Kitabı oxu: «Impresiones, Poesías»

Şrift:

José Campo Arana

Impresiones, Poesías


Publicado por Good Press, 2022

goodpress@okpublishing.info

EAN 4057664096210

Índice

PRÓLOGO.

I.

II.

III.

IV.

INTRODUCCION

MELANCOLÍA.

¿DÓNDE ESTÁ?

¡SOLO!

ÁNSIA.

SÚPLICA.

DIOS.

SOMBRA EN LA LUZ.

I.

II.

Á CÁRLOS COELLO.

nosce te ipsum.

LA VUELTA.

¡REBELDÍA!

A...

EL ANOCHECER.

Á UNA LÁGRIMA.

NUBE DE VERANO.

EFECTO DE ÓPTICA.

EL ÁGUILA.

DESEO.

¿POR QUÉ?

EN EL ÁLBUM DE ELISA.

DEBILIDAD.

AYER.

Á UNA ROCA.

EL ÚLTIMO AMOR.

DOÑA TEODORA LAMADRID

EN LA REPRESENTACION

«LA LOCURA DE AMOR.»

ILUSION.

REALIDAD.

RESIGNACION.

¡SE VAN!

Á LA MUERTE.

RECUERDOS.

¡YA NO!

¡IMPOSIBLE!

ANDRÉS RUIGOMEZ.

LA GUITARRA.

JUNTO Á LA CUNA.

EN EL ÁLBUM DE MERCEDES.

¿ESTAMOS CONFORMES?

ADOLFO MALATS.

LA CONCIENCIA.

I.

II.

III.

AMOR Y RESPETO.

A UN AMBICIOSO.

AL PRÍNCIPE DE NUESTROS CRÍTICOS,

EL SEÑOR DON MANUEL CAÑETE.

MEDITACION.

A MI HIJA MARÍA.

LA PLEGARIA POR TODOS.

FRAGMENTO.

II.

DON JOSÉ ANTONIO PAZ.

ÚLTIMO ASILO.

DON MIGUEL RAMOS CARRION.

OTOÑO.

¡MÁS!

EN EL ABANICO

MI HIJA MARÍA.

Á MI MADRE.

DON EDUARDO DE CORTÁZAR.

MÚSICA CELESTIAL.

DON FRANCISCO BARCA.

¿ES VERDAD?

DOLORAS Y LOS PEQUEÑOS POEMAS

DON RAMÓN DE CAMPOAMOR.

¡COSSÍ FAN TUTTI!

AYER, HOY Y MAÑANA.

A MI ESPOSA.

FIN.


PRÓLOGO.

Índice

I.

Índice


a aparicion de las poesías de Don José Campo-Arana, es una de tantas respuestas victoriosas como la realidad ofrece diariamente á los empeñados en la triste tarea de probar al público que atravesamos un período de paralizacion y esterilidad artística; privando al talento del entusiasmo y de la fé, únicos estímulos que para él dejan á nuestra desangrada patria los que más prosaica y ventajosamente la explotan.

No hay que negarlo; los mercaderes están aposentados en el templo del arte, y el público se hace su primer cómplice concediendo decidida proteccion á todo lo malo y escatimándola á todo lo bueno: lo que vive cuando todo conspira á su muerte, tendrá desgracia sin duda, pero no puede decirse con fundamento que carece de vitalidad.

El arte vive, y vive tan sólo de sí mismo en nuestra sociedad indiferente, aturdida, ávida siempre de sensaciones y embotada para los sentimientos. Nada puede el arte esperar de ella: ella, por el contrario, debe esperarlo todo de él. El arte regenerará á quien le abandona; el arte enseñará á pensar á quien los hechos no inspiran una reflexion; el arte enseñará á sentir á quien las desventuras que directamente no le tocan, arrancan tan pocas lágrimas.

El arte alienta y crece en España como una flor fragante entre pavorosas ruinas; y esto no es menester probarlo: basta con tomarse el sencillo trabajo de verlo.

Nuestros pintores, áun despues de muertos Rosales y Fortuny, hacen el primer papel en los talleres de Roma, en los mercados de París y Lóndres; y si consiguen sobreponerse á las exigencias de una moda estúpida, que tiende á empequeñecer el tamaño y el asunto de sus concepciones, los nombres de Velazquez y Murillo no serán los únicos que pronuncie la posteridad con cariñoso respeto.

La música, desde que Gaztambide, Barbieri y Monasterio echaron sobre sí la difícil tarea de descubrir á nuestro filarmónico pueblo tesoros para él ignorados, ensancha su esfera de accion en España. Marqués coloca sus inspiradas sinfonías, sin extrañeza de nadie, con aprobacion de todos, al lado de las de Mozart y Beethoven, y Arrieta y Caballero engrandecen poco á poco la zarzuela para que, en dia no lejano, la noble aspiracion de la ópera española se convierta en hermosa y firme realidad.

Aunque la escultura no hubiera producido en nuestra época otra cosa que la estátua, tan bien concebida como ejecutada, del torero moribundo, que tanto nos hizo admirar y sentir en la última exposicion, y los nombres de Ponzano, Suñol, los Vallmitjana y tantos otros no gozaran de reputacion europea, aquel atrevido intento, aquella estética innovacion, sería triunfo suficiente para la gloria de la más ingrata de las artes.

En cuanto á la literatura... La grandeza del cuadro impone y espanta, pero su hermosura atrae y hace irresistible el deseo de ensanchar el ánimo con el placer de su descripcion.

En el centro, en la cumbre del lienzo, se destaca una figura amable, sonriente, serena, que goza en vida de la estimacion y de la fama que la muerte concede á tan pocos: es un anciano en cuya mirada brillan juntamente el talento y la bondad con la misma fuerza, en cuya sien los laureles son tantos como las canas venerables: es el autor de Los Amantes de Teruel y de La Ley de raza y de las Fábulas y de Los Cuentos: es D. Juan Eugenio Hartzenbusch. La época literaria que le cuenta dentro de sí, que le mira como su patriarca y áun le ha contemplado recientemente lanzar destellos dulces y puros como los de un sol de primavera en su ocaso, no puede ser acusada de esterilidad; tiene que ser respetada, si no envidiada, de cuantas le sigan en la sucesion de los tiempos.

Al lado de D. Juan, y rodeándole con cariño, hay tántos, que nombrarlos á todos, áun teniéndolos presentes, es empresa mayor de lo que parece á primera vista. Ved allí á D. Antonio García Gutiérrez, al ilustre veterano del teatro español, á quien los años parecen rejuvenecer el alma; que todavía dá, que todavía ha de dar muchas obras á la escena que honró con el Trovador y con Juan Lorenzo (drama superior al público que creyó juzgarlo y se condenó á sí mismo), para gloria suya y aliento y enseñanza de la juventud, que reza sus versos como las ancianas las oraciones de sus devocionarios. Ved más allá á Manuel Tamayo y Baus, que no contento con la reputacion que basta á todos los hombres, ha querido conquistar dos, y tomando el pseudónimo de Joaquín Estébanez, ha acometido y llevado á cima con Un drama nuevo la temeraria empresa de eclipsar al autor de Virginia y La Locura de amor. Junto á él y cogidos de sus manos, como un hermano afectuoso el uno, como un maestro y un padre el otro, están Manuel Cañete y D. Aureliano Fernandez-Guerra... Manuel Cañete, el poeta inspirado y elegante, el restaurador de nuestro primitivo teatro, el crítico á quien la fuerza, la violencia del amor á lo bello encarnado en su espíritu, le obliga hasta á ser cruel y despiadado con lo malo; Fernandez-Guerra, el sabio infatigable, el sabio poeta, á quien acusan de soñador en sus juicios los que no comprenden que, á veces, tiene que inventarse cosas que no sepa para estudiarlas, porque cuanto humanamente se puede saber está ya tan bien colocado en su cerebro como los libros en una biblioteca. Esforzad, esforzad la turbada vista y descubrireis más rostros conocidos y simpáticos. Rosell, el docto Rosell, cuya prosa sólo puede rivalizar con sus versos; Escosura, siempre elocuente en sus escritos, siempre chistoso en su conversacion, siempre benévolo con la juventud de que eternamente formará parte; Arteche, el severo, inimitable historiador de la Guerra de la Independencia, el narrador ameno de la vida de Un soldado español de veinte siglos; Valera, el naturalmente correcto autor de Pepita Gimenez; Campoamor, el que hasta nombre ha tenido que inventar para su poesía, tan singular y extraña como avasalladora del ánimo y de la atencion; Oliván, el hablista rival de Cervantes y de Moratin, el que posee en su pluma una varita mágica que hace brotar poéticas flores sobre los problemas económicos y sobre las leyes agrícolas; Balart, el ingenioso crítico que vuelve sobre su olvidada pluma para terror de los poetas chirles, para regocijo de los que arrancan un elogio á su censura severa y sana; Canalejas, el ameno preceptista; Selgas, el incansable rebuscador de retruécanos y paradojas, el terrible censor de las modernas costumbres; Nuñez de Arce, el viril cantor de las angustias de la patria; Silvela, el fino y cáustico Velisla; Frontaura, el ingeniosísimo retratista del pueblo; Luis Guerra, el biógrafo, el vengador del autor insigne de La verdad sospechosa; Castro y Serrano, el que fué á Suez sin moverse de Madrid, el que escribió las Cartas trascendentales, y La Capitana Coock y Las Estanqueras; Alarcon, el Testigo de la guerra de África, el viajero De Madrid á Nápoles... Mil más que convierten el grupo de los escritores que tienen ya basada en sólido cimiento su reputacion, en un inmenso océano de cabezas.

A su lado, y como huyendo avergonzados de la compañía de los demás, nos muestran la espalda los tránsfugas de la literatura; los que van á buscar en la política, más que el nombre que su natural disposicion les brindaba, un descrédito probable por el pronto, y, á la larga, el anatema ó el olvido.

No es insignificante el número de los que en otro extremo del cuadro se impone al cansancio de nuestros ojos con la viveza y animacion de sus figuras. Echegaray, el hombre de ciencia, el político, aparece en primer término al frente de la alborotada multitud de los Zapata, los Herranz, los Sanchez de Castro, Gaspar, Calvo y Revilla, Barrera, Valcárcel, Bustillo, Balaciart, etc., etc., etc., trocando el compás por la pluma, y trasformándose de un golpe en el autor dramático más atrevido de su época.

Vedlos á todos, entusiastas soldados del arte, escalar las ásperas alturas que guian á la cumbre donde se asienta el templo de la Fama, enardecidos por la fé que rebosa en sus almas, por la hermosura de la conquista, y no ménos que por todo eso, por las voces del ilustrado y benévolo Navarrete, del ático Sanchez Perez, del tan discreto como bilioso Revilla, del juicioso y noble García Cadena, del entusiasta Alfonso, del concienzudo Cortázar.

¡Estéril el período literario que atravesamos! ¿Vale la pena tan peregrina acusacion de que nos ocupemos de ella un momento más?

II.

Índice

Hace algunos años, ofrecía la Plaza de Santa Ana un aspecto muy distinto del que ahora presenta; y, sin duda porque el que estas líneas escribe la contemplaba entónces con los aduladores ojos de la adolescencia, infinitamente más bello. Verdad es que la fachada del teatro Español no ostentaba los primores del revoque moderno, que confunde en sabrosísimo consorcio los edificios públicos y los platos de huevos moles adornados de clara batida, donde las Góngoras lucen la habilidad de sus manos para delicia de los fieles golosos; verdad es que aquella tierra inculta no se habia engalanado todavía con la improvisada exuberancia de la naturaleza municipal; pero no es ménos cierto que la Plaza de Santa Ana, sin sus tenduchos de madera en que los gorriones morian tan rabiosos y desesperados como Werther, en que los grillos se ensayaban para cantar zarzuela, en que los titís y las cacatúas daban con sus asquerosas miradas y con su coquetismo, abundantes pruebas de que los vicios y flaquezas son lo que más une al hombre con los animales; sin todo eso, repito, la Plaza de Santa Ana será todo lo que se quiera... menos la Plaza de Santa Ana. ¿Quién, cuando muchacho, no se ha extasiado ante aquellos destartalados cajones? ¿Quién, por el módico precio de dos cuartos, no ha comprado, al mismo tiempo que la pobre víctima, el cargo de verdugo, ejercido con tanta inocencia como resolucion? Yo sé de un niño (cuyo nombre reservo para no ofender la modestia y resucitar los remordimientos en quien ya es hoy un hombre muy barbudo y que peina canas); yo sé de un niño que, al cumplir los nueve años, repasó la lista de sus avicidios, y, ménos sanguinario que Tenorio, sintió profundo arrepentimiento y vivo deseo de enmendar de alguna manera sus crímenes, y ya que no pudo decir aquello de

Si buena vida os quité,

buena sepultura os dí...

porque los cadáveres se habian extraviado por el garguero del gato de su casa, pidió á su padre (no al padre del gato, al marido de su madre) dinero para comprar todos los billetes de la próxima extraccion de lotería; medio ingenioso que habia imaginado el infante para sacar el premio gordo, comprar con él todos los pájaros de la Plaza de Santa Ana, y en un dia y una hora darles libertad.

¡Dulce, encantadora edad de la infancia, en que lo feo es bonito, toda ambicion posible, y hasta los remordimientos se presentan con forma cómica!

En un ángulo de la plazuela, se alzaba por el año de 1868, y debe alzarse todavía (el regente de la imprenta no me dá tiempo para averiguarlo), una casa de tres pisos y un solo balcon en cada uno, propiedad de una maestra de niñas, que tenia amiga en la calle de Belen, y que, para cierto objeto que más adelante se dirá, cayó en gracia (el cuarto, no la maestra,—esto de escribir de prisa tiene muchos y graves inconvenientes) á unos cuantos jóvenes, escritores unos, que no escribian; estudiantes otros, que no estudiaban, y empleado alguno, que empleaba el tiempo en no asistir á la oficina. Aquel cuarto, tan reducido que bien hubiera podido llamarse ochavo, constaba de un pasillo estrecho, que parecia ancho á fuerza de ser corto, un gabinete donde bien podrian caber seis personas de pié, pero incómodamente, y un balcon á la plaza de los pájaros.

Cuando los mancebos en cuestion se dirigieron á su propietaria y le manifestaron el atrevido pensamiento de alquilarlo, la ilustrada y nariguda maestra de niñas estuvo indecisa largo tiempo: el que ellos tardaron en reunir, escudriñando y vaciando los bolsillos de todos, la escasa cantidad á que montaba el mes adelantado y el de fianza. Sin embargo, sus temores, que entónces ni siquiera sospecharon los inquilinos, eran injustos y probaban que la maestra de niñas sabía más de lo estrictamente necesario para dar buena educacion á unas cuantas señoritas. Aquella habitacion se habia alquilado para trabajar; para,—huyendo de lloros de niños y cánticos de criadas en las respectivas casas de los mozalvetes, y de la inspeccion más bien intencionada que rígida de la familia,—dedicarse á lo que formaba todo su encanto: emborronar cuartillas y hacer artículos que se insertaban de balde en el Cascabel ó en el Museo Universal (y resultaban caros), componer versos indignos hasta de los periódicos de modas, dramas destinados á ser rechazados por todas las empresas, y otras hazañas por el estilo.

¡Cuán dichosa tarde, aquella en que sentados en el suelo al rededor de una silla de Vitoria, ante una humeante ponchera, se inauguró lo que desde luego fué bautizado con el poético nombre de El Nido, y se acordó por unanimidad la conveniencia de amueblarlo... si la próxima sesion habia de levantarse con pantalones completos. Uno llevó las sillas al dia siguiente (¡cuántas noches debió soñar el sillero con que se habia ido á Sevilla!); otro una máquina de café; otro una coleccion de retratos de hombres célebres; otro una pipa para fumar él y llenar el cuarto de peste y de humo, asegurando que así lo calentaba, y otro una estera de verano, aprovechando la circunstancia de ser invierno,—con lo cual lograron hacerse en Diciembre la ilusion de estar en Agosto y llegar á Junio con la estera tan rota, que con barrer un poco quedó hecho el desestero.

La vida de los habitantes del nido era tan dulce como la de todos los que esperan, como la de todos aquellos para quienes en el despacho del teatro de la ilusion no ha aparecido aún el fatídico letrero de «No hay billetes.» Casi todos eran republicanos, y no eran más, porque no habia más que ser; y el único decididamente afiliado en el partido conservador, pensaba con seriedad en la conveniencia de escribir un drama político-filosófico-social probando que los casamientos de Estado son una infamia intolerable, que un rey debe casarse por amor y dar su mano á una fregona de palacio, si ésta, con la bondad de sus prendas y la belleza de su palmito, ha logrado inclinar el ánimo de S.M. desde las ventanas de la régia cámara hasta los respiraderos de las régias cocinas.

Todos los habitantes del nido eran críticos entónces (apenas habian escrito nada que valiese algo todavía), y á haberles conocido las empresas, les hubieran prohibido la entrada en sus teatros las noches de estreno. Siempre recordaré (eternamente impreso lo tendrá alguno de aquellos jóvenes... en la mejilla izquierda) el lance acontecido la noche que por primera vez se representó cierta bufonada en el coliseo de Jovellanos. Los carteles anunciaron el desafuero contra el arte, y aquella alborotada juventud se posesionó del centro de la galería baja, dispuesta á vengar las injurias que, no sin razon, daban de antemano por inferidas á su ídolo. El público sensato se mostraba descontento, los alabarderos aplaudian más furiosamente á medida que perdian la esperanza de vencer en aquella jornada, y su jefe, harto ya de oir los dicterios que contra la pieza proferia el más procaz de los habitantes del nido, encaróse con él, y díjole:—«¿Cuántos años tiene usted, caballerito?»—«Quince, para servir á usted,» contestó el interrogado con un aire que desmentia lo compuesto de las palabras.—«Y ¿no le gusta á usted esta obra?» tornó á preguntar el jefe de alabarderos.—«Nó, señor,» tornó á contestar aquél, y añadió acto contínuo:—«Y á usted ¿le agrada?»—«A mí me parece una obra muy aceptable,» repuso el imprudente amigo de la empresa. Nuestro jóven le miró de alto abajo, y exclamó:—«Pues compadre, está usted adelantado, para la edad que tiene!» Frase que le valió un coro de carcajadas de todos los que le rodeaban, un tremendo bofeton del militar-paisano, y la probabilidad de pasar la noche en la prevencion con todos sus compañeros, que salieron bizarramente á su defensa.

3,93 ₼

Janr və etiketlər

Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
10 oktyabr 2024
Həcm:
71 səh. 3 illustrasiyalar
ISBN:
4057664096210
Naşir:
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
Yükləmə formatı:

Oxşar kitablar