Kitabı oxu: «La otra cara de lo normal»
Título original: The Other Side of Normal
© Jordan Smoller, 2012.
© de la traducción: Roc Filella, 2013.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO722
ISBN: 9788490563182
Composición digital: Víctor Igual, S. L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Dedicatoria
Prólogo
1. «Estamos todos locos»
2. Los genes y la regulación del cerebro: la biología del temperamento
3. Gatos ciegos y pequeños Einstein: la biología de la crianza
4. Perros, póquer y autismo: la biología de la lectura de la mente
5. Almas gemelas: la biología del apego y la confianza
6. El cerebro del observador: la belleza y la atracción sexual
7. Acordarse de olvidar: la biología del miedo y la memoria emocional
8. Un nuevo concepto de «normal»
Agradecimientos
Fuentes
Notas
PARA AVA
PRÓLOGO
El intelecto permite que pasen desapercibidas esas consideraciones que son demasiado evidentes y palpables por sí mismas.
EDGAR ALLAN POE, La carta robada
Todos los días miramos cosas que tenemos ante nuestros propios ojos y, sin embargo, no las vemos. La retina, la parte del ojo que recoge la información visual, se aloja detrás de la red de vasos sanguíneos que se hallan en la parte posterior del ojo. La presencia de esta persiana es tan obvia y permanente, que el cerebro la ha tenido que hacer invisible, creando para ello un punto ciego parecido a una lenteja que la mente se encarga de llenar. Como ocurre en el cuento de la carta perdida de Poe, muchas de las características fundamentales de la mente normal han quedado ocultas a primera vista. Son tan básicas, que pensamos que no merece la pena fijarse en ellas, y no les prestamos atención. Y hasta hace poco han sido relativamente invisibles para los científicos que se ganan la vida estudiando la mente.
Este libro versa sobre lo oscuro y sobre lo evidente. Trata de fenómenos que son tan complejos, que pueden parecer indescifrables, pese a que nos son muy familiares y por esto mismo vivimos inmersos en ellos todos los días. Es un libro que explora cómo la mente nace del cerebro y cómo de ella nace, a su vez, todo lo que nos importa. También trata de lo universal y de lo singular. Todos disfrutamos de las experiencias y los frutos de la vida mental: los pensamientos, los sentimientos, los deseos, las relaciones. Y sin embargo, cada uno tenemos una mente propia y privada, una configuración particular de la cognición, la emoción y el funcionamiento social, reflejo de una mezcla exclusiva de genes, experiencia y circunstancias ambientales.
La autoconciencia, una de las características universales de la mente humana, también nos ha dado una curiosidad eterna por cómo y por qué hacemos lo que hacemos. Pocas cosas poseen esta misma irresistible cualidad. Un antiguo editor de un semanario informativo me decía en cierta ocasión que hay dos tipos de temas de portada de los que siempre se puede esperar un éxito de ventas: las historias sobre el cerebro y las historias sobre Jesucristo. «Lo ideal sería encontrar la forma de montar una portada sobre el cerebro de Jesús», me decía.
Desde la antigüedad, filósofos y científicos han intentado comprender la mente humana. Algunas de las teorías antiguas sorprenden por su actualidad —los griegos pensaban que el desequilibrio de cuatro humores corporales era la causa de trastornos del temperamento y de la mente, una idea similar a las actuales sobre los «desequilibrios químicos»—. Y durante el siglo pasado, vimos el ascenso, la caída y el fuerte impacto de los debates sobre la naturaleza y crianza, el psicoanálisis y el conductismo.
Hasta hace poco, dos obstáculos —uno tecnológico y otro psicológico— han limitado nuestro intento de comprender la mente. Para empezar, carecíamos de las herramientas necesarias. El cerebro es el órgano que nos interesa para comprender cómo pensamos, sentimos y nos comportamos, pero con anterioridad a los últimos años del siglo pasado, los científicos que querían estudiar cómo el cerebro da lugar a la mente tenían que arreglárselas con unos medios bastante rudimentarios. Podían estudiar los animales —observar su comportamiento o diseccionar su cerebro—, o hacer preguntas a las personas y observar sus actos. A principios del siglo XX, con la introducción del electroencefalograma (EEG), pudieron empezar a estudiar el cerebro en acción, midiendo, mediante electrodos colocados en el cráneo, las corrientes eléctricas que fluyen a través de las neuronas. Pero si querían estudiar la estructura del cerebro de personas vivas, para ver cómo están conectados los circuitos del cerebro y observarlos en funcionamiento en tiempo real, no podían hacerlo. Pero ya no es así.
En los últimos veinte años se han abierto las compuertas de la tecnología. De la combinación de la física aplicada y la computación de gran potencia ha surgido una imponente diversidad de máquinas para observar el cerebro. El campo de la neuroimaginería, cuyos primeros grandes pasos se iniciaron en la década de 1970 con la introducción del TAC, constituye hoy una sopa de letras de sofisticadas técnicas para el estudio de la estructura del cerebro: TC (tomografía computerizada), RM (resonancia magnética), DTI (imágenes con tensor de difusión); de su funcionamiento: RMf (resonancia magnética funcional), PET (tomografía por emisión de positrones), ASL (marcado arterial espinal), MEG (magnetoencefalografía), SPECT (tomografía computerizada por emisión de fotones individuales), NIRS (espectroscopia por infrarrojo cercano); e incluso de su química: MRS (espectroscopia por resonancia magnética). Y el nuevo campo de la neurociencia molecular ha introducido métodos para el estudio del nanomundo del cerebro: las sinapsis y las señales emitidas entre las células y en su interior.
También sabemos desde hace tiempo que los rasgos mentales son cosa de familia. El debate naturaleza/crianza preocupó a filósofos, teólogos y científicos durante siglos antes de que supiéramos de los genes y, no digamos, dispusiéramos de los medios para estudiarlos. Y aun cuando los investigadores entendieran que los genes influyen en el desarrollo y el funcionamiento del cerebro, no contaban con medios para estudiar cómo actuaban. Ya no es así.
Hoy conocemos la secuencia de todos los genes humanos y podemos determinar si las variaciones en cualquier parte del genoma se corresponden con rasgos neuronales o conductuales. Podemos estudiar cómo influye la crianza en la activación y desactivación de los genes. Y podemos empezar a relacionar estos descubrimientos con la información que la neurociencia y la imaginería cerebral nos proporcionan. Queda aún mucho por recorrer, pero por lo menos disponemos de un buen mapa de carreteras.
El segundo obstáculo para desmitificar el cerebro, el psicológico, está relacionado con lo que yo denomino «el efecto de la carta robada». Muchas de las preguntas cruciales sobre el cerebro normal son las que, hasta hace muy poco, no se nos ocurrió formular. Tienen que ver con aspectos de la mente que son tan evidentes, que es muy fácil que nos pasen desapercibidos. ¿Cómo entendemos los pensamientos y los sentimientos de otras personas? ¿Por qué unas cosas nos dan miedo y otras no? ¿De dónde obtenemos la capacidad de confiar? ¿Por qué nos atrae una persona y otra no? ¿Cómo cambia la experiencia el cerebro? En realidad, algunas de estas preguntas no son nuevas, pero hoy los científicos las pueden plantear con las herramientas de la neurociencia y la genética en la mano. Y las respuestas han empezado a desvelar que detrás de la mente que conocemos existe una biología inadvertida: una biología de lo normal.
Este libro surgió de mis propias experiencias en la investigación psiquiátrica. Durante los últimos quince años, he estudiado la base genética y cerebral de trastornos como el bipolar, los de personalidad, la depresión, la ansiedad, la esquizofrenia y la dependencia de sustancias. Pero cuanto más averiguaba sobre ellos, más me convencía de que la única forma de entender realmente cómo se desbaratan el cerebro y la mente es saber primero cómo fueron diseñados para que funcionaran. Las disfunciones mentales existen porque hay funciones que se pueden perturbar. Los trastornos de ansiedad existen porque tenemos unos mecanismos cerebrales diseñados para detectar la amenaza y reaccionar ante ella. Cuando estos mecanismos se distorsionan o exageran, el miedo y la ansiedad pueden arruinarnos la vida. Pero estos mecanismos son manifiestos en las primeras expresiones del temperamento infantil normal: la tendencia de los niños a evitar situaciones o acercarse a personas que no les son familiares. Mi propio esfuerzo por determinar los genes que hacen que la persona sea susceptible a los trastornos de ansiedad ha evolucionado hacia la búsqueda de los genes que influyen en el temperamento y la actividad de los circuitos cerebrales que resuelven el miedo normal.
Existe la crítica popular de que la psiquiatría lo patologiza todo, pero la realidad es que solo reconocemos como desordenadas determinadas variantes de la conducta humana. La razón es que hay una cantidad limitada de cosas que nuestra mente puede manejar para que podamos sobrevivir y reproducirnos: evitar el daño, establecer relaciones, evaluar los riesgos, elegir pareja y conseguir recursos, por nombrar solo algunas de las más importantes. Cuando todo esto no funciona, surgen los problemas. No existe ningún «trastorno de la capacidad atlética» porque la condición de buen atleta no figura en la lista (afortunadamente para mí). Hay determinados dominios en los que la idea de lo normal tiene gran importancia, y muchos más donde no tiene ninguna. Cartografiar el territorio de lo normal es un trabajo fundamental para la psiquiatría y todos los demás campos —de la psicología a la economía— que se ocupan de interpretar la conducta humana. La cuestión es que la mejor forma de entender muchos trastornos es como perturbaciones de sistemas y mecanismos normales. Cuando esta idea empezó a asentarse como punto de referencia de mis investigaciones, descubrí que donde convergen las ciencias sociales, biológicas y de la conducta se iba formando una imagen de la mente humana normal de una coherencia asombrosa. No está completa, ni mucho menos, pero da una idea fascinante de aquello que nos mueve.
En los capítulos siguientes, expongo este campo emergente: la biología de lo normal. En esa exposición me baso en los estudios más recientes de diversas disciplinas —la psicología y la psiquiatría, la neurociencia evolutiva y cognitiva, la genética, la biología molecular, la economía, la epidemiología, la etología y la biología evolutiva— para tratar de explicar cómo funciona el cerebro. Confío en que, al concluir el libro, el lector empiece a comprender cómo encajan las complejas características de la mente, un conocimiento que a su vez le aporte una nueva visión de la forma que tenemos de adaptarnos a los retos que la vida nos plantea.
Permítame también el lector que diga desde el principio de qué no trata el libro. En primer lugar, no me propongo hacer un repaso exhaustivo de lo que sabemos sobre el funcionamiento normal del cerebro; sería un trabajo enciclopédico que el lector, créame, no querría leer. Al contrario, me centro en cómo los genes, las experiencias e incluso la casualidad configuran nuestra naturaleza emocional y social. Es un libro sobre lo que nos importa y sobre las personas que nos importan. En segundo lugar, no pretendo convencer al lector de que todo lo significativo que tenga la mente se puede reducir a la biología. Sería absurdo afirmar que podemos explicar o describir debidamente todos los fenómenos mentales en términos materiales. La mente surge del cerebro, efectivamente, pero esto no significa que exista una correspondencia exacta entre el disparo de las células nerviosas y lo que entendemos por mente. La explicación exclusivamente biológica del amor, la empatía y otras experiencias humanas nunca podrá ser totalmente adecuada, del mismo modo que la explicación detallada de las longitudes de onda de la luz que refleja cada uno de los pigmentos del Guernica de Picasso no podría captar la fuerza del cuadro.
Además, cuando hablo de «normal» no me refiero a «recto» o «correcto», ni en su sentido antiguo ni en el más actual. Hasta más o menos la década de 1820, «normal» era un término propio de la geometría que significaba «en ángulo recto» o «perpendicular». Como dice el filósofo Ian Hacking, posteriormente adquirió otra connotación de «correcto», es decir, el «estándar» y el cómo «deberían ser» las cosas.1 No me refiero a ninguno de los dos significados, sino a otro más cercano al que en el siglo XVIII acuñó el fisiólogo François-Joseph-Victor Broussais, el primero en concebir lo normal como un espectro de la variabilidad. Como explica Hacking, Broussais pensaba que «la patología no es de otro orden que lo normal; “la naturaleza no da saltos”, sino que pasa continuamente de lo normal a lo patológico».
Así pues, y para dejarlo claro, empleo la expresión «biología de lo normal» para referirme de forma sucinta a la arquitectura subyacente del cerebro y la mente. La explicación completa de esa arquitectura exige, dependiendo de lo que queramos explicar, múltiples perspectivas y lenguajes: la neurociencia, la psicología, la biología evolutiva, la antropología cultural y la experiencia social. Unos lenguajes de los que nos serviremos en los capítulos que siguen.
LA NATURALEZA HUMANA, LA DIVERSIDAD HUMANA Y LAS TRAYECTORIAS
En el libro se entretejen tres temas. El primero determina el alcance de nuestra exploración de la biología de lo normal: todos somos producto de la naturaleza y de la diferencia individual. Estos dos ámbitos —lo universal y lo particular— son primos hermanos científicos y, por una paradoja casi poética de la historia, sus adalides intelectuales también eran primos.
La teoría de la selección natural de Charles Darwin supuso la herética declaración de que la naturaleza humana no deriva de la imagen de Dios, sino que es el resultado de la «lucha por la existencia» de nuestros antepasados. La mente humana no es una tabla rasa, sino que lleva preinstalados unos circuitos neuronales que fueron configurados por los retos adaptativos a los que nos enfrentamos en nuestro pasado evolutivo. Como consecuencia de este legado común, el cerebro dispone de unos mecanismos para la resolución de problemas que determinaron el éxito de nuestros antepasados para dejar descendientes. En conjunto, este legado establece las fronteras de la «naturaleza humana»: las funciones compartidas que la mente emplea para desenvolverse frente a los retos de la vida.2
Si Darwin sentó la base para comprender los componentes universales de la naturaleza humana, su primo Francis Galton fue pionero en el estudio de las diferencias individuales.[1] Acuñó la expresión «naturaleza contra crianza», e inventó el uso de los estudios sobre hermanos gemelos para desentrañar su realidad. En el proceso de preguntarse por las causas de la variación, generó herramientas y principios estadísticos fundamentales, entre ellos el concepto de correlación estadística y el campo de la biometría, por los que sigue siendo ampliamente reconocido. La actual disciplina de la genética conductual, que se dedica a estudiar cómo las variaciones de los genes (y del entorno) provocan diferencias individuales en la conducta humana y animal, desciende del trabajo pionero de Galton.3,4 Estas diferencias individuales y su base genética son el otro eje de lo normal. Contribuyen a la diversidad del temperamento, la personalidad y la inteligencia humanos.
El tema segundo y afín es el desarrollo de lo que denomino «trayectorias». La mente refleja la influencia tanto de nuestra dotación evolutiva compartida como del conjunto particular de variaciones genéticas que heredamos. Pero cada persona es única. Nuestra singular trayectoria por la vida es el resultado de dos fuerzas complementarias: el conjunto exclusivo de circunstancias medioambientales con que nos encontramos, y la naturaleza estocástica de los sistemas biológicos. En otras palabras: la experiencia y el azar. Y aquí entra en la ecuación el elemento tiempo. Dentro del terreno de la posibilidad humana, cada uno de nosotros habita en un riachuelo evolutivo cuya trayectoria depende de los accidentes secuenciales de nuestra exclusiva historia personal. Todos salimos a escena con un determinado reparto de actores: una madre distante, un hermano acosador, un profesor especial, un primer amor. Cada uno nos hacemos con un portafolios particular de experiencias: el momento del nacimiento, el primer día de colegio, los golpes de suerte, las humillaciones y los traumas. Y nuestra vida depende no solo de lo que ocurre, sino también de cuándo ocurre. Como veremos, el cerebro en desarrollo pasa por períodos sensibles en que las experiencias pueden fijar o redirigir el curso de nuestra vida. Por ejemplo, el hecho de que en los primeros años de vida nos cuiden o nos abandonen puede situarnos en la trayectoria de la resiliencia o en la de la vulnerabilidad.
El tercer tema recurrente es cómo incide la biología de lo normal en la interpretación que hacemos de la enfermedad mental. Muchos de los misterios de la enfermedad psiquiátrica se empiezan a entender cuando se los sitúa sobre el telón de fondo de cómo la mente y el cerebro hacen aquello para lo que fueron diseñados.[2] En cada capítulo consideraremos no solo lo que la mente hace de forma normal, sino qué pasaría si estas funciones normales fracasaran.
EL CONTENIDO DEL LIBRO
Empezaremos con una pregunta que un libro en cuyo título aparezca la palabra «normal» no puede soslayar. ¿Qué entendemos por «normal»? En el primer capítulo veremos que se trata sin duda de una pregunta compleja, que se ha intentado responder sobre todo definiendo lo que no es normal. La psiquiatría en particular ha batallado con este tema, a menudo con resultados insatisfactorios. Es muy difícil trazar la línea divisoria entre lo normal y lo anormal, un empeño en el que a veces se han empleado más los sesgos culturales que las pruebas científicas. La búsqueda de las fronteras de lo normal nos llevará a través de una epidemia de personalidades múltiples y penes encogidos, hasta la controvertida historia de la clasificación psiquiátrica y la psicología evolutiva de la disfunción mental.
Después de considerar la definición de «normal», pasaremos a lo que la ciencia nos enseña sobre su biología. Una vez analizadas las raíces genéticas del temperamento y la personalidad (capítulo 2), entraremos en el debate sobre la influencia formativa de la experiencia temprana (capítulo 3). En los capítulos siguientes, hablaremos del desarrollo de las funciones mentales fundamentales en la infancia y la madurez, entre ellas la cognición y la empatía (capítulo 4), la biología del apego y la confianza (capítulo 5), las raíces de la atracción sexual (capítulo 6), y cómo la emoción y el miedo configuran el aprendizaje y la memoria (capítulo 7). En todo este proceso, veremos la luz que los descubrimientos realizados en estas áreas pueden arrojar sobre los que llamamos «trastornos mentales». Y por último, en el capítulo 8, volveremos a la pregunta de qué nos puede enseñar la «biología de lo normal» acerca de nuestra humanidad compartida, de las trayectorias singulares de nuestra vida, y de cómo podemos entender el sufrimiento mental.
Pero advierto al lector al que pudiera interesarle el cerebro de Jesucristo de que nada tengo que decir al respecto.
Una última nota: a lo largo del libro utilizo diversas historias de casos basadas en mi experiencia como médico para ilustrar algunos posibles fracasos de la biología y la psicología de la mente normal. Todas ellas son ficticias y no se refieren a ninguna persona en particular.
1
«ESTAMOS TODOS LOCOS»
Según las estimaciones más recientes, más de la mitad de los estadounidenses reúnen en algún momento de su vida los criterios que definen un trastorno psiquiátrico.1 El sistema actual de diagnosis de los trastornos mentales tiene cientos de etiquetas, que van desde situaciones perfectamente conocidas, como la esquizofrenia, hasta otras que lo son menos, como el trastorno de deseo sexual hipoactivo. ¿Pero qué es un trastorno psiquiátrico? ¿Deja de tener sentido hablar de «normal» si la mayoría tenemos alguna anormalidad de la mente? ¿Dónde trazamos la línea divisoria entre lo normal y lo anormal?
En 2007, se publicaron dos informes que documentaban un incremento alarmante de diagnósticos de trastornos psiquiátricos infantiles que anteriormente se consideraban raros. Ambos informes provocaron un enorme revuelo social. Pero la naturaleza de ese revuelo en cada caso fue completamente distinta.
El primer informe, de los Centers for Disease Control (COC, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos, analizaba la prevalencia del autismo entre niños de ocho años en el año 2002. Basándose en datos procedentes de catorce lugares distintos, los CDC descubrieron que 1 de cada 150 niños (el 0,66 %) tenía un trastorno del espectro del autismo. La cifra sobrepasaba más de diez veces los cálculos de prevalencia del autismo de la década de 1980, y parecía justificar la creciente preocupación de que el país pudiera estar en medio de una epidemia.
La reacción de las familias, los grupos de presión y los medios de comunicación fue de intensa alarma, algo muy comprensible. Alison Singer, portavoz de la organización Autism Speaks, supo resumir la urgencia que muchos sentían de dar solución al problema: «Los datos que hoy conocemos indican que vamos a necesitar más servicios de intervención primaria y más terapeutas, y que los responsables políticos federales y de los estados defiendan a estas familias».2 Singer y otros exigieron un enorme aumento de los presupuestos para la investigación «para que podamos encontrar la causa y entender qué es lo que provoca esta elevada prevalencia».3
Algunas familias, y determinadas celebridades, insistieron en que había que culpar a la vacunas; otros no estaban tan seguros, y les preocupaba más la posibilidad de que alguna toxina medioambiental tuviera algo que ver con el aumento de la prevalencia. Muchos científicos y educadores advirtieron de que lo que parecía una epidemia pudiera no ser más que la consecuencia de una mayor conciencia y una ampliación de la definición de autismo (que incluiría un «espectro autista» mayor). Pero pocos dudaban de la apremiante necesidad de ayudar a los niños afectados y a sus familias.
La polvareda que levantó el segundo informe tuvo la misma intensidad pero un tono completamente distinto. El estudio, publicado en los Archives of General Psychiatry, analizaba las tendencias que se observaban en los diagnósticos del trastorno bipolar infantil y juvenil utilizando datos procedentes de una gran encuesta realizada por el National Center for Health Statistics. Los autores descubrieron que, entre 1994 y 2003, la tasa de diagnósticos de trastorno bipolar en niños y jóvenes de hasta diecinueve años se había multiplicado por 40, pasando de un 0,025 % a un 1 % de la población (aproximadamente la mitad de la tasa de trastorno bipolar entre los adultos).4 Esta vez, el salto de la prevalencia se interpretó ampliamente no como una emergencia de salud pública, sino como un escándalo. Para muchas personas, las conclusiones de aquel estudio confirmaban la sospecha de que la propia psiquiatría estaba gravemente desencaminada. La blogosfera ardía de críticas a una psiquiatría que, se decía, estaba patologizando el comportamiento normal, medicalizando la infancia, e incluso en connivencia con las compañías farmacéuticas para crear una oportunidad de mercado para niños dependientes de los fármacos. Además, muchos profesionales de la medicina sospechaban que había mucho error de diagnóstico.
Dos cifras, dos reacciones muy diferentes. Al cotejar los dos episodios, se observa que ambos exageran el empeño complicado y polémico de definir los trastornos psiquiátricos. Existen algunos paralelismos notables: en el mismo año, la opinión pública se enteró de que dos trastornos infantiles normalmente graves y que en su día se consideraban raros se diagnosticaban ahora a casi el 1 % de los niños. En los dos casos, parecía que tenía que ver en parte con una mayor conciencia pública de la situación y la ampliación de las etiquetas diagnósticas. Los nuevos cálculos sobre el autismo incluían el espectro más amplio de este trastorno, también el síndrome de Asperger. Y las estimaciones sobre el trastorno bipolar reflejaban también un espectro más amplio. Desde mediados de la década de 1990, algunos investigadores y médicos defendían la ampliación de la diagnosis más allá de los síntomas clásicos de la euforia maníaca y la depresión, para incluir a los niños que mostraban cuadros crónicos y explosivos de ira e irritabilidad.
Pero había diferencias importantes. El autismo siempre había sido un trastorno infantil; en cambio, antes de la década de 1990, muchos psiquiatras pensaban que el trastorno bipolar no existía en los niños. La ampliación del espectro autista quizá fue menos polémica porque tenía una trayectoria más larga. Pero había otra diferencia fundamental. Cuando se publicaron los informes, existían muy pocos, por no decir ninguno, tratamientos farmacológicos para el autismo. Por otro lado, los medicamentos son una de las piedras angulares del tratamiento del trastorno bipolar. Y muchas de estas medicinas —el litio, el valproato y los antipsicóticos— pueden provocar graves efectos secundarios. Era evidente que la idea de que se iban a emplear cada vez más estos fármacos tan fuertes para tratar el trastorno bipolar en niños pequeños era una de las razones de la alarma de muchas personas. Algunas veían en la ampliación de la diagnosis un imperialismo psiquiátrico y un «comadreo sobre enfermedades». Se acusó a los investigadores que colaboraban con las empresas farmacéuticas de simular conflictos de intereses, lo que equivalía a decir que los estudios psiquiátricos se regían por intereses económicos.
No sabemos aún exactamente por qué había ido aumentando la prevalencia del autismo y del trastorno bipolar, pero la polémica obliga a plantear una pregunta importante: ¿cómo trazamos la línea de separación entre lo normal y lo anormal en lo que se refiere al funcionamiento de la mente? ¿En qué punto pasamos a patologizar lo normal, como arguyen algunos críticos de la psiquiatría? Para responder a estas preguntas es necesario que antes contestemos a otra: ¿qué entendemos por «normal»?
Determinar qué es normal es una tarea extrañamente difícil, lo que tal vez explique por qué la ciencia académica pocas veces se ha ocupado de ello. En cambio, se ha investigado y debatido una y otra vez la definición de «anormal», tal vez debido en parte a una idea que articuló hace un siglo el gran psicólogo estadounidense William James, quien decía que «la mejor manera de comprender lo normal es estudiar lo anormal».5
La psiquiatría moderna ha intentado en gran medida definir lo anormal con escasa referencia a lo normal, una realidad que, como veremos, ha generado algunos problemas. De forma casi generalizada, hemos descrito los desórdenes partiendo de los extremos de la experiencia humana: identificando los síndromes a partir de los síntomas más espectaculares y dramáticos que las personas presentan. Y en el proceso de introspección a partir de esos extremos, lo normal aparece como algo en lo que previamente no se había pensado: un residuo mal definido.
Pero sin una referencia básica de cómo funcionan la mente y el cerebro, nuestras definiciones de anormal y normal dependen mucho de qué conductas decidamos que son inusuales, extrañas o problemáticas. Y en estas decisiones pueden influir fácilmente las modas culturales, la tradición histórica y las opiniones «autorizadas».
UNA REVOLUCIÓN EN LA PSIQUIATRÍA
Hace unos años, un colega mío planteó una pregunta durante una comida de trabajo de nuestro Departamento de Psiquiatría: «¿Quién creéis que fue el psiquiatra más influyente de los últimos cincuenta años?».
La respuesta parecía obvia: Robert Spitzer. ¿Robert Spitzer? Un nombre probablemente desconocido para muchos, pero la revolución que Spitzer abanderó transformó la forma de entender la enfermedad mental.
Hasta nada menos que la década de 1970, los psiquiatras no disponían de criterios fiables para realizar un diagnóstico. Al paciente que decía tener alucinaciones y mostraba un comportamiento extraño un psiquiatra le podía diagnosticar esquizofrenia, otro un trastorno de personalidad límite, y un tercero una enfermedad maníaco-depresiva. Al mismo tiempo, el campo de la psiquiatría empezó a reconocer que los trastornos de que se ocupaba a veces se basaban en visiones arcaicas de la conducta humana. En 1973, el consejo de administración de la American Psychiatric Association decidió por votación eliminar la homosexualidad de su manual de trastornos psiquiátricos oficial.
Aquel mismo año, la prestigiosa e influyente revista científica Science publicó un artículo en que se cuestionaban los fundamentos de la «cordura» y la «demencia».6 Su autor, el psicólogo David Rosenhan, pidió a siete personas que lo ayudaran a tender una trampa. Cada una tenía que acudir a un hospital psiquiátrico y decir que oía voces. Los ocho «pseudopacientes» fueron ingresados en hospitales psiquiátricos y permanecieron en ellos varias semanas. Su misión consistía en conseguir que les dieran de alta. «Se les dijo a esas personas que tenían que arreglárselas para salir del hospital —explicaba Rosenhan—, fundamentalmente convenciendo a los médicos de que estaban cuerdos» (p. 252). Resultó ser un objetivo muy difícil, y a los falsos pacientes les costó casi tres semanas que les dieran el alta. Aunque durante su estancia en el hospital no mostraron ningún síntoma psiquiátrico, a los ocho se les diagnosticó inicialmente esquizofrenia, y su conducta «normal» se interpretó como prueba de que estaban enfermos.
A principios de la década de 1970, otra crítica a los diagnósticos psiquiátricos subrayaba la necesidad de que los psiquiatras cambiaran su sistema de trabajo. Un estudio de los informes de ingresos hospitalarios revelaba que un paciente que ingresara en un hospital de Nueva York tenía muchas más probabilidades de que le diagnosticaran esquizofrenia (y no algún trastorno afectivo, por ejemplo depresión o trastorno maníaco-depresivo) que otro que acudiera a un hospital de Londres.7 ¿Era posible realmente que la enfermedad mental en Estados Unidos fuera tan distinta de la del Reino Unido?
Una forma evidente de responder a tal pregunta es mostrar un mismo grupo de pacientes a psiquiatras de ambos países y ver si coinciden en el diagnóstico. Como parte del U.S./U.K. Cross-National Project, los investigadores mostraron vídeos de entrevistas a pacientes a grupos de psiquiatras de Estados Unidos, el Reino Unido y Canadá.7 Los resultados demostraron claramente que la explicación de las diferencias de diagnóstico transoceánicas se debía a los psiquiatras, no a los pacientes. Ante un mismo paciente, los psiquiatras americanos eran muchísimo más propensos que los británicos a hacer un diagnóstico de esquizofrenia. Si pequeñas diferencias culturales podían tener efectos tan grandes en la clasificación de los síntomas, ¿qué esperanza había de poder definir las fronteras entre lo normal y lo anormal?
La falta de fiabilidad de la diagnosis psiquiátrica llevó a Robert Spitzer y sus colegas a revisar el sistema. En 1980 sacaron la tercera edición del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales), más conocido como DSM-III. En sus dos ediciones anteriores (publicadas antes de 1970) habían influido fuertemente las ideas freudianas de psicopatología, y la definición de enfermedad mental resultaba bastante ambigua.
La tercera edición establecía, por primera vez, una serie explícita de criterios para diagnosticar los trastornos, además de un montón de enfermedades que hoy forman parte de la cultura popular: el trastorno de déficit de atención, el trastorno de pánico, el trastorno de estrés postraumático, el trastorno de personalidad límite y otros. Con las sucesivas ediciones del manual, la psiquiatría ha vivido un ciclo de resúmenes y divisiones de sus diagnósticos. Entre la publicación del DSM-I en 1952 y la última revisión importante, el DSM-IV de 1994, el número de etiquetas diagnósticas del libro ha pasado de poco más de 100 a más de 350.
Hoy, el DSM es el libro de psiquiatría más influyente. Es el manual de referencia que todo futuro psiquiatra debe aprender a utilizar para que se le considere preparado para la práctica profesional. Entre otras cosas, da las definiciones de los trastornos mentales que las compañías de seguros utilizan para determinar si cubren el tratamiento psiquiátrico. El DSM-III y sus sucesores también espolearon en muchos sentidos la era moderna del tratamiento farmacológico de la enfermedad mental. Con unos trastornos claramente definidos para su estudio, investigadores y compañías farmacéuticas pudieron ensayar nuevos compuestos para el tratamiento de estas enfermedades. En efecto, antes de que un laboratorio lance un medicamento psiquiátrico normalmente ha de demostrar que es eficaz para algún trastorno de los «definidos en el DSM». Más que cualquier otro psiquiatra, Spitzer (y sus colegas) determinó cómo nos referimos hoy a la enfermedad mental.
Pero no es ningún secreto que el DSM tiene sus limitaciones. En él mismo se advierte ya de entrada de que «ninguna definición especifica adecuadamente los límites exactos del concepto “enfermedad mental”».8
El objetivo primordial del DSM, desde 1980, ha sido ofrecer un conjunto práctico y útil de criterios —un lenguaje común— para la diagnosis de los trastornos mentales en la práctica y la investigación clínicas. En esencia, ofrece una descripción —basada en el acuerdo unánime de especialistas— de los síndromes que van asociados a la angustia, la discapacidad o «un riesgo significativamente elevado de muerte, dolor, discapacidad o una pérdida importante de libertad». Sin embargo, pese a las acusaciones de algunos críticos, el DSM nunca aspiró a ser la voz autorizada que determinara qué es normal y qué no lo es. Como señaló el propio Spitzer: «No pretende señalar las fronteras precisas entre el “trastorno” y la “normalidad”».9
El DSM, deliberadamente, tampoco pretende relacionar los trastornos con el funcionamiento básico de la mente y el cerebro. Por esto, y con todo lo útil que ha sido para disponer de un lenguaje común con el que trazar la línea que separa la salud de la enfermedad mental, la aplicación de las categorías del DSM puede estar sometida a los caprichos de las modas culturales cuando nos ponemos a etiquetar las conductas. Así lo constaté yo mismo en el transcurso de mi formación como psiquiatra.
DE UNA EPIDEMIA A UNA RAREZA
«Su siguiente ingresado está en la habitación 314».
De camino a la habitación 314, me detuve en el puesto de enfermeras y tomé una copia del historial clínico de Sarah Crane. Eran las 2:30 de la madrugada, y era mi cuarto paciente de la noche; necesitaba un resumen rápido de su caso. Ojeé una ficha que se le había abierto en un ingreso anterior de hacía un mes, y repasé por encima una historia que ya me era familiar.
—Hola, señora Crane. Soy el doctor Smoller.
Una mujer que rondaría los treinta años, con la mirada perdida, estaba sentada en el rincón de la sala de entrevistas, envuelta en una manta de lana de color azul claro. No establecía contacto visual.
—¿Me cuenta qué la ha traído hoy por aquí?
—Uno de mis otros ha intentado matarme —respondió sin vacilar.
—¿La intentó matar?
—Sí.
—¿Quién la intentó matar?
No respondió.
—Señora Crane, ¿quién ha intentado matarla?
Seguimos sentados en silencio dos o tres minutos.
Después entrecerró los ojos, frunció el entrecejo y se puso muy seria; habló con voz áspera y apagada.
—Yo.
A finales de la década de 1980, en Estados Unidos empezó a adquirir proporciones de epidemia una enfermedad mental alarmante pero hasta entonces poco conocida. Para atender a los enfermos, se aconsejó a los hospitales psiquiátricos que abrieran «unidades» especializadas en el tratamiento de ese trastorno. Se lo llamó «trastorno de personalidad múltiple» (TPM), cuya causa se pensó que eran los abusos sexuales traumáticos durante la niñez, que a su vez se iban considerando mucho más comunes de lo que anteriormente se sospechaba.
Más sorprendente aún era que el TPM se estaba convirtiendo en una epidemia no solo a escala nacional sino, podría decirse, a nivel individual. Es posible que Eva tuviera tres caras, pero la víctima del TPM podía tener más de cien «otros», cada uno con su propia personalidad, su propio nombre, su propia inflexión de voz y sus propios recuerdos. Antes de 1970 se habían registrado menos de 200 casos, pero entre mediados de la década de 1980 y la de 1990, se diagnosticaron más de 20.000.10 Y entonces, en 1994, la etiqueta de TPM se eliminó del DSM.
En su lugar apareció el diagnóstico de trastorno de identidad disociativo (TID). Los criterios diagnósticos del TPM y del TID son casi idénticos, pero el cambio de nombre indicaba un abandono de la idea casi sobrenatural de coexistencia de múltiples personalidades. Cuando el TPM se eliminó de la lista oficial de diagnósticos psiquiátricos ya se había convertido en objeto de una gran polémica en la que participaron grupos feministas, defensores de los derechos del enfermo, abogados y profesionales de la salud mental.
En los trastornos como el TPM o el de estrés postraumático desempeñaba un papel fundamental la idea de «memoria recuperada». Parecía que de ella vivía una industria familiar de terapeutas que propiciaban y ayudaban a pacientes con síntomas muy diversos a «recuperar» recuerdos de abusos sexuales y físicos sufridos durante la infancia.
Tomando como ejemplo (y tal vez inspiración) la historia de Sybil, de la década de 1970, de quien se dijo que había desarrollado múltiples personalidades después de sufrir horribles abusos sexuales en su niñez, la explicación imperante del TPM era que las víctimas de abusos adquirían personalidades independientes para poder manejar recuerdos insoportables y eliminarlos de la conciencia. Se enseñó a los médicos a sacar esos recuerdos, a veces mediante hipnosis o hablando con los pacientes mientras estaban bajo los efectos de Amytal (un barbitúrico que se vendía como «suero de la verdad»). De repente, pacientes que nunca habían sabido de abusos descubrían que habían sido víctimas de los más horribles en su infancia.
Se rompían las familias y, en un número de casos cada vez mayor, los pacientes denunciaban a los supuestos culpables (normalmente un miembro de la familia). En la década de 1980, el fenómeno de la memoria recuperada provocó un creciente pánico cultural sobre los abusos infantiles, cuyo punto culminante fueron las denuncias contra el personal de diferentes centros de educación preescolar y de atención de día. En su actuación contra las acusaciones de abusos, los responsables de la justicia y los médicos obtenían historias cada vez más estrafalarias e increíbles de abusos rituales y satánicos. En el caso del Little Rascals Day Care Center, su director fue condenado a doce cadenas perpetuas consecutivas basadas en el testimonio de niños que describían abusos que incluían asesinatos rituales de bebés a bordo de una nave espacial.
A medida que aparecían estudios que demostraban que la memoria recuperada de traumas graves era un fenómeno raro (cuando no inverosímil), se produjo una violenta reacción, con una oleada de denuncias a los médicos que habían estimulado e incluso inducido recuerdos falsos de abusos sexuales y rituales. Paul McHugh, por entonces director de psiquiatría de la Universidad Johns Hopkins, comparaba las frenéticas declaraciones sobre la memoria reprimida y recuperada y el trastorno de personalidad múltiple con la histeria social que a finales del siglo XVII causaron los juicios por brujería de Salem. Investigadores de la psiquiatría escépticos retaron a los defensores de la memoria recuperada a que verificaran sus afirmaciones. El psiquiatra de Harvard Harrison «Skip» Pope y sus colegas del Hospital McLean preguntaron por qué era tan difícil encontrar ejemplos documentados de memoria reprimida anteriores al siglo XX si se trataba de un mecanismo natural o innato del cerebro ante traumas graves.
Rebuscaron en libros históricos de literatura y ensayo, y no consiguieron encontrar descripciones de casos de memoria traumática reprimida. Y a continuación hicieron algo insólito en un grupo de académicos: ofrecieron una recompensa de 1.000 dólares «a quien encuentre un caso de amnesia disociativa debida a algún suceso traumático en cualquier obra de ficción o no ficción, escrita en cualquier lengua, anterior a 1800». Publicaron su desafío, y lo colgaron en webs y grupos de debate de Internet y en múltiples idiomas. Fue un sistema extraordinario de resolver un debate muy polémico, politizado y al parecer interminable.
Hablé con Pope del reto a la memoria reprimida en su despacho del Hospital McLean, donde dirige el Laboratorio de Psiquiatría Biológica. Es un hombre que sabe explicarse muy bien, con un entusiasmo adolescente que no es habitual en los profesores de Harvard, y una erudición propia de un descendiente de Alexander Pope (otro erudito al que le interesaban la memoria y el olvido: «Le enseñó todas las aflicciones del amante, sin embargo, el olvido “es sin duda la ciencia más difícil de olvidar”»).
Siempre me había extrañado —dijo— el hecho de que no hubiera ningún caso de memoria reprimida en Shakespeare, Esquilo, Eurípides, Sófocles, la Eneida ni la Odisea, la Biblia u otros, y me preguntaba si tal vez sería que yo no poseía suficientes conocimientos de literatura, o si era una señal de que no se trataba de un fenómeno humano.
En la década de 1990 pidió a miembros del Departamento de Inglés de la universidad si podían buscar algún ejemplo de memoria reprimida en la literatura anterior al siglo XIX, y no encontraron ninguno. Asombroso pero no concluyente. Pero diez años después se dio cuenta de que los avances tecnológicos habían creado una oportunidad sin precedentes. El alcance de Internet y los recursos online significaban que podía lanzar una prueba exhaustiva de su hipótesis. «Mi estudio es ante todo un estudio que pretende demostrar una negación y sostiene que lo ha conseguido porque utiliza una tecnología que no existió hasta los últimos diez años de la humanidad. En concreto, la posibilidad de hacer una pregunta a todas y cada una de las personas del mundo y, a continuación, si nadie responde a la pregunta, poder decir que esta no tiene respuesta».
En 2006, Pope y sus colegas lanzaron su reto a la memoria reprimida en más de treinta de las webs más visitadas y de mayor prestigio de Internet, desde las de intereses amplios, como Google Answers, hasta otras más especializadas, como Great Books Forums. Tradujeron el reto al francés y el alemán y lo colgaron en webs albergadas en los respectivos países, y los lectores pasaron el reto a otras webs.
En 2007, publicaron los resultados de su indagación en una revista médica: ni ellos ni nadie habían encontrado ningún caso de memoria reprimida.11 Su conclusión fue que «la amnesia disociativa» (de la que se pensaba que era un componente básico del trastorno de personalidad múltiple) se explica mejor como lo que la psiquiatría denomina «síndrome vinculado a la cultura», es decir, un ente construido por una cultura histórica particular y limitado a ella, en este caso, la cultura de las sociedades occidentales del siglo XX.
La historia tiene un epílogo. Poco después de que se publicara el artículo, se presentó una respuesta que sí parecía describir un ejemplo de memoria reprimida anterior a 1800. Se refería a una escena de Nina, una ópera francesa de un acto de Nicolas Dalayrac que se estrenó en 1786. En ella, Nina se desvanece al ver a quien es su verdadero amor, Germeuil, en un charco de sangre, al parecer asesinado por un pretendiente con quien su padre quiere casarla. Cuando el padre entrega la mano de su hija al asesino, Nina entra en delirio. La mandan a recuperarse a una propiedad de su padre en el campo, donde desarrolla una amnesia sobre el asesinato de Germeuil, de quien piensa que está de viaje y va a regresar pronto. Cuando por fin, después de haber sobrevivido milagrosamente, Germeuil vuelve, Nina poco a poco recupera su memoria. Para ser estrictos, tampoco este caso supera el reto de Pope, porque el olvido de Nina parece que implicó una amnesia debida al delirio, y no hay indicio alguno de que recuperara un recuerdo del suceso traumático. No obstante, Pope y sus colegas concedieron el premio a ese caso, que trasladó el origen de la «memoria reprimida» a catorce años antes de la fecha límite de 1800.
Los recuerdos reprimidos se consideran fundamentales en la etiología del TPM. La idea de memoria reprimida no aparece con anterioridad a 1786, por lo que tal vez no quepa sorprenderse de que el primer caso de personalidad dual no se registrara como tal hasta 1791. Eberhard Gmelin, médico alemán, expuso el caso de una mujer local que, mientras se recuperaba de una enfermedad infecciosa, desarrolló ataques de movimientos compulsivos de asentimiento con la cabeza seguidos de un paso repentino a la identidad de una vivaz mujer francesa que (en perfecto francés) decía ser una refugiada de la Revolución que había huido a Alemania.12 En ese estado, no recordaba a su familia alemana, pero, igualmente de súbito, volvía a su verdadera identidad, sin recordar a su alter ego francés. El segundo caso, y más famoso, de «personalidad múltiple» fue el de Mary Reynolds, que en 1816 registró como tal el médico neoyorquino S. L. Mitchell. Como en el caso anterior, la mujer tenía una segunda personalidad llena de vida que aparecía a consecuencia de una enfermedad que al parecer provocaba graves ataques.13 Es probable que en realidad estos casos representen una alteración neurológica de la personalidad que se puede producir después de diferentes ataques, o una variedad de insulto cerebral. El concepto más moderno de TPM, con su énfasis en la memoria reprimida, no apareció hasta finales del siglo XIX o principios del XX.
La historia del trastorno de personalidad múltiple es uno de los muchos ejemplos de diagnósticos psiquiátricos que han pasado del favor al rechazo a medida que han cambiado las ideas sobre qué es normal y qué es patológico. Como ocurrió antes con la «histeria» y la «fuga», el trastorno de personalidad múltiple realizó el viaje que lo llevó de lo epidémico a la rareza.14 En este sentido, la cuestión es que las definiciones que hacemos de trastorno pueden cambiar, incluso en una misma generación, a veces debido más a la preocupación cultural que a la reflexión científica. Y, en mi opinión, es más probable que así ocurra cuando construimos descripciones de síndromes sin basarlas en cómo funcionan la mente y el cerebro, es decir, la biología de lo normal.
VINCULADO A LA CULTURA
Algunos críticos de los criterios que el DSM emplea para distinguir entre «trastorno» y «normal» apuntan a la influencia de las preocupaciones sociales como prueba de que todo el empeño es un constructo social basado en un modelo médico mayoritariamente occidental de la enfermedad mental. Para algunos trastornos, parece que la afirmación es exagerada. Por ejemplo, el trastorno psicótico que la psiquiatría occidental llama esquizofrenia está reconocido en todo el mundo, con unas tasas que se repiten en las diferentes culturas, de entre 2 y 5 casos por cada 1.000 habitantes.15
Pero no hay duda de que los factores sociales y culturales afectan a cómo las personas expresan la angustia, experimentan los síntomas e intentan curarse. También es verdad que todas las definiciones de enfermedad mental implican algún tipo de juicio de valor sobre los límites de lo normal. Es decir, la definición del reino de lo anormal o el trastorno depende de cómo un grupo (por ejemplo, una sociedad o una clase dirigente profesional) juzgue las fronteras de lo normal y el concepto de desviación.
En su agudo libro Crazy Like Us, el periodista Ethan Watters plantea la interesante tesis de que la clase dirigente sanitaria occidental ha exportado sus ideas sobre la enfermedad mental y el trastorno psiquiátrico a todo el mundo, con lo que ha infectado a las culturas no occidentales y ha provocado epidemias de enfermedades mentales definidas por el DSM donde nunca antes habían existido. Documenta ejemplos de trastornos —anorexia, trastorno de estrés postraumático, depresión— que han arraigado en culturas de todo el mundo como consecuencia de la arrogancia de la cultura occidental, una ingenuidad bienintencionada, o incluso la maquinaria comercial de la industria farmacéutica.
Al mismo tiempo, las culturas de todo el mundo han construido sus propios conceptos de enfermedad mental, y algunos comportamientos que nosotros podríamos considerar anormales no encajan del todo en ninguna de las categorías del DSM.
PENES QUE SE ENCOGEN
Consideremos el siguiente caso que en 1965 exponía un psiquiatra taiwanés:
En agosto de 1957, T. H. Yang, un cocinero chino, soltero, de treinta y dos años, de Hankow, en China Central, acudió a la clínica psiquiátrica quejándose de ataques de pánico y de diversos síntomas somáticos, como palpitaciones, dificultad para respirar, insensibilidad en los miembros y mareo. En los meses anteriores a su primera visita, había acudido a varios médicos naturistas, que le diagnosticaron que padecía shenn-kuei, o «deficiencia de vitalidad», y le recetaron que bebiera orina de niño y comiera placenta humana para que le aportaran chih (energía o esencia vital) y shiueh (sangre). Esta vez, el paciente empezó a observar también que el pene se le encogía y se le metía en el abdomen, por lo general un día o dos después de tener relaciones sexuales con una prostituta. Ese trastorno del pene producía mucha ansiedad al paciente, que comía en exceso para aliviar repentinos dolores insoportables que el hambre le producía. Cuando se sentía un poco mejor, lo asaltaban unos deseos sexuales casi irresistibles, pero cuando mantenía relaciones sexuales experimentaba un extraño sentimiento de «vacío» en el estómago. Decía que a menudo el pene se le ocultaba en el abdomen, cosa que le causaba una gran ansiedad y hacía que, aterrorizado, se lo sujetara. Al hacerlo se mareaba, con un agudo vértigo y palpitaciones del corazón. Estuvo tomando una taza de torn-biann (orina de niño) todos los días por la mañana durante cuatro meses, y le iba muy bien. Creía también que el ano se le escondía en el abdomen con frecuencia. Por la noche se encontraba con que el pene se le había encogido hasta solo un centímetro de largo; se lo estiraba y así se relajaba y conseguía conciliar el sueño.16
La mayoría convendríamos en que se trata de un caso no «normal», ¿pero qué es? Si ese hombre fuera a la consulta de un psiquiatra occidental que estuviera imbuido del lenguaje del DSM-IV, es posible que recibiera un diagnóstico grave: trastorno de pánico (un trastorno de ansiedad), depresión grave con características psicóticas (un trastorno del humor), trastorno ilusorio, tipo somático (un trastorno psicótico), hipocondría (un trastorno somatoforme), o cualquiera de otros muchos, aunque los detalles del caso dificultarían asignarlo con precisión a alguna de las categorías del DSM. De hecho, el diagnóstico que le dieron al paciente es más antiguo que cualquiera de las etiquetas del DSM que acabo de mencionar. Se trataba de un caso de koro.
Hace siglos que el koro se reconoce como enfermedad en China,17 pero en la literatura occidental no apareció hasta finales del siglo XIX.18 El cuadro clásico del koro es un estado agudo de pánico en los varones debido a que piensan que el pene se les encoge o incluso desaparece, y que la retracción completa les provocará la muerte.18 No es extraño que los primeros casos de koro registrados como tales en la psiquiatría occidental se interpretaran en términos freudianos como una manifestación de la «ansiedad de castración». Pero el koro tiene otro aspecto que lo distingue de la neurosis estándar: alcanza la categoría de epidemia.
En octubre y noviembre de 1967 se produjo un brote epidémico de koro sobre todo entre la población china de Singapur. Se extendió el rumor de que lo provocaba el consumo de carne de cerdo de animales vacunados contra la gripe porcina.19, 20 Avivados por los medios de comunicación, los rumores desencadenaron una epidemia de koro que se tradujo en cientos de personas que acudían a urgencias porque temían morir por culpa de la retracción genital.20 La epidemia se produjo en un momento en que los chinos, para quienes el cerdo es un alimento básico, se sentían amenazados por los musulmanes malayos, que no comen cerdo.18 En 1976 se desencadenó una epidemia aún mayor en Tailandia después de que se extendiera el rumor de que inmigrantes vietnamitas habían envenenado productos y cigarrillos tailandeses con unos polvos que provocaban retracción genital.18, 20 Una vez más, parecía que las tensiones étnicas estaban en la raíz del brote epidémico, debido al miedo generalizado a una invasión de los vietnamitas comunistas.
Aunque el koro se suele considerar un síndrome vinculado a la cultura asiática, se han registrado casos similares en Europa, África y Estados Unidos.
En Jartum se produjo un brote de koro después de que se extendiera el rumor de que los extranjeros infectaban a quienes daban la mano, y les provocaban encogimiento del pene.21 Parece que el pánico se inició en Nigeria y Camerún en 1996, pero en pocos años se extendió a numerosos países.22 En la literatura occidental, ha ido aumentando el número de casos registrados en que predominaba el miedo a la retracción genital. En algunos de ellos, parece que el síndrome es una complicación de alguna enfermedad médica o neuropsiquiátrica oculta, un fenómeno denominado «koro secundario». De modo que se ha registrado la enfermedad similar al koro como un síntoma de enfermedades que van desde los tumores cerebrales, la epilepsia y el derrame cerebral a las enfermedades urológicas, la infección por VIH e incluso el abuso de las drogas.20
En la literatura etnopsiquiátrica está abierto el debate sobre cómo clasificar las diversas formas de koro. ¿El koro esporádico, que afecta a individuos aislados y se parece al síndrome de ansiedad o psicótico, es realmente el mismo que el de la versión epidémica que a menudo provocan las creencias tradicionales o las tensiones étnicas? ¿Hay que considerar como subtipos distintos el «koro secundario» y el «koro crónico»? ¿En qué difieren los síndromes de retracción genital de otros síndromes culturales como el dhat (un síndrome de la India) y el shen k’uei (un síndrome chino), que presentan ansiedad y pánico por la «pérdida de semen»?23 Podemos imaginar, y así lo han hecho los expertos, una clasificación minuciosa de los síndromes de retracción genital y sus síntomas. Sin embargo, la realidad es que, hace unos minutos, el lector no sabía que existiera el koro. Pero sí comprenderá ahora lo complejo que es intentar dibujar las fronteras del trastorno. Cuando clasificamos los trastornos basándonos sobre todo en síndromes descriptivos, y no en una guía detallada de cómo funciona la mente, es fácil caer en el tipo de categorías abultadas o fraccionadas que muchos critican al DSM.
¿UNA LÍNEA EN LA ARENA?
Como vemos, las definiciones de normal y anormal pueden depender mucho del tiempo y el lugar. Pueden prosperar o remitir según sean el momento histórico o el cultural. ¿No hay forma de cimentar la relación entre funcionamiento normal y anormal? Una de las tesis que defenderé en este libro es que sí se puede hacer. Pero para ello hay que invertir la estrategia que la psiquiatría ha empleado durante la mayor parte del siglo pasado. En lugar de construir trastornos mediante el etiquetaje de los extremos —la mente perturbada y el corazón roto—, debemos empezar por comprender lo normal. ¿Para qué se construyeron la mente y el cerebro? ¿Cómo se desarrollan las funciones mentales y neuronales? ¿Cómo están organizadas? Al entender la arquitectura básica de la mente y el cerebro, y cómo interpretan el entorno y las experiencias con que se encuentran, podemos empezar a ver dónde es probable que se produzcan las disfunciones y cómo surgen del espectro normal de la experiencia humana. Nuestras definiciones de enfermedad mental se hacen menos arbitrarias. Esto no significa que ya no importen las influencias culturales. En efecto, al conocer mejor la estructura fundamental de la mente, podemos entender mejor de qué forma la cultura configura nuestra experiencia y nuestros juicios sobre la conducta.
Uno de los intentos más influyentes de desentrañar la organización básica de la mente ha buscado las respuestas en la evolución. El funcionamiento de nuestro cerebro, como el del resto del cuerpo, evolucionó como respuesta a los retos a los que nuestros antepasados se enfrentaron en su lucha por la supervivencia y la reproducción. Nuestros procesos mentales más fundamentales están organizados en torno a los más importantes de estos desafíos: evitar el daño, hacer planes y tomar decisiones, seleccionar a la pareja sexual, negociar la jerarquía del dominio social, etc. Jerome Wakefield, profesor de trabajo social y psiquiatría de la Universidad de Nueva York, propone una definición sencilla pero contundente de trastorno mental: un trastorno es una «disfunción dañina».24 Se cruza la línea que separa la salud mental del trastorno mental cuando un estado conductual o psicológico provoca daño a la persona y supone una disfunción de algún mecanismo mental seleccionado de forma natural. La solución de Wakefield propició un perfecto acuerdo en el antiguo y controvertido debate que ocupó las últimas décadas.
Por un lado estaban quienes decían que los diagnósticos psiquiátricos y las distinciones entre conducta normal y anormal eran inherentemente unos juicios de valor. El experimento con falsos pacientes de Rosenhan y la decisión de la American Psychiatric Association de despatologizar la homosexualidad ilustraban claramente que la línea divisoria entre lo normal y lo anormal se trazaba de acuerdo con juicios de valor culturales. Un ejemplo de la versión extrema de esta crítica fue el de Thomas Szasz y el llamado movimiento antipsiquiátrico que surgió a finales de la década de 1960. Szasz, cuyo libro El mito de la enfermedad mental, publicado en 1961, probablemente fue la manifestación más influyente de sus ideas, sostenía que las etiquetas de diagnóstico de la psiquiatría no eran sino herramientas que se utilizaban para excluir y subordinar a las personas. Una opinión menos radical es que los diagnósticos psiquiátricos pueden ser útiles, pero en última instancia solo son constructos sociales. En el otro extremo del debate estaban quienes sostenían que las enfermedades mentales son trastornos biomédicos que se pueden definir con la misma objetividad que la diabetes o la cirrosis.
Pero tanto los valores «estrictos» como las posturas biomédicas «estrictas» son en última instancia insuficientes. En primer lugar, la idea de que los trastornos psiquiátricos solo son mitos o construcciones sociales no tiene en cuenta las muchísimas pruebas de la base biológica de la enfermedad mental. Lo que sabemos de tal base biológica de los trastornos psiquiátricos es limitado, sin duda, pero investigaciones científicas realizadas durante décadas establecen que las personas que cumplen los criterios que definen a estos trastornos poseen unos perfiles de riesgo genético y una estructura y una función cerebrales que difieren de los de quienes no cumplen esos criterios, aunque las diferencias normalmente sean de grado. Más aún, como psiquiatra he visto el dolor y la desesperación que han de sufrir las personas y sus familias cuando la psicosis, la manía, la depresión o el pánico se apoderan de su mente. He visto a personas tan angustiadas por este dolor, que preferían acabar con su vida a enfrentarse a un futuro dominado por estos síntomas. También he visto cómo los fármacos y las psicoterapias transformaban el sufrimiento y salvaban vidas. Y la idea de que definir estas situaciones como enfermedades no es sino un ejercicio de mitificación trivializa el sufrimiento de quienes las padecen.
Al mismo tiempo, es difícil rebatir la afirmación de que la definición de los trastornos psiquiátricos implica cierto juicio normativo sobre la conducta. La timidez y la inhibición social agudas se pueden diagnosticar como trastorno (fobia social) cuando dificultan el funcionamiento (por ejemplo, impiden que la persona progrese en su profesión). Pero esa dificultad se debe en parte a que los empleadores y la cultura en general devalúan la inhibición social.
El concepto de Wakefield del trastorno social como una «disfunción dañina» satisface por igual a los valores y a la biología.25 La primera condición básica de un trastorno mental es que implique unos estados mentales o unas conductas que sean dañinos para la persona según las normas sociales. Los síndromes que llamamos esquizofrenia, trastorno bipolar, depresión y demás cumplen claramente este criterio. Pero el «daño» no basta para definir un trastorno mental. Muchas conductas son dañinas pero no se nos ocurre llamarlas trastornos, por ejemplo, el analfabetismo o dejarlo todo para más tarde.
El otro requisito es que los estados mentales o las conductas sean consecuencia del fracaso de una función diseñada biológicamente. Nuestro cerebro existe para realizar determinadas funciones. La selección natural ha perfilado el contorno de esas funciones mejorando los éxitos reproductores de los primeros seres humanos cuyo cerebro superaba mejor los retos a que les enfrentaba la vida. Algunas de estas funciones son obvias: detectar el peligro y evitarlo, aparearse y reproducirse. Otras son más sutiles: evitar la infidelidad de la pareja, reconocer las intenciones de los demás, cooperar y competir con eficacia, y sacar el máximo provecho de los recursos disponibles. En nuestros tiempos, hemos bautizado estas funciones como confianza, atracción, empatía, egoísmo, etc.
LA CARA NORMAL DE LA DEPRESIÓN
Una implicación importante del modelo de la «disfunción dañina» es que el sistema psiquiátrico que propicia el DSM puede estar diagnosticando una enfermedad mental sin que exista un trastorno. Muchos diagnósticos psiquiátricos se basan casi por completo en grupos de síntomas, con escasa atención a las circunstancias en que estos síntomas se producen. Tomemos el ejemplo de la depresión. El diagnóstico de depresión del DSM-IV (conocida oficialmente como «trastorno depresivo mayor») exige mostrar dos semanas o más por lo menos cinco síntomas, entre ellos, un estado de ánimo deprimido persistente y/o pérdida de interés o placer por la actividad diaria y casi a diario. Los otros síntomas son adelgazar o engordar considerablemente, dormir mucho o poco, agitación o apatía físicas, pérdida de energía, sentimientos de desmerecimiento o de culpa excesiva, dificultad para concentrarse o indecisión, e ideas recurrentes de muerte y suicidio.
Para alcanzar el nivel de diagnóstico, los síntomas han de provocar una angustia importante o dificultar el funcionamiento, y no han de ser consecuencia de los efectos de una droga ni de otra enfermedad mental. Y, además, no se pueden deber al dolor por la pérdida de alguien querido, una exclusión importante, porque en el proceso del duelo normalmente intervienen la mayoría de los síntomas de la depresión. Pensemos en la madre cuyo hijo acaba de morir de leucemia. Durante un mes llora a diario, pierde interés por el sexo, le cuesta dormir y es incapaz de reunir en tres semanas fuerzas para volver al trabajo. ¿Hay que diagnosticarle una depresión a esta mujer? Claro que no. Experimenta una reacción normal de duelo por esa funesta pérdida.
Pero ¿solo hay que considerar normales los síntomas depresivos en este tipo de pérdidas? ¿Y los de otras pérdidas igualmente dolorosas, traumas y situaciones de mucho estrés que muchos vivimos a lo largo de la vida?
En una cena social, un caballero me lleva aparte para pedirme consejo: «Estoy preocupado por un amigo mío. Howard llevaba veinticinco años en nuestra empresa, pero hace tres semanas hicimos una reducción de plantilla y lo hemos despedido. Tiene cincuenta y nueve años, y el trabajo era su vida. Lo vi la semana pasada y me alarmé mucho. Está desolado: tenía la mirada perdida, había adelgazado y parecía que no hubiese dormido en una semana. Intenté convencerle para que fuéramos a jugar al golf este fin de semana, algo que siempre le encantó, pero dijo que no, que en otra ocasión. Parecía muy perdido y su mujer dice que no hace más que dar vueltas abatido por la casa. Creo que está deprimido. ¿Hay alguna medicina que le pueda ir bien?».
¿Necesita Howard un tratamiento para la depresión? Es evidente que presenta síntomas de un episodio depresivo mayor. Pero sabemos que, en las personas vulnerables, muchas veces los episodios de depresión se deben a situaciones de mucho estrés. En este caso se trata de un hombre cuya vida adulta estaba organizada totalmente en torno a su trabajo, y ahora ha desaparecido la base de su autoconcepto. Es evidente que sufre una terrible pérdida. Si hubiese fallecido su mujer, atribuiría sus síntomas a su pérdida, y su amigo probablemente no me hubiera preguntado por algún medicamento. ¿Por qué, pues, una pérdida traumática es tan distinta de la otra? ¿Es tan nítida la línea que separa la tristeza normal de la depresión?
Wakefield y sus colegas se plantearon esta pregunta utilizando datos de un amplio estudio sobre la prevalencia de los trastornos psiquiátricos en Estados Unidos.26 Observaron a personas que cumplían los criterios de episodio depresivo y que decían que sus síntomas se debían al fallecimiento de alguna persona allegada (síntomas «provocados por la pérdida de un ser querido») o por otro tipo de pérdida («provocados por otra pérdida»). A continuación dividieron estos grupos en casos «complicados» y «no complicados». La «pérdida complicada de alguien querido» es una expresión que se emplea en el DSM para describir casos genuinos de depresión provocados por la pérdida de un ser querido. Según el DSM, la pena por este tipo de pérdida cruza la línea de lo no complicado (normal) a lo complicado (auténtica depresión) cuando es prolongada y va acompañada de síntomas graves, como discapacidad funcional, pensamientos suicidas o un sentimiento mórbido de inutilidad.
Wakefield comparó el grupo de pena complicada por la pérdida de un ser querido con el grupo no complicado de «otra pérdida» teniendo en cuenta nueve indicadores de trastorno depresivo mayor (cosas como la cantidad de síntomas de depresión, los intentos de suicidio, la discapacidad funcional y el tratamiento por depresión), y no encontró diferencias sustanciales entre ellos. Por otro lado, los casos complicados eran significativamente más agudos en todos los indicadores, estuvieran provocados por la pérdida de una persona querida o por otro tipo de pérdida. En otras palabras, no había pruebas de que la pérdida de un ser querido fuera un tipo especial de pérdida desde el punto de vista de su relación con la depresión.
¿Entonces, qué? Bueno, en estos momentos, a la persona que durante dos semanas se siente profundamente triste, tiene dificultades para dormir, pierde el interés o le cuesta concentrarse después de perder el empleo, divorciarse o alguna otra pérdida importante, se le diagnostica una depresión mayor. Wakefield y sus colegas calculan que si la psiquiatría tratara estas otras pérdidas del mismo modo que trata la pena por la pérdida de una persona querida, y clasificara los casos no complicados como casos de tristeza normal, la prevalencia de la depresión en Estados Unidos bajaría casi un 25 %. Wakefield no dice que la diagnosis psiquiátrica esté inherentemente viciada: solo señala que se puede mejorar adoptando un marco que la sitúe en el contexto de la función mental normal y de las situaciones en que las personas se encuentran. No se puede definir una línea divisoria entre lo normal y lo anormal con la simple declaración de una serie de conductas como síntomas. El contexto es importante. Y debemos empezar por preguntar de dónde nacen estas conductas y cómo encajan en todo el espectro de la experiencia humana.
En otras palabras, si queremos comprender la enfermedad mental, antes tenemos que comprender cómo funciona la mente y por qué funciona como lo hace. Puede parecer algo evidente, pero la mayoría de los intentos de definir la disfunción mental —incluido el DSM— no parten de una explicación de la función normal. Veamos, pues, un ejemplo de cómo la comprensión de la función normal nos puede decir algo sobre el trastorno.
NO PISES LA BALDOSA ROTA
Nuestra capacidad mental de percibir el riesgo y evitar el daño sin duda se desarrolló en nuestro pasado evolutivo. El animal que no tuviera esta capacidad no habría sobrevivido lo bastante para poderse reproducir. La selección natural propició estos mecanismos mentales que podían prever y evitar el peligro. ¿Y si nuestros mecanismos normales de evitación del daño se estropearan? ¿Qué ocurriría si viéramos peligro donde no existe?
De hecho, muchos de los síntomas que atribuimos a trastornos de ansiedad son formas exageradas e inadecuadas de detectar las amenazas y reaccionar ante ellas. Por ejemplo, la psiquiatría define el trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) como un trastorno de ansiedad que provoca en quien lo sufre pensamientos angustiosos recurrentes que le causan ansiedad (obsesiones), o conductas repetitivas destinadas a evitar el daño o aliviar la ansiedad (compulsiones). Pero el contenido de estas obsesiones y compulsiones no es aleatorio; se suelen referir a determinados ámbitos.
Cuatro son los síntomas más habituales de la mayoría de las obsesiones y compulsiones: (1) obsesiones por la contaminación y compulsiones higiénicas; (2) obsesiones agresivas y compulsiones de verificación; (3) obsesiones por la simetría y compulsiones por el orden; y (4) compulsiones acaparadoras.27 Todos ellos van acompañados de temores y rituales que todos podemos experimentar de vez en cuando, y es probable que todos reflejen una disfunción de un sistema mental que evolucionó para evitar el peligro y estar seguros.
¿Qué pruebas tenemos de que todos disponemos de estos sistemas de prevención y evitación del daño? En primer lugar, vemos que afloran en determinados momentos de la vida. De pequeños dependemos de nuestros padres y tenemos poca experiencia para distinguir lo seguro de lo nocivo, por lo que somos particularmente vulnerables. No es extraño que la infancia sea un escaparate de miedos y rituales. Pensemos en la hora de acostarse, ese momento aterrador y pavoroso en que los padres dejan a su hijo a merced de los monstruos que acechan debajo de la cama.
Los miedos a acostarse son comunes, y muchos niños desarrollan unos minuciosos rituales para disiparlos: miran una y otra vez debajo de la cama, o recitan frases que les dan seguridad, como si fueran pequeños chamanes que ahuyentan a espíritus malvados. Y luego está la impresionante responsabilidad que los niños sienten muchas veces de evitar el daño a ellos mismos o a sus cuidadores, unos temores que a veces generan compulsiones perfeccionistas para no cometer errores o «hacer las cosas bien» (como dice el refrán inglés, no pises la baldosa rota, que le partes la espalda a tu madre). En palabras de un grupo de científicos: «Estos rituales, cuando son exagerados, pueden parecer patológicos, pero en su adecuado contexto ontogenético son esenciales para enseñar a los niños a gestionar la ansiedad que les genera el mundo exterior» (p. 858).28
Hay otra fase de la vida en que normalmente estallan los miedos angustiosos y las conductas compulsivas: el embarazo y el posparto, un momento cuya importancia es difícil de superar desde un punto de vista evolutivo. La selección natural es fundamentalmente una competición por la salud reproductora, es decir, por maximizar la transmisión de la configuración genética de un individuo a las generaciones siguientes. Se comprende que las preocupaciones por la salud del feto y el recién nacido sean comunes durante el embarazo y las primeras fases de la parentalidad y cuando más en juego está la salud reproductora.
James Leckman y sus colegas del Yale Child Study Center llevan más de veinte años estudiando la base biológica del trastorno obsesivo-compulsivo. Hace unos años, decidieron explorar la hipótesis de que las preocupaciones de las primeras fases de la parentalidad se pudieran considerar una variante normal de TOC. Entrevistaron a padres y madres durante el octavo mes del embarazo y los tres primeros meses posteriores al nacimiento, y descubrieron unos paralelismos inquietantes.29 Justo antes de nacer el bebé, más del 80 % de los padres estaban preocupados por si «le pasaba algo malo al bebé», y más de un tercio tenía pensamientos sobre daños que le pudiera provocar.
En las entrevistas realizadas a las dos semanas y a los tres meses después del nacimiento, más del 70 % de los padres seguían preocupados por la vulnerabilidad o la seguridad de su hijo. En algunos casos, estos miedos mostraban una característica clave de las obsesiones del TOC: preocupaciones angustiosas que la persona reconoce que son irracionales. Entre el 25 % y el 40 % de los padres tenían pensamientos sobre daños imaginarios que le ocasionaban al bebé. Hablaban de imágenes nítidas en que se les caía o lo soltaban, le arañaban o resultaba herido en un accidente de tráfico, pese a estar seguros de que nunca harían nada de todo esto.28
Más del 75 % de los padres también decían que sentían una necesidad compulsiva de vigilar al bebé, aunque sabían que «todo estaba bien», y a las dos semanas del nacimiento, entre el 20 % y el 30 % recordaba «decirse que esta vigilancia compulsiva era innecesaria o estúpida».29 Cuando a esos padres se les realizaba un escáner cerebral mientras oían grabaciones de los lloros de su bebé, se les activaban los centros del miedo de modo similar a como lo hacen ante miedos angustiosos propios del TOC y conductas compulsivas de evitación del daño.28 La angustia y las preocupaciones de las primeras fases de la parentalidad eran mayores justo antes y después del nacimiento del hijo, y luego empezaban a remitir.
Así pues, el período perinatal es un momento de una sensibilidad mayor normal para evitar el daño y los errores. No es que los padres padezcan algún trastorno psiquiátrico. La mayoría de los padres que sienten una angustia molesta y adoptan conductas compulsivas de seguridad dicen que son situaciones breves y no les producen ninguna desazón acusada ni interfieren en su actividad —es decir, no cruzan el umbral necesario para un diagnóstico de TOC—. Pero parece que el período perinatal aprovecha los mismos mecanismos que se apoderan de la mente de quienes padecen un TOC.
PENSAMIENTOS SUCIOS
Los miedos a contaminarse son otro ejemplo del continuo que va de lo normal a las obsesiones y compulsiones patológicas. En un extremo, las personas que padecen un TOC pueden llegar a dejarse las manos en carne viva de tanto lavárselas, o quedarse encerradas en casa por miedos obsesivos a la contaminación en el mundo exterior. Pero estos mismos miedos se activan cuando evitamos dar la mano a la persona que estornuda o moquea en el cubículo de al lado de la oficina. Los miedos irracionales a las víctimas de sida que se extendieron por todo Estados Unidos en la década de 1980 demostraban la fuerza y a veces la violencia que estas reacciones de evitación del mal pueden llegar a adquirir.
En tiempos más recientes, los miedos a epidemias de gripe mortales y otros gérmenes han creado un mercado masivo para los desinfectantes de manos: en el período de un año (2004-2005) las ventas aumentaron más de un 50 %,30 y crearon una comunidad de germófobos empapados de desinfectante a la que se ha llamado la «nación de los higiénicos de las manos».31
El contrapunto emocional de la sensibilidad a la contaminación es la sensación de asco, una experiencia sin duda universal y conocida. El desencadenante de mayor fuerza potencial del asco es el pensamiento o el acto de contacto oral con objetos o fluidos procedentes de otros animales o humanos (las heces y la carne putrefacta son dos de los desencadenantes del asco más universales). Lo más probable es que el asco evolucionara como mecanismo para evitar la enfermedad.32
Pero incluso quienes no padecemos ningún TOC sentimos asco y miedos irracionales a la contaminación. En una serie de interesantes estudios, Paul Rozin y sus colegas de la Universidad de Pensilvania descubrieron que los pensamientos de las personas sobre contaminación por alimentos muchas veces tienen un punto de «pensamiento mágico».
¿Qué haría el lector si le ofreciera un plato de la sopa que más le gusta, pero le dijera que lo he removido con un matamoscas limpio pero usado? ¿Se lo tomaría? Cuando Rozin se lo propuso a un grupo de adultos sanos, la mayoría dijo que no. Pero el 50 % dijo que tampoco se tomarían la sopa si la hubiesen removido con un matamoscas nuevo. En otra prueba, se ofrecieron a los sujetos dos trozos de dulce de azúcar y mantequilla que solo diferían en la forma. No pusieron reparo alguno en comerse el que tenía la forma clásica de pastel, pero rechazaron el que tenía forma de heces de perro, aunque sabían que era el mismo dulce.33
Los estudios de neuroimaginería han ubicado con exactitud incluso las zonas del cerebro especializadas en manejar esta función y que parecen ser hiperactivas en las personas con TOC. Cuando se les muestran objetos como teléfonos públicos, lavabos o ceniceros y se les dice que imaginen que tienen contacto con ellos sin a continuación lavarse, las personas con TOC y miedos a la contaminación activan un sistema de zonas del cerebro que intervienen en el procesado de los sentimientos, en especial del asco.34 Lo interesante es que a personas sanas a las que se les asignan las mismas tareas se les encienden regiones del cerebro similares, aunque con menor intensidad,35 lo que indica una vez más que el TOC es una exageración de los mecanismos normales del cerebro.
Un protagonista clave de la biología del asco es un pequeño apéndice de la corteza del cerebro conocido como la ínsula.36 Entre otras responsabilidades, cumple la de cámara de compensación del cerebro en la que se depositan los «sentimientos» viscerales y las «penas» del corazón: controla las sensaciones corporales y las conecta con las reacciones emocionales.37 También es la principal corteza del gusto, la región en que se registra nuestra experiencia del gusto y se integra con la del olor.38, 39 La estimulación eléctrica de esta zona del cerebro provoca náuseas y revuelve el estómago.40 Por esto la ínsula es perfectamente adecuada para manejar el asco, una reacción emocional a los sabores y olores desagradables. Y los estudios de imaginería cerebral confirman que la experiencia de asco activa la ínsula.36 En los experimentos, cuando a las personas se les presentan sabores, olores o imágenes asquerosos (alimentos putrefactos, cuerpos mutilados, etc.), la ínsula pone la directa.41
Así pues, parece que el asco está cableado y que la evolución nos ha dispuesto de tal forma que hay cosas que nos parecen asquerosas, por ejemplo, las heces y la comida putrefacta. Superar nuestra sensibilidad a la contaminación requiere esfuerzo o autoengaño. Pensemos en la «regla de los cinco segundos»: los alimentos que caen al suelo son sanos si se los recoge antes de que pasen cinco segundos. (Lamentablemente, no es así, porque la mayoría de las transmisiones bacteriológicas del suelo a un trozo de pizza se producen en los primeros cinco segundos.)42
Pero no nos precipitemos. Todos los padres saben que los niños de dos años se lo llevan todo a la boca. ¿Dónde está el asco cableado? Al niño hay que enseñarle que la cucaracha muerta es asquerosa. Es verdad. La sensación de asco y la sensibilidad a la contaminación del niño surgen progresivamente, como lo demuestra un estudio sobre niños de entre tres y doce años a los que se les iban dando galletas y zumos con cada vez mayor cantidad de elementos asquerosos.43 Se les daba un vaso de zumo de manzana, pero antes de verterlo, el experimentador se sacaba un peine de la cartera, se peinaba y se lo guardaba.
A continuación sacaba otro peine y les decía a los niños: «Es un peine sin estrenar que me compré ayer, bien lavado y totalmente limpio. Voy a remover el zumo con él».
Después de remover el zumo, preguntaba: «¿Queréis un poco de zumo?».
Si los niños se lo tomaban, el experimentador sacaba otro peine del maletín y decía que era el que usaba para peinarse todos los días, pero que estaba lavado y limpio. Si el niño estaba dispuesto a tomarse el zumo removido con este peine, el experimentador sacaba otro de la cartera y decía que era el que había empleado antes para peinarse (en realidad era otro limpio idéntico al primero). ¿Se tomaría el niño el zumo después de removerlo con un peine con el que había visto que el experimentador se peinaba?
La respuesta dependía de la edad de los niños: el 77 % de los de entre tres y seis años se tomaba el zumo, frente a solo el 9 % de los de entre nueve y doce años. En otra versión de la prueba, el experimentador sacaba un saltamontes auténtico (esterilizado) y lo metía en el zumo. Preguntaba a los niños si querían tomarse el zumo del fondo del vaso con una pajita. El 63 % de los más pequeños no ponía ningún reparo, frente al 19 % de los mayores.
¿Qué era, pues, lo que hacía que a un niño de diez años le produjera asco la idea de tomarse zumo de saltamontes? Una posibilidad es que el cerebro del niño de tres años sencillamente no tiene capacidad para pensar que el zumo se contamine porque haya en él un saltamontes flotando.44 En otras palabras, el desarrollo de la sensibilidad al asco debe aguardar a que estén online determinadas capacidades cognitivas. Pero el aprendizaje social es otro elemento previsible de este proceso: los niños mayores han visto que a otras personas les da asco la contaminación. En realidad, la entomofagia (ingesta de insectos) es una práctica común en muchas partes del mundo, pero a los occidentales les revuelve el estómago, y a los niños les dan mucho más asco las cosas que se lo producen a sus padres.45
Y parece que este aprendizaje social tiene una base neurológica: la misma estructura cerebral que se activa cuando sentimos asco también lo hace cuando vemos expresiones faciales de asco en otras personas. El neurocientífico francés Bruno Wicker y sus colegas hicieron resonancias magnéticas funcionales a sujetos en dos tipos de situaciones. Primero veían películas en que el actor olía un vaso que contenía agua, perfume o un líquido de olor asqueroso (el que lleva un juguete bautizado con el cáustico nombre de «pelotas apestosas»). Los actores manifestaban expresiones faciales acordes con el líquido que olían (neutras, de placer o de asco, respectivamente).
En el segundo experimento, se pedía a los sujetos que inhalaran una serie de olores agradables (de fruta de la pasión, lavanda, etc.) y otra de olores asquerosos, entre ellos el de etilmercaptano, apodado en su día por el Libro Guinness de los récords la «sustancia más hedionda que existe». Tanto la visión de otras personas que expresaban sentimientos de asco como la experiencia directa de asco encendían la ínsula anterior. Es decir, observar cómo otras personas reaccionan con asco activa nuestro propio centro del asco. Tal vez el niño de diez años aprende que los escarabajos son asquerosos porque ve el asco que les producen a las personas de su entorno. Una implicación de mayor alcance de este trabajo, y a la que volveremos en el capítulo 4, es que «percibimos las emociones de los demás mediante la activación de la misma emoción en nosotros mismos» (p. 660).46
El asco relacionado con la contaminación es clave en algunos tipos de TOC, y adquiere una forma menos dañina en la vida diaria, lo que indica que existe un sistema normal para experimentar el asco, y cuando este sistema falla, la consecuencia puede ser la enfermedad mental. Los estudios de imaginería cerebral han descubierto que la ínsula y otras regiones en que se procesan las emociones pueden contribuir a los síntomas obsesivo-compulsivos, pero también apuntan con fuerza a la desregulación de un circuito que conecta la corteza frontal con estructuras más profundas como los ganglios basales, que intervienen en la evitación de errores y en la adaptación de nuestra conducta a las amenazas y las recompensas. La cuestión es que podemos empezar a entender el TOC no como una dolencia misteriosa, sino como una manifestación disfuncional de los mecanismos de seguridad que todos poseemos.
LA DISTRIBUCIÓN DE LO NORMAL
En 1754, fallecía en Londres en la pobreza y una relativa oscuridad un genio matemático francés llamado Abraham De Moivre. Dos años después de su muerte, apareció la tercera edición de su gran obra The Doctrine of Chances, que contenía un descubrimiento que se ha convertido en símbolo icónico de la cultura científica y popular. A De Moivre le interesaba explicar los resultados de sucesos aleatorios —por ejemplo, si echamos una moneda al aire 100 veces, ¿cuál es la probabilidad de que salga cruz 30 veces?—. Observó que cuantos más son los ensayos, la probabilidad de sus resultados (por ejemplo, cara o cruz) formaba un patrón predecible. El resultado de la mayoría de lanzamientos correctos de la moneda será de un número igual de caras y cruces, de modo que lo más probable es que salgan 50 cruces. La probabilidad de una cantidad muy inferior o muy superior a 50 va disminuyendo. Con estas sencillas observaciones, De Moivre dedujo una fórmula que producía un resultado inquietante. El gráfico de las probabilidades de todas las cantidades de cruces dibuja una curva en forma de campana. Resulta que esta campana puede describir la distribución de una notable variedad de fenómenos físicos, biológicos e incluso sociales, lo que sin duda la ha hecho justa merecedora de su otro nombre familiar: el de «distribución normal».
Saco a colación la curva de lo normal para abordar la pregunta que formulaba al principio de este libro: ¿qué es lo normal? En la mayoría de los diccionarios, la primera definición de «normal» suele tener una base estadística —algo así como «ajustado al criterio, el tipo o la costumbre habituales»—, es decir, lo normal es lo más común o quizás el promedio. Pero la idea de «distribución normal» va mucho más allá.
Las distribuciones normales las definen totalmente dos cantidades: una es la media (el promedio), y la otra es la varianza (o su raíz cuadrada, la desviación típica). En otras palabras, en términos estadísticos, una distribución normal abarca tanto el promedio como las desviaciones del promedio: la varianza es una parte esencial de la normalidad. Por analogía, veremos en este libro que la biología del funcionamiento humano normal abarca variaciones en la forma en que el cerebro procesa las condiciones del entorno físico y social con que se encuentra. El resultado es una amplia diversidad de lo normal en lo que se refiere al temperamento, la empatía, la confianza, la atracción sexual y la cognición social.
La historia recurrente de este libro es que todos encontramos nuestro lugar en esta gran distribución gracias a la intersección de tres elementos principales: la evolución, la variación genética y el entorno y las experiencias particulares con que nos hemos encontrado. El primero —nuestro patrimonio evolutivo compartido— empieza mucho antes de que nazcamos. Los incontables ensayos y errores de la selección natural han compilado un texto básico de instrucciones biológicas dictadas al genoma humano. Todos los seres humanos compartimos la abrumadora cantidad de letras de este texto, que determinan un conjunto común de posibilidades y de limitaciones en las que nuestra mente se puede desarrollar, funcionar e interactuar con los demás y con el mundo.
Pero los otros dos actores —la variación genética y la experiencia— configuran la trayectoria exclusiva que seguimos dentro de la amplia distribución de lo posible.
COMO EL DÍA Y LA NOCHE
Si aceptamos que lo normal no es un estado —lo más común, el promedio o lo ideal—, sino una distribución o un espectro de la posibilidad humana, ¿cómo se supone que hemos de trazar la línea divisoria entre lo normal y lo anormal? Una distribución puede tener un bulto en el centro y colas en el extremo, pero en medio no existen líneas divisorias.
Si el lector ha estado aguardando a que le diera la respuesta a la pregunta de dónde se encuentra la línea que separa lo normal de lo anormal, ahí va: no creo que exista. Lo siento. No es que esté eludiendo la pregunta, sino que en mi opinión no es esta la que hay que formular. No existen líneas nítidas.
Si así es, ¿por qué escribir un libro sobre la biología de lo normal?
En realidad hay dos razones. Cuando hablo de biología de lo normal, me refiero a comprender para qué cosas están diseñados el cerebro y la mente, y cómo funcionan uno y otra a lo largo del espectro del empeño humano. Estamos empezando a construir este conocimiento gracias a una convergencia sin precedentes de la antropología, la genómica, la psicología y la neurociencia. Merece la pena contar la historia que comienza a emerger, porque arroja luz sobre cómo nos convertimos en lo que somos. Esta es la primera razón.
La segunda es que caracterizar la biología de lo normal puede sentar la base de nuestra comprensión de cómo se pueden torcer las cosas y contribuir a lo que reconocemos como trastornos mentales. Pero tal vez el lector se pregunte: si no existe una línea definida entre lo normal y lo anormal, ¿cómo podemos siquiera decir qué es un trastorno mental?
El modelo de disfunción dañina de Wakefield da una respuesta, pero las definiciones útiles de los trastornos psiquiátricos no dependen de la identificación de una única línea «exacta» entre lo normal y lo anormal. Continuamente trazamos líneas para establecer distinciones útiles y «reales», a pesar de que en cierto grado estas líneas realmente no existen. La práctica de la medicina contiene muchos ejemplos. La hipertensión se define como una presión de la sangre superior a 140/90, pero nadie piensa que haya una diferencia cualitativa entre una presión de 141/90 y otra de 139/90. Y sin embargo, la presión arterial alta puede ser mortal; la hipertensión es un concepto útil para la investigación y la medicina clínica.
Lo normal y lo anormal son como el día y la noche. Es decir, ambas son descripciones útiles de dos estados que reconocemos como diferentes. Pero es imposible trazar la línea que las separa. ¿En qué preciso momento el día pasa a ser noche? Podemos decidir trazar la línea en el ocaso, un momento concreto en el tiempo que hemos construido para separar el uno de la otra. Pero es evidente que tiene algo de arbitrario. No obstante, todos convendríamos en que el día y la noche son significativamente reales. Nos programamos la vida en torno a uno y otra. Pero raramente nos preocupa el momento en que uno pasa a ser la otra. Nos sentimos cómodos con la borrosidad del crepúsculo.
El mismo principio se puede aplicar a la distinción entre normal y anormal, o entre trastorno y no trastorno. Cualquier línea precisa que tracemos para definir el trastorno exigirá un juicio. Pero esto no significa que estos trastornos sean puras ficciones. No hay duda de que tiene valor identificar los síndromes que provocan daño y sufrimiento a las personas: nos permiten desarrollar tratamientos, anticipar diagnósticos y quizás incluso formular estrategias de prevención.
HACIA UNA BIOLOGÍA DE LO NORMAL
El modelo de disfunción dañina de Wakefield aporta un marco de referencia para clasificar el trastorno, lo anormal. Pero también dice algo fundamental sobre el objeto de este libro: la comprensión de lo normal puede desvelar muchas cosas. Para asentar sobre una base sólida la definición y el estudio de la disfunción mental, antes debemos comprender qué funciones están des... lo que sea (trastornadas). Tenemos que saber para la realización de qué cosas están diseñados el cerebro y la mente: ¿cómo funcionan?, ¿para la resolución de qué problemas están diseñados? Las respuestas a estas preguntas son a lo que me refiero como biología de lo normal.[3]
En los capítulos siguientes, veremos que la investigación ha empezado a responder a estas preguntas que definen quiénes somos y qué nos mueve. Y de paso, veremos que desembalar la ciencia de lo normal puede contribuir a desmitificar la naturaleza de la enfermedad mental. En efecto, con un siglo de ciencia a nuestras espaldas, ha llegado la hora de darle la vuelta a la máxima de William James: la mejor forma de entender lo anormal es estudiar lo normal.
2
LOS GENES Y LA REGULACIÓN DEL CEREBRO: LA BIOLOGÍA DEL TEMPERAMENTO
—Siempre he sido así.
Tim Corning intentaba explicar las raíces de su ansiedad social en su primera visita. Había acudido a mi consulta porque, después de bastantes años de trabajar de programador informático, había decidido volver a los estudios para hacer un máster en educación. Pero ahora la ansiedad que sentía al estar entre la gente le había arrebatado el sueño de ser profesor de ciencias, y venía a reivindicarlo.
—Hasta donde recuerdo, siempre he sido tímido.
Intentaba recordar su primer día de escuela, paralizado en medio del abrumador zumbido de caras nuevas.
—Creo que no hablé en todo el día. Recuerdo que le pregunté a la maestra si me podía quedar en clase mientras los demás niños salían al patio. Pero me dijo que tenía que salir... y salí. Y me quedé en la puerta mientras los otros niños jugaban. Pero creo que no hubiera pasado nada de no haber sido por aquel día, un par de meses después, en que salimos de excursión a visitar un museo. Antes de subir al autobús para regresar al colegio, la maestra nos dijo a todos que fuéramos al baño para que después no tuviéramos que parar.
Mientras contaba la historia, empezó a sonrojarse.
—Aguardábamos en fila delante de los urinarios, y cuando me llegó el turno, no puede orinar. Se me antojaba que todos me estaban mirando. Me quedé de pie, esperando y rezando para que ocurriera algo. Uno de los niños que tenía a la espalda se reía; ni siquiera sé si se reía de mí, pero me sentí humillado.
Desde entonces, era incapaz de orinar en aseos públicos, una enfermedad conocida como paruresis, o «vejiga tímida».
Las cosas fueron peor. El padre de Tim se fue de casa cuando él tenía siete años. A mitad de segundo curso, se negaba a ir a la escuela si su madre no lo acompañaba hasta la clase. Para su desgracia, su madre consintió. En los casos de ansiedad, uno de los principios fundamentales es que evitar lo que la provoca es la forma más segura de convertir un miedo en una fobia.
Tim recordaba el propio empeño de su madre.
—Creo que durante mi infancia nunca salía de casa; se preocupaba demasiado por mí. Imagino que era la clásica madre sobreprotectora.
Con los años, Tim se fue encerrando en sí mismo y se concentró en los estudios. El trabajo escolar era una de las pocas cosas en que se sentía competente. En el instituto desarrolló una fascinación por las ciencias y la ingeniería, y consiguió encontrar un círculo de amigos que compartían los mismos intereses. En un estado pasajero de autoconfianza, fue a la universidad y estudió informática. Pero su inhibición social lo seguía alterando. Recordaba una entrevista de trabajo para un puesto de profesor al salir de la universidad. Quería el trabajo, pero el día de la entrevista empezó a imaginarse delante de una clase todos los días. Antes de que saliera el entrevistador a saludarle, ya se había ido. Aceptó un trabajo de programador informático, que realizaba casi todo desde casa.
Y ahora, diez años después, estaba sentado en mi consulta contándome que por fin se había dado cuenta de lo que le ocurría. Había emprendido la vida sabiendo adónde se dirigía, pero muchas veces la timidez lo obligaba a desviarse un poco: declinaba una invitación a exponer su trabajo en un encuentro científico, evitaba una fiesta, o no se sentía seguro para llamar a la mujer que le había dado el número de teléfono. Y ahora, de repente, levantaba la vista y se daba cuenta de que estaba muy lejos de donde pensaba que iba a estar.
¿Cómo llegó Tim Corning a donde estaba? ¿Cómo llegamos todos a la vida social y emocional a la que llegamos? La respuesta tiene mucho que ver con dónde empezamos: los genes que heredamos y el temperamento con el que nacemos. Como bien sabe cualquier padre o madre, los niños empiezan a apuntar cómo van a ser mucho antes de que sepan verbalizarlo. Basta con entrar en un aula de preescolar para, en unos minutos, distinguir a los niños tímidos e inhibidos que recelan de las personas que no conocen. También se distinguen en seguida los atrevidos y desinhibidos que hablan y juegan con todo el que quiera hacerles el favor. ¿Qué es lo que hace tímido a un niño, y sociable e incluso agresivo a otro?
Como veremos, los cimientos de la personalidad se pueden remontar a los genes y los circuitos cerebrales que sutilmente configuran el carácter: los patrones básicos de nuestra forma de reaccionar ante el mundo que nos rodea. Hace tiempo que sabemos que en los rasgos de la personalidad influyen las diferencias genéticas de las personas. Pero hace solo muy poco que hemos empezado a saber cómo contribuyen los genes concretos al desarrollo de estos rasgos y cómo ocurre todo en el cerebro.
La historia evolutiva de nuestros antepasados ha seleccionado conjuntos de genes que «funcionaban» para superar los retos de la vida. Pero cada uno heredamos de los padres que nos han tocado versiones particulares de estos genes. Nuestras diferencias genéticas influyen en el cerebro y hacen que seamos más o menos sensibles a nuestro entorno, más o menos emocionales, más o menos proclives a comportarnos de determinadas formas. Fijan nuestros límites interiores de reacción ante nuestras primeras experiencias. ¿Tendemos más a aproximarnos a situaciones nuevas y personas desconocidas o a evitarlas? ¿Somos más proclives a los sentimientos negativos o a los positivos? ¿Estamos abiertos a las experiencias nuevas o nos dan miedo? Estas sutiles predisposiciones nos llevan por diversos caminos en la vida. Partimos apuntando a direcciones un tanto distintas, y a medida que interactuamos con la familia, el entorno social y las tensiones y oportunidades que la vida nos depara en el camino, estas diferencias se amplían y detallan en personalidades distintas. Nuestros genes pueden influir incluso en el tipo de experiencias que tenemos, empujarnos a buscar situaciones arriesgadas o quizás a rehuir el contacto social. Estos estilos temperamentales están dentro de la distribución normal. Pero a veces, cuando nuestras tendencias innatas colisionan con las exigencias del mundo que nos rodea, sufrimos. Esto parece que fue lo que le ocurrió a Tim Corning, que empezó el viaje por la vida con una tendencia al recelo y la timidez, y acabó en una vida limitada por lo que los psiquiatras han dado en llamar «fobia social».
En este capítulo y el siguiente, analizaremos la imagen emergente de cómo la naturaleza y la crianza interactúan para determinar las trayectorias de nuestras historias vitales. Nos centraremos en las raíces genéticas del temperamento y la personalidad, en cómo el temperamento está codificado en el cerebro, y en cómo las primeras diferencias en la regulación del cerebro pueden tener unos efectos duraderos en nuestra vida emocional y social.
LA MENTE: DÍA 1
Hay una transición trascendental que todos realizamos, compartimos y ninguno podemos recordar nada sobre ella. Hablo del momento en que pasamos del mundo seguro y cerrado del útero materno a un mundo nuevo de luz, ruido e incomodidad. De repente tenemos necesidades, que no se nos satisfacen. Se nos ha arrojado a un mundo de retos y amenazas imprevisibles, y contamos con muy pocos recursos propios. Afortunadamente no carecemos por completo de preparación. Gracias a los ensayos y errores que sufrieron nuestros antepasados, llegamos a la vida con un conjunto rudimentario de capacidades que nos ayudarán a salvar los obstáculos de este mundo nuevo.
Imaginemos que tenemos que diseñar un kit de supervivencia mental para el cerebro recién nacido, un conjunto de funciones mentales que aseguren que este nuevo visitante que llega a nuestro mundo podrá arreglárselas durante los primeros meses de vida y afrontar los retos del desarrollo infantil. Estas son algunas limitaciones: el recién nacido no sabe andar ni hablar, ni tiene experiencia alguna del mundo exterior. Y aún no ha desarrollado la autoconciencia ni la idea de los demás. ¿Qué capacidades meteríamos en ese pequeño cerebro?
La respuesta más comedida incluiría por lo menos tres elementos. Primero, querríamos tener incorporados unos instintos para satisfacer las necesidades inmediatas que son esenciales para la supervivencia: las de comida, agua y aire. A continuación, quisiéramos una serie de herramientas que pudieran orientar al cerebro infantil a buscar las partes útiles del entorno y evitar las nocivas, además de la capacidad de controlar las reacciones conductuales y emocionales al entorno. Esta segunda parte del kit de supervivencia es la base de lo que llamamos «temperamento».
Pero, evidentemente, no basta. También querríamos equipar de algún modo al cerebro para que pudiera responder a las infinitas contingencias concretas del entorno en las que se pueda encontrar. De modo que el tercer elemento que tendríamos que incluir es lo que los neurocientíficos llaman «plasticidad». A medida que la experiencia plantea retos nuevos al cerebro humano, se forman y refuerzan conexiones neuronales o sinapsis para que nos podamos adaptar y reaccionar. (En el capítulo siguiente analizaremos la biología de la plasticidad neuronal con mayor detalle.) Al inicio de la vida, el sistema nervioso es ante todo un conjunto de posibilidades. Es después cuando la experiencia esculpe la detallada arquitectura de la personalidad, los deseos, los valores, el conocimiento y los recuerdos que nos hacen individualmente únicos. La mente adulta es el reflejo de un registro particular de las experiencias que vivimos a lo largo de la vida.
LAS CONVENCIONES CONSTITUCIONALES
Pero volvamos al principio. Llegamos al mundo con un conjunto de predisposiciones cognitivas, conductuales y emocionales que nos permiten responder a las características generales de nuestro entorno físico y social. A estas predisposiciones las llamamos «temperamento». El psicólogo Jerome Kagan define el temperamento como un perfil de «reacciones conductuales y emocionales estables que aparecen pronto y están influidas en parte por la constitución genética» (p. 40).1 La idea de temperamento tiene una historia larga y dilatada que se remonta a la de los antiguos griegos, para quienes las diferencias de conducta, racionalidad y emocionalidad se debían a un equilibrio de los cuatro humores fundamentales: la bilis amarilla, la bilis negra, la sangre y la flema. Mucho antes de que los psiquiatras modernos se refirieran a los trastornos psiquiátricos como «desequilibrios químicos», la teoría de los humores fue la idea imperante sobre la salud y la enfermedad mentales desde los días de Hipócrates hasta la Ilustración.2 Para los griegos, la enfermedad se producía cuando se desequilibraban los humores, pero el exceso de un determinado humor u otro era también responsable de las diferencias individuales en los rasgos mentales. El médico griego Hipócrates, y después el romano Galeno, reconocían cuatro temperamentos que se correspondían con los efectos de cada humor. El exceso de bilis negra (de cuyo nombre griego deriva la actual «melancolía») provocaba un temperamento depresivo. El temperamento colérico, debido a un exceso de bilis amarilla, era irascible, ambicioso y apasionado, mientras que el flemático era apático y tranquilo, y el sanguíneo, provocado por un exceso de sangre, era optimista y esperanzado.3
El estudio moderno del temperamento infantil comenzó en 1956, cuando Stella Chess, Alexander Thomas y sus colegas se propusieron algo que nadie había hecho antes: en lugar de deducir la naturaleza del temperamento de unas teorías preconcebidas, decidieron estudiarlo de forma sistemática. Iniciaron un prolongado estudio de 133 bebés. Mediante entrevistas a los padres, la observación de los niños y la evaluación de las costumbres en la forma de cuidar de ellos y de las actitudes parentales, identificaron tres estilos temperamentales en los que encajaba la mayoría de los niños: el «niño fácil», el «niño difícil» y el «niño de calentamiento lento».4
En torno al 40 % de los niños se podían clasificar como «niño fácil». Eran los que mostraban regularidad en las funciones corporales (dormir, comer), normalmente estaban contentos y sonreían, aceptaban sin dificultad a personas y situaciones nuevas, y se adaptaban en seguida a los cambios.
Otro 10 % de los niños se encontraba en el extremo opuesto del espectro: el «niño difícil» era chillón, de humor inestable, dado a las pataletas y no aceptaba bien las situaciones nuevas ni el cambio. Y en torno al 15 % de los niños encajaba en la tercera categoría temperamental, apodada como «niño de calentamiento lento». Eran niños que inicialmente se mostraban reservados e incómodos ante situaciones nuevas, pero que poco a poco se adaptaban e integraban en ellas.
Los investigadores hicieron un seguimiento prolongado de los niños, y descubrieron que estas primeras tendencias se mantenían relativamente estables hasta la madurez, y que el temperamento que los niños tenían a los tres años era un predictor importante de los rasgos conductuales adultos. Pero lo más importante fue que Chess y Thomas descubrieron también que el buen desarrollo del niño depende no solo de cómo reacciona al mundo que le rodea (el temperamento) sino también de cómo este mundo reacciona ante el niño. Bautizaron esta idea como la «bondad del ajuste», es decir, lo bien que las capacidades y conductas del niño se ajustan a las expectativas y exigencias de las personas de su entorno.
Por ejemplo, el «niño de calentamiento lento» cuyos padres se muestran desengañados o enfadados porque es tímido o le cuesta hacer amigos, puede ver perturbado su desarrollo. Es probable que, con unos padres distintos, el mismo niño se desarrollara perfectamente.
En 2011, Amy Chua, profesora de la Universidad de Yale, publicó unas memorias que provocaron una encendida polémica sobre los estilos parentales. The Battle Hymn of the Tiger Mother (El himno de batalla de la madre tigresa) contaba la historia de cómo había educado a sus dos hijas, Sophia y Lulu, del mismo modo que sus propios padres inmigrantes chinos la habían educado a ella: con cariño pero también con una férrea exigencia de excelencia y trabajo duro. En la prensa popular el debate se convirtió en una guerra de culturas: la inflexible «madre tigresa» contra el estilo mimoso occidental del elogio gratuito y la indulgencia parental. En realidad, el libro era una historia de una sinceridad descarnada, y en algunos momentos de autodesprecio, sobre la importancia de conocer a los hijos. Y, en muchos sentidos, era un libro sobre la «bondad del ajuste»: qué ocurre cuando un estilo parental se encuentra con dos temperamentos muy diferentes. De su hija mayor, Chua dice: «Sophia mostraba desde que nació un temperamento racional y un poder de concentración excepcional [...] De bebé, se dormía en seguida y no se despertaba en toda la noche, y solo lloraba cuando quería conseguir algo». Desde la infancia era «tranquila y contemplativa». En pocas palabras, el paradigma del que Chess y Thomas llamaban «el niño fácil». El estilo parental de Chua encajaba a la perfección con el temperamento fácil de Sophia. La niña cumplía con los elevados principios de su madre de la ética del trabajo arduo con ecuanimidad y su propia predisposición a superar lo que se esperaba de ella. En una carta abierta a su madre que se publicó en el New York Post, Sophia escribía: «Decidí muy pronto ser una niña fácil de educar». A los catorce años, era una estudiante ejemplar y virtuosa del piano, con un debut en el Carnegie Hall en su haber.
Pero el caso de la hija más pequeña de Chua, Lulu, era un tanto diferente: «Desde el primer día de vida, Lulu fue de paladar exigente. No le gustaba el preparado que le daba, y la alternativa de leche de soja que propuso el pediatra la irritaba tanto, que decidió ponerse en huelga de hambre. Pero a diferencia de Mahatma Ghandi, que aun muriéndose de hambre no dejaba de meditar ni de ser complaciente, Lulu tenía cólicos y todas las noches se pasaba horas chillando y arañando con violencia». Desde el principio, escribe Chua, Lulu fue testaruda e irascible: el tipo de niña que Chess y Thomas quizás hubieran llamado «difícil». Conozco a Sophia y Lulu desde que nacieron (mi mujer y yo somos sus padrinos), y creo que «formidables» es la palabra que mejor las define. Amy Chua explica que se vio obligada a adaptar sus apreciados principios sobre la educación de los hijos a la trepidante realidad del temperamento de su hija pequeña. Al final, las dos hijas se han convertido en dos mujeres excepcionales que sienten un profundo amor por sus padres. La capacidad de Amy Chua de «ajustar» su parentazgo a los exclusivos caracteres de sus hijas era un ejemplo que Chess y Thomas hubieran puesto a todo tipo de madres (y padres).
REDESCUBRIR LOS HUMORES
A partir de los estudios de referencia de Chess y Thomas, los investigadores destacan distintos rasgos temperamentales, pero casi todos convienen en que los niños difieren desde su nacimiento en su manera de reaccionar (física y emocionalmente) ante el entorno. La diferencia temperamental entre los niños que tienen predisposición a aceptar situaciones que no les son familiares, y aquellos que tienden a evitar lo que les es desconocido, se suele llamar «audacia contra timidez», y tiene unos efectos duraderos en todo, desde nuestras relaciones sociales a nuestra disposición a tener sexo sin protección.
Se puede decir que nadie nos ha enseñado tanto sobre esta diferencia temperamental como el psicólogo Jerome Kagan, hoy profesor emérito de Harvard, donde ha trabajado más de cuarenta años. En 2002, fue incluido entre los veinticinco psicólogos más eminentes del siglo XX, unos puestos por delante de Carl Jung e Ivan Pavlov.5 Pero hace cincuenta años, Kagan acababa de doctorarse en psicología en Yale cuando le ofrecieron un empleo en el Fels Research Institute de Ohio. Su mentor de la universidad le dijo: «No lo aceptes; te quedarás solo y aislado, y nunca más se sabrá de ti».
Kagan no siguió aquel consejo. En el Fels Institute le asignaron una sala repleta de montones y montones de libretas que contenían observaciones de niños a los que se había hecho un seguimiento desde su nacimiento hasta la adolescencia. Entrevistó a niños y adultos jóvenes, y cuando con su colega Howard Moss juntaron todos los datos, observaron que un grupo de esos niños eran desde muy pequeños pasivos e inhibidos, un rasgo que parecía que seguía con ellos hasta la madurez. Pero al redactar sus conclusiones, restaron importancia a la posibilidad de que la biología tuviera algo que ver en ello. Era una época en que las dos tendencias dominantes de la psicología en Estados Unidos, el psicoanálisis de Freud y el conductismo, habían establecido la doctrina ortodoxa de que el desarrollo del niño depende en exclusiva de la crianza.
Me enseñaron que había que creer en el entorno —decía Kagan—, esta era mi política. Estaba en contra de la biología, por eso no la reivindicaba; no reivindiqué el temperamento.
Pero a finales de la década de 1970, después de observar a niños de todas las culturas y de leer los estudios más recientes sobre la neuroquímica de la conducta, Kagan se fue convenciendo cada vez más de que el temperamento estaba enraizado en nuestra «constitución», es decir, en nuestra dotación biológica. Parecía que la psicología redescubría ahora el saber de los griegos. «Qué sorprendente es que Hipócrates y Galeno fueran mejor encaminados que Freud —se maravillaba Kagan—. La sangre, la bilis, la flema: son los neurotransmisores. ¿Cómo lo hicieron? ¿Cómo lo adivinaron? Creo que es algo sencillamente extraordinario».
EL LADO TÍMIDO
Kagan y sus colegas fueron pioneros en el estudio de la timidez y la audacia, y desarrollaron un método para detectar las diferencias temperamentales en el laboratorio. En estudios que se han prolongado durante décadas, han descubierto que las diferencias en la forma de reaccionar de los niños ante personas y situaciones desconocidas son manifiestas ya a las dieciséis semanas de vida. Kagan se llevó al laboratorio a bebés de cuatro meses y a sus madres para observarlos mientras exponía a los primeros a una batería de sucesos predeterminados. Los sucesos no les eran familiares pero no evidenciaban ningún peligro: la madre se quedaba mirando inmóvil al bebé, se reproducía la grabación de una voz desconocida, se colgaba delante del bebé una serie de teléfonos móviles, etc.
El 20 % de los niños mostraba una conducta que Kagan llamó de «reactividad alta»: al recibir estímulos que extrañaban, a menudo lloraban y se revolvían, tensaban el cuerpo y arqueaban la espalda. Otro 40 % era de reactividad baja: parecían tranquilos ante todos aquellos sucesos. Y resulta que esta sencilla distinción desvela muchas cosas sobre la trayectoria evolutiva que estos niños van a seguir en los veinte años siguientes. Se llevaba de nuevo a los niños al laboratorio cuando tenían catorce y veintiún meses, y se les exponía de nuevo a una serie de sucesos, personas y objetos extraños. En un determinado momento, entraba en la habitación una mujer vestida con un traje rojo de payaso y una máscara. Después, el examinador llevaba un robot metálico controlado por radio. Transcurrido un minuto en silencio, el robot empezaba a hacer ruidos, emitir luces y moverse, y el examinador invitaba al niño a acercarse a tocarlo. Obsérvese que son cambios muy sutiles. Ver cómo entra en la habitación un payaso produce un estrés leve. Si el payaso hubiera irrumpido en la habitación gritando «¡Uuuh!», se hubiera obtenido muy poca información, o ninguna, sobre las diferencias individuales, porque lo más probable es que todos los niños hubiesen reaccionado del mismo modo: con un susto de muerte. La cuestión está en obtener diferencias en la forma de reaccionar de los niños a situaciones que no les son familiares, violentando para ello con suavidad sus sistemas de acercamiento o evitación.
Los niños que a los cuatro meses habían mostrado una reactividad alta eran mucho más propensos a la inhibición conductual, es decir, tenían miedo y evitaban esos retos desconocidos. A los cuatro años, tenían mucha mayor probabilidad de ser tímidos, callados y recelosos ante los iguales que no conocían.6 A los siete, los que a los cuatro años eran altamente reactivos, o a los dos extremadamente inhibidos, eran mucho más proclives a ser ansiosos, recelosos y dados a la evitación social,7 mientras que aquellos que a los dos años mostraron una reactividad baja o desinhibición eran mucho más sociables, sonrientes y dados a hablar de forma espontánea con extraños. Las mismas diferencias se observaban al estudiar a los niños a los once y quince años.8 Los que tanto en la infancia primera como en la posterior eran inhibidos, corrían mayor riesgo de tener problemas de ansiedad más adelante en la vida. En torno a un tercio de estos niños tenían problemas importantes de ansiedad social en la adolescencia y la madurez.9 Siguieron la trayectoria que con tanta tristeza me había explicado Tim Corning.
Quizá no quepa extrañarse de que las personas muestren diferencias en cuanto a aceptar o rehuir los retos que les plantea la vida, o que los niños inhibidos tengan mayores probabilidades de ser tímidos de mayores. La pregunta es por qué. ¿Qué es lo que determina el punto del espectro de la timidez/audacia en que bebés y niños se sitúan? Parece que la respuesta implica sutiles diferencias en la regulación de nuestro cerebro para afrontar el mundo que nos rodea.
SE NOS VE EN LA CARA
Las probabilidades diferentes de que evitemos experiencias nuevas por miedo o las busquemos con audacia están enraizadas en las partes profundas y evolutivamente más antiguas del cerebro. La amígdala, un conjunto de células cerebrales en forma de almendra, desempeña un papel esencial en la calificación emocional de nuestras experiencias («ojo con este tipo, que es peligroso») y en el reconocimiento de los sentimientos de los demás («mira, mira; se ha enfadado»).
Una de principales funciones de la amígdala parece que es la de evaluar las expresiones emocionales de las otras personas, un cometido nada trivial, pues la cara es la ventana a través de la que mutuamente nos juzgamos las intenciones y los sentimientos. Las expresiones faciales son una especie de vocabulario social. En 1872, Darwin decía que nuestras expresiones «revelan los pensamientos y las intenciones de los demás mejor que las palabras, que se pueden falsear» (p. 364).10 (En el capítulo 4 me extenderé sobre este punto.) La amígdala también desempeña una función importante en nuestra reacción a lo novedoso: desencadena respuestas conductuales que hacen que nos acerquemos a personas y situaciones extrañas o que las evitemos. Las caras que muestran sentimientos y las que no nos son familiares tienen en común algo importante: nos dicen que estamos en una situación que puede ser buena o mala para nosotros. Las caras extrañas, como las que expresan enfado y miedo, indican una posible amenaza.
Las investigaciones con neuroimágenes demuestran que una de las formas más fiables de activar la amígdala es mostrarle a la persona fotografías de caras emotivas o extrañas.11, 12, 13 Mi colega Carl Schwartz y otros de la Universidad de Harvard realizaron un estudio de seguimiento de veinte años con niños cuyo temperamento se había observado previamente en el laboratorio de Kagan cuando solo tenían catorce meses.14 Se los había expuesto a personas y situaciones desconocidas para ellos. Unos respondieron con miedo y evitación a los estímulos novedosos, mientras que otros se mostraron muy desinhibidos y sin miedo alguno a las personas o las cosas nuevas de su alrededor. Veinte años después, esos mismos sujetos regresaron al laboratorio para someterse a pruebas con resonancia magnética funcional (RMf).
Aunque todos los sujetos eran ahora adultos sanos de veintipocos años que se prestaban voluntariamente al estudio, los escáneres de su cerebro revelaban la marca oculta de temperamentos infantiles distintivos. Al mostrarles una serie de caras extrañas y desconocidas, los adultos que de bebés habían sido inhibidos mostraban una reacción de la amígdala mucho mayor que la de quienes habían sido desinhibidos. Esto mismo confirman otros estudios que demuestran que los adolescentes que eran inhibidos de pequeños tienen una reacción más alta de la amígdala ante caras que transmiten incertidumbre o manifiestan sentimientos.15
En otro estudio, Schwartz y su equipo estudiaron a jóvenes de dieciocho años que a los cuatro meses habían sido clasificados como de reactividad alta o baja en el laboratorio de Kagan.16 Después de hacerles una RM, Schwartz descubrió algo asombroso: su temperamento de bebés predecía diferencias en la estructura del cerebro a sus dieciocho años. Quienes habían sido altamente reactivos tenían un tejido cerebral significativamente más grueso en la corteza prefrontal ventromedial derecha, una región de la que se sabe que desempeña un importante papel en la regulación de las regiones del cerebro que intervienen en el miedo y la evitación. Por otro lado, los adultos que habían sido bebés tranquilos y de reactividad baja tenían más gruesa la corteza orbitofrontal izquierda, una zona implicada en la inhibición de las reacciones de miedo y en la eliminación de los sentimientos desagradables. Y al mostrarles fotografías de caras extrañas, los jóvenes de dieciocho años que a los cuatro meses habían sido de reactividad alta tenían una reacción de la amígdala más fuerte en comparación con quienes de bebés habían tenido un temperamento de reactividad baja.17
Así pues, parece que el temperamento del bebé deja una «huella» que décadas después se puede observar en el cerebro del adulto, visible en la estructura y la sensibilidad de los centros de la emoción, como la amígdala y la corteza prefrontal.
Basándose en estudios como el de Schwartz, Kagan y otros concluyen que la reactividad alta en la primera infancia y la timidez/inhibición en la madurez reflejan una diferencia innata en la forma de reaccionar del cerebro a lo novedoso y la amenaza. En los niños tímidos e inhibidos, los circuitos emocionales del cerebro (el «sistema límbico») parece que tienen un umbral más bajo para la detección de la incertidumbre y el daño potencial, y la consiguiente reacción. El sistema es más excitable, está más alerta, como si fuera un amplificador con la ganancia alta. Una vez activada, la amígdala, un nódulo clave de los circuitos límbicos, envía señales a los otros centros que activan las reacciones de estrés. El sistema nervioso simpático se dispone a «luchar o huir» y el eje de la hormona del estrés libera cortisol, que desencadena una amplia diversidad de reacciones defensivas en el cerebro y el cuerpo.
Las raíces evolutivas de los temperamentos tímido y audaz son profundas; las conductas de miedo como respuesta a lo novedoso se pueden observar en todo el árbol evolutivo de la vida. Y en los mamíferos, desde los ratones a los monos, la biología del temperamento tímido e inhibido implica muchos de los mismos sistemas cerebrales y hormonales que se observan en la versión humana.18, 19
EL TEMPERAMENTO DEL ADULTO
Así pues, estas sutiles predisposiciones en nuestra forma de acercarnos al mundo poseen una biología subyacente que nos acompaña de la infancia a la madurez. Y pueden dejar más rastros visibles en la vida adulta: en nuestras relaciones, en nuestro trabajo, incluso en nuestra salud mental. Los niños que tuvieron un temperamento tímido en la primera infancia, de mayores tienen más probabilidades de poseer unas redes sociales más reducidas,20 y de correr un mayor riesgo de desarrollar trastornos de ansiedad,21 en especial fobia social,9, 22, 23 en la que el miedo a las situaciones sociales y la actuación puede ser extenuante. Este fue el camino que recorrió Tim Corning y que lo llevó a mi consulta.
—Era como una experiencia extracorporal.
En nuestra segunda visita, Tim me explicaba lo que para él suponía la hora de comer en una empresa de software en la que había trabajado al salir de la universidad. Todos los días, su equipo iba a comer a la cafetería. Cuando todos se sentaban a comer y empezaban a bromear, la mente de Tim se aceleraba. En lugar de disfrutar de una comida informal, se le antojaba que estaba en el escenario y no recordaba el papel, bajo unos potentes focos y actuando ante una multitud que escudriñaba todas y cada una de sus palabras y sus gestos. Estaba seguro de que los demás podían observar cómo le latía el corazón y se le quebraba la voz, cómo le temblaban las manos al llevarse el tenedor a la boca. Al cabo de unas semanas de que se repitiera la misma escena, dejó de ir a comer con los colegas, y les explicó que tenía que quedarse trabajando para poner el trabajo al día.
Parecía que la mente de Tim estaba ajustada con una sensibilidad exquisita a los juicios sociales, la característica fundamental de la fobia social. En efecto, parece que la biología de la fobia social es una extensión de la biología de la timidez normal. Los estudios con imágenes del cerebro han descubierto que las personas con fobia social tienen unas reacciones exageradas de la amígdala o de la corteza prefrontal medial cuando se les pide que se pongan de pie delante de un grupo de personas y que digan unas palabras,24 que piensen en situaciones embarazosas,25 o simplemente que miren caras de personas que expresan desprecio.26, 27
¿Y qué ocurre con los niños del otro extremo del espectro timidez/audacia, aquellos de temperamento desinhibido ya en los primeros meses de vida? Son niños que afrontan con audacia situaciones que no les son familiares. Tienden a ser impulsivos y a asumir riesgos. Se ve que su trayectoria es completamente distinta de la de quienes son de temperamento inhibido. Un estudio de seguimiento de casi mil niños hasta su madurez descubrió que los que a los tres años eran «descontrolados» eran más propensos a adoptar conductas de riesgo o peligrosas de mayores: delincuencia violenta, alcoholismo, sexo sin protección o conducción bajo los efectos del alcohol.28 Tenían dificultades para establecer relaciones íntimas y de confianza, y más probabilidades de no encontrar trabajo y de ser despedidos del que tuviesen. Los niños temperamentalmente desinhibidos son también más propensos a problemas de conducta, entre ellos la conducta agresiva y antisocial, y los que los psiquiatras infantiles llaman «trastornos de conducta disruptiva», incluido el trastorno de déficit de atención con hiperactividad (TDAH).29, 30
Es decir: cuando hablamos del espectro de temperamento del bebé, hablamos de una variación normal en la forma que los niños tienen de aproximarse al mundo desde los primeros meses de vida. Pero en algunos niños los extremos de la timidez y la audacia pueden crear el marco para la vulnerabilidad y el trastorno.
¿Quiere decir esto que la persona que nace con un sistema nervioso que la predispone hacia la reactividad alta o inhibición, o hacia la desinhibición y la audacia, tiene ya escrita la historia de su vida? Evidentemente, no. Huelga decir que el mundo que nos rodea puede configurar la trayectoria que emprendemos. El niño inhibido cuya madre tiende a ser superprotectora y a controlar en exceso tiene más probabilidades de seguir siendo inhibido y socialmente receloso. El niño de madre menos protectora y el que acude al centro de día ya antes de los dos años parece que es menos proclive a seguir siendo inhibido a los cuatro años.31, 32
La interacción del temperamento y el ambiente puede ser compleja y sutil. Por ejemplo, los niños inhibidos son más propensos a sufrir acoso escolar,33 y quienes lo sufren tienen más probabilidades de hacerse tímidos y retraídos. El temperamento solo es la materia prima. La familia en que nacemos, las experiencias que tenemos y los exclusivos desengaños y fortunas que la vida nos trae esculpen en el material indiferenciado del temperamento los contornos de textura particular de la personalidad adulta.
LOS CINCO GRANDES
Cuando hablo de personalidad, me refiero a los rasgos permanentes de los que surgen nuestros estilos característicos de funcionar en el mundo. Con el tiempo se van consolidando, a medida que nuestras predisposiciones temperamentales se adaptan a las condiciones específicas de vida con que nos encontramos. Son rasgos que nos permiten hacernos juicios mutuos: «Es una mujer amable de verdad» o «Es un hombre al que cuesta conocer» o «Es una persona muy sensata». Disponemos de una gran diversidad de palabras de este tipo que empleamos para caracterizarnos y caracterizar a los demás: egoísta, sociable, apocado, frío, optimista, etc. En la web de relaciones eHarmony se anuncian sus «29 dimensiones de compatibilidad que está demostrado científicamente que predicen unas relaciones más felices y sanas». ¿Pero cuántas variedades de rasgos o dimensiones de personalidad hay?
En 1936, los psicólogos Gordon Alport y H. S. Odbert34 se dispusieron a responder a esta pregunta de forma sistemática. Partieron de la premisa de que si un rasgo es lo bastante reconocible como para representar algo real, debe existir una palabra que lo defina. A continuación, se embarcaron en un proyecto del que solo cabe maravillarse. Tomaron la edición de 1925 del Webster’s New Unabridged International Dictionary y buscaron todas las palabras que describían diferencias individuales en la conducta humana. Del más de medio millón de palabras del diccionario, identificaron 17.953 que describían la conducta humana. Las redujeron a unas 4.500 que definen «auténticos» rasgos de personalidad.
Pero quienes se ganan la vida estudiando la personalidad dirán que solo existe un puñado de dominios de personalidad estables que describen las diferencias individuales de nuestro comportamiento. Estos investigadores, basándose en ingentes cantidades de datos reunidos en las últimas décadas, han demostrado que la personalidad se puede resumir en cómo cada uno nos diferenciamos en lo que respecta a solo cinco dominios generales, a los que generalmente se llama los «Cinco Grandes»: el neuroticismo, la extraversión, la apertura a la experiencia, la agradabilidad y la escrupulosidad. Apuesto a que si le hubiera pedido al lector que me dijera cinco dominios de la personalidad, no serían estos los que me hubiese nombrado. Pero ahí están: prácticamente todas las mediciones de la personalidad se pueden integrar en estos cinco factores, que parece que son universales. En estudios realizados en países tan diversos como Finlandia, Israel, Corea, Japón, China, Alemania y Portugal aparecen los mismos dominios.35
El neuroticismo se refiere a la tendencia a la preocupación, los estados de ánimo inestables y los sentimientos negativos, frente a estar tranquilo y emocionalmente estable. El factor extraversión abarca la tendencia a ser activo y entusiasta, y a buscar el estímulo y la compañía de los demás. Las personas de extraversión baja (es decir, muy introvertidas) suelen ser calladas, reservadas, tímidas y retraídas. La apertura es una dimensión que implica la tendencia a ser curioso y creativo, y a estar abierto a ideas y experiencias nuevas. Está relacionada también con la apreciación estética. Las personas poco abiertas son de ideas fijas, conservadoras y de gustos convencionales. La agradabilidad se refiere a la tendencia a ser comprensivo, empático y colaborador, frente a ser antagónico, receloso y antipático. Y por último, la escrupulosidad se refiere a ser autodisciplinado y regirse por unos objetivos, en oposición a ser desorganizado e irresponsable.
Aunque estos rasgos integran las variaciones de personalidad que se dan en las diversas culturas y países, sigue habiendo diferencias en los perfiles de personalidad de personas de diferentes regiones. Curiosamente, los resultados de un estudio de más de 600.000 estadounidenses36 coincidían con los estereotipos dominantes sobre los perfiles de personalidad de las distintas regiones del país. El neuroticismo tendía a ser alto en la Costa Este, mientras que la extraversión se concentraba en el Medio Oeste. ¿Dónde están los tipos simpáticos de alta agradabilidad? Exacto: en el Medio Oeste y el Sur. Pero destacan algunos estados. Parece que las personas de Dakota del Norte son las más extrovertidas, simpáticas y tradicionalistas que jamás haya uno conocido: encabezaban la lista de todos los estados en agradabilidad y extroversión, pero eran las últimas en apertura. Por otro lado, Alaska ocupaba el último o casi el último puesto en los cinco rasgos, lo que indica que el alasquense típico es el vago desagradable e introvertido al que no le gustan las ideas nuevas. Quien busque vecinos de mente abierta, entusiastas y simpáticos, emocionalmente estables y escrupulosos, donde mejor lo tiene es en Utah.

FIGURA 2.1 Distribución de los Cinco Grandes rasgos de personalidad de Estados Unidos.
Estudios sobre culturas de todo el mundo indican que los países también difieren en sus perfiles de personalidad. En un estudio de datos de 51 culturas de todo el planeta, los brasileños mostraban los mayores niveles de neuroticismo, los irlandeses del norte eran los más extravertidos, los suizos alemanes los de mayor nivel de apertura, los checos los de mayor agradabilidad, y los filipinos y los suizos alemanes compartían el primer puesto en escrupulosidad.37
El modelo de los Cinco Grandes tiene sus críticos. Algunos señalan que estos rasgos se basan en cuestionarios en que se pregunta a las personas cómo se comportan normalmente, sin tener en cuenta el hecho de que lo que en una situación puede ser «típico» es posible que no se pueda aplicar a otra. No obstante, estas dimensiones de la personalidad se pueden encontrar incluso entre los animales. Se han observado los mismos rasgos en animales tan distintos como el pez millón, el pulpo, el gato, el cerdo, el mono y el chimpancé. Hasta el asno tiene un rasgo de personalidad denominado «vivacidad» que se parece mucho a la extroversión (aunque debo admitir que la idea de un asno vivaz me resulta un tanto extraña).38
ESTILOS DIFERENTES
¿Qué es, pues, lo que explica las diferencias de temperamento y personalidad? Como en todo lo que se refiere a nuestro funcionamiento mental, la respuesta es que es una mezcla de variaciones de nuestros genes y nuestro entorno.[4]
El hecho de que los genes puedan influir en el temperamento y la conducta es indiscutible. Uno puede ser escéptico sobre su importancia para la conducta humana, pero sin duda habrá visto el fenómeno del control genético de la conducta. El perro puede ser la «especie del anuncio» de la genética del comportamiento de todos los días. Es bien conocido que las distintas razas de perro tienen diferentes especializaciones conductuales y temperamentos. De hecho, los cientos de razas de perro que hoy existen son básicamente resultado de la selección genética empleada por los criadores para conseguir animales que compartan características físicas y temperamentos específicos. El perro más popular de los que se crían en Estados Unidos es año tras año el labrador retriever (recuperador), y no es porque sus amos no sepan recuperar lo que necesiten. El atractivo del perro es su temperamento, que el American Kennel Club describe como «una naturaleza amable, extravertida y tratable; dispuesto siempre a complacer y no agresivo con el hombre ni los animales».39
Pero a las personas no se las cría para que tengan una determinada conducta, por lo que puede ser menos evidente que los genes afecten a su temperamento. Aunque el refrán «la manzana no cae lejos del árbol» tal vez sea una manida perogrullada, el hecho de que los rasgos sean cosa de familia en principio podría tener poco que ver con la genética. Los niños observan cómo se comportan sus padres. Es perfectamente posible que cualquier parecido conductual sea resultado de este efecto modelo. Los hermanos tienen muchos rasgos en común. Pero bien pudiera ser debido a que sus entornos familiares son muy parecidos.
Entonces, ¿cómo podemos averiguar si los genes afectan al temperamento y la personalidad humanos? Una forma de delimitar el efecto de los genes sería comparar clones genéticamente idénticos que se hubieran criado en el mismo entorno familiar, con hermanos no idénticos criados también en el mismo entorno familiar. Si los clones fueran de conducta más semejante, se podría concluir que la razón es su mayor similitud genética. Quizá parezcan cavilaciones de algún científico loco, pero es un estudio que se ha realizado muchas veces, y que se llama «estudio de gemelos».
En los estudios de hermanos gemelos, los investigadores comparan las similitudes de rasgos de parejas de gemelos idénticos (gemelos «monocigóticos», MC, o «univitelinos») con las de mellizos genéticamente no idénticos («dicigóticos», DC, o «bivitelinos»). Si el entorno de las parejas de gemelos MC no es más similar que el de las parejas de mellizos DC, entonces la mayor similitud entre los MC, por ejemplo, en cuanto a la introversión, se puede atribuir, en parte al menos, al hecho de que sus genes son más parecidos.
Los genetistas de la conducta toman como referencia para medir la importancia de la variación genética entre las personas una cantidad llamada «heredabilidad». La heredabilidad de un rasgo es la proporción de variación de este rasgo en una población que se deba a diferencias en los genes de las personas. Va del 0 % (sin influencia de las diferencias genéticas) al 100 % (debida completamente a las diferencias genéticas).
La idea de heredabilidad aparecerá en muchos capítulos de este libro, por lo que el lector me permitirá que aclare un par de cosas.
En primer lugar, la heredabilidad no dice nada sobre la genética de un individuo. La razón es que la heredabilidad se refiere a la cantidad de variación de un rasgo que se debe a las diferencias genéticas de una población. De modo que la heredabilidad solo es significativa cuando hablamos de poblaciones, no de personas individuales. Si la heredabilidad del peso corporal es del 70 %, esto no significa que el 70 % de la obesidad de la tía Zelda sea genética y el 30 % ambiental. Solo indica que el 70 % de la variación en el peso corporal de la población se debe a la variación genética. En el caso de la persona individual, no podemos separar del mismo modo la naturaleza de la crianza.
Y en segundo lugar, la heredabilidad de un rasgo puede variar dependiendo de la población de que se trate. Tomemos otra vez el ejemplo del peso corporal. En una población en que exista mucha variación en lo que se comen, el entorno puede explicar la mayoría de las diferencias de peso, mientras que en una población en que la dieta sea más uniforme, es posible que dominen las diferencias genéticas. La heredabilidad del peso en el primer grupo sería menor que en el segundo.
De modo que el principal valor de la heredabilidad es que mide el grado en que la variación genética influye en las diferencias de los rasgos de una población.
Y los estudios sobre hermanos gemelos demuestran una y otra vez que la heredabilidad de los rasgos temperamentales y de personalidad está entre el 40 % y el 60 %. Es decir, las diferencias genéticas explican más o menos la mitad de la variación del grado de timidez o inhibición de los niños de una población, del de la extroversión o la neurosis de sus adultos, etc.40-47
Uno de los problemas de la heredabilidad es que no dice nada sobre qué genes influyen en el temperamento y la personalidad. Tampoco dice nada sobre cuántos genes hay de este tipo, cómo actúan, ni la importancia del efecto de cada uno de ellos. Hasta hace poco, los científicos simplemente carecían de herramientas para identificar las variaciones genéticas específicas que inciden en rasgos complejos como el de la personalidad. Todo esto ha cambiado en los últimos veinte años gracias a una extraordinaria serie de descubrimientos y avances científicos que han abierto la posibilidad de descifrar y analizar el genoma humano. En los últimos años, los científicos han utilizado las herramientas de la genética molecular para determinar qué genes concretos intervienen en el temperamento y la personalidad, y de qué modo influyen en ambos. Por lo que hoy nos podemos preguntar: si las variaciones de nuestros genes explican en torno al 50 % de las diferencias de temperamento y personalidad, ¿cuáles son estas variaciones genéticas?
GENTE «DE PERSONAS»
Algunas de las pruebas más sólidas de que los genes pueden influir en el temperamento y la personalidad proceden de síndromes raros en que se produce la eliminación de determinados genes.
Cuando lo vi por primera vez, Greg Chislon, de diecinueve años, se inclinó con decisión hacia delante con la mano extendida y un entusiasta «Hola, ¿cómo está usted?».
Era el tipo de saludo que uno esperaría de quien solicita un trabajo y ansía obtenerlo, pero estábamos sentados en una sala de reconocimiento de mi hospital. A Greg lo atraían las personas, me contaba su madre. El primer día de escuela, se dirigió a los otros niños de la clase para preguntarles cómo se llamaban, intentando entablar conversación con todos. El recelo que la mayoría de los niños siente ante personas nuevas no parecía que afectara a Greg. Si el temperamento depende en parte de cómo están dispuestos los sistemas de acercamiento/evitación del cerebro, parecía que los de Greg estaban perfectamente sintonizados con el acercamiento. Hacía solo unos minutos que nos conocíamos, y ya me estaba hablando de su amor por la música y preguntándome por mis intereses. Su madre recordaba que en el supermercado se acercaba a los desconocidos y empezaba a hablar con ellos con una simpática sonrisa. A sus profesores y demás adultos les encantaba que siempre quisiera entablar conversación con las personas, pero algunas veces esta misma actitud lo convertía en víctima de engaños y burlas de sus compañeros. Su afabilidad indiscriminada tenía un precio, y a su madre le preocupaba a menudo que algún extraño sin escrúpulos se aprovechara de su hijo. A los siete años le diagnosticaron síndrome de Williams. Fue toda una sorpresa, aunque al repasar el modo de ser de Greg explicaba gran parte de su historia conductual y médica.
El síndrome de Williams es un trastorno genético que afecta a más o menos 1 de cada 7.500 niños que nacen con una banda del ADN en que falta una copia del cromosoma 7. Los niños que nacen con el síndrome de Williams suelen carecer de unos 1,6 millones de bases de la secuencia de ADN, que cubren unos 25 genes diferentes. No es extraño que la pérdida de muchos genes pueda tener amplios efectos. Puede haber anormalidades de los principales vasos sanguíneos debido a la ausencia de una copia del gen que fabrica elastina, una proteína necesaria para el vigor y la flexibilidad de los tejidos conectivos.48 Existe un mayor riesgo de problemas de calcio en la sangre y de los sistemas hormonales, y casi todos los que tienen el síndrome de Williams muestran una cara como de elfo, con la nariz corta y respingona, la boca ancha y los labios gruesos. Normalmente tienen cierto grado de discapacidad intelectual, con un CI medio de 55.49
Pero la característica más destacada de los niños con síndrome de Williams es su profundo interés por las otras personas, un interés que es manifiesto desde la infancia. Les fascinan las caras. Estar ante un niño con síndrome de Williams puede ser una experiencia intensa: te puede clavar la mirada en los ojos y aguantarla extasiado. A medida que se hacen mayores, estos niños buscan siempre la compañía de los demás e irradian una alegre calidez y una afabilidad sin malicia alguna.
Los niños con síndrome de Williams son hipersociables. Les encantan las personas, son gente «de personas». Se diría que ansían relacionarse con otras personas y unirse a ellas. No les supone ningún esfuerzo la conversación informal y son inusualmente sensibles a los sentimientos de los demás.
De algún modo, la eliminación de genes en el síndrome de Williams afecta a cómo reaccionan ante el mundo social los circuitos emocionales del cerebro, generando un patrón casi opuesto al de las personas tímidas y socialmente ansiosas. Ante una cara airada o asustada, esos circuitos tienen una respuesta apagada en la amígdala.50 Pero las cosas no acaban aquí. Resulta que ante caras contentas se produce una reacción mayor de la amígdala.51 De modo que la eliminación cromosómica que provoca el síndrome de Williams parece que orienta las tendencias de la amígdala hacia el acercamiento a los demás y el procesado de las emociones positivas. Y ahí podría estar una pista clave del estilo de personalidad sociable de las personas con síndrome de Williams. Si los niños ansiosos e inhibidos son hipersensibles a la amenaza, el niño con síndrome de Williams tiende a ver felicidad en esas mismas situaciones.52 No es extraño que las personas con síndrome de Williams parezcan relativamente inmunes a la ansiedad social y la fobia social.
LARGOS Y CORTOS
El ejemplo del síndrome de Williams es atípico en lo que se refiere a la base genética de nuestro temperamento. En la mayoría de nosotros, la forma de interactuar con el mundo que nos rodea no se puede localizar en una única banda de ADN. El amplio espectro del temperamento y la personalidad refleja la acción de muchos genes, cada uno aportando una pequeña fracción de la imagen general e interactuando con nuestro entorno y nuestras experiencias vitales. Por esto hay que ser escépticos ante anuncios de que se ha encontrado el gen de la ansiedad o el del trastorno bipolar o el de casi todo. No existe «el gen» de este tipo de rasgos tan complejos. Hay muchos genes, y actúan como factores de riesgo. Tener el colesterol alto aumenta el riesgo de enfermedades cardíacas, pero no las asegura. Hay muchas personas con el colesterol alto que no desarrollan ninguna enfermedad cardíaca, y muchas que sí las desarrollan y no tienen el colesterol alto. De modo que el colesterol es solo uno de los muchos factores de riesgo de estas enfermedades, exactamente igual que las variaciones de los genes individuales (los alelos) pueden ser factores de riesgo de desarrollar el trastorno bipolar.
De hecho, en los estudios más recientes se han identificado de forma convincente variantes genéticas específicas que aumentan el riesgo de trastornos psiquiátricos como la esquizofrenia y el trastorno bipolar.53, 54 Pero para llegar a esta conclusión hicieron falta estudios muy amplios en los que participaron miles de sujetos, porque cada una de estas variantes tiene, por sí misma, un efecto muy pequeño.
Así pues, sabemos que las variaciones del ADN inciden en las diferencias individuales de conducta y en el riesgo de desarrollar enfermedades mentales, pero también sabemos que cualquier variante genética particular puede tener un efecto sutil. La personalidad es «altamente poligénica», es decir, en ella intervienen cientos y hasta miles de variantes genéticas individuales. No obstante, hasta hoy los genetistas de la conducta se han centrado solo en unas pocas, y si tuvieran una lista de sus diez primeros genes favoritos, el SLC6A4 estaría entre ellos.
El gen SLC6A4 fabrica una proteína llamada «el transportador de serotonina» (conocida también como 5HTT). La serotonina es un neurotransmisor del que hace muchos años que se sabe que desempeña un papel fundamental en el desarrollo y funcionamiento de los circuitos cerebrales implicados en el humor, la ansiedad y la agresividad. Hablando en general, los neurotransmisores actúan de mensajeros químicos que cruzan las sinapsis: las diminutas confluencias de las células nerviosas. En una sinapsis, la serotonina liberada de una neurona de un lado de la sinapsis (la «neurona presináptica») cruza el submicroscópico intersticio y se sujeta a los receptores de una neurona vecina (la «postsináptica»). La neurona que liberó la serotonina en seguida recoge todo el exceso de esta a través de sus transportadores de serotonina, que actúan como bombas que aspiran la serotonina de la sinapsis y la devuelven a la neurona. Así pues, la función del transportador de serotonina es «recaptar» la serotonina de la sinapsis.
Esta diminuta bomba molecular ha sido una de las grandes gallinas de los huevos de oro de la industria farmacéutica. A partir de la idea de que la depresión implica una desregulación de la serotonina del cerebro, se diseñaron los antidepresivos más conocidos —Prozac y sus primos Zoloft, Paxil, Lexapro y demás— para bloquear o inhibir el transportador de serotonina. Por esto se los llama SSRI, por las siglas inglesas de «inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina».
Al igual que otros genes, el SLC6A4 incluye una porción llamada «promotor» que regula el nivel de actividad del gen, es decir, la cantidad de proteína transportadora de serotonina que fabrica. En 1996, científicos alemanes descubrieron una variación común (conocida como 5HTTLPR) en la secuencia de ADN del promotor del gen SLC6A4: la variante (o alelo) «larga» tiene 44 letras extra de ADN de las que carece el alelo «corto». Y esta simple diferencia hace que el gen que lleva el alelo corto sea menos activo en la fabricación de transportador de serotonina. Las neuronas que llevan una o dos copias del alelo «corto» fabrican en torno a la mitad de transportador de serotonina que las que no tienen ningún alelo corto.55

FIGURA 2.2. Variación en el promotor del gen transportador de serotonina (SLC6A4) (arriba) y sus efectos en una sinapsis de serotonina (abajo). Los genes que llevan el alelo «corto» fabrican menos transportadores de serotonina, que son los responsables de recaptar la serotonina y llevarla a las neuronas (presinápticas). Los antidepresivos SSRI actúan bloqueando los transportadores de serotonina.
Resulta que de las personas de ascendencia euroamericana, en torno al 75 % lleva por lo menos una copia del alelo corto, y en torno al 20 %, dos copias. Los niveles inferiores de transportador de serotonina que fabrica el alelo corto parece que generan una sutil propensión en la forma de responder del cerebro ante experiencias adversas o que supongan una amenaza. Algunos estudios —no todos— demuestran que las personas que llevan el alelo corto muestran mayores niveles de rasgos de personalidad como el neuroticismo y la evitación del daño que están relacionados con el temperamento ansioso.56, 57, 58
¿La variación en el ADN del promotor del gen SLC6A4 afecta realmente a cómo reacciona el cerebro ante la amenaza? En un estudio pionero, Ahmad Hariri y sus colegas dividieron en dos grupos a una serie de voluntarios sanos: el de quienes llevaban por lo menos un alelo corto, y el de quienes llevaban dos alelos largos. A continuación les asignaron una tarea parecida a la que Carl Schwartz utilizó en su estudio del temperamento inhibido mediante RMf. Los investigadores mostraban a los sujetos una serie de caras airadas o asustadas. Muchos estudios con neuroimágenes demuestran que la exposición a caras que reflejen sentimientos activa la amígdala, cuya reacción suele ser mayor en las personas propensas a la ansiedad. Hariri y sus colegas descubrieron que, en efecto, la reacción de la amígdala ante expresiones faciales airadas o asustadas era más fuerte en los sujetos que llevaban el alelo corto.59 Inmediatamente, grupos de científicos de todo el mundo se dispusieron a repetir estos descubrimientos, en unos estudios que en su conjunto avalan dichas conclusiones.60 Otros estudios han demostrado que el alelo corto puede debilitar el freno que la corteza prefrontal del cerebro ejerce sobre la amígdala.61 En este caso, en las personas que llevan el alelo corto la amígdala se desinhibe, y reacciona con más intensidad a las señales de peligro. Estas personas están preparadas para ver la amenaza en la cara de los demás.
Pero los genes no actúan solos. Son muchísimas las pruebas que indican que el alelo corto del transportador de serotonina actúa de forma distinta en función de las experiencias que la persona haya vivido. El efecto del gen depende del mundo en que vivamos. Por ejemplo, en un estudio se observó que los niños que llevaban el alelo corto eran más propensos a ser tímidos y conductualmente inhibidos si sus madres contaban con poco apoyo social,62 y que la actividad de los circuitos cerebrales que intervienen en la percepción de la amenaza es mayor entre quienes llevan el alelo corto que hayan vivido sucesos más estresantes.63
DE RATONES Y PERSONAS
Aun en el caso de que el gen transportador de serotonina resultara ser un gen que influye en el temperamento, sabemos que no es el gen. Como decía antes, la heredabilidad del temperamento implica muchos genes, cada uno de los cuales hace una pequeña aportación a la forma de interactuar de nuestro cerebro con el mundo que nos rodea. Por lo tanto, si estos genes producen estos sutiles efectos, ¿hay alguna manera de encontrarlos? Mi laboratorio lleva más de diez años trabajando en esta pregunta. Pensamos que podíamos aprovechar el hecho de que el temperamento tímido e inhibido se observa en muchas especies animales, incluidos los ratones. Los ratones experimentales pueden ser muy útiles porque con ellos los científicos pueden realizar estudios genéticos que serían imposibles en los humanos. Y genéticamente nos parecemos muchísimo a los ratones. De hecho, más del 99 % de los genes del ratón tienen su equivalente en el genoma humano.64
La capacidad de criar y cruzar una gran cantidad de ratones permite mapear con gran rapidez los genes que afectan a la conducta. Y más allá de esta posibilidad, los científicos, mediante sofisticadas técnicas de gene targeting, pueden borrar o insertar genes específicos en los genomas de los ratones. Por ejemplo, podemos «noquear» un gen de un embrión de ratón y observar qué efecto tiene el borrado del gen en la conducta de ese ratón en una fase posterior de su vida. Si, por ejemplo, los ratones a los que les falta este gen son más miedosos, tenemos la prueba de que el gen de algún modo interviene en la conducta de miedo. Y si podemos encontrar genes relacionados con el temperamento tímido o miedoso en los ratones, podemos ver si los mismos genes afectan al temperamento de las personas.
En 1995, un grupo de científicos de Oxford explicaba que una región del cromosoma 1 del ratón va ligada a la conducta de miedo de este.65 Posteriormente, otros estudios repitieron este descubrimiento, pero seguía siendo un misterio cuál era el gen o los genes implicados. Después, en 2004, parecía que el grupo de Oxford tenía una respuesta. Utilizando nuevos métodos de búsqueda de genes, apuntaron a un gen llamado rgs2 como uno al menos de los culpables. Los ratones que llevaban una versión del gen eran inhibidos en una batería de tests de conducta de miedo. Además, los ratones con el rgs2 «noqueado»—nacidos sin este gen— son conductualmente inhibidos y «ansiosos».66, 67 Como ocurre con los niños de temperamento inhibido, estos ratones también tienen un sistema nervioso simpático hiperactivo («luchar o huir»).68
Así pues, ¿qué hace el gen rgs2? Entre otras cosas, produce una proteína que controla cómo reaccionan las células nerviosas a neurotransmisores como la serotonina, la norepinefrina y la dopamina, que desempeñan un papel fundamental en la biología del temperamento, la ansiedad, el humor y las reacciones de estrés. Cuando estos neurotransmisores se atan a sus receptores en las células nerviosas, los receptores activan unas proteínas (llamadas «proteínas G») que desencadenan una serie de sucesos en el interior de la célula. La proteína rgs2 se apodera de las proteínas G activadas y las neutraliza, frenando así de forma decisiva la señal del neurotransmisor. Por consiguiente, el mal funcionamiento o la ausencia del gen rgs2 puede provocar que las células cerebrales sean vulnerables a la hiperestimulación de neurotransmisores como la serotonina. Como cabría suponer, el rgs2 es activo en muchas de las regiones cerebrales más importantes de las que se sabe que influyen en el temperamento y la emoción, entre ellas la amígdala, el hipocampo y la corteza cerebral. 69, 70, 71
Los humanos también tenemos un gen RGS2. Si el gen rgs2 contribuye al temperamento ansioso de los ratones, ¿es posible que la versión humana desempeñe un papel similar? Investigadores de mi laboratorio estudiaron a niños que previamente habían sido expuestos a personas y situaciones que no les eran familiares en el laboratorio de Jerry Kagan de Harvard, en la batería de mediciones del temperamento que he explicado antes. Después, pedimos a estos niños y a sus padres una muestra de saliva para poder extraer ADN, que después analizamos para buscar variantes específicas del gen RGS2 humano. Descubrimos que los niños con unas determinadas variantes del gen RGS2 eran tres veces más propensos a ser tímidos e inhibidos. Y se había visto anteriormente que una de estas variantes estaba correlacionada con una menor expresión del gen RGS2. En otras palabras, parecía que el hecho de tener menos proteína RGS2 iba asociado a un temperamento ansioso, exactamente lo que habíamos previsto a partir de los estudios con ratones.
Después, en colaboración con mis colegas Murray Stein y Martin Paulus, de la Universidad de California en San Diego, y Joel Gelernter, de Yale, nos preguntamos si el gen RGS2 podía afectar también a la introversión en los adultos (ya que los adultos introvertidos, como los niños inhibidos, suelen ser tímidos y recelan de las personas que no conocen). Analizamos el ADN de casi 750 adultos que habían concluido una evaluación de personalidad y descubrimos que, en efecto, las mismas variantes del gen RGS2 que predecían la timidez infantil estaban relacionadas con la introversión adulta.
Sin embargo, la pregunta clave era si podíamos ver el efecto de este gen en los centros del cerebro que regulan el temperamento y la ansiedad social. Para averiguarlo, observamos variantes del RGS2 en una cohorte de adultos a los que se les realizaron RMf mientras se les mostraban caras emocionales. En efecto, los sujetos que llevaban las variantes asociadas con el temperamento inhibido y la personalidad introvertida, tenían una reacción sustancialmente más fuerte a las caras emocionales en dos zonas clave de los circuitos cerebrales: la amígdala y la ínsula.72
¿UNA PERSONALIDAD GANADORA?
La historia del RGS2 es notable por dos razones. Primera, porque aportó una de las primeras demostraciones de que se podía ver el efecto que un gen específico tenía en el temperamento y la personalidad a nivel tanto conductual como neurobiológico. Y, segunda, porque la historia del gen RGS2 aporta la prueba clave de que por lo menos algunas de las influencias genéticas sobre el temperamento y la ansiedad son evolutivamente conservadas. Es un ejemplo de que el mismo gen parece que afecta a la conducta relacionada con la ansiedad y a la función cerebral desde los ratones a los humanos. La variación corto/largo del transportador de serotonina también apunta a nuestra historia evolutiva, aunque más reciente. Parece que la variación surgió hace unos 40 millones de años, porque está presente en monos y simios pero no en mamíferos más antiguos.73 Lo interesante es que la frecuencia de los alelos corto y largo en el macaco rhesus (Macaca mulatta) es muy similar a la nuestra, lo que plantea una pregunta interesante: ¿por qué?
¿Por qué iba a conservar la selección natural una variación común como el alelo corto que parece que hace a los animales más tímidos y «neuróticos»? Hay varias explicaciones posibles, incluida la de que la variación sea «invisible» para la selección natural, es decir, no afecte realmente a la salud reproductora de un primate, por lo que la selección no la tiene en cuenta. Pero si así fuera, es difícil explicar por qué se hizo tan común una mutación en el gen transportador de la serotonina que al parecer surgió de una sola vez hace 40 millones de años. También es posible que la variación en los genes que afecta al temperamento y la personalidad no sea solo «ruido» evolutivo. Tal vez la selección natural pudiera favorecer determinados temperamentos. Puede parecer obvio que un rasgo como la extraversión aporte ventajas selectivas. Es posible que los individuos que son más sociales y extravertidos tengan más oportunidades, por ejemplo de encontrar pareja con la que aparearse. Pero también la inhibición conductual podría ser una buena estrategia desde el punto de vista de la reproducción: recelar de las personas y las situaciones nuevas podría evitar que uno cayera presa de otros o se viera inmerso en un conflicto fatal.
Así pues, podría ser muy bien que la selección natural estimulara las variaciones que contribuyen a estos rasgos. Pero si se analiza un poco más, se observa un problema. Recordemos que estos rasgos son heredables, lo que significa que los individuos difieren en lo que a ellos respecta, y lo que intentamos es explicar las diferencias genéticas que subyacen en las diferencias de rasgos. Si un tipo de temperamento o personalidad es manifiestamente ventajoso, ¿la selección natural no debería hacer que se convirtiera en una parte fija de la naturaleza humana universal? Si el hecho de ser tímidos o propensos a la evitación protegió del daño a nuestros antepasados, los tímidos deberían haber tenido una ventaja reproductora y poco a poco haber ido reemplazando a los tipos de aceptación del riesgo de la población humana. Los alelos que estimulaban la conducta tímida e inhibida serían seleccionados y convertidos en «fijos» en elevadas frecuencias. De modo que esperaríamos que hubiera muy poca, o ninguna, variación genética en los genes que determinan la personalidad. Sin diferencias individuales ni variación genética, la heredabilidad del temperamento y la personalidad se acercaría progresivamente a cero. Pero sabemos que no es así.
TODO CON MODERACIÓN
Una explicación de cómo la selección natural pudo mantener la variación en la personalidad implica algo llamado «selección equilibradora» o «estabilizadora». La idea es que los rasgos de personalidad, como todo lo demás en la vida, implican compensaciones. La agradabilidad es fantástica si nos permite formar alianzas, pero no tanto cuando tenemos que luchar por defender nuestros intereses o nuestra familia. En medicina es ampliamente conocida una forma de selección equilibradora llamada «ventaja heterocigota»: la ventaja de llevar una copia de una mutación. Por ejemplo, las personas que llevan dos copias de una mutación en el gen de la β-globina, que codifica una proteína fundamental para la fabricación de hemoglobina, desarrollan una enfermedad dolorosa y devastadora llamada «anemia de células falciformes». La mutación celular falciforme interfiere en la flexibilidad de los glóbulos rojos de la sangre, provocando que adopten una rígida forma de «hoz» cuando los niveles de oxígeno son bajos. Los glóbulos rojos falciformes de la sangre se pueden quedar atascados en los capilares y cortar el suministro de sangre y la distribución de oxígeno a los tejidos, lo que a su vez puede provocar un dolor terrible y hasta la muerte.
¿Por qué, entonces, la selección natural no se ha librado de esta mutación mortal? Resulta que llevar una copia de la mutación de las células falciformes se traduce en un tipo suave de falciformación que reduce el riesgo de contraer la malaria, una de las enfermedades que más muertes provoca en el mundo. La anemia celular falciforme solo se produce si hay dos copias de la mutación, por lo que las personas que solo llevan una (heterocigotas) están protegidas tanto contra la enfermedad de las células falciformes como contra la malaria. Esta compensación ha permitido que la mutación de las células falciformes persista en zonas en que la malaria es común. Un fenómeno similar podría equilibrar los efectos de la selección natural en los alelos que contribuyen a los rasgos de personalidad.
Los estilos temperamentales y los rasgos de personalidad son muy diversos, evidentemente, y cada uno conlleva compensaciones en sí mismo y en combinación con otros rasgos. Cada una de las distintas combinaciones de extroversión, neuroticismo, apertura y demás puede tener sus propios riesgos y beneficios. De modo que en una situación en que cada rasgo está afectado por muchos genes, y las ventajas de cada rasgo varían con el tiempo y el contexto, es posible que la selección natural no elimine los alelos que influyen en ese rasgo, aunque a veces puedan tener desventajas.74
SALIDO DE ÁFRICA
En el caso del temperamento, podemos empezar a ver realmente la huella apenas perceptible de la selección natural en la conducta humana. Por ejemplo, existen pruebas de que una variante de un gen relacionado con la personalidad pudo hacerse mucho más común a medida que los humanos emigraban a todo el globo gracias a una sutil mejora de la forma física de quienes exploraron nuevos entornos.75
Muchos estudios apuntan al neurotransmisor dopamina como un protagonista clave de la regulación de nuestro mayor o menor deseo de buscar nuevas experiencias. Los receptores de la dopamina están ubicados en las regiones del cerebro que intervienen en la motivación, la exploración y la recompensa. Del mismo modo que la amígdala y los circuitos afines del miedo ponen sobre determinados estímulos el sello que los identifica como amenazas peligrosas que hay que evitar, estas regiones marcan otros estímulos como oportunidades de recompensa que hay que aprovechar.
Las variaciones del gen que produce uno de los receptores de dopamina (el receptor de dopamina D4 o DRD4) se han relacionado con la audacia, la búsqueda de la novedad y unos altos niveles de actividad y exploración en los humanos y también en las aves, los perros y los caballos.76-81 Una de estas variaciones conlleva secuencias de ADN repetidas en parte del gen que determina cómo reacciona el receptor DRD4 a la dopamina. Las personas difieren en la cantidad de copias de la secuencia repetida de ADN que llevan. Muchas tienen cuatro copias de esta secuencia repetida (el «alelo repetido 4»), pero hay otras variantes, incluida una de siete repeticiones que parece que produce receptores DRD4 menos eficientes. Se ha relacionado este alelo repetido 7 con la búsqueda de la novedad, y puede ser un factor de riesgo de padecer el trastorno de déficit de atención con hiperactividad (TDAH).82
Gracias al conocimiento detallado de la estructura del genoma, hoy los investigadores pueden realizar un buen trabajo detectivesco (algo así como «el CSI conoce a Darwin») para rastrear la historia de las variaciones genéticas que influyen en la conducta. Utilizando pistas de los patrones de variación del gen DRD4, un equipo de genetistas consiguieron datar el origen del alelo repetido 7 de búsqueda de la novedad en una mutación que se produjo en África hace unos 50.000 años (relativamente poco en la historia de la evolución humana, y por la época del último gran éxodo de África).83 De un modo u otro, esa reciente mutación se hizo común en las poblaciones humanas de todo el mundo. No siguió siendo rara ni desapareció, sino, al contrario, prosperó.
¿Pero por qué la selección natural iba a preservar un factor genético que suponía un riesgo de padecer el TDAH? Una posibilidad es que, en determinadas circunstancias, quienes llevaban el alelo repetido 7 estuvieran en ventaja. Es posible que, en un entorno en que la disponibilidad de alimento u otros recursos podía cambiar o desaparecer de forma súbita, las personas que podían reaccionar, mudarse y buscar nuevos recursos de manera inmediata supieran desenvolverse mucho mejor que las que reaccionaban con lentitud. Eran las personas que se regían por nuestro refrán actual de «cuando las cosas se ponen duras, los duros son quienes avanzan». Como cabría esperar de una variante genética que estimula la búsqueda de lo novedoso, el alelo repetido 7 se hace más común en los lugares más alejados de África. En Sudamérica, destino final de las migraciones que debieron de extenderse desde África, Europa, Asia y Norteamérica, la forma repetida 7 es la más común.84 Para decirlo con otra frase hecha, es posible que quienes llevaban esta forma genética del DRD4 «tuvieran la audacia de ir a donde nadie había ido antes».
Una vez más, es evidente que uno o dos genes solos no explican por qué somos tímidos, extrovertidos, miedosos o agresivos. Son muchos genes los que contribuyen en pequeñas cantidades al desarrollo y funcionamiento de los circuitos cerebrales que subyacen en nuestra forma de sentir y de interactuar con el mundo exterior. Ni el genotipo 5HTTLPR ni las repeticiones del DRD4 determinan el tipo de persona que vayamos a ser. Pero cada vez son más las pruebas de que la variación genética común entre las personas puede contribuir a que en el funcionamiento del cerebro se produzcan pequeños cambios o propensiones que influyan en cómo reaccionamos ante el mundo que nos rodea.
La sutileza de estos efectos ha quedado desvelada por estudios recientes, en que se ha utilizado la más avanzada tecnología del chip de ADN para escanear todo el genoma en busca de las variantes que afectan a los Cinco Grandes rasgos de personalidad. Estos «estudios de asociación del genoma completo» pueden analizar las variaciones genéticas de todo el genoma, y suelen utilizar muestras de gran tamaño. Pero no han conseguido encontrar muchas variantes concretas relacionadas con los rasgos de personalidad, a pesar de que sabemos que estos rasgos son sustancialmente heredables. En otras palabras, sabemos que existen variantes que se pueden encontrar, pero los efectos de la mayoría de ellas son demasiado sutiles para que se puedan delimitar, ni siquiera en los estudios más concienzudos. Un metaanálisis de estos estudios en el que se analizaron más de 2,4 millones de variantes genéticas del genoma de más de 17.000 sujetos, solo pudo encontrar dos regiones genéticas que mostraban una fuerte relación con los Cinco Grandes rasgos de la personalidad: una con el de la apertura a lo nuevo, y la otra con la escrupulosidad.85 En otro estudio en el que participaron miles de personas, mis colegas y yo descubrimos otra región genética relacionada con la búsqueda de la excitación, una característica fundamental de la extroversión.86 Es probable que hagan falta estudios masivos para encontrar todas las diferencias genéticas que explican la heredabilidad de los rasgos de la personalidad (que, como recordará el lector, constituye en torno al 50 % de la variación total de estos rasgos). Esta es la lección que aparece en otros estudios genéticos de «rasgos complejos», como la obesidad. La heredabilidad de la obesidad es parecida a la de los rasgos de personalidad, pero hizo falta un estudio de casi 250.000 personas para delimitar las variaciones genéticas que sumadas explican en torno a un 2 % de las diferencias individuales en el índice de masa corporal.87 Si la personalidad tiene algún parecido con el peso corporal, es posible que haya que estudiar a millones de personas para dar con los genes implicados.
LA SOMBRA ALARGADA DE LO NORMAL
Todo esto encierra otra lección. El temperamento y los neurocircuitos que en él se esconden, al crear sutiles propensiones sobre cómo afrontamos la vida, a veces pueden provocar efectos en cascada y duraderos que nos sitúen en una trayectoria problemática. Los niños muy inhibidos son mucho más propensos a desarrollar importantes problemas de ansiedad social en fases posteriores de la vida. La tendencia temperamental a la impulsividad y la distraibilidad puede evolucionar hacia déficits de atención e hiperactividad. Y la tendencia temprana a distorsionar las propias experiencias a través de la lente de una emocionalidad negativa puede provocar una vulnerabilidad a la depresión, en especial cuando la persona se enfrenta a la adversidad. Así que empezamos a ver que nuestra aproximación temperamental a la vida, ella misma reflejo de cómo están calibrados nuestros sistemas neuronales, puede evolucionar hacia síntomas y síndromes que se manifiestan como trastornos. No es extraño, pues, que la variación genética que se oculta en el temperamento y la personalidad parece que explique gran parte del componente genético de trastornos comunes, entre ellos la depresión y la ansiedad.88, 89 La sombra de la biología de lo normal alcanza a la biología del trastorno.
Y es posible que tal realidad dé una pista de cómo funcionan los tratamientos de la depresión y la ansiedad.
Al final del primer encuentro con Tim Corning, propuse que tratáramos la ansiedad social que padecía con terapia cognitivo-conductual (TCC), una terapia demostrada para el tratamiento de una amplia variedad de trastornos de ansiedad. En la TCC, el cliente aprende a reconocer y superar las tendencias cognitivas que le agudizan los miedos sociales. Y mediante la exposición gradual a situaciones sociales, los clientes se desensibilizan al miedo a hacer algo embarazoso o a que otras personas les juzguen con severidad. Lamentablemente, después de doce meses de terapia, Tim pensaba que no avanzaba lo suficiente, y quería probar otra cosa. Acordamos empezar con un SSRI. Comenzamos con 25 mg de sertralina (Zoloft) y fuimos aumentando hasta los 100 mg al día. Pasaron ocho semanas sin que apreciáramos cambios importantes. Seguimos aumentando la dosis, y Tim empezó a notar algo: empezaba a sentirse más seguro al comer en el restaurante local. Al cabo de dos semanas con 200 mg diarios, me dijo que se había sorprendido aceptando una invitación a una fiesta organizada por sus antiguos compañeros de trabajo.
—Hace un año, hubiera sido incapaz de algo así. Pensé que me quedaría de pie y observando, pero hablé con la gente.
Un mes después, fue a su primera entrevista de trabajo en dos años.
—Soy una persona diferente —dijo.
Es posible que Tim tuviera razón. Estudios recientes señalan que los SSRI como la sertralina pueden funcionar en parte porque cambian sutilmente la propia personalidad. Las personas con depresión y trastornos de ansiedad como la fobia social suelen ser de neuroticismo e introversión altos (baja extroversión). En un estudio controlado con placebos del SSRI paroxetina (Paxil) para tratar la depresión, los investigadores descubrieron que el SSRI «normalizaba» el neuroticismo y la introversión, mejorara o no la depresión. Y cuando los investigadores analizaron los cambios en estos rasgos de personalidad, no observaron que el medicamento produjera ningún efecto independiente sobre la depresión. En otras palabras, parecía que el efecto antidepresivo del SSRI dependía de su capacidad de recalibrar la personalidad.
Estudios psicológicos y de neuroimaginería demuestran que las personas propensas a la ansiedad y la depresión tienen unos circuitos emocionales que tienden a procesar el mundo como «el vaso medio vacío»: una propensión a registrar las características emocionales y sociales negativas del entorno, y alejada de ver y sentir el lado positivo de las cosas.
Así pues, esta es la imagen que se va formando. Las variaciones en los genes hacen a unas personas más propensas a la timidez, la ansiedad y las emociones negativas, en parte creando en la corteza prefrontal y la amígdala un circuito que es hipersensible a la amenaza y propenso a los pensamientos y sentimientos negativos. Parece que los SSRI, y tal vez la TCC, regulan de nuevo este circuito, apaciguando un sistema emocional sensible y orientándolo hacia una visión de la vida más como «el vaso medio lleno».90 Cuando se suministra SSRI a personas con depresión o ansiedad, o incluso a voluntarios, las resonancias magnéticas muestran un enfriamiento de los circuitos emocionales que se han relacionado con el temperamento ansioso y el neuroticismo.91, 92, 93 Por esto, quizás, en el caso de Tim Corning, cuyas dotación genética y experiencias vitales habían amplificado su temperamento inhibido y lo habían convertido en una ansiedad social enfermiza, la medicación que se le dio fue una forma de llevarlo de nuevo hacia el centro de la distribución normal.
Pruebas obtenidas en estudios tanto psicológicos como genéticos apuntan a la idea de que los trastornos psiquiátricos más habituales son los extremos de rasgos normales y cuantitativos que todos compartimos. Y como ocurre con otros rasgos cuantitativos —por ejemplo, la presión arterial, el peso corporal o los niveles de colesterol—, dónde tracemos la línea divisoria entre la variación normal y la disfunción puede ser una decisión pragmática. Algunos expertos han llegado a decir que «los que llamamos trastornos comunes en realidad son los extremos cuantitativos de distribuciones continuas de riesgo genético [...] no existen trastornos comunes, solo los extremos de rasgos cuantitativos» (p. 87).94
Llegamos a la vida con un cerebro que nuestros genes y el entorno del útero han regulado y afinado. El temperamento determina el timbre de nuestras primeras notas y probablemente nos limita la diversidad dinámica a lo largo de la vida. Pero, como veremos en el capítulo siguiente, las primeras experiencias pueden alterar profundamente el camino que tomemos en la vida. La imagen que emerge de la neurociencia y la investigación genética es la de un diálogo continuo entre el cerebro y la experiencia, que se modifican mutuamente durante nuestro desarrollo. Como descubrió Tim Corning, la persona que llegamos a ser, nuestra personalidad, es el producto de los pequeños ajustes que hacemos y de los imperceptibles giros que damos a medida que nuestro temperamento innato se va enfrentando a nuestro propio mundo particular.
3
GATOS CIEGOS Y PEQUEÑOS EINSTEIN: LA BIOLOGÍA DE LA CRIANZA
La lectura de este libro le cambiará literalmente al lector el cerebro. Quizá suene a eslogan publicitario pero, como veremos en este capítulo, podemos apostar a que va a ser así. El hecho es que casi todas las experiencias que tenemos nos «cambian» el cerebro. Las conexiones entre nuestras neuronas (sinapsis) cambian y se adaptan continuamente a medida que percibimos el mundo que nos rodea y reaccionamos ante él.
En el capítulo anterior, decía que las variaciones en los genes nos pueden configurar el temperamento, las reacciones emocionales y la personalidad. Pero ningún científico que se precie piensa que los genes solos nos marcan el destino. No existe dicotomía entre naturaleza y crianza, porque son las dos caras de una misma moneda. El efecto de cualquier gen depende del entorno en que se expresa. Preguntarse qué parte de nuestra conducta es genética y cuál ambiental no es práctico. La capacidad de hablar una lengua es una capacidad humana universal que nuestra dotación genética hace posible. Pero si no estuviéramos expuestos a personas que hablan, esa capacidad no se manifestaría.
Y en las primeras fases de la vida, determinadas experiencias pueden incidir de forma especial en la determinación del desarrollo de la mente y la conducta. ¿Cuánto de quienes somos depende de lo que nos ocurrió en los primeros años de vida? Las dos principales corrientes de la psicología del siglo XX —la teoría del psicoanálisis y el conductismo— daban respuestas opuestas a esta pregunta. Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, decía que nuestra vida emocional y nuestra forma de abordar las relaciones quedan determinadas para siempre por lo que nos ocurre en los primeros cinco años de vida. Su contemporáneo John Watson, el padre del conductismo, decía que somos una tabla rasa en la que la experiencia puede escribir y reescribir la conducta aprendida a lo largo de la vida.
En los últimos veinte años, la neurociencia evolutiva ha dado una visión más matizada de cómo nos afectan las primeras experiencias. Como veremos en este capítulo, resulta que tanto Freud como Watson iban bien encaminados. Freud acertaba al decir que las primeras experiencias tienen una influencia formativa y duradera en nuestras relaciones y en cómo interactuamos con el mundo de nuestro alrededor. Pero, afortunadamente, como subrayaba Watson, aprendemos a lo largo de toda la vida. De hecho, al hacernos con nueva información el cerebro se remodela. Y en esta permanente plasticidad está la raíz de la extraordinaria resiliencia del espíritu humano. En este capítulo, analizaremos cómo la experiencia interactúa con nuestros genes para configurar la trayectoria de nuestra vida.
LOS PRIMEROS DE LA FILA
Pese al despliegue mediático en torno a los descubrimientos genéticos, la idea de que las primeras experiencias pueden determinar el desarrollo del cerebro sigue viva y en buena salud. De hecho, en la década de 1990 generó una industria multimillonaria con la aparición de los vídeos de Baby Einstein. Posteriormente, el marketing de aquellos vídeos educativos para bebés y niños de poca edad se amplió para evocar a todo el panteón de genios de la civilización occidental: están los Baby Mozart, Baby Da Vinci, Baby Van Gogh, Baby Beethoven, Baby Shakespeare y Baby Wordsworth. (Hasta los padres que quieren que su bebé reverencie a un gran equipo de fútbol lo tienen muy fácil desde la llegada de Baby Bama, un vídeo que «utiliza con todas las licencias necesarias imágenes, mascota, banda de música y atractivos del campus para exponer a los niños a la Crimson Tide Sports Network de la Universidad de Alabama[5] de forma estimulante... y educativa».) Como veremos, el crecimiento del mercado de los productos para enriquecer el cerebro del bebé es un ejemplo fascinante de cómo la neurociencia se puede promover a bombo y platillo más allá del laboratorio e integrarla en la empresa en favor de intereses comerciales e incluso de agendas de política pública.
Uno de los acontecimientos determinantes de esta historia fue la publicación en 1993 de un breve artículo que llevaba por título «La música y el rendimiento espacial» en la prestigiosa revista científica Nature.1 Frances Rauscher y sus colegas de la Universidad de California en Irvine exponían un estudio sobre 36 estudiantes universitarios a los que se les hacía que durante diez minutos escucharan la sonata para dos pianos en Re menor (K. 448) de Mozart, una cinta de música relajante, o permanecieran en el más absoluto silencio. Inmediatamente después de cada tarea, se les pasaban tres tests. En comparación con las otras dos situaciones, la de escuchar a Mozart iba asociada a un estímulo cognitivo que se correspondía con un incremento de entre 8 y 9 puntos del coeficiente intelectual de razonamiento espacial. Los resultados captaron de inmediato la atención de los medios de comunicación. Los Angeles Times publicó en primera página un artículo bajo el titular: «Un estudio demuestra que la música de Mozart aumenta la inteligencia».2 Rauscher manifestó su desazón por cómo se fueran a explotar sus hallazgos: «No se puede controlar lo que las ansias de vender puedan provocar. La idea me aterroriza».
En efecto, el aumento de la inteligencia solo duraba entre 10 y 15 minutos, pero no fue óbice para que otros se apoderaran de los resultados y los bautizaran como el «efecto Mozart». Otros científicos tuvieron dificultades para repetir los resultados de Rauscher y sus colegas, pero la idea de que la música clásica podía mejorar la función cerebral parecía demasiado atractiva para ignorarla. Se empezaron a vender grabaciones clásicas destinadas a bebés y niños pequeños, a padres ansiosos por que sus hijos salieran a la vida con ventajas de partida.
En 1996, Julie Aigner-Clark, madre de una niña de un año, empezó a filmar vídeos caseros para entretener y educar a su hija. Al cabo de un año, comenzó a venderlos con el nombre de Baby Einstein, y el producto se convirtió en seguida en un éxito. El primer año, las ventas alcanzaron los 100.000 dólares, y el segundo, el millón. Por esa misma época, el compositor y crítico musical Don Campbell registró la marca «el efecto Mozart» y publicó un libro con este título que fue un éxito de ventas. Le siguieron El efecto Mozart para niños, en el que no se decía que la música pudiera convertir en genios a los niños, pero «sin duda puede aumentar la cantidad de conexiones neuronales de su cerebro y estimular así sus destrezas verbales» (p. 4).3
Los tiempos no pudieron haberle sido más propicios a la franquicia Baby Einstein. Como dijo Aigner-Clark en el programa The Early Show de la CBS en 2005:4 «Se habían hecho estudios de todo tipo que decían “escuchad a Mozart; escuchad a Mozart; os irá muy bien”. Existen estudios estupendos que demuestran que escuchar a Mozart estimula la mente. Yo misma tuve un vídeo que se llamaba Baby Mozart. Así que tuve mucha suerte». En 2004, tres años después de que Disney comprara Baby Einstein, las ventas anuales habían alcanzado los 170 millones de dólares, una historia de éxito que hizo a Aigner-Clark merecedora de una mención especial en el discurso sobre el estado de la nación del presidente de Estados Unidos de 2007.
Entretanto, los defensores del niño se sentían pletóricos por lo que consideraban un consenso científico sobre la idea de que el enriquecimiento ambiental temprano era fundamental para constituir un cerebro sano.5 Y hasta los políticos se subieron al carro. Florida aprobó una ley que obligaba a poner música clásica en todos los centros de atención de día públicos, y en 1998, Zell Miller, gobernador de Georgia, asignó una partida presupuestaria para que todo recién nacido saliera del hospital con un CD de música clásica. Como él mismo dijo: «Nadie pone en duda que escuchar música a una edad muy temprana afecta al razonamiento espacial y temporal en que se asientan las matemáticas, la ingeniería y hasta el ajedrez. El niño que escucha música relajante contribuye al desarrollo de sus trillones de conexiones cerebrales».6
Lamentablemente, toda aquella historia se aprovechaba de la ciencia. Recordemos que el estudio original había demostrado el efecto efímero de una sonata de Mozart en un ámbito limitado del razonamiento de un pequeño grupo de estudiantes universitarios. En la avalancha de estudios posteriores se obtuvieron resultados muy diversos. En una revisión de 16 de ellos no se encontraron pruebas significativas de que escuchar a Mozart mejorara el coeficiente intelectual, ni siquiera en el restringido ámbito del razonamiento espacial.7 De hecho, varios estudios apuntaban a que cualquier efecto transitorio sobre la función cognitiva probablemente se debía a la excitación y el ánimo positivo inducidos por la audición de algo agradable.8, 9 Eso podía explicar los aumentos similares en la función cognitiva de adultos que escuchaban al compositor griego Yanni,10 y los de niños de diez y once años que escuchaban al grupo Blur (que dio nombre al «efecto Blur»).8, 9 La conclusión de Kenneth Steele, uno de los científicos que consiguió repetir los resultados del estudio original, fue la de que «el efecto Mozart se produce en gran medida en la cartera de los padres que compran los CD».11 Por su parte, la investigadora original, Frances Rauscher, sostenía que los fracasos en los intentos de repetir sus resultados eran debidos a problemas metodológicos de los estudios posteriores. Dijo: «El hecho de que algunos no consigan que la masa suba no niega la existencia del “efecto levadura”».12 Al margen del debate científico, el efecto Mozart quedó impreso en la conciencia pública.[6]
Estimulado en parte por esa extendida creencia en que la estimulación temprana es importante para el desarrollo cognitivo, el mercado del vídeo y el DVD infantiles se disparó. Aunque la gente de Baby Einstein objetaba que sus productos «no están pensados para hacer más inteligentes a los niños», las encuestas indicaban que era precisamente la esperanza de que lo hicieran la que motivaba a los padres a comprar vídeos y DVD infantiles (en cantidades que en 2004 sumaron casi 5.000 millones de dólares).13 Un estudio de los DVD infantiles más vendidos en 2005 descubrió que en más del 75 % se hablaba de propiedades educativas. Por ejemplo, en la caja del vídeo Left Brain de Brainy Baby se decía que la serie de vídeos era la primera que «puede ayudar a estimular el desarrollo cognitivo». Los padres de hijos menores de dos años dicen que el principal criterio para dejar que sus hijos vean la televisión, vídeos o DVD es que sean educativos o buenos para el cerebro.14 En 1999 y de nuevo en 2011, la American Academy of Pediatrics recomendó que los niños menores de dos años no usaran esos medios;15, 16 sin embargo, los niños de entre seis meses y tres años se pasan casi dos horas diarias viendo la televisión u otros sistemas de vídeo.13
¿Hay pruebas de que ver vídeos a una edad temprana afecte al desarrollo cognitivo? La respuesta es que sí, pero no necesariamente en el sentido que los padres quisieran. En un estudio se demostró que la mayor exposición a medios visuales de niños de seis meses predice un menor desarrollo cognitivo y del lenguaje cuando los bebés tienen catorce meses.17 En otro estudio influyente, Frederick Zimmerman y sus colegas observaron a más de mil padres de niños de entre dos meses y dos años de edad.18 En los bebés de entre ocho y dieciséis meses, cada hora que pasaban viendo vídeos y DVD para bebés se correlacionaba con una sustancial bajada de las puntuaciones obtenidas en una medición estándar del desarrollo del lenguaje. Cuanto más veían vídeos y DVD, menos palabras habían aprendido. Y no importaba que los padres vieran o no los vídeos con sus bebés.[7]
En cambio, leer o contar cuentos a los niños se relacionaba con un mejor aprendizaje del vocabulario. El estudio no demuestra que los vídeos infantiles perjudiquen el desarrollo del lenguaje del bebé, pero es evidente que no parece que lo estimulen. En el mejor de los casos, en otros estudios no se ha visto correlación entre la visión de la televisión o vídeos en la primera infancia y las posteriores destrezas cognitivas.22, 23 En un estudio sobre un popular DVD infantil diseñado para estimular el vocabulario, se sometió a niños de entre doce y dieciocho meses de forma aleatoria a una de cuatro situaciones. Los niños del primer grupo vieron el DVD con uno de los padres por lo menos cinco veces a la semana durante cuatro semanas; los del segundo vieron el DVD el mismo tiempo, pero solos. Los del tercero no vieron el DVD, pero a sus padres se les dio una lista de las veinticinco palabras que más aparecían en el vídeo y se les dijo que intentaran «enseñar a su hijo tantas palabras de estas como puedan de cualquier forma que crean conveniente». Y por último, con los niños del cuatro grupo no se hizo intervención alguna. Se pasó a todos los niños una prueba para ver cuántas de las veinticinco palabras habían aprendido en las cuatro semanas, y solo aquellos a los que se las habían enseñado sus padres obtuvieron mejores resultados. Los demás grupos no lo hicieron mejor que el grupo de control en el que no se había intervenido.24
En 2009, la Walt Disney Company se ofreció a devolver el dinero a los padres que habían comprado los vídeos de Baby Einstein, pero insistiendo en que con ello reiteraban su confianza en el producto.25 Al mismo tiempo, los cofundadores Julie Aigner-Clark y su marido recurrieron a los tribunales para defender el legado de su producto y cuestionar los estudios que apuntaban a efectos adversos en los bebés que veían los vídeos.26 Como señaló Aigner-Clark, los vídeos para bebés no eran precisamente lo peor que pudiera caer en manos del niño: «Bienvenidos al siglo XXI. La mayoría de la gente tiene televisor en casa, y la mayoría de los bebés están expuestos a ella. Y la mayoría de las personas convendrían en que es mucho mejor que el niño escuche a Beethoven mientras mira las imágenes de una marioneta, que cualquier programa de telerrealidad que todos conocemos». Y la polémica sigue en los mismos términos.
¿AHORA O NUNCA?
Del estudio de Zimmerman surgió otro descubrimiento interesante: los vídeos para bebés se relacionaban con decrementos lingüísticos en los niños de entre ocho y dieciséis meses, pero no en los de entre diecisiete y veinticuatro. La edad era importante. De modo que el estudio, aunque no avala los beneficios de los vídeos para bebés, paradójicamente lo hace con los argumentos que llevan a algunos padres a comprar estos vídeos. La primera razón que la gente da para sentar a sus hijos delante de un vídeo «cerebral» es que piensan que puede haber una ventana temprana para estimular la fuerza del cerebro: exponga usted a su bebé a los estímulos correctos e incidirá en el cableado del cerebro de forma perdurable. El problema es que antes de los dos años, es posible que los niños no sean capaces de aprender de los medios, y el tiempo que pasen viendo vídeos o la televisión se lo restan al juego y la interacción con los padres y los hermanos, unas actividades que pueden estimular el crecimiento cognitivo.
Nadie duda de que el desarrollo sigue un programa. Si en el útero materno el feto no desarrolla correctamente un brazo, la futura persona está destinada a ser manca para siempre. No hay crianza ni dieta sana ni terapia física que le puedan conseguir un segundo brazo en una fase posterior de la vida. ¿Ocurre lo mismo con los órganos de la mente?
La historia de la idea de que hay «ventanas de oportunidad» para el desarrollo del cerebro es larga y controvertida, pero, en algunos ámbitos, es evidente que esas ventanas existen. Los científicos se refieren a ellas como «períodos sensibles» o «períodos críticos», en los que el cerebro es especialmente sensible a determinado tipo de input por parte del entorno, y es posible que necesite conseguir tal input para poderse desarrollar con normalidad. En el caso de un período crítico, se trata de «ahora o nunca». Si el suceso evolutivo no se produce en el marco temporal crítico, su efecto se puede perder para siempre. Los períodos sensibles son menos absolutos: representan un momento de máxima sensibilidad a un estímulo ambiental, pero los cambios evolutivos se pueden producir en un grado menor más tarde. Dos ejemplos familiares pueden ilustrar la diferencia entre los períodos críticos y los sensibles.
El primero —el de la impronta— probablemente lo recordará el lector de la asignatura de biología del instituto. Al etólogo austríaco Konrad Lorenz se lo conoce por sus observaciones sobre los gansos grises, quienes más o menos a las 24 horas de nacer siguen a su madre por todas partes. Lorenz observó que los gansos nacidos en incubadora seguían lo primero que les llamaba la atención, fuera una persona, un par de botas o incluso un taco de madera. Después de un breve período de exposición al objeto, lo trataban como si fuera su madre. Este proceso, conocido como «impronta filial», se considera un ejemplo clásico de período crítico porque hay un período limitado (normalmente los dos primeros días de vida) en que el cerebro del ganso está preparado para establecer la relación entre un objeto y la idea de madre gansa. Parece que la impronta filial activa un comportamiento (en este caso, el de buscar a mamá) que estaba a la espera de su desencadenante ambiental.
El segundo ejemplo es el período sensible para el aprendizaje de una segunda lengua. Quien haya intentado aprenderla de mayor sabe que le cuesta más que al niño. Los inmigrantes que aprenden la lengua del nuevo país conservan más o menos el acento de su lengua materna dependiendo de la edad a la que emigraron. Mi abuela y mi madre nacieron las dos en Polonia y llegaron a este país como refugiadas del Holocausto. Mi madre tenía entonces nueve años, y mi abuela, treinta y nueve. Las dos llegaron a dominar perfectamente el inglés, pero mi abuela conservó un marcado acento de su país de origen.
Si los Premios Nobel miden la importancia de una determinada cuestión científica, el estudio de los períodos críticos sin duda la tiene. Lorenz recibió el Premio Nobel en 1973 por su trabajo sobre la impronta. Y después, en 1981, Torsten Wiesel y David Hubel compartieron el Premio Nobel por sus innovadores estudios sobre cómo funcionan realmente los períodos críticos en el cerebro.[8]
Se sabía que los niños que nacen con cataratas congénitas que tapan el cristalino del ojo siguen teniendo problemas de visión después incluso de que se les eliminen las cataratas. No ocurre lo mismo, por supuesto, con las personas que desarrollan cataratas de mayores. En este caso, la persona recupera la visión con la operación de cataratas.
Hubel y Wiesel querían saber por qué esta diferencia en el tiempo podía tener un efecto tan profundo. Para abordar la cuestión, elaboraron un modelo para estudiar el sistema visual de los gatos.27 Descubrieron que si al gatito se le cosían los párpados de un ojo y al cabo de unos meses se le descosían, el animal nunca desarrollaba la capacidad de ver con ese ojo. De algún modo, el hecho de privarle del input visual en las primeras fases de vida tenía un efecto irreversible.
Después de una serie de estudios, demostraron que el problema no estaba en el propio ojo, ni siquiera en las conexiones del ojo con la corteza visual del cerebro. Al contrario, descubrieron que el cerebro en realidad cambia en respuesta a la falta de información visual. Las neuronas de las zonas del cerebro que recibieron el input del ojo no ocluido se apoderan de las zonas de la corteza que se hubieran ocupado de procesar la información del ojo ocluido. En otras palabras, el cerebro cambia para permitir que el «ojo bueno» pueda hacer el trabajo de los dos.
Hubel y Wiesel habían desvelado un ejemplo extraordinario de la plasticidad del cerebro: los cambios en la arquitectura del cerebro que se producen como consecuencia de una experiencia del animal. Pero también descubrieron que esta plasticidad tenía una ventana crítica: si al gatito se le mantenía el ojo cerrado más allá de los tres meses de edad, la pérdida de visión en ese ojo era irreversible.
El trabajo de Hubel y Wiesel dio la primera descripción detallada de dos mecanismos fundamentales por los que el entorno afecta al cerebro: los «períodos críticos» y la «neuroplasticidad». Estos dos fenómenos, que han generado una cantidad inmensa de estudios sobre el cerebro, en realidad están íntimamente relacionados. En esencia, los períodos críticos se pueden considerar unos períodos temporalmente limitados de plasticidad cerebral dependiente del entorno. O, dicho de forma más sencilla, los períodos críticos son ventanas evolutivas durante las cuales la experiencia puede determinar con mucha fuerza las conexiones del cerebro.
HISTORIA Y MISTERIOS DE LA EXPERIENCIA TEMPRANA
La idea de que la experiencia temprana puede producir unos efectos profundos y tal vez irreversibles en la mente tiene una historia larga y bien conocida. Fue, sin duda, una cuestión fundamental que delimitó el debate sobre naturaleza y crianza. Y las respuestas que se han dado han ido desde la superstición y el mito hasta teorías científicas de amplia influencia.
LAS PRIMERAS IMPRESIONES
Hasta el siglo XX, existió la extendida creencia, avalada por eminentes médicos, de que los miedos emocionales, las carencias afectivas y los traumas de la madre durante el embarazo podían dañar emocional y permanentemente al hijo. La idea era que las circunstancias de la situación emocional dejaban una impresión o marca en el feto. Se las llamó «impresiones maternas», y se las culpaba de todo tipo de deformidad y deficiencia intelectual del hijo. En un artículo publicado en 1870 se expone el caso típico:
Una muchacha embarazada de tres meses se quedó horrorizada al ver que traían a su marido a casa con una grave herida en la cara de la que manaba abundante sangre. La fuerte impresión hizo que se desmayara y posteriormente tuvo un ataque de histeria, durante el cual estuvo a mi cuidado. Al recuperarse, me decía que tenía miedo de que lo ocurrido hubiera afectado de algún modo a su hijo y que no podía liberarse de la impresión que la imagen de su marido con la cara ensangrentada le había producido. Y a su debido tiempo nació el bebé, una niña. Tenía una marca de color rojo oscuro en la cara, en el lugar y del tamaño de la de su padre. Además, resultó ser idiota (pp. 251-252).28
En otros casos, la desazón emocional era más leve:
Una mujer, embarazada de entre cuatro y cinco meses, sentía un deseo irresistible de tomar un exquisito salmón que había visto en el mercado; pese a su pobreza, lo compró y, al final del período de gestación normal, dio a luz a un niño «con la cabeza y el cuerpo de una constitución peculiar y extraña, como si fueran realmente los de un salmón, con los dedos de las manos y los pies pegados, como las aletas y la cola del pez» (pp. 247-248).28
Afortunadamente, las ansias de tomar salmón ya no se consideran una amenaza para la salud de los hijos, pero uno de los relatos más dramáticos y antiguos sobre los efectos de la experiencia temprana sigue cautivando la imaginación popular.
LOS NIÑOS SALVAJES
¿Qué ocurriría si a un niño se le privara por completo de la crianza humana normal? ¿Hay una serie mínima de experiencias que sean fundamentales para el desarrollo normal? Y si no se producen, ¿se puede subsanar el daño? Estas preguntas han dado origen a historias siempre fascinantes de los llamados niños salvajes.
Las historias de niños criados por animales se remontan como mínimo al mito de Rómulo y Remo, los hijos gemelos de Marte que fueron abandonados en el río Tíber. Una loba los salvó y amamantó, y después fueron los fundadores de Roma. En tiempos más recientes, los niños salvajes han sido tema recurrente de la literatura y las artes, desde Mowgli, de Rudyard Kipling, a Tarzán, de Edgar Rice Burroughs.
La leyenda de los niños salvajes adquirió nueva importancia después del siglo XVIII, a medida que las ideas revolucionarias sobre la naturaleza humana impregnaban el pensamiento occidental. La idea del «buen salvaje» de Jean-Jacques Rousseau fue la manifestación romántica del ideal de las raíces naturales de la humanidad antes de ser expuesta a los efectos de la civilización. Este era el telón de fondo de la Francia del siglo XVIII que se quedó cautivada por el descubrimiento de Victor de Averyon (el protagonista de la película El pequeño salvaje de François Truffaut, de 1970), de quien se decía que había pasado la mayor parte de su vida solo en el bosque hasta que apareció a los doce años. No sabía hablar, no parecía tener ninguna capacidad de compromiso emocional, y la clase médica lo consideró un caso perdido.
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