida subterránea no ha bajado, ni tampoco la de la fruta de sus cepas. Porque no deja de ser una forma de que la tierra descanse sin tener que rotar el cultivo.
La segunda forma de descanso la aprendí en Recaredo (DO Cava, en Sant Sadurní d’Anoia), aunque la practica ya bastante gente: para no sobrealimentar a sus cepas y, por lo tanto, para dejar descansar un poco al 50% de su tierra, ellos nunca abonan todos los espacios entre cepas. Dejan siempre una calle libre, es decir, abonan la superficie entre la primera y la segunda hilera de cepas el año X, por decir algo; y en ese mismo año no abonan la que está entre las hileras segunda y tercera. Y así sucesivamente. Al año siguiente, el proceso será al revés, con lo que cada superficie intercepas descansa uno de cada dos años. Una simple observación de las calles en sus viñedos nos da la prueba: las calles abonadas en el año en curso están más verdes que las que llevan un año descansando, que son de un verde más apagado y relajado.
Y hay, por lo menos, una forma de que la cepa misma, no la tierra, descanse: lee en qué consiste la «poda en silla» en la segunda parte del libro, en la mención a Alba Viticultores de Fernando Angulo.
El «mulching»
Otro principio básico de la biodinámica, antes de que hablemos del estiércol, del compost y de los preparados, es el de la introducción de cultivos de cobertura, el sembrado de abonos verdes y la práctica del acolchado (el mulching, tal y como se conoce universalmente a esta práctica por su nombre inglés). Aquí, como de hecho en cualquier otra situación en agricultura biodinámica, cada tipo de tierra (por la composición de su suelo, por su altitud, por su clima, por el tipo de uva que tiene plantada y la edad de las plantas, por el tipo de vegetación autóctona, por los animales que están en contacto con ella...) pide cosas distintas y se hace imposible una generalización.
Voy a proponer cuatro ejemplos que he conocido directamente, que son distintos entre sí, pero que persiguen todos ellos un mismo objetivo final: que la superficie de tierra entre cepas tenga una vegetación que trabaje a favor de la vida sana y equilibrada en el suelo del viñedo y no en competencia con él:
• En la Ribeira Sacra. El primer caso es el de Bodega Régoa, en la DO Ribeira Sacra. Propiedad de José María Prieto, ha sabido, con muchos años, paciencia y esfuerzo, juntar casi ocho hectáreas de viñedo en las más que escarpadas terrazas de los cañones del Sil, en la parroquia de Amandi. Los expertos, y él mismo, llaman a su trabajo «viticultura heroica» y quien ha tenido la suerte (¡y el vértigo!) de pisar esos viñedos y comprobar cómo las cajas de uva solo pueden ser transportadas, terrazas arriba hasta el tractor, a través de raíles y vagonetas, sabe que el terreno de esas cepas no se puede trabajar. Sencillamente, ese viñedo tiene la vegetación autóctona propia de las laderas del Sil (en el centro de la parroquia, en la vertiente que mira al sur), la que nace de forma espontánea, y con eso sobrevive.
• En Mallorca. 4Kilos Vinícola, que acabo de citar antes, es la bodega de Xesc Grimalt y Sergio Caballero en Felanitx. Una de las peculiaridades de su zona (además de la clarividencia de hacer vino con las variedades autóctonas callet, mantonegro y fogoneu, con la primera de las cuales hacen auténtica filigrana) es la del clima del sudeste de Mallorca, con el que hay que lidiar y trabajar. 4Kilos Vinícola tiene claro también que el camino es el de la preservación de la flora autóctona, entre otras cosas porque el mulching y la cubierta vegetal ayudan a retener la humedad de la madrugada en la zona. Pero no se han contentado con ver crecer lo que la tierra quiera darles entre sus cepas, como muchos hacen aunque sea de forma consciente. Así como existe la selección masal en viticultura (con el objetivo de localizar las mejores plantas de un viñedo y de reproducirlas en vivero para reinjertarlas después), ellos practican la selección floral, por así decir: han realizado un estudio sobre la caracterización de la flora autóctona que cubre sus viñedos. Esta investigación les permite conocer mejor el funcionamiento del viñedo como un agrosistema en el que la vegetación natural juega un papel clave como bioindicador. En consecuencia, también les permite saber escoger y potenciar no todas las plantas autóctonas, sino solo las más beneficiosas para su viñedo.
• En la comarca del Anoia. Recaredo (DO Cava, en Sant Sadurní d’Anoia) es un tercer ejemplo de cómo a la vegetación autóctona se la considera prácticamente como si fuese un jardín entre cepas. Ellos, con todo, también han dado otro paso adelante: además de con este tipo de flora, están experimentando con plantaciones, junto a los viñedos, de garbanzos y de plantas aromáticas (tomillo, salvia, mejorana...). Por ahora, todavía no han propuesto a ninguna de estas plantas que vaya a convivir con sus cepas de xarel·lo, pero creo que es cuestión de tiempo... Sobre todo con los garbanzos del Alto Anoia (más pequeños y resistentes que los que habitualmente comemos), cuyas raíces tienen un efecto muy positivo para la nitrogenización natural de la tierra y, también, para su porosidad y oxigenación: sin liberar materia orgánica, casi funcionan como las lombrices...
• En Tenerife y en Crecente. Dos últimos ejemplos son los de Pablo López Betancort, en sus viñedos de Tegueste (Bodega Blessed, DOP Vino de Calidad de las Islas Canarias): ver su viñedo de la finca Mederos me trajo a la mente la imagen de los viñedos de Mark Angeli, en el Loire (Ferme de la Sansonnière, en Bonnezeaux), una plantación en foule, en desbandada, sin orden en las calles y con alta densidad de cepas (la de Angeli, no la de Pablo, que está en formación de cordón Royat doble) y en la que la vegetación autóctona crece de forma libre y autogestionada. Y el del viñedo del Canda que gestionaba Juan González Arjones, en Crecente (Bodega As Furnias), junto al Miño, es también así, da gloria verlo y ya no os digo nada de la uva brancellao que produce.
Protección solar y oxigenación
Los ejemplos anteriores son todos distintos, pero en todos ellos vemos que se respeta y promueve la vegetación entre las cepas (en vez de luchar contra lo que habitualmente se llamarían malas hierbas) para conseguir algunos objetivos básicos, de forma natural y sin ayudas externas: la protección solar, por ejemplo. En Recaredo, la hierba y las plantas que crecen entre cepas ni tan siquiera se siegan de una forma tradicional, cortando o desbrozando. Se utiliza una máquina que dobla el tallo de las flores y la hierba y los aplana sobre el suelo, creando una capa que se va secando in situ (porque aunque no se arranque, la planta se dobla hacia el suelo y deja de crecer) y acaba convirtiéndose en lo que ellos llaman «crema protectora» contra los rayos del sol.
También vemos el efecto sobre la oxigenación gracias al arado natural del suelo que hacen las raíces de esas plantas. Es un espectáculo ver como las diminutas pero activas y profundas raíces de ese manto verde acaban haciendo un «microarado» más minucioso y menos agresivo que el de un tractor con palas convencionales. Si habláramos de tracción animal con un arado superficial, la comparación sería otra, por supuesto. Con este sistema, además, el aporte de nitrógeno al suelo es mucho más sano, directo y saludable que el que se proporciona desbrozando por completo la tierra, arando y echando abonos sintéticos.
Finalmente, y tal y como indica Pfeiffer, una superficie verde entre viñedos, rica en hongos, desplaza las bacterias nocivas y otros parásitos de los terrenos cultivados y aumenta las defensas del terreno contra hongos nocivos gracias al aporte de actinomicites, estreptomicites y penicilinum en grandes cantidades. En una formación del humus gracias a la biodinámica, la presencia de estos microorganismos es mayor que en otro tipo de terrenos. Y los preparados biodinámicos, como comentaré dentro de un momento, son muy ricos también en estos organismos. Si potenciamos este tipo de agricultura, estamos ofreciendo a nuestras cepas una protección natural que procede de la tierra misma en la que viven y de la que se alimentan.
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