Kitabı oxu: «El «encanto» de la vida consagrada»
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El encanto de la vida consagrada
Una alianza y tres consejos
José Cristo Rey Garcia Paredes

Nota del editor:
Algunos caracteres griegos no aparecen en el libro digital, debido a la incompatibilidad en los formatos electrónicos. El eBook mantiene el sentido de la obre y respeta la edición de tal modo que el lector apreciará bien el contenido de la obra.
Muchas de ellas y algunos de ellos llevan anilllo. No es un mero adorno. Es un anillo-alianza. Recibieron ese anillo en una solemne celebración religiosa. Lo extraño es que no viven en pareja, como tantos otros y otras para quienes el anillo sí que revela que tienen un compromiso matrimonial. En cambio, el anillo de esas personas que no viven en pareja, manifiesta que la suya es otra alianza: se trata de una alianza para siempre con el mismo Dios. Es cierto que no todas estas personas expresan su alianza con Dios a través de un anillo visible; pero sí a través de otro misterioso anillo; a ese se refiere el subtítulo de este libro: Una alianza y tres consejos.
Esta forma de vivir y comprometerse no es obvia; más bien es extraña. Suscita preguntas llenas de interés en la medida en que se van encadenando unas a otras, interrogantes que apuntan hacia asuntos que interesan a todo el mundo, como el sentido del dinero, del poder, del sexo, de la vida, del misterio de Dios. Esta forma de vida cristiana se denomina en el Derecho canónico de la Iglesia «vida consagrada».
¿Cuáles son los motivos por los cuales mujeres y hombres de las más diferentes culturas y pueblos, nuestros contemporáneos del siglo XXI, asumen los compromisos de la vida consagrada cristiana? «¡Dad razón de vuestra esperanza a quien os lo pida!» (1Pe 3,15), decía la primera Carta de san Pedro a los primeros cristianos. También hoy sigue resonando ese imperativo. De modo especial, en este año, dedicado a ella, la vida consagrada tiene que dar razón de su esperanza: está en juego la misión y la vida de millones de personas consagradas que han ido tejiendo una gran historia desde los primeros siglos hasta hoy. Pero no olvidemos lo que la cita de 1Pe dice a continuación: «¡hacedlo con dulzura y respeto, como quien tiene limpia la conciencia!» (1Pe 3,16).
Con todo, aquel «dad razón con dulzura y respeto» de la vida consagrada no es hoy tarea fácil. Hemos pasado varios siglos de racionalismo, de secularización. El cambio de paradigma nos ha descolocado a todos. Hemos ido pasando por diversas fases de profundos cambios. Estamos en el tiempo de la posmodernidad, de lo «pos-religioso» o «pos-cristiano», de los «nuevos ateísmos» y probablemente de las «nuevas idolatrías». No debemos dar razón de nuestra esperanza con argumentos del ayer, con los tópicos ya conocidos, con ideas que día a día se vuelven obsoletas. Es necesaria una justificación nueva de nuestra esperanza. «Hacedlo con dulzura y respeto», nos indica que no tenemos tanto las respuestas como las preguntas. Adolphe Gesché dice que el teólogo, más que un buscador o un instigador es un interrogador, «está ahí para interrogar y depositar en él las preguntas de los hombres»[1].
Ya en el pasado fueron contestadas la vida monástica y la vida religiosa. Algunos dudaron de su inspiración evangélica, de su razón de ser, de su estructuración. Santo Tomás de Aquino tuvo que defenderla en su tiempo[2]. Martin Lutero puso en cuestión su fundamentación bíblica en su famosa obra sobre los votos monásticos: en ella intentó probar, con argumentos de la Escritura y de la razón, que esta forma de vida y sus votos –tal como estaba estructurada en su tiempo– no tenía base evangélica, ni razón humana de ser[3].
Hoy también debemos dar razón de nuestra esperanza ante nuevas objeciones y preguntas. Pero sobre todo debemos mostrar el «encanto» de esta vida en alianza. No es encantador el aislamiento, la reclusión, la represión, lo aviejado y obsoleto; sí lo es aquello que tiene frescura, que renace y se regenera, que se interconecta, que crea comunidades, solidaridades, que sorprende y da futuro. Dar razón de nuestra esperanza es hacerlo en nombre de miles y miles de personas que ya, desde los primeros siglos de la historia de la Iglesia hasta hoy, han vivido una aventura que en no pocos casos ha concluido en los territorios insospechados de la mística; en nombre de quienes han entregando su vida a Dios y a su causa, se han religado a Él de por vida y desde Él han pasado su tiempo haciendo el bien a los necesitados, a los prójimos. Aunque no es «oro todo lo que reluce», aunque hay modos de vivir esta vocación que no tienen ningún encanto, sí es oro y encantador el fenómeno minoritario de la vida consagrada, cuando se vive con vigilancia, equilibrio, serenidad, fe, lucidez. Necesitamos hoy, de nuevo, en la segunda década del siglo XXI, «dar razón» de esta forma de vida cristiana, presentar con humildad todo su encanto y belleza.
Parte 1 UNA ALIANZA
1 Alianza con Dios en un nuevo contexto
Esta será la señal de la alianza que establezco para futuras generaciones entre yo y vosotros y todo ser vivo que os acompaña. Pongo mi arco en las nubes, que servirá de señal de la alianza entre yo y la tierra. Cuando yo anuble con nubes la tierra, entonces se verá el arco en las nubes y me acordaré de la alianza que media entre yo y vosotros y todo ser vivo (Gén 9,12-15).
El arco iris es el «anillo de Dios» que evoca su alianza sin vuelta atrás con la humanidad y con nuestro planeta Tierra. Es la señal que le recuerda a Dios su alianza[4]. Otra cosa distinta es que la humanidad se acuerde de ella. En nuestro tiempo se habla del «eclipse de Dios»[5], de una época «pos-religiosa» o de «crisis de Dios»[6], de la difuminación u oscurecimiento del rostro de Dios tanto en la esfera personal como en la pública, de una larva de «ateísmo interior»[7]. Si Dios no se ha olvidado de su alianza, parece ser que gran parte de la humanidad se ha olvidado de ella o le presta muy poca atención. No obstante, encontramos en la época contemporánea religiones, grupos humanos, comunidades y personas que en formas diversas tratan de vivir «en alianza» con Dios y de hacer al resto de la humanidad consciente de ella. Esta es la razón fundamental de esa forma de vida que denominamos «vida religiosa» o «re-ligada», o «consagrada».
I. El Dios de la «alianza»
1. El Dios de los pactos
En la Biblia la palabra «alianza» tiene una importancia suma; es la clave, la contraseña que todo lo explica, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento[8]. «Alianza» es el término que explica el tipo de relación que Dios mantiene con su pueblo (Israel primero, la Iglesia después), con la humanidad, con nuestra tierra. «Alianza» es también el término que nos indica la actitud, la configuración de nuestra existencia, la que Dios espera de nosotros.
La alianza nos habla de una doble incansable búsqueda:
La Biblia habla no solo de una búsqueda de Dios por parte del hombre, sino también de la búsqueda del hombre por parte de Dios. «Me has cazado como a un león», exclamó Job… La fe brota del temor, de la consciencia de estar expuestos a su presencia [la divina], del anhelo de responder a la llamada de Dios, de saber que hemos sido interpelados. La religión consiste en la pregunta de Dios y en la respuesta del hombre. El camino hacia la fe es el camino de la fe. El camino hacia Dios es el camino de Dios. Si Dios no formula la pregunta, todas nuestras búsquedas son vanas.[9]
El primer relato bíblico –en el libro del Génesis– contempla la creación desde la perspectiva de la alianza de Dios con su pueblo Israel. Dios crea a través de su palabra; su creación es, por lo tanto, inicio de un gran diálogo, que culmina en la creación del ser humano «a su imagen y semejanza», como principal interlocutor, como principal aliado. La misma creación de la tierra forma parte de este diálogo, de esta alianza[10]. También el libro del Génesis nos habla de la ratificación de esa alianza de la creación con Noé en el símbolo del arco iris tras el diluvio.
Con el patriarca Abrahán establece Dios una alianza que redundará en bendición para todos los pueblos de la tierra. Dios lo saca de su tierra y le promete otra tierra y una descendencia innúmera. La promesa estará presente en la trama histórica de los «hijos e hijas de Abrahán». Cuando los descendientes de Abrahán quedaron reducidos a un grupo de esclavos en Egipto, Dios –por mediación de Moisés– los liberó y con ellos restableció su alianza en el Sinaí: «Yo os haré mi pueblo y seré vuestro Dios» (Éx 6,7); la «sangre de la alianza» derramada sobre el pueblo ratificó el pacto (Éx 24,7-8)[11]; el mandamiento principal condensó su contenido:
Escucha Israel, el Señor es nuestro único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas (Dt 6,4-5).
El Decálogo (¡diez palabras!) mostró pedagógicamente el modo de ser fieles a la alianza (Éx 34,28)[12]: 1. rompiendo con el sistema de los dioses falsos y servir al único Dios (primer mandamiento)[13]; 2. no utilizando el nombre del verdadero y único Dios de forma hipócrita para solapar el mal (segundo mandamiento)[14]; 3. imitando a Dios en el descanso del sábado y cantando sus maravillas (tercer mandamiento)[15]; 4. reconociendo como autoridad suprema al padre y a la madre (cuarto mandamiento)[16]; 5. respetando el derecho de todos a la vida, no matar, superando la venganza con el perdón y la misericordia (quinto mandamiento)[17]; 6. no rompiendo la alianza esponsal, que representa la alianza con el único Dios (sexto mandamiento)[18]; 7. no estableciendo sistemas de robo o acumulación de bienes (séptimo mandamiento)[19], o sistemas corruptos que dejan indefensas a las personas y no garantizan los derechos humanos, ni la verdad (octavo mandamiento)[20]; 8. no codiciando aquello que pertenece al prójimo, sean sus bienes (noveno mandamiento), sea su mujer o su esposo (décimo mandamiento)[21]. Se trataba, ante todo, de acabar con el sistema de la esclavitud e iniciar un sistema de libertad que llevaba al pueblo a exclamar: «Haremos todo cuanto ha dicho Yavé» (Éx 19,8).
La alianza de Dios con Noé, Abrahán, Moisés, con su pueblo fue como una semilla plantada, que echó raíces profundas, produjo tronco y ramas, hojas y frutos. Nuevas generaciones se fueron integrando en ella. Frecuentemente el pueblo se olvidaba de su Dios y violaba la alianza. Por medio de los profetas Isaías[22], Jeremías[23], Ezequiel[24] y Oseas[25] se fue vislumbrando una alianza nueva y definitiva, en la cual Dios se proponía darle al ser humano un corazón nuevo, un espíritu nuevo y purificarlo de todas sus idolatrías.
2. La nueva y definitiva alianza
Con sus palabras y obras Jesús anunció la llegada de la nueva y definitiva alianza e invitó a todos a entrar en ella[26]. Lo hizo hablando del reino de Dios: «buscad, ante todo, el reino de Dios y su justicia, que todo lo demás se os dará por añadidura» (Lc 12,31); pidió la conversión del corazón –el cambio de mentalidad, que el Espíritu haría posible[27]–; se puso como ejemplo del cumplimiento del mandamiento principal en su versión humana: «Amáos los unos a los otros, como yo os he amado» (Jn 13,34); ofreció la copa de la nueva y definitiva alianza en su sangre, derramada por todos (Lc 22,20). La Carta a los hebreos nos ofrece una magnífica meditación sobre el alcance de esta alianza[28].
Jesús no vino a abolir el Decálogo, sino a darle cumplimiento. Por eso, cuando el joven rico se le acercó y le preguntó qué hacer «para entrar en la vida» (Mt 19,16), Jesús le recordó el mandamiento principal y sus claúsulas: «no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre y amarás al prójimo como a ti mismo» (Mt 19,18), es decir, lo invitó a dejar la tierra de la esclavitud y a entregarse al único Bueno (Mt 19,17; Mt 22,36-40); pero, también le ofreció la posibilidad de estrechar aún más su alianza con «el único Bueno»: entrar en su seguimiento y darlo todo a favor de los pobres[29].
Es interesante reconocer que la vida monástica releyó esta escena evangélica como su gran inspiración; lo inadecuado fue que con el paso del tiempo se apropió del texto como si solo se refiriera a la vida religiosa. No hay un camino de los mandamientos –ofrecido a los cristianos de a pie– y otro de los consejos evangélicos –ofrecido a quienes desean una mayor perfección–. No es así. Jesús nos ofrece a todos el inimaginable don de abandonar los ídolos para amar al único Dios bueno y bello en una estrecha alianza de amor. Y Jesús nos hace ver que el camino para llegar al culmen de esa experiencia es seguirlo («como yo os he amado») y amar apasionadamente a los más necesitados. Este es el dinamismo de la nueva alianza.
3. Así es la tri-unidad de Dios: Relación con el ser humano y con el cosmos
La alianza nos muestra que nuestro Dios no es un dios anacoreta, oculto, encerrado en sí mismo, hermético, inaccesible. Es un Dios que ya desde el principio ha salido de sí para crear nuevos espacios, nuevos seres, con los cuales relacionarse y establecer alianza[30]. Lo contrario a un dios anacoreta es un Dios (¡permítaseme el barbarismo!) pericoreta; esta palabra responde a un término griego, utilizado por la teología cristiana para definir las relaciones intratrinitarias. ¡Perichṓresis es lo contrario a anachṓresis!
El Dios pericoreta, en su tri-unidad, lo es también hacia la realidad que ha creado. La tri-unidad divina ha extendido sus relaciones con la humanidad y la creación. Las alianzas más particulares entre Dios y las personas individuales (por ejemplo Abrahán, David) o entre Dios y las comunidades humanas (el pueblo de Israel, la Iglesia) se inscriben en esta gran alianza divino-humano-cósmica.
Dios sigue ofreciendo su alianza a toda la humanidad. La Iglesia de los seguidores y seguidoras de Jesús la acoge explícitamente, públicamente. Dentro de la Iglesia hay grupos, comunidades, que sienten como suya la misión de ser signos vivientes –para todos– de la alianza.
II. El misterio de la alianza en la vida consagrada
Dice la exhortación apostólica Vita Consecrata que la tradición eclesial:
[…] ha puesto también de relieve en la vida consagrada la dimensión de una peculiar alianza con Dios, más aún, de una alianza esponsal con Cristo, de la que san Pablo fue maestro con su ejemplo (cf 1Cor 7,7) y con su doctrina proclamada bajo la guía del Espíritu (cf 1Cor 7,40) (VC 93).[31]
1. La alianza y sus cláusulas en la vida consagrada
«Alianza» es también una categoría central para la vida religiosa o consagrada[32]. Los elementos constitutivos de la vida consagrada –misión, consejos evangélicos, vida comunitaria– son modos en los cuales la alianza toma cuerpo y se significa públicamente.
La alianza de Dios con Israel excluía la adoración de cualquier otro dios –¡la prostitución con cualquier otro esposo! (Oseas, Jeremías, Ezequiel)–, «porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso» (Dt 5,7-8). Así también, la profesión religiosa es, ante todo, alianza –mandamiento principal y búsqueda del reino de Dios y su justicia–. Como reverso es anti-idolatría y renuncia a la esclavitud.
En el ADN de la vida religiosa, en su código genético, desde sus orígenes hasta hoy, hay una motivación innegociable y única: «buscar a Dios» (quaerere Deum). No basta para ingresar en ella un deseo filantrópico, un ansia de entregarse a los demás. La vida consagrada no es una ONG. Lo que siempre la ha caracterizado ha sido la búsqueda incesante de Dios y el deseo de identificarse con su voluntad. Quien busca tan apasionadamente a Dios, ha sido previamente «tocado» por su presencia. La búsqueda del candidato a la vida religiosa es ya respuesta a otra búsqueda invisible y misteriosa. En la búsqueda mutua está la invitación y el inicio de una alianza divino-humana, en la que Dios tiene la iniciativa.
En su fórmula clásica la profesión religiosa es una y triple: una entrega sin limitaciones, a través de una tríada de ámbitos (obediencia, castidad, pobreza). Es una promesa de fidelidad y de rechazo absoluto de cualquier ídolo que la tradición reduce a tres: los ídolos del poder, del sexo y del dinero y que se caracteriza, además, porque no tiene fecha de caducidad: el voto abarca todo el futuro.
Si la vida religiosa, consagrada, es –como toda forma de vida cristiana– una forma de vida «según la nueva alianza» y si el mandamiento principal –tal como ha sido interpretado por Jesús– es la norma suprema de vida; entonces, la vida religiosa o consagrada es una «vida según el mandamiento del amor». Este es el voto fundamental que la caracteriza: el «voto de amor» a Dios y al prójimo, con todo el corazón, toda el alma y todas las fuerzas[33].
Los llamados «tres votos» no son tres votos distintos, sino uno solo en tres perspectivas, en perichṓresis; consecuencia de ello es que pueden ser explicados conjuntamente, paralelamente, con el mismo esquema y en complementariedad. Por eso, pretendo hacer ver que son variaciones de una vida según la nueva alianza en el amor y que cada uno de ellos enfatiza en una dimensión del mandamiento principal: sea el amor a Dios o al prójimo, sea el amor con todo el corazón (castidad), con toda el alma (obediencia), con todas las fuerzas (pobreza), sin que sean perfectamente distinguibles, sino en perichṓresis también[34].
El orden tradicional de los votos fue pobreza-castidad-obediencia. El concilio Vaticano II propuso otro orden: castidad-pobreza-obediencia (LG 43; PC 12-14)[35]. Dada la interacción entre los tres votos, juzgo que el orden es una cuestión menor. Por eso, me permitiré proponer otro orden: obediencia-celibato o virginidad[36]-pobreza. El mandamiento principal de la alianza se inicia con esta interpelación de Dios a su pueblo: «Escucha, Israel»; y la primera respuesta a tal interpelación: «Habla, Señor, que tu siervo escucha», es decir, la obediencia.
2. Hacia la culminación de la alianza: Iniciación mistagógica
La vida consagrada o religiosa más que un «estado de vida» es un «proceso», un camino, un seguimiento de Jesús que nos adentra siempre más en el misterio de la alianza con Dios. Su meta es la mutua identificación, el «desposorio mistico», la unificación de voluntades. La vida consagrada no tiene una misión, es misión. Ella se va identificando cada vez más con la missio Dei, con la voluntad misionera de Dios y colabora con ella en la medida del don que le ha sido concedido[37].
Contemplando la historia de la vida consagrada, desde las vírgenes consagradas y el primer monacato hasta hoy, descubrimos que su razón de ser en la Iglesia y en la sociedad no es la de constituir una «casta superior», sino ser un signo atrayente, paradigmático, de aquello a lo que está llamada toda la Iglesia, toda la humanidad y hasta la madre naturaleza: entrar en alianza con Dios. Esto es lo que hoy puede ofrecer la vida consagrada en contextos de secularidad, ateísmo o idolatría.
Pero necesitamos una especie de «hoja de ruta» para vivir en alianza y llevar la alianza a su culminación. La vida en alianza con Dios no es un camino de rosas: surgen tentaciones, ocultamientos, incertidumbres y dudas… Como ocurrió en la historia de Israel, también nuestra vida pasa por momentos dramáticos y turbulentos. La vida en alianza es una aventura iniciada, conducida, orientada, protegida y culminada por el Espíritu Santo. Conduce hacia la meta más insospechada a la que un ser humano puede aspirar aquí en la tierra: la culminación de la alianza en la unión. Merece la pena entrar en este camino, que para cada uno tendrá mucho de inédito y aventurado. Esta es la razón de ser, la pauta radical, que explica nuestra forma de vida y que puede servir –a su manera– de pauta explicativa y orientadora de la vida cristiana.
En los procesos formativos presentamos el camino, los compromisos, las obligaciones, pero nunca o casi nunca la meta. En otros tiempos se afirmaba la meta de una manera muy genérica, cuando se decía que era llegar «a la cumbre de la perfección», o conseguir la propia santificación, o «ser santos»; hoy también se emplean frases semejantes cuando nos pedimos «recuperar la mística». Todas estas expresiones necesitan ser retraducidas dentro de una visión teológica en la cual el protagonismo sea concedido al Espíritu de Dios y en la cual se resalte que en alianza ninguno de los aliados queda disminuido por el otro. Necesitamos una nueva formación en la fidelidad, en el amor fiel o hesed a la alianza, como camino de vida y camino orientado hacia una meta. Lo más penoso sería una vida consagrada en la cual a pocos les preocupara la alianza y sí mucho el trabajo que realizan.
III. La alianza «hoy»: En el contexto
Quienes creemos y seguimos a Jesús –en cualquier clase o condición de vida– lo hacemos como respuesta a las mociones misteriosas del Espíritu Santo. Creemos que el Espíritu Santo nos es enviado. Como decía Orígenes: «siempre son los días de Pentecostés»[38]. ¡Advirtamos el plural! Los Padres orientales tenían la convicción de que el objetivo de la encarnación del Hijo de Dios era hacer posible la efusión del Espíritu Santo sobre la humanidad[39]. También es Pentecostés en este tiempo y en todos y cada uno de los contextos. El Espíritu Santo hace posible la permanente renovación de la alianza, nos hace entrar en la comunión trinitaria de mil formas, en insospechadas circunstancias[40]. El Espíritu –en nosotros y con nosotros– lleva a cumplimiento el reino de Dios –proclamado e inaugurado por Jesús–, la nueva y definitiva alianza –establecida en su sangre–.
1. La encantadora enfermedad de la «teopatía»
La experiencia religiosa es una de las más plenas de la vida humana. Ella nos descubre el misterio que nos conmociona y abisma, nos vuelve nómadas sin descanso hacia un ir siempre más allá y sedientos insaciables de Absoluto. La experiencia religiosa nos hace personas «teopáticas», como cajas de resonancia del absolutamente «otro». La experiencia religiosa nos busca y se anticipa en tantas experiencias humanas que también nos hacen entrar en el pasmo, la conmoción, el nomadismo espiritual.
Hay experiencia religiosa donde no se reprime, olvida o reduce esa gran pregunta que es el hombre para sí mismo y donde, a la par, se renuncia –abismado por el vislumbre del infinito que ahí refulge– a querer responderla aquí, ahora, ya.[41]
Friedrich Heiler definió la experiencia religiosa como «adoración del misterio y entrega confiada de la propia vida a él»[42].
La experiencia religiosa cristiana en nosotros está mediada por la «encarnación» del Hijo de Dios, por su misterio pascual y por la acción misteriosa del Espíritu que nos ha sido enviado y actúa en lo más profundo de nuestro ser y que, al mismo tiempo, llena la tierra. Para los cristianos la experiencia religiosa acontece en el seguimiento de Jesús, en la fe, la esperanza y la caridad.
Propio de la vida consagrada es articular toda la existencia del creyente en torno al eje de la relación religiosa. Es vida en alianza, que poco a poco se va convirtiendo en estado místico, en el que todo habla y apunta hacia el misterio insondable de Dios que es Cristo. En ese estado, como bellamente decía el gran filósofo español Ortega y Gasset, la persona «es una esponja saturada de Dios. Basta que le opriman un poco contra las cosas para que entonces Dios, líquido, rezume y las barnice»[43].
En un tiempo de crisis de Dios, de su eclipse cultural y personal –sobre todo allí donde se presagia «la muerte de las catedrales»[44]–, o donde se habla de «las ruinas del cristianismo»[45], la vida consagrada es más necesaria. Y no solo en cuanto institución, sino sobre todo, en su ADN religioso: es decir, como testimonio viviente de que es posible en este tiempo, y en los diversos contextos e incluso allí donde la experiencia religiosa parece imposible, vivir el gran regalo de la alianza que nuestro Dios nos sigue ofreciendo.
En un tiempo en que no solamente hay crisis de Dios, sino desviaciones idolátricas –unas hacia la política, otras hacia la economía, otras hacia todo lo que aporta diversión y placer, otras hacia el propio ego– se hace más necesario que nunca el testimonio del único Dios, que no defrauda, que satisface los deseos más profundos, que promete lo que el ser humano no puede ni siquiera sospechar. Pero ¿estará la vida consagrada actual en condiciones de ofrecer ese testimonio?
2. Una vida configurada anti-idolátricamente por el Espíritu
a) El que habló por los profetas… habla hoy…
El Espíritu Santo –a través de nuestros fundadores y fundadoras y de los momentos más lúcidos de renovación– ha ido configurando la vida consagrada como un grupo anti-idolátrico: que no se postra ante otros dioses, que confiesa al tres veces Santo (cf Is 6,1-7), que profesa públicamente la alianza y la muestra en acciones de amor y compasión hacia los más desfavorecidos y en nuevas formas de comunión[46].
El Espíritu «que habló por los profetas» y actuó anti-idolátricamente a través de ellos, lo sigue haciendo ostensiblemente por medio de los grupos proféticos de la nueva alianza. El mandamiento principal del amor a Dios «con todo el corazón, toda el alma y todas las fuerzas», se traduce así mismo en un amor a los hermanos y hermanas que tienen «un solo corazón, una sola alma y todo en común» (He 4,32). La vida consagrada resalta un aspecto u otro de la alianza según los diversos carismas que la configuran: la relación amorosa y adorante con Dios –en la vida monástica y contemplativa–, el servicio evangelizador y caritativo hacia los seres humanos –en los institutos apostólicos–. El Espíritu Santo se sirve del carisma de la vida consagrada –con toda su biodiversidad carismática interna– para significar claramente ante los demás el proyecto de la gran alianza. ¡Qué bien lo expresó el concilio Vaticano II en la constitución Lumen Gentium!:
La profesión de los consejos evangélicos aparece como un signo (tamquam signum apparet) que puede y debe atraer eficazmente a todos los miembros de la Iglesia a realizar con decisión las tareas de su vocación cristiana. […] Muestra a todos los hombres la grandeza extraordinaria del poder de Cristo Rey y la eficacia infinita del Espíritu Santo, que realiza maravillas en su Iglesia (LG 44).
La vida consagrada –¡siempre desde la plataforma básica del bautismo!– hace profesión pública de la alianza, la maximaliza, la exagera ante la misma Iglesia y ante la sociedad. Pero lo hace en contextos idolátricos contemporáneos, en los cuales no es fácil ser fieles a la alianza.
b) …en nuevos contextos idolátricos
Dos filósofos judíos, Moshe Halbertal y Avishai Margalit –buenos conocedores de la Sagrada Escritura–, han escrito que «el principio fundamental de la Biblia es el rechazo de la idolatría»[47].
Cuando hablamos de idolatría no nos estamos refiriendo solo al culto dado a una imagen sino a cualquier persona o cosa, que no sea el verdadero Dios[48]: «cualquier cosa puede ser revestida por el hombre con el brillo de lo divino y adorada después como su dios»[49].
Cuando abandonamos a Dios verdadero, somos proclives a divinizar cualquier realidad. El ser humano tiene necesidad de absoluto y, si no lo alcanza, absolutiza realidades parciales. Pervierte su capacidad de adoración hacia realidades que no la merecen. Expresa su devoción y entrega ante lo que carece de consistencia; lo considera dios verdadero[50]. La apostasía del verdadero Dios ocurre cuando se vuelve irresistible la atracción de otros ídolos, los dioses falsos o innominados[51]. Ya decía Nietzsche que «hay más ídolos en el mundo que realidades»[52].
Los dioses son una creación humana y por eso, la idolatría cambia a lo largo de la historia. Conforme la idolatría se acerca a los tiempos modernos se vuelve más secular y los «dioses del cielo» dejan paso a los «dioses de la tierra»[53]. Cada época va aportando sus nuevos ídolos a la serie Yavé Baal, Yavé Asiria, Yavé Mammón, Cristo Ley, Cristo César… hoy puede ser dios-Mercado, dios-Globalización, y otras realidades menores como un equipo de fútbol o un ídolo político, espiritual o artístico. Han sido deificados y puestos como centro de la vida con funestas consecuencias éticas[54].
En el fondo se trata –como nos dice la Biblia– de la idolatría del corazón. El corazón humano es una factoría de ídolos. Hay ídolos internos, que se erigen en el propio corazón. Así se lo dijo Dios a su profeta Ezequiel: «Hijo de hombre, estos hombres han erigido pestilentes ídolos en su corazón» (Ez 14,3)[55]. Tres verbos activan la idolatría en nosotros: amar, confiar y obedecer[56]. El amor al ídolo lleva al adulterio espiritual[57]; la confianza en el ídolo lleva a la desconfianza en el verdadero Dios[58]; la obediencia al ídolo lleva a traicionar al verdadero rey y único señor[59]. Un ídolo es aquello sin lo cual no se puede vivir. Los ídolos son adicciones espirituales. Que conducen hacia un mal terrible.
c) Hay quienes no ceden
Ante las desviaciones idolátricas hay siempre personas que no ceden: hombres y mujeres firmes en la fe incluso con riesgo de la propia vida, como la madre de los macabeos y sus hijos (2Mac 7).
La vida religiosa se ha sentido especialmente inspirada por el profeta anti-idolátrico, Elías (1Re 17-19). Este profeta, apasionado por la alianza y la fidelidad a la ley del Señor, fue considerado referente de la vida monástica y lo sigue siendo de la vida consagrada[60].
Otro modelo de fidelidad a la alianza en medio de un pueblo que se entrega a los cultos idolátricos de la fecundidad (cf Os 1-3; 4,6-14) fue el autor del salmo 16 –israelita anónimo en tiempos del profeta Oseas, comienzos del siglo VIII a. C.–. Este hombre confiesa que él también se dejó llevar por la idolatría, pero que después se encontró con el Bueno –el Bien sobre todo bien– y descansó en Él[61]; Él es el Dios que le aconseja –lo instruye– como un padre a su hijo, que lo guía y nunca lo abandonará, que le mostrará «el camino de la vida». Entre Dios y el salmista se han estrechado vínculos irrompibles de alianza. Ya no hay cabida para ningún otro dios. ¿No se ve en este israelita anónimo una anticipación de quien se siente seducido por Dios y vive en fidelidad a la alianza, según sus consejos?
La situación actual de la humanidad necesita la presencia de testigos y servidores de la nueva alianza. La alianza de Dios con la humanidad y aun de Jesús con su Iglesia están amenazadas por nuevas desviaciones o versiones idolátricas: el dinero, el poder, el sexo y sus terribles consecuencias, como la pobreza, la violencia, la marginación. Aunque el dinero, el sexo y el poder son en sí mismas realidades positivas y benéficas, fácilmente se convierten en ídolos seductores, que absorben la capacidad de entrega y adoración del ser humano y lo apartan progresivamente de la alianza con el Dios verdadero. Los sistemas económicos perversos, la pornocracia, el poder violento y sofisticadamente invasor y el poder religioso favorecen tales idolatrías y dejan al ser humano en un estado deplorable, de vaciedad y sin sentido.
Hemos de reconocer, no obstante, que vivimos la alianza en tensión: que no es posible vivir solo en el Espíritu, sin vivir en la carne, ni vivir en la carne sin vivir en el Espíritu. Se da en nosotros una coexistencia entre la carne y el Espíritu y entre el Espíritu y la carne. Somos el escenario vivo de una lucha entre la fidelidad o la infidelidad a la alianza. Ninguna de ellas logra derrotar totalmente a la otra, porque se implican dialécticamente entre sí. Lo diabólico convive en tensión con lo simbólico y ambas cosas porfían por prevalecer. En la condición presente no nos es dado ser totalmente espirituales ni gozar plenamente de nuestra carnalidad; nos sentimos divididos y por eso nuestro cuerpo anhela ser liberado[62].
La vida consagrada sueña organizarse «desde el Espíritu» para poder vivir la alianza en su plenitud y ser en la sociedad y en la Iglesia un memorial permanente de ella. Proclama que quien elige vivir según el Espíritu, aunque muera vivirá, y dará vida a la carne, y descubrirá cómo poco a poco la fragilidad, la enfermedad, la muerte y el propio pecado son asumidos en la alianza: ¡Hay resurrección de la carne! ¡No vivimos para morir, sino que morimos para resucitar!, ese pretende ser su testimonio. El Espíritu Santo la induce a creer y proclamar que Jesús es Señor y a vivir en alianza «en Él, con Él y por Él».
La vida consagrada se convierte en signo, en señal de aquello a lo que todos, tanto en la Iglesia como fuera de ella, estamos llamados a ser y vivir:
Por la profesión de los consejos evangélicos aparece como un signo (tamquam signum apparet) que puede y debe atraer eficazmente a todos los miembros de la Iglesia a realizar con decisión las tareas de su vocación cristiana […] El estado religioso manifiesta los bienes del cielo […] da testimonio de la vida nueva y eterna adquirida por la redención de Cristo y anuncia ya la resurrección futura y la gloria del reino de los cielos […] Muestra a todos los hombres la grandeza extraordinaria del poder de Cristo Rey y la eficacia infinita del Espíritu Santo, que realiza maravillas en su Iglesia (LG 44, 3)[63].
Y esto acontece cuando la vida consagrada se caracteriza por una entrega incondicional a la alianza: a vivirla y a servirla. Cada instituto presenta un aspecto del rostro de Dios y su experiencia de Él, un peculiar modo carismático de seguir a Jesús[64]; participa en la misiso Dei según el propio carisma; descubre la encarnación de Dios en la miseria, en los clamores del pueblo, en las esclavitudes de diverso tipo, en las esperanzas y añoranzas de la humanidad y se ponen a su servicio.
Las personas consagradas hacen compromiso público de alianza a través de votos u otros vínculos, que las re-ligan u obligan; los votos son una relectura carismática de las cláusulas de la alianza (es decir, del mandamiento principal y de los diez mandamientos).
Los carismas de cada instituto de vida consagrada son dones del Espíritu a la Iglesia. Por eso, los consagrados entienden hoy que han de insertarse en las iglesias locales y atender a las necesidades espirituales y materiales de la Iglesia universal. De ahí nace la necesaria vida de fraternidad y sororidad tanto interna –hacia dentro de los institutos–, como externa –hacia la comunidad eclesial y la comunidad humana.
2 Consejos evangélicos y votos
Los consejos evangélicos están basados en las palabras y ejemplos del Señor. Son un don divino que la Iglesia recibe de su Señor y que siempre guarda con ayuda de la divina gracia (LG 43).
Por medio de los votos o de otros compromisos sagrados parecidos, con los que el cristiano se obliga a los tres consejos evangélicos, este se entrega totalmente al servicio de Dios, amándole por encima de todo […] La consagración será tanto más perfecta cuanto mejor represente, por medio de compromisos más sólidos y estables, el vínculo indisoluble que une a Cristo con su esposa, la Iglesia (LG 44).
No solemos reparar en el significado de la palabra «boda». Deriva del término latino plural «vota», es decir ‘votos’. De esta manera, el lenguaje popular nos habla de los «votos esponsales». Allí donde se celebra una alianza –sea en el matrimonio, sea en la vida consagrada– allí se pronuncian los votos.
Aunque la palabra «voto» evoca, ante todo, la obligación de cumplir u observar algo a lo que uno se compromete, no deja de ser extraño que –en la vida consagrada– se haga voto de algo que es «aconsejado», es decir, «consejos». La tensión entre consejos y votos es la contraseña que nos abre al misterio de la vida en alianza propia de la vida religiosa o consagrada. Hablemos, pues, de los votos religiosos y de su contenido sorprendente que la tradición eclesial ha denominado «consejos evangélicos».
I. Consejos evangélicos cuando la alianza está amenazada
Jesús no es un maestro que pida imposibles. A quienes llama para que le sigan, él les dice: «Mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11,30). No obstante, reconoce que «yugo» y «carga» requieren «negarse a sí mismo y tomar cada día la propia cruz» (Lc 9,23). Sus discípulos y discípulas sabían que Satanás pretendía «cribarlos como trigo» (Lc 22,31); pero tenían a su lado al Maestro que los «aconsejaba» y les mostraba el camino, que era ante todo Él mismo, su forma de ser y actuar (Jn 14,6). Sus consejos eran «evangélicos».
1. El equilibrio amenazado por la exageración o la deficiencia
No hemos de demonizar ni el poder, ni el dinero, ni el sexo. Son realidades valiosas. A través de ellas crecemos como personas, como sociedad, como humanidad. También es cierto, sin embargo, que nuestra naturaleza humana está herida, es débil y fácilmente se deja llevar por los peores instintos. Esa condición la explicamos con la doctrina del pecado original. Por eso, en la medida en que vamos creciendo, nos cuesta ser virtuosos; fácilmente nos desequilibramos pecando por exceso o por defecto. Para Dante –en la Divina Comedia– los pecados capitales son amor, pero excesivo o deficiente: en todo caso, amor desequilibrado. Por eso, los valores del poder, del dinero, del sexo pueden ser exagerados hasta el punto de convertirse en realidades adictivas, idolátricas y en última instancia destructivas; o pueden quedar sofocadas por la falta de creatividad, de energía vital y convertir la vida en una existencia miserable –como el talento de la parábola escondido en la tierra (Mt 25,18)–.
Poder, dinero y sexo pueden deformarse por exageración idolátrica, o por desactivación. En el primer caso, hay que tener en cuenta el mandamiento principal de la alianza:
No tendrás otros dioses fuera de mí. No te harás escultura ni imagen alguna de lo que hay arriba en los cielos o abajo en la tierra o en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto, porque yo, Yavé, tu Dios, soy un Dios celoso (Éx 20,3-5).
En el segundo caso, nos merecemos el reproche del Señor que nos dice:
Siervo malo y perezoso […] que te quiten el talento […] al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. A ese siervo inútil ¡echadlo a las tinieblas de fuera! (Mt 25,26-30).
Los consejos evangélicos son aquellas palabras del Maestro que nos indican el método, el camino a seguir para evitar toda exageración y toda deficiencia, todo exceso y todo defecto[65] en las tres áreas del poder, del dinero y del sexo y cómo conseguir que se conviertan en virtudes[66].
Sin instinto de posesión, podríamos morir de hambre; sin instinto de poder seríamos incapaces de desarrollarnos y transcendernos, sin instinto sexual seríamos incapaces de completarnos, de disfrutar de nuestra alteridad como hombres o mujeres, de prolongar la vida, de amar. Si no estuviéramos habitados por estas pulsiones fundamentales nos encaminaríamos hacia la catástrofe.
Sexo, dinero-posesión y poder son realidades positivas. Pero esa luz que desprenden puede oscurecerse, entenebrecerse cuando una realidad diabólica se apodera de ellas; esa finalidad hacia la que tienden puede convertirse en desorientación y energía que nos lance hacia otros caminos perversos. De nosotros depende que aparezcan y actúen como luz o como tinieblas; todo depende del uso que hagamos de esas fuerzas. Por eso, estos tres componentes de nuestra vida son –a la vez– la fuente de nuestra felicidad y la fuente de nuestras angustias. La experiencia histórica y cotidiana nos muestra sobradamente el lado oscuro, diábolico e idolátrico del poder, del dinero y del sexo.
¿Qué hacer entonces? ¿Qué camino seguir? ¿Quién nos guiará?
2. También en otras religiones hay «consejos»
Las religiones han ofrecido claves, métodos, para vivir adecuadamente la relación con el poder, el dinero y el sexo. Lo que nosotros llamamos «consejos evangélicos» se encuentra de alguna manera anticipado en la ética de otras religiones. Y no es extraño: la gracia no destruye la naturaleza, sino que la presupone; en este caso también. La palabra de Dios no exige nada que sea imposible para el ser humano.
No debe extrañar, entonces, que exista una auténtica analogía entre la vida religiosa cristiana y la no-cristiana, sin que ello obste para que haya bastantes diferencias.
La más débil analogía entre consejos religiosos y consejos evangélicos se da en el ámbito de la virginidad. Cuando ciertos movimientos religiosos, como en el orfismo[67], recomiendan no casarse, abstenerse de los placeres carnales y desprenderse de todo es porque rechazan «lo sexual»; este rechazo –ciertamente injustificable– se fundamenta en la necesidad de liberar el alma (parte positiva de la naturaleza humana) del cuerpo (parte negativa de la naturaleza humana)[68]. En cambio, el Antiguo Testamento bendice el matrimonio y su fruto y el Nuevo Testamento relaciona la virginidad con un orden superior de maternidad, sea física (como en el caso de María) o eucarística (respecto de los demás cristianos). En todo caso, el orden de la sexualidad está sometido al tiempo que pasa; y así lo decía Jesús: « […] los resucitados no se casarán; vivirán como ángeles de Dios en el cielo» (Mt 22,30). El Señor ha abierto la posibilidad de una vida ulterior, ilimitada en el estado de no-casados, no porque la carne y el matrimonio sean malos («¡todo lo que Dios ha hecho es bueno y nada ha de ser rechazado, sino recibido con acción de gracias!» 1Tim 4,4), sino por la participación en el misterio físico de la Cruz y de la Resurrección.
Mayor analogía existe entre consejos religiosos y consejos evangélicos en el área de la pobreza y la no-posesión. En los monasterios de Asia se practica una comunión de bienes muy parecida a la del cristianismo. Da la impresión de que en ellos la pobreza es abrazada con muchísima más radicalidad que entre nosotros. Lo hacen para separarse de las cosas terrenas que son pasajeras y salir al encuentro de lo divino. Se renuncia para contemplar lo divino, lo infinito, lo absoluto en su inalcanzable misterio. Algo parecido encontramos incluso en el monacato cristiano de Evagrio. Lev Tolstói es un ejemplo de interacción de motivos cristianos y naturales sobre la pobreza[69]. La comunidad de bienes ha sido una de las utopías acariciadas por la modernidad, comenzando por Tomás Moro y Campanella y siguiendo por el primer socialismo que abogaba por la solidaridad humana. La pobreza que Jesús recomienda añade a estas otras motivaciones.
En el ámbito de la obediencia hay también semejanzas y diferencias. La obediencia funciona allí donde se relacionan superiores y súbditos, padres e hijos, gobernantes y ciudadanos, dirigentes de la economía y consumidores, jefes militares y soldados… Esta obediencia natural se fundamenta en razones éticas, pero también religiosas. La obediencia natural implica una entrega confiada del propio poder a la supervisión de la persona que ejerce el mando. Quien obedece se expone al abuso de confianza por parte del quien manda; pero también al abandono cobarde de la propia responsabilidad en quien detenta la autoridad. En la esfera religiosa, la obediencia acata la autoridad de un guía espiritual cualificado, se confía a personas carismáticas, dotadas de sabiduría divina y de liderazgo pedagógico y religioso; y a veces, por toda la vida. Esto se da tanto en el monacato no cristiano, como cristiano. Jesús, sin embargo, le dio a la obediencia un giro espectacular. Jesús, el Maestro, era el primero en obedecer y, por eso, incluía a sus discípulos en su camino de obediencia; si Jesús obedecía no era para servir de ejemplo pedagógico para sus discípulos, sino para que aconteciera la redención. En el ámbito de la obediencia hay también semejanzas y diferencias.
No es, por lo tanto, desacertado, hablar de los consejos religiosos antes de hablar de los consejos evangélicos[70]. Las religiones y también las filosofías éticas preparan el camino del Señor. Lo que el Maestro Jesús «aconseja» no es una absoluta novedad. Obediencia, pobreza y virginidad o celibato son también valores humanos, que nos hacen comprender el espíritu religioso común a todos los seres humanos; pero también nos hacen descubrir lo propio y específico de nuestra vida cristiana. Los consejos evangélicos ofrecen, por tanto, nuevas perspectivas, en el camino ético de la humanidad. No están desencaminados quienes buscan a Dios aunque sea fuera de la verdad cristiana (He 17,27).
Algo parecido a esto podríamos decir de tanta literatura de autoayuda de la que hoy disponemos y de las enseñanzas de los maestros de espiritualidad, auténticos expertos en las disciplinas del espíritu.
Hay muchas gracias fuera de la esfera de la Iglesia visible que nosotros no percibimos: «Si yo quiero que él permanezca hasta que yo venga, ¿a ti qué?» (Jn 21,22).
3. Las enseñanzas del Evangelio y el maestro interior, el Espíritu
Hablar de consejos evangélicos se ha vuelto normal; proviene de una tradición que el concilio Vaticano II asumió como propia[71]: la expresión «consejos evangélicos» aparece en 16 números de los documentos conciliares (unas 25 veces)[72], y dieciocho veces en el nuevo Código de Derecho Canónico[73].
Y ¿por qué «consejos» y no «mandatos» evangélicos? Las enseñanzas de Jesús, nuestro Maestro hacen preceder los indicativos a los imperativos. Es decir, primero «indican» una posibilidad y después «mandan». Piden comprometerse con aquello que es posible. Al imperativo «¡este es mi mandamiento: que os améis unos a otros!», precede el indicativo «como yo os he amado, y como el Padre me ha amado». Jesús nunca pide imposibles. No es como los doctores de la ley mosaica, que imponen pesos insoportables (Mt 23, 1-4). Jesús nos ofrece la ley del Espíritu, aquella que está grabada en el corazón y es ley de la libertad (2Cor 3,3).
Los consejos evangélicos son la expresión de esta ley interior, ley del corazón, ley del Espíritu. Los consejos evangélicos generan en nosotros procesos de búsqueda, de transformación. Jesús, nuestro Maestro, y su Espíritu –presente en nuestros corazones– nos «aconsejan» y «capacitan» internamente (como maestros exterior e interior) para que no caigamos en la tentación del exceso o de la deficiencia.
El mismo Dios, que nos pide que le amemos sin reservas, nos concede el don del amor y con él nos libera de todo aquello que nos vuelve inauténticos. Nosotros no sabemos amar como conviene. Hay energías negativas y destructivas que nos lo impiden. Para amar necesitamos liberación. Los consejos evangélicos, entendidos como «dones divinos», como fuerzas de liberación, hacen posible el amor, en el área de influencia de las tres concupiscencias (Tomás de Aquino)[74] o de las tres grandes pulsiones con las que nos vemos confrontados: poder, sexo y posesión[75].
Si podemos decir con honestidad y credibilidad «yo hago voto a Dios» es porque el mismo Dios Padre, a través de su Hijo Jesús y de su Espíritu, «nos instruye internamente». El Maestro exterior (Jesús y su Evangelio) y el maestro interior (el Espíritu Santo) orientan, diseñan e inician para nosotros un camino peculiar de vida que estamos llamados, invitados, a seguir.
De esta manera se instaura en nuestra vida una «alianza discipular». El Evangelio que es Cristo y versa sobre Cristo se convierte en el «consejo fundamental» que orienta y dirige la vida. El Espíritu Santo –que es la fuente de todos los carismas– configura y le da forma «carismática» a la «alianza discipular».
Quien ha experimentado la gracia de Dios y su llamada a seguir a Jesús, quien se siente habilitado y enriquecido por los dones de su Espíritu para responder a esa vocación de un modo personal y colectivo «peculiar», siente la necesidad de responder y comprometerse con la iniciativa divina. Por eso, desea, busca, se entrega, se compromete, se re-liga. La vocación se convierte en él o en ella en una ley interior, una fuerza irreprimible. Por eso, se formulan en forma de votos.
II. El voto único se desglosa en tres
1. El mandamiento principal–el voto principal
a) La sublime osadía de decir «Yo hago voto a Dios»
La vida consagrada quiere ser una forma clara de vivir en nuestra sociedad, «según la nueva alianza» con el único Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Como vida en alianza sabemos que la norma suprema es el mandamiento principal: «Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas», tal y como Jesús lo interpretó, es decir, uniendo el amor a Dios y el amor al prójimo y proponiéndonos un camino y un ejemplo: «como yo os he amado». La vida consagrada, por lo tanto, profesa, ante todo, este único voto de caridad, de amor, como imitación y seguimiento de Cristo Jesús. Esto se expresa, en no pocos institutos, con una frase que dice: «Yo hago voto» en singular (¡y no, «yo hago votos» en plural!).
Emitir un voto de amor no es solo un acto de voluntad y libertad por parte del ser humano. Emitir un voto ante Dios es, ante todo, una moción del Espíritu de Dios. Dios atrae nuestra atención («¡Escucha!»), nos hace contemplar la obra de su amor hacia nosotros, derrama en nuestros corazones su Santo Espiritu, y entonces reacciona nuestro «yo» en respuesta de amor: «Yo hago voto».
Es así cómo la alianza que Dios nos ofrece es acogida por nosotros. Sin la gracia de la vocación, sin la efusión carismática del Espíritu, sin la acción salvadora y redentora de Jesús, ¿quién osaría colocarse ante Dios diciendo «Yo hago voto»? Sería una temeridad, una osadía cuasi-idolátrica.
b) El paso histórico del voto monástico a los tres votos
Nuestra respuesta a la alianza ha recibido diversas formas rituales a lo largo de la larga historia de la vida religiosa.
Durante el primer milenio el ingreso oficial en la vida monástica se realizaba con un solo voto: el votum monasticum, que se denominaba también propositum, pactum, conventio, professio[76]. Lo nuclear de la profesión monástica y religiosa era la entrega de uno mismo (traditio sui) a Dios. En aquel tiempo la palabra «voto» o «votos» no se refería a ‘promesas que había que cumplir’, sino a ‘ofrendas y oraciones’ que se hacían en un contexto litúrgico. El voto principal era el del bautismo, que transformaba la existencia del bautizado en un acto de culto a Dios[77].
En el segundo milenio se vio necesario exteriorizar la «de-votio» a través de la profesión –ritual y pública– del propio compromiso ante la Iglesia (votum)[78]. Santo Tomás de Aquino lo denominó «votum professionis»[79]; se inpiró en el capítulo sexto del Ecclesiastica Hierarchia (‘Jerarquía eclesiástica’) del místico Pseudo-Dionisio, dedicado a la consagración monástica. Para santo Tomás los votos religiosos constituyen una consagración, una bendición espiritual (Ef 1,3); no se trata de una bendición añadida, sino intrínseca al mismo voto:
Un voto es una promesa hecha a Dios. Por eso, la solemnización de un voto consiste en algo espiritual que pertenece a Dios, es decir, en una bendición espiritual o consagración, que –de acuerdo con la institución de los apóstoles– es dada a quien hace profesión de observar una determinada regla, en el segundo grado, después de recibir las sagradas órdenes, tal como constanta Dionisio (Eccliastica Hierarchia VI).[80]
Aquí se armonizan la acción del ser humano que ofrece y hace su promesa a Dios y la consagración por parte de Dios de esa ofrenda. Emergen las dos dimensiones de culto y santificación, proprias de los sacramentos.
Desde hace siglos (desde el siglo XII), el ingreso oficial se hace en la mayoría de nuestros institutos con la profesión de los tres votos de pobreza, castidad y obediencia. Quizá el primer testimonio que de ello tenemos es una carta de Odón, prior de los Canónigos regulares de Santa Genoveva de París, del año 1148, en la que se dice:
Así pues, en la profesión que nosotros hicimos, prometimos tres cosas, como bien conocéis: castidad, comunión fraternal y obediencia.[81]
En la regla de los Trinitarios del año 1198 aparece también la tríada. Y la encontramos más tarde en las reglas primeras de san Francisco de Asís:
Esta es la regla y vida de los hermanos: vivir en obediencia, en castidad y sin nada propio (sine proprio).
Decía antes que esto se impuso en la mayoría de los institutos, pero no en todos. La tradición benedictina mantuvo su propia tríada (obediencia, conversión de costumbres, estabilidad). Los dominicos emitían únicamente voto de obediencia. El monacato de Oriente no profesa esta tríada. El mismo san Ignacio de Loyola, en la primera redacción de las Constituciones de la Compañía de Jesús, no insistió tanto en la tríada de votos, cuanto en la entrada sincera en la vida de la comunidad apostólica.
Los llamados «tres votos» no son tres votos distintos, sino uno solo en tres dimensiones. Cuando una persona se entrega totalmente a Dios no puede dividirse en tres partes –cada una de las cuales sería entregada a través de un voto–. Los tres votos son dimensiones transversales del único voto. Cada uno de ellos enfatiza una dimensión del mandamiento principal del amor a Dios y al prójimo. La fórmula «yo hago voto a Dios» es la fórmula de la alianza:
Como respuesta al don de Dios, los votos son la triple expresión de un único «sí» a la singular relación creada por la total consagración. Son ellos la acción, mediante la cual, los religiosos y religiosas se entregan a Dios de manera nueva y especial.[82]
c) La profesión de los votos asociada al sacrificio eucarístico
Uno se puede preguntar: ¿por qué es necesario profesar la alianza por medio de votos? He aquí lo que dijo al respecto el concilio Vaticano II:
La Iglesia no solo eleva mediante su sanción la profesión religiosa a la dignidad de estado canónico, sino que, además, con su acción litúrgica, la presenta como un estado consagrado a Dios. Ya que la Iglesia misma, con la autoridad que Dios le confió, recibe los votos de quienes la profesan, les alcanza de Dios, mediante su oración pública, los auxilios y la gracia, los encomienda a Dios y les imparte la bendición espiritual, asociando su oblación al sacrificio eucarístico (LG 45).
Nuestra profesión de los votos recibe de la Iglesia «la bendición especial y asocia su oblación al sacrificio eucarístico».
El voto es una expresión de nuestro culto a Dios. Es como un sacrificio ofrecido a Dios[83]. Por otra parte, a través del voto quedamos «ligados» «ob-ligados» a Dios y no solo en el presente, sino también en el futuro. «¡No solo se entregan los frutos del árbol, sino el mismo árbol con sus frutos!», comenta plásticamente santo Tomás[84]. Y esto se hace, no por autosuficiencia, sino todo lo contrario: porque somos conscientes de nuestra debilidad y fragilidad, de nuestra tendencia a la seducción idolátrica.
El voto pronunciado públicamente ante la Iglesia nos compromete más y deja fija nuestra voluntad en el bien. De una forma muy lúcida, Tomás de Aquino lo denominó «sacrificio de holocausto» para indicar que en la oblación no se reserva nada de la víctima ofrecida[85]. Si el sentido de la profesión es «la entrega total», eso significa que cada uno de los votos no es una parte de tres en el conjunto de la entrega, sino más bien una dimensión, una perspectiva desde la que se expresa y simboliza la entrega total.
Los llamados «tres votos» no son tres votos distintos, sino uno solo en tres perspectivas, en perichṓresis. Consecuencia de ello, es que pueden ser explicados conjuntamente, paralelamente, con el mismo esquema y en complementariedad. Por ello, pretendo hacer ver que son variaciones de una vida según la nueva alianza en el amor y que cada uno de ellos enfatiza en una dimensión el mandamiento principal: sea el amor a Dios o al prójimo, sea el amor con todo el corazón (castidad), con toda el alma (obediencia), con todas las fuerzas (pobreza), sin que sean perfectamente distinguibles, sino en perichṓresis también[86].
La promesa de la profesión religiosa es una y triple. Expresa su unidad en una tríada, que son los votos de obediencia, castidad y pobreza; y la tríada expresa la unidad total de la entrega sin reservas, total, al carisma recibido. Castidad, pobreza y obediencia no son, sino los símbolos de una respuesta sin reservas, total, al carisma recibido. Sin reservas, en cuanto al propio ser, porque hacen referencia a la totalidad de la existencia humana –el ámbito del corazón, de la vida y de las posesiones–. Sin reservas en cuanto al tiempo, porque no solamente se entrega el pasado y el presente, sino que en el don se quiere anticipar todo el futuro a través del voto. ¡Eso está claro en toda la historia de la interpretación teológica y espiritual de la vida religiosa!
La vida consagrada profesa su voto fundamental de alianza ante la Iglesia, en la Iglesia, sintiéndose Iglesia. Ella quiere expresar todo el amor que la une al Jesús-Esposo de su Iglesia y desea hacerlo con todo el corazón, toda el alma y todas las fuerzas, formando la comunidad que tiene «un solo corazón, una sola alma y todo en común» (He 4,32-35). Es consciente, así mismo, de las amenazas diabólicas que tientan y tentarán su fidelidad a la alianza. El voto –compromiso público– de alianza se lo recuerda constantemente y enciende alarmas cuando la amenaza es real.
2. Cada instituto configura «carismáticamente» los votos
Cada instituto plasma su profesión de los votos según el carisma recibido. No existe una profesión estándar. Ni siquiera una profesión que se identifique únicamente con el proyecto de cumplir el mandamiento principal que caracteriza toda vida cristiana. El mandamiento principal se profesa como voto pero con rasgos liminales y proféticos, propios de la vida consagrada[87].
a) Desde la biodiversidad carismática
Pero también dentro de la vida consagrada existe una bio-diversidad carismática impresionante. Cada carisma colectivo le da una configuración especial a la profesión del mandamiento principal como único voto y a cada una de sus explicitaciones en los tres votos. No pocos institutos expresaron su especificidad carismática en la profesión de un cuarto voto. Últimamente nos estamos dando cuenta de que esa excelente iniciativa tal vez hoy no sea necesaria. Basta con re-interpretar el único voto y sus tres explicitaciones votivas desde el carisma fundante. Así se descubren, por ejemplo, los diversos matices del voto de pobreza en los franciscanos, o en los hermanos de san Juan de Dios, o en los hermanitos o hermanitas de Jesús. Por eso, en la revisión de los textos constitucionales se hace lo posible para no presentar los votos –sin más– con el rostro estándar de los documentos de la Iglesia, sino releyéndolos desde la propia especificidad carismática.
Todos los institutos de vida consagrada viven la alianza desde el seguimiento del Jesús histórico, pero también desde la fe en el Cristo resucitado. Todos quieren unirse a Él por la fe y la participación en sus sacramentos. Pero ese seguimiento y esa fe acontecen en cada creyente y en cada grupo bajo la acción del Espíritu del Señor que nos ha sido enviado y que nos concede –según el querer del Padre y del Señor resucitado– los dones que más necesita la Iglesia.
Hay formas de vida consagrada a las que seduce el Jesús de Nazaret de la vida oculta, el Jesús laico, familiar, trabajador, «uno de tantos» (hermanitos y hermanitas de Jesús, inspirados en Charles de Foucauld, u otros institutos denominados «de Nazaret» o «de la Sagrada Familia», o «de Belén»).
Otras formas de vida consagrada se sienten seducidas por la etapa fronteriza, liminal y profética de Jesús, itinerante, proclamador y actor del reino de Dios en Galilea y en Jerusalén (órdenes mendicantes, clérigos regulares, institutos apostólicos, sociedades de vida apostólica, institutos seculares). Quienes siguieron a Jesús primero, en esta fase de su vida, hombres y mujeres, formaron en torno a Él una comunidad de seguimiento y misión. Jesús no les exigía cambiar su estado de vida: Simón Pedro era un seguidor casado; también lo era su seguidora Juana –mujer de Cusa–. Todos –seguidores y discípulos– compartían el estilo de vida de Jesús: itinerante, pobre, obediente a la voluntad del Abbá, comunitario –formando incluso una comunidad mixta–, orante, diaconal o de servicio a los necesitados. En la comunidad de Jesús se decía no a la violencia, sí a la desinstalación e itinerancia profética. Muchos institutos de vida consagrada encuentran en este Jesús de la etapa profética su llamada, inspiración y su forma de misión y vida. El Espíritu Santo inspira en cada instituto un modo peculiar de hacer «memoria» de Jesús-profeta del reino de Dios e Hijo de Dios. Hemos de estar muy atentos para no limitar los modelos de vida consagrada, inspirados en el Evangelio, a los ya pre-concebidos y aprobados canónicamente. ¿Por qué el Espíritu no puede inspirar nuevas formas de vida, basadas en el Evangelio y configuradas y conformadas de modos diversos a los que hasta ahora han aparecido?
b) Las cuatro dimensiones: Misionero-política, comunitaria, ecológica y mística
El voto fundamental y cada uno de los tres votos deben ser comprendidos desde las cuatro dimensiones de la nueva alianza: con Dios, con la humanidad, con la propia comunidad, con la naturaleza. Nuestro compromiso y servicio a la alianza se vuelve entonces: misionero-político, comunitario, ecológico y místico.
La dimensión misionero-política describe la alianza como compromiso y complicidad con la misión del Espíritu Santo que lleva a plenitud la misión de Jesús, que vino a reunir a todos los hijos de Dios, que estaban dispersos; que vino a curar toda dolencia y ser mensajero de la buena noticia y a transformar el mundo en reino de Dios, optando prefentemente por los más pobres y últimos y prometió la instauración de una nueva Jerusalén.
La dimensión comunitaria describe la alianza como relación de fraternidad y sororidad, de familia con quienes Dios Padre ha puesto a nuestro lado y con quienes nos hace convivir.
La dimensión ecológica describe la alianza en su dimensión planetaria, cósmica, terrena. El Espíritu se derrama sobre «toda carne»: la alianza nos pone en relación con la naturaleza, con los cuerpos, con la flora, fauna, con la materia y sus energías, con los procesos ecoevolutivos, con la biocenosis y los ecosistemas.
La dimensión mística describe la alianza como relación de amor (perichṓresis) con la Santísima Trinidad –nuestro Dios Abbá, con Jesús resucitado y con el Espíritu–. Esta dimensión es transversal a todas las anteriores y está en un constante proceso mistagógico.
La personas consagradas intentamos vivir la alianza como exageración profética, como oth o símbolos vivientes que el Espíritu Santo pone en medio de la Iglesia y de la sociedad para que seamos permanente evocación de la alianza en todas sus dimensiones:
Importancia particular tiene el significado esponsal de la vida consagrada, que hace referencia a la exigencia de la Iglesia de vivir en la entrega plena y exclusiva a su Esposo, del cual recibe todo bien. En esta dimensión esponsal, propia de toda la vida consagrada, es sobre todo la mujer la que se ve singularmente reflejada, como descubriendo la índole especial de su relación con el Señor. A este respecto, es sugestiva la página neotestamentaria que presenta a María con los Apóstoles en el Cenáculo en espera orante del Espíritu Santo (cf He 1,13-14). Aquí se puede ver una imagen viva de la Iglesia-Esposa, atenta a las señales del Esposo y preparada para acoger su don. En Pedro y en los demás Apóstoles emerge sobre todo la dimensión de la fecundidad, como se manifiesta en el ministerio eclesial, que se hace instrumento del Espíritu para la generación de nuevos hijos mediante el anuncio de la Palabra, la celebración de los Sacramentos y la atención pastoral. En María está particularmente viva la dimensión de la acogida esponsal, con la que la Iglesia hace fructificar en sí misma la vida divina a través de su amor total de virgen […] Por su parte, el pueblo cristiano encuentra en el ministerio ordenado los medios de la salvación, y en la vida consagrada el impulso para una respuesta de amor plena en todas las diversas formas de diaconía (VC 34).
Nuestra «transparencia simbólica» evoca ya ahora lo que será la alianza plenamente cumplida en la plenitud escatológica.
Parte 2 TRES CONSEJOS EVANGÉLICOS
3 Obediencia a la alianza: ¡Ojalá escuchéis hoy su voz! (Sal 95,7)
¿No sabíais que yo debía estar en los asuntos de mi Padre? (Lc 2,49).
La obediencia ha recibido a lo largo de la historia de la vida consagrada los mayores elogios. Se ha dicho que «quien obedece nunca se equivoca», que «ocupa el primer lugar entre las demás virtudes»[88], que es «la esencia de la vida monástica»[89]. Ha sido siempre una de las virtudes más recomendadas por fundadores y fundadoras. También en los ritos de ordenación se le pide al presbítero que sea obediente a su obispo. Los textos constitucionales le prestan una gran atención.
Nos preguntamos hoy, en tiempos en que tanto valoramos la libertad y la autonomía, ¿a qué se refiere el consejo evangélico de la obediencia? ¿Tiene como principal perspectiva y objetivo el «obedecer a los superiores», el seguir a nuestros líderes, obedecer mandatos, normas o leyes? La respuesta a estas cuestiones no se debe desconectar de todo lo que hemos reflexionado en los anteriores capítulos. De ahí se deduce que el problema fundamental hoy no es ni la crisis de obediencia, ni la crisis de autoridad, sino la necesidad de una nueva conciencia, que solo una teología y eclesiología innovadoras de la obediencia y la autoridad nos pueden ofrecer[90].
La obediencia es, ante todo, la respuesta a la propuesta por parte del Dios de la alianza. Es un «sí quiero» a la palabra que Dios nos dirige. Obedecer es un arte que enseña a superar, por una parte, las tentaciones idolátricas del poder y, por otra, a seguir en libertad a Jesús en su obediencia al Padre y docilidad al Espíritu. A partir de ahí, descubriremos las cuatro dimensiones de la única obediencia a la alianza.
I. El primer consejo evangélico: Ante la idolatría del poder
El espacio en el que se practica la obediencia cristiana no es un lugar de esclavos, sino de personas libres y elevadas a la máxima dignidad que un ser humano puede soñar: no hay mayor dignidad que ser considerado digno de escuchar la palabra de Dios, dialogar con ella y establecer una alianza eterna. Así entendida, la obediencia no es servidumbre, sino servicio de la más alta calidad. Saca de nosotros mismos nuestras mejores capacidades, nos invita a dar el «ciento por uno», a producir el mejor fruto según los talentos que nos han sido dados. La obediencia a la alianza es como un viento fuerte que nos llevará al lugar que Dios soñó para nosotros.
1. Obedecer es «escuchar»
El mandamiento principal se inicia con estas palabras «¡Shemá Israel!», ‘escucha, Israel’ (Dt 6,4). Solo después se dice: «amarás». Por lo tanto, la primera y más espontánea respuesta es: «¡habla Señor, que tu siervo escucha!» (1Sam 3,9), o «¡hágase en mí según tu palabra!» (Lc 1,38). Escuchar la voz de Dios es la respuesta primera que Dios, el único Señor, espera. Después viene el amar con todo el corazón, toda el alma y todas las fuerzas. Tras el «escuchar» surge el amor, ya orientado y dirigido, encaminado a su meta.
En su sentido etimológico, el término «obediencia» (tanto en hebreo, shemá; como en griego y como en latín, oboedientia) hace referencia al acto de escuchar, de abrir los oídos. En sentido religioso, es obediente quien escucha la voz de Dios, su palabra, expresión de su voluntad. Es desobediente, quien no la escucha.
San Pablo definió la obediencia como fe y la fe como obediencia en el inicio y en el final de su Carta a los romanos: la «obediencia de la fe» (Rom 1,5; 16,26)[91]. Sintió el tremendo dolor de ver cómo Israel no escuchaba el Evangelio de Jesús, mientras nuevos pueblos sí; y en concreto la comunidad de Roma a la que Pablo dirigía su carta: «Vuestra fe es proclamada en todo el mundo» (Rom 1,8); «vuestra obediencia es conocida por todos» (Rom 16,19)[92].
A esta escucha y acogida Pablo la llamó «obediencia de la fe».
a) Abrahán creyente y obediente: Ante la idolatría del primogénito
Yavé Dios le hizo a Abrahán una promesa asombrosa: «Si eres fiel a mi alianza serás bendición para todos los pueblos de la tierra y para sus descendientes». Esa promesa le exigía algo muy fuerte: «Deja tu país, tu gente, y tu casa paterna, y vete a la tierra que te mostraré» (Gén 12,1-3). Abrahán debía abandonar el espacio seguro, conocido y próspero en que se encontraba, para encaminarse hacia lo incierto, lo desconocido, lo arriesgado. Solo la confianza en el Dios de la promesa lo arrancó y lo protegió en un camino insólito y lleno de interrogantes. Abrahán no sabía a dónde iba (Heb 11,8) y la bendición no llegaba: a sus cien años se encuentra sin hijos, sin descendencia, compartiendo su vida con una mujer estéril y también anciana, Sara (Gén 12,7; 17,16; 21,5). Cuando menos lo esperaban la promesa se cumple: tras ofrecer hospitalidad a tres misteriosos visitantes. Llegó el regalo: Isaac.
La espera obstinada de Abrahán suscita una cuestión importante: ¿se sirve Abrahán de Dios para tener un hijo, un descendiente? O ¿consigue un descendiente de Dios por la confianza y el amor ciego que tiene en su Dios? ¿A quién había entregado Abrahán, en primera y última instancia su corazón? ¿A Dios o a su más profundo deseo de tener un hijo? Nuestros sueños pueden confundirnos. Y cuando se realizan no se acaban los problemas. Esto le sucedió a Abrahán, cuando recibió una nueva y sorprendente llamada de Dios:
Toma a tu hijo, a tu único hijo, al que tú amas, a Isaac, y vete a la región de Moria. Allí lo ofrecerás en sacrificio, sobre un monte que yo te indicaré (Gén 22,2).
¿Se habría convertido Isaac para Abrahán en su pequeño ídolo? No es fácil interpretar este relato.
Conocida es la interpretación de Kierkegaard[93]: lo que Dios le pedía a Abrahán violaba sus más profundas convicciones éticas; sin embargo, el patriarca pone en suspenso su ética y su razón y se somete al mandato. Acoge el riesgo paradójico de la fe.
Jon D. Levenson, estudioso judío y profesor en Harvard, ofrece otra explicación del hecho en su libro La muerte y resurrección del hijo amado[94]. Nos recuerda que en las culturas antiguas, las esperanzas y sueños tenían como objetivo no la dicha individual, sino la colectiva (de la familia o del clan). Toda la esperanza se centraba en los hijos primogénitos; para ellos era la mayor parte de la herencia; a través de ellos los padres supervivían (cuando no había fe en la resurrección). Tocar a los primogénitos era atentar contra lo más sagrado de la familia. Así se comprende cómo el ángel exterminador le robó al Egipto opresor su futuro, al matar a todos sus primogénitos (Éx 12,29) y cómo le dio futuro al pueblo reservando para Dios la vida de los primogénitos de Israel; solo había una condición: había que rescatar a los primogénitos mediante una ofrenda en el templo, mediante un sacrificio (Éx 22,29; 34,20; Núm 3,40-42; Núm 3,46-48).
Dios no le pide a Abrahán que sacrifique a su mujer, Sara. Y si lo hubiera pedido, de seguro que Abrahán no habría obedecido a esa voz, pues pensaría que era una alucinación. No así cuando le pidió que sacrificara a su hijo primogénito: ¡ese era el precio del rescate! Un rescate paradójico que dejaba otra vez a Abrahán sin futuro. Dios no le pidió que entrara en la tienda de Isaac y lo asesinara; le pidió que se lo ofreciera en sacrificio. La vida de Isaac tiene un precio, que hay que pagar. Pero ¿no es Isaac bendición de Dios para todas las naciones? ¿Quién puede entender a Dios?, se preguntaría Abrahán; o tal vez como Job exclamaría:
Él sabe lo que está haciendo conmigo y cuándo me ha puesto a prueba; yo saldré de todo esto como oro puro (Job 23,10).
Abrahán escucha, obedece, y con su hijo –¡caminaban los dos solos! – sube al monte del sacrificio (Gén 22,9-10). Cuando todo está para cumplirse, le es revelado por Dios –una voz que viene del cielo (Gén 22,11-12)– que hay reservada otra víctima para el rescate. Dios conocía el corazón de Abrahán y no necesitaba comprobarlo; Dios quería purificar ese amor para que se convirtiera en «oro puro».
Abrahán podría haber caído en la idolatría filial. Un hijo idolatrado puede convertir al padre en un ser exigente y superprotector, que intentará por todos los medios conseguir el «hijo perfecto»; o convertirlo en un padre supercondescendiente, que mima al hijo para evitarle el menor desagrado. Un hijo idolatrado esclaviza. El camino de Abrahán hacia las montañas con su hijo fue la fase final de un largo camino en el cual Dios lo iba transformando y haciéndole pasar de hombre normal al más importante de la historia.
Muchas de nuestras penas y sufrimientos tienen que ver mucho con nuestros «Isaacs». Hay siempre en nuestra vida algo en lo cual ponemos nuestras alegría, nuestra plenitud. Si lo idolatramos estamos perdidos. Si llegamos al límite y purificados nuestro deseo y nuestro amor, ese «Isaac» será bendición para todos.
b) Jonás desobediente e idólatra del poder
Otro ejemplo, pero de signo contrario, es el desobediente profeta Jonás. Era partidario de una política expansionista y, por eso, le pidió –en nombre de Dios– al rey Jeroboam que «restableciera las fronteras de Israel desde la entrada de Jamat hasta el mar de Arabá» (2Re 14,25). Mientras que los profetas contemporáneos, Amós y Oseas, denunciaban la corrupción que se había instalado en el palacio real («hizo el mal», «hizo pecar a Israel», 2Re 14,24), Jonás, movido por su celo nacionalista, incita al rey a conseguir más poder[95]. En ese contexto, Dios le pide a Jonás algo sorprendente: ir a Nínive, la ciudad más poderosa del mundo, sede del imperio asirio, peligro militar permanente para Israel, y allí profetizar su destrucción si no se convertían. Jonás no lo entendía: le parecía absurdo que Dios pudiera desear la conversión del mayor enemigo de Israel y además que fuera él –un profeta patriota– el más indicado para hacerlo.
Jonás se negó a cumplir la misión (Jon 1, 2-3), huyó en dirección opuesta hacia Tarsis, se embarcó y cayó en unaprofunda depresión, agazapado y escondido en la bodega de un barco (Jon, 1,5). Un «sopor profundísimo» –nosotros diríamos «acedia»- se apoderó de él; todo se tambaleaba en torno; era un gran peligro para todos; se vio precisado a suplicar que lo arrojasen al mar, porque huía de Dios, y en el mar quería morir (Jon 1,12). Dios lo llevó por medio del cetáceo al punto de partida. Y entonces, obedece. Su misión tiene un éxito inesperado. Nínive se convierte. Entonces Jonás se desencanta de Dios. ¡Es demasiado misericordioso! ¡No debería ser así! Jonás pudo darse cuenta de su idolatría del poder y del poder inmenso de Dios, en el que no confiaba.
Para el antiguo monacato Jonás prefiguraba la inestabilidad del monje fugitivo, a causa de su falta de paciencia. La regla de san Benito menciona el ejercicio de la paciencia en seis ocasiones. Al final del prefacio de la Regla, Benito invita a los monjes a perseverar en el monasterio hasta la muerte, participando en las pasiones (sufrimientos) de Cristo por medio de la paciencia, para merecer compartir su Reino. San Bernardo de Claraval –comentador de la regla de san Benito– dice que con la humildad y la caridad, la paciencia es una de las virtudes que preservan la unidad[96]; y es una de las armas del creyente juntamente con la sabiduría y la caridad[97]. El sufrimiento de Jesús es el ejemplo principal de obediencia paciente[98].
Hoy tal vez podamos descubrir aquí cómo luchar contra el patriotismo y el nacionalismo, cuando se vuelven idolátricos.
c) El Hijo obediente y rebelde
Fue Jesús quien ofreció la mejor respuesta a la alianza. Vivió siempre atento a la voluntad del Padre, ya desde su niñez:
¿No sabíais que yo debía estar en los asuntos de mi Padre? (Lc 2,49).
El Tentador quiso probar la fidelidad de Jesús a la alianza, su capacidad de escucha a la voz de Dios Padre. Lo sometió a las mismas tentaciones que al pueblo de Israel en el desierto. Mientras este endureció su corazón y no escuchó la voz de Dios (Sal 95,9), Jesús responde siempre al Tentador con la palabra de Dios: «así está escrito». A la primera tentación responde diciendo que vive de «la palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4); a la segunda –en la que el Tentador cita con argucia la palabra de Dios (Mt 4,5-7)–, Jesús responde que no quiere tentar a Dios, como sí lo tentaron los padres en el desierto (Sal 95,9-10)[99]; a la tercera tentación –la idolatría del poder– Jesús ratifica el mandamiento principal: ¡solo a Dios hay que adorar y nunca a las riquezas y posesiones! (Dt 6,5; Mt 4,8-10). Jesús se muestra así como el auténtico hijo de Dios, que escucha y cumple la palabra y la voluntad del Padre, porque ella es su alimento.
En las bodas de Caná –símbolo de la alianza– su madre lo proclamó «palabra de Dios», cuando dirigiéndose a los sirvientes les dijo: «¡haced lo que Él os diga!» (Jn 2,5). En el monte de la transfiguración fue Dios Padre quien pronunció unas palabras semejantes a las de la madre: «Este es mi hijo amado: ¡escuchadlo!». Se da un interesante matiz: escuchar a Dios es, ahora, escuchar a Jesús. Esa es la característica de la nueva alianza.
San Pabl o amplió el horizonte: propuso el contraste, no ya Jesús-obediente y pueblo-desobediente, sino Jesús-segundo Adán obediente y el primer Adán desobediente[100]. Por este nos llegó el pecado y la muerte (Rom 5,18-19); por Jesús, la justificación y la vida (Rom 5,19). Si Adán desobedeció al Creador, Jesús le obedeció para que seamos «criaturas nuevas», humanidad restaurada, verdadera imagen y semejanza de Dios (Col 1,15).
El obediente al Dios de la alianza, al Dios de la creación da origen a una nueva humanidad, a un nuevo pueblo de Dios (cf Is 42,6), a una nueva familia extendida (Mc 3,34). No hay mejor obediencia que seguir e imitar al Jesús obediente, escuchar y mantenerse en su palabra y seguir su ejemplo:
Si os mantenéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, conoceréis la verdad y la verdad os hará libres (Jn 8,31-32).
El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre; lo que hace Él, eso también lo hace igualmente el Hijo y le muestra todo lo que Él hace. Y le mostrará aún obras mayores que estas para que os asombréis (Jn 5,1920).
Por su obediencia participa Jesús del poder ilimitado del Padre a favor de la humanidad: hasta resucitar a los muertos y darles la vida (Jn 5,21). «El Padre que me ha enviado está conmigo» (Jn 8,16-18). La obediencia de Jesús fue, sobre todo, obediencia en misión. En Getsemaní oró diciendo «no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres Tú» (Lc 22,32): se olvidó de sí mismo y se ofreció al buen proyecto de Dios Padre. En la cruz experimentó un misterioso ocultamiento del Padre, pero fue «obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2,8). Despojado de todo poder, confió, fue paciente y esperó la reunión de los dispersos y trazó con sus brazos en la cruz el signo indeleble de la alianza.
En Jesús también se hizo verdad lo que profetizó el deutero Isaías: «Fue tenido por un rebelde» (Is 53,12). No se sometió al statu quo, al sistema vigente en todos los ámbitos. Por eso, el sistema consideró al «obediente Jesús» (en relación al Padre) un rebelde[101]; su desobediencia civil fue fruto de su obediencia a la misión; los referentes de la obediencia de Jesús no eran ni la ley, ni las instituciones, ni las ideologías y, mucho menos, el imperio; su única referencia era el reino de Dios, el Abbá y todo lo que implicaba. A causa de ello Jesús «murió bajo Poncio Pilato». Sus seguidores lo comprendieron cuando decían ante los tribunales: «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (He 5,29). Donde estaba en juego la fidelidad a la alianza, a la misión, allí Jesús se ponía inequívocamente de parte de la voluntad de Dios y deslegitimaba los poderes que se le oponían[102].
2. Obediencia «en» alianza
a) ¿También Dios nos obedece?
Pero no quisiera omitir aquí la otra vertiente de la obediencia como «escucha» que nos ofrece el pensamiento bíblico. Y es ¡que Dios también nos escucha! Que no solamene Él nos pide que le escuchemos, también nosotros le pedimos que nos escuche. La oración bíblica apela frecuentemente a esta exigencia: que Dios nos escuche, es decir, que Dios nos obedezca, que cumpla nuestra voluntad. Cuando Salomón inauguró el tempo de Jerusalén le repetía a Yavé Dios la misma petición:
[…] ¡escucha el clamor y la oración!, ¡escucha en el lugar de tu morada!, ¡escucha y perdona!, ¡escucha y actúa y haz justicia!, ¡escucha y haz lo que te suplique el extranjero, para que todos los pueblos de la tierra reconozcan tu nombre! (2Crón 6,19-39).
Es interesante ver también cómo las grandes mujeres del pueblo le suplican a Dios que las escuche: Sara, hija de Ragüel –a quien el demonio Asmodeo le mató siete maridos, antes de que se unieran a ella como esposa– suplica a Dios: «Ya he perdido siete maridos, ¿para qué me sirve la vida? Si no te parece bien quitarme la vida, escucha, Señor, el improperio contra mí» (Tob 3,15). También Judit le dice a Dios: «escucha Tú mi plegaria […] escucha con atención las palabras de tu sierva» (Jdt 9,12; 11,5). Y lo mismo Ester: «Escucha mi plegaria y ten misericordia de tu heredad; cambia nuestro luto en danza» (Est 4,17).
En los Salmos las referencias a la «escucha» de Dios son múltiples: «El Señor me escucha cuando lo invoco, inclina su oído hacia mí» (Sal 4,4; 17,6); «escucha mis palabras y repara en mis gemidos» (Sal 5,2), «escucha el deseo de los humildes, les presta oído, cuando claman los escucha» (Sal 10,17; 17,1; 22,25). A veces el orante se queja de que Dios no le escucha y, por eso, no encuentra descanso (Sal 22,3).
Los profetas le piden, ante todo, al pueblo que «escuche» la voz de Dios; pero en algunas ocasiones oran, interceden ante Dios por el pueblo; entonces su oración es un «escucha, Señor» constantemente repetido, como en el caso de la oración de Daniel, que se inicia con estas palabras: «Supliqué a Yavé mi Dios y le hice esta confesión: Señor, Dios grande, que mantienes la alianza y la fidelidad […] hemos pecado […] no hemos escuchado tu voz […] Ahora, Dios nuestro, escucha la oración y las súplicas de tu siervo […] Inclina, Dios mío, tu oído» (Dan 9,1-19).
Con cierta frecuencia se ha resaltado mucho la obediencia de Jesús a Dios; pero no, la obediencia de Dios Padre a Jesús. Y esto se advierte por ejemplo en la cita de un texto de la Carta los hebreos donde se alaba la obediencia de Jesús. Dice así: «Cristo, después de haber ofrecido en los días de su vida mortal, ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente. Y, aunque era Hijo, aprendió la obediencia a través del sufrimiento» (Heb 5,7-8). Se suele olvidar la frase que dice: «fue escuchado por su actitud reverente», es decir, que también Dios Padre obedeció a Jesús. Ya lo había dicho Jesús en el cuarto evangelio: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Bien sé que Tú siempre me escuchas» (Jn 11,42).
¿Y qué se deduce de todo esto? Pues que la obediencia es alianza, es circularidad, es obediencia mutua de ida y vuelta, es perichṓresis. Escuchamos a Dios y Dios nos escucha. Obedecemos a Dios y nos obedece. La obediencia debe ser entendida como alianza del mutuo amor, de la mutua escucha. Por eso, Jesús nos invitaba tantas veces a pedir, a buscar… porque recibiremos. El Padre nos escucha. Él nos escucha (cf Mt 7,2-11). Nos invitó también a pedir «en su nombre»:
[…] para que todo lo que le pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda (Jn 15,16).
Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre. Pedid y recibiréis para que vuestra alegría sea completa (Jn 16,23).
Una consecuencia de esto es que también en la vida consagrada la obediencia ha de ser mutua de ida y vuelta, de auténtica alianza. Porque es en la relación permanente y paciente de la alianza en la que se depuran los deseos. Al final se llega a la unión de voluntades, que santa Teresa de Jesús explica en su reflexión sobre la séptima morada:
Digamos que sea la unión como si dos velas de cera se juntasen tan en extremo que toda la luz fuese una, o que el pábilo y la luz y la cera es todo uno; mas después bien se puede apartar una vela de la otra, y quedan en dos velas, o el pábilo de la cera. Acá es como si cayendo agua del cielo en un río o fuente, adonde queda hecho todo agua, que no podrán ya dividir ni apartar cuál es el agua del río o lo que cayó del cielo; o como si un arroyico pequeño entra en la mar, no habrá remedio de apartarse; o como si en una pieza estuviesen dos ventanas por donde entrase gran luz; aunque entra dividida se hace todo una luz.[103]
b) ¿Cómo descubrir el «misterio de su voluntad»?
La voluntad de Dios es misteriosa e inaccesible para nosotros:
¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos! En efecto, ¿quién conoció el pensamiento del Señor? (Rom 11,33-34).
No deberíamos presumir –como algunas personas religiosas– de conocer la voluntad de Dios, como si de una transmisión en directo se tratara. La voluntad de Dios es misteriosa, en gran parte inaccesible. Uno debe ser introducido en el misterio para poder vislumbrarla. Y cuando se vislumbra uno no se compromete presuntuosamente a cumplirla sino que –como María en su Fiat y como Jesús en el Padrenuestro– abrimos nuestro ser para que Dios mismo cumpla en nosotros su voluntad. Hay en la obediencia a la voluntad de Dios un elemento de «pasividad» que no hemos de eludir.
La voluntad de Dios no es caprichosa, ni legalista, ni arbitraria, ni despótica. El Dios bíblico es creador y bienhechor. Su voluntad es buena. Pero podemos preguntarnos: aquello que presentamos como «bueno», ¿es siempre bueno? ¿En qué consiste la bondad, la buena voluntad?[104].
La voluntad de Dios fue, desde el principio, voluntad de bien: establecer alianza, renovarla cuando fuera necesario y hacerla definitiva con la llegada de su Reino. No fue así la voluntad de su pueblo, que desobedeció, fue duro de cerviz y se olvidó del amor que Dios le tenía (cf Sal 106,7) e incluso quiso establecer su propio rey (1Sam 8,6). Jesús pidió a sus discípulos y discípulas que oraran al Abbá diciendo: «¡Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo!» (Mt 6,10).
La voluntad de Dios Padre es su beneplácito o buena voluntad (Ef 1,5)[105]. Y esta buena voluntad consiste en que se realice su proyecto de reinar en la tierra, como cumplimiento de su alianza nueva y definitiva[106]. Jesús, mensajero e iniciador del Reino, ofreció en la última Cena el cáliz de esta definitiva alianza, que acontecería en su sangre para remisión de los pecados[107].
El documento de la congregación para institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica titulado Faciem tuam, Domine: El servicio de la autoridad y la obediencia dice a este respecto:
Buscar la voluntad de Dios significa buscar una voluntad amiga, benévola, que quiere nuestra realización, que desea sobre todo la libre respuesta de amor al amor suyo, para convertirnos en instrumentos del amor divino. En esta via amoris es donde se abre la flor de la escucha y la obediencia (n 4).
En Jesús y a través del Espíritu nos es revelada la «buena voluntad» de Dios. Normalmente necesitaremos soportar un tiempo de espera[108] (¡el idólatra no lo soporta y por eso busca un sustituto, es decir, un ídolo!). La misteriosa voluntad de Dios se nos manifiesta cuando dejamos que Dios sea Dios y actúe en nosotros cuando quiera; cuando miramos, no solo a Jesús, sino con los ojos de Jesús[109]; cuando se cumpla en nosotros la promesa del Espíritu, porque no nos toca conocer los tiempos o momentos que el Padre ha reservado a su poder: el Espíritu nos lo enseñará todos y entonces seremos testigos de Jesús[110].
3. El consejo evangélico: La alternativa al poder idolátrico
Una de las posibilidades –y paradójicamente también uno de los obstáculos– para vivir en alianza con nuestro Dios es el poder. El consejo evangélico nos enseña cómo utilizar el poder y nos comunica la energía necesaria para para integrarlo en la alianza.
a) La voluntad de poder: ¿Humanizadora o bestial?
El poder-dominio es una pulsión que nos habita. Tendemos a dominar de manera instintiva. Empleamos en ello todos nuestros mejores recursos. Los carismas personales, o los dones de naturaleza que hemos recibido son fuentes de poder. Donde se encuentren dos o más personas, allí se establecen relaciones de poder, que pueden ser de signo positivo (conjunción de poderes) o negativo (luchas y dominio sobre el otro). El poder es importante para la construcción de nuestra personalidad. Necesitamos sabernos útiles, capaces, competentes. La sensación de inutilidad, de impotencia, de absoluta debilidad, nos lleva a la depresión, a la infravaloración. El despliegue de nuestros poderes, de los talentos que hemos recibido, contribuye al desarrollo de nuestra personalidad y a la configuración única de nuestra identidad.
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