Kitabı oxu: «La pasión de los poetas»
LA PASIÓN DE LOS POETAS
JORGE BOCCANERA
LA PASIÓN DE LOS POETAS
LA HISTORIA DE LOS POEMAS DE AMOR

© Jorge Boccanera
© 2022, Malpaso Holdings, S. L.
C/ Diputació 327, principal 1.ª
08010 BARCELONA
ISBN: 978-84-18546-62-4
Imagen de portada:
Henri Rousseau. Le rêve, 1910
Todos los derechos reservados.
Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía, el tratamiento informático, la copia o la grabación, sin la previa autorización por escrito de los editores.
a Jeannette Ujueta Petersen
Nadie le salva el corazón a nadie
MARÍA MELEK VIVANCO
A MODO DE PRÓLOGO
Ni la poesía ni el amor son asuntos explicables. «Poesía eres tú», dijo Gustavo Adolfo Bécquer. De acuerdo, pero tú, ¿quién eres? La poesía es arena entre los dedos de la razón y lo que amamos –al decir del poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón– es un enigma a punto de ser descifrado. Quizá en ese «a punto de» esté la clave del merodeo de una frustrada cacería; inminencia y atisbo; vislumbre de un dibujo en la arena «a punto de» ser borrado por la ola.
Por todo esto, el intentar en La Pasión de los Poetas narrar la historia que palpita detrás de cada poema de amor duplica el misterio. El desafío tiene que ver con completar los espacios en blanco de una trama que late bajo la textura de los versos sin pretensión ninguna de explicar, aclarar, dilucidar nada respecto del hecho creativo. Cada poema habla por su cuenta y riesgo. Así, el relato acompaña, brinda una atmósfera, acerca un dato, una vivencia que coloca al lector junto a estas voces de carne y hueso.
La Pasión de los Poetas propone una especie de compañía que no sociedad, de vecindades que no consorcio; un diálogo entre instancias que comparten espacios mutables de ficción y realidad. Por un lado el reportaje de semblanza como mapa de cruces que intentan armar el perfil del personaje, siempre en el escarceo amoroso. Por otro lado, el poema como testimonio de una pasión; delirio que se desdoble en goce y soledad, locura y odio, deseo y nostalgia, celebración y lamento.
La historia de vida, que interpreta e informa a caballo entre la literatura y el periodismo, es un relato que se nutre de la investigación, el anecdotario, la crónica, las fotografías, las voces de terceros, la entrevista y el comentario crítico, tratando de capturar la respiración del personaje, sus gestos, su modo de vibrar en un aire íntimo de espontaneidad. Se trata de verlo desde un contexto histórico, cultural, social, que no excluye la perspectiva conjetural. El esbozo biográfico aparece, así, completándose con el poema de amor –piedra de toque ya de numerosas compilaciones sobre el tema en todo el continente– abierto a un combinado de voces, tonos enfundados en el ademán místico y la ironía. La devoción puede desembocar en arenga, la parquedad en rabia, la letanía en enumeración caótica. El registro es amplio y el torbellino desmadejado cruza por los paisajes oníricos del surrealismo, abreva en una poesía conceptual, pasa de la embriaguez al ensimismamiento. Aunque predomina en esta serie de sentimientos proclamados una marca confesional que es jadeo apegado a la oralidad. Así, este circuito dialogante lleva la marca de lo coloquial, en un monólogo conversado que muchas veces toma la forma de misiva, carta, esquela.
Los poetas inmersos en el tema amoroso cargan su ceguera. Miran, pero están imposibilitados de ver. Oyen, pero deambulan aturdidos por el sonido de su propia respiración: «Oigo la música de tu cuerpo en la yema de mis dedos», escribió el poeta peruano Xavier Abril. Y Julio Cortázar: «Fui una letra de tango/ para tu indiferente melodía».
Los versos circulan por el relato episódico, donde despuntan estilos diferentes que van desde la innovación vanguardista a la canción popular en un amasijo de modulaciones enlazadas a la celebración gozosa, pero también al sino trágico del suicidio y el asesinato, la libertad y la prisión, la soledad extrema y el donjuanismo, los amantes reales e imaginarios, las uniones ásperas o las pasiones plenas, el desencuentro de los viajeros y la escaramuza de las cartas donde las lenguas se atreven a todo.
En la cuerda de lo absoluto el amor instala un corazón dictador, insaciable y glotón, ávido y absorbente. Un pacto de muerte subyace entre aquel que está dispuesto a todo, pero a la vez le exige todo al amor: incondicionalidad, pureza, que sea ilimitado en el tiempo. La paradoja es que la devoción derive en temor: «Recibí un telegrama/ te quiero, dice. / ¿Y para qué será? Me digo tiritando», escribió el poeta chileno Jorge Montealegre. Para la construcción de estas historias sumé a los libros consultados y a las entrevistas con algunos de los personajes incluidos y sus biógrafos, el testimonio de sus familiares. Los versos circulan por el relato episódico y la historia cruza comentando los versos, aunque ni los versos tengan la pretensión de contar ni la historia insista más allá del anecdotario. Sino que, como quedó dicho, encuentran una manera de integrarse para introducir al lector en la calle donde resuenan las voces escritas. En el telón de fondo de estas historias relumbran los antecedentes de la pasión amorosa y el erotismo: El Cantar de los Cantares, la antigua poesía china, los cantos indígenas precolombinos, los textos del Siglo de Oro español. Y una línea transitada desde siempre por la lírica hispana que contiene densos rasgos de la versificación árabe y provenzal (los cantos de alborada o tagelieder, estudiados por Pound). Esa lírica provenzal que halló su más alta expresión a fines del siglo XII en el sur de Francia, aportando una emotividad y un decir no ajenos a la voz popular, y preparó el camino de Cavalcanti y Alighieri. Posteriormente, el Romanticismo y sus ecos tardíos –que aún perduran –plantearían una gama de incontables matices.
A nivel latinoamericano, la pasión de los poetas pasa por diversas etapas hasta desembocar en el Modernismo con Rubén Darío y Amado Nervo, como cabezas de una cosmogonía particular. Reconocer la importancia mayúscula de este movimiento, de esta visión alimentada desde las plumas de Julio Herrera y Reissig, José Martí y Leopoldo Lugones, no impide ver la hojarasca de sus muchos epígonos que vaciaron su arrebato en una madeja de reverencias; una escena de película muda armada con interjecciones, puntos suspensivos, signos de admiración y grandes ademanes. Fuera de los desbordes, la lírica de los afectos ha sido, desde entonces a la actualidad, una línea tan vigorosa como imaginativa.
Detrás de cada poeta existe un diálogo de voces –Bécquer, Quevedo, Santa Teresa– enunciando una efusividad que, paradójicamente, zozobra justo cuando hace pie. «Bien sé que es atrevimiento;/ pero el amor es testigo/ que no sé lo que me digo/ por saber lo que me siento», dice Sor Juana Inés de la Cruz; en el contrapunto le responde un guitarrero repentista con esta copla: «Los primeros amores/ no sé qué tienen/ se meten en el alma/ salir no pueden». Al tema lo abordan tanto los poetas de libro como los de guitarra, los sonetistas como los decimeros, coincide el trovador con el poeta experimental. Un poeta argentino de la canción, Homero Manzi, escribe en su «Poema Confesado»: «Hace tanto tiempo que te espero/ que me parece haberte hecho con la carne del presentimiento». Un trovador popular venezolano entona una línea: «Me pasa que, en todo el cuerpo, solo tengo corazón», imagen que aparece reformulada en un libro de Vicente Huidobro; entonces, ¿la poesía de amor por aquí y allá?, ¿en boca de quién? De aquí y de todos lados; en muchas bocas, en muchos besos, en muchos libros, sí, pero también en el graffiti, el piropo, el refrán, la epístola.
El amor está en esa pregunta que Enrique Santos Discépolo acerca con una envoltura metafísica: «¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste?»; y también en aquello que Luis Alberto Spinetta susurra a los oídos de la noche: «una mujer transportada es un misterio/ donde rozan sus pies dialogan flores/ y aparecen sangres».
Ya para Apollinaire, referente obligado de las corrientes de ruptura del siglo XX, el tema era primordial. En el autor de Zona –acota Saúl Yurkievich– «el amor se convierte en la causa primera, en el impulsor del cosmos. Como principio que liga todas las cosas, es el sostén de todo conocimiento». Entonces, ¿originalidad? Por supuesto que sí. En el tratamiento; vale decir, en una gestualidad propia que reúne a un tiempo la temperatura emocional y el modo de expresarla. De esa frondosidad quedan en el mejor de los casos algunos libros, algunos poemas o algunos versos. Como aquella línea de John Donne, «la muerte es muerte porque nos separa», en la que el poeta inglés alude al amor sin necesidad de nombrarlo. Un solo un verso se alza como un poema, en apariencia, breve, pero abierto a una constelación de que arroja allí y acá: unidad de dos y separación, tránsito y partida, sentido de la existencia, paso del tiempo y deceso; y por supuesto, las múltiples lecturas que ofrece cada texto: Acerco una en espejo: «La vida es vida, porque nos reúne».
La pasión de los poetas es también una mesa de bar donde dialogan algunos vates. Borges: «Me duele una mujer en todo el tiempo»; Macedonio Fernández: «Amor se fue. / Mientras duró/ de todo hizo placer. / Cuando se fue/ nada dejó que no doliera»; el chileno Jorge Teillier: «Junto a ti he sido, quien debiera haber sido»; y el mexicano Eduardo Casar: «Quisiera estar a dos pasos de ti/ y que uno fuera mío y el otro fuera tuyo».
La reyerta del deseo late en la lengua del que interpela, ruega, reflexiona, alaba, advierte, recuerda, exalta, interroga y venera, determinado en parte, amén de sus razones y sinrazones de índole personal e intransferibles, por las condiciones de la época. En este principio de siglo, dominado por la soledad social y el debilitamiento de los vínculos afectivos, el individuo vive agobiado por su propio aislamiento. Pero el amor, al decir del chileno Gonzalo Rojas, es una utopía que se cumple inesperadamente.
Pasión, a veces galantería, a ratos imprecación; compañía y soledad de aquel que arriba a un temblor y cree haber llegado a tierra firme: esa otra orilla entrevista en medio de la tormenta interior y que es apenas una tregua de espuma en medio de la marejada. Oleaje tramado con todas las botellas arrojadas al mar que portan en su interior cartas que expresan promesas, deseos, ruegos y despedidas. Se vive oteando el horizonte en busca de esa otra ribera/ hoguera donde pueda por fin arder el anhelo del abrazo: abrasarse.
Una de esas botellas lleva un mensaje con una línea de Paul Eluard: «Si te abrazo es para continuarte».
Jorge Boccanera
PABLO NERUDA
LA MUJER DEL PUÑAL
Flotando entre los restos de un naufragio. Siempre se siente así cuando llueve, y siempre llueve a cántaros sobre su juventud destartalada. ¿Por qué no habrá caído este mismo aguacero sobre su casa incendiada en su infancia, allá en Temuco? Habría mitigado el desamparo. Fue esa la primera vez que quedó viudo de un hogar; le volverá a pasar muchas veces. Eran casas precarias las de su infancia, a medio hacer, con escaleras sin terminar. A otra la llevó un terremoto. Con el tiempo, cada temporal le abre los ojos en un territorio irrefutable. «La tierra está hecha toda de agua», dice para nadie, envuelto en la soledad de su cuarto apenas amueblado mientras se palpa un brazo como si comprobara que también está hecho de barro, sepultado en esa marea que lo arrastra todo. La lluvia pone de rodillas a la vegetación y él, lejos de lamentarse, se siente uno con la inclemencia; experimenta cierto deleite por ese sonido que guarda murmullos, aullidos de monos, gorjeos, bramidos, chillidos de pájaros y ruidos de maderas quebrándose. De pronto escucha un galope sordo. Debe estar loco el jinete que se atrevió con este diluvio; sea quien sea –piensa– la lluvia ya lo habrá triturado.
El chubasco es hoy en Rangún es el mismo que ayer en Temuco; como son iguales los hombres en cualquier lugar del planeta, estén vestidos como él, de traje blanco y sombrero cucalón, o con túnicas color azafrán como aquellos que llenan las calles birmanas. Doblado sobre su asiento escucha llover en silencio. Arriba de su cabeza sobrenada el humo del enorme cigarro que fuma una mujer tendida sobre una esterilla; es Josie Bliss, la pantera birmana, y aunque Rangún significa «lugar donde se acaban los peligros»; hay cierto aire amenazante en esos ojos charolados y vivos que semejan un avispero. La había encontrado en el muelle, «el sol pegaba en ella como en una herradura» escribió ese mismo día, y unió el azar con sino trágico como si juntara las puntas de un pañuelo: «Caminamos juntos a sumergirnos/ en el placer amargo de los desesperados».
A sus veintitrés años Pablo Neruda está en un interregno. Rangún es un punto de partida. En el cruce de ese aguacero, el joven provinciano fragua la marca de su osadía poética y la entraña de su temperamento. Un documento ajado lo acredita como cónsul con un sueldo fantasma en la capital de Birmania, donde sella documentos aduaneros que acreditan el envío a Chile de cargamentos de té y parafina sólida. Cada cuatro meses llega un barco de Calcuta y se repite la consabida operación. ¿Para eso había viajado tanto? Después de todo, por algún lado debía comenzar ese itinerario serpenteante de su vida, motivado por la pasión de explorar los mundos que hay abajo de este mundo. En 1927 había salido de Chile rumbo a Buenos Aires en un derrotero de cruces –Portugal, España, Francia– que, tras el Mediterráneo, culminó en una hilera de palmeras africanas. Del Chile austral a Djibouti, el país más caliente de la tierra; de Chiloé a Sumatra, de Santiago a Ceilán. El poeta se está buscando y ese es un buen inicio. A tantos kilómetros de Temuco encuentra imágenes de infancia; no es de extrañarse que en cualquier momento se tope con Exmelin, el médico pirata que inspiró a Salgari en sus historias pobladas de tigres y filibusteros en la Malasia.
Pero no sólo el paisaje es diferente; ha cambiado una urdimbre de amigos y familiares por una soledad sin orillas, y en asuntos del corazón da un salto de lo medroso a lo temerario. La razón de esto último es esa Josie Bliss enfundada en una túnica blanca y fumando un puro. La pantera birmana mueve en el aire un pie desnudo; delicada y brutal, tierna y salvaje, sabe acariciar a su Pablo como si le inventara otra piel; sabe hablarle en una lengua cantarina y llevarlo de la mano por mercados y templos. Se comporta como una reina y como toda soberana pide lealtad; no subordinación, sino acatamiento tácito a una fidelidad absoluta a la que presta vigilancia. Para el poeta es una mujer perfecta, salvo ese detalle, los extremados, exagerados, celos. Por esa grieta van a filtrarse la furia y la sospecha.
Cómo confiar en alguien que anda por la vida con un nombre prestado, pregunta ella. Neruda no responde y recuerda sus apodos; el primero, «El Canilla», cuando chico, debido a su figura extremadamente delgada. Luego «El Jote», volcado despectivamente a designar la vida bohemia. Le habían colgado ese letrero cuando era un adolescente de capa negra y sombrero, enamorado de una señorita de otro rango social. También se llamó «Sachka», un personaje de novelas rusas, hasta que adoptó para siempre el apellido de un narrador checoslovaco, Neruda. Era una forma de enmascararse frente a la ira desmedida de su padre que no aceptaba poetas en su familia.
Por momentos, la estación de las lluvias en Rangún que se extiende de mayo a octubre, lava todos esos rostros, deshace esa suma de identidades hasta dejarle el Neftalí original, su nombre y el de su madre fallecida. Abrazándolo por el cuello, la pantera birmana, la «maligna», dice que cuando ella muera su familia arrojará sus restos a las aguas del río Irawady. Con la frente apoyada en el pecho del poeta, trata con trabajo de deletrear el Nefatlí Ricardo Eliecer Reyes. Tampoco esa nativa birmana se llama como dice; Josie Bliss es apenas un seudónimo inglés, la impronta del colonizador que Neruda rechaza; la huella del británico imperial que vela su saciedad en hoteles y clubes exclusivos.
Él sufre el desajuste de la extranjería, esa dislocadura que es duelo múltiple de amigos, lugares, paisajes y amores que han quedado demasiado lejos. Angustiado, escribe: «Vivo lleno de una substancia de color común, silenciosa... como sombra de iglesia o reposo de huesos». Come de una paradoja: la de ser el viudo de cosas que no han muerto. Lo consuela ese maridaje indestructible con la lluvia; puede oír aquí los mismos goterones que perforaban el techo de cinc de su casa de infancia y estallaban con notas musicales sobre los cacharros metálicos. De niño le gustaba un vals que solían tocar sus tías al piano, «Sobre las olas»; aunque luego y para siempre, sólo escuchará la música del oleaje. Él, justamente, que con el tiempo se transformará en coleccionista de los objetos más diversos –mascarones de proa, caracoles, relojes marinos, cajas de música, libros de viajes y botellones de vidrio– nunca tendrá un aparato para escuchar discos.
Su color preferido es el azul, así el oleaje y también Josie, quien, asegura el poeta, posee el azul de «exterminadas fotografías» y de las «estrellas de cristal desquiciado». La birmana lo mira escarbar sobre unas cartulinas de colores; sabe que le va a dedicar un poema, él mismo se lo ha dicho «se titula “Josie Bliss”», y ella asiente contenta, aunque haya cosas que no logra comprender del todo, como cuando él dice sentirse olvidado «en un día repartido». ¿Repartido entre quiénes? ¿Olvidado por quiénes? Si ella está allí para juntar todas sus partes en el cuenco de su mano, para reunirlo en un solo beso largo con gusto a ceniza, a alcoholes macerados, a sangre; si lo lleva prendido en su respiración como la pedrería de su nariz y las orejas y su frente.
Josie es la desnudez y la ferocidad de la entrega. Al fondo de su noche abre las alas un pavo real. Posesa, cimbra entre los brazos del poeta al tiempo que descarga un collar de palabras en una lengua que él desconoce. Los ojos bien abiertos, como si se lanzara desde una pendiente, muestra su corazón agitado, bañado en ácidos del delirio y la cólera. Su cuerpo se tensa y se arquea como la hoja de una daga filosa que el joven chileno sujeta con fuerza. En el aire sofocante de la casa flotan jadeos, resoplidos, voces rotas y rezos astillados.
Los dos han quedado exhaustos sobre la cama. Por la tarde cuando ella abre los párpados lo encuentra leyendo lo de siempre, novelas de Lawrence y algunas policiales; el tiempo allí es remiso como si la lluvia pudiese dilatarlo aún más. Josie se incorpora y se arregla el pelo azabache; adelanta la cabeza para cepillárselo y busca con la mirada su túnica roja. Cuando sale del baño ya está vestida, faltan nomás los brazaletes de ámbar. Su sonrisa deja al descubierto una hermosa dentadura nacarada; cada vez que sonríe de ese modo el poeta sabe que es una invitación a recorrer las calles de la ciudad. Salen y caminan de la mano, ella dos pasos delante. Cruzan por callejuelas estrechas repletas de gente, abordan un ricksha tirado por un nativo silencioso, bajan y continúan a pie hasta un mercado atestado de fragancias desconocidas. Josie sigue con atención los diferentes rostros de asombro del poeta compenetrado en saber el origen y la utilidad de los objetos más extraños. La miseria es la marca de las calles de ese Rangún que el chileno trata de capturar entre el desconcierto y la fascinación. Lo mejor y lo peor del mundo conviven en ese punto, donde la indigencia más atroz pasa por la puerta de templos con paredes laminadas en oro. Recorren luego la calle de los leprosos hasta llegar a la pagoda de Shwedagon, construida dos mil quinientos años atrás con cúpulas doradas que se recortan contra un cielo turquesa.
A ratos él piensa en su lejano Temuco, sus castillos de madera; y por un momento las imágenes se superponen: en la jungla montañosa de Birmania cantan los pájaros de su infancia y sus amigos de juventud, Romeo Murga, El «Cadáver» Valdivia y Alberto Rojas Jiménez, corren entre los elefantes que se bañan a orillas del río Irawady. Los tres beben vino, ríen a carcajadas. Es inevitable que el recuerdo de sus amigos lo trasporte hacia una mujer, Terusa, el amor de provincia, la niña de Temuco, alegre y luminosa; él la busca bajo todos los nombres con que la llamaba, «Marisol», «mi andaluza», «muñeca», como si ella pudiera aparecer de pronto en el rumor de las callecitas entre los fumaderos de opio y los encantadores de serpientes. A la distancia se agigantan sus ojos negros y se multiplica su donaire. La gracia le sobraba. Él era apenas un adolescente agónico aturdido por la timidez y la vacilación; un poeta premiado en los Juegos Florales de Temuco frente a nada menos que a la Reina de la Primavera. A Terusa le dedica algunos versos de Crepusculario y El hondero entusiasta, pero su presencia cobra mayor espesor en los Veinte poemas de amor y en toda la Canción Desesperada, donde el poeta recorre un cementerio de besos no dados a sabiendas de que aún «hay fuego en esas tumbas». A ella le dedica uno de sus poemas más populares, el número veinte: «Puedo escribir los versos más tristes esta noche./ Escribir por ejemplo: “La noche está estrellada,/ y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”». También, la fundación de un amor impone nombres, y Neruda acude al Dannunzio de Canto de sangre y de lujuria y toma el nombre de «Paolo», aunque en su relación con Terusa haya más de platónico que de lujuria. Cuando parte a estudiar a Santiago a principios de los años veinte le envía varias cartas. En sucesivas misivas que se prolongarán hasta 1924, le dice: «¿Recuerdas allá las tardes en los biógrafos cuando nos mirábamos largamente?». «Yo caigo de repente en ataques de soledad, de cansancio, de tristeza, que no me dejan hacer nada y que me ponen amarga la vida». «Reina, de las estrellas y de la nieve. ¿De qué más quiere S. M. que le hable este poeta? Te puedo hablar de muchas cosas. Mi reino es más grande que el tuyo. Tú eres reina de la Primavera mientras que yo soy rey del Otoño y del Invierno». «Mi vida no la cambiaría por la del príncipe más alto». «¿Nunca has abandonado tu cabeza de señorita para dolerte un poco del abandono de este niño que te ama?». «Nos alejamos, ¿verdad? ¿O me parece a mí?». «La vida tuya, Dios, si existe, querrá hacerla buena y dulce como yo la soñé. ¿La mía? ¡Qué importa! Me perderé por un camino, uno de los tantos que hay en el mundo... No, ya no puedo escribirte. Tengo una pena que me aprieta la garganta o el corazón. Mi Andaluza ¿todo se terminó? Di que no, que no, que no».
No hay duda de que del nombre de ese galán que firma como Paolo, dará pie al seudónimo que le acompañará por siempre a Neruda. Es el mismo que envía fotos a Terusa y le dibuja un personaje, el mono «Pepe», gran bailarín. Finalmente, le alcanza un álbum forrado en cuero con hojas de cartulina repleto de versos en el que anota: «Caminé por la arena y escribí tu nombre y el mío: Paolo y Teresa». En la misma arena podría añadir otros nombres borrados por la espuma del tiempo: Blanca Wilson, hija de un herrero de Temuco, o la fogosa viuda Amalia Alviso Escalona, o María Parodi, o Loreto Bombal. Una de sus frustraciones había sido Helena, nada menos que la hermana del poeta Pablo De Rokha, una mujer llamativa por su belleza a quien Neruda propuso matrimonio. Lukó, sobrina de Helena, cuenta que fue su abuelo quien se interpuso en esa relación argumentando que «una señorita no podía casarse con el hijo de un ferroviario». Los rostros pasajeros cruzan callados por su desamparo; apenas uno de ellos, el de Albertina Azócar, sobrevive en el eros de la nostalgia. Nombrarla es estremecerse.
Está por escribirle desde su casa de Birmania, siempre con la sensación de estar conversando en voz baja con esa mujer reservada, hecha de sigilo. Coloca el encabezamiento: «Rangún, 1927», donde antes puso Puerto Saavedra, Santiago, Valparaíso o Ancud. Con ella ha iniciado un intercambio de correspondencia desde 1921, aunque cada vez del otro lado hay menos respuestas. Albertina es dueña de una parquedad que primero lo complace y excita –«Me gustas cuando callas, porque estás como ausente/ y me oyes desde lejos y mi voz no te toca./ Parece que los ojos se te hubieran volado/ y parece que un beso te cerrara la boca»–, y que luego se convertirá en desazón. Josie ha entrado de pronto, el poeta debe disimular sus papeles íntimos entre formularios aduaneros; es preciso andarse con cuidado, la birmana es una exploradora celosa y lo que no ve lo huele, y lo que no huele lo adivina.
Afuera, la lluvia sigue cosiendo las islas. Al poeta le llama la atención un archipiélago cercano de, según él, doce mil islas ignoradas, las Maldivas, bajo cuyas aguas crece un jardín de ámbar y corales negros. Neruda escucha esa lluvia que se le ocurre amiga de soñadores y desesperados, una lluvia que estrella mariposas de vidrio sobre los roqueríos. Es un aluvión hecho de cosas derrumbadas. El poeta se despereza y habla en voz alta como si pudiera detener un conjuro: «Llueve como llueve Dios», «como si saliera la lluvia por vez primera de su jaula», y ya está bajo el agua, de la mano de Josie, apurando el paso para abordar el tren nocturno que los lleva a Mandalay, la ciudad de oro, última capital de los reyes birmanos. Allí, entre el esplendor de templos, pagodas y monasterios budistas, respira un aire de religiosidad, una vida cotidiana sostenida por lo ceremonioso y lo ritual.
En días siguientes la pareja visita la ciudad de Bagan, los budas en las cuevas de Pindaya, el volcán Popa y los jardines flotantes del Lago Inle. Todo le llama la atención al poeta, pero hay algo que lo descoloca, que reclama para sí el calificativo de majestuoso y que pertenece a un orden desconocido: los elefantes. Los está viendo bañarse a la orilla del río Irawady, adonde ha ido solo, sofocado por una borrasca interior, esa nostalgia que lo desborda y le hace ver solamente lo carcomido, lo trizado, todo lo mordido, quebrantado, desplomado. Un guía corre de aquí para allá; es increíble que el hombrecito de turbante con una vara en la mano pueda organizar a aquella manada de elefantes, esos seres pomposos, soberanos, aún más que el tigre de Sumatra que vio hace poco con sus cinco hembras, en la misma jungla que guarda jabalís gigantes y orangutanes que llegan a pesar cien kilos. Se aproxima la fecha de un desfile religioso y el guía, abocado a la tarea de domesticar a los elefantes, se esfuerza en colocarles un yugo de madera alrededor del cuello y un lazo de mimbre en las patas.
De regreso a la casa saca sus cartulinas de colores dispuesto a escribir. La misma extranjería que lo angustia lo empuja a un desahogo que expresa uniendo, al mismo tiempo, el primer día de la Creación con el Apocalipsis. En la extensa jornada de un nuevo trabajo aún en proceso, Residencia en la tierra, todo rueda por el suelo pudriéndose, haciéndose polvo; es «el derrumbe de lo erguido, el desvencijamiento de las formas, la ceniza del fuego (...) el deshielo del mundo. La angustia de ver lo vivo muriéndose incesantemente: los hombres y sus afanes, las estrellas, las olas, las plantas en su movimiento orgánico, las nubes en su volteo, el amor, las máquinas, el desgaste de los inmuebles, y la corrosión de lo químico, el desmigamiento de lo físico (...) El poeta se angustia por el sentido de su vivir. Es la falta de su necesario sentido lo que le hace ver la vida como un naufragio hacia adentro. Y el náufrago manotea procurando hallar un asidero fuera de sí, pero el único sentido que le entregan las cosas es no tener sentido», apunta el crítico Amado Alonso.
Neruda guarda los papeles del que será seguramente un libro decisivo, bastante avanzado, y que se unirá a una producción sostenida, la de un poeta que apenas cruzados los veinte años cuenta con cinco títulos publicados: Crepusculario, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Tentativa del hombre infinito, Anillos y El habitante y su esperanza.
Josie Blis duerme profundamente. Neruda se dispone a recostarse, aunque primero toma la precaución de colocar el mosquitero que lo protege de esos zancudos que no dan tregua. Apenas se acuesta lo rodea el brazo de la birmana, y al mismo tiempo que siente el abrigo del gesto que lo ampara piensa en las amenazas proferidas por esa mujer que está a su lado; esa Josie que duerme allí dócil, sumisa, pero cuyos celos exagerados suelen transformar en una fiera. Quizá tenga un cuchillo debajo de la almohada, tal vez intente envenenarlo con el té de la mañana; todo podría ocurrir, ella misma se lo ha dicho en uno de sus tantos ataques de ira: «De aquí no vas a poder escapar con vida».
Le cuesta conciliar el sueño. De nuevo se siente impactado, como cuando a los dieciséis años llegó a Santiago para estudiar en el Pedagógico; aunque este último viaje había sido más extenso, atravesando lugares que brillan en los atlas –Colombo, Batavia, Singapur– hasta llegar a su casa de Rangún donde está encerrado con todos sus recuerdos. Es ahora un joven dividido, trasplantado, vuelto de golpe un veterano de los viajes. Acaba de cambiar de piel. Siente cómo se desprende la membrana que llevaba inscriptas vivencias recientes y a la vez remotas; las de un adolescente habitando en un conventillo de Santiago un cuarto lleno de chinches, durmiendo sobre un catre de fierro apenas cubierto por una manta indígena, un joven que a veces empeñaba su reloj en «La Tía Rica» para alimentarse.
Por la mañana se dirige al puerto a recibir un barco con la mercadería rumbo a Chile; son grandes los deseos de embarcarse, correr hacia los brazos de sus amigos y hablarles de los elefantes que beben agua en la fuente de la ciudad, contarles del olor a musgo y madera de sándalo, los cocoteros, el peinado cilíndrico de su mujer birmana y sus pies pequeños, los niños rapados que visten túnicas rojas y los sombreros cónicos que usan los hombres de Tsipaw. Seguro que, entre el entusiasmo del encuentro y el vino tinto, sus amigos no se van a conformar con esos asuntos; habría que añadir alguna historia, tal vez la leyenda de los espíritus favorables, los Bya Ma que llegaron a fundar ese territorio al que denominaron Mya Ma, «tierra maravillosa», para luego entregarlo a los seres humanos.
Cuando Josie se ausenta de la casa, el poeta aprovecha para escribirle a su Albertina; aunque duda luego en enviarle la carta a esa mujer siempre distante que conoció en el Pedagógico. Fue con aquella compañera de colegio que dejó los escarceos temerosos por una relación más intensa. Dadas las fechas de sus cartas es fácil deducir que en Santiago ve a Albertina sin dejar de escribirle a Terusa, y que ambas motivaron pasajes de varios de sus libros, especialmente los Veinte poemas. El flechazo con Albertina ocurrió en 1921, y el intercambio epistolar durará once años. En el inicio comparten clases de francés, latín, gramática y psicología, hasta que el padre de Albertina Rosa resuelve enviarla a estudiar a Concepción. Desde distintos puntos de Chile el poeta le escribe a mano con tinta azul, negra, roja, verde, ocre, agregando autorretratos, dibujos y planos de las pensiones que habita; en las cartas la llama Marisombra y Netocha, Mocosa y Arabella, también es la Rosaura del Memorial de Isla Negra. Las esquelas tienen un tono de charla, de espontaneidad: le dice que cuando tenga una hija la llamará «Manzana», le pide que le cuente su vida, le promete un caracol amarillo que cante como el mar, se lamenta de estar encerrado por la lluvia, le anuncia el envío de un retrato de Pola Negri. Siempre reservada, de manos blanquísimas y rostro inmutable, Albertina recibe un alud de esquelas del poeta; si la sacuden las cartas, esa mujer de boina gris se guarda de demostrarlo. La relación lacónica tiene en el extremo opuesto de la muchacha silenciosa a aquél que desde distintos lugares del mundo no cesa en su demanda noticias, palabras, algunas señales, tan luego un gesto. O acaso no se da cuenta de las penas del solitario que clama: «Qué soledad, Dios mío! Por qué mi madre me parió entre estas piedras?». ¿Acaso no la conmueven sus insomnios, sus pesadillas? Él alterna palabras dulces con reclamos ásperos: «Con tu corazón seco, nada me dices» (...) «tú me escribes apenas» (...) «Me estás echando al olvido». Puede que sea culpa del correo, que las cartas de ella se hayan extraviado, que estén traspapeladas, pero ¿dónde? Y de nuevo él: «¿Por qué callas así, tan obstinadamente?» (...) «Por qué esa frialdad para todo, hasta para ti misma?»
Quiere que ella lo alcance en Rangún, desea tenerla cerca, le propone casamiento. Muy de vez en vez recibe algún retrato de su Albertina y unas pocas palabras. Se duele de que sea tan escueta. Le cuenta que un fakir le dijo que podía adivinarle el nombre de la mujer amada y en un trozo de papel le escribió «el querido nombre». Con el tiempo su tono se torna dramático, habla de despedidas y de muertes, de cuánto le cuesta estar solo. Las muchas palabras de amor no pueden cimentar un puente, aunque él repita línea a línea cuánto la quiere. Según Volodia Teitelboim, biógrafo del poeta chileno, Albertina habría suscitado los versos de: «Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos,/ te pareces al mundo en su actitud de entrega./ Mi cuerpo de labriego salvaje te socava/ y hace saltar al hijo del fondo de la tierra».
Las calles estrechas son sacudidas por el paso de los elefantes con mantas de colores vivos en el lomo; llevan la cabeza y la trompa enmascarada. Los nativos acompañan con flautas y tambores. El elefante guía carga diez cofres de oro, uno de ellos guarda el diente de Buda. Neruda dice que por todos lados ve estatuas con «esa sonrisa de suavísima piedra» y escucha de labios de un nativo la leyenda que sostiene que Buda fue engendrado por un elefante blanco. Inesperadamente un elefante joven se aparta de la manada, parece incontrolable, los guías tratan de contener sus embestidas, está en celo. Cuando los elefantes se excitan sexualmente se les inflama una glándula de la cabeza, le explica Josie. Neruda y su birmana corren entre la multitud y se desencuentran. Cada uno vuelve por su lado a la casa. Cuando él traspasa la puerta ella lo está esperando sentada en el piso con la cabeza oculta entre los brazos, disgustada y más que eso, irritada, colérica; en el suelo está regada la ropa del poeta, sus libros de Whitman, Lawrence, Eliot, sus papeles de trabajo, sus lápices, sus sellos. Otro ataque de celos ha puesto fuera de sí a la birmana, que lo insulta con palabras desconocidas que suenan a hierros afilándose unos con otros. No entiende que él aprendió a amarla fuera ya de la nostalgia por una Terusa que se evapora y una Albertina que se niega. Pero Josie tiene celos de todo, del pasado y de lo que vaya a venir, también de los cuadernos a los que él dedica tantas horas. Tiene celos de las cosas extrañas que gusta coleccionar, una piedra azul, un caracol, una vieja madera de barco; celos de la lluvia que le lame los pasos. Pero esa noche la furia la ha llevado más lejos. Está de pie con una mano atrás, escondiendo un cuchillo indígena mientras sigue profiriendo amenazas. El poeta junta algunos de sus papeles, se refresca la cara y cierra los párpados tras el mosquitero; sabe que esa tela fina que impide el paso de los zancudos no podrá detener el arrebato de su mujer, enajenada, vehemente, que ha decidido que solo la muerte podrá unir definitivamente sus vidas. Cuando ella se queda profundamente dormida, Neruda se incorpora y con el máximo sigilo recoge algunas pertenencias y sale de la casa. Camina hasta el muelle bajo el incendio de un cielo que amanece. Se oye el motor de una embarcación a punto de partir hacia Colombo. Cuando pone un pie en el barco sabe que está partiendo para siempre del lugar y del corazón de Josie Bliss. Carga en una bolsa el borrador de Residencia en la tierra y en la proa de la barcaza que cruza lentamente el golfo de Bengala escribe su tango. Ese extranjero atormentado ya es alguien, un viudo de sí mismo que ha perdido las cosas de la infancia, que ha extraviado la infancia de las cosas. De pronto, sin aviso, como si el cielo hubiese recibido una atroz cuchillada, se descarga una lluvia torrencial.
TANGO DEL VIUDO
Oh maligna, ya habrás hallado la carta, ya habrás llorado de furia,
y habrás insultado el recuerdo de mi madre
llamándola perra podrida y madre de perros,
ya habrás bebido sola, el té del atardecer
mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre
y ya no podrás recordar mis enfermedades, mis sueños nocturnos,
mis comidas,
sin maldecirme en voz alta como si estuviera allí aún
quejándome del trópico de los coolíes corringhis,
de las venenosas fiebres que me hicieron tanto daño
y de los espantosos ingleses que odio todavía.
¡Maligna, la verdad, qué noche tan grande, qué tierra tan sola!
He llegado otra vez a los dormitorios solitarios,
a almorzar en los restaurantes comida fría, y otra vez
tiro al suelo los pantalones y las camisas,
no hay perchas en mi habitación, ni retratos de nadie en las paredes.
Cuánta sombra de la que hay en mi alma daría por recobrarte,
y qué amenazadores me parecen los nombres de los meses,
y la palabra invierno qué sonido de tambor lúgubre tiene.
Enterrado junto al cocotero hallarás más tarde
el cuchillo que escondí por temor de que me mataras,
y ahora repentinamente quisiera oler su acero de cocina
acostumbrado al peso de tu mano y al brillo de tu pie:
bajo la humedad de la tierra, entre las sordas raíces,
de los lenguajes humanos el pobre sólo sabría tu nombre,
y la espesa tierra no comprende tu nombre
hecho de impenetrables substancias divinas.
Así como me aflige pensar en el claro día de tus piernas
recostadas como detenidas y duras aguas solares,
y a golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos,
y el perro de furia que asilas en el corazón,
así también veo las muertes que están entre nosotros desde ahora,
y respiro en el aire la ceniza y lo destruido,
el largo, solitario espacio que me rodea para siempre.
Daría este viento del mar gigante por tu brusca respiración
oída en las largas noches sin mezcla de olvido,
uniéndose a la atmósfera como el látigo a la piel del caballo.
Y por verte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa,
como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada,
cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo,
y el ruido de espadas inútiles que se oye en mi alma,
y la paloma de sangre que está solitaria en mi frente
llamando cosas desaparecidas, seres desaparecidos,
substancias extrañamente inseparables y perdidas.
DELMIRA AGUSTINI
LA FRÁGIL, LA FEROZ
La «Nena», como la llamaban en la casa a esta mujer de veintisiete años, se despierta de un largo sueño una tarde fresca y lluviosa de junio en medio de una escena pavorosa: su propio asesinato a manos de un amante que –en una trama de personalidades desdobladas– es el mismo hombre con el que estuvo casada meses atrás. Nacida en Montevideo en 1886, Delmira Agustini fue, así, para siempre una veinteañera.
Quizá, el hecho horrendo había sido anunciado en las líneas de la mano de su poesía y ella, alertada desde niña, debió urdir un sueño, construir una malla cerrada para impedir aquel desenlace. Ese erotismo vehemente nunca igualado en nuestra lengua, esa efusividad teñida por un sentimiento de muerte, de amantes que se consumen uno en el otro, dice una y otra vez: «Y estrecharé tu sombra hasta apagar mi cuerpo». Para escapar de esa sombra que le pisaba los pasos, Delmira se desmarca constantemente. La única certeza es que toda ella configura un enigma. Sobre la cuerda tensada de las especulaciones, se desliza en puntas de pie una jovencita robusta de bucles y ojos que cambian de color según el biógrafo que los mire, pero que delatan siempre un fondo de turbulencia.
El final del personaje confirma una historia de reveses. Esa misma palabra, revés, sirve para designar el espacio real; porque en el reverso de esa «Nena» existe una «hembra espléndida» –en palabras de su compatriota, la poeta Idea Vilariño– y en el dorso de la joven contenida hay una mujer exaltada; en el envés de su precocidad está escrito el final.
MUÑECA CACHETONA Y CANARIO ROTO
La niña no tiene amigas y no se separa de su muñeca y su canario. La muñeca es de madera con brazos y piernas articulados, vestida de seda celeste, medias de red y zapatos negros; la cabeza de porcelana lleva una cabellera rubia. El canario vive embalsamado. Contra lo que podría suponerse, estos tres personajes nada tienen que ver con lo estático, porque fuera de la asfixiante trama hogareña suelen dialogar entre sí. En el insomnio de Delmira la casa se transforma en una selva; en su cuarto crece una vegetación exuberante por la que cruzan animales salvajes. La visitan personajes misteriosos que conversan animadamente con su muñeca y elogian entusiasmados el gorjeo del canario.
Solitaria y guarecida en su hogar, Delmira asoma al exterior recién en la adolescencia para tomar clases de francés. Cumple doce años al momento de escribir sus primeras composiciones. Su sonrisa tiene custodia, unos progenitores que la sobreprotegen: su madre argentina, María Murtfeldt, una mujer religiosa, corpulenta y celosa que alguien describió como una neurótica con cara de bulldog. Y un poco más lejos, su padre uruguayo, Santiago Agustini, un rentista dedicado a especulaciones financieras, siempre diligente en la tarea de correr tras los cuadernos borroneados de la joven. Rescata de esa maraña de tachaduras unos versos que su caligrafía impecable logra vestir con encajes. Cuando no está encerrada en su cuarto leyendo libros de Baudelaire, D’Annunzio, Pierre Loti, Nervo, Samain, sale con sus padres a pasear. Suelen caminar por la calle 18 de Julio y detenerse en algún banco de la plaza Cagancha. Allí Delmira, de infaltable sombrero emplumado y sombrilla, arroja maíz a las palomas mientras su padre comenta las bondades de su profesora de piano, Mme. Bemporat. La «Nena», que antes cursó la instrucción primaria sin salir de los límites de su casa, estudia simultáneamente francés, piano y pintura. Precisamente en las clases de plástica que imparte el profesor Domingo Laporte, conoce a quien será su único amigo, el escritor André Giot de Badet.
Una tarde, el padre porta un rostro orgulloso y una revista que su mujer le arrebata de las manos; urgidos por leer una nota dedicada a su hija, quedan absortos desde el título: «Una poète précoce». El momento de gozo se repite, ya que la «Nena», que ha cumplido dieciséis, es figurita repetida de las publicaciones Rojo y Blanco y La Pétit Révue. En la primera publica «Poesía», en la siguiente le traducen el texto «La violeta». Es un tiempo de aparente calma familiar aunque de evidente turbulencia social. El gobierno del presidente Batlle se enfrenta al sublevado caudillo nacionalista Aparicio Saravia, levantado en armas.
La adolescente Delmira, que no permanece ajena a nada, escribe por esos años la columna «Legión Etérea» en las páginas de la revista La Alborada. Escudada en el seudónimo de Joujou, traza el perfil de personajes femeninos –artistas, intelectuales– de la época; le interesan las mujeres creativas y de temple. Tiene dieciocho años cuando la actriz Sara Bernhardt se presenta en el teatro Urquiza de Montevideo. Para verla, Delmira llega puntual acompañada por su madre y se ubica en la primera fila; la sensualidad de la jovencita está rubricada por su mirada transparente y el cabello sujeto a la altura de la frente con un broche de perlas. Su madre, que no deja de abanicarse, luce un vestido entero color negro y un sombrero que remata en copete o penacho. Los ojos de Delmira tratan de no toparse con los de María Murtfeldt, porque podría descubrir su secreto: está enamorada del periodista Amancio Solliers.
Su poesía por esos años es deudora del Modernismo –será la marca de sus primeros dos libros– exhibiendo lo más exterior y exótico de esa escuela. La jovencita insomne, que escribe de noche en delicados papeles de Japón, flota entre príncipes, olimpos, dioses de la mitología, piedras preciosas y paisajes de Oriente, aunque luego se deslizará hacia otras zonas sacudida por la fuerza de sus imágenes y una textura montada en cierta atmósfera de trance.
Hay varias Delmiras: la que pasea con una mirada distraída por un parque apenas sobresaltado por el paso del tranvía, y la que sueña siempre un más allá en el espacio de una entrega abismal donde el amor se torna sobrehumano y el deseo adquiere savia a fuerza de ser soñado. Sufre insomnio y el sonambulismo convoca en su cuarto a formas difusas que se corporizan y se desvanecen.
A los veinte Delmira se compromete con Solliers, pero la relación sólo dura un año. Ella es mucho más que una jovencita compuesta y reservada. Integra el elenco de teatro que interpreta la pieza El violín mágico de Francois Copée, en funciones a beneficio de las víctimas del terremoto de Valparaíso, Chile. Pero el dato más importante es que está a punto de editar su primera obra El libro blanco (1907) con el subtítulo de «Frágil». Aquí donde dice «frágil» debe decir «¡cuidado!», porque detrás de esa mesura habitan garras y rugidos. El libro revela un decir contundente: «¡La vida brota como un mar violento/ donde la mano del amor golpea». Pasa «de la región puramente platónica en que se movía, a una conciencia de la realidad carnal, ya más dolorosa, a veces sombría», asegura Clara Silva. Y más adelante a una decidida «poesía del cuerpo, pero del cuerpo como campo agónico de lo erótico», según Idea Vilariño.
En 1908 conoce a Enrique Job Reyes, un joven dedicado a la venta de ganado en pie. La relación transcurre en aparente sosiego ante la vigilancia de la madre de la novia. Poco intuye esa María Murtfieldt voluminosa, de infaltable batón y continuos dolores de cabeza, que circula una turbulencia por las cartas y los encuentros íntimos de los jóvenes. En un momento Delmira le formula a un Reyes descolocado, escandalizado, el deseo de que la posea y se fuguen. Como siempre, conviven en ella dos personalidades: la poeta que es impulso y arrojo: «Amor, la noche estaba trágica y sollozante/ Cuando tu llave de oro cantó en mi cerradura» (...) «Imagina el amor que habré soñado/ en la tumba glacial de mi silencio»; y la jovencita que le envía cartas a su novio en una especie de media lengua infantil: «Yo recibí la cartita de E. mu tempranito. Ya falta poquito para vernos si Dios tiere... Yo creo que los días se han volvido más largos... La nena se quedó ayer tan mejorcita cuando sabió que E. venía, que a la tarde pudió salí un poquito a tomar el sol».
Por otro lado, el tránsito literario de Delmira es acelerado, publica Cantos de la mañana (1910) y Los cálices vacíos (1913). Entre la aparición de estos volúmenes fallece el poeta Julio Herrera y Ressig –genio disonante que sacudía la sociedad con sus desplantes desde la Torre de los Panoramas– y llega a Montevideo el escritor Anatole France para dar una serie de conferencias. Pero Delmira vibra con otra noticia, la que anuncia el arribo próximo del poeta nicaragüense Rubén Darío. Nadie comprende su felicidad, su cuerpo girando en la pista del Club Uruguay en un baile homenaje a Roque Sáez Peña, de paso por Montevideo y a punto de asumir la presidencia argentina. Le gustaría gritarle a todos esos rostros solemnes que va a pisar Montevideo el mismísimo autor de Azul. Pero se deja estar, la cabeza inclinada sobre el hombro de su novio Enrique y sus pasos abandonados sobre el balanceo de un vals.
Darío llega a Uruguay como parte de una gira que incluye Barcelona, Lisboa y Buenos Aires, entre otras ciudades. Por el diario, Delmira se entera de la actividad del nicaragüense, quien además de los banquetes y homenajes se da tiempo para escribir su biografía, «La vida de Rubén Darío escrita por él mismo», para la revista argentina Caras y Caretas.
En el mes de julio de 1912 Darío visita a Delmira y emite, sobre sus textos, un juicio rotundo que irá como prólogo de su último y quizá más logrado libro, Los cálices vacíos. Con ojo clínico señala: «De todas las mujeres que hoy escriben en verso, ninguna ha impresionado mi ánimo como Delmira Agustini... Y es la primera vez que en lengua castellana aparece un alma femenina en el orgullo de su inocencia y de su amor, a no ser Santa Teresa en su exaltación... Si esta niña bella continúa en la lírica revelación de su espíritu como hasta ahora, va a asombrar a nuestro mundo de habla española... pues por ser muy mujer dice cosas exquisitas que nunca se han dicho». Las ponderaciones se suceden. Alfonsina Storni afirma: «Respira toda la obra de Delmira una femeneidad feroz»; en términos laudatorios se agregan comentarios de Miguel de Unamuno, Federico de Onis, Enrique Díez Canedo, Carlos Mastronardi, Rafael Barret.
Delmira recibe además una foto autografiada de Darío, que si bien entiende su poesía ha eludido su interioridad, «las fogosidades de su temperamento», diría el cauto Enrique Job Reyes; un ímpetu donde combaten una mustia normalidad y el vigor de la exaltación. Eso mismo le expresa en una carta a Darío, sus luchas y pedidos de ayuda en medio del «torbellino de mi locura»; agrega: «Pienso internar mi neurosis en un sanatorio». Una frase más, «he resuelto arrojarme al abismo medroso del casamiento», coloca a la felicidad en el espacio del azar. Por su parte Darío en una misiva firmada como «El Confesor», le recomienda tranquilidad y confianza en el destino.
A la poeta le pesa la soledad. Su único amigo, André Giot de Badet está por partir a Francia, donde escribirá comedias musicales y canciones para Josefina Baker. Un día quiebra el aislamiento la visita del crítico Alberto Zum Felde; Delmira está en la sala, sus dedos repletos de anillos aferrados a la muñeca de madera. La madre, siempre cerca, toma la palabra y habla por ella: «Los versos son su mayor placer, pero también son su tormento. A veces su tensión nerviosa es tanta que temo que se enferme. Yo casi preferiría que no los hiciera». Cuando Felde se despide de la muchacha, se lleva esta imagen de su mesura: ella es como «una leona aprisionada en las ternuras de una jaula doméstica».
EL AMANTE FANTASMA
Poco valen los hombres reales frente a todos los que ella se fabrica en la intimidad de su cuarto; a ese amante fantasma con el que puede hablar de tú a tú le envía su carga erótica inflamada: «Para mi vida hambrienta/ ¡eres la presa única!». Y también: «Te inclinabas a mí como si fuera/ Mi cuerpo la inicial de tu destino». Eros es para ella un «Padre Ciego» al que le grita: «¡Así tendida, soy un surco ardiente!». A los amantes entrevistos en el sueño les dedica este verso: «Me lloraré yo misma para llorarlos todos».
Tiene veintisiete cuando publica Los cálices vacíos y anuncia Los astros del abismo, editado póstumamente como El rosario de Eros. Ese año de 1913, tal cual se lo anunció a Darío, se casa con Enrique Job Reyes y tras cincuenta y tres días de matrimonio se separa. Las razones invocadas sobre la desunión, son varias. Una podría ser el escritor argentino Manuel Ugarte, quien llega por ese tiempo a Montevideo y la visita con frecuencia. A fines de los años cuarenta, la poeta cubana Dulce María Loynaz encaró a Ugarte en La Habana con una pregunta a quemarropa: «Dígame embajador, ¿es cierto, como he leído, que Delmira Agustini estuvo enamorada de usted?»; él respondió lacónico: «Delmira siempre estuvo enamorada de un hombre que no existía. Como usted ve, yo existo». Aunque el argentino declinó hablar del tema y prefirió evadirse aferrado a la velocidad de una frase irónica, no había duda de que la uruguaya habitaba su corazón.
Aun antes de conocerla personalmente, Ugarte había leído, pasmado, los poemas de Delmira y en una primera misiva acusó el impacto: «En nuestra América, pródiga en talentos, no faltan poetas delicados o impetuosos. Pero la nota que usted da, no la había oído hasta ahora». A una carta sigue la otra; luego fotos de estudio en las que luce pelo engominado, ropa refinada y bigote manubrio. Maestro en la pose, en una de sus manos exhibe un par de guantes desmayados.
El escritor socialista está en Montevideo en 1913 cuando Delmira contrae matrimonio con Reyes un 14 de agosto en una ceremonia de caras largas. Ella titubea al momento de firmar el acta; siente que si hasta entonces había sido una mujer asfixiada en una apariencia infantil, ahora está a punto de ahogarse comprimida en el traje de novia. ¿No está segura? ¿Ama en verdad a otro hombre? ¿Acaso es el que tiene frente a sí, ese Manuel Ugarte a punto firmar como testigo de su propia boda?
Con Ugarte mantiene una profusa correspondencia que se extiende desde el casamiento hasta el trágico final de los esponsales. La recién casada había llevado a su nuevo hogar un único libro, La novela de las horas y de los días, de Ugarte, quien por ese tiempo de vuelta en Buenos Aires es detenido y sufre la expulsión del partido Socialista. Dice que quisiera regresar pronto a Montevideo, «pero estoy en derrota desde la excursión filibustera de Roosevelt y no puedo abandonar el timón de la nave en medio de la gran tempestad». La pasión con el argentino circula por esas cartas que prolongan la respiración agitada de un vínculo que osciló entre la pasividad, en general de él, y el arrebato, en general de ella, y que en los poemas tuvo una sola cuerda: el furor lírico. Así, en el ida y vuelta epistolar las voces que aluden –a veces de manera oblicua– a la urgencia de la pasión. Ella es directa: «¡Cómo quisiera verlo!» Él se sustrae: «Para Ud. todo lo que no está escrito». Ella se prodiga: «Piense que todo lo que yo le he dicho y le digo se podría condensar en dos palabras. En dos palabras que pueden ser las más dulces, las más simples, o las más difíciles y dolorosas... yo debí decirle que usted hizo el tormento de mi noche de bodas y de mi absurda luna de miel». Él es gentil, pero la soslaya: «Beso su mano... déjeme que le estreche largamente las manos... para usted un beso largo, interminable». Ella se desborda: «Ud. sin saberlo sacudió mi vida (...) Me da miedo de parecer decirle demasiado y siento que todo lo que le diga me parecerá poco (...) mi sueño supremo ha sido tener una sola hora nuestra en la vida... es el alma quien más la pide». La pareja parece bailar en una pista vaporosa; ella se ha sincerado: «Que la tinta no sirva de antifaz», cuando se entrega, él retrocede, cuando clama, él se disculpa.
Los suyos fueron siempre impulsos, cuando no descalificados, domeñados con el discurso de la sensatez y la mesura. Ante sus requerimientos de fuga el novio le dice que no con la cabeza; Darío agrega un «tranquila, tranquila» en respuesta a su confesión de ímpetu exaltado, Ugarte la mantendrá a distancia. Para la periodista Ana Inés Larre Borges «no dejaba de ser tranquilizador ubicarla en el terreno de lo excepcional».
Ella se encierra y escribe rompiendo las hojas desde su «gruta de felpa», ese espacio nocturno cubierto por una capa vegetal. Luego apoya su cabeza en una almohada de musgo y un murmullo de selva da fibra al ensueño amoroso. Cada noche, la posibilidad del encuentro llega amasada entre el deseo y el temor; en esa atmósfera de follaje murmura: «En mi alcoba agrandada de soledad y miedo/ Taciturno a mi lado apareciste/ Como un hongo gigante muerto y vivo/ Brotado en los rincones de la noche».
La poesía de Delmira está repujada sobre una existencia trágica y un estallido. Un estruendo verbal y balístico que de nuevo convoca a los opuestos: fulguración y sombra, luz que ciega. El ímpetu amoroso se divide allí: Reyes y Ugarte. ¿Hay una Delmira para cada uno? El primero es un rematador de hacienda muy lejos de su sensibilidad y su mundo; el escritor representa justamente lo opuesto, un seductor, un viajero con refinamientos de dandy.
ESPOSO, AMANTE, ASESINO
Delmira y Reyes se casan para toda la vida y la eternidad dura apenas unos días. El matrimonio se diluye en menos de dos meses; en enero de 1914 tramitan el divorcio y en marzo el juez decreta la separación. El remate está cerca. Los motivos de la desavenencia no están claros. Se dice que en aquella boda, la madre de la novia deslizó sugerencia a Reyes sobre métodos anticonceptivos que lo ofendieron. En forma imprevista Delmira llena una valija con sus pertenencias y regresa a la casa de sus padres; la señora de Reyes vuelve a ser esa «Nena» que tras un portazo se echa en brazos de sus progenitores: «Mamita, yo no he debido nunca dejarte (...) No puedo soportar más tanta vulgaridad». Así y todo, los esposos nunca dejan de verse; hay citas clandestinas, mensajes que ella envía en tubos de vidrio a ese ex marido-amante que ruega por un último encuentro antes de un supuesto viaje a Buenos Aires.
Esta crónica de un final anunciado estaba escrita en la carga agónica de algunos de sus versos, «y yo caigo sin fin en el sangriento abismo». También en una frase que solía repetir: «Yo siento que mi vida acabará en una tragedia». Se suma una carta de un Reyes agraviado por el abandono, con una advertencia que leída póstumamente suena con tono de amenaza: «Hasta mis oídos ha llegado la noticia de que tú quieres manchar mi nombre, que hoy es tuyo, pues también lo llevas, con una calumnia. Si tal cosa hicieras... yo sabría lavar la mancha arrojada sobre mi honor, con la sangre inocente de nuestras vidas... Yo sabré defenderme de esta calumnia infame».
Los encuentros secretos se suceden y la última cita se cumple en la habitación que Reyes alquila en la casa de su amigo, el periodista Juan Manuel González, en la calle Andes 1206, esquina Canelones. En el suelo yace Delmira, la mano izquierda en la cintura y la derecha extendida como si estuviese viva recitando sus textos. Su silueta es el espacio donde se dirimían –y a ratos convivían– los opuestos: la «Nena» y la mujer ardiente, la dócil y la transgresora, la que escribe cartas ridículas y la que polemiza con otros intelectuales, la que se divorcia, concluyente, pero se reencuentra con su ex marido en citas secretas. Esta polaridad se traslada a su poesía donde la antítesis funciona como motor, los contrarios se alimentan mutuamente: hay un infierno que es paraíso, un lecho en forma de tumba, un sosiego sobre los cojines de un despeñadero.
Pero ¿cuál fue su verdadera personalidad, la que inspiró un sinnúmero de novelas, biografías, obras de teatros y ensayos? Ella vivió todos los amores y ninguno, siéndole fiel únicamente a su amante espectral. Su amigo Giot de Badet la recuerda hermosa y distante, tanto que arriesga esta opinión: «Ella no amó a nadie». Por fin, la noche de la tragedia deja una estela de preguntas: ¿por qué esos padres recatados y cautos festejaban y alentaban los versos inflamados de su hija?, ¿nunca llegó el correcto y atildado Reyes a percatarse de que se casaba con la persona equivocada?, ¿no vio que Delmira era diametralmente opuesta al modelo de esposa dócil que buscaba?, y ¿qué consejos sobre el sexo susurró la madre de Delmira al oído de Reyes la noche de bodas? ¿Hay que caratular ese final como asesinato o se trató de un suicidio pactado de antemano?
La tarde del 6 de julio de 1914 es astillada por varios balazos. El reloj da las cuatro en punto de la tarde. La policía llega rauda, rompe la cerradura y encuentra a Delmira sin vida, boca abajo sobre la alfombra, cubierta apenas por una camisola de seda celeste. Todo hace suponer que al momento del disparo se estaba calzando. Reyes, mientras tanto, agoniza a su lado con los brazos cruzados sobre el pecho y un revólver Smith calibre 32 en la mano. En el espejo manchado de sangre el rostro moribundo del asesino repite el nombre de su esposa. Dos balas fueron a la cabeza de ella, una a la de Reyes –murió dos horas después en el Hospital Maciel– y el tiro restante hizo blanco en la pared, justo en una pintura con el retrato de la amada donde aparece –son palabras de Dulce María Loynaz– «lánguida y majestuosa, con un aire de reina en el exilio».
Delmira ya había descrito ese momento fatídico en «Lo inefable»: «Yo muero extrañamente... No me mata la Vida,/ No me mata la Muerte, no me mata el Amor;/ Muero de un pensamiento mudo como una herida». Versos enmarañados que su padre, siempre con letra delicada, se había encargado de pasar en limpio.
Ese mismo hombre, abatido por la noticia que acaba de recibir en el teléfono, tarda un siglo en comprender que ha sucedido una desgracia. Con trabajo logra llegar hasta la casa donde su hija continúa en el suelo como una fragancia derramada. Apenas la ve, escribe en una libreta con su caligrafía prolija estas pocas palabras: «Día fatal de la Nena».
EL INTRUSO
Amor, la noche estaba trágica y sollozante
Cuando tu llave de oro cantó en mi cerradura;
Luego, la puerta abierta sobre la sombra helante,
Tu forma fue una mancha de luz y de blancura.
Todo aquí lo alumbraron tus ojos de diamante;
Bebieron en mi copa tus labios de frescura,
Y descansó en mi almohada tu cabeza fragante;
Me encantó tu descaro y adoré tu locura.
Y hoy río si tú ríes, y canto si tú cantas;
Y si tu duermes, duermo como un perro a tus plantas!
Hoy llevo hasta en mi sombra tu olor de primavera;
Y tiemblo si tu mano toca la cerradura
Y bendigo la noche sollozante y oscura
Que floreció en mi vida tu boca tempranera!
RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN
UN BARCO DENTRO DE UNA CARTA
Los amantes se están buscando. Ella está en Buenos Aires, él viaja a la España de la Guerra Civil. En cubierta, acodado sobre una poltrona de madera que oscila al ritmo del leve cabecear del buque varado, el pasajero comienza una carta. Los sentimientos circulan atropelladamente entre las varillas de la máquina de escribir y culminan en los tipos de metal con el dibujo preciso de cada letra: «21 de febrero de 1937… está lloviendo. Te imaginas con qué alegría, sea en Buenos Aires, sea en Francia, nos volveremos a ver... Nos une un amor grande y verdadero».
Los amantes viven de buscarse. El texto de la carta semeja una continuación del poema «Lluvia», que él escribió poco tiempo atrás a la misma destinataria y que integra el libro Todos bailan. Sucesivas declaraciones amorosas martillan sobre un mismo sentir: «Te quiero con toda la furia de la lluvia. Te quiero con todos los tambores de la lluvia». Carta y poema anudan ese fraseo que se desglosa en la misma cuerda de la misiva, el tono confesional y los envíos afectivos.
El pasajero se llama Raúl González Tuñón, poeta y periodista, con media docena de libros publicados hasta esa fecha, que dan la anchura de su voz y justifican, sin esfuerzo, el nombre que ocupará de ahí en más en las letras del continente. La destinataria lleva un nombre para pronunciar con delectación, Amparo Mom; un nombre con apertura eufónica que concluye de pronto con un breve golpe de tambor.
Hace poco más de un día que el barco con una escala programada en Dakar tiene los motores callados. En la popa, a un lado de la torre de botes cubiertos por lonas de un verde desteñido, el poeta sigue su esquela indiferente a todo. Un oficial va y viene parloteando con marineros embadurnados de grasa que huelen a combustible, mientras un mecánico indica con grandes ademanes que no hay más remedio que fundir la pieza rota. Tuñón escribe: «Amparito... cada minuto marca tu recuerdo. Estoy lleno de ti... Nunca me ha parecido el mar tan infinitamente triste y vacío como ahora».
Podría resultar extraño ese sentimiento de soledad en alguien que hizo del vagabundeo una manera de respirar. Porque si algo caracteriza a Tuñón es la marca de ese desplazamiento que resume su experiencia de vida y su escritura. El amor es itinerario del deseo y remite a mudanza, condensa muchos de los aspectos que determinan al viaje: descubrimiento, imaginación, aventura, azar, movimiento, interacción. En la proa, a quien quiera escucharlo, el escritor cuenta que el jadeo de la errancia se le metió en la sangre por varios lados: el silbato del tren en las estaciones de Constitución y Once, los paseos por el puerto de Buenos Aires de la mano de su abuelo Manuel y las historias del otro abuelo Estanislao, a quien apodaban «El Imaginero».
Pero ahora todo está suspendido. El buque es un insecto metálico atrapado en las redes de un mar calmo. Viaja la mente, el corazón da vueltas y la nostalgia es un estremecimiento que avanza por un corredor de cartas siempre con el mismo encabezamiento: «Amparito querida». Y luego: «Tengo necesidad de escribirte algo, estoy irremediablemente triste, no puedo soportar esto... Éramos tan compañeros... Al dejar cada vez más lejos nuestro cielo, el cielo que se queda contigo, te siento sin embargo a mi lado bajo este otro cielo en una presencia más poderosa que nunca. Estoy lleno de ti. Mi vida tiene un sentido en ti y por ti».
AMPARO, «SANGRE HOLANDESA Y ESPAÑOLA»
Se habían conocido en 1932 en Montevideo. Tuñón dialogaba con Natalio Botana, director del diario Crítica, en un hotel de Pocitos, cuando ella entró: «Amparo Mom era tan hermosa como buena, tenía sangre holandesa por el lado Mom y española por el lado de Medina, pero ella se jactaba sonriendo; también descendía de la bella inca que se casó con Pueyrredón», contará Tuñón tiempo después a Horacio Salas. Amparo explicó que vivía en la capital uruguaya invitada por su prima hermana, Salvadora Medina Onrubia, esposa de Botana. El mítico editor se encontraba exiliado en Uruguay debido al golpe del general Félix Uriburu. También Tuñón tuvo que escapar por la asonada castrense y eligió Brasil, país de su amigo el poeta Manuel Bandeira. Posteriormente, aceptando una propuesta de Botana para negociar posibles colaboraciones en el periódico Jornada, sustituto de Crítica, viajó a Montevideo. Había trabajado en Crítica desde 1925, compartiendo la redacción con Sixto Pondal Ríos, Jorge Luis Borges, Conrado Nalé Roxlo y Carlos de la Púa. Es posible que la primera conversación con Amparo haya girado alrededor de la rutina del diario, donde también laboraban los hermanos de ambos, Enrique González Tuñón y Arturo Mom. A ella le agradó escuchar de labios de él, la alta consideración que tenía de Arturo: «Notable cuentista y argumentista de cine, uno de los pioneros, precursores del cine argentino, y prácticamente el primer crítico cinematográfico». Luego, seguro que festejaron las semblanzas de los personajes de Crítica relatadas por Tuñón, como ese vociferante Roberto Arlt que caminaba por los pasillos del diario al grito de: «¡Amo a las mujeres canallas!».
Desde el primer encuentro con Amparo se sintieron imantados, envueltos en esa extraña y movilizadora paradoja de los amantes que se buscan cuando se encuentran. Lo súbito desembocó en un amor que lo comparte todo: bohemia, literatura, viajes e ideas políticas. ¿Cuál es el Tuñón que encuentra Amparo Mom? Es el inquieto periodista que entrevistó a Rabindranath Tagore y a Enrique Santos Discépolo; el intelectual que está por editar su propia revista, Contra, título que enmarca sin vueltas su posición de escritor crítico, comprometido; el mismo que se ganará una condena por «incitar a la rebelión» al publicar en esas páginas su poema «Las brigadas de choque».
La relación con Amparo, que colabora en la revista con algunas notas, va a estar marcada por el espíritu de aventura. Raúl intuye en ella, además de belleza e intensidad, la mirada cómplice que necesita para el diálogo de su asombro. Amparo quiere estar entre los pasos de ese excelente bailarín de tango y charleston, con aversión al domicilio fijo; de ese amante de los fondines, los gitanos y los circos; de ese hincha de Racing. No ignora que acaba de conocer al poeta revoltoso que algunos califican como el mejor de su generación. Por ese tiempo lo ve dar los toques finales a El otro lado de la estrella, el libro en cuyas páginas convalida su etapa vanguardista e incorpora lo social de manera contundente: «No os atreveréis a decirme a mí, que he recorrido tantas leguas, que con tranquilidad de conciencia se puede ser neutral en este momento».
Corre 1937. El barco sigue quieto. Tuñón tiene treinta y tres y una experiencia intensa de vida. Si trayectoria es senda transitada, en el poeta hay una temprana sabiduría amasada al ritmo de lo caminado: en Uruguay había empezado su primer libro El violín del diablo, que terminó de corregir en Santa Fe; en Tucumán describe la vida de los ingenios azucareros y en La Rioja dirige el periódico El Látigo. Precisamente en esa provincia, en Chilecito, vive su primera aventura amorosa con una novia celosamente custodiada. Cuando los hermanos de la joven se enteran, persiguen al poeta armados de escopetas. Alertado, Tuñón se echa al camino con lo puesto y a grandes zancadas alcanza los flecos de un tren.
Con el barco inmovilizado el poeta ocupa el tiempo lavando su ropa, juega al ajedrez, toma sol, lee algún libro; ahora mismo participa del jolgorio de quienes palmean a un marinero por la proeza de pescar dos tiburones en un sólo día. De pronto, la quietud es perturbada por un motor que suena próximo: «Acaba de pasar un hidroavión volando muy bajo. Debe ser de Air France y a lo mejor te lleva una carta».
Recuerda que en 1930 ya había hecho su viaje inaugural a Europa gracias a un Premio Municipal por su libro Miércoles de ceniza. No había ido solo; invitó a su amigo Sixto Pondal Ríos y juntos recorrieron barrios populares de España y Francia. Cuando el peregrinaje tomó rango de misión periodística, se intensificaron sus viajes: a Brasil a cubrir la revolución de Getulio Vargas, al Chaco paraguayo como corresponsal de guerra y a La Patagonia a visitar las tumbas de los obreros fusilados una década atrás.
DOS POEMAS PARA AMPARO
Hasta ese año de 1937 los poemas escritos por Tuñón ponen de manifiesto su amor a todo aquello que lo rodea, pero escasea el tema de la mujer amada. Tangencialmente, asoman algunos rostros femeninos; nombra a la inquietante poeta Blanca Luz Brum –con quien habría tenido un affaire– en «Escrito sobre una mesa de Montparnasse»; también una misteriosa muchacha de boina azul camina en «La calle del agujero en la media»; finalmente conversa con él una jovencita de voz nasal y pecas en «Quisiera hacer contigo una película hablada». Pero hay dos excepciones que confirman la regla, datan de 1935, y tienen dueña; son los poemas «Lluvia» y «Blues de los archipélagos», ambos del libro Todos bailan. Están dedicados expresamente a Amparo Mom.
Impaciente en la cubierta de ese barco con los motores descompuestos, el poeta imagina grandes transatlánticos como el Olympic, hermano del Titanic, en el que viajó su amigo Federico García Lorca. Otro de esos buques, el Conte Grande, trajo al español a Buenos Aires a finales del 1933 a presentar sus obras de teatro, Bodas de sangre y La zapatera prodigiosa. La amistad con Tuñón es inmediata y se prolonga hasta su asesinato. Al impacto de su Romancero gitano se agregan el éxito de sus obras de teatro y su personalidad avasallante.
Lorca planea quedarse quince días en Argentina y permanece casi seis meses. Edmundo Guibourg, crítico de sus obras dramáticas, traba amistad con él y es quien lo presenta a González Tuñón en casa de Pablo Rojas Paz. En el curso de la reunión donde está presente el cónsul chileno en Buenos Aires, Pablo Neruda; García Lorca se sienta al piano y traza retratos musicales de los asistentes. A Neruda le improvisa una melodía que sugiere la atmósfera de algunos poemas de Residencia en la tierra, mientras que para Tuñón combina un ritmo adecuado a sus fantasías con pasajes de «La Internacional». De pronto el bailarín de tango muestra sus dotes junto a esa hermosa mujer morena, Amparo, de labios pintados de rojo, casi diez años mayor que él, que lleva el pelo negro tirante y recogido –«muy española», comentan algunos– y que luce en los brazos un campanilleo de pulseras. El danzarín ancla en esa cintura, enfundado en un traje gris cruzado, de solapas enormes y pañuelo blanco al bolsillo; todo rubricado con una corbata a lunares pequeños.
Tuñón y Amparo participan activamente de esa bohemia, desglosada en encuentros literarios y comilonas. En las fiestas con Lorca no faltan otros amigos como Carlos de la Púa y César Tiempo. En una de las reuniones en casa de Oliverio Girondo y Norah Lange, los invitados toman su rol de viajeros y se disfrazan de marineros; Neruda, Tuñón y García Lorca, posan risueños para una fotografía; en otra, Norah vestida de sirena está tendida sobre un gran cartel que reza: «45 días y 30 marineros»; en una tercera el fotógrafo acomoda una pequeña multitud de disfrazados –marineros, buzos y oficiales– para que puedan entrar en la placa. De pie, sentados o acostados, todos posan para el flash que ilumina una y otra vez esa algarabía coronada por Norah y Amparo con gorra marinera. Si era incierta la fecha en que se conocieron Raúl y Amparo, el dato del encuentro con Botana a fines del año 32 y las fotografías donde comparten esos agasajos a García Lorca de 1933, no dejan lugar a dudas.
Antes de embarcar a su tierra, García Lorca le lee a su amigo argentino borradores de su libro Poeta en Nueva York; Tuñón le retribuye con páginas de una obra que tiene –asegura– prácticamente lista, Todos bailan. En ella se corporiza «Juancito Caminador». El personaje nacido en el puerto de Ingeniero White, en Bahía Blanca, donde Raúl presenció una función del prestidigitador Johny Walter, es un grumete que viaja con «Los caballeros del caño». Ese alter ego da noticias del porvenir, brinda por los buenos tiempos, saluda a la cofradía «trotacalle y trotamundo» y ama a una mujer con nombre de cobijo. Lo confiesa en «Blues de los archipiélagos»: «Sus manos amparan mi desamparo». Y de un modo más directo: «Yo pienso en ella cuando mi carne no está contra su carne,/ y no sé qué hacer con la soledad desmenuzada». Y de nuevo la lluvia, solo «la lluvia quieta/ inventa para nosotros un país lejano y lento/ en el corazón de los antiguos archipiélagos». El amor junta los fragmentos, lo disperso, da un sentir pleno, de tiempo colmado: «Conozco una aventura con nombre de mujer/ Qué mejor aventura que su voz y su alma/ Ella es la partida y el retorno».
LA ESPAÑA BLINDADA
Sólo en una mujer se puede seguir viajando; sólo en una mujer es posible abandonar la condición de extranjero. 1935 es un año crucial, Amparo y Raúl se casan y viajan a España, donde se reencontrarán con sus amigos: García Lorca y Neruda, en ese momento cónsul de su país en Madrid. Apenas llegados se comunican por teléfono con García Lorca quien los invita a un almuerzo en honor de Vicente Aleixandre a propósito de la salida del libro La destrucción o el amor. Tuñón conocerá allí a los poetas españoles más relevantes.
No hay un minuto que perder: ella le señala sus preferencias en el Museo del Prado: Goya, Brüegel y Bosch; mientras él la invita ceremoniosamente a la peña del Café del Pombo animado por Ramón Gómez de la Serna. Cuando no se pierden abrazados en alguna callecita mal alumbrada, se detienen a beber vino de valdepeñas en la taberna de Picazo, la preferida de León Felipe. Ahora se unen al poeta francés Robert Desnos y conversan animadamente alrededor de un plato de «cochinillo» en la taberna de Pascual; después gozan con García Lorca, animador de la reunión de artistas en la Cervecería de Correos. A ratos, Amparo hace un aparte con su compatriota Delia Del Carril, compañera de Neruda; se les unirán luego la mexicana Berta Gamboa, esposa de León Felipe y la pintora española Maruja Mallo. Terminan la noche en la «Casa de las flores» de un entusiasmado Neruda, ansioso por mostrar las pruebas de imprenta de su revista Caballo Verde. Bajo los ojos negros de Amparo, Raúl empieza a escribir los poemas de uno de sus libros principales, La rosa blindada.
Ella es testigo de la alta consideración de los intelectuales hacia su esposo: los poetas españoles firman un manifiesto contra la condena de dos años de prisión condicional que le fuera impuesto por su poema «Las brigadas de choque». A mediados de junio la pareja viaja a París, hace escala en Logroño, San Sebastián e Irún, y llega justo el día que inicia el Primer Congreso de Escritores y Artistas Antifascistas, que reúne a Tristán Tzara, Boris Pasternak, César Vallejo, Serguéi Eisenstein, André Malraux y otros intelectuales: «Ya nos defendíamos mejor que en 1929 con el francés; nuestro corazón continuaba “alegre y violento como el corazón alborotado de un mundo nuevo” y volvimos a respirar el aire fraternal de Montparnasse», recordará Tuñón.
De regreso a Madrid y antes de embarcarse para Argentina, León Felipe le organiza a Tuñón una lectura en el Ateneo; entre los asistentes figuran Pablo Picasso y Bertold Brecht. Los despiden con un banquete organizado por García Lorca en una tasca de la calle Luna. Durante la cena Miguel Hernández desliza por debajo de la mesa un papel que pasa de mano en mano hasta llegar a Gerardo Diego, quien parado en una silla lee en voz alta: «Raúl, si el cielo azul se constelara/ sobre sus cinco cielos de raúles/ a la revolución sus cinco azules/ como cinco banderas entregara». Es un soneto que Hernández le dedica a su maestro, el poeta argentino.
Raúl y Amparo están exultantes por el gozoso amor y la posibilidad de crear un mundo nuevo para ellos. Antes del regreso se encuentran con Gabriela Mistral a quien Amparo llama «el cacique araucano», por su cabellera. La chilena se había enterado de que Tuñón carecía de una máquina de escribir para su trabajo periodístico y decide regalarle una.
Cuando arriban a Buenos Aires en 1936, la Guerra Civil Española está a las puertas. Lo de siempre, Tuñón llega para volver. Amparo lo despide en el puerto, lo ve embarcarse en el Florida, le pide que se cuide pensando que, como corresponsal de El Diario y La Nueva España, seguro estará en la primera línea de fuego. Se abrazan, se consuelan, ella lo alcanzará más tarde en París. De nuevo están buscándose, marcados en ese destino que parece ser la constante de una relación intensa y no muy dilatada en el tiempo.
Tras el asesinato de su amigo García Lorca, España es otra. Tuñón recorre Barcelona, Valencia, Madrid, escribe en los trenes: «Amparito querida: con o sin congreso, vengas o no vengas, pronto nos veremos. Estoy deseando abrazarte y besarte». Escribe a bordo de los camiones atiborrados de soldados: «No sé dónde comenzar ni dónde terminar mis impresiones de esto único, inolvidable, extraordinario que estamos viviendo a ritmo apresurado... todos los amigos quieren firmar una tarjeta para ti». Escribe en los automóviles: «No te imaginas hasta qué extremo estoy asombrado de lo que veo y vivo... He recorrido nuestros viejos y queridos barrios... espero tus cartas con ansiedad».
Tuñón corre bajo los bombardeos, se cruza con Hemingway y John Dos Passos, participa del Segundo Congreso Internacional de Escritores que va a culminar en París y, en el final, lo despide de uniforme Miguel Hernández con su boina miliciana en el aire. Ya no volverían a verse.
Además de las crónicas periodísticas y los poemas de La muerte en Madrid y Las puertas del fuego, Tuñón envía desde España un aluvión de cartas a su Amparo: «Ante todo tengo que decirte que te extraño inmensamente y te quiero como nunca»; escribe entre los escombros del horror: «Ya en París, ya en Buenos Aires, el momento en que te vea será el más feliz de mi vida». En cada hoja, una misma canción: «Te adoro, te adoro, te adoro». En París, por fin, se funden en un largo abrazo. Tras un segundo encuentro de intelectuales antifascistas, se embarcan, junto a Neruda y Delia del Carril como única tripulación, en un barco que hace la ruta Amberes-Valparaíso.
LA ÚLTIMA TRAVESÍA
Este será el último viaje, pero no lo saben. La travesía es larga y ambas parejas cenan con el capitán y comparten copas con los marineros en la cantina de ese barco que rueda de sorpresa en sorpresa. Amparo y Raúl se besan frente al peñasco de Pedro y Pablo; envueltos en la madrugada ven el Mar de los Sargazos entre las islas de Cabo Verde y el archipiélago antillano; van tomados del brazo por el puerto de las Azores, conocen Guadalupe y Panamá. Cierran sus ojos frente una selva impenetrable para abrirlos lentamente junto a los chillidos de las guacamayas y los tucanes; tiemblan frente al estruendo de un volcán y los despiertan aullidos de monos cariblanca. Tuñón comenta que le llama la atención el albatros, ya que cuando uno de esos pájaros fenece –sostiene– en algún lugar del mundo también muere un poeta. Antes de arribar a Valparaíso –ciudad que al poeta le recuerda a Río de Janeiro y Marsella– visitan el puerto de El Callao en Perú.
Amparo y Tuñón ya están en Chile. Junto a Neruda, Tuñón funda el diario El Siglo y tiene a su cargo dos secciones diarias: «El diablo cojuelo» y «De sol a sol». Tras las labores suele concurrir con Amparo al Teatro Municipal o simplemente caminan por las calles de Santiago. En 1939 ella decide viajar a Francia a colaborar en la organización del viaje de los refugiados españoles a Chile a bordo del Winnipeg, una labor que contra viento y marea –y a ratos contra decisiones de su propio gobierno– lleva a cabo el «cónsul especial» Neruda. Ahora le toca a Raúl despedirla.
A las puertas de la Segunda Guerra Mundial, Amparo cumple su tarea y el carguero repleto de republicanos sale del muelle de Trompeloup y arriba a Valparaíso el 2 de enero de 1940. Amparo no está a bordo, porque ha debido trasladarse de Francia a Italia para encontrarse con su hermano Arturo. Cuando finalmente regresa a Argentina, en el mes de febrero, su salud está quebrantada; su vida se extingue como un soplo a muchos kilómetros del hombre que ama.
El poeta recibe la noticia en Santiago y se siente como en un barco estancado en medio del espejo. El cristal del agua devuelve la imagen de otras muchas embarcaciones –«La barca costera», «El barco asesino», «Blues del barco abandonado»– que aparecen en sus libros. También surcan esas aguas los buques fantasmas, los «Grandes veleros de los siete mares» de Héctor Pedro Blomberg –una de las influencias más significativas en la obra de Tuñón–, con quien comparte una escenografía de puerto, un atlas de añoranzas de lugares remotos y personajes con sangre de nómada siempre con el «alma en viaje» y «el dulce mal de andar». Entre esos personajes, lo irremediable dejó por siempre un espacio vacante; una Amparo desamparada.
Abatido, el poeta se sienta a la mesa y le escribe un poema más, una última carta: «Ya está dormida bajo tanto cielo/ y sobre tanta tierra enamorada/... en un silencio de apretada bruma». Sabe que el viaje ha terminado. Es posible que esa noche sueñe con una hilera de barcos, esos que al igual que los amantes no dejan de buscarse en el océano de la vida.
LLUVIA
Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa.
Unas veces cae mansamente y uno piensa en los cementerios
abandonados. Otras veces cae con furia, y uno piensa en los maremotos
que se han tragado tantas espléndidas islas de extraños nombres.
De cualquier manera la lluvia es saludable y triste.
De cualquier manera sus tambores acunan nuestras noches y la
lectura tranquila corre a su lado por los canales del sueño.
Tú venías hacia mí y los otros seres pasaban.
No habían despertado todavía al amor.
No sabían nada de nosotros.
De nuestro gran secreto.
Ignoraban la intimidad de nuestros abrazos voluptuosos, la ternura de nuestra fatiga.
Acaso los rostros amigos, las fotografías, los paisajes que hemos visto juntos, tantos gestos que hemos entrevistos o sospechado, los ademanes y las palabras de ellos, todo, todo ha desaparecido y estamos solos bajo la lluvia, solos en nuestro compartido, en nuestro apretado destino, en nuestra posible muerte única, en nuestra posible resurrección.
Te quiero con toda la ternura de la lluvia.
Te quiero con toda la fuerza de la lluvia.
Te quiero con todos los tambores de la lluvia.
Te quiero con todos los violines de la lluvia.
Aún tenemos fuerzas para subir la callejuela empinada. Recién estamos descubriendo los puentes y las casas, las ventanas y las luces, los barcos y los horizontes.
Tú estás arriba, suntuosa y bíblica, pero tan humana, increíble, pero, tan real, numerosa, pero tan mía.
Yo te veo hasta en la sombra imprecisa del sueño.
Oh, visitante.
Ya es seguro que ningún desvío nos separará.
Iguales luces señaleras nos atraen hacia la compartida vida, hacia el destino único.
Ambos nos ayudaremos para subir la callejuela empinada.
Ni en otra carne ni en nuestro espíritu nunca pasaremos la línea del otoño.
Porque la intensidad de nuestro amor es tan grande, tan poderosa,
que no nos daremos cuenta cuando todo haya
muerto, cuando tú y yo seamos dos sombras, y todavía festejemos
pegados, juntos, subiendo siempre la callejuela sin fin de una pasión
irremediable.
Oh, visitante.
Estoy lleno de tu vida y de tu muerte.
Estoy tocado de tu destino.
Al extremo de que nada te pertenece sino yo.
Al extremo de que nada me pertenece sino tú.
Sin embargo yo quería hablar de la lluvia, igual, pero distinta, ya al caer sobre los jardines, ya al deslizarse por los muros, ya al reflejar sobre el asfalto las súbitas, las fugitivas luces rojas de los automóviles, ya al inundar los barrios de nuestra solidaridad y de nuestra esperanza, los humildes barrios de los trabajadores.
La lluvia es bella y triste y acaso nuestro amor sea bello y triste y acaso esa tristeza sea una manera sutil de la alegría. Oh, íntima, recóndita alegría.
Estoy tocado de tu destino.
Oh, lluvia. Oh, generosa.
GABRIELA MISTRAL
REINA Y MENDIGA
La mujer llega al hotel más antiguo de Chile, el Continental, fundado en 1890 en el centro de Temuco a escasos metros de la plaza; cruza la puerta, apoya la valija en el suelo y se anota en el registro de huéspedes como Lucila Godoy. Luego estampa su firma y recibe la llave de la habitación número diez. De ahí en más, cada vez que regrese a ese hotel que parece una fortaleza de madera, invariablemente pedirá la misma habitación. Es probable que los treinta y nueve cuartos restantes sean semejantes al que solicita, pero ella eligió esa habitación. Volver será como regresar a casa. La habitación es muy espaciosa, de techos altos, cama cómoda, roperito y mesa pelada donde escribir sus cartas. A un costado de la cama, fuera del baño, se ubica un aguamanil de porcelana blanca sostenido por un pie de metal donde gusta refrescarse la cara y los brazos.
Aunque ella se registre como Lucila, una maestra que viene de una escuela de Punta Arenas, el personal del hotel sabe que se trata de la poeta Gabriela Mistral, la autora de Los sonetos de la muerte, llegada a Temuco para trabajar como profesora de castellano en el Liceo. Acaba de arribar a la Región de los Lagos un día gris de agosto de 1920 y ya está encerrada en su habitación, recluida en ese caserón que cuando no cimbra bajo la lluvia torrencial, oscila como una embarcación encallada en riberas desérticas. Ahí encuentra refugio. Su infancia atormentada le hizo percibir el afuera como algo hostil, una amenaza, un oleaje que rehúye porque es mujer de cordillera y no de océano. Traspasando la puerta van a estar siempre los intrusos, «los lobos», los que hacen del chisme la comidilla diaria: «No voy a la iglesia, no visito casa alguna ni dejo que me visiten... desconfío de todo el mundo».
Los otros siguen llamando a su puerta, son esa marejada que en forma de aguacero hace crujir el armazón del hotel. Ella ya está en la cama con la cabeza tapada por las cobijas. Cuando mengua la lluvia, en la mesa de madera rústica de su habitación escribe cartas con furor. Retoma su correspondencia con el amor de su vida, el poeta Manuel Magallanes Moure. Escribir le posibilita entrever su perfil, su estampa: traje negro, corbatín, barba nazarena y chambergo; un hombre fino como «la lenta pulidura que tiene la caoba», de «probidad perfecta». El arrebato circula por esa letra intrincada que dice tanto como esconde, porque el corazón es carne de sombra, se niega al tiempo que se da. Enmarañada la caligrafía, sale de una usina de tribulaciones, entrega que es escamoteo, negación ofrecida hasta el delirio.
En el majestuoso Hotel Continental de ese Temuco verde y húmedo, la poeta enciende un cigarrillo con la punta del otro y empieza una carta con el final de la anterior. Su destinatario es ese hombre circunspecto, de voz suave y manos delicadas con quien se escribe desde fines de 1914. Ha empezado la guerra y ellos se bombardean con esquelas delicadas. Desde la primera correspondencia ha quedado instalada la clave de la relación. Ella le pregunta y se pregunta: «Cuando yo vaya a su encuentro ¿extenderé mis brazos hacia una sombra fugitiva?». Cada mensaje cruzado entre los amantes será siempre esa misma pregunta reformulada una y otra vez: el deseo de uno, montando en pelo la huida del otro. En 1918 hubo un pozo de silencio y ahora ella ha retomado la correspondencia reclamando siempre más palabras de esa boca parca, ya que el mutismo la lastima –dice– la hace transitar «días baldíos de sentimientos». Luego, sin más, le arroja esta propuesta: «Cuéntame tu día y yo te contaré el mío».
En ese hotel se siente protegida. El infierno está afuera, lejos de estas habitaciones donde imagina que coinciden por un momento sus amores todos. Incluso cree cruzarse con ellos en los pasillos penumbrosos, en ocasión de dirigirse al restaurante para el almuerzo frugal de consomé y pastel de choclos y humitas. Por esos mismos corredores caminan, además de Magallanes, el refinado galán maduro Alfredo Videla Pineda, el joven de andar rápido con un revólver envuelto en papeles de diario, Romelio Ureta, y Jorge Hübner Bezanilla, autor de Poemas, algunos inspirados en ella.
Es una reina entre siluetas opacas, pero pasa de la alegría al derrumbe. En muchas de sus misivas insiste en que pertenece al grupo de los desventurados, se siente físicamente poco agraciada y retraída, pesimista, insegura en asuntos del corazón, en fin, una mujer de amores despoblados condenada al desafecto y la soledad. Contra el muro del desamparo arroja sus piedras de papel, cartas que alternan la confidencia con el pedido de auxilio. Para Volodia Teitelboim, biógrafo de Gabriela, Magallanes fue su relación más importante: «Se vieron mucho y ella lo quiso mucho, fue un gran amor sin realización sexual; a ratos parecía aceptar, pero cuando llegaba el momento retrocedía. Él era un poeta significativo en el ambiente, respetable; ella así lo consideraba, mientras relegaba sus textos o se los enviaba para saber su opinión. En realidad, era al revés. Como personas eran la antítesis, quizás eso a ella le atraía, según la teoría de los opuestos. Fue su gran amor, el más significativo y el que dejó rastros más importantes en la correspondencia, cartas de una fuerza tremenda. Ella siguió enamorada de él y a su fallecimiento publicó un artículo en el que habla de él como un hombre temeroso de la pasión que despertaba en ella. Gabriela era un incendio en el carácter, en la recriminación, al contrario de Magallanes que en ese sentido se mostraba pasivo, además, no quería divorciarse de su prima sino mantener una relación paralela y oculta».
Azotada por la lluvia de Temuco la imponente construcción de madera hace sonar sus huesos en la oscuridad. En uno de sus cuartos, la Gabriela tan segura de sí, de su escritura, tan estoica como sufrida, tan firme en aquello que pregona y justifica su estar en la tierra –la enseñanza–, la mujer templada por vientos contrarios y brújulas enloquecidas, es asimismo un ser vulnerable. Al apagar la luz, se convierte en la niña de Coquimbo, cara de galleta y ojos verde agua.
LA NIÑA SOMBRÍA
La mujer de la pieza número diez es hija de un maestro de escuela, guitarrero y andarín, Jerónimo, y de Petronila que la parió a los cuarenta y cuatro años. Lucila Godoy nació en 1889 en la ciudad de Vicuña. Introvertida, su infancia es una retahíla de humillaciones: el padre abandona el hogar, la maestra duda de su inteligencia, sus compañeras de colegio le arrojan piedras a la salida con la excusa de un faltante de hojas. Pero mucho peor que la ofensa y la cabeza sangrante, es un hecho que no podrá jamás borrar: fue violada a los siete años. De ahí su ser evasivo, sus precauciones, sus alertas, su paranoia, su encierro del que sale sólo para entrar en historias imaginarias siempre ardorosas y difícil de concretar.
Está a punto de cumplir quince años cuando publica en el diario local una nota titulada «Amor imposible» en la cuerda de lo idealizado. Pero su imaginación corre por rieles palpables, tan reales como ese Alfredo Videla Pineda de quien se enamora a los diecisiete. Es una niña alta, de cejas pobladas y ojos claros que devora libros de poetas modernistas y novelistas rusos; él es un agricultor de poco más de cuarenta años y buena posición económica que ella ve como artista. La subyuga sentado al taburete del piano, le propone encontrarse en citas íntimas, secretas. Pero ella nunca accederá a una «entrevista reservada», supone que Alfredo está lejos de pretender a esa niña campesina y pobre. Resiste a la relación carnal escudada en su pánico; además, un episodio tal –así se lo explica a él en una carta– podría dar paso a la calumnia y al juicio destemplado. En otra carta a «mi Alfredo inolvidable», la adolescente pregunta si la extraña: «¿Me ha conservado un rinconcito de su mente en estos días? ¿En esa calidad, ha consagrado algunos momentos siquiera en recordar a la humilde amiga que está lejos? He de ser sincera. Yo creo que solo en los momentos en que está cerca de mí, son míos sus sentimientos y sus pensamientos... Mándeme dentro de una carta, una hojita, una flor, que traiga perfumes de labios y me recuerde la atmósfera embriagadora que respiramos en el palco. ¿Se va a reír de esta mi locura mi Alfredo?».
Lo que pretende es el amor pleno. En su sublimación tampoco cabe el matrimonio. Tiene diecisiete años cuando escribe en el diario La Voz de Elqui de Vicuña el artículo «La instrucción de la mujer» contra el lazo conyugal: «Es preciso que la mujer deje de ser la mendiga de la protección y pueda vivir sin que tenga que sacrificar su felicidad con uno de los repugnantes matrimonios modernos; o su virtud con la venta indigna de su honra».
Por ese tiempo conoce a Romelio Ureta, joven guardaequipaje de un tren de trocha angosta; al primer cruce quedan los ojos imantados. Son dos tímidos tratando de hilvanar una conversación; ella le habla de sus labores como maestra en la escuela de La Cantera; él describe su trabajo de ferroviario y le cuenta que años atrás ayudó a fundar la Compañía de Bomberos de Coquimbo. En 1909 Ureta se da un tiro en la sien, angustiado por no poder reponer en la caja de su trabajo el dinero tomado en préstamo para un amigo. Pero ¿cuál fue la razón verdadera? En uno de los bolsillos de aquel cuerpo inerte alguien encuentra una postal de Gabriela y en el cuadro de la tragedia –aflicción, desenlace fatal y esquela de mujer– cobra espesor la versión de una vida segada por una pasión imposible. Aunque ella misma lo desmienta en reiteradas ocasiones señalando que no fue ése el amor de su vida, el hecho de que la víctima sea el protagonista de muchos de los versos del libro Los sonetos de la muerte, va a reforzar ese supuesto. En uno de los textos ella dice: «Mis manos campesinas arañaron la pena/ para clavar una cruz donde mi sueño cabe,/ hecho amor a un suicida por cuya mano suave/ sentí rodar la sangre rota que se despeña».
En el Hotel Continental de Temuco, antes de dirigirse al comedor principal, recuesta su cabeza en la almohada y tiene un sueño: está mirando en el espejo su cara lavada y ve cruzar una mujer que arrulla un muerto ajeno, siente «rodar la sangre rota», ve la silueta del suicida, intenta detenerlo, pero «su barca empuja un negro viento de tempestad». Escucha un ruido atronador, tras el que apenas queda «una fragancia de sangre sobre el viento». En el espejo ve sus propias manos recogiendo astillas de un cráneo. Cuando despierta es hora de cenar. Sale del cuarto con un mantón sobre los hombros y en el restaurante ocupa una silla vienesa. Le gusta la luz que liberan las lámparas de bronce. Ahora debe optar entre dos platos: ostiones a la parmesana o civet de liebre. Le da igual. Con los ojos puestos en la puerta abre la tercera cajetilla de cigarrillos del día y mientras espera su comida repasa las revistas Sucesos y Zig Zag.
Después de la comida, firma una boleta como Lucila Godoy y recibe del mozo un «gracias señora Mistral». Porque ella es «Gabriela» desde hace varios años, desde 1914 para ser más exactos, cuando abandonó su nombre y los seudónimos «Soledad» y «Nadie» con los que solía rubricar sus escritos. Luego de ser nombrada directora del Liceo de Niñas, había nacido una estrecha amistad con un hombre que valoraba su trabajo y la escuchaba, Pedro Aguirre Cerda, dedicado a los temas agrarios. A él dedicará algunos textos de su primer libro impreso, Desolación.
La poeta pertenece a la logia teosófica Destellos; hurga en los pliegues del más allá las razones de su zozobra existencial. Dos años después, participa en los Juegos Florales de Santiago; envía los Sonetos de la muerte firmados como Gabriela Mistral, y Estaciones bajo el seudónimo «Alejandra Frussler», la protagonista de Stella, novela de la argentina Ema de la Vara.
A fines de 1914 el jurado se reúne en el Teatro Santiago para dar el fallo; el primer lugar aparece repartido entre varios finalistas. Le toca dirimir a Magallanes Moure quien, tras un intervalo teñido de suspenso se inclina por los poemas de Mistral. La ceremonia de premiación se realiza en una sala colmada, aunque sin la figura principal ya que la ganadora se ha excusado. Cuando el público aplaude ese texto que alguien recita en el proscenio, se siente la ausencia de Gabriela Mistral. Pero Lucila Godoy está allí, anónima, agolpada en los pasillos, esforzándose por pasar inadvertida, detrás de todo y de todos, turbada pero paladeando su pequeña felicidad.
CARTAS COMO BOTELLAS AL MAR
En esa sala ve por fin a Magallanes Moure, aunque no se le acerca. Le escribirá luego: «Fui sólo por oírlo... por oírlo a usted». Así comienza un intercambio de botellas al mar que se prolongará por espacio de ocho años, sus años mejores de mujer, de los veinticuatro a los treinta y tres. Ella le llama tú, usted, hermano, niño, y lo acaricia con palabras. Se confiesa cruel –«yo nací mala, dura de carácter»– e iguala el amor con el éxtasis de la fe, estados ambos que proveen –dice– una vibración especial. Habla y ora, va del flagelo al sosiego, busca la perfección en la serenidad y cae en un arte «impregnado de fiebre». Apacigua el fuego de su espíritu a fuerza de labores innecesarias, según sus propias palabras.
En ocasiones instala la empalizada de lo inaccesible antes de probar lo que desea y se escandaliza de aquello que no sucedió: «Cada día veo más claramente las diferencias dolorosas que hay entre usted –luna, jazmines, rosas– y yo, una cuchilla repleta de sombra, abierta en tierra agria». Entre ella y la posibilidad del encuentro coloca las vallas de la culpa, las piedras de la baja autoestima y todo tipo de prevenciones, celos, sospechas, temores. Busca un amor lejos de las exigencias del contacto corporal. Avanza: «Esto crece y me da miedo ver cómo me estás llenando la vida»; y enseguida retrocede: «Soy seca, soy dura y soy cortante». La insegura goza una plenitud escrita, dicha, verbalizada hasta el delirio: «Manuel, Amor, mucho amor, ternura inmensa como nadie, nadie la recibió de mí, pero ni ese amor ni esa ternura te darán felicidad, porque tú no podrás quererme». En su decálogo de prevenciones escribe «goce intenso», «embriaguez», «boca amada», esperando un momento que, de tan supremo, permanezca indeleble, intacto para siempre.
En una de las cartas le narra pasajes de una escena del pasado que permanece en su memoria: cuando adolescente, vio desde su ventana a Romelio con una mujer. «Yo sabía que él estaba de novio y evitaba su encuentro... la novia había venido a verlo... se acribillaban a besos». ¿Por qué le cuenta a Manuel historias del suicida? ¿Trata de hacerlo su confidente? ¿Es para demostrar su condición de testigo asumido a la que él podría, de quererlo, confiar sus avatares amorosos?
En un baúl de la habitación número diez del Hotel Continental de Temuco, en la Araucaria, se apilan todas las cartas de Gabriela, de fechas revueltas, de impulsos frenados: «Estoy amarga hoy... más que verte quiero oírte»; él no le contesta. «Dios sabe que nunca fui para ningún hombre buena como para usted»; él no dice nada. Ella le cuenta que estudia su silencio, ese mutismo que la instala en la culpa, luego en el rezo y más tarde en la súplica: «Dos líneas Manuel, dos palabras» (...) «Me haría muy feliz pidiéndome algo». Lo considera un dios y Dios no escribe cartas, no habla, no tiene nada que pedir. Desconfiada al extremo, se entrega: «En tus labios, dulce, larga, absolutamente», y enseguida: «Tú no podrás quererme». A ratos parece que el envión amoroso toma fuerza y las palabras avanzan como lava: «Te besaré hasta fatigarte la boca». El «tuya, tuya, tuya» golpea como un eco el papel de la esquela, reconoce en él una condición especial: «Tu ternura es temible: dobla, arrolla, torna el alma como un harapo fláccido y hace de ella lo que la fuerza, la voluntad de dominar, no conseguirán. Manuel, ¡qué tirano tan dulce eres tú! (...) Te adoro». Deseo verte (...) deseo estar a solas contigo para acariciarte mucho». Y vuelve a la aflicción y ese miedo al ridículo que expresa con una certidumbre: «No hay quién me convenza hoy a mí de que puede quererme. Sólo un idiota».
Gabriela, directora del Liceo de Niñas de Temuco, camina por las calles mojadas hacia el correo en un barrio de casas bajas sin dejar de pensar en Manuel; lo prueban los dos libros de él que lleva en su cartera: La jornada y La casa junto al mar. Su amado poeta, el que firma con el seudónimo de «Severo», es una figura consagrada de las letras chilenas que además destaca como pintor, crítico literario y narrador. El poeta, enfrascado siempre en un aire de ensoñación, hombre contemplativo, sentimental, de fina melancolía, está casado con una prima diez años mayor, aunque no le han faltado otros amoríos.
Entre ambos, Gabriela y Manuel, existe un espacio de afinidades, un diálogo que abarca cartas pero también poemas. Cuando ella propone en una misiva «acuéstate sobre mi corazón», él escribe en un poema: «Te siento. En la penumbra te siento. Eres tú misma/ que te duermes, ya mía sobre mi corazón». Si él es para ella un dios; él responde en un poema: «Y por mi ser entero pasó un temblor sagrado/ como si en ti, desnuda, se me mostrara Dios». En otro de sus textos, Magallanes habla por los dos al instalar una conversación que parece tomada de su relación con Gabriela, tejida entre demandas, declaraciones y reproches: el personaje femenino dice haberlo dado todo y remata «pero él me pidió más»; en tanto el hombre que dice haberlo pedido todo, recibe de ella esta respuesta: «No puedo darte más».
Cuando Gabriela se entera de que entre los devaneos del poeta figura la escritora Sara Hübner, mujer escultural de gran atractivo, no solo se lo recrimina sino que se venga iniciando un romance con el hermano de Sara, el poeta Jorge Hübner Bezanilla: «Pero este nuevo idilio –cuenta Héctor Suanez– esta lejos de tener para la Mistral los destellos pasionales que le inspirará su romántico poeta del mar y de la barba nazarena. Por de pronto, de este último romance no parece quedar correspondencia alguna, pues según se cree, Sara Hübner, que era mujer de armas tomar, habría hecho desaparecer las cartas que su hermano recibió en Santiago de la maestra nortina».
En 1921 Gabriela deja Temuco para ocupar un puesto de primera directora en el Liceo N° 6 de Santiago. Luego de almorzar unos ostiones a la parmesana, se despide de algunos empleados del Hotel Continental. Cuando cruza la calle Antonio Varas, cargando una valija llena de ropa y de cuadernos con los borradores de su libro Desolación –que va a aparecer un año después–, la Gabriela vernácula está a punto de convertirse en la viajera: primero a México –invitada por el Ministro de Educación José Vasconcelos–, luego a Estados Unidos, Madrid, Italia, Francia. En ese 1921 Magallanes la visita en el Liceo de Santiago, pero poco se sabe de este encuentro; la relación se cierra con una carta de ella, la última, fechada el 22 de agosto y que agrega su poema «Balada»: «Él pasó con otra/ yo lo vi pasar/ Siempre dulce el viento/ y el camino en paz... Él irá con otra/ por la eternidad».
En 1924 la poeta está en Europa; en Madrid acaba de salir su libro Ternura, cuando se entera del fallecimiento de Manuel Magallanes Moure al abrir un diario al descuido. Unas líneas breves condensan todo su espanto. Se lleva una mano a la boca, como si ese gesto pudiera detener todo lo que se le desbarata por dentro ante el ramalazo de la aflicción. La noticia es escueta: «Poeta chileno fallece a los cuarenta y seis años de angina pulmonar». El erotismo de la nostalgia se apaga de un golpe; ahora el olvido querrá disputarle ese hombre al que llamaba «el varón perfecto... el gran cortés».
Se le ha perdido un niño. ¿Acaso no lo trataba a Magallanes como tal? «Te siento niño en muchas cosas y eso me acrece la ternura. Mi niño» (...) «Deseo tener junto a mí un niño rubio y rosado que fuera mío». De hecho, lo maternal atraviesa toda su obra volcado a sus alumnos y también a su madre sobre quien había escrito varios artículos: «Madre: yo he crecido como un fruto en la rama espesa, sobre tus rodillas. Ellas llevan todavía la forma de mi cuerpo», y agrega que el amor de madre en mucho se asemeja a la contemplación de las obras maestras. ¿Delatan estas líneas un ansia frustrada de maternidad? Algunos de sus poemas –«Que no crezca», «Apegado a mí»– parecen dedicados a un niño propio.
La historia de un hijo de Gabriela se remonta a 1925 y tiene nombre y apellido: Juan Godoy. Una versión dice que lo recibió de meses en París, de un medio hermano suyo que había enviudado; otros aseguran que era hijo suyo y del intelectual español Eugenio D’Ors; Teitelboin adhiere a la primera versión: «Estoy casi seguro de que no era suyo, porque quiso mucho platónicamente y rehuía lo que llamaba infernales alianzas de la carne». Por su parte Doris Danna, secretaria de la poeta, aduciendo que no se quería ir a la tumba con un secreto, aseguró a la prensa en 1999 que la misma Mistral le había confesado que el hijo le pertenecía.
Juan, nacido con forceps, había sufrido magulladuras en su cabeza que podrían haber dañado su sistema nervioso. Tenía en la nuca una gran cicatriz. Gabriela lo llamó Yin, y a los diecisiete años el adolescente, con vocación de escritor, se mató con arsénico en Brasil donde la poeta cumplía labores consulares. En ese 1943, en la ciudad de Petrópolis, rodeada de montañas, Gabriela no acepta que su Juanito se hubiera quitado voluntariamente la vida; insiste en afirmar que había sido un crimen cometido por compañeros de colegio que lo asediaban continuamente.
La poeta estuvo a punto de perder la razón; tremendo dolor no pudo ser mitigado. Paradójicamente junto al desconsuelo llegó el reconocimiento, los premios nacionales e internacionales que tuvieron su punto más alto en el Nobel de Literatura concedido en 1945, apenas dos años después de la tragedia.
La Gabriela que puso el pecho a los muchos asuntos que le salieron al cruce como la política –defendió a Augusto C. Sandino, ayudó a los republicanos españoles, apoyó la lucha independentista de Puerto Rico, la condición de la mujer, la relación con la Tierra y la educación popular, fue, al decir de amigas cercanas, una criatura indefensa para vivir. El amor siempre le quedó lejos. Para cortar distancias llenó muchos cuadernos con una voz mudable entre la rebelión y la condolencia. Una forma de reducir ese trayecto abismal fueron sus libros. En el último, Lagar, publicado en 1954, tres años antes de su fallecimiento en Estados Unidos, adelanta un final que es a un tiempo separación con el amado: «Se va de ti mi cuerpo gota a gota... se van mis pies en dos tiempos de polvo... ¡Se nos va todo, se nos va todo!». Y luego, una línea que suena a una antigua premonición y a epitafio: «Todas íbamos a ser reinas/ de cuatro reinos sobre el mar».
ESCÓNDEME
Escóndeme que el mundo no me adivine.
Escóndeme como el tronco su resina, y
que yo te perfume en la sombra, como
la gota de goma, y que te suavice con
ella, y los demás no sepan de dónde
viene tu dulzura...
Soy fea sin ti, como las cosas desarraigadas
de su sitio; como las raíces abandonadas
sobre el suelo.
¿Por qué no soy pequeña como la almendra
en el hueso cerrado?
¡Bébeme! ¡Hazme una gota de tu sangre, y
subiré a tu mejilla, y estaré en ella
como la pinta vivísima en la hoja de la
vid. Vuélveme tu suspiro, y subiré
y bajaré de tu pecho, me enredaré
en tu corazón, saldré al aire para volver
a entrar. Y estaré en este juego
toda la vida.
CÉSAR VALLEJO
AMORES ÁSPEROS Y POEMAS HUMANOS
LA NIÑA GEORGETTE
La francesita Georgette Philippart acaba de cumplir los once años y sueña con su príncipe encantado. En un recreo del colegio al que asiste en un barrio de París, decide entrar en confidencias con una amiga. Una voz apenas audible desliza aquello que guardaba bajo las siete llaves del pudor; con extraña precisión, dice: «Él es de treinta y cinco años, sudamericano y poeta». La amiga, entusiasmada con un resto de chocolate, muestra escaso interés por esa confesión que suena extravagante; corre a unirse al juego de otras compañeras y unos segundos le bastan para olvidar la charla. Georgette, en cambio, llevará siempre consigo la breve descripción del supuesto pretendiente. Conoce la edad, el origen, el oficio. No es poco.
Pero ignora que en ese mismo instante su príncipe encantado deambula por Perú. Viaja de Trujillo a Lima en el vapor Ucayall abrumado por la separación de su enamorada, una adolescente a la que llaman Mirtho; en la capital lo aguarda un nuevo romance tan intenso y conflictivo como el anterior, Otilia Villanueva. El joven poeta carga una maleta con escasa ropa, algunos libros de Bécquer y Quevedo, y la antología La poesía francesa moderna, traducida por Enrique Díaz Canedo y Fernando Fortún. A ratos pasea solitario por la proa y luego de la cena se encierra en su camarote a dar los toques finales del que será su primera obra, Los heraldos negros.
A muchos kilómetros de allí Georgette se sostiene en la ilusión que le resta tristeza, le otorga confianza y le permite paliar algo de todo aquello que la atormenta; una comunicación insuficiente con el mundo que la rodea. Habla muy poco con su madre, modista, y menos aún con su padre, enfrascado siempre en sus tareas de dibujante. Su salud frágil le impide el esparcimiento junto a sus compañeras y está lejos de considerarse una jovencita agraciada. Se ve a sí misma como un «tonel»: era «monstruosa – dirá años después, entrevistada por González Bermejo– y la mitad de los profesores me consideraba inteligente y la otra mitad una retrasada mental». Angustiada, noche con noche se acuesta temerosa de una pesadilla recurrente: camina con su propia cabeza cercenada bajo el brazo. Un detalle atenúa el espanto: esa cabeza va cantando. ¿Canta acaso por el presentimiento de aquel extranjero que inexorablemente llegará a buscarla? Podría ser. Las tardes son tediosas y la pequeña Georgette, con nostalgia del porvenir, se mira al espejo y ve apenas una adolescente anestesiada por quehaceres rutinarios, lecturas anodinas y los consabidos estudios de piano.
Justo cuando cumple los quince años, en 1923, su soñado «príncipe sudamericano» está embarcándose rumbo a Francia. Ya está más cerca. Va a llegar al puerto de París sin trabajo y sin hablar una sola palabra en francés. Envuelta en esa red de presagios y conjeturas, Georgette, carga con la certidumbre de que el momento de estar frente a frente con su futuro consorte, tarde o temprano, va a ocurrir. Mientras sus compañeras de colegio llenan el recreo con murmullos y risas, ella se repite para sí la palabra paciencia. Aún faltan cinco años para que se produzca el encuentro.
El peruano que carga sus maletas en el puerto de Lima muestra un pasaporte a nombre de César Abraham Vallejo Mendoza, nacido en 1892 en Santiago de Chuco, hijo de padres mestizos, abuelos españoles y abuelas indias. Desde una explanada observa la silueta en perspectiva del Oroya, el barco que lo llevará a Francia, y siente ya el hormigueo de la nostalgia. En aguas del Pacífico se irán diluyendo las voces de sus muchos hermanos, su padre, los compañeros de bohemia. Y si ahora tiene cara de pocos amigos, a ratos sabe ser bromista y dicharachero. Por lo menos es lo que expresan algunos de sus socios de farra en Trujillo, los mismos que lo apodaron «Korriskosso» por su semejanza con el protagonista de un cuento de Eca de Queiroz: «Un poeta lírico»; mozo de bar y escritor, encandilado por una dama que, indiferente a su galanteo, prefiere la conversación insulsa de un guardián del orden.
EL POETA CÉSAR ABRAHAM
Hay un Vallejo enamoradizo. Absolutamente. Como cualquier joven. Y si se añade sensibilidad y mirada horadante sobre el entorno, se podrá tener una medida de su intensidad. En 1911 aparecen sus primeros versos en forma de cuarteta en la revista Variedades dedicados a una tal Pilar: «Pienso en mi ausencia en mi camino/ ya no volver a verte cual te dejo/ largo es el tiempo por el que me alejo/ ¡ay! amiga: variable es el destino».
Ese que trabajó en un asiento minero, fue preceptor y ayudante de cajero en una hacienda azucarera, es el mismo que se gradúa de bachiller con una tesis sobre El Romanticismo en la poesía castellana. El arrebato que da transfusiones de vida se filtra a la poesía. Primero pone sus ojos en una supuesta vecina de Santiago de Chuco, la dulce Rita de «Idilio muerto» extraviada en los fragores de la juventud –«Dónde estarán sus manos que en actitud contrita/ planchaban en las tardes blancuras por venir»–; luego sobrevendrá el deslumbramiento fugaz con María Rosa Sandoval.
Existen textos aún anteriores a su primer libro originados por encuentros casuales, como «Linda Regia» inspirado por Hermenegilda Melly en una velada de retreta, y «Los dos amores», escrito por el entonces joven de melena abundante a la salida de un cine, prendado de una señorita, Consuelo Hoyle. Pero con quien pierde el aliento es con la quinceañera Zoila Rosa Cuadra; el poeta estaba leyendo en ese momento la novela Afrodita de Pierre Louys y coloca el apodo de «Mirtho» –personaje del libro– a su nuevo amor. Ocurrió en 1917 en Trujillo y dio paso a numerosos poemas que van a engrosar Los heraldos negro, entre ellos los sonetos «El poeta a su amada» y «Setiembre».
Graduado de Bachiller en Filosofía y Letras, Vallejo decide estudiar Derecho, aunque abandonará poco después la carrera. Mientras tanto se gana la vida como docente. Uno de sus alumnos de primer grado, Ciro Alegría –con el tiempo, de los grandes narradores peruanos–, recuerda que antes de conocer a su maestro escuchó sobre él algunos comentarios que lo sobresaltaron. Había quienes lo consideraban un loco, un idiota, un hombre al que le faltaba un tornillo. El día de inicio de clases, el colegial recorre la Trujillo colonial con sus muchas iglesias y casas con balcones hasta toparse con Vallejo en la puerta de la escuela: «Me pareció un árbol deshojado. Su traje era oscuro como su piel oscura». Según Alegría, ese señor de ojos brillantes y dientes blancos le acomodó cariñosamente los útiles. Le llamó la atención el modo de hablar del maestro de corbatín; «silbando en forma peculiar las eses».
En la silueta del poeta, que fuma por los corredores de la escuela, viaja un hombre taciturno, sombrío, desgarrado; concentrado en «Mirtho», con quien mantuvo una relación tan intensa como tortuosa. Fue un amor de idas y vueltas, de paso cambiado, de prolongados silencios que estallan de pronto en el campanazo del reproche; golpes de pecho que devienen azotes de tinta: «Y otras pasan; y viéndome tan triste,/ toman un poquito de ti/ en la abrupta arruga de mi hondo dolor» –«Heces». Cuando duele todo lo que lo rodea, Vallejo viaja a Lima. En la soledad del barco, su corazón se calma con el balanceo de las aguas.
En Lima, Vallejo da los toques finales a su libro de cuño modernista, Los heraldos negros, primer escalón de la épica del dolor con textos significativos dentro de una escritura punzante que algunos elogian y otros tildan de «mamarracho». Es un año clave en su hacer literario y en su vida. Ha iniciado la escritura del que será su libro más importante, Trilce, armado a golpes de balbuceo, frases rotas, ademanes, oleadas de silencio y palabras que se extravían en un revoloteo de gestos. El libro es todavía un boceto sin nombre, un puñado de percepciones que el poeta no ha podido calcar del todo en el papel, cuando comenta en mesa de amigos un título posible, Cráneos de bronce, y un seudónimo, «César Perú». Al no encontrar aprobación en los rostros que lo rodean, declina. Finalmente se decide a firmarlo con su nombre y titularlo Trilce, en alusión –según algunos críticos– a dos términos que funde: triste y dulce. El escritor Juan Espejo Asturrizaga, en su Aproximación a César Vallejo, sostiene que la denominación tiene su origen en un costo adicional de tres soles en la impresión. Asturrizaga recrea un Vallejo preocupado que mastica un número, el tres, que rodando en su boca se hace trisss, triesss y trilsssce «con esa insistencia que tenía en repetir palabras y deformarlas». En cualquier caso, será un libro triste y dulce.
El año 1918 marca también el inicio de la relación con Otilia Villanueva. Vallejo le dedicó varios poemas de Trilce. En el número «VI» escribe: «El traje que vestí mañana/ no lo ha lavado mi lavandera:/ lo lavaba en sus venas otilinas,/ en el chorro de su corazón...». Los textos en los que repuja el perfil de su amada –su presencia, su no estar, su recuerdo– suman una veintena y acaso puedan leerse entre líneas los pormenores de esa historia: la presión de los familiares de Otilia para formalizar la relación cuando Vallejo es nombrado director responsable del Instituto Nacional y mejora su posición económica.
En esos textos subyacen las diferencias entre un serrano y una costeña, pero además los paseos por el puente de Balta, los almuerzos durante el descanso del trabajo en la escuela y, sobre todo, un posible embarazo de Otilia que derivó en un viaje contra su voluntad a San Mateo de Surco. «Algo que llevaba en sus entrañas quedaría en el misterio más profundo. ¿Qué fue? ¿Qué se hizo? Nunca lo llegó a saber César», cuenta Asturrizaga. Uno de estos textos, el «LVI», estaría revelando la ansiedad del poeta por tener noticias del nacimiento de su hijo: «Todos los días amanezco a ciegas... El niño crecería hito de felicidad». El remate contundente, evidencia aún más la incertidumbre: «Fósforo y fósforo en la oscuridad,/ lágrima y lágrima en la polvareda». Cuando la relación con Otilia se va esfumando, el poeta se encierra en su noche y escribe un poema breve de despedida, «El dolor de las cinco vocales», que aunque pertenece al cuerpo de Trilce quedará finalmente fuera del libro. En él, Vallejo simboliza la relación y el sufrimiento mediante la imagen de la cruz. Será el único poema, de toda su obra, dedicado por escrito a una mujer.
Hacia fines de 1918 Vallejo está abrumado por desapariciones sucesivas: primero su madre María de los Santos, luego su amigo, el poeta Abraham Valdelomar. Lo animaba ese amor que se ha interrumpido abruptamente. Ahora está de nuevo solo, aferrado apenas a las voces deshilachadas de Trilce, en la cornisa de un libro nuevo, ese unipersonal donde el actor-poeta reflexiona al mismo tiempo que interroga y asevera.
A mediados de 1919, fecha de aparición de Los heraldos negros, realiza un viaje de despedida a su pueblo, Santiago de Chuco. Llega en abril de 1920 en medio de festejos populares que desembocan en desmanes callejeros, robos, establecimientos incendiados y enfrentamientos que dejan una víctima fatal. Enterado de que figura en la lista de inculpados, escapa a la ciudad de Trujillo; la policía le pisa los talones y logra detenerlo a principios de noviembre. Aún en las difíciles condiciones de detención –ha señalado repetidamente esta experiencia que duró tres meses y medio como el peor momento de su vida– el poeta no abandona la escritura; media docena de poemas que fueron a integrarse a Trilce tienen que ver con la temática del encierro.
En 1921 la vida le da un respiro; de nuevo en Lima obtiene el premio literario de la Sociedad Entre Nous con su cuento «Más allá de la vida y la muerte». Un año después, el joven se presenta en los Talleres de la Penitenciaría de Lima y recibe del dependiente, previo pago de ciento cincuenta soles, la exigua edición de Trilce, apenas doscientos ejemplares. Ni el poeta ni el empleado tienen conciencia de que se trata del libro más significativo de las vanguardias del continente, aunque Antenor Arrego adelanta con buen olfato, en el prólogo, que ese iniciado estaba «destripando los muñecos de la retórica», en alusión a una búsqueda transgresora que mixtura neologismos, formas arcaicas del siglo XVI y giros coloquiales de su época.
Son tiempos de altibajos, por un lado la estrechez económica, por el otro una notoriedad que crecía pese al desdén de algunos críticos. Días de golpear puertas en busca de un empleo, ya que perdió su trabajo de profesor en el Colegio Nacional de Guadalupe. La causa: una breve inmersión en los «paraísos artificiales» de los fumaderos del barrio chino. «El uso del éter y de la heroína, así como del opio, este último sugerido en uno de sus cuentos, constituye un corto período de esa experiencia –comenta su amigo, el poeta Xavier Abril–. Yo recuerdo haber visto al poeta por aquella época, el año 1923, bajo el efecto transportador del éter». De 1923 datan su nouvelle Fablas Salvajes y un libro de cuentos Escalas melografiadas.
La figura de Vallejo sobrelleva todavía la aflicción del amor perdido. Se suman los rumores de que podría abrirse su causa con la justicia. Lo vigilan. En la ficha policial es un hombre de 1,70 de estatura, raza mixta, cara aguileña, orejas grandes, barba poblada, ojos pardos y labios delgados. Como profesión se explicita: «Las Letras». Apesadumbrado, además, por la indiferencia que suscita Trilce, toma una decisión crucial, emigrar a Europa. Sale en junio de 1923 y después de casi un mes de navegación ve el puerto de París. Ya no pisará nunca más tierra peruana.
Pulsuz fraqment bitdi.