Kitabı oxu: «El marqués de la Ensenada»

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Retrato del marqués de la Ensenada.

Copia inspirada en la obra de Jacopo Amigoni. Museo de la Rioja.

El marqués de la ensenada

El secretario de todo

José Luis Gómez Urdáñez

Prólogo de Carlos Martínez Shaw


ISBN: 978-84-16876-06-8

© Del texto, José Luis Gómez Urdáñez, 2017

© Del prólogo, Carlos Martínez Shaw, 2017

De esta edición, Punto de Vista Editores, S. L., 2017

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Publicado por Punto de Vista Editores

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Diseño de cubierta: Joaquín Gallego

Fotografía de cubierta: retrato del marqués de la Ensenada.

Copia inspirada en la obra de Jacopo Amigoni. Museo de la Rioja.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Sobre el autor

José Luis Gómez Urdáñez (Murillo de Río Leza, La Rioja, 1953) es catedrático de Historia Moderna de la Universidad de La Rioja e investigador titular del Instituto universitario Feijoo de estudios del siglo XVIII (Universidad de Oviedo). Experto en la figura de Zenón de Somodevilla y Bengoechea, marqués de la Ensenada, ha publicado, entre otros, los libros El proyecto reformista de Ensenada (Lleida, 1996) y Fernando VI (Madrid, 2001). Es autor de numerosos trabajos sobre Olavide, Jorge Juan, Aranda, Superunda y Feijoo y otros personajes de la historia del Siglo de las Luces. Sus publicaciones y actividades pueden seguirse a través de la web: www.gomezurdanez.com A finales de 2016 ha sido nombrado académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.

Índice

Prólogo, por Carlos Martínez Shaw

Introducción

1. El estadista ante la historia

2. De los arsenales a los palacios reales

3. Ganarse al Rey… y a la Reina

4. Las hechuras zenonicias y el partido ensenadista

5. La guerra sorda y el rearme naval ensenadista

6. El fundamento de todo es el dinero

7. Mano dura y «cuerda tirante»: la cara más cruel del déspota

8. Todo o nada. De la cima del poder al destierro

9. Poder sin poder, o la placidez de la espera

10. Desterrado y «afectando jocosidades». La declinación del ensenadismo

Bibliografía

A mi mujer Ana y a mis hijos Luis y Miguel.

De profundis cordis.

Prólogo

José Luis Gómez Urdáñez venía cercando al marqués de la Ensenada desde hace años, ya sea con su propia flota (sus libros sobre El proyecto reformista de Ensenada de 1996 y sobre Fernando vi de 2001 y sus cada vez más numerosos artículos sobre los personajes de su entorno), ya sea con escuadras salidas de sus arsenales de la Universidad de la Rioja, como las capitaneadas por Cristina González Caizán (La red política del marqués de la Ensenada, de 2004) o por Diego Téllez Alarcia (Don Ricardo Wall. Aut Caesar aut nullus, de 2008), ya sea finalmente con algunos otros barcos navegando con registros sueltos por los mares de las revistas especializadas. Así que ya había llegado la hora de capturar a la presa principal de la operación, es decir de acometer la biografía del propio Don Zenón de Somodevilla.

Y el catedrático y académico riojano lo ha hecho a su muy personal estilo, en una obra al mismo tiempo erudita y desenfadada, profunda en la atención a las graves cuestiones de la vida política del momento y ligera con aire minué a la hora de referir las mil y una vicisitudes de las relaciones personales mantenidas por el ministro con su entorno de secretarios, funcionarios, cortesanos amigos e incluso enemigos, o de pintar al pastel la vida cotidiana de su biografiado cuando se entregaba a sus celebradas cenas madrileñas o a sus musicales paseos en Aranjuez, antes de procurarse dorados exilios en Granada, El Puerto de Santa María o Medina del Campo cuando sus enconados rivales le ganaron la partida y perdió el favor real.

Así, encontramos primero lo que se esperaba: una valoración de su obra de gobierno en aquellos terrenos que fueron objeto privilegiado de su atención desde los múltiples ministerios desempeñados como «secretario de todo»: marina y hacienda en primer lugar. Ahora bien, el repaso que se hace a su actuación estelar en estos ramos no resulta una síntesis ecléctica al uso, sino una solvente disección sostenida por el dominio de las fuentes originales, entre las que destacan las obtenidas de las correspondencias oficiales y privadas del ministro o intercambiadas entre los personajes que le rodearon tanto amigos como enemigos. Y así se dedica un capítulo entero a su labor en el ámbito de la Armada, quizás el más conocido desde la obra de Cesáreo Fernández Duro (con su famoso vítor de «Paso al Genio»): promulgación de las ordenanzas de Marina y de Bosques, imposición de la Matrícula de Mar, espionaje industrial confiado a los dos grandes marinos y científicos Jorge Juan y Antonio de Ulloa, atención a la formación de oficiales en la Academia de Guardiamarinas, impulso a la construcción naval (mediante el recurso al «sistema inglés», luego adaptado a las necesidades españolas), todo un completo programa que llegaría a concitar la alarma de las autoridades inglesas y el llamamiento a derribar por todos los medios al entregado ministro.

Porque, en efecto, Ensenada se volcó a fondo en sus proyectos, empleando una asombrosa energía en llevar a cabo sus propósitos contra el viento de los rivales y la marea de la desidia administrativa. Así lo hemos visto en el caso de la Armada, pero lo podemos corroborar en el establecimiento del Real Giro, el banco oficial para los pagos exteriores, y sobre todo, de una forma ejemplar, en su lucha por la implantación del catastro, que si bien no alcanzó su objetivo, sí que pudo legarnos una radiografía completa de la economía y de la distribución de la riqueza en las provincias castellanas a la altura de mediados de siglo, gracias a una titánica empresa que todavía hoy causa perplejidad y admiración por su enorme envergadura y por el sobrehumano esfuerzo que supuso la realización de la magna encuesta, tal como se puede contrastar a partir de la ingente documentación conservada en los archivos, aunque al final se topara, como en otros casos, con la enemiga de los que se sentían perjudicados por el sistema fiscal al que debía servir de base, la Única Contribución. En cualquier caso, la descripción del proceso que se realiza en el libro mantiene al lector en suspenso por la insólita capacidad del autor de hacernos algo así como copartícipes de la empresa doscientos cincuenta años después.

El proyecto político de Ensenada superó la cárcel de papel en que pudo haber quedado prisionero gracias a la implementación de un complejo entramado de apoyos y de connivencias, fundamentado casi siempre en la conformidad de sus colaboradores con el mismo, es decir en la coincidencia ideológica, y a veces, inevitablemente, también en la lógica egoísta de la autopromoción personal. Esta red, pacientemente tejida por el ministro, es lo que el autor ha definido acertadamente como el «partido ensenadista», integrado por personajes que ocupaban cargos oficiales, altos o no tan altos, o por otros amigos que podían hacer valer la influencia de su pluma o de sus relaciones. La descripción de la compleja articulación de este círculo que se disponía en torno a Ensenada pero cuyos componentes mantenían conexiones asimétricas con el núcleo central encarnado por el maestro del juego, es uno de los mayores logros del libro, pues dar una visión segura implica conocer íntimamente a cada una de las piezas y el papel que respectivamente desempeñaron en cada momento, en cada coyuntura.

Y esta es una de las cosas que más impresionan durante la lectura del libro. El autor se mueve por los salones, por las tertulias, por los mentideros, por los despachos, por las covachuelas, por los pasillos de los palacios, como si fuera un Ensenada redivivo (con su peluca y su casaca, como lo retratara Jacopo Amigoni), dándonos cumplida cuenta de cada uno de las personas que nos va presentando, de sus funciones, del trato que debemos tener con él, de sus virtudes o sus debilidades, a veces hasta de sus intimidades. Da la impresión de que el autor se ha encontrado a sus personajes viendo una comedia en el teatro del Príncipe o de la Cruz o ha departido con él mientras navegaba por las aguas del Tajo con la voz de Farinelli como fondo musical o ha compartido alguna vez una jícara de chocolate caliente de las que después pintaría con su mágica poesía Luis Meléndez. La sensación de vida, de realidad, de cotidianeidad que ofrecen las hechuras (o los rivales) del marqués es algo sin parangón en la historiografía española.

Semejante puesta en escena nos lleva a otro de los aciertos de la obra. El autor ha asimilado como pocos la absoluta necesidad de articular las relaciones entre el gobierno y la corte a la hora de analizar las contingencias del ejercicio del poder, a la hora simplemente de hablar de política. En el Antiguo Régimen el rey no era una figura decorativa, sino la persona que debía avalar todas las decisiones del gobierno, por lo que tenía que ser cortejado (nunca mejor dicha la palabra), aconsejado, manipulado o engañado por sus colaboradores y subalternos. De ahí que la proximidad al rey (y a la reina, como bien se subraya en la obra) fuera una fuente de poder. De ahí que esa proximidad se buscara bien en la intimidad del cuarto del rey (donde pululaban mayordomos y sumilleres), bien en el despacho directo cara a cara de los asuntos de gobierno por parte de cada secretario de Estado. Esta dualidad entre el gobierno y la corte se pone especialmente de relieve con motivo de la caída de Ensenada, una conspiración palaciega en toda regla, urdida por ministros (Ricardo Wall) y embajadores (Benjamin Keene), pero también por cortesanos como el odioso duque de Huéscar (luego de Alba), nombrado mayordomo mayor de Fernando vi, prominente miembro de la facción anglófila y enemigo encarnizado del marqués, que valiéndose de su fácil acceso al rey pudo convencerle de la veracidad de las falsas pruebas (que nunca se encontraron) sobre la supuesta guerra declarada por Ensenada en el Caribe.

Ensenada sale (con justicia) muy bien parado de la investigación expuesta a lo largo de las páginas del libro. Sin embargo, nada más erróneo que pensar en una hagiografía. El autor destaca en más de una ocasión la falta de escrúpulos de ese ejemplo de «déspota ilustrado» que fue Ensenada a la hora de llevar a cabo sus proyectos. El mundo en que se desenvolvía exigía una fuerte dosis de vigilancia y de energía para capear el temporal de conspiraciones, asechanzas y resistencias ante las medidas adoptadas por el «secretario de todo». Ahora bien, hubo ocasiones en que el déspota, amante del bien público y de las reformas moderadas, dio pruebas de una utilización imperturbable de la «mano dura» (por ejemplo, en ocasión de la represión de la revuelta venezolana ordenada desde su despacho y ejecutada en el terreno por Julián de Arriaga), de una abierta satisfacción por la venganza (como ocurrió con la persecución inquisitorial contra Pablo de Olavide llevada a cabo con la complacencia de sus enemigos y la connivencia de Carlos iii) y hasta de una inexcusable crueldad, como en el caso, bien documentado, de la persecución que desatara contra la comunidad gitana, a la que trató de exterminar por todos los medios, conduciendo a sus miembros al encierro o al trabajo forzado en los lugares más inhóspitos (como las minas de Almadén), dando muestras de una obstinación tal que no llegó a ser compartida ni siquiera por algunos de los obligados cumplidores de sus órdenes y que permite hablar con toda propiedad de un auténtico intento de genocidio.

José Luis Gómez Urdáñez nos ha entregado así una obra que reúne en alto grado dos cualidades que rara vez suelen ir de la mano. Por un lado, el rigor científico, basado en una familiaridad asombrosa con las fuentes, en un pleno conocimiento del contexto y en una interpretación a la vez equilibrada y atrevida de los datos a su disposición. Por otro lado, una espontaneidad y una inmediatez en el tratamiento de los hechos que imprimen una vivacidad inusitada al relato, que alcanza un alto grado de amenidad, gracias a un profuso anecdotario siempre significativo. Si a ello le añadimos una indiscutible galanura literaria, una utilización más que oportuna de los testimonios directos y un desacomplejada desenvoltura en el vocabulario (a menudo con su punta de humor), nos hallamos ante una obra à tout lire, empleando si se nos permite el francés utilizado como lengua franca en la época.

Es una obra, además, que nos hace meditar, melancólicamente, sobre el presente, cuando vemos los extenuantes esfuerzos del marqués por introducir la racionalidad en la obra de gobierno y por superar los arraigados prejuicios de sus coetáneos. En este horizonte, sentimos incluso una punzada de pesimismo cuando, mirándonos en el espejo del siglo xviii, constatamos la dificultad que, desde el Antiguo Régimen y hasta nuestros propios días, tiene este país para suprimir la lacra de los privilegios, del nepotismo (llamado «capital relacional» con uno de los eufemismos mistificadores hoy al uso), del favoritismo, de la promoción de los más ineptos a los más altos cargos, de la corrupción institucional o de la sensibilidad de papel de lija de los poderosos ante las necesidades del conjunto de la sociedad. Bienvenida sea por tanto esta excelente biografía del marqués de la Ensenada, obra de madurez de uno de nuestros mejores historiadores actuales.

Carlos Martínez Shaw

Catedrático de Historia Moderna de la UNED

Académico de la Real Academia de la Historia

Introducción

El naciente Estado español se abrió paso en un escenario hostil a lo largo del siglo de las reformas, siempre defendiéndose de los Grandes, gracias a la protección que, sin saberlo, la Monarquía dispensó a ministros como Zenón de Somodevilla y Bengoechea, hijo de un hidalgo pobre. Plebeyo como la mayoría de los servidores de los Borbones, el que fue ennoblecido por Carlos iii en Nápoles con el título de marqués de la Ensenada es el más acrisolado ejemplo del nuevo personal político al servicio de los Borbones, tanto como Patiño, su protector, o como Floridablanca, aunque Ensenada nunca pisó una universidad, ni fue hombre de libros, ni por tanto pudiera aplicar a su política los fundamentos jurídicos que sí favorecieron el desarrollo en plenitud del sistema, con Floridablanca o Campomanes.

Ensenada fue pieza clave en la conformación de lo que hemos venido en llamar Despotismo Ilustrado: «los ministros que proponen y el rey que decide», como acertó a definir el sistema político el ministro Wall. Y fue el que inició el desafío contra los Grandes hasta apartarlos del poder, como quiso siempre Isabel de Farnesio, que previno a sus hijos contra ellos y contra los consejos, donde eran más fuertes. Precisamente, los dos más descollantes del siglo, el duque de Alba y el conde de Aranda, fueron los causantes de las dos «caídas» del marqués, primero el 20 de julio de 1754, cuando fue desterrado a Granada; luego, el 18 de abril de 1766, cuando definitivamente abandonó Madrid para instalarse en Medina del Campo, donde murió quince años después. Aunque algunos nobles aparentaran ir con el espíritu del siglo y ser ilustrados, en cuanto se tocaban sus privilegios clamaban contra los advenedizos. Siempre consideraron así a ministros como Ensenada, al que llamaron para recordarle sus humildes orígenes el En sí nada; también Adán (Nada al revés). Como todo hijo de pobre, él mismo se humillaba repitiendo que no era nada.

Ensenada creció en la Marina, como él mismo dijo a menudo —«mi mundo es la Marina»—, pero una vez alcanzada la protección de Isabel de Farnesio tuvo todo a su favor para desarrollar un proyecto político integral. A pesar de que al lado estaba el otro ministro poderoso, José de Carvajal y Lancáster —noble y universitario—, Ensenada fue el verdadero motor de las reformas «en cuanto la paz nos deje libres de hacer prodigios si supiéramos» —se refería a la paz de Aquisgrán de 1748—, desempeñando los ministerios de Hacienda, Guerra, Marina e Indias. En ese momento cumbre en su carrera, el padre Isla le llamó el «secretario de todo». Carvajal debió aceptar que él no había sido el primer ministro que necesitaba la Monarquía; tampoco lo fue Wall.

Si Ensenada fue más que un ministro es porque supo rodearse de una red clientelar muy extensa y variada. Los ensenadistas le llamaban «jefe», el mote cariñoso era el Amigo, también le llamaban Tinto y se referían a él por escrito como B, quizás por la inicial de su apellido Bengoechea, o porque su firma contenía un rasgo que parecía la letra b. En el retrato más conocido, el de Amigoni, aparece con buena figura y cara pálida, pero le llamaban Tinto porque su tez era muy oscura y, además, era bajito.

Los elogios a su persona fueron muy abundantes. Citaremos algunos: simpático y jovial, oía más que leía —tenía más de 4000 libros, pero su casa era conocida por los muchos invitados que cenaban allí, en las célebres cenas de don Zenón—, tenía ese carácter abierto y franco para la amistad que todavía caracteriza a los riojanos, a los hombres de las tierras con vino. Él mismo intentó hacer una bodega con cargo a la Real Hacienda en Lantadilla para surtir de vino a la corte (en palacio se bebía champagne y vinos franceses) y hasta se preocupó de mejorar la exportación de vinos a Inglaterra durante la neutralidad.

Era tesonero y astuto, pero no desconfiado. Llegó a ser inmensamente rico y sobresalió siempre por el lujo de su atuendo y de su casa, pero no fue un atesorador, ni permitió la adulación. Fue siempre magnánimo con quienes le sirvieron, quizás porque supo que una buena bolsa era un seguro de fidelidad. Pero nunca cayó en el nepotismo: «no saca la cara por sus parientes, ni hasta ahora ha hecho por ello cosa alguna», le dijo el padre Rávago al cardenal Portocarrero. Fue adicto al «brazo jesuítico», mas un pasquín decía: «Parecía buen católico, pero no se le conoció confesor».

Pero no todo fueron elogios. Desde luego no hay que esperarlos del duque de Alba, «cuyo mal corazón igualaba a su gran talento», según dijo el conde de Fernán Núñez, o del conde de Aranda, que al final acabó aborrecido por su soberbia; tampoco de aquellos nobles cortesanos a los que les recortó sus sueldos y sus privilegios en la corte, ni del embajador Keene, que le insultó hasta la saciedad retratándolo como «enemigo de Inglaterra» y que sentenció que no le volvería a ver hasta el valle de Josafat.

Se hizo grandes enemigos que le odiaron toda la vida, pero Ensenada gozó de los dones de la amistad. Uno de sus mejores amigos fue Jorge Juan, el marino matemático, hosco con todos, pero íntimo del marqués. También fue amigo de Grimaldi, del que, aun estando desterrado en Medina del Campo, pudo despedirse cuando este salía de España en 1777. Y también conservó de por vida la amistad con Manuel Ventura Figueroa, su querido gallego que llegó a ser gobernador del Consejo de Castilla, sucediendo a un humillado —una vez más— conde de Aranda. Su gran hechura fue el bilbaíno Ordeñana y su hombre de más confianza el jesuita padre López, así como su criado Rosellón. Tenía amigos y confidentes en toda España y en el extranjero. Los intendentes eran hechuras suyas, como los agentes del Real Giro, o parte del personal de las embajadas, quienes tenían con él una correspondencia paralela a la oficial que mantenían con Carvajal. Conocía tanto la corte de Versalles —por la mismísima duquesa de Pompadour, una inteligente mujer amante de Luis xv— que sabía el grado de venalidad de los ministros, como le demostró al duque de Huéscar, describiéndole a cada uno. Sobornó, pero no fue sobornado. Manejó la bolsa con esplendidez, pagó ya a un periodista de la Gaceta de Berna para que la prensa hablara bien de sus logros políticos, e incluso sobornó al nepote del Papa para lograr el concordato. En las instrucciones a Ulloa, Juan y otros viajeros por Europa, Ensenada dejaba claro lo que tenían que decir sobre los puntos estratégicos —América, dinero, proyectos, etc.— según estuvieran en una u otra corte, así como lo que tenían que observar. En esto nadie le dio tantas satisfacciones como el espía Jorge Juan cuando estuvo en Londres. Como Felipe ii, sin moverse de la corte, conoció el mundo (lo que le interesó de él).

Entre las mujeres gozó de estimación y fue bastante mujeriego, siempre estuvo muy cercano al personal femenino de la corte, a la marquesa de la Torrecilla y a la de Salas, la de Torrecuso, etc. Cuando fue nombrado ministro en 1743, se pensó que las cortesanas habían influido en Isabel de Farnesio y así lo comunicó a su corte el embajador francés, que ya antes había dicho: «aspirará a puestos elevados disputándoselos a los Grandes». En cuanto a sus amoríos, un marido estuvo a punto de pillarle con su mujer en Granada, mientras un año después lo encontramos en El Puerto de Santa María manteniendo un cortejo. Pasaba ya de los cincuenta años.

Pero además de Ensenada está el ensenadismo, que es lo que verdaderamente agiganta la dimensión política del marqués. Es todo un proyecto político con los valedores y ejecutores en los puestos estratégicos, incluida una formidable red de espionaje en media Europa, de la que Jorge Juan, con sus andanzas en Londres, es el más brillante ejemplo. El proyecto se desplegaba desde los ministerios a los intendentes, los generales, los factores del Real Giro —el banco de pagos en el exterior creado por Ensenada— y a toda la red de personal técnico al servicio de la Corona. Primero, Hacienda, de la que dijo no entender una palabra, pero que era la clave de todo proyecto. «El fundamento de todo es el dinero», afirmó. De esa máxima deriva el catastro, una idea que no pertenece tanto a una presunta filantropía como al convencimiento de que eran los ricos los que debían pagar, pues los pobres no tenían. Así, la Monarquía no podía ser rica y los proyectos quedaban empantanados. El catastro fue un poderoso instrumento antiseñorial, causa de que los Grandes intentaran paralizarlo en cuanto se dieron cuenta del peligro, lo que obviamente consiguieron haciendo caer al marqués. Los ricos nunca han pagado impuestos en España.

Luego, la construcción naval: sin una poderosa Marina no se podía mantener un imperio al otro lado del mar, menos teniendo ya en el horizonte la enemiga abierta de Inglaterra, lanzada a la conquista de mercados ultramarinos y fuentes de aprovisionamiento de materias primas. Pero también había que reformar la relación con América, acabar con el monopolio de Cádiz, aunque esto quedará para más adelante. La reforma del Ejército, para hacerlo menos costoso, completaba su visión de la estrategia. Francia tenía el mejor ejército de tierra de Europa y Ensenada nunca pensó en romper el pacto de familia. Esto le ganó fama de adicto a Francia y enemigo de Inglaterra, pero su «afrancesamiento» solo era —como casi todo en su vida— un cálculo frío de sus posibilidades. El dinero, la bolsa siempre dispuesta, para pagar a los mejores —desde científicos a constructores navales ingleses—, pero también para sobornar al nepote del papa —como tuvo que hacer para lograr el concordato más regalista en siglos—, fue marca de la casa, junto con una alta dosis de crueldad, como la que empleó con su «amigo» Macanaz, con los cabezas del motín de Caracas, o con los gitanos, a los que intentó exterminar: la página más negra de su biografía. Nunca consideró que debía cambiar de opinión, pues pensaba que los enemigos lo tomarían por «inconstancia de ánimo». Fue por eso el gran déspota.

Tenía muchos amigos intelectuales que reflexionaban sobre el gobierno y habían escrito abundante literatura política —Carvajal leyó a Montesquieu y estaba suscrito a la Enciclopedia; incluso escribió un par de textos políticos—; pero Ensenada no tenía grandes concepciones ideales sobre la finalidad global de su actuación política. Pragmático y calculador como todos los déspotas, no podía concebir un proceso de cambio articulado en torno a principios y etapas. Cuando dijo «busco dinero y fuerzas de mar y tierra y no teologías», definió a la perfección su concepción del gobierno.

No tuvo preocupaciones sociales y políticas que pudieran alterar las estructuras de un Estado todavía enano, ni un ideario preconcebido, como lo prueba el desorden de sus ideas en las Representaciones que dirigió al rey. Como sus antecesores, Patiño y Campillo, comprendió que la solidez de las viejas estructuras políticas solo permitía reformar, nunca atacar frontalmente los problemas y menos aún tocar el marco de los privilegios donde, en definitiva, residían los verdaderos poderes y el motor para reproducir el sistema. Si una parte de la nobleza comprendió la necesidad de adaptarse a la nueva realidad que iba imponiendo el crecimiento económico y el desarrollo científico es porque hubo un consenso tácito de hasta dónde y qué se podía cambiar. Así, el Estado, en su esencia absolutista, se revelaba como el gran instrumento para impulsar las reformas, pero a la vez era el que impedía los cambios. Y por eso, en cuanto los déspotas plebeyos provocaban la sospecha de los Grandes a causa de alguno de sus proyectos, el rey dejaba de ser su valedor. Recordemos que no solo Ensenada —dos veces desterrado—, también Macanaz y hasta el mismísimo Floridablanca probaron el castigo de la prisión. La lista de «caídos» es, obviamente, mucho mayor.

Siempre dominado por el sentimiento de superación —«En sí no soy nada, pero amo mi reputación como si fuera algo»—, por la ambición —«la monstruosa fortuna que he hecho»— y por la pasión por los saberes útiles —pues siempre se codeó con hombres de ciencia—, Ensenada fundamentó sus proyectos hábilmente, sin importarle la procedencia de sus apoyos: científicos, militares, clérigos o funcionarios. Pero nunca reparó en que era ilustrado… lo mismo que Carlos iii, y jamás se hubiera atrevido a pregonar su oculto pecado, el despotismo, que eran las «maquiaveladas» que decía Carvajal que le desesperaban. Su enjoyada exhibición en público fue un acto más de servicio y la necesaria máscara del hijo de un hidalgo pobre: «por la librea del criado se ha de conocer la grandeza del amo», dicen que le dijo a Fernando vi.

Todo esto es lo que vamos a desgranar en las páginas que siguen. Nos apoyaremos en algunos trabajos míos anteriores, entre ellos El proyecto reformista de Ensenada (Lleida, 1996) y Fernando vi (Madrid 2001), del que hay edición en Punto de Vista Editores. También incorporo otros trabajos míos, digitalizados en www.gomezurdanez.com. En ellos se pueden buscar las referencias documentales de los archivos en que he trabajado, en especial AHN y Simancas. Destaco sobre todo los dedicados al conde de Superunda —también riojano, íntimo del marqués—, Olavide y Feijoo. El agudo fraile de Oviedo tuvo un interesante affaire con Ensenada —a través de su hechura Ordeñana—, una prueba de fuego de con quién se la estaba jugando el benedictino, siempre metido en política. Y en fin, de eso, de política es de lo que va este libro, que no pretende ser una biografía, sino una herramienta más para comprender a uno de los hombres decisivos en el proceso de robustecimiento del Estado español.

1

El estadista ante la historia

Si Ensenada ha pasado a la historia por delante de la mayoría de los ministros del siglo xviii no es solo porque lograra articular un proyecto político y vertebrar una red clientelar para ponerlo en práctica; es que además, escribió mucho, mantuvo correspondencia con cientos de personajes y logró ganar en vida estimación y respeto. No hay que negar que sabía cazar con miel y que siempre fue generoso empleando la bolsa —del rey— con sus muchos amigos, pero también es cierto que sus ideas alumbraron la política práctica del gobierno de la monarquía hasta su crisis final en 1808, especialmente en la conjunción entre Marina y Hacienda, siempre mirando a la conservación del imperio español.

Conocemos mucho de su proyecto político por lo que él llamó Representaciones, textos en los que exponía a Fernando vi ideas y objetivos, en aparente desorden pues eran «puntos de gobierno» concretos. Por sus Representaciones comprendemos bien su sentido práctico de la política, especialmente la de 1751, estudiada por Didier Ozanam. Cuando la escribió estaba quizás en el mejor año de su proyecto político, por eso es tan directa y habla de temas básicos como la Marina y el catastro con seguridad. El texto revela al ministro al que le salen bien las cosas y se atreve a elevar el listón un poco más ante el rey, dando a entender que tiene un proyecto articulado y que puede ser, como decía el padre Isla, el «secretario de todo».

También conocemos su forma de pensar por las miles de cartas que dejó en su correspondencia, especialmente con embajadores y personal diplomático, tanto oficial como personal, o reservada. Pero en el siglo xviii, muchas cartas se quemaban luego por el destinatario, o se hacían desaparecer. Por eso, hay que seguir investigando, siempre con la esperanza de encontrar documentos que aporten nuevas pistas. Hay también cartas que hablan de él «por oficio», como las que escribió desde Granada para el duque de Huéscar (primogénito de los Alba, que heredará el título principal de la casa tras la muerte de su madre en 1755) su espía Nicolás Pinedo de Arellano, que dio mucha información sobre la vida del marqués en el primer destierro, y algunas especialmente significativas en las que es Ensenada, confiado, el que cuenta algo sobre él, por ejemplo, las cruzadas con el cardenal Silvio Valenti Gonzaga, secretario de Estado del Vaticano, íntimo amigo desde que fue nuncio en Madrid entre 1737 y 1740. Más cuidado tiene con las que mandó al duque de Huéscar, pues a pesar de que se arrimó a él, siempre lo hizo con prevención. ¡Como fiarse del que soñaba con que los Grandes de España lograran el poder que, naturalmente, les correspondía!

Ensenada se sinceró con muy pocos amigos en su vida, pues fue hombre artificioso, simulador y a veces cínico, como todos los que debieron abrirse camino en las «prisiones cortesanas donde al más astuto salen canas», en palabras del padre Isla. Ya hemos dicho que, como hijo de pobre, afectó siempre una exagerada humildad que le hizo ganarse el apodo de Adán y que permitía jugar con su título, el marqués de la En sí nada. Le comentaba estas cosas al cardenal Valenti Gonzaga, a quien le descubrió sus intimidades: «Yo en un accidente seré nada»… Pero con quién más se sinceró fue con su amigo gallego, Manuel Ventura Figueroa, gobernador del Consejo de Castilla en 1773, a quien le confesó: «Dios por su infinita misericordia ha querido que de algunos pares de años a esta parte conozca que este mundo es una pura vanidad opuesta a gozar en gracia el Eterno, y su Divina Majestad me lo demuestra bien claramente en este caso con la memoria que permite conserve de mi humilde nacimiento y de la monstruosa fortuna que he hecho».

Pero no se elige lo que de uno dirá la posteridad. Por más que uno mismo o sus amigos se prodiguen en alabanzas, la Historia puede ser cruel a nada que subsistan las opiniones contrarias. Si bien no es el caso de Ensenada. En general, desde las primeras biografías, se abrió paso un Ensenada hecho a sí mismo, gran estadista, projesuita, gran hacendista —aunque él dijo que no entendía nada de Hacienda— y favorecedor como nadie de la Marina. Su vida en la Marina, desde la nada al ministerio, y sus planes de construcción naval y rearme, las ordenanzas, la matrícula del mar, siempre suscitaron la admiración de los marinos. Por eso, los restos del ministro salieron de Medina del Campo para ir al Panteón de los marinos ilustres de San Fernando, donde se guarda su memoria, aunque es el único que no fue marino de profesión.

Calles, plazas, institutos, estatuas, retratos, han publicitado su fama, incluso un barco de la Armada lleva su nombre. Hoy, sin embargo, le ha vuelto a traicionar la Fortuna y ha reaparecido su cara más cruel: el intento de genocidio que llevó a cabo contra los gitanos en 1749. Un abogado madrileño ha solicitado a la alcaldesa que retire su nombre de la calle que tiene dedicada en la capital de España y varias asociaciones gitanas, conscientes de la importancia que tiene la historia para seguir manteniendo su secular entereza contra la represión, le han señalado incluso como genocida. Nada le descarga de culpa, pero debemos reconocer que su intención de acabar con «tal malvada raza» era compartida por muchos otros que lucen igualmente en calles y retratos, todos hombres ilustres de la historia de España, incluidos los reyes —desde que Fernando e Isabel los condenaran en la primera pragmática represiva de Medina del Campo, en 1499— hasta el propio papa Benedicto xiv, que a petición del presidente del Consejo de Castilla, el obispo Gaspar Vázquez Tablada, excluyó a los gitanos del derecho de asilo en sagrado. El confesor del rey, el jesuita padre Francisco de Rávago, y el propio rey tranquilizaron así su conciencia. En asuntos de memoria de los muchos crímenes que la historia nos recuerda, conviene ser reflexivos y recordar a Julio Caro Baroja cuando decía: «ni Pedro fue tan cruel, ni Rodrigo tan miserable». Para no errar, ya antes incluso de pasar a nuestra historia, los historiadores disponemos de la historiografía, nuestra notaria, a la que acudimos para que nos dé la explicación de cómo se fue construyendo la imagen de Ensenada a lo largo del tiempo.

El primer biógrafo del marqués fue el marino Martín Fernández de Navarrete. Era riojano como Ensenada y quizás recurrió a la fama de su paisano para justificar la creación de la provincia de Logroño, que pudo llamarse ya entonces de La Rioja, como quería el marino autor de una patriótica Carta a los riojanos. Su Noticia biográfica del marqués… es de 1831, un par de años antes de crearse la provincia de Logroño y cuando seguramente España tenía menos barcos que en tiempos de Ensenada. El panegírico del ministro de Marina era esperable, pero también apuntan ya las primeras noticias y anécdotas sobre su capacidad de trabajo, sus dotes para la administración, su genio reformador, etc. Fernández de Navarrete, que escribía en el fragor de la revolución liberal, inició también lo que la corriente nacionalista decimonónica no dejaría de alimentar: el españolismo de Ensenada, una gloria nacional.

Con los primeros datos de Fernández de Navarrete y con una excelente selección documental de los archivos de Alcalá, Simancas, Palacio Real y Academia de la Historia, el archivero Antonio Rodríguez Villa publicó en 1878 un Ensayo biográfico sobre Ensenada que sigue siendo de obligada consulta. Además del interés de los documentos que transcribe, el trabajo de Rodríguez Villa es un intento de visión global del estadista, el primero que repara en un «proyecto ensenadista» y en las cualidades políticas y humanas del Jefe: hombre ubicuo y pantófilo, recto, entregado al servicio de España, desinteresado; es decir, la imagen opuesta a la que William Coxe había divulgado en Memoirs of the Kings of Spain of the House of Bourbon, publicada en Londres en 1815, utilizando los retratos que hicieron del ministro los políticos ingleses y algunos franceses. Para Rodríguez Villa, que también escribió una biografía de Patiño, Ensenada representaba la introducción de una vía española en la línea afrancesada de la política de Felipe v, cuyo desarrollo pleno se producirá con Fernando vi: un rey español y unos ministros españoles.

Coxe había publicado su libro en Londres, en medio de un clima de euforia patriótica. Los españoles y los británicos acababan de derrotar a Napoléon, lo que ponía fin al siglo dominado por los ilustrados afrancesados aborrecidos por la camarilla de Fernando vii. Ensenada, como afrancesado y antibritánico, aparecía en el libro —traducido por Salas y Quiroga en 1846 desde la edición francesa de 1827— como un hombre ambicioso, intrigante y arriesgado, mientras la facción contraria —Carvajal, Huéscar, Wall—, por supuesto anglófila, era la verdadera responsable de los logros del reinado de Fernando vi. «Debe atribuirse este beneficio —dice Coxe— al carácter sosegado del monarca y a la firmeza y rectitud de Carvajal, cuyos buenos principios sobrevivieron por fortuna a su administración». Los vicios de Ensenada —«llegó a ser muy codicioso de dinero»—, su cinismo y malas artes —«a la reina le ocultó sus verdaderas máximas de política»— y sus intrigas con Farinelli y el padre Rávago explicaban, para William Coxe, que la máquina del Estado no tuviera dirección y por tanto, todo dependiera de Francia. Se introducía así un argumento más a favor del «país difícil de gobernar» a causa de los enfrentamientos y ambiciones personales en la cumbre del poder, lo que los militares ingleses que volvían de combatir en la Peninsular War (la más tarde llamada ya en España guerra de la Independencia) decían haberlo observado repetidamente entre sus aliados españoles. Como es sabido, es opinión general en la historiografía inglesa que el caudillismo ibérico, presente sobre todo entre los jefes de las guerrillas, más que ayudar a ganar la guerra contra Napoleón, dificultó la genial visión estratégica de Wellington.

Al otro lado del canal, el gran historiador de Felipe v Alfred Baudrillart reivindicaba el papel de Francia, en su conocido libro publicado en 1900, igual que hará cuarenta años después René Bouvier, con la colaboración de Carlos Soldevilla, al escribir Ensenada et son temps. Para ambos, Francia dominó las relaciones internacionales de la corte de Madrid y Ensenada solo fue un agente más en el juego versallesco de una política de frivolidad y bajas pasiones. Para su biografía de Ensenada, Bouvier se sirvió de la obra de Rodríguez Villa, de la que obtuvo la práctica totalidad de la documentación española —también, en menor medida, utilizó a Coxe—, pero introdujo documentación francesa, generalmente impresiones de los gobernantes y embajadores franceses, con la que desvió el punto de vista «nacionalista» de Rodríguez Villa. Bouvier, al contrario que el archivero español, resaltaba las malas artes de Ensenada, «un courtisan superieurement doué pour la flatterie et pour l’intrigue» (Un cortesano excepcionalmente dotado para la adulación y la intriga), pero, al fin, lo consideraba un «veritable homme d’Etat, l’un de ces hommes d’Etat organisateurs dont l’Espagne a été géneralement privée» (Un verdadero estadista de los que España ha sido generalmente privada). Pendiente del duelo franco-británico del siglo xviii, Bouvier también etiquetaba, como Coxe, a los hombres de Fernando vi: Huéscar, antifrancés, provoca la caída de Ensenada, antibritánico; Wall, «instrument docile de la polítique anglaise» (Dócil instrumento de la política británica) como Carvajal, le habría ayudado.

Los pocos historiadores españoles que se ocuparon de Ensenada siguieron básicamente la línea reivindicadora de Rodríguez Villa; fueron eruditos, juristas y políticos, tanto liberales como conservadores. De nuevo, los primeros los riojanos. Amós Salvador, que llegaría a ser ministro con su tío Práxedes Mateo Sagasta y fue muchos años alcalde de Logroño, destacaba de su compatriota Ensenada, en una breve biografía publicada en 1885, las virtudes más progresistas: su «mano reformista o creadora» intervino incluso en el alivio de «la clase jornalera» que «respiraba sin la opresión de los consumos»; «el pueblo sacudió el terrible yugo de los asentistas», etc. En boca del liberal Salvador, Ensenada fue «el mejor ministro que haya nunca conocido la monarquía española». Pero las exageraciones del político riojano pronto iban a parecer extravagantes, pues no fue el progresismo la corriente más favorable a Ensenada, sobre todo una vez que Menéndez Pelayo lo elevó a figura nacional y católica indiscutible.

Con el Ensayo biográfico de Rodríguez Villa y la Noticia de Fernández de Navarrete, pero con una fuerte influencia de don Marcelino, el también marino Joaquín María de Aranda continuó la labor de exaltación del gran ministro de Marina desde el cuerpo en fecha tan marcada como 1898. No aportaba nada nuevo a la obra del archivero, pero Ensenada se iba convirtiendo en un modelo de estadista para los conservadores, que opondrían su figura agigantada de regenerador contra las tesis extranjeras que atacaban a España y a su historia. A partir de entonces, la figura de Ensenada fue un lugar común en discursos de militares, alardes patrióticos de políticos o alcaldes y gobernadores de provincias con puerto de mar. Y es que, desde entonces, con Ensenada siempre se queda bien.

Agustín de Amezua y Mayo, en una conferencia pronunciada en 1917, se servía de Ensenada para contestarse a la pregunta «¿Incapaces los españoles para gobernar?», reaccionando obviamente contra Coxe. El jurista confesaba que su «ánimo patriótico, atribulado ante el espectáculo de la miseria nacional, abría el pecho a la esperanza, soñando ¿por qué no? con días de ventura en que la Historia de España renovase aquellos tan lejanos de su pasada grandeza». El confeso menendezpelayista —«el gran cantor y creyente de nuestra raza, mi llorado maestro y maestro de todos, el gran Menéndez Pelayo»—, que exaltaba el carácter nacional y cristiano de Ensenada, utilizaba casi exclusivamente la biografía de Rodríguez Villa, pero acudía a Baudrillart para reflejar la francofobia, que legitimaba así: «heroico pueblo a quien no logran afrancesar cien años de constante y tenaz influencia galoclásica y que conserva sus virtudes, sus rasgos nacionales, su horror al extranjero». De la obra de este autor resaltaba todos los juicios adversos contra Ensenada para defenderlo y erigirlo en campeón contra Francia, contra «la corte de Versalles que mudaba nuestros ministros a su antojo». El desprecio que le deparaba el embajador francés, Louis Guerapin de Vaureal, obispo de Rennes, por ejemplo, era una condecoración para Ensenada: «el más frívolo botarate que hay en el mundo, que no tiene otra realidad que su odio a Francia», había dicho del marqués el obispo embajador. Para Amezua, la caída del marqués era una traición a España y los implicados, verdaderos monstruos vendidos al extranjero. Huéscar llegaba a ser «ferviente amigo de Rousseau, con quien había de mantener más tarde una ridícula correspondencia». De nuevo España había sido humillada por los extranjeros.

Pero eruditos y polígrafos seguían viviendo de Rodríguez Villa y de la inspiración de don Marcelino. Con motivo del centenario de la muerte de Ensenada, en 1981, un cura riojano, Felipe Abad León, se sumó a la entusiasta corriente de elogios patrióticos y dio a la luz, en dos tomos, una biografía, en la que prácticamente reproducía el texto de Rodríguez Villa; pero introducía dos novedades: una, la polémica —que él alimentó— entre los dos pueblos que se disputan su nacimiento, de lo que hablaremos para zanjar de una vez la cuestión, y otra, los extractos de la correspondencia que había mantenido un joven militar que vio a Ensenada en su destierro de El Puerto de Santa María, procedente de un archivo familiar de Corella. Por estas cartas sabemos de la afición del marqués a los toros —él mismo toreó a caballo—, a los caballos —tenía un picadero—, así como de sus demostraciones públicas a favor del nuevo rey Carlos iii, que nada más llegar a Madrid le levantó el destierro y le recibió en Aranjuez.

Solo en lo relacionado con la Marina, hubo alguna novedad de gran importancia. A fines del siglo xix Cesáreo Fernández Duro preparaba su monumental obra sobre la Marina, en la que Ensenada tenía un destacado espacio —con un ¡Paso al genio! abría el capítulo correspondiente al marqués— como el gran organizador e impulsor y aportaba algunos datos técnicos, entre los que sobresalía el esfuerzo de un Ensenada mecenas, interesado por la técnica y el adelanto científico del extranjero.

Pero hasta 1936 no se llegaría a conocer en profundidad hasta qué punto Ensenada intentó desarrollar la ciencia y la tecnología en España acudiendo a todos los medios, desde el espionaje industrial al soborno de ingenieros y científicos foráneos y al pago en el extranjero de estudiosos jóvenes, un antecedentes de los planes de ampliación de estudios. Julio F. Guillén Tato publicaba ese año una amplia biografía de Jorge Juan y Antonio de Ulloa, en la que Ensenada destacaba como el gran protector de estos y otros científicos, muchos de los cuales seguirían desarrollando una gran labor en el reinado de Carlos iii. No eran ya proyectos que pasaban de un reinado a otro, como hacía ver Rodríguez Villa para ensalzar la trascendencia del marqués, sino fundamentos científicos y técnicos de un proyecto político que crecía en un ambiente de protección estatal, tanto con un rey como con otro. Además, Guillén iniciaba los estudios sobre el gran amigo de Ensenada, el marino y matemático Jorge Juan, hoy muy bien conocido por los estudios magníficos de Rosario Die Maculé y Armando Alberola. Los libros publicados antes y durante el año del aniversario del célebre matemático newtoniano, 2015, han dado un vuelco a lo que conocíamos sobre el panorama científico-técnico en la política del Despotismo Ilustrado.

Al margen de la polémica sobre la francofobia basada en razones político-ideológicas, Guillén Tato, que fue un alto cargo de la Marina republicana y luego director del Museo Naval, constataba los fundamentos franceses y en menor medida británicos de las ciencias que Ensenada quería hacer florecer en España, pues el marqués repetía a menudo que en esto «somos ignorantísimos». De esa forma, se separaba la pasión de Ensenada por los resultados materiales que había conseguido Francia, por los que constantemente suspiraba, de su política independiente y de su pragmatismo en el terreno de las ideas y la estrategia política y militar. Una Ilustración «técnica», de ciencias útiles basadas fundamentalmente en la matemática —la «ciencia forastera» la llamaba Feijóo—, en la química —para incorporar los adelantos en la metalurgia—, en la ingeniería —necesaria en la formación militar—, se abría paso así en España antes del pretendido «contagio ideológico» con los filósofos franceses. Se empezaba a reconocer que el proyecto ensenadista tenía un fundamento científico y que el propio Ensenada se había ocupado de hacer venir a España a sabios como Goudin, Bowles, etc. La Fundación Jorge Juan mantiene viva la memoria del marino.

Los trabajos de Horacio Capel —en especial su Geografía y matemáticas en la España del siglo xviii, de 1982— confirmaron que probablemente el esfuerzo por dotar de fundamento científico-técnico a los proyectos es lo más innovador e ilustrado de la obra de Ensenada. Para ello hay que aceptar que, en España, la Ilustración del empirismo, de la física y la utilidad se adoptó como cuestión de Estado antes de la llegada de la filosofía de las luces parisinas, incluso franqueando algunas barreras que la lucha ideológica posterior no se iba a atrever a desmoronar. Por ejemplo, Ensenada contrató a algunos ingenieros ingleses, permitiéndoles mantener en España su religión sin que la temible Inquisición les molestara. La política del «secreto y no hacer ruido» del marqués se demostró más eficaz que las alharacas de los constantemente penetrados por las luces de las últimas décadas del siglo.

Las obras más recientes sobre Ensenada no se comentarán aquí más que someramente ya que se utilizan con profusión como fundamento de las reflexiones que siguen. Pero, hay dos autores muy destacados que conviene resaltar, María Dolores Gómez Molleda y Didier Ozanam. Los magníficos trabajos de ambos historiadores añaden una gran cantidad de documentación a la que manejó Rodríguez Villa, sobre todo la que pudieron ver en el archivo de Alba y en los archivos franceses, británicos y portugueses. Pero el punto de vista es muy diferente. Gómez Molleda concibe sus numerosos artículos sobre Carvajal y Ensenada desde la oposición a la historiografía francesa, pendiente de todo aquello que demuestre el patriotismo de los dos ministros y su política independiente. Esta intención la declara en su artículo sobre el Ensenada íntimo, ya en 1955, en el que, además, demostró que había algunas intimidades de Ensenada que no iba a revelar, entre ellas que era un mujeriego. En su artículo recogió lo que le dijo Pinedo de Arellano al duque de Alba desde Granada: que Ensenada había dado orden de que no entrara ninguna mujer en su casa. Pero la autora ocultó que eso lo había dicho Ensenada poco después de que un marido cornudo se presentara dando voces en la puerta de la casa del marqués sospechando que su mujer estaba con él.

La obra de esta religiosa teresiana, profesora en la Universidad de Salamanca, pretenderá demostrar ante todo que los hombres de Fernando vi impusieron un nuevo estilo a la política española mediante una completa planificación de objetivos, llevando al exceso la existencia de un proyecto político. Para Gómez Molleda, Ensenada y Carvajal se complementan a pesar de su carácter: el marqués seguía siendo ensalzado como «el ministro que casi llegó a cambiar el signo de la historia posterior española»; don José, poseedor de grandes virtudes cristianas, aparecerá también como «sencillo y patriota, tan injustamente tildado de mediocre». Juntos, con el apoyo de hombres nuevos, jóvenes, «sin pesimismo y sin cansancio», darán el gran golpe contra la corte afrancesada del último gobierno de Felipe v dirigido por el partido de los vizcaínos bajo la batuta de Sebastián de la Cuadra, marqués de Villarías, valet de la Farnesio. Mientras, para Gómez Molleda, la caída del marqués seguía siendo una traición urdida en favor de los intereses de Inglaterra por el duque de Alba, pérfidamente manipulado por el astuto embajador Benjamin Keene. La profesora Gómez Molleda no resaltó la implicación de los Grandes de España, con Alba a la cabeza, en la caída del que ya llamaban Gran Mogol, o nuestro padre Adán. Tanto en aquellos tiempos como en estos, una nobleza —una oligarquía— conspirando contra ministros de Su Majestad no era asunto bien visto.

Didier Ozanam, profesor en la Sorbona, trabaja más sobre este aspecto, aunque su mayor contribución es haber puesto de relieve las grandes líneas de la política exterior española. El gran hispanista publicó la correspondencia de Carvajal con Huéscar y, más recientemente, la que el duque mantuvo con Ensenada. Es el gran connaisseur de la época, el maestro del que tanto hemos aprendido.

Los trabajos de estos historiadores y los que Antonio Matilla Tascón, Gonzalo Anes, Miguel Artola —y sus discípulos—, Concepción Camarero y el maestro Pierre Vilar han dedicado al Catastro, así como los de José Patricio Merino Navarro sobre la Marina, son los responsables de la presencia del ministro en las grandes síntesis de historia del xviii español y, de suyo, en las de historia de España. Más que José Patiño, por ejemplo, incluso más que los otros grandes secretarios de Estado como Jerónimo Grimaldi o José Moñino, conde de Floridablanca. El ensenadismo está siempre presente en el siglo, como demuestra la tesis doctoral de Cristina González Caizán sobre la red clientelar de Ensenada, fundamento de su poder. Los ensenadistas de la década de 1750 están en activo, en puestos importantes, muchos años después, ya con Carlos iii. Una obra reciente ha trazado de nuevo un perfil muy definido con el ensenadismo como vector, tanto en España como en América. Nos referimos al libro de Allan J. Kuethe, profesor en la Texas Tech University y gran hispanista, en colaboración con Kenneth J. Andrien, The Spanish Atlantic World in the Eighteenth Century. War and the Bourbon Reforms, 1713-1796, publicado en 2014 en Nueva York. Para Kuethe y Andrien, la huella de Ensenada en la política atlántica permanece en los proyectos del siglo.

Pero ha sido María Baudot la que ha ampliado el punto de vista sobre Ensenada al trazar en su tesis doctoral, dirigida por Carlos Martínez Shaw, un perfil muy distinto al tradicional sobre el bailío Julián de Arriaga, el ministro que sucedió al marqués en Marina, acérrimo ensenadista, aunque lo tuvo que disimular. Considerado antes como un apocado y un hombre mediocre, Arriaga continuó los planes de Ensenada, aunque varió el método de construcción naval y abandonó el sistema inglés de Jorge Juan, pero persiguiendo objetivos que mantuvieron en mucha mejor posición a la Marina de lo que creíamos. La tesis doctoral de Baudot, publicada por el Ministerio de Defensa en 2013, y numerosos artículos con documentación inédita aportada por la autora obligan a leer su obra, de una enorme riqueza.

Lo mismo ocurre con la tesis de Diego Téllez sobre Ricardo Wall, el ministro que mejor definió el despotismo ilustrado —«ministros que proponen y rey que decide»— y el que ejerció el cargo de primer ministro, de facto. Téllez descubre la fortaleza del «partido ensenadista», aun después de desterrados el marqués y sus primeros colaboradores el 20 de julio de 1754, a través del miedo de Wall, preocupado por la actitud del rey, que no acaba de tranquilizarse por haberse desprendido de Ensenada, y porque «jesuitas, colegiales y ensenadistas se han unido».

En adelante, volveremos sobre las contribuciones de otros historiadores, pero elegimos para cerrar este capítulo a Rafael Olaechea, el «reflexivo del xviii» que aportó argumentos de extraordinaria importancia en la polémica del regalismo español del siglo xviii y que, junto con Teófanes Egido, puso de relieve la importancia de los partidos, y entre ellos, la del hegemónico «partido ensenadista», opuesto al «partido español», que derivará a «nacional», o «aragonés», cuando su jefe sea el conde de Aranda, enemigo encarnizado de Ensenada. Sobre el «segundo gobierno de Fernando vi» hay muchas novedades en los últimos años que al insaciable Olaechea le hubieran deleitado, sin duda, dando razón a sus sospechas e intuiciones. Los trabajos de este sabio jesuita sobre el Concordato de 1753 —logrado por Ensenada sin que Carvajal supiera nada de las negociaciones— han incorporado sólidos conocimientos a las relaciones entre el Papa y Su Majestad Católica, pero, sobre todo han contribuido a incrementar la polémica sobre los fundamentos de la Ilustración española, tanto como los trabajos de Antonio Mestre, José Antonio Escudero, Francisco Sanchez-Blanco, María Victoria López Cordón, Francisco Aguilar Piñal, Enrique Giménez, etc. han enriquecido el conocimiento.

Sobre el periodo posterior al destierro ha habido varias novedades, aunque Ensenada ya no ocupará el primer plano —pues ya no tuvo puestos de relevancia—, como sobre la influencia del ensenadismo en la grave fractura que se produjo, antes del motín de 1766, entre los ministros de Carlos iii y los Grandes. Es de interés el excelente libro de Celia María Parcero sobre la pérdida de La Habana en 1762, pues nos descubre las tensiones entre un soberbio conde de Aranda, que pretende imponer su autoridad en el Consejo de Guerra, y un Ensenada más político que nunca, metiendo a Jorge Juan en el consejo y acordando con Arriaga que no habría sentencia si no había unanimidad de votos, lo que todo el mundo comprendió que era una estrategia frente a los deseos del conde de Aranda, presidente del Consejo de Guerra, que incluso llegó a pedir penas de muerte, una de ellas para el conde de Superunda, íntimo del marqués, del que fue albacea testamentario. Arriaga, Grimaldi, Esquilache y Ensenada lograron doblegar el brazo de Aranda, que salió de Madrid camino de Valencia con el nombramiento de capitán general, pero sabiendo que le habían echado.

Recientemente, la tesis doctoral de Paulino García Diego sobre Grimaldi, también dirigida por Carlos Martínez Shaw, publicada en 2014, ha reavivado el debate sobre algunos asuntos en los que resuena a lo lejos la presencia del gran amigo del ministro, Ensenada. Es muy interesante el acopio de documentación sobre el annus horribilis de Carlos iii, 1776, cuando el rey sufrió la conspiración de su propio hijo, el futuro Carlos iv, instigado por Aranda desde París; el escándalo de su hermano don Luis, al que hizo partir de la corte; las noticias sobre su otro hijo, Fernando iv, el rey de Nápoles, que iba por mal camino; y en fin, el dolor de separarse de su querido Grimaldi.

Aquí Ensenada, viviendo en Medina del Campo, está mudo en apariencia, pero hoy sabemos que se enteró —y por supuesto se alegró— de la intervención de sus amigos Jerónimo Grimaldi y Manuel Ventura Figueroa en el cruel castigo de Pablo de Olavide: su último acto, desalmado y vengativo. El abate Grimaldi, cesado del cargo de ministro de Estado por las presiones del conde de Aranda en 1776, se vengó de Olavide, a quien dejó en las cárceles secretas de la Inquisición cuando salió de la corte. Olavide fue la víctima, pues no podía serlo Aranda, el gran enemigo también de Ensenada, a quien desterró en 1766. Por eso, Grimaldi, hecho duque por Carlos iii, y Ensenada, desterrado diez años antes, se vieron en Medina del Campo como los grandes amigos que eran, comieron juntos y se despidieron para siempre. Ambos habían sufrido al conde aragonés, pero se habían vengado de él a través del pobre Olavide.

En suma, los estudios sobre los ministros del siglo xviii han revelado un método de hacer política en el escenario total que era la corte: los ministros con el rey, que era ya la práctica común impuesta por Ensenada y Carvajal desde la llegada al trono de Fernando vi. La España discreta, que se abre paso en los centros de decisión europeos, en el tablero diplomático, y la conciencia de que es necesario abandonar la política sin país practicada por las monarquías patrimoniales son el marco del proyecto político de Ensenada, el servidor del rey, sí, pero uno de los grandes constructores del Estado.

2

De los arsenales a los palacios reales

«Mi mundo es la Marina», repetía don Zenón de Somodevilla y Bengoechea, el riojano de origen humilde, bautizado en Hervías el 25 de abril de 1702 y vuelto a bautizar en Alesanco poco más de un mes después, el 2 de junio de ese mismo año. La explicación del «descuido» teológico —bautizar dos veces— tiene interés, pues nos permite comprender el valor que tenían entonces los privilegios por pequeños que fueran. Somodevilla fue bautizado por segunda vez porque los derechos de hidalguía del padre solo se le reconocían en Alesanco y eran derechos pilongos, es decir, que únicamente se transmitían en la pila del bautismo. Por eso, la segunda partida dice que lo bautizaron «en ausencia del cura párroco», que seguramente no quiso que le comprometieran en el asunto.

El padre, Francisco de Somodevilla, era pobre, pero era hidalgo y no quería que su hijo fuera inscrito en el padrón de pecheros. Cuando Ensenada tenga que buscar pruebas de limpieza de sangre, recurrirá en primer lugar a su origen hidalgo. Curiosamente, a su amigo Jorge Juan le pasó algo parecido: nació en Novelda, pero le llevaron a bautizar a Monforte. La explicación nos la dieron hace poco Rosario Die y Armando Alberola: se trata de que la pila de la iglesia de Monforte «transmitía» la prelación de obtener beneficios en el futuro en una parroquia de Alicante. Los padres del futuro matemático se dejaron guiar por el mismo interés que los de Ensenada.

El padre de Zenón añadía al fruto de su trabajo lo poco que le daban por enseñar a escribir y leer en la catedral de Santo Domingo y por ejercer de notario apostólico, un cargo que parece mucho más de lo que era y que ha despistado a algunos biógrafos, pero que en realidad era un simple escribiente accidental para asuntos eclesiásticos menores, como llevar las cuentas de fundaciones y fábricas parroquiales, firmar actas testamentarias, etc. Uno de los biógrafos riojanos de Ensenada, Diego Ochagavía, localizó su firma en la ejecución de un testamento del cura de Hervías y en las cuentas del arca de misericordia hasta 1709.

La madre, Francisca Bengoechea, procedía de Azofra, el pueblo vecino donde se había celebrado el matrimonio. En el libro de bautismos, consta con tres abuelos de procedencia vizcaína, es decir, hidalgos universales vascos que buscaban el reconocimiento de su nobleza en los pequeños pueblos riojanos. Todo valía para «vestir» de origen noble incluso a quien ya era marqués, como prueba el hecho de que Ensenada, en 1742, mandara pedir papeles en su pueblo y en los cercanos para demostrar la hidalguía de su familia cuando iba a entrar en la orden de Calatrava. La pureza de sangre y la hidalguía tuvieron una enorme importancia: Goya, a pesar de su nobleza como pintor del rey, gastó mucho dinero en pleitos intentando demostrar su infanzonía —lo que no consiguió—; Manuel Bretón de los Herreros, ya en la década de 1830, liberal a las órdenes de Salustiano de Olózaga, el padre del liberalismo progresista, todavía esgrimía que sus abuelos de Autol eran hidalgos.

En el limitado entorno rural cercano a Santo Domingo de la Calzada —donde se conserva la casa de su hermana Sixta— vivió Zenón de Somodevilla hasta después de la muerte del padre cuando todavía no contaba diez años. La madre y sus cinco hermanos siguieron residiendo en Santo Domingo de la Calzada, pero el futuro marqués había dejado la casa materna y, tras pasar por Madrid, donde pudo haber estado sirviendo por mediación de parientes —en realidad, no se sabe nada a ciencia cierta, como sentenció Rodríguez Villa—, acabó en Cádiz, donde Patiño lo encontró trabajando, ya con un acreditado prestigio de «escribiente». Ensenada nunca habló de sus años mozos, salvo para repetir machaconamente «me he criado en la Marina», así que ni fue a la universidad, ni ejerció de profesor de Matemáticas, como algunos biógrafos han dicho, sin fundamento. Coxe hasta le hizo catedrático. De creer lo que publicó la Gaceta de Madrid el 25 de diciembre de 1781, para dar noticia de su muerte, que había ocurrido el día 2 del mismo mes, «sirvió a Su Majestad desde 1713», es decir, desde sus once años, edad a la que cientos de niños entraban a servir de pajes —criados— en los barcos o los arsenales de la Marina.

Zenón de Somodevilla y Bengoechea aprendió los rudimentos de las primeras letras, en el entorno rural y clerical de Santo Domingo, de mano de su padre. Su buena letra, grande y de trazos enérgicos, le distinguió siempre. Un curioso Dialogo o discurso imaginario entre el marqués de Esquilache y de la Ensenada, conservado en la Biblioteca Nacional, posterior al motín y claramente ensenadista, repara un poco cazurramente en esta virtud, que para el pueblo llano era un gran mérito. En esta pura y mediocre ficción elogiosa, uno de los arrieros que encuentra el joven Somodevilla camino de Madrid, admirado de su letra que el propio joven pondera como su gran esperanza —también de sus orígenes hidalgos montañeses que Zenón había relatado—, le profetiza «has de adelantar tanto que aun tú mismo te admires de ello».

Tiene un poco más interés el texto anónimo por el pasaje en que el joven Zenón critica a los escribanos y a los garnachas, que es como despectivamente se denominaba a los juristas (garnacha era el nombre que se le daba antiguamente a la toga con que se revestían los jueces). Era una especie literaria muy habitual desde el siglo anterior, pero los ensenadistas exaltaron hasta mucho después de la definitiva caída del marqués en 1766 la animadversión que este sentía por la burocracia de ineptos y corruptos, los garnachas, y por el contrario, su celo en beneficio del pueblo. Una coplilla publicada en la Gaceta en 1770 insistía todavía en este aspecto: «La Única contribución/ remedio al necesitado/ polilla al hacendado/ desea mi corazón». Las apócrifas palabras del marqués en el Diálogo o discurso imaginario… eran de esta guisa:

llegué de pocos años a formar una especie de letra tan preciosa que fue la admiración de mi pueblo […] tuve varias solicitudes y mi padre repetidos empeños de algunos escribanos para que les sirviese de amanuense, llevándome la atención de uno que era de un lugar cuatro leguas del que nací […] fui, en una palabra, a servirlo […] habiendo estado en su compañía poco más de meses, conocí en este corto tiempo que cuanto yo escribía era para que él robase al desdichado pueblo el avariento escribano.

En definitiva, los primeros dieciocho años del marqués permanecen en la obscuridad. Ni él mismo se preocupó mucho de dejar claros sus orígenes, lo que no es de extrañar siendo realmente humildes. A veces, se refería a Santo Domingo de la Calzada como su «patria» —era habitual nombrar la «patria» o la «tierra» en vez de la aldea desconocida—; otras, se decía natural de Alesanco, como cuando entró de congregante de la cofradía de la Virgen de Valvanera en la parroquia de San Ginés de Madrid en 1744, y en fin, la propia acta de defunción recogía erróneamente los datos, pues decía que había nacido en Hervías y que fue bautizado el 2 de junio, ocultando por tanto el primer bautismo del 25 de abril.

En suma, a diferencia del modelo de alto funcionario que propone Pierre Goubert —«su padre o abuelo han ganado fama, ha estudiado con los curas, tiene algunas nociones de Derecho»—, el futuro marqués y ministro solo se adapta a una de las condiciones propuestas por este gran historiador: «ha pasado un periodo de prueba atento y respetuoso en las oficinas ministeriales», pero ni tiene «feudo en provincias» ni «algunos sacos de escudos», ni ha estudiado. Se trata más bien, como propuso la historiadora Janine Fayard, del triunfo del hidalgo, de la sorprendente carrera de un hombre salido de la nada, modelo para su clientela, en buena parte formada por hombres de orígenes y fortuna similares. No es de extrañar que esa «procedencia norteña» le hiciera formar parte del grupo de los vizcaínos liderados por el ministro de Estado Sebastián de la Cuadra, marqués de Villarías. Las críticas de la nobleza contra estos vascos «bajados de las montañas», segundones de las hidalguías vascongadas, fueron muy duras. Para los grandes no eran más que «una tropa de salvajes, los que más han sido pajes», es decir, no eran nada.

Ensenada siempre disfrazó su baja extracción social mediante la adopción de maneras altivas, cuidando en extremo su imagen hasta rozar el fasto en el vestido y los adornos, mientras mostraba una gran desconfianza sobre la duración de su «fortuna». Él mismo jugaba con el En sí nada y el Nada-Adán que luego se divulgaría en las coplas y panfletos: «Yo, en un accidente, seré nada», «Yo no soy nada, pero mi corazón es todo de Vuestra Eminencia» (al cardenal Valenti). Carvajal utilizaba también el mote: «tropiezos» diplomáticos con Inglaterra… son nada nada»; «sin imitar a nuestro padre Adán». Pero el más osado fue Diego de Torres Villarroel, el inclasificable literato, que en el almanaque de 1766, publicado antes del motín, nos demostró que en casa del duque de Alba se hablaba mucho del En sí nada, pues el recadista de los Alba adivinó no solo la caída de Esquilache, al que era fácil colocar en el centro de la diana del malestar popular, sino también la de «nuestro padre Adán», según se deduce de la respuesta al acertijo que nos da el nombre del caído.

Quién es aquel que nació

sin que naciese su padre

no tuvo madre […]

El primer cargo documentado, oficial supernumerario de Marina, lo obtuvo Ensenada por mediación de José Patiño el 1 de octubre de 1720. El nombre del empleo es más rimbombante que real, pues es muy bajo en la escala. La escasez de personal y la falta de profesionalidad en la Marina, que se intentó paliar en 1717 con la creación de la Academia de Guardias Marinas, provocaban ascensos rápidos, pero, a pesar de los esfuerzos del intendente y luego ministro Patiño, todavía en 1720 no era un cuerpo atractivo a causa de la escasez de los salarios y de su irregular percepción. Es posible que Ensenada se hubiera visto con Patiño en Madrid, antes de que llegara a Cádiz para «dar vigor» a la expedición que se preparaba contra Ceuta, pero solo conocemos la breve referencia de Fernández de Navarrete, que luego recogen literalmente Rodríguez Villa y otros biógrafos.

En adelante, el joven Somodevilla pasa por diferentes cargos, siempre como personal civil de la Marina. En 1725 fue nombrado oficial primero y comisario de matrículas en Santander y su puerto y al año siguiente se le destinó a Guarnizo, el astillero próximo que dirigía José del Campillo y que, cuando Ensenada sea ministro, será el modelo de colaboración entre empresarios y la Armada, gracias a los contratos suscritos por su amigo el gran emprendedor José Fernández de Isla.

El joven «oficial» tomó contacto directo con la realidad material de la maltrecha Marina española y conoció de cerca las ideas de Patiño para restaurarla. Vivió en Santander, donde mantuvo los primeros contactos con los jesuitas. Según confesó al final de sus días el propio marqués de la Ensenada al padre Luengo, su primer acercamiento a la Compañía de Jesús se produjo en Santander. Hasta que no fue a Guarnizo, dice Luengo, Ensenada «no sabía que había jesuitas en el mundo». Allí, en el hospital santanderino, «empezó a tratar con ellos y a estimarlos más y más». Según el confidente jesuita, «su afecto y estimación por la orden fue el hecho de que de dos en dos, y durante todos los días, los jesuitas fueran a cuidar a los enfermos del Hospital de Santander».

En 1728 fue nombrado comisario real de Marina. Su primer destino fue Cádiz, pero al poco pasó a Cartagena con el cargo de contador del departamento marítimo y, luego, en 1730, a Ferrol, donde ejerció durante unos meses labores de dirección de los astilleros. La orden de Patiño de 6 de octubre de ese año deja claro que se trata de aplicar aquí «el conocimiento y experiencias con que se halla el referido ministro de lo que se observa en el arsenal de Cádiz, cuyas reglas quiere Su Majestad se sigan en todo en el Ferrol».

Al año siguiente, en julio, el comisario Somodevilla fue destinado a organizar los preparativos de la escuadra destinada a la reconquista de Orán, que partió de Alicante en 1732, al mando del conde de Montemar, el viejo capitán general que pronto será su valedor entre el generalato. El cometido del comisario era contribuir a «la unión de las providencias que se ofreciesen en los buques, tropas y transportes» y, como se le reconocía en el ascenso a comisario ordenador de Marina que le supuso el éxito de la expedición, «el particular encargo de ministro del armamento que destiné para la recuperación de la plaza y fortaleza de Orán». A partir de ahora, Somodevilla aparece como un organizador cuya labor principal es coordinar Marina y Ejército, dos cuerpos separados en administración y personal cuya diferente normativa y tradiciones plantearon siempre problemas de eficacia.

Durante las expediciones italianas que se iniciaron en 1733 y que iban a culminar instalando en el trono de Nápoles a Carlos de Borbón, el primogénito de Isabel de Farnesio y futuro Carlos iii de España, Zenón de Somodevilla se ocuparía de tareas tan dispares como aprontar víveres para la tropa, comprar velas —«en Nápoles no se encuentra lona de que hacerlas»—, pagar a las tripulaciones, reclutar tropa en Italia. Para ello se le adelantaron 25 000 pesos, que podría aumentar lo que «hubiere menester para las urgencias que ocurrieren» con la previsión de «que no se mezcle la cuenta y razón de Marina con la de Tierra», según decía la Real Orden de 7 de agosto de 1734, por la que Somodevilla debía embarcarse en Cádiz «y continuar en el cargo de ministro principal del armamento naval de la expedición a Nápoles».

El éxito italiano produjo las consiguientes recompensas. El rey Carlos de Borbón escribió a su padre Felipe v recomendando las virtudes de Somodevilla y por «merced espontánea», en uno de sus primeros actos regios, le nombró marqués de la Ensenada, el 8 de diciembre de 1736 (con acuerdo anterior de 17 de julio). En el preámbulo del título napolitano se reflejaba la dedicación de Somodevilla a la administración de la Marina, refiriendo sus muchos cargos, y aparecía el primer intento de ennoblecer el pasado del marqués mediante el recurso un tanto torpe de hacerle descender del solar camerano de Valdeosera, ya en esta época una oficina de compraventa de hidalguías «populares». Debió ser una justificación de urgencia, sin duda sugerida por el propio marqués, a falta del suficiente valor para sostener la hidalguía paterna como rango nobiliario. Ensenada no volverá a emplear esta mentira una vez que el marquesado y las órdenes de Calatrava y San Juan —esta también concedida a su hermana— le ayuden a elevar por sí el prestigio social de los Somodevilla.

Los años que van de 1737 a 1740 fueron de gran interés para la experiencia administrativa del ya flamante marqués de la Ensenada. Muerto Patiño en noviembre de 1736, Ensenada empezó a ocupar puestos de gran importancia en la Marina, pero sobre todo, en el entorno cortesano de la Farnesio. El 14 de marzo de 1737, Felipe v creaba el Consejo del Almirantazgo, un organismo con amplias facultades cuya secretaría ponía en manos de Ensenada. Podría parecer solo un subterfugio para conceder el encopetado título de almirante de España e Indias al infante Felipe, el segundo hijo de Isabel de Farnesio al que había que adornar para buscarle un trono como a su hermano Carlos; pero la junta creada tres meses después tenía atribuciones importantes y algunas eran un estímulo para el aprendiz Ensenada, por ejemplo, el «reglamento de Ordenanza»: el primer antecedente de las ordenanzas de Marina que Ensenada logrará dictar después, cuando sea ministro. Según Fernández de Navarrete, algunas de las realizaciones de la Junta, como la ordenanza de 17 de diciembre de 1737 para la reforma de los arsenales, el reglamento de sueldos de 3 de febrero de 1738, etc. se deben al secretario del Almirantazgo Ensenada. Estas y otras ideas esbozadas durante estos cuatro años —la atención a los inválidos, la matrícula de mar ampliada a los pescadores, la construcción de buques en astilleros americanos— se reflejarán en las Ordenanzas de 1748 y serán mantenidas en la Armada en adelante, contribuyendo al prestigio del ministro de Marina.

Un nuevo motivo de medro personal fue la próxima guerra en que iba a participar España: la de la sucesión de Austria. En octubre de 1740 moría en Viena el emperador Carlos vi y se reavivaban los intereses de los monarcas españoles sobre Italia. El joven infante Felipe, ya casado con una hija de Luis xv y almirante, iba a encabezar la expedición militar, de nuevo confiada al conde de Montemar, en la que Ensenada desempeñaría el cargo de secretario de Estado y Guerra del príncipe. Durante cuatro años había sido su secretario, así que «por lo mismo será vuestra persona grata al infante», decía el nombramiento, que obviamente venía inspirado por Isabel de Farnesio.

Hasta su nombramiento ministerial en 1743, esta fue para Ensenada su primera experiencia en el terreno de la diplomacia, lo que le permitió conocer un mundo muy diferente al de la Marina y el Ejército. Como secretario de Estado del infante, trató con el marqués de Villarías, secretario de Estado, con el príncipe de Campoflorido, embajador en París, con el conde de Perelada, con el duque de Veragua, con Manuel de Sada, todos embajadores y expertos diplomáticos que luego le serán de gran apoyo, así como con algunos extranjeros, como el duque de Richelieu. Tuvo los primeros contactos cortesanos con Nápoles y conoció a algunas personas de gran trascendencia en su futuro, como por ejemplo, Pablo de Ordeñana, su «oficial mayor», luego su sustituto en la secretaría del infante cuando sea nombrado ministro y en adelante su primer confidente. También trató con un jovencísimo duque de Huéscar (luego, Alba) —tenía doce años menos que el marqués—, todavía brigadier de infantería pero ya ayudante de campo del infante y pronto a iniciarse en labores diplomáticas. En las instrucciones de Felipe v al infante, ya se le menciona como posible interlocutor ante la corte de Nápoles. Su amistad con Ensenada le valdrá al duque en 1744 el ascenso a capitán de la Primera Compañía de Guardias de Corps, un cargo que le permitía la entrada en palacio y el contacto diario con los reyes.

Otro de los personajes que Ensenada conoció en Italia fue el marqués de la Mina, el general que sustituyó a Montemar, malquisto ya con el ministro José del Campillo después de la calamitosa campaña de 1742. A diferencia de Huéscar, Mina, un hombre que ya pasaba de los cincuenta años, le profesará una constante lealtad hasta el final. Había sido embajador en Francia entre 1737 y 1740, ganándose la merecida fama de francófobo, pero su dedicación fue el Ejército, en el que ganó gran reputación, aumentada luego como capitán general de Cataluña. Ensenada le pudo tratar poco en Italia, pero, luego, en España fue uno de sus primeros colaboradores militares y aún se mantendría fiel al proyecto ensenadista de las Milicias después de desterrado Ensenada en julio de 1754. Su manera de acabar con el motín de Barcelona en 1766 amenazando con los cañones recuerda a los métodos expeditivos que empleará Ensenada, por ejemplo, en el motín de Caracas. Eran gente de mano dura.

La facilidad para establecer este tipo de relaciones personales y el buen servicio al infante Felipe —como antes a Carlos, ya rey de Nápoles— propiciaron que Ensenada fuera ganando estimación en la corte dominada por Isabel de Farnesio. El conde de La Marck, embajador de Luis xv en Madrid, fue clarividente al advertir, años antes de que le nombraran ministro, que había en la corte un hombre joven, secretario del Consejo del Almirantazgo, que acabaría ganando en la carrera a otros de más experiencia; se refería a Ensenada, del que el embajador decía que era «galant homme et bien intentionné» (Caballero y bien intencionado). Para los franceses, su encumbramiento no fue una sorpresa. Para los que sabían quién llevaba las riendas de la monarquía, tampoco.

Su ascenso en 1743 a las secretarías de Hacienda, Marina, Guerra e Indias, se ha presentado como fruto de las intrigas palaciegas de las damas del entorno de la Farnesio, especialmente de la camarera de la reina, la marquesa de Torrecuso, pero también de la marquesa de la Torrecilla, su amiga íntima, y de Juana María O’Brien, marquesa de Salas, una de sus espías, la esposa de un gran amigo del marqués de sus tiempos napolitanos, el duque de Montealegre, el brazo derecho de Carlos de Borbón en Nápoles. La marquesa de Salas le prestará importantes servicios en París.

También se dijo que, como conocía todos los secretos de la política del recién fallecido ministro Campillo —muerto de repente el día 11 de abril de 1743—, los reyes resolvieron con rapidez en medio del nerviosismo que produjo el desenlace. Pero no parece que esa fuera la razón, pues Campillo y Ensenada no se llevaban bien. Casi veinte años antes había habido un serio incidente en Guarnizo, cuando el joven Somodevilla era un subordinado del jefe del astillero, el futuro ministro José del Campillo. Se trata nada menos que de una denuncia ante la Inquisición contra Campillo, en 1726, acusándole de leer libros prohibidos y tener tratos con herejes. Somodevilla, con sus 24 años, tuvo que declarar en el proceso, seguido en el Tribunal de Logroño, y según escribió el propio Campillo, su posición no quedó clara: «un subalterno mío —se refiere a Ensenada— se resiste de volver a mi casa, diciendo, en atención a aquellos delitos que me atribuye la maledicencia y la emulación, que no le conviene». El Tribunal absolvió al futuro ministro, pero las dudas sobre la actuación de Ensenada y su relación posterior con el ministro no están despejadas. Campillo acabó pensando que Somodevilla era «poco considerado, mal satisfecho o quejoso de mí, porque no me interesaba en sus ascensos» y sentenció: «mi quejoso subalterno, que morirá de este mal», en referencia a su desmedida ambición.

Lo importante es que Ensenada era, a la muerte de Campillo, un modelo de perfecto cortesano ante los ojos de los reyes, sobre todo de Isabel de Farnesio, a la que le ofrecía una segura complicidad en la misión de «colocar» a sus hijos, una pieza más en la idea farnesiana de engrandecer la Casa de Borbón. Pero hasta la muerte de Felipe v, que iba a tener lugar tres años después de su nombramiento, el ya ministro Ensenada se fue difuminando, pues en la domus regia el dominio lo ejercía el valet de la Farnesio, el marqués de Villarías, Sebastián de la Cuadra, con sus vizcaínos. Por eso, los primeros pasos del ministro fueron los de un cortesano prudente, grato y trabajador, humillado ante sus «amos», gestos que quedaron incorporados para siempre a sus «maneras».

Cuando recibió en Chambéry —la capital de la Saboya histórica, donde se encontraba el ejército del infante Felipe— la noticia de su próximo nombramiento, nada menos que ministro de cuatro secretarías, adelantada por el marqués de Scotti, secretario de Isabel de Farnesio, Ensenada escribió varias cartas apresuradamente dando cuenta de una extremada resistencia al nombramiento; una de ellas era para Scotti (22 de abril de 1743), al que le decía: «yo no entiendo una palabra de Hacienda; de Guerra, lo mismo con corta diferencia; el comercio de Indias no ha sido de mi genio, y la Marina en que me he criado es lo menos que hay que saber para lo mucho que la piedad de los Reyes quieren poner a mi cargo. Agrégase a esto la cortedad de mis años, pues algunos me faltan para cuarenta…» (el marqués se quitaba años, pues tres días después cumplía 41).

Las pruebas exageradas de humildad sobrepasan las tradiciones cortesanas y se repiten a lo largo de su vida —el En sí nada—; quizás responden a un rasgo de su carácter, pero seguramente se trata de una reacción espontánea de quien procede de una baja extracción social y se siente orgulloso de ser elevado por sus propios méritos, que disminuye para que otros los ponderen más; en todo caso, sus pruebas de humildad están siempre acompañadas de referencias de apasionada entrega a los reyes. Veamos otro ejemplo en la siguiente carta a Villarías: «En continua vigilia estoy luchando con la reflexión de las grandes honras y confianzas que debe mi pequeñez a la piedad de los Reyes, la de mi imposibilidad de desempeñarlas, y la de apartarme de los pies de un Amo que idolatro, y a los que había hecho ánimo de morir, cuya esperanza no he perdido, y este es el único consuelo que experimento en mi pena». El marqués era barroco en todo.

Tras recibir el nombramiento oficial el día 25 de abril de 1743, Ensenada se puso en camino al día siguiente, a la una del mediodía. El viaje fue rápido, pues el 8 de mayo fue recibido por los reyes en Aranjuez. Detalló el gran momento en una carta de ese mismo día a su fiel Ordeñana. Todo el mundo lo celebraba, «la Reina nuestra Señora lloraba de gozo». Ensenada comenzaba así la vida en la Corte, dedicado a su mayor preocupación por el momento: encontrar dinero para pagar la guerra, respetando el terreno de Villarías, muy ocupado en esos momentos con las siempre difíciles relaciones con Francia.

Con la guerra en Italia provocando constantes tensiones entre las tres casas de Borbón reinantes, Villarías y el embajador en París, el marqués de Campoflorido, habían logrado firmar el tratado de Fontainebleau en octubre de 1743. Era un nuevo pacto de familia que volvía a ratificar la sumisión de los intereses españoles a Francia. Su ambigüedad en temas como la seguridad del rey de Nápoles, o la restitución de Gibraltar, había sido advertida por el propio Villarías, que, ante el resultado final del tratado, culpaba a Campoflorido de no haber cumplido las instrucciones que se le dieron. Para Ensenada, que ya conocía las trampas del mundo diplomático, no tenía tanta importancia, pues sabía que el definitivo tratado de paz al que aspiraban —que al final se firmó en Aquisgrán, en 1748— solo se lograría cuando Inglaterra y Francia quisieran y con las cláusulas que quisieran, como así fue. La España discreta no podía exigir nada en la mesa de las negociaciones; para hacerlo era necesario aumentar su prestigio y su Ejército y su Marina, como pronto representará el marqués al próximo rey, Fernando vi.

Tras el pacto, Ensenada comenzó a intervenir en los asuntos de Villarías cuando peligraba la Hacienda, pues la guerra lo consumía todo. Ante el riesgo de una nueva bancarrota en 1744, no dudó en reaccionar acusando abiertamente al odioso embajador de Luis xv, el obispo de Rennes, ante el propio Villarías: «yo no puedo conformarme con las máximas del obispo de Rennes, porque daré de costillas con la Hacienda y por consecuencia con el servicio del Rey, porque aunque es cierto que cualquiera en mi lugar hará más que yo con la Hacienda, también lo es que yo a lo menos no comprendo la forma de llevar adelante los empeños de la guerra sin los auxilios extraordinarios de que me priva el obispo de Rennes.»

Ensenada era tildado de francófilo, pero sus relaciones con la Corte francesa fueron muy malas al principio a causa de la antipatía del embajador obispo —«tiene odio a mi persona», declaró Ensenada— y del sesgo antiespañol del gobierno de Argenson, que se manifestaba en la exhibición del poder de Francia en Madrid, en la embajada, donde se conspiraba abiertamente a la espera del próximo deceso de Felipe v y la llegada al trono de Fernando vi. Por eso Ensenada dirá: «el obispo de Rennes aspira al concepto, en el común de las gentes, de que él solo es el verdadero ministro de esta Monarquía»; sin embargo, aunque el ministro afirmará unos años después «con la Francia no urge otro paso que el de la disimulación», la historiografía le seguirá reservando el cliché de francófilo.

Ensenada comenzó a mostrarse más activo en política exterior cuando supo que se había firmado el pacto de Turín, el 25 de enero de 1745, pues ponía en peligro las aspiraciones del infante Felipe. Ahora no le importó entrar en el terreno de Villarías, pues ante todo estaba la Farnesio y sus intereses. Sabía de la hostilidad del ministro Argenson, por lo que escribió a Campoflorido recomendándole que se apartara de él —«sus influjos nunca serán favorables a España»— y comenzara una negociación secreta directamente con el rey «de manera que ese ministerio, ya que se cree se oponga a esto, no lo entienda hasta que esté todo ejecutado». Conocedor de las escasas dotes del embajador, el marqués utilizó todas las expresiones posibles para advertirle de la importancia de seguir adelante con el proyecto de colocar al infante: le expuso con detalle la situación general y el desprestigio en que quedaría España ante los enemigos en caso contrario y le advirtió de que «en ello hará un servicio al rey de los que s.m. acostumbra a premiar». Pero Campoflorido fracasó. En la carta de respuesta transmitía a Ensenada el desinterés de Luis xv, que se escudaba en que apoyar al infante como duque de Milán era «un paso anticipado sin haber conquistado la Lombardía», lo que tal y como iba la guerra en los escenarios europeos entre austriacos, franceses, holandeses, prusianos —empantanados los ejércitos en una guerra de desgaste de todos contra todos— y conociendo las intenciones de Francia de llegar a una paz por separado —abandonando a España una vez más, con grave riesgo en el Atlántico ante el poder de los ingleses—, convenció a Ensenada de que por ese camino no había esperanza y que era mejor una paz cualquiera que fuera.

Los fracasos de la guerra, con riesgo real para la Hacienda y para el propio Ejército, de cuya desorganización se quejaba constantemente su general en jefe, el marqués de la Mina, y los desprecios del ejército francés obligaron a Ensenada a buscar una salida decorosa y por eso envió al duque de Huéscar a París como embajador extraordinario. «Va a ver si puede remediar el daño con que nos han amenazado», le dijo Ensenada a la marquesa de Salas (4 de febrero de 1746), aunque quizás Ensenada solo quiso desairar al fracasado Campoflorido enviándole un duque, o incluso paralizar cualquier negociación abierta, pues eran conocidas las escasas dotes de Huéscar, de quien Argenson dijo con frivolidad: «Va al baile de la ópera y se levanta muy tarde, aprovecha el Carnaval».

Para entonces, Ensenada ya había enviado al abate Grimaldi a Génova y luego a Viena con la secreta misión de tantear las posibilidades de paz con Austria. Las relaciones internacionales se reducían cada vez más a los campos de batalla, donde la situación era desesperada. Montemar veía claramente el fracaso y así se lo decía a Ensenada: «Para lograr por la fuerza el establecimiento deseado del señor Infante eran necesarios grandes ejércitos en Italia, repetidos buenos sucesos», pero con agudeza reparaba en «los inmensos caudales que en ella (la guerra) se han consumido y con conocimiento de que nuestros aliados, aun en las negociaciones, mirarán por sus intereses, omitiendo nuestras pretensiones» (9 de marzo de 1747). El viejo Montemar acertó de pleno.

Pero a Ensenada también le interesaba mantener la alianza militar con Francia hasta la paz que ya se barruntaba y tantear otras posibilidades a sabiendas de que llegadas las negociaciones primarían los intereses de Francia. Las instrucciones que dio a Huéscar para el desempeño de su embajada demuestran una vez más el pragmatismo de Ensenada y su conocimiento —y aceptación— de las viciadas maneras diplomáticas: «Siendo la corte de Francia, como todas las demás de Europa, un compuesto de personas de diferentes genios, inclinaciones e intereses, conviene manejarlas según la pasión que domina a cada una [y] es necesario representar al Cristianísimo con tanta viveza nuestras cosas, impugnando anticipadamente cuanto puedan oponer o replicar sus ministros, que encontrándole estos prevenido, no solo se confundan sorprendidos, sino que infieran que hay disposición en el ánimo de aquel príncipe para oír otros consejos que los suyos». Y es que Ensenada sabía que la posición de inferioridad de España en Francia venía de arriba: «Débese mirar aquel Soberano como educado por el cardenal de Fleury, desafecto a España, cuyas impresiones estampadas en su juventud no son capaces de borrarse, porque cada día toman más cuerpo».

Con estos presupuestos, Ensenada, que demuestra un perfecto conocimiento de la Corte francesa, pasa a describir el carácter de los ministros de Luis xv, indicando a Huéscar las posibilidades de venalidad que cada uno ofrece. Ensenada comenzaba a ser un maestro en manejar la bolsa y hasta intentó comprar al propio Argenson, ofreciéndole una grandeza de España. No ha de extrañar que el marqués escribiera: «porque el fundamento de todo es el dinero».

Según la información de Ensenada, la situación y las posibilidades eran las siguientes: los maîtres de la situación eran los Argensones, con los que poco se podía lograr «mientras subsista un sistema que solo puede alterarse ganado a los Argensones, parte con esperanza de premio y parte dándoles a entender que el tener contenta nuestra Corte es el medio más seguro de conservarlos en la gracia de su Soberano». Pero también se les puede acercar por medio del conde de Maillevois, el yerno de Argenson, «político muy hábil, astuto y de segunda intención, ambicioso y codiciadísimo de honores en España, aspira al Toisón; es necesario lisonjear, pero no asegurar su esperanza». Más fácil es acceder al favor del duque de Richelieu, «el menos desafecto», que además ha sido desplazado por Argenson y «solicita con viveza el Toisón»: «es necesario —dice Ensenada— fomentar esta especie, si vuelve a la Corte para tenerle más adicto, saber por su medio muchas cosas interiores de Palacio y sugerirle las especies que convenga toque en las ocasiones que se le presenten de hablar con el Cristianísimo».

Esta incursión de Ensenada en los temas de Estado le iba acercando al resuelto duque de Huéscar y a José de Carvajal y Lancáster, que despuntaba ya desde el Consejo de Indias como un hombre de futuro. Como el reinado del viejo Felipe v tocaba a su fin, el nerviosismo ante la llegada de la «esperanza española», Fernando vi, revelaba que estos dos personajes eran la verdadera jefatura del «partido español», el partido de los altaneros Grandes de España y la gran nobleza, que esperaba su gran momento una vez desaparecido Felipe v y apartada Isabel de Farnesio, los reyes que tanto les habían marginado.

Ensenada se acercaba con mucha astucia a los hombres nuevos del nuevo rey, aunque provocara el recelo de Villarías y su facción farnesiana, los poderosos vizcaínos, que se empezaron a mostrar temerosos ante los movimientos del marqués. Precisamente es este rechazo lo que notan los todavía pocos «clientes» de Ensenada, pero él lo sabe dirigir aparentando proteger a los rechazados: va a empezar a crecer la red clientelar ensenadista y Huéscar, sin saberlo, va a ser uno de los mejores aliados para tejerla. El duque, claramente obstaculizado en París por Campoflorido, no tardó en cargar contra Villarías apoyándose en un pretendido «partido contrario» que su vehemencia ayudará mucho a constituir cuando acceda al trono Fernando vi y llegue la hora del cuarto del príncipe. Pocos meses antes de la muerte de Felipe v, el 25 de abril de 1746, Huéscar le decía a Montiano: «el marqués me acumula las pruebas de su constancia. Cuento a v.s. [Montiano] por uno de los más seguros amigos que tengo. No me faltarán Ordeñana ni Carvajal ni media docena de amigos que guardan su amor propio para dármelo a mí». Montiano era el oficial mayor de Villarías, pero estaba ya completamente ganado por Ensenada. Los franceses decían que iba a llegar la hora de los españoles y se presumía que Carvajal y Huéscar serían encumbrados, pero Ensenada fue más hábil y les ganó por la mano, como veremos.

Tuvo que ser hábil para sortear el peligro que suponía provenir de la antigua Corte y haber sido un vizcaíno, y desde luego, un adicto a la Farnesio, la odiosa madrastra. Precisamente, Villarías y la reina viuda —a la que Huéscar odiaba— eran los primeros objetivos a batir y Ensenada podía caer con ellos si el «partido» que pretendía Huéscar lograba la hegemonía. Huéscar le decía a Carvajal en noviembre de 1746 que rompería sus cartas para que le escribiera sin temor «sobre todo si nuestro partido se compone»; por eso, Ensenada aduló a Huéscar y así pudo estar en primera fila en la «poda del árbol farnesiano», que iba a comenzar en medio de la euforia de las fiestas de proclamación de Fernando vi, la esperanza de los españoles.

3

Ganarse al Rey… y a la Reina

Tras 46 años de reinado, el 9 de julio de 1746 murió Felipe v. Su hijo Fernando vi, la esperanza del «partido español», llegaba al trono en medio de la alegría general. En todas las ciudades se levantó el pendón real y Ensenada estuvo muy pendiente de lo que hacían en Barcelona, pues pensaba que «había que volver a los catalanes al amor del amo». Se tranquilizó cuando supo que incluso se había batido una moneda conmemorativa.

El que iba a brillar por organizar las grandes fiestas del reinado ya despuntó en las de la proclamación: «nuestro Amigo (Ensenada) corrió con todo lo que no eran toros, conque lo hizo hacer como nunca», le decía José de Carvajal al duque de Huéscar. El desdén que sentía el hosco Carvajal por las fiestas era ya manifiesto: «el concurso ha sido horroroso», le decía a su amigo el duque. Carvajal, al que llamaban «El tío no hay tal» por su forma brusca de negar, rígido y siempre de negro, sufría con el barullo de Ensenada y Farinelli, constantemente en fiestas, rodeados de artistas y marquesas frívolas, vestidos de la manera más barroca posible, como ambos fueron retratados por su amigo Jacopo Amigoni.

En otra ciudad la proclamación del rey fue un tanto irreverente. Nos referimos a Pamplona, donde el amigo de Ensenada, el jesuita padre Isla —el que años después escribirá el Gerundio de Campazas— iba a hacer una de las suyas, publicando el incendiario pregón que le habían encargado para la regia ocasión y que tituló Día grande de Navarra. La desternillante obrita era la mejor expresión de hasta dónde podían llegar los ripios en esas ocasiones, lugares comunes en los que el rey era elogiado con suma exageración. Todo solía rayar en el ridículo si el autor era malo, pero en este caso el autor era un socarrón, tan gracioso que aprovechó el tono hiperbólico —prácticamente implícito en el encargo— para deslizar chanzas y bromas a costa de los personajes participantes en los festejos, los «bruticos» navarros de Pamplona, entre los que estaban los más descollantes nobles del reino con el virrey, el conde de Maceda, al frente. El padre Isla se mofó de todos con tal habilidad que no se dieron cuenta hasta días después, cuando tras la euforia llegó el sosiego y tras él la irritación general, lo que obligó también a cambiar de humor al jesuita burlón, que hubo de salir precipitadamente de Pamplona para evitar que lo apalearan.

Ese mismo clima festivo y desenfadado se vivía en Madrid, donde se esperaban grandes acontecimientos, entre ellos la decisión de los reyes sobre el futuro de la reina viuda, la «madrastra», que fue blanco del odio acumulado durante décadas, especialmente por los Grandes. Un pasquín decía que Fernando vi «a Isabel, en la farsa de mandar, no le volverá a dar el más ínfimo papel»; otro que la madrastra, «arrumbada cual jumento / sarnoso en el muladar, / solo podrá gobernar / sus enaguas y su aposento». El gesto de los reyes al despedir a «la Vieja» —primero al palacio de la plazuela de los Afligidos (2 de agosto de 1746) y un año después, definitivamente, a San Ildefonso (23 de julio)— fue muy popular, aunque terrible para la que lo había sido todo. Huéscar, al enterarse del destierro definitivo, dijo: «yo la quisiera en Parma». El único consuelo de la reina viuda al dejar la Corte —«un ser vivo que asistía a su propio entierro», en palabras del embajador francés— fueron algunos vivas pagados que recibió en las calles tras salir de palacio, lo que hizo meditar al embajador (el que tanto odiaba a Ensenada): «extraña prueba de la miseria y la vanidad humana en una persona que había hecho temblar al mundo durante treinta años».

Hubo además en ese «primer año triunfal» del primer Borbón español una verdadera cascada de decisiones para satisfacer a la nueva reina, Bárbara de Braganza, que comenzó a respirar cuando el marqués de Villarías, el valet de la Farnesio, fue exonerado (diciembre de 1746) para dejar paso a José de Carvajal y Lancáster, su hombre de confianza, pues tenía «sangre portuguesa», según dijo la reina a su padre, el rey portugués Juan v. En diciembre de 1746, al poco de ser nombrado ministro, Carvajal le decía al duque de Huéscar: «El Amigo (Ensenada) está contentísimo; ya ves como caminaremos los dos, despejando los primeros recelos sobre su enemistad. El otro (Villarías) no tanto, pero no le tiraré, puesto que ya no hace mal». Villarías se mantuvo discretamente en la Secretaría de Gracia y Justicia y el Amigo inició su carrera en la nueva Corte de un modo meteórico. Para empezar, si Carvajal no se había atrevido a «tirar» a Villarías, don Zenón sí lo haría y en breve, en octubre de 1747, colocando en su lugar a Alonso Muñiz, más tarde marqués del Campo de Villar, colegial y amigo del padre Rávago y, por supuesto, una de las primeras figuras en las hechuras zenonicias. Pronto, la «farándula de don Zenón» eclipsaría al adusto Carvajal.

Otro nombramiento sonado se sumó a la cascada de cambios de la primavera de 1747: el del nuevo confesor del rey, Francisco de Rávago, que sustituía al farnesiano padre Fèbvre, devuelto a Francia. Venía de la mano de Carvajal, pero pronto fue íntimo amigo de Ensenada, que dijo de él: «vale millones». Había sido un universitario modélico en Valladolid y sorprendía que se llevara bien con todas las órdenes religiosas. Para el marqués fue decisiva su privilegiada relación con los reyes.

Con el nombramiento de Carvajal el 4 de diciembre de 1746, la reina Bárbara cobraba aún más protagonismo, tanto que se creyó en Londres y en Versalles que era «más bien Bárbara quien sucedía a Isabel, que Fernando a Felipe». Para los franceses, solo Ensenada podía contrarrestar el influjo portugués sobre la reina; para los ingleses, la esperanza era Carvajal, que podía aprovechar su privilegiada relación con Bárbara para sacar definitivamente a Fernando vi de la sumisión a la familia francesa. Pero el gran connaisseur que era el duque de Noailles, antiguo embajador de Francia en España, estaba seguro de que el nuevo gobierno iba a ser «nacional», pues el reinado que acababa, «francés e italiano», «nos ha ganado muy pocos corazones españoles».

Y así fue. Las presiones tuvieron el efecto contrario al deseado y al poco el rey hacía sus primeras manifestaciones de independencia. «Ya que no quería ser gobernado por Francia, no lo sería tampoco por Portugal». Se le atribuyó esta frase como tantas otras —«paz con Inglaterra y guerra con nadie»— y se consiguió en este primer año decisivo que el rey fuera el rey pacífico, neutral, que no cedería a las presiones, ni de Inglaterra ni de Francia, pero con suma entereza, tal como Ensenada le había aconsejado en la primera de sus Representaciones: «que conozcan las potencias extranjeras que hay igual disposición en el Rey para empuñar la espada que para ceñir las sienes con oliva». Lo más importante es que Fernando vi se lo creyó con tal tozudez que no abandonó la idea en todo el reinado, ni cuando estalló la guerra de los Siete Años, en 1755, y sufrió un verdadero acoso contra su inquebrantable neutralidad.

Mientras, Ensenada iba acercándose a la reina, de la que consiguió ser secretario en septiembre de 1747 y, antes, tener su absoluta confianza. Ayudaron en este asalto a la reina las dos piezas claves del mundo cortesano, el confesor padre Rávago y Carlo Broschi, Farinelli, inseparable de la melómana Bárbara, muy buena al clave, con el que acompañaba al «Capón», como todo el mundo llamaba al castrato. Ensenada intentó rematar la jugada nombrando al padre Isla confesor de la reina, pero el avispado jesuita le dijo que no quería «prisiones cortesanas, donde al más astuto le salen canas», entre otras lindezas propias de su carácter jocoso (que en realidad, sacó de la Epístola Moral a Fabio, escrita en Sevilla hacia 1610 por el capitán Andrade, como me recuerda Carlos Martínez Shaw con su proverbial generosidad).

Al comienzo del reinado, ganarse a la reina parecía muy difícil, una labor casi imposible para el farnesiano y vizcaíno Ensenada. Bárbara escribía a su padre Juan v declarándole sus temores ante la lucha entre partidos, especialmente asustada por el de los vizcaínos, entre los que metía a Ensenada. La Corte femenina de la reina, poblada de amigas de Ensenada, con Juana Pacheco, la predilecta «guarda portuguesa», y Farinelli, ayudaron a disipar los temores de la reina sobre el marqués. También contribuyó la primera Representación que hizo Ensenada, de 1746, que contenía argumentos para tranquilizar a la facción portuguesa. El nuevo embajador de Portugal en Madrid, el vizconde de Vilanova de Cerveira, con quien pronto Bárbara entabló una estrecha relación, era un hombre de buenas maneras, pero no era un hombre de Ensenada, sobre quien solicitó cautela a la reina. Rávago también tuvo que colaborar.

Según Didier Ozanam, el embajador portugués, siempre desconfiado del marqués, llegó a plantear su exoneración juntamente con la de Villarias, de lo que se enteró Carvajal, que le decía a Huéscar meses después (en septiembre de 1747): «te aseguro que en los principios B [Ensenada] me debió enteramente la vida civil y después muchas veces la conservación de ella, porque se empezó con impresiones adversas». Pero Ensenada, consciente de que las amenazas que se cernían sobre Villarías podrían alcanzarle a él a poco que cometiese una mínima torpeza con la reina, pasó de la indecisión al entusiasmo en cuanto supo que Carvajal era el hombre deseado por Bárbara para suceder a Villarías y que la causa era nada menos que la «sangre portuguesa» del futuro ministro: «e o sangue que tem Portuguez e em que mais fio o seu bom procedimento» (y la sangre que tiene el portugués es de la que más me fio y de su buen hacer). Luego, solo tuvo que emplearse a fondo para ser el preferido de los reyes, lo que una vez conseguido, culminó haciéndose nombrar secretario de la reina (15 de septiembre de 1747).

La reina, Rávago, Farinelli, Ensenada… todos hicieron falta para tranquilizar al rey, para ejercer como un equipo terapéutico, o balsámico, ante sus «furias» y sus «vapores», como llamaba Rávago a los dos extremos en que podía caer, sin duda víctima de una neurosis maniaco-depresiva, a veces remediada (o agravada) con el consumo de opio. Pero pronto este equipo terapéutico se iba a revelar también eficaz para agilizar la pesada maquinaria política y lograr la firma del rey para dar luz verde a los planes de sus ministros, que en el sistema de la vía reservada impuesto por los Borbones era la clave de lo que hemos convenido en llamar despotismo ilustrado.

Así pues, lograr el sosiego de la feliz y ya pacífica pareja real era previo a todo y en esto Ensenada fue el grand maître. Además, de convertir los palacios reales —especialmente Aranjuez— en una Corte siempre festiva, utilizó un método para ganar la confianza de los reyes que Ozanam ha denominado acertadamente «bombardeo psicológico». Al rey se le entregaban los papeles después de que Rávago le hubiera hablado, pues el rey «se aflige con papeles largos», según decía Vilanova, el embajador portugués. El confesor y a veces la reina se mostraban contentos por la decisión que se iba a tomar y, si era necesario, contaban al rey solo parte del problema, o nada si era un asunto espinoso, como lo fue, por ejemplo, el tratado de Límites con Portugal, firmado por Carvajal en 1750. Era sabido que cualquier decisión ministerial que arriesgara la idea de paz o que despertara los escrúpulos de conciencia del rey sobre la situación de sus vasallos provocaba la real melancolía, los asuntos se paralizaban y aparecía la desconfianza en los ministros y las vacilaciones del monarca. El mismo cuidado había que tener con los asuntos de familia —París, Parma y Nápoles—, pues «no olvida que es Borbón».

Preparado el rey por el «equipo terapéutico», Ensenada se presentaba ante él como un hombre humilde, desinteresado por cargos y honores, humillando su figura ante la del venerado rey. Le hablaba de sus colaboradores —«sujetos que me han ayudado con integridad e inteligencia», escribió en la Representación de 1751— y desplegaba ante él su enorme capacidad de trabajo, sin dejar traslucir jamás una nota de cansancio o de preocupación. Es cierto que el marqués trabajaba mucho, pero también lo es que sabía ponerse en escena. Cuando el rey madrugaba en Aranjuez para ir de caza, veía ya al marqués en su secretaría. «s.m. mismo decía algunas veces que no sabía cómo podía aguantar tantas horas de trabajo seguido». Y seguramente será cierto —lo cuenta Fernández de Navarrete— que al conocer el rey las quejas por el mucho trabajo que tenían los cuatro ministros que sucedieron al marqués en 1754, dijo: «Ensenada, que llevaba los cuatro ministerios, no se había quejado ni de un dolor de cabeza en once años».

Por último, el marqués sabía que el rey se consideraba con alguna autoridad moral sobre sus hermanastros, Felipe y Carlos, duque de Parma y rey de Nápoles, respectivamente —aunque estos le despreciaban—, y desde luego, estaba muy pendiente del trato que le dispensaban sus primos franceses, de los que a veces también le llegaron humillaciones que le acrecentaban su baja autoestima. Por eso, Ensenada tenía que estar siempre al tanto y repetir machaconamente la exaltación del monarca hasta hacerle creer que era el elegido para la misión de regenerar España después de «dos siglos de decadencia, desde que falleció Fernando el Católico». Hacer creer al rey su papel de restaurador fue esencial para colocarle al frente de las reformas. «Esta fortuna de España —decía Ensenada en su Representación de 1751— no experimentada en los precedentes reinados, la ha reservado Dios para el de Vuestra Majestad en premio de sus virtudes». Y el marqués aún añadía: «Dios ha destinado a Vuestra Majestad para restablecer la opulencia y el antiguo esplendor del dilatadísimo imperio español».

Paz, fiestas, orgullo regio y proyectos de Estado: los planos en que se desdobló la política ensenadista, sobre todo tras la firma de la Paz de Aquisgrán en octubre de 1748. Los preliminares de la paz entre las potencias europeas comenzaron en Breda, donde se revelaron enseguida las sospechas sobre las intenciones de Francia. España quedó malparada, pero Ensenada convenció a Carvajal hasta hacerle comprender que «la paz nos deja hábiles de hacer prodigios si supiéramos», como acabó diciendo el hosco ministro de Estado. Ensenada pensaba que lo importante era, no esa paz, sino la guerra que de nuevo iba a estallar, pues el tratado no era sino un armisticio y no se habían resuelto los grandes problemas, entre ellos Menorca y Gibraltar, que seguían en manos de los ingleses. Y en esa guerra futura, España debía contar con una armada poderosa: Ensenada hablaba de 125 navíos con 70 u 80 cañones. Era, pues, «una paz a la espera», como dijo Ensenada.

Pero más importante aún era que el rey firmara el tratado y se despreocupara sin sentir la humillación de ingleses y franceses. Y para eso estaba la Corte festiva. «Esta es toda la dificultad: hallar en qué divierta muchas horas honestamente, porque el reloj no se pare y todo lo demás se descuaderne» decía Rávago, temeroso de las «peloteras» del rey. Y esto era cosa de Ensenada y Farinelli. Si le acusaron luego de despilfarrar en fiestas y gastos cortesanos fue porque realmente se esforzó en satisfacer todos los caprichos reales. Las fiestas por la Paz de Aquisgram solo fueron el prólogo de lo que luego iba a venir. Hubo tres noches de luminarias, repique de campanas, Te deum, besamanos, fuegos de artificio, toros. Antes de la tardía publicación oficial, en marzo de 1749 —la paz se firmó en octubre de 1748—, había habido diferentes festejos, por ejemplo, en noviembre de 1748. Carvajal lo comunicaba a Huéscar con su habitual desdén por estas exhibiciones y añadía con desprecio: «que lo de la ópera es el pasto ordinario».

La afición a la música de los reyes mantenía una legión de instrumentistas, cantantes, tramoyistas y compositores, que hacían de esta Corte la envidia de la propia Viena, donde habían estado algunos de los músicos. Farinelli, del que Ensenada dijo «yo estimo particularmente a este sujeto», había llegado a España en 1737 solicitado por Isabel de Farnesio y pronto fue el hombre de confianza de Bárbara de Braganza. Gozó de la intimidad de los reyes, pero fue mucho más discreto que lo que su situación podía permitirle. El rey y la reina encontraron siempre en el cantante un apoyo franco, un amigo íntimo discreto y servicial al que colmaron de regalos. Nunca lo consideraron un sirviente más. Ensenada no le incluyó en la nómina de músicos de palacio, en la que sí estaba por ejemplo Domenico Scarlatti, a pesar de que este genial músico napolitano no se había separado de Bárbara desde que era niña. Maestro de la infanta en Lisboa desde 1721, Scarlatti fue llamado al servicio de la princesa de Asturias tras su boda en 1729. Fue desde entonces hasta su muerte en Madrid, en julio de 1757, el primer maestro de su cámara.

Pero Farinelli fue más que un músico. Un contemporáneo lo definió así: «un músico con más autoridad que la cruz de la parroquia». Todo lo relacionado con el teatro, la decoración de escenarios cortesanos, la reforma y embellecimiento de los Sitios Reales y, en fin, el buen gusto palaciego pasaba por el célebre Farinelli, un hombre que había recorrido las cortes de toda Europa y que trajo a Madrid el mejor gusto de cada una de ellas. Su labor como director de escena en fiestas y ceremonias se completó cuando hizo venir de Venecia a Jacopo Amigoni, el pintor abierto al gusto europeo que retrató a los reyes, a Ensenada y a él mismo, y el que mejor congenió con las ideas estéticas de Bárbara. La reina tocaba el clave diariamente con Farinelli, muchas veces en presencia de Fernando vi, embelesado ante la destreza de su mujer.

Ensenada no escatimaba regalos a la real pareja. Consiguió que la reina tuviera una colección de claves tan magnífica como la que el rey tenía de relojes, su gran afición. Buena parte de su correspondencia con las embajadas la ocupan sus pedidos de relojes —incluso hace venir a la Corte a relojeros extranjeros—, de instrumentos musicales, de libretos de ópera y toda clase de partituras hasta lograr tener la mejor biblioteca musical de Europa, como ha señalado José María Domínguez, pero incluso a veces se ocupa de los propios músicos. Con ocasión de la huida de dos cantantes de ópera a Portugal, desata una verdadera persecución hasta hacerlos volver.

Para que los reyes pudieran hacerse regalos, el marqués se convirtió en un experto en diamantes. Los describía cuidadosamente cuando daba las instrucciones de compra; a veces, los devolvía a París o Londres por no quedar satisfechos los reyes o él mismo. También compró pieles —que Ricardo Wall, embajador en Londres, encargaba en Dinamarca—, trajes, cajas de tabaco, vestidos, joyas de todas clases y todo tipo de curiosidades. Llegó incluso a traer vino de Canarias a la Corte, llevándolo primero a Londres para que allí fuera «depurado» y embotellado y enviado a Bilbao, con otros «muy secos, sin dulce alguno y de diferentes calidades, blancos y tintos, unos más fuertes, otros suaves», todos «para uso de Su Majestad».

Todos los caprichos de los reyes eran asunto prioritario del marqués, que, al final, acabará también aficionándose a los brillantes y al lujo, como la insaciable Bárbara de Braganza. La propia Corte se asombraba de la constante exhibición pública en la que vivían reina y ministro y del lujo que desplegaban, pero solo así la fea y obesa reina podía arrancar algún halago, como el que le ofrecía la infanta María Antonia, que la veía «guapa». Los embajadores han dejado retratos verdaderamente hirientes de esta mujer, sobre todo cuando comenzó a engordar. Pero el rey gozaba con la «coquetería» de su esposa y no le escatimó nada. Nadie se explicaba cómo el rey podía seguir estando tan enamorado de su mujer.

El apogeo de las fantasías cortesanas lo llevaría a cabo Ensenada con la célebre «Escuadra del Tajo», una aparatosa puesta en escena que asombró a los propios reyes; también a los embajadores extranjeros, que parecían no recordar que en Londres Su Majestad Británica se había obsequiado con la famosa Water Music en uno de sus pomposos paseos por el Támesis o que, al fin y al cabo, todo era un remedo de los caprichos versallescos de Luis xiv con su Lully, sus tronos y sus góndolas venecianas en los estanques del palacio.

El último santo del rey que disfrutó Ensenada en el poder, el 30 de mayo de 1754, pudo presentar en Aranjuez un gran espectáculo náutico del que él mismo formaba parte. Dos años antes había hecho construir para la misma fiesta barcos de guerra a escala, una fragata y tres jabeques, armados de cañones, que con su tripulación y los músicos navegaban por el Tajo frente al palacio real, todo iluminado por la noche con sesenta mil luces. En 1754 la «escuadra» se componía de quince barcos y la tripulación de 150 hombres. El acto más brillante tuvo lugar el día del Corpus de ese año, el 21 de junio, un mes antes de la caída del marqués. Ese día por la tarde los reyes se embarcaron acompañados del omnipresente Farinelli, que dirigía la orquesta. Ya no solo contemplaban el desfile sino que lo presidían. Después, en otros barcos fueron subiendo el duque de Huéscar, el duque de Medinaceli, el de Béjar, el de Arcos y el de Medina Sidonia, el conde de Valparaíso y otros nobles y altos cortesanos. Ensenada, que se embarcó en el Real, hizo de primer timonel. Fue la última gran representación teatral del poder de Ensenada y de la felicidad de la Corte. La reina y Farinelli cantaron a dúo al regresar, mientras el rey solicitaba frecuentes paradas para cazar. Como a su sucesor, a Fernando vi le gustaba la caza; pero también como a Carlos iii, de una forma especial que consistía en disparar a las piezas con cierta seguridad. En Aranjuez le habían habilitado un coto vallado con redes en el que los sirvientes introducían a los animales, de forma que cuando llegaban los reyes con sus escopetas, sus jaurías de perros y la legión de ballesteros, ojeadores y monteros, que se mantenían todo el año en la Corte al servicio de los reyes, era imposible fallar. La tarde del Corpus de 1754, los reyes desembarcaron en el coto y mataron una loba, dos lobatos y un jabalí. Ensenada se ocupó de poner una gran tapia en Aranjuez para que los animales no pudieran salir del recinto y comerse las hortalizas de los vecinos, lo que provocaba numerosas indemnizaciones.

El severo Carvajal había muerto ya antes de ese último Corpus deslumbrante (en abril del año anterior) y a Ensenada le quedaba muy poco tiempo en el cargo. Llegaba la hora del duque de Huéscar —de nuevo conspirando— y de Ricardo Wall, que tanto contribuirían a airear los despilfarros de la Corte y el lujo del marqués tras lograr su caída. Sin embargo, cuando llegaron al poder les tocó a ellos «divertir» a la feliz pareja y no cesó la compra de diamantes y relojes. Ahora era Wall el que daba las órdenes de compra y Félix de Abreu, el nuevo embajador en Londres, y Jorge Masones de Lima, en París, los que hacían los tratos. Todo siguió igual en la feliz Corte festiva hasta que murió la reina cuatro años después y el rey fue arrebatado del mundo por la locura al año siguiente, incapaz de vivir sin su mujer.

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22 oktyabr 2025
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