Kitabı oxu: «Homo viralis»

Jorge Luis Zirulnik
Homo Viralis
Historia biointelectual
del SIDA
Prólogo de Pedro Cahn

| Zirulnik, JorgeHomo viralis : historia biointelectual del SIDA . - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2014.E-Book.ISBN 978-987-599-362-41. Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida. 2. Ensayo. I. TítuloCDD 616.979 2 |
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Índice
Prólogo
Mis tres encuentros con Jorge Zirulnik | 5
Capítulo 1
Homo Viralis | 11
Capítulo 2
La confesión de Foucault | 30
Capítulo 3
Escrituras del SIDA | 44
Capítulo 4
El VIH y los nuevos parias . Diálogo imaginario sobre el SIDA con Hannah Arendt | 63
Epílogo
Las imágenes mentales del SIDA | 72
Prólogo
Mis tres encuentros con Jorge Zirulnik
En el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio.
Albert Camus, La peste.
Durante los últimos veinte años, conocí diversas facetas de Jorge Zirulnik en tres circunstancias diferentes. La primera tuvo lugar cuando tímidamente –creo que esperando un rechazo– se presentó en el Servicio de Infectología del Hospital Fernández manifestando su deseo de ser parte de él, en su condición de psiquiatra. No me costó mucho dar una respuesta afirmativa, dada mi convicción acerca de la necesidad del abordaje inter y transdisciplinario de la salud y su contraparte inevitable, la enfermedad. Si esta perspectiva es válida para atender al ser humano sano o enfermo en general, la situación VIH / SIDA es sin duda paradigmática, pues no puede ser considerada desde el ángulo estrecho de los enfoques biomédico, psicológico o social, sino a través de la integración de ellos en una síntesis superadora, que por cierto es mucho más que la suma de las partes.
El segundo encuentro, que se reproduce día a día, se celebra en el trabajo cotidiano en el hospital. Su labor como psiquiatra que sabe medicina y médico que conoce con profundidad las teorías y corrientes que generan apasionados debates en el área de salud mental no sólo le permite dialogar con los infectólogos sobre las opciones de tratamiento antirretroviral, sino también discutir la aplicabilidad del pensamiento de Jacques Lacan en la práctica del hospital público. En ese encuentro, aprendimos los conceptos de identidad VIH e identidad HAART, no concebidas como resignación pasiva a la enfermedad y su tratamiento, sino como adaptación positiva y sanadora, en la medida en que ellas permiten al paciente vivir con el virus y proyectar su vida, resignificando su contenido, en lugar de morir por el virus, clausurando toda perspectiva personal y, por ende, social.
Creí conocer a Jorge a través de ese perfil, sumado al de cinéfilo, agudo crítico del cine comercial y fuente de referencia para el cine de culto. Por si fuera poco, su sufrimiento de casi todos los lunes por su amado Racing Club completa de un modo curioso su perfil académico.
Sin embargo, no fue hasta que recibí la distinción de prologar este libro que conocí por tercera vez a Jorge. Sabía de su erudición y voracidad para la lectura, pero sólo a través del contacto con las páginas de Homo Viralis pude apreciar en su real magnitud la profundidad de su análisis.
Jorge Zirulnik se propuso un ambicioso desafío: aportar a un campo apenas trabajado, el de la biofilosofía del SIDA. Tras introducir al lector en la genealogía de la identidad VIH, capítulo indispensable para sumergirse en el core del texto, el autor nos propone vivir con Foucault su peculiar relación con la enfermedad, coherente en lo heterodoxo con las relaciones que establece con otros aspectos de su vida, como pensador, militante, historiador, filósofo; en definitiva, como persona, o según su propia definición, como artificiero (provocador intelectual). Sin embargo, su condición rupturista y desafiante del establishment intelectual de su época no fue lo suficientemente fuerte como para permitirle asumir en público su enfermedad VIH, y con ella su identidad. Lejos de ser un comentario crítico, este párrafo es un llamado de atención para todos nosotros: si Foucault no pudo con el prejuicio, con todo su formidable bagaje intelectual, su prestigio y el respeto ganado en la sociedad pensante, ¿qué queda para los anónimos pacientes con escasos recursos simbólicos e intelectuales que cubren de modo mayoritario las estadísticas mundiales (y nacionales) del VIH / SIDA?
El tercer capítulo, titulado “Escrituras del SIDA”, compara las lecturas (escrituras) que Susan Sontag y Jean Baudrillard hacen del fenómeno VIH / SIDA. Sontag, ensayista estadounidense, autora del conocido texto La enfermedad y sus metáforas –libro que escribió después de que se le diagnosticó un cáncer–, tuvo temprano contacto con el par de binomios salud / enfermedad y vida / muerte, al perder a su padre a los cinco años de edad a causa de otra peste, la tuberculosis. Ser excepcional, lectora de la obra completa de Shakespeare a los nueve años, enemiga implacable de toda aventura guerrera, en especial de las de su país natal, fue corresponsal de guerra en Vietnam, cineasta (dirigió una película en las alturas del Golán durante la guerra en Medio Oriente) y comprometida con su pensamiento antibélico. De hecho, montó Esperando a Godot, de Samuel Beckett, con un elenco multiétnico después de impartir clases en la Academia Dramática de Sarajevo. Su posición contraria a Bush, crítica de su política belicista y de la tortura, le valió amenazas de muerte que sólo la leucemia pudo concretar a los 71 años de edad.
Jean Baudrillard fue contemporáneo de Susan Sontag: nació cuatro años antes y murió tres años después. Filósofo, sociólogo y crítico, abordó la posmodernidad como objeto de estudio, temática que también estudió Foucault. Describió la dinámica de la sociedad de consumo, basada en la adquisición de signos antes que de objetos. Así, el consumidor no adquiere un objeto por su valor de uso sino por su significado colectivo, aquel que hace que el otro vea signos, por ejemplo, de prestigio social y opulencia económica, lo que implica jerarquizar el parecer por encima del ser. Su concepción de la hiperrealidad lo llevó a decir que “la Guerra del Golfo no tuvo lugar”, acusando a los medios de comunicación occidentales de cómplices, por reciclar imágenes de guerra presentándolas en tiempo real. Mientras tanto, Saddam Hussein, casi invicto, terminó esa guerra en el poder, con la insurgencia kurda derrotada por Irak, por lo cual, según Baudrillard, los vencedores no salieron victoriosos, y por lo tanto, no hubo guerra. Si la hubo, tuvo más de videojuego que de combate real, salvo para los pocos desgraciados que sufrieron sus consecuencias. Ya se encargaría EE.UU. de transformar el videojuego en guerra real una década más tarde, sumando y mezclando la manipulación mediática con el horror sobre el ser humano.
Pero su idea de la hiperrealidad no se limita al plano social. Por el contrario, profundiza en lo individual cuando habla de aquellos que viven obsesionados por la perfección y el paso del tiempo, ya que reemplazan la autenticidad en la sustitución del sujeto por su copia y terminan creyendo que la copia es lo real. Cualquier semejanza con el furor contemporáneo por caras aniñadas, senos voluminosos y glúteos firmes aunque artificiales es bienvenida. Dado que la realidad se extingue bajo el modelo virtual, ya sólo quedan los simulacros: de aquí en adelante, los simulacros precederán a cualquier acontecimiento, o más exactamente, a cualquier suceso que ocurra en la hiperrealidad.
Zirulnik aborda el desafío de releer a estos dos formidables pensadores a través de sus respectivas lecturas sobre el VIH / SIDA. Fiel a sus ideas, describe cómo se filtra el lenguaje militar en el discurso médico, donde campañas, defensas, ataques e invasiones ocupan una parte sustancial. Como señala, con acierto, el autor de este libro, ese uso no es inocente, ya que para la ultraconservadora sociedad norteamericana de los tiempos de Reagan, el SIDA es la metáfora perfecta, el castigo divino al enemigo pecador, homosexual, drogadicto, con frecuencia negro o latino, lógico objeto de estigma y discriminación. El hemofílico, el transfundido o el recién nacido infectado son en este contexto víctimas inocentes, como las de los daños colaterales de las guerras supuestamente justas.
Se opone Baudrillard a la idea del SIDA como metáfora y lo vincula con la idea de metonimia. Según el diccionario, este concepto implica dar o poner un nuevo nombre a algo, o indica la designación de una cosa o idea con el nombre de otra, sirviéndose de alguna relación semántica existente entre ambas. Baudrillard lee (escribe y describe) al SIDA como metonimia. Así como la tecnología expone al extremo la virtualidad (navegamos desde un teléfono en un café con wi fi, leemos sin papel a través de un I-pad, dialogamos por el chat, tenemos sexo –¿sexo?– virtual), la virtualidad a su vez se expone a la viralidad. En Baudrillard, el VIH es al sexo lo que los virus informáticos son a la parafernalia electrónica. Y coherente con su visión de virtualidad que lleva a la viralidad nos dice: “Cuando se entrega el cuerpo tanto a las prótesis artificiales como a las fantasías genéticas se desorganizan sus sistemas defensivos y se rompe su lógica biológica”. Su particular y polémica conclusión es que el SIDA es una abreacción (aparición en el campo de la conciencia de un afecto hasta entonces reprimido de la especie) defensiva de la especie contra el riesgo de una promiscuidad total, de una pérdida total de la identidad en la proliferación y aceleración de las redes. Curiosa voltereta ideológica que podría terminar llevando, de manera involuntaria, claro está, agua al molino de la mirada conservadora, la que (por suerte) difícilmente lea a Baudrillard.
Hacia el final, al estilo de los reportajes del historiador Felipe Pigna a San Martín, Moreno o Belgrano, Zirulnik dialoga de un modo imaginario con Hannah Arendt sobre el SIDA. El diálogo es doblemente imaginario, porque Arendt murió en 1975, y por lo tanto ni pudo dialogar con Zirulnik, ni fue contemporánea de la epidemia. Pero a diferencia de Pigna, que formula preguntas a las que responde con citas textuales de los personajes que entrevista, el autor asume el riesgo de poner en boca de Hannah Arendt conceptos sobre un tema que no conoció. Indudable gesto de audacia intelectual, a través del cual nos relata su propia visión sobre el SIDA, que culmina con una afirmación-proclama: “Que todos los enfermos de SIDA sean pacientes ciudadanos con plenos derechos”. Por desgracia, para el 70% de las personas que viven con VIH en el mundo esto no es aplicable, sólo por haber nacido en el país equivocado y en el momento equivocado.
El libro de Zirulnik ayuda a comprender el drama humano de la epidemia aportando sobre ella una visión original, recreando las ideas de cuatro de los más influyentes pensadores del siglo XX. Imprescindible lectura para todo aquel que quiera pensar más allá de lo obvio.
Pedro Cahn
Jefe de Infectología del Hospital Fernández
Presidente de Fundación Huésped, Buenos Aires
Capítulo 1
Homo Viralis
Genealogía de la identidad VIH
La genealogía es gris, meticulosa y pacientemente documental. Trabaja con pergaminos embrollados, borrosos, varias veces reescritos.
Foucault, Michel, Nietzsche, la genealogía, la historia, Valencia, Pre-Textos, 2004.
Este breve ensayo no se propone como una historia del SIDA. Tampoco como una hermenéutica psicológica o sociológica del fenómeno VIH. Se trata de un intento de análisis genealógico de la identidad que se pliega sobre el sujeto infectado con el virus de la inmunodeficiencia humana. Como se verá, no resulta unívoca, ni engendrada de una vez para siempre, sino que su precipitación recorre discontinuidades, momentos de transición, fragmentaciones o desvíos. Aunque también reconoce la consolidación, pero siempre atravesada por un determinado espectro de influencias contemporáneo a su emergencia.
No trabajaremos de un modo exhaustivo sobre las fases de la infección, sus enfermedades asociadas o marcadoras, o los sucesivos procedimientos terapéuticos, sino sólo en función de hurgar en la historia efectiva –la wirkliche Historia de Nietzsche–, traída de manera brillante por Michel Foucault a sus investigaciones médico-histórico-filosóficas del siglo XX de la identidad VIH.1
La enfermedad VIH tiene su correlato psicosocial en la identidad que determina en el sujeto: identidad VIH, nueva inmunoidentidad de carácter finisecular. Como la condición infecciosa que la soporta, ha irrumpido de forma drástica y de modo viral en la ecología de las identidades de final del siglo XX, con las características de lo viral en el plano psicosocial oportunamente desarrolladas por Baudrillard: gran penetrabilidad, enorme reproducibilidad y dura resistencia a la neutralización. La nueva inmunoidentidad VIH se comporta como extrema en el seno del identikon (dispositivo mental generador de identidad o identidades).2
Si observamos su devenir en la historia natural del SIDA, aparecen dos grandes formas: la identidad VIH surgida de la primera fase de la pandemia –entre 1981 y 1986– o Período Negro; y aquella que emerge en la era HAART,3 iniciada en 1996 con la introducción de los tratamientos de alta eficacia para la enfermedad, que denominamos identidad ARV.4 Entre ambas, emerge la primera discontinuidad convertida en una década de transición, por el surgimiento del primer fármaco antirretroviral –la zidovidina o AZT– en 1986.
Tanto la forma VIH del Período Negro, como la ARV de la era HAART, actualmente en curso, responden a un espectro distinto de configuraciones intrínsecas: identidad gay-VIH; adictiva-VIH; heterosexual-VIH; congénita-VIH; nueva identidad ARV del sujeto seropositivo de la era HAART, adherida de modo operacional a la tecnología médica de los fármacos antivirales; o fallida y de devenir ineluctable, en aquellos que se segregan del dispositivo médico. Todas ellas son extremas y con demanda perentoria para el sujeto que las gestiona: el Homo Viralis.
¿Se alcanzará la identidad pos-VIH? Seguramente, sí; luego del viraje en el paradigma médico HAART –quimioterapia múltiple de interferencia sobre el ciclo viral– hacia otro probablemente genético, en el que se producirá la convivencia pacífica con el VIH neutralizado en su genoma ribonucleico de replicación: el Homo Viralis benigno. O como lo piensa Paula Sibila con su modelo de hombre postorgánico, que convive en el interior de su cuerpo con los microprocesadores.5
En este breve ensayo nos proponemos configurar una genealogía de la identidad VIH. Despejar las sucesivas transformaciones que experimentó a lo largo de la evolución de la pandemia, tanto en sus grandes formas de precipitación psicosocial (VIH, ARV, eventual pos-VIH), como en la configuración intrínseca –ontológica– que se produce en el identikon del sujeto, o en los diferentes colectivos VIH vinculados. Al final del capítulo, se encontrará un glosario de términos que colaborará con la lectura.
VIH e identikon
En Londres hubo una terrible peste en el sesenta y cinco; murieron de ella más de 100.000 hombres, pero yo aún estoy vivo.
Citado en Defoe, Daniel, Diario del año de la peste, Barcelona, Bruguera, 1983.
En el Período Negro de la pandemia, la identidad VIH irrumpe con toda su ferocidad en el plano psicosocial, a través de su consideración como la única que representa al sujeto infectado en el mundo. Es lo que Amartya Sen llama filiación singular perversa de una identidad determinada. Aquí el sujeto portador es considerado sólo como VIH positivo. Todas sus otras identidades potenciales pasan al ostracismo. La respuesta de ese otro perverso-paranoico del comienzo de la epidemia ha sido de gran violencia segregadora. El sujeto es obligado a cancelar todas sus otras identidades. Es sólo VIH reactivo en primer término, en cualquier escenario potencial.6
Este proceso queda muy bien ilustrado en la película Filadelfia, donde el personaje interpretado por Tom Hanks, un brillante abogado, en el momento de ser elegido como nuevo socio de un gran estudio resulta despedido por su condición de VIH positivo. Todas sus otras identidades potenciales –ser norteamericano WASP, de genero masculino-gay y abogado brillante– quedaron eclipsadas por una única filiación singular: la de ser VIH positivo. En la respuesta de sus pares, la identidad VIH se tragó a todas las demás, jugando su destino.7
El mecanismo de filiación singular perverso-paranoico enunciado está más allá del sujeto y de su subjetividad. Por más que en el seno de su dispositivo identitario –identikon– el componente VIH haya sido neutralizado de manera adecuada, evitando el anonadamiento depresivo, el otro no responde del mismo modo. No responde con respeto a la subjetividad de cada uno, sino desde la gran forma identitaria VIH precipitada en la cultura: se trata de aquello que debe ser rechazado en todos los casos, porque no se sabe nada. El ejemplo siniestro del tratamiento de los judíos en la Alemania hitleriana se le parece, aunque sea sólo en la filiación singular de determinada condición biorracial: ser judío, ser VIH positivo. Se trata de una respuesta biosocial segregadora, emergente de la identidad VIH y negligente de la subjetividad.
Para la sociedad nazi, no hay subjetividad a tener en cuenta de aquel sujeto de origen judío. Para aquella sociedad del Período Negro en los años 1980 vale lo mismo: sólo interesa la identidad VIH. Esto nos ha llevado a operar con el concepto de identidad, en lugar del de subjetividad, para captar mejor la respuesta psicosocial al fenómeno VIH.
En el Período Negro o inaugural del SIDA, no existe un saber constituido sobre la enfermedad. No se sabe dónde ataca, cómo se comporta la infección, cuáles son sus órganos o sistemas biológicos blanco, además de la inmunodepresión causada por la muerte viral de las células CD4. Es decir, todavía no está escrita la historia natural de la enfermedad. Cuando no hay saber, el poder reprime; si hay saber, el poder controla. Esto último recién ocurrirá más de una década después con el advenimiento de la era HAART, en la que si bien la pandemia aún continúa en expansión, la medicina ha completado la comprensión del comportamiento fisiopatológico de la virosis, con el uso de drogas de interferencia sobre el ciclo enzimático VIH.
Si el sujeto no cae en el anonadamiento depresivo por la inundación VIH de su identikon, existe para éste, en algunos casos notables, una posibilidad sublimatoria: configurar la identidad VIH como plan de vida. Como desarrolla Kwame A. Appiah en su extraordinaria obra sobre la ética de la identidad, alguien con una identidad dura como la que nos ocupa puede llevarla adelante incorporándola como plan de vida, configurando un extraordinario desvío genealógico. Se trata del sujeto VIH positivo que se convierte en “militante VIH” a través de diversas maneras: crear o pertenecer a una ONG; ser voluntario en un hospital; trabajar en programas de prevención; o convertirse en un operador de la exposición mediática de la cuestión VIH (en la Argentina tenemos el ejemplo pionero de Roberto Jáuregui en la Fundación Huésped).8
Inmunoidentidad
Podría considerarse a la identidad VIH como una inmunoidentidad en dos sentidos. En primer lugar, el sujeto que porta la infección es un “inmunocomprometido”, del mismo modo que lo es un enfermo con lupus eritematoso sistémico, o alguien transplantado del riñón o del hígado. Todas estas entidades marcan la identidad y se implican en el interior del self, como se refleja cuando el sujeto se expresa “soy lúpica” o “soy VIH positivo”. La enfermedad se juega en la dimensión del ser, más que en la del tener.
Pero existe otro campo de sentido para la categoría de inmunoidentidad que tratamos aquí. El identikon parece seguir la lógica inmunitaria cuando recibe la inundación psíquica que acompaña al conocimiento de la serología VIH reactiva. Un inóculo de significación VIH se inscribe en el sistema, de un modo similar a la inscripción inmunológica que se realiza al recibir una vacuna. Este input tendrá alerta al self, para mantener operativos los mecanismos de adaptación que el fenómeno VIH exigirá: responsabilidad en el intercambio sexual; compliance con el equipo médico; adherencia al tratamiento antirretroviral HAART; etc. De este modo, las demás identidades potenciales del sujeto quedan preservadas, sin hacerlo caer en el derrumbe depresivo, o por el contrario, en la minimización denegatoria del registro VIH en el aparato psíquico.
Todo se desarrolla con un modelo similar al inóculo vacunatorio: defiende al cuerpo de quedar sumido en la enfermedad seria que su misma amplificación provocaría. El dispositivo del identikon selecciona, regula y protege la producción de identidades, evitando su intoxicación monovalente con una de ellas erigida en diktat9 del sistema. La batalla inmunológica que se desata en el cuerpo VIH tiene su correlato en espejo en la batalla –esta vez identitaria– que se libra en el identikon. Una nueva identidad viral surge en el interior del sujeto, como evento contrafáctico de la intrusión VIH de su cuerpo.
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