Kitabı oxu: «Los papiros de la madre Teresa de Jesús»
Los papiros de la Madre Teresa de Jesús
José Vicente Rodríguez

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Prólogo
De nuevo Teresa de Jesús, «la Santa», en pleno Centenario de su nacimiento, a cinco siglos de su aventura, nos convoca en las páginas de este libro a una conversación, frente a frente, cara a cara, con su verdad y la nuestra.
Esta es la principal virtud que atribuyen los estudiosos y amigos de santa Teresa a sus escritos y a su persona: la capacidad para hablar en voz alta al lector y convertir su íntima conversación en una invitación a entrar en diálogo con la propia Verdad, la misma que a ella se le regaló, vivida en cada presente único de la historia.
Teresa, «la conversable», se nos hace viva en estos Papiros jugosos y amenos, llevándonos al terreno de un encuentro amigable y verdadero, como al que ella era tan aficionada con sus amigos, los «cinco que al presente nos amamos en Cristo», y con aquellas amigas y hermanas de la Encarnación, en cuyos vivos diálogos se gestó el nacimiento de su obra fundacional.
El padre José Vicente Rodríguez es un especialista en aquello que su amigo Unamuno nombró como la intrahistoria de la vida. Nos mete de lleno en lo cotidiano, nos traslada al ámbito de lo familiar y ordinario, hablándonos de santa Teresa, y nos la trae al suelo de nuestro presente haciéndola contemporánea nuestra.
Si la Santa y el padre José Vicente hubieran coincidido en el mismo tiempo, habrían sido grandes amigos y se habría dado entre ellos una complicidad espontánea. Los dos tienen alma de aventureros, intrépidos buscadores, prontos para emprender caminos inexplorados. Son de aquellos que san Juan de la Cruz decía que no «emperezan». Tienen alma de niños, ojos para la sorpresa y admiración en sus andares.
También José Vicente tiene despierta la verdad de cuando era niño, que se le asoma en la imaginación desbordante con la que sueña el presente. Está en la década de los noventa, pero fue siempre un niño en capacidad de juego y travesura y un abuelo en sabiduría. Al mejor estilo teresiano, sabe recrear y aderezar con chispa los momentos con el tamboril y la sonaja de sus ocurrencias.
Pero es, sobre todo, un compañero de caminos, un peregrino con el que te sientes afortunado de caminar y del que tanto hay que aprender. También José Vicente es un conversador que hace brotar mil recuerdos y perlas de sabiduría mientras se va de camino.
Alguien ha dicho con gracia que José Vicente sabe de san Juan de la Cruz «más de lo que el mismo Santo sabía de sí». En este nuevo libro se atreve con la Santa y nos la pinta, no fea y legañosa, sino humana y divina, conversable y profunda. Nos descubre multitud de detalles ordinarios, anecdóticos, dimes y diretes, chascarrillos y acaecidos que poblaron el alma y los días de la Madre Teresa, leídos por un carmelita que es fiel reflejo de tal madre, en andanzas y en humor, en fe y fraternidad.
En este Centenario de su nacimiento somos privilegiados testigos de una efeméride que revela, no solo hechos del pasado, sino recuerdos de pergamino caduco. Tienes en tus manos, querido lector, unos papiros que queman, que tienen la virtud fundamental de narrar, no solo la historia de una extraordinaria mujer del siglo XVI, sino la historia de nuestras búsquedas y anhelos más vivos, y que hablan del protagonismo vigente hoy del Amor que encendió el corazón de Teresa de Jesús en el amor de Jesús de Teresa. El secreto de Teresa apunta a esa riqueza tan viva hoy como antaño, porque se refiere a Alguien tan «ganoso», tan deseoso de darse y hacer historia de amistad con cada uno de nosotros, como entonces.
Papiros, como ventanas abiertas a través de la pluma de José Vicente, que nos trazan y diseñan la raíz del alma de Teresa y nos abren a un paisaje vivo, el de nuestra propia aventura.
Aunque afirma tener «un pie en el estribo», a sus más de noventa años, conoce una fecundidad admirable y dichosa, de la que todos nos beneficiamos, ojalá que por mucho tiempo. De Ávila a Alba de Tormes, de Monleras a Toledo, la tierra que pisamos narra los años de una aventura preciosa, la nuestra y la de un Dios enamorado en cada uno de nosotros.
Gracias, José Vicente, por regalarnos papiros de sabiduría antigua y siempre nueva, por ser amigo y compañero, por contagiarnos la infancia sabia de los antiguos buscadores, que amaron su suerte sin añorar tiempos pasados. Gracias por dejar que se transparente en las líneas de tus escritos la alegría del Dios de Teresa de Jesús.
Miguel Márquez Calle
Carmelita descalzo, Superior Provincial de la Provincia ibérica de santa Teresa
Al lector
Estamos celebrando el V Centenario del nacimiento de santa Teresa de Jesús. La bibliografía que llega a nosotros con esta ocasión está siendo tan abundante que nos asombra y abruma. Al titular este libro con el nombre de Papiros no estoy aludiendo a nuevos papeles de la Madre Teresa de Jesús, descubiertos en alguna cueva, como los manuscritos esenios de Qumrán, que han sido tan útiles en el conocimiento de la Biblia.
Los papiros de santa Teresa están ya impresos y circulan por el mundo entero en multitud de lenguas. Aunque así sea, contienen mensajes nuevos que nos hablan de mil cosas, y que cada lector puede ir descubriendo y degustando, a golpes de empatía y de conversabilidad con la autora. A ella se le ocurrió un día escribir en Toledo el 17 de noviembre de 1569 como la «cifra de su muerte», cuyo autógrafo se conserva en las descalzas carmelitas de Medina del Campo. Es un papiro cifrado que, a pesar de todos los intentos y argucias de unos y otros, no ha sido descifrado nunca satisfactoriamente. La autora no quiso descubrir la clave de aquella confidencia suya. En sus escritos hay todavía tantas otras cosas que descubrir; hay que aprender bien su alfabeto para acertar con los secretos de su persona. En esos papiros hay, pues, mucho tajo para quienes quieran trabajar en solitario o en cuadrillas. Con sencillez y alegría me asocio a esta tarea convencido como estoy de que los papiros de la Madre Teresa son inagotables. En el título del libro me quedo con lo de «la conversable»; pero en el cuerpo de la obra aparecerán otros calificativos, tales como el de «baratona y negociadora», que ella misma se apropia. Al llamarla «la conversable» me estoy refiriendo a esa gran capacidad que tenía para tratar y hablar con los demás. No en vano, en el penúltimo capítulo de la segunda redacción del Camino de perfección, estampa ella lo que llamaríamos el código de la conversabilidad:
Así que, hermanas –dice–, todo lo que pudiereis sin ofensa de Dios, procurad ser afables y entender de manera con todas las personas que os trataren, que amen vuestra conversación y deseen vuestra manera de vivir y tratar, y no se atemoricen y amedrenten de la virtud. A religiosas importa mucho esto: mientras más santas, más conversables con sus hermanas [...]; que es lo que mucho hemos de procurar: ser afables y agradar y contentar a las personas que tratamos (CV 41, 7).
Esa conversabilidad, tan preciosamente cincelada, nos hace pensar en el estilo coloquial en que escribe preferentemente no solo en su epistolario sino también a lo largo de los otros libros.
Los cambios de registro que señalamos hoy y a los que la Madre es tan aficionada con sus «mucho me he divertido», hay que tenerlos también muy en cuenta en la lectura de sus papeles. Ya lo dijo ella, aunque con otro propósito, sabiendo de los cambios de la vida, de los altibajos del ánimo y de las jugarretas del humor:
Unas veces me parece que estoy muy desasida, y en hecho de verdad, venido a la prueba, lo estoy; otra vez me hallo tan asida y de cosas que por ventura el día de antes burlara yo de ello, que casi no me conozco. Otras veces me parece tengo mucho ánimo y que a cosa que fuese servir a Dios no volvería el rostro; y probado, es así que le tengo para algunas; otro día viene que no me hallo con él para matar una hormiga por Dios si en ello hallase contradicción. Así, unas veces me parece que de ninguna cosa que me murmurasen ni dijesen de mí no se me da nada; y probado, algunas veces es así, que antes me da contento; vienen días que sola una palabra me aflige y querría irme del mundo, porque me parece me cansa en todo. Y en esto no soy sola yo, que lo he mirado en muchas personas mejores que yo y sé que pasa así (CV 38, 6).
Este libro, nacido del trato y de la conversación con santa Teresa, no quiere ser sino una recreación mental y cardiaca de los valores múltiples que se encuentran en la vida y en los escritos de esta mujer singular.
Y así aquí podrá encontrar el lector glosas o comentarios a textos teresianos, los refranes de la Madre Teresa, una parte de sus comparaciones, sus observaciones acerca del reino animal, buenas resmas de consejos para la praxis humana y cristiana de tantas personas o una serie de consejos y mandatos en lo humano y en lo divino que envía a su hermano Lorenzo de Cepeda y a otras personas. La veremos como maestra de oración de este hermano suyo, como lo había sido de su propio padre Alonso de Cepeda. Encontrará asimismo el lector la galería de los santos, de los que era muy devota y, además, como curiosidad, podrá ver una serie de personajes «canonizados» por ella. Verá también «acaecidos» de tipo histórico, la presentación de sus artes culinarias, golpes de buen humor, trasposiciones o éxtasis que le tocó padecer hasta que, a base de súplicas y ruegos ardientes, consiguió que el Señor la librara de todos esos fenómenos.
Aparecerá también Teresa de Jesús bien plantada como maestra de oración y de vida espiritual y, como excelente «ganavoluntades», andará ganándose el afecto, la estima y ayuda de tantas personas que le eran adversas y que ha conquistado para su causa.
La veremos «reír entre sí», como ella dice, y reír abiertamente. Ha luchado con los demonios hasta meterles miedo y llegar a decir «no se me da más de ellos que de moscas» (V 25, 20).
La podemos ver agavillando lo que llama «desatinos», o faltas de lógica y de amor en la vida de los cristianos, y vemos que se nos escapa como misionera desde su celda a las Américas, y que va diciendo: «Y esos indios no me cuestan poco».
Podremos sorprenderla extasiada con la sartén en la mano, con la rueca y el huso, con la escoba o sacando agua del pozo con la herrada y, a la par, tantas veces, la oiremos suspirar y lamentarse por los males de la Iglesia. Como fundadora podremos verla en su carromato o cabalgando una buena mula, sin aspavientos, cuando se le espantaba la caballería. La descubriremos hasta bien entrada la noche, escribiendo cartas al rey Felipe II, a frailes, a monjas, a duquesas, a letrados, a toda clase de personas o componiendo coplas y villancicos y tocando las castañuelas y el tambor que lleva a Belén. La encontraremos escribiendo sus grandes obras por las que ha merecido el título de Doctora de la Iglesia Universal; y ocupándose de redactar también otras obrillas más reducidas, pero también importantes. La veremos enfadada porque la gente se empeña en llamarla santa y la veremos llevando de la mano o acariciando con ternura a algún niño. Y allá va llevando fruta y dulces a los pobres y enfermos del hospital de Burgos. También como denunciante de las miserias e injusticias humanas, lo hace con una enorme valentía, con lo que llamamos «parresia». Igual atrevimiento usa en sus ardientes apóstrofes oracionales al Padre Eterno y a Cristo el Señor, su Esposo.
Se la puede ver hablando con letrados y teólogos, confesándose con mucha frecuencia y tratando de orientarse bien en el itinerario del cielo, para volver cual paloma mensajera, trayendo bien diseñados los derroteros de la oración y la virtud para sus hermanos los hombres. De estirpe judía, no puede menos de ser aficionadísima a la Biblia y alimentarse de la palabra de Dios con regusto.
Analiza como la mejor psicóloga los puntillos de honra y se ríe todo lo que quiere de la miseria, casi epidemia humana en este campo. Como si estuviera en movimiento continuo llena sus páginas de «benditos» y más «benditos» de contenido autobiográfico, unos, de otro aire, otros.
Departiendo deliciosamente con san Juan de la Cruz acerca del misterio de la Santísima Trinidad se traspone y, durante uno de sus viajes fundacionales, toda se deshacía en alabanzas de Dios encantada con las flores y alegre con el canto de los mil pajarillos que la rodeaban.
Sus grandes atisbos desde la fe y sus vivencias eucarísticas la hacen sentirse contemporánea de Cristo Jesús y revive las actitudes de tantos personajes bíblicos: la Magdalena, santa Marta, la Samaritana, san José, etc.
Como no le duelen prendas, acomete la apología de las mujeres y no teme censurar a los varones, poniendo como modelo y realización de toda virtud a la Virgen María, nuestra Señora.
Hija de Dios y de la Iglesia entregará votiva y filialmente su vida en manos del Señor, de quien estaba enamorada como lo han estado pocos santos.
Sabe servirse de la frecuencia de los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía como de los «grandes remedios» que Dios ha dejado en su Iglesia y está convencidísima de que, aunque cada cosa tenga su tiempo apropiado y que hay tiempo de sueño y tiempo de vigilia, toda la vida humana es el tiempo del Bautismo y todas las almas están desposadas con Cristo por este sacramento de la iniciación cristiana (CE 38, 1).
Se encontrará el lector con buena siembra de textos literales teresianos, que vienen a engarzarse como en un florilegio o antología y su lectura le alegrará escuchando directamente la voz de quien es la protagonista del libro. Algunas repeticiones de ciertos textos son inevitables, por el diverso contexto y trabazón de los temas.
Al encontrarse con tantos sujetos del reino animal como andan por las obras de santa Teresa piensa uno en el arca de Noé, sin remedio. Todo este material tan diversificado de casos y cosas no va encuadrado en esquemas predeterminados o estratégicos, ni aparece alineado con ningún rigor estricto e intocable. Surgiendo estas páginas al contacto de lo vivido y escrito por la Madre Teresa de Jesús, el mejor orden tiene que ser un «bello desorden», como el que reina en tantas partes de sus papiros. Y hay que seguirla atentamente en las escapadas mentales que hace hasta que nos diga «tornemos a lo que iba diciendo».
Cierro el libro con una gran lección de Teresa de Jesús sobre valores humanos. Estas páginas finales son algo así como un repaso, en clave de valores humanos y de virtudes caseras e intracomunitarias, de todo lo que antecede. Se repiten, adrede, aunque más abreviados, a modo de antología, no pocos textos de los ya presentes en los capítulos anteriores. Es como dar más voz al final del libro y escuchar a Teresa de Jesús, libre de mis interferencias y comentarios. Será una gozada leer esas páginas, es decir, estar escuchando a Teresa de Jesús que nos las va comentando.
Con la silueta que acabamos de dibujar ante nuestros ojos, podemos seguir a esta gran persona en su devenir y alegrarnos y reírnos con ella, sin olvidar que también el pan de las lágrimas se servía en su mesa. Más adelante oiremos decir a las descalzas reales de Madrid, después de haber convivido unos días con ellas: «¡Bendito sea Dios, que nos ha dejado ver a una santa a quien todas podamos imitar, que come, duerme y habla como nosotras y anda sin ceremonias!», y... ríe que te ríe, añadimos nosotros.
Esta es Teresa de Jesús, a la que en el primer capítulo presentamos como «una voz para nuestro tiempo», y proclamamos que el mejor homenaje que le podemos ofrecer será que la escuchemos y la sigamos.
Finalmente, si algo puedo desear a este retoño de mi pluma en la tarde de la vida y cuando ya estoy con un pie en el estribo, es que ayude a lo que ella señala en las claves de su conversabilidad: que nadie se atemorice ni amedrente de la virtud. ¿No ha gritado ella tantas veces que en el camino de la oración «no hay nada que temer»? (V 8, 5; 8, 8; 11, 12, etc). Así echo a volar este mi benjamín para que se vaya buscando lectores amigos de la Madre Teresa, que han de ser «amigos fuertes de Dios» (V 15, 5).
José Vicente Rodríguez
Toledo, primavera de 2015
Siglas de las obras de santa Teresa
CE, Camino de perfección, primera redacción, códice El Escorial.
CV, Camino de perfección, segunda redacción, códice Valladolid.
Cta, Cartas.
E, Exclamaciones.
F, Las Fundaciones.
M, Las Moradas o Castillo interior. Número antepuesto: la morada; pospuestos: capítulo, n. marginal.
MC, Meditaciones sobre los Cantares.
P, Poesías.
R, Relaciones (o Cuentas de conciencia).
V, Libro de la vida.
Me sirvo de: Obras completas, ed. de Espiritualidad, Madrid 2000; Cartas, Monte Carmelo, Burgos 1997, y Relaciones o Cuentas de conciencia, en Obras completas, Monte Carmelo, Burgos 2014.
Otras siglas
BMC, Biblioteca Mística Carmelitana (Burgos).
Diccionario, T. Álvarez, Diccionario de santa Teresa, Monte Carmelo, Burgos 20062.
Efrén-Otger, Efrén de la Madre de Dios-Otger Steggink, Tiempo y vida de santa Teresa, BAC, Madrid 1996.
Escolias, Jerónimo Gracián, Escolias a la vida de santa Teresa, del P. Ribera, Instituto histórico teresiano, Roma 1982.
MH, Andrés de la Encarnación, Memorias Historiales, 3 vols. Salamanca 1993.
MHCT, Monumenta Historica Carmeli Teresiani: Documenta primigenia, 3 vols; Roma 1973-1977.
Peregrinación de Anastasio, Jerónimo Gracián, Peregrinación de Anastasio, Roma 2001.
Capítulo 1. Santa Teresa de Jesús, una voz para nuestro tiempo
Bien entendía que era Dios, mas no podía entender cómo obraba aquí (V 16, 2).
Santa Teresa siempre estaba asombrada por la acción de Dios en su persona, en la historia de su vida. Ella, tan poca cosa como sentía que era; tantas veces enferma, débil de verdad, físicamente. Hasta nuestros días llega su poderosísima voz y su Palabra. Voz que se llenó de Dios y que vivía de ella, porque la fuente de la que bebía era hermosa y quería que todos la conocieran; la fuente, no a ella. Muy a pesar suyo (se sentía indigna), ella, la mujer Teresa de Jesús, quedó vestida de la hermosura de Dios. Sus ojos nos llevan a mirar la vida de hoy, con sus retos y desafíos; como ella lo hizo en su tiempo, poniendo sus ojos en la vida, nos enseña a mirar a Dios. Teresa habla con Dios y con nosotros, siempre, desde la vida.
¿Cómo construyó Teresa esta fecunda relación con Dios, cómo bebía de esta fuente?
La gran lección que nos deja es que el tesoro de Dios no es solo para unos pocos, es para todos. Por eso nos dejó su vida y sus obras. Teresa quiso vivir y vivió, con sentido propio y singularidad de mujer, su oración, su experiencia con Jesús. Entendía que la relación personal con Jesús no podía estar solo en manos de clérigos y varones: las mujeres también podían, y debían. Quería que ellas pudiesen rezar en libertad, según su amor y su conciencia; desde sus deseos y, a solas ellas mismas, con Dios. Lo llamó oración mental, que estaba entonces más bien prohibida para ellas. Quiso también que las mujeres de sus conventos se formaran leyendo y que fueran cultas. Les dio voz, y ella impregnó nuestra historia con su palabra. Todo ello era un desafío para la Iglesia de entonces. También para la de hoy, que se rinde ante ella, en celebraciones, ¿pero alcanzarán a la mujer Teresa de Jesús que habló con Dios?
Entabló con Jesús de Nazaret una particular y extraordinaria relación. Teresa dejó que el Evangelio moldeara su vida. Así se convirtió en Teresa de Jesús. Ella nos devuelve el Evangelio a los cristianos en el siglo XXI, y lo pone delante de todos como forma de vida y relación con Dios. Se lo brinda también a los no cristianos. Tantos que buscan saber quiénes son y conocerse mejor, ahora que tanto se prodigan los cursos de autoconocimiento. Teresa de Jesús hace casi 500 años ya explicaba la riqueza del conocimiento interior, fundamental para unas relaciones cordiales con los hombres y las mujeres y para el encuentro con Dios. Conocimiento al que llama a sus monjas y frailes continuamente si quieren vivir de verdad la vida. Para ello les enseña, nos enseña, su método de oración, de relación con Dios, y su experiencia con el evangelio; y cómo debían tratarse entre sí sus monjas. Para orar, recomendaba como muy importante, mirar y saber «quiénes somos y ante quién estamos». Todo un ejercicio de interiorización, autoconocimiento y entrada en la realidad que somos cada uno y por tanto en la realidad de Dios.
Realismo de santa Teresa
Santa Teresa era muy realista, andaba con los pies en la tierra, aunque nos parezca que estaba siempre en el cielo, con sus arrobamientos. Conocía bien a los humanos y sus necesidades. Ella no quería una relación íntima con Dios, única y personal al margen de los hermanos. Siempre recordaba que «la calidad de la relación con Dios se medía por el amor a los hermanos». Y no era amor abstracto, universal. Era amor bien concreto. No podemos ir solos al encuentro con Dios, sin dejarnos acompañar del sufrimiento y de las necesidades actuales de tantos hombres y mujeres. Para orar, Teresa de Jesús nos invita a situarnos en la realidad que somos, no en la que queremos ser fuera de propósito; y, desde esa realidad precaria o no, hablarle a Dios, con el Evangelio delante, Jesús te va enseñando quién eres, con suavidad y dulzura te señala tus heridas y también por dónde herimos cada uno. Ella entiende que «sin ruido de palabras te va enseñando este divino Maestro» (CV 25, 2).
En el Evangelio va descubriendo cómo Dios ama la debilidad. Ella sentía profundamente esa debilidad, quizá sus enfermedades y dolencias contribuyeron mucho más a su encuentro con Jesús. No en vano el primer interés de Jesús por los humanos en el Evangelio es la salud.
Santa Teresa de Jesús se sentía débil y poco segura, como tantos de nosotros. Le decía a Dios «no pongáis tesoro semejante adonde no está perdida del todo la codicia de las consolaciones de la vida» (V 18, 4). Con el Evangelio y los avatares de su vida labró su humildad. En su relación con Dios aprendía de Dios y de sí misma. Pero a diferencia de los cursos exprés de autoconocimiento, esta experiencia plenífica, porque no es algo puramente intelectual y teórico, ya que incluye una relación existencial, una experiencia de vida: el encuentro con Jesús y, con él, con todos los seres humanos.
Lo que nos cuenta Teresa con su vida es que Jesús es una posibilidad real de rehacer la propia historia, y que Jesús no debe ser teorizado, sino descubierto, experimentado y celebrado. Este misterio así contemplado tiene toda la fuerza transformadora de la vida. Por eso enseñó a sus monjas esta manera de vivir la oración y su camino espiritual. Orar con Dios en libertad y comunicarse la experiencia entre ellas. Aprender unas de otras. Algo difícil de aceptar entonces, pues estaba prohibido que las mujeres enseñaran; experiencia que introdujo en la Iglesia de entonces. Quería las más altas cotas espirituales, culturales y personales; «conviene no apocar los deseos» (V 13, 2), decía a sus monjas.
Voz para la Iglesia y el mundo actual
La experiencia de Teresa de Jesús es todo un reto para la Iglesia actual y para la pastoral actual. Santa Teresa de Jesús experimentó a Dios con todo su cuerpo, con toda su inteligencia, con todo su ser, y así quiso que lo hicieran sus monjas. Le gustaba afrontar los problemas, discutir con libertad, hablar con parresia, como veremos en uno de los capítulos de este libro. Recomendaba «aceptar con razonamiento», todo un reto para la sociedad y la Iglesia de nuestros días. Amaba la libertad, la amistad, la autonomía de la mujer, la inteligencia, la cultura, el amor: realidades que se resienten en la actualidad. «Poned inteligencia y corazón en lo que decís». No quería que las mujeres estuvieran relegadas a sus labores; ella detestaba frases como «mejor será que hilen» (CV 21, 2), en referencia a la oposición de clérigos y varones religiosos al avance y autonomía de las mujeres. No eran féminas. Vivió una relación apasionada con Dios y con la vida. Sabía que su fuerza venía de Dios, «entierras tus talentos en tierra astrosa» (V 18, 4), decía, en referencia a la abundancia que sabía que recibía de Dios. Ella se reconoce en Dios y a Dios le reconoce en su debilidad.
Doctora de la Iglesia
A base de mucho diálogo y lucha profunda con los varones creó un espacio de vida nuevo a las mujeres, para encontrarse con Dios y con la vida donde la diversidad y las relaciones inclusivas y no excluyentes eran muy importantes. Dios invita a todos.
Cuando Pablo VI la nombró doctora de la Iglesia, se quedó como suspenso un minuto y exclamó: «Qué grande, única, humana y atrayente es esta figura». Y a continuación explicaba el significado de la proclamación doctoral diciendo que se trataba de «un hecho que grabamos en la historia de la Iglesia y que confiamos a la piedad y a la reflexión del Pueblo de Dios».
Y en la audiencia de Pablo VI a la misión española decía el 27 de septiembre de 1970: «La espiritualidad de santa Teresa, su clarividente impulso renovador, su fidelidad a la Iglesia y su profundo humanismo no deben ser solamente una singular gloria del pasado, sino un mensaje actual y vivo, que se proyecte sobre este mundo nuestro, tan lleno a la vez de turbación y de esperanzas»[1].
El famoso jesuita Karl Rahner escribía poco después de la declaración pontificia: «Santa Teresa es declarada doctora de la Iglesia. Este acontecimiento tiene, naturalmente, su significado de cara al puesto y función de la mujer en la Iglesia. El carisma del magisterio, y precisamente dirigido a la Iglesia en cuanto tal, no es un privilegio del hombre, del varón. Queda así rechazada la idea de que la mujer, en el aspecto espiritual y religioso, sea inferior al hombre. Y el hecho de que también la mujer estudie teología queda con esto expresamente reconocido [...]. Su declaración como doctora de la Iglesia demuestra que si antes no se reconoció este título a las mujeres no fue debido a la falta de mujeres dignas de tal título, sino a la actitud de no conferirlo por razones nacidas precisamente de una valoración histórica y cultural de la mujer»[2].
Al proponer nosotros a Teresa como una voz para nuestro tiempo, nos hacemos eco múltiple de lo que dejó dicho Pablo VI en la última frase de su homilía de aquel 27 de septiembre: «Debemos ver una llamada dirigida a todos a hacernos eco de su voz, convirtiéndola en lema de nuestra vida para poder repetir con ella: ¡Somos hijos de la Iglesia!». Y entendemos que ella quiere que bebamos de la fuente de donde ella bebía, y que, como ella escuchemos a Dios que sembró en ella unas semillas poderosas de vida y de verdad. Por ello creo que es una voz fuerte y fértil para nuestro tiempo. El mejor homenaje será, pues, que la escuchemos muy atentos con los oídos del alma y nos dejemos adoctrinar por tan esclarecida Maestra.
Capítulo 2. Retratos de santa Teresa
Teresa de Jesús es conocida y reconocida en la Iglesia como maestra de oración por su vida y por sus escritos, que son un regalo, un patrimonio de la Iglesia universal, no solo de su familia religiosa del Carmelo.
Después de la primera consideración global que hemos hecho de la figura de santa Teresa en las páginas anteriores, conviene diseñar ahora su retrato, con el objetivo de abrir con más seguridad el diálogo con ella. Para hablar de sus retratos debidamente, dejando a un lado los vuelos poéticos, hay que señalar dos tipos de retratos: literario y pictórico.
Primer retrato literario
Un primer retrato literario lo encontramos en la declaración que hace el 5 de septiembre de 1595 el padre Miguel de Carranza, carmelita calzado, en el proceso de Valencia. Lo cuenta así: «Primeramente dijo que conoció a la Madre Teresa de Jesús, siendo ella de poca edad». Y esto sucedió así:
Carranza era secretario del Vicario general de España, fray Damián de León [...]. Visitando la provincia de Castilla en el año 1552 llegaron a la ciudad de Ávila, y después de haber visitado el convento de sus frailes, fueron a visitar el convento de monjas de la misma ciudad, llamado de la Encarnación, que en aquel tiempo era de ciento y ochenta monjas, las cuales por su mucha multitud y poca renta vivían en grande parsimonia y pobreza. Y en él vivía entonces una religiosa llamada Teresa de Ahumada [...]. Era mujer de buenas partes, por ser de linaje esclarecido y de buen ingenio y habilidad; era entonces de pocos años, que según le parece, sería de treinta años, poco más o menos; y que era mujer morena y de buena estatura, el rostro redondo y muy alegre, y regocijada, y amiga de buenas y discretas conversaciones. Y tenía entonces, como dicen, sus devotos en la Orden, aunque nunca entendió que la dicha doña Teresa fuese amiga de malos tratos ni que fuesen fuera de los límites de religiosa, aunque con alguna libertad como en aquella casa y en otras de monjas de otras Órdenes, antes del santo Concilio se usaban (BMC 19, 133).
Otro retrato literario
El retrato literario más primoroso se debe a la pluma de María de San José, que fue priora de las descalzas carmelitas de Sevilla y de Lisboa. Siendo jovencita estuvo con la Santa cuando ella fue a Toledo y se aposentó en la casa de doña Luisa de la Cerda en 1562, donde vivía esta jovencita.
El retrato de la Madre lo extendió, tres o cuatro años después de la muerte de la Santa, en uno de sus libros titulado Libro de recreaciones. Dice así:
Era esta santa de mediana estatura, antes grande que pequeña; tuvo en su mocedad fama de muy hermosa y hasta su última edad mostraba serlo; era su rostro no nada común sino extraordinario, y de suerte que no se puede decir redondo ni aguileño; los tercios de él iguales, la frente ancha e igual y muy hermosa, las cejas de color rubio oscuro con poca semejanza de negro, anchas y algo arqueadas; los ojos negros, vivos y redondos, no muy grandes, mas muy bien puestos; la nariz redonda y en derecho de los lagrimales para arriba disminuida hasta igualar con las cejas, formando un apacible entrecejo, la punta redonda y un poco inclinada para abajo, las ventanas arqueaditas y pequeñas y toda ella no muy desviada del rostro. Mal se puede con pluma pintar la perfección que en todo tenía: la boca de muy buen tamaño: el labio de arriba delgado y derecho, el de abajo grueso y un poco caído, de muy linda gracia y color; y así la tenía en el rostro, que con ser ya de edad y muchas enfermedades, daba gran contento mirarla y oírla porque era muy apacible y graciosa en todas sus palabras y acciones; era gruesa más que flaca y en todo bien proporcionada; tenía muy lindas manos, aunque pequeñas; en el rostro, al lado izquierdo, tenía tres lunares levantados como verrugas pequeñas, en derecho unos de otros, comenzando desde debajo de la boca el que mayor era, y el otro entre la boca y la nariz, el último en la nariz más de cerca de abajo que de arriba[3].
Observadora y detallista al sumo esta mujer ha podido darnos este retrato precioso de la Madre Teresa de Jesús.
Uno más
Lo dejó hecho Francisco de Ribera, el primer biógrafo de la Santa[4]. De él extractamos algunos puntos que no aparecen tanto en el anterior. Dice por ejemplo:
Los ojos negros y redondos y un poco papujados (que así los llaman, y no sé cómo mejor declararme), no grandes pero muy bien puestos y vivos y graciosos, que en riéndose se reían todos y mostraban alegría, y por otra parte muy graves, cuando ella quería mostrar en el rostro gravedad. [...] El labio de arriba delgado y derecho, el de abajo grueso, y un poco caído de muy buena gracia y color, los dientes muy buenos, la barba bien hecha, las orejas ni chicas ni grandes, la garganta ancha y no alta, sino antes metida un poco. [...] Toda junta parecía muy bien y de buen aire en el andar, y era tan amable y apacible, que a todas las personas que la miraban comúnmente complacía mucho.
Retrato pictórico
Quien mandó que la pintasen, Jerónimo Gracián, cuenta lo sucedido como sigue:
Estando en Sevilla (impuse a la Madre) una mortificación, que fue de las que más sintió, que fue mandarla retratar. Y que obedeciese a todo lo que fray Juan de la Miseria, que fue quien la retrató, le mandase [...], y porque entraba allá dentro en el monasterio a pintar, venía bien que él la retratase. Pues teniendo aparejados sus colores y su lienzo, la llamó. Y así, sin mirar más primores, la mandaba poner el rostro en el semblante que quería, riñendo con ella si tantico se reía o meneaba el rostro. Otra vez no contentándose, tomábale él mismo la cara con sus manos y volvíala a la luz que le daba más gusto[5].
Ya el padre Ribera dejó dicho:
Sacóse estando ella viva un retrato bien, porque la mandó su provincial, que era el padre maestro fray Jerónimo Gracián, que se dejase retratar. En esto lo hizo muy bien el padre Gracián, pero mal en no buscar para ello el mejor pintor que había en España para retratar a persona tan ilustre al vivo para consuelo de muchos[6].
El mismo Gracián que cuenta la aventura del retrato dice:
Y al cabo la retrató mal, porque, aunque era pintor, no era muy primo; y así decía la Madre Teresa con mucha gracia: «Dios te lo perdone, fray Juan, que ya que me pintaste, me has pintado fea y legañosa»[7].
El original se conserva actualmente en el convento de las Carmelitas Descalzas de Sevilla, de la calle santa Teresa, 7.
Noticias autobiográficas
Las noticias autobiográficas que ahora nos interesan giran en torno a su modo de ser y, como las da la propia santa Teresa, se refieren particularmente a la condición que tiene:
Bien veo que no es perfección en mí esto que tengo de ser agradecida; debe ser natural, que con una sardina que me den me sobornarán (Cta 264, 1).
Con ser yo de mi condición tan agradecida (V 35, 11).
Esta cualidad de la que ella tenía una buena conciencia la examinamos oportunamente en el capítulo 11. Ahora nos han de bastar estas pinceladas acerca de su condición que añadimos a los retratos literarios que anteceden.
De su condición de persona humilde brotan las innumerables confesiones que hace de su ruindad, de lo que llama «mis grandes pecados y ruin vida», de la que dice que «no he hallado santo, de los que se tornaron a Dios, con quien me consolar» (V prólogo 1). Es increíble las veces que habla de esta ruindad y los acentos con que la proclama; ruin y ruindad las usa entre las dos 214 veces: ruin 209 y ruindad 5 veces. Los retratos que hemos presentado y estas rápidas señalaciones de su modo de ser, de su condición y lo que iremos diciendo a lo largo de este libro nos hará ver la grandeza de esta mujer.
Gracián, hablando todavía del retrato físico de la Madre dice:
Nuestra beata Teresa no fue en su tiempo fea de rostro. Que aunque algunos retratos suyos que andan por ahí no muestran mucha hermosura, es porque se retrató siendo ya de sesenta años [...]. Tenía hermosísima condición, y tan apacible y agradable que a todos los que la comunicaban y trataban con ella, llevaba tras sí, y la amaban y querían; aborreciendo ella las condiciones ásperas y desagradables que suelen tener algunos santos crudos, con que se hacen a sí mismos y a la perfección aborrecibles. Era hermosa en el alma, que la tenía hermosísima con todas las virtudes heroicas y partes y caminos de la perfección[8].
Bibliografía: T. Álvarez, El retrato de santa Teresa en los primeros grabados, en Estudios Teresianos 1, Burgos 1995, 47-54; y en Diccionario de santa Teresa, Monte Carmelo, Burgos 20062, 519-522.
Capítulo 3. Santa Teresa, hija de Dios
Confesiones rotundas
Santa Teresa hace, a veces, unas confesiones personales que son difíciles de olvidar por la contundencia con que se expresa. Fijémonos, por ejemplo:
Cuando digo Credo, razón me parece será que entienda y sepa lo que creo; y cuando (digo) Padrenuestro, amor será entender quién es este Padre nuestro y quién es el maestro que nos enseñó esta oración (CV 24, 2).
Así se expresa refiriéndose a estas dos oraciones del cristiano: el Credo y el Padrenuestro; y el Padrenuestro que, además de una oración, es como un Credo en el Padre que está en el cielo.
El tipo de su oración
La oración que ella enseña, y de la que es Maestra, es filial y amistosa con Dios Padre y con Cristo, el Señor. Enseñando el camino de ese trato confidencial, quiere que se comience con gran determinación a tener oración y a no hacer caso de los inconvenientes que ella sabía que circulaban en el ambiente.
Recoge frases que se decían en aquel tiempo. Oímos, dice ella:
«hay peligro»;
«fulana por aquí se perdió»;
«el otro se engañó»;
«el otro que rezaba mucho cayó»;
«hacen daño a la virtud»;
«no es para mujeres, que les podrán venir ilusiones»;
«mejor será que hilen»;
«no han menester esas delicadezas»;
«¡basta el Paternóster y el Avemaría!».
Y, soltando el ansia contenida que lleva recordando esos dichos, exclama:
Esto así lo digo yo, hermanas: y ¡cómo si basta! Siempre es gran bien fundar vuestra oración sobre oraciones dichas de tal boca como la del Señor. En esto tienen razón, que si no estuviese ya nuestra flaqueza tan flaca, y nuestra devoción tan tibia, no eran menester otros conciertos de oraciones, ni eran menester otros libros (CV 21, 3).
Hecha esta presentación y este barrido, promete, apoyándose en el Paternóster, ir fundando (así dice): unos principios y medios y fines de oración.
Enseguida hace otra de sus confesiones personalísimas: «Siempre yo he sido aficionada y me han recogido más las palabras de los evangelios, que libros muy concertados» (CV 21, 3). Y en los evangelios lo que más podía encontrar era la referencia a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo y Padre de sus hermanos los hombres; pues si de algo se habla en los cuatro evangelios es precisamente de la paternidad de Dios y de nuestra filiación.
Por eso, «allegada a este Maestro de la sabiduría», que nos enseñó el Paternóster, que nos enseñó a ser hijos de Dios, espera que le enseñe alguna consideración útil.
Y, verdaderamente, yo me imagino a la Santa como a quien toma de la boca del divino Maestro con una mano esas consideraciones y nos da, nos pasa lo que ha meditado, lo que ha entendido, lo que a ella le han dado y regalado, nos lo pasa con la otra mano a nosotros.
Arranque contemplativo
Cita las primeras palabras del Paternóster: «Padre nuestro que estás en los cielos», y, emocionada por lo que ha dicho, se lanza a bendecir al Señor, como hace tantas veces en sus libros: «¡Bendito seáis por siempre jamás!» (CV 27, 1).
Teresa bendice en este caso a Cristo Jesús porque ya de entrada en esta oración del Padrenuestro nos llena las manos y nos hace una merced, un beneficio tan grande como es la filiación divina. El beneficio inmenso que descubre ya en esas primeras palabras es el siguiente: «nos hace hijos de Dios», al enseñarnos a invocar a Dios como «Padre nuestro»; y al llamarnos hijos de Dios, se hace él hermano nuestro, es decir, nada más comenzar esta oración ya se nos revela por boca de quien no nos engaña, que tenemos, que poseemos, que son nuestras estas dos realidades: la filiación divina y la hermandad con Cristo.
La actitud o reacción de quien dice ya esas primeras palabras: «Padre nuestro», debiera ser la de entrar en contemplación perfecta, es decir, quedarse sin palabras ante la grandeza de esos dones divinos. Y quedarse así sin palabras es entrar en silencio adorante, que ese tipo de silencio es una buena y muy gran parte de la oración (CV 27, 1).
La contemplación perfecta a la que alude aquí la Santa no es ese tipo de contemplación que analizan los maestros de espíritu, a la que dan mil vueltas los tratadistas para explicar algo de lo que tiene que ser ese tipo de reacción contemplativa a la que alude la Santa.
Alocución de Pablo VI y secuencias teresianas
Para ilustrar este punto de la contemplación perfecta que aparece en los escritos de la Madre, me parece muy a propósito recordar algo que sucedió en la plaza de San Pedro de Roma. Me refiero a la alocución de Pablo VI el 7 de diciembre de 1965, durante la sesión pública con que se clausuró el concilio Vaticano II, en la que queriendo el Papa presentar el valor religioso del Concilio habla de las que llama pretensiones del Concilio, asumiendo que seguramente el «juicio del mundo calificará primeramente esas pretensiones como insensatas», pero que luego tratará de reconocerlas como verdaderamente humanas, como prudentes y como saludables, a saber:
Que Dios sí existe, es real, viviente, personal, providente, infinitamente bueno. No solo bueno en sí, sino inmensamente bueno para nosotros, nuestro Creador, nuestra verdad, nuestra felicidad, de tal modo que el esfuerzo de clavar en Él la mirada y el corazón, que llamamos contemplación, viene a ser el acto más alto y más pleno del espíritu, el acto que aún hoy puede y debe jerarquizar la inmensa pirámide de la actividad humana.
Ese esfuerzo de clavar la mirada y el corazón en Él, en Dios, lo podemos llamar contemplación, es decir, atención amorosa, en la que uno se queda sin palabras, invadido por el silencio enriquecedor. Así la Santa cree que ya las primeras palabras del Padrenuestro deben servirnos para clavar la mirada y el corazón en Él.
Al fijarse la Madre en ese doble regalo: ser hijos del Padre y hermanos de Cristo, ve en este gesto del Señor un acto extremo de humildad, al juntarse con nosotros y pedir y hacerse de hecho, de verdad, hermano nuestro, hermano, dice ella, «de cosa tan baja y miserable». Haciendo esto nos da en nombre del Padre «todo lo que se puede dar, pues quiere que nos tenga por hijos» (CV 27, 2).
Y se explaya diciendo que, al darnos todo eso en el Paternóster, está Cristo como obligando al Padre a que nos tenga por hijos y nos trate como a tales. Dice así:
Obligáisle a que la cumpla, que no es pequeña carga, pues, en siendo Padre, nos ha de sufrir por graves que sean las ofensas. Si nos tornamos a Él, como al hijo pródigo hanos de perdonar (Lc 15,20), hanos de consolar en nuestros trabajos (Mt 11,28), hanos de sustentar como lo ha de hacer un tal Padre –que forzado ha de ser mejor que todos los padres del mundo, porque en Él no puede haber sino todo bien cumplido (Mt 7,11)– y después de todo esto hacernos partícipes y herederos con Vos (CV 27, 2).
En otra ocasión, hablando también del hijo pródigo, dice que teniendo tan buen amigo, «tal huésped que le hará señor de todos los bienes, si él quiere no andar perdido, como el hijo pródigo, comiendo manjar de puercos» (2M 1, 4).
Y una vez más después de todas estas reflexiones no sabe cómo ponderar la grandeza de tantos regalos y lo expresa así: «¡Bendito seáis por siempre, Señor mío, que tan amigo sois de dar, que no se os pone cosa delante!» (CV 27, 4). Aquí vemos otra vez uno de esos benditos que le salen del alma con fuerza.
La grandeza y la bondad de Cristo Maestro también ha llamado la atención de la Santa y, según ella, se manifiesta como un bueno, un buenísimo maestro, en el hecho de que, para aficionarnos a que aprendamos de él todo lo que nos quiere enseñar, ha comenzado haciéndonos ese par de favores ya dichos: la filiación divina y la hermandad con Cristo. Y ponderando aún más la grandeza del Maestro dice a sus hijas: «Mirad [...] si tenéis buen Maestro, que, como sabe por dónde ha de ganar la voluntad de su Padre, enséñanos a cómo y con qué le hemos de servir» (CV 32, 11).
Guiados por este Maestro, al decir Padre nuestro, hemos de procurar entender lo que esto significa en sí mismo y para nosotros de modo que «se haga pedazos nuestro corazón con ver tal amor» (CV 27, 5). Para llegar a este amor tan grande nos ayudará procurar saber quién es y cómo es nuestro Padre, «un Padre tan bueno y de tanta majestad y señorío» (CV 27, 5). Y les aconseja a sus monjas con todo su convencimiento: «Buen Padre os tenéis, que os da el buen Jesús; no se conozca aquí otro padre para tratar de él; y procurad, hijas mías, ser tales que merezcáis regalaros con él y echaros en sus brazos. Ya sabéis que no os echará de sí, si sois buenas hijas; pues, ¿quién no procurará no perder tal Padre?» (CV 27, 6).
Pasa luego a comentar las siguientes palabras: «que estás en los cielos» (CV 28,1). Y asegura que es importante para todos, y muy en particular para «entendimientos derramados, que importa mucho no solo creer esto, sino procurarlo entender por experiencia; porque es una de las cosas que ata mucho el entendimiento y hace recoger el alma» (CV 28, 1).
Siendo esto tan importante como está diciendo lo quiere exponer con toda claridad:
Ya sabéis que Dios está en todas partes. Pues claro está que adonde está el rey, allí dicen está la corte. En fin, que adonde está Dios, es el cielo. Sin duda lo podéis creer que adonde está Su Majestad está toda la gloria. Pues mirad que dice san Agustín que le buscaba en muchas partes y que le vino a hallar dentro de sí mismo (CV 28, 2).
Intimando con el Padre Celestial
Y para ser más incisiva abre la siguiente pregunta: «¿Pensáis que importa poco para un alma derramada entender esta verdad y ver que no ha menester para hablar con su Padre eterno ir al cielo, ni para regalarse con Él, ni ha menester hablar a voces?». A pregunta tan larga contesta:
Por paso que hable, está tan cerca que nos oirá. Ni ha menester alas para ir a buscarle, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped; sino con gran humildad hablarle como a padre, pedirle como a padre, contarle sus trabajos, pedirle remedio para ellos, entendiendo que no es digna de ser su hija (CV 28, 2).
¡Fuera falsas humildades!
No le parece suficiente lo que está diciendo y echa por otro camino: el de la falsa humildad en que se empeñan algunas personas. Dice:
Se deje de unos encogimientos que tienen algunas personas y piensan es humildad. Sí, que no está la humildad en que si el rey os hace una merced no la toméis, sino tomarla y entender cuán sobrada os viene y holgaros con ella. ¡Donosa humildad!, que me tenga yo al Emperador del cielo y de la tierra en mi casa, que se viene a ella por hacerme merced y por holgarse conmigo, y que por humildad ni le quiera responder ni estarme con Él ni tomar lo que me da, sino que le deje solo, y que estándome diciendo y rogando le pida, por humildad, me quede pobre, y aun le deje ir, de que ve que no acabo de determinarme (CV 28, 3).
Fuera esas humildades tontas:
No os curéis, hijas, de estas humildades, sino tratad con Él como con padre y como con hermano y como con señor y como con esposo; a veces de una manera, a veces de otra, que Él os enseñará lo que habéis de hacer para contentarle. Dejaos de ser bobas; pedidle la palabra, que vuestro Esposo es, que os trate como a tal (CV 28, 3).
A continuación, ayudando a esos entendimientos derramados les explica las excelencias de este modo de rezar, «aunque sea vocalmente, con mucha más brevedad se recoge el entendimiento, y es oración que trae consigo muchos bienes». Y ¿por qué se llama oración de recogimiento?:
Porque recoge el alma todas las potencias y se entra dentro de sí con su Dios, y viene con más brevedad a enseñarla su divino Maestro y a darla oración de quietud, que de ninguna otra manera. Porque allí metida consigo misma, puede pensar en la Pasión y representar allí al Hijo y ofrecerle al Padre y no cansar el entendimiento andándole buscando en el monte Calvario y al huerto y a la columna (CV 28, 4).
Aconseja a quienes cultiven este modo de oración:
Las que desta manera se pudieren encerrar en este cielo pequeño de nuestra alma, adonde está el que le hizo, y la tierra, y acostumbrar a no mirar ni estar adonde se distraigan estos sentidos exteriores, crea que lleva excelente camino y que no dejará de llegar a beber el agua de la fuente, porque camina mucho en poco tiempo. Es como el que va en una nao, que con un poco de buen viento se pone en el fin de la jornada en pocos días, y los que van por tierra tárdanse más (CV 28, 5).
Y sigue todavía ampliando sus enseñanzas sobre este recogimiento. Lo que quiere es que quien reza el Padrenuestro entre en contemplación perfecta, nada más comenzar, por eso las enseñanzas que da sobre el recogimiento no tienen otra finalidad sino la de educar en la contemplación, propia de hijos, clavando su corazón y su voluntad en Dios Padre, al que invocan como a «Padre» y de quien proclaman que está en los cielos, y muy principalmente en el cielo del alma.
Poniendo ya fin a estas reflexiones sobre santa Teresa, hija de Dios, hay que fijarse en lo siguiente: en el primer capítulo de las Moradas primeras cuando habla del alma como de un castillo, de un aposento para Dios, califica al Señor de «un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes», y allí no habla de Dios Padre, pero sí lo hace en CV 28, 9 en el siguiente texto cuando aconseja:
Pues hagamos cuenta que dentro de nosotras está un palacio de grandísima riqueza, todo su edificio de oro y piedras preciosas, en fin, como para tal Señor; y que sois vos parte para que este edificio sea tal, como a la verdad es así, que no hay edificio de tanta hermosura como una alma limpia y llena de virtudes, y mientras mayores, más resplandecen las piedras; y que en este palacio está este gran Rey, que ha tenido por bien ser vuestro Padre; y que está en un trono de grandísimo precio, que es vuestro corazón.
La cercanía es así mayor que considerar a Dios como rey tan poderoso, sabio, limpio y lleno de todos los bienes. La frase teresiana es deliciosa: Dios «ha tenido por bien ser vuestro Padre».
Capítulo 4. Santa Teresa, la «ganavoluntades»
Corona de piropos
Un gran escritor, Antonio de San Joaquín, carmelita descalzo, además de otros libros, escribió doce tomos sobre santa Teresa. En ese que llamó Año Teresiano, en el tomo V publicó, en Madrid año de 1749: «Índice que en diversos idiomas atesora abundante copia de epítetos, con que numerosa variedad de personas ha procurado manifestar las perfecciones y prerrogativas que el Cielo concedió a nuestra Madre santa Teresa de Jesús». El buen fraile reunió más de 1324 epítetos laudatorios de la Santa.
Aunque esta palabra «ganavoluntades» que va en el título no aparezca en el Diccionario de la lengua, ni registrada en esa fecha del siglo XVIII, me gusta emplearla y aplicársela a santa Teresa, pues era eminente en este campo de ganar la gracia y voluntad de las personas. La quisieron y la veneraron grandes figuras de la Iglesia: carmelitas descalzos, jesuitas, dominicos, franciscanos, sacerdotes seculares, obispos. La cuestionaron el nuncio Felipe Sega y algunos otros eclesiásticos y buen número de los padres del antiguo Carmelo, y tuvo sus mayores peleas y sinsabores con la princesa de Éboli, doña Ana de Mendoza y de la Cerda.
Felipe Sega
El nuncio Felipe Sega se hizo famoso por el exabrupto que lanzó contra la Santa ante el padre carmelita descalzo Juan de Jesús (Roca), llamándola «fémina inquieta, andariega, desobediente y contumaz que a título de devoción inventaba malas doctrinas, andando fuera de clausura, contra el orden del concilio Tridentino, y prelados, enseñando como maestra, contra lo que san Pablo enseñó, mandando que las mujeres no enseñasen»[9].
Bartolomé de Medina
Con alguna de estas lindezas estaba de acuerdo el dominico Bartolomé de Medina, profesor de teología de la Universidad de Salamanca, pues también él, en un primer momento, la desaprobaba. Uno de sus discípulos de entonces lo cuenta así:
Al tiempo que la dicha santa Madre fue a Salamanca a fundar como fundó el monasterio de su reformación, el maestro fray Bartolomé de Medina, de la Orden de Santo Domingo, catedrático de Prima de Teología, cuyo discípulo fue este testigo, al principio recibió mal las cosas de la santa Madre, en tanta forma que públicamente en su cátedra dijo que era de mujercillas andarse de lugar en lugar y que mejor estuvieran en sus casas rezando e hilando (BMC 19, 349).
La «ganavoluntades», sabiendo que se mofaba de ella, le estimó en tanto que procuró con el Comisario apostólico... le diese sus veces y en algunas ausencias le dejase por superior de ella.
Hombre sincero comprendió Bartolomé que tenía que retractarse, y el mismo discípulo nos informa que en la misma cátedra que había hablado mal de ella, dijo: «Señores, el otro día dije aquí unas palabras mal consideradas de una religiosa que funda casas de monjas descalzas. Hablé mal. Hela comunicado y tratado, y sin duda tiene espíritu de Dios y va por muy buen camino». Y solía decir después a menudo que «no había tan gran santa en la tierra». Es la propia Santa la que confiesa en su Relación 4, 8 en 1575 o 1576:
Trató con el padre Maestro fray Bartolomé de Medina, catedrático de Prima de Salamanca, y sabía que estaba muy mal con ella, porque había oído de estas cosas; y parecióle que este le diría mejor si iba engañada que ninguno. Y procuróse confesar con él, y dióle larga relación de todo, lo que allí estuvo y procuró que viese lo que había escrito, para que entendiese mejor su vida. Él la aseguró tanto y más que todos, y quedó muy su amigo.
De tal manera conquistó santa Teresa a Bartolomé que iba con frecuencia a verla en Alba de Tormes y a confesarla; y retenía una gracia del cielo poder ver y tratar a la Madre. Los lazos de buen entendimiento con ella se fueron afianzando y terminó por ser uno de los más grandes defensores de Teresa de Jesús. En enero de 1574 la duquesa de Alba, María Enríquez, envió a la Santa una trucha muy hermosa y en viéndola pensó Teresa en hacérsela llegar a Bartolomé de Medina a su convento de San Esteban de Salamanca. Se lo cuenta a la priora de Salamanca a la que escribe:
Esa trucha me envió hoy la duquesa tan buena, que he hecho este mensajero para enviarla a mi padre el maestro fray Bartolomé de Medina. Si llegare a hora de comer, vuestra reverencia se la envíe luego con Miguel, y esa carta; y si más tarde, no se la deje tampoco de llevar, para ver si quiere escribir algún renglón (Cta 59, 2).
Es una lástima que no haya llegado a nosotros esa carta y no sabemos tampoco si Bartolomé le escribió alguno de esos renglones que la Madre esperaba. La trucha sí se la guisaron y le supo tan rica.
Juan de Salinas
Otro fraile que andaba un poco dubitativo frente al espíritu de la Madre también tuvo que rendirse ante ella. Se llamaba Juan de Salinas, provincial de los dominicos. Cuenta el padre Báñez que le preguntó: «¿Quién es una Teresa de Jesús que me dicen que es mucho vuestra? No hay que confiar de virtud de mujeres; pretendiendo en esto hacer a este testigo recatado, como si no estuviera tanto y más que él». Báñez le respondió: «Vuestra Paternidad va a Toledo y la verá, y experimentará que es razón de tenerla en mucho; y así fue». Salinas pasó en Toledo la cuaresma entera y, aunque predicaba cada día «la iba a confesar casi todos los días e hizo de ella grandes experiencias». Más adelante se volvió a encontrar con Báñez que le preguntó: «¿Qué le parece a Vuestra Paternidad de Teresa de Jesús?». Y respondió con gracia: «¡Oh, habíadesme engañado, que decíades que era mujer; a la fe que no es sino hombre varón y de los muy barbados!; dando a entender en esto su gran constancia y discreción en el gobierno de su persona y de sus monjas» (BMC 18, 9).
Pedro Fernández
Y otro gran dominico Pedro Fernández, comisario apostólico de los carmelitas descalzos en sus principios, quiso asegurarse acerca del espíritu de la Madre Teresa, y como cuenta el mencionado padre Báñez: «Siendo hombre muy legal y recatadísimo de falsos espíritus, tratando con Teresa de Jesús, a quien con más miedo que este testigo comenzó a examinar, y al fin se venció y le dijo a este testigo que, en fin, Teresa de Jesús era mujer de bien, que en boca de dicho maestro era grande encarecimiento» (BMC 18, 9). Y este Pedro Fernández la llamaba «Teresa, la de la gran cabeza», después que en su trato con ella había podido comprobar lo lista y sagaz que era.
Alonso Valdemoro
Finalmente podemos poner como ejemplo de captación el caso de un carmelita calzado, llamado Alonso Valdemoro, y de una comunidad entera. La Madre iba en 1579 desde Ávila a Valladolid pasando por Medina; y Valdemoro fue con ella hasta San Pablo de la Moraleja. Este fue uno de los peores enemigos que tuvo la Madre, y se lo dieron como compañero de camino en ese viaje. Ana de San Bartolomé, compañera, secretaria y enfermera de Teresa dice de él que «andaba con harto cuidado para mirar todo lo que ella hacía y contradecir sus cosas» (BMC 2, 297). ¿Cómo recibió la Madre aquel acompañamiento?: «como de la mano de Dios; como veía que la venía por la obediencia, y fue con un amor y beneplácito tratando con este padre por el camino, que nos hacía alabar a Dios, y no solo le regalaba con lo que podía, mas como a amigo le daba las imágenes y estampas que ella tenía para su regalo, y le decía: “Mire, mi padre, si le contenta otra cosa de lo que yo traigo, que se lo daré de muy buena voluntad”. Y le dio una imagen del Espíritu Santo, que ella quería mucho y no la había querido dar a otras personas, y díjole que por lo mucho que le quería se la daba» (BMC 2, 297). ¡Qué arte y qué virtud y sagacidad la de esta mujer!
Sabiendo que había cerca del camino que llevaban un convento de carmelitas, que le eran contrarios, pidió a Valdemoro que le llevase hasta allí, aunque hubiese que rodear alguna legua. Aunque el fraile sabía de la contradicción que tenían en aquella casa con la Madre, viendo la humildad y empeño con que se lo suplicaba, no se lo pudo ni quiso negar. La secretaria, como buena reportera, cuenta la visita diciendo: «Llegando a la casa y nombrando a la santa Madre que está allí, a mi parecer, que se turbaron los que en ella estaban, porque, aunque anduvimos buen rato por ella, no parecía criatura, es decir, no aparecía nadie. La santa Madre los llamó, y viniendo donde ella estaba, los abrazó a cada uno de por sí, mostrándolos tanto amor, que parecía los quería meter en su alma. Estuvo aquí desde hora de misa hasta la tarde con alegría y beneplácito». Y continúa relatando: «Cuando se hubo de ir, salieron acompañándola fuera del lugar. Decían les hacía ternura y soledad verla ir tan presto y mostraban tener harta confusión de la santidad que veían en ella». Despedidos los frailes del convento, siguió el camino y llegaron al atardecer del domingo, día 26. Al padre que iba con ella «le pesó harto cuando veía que se acababa la jornada del camino, porque iba ya tan devoto y aficionado a la santa Madre que le dijo mirase si quería servirse de él para pasar más adelante, que le sería mucho regalo» (BMC 2, 297-298).
Captando voluntades para la Orden
Aparte este tipo de captaciones de personas enemigas, supo ejercitar este su arte y habilidad, cambiando la voluntad y el rumbo que querían tomar hacia la Cartuja los dos primeros frailes que conquistó para su proyecto de vida carmelitana. En estas mallas teresianas cayeron para nuestro bien Juan de Santo Matía (que será Juan de la Cruz) y Antonio de Jesús (Heredia). Y no menos captadora anduvo en Pastrana para ganarse a Ambrosio Mariano y a Juan de la Miseria. En no pocos casos de las vocaciones de sus descalzas la siguieron como encandiladas por su personalidad, que arrastraba irresistiblemente. Como ejemplo de esto último tenemos el caso de la vocación de María de San José (Salazar), la que será famosa priora de Sevilla y de Lisboa, que se vio con la Santa por primera vez en Toledo en 1562, en casa de doña Luisa de la Cerda. Cuenta ella misma: «A este tiempo me llamó el Señor a la religión, viendo y tratando a nuestra Madre y a sus compañeras, las cuales movían a las piedras con su admirable vida y conversación. Lo que me hizo ir tras de ellas fue la suavidad y gran discreción de nuestra Madre, y creo verdaderamente que si los que tienen oficio de llegar almas a Dios usasen de la traza y maña que aquella santa usaba, llegarían muchas más de las que llegan; que, como nuestro natural es inclinado a buscar contento y a huir del trabajo, pintar la virtud y lo que es servicio de Dios áspero y dificultoso es atemorizar los flacos que no han probado cuán suave es el padecer por Cristo». Y dice todavía: «Tratando con todas las demás conforme a su hábito encaminándolas para que viviesen según la vida del siglo sin ofensa de Dios y que si las mandasen sus padres que danzasen y se aderezasen, fuese con intento de obedecer y ser perfectas en sus estados, solo a mí me reprendía todas las veces que me veía, porque andaba con galas, y me decía que no eran ejercicios los míos para monja»[10].
Sonsacando la conciencia de un novicio
Estando en Pastrana, santa Teresa fue a oír misa al convento de los descalzos. Estaba ayudando a misa un novicio, Agustín de los Reyes, que llegaría a ser un gran personaje en la Orden. La Santa, viéndole tan modosito y devoto, se acercó a él y le dio un gran abrazo. El novicio huyó sin mirar quién era aquella señora que se atrevía a tanto. Es él quien cuenta, en el proceso teresiano de 1595 en Sevilla, cómo trataba la Santa con él (BMC 19, 175-176).
Los primeros meses de su noviciado tuvo muchos favores y gracias especiales del Señor, pero «volvió el Señor la hoja, y quedó tan desamparado y fue tan atormentado de multitud de tentaciones, que solo la aflicción interior le traía con ordinaria calentura».
Y sigue contando: «En esta sazón vino allí la Madre Teresa de Jesús que andaba en sus fundaciones y en la de monjas de Pastrana, que también se acomodaron. La primera tarde que fue al convento de los religiosos puso los ojos en este testigo, y después de haber cumplido con todos los religiosos, le llamó aparte, y por gran rato estuvo con este testigo, preguntándole de cosas de su espíritu, como queriéndole sacar que le dijese lo que interiormente sentía. Este testigo se cerró como solía, y con un sí o no respondía a otros propósitos. Esto mismo hizo la dicha Madre Teresa de Jesús por otras cuatro o cinco veces que fue al convento de los religiosos el tiempo que allí estuvo. Y llegándose ya el tiempo de su partida, le llamó la última vez, haciendo con él lo mismo que solía y él cerrándose de la misma manera. Viendo ella ya que se iba, le dijo: “Venga acá, hijo; yo he estado con él aparte cuatro o cinco veces deseando que por él (por sí mismo) se declarase conmigo, porque este es el principio de su bien. Venga acá: ¿no padece esto y esto y de esta y de esta manera? ¿Por qué aun preguntándoselo me lo ha negado?”. Y ella contó a este testigo todo lo que en su corazón le había pasado aquel tiempo, puntualmente todo. Y luego le dijo: “Pues, mire, hijo, no tiene que temer; lo que hay de culpa en todo esto yo lo tomo sobre mí; la mayor que ha tenido y por donde eso le ha apretado tanto, ha sido por no haberse comunicado [...]”. Y a cosas a propósito le dijo a este testigo: “Venga acá; si ahora le viniese uno a decir: hermano fray Agustín, Papa le han hecho, ¿no se reiría como cosa tan fuera de camino?, pues así se ría de todo eso”».
De estas sesiones de dirección espiritual de la Madre Teresa de Jesús salió nuevo fray Agustín y quedó completamente libre de aquella tribulación y asegura que «desde aquel día este testigo comenzó a sentir alivio en todo aquello, y al cabo de poco estuvo tan libre como si jamás hubiera pasado; y ha quedado de manera en aquello, que, aunque de propósito quiera llamar aquellos pensamientos, no puede, que en semejantes cosas nunca ha visto semejante suceso, porque siendo persona que trata almas, siempre ha visto que a las que aquello han padecido les quedan unas briznas de cuando en cuando». Antes de su relato afirma que la Madre Teresa «tuvo particular don de nuestro Señor de conocer interiores y dar consejos espirituales para el bien de las almas».
Concluyendo
La palabra, los gestos, la clarividencia mental con que se presentaba eran las armas de la captación de las voluntades. Uno de sus biógrafos, Yepes, dejó escrito: «Entre otras gracias tuvo una señaladísima que fue haberle dado Dios una maravillosa fuerza y virtud en sus palabras para mover los corazones de aquellos con quien trataba. Porque con la eficacia de ellas, deshacía corazones y rendía las voluntades y allanaba contradicciones que se le ofrecían»[11].
Y otro que la trató mucho y fue su confesor, Pedro de la Purificación, dice de ella: «Tenía tan suave conversación, tan altas palabras y la boca llena de alegría, que nunca cansaba, y no había quien pudiese despedir de ella [...]. Jamás trató nadie con ella que no saliese con ganancia y aprovechamiento en su alma y mejorase su vida» (BMC 6, 380).
Y no faltó quien dijera de ella que era como la piedra imán que a todos atraía; atrajo, imantó a tantos y tantas y ¿qué está haciendo ahora, qué está haciendo hoy mismo sino seguir con esa su capacidad de atracción imantadora?
Capítulo 5. Las golosinas de santa Teresa
Las referencias de las gentes y de los pueblos a los santos suelen, a veces, ser un tanto pintorescas. A santa Teresa le cargan las yemas de santa Teresa, los corazones de santa Teresa, los miguelitos de santa Teresa, etc., todo ello tan dulce y sabroso que la gente se chupa los dedos.
Paladear de Teresa de Ahumada
La misma Santa habla de dulces, se acuerda del Cantar de los cantares y cita por tres veces un texto donde se dice: «Asentéme a la sombra de aquel a quien había deseado y su fruto es dulce para mi garganta» (Cant 2,3). En carta a una de sus parientas le dice: «Me ha quedado terrible hastío de cosas dulces» (Cta 68, 3). A su hermano Lorenzo de Cepeda le dice: «Harto me regalo cuanto puedo y heme enojado de lo que me envió, que más quiero que lo coma vuestra merced, que cosas dulces no son para mí, aunque he comido de esto y lo comeré; mas no lo haga otra vez, que me enojaré mucho: ¿no basta que no le regalo nada?» (Cta 182, 3). Haciendo memoria de lo que le enviaba su hermano le dice: «Las sardinas vinieron buenas y los confites a buen tiempo, aunque quisiera yo más se quedara v.m. con los mejores. Dios se lo pague» (Cta 177, 1). Y con su buen humor acostumbrado dice al mismo: «Riéndome estoy como él me envía confites, regalos y dineros, y yo cilicios» (Cta 177, 14). A la priora de Sevilla, María de San José, le dice sin más: «Bien hará de enviarme los confites que dice, si son buenos, que gustaría de ello para cierta necesidad» (Cta 167, 3). Y en otra carta le comunica: «Todo lo demás es muy bueno, y los confites lo vinieron (buenos) y son muchos» (Cta 180, 4). El día que llegaron tantos confites y tan buenos con otras muchas cosas, patatas, naranjas... estuvo la madre con doña Luisa de la Cerda, su gran amiga, y le dio «de ellos (de los confites)» que si hubiese pensado que le iban a gustar tanto se los enviara en nombre de la priora de Sevilla, ya que esta doña Luisa «con cualquier cosa se huelga mucho, y más bien parece a nosotras dar poco a estas señoras» (Cta 180, 5). Su hermano recibió de Sevilla la mejor y más grande caja de confites, y este se la pasó a la Santa. Tan generosa como es, tiene muy buen cuidado en no enviar confites a Brianda de San José, priora de Malagón, que «por la mucha calentura que tiene, que la matara». Lo único que pide para ella que tiene mucho hastío son «naranjas dulces, y cosas de enferma» (Cta 180, 6).
Se entera de que el padre Jerónimo Gracián anda un poco enfermo y le manda a decir en una carta: «Harto le hemos encomendado a Dios para que estuviese bueno». Pero esto no le basta y por eso le anuncia: «Unos membrillos le envío, para que la su ama (Jerónima) se los haga en conserva y coma después de comer, y una caja de mermelada, y otra para la superiora de San José, que me dice trae grandes flaquezas. Dígale vuestra merced que la coma, y a vuestra merced suplico yo que no dé nada a nadie de esa, sino que la coma por amor de mí; y en acabándose me lo haga saber, que vale aquí barato» (Cta 115, 8).
Doña Catalina Hurtado es la madre de dos carmelitas que han entrado en las descalzas de Toledo y ya hechas las paces que se habían resentido por la entrada de las muchachas, la madre envía a la Santa «manteca muy linda [...] también eran muy lindos los membrillos; no parece que tiene otro cuidado sino regalarme» (Cta 29, 1). En otra carta a Sevilla, dice a la priora: «No me envíen ninguna cosa, por caridad, que cuesta más que ello vale». Añade: «Algunos membrillos vinieron buenos, pocos» (Cta 122, 12).
Frutos del campo
También le gustan los frutos del campo. Un día, en su primer convento, se siente un poco enferma y manifiesta que le apetecería comer un poco de melón; pero no lo hay en casa. Y aquí viene la florecilla, recogida por el padre Ribera: suena la campanilla de la portería, acude la encargada y se encuentra con medio melón en el torno, sin «hallar a nadie que lo hubiese traído». Y la madre se alimenta de aquella carne olorosa, dulce, blanda, aguanosa, que todo esto es el rico melón. En otra ocasión, al volver de una de sus fundaciones a Ávila, viéndola tan enferma y necesitada, una de sus monjas más querida «movida de caridad le hizo unas rosquillas». Pero parece que aquel día no estaba la Madre para dulces, pues reprendió a la rosquillera, diciéndole: «Hija, no me venga a esta casa a enseñar eso» (BMC 19, 560). Lo que no sabemos es si se comió las rosquillas. Creo que sí.
Estando la Santa en Burgos, antes de poner la clausura del convento, bajaba con frecuencia a visitar a los enfermos del hospital; y un día que se sentía ella misma enferma dijo que comería «de unas naranjas dulces, y el mismo día le envió una señora unas pocas muy buenas. Ella en viéndolas echóselas a la manga y dijo que quería bajar a ver a un pobre que se había quejado mucho y repartió todas las naranjas a los pobres». Alguna de las hermanas le preguntó por qué se las había dado, y ella respondió con mucha alegría: «Más las quiero yo para ellos que para mí. Vengo muy alegre que quedan muy consolados» (BMC 2, 236). En otra ocasión le trajeron unas limas, fruto del limero, y como las vio dijo: «¡Bendito sea Dios que me ha dado qué llevar a mis pobrecitos» (ib).
Lo mismo que santa Teresa se mueve entre los pucheros y con la sartén en la mano, es una delicia ver cómo trastea manejando naranjas dulces, membrillos, y verla, como si fuera un rey mago, repartiendo confites y otras dulcerías, y nos convencemos una vez más de que Teresa de Jesús era una persona normal y humana, y era muy realista, andaba con los pies en la tierra, aunque nos parezca que estaba siempre en el cielo.
Golosinas superiores
Pero las golosinas de santa Teresa a las que me quiero referir ahora no son estas que se pueden degustar plácidamente, por ejemplo, en una visita a Ávila, donde nació la Santa hace ya 500 años. Mujer que sabía manejar la rueca y el uso, y que sabía bordar preciosamente teniendo delante el «dechado de Cristo Jesús», se vio abocada por obediencia a sus confesores y superiores a emprender una batalla sonada entre la rueca y la pluma. Escribir lo que le mandaban la quitaba de hilar y ella lo sentía porque estaba en convento pobre y había que ganarse el pan para sí y para la comunidad de monjas que había reunido. Las golosinas que ofrece la Madre Teresa a quienes la visiten ahora mismo son sus escritos, sus pensamientos, sus experiencias, sus consejos, sus ejemplos.
Ella misma lo anuncia así, como quien anda haciendo propaganda de la mercancía: «Sabe Su Majestad que, después de obedecer, es mi intención engolosinar las almas de un bien tan alto» (V 18, 8). Esta palabra «engolosinar» la usa solo esta y otra vez, hablando de dineros que la hacían falta. El verbo «engolosinar» significa excitar el deseo de alguien con algún atractivo. El atractivo que la Madre ofrece es lo que llama «un bien tan alto». Y ¿qué encierra en esta frase? En ese capítulo 18 habla de oración, de lo que llama el cuarto grado de oración.
Y trata de declarar la gran dignidad en que el Señor pone a quien lleva a este tan alto estado de trato con Él. Y este tan alto estado se puede alcanzar en la tierra, «aunque no por merecerlo, sino por la bondad del Señor». El título del capítulo lo cierra con este consejo: «Léase con advertencia, porque se declara por muy delicado modo y tiene cosas mucho de notar». Según ella, el Señor da como quien es, es decir, su generosidad no tiene medida; y estas golosinas, estos atractivos, los ofrece el Señor para que el alma se vaya olvidando de otras apetencias imperfectas y se vaya entrando y enamorando del interlocutor con quien trata en la oración. Con lo que recibe de Dios y con lo que va acumulando con su fidelidad al trato amistoso con el Señor, se va haciendo con un gran cúmulo de tesoros espirituales. Estas riquezas espirituales, por muy grandes y valiosas que sean, «no son nada en comparación de tener por nuestro al Señor de todos los tesoros y del cielo y de la tierra» (6M 4, 10). Si Cristo Jesús es camino, es vida, es luz, es alegría, es también «la golosina de las golosinas».
La Santa, ya lo hemos oído, al escribir quería «engolosinar» a las almas con ese mundo riquísimo de la oración. Además de todas sus consideraciones y explicaciones para convencer a la gente, hay que fijarse en el modo serio y delicioso con que presenta a los interlocutores de la oración, al Padre Celestial y a Cristo Jesús. La presentación tan sentida que hace de ellos viene a ser para ella lo más fuerte en el camino de ese engolosinamiento, más aún: enamoramiento.
Perlas textuales de la Santa
«En negocios y persecuciones y trabajos, cuando no se puede tener tanta quietud, y en tiempo de sequedades, es muy buen amigo Cristo» (V 22, 10).
«[...] en hacer otra cosa faltáis al verdadero amigo Cristo» (CE 13, 4).
«Su Majestad nunca faltó a sus amigos» (V 11, 12).
«Su Majestad es amigo de ánimas animosas» (V 13, 2).
«Con tan buen amigo presente todo se puede sufrir; es ayuda y da esfuerzo. Nunca falta, es amigo verdadero» (V 22, 6).
«¿Qué más queremos de un tan buen amigo (como Cristo) al lado, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo?» (V 22, 7).
«Su Majestad quiere a quien le quiere; y ¡qué bien querido, y qué buen amigo!» (V 22, 17).
«¡Oh Señor mío, cómo sois Vos el amigo verdadero...!» (V 25, 17).
«¡Oh, quién diese voces por él (mundo) para decir cuán fiel sois a vuestros amigos!» (V 25, 17).
«Se entiende Dios y el alma con solo querer Su Majestad que lo entienda, sin otro artificio para darse a entender el amor que se tienen estos dos amigos» (V 27, 10).
«Puedo tratar como con amigo, aunque es Señor» (V 37, 5).
«¿Quién más amigo de dar (que Dios), si tuviese a quién?» (F 2, 7).
«Es muy amigo Su Majestad de ánimos animosos, no hayáis miedo que os falte nada» (F 27, 12).
«[...] el verdadero amigo y esposo vuestro es Cristo» (CV 9, 4).
«[...] mientras pudiereis no estéis sin tan buen amigo, no os faltaré para siempre; ayudaros ha en todos vuestros trabajos; tenerle heis en todas partes. ¿Pensáis que es poco un tal amigo al lado?» (CV 26, 1).
«Bendito seáis por siempre, Señor mío, que tan amigo sois de dar, que no se os pone cosa por delante» (CV 27, 4).
«[...] es amigo de todo concierto» (CV 28, 12).
«Es el Señor muy amigo de quitarnos de trabajo, aunque en una hora no le digamos más de una vez el Paternóster» (CV 29, 6).
«No es amigo de que nos quebremos las cabezas hablándole mucho» (CV 29, 6).
«Estos, los que mucho le desean, son sus verdaderos amigos» (CV 34, 13).
«Es muy amigo, tratemos verdad con Él» (CV 37, 4).
«Es muy amigo (Dios) de que no pongan tasa a sus obras» (1M 1,4).
Y formula la siguiente bienaventuranza: «¡Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le trajere cabe sí» (V 22, 7). Conociendo, pues, la condición de este interlocutor y amigo, queda claro una vez más que santa Teresa quería de verdad «engolosinar» a las almas con su magisterio sobre la oración, ese magisterio que llevaba adelante con tanto apasionamiento. Presentado Cristo Jesús como interlocutor y amigo, le falta tiempo para hablarnos deliciosamente del Padre Celestial, que es «tan amigo de amigos y tan señor de sus siervos» (CV 35, 2).
Ya en el capítulo tercero, contemplando la grandeza de Teresa como hija de Dios, nos ha hablado ella de cuánto ha hecho y seguirá haciendo por nosotros el Padre Celestial. Y ha quedado bien claro que no es la mejor oración aquella en que podemos pronunciar muchas palabras sino la oración tan contemplativa que nos quedemos en silencio adorante y filial.
¿Cuál será la mejor golosina?
Y acaso la golosina de las golosinas que infunde el Señor es, aunque pueda parecer otra cosa, el amor a la cruz del Señor. Y, mejor dicho, al Señor que murió en la Cruz por nosotros. En una de sus poesías a la exaltación de la cruz, nos evangeliza acerca de este tema:
En la cruz está la vida
y el consuelo.
y ella sola es el camino
para el cielo.
Así arranca el poema y concluye:
Después que se puso en cruz
el Salvador,
en la cruz está la gloria,
y el honor;
y en el padecer dolor
vida y consuelo,
y el camino más seguro
para el cielo.
Quien se deje engolosinar por la Madre Teresa seguirá su doctrina y volcará su alma y su persona entera en la siguiente entrega personal:
Vuestra soy, pues me criastes,
vuestra, pues me redimistes,
vuestra, pues que me sufristes,
vuestra, pues que me llamastes,
vuestra, porque me esperastes,
vuestra, pues no me perdí:
¿qué mandáis hacer de mí?
Las golosinas de la Madre Teresa no son para debilitar o aniñar a las almas sino para fortalecerlas y robustecerlas en el seguimiento de Cristo y en el cumplimiento de la voluntad divina, haciendo que el querer del Señor sea el alimento y la alegría de la existencia, pues, como dirá Teresa «es oliva preciosa la santa cruz, que con su aceite nos unta y nos da luz» (P 8: «En la cruz está la vida»).
Capítulo 6. Los refranes de la Madre Teresa
Apertura
Antes de comenzar a dar cuerpo a este tema del refranero teresiano, me he dado un gran banquete, repasando los 65.083 refranes recopilados por Luis Martínez Kleiser en su Refranero general ideológico español, Madrid 1986; igualmente he repasado en el Teatro universal de proverbios, de Sebastián de Horozco, los 3.146 refranes, Salamanca 1986 (nueva edición). Tengo conmigo también el simpático libro del tiempo de la Santa, Dos refraneros del año 1541, publicados nuevamente por Juan Bautista Sánchez Pérez, Madrid 1944, con sus doce capítulos con refranes glosados en la primera parte del libro; y en la segunda parte con los refranes que recopiló Íñigo López de Mendoza por mandato del rey don Juan, Valladolid 1541.
Una vez más me convenzo de la sabiduría que encierran los refranes, de los que podemos echar mano para condimentar nuestras conversaciones y concluir hasta alguna discusión. En el estudio preliminar de L. M. Kleiser se dice que en realidad, con solo contadas excepciones, los refranes son evangelios chiquitos, y por eso se asegura que los refranes no engañan a nadie.
En busca del refrán
Buceando por las obras de santa Teresa me he encontrado con unos cuantos refranes, que quiero presentar o glosar. Creí que iban a ser más numerosos, pero habré de contentarme con los que he encontrado, aunque más de uno se me habrá escapado.
Hacer de la necesidad virtud
Anda la Santa comentando la primera petición del Padrenuestro: «Sea hecha tu voluntad y como es hecha en el cielo, así se haga en la tierra». Y se encuentra con personas que no osan, que no se atreven, a pedir trabajos o sufrimientos al Señor porque piensan y temen que se los va a dar enseguida. Y les pregunta qué es lo que dicen cuando suplican al Señor que cumpla su voluntad en ellos, o es que lo dicen por decir lo que todos, mas no para hacerlo. Y esto no estaría bien. Y cambiando de registro, añade: «Ahora quiero llevar por otra vía. Mirad, hijas, ello se ha de cumplir, que queramos o no, y se ha de hacer su voluntad en el cielo y en la tierra; creedme, tomad mi parecer, y haced de la necesidad virtud» (CV 32, 2-4).
Y en una carta al padre General de la Orden, de 1576, le dice: «Yo soy siempre amiga de hacer de la necesidad virtud, como dicen, y así quisiera que cuando se ponían en resistir (a los visitadores: a Gracián) miraran si podrían salir con ello» (Cta 102, 6).
A falta, como dicen, de hombres buenos...
Santa Teresa solo inicia el refrán, no lo termina. El contexto en el que pronuncia este refrán es el siguiente: Habla de la fundación del convento de Soria en 1581 (F 30, 5-7). Uno de los padres que le acompañó fue el padre Nicolás de Jesús María (Doria), «hombre de mucha perfección y discreción», así lo califica. Hablando de la discreción de Doria que alaba, explica que era tan discreto «que se estaba en Madrid en el monasterio de los calzados, como para otros negocios, con tanta disimulación, que nunca le entendieron que trataba de estos, y así le dejaban estar. Escribíamos a menudo, que estaba yo en el monasterio de San José de Ávila, y tratábamos lo que convenía, que esto le daba consuelo». Y añade con gracia: «Aquí se verá la necesidad en que estaba la Orden, pues de mí se hacía tanto caso, a falta, como dicen, de hombres buenos». Aquí y así termina ella el refrán que concluye: «a mi marido le hicieron alcalde».
Mudar costumbre es muerte, como dicen
Se encuentra la Santa al principio de su priorato en la Encarnación de Ávila, adonde ha ido por obediencia; cuando escribe en carta a doña Luisa de la Cerda, contándole cómo va la comunidad de 130 monjas, y dice: «Con todo gloria a Dios hay paz, que no es poco, yendo quitándoles sus entretenimientos y libertad; que aunque son tan buenas –que cierto hay mucha virtud en esta casa–, mudar costumbre es muerte, como dicen» (Cta 38, 4). Cuando añade: «como dicen» está evidentemente refiriéndose a un proverbio, a un refrán. En Kleiser se puede ver una buena serie de refranes parecidos a este, el primero de los cuales, bajo el epígrafe «arraigo de las costumbres», es precisamente: «Mudar de costumbre, par es de muerte». Y en uno de los refraneros de 1541 se hace este glosa: «Lo que es muy usado está tan apegado a nuestras potencias y apetitos, que para desapegarlo es menester afligir nuestra persona, lo cual es quasi morir».
De los enemigos los menos
Curioso el contexto donde planta este refrán: V 20, 19. Habla de la oración infusa de quietud en la que queda cautiva la voluntad, mientras las otras dos potencias, la memoria y el entendimiento, no están quietas. Y el bullicio de las otras dos potencias le parece a la Madre:
[...] como el que tiene una lengüecilla de estos relojes de sol, que nunca para; mas cuando el Sol de justicia quiere, hácelas detener. Pero, aunque estas potencias, memoria y entendimiento, tornen a bullirse, queda engolfada la voluntad, hace como señora del todo aquella operación en el cuerpo. Porque ya que las otras dos potencias bullidoras la quieran estorbar (de los enemigos los menos), no la estorban también los sentidos. Y así hace que estén suspendidos, porque los quiere así el Señor.
En el Teatro universal de proverbios, n. 657 aparece tal cual este refrán: De los enemigos los menos. Y lo glosa el autor:
Si tienes enemistad
y algunos por adversarios,
procura por amistad
por fuerza o sagacidad
hacer menos tus contrarios,
ganando de continuo amigos.
Que en cualquier tiempo son buenos
y quitarte de hadarios,
cuando de los enemigos
vienes a tener los menos.
Más vale al que Dios ayuda que el que mucho madruga
Este refrán se lo recuerda en 1571 (Cta 36, 1) a doña Catalina Balmaceda, que había pretendido con anterioridad entrar de monja carmelita; finalmente entró y profesó en 1573. En uno de los refraneros del año 1541 aparece tal cual y se le aplica esta glosa: «La industria y diligencia humana, poco hace sin el favor de Dios».
No estamos para coplas
Esta especie de proverbio lo usa aludiendo a los momentos más difíciles de su Reforma: El padre General, víctima de falsas informaciones contra su obra; Gracián, en peligro; y los cuatro para ella indispensables Pío V, Felipe II, el Nuncio Ormaneto y Gracián, a quienes espera en Dios, que les dé vida, al menos uno o dos años, para remediar los problemas que pesan sobre su obra. En este contexto le sale este refrán: No estamos para coplas (Cta 98, 12); no estamos para bromas. Es un refrán perfecto para momentos parecidos de la existencia.
Dejar a uno por necio
Está la Santa hablando de la diferencia que hay entre la oración de quietud y la de unión plena. En la primera, «si el entendimiento –o pensamiento, por más me declarar– a los mayores desatinos del mundo se fuere, ríase de él y déjele para necio» (CV 31, 10). Otra variante puede ser: enviaros han para simple (CV 22, 1). Está explicando cómo hay que tratar con el Señor en la oración, «que es bien estéis mirando con quién habláis, y quién sois vos, siquiera para hablar con crianza» (CV 22, 1). En el trato con los grandes de este mundo hay que conocer muy bien «el acatamiento» que hay que darles; «si no enviaros han para simple y no negociaréis nada» (CV 22, 1), es decir, os echarán fuera por tonto, por simplón.
Quien ha mal pleito, pónelo a voces
Comenta con mucha franqueza este dicho proverbial ante Diego Ortiz en una carta del 27 de mayo de 1571 (Cta 33, 1). Diego Ortiz se muestra exigente e insistente como si tuviera derecho «a ciertas misas cantadas en la iglesia de las carmelitas descalzas de Toledo con participación de la comunidad». La Madre no estaba de acuerdo y contesta:
Dice vuestra merced que me envió la que trajo (la carta) el padre Mariano, para que entendiese las razones que hay en lo que pide; y estoy desengañada de que vuestra merced las dice tan buenas y sabe tan bien encarecer lo que quiere, que las mías tendrán poca fuerza. Y así no pienso defenderme con razones, sino, como los que tienen mal pleito, ponerlo a voces, y darlas a vuestra merced con acordarle a que está más obligado siempre a favorecer a las hijas que son huérfanas y menores, que no a los capellanes.
Y termina con una ironía tremenda: «Pues, en fin, todo es de vuestra merced y tan suyo, y más el monasterio y las que están en él, que no los que, como vuestra merced dice, van con gana de acabar presto y no con más espíritu algunos de ellos». En Teatro universal de proverbios aparece este refrán: «quien mal pleito tiene a voces lo mete», y lo glosa de esta manera:
El que no puede salir
con su pleito con justicia,
procura de lo reñir
de dar voces argüir
con maldad y con malicia,
su injusticia sostiene
como quien dice al puñete
siempre la tela mantiene,
porque quien mal pleito tiene
a voces luego lo mete.
Quien mucho quiere apretar junto lo pierde todo (CV 31, 10)
Solemos decir quien mucho abarca poco aprieta. Y una vez más vuelve santa Teresa al tema de la oración de quietud y después de referir el refrán Dejar a uno por necio, comentado antes de modo que, como ella dice, «si quiere a fuerza de brazos» sujetar al entendimiento no ganará nada sino perderán entrambos, porque, como dicen, «quien mucho quiere apretar junto, lo pierde todo; así me parece será aquí». También este refrán se glosa en el Teatro universal de proverbios de la siguiente manera:
Hay hombres que se entrometen
en tantos y tales tratos
que después por más que aprieten
porque no los inquieten,
hacen mil malos baratos.
No conviene que se meta
el hombre en tanta burleta
pensando henchir el arca,
porque mientras más abarca
el hombre menos aprieta.
El peor ladrón es el que está dentro de casa (CE 14, 1; CV 10, 1)
En las dos redacciones del Camino repite este proverbio; y lo remata diciendo: «pues quedamos nosotras mismas». No hay que echarse a dormir, porque «será como el que queda muy sosegado de haber cerrado muy bien sus puertas por miedo de ladrones, y se los deja en casa».
De devociones a bobas nos libre Dios (V 13, 16)
Este deseo de santa Teresa, aunque no haya, según creo, pasado a la familia de los refranes, bien merecía haberlo hecho. Desde muy niña cultivaba sus devociones, muy aprobadas. Y confiesa: «Nunca fui amiga de otras devociones que hacen algunas personas, en especial mujeres, con ceremonias que yo no podría sufrir y a ellas les hacía devoción» (V 6, 6). Esta petición suya podría figurar en las letanías, además de ser un refrán perfecto.
En todas las cosas se gana mucho en mirar en los principios (Cta diciembre 1572)
Así le escribe a una pretendienta al hábito. Y esta sentencia debiera tener también carácter de refrán, a mi entender. Y no es solo en este punto en el que habla de los principios sino en otros varios, como el siguiente: «Todas las cosas son como se principian», y este otro: «Si los principios se yerran, todo va borrado», que escribe en referencia a la fundación de sus frailes en Salamanca (Cta 135, 12).
De señores a señores va mucho (Cta enero 1574)
«En el Carmelo de Medina va a entrar Jerónima de Quiroga, quien de acuerdo con su madre doña Elena proyecta fundar con su hacienda un colegio de doncellas dependiente de las carmelitas» (T. Álvarez). Santa Teresa teme que esta novedad vaya a ser un desacierto y trata de aconsejarse con los más autorizados de los dominicos, los jesuitas y otros. Y aludiendo al comportamiento del Visitador, comisario apostólico Pedro Fernández, lo alaba por santo y discreto y, fiándose de él, dice «de señores a señores va mucho». Suena, de hecho, como un refrán.
Tanto es lo de más como lo de menos, suelen decir (1M 2, 8)
Se sirve de este refrán al exhortar al fiel cristiano a que se ejercite en el conocimiento propio, y le significa lo importante que es este ejercicio espiritual, pero alerta para que no se exceda en esta meditación, sino que considere también la grandeza de Dios y en esa meditación y reflexión más positiva conocerá bastante mejor sus propias limitaciones y miserias. De aquí su refrán «tanto es lo de más como lo de menos», que dicho con otro refrán sería: «no hay que pecar ni por carta de más ni por carta de menos».
Tortas y pan pintado (Cta diciembre 1575 a T. Gracián)
Santa Teresa escribió acerca de Jerónimo Gracián, hermano de Tomás: «Nuestro padre está muy contento con las persecuciones que ahora tiene. Pues son tortas y pan pintado para las muchas que le han de venir». Y la Santa acertó en pleno. En el Teatro universal de proverbios hay un refrán parecido «todo es migas y pan pringado», con esta glosa:
Si tu siendo pecador
trabajos acá padeces,
pero tú no eres mejor
antes cada día peor
ninguna cosa mereces.
No son nada tus fatigas
en respecto del pecado
y lo que por él te obligas
y todo lo de acá es migas
y tortas y pan pringado.
El refrán corriente dice «pan pintado», queriendo significar que lo que se dice con esta locución verbal: «no ofrece dificultad», o dicho «de un daño, de un trabajo, de un disgusto, de un gasto, de un desacierto, etc.: ser mucho menor que otro con que se compara»; en este caso, que el destinatario va a tener muchas más pruebas y persecuciones que las habidas hasta aquí.
A banderas desplegadas
El uso de esta expresión para la Santa era un refrán al añadir, «como dicen». Lo usa en carta a Jerónimo Gracián del 13 de diciembre de 1575 (Cta 162, 3), agradeciéndole una misiva sobre las dificultades y problemas de la Orden. Y le dice:
En fin, mi padre, le ayuda Dios y enseña a banderas desplegadas, como dicen; no haya miedo que deje de salir con gran empresa.
Ya el Diccionario de la lengua recoge esta locución adverbial diciendo: «Abierta o descubiertamente, con toda libertad».
El mejor negociar es callar y hablar con Dios (Cta 189, 5)
Este consejo teresiano es fruto de la prudencia de la Santa que conociendo el temperamento del arzobispo de Toledo, Gaspar de Quiroga, recomienda al padre Ambrosio Mariano que, una vez que ya el arzobispo sabe que quieren que les dé licencia para fundar en Madrid, lo mejor es callar y hablar con Dios. Y ese es el mejor negociar; así se lo aconseja la monja tan experta en negociar.
Las cosas sin tiempo nunca tienen buen suceso
Gran negociadora, llena de prudencia y sagacidad y saber esperar, llega a echar en cara a Ambrosio Mariano: «¡Oh, mi padre, y qué mal saben hacer estos negocios!, que aquello (de Salamanca) que estaba hecho si se supiera guiar, y no ha servido sino de infamar a los descalzos» (Cta 194, 2). Y acto seguido le lanza esta advertencia que viene a ser un buen refrán.
No se halla mujer sin achaque
Escribiendo a Ana de San Alberto, priora de Caravaca, que, según parece, se mostraba un tanto dubitativa acerca de dar o no la profesión a algunas candidatas al Carmelo. Teresa, bien experta en este orden de cosas, la asegura diciéndole: «Si esas le contentan (digo, las hijas de la vieja) no tienen más que hacer que darles profesión, aunque tengan algún achaque, que no se halla mujer sin él» (Cta 200, 8).
Concluyendo
Con refranes o sin ellos la Madre Teresa participaba de la sabiduría de su pueblo. Alguien la llamó «quijotesa a lo divino» (Unamuno) y apuesto a que en su trato con los no pocos sanchopanzas con que tuvo que habérselas en sus fundaciones le gustaba oír de la boca de ellos uno y otro refrán. En esto se parecía menos a don Quijote que ya estaba harto de los refranes que le «encajaba, ensartaba, enhilaba» Sancho en aquellas letanías de los mismos. Y que tuvo que aconsejarle para que supiera comportarse de gobernador en la ínsula Barataria: «Sancho, no has de mezclar en tus pláticas la muchedumbre de refranes que sueles; que puesto que los refranes son sentencias breves, muchas veces los traes tan por los cabellos que más parecen disparates que sentencias» (2ª parte, c. 43).
Por otra parte, santa Teresa debió usar, naturalmente, muchos más refranes hablando que escribiendo. Estos pocos que he podido comentar son unos simples ejemplos. La Santa llamaba a san Juan de la Cruz mi Séneca, por lo sentencioso que era en sus conversaciones y sospecho que entre ellos sonaría más de un refrán de los buenos. Quienes escriben tan alta y lindamente de doctrina y experiencia místicas, no desdeñan el refranero y ahí está la Biblia con el Eclesiastés, por ejemplo.
Capítulo 7. Santa Teresa y los niños
Hace unos años escribí un libro que se titula Santa Teresa de Jesús, hija y doctora de la Iglesia, 2004. En ese libro santa Teresa contaba su vida a los niños, la obra lleva unas ilustraciones preciosas de Augusta Curreli. No sé si logré de verdad que santa Teresa hablase a los niños y si los niños entendieron aquel lenguaje de la Madre. Lo cierto es que en la vida de esta gran mujer se cuentan no pocos casos en los que se la veía rodeada de niños a los que atraía como una madre, y diré más, como una verdadera abuelita.
Gonzalito, sobrino de la Santa
Se trata de Gonzalo de Ovalle, hijo de Juana, hermana de Teresa. Cuando este crío tenía cuatro o cinco años, un buen día, estando en Ávila, apareció «al parecer de todos muerto, porque ninguna señal tenía de vida, sino que poniéndole en pie se caía alzándole algún brazo, lo mismo» (BMC 2, 352-353). Su padre Juan de Ovalle comenzó a dar voces. Lo oyó santa Teresa «y comenzó a decir que callase, por amor de Dios, no le oyese doña Juana, diciéndole a él que se entrase en un aposento y callase. Y ella tomó al niño en sus brazos, que se veía muerto [...]. Entróse la dicha santa Madre con el niño en un aposento, cerró la puerta, quedándose sola con él, y estuvo espacio de media o una hora, y al cabo de este tiempo, salió con el niño del aposento, trayéndole de la mano bueno, y lo estuvo siempre después. Su madre doña Juana dijo a la santa Madre: “Hermana, ¿qué es eso? El niño era muerto”. Y ella sonrió, diciendo: “Calle, no dé en eso”. El mismo niño después de hombre decía a la santa Madre, su tía, que le encomendase mucho a Dios, que le debía el cielo, pues le había sacado de él» (BMC 2, 352-353). Así lo cuenta la hermana Teresa de Jesús, la ecuatoriana, hija de Lorenzo de Cepeda; y este parece el relato más exacto de lo sucedido, frente a otras explicaciones más enrevesadas y preternaturales.
Noticias de otro hermanito del anterior
El 4 de septiembre de 1561 Juana de Ovalle dio a luz a otro niño. Santa Teresa quiso que se le bautizara el día 12 del mismo mes y que se llamase José. La santa Madre tomaba en sus brazos muchas veces a este bebé, diciéndole: «José, plegue a Dios que si no has de ser muy santo que Dios te lleve así angelito» (BMC 2, 339). Teresita, la otra sobrina de la Madre Teresa sigue contando: «Fue así que desde ahí a algunos meses, que aun no fue año, le dio un mal al niño que entendieron se moría, y estando un día juntas las dos hermanas con el niño, la dicha santa Madre lo tomó y se sentó con él, y echándole su velo encima del rostro, y estándole mirando, se le encendió el rostro a la santa Madre, y se quedó como en éxtasis, sin moverse, y la dicha doña Juana, aunque vio que el niño se moría, se estuvo queda sin hablar a su hermana, sino mirando en qué paraba aquello, y estuvo mucho rato así; y volviendo en sí la santa Madre, callando, se levantó con el niño para entrarse en otro aposento, sin decir a su hermana cómo era muerto; la cual, entendiendo que lo era, dijo a la santa Madre la señora: “¿Dónde va que ya entiendo cómo es muerto el niño?”. Respondió la santa Madre: “Es verdad, mas dé gracias a nuestro Señor, que le prometo es para alabar a Dios ver un alma de estos niños ir al cielo, y la multitud de ángeles que vienen por él”, y contóle lo que había visto» (BMC 2, 337-338).
¡Qué lindo está esto!
Sea como flor infantil lo siguiente: estaba un día la Madre fundadora con otra religiosa a la reja de la iglesia de su convento de Toledo; se oyeron unos pasitos presurosos de alguien que entraba y la voz de una niña que dijo toda alegre: «¡Bendito sea Dios, qué lindo está esto!». Teresa se emociona y dice a la compañera: «Ahora doy por bien empleado cuanto he trabajado en esta casa, por sola esta alabanza que a Dios dio esta niña» (BMC 18, 306). Teresa escribe tantos «benditos» en sus libros que no es extraño que se alegrase tanto ante la admiración y bendición de aquella criaturita.
El antiguo cronista de la Orden recogiendo este dato escribía todo emocionado: «En medio de las turbaciones y consuelos de aquel día, le dio el Señor a nuestra gloriosa Madre uno muy crecido, por medio de un niño, que estando en la iglesia y viéndola aseada, dijo en voz alta:¡bendito sea Dios, y qué lindo está esto! Llenó tanto aquel enamorado corazón esta alabanza de su Esposo por boca de un ángel, que dijo a sus compañeras: por solo este acto de gloria que ha hecho este angelito, doy por bien empleado el trabajo de esta fundación».
Pasa Martinico
Todavía en Toledo: a un sobrino nieto de Alonso Álvarez, fundador de las descalzas de Toledo, llamado Martinico, le quería mucho la Madre fundadora. El muchachillo la visitaba de vez en cuando. La Santa había advertido a las porteras del convento: «Siempre que acuda Martinico me llamen y no le despidan, porque me huelgo de hablarle, que es muchacho de muchas virtudes». Y añadía: «Es muy aficionado a la oración y a la pureza, y él me lo tiene dicho». Y ella le aconsejaba prudentemente: «Yo le he dicho que no tenga tanta oración, sino que estudie para que pueda servir mucho a nuestro Señor con las letras, que ha de ser luz de la Iglesia». Acertaba la Santa, Martinico regentaría las cátedras de Durando y la de Prima y murió en olor de santidad el 9 de octubre de 1625.
La familia Dantisco
Juana Dantisco, la madre del padre Jerónimo Gracián, visitó a la Santa en Toledo. Y estuvo allí tres días. Cuando refiere a Gracián la estancia de su madre en Toledo la califica como persona «de las mejores partes las que Dios le dio, y talento y condición, que he visto pocas semejantes en mi vida, y aun creo ninguna» (Cta 124, 2). Una de sus hijas, Juana, que desde 1567 vivía en el colegio de doncellas nobles de la capital, estuvo con su madre a ver a la Santa y esta califica a la muchacha «de harto bonita y me hace gran lástima verla entre aquellas doncellas, porque en hecho de verdad, según decía, tienen más trabajo que acá; y de buena gana le diera yo el hábito con el mi angelito de su hermana (Isabel), que está que no hay más que ver de bonita y gorda» (Cta 124, 4).
En Malagón
Escribiendo santa Teresa acerca de la fundación de Malagón, dispuestas ya para celebrar la inauguración el día 11 de abril escribe la Santa en el libro de Las Fundaciones:
Día de Ramos de 1568, yendo la procesión del lugar por nosotras, con los velos delante del rostro y capas blancas, fuimos a la iglesia del lugar, adonde se predicó, y desde allí se llevó el Santísimo Sacramento a nuestro monasterio. Hubo mucha devoción a todos» (F 9, 5).
Aunque no lo cuente la Madre, en el Libro de Profesiones de la comunidad se dejó constancia de cómo «cuando vinieron con la procesión a colocar el Santísimo Sacramento, trajo la Santa desde la fortaleza a una niña de la mano, hija del corregidor de la villa, y pasándole la mano por el rostro le dijo: “Mira que has de ser aquí monja”». Y así sucedió, profesando en 1593.
Otras profecías vocacionales
Otros ejemplos de profecía vocacional se dieron en la vida de la Madre. En la vida de san Juan Bautista de la Concepción, uno de sus hermanos cuenta lo siguiente: «Se acuerda que la santa Madre estuvo en su casa (en Almodóvar del Campo) por dos veces. Y que estando un día con sus padres hizo llamar allí a todos los hijos, que eran ocho, y estando todos juntos en su presencia, alzó el velo y los fue mirando a cada uno de por sí; y luego le dijo a su madre: vuestra merced, patrona, tiene aquí entre estos ocho, dos, que el uno de ellos ha de ser muy gran santo, patrón de muchas almas y reformador de una grandiosa cosa que se verá. Luego alzó la mano derecha y se la puso a este testigo en el hombro y le dijo: “Santico, mire que ha de tener mucha paciencia, que ha de tener muchos grandes golpes en este valle de lágrimas; ¿qué me responde? El tiempo dirá, que después de muerto uno de los ocho que están aquí, se verá en cabo de cinco años quién ha sido”»[12].
Con Hernando y Juanillo
En la fundación de Palencia encontramos una historia deliciosa entre santa Teresa y dos pequeñuelos, hijos de Suero de Vega y Elvira Manrique de Córdoba. El matrimonio «tenía sus horas de oración mental, comulgaban cada ocho días y hacían muchas limosnas». Debemos al padre Gracián la noticia de cómo se divertían con la Santa Hernando y Juan (Juanillo), hijos de este matrimonio «que eran de tres o cuatro años, cuando todas las veces que la Madre venía a Palencia y ellos podían se le metían debajo del escapulario, diciendo a su madre, doña Elvira, que qué olores traía aquella señora monja, que cuando se ponían allí dentro, olía tanto que no quisieran salir de ella»[13]. Uno de los días en que Juanillo jugaba todo contento con la Santa, esta dijo a la madre: «Señora, este niño le quiero yo para mi religión». Y se cumplió esta voluntad: se hizo carmelita con el nombre de fray Juan de la Madre de Dios.
Echando bendiciones
El 13 de febrero de 1580, salía santa Teresa de Malagón con las monjas que iban a fundar en Villanueva de la Jara. Fueron haciendo varias escalas antes de llegar el 21 de febrero a Villanueva. En uno de los puntos, Fuente el Fresno-Villarrubia, lo cuenta Ana de San Bartolomé, la secretaria de la Madre: «Estaba allí un labrador muy rico; en casa de este la tenían aparejado gran colación y comida, y juntó sus hijos y yernos que los trajo de otros lugares para que les echase la bendición. Y no paró en esto la devoción de esta buena gente, sino que el ganado también tenían junto para que le bendijese» (BMC 2, 300). Ni san Antón en el día de su fiesta.
Una turba de niños
Después de la visita al convento de los carmelitas descalzos de La Roda, siguieron hasta Villanueva. Y sigue contando la secretaria: «Buen rato antes que llegásemos al lugar salieron muchos niños con gran devoción a recibir a la santa Madre, y en llegando el carro donde iba, se arrodillaban, y descaperuzados iban delante de ella, hasta que llegaron a la iglesia adonde nos apeamos» (BMC 2, 301). La Madre tuvo que esperar hasta la hora de la misa en la casa de Miguel de Mondéjar con otras siete monjas. Acudió allí el doctor Ervías y una niña llamada Inés de Loaysa. Al preguntar uno de los presentes si aquella niña de 12 años sería monja en su día, la Madre contestó: «Sí, lo será». Una de las hijas de Miguel de Mondéjar, Apolonia, que fue después carmelita descalza con el nombre de Josefa de la Encarnación, informa: «Posaron en casa de mi padre, y estando delante de nuestra Santa yo y otras dos hermanas, nos dijo que habíamos de entrar monjas y profesar en aquel convento. Y diciéndole mi padre que la mayor podría ser que lo fuese, respondió la Santa: “¿La mayor no más?; todas lo han de ser, como he dicho, y en esto no hay que dudar”. De allí a cuatro o cinco años entró la hermana mayor, que se llamó Isabel de Jesús, y luego en profesando entró Francisca de San Eliseo. Josefa se resistió más que las otras porque quiso casarse y tuvo mucha gana de ello, por haberle salido muchos casamientos, por ser como era su padre muy rico» (BMC 20, 475).
Otra nena
Caso también muy simpático el de Elenita, hija de doña Catalina de Tolosa, en la fundación de Burgos. El 23 de febrero de 1581 se trasladaron las monjas de su casa al Hospital de la Concepción. La Santa preguntó a la niña si quería acompañarla; y ella se preparó para la marcha con las monjas. Doña Catalina le dijo: «¿Así se van las doncellas de la casa de sus padres?». La niña, que tenía unos doce años, respondió: «Envíame a llamar nuestra Madre fundadora, y no puedo menos de ir; y su madre la dejó en paz». La mencionada secretaria de la Santa asegura que «aquel llamamiento era como el del Señor a sus apóstoles»[14]. El caso es que fue una de las primeras que entraron en el convento de Burgos.
Aparte de todos estos relatos con niños y niñas, ya buenos estudiosos han señalado «la fascinación que sobre sus hermanitos ejerció la Santa en su infancia, impulsando a uno de ellos a tomar el camino hacia el martirio y persuadiendo a otro a que se metiera fraile».
Más de la familia
Muy notable fue también la solicitud tierna y maternal que tuvo con Gonzalito y Beatriz, hijos de su hermana Juana, y con sus sobrinitos, los de su hermano Lorenzo. E incluso el afecto sincero que llegó a cobrar a la niña que su sobrino Lorenzo (siendo soltero) dejó en España, al volver para las Indias, y de la que dice en carta del 15 de diciembre de 1581: «No la puedo dejar de allegar y querer mucho. Para ser tan chica, es cosa extraña lo que se parece a Teresa (la hija de Lorenzo) en la paciencia». Por lo que se refiere a los hijos de su hermano Lorenzo, ya se anda preocupando por la educación de esos niños en 1570 y, estando todavía su hermano en Quito, le escribe: «Olvidóseme de escribir en estotras cartas el buen aparejo que hay en Ávila para criar bien esos niños. Tienen los de la Compañía un colegio, adonde los enseñan gramática, y los confiesan de ocho a ocho días, y hacen tan virtuosos que es para alabar a nuestro Señor» (Cta 24, 8). Cuando estaba ya en España Lorenzo con sus hijos, siempre preocupada por el bien de los muchachos, vuelve a escribir al padre: «No querría vuestra merced olvidase esto, y por eso se lo pongo aquí. Yo tengo gran miedo que, si no hay desde ahora gran cuenta con esos niños, que se podrán presto entremeter con los demás desvanecidos de Ávila, y es menester que desde luego vuestra merced los haga ir a la Compañía (que yo escribo al rector como vuestra merced ahí verá), y si al buen Francisco de Salcedo y al maestro Daza les pareciere, pónganse bonetes» (Cta 113, 1).
¿Un paje?
En otra carta habla del paje que para estos niños había propuesto el padre Báñez, aunque la Santa dice: «para lo que han menester los niños, un paje les viene ancho» (Cta 98, 5), y ya quiere que ese paje estudie con sus sobrinos en el colegio de la Compañía; y así ese niño tendrá de quien aprender virtud. Todavía la vemos dando este consejo a Lorenzo: «No hay ahora para que se paseen esos niños sino a pie; déjelos estudiar» (Cta 113, 3).
En Tordillos (Salamanca)
Contando la fundación de Alba de Tormes tiene la Madre unas observaciones muy atinadas sobre el tema de la educación. Se lamenta de que por mantener puntos de honra los padres de Teresa de Láiz vivieran en Tordillos a dos leguas de Alba, y dice: «Es harta lástima que, por estar las cosas del mundo puestas en tanta vanidad, quieren más pasar la soledad, que hay en estos lugares pequeños, de doctrina y otras muchas cosas, que son medios para dar luz a las almas, que caer en un punto de los puntos que, esto que ellos llaman honra, trae consigo» (F 20, 2).
Cerrando
Teresa de Jesús, sabiendo por experiencia propia lo que vale la instrucción y formación de la persona desde la infancia, se prodiga en cuidados y consejos para que sus sobrinos estudien en buenos centros, en el Colegio de la Compañía. Este deseo de que se promueva esa atención a todos los niños era un deseo general en ella. Y no es pequeña muestra de esta su voluntad lo que organizó en Malagón: «Dejamos concertado se traiga una mujer muy teatina, y que la casa la dé de comer (como hemos de hacer limosna, que sea esta), y que muestre a labrar de balde muchachas, y con este achaque que las muestra la doctrina y a servir al Señor, que es cosa de gran provecho» (Cta 8, 6).
Capítulo 8. Doncellitas en los conventos teresianos
En algunos de los conventos fundados por santa Teresa entraron algunas niñas de pocos años: ocho o nueve años. En las Constituciones primitivas de sus monjas no se dice ni una palabra sobre este hecho. En las Constituciones del capítulo de Alcalá de 1581 se manda que no se dé el hábito a ninguna aspirante antes de los 17 años.
Por el epistolario de la Santa vemos que tenía que pedir permiso a los superiores para poder recibir a estas niñas. Escribe al padre Gracián, como visitador provincial: «Antonio Gaytán ha estado aquí: Viene a pedir se le reciba en Alba su niña, que debe de ser como la mi Isabelita de edad. Escríbenme las monjas que es en extremo bonita. Su padre le dará alimentos y después todo lo que tiene fuera del vínculo. Que dicen serán seis o setecientos ducados y aun más; y lo que hace por aquella casa y ha trabajado por la Orden no tiene precio» (Cta 205, 1).
El interés que tiene por alcanzar el permiso le hace decir: «Suplico a vuestra paternidad no me deje de enviar la licencia por caridad, y presto; que yo le digo que nos edifican estos ángeles y dan recreación. Como hubiese una en cada casa y no más, ningún inconveniente veo sino provecho». Así pensaba la Madre, pero en 1583, ya muerta ella, el Capítulo de los descalzos prohibió que se recibiesen niñas en sus conventos.
¿Cuántas fueron?
Las que la Santa había recibido en sus conventos fueron cuatro: Teresita, hija de su hermano Lorenzo de Cepeda, Isabel Gracián, hermana de Jerónimo Gracián, Casilda de Padilla y Mariana Gaytán.
Isabel Gracián
En la visita ya descrita que hizo doña Juana Dantisco a la Madre en Toledo, habla de Isabel Gracián, y dice «que está que no hay más que ver de bonita y gorda. La señora doña Juana no acaba de espantarse de verla [...]. Es toda la recreación que acá tengo» (Cta 124, 4). Y no hace más que elogiarla: «¡Oh, qué hermosita se va haciendo! ¡Cómo engorda y qué bonita es! Dios la haga santa» (Cta 124, 16).
A esta Isabel de Jesús (Dantisco) le cuelga como un collar de elogios, de alabanzas diciendo: «está muy bonita»; «la mi Isabel está buena y bien agradable», y «es toda nuestra recreación»; «la nuestra Isabel está hecha un ángel. Es para alabar a Dios la condición de esta criatura y el contento»; «mi Isabel está cada día mejor»; «mi Isabelita está muy buena»; «mi Isabel de Jesús me escribe ya, y todas no acaban de estar contentas con ella, y con razón»; «hallé a mi Isabel muy gordita, con unos colores que es para alabar a Dios»; «de la mi Isabel de Jesús me escriben cosas que es para alabar a Dios».
Ya se ve el afecto de la Madre para esta criatura, a la que llama unas veces «la mí» y otras «la nuestra» Isabel. Era su recreación, su juguete, si se nos permite.
En 1577 escribe todavía la Madre acerca de Isabel Dantisco, su «mi Bela»:
Es extraña la habilidad de esta criatura, que con unos pastorcillos malaventurados y unas monjillas y una imagen de nuestra Señora que tiene, no viene fiesta que no hace una invención de ello en su ermita o en la recreación, con alguna copla, a que ella da buen tono, y la hace, que nos tiene espantadas (Cta 175, 6).
En diciembre de 1576 escribe la fundadora a Gracián y le habla de su hermanilla:
Mi Isabel está cada día mejor. En entrando yo en la recreación, como no es muchas veces, deja su labor y comienza a cantar: “La Madre fundadora / viene a la recreación / bailemos y cantemos / y hagamos el son”. Esto es un momento: Y cuando no es hora de recreación, en su ermita tan embebida en su Niño Jesús y sus pastores y su labor, que es para alabar al Señor, y en lo que dice que piensa (Cta 169, 1).
Mariana Gaytán
Fue admitida en Alba de Tormes en 1577. Se cuenta que cuando entró de niña en Alba era tan pequeña que la metieron por el torno. «Cuando se ponía triste o hacía alguna travesura, la Santa la solía amenazar diciéndole cariñosamente que la iban a despachar las monjas. Y como ya iba creciendo bastante, ella replicaba con sus más o menos de gracia y de burla: “Sea muy enhorabuena, si me sacan por donde me metieron”».
Allí estaba cuando llegó la Santa en su último viaje a Alba; Mariana, la víspera de la muerte de la Santa, andaba «revolviendo entre sí, que si la Santa se moría, no le darían la profesión. La enferma, penetrando en su interior y acariciándole el rostro con la mano, le dijo: “No tenga pena, hija, que aquí ha de profesar”». Y de hecho profesó el 13 de diciembre de 1585. Murió en Tarazona, donde había ido a fundar. En 1612 fue nombrada priora de esa casa, muriendo allí el 13 de diciembre de 1615. Declara en el proceso de canonización de santa Teresa el 1 de abril de 1592.
Casilda de Padilla
De ella habla santa Teresa en el libro de Las Fundaciones, capítulos X y XI. Ingresó en Valladolid en 1573, todavía niña. Profesó en 1577. Por injerencias de su madre salió en 1581, retirándose, finalmente, a las concepcionistas de Madrid. Declaró en el proceso de la Santa de 1610. En su respuesta a la pregunta 51 declara que tuvo tan estrecho trato con la Santa, «que siendo de pequeña edad la abrigaba la Santa y dejaba adormecer en su regazo» (BMC 20, 416).
Teresa de Cepeda: Teresita
Hemos hablado de Isabel Dantisco, Mariana Gaytán y Casilda de Padilla, que tenían encantada a la Madre Teresa con la inocencia de su vida y la gracia cuasi infantil con que alegraban los conventos de Toledo, Alba de Tormes y Valladolid. No fueron las únicas, aunque a la Santa le hubiera gustado que hubiera una en cada convento. Nos queda por ver a una sobrina carnal de santa Teresa.
Se encuentra santa Teresa en Sevilla y el 12 de agosto de 1575 le llega la noticia del arribo de su hermano Lorenzo a Sanlúcar de Barrameda. Viene de Ecuador con tres hijos: Francisco, Lorenzo y Teresita. Enseguida les escribe y envía algunas cosillas. A los pocos días llegaron a Sevilla. Dando noticias a María Bautista, su sobrina, de la llegada de los suyos de las Américas, dos semanas después, ya se refiere nominalmente a Teresita, que tiene ocho o nueve años «harto bonita y hermosa» (Cta 88, 2).
Y ya comienza a pensar en meterla en el convento de Sevilla, y cuando escribe al padre Gracián el 27 de septiembre ya se encuentra la chiquilla en el convento. Antes ha consultado la Madre al doctor Enríquez, jesuita, y a un dominico llamado fray Baltasar. El jesuita le comunica que entre otras cosas que le enviaron del Concilio bien declaradas por una junta de cardenales estaba la siguiente: «Que no se puede dar hábito de menos de doce años, mas criarse en el monasterio sí» (Cta 89, 3). De igual parecer era el dominico consultado.
Aunque no se le pueda dar el hábito oficialmente ya como novicia, se lo dieron informalmente:
Ya ella está acá con su hábito, que parece duende de la casa, y su padre que no cabe de placer, y todas gustan mucho de ella; y tiene una condicioncita como un ángel, y sabe entretener bien en las recreaciones contando de los indios y de la mar mejor que yo lo contara. Holgádome he que no les dará pesadumbre. Ya deseo que vuestra paternidad la vea (Cta 89, 3).
Ha sido Gracián, en calidad de visitador de la Orden, quien ha dado el permiso para que la recibieran a sus nueve años. Y sigue diciendo: «Creo que se ha de servir (al Señor) de que esta alma no se críe en las cosas del mundo. Ya veo la caridad que vuestra paternidad me ha hecho, que, dejado de ser grande, el ser de manera que no quede con escrúpulo ha sido muy mayor» (ib).
En el viaje que emprende la Madre desde Sevilla a Malagón y Toledo lleva consigo a la sobrina ecuatoriana de la que dice: «Teresa ha venido dando recreación por el camino y sin ninguna pesadumbre» (Cta 108, 8). Y escribiendo a María de San José a Sevilla vuelve a hablar de la muchacha: «Teresa ha venido, especial el primer día, bien tristecilla; decía que de dejar a las hermanas» (Cta 109, 3). Ahora «no la escribe porque está ocupada; dice ella que es priora, y se le encomienda mucho». Ya podemos pulsar el cariño de la Madre, que se fija en todo lo que dice, lo que hace y lo que siente la sobrina.
Y Jerónimo Gracián en sus Escolias a la vida de santa Teresa, del P. Ribera, ofrece esta deliciosa estampa de Teresita:
Esta niña entretenía a la Madre y le daba recreación, porque le contaba de la mar del Sur y de las tormentas que habían pasado y hablaba la lengua india, con que la Madre estaba la boca abierta gustando mucho de oírla. Parécese mucho en el rostro a la Madre y mucho más en las obras, porque siendo de esta edad comenzó a dar muestras de tanta perfección y desasimiento de todas las cosas criadas, que habiéndola un día dado su padre unas sortijas de vidrio o azabache, diciendo yo que ¡buena cosa es tener curiosidades una monja descalza!, dióle un gran llanto, y tomó las sortijas e hízolas pedazos entre una piedra.
En otra carta dirá la Santa a María de San José que se queda por ahora en Toledo, «que antier se fue mi hermano e hícele llevar a Teresa, porque no sé si me mandarán que vaya con algún rodeo y no quiero ir cargada de muchacha» (Cta 114, 1).
En carta de septiembre a Sevilla vuelve a decir: «A Teresa le va muy bien. Es para alabar a Dios la perfección que llevó por el camino, que ha espantado. No quiso dormir noche fuera del monasterio. Yo le digo que si lo trabajaron con ella, que las honra bien. Nunca acabo de agradecerlas la buena crianza que la hicieron, ni su padre tampoco. Rompí una carta que me escribió que me ha hecho reír [...]. Escríbenme que todavía tiene de Sevilla soledad y las loa mucho» (Cta 122, 11).
En su correspondencia la Santa sigue dando noticias menudas de la sobrina y opiniones sobre su modo de ser, como se puede ver por estas simples frases: «Pues Teresica, ¡las cosas que dice y hace!»; y otra vez: «¡Oh, pues Teresa, lo que ha hecho y dicho!»; disfruta con las cartitas que le escribe: «La carta de Teresica me ha caído mucho en gracia».
La Santa, cuando partió para la fundación de Burgos, llevó consigo a Teresica, «que me dijeron que la querían poner en libertad sus parientes y no la osé dejar» (Cta 432, 4).
¿Quién es la princesa?
Volviendo ahora al caso de Isabel Dantisco, ya referido, sucedía que, como era natural, las monjas de los conventos que conocían un poco a las dos muchachas se inclinaban por una o por otra. Y la Santa que también andaba en la discusión, aunque trataba de disimular, como parte interesada, por aquello del parentesco con Teresita, pinta la cosa con una gracia extraordinaria. Contestando a una carta de María de San José le dice: «Donosa está en no querer que sea otra como Teresa». Y tratando de derribar esa pretensión, replica:
Pues, sepa, cierto, que si esta mi Bela tuviera la gracia natural que la otra y lo sobrenatural (que verdaderamente veíamos obraba Dios algunas cosas en ella), que el entendimiento y habilidad y blandura, de que se puede hacer de ella lo que quisieren, que lo tiene mejor. [...] Solo tengo un trabajo: que no sé cómo le poner la boca, porque la tiene frigidísima y se ríe muy fríamente, y siempre se anda riendo. Una vez la hago que la abra, otra que la cierre, otra que no se ría. Ella dice que no tiene la culpa, sino la boca, y dice verdad. Quien ha visto la gracia de Teresa en cuerpo y en todo, echarlo ha más de ver, que así lo hacen acá, aunque yo no lo confieso, y a ella se lo digo en secreto. No lo diga nadie, que gustaría si viese la vida que traigo en ponerle la boca. Creo, como sea mayor, no será tan fría; al menos no lo es en los dichos (Cta 175, 6).
Y después de esta presentación tan deliciosa y aguda, dice a la destinataria de Sevilla: «Hela aquí pintadas sus muchachas, para que no piense que le miento en que hace ventaja a la otra. Por que se ría se lo he dicho».
Teresita fue novicia en San José de Ávila, donde profesó, ya muerta la Santa, en noviembre de 1582. Murió en Ávila el 10 de septiembre de 1610, a la edad de 43 años. Declaró en el proceso informativo de Ávila de santa Teresa en 1596 (BMC 18, 189-198). Son preciosas sus declaraciones, de las que recordamos algunas acerca de su santa tía:
Tenía una afabilidad extraña; en toda ella mostraba un ser más que humano y una sencillez y nobleza, que decía algo con aquella primera inocencia.
En la fe la hizo Dios tanta merced, que no solo la tuvo grande, sino que jamás tuvo tentaciones contra ella. Tenía la tan arraigada en su alma, que la parecía que contra todos los herejes se pudiera a hacerles entender iban errados. Decía que las cosas de la fe, mientras menos las entendía, más las creía y mayor devoción le hacían. Y aunque siempre estaba con letrados, nunca preguntaba, ni aún lo deseaba saber, cómo hizo Dios esto, o cómo pudo ser; porque para ella no había menester más de: hízolo Dios todo, y con esto no tenía que espantarse sino que le alabar.
Procuraba todo lo que podía encubrir sus ejercicios, sin dar muestras exteriores de santidad ni composturas fingidas; antes tenía un exterior tan desenfadado y cortesano, que nadie por eso la juzgaba por santa; pero tenía en toda ella un no sé qué tan de sustancia, que hacía fuerza que creyesen y viesen los que la trataban, que lo era mucho sin diligencia suya. Nunca estaba ociosa, ni le faltaba en qué ejercitarse aun hasta las doce y la una de la noche.
Era lenguaje suyo muy ordinario: «o morir o padecer».
Capítulo 9. La andariega de Dios y sus viajes
Fémina inquieta y...
Un nuncio de malas pulgas, llamado Felipe Sega, calificó a santa Teresa de «fémina inquieta y andariega». Inquieta, sí, decimos nosotros, por hacer el bien y ayudar a los demás. Andariega sobre todo cuando, después de la fundación de su primer convento de San José en Ávila, se lanzó por la geografía española a levantar nuevos monasterios. Comenzó por Medina del Campo para acabar en Burgos, después de haber andado por Castilla-La Mancha, Andalucía, y varias ciudades castellanas: Valladolid, Salamanca, Palencia, Soria, Segovia, y por villas como Alba de Tormes, donde terminaron sus caminos y donde reposan sus restos.
Kilometraje
Con un cálculo bastante preciso creemos que la Santa desde 1567 a 1582 llegó a recorrer algo más de 7.000 km. Los kilómetros de entonces tenían los mismos metros que los de ahora, pero el recorrido era mucho más largo y penoso por la conformación de los caminos y los medios de trasporte.
¿Qué dice ella?
Ella misma como protagonista cuenta no pocas de las aventuras que le sucedieron durante aquellas travesías. Y lo cuenta casi siempre con su acostumbrada chispa y gracejo. «No pongo –dice– en estas fundaciones los grandes trabajos de los caminos, con fríos, con soles, con nieves, que venía vez no cesarnos en todo el día de nevar, otras perder el camino, otras con hartos males y calenturas» (F 18, 4).
Y los demás, ¿qué cuentan?
Otros de sus acompañantes se han ocupado de darnos más detalles relativos a esos desplazamientos fundacionales. El primer biógrafo Francisco Ribera, bien informado por testigos presenciales, trasmite: «Llevaba consigo agua bendita y algunas veces un Niño Jesús en los brazos. Con esto no le causaba el camino distracción, ni la hacía más el andar que el estar, ni los negocios que la quietud, ni los trabajos que el descanso [...]. Iba por el camino tan en oración y en la presencia de Dios que casi nunca la perdía y esto no como otras personas devotas, sino de un modo muy alto, que allá en lo más interior de su alma traía las Tres Personas Divinas»[15].
Y Jerónimo Gracián en las Escolias a la vida de santa Teresa del P. Ribera apunta:
Por los caminos en los carros llevaban su campanilla y tañían a su tiempo silencio y oración y a decir sus Horas como si estuvieran en convento. Era cosa de ver el cuidado de la Madre con todas las cosas necesarias para los que iban con ellas como si no pensasen en otra cosa y toda su vida hubiera sido arriero. Algunas veces llamaba a los que iban a pie y los consolaba y hablaba con tanta gracia que no se sentía el cansancio. Otras íbamos hablando de cosas de Dios, especialmente cuando caminaba en mula.
El mismo Gracián informa acerca de la Madre Teresa como amazona, si queremos hablar así: «Cuando caminaba en mula, se sabía tan bien tener en ella que iba tan segura como si fuera en el coche. Acaeció una vez disparar a correr la mula en que iba, alborotándose, y ella sin dar voces ni hacer extremos de mujer, la refrenó. Finalmente, parece que para todo le daba Dios gracia, y en especial para estos caminos que hacía tan enderezados a su honra y gloria»[16].
La tonadillera
Trataba siempre de hacer lo más alegre posible los viajes a cuantos iban con ella. María de San José contando las jornadas desde Beas a Sevilla escribe: «Todo se pasaba riendo y componiendo romances y coplas de todos los sucesos que nos acontecían, de que nuestra Santa gustaba extrañamente, y nos daba mil gracias porque con tanto gusto y contento pasábamos tantos trabajos»[17].
Con ella
Un recorrido con ella por algunos de sus caminos, atajos, vericuetos, será aleccionador, viendo cómo encaja situaciones de todas clases y cómo sabe contarlas más tarde, regalándonos ese su libro de Las Fundaciones.
A Medina del Campo
En la primera salida fundacional llega con su caravana el 13 de agosto de 1567 a Medina del Campo y anota: «Llegamos a las doce de la noche y a pie nos fuimos a la casa. Fue harta misericordia del Señor, que a aquella hora encerraban toros para correr otro día, no nos topar alguno; el Señor nos libró» (F 3, 7). No hizo falta ni siquiera echarles un capote ni invocar a san Fermín; los toros habían ido por otra calle.
En Puebla de la Mancha
Saliendo de Malagón (Ciudad Real) llegó Teresa con sus acompañantes a Puebla de la Mancha. Entraron en la iglesia del pueblo y los curas no les querían dar la comunión teniéndolas por gente de mala ley que andaba por los caminos haciendo fechorías; «y como la vieron recibir el Santísimo Sacramento, llegáronse a ella muy escandalizados que cómo y cómo había comulgado, que primero que de allí saliese harían probanza de quién era». Ella tan alegre al ver la opinión en que la tenían y no les respondió nada. Se armó un barullo tal que las echaron de la iglesia, «enviando personas con ella hasta cerca de Toledo, para ver qué gente era» (BMC 2, 298-299). Como quien dice, escoltadas por la policía local, y algún alguacilillo en compañía de gente honrada.
En El Tiemblo (Ávila)
Otra aventura de lo más simpática la que corrió en El Tiemblo al ir en 1569 camino de Toledo. Lo cuenta una abulense célebre, Isabel de Santo Domingo, nacida en Cardeñosa, que acompañaba a la Santa. Me gustaría transcribir la narración por entero; pero me contentaré con resumirla. Salió la Santa de Ávila con la mencionada Isabel, otra monja y el sacerdote abulense don Gonzalo de Aranda a últimos de marzo de 1569. La primera noche la fueron a pasar a El Tiemblo. Tuvieron que aposentarse en un mesón. Junto al aposento de las monjas estaba hospedado un caballero, que se encontraba fuera en el momento. La Santa preguntó si no podrían meter allí al cura Aranda. Accedió el mesonero y sacó las pertenencias del otro y las metió en otro cuarto. Acomodado don Gonzalo de Aranda en el nido ajeno, «el buen viejo se puso a rezar sus maitines». En medio del gran silencio de la noche llegó el caballero. Al enterarse «que le habían mudado el aposento, fue tanto su enojo que riñó mucho con el mesonero y le quería dar de cuchilladas». No había manera de apaciguarle y juraba «que había de matar al clérigo». Al fin le redujeron entre el mesonero y los mozos de mulas que iban en la comitiva. Al ruido, las tres monjas se asomaron a ver qué pasaba. Y dice la cronista: «Gonzalo de Aranda salía con una vela en la mano y el Breviario en la otra, que con sus canas parecía un san Pablo, y con mucha paz comenzó a decir: “¡Jesús Señor!, ¿qué es esto y qué agravio le hemos hecho a vuestra merced?”. El otro a quien tenían bien sujeto y asido el mesonero y los mozos forzudos le dijo tantas y tan malas palabras que él se santiguaba muy aprisa y optó por retirarse a dormir. Lo mismo hicieron las monjas echando algunas jaculatorias distintas de las que echaba el agraviado caballero. Al fin desapareció el hombre enfurecido, pero haciendo juramento que había de salir al camino a matar al clérigo. El resto de la noche se pasó en paz, aunque con algún sobresalto. Al día siguiente continuaron su camino y fueron comentando, entretenidas, la braveza del pobre hombre»[18].
La venta de Andino
Siempre el tener que acogerse a ventas y mesones, a veces en condiciones desastrosas, traía consigo situaciones embarazosas entre cómicas y penosas. Basta recordar su estancia en la venta de Andino yendo a la fundación de Sevilla. La víspera de Pentecostés, 21 de mayo de 1575, le dio «una muy recia calentura...; fue de tal suerte que parece tenía modorra, según iba enajenada. Ellas a echarme agua en el rostro, tan caliente del sol, que daba poco refrigerio».
La presencia de la calentura en este caso hace ver que no era literatura lo que le hemos oído al comienzo de estas páginas: tener que viajar con hartos males y calentura. Así las cosas, sigue contando: «no os dejaré de decir la mala posada que hubo para esta necesidad: fue darnos una camarilla a teja vana; ella no tenía ventana, y si se abría la puerta, toda se henchía de sol». Y después de meterse con el sol de Andalucía, continúa: «Hiciéronme echar en una cama, que yo tuviera por mejor echarme en el suelo; porque era de unas partes tan alta y de otras tan baja, que no sabía cómo poder estar, porque parecía de piedras agudas. En fin, tuve por mejor levantarme, y que nos fuésemos» (F 24, 8).
Con esta descripción ha quedado inmortalizada la famosa venta de Andino, unas cuatro leguas antes de Córdoba. María de San José, compañera de camino, habla también de la camarilla donde metieron a la Madre febricitante y dice: «Era un aposentillo, que creo habían estado en él puercos; tan bajo el techo, que apenas podíamos andar derechas y que por mil partes entraba el sol, que con mantos y velos reparábamos; la cama era cual nuestra Madre la significa en el libro de Las Fundaciones (24, 8), y solo esto echaba de ver y no la multitud de telarañas y sabandijas que había, y esto que estuvo en nuestra mano remediar se hizo»[19]. De esta venta y de otras parecidas, Julián de Ávila dice con su buen humor: «Lo bueno que tenían estas posadas era que no veíamos la hora de vernos fuera de ellas»[20].
Desorientadas en el camino
Lo de errar el camino también pasó más de una vez, por ejemplo, cuando en junio de 1568 se acercó a Duruelo con una compañera y Julián de Ávila. Querían ver qué posibilidades ofrecía una casa que un caballero ponía a su disposición para hacer allí el primer convento de frailes. Cuenta ella:
Aunque partimos de mañana, como no sabíamos el camino, errámosle. Y como el lugar era poco nombrado, no se hallaba mucha relación de él. Así anduvimos aquel día con harto trabajo, porque hacía muy recio sol. Cuando pensábamos estábamos cerca, había otro tanto que andar. Siempre se me acuerda del cansancio y desvarío que traíamos aquel camino. Así llegamos poco antes de la noche. Como entramos en la casa, estaba de tal suerte, que no nos atrevimos a quedar allí aquella noche, por causa de la demasiada poca limpieza que tenía, y mucha gente del agosto» (F 13, 3).
Hay quien piensa que «la gente del agosto» serían los piojos, esos bichitos hemípteros y anopluros, a los que ella en una de sus famosas poesías procesionales llama «la mala gente».
El viaje más peligroso
Seguramente que el viaje más peligroso fue el que la llevó a la fundación de Burgos, muy particularmente desde Palencia a Burgos. Ella menciona en el capítulo 31 de Las Fundaciones «un paso que hay cerca de Burgos, que llaman unos pontones, y el agua había sido tanta, y lo era muchos ratos, que sobrepujaba sobre esos pontones tanto, que ni se parecían ni se veían por dónde ir, sino todo agua, y de una parte y de otra está muy hondo. En fin, es gran temeridad pasar por allí, en especial con carros; que, a trastornar un poco, va todo perdido; y así el uno de ellos se vio en peligro» (F 31, 16).
Todos perdidos
Otro de esos viajes llenos de extravíos y pérdidas fue camino de Salamanca. El cronista es Julián de Ávila:
Era en tiempo de grandísimo calor, y así salimos tarde y hubimos de andar dos o tres leguas con mucha oscuridad, y llevábamos un jumento en que iban quinientos ducados para pagar la casa que se había mercado allí. Y el jumento se apartó del camino, de suerte que ninguno de los que allí íbamos le echamos de ver; y fue jumento que en toda la noche pareció. Y teniéndole ya por perdido, a la mañana volvió un hombre a buscarle y le halló, un poco apartado del camino, que nunca de allí se había meneado (BMC 18, 200).
Otro día fue peor porque no era el jumento el que se había perdido sino la Madre fundadora. Merece la pena leer el relato del mismo Julián de Ávila, aunque sea un poco largo. Cuenta:
Otra noche, por ser tiempo de tanto calor, nos fue forzado andar con noche muy oscura, y como íbamos gente de a pie y de a mula, y por malos caminos, apartáronse unos de otros, y yo, procurando recogerlos a todos porque fuésemos juntos, dije a la santa Madre que se detuviese ella y una monja que se llamaba doña Quiteria, de la Encarnación [...]. De manera que yo dije: «Quédense aquí, que era a la puerta de una casa de un labrador, y volveré a hacer andar a los que quedan atrás, porque nos juntemos y no vaya cada uno de por sí». Yo volví, y topando la gente íbamos juntos, y volviendo que volvía a buscar a la santa Madre, como hacía tan oscuro, nunca pude atinar a donde la había dejado, aunque era un lugar de pocos vecinos. Y como di muchas vueltas al lugar y no la hallé, dije a los demás: «Sin duda que se debió de ir el camino adelante con su compañera. Caminemos y alcancémosla». Anduvimos hasta alcanzar a otros de los nuestros con quien yo pensé se había ido, y como yo preguntase si iba allí la Madre, y me dijeron que no, Dios sabe lo que mi alma sintió de pena y parte de afrenta, pareciéndome que por mi mal recado la habíamos perdido. Vuelvo a gran priesa. Y tanta priesa me daba a vocear como a andar, para ver si me respondía. Andando lo que había andado muy buen rato, tópela, que venían ella y doña Quiteria con un labrador que, pagándoselo, las venía mostrando el camino. Ya con esto nos consolamos todos con llevar delante a nuestra fundadora. Y esto antes se pasaba en risa y entretenimiento que con pesadumbre ni disgusto, porque la daba Dios tanto ánimo para todo lo que se ofrecía, que era espanto (BMC 18, 200-201: declaración en el proceso de Ávila).
Julián de Ávila que lo cuenta, como ni el propio Cervantes, dice bonitamente: «De modo que nos hallamos todos con oscuridades, la de la noche y la de hallarnos sin nuestra Madre, que era muy mayor». Haberla perdido y no encontrarla era la mayor de las oscuridades.
De Soria a Segovia
Tremendo el viaje de Soria a Segovia en agosto de 1581: «Aunque quien iba con nosotros sabía el camino hasta Segovia, no el camino de carro. Y así nos llevaba este mozo por partes que veníamos a apearnos muchas veces, y llevaban el carro casi en peso por unos despeñaderos grandes. Si tomábamos guías, llevábannos hasta donde sabían había buen camino, y, un poco antes que viniese el malo, dejábannos, que decían tenían que hacer. Primero que llegásemos a una posada, como no había certidumbre, habíamos pasado mucho sol y aventura de trastornarse el carro muchas veces» (F 30, 13).
Medios de trasporte
Tema viajero de gran interés en la Vida de santa Teresa es el de los medios de trasporte de que se sirvió. Se enumeran los carros cubiertos, el coche de caballos o de mulas, la carroza, la litera. También tuvo que hacer un viaje de Medina a Ávila a lomos de un «jumento de aguador»; no fue esta la única vez que se sirvió de animal tan bíblico.
En los carros con sus monjas llevaba, en cuanto le era posible, como hemos dicho, la vida del convento: sus rezos, horas de oración, horas de silencio; todo mirando el reloj de arena que mandaba. Los mozos que iban en la comitiva guardaban el silencio, como unos santos, y cuando lo levantaban tenían doble alegría.
En su última caminata, de Medina a Alba de Tormes, santa Teresa tuvo a disposición el vehículo femenino por antonomasia: la carroza de la duquesa de Alba... Pero, por aquel septiembre de 1582, ya no andaba la Madre para disfrutar de las comodidades de tan lujoso medio de trasporte (Teófanes).
Capítulo 10. El realismo de santa Teresa
Santa Teresa es una de esas personas realistas de veras. Ella, como los santos auténticos, suelen ser muy realistas, es decir, brillan por su realismo humano y cristiano.
Servir en lo posible al Señor
Comenzó a escribir en Toledo el 2 de junio de 1577 su gran libro Castillo interior o Las Moradas y lo terminó en Ávila el 29 de noviembre de ese mismo año. Ya al final del libro, después de haber hablado de cosas tan altas y sublimes, da la impresión de que quiere aterrizar. Bajando a las aplicaciones prácticas más esenciales fundamenta lo que andamos llamando realismo cristiano y espiritual. Y lo hace amonestando a quien quiera seguirla que tenga cuidado con los deseos grandes que algunas veces nos pone el demonio o nuestra imaginación «para que no echemos mano de lo que tenemos a mano para servir a nuestro Señor en cosas posibles, y quedemos contentos con haber deseado las imposibles» (7M 4, 14). Aquí está la clave para vivir auténticamente el realismo espiritual.
Aconsejando a su hermano Lorenzo
Desde esta observación aconseja también a su hermano Lorenzo, vuelto de las Indias, en lo temporal y espiritual. Entre los consejos que le da le dice en carta de 1576, y en otras: «vuestra merced es inclinado y aun mostrado a mucha honra»; es decir, acostumbrado a aparentar nobleza, hidalguía, a gastar lo que no se tiene para que le consideren a uno. La Santa le va a la mano y le dice que recorte todo ese boato, todos esos gastos inútiles y que «ganará más en tener para hacer limosnas con Dios y aun con el mundo, que ganarán sus hijos» (Cta 113, 3). Y va más allá: «Por ahora no querría comprase mula, sino un cuartago que aproveche para caminos y servicio». «Cuartago» significa caballo de mediano cuerpo, no le hace falta un percherón. Así la hermana monja de clausura sabe aconsejar con realismo de este mundo. Pero no termina aquí la cosa. Don Lorenzo, el «indiano», comenzó a querer imitar a su santa hermana, en el modo de hacer la oración, y otros ejercicios espirituales. Le había dicho Teresa que ella oraba también durante la noche. Lorenzo se creyó que había que levantarse, dormir menos y orar más a esas altas horas de la noche. Y ella le contesta: «en el dormir vuestra merced, digo y aun mando que no sean menos de seis horas [...]. Y le larga último golpe: «¡Qué bobo es, que piensa que es esa oración como la que a mí no me dejaba dormir! No tiene que ver, que harto más hacía yo para dormir que por estar despierta» (Cta 182, 7).
Había comprado Lorenzo una buena finca cerca de Ávila llamada la Serna. Después le empezaron a entrar escrúpulos de tal compra. Su hermana le dice que se deje de tonterías, que son tentaciones, que lo que ha gastado en esa finca está bien gastado y para que no ande con más pamplinas le dice: «No dejaba de ser santo Jacob por entender en sus ganados, ni Abrahán, ni san Joaquín, que, como queremos huir del trabajo, todo nos cansa...; que hemos de servir a Dios como Él quiere y no como nosotros queremos» (Cta 172, 11).
Con esto le está diciendo que sirva a Dios con y en sus negocios y le añade: «Desengáñese de eso, de que tiempo bien empleado, como es mirar por la hacienda de sus hijos, no quita la oración. En un momento da Dios más, hartas veces, que con mucho tiempo; que no se miden sus obras por los tiempos». Al enterarse de que Lorenzo ha hecho alguna promesa espiritual muy comprometida, se lo reprende: primero porque no le ha dicho nada antes de hacerlo; y segundo, porque hacer promesa firme de no cometer ni el más pequeño pecado venial, le parece cosa peligrosa. Y le confiesa: «Eso no lo osara yo prometer, porque sé que los apóstoles tuvieron pecados veniales. Solo nuestra Señora no los tuvo. Bien creo yo que habrá tomado Dios su intención. [...] y no le acaezca más cosa de promesa, que es peligrosa cosa» (Cta 172, 9). Le aconseja también que ponga en orden todas sus escrituras, «y póngalas como han de estar. Y lo que gastare en la Serna es bien gastado, y cuando venga el verano gustará de ir allá algún día» (Cta 172, 11).
Oración y virtudes
Otro ámbito para ver el realismo que enseña la Madre Teresa está en lo siguiente: «Torno a decir que para esto (para construir la propia vida con buenos cimientos) es menester no poner vuestro fundamento solo en rezar y contemplar; porque, si no procuráis virtudes y hay ejercicio de ellas siempre, os quedaréis enanas; y aun plega a Dios que sea solo no crecer, porque ya sabéis que quien no crece descrece, porque el amor tengo por imposible contentar de estar en un ser, adonde le hay» (7M 4, 9).
En la Santa se da este fenómeno estupendo: enseña a caminar desde lo más sencillo a lo más alto, a lo más sublime y después hace retomar tierra a sus lectores, a sus discípulos para que vuelvan a lo simple, a lo transparente, a lo de cada día, pero con ojos nuevos, con corazón enriquecido. Así, por ejemplo, explica lo que ya hemos dicho más arriba hablando de lo posible y lo imposible y enseña a posarse en la vida de cada día, en la pista de las virtudes caseras, intracomunitarias, intrafamiliares que hay que vivir como semilla y como fruto de todas aquellas sublimidades descritas anteriormente. Quien no se hace santo en el ambiente en que le toca vivir, despídase de esas fantasías de ser santo en algún otro rincón de la tierra, en el país de las maravillas, pues ese país no existe más que en la fantasía. Para no quedarse enanos enseña que hay que practicar las que llamamos virtudes humanas que hoy nos gusta más bien llamar valores humanos, aunque el valor es más amplio que la virtud. La doctrina de la Santa acerca de estos valores tiene una ventaja sobre las enseñanzas de los tratadistas de moral o espiritualidad, por ser hija de su experiencia, de su vida, de sus observaciones, y ser ella ejemplar y espejo en tales valores y virtudes. Vivir esos valores y virtudes es vivir en la realidad tal como debe ser, y echar mano de lo posible para ser persona auténtica.
Puestos a escoger esos valores humanos, puestos a hacer una verdadera antología y a escuchar la catequesis de la Santa sobre ellos con sus palabras y ejemplos, yo engarzaría como en un collar las siguientes que me parecen muy significativas y aleccionadoras: la llaneza, la alegría, la laboriosidad, la sinceridad, la verdad, el agradecimiento o gratitud, la afabilidad, la bondad, el ánimo, la confianza, la conversabilidad, el buen humor, la cortesía, la educación, la limpieza, la nobleza, la sencillez, la magnanimidad, la suavidad, la humildad, la perseverancia, la paciencia, la amabilidad, la comprensión, la ternura y la determinación como actitud decidida.
Nos bastará ya con estas 26, que he puesto a modo de letanía. Si a estas virtudes o valores se yuxtaponen los que pueden ser antivalores o antivirtud o vicios a evitar, a extirpar del huerto del alma como malas yerbas, su magisterio se ensancha y enriquece viendo lo que según ella hay que evitar y corregir. Y aquí vendrían: la murmuración, la codicia, el amor propio, la inconstancia, el celo indiscreto, la envidia, la pusilanimidad, la vanidad, la tristeza, el egoísmo...
Ya dijo ella con gracia: en esto de virtudes «es más fácil de escribir que de obrar; y aun a esto no atinara, porque algunas veces consiste en experiencia el saberlo decir, y debo atinar por el contrario de estas virtudes que he tenido» (CV 8, 1).
Siendo tan importante este mundo de las virtudes en el magisterio integral de santa Teresa, en otro momento se podría hablar más abundantemente de esos valores y virtudes; y por la unión que hay entre todas las virtudes hablar de una es, en cierto modo, hablar de todas las demás. Ahora nos basta con haber presentado ese collar de virtudes, entre las que descuella el agradecimiento o la gratitud. Era una de las virtudes más características de la Santa. Ser agradecida era en ella algo connatural, algo tan natural como respirar. Tiene conciencia clara de ello y así lo dice: «con ser yo de mi condición tan agradecida» (V 35, 11).
Capítulo 11. Condición agradecida y amorosa de santa Teresa
Ojo a la palabra «condición»
Esta palabra «condición» tiene gran importancia en los escritos de santa Teresa para entender su doctrina de la oración y otros puntos. Teresa mienta muchas veces la condición de las personas y señala con mucha sagacidad «lo que significaba para ella, lo bueno y lo aceptable, lo defectuoso y lamentable en el modo de ser de esta o aquella persona a la que se refiera». «Condición» significa modo de ser, lo temperamental de las personas, el natural, como ella dice tantas veces. Con algunos textos más explícitos se entiende muy bien lo que ella encierra en este vocablo:
«Unas condiciones que hay de suyo amigas de ser estimadas y tenidas, y mirar las faltas ajenas, y nunca conocer las suyas, y otras cosas semejantes, que verdaderamente nacen de poca humildad» (CE 19, 5).
«Una gente de condición pausada, que parece de descuido se les olvida lo que van a decir» (F 6, 2).
«Tiene Teresita de Cepeda, su sobrina, una condicioncita como un ángel» (Cta 89, 3).
Y pondera lo que suponía en su tarea de fundadora tratar con personas tan diversas: «pues en llevar condiciones de muchas personas (que era menester en cada pueblo) no se trabajaba poco» (F 27, 18).
Quien se fijaba tanto en la condición de los demás tenía conciencia clara de su propia condición y nos dice que tenía una condición amorosa y agradecida (V 15, 15). Y en otra parte hace esta confesión: «Bien veo que no es perfección en mí esto que tengo de ser agradecida; debe ser natural, que con una sardina que me den me sobornarán» (Cta 264, de 1578).
Esa su condición, ese su modo de ser lo volcará sobre Dios y sobre los demás, agradeciendo al Señor los beneficios, las mercedes, dice ella, recibidas; y agradeciendo a los demás los más pequeños servicios que le hayan podido hacer.
Frente a Dios
Reconoce «las gracias de naturaleza que el Señor le había dado (que según decían eran muchas)», aunque confiesa que en lugar de darle las gracias por ellas «de todas me comencé a ayudar para ofenderle» (V 1, 8 ).
Guapa, lista, santa
Al padre Pedro de la Purificación, que estuvo con ella en la fundación de Burgos y con el que trató mucho y con el que se confesaba, le dijo en cierta ocasión:
Sepa, padre, que me loaban de tres cosas temporales, que eran de discreta, de santa y de hermosa. Las dos creíalas yo y persuadíame que las tenía, y lo que creía era que era discreta y hermosa, que era harta vanidad; mas de que me decían que era buena y santa, siempre entendí que se engañaban, y así nunca tuve que confesarme de consentimiento de tal culpa, ni me vino vanagloria de esta alabanza (BMC 6, 384).
Y algo parecido dijo en otra ocasión al padre Gracián:
Que el mundo la había levantado tres falsos testimonios sin algún fundamento: el primero, cuando moza, en decir que era hermosa, porque cuando oyendo esto se miraba al espejo, no acababa de atinar por qué le levantaban tan gran mentira, siendo tan fea; el segundo, de bien entendida, porque cuando ella veía el entendimiento de sus hijas, se avergonzaba en hablar delante de ellas; el tercero, que era buena, y que este no podía llevar con paciencia cuando conocía sus faltas (BMC 1, 260).
Aparte de esta manera de echar balones fuera, en lo íntimo de su conciencia sabía de sobra el cúmulo de cualidades y favores recibidos de Dios y le daba las gracias rendidamente, pidiendo perdón de las veces que no había usado bien de tantos regalos. E insistirá en que estamos nadando en muestras y más muestras de la generosidad divina y ataca duramente a aquellas personas que por una mal entendida humildad no reflexionan sobre estos dones de Dios y dice: «Entendamos bien, bien, como ello es, que nos los da Dios sin ningún merecimiento nuestro, y agradezcámoslo a Su Majestad; porque si no conocemos que recibimos, no despertamos a amar» (V 10, 4). En sus escritos aparece su condición de agradecida; así, por ejemplo, en Vida explicando una de las más altas gracias del cielo dice:
Cuando este gran bien le agradecemos, acudiendo con obras según nuestras fuerzas, coge el Señor el alma, digamos ahora a manera que las nubes cogen los vapores de la tierra, y levántala toda ella [...] y sube la nube al cielo y llévala consigo y comiénzala a mostrar cosas del reino que le tiene aparejado (V 20, 2).
Aparte de este ejemplo y otros de altura, para darse cuenta del campo que da al agradecimiento frente a Dios no hay más que ver el estilo que lleva en sus explicaciones. Se trata de poner en un lado las palabras regalos-mercedes-favores-gracias y en otro la gratitud, el agradecimiento, la acción de gracias que se actúa frente a ese cúmulo de bienes gratuitamente recibidos de la mano de Dios.
Tan agradecida de condición, trataba de explicar su agradecimiento y tenía la impresión de no saber hacerlo debidamente, de ser poco agradecida, y trata de compensar esa su deficiencia pensando en alguien que supla por ella y por todos los mortales en ese orden de cosas.
Modelo de agradecimiento: Cristo Jesús
A Teresa le duele personalmente ver tanto desagradecimiento en la gente, y por eso trata de compensar esas deficiencias que descubre en sí y en los demás, y rompe en alabanzas al Señor por su generosidad; y en ella la alabanza es una especie de acción de gracias. Aunque no hable tan explícitamente en Las Exclamaciones de la acción de gracias, encontramos esta realidad presentada de un modo superior cuando se dice a sí misma: «Alégrate, ánima mía, que hay quien ame a tu Dios como Él merece; alégrate que hay quien conoce su bondad y valor; dale gracias que nos dio en la tierra quien así le conoce, como a su único Hijo» (E 7, 3). Así hace llegar su agradecimiento a la fuente, al autor de todos los bienes, que se le comunican y, como dice a continuación, «debajo de su amparo» se puede acercar a él, a Cristo el Señor, y alegrarse de la grandeza de Dios y de cómo merece ser amado y alabado y pedirle que le ayude a bendecir su nombre, y que pueda decir con verdad lo que dijo nuestra Señora: «engrandece y loa mi ánima a su Señor» (E 7, 3). Y todavía podemos pulsar su espíritu de agradecimiento cuando, hablando con los bienaventurados, les dice que tiene envidia de ellos porque estáis ya «libres del dolor que dan las ofensas tan grandes que en estos desventurados tiempos se hacen a mi Dios, y de ver tanto desagradecimiento» (E 13, 1).
Agradecimiento a los demás
Las expresiones de su agradecimiento hacía los demás eran bien notorias. Y su confesión acerca de la sardina con que la podrían sobornar es bien conocida y graciosa. Toda su vida era una acción de gracias y a nosotros nos enseña a vivir en esa misma cuerda del agradecimiento y nos enseña a orar en ese mismo tono, pues hay que quitarse de la cabeza que la oración sea siempre y solo petición, ir a mendigar, ir a pordiosear: es alabanza, es acción de gracias, es bendición, es tantas otras cosas. Quienes convivieron con ella han dado su testimonio exacto: la Madre Teresa «era en extremo agradecida de cualquier beneficio recibido, por pequeño que fuese, y lo tenía siempre en la memoria; ni consentía que jamás religiosa suya se quejase ni agraviase de personas de las cuales en otro tiempo tuviese recibido algún beneficio por pequeño que fuese» (BMC 18, 496), dice la famosa priora de Sevilla María de San José. Y otra, Isabel de Santo Domingo, confiesa que la Madre «gustaba mucho de aventajarse en esta virtud, en tanto que la oyó decir aquesta declarante a la dicha Santa, que por un jarro de agua que en cierto lugar le había dado un hombre yendo de camino a una fundación, había muchos años que muy en particular le encomendaba a Dios, y que lo mismo hacía por cualquiera otra persona que a ella o a su Orden hacía algún beneficio; y señaladamente por todos aquellos, así doctos como no doctos, así superiores como inferiores, que en sus dudas la aconsejaban» (BMC 19, 90).
Este hecho del hombre del jarro de agua era muy conocido entre sus monjas y, al declarar en los procesos canónicos teresianos, lo cuentan varias de ellas, como se ve ya por esta última declaración. Su agradecimiento estaba siempre a flor de piel y actuante frente a mercaderes, arrieros, mozos de mulas, que la acompañan en los caminos, a confesores, frailes, monjas, capellanes, letrados, obispos y a cuantos la iluminaban con sus consejos, a los maestros de obras, peones de albañil en sus fundaciones, etc.
Sea bendito...
Termino con una de las oraciones ardientes de Teresa, nacidas de esa misma su condición amorosa y agradecida: «Sea bendito por siempre que tanto da y tan poco le doy yo. Porque ¿qué hace, Señor mío, quien no se deshace toda por Vos?» (V 39, 6).
Capítulo 12. Teresa, la gran maestra de la parresia
Palabras del papa Francisco
El papa Francisco, en el discurso inaugural del Sínodo de los obispos sobre la familia, decía a los participantes: «Una condición general de base es esta: “Hablad claro. Que nadie diga: Esto no se puede decir; pensarán de mí esto o lo otro...”». Hay que decir todo lo que se siente con parresia, con franqueza.
* * *
Ya hace años publicaba yo un artículo largo que llevaba por título Parresia teresiana, Revista de Espiritualidad 40 (1981) 527-573. Repensando aquel título, se puede descomponer tranquilamente en: Teresa de Jesús, sincera y audaz con Dios y con los hombres. Sinceridad y audacia son dos realidades difícilmente separables en ella; son tan gemelas que no sobreviven una sin la otra, se fertilizan mutuamente. Es tan sincera porque es tan audaz y tan audaz porque es tan sincera.
Sinceridad para con Dios y audacia son, pues, dos manifestaciones de esa actitud denominada cuasi-técnicamente en la Sagrada Escritura «parresia» (literalmente: decirlo todo). Significa más que nada en los Hechos de los apóstoles (cuya penúltima palabra en el texto griego es precisamente «parresia»: 38,31) «la audacia», «la libertad», «la franqueza», con que bajo el impulso del Espíritu Santo, los apóstoles, heraldos del Evangelio, «anuncian el mensaje cristiano con corajuda sinceridad, gemela de la que los profetas verdaderos despliegan en el Antiguo Testamento», siendo esta una de las características más destacadas de la predicación cristiana desde el día de Pentecostés. Para decirlo con uno de los mejores conocedores de la Biblia: «La parresia es una audacia, hecha de libertad y de confianza, que permite presentarse sin temor ante un superior, ante perseguidores o algún interlocutor que pueda contradecir o reprender»[21], y confianza plena entre amigos que permite y obliga a hablar con sinceridad y claridad, sin reticencias.
Configuración teresiana de la parresia
Santa Teresa configura magistralmente la parresia de los apóstoles en la proclamación del evangelio, diciendo: «Con gran fuego de amor de Dios estaban los apóstoles; ya aborrecida la vida y en poca estima la honra que no se les daba más, a trueco de decir una verdad y sustentarla para gloria de Dios, perderlo todo que ganarlo todo, que a quien de veras lo tiene todo arriscado por Dios, igualmente lleva lo uno que lo otro» (V 16, 8).
Cátedra de parresia
Teresa forcejea con san Pablo o más bien con quienes entendían el veto del apóstol de un modo desorbitado, y los desborda a todos. Asistimos así a una pugna o agonía vital. Escribe al padre García de Toledo: «Dé voces vuestra merced en decir estas verdades, pues Dios me quitó a mí esta posibilidad» (V 27, 13). No se subirá a ningún púlpito, pero encuentra el modo de vengarse de esa limitación. Y así la vemos contándole y cantándole a Dios con la más limpia parresia lo que quisiera decir cara a cara a los hombres, a la cristiandad entera. Su cátedra será preferentemente la oración; su estilo el oracional; el tú a tú, diálogo fuerte, de poder a poder con el mismo Dios.
Teresa ora con libertad sincera y atrevida para con Dios. Hay casos en que le riñe, como hija, como amiga, como esposa. Y cuando, como le sucede, le llega la hora de las tinieblas interiores, de la noche oscura, allí la encontramos con su querella pronta y amorosamente cuidada:
Me he atrevido a quejarme a Su Majestad y le he dicho: «¿Cómo, Dios mío, que no basta que me tenéis en esta miserable vida, y que por amor de Vos paso por ello, y quiero vivir adonde todo es embarazos para no gozaros, sino que he de comer, y dormir, y negociar, y tratar con todos, y todo lo paso por amor de Vos, y que tan poquitos ratos como me quedan para gozar de Vos, os me escondáis? ¿Cómo lo puede sufrir el amor que me tenéis. Creo yo, Señor, que si fuera posible poderme esconder yo de Vos, como Vos de mí, que pienso y creo del amor que me tenéis que no lo sufriríais. No se sufre esto, Señor mío, suplícoos miréis que se hace agravio a quien tanto os ama». [...] Algunas veces desatina tanto el amor, que no me siento, sino que en todo mi seso doy estas quejas y todo me lo sufre el Señor. ¡Alabado sea tan gran Rey! ¡Llegáramos a los de la tierra con estos atrevimientos! (V 37, 8-9).
Cuando se encontraba con la oposición más dura a su primera fundación en San José de Ávila y le mandaron que lo dejase todo, se enfrenta con el Señor y le dice: «¡Señor!, esta casa no es mía; por Vos se ha hecho; ahora que no hay nadie que negocie, hágalo vuestra Majestad» (V 36, 17). Que en lenguaje casero significa: ahí queda eso. También cuando el traslado a la nueva casa de Salamanca, le pasó algo parecido: «Dije a nuestro Señor, casi quejándome, que: o no me mandase entender en estas obras, o remediase aquella necesidad» (F 19, 9).
Además de pedir cuentas a Dios de esta manera y de otras parecidas, abunda en clamores a Cristo Jesús, del que dice que «veía que aunque era Dios que era Hombre, que no se espanta de las flaquezas de los hombres, que entiende nuestra miserable compostura. ¡Oh Rey mío!, en todo se puede tratar y hablar con Vos, como quisiéremos» (V 37, 5).
En ninguno de sus arrebatos oracionales, llenos de la más alta parresia, se trata de oraciones aprendidas o prefabricadas. Son agua viva, fuentes de agua viva alumbrada por el Espíritu Santo, maestro y mantenedor de la oración. Desde sus arrebatos parresiásticos defiende también a Cristo ante el Padre. Su parresia alcanza una cumbre altísima cuando se atreve ella a ser intercesora, la medianera, la «tercera» (CV 3, 9), como dice, entre Cristo y el Padre Celestial. Cuando se encuentra con que Cristo Jesús es tan vilipendiado, olvidado, perseguido, menospreciado en el mundo, se levanta Teresa y presiona al Padre Celestial:
Mirad que aún está en el mundo vuestro Hijo; por su acatamiento cesen cosas tan feas y abominables y sucias; por su hermosura y limpieza no merece estar en casa adonde hay cosas semejantes. No lo hagáis por nosotros, Señor, que no lo merecemos: hacedlo por vuestro Hijo (CV 35, 4).
Pero su parresia que es tan fuerte tiene un freno. No se atreve a pedir al Padre que quite la Eucaristía del mundo, que el Hijo nos abandone. No quiere ni puede pedir ese traslado, pues «ya que una vez nos le dio para que muriese por nosotros, ya “nuestro es”. No nos le puede quitar, pues no se ha quedado sino “para ayudarnos y animarnos y sustentarnos”». ¡Y necesitamos tanto estas tres cosas: ayuda, ánimo y sustento! El texto oracional teresiano suena así: «Pues suplicaros que no esté con nosotros, no os lo osamos pedir. ¿Qué sería de nosotros? Que si algo os aplaca, es tener acá tal prenda. Pues algún medio ha de haber, Señor mío, póngale vuestra Majestad» (CV 35, 4).
También se pronuncia santa Teresa en favor del Padre Eterno. Hace la Santa su semblanza del Padre Celestial e insiste ante el Hijo a favor del Padre, y entre otras cosas le dice:
Mirad, Señor mío, que estáis en la tierra y vestido de ella, pues tenéis nuestra naturaleza, parece tenéis causa alguna para mirar nuestro provecho; mas mirad que vuestro Padre está en el cielo, Vos lo decís, es razón que miréis por su honra. Ya que estáis Vos ofrecido a ser deshonrado por nosotros, dejad a vuestro Padre libre. No le obliguéis a tanto por gente tan ruin como yo, que le ha de dar tan malas gracias (CV 37, 3).
La parresia oracional en santa Teresa es significativa cien por cien. Ya en las oraciones parresiásticas que hemos repasado había una valentía y audacia singulares. Términos usados por ella como «osar», «atreverse», «osadía», «atrevimiento» están apuntando a ese factor de intrepidez.
La parresia no se desata solo en la oración sino en la audacia en decir y en denunciar verdades. Y así podemos ver cómo y hasta dónde santa Teresa es valiente frente a los hombres.
Su parresia brota de su vida teologal, es aliento del Espíritu que la enseñaba a orar y la inspiraba fuerte y dulcemente; pero también en mil casos presupone lo animoso del temperamento de la Santa, de su condición: «Era menester –confiesa– ayudarme de todo mi ánimo, que dicen no le tengo pequeño, y se ha visto me le dio Dios harto más que de mujer» (V 8, 7).
En esta tribuna teresiana se pueden apuntar no pocas gestas de su ánimo, tales como su audacia contra Satanás, audacia contra el mundo, audacia contra los luteranos; dejando por el momento estos puntos, se puede ver su audacia, su parresia en decir verdades. Una de las experiencias místicas más altas que tuvo se refiere a la que iguala a la Verdad con Dios. La verdad que se le dio a entender «es en sí misma verdad, y es sin principio ni fin, y todas las demás verdades dependen de esta verdad, como todos los demás amores de este amor, y todas las demás grandezas de esta grandeza» (V 40, 4). Así se expresa en el último capítulo del libro de su Vida. Y con anterioridad en esa misma obra ha formulado: «¡Bienaventurada alma que la trae el Señor a entender verdades!» (V 21, 1).
Verdades para el Rey y la corte
Inmediatamente después de esta bienaventuranza, grita: «¡Oh, qué estado este para los reyes! ¡Cómo les valdría mucho más procurarle, que no gran señorío! ¡Qué rectitud habría en el reino! ¡Qué de males se excusarían y habrían excusado! Aquí (en el último grado de oración) no se teme perder vida ni honra por amor de Dios. ¡Qué gran bien este para quien está obligado a mirar la honra del Señor que todos los que son menos, pues han de ser los reyes a quien sigan» (V 21, 1). Parece clara y directa la alusión a la corte y a la persona de Felipe II, a quien, por otra parte, tanto veneraba y quería que se le encomendase mucho en sus monasterios.
Como, según ella, para decir y proclamar ciertas verdades hay que tener el mundo bajo los pies, no temía hablar este lenguaje. Y se desfoga con Dios con la fuerza y el ímpetu de su parresia:
¡Oh Señor!, si me dierais estado para decir a voces esto, no me creyeran, como hacen a muchos que lo saben decir de otras suertes que yo; mas al menos satisficiérame yo [...]. Paréceme que tuviera en poco la vida por dar a entender una sola verdad de estas; no sé después lo que hiciera, que no hay que fiar de mí. Con ser la que soy, me dan grandes ímpetus por decir esto a los que mandan, que me deshacen. De que no puedo más, tórnome a Vos, Señor mío, a pediros remedio para todo (V 21, 2).
Y se le ocurre un remedio originalísimo y entrañable: «Bien sabéis Vos –atención al gesto de generosidad– que muy de buena gana me desposeería yo de las mercedes que me habéis hecho, con quedar en estado que no os ofendiese –esta es la única condición que pone– y que se las daría a los reyes; porque sé que sería imposible consentir cosas que ahora se consienten, ni dejar de haber grandísimos bienes» (ib).
Este «bien sabéis Vos» con que inicia la confidencia hace ver que no se trata de una oración repentina en la que se le ocurrió esta renuncia, sino que es algo que lo tiene madurado en el alma y lo ha tratado más de una vez con Dios, con Jesucristo, «Rey de la gloria». Su último grito parresiástico por los reyes suena así: «¡Oh Dios mío! Dadles a entender a lo que están obligados» (V 21, 3). En la corte viene a decir, en otra parte, que no hay gente, no hay personas (que sean los privados de los reyes) que «tengan el mundo debajo de los pies, porque estos hablan verdades que no temen ni deben; no son para palacio, que allí no se deben usar, sino callar lo que mal les parece, que aun pensarlo no deben osar, por no ser desfavorecidos» (V 37, 5).
Teresa no solo pensó tantas verdades, sino que se las dijo a su confesor y a Dios y le envió un mensaje al Rey. Habiendo entendido en la oración que le dijese al rey Felipe II que se acordase de Saúl (a quien Dios quitó el reino para dárselo a David), la Santa se resistía a decírselo. Sus confesores le mandaron que lo hiciese, cumpliendo esta voluntad divina. Obedeció y, desde entonces, el Rey la estimó en mucho y le enviaba a decir que le encomendase mucho a Dios, y se escribieron muchas veces el uno a la otra, con mucha llaneza y ella le llamaba «mi amigo el Rey». De las cuatro cartas teresianas que se conservan dirigidas a Felipe II, dos de ellas son otros tantos recursos apremiantes al Rey para que se sepa la verdad en el caso del padre Jerónimo Gracián, y para que triunfen la verdad y la justicia en el caso de san Juan de la Cruz, encarcelado injustamente.
Ya solo con todas estas verdades que denuncia ante el Rey queda bien clara su audacia, su parresia. Y no se termina aquí su valentía, y se podrían recoger nuevos acentos de la valentía de esta mujer a otras categorías de personas.
Enamorada de la Verdad, santa Teresa la defendía siempre con gran ardor y valentía. Y cuando se trataba de denunciar verdades y hacérselas saber a otros no dudaba.
Verdades para los predicadores
En sus Meditaciones sobre los Cantares hace esta presentación:
Predica uno un sermón con intento de aprovechar las almas; mas no está tan desasido de provechos humanos que no lleva alguna pretensión de contentar, o por ganar honra o crédito, o que si está puesto a llevar alguna canonjía por predicar bien. Así son otras cosas que hacen en provecho de los prójimos, muchas y con buena intención; mas con mucho aviso de no perder por ellas ni descontentar. Temen la persecución; quieren tener gratos los reyes y los señores y el pueblo; van con discreción que el mundo tanto honra (MC 7, 4).
Frente a estos, de quienes ya ha señalado unos cuantos defectos, es decir, se los ha denunciado, presenta a los auténticos hombres de Dios y mensajeros del Evangelio a carta cabal. Estos «por contentar más a Dios, se olvidan a sí por ellos (por sus prójimos) y pierden las vidas en la demanda, como hicieron muchos mártires, y envueltas sus palabras en este tan subido amor de Dios, emborrachados de aquel vino celestial, no se acuerdan; y si se acuerdan, no se les da nada descontentar a los hombres. Estos tales aprovechan mucho» (MC 7, 5). Con este estilo de contraposición quedan todavía más patentes los defectos de los anteriores.
Es la Santa amiga de esa terminología de «embriaguez», «emborrachar», «borrachez», etc., que lleva a un cierto desatino, «glorioso desatino», «celestial desatino», «celestial locura» para hablar tan atrevidamente con Dios y denunciar los males de los hombres.
Y denuncia la excesiva cordura de muchos predicadores. Según ella, no están borrachos, no están tomados del vino del amor de Dios, y por eso hacen poco, son poco atrevidos; se muerden la lengua.
Verdades a los detentores de riquezas
La audacia ebria que tiene santa Teresa en aconsejar a quien ella ve que lo necesita, la lanza, aunque sea desde las páginas de sus libros, y la mete en un tema tan candente y tan de actualidad para nuestro mundo, como puede ser la propiedad de las riquezas acumuladas sin productividad o despilfarradas en gastos inútiles.
Quiere tratar en sus Meditaciones sobre los Cantares de la paz verdadera, pero antes reflexiona sobre «Nueve maneras de falsa paz, que ofrecen al alma el mundo, la carne y el demonio» (MC 2). Para comenzar en firme conjura a sus hijas: «Dios os libre de muchas maneras de paz que tienen los mundanos; nunca Dios nos la deje probar, que es para guerra perpetua» (MC 2, 1).
Uno de los dominios de esa falsa paz son las riquezas. Y arranca: «¡Oh con riquezas! Que si tienen bien lo que han menester y muchos dineros en el arca, como se guarden de hacer pecados graves, todo les parece está hecho». Y, como quien entra en la conciencia de esos ricos, va dejando a la intemperie sus gestos y comportamiento: «Gózanse de lo que tienen; dan una limosna de cuando en cuando; no miran que aquellos bienes no son suyos, sino que se los dio el Señor como a mayordomos suyos para que partan a los pobres, y que le han de dar estrecha cuenta del tiempo que lo tienen sobrado en el arca, suspendido y entretenido a los pobres, si ellos están padeciendo» (MC 2, 8).
«Solo una santa como Teresa podía decir frases tan fuertes como estas sin que sonasen a fácil demagogia revolucionaria»[22]. Algo más adelante insiste: cualquier rico de estos ha de dar estrecha cuenta: «y ¡cuán estrecha! Si lo entendiere no comería con tanto contento ni se daría a gastar lo que tiene en cosas impertinentes y de vanidad». El rico pide cuentas a su mayordomo. Dios se las pedirá a él, ya que, como ha dicho, las riquezas se le han entregado como a mayordomo de Dios para los pobres que vienen a ser los dueños y destinatarios. Los desvelos y sobresaltos, y «mientras más hacienda, más».
Falsa paz en las alabanzas
Santa Teresa estaba harta de que fueran diciendo de ella que era una santa; no lo podía sufrir. Y aconseja a sus monjas acerca de este tema: «Es lo más ordinario en decir que sois unas santas, con palabras tan encarecidas, que parece los enseña el demonio». Las previene contra este peligro diciendo: «Por amor de Dios os pido que nunca os pacifiquéis en estas palabras, que poco a poco os podrían hacer daño y creer que dicen verdad, o en pensar que ya es todo hecho y que lo habéis trabajado» (MC 2, 12).
La lacra del fariseísmo
Acaba de denunciar el peligro de creerse uno santo porque se lo llaman otros; pero hay un peligro mucho mayor en aparentar santidad, estarse buscando a uno mismo y fabricando a su alrededor ese halo de santidad y de soberbia solapada. Ingrediente de este modo de ser y de vivir es la hipocresía, los puntos de honra. Según Teresa de Jesús, «no hay tóxico en el mundo que así mate como estas cosas (de mayorías) la perfección» (CV 12, 7). Santa Teresa tiene mucha experiencia sobre estas cosas y describe el caso de una persona comida por el interés y los puntos de honra, que pudo observar y detectar. La desatinaban algunas personas a las que parecía que no les faltaba nada para ser «amigas de Dios», y en la realidad espiritual estaban lejísimos de serlo. Y cuenta un caso extremo, que reproduciremos más adelante en el capítulo dedicado a los puntos de honra.
Final
La parresia en cuanto a la audacia en la oración y en cuanto a las denuncias de la conducta de las personas es un gran capítulo en la vida y en los escritos de la Santa. Y en sus libros se encarna en el mundo de la oración atrevida y valiente, y en las denuncias no menos atrevidas y valientes de toda clase de corrupción moral en la conducta humana. Aquí hemos ofrecido solo unas muestras de esa realidad, haciendo ver lo santamente libre que era santa Teresa de Jesús ante Dios y ante los hombres.
Capítulo 13. Teresa, la comprometida y comprometedora
¿Cómo era?
Santa Teresa dice de sí misma: «Era tan honrosa que me parece no tornara atrás por ninguna manera habiéndolo dicho una vez» (V 3, 7). Esto lo dice cuando manifestó a su padre su determinación de hacerse monja. La lectura de las Cartas de san Jerónimo la animaron en sus propósitos de vida religiosa «de suerte que me determiné decirlo a mi padre, que casi era como tomar el hábito». Su padre se opuso por tanto como la quería, y no pudo convencerle ni ella ni otras personas que le hablaron. Teresa, aunque fuerte en su decisión, se teme a sí misma no sea que por flaqueza se vuelva atrás (V 3, 5-7). Ya ha aparecido una de sus palabras más decisivas: «me determiné». Comprometida, pues, con su conciencia que la empuja a irse al convento, va a comprometer a otro de su casa, a un hermano suyo, a Juan de Ahumada. Así lo cuenta: «En estos días que andaba con estas determinaciones había persuadido a un hermano mío que se metiese fraile» (V 4, 19). De nuevo aparece la palabra «determinaciones».
En su profesión religiosa
Conociendo ya sus obligaciones y compromisos como bautizada, al emitir su profesión el 3 de noviembre de 1537, toma conciencia de sus compromisos como religiosa. Trata de afinar en su fidelidad a la vida carmelitana que ha profesado, y profundizando en ella se encuentra con la realidad de su bautismo y dirá a sus monjas: «Nosotras estamos desposadas, y todas las almas por el bautismo» (CE 38, 1). Y refiriéndose al desposorio espiritual por el camino de la perfección hará una reflexión tan profunda como pocas veces se había hecho hasta entonces. Hay que entender, dice, «con quién estamos casadas y qué vida hemos de tener»; es decir, cuáles son sus compromisos de vida religiosa. Va entablando su reflexión y la abre con esta exclamación: «¡Oh, válgame Dios!, pues acá, cuando uno se casa, primero sabe con quién, quién es y qué tiene; nosotras ya desposadas, antes de las bodas, que nos ha de llevar a su casa» (CV 22, 7). Continúa argumentando desde lo que pasa en el matrimonio humano:
¡Oh, válgame Dios! Pues acá no quitan estos pensamientos a las que están desposadas con los hombres, ¿por qué nos han de quitar que procuremos entender quién es este hombre, y quién es su Padre, y qué tierra es esta adonde nos ha de llevar, y qué bienes son los que promete darme, qué condición tiene, cómo podré contentarle mejor, en qué le haré placer, y estudiar cómo haré mi condición que conforme con la suya? Pues si una mujer ha de ser bien casada, no le avisan otra cosa sino que procure esto, aunque sea hombre muy bajo su marido (CV 22, 7).
Tanta doctrina como vierte aquí santa Teresa da materia para reflexionar en profundidad sobre lo que significa el carisma de la vida religiosa y el estar desposada con Cristo en la Iglesia, Esposa de Cristo.
Habiéndose explayado tan claramente de esa manera no descansa la Madre sino que se dirige a Cristo Jesús para decirle: «Pues, Esposo mío, ¿en todo han de hacer menos caso de que de los hombres? Si a ellos no les parece bien esto, dejen a vuestras esposas que han de hacer vida con vos. Es verdad que es buena vida. Si un esposo es tan celoso, que quiere no trata con nadie su esposa, ¡linda cosa es que no piense en cómo le hará este placer y la razón que tiene de sufrirle y de no querer que trate con otro, pues en él tiene todo lo que puede querer!» (CV 22, 8).
Ser buena esposa conforme a la semblanza que ella misma traza no es sino vivir lo mejor posible el compromiso de ese tipo de matrimonio o alianza con Dios.
Comprometiendo a otras
Comprometida así la Santa con Cristo Jesús, se empeña en comprometer a otras, a sus monjas en esa misma vida de entrega, oración y sacrificio. Comprometida surge así como comprometedora, buscando gente que la quiera seguir en su obra de fundadora. De ese anhelo se alimentaba su ilusión de levantar una iglesia más al Señor, de abrir un convento más. Las normas de vida que plantea a sus monjas en las Constituciones las están ayudando a comprometerse con el Señor y con las hermanas. Sus hijas no se sentían menos comprometidas, como hacen ver las declaraciones que hacen acerca de la voluntad de la Madre en la fundación de sus conventos. Su sobrina Teresita, monja descalza, declara:
Lo que la movió para este principio (de la nueva vida carmelitana) fue la gloria de Dios nuestro Señor y el bien de las almas, y emplear ella y las que la siguiesen toda su vida y oración en rogar por el aumento de la Iglesia católica y destrucción de las herejías, las cuales –y en especial las de Francia– le daban tanta pena que le parecía que mil vidas pusiera para remedio de un alma de las muchas que allí se perdían, y viéndose mujer inhabilitada para aprovecharle en lo que quisiera, determinó hacer esta obra para hacer guerra con las oraciones y vida suya y de sus religiosas a los herejes y ayudar a los católicos con ejercicios espirituales y continua oración. Decía le daba gran gozo ver una iglesia más en que estuviera el Santísimo Sacramento (BMC 18, 190-191).
Aparte de las declaraciones de sus monjas, hacen declaraciones parecidas otras personas de fuera de la Orden, tales como Julián de Ávila, el famoso capellán, y Juan de Ovalle, casado con Juana de Ahumada, hermana de la Santa, que declara: «Muchas veces dijo a este testigo que el principal intento que había tenido a hacer estas fundaciones era ver la perdición de Francia y Alemania e Inglaterra, para en estas casas juntar algunas almas que suplicasen a Nuestro Señor por la reducción de estos herejes y por los prelados de la Iglesia; y que así, cuando le iban a pedir cosas a veces sin concierto y como cual tenía la necesidad, decía a este testigo: “qué les parece que no hemos de cargar de todas sus cosas; principalmente nos juntó el Señor para suplicarle esto, y que se compadezca de las ánimas de estos, que por cada una ánima daría yo mil vidas”» (BMC 18, 126-127).
Desconfiando totalmente de que la ruptura de la cristiandad se pudiera remediar con las armas, organizó santa Teresa su ejército de contemplativas, comprometidas en la tarea del apostolado del sacrificio y la oración, dejando, definitivamente, en manos del Señor, la solución y resolución de tantas desgracias. En esta su misión de fundadora tenía santa Teresa una conciencia clarísima de que esa era la voluntad de Dios sobre ella y por eso arrostró tantos trabajos y sufrimientos por complacer al Señor en esta obra de espectro eclesial enorme. Así funcionaba esta mujer tan comprometida y comprometedora, si las hubo.
Habla Julián de Ávila
El famoso capellán Julián de Ávila, viendo el incremento que iba tomando la obra de la Santa, dice:
Porque si se tiene en mucho el que un santo haya sido principio de un monasterio, ¿en qué se ha de tener que esta sierva de Dios haya sido principio y cabo de tantos monasterios, y de una religión de frailes, la más perfecta que se hallará en la Iglesia de Dios? Y que esto haya sido tan presto, que con no ser yo muy viejo, y cuando la empecé a conocer sería yo de más de treinta años, y en menos de otros treinta he visto los principios de las descalzas y de los descalzos, y están el día de hoy y tantas casas y conventos como si hubiera ciento o doscientos años que empezó. [...] ¿Pues quién diremos ha andado por aquí sino la mano del Señor que todo lo puede, y escogió a una mujer, y por su mano quiso que fuesen cosas tan grandes que tuviesen todos con qué se espantar y maravillar y alabar al Señor que tanto puede? (BMC 18, 225).
Por los siglos de los siglos
La obra de Teresa, la comprometida y la comprometedora, no terminó cuando ella murió sino que ha seguido en acción entre sus hijas e hijos. Y la Madre puede estar contenta de las grandes hijas e hijos que ha tenido. Basta pensar solamente en las que ya están glorificadas por la Iglesia: santa Teresa Margarita Redi (1747-1770), santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897), santa Teresa de los Andes (1900-1919), santa Teresa Benedicta de la Cruz –Edith Stein– (1891-1942) o santa Maravillas de Jesús (1891-1974). Y últimamente el 17 de mayo de 2015 ha sido canonizada por el papa Francisco la beata María de Jesús Crucificado, la que llamamos la Arabita (1846-1878). Y a todas estas hay que añadir otra gran multitud de beatificadas por la Iglesia y tantas y tantas más o menos anónimas que se han santificado en los claustros del Carmelo. Teresa, la comprometida, comprometió ya a tantas en su vida y sigue haciéndolo ahora mismo comprometiendo a personas generosas que siguen sus huellas.
Capítulo 14. Las Exclamaciones de la Madre Teresa
Noticia textual y autoría
Del librito teresiano que lleva este título sabemos poco más de lo que fray Luis de León puso en su primera edición de las obras de la Madre Teresa de Jesús en 1588, al titularlo: «Exclamaciones o meditaciones del alma a su Dios, escritas por la Madre Teresa de Jesús, en diferentes días, conforme al espíritu que le comunicaba nuestro Señor después de haber comulgado, año de mil y quinientos y sesenta y nueve». Solemos referirnos más que nada a Exclamaciones, pero, como precisa el primer editor, se trata también de Meditaciones.
Que Teresa sea la autora de las Exclamaciones es ella misma la que lo dice en la última: «¿Para qué hablo? Para que cuando veo despierta mi miseria, Dios mío, y ciega mi razón, pueda ver si la hallo aquí en esto escrito de mi mano» (E 17, 2).
Vocabulario exclamativo teresiano
La exclamación que más usa es el «¡oh!», un total de 100 veces. Usa también «ay», 14 veces, o «cuán», 4. Lo que da un total de 118 interjecciones. Estos son los vocablos más propiamente exclamativos, pero abundan mucho también (noventa y tantas) las interrogaciones que tienen en la boca y en la pluma de la Santa una fuerza exclamativa tan grande o más que las exclamaciones.
Si hacemos caso de que las escribió, como dice Luis de León, después de comulgar, podríamos detenernos en lo que ella dice de ese tiempo de poscomunión. Sabiendo «que estaba allí cierto el Señor dentro de mí, poníame a sus pies, pareciéndome no eran de desechar mis lágrimas; y no sabía lo que decía, que harto hacía quien por sí me las consentía derramar, pues tan presto se me olvidaba aquel sentimiento» (V 9, 2).
Pero sobre todo hay que fijarse en lo que aconseja a sus monjas para después de comulgar: «Estaos vos con Él de buena gana; no perdáis tan buena razón de negociar como es la hora después de haber comulgado. [...] Este, pues, es buen tiempo para que os enseñe nuestro Maestro y le oigamos y besemos los pies porque nos quiso enseñar, y le supliquéis no se vaya de con vos» (CV 34, 10).
«Negociar», «negocio» para la Santa quiere decir algo muy importante. Y ¿cuáles eran esos negocios, esos asuntos tan importantes a tratar con el Señor recibido en la comunión?
Realidades sorprendentes
En el estudio que hice y que está publicado en Introducción a la lectura de santa Teresa, Espiritualidad, Madrid 20022, 574-575, encerraba yo en 20 títulos la gama de realidades sorprendentes, frente a las cuales el alma de Teresa se siente sacudida, sobrecogida y sobresaltada. Aunque no podamos detenernos en ese mundo tan vasto quiero señalar como formulaciones doctrinales mejor logradas especialmente cuatro:
Importancia del amor que «da valor a todas las cosas» (5, 2).
Cómo poseer más enteramente a Dios en fuerza de la práctica del amor al prójimo: dejar a Dios por el prójimo (2, 1-2).
Conocimiento, amor y deleite entre las «soberanas Personas» de la Santísima Trinidad que no necesita del amor de las criaturas para ser feliz. Alegría del alma llamada a participar de la vida divina (7, 2-33).
Y toda la exclamación 17, la última.
Las Exclamaciones hay que considerarlas como la autobiografía oracional y apostólica de la Madre Teresa y me atrevo a decir que no hay mejor camino para conocer su personalidad que estudiarla, escucharla y hasta espiarla cuando ora (como hace en las Exclamaciones) durante el tiempo que emplea en sus diálogos suaves, o tormentosos, pero siempre sinceros y audaces con Dios. El impacto dejado en ella por esas realidades sorprendentes da origen o hace nacer en ella preguntas, exclamaciones, consideraciones, ponderaciones, arrepentimientos, propósitos, fatigas interiores, crispaciones, denuncias proféticas, etc., y todo ello fundido en apóstrofes o diálogos ardientes del alma de la santa doctora que busca interlocutores con quienes compartir y en quienes depositar tanto cargamento.
Interlocutores
Los interlocutores escogidos por ella son: el Padre Celestial, Cristo Jesús, la propia alma, los bienaventurados del cielo, los hijos de los hombres, los cristianos, los mortales, los pecadores, los hermanos e hijos de Dios, la Sabiduría divina, su libre albedrío, la propia vida, el amor de Dios, la hermana muerte, los tormentos sin fin del infierno, las fuentes vivas de las llagas de Cristo.
Advierto que lo que llama «guerra de amor», comenzada por Dios, se refiere al enamoramiento recíproco del Señor, de Cristo Jesús y el alma que suspira por ir a ver al Señor, librándose de esta mortalidad. El Cantar de los cantares alimenta esa guerra, esa «batalla admirable». Su actitud al final es la siguiente: «Véisme aquí» (15, 2); «y ya que se ha de vivir, vívase para vos» (15, 3).
De todos los interlocutores nombrados, los que se llevan la palma en esa variedad de oraciones indicada, son el Padre Celestial y Cristo Jesús. Se trata del Señor-Dios, con todos los tonos o variantes que le proporciona su fe y le sugiere su corazón de santa enamorada: Padre, Creador, Bien, Jesús, Redentor, Hermano, Vida, Todopoderoso, Amigo, Rey, Sabiduría, Príncipe, Cristo, Amador, Esposo. Todos estos títulos abrazados fuertemente a ese frecuentísimo posesivo «mío» que, sin robárselo a nadie, hace tan suyo a Dios, dan la razón a lo que refiere el padre Ribera. Dice este primer biógrafo teresiano: «Decía (la Santa) que se holgaría de ver a otros en el cielo con más gloria que a sí, pero no sabía si se holgaría de que otro amase más a Dios que ella»[23].
¿Qué negocios trata con Dios Padre?
El temor de no servir a Dios. El arbitrar el modo de amarlo y servirlo como es debido. El acertar a hacer lo que debe sin deshacer las grandezas de que Dios la hace partícipe. Cómo saber cierto que no está apartada de Dios. En el ímpetu de su oración se mete en la vida íntima de la Santísima Trinidad y navega en el misterio divino con un arte singular, y puede decir con fray Luis de León: «Veo más mares cuanto más navego».
Y todas estas reflexiones llegan envueltas y ungidas de exclamaciones al Padre Celestial, a quien le habla tantas veces de su Hijo, y de su amor por nosotros, etc., de modo parecido a como lo hace en el Camino (CV 3, 8).
En este punto podemos incluir lo que ella califica de desatinos. Usa esta palabra «desatino» 83 veces; «desatinar», 17 veces y «desatinado», 25.
Uno de los desatinos más grandes es el siguiente, literariamente muy bien escrito:
Oh, válgame Dios, Señor! ¡Oh, qué dureza; oh, qué desatino y ceguedad! Que si se pierde una cosa, una aguja, o un gavilán que no aprovecha de más de dar un gustillo a la vista de verle volar por el aire, nos da pena, ¡y que no la tengamos de perder esta águila caudalosa de la Majestad de Dios y un reino que no ha de tener fin el gozarle! ¿Qué es esto? Yo no lo entiendo. Remediad, Dios mío, tan gran desatino y ceguedad (14, 4).
Otro desatino:
¿Qué es esto, Señor, que para todo somos cobardes, sino es para contra Vos? Aquí se emplean todas las fuerzas de los hijos de Adán. Y si la razón no estuviese tan ciega, no bastarían las de todos juntos para atreverse a tomar armas contra su Criador y sustentar guerra contra quien los puede hundir en los abismos en un momento (12, 1).
Y este otro:
¡Cómo fue necesario todo el amor que tenéis a vuestras criaturas para poder sufrir tanto desatino (de ir contra Dios) y aguardar a que sanemos, y procurarlo con mil maneras de medios y remedios! [...]. ¿Qué es esto, Bien mío, qué es esto? (12, 2).
Acabamos de proclamar tres de los muchos desatinos identificados por la Santa. Y viendo que no atinamos se dirige al Señor con esta plegaria:
Habed piedad, Criador, de estas vuestras criaturas. Mirad que no nos entendemos, ni sabemos lo que deseamos, ni atinamos lo que pedimos. Dadnos, Señor, luz; mirad que es más menester que al ciego que lo era de su nacimiento, que este deseaba ver la luz y no podía. Ahora, Señor, no se quiere ver. ¡Oh, qué mal tan incurable! Aquí, Dios mío, se ha de mostrar vuestro poder, aquí vuestra misericordia (8, 2).
Cristo Jesús, interlocutor extraordinario
Conociendo el amor que la Santa tenía a la persona de Cristo, vemos cómo habla con él, cómo se refiere a sus misterios, y cómo le gusta recordar este o el otro acontecimiento de la vida del Señor. Y esto lo hace, a veces, hablando con el Padre Celestial (3,1). Ejemplo magnífico de esto en un párrafo tan apretado como el siguiente: «Considerando la gloria que tenéis, Dios mío, aparejada a los que perseveran en hacer vuestra voluntad, y con cuántos trabajos y dolores la ganó vuestro Hijo, y cuán mal lo teníamos merecido, y lo mucho que merece que no se desagradezca la grandeza del amor que tan costosamente nos ha enseñado a amar, se ha afligido mi alma en gran manera. ¿Cómo es posible, Señor, se olvide todo esto, y que tan olvidados estén los mortales de Vos cuando os ofenden?» (3, 3).
Un poco más adelante llama a Cristo «el Hijo de la Virgen» y «mansísimo Jesús». Aunque aplique sus reflexiones a todos los mortales, le gusta referir a su propia persona las acciones de Cristo y lo confiesa abiertamente (3, 3).
Las efusiones oracionales de su corazón hacia Cristo Jesús son bien sentidas: «¡Oh bien mío, qué presentes teníais las culpas que he cometido contra Vos! Sean ya acabadas, Señor, sean acabadas, y las de todos» (10, 2).
Y esta otra: «Quien no le amare (al prójimo) no os ama, Señor mío, pues con tanta sangre vemos mostrado el amor tan grande que tenéis a los hijos de Adán» (2,2). Un ejemplo más: «No miréis nuestra ceguedad, mi Dios, sino a la mucha sangre que derramó vuestro Hijo por nosotros; resplandezca vuestra misericordia en tan crecida maldad; mirad, Señor, que somos hechura vuestra; válganos vuestra bondad y misericordia» (8, 3).
Cuando en páginas anteriores hemos hablado de la «condición agradecida y amorosa» de la Madre Teresa nos hemos servido de un gran párrafo de la exclamación 7, 4, y de su genialidad al decirse a sí misma: «Alégrate, ánima mía, que hay quien ame a tu Dios como él merece; alégrate que hay quien conoce su bondad y valor; dale gracias que nos dio en la tierra quien así le conoce, como a su único Hijo» (7, 3). Así hace llegar su agradecimiento a la fuente, al autor de todos los bienes.
Hablar de otros interlocutores, menos importantes que estos dos principales: el Padre Celestial y Cristo Jesús, sería alargarnos demasiado.
¿Cuál es la mejor exclamación?
Hay lectores que quieren saber cuál de las exclamaciones teresianas es la mejor. Todas son buenas, pero algunas nos pueden parecer mejores que otras. Yo, puesto a escoger, sin dar la preferencia a ninguna, señalaría tres de las 17 exclamaciones.
Me gusta la segunda por el discernimiento que hace la autora entre al amor de Dios y el amor del mundo. Es muy sagaz, y pienso que habla así desde su experiencia de joven cuando anduvo un poco enamoriscada. Según ella, el amor del mundo, quiere decir, el amor a otra persona del mundo, «no quiere compañía, por parecerle que le ha de quitar de lo que posee». El ejemplo es muy fácil: se enamoran dos galanes de una muchacha y ya tenemos la guerra, precisamente porque si va a ser para ti, ya no puede ser para mí, porque se trata de un amor limitado.
Al contrario dice: «El amor de mi Dios mientras más amadores entiende que hay, más cree; y así sus gozos se templan (se disminuyen) en ver que no gozan todos de aquel bien. Y curiosamente se sufre pensando en los muchos que hay que no quieren las riquezas encerradas en el amor de Dios. Y así el alma busca medios para buscar compañía. Y reflexiona en serio pensando que los gozos de la tierra son inciertos, aunque parezcan dados de Vos, mientras vivimos en esta mortalidad, si no van acompañados con el amor del prójimo». Su palabra definitiva es: «Quien no le amare, no os ama, Señor mío; pues con tanta sangre vemos mostrado el amor tan grande que tenéis a los hijos de Adán» (2, 1-2).
La exclamación quinta irrumpe con una serie de preguntas sobre sus peticiones, y de este torbellino salta a un recuerdo que le viene algunas veces de la queja de santa Marta en Betania. Recrea sutil y femeninamente la queja de Marta sobre su hermana María. Y cree que Marta no solo se quejaba de su hermana sino que está segura de que su mayor sentimiento era parecerle que Cristo Jesús no se dolía de que ella tuviera tanto que trabajar ni se preocupara para nada de que también ella, Marta, pudiese estar con él, como lo estaba María. Y sospecha santa Teresa que Marta sentía que Cristo Jesús no la amaba tanto como a su hermana; y esto le dolía más que el servir a quien tenía ella tan gran amor, «pues el amor hace tener por descanso el trabajo». Esta batalla de los celos en el corazón de Marta le resulta clara a Teresa de Jesús, en el dato de que no se queja directamente a su hermana sino que va con toda su queja al Señor, «que el amor la hizo atrever a decir que cómo no teníais cuidado. Y aun en la respuesta (de Cristo) parece ser y proceder la demanda de lo que digo; que solo amor es el que da valor a todas las cosas; y que sea tan grande que ninguna le estorbe a amar, es lo más necesario» (5, 2).
Estas dos exclamaciones son muy buenas, pero creo que la mejor y más rica en contenido es la última, la 17. Dada la gran calidad de esa exclamación filial, la vamos a presentar y comentar. Habrá lectores que prefieran tres de las exclamaciones en las que la Santa se sirve más que en las otras de textos bíblicos como Si 7,8-9, que la alegran particularmente y le sugieren tantas cosas, como es Prov 8,31: «vuestros deleites son con los hijos de los hombres», o Mt 11,28: «venid a mí todos los cansados», y Jn 7,37: «venid a mí los que tenéis sed».
La exclamación 17. Radiografía
Vamos, pues, a enriquecernos con el manejo de la última de las exclamaciones teresianas. Para mi gusto esta es la mejor. Es la más larga, la más densa, la más llena de contenido de tipo teológico y espiritual. Merece la pena hacer una radiografía del texto entero para de verdad darnos cuenta de cómo Teresa de Jesús, hablando con Dios, sigue siendo maestra de espíritu y guía en el camino hacia Dios, desde su fe, desde sus vivencias. Comienza con dos exclamaciones, seguidas de dos interrogaciones.
Primera exclamación: «¡Oh Dios mío y mi sabiduría infinita sin medida y sin tasa y sobre todos los entendimientos angélicos y humanos!» (17, 1). Aquí, además de lo propio de ese modo de hablar y escribir, hay una profesión de fe sobre la grandeza de Dios, de su sabiduría. No le basta llamarla infinita, sino que para explicarse mejor añade «sin medida y sin tasa»; esto así dicho suena a algo objetivo y trascendente en sí mismo, pero confrontándolo con los ángeles y hombres se afirma que la sabiduría del Señor los supera a todos ellos. Ya está, pues, volando, planeando en esas alturas de Dios la mente de la Santa.
Segunda exclamación: «¡Oh amor que me amas más de lo que yo puedo amar, ni entiendo!» (17, 1). Aunque parece que habla y que se dirige al amor en abstracto, es claro que está hablando con Dios Amor, que nos ama. Con amor más alto, más fuerte, más fiel de lo que nosotros nos podemos amar a nosotros mismos; y volviendo a su sensación de infinito, de misterio, dice que tampoco esto lo entiende, no lo puede entender, pero lo sabe y lo experimenta. Siguen las dos interrogaciones:
Pulsuz fraqment bitdi.