Kitabı oxu: «Cooperadores de la verdad»
JOSEPH RATZINGER
COOPERADORES DE LA VERDAD
(Reflexiones para cada día del año)
Introducción, traducción y notas:
JOSÉ LUIS DEL BARCO
Segunda edición
EDICIONES RIALP
MADRID
Título original: Mitarbeiter der Wahrheit Gedanken für jeden Tag.
© 2021 de la versión española, realizada por JOSÉ LUIS DEL BARCO COLLAZOS,
by EDICIONES RIALP, S.A.,
Manuel Uribe 13-15, 28033 Madrid
(www.rialp.com)
El editor se encuentra a disposición dxerechos de autor con los que no haya podido ponerse en contacto.
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopias, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Cubierta: Studio 5
Fotocomposición: M. T., S. A.
Realización ePub: produccioneditorial.com
ISBN (edición impresa): 978-84-321-5392-1
ISBN (edición digital): 978-84-321-5393-8
ÍNDICE
PORTADA
PORTADA INTERIOR
CRÉDITOS
INTRODUCCIÓN
PRÓLOGO
ENERO
FEBRERO
MARZO
ABRIL
MAYO
JUNIO
JULIO
AGOSTO
SEPTIEMBRE
OCTUBRE
NOVIEMBRE
DICIEMBRE
ÍNDICE DE OBRAS
AUTOR
PATMOS, LIBROS DE ESPIRITUALIDAD
INTRODUCCIÓN
Verdad y eticidad
Aun cuando la estructura de Mitarbeiter der Wahrheit pudiera sugerir que nos encontramos ante una obra sin unidad ni pretensiones sistemáticas, la lectura detenida de sus páginas nos hará modificar sustancialmente ese juicio. No hay en ellas, ciertamente, un tema central que dirija las reflexiones del autor y capture, por así decir, férrea y completamente su atención. Fiel a su objetivo de construir «una especie de breviario de la vida cotidiana», se ocupa, con hondura y maestría inigualables, de las grandes cuestiones de la vida cristiana. La enumeración completa sería tediosa. No está demás, sin embargo, indicar algunas de las más sobresalientes: la fe, la esperanza, la caridad, el sentido de la muerte, la perennidad del mensaje cristiano, los valores cristianos ante el resto de la sociedad tecnológica, la relación entre Teología y Magisterio, el nacimiento y la Pasión de Cristo, el cielo, el purgatorio, el infierno, la actitud del intelectual cristiano, el sentido del dolor, el Concilio Vaticano II, etc. Un riquísimo y variado conjunto de problemas, pues,con ambiciones de abarcar las cuestiones decisivas de la existencia cristiana.
Ese aparente abigarramiento temático está, no obstante, cruzado internamente por una idea central, brillante y fecunda, que enhebra los variados asuntos confiriéndoles unidad y coherencia. Podríamos formularla así: «sin verdad no se puede obrar rectamente... la voluntad de verdad, la búsqueda humilde de la verdad, la disposición permanente a aprenderla es el supuesto fundamental de toda mo ral»[1]. Pese a su aparente sencillez, esa fórmula encierra, en la intención del autor, algunas de las más grandes y complejas cuestiones de la historia del pensamiento. Sin referirlos de un modo o de otro a la verdad resulta imposible entender cabalmente, por ejemplo, el hombre, el amor o el mismo Dios. El hombre, porque es lo más adecuado a su esencia, la «llamada del propio ser»[2]; el amor, porque la supone[3]; Dios, porque la es[4].
Aprehender la naturaleza del hombre ha sido un empeño constante del pensar. Kant reconoció sin titubeos que la pregunta «¿qué es el hombre?» —que aparece formulada en el Salmo 8 mucho antes de que la planteara el filósofo regiomontano— encierra de algún modo la respuesta a los demás interrogantes filosóficos —«¿qué puedo conocer?», «¿qué debo hacer», «¿qué me cabe esperar?»—, pues todas son preguntas antropológicas que, en última instancia, remiten a ella[5].
A pesar de haber sido estudiada entusiásticamente, la esencia del hombre ha sido con frecuencia erróneamente entendida. En ocasiones se incurre en un dualismo que olvida su intrínseca unidad[6]. Otras veces se comete un torpe reduccionismo, que restringe el problema del hombre a una investigación sobre la fórmula química de la estructura del ADN de sus genes o sobre la capacidad de adaptación de su organismo a un determinado «nicho ecológico». Buena parte de la antropología moderna concibe al hombre como «mono desnudo», «rata pérfida», «destructor de la naturaleza», o como simple «producto de la herencia y del azar», incurriendo en un reduccionismo miope inhábil para dar cuenta de las dimensiones genuinas de lo humano, cuya gravedad se aprecia con fuerza creciente en las variadas formas de degradación y envilecimiento de que es objeto el hombre contemporáneo.
Semejante desenfoque, que lleva a identificar, como ha hecho Sartre, el infierno con el otro, o a definir al hombre como «robot ciegamente programado para la conservación de moléculas egoístas»[7], es una manifestación de la crisis de nuestra época, cuyo núcleo fundamental se halla en la renuncia a la verdad. Sin tomarla en consideración no se puede explicar suficientemente la naturaleza humana, pues su singularidad inequívoca reside en la capacidad para reconocer la verdad[8]. Ella es lo más adecuado a su esencia[9], su auténtica vocación: para ella ha sido creado por Dios[10]. Sin ese elemento, del que vive y se nutre, se hunde el suelo sobre el que se asienta su existencia.
Si el hombre no fuera «el ser que se mueve en la verdad», su misma dimensión moral resultaría inexplicable, pues, como hemos indicado previamente, sin verdad no se puede obrar rectamente. La moral remite ineludiblemente a la verdad. Y ello de doble modo. De un lado, constituyéndose en fundamento suyo. Como quiera que el lenguaje de la naturaleza es también el lenguaje de la moral, desentenderse de la verdad significa quedar incapacitado para comprenderlo, pues «el hombre que vive contra la verdad vive también contra la naturaleza»[11]. Apartarse de aquélla significa alejarse de ésta, eliminar el supuesto sustentante de la eticidad, es decir, permitir la vigencia del principio «lo antinatural es lo normal» que constituye una de las expresiones más netas del amoralismo. De otro, estableciendo su requisito esencial, a saber, «la libre aceptación de nuestro ser», por decirlo con la atinada expresión de Millán-Puelles[12] «Sólo podemos ser rectos y justos, si la rectitud triunfa en nosotros, si somos “correctos”. Sólo nos cabe ser tal cosa, empero, si corresponde a la verdad de nuestro ser... No puede haber justicia, si no comienza habiéndola en el hombre. Pero en el hombre no puede haberla si niega radicalmente su verdad»[13]. Sin esa doble remisión a la verdad, la moral se ve abocada a una de las siguientes situaciones: o a desaparecer, pues si la verdad no existe está justificado todo, o al fanatismo, cuyas manifestaciones más sobresalientes son la primacía de lo técnico sobre lo ético y la justificación de los medios por los fines a los que se ordenan.
La ética asentada sobre la verdad del ser y su libre aceptación es una moral del amor[14]. Para percibirlo basta reparar en la identidad de sus fines. El de la moral es, expresado con las bellas palabras del Píndaro, hacer que el hombre llegue a ser el que es, conseguir que su vida culmine recibiendo el beneficio habitual derivado del correcto ejercicio de su dotación activa. El del amor, permitir el nacimiento definitivo del hombre —sin el que el biológico queda incompleto— que le proporciona el asentimiento amoroso a su ser. En esa medida, en tanto que acto fundamental de acogimiento y afirmación del ser del otro, el amor permite construir una ética capaz de superar el dualismo, presente de modo casi ininterrumpido en la historia ‘de los sistemas morales, entre eudemonismo y universalismo.
La fundamentación es una de las tareas filosóficas esenciales. Nunca es tan ineludible, sin embargo, como cuando el ámbito de realidad necesitado de ella es un dominio de incondicionalidad: el de la verdad, la belleza o el bien. Todos ellos reclaman una especie de asentimiento universal, que no es sino el trasunto de la interna coherencia y validez «de suyo», al margen de las decisiones humanas, que los caracterizan. La incondicionalidad de lo moral se puede percibir sin dificultades reparando en su carácter de ámbito no sujeto a compromisos. La moralidad es la región que marca el límite de los pactos posibles. En su caso la labor fundamentadora es, pues, especialmente urgente.
Nuestras anteriores reflexiones permiten extraer una importante conclusión: la moral se asienta en la verdad y en afirmar y aceptar libremente la constitutiva de nuestro ser. Ahora bien, ¿cuál es la verdad del hombre? J. K. Ratzinger la ha expresado así: «La verdad de nuestro ser es que Dios nos ha creado y que Él es nuestro camino»[15]. No vivir en la verdad de nuestro ser significa dos cosas. En primer lugar, perder el norte y, en consecuencia, extraviarse. «Cuando el mundo se cierra a Dios y se separa de Él es como un planeta fuera de su campo gravitatorio vagando sin rumbo por la nada. Es como una tierra en la que ya no brilla el sol y en la que la vida se extingue»[16]. En segundo lugar, remover el fundamento de la eticidad y la medida necesaria para el obrar recto. Si Dios no existe, dice el genial novelista ruso F. Dostoyewski, todo está permitido. A esta proposición puede ponérsele reparos, pero también hay que concederle que percibe un hecho fundamental: el de la pérdida de la norma moral que supone eliminar el fundamento de la ética. «Cuando el hombre pierde a Dios, ya no puede ser justo nunca más, pues al olvidar a Dios extravía su norma fundamental. Si nos desligamos de la verdadera medida, todo lo demás no podrá ser sino desmesura»[17]. Así podríamos expresar ahora la idea rectora a la que aludíamos al comienzo de nuestras reflexiones: la moralidad se funda en la verdad del hombre, y la verdad del hombre es la Verdad.
JOSÉ LUIS DEL BARCO COLLAZOS
Málaga, otoño 1990
[1] J. K. Ratzinger, Mitarbeiter der Walzrlzeit. Herausgegeben von Sr. Irene Grassl, Verlag Johann Wilhelm Naumann, Würzburg, 1990, p. 242 (243). El número entre paréntesis indica la página de la edición española.
[2] Ibíd. p. 230 (232).
[3] Ibíd. p. 83 (87).
[4] lbíd. p. 212 (215).
[5] «lm Grunde konnte man aber alles dieses zur Anthropologie rcchnen, weil sich die ersten drei Fragen auf die letzte beziehen». l. Kant, Logik, Konigsb erg, 1800, p. 26.
[6] Cfr. R. Spaemann, Über der Begriff einer Natur des Menschen, en Der Mensch in den modernen Wissenschoften, Klett-Cotta, Stuttgart, 1985, pp. 100-116.
[7] R. Dawkins, Das egoistische Gen, Berlín, 1978, p. 145.
[8] J. K. Ratzingcr, op. cit., pp. 279-280 (279-280).
[9] lbíd., p. 230 (232).
[10] lbíd., p. 280 (280).
[11] lbíd., p. 215 (218).
[12] Cfr. A. Millán-Puelles, El ser y el deber, en Sobre el hombre y la sociedad, Rialp. Madrid, 1975, pp. 55-89.
[13] J. K. Ratzinger, op. cit., p. 212 (215).
[14] Cfr. R. Spaemann, Glück und Wohlwollen. Versuch über Ethik, Klett-Cotta, Stuttgart, 1989.
[15] J. K. Ratzinger, op. cit., p. 212 (215).
[16] Ibíd.
[17] Ibíd.
PRÓLOGO
Poco después de mi consagración como obispo, en mayo de 1977, vino a mí la hermana Irene Grassl con la idea de reunir textos para los distintos días del año, tomados de mis diferentes escritos, en una especie de breviario de la vida cotidiana. El título que finalmente se ha encontrado para esta antología indica también la razón por la que he dado mi aprobación al proyecto: creo que una colección de palabras de meditación como la presente puede contribuir a su modo a desempeñar la tarea que anuncia mi tema, tomando de la III Carta de San Juan (vers. 8): «cooperadores de la verdad». Con esta fórmula expresa San Juan la participación de todos los creyentes en el servicio del Evangelio, así como la dimensión «católica» de la fe. El «presbítero», como se llama a sí mismo, pide hospitalidad para los apóstoles. Advierte así contra el autoaislamiento de las comunidades que se entienden como círculos cerrados. Para San Juan, rehusar hospitalidad a los misioneros es expresión de una catolicidad rechazada y, por lo mismo, significa también cerrarse a la verdad. En cambio, el acto de amor por el que los creyentes ofrecen alimento y albergue a los apóstoles peregrinos es también un servicio a la verdad. Por medio de su amor hacen posible la proclamación, convirtiéndose así ellos mismos en cooperadores del Evangelio. Así pues, en esa expresión sencilla se manifiesta el entrelazamiento de la verdad y el amor, de la fe personal y la catolicidad de la Iglesia; mas, al propio tiempo, la coordenación entre quienes se hallan revestidos de autoridad y fieles, entre quienes, en sus diferentes funciones, llevan solidariamente la carga y la gracia del Evangelio.
Una fórmula de amplitud y profundidad tales tiene la doble posibilidad de ser utilizada de diversas maneras y de expresar, desde distintos lados, algo siempre nuevo. Para mí se ha convertido en una perífrasis de lo que constituye la tarea del obispo: el obispo —especialmente él— es también «ca-operador», es decir, no interviene en nombre propio, sino que está enteramente determinado por el «con»: sólo cuando obra «con» Cristo y «con» toda la Iglesia creyente de cualquier tiempo y lugar hace lo que tiene que hacer. Su misión no es construirse una comunidad, sino levantar la Iglesia de Cristo. Esto quiere decir que tiene que conducir a Aquel que es el camino precisamente porque es la verdad (Ioh 14,6). El amor al que nos quiere llevar la fe es realmente esperanza y salvación para los hombres, ya que viene de la verdad y lleva a la verdad. La mera comunidad sin verdad sería sólo un analgésico, no la curación. En la palabra insondable de los «cooperadores de la verdad» lo decisivo es la conexión de verdad y amor.
Confío en que este libro pueda ser una decidida cooperación con la verdad. La obra solicita su hospitalidad, su reflexión y fe compartidas: quisiera abrir ventanas por las que pudiéramos dirigir nuestra mirada a la verdad del Evangelio. También quisiera despertar valor para la cooperación y servir de ayuda para el amor que el Señor nos ha encomendado como su nuevo mandamiento (Ioh 13,34).
Agradezco sinceramente a la hermana Irene Grassl la paciencia y el esfuerzo que ha derrochado para reunir las piezas de una pluralidad de obras dispersas que puedan servir para formar un breviario como el presente. ¡Ojalá que su esfuerzo dé fruto y ayude a muchos lectores a aprender de nuevo, día tras día, a ser cristianos!
ENERO
1.1.
En el umbral del nuevo año la Iglesia pone estas palabras de la Epístola a los Gálatas: sois hijos en los que el Espíritu grita ¡Abba! La Iglesia nos presenta este pasaje como una palabra de confianza, que nos debe ayudar a entrar sin temor en un futuro cuyo rumbo no podemos conocer. El pasaje siguiente quiere también dar escolta a lo porvenir: por ser hijos somos libres, y por ser hijos somos también herederos. Con ello se debe revelar el contenido último de nuestro futuro: como herederos de Dios seremos señores del universo. De antemano no es posible, verdaderamente, decirle más al hombre. Con todo, nos será difícil hacer nuestra la esperanza de este texto: nos falta la ingenuidad que nos haría pronunciar Abba. Sí, en nosotros hay una resistencia a decir «padre» que nace de nuestro deseo de mayoría de edad. El padre no nos parece ya, como a Pablo, el garante de la libertad, sino la oposición a ella. Sólo vale el compañero, el padre nos evoca «dominio». Marchamos en la misma dirección que el hijo menor, que hace que se le pague su herencia y no quiere saber nada más de su padre, sino sólo del futuro que él mismo se labre. Así pues, un solo texto, un pequeño texto, el saludo del año nuevo que la Iglesia nos dirige puede revelar el esfuerzo que entraña ser cristiano hoy día. Para muchos es disparatado lo que a nosotros nos parece natural, se pide una inversión de la marcha. Pese a todo, si tenemos valor para mantenernos firmes, no será difícil entenderlo. Quien sólo se ocupa de sí mismo no puede descubrir, en el fondo, más que su debilidad: no puede ser más que un robot en un universo dominador y en una sociedad que lo planifica de forma prepotente. Quien puede decir «padre» al Señor de todo tiene, efectivamente, fundamento para la confianza. A él pertenece el futuro. ¿Por qué no habría de semos posible vivir en nuestro tiempo la fuerza contagiosa de esta confianza?
2.1.
E1 hombre necesita un ritmo, y es el año el que se lo da: y ello ya desde la creación, y, posteriormente, por medio de la historia que la fe presenta en el transcurso del año. «Todo tiene su momento y todo cuanto se hace debajo del sol tiene su tiempo. Hay tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado... tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de lamentarse y tiempo de danzar» (Eclesiastés 3,l y ss.). Según eso, ahora estamos interesados en el año eclesiástico, que permite al hombre medir la historia entera de la salvación con el ritmo de la creación, ordenando y limpiando de ese modo la multiplicidad caótica de nuestro ser. En el año eclesiástico importa ante todo pasar revista de nuevo a la magna historia de los recuerdos, despertar la memoria del corazón y aprender así a ver la estrella de la esperanza. Todas las fiestas del año eclesiástico son acontecimientos del recuerdo y, por lo mismo, sucesos de la esperanza. Los grandes recuerdos de la humanidad, que custodia y abre el año de la fe, deben convertirse merced a la configuración de los tiempos sagrados por la liturgia y los usos de los pueblos en recuerdos personales de la propia historia de la vida. Los recuerdos personales se alimentan de los magnos recuerdos de la humanidad; los grandes recuerdos se conservan exclusivamente merced a su traducción en el ámbito de lo personal. El que los hombres puedan creer es algo que, sin excepción alguna, depende también de que la fe se torne una realidad amada en el curso de sus vidas, de que la humanidad de Dios se manifieste a través de la humanidad del hombre. No hay duda de que cada uno de nosotros podría contar su propia historia de lo que para su vida significan los recuerdos de las fiestas navideñas, pascuales o cualquiera otra.
3.1.
«Cuando eras joven te ceñías tú mismo y te ibas a donde querías. Cuando seas viejo extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde no quieres.» Apacentar significa amar, y amar significa, como se verá, disposición para sufrir, pues sin la purificación del dolor, sin la resignación y la humildad que otorga no puede haber amor. Por eso, quien busca un puesto en la Iglesia debe saber que se declara dispuesto para más cruz, pues la verdadera función pastoral de Jesucristo, por cuya virtud ha fundado la Iglesia y la mantiene sin cesar, es su cruz, de la que provienen la sangre y el agua, los Santos Sacramentos y la gracia de la vida para todos nosotros. Querer eliminar el sufrimiento significa negar el amor, y negar el amor significa renegar de Cristo. La lucha contra el dragón no puede acabar sin heridas. Lo que el Señor dice en las bienaventuranzas es válido para cualquier época: «bienaventurado el que es insultado, bienaventurados los humildes, bienaventurados los que trabajan por la paz». Y también esto otro vale para siempre: donde está el Señor, allí debe estar también su siervo. Pero el lugar del maestro fue, al final, la cruz, y un pastor que sólo quisiera recoger aplauso, que sólo obrara a medida del querer general, no estaría a buen seguro donde está el Maestro. «De buen grado quiero ser útil para vuestras almas y dejarme consumir por ellas», con esta sentencia ha glosado el Apóstol Pablo su propio ethos e ilustrado auténticamente el ethos del pastor de cualquier tiempo. Apacentar significa, pues, ir delante. Por eso, significa también separar uno de otro camino y rodeo. Significa ofrecer resistencia a aquella forma falsa de libertad que la entiende como salirse del camino para caer en lo intransitable, huir de la verdad para caer en lo vano, de la vida para caer en lo particular y hecho por uno mismo, siendo así que eso no es más que servicio de la muerte. Marchar al frente de semejante modo significa también mantenerse unidos, mantenerse en la unidad que es vida, en la unidad con Pedro, de la que sabemos que es la unidad querida por Cristo.
4.1.
Ante el nuevo año sentimos la misma discrepancia de sentimientos que ante el viejo. Hay en él la preciosidad de un comienzo nuevo, su esperanza, sus posibilidades inexploradas. «A todo comienzo le es inherente un encanto que nos protege y nos ayuda a vivir», hace decir Hermann Hesse al campeón de su juego de las perlas falsas en el momento en que, a edad avanzada, se escapa del mundo del juego intelectual al que está acostumbrado para sentir de nuevo lo prometedor, excitante y grandioso del nuevo camino. Mas, al propio tiempo, hay también en el año nuevo un elemento intranquilizador propio del futuro, cuyos caminos desconocemos, así como una continua disminución de nuestra parte de futuro. ¿Qué se debe decir como cristiano en el momento del tránsito? Ante todo, hacer lo genuinamente humano a que ese momento nos insta: aprovechar el momento de reflexión para ganar distancia, visión panorámica, libertad interior y disposición paciente para seguir adelante. Un viejo filósofo pensó hace ya tiempo que el hombre se distingue esencialmente del animal porque con su cabeza emerge, por así decir, del agua del tiempo. Los animales serían como peces flotando en el agua, arrastrados únicamente por el tiempo. Sólo el hombre podría mirar fuera de ella y así dominar el tiempo. Ahora bien, ¿lo hacemos verdaderamente así? ¿No somos también nosotros simples peces en el mar del tiempo, arrastrados por las corrientes, sin abarcar con la mirada ni el lugar de donde viene ni al que va? ¿No quedamos completamente absorbidos en los pormenores de la vida cotidiana, en sus continuos apuros y necesidades, de cita en cita, de deber en deber, de suerte que somos incapaces de percibirnos a nosotros mismos? De ser así, éste debería ser el momento de emerger, de intentar mirar un instante por encima del mar al cielo y sus estrellas, que se hallan sobre nosotros, a fin de entendernos también a nosotros mismos, deberíamos intentar meditar sobre el camino recorrido y hacer valoraciones, esforzarnos en reconocer en qué hemos errado, qué es lo que ha obstruido el camino hacia nosotros y los demás. Deberíamos hacerlo así para apartarnos íntimamente de ello, a fin de que de ese modo el camino hacia el nuevo año sea para nosotros realmente un progreso, un seguir adelante.
5.1.
En la liturgia de la Iglesia el año nuevo es sencillamente el octavo día después de la Navidad, después del nacimiento del Señor. El octavo día después del nacimiento tiene un profundo significado en la liturgia y en el derecho de Israel: es el día de la circuncisión e imposición de nombre, es decir, el día del ingreso legal en la comunidad de Israel, de compartir su promesa y el peso de su ley. El hombre no nace ya acabado con el nacimiento biológico, pues no consta sólo de biología, sino de espíritu, lenguaje, historia, comunidad. Pero para todo ello precisa de los demás, de los contemporáneos, que le proporcionan lenguaje, comunidad, historia, derecho. El octavo día en la vida de Jesús significa que el Señor consiente en adquirir jurídicamente carta de naturaleza en su pueblo. Dios ha adquirido carta de naturaleza en este mundo y ha adoptado un nombre que lo acredita como ciudadano de nuestra historia y permite llamarlo como hombre. Mas, también a la inversa, sólo por su introducción en la historia se consuma el oscuro secreto de nuestro nacimiento. El comienzo humano, que se halla indeterminado en sí mismo entre bendición y maldición, ha asumido el signo de la bendición. Desde entonces nuestro signo astral es él, el Niño nacido y naturalizado que lleva nuestra historia humana hasta Dios. Del octavo día forma parte, por último, lo siguiente: es el día de la resurrección y, a la vez, el día de la creación. La creación no perece, inmigra a la resurrección. De ese modo, el octavo día se torna símbolo del bautismo, de la esperanza en general: la resurrección, la vida del Niño es más fuerte que la muerte. Nuestro camino es esperanza. En medio del tiempo que pasa hay un comienzo nuevo que ha surgido con la entrada de la vida eterna.
6.1.
«¡Vamos a Belén!» Estas palabras de los pastores han encontrado, como pocas palabras bíblicas, un eco radiante en nuestra patria. Nuestros antepasados se sentían personalmente aludidos por ellas, pues podían identificarse con los pastores. Ellos mismos lo eran. Podían acompañarlos en su camino. A nosotros nos resulta más difícil, pues nos hallamos muy alejados de la sencillez de los pastores. Sin embargo, podemos hallar consuelo al respecto en que los Magos de Oriente, los representantes de una cultura refinada —en los que nosotros estamos de algún modo representados—, encontraron finalmente el camino del nacimiento (...). ¿Por dónde pasa realmente el camino? En sus palacios y mansiones los hombres no oyeron al ángel. Dormían. Los pastores eran hombres vigilantes. Esa vigía del corazón, la disposición a escuchar la llamada de Dios, que no se había extinguido, es lo que une a los Magos de Oriente, a las almas delicadas con los pastores y les hace encontrar el camino. Ésta es, pues, la pregunta: ¿estamos nosotros verdaderamente despiertos? ¿Somos libres, somos ágiles? ¿No estamos todos secretamente enfermos de esnobismo, de escepticismo altanero? ¿Puede oír la voz del ángel quien ya de antemano sabe con seguridad que no va con él? Aunque la oyera, tendría que darle otra interpretación. ¿Puede oírla, por su parte, quien se ha acostumbrado a juzgarla con altivez? Cada vez entiendo mejor por qué San Agustín consideraba la humilitas, la humildad, como el núcleo del misterio de Cristo. Nuestro corazón no está despierto, no es libre. Sin embargo, queda el consuelo de que también las almas delicadas pueden ser pastores si tienen esto en común con ellos: estar despiertas y ser libres.
7.1.
La espléndida visión del profeta Isaías ha inspirado el espíritu y el corazón de la cristiandad acerca de la adoración de los Magos en Belén mucho más que la sencilla narración del Evangelio de San Mateo. Nuestras representaciones del nacimiento sólo toman de San Mateo el núcleo, sus detalles proceden de la audaz visión del profeta: los dromedarios, los camellos, las riquezas de los pueblos están tomadas de él. Así se inclinan la belleza y la grandeza de la tierra ante la pobreza, ante el Niño en el establo. Mas ¿no es esto, en verdad, meramente un sueño que debería ceder ante la sobria y escueta realidad? Isaías no retrata un momento determinado, su visión contempla siglos enteros en lontananza. Después de tanta oscuridad y tanta decepción, parte de Sión una luz que irradia sobre el mundo, una peregrinación de toda la tierra arrastra hacia allí, el corazón de Israel vibra de alegría ante el repentino fulgor. ¿Es esto un sueño? ¿O no es, más bien, la verdad? ¿No llega de hecho del corazón de Israel una luz que brilla a través de los siglos? Los Magos del Evangelio son sólo el comienzo de una inmensa peregrinación en la que la belleza de esta tierra ha sido colocada a los pies de Cristo: el oro de los mosaicos paleocristianos, la luz irisada de nuestras grandes catedrales, la glorificación de las piedras, los himnos navideños de los árboles del bosque van dirigidos a Él. Tanto la voz humana cuanto los instrumentos musicales han creado las melodías más bellas cuando se han echado a sus pies. Hasta el dolor del mundo y sus penas van hacia Él, para hallar por un momento alivio y comprensión en el Dios indigente.
8.1.
Quien hoy día va como cristiano en peregrinación a Jerusalén deberá visitar, en cualquier caso, los dos grandes focos de la historia del Viejo y el Nuevo Testamento: de un lado, la Iglesia del Santo Sepulcro, de otro, la pared occidental del Templo, que es conocida bajo el nombre de «muro de las lamentaciones». Con doce años aproximadamente, los jóvenes adolescentes de Israel son llevados a esta pared del templo, para someterse allí, ante la pared del Torá, a una especie de examen del catecismo. No se sabe la antigüedad del rito al que se someten los jóvenes de doce años, que tras él pasan del recogimiento de la familia a la gran comunidad, al servicio público de Israel. Mas, tenga la antigüedad que tenga, este acontecimiento puede ayudarnos mucho a entender la historia de Jesús a los doce años de edad, pues a Él le ocurrió evidentemente algo semejante. Vemos como José y María inician a Jesús en la ley de Israel, y como, por decirlo así, lo introducen por vez primera en la actividad pública de su pueblo. Mas, al propio tiempo, vemos también como el Señor hace algo distinto del examen referido: de interrogado pasa a ser Él mismo el interrogador, el que somete a los sabios de Israel a un examen de la ley y el que quiere introducirlos mediante preguntas en unas profundidades que más tarde no podrán comprender, el que quiere abrir las puertas de la ley para que se manifieste en ella Aquel a quien hace alusión: Él mismo. De ser interrogado, Jesús pasa a ser interrogador, sube, por decirlo así, a la cátedra de Moisés, entra en el templo como en su propiedad. Continúa siendo niño, pregunta, y examinando a los sabios se manifiesta como el Señor. Quedémonos, no obstante, con la Sagrada Familia. En ella salta a la vista, por decirlo de algún modo, la atmósfera de religiosidad, de oración, de fe y de amor que reina en el hogar. Podemos ver que María no sólo ha regalado a su hijo la vida biológica, sino también su corazón, lo ha hecho partícipe de la vida de su fe, le ha dado las palabras y los pensamientos de la fe y, por ende, lo ha acogido en la comunidad de su pueblo. Podemos ver la catequesis de la Sagrada Familia, en la que se pone por primera vez el fundamento de la oración en común, de la dedicación al Dios vivo, y podemos ver cómo esta Familia se abre para que exista responsabilidad de todo.
9.1.
No vemos solamente la comunidad de la Familia de Jesucristo, sino también cómo la traspasa Jesús, cómo con el acontecimiento que tiene lugar a los 12 años comienza su salida de la vida familiar para iniciar la actividad pública en Israel y en el mundo. No percibimos exclusivamente la obediencia de Jesús, sino también su libertad. Cuando su madre, con el lenguaje de la cercanía, le dice «mira que tu padre y yo, apenados, andábamos buscándote», Jesús le responde así: «mi Padre es Aquel a quien pertenece esta casa, sólo Él, y yo soy su hijo de un modo tan distinto y tan grande que puede romper incluso la familia». Dejar en libertad, soltar, son cosas que nos conciernen también a nosotros. Nuestro cometido es acoger al Dios que es cada vez mayor. Tolerar esta «alteridad» de Dios no es un tolerar, sino decirle sí, dejarnos conducir por Él adonde no queremos ir. Éste es el verdadero camino de la cruz de nuestra vida, con frecuencia difícil de soportar, puesto que nos dejamos conducir hacia donde no queremos y hacia donde, en principio, no vemos sentido alguno. Mas, de ese modo, el Señor nos saca de nuestro camino y de nuestros pensamientos y nos lleva a los suyos, introduciéndonos así en la verdad, en la plenitud real.
10.1.
La alta estima por la dignidad del hombre y el respeto a los derechos humanos del individuo son frutos de la fe en que Dios se ha hecho hombre. De ahí que la fe en Jesucristo sea el fundamento de todo verdadero progreso. Quien rechaza la fe en Jesucristo por un progreso supuestamente más alto renuncia al fundamento de la dignidad humana. Lo peculiar de la cultura cristiana se ha desarrollado a partir del humanismo cristiano, del humanismo del Dios hecho hombre. Todos los rasgos específicos de la cultura referida se pueden reducir, en el fondo, a la creencia en que Dios se hace hombre. Por eso, cuando se abandona esta creencia se disuelve (...). La cultura cristiana no puede ser nunca una cultura exclusivamente del tener. No puedo poner nunca el valor supremo del hombre en la posesión y el gozo materiales. Ello no significa que desprecie lo material. El propio Hijo de Dios se ha hecho hombre: ha vivido en un cuerpo, ha resucitado con el cuerpo y se lo ha llevado consigo a la gloria celestial. Todo ello supone la más alta promesa para la materia que quepa pensar. Por eso, la cultura cristiana cuida de que el hombre pueda vivir con dignidad y de que obtenga la justa participación en los bienes materiales de la tierra. Mas el bien supremo del hombre no es la posesión material. En Occidente podemos apreciar cómo la adoración del consumo convierte al hombre en un ser privado de dignidad. El hombre sucumbe al egoísmo. Ahora bien, el desprecio de los demás hombres sigue casi necesariamente al desprecio de sí mismo. Cuando el hombre no espera nada más elevado que las cosas materiales, el mundo entero se vuelve para él tedioso y vacío. De ahí que en la cultura cristiana los valores morales tengan primacía sobre los materiales. Por lo mismo, dar gloria a Dios es para ella un valor público. Las grandes iglesias y las soberbias catedrales expresan el convencimiento de que la gloria a Dios es un bien público y común del hombre. De hecho, el hombre se honra a sí mismo precisamente dando gloria a Dios.
11.1.
La discreción es el sentido interno que permite distinguir entre lo que requiere publicidad y lo que no es propio de ella. El fundamento radical sobre el que puede crecer se llama amor: al hombre, a la sociedad en que vivimos, a la comunidad de la Iglesia, a la comunidad de los hombres, a Dios creador y salvador. El amor no tiene nada que ver con el optimismo. Hay ocasiones en que puede ser incluso difícil. Ahora bien, el amor proporciona a la verdad el fin que le es propio, a saber, obrar constructivamente. A mi juicio, debemos aprender de nuevo con toda sencillez lo que significa amar y respetar al hombre. Considero que debemos aprender de nuevo las virtudes de la libertad, entre las que se encuentran el amor a la verdad, el respeto a la intimidad personal y a la tradición y la veneración de Dios. Por lo demás, estimo que el valor tiene que ser siempre fecundo y descubrir las peculiares exigencias del momento. Necesitamos valor, desde luego, para denunciar abiertamente las situaciones penosas y para exigir que mejoren. Ahora bien, en nuestros días necesitamos más urgentemente valor para hacer que el bien se manifieste en el hombre y en el mundo. La palabra mansedumbre se podría adoptar abiertamente como motivo principal, siguiendo con ello al propio Jesucristo, que se llama a sí mismo manso y humilde de corazón (Mt 11,29). La violencia se ha convertido en el signo de nuestro tiempo. La mansedumbre y la dulzura no se cotizan demasiado. Apenas se pueden mencionar sin provocar, incluso entre los cristianos, gestos de rechazo y movimientos negativos de cabeza. De ello son responsables, entre otras circunstancias, ciertas caricaturas de la mansedumbre, que han olvidado su valor y el valor de la verdad que reside en el amor. A pesar de todo, no podremos superar el clima de violencia que nos amenaza a todos, si no nos atrevemos a oponernos resueltamente una cultura de humanidad y mansedumbre.
12.1.
¿Qué período de la historia de la humanidad ha sentido más miedo por su futuro que la nuestra? El hombre de hoy se aferra tan firmemente al presente, acaso porque no soporta contemplar el futuro ni mirarle a los ojos. El mero hecho de pensar en él le produce pesadillas. Digámoslo de nuevo: ya no tenemos miedo de que el sol pueda ser vencido por las tinieblas y no salga nunca más. Sin embargo, tememos a la oscuridad que procede del hombre. Con ella hemos descubierto por vez primera la verdadera oscuridad, más temible en este siglo de crueldades de lo que las generaciones anteriores a nosotros pudieran imaginar. Tenemos miedo de que el bien se tome impotente en el mundo, de que paulatinamente deje de tener sentido perseguirlo con verdad, limpieza, justicia y amor. Nos inquieta que en el mundo se abra nuevamente paso la ley del más fuerte, que la marcha del mundo dé la razón a los desenfrenados y a los brutales, no a los santos. Vemos que a nuestro alrededor domina el dinero, la bomba atómica, el cinismo de aquellos para quienes no hay nada sagrado. Con cuánta frecuencia nos asalta el temor de que, a la postre carezca por completo de sentido la marcha confusa del mundo, de que, en última instancia, la historia universal distinga únicamente entre los necios y los fuertes. Domina la impresión de que crecen los poderes oscuros, de que el bien es impotente. Ante el espectáculo del mundo nos invade un sentimiento semejante al que debieron experimentar los hombres en el pasado, cuando, en otoño e invierno, el sol parecía combatir contra su agonía. ¿Podrá el astro rey aguantar el combate? ¿Podrá el bien conservar su sentido y su fuerza en el mundo? En el establo de Belén ha sido puesta la señal que nos manda que respondamos «sí» llenos de alegría, pues el Niño que hay en él —el Hijo Unigénito de Dios— es presentado como signo y garantía de que, a la postre, Dios tiene la última palabra en la historia universal: Él, que existe y que es la verdad y la vida.
13.1.
¿Qué es realmente un nombre? ¿Qué sentido tiene hablar de un nombre de Dios? Ante todo hemos de decir que existe una diferencia fundamental entre la intención que persigue un concepto y la que tiene el nombre. El concepto quiere conocer la esencia de la cosa tal como es en sí misma. El nombre, en cambio, no pregunta por la esencia de las cosas, ni quiere saber cómo es independientemente de mí, sino que se ocupa de nombrarlas, es decir, de hacer que puedan ser llamadas, de establecer una relación con ellas. Aclarémoslo con un ejemplo: saber que alguien cae bajo el concepto «hombre» no basta para entrar en relación con él. Únicamente el nombre me permite nombrarlo. Gracias al nombre el otro ingresa, por así decir, en el ámbito de la naturaleza humana que comparto con él. Merced al nombre puedo llamarlo. Quien sólo es contemplado como número es expulsado de la estructura de la naturaleza humana comúnmente compartida. A partir de aquí debería resultar evidente lo que quiere decir la fe veterotestamentaria cuando habla de un nombre de Dios. Con ello se persigue algo distinto de lo que persigue el filósofo cuando busca el concepto del ser supremo. El concepto es un resultado del pensar que quiere saber cómo es el ser supremo en sí mismo. No ocurre lo mismo con el nombre. Cuando Dios se da nombre a sí mismo, no expresa su íntima esencia, sino que está haciendo que sea posible llamarlo, está revelándose a los hombres de modo tal que éstos puedan invocarlo. Al hacerlo así, Dios entra a compartir la existencia con ellos, se toma accesible y está presente entre ellos. Mas también se halla ahí el principio que debería hacernos percibir de modo evidente lo que quiere decir San Juan cuando presenta a nuestro Señor Jesucristo como el verdadero nombre del Dios vivo.
14.1.
En los Hechos de los Apóstoles (11,26) se nos informa de que los discípulos de Jesucristo adoptaron el nombre de cristianos por vez primera en Antio quía, alrededor del año 44. A partir de ciertas peculiaridades lingüísticas podemos inferir con bastante seguridad que·este nombre fue dado a los creyentes por las autoridades romanas. Es una palabra latina y pertenece al lenguaje propio del derecho romano. Con ese nombre los discípulos de Jesús fueron caracterizados como grupo de Cristo, como partido de Cristo. En la administración romana se sabía, naturalmente, que este tal Cristo había sido ejecutado como criminal. Así pues, los cristianos son considerados como la banda de un criminal. Dado que, además, se adhieren a la opción que Él representa, también ellos son considerados como reos de muerte, es decir, como miembros de una organización criminal. De ese modo, el nombre «cristiano» se convirtió en un calificativo del derecho penal: a quien lo llevase no era preciso probarle ninguna otra culpa; era declarado sin más reo de muerte. Ello es tanto más memorable cuanto que los propios cristianos adoptaban ese nombre que los entregaba a la muerte. Con el término «cristiano» nos encontramos ya en la Carta I de San Pedro y, posteriormente, con mayor frecuencia, en la llamada Doctrina de los doce Apóstoles y en las Cartas de San Ignacio, dos grupos de textos que nacieron en la región de Antioquía alrededor del año 100. ¿Cómo se puede comprender que los cristianos hicieran suyo ese nombre que para ellos suponía, literalmente, arriesgar la vida? Más aún, ¿cómo se puede entender que incluso estuvieran orgullosos de él? De hecho, esa coherencia ha permanecido como actitud auténtica del cristiano, a lo largo de toda la historia. Hoy lo es más que nunca. Pensemos, por ejemplo, en los mártires que en los años veinte y treinta derramaron en México su sangre por Cristo, o en los mártires del tercer Reich Edith Stein o Maximilian Kolbe, por citar sólo dos nombres entre muchos posibles. Aceptar el calificativo «cristiano» es declararse dispuesto al martirio: expresa la disposición a morir por la fe. Cristiano y mártir significan en realidad lo mismo. Cuando se nos llama cristianos, se está incluyendo tácitamente en ello que nos declaramos dispuestos al martirio.
15.1.
Si nos confiamos a la visión de Jesús y creemos en su palabra, no quedaremos sumidos nunca en completa oscuridad. El mensaje de Cristo responde a una esperanza íntima de nuestro corazón: se corresponde con una luz interior de nuestro ser que se expande buscando la verdad de Dios. En principio somos, sin duda alguna, creyentes «de segunda mano». Al decir que «la luz de la fe nos hace ver», Tomás de Aquino caracteriza acertadamente la fe como un proceso, como un camino interior. En el Evangelio de San Juan, por ejemplo en la historia de Jesús y la Samaritana, se alude repetidamente a este proceso. La mujer cuenta lo que le ha ocurrido con Jesús, que en Él ha reconocido al Mesías, al salvador que señala el camino hacia Dios e indica el conocimiento que da vida. El que sea precisamente esta mujer la que lo dice hace que sus conciudadanos presten atención. Creen en Jesús «por las palabras de la mujer», de segunda mano. Mas, precisamente por eso, invitan a Jesús a que se quede con ellos, entrando así en diálogo con Él. Al final pueden decir a la mujer: ya no creemos por tu palabra, ahora sabemos que es verdaderamente el Salvador del mundo (Ioh 4,42). En el encuentro vivo la fe se ha tornado conocimiento, «saber». Alguien podría, sin duda, engañarse e imaginarse el camino de la fe sencillamente como un proceso rectilíneo de progreso. Dado que el progreso es algo estrechamente conectado con la vida, que se mueve entre múltiples vicisitudes, hay también retrocesos que obligan a un nuevo comienzo. Cada edad debe descubrir su propia madurez, mas también puede hundirse en la inmadurez que le es característica. Mas, con todo, podemos decir que en la vida de la fe crece también una cierta evidencia genuinamente suya, y que Jesús es de hecho el Salvador del mundo.
16.1.
«Pues nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué tendremos?» (Mt 19,27). Tal vez esperáramos que el Señor censurara la medrosidad, la falta de fe y el egoísmo mal disimulado que resuena en estas palabras. Pero no es ése el caso. La pregunta acerca del para qué de todo es considerada por el Señor como totalmente justificada. «En verdad os digo que no hay nadie que, habiendo dejado casa, hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o campos, por mí y por el Evangelio, no reciba en esta vida cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madre s, hijos y campos, con persecuciones; y, en el siglo venidero, la vida eterna» (Mc 10,29 y ss.). ¿Dónde está lo asombroso de esta respuesta? El Señor no remite solamente el premio del más allá. Además, dice algo muy audaz, casi increíble: esta vida vuestra permanecerá siempre bajo el signo de persecuciones; será una vida muy humana con tribulaciones y necesidades. Mas nuestra recompensa no queda simplemente aplazada hasta el más allá. Ya ahora recibiréis ciento por uno. «Dios da ya en esta vida ciento por uno», así ha resumido Santa Teresa de Ávila el contenido de esas palabras de Jesús. De cada cosa que dejemos por Él brota en la respuesta una recompensa multiplicada. Dios es generoso, no se deja aventajar por nosotros en generosidad.
17.1.
Parece problemático mencionar el carnaval en una meditación teológica[1], pues sólo de un modo muy indirecto es un período del año eclesiástico. Ahora bien, ¿no somos en eso un poco esquizofrénicos? Por un lado, decimos de muy buen grado que el carnaval tiene su derecho de domicilio precisamente en los países católicos, mas, por otro, tratamos de evitarlo espiritual y teológicamente. ¿Pertenece el carnaval, por tanto, a ese tipo de cosas que no podemos aceptar desde un punto de vista cristiano, pero que tampoco podemos evitar humanamente? Mas en ese caso habría que hacerse esta pregunta: ¿hasta qué punto es verdaderamente humano el cristianismo? Pues bien, el origen del carnaval es indudablemente pagano: el culto a la fertilidad y la invocación de los espíritus se confunden. La Iglesia tuvo que responder a ello, pronunciar el exorcismo que conjura los demonios que violentan a los hombres y no los hacen felices. Mas tras el exorcismo apareció, de modo enteramente inesperado, algo nuevo, un contento angelical: el carnaval se coordinó con el miércoles de ceniza como tiempo de reír antes del tiempo de penitencia, como tiempo de una festiva autoironía que dice riendo una verdad que puede ser muy similar a la del predicador cuaresmal. Así pues, privado de su componente demoníaco, el carnaval puede señalar la misma dirección que señala el predicador del Antiguo Testamento: «hay un tiempo de llorar y un tiempo de reír» (Eclesiastés 3,4). De igual modo, para el cristiano tampoco es siempre tiempo de penitencia. También él tiene un tiempo de reír. Sí, ha sido el exorcismo cristiano el que ha derrotado por vez primera las máscaras demoníacas y ha dejado aparecer detrás de ellas una risa rescatada. Todos sabemos cuán alejado se halla habitualmente de ella el actual carnaval. ¡Con cuánto poder gobiernan el dios Dinero y sus aliados! Nosotros los cristianos no luchamos contra la risa, sino en favor de ella. Luchar contra los demonios y reír con los risueños son acciones que se corresponden la una con la otra. El cristiano no necesita estar esquizofrénico, pues la fe cristiana es verdaderamente humana.
18.1.
El Señor nos brinda lo que nosotros no podemos hacer. Pero no nos conduce a inactividad; la paz del Señor exige que nos acerquemos al credo de Cristo. ¿Qué consideraría Jesús correcto y bueno, si hoy día se presentara visiblemente entre nosotros como en otro tiempo se presentó ante los discípulos? Probablemente la mayoría de nosotros se sentiría incomodado con su presencia, pues Jesús hallaría mucha indiferencia y excesiva tibieza, un cristianismo confortable y temeroso que oculta hábilmente su temor ante el mundo bajo grandes y doctas palabras. Encontraría también una Iglesia enzarzada en polémicas. Hallaría, de un lado, la autosuficiencia que se construye un cristianismo a su gusto y, de otro, la terquedad y falta de amor de quienes se consideran los únicos cristianos auténticos y, por lo mismo, se colocan frente a la unidad del Cuerpo de Cristo. Acerca de este asunto deberíamos protegernos también contra un posible error. No hay que confundir la invitación a la paz de Cristo con el deseo de un tipo de mansedumbre que en realidad es pura debilidad, una mansedumbre que quisiera protegerse frente a la contrariedad que surge cuando se lucha abiertamente por una convicción. Por eso, la exigencia de unidad en la Iglesia no significa tampoco que debamos admitirlo todo. La mera contigüidad no es forma alguna de unidad, sino una desviación de ella. El lema «sed amables unos con otros» no es, ciertamente, algo que haya que menospreciar, pero no alcanza la altura del Evangelio, puesto que nos ahorra el esfuerzo que supone ponerse en camino hacia la verdad como modo genuino de reunirnos verdaderamente los unos con los otros.
19.1.
Según la concepción católica, la Iglesia se manifiesta únicamente como comunidad de quienes comulgan en el cuerpo y la palabra del Señor. Ambas formas de comunidad, la de la comunión y la de la palabra, existen sólo en unidad con los testigos. Es preciso decir también, no obstante, que una comprensión semejante de la Iglesia no puede ni debe suponer negar la presencia de Cristo y de lo cristiano en los cristianos separados. Por un lado, se podría decir resueltamente que la Iglesia es la comunidad de comunión bajo la presidencia del Obispo de Roma, que ejerce la función de primer testigo instituida por el Señor, que como tal es visible y única con límites que se pueden especificar claramente. Mas, por otro, la teología católica tiene que decir también, con más claridad que hasta ahora, que allí donde tiene lugar la presencia efectiva de la palabra fuera de sus límites está presente también de algún modo la «Iglesia» y, además, que los límites de la eficacia del Espíritu Santo no coinciden con los de la Iglesia visible. La razón de ello está, por un lado, en que el Espíritu, la gracia, por cuyo pleno gobierna vela la Iglesia, falta a veces en los hombres de la Iglesia y, por otro, en que el espíritu puede ser eficaz también en los que se hallan fuera de ella. Sería necio y equivocado, como dijo acertadamente Congar en cierta ocasión, identificar la eficacia del Espíritu Santo simplemente con el trabajo del aparato eclesiástico. Esto significa que, para la fe católica, la unidad de la Iglesia está todavía en camino, que sólo se cumplirá completamente en el eschaton, de igual modo que la gracia se consumará únicamente en la contemplación, si bien en ella ha comenzado ya ahora la comunidad de Dios. Así pues, el católico se sabe unido con sus hermanos cristianos separados en una misma esperanza: en la esperanza en el reino de Dios, en el que ya no habrá división, puesto que entonces Dios será todo en todas las cosas (Epístola I a los Corintios 15,28).
20.1.
Quien en la actualidad habla de «protestantización»[2] de la Iglesia católica entiende generalmente por ello una transformación de la concepción fundamental de la Iglesia, un nuevo modo de ver su relación con el Evangelio. El peligro de una transformación semejante existe realmente. El protestantismo surgió al comienzo de la modernidad, de ahí que esté más estrechamente emparentado que el catolicismo con las fuerzas íntimas que hicieron aparecer esa época de la historia. Por lo mismo, adquirió su actual configuración merced al encuentro con las grandes corrientes filosóficas del siglo XIX. La suerte y el peligro del protestantismo reside en hallarse abierto irrestrictamente al pensamiento moderno. No es extraño, pues, que entre teólogos católicos que no saben que hacer con la teología tradicional pueda surgir la opinión de que en el protestantismo se han abierto ya los caminos adecuados para la fusión de fe y modernidad. El cristiano medio de nuestros días infiere de ese principio que la fe surge de la intuición individual, de la actividad intelectual y de la contribución del experto. Una opinión semejante le parece, por lo demás, más moderna y más convincente que las posiciones católicas. Muchos hombres no pueden comprender en la actualidad que tras una realidad humana se esconda la misteriosa realidad divina. Ésa es, sin embargo, como nosotros sabemos, la concepción católica de la Iglesia.
21.1.
La idea de que, a la postre, da igual aplicar esta o aquella fórmula, seguir esta o aquella tradición, ha penetrado profundamente en el espíritu del mundo occidental. Sin ella la verdad misma parece inalcanzable. Por lo demás, nos repugna la idea de que el núcleo de la fe cristiana sea verdadero —sea la verdad—. La fe nos parece una forma de arrogancia occidental. Sin embargo, si eso fuera así, todo lo que hacemos sería pura apariencia. Nuestros actos de adoración serían también falsos, y nosotros mismos seríamos seres carentes de verdad. Ahora bien, allí donde no haya verdad, se podrá cambiar toda norma, estará permitido hacer lo contrario de lo que establecen: la renuncia a la verdad es el núcleo esencial de nuestra crisis. Por eso, cuando la verdad no es el soporte, deja de tener coherencia incluso la solidaridad comunitaria —que aun así conserva su belleza—, puesto que una solidaridad así carece en última instancia de fundamento. ¡Con cuánta frecuencia vivimos de la pregunta de Pilato —aparentemente tan humilde pero, en verdad, tan orgullosa— «que es la verdad»! Mas con ella nos enfrentamos a Cristo. Cuando los hombres opinan con extremada facilidad y con una seguridad tan absoluta que dispensa de la verdad, aparece un gran peligro. Todavía mayor es, sin embargo, el que surge cuando se considera imposible la manifestación comunitaria, definitiva, obligatoria y vinculante de la verdad.
22.1.
Por esencial que sea el movimiento ecuménico por la pureza de la Iglesia y su forma originaria de vida; por fundamental que siga siendo la lucha por la unidad, la renuncia a cualquier género de fatuidad por parte de la Iglesia, no se puede negar que también de ello surgirán problemas. El sentido auténtico de la Iglesia, que es más que una organización sustituible por otra, se oscurecerá. Cada vez se planteará con mayor urgencia la siguiente pregunta: ¿por qué no se debe aceptar, por fin, la igualdad de rango de todas las confesiones? Cada vez resultará más inevitable la tendencia a reducir lo peculiar de cada una de ellas a meras tradiciones confesionales y a no situar su modo característico de entender lo cristiano en la Iglesia, sino fuera de ella. A ello se unirá la inclinación al «biblicismo»[3], es decir, al aislamiento de la Biblia, a la que ahora se querrá ver separadamente, desligada de todas las tradiciones eclesiásticas. Mas una vez que la gran obra de la reconciliación haya comenzado, el radio se ampliará rápidamente. De manera inmediata surgirá la siguiente pregunta: ¿no es la querella con las demás religiones fatuidad cristiana, de igual modo que la querella de las confesiones era fatuidad confesional? Después no se tratará sólo de lo cristiano, sino de lo religioso en general, que se manifiesta a la humanidad en múltiples cifras. Lo más importante de ellas son, en el fondo, los contenidos cambiantes, pues lo verdaderamente relevante es la íntima cualidad de lo religioso, la cual se puede expresar en los más variados contenidos e, incluso, sin la palabra de Dios. De ese modo, la catequesis se desintegrará en mera información, en un modo de conducción, sin contenido específico alguno, hacia el comportamiento religioso. En esa situación, el destino de la fe será retirarse en silencio.
23.1.
El futuro de la Iglesia depende únicamente y dependerá siempre de la fuerza de aquellos que tienen profundas raíces y viven de la plenitud pura de su fe (...). Será una Iglesia profundamente íntima, que no reclamará mandato político alguno y no coqueteará ni con la izquierda ni con la derecha. Todo ello le supondrá un gran esfuerzo, pues el fenómeno de la cristalización y la purificación le costará unas fuerzas preciosas. La purificación la hará pobre y le permitirá llegar a ser la Iglesia de los humildes. El fenómeno será tanto más difícil cuanto que será preciso apartar la estrechez de miras sectarias y la testarudez fanfarrona. No es difícil predecir que todo ello necesitará tiempo. El proceso será largo y penoso, como lo fue el camino de los falsos progresismos en vísperas de la Revolución Francesa. En los círculos progresistas se consideraba elegante, incluso entre los obispos, hacer escarnio de los dogmas. No era infrecuente en ellos que se diera a entender que la existencia de Dios no se tuvo como algo seguro hasta que la renovación del siglo XIX se hubo extendido ampliamente. Tras la aflicción de esas divisiones surgirá, empero, la gran fuerza de una Iglesia más íntima y más sencilla, pues los hombres de un mundo absolutamente planificado estarán indescriptiblemente solos. Cuando Dios haya desaparecido completamente de sus vidas, experimentarán su absoluta, su terrible pobreza. Entonces descubrirán en la pequeña comunidad de los creyentes algo radicalmente nuevo: una esperanza que les incumbe, una respuesta que han buscado siempre en su fuero interno. Me parece indudable, pues, que a la Iglesia le aguardan tiempos difíciles. Su verdadera crisis no ha hecho más que empezar.
24.1.
El centro del Canon es el relato de la víspera de la Pasión de Jesús. Cuando se recita, el sacerdote no narra una historia pasada, un mero recuerdo de otro tiempo, sino algo que vuelve a ocurrir en el presente. «Éste es mi cuerpo» es una expresión que se dice en el respectivo hoy. Ahora bien, esas palabras las pronuncia Jesús. Ningún hombre puede decirlas por sí mismo. De ahí se sigue que sólo se pueden pronunciar en el sacramento de la Iglesia entera, gracias al poder que únicamente ella como unidad y totalidad tiene. Su grandeza no depende de nuestra configuración. Deberíamos aprender de nuevo que la Eucaristía no es nunca la obra de una comunidad exclusivamente. Sería preciso no olvidar que recibimos del Señor lo que ha regalado a la unidad de la Iglesia. Todavía me siguen impresionando los relatos de los campos de concentración y de las cárceles rusas en los que los hombres se veían privados de la Eucaristía. Esa dolorosa circunstancia no les llevó a la arbitrariedad de procurársela a sí misma. En lugar de ello celebraban la Eucaristía de la nostalgia. En una Eucaristía de la añoranza semejante los hombres maduraban como nunca hasta entonces para el regalo que el sacramento del amor entraña, y la recibían de un modo enteramente nuevo cuando un sacerdote hallaba en algún lugar un trozo de pan y un poco de vino. A partir de aquí deberíamos aceptar la cuestión de la intercomunión[4] con la debida humildad y paciencia. No es asunto nuestro hacerla como si hubiera unidad donde no la hay. La Eucaristía no es nunca un medio que debamos aplicar, sino un regalo del Señor, el centro —un centro que no se halla a nuestra disposición— de la misma Iglesia. No es un problema de amistad personal, sino de permanecer en la unidad de la Iglesia y esperar que el mismo Dios quiera regalárnosla. En lugar de hacer experimentos sobre el particular, de privar al misterio de su grandeza y envilecerlo reduciéndolo a la condición de medio a disposición nuestra, deberíamos aprender a celebrar la Eucaristía de la añoranza, a salir al encuentro de la unidad con el Señor orando comunitariamente y con una esperanza compartida.
25.1.
La vivencia cristiana brota en la experiencia cotidiana común. En nuestros días, el espacio íntimo de experiencia en que consiste la Iglesia es para muchos un mundo extraño. Con todo, ese mundo continúa siendo una posibilidad. Ésa es la razón por la que la tarea de la educación religiosa deberá consistir en abrir puertas al ámbito de experiencia propio de la Iglesia, en animar a tomar parte en él. En la fe compartida, en la oración, la celebración, la alegría, el sufrimiento y la vida comunes la Iglesia se torna «comunidad», es decir, se transforma en un efectivo espacio de vida para el hombre que le permite experimentar la fe, tanto en la vida cotidiana cuanto en los momentos críticos de la existencia, como fuerza portadora de vida. El verdaderamente creyente, dispuesto a asumir la madurez de la fe, comienza siendo luz para los demás: es un apoyo en el que los demás encuentran ayuda. Como ejemplos perfectos de fe vivida y acrisolada, de auténtica experiencia de la trascendencia, los santos son, valga la expresión, espacios de vida en los que se pueda entrar, en los que la fe está de algún modo almacenada como experiencia, aderezada antropológicamente y próxima a nuestra vida. La experiencia específicamente cristiana en el sentido propio de la palabra —lo que el lenguaje de los Salmos y del Nuevo Testamento (Salmos 34,9; Epístola I de San Pedro 2,3; Epístola a los Hebreos 6,4) llama «gustar la verdad de Dios»— puede crecer, en última instancia, gracias a una participación cada vez más madura y profunda en la experiencia referida. Con ella el hombre llega a la realidad misma y ya no cree más «de segunda mano». Tendremos que decir, con Bernardo de Claraval y los grandes maestros místicos de todos los tiempos, que algo semejante sólo puede ser, ciertamente, «un momento fugaz, un experimento extraordinario». En esta vida sólo se da, al parecer, como anticipo, sin que esté permitido nunca convertirlo en fin último. En caso contrario, la fe se transformaría en autofruición y no en superación de sí mismo, malogrando así su esencia propia. Los referidos momentos se hallan bajo la ley de la experiencia del Tabor: no son un lugar de permanencia, sino impulso, robustecimiento para adentrarnos de nuevo en la vida cotidiana con la palabra de Jesús, para entender que el cono luminoso de la comunidad divina está allí donde la marcha se celebra con la palabra.
26.1.
El verdadero fin de los esfuerzos ecuménicos debe seguir siendo, naturalmente, transformar la pluralidad de iglesias confesionales separadas unas de otras en una pluralidad de iglesias locales que sea, pese a su configuración plural, una sola Iglesia. A mí me parece, no obstante, que en la situación que de hecho se da es importante proponerse fines intermedios, pues, de lo contrario, el entusiasmo ecuménico podría convertirse en resignación, e incluso, en un nuevo fanatismo, que atribuye a los demás el fracaso del fin principal. En ese caso, el remedio sería peor que la enfermedad. Los fines intermedios referidos variarán según cuál sea el progreso del diálogo sobre asuntos particulares. El testimonio del amor (obras sociales y caritativas) debería expresarse siempre solidariamente. Al menos sería preciso que sintonizaran entre sí, incluso si las organizaciones separadas pudieran parecer, por razones técnicas, más eficaces. De igual modo, habría que esforzarse en dar testimonio común sobre las grandes cuestiones morales de la época. Por último, en un mundo lleno de dudas y estremecido de miedo, sería preciso también dar testimonio común de fe. El testimonio sería tanto mejor cuanto más extendido. Mas, en cualquier caso, si sólo fuera posible hacerlo en una medida relativamente pequeña, debería hacerse en forma común todo cuanto fuera posible. Ello debería llevar, a pesar de las divisiones, a reconocer y amar cada vez más intensamente la común esencia de lo cristiano; a que la desunión deje de ser un motivo para el enfrentamiento recíproco y se transforme en un reto para la comprensión y aceptación íntimas del otro. Ello no significa simplemente tener tolerancia, sino vincularse recíprocamente en la fidelidad a Jesucristo. Un punto de vista semejante, que no pierde de vista lo último aun cuando provisionalmente haga lo más próximo, puede tal vez hacer efectiva la maduración profunda necesaria para la unidad completa. Sería una especie de ética de la unificación que, aun cuando parece evidente, obra a veces de modo engañoso.
27.1.
La impaciencia ante la historia de la cristiandad hasta el presente hace surgir una y otra vez esta idea: ¿no deberíamos borrar la historia completa de estos 2000 años y derribar así los muros de los dogmas y los credos? ¿No deberíamos empezar de nuevo la marcha sólo con Cristo? Sin embargo, por muy seductor que sea ese programa, si lo lleváramos a cabo convertiríamos la unidad en una obra, en un resultado, y la Iglesia en un producto fabricado por nosotros. De ninguna manera estaría justificado hacerlo así, pues de ese modo volveríamos a levantar muros contra Dios y a confiar tan sólo en lo que nosotros hacemos. Sin embargo, el muro de la ley y el que se levanta alrededor de Dios no fueron derribados por los méritos excelentes de los hombres, sino que los elevaron a mayor altura. Sólo fue capaz de abatirlos Aquel que trajo al mundo el amor de Dios y sufrió en la cruz el peso de todas las obras de este mundo. No es posible, pues, realizar el programa. Cuando hablamos de unidad, tenemos que dejar de soñar en esfuerzos denodados y en grandes hazañas llevadas a cabo por nosotros. La Carta a los Efesios nos señala una dirección distinta: nos insta a sumarnos a los hombres nuevos, a la nueva humanidad que Cristo ha creado. «La unidad no puede ser hecha por hombres. A ellos sólo les cabe descubrirla» (J. Gnilka, Der Epheserbrief, 1971, p. 142). La verdadera Iglesia no es algo hecho por nosotros, sino algo que nos precede, pues ha sido instituida por Cristo. Nuestra tarea consiste en adherirnos a ella. Si hacemos eso; si dejamos que el Señor nos talle pacientemente como sillares; si renunciamos a hacer el plan de lo que la Iglesia debe ser; si nos dejamos llevar adonde no queremos, surgirá la verdad: en medio de las divisiones los muros se tornarán permeables.
28.1.
Sería insensato esperar que en un tiempo no lejano tuviera lugar un acuerdo general de la cristiandad sobre el papado del que resultara un reconocimiento de la sucesión de Pedro en Roma. Una de las ataduras y de los límites de este cometido tal vez sea que no se puede cumplir nunca del todo. Otro, que provocará el enfrentamiento de fieles cristianos que, al adoptar esa actitud, no exhiben un poder vicaria!, sino un poder soberano. Sin embargo, también así puede lograrse una función de unidad que rebase la comunidad de la Iglesia católica romana. Aun cuando se mantenga el conflicto en torno a la legitimidad de su autoridad, el Papa continuará siendo el punto de referencia de la responsabilidad sobre la palabra de la fe, de una responsabilidad expresada y contrariada personalmente ante el mundo. Por consiguiente, es también un desafío universalmente percibido que concierne a todos los que buscan la mayor fidelidad a la palabra de la fe. Pero, sobre todo, es un reto para luchar por la unidad y para responder del déficit de unidad. En este sentido, el papado tiene una función promotora de unidad en medio de la división existente. Nadie podría comprender el drama histórico de la cristiandad si se hiciera abstracción de ella. Para el papado y para la Iglesia católica, la crítica al papado por parte de la cristiandad no católica es un estímulo para buscar el modo de realizar la función de Pedro de forma cada vez más ajustada a los deseos de Cristo. Por su parte, el Papa es para esa misma cristiandad el reto permanente y visible para buscar la unidad encomendada a la Iglesia. La unidad debería ser el distintivo de la Iglesia ante el mundo. ¡Ojalá que unos y otros acertáramos a aceptar sin reservas las preguntas que se nos plantean y la misión que nos ha sido encomendada! ¡Ojalá llegáramos a ser, por obediencia al Señor, el ámbito de libertad que anuncia el mundo nuevo, el reino de Dios!
29.1.
A la Iglesia, se dice a veces, le ha sido otorgada una función pastoral: su misión de anunciar la verdad va dirigida a los fieles, no a instruir a los teólogos. Una separación semejante entre proclamación e instrucción se halla, no obstante, en abierta oposición, con la esencia de la palabra bíblica. La Iglesia ha consumado la emancipación de los sencillos y les ha otorgado la capacidad de ser filósofos en el verdadero sentido de la palabra, es decir, de aprender igual o mejor que los doctos lo genuino del ser humano. Las palabras de Jesús acerca de la falta de juicio de los sabios y el discernimiento de los pequeños (especialmente, Mt 11,25) están destinadas a ponerlo en claro. En ellas el cristianismo queda instituido como religión popular, como fe en la que no hay un sistema de dos clases. De hecho, el anuncio de la predicación contiene una enseñanza obligatoria. En la obligatoriedad reside su esencia, pues no propone un procedimiento entre otros de ocupar el tiempo libre, ni es una especie de entretenimiento religioso, sino que quiere decir al hombre quién es y qué debe hacer para ser él mismo. Ahora bien, ¿cómo podría la Iglesia proclamar una doctrina obligatoria si no lo fuera también para los teólogos? La esencia de la función doctrinal reside precisamente en que el anuncio de la fe es criterio válido también para ellos: el objeto de su reflexión es justamente la proclamación de la fe. En ese sentido, la fe de los sencillos no es una teología rebajada a la medida de los laicos, ni una especie de «platonismo para el pueblo». La relación es exactamente la contraria: la proclamación es la medida de la teología, no la teología la regla de la proclamación. En virtud de su función pastoral, la Iglesia tiene poder para anunciar el Evangelio, no para proclamar una determinada doctrina científico-teológica. Esa función anunciadora es también la función doctrinal de los teólogos.
30.1.
La Iglesia crece de dentro hacia fuera, no al revés. Antes que nada, Iglesia significa íntima comunidad con Cristo, y se forma en la vida de oración, en la vida de los sacramentos, en la actitud fundamental de la fe, de la esperanza y del amor. Así pues, si alguien pregunta «¿qué debo hacer para que la Iglesia se desarrolle y se extienda?», debemos darle la siguiente respuesta: debes aspirar ante todo a que haya fe, esperanza y amor. La oración edifica la Iglesia y la comunidad de los sacramentos. Dentro de ella nos beneficiamos de las plegarias de la Iglesia. Este mismo verano tuve la oportunidad de encontrarme con un párroco que me contaba lo siguiente: «lo que más me impresionó al recibir el ministerio sacerdotal fue que en los últimos decenios no hubiera surgido ninguna vocación sacerdotal en mi comunidad». Mas ¿qué podía hacer él? Las vocaciones no se pueden fabricar. Sólo el Señor puede otorgarlas. ¿Significa ello que debamos quedarnos con los brazos cruzados? El sacerdote del que vengo hablando decidió hacer en peregrinación todos los años el largo y fatigoso camino hacia el santuario mariano de Altótting con el propósito de pedir que surgieran nuevas vocaciones, e invitó a todos los que quisieran rogar al Señor por ello a que le acompañaran y rezaran con él. El número fue creciendo año tras año, hasta que en el actual pudieron celebrar, en medio de la alegría indescriptible de todo el pueblo, la primera misa desde tiempos inmemoriales de un nuevo sacerdote. La Iglesia crece desde dentro, nos dice la palabra del Cuerpo de Cristo. Mas también incluye este otro: Cristo ha edificado un cuerpo y yo debo acomodarme a él como miembro sumiso. Sólo se puede contribuir a extender el cuerpo de Cristo siendo un miembro suyo, un órgano del Señor en este mundo y, en última instancia, para toda la eternidad. La idea liberal, según la cual Jesús es interesante y la Iglesia, en cambio, un asunto fracasado, entra en contradicción consigo misma. Cristo sólo está presente en su cuerpo, no de un modo meramente ideal. Es decir, está presente con los demás, con la comunidad perpetua, inextinguible a través del tiempo que es su cuerpo. La Iglesia no es idea, sino cuerpo. El escándalo de la encarnación, ante el que retrocedieron muchos contemporáneos de Jesús, sigue dándose hoy día cuando la Iglesia se enoja. Sin embargo, también aquí es válida la siguiente observación: bienaventurado quien no se enoja conmigo. La condición comunitaria de la Iglesia significa que ha de tener necesariamente el carácter de «nosotros». La Iglesia no está localizada en ningún sitio: nosotros somos la Iglesia. Nadie puede decir «yo soy la Iglesia», sino «nosotros somos la Iglesia». Ese «nosotros» no es, por su parte, un grupo que se aísla, sino una colectividad que se mantiene dentro de la gran comunidad de los miembros de Cristo, de los vivos y de los muertos. Un grupo así sí puede decir: somos Iglesia. La Iglesia está presente en este «nosotros» abierto que rompe todas las barreras, no sólo las sociales y políticas, sino también las que hay entre el cielo y la tierra. Nosotros somos Iglesia. De esa índole comunitaria procede la corresponsabilidad y el deber de cooperar. De ella deriva en última instancia el derecho a la crítica, que debe ser siempre y en primer lugar autocrítica, pues la Iglesia —repitámoslo— no está localizada en ningún sitio particular ni es otra persona: la Iglesia somos nosotros.
31.1.
Cristianismo y martirio se hallan, sin duda alguna, en correspondencia. Ahora bien, el mártir se distingue clarísimamente del rebelde. Cristo ha muerto como mártir, no como rebelde. Junto a Cristo había también un rebelde: se llamaba Barrabás. En el se cumplió lo que Cristo había dicho a Pilato: «si mi reino fuera de este mundo, mis servidores lucharían para que no fuera entregado a los judíos» (Ioh 18,36). Por Barrabás se luchó, efectivamente, y sus partidarios gritaban pidiendo su libertad. Por Cristo no hubo manifestaciones. Él tampoco quería que las hubiera. ¿Dónde se halla, empero, la diferencia entre el mártir y el rebelde? El mejor modo de apreciar el contraste es fijarse en el primer pasaje en que un cristiano se califica a sí mismo como tal: en la Epístola I de San Pedro, (4,16). En ese lugar, San Pedro dice a los cristianos: «que ninguno padezca por homicidio, o por ladrón, o por malhechor, o por entrometido; mas si por cristiano padece, no se avergüence, antes glorifique a Dios en este hombre». De este texto se desprende que uno de los elementos esenciales de la condición cristiana es atenerse al derecho, incluso en un Estado en que estuviera privado de él. Aquí mantienen su validez estas palabras de Jesús: «dad al César lo que es del César» (Mt 22,21). Por eso, los cristianos han orado por el César incluso en los siglos de persecución. En épocas de opresión sangrienta los cristianos son exhortados, ya en el Nuevo Testamento —en la Epístola I a Timoteo (2,2)—, «a orar por los emperadores y por todos los constituidos en dignidad». Los cristianos se han negado a adorar al soberano, pero han orado espontáneamente por él y por la conservación del Estado. Ya en el siglo II los cristianos reivindicaron que fueron ellos, los acusados y proscritos, los que con sus vidas conservaron el Estado y la sociedad y los preservaron del ocaso.
[1] Para entender cabalmente el sentido de la expresión, es decir, para percibir el marco —que se anuncia como ya sabido de antemano— dentro del que se van a desarrollar las reflexiones, debe tenerse en cuenta que el texto procede de una obra, Die Hoffnung des Senfkorns, esencialmente teológica. (N. del T.)
[2] Aun cuando «protestanización» sea un neologismo, lo hemos mantenido como traducción del sustantivo alemán Protestantisierung por su capacidad para verter la idea contenida en la palabra alemana: la penetración creciente del pensamiento protestante en los países de tradición católica. (N. del T.)
[3] Con «biblicisrno» traducirnos el término Biblizismus, que designa la actitud a considerar la Biblia aisladamente, separada de las tradiciones eclesiásticas. La hemos adoptado por razones semejantes a las indicadas en la nota 2. (N. del T.)
[4] Interkommunion designa la unidad entre las diferentes Iglesias cristianas. La hemos traducido por «intercomunión» por las razones indicadas en las notas 2 y 3. (N. del T.)
FEBRERO
1.2.
Cada hombre es creado directamente por Dios. La fe no afirma del primer hombre más de lo que proclama de cada uno de nosotros. Y también a la inversa: no pregona de nosotros menos que del primer hombre. El ser humano no es un producto de la herencia y el medio, ni resulta exclusivamente de factores intramundanos susceptibles de cálculo: el misterio de la creación se halla por encima de todos nosotros (...). La afirmación de que el hombre ha sido creado por Dios de un modo más específico y directo que las cosas de la naturaleza significa, expresado de manera menos plástica, que es querido por Él de un modo muy especial: no sólo como ser que «existe», sino como ser que lo conoce; no sólo como criatura que Él ha pensado, sino como existencia que puede, por su parte, pensarlo a Él. A esta singular prerrogativa del hombre, consistente en ser querido y conocido por Dios, es a lo que llamamos genuina creación suya. A partir de aquí se podrá hacer un diagnóstico de la forma en que tuvo lugar la hominización: el barro se transformó en hombre en el momento en que un ser fue capaz de formar por vez primera, todo lo imprecisamente que se quiera, la idea de Dios. El primer Tú dirigido a Dios por boca humana —¡cuán balbuciente tuvo que ser!— señala el momento en que el espíritu hace acto de presencia en el mundo. En ese instante se pasó el Rubicón de la hominización, pues lo constitutivo del hombre no reside en el empleo de armas o en el uso del fuego. Ni es suficiente para definirlo la utilización de métodos nuevos de crueldad o de trabajo útil, sino su capacidad de relacionarse directamente con Dios. Eso asegura la doctrina de la creación especialísima del hombre, que constituye el centro de la fe en la creación en general.
2.2.
En la vida cotidiana de la ciudad apenas se percibe que el 2 de febrero celebramos una viejísima fiesta común a las Iglesias del Este y del Oeste, que en otro tiempo jugaba un importante papel en el año, sobre todo en el medio rural: la festividad de la Candelaria. Se trata de una celebración en la que confluyen diversas corrientes históricas, de ahí que luzca con diferentes colores. Su motivo más inmediato es el recuerdo del día en que María y José llevaron a Jesús al templo, 40 días después de su nacimiento, para hacer la ofrenda prescrita de la purificación. La liturgia ha entresacado, sobre todo a partir de la escena descrita por San Lucas, un rasgo característico suyo: el encuentro entre el niño Jesús y el anciano Simeón. Ésa es la razón por la que en el ámbito de habla griega la fiesta conserva el nombre Hypapanti, encuentro. Este encuentro entre el niño y el anciano representa para la Iglesia la concurrencia del mundo pagano, a punto de extinguirse, y el nuevo comienzo en Cristo, del período en trance de extinción de la Antigua Alianza y el tiempo nuevo de la Iglesia de los pueblos. Con ese hecho se expresa algo más decisivo que el ciclo eterno de nacer y morir, algo más determinante que el consuelo de que a la desaparición de una generación haya de seguir una nueva con ideas y esperanzas distintas. Si sólo fuera alguna de estas cosas, el Niño no sería esperanza para Simeón, sino sólo para sí mismo. Y, sin embargo, es mucho más: es esperanza para todos, puesto que es un género de esperanza que se extiende más allá de la muerte. Con ello tocamos el segundo punto esencial que la liturgia ha conferido a este día. La liturgia se refiere a las palabras de Simeón, quien llama al Niño Jesús «luz para la iluminación de los gentiles». En referencia a esa expresión el día se configura como una fiesta de las candelas. Su tibia luz debe ser expresión patente de la luz excelsa que parte de la figura de Jesús e ilumina todas las épocas.
3.2.
Desde hace ya tiempo vengo reflexionando frecuentemente sobre el significado de estas palabras que la Biblia repite con insistencia: «el temor de Dios es el principio de la sabiduría». A pesar de ello, desde hace algún tiempo me resulta extremadamente difícil penetrar en el sentido de esa proposición. Mas ahora, cambiando su significado, comienzo a entenderla de un modo tan preciso que creo tocar su verdad directamente con las manos. Lo que sucede ante nuestros ojos de manera tan manifiesta se puede explicar con estas palabras: el temor del hombre, es decir, el fin del temor de Dios, es el comienzo de toda necedad. En nuestros días el temor de Dios ha desaparecido prácticamente del catálogo de las virtudes, sobre todo desde que la imagen de Dios ha quedado sujeta a las leyes de la publicidad. Para tener efecto publicitario, Dios debe ser presentado de una manera enteramente distinta, de forma que nadie pueda sentir en modo alguno temor ante Él. Según la imagen referida, eso sería lo último que debería aparecer en nuestra representación de Dios. De ese modo se extiende cada vez más en nuestra sociedad y en medio de la Iglesia aquella inversión de valores que fue la auténtica enfermedad de la historia precristiana de la religión. También en esa época se extendió la opinión de que no es preciso temer al buen Dios, pues de Él, como ser infinitamente bueno, sólo puede venir el bien. En ese sentido hemos de estar completamente tranquilos: sólo debemos guardarnos de los poderes malignos. Ellos son los únicos peligrosos, de ahí que debamos intentar a toda costa estar a buenas con ellos. Según esta máxima, debemos buscar la esencia de la idolatría en la apostasía del culto divino. Como es obvio, nos hallamos en medio de una idolatría como la referida. El buen Dios no nos causará daño en ningún caso. Sólo hace falta depositar en Él un cierto género de confianza originaria. Sin embargo, es preciso intentar estar a buenas con los poderes malignos que existen a nuestro alrededor. Y así, los hombres, dentro y fuera de la Iglesia, los prominentes y los que carecen de relevancia, no obran ya con la mirada puesta en Dios y sus designios, que carecen de importancia, sino en los poderes humanos, para ir por el mundo medianamente felices. Ya no actúan por el ser o la verdad, sino por la apariencia, es decir, por lo que se piensa de nosotros y por la imagen que damos a los demás. La dictadura de la apariencia, que existe también en la Iglesia, es la idolatría de nuestra época. El temor del hombre es el comienzo de toda necedad. Se trata de una torpeza que domina invariablemente allí donde ha desaparecido el temor de Dios.
4.2.
«Al principio era el Verbo.» Esta antiquísima y venerable proposición, que hemos oído tan frecuentemente, ha dejado de parecer evidente en nuestros días. Ya Goethe hace decir a Fausto: «es esta traducción tan difícil que tendré que darle otro sentido, si el espíritu me ilumina». Al final traduce de este modo: «al comienzo era la acción». Los físicos nos dicen que al principio fue la explosión originaria. Ahora bien, si nos paramos a reflexionar, llegamos a la conclusión de que, en última instancia, nada de todo ello es suficiente. Así pues, volvemos al «Verbo» bíblico. Para entenderlo, es preciso leer la frase entera. Dice así: «al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios». Esta profunda sentencia quiere decir, pues, que al comienzo era Dios, que Dios es el comienzo, que Dios es el principio. Las cosas proceden del Espíritu Creador, del Dios Creador. Y cuando a Dios se le llama «el Verbo» se quiere decir que al principio existía un Dios que es pensamiento. Al comienzo era el pensamiento creador. Él ha llamado al mundo a la existencia. El pensamiento es, por así decir, el suelo firme que soporta el universo, el fundamento del que procedemos, en el que estamos y en el que podemos confiar. Con todo, cuando la Biblia dice que al principio era el Verbo, afirma algo más. El Verbo no es pensamiento como lo es una complicada idea matemática que señorea de algún modo sobre el universo permaneciendo intangible y sorda a nuestras súplicas, sino que este Dios, que es verdad, espíritu y pensamiento, es Verbo, es decir, es también auxilio: es siempre comienzo novedoso. Por consiguiente, es también esperanza y camino nuevo para nosotros.
5.2.
En las Sagradas Escrituras encontramos este memorable pasaje: «como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en él» (Ioh 3,14). La historia que resuena en estas palabras nos lleva no sólo desde el presente hasta el momento de la cruz, y desde aquí a la travesía del desierto por el pueblo de Israel, sino que retrocede hasta el árbol del Paraíso. De él pendía la serpiente que ofuscó al hombre con su lógica fascinadora, hasta el punto de que, al final, no pudo ver ya más la bondad de Dios. Desde ese momento empezó a percibirlo como amenazante, como peligroso y como una carga. Por lo mismo, comenzó a no poder percibir la verdad, convirtiéndose la mentira para él en algo tentador y convincente. Deslumbrado por la falsa claridad de esta lógica, el hombre dejó de plantearse la pregunta sobre lo bueno y verdadero en sí mismo, inquiriendo sólo por lo que podría tener y por lo que se podría procurar para sí propio. Al ser confundido por la mentira subyugadora de la serpiente, el hombre dejó de ver a Dios y dejó de verse a sí mismo, alejándose así, por más que soñara haberse apoderado de ella, de la vida verdadera: se quedó ciego y vacío. Contra el poder de la mentira, que atrapa al hombre y ya no lo deja vivir, Dios ha plantado el árbol nuevo con el vencedor de la serpiente: Cristo, que está clavado en la cruz para que nosotros aprendamos de nuevo a ver rectamente. Quien mira al Crucificado ve lo que es el amor. Quien mira al Crucificado percibe que es contemplado por el amor. Eso le descubre la verdad: ser contemplado por el amor y por la bondad de Dios le hace vivir.
6.2.
El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (cfr. Génesis 1.26 y ss.). En Él se tocan el cielo y la tierra. Con el hombre, Dios se incorpora a su creación. El hombre es creación directa de Dios: es llamado por Él. La palabra de Dios del Antiguo Testamento vale para cada hombre en particular: «Yo te llamo por tu nombre, tú eres mío». Cada hombre es conocido y amado por Dios, querido por Él, pues todos son imagen suya. La más grande y profunda unidad del género humano reside en que todos nosotros —cada hombre— realiza el plan único de Dios, tiene su origen en la idea creadora de Dios. En ese sentido dice la Biblia que quien maltrata al hombre atenta contra la propiedad de Dios (Génesis 9,5). La vida se halla bajo la especial protección de Dios, porque cada hombre, pobre o encumbrado en las alturas, enfermo y afligido, inútil o valioso, nacido o no nacido, incurablemente enfermo o rebosante de vida, lleva en sí el aliento divino, es imagen de Dios. Ése es el fundamento más profundo de la inviolabilidad de la dignidad humana, sobre el que, por lo de más, descansa en última instancia toda civilización. Cuando el hombre deja de ser estimado como ser que se halla bajo la protección de Dios, que lleva en sí el aliento divino, empieza a ser considerado por su utilidad: en ese momento aparece la barbarie que pisotea la dignidad del hombre. Y, a la inversa: cuando el hombre es reconocido como imagen de Dios, se manifiesta de modo patente el rango de lo espiritual y lo moral. En el Nuevo Testamento se llama a Cristo segundo Adán, Adán definitivo e imagen de Dios (por ejemplo, Epístola I a los Corintios 15,44-48; Epístola a los Colosenses 1,15). Todas esas expresiones quieren decir que sólo en Él se da respuesta definitiva a la pregunta ¿qué es el hombre?, que sólo en Él se manifiesta el profundo contenido del proyecto humano. Cristo es el hombre definitivo, y la creación es de algún modo un plan orientado hacia Él. Así pues, podemos decir que el hombre es el ser que puede llegar a ser hermano de Cristo. En la idea de creación se presenta ante nosotros el secreto pascual, el secreto del grano de trigo que muere al caer en tierra. El hombre debe ser grano de trigo que muere con Cristo para poder resucitar verdaderamente, para ser auténticamente elevado, para ser el que verdaderamente es (cfr. Ioh 12,24). No hay que entender al hombre exclusivamente a partir de su origen pasado ni de un recorte aislado del tiempo que llamamos presente. El hombre está referido a su futuro: sólo el porvenir le manifiesta adecuadamente quién es (cfr. Epístola I de San Juan 3,2). En el otro tenemos que ver siempre a alguien con quien alguna vez debo compartir la alegría de Dios: debemos considerarlo como alguien junto con el cual yo soy elegido para ser miembro del cuerpo de Cristo, con quien alguna vez me habré de sentar en la mesa de Abrahán, de Isaac y de Jacob, en la mesa de Jesucristo, para ser su hermano y hermano con él de Jesucristo, el Hijo de Dios.
7.2.
En textos litúrgicos de la Iglesia oriental se dice lo siguiente: «El Señor ha ascendido para elevar la imagen caída de Adán y enviarnos el Espíritu que santifica nuestras almas». La ascensión de Cristo a los cielos tiene que ver también con la segunda parte del Ecce homo. Pilato presenta a Jesús maltratado y quebrantado ante la muchedumbre que se encontraba reunida, señalando de ese modo el rostro ultrajado y pisoteado del hombre como tal. «He aquí al hombre», dijo Pilato. El cine y el teatro actuales nos presentan con insistencia, unas veces llenos de compasión y otras cínicamente, al hombre envilecido en todos los estadios del horror: éste es el hombre, nos dicen continuamente. La teoría de la evolución tira la línea hacia atrás, nos muestra sus hallazgos —el barro del que el hombre ha sido hecho— y nos repite machaconamente: éste es el hombre. Sí, la imagen de Adán es una imagen caída, se halla sumida en la inmundicia, todavía está manchada. Mas al ascender al cielo, Cristo dice a los discípulos y a todos nosotros que el ademán de Pilato es sólo media verdad, o aún menos que media. Cristo no es sólo un príncipe ensangrentado y lleno de heridas, sino también el soberano del mundo entero. Su dominio no significa pisotear la tierra, sino devolverle el esplendor que habla de la belleza y el poder de Dios. Cristo ha elevado la imagen de Adán: no sois sólo inmundicia, sino que sois capaces de elevaros por encima de las dimensiones cósmicas todas hasta el corazón de Dios. No envilece ser golpeado, sino golpear; ni deprava ser escupido por otro, sino escupirle a él; tampoco es el ofendido el que se degrada, sino el que ofende; ni es el orgullo el que ensalza al hombre, sino la humildad. En definitiva: no es la grandeza propia la que engrandece, sino la capacidad de entrar en comunidad con Dios.
8.2.
Jesucristo recorre el camino de Adán en sentido inverso. A diferencia de Adán, Cristo es efectivamente «como Dios». Ahora bien, este ser como Dios, su condición divina, es su ser hijo: por eso está en estrecha relación con el Padre. «El Hijo no hace nada por sí mismo»: he ahí por qué Cristo, que es verdadero Dios, no se aferra a su autonomía ni a su poder y querer ilimitados. Jesucristo sigue el camino inverso: se hace enteramente dependiente y se convierte en siervo. Por no recorrer el camino del poder, sino el del amor, Cristo puede descender hasta la mentira de Adán, hasta la muerte, y así instaurar la verdad y dar la vida. Así pues, Cristo se torna el nuevo Adán con el que la humanidad comienza de nuevo. Cristo, que por su misma naturaleza está en relación con el Padre y remite a Él —Cristo es el Hijo—, restablece las relaciones adecuadamente. Sus brazos extendidos, que permanecen ininterrumpidamente abiertos para nosotros, son la expresión de una amistad franca. La cruz, el lugar de su obediencia, se convirtió así en el verdadero árbol de la vida. Cristo deviene contrafigura de la serpiente, como se dice en el Evangelio de San Juan (Ioh 3,14). De este árbol no vienen palabras de tentación, sino de amor salvador, palabras de.obediencia a la que el mismo Dios se ha mostrado sumiso, proponiéndose así su docilidad como espacio de libertad. La cruz es el árbol de la vida que se torna accesible de nuevo. En la Pasión Cristo ha desenfundado en cierto modo la hoja ígnea de la espada, ha atravesado el fuego y ha erigido la cruz como verdadero eje del mundo sobre el que, de nuevo, se sostiene. Por eso, como presencia de la cruz, la Eucaristía es el árbol permanente de vida que se halla ininterrumpidamente en medio de nosotros y nos invita a recibir el fruto de la verdadera vida. Ello implica que la Eucaristía no puede ser meramente un simple ejercicio por parte de la comunidad. Recibirla, comer del árbol de la vida, significa recibir al Señor crucificado, es decir, afirmar su forma de vida, su obediencia y asentimiento al Padre, nuestra condición creatural. Recibir la Eucaristía significa acoger el amor de Dios, que es nuestra verdad, y admitir la dependencia de Dios, que no supone para nosotros género alguno de determinación extraña, como no lo es para el hijo su relación filial. Esta «dependencia» es, en realidad, libertad, puesto que es verdad y amor. ¡Ojalá que este tiempo de cuaresma nos ayude a salir de nuestra obstinación, a retirar la sospecha de la unión con Dios y suprimir la desmesura y la mentira que entraña nuestra «autodeterminación»! ¡Ojalá que nos asista para encaminarnos al árbol de vida, que es nuestra norma y nuestra esperanza! ¡Ojalá llegaran de nuevo a nosotros estas palabras de Jesús: «El tiempo se ha cumplido y está cerca el Reino de Dios; haced penitencia y creed en el Evangelio»! (Me 1,15).
9.2.
La figura de Eva, que aparece como imprescindible compañera del hombre, de Adán —del que el Señor dice (Génesis, 2,18) que «no es bueno» que esté solo—, no procede de la tierra, sino del hombre. En el «mito» de la costilla se expresa la íntima y recíproca remisión del hombre y la mujer: sólo en esa esencial relación mutua se consuma la integridad del ser humano. Ello pone de manifiesto que la creación del ser humano se cumple, por decisión divina, como armonía de hombre y mujer. De manera semejante, el Génesis (1,27) caracteriza desde el principio la condición de imagen de Dios propia de la criatura humana como hombre y mujer y la vincula misteriosamente a la armonía entre ambos. Naturalmente, el texto expresa también con absoluta evidencia la ambivalencia de esta coordinación: la mujer puede convertirse en tentación para el hombre, pero también es la madre de la vida, y de ella recibe su nombre. A mi juicio, es muy importante que el nombre «Eva» le fuera puesto a la mujer (Génesis 3,20) tras la caída y después de las palabras condenatorias de Dios. De ese modo queda expresada la imperecedera dignidad y grandeza de la mujer. Ella custodia el misterio de la vida, el contrapoder frente a la muerte. Ella, que coge la fruta de la muerte, cuya misión está misteriosamente hermanada con la muerte, es también canciller de la vida y la antítesis de la muerte. La mujer, que porta la llave de la vida, está muy próxima al misterio del ser, al Dios vivo, del que en última instancia procede toda vida, al que, justamente por ello, llamamos vida, vida eterna.
10.2.
Una de las palabras más excelsas de nuestro lenguaje es también una de las más vacías y envilecidas: la palabra amor. Tan banalizada y manchada está que apenas se la quiere pronunciar. Con todo, el lenguaje no puede renunciar a ella, pues si dejáramos de hablar del amor dejaríamos de hablar del hombre. Pero sobre todo dejaríamos de hablar de Dios, de Aquel que conserva juntos el cielo y la tierra. A propósito del amor nos hallamos en una situación singular : tenemos que hablar de él para no traicionar ni a Dios ni al hombre, pero apenas podemos hacerlo, pues el lenguaje ha traicionado al amor de múltiples modos. En esta situación la ayuda sólo puede venirnos de fuera. Dios habla con nosotros sobre el amor. La Sagrada Escritura, que es palabra de Dios en palabras de hombre, desempolva, por decirlo así, esta palabra: la limpia y nos la devuelve inmaculada. Las Sagradas Escrituras hacen de ellas algo luminoso, puesto que la coloca donde posee toda su fuerza radiante : en el misterio de Jesucristo. Merced a la cruz recupera su singularidad única. El hombre no necesita solamente coger y agarrar, sino también comprender el poder de su acción y de sus manos. Pero además precisa percibir, oír, necesita la razón que llega hasta el fondo del corazón. Sólo cuando el entendimiento permanece abierto a la magna razón, puede ser verdaderamente inteligente y conocer la verdad. El que no ama tampoco conoce (cfr. Epístola I de San Juan 4,8). La ciencia es, sin lugar a dudas, importante. También lo es el poder de la técnica. Sin embargo, cuando se encierran en sí mismas no sólo se vuelven realidades vacías, sino también amenazantes para la vida. La experiencia actual de la ciencia y la técnica nos pone de manifiesto que sólo podrán seguir desempeñando una función positiva si se subordinan a aquella razón que, sin dejar de ser verdadera razón, percibe más de lo que la física es capaz de demostrar y la técnica de hacer. Cuando se excluye la razón de que venimos hablando, el mero entendimiento se convierte en tiranía de la irracionalidad.
11.2.
Los médicos suelen decir que apenas se dan ya aquellas tempranas neurosis que surgían como consecuencia de una educación demasiado estricta. En cambio, la falta de orientación interior y exterior del hombre provocada por la permisividad general, añade, se ha convertido en la causa principal de neurosis. Es enteramente cierto que el hombre se convierte en un ser enfermo cuando no sabe quién es ni hacia dónde debe ir con su vida. Esta otra constatación de la medicina es también importante: la permisividad y la hostilidad a los niños son expresión de la misma íntima actitud ante la vida. Ambas expresan una actitud que no está dispuesta a sacrificarse por los demás, es decir, un narcisismo mortífero y un amor a sí mismo que empequeñece y empobrece cada vez más al hombre. El empobrecimiento del ser humano es tanto mayor cuanto más compulsivamente quiere defender su vida pequeña y exigir todo de ella sin renunciar a nada. La permisividad no es expresión de generosidad, sino una forma de egoísmo que priva a los demás de lo decisivo: del don del amor que sólo la vida puede enseñar. Por eso, no puedo por menos de gritar a los jóvenes: ¡no creáis a los profetas de la permisividad! ¡No confiéis en quienes día tras día venden el hombre convirtiendo su cuerpo en mercancía! ¡No deis crédito a aquellos que caricaturizan la fe y la entienden como jardín de las prohibiciones y la obediencia, como pusilanimidad! ¡No prestéis oídos a quienes ofrecen la comodidad como libertad y la desorientación como felicidad! El hombre tiene derecho a la grandeza. Dios tiene derecho a nuestra grandeza. No creáis a quienes envilecen al hombre. Al final, el hombre se queda desnudo y se avergüenza: no le queda más que ocultarse y negar su existencia vacía.
12.2.
¿Se puede ser fiel cuando no se sabe en absoluto qué deparará el futuro? ¿No es lícito, más aún, no es obligatorio mantenerse abierto ante lo nuevo, ante aquello capaz de cambiar todo lo habido hasta ahora? ¿Se puede confiar para siempre en los demás, cuando no se sabe quién es uno mismo ni quién llegará a ser en el futuro? ¿Es legítimo hacerlo? ¿Se puede tener confianza en el mundo, cuando nadie sabe los sobresaltos —o, en su caso, las nuevas oportunidades— que nos tiene preparados? Éstas son las preguntas con las que de una u otra forma nos topamos en nuestros días. Todas ellas expresan una mala inteligencia de la verdad y una profunda desconfianza hacia ella. Al final, el hombre, incapaz de afirmar su libertad, parece un juguete en manos del destino y sus posibilidades arcanas. Esta actitud estaría justificada, más aún, sería la única posible, si Dios no existiera, pues el futuro, el propio y el del mundo, es de hecho impenetrable. Mas, si Dios existe, estamos autorizados a responder de antemano afirmativamente a todo lo imprevisto como algo incluido en el plan de Dios, vale decir: no hay nada que no esté en manos de Dios. Si Dios existe, la certeza es más fuerte y más grande que la incertidumbre, pues la mayor certidumbre es que Dios subsiste y que su amor es más grande que todos los poderes de la historia. Si Dios existe, conserva todo su valor la afirmación de que ni la muerte ni la vida ni cualquiera otro poder podrá separarnos de Cristo (Epístola a los Romanos 8,38 y ss.). Como quiera que Dios es siempre el mismo, podemos seguir confiados y madurar en nuestra fortaleza. Ésa es la razón por la que de antemano no necesitamos penetrar, como hace Dios, en el futuro, ni precisamos una libertad semejante a la divina para poder tomar decisiones definitivas. Existiendo Dios, sabemos lo esencial y podemos aceptar el camino en el tiempo como si fuera nuestro modo natural de madurar y hacernos libres. Sólo así son posibles la decisión y la fortaleza humana. Sólo si existe Dios, puede el hombre seguir siendo hombre.
13.2.
Si reflexionamos sobre lo que para nosotros significa el cuerpo, notaremos que entraña una cierta dualidad. Por un lado, el cuerpo es la frontera que nos separa de los demás. El espacio que ocupa uno de ellos no puede ocuparlo ningún otro. Si estoy en este lugar, no puedo estar a la vez en ningún otro. El cuerpo es, pues, la barrera que nos separa de nosotros mismos, la causa de que seamos de algún modo extraños unos para otros. Nadie puede penetrar en la intimidad del otro. La corporalidad oculta su interioridad, hace que permanezca velada. Ésa es la razón por la que somos extraños incluso para nosotros mismos. Tampoco podemos ver lo más hondo de cada hombre ni descender hasta la profundidad de nuestro ser. De todo ello hay que extraer la siguiente conclusión: el cuerpo es la frontera que nos hace opacos e impenetrables, nos yuxtapone unos a otros y nos impide ver y tocar lo más hondo del alma. Ahora bien, también es obligado extraer esta otra: el cuerpo es también puente. Gracias al cuerpo podemos encontrarnos unos con otros y comunicarnos con la materia común de la creación. Gracias a él nos vemos, nos sentimos y nos aproximamos unos a otros. El porte del cuerpo revela quién es y qué es el otro. En su modo de ver, de mirar, de obrar y de componerse nos vemos a nosotros mismos. El cuerpo nos lleva al otro: es a la vez frontera y comunión.
14.2.
Hay un tipo de poder, bien conocido por nosotros, que se opone a Dios y persigue prescindir de su imperio y, a la postre, de él mismo. Su esencia consiste en convertir al otro —y también a lo otro— en objeto, en pura función, y en ponerlo al servicio del propio querer. El otro y lo otro dejan de ser considerados como realidades vivas con sus propios derechos ante cuyo ser genuino he de inclinarme. Ahora son tratados como mera función, al modo de la máquina, como algo muerto. Un poder semejante es en última instancia poder de muerte, que compromete irremisiblemente en su legalidad y en la de lo muerto a quien se sirve de él. La ley que impone quien lo emplea se convierte en la suya propia. Así pues, siguen vigentes al respecto las palabras de Dios a Adán: el día que comieres del árbol de la ciencia del bien y del mal morirás (Génesis 2,17). Así tiene que ser necesariamente cuando el poder se entiende como oposición a la obediencia, pues el hombre no es señor del ser: ni siquiera cuando puede descomponerlo en pedazos, como si fuera una máquina, y recomponerlo de nuevo. Por mucho que a veces sea capaz de hacer tal cosa, el hombre no puede, sin embargo, vivir contra el ser. Cuando se empeña en ello, sucumbe al poder de la mentira, es decir, del no ser, de la apariencia del ser. En última instancia se entrega al poder de la muerte. Ahora bien, el poder de que venimos hablando puede presentarse ciertamente de manera tentadora y presentar una fisonomía convincente. Sus éxitos son exclusivamente triunfos a plazo. Ese tiempo puede tener, no obstante, una larga duración y ser capaz de cegar al hombre que vive en el instante. Con todo, no es el auténtico y verdadero poder. El poder que reside en el ser mismo es más fuerte. Quien está de su parte lo tiene todo a su favor. El poder del ser no es, empero, suyo, sino del creador. Gracias a la fe sabemos que el creador no es sólo la verdad, sino también el amor, y que ninguno de ellos puede separarse del otro. Dios tiene tanto poder en el mundo cuanto tienen la verdad y el amor. Eso podría ser una afirmación en cierto modo melancólica, si todo lo que supiéramos acerca del mundo fuera sólo lo que podemos abarcar en el espacio de nuestra vida y de nuestras experiencias. Mas, vista desde la nueva experiencia que Dios nos ha regalado en Jesucristo, consigo mismo y con el mundo, es una proposición de esperanza triunfal. Ahora podemos incluso invertir su sentido: la verdad y el amor se identifican con el poder de Dios, pues Dios no sólo tiene verdad y amor, sino que es ambas cosas. La verdad y el amor son, pues, el auténtico y definitivo poder en el mundo. En él descansa la esperanza de la Iglesia y de los cristianos. O dicho con mayor precisión: por él la existencia cristiana es esperanza. En este mundo es posible arrebatarle muchas cosas a la Iglesia. También le cabe sufrir graves y dolorosas derrotas. Hay ocasiones, incluso, en las que se aparta de lo que verdaderamente es. Mas nada de eso hace que se extinga. Todo lo contrario: sólo de ese modo aparece lo peculiar de la Iglesia con luz nueva : sólo así recobra fuerzas renovadas. El bote de la Iglesia es el barco de la esperanza. Podemos subir a bordo de él con plena confianza. El Señor del mundo lo gobierna y protege.
15.2.
Siempre que la matanza de una vida inocente se considera como un derecho, la justicia se convierte en injusticia. Cuando el derecho a la vida deja de estar protegido, se pone en entredicho el derecho mismo. Decir estas cosas no significa querer imponer la moral cristiana en una sociedad pluralista. Aquí se trata exclusivamente de humanidad, del respeto que el hombre merece por su misma condición humana, que no puede creer sin engañarse profundamente a sí mismo que su liberación consiste en pisotear la creación. El ardor de la polémica en torno a estos problemas tiene su fundamento en la pregunta que aquí se plantea: ¿necesita el hombre para ser libre desencadenarse de la creación y relegarla como si fuera algo que lo esclaviza? ¿No es verdad que cuando lo hace es precisamente cuando se niega a sí mismo? En estas preguntas está en juego el hombre como tal. Por eso, el cristiano no puede eximirse de participar en él. Por lo demás, en ellas se echa de ver un nuevo aspecto característico de la situación del hombre de nuestros días. ¿No entraña el cuidado esmerado —de la forma más silenciosa y segura posible— puesto en obstruir el camino a una nueva vida un profundo miedo al futuro? Ese temor parece delatar dos cosas distintas. De un lado, su origen, que hay que situar en la peculiar configuración de nuestra época, en la que, como consecuencia de la desaparición del valor eminente de la vida, parece como si ya no tuviera sentido protegerla. En ella se trasluce nítidamente la desesperación de la vida propia. La desesperanza es la causa de que se quiera dispensar a los demás del oscuro camino del ser humano. Mas, de otro lado, delata también un claro temor a la existencia, a la limitación que el otro podría representar para mí. El otro, el que viene, se convierte en un peligro. El verdadero amor es un acontecimiento mortal, pues significa dar preferencia al otro y pasar a un segundo plano por él. No queremos un acontecimiento de esa naturaleza. Preferimos seguir siendo los mismos: apurar la vida tan intensamente y libre de estorbos como sea posible. No percibimos —no podemos hacerlo— que con tal avidez de vida es precisamente con lo que destruimos nuestro futuro y entregamos nuestra propia vida a la muerte.
16.2.
¿Qué es lo que hace que la vida le parezca al nombre de hoy digna de ser vivida? ¿Acaso la esperanza de que dentro de 50 años habrá un mundo más justo? Tal vez esa optimista perspectiva sea una pasión que le dé contenido, le exija y mantenga en movimiento. Mas, ¿basta con eso? ¿No es precisamente la opinión de que el mundo podría estar alguna vez en orden la que en realidad hace la vida insoportable y sin esperanza? ¿No produce ese modo de pensar un fanatismo que devasta la vida? ¿No destruye la difamación del amor y de la jovialidad el supuesto auténtico del futuro? Ciertas observaciones curiosas —mas no por ello menos características— acerca de la constitución del hombre actual forman parte de esa situación. ¿A qué obedece el que cada vez haya en nuestra sociedad menos espacio para los niños, es decir, para el futuro del hombre? ¿Cómo se puede explicar que por razones profesionales se trate al niño —al futuro— como una enfermedad y se esté dispuesto a «curarse» —es decir, a matar— como si efectivamente lo fuera? ¿Qué extraño trastorno de la voluntad de futuro se esconde en el hecho de que todas las fuerzas parezcan concentradas en el problema de cómo afrontar de modo silencioso y seguro el «peligro» de una nueva vida? Hay, ciertamente, muchas razones para explicar estos problemas. Mas ¿no se esconde detrás de todas ellas la inquietud acerca de si la vida humana es algo razonable, si es un regalo pleno de sentido que se debe transmitir sin miedo y de modo espontáneo, o si, por el contrario, no es realmente una carga insoportable de suerte que lo mejor sería evitar que naciera? ¿Quién responde a estas cuestiones que, en medio de la apoteosis del futuro, dejan al hombre cada vez más hondamente desamparado? ¿Acaso las estrategias para un mundo nuevo? Ciertamente no, pues la pregunta sobre si mañana merecerá la pena ser un hombre no depende del modo de distribuir los bienes, sino de cuestiones más hondas que envuelven al hombre incluso cuando no son mencionadas expresamente.
17.2.
Luchar contra el dolor y la injusticia en el mundo es un impulso genuinamente cristiano. Ahora bien, la idea de que mediante una reforma social se puede alumbrar un mundo libre de dolor, así como el deseo de conseguirlo aquí y ahora, es una falsa doctrina que supone un profundo desconocimiento del ser que llamamos hombre. En este mundo, el dolor no procede únicamente de la desigualdad de riqueza y poder. Por lo demás, no es sólo algo desagradable que el hombre deba remover. Quien quiere hacer tal cosa tiene que huir al mundo meramente aparente de los estupefacientes, para, de ese modo, destruirse por completo a sí mismo y entrar en contradicción con la realidad. Sólo a través del sufrimiento y de su capacidad para liberar de la tiranía del egoísmo llega a conocerse el hombre: ahí reside su verdad, su alegría y su felicidad. El hombre será tanto más feliz cuanto más dispuesto esté a cargar con los abismos de la existencia y el esfuerzo que entraña. La medida de la capacidad para la felicidad depende de la cantidad de la prima desembolsada, del grado de disposición para acoger apasionadamente al ser humano. El que se quiera huir de todo ello, el que se nos quiera hacer creer que se puede llegar a ser hombre sin persistir en ser uno mismo, sin la paciencia de la renuncia y el esfuerzo de la abnegación; el que se nos enseñe que no es preciso la dureza que entraña cumplir la tarea encomendada, ni el sufrimiento paciente que supone la tensión entre el deber del hombre y su ser efectivo: todo ello configura esencialmente la crisis de nuestros días. Privado del esfuerzo y recluido en el País de Jauja de sus sueños, el hombre pierde lo más genuino de su ser: su propio yo. El hombre no es salvado, de hecho, sino a través de la cruz. Todas las ofertas que prometen salvarlo a más bajo precio fracasarán y se revelarán engañosas. La esperanza del cristianismo, la posibilidad de la fe descansa a fin de cuentas sencillamente en que dice la verdad. La suerte de la fe es de la verdad, que aun cuando pueda ser oscurecida y pisoteada no se extinguirá jamás.
18.2.
Éste es el camino que conduce a la vida recta: «amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo» (Lc 10,27). Lo primero debe ser, pues, que Dios esté presente en nuestra vida. Las cuentas de la vida humana no salen bien cuando se prescinde de Dios. Cuando así lo hacemos, quedamos atrapados en flagrante contradicción. No hemos de creer, pues, que Dios existe de un modo meramente teórico. Debemos considerarlo, más bien, como lo más real de nuestra vida: Dios debe estar por encima de todo lo de más. Nuestra relación esencial con Él ha de ser el amor. En ocasiones tal vez resulte difícil. Puede ocurrir que alguien esté acosado por diversas enfermedades o impedimentos. A otro la pobreza le hace la vida insoportable. Un tercero, en fin, pierde las personas de cuyo amor pendía enteramente su vida. Puede haber, pues, múltiples modos de desgracia. En todos ellos es grande el peligro de que el hombre se enfurezca y diga: Dios no puede ser bueno, pues de serlo no se portaría así conmigo. Semejante revuelta contra Dios es fácilmente comprensible, pues a veces parece casi imposible estar de acuerdo con los designios divinos. Ahora bien, quien cede a una rebelión de ese tipo emponzoña su vida. El veneno de decir no a Dios, de la ira contra Él lo corroerá para siempre. Dios exige en cierto modo de nosotros un anticipo de confianza. Ya sé —nos dice— que todavía no me comprendes, mas ten confianza en mí a pesar de todo, fíate de mí, que soy bueno, y atrévete a vivir de esa confianza. Hay innumerables ejemplos de santos y de grandes hombres que han osado vivir de esa confianza. Así es como, en medio de la más tenebrosa oscuridad, han encontrado la felicidad para sí mismos y para muchos otros.
19.2.
Cuando Pedro regresa con pesca abundante sucede algo completamente inesperado. Tras la buena jornada, no abraza a Jesús como cabría esperar, sino que se arroja a sus pies. No lo sujeta con intención de tener en adelante alguien que garantice el éxito, sino que lo aparta de sí, pues le asusta el poder de Dios. «¡Apárta te de mí, Señor, que soy un hombre pecador!» (Le 5,8). Cuando se tiene experiencia de Dios, el hombre reconoce su condición de pecador. Sólo entonces, cuando efectivamente lo reconoce y acepta, se conoce a sí mismo. Por lo demás, de ese modo se convierte en un ser verdadero. Sólo cuando el hombre sabe que es pecador y ha comprendido la tragedia del pecador, entiende la invitación evangélica: «¡haced penitencia y creed en el Evangelio!» (Mc 1,15). Sin penitencia no es posible abrirse paso hasta Jesús ni hasta el Evangelio. Existe sobre el particular una frase paradójica de Chesterton que expresa claramente esta relación: a un santo se le conoce en que sabe que es pecador. El debilitamiento de la experiencia de Dios se manifiesta hoy día en la desaparición de la experiencia del pecado. Y también a la inversa: la supresión de ese saber aleja al hombre de Dios. Sin reincidir en una falsa pedagogía del miedo, deberíamos aprender nuevamente la verdad de esta sentencia: Initium sapientiae timor Domini. La sabiduría, el verdadero entendimiento comienza con el oportuno temor del Señor. Debemos aprender de nuevo a tener temor de Dios para conocer el verdadero amor y para entender lo que significa que debemos amarlo y que Él nos ama. La experiencia de Pedro es, pues, también un supuesto fundamental del apostolado y del sacerdocio. Sólo puede predicar la conversión —la primera palabra del Evangelio— quien toma conciencia de su necesidad y, en consecuencia, comprende la grandeza de la gracia.
20.2.
Por razones de trabajo hube de ocuparme del pensamiento de Ernst Bloch, cuya obra filosófica central es el Principio Esperanza. La esperanza es, según Bloch, la ontología de lo todavía no existente. La auténtica filosofía no debería aspirar a examinar lo que es —eso sería conservadurismo o reacción—, sino a preparar —ésa sería su verdadera ocupación— lo que aún no es, pues lo que es merece sucumbir. El mundo que merece la pena vivir no ha sido construido todavía. El cometido del hombre creador sería, pues, crear el mundo verdadero aún no existente. Para esta alta misión, empero, la filosofía tendría que cumplir una función decisiva. Ella es el laboratorio de la esperanza, la anticipación en el pensamiento del mundo del mañana: anticipación de un mundo racional y humano que no se originaría ya del azar, sino que sería pensado y producido por nosotros los hombres y por nuestra razón. Lo que me sorprendió y sobrecogió fue el uso en este contexto de la palabra «optimismo». Para Bloch y para los teólogos que le siguen, el optimismo es la forma y la expresión de la fe en la historia. Como consecuencia, es también una actitud obligatoria para el hombre que quiera servir a la liberación, al ascenso revolucionario del nuevo mundo y del nuevo hombre. La esperanza sería según eso la virtud de una ontología combativa, la fuerza dinámica de la marcha hacia la utopía. No me resulta difícil entender que, en una interpretación semejante, el «optimismo» sea la virtud teológica de un nuevo Dios y una nueva religión: la de la historia divinizada, la del dios «historia» es decir, del gran dios de las modernas ideologías y sus promesas.
21.2.
La moral fue uno de los temas más importantes para la Ilustración. Quería reducir la religión a moral, si bien la moral misma fue reducida, por su parte, a una doctrina de la utilidad, a la doctrina del bienestar humano. La moral era el cálculo de utilidad y lo inmoral, en consecuencia, lo insensato. Sin embargo, lo más importante y decisivo para el hombre, también para su bienestar y felicidad, no es sentirse bien, sino ser bueno. El hombre no es engrandecido, sino más bien empequeñecido, cuando goza de autonomía, pues el ser humano sólo se logra verdaderamente a sí mismo cuando se excede a sí propio. Está más cerca de sí cuando está con Dios que cuando quiere ser él mismo. La moral no puede significar construir lo que parece útil para el mundo y para nosotros, sino esto otro: escuchar la palabra de Dios en el lenguaje de la creación. No debemos ni estamos autorizados a disponer el ser de forma que sirva a nuestros intereses y nos sea útil, pues cuando lo hacemos así destruimos el mundo y nos destruimos a nosotros mismos. De ambas cosas tenemos ya suficiente experiencia. Escuchar la palabra de Dios significa estar en conformidad con El. Cuando lo hacemos, la creación persiste como una obra buena y nosotros mismos también nos hacemos buenos. El Señor ha salido a nuestro encuentro y su mandamiento es sencillo: que seamos conformes con la verdad y respondamos al amor con el que Él ha salido a recibirnos. Todos sus mandamientos son instrucciones que nos adentran en el misterio del amor y, como consecuencia, en el fundamento de la verdad. La moral vive, pues, del misterio, del amor revelado por Jesucristo. Si se separa del misterio, se convierte en moral fanática y rigurosa. Cuando pierde la conexión con él, se convierte en algo que pertenece al afán productivo del hombre. Ya sabemos cuán cruel puede llegar a ser una moral que es exclusivamente resultado que quiere «producir» su esperanza para el mundo.
22.2.
¿No es cierto que las preocupaciones cotidianas de la vida nos parecen tan importantes que nos impiden encontrar tiempo para mirar más allá de ellas? Existe preocupación por el sustento y la vivienda, tanto para nosotros como para aquellos que dependen de nosotros. Hay inquietud por la profesión y el trabajo. Nos sentimos responsables, incluso, de la sociedad en su conjunto, de que sea mejor, de que cese en su seno la injusticia y puedan todos sus miembros procurarse el sustento en libertad y en paz. Comparada con la urgencia de estos problemas, ¿no resulta fútil todo lo demás? ¿No representan estas dificultades la más alta tarea a que cabe dedicarse? Cada vez son más los hombres que opinan que la religión es una pérdida de tiempo. Para ellos, sólo la acción social significa una verdadera ocupación. En la actualidad hace falta, pues, una especie de milagro para que nos pongamos en pie y nos encaminemos hacia lo más elevado. Gracias a Dios, en nuestros días contamos con él. Un obispo amigo mío me refería no hace tiempo lo que le dijeron a él durante su visita a la Unión Soviética: actualmente se estima que en Rusia habrá un 25 por 100 de creyentes y un 13 por 100 de ateos; el resto, es decir, la mayoría, son personas que «están buscando». ¿No es esto un dato estimulante? Sesenta años después de la revolución que calificó a la religión de superflua y nociva, el 62 por 100 está buscando. Hay, pues, un elevado número de hombres que vuelven a percibir en su interior la existencia de algo superior, aun cuando todavía no lo conozcan. Las cosas terrenas crecen sólo cuando no nos olvidamos de lo más alto. No debemos perder el rumbo recto definitorio del hombre, ni mirar sólo hacia abajo. Hemos de elevarnos, pues sólo así podremos vivir rectamente. Debemos persistir en la búsqueda de lo más excelso. Tenemos que ser el amparo de quienes se esfuerzan por incorporarse para encontrar la verdadera luz, sin la cual todo en el mundo es tiniebla.
23.2.
En el Evangelio la red es, ante todo, imagen del reino de Dios, lanzada al mar del tiempo, al mar de la historia para elevar al hombre del espacio de silencio, oscuridad e inanidad a otra dimensión: «al reino de la justicia, del amor y de la paz». Como red que nos reúne, ese reino está presente ya. Mas también lo está antes de nosotros como movimiento que tira de nosotros hacia arriba, hacia la luz. «La Iglesia es —como ha dicho el Santo Padre— una red unida en el Espíritu Santo, vinculada por la misión apostólica, cuya poderosa eficacia procede de la unidad en la fe, la vida y el amor.» Luego puso su mirada en la célula fundamental de la Iglesia, en la más pequeña e insustituible, es decir, en la familia, a la que el lenguaje de la tradición llama «Iglesia doméstica», Iglesia en pequeño. La familia es «red que mantiene y da unidad y nos saca de las corrientes del abismo». «No permitamos —añade el sucesor de Pedro haciendo una llamada suplicante— que se rompa esta red.» Quisiera gritar sus palabras. convertirlas en el lema central del año venidero. ¡Ojalá resonaran con fuerza y llegaran día tras día a las familias. al Estado y a la sociedad! «¡No permitamos que se rompa esta red!» Sabemos en cuántas ocasiones ha sido rasgada, cuántos peces voraces se empeñan con todas sus fuerzas en desgarrarla completamente para liberar supuestamente al hombre de su cautividad. Esa supuesta liberación no será sino una libertad vacía en la que el hombre quedaría hundido: la libertad que conduce a la muerte, a la soledad y a la oscuridad propia de la ausencia de verdad: es la liberación de esa dimensión nueva a la que la red nos quiere conducir, la liberación del reino de la justicia, del amor y de la paz.
24.2.
«Dominad la tierra», ha dicho Dios al hombre (Génesis 1.28). Eso no significa, empero, que debamos explotarla y abusar de ella, sino que es deber nuestro cuidarla, imprimir en ella el rostro del espíritu y desarrollar sus tesoros escondidos. Haciéndolo así nos servirá y responderá a nuestras decisiones. La palabra «cultura» procede de la misma raíz que el término «culto», e incluye tanto la intención de cuidar cuanto la de respetar y venerar. En última instancia, significa cuidar de las cosas de modo que honremos en ellas la creación divina y, por consiguiente, adoremos al mismo Dios. Según eso, cada domingo es una fiesta de la creación. Mas también supone una adhesión al primer artículo de la fe: creo en Dios, creador del ciclo y de la tierra. El propósito fundamental del domingo es hacernos recordar que hemos recibido el obsequio de la creación ya antes de nuestro propio obrar. Por eso quiere despertar en nosotros el sentimiento de agradecimiento y de veneración. Vivir el domingo significa, pues, vivir ese sentimiento y disponer el trabajo en el mundo de acuerdo con su orientación fundamental. Ello significa atenerse a la justa medida en el uso de la creación. Debemos hacer uso de ella, pero no agotarla. No sirve de nada comenzar súbitamente a protestar contra nuevas empresas. Una actitud así no dejará de ser ilógica y absurda si no modifica enteramente nuestro estilo de vida, si no damos un viraje que nos lleve del expolio al uso, de la explotación al cuidado. Vivir de acuerdo con el acontecimiento dominical quiere decir estar en camino hacia ese cambio de rumbo: significa un estilo de vida total que, como cristiano, debemos buscar en este tiempo con decisión moral.
25.2.
Tal vez debamos presenciar los efectos devastadores del ateísmo para poder descubrir nuevamente cómo asciende, sin que quepa extinguirlo ni acallarlo, el grito que el hombre lanza a Dios, para percibir de nuevo que el hombre no vive sólo de pan ni se puede considerar salvado por tener una renta que le permite tener lo que desea y una libertad que le concede la facultad de hacer lo que quiera. Cuando pueda gozar de ambas posibilidades, será cuando perciba que la libertad sola no hace libre, así como que el problema inmenso del ser empieza con el tener. Por lo mismo, advertirá que necesita algo que no se lo otorga ni el capitalismo del oeste ni el marxismo. Este último ofrece un elevado fin y un magnífico argumento exclusivamente como medio para el tránsito. Al final no pone, empero, sino la promesa de un bienestar uniforme concebido como pan para todos. Ésa es la razón por la que, para conseguir el bien que considera último, abandona al hombre precisamente donde debería comenzar lo auténticamente humano, No, la fe no se tornará superflua: seguirá siendo tan necesaria como el pan de cada día. Por eso, tan válido es para los cristianos el imperativo de multiplicar los panes —«dadles de comer»— como las palabras con que el Señor rechaza la tentación satánica de limitar el cristianismo a la multiplicación del pan y de transformarlo en ayuda social: no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que viene de la boca de Dios.
26.2.
La creacton se dirige hacia el Sabbat, que es el signo de la alianza entre Dios y el hombre. Eso significa que culmina en el momento de adoración, es decir, que fue hecha para que hubiera un espacio que permitiera dar gloria al Señor. Por eso, siempre que se vive la adoración, la creación se consuma y cumple de modo perfecto. La creación existe para permitir la adoración. Operi Dei nihil praeponatur, dice San Benito en sus reglas: nada se debe anteponer al culto a Dios. Esas palabras no son expresión de una piedad exaltada, sino pura y serena convicción del relato de la creación, de su mensaje para la vida. La adoración es el verdadero centro, la fuerza ordenadora que se agita en el ritmo de los astros y de nuestras vidas. El ritmo de nuestra vida consigue su auténtica cadencia cuando es empapado por ella. Esto es algo que han sabido todos los pueblos. Los relatos de la creación desembocan en todas las culturas en la idea de que el mundo existe para el culto, para dar gloria a Dios. La unidad de las culturas acerca de las cuestiones más profundas del ser humano es algo espléndido. En diálogos con obispos africanos y asiáticos, mantenidos sobre todo en el Sínodo de los Obispos, se me reveló de forma nueva cada vez —y, con frecuencia, de modo sorprendente— cómo en las grandes tradiciones de los pueblos existe una profunda unidad con la fe bíblica. En todas ellas se custodia un saber originario del hombre que se revela también en Cristo. El peligro que hoy día nos acecha en las civilizaciones técnicas consiste en el alejamiento de ese saber originario, en que la petulancia de una cientificidad mal entendida nos impide oír las instrucciones de la creación. Existe un saber primordial que es una guía y une a las grandes culturas. En el relato de la creación el Sabbat es descrito como el día en que el hombre, en la libertad de la adoración, participa de la libertad de Dios, del sosiego divino, es decir, de la paz de Dios. Celebrar el sábado significa celebrar la alianza: volver al origen, limpiar todas las impurezas que nuestra obra haya ocasionado. La celebración del sábado significa también, pues, avanzar hacia un mundo nuevo en que ya no habrá esclavos ni señores, sino hijos libres de Dios, hacia un mundo en que el hombre, los animales y la tierra, unidos fraternalmente, participarán de la paz de Dios y de su libertad. Diciendo no al ritmo de la libertad y desentendiéndose de Dios, el hombre se aleja de su condición de ser hecho a imagen del creador y pisotea el mundo. Por eso, hubo de ser arrancado de la testarudez con que persistía en su propia obra. Por eso hubo de llevarlo Dios a que descubriera lo que lo constituye esencialmente, es decir, hubo de salvarlo del dominio del hacer. Operi Dei nihil praeponatur. Antes del hacer se ha de situar la adoración, la libertad y el sosiego de Dios. Sólo así —no hay otro modo— puede el hombre vivir verdaderamente.
27.2.
Hagámonos, pero planteada de otro modo, la pregunta de Pilato: ¿qué es la verdad? Hermann Dietzfelbinger ha llamado la atención acerca de que lo más vejatorio de la interrogación de Pilato reside en que no es propiamente una pregunta, sino una respuesta. A quien se presenta como la verdad le dice: ¡basta de palabrería! ¿qué es la verdad? De esa forma se plantea la mayoría de las veces la pregunta de Pilato en la actualidad. Preferimos volvernos hacia lo concreto. Mas ahora podemos enfocarla seriamente: ¿cuál es la razón de que ser la verdad coincida con ser la bondad? ¿A qué se debe que la verdad sea buena, que sea el bien sin más? ¿Por qué vale la verdad por sí misma, sin necesidad de acreditarse por los fines que realiza? Todo ello vale si la verdad tiene en sí misma su dignidad propia, si subsiste en sí y tiene más que ser todo lo demás: si es el fundamento sobre el que descansa mi vida. Si se reflexiona detenidamente sobre la esencia de la verdad, no se puede por menos de arribar al concepto de Dios. A la larga, ni el ser propio ni la dignidad de la verdad —de la cual depende a su vez la del hombre y la del mundo— se pueden asegurar si no se aprende a ver en ella el ser propio y la dignidad del Dios vivo. Por eso, a la postre, el respeto hacia la verdad no se puede separar del sentimiento de veneración que llamamos adoración. Verdad y culto se hallan en inseparable relación mutua. A pesar de la frecuencia con que a lo largo de la historia han sido apartados el uno del otro, siempre ha resultado imposible que crezcan por separado. A fin de cuentas, la libertad para la verdad y la libertad de la verdad no pueden existir sin el reconocimiento y la veneración de lo divino. Liberarse del deber de la utilidad es algo que sólo se puede fundamentar —es decir, sólo permanece como tal—, si se anulan las pretensiones exclusivistas del provecho y la propiedad del hombre, por tanto, si está en vigor el derecho de propiedad y la exigencia intangible de la divinidad. El proceso por el que el hombre se convierte en un ser verdadero es en buena parte el proceso por el que el mundo se torna un cosmos verdadero. Cuando el hombre llegue al final de ese proceso, será bueno, y el mundo lo será también.
28.2.
El amor comporta una tendencia universal. El mundo, del que forma parte el otro a quien se ama, aparece de manera distinta cuando amo. En el amado y con el amado, el amante quisiera abrazar de algún modo el mundo entero. El encuentro con el ser amado —ser único— me presenta el universo de forma nueva. El amor es ciertamente una elección: no apunta a millones, sino a este hombre precisamente. Mas, en esta elección, en esa persona singular, la realidad en su conjunto se me revela con una luz nueva. El puro universalismo, la filantropía universal («estad abrazados, millones») permanece vacía. En cambio, la específica y singular elección que recae en esta persona concreta me brinda el mundo y los demás hombres —y yo también a ellos— de un modo nuevo. Esta observación es importante, pues a partir de ella podemos comenzar a comprender por qué el universalismo de Dios (Dios quiere la salvación de todos los hombres) se sirve del particularismo de la historia de la salvación (de Abrahán a la Iglesia). La preocupación por la salvación de los demás no debe llevarnos a tachar este particularismo de Dios. La historia de la salvación y la historia universal no deben considerarse idénticas sin más, pues la solicitud de Dios se dirige a todos. Un «universalismo» directo como el referido destruiría, empero, la verdadera totalidad de la acción de Dios, que llega al todo mediante selección y elección (escogiendo).
29.2.
Los años de los hombres no se pueden contar como los números de un balance. El ser humano comienza siempre de nuevo. Por eso, no es posible sumar el progreso. Quien quiera hacerlo así deberá degradar de antemano al hombre a la condición de número y privarlo de su genuina irrepetibilidad, de su alma. El ser humano empieza de nuevo en cada hombre. Por eso, en él no es posible fijar la felicidad de una vez por todas y luego acrecentarla como un catálogo de acciones. Por mucho que nos hayamos acostumbrado a ellas, todas esas promesas significan a fin de cuentas hacer escarnio del hombre. El éxito de la generación anterior no puede ser automáticamente el de la venidera. Cada generación puede y debe nutrirse de lo que ha crecido antes de ella. Ahora bien, a todas les incumbe sostener al ser humano, sufrirlo y esforzarse por que se realice. Ésa es la razón por la que el sentido de la fe cristiana no puede ser —ni lo fue nunca— transformar el mundo en una gráfica calculable orientada a un paraíso cada vez más abundante y más seguro. Lo consolador del cristianismo reside, más bien, en que propone a cada generación las fuerzas de las que puede vivir y aquellas con las que puede morir. Así ha de ser necesariamente, por la sencilla razón de que este mundo no puede bastarle jamás al hombre. Nunca llegará un momento en que deje de ser un ser de esperanza que anhela la grandeza infinita que excede todo lo mundano: nunca dejará de anhelar al mismo Dios. En este sentido, debemos ser a la vez moderados e inmoderados. Moderados, porque hemos de renunciar a la errónea pretensión de querer instalar en este mundo de modo definitivo algo con lo que el hombre se sienta completamente satisfecho. Mas también debemos ser inmoderados, en el sentido de que hemos de desear más de lo que cualquier planificación del futuro nos pueda dar: la eternidad, Dios mismo.
MARZO
1.3.
En la historia religiosa de la humanidad, que en las grandes culturas se identifica con su historia espiritual, Dios aparece siempre como el ser con ojos que miran por doquier, es decir, como el ver sin más. La representación del ojo de Dios, que nos es familiar gracias al arte cristiano, conserva esta arcaica visión: Dios es ojo, Dios es ver. Tras ella se esconde el sentir originario del ser humano: su saberse visto, la clara conciencia de que no hay para él retiro inaccesible alguno, la nítida percepción de que su vida se halla inevitablemente y sin posibilidad de enmascaramiento abierta a la visión de Dios, o lo que es igual, que consiste en ser vista. Al hombre le cabe interpretar esa condición de su ser de dos modos contradictorios entre sí. Puede percibirla como una ostentación de sí mismo que amenaza con destruirlo. Es decir, puede barruntar en su ser visto un peligro y sentir coartado su espacio vital. Este sentimiento puede convertirse en rabia. E, incluso, adquirir el carácter de lucha apasionada contra el testigo, que pasa a ser visto como envidioso de la propia libertad y de la inmensidad del querer y obrar propios. Sin embargo, también puede concebir esa condición de su ser de modo exactamente contrario. El hombre, que orienta su vida hacia el amor, puede descubrir en la presencia que lo rodea por doquier el alivio por el que suspira todo su ser. Puede ver en la presencia de Dios la derrota de la soledad, que, a la postre, ningún hombre puede eliminar, pues el aislamiento representa la verdadera contradicción de su ser, orientado esencialmente al tú y volcado a la comunicación con el otro. En la presencia secreta puede encontrar el fundamento de la confianza que le permite vivir. En este importante asunto se decide la respuesta a la pregunta acerca de Dios. Dar una u otra depende de cómo considere el hombre originariamente su vida. De un lado, el ser humano puede querer permanecer sin ser visto, estar solo —¡seréis como Dioses!—. De otro, puede —por deficiente que sea, o precisamente por serlo— sentirse agradecido a Aquel que se atreve con sus soledades y le da fuerzas para soportarlas. Adoptar una u otra actitud depende, a su vez, de diversos motivos. Por una parte, de las experiencias relevantes con el tú, de que el otro se nos revele como amo o como amenaza. Por otra, de cómo se le haya revelado por primera vez Dios al hombre: como espía terrible que piensa inflexiblemente en el castigo o como amor creador que nos espera. Por último, se halla en dependencia de la resolución con que el hombre acoja en el curso de su vida las primeras experiencias y la que ponga en modificarlas.
2.3.
«Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: No repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra.» Para comprender correctamente este texto, debemos tener presente, ante todo, que el principio veterotestamentario «ojo por ojo, diente por diente» (Éxodo 21,24; Levítico 24,20; Deuteronomio 19,21) no es en modo alguno la canonización de la venganza. Todo lo contrario, su intención consiste en sustituir el principio de la venganza por el del derecho. El derecho debe ser garantizado, pero hacerlo respetar no debe degenerar en venganza. Jesús no rechaza en modo alguno el principio de igualdad como postulado jurídico, pero quiere señalar con él una nueva dimensión del comportamiento humano. Un derecho aislado y absolutizado se torna un circulus vitiosus, un ciclo de retribuciones sin salida. En su relación con nosotros, Dios ha roto este círculo. Apartándonos de Él, entregándonos exclusivamente a la persecución de nuestra propia grandeza, nos equivocamos, sucumbimos a la muerte. Sin embargo, Dios renuncia a la justa sanción y pone algo nuevo en su lugar: la curación completa, nuestra adhesión y renovado asentimiento a la verdad de lo que somos. Para que sea posible esa transformación, Dios marcha delante de nosotros y toma sobre sí el sufrimiento que acarrea. La cruz de Cristo es la verdadera solución de las palabras bíblicas: no ojo por ojo y diente por diente, sino transformar el mal por la fuerza del amor(...). En la cruz de Cristo, sólo en ella, se descubre el sentido de esa expresión y se revela de modo evidente. En comunión con ella, se torna incluso una posibilidad para nuestra propia vida.
3.3.
«Salvación» es una palabra central de la fe cristiana. Sin embargo, es también una de las más vacías. A los mismos cristianos les resulta difícil descubrir una realidad detrás de ella. Por lo demás, las palabras con que la tradición de la fe habla de ella —penitencia, delegación, sacrificio— se han vuelto oscuras. Ninguna de ellas parece estar verdaderamente conectada con las experiencias y los puntos de vista de la existencia actual. En las esperanzas despertadas por el concilio Vaticano II y las expectativas que abrió había una mezcla semejante de motivos. Pronto se puso de manifiesto, no obstante, que tras el relajamiento del dogma y la renuncia a la confesión no emergía la tierra prometida de la risueña libertad de los liberados, sino un desierto reseco que se hacía más fantasmal cuanto más nos adentrábamos en él. Así pues, la salvación del hombre debe ocurrir de otro modo. ¿Acaso liberándose de toda dependencia? ¿No es su único camino, más bien, la dependencia completa del amor, que es también la verdadera libertad? Quien se niega a estar agradecido al amor y lo difama como dependencia adversa a la libertad tiene que ahondar en el interior del hombre y abrirse al verdadero amor: debe luchar por el espíritu y el corazón del hombre. Lo primero que debiera darse para que existiese la salvación debería ser que Dios dejara de ser el desconocido, la barrera de nuestra libertad y el rival de nuestra propia vida. Para que seamos libres, Dios tiene que ser uno con nosotros. El camino inverso, sacudirse el amor para no quedar expuesto a las incertidumbres que acarrea es una operación que se paga, digámoslo así, con la vida del paciente, pues amputa precisamente aquella cualidad que hace que el hombre sea hombre.
4.3.
La Puerta Santa es un signo grabado profundamente en la humanidad. Todos buscamos, digámoslo así, la salida que conduce al aire libre, la puerta por la que salir a la libertad. Mas también perseguimos descubrir la puerta que lleva a lugar seguro. Es decir, tratamos de alcanzar el punto de confluencia entre libertad y seguridad. En lo más hondo de nuestro ser añoramos el paraíso perdido, inscrito de algún modo en el corazón del hombre como recuerdo originario. La puerta del Año Santo no simboliza de modo inmediato la del paraíso. Su auténtico sentido es hacernos recordar aquella otra que atravesamos en el amanecer de nuestra vida: la puerta del Santo Bautismo. En nuestra vida la puerta del bautismo significa, ante todo, la puerta de la penitencia. Para ser auténticos bautizados hemos de inclinarnos constantemente —valga la expresión— para poder atravesar la puerta de la penitencia. ¡Qué consolador resulta saber que un hombre se esfuerza por mejorar, que conoce sus faltas e intenta corregirlas! Un hombre así no busca lo errado sólo en los demás, sino sobre todo en sí mismo. Con un hombre así podemos iniciar cada día un nuevo comienzo. Mas, también al revés: ¡qué espantoso es que un hombre no tenga conciencia de sus faltas! La puerta de la penitencia significa dejarse abrir los ojos, hacer pedazos la vanidad, aprender a humillarse, pues sólo así nos convertimos en hombres nuevos, en hombres redimidos. Se dice que la puerta del paraíso está custodiada por un querubín con una espada de fuego. La penitencia significa el poder de atravesar las llamas con la espada del perdón sin ser abrasado. Sin embargo, tenemos que ser quemados, pues hay muchas cosas en nosotros que deben ser pasto de las llamas. Por eso, quisiera rogar de todo corazón para que atravesáramos también esa puerta.
5.3.
Necesitamos al Cristo vivo. Esta necesidad la podemos satisfacer únicamente mediante el encuentro y la experiencia directa con Él. Ahora bien, el encuentro con Cristo supone su presencia real. Mas la presencia real exige los sacramentos y la Iglesia sostenida y querida por Él, la cual los celebra gracias al poder que el Señor le ha conferido. La eucaristía celebrada con toda nuestra alma debe ser siempre el centro de la vida cristiana. Ahora bien, no es posible celebrarla adecuadamente, cuando deseamos reducirla a un rito de aproximadamente media hora. Recibir a Cristo significa adorarlo. Sólo lo recibimos verdaderamente y vivimos adecuadamente el momento supremo de acogerlo, cuando adorándolo lo conocemos, penetramos en su ser y lo seguimos. Para ello es preciso permanecer en la iglesia calladamente ante su silenciosa presencia. En las iglesias está presente siempre la Eucaristía para interceder por nosotros, pues Cristo se halla delante del Padre, nos espera y nos habla sin cesar. Debemos acercarnos frecuentemente a Él, pues sólo la aproximación al Señor nos capacita verdaderamente para la Eucaristía. No podemos prepararnos para ella imaginándonos únicamente cómo se celebra, sino abismándonos en la profundidad de su exigencia, en su grandeza. Tampoco es posible haciendo de ella algo a nuestra medida, sino dejándonos seducir por su dimensión excelsa, aprendiendo a percibir el espléndido aliento y a sentir el rastro de las oraciones de los siglos con las que las generaciones han avanzado y avanzan hacia Cristo. Es razonable, pero también acrítico, censurar estas palabras, pues en última instancia no las entendemos. La expresión de un ánimo verdaderamente «crítico», cuyo elemento esencial es la autocrítica, consiste en empezar dejándose ensanchar por su grandeza y, profundizando progresivamente en ella, en purificarse y ahondar en nuestro interior.
6.3.
Muchos hombres viven en discordia consigo. La aversión hacia sí, la incapacidad para aceptarse y reconciliarse consigo está muy alejada de la «autonegación» que quiere el Señor. Quien no se quiere a sí propio no puede amar al prójimo, ni cuidar de él «como de sí mismo», pues se halla internamente escindido: por eso siente desde lo más hondo de su vida su incapacidad de amar. Ello significa, empero, que el egoísmo y el auténtico amor a sí mismo no sólo no son idénticos, sino que se excluyen recíprocamente. Alguien puede ser un perfecto egoísta y estar en enemistad consigo, pues el egoísmo deriva con frecuencia del desgarramiento interior, del empeño en crearse un yo distinto. Por su parte, la auténtica relación con el propio yo crece con la libertad respecto de sí. Se podría hablar resueltamente de un círculo antropológico: en la medida en que alguien se busque a sí propio, quiera realizarse a sí mismo y tenga la vista clavada en el logro y cumplimiento de su yo, el yo en cuestión se tornará odioso, desagradable e insatisfecho. Se desmembrará en mil figuras. Al final, sólo quedará la posibilidad de huir de sí, la incapacidad de soportarse, el refugio en las drogas o en otras múltiples formas de egoísmo, que es un empeño humano internamente contradictorio. Sólo el «sí» que me da un «tú» me capacita para darme —en el «tú» y con el «tú»— un «sí» a mí mismo. El yo se realiza gracias al tú. E, inversamente, sólo quien se acepta a sí mismo puede decirle al otro un verdadero «sí». Aceptarse a sí mismo, «amar», supone la verdad, es decir, estar permanentemente en camino hacia ella.
7.3.
El camino hacia el otro pasa por Dios. Si no existe este medio de unidad con los demás, quedamos eternamente separados por abismos tan hondos que ni siquiera una buena voluntad puede franquear. Todo el que con mente despierta sienta su condición humana percibirá que no hablamos de meras teorías teológicas. Tal vez no se haya sufrido nunca tan dramáticamente como en nuestro siglo la extrema inaccesibilidad del otro, la imposibilidad de darse recíprocamente y de entenderse mutuamente de forma duradera. Hermann Hesse ha formulado este sentimiento con estas palabras: «vivir significa estar sólo; nadie conoce al otro, todos estamos huérfanos». Cuando hablo con otro, parece como si entre nosotros se levantara un muro de vidrio opalino. La misma experiencia ha sido expresada por Albert Camus con estas palabras: «nos miramos y no nos vemos; estamos cerca los unos de los otros y no podemos aproximarnos». La presencia del misterio trinitario en nuestro mundo humano es la respuesta a esta experiencia. El Espíritu Santo tiene mucho que ver con una pregunta fundamental del hombre: ¿cómo podemos estar cerca los unos de los otros? ¿Cómo puedo seguir siendo yo mismo, respetar la alteridad del otro y, con todo, ser capaz de saltar la verja del aislamiento y tocar al otro por dentro? Las religiones asiáticas han respondido a esta pregunta con la idea del Nirvana. Mientras exista el yo —dicen— no se puede superar el aislamiento: la cárcel es el mismo yo. Por eso, debo disolverlo y renunciar a mí mismo. La alternativa cristiana al Nirvana es la Trinidad, aquella unidad suprema en la que no es anulada la diferencia entre el yo y el tú, sino reunida en el Espíritu Santo. En Dios hay personas: de ese modo, precisamente, es la realización de la unidad absoluta. Dios no ha creado la persona para que se disuelva, sino para que se abra hasta su excelsitud máxima y descienda hasta su profundidad inmensa, hasta la sima en que el Espíritu Santo la envuelve y en la que es la unidad de las personas separadas.
8.3.
¿Cómo se puede distinguir la violencia injusta del derecho y el recurso legítimo a ella? El nudo de la respuesta se halla en un sencillísimo y fundamental conocimiento, en una vieja intelección que debemos recordar nuevamente. Una de las proposiciones esenciales de la moral, tal vez la más importante de todas incluso en nuestros días, establece que el fin no puede justificar nunca los medios. Lo malo en sí mismo sigue siendo malo aun cuando se ponga al servicio de los fines más nobles. No es legítimo querer realizar la naturaleza humana pisoteándola para alcanzar un fin bueno. Si los medios son inhumanos, el fin no podrá ser, a la postre, sino expresión de inhumanidad. Como cristianos nos atañe todo cuanto acontece bajo la palabra «terror»: insta, incluso, a nuestra responsabilidad a pasar a la acción. La esencia de todas las formas de terrorismo, que de un modo o de otro se apoyan en el marxismo, consiste en última instancia en que el hombre quiere asumir el papel de la providencia divina. El hombre se arroga el puesto de Dios (la historia del paraíso y de la serpiente tiene una inquietante actualidad). El hombre quiere realizar por sí mismo el fin de la historia. Al no creer en Dios, opina que es él el que tiene que conducir la historia, actuando sobre ella como imagina que actuaría Dios.
9.3.
¡Es preciso que el cristianismo no esté mirando hacia atrás! ¡El cristianismo debe estar activamente presente en el hoy! Ésa fue la enardecedora idea que el Papa Juan XXIII formuló bajo el lema «aggiornamento». Desde entonces ha habido mucho desengaño y cansancio. La situación de la Iglesia en determinados momentos ha recordado menos un nuevo Pentecostés que la queja formulada por San Basilio, uno de los Padres de la Iglesia, en el siglo IV, es decir, en una época igualmente postconciliar. En uno de sus escritos dice que la situación de la Iglesia se asemeja a la de una batalla nocturna en el mar, a un combate en la oscuridad en el que, como consecuencia del insoportable ruido de los contendientes, no se puede distinguir el amigo del enemigo (De Spir. Seto., cap. 30). Aggiornamento: muchos se preguntan hoy día si este lema no ha sido un fracaso ya desde el principio. Sobre la exactitud de las palabras se puede disputar sin cesar. Ahora bien, la idea esencial que el Papa quería expresar con ella era y sigue siendo correcta. El cristianismo no está ligado a ningún pasado: «Jesucristo es el mismo ayer y hoy por los siglos» (Epístola a los Hebreos 13,8). Cristo está en la eternidad de Dios. Pero la eternidad no es el pasado remoto, lo que fue hace tiempo, sino lo que es siempre, puesto que las épocas todas salen de la fuerza creadora del hoy eterno de Dios. Por eso, el cristianismo es siempre nuevo. No es nunca como un árbol crecido que nace de un grano de mostaza, envejece y un día agota sus fuerzas y muere. El cristianismo es un perpetuo amanecer, un comienzo siempre nuevo. Semejante actualidad no puede significar someter la fe a nuestros gustos. Todo lo contrario: su verdadero sentido consiste en aprender a aproximar el respectivo presente al criterio de lo cristiano, a ensancharlo hasta incluirlo en él.
10.3.
Un cristianismo que entiende que su misión es tan sólo enseñar una religiosidad que no desentone con los tiempos no tiene nada que decir y nada que anunciar. Un cristianismo así puede ser abandonado tranquilamente. Los que viven despiertos en el mundo de hoy y conocen sus contradicciones y tendencias destructoras —desde la autoaniquilación de la técnica originada por la destrucción del medio ambiente hasta la de la sociedad provocada por los problemas raciales y de clase— no esperan la ratificación cristiana de todo ello, sino la sal profética que arde, quema, denuncia y transforma. Con ello se ofrece a nuestra consideración un aspecto fundamental de la metanoia, que exige un cambio del hombre para alcanzar la salvación. No es la ideología de la adaptación la que salva al cristianismo. Esa doctrina es eficaz también para criticar con íntimo ardor o con valor tardío las instituciones que han perdido su autoridad y se han convertido en el cubo de los desechos de la opinión pública mundial (de ese modo vuelve a ingresar, por lo demás, en el modelo apostólico; Epístola I a los Corintios 4,13). Sólo el coraje profético de hacer oír resuelta e inconfundiblemente su voz genuina puede ayudar en estos momentos al cristianismo.
11.3.
El diálogo entre Jesús y el maestro en leyes gira en torno a una pregunta que nos concierne a todos: ¿Cómo he de conducirme para vivir rectamente? ¿Qué debo hacer para que mi naturaleza humana culmine? Para ello no basta con ganar dinero o ejercer influencia. Se puede ser muy rico y, sin embargo, no conducir adecuadamente la propia vida, ser infeliz uno mismo y hacer desgraciados a los demás. Se puede ser poderoso y emplear el poder para destruir, no para construir. ¿Cómo puedo aprender, pues, a ser hombre? ¿Qué hace falta para ello? En su pregunta, el maestro en leyes menciona un supuesto en el que, por lo general, ya no reparamos: para que esta vida sea una vida lograda, debo encaminarme en medio de ella hacia la vida eterna. He de pensar que Dios me ha asignado una tarea y que un día me preguntará por lo que he hecho con mi vida. En la actualidad hay quienes afirman que pensar en la vida eterna impediría al hombre hacer lo justo en este mundo. La verdad es, no obstante, precisamente lo contrario: si perdemos de vista la norma de Dios, la norma de la eternidad, queda únicamente el egoísmo como línea directriz. Cada cual intentará obtener de la vida el mayor provecho posible. Cada cual considerará como enemigo de su felicidad a todos los que amenacen con arrebatarle algo: la envidia y la ambición asumirán el dominio de la vida y emponzoñarán el mundo. En cambio, si la construimos de modo tal que pueda salir airosa ante los ojos de Dios, nuestra vida permitirá a los demás percibir un destello de la bondad divina. Ésta es, pues, la primera norma: no vivas sólo para ti, sino bajo los ojos de Dios, de modo tal que le permitas contemplarte, a fin de que puedas un día ser bienvenido por toda la eternidad en la compañía de Dios y de sus santos.
12.3.
El hombre es un ser singular que, para poder existir, precisa aprobación además de nacimiento físico. En este hecho se funda el fenómeno del llamado hospitalismo[1]. Si se rehúsa la conformidad inicial con la existencia, si se rompe la unidad psicofísica —ruptura con la que, además de la vida, se hunde en las profundidades del inconsciente el asentimiento a la persona que encierran las palabras «es bueno que tú vivas»—, queda interrumpido el mismo nacimiento y la existencia no llega a constituirse completamente. Mas no sólo el hospitalismo tiene aquí su fundamento; los trastornos de nuestra generación hunden también sus raíces en ello. Hace tiempo que la magia de la revolución ha dejado de ser una protesta contra las injusticias reparables, transformándose en una protesta contra el ser mismo, que no tiene experiencia de lo que significa ser aceptado, que se sabe no acogido y tiene conciencia de que ni siquiera es susceptible de serlo. Para que el hombre pueda aceptarse a sí mismo, se le ha de decir ¡qué bello es que existas! Y ello no sólo con palabras, sino con ese acto supremo de la existencia que llamamos amor, cuya esencia consiste en querer la existencia del otro, en recrearla de algún modo. La llave para acceder al yo se encuentra en el tú; el camino hacia el tú pasa por el yo. Ahora bien, aquí surge la pregunta decisiva: ¿es verdad lo que alguien afirma cuando dice ¡qué bello es que existas!? ¿Es efectivamente bello? ¿No puede ser el amor de quien dice quererme un trágico error? Si el amor que me despierta al ser no descansa en la verdad, al final se debe maldecir también al amor que me engaña, que conserva algo que, en realidad, sería mejor destruir. ¡Qué pocos hombres se atreven íntimamente a responder esta pregunta de modo afirmativo, a creer que su existencia es buena! El amor por sí solo no basta. Si se halla enfrentado a la verdad, es un amor vano. Sólo cuando coinciden verdad y amor, puede el hombre llegar a ser feliz: únicamente la verdad nos hace libres.
13.3.
La fenomenología de la religión constata -y todos nosotros podemos comprobarlo-- que, tanto en la religión (al menos aparentemente) cuanto en los demás ámbitos del espíritu humano, hay un escalonamiento de capacidades. De igual modo que en el dominio de la música, por ejemplo, existen creadores, personas que únicamente la escuchan y, por último, quienes no entienden absolutamente nada de música, en la religión puede suceder algo semejante. También en ella es posible encontrar a los religiosamente «dotados» y a los «no dotados». También en el dominio de la religión son escasísimos los hombres capaces de tener una experiencia religiosa inmediata. Por lo mismo, son muy pocos los hombres capacitados para lo que podríamos llamar creatividad religiosa apoyada en una interiorización viva del mundo religioso. El «mediador» o el «fundador», el testigo o el profeta, o como quiera que la historia de la religión quiera denominar a estos hombres capaces de un contacto directo con lo divino, son aquí también la excepción. Frente al reducido número para quienes lo divino llega a ser una certeza manifiesta, se halla la muchedumbre de los dotados para la religión de modo meramente receptivo. A todos ellos les ha sido negada la experiencia inmediata de lo sagrado. Con todo, no son tan sordos como para no poder tener, por su parte, un encuentro con ello a través de los hombres a quienes les ha sido otorgada una experiencia semejante.
14.3.
Así como en el ámbito de la economía tiene lugar una lenta depreciación de la moneda cuando tras el dinero en curso deja de haber una cantidad proporcionada de valores y productos materiales, la moneda del espíritu -la palabra- resulta amenazada de inflación, de vaciamiento interno, cuando la fuerza de las convicciones y las actitudes no puede equilibrar ya el exceso de palabra-moneda puesto frívolamente en circulación. Muchas de las grandes palabras del espíritu humano —corazón, amor, felicidad, por ejemplo— han sucumbido a la devaluación de ese modo. La profunda palabra cristiana «fraternidad» aparece amenazada hoy día por un destino semejante. Hemos dicho que la palabra es la moneda del espíritu, puesto que en la palabra el espíritu de uno se brinda a otro. Aquel a quien por amor al espíritu le sea cara la palabra, en caso de peligro de inflación, que roe la palabra, deberá hacer dos cosas: por un lado, economizar la excelsa moneda del espíritu, no pronunciarla cuando esté condenada a insignificancia; por otro, robustecer los sentimientos que otorgan vida y fuerza a las palabras.
15.3.
En la inflación de palabras de nuestros días, frases como «todos somos hermanos», por ejemplo, se han convertido en habituales. Es de buen tono presentar rápidamente lo mejor de sí. En la cristiandad de los primeros tiempos se economizaban tan magnas palabras. No es que se careciera de actitud universalista, pero se pensaba sinceramente que apreciaciones tan contundentes como la anterior son capaces de expresar un engaño antes que una realidad. Se sabía que la naturaleza humana no es simplemente un hecho estático que recaiga como algo ya acabado sobre el individuo, sino una realidad que incluye el imperativo siempre nuevo de llegar a ser hombre. Se tenía conciencia, pues, de que la fraternidad es un cometido que aguarda a hacerse realidad. El hombre, que en principio no reconoce como humano ni otorga plena realidad de tal al otro, al extranjero, al de condición más modesta, sino justamente la de extraño, es llamado a descubrir el hermano olvidado, permitiendo de ese modo que una nueva posibilidad se transforme en realidad. Por lo demás, es convocado también, en virtud de su fraternidad, a abrir los ojos al otro —que desconoce igualmente el secreto hermanamiento—, llevando de ese modo la fraternidad hasta su culminación: es instado a fundar una comunidad fraternal en la fuerza creadora del amor, la cual existe en principio exclusivamente como llamada divina, mas no como hecho interhumano. Las realidades humanas no existen sin el hombre, sin la libre intervención de su espíritu y de su corazón.
16.3.
En sus palabras de despedida, el Señor describe la esencia del Espíritu Santo del siguiente modo: «El Espíritu de la verdad os guiará hacia toda la verdad, pues no hablará por sí mismo, sino que dirá todo lo que oiga y os anunciará lo que ha de venir» (Ioh 16,13). En estas palabras, el Espíritu se hace icono de la Iglesia. A través de la descripción del Espíritu Santo, el Señor explica qué es la Iglesia y como debe vivir para ser ella misma. Hablar y obrar cristianamente es algo que se consuma de este modo: no ser nunca exclusivamente yo mismo. Ser cristiano significa acoger la Iglesia entera o, con mayor precisión, dejarse acoger íntimamente por ella. Si hablo, pienso, obro, etc., lo hago siempre, en tanto que cristiano, dentro del todo y desde el todo: así habla el Espíritu Santo y así se reúnen los hombres. Los seres humanos se reúnen externamente, cuando ya lo están internamente: cuando se han ensanchado, abierto y agrandado interiormente, cuando han acogido a los otros gracias a la fe y al amor compartidos. Desde ese momento, ya no se será nunca un yo aislado, sino que el ser de cada uno quedará empapado por un «con». No hablar en nombre propio, sino de oídas y de lo que se recibe de los demás, puede dificultar a primera vista la genialidad individual. La obstaculiza, ciertamente, si es exclusivamente un aumento desmesurado del individuo, que quiere convertirse en una especie de divinidad. Ahora bien, este modo de pensar no impide, ciertamente, el conocimiento de la verdad ni el progreso. Obrando de ese modo, el Espíritu Santo nos introduce en la verdad plena, en lo todavía no manifestado por Jesús. Por lo demás, así es como el Espíritu Santo anuncia también lo porvenir. Aislando el yo no recibimos un conocimiento nuevo. La verdad se descubre únicamente pensando sobre lo que ha sido conocido antes de nosotros. La grandeza de un hombre depende de su capacidad de participación: sólo se hace grande empequeñeciéndose, interesándose por el todo.
17.3.
La cruz es revelación. Sin embargo, no revela una cosa, sino a Dios y al hombre: manifiesta quién es Dios y cómo es el hombre. En la filosofía griega se vislumbra anticipadamente de un modo peculiar esta conexión: nos referimos a la imagen platónica del justo crucificado. En su obra sobre el Estado el gran filósofo se pregunta cómo habría que organizar las cosas en este mundo para que el hombre fuera un ser total y absolutamente justo. Sobre este particular, Platón llega a la conclusión de que la justicia de un hombre sólo se perfecciona y acrisola cuando es capaz de cargar con la apariencia de injusticia, pues sólo entonces se deja ver que no sigue la opinión de los demás hombres, sino que toma partido por la justicia y obra movido sólo por ella. Según Platón, pues, en este mundo el verdaderamente justo tiene que ser un desconocido y un perseguido. No vacila, incluso, en decir: «en tales circunstancias, el justo será azotado, torturado, atado; le sacarán los ojos y, al final, después de todo género de ultrajes, será crucificado». Este texto, escrito 400 años antes de Cristo, ha causado siempre honda impresión en el cristianismo. En él se vislumbra, desde la seriedad del pensar filosófico, que en este mundo el perfectamente justo debe ser el crucificado: se atisba parcialmente la revelación del hombre que tiene lugar en la cruz. El hecho de que el que se presentaba como perfectamente justo fuera crucificado y entregado a la muerte por la justicia nos pone de manifiesto cruelmente quién es el hombre. ¡Así eres, hombre, incapaz de soportar al justo, dispuesto a convertir en objeto de burla, en un ser abatido y rechazado, a quien es sencillamente el amante! Así eres: siendo injusto necesitas la injusticia del otro para sentirte disculpado. Ésa es la razón por la que no puedes soportar al justo que parece aceptar tu disculpa. Así eres. San Juan ha resumido todo ello en el Ecce homo de Pilato («Mira, éste es el hombre»), que en su sentido más profundo quiere decir: ¡así le va al hombre! Éste es el hombre.
18.3.
La palabra «esperanza » se ha convertido en nuestra época en una especie de imán que atrae a todos los movimiento espirituales. Ello expresa la profunda insatisfacción del hombre contemporáneo con su vida y con el mundo que le rodea. Los hombres están en pos de un mundo nuevo, distinto y mejor. Desde la Revolución de 1789, y muy especialmente gracias al pensamiento de Hegel y Marx, el tema de la historia universal ha sido el de construir un mundo nuevo. Mas cuanto más empeño se pone en conseguirlo, tanto más claramente se percibe que no se puede construir un mundo nuevo si los hombres siguen siendo hombres viejos: para que el mundo se convierta en otro distinto es preciso, ante todo, que el hombre se transforme en otro hombre. La sociología, la psicología y el conjunto de las llamadas ciencias humanas buscan el modo de crear el hombre nuevo. En el drama de la emancipación, nuestra época sacude violentamente los supuestos obstáculos que limitan la libertad del hombre. Mas ahora se ve claro que, en lugar de eso, la época actual derriba los pilares de la humanidad que el espíritu y la libertad han construido penosamente. También se percibe nítidamente que la vieja barbarie se abre paso de nuevo de forma alarmante. Ningún otro siglo ha conocido formas tan brutales de tortura, de asesinato, de autodestrucción del hombre. Conocemos nuevamente con espanto lo que significa paganismo, lo que es el «viejo Adán»(...). La búsqueda del hombre nuevo es afirmación, no negación. No se funda en el desprecio de la creación y de los deberes y posibilidades que conlleva. La esperanza cristiana no tiene nada que ver con la anarquía o el fanatismo. El cristianismo no rehúye los deberes de su tiempo, no calumnia al mundo, sino que se dedica con total serenidad a sus deberes. Ser cristiano significa ser sensato. El cristiano no huye hacia la utopía, ni deja que el mundo actual se eche a perder por ella: vive día a día del amor y la responsabilidad. Sin semejante realismo cristiano y sin amor humilde a la moneda pequeña de la vida cotidiana no puede existir el gran tesoro de la vida nueva y de su amor eterno.
19.3.
La fe sencilla de los hombres sencillos merece el respeto y la veneración del predicador, que no tiene derecho alguno a servirse de su superioridad intelectual contra ella. En ocasiones capta mejor, en forma de intuición global, su contenido esencial que una reflexión dividida en escritos de variada índole y en conocimientos parciales. A mi juicio, sigue básicamente en pie la idea de que el tránsito del Antiguo al Nuevo Testamento se ha consumado en la fe de los sencillos. Los anawin («pobres») eran los que no participaban ni de la liberalidad saducea ni de la ortodoxia literal del fariseísmo. Gracias a la intuición fundamental y sencilla de la fe pusieron en el centro de su vida el núcleo esencial de la promesa y del precepto. De ese modo, se convirtieron en lugar en que el Antiguo Testamento pudo transformarse en el Nuevo: Zacarías, Isabel, el mismo Jesús. La «fe de los pobres» sigue siendo el gran valor de la Iglesia. Sobre ella ha dicho Jesús estas importantes palabras: «Y al que escandalice (es decir, destruya su fe por medio de operaciones intelectuales) a uno de estos pequeños que creen en mí más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino, de las que mueve un asno, y sea arrojado al mar» (Mc 9,42). En contra de lo que pudiera sugerir el enlace de frases programáticas en San Mateo, en este texto no se habla de niños, cuya inocencia deba estar a salvo de todo género de escándalos. Ni siquiera es la licencia sexual el tema principal de las palabras de Jesús. Los «pequeños que creen en mí» son, más bien, los hombres sencillos que creían como tales, llenos de sencillez. En el pasaje evangélico se trata de la fe de la gente humilde, de los hombres corrientes, de los pobres. Pienso que las anteriores palabras, que ya en la tradición evangélica son una prédica dirigida al predicador, representan una advertencia enormemente seria. Ningún predicador que acepte la responsabilidad del Evangelio puede tomarlas a la ligera. Aquellos —demasiados en realidad— que en nuestros días proceden precipitadamente con hallazgos intelectuales irrelevantes harían bien en estremecerse al oírlas.
20.3.
La capacidad productiva es inútil si no sabemos para qué sirve, si dejamos de preguntar quiénes somos y cuál es la verdad de las cosas. El aislamiento del saber de dominio es el trono del orgullo, cuya caída es consecuencia inevitable de su falta de fundamento. Si sólo cuenta el saber que se justifica por lo que se puede hacer con él, somos necios miopes que construimos sobre un terreno vano. Adoptando esa actitud, elevamos el «poder» a la condición de criterio exclusivo y traicionamos nuestra auténtica vocación: la verdad. La sabiduría del orgullo se torna trivial necedad. A ese ánimo crítico, que lleva al hombre a censurarlo todo excepto a sí mismo, oponemos la apertura a lo infinito, la atención y la capacidad de sentir la totalidad del ser: la humildad de un pensar dispuesto a inclinarse ante la majestad de la verdad, pues de la verdad no somos jueces, sino mendigos. La verdad se revela únicamente a los corazones despiertos y humildes. Si los grandes logros de la ciencia sólo son posibles gracias al trabajo profundo, atento y paciente, dispuesto siempre a corregirse y a dejarse instruir, no resultará difícil entender que las verdades supremas exijan gran constancia y una enorme humildad intelectual. Ambas son actitudes originarias del hombre. Sólo al pensamiento humilde, al que no desaniman las contrariedades y no se deja seducir por el aplauso ni abatir por la oposición —ni siquiera por los deseos e inclinaciones del propio corazón—, sólo a una humildad de pensamiento semejante se le abre la sublimidad de la verdad. Por lo demás, sólo cuando se nos revela la verdad quedamos en condiciones para acceder a la verdadera grandeza del hombre.
21.3.
Sin Dios el hombre se marchita. Ahora bien, si dejamos de dirigirnos a Él, podemos decir que estamos sin Dios. La oración no es, pues, un deporte privado propio de almas débiles que no necesitarían practicar quienes no precisaran un refugio semejante. La oración concierne de modo esencial al futuro del hombre y a su humanidad, pues si el hombre no sale de sí a buscar a Dios, se convierte en un ser pequeño y limitado. Sus órganos esenciales se agostan y su alma se torna más tosca e indiferenciada. Al final, queda incapacitado para amar a los demás e, incluso, para amarse a sí mismo. «Los hombres sólo pueden amar si llevan a Dios dentro de sí.» Únicamente viendo a Dios en los demás, en medio de sus fragilidades, podemos seguir siendo hombres. Mas ¿cómo podemos ver a Dios si no lo conocemos? Pero ¿cómo conocerle si no tenemos contacto con Él, si nos olvidamos de hablarle? Tenemos que practicar la conversación con Dios y descubrir, por encima de cualquier conocimiento lingüístico, la suprema posibilidad del lenguaje: hablar con Dios. Para ello es preciso que nos dejemos guiar por las oraciones modeladas por la cristiandad. Como ejemplo quisiera indicar una oración que amo sobre todas las demás, pues, a mi juicio, es el fundamento y centro íntimos de toda otra oración posible. Me refiero a la invocación «¡Padre nuestro!» de la que procede cualquier otra oración y en la que todas ellas se apoyan.
22.3.
La palabra «padre» permite tomar conciencia de que no nos hemos dado la existencia a nosotros mismos, de que somos hijos. En principio, quisiéramos protestar contra ese hecho, como hizo el hijo pródigo. Queremos ser mayores de edad, estar «emancipados», ser nuestro propio dueño. Ahora bien, conviene hacerse esta pregunta: ¿qué alternativa nos queda, le queda al hombre, cuando ya no exista el padre y, en consecuencia, haya quedado definitivamente atrás la condición de hijo? ¿Seremos entonces verdaderamente más de lo que ahora somos? ¿Seremos auténticamente libres? En modo alguno. Sólo somos libres cuando existe el principio de la libertad, cuando existe alguien que ame y cuyo amor tenga poder. Al final no queda más que volver a decir «padre». Ése es el único modo de aceptar nuestra verdad y de ponernos en camino hacia la libertad. Cuando esto ocurre, nuestra atención tiene que dirigirse a Aquel que durante toda su vida tuvo conciencia de su condición de hijo y que es idéntico con el mismo Dios: Jesucristo. Cuando decimos «padre», la palabra «padre» se transforma por sí misma en la palabra «nuestro». A Dios no le podemos decir solamente «padre». Cuando se lo decimos, hemos de aceptar el «nosotros» de sus hijos. Mas también a la inversa: cuando decimos «padre», tenemos conciencia de encontrarnos incluidos en la comunidad de los hijos de Dios y de que todos están junto a nosotros. Así pues, conlleva la responsabilidad de la tierra y los hombres: a la una y a los otros me los restituye de nuevo. A la luz de la creación puedo atreverme a entregarme a ellos.
23.3.
«Así, pues, quiero que los hombres oren en todo lugar. levantando las manos puras, sin ira ni discusiones» (Epístola I a Timoteo 2,8). En contra de la falsa opinión de que su ocupación principal es la vida activa, los hombres no deben dejar la oración a las mujeres. Es preciso superar el error según el cual orar no es un hacer. Debemos decir a los hombres que deben vencer la falsa vergüenza que oculta lo íntimo —la callada relación con Dios— como algo poco masculino o pasado de moda. La piedad no debe convertirse, ciertamente, en exhibición, sino mantener su discreción genuina. Ello no significa, empero, que sea una especie de juego hecho a escondidas. La oración exige su propio y específico valor: también el cuerpo pertenece a Dios. La fe no es algo exclusivamente espiritual, ni la oración algo meramente interior. El cuerpo debe co-orar[2]. El ademán corporal con el que nos dirigimos solidariamente a Dios forma parte también de la oración. San Pablo habla al respecto de extender las manos, que se alargan de algún modo hasta Dios. En la actualidad sigue siendo importante adoptar al orar un ademán corporal digno. Solamente rezamos plenamente cuando lo hacemos también con el cuerpo. El mismo San Pablo hace posteriormente una nueva advertencia dirigida expresamente a los hombres: las manos no han de estar manchadas de ira o disensión, pues, a su juicio, la ira y la violencia son vicios típicos del hombre. Para ofrecérselas verdaderamente a Dios, las manos deben ser puras, no tener manchas de violencia. La oración es, pues, suficiente como norma de la vida cotidiana. En la vida diaria debemos conservar nuestras manos limpias para poder ofrecérselas a Dios.
24.3.
El misterio de la anunciación a María no es sólo el misterio de la paz, sino sobre todo el de la gracia. Antes o después deberemos hacernos esta pregunta: ¿por qué quiso realmente Cristo nacer de la Virgen? En sí mismo hubiera sido completamente posible que hubiera nacido en un matrimonio normal. Ello no hubiera supuesto menoscabo alguno de su filiación divina, que es evidentemente independiente del hecho de haber nacido de la Virgen. La filiación divina de Jesucristo continuaría siendo pensable aunque no hubiera nacido de María. ¿Por qué nació, entonces, de la Virgen? La respuesta se descubre fácilmente cuando se consulta el Antiguo Testamento y se ve cómo en él se prepara ya el misterio de María en lugares decisivos de la historia de la salvación. Comienza con Sara, la madre de Isaac, que aun siendo estéril llega a ser, por la fuerza de Dios, madre de Isaac y del pueblo elegido en plena ancianidad, cuando se han extinguido sus fuerzas vitales. Continúa con Ana, la madre de Samuel, que, siendo estéril como Sara, da luz a un hijo. Lo mismo ocurre con la madre de Sansón, y con Isabel, la madre de Juan el Bautista. El sentido del acontecimiento es el mismo en todos los casos: la salvación no viene en modo alguno del hombre ni de su propio poder, sino sólo de Dios y de sus actos de gracia.
25.3.
La anunciación a María tiene lugar en una mujer y en un lugar insignificante de Galilea, pagana en gran parte, que no nombran ni Flavio Josefa ni el Talmud. Esa circunstancia, el que «Dios se revele donde y a quien quiera, resultaba extraña para la sensibilidad judía». Con ello se inicia un nuevo camino, cuyo centro ya no es el templo, sino la sencillez de Jesucristo. Él es ahora el verdadero templo, la tienda del encuentro. La salutación a María (Lc 1,28-32) está formulada apoyándose estrictamente en Zeph (3,14): A María, a la que se llama hija de Sión, se le dice «alégrate», y se le comunica que el Señor viene hacia ella, se le quita el miedo, puesto que el Señor está dentro de ella para salvarla. San Lorenzo hace observar al respecto de forma admirable lo siguiente: la palabra de Dios se revela como una semilla. No resulta difícil entender por qué María se asusta con el anuncio que se le hace (Lc 1,29). Su temor no se debe a incomprensión o a un miedo mezquino al que a veces se quiere reducir su asombro, sino a la emoción profunda del encuentro con Dios, a la inmensa alegría recibida, capaz de conmover a las naturalezas más firmes. En el saludo del ángel se pone de manifiesto el motivo fundamental del relato de San Lucas sobre la figura de María: ella es en persona la verdadera Sión, a la que se han dirigido las esperanzas en todas las devastaciones de la historia. Ella es el verdadero Israel, en el que Antigua y Nueva Alianza, Israel e Iglesia, son inseparablemente uno: es el «pueblo de Dios» que da fruto por el poder misericordioso de Dios.
26.3.
Cuando nos dirigimos a Dios y nos abrimos a Él, nos convertimos en hombres nuevos. Y a la inversa: cuando el mundo se cierra a Dios y se aparta de Él, es como un planeta que se sale de un campo gravitatorio y vaga sin rumbo por la nada. La situación de un mundo así sería como la de la tierra si el sol dejara de alumbrarla: se extinguiría la vida en ella. Cuando el hombre pierde a Dios, ya no le es posible ser justo, pues sin Dios pierde la norma fundamental. Si nos desprendemos de la verdadera medida, todo lo demás no podrá ser sino desmesura y perversión. Algunos teólogos han propuesto como medida de precaución que la Teología debería configurarse de tal suerte que funcionara etsi Deus non daretur: como si Dios no existiera. Mas si Dios no existe, no cambia sólo un adorno insignificante, sino algo fundamental. Nada podrá ser como antes. Todo se moverá en el vacío. Lo que se tiene por justicia será sólo arbitrariedad que cada cual modifica según sus intereses: la lucha de intereses (de clases) se convertirá necesariamente en ley fundamental de la historia. La auténtica alternativa, por encima incluso de la de si somos o no somos hombres, de la de si puede o no puede existir la dignidad humana, una vida verdaderamente humana y la justicia entre los hombres, es la de si existe o no existe Dios.
27.3.
La pretensión fantástica de vivir perfectamente y con todo detalle lo que dice la Iglesia significaría desconocer el hombre real. En la vida humana se da una cierta tensión entre el deber del hombre, tal como la Iglesia lo concibe, y el valor medio normal de la existencia vivida. Por eso, hay penitencia y perdón: las dos constantes fundamentales de la existencia cristiana. La fuerza de la Iglesia, la posibilidad de explicar al hombre su cometido no reside en el extenso ámbito del influjo sobre las masas, sino en tocar al hombre en lo personal, en las pequeñas comunidades de vida en las que se halla. En ese sentido, la palabra íntima, el cuidado individual del alma, junto con una catequesis dirigida a los hijos y realizada en colaboración con los padres, es absolutamente fundamental para hacer sentir a los hombres que no deben ser tutelados, sino que está en juego su supervivencia como hombres. Cabe añadir con algún optimismo, desde luego, que comenzamos a notar de nuevo que la máxima «debemos hacer todo lo que como técnicos y científicos podemos hacer» es mortal para el hombre. El punto de referencia de la conciencia técnica, en la que el hombre vuelve a darse cuenta de que necesita otras fuentes de la existencia para preservar su grandeza, es hacer entender al hombre de nuevo que los valores cristianos son cuestiones serias: son esperanza y ayuda.
28.3.
«Padre.» Con estas palabras expreso que existe alguien que me escucha, que no me deja solo y que está siempre presente. A pesar de la infinita distancia que me separa de Él, yo puedo dirigirme a Dios, ser un tú para Él. Su grandeza no es sofocante, no me reduce a algo inesencial e insignificante. Estoy, ciertamente, bajo su tutela, como un hijo está bajo su padre. Mas, al propio tiempo, existe una igualdad y semejanza fundamental entre Él y yo: soy tan importante para Él, le pertenezco tan íntimamente, que sólo le nombro adecuadamente cuando le digo «Padre». Haber nacido no es, pues, delito, sino gracia. Aun cuando no siempre lo percibamos, vivir es siempre hermoso. Soy amado, no soy hijo del azar y la necesidad, sino de la voluntad y la libertad. Por eso es precisa también mí colaboración. Existe un designio para mí, una tarea pensada exclusivamente para mí: hay una idea de mí que yo puedo buscar y encontrar y colmar. Cuando la educación a través de la vida resulte difícilmente soportable, cuando tenga ganas de gritar como Job, como los devotos de los Salmos, puedo transformar el grito en la palabra «padre». Haciéndolo así el grito volverá a convertirse, poco a poco, en palabra, la irritación en confianza, pues desde el Padre se torna evidente que la exigencia dirigida a mí —e incluso mi estado aparente de honda aflicción— es parte del gran amor al que tengo que estar agradecido.
29.3.
Fe y vida, verdad y vida, yo y nosotros son términos inseparables. La fe despliega su lógica y su forma orgánica en la vida común que caracteriza al «nosotros» de los creyentes y de la Iglesia. Sobre este asunto puede surgir, naturalmente, esta pregunta: ¿dónde se encuentra la Iglesia? ¿Dónde puedo vivirla como en sí misma es, más allá de sus doctrinas oficiales y de su jerarquía sacramental? Plantearse esta pregunta puede llegar a ser una auténtica necesidad. Con todo, hoy día se ofrecen visiblemente, además de la parroquia, el espacio normal de vivencia de la Iglesia, otras comunidades recientemente aparecidas, que han nacido de la comunidad de la fe y a la que han devuelto el vigor de la experiencia inmediata. Comunione e liberazione es uno de esos lugares de vivencia de la Iglesia y de acceso a la comunidad con Jesús, a la participación en su visión. Para que un movimiento así permanezca sano y sea verdaderamente fecundo, es muy importante mantener el justo equilibrio entre dos aspectos. Por un lado, una comunidad como ésa debe ser auténticamente católica, es decir, debe llevar en sí la vida y la fe de la Iglesia de todas las épocas y lugares y dejarse formar por ella. Si no hunde sus raíces en este suelo común, se hará sectaria y absurda. Mas, por otro lado, la Iglesia universal se tornará abstracta e irreal si no cobra vida aquí y ahora, en una comunidad concreta. La vocación de semejantes movimientos es, pues, vivir en las respectivas comunidades particulares una verdadera y profunda catolicidad, aunque ello suponga reducir algo su peculiaridad. De ese modo, las comunidades se vuelven fecundas, pues se hacen ellas mismas Iglesia, se convierten en el lugar en que nace la fe: recinto en el que tiene lugar el renacimiento a la verdad.
30.3.
«La Iglesia se hace sentir en las almas.» Esta proposición de Guardini fue formulada de manera muy reflexiva, pues el gran filósofo alemán estaba interesado en que la Iglesia fuera vivida y percibida como algo interior, no como un aparato cualesquiera situado frente a nosotros, sino como una realidad viva en nosotros. Si hasta entonces la Iglesia era considerada ante todo como estructura y organización, ahora surgía esta idea: nosotros somos la Iglesia; la Iglesia es más que organización, es el organismo del Espíritu Santo, algo vivo que nos acoge íntimamente a todos. La nueva conciencia de Iglesia encontró su forma lingüística en la expresión «Cuerpo místico de Cristo». Esta fórmula expresaba una nueva y liberadora experiencia de la Iglesia, que, al final de su vida, el año de la aprobación de la constitución eclesiástica del concilio Vaticano II, Guardini reformuló del siguiente modo: la Iglesia «no es una institución imaginada o construida..., sino un ser vivo... La Iglesia vive a través de los tiempos; llega a ser naciendo, como todo lo vivo, transformándose... Y, sin embargo, en esencia es siempre la misma, y lo más íntimo de ella es Cristo...». Es difícil transmitir el entusiasmo, la alegría que encerraba en aquel tiempo un conocimiento así. En ese momento volvió a hacerse patente que la Iglesia es mucho más; que la sostenemos todos conjuntamente llena de vida en la fe, de igual modo que ella nos sostiene a nosotros; que es un crecimiento orgánico a través de los siglos que continúa su marcha en nuestros días. De forma no menos evidente se percibió por entonces que el misterio de la encarnación sigue presente a través de ella: Cristo sigue avanzando a través de los tiempos.
31.3.
En las anotaciones hechas durante su estancia en la cárcel, Bonhoeffer observa en cierta ocasión que el cristianismo debería vivir en la actualidad quasi Deus non daretur, como si no existiera Dios. Debería apartar a Dios de la vida cotidiana y configurar su existencia terrena asentándola sobre la propia responsabilidad. Yo quisiera formular, en cambio, la idea exactamente contraria: incluso aquel al que la existencia de Dios y el mundo de la fe se le hayan vuelto oscuros debe vivir prácticamente quasi Deus esset, como si Dios existiera realmente. Eso significa que debe vivir bajo la realidad de la verdad —que no es producto nuestro, sino nuestra señora—, bajo el patrón de la justicia —que no es creación de nuestro pensamiento, sino un poder que nos mide a nosotros mismos—, bajo la responsabilidad ante el amor que nos espera y nos ama. Debe vivir, en suma, reivindicando lo eterno, pues quien vive vigilantemente el progreso se dará cuenta de que es el único modo de que el hombre pueda ser salvado. Dios —sólo Él— es la salvación del hombre. Esta verdad inaudita, que durante mucho tiempo se presentó como una teoría apenas alcanzable, se ha convertido en la fórmula práctica de nuestro momento histórico. Quien se confía, al principio tal vez de forma vacilante, a este arduo e inevitable «como-si» —vivir como si Dios existiera— percibirá cada vez mejor que este «como-si» es la auténtica realidad. Junto con su responsabilidad descubrirá su fuerza salvífica. Por último, descubrirá profunda e indeleblemente por qué también hoy es necesario el cristianismo como la noticia verdaderamente alegre que salva al mundo.
Pulsuz fraqment bitdi.