Kitabı oxu: «De lo maravilloso y lo real»
DE LO MARAVILLOSO Y LO REAL.
ANTOLOGÍA

Joan Perucho, 1982.

COLECCIÓN OBRA FUNDAMENTAL
Responsable literario: Francisco Javier Expósito
Cuidado de la edición: Lola Martínez de Albornoz
Conversión a libro electrónico: Criteri Digital i Multimèdia, S.L.
© Fundación Banco Santander, 2014
© De la introducción y selección, Mercedes Monmany
© Herederos de Joan Perucho
© Fotografía de Joan Perucho, Pilar Aymerich
ISBN: 978-84-92543-62-5
Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.
ÍNDICE
Joan Perucho: la aventura de la vida verdadera, por Mercedes Monmany
Bibliografía utilizada
HISTORIAS APÓCRIFAS Y RELATOS FANTÁSTICOS
El irlandés O’Connell en la defensa de Montserrat
San Simeón el Estilita y el caballero bizantino Kosmas
Carcasona, Simón de Montfort y la bella Josette
Nicéforas y el grifo
Las aventuras de Kosmas
La bella dama Egeria
Las arañas
El enamorado de Katie King
El diario de guerra de Xaconín
Entre las armas y las letras
Olesia y los diálogos del gobernador
La milagrosa Navidad de Bob Lantern
Je lui parle chapeau bas
Carlsbad y los secretos de la historia
Archipenko o la destrucción
Leningrado y las veladas del conde
La heráldica y los caballeros de Armenia
ERUDITOS DE LO MARAVILLOSO
Los eruditos de lo maravilloso
Don Faustino de la Peña y su enigmático Tratado de carnes
Un caballero erudito
Cronicones de España
Noticia del Doctor Thebussem
La última Navidad del caballero Arístides Cardellach de la Harche
Hacia el pasado
Filosofía de la espada
Isidro de las Pedrochas
Rocambole y Toledo
BRUJOS, MAGOS, FANTASMAS Y OCULTISTAS
Las brujerías del conde Alejandro Kulak
Apariciones y fantasmas
El diablear de los diablos
La magia
Nueva luz sobre un brujo
Un brujo del Risorgimento
Sheyton Barrett, el fantasma de Shakespeare
Con la técnica de Lovecraft
Bajo la sombra del Barón Corvo
Los fantasmas de Çanakkale
SANTOS, SABIOS Y CRISTIANOS
Lecturas
La casa de los santos
Recuerdos de santos y amigos
Santa Teresa y las corrientes erasmistas
La monja vidente
Primitivos cristianos orientales
La piedad y los santos
La ciudad de los santos
BESTIARIO FANTÁSTICO
Pamphilio
El Bernabó
El Calígrafo
Gérard de Nerval y el monstruo Zmb
Madofa
La tímida sensitiva
El basilisco
BOTÁNICA OCULTA
El imperio, los magos y la strigiles
La «carnívora»
La «zapadora»
La mandrágora
CUENTOS MÍNIMOS Y AUTOBIOGRÁFICOS
Anita Febrer, o un vago murmullo sobre el agua, allá donde empieza o acaba la poesía
Homenaje a Renoir
Les jours s’en vont
Week-end
La perla de las Antillas
El té
Diana y El Mar Muerto
La ciudad
Geografía
Bel canto
Ejercicio literario
Dos camaradas
Un poeta
Este hombre
La ventana de la infancia
MEMORIAS Y RECUERDOS
Mi infancia
Un mundo agitado
La tragedia de la guerra
La universidad
El gusto por lo fantástico
La actividad literaria
Las novelas y los elfos
Mi juventud perdida
Las conexiones
VIAJES: LO CERCANO Y LO LEJANO
Introducción a la Tierra Alta
Santa Eulalia de Bóveda
Viaje a la Aquitania
El Danubio azul
Paisajes y tarantelas
Viajes por el mundo
El país oscuro de Las Hurdes
Carta de Finlandia
Bajo el cielo de Berlín
Viaje a Egipto
TEORÍA DE CATALUÑA Y MISTERIOS DE BARCELONA
Vagabundear por las calles
La Sagrera
La memoria del pasado
Actualidad de Pablo Piferrer
Tres interpretaciones
Barcelona
Las artes
El nacionalismo
La lengua
MERCEDES MONMANY
JoAN PERUCHO: LA AVENTURA DE LA VIDA VERDADERA
SI TUVIÉRAMOS que escoger un resumen de ese inmenso catálogo de temas e inspiraciones que adornan la obra del gran escritor que fue Joan Perucho (Barcelona, 1920-2003), nada mejor que citar el prólogo que él mismo redactó para su delicioso libro de relatos Roses, diables i somriures (1965): «Este libro es floral, monstruosamente artificioso y esteticista y, entre los recortados ramajes de su jardinería decadente, surgen rostros de diablos, sonrisas y rosas enigmáticas y deshojadas. El temario deriva y discurre hacia alquimias, castillos, fantasmas, perfumes, animales fabulosos, cortesanas francesas, magia, gastronomía y antiguos bailes de disfraces. Es, pues, un libro especialmente apto para los voluptuosos y para los entusiastas del “final de siglo” […]. El autor no lamenta el gusto que siente por estas cosas. Las restantes tienden a aburrirle».
¿Qué hay detrás de los espejos? ¿Y detrás de las cosas reflejadas en las aguas plácidas —y a veces no tan plácidas— de los espejos? «Me obsesionan los espejos. Reflejan la lenta e infinita concatenación de la realidad», diría Joan Perucho, parafraseando a su manera a Stendhal. En numerosas ocasiones, y a través de títulos concretos de su bibliografía como el libro de poemas Els miralls (1986) o las prosas de Galería de espejos sin fondo (1963), este autor declaró su fascinación por el doble filo que escondían los espejos; es decir, el reflejo pero también lo que se esconde detrás del reflejo, que abre un campo sumamente seductor de posibilidades a la imaginación y a la fantasía. En cada cosa observada estaría, por una parte, la realidad reflejada tal cual es, y, por otra, lo que un artista, y sobre todo un creador tan proclive a dejarse llevar por el murmullo de lo no visto y por el rumor de lo presentido poéticamente, como es el caso de Perucho, percibe detrás de las cosas. Alguien que se interroga frente a la oscuridad de unas aguas estancadas o en la quietud cómplice de su habitación, desde lo cercano a lo lejano, ya sea en Delfos, en Samos, en el Museo de Madame Tussauds, en la imponente plaza del Kremlin, en el parque Güell diseñado por Gaudí, en el paisaje de neblinas del Mont Saint-Michel, en las rápidas corrientes del Bósforo, en la Tierra Alta del Ebro, en un viaje gastronómico por Aquitania o bajo el cielo de Berlín, «acerca de una vida, distinta a la real». Con el tiempo esas preguntas van creciendo, el mundo se va ensanchando, y se hará cada vez más intolerable el no saber y a la vez no inventar respuestas nuevas para cada ocasión.
Poeta en sus inicios y a lo largo de toda su vida, cuentista, novelista, ensayista, articulista en la revista Destino y en La Vanguardia, crítico de literatura y de arte, aparte de juez en la vida diaria, la adoración de Joan Perucho por el arte y la literatura como entes superiores, intocables, como una segunda vida distinta a la palpable y materialmente habitable, era infinita. «Los artistas —diría— viven, en el fondo, una vida distinta a la real, que es vulgar y despreciable, anodina. El arte abre las puertas de lo desconocido, jamás explorado por nadie (me refiero, naturalmente, a los que hacen del arte su razón de ser), y por él, y a través de él, crean la aventura de su vida verdadera, hasta ese momento ignorada, no susceptible de ser cambiada por nada absolutamente». Uno de los caminos para emprender esta «aventura de la vida verdadera» sería la poesía. Otro, la intuición y la experiencia de lo fantástico, de visiones más allá de la realidad y del escueto mundo de las apariencias. Los niños, y en concreto el reducto sagrado de la infancia, ese reino mágico en el que se prefiere la imaginación a la razón, serían un primer estadio ideal de revelación. En ese reino que alterna lo posible y lo imposible, lo verosímil y lo inverosímil, «a veces, un personaje es simplemente un aire estremecido y perfumado, hablando curiosamente múltiples lenguas con preciosas y enjoyadas etimologías». En el otro polo, la ciencia y la fría teoría de las certezas ofrecerían toda la desconfianza previsible a poetas y artistas. Estas «verdades reveladas», incomprobables, serían siempre fervorosamente defendidas por Perucho, como base de cualquier acercamiento al arte y a la experiencia artística: «La mayor frustración de la filosofía de ciertos libros es su racionalidad, y esta es también su miseria. La razón es humana y construye sus andamios lenta y trabajosamente. Dudamos porque no nos fiamos. Es mucho mejor la verdad revelada, la que iluminaba, por ejemplo, a san Pablo proclamando verdades que no sabía de dónde habían salido. La verdad revelada es la intuición. Conocemos la belleza intuitivamente, no por la razón. […] La intuición, como fuente de la verdad, es divina, deslumbrante y segura», dirá en su texto «Una poética» del libro La puerta cerrada (1995).
Verdades mágicas, estremecimientos por lo que se ve y lo que no se ve, que «no les ocurren a todos, ni todos lo detectan». Solo algunos («los que poseen el sentido de lo maravilloso y poético») serán los elegidos, nos dice una y otra vez el autor a lo largo de su obra. Los que no adivinan sombras ni verdades ocultas, los que no presienten ni perciben nada más allá de lo material y físico, los que carecen de turbulentos universos interiores, de verdades poéticas, de una existencia paralela, profunda y espiritual, eran para Perucho «dignos de la mayor compasión». Así definiría a los que habitaban el universo chato y único, cotidiano y ramplón de lo masivo y codificado, «sin imaginación»: «Hay mucha gente que no ha visto en su vida un fantasma […]. Es gente que no tiene imaginación ni gusto por el riesgo y la aventura. Pasan por la vida sin darse cuenta de lo que se pierden. Prefieren, naturalmente, un coche y una segunda residencia cómoda […], disfrutan, felices, del consumismo y de su egoísmo. Esto equivale a una vida a ras del suelo. Es triste».
EL ARTE, VOCACIÓN IRRENUNCIABLE
En las antípodas estaría para Perucho la tenacidad del artista que defiende una vida entregada al arte y una vocación irrenunciable. Numerosos de sus textos dedicados tanto a pintores como a escritores o estudiosos y eruditos de lo más variopinto abundan en esta defensa encendida de la necesidad de mantener incólumes las «verdades interiores», a contrapelo del mundo de la realidad y de las presiones fáciles y engañosas del entorno. Traiciones mundanas que empujan a aparcar las pasiones, tendencias y vocaciones íntimas, fundamentales en la formación y afirmación de un artista. A los que carecían de metas y se dejaban llevar por la corriente, a los que traicionaban sueños y aspiraciones, Perucho los equiparaba irónicamente con auténticos «pecadores». En ellos, solo cabía esperar una vida pobre, descargada de inquietud y desasosiego, pero también de felicidad por el hallazgo y la exaltación de la obra personal llevada a cabo. Hablando de Paul Gauguin («si ha habido un artista que no ha traicionado su vocación, este es Paul Gauguin») diría en su texto «Vocaciones y traiciones» del libro El basilisco (1990): «Hay gente que traiciona su propia vocación y hay gente que se mantiene fiel a ella, siguiéndola dificultosamente muchas veces, postrándose a veces y levantándose siempre. Los que traicionan su vocación (a veces, no se tiene ninguna) traicionan el espíritu, y, en términos de teología católica, esto es un pecado contra el Espíritu Santo. Esto es destruir la raíz de nuestro destino individual y es infracción grave que el hombre moderno, habiendo abandonado la conciencia del pecado, ignora».
La poética de Joan Perucho, uno de los autores de nuestra época —y de un país a menudo adorador únicamente del realismo y el costumbrismo— menos convencionales, uno de los que menos se han conformado con unas pocas y consabidas respuestas a sus interrogaciones de creador, es una poética de lo invisible y de lo intemporal. Se trata, ya sea en sus libros de poemas o en sus a veces célebres libros de prosas de variada inspiración o en sus relatos fantásticos, como es el caso de Diana y el Mar Muerto, Rosas, diablos y sonrisas, Galería de espejos sin fondo, Nicéforas y el grifo, Los misterios de Barcelona, La sonrisa de Eros, Botánica oculta, Historias secretas de balnearios, Bestiario fantástico, Los laberintos bizantinos, Detrás del espejo, El césped contra el cielo o La puerta cerrada, así como en sus novelas Libro de caballerías, Las historias naturales, Las aventuras del caballero Kosmas, Pamela, La guerra de la Cochinchina y Los emperadores de Abisinia, de una poética y una obra de aliento sumamente libre, que mezclan géneros sin cesar. Ambas destruyen de forma ininterrumpida, desde el comienzo de su trayectoria, todos los conceptos y reglas firme y trabajosamente levantados por el andamiaje estricto de lo académico y racional: en un ambiente dominado machaconamente por el realismo y la literatura social, con mensaje, la irrupción de Joan Perucho —tal y como sucedió en 1958 con la aparición en Italia de El gatopardo del príncipe Giuseppe Tomasi di Lampedusa— en la escena literaria catalana, y por extensión española, con su relato Amb la tècnica de Lovecraft, de 1956, y enseguida con su primera novela, Llibre de cavalleries, de 1957, da paso, aún hoy, dado el carácter intrínseco de su modernidad y de su espíritu de anticipación, a un saludable y fresco vendaval inesperado. Un vendaval que agitó las velas libres de la imaginación, sacudiendo desde sus mismas profundidades y entrañas lo más rígido e inamovible de nuestras vidas, nuestros tímidos y respetuosos conocimientos al uso, nuestras lecturas, nuestros prejuicios de consumidores culturales rutinarios, nuestras tercas y ciegas incredulidades.
ENSEÑAR A VER Y CREER EN LO VEROSÍMIL Y EN LO INVEROSÍMIL
Una función didáctica y particular que recorre la literatura de Perucho por entero es enseñar a ver y creer, devotamente y con pasión, tanto en lo verosímil, en lo que se ve, como en lo inverosímil, en lo que no se ve y, como mucho, se llega a imaginar, a adivinar, a sospechar y a conjeturar. El crítico literario y escritor Julià Guillamon, gran y reputado especialista en la obra de Joan Perucho —junto al desaparecido y añorado Carlos Pujol—, a través de numerosos estudios dedicados a su obra, de exposiciones y de una completísima biografía, condensó a la perfección lo inaudito de esa irrupción de Perucho en su día, especialmente por medio de su muy particular lectura de lo fantástico. Un género fantástico idiosincrático y singular que lo uniría ya para siempre, a veces de forma maquinal y en exceso redundante, a escritores como Borges y Calvino: «Para Perucho lo fantástico significa el acceso a otros mundos, otros ámbitos. La producción de tema sobrenatural de los años cincuenta no podía tener en su obra la menor resonancia […]. La ficción futurista y apocalíptica era más fría, estaba desprovista de misterio y magia. Solo el expresionismo alemán y sus ramificaciones en la otra orilla del Atlántico coincidían en la elaboración de una fábula más siniestra que se habría de leer como un manifiesto a favor de la imaginación». Es decir, volveríamos a esa base casi programática —el manejo de una verdad poética unida al temblor y el estremecimiento por un misterio más sugerido que plasmado a través de claves cerradas y de «género»— que ilumina toda la obra peruchiana. Así lo explicaría el propio autor en su fragmento titulado «El universo», de su libro de memorias Los jardines de la melancolía: «El misterio mantiene al hombre en su búsqueda de la verdad imposible. Para algunos, misterio equivale a poesía. El hombre es el gran interrogador. Si un día el misterio dejara de serlo, todo se derrumbaría sobre su cabeza».
Por otro lado, su fervor por las relecturas históricas, por los apasionantes juegos de ajedrez en el tablero de países, hechos fabulosos, épocas, personajes y aventuras múltiples ocurridas o no, lo resumiría él mismo del siguiente modo en su texto «El gusto por lo fantástico» del libro citado: «La capacidad de inventar historias apócrifas es un recurso para instalarme en el corazón de los acontecimientos pasados, de fabricar puertas secretas con el fin de penetrar furtivamente en los misterios de antaño. El pasado nos revelará la naturaleza del presente. Respecto al futuro, no encuentro ningún indicio de felicidad». A ello añadiría de nuevo varias constantes sobre su forma de concebir la poesía: «Hay quien busca la poesía desde premisas racionalistas, inclinado a rechazar el milagro. El milagro, no obstante, es más fuerte y surge como una flor rara y misteriosa. La poesía es esta flor, es la única flor que nos queda para salvarnos de nuestra propia destrucción». Inspiraciones todas ellas, muchas veces, como es notable en la obra de este escritor, de raíces profundamente «librescas», extraídas de un fervor incondicional por la lectura, y de una ingente erudición familiarizada con todos los siglos y principales fases de la cultura occidental, como muy bien explicaría en su bello pasaje titulado «Où allez-vous chercher tout ça?», del libro El césped contra el cielo: «Soy un lector impenitente. Es de mis lecturas —extrañas lecturas referidas al pasado, pues, como es sabido, me gustan los libros antiguos— de donde sale mi literatura. La vida cotidiana no me interesa, no me gusta. Generalmente, de una referencia histórica, paso a imaginarme un desenlace fantástico que tiende a revelar el mundo de lo maravilloso, del misterio, de la aventura. En definitiva, de la poesía que hay detrás del mundo. La referencia histórica es mi trampolín. El presente […] no me interesa».
Sabios, ocultistas, eminentes zoólogos y exploradores, caballeros errantes, poetas, inventores, místicos, anacoretas, inflamados patriotas, liberales exiliados en París o Londres, adoradores del diablo, eruditos de lo maravilloso, médiums sabrán por encima de todo que la poesía es el verdadero manto protector que está detrás de todas las cosas y todas las gestas, que salva y purifica a la vez, y que hay que ser capaces de hallarla en la realidad, porque sin ella «el hombre colisiona su ser por los caminos del mundo», dirá Perucho en el Dietario apócrifo de Octavio de Romeu (1985). Tomarán el nombre del caballero Arístides Cardellach de la Harche, del «bibliopirata» Bartolomé José Gallardo, de Isidro de las Pedrochas, del conde y brujo Alejandro Kulak, del caballero bizantino Kosmas, de la misteriosa Dama Egeria, de Madame Edwarda, de Madame Blavatsky, del doctor Doolittle y Livingstone, de Montague Rhodes James y Lovecraft o de Cunqueiro y el doctor Samuel Johnson, da igual. Pero en todos ellos palpitará sin cesar el hálito eterno e indestructible de la poesía, de los misterios del mundo, de las búsquedas en pos del más allá de todo, incluso del más allá del infinito.
POETA, POR ENCIMA DE TODO
«Personalmente, por encima de todo, me siento poeta», repetiría Joan Perucho en muchas ocasiones. «La poesía es, verdaderamente, una aventura hacia lo absoluto». Pero precisaría aún más su definición: «El creador es un médium… Todo es muy misterioso y sin misterio no hay gran literatura». Hay que decir que el tercer libro de poemas de Perucho, de 1954, tras Sota la sang, de 1947, Aurora per vosaltres, de 1951, y las bellísimas prosas poéticas de Diana y el Mar Muerto, de 1953, se titularía El médium. El mundo, efectivamente, es un libro abierto que pocas veces se logra abrir por la página adecuada, hay que buscarla con cuidado, con ahínco, intentar descifrarla y penetrar en sus trampas ocultas, en sus oscuridades. «El misterio del mundo —sigue diciendo Perucho en un texto elaborado en torno al pintor Grau Santos, del libro Espectacles i secrets, de 1992— permanece indescifrable ante nosotros. Para un espíritu, la mirada va más allá de las cosas y de los acontecimientos. Esta mirada estructura esquemas, cosas, siluetas (vagas y extintas) que llenarán, sucesivamente, y cada vez más lejos, el pasado. El mundo es como un palimpsesto para el vidente o el médium que captan significados que otros nunca verán. Existen voces sofocadas, esbozos diluyéndose en la luz, fantasmas que se abocan a su deseo y palabras que se han perdido en la memoria inmensa de Dios. Algunos participan de esta visión: son los artistas y los poetas que tienen el don de hacerlas aparentes en determinadas circunstancias».
Sombras, «voces sofocadas», presencias y ausencias, fantasmas entrevistos, palabras evadidas y errantes por la noche de los tiempos…, todos, siguiendo la estela coherente de la poética mantenida siempre por Perucho, serán convocados y traídos de nuevo a la luz por dos clases de seres fundamentalmente: poetas y artistas. Perucho disfrutará siempre con artistas o autores que se pregunten qué hay detrás de las cosas y que amen en su profunda y más invisible dimensión esas mismas cosas de este mundo, hasta el punto de ver más allá de ellas y, sobre todo, verlas en el antes y el después de ellas mismas: las desaparecidas y las presentes. Para ello, como insistiría el autor, se tendrá que penetrar principalmente con dos armas: la de la intuición y la de la imaginación. Joan Perucho no dejó nunca de defender, a lo largo de toda su obra, ese algo irracional, esa sensación, distorsión de la realidad, inspiración y búsqueda permanente más allá de lo explicable, demostrable y obvio, que tan solo se encuentra en la poesía y por extensión en los que no rechazan esa «flor rara y misteriosa del milagro de la poesía», como un día dijo. Un milagro y una revelación íntimos y secretos, que se consumen en sí mismos, sin ninguna clase de premisa utilitarista en lo mágico de esa percepción, al contrario de tantas épocas de la historia en las que se los quiso teñir de necesario «milagro social», buscándoles bajísimos y toscos rendimientos en la cotización ideológica que se quería representar. Sólo hay que pensar que un poeta de la altura indiscutible de Osip Mandelstam, en la época de la revolución rusa, el único poema «realista», de concienciación, que llegó a componer fue el que hizo contra Stalin («el montañés del Kremlin»), lo que le condujo directamente a la muerte. Y lo mataron, precisamente, quienes lo acusaban, a él y a otros, de falta de «realismo social». «A veces —diría Václav Havel, citado por Perucho en un texto titulado “Las palabras se gastan”, que le dedicaría al intelectual y presidente checo con motivo de la concesión en 1989 del Premio de la Paz otorgado por los libreros alemanes— puede parecer que sobrevaloro la significación de la palabra, yo que vivo en un país donde las palabras pueden ser causa de encarcelamiento». La palabra, efectivamente, como recordaba Joan Perucho en ese mismo artículo, «se gasta, se empobrece, altera su significado, se fosiliza, y cuando la queremos sacar del magma fangoso de la corriente de la vida, se presenta como una piedra cubierta de musgo y líquenes».
Por otra parte, hablando de Heidegger y Hölderlin, Perucho seguiría explicando la «inutilidad» absoluta de la poesía y del arte frente a aquellos que los quieren volver eficaces para algún fin o motivo pegado en exceso a la «realidad»: «Para Heidegger hacer poesía es algo enteramente inofensivo, tal y como quería Hölderlin. Y a la vez ineficaz, porque todo se va en decir y hablar. Es la poesía algo semejante a un sueño, pero no a una realidad; un juego de palabras sin la verdad de la acción». Y aquí hará la entrada otro concepto básico en la literatura de este autor: la idea de juego. Juego de la palabra, juego de la cultura, juego de los hechos cambiados y de la historia recuperada e imaginada. El desaparecido Italo Calvino, cuya obra comparte no pocas conexiones y un aliento común con el universo de Joan Perucho, decía muy acertadamente en «Las aventuras de tres relojeros y de tres autómatas», pertenecientes a su Colección de arena: «Muchas veces el empeño que los hombres ponen en actividades que parecen absolutamente gratuitas, sin otro fin que el entretenimiento o la satisfacción de resolver un problema difícil, resulta ser esencial en un ámbito que nadie había previsto, con consecuencias de largo alcance. Esto es tan cierto para la poesía y el arte como lo es para la ciencia y la tecnología. El juego ha sido siempre el gran motor de la cultura».
ELFOS, HADAS Y OTROS SERES SURGIDOS DE LA FANTASÍA
En el capítulo «Las novelas y los elfos» de sus memorias, Els jardins de la malenconia (1992), elaboradas a partir de escenas y fragmentos más que narradas cronológicamente y en continuidad, Perucho incluiría de nuevo una serie de reflexiones sobre la irrupción de «lo invisible» en poetas-videntes como Yeats, que veían «más allá» de la realidad y creían en seres fabulosos como los elfos. También rememoraría el acontecimiento que supuso, en un páramo de realismo social como era la España de los años cuarenta y cincuenta, la aparición simultánea, sin ellos conocerse aún, de dos escritores, uno catalán, él mismo, y uno gallego, Álvaro Cunqueiro: «En el año 1957 apareció mi primera novela, Libro de caballerías, que fue, con Merlín y familia, de Álvaro Cunqueiro, aparecido ese mismo año, la primera reacción contra la literatura social, o testimonial, de la época». Como el autor recordaba, con los intelectuales gallegos Álvaro Cunqueiro y José María Castroviejo, que llegarían a ser grandes amigos suyos, hablaron desde el principio «extensamente» de literatura fantástica. En concreto, Perucho les dio a conocer a ambos a Lovecraft, que había leído en 1954 en una traducción francesa de La couleur tombée du ciel, comprada en París, que le produjo una «impresión enorme» y le inspiró su primera composición, Amb la tècnica de Lovecraft, de 1956. Un texto que inauguraría su ciclo personal de literatura de género fantástico, tras haber publicado únicamente poesía y unas pequeñas prosas poéticas, Diana y el Mar Muerto, de carácter realista.
Por su parte, a través de la lectura del poeta irlandés W. B. Yeats, «memorable autor —como afirmaría— de “Un aviador irlandés prevé su muerte”», un poeta que «tenía una gran sensibilidad para ver los seres invisibles», Joan Perucho descubriría los elfos y las fuentes de su origen en las baladas y las canciones irlandesas. ¿Ver lo invisible? Sí, incluso fotografiarlo, como harían las niñas inglesas Elsie Wright y Frances Griffiths, de Bradford, en 1917, que «verían» y lograrían reproducir fotográficamente a unos pequeños seres «feéricos» en un bosque maravilloso, hecho al que Conan Doyle dedicaría todo un libro, El misterio de las hadas. ¿Quiénes serán los más dotados para esta «segunda visión», como la llama Perucho? Sin lugar a dudas, «los niños, los poetas, los videntes, dotados con una segunda visión, hombres y mujeres que han sintonizado y están en paz con su entorno natural, ellos han sido los que históricamente han tenido más oportunidades de entrar en contacto con los elfos». Por otra parte, como seguiría explicando, «los elfos son espíritus de la naturaleza, los hijos de la Madre Naturaleza, y son tristes, vengativos, pesados, amistosos, bromistas y llenos de odio, dependiendo de las circunstancias».
Muchas veces, y de múltiples formas, desde el comienzo de su obra, ya sea esta poética, narrativa o de reflexiones e inspiraciones varias, Perucho ha relatado, de una manera u otra, esa nostalgia triste e indefinible por el mundo ido de la poesía que en un tiempo todo lo impregnaba, de forma envolvente, sutil y delicada, a la vez que respetuosa e imbuida del halo de un sumo prestigio. Es decir, la nostalgia por la desaparición de «una sociedad que amaba a los poetas y a la que los poetas daban algo que se recibía con agradecimiento». Ahora, dirá, «el pulso del tiempo es otro». Se trata de una nostalgia también por la literatura imaginativa, por las delicias de la fantasía, por «la erudición inventada, de ternísimo humor», por una literatura fundamentalmente encauzada «en un mundo de la más pura arbitrariedad poética», como decía muy en concreto refiriéndose a su querido y llorado amigo Álvaro Cunqueiro, paralelo a él en gustos, afanes y formas de encarar el arte y la literatura, y recogido también en esta Colección Obra Fundamental con el volumen De santos y milagros. La poesía, el arte, la imaginación, la risa mezclada en todo ello todo lo consigue. Logra fijar y detener mágicamente el instante, el tiempo en sí: «Sólo el arte detiene el tiempo», recordó Perucho en su texto «Santiago Rusiñol desde la ventana del tiempo», del libro Galería de espejos sin fondo.