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Los gatos pardos

Visión histórica del contexto jurídico-político latinoamericano (siglos XX-XXI)


Los gatos pardos

Visión histórica del contexto jurídico-político latinoamericano (siglos XX-XXI)

José Rodríguez Iturbe


Rodríguez Iturbe, José, 1940-, autor

Los gatos pardos: visión histórica del contexto jurídico-político latinoamericano (siglos XX-XXI/ José Rodríguez Iturbe; Universidad de La Sabana. -- Chía : Universidad de La Sabana, 2016.

Incluye bibliografía

ISBN 979-958-12-0420-5

eISBN 978-958-12-0421-2

América Latina - Historia 2. Filosofía del derecho 3. Ciencia política – Historia – Siglos XX-XXI 4. Caudillos - América Latina 5. Estadistas latinoamericanos 6. Cultura política 7. América Latina - política y Gobierno I. Rodríguez Iturbe, José II. Universidad de La Sabana (Colombia). VI. Tit.

CDD 320.09 CO-ChULS


Reservados todos los derechos

© Universidad de La Sabana,

Facultad de Derecho y Ciencias

Políticas, 2016

© José Rodríguez Iturbe

Edición

Dirección de Publicaciones

Campus del Puente del Común

Km 7 Autopista Norte de Bogotá

Chía, Cundinamarca, Colombia

Teléfono: (57-1) 8615555

Ext. 45001

www.unisabana.edu.co

publicaciones@unisabana.edu.co

Primera edición: octubre de 2016

ISBN: 978-958-12-0420-5

eISBN: 978-958-12-0421-2

Eduardo Franco

CORRECCIÓN DE ESTILO

Boga Cortés y Triana: Julián Carvajal

DISEÑO DE CUBIERTA

Boga Cortés y Triana

DIAGRAMACIÓN

Conversión ePub: Lápiz Blanco S.A.S.

Hecho en Colombia

Made in Colombia

Contenido

A modo de explicación

Introducción

El marco teórico

El texto en el contexto

Estática y dinámica histórica

Conocer-interpretar

Líderes, caudillos, estadistas

El regalismo subconsciente en el imaginario colectivo

Cesarismo, caudillismo

Mito de origen y caudillismo de subconsciente monárquico

Política de ideas y las élites

Política con ideas y conciencia de Estado

Las élites liberales del siglo XIX y comienzos del siglo XX

El fin del siglo XIX y los comienzos del siglo XX

El Caribe, frontera imperial a fines del siglo XIX

Hacia la hegemonía de los Estados Unidos

El Manifiesto de Ostende

Estaciones carboneras y racismo

La guerra buscada: el Memorandum Breckenridge

La guerra hispano-estadounidense

The Splendid Little War

El corolario de Roosevelt

El inicio del siglo XX

Brasil: el nacimiento de la República

El bloqueo a Venezuela y la Doctrina Drago

Colombia: de los Mil Días al canal de Panamá

Darío como voz antiimperialista

Racismo y partidarios del “progreso” y la “modernidad”

Muchas aguas revueltas

Indigenismo, criollismo y planteamientos de ruptura

Manuel González Prada: del rechazo al anarquismo

José Enrique Rodó y el arielismo

La Revolución mexicana

José Vasconcelos: cultura y política

El tiempo de entreguerras

Políticas e interpretación cultural

Stalinismo y trotskismo en el asesinato de Mella

La ocupación militar de Haití

La ocupación militar de República Dominicana

Trabajo cultural y trabajo político

El indigenismo

Mariátegui, el socialismo peruano “ni calco, ni copia”

La guerra civil española (1936-1939) y la intelectualidad de izquierda

Jorge Eliécer Gaitán, el liderazgo truncado

La segunda posguerra y la guerra fría

El entorno internacional después de la Segunda Guerra Mundial

Chile

Argentina y Perón

Perú

Ecuador

Bolivia

Paraguay

Colombia

Brasil

El caso especial de México

Guatemala

Nicaragua, El Salvador, Honduras

La Venezuela de los partidos modernizadores

Panamá

Cuba

Suicidios y asesinatos

República Dominicana y Haití

Las islas liberal-democráticas

El caso especial de Costa Rica

Figueres, Grigulevich y Vesco

La insurgencia guerrillera

Poder y voluntarismo: la modernidad retrasada

El hegelianismo al revés

La búsqueda del Estado en forma

Modernización y democratización

La mitología de los héroes

La perspectiva de Carlyle

Positivismo y modernidad pretoriana: el caso de Venezuela

América Latina en la guerra fría

El caso cubano: Fidel Castro, las Fuerzas Armadas Revolucionarias, las Organizaciones Revolucionarias Integradas, el Partido Comunista de Cuba

La domesticación de la cultura

Transición y transiciones

Cuba y la transición chilena

Venezuela y Cuba

El Frente Sandinista de Liberación Nacional y Nicaragua

La caducidad del mundo bipolar

El fin de la guerra fría

Globalización, intereses nacionales y democracia liberal

La realidad cultural-política posguerra fría

La tentación autoritaria

Los gatos pardos

La huella de lo hispánico en nuestro mestizaje

Universalismo y fortalecimiento de la identidad cultural-política

Para superar la historia política de los gatos pardos

Nuevos políticos para nueva política

Bibliografía

A modo de explicación

Estas páginas fueron inicialmente escritas para la Maestría en Derecho Internacional de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de La Sabana. Poseen, por tanto, un carácter muy general, dado el tema que fue propuesto. Intentar una visión global de América Latina a lo largo del siglo XX y comienzos del XXI, desde una perspectiva histórico-política, requeriría un trabajo de mucha mayor extensión. Tienen así un carácter introductorio y ninguna ambición de plenitud. Se ha buscado una visión cultural-política, porque sin ella resulta imposible dar explicación, por más somera que fuera, de los fenómenos históricos que se distinguen en nuestro proceso de pueblos soberanos, es decir, procesos postindependentistas. A pesar de estar limitada al siglo XX, era imposible hablar del inicio del siglo sin tomar en cuenta los acontecimientos de mayor relieve de fines del siglo XIX, que tanta huella dejaron en la historia latinoamericana, como la guerra hispano-estadounidense de 1898.

Podrá constatarse, sin mayor esfuerzo, un desarrollo disímil de acontecimientos y personas. Consideré que, siendo necesaria una elección, era preferible destacar facetas menos conocidas por el universitario actual, en beneficio de una mejor información que permitiera al lector entender el enfoque y elaborar su propio juicio. Así, estas páginas tienen algo de collage histórico-político. Espero, sin embargo, que la visión caleidoscópica de procesos, protagonistas y situaciones permita entender la fundamentación de las tesis que se formulan. Es muy variada y compleja la realidad latinoamericana. Buscar algunos elementos en el denominador común de los procesos que en ella se han dado, resaltando, a la vez, las singularidades de cada realidad nacional, no es algo fácil. Estas páginas son, pues, una incitación al estudio de lo nuestro más que una pretensión de ensayo acabado.

Los gatos pardos es el título general del texto. Tomo el título de un escrito de mi amigo Antonio Sánchez García, de quien me declaro en este punto deudor. Me parece que el drama de nuestra vida independiente a lo largo del siglo XIX, pero con singularidades de continuidad en el siglo XX y en este inicio del siglo XXI, radica en buena parte en una trilogía tumoral que ha impedido (e impide aún en buena parte) nuestra afirmación en la modernidad y el progreso sin pérdida de nuestra identidad cultural e histórica. Esta trilogía perversa ha sido la del caudillismo, el jacobinismo y el militarismo.

Los que buscaron o llegaron al poder lo hicieron a menudo pretendiendo ser sustitutos republicanos del monarca ibérico. El caudillismo fue así un subproducto de la guerra de Independencia (como señaló Augusto Mijares). Pero, con ese lastre de conductas originales en el camino de la ciudadanía republicana, esta no ha terminado nunca de cuajar plenamente. El paso del súbdito al ciudadano se ha visto impedido por caudillos (o personajes que sin serlo tuvieron o tienen una mentalidad de tales), que, acompañados por un entorno social con patentes intereses económicos y políticos, siempre han procurado que todo cambie, para que todo siga igual, como en la obra literaria de Giuseppe Tomasi di Lampedusa.

Si hubiera sido un constante empeño conservador, hubiera bastado su denuncia y su crítica para lograr su erradicación. Pero no fue ni ha sido así. Los intentos de dar vida a Estados independientes y soberanos, con un ropaje jurídico que obedeciese a la realidad, se vieron entorpecidos por la búsqueda de la apariencia como terca alternativa al reconocimiento de la verdad de lo que somos y a la alergia no disimulada a la visión de la política como servicio al bien común, en cuanto se la percibió (y se la percibe aún por muchos) como instrumento para mineralizar privilegios y para alejar de la perspectiva histórica los urgentes cambios en democracia y libertad.

El siglo XX en América Latina resultó complicado, además, por lo que aquí se llama el hegelianismo al revés. Muchos de quienes lo practicaron posiblemente ni siquiera supieron quién era Hegel, pero hicieron de su esfuerzo históricopolítico una elipse ideológicamente orientada a la antítesis de lo propuesto por el autor de la Fenomenología del espíritu. Si para Hegel cada pueblo da vida a una nación, y el Estado resulta la configuración jurídica de la nación, las oligarquías de turno pensaron, una y otra vez, que ellos eran los que en realidad darían, desde el poder del Estado, vida a la nación, y que serían los nuevos parteros del pueblo republicano, porque, en realidad, pueblo solo eran con propiedad (y en propiedad) ellos.

Intentaron hacerlo provocando cortes culturales que simplemente generaron vacíos, o sintiendo vergüenza de nuestra criollidad, y llegaron a postulados sustitutivos, basados en una migración que variara, racialmente, la hermosura de nuestro mestizaje. El intento de variar la savia cultural resultó paradigmático en el porfirismo en México o en el guzmancismo en Venezuela. El racismo pretendió adornarse con la contraposición entre civilización y barbarie, y encontró planteamientos teóricos destacados en Argentina y Brasil. Todo ello fue intentado, la mayoría de las veces, por Gobiernos dictatoriales, que, llamándose paradójicamente liberales, fueron en realidad expresiones gubernamentales de oligarquías ilustradas, que se consideraban con una especie de derecho absoluto a imponer por la fuerza una Weltanschauung (concepción del mundo y de la vida) que contradecía frontalmente con los principios y valores que habían servido para la formación histórico-cultural de nuestros pueblos.

Así ese intento de despotismo ilustrado a la criolla se hizo no solo sin el pueblo, sino contra el pueblo. Se consideró que la creencia católica y el origen hispánico era la causa fontal de nuestros males. Fueron tiranías que tremolaron la bandera de un supuesto progreso que nunca llegó, pero que sí adornó con notable bienestar material y hegemonía sociopolítica a quienes las ejercieron y a su entorno de allegados. El Estado, que en realidad nunca fue liberal, se consideró como el in fieri (haciéndose) hegeliano, porque lo que en realidad se percibía como in fieri era el pueblo que daba vida a la nación, metida forzadamente en el corsé de las ficciones e inautenticidades de las oligarquías gobernantes.

Todo ello venía acompañado desde la Independencia por una romántica comprensión de nuestro devenir histórico, que se apoyaba en el culto a los héroes. De ahí la referencia que en la parte final se hace a Carlyle. El culto a los héroes facilitó la desnaturalización de la institución castrense y la expansión del militarismo en la dinámica histórico-política de nuestra América. De ahí el militarismo tradicional de los caudillos, el militarismo alternativo de quienes deseaban desprenderse de ellos, el militarismo ideologizado de las irrupciones con intención de ruptura que se encuentran, una vez y otra, no solo en el siglo XIX, sino también en el siglo XX.

Como la agresión exterior del Destino Manifiesto estadounidense tuvo un ariete militar, el militarismo adquirió ribetes de nacionalismo sobre todo en México, América Central y el Caribe. Cuando después de la Primera Guerra Mundial, en cuyo contexto se produce la Revolución bolchevique de 1917 en Rusia, la Internacional Comunista promovió la rápida formación de los partidos comunistas en América Latina, también el militarismo adquirió un nuevo rostro. Fue el rostro terrible de la guerra que dio mutación ideológica a nuestras guerras civiles. Porque si la violencia es la partera de la historia, la violencia mayor y, en consecuencia la más grande partera, resulta la guerra. Así podrán verse los movimientos guerrilleros de inspiración marxista-leninista y los regímenes militares de izquierda; fenómenos estos que contaron con el impulso de la Revolución cubana, triunfante desde el inicio de 1959. Todo ello debe ser realistamente considerado dentro de la guerra fría, que desde mediados del siglo XX hasta su casi conclusión, caracterizó la dinámica del llamado orden pos-Yalta.

Se omiten en el texto referencias detalladas a la génesis y el desarrollo de las agrupaciones políticas de filiación socialdemócrata, en las décadas precedentes a la Segunda Guerra Mundial, así como al proceso de surgimiento e implantación de los partidos demócrata-cristianos, en la segunda posguerra, ante el efecto cultural y político de los estadistas promotores de la reconstrucción y unidad de la Europa Occidental (De Gasperi, Adenauer, Schumann). Es un tema importante y atractivo, pero que hubiera requerido para su tratamiento adecuado una extensión muy superior a la prevista.

Tampoco existe un estudio de los intentos de ideologización de la religión católica que se dieron con disímil expresión en el continente con la teología de la liberación (Gustavo Gutiérrez [1928], en Perú; Leonardo Boff [1938], en Brasil; Jon Sobrino [1938] e Ignacio Ellacuría [1930-1989], en América Central), así como de movimientos que en el seno del catolicismo se dieron en América Latina, que favorecieron el compromiso eclesiástico con los llamados movimientos de liberación de carácter guerrillero o con el cambio sociopolítico de inspiración marxista (por ejemplo el Grupo Golconda, en Colombia; Cristianos por el Socialismo, en Chile).

Podrá constatarse que tampoco se llega a un análisis de las terribles dictaduras militares que, esgrimiendo la Doctrina de la Seguridad Nacional, abundaron en América Latina, con sus expresiones más duras en el Cono Sur (Uruguay, Argentina y Chile). Para su adecuado estudio se habría requerido un estudio a se.

A pesar de tales carencias, dado el cometido del escrito, espero que quienes lo lean y participen en su discusión puedan captar, ante todo, la complejidad de la historia política latinoamericana que no admite localismos autorreferentes. La historia de nuestra América está llena de aguas agitadas. Quien se decida a iniciar por ellas su navegación, bien podrá recordar un dicho de los marinos insulares de mi tierra, que me imagino tiene raíz ibérica:

El que no sepa rezar

que vaya por esos mares,

que pronto lo aprenderá

sin enseñárselo nadie.

Porque el proceso político del siglo XX fue la antítesis del mar de los Sargazos. En él no tuvo cabida la ataraxia. Los dramas de nuestra historia latinoamericana se sucedieron (y se suceden en este inicio del siglo XXI) con tal rapidez que no dejan tiempo ni siquiera para profundizar en su conocimiento y en la comprensión de sus causas y efectos. Por eso ha faltado la consideración intelectual sobre nuestros aciertos y desaciertos. La reflexión sobre estos últimos más necesaria, como pedía Mario Briceño Iragorry, para procurar no repetirlos y mucho menos caer en la insania, nutrida de estupidez, de exaltarlos.

Sí se ha procurado, con las lógicas limitaciones, poner de relieve el sustrato cultural de los fenómenos políticos. Porque considero que solo con la consideración del trabajo político como trabajo cultural, tal como lo pedía Augusto del Noce, puede entenderse cómo los principios y valores nutren el imaginario colectivo y aparecen en la razón, en la voluntad y en los sentimientos de quienes, por amor a sus patrias y con afán de servicio, deciden participar en el turbión generado por las corrientes —subterráneas o de superficie— de la historia, sabiendo que ella, la historia, es el escenario para el trabajo, siempre inconcluso de la artesanía de la libertad.

He utilizado algunos textos de varios de mis escritos precedentes. La mayoría del texto es original y el conjunto permite, a mi entender, una consideración a se, en función del cometido que lo originó. Agradeciendo a la Maestría de Derecho Internacional de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de La Sabana, y en particular a la profesora doctora María Carmelina Londoño Lázaro, su directora, la invitación a participar en esa Maestría con mis lecciones, y pidiendo excusas por las limitaciones que quedan indicadas y las que adicionalmente el lector descubra, queda aquí mi modesta contribución a una visión de conjunto del siglo XX e inicios del siglo XXI de nuestra familia de pueblos, a la espera de que este siglo sea el de la superación histórica y política de los gatos pardos.

José Rodríguez Iturbe

Octubre de 2016

Introducción

El siglo XIX postindependencia estuvo marcado por los insularismos y las inautenticidades. Hubo continuidad en la huella negativa de lo hispánico y terco rechazo por las élites de la savia positiva de lo ibérico, que era el vínculo y la base de los variados y complejos elementos de nuestro mestizaje. Así, el caudillismo estuvo hermanado simultáneamente a la barbarie y el desprecio oligárquico a lo propio. Todavía no hemos captado del todo que sin entender lo hispánico no podemos entendernos a nosotros mismos. Y se pensó, con constancia digna de mejor causa, que copiando formas políticas y estructuras jurídicas que tenían poco o nada que ver con nuestro pasado hispanoamericano y con nosotros mismos entraríamos de lleno en la modernidad postergada. Y no fue así. Esperanzas y desengaños tachonaron la historia circunstancialmente heroica y muchas veces trágica de nuestros pueblos. La Independencia fue un proceso pensado y realizado por élites en función dirigente. La visión romántica de ese proceso ha hecho que doscientos años después aún nos cueste entender (y, por supuesto, admitir) que en su inicio se hizo sin el pueblo; y, en algunos casos, contra el pueblo.

Andrés Bello (1781-1865) dejó constancia de una visión integradora, no de rechazo ni de exclusión, de los tres siglos de presencia hispánica en su Guía de forasteros, aparecida en Caracas en vísperas de la revolución de independencia (cfr. Bello, 1952; Grases, 1946). En su larga y fructuosa permanencia en Chile contribuyó luego, hasta su muerte, a la vertebración institucional de la llamada República portaliana, cuyo ciclo se extinguirá con el siglo. Bello era un liberal y también un creyente católico. Lo que nunca se le ocurrió ser fue jacobino. Ejemplo de ello se encuentra tanto en su Código Civil, que tendría largo eco continental, como en su Discurso inaugural de la Universidad de Chile, pieza antológica que debiera haber servido de norte para el desarrollo sin ruptura de una educación superior de calidad y de notable soporte humanístico, acorde con la savia cultural de nuestra historia. En los comienzos de la emancipación, en medio del trauma bélico y de la represión contra los intelectuales de la gestación de nuestras patrias independientes y soberanas, Juan Germán Roscio (1763-1821) escribe El triunfo de la libertad sobre el despotismo (cfr. Roscio, 1996). En ese escrito fundamental, intentó dar soporte en su creencia cristiana a la lucha contra el absolutismo borbónico de Fernando VII, haciendo alarde de conocimientos bíblicos. En el caso de esta obra de Roscio hay, sin embargo, un intento de ideologización de la religión, aunque en su obra puede verse claramente un deseo de hacer compatible su honda fe (que nutría su cultura) y los postulados básicos del liberalismo republicano. Otro venezolano, devenido español por el abandono de su patria e insertado en la política ibérica, Rafael María Baralt (1810-1860), notable humanista igual que Bello, intentó conciliar liberalismo y cristianismo. Basta leer su Discurso de incorporación como individuo de número en la Real Academia Española de la Lengua (cfr. Baralt, 2003). Baralt —primer latinoamericano en lograr tal distinción— ocupó el sillón de Donoso Cortés (1809-1853), marqués de Valdegamas. Esa pieza, extraordinaria en el fondo y en la forma, resulta la crítica más serena y profunda del tradicionalismo español. Baralt no fue nunca, tampoco, un jacobino. Fue el jacobinismo el que deformó con su obsesión antirreligiosa el posible proceso de búsqueda de una modernidad sin ruptura.

El liberalismo inicial de nuestras tierras fue un liberalismo hispánico. Fue el resultado de una ilustración que, más que por fuentes directamente galicanas o anglosajonas, llegó al imaginario colectivo, a través de la intelligentsia de nuestras tierras, con una impronta muy clara. A excepción de algunos casos de extremismo carbonario o de jacobinismo (paradójicamente manifestado en las capas sociales más privilegiadas e instruidas), la búsqueda de la modernidad política se procuró realizar inicialmente sin negar la propia historia, con su humano mestizaje, su lengua y su creencia, casi universalmente compartida.

Esa búsqueda de la modernidad resultó obstaculizada e impedida por el extremismo posterior de algunos que diciéndose liberales, sin serlo, intentaron no tanto la modernidad sino la sectaria invención de la República. Y la invención fue ficción jacobina, que supuso erróneamente que la simple voluntad del mando permitiría cambiar la realidad de lo que éramos y somos por aquello que esas élites querían creer que eran y que deberíamos ser todos. Ese jacobinismo latinoamericano inmediatamente posterior a la Independencia tuvo, a semejanza de la Revolución francesa, un contenido de violencia contra la creencia religiosa, pensando que por la fuerza de quienes mandaban se lograría imponer en el imaginario el molde del racionalismo. Por eso tales élites inauténticas buscaron y ejercieron (nada democráticamente casi siempre) el poder. Sustituir a Dios por la diosa razón significaba, para esos jacobinos, la ruta del progreso. Y como pensaban que el catolicismo latinoamericano era de molde hispánico, perecieron tener como consigna común “Desespañolizarnos es progresar”. Algo lograron y no progresaron nuestros pueblos. Pero, más que admitir que el camino era equivocado, insistieron tozudamente en seguir trillando un sendero que casi siempre terminó en profundos barrancos, marcados de tragedia. A pesar de ello, el deseo liberal de armonizar libertades fundamentales con igualdad social siguió como aspiración compartida por todos quienes luchaban contra las dictaduras que acuerparon históricamente un sui generis despotismo ilustrado latinoamericano.

Pero como desde el poder, con fuerza militar sostenida, se intentó vaciar de creencia a la vida de los pueblos ahora constituidos en Estados soberanos, esas élites, que no eran liberales aunque así se llamaran, provocaron un corte cultural oficial que tendría insospechadas consecuencias. En los vericuetos del siglo XIX, aunque el anticlericalismo (entendido erróneamente como antirreligiosidad) fuera aceptado en no pocos núcleos o élites dirigentes, la continuidad en la visión de España como madre patria fue una realidad. Realidad exasperada, cabría añadir, cuando desde fines del siglo XIX, con la guerra hispano-estadounidense, la visión de los Estados Unidos adquirió, en la opinión común de nuestra América, tonalidades repulsivas por su abierto imperialismo que, a costa de las naciones hispanoamericanas, pretendió ejercer de facto un vasallaje sobre pueblos que el ingrediente racista consideraba inferiores por un doble motivo: por su origen hispánico (lo cual para la perspectiva imperial anglosajona ya era una tacha: todo lo susceptible de ser motejado de hispanic era motivo de desprecio) y por el mestizaje distintivo de la criollidad.

La reacción antiestadounidense tuvo, pues, mucho que ver con la comprensión de la acción estadounidense en nuestra América desde la dicotomía entre Ariel (América Latina) y Calibán (el monstruo imperialista de los Estados Unidos), que Rubén Darío planteó en 1898, dos años antes que José Enrique Rodó, en 1900, con su Ariel sirviera de referencia para un vasto movimiento cultural-político, de gran expansión en la juventud universitaria. En la Reforma Universitaria Argentina, que tuvo como epicentro a Córdoba (1918), se proclamó a Rodó como maestro de la juventud de América. Si en la Reforma Universitaria hubo, sin duda un ingrediente de jacobinismo anticlerical (en el sentido antes dicho de antirreligioso), se mantuvo, sin embargo, para exaltar lo propio, una continuidad cultural con lo hispánico. Intentaron entonces no pocos un camino histórico inspirado ya más en el jacobinismo que en el liberalismo propiamente dicho (aunque algunos siguieran llamándose liberales).

La Generación de 1898 en la madre patria (Miguel de Unamuno [1864-1936], Azorín [José Augusto Trinidad Martínez Ruiz, [1873-1967], Ramón María del Valle-Inclán [1866-1936], Pío Baroja [1872-1956], Ramiro de Maeztu [1875-1936], Vicente Blasco Ibáñez [1867-1928], Serafín [1871-1938] y Joaquín [1873-1938] Álvarez Quintero, Manuel [1874-1947] y Antonio [1875-1939] Machado, Ángel Ganivet [1865-1898], Francisco Villaespesa [1877-1936] etc.), impactados por la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, fueron severos críticos del canovismo (la Restauración, que tuvo como político fundamental a Antonio Cánovas del Castillo [1828-1897]) y partidarios, con distinta intensidad, del llamado regeneracionismo, que dejaba ver una amarga confusión sobre el ser y el destino de España.

No se trata aquí de esa llamada Generación de 1898, “tan valiosa en literatura como fútil en política” (Moa, 2000, p. 45). Se trata de mostrar algunos trazos de la situación de crítica complejidad creciente que experimentó España desde fines del siglo XIX hasta el comienzo de la guerra civil. España, sin pulso, dijo Francisco Silvela (1843-1905)1 en el fin del siglo XIX español, a causa del desastre (la guerra hispano-estadounidense de 1898). Las guerras de Cuba y Filipinas, más la de 1898 propiamente dicha (la guerra hispano-estadounidense) arrojaron 50 000 muertos. De ellos, solo 5 % cayó en combate; 95 % restante falleció principalmente a causa de enfermedades tropicales.

En 1900, en el Presupuesto de Guerra de Españam los sueldos de los oficiales absorbían 80 millones de pesetas; los sueldos de tropa, 45 millones; y el armamento 13 millones. Había entonces 24 700 oficiales para 80 000 soldados (Moa, 2000, p. 61). Aunque esto mejoró luego, las reformas se retrasaron y las consecuencias se vieron en la guerra de Marruecos.

El comienzo del siglo estuvo signado en España por un proceso de desestabilización creciente. El anarquismo ibérico se caracterizó por su práctica terrorista. El socialismo extremo, unido en el caso de Cataluña a un regionalismo radical, dio a la izquierda política una presencia y beligerancia hasta entonces desconocida en la vida política española. Comenzó una dialéctica de extremos, con escaso margen a equilibrios de centro, que culminaría, en 1936, con la vorágine belicista de la guerra civil. El Ejército se fue convirtiendo, poco a poco, en el árbitro de situaciones políticas sin salida. Al menos, sin salida estable y verdadera, pues cada fórmula de coyuntura, en lugar de representar la superación de una crisis en cadena, simplemente significaba el comienzo de otra fase (a menudo más aguda que la anterior) del conjunto de tensiones, confrontaciones, insurrecciones y tentativas revolucionarias que iban sembrando de incomprensión y caos la vida nacional.

Un ejemplo de ello fue la Semana Trágica de Barcelona (fines de julio de 1909): una protesta por el envío de tropas a Marruecos terminó en insurrección (saqueos de comercios, quema de iglesias y edificios religiosos, barricadas, etc.). El Ejército intervino: 118 muertos. Los procesos siguientes produjeron 17 condenas a muerte; 5 ejecutadas. De estas, la más notable fue la de Francesc Ferrer i Guàrdia (1859-1909), quien unía en sus enseñanzas racionalismo y anarquismo. Miguel Sánchez González, quien había sido secretario de Ferrer i Guàrdia, lo describe como un ser “malvado y miserable”, y lo acusa de estar detrás del asesinato de Cánovas, del atentado fallido contra Maura (realizado por un alumno de la Escuela Moderna de Ferrer i Guàrdia) y de los sangrientos atentados contra el rey (pp. 66-67).

Joaquín Costa (1846-1911), después de haber alentado un posible imperialismo español en África, luego del trauma de 1898, planteaba, con su regeneracionismo, nada menos que fundar España otra vez, como si no hubiera existido. Usó Costa una retórica con frases cargadas de escepticismo y negativismo histórico: “Doble llave al sepulcro del Cid, para que no vuelva a cabalgar”. Ese rechazo del pasado hispano fue una constante en Manuel Azaña (1880-1940). Al mismo se sumó luego, a ratos, José Ortega y Gasset (1883-1955). Uno de los pocos que reaccionó contra tal posición fue Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912) (cfr. Moa, 2000. p. 74).

Hoy presenciamos —dijo D. Marcelino en un famoso discurso en el centenario de Jaime Balmes (1810-1848)— el lento suicidio de un pueblo que engañado mil veces por gárrulos sofistas, empobrecido, mermado y desolado, emplea en destrozarse las pocas fuerzas que le restan y corriendo tras varios traspantajos de una falsa y postiza cultura, en vez de cultivar su propio espíritu, que es lo único que redime y ennoblece a las razas y a las gentes, hace espantosa liquidación de su pasado, escarnece a cada momento las sombras de sus progenitores, huye de todo contacto con su pensamiento, reniega de cuanto en la Historia nos hizo grandes, arroja a los cuatro vientos su riqueza artística y contempla con ojos estúpidos la destrucción de la única España que el mundo conoce, de la única cuyos recuerdos tiene virtud bastante para retardar nuestra agonía. […] Donde no se conserva piadosamente la herencia de lo pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original, ni una idea dominadora. Un pueblo puede improvisarlo todo menos su cultura intelectual. Un pueblo viejo no puede renunciar a la suya sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia muy próxima a la imbecilidad senil. (Menéndez y Pelayo, 1910, p. 354).

Algunos consideran ese discurso como el testamento espiritual2 de Menéndez y Pelayo.

España vivió, pues, un tiempo de agitación social y política y de profunda división cultural y espiritual. Fueron años en los cuales cristalizó la realidad de las dos Españas. Un periodo de agitación sin precedentes, en el cual, socialmente, imperaba un estado febril del cual se vieron libres muy pocos. No exageraba, no, Menéndez y Pelayo. Desde una europeización que algunos pretendían a costa de aniquilar su propia identidad cultural y de ignorar su historia, hasta el acratismo incontenible en su ensangrentada máscara terrorista.

La crisis española afectó, sin duda, a América Latina. Hasta la Segunda Guerra Mundial se reconoce como polo de influencia cultural en toda nuestra América, en primer lugar a España y en segundo lugar a Francia. Italia, Inglaterra y Alemania fueron, entonces, polos secundarios. El traslado del polo de influencia principal en ese campo hacia los Estados Unidos será una realidad en la segunda mitad del siglo XX.

Si el jacobinismo sedicentemente liberal logró el vaciamiento de la fe religiosa en buena parte de las élites culturales y políticas de América Latina, en la primera posguerra va a operarse un cambio inesperado. El sector políticamente más destacado de esas élites llenó el vacío de la creencia con un fideísmo político. Fueron los años de la expansión, con rapidez impresionante, del marxismo como pensamiento, y de la formación de los partidos comunistas con el aliento de la Internacional Comunista. Además, la crisis económica mundial de 1929 (crack de Wall Street) lució, a los ojos de muchos de estos ardorosos militantes, como el cumplimiento de la profecía anunciada por Marx, de la cual la Revolución bolchevique de 1917 había hecho en la Rusia exzarista su primera concreción histórica.

Un intento semejante de concreción histórica en América Latina solo se daría, a fines de la década de 1950, con el triunfo de la Revolución cubana y la posterior definición como marxista-leninista de Fidel Castro en Cuba. Antes, la crisis del Estado y del derecho que se vivió en Europa con el surgimiento de los totalitarismos (de la clase, Rusia, 1917; de la nación, Italia, 1922; de la raza, Alemania, 1933) también impactó, con diversa intensidad, en no pocos países de América Latina. Frente a la notable incidencia del marxismo, hubo también fenómenos que evidenciaron, aunque con efecto menor, la reacción pendular, hacia el nazi-fascismo. Muchos liberales nacionalistas y liberales jacobinos se encontraron enfrentados a sus antiguos compañeros de ruta en la línea del vaciamiento histórico-cultural. Resultó mucho más creativa, en la generalidad de los casos, la presencia histórico-política de los marxistas-leninistas (sobre todo en la organización de instrumentos para la acción institucionalizados como partidos) que la de los antiguos liberales jacobinos, que lucieron, mineralizados social y políticamente, como las nuevas oligarquías del continente. Y los que se habían lucido, por obra de su propaganda, como nuncios de la modernidad y del progreso, terminaron etiquetados como reaccionarios, refractarios a los cambios estructurales socioeconómicos y cultural-políticos que los nuevos tiempos exigían.

En algo, sin embargo, hubo una continuidad lamentable. Fue en la búsqueda de los militares como garantía de su triunfo y estabilidad. Algunas veces los civiles se aliaron a los militares. Otras veces los mismos militares decidieron asumir el liderazgo político. Así, la retórica tuvo, en mayor o menor medida, olor a pólvora. Los antiguos sedicentes liberales habían militarizado su presencia política para el control y dominio del Estado. Pensaron que el poder omnímodo del Estado era el que configuraba la nación y, por vía del ejercicio sin cortapisas del poder, podía gestar el nuevo pueblo.

En esa vertiente militar-política, transcurrió el desgraciado intento de variación de la entidad histórico-cultural de nuestros pueblos por parte de las élites (devenidas oligarquías económicas, políticas y militares) liberales jacobinas. El nuevo fideísmo político de sustitución de la creencia religiosa, visible en los empeños marxista-leninistas, no solo no abandonó, sino que radicalizó el intento de militarización de la política en América Latina. Ya no eran solo las viejas montoneras del siglo XIX. Hubo un cierto militarismo en todos los esfuerzos de mutación orientados por el marxismo. Ello fue consecuencia del efecto en América Latina no solo de las directrices de la Internacional Comunista, sino también del mundo caleidoscópico de la guerra civil española (1936-1939), visto con ribetes no exentos de romanticismo trágico en el imaginario colectivo que una apasionada intelligentsia se esforzó en troquelar. Los latinoamericanos de distintos países pelearon en un bando y en el otro (más en el republicano que en el nacional). Fue así también la influencia de un acontecimiento ibérico la que señaló el definitivo deslinde de las antiguas élites (oligarquías) liberales que se sentían dueñas de la bandera del progreso y los nuevos militantes revolucionarios que se sentían constructores de un futuro que, por ley implacable de la historia, sería una realidad en nuestras latitudes, y en el mundo entero, más pronto que tarde.

La política siguió teniendo un componente militar después de la Segunda Guerra Mundial. Pero entonces la ubicación en la geografía de las posiciones ideológicas vino dada por los antagonismos dicotómicos de la guerra fría. Como esta abarcó prácticamente la casi totalidad de la segunda mitad del siglo XX, fueron los vaivenes de la confrontación bipolar los que señalaron las variantes de las concepciones del Estado y del derecho en América Latina desde 1950 hasta 1990. En el orden internacional, será el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, suscrito en Río de Janeiro en 1947, el que, como un todo, verá a América Latina ubicada, en su conjunto, como aliada hipotética de los Estados Unidos y del llamado “mundo libre”, en una confrontación a la cual nadie ni nada ponía teóricamente un término o conclusión armónica.

En el siglo XX, América Latina poseyó escenarios propios en la confrontación bipolar con la Revolución cubana (1959) y con la llegada al poder del Frente Sandinista de Liberación Nacional, en Nicaragua (1979). La llegada de Chávez al poder (1999) tiene, a mi entender, otras características, tanto por su momento y por su proceso de llegada a la conducción de Venezuela como por las características de su desarrollo.

Desde la década conclusiva del siglo XX, con la caída del Muro de Berlín, a inicios de noviembre de 1989, y la cancelación oficial de la guerra fría (1991), pareciera que, a excepción de anacronismos poco atractivos (Corea del Norte y Cuba, en el marxismo-leninismo, los fundamentalismos islámicos en Irán, algunos países del Medio Oriente y el África islamizada), la corriente predominante en el ámbito histórico-cultural en el cual se inserta América Latina siguió estando marcada por la búsqueda de la democracia liberal, en lo político, y de la economía de mercado, en un proceso signado por la globalización.

El desarrollo del tema en estas páginas seguirá, por lo dicho, un orden histórico. Se distinguirán, por tanto, inicialmente, las visiones histórico-políticas en América Latina en el fin del siglo XIX y los comienzos del siglo XX. Luego se estudiarán las correspondientes al tiempo de entreguerras, hasta la Segunda Guerra Mundial. En un tercer momento, se verán las correspondientes a las décadas de la guerra fría. Y, finalmente, las distintivas al tiempo de la globalización, con un orden internacional aún no claramente definido. Todo ello con el colorido (trágico o mágico, o ambas cosas a la vez) que adquieren frecuentemente los procesos en América Latina.

Algunos casos y realidades tendrán mayor relieve en la exposición. Considero que ellos pueden ejemplificar mejor que otros algunas de las tesis que deseo exponer. Finalmente, a modo de conclusión, dejaré, para su discusión, algunas sugerencias que considero oportunas para no repetir con malsana insistencia, en este siglo que hemos empezado a recorrer, los errores del pasado.

Estas páginas se limitan muy básicamente al siglo XX y a los comienzos del siglo XXI. Antes de entrar directo en el desarrollo en sí del tema, véanse algunos criterios sobre la metodología: el texto en el contexto, estática y dinámica histórica, conocer e interpretar.

Notas

1 Francisco Silvela fundó, meses después del asesinato de Cánovas, el 31 de diciembre de 1897, la Unión Conservadora. Llegó, posteriormente, a ser jefe de Gobierno.

2 En expresión de Siguán (1956, pp. 333-378), ese discurso fue “el canto del cisne de Don Marcelino en Cataluña: dos años después y cuando ya las noticias que sobre su salud circulaban lo hacían temer, llegaba a Barcelona la noticia de su muerte” (p. 378).

El marco teórico

El texto en el contexto

La Escuela de Cambridge ha puesto el énfasis en la necesidad de ver el texto en el contexto. Analógicamente, se puede decir que es necesario ver los procesos en su contextualidad histórica.3 Si se deforma la comprensión de una obra y de la intencionalidad de su autor leyéndola independiente de las circunstancias que rodearon su nacimiento y considerándola separadamente del conjunto de las obras de su autor, lo mismo, mutatis mutandis, puede decirse de los procesos o coyunturas históricas de los pueblos. Ellos no pueden ser cabalmente conocidos y comprendidos y por tanto interpretados y prescindir de las características del momento histórico y de la elipse de sus principales sujetos protagónicos. Considerar los procesos en su contextualidad supone, pues, no visualizarlos de manera simplemente autorreferente, sino, con visión realista, la más objetiva posible dentro de la inevitable subjetividad del historiador, considerarlos, comprenderlos y valorarlos en el marco más amplio de los restantes procesos histórico-políticos que coexisten en un periodo determinado. La carencia de nexos causales entre unos y otros no invalida la consideración de sus semejanzas como elementos de influencia temporal-cultural que ayudan a una visión más global y a un entendimiento más cabal de ellos. A menudo, sin esa consideración la perspectiva crítica resultaría afectada en grado mayor del que sería de desear.

Estática y dinámica histórica

La que nos toca considerar, más que historia jurídica, es, básicamente, historia política. O, si se desea, historia política con elementos de historia de las ideas. En toda historia, no se trata de absolver o condenar por criterios ideológicos a priori, sino de conocer. Pero no se trata de un conocer aséptico, sino valorativo. Así, a mi entender, interesa una historia que no solo diga dónde están las cosas, sino que, además, indique adónde van, como consecuencia del recto conocimiento. Interesa no solo la estática, sino también la dinámica histórica. Qué cosas cambiaron al presentarse nuevos vientos en la historia; y hacia dónde cambiaron llevados por ellos. Y quiénes entendieron que los tiempos cambiaban y el sentido del cambio. La visión histórica del contexto jurídico-político latinoamericano del siglo XX presenta un empeño —a veces exitoso, otras no— de búsqueda de la modernidad postergada. Con sus variantes, es, en América Latina, un siglo de transición. No solo se trata de la etapa final de una transición, después de la Independencia, sino de captar el sentido y el rumbo de esa transición vista en su conjunto.

El objeto del estudio histórico es conocer lo ocurrido, sin deformaciones y lo más plenamente posible; es decir, conocerlo en su carácter propio, pero en el cauce que identifica a los hechos concretos en un proceso, sin deformarlos pretendiendo considerarlos como aglomeración de circunstancias sin un sentido global. El conocimiento histórico, por tanto, no puede variar por el matiz ideológico o la postura personal política de quien realice tal estudio. Ciertamente, el conocimiento es inescindible de la interpretación; y en la interpretación entra en juego, de variadas formas, la subjetividad de quien al conocer interpreta, y al interpretar valora.

El esfuerzo del historiador por precisar los facta históricos, y de dónde vienen y adónde van, se encuentra, a veces, con la posibilidad de señalar, como en la geografía, hechos que constituyen como las divisorias de las aguas en las altas cumbres.

Conocer-interpretar

La nueva conciencia hermenéutica que, apuntada a fines del siglo XIX, se asienta y extiende en el siglo XX, supone que el ser humano, animal racional, es animal hermenéutico, para decirlo con los términos de Vittorio Mathieu.4 Pero se trata de conocer-interpretar sin deformar ni eludir los facta de la historia. El conocerinterpretar histórico no supone, por tanto, la ideologización de la historia. Esta supondría pretender a priori encorsetar los hechos, los procesos, las personas, en esquemas dados con anticipación que hipotéticamente producirían, como condición de supuesta cientificidad, una comprensión predeterminada, cargada de intencionalidad de índole partisana, cuyo delta teórico y práctico suele estar en las variadas formas de fe en la historia o de fideísmo historicista, como quizá sería más propio decir.

En el conocer-interpretar, el sujeto que conoce descubre significados; y la subjetividad, de nuevo, aflora en el hecho de que resulta imposible que tales significados no posean conexión alguna con el imaginario colectivo, que, en sí, remite a una ubicación cultural-temporal. Así, la subjetividad de quien conoceinterpreta no solo no rechaza ni niega el conocimiento objetivo, sino que, por el contrario, es respetuosa, en el conocimiento histórico, de la documentada fundamentación de lo verdaderamente ocurrido.

Conocer-interpretar no es históricamente equivalente a inventar. Ni el descubrimiento de significados supone invención caprichosa de estos. Por ello, sin que se trate de absolver o condenar a priori (actitud propia de la ideologización de la historia), el conocer-interpretar no es (ni pretende ser ni hacer) una historia aséptica, sin valoraciones de ningún tipo. Respecto de los procesos históricos, en cuanto forjados por un tejido de conductas, individuales y colectivas, tal hipótesis de asepsia —falsa pretensión de neutralidad, de objetividad más allá del bien y del mal— resulta no solo cuestionable, sino imposible.

La historia política, con elementos de historia de las ideas, debe aspirar a ser seriamente objetiva, sólidamente fundamentada, pero su conocer-interpretar de un periodo complejo no quiere ni puede ser falsa o hipócritamente neutral. En ella se encuentran hechos, circunstancias, actitudes, que exigen del investigador que busca conocer-interpretar una valoración. Como señalara Hannah Arendt, refiriéndose a actitudes de supuesta asepsia, pretender hablar de las cámaras de gas del nazismo sine ira equivale a indultarlas. Del mismo modo, frente a la negación de los derechos humanos que tachonan el tiempo de las tiranías, cualquiera sea su signo, una simple constatación no basta, sino que resulta necesidad ineludible asumir éticamente, frente a tales realidades histórico-políticas, una definición. Ello equivale a valorar, no a ideologizar. Ello equivale a interpretar, no a ignorar por comodidad o conveniencia (Arendt, 1972, 1961).

Tal postura resulta perfectamente compatible con la constatación fenomenológica de posibles logros, en cuanto a las estructuras materiales del medio social en el tiempo que se estudiará, así como la vinculación de la fenomenología política de cada país con un marco más global de referencia internacional; marco sin la consideración del cual solo se lograría un conocimiento-interpretación signado por una autorreferencia enquistante y deformante; es decir, un no conocimiento y una no comprensión y no interpretación adecuada.

Líderes, caudillos, estadistas

Es un principio básico de filosofía social que todo grupo humano necesita un fin social para constituirse cono sociedad. Y que para alcanzar ese fin social el principio unitario de autoridad exige que haya quien dirija y quien sea dirigido. Las formas que pueda adoptar políticamente este principio de autoridad son variadas; pero, sean cuales sean, no se rigen por la arbitrariedad o el capricho, sino que deben existir, en toda sociedad civilizada, reglas de juego que norman la praxis tanto de gobernados como de gobernantes. Así pues, cuando se habla de líder (del inglés leader) o de liderazgo se está haciendo referencia a quien dirige un grupo, a quien figura y actúa como cabeza de él. Quien ejerce el liderazgo debe poseer el respeto de aquellos que dirige. Desde los romanos se decía que para el ejercicio del imperium (poder) era necesaria la posesión de la auctoritas (reconocimiento de capacidades, ya por su virtudes o méritos, por sus ejecutorias [res gestae] que suponían la aceptación de una superioridad moral). Puede haber auctoritas sin imperium, pero el imperium sin la auctoritas degenera en tiranía. Cuando la discusión sobre los tipos de liderazgo se proyecta en la política, surgen, colateralmente, además de las referidas al liderazgo, las reflexiones sobre el caudillo y el estadista.

Max Weber5 consideraba que la autoridad era una cualidad reconocida, mientras que el poder era el imperium de los dirigentes, apoyado frecuentemente en la coacción. El poder requería siempre liderazgo. Weber distinguía tres tipos de autoridad, con formas respectivas de liderazgo.

1. Tradicional: basada en la costumbre. Con este tipo de autoridad, cobra relieve el derecho consuetudinario y las instituciones políticas con cargos hereditarios. Los cambios solo se producen si una parte de la población los desea.

2. Racional-legal: basada en el derecho positivo. Con ella adquieren primacía el derecho civil y el administrativo. Afirmación del principio de legalidad, entendido como regulación de la autoridad por medio de leyes racionales.

3. Carismática: coloca la base de la autoridad en las condiciones personales del líder, a quien sus seguidores atribuyen cualidades superiores a las de otros dirigentes. Según Weber, la autoridad carismática tiende a convertirse en tradicional.

De acuerdo con esta tipología, podría decirse que el liderazgo carismático puede tender a ser autocrático, en cuanto el líder asume una responsabilidad casi exclusiva en la toma de decisiones; dirige y controla a los subalternos, pero no delega mayormente en ellos. Así, todo depende del líder, quien centraliza, de manera absorbente, las decisiones clave. El liderazgo democrático, por el contrario, es mucho más participativo: los subalternos no solo obedecen sino que aportan al análisis y a la toma de decisiones. El liderazgo carismático deviene, a menudo, jefatura egolátrica (narcisismo político) que, fundamental-mente, ordena y manda. El liderazgo democrático posee también el carisma del respeto (auctoritas), pero no se agota ni en el personalismo ni en el mando, sino en la guía oportuna y eficaz de los subordinados por el camino correcto.

El caudillo (de cabeza, capitellum) suele ser la personificación de la autoridad carismática. El caudillismo es la expresión histórico-política de los caudillos. Habitualmente el término caudillo se aplica a jefes militares. La mentalidad militar suele confundir liderazgo y caudillismo. Por analogía, caudillo se aplica tanto a militares como a civiles que han ejercido el poder político con las características o con la ambición de ser jefes únicos. Ese tipo de conducción no admite pares sino subalternos; no ciudadanos sino súbditos. La historia independiente de América Latina ha estado plagada de caudillos, tanto militares (principalmente) como civiles, con un balance más negativo que positivo, tanto en lo referente a la valoración de sus ejecutorias individuales como en cuanto a su aporte a la consolidación de las instituciones políticas y a la madurez de la sociedad civil.

El estadista es la expresión más elevada y sublime del político. El Diccionario de la Real Academia de la Lengua lo define como persona de gran saber y experiencia en asuntos de Estado. Estadista no se nace, se hace. Winston S. Churchill (1874-1965) dijo acertadamente que el político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones. Su sentido de Estado nace en el estadista como consecuencia de su visión global y universal. El político limitado por la política local no será nunca un estadista; en el mejor de los casos, será un buen administrador. Rodrigo Borja, en su Enciclopedia de la política, cita al escritor ecuatoriano Raúl Andrade (1905-1981), quien afirmó: “De la monotonía política surge el estadista; de la amenidad política únicamente nace, crece y fructifica el politiquillo errante, simulador y mimético” (Borja, s. f.). No sé exactamente qué consideraría Andrade “monotonía política”, pero pareciera enseñar la historia que la madurez política en el estadista se da con los retos que plantean las coyunturas de crisis. Las crisis no tienen nada de monótonas. Su interés histórico-político deriva de los desafíos que ellas encierran. De su adecuada superación puede lograrse un despuntar de una vitalidad histórica represada o hasta entonces anulada por la crisis misma, así como de la incapacidad para superarla pueden producirse corruptelas y depravaciones morales y políticas que indiquen no la superación pero sí la reincidencia y el agravamiento en los males que socialmente se padecen. Solo de las grandes crisis nacionales y del manejo de la política internacional (la gran política, de las relaciones supranacionales y de las relaciones entre los Estados) pueden surgir los estadistas. John Adams (1735-1826) y Abraham Lincoln (1809-1865) son, en este sentido, prototipo de estadistas. Aunque no sean necesariamente doctrinarios políticos, siempre los estadistas suelen tener una sólida cultura que facilita su visión de conjunto y su alergia a la autorreferencia.

América Latina ha tenido, en el tránsito republicano posterior a la Independencia, muchos caudillos, algunos líderes y muy escasos estadistas. Esas abundancias y carencias tienen una dimensión causal no pequeña en la grandeza de nuestros males y descaminos. También de nuestras inautenticidades. Porque los gatos pardos han procurado, tozudamente, ser caudillos, y líderes (nunca estadistas, aunque se llamaran y desearan ser llamados tales), según las circunstancias de espacio y tiempo.

Si el caudillo depende de su carisma, su propia tipología política lo lleva a imponer su agenda y a buscar predominantemente sus intereses y ambiciones personales. Con una deformación subjetivista: suelen identificar sus metas individuales con los objetivos del país. Con una supravaloración deformante, el caudillo estima que no tiene pares en su contexto social humano. Por ello es voluntarista y proclive al culto a la personalidad. Más aún: alienta su personalismo, es el sumo sacerdote de su propio culto. Es habitual que cuando pretende o logra dejar un sucesor, este posea más sus defectos que sus virtudes, y que la sucesión impuesta sea el último acto que el caudillo realiza para dejar constancia de su propia superioridad y grandeza. No es nada propicio a la crítica (frente a la cual manifiesta una radical intolerancia) y exige una obediencia colindante con el vasallaje. Prototipos del caudillo latinoamericano del siglo XX serían, a mi entender, figuras políticamente antitéticas en no pocos puntos, como Juan Domingo Perón (1895-1974) y Fidel Castro (1926).

El líder busca más la racionalidad de la prudencia política que el voluntarismo emotivo del caudillo (a menudo tocado con ribetes de nacionalismo chauvinista). Su conducción no requiere el culto a la personalidad. Más aún: evita con claridad tal culto. Pone su carisma en función de la conducción política tendente a la realización de un programa claramente inspirado en principios que procura tamizar de acuerdo con la realidad en la cual y para la cual vive. Procura hacer de su vida reflejo existencial de esos principios en procura de dar a ellos cauces histórico-políticos a través del diálogo y los consensos, siempre posibles y necesarios en una sociedad pluralista y democrática. El líder procura armonizar, social y políticamente, libertad y justicia.

El caudillismo debilita (si no aniquila) las instituciones y es proclive a la demagogia populista, porque encuentra en el halago de las pasiones de las multitudes la apariencia o la sensación del aprecio de estas. El caudillo se autoconsidera y exige ser considerado un cuasirredentor. Justificará sus negaciones de la libertad y los derechos humanos, con la que considera su incuestionable cruzada por la justicia. Él no ama en realidad al pueblo (en el fondo solo lo aprecia como súbdito), pero necesita percibir, así sea de manera epidérmica, superficial, que es amado (o que él considere que muestra que es amado). El caudillismo es la expresión del raquitismo moral, de la patología política y de la bastardía histórica. El populismo caudillista genera la corrupción en todos los niveles. Reduce la democracia a la democratización de la corrupción y a la amoralidad social y política. El narcisismo del caudillo es tan patológico y absorbente que, desaparecido él físicamente, queda siempre el vacío de poder. El culto a la personalidad caudillista o semicaudillista traspasa los límites del pudor y retoza en lo ridículo. Piénsese en el alarde estrambótico de adulación sin límites que llevó en Venezuela a llamar a Antonio Guzmán Blanco (1829-1899) el Ilustre Americano y el Autócrata Civilizador.

El caudillismo ha sido, quizá, la plaga más perniciosa de la América Latina independiente. Como fenómeno, ha estado vinculado preponderantemente (aunque no de forma monopolística) a los militares. Piénsese, como caudillo militar de segunda, en Manuel Mariano Melgarejo (1820-1871), en Bolivia. Pero también ha habido caudillos civiles. Piénsese en José Gaspar Rodríguez de Francia (1766-1840), en Paraguay. (De mucha más incidencia histórico-política un tirano como Francia en Paraguay que un desajustado como Melgarejo en Bolivia). Y podrían multiplicarse los ejemplos según las distintas repúblicas de nuestra familia de pueblos mestizos.

Quizá por la abundancia de caudillos, la escasez de líderes y la casi total ausencia de estadistas de talla superior, nuestras naciones siguen teniendo Estados haciéndose y no hechos; y la falta de vertebración de nuestra sociedad civil va paralela a la inmadurez política de nuestros pueblos, que han sido (y son) presa fácil de demagogos y utopistas, que solo han contribuido a la extensión y prolongación de sus miserias materiales y espirituales.

Notas

3 Cfr. Aurell i Cardona (2005), Pocock (1989), Skinner (vol. I, 1978/2002), Tully (1988). Cfr. también Laslett (1994).

4 Cfr. Mathieu (2001). También sobre el conocer-interpretar, Gadamer (2002/2010), Pareyson (1971), Conti (2000).

5 Cfr. Löwith (1980/1993), Mayer (1998), Colliot-Thélène (2014), Fleury (2009), Parkin (2002), Scaglia (2007).

El regalismo subconsciente en el imaginario colectivo

Cesarismo, caudillismo

La historia latinoamericana está llena de cesarismo. Un remanente cesarista —militar o civil— aparece en un marco tanto de estabilidad como de anarquía. Los cesaristas han tenido siempre —qué duda cabe— aduladores y censores, panegiristas y detractores. Así, entre la búsqueda del poder mediante conmociones o la reiterada tarea de consolidar un Estado que respondiera de veras al nombre de tal se fue desenvolviendo el existir republicano.

El cesarismo estuvo, a menudo, uncido a un subconsciente monárquico: las hegemonías personales de los caudillos buscaron prolongarse en “dinastías” no ya derivadas de la sangre o de los vínculos genealógicos, sino de la “descendencia” política —el delfinato bastante sui generis de la política latinoamericana— o de la concepción de la militancia (prostituyendo su sentido) como casta cerrada (considerando que la alternabilidad se circunscribía a quienes tenían la misma condición partidista). Por ello el cesarismo generó una cierta estabilidad, a veces; y, en otras ocasiones, fue el factor que en su rigidez y terquedad impidió la proyección y continuidad de la estabilidad misma.

Después de la pre-Independencia y la Independencia, prácticamente no hubo enfrentamientos entre estamentos sociales, sino un prolongado cesarismo (o intentos de él) por parte de aquellos que la jerga criolla llamó caudillos; caudillos que en el agudo decir de Augusto Mijares fueron un subproducto de la guerra de emancipación (cfr. Mijares, 1952/1998). Así se asentó la afirmación de facto que la fuerza daba y hacía el derecho, que la auctoritas o el imperium requerían, como elemento sine qua non, las res gestae, así fuera en las luchas internas que en su prolongación provocaban la evaporación de la affectio societatis e impedían la consolidación y madurez institucional de un Estado republicano propiamente dicho.

Tuvimos, por tanto, la anarquía como telón de fondo, siempre atenuada por el poder de los caudillos, en el ámbito regional o nacional. Por eso la historia patria buscaba como eje de sus diferentes periodos la presencia tutelar de los jefes. Y esa referencia que intentaba sin lograrlo el orden (entre otras cosas porque confundía a menudo orden con el interés personal de los caudillos y sus allegados) se llamó República, siendo solo un intento de Estado, cuyos miembros buscaban aniquilarse unos a otros y su visión de la comunidad social y política tenía vecindad conceptual con una finca o hacienda, en la cual en sentido quiritario de la “propiedad” permitía al mandamás hacer lo que le daba la gana, usar y abusar.

Hubo (¿por qué negarlo?) profundo escepticismo en las propias élites ilustradas frente a la posibilidad del gobierno civil en la patria posindependentista. Si era la fuerza y no el derecho el soporte del poder y de la vida en las nuevas entidades que aspiraban a ser Estados soberanos; si era la violencia y no la razón la que abría cauces a la audacia; si era la hegemonía caudillista y no la participación ciudadana la que efectivamente se imponía; si los principios, las reglas, las constituciones y las leyes resultaban, de facto, ropajes de hermosa apariencia para cubrir todo tipo de vergüenzas; si la anomia era consecuencia de una barbarie reconocida cuando no exaltada, no puede extrañar ese escepticismo. Y con el escepticismo, la baja autoestima, personal y colectiva, y el acomplejamiento proclive a la sumisión acrítica ante lo ajeno, que era visto, comparativamente como algo mejor. El drama histórico-político de tales élites resultó (y resulta) que nadie puede escapar a su propia historia; y que somos lo que somos y no lo que hubiéramos querido ser, por vía de escapismo.

La dogmatización de la historia fue un empeño de ideologización histórica. Las disputas sobre el socialismo real y los distintos marxismos —ante y pos caída del Muro de Berlín— han permitido también abandonar los falsos filtros que envenenaban, con un dogmatismo diferente y excluyente, la visión de los procesos de la modernidad y de la posmodernidad, alentando ese abandono la re-visión y la re-consideración de la historia como aventura de la libertad en el tiempo, y de la praxis humana como un agere y un facere cargados de sentido y finalidad.

A las totalizaciones ideológicas —típicas de los empeños por reiventar la historia— han seguido, en el final del siglo XX y el inicio del siglo XXI, tentativas propiamente académicas, aún marcadas por el antropocentrismo radical, que aspiran a la superación de la modernidad sin prescindir de sus basamentos filosóficos y culturales. Hasta ahora, muchas de esas tentativas solo han reflejado formas nuevas de manifestación de la angustia existencial generada por el vacío resultante del encapsulamiento egoísta de no pocos seres humanos que tienen en sus manos, sin embargo, los prodigiosos instrumentos de la revolución tecnológica comunicacional.

Mito de origen y caudillismo de subconsciente monárquico

Los padres de la patria, a lo largo de América Latina, resultaron, en los hechos, y en el esfuerzo de la historia oficial, no solo una figuras tutelares, sino imágenes míticas, unos mitos de origen de la conciencia nacional, que pretendían erigirse acomplejadamente como autorreferentes; y también resultaron mitos justificadores de cuantas extravagancias, tropelías o ambiciones pasaban por la mente de quienes, llegados al poder (o ambicionando llegar a él), consideraron que por el simple hecho de llegar o ambicionar el poder constituían una especie de reencarnación del mito.

Nada ha hecho tanto mal a nuestras patrias como esa reducción mitológica de los libertadores ad usu de rufianes. Porque no de estadistas ha estado demasiado poblada la historia política de América Latina. Se esperaba que el mito hiciera milagros por el simple hecho de ser mito. Y no fue así. Nunca fue así. El echar la parada sustituyó el esfuerzo laborioso y la continuidad en el empeño; la humorada ingeniosa, al cultivo de la inteligencia, y obstaculizó que fuera la razón y no la fuerza la que se esforzara por imponerse; la procura rápida de lo fácil se prefirió al reto laborioso y constructivo, de pedagogía de largo aliento, que la formación de toda verdadera conciencia ciudadana conlleva.

El cesarismo criollo dio la impresión de ser reflejo de un subconsciente monárquico. Con la Independencia, se quiso cortar con el reino borbónico, pero sin sustituir el absolutismo de Fernando VII (él que pasó, por méritos propios, de ser el deseado de los pueblos a ser el rey Felón), por la carencia de una auténtica conciencia ciudadana; y porque, en realidad, la emancipación fue empeño de minorías ilustradas más que verdadero anhelo popular, hasta avanzada la lucha y por los errores político-militares (sobre todo políticos) de los enviados de la España peninsular a la España americana (para decirlo con los términos de Juan Germán Roscio [1763-1821]). Piénsese, a modo de ejemplo, en la eliminación física que Pablo de Morillo (1775-1837) realizó en la élite social y en la intelligentsia neogranadina.

Esos caudillos de subconsciente monárquico, en nuestra historia republicana, más que condottieri fueron demagogos, que sujetaron su condición de líderes a su capacidad de halago y de oferta fácil. Conciencia ciudadana en el común y conciencia de Estado en el liderazgo es lo que ha faltado en nuestro accidentado proceso de patrias. Así, malacostumbrados, cuando la conciencia de Estado ha planteado el sacrificio, la respuesta blanda ha sido la fuga hacia la irracionalidad: el rechazo al esfuerzo, la búsqueda del facilismo, el dinero mal habido o el saqueo. No ha habido élites, sino oligarquías. Porque las élites saben que su ejemplo es pedagógico; y nuestra sociedad, maltrecha y con raíces disueltas, puso la idealización de su ascenso en lo carente de valores, en el oropel de la apariencia, en la riqueza sin cuestionar su fuente o modalidad de origen entendida como bienestar.

En la quiebra repetida una y otra vez, a lo largo de nuestra América, de la República civil pudo más el materialismo de los ladrones, de los aficionados al buen vivir, con alergia al trabajo real y honesto, que las malas políticas. Ya Jacob Burckhardt (1818-1897), el profesor de Basilea, el tutor Helvetiae, el brillante discípulo de Leopold von Ranke (1795-1886), había predicho —en los días de la guerra franco-prusiana de 1870— que cuando los pueblos olvidan los principios buscan un Führer.

Política de ideas y las élites

Política con ideas y conciencia de Estado

No se logra por magia la regeneración de las naciones. Ello requiere lentos procesos de educación moral y cívica. Educación que exige el ejemplo de los de arriba, de los que están como en vitrina y generan patrones de comportamiento a quienes los miran desde una altura más baja. Ejemplos que producen aquella irradiación (por la imitación en la mente grupal) de la cual habló Gabriel Tarde (1843-1904). Se trata, sobre todo, del ejemplo de quienes son o se dicen dirigentes en la vida política, social y económica. Hasta los modales, la vestimenta y el lenguaje se imitan. Y en América Latina, en lugar de ennoblecerse, el aturdimiento materialista, la destrucción de la familia, la ruptura de la solidaridad social, el culto al individualismo rastrero uncido al olvido de la urbanidad, la degradación canallesca del lenguaje, la pérdida del respeto en el trato mutuo, acompañada de la creciente incineración de la confianza, así como la búsqueda simple y torpe de la prepotencia, de la impunidad y de la fuerza, hicieron patente, una y otra vez, que la patria no estaba hecha, sino que, en su hacerse, se encontraba aún en etapas muy distantes de la madurez requerida para tener relieve en el concierto de las naciones.

Por eso, aunque se dijera que teníamos política ideológica, si de algo padecimos (y padecemos) fue de carencia de ideólogos, tomando esa palabra en el sentido de pensadores que buscaran en la coherencia teórica y en la reflexión continuada las pautas de su acción en el campo de la vida pública. De ahí que la atorrante ignorancia se jactara de un desconocimiento cuasi enciclopédico de todo saber humanístico, incluido el de la propia historia nacional. Y quien no conoce el pasado mal puede comprender el presente y diseñar sin escapismos absurdos el futuro. Por eso fue tan frecuente en nuestra historia que, sin grandeza personal, se sobrepasaran los límites de la sensatez y la sindéresis.

Nuestros estadistas, cuando los ha habido, han sido, sobre todo, hombres de acción. Pero como se ha repetido hasta la saciedad, si el pensamiento sin la acción es estéril, la acción sin el pensamiento es ciega. En la vida política latinoamericana, ha habido, tristemente, una extendida alergia, una desconfianza temerosa frente a la intelectualidad, frente a la gente de pensamiento. Muchas veces, sobre todo en el siglo XIX posindependentista, quienes lograron figuración estelar no lo hicieron por el reconocimiento social de sus méritos y capacidades, sino por la turbulencia de las coyunturas, en las cuales, agitándose el fango del cauce social por las conmociones que se vivían, colocaron, ante los ojos de todos, muchas expresiones antológicas de la vergüenza y la decadencia colectiva en posiciones rectoras.

No han faltado a lo largo de nuestra historia individualidades brillantes, personalidades destacadas por su inteligencia y laboriosidad, sujetos poseedores de talento científico o de capacidad literaria o especulativa o con dotes de capitanes de empresa. Pero en la vida de nuestras repúblicas, han sido una especie de polinesia humana, islas dispersas en un inmenso océano marcado por el caos bélico y el desbarajuste social.

Como no había estadistas que ayudaran a insertar el esfuerzo individual en una tarea común —aunque siempre plural y polifónica— de hacer visible en el rostro distinto de las patrias la fuerza creadora de la libertad, muchos esfuerzos quedaron confinados (por no decir secuestrados) en los áticos o buhardillas llamativas de las singularidades no insertadas en equipo humano alguno. Y, por ello, a menudo, los más capaces vivieron en una especie de introvertimiento, en algunos casos buscado, o, más comúnmente, provocado por el afán vengativo de espíritus malignos que usaron el poder para humillar o aniquilar socialmente a quienes no se rendían a su bajeza (piénsese, para no evocar ejemplos demasiado recientes, en el caso venezolano de Cecilio Acosta [1818-1891], acosado mezquina y criminalmente por Antonio Guzmán Blanco [1829-1899], quien destinaba a sus opositores al “cementerio de los vivos”, pues de ellos no era permitido ni siquiera hablar).

Las élites liberales del siglo XIX y comienzos del siglo XX

Enrique Krauze publicó en 2011 un libro de bastante repercusión: Redentores: ideas y poder en América Latina (cfr. Krauze, 2011). En él analizó desde Martí a Chávez, deteniéndose, como es lógico, en personas como Vasconcelos, Rodó y Mariátegui, entre otros. Trató Krauze en su obra del mesianismo político en América Latina tomando como referencia los fenómenos de la revolución nacionalista y la revolución marxista-leninista. Así, como en visión caleidoscópica, su mirada abarcó en ese libro desde la guerra hispano-estadounidense de 1898, José Martí, el Ariel de Rodó y el arielismo, el extendido sentimiento antiestadounidense, la repercusión en América Latina de la guerra civil española, la Revolución cubana y el golpismo seudorrevolucionario de Chávez en Venezuela. Se esforzó Krauze en poner de relieve los enredos en el imaginario colectivo latinoamericano causados por el mito revolucionario. Algunos han señalado que la base fundamental de todo lo apuntado por Krauze está en el “trasfondo religioso de la cultura católica” que causó (y causa, a su entender) el fracaso de los Estados liberales en nuestras latitudes. Tal señalamiento opaca, a mi entender, lo fundamental del aporte de Krauze. Este tiene una amplia obra intelectual con aspectos valiosos, en la cual se destaca, sobre todo, su condena abierta a toda negación de las libertades y derechos fundamentales en las dictaduras, sean estas de derecha o de izquierda. Ese enfoque desvía la atención a lo medular de las páginas de Redentores. No puede menos que indicarse, en el mismo, un no confesado o inconsciente uso del criterio marxista sobre la primera alienación, la alienación religiosa. Algunos liberales coinciden con Marx en un punto que no es secundario para el análisis y la valoración de las culturas, tanto en lo que atañe a la religión como en lo que atañe a la política. Marx, coincidiendo con Feuerbach en que el hombre es para el hombre el ser supremo, señaló con fuerza que la creencia en un ser supremo no es otra cosa que la suprema y primera alienación. Por eso Marx sostuvo que la religión (cualquier religión) era el opio del pueblo y que la crítica de la religión era condición de toda crítica. El mundo ilustrado, sin compartir la Weltanschauung marxista, partiendo, sin embargo, de un antropocentrismo semejante, consideró también la necesidad de vaciar de creencias (sobre todo, de cualquier savia católica) las culturas, pensando que el equilibrio de la racionalidad generaría la suprema dignidad de la humanidad, el parto de las libertades y la histórica concreción de la justicia. Y ello ha sido desvirtuado (y lo sigue siendo) por la evidente realidad de las cosas.

Me parece que la causa determinante del fracaso bicentenario en América Latina del Estado liberal debe buscarse en el caudillismo (militarista y civilista) que se ha abatido como una plaga política nefasta sobre el proceso trágico de nuestros pueblos. Y si tuviéramos que pensar en la causa radical de ese caudillismo, tendríamos que decir que resultó (y resulta) una malhadada adaptación criolla del absolutismo borbónico frente al cual se realizó la Independencia, y también de la pervivencia, en medio del singular despotismo ilustrado sedicentemente liberal en buena parte de nuestras naciones, de una concepción del Estado y del derecho que resultó un híbrido. Me refiero a la mezcla de supuestos hegelianos con elementos del formalismo kantiano. Si para Hegel el Estado era la conceptualización suprema de la idea (el espíritu, el Geist), y este no estaba hecho sino en un permanente in fieri (haciéndose), el desarrollo dialéctico del Geist era el resultado de la violenta lucha de contrarios. El poder político del Estado resulta para Hegel el sucedáneo temporalista del Redentor. Tal secularización de categorías teológicas (herencia de su permanencia en el Stift de Tübingen) hacen del hegelianismo jurídico y político una concepción que ve en quienes ejercen el poder nada menos y nada más que sustitutos de Dios.

El vacío histórico político de un panteísta como Hegel intentó ser llenado (o completado) en el mundo liberal-burgués por el formalismo jurídico-estatal de inspiración kantiana. Así, más que en el puro Kant será la Escuela (neokantiana) de Marburgo la que nutrirá el formalismo político de la Reine Rechtslehre, de la teoría pura del derecho, que, con Hans Kelsen (1881-1973), se impuso como un dogma indiscutible en las facultades de Derecho a lo largo de casi todo el siglo XX, no solo en la Europa continental, sino también en nuestra América Latina.

Lo que el mundo liberal individualista no percibió (ni percibe) es que sin Dios el uso de la libertad resulta muchas veces la distorsión de la libertad misma, y convierte a quien teóricamente la proclama y ejerce en agresor de la libertad ajena. Entre los fundamentalistas seudoliberales y Tocqueville, me quedaría con este último, quien, siendo un liberal sui generis ponderaba en grado sumo el valor cívico, para el desarrollo de una auténtica cultura de la libertad, la presencia social y el respeto político de la creencia religiosa, no solo en la América del Norte recién independizada, que analizó con ojos sociológicos, sino para cualquier latitud del mundo.

El “trasfondo religioso de la cultura católica” que aún cierto fundamentalismo secularista coloca como factor de nuestros fracasos resulta un sendero equivocado para la búsqueda de las causas de nuestras tragedias. Buena parte del enfoque liberal de nuestros problemas históricos parte de una crítica a las estructuras político-económicas, pero sin cuestionar el fundamento antropológico-filosófico. El liberalismo no jacobino produjo simplemente una indiferencia frente a la realidad de la creencia religiosa en las personas y los pueblos. El liberalismo jacobino radicalizó fanáticamente su lucha contra la religión. La búsqueda racionalista del desarraigo de la fe religiosa tuvo, así, manifestaciones de auténtica irracionalidad fanática. Muchos de los que decían luchar contra el fanatismo de los creyentes dieron vida ellos mismos, desde posiciones de poder, a intolerancias fanáticas. Por esos caminos revivieron esos liberales (no marxistas), por los vericuetos de su propio inmanentismo, el postulado marxista ya citado de que la crítica a la religión es la condición de toda crítica.

Sin embargo, vista críticamente la historia independiente de América Latina, lo que hay que postular (y en cierta manera algunos de los analizados por Krauze, como Vaconcelos y Rodó, lo hacen, desde una perspectiva histórico-cultural con indudable proyección política, en un contexto de crisis muy grande) es que la crítica del poder es condición de toda crítica. Porque lo que estos criticaron, en el fondo, fue el intento de imponer, mediante el uso abusivo del poder político y socioeconómico, un molde cultural no solo ajeno a nuestra historia, sino, en muchos aspectos, negador de la verdad de ella, con el propósito nada ingenuo de obtener un vasallaje mental y espiritual. Dijeron que querían ciudadanos y buscaron súbditos. Cuando un liberalismo auténtico hubiera rechazado tanto el fin como los medios que los liberales (que no eran tales) jacobinos (que esto sí eran) se propusieron en muchas entidades políticas de nuestras latitudes.

Muchos liberales de América Latina fueron, en realidad, poco liberales, cuando no abiertos sostenedores de autocracias, con toda la prepotencia de un poder que desearon y buscaron fuera absoluto: social, económico, político y militar. La crítica a ese poder (y a sus remanentes) era (y es) condición de toda crítica.

En los medios de la intelligentsia liberal existió (y existe) una resistencia profunda a reconocer que el intento de vaciamiento cultural, o si se prefiere el trasplante de Weltanschauung que buscó el mal llamado liberalismo latinoamericano del siglo XIX y comienzos del siglo XX, constituyó no solo el mayor obstáculo, sino la causa determinante de nuestra inautenticidad histórica y de nuestra incapacidad económica y política, con su secuela de fariseísmo sociojurídico, que colocó en la apariencia de las formas del Estado y del derecho la justificación de su fuga de la realidad, de su alergia a la verdad de lo que somos, guste o no.

Su empeño, sin embargo (sería necio negarlo), produjo resultados. Así muchos de nuestros liberales, con distintos matices, lograron vaciar, mediante la imposición forzosa y agresiva de una laicidad no positiva (entendida como anticatolicismo), de un sentido humanista cristiano la formación de nuestras élites; y el egoísmo utilitario se convirtió, entonces, en motor rector de ellas, con un no oculto desprecio a lo específico de la criollidad mestiza. De ello hay bastantes ejemplos en la historia de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX latinoamericano. Y sus secuelas aún se hacen sentir en muchas naciones de nuestra América.

El porfiriato en México y el guzmancismo en Venezuela lo atestiguan. En la historia de Venezuela, en efecto, el ejemplo más claro es el de Antonio Guzmán Blanco (1829-1899), quien dominó la historia de su patria durante el último tercio del siglo XIX. Un gran historiador y ensayista, liberal él mismo y de simpatía por los liberales, Augusto Mijares (1897-1979), no pudo menos que dejar asentado, en 1940, sobre Guzmán lo siguiente:

Desesperadamente lo lloramos precisamente los que quisiéramos glorificarlo, fue un Rey Midas que, mil veces más infortunado que el de la mitología, tuvo el funesto don de convertir todo lo que tocaba no en oro sino en oropel; y por eso, después de tanto afanarse por dejar recuerdo deslumbrador, en oropel dejó convertida la vida pública de Venezuela y su propia obra.

Y concluía su juicio de manera lapidaria: “Pudo construir la República, pero prefirió montar un circo” (Mijares, 1981, pp. 126-127). De otros dictadores latinoamericanos, sedicentemente liberales, podría decirse lo mismo.

El vacío espiritual y el exotismo cultural de esas élites se hizo, casi siempre no solo sin valores cristianos, sino contra ellos de manera militante. La negación existencial de la fe de los padres de nuestras patrias, casi siempre estampada en las declaraciones de Independencia de inicios del siglo XIX, fue acompañada en esas élites herodianas (para usar términos de Toynbee), por su adhesión a fideísmos políticos contrapuestos, el fascismo y el marxismo, y, a veces, como habrá oportunidad de señalar más adelante, primero al fascismo y, luego, sin mayor solución de continuidad, al marxismo. Simplemente buscaron proyectar en los pueblos latinoamericanos materialismos antagónicos (capitalismo, comunismo), con sus variantes (ne-liberalismos y socialismos). Pero entrados en el siglo XX no hicieron lo más mínimo por descartar, revisar o modificar lo que había sido su estrategia de poder en el siglo XIX. Así, la vinculación con el estamento militar o la instrumentalización de dicho estamento para conservar lo que consideraban era lo fundamental, el poder, fue un hecho bastante generalizado en América Latina. Con la política militarizada (los profetas armados de Maquiavelo), controlaron el poder. Y pensaron (aquí estuvo y está el error básico) que era el Estado el que hacía la nación, y no la nación, como realidad cultural y política, la que debía dar vida y realidad (no ficción jurídico-política) al Estado republicano.

Allí estuvo el error: se sintieron pedantes creadores de pueblos, cuando su estatura de caudillos menores raras veces alcanzó (o procuró alcanzar) la dimensión de estadistas. Y constataron, una y otra vez, con dolor, que la modernidad no se logra por decreto. Que la vida debe preceder a las normas y acompañarlas. Que las hermosas leyes, si no informaban la vida ciudadana, mal podrían gestar una institucionalidad racional —civil, civilista y civilizada— que no tuviera ambiente cuartelero, ni olor a pólvora ni dependiera de un sable. El maridaje civil-militar del caudillismo liberal del siglo XIX y comienzos del siglo XX en América Latina partió de una concepción contra natura de la política, mal inspirada en una interpretación prioritariamente militarista de la emancipación. La Independencia fue esencialmente obra de letrados y solo secundaria e instrumentalmente parto de la guerra. Pero los jefes de las montoneras consideraron que la soberanía era su botín. Ellos eran los nuevos sustitutos cercanos del que había sido rey lejano. Dieron entonces vida lo que el verbo acerado de un brillante historiador venezolano, Manuel Caballero (1933-2010), llamó, refiriéndose a las tragedias más cercanas del chavismo de las cuales fue implacable y constante crítico, la peste militar (Caballero, 2007). Nunca aprendieron lo que Miguel de Unamuno (1864-1936) sentenciaría, con angustia, en la España desgarrada que le tocó vivir: “Es más fácil militarizar a un civil que civilizar a un militar”.

Así, el poder, primitivo y bárbaro, visualizó el Estado como el ámbito de su omnipotencia, y al derecho como el conjunto de normas impuestas por el Estado para que los que llegaron al poder pudieran hacer lo que les daba la gana. Por eso, las oligarquías que se llamaron liberales en América Latina no lo fueron en realidad, y usaron (y abusaron) del poder, no para modernizar y progresar, sino para demostrar, en los hechos y en cualquier campo, que los caprichos de su voluntad no tenían barreras ni cortapisas. Así, diciéndose progresistas, numerosos dictadores usaron el ejercicio de las altas magistraturas como herramienta para implantar el cambio de la matriz cultural de inspiración cristiana, que, a pesar de ellos, seguía (y, gracias a Dios, sigue, en buena parte) nutriendo el imaginario colectivo de los pueblos de América Latina.

En los dos siglos de vida independiente, la inautenticidad y la incapacidad, el desvío y la traición no fue, pues, de los pueblos; fue de las élites extranjerizantes que, con vergüenza respecto de la propia ontología de la existencia histórica (si puede llamarse así; la terminología es de Antonio Millán Puelles [1921-2005]) (Millán-Puelles, 1955), intentaron (e intentan) utilizar agresivamente las cuotas de poder que poseían y poseen (que no son pocas) para imponer a los pueblos, violentando su mente y su conciencia, los seudodogmas de sus variados fideísmos políticos, que tienen como denominador común la alergia a toda cultura portadora de valores cristianos. Hablando de las más brillantes generaciones positivistas de su patria y de su ayuntamiento con las dictaduras más prolongadas e implacables, Mario Briceño-Iragorry (1897-1958) pudo hablar, por ello, de la traición de los mejores (cfr. Briceño-Iragorry, 1953).

Las élites de la pos-Independencia se consideraron ellas mismas la minoría ilustrada con derecho a imponer incluso por la fuerza (con total negación de procedimientos democráticos verdaderos) modelos culturales acristianos o abiertamente anticristianos, imponiendo como dogmas de única aceptación por el poder político aquellos de su adherencia personal. Y la verdad oficial, tan falsa como la historia oficial, que intentaron plasmar para dar cuenta de nuestro proceso de pueblos, se mostró no pocas veces con auténtica alergia a la verdad de los hechos. El temor a la verdad de los hechos, a la realidad pura y dura, sin las deformaciones de una historia pret-à-porter, era consecuencia de su actitud escapista frente a lo que fuimos, somos y (muy a su pesar) seguiremos siendo.

La historia política de América Latina en los siglos XIX y XX muestra que, en nuestra aventura bicentenaria de soberanía atormentada, el señuelo de los déspotas ha sido, no pocas veces, el intento de justificar su afán de poder con un “progreso” que se resumía en el fanático empeño de erradicar el catolicismo de la vida social y cultural, y en una negación continuada y efectiva de las bondades que pueden teóricamente descubrirse en la concepción liberal del Estado y del derecho. Por eso el énfasis en las formas, en la apariencia de las formas y no en la real transformación republicana de nuestras realidades. Las élites liberales jugaron a la autorreferencia y a la minusvaloración de cuantos no pen-saran como ellas. La indiferencia, nutrida de orgullo, los convirtió en distantes oligarcas encerrados en la torre de marfil de su prepotencia y sus privilegios.

Pero nadie puede escapar a su propia historia. La afirmación y defensa de lo propio pasaba y pasa por el reconocimiento de la verdad de los hechos de esa propia historia.

Siendo Vasconcelos uno de los intelectuales de la Revolución mexicana, su ateneísmo significó la revolución de la libertad del pensamiento universitario frente al desgraciado intento del porfiriato de dogmatizar con Comte y Spencer la cultura de México, como lo hizo en Venezuela la dictadura deshonesta de Guzmán Blanco. El paradigma de la oposición intelectual a Guzmán fue Cecilio Acosta. Acosta resultó alabado por Martí (quien era un liberal pero no jacobino) y censurado por Guzmán (quien no era ni liberal ni jacobino, sino adorador de sí mismo). Ante los horrores del seudodespotismo ilustrado de Porfirio Díaz en México, Vasconcelos tuvo la valentía de luchar por la libertad de cátedra y de llamar con persistencia al reconocimiento y defensa de los hechos de la propia historia. (Así, llegaría a sostener después, frente a omisiones o mutilaciones inconcebibles de la historia oficial, que sin Hernán Cortés no podía entenderse la mexicanidad, como criollidad mestiza) (cfr. Vasconcelos, 1985).

El fin del siglo XIX y los comienzos del siglo XX

El Caribe, frontera imperial a fines del siglo XIX

El Caribe fue, casi desde el Descubrimiento, escenario de confrontaciones imperiales. El control de los espacios geográficos formaba (y forma) parte, junto con la población, de la concepción global del poderío. Desde fines del siglo XV hasta fines del siglo XX (a comienzos del siglo XXI quizá tal concepción exigiría precisiones adicionales) la consolidación del dominio geográfico estuvo en función de la potencia política, económica y militar. Ello presentaba un talón de Aquiles: la necesidad de una presencia poblacional estable y creciente y de una correlativa capacidad militar defensiva y ofensiva. Se consideraba que sin tal presencia y sin tal capacidad el imperium no sería real, sino solo aparente, o estaría condenado a ser efímero.

Así, no resulta una simplificación deformadora de la realidad histórica señalar que de la presencia trisecular de España en América solo el siglo XVI se vio tipificado por su hegemonía indiscutida e indiscutible en el mar Caribe, en el mar de las Antillas (cfr. Parry, 1980, vol. III, p. 384). El siglo XVII mostró el reflejo caribeño del declive hispánico en el orden eurocéntrico; y el siglo XVIII, además de ser el siglo que exhibió la madurez institucional en el trasplante americano del viejo orden jurídico-político castellano-leonés, resultó también, sin duda, el marco temporal de una confrontación.6 Tal confrontación puso en evidencia diferentes matrices culturales según las metrópolis rectoras, y aún siendo equilibrada, reflejó en su momento, en la realidad insular caribeña, los avances y las necesidades, los logros y las crisis, las novedades y los interrogantes del mundo europeo.

Durante tres siglos, pues, la percepción prevaleciente del Caribe fue la de las potencias europeas. Algunas de ellas buscaban en la subregión consolidar y aumentar su poder en términos globales; otras, sin pretender primariamente tal cosa, querían, sobre todo, dañar al adversario principal, que era (para todos los demás) España. Unos y otros pensaron siempre en actuar al menor costo y con el mayor provecho (cfr. Parry, 1980).

En el siglo XIX, la complejidad en la percepción del Caribe aumentó. Además de los factores preexistentes, apareció, por primera vez, la incidencia regional de concepciones estratégicas de poderes emergentes de carácter continental. En el proceso de la emancipación hispanoamericana la visión estratégica de mayor relieve fue la de Bolívar. El fracaso del Congreso Anfictiónico de Panamá (1826) mostró la quiebra histórica de una visión estratégica de globalidad política, que suponía la unidad operativa conjunta de la América antes española. Mostrado como imposible el sueño de Bolívar, quedó como único poder emergente hemisférico, de influencia y capacidad de negociación continental y extracontinental, la expresión histórica de la primera de las revoluciones de la modernidad: los Estados Unidos de Norteamérica. A lo largo del siglo XIX y durante el primer tercio del siglo XX su visión geopolítica y su línea estratégica, tanto en el orden político como en el militar (respecto de toda América Latina, pero singular-mente respecto del Caribe y la América Central), aparecieron caracterizados por dos notas de larga resonancia pasional en el imaginario colectivo de nuestros pueblos mestizos: el racismo y el antihispanismo.7

La afirmación precedente no es una simplificación. De Thomas Jefferson (1743-1826) a Theodore Roosevelt (1858-1919) la continuidad de la política de los Estados Unidos hacia el Caribe —más allá de lo que formalmente señalara la Doctrina Monroe— vino dada por el debilitamiento (primero) y la eliminación (después) de la presencia de España en el área. La Doctrina Monroe no sirvió (ni interesó, en realidad) contra el Reino Unido, Francia, Holanda y Dinamarca. Más allá de la retórica, fue, históricamente, un instrumento contra España y el mundo hispanoamericano. Vistos los resultados, no es una exageración decir que fue una doctrina diseñada por John Quincy Adams (1767-1848), para frenar el sueño de Bolívar. Además, el Destino Manifiesto8 y su plasmación político-diplomática en el llamado corolario de Roosevelt justificaron la injerencia estadounidense en América Latina. El Caribe latino, tanto insular como continental, no fue una excepción.

Así, la presencia de las antiguas metrópolis coloniales europeas en el Caribe resultó no superada sino complementada, desde fines del siglo XIX, por la presencia estadounidense. Ella sustituyó, con una agresiva dinámica políticomilitar, el ya gastado papel de España. Sin exageración, desde comienzos del siglo XX, los Estados Unidos pudieron hablar del Caribe como mare nostrum.

Hacia la hegemonía de los Estados Unidos

La segunda mitad del siglo XIX se caracteriza por el creciente papel protagónico, hasta adquirir el rango de factor hegemónico en áreas como el Caribe y América Central, por parte de los Estados Unidos.

Se ha llegado a decir que, cuando en la década de 1940 las fronteras entre los Estados Unidos y México quedaron fijadas y la nación estadounidense fue adquiriendo el predominio en el Caribe, “el lago español quedó transformado en parte de las aguas costaneras de los Estados Unidos”.9

Los hechos de mayor relevancia lucen vinculados a la construcción de un canal interoceánico en la América Central y la guerra entre los Estados Unidos y España. Aunque tuviese sus propios objetivos, los Estados Unidos actuaron con planificada cooperación con el Reino Unido. Mediante mutuas concesiones aspiraban a llegar, en definitiva, a la respectiva consolidación de áreas de dominio e influencia. Esto parece estar fuera de discusión en lo relativo al canal interoceánico.10

La guerra contra España (1898) resultó el colofón de una larga definición de ambiciones imperiales estadounidenses, en el Pacífico y en el Caribe, a lo largo de todo el siglo XIX. En el Caribe, la pieza central que deslumbraba y atraía era Cuba. A Jefferson le fascinó la grandeza de la isla y su envidiable posición geoestratégica. Así, sin mayores complicaciones, pensó que Cuba debería ser parte de los Estados Unidos.11

John Quincy Adams (1767-1848), secretario de Estado de James Monroe (1758-1831) (a quien sucedería luego, como sexto presidente de los Estados Unidos), dejó expresos testimonios de que los Estados Unidos consideraban “desfavorable a los intereses de la Unión” cualquier eventual cesión de Cuba a otra potencia. Adams era abiertamente anexionista. En 1847, proclamó que “Cuba caerá en manos de los Estados Unidos como fruta madura que se desprende del árbol”. En carta al embajador estadounidense en Madrid advertía contra la posibilidad de la cesión de Cuba al Reino Unido en caso de una guerra. La relación especial de los Estados Unidos con el Reino Unido no llegaba, pues, al extremo de deponer la ambición estadounidense respecto de la isla (cfr. Chidsey, 1973, p. 10). Por su parte, James Buchanan (1791-1868), secretario de Estado del presidente James K. Polk (1795-1849), dijo al embajador en Madrid que averiguara sobre la posibilidad de compra del territorio insular cubano. Tal proposición obtuvo la siguiente respuesta de la Cancillería del Palacio Santa Cruz de Madrid: “España no es un país de mercaderes” (cfr. Chidsey, 1973 p. 11).

Uno de los más radicales imperialistas, Henry Cabot Lodge (1850-1924), sostuvo que la prioridad estratégica estadounidense estaba en el Caribe y no en el Pacífico. Dando prioridad a Cuba sobre Filipinas (y siempre con la constante de una posible entente con el Reino Unido) argumentaba en términos directos: “Nosotros debemos tomar todo el grupo en su conjunto como indemnización de guerra, y ceder todas las Islas [Filipinas] menos Luzón a Inglaterra, a cambio de Bahamas, Jamaica y las Islas Danesas [Islas Vírgenes]”.12

El Manifiesto de Ostende

En 1854, tres destacados diplomáticos estadounidenses (uno de ellos llegaría a ser presidente de la Unión) suscribieron el llamado Manifiesto de Ostende, que vino a ser como el grito de guerra de los anexionistas.13

Ese Manifiesto recogió las conclusiones de las reuniones celebradas entre James Buchanan (1791-1868) —quien luego de ser secretario de Estado llegaría a ser presidente de los Estados Unidos—, Pierre Soulé (1801-1870), entonces embajador estadounidense en Madrid y John Young Mason (1799-1859), embajador estadounidense en París. El trío se reunió del 9 al 11 de octubre de 1854 en Ostende (Bélgica), y del 11 al 15 del mismo mes y año en Aix-La-Chapelle (Prusia).

En el Manifiesto se decía que los Estados Unidos debían hacer un esfuerzo “inmediato y diligente para comprar Cuba a España”. Y si España no estaba dispuesta a venderla, se debería, entonces, tomarla por la fuerza.

Según los autores del documento, los Estados Unidos no podían detenerse ante los posibles costos materiales y las consecuencias políticas de tal acción. Porque —razonaban—

no cumpliríamos nuestro deber, ni seríamos merecedores de nuestros bizarros antepasados, traicionándonos ante la posteridad, si permitiésemos que Cuba se africanice y se convierta en un segundo Santo Domingo, con todos sus horrores para la raza blanca; y que sus llamas se extendiesen a nuestras costas vecinas, poniendo en serio peligro, o consumiendo, la blanca textura de nuestra unión. (cfr. Chidsey, 1973 pp. 13 y 138).

Estaciones carboneras y racismo

Posteriormente, el presidente Ulysses S. Grant (1822-1885), preocupado por la modernización de la Armada, ante el auge de la navegación de vapor, trató de adquirir enclaves para la instalación de estaciones carboneras que sirvieran a los buques estadounidenses. Se interesó más en Santo Domingo que en Cuba, con la pretensión de comprar derechos para tales instalaciones en la bahía de Samaná. También hizo negociaciones secretas con Dinamarca con la aspiración de comprar las islas Vírgenes, pues deseaba tener una estación carbonera en Saint Thomas.

El Congreso estadounidense rechazó ambas tentativas por criterios racistas. Consideró, en efecto, que

podía haber el riesgo de que si se tomaban Santo Domingo y las Islas Vírgenes, con poblaciones predominantemente negras, esos territorios con el tiempo se convirtieran en otros estados sureños, o en su equivalente político; y muchos senadores, como Carl Schurz (1829-1906), eran de la opinión de que con un solo Sur tenían suficiente. (cfr. Chidsey, 1973, p. 172)

La guerra buscada: el Memorandum Breckenridge

El belicismo fue una vía escogida con toda frialdad y anticipación por parte de los Estados Unidos. En la campaña para las elecciones presidenciales de 1896 en los Estados Unidos el candidato republicano, que resultaría vencedor, William McKinley (1843-1901), ofreció a los electores la anexión de Hawái, la compra de las Islas Occidentales Danesas (islas Vírgenes) y la construcción de un canal interoceánico en América Central (cfr. Schmidt-Nowara, 1998, p. 66). Ese mismo año, su predecesor, aún en el cargo, Grover Cleveland (1837-1908), justificó una posible intervención en Cuba en nombre de la “política correcta” y “el interés de las naciones”. Cleveland dijo a su sucesor McKinley (quien tomaría posesión a comienzos de 1897): “Siento profundamente, Sr. Presidente, dejarle la herencia de una guerra con España, que llegará antes de que transcurran dos años”.

La clara intención imperialista y racista de la guerra de 1898 queda en evidencia en el llamado Memorandum Breckenridge, mediante el cual el subsecretario de guerra de los Estados Unidos, Joseph Cabell Breckinridge (1842-1920), transmitía instrucciones al teniente general Nelson A. Miles (1839-1925), quien sería comandante en jefe del Ejército Americano en campaña. El Memorandum contradice, en su fondo y en su forma, la posterior Joint Resolution del Congreso estadounidense (20 de abril de 1898), por la cual los Estados Unidos, por la Enmienda Teller (llamada así por Henry Moore Teller [1830-1914], senador republicano por Colorado), se comprometían, respecto de Cuba, a renunciar “a toda intención o propósito de ejercer soberanía, jurisdicción o dominio” sobre la isla (cfr. Duarte Oropesa, 1974, vol. II, p. 19).

Merece ser citado ampliamente, sin comentario. Su texto resulta suficientemente claro. Muestra a las claras cómo la guerra estaba decidida con relativa anterioridad en las instancias políticas, económicas y militares de los Estados Unidos; cómo la expansión hacia el Caribe pretendía, para el racismo estadounidense, la obtención de espacios insulares hacia los cuales “orientar” la migración de la población de color existente en los Estados de la Unión norteña; cómo el maquiavelismo más descarado podía retóricamente hacerse coincidir con un moralismo de dudosa estirpe evangélica.

Este es su texto completo:

Departamento de Guerra

Oficina del Sub-Secretario

Washington.

Diciembre, 24 de 1897

Este Departamento, de acuerdo con los Departamentos del Comercio Exterior y de la Marina, se siente en la necesidad, para finalizar las instrucciones relativas a la organización militar de la próxima campaña en las Antillas, de formular ciertas observaciones respecto la misión política que corresponderá a Ud., como General a cargo del Comando nuestras tropas. Hasta ahora, la anexión de territorios a nuestra República ha sido de extensas, pero escasamente pobladas, regiones; y tal anexión ha sido siempre precedida por el asentamiento pacífico de nuestros inmigrantes, de modo que la absorción de la población existente ha sido simple y rápida.

Respecto a las Islas Hawaianas, el problema es más complejo y peligroso, dada la diversidad de razas y dado el hecho que los intereses japoneses allí son similares a los nuestros. Pero tomando en cuenta su pequeña población, la afluencia de nuestros inmigrantes hará esos problemas ilusorios.

El problema de las Antillas tiene dos aspectos: uno se relaciona con la isla de Cuba y el otro con Puerto Rico. Nuestras aspiraciones y políticas se diferencian en cada caso.

Puerto Rico es una isla muy fértil, ubicada estratégicamente al extremo este de las Antillas, y colocará al alcance de la nación que la posea, el control de las más importantes rutas de comunicaciones en el Golfo de México, el día que culmine (que no tardará, gracias a nosotros) la apertura que se está haciendo en el Itsmo de Darién. Debemos realizar esta adquisición y preservarla será fácil para nosotros, porque, a mi entender, ella [Puerto Rico] tiene más que ganar que perder cambiando su soberanía, puesto que su interés es más cosmopolita que peninsular.

La conquista requerirá solamente medidas relativamente suaves. Nuestra ocupación del territorio se debe realizar con extremo cuidado y respeto de todas las leyes existentes entre las naciones civilizadas y cristianas, recurriendo solamente en casos extremos al bombardeo seguro de sus plazas fuertes.

Para evitar conflicto, las tropas de desembarco se establecerán en puntos deshabitados en la costa sur. Los habitantes amantes de la paz y sus propiedades deberán ser rigurosamente respetados.

Recomiendo particularmente que usted intente ganar la simpatía de la raza de color, con un doble objetivo: en primer lugar, obtener su ayuda para el plebiscito de la anexión; y, en segundo lugar, fomentar el motivo y la meta principales de la extensión de Estados Unidos en las Antillas, cual es la búsqueda de una solución eficiente y rápida a nuestro conflicto interno de razas, un conflicto que se está extendiendo diariamente debido al crecimiento de la población negra. Dadas las ventajas bien conocidas que existen para la raza de color en las islas occidentales, no hay duda que una vez que éstas caigan en nuestras manos se verán inundadas por un desbordamiento de inmigrantes negros.

La isla de Cuba posee un territorio más grande y tiene una mayor densidad demográfica que Puerto Rico, aunque se distribuye irregularmente. Su población está compuesta de blancos, negros, de asiáticos y de la gente que es una mezcla de estas razas. Los habitantes son, por lo general, indolentes y apáticos. En cuanto a su instrucción, van de lo más refinado a lo más vulgar y despreciable. Su gente es indiferente a la religión, y la mayoría es, por lo tanto, inmoral; y tiene simultáneamente pasiones fuertes y es muy sensual. Puesto que dicha población posee sólo una noción vaga de lo correcto e incorrecto, la gente tiende a buscar placer no a través del trabajo, sino de la violencia. Como consecuencia lógica de esta carencia de moralidad, hay una gran indiferencia por la vida.

Es obvio que la anexión inmediata, en tan grandes cantidades, de estos elementos que ya ocasionan disturbio en nuestra propia Federación, sería una tremenda locura. Por ello, antes de la anexión, tenemos que limpiar el país, aunque hubiera que apelar a los mismos medios que empleó la Divina Providencia en Sodoma y Gomorra

Debemos destruir todo lo que caiga al alcance del fuego de nuestros cañones. Debemos imponer un bloqueo severo, de modo que el hambre y su compañera constante, la enfermedad, minen la población pacífica y diezmen al Ejército Cubano. El Ejército aliado debe ser empleado constantemente en acciones de reconocimiento y colocado siempre en la vanguardia. Así, el Ejército Cubano, atrapado entre dos frentes, se verá obligado, sin remedio, a emprender acciones peligrosas y desesperadas.

La base más conveniente de operaciones será la ciudad de Santiago de Cuba y la Provincia de Oriente. Desde allí será posible realizar la invasión lenta de Camagüey, ocupando lo más rápidamente posible los puertos necesarios para el refugio de nuestras escuadrillas navales en la estación ciclónica. Simultáneamente, o una vez que estos planes estén completamente realizados, se enviará un ejército grande a la Provincia de Pinar del Río, con el objetivo de culminar por tierra el bloqueo naval de La Habana y provocar su rendición. Pero su misión verdadera será evitar que el enemigo consolide su ocupación con el despliegue de sus columnas operativas interiores contra el ejército invasor del este. Dado el carácter inexpugnable de La Habana, se considera, por tanto, insustancial exponerse a pérdidas dolorosas atacando dicha plaza.

Las tropas en el oeste utilizarán los mismos métodos que en el este.

Una vez que las tropas regulares españolas sean dominadas y se hayan retirado, comenzará una fase de duración indeterminada, de pacificación parcial, en la cual debe continuarse la ocupación militar del país, usando nuestras bayonetas para asistir al gobierno independiente que se constituya, a pesar de su carácter informal, mientras que siga siendo una minoría en el país. El temor a sus enemigos, por una parte, y sus propios intereses, por la otra, obligarán a la minoría a hacerse más fuerte y balancear sus fuerzas, haciendo una minoría de los autonomistas y de los españoles que permanecen en el país.

Cuando llegue este momento, debemos crear conflictos al gobierno independiente. El gobierno deberá encontrarse ante estas dificultades, y, además, carecer de medios para resolver nuestras demandas y las acciones hechas por nosotros, justificadas por la guerra y la necesidad de organizar un país nuevo. Estas dificultades deben coincidir con el malestar y la violencia entre los elementos ya mencionados, a los cuales debemos dar nuestro respaldo.

Resumiendo, nuestra política debe siempre ser apoyar el más débil contra el más fuerte, hasta que hayamos obtenido la exterminación ambas partes, en orden a la anexión de la Perla de las Antillas.

La fecha probable de nuestra campaña será el octubre próximo [1898], pero debemos ultimar hasta los detalles más pequeños para estar listos, en caso de que nos encontremos en la necesidad de precipitar los acontecimientos para acabar el desarrollo del movimiento autonomista que podría aniquilar el movimiento separatista. Aunque la mayor parte de estas instrucciones se basa en las diversas reuniones que hemos celebrado, cualquier observación que su experiencia considere apropiada y que la acción adecuada pudiera aconsejar como corrección será bienvenida, siempre, por supuesto, dentro de las líneas convenidas y en el tiempo oportuno.

Sinceramente,

J.C. Breckenridge.

Cuando se habla, pues, de un pasado de imperialismo y de racismo, no es adjetivismo, emotividad latina. Es la dura huella de la realidad histórica.

La guerra hispano-estadounidense

Desde fines del siglo XIX, con la guerra de los Estados Unidos contra España (pérdida para España de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam), la presencia político-militar estadounidense sustituyó agresivamente el papel ya gastado de España. El año 1898 es un hito. Un hito doloroso para España y América Latina. No tanto por lo que suponía el evidente declive de la madre patria como poder colonial, sino por el poder imperial que la sustituía. Sin hipérbole, desde los comienzos del siglo XX, los Estados Unidos pueden hablar del Caribe como mare nostrum. Algún autor estadounidense ha llegado a decir que “el lago español quedó transformado en parte de las aguas costaneras de los Estados Unidos”.14

El ultimátum de los Estados Unidos en el que se exigía a España una formal renuncia de su soberanía sobre Cuba es del 20 de abril de 1898. Al no acceder España, el Congreso declaró la guerra. El presidente McKinley no se opuso.

La confrontación buscada por los Estados Unidos se decidió rápidamente en escenarios navales. La flota estadounidense había aumentado desde 1890 hasta convertirse para 1898 en la tercera del mundo (cfr. Grimberg, 1973, p. 229). La española era inferior en cantidad y calidad de unidades. Los buques americanos zarparon en dirección a Filipinas y Cuba. Las débiles unidades de la Armada española fueron hundidas en Cavite15 y Santiago de Cuba.16 En el Caribe, las fuerzas militares de los Estados Unidos, al mando del teniente general Nelson A. Miles, obtuvieron una pronta victoria. El estéril hundimiento de la Escuadra Española en Santiago de Cuba selló el destino de la guerra en Cuba. En Puerto Rico, San Juan fue bombardeado el 10 de mayo por las unidades navales al mando del almirante William Thomas Sampson (1840-1902). El general Miles desembarcó en Guánica el 25 de julio, y tomó de inmediato Ponce y otras ciudades. El 12 de agosto cesaron las hostilidades.

Así se decidió —dice Carl Grimberg— una guerra fácil, inmoral, breve y victoriosa para los Estados Unidos, y en la que muy poco lucharon sus soldados, pese a la propaganda en torno al Coronel Teodoro Roosevelt, y sus hazañas en suelo cubano, al frente de voluntarios que en su mayor parte eran rough riders o vaqueros. (Grimberg, 1973, p. 229)

Sobre el final diplomático de la contienda, Grimberg no vacila en señalar:

Las negociaciones de paz iniciadas en París fueron más sensacionales que la guerra misma. Interpretando a su manera la tan traída y llevada doctrina de Monroe, los Estados Unidos aparecieron de súbito como potencia conquistadora e imperialista. Obligaron a España a cederles las Filipinas a cambio de una mezquina indemnización, se anexionaron la isla de Puerto Rico y, de paso, el archipiélago de Hawai, hasta entonces estado independiente, e impusieron la independencia de Cuba con intervención estadounidense. Los Estados Unidos se convirtieron en una gran potencia en Extremo Oriente e iniciaron sus pasos por una senda de la que era imposible dar marcha atrás y que puede ser, con el tiempo, uno de los gérmenes que contribuirá a su decadencia. (Grimberg, 1973, p. 229)

La única discrepancia con el texto citado es que el afán conquistador e imperialista no fue un fenómeno de repentina aparición (aparecieron de súbito…) y de ello queda suficiente base documental.

El inicio de la vida de Cuba independiente de la madre patria quedó, lamentablemente, marcado por una incumplida Resolución Conjunta del Congreso de los Estados Unidos (Joint Resolution del 20 de abril de 1898), por el trágicamente acatado Memorandum Breckenridge17 y por la tristemente famosa Enmienda Platt (1901), que conservó rango constitucional hasta el régimen de Gerardo Machado, en 1934.18

The Splendid Little War

El Tratado de París (10 de diciembre de 1898) liquidó la existencia de una España ultramarina. España perdió las Filipinas, y aunque quedó de momento con la posesión de los archipiélagos de las Marianas (menos Guam, que pasó a ser posesión estadounidense), las Carolinas y Palaos, se vio forzada a ceder luego esos territorios insulares a Alemania por 25 millones de marcos (con la única condición de que se respetara a los misioneros españoles). Además, las islas Sibutú y Cagayán de Joló, situadas entre las Filipinas y Borneo, fueron cedidas el 7 de noviembre de 1900 a los Estados Unidos por US$100 000.19

La política estadounidense en el Caribe tiene, después de la guerra hispano-estadounidense de 1898 — The Splendid Little War, la pequeña espléndida guerra o la espléndida guerrita, según la conocida expresión epistolar de John Milton Hay (1838-1905)20— la marca de Theodore Roosevelt (1858-1919). Siendo vicepresidente, llegó a ser presidente de los Estados Unidos en 1901 por el asesinato del presidente William McKinley.21 Ganó luego las elecciones de 1904 y permaneció en la presidencia hasta 1908. La doctrina de Roosevelt respecto del Caribe fue, para decirlo con sus propios términos, la del gran garrote (big stick).22 Además de ser un adherente a la tesis racista de la superioridad del hombre blanco, actuaba guiado por una simple distinción entre naciones superiormente civilizadas y naciones bastardas.

El corolario de Roosevelt

Theodore Roosevelt adicionó a la Doctrina Monroe (que, hipotéticamente, seguía siendo la base de las relaciones hemisféricas de los Estados Unidos) el llamado corolario de Roosevelt, de 1904. Según él, los Estados Unidos se atribuían el derecho de intervención en los asuntos internos de las repúblicas americanas. De hecho, tuvo aplicación en las Grandes Antillas y en la América Central (cfr. Duroselle, 1972, pp. 116-117).

La declaración conocida como el corolario de Roosevelt figuró en el texto del mensaje anual del presidente al Congreso, el 6 de diciembre de 1904, en pleno acuerdo con su secretario de Estado Elihu Root (1845-1937). Véanse, a continuación, los segmentos más llamativos de esa declaración:

Los Estados Unidos no tienen el menor deseo de engrandecimiento territorial a expensas de ninguno de sus vecinos y no tomará la Doctrina Monroe como excusa para tal engrandecimiento. No piensa respecto a los demás países del Hemisferio Occidental, sino en función del bienestar de ellos. Nuestro único deseo es que nuestros vecinos sean estables, ordenados, y prósperos. Cualquier país cuya gente se comporte bien puede contar en nuestra amistad. Si una nación muestra que sabe actuar con eficiencia y decencia razonable en cuanto a los asuntos sociales y políticos, si mantiene el orden y paga sus obligaciones, no debe temer ninguna intervención de los Estados Unidos. El mal crónico (“chronic wrongdoing”), o una impotencia que genere un aflojamiento general de los lazos de la sociedad civilizada, puede, tanto en América como en otros lugares, provocar finalmente la intervención de una nación civilizada; y en el Hemisferio Occidental la adherencia de los Estados Unidos a la Doctrina Monroe puede forzar a los Estados Unidos (aunque no tengamos ganas de hacerlo), en casos flagrantes de dicho mal comportamiento o impotencia, a ejercer un poder internacional de policía. Si cada país que se encuentra en el Mar Caribe mostrara el progreso en cuanto a la civilización estable y justa que, con la ayuda de la Enmienda Platt, Cuba ha mostrado desde que nuestras tropas han salido de la isla, y que tantas de las Repúblicas en las dos Américas demuestran constante y brillantemente, no habría ninguna necesidad de interferencia por parte de esta nación [Estados Unidos] en sus asuntos. Nuestros intereses y los de nuestros vecinos del sur son, en realidad, los mismos… Mientras ellos obedezcan las leyes principales de la sociedad civilizada pueden estar seguros que nosotros les trataremos con simpatía y cordialidad. Interferiremos solamente si no hubiera otro remedio; y, entonces, solamente si llegare a ser evidente que su incapacidad o desgana por cumplir con la justicia, en su país o en el extranjero, o había violado los derechos de los Estados Unidos o había invitado la agresión extranjera en detrimento de todo el cuerpo de las naciones americanas. Es verdad que cada nación, en América o en cualquier otro lugar, que desee mantener su libertad, su independencia, debe darse cuenta, finalmente, que el derecho a tal independencia no puede separarse de la responsabilidad de usarla bien. Al afirmar la Doctrina Monroe, al dar los pasos que nosotros hemos dado en Cuba, Venezuela, y Panamá, y al tratar de prevenir la guerra en el Oriente, y mantener una puerta abierta en China, no hemos actuado sino en función de nuestro propio interés, así como en el interés de toda la humanidad. Hay, sin embargo, algunos casos en los cuales, aún cuando no estén afectados directamente nuestros propios intereses, a nosotros otra gente nos pide comprensión y ayuda… En casos extremos se puede justificar la acción. Qué forma tomará la acción dependerá de las circunstancias del caso; es decir, dependerá del nivel de la atrocidad cometida y de nuestra capacidad de remediarla. Los casos donde podemos intervenir por la fuerza militar, como hicimos en Cuba para poner fin a condiciones intolerables, son necesariamente muy pocos.

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