Kitabı oxu: «Aviones que se estrellan contra todo»

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Para Óscar, Liz y Juan, mis hermanos
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Los trenes solo empiezan a existir cuando descarrilan, y cuantos más viajeros muertos, más existen los trenes; los aviones solo acceden a la existencia cuando son desviados.
–Georges Perec, Volver a Verne
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1
Un rinoceronte corre por la autopista. Su único interés consiste en ser algo que avanza a toda prisa. Su sombra es la imagen de la soledad que huye de ella misma sin mirar atrás. Otro rinoceronte corre junto a él. Se miran como dos tanques de guerra enamorados a punto de destruir el mundo. Como si nada importara. Sin embargo, no es el amor el que los une, es una fuerza sobrenatural, el impulso incontrolable de huir de todo. Quizá solo se trate de que somos aquello de lo que no pudimos escapar, piensa el primer rinoceronte al detenerse en medio de un parque desierto. El segundo rinoceronte levanta el vuelo y desaparece a través de la lluvia que ahora cae en este sueño. Es una lluvia inofensiva, pero, como en otros sueños que has tenido, sentir la lluvia es realmente alentador, como si un fantasma lejano se acercara y te susurrara palabras frías al oído. Llueve y el rinoceronte solitario camina lentamente. Cruza la calle que atraviesa el parque, olisquea aquí y allá y orina frente a una banca. Parece que no le incomoda mojarse. No puedes advertir el punto exacto desde donde lo miras, pero logras observarlo con detalle. Incluso puedes acercarte tanto que reconoces su olor. Huele como huelen los rinocerontes mojados a punto de estrellarse contra la niebla. Te mira y deja escapar un quejido agudo. Te alejas inmediatamente mientras te preguntas por qué carajos el rinoceronte que no vuela te enseña su cuerno afilado. Te sientes aún más asustado cuando camina hacia ti. De repente acelera su paso. Corre a cincuenta kilómetros por hora y huyes despavorido sin dejar de mirarlo. Crees que de haber tenido agallas lo hubieras enfrentado a muerte. Crees que de haber tenido agallas las cosas hubieran sido diferentes. Aunque no hacen falta agallas cuando tienes un dolor de cabeza como el que sientes ahora que el rinoceronte que no le teme a la lluvia se ha desvanecido; cuando adviertes el sudor en tu cuerpo como una quemadura de primer grado y te das cuenta de que estás sentado al borde de la cama y que en pocas horas el avión que sacará a tu hermano y a Liza de aquí despegará y quedarás solo.
Liza duerme junto a Óscar, la espías sin temor a que te descubran; tiene la boca abierta y sus dientes puntiagudos te dan miedo. Tienes un dolor de cabeza que te vuelve loco. Quieres que tu cabeza vuelva, que construya algo que no se derrumbe a cada instante. El corazón te brinca como diciendo “¡Corre de una puta vez!” Pero no lo haces. Tu vida es una pista de aterrizaje abandonada. Entonces piensas en el rostro de tu madre, en el día en el que tu hermano perdió las piernas, en las ojeras de tu padre, en la primera y única vez que besaste a Liza, en que mañana todo arderá por fin. En esos dos a los que no volverás a ver. Piensas también en la nueva vida que les espera y eres feliz por ellos. Feliz como solo puede ser un hombre con ganas de quemarlo todo y con un boleto de avión hacia ninguna parte.
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2
Me gustan los incendios y odio las despedidas. Antes me gustó ver volar los aviones y soñar con el día en que pudiera robarme uno. El fuego hace que las cosas tomen forma. Antes también me gustó pensar en esta ciudad como un tobogán larguísimo que desembocaba lejos de aquí. Quisiera que el cielo me tragara y me escupiera en otro lado. Esta puta ciudad es un fantasma. No me agradan ni el sol, ni las calles, ni la gente. No llueve desde hace meses y el calor lo devoró todo. El sudor es una tumba que te aprisiona los huesos. Aquí no pasa nada. Desde que quitaron la fuente de al lado de la biblioteca cada uno se fue por su lado. Quienes pensaban que vagando todo el día esquivarían la patada voladora del tedio se quedaron sentados en el bosque de la universidad, otros se soplaron lo que encontraron y se volvieron mierda solos, otros arrojan piedras a los policías que disparan, como si no hubiera cosas por quemar afuera, más allá de las montañas. Mi hermano y yo decidimos acostarnos sobre el pasto mojado para ver despegar los aviones y planear la manera de escaparnos de esta alcantarilla, pero eso fue antes de la ola de calor y de Liza. Antes de que Óscar perdiera sus piernas y decidiera abandonarme como a un pañal cagado al borde de la carretera. En pocas horas estará sentado en un avión mientras yo me quedaré aquí, de vacaciones en mi propia miseria. Hoy las cosas son otra vuelta, una caja negra repleta de recuerdos y pesadillas. Mis sueños caminan sonámbulos por la autopista, después despegan como un DC-3 destartalado hacia otra parte. Lejos. Luego viene la desgracia y lo borra todo. Mi hermano escapará de aquí mientras yo escribo mi nombre con el dedo en el cemento fresco mientras espero a que algo pase. Pero no sucede nada.
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3
La mediocridad me mantenía vivo y alerta. Vivir en una ciudad como esta puede partirte el culo si intentas ser alguien en la vida. Nada. Así terminan las historias aquí. No quería parecer derrotado. No quería de ninguna manera ser derrotado. De hecho, eso era lo último que deseaba en el mundo, pero todo lo que pensaba antes de dormir era triste porque no pensaba en el cielo sino en abismos y en cosas que caían como aviones. Cosas que podían ser mi corazón abandonado por aquellas mujeres que nunca me amarían. Cosas que podían ser los aviones en los que pensaba escapar de esta ciudad. Pero eso no era lo que quería, era más bien lo que temía, aunque sabía que uno siempre se encuentra con lo que teme, igual que inevitablemente termina por estrellarse contra lo que intenta esquivar. En ese tiempo estaba más confundido que ahora, mi cabeza estaba llena de aserrín y no sabía de qué manera barrerlo. En ese tiempo creía que el amor era el objetivo, eso era precisamente lo que sucedía la mayor parte del tiempo. Una montaña rusa que se desbarataba en su punto más alto. De manera que no tenía mucho sentido tratar de mejorar las cosas porque el ruido de los aviones sobre mi cabeza estaba empecinado en destruirme. Aun así, me deseaba suerte cada noche antes de caer dormido. Por esos días deambulaba de un lado a otro de la ciudad como si nada importara y la única razón de resistir radicara en el aburrimiento, como si nada me atara a las calles en las que hace muchos años me había perdido.
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4
La primera vez que pensamos escapar éramos niños. Fumábamos los cigarrillos que mi mamá dejaba sobre la nevera y jugábamos a descifrar el rumbo de los aviones que despegaban a nuestro lado. Óscar tenía diez y yo doce. Empacamos un par de cosas en una maleta sucia y decidimos irnos en el primer avión que pudiéramos. En el aeropuerto ya nos conocían porque a veces nos veían jugando en los esqueletos de las avionetas que adornaban los talleres. Nos sacaban, pero siempre volvíamos. Sin embargo, aquella vez tuvimos miedo, era de noche y hacía un frío áspero. Teníamos una bolsa de pan que nos comimos callados. Óscar me dijo: Se acabó, ahora tengo que volver. Supongo que algo pasó entre los dos ese día, algo que solo dos hermanos golpeados por el silencio pueden entender. Cuando llegamos a casa, había amanecido. Él metió la mano por la ventana y abrió la puerta. Nadie dijo nada. Nadie nos esperaba. Nunca supe si alguien se había dado cuenta de que no estábamos. Nos acostamos el uno junto al otro y por primera vez todo estuvo en calma.
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5
Desde pequeño me gustó incendiar cosas. Si me hubieras visto de pequeño te hubieras asustado. Me ponía los vestidos de mi mamá y me pintaba la boca como un payaso feo, luego le sacaba los fósforos del pantalón a mi papá y corría al patio a quemar las hormigas rojas que caminaban en fila por el pasto. Una vez soñé que iba montado en un dragón que escupía fuego sobre mi colegio, sobre esta ciudad que no entendía la belleza de un incendio. ¿Sabes qué les pasaba en ese tiempo a los niños que se vestían de mujer y soñaban con quemar cosas? Jamás podrás imaginarte lo que era verse así a los siete años. Aun así, por esa época yo era el niño más feliz del mundo. No sé en qué momento la vida se convirtió en una babosa gigante. Yo solo deseaba caminar descalzo, dejarme picar por las hormigas y sacarme los piojos para luego quemarlos en la soledad del patio.
Un día mi papá entró a mi cuarto y me vio probándome un sostén relleno de medias. Mi papá es un tipo extraño. Las piezas de su cabeza se desordenaron y después se juntaron de manera rara. Me miró a los ojos y cerró la puerta. Después de aquella escena lo vi muy poco, un par de veces en las que pasaba por mi lado y me tocaba la cabeza sin mirarme. Creo que fue cuando se murió mi mamá cuando pude advertir, después de muchos años, las bolsas bajo sus ojos, los pelos en sus orejas que inundaban el pasado como una maleza tierna. Venía con la cara sumida en la tristeza, como si un dragón hubiera devastado esa ciudad que él mismo era. Yo me encontraba leyendo una enciclopedia vieja, de esas que traían muchas fotos y se pagaban a cuotas durante años. Vi a papá con su mirada nublada parado frente a mí. Tu madre ha muerto, dijo como si no hubiera pasado nada. Yo volví a la enciclopedia y me perdí en los millones de letras que caminaban como hormigas moribundas. Funcionaba de maravilla. Papá seguía ahí sin decir nada. Me detuve en la imagen de un castillo viejo y pensé en todas las cosas que tendría dentro, cosas maravillosas que solo podrías encontrar allí. Luego pensé en todas las cosas que no quería encontrar allí: navajas, zapatos sin cordones, loncheras, agujas, carritos de supermercado, monedas de diez pesos, balones pinchados, uniformes de karate, piezas de lego amarillas, edificios muy altos, bigotes, cilindros de gas, cáscaras de banano, cabezas de rinocerontes, mechones de pelo, jarabes para la tos, portarretratos vacíos y ataúdes para niño. Cuando levanté la cabeza papá no estaba, entonces supe en qué me había convertido.
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6
Agripina tenía una obsesión, que su hijo Nerón fuera emperador. Se decidió por consultar el oráculo y este le contestó: “Tu hijo será emperador. Pero cuando llegue a serlo asesinará a su madre”. Ella contestó: “En realidad, que me asesine me tiene sin cuidado”. Nerón intentó asesinar a su madre tres veces.
Mi madre siempre creyó que yo iba a llegar lejos, que era el más inteligente de sus dos hijos. Mamá no necesitó ayuda para morir, desde siempre supo cuál iba a ser su destino. Me sobaba la cabeza cuando prendía sus cigarrillos y me miraba a los ojos mientras me decía que nunca fumara una de esas porquerías porque podría quemar mi vida. Que cuando se muriera no la llorara. Recuerdo que cada vez que mi mamá salía de casa, yo dibujaba corazones morados en hojas cuadriculadas que recortaba mal y los escondía en los bolsillos de la ropa que guardaba en su armario. Tiempo después, cuando murió y descolgamos los vestidos que nunca usaba y limpiamos la casa de sus cosas, encontré esas pequeñas notas en una caja aterciopelada que escondía en una jarra de plástico junto a sus joyas. A veces me da por pensar que mi mamá es un fantasma que asesino con los pocos recuerdos que aún guardo en mis bolsillos.
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7
Como los aviones, también nosotros tenemos una caja negra que registra quiénes y qué decisiones nos llevaron al desastre. En algunos casos los recuerdos constituyen el plan de vuelo sobre el que fundamentamos nuestra existencia, otras veces tan solo son un ancla que nos arrastra al fondo de nosotros mismos. Recuerdo a mi mamá peinándome durante horas en la casa que era de mi tía, cuando no vivíamos cerca al aeropuerto y yo apenas balbuceaba palabras que ella aplaudía como si en verdad creyera que iba a pasar algo conmigo. En ese tiempo Óscar no había nacido y yo pasaba todo el día corriendo por la casa. Ahí fue donde conocí el fuego, el calor del fuego con el que mi mamá prendía esos eternos cigarrillos que poblaban de humo sus arrullos, sus promesas de amor, sus regaños. En aquella época, yo era un niño solitario que arrojaba los zapatos por la ventana que daba a la calle, la épica de correr las cortinas para que nadie descubriera mi pequeño secreto. A veces creo que sería otro sin mi pasado. Otras veces creo ser un montón de recuerdos metidos a presión en una caja con una etiqueta de “frágil” en el exterior.
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8
Siempre me ha venido bien la idea del fin del mundo. Estrellarme con eso que nunca voy a conocer ha sido, desde el inicio de todo, un ejercicio enternecedor. Cuando la infancia se alejó y cada uno tomó su camino, llegaron unos días interminables y tristes. Durante mucho tiempo no pasó gran cosa, nadie hablaba de nada hasta que Liza apareció y se metió con mi hermano. Liza era una gringa que aterrizó aquí como voluntaria de una oenegé y a veces caía por la universidad a parchar y a tomar cerveza. La primera vez que la vi estaba sentado en una banca del bosque, ella venía sola y tenía el pelo amarrado con un trapo de colores. Ese mismo día entendí que Liza jamás me amaría. Nunca he sabido con certeza qué sucedió. Si yo fuese inteligente conocería la respuesta a esta pregunta. Creo que todo lo que hacemos por amor lo hacemos porque estamos hechos para el desastre. El amor es una tontería, pero Liza no lo era. A pesar de mi hermano, ella insistía en sobrevolar mi cabeza como balas de ametralladora. Quizá era una mentira que me gustaba repetirme. “Si todo es mentira escoge al menos una que sea hermosa”, me decía cada vez que la veía sola, pateando cosas por la calle. Cada vez que sentía su presencia imponente se me encogía un poco el corazón, arrugándose sobre sí mismo igual que un escarabajo herido, como si ella misma fuera una de esas líneas blancas que dejan los aviones en el cielo y que cuando miras de nuevo todavía están allí.
Poco a poco la ciudad tomó otra forma. Llegaron unos días pegajosos con Liza en el centro de mi vida. Algunos enloquecimos por ella y, dentro de nosotros, peleamos con fuerza por un poco de su voz, y cuando se nos acabaron las balas, empuñamos nuestros cuchillos, y cuando no pudimos más, atacamos con los puños, con los dientes, con las uñas. Pero nada sirvió y aceptamos la derrota. Muy adentro. Solo nos quedó caminar hasta morir. Caminar es lo único que puedes hacer cuando te has enterado de lo mal que está todo. O cuando intuyes que algo grande está a punto de caerte encima. Como un dirigible. Caminar para no llorar. Caminar para alejar el huracán de la tristeza.
Si yo fuese inteligente, hubiese sabido todo esto desde antes. Pero no lo soy y nunca lo sabré.
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9
El bosque de la universidad no es un bosque. O al menos no uno de esos que aparecen en las fábulas infantiles. Esta es una historia diferente a todas las historias que te han contado. Creo que podrían acabar con todo lo que conoces. Con todos los libros, con todas las oraciones, aviones y cielos y nubes. Podrían acuchillar todas las tardes de esta ciudad. Podrían poner a dormir a todos sus vagabundos, a todos sus maleantes, y a los muertos de pena, de amor, de asco, de aburrimiento. Podrían desaparecernos a todos y a pesar de eso el bosque seguiría estando ahí, contando las mismas historias una y otra vez. En sus buenos tiempos la distancia entre un árbol y otro era la misma que entre una pena y otra. Se trata de una selva detrás de la Facultad de Ingeniería Eléctrica, donde nos refugiábamos del calor y de la muerte. Un aeropuerto desde donde despegaba la locura, la pista de aterrizaje de nuestros peores días.
Recuerdo los días de lluvia en que los árboles parecían más altos. Me acuerdo de la primera vez que vi a Liza y el color de sus uñas, como si eso fuera lo crucial. Recuerdo la neblina, el humo que cubría todo en las mañanas y en las tardes y en las madrugadas en las que jugábamos parqués y apostábamos cigarrillos o monedas; a un negro alto de gafas oscuras que caminaba como en un trance; un negro que fue mi hermano en los buenos tiempos. Recuerdo a un tipo sin dedos que fumaba como un loco bajo la lluvia; a una chica de dientes raros y cabello corto que vestía de rojo y negro cada día. Recuerdo a otro que dibujaba sobre las mesas, sobre las sillas, sobre su propia cara cuando se emborrachaba y se moría de alegría. Recuerdo el frío y el sabor de la sangre cada vez que alguien intentaba meterse con mi hermano y yo salía en su defensa como cuando éramos niños y él se peleaba por mí. Recuerdo los árboles grandes y el dolor del cuerpo cuando me despertaba después de una larga siesta. La extraña sensación de tener cuerpo y la extraña sensación de tener miedo. Recuerdo cuando sus eternos habitantes y sus visitantes asiduos se levantaron de sus lugares de siempre y salieron a pelear cuando la policía empezó a matarnos. Destruir la ciudad era lo único valioso por aquellos días, y si a eso le sumas que el bosque era el refugio de forajidos de todas las especies, allá afuera los policías no la tendrían fácil, así supieran que seríamos nosotros los perdedores. ¿Qué más recuerdo del bosque? Los árboles, el dolor del cuerpo, el frío y el rostro ensangrentado de los días.
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10
Volábamos por la ciudad de un lado a otro. Óscar y yo éramos muy unidos hasta antes del accidente. Cuando alguien intentaba molestarme en el colegio él saltaba como un leopardo hambriento a defenderme. Nos subíamos a los buses que iban al aeropuerto, esos buses que tenían un avioncito azul pintado en las puertas y jugábamos a imaginar que en cualquier momento despegaría. La subida del colegio a la casa tardaba cuarenta minutos. Sacábamos la cabeza por las ventanillas y saludábamos a la gente con la mano, como despidiéndonos. Como si allá arriba no nos esperara más de lo mismo. De todas formas, éramos felices, tan felices como solo pueden ser dos hermanos que juegan a evadir la realidad. Nos habíamos comido tantos días y tantas noches de lo mismo que nuestras cabezas llegaban a casa mucho después que nuestros cuerpos, como si en cada viaje nos extraviáramos de la vida que nos había tocado vivir, como si nos saliéramos de los radares y nadie nos pudiera encontrar de nuevo. El bus solía ir tan despacio que podíamos escuchar la velocidad de nuestros pensamientos. Me gustaba ver la risa de mi hermano cuando escupía cosas a los transeúntes. Y aún hoy me gusta imaginarlo así, con sus dientes grandes asomados en la nada.
Óscar tenía una enorme fascinación por los aviones perdidos. En sus sueños el avión en el que viajaba desaparecía cuando se estrellaba con una pared en blanco. Es como si supiera que no hay nada, que no voy a llegar a ninguna parte, decía mientras miraba para otro lado. Como si supiera que tarde o temprano la vida se encargaría de llevarnos a destinos distintos. Cuando éramos pequeños y todavía le pedíamos a Dios que nos permitiera volar sobre el mar, mi hermano y yo podíamos recitar de memoria las capitales de la mayoría de países del mundo, conocíamos sus banderas, sus monedas, los rostros de sus gentes. Jugábamos a sobrevolar sus montañas y desiertos sobre los viejos mapas que papá nos traía de regalo. Si lo pienso bien, en realidad nunca aterrizábamos, nunca ganábamos. El humo de los cigarrillos de mamá nos impedía una buena visibilidad. Le pedíamos a Dios conocer el mar y el amor. Aunque Óscar no creía en Dios y para mí era una idea que cobraba fuerza cuando miraba al cielo. Usábamos las corbatas del uniforme y simulábamos ser capitanes de vuelos perdidos. Me gustaba imaginar que hacía un rápido descenso y me desplomaba sobre el mar en caída libre, que nadie encontraba rastro de mi tripulación, que nunca nadie se acordaría jamás de mí, que solo Dios podía imaginar mi destino a pesar de nunca haberle dedicado una oración. Cuando Óscar y yo separamos nuestros caminos, me retiré de la universidad y empecé a trabajar recibiendo quejas de la gente, Dios se convirtió simplemente en el copiloto de mi desgracia. En un pasajero mareado resignado a morir de repente. Cuando dejé de soñar y me convertí en el tipo que escucha los insultos de los demás y me quejé de tener que trabajar a diario, Dios sabe que lo hice por no estar dormido todo el tiempo, por alejarme del fantasma de mamá y por no enloquecer de buenas a primeras. Que todo lo que quería era enamorarme un día y dejar de pensar por fin en huir de esta ciudad. Había estado enamorado antes de que apareciera Liza, es verdad, pero nunca antes había deseado con tanta fuerza que todo lo que conocía se fuera al traste. Entonces creía que el amor era lo único que podía salvarme. Solo quería encontrar un punto de donde agarrarme para no caer al vacío, un punto de apoyo para no desaparecer. Solo Dios sabe lo mucho que quería amar a una mujer. Aunque Dios fuera ahora un punto inexistente en el mapamundi. Un día abres los ojos y las cosas con las que soñabas de niño se han desvanecido para siempre. Otro, tan solo piensas en lo mal que están las cosas y nada pasa. Con el tiempo Óscar y yo nos alejamos sin distanciarnos del todo. Porque a pesar de que no tenía pies, los había puesto en la tierra. Ahora leía a Marx día y noche y profesaba la religión del aburrimiento de una forma diferente, ahora los viejos sueños de secuestrar aviones y escapar hacia rumbos inciertos eran solo recuerdos infantiles, gritos de dolor, aviones que se estrellaban contra todo.
Pulsuz fraqment bitdi.
