Kitabı oxu: «El Mulato Plácido o El Poeta Mártir»
Joaquín Lemoine
El Mulato Plácido o El Poeta Mártir

Publicado por Good Press, 2022
EAN 4057664096593
Índice
INTRODUCCION.
EL POETA MÁRTIR.
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
XXII.
XXIII
XXIV
XXV
XXVI
XXVII.
XXVIII
XXIX
XXX
XXXI
INTRODUCCION.
Índice
Es imposible que un corazon jóven deje de amar la libertad bajo todas sus formas. Por eso amamos nosotros la causa santa de la independencia de las repúblicas de América.
Pero debemos confesar, en obsequio de la verdad, que entre el pabellon de las banderas americanas que simbolizan la libertad i la nacionalidad de esas repúblicas, ninguna ha despertado mas nuestro interés, desde que éramos niños, que la bandera cubana, por lo mismo que la hemos visto, con tristeza, flamear en manos de una nacion cautiva, que lucha heróica por romper sus cadenas.
Hé aquí por qué, en una ocasion solemne deciamos, entre otras cosas, lo siguiente:
"Miembros de la misma familia que la nuestra, los bizarros hermanos de Plácido, tienen las mismas propensiones i el mismo derecho al desarrollo de la libertad; i si causas estrañas les han impedido asistir al próspero festin del progreso político, la lójica de la fraternidad nos obliga a reservarles su asiento, o mas bien, a contribuir para que lleguen a él. La independencia i el dogma de la soberanía popular, bases de la teoría social de todos los estados americanos, no puede ursurpársele a la isla batalladora de Cuba, sin herir su conciencia íntima i seguir un rumbo contrario a la corriente incontrastable del progreso humano."
"Sin embargo, el atrasado espíritu del español moderno, que parece haber heredado todos los vicios sin poseer las virtudes del antiguo i caballeresco hidalgo, se empeña en consumar en aras de la civilizacion, el menguado sacrificio de la perla de las Antillas, agraviando a la faz de la América, la humanidad entera."
"La revolucion de Cuba es una sombria trajedia que se desenvuelve ante la fria espectacion de un mundo estóico, i en la que, mientras el bravo isleño cruza su espada con el enemigo i quema sus cartuchos en el mas completo aislamiento, el gabinete de Washington, de lo alto de la Casa-Blanca, i los pueblos vecinos desde el fondo del golfo de Méjico, contemplan impasibles ese siniestro espectáculo, como si se tratase de las cambiantes luces de los fuegos de Bengala, al mismo tiempo que las diferentes secciones del continente de Bolívar i San Martin, miran a la isla que está jugando sus destinos, con la serenidad del que divisa una roca atlántica batida por la tempestad!.."
"Ahora bien, hubo en esa trajedia sombria, de que acabamos de hablar, un personaje que descollaba, en la escena, llevando en su corazon el ardiente sol los de trópicos; un personaje que hasta ahora se le contempla aun al través de la distancia, i envuelto por las brumas del tiempo que pasó. I se le contempla erguida la cabeza, de pié sobre aquella roca batida por la tempestad, llevando en los piés las cadenas del esclavo, en la mano la lira del poeta i en la frente la guirnalda del héroe. Ese hombre, es el mulato Plácido o el poeta mártir!"
Su tipo, desde luego, es un tipo raro.—Su vida, de suyo, es una romántica leyenda. Nosotros hemos rastreado la huella luminosa de esa vida para hacer de Plácido el protagonista del romance que hoi ofrecemos al público, no sin pedirle nuestros perdones, i reclamar su induljencia.
EL POETA MÁRTIR.
I
Índice
Matanzas es la segunda ciudad comercial de Cuba; la digna rival de la Habana en riqueza i hermosura. Yucayo, es decir, ciudad indíjena, era el nombre primitivo de la que ahora se llama San Cárlos, Alcázar de Matanzas.
Aseguran algunos tradicionistas que el nombre de Matanzas se deriva del nombre de su poético rio Yumurí, que significa yo muero. Otros afirman que fué debido a un bautismo de sangre que legó ese nombre a la ciudad isleña, es decir, a una carnicería horrible que hicieron los españoles, despues de una obstinada persecucion, con ciertos indios prófugos, i a la represalia semejante que éstos hicieron pesar sobre sus perseguidores, asesinándolos traidoramente en sus propias canoas.
II
Índice
A la entrada de la anchurosa i abrigada bahía de Matanzas, bajo ese cielo puro i azul de los trópicos, en medio de esa atmósfera perfumada por una vejetacion secular, bañada por la blanca luz de la luna i vista al través de la arboleda que la rodea i cuya sombra tiembla sobre la faz movible i azul de las ondas del océano, se descubre la ciudad del mismo nombre.
A los 32°, 2' i 30" de lonjitud i 75° i 15' de latitud i sobre un terreno plano i elevado que está a diez varas de altura sobre el nivel del mar, con su aspecto irregular, con sus frondosos bosques de manglares, palmeras, ceibas, plátanos, cañas i cafetales que cubren las hondonadas pantanosas de sus profundos valles, como océanos de vejetacion, se estiende la mencionada ciudad, en la costa Norte de la isla i al Este de la Habana, de la que se encuentra a 20 leguas de distancia.
Los poetizados rios, San Juan i Yumurí, que abrazan cariñosamente la poblacion por uno i otro costado, acarician a su vez con sus tranquilas ondas las márjenes risueñas de esos bosques.
Desde la bahía, lo primero que descubre la vista es el castillo de San Severino, situado a la mano derecha, entrando al puerto. De en medio de la rojiza techumbre de las casas, cuyas paredes blanquean medio ocultas por las ramas, se alzan tambien el fuerte Morrillo i la bateria de Cajigal. Aquí el viejo torreon, detras el apartado campanario; mas allá la ciudad de los muertos, rodeada de ceibas, de cipreses i olivos, envuelta en el silencio i la soledad, que se dibuja hácia los estramuros de la ciudad de los vivos, con la cual contrasta por el ruido, la ajitacion i el movimiento que se nota en sus calles anchas, rectas i sin empedrado.
Divídese la poblacion en doce cuarteles. De entre ellos los barrios de Pueblo Nuevo i Yumurí tienen la particularidad de estar ligados por sólidos, rústicos e inmensos puentes de madera.
Rodeada de bosques, respirando el ambiente caluroso del dia, o la atmósfera entibiada por el aliento perfumado de la noche, llevando en la frente una guirnalda de laureles, en la mano el estandarte de la democracia i en los piés las cadenas de la esclavitud, diríase que Matanzas es una vírjen que muellemente tendida sobre la ribera del mar, acariciada por las olas, sueña con melancólica voluptuosidad en la ausencia de los padres que la enjendraron i que se llaman la Gloria i la Libertad.
Apesar del aspecto de antigüedad que se nota en la ciudad de Matanzas, en la que domina el añejo gusto arquitectónico español, aquí i allí se levanta de vez en cuando alguna casa de construccion moderna i de risueña apariencia, como una que otra persona de vestidura elegante en medio de una multitud harapienta i desaliñada.
III
Índice
En el barrio de Yumurí i en la estremidad de la calle de N.... se ostentaba una casa apartada, que resaltaba de las demas por su belleza i contrastaba con ellas por la orijinalidad de su aspecto. De madera en su mayor parte, de forma circular, con cornizas talladas caprichosamente, rodeada de ojivas i ventanas cubiertas de vidrios de vivos i variados colores. Cuando por la noche, las luces la iluminaban por dentro, parecia, vista de lejos, un farol encendido. Una galeria de arcos oblongos, sostenidos por torneados i delgadísimos pilares, circundaba la casa. Al pié, i en torno de esta arquería, estendíase una grada de piedra blanquecina, imitacion de mármol. Pequeña, blanca en sus paredes i su techumbre, i rodeada de jardines, esa casa semejaba a una blanca paloma posada sobre un campo florido. Frente al frontispicio i a ambos costados de una elegante pila de bronce oscuro, que arrojaba variados juegos de agua, se alzaban dos estátuas de mármol, que representaban la Poesía i la Música, i al rededor de cada una de las estátuas, varios faroles suspendidos sobre delgadas columnatas de hierro.
A la espalda de la casa estendíase un huerto poblado de frondosos árboles i dividido por una calle recta i central formada por dos hileras de naranjos, limoneros, i guayabos. Hácia el fondo de esa calle angosta, i prolongada abovedada a trechos por el follaje de las palmeras, divisábase la faz trasparente i azulada de un lago cuyas lijeras ondas se bordaban con las flores marchitas i las hojas secas o amarillentas de las parras i las higueras que se inclinaban en torno de ese lago, besándole con sus ramas i brindándole su compañía, los despojos de su follaje i su sombra. Una pequeña góndola flotaba errante i al capricho del viento sobre los pliegues cristalinos de la superficie del lago: tres remos gastados i descoloridos se cruzaban en su fondo. A uno i otro lado del lago i a corta distancia de él, descollaban solitarios dos cenadores, cubiertos por fuera de tupidas madreselvas i campanillas, cuyas flores adornaban las cortinas de vejetacion que se descolgaban, en forma irregular, sobre la entrada de esos que semejaban verdes i floridos torreones, como para encubrir esos recintos románticos que parecian el asilo de los secretos i las delicias del amor. El verde musgo alfonbraba sus alrededores. En su interior no habia mas que un banco formado de troncos de árboles i una mesa de madera blanca sobre la que se levantaba un búcaro de arcilla que contenia flores artificiales.
Contra el tronco de dos árboles inmediatos a los cenadores estaban amarradas con hilos de cáñamo una cruz de madera i una seca rama de palma bendita, que daba a ese paraiso en miniatura cierto vago aspecto de relijiosidad i misticismo.
IV
Índice
Delante de los jardines que se estendian frente a la fachada de la casa, habia en vez de los muros que ordinariamente dan a la calle una laboreada i alta verja de hierro, adornada con ramas i hojas de bronce dorado; por entre sus rejas subian enredándose pasionarias i jazmines.
El ambiente perfumado del huerto i de los jardines de esa casa romántica se exhalaba fuera de ella; la voz chillona de los loros, el caprichoso concierto de los canarios, confundido a veces con las armonias del piano i los sones del violin, detenian a menudo a todo el que transitaba por esa calle, especialmente en las dulces i albas noches de verano, alumbradas por el fulgor de la luna.
¿Quienes moraban en ese encantador i poético retiro? ¿Era una familia de artistas que habia reunido lo bello bajo todas sus formas para rodearse i simbolizar con él las delicias del hogar doméstico?
A la verdad, no era fácil saberlo.
En las noches de luna veíase dibujarse en el fondo de los jardines de esa casa, una mujer de hechicera belleza, deslumbrando a quien la contemplaba al pasar, embellecida, melancolizada con los blancos fulgores del astro de la noche que armonizaban con el color de su tez de alabastro pálido. Envuelta, como en una bruma, en el prestijio de lo apartado, cubierta con el velo de lo desconocido que inspira un poder irresistible en las cosas, adquiria su belleza un májico atractivo.
Cuando se la divisaba al través de las rejas de la calle vagando errante i pensativa, como la sombra de la tristeza entre las sombras de los árboles que se alzaban en el patio; recojiendo con sus aristocráticas manos de marfil, las flores de los jardines para formar con ellas pequeños ramilletes; regando con cariño i casi con ternura fraternal, el arbusto, la enredadera i la flor; acariciando con delicadeza un macetero que contenia la corona del poeta; descansando por fin de su dulce tarea de jardinera sobre una silleta de hierro debajo del follaje de una palmera, hubiérase creido que esa mujer no era sino el ideal de la fantasia del que la contemplaba.
Era tal la aérea suavidad de sus pisadas que parecian no alcanzar ni a imprimir la huella de sus piés sobre el verde césped i el húmedo musgo que tapizaba su camino; tal la dulce vaguedad de sus facciones; tal la indecision de su mirada dirijida hácia el cielo i perdida en el espacio; tal el misterio indescriptible de sus pupilas azules cuya luz parecia el último reflejo de la antorcha lejana que alumbra temblando el fondo sombrio de una prision, que el ojo que contemplaba a esa mujer se sentia herido, como la pupila que pasa rápidamente de la oscuridad a la luz.
Era de estatura mediana, de formas delgadas, de rostro ovalado, de cabello rubio, cuyas ondas caian a lo largo de su talle jentil, como una lluvia de oro, lo mismo que sobre su graciosa i pequeña frente, a manera de cortinas doradas.
¡No era una belleza de estos tiempos! El artista habria creido divisar en ella una estátua griega; el creyente una mujer bíblica; ¡el poeta un ánjel enviado del cielo!
V
Índice
Los dias festivos, con el primer rayo del sol i el primer repique de las campanas de la parroquia, que llamaban a misa mayor, salia esa niña de su casa, vestida de negro, como un ánjel enlutado, con la frente i la mirada inclinadas por el pudor, cubierta su cabeza con el manto, con un libro de oraciones en la mano i un rosario de cuentas blancas que colgaba del puño de la otra, tomaba camino de la Iglesia.
Su madre, que era una hermosa mujer en la que comenzaba a declinar la juventud, iba a su lado. Su hermanito, niño de ocho a diez años de edad, mui parecido a ella, iba a su otro costado, asido de su mano. Su padre, un hombre, algo encorvado ya con el peso de los años, de cabello escaso i encanecido, de barba blanca que contrastaba con la oscuridad de sus ojos, rodeados de negras pestañas, caminaba a paso lento detras de su esposa i de sus hijos, formando un grupo encantador que parecia un coro de ánjeles dirijiéndose por el camino que conduce del hogar al templo. Un instante despues salia a la puerta de su casa la niña rubia, la de la trensas de oro, con una cestilla llena de panes en la mano que distribuia entre los pobres. Su hermanito que brincaba jugando a su alrededor, le arrebataba sonriendo los panes de la cestilla, con un aire de inocente traicion i le ayudaba a distribuirlos entre los mendigos, que despues de recibir su limosna dirijian a la niña una mirada de humilde gratitud; i se retiraban uno a uno haciéndole una venia de respetuosa despedida.
VI
Índice
Berta, que así se llamaba la niña, leia una mañana a "Rafael" de Lamartine, en un pequeño retrete que le servia de costurero i de escritorio; i Raquel, su madre, junto a una ventana i delante de una máquina de coser, bordaba una papelera de esterilla con hebras de seda, dibujaba con ellas las iniciales del nombre de su esposo, i escuchaba atenta i conmovida la lectura de su hija.
Un alfombrado verde que armonizaba por su color con las cenefas del empapelado, las cortinas i el tapiz de los muebles; una mesa central ovalada; un escritorio mui laboreado de madera de nogal que hacia juego con un pequeño estante de libros que se alzaba sobre la mesa i sostenido por la muralla; un divan que cruzaba uno de los ángulos de la habitacion; un confidente colocado con estudiado descuido al costado derecho de la puerta de entrada; algunos cuadros al óleo pintados en láminas de metal i con marcos dorados; algunos libros abiertos, esparcidos aquí i allí, como el Werther de Gœthe, Pablo i Virjinia de Saint-Pierre, Atala i los Mártires de Chateaubriand estaban desparramados ya sobre una mesa, sobre un divan o sobre una máquina de costura.
Berta hojeaba, con la mano trémula de emocion, las pájinas de ese libro platónico, sobre las que hai un soplo constante de armonia, de ternura i de amor; esa leyenda romántica que podria llamarse el libro de los jóvenes i de las niñas, impresionaba de tal manera a Berta que parecia cortarle a ratos la respiracion, encender sus descoloridas mejillas i abrillantar sus lánguidos ojos, cuya mirada besaba de entusiasmo el libro que tenia abierto, delante de sí i entre sus blancas i pequeñas manos.
Cuando llegó a un párrafo en que decia lo siguiente, la voz de Berta se puso trémula i la palidez de su castísimo rostro tornóse en rosa encendida:
"Algunas veces Julia lloraba de repente con una estraña tristeza. Estas lágrimas provenian de verme condenado por aquella muerte, siempre oculta i constantemente presente a nuestros ojos, a no tener delante de los mios mas que ese fantasma de felicidad que se evaporaría en el momento que quisiese estrecharlo contra mi corazon. Oraba, se acusaba de haberme inspirado una pasion que jamás podria hacerme feliz.—¡Oh! Yo quisiera morir, morir pronto, morir jóven i amada, me decia Julia.—Sí, morir; puesto que no puedo ser a la vez mas que el objeto o la ilusion amarga del amor i de la felicidad para contigo. ¡Tu delirio i tu suplicio reunidos! ¡Esta es la mas divina de las felicidades i el mas cruel de los castigos, confundidos en un mismo delirio! ¡Ojalá que el amor me mate i que tú me sobrevivas para amar segun tu naturaleza i segun tu corazon! ¡Yo seria menos desgraciada muriendo, de lo que soi, conociendo que vivo a espensas de tu dolor!...."
Con estas últimas palabras cayó el libro de Lamartine sobre las faldas de Berta, inclinó ésta la cabeza i una lágrima tierna tembló en los párpados de sus ojos i se deslizó surcando sus mejillas hasta caer sobre esa pájina apasionada i palpitante.
—¡Oh! ¡madre mia! esclamó en seguida: la muerte o la desesperacion son los únicos caminos de un amor imposible, i sobre todo, cuando se anida en el ardiente corazon de un jóven i lo que es mas, ¡de un jóven poeta! ¡Si Rafael no hubiera sido poeta no habria amado tanto! Si su amor por Julia no hubiera sido un amor imposible, habria sido un amor triste pero no desesperante.
—En efecto, si la realizacion de ese amor no hubiera sido imposible, no habria sido tan grande, hija mia, repuso la madre, sonriendo con esa frialdad de los años, al ver con aire de sincera estrañeza las juveniles impresiones de su hija.
—De todos modos, si yo no quisiera ser Julia, menos querria ser Rafael, porque a juzgar por lo poco que he leido en mi vida, las pasiones de los hombres son mas vehementes i menos pasajeras que las pasiones de las mujeres i porque ante todo, el poeta parece un ser condenado al sufrimiento i predestinado a la desgracia. I como dice, mamá, aquel autor español que leíamos una tarde en el cenador del jardin:
«El poeta en su mision
Sobre la tierra que habita
Es una planta maldita
Con frutos de bendicion.»
—Por eso, mi querida Berta, no aspires a ser ni Rafael, ni Julia i conténtate con ser la hija tierna i amorosa que concentra en su amor filial todos los perfumes de su alma sensible, todos los latidos de su impresionable corazon.
—Tiene usted razon, madre, dijo Berta, precipitándose a colgarse del cuello materno: ¡tiene usted razon! usted será siempre el único objeto de mi cariño. Hizo resonar un beso en la frente de su madre i agregó:
—Yo la amo a usted tanto como Rafael a Julia. ¿Para qué aspirar a un nuevo amor, si el que a usted le profeso me hace feliz, si constituye la delicia de mi vida? I si he de decirle la verdad, hai en el fondo de mi alma un sentimiento vago e indefinible que me inspira cierto miedo al amor: me parece que huiría de él si lo encontrase en mi camino.
En ese momento la entrada de un perro negro i hermoso anunció la llegada de Manfredo, padre de Berta. Mientras el perro se tendia a los piés de ésta, batiendo la cola i restregando la frente en los pliegues de su vestido, como para acariciarla, llegó Manfredo de la calle i pisó el umbral de la habitacion, en que permanecian abrazadas madre e hija.
VII
Índice
Taciturno i pensativo traspasó Manfredo el umbral de la puerta, i al descubrir con sorpresa aquel tiernísimo cuadro doméstico; a la hija llorosa en los brazos de la madre i con la frente inclinada sobre su hombro, se demudó de súbito i se apresuró a preguntar a su esposa:
—¿Algo de desagradable ha ocurrido durante mi ausencia?
Berta i Raquel callaron.
Manfredo reiteró la misma pregunta, con cierta involuntaria ajitacion, i agregó:
—No contaba, por cierto, con que al volver al seno de mi familia, para buscar en él el dulce consuelo de mis contrariedades i sufrimientos, fuera para encontrar a mi hija llorosa i aflijida.
—No es nada, contestó Raquel. La esquisita sensibilidad de Berta le ha arrancado lágrimas de conmocion al leer las pájinas de Rafael.
—Ojalá todos los motivos de sufrimiento fueran como ese. Yo acabo de tener uno mayor, hija mia. He recibido hace poco una carta de la Habana que me hace temer, i con sobrada razon, por el mal estado de mis negocios. Un ajente mio en esa ciudad, ha fugado, quién sabe a dónde, llevándose una gran cantidad de café, cascarilla i añil, que le habia enviado para que remitiese a España. Me dicen que su situacion comercial era dificil, i ha querido probablemente usurparme el honrado fruto de mi trabajo i del sudor de mi frente, esponiendo a dejar en la miseria a mi pobre familia.
—Dios remediará tus sufrimientos, contestó Raquel, no sin procurar disimular a su esposo la impresion que le hacia tan funesta nueva. Dios los remediará, i hará que el estafador caiga a manos de la justicia, i que el fruto de su indignidad, que es tambien el fruto de tus desvelos i de tus trabajos, vuelva a tus manos.
—¡I lo peor es que no hai remedio!... dijo Manfredo, interrumpiendo a su esposa.
—No te aflijas, Manfredo. Ni yo ni nuestra hija tenemos ese apego al lujo de la jente vulgar: son buenos sentimientos, i no seda i encajes los que estan gravados en nuestros corazones. Yo, como tú recuerdas, fuí hija de la desgracia; viví largo tiempo del producto de mis trabajos i eso me ha aleccionado i dádome resignacion bastante para sobrellevar la mediania i aun la carencia de la fortuna.
Manfredo, con la frente inclinada i el semblante sombrio, se paseaba silencioso de un estremo a otro de la habitacion.
—I sobre todo, Manfredo, agregó Raquel, ¿sabes que tengo algo bueno que comunicarte?
—¿Que?
—Como a las nueve de la mañana, ha estado aquí una costurera que tú conoces i que viene con frecuencia a arreglar nuestros vestidos. Me ha hecho, pues, esa mujer una valiosa oferta que la espero con impaciencia, que bien vale la pena de que devuelva el contento i la calma a nuestros ánimos i la sonrisa a nuestros labios. Me ha ofrecido venir probablemente a esta misma hora trayéndome un mulatito, de 18 años de edad, poco mas o menos, para que nos sirva de camarero.
—En verdad.... continuaba Raquel, pero fué interrumpida, por el sonido repetido de una campanilla de timbre sonoro que resonó en el interior de la casa.
El ruido de esa campanilla era la señal que indicaba la hora del almuerzo.
Son las diez i cuarto, dijo Manfredo, sacando nuevamente su reloj del bolsillo del chaleco; los sirvientes han tardado en llamarnos a la mesa, algo mas que lo de costumbre.
VIII
Índice
Padre e hija, con mas Albertito, dejaron el costurero i se dirijieron al comedor, atravesando el salon de recibo que estaba inmediato, i sucesivamente las alcobas de Manfredo i de Raquel i una parte de uno de los corredores. Manfredo colocóse a la cabecera de la mesa, Raquel en su costado derecho; Berta tomó asiento a su lado izquierdo, despues de colocar junto a sí a Albertito, levantándole de los codos para sentarlo, como acostumbraba hacerlo, i acomodándole la servilleta en el pecho i el cubierto en la mano.
El comedor estaba situado en el fondo de la casa; estendíanse delante de él los floridos jardines del patio i por detras el huerto con sus jigantescos árboles que sobresalian de los muros. A uno i otro costado de la puerta de entrada habia hileras de ventanas resguardadas por sobresalientes barandas de hierro, i cubiertas por trasparentes celosías. La brisa embalsamada del huerto i de los jardines penetraba por ellas, empapada de rosa i de jazmin. El gorjeo de las aves, confundido con las melodías de un piano cilíndrico de cuerda, que solo se oia durante la mesa, hacian deliciosa esa hora apostólica del hogar doméstico.
Manfredo hacia el gasto principal de una conversacion jovial i a veces picante, i sonreia de felicidad al verse tan apaciblemente rodeado de su esposa i de esos dos carísimos frutos de su amor. El disgusto de su familia con motivo de la carta que le anunciaba el quebranto de su fortuna habíase ya disipado en esos momentos felices, Manfredo se sentia tan contento, que en un instante de entusiasmo levantó la copa, invitando a su mujer a tomar a la salud de su hija, en cuya belleza peregrina se deleitaba a ratos con cierta inocente i mal disimulada satisfaccion, que revelaban de sobra la indiscreta espresion de sus ojos i la sonrisa que invadia su rostro.
Algunos floreros de porcelana blanca que contenian grandes ramos formados de las rojas flores de la ceiba, adornaban la mesa. Frente a la entrada se mostraba la chimenea, en medio de dos ventanas, i a ambos lados de ésta, se alzaban desde el suelo dos inmensos búcaros de mármol llenos de ramas de palma. Sobre la chimenea habia un reloj de mesa, en cuya parte superior dominaba el busto de Shakspeare, con una corona de laureles en una mano i una lira en la otra.
IX
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Sonó en ese momento en un corredor inmediato una campanilla cuyo resorte fué tocado en la puerta de la calle. Manfredo al oirla tocó tambien un timbre que tenia junto a su asiento para llamar a los sirvientes. I al presentarse inmediatamente uno de ellos, le dijo:
—Vé al jardin del patio i divisa desde allí quien ha tocado el tirador de la campanilla. Si es algun amigo introdúcelo aquí, i si es alguna persona desconocida condúcela al salon suplicándola que aguarde i avisándole qué estoi en mesa.
El sirviente cumplió la órden del patron, i volvió poco despues, de carrera, jadeando i lleno de un alborozo indisimulable, dijo sonriendo de alegria:
—Señor, es una mujer que pregunta por la señora.
—¿I quién es ella?
—La costurera Carolina.
—¿Pero qué de ahí? ¿Porqué tanta ajitacion? repuso Manfredo.
—Es, señor, que no viene sola....
—¡Pero, vamos! ¿Quién la acompaña?
—Viene, señor, con el mulatito que le ofreció a la señora. I acercándose a Berta, que estaba distraida atendiendo a su hermanito, la dijo al oido:
—Señorita Berta, ha llegado el mulatito Gabriel.
—¿Dónde está? esclamó ella entusiasmada.
—Está afuera.
—¡Mamá! ¡mamá!, ¡Gabriel ha llegado! Voi a conocerle, dijo palmoteando las manos de alegria, e incorporándose en su asiento para ir en su alcance. Pero el padre la detuvo, diciéndola.
—¡Tranquilízate, niña, i no te muevas de tu asiento! Ya he ordenado que lo introduzcan aquí: ya vendrá.
—¿Pero qué importa que Berta vaya tambien a traerlo? replicó la madre.
—Es que con esas exajeraciones i alharacas ensoberbecen a los sirvientes, i despues se quejan de la misma soberbia que les han inspirado.
Oyóse ruido de pasos en el corredor: todas las miradas principiaron a fijarse en la puerta.
Berta se ajitaba intranquila en su asiento. Alberto palmoteaba la mesa i proferia palabras de júbilo infantil.
Solo Raquel permanecia con una impasibilidad imperturbable, que no revelaba impresion alguna, aunque fijándose bien en su fisonomia se traslucia en su alma una melancólica indiferencia.
X
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El momento deseado llegó por fin.
Un mulato adolescente pisaba con cierto aire modesto i arrogante a la vez, el umbral de la puerta del comedor, seguido de la consabida costurera que le acompañaba con esa risueña complacencia que se anticipa a veces a un éxito feliz.
De una estatura que parecia anticiparse a su edad, espigado, de cara casi redonda, frente preñada i lijeramente espaciosa, de negros, grandes i chispeantes ojos, mejillas algo abultadas en las que se revelaban la salud i la lozanía, labios encendidos i pronunciados cuya sonrisa mostraba las curvas de su dentadura tan blanca como un teclado de concha de perla en miniatura, de cabello tan crespo i menudo como el de un negro. Tenia tambien en su aspecto cierto erguimiento natural que parecia la emanacion involuntaria i sincera de un amor propio bien entendido i cierta, elegante flexibilidad en su porte i sus maneras que contrastaba con su aspecto i su color. La dulzura de su espresion, que parecia traslucir la bondad de su carácter se armonizaba con la seriedad de su continente, que anunciaba la madurez casi prematura de su juicio i de su intelijencia. En el movimiento de sus labios prontos a desplegarse a la primera impresion, en el fuego de sus rasgados ojos sobre cuyas negras pupilas parecia arder la chispa del talento, en su ceño al parecer casi siempre contraido por la fuerza del pensamiento, se revelaba, a primera vista, que el rayo de luz que iluminaba su intelijencia, reflejábase tambien sobre su rostro oscuro pero simpático.
Apenas el mulato se presentó en la puerta del comedor, todos los ojos llenos de curiosidad se volvieron i se fijaron en él. Todos, pues ya habian acabado de comer, se levantaron de la mesa con mas o menos precipitacion i rodearon a Gabriel. Este, despues de hacer una vénia profunda i respetuosa, permaneció de pié en direccion a la puerta.
Manfredo i Berta le colmaron de preguntas, i como a todas contestase con monosílabos, golpeándole Manfredo la espalda, i sonriendo con jovialidad le dijo:
—Vaya que eres un hombre de pocas palabras; la concision de tus respuestas te hace adecuado para ministro de Estado.
Gabriel al oir estas palabras, inclinó lijeramente la cabeza como para ocultar una sonrisa picarezca.
Alberto, el niño mimado de la casa, brincaba de alegria, palmoteaba, i dando gritos de júbilo infantil, al verse con un nuevo compañero, abrazó de la cintura a Gabriel i sin desclavarle los ojos le decia:
—¡Ya tengo con quien corretear en el huerto! Mira, tu jugarás conmigo al volantin; yo te regalaré los juguetes que me dió mi papá en premio de la buena leccion de lectura que le dí a mi madre.
Gabriel miraba, sonreia i acariciaba al niño en silencio.
Raquel entretanto contemplaba fijamente i con la frente algo inclinada al mulato huésped. Habia cierta vaguedad sombria en el semblante de esa mujer, cierta espresion de tristeza en su mirada, en su actitud, i hasta en la posicion de su mano sobre la que descansaba su sien con una especie de melancólico abandono.
—Pero, en fin, prorrumpió nuevamente Manfredo, dirijiéndose a Gabriel, ¿cuál es tu oficio? ¿cuál ha sido tu ocupacion hasta ahora? ¿quienes te conocen a tí que puedan recomendarte por tu buena conducta? ¿Cuál es tu familia? ¿Tienes padres? Las recomendaciones que hace de tí Carolina, son en verdad mui satisfactorias, pero, con todo, es preciso que te oigamos a tí mismo, porque nadie mejor que tu puede darnos cuenta exacta de tu vida, de tu conducta, de tu oficio (si lo tienes) i sobre todo, de tu nacimiento, porque las condiciones de un hombre, en cualquiera esfera a que pertenezca tienen su oríjen por punto de partida.
Gabriel, dirijiendo una significativa mirada a Manfredo, le contestó:
—¿Para todo, señor hace Ud. tanto gasto de desconfianza?
—¡Qué respuesta tan oportuna! murmuró volviendo el rostro Raquel.
—¡Ah! yo no te creo uno de esos aventureros errantes, sin asilo fijo, que no son útiles para nada, i lo que es mas, que no saben de dónde vienen ni a donde van en el camino de la vida; pero tu ves que es natural que antes de introducir a una persona en el seno de una familia, se cerciore uno de todo lo que se relaciona a su respecto. I tanto para mostrarte que soi franco contigo, como por inspirarte confianza, te diré que te esperábamos favorablemente predispuestos, i que noto desde luego que has causado una buena impresion en los de mi familia. I si tu proceder como lo espero, es ajustado, tendrás en mi esposa i en mí, algo mas que los señores que no presentan a sus sirvientes i esclavos sino un ceño airado, conforme a la despótica educacion española.—Ademas, Gabriel, satisfaremos tus necesidades; haremos las veces de tus padres, i vivirás bajo el ala de nuestra proteccion i cariño.
Despues, Manfredo, como indicando que habia acabado de hablar, se sentó sobre un mullido sillon de balance i comenzó a mecerse en silencio fijando con atencion la vista en Gabriel.
Este a su turno bajó la cabeza i los ojos, pasó la mano por la frente, mas de una vez, como para reprimir su emocion, i calló.... ¿Calló para no proferir una palabra mas? ¿Calló por que su conciencia se sentia abrumada al peso de las interpelaciones de Manfredo, o por que se ruborizaba, tal vez, de no tener que contestar satisfactoriamente?
Nó; rompió su largo silencio con la voz tan trémula de emocion que parecia anudársele en la garganta, i dijo:
—¡Ah!, señor, me ha arrastrado Ud. por las mas violentas i opuestas emociones. Sus palabras han hecho vagar mi corazon entre la humillacion i la complacencia, entre el temor i la desconfianza, entre el dolor i la felicidad. Detrás del primer impulso de simpatia con que Uds., me favorecian vinieron las sospechas i las desconfianzas de mi persona. I a la verdad, señor, que no sé qué contestar a las diferentes preguntas que me hace Ud., ni sé tampoco por cual comenzar.
—Mas calma Gabriel; si tomas el peso de mis palabras verás que todo lo que te he dicho está en sus cabales i que no hai en ellas nada de irregular.
—Señor, no crea usted que he perdido el sociego: voi a probárselo.
—¿Como?
—Contestando con serenidad a todas sus preguntas.
—Te oiré con gusto.
—Bien señor; me preguntaba usted por mi oficio. Mi oficio, señor, es el humilde oficio de peinetero. Apesar de mi poca edad he adquirido una destreza tal en la fabricacion de peines i peinetas de carei, que muchísimas señoritas de Matanzas, prefieren las mias a la de cualquier otro artesano. I puedo asegurarle con lejítimo orgullo, que hé adquirido ya alguna celebridad en mi oficio.
—I te encuentro razon para estar contento de ello, dijo Manfredo, interrumpiéndole.
—En verdad, señor; por que aun que esa humilde celebridad del artesano no tiene el noble lucimiento de una profesion científica, o la brillantez aristocrática de la carrera literaria, puesto que es debida a simple destreza de manos que el hombre mas imbécil puede adquirir con un poco de paciencia i asiduidad, sin embargo, asegura a lo menos el sustento diario. La mayor parte, señor, de las personas que van al taller del que soi oficial, preguntan con marcada preferencia por las peinetas fabricadas por Gabriel.
—¿I de donde te viene tanta celebridad?
—La razon es sencilla señor.
—¿Cuál? Por que por buenas que sean las peinetas que tú haces, tú comprendes que no pueden igualar a las estranjeras.
—Es verdad, señor: pero el patron de mi taller vendia mas baratas las mias que las estranjeras, i ademas contribuyó para que yo adquiriera lo que los artesanos llamamos parroquianos, el que yo distribuia mis peines i peinetas por todas las casas, lo que no hacia nadie.
—En efecto, Gabriel, era esa una ventaja considerable.
—I ademas, señor, puedo agregar, en obsequio de la verdad, que tuve la suerte de ser simpático a mis parroquianos, a tal punto que noté mas de una vez que habia casas en las que preferian mis peinetas a otras de igual precio i superior calidad, en fuerza de la simpatia que yo inspiraba.
—¿I en donde estaba tu taller?
—Mi taller, señor, está en la esquina de la plaza, cerca de la botica alemana.
—¡Ah! ya recuerdo haber visto allí una peineteria. I si mi memoria no me engaña, creo alguna vez haberte divisado al pasar por ahí.
—No seria raro, señor.
Rafael, Berta, Albertito i la costurera Carolina escuchaban entre tanto atentos el diálogo de Manfredo i Gabriel.
—Ya usted comprenderá, señor, agregó Gabriel, que no faltan personas que me conozcan. De entre ellas podria indicarle cuantas guste para que me recomienden ante usted. En cuanto a mi honradez, me humilla señor, sobre manera, que el que ha sido siempre escrupulosamente severo con ella, tenga, sin embargo, necesidad de probarla.
Yo creo, señor, que el trabajo que santifica al hombre, un nombre oscuro pero sin mancilla i el pan que se lleva a los labios cuando ha sido amasado con el sudor de la frente, responden de la honradez de una persona.
—Pero si tu oficio aseguraba tu subsistencia i tenias cariño por él como se trasluce al travez de tus propias palabras, ¿por que lo abandonas a trueque del servicio doméstico, cuyos salarios son tan mezquinos en este país, en donde el rico esplota el trabajo del pobre? I aun cuando esos salarios fuesen grandes, ¿podrian nunca igualar a las ganancias que te proporcionabas probablemente siendo ya un acreditado artesano?
—¡Ah! señor, cualquiera que escuchara sus reflecciones las creeria incontestables a primera vista, i sobre todo sin oirme. Pero no es así, el avaro artesano, en cuyo taller trabajaba yo, esplotaba de tal modo mi trabajo, que solo me dejaba de las utilidades tan escasísima parte, que apenas si alcanzaba a satisfacer mis necesidades i las de una pobre anciana que vivia a mis espensas en los últimos dias de su vida.
—Pero Gabriel, ¿no contaste con el porvenir?
—¡El porvenir!.... esclamó desconsolado Gabriel.
—I a la verdad, me parece que debiste haberlo tomado en cuenta, porque mas tarde habrias podido poner un taller, ser su jefe, i ganar mucho, i quizá llegar a enriquecer.
—Para poner, señor un taller propio, habria necesitado un capital o una proteccion que no tenia. El trabajar como dependiente, en el taller ajeno, no es sino para verse esplotado en beneficio de otros.
—Pero esos, a mi ver, no eran inconvenientes insuperables, Gabriel.
—Usted, señor, no me conoce aun. I el abandono de mi oficio ha sido un tributo a la independencia de mi carácter. Ademas, mientras otros quieren el dinero, yo lo miro con el mas profundo desprecio. Jamás he llevado impreso en mi corazon ese pedazo de vil metal que los hombres adoran. Prefiero mil veces las delicias de las dulces afecciones domésticas, de las que me he visto siempre desheredado, el aprecio íntimo de una persona querida o los encantos del hogar, a una montaña de oro. Prefiero una mirada cariñosa, una caricia sincera, un seno donde reclinar la cabeza, a todas las fortunas del mundo. Yo desde mui niño sabia que la jeneralidad de los hombres no piensan ni sienten como yo a este respecto; pero me inspira un goce indefinible la idea de ser una escepcion entre ellos. Por otra parte, señor, yo sentia mortificado mi amor propio al tener que tocar, a la manera de los mendigos, las puertas de los opulentos, para ofrecerles, como quien pide una dádiva, el fruto de mi trabajo honrado. Si la fortuna hubiera podido conducirme a una digna posicion social, la habria mirado como un don inapreciable para mí, como el ala de mis mas nobles aspiraciones. ¡Ah! pero eso era imposible, ¿De qué me habria servido, señor, tener una fortuna si todos hubieran dicho: Gabriel de la Concepcion Valdés, el mulato, el bastardo, el artesano?
—¿Bastardo? esclamó Manfredo.
—Hé ahí por qué, señor, continuó Gabriel, prefiero vivir, sepultado en el fondo de un hogar doméstico, olvidado de los conocidos de antes e ignorado de todos. Al menos, no habria humillacion en ese olvido, no lo habria en servir a mis señores, porque el cariño recíproco me ligaria con ellos i me elevaria a su altura.
—¡Bastardo! te he oido decir con sorpresa, mi querido Gabriel.—¿Eres bastardo?
—Bastardo... dicen que soi, señor. Yo no conozco mi oríjen. Mi pasado está lleno de vacio i oscuridad. Yo soi el fruto que ignora de que árbol se ha desprendido. No recuerdo haberme mecido en el regazo maternal. ¡Oh! ¡qué entrañas debió tener esa madre, si es que fuí abandonado por ella!.... Es imposible que esa mujer sea feliz, pero Dios quiera que lo sea, porque yo, aun sin conocerla, ¡la amo i la perdono!..
Calló i permaneció un momento con la frente inclinada....
Raquel contemplaba atónita ese cuadro tan triste i tan recargado de sombras: como una nube en el cielo, cruzó otra sombra por sobre su frente. Una gruesa i silenciosa lágrima surcó su mejilla, talvez, despues de otras lágrimas que en el curso de esa escena palpitante de dolor, de sinceridad i de ternura pasaron desapercibidas....
Quedó tan conmovido Gabriel, que parecian paralizárseles todos los resortes del alma, al contemplar la lágrima de esa mujer que cayó a su vista como un rayo sin tempestad. Aproximóse a ella con la mirada apasionada i chispeante i la dijo:
—¡Oh! señora, usted es la mujer mas buena que he conocido en el mundo. ¡Mis desgracias han hecho eco en su corazon, mis lágrimas han arrancado otras lágrimas de sus ojos! ¡Si yo pensaba antes de ahora en ser su camarero, de hoi mas, seré su esclavo, pero un esclavo voluntario!
Raquel fijó en el jóven mulato una mirada tristísima, balbuceó una palabra que, por el ademan, se inferia que era una palabra de agradecimiento, i profundamente impresionada bajó los ojos.
Gabriel a su turno la miró en silencio.
Manfredo fijó entonces en Raquel otra mirada penetrante i acudiendo a su lado la dijo con ternura:
—¿Qué tienes, esposa mia? ¿Por qué lloras?
—Nada, nada; contestó Raquel, con los ojos llorosos i el semblante risueño. ¡Es tan triste la historia del infortunado Gabriel, es tan simpática la desgracia i él sabe contar la suya con tanto sentimiento!
—¡Pero, vamos! repuso Manfredo: este es ya un diluvio de llanto. I a la verdad, ¿a qué hacer tanto gasto de sentimiento? Hai tanto porqué llorar i sufrir en este valle de lágrimas.
En ese momento el reloj de mesa que oscilaba sobre la chimenea, dió las dos de la tarde.
—Vaya que ha sido larga la sobremesa, agregó Manfredo. Yo tengo algunos asuntos que arreglar, i distraido con lo ocurrido, sin sentirlo he perdido el tiempo. Raquel, la dijo en seguida; ház que los sirvientas i nuestros hijos, hagan reconocer a Gabriel la casa i el huerto, para que los conozca.
I diciendo esto tomó su sombrero, palmeó risueño el hombro de su esposa, en señal de despedida i partió.
Pulsuz fraqment bitdi.