Kitabı oxu: «El tambor africano»

Índice de contenido
El tambor africano
Portada
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Biografías
Legales
Sobre el trabajo editorial
Contratapa
El tambor africano
José Montero
Ilustraciones:
Juan Pez

1.
Era un “niño problema”. Evidenció desórdenes de conducta desde los cuatro años, cuando entró al jardín. Se integraba a los compañeros y participaba de las actividades, pero de vez en cuando se desconectaba del mundo y agarraba una regla, una cuchara, un lápiz, cualquier cosa que pudiera usar como “palito” (decía él) y golpeaba de manera frenética la mesa, el armario, el pizarrón, las puertas. Este comportamiento, sumado al hecho de que era alto y flaco, hizo que todos olvidaran su nombre.
Comenzaron a llamarlo, simplemente, Palito.
Durante sus ataques, alteraba al grupo. Si bien los golpes que daba no poseían un ritmo definido, los demás chicos sacudían el cuerpo y se movían como si, de pronto, los asaltara la necesidad de ejecutar una danza extraña.
Al principio, la maestra intentó resolver el problema sola. Pero, al ver que no podía, consultó a la directora del jardín.
La mamá de Palito fue llamada a una reunión y estuvo de acuerdo en que su hijo fuera analizado por la psicopedagoga. No obstante, se enojó cuando la especialista presentó sus conclusiones y recomendó derivarlo a un psiquiatra infantil.
Como los problemas de conducta persistían y la madre no demostraba interés en someter al chico a un tratamiento, la escuela optó por no inscribir a Palito para el año siguiente, y así empezó su peregrinación por distintas instituciones.
A lo largo de la primaria, Palito se convirtió en Palo y lo cambiaron de colegio diez veces. En cada oportunidad fue por un hecho más grave que el anterior.
De los arranques que lo llevaban a golpear muebles y objetos, pasó a los insultos, a pegar y a morder a sus compañeros, a romper cosas, a escupir a un maestro y a robar dinero de la profesora de inglés, entre otros actos de vandalismo.
Curiosamente, nadie calificaba a Palo como un chico malo. Tenía momentos de ternura, de diálogo y de amistad, pero dos minutos después agredía a los mismos compañeros o docentes con los que había estado riendo. Era como si una doble personalidad anidara en su interior.
Los constantes cambios de escuela y el comportamiento antisocial de Palo conspiraban contra la posibilidad de que formara un grupo estable de amigos.
Él sufría por el aislamiento y se esforzaba por caer bien al llegar a cada nuevo colegio. De hecho, tenía habilidad para tender lazos y sumarse a grupos ya establecidos. Pero los amigos le duraban poco, hasta que estallaba en una de sus crisis y mostraba su lado oscuro.
Cuando llegó el momento de inscribirlo para el secundario, muchos colegios rechazaron a Palo a raíz de sus malos antecedentes. El único que lo aceptó puso como condición una entrevista psiquiátrica previa.
Recién entonces, obligada por las circunstancias, la madre accedió.
Al salir del consultorio, la psiquiatra le dijo:
—¿Su hijo alguna vez tomó clases de música o de algún instrumento?
—No.
—¿Nunca?
—En absoluto.
—Yo voy a dar mi aprobación al ingreso, pero Palo, a la vez que curse el secundario, tendrá que asistir a un taller de percusión.
—¿Percusión? –preguntó la madre, sorprendida.
—Sí, eso lo va a tranquilizar.
En efecto, tomar clases de percusión le permitió a Palo controlar su energía y su agresividad, pero al mismo tiempo lo volvió más solitario. Perdió interés en hacer amigos en el secundario. Se refugió en los tambores.
Cuando todo parecía marchar bien, discutió con el profesor porque, en un ensayo, se distrajo y rompió el parche de un instrumento. Resultado: el docente lo echó de la clase.
Sabiendo que la percusión lo mantenía sosegado, y además porque había descubierto que los ritmos de candombe eran su pasión, Palo se puso a buscar él mismo un nuevo maestro.
Preguntó en casas de instrumentos musicales y se enteró de que Ciro, famoso percusionista que tocaba en bandas de rock y de jazz, vivía en el barrio.
Consiguió el teléfono y lo llamó, pero la conversación duró nada.
—No doy clases a principiantes –dijo Ciro, y cortó.
Entonces, Palo rastreó la dirección del músico y fue a tocarle timbre una tarde después del colegio. En cuanto la puerta se abrió, le dijo:
—Yo no soy un principiante.
—¿Eh? –respondió Ciro, sin comprender.
—Te llamé el otro día y me cortaste. Quiero que me enseñes. Yo ya toco –explicó Palo.
Ciro lo miró fijo a los ojos y Palo sintió, por un momento, que lo iba a sacar corriendo.
Pero eso no pasó. Al contrario, Ciro dijo:
—Veamos cómo tocás –y lo invitó a entrar.
De pronto, Palo se encontró en un hermoso patio lleno de plantas y de adornos africanos. En esa casa reinaba un silencio absoluto que se interrumpió cuando Ciro abrió una puerta y, de adentro de la sala de ensayo, salió el sonido de unas tumbadoras.
Ciro entró en la sala, habló dos palabras con alguien y regresó con un gran tambor de candombe pintado con colores vivos. Cerró la puerta y de nuevo todo fue quietud en el patio.
Palo no podía quitar los ojos de ese tambor. Se sentía atraído por su belleza.
Ciro lo ayudó a colgárselo del hombro y le ajustó la correa. Luego le ofreció una baqueta (un palillo de madera para batir el parche) y le dijo:
—Te escucho.
De pronto, Palo tenía que dar un examen. La situación era tan sorpresiva que empezó a temblar.
—Tranquilo –le dijo Ciro.
Palo respiró hondo, cerró los ojos –como hacía siempre que tocaba– y se dejó llevar. Recordó un ritmo de murga e improvisó sobre ese tema.
—Okey, basta –dijo Ciro cuando hubo transcurrido un minuto de interpretación.
—Dame otra oportunidad –pidió Palo.
—Ya está –agregó Ciro quitándole el tambor.
—Por favor –rogó Palo.
Ciro lo cortó en seco con una pregunta:
—¿Cuándo querés empezar?
2.
Definitivamente, Ciro era un personaje extraño. Hablaba poco, interrumpía con malos modales y era incapaz de demostrar emociones en una charla, a menos que el tema fueran los tambores y la percusión.
A Palo le costó entender la forma de comunicarse que tenía su nuevo maestro, quien –por ejemplo– en ocasiones emitía gestos de desaprobación cuando, en realidad, lo que hacía el alumno le gustaba mucho. Una vez que sintonizó la onda, todo fue más fácil.
Las clases eran individuales y tenían un costo que Palo no podía pagar. El dinero, de todos modos, no resultó problema. Ciro accedió a cobrarle lo mismo que el anterior docente. Para cubrir la diferencia, Palo se quedaba trabajando una hora después de las clases. Barría el patio, aspiraba la sala de ensayo y limpiaba los tambores y demás instrumentos que había en la casa o, al menos, los que estaban a la vista.
Es que, sin que Ciro hubiese establecido una prohibición expresa, Palo sabía que solo debía moverse dentro de un sector de la vivienda. Podía llegar, como máximo, hasta la cocina y el comedor diario. Todo lo demás eran áreas privadas y a Palo ni se le ocurría traspasar el límite.
Por eso, el día que Ciro le pidió que fuera al living (más allá de la frontera imaginaria) a buscar un bongó, Palo sintió que el maestro le estaba dando una demostración de confianza.
A la vez, acceder al living le permitió descubrir que la casa era mucho más grande de lo que imaginaba. Había un segundo patio, y después habitaciones, y allá, en el fondo, otro patio más y un galpón donde, por una puerta entreabierta, se adivinaban dos tambores completamente distintos de los que él conocía.
Parecían tambores africanos.
Ciro solo se explayaba cuando tenía ganas de hablar sobre los orígenes del tambor.
—Es el instrumento más antiguo de la humanidad –decía con aire místico–. Cuando suena un tambor, algo en el inconsciente nos lleva a tiempos remotos, al África negra. En cada hombre y en cada mujer hay un tambor, que es nuestro corazón. Esos latidos nos hermanan en una comunidad milenaria.
También hablaba de la piel, que era el primer lugar del cuerpo donde, decía, resonaba la percusión, porque –antes incluso de la invención del tambor– las formas originarias de música consistían en batir las palmas o golpear con ellas el pecho o los muslos.
Justamente por eso, cuando Palo tenía dificultades para ejecutar un ritmo con la “mano boba” (en su caso, la izquierda, porque era diestro), Ciro le hacía tocar primero dando palmadas en el cuerpo, y recién después pasar al tambor.
De este modo, Palo podía incorporar el ritmo más rápido. Así que algo de cierto tenía que haber en la importancia que Ciro le asignaba a la piel.
Pero había otras pieles a tener en cuenta, y eran las que se utilizaban para fabricar las membranas de los tambores.
—En África –sostuvo un día Ciro– se usa mucha piel de antílope, pero también de gacela, de búfalo, de elefante, hasta de serpiente y de lagarto. Aún hoy, en algunas tribus, es normal que sobre la madera del tambor, en el lado interno, se derrame sangre del animal que va a usarse para el parche. Es una forma de “alimentar” el tambor.
Casi instintivamente, Palo dio vuelta el instrumento que tenía a mano y miró en su interior.
—No –dijo Ciro y largó una mueca, lo más parecido a una sonrisa que podía permitirse–. Muchos de los tambores que ves acá los fabriqué yo con cuero de vaca que compré en una curtiembre. Al animal no lo vi ni en fotos. Otros tienen piel sintética.
—Pero hay algunos que te regalaron o que trajiste de viajes.
—Quedate tranquilo, no encontré sangre en ninguno de ellos.
—¿Estuviste en África? –preguntó Palo.
Ciro hizo un movimiento raro con los ojos antes de contestar.
—Ojalá. No. Nunca.
—¿Y tenés algún tambor africano?
—Son difíciles de conseguir. Muy caros –dijo Ciro negando con la cabeza y mostrando fastidio; ya era demasiada conversación para él.
Palo sabía que estaba caminando sobre la cuerda floja. Se exponía a un reto si seguía haciendo preguntas. Igual se jugó y dijo:
—Me gustaría leer sobre tambores africanos. ¿Tenés algo que puedas prestarme?
Ciro no respondió. Dio media vuelta y se fue hacia el fondo de la casa. Al cabo de un rato, volvió con un libro y se lo extendió.
—Cuidalo –le dijo.
Pulsuz fraqment bitdi.