Kitabı oxu: «Estudios sobre la Filosofía Política de Francis Bacon»

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ESTUDIOS SOBRE LA FILOSOFÍA POLÍTICA
DE FRANCIS BACON
ESTUDIOS SOBRE LA FILOSOFÍA POLÍTICA DE FRANCIS BACON
ANTONIO MARINO LÓPEZ
(COORDINADOR)
UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
FACULTAD DE ESTUDIOS SUPERIORES ACATLÁN

Catalogación en la publicación UNAM. Dirección General de Bibliotecas
Nombres: Marino López, Antonio, editor.
Título: Estudios sobre la Filosofía Política de Francis Bacon / Antonio Marino López (coordinador).
Descripción: Primera edición. | México: Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Estudios Superiores Acatlán, 2020.
Identificadores: LIBRUNAM 2092123 (libro electrónico) | ISBN 9786073038300 (libro electrónico).
Temas: Bacon, Francis, 1561-1626 -- Filosofía. | Ciencia política -- Filosofía.
Clasificación: LCC B1197 (libro electrónico) | DDC 192—dc23
Primera edición digital: 2020
D.R. © UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
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del titular de los derechos patrimoniales.
ISBN: 978-607-30-3830-0
Hecho en México
Made in Mexico
Índice
Reseña
Presentación
Las leyes secretas de Bensalem, ciudad de la Nueva Atlántida
Teresita García González
Del narrador y su relato
Del naufragio a la salvación. Once días
¿Ciudadanos de Bensalem?
Bibliografía
La sabiduría en la Sabiduría Comentario a La Sabiduría de los Antiguos de Francis Bacon
Luis Octavio García Mondragón
Bibliografía
La filosofía baconiana de la naturaleza y sus implicaciones éticas y políticas en El Avance del Saber
José Gerardo Valero Cano
Introducción
I Consideraciones preliminares sobre la ciencia moderna, sus propósitos y métodos según Francis Bacon
a) La superación del saber antiguo: ciencia y filantropía
b) La física experimental y la nueva idea de naturaleza
c) Metafísica o conocimiento de las estructuras matemáticas
d) Física y metafísica matemática: la ley científica y la posibilidad de la técnica
II El hombre y el espíritu en la ciencia baconiana
a) Conocimiento y bienestar humano: el progreso de la ciencia filantrópica
b) La moralidad baconiana y la filantropía de la ciencia nueva
c) El conocimiento civil maquiaveliano de Francis Bacon
d) Teología y avance del saber: la filantrópica negación de Dios
Conclusiones: ciencia moderna y hombre
Bibliografía
La estrategia retórica de Francis Bacon para difundir su Nueva Ciencia
Antonio Marino López
I
II
III Breves consideraciones preliminares sobre la retórica
IV La retórica en el primer Ensayo
V Las tres apologías en The Advancement of Learning
a) La apología frente a los teólogos
Excurso sobre la caridad
b) La apología frente a los políticos
c) La apología frente a los sabios
VI Conclusiones
Apéndice: Ensayo de Bacon y traducción
Bibliografía
Reseña
Los estudios reunidos en este libro comparten una pregunta: ¿Cómo surgió la gran revolución en la filosofía, la política y la ética conocida hoy en día como “Modernidad”? En ellos se exploran desde cuatro perspectivas diferentes los argumentos usados por el fundador del mundo moderno, Francis Bacon, para refutar, persuadir, demostrar y prometer que el hombre puede ser amo y señor de la naturaleza. Quienes cultivaran su nueva ciencia obtendrían longevidad saludable, seguridad y riqueza: los fines buscados por todas las sociedades modernas. En la perspectiva política se examina La Nueva Atlántida, en la cual se esboza una sociedad perfectamente moderna regida por sabios científicos. Por qué Bacon se considera más sabio que los filósofos de la antigüedad es la pregunta que guía al segundo estudio, en el cual se interpreta La Sabiduría de los Antiguos. La polémica contra la ciencia aristotélica escolástica es examinada en el tercero, y en el cuarto las estrategias retóricas para difundir su proyecto, centrando la atención en el Avance del Saber y algunos de sus Ensayos.
Presentación
Los cuatro estudios sobre la filosofía política de Francis Bacon presentados en este libro son los frutos del trabajo realizado en el Seminario de Filosofía Política del Programa de Investigación de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán, UNAM. Todos comparten una de las preguntas recurrentes en dicho seminario: ¿cómo y por qué se inició esa gran revolución del pensamiento llamada “Modernidad”? Implícita en la pregunta se encuentra una amplia gama de interrogantes anejas que abarcan desde la difícil cuestión de la ruptura con las tradiciones clásicas y cristiana, las razones y motivaciones de los pensadores fundadores de la Modernidad, hasta la profundidad y claridad con la cual concibieron tanto la posibilidad de implementar como los beneficios que con su nueva ciencia esperaban otorgar a la humanidad. La esencia del proyecto moderno consiste en proponer una nueva concepción de la relación entre teoría y praxis o, en otros términos, entre filosofía y sociedad. Por primera vez se afirma que el filósofo no sólo puede sino que está obligado a realizar investigaciones que beneficien al género humano. Esta tesis se opone radicalmente a la de los filósofos de la antigüedad, quienes mantenían que la armonía de saber y poder, el filósofo-rey, era una quimera imposible de realizar. Es evidente que la tesis de los modernos sólo podría sostenerse si el poder de la inteligencia humana es mucho mayor de lo que concibieron los antiguos. Descubrir el poder de la inteligencia humana requería purificarla de los dogmas que la limitaban, tanto los de índole metafísica como los teológicos. Además, puesto que el propósito era incrementar el poder humano, era insoslayable demostrar que la razón más poderosa también sería más benéfica para la humanidad. Para ello se requería una revolución en la ética. Poner en marcha una revolución tan radical a su vez hacía indispensable una estrategia retórica para entusiasmar a quienes veían con buenos ojos las innovaciones sin despertar la desconfianza y la oposición de los ortodoxos y conservadores. Cumplir con ambos fines simultáneamente hacía necesaria una mezcla de argumentación explícita con indicios más o menos velados. Era menester mostrar la innovación como motivada por fines inobjetables. Francis Bacon fue el gran maestro de esta sutil retórica cuyo éxito se constata con las grandes transformaciones del mundo realizadas, conforme su teoría determinó a la praxis, durante los últimos cuatro siglos.
Sólo atendiendo cuidadosamente a los diversos modos de presentación utilizados por Bacon en sus obras se puede penetrar hacia el núcleo de su pensamiento. Dado que sus obras están dirigidas a diferentes clases de lectores, y en cada caso se utiliza la retórica ad hoc, la tarea hermenéutica es compleja. Cada uno de los escritos presentados aquí aborda una de las obras del filósofo inglés, realizando una hermenéutica cuidadosa con la cual se hacen evidentes las modalidades de discurso aplicadas en ellas: Nueva Atlántida, La Sabiduría de los Antiguos, El Avance del Saber y los Ensayos o Consejos Civiles y Morales, son los textos interpretados.
En su trabajo sobre la Nueva Atlántida, intitulado “Las leyes secretas de Bensalem, ciudad de la Nueva Atlántida”, Teresita García González explora cuidadosamente los pasajes ricos en alusiones y magros en explicaciones de esta obra, publicada póstumamente por William Rawley en 1627. En este libro Bacon describe a la sociedad que, según lo imagina, su nueva ciencia podría originar. Aunque usualmente se le ha considerado una utopía sin mayor relevancia para la comprensión de la doctrina política de Bacon, la interpretación presentada por Teresita García nos permite ver que la obra contiene indicaciones muy importantes para entender el tipo de leyes y costumbres necesarias para una sociedad regida por una élite de sabios científicos. Destaca como tema principal la adaptación del cristianismo a los nuevos órdenes de la sociedad; asimismo, se atiende de manera especial a la legislación respecto de la familia, cuya función principal se reduce a la reproducción. Bacon ciertamente parece creer que la sociedad de la Nueva Atlántida es la más feliz que puede haber entre los hombres. En su interpretación, Teresita García se pregunta en qué consiste esta felicidad y qué tan deseable es. Esta pregunta es de gran relevancia para quienes vivimos en las postrimerías de la Modernidad porque al comparar la felicidad baconiana con nuestras propias nociones podemos reflexionar más a fondo sobre la relación entre los fines imaginados por el padre de la ciencia moderna y la situación en que de hecho nos encontramos nosotros sus herederos después de cuatro siglos. Ciertamente, nuestro mundo, con sus abismales contrastes entre pobres y ricos, la crisis ecológica y la amenaza de guerra nuclear, en nada se parece a la sociedad soñada por Bacon. ¿Esta diferencia se debe a alguna deficiencia inherente en el proyecto o a la falla de las instituciones políticas gestadas por la Modernidad?
En el ensayo “La sabiduría en la Sabiduría”, Luis Octavio García Mondragón se aplica, con amplia erudición y finísima sensibilidad hermenéutica, a recorrer los complejos laberintos construidos por Francis Bacon en su La Sabiduría de los Antiguos. En la superficie, esta obra parece meramente mostrar que los mitos de los verdaderos antiguos contienen una sapiencia más profunda que la de los antiguos espurios. Con esta distinción Bacon pretende que la filosofía clásica (entiéndase la elaborada desde Tales hasta Aristóteles) no sólo es falsa, sino que además oculta a la sabiduría comunicada mediante los mitos clásicos. Con este artificio retórico se sientan las bases para presentar la nueva ciencia baconiana como si fuera una recuperación de la sapiencia más profunda de los antiguos genuinos y no una mera polémica contra los filósofos clásicos. Mediante esta argucia se desafía al lector a ejercer su talento hermenéutico interpretando una obra en la cual lo serio y lo juguetón siempre están entremezclados. Sin embargo, esta superficie es uno de múltiples velos usados por Bacon para mostrar y ocultar el sentido más profundo de su nueva ciencia. Luis Octavio García Mondragón acepta el desafío y con paciencia y atención extraordinarias nos guía por las galerías del laberinto baconiano como un nuevo Teseo hermenéutico. Un aspecto clave de su trabajo es el develamiento del orden concéntrico elegido por Bacon para relacionar las treinta y una fábulas interpretadas en esta obra. Es imposible resumir la complejidad de este orden concéntrico y menos aún hacer justicia en pocas líneas a las observaciones, tan lúcidas como penetrantes, que ofrece esta obra de deslumbrante virtuosismo hermenéutico. Quien dedique el cuidado requerido al estudio de este ensayo constatará que estas apreciaciones nada tienen de exageración.
En el ensayo “La filosofía baconiana de la naturaleza y sus implicaciones éticas y políticas en El Avance del Saber", José Gerardo Valero Cano interpreta y explica la filosofía de la naturaleza de Bacon exponiendo su conexión sistemática con la nueva filosofía política requerida necesariamente por su implicación recíproca. La nueva ciencia ofrece nuevos poderes para el hombre y por consiguiente es menester mostrar a qué fines se pretende aplicarlos y por qué esos fines son deseables. Para llevar a cabo esta tarea, José Gerardo Valero examina las bases epistemológicas de la nueva ciencia y su rechazo de la metafísica aristotélica. Destaca especialmente la relación entre el cambio en los fines de la ciencia y la innovación en sus bases epistemológicas y metodológicas. Muestra cómo el gran énfasis en la experimentación obedece al propósito utilitario y no a la búsqueda de la verdad en el estudio de la naturaleza. También aporta evidencias fuertes para mostrar que Bacon no considera necesaria ni pertinente una confrontación cuidadosa con la ciencia aristotélica y por consiguiente no es una “superación” de ésta. En el nivel metafísico, argumenta José Gerardo Valero, tampoco hay una crítica cuidadosa. Bacon introduce una nueva idea de naturaleza (inspirada en el pensamiento de Demócrito) que cumple los requisitos ontológicos supuestos por la nueva ciencia, tales como la transformación y la maleabilidad de todo lo natural conforme al designio humano. Es así como la naturaleza deviene en almacén de “recursos naturales”. Tanto el rechazo de la teleología como el de la noción de sustancia aristotélica son examinados a la luz de este cambio en los fines de la ciencia. En este ensayo también se exploran los vínculos con la nueva ciencia política inaugurada por Maquiavelo, evidenciándose que Bacon es un fervoroso discípulo del florentino. Se recalca la relación dialéctica entre ambos filósofos modernos, mostrando que la verità effettuale de la nueva ciencia consiste en verdades cuya validez se corrobora por sus efectos prácticos. En cuanto a la revolución en la comprensión de la naturaleza humana y sus consecuencias para la ética, se dirige la atención tanto a la diferencia con la ética aristotélica como con la ética cristiana. El rechazo tanto del bios theoretikos de la filosofía antigua como de la beatitud cristiana es consecuencia insoslayable de la nueva ciencia y su nuevo mundo. José Gerardo es muy crítico de la nueva ética y dedica extensas reflexiones al tema. Una de sus preguntas clave es si puede haber tal cosa como la felicidad en un universo concebido conforme al materialismo baconiano. En suma, este trabajo ofrece un panorama completo y crítico de la nueva ciencia baconiana y sus implicaciones para la política y la ética. Muestra, así, las intenciones profundamente revolucionarias de Francis Bacon.
El reto fundamental para instaurar la nueva ciencia era cómo difundirla y atraer adeptos sin provocar la oposición y censura de quienes verían afectados sus intereses, cuestionados sus conocimientos y ofendida su religión. Responder debidamente a estas preguntas es el objeto de varias disciplinas que abarcan desde la historia de la filosofía, la historia política, económica y literaria, hasta la historia religiosa de Europa entre los siglos XIV y XVI. Es muy probable que en cada una de las perspectivas se produzcan respuestas variadas a las preguntas. Por una parte, el número de los pensadores que fundan la Modernidad es entre cinco y diez, y, en todo caso, no más de cincuenta, según el criterio que se aplique para determinarlos. Por otra, los contextos en los cuales ocurre la innovación radical se concentran principalmente en el noroeste de Europa, en las naciones protestantes. En el ensayo intitulado “La estrategia retórica de Francis Bacon para difundir su Nueva Ciencia”, Antonio Marino López centra la atención en los recursos usados por el principal fundador de la Modernidad para evitar suscitar la animosidad de sus enemigos potenciales y atraer a los predispuestos a favor de las innovaciones. Los centros de oposición, naturalmente, eran las universidades con sus facultades de filosofía y teología, y las autoridades tanto civiles como eclesiásticas. Bacon los clasifíca en tres grupos: teólogos, políticos y sabios. A cada uno de ellos dedica argumentos de gran astucia retórica para persuadirlos de que su nueva ciencia tiene propósitos del todo ortodoxos y nada tienen que temer de su instauración. En su ensayo, Antonio Marino examina cada una de las “apologías” dedicadas a cada grupo, las cuales aparecen al inicio del Advancement of Learning (El Avance del Saber) con la intención de abrir brecha sin provocar escozores. Si bien este es el tema central del trabajo, su autor comienza por una interpretación detallada del primer ensayo de los Essays, or Councils Civil and Moral, cuyo título es “Of Truth”. Esta obra fue la más difundida durante la vida de Bacon y en ella se pueden ver en toda su magistral plenitud los recursos retóricos del filósofo. Sus Essays son el caballo de Troya de su nueva ciencia. Con la interpretación del ensayo “Of Truth” (“De la verdad”) se muestra cómo Bacon logra encubrir con una capa de aparente ortodoxia sus propuestas heterodoxas y hasta herejes. Mediante este ejercicio hermenéutico se obtienen las directrices para detectar usos retóricos semejantes en los argumentos de las tres apologías ya menciondadas. Uno de los propósitos centrales del trabajo de Antonio Marino es mostrar que Bacon se afilia a la comprensión maquiavélica de la verdad como determinada desde la práctica: la verdad de una proposición es inseparable de sus efectos. La verità effettuale se constata en la praxis. Y esto vale tanto para la nueva ciencia como la nueva política, lo cual a su vez requiere de una nueva retórica. Cabe advertir que se trata de una comprensión de la verdad en la cual la diferencia entre filosofía y sofística se obnuvila propositivamente.
Los cuatro ensayos presentados aquí muestran la importancia de realizar interpretaciones del pensamiento de Francis Bacon como parte de la investigación sobre la Modernidad y por ende como instrumentos insoslayables de nuestra autocomprensión. Comparten todos la necesidad de atender cuidadosamente a los aspectos retóricos y herméticos de la obra del filósofo inglés, pues ciertamente recurrió a lo que él llama “escritura enigmática”. Como Maquiavelo, Bacon ni dice todo lo que piensa ni piensa todo lo que dice. Una de las consecuencias del éxito de su retórica y de la implementación de su proyecto es que se fue eliminando la necesidad de este tipo de composición, y por lo mismo se fue perdiendo conciencia de la necesidad de aplicar la hermenéutica idónea a la lectura de sus obras. Sin embargo, como se hace constar en los cuatro ensayos, captar el carácter revolucionario de la filosofía de Bacon sólo es posible cuando se puede distinguir entre su ortodoxia superficial y su radical cuestionamiento de la filosofía aristotélica y escolástica, así como de la teología cristiana.
Antonio Marino López
FES Acatlán UNAM
abril de 2018
Las leyes secretas de Bensalem,
ciudad de la Nueva Atlántida
Teresita García González
Comprendíamos que no había en el mundo cosa terrenal que más mereciera ser conocida que el gobierno de este feliz país.
F. Bacon, Nueva Atlántida
Novus Atlantis, opus imperfectum, fue publicada por W. Rawley en 1627, un año después de la muerte de su autor. Esta obra permaneció prácticamente olvidada hasta que Howard B. White llamara la atención sobre ella, tanto en su libro Peace Among the Willows: the Political Philosophy of Francis Bacon,1 como en su ensayo titulado Francis Bacon.2 En su libro, White toma como punto de partida la comparación que, en una carta de 1609, Bacon hiciera de sí mismo con un molinero de Huntington que reza por la paz entre los sauces como condición para la llegada del molino de agua. White enfatiza el carácter de medio que adquiere la paz en la imagen, y distingue en el pensamiento de Bacon una política provisional de una política definitiva, esta última expuesta en su utopía.3 En su ensayo, White afirma que la Nueva Atlántida es “la obra política más importante de Bacon”, pero que tal importancia sólo puede reconocerse si comprendemos que las cuestiones políticas significaban para el pensador inglés mucho más de lo que normalmente se cree.4 Ciertamente, una lectura general de las obras más conocidas de Bacon alienta esta afirmación. Al mismo tiempo, pensamos que es posible comprender la importancia capital de la Nueva Atlántida en tanto obra política si logramos explicar lo que significa que la ciudad dada a conocer en la obra sea calificada como “tierra de ángeles”, como “feliz y santo territorio”. Este es nuestro objetivo general: comprender las razones por las cuales Francis Bacon consideró que la Nueva Atlántida guardaba la mejor organización política imaginable.
No es difícil percatarse de las dificultades que implica lograr este propósito, pues tan pronto miramos el estilo y la estructura del texto, se hace patente su complejidad. Leer la Nueva Atlántida significa atender de golpe, sin dedicatoria ni prólogo, el relato hermético –dados los detalles, las imágenes y los simbolismos que lo rodean– de un narrador cuya identidad se oculta. Aunado a lo anterior, la obra en su conjunto presenta una posible paradoja, ya que por un lado posee un carácter ideal y, por otro, su autor es reconocido por subrayar la supremacía de la acción sobre las ideas. Es claro que la intención de Bacon no es explícita ni manifiesta, y pretender descubrirla acabadamente sería tanto como negar el carácter hermético de su obra. Nuestra propuesta es que debemos atenernos al movimiento mismo del texto, atendiendo los detalles, el inicio y el final, o más bien la falta de final, ya que como pretendemos mostrar, la elección de un relato mítico para dar a conocer la mejor ciudad no es en absoluto casual; Bacon anuncia con ello su confianza en el poder de la acción más que en el de los argumentos. Con acción del texto nos referimos específicamente al paralelismo observable entre la revelación del orden de la ciudad imaginaria y el cambio que experimentan los extranjeros que, encontrándose por azar en ella, ya no querrán abandonarla.
Si la mejor ciudad es una ciudad feliz, se vuelve necesario preguntar por el origen de esta felicidad y la comprensión de Bacon respecto de lo que ésta significa, así como por el tipo de leyes que hacen posible su conservación. Estos son nuestros objetivos particulares: comprender la enseñanza baconiana acerca de una comunidad política feliz e identificar el papel de la ley, no para hacerla posible, sino para eternizarla. De lograr lo anterior, podremos percatarnos de la influencia que como “extranjeros” tiene en nosotros la llamada tierra de ángeles.
Del narrador y su relato
Entre las inquietudes que suscita la Nueva Atlántida se encuentra la relacionada con la identidad del narrador, la que si bien no está a la mano, puede inferirse a través de los datos que se van presentando a lo largo del texto. El inicio, “Partíamos del Perú”,5 anuncia el interés de Bacon por acercarnos al relato,6 dotándolo de una verosimilitud que va en aumento según nos enteramos que el narrador, sin ser el jefe de la expedición europea que involuntariamente arriba a la desconocida isla, posee o adquiere tal autoridad que es elegido por sus propios compañeros para escuchar los más preciados secretos de la ciudad.
La expedición que naufraga está conformada por cincuenta y un marineros que, aunque venidos desde diferentes partes de Europa,7 ;utilizan el español para expresarse por primera vez ante quienes los hospedarán.8 Es notorio el interés de Bacon por enfatizar la diversidad y jerarquía en la tripulación, mismas que parecen enfocar la diversidad y jerarquía en la ciudad que la acoge. Asimismo, el texto nos da a conocer que quien narra no es tampoco el segundo hombre de la expedición; pero lo ubica entre los cuatro marineros que acompañan a este último en tanto emisario ante el dignatario que los recibe,9 y también entre la comitiva conformada por seis náufragos que es guiada por algunas calles de la ciudad, como parte del protocolo de traslado a ella. En la descripción de la instalación de los recién llegados a la Residencia para Extranjeros, nos enteramos que cuatro habitaciones fueron destinadas para los cuatro principales hombres de la compañía, e inferimos que el narrador no se encontraba en este grupo, pues de ser así hubiese descrito el carácter de estas habitaciones, como lo hace con las quince cámaras destinadas para el resto de los hombres que no estaban enfermos.10 El texto deja ver, además, que el narrador no es de clase humilde,11 y que ha sido instruido en diferentes colegios europeos.12 Es él quien, solucionadas las dificultades de traslado de hombres a la ciudad, convoca a todos y los amonesta para que en los tres días de encierro a los que han sido destinados no muestren sus vicios y debilidades, pues piensa que de ello depende su futuro en la isla.13 Pasados estos tres días, lo encontramos formando parte de un grupo de seis hombres que platican con el gobernador de la Casa para Extranjeros, interrogándolo sobre la cristianización de Bensalem.14 Curiosamente no es el narrador quien en primera instancia se interesa por el llamado carácter sobrenatural de la isla, ni tampoco es él quien asiste a la fiesta representativa de la ciudad;15 en cambio, llama la atención su interés en los detalles de vestimenta propia de los principales hombres de la isla, así como la gran amistad que entabla con un judío comerciante, descrito como sabio, ilustrado y cortés.16
Quien narra es un hombre con amplia cultura y avisado, elegido por la comitiva europea para participar en una conferencia privada con el padre de la Casa de Salomón, hombre de mayor jerarquía en la ciudad, de quien adquiere autorización para hacer público todo lo referente a la ciudad hasta entonces desconocida, con la convicción de que reportará beneficio a otras naciones.17 Esta convicción obliga a atender la narración ofrecida en forma de un diario de navegación; aunque –como veremos en adelante– sólo la primera parte refiere con precisión los días transcurridos, mientras que en la segunda el tiempo se desdibuja.
Del naufragio a la salvación. Once días
El proyecto de la expedición europea era viajar, en el transcurso de un año, del Perú a China y Japón. Aunque con vientos débiles, la embarcación avanza durante cinco meses; sin embargo, una repentina calma del viento es el preludio de un fuerte vendaval que la arrastra hacia el Norte.18 El primer día muestra un plan quebrantado por la naturaleza y al grupo de europeos, perdidos en medio del océano, dispuestos a morir; condición desde la cual consideran que su única alternativa es suplicar para que surja tierra firme y un asilo para no perecer. Tras la súplica, y con varios enfermos, la expedición navega toda la noche y gran parte del siguiente día hacia lo que parece una costa, con la esperanza de hallar salvación.
La razón de la estancia en el Perú permanece oculta, así como el motivo que conduce a la expedición hacia Oriente; aunque quizá pueda advertirse el carácter de sus intereses si consideramos que entre sus pertenencias contaban con una pequeña carga de mercancías.19 Esto es importante, porque nos ayuda a dotar de cierta identidad a quienes quedarán eclipsados por la prosperidad de la isla. Hay que agregar que si bien las espesas nubes que motivan la esperanza de salvación se presentan repentinamente al atardecer del segundo día, la naturaleza de esta salvación se clarifica poco a poco en los siguientes nueve. Seis de éstos se caracterizan por la incertidumbre y la obediencia; mientras que en los tres restantes reinan los discursos del gobernador de la Casa para Extranjeros.
En el tercer día, también al atardecer, aparece tierra llana, luego el puerto de una ciudad “muy agradable a la vista”. El arribo a ella es al mismo tiempo el encuentro con costumbres precisas acerca del trato hacia los extranjeros, entre las que destaca la prohibición de desembarcar inmediatamente. El encargado del recibimiento es un dignatario que porta una especie de vara de justicia y se hace acompañar de al menos siete personas, quienes comunican la prohibición mencionada con gestos y señales. El dignatario tampoco emite palabra alguna, se limita a entregar al principal de los náufragos un rollo de pergamino que expresa –en hebreo y griego antiguo, latín escolástico y español–;20 la orden de no pisar tierra firme y alejarse de la costa en un plazo de dieciséis días, pero con la clara posibilidad de obtener más tiempo.21 Como sabremos después, el propósito es que los náufragos, lo mismo que todo extranjero que llegue a la isla, permanezca en ella para siempre. La tarde del tercer día es de paradójicas experiencias: en primer lugar, sobreviene un presagio de ventura tras el recibimiento por parte de cristianos, que enfatizan su piedad al ofrecer auxilios suficientes a los infortunados; presagio que contrasta con la aflicción derivada de las órdenes recibidas. En segundo lugar, encontramos la especificación de que aproximadamente tres horas después del recibimiento llega hasta ellos un hombre calificado como extremadamente venerable, acompañado de cuatro personas, entre quienes se encuentra un notario, encargado de testificar la cristiandad de los recién llegados. La comitiva, manteniendo siempre una sana distancia, solicita un emisario, con la extraña finalidad de obtener por parte de los extranjeros el juramento de no haber cometido asesinatos ni actos de piratería en, por lo menos, los últimos cuarenta días. Extraña finalidad, sobre todo por la confianza que se muestra en la palabra de extranjeros recién llegados. Por supuesto, éstos no se niegan a tal juramento, y aclaran que la enfermedad que sufren algunos de sus hombres no es de naturaleza contagiosa. ¿Qué forma de cristiandad es la de propios y extraños, cuando la preocupación de los primeros es en realidad no poner en peligro la sanidad de la isla, y la de los segundos es hacer lo políticamente conveniente? Aun cuando en el encuentro la pregunta central es: “¿Sois cristianos?”, el juramento ha sido desacralizado, y la piedad ha cedido el paso a la humanidad.
Durante los siguientes dos días se lleva a cabo el traslado y la instalación de los europeos en la isla. No por la tarde, sino antes de las seis de la mañana del cuarto día, el hombre del bastón va hacia los llamados a sí mismos “desventurados extranjeros”, acompañado de un sirviente, quien será el que guíe a los marineros hasta la Casa para Extranjeros. El orden es extremo: en primera instancia se permite el arribo a la ciudad sólo a seis de los náufragos, después al resto; los primeros atraviesan tres calles de la ciudad, con gente congregada a ambos lados en actitud de bienvenida. Ya en la Residencia, encuentran cuatro principales habitaciones preparadas para los cuatro principales hombres de la expedición,22 quince cámaras más para los restantes treinta hombres que no estaban enfermos, pues para éstos –diecisiete en total– había lugar en la enfermería, que contaba con cuarenta celdas. Afecto y respeto son la constante en la bienvenida a los seis hombres, la cual concluye con una cena que hace decir a los ahora huéspedes: “Dios, sin duda, mora en esta tierra”.23 Una expresión que resulta vacía siempre que nos percatemos de que la vista de los europeos está puesta en lo agradable de las calles, en el rico vestuario de los dignatarios, en la limpia y lujosa construcción de la Casa para Extranjeros, y en la exquisita cena que les es ofrecida: infinitamente mejor que cualquiera que hubiera disfrutado el narrador en los mejores colegios europeos. Estos encantos merman la importancia de una nueva orden: enclaustramiento total por tres días. En el primero de estos días, quien narra convoca a todos sus compañeros con el objeto de considerar su situación, que en principio compara con la que vivió Jonás. Una comparación que provoca desconcierto incluso a quienes no somos doctos en la sabiduría veterotestamentaria, pues la comparación inmediata no es entre los tres días que vivó el profeta dentro del vientre de una ballena –como parte de un plan dispuesto por Dios– y los tres días que tendrán que vivir los europeos en el interior de la isla; la comparación es entre el estado de Jonás tras ser lanzado del vientre de la ballena y el que viven ellos al ser lanzados del seno del océano a tierra. Implícitamente es el reconocimiento de que el verdadero encierro lo vivieron en el mar, y que es la gracia divina quien les trajo a Bensalem. No obstante, el narrador agrega que la liberación respecto del océano trae un nuevo peligro, cifrado en la oscilación que viven entre la vida y la muerte, entre el viejo y el nuevo mundo. Lo que en la historia bíblica es salvación de un alma arrepentida por querer alejarse de dios, en la historia baconiana es liberación que acarrea un nuevo peligro; para escapar de éste, no hay ofrecimiento alguno de oración o de sacrificio, sólo la recomendación de mantener ocultos los propios vicios y debilidades, lo cual explica por qué los europeos pasan tres días de tranquila y alegre espera. En las palabras con las cuales concluye el discurso de amonestación observamos que se avoca la salud del alma y la del cuerpo; sorprendentemente la gracia ya no se espera de dios, sino de la ciudad de Bensalem. “Por el amor de Dios y la salud de nuestras almas y cuerpos, comportémonos de tal modo que seamos dignos de Él y encontremos gracia a los ojos de este pueblo”.24
En el noveno día, pasados los tres de encierro, se precisa el cuadro de salvación, enmarcada con la visita del gobernador de la Casa de Extranjeros, un sacerdote cristiano ante quien los europeos se muestran humildes y sumisos. La nueva buena –dada a seis de los huéspedes cristianos– es que el Estado les concede, en principio, seis semanas más en la isla. La noticia va acompañada de una advertencia: ninguno de ellos puede alejarse más de legua y media sin permiso especial. ¿Tuvo éxito el recato de los europeos durante su encierro? Lo cierto es que la licencia concedida está amparada en la legislación bensalemita. Por otra parte, el gobernador informa que durante treinta y siete años la región no había recibido extranjeros, de suerte que la inmejorable economía de la Residencia puede atender cualquier petición posible a cambio de amor fraternal y la salud de almas y cuerpos. La salvación queda definida como nobleza y liberalidad que no dejan nada que desear. ¿Quién querría alejarse siquiera una milla de “este feliz y santo territorio”?25
La importancia de los siguientes dos días puede comprenderse porque el gobernador de la Casa de Extranjeros da respuesta a dos principales cuestiones que inquietan a los europeos: la conversión de Bensalem y la causa de su ocultamiento para el resto del mundo. A las diez de la mañana del décimo día, los ahora fieles servidores de la isla reciben nuevamente al gobernador de la Residencia, a cuyo alrededor se instalan sólo diez de ellos pues, tal como se explica, el resto o eran muy humildes o habían salido. Lo que escuchan en primer lugar es el nombre de la isla en el idioma nativo,26 luego parte de su esencia: “debido a nuestro aislamiento y las leyes secretas que tenemos para nuestros viajeros, así como a la rara admisión que tenemos de extranjeros, conocemos bien la mayor parte del mundo habitado y somos al mismo tiempo desconocidos.”27 El gobernador muestra plena seguridad de que tales afirmaciones causarán inquietud entre los europeos, razón que explica su invitación para ser interrogado al respecto. Son dos las cuestiones que plantean los fieles, la primera –que aparentemente se resuelve este mismo día– tiene que ver, más que con la descripción recién realizada, con un rasgo que se ha hecho patente desde el primer día, el referente al cristianismo de la ciudad; la segunda –que se clarifica el día siguiente– está relacionada con su aislamiento.
Aunque el interés por la conversión de Bensalem parece motivarse en el cristianismo mismo previamente declarado por los europeos, el relato por parte del gobernador destaca las diferencias entre el cristianismo del viejo y del nuevo mundo, las cuales nos ayudan a precisar las razones por las cuales este último se instaura como el verdadero benefactor de toda nación que desee la felicidad eterna. El minucioso relato se remonta veinte años después de la ascensión de Cristo, para describir un milagroso suceso en el que los habitantes de Renfusa, ciudad bensalemita, presencian en medio del mar un enorme pilar de luz, coronado con una cruz aún más resplandeciente. Maravillados, algunos habitantes se acercan en pequeñas embarcaciones, tanto como se los permite una especie de campo magnético. La mayoría de las embarcaciones permanecen inmóviles como en un teatro, salvo aquella en la que, para fortuna de los isleños, se encontraba un sabio de la Casa de Salomón, quien de rodillas manifiesta su fe en una extraña oración que comienza agradeciendo a Dios la preservación de la orden a la que pertenece, y culmina rogándole que esclarezca el significado del signo que, no sin razón, excede sus propias leyes. Como respuesta inmediata, el sabio obtiene la movilidad de su barco, señal que interpreta como permiso para acercarse al pilar, el cual se disipa en infinitas estrellas dejando tras de sí un arca en cuyo interior se encuentra un libro que contiene todos los libros canónicos del Viejo y Nuevo Testamento, así como el Apocalipsis, y –agrega el gobernador– algunos libros aún no escritos en aquellos tiempos. El arca también guarda una carta del apóstol Bartolomé, en la cual refiere que recibió el aviso de un ángel para que colocara el arca en el mar, con el fin de que el pueblo en el que Dios ordena que ésta llegase fuera al instante bendecido y salvado por Jesucristo.
A pesar de que el gobernador abandona inesperadamente la reunión, poniendo punto final a la cuestión de la conversión de Bensalem, la remembranza de tal evento genera variadas cuestiones, de las cuales destacamos las que contribuyen a aclarar el carácter de la isla. Hay que decir, en primer lugar, que la descripción parece apuntar a la importancia del cristianismo en la excelencia que caracteriza a la ciudad; no obstante, tal importancia se ve mermada tan pronto nos percatamos de que la creación del Colegio de Salomón –centro de la isla– precede a la conversión, además de que en dicho Colegio existe ya conocimiento de Dios y sus poderes, pues de no ser así, no podría explicarse que sea el sabio quien reconozca un milagro genuino en la aparición de la Columna, y que sea él quien ruegue a Dios para que revele su verdadero significado. En otros términos, aunque en apariencia la conversión de Bensalem fue directa, en realidad no hubiese sido posible sin la mediación de la ciencia. En este sentido, cobra especial relevancia el hecho de que todas las embarcaciones permanezcan inmóviles, mientras que la que proviene de la Casa de Salomón adquiera movimiento, pues es una imagen que informa sobre la actitud contemplativa de la mayoría, en contraste con la acción permitida al sabio. La visión de la antigüedad ha sido invertida.
El relato del gobernador muestra que la actividad científica no sólo es anterior a la conversión de Bensalem, sino también superior a la religión misma, pues aun cuando los principales hombres de la ciudad se presentan como cristianos son los líderes de la institución científica quienes reciben toda reverencia. Si observamos las diferencias en la vestimenta y el ritual con el que se venera a los principales hombres de la isla, constatamos que en la cúpula de la jerarquía se encuentra el padre de la Casa de Salomón.28
Por otra parte, es importante señalar que la descripción del Gobernador comienza por señalar que Bensalem fue salvada cuando apenas habían transcurrido veinte años de la ascensión de Cristo; más adelante agrega que el arca, cuyo contenido fue revelado al sabio, poseía todos los textos sagrados, incluso los aún no escritos. Al margen de lo inquietante que resulta la segunda declaración, Bacon parece señalar el carácter primigenio e integral de la religión bensalemita, y con ello diferenciarla de la europea; lo cual explicaría el hecho de que los fieles servidores de la Casa de Extranjeros comparen a la isla con el cielo, y a sus habitantes con ángeles. En la oración expresada por el sabio se afirma que Dios nunca excede sus leyes sin razón. Es claro que la consecuencia del milagro es la conversión de Bensalem, pero ¿por qué Dios elige esta ciudad para recibir el arca y ser salvada? ¿Es porque en ella existe ya un orden que tiene como fin conocer sus obras y, por ello, beneficiar a la humanidad? O, como sugiere Pangle, si la ciencia tiene el poder para identificar un milagro pues tiene permitido acceder a las leyes de la naturaleza ¿no podrá acaso sobrepasar ella misma estas leyes?29
Por último, resulta difícil pasar de largo las diferencias entre la conversión de Nínive, que en el Antiguo Testamento tiene como preludio el rescate de Jonás, y la de Bensalem, cuyo relato en la Nueva Atlántida tiene como preludio la liberación de los europeos respecto del naufragio. Tras ser liberado del vientre de la ballena, Jonás obedece a Dios y se dirige a Nínive para anunciar su destrucción si no se desvía del mal camino; en respuesta, el Rey ordena que hombres y animales, cubiertos de cilicio, clamen a Dios, de quien obtienen el perdón. Como detallaremos a continuación, cuando el arca llega a Bensalem, ésta era ya una ciudad considerada feliz, sin la necesidad de ser transformada ni convertida del mal. Por un lado, la posible cristianización de la isla es en función de eternizar un estado preexistente; por otro, no exageramos al pensar que el verdadero propósito del relato es volver al pueblo europeo –representado por los marineros– hacia un nuevo mundo que ante todo ofrece comodidad y longevidad.
Tras la cena del undécimo día, el gobernador realiza la última visita a los europeos, quienes externan su segunda inquietud: ¿Por qué la dichosa isla es conocida de muy pocos y, sin embargo, como lo demuestra su diversidad de idiomas y el conocimiento de costumbres y gobiernos europeos, ella conoce la mayor parte de las naciones del mundo? Es comprensible que una isla situada en el recóndito cónclave del mar permanezca invisible para algunos, pero ¿no es acaso condición de seres divinos poder ver a otros transparentemente? El gobernador comienza por advertir que su respuesta los dejará satisfechos, pese a que callará algunas particularidades que tiene prohibido revelar.30
El relato, mucho más extenso que el que refiere la conversión de Bensalem, narra dos momentos de la historia de la isla que corresponden a dos grandes reinados. En primer lugar, el relato se remonta a tres mil años, cuando la navegación dominaba en el mundo. En esa época, Bensalem contaba con tal fama que era frecuentada por naciones de poder bélico, naval y económico; así mismo ella realizaba viajes a América, el Atlántico, el Mediterráneo, e incluso a mares orientales. Entonces la isla era gobernada por un guerrero sabio llamado Altabín, rey recordado tanto por su poder como por su clemencia. Estos atributos se ilustran en un hecho sin precedentes: Perú, que en aquel remoto pasado era una de las tres potencias de América, intentó invadir Bensalem; Altabín, conciente de su poder y del de su enemigo, le obligó a rendirse sin necesidad de ataque; luego, viendo a los osados peruanos a su merced, les dejó libres, con la única condición de que le juraran que nunca intentarían emprender la guerra contra él. A pesar de la “clemencia” de Altabín, Perú fue aniquilado por el diluvio, un hecho que la historia de la isla reconoce como castigo divino. En palabras del gobernador, el castigo divino junto con las constantes guerras, los avatares de la naturaleza y las revoluciones naturales del tiempo, causaron el debilitamiento de la navegación, cuya consecuencia última fue que las naciones perdieran contacto con Bensalem. El relato explica, en segundo lugar, por qué la isla decidió permanecer desconocida para el mundo. Fue una decisión tomada por Saloma, aproximadamente mil cien años después de la era de Altabín. Saloma, hombre de gran bondad y adorado como instrumento divino, considerando que el estado de la isla era tal que si bien “podía sufrir mil cambios que lo empeorara, era difícil inventar uno capaz de mejorarlo, pensó que a nada más útil podía dedicar sus nobles y heroicas intenciones que a perpetuar (hasta donde la previsión humana puede llegar) la felicidad que reinaba en su tiempo”.31 Para lograr su objetivo, Saloma evitó innovaciones y mezclas de costumbres a través de una legislación que norma de manera exhaustiva el trato hacia los extranjeros que arriban a la isla, así como los viajes bensalemitas a otras naciones. El gobernador aclara que la legislación de Saloma no posee sentido mezquino, pusilánime o cobarde; sino humanitario, prudente y justo; dicta disposiciones para el socorro de extranjeros en desgracia, impide que –a su regreso– los extranjeros divulguen los secretos del reino y no retiene a los extranjeros contra su deseo. La justicia de Saloma es posible por los ofrecimientos que el Estado hace de inmejorables medios de vida; su legislación tiene desde entonces un éxito rotundo, en mil novecientos años ninguna nave ha deseado regresar a su lugar de origen, sólo trece extranjeros se han resistido a los encantos de la ciudad.
Entre otras cosas, las leyes de Saloma limitan prudentemente los viajes de Bensalem. El sentido de la prudencia se aclara cuando el gobernador afirma que, mediante sus viajes al extranjero, la isla obtiene todas las ventajas posibles, pero siempre evitando cualquier daño. ¿Cómo es posible esto? La legislación salomaica hubiera permanecido como anhelo si el Rey no hubiera llevado a cabo el acto más notable de su reinado: la creación e institución de la orden llamada Casa de Salomón, en honor al rey de los hebreos, de quien Bensalem posee parte de las obras que Europa ha perdido. Esta Casa, dedicada al estudio de las obras y criaturas de Dios es, en palabras del gobernador, luz del reino, así como la más noble de las fundaciones que han existido en la Tierra. Saloma aprendió de los hebreos que Dios creó el mundo y todo lo que él contiene en seis días e instituyó esa Casa, también llamada Colegio de las Obras de Seis Días, para el estudio de la verdadera naturaleza de todas las cosas, con el propósito último de “que Dios recibiera mayor gloria en sus obras y los hombres más fruto en el empleo de ellas”.32 La institución del Colegio es fundamental para las leyes referentes a los viajes al extranjero, pues junto a la prohibición de navegación hacia aquellos lugares que no estaban bajo su corona, Saloma dictó la disposición de enviar cada doce años dos naves fuera del reino. En cada una de ellas parte una comisión de tres individuos de la Casa de Salomón con la misión de traer informes del estado y asuntos de los países que se les indican, sobre todo de las ciencias, artes, fabricaciones, invenciones y descubrimientos. También deben traer libros, instrumentos y modelos de todas clases. El relato detalla que, tras dejar en tierra a los viajeros de la Casa de Salomón, los barcos regresan y aquellos deben permanecer doce años, hasta la llegada de una nueva misión. Los barcos llevan como carga provisiones y riquezas, las cuales se quedan en manos de los viajeros para comprar todo lo necesario y también para usarlas como recompensa.33
A estas leyes, ocultas durante aproximadamente diecinueve siglos, debe unirse la conocida prohibición a todo bensalemita de aceptar recompensa por parte de extranjeros, no precisamente por una política anticorrupción, sino para evitar cualquier posibilidad de que se revelen los secretos de la isla. El gobernador guarda silencio sobre los medios que utilizan los viajeros para no ser descubiertos, así como sobre los sitios designados para estos viajes, el lugar donde se reúnen las otras misiones y los probables resultados de la experiencia.
¿Qué es Bensalem? Para los europeos un lugar inimaginado que provoca el olvido del viejo mundo; para el judío circunciso que aparecerá más tarde, la imagen de Bensalem es un inmaculado querubín. Pero los discursos del gobernador descubren una antiquísima ciudad cuyo poder, resultado de la política de dos grandes reyes, es inconmensurable. Altabín consolida la isla como una potencia comercial, naval y bélica. A pesar de que la memoria colectiva hace de Altabín un rey clemente, es difícil recurrir a causas que no estén relacionadas con un afán imperial para explicar de qué manera la isla logró sobrevivir a guerras, calamidades naturales y cambios de la fortuna; mientras el resto de las naciones, política o literalmente, desaparecían. La clemencia del primer rey de Bensalem resulta más bien soberbia,34 una pasión que heredan sus actuales gobernantes, pues así como Altabín perdona a sus enemigos tras un juramento de paz, los europeos son acogidos en la isla tras un juramento igualmente cuestionable.
La grandeza del rey sabio y guerrero transciende más de diez siglos; su sucesor, Saloma, considerando que Bensalem es un reino feliz, implementa una política de aislamiento con leyes que tienen como finalidad mantener al reino en su pureza. La legislación de Saloma es reconocida por súbditos y sucesores como humana, prudente y justa; aunque la prudencia es entendida como conveniencia y la justicia más bien como sumisión voluntaria. Hay que enfatizar que las virtudes que desde Saloma definen a Bensalem encuentran en la prosperidad material una condición sine qua non. Esta afirmación parece contradecir el pasaje en el cual leemos que a partir de Saloma, y siendo la isla por demás autosuficiente, el comercio con otras naciones no es por metales o comodidad material alguna, sino sólo por adquirir la luz, medio por el cual puede a su vez adquirirse el conocimiento de todas las partes del mundo; no obstante, sabemos que la finalidad última no es el avance del saber, sino ofrecer sus frutos al género humano.
La expresión “tierra de ángeles” se vuelve en este punto altamente significativa. Bensalem, potencia antigua, basta en conocimientos históricos, poseedora de la historia natural salomónica, así como de todos los libros sagrados; ciudad que con propósito humano concentra los saberes y experiencias de secretas naciones es, para los europeos cuyo proyecto ha fracasado, el reino del cielo en la tierra. Durante escasos once días hemos visto a un representativo grupo de hombres pasar de náufragos a extranjeros, luego de huéspedes a fieles servidores. Al iniciar el segundo relato, ellos confiesan al gobernador que oírle hablar significa olvidar peligros pasados y futuros;35 al concluir, los diez hombres que le escuchan están atónitos. Los frutos de la legislación salomaica se manifiestan una vez más, tras mil novecientos años, en las siguientes palabras: “Viendo ya que no había peligro para nosotros y considerándonos como hombres libres, empezamos a vivir con la mayor alegría posible […] De continuo encontrábamos muchas cosas bien merecedoras de observar y relatar, pues desde luego, si hay en el mundo un espejo, digno de cautivar los ojos de los mortales, es este país”.36
¿Ciudadanos de Bensalem?
Si el develamiento de la isla significa olvidar peligros pasados y futuros, el curso del tiempo carece de importancia. Quizá por esto los tres relatos que integran la última parte de la Nueva Atlántida no precisan el día en que acontecieron. Desconocemos si son hechos registrados durante las seis semanas ofrecidas a los europeos para permanecer en la isla, o si se dan cuando ellos se asumen como miembros del “nuevo mundo”. Esta última conjetura prospera cuando advertimos que son narraciones de cuestiones que requieren como condición el trascurso de un tiempo considerable, como la amistad que el narrador entabla con el judío, y el descubrimiento del mayor secreto de la ciudad.
Para nuestro propósito es imprescindible analizar estos relatos, pues ellos completan el carácter de Bensalem, así como la legislación que lo hace posible, ahora a cargo de los padres de la Casa de Salomón, sucesores de Saloma. Solo entonces estaremos en condición de cuestionar la comprensión baconiana sobre la mejor forma de vida política.
Acerca de la llamada Fiesta de la familia es importante señalar que es un acontecimiento referido al narrador por dos de sus compañeros, lo que sin duda genera distancia respecto de los lectores. Es una fiesta pagada por el Estado en honor del padre de familia que llega a reunir vivos treinta descendientes, todos de una misma esposa y mayores de tres años. El festejado, llamado Tirsán, es atendido durante dos días previos al festejo por sus amigos, familiares y el gobernador de la ciudad, mientras investiga el estado de la familia y toma las medidas necesarias para enderezar aquello que no marcha por buen camino. El gobernador pone en ejecución su autoridad, aunque la veneración y el respeto con que se acatan las disposiciones del Tirsán no hacen necesaria su actuación. El orden de la celebración es exhaustivo: el Tirsán entra, después del servicio divino, al recinto en que transcurrirá la celebración, seguido por sus hijos y sus hijas, en ese orden. Él ocupa una silla sobre la cual hay un dosel de yedra; si la madre de todos los descendientes vive, se acomoda del lado derecho, pero quedando invisible. Una vez instalado el Tirsán, entra una especie de heraldo, con un par de pajes. Uno de estos pajes lleva un estatuto del rey que contiene los varios privilegios a que se ha hecho merecedor el Tirsán, pues –siguiendo el relato– el rey es deudor de un hombre, sólo por la propagación de sus súbditos. El otro paje porta un racimo de treinta uvas de oro, que es entregado al homenajeado, quien a su vez lo entrega al hijo previamente elegido por él para quedarse en la casa. Después de terminada esta ceremonia, el padre se retira y regresa nuevamente para asistir a la cena. Ninguno de sus descendientes puede sentarse con él, a menos que pertenezca a la Casa de Salomón. Al final de la cena, que nunca dura más de una hora y media, se canta un himno en honor a Adán, Noé y Abraham; el himno concluye con una alabanza en honor del Salvador. Terminada la cena, el Tirsán se retira para decir a solas sus plegarias, luego regresa para dar su bendición a cada uno de sus hijos. Los invitados se entregan el resto del día a la música y otros placeres.
Aunque el narrador no repara en presentar la Fiesta de la familia como signo de una nación llena de bondades, pues a sus ojos, es una costumbre sencilla, piadosa y admirable;37 concluye el relato sin realizar apreciación alguna, como si las cualidades de la celebración fueran evidentes. Nada más distante de esto. El relato descubre detalles de suntuosidad hasta el hastío; mientras que la piedad queda una vez más en tela de juicio cuando advertimos que lo que se honra no es la procreación de hijos de Dios, sino la propagación de súbditos, y que, entre éstos, el verdaderamente ensalzado en la Fiesta es el hijo del Tirsán que a su vez sea miembro de la Casa de Salomón. La admiración deviene al percatarnos que el relato muestra una política que exalta la monogamia como aparente medio de institución de la familia; cuando en realidad es un medio para el control de la población que termina por disolver la familia, siempre que pensemos –por ejemplo– en el carácter invisible de la madre.
Por último, el orden en que se celebra la Fiesta recuerda aquel que orienta el traslado y la instalación de los europeos en la Casa para Extranjeros. La legislación de Bensalem ordena también el matrimonio y la procreación, lo que podemos corroborar en el relato que refiere la amistad entre el narrador y el judío.
Como todas las pequeñas historias que se hallan al interior de la gran narración, la del judío tolerante presenta material para diversas interpretaciones.38 Por nuestra parte, subrayamos el poder de persuasión propio de la isla; Joabín, el judío cuyo lenguaje no es el mismo que el de los otros judíos, es presentado como tierno amante de la ciudad. En segunda instancia, llamamos la atención sobre la afirmación en boca del judío respecto al origen incierto de las leyes de Bensalem, que en cualquier caso él conoce y asume; especialmente las relativas al matrimonio, que hace de éste no un negocio que provee de conveniencia, alianza, dote o reputación, sino un remedio para la concupiscencia ilegal y, principalmente, un medio para la procreación. Específicamente, Bensalem no permite la poligamia, prohíbe que se contraiga matrimonio entre parientes, ordena que la pareja se despose hasta después de un mes de realizada la primera entrevista; no anula el matrimonio sin consentimiento de los padres; ordena que, previo al matrimonio, los novios tengan un baño desnudos, a los ojos de un amigo del novio y una amiga de la novia, con el propósito de identificar defectos en los cuerpos que impidan la descendencia exitosa.39 Como consecuencia de las anteriores disposiciones legales, en la isla se castiga el trato con cortesanas, tanto en hombres casados como en los solteros; por supuesto, existe una ley en contra del aborto y la concupiscencia contra natura.
La legislación referente al matrimonio, lejos de ser considerada excesiva e indeseable, es calificada por el judío como sabia y excelente. Bensalem queda así definida por su castidad; su lema es: “quien no es casto pierde su propia estimación”.40 Sorprendentemente, Joabín agrega que la autoestima coloca la religión en segundo sitio, pues es aquella la que verdaderamente frena todos los vicios. Hay que decir que mitigar los vicios no es en Bensalem el fin último, pues previamente el judío afirma que las familias que participan en la Fiesta, sin excepción, se multiplican y prosperan de una manera extraordinaria.
Matrimonio, procreación, admisión de extranjeros y viajes a otras naciones por parte de los bensalemitas son prioridad en una legislación a cargo de los padres de la Casa de Salomón, pues a pesar de que el relato de la Fiesta de la familia habla de un rey, al igual que la madre, aquel permanece invisible. En efecto, el Colegio es la luz de la Isla; sin su mediación no hubiese sido posible la “cristianización” de Bensalem, y sin él las leyes no se harían escuchar. Su poder es de tal magnitud que aunque los europeos expresaron su sensación de libertad al asumirse como ciudadanos de la isla, a partir de ese momento están a merced de una fundación que sólo si lo desea revela al Estado los resultados de sus experimentos.41 ¿Cuál es el soporte de esta omnipotencia que, sin exagerar, hace del Estado un medio para lograr sus fines?
El objeto de la fundación expresa también la fuente de su poder: “Conocimiento de causas y secretas nociones de las cosas y el engrandecimiento de los límites de la mente humana para la realización de todas las cosas posibles”.42 No es necesario detallar todas las cosas que han sido posibles hasta el momento en que el padre de la Casa de Salomón ofrece sus misterios al narrador; basta decir que la conservación de cuerpos, la imitación de minas naturales, los compuestos para hacer más fértil la tierra, las máquinas para multiplicar y reforzar los vientos, la reproducción en el aire de cuerpos de diversos animales, la producción de bebidas tan sutiles que atraviesan en poco tiempo la palma de la mano, así como de carnes exentas de corrupción y de fácil digestión; la multiplicación de olores, la imitación de sabores capaces de engañar el paladar, la fabricación de instrumentos de guerra, etcétera, tiene el objeto de curar enfermedades y conservar la salud, así como de ofrecer comodidad a una vida que se pretende eterna. Bensalem, el “hijo perfecto”, obnubila al cristianismo porque gracias a la ciencia y la técnica ofrece la felicidad en este mundo; aunque en el fondo esto implique la tecnocracia que, al ordenar tanto lo público como lo privado, cancela la vida política. La legislación de este nuevo poder no requiere ser justificada, pues todo aquel que cifre la felicidad en los bienes que de hecho ofrece la isla aceptará vivir como su súbdito, permitiendo que dictamine incluso su forma de amar.
El idealismo de Bacon no se encuentra precisamente en su confianza respecto al desarrollo de la ciencia, sino en su confianza respecto al amor por la humanidad, en la convicción de que éste pueda silenciar otras formas de amar. ¿O es acaso suficiente que la ley ordene pena de ignominia y multas para evitar la impostura en el uso de los conocimientos científicos?43 ¿Es suficiente implorar la bendición divina para que la ciencia sea iluminada en sus trabajos haciéndolos útiles y buenos?44 Si, como hemos visto, la ley y la religión encuentran en la ciencia su fundamento, la respuesta a estas preguntas es negativa. No obstante, para quienes cuestionamos que la mejor forma de vida es la que ofrece Bensalem, la Nueva Atlántida es opus imperfectum porque guarda una opción: descubrir el secreto de los trece extranjeros que resistieron al paraíso terrenal.
Bibliografía
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__________, Peace Among the Willows: the Political Philosophy of Francis Bacon, La Haya, Martinus Nijhoff, 1968.
La sabiduría en la Sabiduría Comentario a La Sabiduría de los Antiguos de Francis Bacon
Luis Octavio García Mondragón
nihil bonum est quod melius tollit Hugo de San Víctor
Docilidad es en sentido antiguo un hábito, aunque modernamente nombre a una disposición. Para Cicerón, la docilidad es el salmer del exordio, la cualidad política en que puede arraigar la buena oratoria. San Agustín, por su parte, consideró que la docilidad enucleaba las primicias de una vida de servicio, era la pechina de la comunidad. Sin docilidad, para los antiguos, la oratoria es mera argucia; la política, demagogia: el servicio se trastoca en servidumbre; la humildad disimula humillación. En el inicio de la Modernidad, en cambio, la docilidad comenzó a ser más bien una disposición a ser cambiado, el estado primitivo sobre el que se diseña lo nuevo. Diego de Saavedra Fajardo, por ejemplo, encuentra en la tabula rasa la mejor imagen del hombre dócil, la docilidad como lienzo en que se esgrafía al hombre nuevo. Los exploradores del “Nuevo Mundo”, por su parte, vieron docilidad en el sometimiento de los nativos, el carácter dócil era señal de la posibilidad de vetear la civilización en la extensión salvaje. La docilidad, en los albores de la Modernidad, comenzó a ser una disposición para lo novedoso. La docilidad, deponiendo el hábito, instauró la disposición al progreso.1
La docilidad acota nuestra actitud hacia el pasado y cifra nuestro talante al futuro. El pasado sólo es honroso cuando la docilidad así lo muestra. El futuro sólo es prometedor para quien se allega a él con docilidad. Tan dócil puede ser quien honra a su padre y a su madre conservando las tradiciones, como quien deja de lado las tradiciones para adaptarse paulatinamente ante la promesa de un futuro mejor. La docilidad deslinda nuestra relación con lo antiguo y con lo nuevo. Pensar a la docilidad como hábito o como disposición tendrá una consecuencia en el modo en que juzguemos a la novedad y a la antigüedad. La docilidad es la clave del progreso.
En tanto es considerada hábito, la docilidad reverencia al pasado. Lo digno de ser aprendido, lo respetable y decente, a lo que el dócil se remite, ha sido conocido y ha sido enseñado; aprender es conformarse al pasado.2 Lo antiguo tiene una sabia autoridad. La educación arraiga en la autoridad de lo antiguo. La verdad se afirma en la credibilidad de la antigüedad. La sabiduría es el reconocimiento de la verdad antigua. Considerada como hábito, la docilidad es el íncipit de la sabiduría.
En tanto es considerada disposición, la docilidad esgrime al futuro. Dócil es quien obedece a la circunstancia, quien aprende para el porvenir. Lo futuro tiene la autoridad de lo deseable. La verdad se afirma en la ejecución de lo posible. La sabiduría es el conocimiento que inaugura las nuevas verdades. La novedad busca restituir la insuficiencia de lo que se tiene. Considerada como disposición, la docilidad propicia al hombre hacia las ayudas necesarias. La nueva sabiduría es una nueva obediencia.
Sea hábito o disposición, la docilidad es un problema para la posibilidad de la filosofía. En relación al pasado, porque el filósofo dócil podría no distinguirse del doxógrafo, así como el indócil podría no reconocer a las almas filosóficas. En relación al futuro, porque la admiración por el espectáculo de la verdad podría ser suplantada por la admiración del retablo de las novedades, así como la crítica indócil del retablo podría despejarnos de toda admiración –que es como aterrarse por las arpías olvidando a Iris. La docilidad es un problema para la posibilidad de la filosofía tanto como la posibilidad de la filosofía es un problema para la docilidad. Definirse sobre la una tiene consecuencia sobre la otra. La modificación en la comprensión de la docilidad –del hábito a la disposición– avisa de una modificación en la comprensión de la posibilidad de la filosofía. O quizá de una conclusión sobre la posibilidad de la filosofía se originó la modificación en la comprensión de la docilidad. Por ejemplo, tanto la docilidad como la posibilidad de la filosofía tienen su más serio problema ante la Revelación. La Revelación redescubre el futuro y trama el pasado. La Revelación trastroca hábitos, disposiciones y vocaciones. La Ley revelada podría redefinir tanto la posibilidad de la filosofía, como la comprensión de la docilidad. Distinguir un cambio en la comprensión de la docilidad debería hacernos pensar de un trasfondo más profundo. La modificación de la comprensión de la docilidad es, finalmente, un problema de la ortodoxia y la heterodoxia, de lo aceptable y lo inaceptable, de lo antiguo y lo nuevo.
Como problema de la ortodoxia es como explícitamente Francis Bacon sitúa a la definición de la docilidad. O al menos eso es lo que reconozco en su docta obra De Sapientia Veterum. Compuesta por dos dedicatorias, un prefacio y treinta y una fábulas, La Sabiduría de los Antiguos fue la segunda obra publicada por el barón de Verulamio. Que el autor haya decidido publicarla no es un dato desdeñable, sino que debería orientar su lectura. Es digno de asombro que algunos académicos que producen especializados artículos sobre el pensamiento de Bacon no hagan diferencia entre las obras concluidas y las inconclusas, entre las publicadas y las reservadas, entre las destinadas al público general y las orientadas a un público específico.3 Es digno de asombro que la lectura acostumbrada del poco leído Bacon sea la de una generalidad que no respeta las distinciones literarias que el mismo autor consideró importantes. Es digno de asombro, por último, que una parte de las interpretaciones de La Sabiduría de los Antiguos busque en ella preludios de los conceptos de las obras posteriores o la interprete desde las obras más conocidas. Sería necesario justificar desde el texto mismo que Sir Francis Bacon no consideró a De Sapientia Veterum interpretable en sí misma; quizás eso es también un problema de ortodoxia.
En una carta vivaz de febrero de 1610, con la que Bacon acompaña el envío de la obra a su editor, puede leerse: “dicen que mi latín se ha convertido en plata y se ha vuelto corriente”.4 En el sentido más llano, la frase nombra la circulación que va teniendo la obra baconiana y el efecto público de la misma. Sin embargo, y sin ignorar que se trata de una carta cifrada entre burlas y veras, puede observarse que en De Sapientia Veterum se evita cuidadosamente que la plata del texto conste de treinta unidades; Bacon presenta treinta y una fábulas, aunque la central oculta en el título el nombre del personaje. Quizá sea una broma, pero también se puede observar que el nombre del personaje de la fábula central corresponde al planeta asociado al estaño en la alquimia, y que la plata –el segundo metal noble– se encuentra un paso atrás del estaño en el círculo de la transmutación alquímica, dos pasos detrás del oro. Quizás en La Sabiduría de los Antiguos no se nombra por su nombre en el título al personaje de la fábula central porque no se presentará la sabiduría más pura. Quizá valga decir en atención a la broma: De Sapientia Veterum está escrito dos niveles por debajo de la verdad. La obra popular del barón de Verulamio podría tener al menos un discurso popular y un discurso que es camino a la verdad. El trabajito baconiano de 1609 podría estar escrito para triunfar en público y derrotar en privado.
Hablando un poco más en serio. Las dedicatorias confirman al lector que la obra está escrita con –al menos– un doble discurso. Las dedicatorias constituyen, además, la justificación política de la obra. La primera dedicatoria es a la autoridad política. Bacon presenta la conveniencia de su obra para la autoridad con dos argumentos. El primero: una obra de filosofía enaltece al político porque la política y la filosofía emanan de la misma fuente. A opinión del autor, la filosofía de su tiempo es indigna y tan vieja que ha vuelto a su infancia. Si la obra que a la autoridad se presenta proviene de la vieja filosofía y el político la recibe con beneplácito sólo por ser vieja, la política se degrada. El político no puede simplemente venerar lo antiguo; la veneración política de lo antiguo sólo tiene sentido cuando enaltece al político. La obra de Bacon no podría ser, como parece, ni de filosofía ni de política, tampoco podría ponderar a lo antiguo sólo por su antigüedad; debe situarse en un camino intermedio. El camino intermedio se describe en el segundo argumento, que coincide con la enunciación del objetivo de la obra: contribuir a las vicisitudes de la vida y los secretos de la ciencia. La enunciación del objetivo está flanqueada por la única frase que se repite en la dedicatoria: lo que ofrece parecerá vulgar a la opinión vulgar. Evidentemente es necesario distinguir el ofrecimiento. Sobre las vicisitudes de la vida sólo hablará más tarde en una fábula; mas de los secretos de la ciencia sí habla en esta dedicatoria. Las fábulas, afirma, son un arca en que se recogen los secretos de la ciencia. La opinión vulgar podrá complacerse admirando el oropel de la fábula: “lo evidente, lo obsoleto y los lugares comunes”. En cambio, las fábulas, que son arcas, “acompañarán al intelecto profundo”. El político se dejará guiar por el arca; el arca acompañará al político en su camino. En la primera dedicatoria, la obrita se justifica por la docilidad hacia el estado de cosas.
La segunda dedicatoria es compleja desde su título. Quizá no perturbe al lector contemporáneo que Bacon nombre a su institución universitaria almæ matri. No así al lector contemporáneo de Bacon, para quien la expresión usualmente nombraba a la Iglesia, la madre nutricia que por medio de Juan nos fue entregada en el Gólgota.5 El alma que se nutre de la universidad está acostumbrada a distintos nutrimentos que el alma que se nutre de la Iglesia. La Iglesia desplazada por la universidad es una redefinición de la ciudad de Dios. Sin polemizar con la religión, Bacon halló una nueva tierra, pero disfrazó su descubrimiento con las galas de la Antigüedad.
En la segunda dedicatoria Bacon se presenta como alguien preocupado por la desprotección en que se encuentra la universidad: “no entiendo cómo es posible que se vean pocas huellas que regresen hacia ustedes, cuando son infinitas las que de ustedes han surgido”. A primera vista, Bacon dedica su obra a la universidad por reconocimiento de la universidad misma, porque el autor honra a su madre y es dócil con ella. A primera vista, el autor laborará en la fertilidad universitaria añadiendo algo pequeño a los descubrimientos de los doctos. Bacon, para decirlo en el lenguaje contemporáneo, fecunda agradecido en el status quaestionis de su propia disciplina. De ser así, Francis Bacon sería un muy buen universitario de nuestros días. Sin embargo, la frase citada puede provenir de Horacio.6 En el vate latino, la frase se usa para referir su actitud ante el pueblo romano que cuestiona la sabiduría del poeta. Comparando a la multitud con un león viejo, el poeta zorruno advierte: “me espantan las huellas; todas miran hacia ti, ninguna regresa”. La universidad moderna –como el vulgo, como el león enfermo– engulle a los novedosos. Bacon lo sabe y escribe para quienes ven las huellas. Y es en este último sentido en que la frase proviene de Platón.7 Sócrates hace ver a Alcibíades su condición miserable y la necesidad de la sabiduría para sus aspiraciones políticas. Sócrates sólo hacer ver miserable a Alcibíades cuando están solos. En público, el talentoso ateniense triunfa solo. La obra de Bacon está dedicada a los Alcibíades de las universidades. De Sapientia Veterum está escrito para derrotar en privado y triunfar en público.
La derrota privada que Bacon sugiere en su segunda dedicatoria se implica en la polémica con la filosofía que ahí desarrolla. Bacon declara que la vieja filosofía es ayuda y consuelo para la vida: él no es responsable de que los universitarios abandonen la Iglesia, sino que la vieja filosofía les ha dado distintos consuelos. En cambio, su propuesta contribuye a los problemas de la vida: “las especulaciones, aplicadas a la vida activa, adquieren decoro y fuerza nuevos, y cuando dispongan de una materia más fértil, quizás echen raíces más profundas, o crezcan más altas y frondosas”. Su propuesta consuela en la vida activa; no sustituye a la Iglesia… hasta podría colaborar con ella. Las universidades yerran en su atención a la vida activa. La Sabiduría de los Antiguos es conveniente porque acompaña a la vida activa, funda la nueva docilidad.
El triunfo público de La Sabiduría de los Antiguos empece la docilidad antigua. El prefacio de la obra comienza con la redefinición de dicha docilidad: determina la grandeza de la Antigüedad olvidada y funda en ella la legitimidad de un nuevo inicio. La primera línea del prefacio es una paráfrasis del inicio del capítulo final de la primera parte del Apologético de Tertuliano.8 En la obra polémica del africano, la suma antigüedad de la Escritura es garantía de su autoridad y la autoridad indica la docilidad. Lo antiguo es semilla de lo futuro, la docilidad es el modo del florecimiento. Para crecer legítimamente, afirma el cartaginés, hay que crecer bajo el imperio de la Ley. La Escritura predicó el pasado y el futuro, reveló ambas partes, por lo que es necesario reconocer al pasado para disponer de la confianza en el futuro. La esperanza, dice Tertuliano, se confirma en el pasado revelado y se afirma en la confianza en el futuro. Sólo así, concluye, la autoridad puede fundarse por la fe en la fuerza de la verdad.9 Esto es, la autoridad, además de fundarse en su antigüedad, se puede fundar en su efectividad.10 La docilidad no es solamente una reverencia al pasado, sino también una cierta disposición moral. El fundamento de la disposición moral exigida por Tertuliano es la extensión de la Ley. Que la Escritura lo haya expuesto todo deja al hombre en la imposibilidad de ocultar nada.
La polémica de Tertuliano, además de dirigirse a la idolatría, está dedicada a la filosofía. Si la Ley lo ha expuesto todo para la perfección moral, no se requiere de la pregunta filosófica sobre lo justo. Al contrario, si el filósofo pregunta por lo justo anubla la perspicuidad de la Ley. La filosofía mitiga la docilidad y menoscaba a la autoridad. El filósofo no reconoce a la Antigüedad, se afana en la Novedad.
Sin embargo, en la primera línea del prefacio Bacon afirma que “la Antigüedad primitiva (a excepción de las Sagradas Escrituras) está envuelta en el olvido y el silencio”. Mientras en Tertuliano la Escritura ilumina la totalidad, en Bacon se busca dentro de los lindes de lo lóbrego y se deja de lado lo que ya ha sido expuesto. Parece que la preocupación de Bacon no está con la religión o con el rigorismo moral de Tertuliano, sino con lo que está más allá de la religión y la moral. La Antigüedad que requiere la Modernidad es nictálope. La Modernidad busca una nueva autoridad y la encuentra en una nueva Antigüedad. La Antigüedad baconiana es desconocida, no ha sido expuesta ni por la religión ni por la filosofía, no ha sido autoridad y por tanto tampoco la ha perdido. La Antigüedad baconiana debe ser expuesta al margen de la Ley pero como una nueva Ley.
Una Antigüedad novedosa podría suponerse como un juego de palabras o una burla conceptual, reconoce Bacon, aunque en realidad supone una gran complejidad. A lo largo del prefacio el autor expone dos argumentos diferentes para quienes van a leer su Antigüedad renovada. El primero es presentado como propio de la sabiduría humana y consiste en el arte de interpretar fábulas. El segundo es una diatriba sobre el uso de las fábulas. Claramente uno es presentado para quien ya gusta de las fábulas y sólo se resiste a interpretaciones nuevas, mientras que el otro se dirige a quien considera que las fábulas no pueden educar y que la labor del intérprete, por tanto, carece de seriedad. Quien gusta de las fábulas ya es dócil a ellas, faltará gestar en él la docilidad a las interpretaciones novedosas y la gestación se realiza mediante el arte interpretativo: el arte producirá la docilidad. Quien no gusta de las fábulas sólo ha percibido en ellas “lo evidente, lo obsoleto y los lugares comunes”, de ahí la necesidad de una nueva docilidad. En el prefacio, Bacon sigue manejando –al menos– un doble discurso.
Pulsuz fraqment bitdi.