Kitabı oxu: «España, una nueva historia»
© José Enrique Ruiz-Domènec, 2017.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO137
ISBN: 9788490569009
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Índice
PRÓLOGO A LA PRESENTE EDICIÓN
INTRODUCCIÓN
EL MUNDO CLÁSICO (211 A. C.-711 D. C.)
1. 211 A. C., LA FECHA Y EL HECHO
2. EL VIEJO CONFLICTO (209 A. C.-129 A. C.)
3. LAS HUELLAS DE ROMA (129 A. C.-409 D. C.)
4. FUGAS SOBRE LOS VISIGODOS (409-711)
EDAD MEDIA (711-1492)
5. 711, LA FECHA Y LOS HECHOS: LA INVASIÓN ÁRABE-BEREBER Y GUADALETE
6. UNA TIERRA, DOS PUEBLOS, DOS HISTORIAS (711-985)
7. VIENTO EN LA MESETA (985-1085)
8. UN ESPEJO CON DOS CARAS (1085-1212)
9. 1212-1213, DOS FECHAS Y DOS HECHOS: LAS NAVAS DE TOLOSA Y MURET
10. LA VARA DEL MUNDO (1213-1295)
11. SENDEROS QUE SE BIFURCAN (1295-1369)
12. EL GRAN SIGLO (1369-1474)
13. LA FORJA DE UN ESTADO DINÁSTICO (1474-1492)
14. 1492, LA FECHA Y EL HECHO: LA EXPULSIÓN DE LOS JUDÍOS
EDAD MODERNA (1492-1808)
15. DEL BUEN DESEO A YUSTE (1492-1556)
16. UNA ÉPOCA PROMETEDORA (1556-1609)
17. 1609-1614, LAS FECHAS Y EL HECHO: LA EXPULSIÓN DE LOS MORISCOS
18. ORNATO DE UN IMPERIO (1609-1648)
19. EL DEBER DE UN MONARCA (1648-1688)
20. PASAJE AL ESTADO NACIONAL (1688-1713)
21. 1714, LA FECHA Y EL HECHO: EL 11 DE SEPTIEMBRE EN BARCELONA
22. LOS SENDEROS DE LA UNIFICACIÓN (1715-1759)
23. EL REFORMISMO IRRESISTIBLE (1759-1789)
24. ENTRE LAS SOMBRAS DEL MAÑANA (1789-1808)
25. 1808, LA FECHA Y EL HECHO: EL 2 DE MAYO EN MADRID
EDAD CONTEMPORÁNEA (1808-1948)
26. LA MATRIZ ROMÁNTICA (1808-1868)
27. EN MEDIO DEL DILETANTISMO (1868-1898)
28. 1898, LA FECHA Y EL HECHO: SOBRE LA GENERACIÓN DEL 98
29. EL PROGRESO IMPERFECTO (1898-1923)
30. SIN UN LUGAR PARA ESCONDERSE (1923-1936)
31. 1936, LA FECHA Y EL HECHO: 17, 18 Y 19 DE JULIO
32. ALREDEDOR DE LA GUERRA CIVIL (1936-1948)
ÉPOCA ACTUAL (1948-2017)
33. ITINERARIOS DEL FRANQUISMO (1948-1978)
34. LA HECHURA DEMOCRÁTICA (1978-2008)
35. VIVIR EN EL DESFILADERO (2008-2017)
EPÍLOGO
LECTURAS RECOMENDADAS
A
LUIS GARCÍA-RIVERA, IN MEMORIAM,
Y
A MICHAEL DAY
PRÓLOGO A LA PRESENTE EDICIÓN
No podemos concebir lo nunca soñado.
RICHARD WILBUR
Con este libro me propuse captar correctamente la historia de España en una época proclive al acoso político sobre ella. Nació de una sostenida convicción y de una confiada esperanza. Tengo la convicción de que el propósito del historiador profesional consiste en interpretar el pasado conforme a reglas y consensos internacionales depositados en una rica bibliografía, en la que priman la pluralidad y la ponderación sobre el dogmatismo y la intemperancia verbal; y tengo la esperanza de que la sociedad del siglo XXI volverá a interesarse por la historia como disciplina narrativa. Por eso, antes de que se dirima el significado de los hechos pretéritos, es preciso (obligado, incluso) saber lo que ocurrió, en qué orden y con qué resultados. Esa es la verdadera tarea de quien hace historia.
Al respecto, en 2012, el distinguido historiador inglés sir John H. Elliott, al publicar un robusto elogio a la tarea del historiador con el título History in the Making (Haciendo historia en la versión española, de Marta Balcells, para Taurus), afirmaba con absoluta convicción: «La buena historia seguirá dependiendo, como siempre ha dependido, de algo más que acumulación de información y despliegue de conocimiento. La aproximación de todo historiador al pasado viene condicionada por su temperamento y experiencia personal, pero ningún historiador es una isla y la sabiduría se adquiere, al menos en parte, de la lectura y reflexión sobre la obra de historiadores pasados y presentes, y participando conscientemente en una empresa colectiva que abarca generaciones y está comprometida con lograr una mejor apreciación tanto del mundo que ya ha desaparecido como del mundo tal como lo conocemos hoy en día».
Cuando lees afirmaciones tan juiciosas como esta de un insigne y altamente reputado historiador, te asalta la pregunta de qué ha pasado para que semejante sabiduría no llegue a las aulas universitarias en esta era de incertidumbre, como diría John Kenneth Galbraith. Porque tengo la desagradable sensación de que, en los últimos años del siglo XX, en España se ha educado a generaciones de jóvenes desprovistos de referencias comunes sobre lo que ha sido, y es, una historia compleja, pero muy rica en matices, a veces sin duda dramática y otras épica, pero sólida y llena de identidad. La consecuencia más palmaria es que se ha debilitado la conciencia crítica indispensable para el buen uso de las obligaciones ciudadanas en una sociedad abierta, que necesita el recurso de la democracia como forma de gobierno. Sorprendido por esta circunstancia, y tanto más confundido debido a que durante estos años la historia ha estado presente en todos los debates sociales, me percato del peligro que supone el creciente analfabetismo histórico, la tendencia a citar el pasado desde la ignorancia. Tras comprobar de qué modo se amañan los hechos, o la inclinación a delirantes genealogías políticas o personales, me dispuse a poner orden en un inmenso material. Controlé la información tanto como el modo de hacerlo, ya que hacer historia es mucho más que reunir un montón de información. Trabajé en la convicción que me inculcó hace algunos años Georges Duby de que un libro de historia mal escrito es un mal libro de historia. Fijé los detalles y precisé los calificativos, en la línea que marcaron algunos grandes maestros de ayer y de hoy, desde Tucídides a Gibbon, desde Polibio a Burckhardt, desde Guicciardini a Elliott. A menudo lo convencional es una forma adecuada para construir un buen relato.
En ese momento se desvelaron las nociones de principio y fin que dan sentido a la presente (y muy ampliada) edición. Principio en cuanto inicio de la narración en un momento concreto de la historia de España, alejándome así de la tentación de los orígenes de la que hablaba Marc Bloch; en este caso, cuando Publio Cornelio Escipión llega a la península Ibérica en 211 a. C. con un mandato del Senado de Roma. Hubo una revelación entonces para la historia de una geografía llamada Hispania, vale decir, España: a partir de entonces todo lo que en esa geografía se hizo, o se dejó de hacer, está especialmente ligado a este concepto de revelación, cuya realidad sustancial buscó con denuedo Américo Castro y calificó sorprendentemente de «enigma histórico» su oponente, el gran medievalista Claudio Sánchez-Albornoz. Lejos del esencialismo, Manuel Lucena ha propuesto el concepto de alto valor interpretativo de comunidad emocional en su bello libro 82 objetos que cuentan un país: una historia de España maravillosamente construida a través de sus objetos más significativos, desde un hacha prehistórica a la bien conocida bombona de butano. Con el fin de lograr su meta, y vaya si lo logra, el libro acepta la idea de Hans Ulrich Gumbrecht de «experimentar mundos que existieron antes de nuestro nacimiento», como sin duda debe hacerse.
Luego está la cuestión del fin. Aquí la historia acaba cuando lo hace la escritura, justo en la primavera de 2017, con la sensación de que, tras unos años de intensa demolición del concepto España, su propia historia está a punto de transformarse. Hay fuerzas profundas que incitan a hacerlo, con una contumacia semejante a la que los pueblos ibéricos tuvieron ante los romanos. Algunos estamos llegando a la conclusión de que se puede alcanzar un momento catastrófico singular que convierta el fin de esta narración en un fin ontológico. Mi compromiso moral me exige estar atento a esta posibilidad del inmediato futuro, desde mi campo de observación forjado en los valores de un universalismo coherente. Mi postura es, por tanto, la de un cosmopolita ante los valores nacionalistas. Me inquieta comprobar la satisfacción de los gobernantes ante el triunfo de la mistificación que falsifica el pasado. No puedo afrontar la tercera navegación de mi vida con la sensación de un naufragio en ciernes en el lugar donde vivo. Veo triunfar la sumisión de la sociedad, incluso a través de elecciones libres. Sobre eso, el historiador debe decir algo.
Este libro se publicó por primera vez en febrero de 2009 en la editorial Gredos con una notable y buena acogida de público y crítica. Poco después, en abril del mismo año, se hizo una segunda edición para responder a la demanda del mercado. Una excelente reseña de Miguel Ángel Villena en el diario El País contagió a otros medios de comunicación. Hubo entrevistas en radio y televisión. Una nueva edición se hizo en tapa dura bajo el sello RBA en noviembre. Luego pasó las vicisitudes de todo libro de ensayo, comentarios, olvido y, de nuevo, comentarios. Hoy es un libro buscado. Por eso he querido hacer una cuarta edición renovada y ampliada con tres capítulos, como me exigían algunos periodistas, y de ese modo he podido completar el relato de principio a fin.
París, febrero de 2017
ESPAÑA,
No pretendo que mi obra disipe toda clase de dudas en quien la haya entendido perfectamente, pero sí en su mayoría y las más graves. El sensato no me exigirá ni esperará que cuando yo aborde un tema lo agote, ni que, al comenzar la explicación de tal o cual alegoría, apure todo cuanto al respecto se ha dicho.
MAIMÓNIDES
En la luz verdadera,
¡oh Clío gloriosa!,
el vuelo alterna y arde mariposa,
mientras le ofrece a mi dulce pluma,
de obras de tanto actor, pequeña suma,
que si le das inspiración entera,
alas al genio mío
suspenderá Genil su cristal frío,
y de los siglos la estación postrera
aplaudirá mi canto en su ribera.
PEDRO SOTO DE ROJAS
INTRODUCCIÓN
Por mitigar en parte esta sed que tengo de celebrar y ensalzar mi patria.
LUIS ZAPATA
«Mejor que él no había nadie en la nación de España». Así concluía, a principios del siglo XV, Gutierre Díez de Games la biografía de Pero Niño, conde de Buelna, que había llevado una vida de caballero andante, vestido con una armadura blanca de placas articuladas y una celada con visera de «cara de perro». Fue el más valiente en las justas y en los torneos, venció a los piratas del Mediterráneo y galanteó a las damas en París sin que nadie censurara sus actos porque desde joven tuvo un sueño, ser como un héroe de novela; gesto que aún evocó Carlos V mientras se dirigía a Mülhberg para dirimir en el campo de batalla la verdad de la causa católica frente a la verdad de la causa luterana. Los atavíos de gala que el elegante Niño había llevado consigo en todos sus viajes, en previsión de una hipotética aventura amorosa, como entonces se decía, fueron posibles gracias al desarrollo de la economía mercantil. Pero el futuro de las redes del comercio internacional, de las que él ignoraba casi todo, no interesaba a Niño, quien, como tantos otros hombres de su tiempo, el otoño de la Edad Media, vivía convencido de que la riqueza dependía del éxito en las fiestas caballerescas.
¿Hasta qué punto, a comienzos del siglo XXI, compartimos el orgullo de Gutierre Díez de Games sobre la nación de España? ¿Acaso muchos de nosotros no tenemos la percepción inquietante de que ese sentimiento está a punto de desaparecer para siempre? Jamás en mi juventud pensé que un día llegaría a formularme estas preguntas. Han tenido que pasar muchas cosas (planes de desarrollo, huelgas, manifestaciones, cambio de régimen, atentados), para que me armara de valor y me enfrentara con España como tema de un libro de historia. Las solventes investigaciones de los últimos treinta años invitan a pensar que estamos bien informados; aunque la especificidad cultural y la herencia étnica tienen mayor resonancia en los medios de comunicación y despiertan mejores sentimientos que los conceptos España y españoles que, desde mediados del siglo XIII hasta la primera mitad del siglo XX, inspiraron las alianzas emocionales e intelectuales de escritores como Desclot, López de Ayala, Pérez de Guzmán, Miquel Carbonell, Luis Zapata, Ambrosio de Morales, Jerónimo Zurita, Mateo Alemán, Cervantes, Quevedo, Cadalso, Masdéu, Lafuente, Maragall, Ganivet, Unamuno, Altamira, García Lorca, Ortega, Bosch i Gimpera o Madariaga. Esta actitud indica que la explosión de la información sobre nuestro pasado ha venido acompañada de una implosión del significado de la historia.
Ahora bien, tiempo tendré en la última parte de este libro de opinar sobre la situación política creada por el debate sobre esta actitud, demasiado viva en la actualidad, si nos atenemos a las tertulias radiofónicas y a los artículos de opinión en los diarios de mayor audiencia; ahora solo quiero recordar el tono con el que se aborda cualquier asunto referido a España y a su historia, un tono inquisitivo sobre los motivos personales detrás de una investigación determinada, aunque sea sobre el precio del pan en el siglo XVIII. Un ambiente así afecta a los historiadores de mi generación, quienes hemos cargado con el peso de un gran cambio político del que, sin embargo, no hemos sido responsables, ni en su planteamiento ni en su resolución; y es que nos tuvimos que despojar de una vieja historia apresada en un estudio sin matices de las instituciones y de los acontecimientos, para formarnos en el oficio de las escuelas internacionales de la nueva historia, interesadas en la vida económica y social, en la mentalidad colectiva o en los efectos de la literatura y el arte en el comportamiento de la gente; es decir, nos educaron en una dirección y la vida nos empujó hacia otra, más cosmopolita y más crítica, pero que ha perdido la tensión espiritual con la que había comenzado en la década de los sesenta. Pero nada nos fue regalado: hemos tenido que pagar por ello un alto precio. En silencio, hemos visto cómo la historia ha perdido protagonismo a favor de un sucedáneo llamado ciencias sociales. Todos nosotros somos testigos cada año del fracaso escolar de centenares de buenos muchachos aturdidos frente a libros de texto que poco tienen que ver con el conocimiento de la historia de España, tal como se ha entendido desde que Alfonso X empezara su crónica.
Tamaño dislate en la casa de la historia, una sobreestimación de la corrección política llevada hasta el absurdo, ha afectado, como no podía ser de otro modo, al nivel educativo. Si hoy me pregunto por los efectos de ese dislate en la sociedad española, veo claro el peligro de que el desconocimiento del pasado anide en los ámbitos artístico, literario y cinematográfico (en la televisión). Por fortuna, los lectores reclaman al historiador un esfuerzo para que no sucumba a la desidia y ofrezca un análisis imparcial sobre España. Soy consciente de ese reto en medio del constante reclamo en el mundo académico a evitar lo subjetivo, lo interpretativo; pero también soy consciente de la dificultad de plasmar por escrito una visión de conjunto en una época que prima la especialización como una virtud intelectual. Escribo este libro en una encrucijada vital, a contracorriente, sin otro apoyo que el aliento de mis amigos entre los que más mi editor, Ricardo Rodrigo, sabedor de la necesidad de acercar mi experiencia de la historia de España al lector, para entregarle el color y la textura de nuestro pasado lejos de cualquier falsificación, de las muchas que se han hecho.
Para ser realmente nueva, una historia de España deberá ordenar los sucesos a través de su narración. Eso es lo que he querido hacer siguiendo el curso de los acontecimientos acaecidos en la península Ibérica desde un principio que sitúo en la llegada de Publio Cornelio Escipión en 211 a. C. hasta un final que no es otro que la conclusión de la escritura de este relato en la primavera de 2017. Así, pues, no actúo de forma aleatoria cuando encuadro esta historia de España entre dos fechas bien significativas. En esta atribulada primavera de 2017 se está poniendo término —y con poca elegancia, creo— a una realidad histórica comenzada muchos siglos atrás. Una realidad histórica que se inició por un hecho que apenas parecía relevante, ya que la llegada de un nuevo general romano no tenía por qué cambiar las cosas o al menos eso es lo que se pensó. Pero sí lo hizo. Aquí reside la importancia del azar, sin el cual la historia pierde su rasgo principal, que es una acción humana y, como tal, apasionada e imprevisible.
La estrategia para confeccionar este libro ha sido la siguiente. En primer lugar me he dedicado a la lectura de decenas de relatos de personas ordinarias o extraordinarias, en particular de aquellas cuyas vidas siguen afectando a las nuestras; y en segundo lugar, he construido un escenario donde pudiera situar la trama de acciones y pasiones humanas, conflictos sociales, intrigas políticas, flujos de la economía, desarrollo de la moral, el arte, la literatura y la música, que componen la realidad histórica de España durante poco más de dos mil doscientos años. Al final de este recorrido, no he encontrado razón alguna para mantener una España apócrifa, producto de la fantasía de autores con más diligencia comercial que ingenio. Porque en mi narración comienza a perfilarse la realidad histórica española, pero solo gracias a un hecho de la escritura que supone la quiebra de la invención del pasado promovida por las ideologías modernas. La forma narrativa enriquece infinitamente los fragmentos del pasado, los reúne con el mundo vital que los hizo posible, los articula en sistemas significativos con los que resulta fácil entender momentos o figuras alejados de los valores actuales. En el caso de España, ¿de dónde viene la preocupación por su historia y a qué herencia intelectual se remite?
El debate sobre el ser y el tiempo de España quedó dramatizado en modos profundamente opuestos en dos grandes libros de mediados del siglo XX: España en su historia. Cristianos, moros y judíos (1948) de Américo Castro y España, un enigma histórico (1962) de Claudio Sánchez-Albornoz. Ambos pertenecen a la cultura del exilio español y están animados por el mismo anhelo donde se mezclan el regeneracionismo y la oposición al régimen del general Franco. A comienzos de la guerra fría, Américo Castro miró España desde Princeton y la halló poblada de imágenes grotescas con extrañas exigencias sobre la fantástica españolidad de Viriato, Séneca, Lucano o Leovigildo; nada podía ir bien en un país que seguía pensando su pasado de esa manera, sin atender a la hechura vital que lo había hecho posible. Esa hechura vital fue el resultado de la larga convivencia de tres religiones en el suelo hispánico durante la Edad Media: la cristiana, la musulmana y la judía. Claudio Sánchez-Albornoz ofreció una visión completamente distinta desde Buenos Aires. Los siglos de guerra contra el islam forjaron un carácter indómito, poco dado a la solidaridad, agresivo hacia las minorías, turbulento y pendenciero. Lo que la Edad Media hizo de los españoles (y eso servía para leoneses, castellanos, navarros, vascos, aragoneses o catalanes) era una señal que marcaría el sentido de la expansión en América y en Europa promovida por los Habsburgo, pero también afectó a la Contrarreforma, a la persecución de los conversos y de los moriscos, al reformismo, a la Restauración, a la vertebración nacional, al anarquismo y a las luchas obreras.
Hay dos rasgos en este debate que inciden de lleno en la actitud ante los seculares problemas de España. El primero es la falta de un concepto claro de nación y extensivamente de la herencia hispánica en América. La identificación de lo español con un nacionalismo huero, displicente, dificulta el estudio sobre cualquier aspecto de su realidad histórica. En vano se puede demostrar, y así se ha hecho, que esa identificación es falsa, y que actitudes semejantes tienen lugar en todos los países sin que por ello se deba cuestionar su entidad como pueblo y menos aún el legado de su cultura. Sin embargo, los tópicos y los prejuicios se apoderan de los libros, y los alejan del verdadero conocimiento histórico.
El segundo rasgo del debate se refiere a la singularidad de la historia de España, en lo que ambos autores coinciden, aunque no en las causas. Realidad o tópico, el caso es que tenemos leyes y costumbres que limitan la libertad individual, aunque a menudo sean transgredidas por bandas violentas, desde los bagaudas en tiempos de los romanos a la ETA, pasando por los bandoleros. Además de que las manifestaciones populares de lo español, como corridas de toros, fiestas patronales, romerías, procesiones de Semana Santa y de Corpus y devoción mariana, son elogiados por poetas, pintores y escritores con independencia de sus creencias. La peculiaridad española merece un escrutinio minucioso que, sin embargo, está por hacer. Si reflexionamos con calma sobre ella, nos preguntaremos por qué España es así. Se podría creer que es una cuestión de carácter, incluso la suma de gestos atávicos difíciles de entender, lo que explicaría la resistencia al cambio; porque a veces uno tiene la sensación de que en España la historia se mueve a un ritmo diferente al europeo; esto último es cierto ma non troppo.
Cervantes describió de manera incomparable la manera de ser española. El viaje del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha significa no solo el triunfo de una persona contra la asfixiante atmósfera política de los tiempos de Felipe III, sino también el conflicto de una idea a la española con la evidencia. Baste pensar en la escena más célebre de tan célebre novela. Se trata del momento en el que la pareja protagonista atisba en el horizonte unos molinos de viento y ante el estupor de don Quijote, que ve en ellos a sus viejos enemigos, Sancho responde: «Mire vuestra merced que aquellos que allí parecen no son gigantes sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino». En efecto, no es posible encontrar nada más genuinamente español que este diálogo entre dos personas que adoptan posturas tan opuestas a la hora de valorar lo que sus ojos ven. Los campos que luego recorrerán, con las consabidas aventuras, llevados por el deseo de hacer realidad la literatura, son el mejor testimonio de que en ese largo viaje desde el Toboso a Barcelona se encuentra el código para desvelar España. Tanto el quimérico don Quijote como el realista Sancho no solo querían conocer a fondo su país, sino también buscaban con los sentidos y con el corazón los motivos por los que la única verdad divina se había descompuesto ante ellos en cientos de verdades relativas.
La novela de Cervantes me ha enseñado también hasta qué punto un historiador necesita de la literatura para comprender la dramática vida social, porque en cualquier momento un individuo puede convertirse en testigo de las transformaciones económicas, culturales y políticas de todo un país. Nadie puede quedarse fuera del juego de la historia, aunque quiera hacerlo. Por ese motivo, la sombra de España ha marcado siempre las acciones de su gente, e incluso, en los momentos críticos, ha encadenado a más de uno por tenaz que fuese su defensa. El español ha vivido inmerso en el ser y el tiempo de su país durante siglos. Al ajustar los últimos detalles de este libro, me pregunto si conseguiré vencer la perplejidad que se ha apoderado de los ciudadanos españoles con la llegada del nuevo milenio.
En Guía de perplejos, Maimónides apela a su discípulo para que no ceje en su pasión por el estudio: «Me di cuenta de que sabías algo sobre el particular, aprendido en diferentes maestros, y te hallabas perplejo, poseído de estupefacción; tu noble espíritu te urgía a encontrar el objeto de tus anhelos». Maimónides fue un educador a la manera del siglo XII, un tiempo de profundas expectativas sobre la persona humana; pero su invitación a evitar los juicios de valor y ponderar el conocimiento fue recibido con enojo y desdén. En vez del reclamo al dogma que, al cabo, comenzaba a trastornar la existencia de los españoles, en vez del fútil desvivirse en una guerra santa, propuso cultivar la convivencia y dejar que todo el mundo fuera a lo suyo, sin envidias en un ambiente de tolerancia afable que permitiera hacer realidad el sueño de un mundo de tres religiones y de tres culturas. Con este modelo de hombre libre y tolerante, el objetivo de su vida radicó en dirigir la mirada interior de sus vecinos de Córdoba más allá de las fronteras, en hacer a sus compatriotas más abiertos a la diversidad del mundo: siendo un hombre cabalmente judío, era a la vez un cosmopolita apasionado.
Un pensador contemporáneo dotó a la perplejidad de un nuevo enfoque. George Santayana, que fue un passionate pilgrim, describió la naturaleza española con sentido del humor en Personas y lugares. Fragmentos de una autobiografía. Hombre de una honestidad absoluta consigo mismo, nunca hizo concesiones cuando habló de su país natal mientras se adaptaba a la cultura literaria de su país de adopción, Estados Unidos. En una ocasión, por ejemplo, cuando le preguntaron por la Guerra Civil acuñó una de esas frases que se convierten en sentencias: «Aquellos que no recuerdan el pasado, están condenados a repetirlo». Gracias a esa clarividencia, pudo prescindir de las fantasiosas imágenes de España, escribir sin pausa a favor de su país natal, y tolerar tranquilamente que sus libros se leyeran solo en pequeños círculos de exiliados y que al principio su nombre fuera conocido solo en el mundo académico con escasas excepciones. Santayana demostró que la perplejidad se atenúa, e incluso se esfuma, mediante una educación adecuada y que no importa vivir con estrecheces a cambio de poder pensar en libertad y audacia.
No deberíamos dejar de lado los consejos de estos dos ilustres españoles, que comenzaron a entender a su país cuando se vieron obligados a abandonarlo. ¿Es el exilio un modo especial de valorar el ser y el tiempo de España? Henry Kamen acaba de responder a esta pregunta en un buen libro. La expresión huella del exilio implica para él un enfoque diáfano de la cuestión; representa una categoría de análisis para «uno de los temas más potentes y enriquecedores de la cultura moderna». El exilio (en parte también la inmigración) resulta dramático ya que es el único momento en que una persona humana no puede regresar a su hogar para satisfacer una necesidad de reconstituirse y renovarse, pero al mismo tiempo constituye la armadura de muchas narraciones sobre el ser de España. La añoranza por la pérdida es un fenómeno sin comparación, cuya vivencia es disímil entre los privilegiados y la gente corriente. Para los primeros el dolor del desarraigo se compensa con la sensación de una mejora de sus condiciones de trabajo; para los segundos la adaptación supone la confianza en la generación siguiente.
España empieza en el recuerdo, y los primeros elementos que debemos recuperar son los lugares de la memoria, como una plaza, un olor o un paisaje. Al hacerlo, podría decirse, siguiendo a Maimónides, que a su vez cita al profeta Isaías, que «el pueblo que anda en tinieblas verá por fin la luz». Aquí se fundamenta esta nueva historia de España. Quien se obstine en no atender esta luz, no verá en las vicisitudes de los españoles más que manías. La evolución espiritual de las tres grandes religiones, que a su vez son tres grandes culturas de la humanidad, tiene lugar bajo la influencia de la consigna de creerse un pueblo especial, único.
Al encontrar su identidad, España pudo presentarse, y así lo hizo, como la potencia que se hacía eco de la importancia de los descubrimientos geográficos y reclamaba la adopción de un Estado dinástico para la península Ibérica, consciente de la enormidad del empeño, superior incluso al de Alfonso el Magnánimo de crear un imperio mediterráneo. Me parece el momento de arrojar luz sobre el complejo proceso de adquisición de la identidad española, y de ilustrar la rica y matizada vida en los albores del mundo moderno.
El relato sobre España que ofrezco a continuación no puede comprometer al lector que no sienta el valor de la historia en su vida: las fechas clave, los hechos que marcan la memoria colectiva, el reclamo a la guerra civil para dirimir situaciones comprometidas, las gestas populares, los iconos artísticos, el permanente antojo de escapar del ritmo de la cultura europea cada vez que esta se acerca. En definitiva, mi intención consiste en seguir las vicisitudes de un país, descubrir, casi a cada paso, los rasgos más característicos que explican por un lado una cierta singularidad en muchos momentos de la historia, y por otro una estrategia real para sobrevivir a los múltiples fallos de los líderes que decidieron sobre los valores que conformaban el núcleo esencial de creencias por las que valía la pena luchar y cuáles habían dejado de tener sentido. Hay por lo menos cinco grandes momentos en la historia de España, lo que me ha llevado a dividir el libro en cinco partes.