Kitabı oxu: «El viaje del alma»
Aunque no lo recordemos, todos hemos vuelto de la muerte. Pero, ¿qué cosa es eso que llamamos “muerte”? ¿Qué nos ocurre después de la muerte? ¿Adónde vamos? ¿Qué nos espera?
En este libro, la respuesta nos llega directamente de personas que, a través de la Terapia de Vidas Pasadas, experimentaron la continuidad de su conciencia más allá de la existencia física. Partiendo de la experiencia de la muerte, recorriendo el espacio entre vidas, hasta llegar al momento de volver a nacer, su autor, el Dr. José Luis Cabouli —de vasta experiencia en la práctica terapéutica de regresión a vidas pasadas—, nos conduce en un viaje de ida y de vuelta en el derrotero del alma.
Un viaje donde se nos revela como una certeza la sabia reflexión de Apolonio de Tiana:
“Nada nace, nada muere en realidad. Ninguna persona muere, sino en apariencia. Ninguna persona nace, sino en apariencia. El pasaje de la esencia a la sustancia, es lo que se llama 'nacer' y, por el contrario, lo que se llama “morir', es el pasaje de la sustancia a la esencia.”
Graduado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires en 1974 el Dr. José Luis Cabouli se formó como cirujano en la Escuela Quirúrgica "Enrique y Ricardo Finochietto" del Hospital Rawson especializándose más tarde en cirugía plástica en el Hospital Ramos Mejía. En 1988 abandona el ejercicio de la cirugía para dedicarse exclusivamente al desarrollo de la Terapia de Vidas Pasadas. Desde 1992 dirige el Curso de Formación en esta técnica y ha entrenado profesionales en Argentina, España, México y Venezuela. Entre 2012 y 2016 realiza el dictado del Curso Básico de Terapia de Vidas Pasadas en la Escuela de Graduados de la Asociación Médica Argentina. En la actualidad imparte talleres y cursos de formación en Argentina y España.
Dr. José Luis Cabouli
El viaje del alma Experiencias de la vida entre las vidas

Índice
Cubierta
Contratapa
Biografía del autor
Portada
Prólogo a esta nueva edición
Introducción
I - La muerte Capítulo 1. Dejar el cuerpo y volar Capítulo 2. Todos hemos vuelto de la muerte Capítulo 3. Cómo se desprende el alma del cuerpo Capítulo 4. La experiencia de la muerte Capítulo 5. La experiencia de la muerte Capítulo 6. Reencuentros después de la muerte Capítulo 7. Muertes por suicidio
II - El espacio entre vidas Capítulo 8. Los primeros pasos Capítulo 9. La asamblea del espacio Capítulo 10. La justicia cósmica Capítulo 11. Historia de un espíritu cansado y enojado Capítulo 12. El aprendizaje de la Unidad Capítulo 13. El aprendizaje de la Unidad
III - El regreso Capítulo 14. El espacio entre vidas antes de nacer Capítulo 15. ¡Maldición! Ya empieza todo Capítulo 16. El libreto de vida Capítulo 17. Estado de coma y un regreso por amor
IV - Reflexiones finales Capítulo 18. La muerte: un acto sagrado Capítulo 19. Prepararnos para la muerte Capítulo 20. Despedida
Apéndice
Bibliografía
Créditos
Otros títulos de esta editorial
A ese ser de luz,
que fue mi abuelo,
y a Juana de Arco,
en agradecimiento
Prólogo a esta nueva edición
Han pasado diez años de la edición original de este libro. En aquel momento, yo no imaginaba la importancia que este libro iba a tener, y no me refiero a un éxito editorial, sino a una trascendencia emanada del impacto emocional y de la diferencia provocada en la vida y en la muerte de muchas personas.
Concebido originalmente con el propósito de mostrar a la muerte como una experiencia del alma y evidenciar la continuidad de la conciencia en la dimensión espiritual, el libro tomó vuelo propio yendo más allá de mi propósito inicial. Así fue como me sorprendí cuando, en diferentes momentos, varias personas entre amigos y pacientes afirmaban que, a su criterio, éste era el mejor y más profundo de los primeros cuatro libros que escribí. Sin lugar a dudas, ésta es una apreciación subjetiva y personal, pero a mí no dejó de sorprenderme.
Otro hecho inesperado fue saber que la lectura de este libro ayudó a varias personas en el momento de su transición, un término más adecuado para aquello que llamamos muerte. Recuerdo el caso particular de una mujer mayor a la cual yo nunca conocí. Esta mujer estaba internada debido a un proceso irreversible. Un amigo la acompañaba por las noches y cada noche le fue leyendo un capítulo del libro. La mujer falleció al día siguiente de finalizada la lectura del libro. El amigo que la acompañó en esas noches me relató maravillado esta experiencia. La mujer falleció en paz, serena y con una sonrisa en sus labios.
Al presentarse esta nueva edición convinimos con el editor que el libro se merecía un título más apropiado a su trascendencia. El título original, Muerte y espacio entre vidas, tenía que ver más con el enfoque derivado de la práctica de la Terapia de Vidas Pasadas. El nuevo título, El viaje del alma, surgió naturalmente ya que el concepto está mencionado e implícito en la estructura del libro. El punto de partida de este viaje puede tomarse en cualquier momento del derrotero del alma. Aquí, este viaje particular comienza con el proceso de la muerte en sí para continuar con la experiencia de la conciencia en el espacio entre vidas hasta el momento del regreso a la vida y el nuevo renacimiento. Un viaje de ida y de vuelta en la experiencia del alma en el cuerpo físico.
Para esta ocasión el libro fue revisado y corregido en su totalidad aunque, probablemente, las correcciones pasen inadvertidas. Aprovechando esta circunstancia incorporé también un apéndice con tres testimonios que mantuve archivados durante muchos años y que ahora, finalmente, puedo compartir con ustedes.
Espero que esta nueva edición profundice y extienda aún más el camino iniciado por la primera.
José Luis Cabouli
Buenos Aires, junio de 2006
Introducción
La primera vez que vi morir a una persona, fue cuando acompañé a mi abuelo en su lecho de muerte. Yo no sabía lo que era morir y, en esos momentos, no me daba cuenta cabal de lo que estaba sucediendo. Me sentía expectante, como presintiendo el final y, al mismo tiempo, todo me parecía muy natural. No había miedo. No había dolor. Me encontraba como hipnotizado y fascinado con lo que estaba aconteciendo ante mí. En ese entonces, yo era un adolescente y no sabía todo lo que sé ahora. Mi abuelo no era yogui, ni un lama, ni sabía nada sobre la reencarnación. O al menos nunca lo dijo. Sin embargo, ahora me doy cuenta de que él era todo un maestro y sin saberlo, en esos momentos, me estaba iniciando en el arte de morir. Era la prueba evidente de que muchas personas tienen, en su interior, un conocimiento ancestral que les dice de qué manera se debe morir.
Mi abuelo mantuvo su lucidez hasta el último momento y llevó a cabo una muerte consciente, tal como lo enseñan los lamas tibetanos. Imagino que debió de haber visto a su madre, esperándolo del otro lado, porque en determinado momento exclamó en idisch: “¡Mamá! ¡Ayúdame! ¡Espérame en el umbral!”. Luego, consciente de que ya le quedaba poco tiempo, reunió a la familia a su alrededor y, a cada uno, nos dejó un mensaje en particular. Hecho esto, de improviso, sacando fuerzas de no sé dónde, se incorporó en su lecho y, abriendo sus brazos, exclamó: “¡Basta! ¡Abran puertas y ventanas! ¡Que entre la luz!”. Tras lo cual, se echó hacia atrás y su respiración se hizo entrecortada y superficial. Sus ojos se volvieron vidriosos y su mirada quedó fija en algún punto del infinito, mirando quién sabe qué cosa. Casi con el último aliento, pronunció en forma apenas audible, la plegaria en hebreo Shemá. Un par de respiraciones más, hasta que, finalmente, efectuó una larga exhalación, como un soplido, y se fue.
Recién ahora, transcurridos ya casi treinta años, puedo ver y comprender en toda su magnitud, la enseñanza de mi abuelo. Hoy, puedo ver su muerte como una iniciación al arte de morir. Hizo lo que enseñan los maestros tibetanos: Morir en forma consciente. Su última frase, el Shemá, no es otra cosa que la pronunciación de un mantra, una plegaria breve, con una vibración particular, que lo ayudó a conectarse con la luz.
Desde entonces, como médico y cirujano, muchas veces presencié la muerte de cerca. Pero con una limitación. Yo no podía ver, ni sabía lo que sucedía más allá. No sabía cómo era, exactamente, el proceso intrínseco de la muerte. En esos días, mi función se reducía, o bien a intentar maniobras de resucitación, o bien a constatar que el deceso se había producido. Pero asistir, acompañar el proceso de la muerte, eso es algo que aprendí cuando comencé a trabajar con la Terapia de Vidas Pasadas (TVP).
A partir de mi trabajo con la TVP, la muerte se convirtió en algo cotidiano y natural para mí. Todos los días, varias veces al día, al conducir a una persona en su regresión al pasado, invariablemente la acompaño en el acto de morir en sus existencias anteriores. Pero además, ahora puedo seguirla más allá en su viaje al espacio sin tiempo. Y con un detalle adicional y muy precioso. Con la regresión, es posible experimentar en uno mismo, todo el ciclo vida-muerte-renacimiento, sin solución de continuidad, y no una vez, sino varias veces. Así, la muerte se nos aparece en su verdadera dimensión, como un eslabón fundamental, ineludible y necesario, para que se cumpla todo el ciclo vital.
Este libro no es una investigación sobre la muerte. No se trata de experiencias de sujetos de laboratorio. Se trata de personas que revivieron algunas de sus vidas pasadas, con el fin de resolver sus problemas emocionales. De estas regresiones terapéuticas, he extractado específicamente la experiencia de la muerte, tal como la vivenciaron los protagonistas. Algunas historias se presentan en forma completa, ya que permiten comprender el proceso de aprendizaje y ponen de manifiesto la continuidad de la conciencia independientemente del cuerpo desechado. Siempre mantuve y mantengo, como premisa básica, cumplir con el objetivo terapéutico en primer lugar. Es en este contexto primario, que se desarrollan las vivencias de los pacientes. Sin embargo, he reducido en lo posible, las referencias terapéuticas, para darle mayor agilidad al texto y concentrar la atención en la experiencia de la muerte.
Chögyam Trungpa cuenta que desde los ocho años de edad fue guiado por sus preceptores en la práctica con agonizantes. De allí en adelante, visitó a moribundos o difuntos unas cuatro veces por semana. Al igual que la mayoría de los occidentales, yo no he tenido tal preparación. Sin embargo, a través del trabajo con la TVP, siento que esta preparación también es posible para nosotros.
Si bien es cierto que no es lo mismo acompañar una muerte en vida pasada, que asistir a un moribundo, ahora tenemos la ventaja de contar con información de primera mano proveniente de aquellos que atravesaron por la experiencia. Como decía Sócrates:
Tal vez, lo que más conviene al que está a punto de viajar al más allá, es examinar y también, referir mitos acerca de esa visita al más allá, acerca de cómo creemos que es. (Platón, Fedón: III-61 e)
Es mi deseo que las experiencias condensadas en este libro puedan guiar a otras personas a morir sin miedo, conscientemente, y a valorar más profundamente, la importancia de esta vida y el aprendizaje que todos estamos realizando. Si mi abuelo pudo hacerlo, todos podemos hacerlo.
José Luis Cabouli
Viernes Santo, 1996
I La muerte
Capítulo 1
Dejar el cuerpo y volar
Sábado 12 de agosto de 1995
Alelí (40) está en regresión trabajando su miedo a enfrentarse con la gente. De pronto, al vivenciar un episodio de su infancia, comienza a experimentar sensaciones que pertenecen a una muerte anterior.
Alelí: ¡Ahgj! ¡Me falta el aire! —agitándose—. ¡No puedo respirar! ¡Me están tapando!
Terapeuta: ¿Qué está sucediendo?
A: ¡Me están tapando con el cajón! ¡Pero yo no estoy muerta!
T: Siga.
A: Me falta el aire… no me escuchan…
T: Siga.
A: Quiero salir, pero no me puedo ni mover. ¿Cómo les digo que no estoy muerta? ¿Por qué no se dan cuenta de que no estoy muerta?
T: No importa lo que sea, siga adelante. Yo estoy aquí, a su lado, acompañándola en esta experiencia. ¿Qué está pasando?
A: Me están tapando con tierra. No puedo hacer nada.
T: ¿Qué está pasando que no puede hacer nada?
A: Estoy dura. No me puedo mover. No tengo más aire y se fueron todos.
T: Siga avanzando.
A: Siento que ya estoy muerta y se olvidaron de mí. Estoy dura.
T: Siga.
A: Me veo acostada y me quedo. Ya estoy muerta —serenándose.
T: Eso es. Ahora, al contar hasta tres, retrocederá un poco antes de esta escena y verá, claramente, cómo es que llega a esta situación. Uno… dos… tres.
A: Es como que* tuve un ataque. Como que me descompuse. Alguien me atendió.
T: Vea qué clase de ataque.
A: Me empezó a faltar el aire. Estoy morada… me ponen algo en la nariz… alcohol… Debe de ser para hacerme reaccionar…
T: Siga, ¿qué más?
A: …Me mueven los brazos… pero ya estoy inconsciente.
T: ¿Qué fue lo que pasó?
A: Había estado con tos; como que tenía un problema de asma.
T: Siga.
A: Empecé a ahogarme y no reaccionaba. Me pongo oscura… no reacciono…
T: Siga, no se detenga.
A: …Dicen que estoy muerta. ¡Estoy muerta!
T: Siga.
A: Me sacan de la cama y… estoy en el cajón y… me acomodan las piernas… me tapan… pero yo, ¡no estoy muerta!
T: Siga adelante.
A: Todos están alrededor de mí, pero no sé quiénes son…
T: Siga.
A: …Y después, me echan la tierra encima. ¡Quiero salir!, pero no me puedo mover.
T: ¿Qué está pasando que no se puede mover?
A: Siento que tengo el cuerpo duro.
T: Ahora fíjese. Su cuerpo, ¿está vivo o está muerto?
A: El cuerpo está muerto. ¡Está muerto!
T: ¿Dónde está el cuerpo?
A: El cuerpo está tirado, duro y muerto.
T: ¿Y dónde se encuentra usted cuando ve el cuerpo?
A: Estoy mirando desde arriba. Miro mi cuerpo. Veo ese cuerpo que debe de estar rígido. Veo… siento que estoy suspendida y miro el cuerpo.
T: ¿Y qué piensa cuando ve ese cuerpo?
A: Pienso: No te querías morir, pero, ¿ves que ahora estás bien?
T: ¿Y cómo es usted cuando está suspendida allí?
A: Yo estoy mirando el cuerpo, pero veo que yo soy algo que no se ve. Como si fuera… como si fuera algo así como un humo blanco.
T: Siga adelante.
A: Sigo mirando y empiezo a subir. El cuerpo queda allí, y yo subo y estoy contenta. Es como si estuviera en el cielo.
T: Eso es, ¿qué más?
A: Ya no tengo dolor. Estoy feliz, dando vueltas, como si estuviera volando.
T: Y cuando está allí, ¿está sola, o acompañada?
A: No hay nadie, pero tampoco busco. Voy subiendo cada vez más. Ya no veo más el cuerpo.
T: Y si usted supiera, ¿qué aprendizaje puede hacer de esta experiencia?
A: Aprendo que la muerte no es algo malo. Es pasar a otra vida. Es simplemente dejar el cuerpo y pasar a algo mejor. Por lo menos, me da alegría. Veo que no es malo estar muerta. Es probable que no me daba cuenta de que ya estaba muerta. Por eso sufría. Porque me resistía a morir.
T: ¿Algo más?
A: Ahora, me doy cuenta de que el miedo que tenía de enfrentar a la gente, era por la indiferencia de la gente ante mi muerte. Yo sentía la resistencia a morirme. Sentía que la gente me abandonaba y no hacía nada por mí. Pero yo ya estaba muerta. Sólo que me resistía a morirme. Pero eso ya pasó.
T: Eso es. Todo eso ya pasó y ya no se encuentra allí. Ya nada de eso le pertenece. ¿Hay algo más que quiera decir o agregar?
A: La muerte es, simplemente, dejar el cuerpo y volar.
Exactamente así, ni más ni menos, como dijo Alelí: “La muerte es dejar el cuerpo y volar”. Así de fácil. Así de simple.
Para Nuria, de cincuenta y cuatro años, la muerte “es como dar un paso de un lado a otro”. Y para Gloria (44), “es como salir de un estuche apretado”.
¿Por qué, si es tan simple y sencillo, por qué tenemos tanto miedo? ¿Por qué experimentamos con dolor, como si fuera un castigo o una tragedia, algo que es tan natural como el nacimiento?
Para aquel que ha nacido, la muerte es segura, y seguro es el nacimiento, para aquel que ha muerto, dice el Bhagavad Gita (II:27).
No hay nacimiento sin muerte, ni muerte sin nacimiento. La muerte es un hecho natural y está implícita, está contenida, en el nacimiento. La muerte no es el final. Sólo es el punto medio de una existencia continua, que se manifiesta en dos mundos, en dos realidades, en dos dimensiones diferentes. Sólo la ignorancia y el olvido de nosotros mismos, de nuestra esencia, de lo que realmente somos, es lo que nos ha llevado al estado actual de nuestra cultura, donde la muerte es negada, temida y combatida empecinadamente, como si fuera un enemigo acérrimo al que hay que derrotar. Digamos, de paso, que el miedo a la muerte ha sido manejado y utilizado como instrumento de dominación de las voluntades individuales. Pues hay algo que es muy sencillo, y esto es: que no se puede esclavizar ni tiranizar a una persona que no le teme a la muerte. Este detalle ya lo había percibido Julio César, al referirse a los druidas en La Guerra de las Galias (6:XIV):
Lo que ellos procuran sobre todo de persuadir, es que las almas no mueren, sino que, después de la muerte, pasan de un cuerpo a otro; esta creencia les parece particularmente propicia para estimular el coraje, suprimiendo el miedo a la muerte.
La muerte es un acto de vida. Es el paso necesario para asegurar la continuidad de la conciencia del otro lado del río. Pero para que este paso sea natural y lleve a un renacimiento en mejores condiciones, es necesario que se cumplan determinados requisitos. Fundamentalmente, morir sin temor, en forma consciente y en el momento justo y preciso. No es bueno anticipar el momento de la partida del alma, como tampoco diferirlo artificialmente. Ambos recursos tienen sus consecuencias negativas.
Para que el alma pueda seguir su viaje ascendente y realizar su aprendizaje, es necesario permitir que la muerte vuelva a ser lo que es:
Dejar el cuerpo y volar.
* Todas las personas, en trabajo de regresión, utilizan la expresión “…es como que”. El hablante no encuentra palabras para describir una circunstancia inédita y debe apelar al lenguaje que nombra objetos conocidos por él. Esto demuestra la extrañeza de la persona ante una experiencia nunca vivida en su vida actual. (N. del A.)
Capítulo 2
Todos hemos vuelto de la muerte
En los últimos veinte años, nos hemos maravillado con las sorprendentes experiencias de miles de personas que volvieron de la muerte. Personas que estuvieron clínicamente muertas por unos instantes y que, al volver a la vida, luego de las maniobras de resucitación, relataron las experiencias vividas durante ese lapso. Esto es lo que se conoce como experiencias cercanas a la muerte (ECM), experiencias de cuasi-muerte o muerte inminente.
Ahora bien. Resulta que, absorbidos como estamos por las preocupaciones del mundo material en el que vivimos, no nos damos cuenta de que hay algo todavía más sorprendente y maravilloso. Y esto es, que todos, absolutamente todos, hemos vuelto de la muerte. La diferencia radica en que, cuando una persona tiene una ECM y retorna a la vida, lo hace con su mismo cuerpo. Cuando morimos efectivamente y dejamos este mundo, al regresar a la vida física, lo hacemos con otro cuerpo, con otro ropaje y entonces, nuestros amigos, nuestros familiares, ya no nos reconocen y, lo que es peor, no nos reconocemos a nosotros mismos. Al renacer en una nueva existencia, perdemos la conciencia de nuestra identidad anterior.
No nos acordamos, pero lo cierto es que todos hemos regresado de la muerte. Y lo más increíble de todo, es que hemos muerto tantas veces, que se supone que ya deberíamos saber hacerlo bien. Sin embargo, parece que todavía no lo hemos aprendido, o lo hemos olvidado por el camino, y es por ese motivo que seguimos sufriendo y miramos a la muerte con temor.
Pero, ¿qué es la muerte? ¿Qué es eso que llamamos muerte?
En primer lugar, la muerte no es lo que nos han enseñado, o lo que creemos habitualmente. La muerte, como muerte, no existe. No existe tal cosa que llamamos muerte. La muerte es una ilusión, porque pertenece al mundo de la ilusión. La Cabalá nos explica que en el Ein Sof, el Mundo Sin Fin, el Mundo del Infinito, donde las almas mantienen una completa armonía con el Creador, la muerte no existe. La muerte es una creación del hombre. Las almas, nunca mueren.
Dos mil años atrás, Apolonio de Tiana decía:
Nada nace, nada muere en realidad. Ninguna persona muere, sino en apariencia. Ninguna persona nace, sino en apariencia. El pasaje de la esencia a la sustancia, es lo que se llama nacer y, por el contrario, lo que se llama morir, es el pasaje de la sustancia a la esencia.
Somos esencia. Somos energía, puesto que no somos otra cosa que un conjunto de átomos que vibran en una frecuencia determinada, animados por un principio consciente e inteligente que los mantiene en cohesión. Cuando este principio se retira, cuando nosotros nos retiramos, el cuerpo comienza lentamente a desorganizarse. La muerte no es otra cosa que la retirada del principio consciente, que regresa a su estado natural, al mundo de la esencia. La muerte es un pasaje. Como decía Apolonio, es el pasaje de la sustancia a la esencia. Es volver a ser energía. La muerte es el pasaje a otra dimensión, a otro estado de manifestación de la conciencia. Es el proceso mediante el cual el alma encarnada se separa y se desprende definitivamente del cuerpo físico que estaba habitando.
Podremos comprender todo esto más claramente, tomando como ejemplo el agua. En su estado más bajo de vibración, el elemento que conocemos como agua, se manifiesta bajo la apariencia del hielo. El hielo es el estado denso, aparentemente sólido, del agua. La acción del calor sobre el hielo aumenta la frecuencia vibratoria de sus átomos y provoca un cambio de estado en su manifestación física. Ahora se presenta a nuestros ojos, como agua. Si la acción del calor se mantiene, las moléculas del agua seguirán aumentando su tenor vibratorio, hasta que, finalmente, el agua se evapora. El agua deja de ser agua, para convertirse en vapor, y ya no es más visible en nuestro mundo. ¿Qué ha pasado? ¿Se murió el agua? ¿O simplemente cambió de estado? La energía intrínseca del agua sigue existiendo, sólo que ahora lo hace en un nivel superior: el nivel de la esencia.
Al igual que nosotros, el agua también regresa. Al condensarse el vapor, vuelve a su estado más denso y vuelve a manifestarse como agua. A nadie se le ocurriría decir que el agua se murió. Simplemente se evaporó; cambió su forma de manifestación en el mundo físico. Y lo mismo hacemos nosotros. La muerte no es otra cosa que un cambio de estado. Un cambio en la manifestación física. Un pasaje. Y un pasaje muy sencillo.
Casi todas las personas que atraviesan por la experiencia de la muerte en una regresión a vidas pasadas coinciden en lo mismo. La muerte es muy sencilla. Es un paso. Un instante, estoy aquí y, al siguiente, estoy del otro lado. Lo que hace terrible a la muerte no es la muerte en sí, sino el miedo cultural y las circunstancias que llevan a ella. Lo más doloroso suelen ser estas circunstancias. Obviamente, el dolor más profundo lo experimentan los que se quedan. Y es natural que sea así. Mas dentro del dolor, no debemos confundirnos, porque la muerte no es una tragedia. No es un castigo. Es un hecho natural y necesario, y lo que sufrimos es el dolor de la separación. Es el dolor de no contar más con la presencia, con el contacto físico de la persona que amábamos o necesitábamos.
Pero la muerte en sí misma, el pasaje de la conciencia de un estado a otro, es muy simple. Más aún. Todas las personas que vivenciaron en regresión tanto la muerte como el nacimiento, coinciden en afirmar que es mucho más traumático y difícil nacer, que morir. Morir es terminar con la experiencia en este mundo denso, con este cuerpo que nos ocasiona dolores. Morir es liberarse. Nacer es comenzar la tarea, es descender a un mundo difícil donde se experimenta el dolor y donde además, tenemos que asumir toda una serie de responsabilidades y obligaciones que, tal vez, no estemos muy deseosos de realizar. En el momento del nacimiento, muchas personas se dan cuenta de que no quieren nacer y los nacimientos complicados muchas veces ocurren, precisamente, porque el feto no quiere nacer.
En mi experiencia con la TVP, llevando a los pacientes a experimentar sus muertes anteriores, he observado similitudes y también diferencias, con la ECM. Tal vez, la diferencia más evidente, sea el hecho de que la mayoría de las personas que reviven una muerte en vida pasada, no tienen la sensación del efecto túnel, aunque algunas lo han experimentado. Se me ocurre que esto podría deberse al hecho de que, en la ECM, la persona todavía permanece unida al plano físico, mientras que en la experiencia de muerte definitiva hay un desprendimiento completo.
Por el contrario, muchas personas refieren que, en el proceso de encarnación, es decir, cuando pasan del estado de la esencia al de la sustancia, experimentan la sensación de caer en un embudo o en una especie de túnel donde se sienten atraídas por una energía irresistible que las lleva hacia el vientre de quien será su madre.
Con respecto al túnel, debemos decir que no se trata de un túnel en realidad, sino de un efecto. El efecto túnel se debe a la percepción de fuerzas y energías que actúan sobre la persona o, más propiamente, sobre su cuerpo astral o energético. La persona se siente chupada por una fuerza y esta succión produce la sensación de atravesar un túnel. De modo que el efecto túnel probablemente se deba a la sensación que se percibe al atravesar los distintos planos de energía.
Hay características comunes que se reiteran en las distintas experiencias de la muerte, aunque no hay dos vivencias iguales. En primer lugar, todos coinciden en lo sencillo que resulta morir. Generalmente, la persona se ve flotando por encima de su cuerpo. Mejor dicho, de su ex-cuerpo. En ocasiones, pueden ver el cuerpo, pero no se ven a sí mismas. Simplemente, tienen conciencia de estar allí, flotando.
Cuando hay dificultad en la muerte, no es por la muerte en sí, sino porque no queremos desprendernos del cuerpo como en el caso de Alelí, o porque tal vez, alguna emoción nos está dominando en ese momento, impidiendo o retardando el desprendimiento. La muerte puede ser difícil cuando hay rencor, ira, resentimiento, deseo de venganza, culpa o preocupación por los seres queridos. Allí sí, se hace difícil morir. Por eso es tan importante la asistencia espiritual en esos momentos, como la práctica de la extremaunción. Al recibir la absolución de sus faltas, el alma puede partir en paz.
Son más difíciles las muertes en que la agonía es más prolongada, porque hay mayor sufrimiento y dolor. Las muertes instantáneas, como puede ser en el caso de homicidio, infarto fulminante o accidente, son más fáciles, porque todo ocurre muy rápido. Es la bala o el cuchillo; un instante estoy aquí y, al momento siguiente, estoy del otro lado. El inconveniente aquí no es la muerte, sino lo que puede ocurrir después. Suele suceder que, al principio, la persona (o su conciencia) se sorprende y no comprende muy bien lo que está aconteciendo. Esto puede retardar su despertar espiritual y llevarla a vagar durante un tiempo como si fuera un fantasma. En estos casos son imprescindibles las plegarias sinceras para ayudar al alma a tomar conciencia de su nueva situación e impulsarla a ascender hacia la luz.
El proceso que lleva a la muerte puede ser doloroso, como pueden serlo una tortura o ciertas enfermedades degenerativas o un infarto, en el cual se experimenta un dolor tremendo. Sin embargo, en el instante en que la persona deja su cuerpo, se experimenta un alivio inmediato. Desaparecen los dolores en forma instantánea y se siente un profundo bienestar.
Otra característica que suelen vivenciar las personas que atraviesan por la experiencia de la muerte, es la de sentirse succionadas o atraídas por una luz. Algunos ven seres que vienen a buscarlos, ya sean conocidos o desconocidos. Otros, no ven a nadie y tan sólo ven la luz. En ocasiones, luego de la luz, se hace la oscuridad, cuando sobreviene la obnubilación de la conciencia. Cuando despiertan nuevamente, están en lo que llamamos espacio entre vidas o bardo del devenir de los tibetanos. A veces, despiertan directamente dentro del vientre de una mujer.
Algunas personas, en el instante en que dejan el cuerpo, hacen una rápida evaluación de la vida que acaba de finalizar y extraen un aprendizaje de esa experiencia. Otras, descubren que las emociones y pensamientos de esos momentos están condicionando su forma de vida actual.
Hagamos ahora una síntesis de las características más comunes y frecuentes, experimentadas en el momento de la muerte.
Sensación de flotar por encima del cuerpo y visión directa de éste desde arriba.
Atracción por una luz y sensación de ser succionado por esa luz.
Alivio inmediato de los dolores y sufrimientos experimentados en los momentos previos. Si el dolor persiste, es porque el principio consciente se aferra a la ilusión de la personalidad y se resiste a desprenderse del cuerpo.
Visión de luces o seres que vienen a buscar a la persona que acaba de desencarnar.
Las emociones no resueltas impiden que el alma ascienda a los planos superiores y determinan las condiciones del próximo renacimiento.
Evaluación rápida de la vida que acaba de finalizar.
Toma de conciencia del aprendizaje realizado.
Sensación de extrañeza e indiferencia al ver el cuerpo muerto. Como algo con lo cual ya no se tiene nada que ver. (Excepto en aquellos que se aferran al cuerpo.)
Coincidencia mayoritaria de lo fácil y sencillo que resulta morir.