Kitabı oxu: «Comedias de humor»

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José Ignacio Serralunga

COMEDIAS DE HUMOR


Comedias de humor


Serralunga, José Ignacio

Comedias de humor / José Ignacio Serralunga ; compilado por José Ignacio Serralunga ; prólogo de Luis Alberto Sáenz. - 1a ed compendiada. - Santa Fe : Universidad Católica de Santa Fe, 2019.

Libro digital, EPUB - (Teatro / Serralunga, José Ignacio)

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-950-844-141-6

1. Teatro. I. Sáenz, Luis Alberto, prolog. II. Título.

CDD A862


© José Ignacio Serralunga, 2019

© Universidad Católica de Santa Fe, 2019

Echagüe 7151, Santa Fe (S3004JBS), República Argentina

Todos los derechos reservados.

Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio sin previa autorización por escrito.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723

Directora Editorial: María Graciela Mancini

Corrección de textos: José Ignacio Serralunga

Diseño: Mariel Mambretti


Índice

Prólogo

Presentación del autor

El Guapo y la Gorda

Tranquilo, Pappo. Tranquilo

Altro que Lovestori

Pitbull, el sajón

Touché, mon amour

El panteón de los Garramuño

Prólogo

Teatro de Serralunga: talento a prueba de grietas

A veces fantaseo con que alguien (¿yo mismo…?) se anime a escribir, alguna vez, un ensayo que se podría titular, por ejemplo: “Teatro argentino: la dramaturgia como campo de batalla”.

En dicho opúsculo se desarrollaría una teoría que me ha deparado algunas sabrosas polémicas y otras tantas agarradas de los pelos con colegas teatristas. ¿En qué consiste mi hipótesis? En pocas palabras, en que ninguno de los cambios, tensiones, articulaciones, idas y vueltas y demás peripecias acaecidas y por acaecer a lo largo y ancho de la historia de nuestro devenir escénico, tuvo su origen en la escena propiamente dicha. En la escena se compartieron con el público, se concretaron escénicamente, se legitimaron, pero la batalla que sustenta todas las estéticas del teatro argentino, (pero todas ¿eh?) se libró invariablemente en el terreno de la dramaturgia. Únicamente, insisto, el resultado final de búsquedas y experimentaciones llega a las tablas. Con correcciones, adaptaciones a la escena (a esta sanata la llaman últimamente “dramaturgia de actor”) pero sin una buena y sólida matriz constitutiva previa, no hay dramaturgia de actor ni de director ni de Dioses del Olimpo que valgan. En algún momento hace agua y difícilmente remonte el naufragio.

En tal sentido, cabe destacar que nuestro teatro ha dado (y ojalá lo siga haciendo, a pesar del innegable y creciente impacto de lo digital en los gustos y preferencias del público) un notable corpus textual que ha sido durante décadas su marca de identidad: la representatividad. Gracias a la posibilidad del sustento textual, las obras emprenden, luego del estreno, viajes impensados y destinos impredecibles. Hacen su vida, como los hijos, y está bien que así sea, más allá de las quejas de los autores porque no siempre cobramos el derecho que nos asiste por ley. Eso es parte de otra discusión. Nuestro teatro se ha enriquecido y afirmado en un sistema rico y complejo, por mérito de sus entusiastas teatristas (independientes o profesionales) por un lado, pero también, o sobre todo, gracias a la fecunda diversidad de su dramaturgia.

Y tan fecunda es nuestra dramaturgia que ha sido capaz de gestar fenómenos poéticos de potencia y singularidad únicos, capaces de pasar por alto taxonomías y antinomias, tan habituales en nuestra historia. Afortunadamente, a la historia del teatro poco le importan algunas categorizaciones endémicas que en otros órdenes tanto daño nos han provocado y provocan, proclives como somos a las grietas y demás sistemas de división. Por ejemplo, la antinomia Buenos Aires-Interior (¿dónde queda el Interior? ¿Interior de qué? Si el interior es todo lo que no es Buenos Aires, ¿la Reina del Plata qué es? ¿La superficie? ¿La cáscara?).

Y entonces, Serralunga. Fiel y genuino exponente de las virtudes dramatúrgicas que intentamos enumerar en las líneas precedentes.

Nacido y arraigado en su amada Santa Fe, esa ciudad maravillosa y alejada de la Reina del Plata lo suficientemente como para gestar una cultura y una identidad propias, el caso de José es digno de un estudio serio a partir de sus roles dentro de la actividad escénica toda. Se ha desempeñado como actor, director y productor con singular eficacia y talento, pero es en la dramaturgia donde, a mi humilde sentir y entender, sus dotes artísticas y poéticas cobran un vuelo más destacable. En el caso puntual de su obra dramática, las tensiones aludidas en un comienzo, antes que generar divisiones, se amalgaman y aparean para dar origen y crecimiento a una obra extensa y de particular coherencia poética, a pesar (o en virtud de) la variedad de cuerdas estilísticas que transita, y de las que sale siempre airosa. Es decir, que en el teatro de José la batalla aludida se convierte inevitable e indiscutiblemente en victoria, donde el teatro siempre sale ganando. Ya sea en el territorio de lo humorístico como en los dominios de lo dramático, su inagotable creatividad y su mirada fresca e inteligente nunca terminan de asombrar y conmover, ya que, tanto la frescura como el atrevimiento aludidos no pasarían de eficaces artificios si no estuvieran sustentados por una mirada comprometida y piadosa por la condición humana. Eso trasuntan los textos de José, más allá de sus inagotables recursos poéticos y técnicos. La mirada piadosa, presente tanto en sus comedias dramáticas como en sus textos humorísticos, poblados de criaturas delirantes y a menudo patéticas, víctimas de un sistema social tan injusto como instaurado. Por lo demás, los grandes temas que nos desvelan (o deberían desvelarnos) atraviesan el universo de José con recursos y procedimientos que propician apareamientos a menudo insólitos. No faltan en su obra la mirada irónica y paródica del universo tanguero Rioplatense, (“El Guapo y la gorda”) o la crítica a las normas institucionales que son el germen tanto de situaciones inhumanas y anacrónicas como el tratamiento (insisto con la palabra, tan poco de moda) intenso y piadoso hacia los desfavorecidos y marginados, nuclear en las conmovedoras protagonistas de Vieja Loca o Vaya Ramona Vaya.

Como si lo referido fuera poco, José también ha transitado con feliz resultado el campo del teatro infantil, acaso el público más exigente e implacable que pueda poblar (y hacer temblar) a una sala teatral. Y allí también, su mirada irónica, plena de un humor atrapante y constante, se asocia con la historia “oficial” para revisitar a nuestros próceres, pero especialmente para humanizarlos, como ocurre en El Sueño de San Martin o en Belgrano Celeste y Blanco.

En fin, tanto los teatristas “de escenario” como los aficionados a la buena literatura dramática tienen en este libro la posibilidad de disfrutar de textos muy bien escritos, con recursos poéticos y de estructura que convierten a la obra de este “autorazo”, como decimos los porteños, en un auténtico ciudadano del mundo (y no sólo el teatral), alejado de batallas o grietas que no impliquen superación personal, oficio y seriedad en el momento de transitar la escena y la vida. Es que José es así: además de un gran autor, un tipo increíblemente consecuente con su pensar y su estar en este mundo. Ya sea desde el humor como desde el drama, desde la carcajada hasta la emoción conmovedora, su dramaturgia es como él: franca, genuina, ingeniosa, chispeante y al mismo tiempo sólo posible gracias a un enorme caudal de talento. Por eso en casos como el de José (y sobre todo en su obra) me gusta esperar el telón final para juntar aliento y gritar con ganas:

¡QUE VIVA EL TEATRO!

Luis Alberto Sáez

Presentación del autor

Una platea bulliciosa, luces que se apagan, expectativa, toses. La obra va a comenzar. Y comienza. Destino lógico para un texto teatral: espectadores de carne y hueso que disfrutarán, si la cosa sale como uno espera. Para eso uno escribe teatro. Pero también me gusta imaginar a un lector, solo, en una habitación cálida en una noche de frío, a un viajero en un tren, a un veraneante en la arena o en la montaña, atrapados por estas historias que se dejan leer. Me gusta imaginar que en espacios tan diferentes hay un lector solitario que se encuentra con estos personajes, y eso, en definitiva, y sin que lo sepa, es encontrarse conmigo. El placer del solitario autor que se une al placer del solitario y desconocido lector.

No voy a engañar a nadie, ni a adoptar poses dignas de elogio. La verdad es que estas historias –siempre, ineludiblemente cuento historias, para mí eso es el teatro- estaban por ahí, desordenadas, inconexas, esperando un hilván que les diera forma, unidad, sentido. No las invento, no son el fruto de un intelecto fabricador de historias, no señor. Son el resultado de procesos misteriosos, que van asociando sensaciones, emociones, imágenes que tenían, seguramente, poco en común. La imagen de mi hermanita llorando por haber perdido un juguete, un recorte de diario, el estribillo de una canción, pueden haber sido los causantes de una historia de amor, o de una farsa dieciochesca. Esas pequeñísimas, insignificantes imágenes, se meten dentro de mí y golpean, como una bola de billar, a otras muchas más, que se desalinean y reacomodan con un orden inexistente hasta ese momento. ¿Y cuál es el mérito, entonces? Ése, dejarse impactar, permitir que el desorden genere un nuevo orden, ser lo suficiente mente humilde para aceptar que esos componentes serán los protagonistas, y no uno. Mantenerse oculto, riendo por lo bajo, en silencio, porque suficiente ruido hacen los personajes y sus cuitas, como para entrometerse uno, pretendido autor. Porque esos personajes ya estaban en algún lugar, esperando ser aprehendidos, aprovechados, concretados. No miento si digo que al empezar una obra no tengo idea de qué voy a escribir, y que cuando voy por la mitad de la obra no sé cómo va a seguir, y que cuando se acerca el final ruego que aparezca, de la misma manera que el resto de la historia, esa resolución que dé brillo a la última línea, tan importante como la primera.

Esta selección abarca aproximadamente la mitad de mi producción dramatúrgica, que viene siendo prolífica, variada y, no me cuesta decirlo, muy bien recibida por los públicos de diferentes latitudes. Espero, ansío, que su lectura produzca lo mismo que me produjo a mí su escritura: sorpresas, emociones, risas, reflexiones. Confío en que eso sucederá, porque es mi método de evaluación: si yo me sorprendí con los giros, si yo me emocioné con algunos gestos, si yo me reí con los disparates ¿Por qué no sucederá lo mismo con quienes compartan mi sensibilidad, mi estilo y mi humor? Ojalá, estimado lector, seas uno de los que comparten conmigo esas condiciones.

José Ignacio Serralunga

El Guapo y la Gorda1

Comedia en verso

Me permito sugerir como idea de puesta en escena una estética general de teatro popular, al estilo del circo criollo o de la comedia del arte. La incorporación de elementos musicales como la milonga campera, el tango, la milonga ciudadana, incluso otros extraños al contexto, puede dar brillo a las diversas situaciones.

Personajes:

 Guapo, un Guapo del 900

 Marco Antonio, delegado del Diablo

 Gabriel, un ángel

 Gorda, gorda, esposa del Guapo

VOZ EN OFF: Esta historia comenzó

una noche de tormenta

oscura como una afrenta

y más fría que un cuchillo;

la luna era un gran pocillo

lleno de helado de menta.

Era la escarcha tan gruesa

y tan gélida la luna

que no se veía ni una

persona por esos lares.

Imagínense los bares, más desiertos que la puna.

(Comienza a verse la silueta del Guapo, apoyado en un farol, a contraluz, luego iluminándose gradualmente.)

En la puerta del boliche

de un tal Próspero Lavalle,

en la esquina de una calle

con otra, que la cortaba,

un guapo solo fumaba

su atadito de Imparciales.

Como fondo, en la ventana

recortaba su silueta,

con un brillo de tafeta

y un contraluz como el raso,

sorbiendo lento aquel faso

que apretaba con la jeta.

El humo penetra denso

hasta su pecho caliente,

pero de cerca se siente

cuando apoya en el farol

sus zapatos de charol,

cómo le tiemblan los dientes.

GUAPO: A mí me tiemblan los dientes

y me vibra el cuerpo entero,

pero no es el frío fiero

sino el calor que me invade,

porque unos ojos de jade

me calientan, cual brasero.

Para explicarlo mejor,

esos ojos, dos luceros

que iluminan mi sendero,

son de un verde tan profundo

en cuya hondura me hundo

cual caracú en el puchero.

Esas manos delicadas

son una fuente de lirios

-la fuente de mis delirios-

allí abrevo como alondra

que busca en el monte sombra

sin sospechar el peligro.

¡Esa melenita de oro

que enmarca, tan delicada,

su carita redondeada!

Es tan rubia como el trigo,

y no parece, les digo,

que usara agua oxigenada.

¡Clamo al cielo y al infierno!

Quiero a esa rubia en mis brazos,

enlazada con un lazo

si hace falta, qué joder.

¡A ver quién tiene el poder!

(Apareciendo de improviso, viste ropas harapientas)

MARCO ANTONIO: ¿Me llamaba?

GUAPO: ¡Qué cagazo!

MARCO ANTONIO: No hay por qué asustarse, joven.

Usted acaba de llamarme

y acá estoy, de hueso y carne,

con apariencia de humano,

para darle a usted esa mano.

Permítame presentarme.

GUAPO: Ya sé, no me diga nada,

a usted el olor lo delata.

MARCO ANTONIO: ¿Tengo mucho olor a pata?

GUAPO: Usted despide al hablar un hedor particular, como a veneno de ratas.

MARCO ANTONIO: Es el azufre, seguro.

Es lo que allá respiramos

en los pagos del Fulano.

Pero veamos la urgencia

que merece esta emergencia.

Métale, vamos al grano.

GUAPO: Disculpe la desconfianza.

Antes que mi alma le venda,

y espero que no se ofenda,

muéstreme sus credenciales,

sus papeles oficiales,

o del diablo, alguna prenda.

Porque le voy a decir,

y disculpe lo sincero,

que parece un pordiosero,

su pinta nada garanta.

Me parece flor de chanta,

tiene agujero en los agujeros.

MARCO ANTONIO: Usted no debe guiarse

por la imagen de la gente,

que es un engaño aparente.

Podemos decir entonces

que el hábito no hace al monje

ni al diablo lo hace el tridente.

(Mientras habla se saca la ropa harapienta, debajo tiene vestuario impecable de diablo.)

Yo ya no quiero salir

con zapatillas de marca.

Si hoy mismo un flaco me garca

y me aprieta con un fierro,

que si esta boca no cierro

me pasa a buscar la parca.

GUAPO: Es verdad, es cosa seria

salir solo en estos pagos.

Cualquier ñato te hace estragos

si te clava un tramontina.

MARCO ANTONIO: Y agarrate catalina

si es una banda de vagos.

GUAPO: Mas no ha de temer la muerte

el que vive en el infierno,

si le gusta más: averno,

que es como un horno de barro,

como un enorme cigarro

en un lenguaje más tierno.

MARCO ANTONIO: Si metáforas prefiere,

el desafío le agarro.

El infierno es como el barro:

todo sucio, negro, oscuro,

lleno de hollín, le aseguro,

como un calefón con sarro.

GUAPO: Me imagino la humareda.

MARCO ANTONIO: En los pagos del demonio

todos sufrimos de insomnio

porque el tipo que hace el fuego

-parrillero desde luego-

le echa sulfuro de amonio.

Un humo denso, dañino,

que penetra en los pulmones

y causa mil infecciones:

tos convulsa, falso crup,

y tiene olor a chucrut,

aunque hay otras opiniones.

GUAPO: ¿Mucho calor?

MARCO ANTONIO: Ni le cuento.

Se suda a chorros, no a gotas.

Es para andar en pelotas.

Desde el suelo el calor sube,

y se han ido por las nubes

los precios de las ojotas.

GUAPO: Yo me habría imaginado

mucha farra, diversiones.

MARCO ANTONIO: Esas son falsas versiones

del infierno, si es un asco.

Yo le reitero, es un fiasco,

por más que lo promocionen.

GUAPO: ¿Así que usted no es el Jefe,

según comienzo a entender?

No es el mismo Lucifer,

ni Luzbel, ni Satanás.

No es Belcebú, no es Añá.

¿Quién vendría usted a ser?

MARCO ANTONIO: Yo soy como un delegado

del mismísimo Demonio,

y mi nombre es Marco Antonio,

como el del César famoso.

Aunque yo soy más hermoso

que este tipo, Marco Antonio.

GUAPO: Usted tiene que ayudarme

porque estoy desesperado.

Estoy muy enamorado

de una preciosa mujer

que acabo de conocer.

Y ¿Usted sabe? Estoy casado.

De noche sueño con ella,

de día escribo versitos,

ya perdí hasta el apetito

y por pensar sólo en ella,

ya me perdí dos paellas

y un par de sábalos fritos.

Mis amigos me rechazan,

tengo el alma por el suelo,

y sólo encuentro consuelo

en estas noches de frío,

devorándome los libros

de Bucay y de Coelho.

Imagínese mis noches

durmiendo con esa vaca.

La cama hace traca traca,

ronca como un tren expreso

¿Se imagina darle un beso

con ese aliento de urraca?

Mientras tanto en mis oídos

susurra suave la voz

que me dice: vámonos,

amémonos vida mía,

y me despierta la arpía

con un acceso de tos.

(Marco Antonio despliega oportunamente folletería, fotos, utilería adecuada para ilustrar cada oferta.)

MARCO ANTONIO: Tenemos un par de opciones:

Una es matar al bisonte,

si prefiere gliptodonte,

con todo respeto dicho,

al referirme a ese bicho

que usted tiene por consorte.

GUAPO: Siga, siga, me interesa,

puede contar con mi ayuda.

Esa vieja polleruda

me tiene inflado, podrido,

desvencijado y ardido.

Es una bestia peluda.

MARCO ANTONIO: Podemos suministrarle

una dosis de veneno,

y un poco de ibuprofeno

por si le duele la panza.

Porque si la gorda lanza

vomita dos baldes, llenos.

GUAPO: No me convence del todo

liquidarla con cianuro.

Es preferible, le juro,

quedaría sin consuelo,

si al bajar del Portezuelo

se le rompieran los frenos.

MARCO ANTONIO: ¿Un accidente de ruta?

Es lo más convencional,

pero es poco original.

Yo le aseguro que al rato

de proceder al maltrato,

usted va al correccional.

A ver si le gusta esto:

Cuando se meta en el baño.

GUAPO: ¡La volamos con un caño!

MARCO ANTONIO: Espere, no sea impaciente.

Eso va a ser evidente

porque causa mucho daño.

GUAPO: Tiene razón, es muy burdo

reventarla en el retrete,

por el barullo que mete.

MARCO ANTONIO: Hágame caso y escuche:

Le ponemos en el buche

tres cuartos kilos de cohetes.

GUAPO: Ay, qué lindo, la imagino

volando al aire en pedazos,

desarmándose en retazos

de cartílagos y grasa,

costeletas y carnaza.

MARCO ANTONIO: Chinchulín, riñón y bazo.

GUAPO: El problema es que eso mancha,

deja todo hecho un chiquero,

manchar el baño no quiero.

MARCO ANTONIO: Entonces métale bala,

o una pequeña bengala,

que le deja un solo agujero.

Además, el velatorio

no requiere gran servicio

si usted lo hace con oficio:

Le dispara por la espalda,

no hace falta maquillarla

pa tapar el orificio.

Y figúrese el velorio:

Usted se sienta y observa

cómo llora esa caterva

de parientes repugnantes,

que nunca vinieron antes

a traer ni un kilo e yerba.

GUAPO: Qué delicia, el gran momento

cuando cierran el cajón,

y no le dejan opción

de volver para este mundo.

¡Si resucita, al segundo,

me meto yo en el cajón!

MARCO ANTONIO: Pero, amigo, usted me ofende.

Si usted contrata conmigo

no es cliente, es un amigo.

Estando muerta su esposa,

puede pensar en la moza...

y comprarse un lindo abrigo.

(Aparece Gabriel y observa la charla sin que lo vean.)

GUAPO: Lo del abrigo no entiendo

¿Andaba corto de rima?

MARCO ANTONIO: ¿Es que acaso se imagina

que yo soy el Santos Vega?

Cualquier palabra no pega.

Acá pega mandarina.

GABRIEL: Veo que el amigo Antonio…

MARCO ANTONIO: Marco Antonio, si le gusta.

GABRIEL: Ya empezó a mostrar la fusta

antes de que el pingo salte.

Nunca habrá rima que falte

si el payador no se asusta.

MARCO ANTONIO: Mi estimado don Gabriel,

no me corra con la vaina,

que este asunto de la guaina

no es cuestión que le competa.

Así que: cierra la jeta,

y el tonito, me lo amaina.

GABRIEL: Pero miren al señor,

orgullosito y malevo.

Si bien recuerdo le llevo

gran ventaja en la cosecha

de almas pobres y deshechas.

MARCO ANTONIO: ¿Por qué no me chupa un huevo?

GABRIEL: Qué bonitas sus palabras.

Qué expresiones tan decentes,

dichas frente a su cliente.

Así nunca tendrá éxito,

y a ver si mejora el léxico,

porque le bajo los dientes.

MARCO ANTONIO: A mi juego me llamaron.

Después no venga con quejas.

Si quiere una moraleja,

preste oídos y atención.

Antes de darle un piñón

le voy a mojar la oreja.

GABRIEL: Hasta acá llegó la cosa,

y mi aspecto circunspecto.

Yo te digo, bicho infecto,

no te salva ni tu vieja.

Vos me mojaste la oreja,

atajate este directo.

MARCO ANTONIO: Yo no salgo del asombro.

¿Cómo me vas a pegar?

Te tendrás que confesar.

Y mientras tanto te digo,

no descuidés el ombligo

y comete este apercát.

GABRIEL: Esa me gusta, en inglés,

como decir waterclós,

rimember, hapi, bicós.

Estudiá cómo le llaman

en los pagos de Buchanan

a este hermoso gancho en cross.

GUAPO: (al público) Estos me tienen cansado,

son poetas de la riña.

Si anuncian antes las piñas

nunca se van a hacer daño.

Tengo ganas de ir al baño,

me cayó mal la fariña.

(Los toma por la solapa o de las orejas)

Ustedes se presentaron

porque yo los convoqué.

Y si escuchan el por qué,

sabrán que tengo un asunto.

(Saca un cuchillo)

Pónganse a trabajar juntos,

o los abro como a un pez.

Ya sé que no es lo correcto,

pero me pide la estética

que respetando la métrica

diga un pez, y no dos peces,

porque esta frase merece

una licencia poética.

Y para ser más correcto,

si me atengo a lo expresado,

no puedo dejar de lado

el vocablo más preciso:

Si se paran sobre el piso

no son peces, son pescados.

(Marco Antonio y Gabriel en conciliábulo.)

MARCO ANTONIO: Okei, recapacitemos.

GABRIEL: Estudiemos este caso:

MARCO ANTONIO: El señor quiere un cambiazo.

GABRIEL: un plan canje si prefiere.

MARCO ANTONIO: La manda a la Gorda al muere.

GABRIEL: y se lleva un bombonazo.

MARCO ANTONIO: Usted no es ningún salame

ya que ideó esta patraña.

Aunque parezca una infamia

se lo digo ¿No ha pensado

desechar el atentado

y practicar la bigamia?

GUAPO: Usted me toma por zonzo

y el tema es bastante serio.

No pienso en el adulterio

por razones religiosas.

La rubia será mi esposa,

La Gorda va al cementerio.

Les doy tiempo hasta mañana

para arreglar la cuestión.

No quiero más discusión,

porque se hará a mi manera:

el minón en mi catrera

y la Gorda en su cajón.

(Marco Antonio y Gabriel vuelven al conciliábulo.)

GABRIEL: Pobre gorda, me da pena

imaginarla en un nicho,

si no ha de ser tan mal bicho.

MARCO ANTONIO: ¿Y si la mandamos lejos?

La enganchamos con un viejo

que la lleve al Machu Pichu.

GUAPO: Prendo otro pucho y me voy

a tomar fernet con coca

en algún bar de la Boca.

Les dejo libre la escena

para que hagan su faena.

Arréglense con la loca.

Si les sirve de aliciente,

recuerden que este facón

corta en el aire un mechón,

es más rápido que un rayo,

más temerario que un gallo

y no conoce el perdón.

GABRIEL: (al público) Así fue, por vez primera

que un guapo nos puso en caja.

MARCO ANTONIO: Nos dejó la guardia baja,

ni pudimos protestar.

GABRIEL: Este tipo no es de fiar,

y en la primera te faja.

Para poder trabajar

en conjunto, sin errores,

contratamos consultores

externos, que nos costaron

buena plata y nos dejaron

más sabihondos que dotores.

MARCO ANTONIO: Tuvimos que analizar

misión, visión, nuevas fuerzas,

debilidad, fortalezas,

metas propias y motivos,

GABRIEL: y definir objetivos

para orientar nuestra empresa.

MARCO ANTONIO: Aprendimos los resortes

para activar el control,

recursos, reactivación,

reingeniería, procesos

que nos dejaron los sesos

como adentro de un raviol.

GABRIEL: Y nos largamos al ruedo,

como toda gente sabia,

seguros de nuestra labia.

MARCO ANTONIO: Conocimos a la Gorda

y nos tiró por la borda

tanta ciencia, con su rabia.

(Aparece la Gorda en su casa, fregando, barriendo o planchando, y los dos la espían desde afuera.)

GORDA: Pobre de mí, qué desgracia.

Lo único que hago es planchar

y lavar y cocinar.

Yo que tenía ilusiones

y sueños y pretensiones

me los tuve que olvidar.

Meta escoba todo el día,

dale que dale a la plancha,

removedor, quitamanchas.

¡Ya no me entra la bikini,

ya no me calza una mini

porque estoy hecha una chancha!

Tengo los dedos cuarteados,

las manos llenas de callos,

más verrugas que un zapallo.

Tengo olor a lavandina,

a detergente, a creolina

¡Y tengo patas de gallo!

MARCO ANTONIO: Tiene razón la señora,

la vida la ha castigado.

Se ve que el tiempo ha hecho estragos.

GABRIEL: Ahora lo entiendo al esposo,

pa darle un beso a este coso

más que guapo hay que ser mago.

MARCO ANTONIO: Yo pensaba en otra cosa,

no exactamente en un beso.

Si sopesamos el peso

y de la cintura la comba,

hará falta un coche bomba

para causarle el deceso.

GABRIEL: Ave María Purísi...

MARCO ANTONIO: ¿Qué dice, che? No aproveche.

GABRIEL: Disculpe, no es mala leche,

es la costumbre nomás.

¡A ver si atienden acá!

¿Es la familia Mengueche?

GORDA: Discúlpenme la demora,

estaba haciendo mis cosas:

fregaba un jarro de loza,

planchaba cosas de lana

mientras licuaba bananas.

Una es así de hacendosa.

GABRIEL: ¿Qué opina usted de la vida?

MARCO ANTONIO: ¿La mentira y la verdad?

GABRIEL: ¿La muerte y el más allá?

MARCO ANTONIO: ¿El destino de la gente?

GABRIEL: ¿Hay un mundo diferente?

GORDA: ¡Son testigos de Jehová!

¡Ya me vendieron dos biblias

y un Antiguo Testamento!

Me están llenando de cuentos,

me sacaron los ahorros,

ustedes son unos chorros.

GABRIEL: ¿Por qué no espera un momento?

No somos de esa calaña,

no nos atrae su plata.

MARCO ANTONIO: Mírese, como una rata,

en este agujero inmundo.

No hay peor lugar en el mundo.

GABRIEL: ¿Usted está hirviendo batatas?

GORDA: Batata, papa, lentejas,

un repollito, porotos,

pura comida de crotos.

Yo no sé cómo resisto,

ya no me saca ni Cristo

de este lugar tan remoto.

GABRIEL: No pierda las esperanzas.

Si lo que quiere es zafar,

tendría usted que pensar

en cambiar esa actitud.

MARCO ANTONIO: Se le va la juventud

si no empieza a adelgazar.

GORDA: ¿Qué tiene que ver mi peso

con mi actitud negativa?

¿Cómo he de ser positiva

teniendo al lado a mi esposo

que es un ratón, un cargoso

que me da tan mala vida?

Usted no sabe, señor,

cómo me busca camorra.

Me hace hacerle mazamorra

y después me pide un guiso.

MARCO ANTONIO: Qué sabroso, con chorizo

GABRIEL: y pimiento calahorra.

GORDA: Yo dejé de ir al gimnasio.

No hice más abdominales

ni espinales, ni dorsales.

GABRIEL: ¿Así comenzó a engordar?

GORDA: Es que tuve que dejar

hasta la dieta Scardale.

GABRIEL: ¿Y el señor?

GORDA: De pura joda:

Antes de comer, fernet,

y al degustar su brochet

de pollo, ternera y chancho,

y un bife de lomo ancho,

se baja dos cabernet.

MARCO ANTONIO: ¿Y de postre?

GORDA: Lemon pie,

un budín, fresco y batata,

un almendrado, casata,

docenas de pastelitos.

GABRIEL: ¿Son al horno?

GORDA: No, son fritos,

y a mí el hígado me mata.

Por culpa de ese menú

comenzaron las peleas:

Que a mí me sube la urea

y a mí el colesterol malo.

Una vez me molió a palos

porque me escondí una oblea.

MARCO ANTONIO: Pero vea qué bonito,

el señor es un bandido.

Ya nos había engrupido

con el cuento de su esposa.

GABRIEL: Me parece que las cosas

son al revés ¡Qué podrido!

GORDA: A la siesta empieza al lío

porque el tipo, que es muy fino,

ya se tomó cuatro vinos:

Un marsala, un semillón,

un malbec y un sauvignon.

MARCO ANTONIO: ¡Chupa como dos beduinos!

GORDA: Se me le suben los humos,

comienza con los insultos.

Y acá nos somos muy cultos:

Si yo le digo guanaco,

él me contesta en el acto

que le lleve al baño el bulto.

GABRIEL: Esa es una grosería

inadmisible en un guapo.

¡Tratarla a usted como un guapo!

MARCO ANTONIO: Me despierta el bajo instinto

de agarrarlo con el cinto

y darle un par de sopapos.

GABRIEL: El problema es que su esposo

se enamoró como un pibe,

las consecuencias no mide.

MARCO ANTONIO: Y hasta tiene mala fe.

Sin ir más lejos, a usted,

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Litresdə buraxılış tarixi:
22 oktyabr 2025
Həcm:
152 səh. 4 illustrasiyalar
ISBN:
9789508441416
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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