Kitabı oxu: «Las videntes»
«En Las videntes. Imágenes en la era de la predicción (Arcadia), José Luis Marzo lleva a cabo una reconstrucción de la genealogía que une el santuario de Delfos con las actuales tecnologías algorítmicas, a través de la progresiva transformación de las artes adivinatorias en las ciencias de la meteorología o los datos masivos: “De toda esa trama visual de métodos auspiciales surgieron casi todas las ramas de las ciencias: formales, naturales, humanas, sociales y aplicadas”. La metamorfosis se resume en una cita del crítico de arte y curador Anselm Franke, reproducida por Marzo: “El animismo había dotado a las cosas de alma; el industrialismo convierte las almas en cosas”. ¿Y qué hace el nuevo digitalismo? Proponer una síntesis a partir de la tesis y la antítesis: devolver algunas características del alma, del espíritu, a las cosas que más nos importan. Nuestros dispositivos.» JORGE CARRIÓN, La Vanguardia, octubre de 2021.
JORGE LUIS MARZO (Barcelona, 1964) es profesor titular de Iconografía y Comunicación en BAU Centro Universitario de Diseño de Barcelona, en donde también es coordinador del Grupo de Investigación en Diseño y Transformación Social (GREDITS).
Como historiador del arte ha contribuido a la renovación de los estudios sobre arte moderno y contemporáneo en España, siendo coautor del libro Arte en España 1939-2015. Ideas, prácticas, políticas (2015).
Una parte importante de sus investigaciones se ha centrado en las políticas de la imagen y en los regímenes de verdad, en formatos tanto expositivos, audiovisuales o editoriales. Los más recientes son: Fantasma’77. Iconoclastia española (2020); Iconografía post-millennial (2019); After Post-Truth (2019); La competencia de lo falso. Una historia del fake (2018); Espectros (2017); Fake. No es verdad, no es mentira (2016).
LAS VIDENTES
LAS VIDENTES
Imágenes en la era de la predicción
Jorge Luis Marzo
ARCADIA
Con el apoyo de

y de la associación

Edición digital: diciembre de 2021
Primera edición: marzo de 2021
© 2021, Jorge Luis Marzo Pérez, por los textos
© 2021, Telesforo Marzo, por la imagen
© 2021, ATMARCADIA SL, por la presente edición
Muntaner, 3 1r 1a
08011 – Barcelona
www.arcadia-editorial.com
Diseño de la cubierta: Víctor García Tur
Composición: LolaBooks
Producción del ePub: booqlab
ISBN: 978-84-123731-7-2
No se permite la reproducción total o parcial de esta publicación a través de cualquier medio, en cualquier lengua, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) gestiona cualquier uso secundario de la presente publicación: www.conlicencia.com
ÍNDICE
Introducción
Las gafas de nadar
La bola de cristal
I De visiones. Cuando la vida es magia
Las huellas
La Pitia
Las cosas se animan
Momo
El granicero
Almanaques
Urania
El obispo
II De mediciones. Donde el mundo es regla
Ojos de sapo
Un lenguaje universal
El gesto
Física social
Lombroso y la imagen de lo anormal
¿Por qué extirparnos los datos?
Charcot y las desviadas
El amor
Galton. La vida como medio
La longitud del miembro
Bertillon y el retrato robot
Quetelet o la invención de la obesidad
Duchenne. La sonrisa que te traiciona
III De saberes. O cómo delegamos lo que somos
El útero de peluche
Fueron titulares
Los enanitos
La Oficina de Adivinación
Por la cara
Alicia versus Vera
Cuando ellos descubren la humanidad
Unbekanntes Land
WGSN (Worth Global Style Network)
El fracaso
¿Sueñan las máquinas con Airbnb?
Commodity Report
Democracias neutras
El proyecto Wilson
Faustina
IV De memorias. Los pasados que no serán
Cesare Ripa: los catálogos
Son gatos, no perros
Morelli y la ausencia de subjetividad
Taxonomías
El mapa del tesoro
El ojo-máquina
Las placas
El canon
Laocoonte y sus hijos
Mr. Motorhead
El arte de la tendencia
Indemnización (Un texto de Arturo Fito Rodríguez)
Hulk y las hormigas
Epílogo
Los incalculados
Un reloj en rebeldía
Bibliografía
Agradecimientos
A Ignacio Petit
Y algún día habrá un aparato más completo. Lo pensado y lo sentido en la vida –o en los ratos de exposición– será como un alfabeto, con el cual la imagen seguirá comprendiendo todo (como nosotros, con las letras de un alfabeto podemos entender y componer todas las palabras). La vida será, pues, un depósito de la muerte. Pero aun entonces la imagen no estará viva; objetos esencialmente nuevos no existirán para ella. Conocerá todo lo que ha sentido o pensado, o las combinaciones ulteriores de lo que ha sentido o pensado.
ADOLFO BIOY CASARES,
La invención de Morel, 1940.
INTRODUCCIÓN

Los hermanos Marzo a mediados de los años setenta.
LAS GAFAS DE NADAR
Cuando era chico, uno de los pasatiempos con los que más disfrutaba junto a mi hermano consistía en sentarnos en un banco de la calle y jugar a adivinar a qué se dedicaba la gente que pasaba por delante. Procedíamos de la siguiente manera: primero, nos poníamos de acuerdo en escoger a alguien. Nunca elegíamos a personas muy mayores o a chavales como nosotros. Tampoco a personas cuyas ocupaciones eran obvias, como transportistas, barrenderos o carteros. A menudo, uno u otro descartaba el objetivo propuesto por razones un tanto borrosas: acaso porque no nos inspiraban nada. Cuando habíamos acordado el personaje a escudriñar, nos quedábamos callados mientras lo seguíamos con nuestra atenta mirada. Al rato, comenzaban nuestros pronósticos. Discutíamos sobre la manera de vestir, sobre las prisas en el caminar, sobre el modo en que fumaba o se peinaba, sobre la calidad del maletín o el bolso, sobre la actitud que expresaba la mirada, cosas así. Nos sentíamos como detectives. A menudo, el uno felicitaba al otro por la sorpresa de algún argumento inesperado, pero también había veces que nos burlábamos de ideas que nos parecían una solemne tontería.
Este es oficinista del Banesto, tiene tres hijas y veranea en Salou. Esta es profesora, está divorciada y hace mucho deporte. Este es tonto y le duele la espalda. Esta es muy guapa y debe de ser importante. Este era el tipo de dictámenes. Nos parecía que un andar lento era síntoma de desidia o desdén; que sostener el bolso en el interior del codo, a diferencia de sostenerlo con la mano, era un indicio de poder y dinero; que los bajos de un pantalón sin dobladillo eran propios de un currante de obra; que llevar gafas de sol por la tarde era un signo de estupidez. Cuando los dos coincidíamos en el diagnóstico, chocábamos las palmas de las manos, como hacen en los partidos de baloncesto.
Un día decidimos ir un poco más allá. Quisimos comprobar si realmente acertábamos. Seguiríamos a la persona escogida para ver si podíamos certificar su ocupación o estatus. Seleccionamos a una señora que iba acompañada de sus hijos, una niña y un niño algo más pequeños que nosotros, de unos ocho o nueve años. La señora iba bien arreglada y parecía ajetreada. Iría con traje chaqueta y tacones, y con un pañuelo anudado al cuello. Recuerdo que la elegimos porque era el tipo de persona que no se veía a menudo por el barrio. Nuestro veredicto había sido que trabajaba de abogada o en algo así, y que en ese momento tenía que llevar a los niños a algún sitio, quizá a la piscina, porque llevaban unas mochilas a la espalda y la piscina no estaba lejos. Empezamos a seguirlos a una distancia que mi hermano calificó de «prudencial», yo creo que para darse aires. Mientras los teníamos enfrente, fuimos añadiendo detalles a nuestra pesquisa. Probablemente eran felices, dijimos, porque mamá siempre decía que una casa, para ser del todo feliz, debía tener la parejita. Nosotros no teníamos hermana. También descubrimos que la señora caminaba un metro o dos por delante de los niños, lo que me indujo a pensar que quizá tenía demasiada prisa o acaso era una mala madre. Mi hermano dijo que no, que los niños parecían un poco bordes y que acaso la madre pasaba de ellos.
Los semáforos suponían un problema. No sabíamos qué hacer. Nos veíamos ridículos parándonos a unos metros de ellos. Mi hermano dijo que parecíamos delincuentes a la espera de pegar un palo. Ni siquiera podíamos disimular haciendo ver que nos atábamos los zapatos, porque calzábamos bambas sin cordones, como era preceptivo entonces. Llevaríamos ya unas cuantas calles cuando la niña se giró y nos miró. Nos detuvimos en seco. Vimos que le decía algo a su hermano a la oreja. Este también se giró. Luego, se adelantó para tomar la mano de su madre y le contó algo. La señora se volvió y enseguida nos encontró con la mirada. Hizo un gesto a sus hijos de que se quedaran donde estaban y se dirigió a nosotros. Estábamos paralizados. Yo, que he sido siempre más cobarde que mi hermano pequeño, di un paso atrás, con ademán de huir. «¿Qué queréis, mocosos?», nos preguntó con un tono burlón, sin enojo. «Nada», dije yo. Entonces, mi brother le preguntó con un hilillo de voz: «¿Es usted abogada o algo así?». Ella frunció el ceño, miró a los lados como buscando algo, incluso más allá, como al final de la calle, como al horizonte, y dijo: «¿Os conozco?, ¿cómo sabéis eso?». Salimos corriendo, a toda pastilla. Mi hermano, desde entonces, siempre que tiene oportunidad, dice que lo más importante es explorar la relación oculta de las cosas. Antes de doblar la primera esquina, mi hermano se paró de nuevo y les gritó: «¿Vais a la piscina?». Y la cría, metiendo la mano en la mochila, sacó unas gafas de nadar que nos enseñó moviéndolas como una bandera.
LA BOLA DE CRISTAL
Dicen que la luz que emiten las bolas de cristal sobre las que se inclinan las médiums para conocer lo que va a suceder tiene un color especial, tirando al azul. Aquel artilugio esférico, frío, transparente, frágil e inmóvil, capaz de transmitir imágenes de otros tiempos y espacios, lo tienen arrinconado en el desván. Desde que las máquinas hacen lo mismo, los operarios ya no visten turbantes y la experiencia se ha hecho más cómoda que en los tiempos en los que había que correr las cortinas del salón y reunirse alrededor de una mesa con las manos cogidas. ¿O no?
Ver el futuro tiene que ver con intentar el gobierno de la propia vida. Gobernar, kybernan, significa pilotar un barco, de cuya misma raíz surge cibernética. El observar el mundo desde la proa de nuestros ojos nos ha ayudado desde los orígenes a comprender, a aprender, a distinguir muchos de los elementos previsibles o no que nos rodean. Saber lo que más o menos te espera mañana genera un estado de cómoda seguridad; es la que busca el campesino al otear el cielo, el transportista al escuchar los partes de tráfico o el usuario que espera sus likes. La predicción es alimento para el hambre general de conocimiento y de cualquier industria humana, y gasolina de imaginarios y deseos. Hoy, esa predicción viene escrita en números matemáticos, y todo ya es gobernar un timón invisible en un mar azulado. Es invisible porque así camufla el hecho de que no está en nuestras manos. ¿O sí?
La intención aquí es trazar el curso que ha llevado a las máquinas a hacer suyo el lenguaje de los oráculos a la hora de interpretar y juzgarlo todo, especialmente a los humanos. Los ordenadores están aprendiendo muy rápido a hacer una cosa que hasta ahora les era muy difícil: ver imágenes, ver el mundo mediante imágenes, escribirlas, convertir en imágenes todo lo que escriben, llevándonos con ello a interpretar el mundo casi exclusivamente a través de ellas. Se han convertido en máquinas videntes.
Tiresias fue uno de los más célebres videntes de la Grecia clásica. Vio lo que no debía, a Atenea desnuda en el baño, y fue castigado con la ceguera. Luego, la diosa, arrepentida por imponer una pena tan severa, le concedió el don de la adivinación. El acceso a los secretos tuvo el efecto de dejar a Tiresias ciego ante el presente pero vidente del porvenir. La videncia te separa de la realidad para introducirte en el valor. Porque adivinar es hacerse divino, aceleradamente, por eso la economía es el gran barómetro de su estatus, ya que representa el dominio frenético de la planificación, de la toma de decisiones, y el modelo que regula el valor: nada sirve si no es productivo. Las predicciones son muy baratas porque ya hay muchos datos, razón por la cual se hacen ubicuas y expansivas. Y son muy rápidas de hacer. Una predicción más barata significa más predicciones. Una predicción muy rápida significa más plusvalía, porque el valor de los datos requiere que estén al día para que los pronósticos no sean ya viejos cuando los obtenemos. Ya conocemos cómo funciona el mercado: cuando el coste de algo cae, la producción se acelera y se gana más dinero. Es una promesa de plusvalía permanente. Los algoritmos no saben dónde parar: su productividad se basa en vincularlo todo, sin dejar nada fuera, no permiten que quede ninguna pieza del puzle sin montar: el estudio de dos neuronas solas no les dice nada, pero el análisis de todas las neuronas les cuenta todo, los hace omniscientes.
Cibernética y bolas de cristal. Muy esotérico. Por eso deberíamos saber de qué hablamos. Para empezar, solo hay que ir a cualquier página académica, empresarial, artística o activista y buscar «deep learning», «machine learning», «redes neuronales», «computer vision», «pattern recognition», «clustering», «regresión», «estimación bayesiana», «redes de capsula», etc., en definitiva, se acabará uno topando con la inteligencia artificial, o IA, si ahorramos algo de papel. Pero ¿qué es la IA? Comencemos por su escritura.
def generate_tokens(
self,
tokens_prefix: List[str],
tokens_to_generate: int,
top_k: int,
temperature: 0.8
) -> List[str]:
tokens = list(tokens_prefix)
for i in range(tokens_to_generate):
ntk_values, ntk_indices = self.get_next_top_k(tokens[- self. model.hparams.n_ctx:], top_k)
if temperature > 0:
ntk_values_temp = torch.div(ntk_values, temperature)
ntk_values_exp = torch.exp(ntk_values_temp)
ntk_values_exp_sum = torch.sum(ntk_values_exp)
ntk_values_mult = torch.div(ntk_values_exp, ntk_values_ exp_sum)
ntk_selected = torch.multinomial(ntk_values_mult, 1)
next_token_n = ntk_indices[ntk_selected]
next_token = self.id_to_token(next_token_n)
else:
next_token_n = ntk_indices[0]
next_token = self.id_to_token(next_token_n)
tokens.append(next_token)
if next_token == END_OF_TEXT:
break
return tokens1
Es un fragmento de código para la autogeneración de textos y poemas, por cierto, muy bellos: «La nit és plena de miracle / que és la fi dels déus de la memòria. / Som sols per la por i la mort, contra el somni i la paraula justa». Sin conocimientos de programación, solo somos capaces de comprender términos sueltos del código; se nos escapa el orden sintáctico, semántico, su lógica interna (cuando, si se mira bien, mucho tiene que ver con proposiciones condicionales, el colmo de la lógica: «si esto, entonces aquello»). Es como si el lenguaje sabido de letras y números se lo hubiera tragado una máquina o un animal de pensamiento extremadamente seco, y lo devolviera regurgitado en una secuencia misteriosa. Son signos que despiertan temor, no por ser lenguas ignotas e inaccesibles, sino porque son el reflejo de nuestras vidas procesadas matemáticamente y sin la menor indulgencia, aunque se presenten vestidas de poesía. Al abanderar la búsqueda de la verdad, las matemáticas se maquillan de libertad y prometen seguridad en un mundo volátil y precario. Todo ello produce fenómenos fascinantes en numerosas esferas de nuestra vida, como ver a grandes masas llevar en la mano un nuevo librito rojo, ahora en forma de catecismo ideológico sobre las ventajas de la IA en la vida social. Este es un fenómeno que entiendo que hay que estudiar en términos de biopolítica y de biodicción, o, lo que es lo mismo, bajo la premisa de que nos lleve a cavilar cómo la predicción gestiona nuestros cuerpos y deseos, qué efectos tiene a la hora de describirlos y, sobre todo, a la hora de ponerlos en relación con el todo. O sea, qué competencias nos quiere asignar a los humanos la vieja ideología de la predicción en el nuevo orden de cosas que instaura la inteligencia artificial.
La IA es un concepto muy amplio que se refiere al uso de la computación para imitar las funciones cognitivas del ser humano en campos muy variados. En lo que aquí nos interesa, es la capacidad de un sistema informático para interpretar correctamente datos externos a él sin partir de ningún modelo cerrado, aprender de dichos datos y emplear esos conocimientos para inferir escenarios de futuro. El objetivo de esas máquinas no es replicar los datos con los que se alimenta, sino la correcta predicción de nuevos datos. Es, por lo tanto, una tecnología de predicción.
El principal motor detrás de la IA es el cálculo estadístico, donde ir de las observaciones particulares a las descripciones generales se llama inferencia, y el aprendizaje se denomina estimación. La clasificación se llama análisis discriminatorio. Son términos importantes. El acontecimiento más grande de la física del siglo XX fue el descubrimiento de que el mundo no está sujeto al determinismo, sino al desorden. La lógica desarrollada durante los siglos en los que se creía que el mundo era un modelo regular, y que había sido diseñado para confirmar patrones repetitivos, encontró un gran acomodo con la aparición de las ciencias del caos, en donde la búsqueda de patrones se orientó hacia la detección del punto de no retorno, del momento en que se produce la singularidad. Allí surgieron las ciencias estadísticas encaminadas al establecimiento de probabilidades: el análisis de riesgos. Muchas de nuestras actividades implican procesos aleatorios y ahí entra la estadística para determinar modelos del azar y del libre albedrío. De esos cálculos se podrá inferir una predicción. Los humanos somos mejores que las máquinas para decidir qué hacer cuando no hay muchos datos. Pero cuando hay montones, porque montones son las singularidades, la estadística es bastante más hábil porque sabe cosas que nosotros no.
La inferencia es el objeto de estudio tradicional de la lógica (así como la materia es el de la química y la vida el de la biología). La lógica investiga los fundamentos por los cuales algunas inferencias son aceptables, y otras no. Cuando una inferencia es aceptable, lo es por su estructura lógica y no por el contenido específico del argumento o el lenguaje utilizado. La inteligencia artificial se ha construido sobre esos suelos: solo se debe a su propia lógica. Este asunto problemático recibe el nombre de black box, o caja negra, que define la dificultad, cuando no imposibilidad, de interpretar el proceso de aprendizaje de los algoritmos desde el exterior. Steven Strogatz, uno de los padres de las ciencias de las redes, opina que lo mejor que se puede hacer es sentarse junto a la máquina y escuchar: «No entenderemos por qué el oráculo tiene siempre razón, pero podremos verificar sus cálculos y sus predicciones con experimentos y observaciones y confirmar sus revelaciones». Un programador mexicano me lo expresó de forma si cabe más gráfica: «Es lo que hay, o te aclimatas o te aclimueres. Nunca se sabe muy bien por qué los algoritmos hacen lo que hacen, lo importante es que lo hagan». Este es precisamente uno de los principales argumentos de los nuevos adivinos para equiparar la inteligencia humana y la artificial y justificar la naturalidad de la segunda: del mismo modo que no es necesario (ni acaso podemos) conocer la dinámica interna que mueve a nuestro cerebro a activar ciertos músculos y redes neuronales cuando, por ejemplo, saltamos un charco, tampoco «aporta» mucho saber la dinámica última de un dispositivo inteligente que llega a hacer las cosas que se le piden, siempre y cuando las haga. Llegamos, por consiguiente, a un nuevo límite en la ética industrial de la mecánica: es el producto o el servicio lo que cuenta, de poco sirve debatir sobre los procedimientos de la máquina si, al fin y al cabo, cumple con sus promesas.
El aprendizaje automático (machine learning) es el modo en que las máquinas aprenden a buscar ciertas cosas a partir de un conjunto de datos, que deben ser muy numerosos para que aprender sea más rápido y preciso. El aprendizaje automático y la predicción son posibles porque el mundo parece tener regularidades. La predicción es el proceso de rellenar la información que falta: toma la información disponible, llamada «datos», y la usa para generar información que no tiene a partir de las regularidades que la experiencia enseña. La capacidad de generalizar es la fuerza básica del aprendizaje automático: permite crear patrones y luego generalizarlos mediante una regla. Una regla es lo que se crea a partir del análisis de patrones y se usa para predecir el futuro. Por lo tanto, la IA no nos trae realmente la inteligencia, sino un componente crítico de la inteligencia: la predicción.
La inteligencia artificial se nutre de datos y son de tres tipos: los datos de entrada, que son los datos a pelo; los datos de entrenamiento, que se utilizan para enseñar al algoritmo el modo de buscar patrones entre los datos a pelo; y los datos de retroalimentación, que se utilizan para mejorar el rendimiento del algoritmo mediante la experiencia, por ejemplo, diciéndole dónde ha fallado o señalándole «singularidades», lo contrario a las regularidades. En algunas situaciones, existe una considerable superposición, de tal manera que los mismos datos desempeñan los tres papeles. Pero los datos no son relevantes solamente porque tratamos con asuntos informáticos, sino sobre todo porque representan el telón de fondo de un conflicto más profundo: el propio cambio de paradigma científico.
Físicos como Luca Gammationi y Angelo Vulpiani han advertido que en los últimos años ha surgido una influyente línea de pensamiento que sostiene que, debido a que muchos sistemas complejos se resisten a la habitual aproximación matemática, es necesario ir más allá del modo tradicional de estudiar la naturaleza. Gracias a la actual disponibilidad de enormes masas de datos, la ciencia estaría a punto de entrar en una nueva era en la que la causalidad ya no jugaría el papel fundamental que ha tenido en los últimos siglos: la simple correlación de datos ya sería suficiente para explicar el funcionamiento del mundo. Esta teoría conduciría a plantear una nueva revolución científica que vendría a revelar un cuarto paradigma adicional a los tres ya existentes: el experimental, el teórico y el computacional. Un gurú informático como Chris Anderson, editor jefe de la revista Wired, escribió en 2008 un artículo en el que hablaba del fin del método científico gracias a la llegada del Big Data, o de lo que él llamaba la «ciencia de Google»: «La gran cantidad de datos disponibles deja al método científico obsoleto […]. Ya podemos analizar los datos sin necesidad de hipótesis». Preguntémonos: ¿es posible una ciencia puramente inductiva, predictiva, basada solo en observaciones supuestamente objetivas y exenta de toda teoría que anteponga un «por qué»? ¿Podemos llegar a pensar y aceptar que el resultado de la simple sintaxis lógica de unos datos cruzados no necesita de un marco determinado de interpretación para ser aprobado o rechazado? Se trata de un tipo de pensamiento que pretende maridar subrepticiamente un positivismo radical con los orígenes puramente augurales de la iglesia. La palabra latina templum describía antes que nada el fragmento de cielo dentro del cual se observaba el vuelo de las aves a fin de interpretar la voluntad de los dioses. Se talaba una sección determinada de bosque, los adivinos se sentaban en el centro del claro y levantaban sus miradas hacia esa ventana superior con la idea de que ese marco cancelara toda lógica discursiva anterior o posterior a la imagen que se producía. Se suprimían así las teorías generales de la causalidad para otorgar al instante un poder epidémico en la explicación general de las cosas. Habremos de ver este problema desde diversas ópticas, pues la noción de contexto (su definición in absentia) es un asunto nuclear si queremos hacer una crítica eficiente de la razón predictiva. Tengamos presente que la experiencia del vaticinio se conduce siempre mediante la cancelación de todo contexto: solo cuenta lo que se produce en el espacio previamente acotado y aislado de toda influencia exterior.
La IA funciona con algoritmos. El origen del término se encuentra en el nombre del matemático persa al-Juarismi (s. ix). Se le considera tanto el fundador del álgebra como el introductor del actual sistema numérico, basado en unas reglas o principios generales. Así, los algoritmos son una serie de instrucciones precisas y expresiones matemáticas que se usan para encontrar asociaciones, identificar tendencias y extraer las leyes y dinámicas de los fenómenos. Los sistemas algorítmicos se encargan de la búsqueda de conocimiento (cosas que no sabemos todavía), anticipando nuestros intereses y necesidades de información, por lo que el horizonte de nuestra imaginación está cada vez más determinado por los sistemas computacionales, incapaces de producir serendipia, el hallazgo afortunado e inesperado que se produce de manera accidental cuando se está buscando una cosa distinta. El nuevo mundo se nos presenta como algorítmicamente predecible y algorítmicamente previsto. En pocas palabras, la posibilidad de los pensamientos en paralelo que ha marcado la historia de las civilizaciones está cada vez más determinada por la «computabilidad efectiva», que solo permite hacer aquello que pueda ser computable. Ya digo que la inteligencia artificial se nos presenta como deudora solo frente a su propia lógica. Por eso, la previsión tiene un importante componente psicológico. El deseo de explicar el mundo en términos de simples relaciones de causa y efecto es una característica fundamental de los seres humanos y afecta a cómo percibimos los fenómenos, que no siempre se comportan mecánicamente. Las predicciones a menudo nos dicen más sobre la psicología de grupo que sobre la realidad. Esta es una de las cosas que recorrerán como un río subterráneo estas páginas.
Otra cosa importante. Ya hemos señalado que la IA ha encontrado la manera de leer las imágenes y aprender de ellas para juzgarlo todo. Creo que este proceso interpela directamente a los historiadores del arte, porque somos también responsables de lo que pasa. La forma en que las máquinas aprenden hoy a ver e interpretar el mundo es muy similar a los modos de catalogación desarrollados por la historia del arte o la antropología judicial. Pero no solo eso: designa el mundo a través de unas imágenes propias, resultado de sus cálculos: imágenes operativas, las llamó el artista Harun Farocki. Así, el universo humano es diseccionado mediante una iconografía de nuevo cuño, mediante visiones que no nos conciernen. Son máquinas cuya consistencia se está construyendo gracias a su decir veraz, a su veridicción matemática, que deja aparentemente inútil la opinión. En la medida en que su lenguaje deviene cada vez más visual, debemos volver a plantearnos el viejo problema del potencial de la visión mecánica para configurar sistemas del ver veraz, de la verovisión. Las imágenes técnicas siempre han tendido a ser interpretadas como verdades que desencarnan a todo sujeto, como las radiografías, que pretenden separar el trigo de la paja y exponer la realidad pura, la que es invisible y que, una vez mostrada, admite pocas contradicciones. Pero hoy las imágenes inteligentes se proponen como e-videncias, como indicios fehacientes no solo de la realidad sino de lo que debe constituirse como verdad de la realidad bajo el prisma de un ojo que todo lo ve, que cree saberlo todo porque percibe el éxito que tiene entre los humanos. No puedo estar equivocada, debe decirse esa pupila metálica para sus adentros, en la intimidad de sus relés y ruedas dentadas, ufana de los aplausos que recibe. Debemos entender que son las máquinas videntes las que hoy se erigen como árbitros de las contradicciones, dejándonos solo el papel de implementar hábilmente las recomendaciones que nos sugieren, cuando no imponen. ¿Qué explica entonces esta nueva especie de imagen? El lenguaje que siempre hemos utilizado es abrumadoramente iconográfico, es un alfabeto singular y bien antiguo. Empezamos con tres o cuatro imágenes en las cuevas y hoy acabamos diariamente en la cama con unos cuantos miles de imágenes artificiales impresas en la retina. Pero ¿qué vemos del mundo entre el trasiego visual desencadenado por unas imágenes que ya no son nuestras? ¿Qué etiquetas les estamos poniendo a los seres y las cosas gracias a estas imágenes? ¿Cómo percibimos nuestra ubicación en el tiempo a través de estos nuevos ojos-máquina?
La IA registra el mundo en símbolos y después los manipula usando su propia lógica para explicar el mundo. En 1977, las sondas Voyager 1 y Voyager 2 llevaron consigo al espacio exterior discos con sonidos e imágenes grabadas a fin de explicar la civilización humana a algún extraterrestre. Parece lógico que sean imágenes las que describan la humanidad a alguien que no conoce nuestro lenguaje. Al fin y al cabo, cuando nos encontramos con una persona cuyo idioma no hablamos, bien nos expresamos con gestos, bien con mímica, lo que está en relación con una representación. Tradicionalmente hemos pensado las imágenes como un medio para expresarnos entre los humanos, para contarnos y revelar cosas. Por ejemplo, las fotos las hemos hecho con unas máquinas para ilustrar una idea o un concepto, para que la abuela las guarde en el álbum y construya un relato de la familia, para presumir ante alguien de haber estado en la Gran Muralla china, o para indicarle a un colega médico el aspecto de un tumor. Pero ¿qué pasa cuando las fotos están hechas para que las máquinas –o los extraterrestres– puedan hablar entre ellas, sin contar con nosotros, con el fin de que nos analicen y pronostiquen? ¿Qué sucede cuando la función y el valor de las imágenes son determinados por lenguajes inhumanos, sin contar con nosotros? ¿Dónde quedan los ojos que no son máquinas? Lo dicho: ¿qué competencias nos asignan aquellos nuevos saberes inteligentes? Imaginemos a las sondas de regreso con un montón gigantesco de imágenes procesadas por algún marciano a partir de las 116 fotos que la NASA envió hace más de cuarenta años con la sana intención de interpretar lo que es la humanidad. ¿Cómo sería leído ese conjunto de nuevas imágenes? ¿Qué valor tendría entre nosotros esa aparente visión imparcial de nuestro mundo? ¿Qué lugar ocuparía en nuestra escala de verdades? ¿Y qué lugar sería el nuestro?
De esto va este libro. Para comprender cómo hemos llegado hasta aquí propongo tomar ciertos vericuetos que iluminen los nudos históricos con los que, a saltitos, fue atándose la verdad predictiva, una única forma de describir el mundo que no deja opciones a muchas alternativas. Vamos a intentar trazar una genealogía de la función de las imágenes en las ciencias dedicadas al pronóstico y la predicción, y el efecto que su implementación tiene hoy en nuestras vidas. Aunque en la psique humana encontramos la raíz del amor por el pronóstico, fue en el cientifismo visual y en el afán productivista de la imagen en donde ese impulso derivó hacia una ideología de lo objetivo, obsesionada por saberlo todo y por cancelar toda forma de incertidumbre. En el fondo, ese proceso ha acabado siendo una carrera para suspender el futuro, para prescribirlo bajo el dictado de vaticinios y terapias. Aquí, nos gustaría re-abrirlo un poco, nos gustaría «des-inventarlo» de modo que el porvenir no sea una mera celebración de los aciertos predictivos conseguidos en el ayer o un luto cínico e hipócrita por los descartes decididos en su día. Se trataría de proponer un horizonte en el que, no solo poder, sino querer equivocarnos.
1. Fragmento de código del proyecto Estrafet. Elocuencia y polifonía para redes neuronales, realizado por el Colectivo Estampa en 2019. Lo que hace este fragmento de código es pedirle a la red neuronal (la IA) cuáles son las palabras que tienen más probabilidades de ser las siguientes en un texto y le insta a escoger una en función de la «temperatura». La temperatura es el grado de semejanza de los términos que los programadores le indican a la máquina en relación con los textos de entrenamiento (en una escala de 1 a 9). Agradezco a los miembros del colectivo (Roc Albalat, Pau Artigas, Marc Padró, Marcel Pié, Daniel Pitarch) la cesión del material y el permiso de reproducción. https://tallerestampa.com/estampa/estrafet/
I
DE VISIONES
CUANDO LA VIDA ES MAGIA
LAS HUELLAS
La luz llegó y fue como imprimir una enorme fotografía. Al amanecer, estiró el brazo, cinco dedos. Se acercó la hoja a los ojos y vio las nervaduras, que eran como las líneas de la palma de su mano. Después, la concha de mar, que guardó consigo sin saber muy bien por qué, acaso por el placer de ver los surcos ordenados que convergían todos en un punto, el mismo del que parten los rayos del sol cuando se filtran entre las copas de los árboles. Un día arrojó la piedra al agua y vio las ondas. Aprendió a leer las cosas cuando estas no estaban: el humo, que hablaba del fuego; la huella, que hablaba del animal. Cuando lo conseguía, le surgía el impulso de juntar las dos manos y entrelazar los dedos de manera que no quedara aire entre ambas. Era como si las cosas ausentes hubieran quedado «atrapadas», como si no tuvieran huecos. Eso sucedía, sobre todo, con las huellas. Siempre se agachaba y pasaba el dedo índice por el perfil de la pisada. Su huella favorita era la del ciervo en la orilla arenosa del río, honda y clara, que además le permitía saber si la había dejado un ejemplar grande o pequeño. Cuando quería explicar esos signos a los demás, siempre juntaba las manos y entrelazaba los dedos con fuerza. Pronto todos supieron leer esas líneas. No eran las cosas, sino la escritura que las cosas dejaban a su paso. Descifrar esas imágenes les permitía discriminar los esfuerzos, lo mismo que las panteras solo perseguían a las gacelas más débiles o más pequeñas. Por eso las panteras se pasaban un buen rato agazapadas, mirando, antes de hacer nada, se dijo. Intuyó que las cosas son predecibles, porque se presentan antes de que realmente ocurran.
A menudo, cuando el clan entero se enfrascaba en despiojarse, se metía en el bosque y se escondía tras alguna mata para ver a los animales. «¿Por qué me escondo?», se preguntaba. Los monos le fascinaban, porque se hacían trampas entre ellos, riéndose los unos de los otros, imitándose los gestos, los andares. Se quedaba embobada observando a los insectos cambiar de color sobre las hojas hasta hacerse invisibles, o se tapaba la boca con aire de asombro cuando algunos pájaros se erguían y ya no sabías dónde tenían los ojos. Eran seres que sabían mucho, que conocían algún secreto: reconocer cómo funcionan las cosas para adelantarse a ellas. Una vez vio a un pájaro que era capaz de imitar la voz de otros pájaros, incluso la de otros animales que no volaban. Cuando lo hacía, era divertido ver el desconcierto de todos los seres del bosque: unos se escondían, otros corrían; algunos salían de sus madrigueras pensando que habría algo que comer. Pero era todo magia, y, al rato, todo el mundo volvía a sus quehaceres sin, al parecer, haber entendido nada.
Un día, junto a un compañero, comenzaron a rascarse frenéticamente las piernas tras pisar un hormiguero. Se miraron y empezaron a rascarse más y más rápido, y se pusieron a reír sin apartarse la mirada, ensimismados de ver sus muecas reflejadas en el rostro del otro. Se sentía feliz simplemente mirando los rostros, y moviendo sus facciones para imitar las de los demás. Se quedaba embobada con las caras. Era una actividad que empezó a realizar sin mucho esfuerzo. Podía percibir quién era amigo y quién no simplemente mirando. El ojo era maravilloso porque dejaba recordar, como con los olores y los sonidos. Comenzó a distinguir las diferencias de los gestos, los rictus, los ademanes, cuándo se levantaban las cejas, cuándo se enseñaban los dientes, cuándo se arrugaba la frente. Así, averiguó que era fácil decir que fulano estaba contento, que mengano estaba enfadado o que zutano estaba enfermo. Daba igual que la persona fuera distinta; siempre que estaban enfadados ponían la misma cara y entonaban la misma voz. Encontró que este descubrimiento era muy beneficioso, porque, como les pasaba a los monos, le advertía de cómo podían ir las cosas de antemano. Así, dos de sus pasatiempos preferidos eran hacer muecas de picor cuando en realidad no le picaba nada, y hacer pasar a otros por el hormiguero. En el primer caso, disfrutaba viendo los rostros asustados de sus compañeros mientras saltaban sobre hormigueros inexistentes. En el segundo, se las apañaba para pasar con cuidado sobre el hormiguero evitando a sus huéspedes y después sentarse y reírse a placer del frenesí rascador del clan. Aprendió que, cuando veía que alguien andaba lentamente con los puños cerrados y moviendo rápidamente los ojos de un lado a otro, debía ocultarse si no quería que la montasen allí mismo, lo que no siempre le gustaba. También aprendió que engañar era muy práctico. Por ejemplo, cuando alguna vez tocaba ir al risco a vigilar si venían mamuts, una de esas cosas que odiaba hacer, se hacía la coja y ponía mala cara, de modo que así no la elegían porque no podría correr cuesta abajo para avisar.
Cuando oía truenos solía mojarse. A cubierto y a la luz de una hoguera, dibujaba garabatos sobre las rocas. Le encantaba hacerlo cuando el viento se colaba entre las rocas y movía mucho las llamas provocando el baile de los trazos. Durante las largas excursiones advirtió que otra gente hacía lo mismo en otras cuevas: formas geométricas, perfiles, espirales, animales, en color rojo, para que llamen la atención. ¿Se podía parar el tiempo simplemente dibujando las cosas? ¿Podrían ocurrir las cosas si se dibujaban sus huellas? Años más tarde, se encaprichó de un joven que era muy dado a apuntarse a las partidas de caza. Cada vez que este se marchaba, la muchacha quedaba nerviosa y aturdida, porque era habitual que muchos de los cazadores perdieran la vida a manos de las presas o de otros cazadores rivales. La noche previa a una de sus cacerías, y por temor a no verlo más, la chica tuvo la idea de fijar el retrato de su querido, para lo cual trazó con un pedazo de carbón el perfil de su cara sobre una roca, a la luz de la hoguera. Cuando el joven se marchó de caza a primera hora de la mañana, la chica se quedó horas observando aquella imagen. Y pensó en la magia de conservar la figura de aquello que ya no está, o de trazar la figura de aquello que aún no es, pero mañana podría ser.
También aprendió pronto a ver que las cosas aparentemente sin relación entre ellas tendían a configurarse como imágenes, como era el caso de las estrellas, que juntas tenían el perfil de algunos animales, revelando que hasta las cosas más insospechadas tienen relaciones ocultas. Así, el parecido de los cuernos de las vacas y la forma de la luna durante ciertos días se le antojaba demasiado embriagador como para dejarlo pasar sin más. El poder de la vaca era tan grande, su fuente blanca de vida saciaba tanto, que debía de haber alguna íntima conexión con la luna cuando esta se mostraba como una vaca. Fue en busca de viejas osamentas en la pradera y escogió unos cuernos que le parecieron especialmente simétricos, especialmente equilibrados. Los llevó junto a los suyos y se los puso sobre su propia cabeza, precisamente aquella noche en que la luna tenía dos cuernos, y entonces mugió. El clan se volvió como loco y empezó a bailar a su alrededor, todos mugiendo. Para recordar el momento en que la luna se convertía en vaca, empezaron a mover grandes piedras y a colocarlas en ciertos sitios. También hacían con palitos pequeñas marcas en bloques de arcilla que dejaban secar al sol. Los ojos les contaban el mundo y las manos lo copiaban.
Un día apareció un enorme monolito, verdaderamente grande, de color negro y de piel suave pero fría, con contornos perfectamente regulares. El clan se alteró sobremanera. Al principio, todos mostraron temor; algunos se escondieron, otros caminaban a su alrededor ansiosos, sin atreverse a tocarlo. Poco a poco, al comprobar el gélido tacto de su superficie pulida, comenzaron a reír mientras iban perdiendo el miedo. Cada vez que alguien lo tocaba con su mano grasienta, quedaba una tenue huella marcada en él. Con el paso de los días la base del monolito comenzó a llenarse de aquellas marcas, todas diferentes si una se acercaba mucho a mirarlas. El efecto de ver todas aquellas huellas de manos, las unas junto a las otras, era sorprendente. Primero, la gente jugaba a adivinar de quién era cada marca. Reconocían la de aquel que había perdido el pulgar en una pelea, las manoplas de los grandullones o las más pequeñas de las mujeres. Después, jugaban a compararlas y descubrían que las marcas que tenían el pulgar torcido eran casi siempre de los que cosían las pieles. Así, los que eran más reticentes ante la presencia de aquella cosa, siempre gruñones y apartando a manotazos a quienes se querían acercar a dejar su huella, también acabaron con la mano puesta ahí y con la sonrisa en la cara. Alguien puso una corteza de coco llena de sebo de jabalí junto al monolito para que la gente se untara la palma de la mano y quedara una marca más clara. Otro mejoró el sistema al poner otro coco, esta vez relleno del líquido blanco que sale del árbol que llora y que si se pone al sol se vuelve gomoso. La huella quedaba muy bien fijada, y no se borraba cuando llovía. Porque la lluvia era un problema y obligaba a todos a repasar su huella o a dejar una nueva cuando esta se iba diluyendo. Pasaron las semanas y ya no quedaron huecos donde poner la mano en la parte baja de aquella masa tan perfecta, porque la gente respetaba las marcas de los demás, para evitar broncas, aunque siempre había algún bromista, como ella, que se dedicaba a taparlas con las suyas cuando el clan dormía. Una noche, incluso llegó a cortar la mano de un muerto, la untó en el líquido y la imprimió en un espacio libre.
Comenzaron todos a subirse a los hombros de los demás para llegar más alto. Pronto se apoyaron árboles caídos en el monolito para acceder a los lugares más elevados, y se dispusieron grandes hojas de bananos en la parte superior para evitar el agua de la lluvia. La sensación general en aquellos días era que la vida era más fácil con aquella cosa llena de cada una de las huellas voluntarias del clan. Todo era más cómodo. Además, se produjo un cambio general de actitud. Aquellos que no se animaban a dejar su rastro, comenzaron a ser maltratados, les hacían pasar siempre por los hormigueros menos conocidos, y un buen número de ellos tuvieron que marcharse. Un joven propuso un día que cada uno debía tatuarse el perfil de su mano en el pecho; de ese modo, el monolito podría saber quién era quién a distancia, y también el clan podría saber quién había dejado la marca y quién no. La idea fue rápidamente adoptada. Para poder establecer que la huella dejada sobre la cosa era la misma que la tatuada en el pecho, se escogió a una mujer, que debía quedarse sentada todo el día junto a la grandiosa piedra fría, y que se hizo acompañar con tres grandes perros que todos temían. Como el clan cada vez era más grande –quizá a causa de la presencia del monolito–, la mujer elegía al azar a alguien de los muchos que pasaban por allí, y con un gesto le pedía ver de cerca el tatuaje y que le indicara dónde había puesto la mano sobre la piedra. Con el tiempo, la señora llegó a aprenderse todos los perfiles de las manos y su disposición en el monolito, dejando de molestar a la gente para dedicarse casi en exclusiva a ayudar a los nuevos a encontrar espacios vacíos en la superficie. Los perros dejaron de ser útiles, porque ya no había nadie que no quisiera hacer las cosas bien.
Surgieron, sin embargo, algunos problemas. A menudo, los dedos de la mano o la mano entera de alguien desaparecían en las fauces de algún tigre, o se la machucaba al caerle una gran piedra encima, quedando el perfil del todo irreconocible. La señora junto al monolito propuso que, cuando eso sucedía, había que borrar tanto el tatuaje como la marca en la piedra y volver a ponerlas. Otra cuestión espinosa era cuando alguien se moría, que pasaba día sí, día también. La señora admitió que no sabía muy bien qué hacer. Si se dejaban las huellas de los muertos, habría un momento en que ya no quedaría ningún hueco disponible. Se produjo un vivo debate. Algunos se preguntaban para qué servían las huellas de las manos de los muertos si ya no podían contrastarse con las de los tatuajes. Otros, en cambio, sostenían que era bueno que se mantuvieran las marcas para recordarlos. La señora finalmente adoptó la decisión de mantener las huellas en la gran losa, porque encontraba que había similitudes entre las formas de las manos de los padres y las de los hijos, por lo que así se respetaban las dos opiniones: permitía el recuerdo de los muertos pero también ayudaba a «visualizar» (esa fue la palabra que empleó, que casi nadie entendió) el parecido de las marcas de los que ya no estaban con los tatuajes que llevaban inscritos sus descendientes. Dijo que esa comparación podría ser muy útil para contar historias que todos pudieran recordar. Que lo más importante era recordar.
Y nada, el tiempo pasó. Después llegaron los dioses y prescribieron lo siguiente a sus fieles: «Volved vuestros ojos a las flores de la tierra como si fueran todas caracteres inteligibles en los que se puede leer la suma y divina Providencia hacia los hombres».
LA PITIA
Las ceremonias oraculares se celebraban una vez al mes, excepto durante las vacaciones de invierno de tres meses, cuando Delfos estaba a menudo cubierto de nieve. Supongamos que eres una teópata, una suplicante. Llegas en barco al puerto de Cirra, en el golfo de Corinto, y luego haces el viaje hacia las montañas, llegando a Delfos al caer la noche.
Llevas contigo dos cosas: una pregunta escrita y, por razones que serán obvias, una cabra joven que compraste a un pastor fuera de la ciudad. Pasas la noche en una posada llena de gente, y te levantas temprano a la mañana siguiente para unirte a la larga cola que espera fuera del templo. En tu mente está la pregunta que te ha llevado hasta aquí. Tal vez está relacionada con un matrimonio, o con el tratamiento de una enfermedad, o con una preocupación comercial.
Tu creciente ansiedad no mejora cuando notas que algunas personas quieren saltarse la cola, después de ofrecer extravagantes sobornos a los sacerdotes. Pero llega finalmente tu turno. Un sacerdote te hace señas para que subas los escalones del templo. En tus brazos está la pequeña y cálida cabra. La sientes temblar de miedo. Se la entregas al oficiante, que la lleva hacia un altar manchado de sangre. Otro sacerdote tiene preparada una larga hoja de bronce. En las paredes, como ves, hay inscritos mensajes motivadores bastante sosos. «Conócete a ti mismo», «Evita el exceso». Mientras los dos primeros curas se ocupan del pobre animal, otro te lleva al manantial cerca del templo. Tienes que ducharte antes de que te dejen entrar en la piscina. Mientras te lavas, tratas de cerrar tus oídos a los balidos quejumbrosos de la cabra, que pronto son seguidos por el silencio. Esperas que Apolo esté satisfecho con el humilde sacrificio.
Una vez purificada, otro religioso te lleva al santuario interior. Y ahí está: la Pitia, la pitonisa, el oráculo. Se sienta en un taburete de bronce de tres patas, el trípode. Notas enseguida que la estancia tiene un peculiar olor dulzón, un extraño vapor que parece emanar de la propia tierra. La Pitia es una mujer de mediana edad. Su pelo es fino y gris, sus ojos parecen vidriosos. No parece notar que entras. De repente, sientes mucho miedo de esta persona.
El sumo sacerdote lee tu pregunta en voz alta. De nuevo, la Pitia no reacciona. Se balancea lentamente en su trípode. Te preguntas si ha oído algo. Pero entonces empieza a hacer un ruido. No es exactamente un discurso o un canto, sino una tontería. Escuchas, pero es imposible entender lo que dice, es un sonido entre el llamado de los pájaros y el crujido de las hojas en una tormenta. Al cabo de un rato, no estás segura de cuánto tiempo, la Pitia se queda en silencio. Es como si un interruptor en su cabeza se hubiera apagado. La ves como agotada. El religioso da un paso adelante. Sea cual sea el idioma que ella hablaba, él ha debido entenderlo porque lee una respuesta clara en verso hexamétrico. Estás tratando de entender lo que significa mientras ya te llevan por los escalones del templo hacia el exterior. Y todavía tratas de averiguarlo días después, cuando finalmente llegas a casa. Pero cuando anuncias tu decisión a la familia que te espera, parece que la hubieras sabido siempre.1
Pero hay que tener cuidado en Delfos. Una buena predicción no siempre lleva al éxito. El rey Creso de Lidia barruntaba si atacar al Imperio Persa. Como no confiaba en ningún oráculo en particular, decidió ponerlos todos a prueba. El rey envió mensajeros a cada uno de ellos para que les preguntaran, exactamente pasadas cien jornadas desde su partida, qué estaba haciendo él aquel día. El oráculo que más se acercó a la realidad fue el de Delfos, por lo que el rey se decidió a hacerle la consulta bélica personalmente. La Pitia respondió que un gran imperio sería destruido si atacaba. Envalentonado, Creso atacó Persia, pero, para su sorpresa, fue su imperio el que acabó destruido. La predicción, no obstante, había sido técnicamente impecable.
LAS COSAS SE ANIMAN
Los antiguos, como nosotros, temblaban de miedo. Detrás de cualquier árbol te podía caer una rama, un coco, una flecha, un tigre, un bruto, una pústula o un rayo. Sin previo aviso. Y se inventaron predicciones, presagios, augurios, pronósticos, oráculos, vaticinios, premoniciones, adivinaciones, profecías, almanaques y revelaciones para crearlo, el aviso, ad visum, a la vista. Porque se tiene que ver u oír si queremos que sean asuntos de orden público (por secretamente que se lleven). Aquí las corazonadas de nada sirven.
Los métodos para predecir son numerosos, todos apasionantes. Son cuatro los principios que los rigen, exactamente iguales a los del ilusionismo: el ritual (que consiste en teatralizar al máximo la exposición del augurio, aplazando todo lo que se pueda el momento estelar, el dictum); el secretismo (que se define por el afán de los expertos al cargo de esconder los mecanismos); los patrones (llevar al día los registros de resultados), y la lectura (se trata de interpretar un lenguaje –logos– muy raro, pero al fin y al cabo lenguaje expresado en signos).
Por su parte, cinco son los tipos de preguntas que se hacen a los oráculos: recomendaciones antes de realizar una acción; preguntas teológicas o cosmológicas; consultas sobre cómo interpretar el pasado; predicciones sobre lo que ha de venir; pronósticos de riesgo. Para dar con las respuestas, los principales métodos mánticos, o de adivinación, son los siguientes: astrología (vincular eventos humanos al movimiento de estrellas y planetas); cleromancia (echar sobre una mesa dados o habas y ver qué dice su disposición); cartomancia (leer el significado de los dibujos en las cartas); quiromancia (leer las líneas de las manos); cristalomancia (ver lo que aparece en bolas de cristal); aeromancia (leer las condiciones atmosféricas); oniromancia (interpretar los sueños); aruspicina (leer las entrañas de los pobres animales); alectrionomancia (ver cómo los animales eligen entre varias cosas); moleomancia (la lectura de las manchas de la piel); ceraunoscopia (la interpretación de los rayos); piromancia (leer el fuego); ornitomancia (leer el comportamiento de los pájaros); hipomancia (leer el comportamiento de los caballos); taseografía (leer los posos de una taza de té o de café); bibliomancia (la interpretación de pasajes de textos sagrados); grafología (interpretar la personalidad leyendo la caligrafía); onfalomancia (leer la forma de los ombligos); metoposcopia (leer las arrugas de la frente); frenología (interpretar la forma de las cabezas); fisionomía (leer la personalidad a través de los rostros); numerología (la vinculación de números a eventos humanos); matemancia (el uso de modelos matemáticos para interpretar todos los órdenes de la materia y la existencia). Como se puede fácilmente deducir, de toda esta trama visual de métodos auspiciales surgieron casi todas las ramas de las ciencias: formales, naturales, humanas, sociales y aplicadas. Y digo surgir con cierta prevención, porque en algunos casos se siguen utilizando los mismos procedimientos.
Observar y contar. Prever y predecir; ver y decir antes. Jacques Derrida decía que la fuerza del secreto no radica en el contenido del mismo, sino en dar a conocer que se posee. Ese es el poder de la predicción. Poco importaba que lo que sacerdotes, augures, videntes y magos vieran antes de suceder realmente se ajustara a lo que finalmente ocurría. Lo importante era el acto de proclamarlo, la liturgia pública que aseguraba fidelidades y revelaba disidencias. El decir la verdad es una cosa, la verdad del decir otra distinta, pero ambas son igual de relevantes en la vida social. Porque el mundo oracular no es el simple dominio de una superstición primitiva sino un complejo aparato sociológico y epistemológico, un conjunto de tecnologías coherentes de control, y un sistema de prácticas sociales que refleja mitos e imaginarios. Es así como hay que interpretar los actuales dispositivos de predicción, en un marco de economía técnica y política: «El animismo había dotado a las cosas de alma; el industrialismo convierte las almas en cosas», ha señalado el crítico de arte y curador Anselm Franke. Este nuevo «animismo computacional» de los ricos (Stephen Wolfram) considera que no hay nada que no pueda ser computarizado, nada. Así, la maquinaria predictiva actual presume de poder pronosticar tanto el futuro como el pasado. Aunque sus arcanos siguen siendo igual de inaccesibles que los que estaban confinados en una cueva y a los que había que ofrendar incienso o vírgenes, hoy, paradójicamente, están en todas partes y son relativamente baratos. Son nuestros compañeros de trabajo del departamento de informática quienes los producen. Hoy, esos mecanismos están instalados en todas nuestras herramientas; dicen ser capaces de acabar la redacción de este capítulo mejor que yo mismo, que es quien lo ha rumiado. Hay que ver lo productivas pero esotéricas que son las nuevas técnicas «matemánticas»:
El futuro de hoy es a menudo pronosticado por actores, actores con un interés diferente.
Introduje brevemente las ideas de los párrafos anteriores en una red neuronal de predicción de texto llamada «Talk to Transformer», que se maneja con instancias de aprendizaje profundo (deep learning) de 4 GPU mediante un algoritmo GPT-2, llamado 1558M. Le pedí que acabara con una última frase. Y, efectivamente, pronosticó lo que en verdad iba a escribir, que los aparatos de predicción dicen la verdad, pero siempre diferente en función de quien la escucha, como los oráculos. Yo incluso diría que su redacción es más sugerente que la que yo hubiera propuesto: qué poética esa coma entre actores. La predicción había sido literariamente impecable.
MOMO
Se pusieron Zeus, Poseidón y Atenea a disputarse quién era capaz de crear algo verdaderamente hermoso. El gran Zeus se sacó a un hombre de la manga, ya que –según dijo– era el más notable de los animales. Atenea hizo aparecer con el chasquido de sus dedos una gran casa para los hombres, porque precisamente –adujo– el talento de estos se diferenciaba del de las bestias por su habilidad para crear artefactos. Y Poseidón, que siempre fue de humor sanguíneo por mucho que bañara su tridente en el mar, modeló un toro bien bravo con unas arcillas que encontró por ahí. Ufanos los tres de sus trabajos, eligieron a Momo para que hiciera de árbitro. Hay que decir que Momo todavía vivía entre los dioses, aunque por poco tiempo: no era deidad que hiciera muchos amigos, ya que sus chanzas, mofas y críticas burlonas no eran muy apreciadas por aquellas alturas. Fue esa razón la que esgrimió Zeus para convencer a Atenea, pero sobre todo a Poseidón, de llamar a Momo como juez, porque nunca se casaba con nadie (excepto con Dioniso, en los días de fiesta, claro).
Se presentó pues Momo con una máscara sonriente sobre el rostro, como solía. Sus primeras palabras ya sonaron a sorna:
Llevo esta máscara para que veáis que vengo con intención de ser imparcial, de manera que si hago muecas, me río, me enfado, o saco la lengua, nunca podréis quejaros. ¿No es ese el principio de la autoridad, el adoptar unos modos que encubran la arbitrariedad? Una sonrisa permanente hará las veces de árbitro y os llevará, además, a tener que sonreír también para mantener un cierto decoro en todo este asunto. ¿Aceptáis?
Atenea y Zeus, displicentes, dijeron que vale, que sí. Poseidón remugó, masticando palabras gruesas de marinero, pero al final hizo un gesto brusco con la mano en señal de aprobación y desplegó lo que a duras penas podría considerarse una sonrisa. Fue con él con quien comenzó Momo su disertación, tras enderezarse en la roca en la que se sentaba y aclararse la garganta. Resumiremos: empezó por criticar en el toro el que no estuviesen los cuernos debajo de los ojos para que pudiese ver en dónde golpeaba cuando arremetía contra sus enemigos. A su juicio, tamaña estupidez práctica desmerecía la potencial belleza del animal. De la casa de Atenea sí admitió su practicidad, pero despreció la ausencia de un elemento indispensable: ¿por qué la casa no tenía ruedas de hierro en los cimientos para que pudiese cambiar de lugar junto a sus dueños cuando estos iban de viaje o si deseaban escapar de unos molestos vecinos? Imperdonable. Y al final, tras un carraspeo, se dirigió a Zeus: «¿Qué belleza hay en un hombre que no tenga unas puertecitas en el pecho que permitan ver a cualquiera lo que maquina? ¡Bah!».
Ese era Momo, el dios de la risa burlona y el sarcasmo, el que siempre encuentra pegas a todo. Duró poco en el Olimpo. Lo echaron a patadas y lo mandaron exiliado a la tierra. Leon Battista Alberti, el humanista renacentista, descubrió que lo habían atado a una roca y lo habían castrado. Acaso por eso siempre se le pinta un poco chiflado, como un joker, con la sonrisa desencajada y el alma dolida. Tal vez haya que comprender en esa oscuridad la terrible pregunta que plantea: ¿qué belleza hay en un hombre que no tenga unas puertecitas en el pecho que permitan ver a cualquiera lo que maquina en su interior? Momo, con una máscara sobre el rostro, esperpento del estereotipo, desata una concepción del ojo atrozmente nueva: quiere ver el interior de los hombres como se ve el intestino de las máquinas, y lo quiere ver sin pedir a los hombres que se lo permitan, sino exigiéndoles que se instalen unas ventanas en el pecho, sin batientes, permanentemente abiertas. El bufón de la corte, castrado en su divinidad, abandonado por el poder y desterrado entre los mortales, solo vivirá para volver a ser un dios cíclope dedicado en exclusiva a medir a los hombres (con enthousiasmos, esto es, poseído), a registrar y comparar sus caras, sus cráneos, sus almas, precisamente en busca de un dios que no es sino él mismo. Sin sonreír, atado a una extraña mueca, a un rictus perpetuo resultado de no querer, él mismo, disponer unas ventanas sobre su pecho, Momo, el dios del marketing, obsesionado en averiguar lo que la gente quiere para luego ofrecérselo, avisa a los hombres de que ellos mismos, siempre sospechosos de maquinar, serán catalogados, pronosticados y predichos, gracias a la belleza inherente de la mecánica.
EL GRANICERO
Un amigo me contó hace unos años que su padre, además de profesor de matemáticas en la universidad, era «granicero», esto es, que se dedicaba a pronosticar y a «mudar» el clima; a mover las nubes de sitio, a convocar o despejar la lluvia, a cambiar la dirección del viento, esas cosas. Matemático y granicero, una combinación profesional a todas luces apasionante. Le pedí que me invitara a una comida familiar para que pudiera conocerlo y hablar con él.
Era un hombre de unos sesenta años, de facciones atractivas. Después supe que su ascendencia blanca y europea se había mezclado en algún momento con sangre negra y africana, lo que le confería un rostro muy sugerente, con una piel quizá excesivamente tersa para su edad, unos labios carnosos y un tupido pelo blanco que contrastaba orgulloso con su tez morena. Su ademán era extraordinariamente tranquilo, de palabras justas y medidas incluso tras uno o dos caballitos de tequila.
Durante la comida hablamos de varias cosas, entre ellas de los problemas que expresaba la mayoría de sus alumnos para captar determinados cálculos, por lo que cada vez más le pedían diagramas y esquemas, volumetrías gráficas más comprensibles. Se preguntaba qué tipo de matemáticos saldrían de la facultad cuando preferían imágenes a números. Esta cuestión nos llevó a todos un buen rato de charla. Les conté que un estudio realizado en Italia sostenía que el dominio lexicográfico de un estudiante de dieciocho años a punto de entrar en la universidad en 1995 abarcaba unas 2.500 palabras (al salir licenciado, de media, podía dominar unas 10.000 palabras). En 2009, el dominio lexicográfico de ese mismo estudiante era de alrededor de 700 palabras. Hablamos del encendido debate que ello había suscitado entre numerosos pedagogos, porque unos –como los italianos– decían que era un ejemplo de la pérdida de competencias a causa de una comunicación progresivamente iconográfica, y otros –como los finlandeses– sostenían que no había tal pérdida, sino que esas competencias se conseguían mediante alfabetos diferentes, de carácter visual. Mi amigo y yo inclinamos nuestros apoyos, en general, hacia la segunda tesis. El padre dijo que tenía que leer los documentos que acreditaban esos resultados. Su esposa, que también era profesora, pero de lengua castellana, tenía una opinión diferente, basándose en que difícilmente podrían conocer el detalle de las cosas del pasado sin un conocimiento amplio del alfabeto tradicional.
Conocedor de los protocolos de conversación en una familia mexicana que te ha invitado a comer, le pregunté sobre la cuestión cuando llegaron unas riquísimas natillas caseras. Las preguntas de los invitados se inician con los dulces, recuérdenlo, porque se corre el peligro de que la charla se disuelva como un azucarillo en el agua. ¿Qué es un granicero? Para ser granicero, o «tiempero», que así se conoce también el oficio, es requisito importante –aunque no excluyente– haber sobrevivido al impacto directo de un rayo. Al padre de mi amigo ya le habían caído tres, por lo que era considerado especialmente solvente, sobre todo en el estado de Puebla.
«¿Sabes que Prometeo significa “el que se anticipa”? Pues nosotros, en vez de traer el fuego traemos la lluvia. Es un don que se recibe desde chamaco. Yo lo obtuve de muy chico cerca de Veracruz, al salir del coche de mi papá para resguardarme de un fuerte aguacero en un cobertizo. Mientras corría hacia él, escuché un trueno y de repente vi una intensa luz blanca y una lluvia de chispas luminosas. Cuando desperté, me contaron que me había golpeado un rayo. Estuve tres días con mucho espanto y un fuerte dolor de cabeza. La segunda vez me ocurrió en Morelos, ya de estudiante. Estábamos unos cuantos montando tiendas de campaña durante una acampada cuando se presentó una tormenta y me volvió a suceder. Ya no me asusté tanto, pero mis compañeros se quedaron todos temblando. Después, ya de adulto, simplemente lo vi venir y no hice nada. A todo se acostumbra uno. Lo que me empezó a pasar es que soñaba con frecuencia que podía parar el aire, bajar la lluvia, aventar lejos un ventarrón o jalar un rayo. La gente comenzó a decir que le gustaba andar conmigo porque le daba seguridad y suerte».
Los graniceros, me contó, casi nunca actúan solos. Se juntan unos cuantos «del rumbo» para, por así decirlo, concentrar más potencia dependiendo del tipo de fenómeno meteorológico con el que haya que lidiar. Siempre se emplazan en laderas, cañadas, cuevas, cimas y santuarios, en realidad allí donde se pueda estar más cerca del centro del problema. Muchos agricultores los tienen en gran estima y les pagaban (al menos, entonces) unos 2.000 pesos por cada sesión, casi siempre celebradas los fines de semana, porque es más fácil juntar a la gente.
«Todo es cuestión de dominar el azar. Ya que te ha tocado a ti la remotísima casualidad de haber sido alcanzado por un rayo y sobrevivir, parece obvio que uno pueda invertir los vectores para predecir o cambiar el tiempo que hará. La misma variable de probabilidad está implícita en las dos direcciones. Es por eso. Y es una tradición muy antigua. Un antropólogo llamado Guillermo Bonfil Batalla ya estudió hace años la figura del teciuhtlazquie, ‘el que arroja granizo’, entre los antiguos mexicas. Pero también es parte intrínseca de la física moderna. Mira al matemático John von Neumann. Hizo cálculos fenomenales para modificar el clima como una forma de actividad bélica de importancia similar a las armas nucleares. Bueno, nosotros somos más humildes.»
Le pedí que me explicara el procedimiento.
«Hay trombas o víboras de agua, y vientos dañeros que pueden destrozar una cosecha. O sequías que no tocan en el calendario y que pueden arruinar las milpas. Esas son relativamente fáciles de manejar y los rituales que llevamos a cabo son también sencillos. Los conjuros cambian según el tipo de amenaza contra cultivos y pueblos. Si las nubes están cargadas de hielo o traen mucha agua, se les ordena alejarse, y si el problema es la falta de lluvia, la demanda es que suelten su carga. Yo me he especializado en tormentas. Calculo por dónde va a pasar el centro –a veces me conecto a la red del Servicio Meteorológico Nacional para ver los detalles– y pongo todo en orden. A menudo, todo empieza con un cosquilleo y luego, cuando ya está uno cargado, sientes un gran dominio sobre las cosas. Entonces agarro un cirio y un manojo de yerbas olorosas que puede llevar albahaca, ruda, romero y laurel, y los levanto al cielo, mientras digo unas palabras, normalmente en náhuatl, dependiendo de los pueblos. La cosa se complica con los huracanes, que se enciman cada vez más, haciendo estragos. Los hay enormes, por lo que nos arrimamos muchos para que las probabilidades sean más grandes. ¿Conoces la teoría de los grandes números de Bernoulli? Imaginó un frasco que contenía un gran número de guijarros blancos y negros con una cierta proporción entre sí. Sacamos un guijarro, y es negro. El siguiente es blanco. Luego uno negro, y otro negro. Luego tres blancos seguidos. ¿Cuántos guijarros necesitamos examinar para hacer una buena estimación de las verdaderas proporciones de color en los guijarros dentro del tarro? La ley de Bernoulli mostró que a medida que se muestrean más guijarros su proporción convergerá hacia la solución correcta. O sea, que el muestreo funciona siempre y cuando la muestra sea lo suficientemente grande. Por eso intentamos juntarnos muchos graniceros cuando vienen los grandes huracanes, porque la convergencia de nuestras experiencias amplía mucho la posibilidad de éxito.»
«Pero ¿hasta qué punto tienen ustedes éxito?», le pregunté. «Pues eso depende de muchas variables», me respondió.
ALMANAQUES
¿Alguien se acuerda de los almanaques? Yo los conocí de pequeño, en los años setenta del siglo pasado. Se vendían en los quioscos. También los regalaba la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Barcelona. Eran librillos que tenían de todo: el santoral, las fiestas de guardar, la predicción atmosférica de todo el año, los eclipses, las fases lunares, las efemérides, las fiestas mayores, consejos para la horticultura, el horóscopo general, e informaciones relativas a países o zonas geográficas entonces completamente desconocidos para mí, como Bosnia, Ruanda, Gaza o Sudáfrica. Para los críos que, como yo, empezábamos a ser adictos a las enciclopedias, los mapas y los atlas, los almanaques eran fabulosos. Diseñados como hoy lo son los folletos de publicidad de Lidl, la información se desplegaba veloz, atiborrada, sintética. El ojo saltaba de un cuadro a otro, de un resaltado a una foto, de una gráfica a una cita. Era un caos maravilloso. Te los leías en un santiamén. Sin embargo, no eran como los atlas, en los que dejabas vagar la mirada y te esforzabas en retener aquellos complicados nombres de ciudades y ríos. Los almanaques eran de consumo instantáneo y tenían un sorprendente efecto: te olvidabas inmediatamente de todo lo visto, no había nada que recordar; una forma extraña de escritura.
Almanaque es el tipo de término que puedes repetir muy rápido y al cabo de un rato te suena a chino o a árabe, sobre todo árabe, al-manākh, «el clima», aunque seguramente los árabes lo tomaron del egipcio copto almenichiaká, o «carta astrológica». En muchas civilizaciones, los almanaques fueron el primer género de literatura escrita, primero en piedra, luego en madera, más tarde en papiros, etc. La astronomía babilónica fue la primera en elaborar tablas de periodos planetarios y lunares con el fin de vaticinar fenómenos climáticos y facilitar así los trabajos agrícolas. En Egipto, cuya existencia estaba tan vinculada a los ciclos de caudal del Nilo, las cartas astrológicas se utilizaron durante siglos. Los griegos las llamaron hemerologías y parapegmas, y eran literalmente pronósticos astrológicos asociados al clima basados en resúmenes (patrones) de observaciones hechas por autoridades del pasado. Ptolomeo se hizo muy famoso con su propia versión, el Almagest, unas tablas estadísticas muy elaboradas. La astronomía islámica medieval compuso similares libros de cálculo llamados Zij. Lo mismo en la India o en la China antiguas, en donde han quedado numerosos registros.
El primer almanaque conocido en el sentido moderno, esto es, en el que las entradas dan directamente las posiciones de los cuerpos celestes y no necesitan más cómputo, es el Almanaque de Azarqueil, escrito en 1088 por Abā Ishāq Ibrāhīm al-Zarqālī y publicado en Toledo, que proporcionaba las posiciones diarias del sol, la luna y los planetas durante cuatro años. Fue ampliamente difundido en la península, y también en Europa gracias a su traducción al latín. Pero fue la aparición de la imprenta a mediados del siglo XV la que convirtió al almanaque en una verdadera estrella editorial. Se publicaron por todas partes y su éxito fue extraordinario, tanto, que acaso puede considerarse el libro de libros, en directa competición con la Biblia. A partir del siglo XVI, los almanaques, que también se llamaban calendarios, lunarios o piscatores, empezaron a sumar a las habituales cartas astrológicas y meteorológicas, consejos agrícolas y médicos, atlas geográficos, predicciones sobre hechos políticos o circunstancias biográficas, santorales, recordatorios de la Iglesia a los fieles en cuanto a las fechas de témporas, ayunos y abstinencias, cierre de velaciones, días de sacar las ánimas del Purgatorio, fechas variables de Semana Santa y Pascua, obligaciones sacramentales de estos días, e incluso se publicaban, casi en formato de fascículo, instrucciones para aprender a escribir. Eran muy baratos y no había familia un poco leída que no lo comprara a finales de cada año para así encarar el siguiente con algo de perspectiva.
Los almanaques fueron pronto objeto de chanzas por parte de escritores y científicos al encontrar en ellos el sustento de supersticiones y un impedimento para desarrollar una verdadera instrucción pública. A finales del siglo XVI ya surgieron una serie de publicaciones que parodiaban los pronósticos y profecías de aquellos calendarios. En 1663, un escritor británico, usando el seudónimo de «Poor Robin, Knight of Burnt Island», comenzó a publicar mofas literarias bajo el título de Poor Robin’s Almanack, con predicciones de esta guisa: «Este mes podemos esperar oír hablar de la muerte de algún hombre, mujer o niño, ya sea en Kent o en la cristiandad»; «Si el 2 de febrero vas a la feria o al mercado con un montón de dinero en el bolsillo y allí te quitan el bolso, será un día desafortunado». En una de sus conclusiones, se leía: «Dejemos que los sabios filósofos computen, y que las estrellas se adapten a sus reglas astronómicas y a lo que el sol pueda eclipsar. Aun así habrá suficiente luz para ver a los tontos en abril» –recordemos que el April’s Fools Day es el equivalente en Inglaterra del Día de los Inocentes en España–. El Almanaque del Pobre Robin se publicaría ininterrumpidamente hasta 1776, siendo a su vez copiado y parodiado sin cesar.
El estilo aseverativo y prescriptivo de los almanaques fue también diana de los más conspicuos representantes de la literatura vitriólica europea de principios del siglo XVIII, y serviría de catapulta a una suerte de activismo político que haría fortuna con el tiempo. Autores ilustrados, especialmente británicos, como Jonathan Swift, Alexander Pope, William Congreve, John Gay o Richard Steele se encargaron en aquellos días de cuestionar los lenguajes combinatorios y de cálculo procedentes de la ciencia medieval, cuyos resultados aleatorios, vestidos de abstrusa profundidad y densidad jurisprudente, quedaban obsoletos en el naciente régimen racionalista de creencias. En Gulliver (1726), Swift relata el encuentro del personaje con una máquina fabricada por un profesor de Laputa (parodiando el Ars Combinatoria de Ramon Llull) que, dándole a un manubrio, disparaba una secuencia de palabras y frases capaces de componer tratados eruditos. Así, explicaba Swift, «la persona más ignorante podía, con un dispendio razonable y un poco de trabajo corporal, escribir libros de filosofía, de poesía, de política, derecho, matemáticas o teología, y ello, sin el menor auxilio del genio o del estudio». Veremos en breve como, también en la España dieciochesca, autores como Benito Jerónimo Feijoo desplegaron toda su ironía para destrozar las peroratas astrológicas de los almanaques a la vez que confiaban cada vez más en mediciones verdaderamente científicas, como las que aparecieron en el Almanaque náutico publicado en 1792 por el Observatorio de Marina de San Fernando (Cádiz), destinado al uso de navegantes y astrónomos, y cuyos datos sobre patrones de mareas, vientos y cielos se consideraron oficiales a todos los efectos. Aún se sigue publicando.
No es de extrañar que la ciencia naval fuera pionera en el desarrollo de la estadística. El potencial militar de la previsión es evidente. Muy a menudo las batallas han dependido del clima. En 1588, la Armada española se desarboló a causa de las tormentas y no tanto por los cañonazos de la marina británica. De hecho, los astrólogos españoles ya lo habían predicho: «Puede que no ocurra una catástrofe total, pero las tormentas causarán estragos en tierra y mar y el mundo entero sufrirá asombrosos trastornos, seguidos de una gran tristeza». Sí hubo catástrofe, que fue celebrada en Inglaterra por todo lo alto, sobre todo por John Dee, una de las figuras más destacadas del renacimiento inglés, que, como astrólogo real, y tras realizar una serie de lecturas cosmológicas, recomendó mantener la flota amarrada. O sea, todos acertaron.
URANIA
Vestida de azul, y coronada con una diadema que había perdido ya el oro, sostenía la tierra en una mano y el compás en la otra. Las olas parecían ensañarse solo con ella, jalándola hacia abajo en un abrazo pegajoso. Así la vi desaparecer entre las simas de agua, la ventisca y el fragor de la demencia. Musa de las matemáticas y de todas las ciencias, acabó sucumbiendo como cualquier pelandusca que se las da de señora, engullida por su propia soberbia. Fue en febrero de 1722, cerca de una costa lejana que nunca celebró su presencia. Aferrados a su destino, los marineros se arremolinaban junto a ella, gritándole tratos de favor. No hubo indulgencias. Simple y rápidamente se hundió, arrastrando sus presagios, predicciones y cálculos, pero también las vidas ajenas. Lo último que alcancé a ver fue su mano y el compás sobre la línea de una ola, como si quisiera medir el breve trazo que separa la vida de la nada. Me arrojé sobre el pequeño baúl que habíamos podido arrojar al bote y expiré hondo al ver que estaba en él mi propio compás.
Así narra Fernando Narváez, capitán de marina, el naufragio en los mares del sur de la fragata española Urania, cuyo mascarón de proa tan aterradoramente describe. La expedición, que tenía como fin el establecimiento de los grados de longitud terrestre, fue uno de esos magnos fracasos que no pasaron a la historia. Narváez, obsesionado con el premio de 10.000 libras que el Parlamento británico había establecido para quien consiguiera el objetivo, no tuvo reparos en navegar bajo bandera falsa para hacerse con el dinero. Sabedor de que el reino de España no aceptaría de ningún modo participar en empresas británicas, enroló a toda la tripulación en Malta y le puso pabellón veneciano. Poco importó la bandera. Se hundió sin remedio.
La atención que Narváez otorga al mascarón del Urania en la vorágine del desastre hay que enmarcarla en el papel que aquellas figuras tenían en la era de la navegación a vela: mostraban el orgullo del propietario, indicaban el nombre de la nave a los hombres de mar –la gran mayoría, jóvenes analfabetos–, y se les atribuían propiedades protectoras. Tallada y pintada en los obradores de Cádiz –según nos cuenta el capitán–, probablemente de la mano orfebre de Juan de la Senda, la figura de Urania representa una cesura en la habitual iconografía de los mascarones, de base religiosa, animal o monárquica; refleja una lenta pero sustancial transformación de la concepción científica del mundo. El mascarón de proa (rostra romana), una antiquísima tradición marina, era el símbolo de un mundo sin asideros, el del agua. Superficies infinitas y profundidades insondables que eran contrarrestadas por figuras de madera que encarnaban las supersticiones propias de quienes convivían con una muerte tan cercana: el mar que se despliega simplemente tras la borda. Plinio el Viejo afirmaba que una mujer desnuda o semidesnuda calmaría los mares turbulentos. El espíritu de los mascarones protegía al barco de la enfermedad, de las rocas, de las tormentas, de los malos vientos y de las calmas chichas. El mascarón estaba ahí para ver lo que estaba vedado a los marineros, para ver antes que ellos. Se consideraba que, si un barco perdía el rumbo o se quedaba sin timón, el mascarón era capaz de llevar el rumbo. Cuando los barcos se abordaban a sablazos o encaraban una gran tormenta, los marineros cubrían con un manto el mascarón para que no viera nada y no se pusiera en contra. Si un bajel naufragaba, pero el mascarón sobrevivía, adquiría un nuevo estatus: ni se lo podía destruir ni tampoco nadie jamás le daría un nuevo uso. El mascarón representaba el último abrazo de la vida, la última magia, la postrera esperanza de los marineros, que, como nos relata el capitán, le gritan tratos de favor frente a lo inevitable.
Es por ello reveladora la presencia de una figura como aquella en un barco de entonces. Urania era la musa romana de la astronomía y, por extensión, de todas las ciencias. Era capaz de predecir el futuro mirando a las estrellas. No es una figura santa, una sirena, una ninfa, Poseidón, un emblema patriótico como el león, o un unicornio, que eran los mascarones habituales de la época. La musa representa el desafío al destino, a ese horizonte de incertidumbre; su compás simboliza la luz que disipa las tinieblas de lo desconocido, la razón que convierte al destino en sentido. Aquella bella y fría mujer de madera representa un nuevo principio: la certeza que ofrece el cálculo, la posibilidad de predecir con patrones cuantitativos. Urania venía a confirmar un proceso larvado durante siglos en el que la navegación constituyó el germen de «la predicción como producción». Igualmente, el barco se hundió, acaso porque al ser una mujer nadie la escuchó.
Navegar a vela hasta hace poco más de un siglo y medio suponía un reto sustancial. Tengamos presente que alrededor del 25% de los marineros que se enrolaban en las naves españolas durante el reinado de los Austrias morían en el mar, la mayoría de las veces a causa de temporales. Quevedo hablará del mar como un «horrendo y líquido alboroto». El marinero trazó a lo largo de los siglos una cartografía del miedo. Dado que el temor a lo desconocido es el principal estímulo del orden, se dedicó a dibujar pequeños signos y símbolos en un espacio gráfico perfectamente acotado, con la ilusión de que, algún día, pudiera darse por acabado; de que, en algún momento, el mapa fuera una fotografía segura y exacta de la realidad física. La carta náutica debía servir para prevenir el caos mediante la indicación precisa de puertos, presiones atmosféricas, vientos, rutas, derrotas, balizas, cotas, mareas, fondeaderos, flujos, meridianos, paralelos, grados, vías, canales y corrientes. La domesticación del azar tenía unos efectos bien palpables: sortear la muerte y ser más productivos. Las máquinas, dijo Vilém Flusser, son objetos producidos para derrotar la resistencia del mundo.
Así, una de las primeras cosas que hacía el capitán de barco al llegar a puerto era acudir al cartógrafo local para señalarle en los mapas aquellos hallazgos potencialmente útiles para otros navegantes: que si habían visto unos arrecifes allí, que si se habían encontrado un viento inesperado en una zona dada, que si habían topado con unos piratas cuya base se presumía en tal sitio. Todo se incorporaba al mapa, cuya longevidad solo quedaba marcada por el aluvión y celeridad de los datos que siempre iban entrando. Los gigantescos esfuerzos para determinar la posición de la nave con coordenadas de velocidad, altitud y longitud, llevarán a protocolos cerrados en la captación de datos, en especial mediante la observación astronómica. Protocolos e instrumentos de medición que siempre debían ser los mismos, pues todo se basaba en crear un sistema integrado de patrones: la plomada, el astrolabio, el compás, la brújula, el sextante, el catalejo («podremos descubrir al enemigo dos horas o más antes de que él nos descubra a nosotros», le escribe Galileo a su Príncipe para convencerlo de su invento, el perspicillum, término latino derivado de «perspicacia»), el barómetro, el reloj o el radar: interfaces asociadas a las ciencias de la prognosis. La ancestral historia de los oráculos y de la predicción del futuro y de la catástrofe encontrará en las ciencias marinas y astronómicas el terreno en el que convertir, paulatinamente, la interpretación religiosa de las señales físicas en un modelo instrumental empírico y racionalista de medición, registro, visualización y estandarización de la compleja realidad circundante. Estos artefactos se definen por ser el resultado del encuentro entre los medios de producción y los medios de predicción, un proceso que según el filósofo Auguste Comte se encaminaba a «ver para prever» y que los pioneros de la computación, desde Leibniz hasta Charles Lyell, Charles Babbage o Ada Lovelace, condujeron con la mirada puesta en lograr «la predicción de la experiencia».
Si en algún dominio este proceso tuvo un mayor impacto fue en el del pronóstico atmosférico. En 1724, la Real Sociedad británica logró organizar un verdadero acuerdo internacional de recolección de datos sobre temperatura, presión atmosférica y humedad, con formularios e instrumentos estandarizados. Las observaciones sincronizadas tuvieron que esperar hasta la invención del telégrafo en 1844 –hasta entonces, el tiempo tendía a superar al mensajero– y condujeron a predicciones meteorológicas basadas en una sinopsis de los datos disponibles, lo que se materializó en 1854, con la creación del primer Servicio Meteorológico Británico. Todo, de repente, parecía poderse resolver mediante ecuaciones: «Nada será incierto, tanto el pasado como el futuro serán presentes», manifestó un pletórico Laplace. Naturalmente, la demanda de computadoras aumentó. Lewis Fry Richardson suspiraba con que «tal vez algún día, en el futuro oscuro, será posible avanzar en los cálculos más rápido que los avances del tiempo, pero eso es un sueño». En 1922, se imaginó una gran sala, una especie de «fábrica de predicción», llena de «calculadoras» –como denominó a gente armada con reglas de cálculo, cada uno responsable de computar los cambios en una pequeña célula de la atmósfera–. Las paredes estarían pintadas con un mapa del globo terráqueo, y en un púlpito en el centro habría una sola persona, «como el director de una orquesta», que mantendría a todos «en el mismo tiempo común». Una simbiosis, la de la computación y la del control del azar, que vendrá resumida, en el marco de la evolución del radar y la computación moderna, en estas palabras de Alan Turing: «La sorpresa ocurre sobre todo porque no hago cálculos suficientes para decidir qué debo esperar que hagan [las computadoras]».
En 1950, la predicción numérica del tiempo alcanzó su cénit productivo en una computadora en el Laboratorio de Investigación Balística del Ejército de Estados Unidos en Maryland. El modelo dividió a Norteamérica en 270 células bidimensionales. Corriendo en una máquina de tarjetas perforadas conocida como ENIAC (Electronic Numerical Integrator and Computer), el pronóstico de veinticuatro horas tomó cerca de veinticuatro horas para completarse, pero, por fin, el resultado se asemejó al clima real. En noviembre de 1955, un modelo meteorológico superó a los pronosticadores humanos en la predicción precisa de una tormenta en Washington, D.C.
La predicción meteorológica es hoy una industria sideral. Cada día miles de modelos suministran pronósticos a todo tipo de empresas dependientes de una forma u otra del clima, como la agricultura, la energía, el transporte y el comercio minorista. El consumo de refrescos, helados, películas, medicinas y muchos otros bienes cambia con el clima. Las compañías eléctricas utilizan las previsiones para estimar la demanda y fijar lucrativamente los precios. Las empresas aseguradoras adecuan sus productos con relación a los algoritmos climáticos, dependiendo de si el invierno será húmedo o del número de días sin heladas en un aeropuerto. Los oráculos hablan y la gente paga.
Urania, la calculadora, era hija de Mnemosine, la madre de las musas y personificación de la memoria, dotada con el don de la videncia del pasado, destreza humana que permite leer el presente con perspectiva. Urania, en cambio, lee el futuro porque es capaz de declinar el presente con la «palabra eficaz», de utilizar un lenguaje que va más allá de la descripción, que se presenta como prescripción. Una prescripción es la decisión sobre la obligatoriedad de una cosa. Urania se encargará de hacer simplemente normativas y productivas las palabras de su madre.
EL OBISPO
Nos invitaron a conocer la Iglesia Nacional Española de Santiago y Montserrat en Roma. Con semejante título, la visita prometía. Mientras nos ofrecían un escueto piscolabis de fantas y chorizos castellanos, mantuve una distendida conversación con un obispo de Burgos que dijo estar investigando sobre religión y tecnología. Lo normal en estos adustos sitios romanos suele ser preguntar si eres más de Bernini –tienen uno– o de Borromini, pero los intereses comunes nos llevaron hacia las máquinas. Todo iba bien, sosegado. La conversación, tampoco muy profunda, giraba alrededor de cómo la Iglesia percibe hoy el fenómeno de la inteligencia artificial. Al obispo se le veía versado en el tema, incluso entusiasmado con el asunto de los cyborgs, que consideraba un ejemplo del interés que despierta el posthumanismo entre los modernos círculos teológicos. En un momento dado, le dije algo así como: «Al fin y al cabo, la Iglesia sabe mucho de predicción». Fue acabar la frase y su rostro demudó. Su sonrisa se contrajo, su frente se alisó y de su boca salió una educada y parca reprimenda: «No, la Iglesia no trata con predicciones. No nos interesa la magia». Cuando quise contestar, con un toque amable en el brazo que solo los sacerdotes saben dar, me dio a entender que la charla había terminado.
Me quedé intrigado. La palabra profecía pertenece de pleno derecho a la Iglesia. El diccionario dice que es un don sobrenatural que consiste en conocer por inspiración divina las cosas distantes o futuras. Un profeta es alguien que hace predicciones. La Biblia está llena de ellos, que no paran de anunciar cosas que pasarán. Ahí están, por ejemplo, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, todos ellos pintados en la bóveda de la Capilla Sixtina, en el corazón del Vaticano. ¿Por qué el obispo asociaría negativamente predicción y magia, cuando podía vincular lo predictivo al origen mismo de su fe? Ya sabemos que los cristianos tienen una relación desigual con el Antiguo Testamento, tan hebraico él, pero ¿no decían aquellos profetas que llegaría un Mesías? No se equivocaron mucho, pensará cualquier cristiano. Es cierto que el catecismo dice que todas las formas de adivinación que «desvelan el porvenir» deben rechazarse porque entran en «contradicción» con la providencia dictada por Dios. Podemos pensar que el obispo sigue ese criterio, que establece que la diferencia entre magia pagana y profecía cristiana radica en que el contenido de la predicción es dictado por los dioses, las estrellas o la disposición de unas piedras, en el primer caso, y por Dios, en el segundo, y que, siendo este último el único verdadero, toda profecía que no venga de él puede considerarse falsa en origen. Puede. Pero, propongamos otro punto de vista enteramente político.
Como ha expuesto sobradamente Silvia Federici, fue a partir de los siglos XVI y XVII cuando la Iglesia, la filosofía mecanicista, los nacientes estados y el mercantilismo burgués coincidieron en sus objetivos de perseguir todos aquellos fenómenos «mágicos» que cuestionaban sus coincidentes intereses y marcos discursivos. A mediados del siglo XVI, tanto la Iglesia católica postridentina como muchas de las iglesias reformadas europeas endurecieron sus ataques a toda forma de videncia, por temor a que el grado de confianza que la gente depositaba en esas prácticas para manipular las condiciones de vida socavara el poder de las autoridades y del orden constituido. Los tristemente famosos juicios de Salem (1692-1693), en el actual estado de Massachusetts, que acabaron con la vida de decenas de «brujas» se iniciaron por las acusaciones hechas por los colonos contra las adivinaciones de una esclava india. Era mayormente la gente humilde la usuaria de este tipo de saberes, pero fueron las mujeres el objetivo de la terrible cacería. Como señala Federici, si bien la caza de brujas estuvo dirigida a una amplia variedad de prácticas femeninas, fueron la hechicería, el encantamiento y la adivinación los tipos más perseguidos, dado que eran realizados fundamentalmente por mujeres de mayor edad, consideradas ajenas a los ciclos productivos y reproductivos fijados por las leyes naturales y los sistemas laborales.
Esas prácticas, que se transmitían de generación en generación y que gozaban de enorme simpatía popular con el fin de «aplacar las fuerzas invisibles, mantenerse lejos del daño y favorecer la fertilidad, el bienestar y la salud», incluían la preparación de compuestos medicinales con plantas, aceites y otras sustancias naturales, el cuidado de enfermos, la «marca» de personas y animales para evitarles desgracias, la liberación de males de ojo, la fabricación de artefactos de atracción amorosa, de hechizos para vencer a las cartas, para volverse invisible, para estimular la fertilidad, para ganar inmunidad en una guerra, para hacer dormir a los niños: también la lectura del futuro o la adivinación de objetos perdidos o tesoros escondidos. Por ejemplo, esta última creencia, la de encontrar oro, dinero o joyas enterradas mediante el uso de técnicas mánticas o conjuros, comenzó a ser percibida como un obstáculo en la aplicación de la disciplina laboral: «La magia mata a la industria», se lamentaba Francis Bacon, que consideraba que una vida digna solo se conseguía con el trabajo duro y no perdiendo el tiempo buscando quimeras. Que la gente prefiriera adivinar el emplazamiento de tesoros a trabajar en las tierras del amo perturbaba el orden natural que el naciente capitalismo buscaba imponer. Esos pobres, y las «brujas» que los alentaban, eran (y son) considerados ociosos y una carga intolerable para el conjunto del edificio social. Mary Beard, la conocida historiadora inglesa de la Antigüedad, al analizar la Roma imperial ya señaló un incipiente proceso de reconvertir el otium –entendido como lo hacían los romanos, no con el actual sentido de «ocio» sino como el estado de ser dueño del propio tiempo– en negotium, en negocio (no ocio), es decir, en el estado de depender del tiempo productivo de otros, una dinámica especialmente impuesta sobre las mujeres. Este tipo de predicciones –como nos recuerda Federici– no era simplemente la expresión de una resignación fatalista, sino un medio por el cual los pobres dotaban de legitimidad a sus planes y se motivaban para actuar. Así, las profecías y predicciones mágicas sobre las que el pueblo construía sus horizontes fueron sanguinariamente reemplazadas por las predicciones científicas del nuevo orden productivo. Las predicciones populares sobre los días en que era bueno trabajar y los días en que no eran del todo incompatibles con las nuevas disciplinas mecanicistas del trabajo.
En la filosofía mecanicista de Bacon, Hobbes, Descartes o Malebranche, comenzó a describirse el cuerpo por analogía con la máquina. De ese modo, puede ser calculado, clasificado y corregido a fin de hacerlo compatible con la utilidad social que se le presume. Los cuerpos ya no se guían por fuerzas ocultas a las que dedicar la superstición, sino por engranajes uniformes y predecibles que habilitan su subordinación a procedimientos productivos. Así, interpretado como herramienta, el cuerpo-máquina abre sus ventanas para mostrar su constitución interna, sus límites físicos y psicológicos, el funcionamiento de sus pasiones y debilidades, siendo, por tanto, susceptible de racionalización y control. Bacon hablaba de la naturaleza como la Gran Máquina «penetrada en todos sus secretos» y «atrapada en un sistema de sujeción». Federici considera que el «saber» –cada vez más gestionado por el Estado– se convirtió en «poder» solamente haciendo cumplir sus prescripciones, y destruyendo todas aquellas creencias, prácticas y sujetos cuya existencia comprometía la nueva regulación mecanicista. El mundo de naturaleza secreta cuyos efectos positivos era necesario propiciar mediante la magia y la adivinación fue cancelado en las hogueras y las horcas por una visión racionalista obsesionada en convertir toda superficie en un cristal transparente, penetrable y deducible. Así, mediante la racionalización del espacio, del tiempo y del cuerpo engendrada en la especulación filosófica de los siglos XVI y XVII, la profecía fue sustituida por el cálculo de probabilidades, «cuya ventaja, desde el punto de vista capitalista, es que el futuro puede ser anticipado solo en tanto se suponga la regularidad y la inmutabilidad del sistema». Al intentar controlar la naturaleza, la novedosa organización capitalista del trabajo «debía rechazar lo impredecible que está implícito en la práctica de la magia, así como la posibilidad de establecer una relación privilegiada con los elementos naturales y la creencia en la existencia de poderes a los que solo algunos individuos tenían acceso, y que por lo tanto no eran fácilmente generalizables y aprovechables». El mundo, según la lógica racionalista, debía de ser desencantado en favor del cristal transparente que revela el interior del reloj en aras de acabar con cualquier potencial insubordinación. La profecía fue convertida en predicción, con unas reglas precisas que anulaban las borrosas líneas de la superstición: deben estar exentas de ambigüedad; deben ser lo más precisas posibles; deben ser verificables en sentido científico; quien está en conocimiento de una predicción no debe poder de ningún modo influenciar la verificación de esta, de lo que se infiere que tampoco la gente sobre cuyos comportamientos se hacen predicciones deben saber de ellas; para verificar la predicción, el predictor y el verificador deben poder disponer de las mismas informaciones.
Acaso fue todo esto lo que afloró en la abrupta respuesta del obispo burgalés. Las predicciones mágicas no cuadran con las predicciones algorítmicas de un cyborg que, igual que los profetas bíblicos, recibe el código de un hacedor con el encargo de imprimir un sentido determinado en su decir y existir. No hay lugar para trastornos inútiles del sentido, para relaciones ocultas, aleatorias e impredecibles. Si la Iglesia acabó con todo lo que «oliera» a presagio (de praesagium, tener buen olfato, como los perros que siguen el rastro) era porque ya estaba todo escrito y no había nada que rastrear. Solo quedaba medir, registrar y catalogar. El carácter desestabilizador de las profecías premodernas fue extirpado a sangre y fuego a fin de hacerlas inocuas, meros horóscopos de periódico, desprovistos de competencia pública y emplazados a ser placebos privados. Y hablando de Roma: alrededor del 15 % de los italianos creen con firmeza en las predicciones zodiacales. ¿Qué ocurriría si esos nueve millones de personas realmente actuaran en función de lo que dice el horóscopo? ¿Qué clase de revolución se produciría?
1. Texto basado en la interpretación de David Orrell de las técnicas délficas, elaborada a partir de los escritos de Plutarco. Ver bibliografía.
Pulsuz fraqment bitdi.