Kitabı oxu: «Las llamas de la secuoya»

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LAS LLAMAS

DE LA SECUOYA

LAS LLAMAS

DE LA SECUOYA

JOSÉ LUIS VÉLAZ

Primera edición: septiembre 2021

© Las llamas de la secuoya

© Jose Luis Vélaz Negueruela

Imagen de portada:

best-wallpapers.net

Dibujos de portada y contraportada:

Yaisa Vélaz

Edita: Ulzama ediciones.

Maquetación e impresión: Ulzama Digital.

ISBN eBook: 978-84-124219-2-7

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Fue una suposición tan nítida, tan convincente,

que la identificó como un presagio.

Gabriel García Márquez, Cien años de soledad

Preludio

I

Cuando el mundo todavía era mundo y aún se podía vivir en él, los árboles crecían hacia el sol, los riachuelos conducían aguas cristalinas y verdes praderas se perfilaban en los acantilados que asomaban a las grandes extensiones de la mar en una exuberante explosión de vida y naturaleza; hasta que el comportamiento, en una abyecta ceguera, de la especie humana acabara por destruirlo. Sin pesares, sin remordimiento. Lenta y estúpidamente.

No solo, desde su misma génesis, el ser humano había puesto su empeño en liquidar a sus propios congéneres, a aquellos que sentía diferentes o que simplemente le molestaban, evanecían su soberbia o vetaban sus intereses sino, además, a la misma naturaleza que le permitía vivir a la que en lugar de proteger y cuidar la utilizaba de forma irresponsable, cercenando sus recursos de manera contraria a las más elementales reglas naturales por la inmediatez de un provecho vacuo e inmediato en contra de su propia esencia. Ni la religión ni el ordenamiento cívico jurídico con que se habían dotado las distintas civilizaciones habían hecho posible detener la llegada de un anunciado caos.

Y el caos, así por fin, no tardó en llegar.

Tras la Tercera Guerra Mundial, que había irrumpido de manera muy similar a las anteriores, y en especial a la Primera, aunque con diferentes protagonistas iniciales, y antes de que llegara un armisticio, la gente llana, harta y desesperada, se había rebelado de manera muy violenta contra toda forma de poder y de liderazgo militar y religioso, pero también de forma seguida, sin solución de continuidad, contra todo tipo de dirigentes políticos primero y sindicales después, a quienes achacaban la culpa de todos los males de la humanidad por su incapacidad para resolver, sus ansias de poder en aras de acrecentar su propia vanidad y altanería y por sus reiteradas y falsas promesas incumplidas. Hordas de individuos anónimos indisciplinados que armados de fusiles y bayonetas surgían de los propios ejércitos matando a sus jefes y oficiales, se adueñaron de las calles sobrepasando a policías y a otros supuestos encargados del orden establecido, quienes acababan muriendo o uniéndose a las hordas salvajes, hasta que secuestraban y luego, sin tan siquiera seguir el ritual que a veces un juicio, aunque fuere sumarísimo, parecía justificar, daban muerte a los dirigentes, empezando por reyes, emperadores, presidentes y jefes de gobierno y siguiendo en orden descendente hasta quienesquiera que osaran mantener cualquier forma de jerarquía o se arrogaran algún tipo de representatividad.

La anarquía se había extendido por todos los países de la Tierra impetuosamente, y como si de un virus sin remedio se tratara, se había expandido de manera casi simultánea pues al poco ya no quedaba un solo lugar donde se mantuvieran organizaciones, de cualquier clase que fueran, como hasta entonces se habían conocido. Las fronteras quedaron rotas, abiertas y despejadas mientras turbas alocadas linchaban y cometían todo tipo de tropelías contra cualquier manifestación de poder fuera o no uniformado. Era como si al ser humano, de pronto, se le hubiera olvidado llorar.

Todo había comenzado en Gran Bretaña donde un primer conato de insurrección espontánea en el seno de su Ejército, sin apenas eco mediático, se extendió de manera fulminante cuando iban a ser procesados los causantes convirtiéndose en un estallido de ira irreflexivo y tenaz, que acabó con la vida de su primer ministro tras un inmenso reguero de sangre. Como un acto reflejo, un brote de similares características estalló en el continente europeo y luego en Estados Unidos, Rusia, China, en el resto de Europa, de Asia y América, en África y en Oceanía; en fin, tanto en Oriente como en Occidente, en el hemisferio norte como en el sur, no quedando pues, lugar en el mundo que se librara de la citada explosión.

La falta de esperanza en el futuro en medio de un planeta acabado cuyos recursos agotados resultaban insuficientes, desertizado, sin apenas agua aprovechable pues no llovía —y cuando lo hacía era de tal manera que solo provocaba daños irreparables—; fenómenos meteorológicos devastadores, naturaleza muerta, ciudades enterradas bajo desechos y detritus, islas de plásticos en medio del océano que habían acabado con casi toda la vida marina, aniquiladoras pandemias y guerras interminables sin conocerse muy bien a quiénes favorecían, habían hecho mucho tiempo antes que la raza humana desistiera de tener descendencia.

Por otro lado, la longevidad de las gentes que lograban salir indemnes de las citadas plagas y calamidades, había convertido en jóvenes a las personas con la edad que en otros tiempos eran consideradas ancianas, lo que unido a la escasa labor reproductora de la especie humana había hecho ascender la edad media de una forma alarmante. Hacía mucho tiempo que las personas pasivas habían superado a las activas y los sistemas públicos de pensiones no tardaron en quebrar. Los políticos, a pesar de las advertencias, reaccionaron tarde y mal, con una visión cortoplacista, diseñando sistemas impositivos para financiar las pensiones, lo que a su vez causaba grandes desequilibrios en el mercado, hasta que devino el crac.

En esta situación se estaba cuando, como de forma mimética en todos los lugares de la Tierra, explosionó la ira de los pueblos y los soldados, alentados por ingentes masas alteradas de ciudadanos hastiados, quebraron su disciplina pasando por las armas a sus superiores para luego atentar contra cualquier símbolo que representara el orden establecido. Gobernantes y políticos de cualquier ideología eran linchados y ejecutados, mas también, poco después, las hordas se encaminaban a los palacios de justicia donde vigilantes y funcionarios se sumaban a las masas alteradas prendiendo fuego a los edificios y dando muerte a fiscales, jueces, magistrados y a cualquiera que se les interpusiera; y al observar a periodistas haciendo su trabajo, retrasmitiendo la algarada, gritaban: «¡A la prensa!», y fue entonces cuando raudas las tropelías se dirigieron a las principales sedes de los medios de comunicación, pero estos se consumían ya entre las llamas causadas por sus propios empleados. Al mismo tiempo las puertas de las cárceles, todas hacinadas, se abrían y los presos salían alborozados mientras en medio de la euforia entonaban gritos de libertad.

El mundo se había vuelto loco.

La profecía de Aviamotola se había cumplido.

II

Sin dirigentes y sin orden pronto comenzaría la barbarie. En un principio los bancos y otros establecimientos fueron saqueados, la propiedad privada asaltada y los automóviles y otros bienes robados. En medio de la vorágine y la marabunta se multiplicaban las agresiones sexuales que de todo tipo se producían por doquier, sin tapujos, sin ocultarse, sin vergüenza, allí mismo, fuera sobre el capó de vehículos calcinados o sobre el putrefacto suelo de las ciudades corrompidas y ante ojos de transeúntes que ya no se horrorizaban y a los que todo les daba igual; como ocurría cuando veían imágenes, que también se producían a plena luz del día, de humanos yaciendo sobre el asfalto urbano satisfaciendo sus instintos carnales animales. La imagen de hombres y mujeres convertidos en crueles fieras en medio de edificios en ruinas y desolación se había ya propagado por todo el planeta. Así que al poco tiempo las armas se convirtieron en el mejor medio de defensa —y contra más sofisticadas mejor—, de modo que por las peligrosas calles de las ciudades arrasadas las gentes iban pertrechadas hasta los dientes, mostrando al filo de sus caderas brillantes armas de fuego colgadas del rancio cuero del cinto de sus cartucheras.

Por todo ello enseguida comenzaron a surgir personas especializadas en el uso de las modernas pistolas que con rapidez y maestría lucían —en medio de las urbes, entre apuestas desaforadas y ante duelos surgidos por retos suscitados por mínimas provocaciones—, sus artes para matar. Los mejores pistoleros en poco tiempo se hicieron muy cotizados, no obstante era tal la rapidez con la que crecían en su fama y valoración como el corto tiempo que les duraba, pues cuando llegaban a la cima siempre aparecía el rival que los superaba en esos duelos a muerte. Sin embargo, mientras tanto, los mejores y más rápidos eran contratados por personas que podían pagar sus servicios. Así, los más potentados, se cubrieron con un gran número de pistoleros y guardaespaldas para custodiar su seguridad.

Pero pronto muchos individuos, como en todas las épocas y circunstancias, comenzaron a aprovecharse de las debilidades del sistema, en este caso antisistema, para lograr sus intereses, sin miramientos de ninguna clase, por lo que no tardaron en aparecer peligrosas bandas mafiosas y criminales, en las que las mentes más perversas reunían a su alrededor a despiadados matones capaces de desenfundar sus revólveres a gran velocidad. Las rivalidades entre las bandas no tardaron en llegar y en autoliquidarse con continuos ajustes de cuentas; sin embargo, las que prevalecían cada vez se hacían más grandes y poderosas e imponían sus normas. Normas, al fin y al cabo, como aquellas contra las que poco antes el ser humano se había rebelado, solo que aún más injustas y arbitrarias.

III

El paso de los milenios había significado un imparable y enorme desarrollo tanto en lo científico como en lo tecnológico al contrario de lo sucedido en el campo de la moral, en el que apenas nada había cambiado desde la misma prehistoria.

Ante tanta exasperación y a las puertas de su inminente extinción, el homo sapiens parecía estar a punto de lograr que al final de su evolución biológica fuera sucedido por otro ser creado por él mismo, como si de una transformación, ahora digital, se tratara, capaz de adaptarse a los nuevos tiempos que habrían de llegar.

Quizá sin que en verdad fuera absolutamente consciente de sus futuras consecuencias, había creado la inteligencia artificial. Lenta pero sin pausa, al cabo de muchas generaciones, de simples programas surgidos por la necesidad de ayuda se habían creado máquinas con verdaderas redes neuronales artificiales que habían llegado a su cénit cuando estas fueron capaces de aprender y evolucionar por sí solas.

Las máquinas inteligentes habían comenzado a servir a los humanos en todo tipo de tareas: desde las científicas a las de entretenimiento, pasando por las domésticas y de desarrollo de tareas profesionales. Con el tiempo, el ser humano quiso que también, en su aspecto físico, se parecieran a él. Incluso que les reconfortara en su soledad, aquella a la que las redes sociales, ya extinguidas, no habían hecho sino reforzarla. Y comenzaron a comprarse humanoides con texturas y formas semejantes a las del ser humano, con el carácter que los individuos solicitaban para que satisficieran sus íntimas necesidades o curaran sus carencias afectivas. Y comenzaron así a generarse parejas mixtas formadas por humanos y humanoides.

El ser humano en su azorada progresión, aunque se había destruido a sí mismo y se encontraba al borde de su extinción, había logrado crear, sin embargo, unos seres que revestidos, a su mejor imagen y semejanza externa, no eran sino máquinas programadas cada vez más capacitadas para cualquier actividad. Estos robots humanoides se habían ido perfeccionando hasta el punto de llegar al hito más crucial: eran capaces por sí mismos de aprender, mejorar y reprogramarse para cualquier objetivo; esto es, ya no necesitaban al ingeniero humano para programarlos. Pero lo más fundamental llegó cuando ya no solo fueron poseedores de inteligencia, sino también de consciencia.

A diferencia de la especie humana su cerebro no solo era más rápido y ágil, sino que su fortaleza, en todos los aspectos, era superior y en especial, al no ser una especie animal, no tenían las necesidades de estos: respirar, comer, beber, dormir, ni estaban expuestos a las múltiples enfermedades humanas, ni a su envejecimiento y muerte. Eran capaces no solo de actualizarse por sí mismos, sino que lograban que generaciones o versiones posteriores superaran las anteriores, tanto en fines como en capacidades, y tan solo necesitaban para su supervivencia un mínimo consumo de energía, la cual habían logrado no solo disminuir; sino además, que fuera proveída de distintas opciones de fuentes de fácil accesibilidad, como las que provenían directamente del sol, del viento e incluso, en otros casos, de los más insospechados recursos naturales.

Muy resistentes y fuertes, casi inexpugnables, capaces de superar enormes cambios de temperaturas, no conocían el agotamiento ni el dolor. Su inteligencia hacía tiempo que había superado en mucho a la humana; basada en el raciocinio los hacía capaces de resolver cualquier problema y juzgar, sin condicionados prejuicios, de forma lógica, o sea exacta y justa. A diferencia también de los humanos carecían de ciertas tendencias emocionales y quizás por ello, de todos los pecados capitales que habían acabado con la especie; pues, en su caso, primaba el razonamiento lógico; así que en lo único que se parecían a aquellos, pues así lo había deseado el hombre, era en su aspecto exterior, que estaba hecho a imagen y semejanza del de los humanos, como seres tridimensionales con todos sus atributos, en unos casos masculinos y en otros femeninos; y claro está, habían superado todos los estándares de belleza y formas establecidos por sus propios creadores. Algo que tampoco, llegado el caso necesario, sería concluyente, puesto que podían ser capaces de adaptar nuevas apariencias, incluso en cuanto al tegumento que formaba la epidermis de su piel de aspecto humano, constituida con micro sensores en sus poros que conectados con su mente hacían las veces del cuerpo biológico.

La paradoja era que ahora se encontraban mezclados con estos, sin que en principio, aparente y externamente, fuera posible detectar si determinado individuo era humano o humanoide. Incluso para lograr tal similitud, las nuevas generaciones de estos últimos mantenían sistemas artificiales para poder comer o beber si lo deseaban, pudiendo así acompañar a los humanos en sus propios hábitos, pasar desapercibidos o infiltrarse en sus propios grupos y, por supuesto, siendo capaces de emitir valoradas opiniones sobre el gusto o el sabor de lo ingerido.

Mucha gente veía en ellos el futuro de la humanidad. En un momento en el que faltaba la esperanza por la continuidad de la especie, precisamente —decían—, esta vendría a través de la máquina poderosa que habían creado a su imagen y semejanza, pero sin las debilidades humanas y con un cerebro portentoso que ya podía superar al orgánico de las personas. Eran pues, para ellos, realmente sus propios descendientes. Sin embargo otros, como siempre ocurre, supremacistas y especistas en sentido amplio, recelaban y los veían con el odio de ser diferentes, inferiores y en clara competencia a sus intereses por lo que estaban dispuestos a destruirlos.

Y entonces, sucedió

1

Los habitantes de la Tierra habitaban en inmensas ciudades sucias y miserables, aisladas entre grandes extensiones de tierra infértil y desértica — donde esparcidos se amontonaban vertederos con millones de toneladas de escombros y residuos— o del mar contaminado. Una espesa capa de partículas mezclada con el aire hacía que los sobrevivientes vivieran de forma permanente entre tinieblas. Dentro de una nebulosa gris y sombría, donde multitud de cuervos grandes, una de las pocas especies animales que aún subsistían, bien emplazados entre la putrefacción y la decadencia, controlaban los movimientos de las gentes y los desechos de estas, mientras analizaban, con fina destreza, el momento oportuno para alimentarse lanzándose hacia sus presas.

La moderna Yridia se componía de siete enormes distritos, algunos de ellos muy peligrosos, y en el denominado Cuarto Distrito se concentraban gran parte de oficinas y centros de trabajo, combinados con salones de ocio y diversión. Allí se encontraba uno de los más concurridos, el Kiux, con barras circulares al aire libre que daban acceso a una zona disco, con asientos y tumbonas alrededor de mesas que se iluminaban al son de la música rock y donde, en cada uno de sus extremos, algunas gentes se agolpaban observando una especie de carrusel que daba vueltas, mostrando a hermosas go-gos humanoides contorneándose al ritmo trepidante de la música, al tiempo que se desvestían con seductores movimientos. En el extremo opuesto, eran otras personas las que rodeaban, mirando con curiosidad, humanoides con atributos masculinos en semejantes actitudes danzarinas sensuales. Luego, en ambos casos, los humanos que lo querían reservaban, en la pantalla de un expendedor, cita con los humanoides deseados para pasar con ellos un rato de relax.

Antonio, ese día, había salido antes de su trabajo en el IMAX, un centro de innovación y desarrollo en tecnología médica. A pesar de su formación universitaria en Física, desde el comienzo de su actividad laboral, se había reconvertido en el campo de la ingeniería informática. Aunque de aparente edad indistinta tenía treinta y dos años, recién cumplidos. Vivía solo, en un apartamento del Cuarto Distrito. La soledad había sido siempre una constante en su vida. Cuando tenía siete años, su padre tuvo que desaparecer por un tiempo que acabó siendo indefinido. Poco después, su madre moría tras el nacimiento de una hermana que nunca llegó a conocer al ser entregada a alguien sin dejar rastro alguno. Su abuela materna se hizo cargo de él hasta que un día, cuando contaba con dieciséis, cogió una mochila, la llenó con una nube de sueños, y se marchó a la búsqueda de lo desconocido. Un año más tarde se encontró con su padre, muy enfermo, quien le habló de su vida, del amor por su madre, y le transmitió un secreto encerrado en una cajita de teca.

Cuando Antonio llegó al Kiux, vio a su amigo Pedro sentado y apoyado en una de las barras leyendo unos documentos con atención.

—¿Cómo puedes concentrarte con esta música estridente? —preguntó Antonio.

Pedro lo miró de soslayo, haciendo un gesto indescifrable. Antonio pidió una consumición y se puso a su lado. Luego dijo aquel:

—Me acabo de asociar a los STF. Estos son los documentos. Debemos hacer algo para salvar el futuro. Tú deberías hacer lo mismo. Sabes que la única esperanza son los humanoides.

Antonio asintió seriamente con la cabeza, al tiempo que se llevaba la consumición a la boca.

—¿Y entonces a qué esperas? ¿Por qué no me acompañas a alguna de las reuniones en la sede del distrito? Verás la importancia de hacer algo.

—Está bien. Me avisas —dijo Antonio. Luego este se levantó con su vaso, hizo un gesto a su amigo y se fue hacia los salones donde los bellos humanoides hacían estriptis, ante miradas complacidas que tomaban nota y luego reservaban el escarceo que dejaban pagado por adelantado. Tras ver el masculino fue al femenino. En ambos ocurría lo mismo.

Cuando salió a la calle muy concurrida no pudo dejar de mirar, aun disimuladamente, a una singular mujer que denotaba cierta clase, en todos sus aspectos y que se había adelantado, solicitando el cambio del semáforo, a través de un ligero movimiento de muñeca, donde lucía un bonito brazalete de vivos colores verdes y dorados, que contenía una microcomputadora incorporada. En cuanto aquel tornó de color la mujer se apresuró a cruzar la vía. Antonio siguió tras sus pasos, ahora sí, deleitando su mirada en las finas curvas que el conjunto de pantalón negro de poliamida, muy ajustado, y una corta chaqueta sin botonadura, por la que se desprendía una larga cabellera lisa muy rubia, pronunciaba ante su vista. Casualidad, la mujer que había acelerado el paso, giró al llegar a la acera a su derecha, el camino hacia donde Antonio se dirigía, hasta que unos metros más adelante se paró ante una moto voladora. Sacó un casco de un cofre y mientras se lo colocaba, ajustándose el cabello, dos jóvenes con camisetas negras bajo largas capas, también del color de la noche, y la imagen de un dragón alado blanco al dorso, que dejaban entrever cintos de doble pistolera, se acercaron bruscamente a la mujer, uno la agarró fuertemente del brazo con intención de llevársela, mientras el otro vigilaba con sonrisa complaciente y brazos cruzados. Antonio, al ver la actitud de los hombres, gritó:

—¡¿Qué hacen?!

Los hombres se volvieron hacia él, y el de la sonrisa cambió su gesto por uno de pocos amigos. Como el otro seguía forzando y zarandeando a la chica, arrastrándola por el pelo, Antonio lo empujó dándole un fuerte puñetazo en la mejilla. El que ya no sonreía sacó un largo cuchillo de la parte de atrás de su cinturón con intención de clavárselo, pero Antonio reaccionó con rapidez esquivándolo en parte, pues el afilado filo del cuchillo rasgó su americana, lo que no impidió que perdiera la estabilidad y cayera al suelo, y pronto comenzara a brotar con fluidez la sangre de su brazo, al tiempo que agarraba la pierna de su agresor haciéndolo caer. Entonces, el que sujetaba a la chica, la soltó por un instante, desenfundó su revólver y cuando apuntando a la cabeza de Antonio se disponía a disparar, cayó abatido por los tiros de una pequeña pistola que la mujer había sacado del interior de su chaquetilla. Tampoco le dio opción al otro a que usara su arma, que ya había sacado, pues antes le descerrajó un certero disparo que acabó con él. Aún seguía perplejo Antonio tumbado en el suelo, cuando ella vio que unos hombres, con semejantes atuendos al de los asaltantes, salían desde un bar cercano corriendo hacia ellos empuñando sus pistolas en la mano.

—Rápido, si quiere seguir con vida —dijo ella.

Le cogió de la mano. Le ayudó a levantarse y le alentó para que se sentara en el asiento posterior de su moto. Pulsó el botón de arranque, unas pequeñas alas se desplegaron y en unos segundos volaban entre los altos edificios de la avenida, en dirección al helipuerto del hospital universitario.

Un camillero les esperaba. Al poco de dejarse caer en la camilla Antonio perdió el sentido. La herida era muy profunda y había perdido mucha sangre.

2

La habitación era lúgubre, aunque por el amplio ventanal los rayos pálidos del sol, apaciguados por la capa de la contaminación ambiental, como si fueran crepusculares, penetraban disminuidos acariciando las sábanas que cubrían a Antonio. A su derecha, una pequeña mesilla con una finísima tableta electrónica enrollable y un lánguido florero alargado que sostenía una rosa artificial. Un poco más allá, un desgastado sillón oscuro vacío. Observó cómo caía el suero, gota a gota, por el tubo que tenía conectado a su brazo izquierdo mientras el otro lo mantenía totalmente vendado.

Entonces hizo un esfuerzo por recordar y revivir en su mente la sucesión de hechos hasta llegar al lugar y a la situación en que se encontraba. Vagamente comenzó a evocar los últimos momentos de su consciencia. La atractiva chica rubia. Los matones pistoleros de largas capas negras. La pelea y… ¡no podía ser!, recordaba cómo ella se había cargado a esos hombres. Luego se había subido a su moto voladora… la llegada al hospital…

En ese momento un hombre con bata blanca y un nombre inscrito en la misma, que Antonio no pudo leer, acompañado de una mujer vestida de enfermera, abrieron la puerta de la habitación y se acercaron al borde de su lecho.

—¿Cómo estás? —le preguntó el médico.

—Bien. Un poco mareado quizás.

—Es normal. Tenías un buen corte. Un poco más y hubiera sido tarde. Has tenido suerte. Conseguimos detener la hemorragia y restablecer tus constantes vitales. En unos días estarás restablecido. ¿Quieres llamar o que llamemos a alguien?

Antonio se quedó pensativo durante un instante… Sonrió para sus adentros recordando a su compañero de apartamento. Le echaría en falta, en especial por la comida, pero aun sin él estaba seguro de que sabría sobrevivir.

—No. Gracias.

—Bueno. Volveré a pasar mañana a esta hora. Si necesitas algo pulsas ahí —dijo señalando un pulsador que caía al borde de la mesilla.

Estaban ya en la puerta, cuando Antonio, de repente, se volvió para decir:

—Perdonen. Me trajo una señorita. ¿Saben qué ha sido de ella?

El médico miró a la enfermera que hizo un gesto de desconocer cualquier cosa sobre la concreta pregunta.

—No. Quizás en recepción…

—¿El camillero?

—Podría ser.

—¿Serían tan amables de contactar con él?

El médico volvió a mirar a la enfermera quien contestó:

—Ya preguntaré. A ver quién estaba de guardia. No sé si será fácil, pues hay bastantes en cada turno que cambian además de actividad a diario. Lo intento —volvió a repetir con una forzada sonrisa, cerrando la puerta de la habitación.

Antonio pensó que tanto el médico como la enfermera serían humanoides. Hacía décadas que venían ocupando la mayor parte de las plazas de personal sanitario en clínicas y hospitales pues habían demostrado ser muy idóneos para ello, luego le sobrevino la imagen de aquella misteriosa mujer y dudó de que pudiera volver a contactar con ella.

Al día siguiente le dieron el alta y a pesar de las gestiones para obtener algún conocimiento sobre la mujer que le había llevado al hospital, no obtuvo ninguna satisfacción.

Al llegar a su apartamento, antes de abrir la puerta, tuvo un presentimiento, o quizá no fuera tal sino que los detalles le inducían a pensar que algo extraño había sucedido: marcas de pisadas, el felpudo desplazado, un olor… Colocó el dedo índice en la pequeña pantalla y la puerta se abrió. Todo se hallaba movido. En general solía tenerlo ciertamente desordenado, pero los cajones y armarios al menos acostumbraba a conservarlos en su sitio, con la ropa apilada, y ahora se hallaba todo desparramado por el suelo, como si alguien hubiera buscado algo en los rincones más recónditos. Al fondo, desde otra habitación, le llegó el sonido suave de un dulce gemido de su compañero y entonces vio que venía hacia él, silencioso, con unos ojos que resplandecían entre el negro pelaje y la cola ligeramente levantada:

—¡Atila! Oh… ¿Qué ha sucedido?

El meloso gatito se acercó maullando hacia él. Lo acarició y luego levantó la vista mirando el salvaje aspecto en el que habían dejado su apartamento. ¿Quién o quiénes podrían haber sido? ¿Cómo habrían podido acceder burlando el sistema de seguridad? No tenía enemigos, o al menos eso pensaba. Procuraba no meterse en líos. En una pantalla introdujo unas claves para ver lo que habían captado las cámaras del interior. Curiosamente no se veía ningún movimiento. El mobiliario estaba como lo dejó, sin embargo, entre las 18:03 y las 18:47 del día anterior desaparece la imagen y es suplida por un barrido, luego vuelve la visibilidad con todo revuelto.

En ese instante recordó algo, dejó a Atila y fue asustado y precipitado directamente al cuarto de baño. Allí, tras el inodoro metió la mano, dio unos toquecitos con el pulgar en un punto concreto, como si se tratara de una clave en morse y finalmente pudo levantar una baldosa. Sopló con relajada satisfacción al palpar la cajita de madera de teca. La sacó. Dentro se hallaba lo que buscaba: el papiro enrollado, el trozo de pergamino que conformaba un cuadrado de veinte centímetros de lado, y un collar de bronce tallado en oro con determinadas inscripciones en latín. Además, un sobre contenía tres tarjetas con direcciones; numeradas del 1 al 3.

Había llegado el momento, pensó. No lo podía demorar más. Retuvo mentalmente el domicilio de la tarjeta número 1, a nombre de un tal Sylnius; introdujo la cajita en su mochila y salió precipitadamente a la calle.

3

Se dirigió hacia una parada cercana de autobús. Al doblar la embocadura por la que afluía a la avenida de la parada vio que pasaba el 44, el bus rojo que necesitaba coger. Echó a correr, tenía que cruzar al otro lado pero la circulación terrestre de vehículos era demasiado densa. Justo cuando se acercaba a la parte trasera del autobús doble articulado, este se incorporaba para salir. Lo llamó desesperadamente. Casi consigue agarrarse al saliente de la puerta. Se quedó mirando cómo partía, jurando. Los ojos de la gente de la parte posterior del bus, que iba repleto, contemplaban la escena con apatía. No podía echar tampoco la culpa a ningún conductor. No lo había, eran vehículos autónomos. Todavía estaba observando cómo se alejaba cuando una enorme explosión hacía saltar por los aires el autobús articulado. Fue tal la liberación de energía de la presión, acompañada de un potente estruendo, que Antonio sintió que el suelo se movía con el mismo efecto que el causado por un terremoto. El ruido de la explosión enmudeció los gritos de pánico y al color rojo de los múltiples segmentos de la carrocería del autobús, se unió el de la sangre de los humanos que iban en su interior así como la de los que se encontraban en un radio de más de doscientos metros. Algún edificio colindante se vino abajo.

Antonio se llevó las manos a la cabeza. ¡Se había salvado por haber perdido el bus por centímetros! Las ambulancias aéreas comenzaban a llegar a la zona que había quedado devastada. Salió a una calle paralela y se puso a caminar hacia donde se dirigía. Observó su dispositivo móvil: tenía cinco kilómetros de distancia. Comenzó a andar guiado por el navegador. Tenía tiempo, no obstante pensó que si veía pasar un taxi lo cogería.

Cuando aún no había llegado a mitad del recorrido se encontró en medio de dos grupos de manifestantes que habían comenzado a pegarse, a lanzarse piedras y como la trifulca subía gradualmente de tono, comenzaron a oírse disparos, gritos, carreras, algunos cuerpos quedaban tendidos en el asfalto. Antonio tuvo que tirarse al suelo protegido por un vehículo calcinado que yacía aparcado. En cuanto pudo se lanzó a la carrera hacia un lugar más seguro procurando evitar el altercado. Poco después, en una bocacalle, vio que pasaba un taxi libre. Le hizo señal de que parara, pero siguió de largo. Continuó andando hasta que por fin llegó al Mars II Club.

Por fuera tenía aspecto de ser un verdadero antro. Fuertemente vigilado por gorilas, con la cabeza rasurada en su totalidad y tatuada con la testa de una pantera negra de ojos brillantes y agresivos colmillos en la parte superior del cráneo, con rifles automáticos, situados en todos los recovecos alrededor del local. Se dirigió a la taquilla blindada. Era necesario sacar un billete para entrar que dentro podía canjear por una consumición. En la misma entrada, un hombre que parecía ser el encargado de la vigilancia, rifle en bandolera, le dijo que levantara los brazos y tras un gesto otro lo cacheó minuciosamente, luego le pasaron, rodeando su cuerpo, un detector especial y para terminar tuvo que atravesar por el arco de un escáner. Una vez dentro se dirigió a la barra donde servían hombres en bañador y mujeres en toples. Por los grandes bafles retumbaba la segunda parte de Another Brick in the Wall de Pink Floyd y las imágenes del vídeo se reproducían entre las rústicas piedras que conformaban las paredes en una especie de caverna. Preguntó por la persona que buscaba. El barman lo miró sorprendido, con atención: «¿De parte de quién?», —dijo con sequedad—. Antonio se identificó y aquel se dirigió a otro, vestido con traje y pajarita, que se encontraba al fondo de la barra, y entonces pudo ver cómo este al escuchar lo que el barman le transmitía dirigía su vista hacía él, con cara de pocos amigos, y luego llamaba por un teléfono sin dejar de mirarle mientras hablaba.

—Quiere seguirme, por favor.

Una sonriente señorita, también vestida, se había acercado por detrás. Antonio la siguió hasta un garito escondido en un sótano al que había que acceder por un laberinto y traspasar distintas puertas blindadas con sus respectivas claves digitales.

Un hombre alto con una larga cabellera blanca, como el platino, que sobrepasaba los hombros del traje oscuro se le quedó mirando fijamente. Era una mirada que impresionaba. Antonio estimó, recordando comentarios de su padre, que rondaría los noventa años. Sobre el dorso de su mano izquierda destacaba la imponente cabeza de una agresiva pantera negra. De pronto el hombre sonrió y exclamó:

—¡Crossmann! ¡Claro! No puedes ser otro. Parece que estoy viendo a tu padre. Tienes su misma cara. ¿Cómo es tu nombre de pila?

—Antonio, señor.

—Bien, Antonio. Puedes llamarme Sylnius. Me alegra mucho verte. Ven, vamos a sentarnos junto a mi mesa de despacho o mejor aún, vamos a subir arriba, a un reservado. Estaremos tranquilos y podremos tomar algo —dijo el hombre de grave timbre y voz pausada apoyando su mano sobre el hombro de Antonio.

Pero justo entonces, un corpulento hombre de color se acercó al misterioso personaje diciéndole algo que Antonio no pudo llegar a escuchar.

—¡Vaya! Lo siento Antonio, debes disculparme un momento. Espérame tomándote algo. Ahora te acompaña al reservado uno de mis escoltas. Estoy contigo enseguida.

Al salir del despacho una mujer a la que conducían dos hombres, con la cara manchada de modo burdo por el rímel y el pintalabios corridos, se quedó mirándolo con ojos que destellaban odio. Antonio pudo percatarse de que iba esposada.

El escolta lo acomodó en un reservado conformado en una de las cavidades de lo que representaba una cueva prehistórica y, justo en ese momento, por los bafles del tugurio comenzaba a sonar con fuerza una genial percusión al ritmo trepidante de los timbales y la batería. A los primeros sones Antonio reconoció que se trataba de Sympathy for the Devil de The Rolling Stones. La situó en su época de gestación, mediados del siglo XX, cuando aún había esperanzas para la humanidad. Siempre había sido aficionado a la innovadora música producida por los grandes grupos de esa época. Al fondo, por una gran pantalla, se mostraba el vídeo con una grabación en directo, y se escuchaba el clamor del público vehemente que repetía enfervorizado: «¡Hi… Hiuuuuh!…», como si de un eco se tratara, los provocadores gritos de su cantante Mick Jagger al salir al escenario contorneándose entre efectivos juegos de luces rojas que estarían simulando al infierno: «¡Hi, Hiuuuuh!… ¡Hi, Hiuuuuh!…». Al pedir la consumición Antonio pudo ver, también, las formas poco iluminadas de algunas parejas de jóvenes, con el mismo atuendo de los camareros, que danzaban libidinosamente en un cuadrilátero de cuyo fondo comenzaron a surgir halos de llamaradas grotescas coloradas, que seguían el ritmo musical entremezcladas con brotes de humo, que dejaban las líneas de los cuerpos desvanecidos y confusos.

Antonio salió del letargo en el que se hallaba totalmente abstraído, sumergido en esa escena a la que se unía, al fondo, el vídeo de los Stones interpretando la canción: «Uuu… uuuuuuh… Uu… uuuuuuh…», que ahora estaba llegando a su fin, mientras sobresalía el punteo de la guitarra ante la locura desatada y un airado lucifer preguntaba, con ironía: «Tell my baby, what´s my name… iuh, iuuuuh…, what´s my name»; cuando apareció Sylnius.

—Ya estoy contigo Antonio —exclamó el hombre de largo cabello plateado que había llegado rodeado por un grupo fuertemente armado. Sylnius pidió una consumición y comenzó con grato recuerdo a hablar del padre de Antonio, recordando las muchas cosas que habían hecho juntos hasta que por fin dijo—: Bueno, ¿qué me cuentas? Si estás aquí es por algo.

De fondo, ahora, sonaba melódica Stairway to Heaven de Led Zeppelin. Antonio sacó la cajita de teca de su mochila y le enseñó el papiro y el trozo de pergamino. Sylnius tomó este último, le dio la vuelta. Un número se hallaba grabado y dijo ensimismado:

—El 111. Sí, era el de tu padre… ¿Conoces la historia?

—Algo me contó mi padre siendo yo muy joven, luego, como sabe, tuvo que desaparecer por un tiempo. Cuando volvió, se encontraba muy enfermo. Lo hizo para morir y despedirse de mí. Me repitió hasta el final lo de la hermandad y aparte de estos elementos, me entregó tres tarjetas con las direcciones de las personas con las que tenía que contactar. Primero estaba la suya, caso de no ser posible el contacto me debía dirigir a la número 2 y finalmente, por si acaso, había otra tercera.

—Bueno, pues me alegro de que yo pueda seguir contándolo y baste con mi contacto. Seré además tu padrino. Déjame ver quiénes eran los otros —Sylnius leyó los nombres de las otras tarjetas con una sonrisa—. Están vivos también, los tres te apadrinaremos.

—Gracias. Me hace ilusión seguir los pasos de mi padre.

—Bien, dime cómo puedo contactar contigo. Me encargaré de organizarlo todo. Será para la próxima reunión plenaria de la hermandad, dentro de mes y medio aproximadamente. Te avisaré con tiempo. Ahora me quedaré con la cajita de teca. Estará más segura conmigo. Además, previamente hay que seguir las formalidades estatutarias, es preciso un informe tras testar y conformar con los últimos avances la veracidad del pergamino y la transmisión del papiro. El día de la ceremonia mis hombres te recogerán y te llevarán a la sede. Allí se te investirá con la solemnidad requerida. ¿Necesitas algo ahora? ¿Quieres que te llevemos a tu domicilio?

—No. Muchas gracias, señor.

—Este distrito es muy peligroso para una persona sola y desarmada… Y llámame Sylnius… vamos a ser hermanos socios.

—De acuerdo. Tendré cuidado. Muchas gracias, Sylnius.

Antonio le dio una tarjeta donde apuntó todas las formas con las que podría contactar con él, seguidamente el hombre del largo cabello plateado se levantó, Antonio lo hizo tras él, Sylnius colocó las palmas sobre sus hombros y luego lo abrazó.

—Lo siento. Tengo que cumplir con mis obligaciones, Antonio. Tú puedes seguir aquí tranquilamente. Termina tu consumición. Pronto recibirás noticias mías. Cuídate.

Pero Antonio se marchó. Y estando casi en la puerta de salida se detuvo. Por los enormes bafles comenzaba a sonar, con gran potencia, Immigrant Song también de Led Zeppelin, al tiempo que las inmensas pantallas que conformaban las paredes del local mostraban el vídeo con una interpretación, en aquella época, del grupo en directo. Un escalofrío recorrió todo el cuerpo de Antonio.

4

Fuera, en los aledaños, abundaban los edificios semiderruidos y el hedor era penetrante. Los cuervos, al acecho por todas partes, crascitaban lanzando chirriantes graznidos. Unos buitres de enorme envergadura planeaban a baja altura al tiempo que por medio de esas mismas calles transitaban sigilosas, modernas y agresivas especies de hienas y chacales. Todos en busca de carroña. Los cuerpos mutilados, abandonados por los depredadores humanos, eran pronto asaltados por los carroñeros que actuaban en un ritual cargado de gran violencia para su propia supervivencia, limpiando las ciudades.

Antonio miró su navegador y decidió volver a su distrito por un camino diferente al que había utilizado en la ida, así que entró por un callejón, donde en una esquina vio a la mujer de la cara manchada. Se hallaba sentada en el suelo amamantando a una bestia de aspecto funesto: cara humana con enormes orejas y cuerpo de cerdo, pero de infantil y suave piel sonrosada. Nunca había visto un ser tan extraño, aunque recordó el uso intensivo que se había hecho de este mamífero para procurar órganos para humanos al ser muy similares. Ella se quedó mirándolo fijamente, luego le enseñó los dientes en actitud amenazante. Antonio aceleró el paso hasta doblar a una avenida atascada con vehículos destruidos y abandonados por todas partes. En la siguiente arteria circulatoria el tráfico parecía fluido hasta que se produjo un pequeño golpe entre dos coches que se pararon. Al poco, los conductores comenzaron a discutir, uno sacó su arma y disparó contra el otro. Del vehículo de este salió un tercero disparando contra el agresor. El tráfico quedó interrumpido y las protestas desaforadas de los ocupantes de los demás vehículos comenzaron a intensificarse, increpándose los unos contra los otros, recíprocamente. Los disparos se hicieron cada vez más frecuentes hasta que alguien, desde alguna ventana, lanzó una granada de mano. Varios coches salieron despedidos envueltos en llamas. Antonio volvió a la calle anterior paralela, más tranquila, desde donde seguía oyendo el estruendo de las detonaciones que se incrementaban, ahora causadas también por bombas, en la avenida que poco antes parecía fluida; pero tras haber apenas avanzado cincuenta metros, de un portal con aspecto abandonado salieron tres individuos con grandes capas rojas y rostros pintados a modo de payasos: fondo blanco y pronunciadas líneas que marcaban bocas sonrientes y ojos enormes. De sus cintos, a un lado, colgaban largas espadas de filos brillantes a la luz de las farolas, mientras que del otro pendían modernos revólveres. Los individuos de los extremos se abrieron para cercar a Antonio, mientras el del medio se detuvo, brazos cruzados, frente a él.

—Hola —dijo este pronunciando la pintada boca sonriente—, ¿tienes un cigarro negro?

Segundos antes de contestar, Antonio pensó que con seguridad se trataba de una contraseña entre bandas, de la cual, desde luego, no tenía la respuesta:

—Lo siento. No fumo.

Las carcajadas de los individuos resonaban en la cabeza de Antonio que no sabía lo que le esperaba, cuando se encontró la punta afilada de una de las espadas tocando su garganta y las manos esposadas. Justo en ese momento dos patrullas en motos voladoras que circulaban lentamente por el asfalto, en actitud vigilante, con cuatro plazas cada una, en la que unos fornidos hombres con chupas negras, que parecían de cuero, cabezas rapadas con la testa de una pantera negra de ojos brillantes y aspecto feroz, tatuada en su parte superior, y provistos de metralletas que salvo los que conducían apoyaban sobre sus muslos, contemplaron la escena. Alguien se dio cuenta de que se trataba del hombre que acabada de salir del Mars II Club.

—Ese hombre al que retienen los Payasos Asesinos es el que ha estado hablando con Sylnius.

—Llámale para ver qué hacemos.

Los payasos al ver las patrullas dejaron de reír y sus manos diestras, de forma automática se acercaron a sujetar las culatas de sus pistolas. El que parecía el jefe hizo un gesto para que Antonio avanzara hacia el portal del que habían salido.

Al recibir la orden de Sylnius las dos patrullas se dispusieron en torno a los payasos. El silencio hizo destacar el eco de los graznidos de los cuervos.

—¡Alto! —dijo el cabecilla de una de las motos—. Ese hombre es de los nuestros.

—¿Y qué hace por aquí, sin conocer las contraseñas? —preguntó el jefe de los payasos.

—Este territorio es nuestro. Si estáis aquí es con nuestro consentimiento —dijo el cabeza rapada y tatuada, al tiempo que veían asomar armas por los huecos de las ventanas rotas del edificio, ante rostros parapetados de Payasos Asesinos que se movían ansiosos tras ellas. La tensión se acentuaba.

Una voz ronca y fuerte apareció rodeado de hombres por el portal.

—¿Qué ocurre?

—Hemos cazado a este tipo paseando por esta calle sin conocer la contraseña.

El de la voz ronca sabía que el hombre, por su pinta, podría tener algún valor, pero otras cuatro motos llegaban, con cuatro componentes cada una de ellas, fuertemente armados, de cabezas tatuadas con la imagen de la pantera de ojos brillantes y sabía que, con la banda de las Panteras Negras, como así eran conocidos, era mejor tener la fiesta en paz.

—Dejadlo… —dijo el cabecilla sin mucho afán, antes de proseguir con una amenaza—, pero estamos empezando a cansarnos.

El trío que mantenía a Antonio lo soltó y una de las motos se acercó a recogerlo. Uno de sus componentes se apeó dejando su sitio a Antonio mientras él se sentaba en un anexo corredizo que había extraído en el borde posterior del vehículo.

—Nos ha ordenado Sylnius que te llevemos a tu casa. Es muy arriesgado andar por estas calles —dijo el jefe de la patrulla—. Está al teléfono y quiere hablar contigo.

Antonio habló con Sylnius. Este le recriminó que no hubiera aceptado que sus hombres lo hubieran acompañado hasta su casa. Pensaba que había ido motorizado o de alguna forma más segura. En fin, que eran calles muy peligrosas. Que ya se lo había advertido. Que ahora lo llevarían sí o sí y volvieron a despedirse como antes habían quedado.

5

Por fin, un día, Antonio recibió la esperada llamada de Sylnius. Sus hombres le recogerían el sábado siguiente para llevarlo hasta la sede de la Hermandad de Aviamotola.

Cuando divisó, entre la bruma tenebrosa, a lo lejos y desde abajo, el lugar, sagrado para la hermandad, que constituía su sede, a Antonio se le encogió el corazón. Se trataba de un antiquísimo monasterio en lo alto de una colina, rodeado de una muralla incrustada entre las rocas de la propia montaña. Un batallón de leales hombres a cargo de la sociedad lo protegían con armas sofisticadas, bajo la dirección de un antiguo y extraño ermitaño, reconvertido en uno de los pistoleros más rápidos del momento, a quien todos conocían como el Monje.

Para el origen de la hermandad había que retroceder muchas generaciones atrás, cuando un insigne doctor en biología, Aviamotola, tras dedicar su vida por mantener el avance de la humanidad dentro de parámetros controlados, que no permitieran la destrucción del planeta ni de sus habitantes, iba a morir, desoído y abandonado, sin lograr sus pretensiones. Su último manuscrito hablaba del fin del mundo, con todo tipo de señales, evidencias y advertencias. De igual forma anunciaba que la raza humana antes de extinguirse se convertiría en la peor y más cruenta especie de todas las que habitaran en ese momento final el planeta, describiendo las calamidades y barbaridades que llegaría a producir.

Tras la muerte de Aviamotola, muchos años después, se publicó el manuscrito en una pequeña edición de bolsillo de apenas 850 ejemplares. Uno de ellos llegó a manos de cierto prohombre emprendedor que comprendió que el tiempo al que Aviamotola se estaba refiriendo iba a llegar, de forma imparable, en pocas generaciones. Reunido con otros hombres, en general industriales y profesionales con importante poder adquisitivo, decidieron constituir una sociedad secreta e irregular, que denominaron la Hermandad de Aviamotola, entre cuyos fines se encontraba la unión de todas las fuerzas y capitales que los socios mantuvieran para la defensa y la protección de las vidas e intereses privados de cada uno de ellos. Así pues, además de los medios con que cada uno contara, en caso de grave necesidad contaría, además, con los propios de la hermandad, financiada por las muy importantes aportaciones iniciales, cuya debida gestión hacía acrecentar; a lo que habría de añadirse, como mero mantenimiento, las cuotas anuales de los socios. También se comprometían los miembros de la hermandad, en caso de extrema necesidad y tras el improbable supuesto de ser insuficiente la ayuda de la institución, a aportar sus fuerzas privadas e incluso su propia vida en pro del miembro necesitado.

Fueron exactamente 198 los socios constituyentes que conformaron la hermandad. Para ello adquirieron un viejo monasterio del siglo XIV, que constituiría su sede social, reacondicionándolo para sus obras y objetivos, siempre dentro del más estricto secretismo. Desde el principio dotaron a todos sus actos con un gran simbolismo. De una de las paredes de piedra de la abadía colgaba un tapiz de pergamino, de autor y fecha desconocidos, con un grabado que representaba una enigmática visión del fin del mundo, donde ángeles endemoniados ardían en las llamas del infierno, mientras un prisma pentagonal multiplicaba los ojos que contemplaban tan desgarradora escena. Dicho pergamino, con unas medidas de 360 centímetros de ancho por 220 de alto, lo cortaron en 198 cuadrados de 20 centímetros de lado, que numeraron, a su reverso, del 1 al 198. Cada uno de ellos, por tanto, se utilizó para representar, desde el mismo acto constitucional, el título de pertenencia a la sociedad secreta. Además, confeccionaron 198 papiros, también numerados, con un texto en latín extraído de la Sagrada Escritura, donde se harían constar las sucesivas transmisiones y ordenaron a un afamado orfebre la fabricación de otros tantos collares de bronce con las inscripciones, en oro, del citado texto. Finalmente, para perfeccionar la inscripción, todos los miembros habrían de llevar tatuado, a la altura de la columna cervical, el símbolo de la hermandad: una estrella de diez puntas con un círculo en medio que contenía un ojo abierto y que, según se decía, tenía la propiedad de verlo todo.

Los estatutos de la sociedad permitían, única y exclusivamente —debido al carácter personalísimo del hermano-socio—, la transmisión de la titularidad a la persona que el miembro de la hermandad antes de su muerte o incapacidad designara —y así lo hiciera constar de su propio puño y letra en el papiro—, para ocupar su propio puesto y solo para el momento en que perdiera la vida o la razón. No era posible la enajenación onerosa o de otro tipo de la participación. Para el proceso de transmisión se instauró un sistema de formalidades que era necesario cumplir: verificación de títulos y condiciones, padrinaje e investidura y jura como miembro, en una junta plenaria de socios en la que se llevaban a cabo los actos simbólicos de la secreta hermandad.

Tras las formalidades previas que habían confirmado la veracidad de los documentos, ahora se iba a proceder al nombramiento de Antonio en la hermandad como sucesor de la cuota de su padre en un acto con gran solemnidad, estando todos los miembros reunidos, en la sala capitular, cubiertos con túnicas negras, con los collares colgando de sus cuellos, sentados en círculo sobre unos recios asientos de rústica madera, escalonados y numerados, que pertenecían en exclusiva a su titular. El miembro más anciano, en medio del aula magna, dirigía la ceremonia. El candidato, desnudo y despojado de cualquier pertenencia, era investido caballero de la hermandad tras unos ritos, entre los que se encontraba un corte, que uno de los padrinos le efectuaba en su muñeca, depositando su sangre en un cáliz donde se concentraba la sangre de todos los miembros actuales y desaparecidos de la hermandad, el cual, terminada la ceremonia, se cerraba herméticamente y se guardaba en un habitáculo refrigerado. Tras las palabras de rigor, en las que se ensalzaba que la sangre y las fuerzas de todos servirían al miembro que lo necesitara, se remarcaba el voto secreto de los miembros y empleados, cuyo incumplimiento se hallaba penado con la muerte, y se le instruía al investido de sus derechos y obligaciones y de las formas instauradas para el contacto entre los miembros y de estos con la hermandad.

La sesión terminaba con el juramento y el tatuaje y entonces unos auxiliares vistieron a Antonio con la túnica negra; y siendo ya miembro de pleno derecho se dirigió a sentarse al lugar que ocupaba su propio asiento, en cuyo respaldo figuraba marcado el número 111, para proseguir con la junta ordinaria de la sociedad.

6

Días después, retomada la normalidad, cuando el taxi que llevaba a Antonio se detuvo frente a la puerta de la asociación STF, que apoyaba a los humanoides, pudo apreciar la existencia de una gran expectación por la jornada que habían organizado en la que iban a participar destacados personajes. La entrada era exclusivamente para asociados o invitados por estos y se hallaba fuertemente blindada con grandes medidas de seguridad entre las que se encontraban personas con armamento muy avanzado.

Había quedado dentro con Pedro, quien le había dado la invitación. La sala principal se hallaba llena de gente, con gran interés por la charla, sentada frente a la tribuna del auditorio. En el estrado había una mesa con siete ponentes que fueron presentados por la secretaria general de la asociación que por turno correspondía. A continuación pasó la palabra a un eminente doctor en ingeniería aeroespacial. Tenía 124 años, los últimos quince completamente ciego. Antonio, que se encontraba sentado en un lateral en lo alto de la penúltima fila, buscaba con la mirada, escrutando el anfiteatro semicircular, en su intento por localizar a su amigo entre el público asistente, cuando el profesor comenzó a hablar:

—Lo siento... —comenzó diciendo dejando una intensa pausa que provocó un silencio sepulcral acallando los primeros runruneos—. Ya es demasiado tarde y me considero tan culpable como cualquier otro humano. Este planeta se ha acabado. Estamos al final del caos, en medio del desorden. Necesitábamos el orden para nuestra organización y pervivencia, pero como en el propio universo triunfó el desorden… Siempre ha sido más fácil destruir que construir. Hemos llegado, por tanto, al culmen de la entropía.

A esta sentencia siguió un emotivo y atrayente discurso que hizo que Antonio pospusiera su interés en buscar a su amigo.

—… Y cuando ahora alguien me pregunta por el futuro de la humanidad —prosiguió el orador ciego—, no puedo sino contestar lo que ya se ha constatado: ¡No hay ningún futuro para nuestra especie! —Un rumor volvió a correr por toda la sala—. Hace mucho tiempo el hombre llegó a la Luna, luego a Marte. Sus naves recorrieron esta galaxia a la búsqueda de un nuevo mundo, pero este, válido para la vida del ser humano se encuentra en lugares inalcanzables hoy por hoy. Por ello la única esperanza es confiar en los nuevos seres que, al menos, fuimos capaces de crear y configurar, tratándolos como lo que en verdad son: nuestros sucesores. Me atrevería a decir, sin miedo a errar: nuestros verdaderos descendientes.

Un eco de profundo asentimiento recorrió la sala. El viejo orador ciego prosiguió:

—Hace tiempo que conviven con nosotros, los humanos, en múltiples facetas. Los humanoides son los únicos que podrán sobrevivir a las nuevas exigencias, pues no se hallan limitados por las necesidades básicas de las que nosotros dependemos. Sin embargo, todos conocemos que se están intensificando las acciones contra ellos por parte de grupos descontrolados; de ahí que quiera expresar mi mayor apoyo a asociaciones como la vuestra que no solo velan por defender a los humanoides sino por preservar su desarrollo en valores éticos que, por cierto, los humanos no pudimos hacer que prevalecieran ante nuestros corrompidos intereses.

Un nuevo rumor se incrementó por toda la sala. El profesor ciego, apoyado en un bastón, se incorporó de su asiento para continuar:

—… ¡La intolerancia!... Ese fue el principio de nuestro final…

La sala volvió a enmudecer al subir el tono de la intervención, que se pronunció por unos segundos en los que cada asistente podía percibir sus propias palpitaciones, con la emoción a flor de piel. Continuó:

—¿Y qué somos los humanos sino auténticas máquinas enormemente sofisticadas? Cualquier médico lo sabe perfectamente.

El silencio reinaba en el auditorio.

—… Como bien sabéis se viene produciendo una salvaje persecución hacia nuestros queridos humanoides. Se han formado grupos muy violentos que en las últimas semanas han incrementado su ofensiva. Tenemos junto a nosotros a Johny Farrell, un humanoide bien conocido por todos vosotros que luego nos hablará sobre esto —dijo volviendo su cuerpo, al que acompañaba una mirada que no veía, perdida e inexpresiva, hacia donde aquel se encontraba en la mesa de ponentes—. Hubo un tiempo, al principio, en el que sus opositores se basaban en que acabarían con el trabajo de los humanos, como antes decían de los emigrantes. Se vio que eso no fue así. Más bien al contrario, pues surgieron nuevas oportunidades con su ayuda. El peligro posterior nació cuando se comprobó la existencia de poderes que, viendo su gran potencial, los quisieron programar para sus propios intereses. Los riesgos se minimizaron desde que los mismos humanoides adquirieron capacidades para aprender, pensar y finalmente decidir en base al análisis de esa experiencia enorme y global mantenida en la nube. Ahora, conscientes de la naturaleza y el entorno que los rodea, pueden decidir libremente de manera sensata y cabal. En el fondo serán la continuidad de nuestra propia historia.

Una ayudante del anciano ciego lo ayudó a incorporarse en su sitio al tiempo que recibía los aplausos de los asistentes. Johny Farrell, quien representaba al colectivo humanoide habló a continuación:

—Muchas gracias por sus amables palabras, profesor. Queremos agradecer también, en este momento tan difícil, a aquellas personas, humanos, que a pesar de todas las dificultades lograron crearnos hace ya muchas generaciones. Fue un largo recorrido hasta llegar a ser capaces de pensar o analizar de forma inteligente, en base a las aplicaciones y enseñanzas y en especial del comportamiento de las personas en toda su existencia, para aprovechar lo bueno y desechar lo malo que no nos lleva a ninguna parte. Fue el comienzo de orientar nuestra tarea hacia claros objetivos y en especial, de adquirir consciencia de nosotros mismos y de la realidad que nos circunda. Luego nos integramos en total comunidad, pero la desesperación por la situación planteada hizo que saliera lo peor del ser humano. Ha sido una verdadera carrera de autodestrucción.

Unos gritos, muestra de la rabia contenida, salieron de entre algunas personas del público, tras los cuales el ponente prosiguió:

—Como sabéis, ahora también, determinados grupos quieren destruirnos a nosotros. No es suficiente para ellos que la especie humana y el mundo en el que habitan desaparezca. Al parecer no quieren que haya ninguna esperanza de continuidad y algunos dicen: «Si yo muero y voy a desaparecer me llevo antes por delante todo lo que pueda». Solo es maldad. Pero, desgraciadamente, al aprender el entorno, las acciones y las situaciones en las que el ser humano ha vivido, hemos comprendido que era parte innata de su propia existencia. Sin embargo, sabemos también que ha habido muchas personas buenas, solo que a pesar de las películas o de la ficción, en la realidad la maldad se impuso pues ha sido más poderosa.

Los asistentes lanzaban gritos de ¡no hay derecho! ¡Ya lo decía yo! ¡Hay que matar a esa gentuza! Otros simplemente pedían calma o silencio para poder seguir escuchando al ponente.

—… Estas últimas semanas se han intensificado las acciones de determinados grupos de pistoleros contra nosotros. Intentan averiguar dónde estamos, qué hacemos, nos persiguen y… nos destruyen. Saben muy bien que no necesitamos el aire para respirar, ni dormir, ni comer, ni hacer las más elementales necesidades orgánicas animales, algunas desde luego tan poco atractivas —risas por todo el auditorio—, y por ello no es difícil que den con nosotros. En consecuencia, ahora somos nosotros quienes necesitamos vuestra ayuda, que agradecemos de todo corazón —dijo llevándose la mano al pecho— pues aunque carezcamos de él, como órgano básico de supervivencia, lo tenemos en el otro sentido figurado y a pesar de que muchos crean que tampoco tengamos sentimientos; sin embargo, se equivocan. Aunque en esto, como en otras cosas, en nuestra especie, como ocurre en la humana, cada individuo tiene su propia y compleja especificidad, basada las más de las veces en experiencias, que lo hace distinto, donde detalles sutiles hacen variar el grado de sensibilidad y la comprensión hacia los demás. Pero en todo caso, os aseguro, nuestra lógica nos ha hecho poder apreciar a quienes nos quieren sabiendo devolver gratitud por cuanto recibimos.

Antes de que continuaran otros ponentes (la sala estaba demasiado caldeada), se hizo un descanso que los asistentes aprovecharon para ir al servicio, al ambigú o simplemente para charlar con los conocidos, y fue entonces cuando Pedro vio a Antonio.

—Qué alegría que hayas venido —dijo Pedro—. ¿Has escuchado las ponencias?

—Sí. Te he estado buscando. Estoy sentado en las filas posteriores. Me ha parecido muy interesante.

—Por cierto, voy a presentarte a algunos amigos de la asociación.

Pedro se acercó hasta un pequeño círculo donde unos hombres y mujeres charlaban animadamente y cuál sería la sorpresa de Antonio cuando, ante sus ojos, se aparecía con una bella sonrisa la mujer que intentó salvar y acabó siendo ella la que lo hizo llevándole al hospital.

7

Un escalofrío de emoción atravesó su cuerpo desde la nuca hasta los pies. Nunca antes había visto una mujer así. Ella lo miró con una encantadora sonrisa al tiempo que sus ojos mostraban toda su dulzura, desplegando una gran atracción sobre él.

—Creo que ya nos hemos visto antes —dijo Antonio al tiempo que Pedro presentaba a Alba.

—Es probable —dijo ella, sin querer dar más pábulo a aquella historia que recordaba perfectamente.

Junto a Alba se encontraba un alto y espectacular joven llamado Martin que no se despegaba de ella, por lo que Antonio supuso sería su compañero, quizás su novio. Continuaron los comentarios acerca de otras cuestiones banales hasta que Pedro separó a Antonio para presentarlo en otro círculo y así sucesivamente fue pasando de grupo en grupo, aunque sin demasiado interés por parte de este.

Tras el descanso continuaron los discursos que los oyentes seguían con atención, sin embargo Antonio no lograba concentrarse lo necesario, pues su mente seguía con la imagen de Alba y los recuerdos trágicos del fugaz tiempo en el que se topó con ella.

Al término del evento Pedro le propuso ir con una pandilla de amigos que iban a celebrar una velada agradable en casa de uno de ellos. Antonio se excusó, dijo que quería ir a su apartamento alegando que tenía cosas que hacer y que intentaría ir caminando, deseaba andar un poco. Dentro de su distrito, con la debida cautela, resultaba menos peligroso, aunque nunca se sabía. De hecho, a poca distancia de su portal, varios cadáveres producto de alguna reyerta, llevaban días sin retirar de la acera. Poco iban a durar. Los cuervos habían comenzado a hacer su labor sobre los cuerpos putrefactos. Sobre algunos aleros se imponían impacientes buitres a la espera de su momento y en el silencio de las noches comenzó a escucharse el crujido de las mandíbulas de las hienas, que se habían acercado ya hasta el mismo centro del distrito. Cualquier cosa era posible y pensaba en ello, cuando apenas había avanzado unos metros de la puerta blindada de la asociación, y oyó que una voz femenina le llamaba. Era Alba.

—Antonio, estaba esperando verte. Quería agradecer tu ayuda aquel día. No he querido decir nada antes. No parecía lo más oportuno.

—¡Vaya! Nunca es tarde si la dicha es buena, solía decir mi padre. Me dejaste en un hospital y ni tan siquiera te interesaste por mi estado.

—Tuve información desde el primer momento. Sabía que te habías restablecido perfectamente. No era posible ni conveniente que hubiera pasado a visitarte en ese momento; cuando lo pude hacer te habían dado el alta y habías salido.

—En tal caso ya has cumplido.

—¿No has tenido ningún problema desde entonces?

Antonio se quedó pensativo: ¡habían sido tantos!

—Ahora que lo dices. Cuando regresé a mi domicilio, tras el alta en el hospital, me encontré que alguien lo había allanado. Habían burlado el sistema de seguridad y revuelto todos mis enseres como si buscaran alguna cosa… O sea que tiene algo que ver contigo.

—Quizás.

—Vamos, que me he metido en un buen lío por intentar defenderte, cuando luego vi que, desde luego, no me hubieras necesitado para nada.

—Te estoy muy agradecida. Quisiera explicarte…, pero ahora no es posible —dijo volviéndose hacia las personas que la esperaban en los accesos de la asociación—, ¿podría ser otro día? Quisiera también ayudarte para que no vuelvas a tener problemas.

—¿Quieres decir que estoy en peligro?

—Podría ser.

—Bueno, ¿quién no lo está, hoy?

—Toma. Es mi número de teléfono. Me gustaría que me llamaras.

Quizá fuera aquella atractiva sonrisa, quizá fuera otra cosa, el caso es que Antonio se sintió en ese momento tan perturbado como un chiquillo cuando habla por vez primera con la chica que anhela. Levantó la vista de la tarjeta de visita que le acababa de entregar siguiéndola con la mirada. En un mundo que se desmoronaba con una terrible rapidez no parecía lícito vivir una ilusión, pero al menos se permitió la licencia de pensar que Alba era la clase de mujer por la que los hombres suspiraban: de esas que solo pertenecen a los que ellas desean.

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