Kitabı oxu: «Comedias dramáticas»

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José Ignacio Serralunga

COMEDIAS DRAMÁTICAS


Comedias dramáticas


© José Ignacio Serralunga, 2019

© Universidad Católica de Santa Fe, 2019

Echagüe 7151, Santa Fe (S3004JBS), República Argentina

Todos los derechos reservados.

Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio sin previa autorización por escrito.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723

Directora Editorial: María Graciela Mancini

Corrección de textos: José Ignacio Serralunga

Diseño: Mariel Mambretti


Índice

Prólogo

Presentación del autor

Odiar lo que se ama

Vaya, Ramona, vaya

Vieja loca

Arrozal

La serpiente dorada

A2. Hundido

Un chico ideal

Prólogo

Teatro de Serralunga: talento a prueba de grietas

A veces fantaseo con que alguien (¿yo mismo…?) se anime a escribir, alguna vez, un ensayo que se podría titular, por ejemplo: “Teatro argentino: la dramaturgia como campo de batalla”.

En dicho opúsculo se desarrollaría una teoría que me ha deparado algunas sabrosas polémicas y otras tantas agarradas de los pelos con colegas teatristas. ¿En qué consiste mi hipótesis? En pocas palabras, en que ninguno de los cambios, tensiones, articulaciones, idas y vueltas y demás peripecias acaecidas y por acaecer a lo largo y ancho de la historia de nuestro devenir escénico, tuvo su origen en la escena propiamente dicha. En la escena se compartieron con el público, se concretaron escénicamente, se legitimaron, pero la batalla que sustenta todas las estéticas del teatro argentino, (pero todas ¿eh?) se libró invariablemente en el terreno de la dramaturgia. Únicamente, insisto, el resultado final de búsquedas y experimentaciones llega a las tablas. Con correcciones, adaptaciones a la escena (a esta sanata la llaman últimamente “dramaturgia de actor”) pero sin una buena y sólida matriz constitutiva previa, no hay dramaturgia de actor ni de director ni de Dioses del Olimpo que valgan. En algún momento hace agua y difícilmente remonte el naufragio.

En tal sentido, cabe destacar que nuestro teatro ha dado (y ojalá lo siga haciendo, a pesar del innegable y creciente impacto de lo digital en los gustos y preferencias del público) un notable corpus textual que ha sido durante décadas su marca de identidad: la representatividad. Gracias a la posibilidad del sustento textual, las obras emprenden, luego del estreno, viajes impensados y destinos impredecibles. Hacen su vida, como los hijos, y está bien que así sea, más allá de las quejas de los autores porque no siempre cobramos el derecho que nos asiste por ley. Eso es parte de otra discusión. Nuestro teatro se ha enriquecido y afi rmado en un sistema rico y complejo, por mérito de sus entusiastas teatristas (independientes o profesionales) por un lado, pero también, o sobre todo, gracias a la fecunda diversidad de su dramaturgia.

Y tan fecunda es nuestra dramaturgia que ha sido capaz de gestar fenómenos poéticos de potencia y singularidad únicos, capaces de pasar por alto taxonomías y antinomias, tan habituales en nuestra historia. Afortunadamente, a la historia del teatro poco le importan algunas categorizaciones endémicas que en otros órdenes tanto daño nos han provocado y provocan, proclives como somos a las grietas y demás sistemas de división. Por ejemplo, la antinomia Buenos Aires-Interior (¿dónde queda el Interior? ¿Interior de qué? Si el interior es todo lo que no es Buenos Aires, ¿la Reina del Plata qué es? ¿La superficie? ¿La cáscara?).

Y entonces, Serralunga. Fiel y genuino exponente de las virtudes dramatúrgicas que intentamos enumerar en las líneas precedentes.

Nacido y arraigado en su amada Santa Fe, esa ciudad maravillosa y alejada de la Reina del Plata lo suficientemente como para gestar una cultura y una identidad propias, el caso de José es digno de un estudio serio a partir de sus roles dentro de la actividad escénica toda. Se ha desempeñado como actor, director y productor con singular eficacia y talento, pero es en la dramaturgia donde, a mi humilde sentir y entender, sus dotes artísticas y poéticas cobran un vuelo más destacable. En el caso puntual de su obra dramática, las tensiones aludidas en un comienzo, antes que generar divisiones, se amalgaman y aparean para dar origen y crecimiento a una obra extensa y de particular coherencia poética, a pesar (o en virtud de) la variedad de cuerdas estilísticas que transita, y de las que sale siempre airosa. Es decir, que en el teatro de José la batalla aludida se convierte inevitable e indiscutiblemente en victoria, donde el teatro siempre sale ganando. Ya sea en el territorio de lo humorístico como en los dominios de lo dramático, su inagotable creatividad y su mirada fresca e inteligente nunca terminan de asombrar y conmover, ya que, tanto la frescura como el atrevimiento aludidos no pasarían de eficaces artificios si no estuvieran sustentados por una mirada comprometida y piadosa por la condición humana. Eso trasuntan los textos de José, más allá de sus inagotables recursos poéticos y técnicos. La mirada piadosa, presente tanto en sus comedias dramáticas como en sus textos humorísticos, poblados de criaturas delirantes y a menudo patéticas, víctimas de un sistema social tan injusto como instaurado. Por lo demás, los grandes temas que nos desvelan (o deberían desvelarnos) atraviesan el universo de José con recursos y procedimientos que propician apareamientos a menudo insólitos. No faltan en su obra la mirada irónica y paródica del universo tanguero Rioplatense, (“El Guapo y la gorda”) o la crítica a las normas institucionales que son el germen tanto de situaciones inhumanas y anacrónicas como el tratamiento (insisto con la palabra, tan poco de moda) intenso y piadoso hacia los desfavorecidos y marginados, nuclear en las conmovedoras protagonistas de Vieja Loca o Vaya Ramona Vaya.

Como si lo referido fuera poco, José también ha transitado con feliz resultado el campo del teatro infantil, acaso el público más exigente e implacable que pueda poblar (y hacer temblar) a una sala teatral. Y allí también, su mirada irónica, plena de un humor atrapante y constante, se asocia con la historia “oficial” para revisitar a nuestros próceres, pero especialmente para humanizarlos, como ocurre en El Sueño de San Martin o en Belgrano Celeste y Blanco.

En fi n, tanto los teatristas “de escenario” como los aficionados a la buena literatura dramática tienen en este libro la posibilidad de disfrutar de textos muy bien escritos, con recursos poéticos y de estructura que convierten a la obra de este “autorazo”, como decimos los porteños, en un auténtico ciudadano del mundo (y no sólo el teatral), alejado de batallas o grietas que no impliquen superación personal, oficio y seriedad en el momento de transitar la escena y la vida. Es que José es así: además de un gran autor, un tipo increíblemente consecuente con su pensar y su estar en este mundo. Ya sea desde el humor como desde el drama, desde la carcajada hasta la emoción conmovedora, su dramaturgia es como él: franca, genuina, ingeniosa, chispeante y al mismo tiempo sólo posible gracias a un enorme caudal de talento. Por eso en casos como el de José (y sobre todo en su obra) me gusta esperar el telón fi nal para juntar aliento y gritar con ganas:

¡QUE VIVA EL TEATRO!

Luis Alberto Sáez

Presentación del autor

Una platea bulliciosa, luces que se apagan, expectativa, toses. La obra va a comenzar. Y comienza. Destino lógico para un texto teatral: espectadores de carne y hueso que disfrutarán, si la cosa sale como uno espera. Para eso uno escribe teatro. Pero también me gusta imaginar a un lector, solo, en una habitación cálida en una noche de frío, a un viajero en un tren, a un veraneante en la arena o en la montaña, atrapados por estas historias que se dejan leer. Me gusta imaginar que en espacios tan diferentes hay un lector solitario que se encuentra con estos personajes, y eso, en definitiva, y sin que lo sepa, es encontrarse conmigo. El placer del solitario autor que se une al placer del solitario y desconocido lector.

No voy a engañar a nadie, ni a adoptar poses dignas de elogio. La verdad es que estas historias –siempre, ineludiblemente cuento historias, para mí eso es el teatro- estaban por ahí, desordenadas, inconexas, esperando un hilván que les diera forma, unidad, sentido. No las invento, no son el fruto de un intelecto fabricador de historias, no señor. Son el resultado de procesos misteriosos, que van asociando sensaciones, emociones, imágenes que tenían, seguramente, poco en común. La imagen de mi hermanita llorando por haber perdido un juguete, un recorte de diario, el estribillo de una canción, pueden haber sido los causantes de una historia de amor, o de una farsa dieciochesca. Esas pequeñísimas, insignificantes imágenes, se meten dentro de mí y golpean, como una bola de billar, a otras muchas más, que se desalinean y reacomodan con un orden inexistente hasta ese momento. ¿Y cuál es el mérito, entonces? Ése, dejarse impactar, permitir que el desorden genere un nuevo orden, ser lo suficiente mente humilde para aceptar que esos componentes serán los protagonistas, y no uno. Mantenerse oculto, riendo por lo bajo, en silencio, porque suficiente ruido hacen los personajes y sus cuitas, como para entrometerse uno, pretendido autor. Porque esos personajes ya estaban en algún lugar, esperando ser aprehendidos, aprovechados, concretados. No miento si digo que al empezar una obra no tengo idea de qué voy a escribir, y que cuando voy por la mitad de la obra no sé cómo va a seguir, y que cuando se acerca el final ruego que aparezca, de la misma manera que el resto de la historia, esa resolución que dé brillo a la última línea, tan importante como la primera.

Esta selección abarca aproximadamente la mitad de mi producción dramatúrgica, que viene siendo prolífica, variada y, no me cuesta decirlo, muy bien recibida por los públicos de diferentes latitudes. Espero, ansío, que su lectura produzca lo mismo que me produjo a mí su escritura: sorpresas, emociones, risas, reflexiones. Confío en que eso sucederá, porque es mi método de evaluación: si yo me sorprendí con los giros, si yo me emocioné con algunos gestos, si yo me reí con los disparates ¿Por qué no sucederá lo mismo con quienes compartan mi sensibilidad, mi estilo y mi humor? Ojalá, estimado lector, seas uno de los que comparten conmigo esas condiciones.

José Ignacio Serralunga

Odiar lo que se ama1

Personajes:

 Sacerdote, de unos 60 a 65 años aproximadamente.

 Isabel, de 17 años.

(La acción, en un único espacio: Galería cerrada en planta alta en la casa de Isabel.)

(Está ubicada en un pueblo muy chiquito, casi rural. Es amplia, elegante, el mobiliario es antiguo.)

(En escena el sacerdote. Unos segundos, serio. Entra Isabel atolondradamente, casi tropieza con el hombre, quien se sobresalta. La mira, extrañado.)

ISABEL: Disculpe, padre. No sabía que había gente en la salita. Recién yo estaba… (Se interrumpe al descubrir el azoramiento del sacerdote. Muerta de risa) ¿Se asustó, padre? (Dejándose caer en un sillón) Uh, qué corrida. (El cura sigue sin responder) Si mamá me ve corriendo así, me mata (Imita a la madre) Una señorita no puede correr como un caballo… (Se ríe) Como un caballo… (Imita un relincho, se ríe. Toma aire, mira para todos lados) ¿Lo dejaron solo, padre? ¿Cuándo entró? ¿Quiere que busque a mamá?

SACERDOTE: (Tomándose su tiempo, piensa cada palabra) Tu mamá… (Queda pensativo otra vez)

ISABEL: ¿Mi mamá…? ¿Se siente bien, padre?

SACERDOTE: (Habla lento, pensando cada palabra) Sí, Isabel. Bueno, más o menos. Dejame que me siente porque… (Mira a los laterales) ¿En dónde estabas?

ISABEL: ¿Yo? Abajo, padre. Con Batuque. No le cuente a mamá, porque cada vez que me revuelco con Batuque me pega un reto. (Imita a la madre) Isabel, una señorita como vos no se puede revolcar así con un perro pulgoso como Batuque… (Se ríe otra vez) ¡No tiene pulgas, Batuque!... Bueno, unas pocas tiene. Es un perro de pocas pulgas (Se ríe) ¿Entiende, padre? Un perro… de pocas pulgas.

SACERDOTE: (Sonrisa pequeñita) Un perro de pocas pulgas… si habré escuchado esa frase.

ISABEL: Ah ¿La había escuchado? Yo pensé que la había inventado yo. ¿No le convidaron nada, padre? ¿Quiere limonada? Yo misma la preparé hace un ratito, con los limones de la planta más vieja. Es la mejor, porque los de las nuevas tienen muchas semillas. No sé si serán de otra variedad o qué, pero son distintos. ¿Quiere limonada?

SACERDOTE: No… gracias. Esa limonada, en realidad… (Se detiene)

ISABEL: ¿Qué le pasa, padre? Habla en cuotas usted (Se ríe, él le devuelve una mueca más que una sonrisa) Uy, no, discúlpeme, padre, soy una mal educada. Si me escucha mamá hablarle así me pega un levante. Discúlpeme ¿Sí?

SACERDOTE: Sí, Isabel, no te preocupes. No me molesta que me hables en ese tono. Al contrario… (Parece que sigue, pero se detiene)

ISABEL: ¡Otra vez se quedó sin kerosén, padre! (Se ríe) Ay, no, qué salvaje. Si mamá me escucha…

SACERDOTE: (Imita, con un poquito más de entusiasmo, a la madre de Isabel) Una señorita como usted no puede hablarle así a un sacerdote… (Sonríe)

ISABEL: Ah, usted también se burla ¿Eh? Había sido pícaro. Mire si le cuento a mamá. (El padre sigue con su media sonrisa) No se preocupe, no le voy a contar.

SACERDOTE: No hay problemas.

(Pausa, se miran, ella divertida, él preocupado.)

ISABEL: ¿Padre?

SACERDOTE: ¿Sí?

ISABEL: Usted no es de acá.

SACERDOTE: Sí. (Duda) Soy el párroco de Vera.

ISABEL: ¿Eh? Yo siempre voy a Vera y nunca lo vi. A Misa de Gallo. Y en Pascua. Es otro el cura. Gervasio, el padre Gervasio es. El peladito (Se ríe) Es más respetuoso peladito que pelado ¿No?

SACERDOTE: Hacía bastante tiempo que no venía a esta casa. Yo me crié acá.

ISABEL: ¿En Santa Felicia? ¿En serio?

SACERDOTE: En esta misma casa.

ISABEL: ¡No! ¡Mentira! Ay, no, discúlpeme, no me di cuenta, soy una salvaje, le hablo como si fuera un amigo… discúlpeme ¿Sí?

SACERDOTE: (Sonríe, amistoso) No te preocupes, Isabel. Siempre fuiste medio salvaje, a decir verdad.

ISABEL: ¿Eh? ¿Cómo sabe usted? ¿Le contó mamá? Siempre me dice…

SACERDOTE: (Continuando el párrafo) Isabel, una señorita como vos no debe hablar como un carrero…

ISABEL: (Muerta de risa) ¡Sí! ¡Y nunca supe lo que quiere decir carrero! Debe ser un mal educado.

SACERDOTE: (Sonríe) Siempre la misma. Un carrero es un hombre que maneja un carro. Lo que pasa es que generalmente son… eran tipos bastante rústicos. No tienen modales, pobres.

ISABEL: Entonces yo podría ser carrera.

SACERDOTE: Claro, seguro.

ISABEL: ¿Seguro que no quiere limonada, padre? ¿Té? A mí no me gusta el té, es para los enfermos, pero si usted quiere le digo a Petrona que le prepare. Bah, le digo a mamá que le diga a Petrona porque Petrona a mí no me da ni cinco de bolilla.

SACERDOTE: ¿Petrona decís?

ISABEL: Sí ¿La conoce? La del pelo (hace un gesto exagerando un peinado raro) A mí no me quiere, me parece. Me tiene bronca.

SACERDOTE: Petrona ha sido una madre para vos. Cuando… (Se detiene, se pone mal)

ISABEL: ¡Padre! ¿Otra vez? (Lo semblantea) Pero, ahora se pone mal.

SACERDOTE: (Disimulando muy mal) Estoy bien, Isabel. A veces me pica la garganta y no me doy cuenta de que pongo cara de preocupado. Es la garganta (Carraspea falsamente) ¿Ves?

ISABEL: Bueno. La llamo a mamá ¿Sí? (Va a salir, él la frena con su palabra)

SACERDOTE: ¡No!

ISABEL: Ay, padre ¿Qué pasa? ¿Por qué me grita?

SACERDOTE: No… no quise gritarte… discúlpame.

Te quería decir que… tu mamá… va a tardar en volver… ¿Te molestaría darle un rato de charla a este pobre viejo?

ISABEL: Ay, padre, no se tire tan abajo. Usted no es un viejo… Es un señor mayor… pero parece más joven, cuando habla. Es raro…

SACERDOTE: ¿Soy raro?

ISABEL: (Se ríe) ¡No! ¡Usted no! Es raro eso que le digo, que cuando habla parece más joven de lo que es.

SACERDOTE: ¿No será que cuando no hablo parezco más viejo de lo que soy?

ISABEL: Uy, me embromó. Déjeme adivinar. Usted debe tener…. ¿No se va a enojar si le doy más edad de la que tiene?

SACERDOTE: (Sonríe) No, no me voy a enojar.

ISABEL: Usted debe ser más o menos como mi abuelo.

SACERDOTE: (Se ríe, sorprendido) ¡No!

ISABEL: No, no. (Miente, piadosa) Usted es mucho más joven que mi abuelo. Lo que pasa es que con esa ropa, parece más grande de lo que es.

SACERDOTE: Claro, seguro.

ISABEL: Usted debe tener… ¿Seten…?

SACERDOTE: ¡No!

ISABEL: ¡Escuchó mal! Dije… ¿Sesen…?

SACERDOTE: Seguí.

ISABEL: ¿Ti…?

SACERDOTE: Acordate que esta ropa me hace parecer mayor.

ISABEL: Ay, no sé. Me hace confundir. ¡Ya sé! ¡Mejor adivino el año en que nació! ¿Le parece?

SACERDOTE: (Muy serio) No. No. Dejémoslo ahí.

ISABEL: Bueno, si sabía que se iba a poner así. Mamá lo retaría por coqueto. Le diría…

SACERDOTE: Un chico como vos, que va a ser sacerdote, no puede hacerse el coqueto. Eso es vanidad.

ISABEL: (Muerta de risa) ¡La imita igualita a mamá, padre! Parece que hablara ella.

SACERDOTE: Ya te dije… yo me crié en esta casa.

ISABEL: Ay, padre, no me diga que usted tiene la edad de mi mamá, y yo le dije que era como mi abuelo, pobre.

SACERDOTE: No, soy mucho más joven que tu mamá.

ISABEL: Ay, sonamos. Entonces está hecho bolsa, padre. Con todo respeto, digo. (El sacerdote se acerca a la ventana, mira hacia abajo, pensativo) ¿Usted se crió en esta casa? ¿Dijo que es de la familia? Nunca supe que hubiera un cura en la familia.

SACERDOTE: Son tantas las cosas que no sabés, Isabel. Pero eso no importa mucho ahora.

ISABEL: ¿Es o no es de la familia?

SACERDOTE: ¿Vos estabas abajo, recién?

ISABEL: Sí. (Piensa, se pone un poco seria) Qué raro.

SACERDOTE: ¿Qué cosa, Isabel?

ISABEL: No sé. Tuve una sensación rara. (Pensativa, se pone muy triste)

SACERDOTE: ¿Cómo qué?

ISABEL: Estaba triste.

SACERDOTE: ¿Cuándo?

ISABEL: Recién. Estaba muy triste. Pero me había olvidado. Por eso me reía con usted. (El cura se acerca, compasivo, la deja hacer) ¿Usted siempre quiso ser cura?

SACERDOTE: ¿Eh?

ISABEL: Si siempre quiso ser cura.

SACERDOTE: ¿Por qué me preguntás eso?

ISABEL: (Piensa) No sé. Me salió preguntarle. No lo pensé. ¿Le molesta?

SACERDOTE: No, no. Sí.

ISABEL: ¿Sí qué? ¿Le molesta que le pregunte o siempre quiso ser cura?

SACERDOTE: (Sonríe) No me molesta. Siempre quise ser cura.

ISABEL: Qué suerte. Porque es muy feo ser lo que uno no quiere ser. O no ser lo que uno quiere ser. Si usted siempre quiso ser cura no lo va a entender. Porque es feliz siendo lo que siempre quiso ser.

SACERDOTE: Hay tantas cosas que no sabés, Isabel.

ISABEL: ¿Nunca quiso ser médico? ¿O maestro?

SACERDOTE: No lo sé. En realidad (se contagia del ánimo de Isabel) nunca se me cruzó por la cabeza otra cosa.

ISABEL: ¿En serio? ¿Desde chiquito quería ser cura?

SACERDOTE: En realidad sí se me cruzó otra idea.

ISABEL: ¿No jugaba a la pelota como los otros chicos? (Levanta el ánimo, se anima a una burla suave) ¿Jugaba a que daba misa?

SACERDOTE: Fue un momentito, una cosa de un segundo.

ISABEL: (Sigue en el chiste) ¿Confesaba a sus amiguitos? (Se ríe) Ego te absolvo por hacer pichí en las macetas, in nominipatri…

SACERDOTE: Pero me duró toda la vida.

ISABEL: ¿Qué cosa, padre?

SACERDOTE: Una duda, Isabel. Una duda.

ISABEL: ¿Qué duda? No entiendo.

SACERDOTE: Lo peor es la duda. Todos los días. Cada uno de los días. Cada noche al acostarte.

ISABEL: ¿De qué habla? ¿Qué le pasó?

SACERDOTE: Algo… terrible.

ISABEL: Padre, me asusta.

SACERDOTE: Yo no podía hacer trampas.

ISABEL: Padre, se me pierde…

SACERDOTE: (Imita a mujer mayor, pero esta vez con angustia o rabia) Un chico como vos, que va a ser sacerdote, no puede hacer trampas.

ISABEL: Padre…

SACERDOTE: No puede mentir… (Ella lo mira, confundida) No puede atarle un moño en la cola al gato y prenderle fuego…

ISABEL: ¡No! ¿Usted también hizo la del gato? Es un clásico ese ¿No?

SACERDOTE: Un chico como yo, que iba a ser sacerdote, no podía hacer nada. (Pausa) Y así y todo, era feliz. Pero tuvo que pasar eso.

ISABEL: ¿Qué le pasó padre? Me preocupa.

SACERDOTE: Un beso.

ISABEL: ¿Eh? ¿Un beso? ¿Y qué tiene de terrible? (Semblantea al cura, que la mira inquisitivo) ¡Ay, no!

SACERDOTE: ¿Qué pasa?

ISABEL: Ay, no, ahora recuerdo por qué estaba triste. Qué mala soy. (Da vueltas en redondo, angustiada) Padre… ¿De verdad, lo peor es la duda? Soy mala, padre. ¿Es pecado un beso?

SACERDOTE: No, salvo que sea incorrecto.

ISABEL: ¿Darle un beso a un primo cuando se está por ir al seminario es pecado?

SACERDOTE: No… pecado no, pero…

ISABEL: ¿Y si le arruiné la vocación, padre? ¿Y si le queda la duda toda la vida? ¿Y si vuelve del seminario porque se arrepiente de ser cura? ¿Se puede perdonar eso, padre?

SACERDOTE: Vos besaste a tu primo.

ISABEL: Sí.

SACERDOTE: ¿Por qué lo besaste, Isabel?

ISABEL: ¡Porque se fue al seminario! ¡Lo perdí, padre! Y yo no sabía lo que sentía, hasta que llegó el momento. (Pausa) Me dijo “Chau, primita, te voy a extrañar mucho. (Sigue recordando) Allá hay mucho silencio. Voy a extrañar tu risa”. Pelotudo.

SACERDOTE: ¡Isabel!

ISABEL: Se me desmoronó el mundo, padre. Se me escapó la infancia. Se me iba, padre. Y ya no era mi primo, era un hombre al que acababa de descubrir que amo. ¿Y si le arruiné la vida, padre?

SACERDOTE: Hay tantas cosas que no sabemos, Isabel.

ISABEL: Déjeme hablar, padre. Necesito hablar. Necesito que me escuche y que me diga si hice mal, y si hice mal que me perdone… No, eso no importa. Quiero que me diga si es posible que le haya arruinado la vida.

SACERDOTE: Hay algo más importante que eso, Isabel.

ISABEL: Fue recién, padre. Julio se acaba de ir. Por eso estaba triste. Porque lo besé, y él se fue trastabillando, tartamudeando… pobrecito. ¿Sabe qué es lo peor, padre? Creo que le gustó.

SACERDOTE: Seguro. Él también te quiere.

ISABEL: (Enojada) ¿Qué sabe usted? ¡No soy una nena, padre! ¡No me diga cosas que no puede siquiera saber para contentarme! ¿Cómo sabe eso? ¿Eh?

SACERDOTE: Tranquilizate, Isabel. Por favor.

ISABEL: ¿En el seminario le enseñaron eso? ¡No quiero que me tranquilice, quiero que me diga la verdad!

SACERDOTE: Tenés razón, Isabel, discúlpame. Es la costumbre de consolar a la gente. Siempre tengo la palabra adecuada para cada situación.

ISABEL: ¡Pero esta vez no sirve!

(Pausa.)

SACERDOTE: Isabel.

ISABEL: ¡¿Qué?!

SACERDOTE: ¿Puedo preguntarte qué pasó después del beso?

ISABEL: No sea chusma.

SACERDOTE: No, Isabel, no es por ser chusma. Yo necesito saber qué pasó después de que lo besaste.

ISABEL: ¿Para qué? Ya le dije, Julio se fue corriendo. La carita…

SACERDOTE: Eso ya lo dijiste. Preguntaba por vos. ¿Qué pasó con vos después del beso?

(Pausa, ella seria.)

ISABEL: No me acuerdo…

(Pausa.)

SACERDOTE: ¿Puedo contarte algo?

ISABEL: (Angustiada) No me acuerdo… Estaba triste. Muy triste.

(Pausa.)

SACERDOTE: Escuchame. Llevo cuarenta y pico de años de sacerdocio ¿Sabés? Muchas veces me he preguntado qué habría sido de mi vida si hubiera decidido dejar los hábitos. O no tomarlos.

ISABEL: Muy triste.

SACERDOTE: El día en que estaba por irme al seminario, mi prima, mi prima de mi vida, la mujercita más linda que conocí, el alma más bella, el espíritu más alegre que Dios puso frente a mí, la chica más hermosa, la de los ojos pícaros y la sonrisa de luz, reaccionó de una manera que jamás habría imaginado. Mi prima me besó, Isabel, cuando me iba al seminario. Fue suficiente para poner en duda todas mis ideas, todos mis sentimientos. La duda, Isabel. Lo peor es la duda.

ISABEL: No puedo recordar.

SACERDOTE: No importa. Ya vas a recordar. Tranquilizate.

ISABEL: Hay como un vacío, desde que Julio se fue, hasta que me veo con Batuque, abajo.

SACERDOTE: Suele pasar. Con una emoción fuerte. Con un susto grande. Suele pasar. (Pausa) Dejame que te cuente. Es importante. Creo. Mi prima tuvo un accidente, terrible.

ISABEL: ¿Cuándo?

SACERDOTE: Después de lo del beso. Yo me fui, con la mente nublada. Tenía una sensación de felicidad nueva, de… no sé cómo explicarte, Isabel. Mi prima fue la persona con quien compartí mi infancia, era mi hermanita, prácticamente. Y de golpe, era una mujer que me besó. Mi cabeza daba vueltas, no entendía nada. Mi prima, mi hermanita, ese beso que me gustó… es decir… me confundió, apareció toda una nueva dimensión en mi mundo que desconocía.

ISABEL: ¿Y su prima?

SACERDOTE: Si yo hubiera podido hablar con ella después de eso… aclarar los sentimientos… saber que ella estaría bien… La duda, Isabel. Lo peor es la duda.

ISABEL: ¿Qué? ¿Murió?

SACERDOTE: Dios me perdone por esto… ojalá hubiese muerto. (Reacciona) No, no. Estoy desvariando. Si ella hubiese muerto habría perdido la esperanza… de poder preguntarle si ella se cayó del balcón, por atolondrada, o si se tiró, desesperada. Porque si ella se tiró, si ella decidió su propia muerte, ya no tengo esperanzas de verla nunca más, en el Cielo.

ISABEL: Padre, discúlpeme. No entiendo nada. ¿Se murió o no se murió? ¿Por qué no le puede preguntar?

SACERDOTE: Porque hace más de cuarenta años que está en coma. Como un cuerpo muerto, pero que nunca murió. Lo peor es que, cuando vengo a esta casa, parece que el tiempo se hubiera detenido. Su mamá fue muy clara: quiero que la casa esté siempre igual al día del accidente, para que cuando ella despierte, encuentre su propio hogar, con el mismo olor a romero en las macetas, con los mismos colores en las paredes… cremita la galería, verde agua el comedor, celeste la habitación de ella. Por eso esta casa parece un museo, Isabel. Siempre igual. Siempre igual. Yo querría volver un día y ver que no estén más los nísperos, ni los mandarinos, ni la palta. Querría que desaparecieran esos cisnes horrendos de cemento, del tiempo de ñaupa, las margaritas blancas de corazón amarillo, las calas…

ISABEL: Son lindas las margaritas…

SACERDOTE: Yo querría que todo eso quede atrás, volver a esta casa y encontrar plantas nuevas, paredes blancas, muebles modernos, sin olor a lavanda... querría que entrara aire fresco, que…

ISABEL: Padre ¿De qué habla?

SACERDOTE: De la vida, hablo. De mi vida. De las cosas que yo querría para mí, de las cosas que ya no soporto. Porque ya estoy grande, estoy cansado de todo esto.

ISABEL: ¿Usted está bien, padre? ¿Todo eso que dice… usted imagina cosas o qué? ¿En dónde está su prima?

SACERDOTE: Acá.

ISABEL: ¿Acá dónde? Nunca escuché de nadie que estuviera así, como usted dice, en este pueblo.

SACERDOTE: Querría despertarme cada día sin dolor en las tripas, sin esa duda que me persigue. Querría tener noches tranquilas, en las que sueñe cosas bellas. Pero no puedo.

ISABEL: Padre… No lo tome a mal. Su prima ¿Existe?

SACERDOTE: El alma ¿Existe? Dios ¿Existe? No lleguemos a eso, Isabel, no tengo ganas. Me pasé la vida estudiando y enseñando sobre el alma y sobre Dios, y no encuentro respuestas a esto que me está pasando. ¿Querés saber si mi prima existe? Sí, claro que existe. Está acá, en esta casa.

ISABEL: No, padre, discúlpeme que le diga, acá no hay ninguna prima suya. No hay nadie que esté enferma como usted dice.

SACERDOTE: ¿Estás segura?

ISABEL: Vivo acá desde que nací y no veo nada de lo que usted dice. No hay prima, no hay enferma. Hay calas, y hay mandarinos, y hay paltas, y hay hamacas en el patio grande, por si no las vio, pero no hay prima, ni enferma, ni nada. Voy a llamar a mamá para que lo escuche ella, porque yo ya me aburrí de usted.

SACERDOTE: Está bien. Pero antes te pido una sola cosa. Por favor. Tratá de recordar qué pasó después de que se fue Julio. Cuando estabas con Batuque. Necesito saber eso, porque así podré dejar atrás esa duda que me persigue. ¿Vos querés saber si le arruinaste la vida a tu primo? Bueno, yo necesito saber qué pasó después de que lo besaste, porque, aunque a vos te cueste entenderlo, de eso depende mi tranquilidad.

ISABEL: Mire, padre, realmente me está poniendo nerviosa. Voy a llamarla a mamá. (Amaga salir)

SACERDOTE: Esperá, por favor.

(Pausa.)

ISABEL: ¿Qué, padre, qué?

SACERDOTE: Cerrá los ojos, por favor.

ISABEL: ¿Eh? ¿Por qué?

SACERDOTE: Por favor. Cerralos.

ISABEL: No entiendo qué es lo que quiere, padre. Esto no tiene sentido.

SACERDOTE: Ya lo sé. Creeme que para mí la cosa no es más fácil que para vos. Pero necesito que hagas eso, y voy a tratar de responder a tu preocupación.

ISABEL: No, padre. No. Suficiente.

SACERDOTE: Voy a venir a verte todos los domingos. Después de misa nos dejan salir. Vamos a comer mandarinas, y vamos a hamacarnos en las hamacas del patio grande.

ISABEL: (Sorprendida) Eso me dijo Julio recién. ¿Usted estuvo escuchando nuestra conversación?

SACERDOTE: Juramos que no íbamos a decir nada de lo del gallito bataraz. (Ella lo mira, cada vez más sorprendida) Y yo me eché la culpa por incendiar la chimenea, para no delatar a mi primita Isabel.

(Isabel lo mira, sin atinar a hablar.)

Yo soy Julio, Isabel. Yo soy Julio después de un millón de años ¿No me reconociste ni por un segundo?

ISABEL: ¿Julio? ¿Qué dice? Julio acaba de irse, y tiene dieciocho años… no… usted está mal de la cabeza.

SACERDOTE: ¿Y cómo sé lo del gallito bataraz? ¿Alguien más conoce nuestro escondite secreto? Detrás del lapacho, seis pasos a la izquierda, tres hacia la pared de la enredadera y dos hacia la derecha. Ahí guardamos nuestras cartitas a los ocho años, y un juego de botones de tu saquito azul, a los diez. ¿Sigo?

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Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
22 oktyabr 2025
Həcm:
132 səh. 4 illustrasiyalar
ISBN:
9789508441393
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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