Kitabı oxu: «Grandes rivales de la historia»

Şrift:

GRANDES RIVALES DE LA HISTORIA

Título original: Great Rivals in History

© del texto: Joseph Cummins, 2013

© de la traducción: Albert Beteta Mas, 2021

© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.

Primera edición: enero de 2022

ISBN: 978-84-18741-37-1

Diseño de colección: Enric Jardí

Diseño de cubierta: Anna Juvé

Imagen de cubierta: The Emperor Napoleon in His Study at the Tuileries, Jacques-Louis David y Sir Arthur Wellesley, Thomas Lawrence Maquetación: Àngel Daniel

Producción del ePub: booqlab

Arpa

Manila, 65

08034 Barcelona

arpaeditores.com

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

SUMARIO

INTRODUCCIÓN

ALEJANDRO MAGNO Y DARÍO III

Un duelo entre los dos grandes reyes de la Antigüedad

ANÍBAL BARCA Y ESCIPIÓN EL AFRICANO

Leyendas y caballeros

CAYO JULIO CÉSAR Y CNEO POMPEYO MAGNO

Una batalla por el espíritu de Roma

GUILLERMO EL CONQUISTADOR Y EL REY HAROLDO GODWINSON

Solo un rey puede reinar

ENRIQUE II Y TOMÁS BECKET

«¡Que alguien me libre de este cura insurrecto!»

EL REY RICARDO I Y EL REY JUAN

Hermanos y adversarios

FELIPE IV DE FRANCIA Y EL PAPA BONIFACIO VIII

La batalla épica entre el cuerpo y el alma

FRANCISCO PIZARRO Y DIEGO DE ALMAGRO

Conquistadores y rivales

ISABEL I Y MARÍA ESTUARDO

Dos reinas, una corona

CARLOS XII DE SUECIA Y PEDRO EL GRANDE DE RUSIA

Una lucha a muerte entre los reyes del norte

BENEDICT ARNOLD Y HORATIO GATES

Una lucha por el poder

AARON BURR Y ALEXANDER HAMILTON

El duelo que cambió la historia de los Estados Unidos de América

NAPOLEÓN BONAPARTE Y EL DUQUE DE WELLINGTON

Tan parecidos y tan sumamente diferentes

EL CONDE DE LUCAN Y EL CONDE DE CARDIGAN

La carga de la Brigada Ligera

BENJAMIN DISRAELI Y WILLIAM GLADSTONE

Grandes hombres de Estado, grandes resentidos

FRANCISCO «PANCHO» VILLA Y EMILIANO ZAPATA

Dos rebeldes de causas dispares

ADOLF HITLER Y ERNST RÖHM

La noche de los cuchillos largos

IÓSIF STALIN Y LEÖN TROTSKI

El ejecutor y el soñador

CHIANG KAI-SHEK Y MAO ZEDONG

La batalla por una nación

EL GENERAL VASILY CHUIKOV Y EL MARISCAL FRIEDRICH PAULUS

El campesino contra el burócrata

GEORGE S. PATTON Y BERNARD LAW MONTGOMERY

El guerrero contra el estratega

HARRY S. TRUMAN Y DOUGLAS MACARTHUR

El presidente frente al general

VO NGUYEN GIAP Y CHRISTIAN DE CASTRIES

La lucha por Dien Bien Phu

JOHN F. KENNEDY Y RICHARD M. NIXON

Dos rivales por la presidencia

BIBLIOGRAFÍA

«Si me detengo a pensar quién podría llegar a estar

a mi altura, no se me ocurre persona alguna».

GENERAL GEORGE S. PATTON

INTRODUCCIÓN

En adelante, en cualquier comunicado que me hagáis, dirigíos a mí como el Rey de toda Asia. No me escribáis como a un igual. Todo lo que poseéis ahora es mío; de modo que, si queréis algo, comunicádmelo en los términos apropiados o tomaré medidas para que seáis tratado como un criminal. Si, por otro lado, deseáis disputar el trono, mostraos y luchad por él en vez de huir. Allí donde os escondáis, tened por seguro que os encontraré.

La nota anterior, enviada por el altivo Alejandro el Grande a su gran rival Darío, rey de Persia, puede que nos resulte dura y avasalladora: ¿realmente era necesario humillar a un hombre de esa manera? Pero a decir verdad, ¿quién de nosotros no ha escrito alguna vez algo similar, aunque sea en nuestros pensamientos? Muchos de nosotros hemos mandado (aunque sea por telepatía) este tipo de mensajes implacables a gente de todos los ámbitos —a compañeros de trabajo, a hermanos, a rivales en el amor o incluso a esa persona tan simpática que acaba de quitarnos el aparcamiento.

Este impulso de competitividad puede parecer un tanto impactante, pero la rivalidad es, literalmente hablando, algo del todo natural. «Si la evolución y la supervivencia de los más fuertes es un hecho —escribió William James— la destrucción […] de los adversarios humanos probablemente sea uno de los instintos primarios más importantes del hombre». Los humanos nacen rivales —se han observado signos de rivalidad en bebés de seis meses, especialmente entre hermanos.

Muchas de nuestras rivalidades tienen efecto solo sobre nuestras vidas y sobre algunas de las personas que nos rodean, pero hay veces en que las rivalidades han llegado a cambiar el curso de la historia, y es alrededor de estas guerras personales que se ha forjado este libro. Desde el conflicto entre Alejandro y Darío hasta el enfrentamiento entre dos maestros del espionaje que compitieron durante la Guerra Fría, el libro muestra lo que sucede cuando la gente que tiene enemistades personales tiene enormes recursos a su alcance y poco reparo en llegar hasta las últimas consecuencias para destruir a sus rivales.

La firmeza con que algunos de los personajes de estas historias intentan erradicar a sus oponentes es sobrecogedora. Alejandro y Darío lucharon con hordas de hombres enfrascados en un combate cuerpo a cuerpo en un intento de matarse el uno al otro; Alexander Hamilton y Aaron Burr terminaron batiéndose en duelo en un acantilado de Nueva Jersey, y Adolf Hitler acabó con Röhm en la celda de una prisión.

Pero otras rivalidades pueden llegar a ser más complejas. Muchas de ellas surgen cuando las partes enfrentadas compiten por un interés mutuo. Una consecuencia de que dos personas deseen fervorosamente lo mismo es que pueden llegar a descubrir que son bastante iguales. Por ejemplo, Isabel I y María Estuardo tenían mucho en común y ambas expresaban un deseo desgarrador no de gobernar sus reinos, sino de ser buenas amigas. Tomás Becket y el rey Enrique II se amaban el uno al otro —no cabe la menor duda—, pero ambos deseaban llevar las riendas, y llegados a este punto jamás llegaron a reconciliarse.

Sea como fuere la naturaleza de la rivalidad, en cada una de las veinticuatro historias compiladas en este libro la rivalidad personal cambió el curso de una sociedad, de una batalla, de un país o incluso de toda la humanidad. Aunque la historia ha sido moldeada por causas tan diversas como complejas, la competición entre Julio César y Cneo Pompeyo, entre Guillermo el Conquistador y el rey Haroldo, entre Benedict Arnold y Horatio Gates, por nombrar a algunos, cambiaron la vida de millones de personas. La rivalidad entre Carlos XII y Pedro el Grande hundió a Suecia y puso a Rusia en el mapa. La fiera pugna entre el rey Felipe IV de Francia y el papa Bonifacio puso las bases de la separación Iglesia-Estado. Chiang Kai-shek y Mao Zedong lucharon y decidieron el futuro de la nación más poblada de la tierra.

Verdaderamente, estas grandes rivalidades de la historia han dejado el mundo tal y como hoy lo conocemos.


ALEJANDRO MAGNO


DARÍO III

ALEJANDRO MAGNO
Y DARÍO III
Un duelo entre los dos grandes reyes de la Antigüedad

La época de Alejandro el Grande de Macedonia y el rey Darío III de Persia eran tiempos de héroes épicos, una era en que los reyes guerreros luchaban en primera línea de combate escoltados por una multitud de fanáticos. Alejandro era conocido por abalanzarse contra sus enemigos en la batalla blandiendo la espada sin calibrar las consecuencias. Darío, que era unos veinte años mayor que él, no era tan temerario; pero, montado en su cuadriga real, también acometía fervorosamente contra el enemigo en las sangrientas aglomeraciones que se formaban en las guerras de la Antigüedad.

Los dos gobernantes, ambos criados en cortes reales inestables, tenían mucho en común, incluyendo la rápida capacidad de reacción en situaciones extremas: Darío pagó con la misma moneda a un hombre que pretendía envenenarlo, forzando al asesino a beberse su propio brebaje mortal; mientras que la cabeza fría de Alejandro frente al peligro extremo no tiene parangón en ningún general, exceptuando a Napoleón. Ambos también compartían el principio moral de nobleza obliga y la capacidad de admirar las estratagemas del otro. A fin de cuentas, sin embargo, según la política del poder del siglo IV a. C., la suya era una rivalidad que tenía que lucharse a muerte. Alejandro y Darío se enfrentaron en tres batallas cruciales en un lapso de cuatro años, y en dos de ellas intentaron matarse mutuamente.

Solo uno de ellos sobrevivió, y su suerte cambió el curso de la historia.

EL MUNDO DE ALEJANDRO Y DARÍO

Durante el siglo y medio que precedió a la época de Alejandro y Darío, el todopoderoso Imperio persa regía el mundo conocido. Fundado en el año 559 a. C. por Ciro II el Grande, conquistador de la gran metrópolis de Babilonia, el Imperio acabó extendiéndose desde Pakistán en el este, a través de Asia Central por el oeste y hasta Egipto por el sur. Los persas dividieron el mundo conquistado en provincias sometidas al poder de los sátrapas, como se denominaban los gobernadores de las provincias persas, cuya función principal era recaudar tributos para las arcas imperiales, lo que proporcionó una extraordinaria riqueza a sus dirigentes.

Hasta cierto punto, los persas eran tolerantes con las religiones de los pueblos conquistados, e incluso con su forma de autogobierno, siempre y cuando pagaran sus impuestos. No obstante, sus gentes debían inclinarse ante la augusta figura del Gran Rey, o del Rey Único, el hombre divino que los persas consideraban a todas luces el gobernante más glorioso de la faz de la tierra.

Pero pagar este tipo de tributos era una exigencia que los aguerridos griegos rehusaron. Durante las Guerras Médicas del 500-448 a. C., el poderío del rey Jerjes y su masivo ejército persa fueron contenido por una alianza de fuerzas de las ciudades-Estado griegas en célebres batallas como Maratón, las Termópilas y Salamina, bajo el mando de cabecillas como el rey espartano Leónidas y el ateniense Temístocles. Tras mantener a raya a los invasores persas, emergió la era dorada de Grecia, pero la unidad no tardó en resquebrajarse. A decir verdad, jamás perduró debido al díscolo carácter de los antiguos griegos. La guerra del Peloponeso devastó el país a finales del siglo V, tras la cual el rey Filipo II de Macedonia —esa región salvaje y montañosa del norte de Grecia— conquistó toda Grecia a excepción de Esparta y puso sus codiciosos ojos en las satrapías persas de Asia Menor, que se encontraban al otro lado del Helesponto, como se conocía entonces el actual estrecho de los Dardanelos.

En el 356 a. C. Filipo tuvo un hijo al que llamó Alejandro. Al alcanzar su juventud, Alejandro ya era un chico glorioso —atractivo, de rubicundas mejillas y pelirrojo, a pesar de tener, como anotó más de un antiguo cronista, unos dientes pequeños y peculiarmente puntiagudos—. Su tutor fue ni más ni menos que Aristóteles —no está mal para un futuro conquistador—, pero su instrucción ultrapasó las doctrinas convencionales, ya que luchó junto a su padre durante las conquistas de Filipo y se distinguió por su bravura casi temeraria.

«FILIPO HA MUERTO, ¡LARGA VIDA A ALEJANDRO!»

Más tarde, una noche de verano del año 337 a. C., Filipo —soez, bebedor y duro de roer— fue atravesado por una espada mientras iba de camino a un banquete nupcial. El asesino, que fue abatido inmediatamente por la guardia real de Filipo, era un joven llamado Pausanias, con quien Filipo había tenido una aventura (la homosexualidad, así como la poligamia, solían darse con frecuencia entre la aristocracia macedonia), lo que indica que probablemente se tratara de un crimen pasional. Sin embargo, las intrigas de la corte real macedonia eran tan enmarañadas como el pelo de Medusa. Filipo también se había enemistado con su tercera esposa, la imponente Olimpia, quien resultó ser la madre de su hijo Alejandro, que por aquel entonces tenía ya veinte años. Algunas fuentes de la Antigüedad culpan a Olimpia y a Alejandro del asesinato de Filipo: Olimpia, vehemente y hermosa, era miembro de una secta adoradora de serpientes; y Alejandro, dotado de una mente brillante pero de naturaleza inestable, estaba convencido de que su verdadero padre era Zeus y de que este había embarazado a Olimpia lanzándole un rayo en el vientre.

Fuera como fuere, Alejandro subió al trono en el año 336 a. C. y, con ello, pasó a acaudillar al veterano ejército macedonio, que se había curtido en las guerras de Filipo contra los griegos y ahora se preparaba para invadir los emplazamientos persas de Asia Menor, en el actual norte de Turquía. Territorios pertenecientes al rey elegido: Darío Codomano.

DARÍO, EL GRAN REY

Darío había asumido el poder en circunstancias tan violentas como las de Alejandro. Nacido alrededor del año 380 a. C., Darío no era un descendiente directo de los grandes emperadores persas Darío I y Jerjes, quienes antaño habían luchado contra los griegos. No obstante, nuestro Darío, cuyo nombre de nacimiento era Codomano, probablemente era un primo lejano suyo. Pero la sangre real de los reyes persas corría por sus venas y tuvo una infancia acomodada en las ricas tierras de Mesopotamia, entre el Tigris y el Éufrates, durante la cual pasó largos periodos en los suntuosos palacios reales de Babilonia.

Darío, ya de joven, era un guerrero feroz. En aquellos tiempos era frecuente una práctica que consistía en que antes de que dos fuerzas enemigas entraran en combate los campeones se desafiaban individualmente, como si de gladiadores se tratase, mientras ambos ejércitos se observaban. En una ocasión, alrededor del año 360 a. C., Darío retó al líder de una tribu persa rebelde a un duelo como ese, y terminó decapitando a su adversario a los pocos minutos tras una polvorienta lucha.

A pesar de su bravura, Darío, que era un cortesano de la realeza babilónica, no era un hombre cruel y veía con consternación cómo el rey persa Artajerjes III Oco y su hijo, Arsés, trataban a sus súbditos con severidad, les cobraban impuestos despiadadamente y sofocaban con violencia cualquier rebelión. Esta impopularidad los convirtió en vulnerables. Por ello, el eunuco Bagoas, visir de la corte, urdió una conspiración: asesinó a padre e hijo y buscó a alguien que ocupase el trono de Persia, alguien a quien pudiera controlar fácilmente.

Bagoas propuso a Darío, que ascendió al trono el mismo año que Alejandro —336 a. C.— y adoptó el nombre dinástico de Darío III. Sin embargo, Bagoas advirtió que Darío no era lo suficientemente manipulable: un día de verano, mientras el cantar de los pájaros irrumpía en los coloridos jardines de la corte persa, el visir trató de asesinar a Darío ofreciéndole una copa decorada con joyas que contenía veneno en su interior. Darío le sonrió, alzó la copa y, a continuación, agarrando al eunuco por el pelo, lo obligó a tragarse el ponzoñoso brebaje. Bagoas empezó a respirar con dificultad hasta asfixiarse y cayó muerto a sus pies, lo que convirtió a Darío en el verdadero soberano de Persia y de gran parte del mundo conocido.

LA INVASIÓN DE ALEJANDRO

El flamante Gran Rey apenas tuvo tiempo de disfrutar de su dominio y gloria todopoderosos, y es que en la primavera del año 334 a. C. Alejandro embarcó a su imponente ejército en ciento cincuenta trirremes y cruzó el legendario Helesponto (actual estrecho de los Dardanelos) rumbo a Asia Menor. ¿Con qué propósito? Esta es una pregunta interesante de hipotéticas respuestas. Alejandro era un joven enamorado del supuestamente glorioso pasado de los griegos (portaba con él una copia de la Ilíada de Homero en sus campañas e incluso cruzó el Helesponto tomando la misma ruta por la que discurrieron los antiguos griegos camino de Troya). Alejandro también quería liberar las ciudades griegas de Asia Menor que se encontraban bajo dominio persa —igual que muchos otros conquistadores, buscaba ser visto como un libertador—. También su ego, su abrumador concepto de sí mismo, era tan grande que pretendía someter al mundo a su voluntad. Pero justo es decir que también había una razón mucho más mundana, las deudas. Filipo había dejado Macedonia prácticamente arruinada, y Alejandro quería llenar las arcas macedonias con oro persa.

Así que Alejandro marchó sobre Persia con cuarenta mil hombres: cinco mil unidades de caballería a lomos de los veloces ponis macedonios (dos tercios inferiores en tamaño respecto a los corceles usados posteriormente por los caballeros del medievo) junto con un conjunto de falanges que constituían la temible columna vertebral del ejército, cada una de las cuales estaba formada por una unidad de dieciséis soldados armados con una robusta lanza de 5,5 metros de largo conocida como sarisa. Dichas falanges —cuya infantería se conocía como falangitas— habían sido adiestradas para moverse simultáneamente a conveniencia y tenían la capacidad de atacar por los flancos o por el frente. Eran muy temidas en el mundo antiguo, pues eran tan impenetrables que prácticamente constituían pequeñas fortalezas armadas móviles.

LA BATALLA DEL GRÁNICO

A pesar de que Darío se tomó muy en serio la amenaza que suponía la invasión de Alejandro, al principio fue incapaz de concebir la magnitud del problema que entrañaba su desafío. Al fin y al cabo, el rey persa era consciente de que en poco tiempo podía reunir un ejército de ciento cincuenta mil unidades entre caballería e infantería, equipado con armas más ligeras que el macedonio, pero rápido, valiente y fácil de maniobrar, con arqueros capaces de producir aterradoras lluvias de flechas mortíferas. Envuelto en un halo de invencibilidad tan inescrutable como el de Alejandro, Darío se reunió con su mejor general, Memnón de Rodas (sí, un griego, como tantos otros que servían entre las filas persas), y le pidió consejo sobre cómo manejar la incursión del advenedizo macedonio. «Una política de tierra quemada —respondió Memnón—. Quemadlo todo, retiraos ante Alejandro y no dejéis nada con lo que él o su ejército puedan abastecerse». Darío estaba al tanto de la crítica situación financiera de Alejandro; incapaz de alimentar o pagar a sus soldados, no tardaría en abandonar su campaña y en emprender el camino de vuelta a Macedonia.

Pero Darío y la aristocracia persa, con grandes palacios y extensiones en Asia Menor que hubieran sido pasto de esa política, no lo permitieron. El orgullo de Darío, menos aún. Desoyendo sus consejos, puso a Memnón al mando de un ejército de setenta y cinco mil hombres —más que suficiente, a su entender, para hacer frente a cuarenta mil macedonios— para salvaguardar los bancos del río Gránico (hoy llamado río Kocabaş por los turcos), que fluye al oeste de la actual Turquía. Supuestamente, el macedonio no iba a ser tan insensato como para cargar directamente cruzando un río bajo una lluvia de lanzas y flechas persas y remontar un terraplén escarpado.

Pero eso fue nada más y nada menos lo que hizo Alejandro un día de junio del año 334 a. C. Así lo narran las crónicas del historiador romano Plutarco:

Alejandro se zambulló en el río con trece escuadrones de caballería. Entonces recibió una salva de proyectiles enemigos, y avanzó en dirección a un área escarpada protegida por hombres armados y caballería mientras sorteaba una corriente que arrastraba a sus hombres y los hundía en el agua.

Plutarco califica su comportamiento como «incauto e insensato, en vez de prudente». Y efectivamente estaba en lo cierto. Alejandro perdió su caballo y su yelmo, y un noble persa le infligió una herida severa de sable en la cabeza (su compañero Clito el Negro le salvó la vida en el último momento). No obstante, finalmente, el desconcierto provocado por su ataque sorpresa surtió efecto e hizo que los persas huyeran dejando atrás dos mil quinientos muertos. Alejandro había salido airoso de la contienda.

27,69 ₼
Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
13 noyabr 2024
Həcm:
489 səh. 50 illustrasiyalar
ISBN:
9788418741371
Naşir:
Tərcüməçi:
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
Yükləmə formatı: